Ojos de ángel
Ojos de ángel, corazón de nobleza.
En el pueblo siempre decían que era un encantador muchacho, aquel que recorría las calles empedradas buscando algo nuevo que explorar. En sus ojos
—¡Oh, Dios mío, perdona esta alma que está en pena! —clamaba su desgarradora voz.
Entre las tinieblas se escuchaban las pisadas de los caballos; cada golpe contra el suelo sonaba como un tambor de guerra.
En la oscuridad se reflejaban unos ojos hermosos, pero tristes, que devoraban su propia pena.
Dentro de las casas, las voces se alzaban:
“¡Que se la lleven, así como nació, como maldita!”
Igual, la niebla era tan espesa que sentía frío hasta los huesos, y cada bocanada de aire parecía atravesarla por dentro.
El pueblo la había condenado por practicar brujería. La ataron en medio de la plaza. Esa tarde, decían, el diablo cazaría las almas en pena.
—No quiero morir... —sollozaba ella.
—Pater noster... —intentó rezar, pero él le puso un dedo en los labios.
—Non invocare il tuo Dio, egli verrà...(No llames a tu Dios, Él no vendrá) —le susurró.
Su voz era profunda, casi humana. Hablaba en italiano, pues dominaba muchos idiomas.
Y en aquel susurro, ella entendió que no todos los ángeles vienen del cielo.
—¡Yo no soy una pecadora! —seguía gritando, su voz quebrada por el miedo.
—Tu Dios no vendrá… cállate. —con esa última advertencia, él le dio una cachetada que resonó en la plaza silenciosa.
Ella seguía lamentándose en su interior. Deseaba volver a los brazos de su madre, aquella que la había dejado en una tragedia sin final. Por dentro pedía
—¿Tu pueblo te maldijo? —murmuró él con voz grave—. Tu esperanza de morir aumenta.
Lo decía porque sabía que no podía devorar su alma mientras ella siguiera aferrándose a la vida.
—Tengo esperanza de que Él vendrá… aunque desee la muerte, sé que en el fondo no quiero morir. —susurró ella, con los ojos al borde del llanto.
Sus ojos, que alguna vez fueron tan hermosos, se iban convirtiendo en dos huecos profundos, como pozos sin fondo.
—¡Bruja! —escupió él—. Igual estaré acechándote. El sol me es inmundo, pero esta noche te veré.
El viento sopló, levantando cenizas del suelo. La multitud se persignó en silencio. En algún lugar, una campana marcó la hora. La noche apenas comenz
La tristeza la consumía, derramando tantas lágrimas que hasta un campesino la desató.
Ella cayó de rodillas y lloraba sin parar.
—¡Dios mío! Dime, ¿qué he hecho tan mal en esta vida para que me trates así?
La última esperanza que el demonio estaba esperando para devorar aquella alma apetitosa.