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KARAKURI

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KARAKURI

Muñecas. Cientos de ellas. Perfeccionadas a base de los más atroces experimentos. Una
prueba fehaciente de la maldad, ¿Locura?, humana.

Satoru no entendía bien el por qué detrás de las razones para hacerlo. Luchar una guerra
infinita no parecía tener ningún sentido. Y el hecho se verse acorralado a una vida que jamás
pidió tampoco ayudaba a encontrarle alguno.

Las incursiones eran cada vez más grandes y frecuentes ¿De dónde sacaban tantos
componentes bélicos? La pregunta del millón. La respuesta muy sencilla: el robo de una idea,
la transformación de esa idea en un arma capaz de acabar con la humanidad.

Las denominadas karakuri, muñecas androides basadas en el principio de creación de


extremidades para el mejoramiento del cuerpo humano; un deseo, un sueño, puesto en
marcha lo que parecía siglos atrás por alguien a quien jamás olvidaría.

Y los Rojos lo habían descubierto.

Y por supuesto, por supuesto, no podían desaprovecharlo.

-o-o-0-o-o-

El frío del callejón le azotaba el uniforme sin piedad ni descanso, arrancándole escalofríos a sus
huesos. La zona estaba desierta, arrasada. No debería estar ahí en primer lugar, pero
necesitaba un descanso. Algo de paz luego de la última masacre. Siempre podía inventar una
excusa para regresar, tenía el rango para ello.

El ruido de los pasos sobre el polvo acumulado y los restos de huesos resecos se vio de pronto
opacado por otra cosa. Un zumbido extraño. No. Un… ¿Sollozo? Proveniente de uno de los
aislados callejones.

Se detuvo. No podía ser. Nadie sobrevivía una vez las karakuri invadieran una ciudad. Nada ni
nadie se salvaba. Era imposible que hubiese una persona tratando de ocultarse. Entonces tenía
que ser otra cosa.

Tenía que ser una de ellas.

Bien, podía hacerlo. No sería la primera vez. Afianzando el mango de la espada se dirigió con
paso firme al recóndito pasillo entre dos edificios. El rojo del cielo se perdía entre las lúgubres
sombras adheridas a los muros de ladrillo.

Lo que no esperaba, lo que jamás habría esperado, lo esperaba a él. Como un fantasma del
paso volviendo a la vida para burlarse en su cara estaba Suguru.

Con el maldito traje de una karakuri envolviéndolo por completo.

Que burla sádica del destino que fuese justamente él, descubridor de la ciencia exacta que
llevaría a la consiguiente creación del ejercito enemigo más poderoso de la historia quien
hubiese caído en las garras de la ironía para acabar siendo, a fin de cuentas, un arma.

Allí, con el característico blanco kimono abierto, manchado de sangre y el inconfundible


arreglo en el cabello se alzaba ante él como una especie de prueba mítica enviada desde el
infierno.
Decide.

Decide pronto.

O vas a morir.

—Satoru…

No ¿Qué? ¿Cómo?

—Satoru, soy yo.

—Retrocede.

Era un juego, tenía que serlo. Una nueva táctica, una manipulación malvada de los hilos del
destino. Porque no existía razón lógica para que el líder de la resistencia se encontrase con el
amor de su vida transformado en enemigo en un callejón perdido a las tres de la mañana.

O había muerto o estaba alucinando. Cualquiera de las opciones acababa en tragedia para
ambos porque ahora tenía que levantar la espada y arrancarle el corazón y con el cielo por
testigo juró y perjuró que podría hacerlo.

Entonces ¿Por qué de repente se estaban besando?

¿Y por qué no le parecía que estuviese mal?

-o-o-0-o-o-

Suguru solía decir que con el amor las palabras sobran si con gestos todo se dice. Y él
respondía siempre que qué estupidez, Suguru, sin palabras no podría decirte que te amo.

Claro que puedes. Lo haces a diario con cada momento que te quedas junto a mí.

Las ideas se le revolvían en la cabeza mientras sentía las manos de Suguru colarse en el
entresijo de bandas que le entrecruzaban el pecho y los botones de la chaqueta para llegar
hasta donde de verdad le importaba.

Hasta que el frío de sus manos le rozó la piel y entonces recobró el sentido.

Estaba con el enemigo y Suguru era, a fin de cuentas, una muñeca. Una jodida muñeca
diseñada para matar. Con sus extremidades frías como el acero, la máscara de maquillaje
blanco con labios rojos y los ojos cristalinos del vidrio templado. Un juguete maquiavélico
proveniente del Núcleo, la concentración de las fuerzas que amenazaban con destruir la
estabilidad mundial.

—Astuto como siempre, Satoru.

—¿Cómo llegaste aquí?

—¿Me creerías si te dijera que iba en tu búsqueda?

Si. Claro que sí. Una trampa perfecta para que cayese derrotado. Levantó la espada, el filo de
la punta rozando el cuello que tantas veces abrazó en una vida pasada.

—¿Cómo atravesaste el campo minado?

—Yo lo diseñé, ¿Lo olvidaste? Toda esta maldita ciudad salió de mi cabeza. Cada muro y cada
acera, yo hice los planos contigo a mi lado.
—Las ondas magnéticas debieron matarte nada más poner un pie en…

Suguru levantó el brazo y Satoru no tuvo más opción que detenerlo con un movimiento,
clavando la ancha manga al ladrillo a espaldas del androide con la punta de la espada.

—Tranquilo, solo quería mostrártelo —dijo Suguru con calma, abriendo la solapa colgante que
quedaba para revelar… piel. Piel lisa y ligeramente bronceada extendiéndose como un mar
conocido por entre medio de las piezas de tela superpuestas donde debería haber maquinaria.
Carecía de sentido, y así se lo hizo saber—. No soy un juguete. Al menos no en su totalidad.
Conservaron mi cuerpo porque no estaban seguros de poder replicar un modelo de Karakuri
que pudiese procesar mi código genético. Me instalaron un chip de control, aunque…
olvidaron que esa también fue mi idea. Me llevó tiempo, pero ya estoy aquí, Satoru. He venido
a encontrarte.

—Tu ropa —respondió con sequedad— Si lo que dices es cierto ¿Por qué estás vestido como
una de ellas?

—Tenía que escapar. Vine de colado en la incursión de anoche y me quedé aquí para pensar
una manera de llegar a ti sin morir en el intento. No esperaba que aparecieras. Es un milagro
que lo hayas hecho.

Un milagro. Si, claro que sí.

Todo extremadamente conveniente.

Y al diablo porque había pasado ¿Cuánto? Una década al menos. Tiempo más que suficiente a
su parecer.

Esta vez fue Suguru quien tomó la iniciativa, arrancándole la espada para lanzarla lejos,
cayendo en línea recta con dirección a su objetivo: su boca entreabierta por la sorpresa
contenida.

De un segundo a otro estaba atrapado entre aquellos brazos dirigiendo sus propias manos al
cabello que portaba el tocado típico con el que dotaban a sus esclavas, deshaciéndose de los
dorados ornamentos rematados de rojo, recibiendo la negra cascada de cabello entre los
dedos como un preciado regalo.

Suguru atrajo su cabeza con brusquedad para llegar hasta su cuello, donde depositó suaves
besos por encima del cuello del uniforme mientras retomaba la tarea de desvestirlo con
rapidez.

De alguna forma el pomo de una puerta se dibujó bajo la mano de Satoru, que lo accionó para
acabar entrando en una casucha cualquiera, abandonada por la rápida huida de sus residentes.
Un cuadrado habitáculo que apenas contaba con una cama y uno que otro mueble venido a
menos por ahí. Lo importante era el colchon, del cual se apoderaron en un segundo, con la
urgencia de beberse el uno al otro como buscando recuperar el tiempo perdido.

La tela del kimono fue prácticamente rajada, al igual que la camisa y los pantalones, por la
fuerza voraz de eso que los impulsaba a necesitar verse desnudos. El cuerpo libre de insignias
o marcas de Estado. Solo ellos dos en la inmensidad del universo.

—Espera, aun no…


—Quiero —cortó Satoru, tomando su mano para que comenzase a prepararlo—. Necesito,
Suguru. Te necesito.

No tenía que detenerse, no había razón para temer. Suguru deslizó sus dedos con delicadeza
mientras Satoru volvía al ataque de sus labios, encerrándole la cara entre las palmas para
quitarle con los dedos ese maldito maquillaje blanco que lo volvía un objeto bajo su tacto. La
pintura cedió con facilidad al calor de sus yemas, corriéndose poco a poco para liberar
finalmente las facciones de la persona por quien había llorado por años, creyéndolo muerto.

Comenzó a formular planes, vías de escape, rutas alternativas. Jamás dejaría que volviesen a
quitárselo, no después de lo que habían vivido.

Los Rojos y la Rebelión podían arder en el infierno.

—Ya, ya, tranquilo, tranquilo… aquí estoy, te tengo…

Lo había olvidado ¿Cómo se atrevía? Había olvidado la forma que Suguru tenía para hacer el
amor. Sosteniéndolo como algo precioso, invaluable bajo la firmeza de sus palmas, esas
capaces de crear mundos enteros a base de fórmulas incomprensibles.

Así se sentía cada vez, creado y redescubierto con cada nuevo roce desesperado al que lo
sometía.

El frío le erizó la piel mientras Suguru sacaba la lengua para pasarla por su pecho, un lento
movimiento zigzagueante destinado a exprimir sus puntos débiles. Has crecido, le diría, has
tomado cuerpo, mientras dejaba rojizas marcas en los entresijos de sus abdominales y
pectorales demasiado acostumbrados a los golpes y taconazos, reaccionando con viveza al
cambio de temperatura que el aliento del hombre le procuraba.

Jadeó un poco cuando Suguru atrapó un pezón entre sus dientes, tirando sin ninguna
delicadeza mientras lo miraba directo a los ojos sin pestañear.

—Me extrañaste, por lo que veo —exclamó al llevar su mano derecho sobre el bulto ya nada
disimulado que se formaba en los pantalones de Satoru—. Me gusta eso.

Comenzó a sobarlo con suavidad, arriba y abajo sobre la tela, continuando con los juegos sobre
la piel descubierta y Satoru ya no pudo soportarlo mucho más, había sido demasiado tiempo
lejos uno del otro, por lo que atrajo su rostro de nuevo, buscando alimento en sus besos.
Salvación en el contacto del muslo de Suguru contra la entrepierna, donde se refregaba
desesperado.

La tela del kimono se abría, cediendo como suave arena al deslizarla por sus hombros para
acariciar con rudeza un cuello y unos brazos que creía perdidos. Deshizo el nudo del obi de un
solo tirón y lo lanzó a un lado, dejando solo la prenda de algodón que comprendía la parte
interna de la vestimenta.

Así, con la ropa torcida, el cabello cayendo como una cortina y el maquillaje emborronado se le
antojó la más maravillosa de las visiones. Si era un fantasma, una bruja o un ser del más allá
que venía para llevarlo no tendría ni que pedírselo. Lo seguiría a cualquier parte, lejos de todo
ese lugar.

Suguru lo supo, lo leyó en sus ojos al separarse de nuevo, las bocas abiertas y el vapor de los
jadeos llenando el espacio. Satoru juraría que estaba sonrojado, tal era el calor en las mejillas.
—Precioso —exclamó descendiendo para besar su frente—. Eres precioso.

Sus pantalones desaparecieron entre un pestañeo y otro, arrojados al vacío oscuro que
rodeaba la cama. Ya no existía otra cosa. Podrían ser la colina de un abismo, el final de una
historia escrita con sangre.

Siguió uno a uno los movimientos de Suguru al posarse entre sus piernas y empujar. La
diferencia entre sus tonos de piel acentuados por la luna que ingresaba por la ventana. Fría y
silenciosa testigo del encuentro entre enemigos. De repente el mundo ya no era color rojo. La
película de sangre que cubría sus pupilas fue lavada por los besos y por cada nuevo golpe que
lo empotraba contra la cama con rudeza.

Se halló gritando, retorciéndose como un idiota, estirando los brazos para juntarlos de nuevo,
cosa que, por supuesto, Suguru accedió, como siempre.

Le rodeó la cadera con las piernas, una prensa dura y rígida, un mensaje claro: no volveré a
perderte. Orden aceptada, pareció responderle Suguru al esconder el rostro en el hueco de su
hombro y posar los labios sobre la palpitante zona del cuello. La muestra más grande de su
vitalidad.

De pronto la situación se le antojó ridícula. El bien y el mal encarnados, fundiéndose a espaldas


de dos bandos destinados a destruirse el uno al otro. Una guerra infinita desatándose tras la
puerta y ellos demasiado preocupados en llenarse entre si de silenciosas promesas tintadas de
deseo.

—Suguru…

—Satoru…

Lo abrazó más fuerte, rasguñando, enterrando los dedos en su carne, una manera de sentir
que era real. Que no estaba loco, que esto no era otra pesadilla. Que el placer del orgasmo
atravesando su cuerpo como un rayo daba por sentado que lo que sea que enfrentarían a
partir de ese momento lo harían juntos.

Juntos y nada más.

Pero era demasiado bueno. Demasiado, demasiado bueno para ser en verdad. Porque al abrir
los ojos de nuevo estaba en su cuarto, uno de esos malditos kimonos manchados de sangre
estrujado entre sus brazos.

El kimono que Suguru llevaba esa tarde, justo al momento de ser ejecutado en la Gran Plaza
luego de que el Núcleo cayese destrozado y él, el amor de su vida, el líder de los Rojos, fuese
capturado.

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