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Pueblos Germanos

El Reino Visigodo en Hispania, desde finales del siglo V hasta principios del VIII, refleja una sociedad romanizada y cristianizada, aunque con persistencias paganas. La llegada de los visigodos marcó un proceso de aculturación y la creación de un reino estable, a pesar de las luchas internas por el poder. La investigación actual sobre este período se centra en la arqueología y fuentes históricas, buscando entender la complejidad de la transición de la Antigüedad tardía a la Edad Media.

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Pueblos Germanos

El Reino Visigodo en Hispania, desde finales del siglo V hasta principios del VIII, refleja una sociedad romanizada y cristianizada, aunque con persistencias paganas. La llegada de los visigodos marcó un proceso de aculturación y la creación de un reino estable, a pesar de las luchas internas por el poder. La investigación actual sobre este período se centra en la arqueología y fuentes históricas, buscando entender la complejidad de la transición de la Antigüedad tardía a la Edad Media.

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REINO VISIGODO.

La Hispania de la Antigüedad tardía, y más precisamente la de finales


del siglo V hasta principios del siglo VIII, ofrece un panorama histórico,
cultural, económico y social muy semejante al del resto de las provincias
del desaparecido Imperio romano. A pesar de ser la zona más occidental
y situarse en el último punto del mundo conocido, su problemática
histórica se inserta directamente en la historia mediterránea y europea.

El cristianismo había empezado tiempo antes a transformar lentamente


los comportamientos sociales, tanto en los núcleos urbanos como en las
zonas rurales. Sin embargo, en unos y otros ámbitos siguen perviviendo
modos y formas paganos. Las altas capas sociales romanas, procedentes
de las familias senatoriales, siguen -en determinados casos- persistiendo
en su tradición pagana, puesto que esta actitud responde a una precisa
concepción del modo de vida, basada en el otium. Las grandes
propiedades rurales, con una parte dedicada a la explotación agrícola y
ganadera y otra residencial, son el espacio ideal para vivir el otium como
una forma de cultura. Los mosaicos pavimentales de estas grandes
villae reflejan ese modo de vida, la persistencia de las viejas costumbres
romanas, como reacción frente a la cultura cristiana.

En definitiva, con mayores o menores logros, la diocesis Hispaniarum se


había convertido en un territorio sustancialmente romanizado, aunque
hubiera zonas de romanización bastante superficial; su sociedad estaba
organizada de acuerdo con las reformas que la administración imperial
había introducido a partir de Diocleciano, a las que se había adaptado; y
era, a su vez, un territorio bastante cristianizado, aunque hubiera
supervivencias de creencias y manifestaciones paganas. En Hispania,
como en otros lugares, había tenido lugar el proceso de asimilación y
desarrollo de la cultura latina. Tras un siglo de relativa paz y prosperidad
-por utilizar la afirmación de J. Arce- como el siglo IV, la situación se
deterioraría a partir del año 409, debido al traslado de las luchas
imperiales al territorio de Hispania y a la penetración de los primeros
pueblos bárbaros: suevos, vándalos asdingos, silingos y alanos. Es
dentro de este horizonte, y una vez que el poder del Imperio de
Occidente se ha extinguido en la práctica totalidad, en el que se
establecerá definitivamente en Hispania esa nueva gens, esa nueva
comunidad, la visigoda, que ya a lo largo del siglo V, desde su
asentamiento de Tolosa había penetrado como colaboradora del Imperio
en diversas expediciones. Dicha gens, como veremos, no era ajena en
absoluto al mundo latino. Su instalación y posterior desarrollo en la

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geografía peninsular supone la culminación de un largo proceso de
aculturación, iniciado a partir del momento en que empiezan las
migraciones desde el septentrión atravesando la frontera del Danubio en
el año 376. Su asentamiento definitivo en Hispania, a partir del año 507,
tras las mencionadas épocas de inestabilidad y luchas abiertas, condujo
a la creación de un reino estable donde hispanorromanos y visigodos
quedaron integrados en grandes unidades territoriales. La integración
vino favorecida por el abandono del arrianismo y la conversión al
catolicismo, proceso que, no obstante las graves controversias entre
ambas religiones, ya habría iniciado un primer acercamiento al
convertirse los bárbaros al cristianismo arriano.

Con el paso del tiempo y el desmembramiento de la rígida y compleja


administración del Imperio, las jerarquías gubernamentales van siendo
sustituidas por otras sólidas jerarquías, esta vez monárquicas y
eclesiásticas. La aparición del poder regio supondrá el afianzamiento
definitivo de la Iglesia dentro de la política estatal.

Sin embargo, ese reino teóricamente estable -que, sobre todo desde
mediados del siglo VI, vive una época de cierta uniformidad-, con el
tiempo habría de soportar el peso de dos tendencias opuestas: la
unificadora, territorial y política, que optó por nombrar a Toledo como
sede regia, en competencia con otras ciudades, y que acuñó el concepto
de gens et patria Gothorum -utilizado por minorías cultas-, y la
disgregadora, puesta de manifiesto a cada paso de la evolución política,
a través de las luchas de familias o grupos nobiliarios por el poder y la
sucesión al trono; lo que llevó a no pocas acciones violentas y
usurpaciones, y condujo inevitablemente a un progresivo deterioro de
esa estabilidad y a una atomización de facto del poder oficial.

2. La investigación de la Antigüedad tardía hispana

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El mundo de la Antigüedad tardía es el reflejo de múltiples y variados
cambios en todos los ámbitos -político, social, cultural, religioso-, y por
ello debe ser analizado a través de una variada documentación. La
reconstrucción y conocimiento de ese período histórico, al igual que
muchos otros, está en función de un análisis conjunto y pormenorizado
de las fuentes históricas escritas y la documentación arqueológica.

En cuanto a las manifestaciones arqueológicas producto de la instalación


del pueblo visigodo sobre el suelo hispánico, éstas son diversas y están
marcadas por una cierta heterogeneidad. Las investigaciones que se
están llevando a cabo actualmente intentan definir con mayor exactitud
este fenómeno que es la presencia visigoda en Hispania.

Los primeros trabajos realizados a finales del siglo XIX y en la primera


mitad del siglo XX centraron su atención en definir un arte monumental -
arquitectónico y escultórico- con unos criterios estilísticos y tipológicos.
Las primeras claves para su estudio fueron las emitidas por M. Gómez
Moreno y seguidas esencialmente por E. Camps Cazorla. Así, en la
literatura arqueológica, empiezan a aparecer una serie de edificios que
antes eran dudosos y en aquel momento son aceptados como visigodos.
De esta forma, y por citar sólo los más emblemáticos, San Juan de Baños
(Palencia), Quintanilla de las Viñas (Burgos) y San Pedro de la Nave
(Zamora), son los que plantearán serias dificultades cuando se intentan
ampliar las series tipológicas incluyendo los llamados edificios de
tradición paleocristiana y que poco tienen que ver con los que acabamos
de citar. A mediados pasado siglo, dos investigadores como son P. de
Palol y H. Schlunk, abrieron nuevos campos de investigación y
sistematizaron el gran número de hallazgos hasta entonces realizado.
Tanto uno como otro consideraron que el estudio de la arquitectura de

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época visigoda no podía llegar a buenos resultados sin tener en cuenta
el contexto histórico y arqueológico en el que se hallan estos edificios.
Todas estas construcciones, además de tener sus aspectos artísticos y
estilísticos, responden a explicaciones litúrgicas, sociales y culturales,
puesto que son el reflejo de una mentalidad y una época precisas. Las
nuevas generaciones, desde T. Hauschild, T. Ulbert y L. Caballero, han
enfocado los problemas de distinta forma, partiendo de la excavación
minuciosa para poder llevar a cabo un análisis detallado. Los más
jóvenes investigadores se han formado para resolver problemas más
concretos y trabajar en equipos interdisciplinarios, con el fin de poder
documentar mejor las problemáticas socio-económicas e histórico-
culturales que emanan de todo estudio arquitectónico, ya sea de
carácter religioso, civil o militar.

Por otra parte, estas nuevas líneas de investigación son lógicas cuando
tenemos en cuenta que todas las construcciones arquitectónicas, o al
menos muchas de ellas, se sitúan en ámbitos rurales y no urbanos, lo
cual dificulta también el conocimiento de las grandes ciudades y su
evolución urbanística. Quizá el único ejemplo que aboga en contra de
esta consideración es el caso de la ciudad de Emerita Augusta (Mérida),
de la que, gracias a la documentación de época imperial y a las
recientes excavaciones, tenemos actualmente un panorama
relativamente cercano a cómo fue la ciudad durante la Antigüedad
tardía. Sobre este gran núcleo urbano volveremos cuando estudiemos
las diferentes problemáticas generadas por los tejidos urbanos.

Es cierto que hoy, gracias a la arqueología, conocemos mejor el paisaje


y el territorio que envuelve a las ciudades, pero no el tejido urbano en sí
mismo, lo cual evidentemente impide imaginar y evolucionar en el tema
de los edificios, palacios, iglesias, etcétera, y toda su organización y
decoración, integrados dentro de lo que se ha dado en denominar la
imagen de la ciudad. Sin embargo, cuando se llegue a una perfecta
definición de lo que son las producciones visigodas, podremos empezar
a considerar con mayor seguridad los términos en los que se llevó a
cabo el poblamiento visigodo en los diferentes territorios de la geografía
peninsular.

Con respecto a la problemática que plantean los primeros


asentamientos visigodos en la Península y el poblamiento que de ellos
se genera, la arqueología funeraria sigue siendo uno de los instrumentos
más eficaces para resolverla. Los primeros estudios llevados a cabo en
este campo estuvieron presididos, mayoritariamente, por investigadores
de origen alemán preocupados en subrayar el carácter germánico de los

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adornos personales que se hallan en el interior de las sepulturas,
deduciendo de ello la presencia de individuos nórdicos. Estas
conclusiones influyeron de forma radical en la investigación española. En
su mayoría estos investigadores se interesaron sólo indirectamente por
el lugar de hallazgo de los materiales y cómo se asociaban entre sí. Por
ello, no extraña que las cronologías sean relativamente arbitrarias y
estilísticamente un poco simplistas. A principios del pasado siglo,
arqueólogos como J. Martínez Santa-Olalla, C. de Mergelina y el ya
mencionado E. Camps Cazorla, todavía con un espíritu muy romanticista,
tuvieron la suerte de poder excavar espléndidos conjuntos
cementeriales, como Herrera de Pisuerga (Palencia), El Carpio de Tajo
(Toledo), Duratón y Castiltierra (Segovia), entre otros. Evidentemente las
técnicas de excavación, estudio y publicación difieren mucho de las
actuales y no permiten extraer toda la información que sería deseable.
Así, por ejemplo, poco sabemos de la constitución física de los individuos
enterrados, de los tipos de alimentación y enfermedades, de la
organización de los cementerios, etcétera. A todos estos problemas
debidos a las excavaciones antiguas se suman otros que dificultan
enormemente el estudio del mundo funerario. Por un lado, los
yacimientos excavados, en gran parte, han desaparecido, y por otro, las
referencias cronológicas que puede proporcionar la arqueología son muy
escasas. A mediados del pasado siglo y de la mano del ya mencionado P.
de Palol, se han ido matizando los conceptos de germanismo y
romanismo, al que hay que sumar también el de bizantinismo. Es
precisamente en la correlación de estos tres conceptos que se entiende
el asentamiento y evolución del pueblo visigodo en Hispania.
Las fuentes escritas, por su parte, constituyen la otra base fundamental
de documentación y de aproximación a la historia de la Antigüedad
tardía. Como veremos en el siguiente capítulo, dichas fuentes no son
excesivamente numerosas y, además, de valor muy diverso. Hay que
tener en cuenta también que toda la información que proporcionan debe
ser examinada cuidadosamente, ya que en ellas se combinan el tipo de
fuente, sea literaria o epigráfica, con los objetivos para los que fue
creada. No podemos, por ejemplo, sustraernos al enjuiciamiento crítico
de obras históricas en sentido estricto -crónicas, biografías, historias-,
considerando tanto al autor, su implicación social y política, su
formación cultural, corno el género literario en el que escribe. Tampoco
podemos tomar como base de testimonio histórico obras de carácter
hagiográfico, o literatura de tipo exegético o doctrinal, sin partir de la
prevención del tipo de literatura a que corresponden y del valor
propagandístico que puedan tener. Las fuentes epigráficas y
numismáticas que, en muchas ocasiones, ofrecen datos fríamente
analizables y, teóricamente, más próximos a ciertas realidades, sin
embargo en multitud de casos son parciales, fragmentarias, sin
contextos arqueológicos claros; otras, en cambio, constituyen auténticas
piezas literarias -nos referimos a los tituli metrici-, donde la carga de

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tópicos literarios, los usos métricos y, una vez más, la intención
propagandística, el carácter elogioso, pueden desvirtuar la realidad.

Otra cuestión, igualmente fundamental, es la transmisión de textos. La


destrucción de manuscritos y la pérdida de los mismos con el curso de
los siglos provoca serias dificultades para el conocimiento de la
elaboración de un texto, su difusión, distribución, etc. Algunos textos tan
cruciales, como veremos, como los legislativos, han llegado
parcialmente o, sencillamente, no han llegado. En otros la
reconstrucción del original ofrece serios problemas. Problemas que ya se
daban en la época misma de su elaboración. Piénsese, por ejemplo, en
la doble redacción de algunas obras, como el De viris illustribus de
Isidoro; la reelaboración de las Vitas sanctorum patrum Emeretensium;
la complejidad de la cronología y procedencia de las Leges
Visigothorum.

Esta complejidad, de la que sólo hemos presentado una mínima


muestra, se ha vertido y tratado en los estudiosos contemporáneos. El
mundo de la Hispania de la Antigüedad tardía ha sido y es objeto de una
profunda revisión, tanto por historiadores y juristas, como por filólogos o
epigrafistas, al igual que sucede en el terreno de la arqueología. Debe
tenerse en cuenta, en primer lugar, que esta época ha sido tratada
secularmente, en muchas ocasiones, desde la mitificación. Pasando por
épocas en las que se consideraba que aquel tiempo fue un tiempo
oscuro, donde se hundió el mundo romano, o se pensaba que era un
simple epígono del mismo; o se veía, en cambio, el nacimiento de la
Edad Media, del símbolo de la unidad territorial y política, o se idealizaba
la implantación del pueblo visigodo, a veces con tonos épicos. Por ello,
durante este siglo, asistimos a una revisión en profundidad, bien es
cierto que también desde posturas a veces polarizadas, como tendremos
ocasión de ver en algunos puntos concretos. Pero, para lo que aquí
interesa, es indudable que los nuevos estudiosos parten de un análisis
crítico y esmerado que trata de aunar todos los elementos de juicio
disponibles y cuyos resultados son meritorios. Desde grandes
precursores en el estudio de la Antigüedad tardía como P. Brown y H.-I.
Marrou, a las revisiones históricas hechas por autores como, por citar
algunos nombres, Reinhart, Görres, Sánchez Albornoz, Thompson,
Claude, Diesner, Stroheker, Orlandis, Arce, García Moreno -con evidentes
diferencias entre unos y otros, a veces claras oposiciones-, al estudio de
las fuentes del derecho, la organización administrativa, social y
económica, etc., donde pueden mencionarse, además de varios de los
ya citados: Zeumer, García Gallo, D'Ors, Gibert, Ureña, Merêa,
Schlessinger, Canellas, Vismara, Pérez Prendes, Hillgarth, García de
Valdeavellano, y un largo etcétera, también en ocasiones con muy

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diferentes puntos de vista. Una de las cuestiones que más claramente se
dibuja en la problemática actual es, como acabamos de apuntar; la toma
de posiciones con respecto al alcance de la romanización y pervivencia
del mundo latino en la Hispania de la Antigüedad tardía, y a la mayor o
menor asimilación de los nuevos pueblos que penetran en el siglo V.

El estudio de los aspectos culturales y de la educación, de la literatura y


la lengua, el análisis y edición de textos y fuentes documentales ha
aportado grandes avances al conocimiento de esta época. No podemos
dejar de mencionar los trabajos señeros de Fontaine y Díaz y Díaz o
Riché, impulsores de unas nuevas formas de enfocar y considerar estos
temas. Pero, dentro de este campo, quizá lo más significativo sea la
iniciativa de múltiples autores de dotar a la investigación de todos los
sectores de fuentes fiables de trabajo. Así pues, la edición crítica de
textos es, y seguirá siendo en un futuro, una incuestionable y meritoria
contribución: ediciones de autores de la época como las elaboradas por
Lindsay, Díaz y Díaz, Fontaine, Codoñer, Hillgarth, Rodríguez Alonso,
Riesco, Tranoy, Burgess, Chaparro y otros muchos; la elaboración de
corpora epigráficos, como el de Vives (citaremos como ICERV), por
mencionar sólo el más significativo. Todas estas ediciones ponen de
manifiesto la ineludible necesidad de partir de esta ardua tarea filológica
para estos estudios.

3. Las fuentes escritas de la época

Hemos comentado anteriormente las dificultades que ofrecen las


fuentes de la época, o referidas a ella, para su correcto análisis, si bien
son absolutamente imprescindibles para acercarse al conocimiento de la
misma. No pretendemos aquí hacer un estudio detallado, sino
exclusivamente mencionar con qué tipo de fuentes contamos y cuáles
son las más relevantes. Cabe hacer una distinción dentro de ellas:

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- Fuentes literarias: Nos referimos a ellas en sentido amplio y no con el
concepto estricto que hoy podamos tener de literatura. En este punto
merece la pena hacer dos distinciones, la primera, respecto de los
escritores u obras procedentes de Hispania y aquellos de otros lugares
del antiguo Imperio; la segunda, respecto de las obras propiamente
históricas, frente a las de otros contenidos, teniendo en cuenta que no
siempre una obra de contenido histórico se corresponde con el género
literario de la historia, la crónica o la biografía, aunque sea lo más
frecuente.

Disponemos de diversas fuentes, algunas de las cuales iremos citando a


lo largo de este volumen. Además de autores antiguos que hablan
puntualmente de los pueblos bárbaros, como puede ser Tácito, por
mencionar alguno, hay una serie de escritores bien significativos,
aunque sus obras abarcan las primeras épocas de migraciones de los
pueblos bárbaros y llegan, en todo caso, hasta la época de asentamiento
de los visigodos en Aquitania. Entre éstos, están, sin duda, Ammiano
Marcelino, el mayor historiador de época bajoimperial, Sidonio Apolinar,
tanto con sus cartas como con sus poemas; Claudiano, que escribió,
entre otras, De bello Getico, un poema en hexámetros, de tono épico,
además de Laudes Stiliconis o un Panegírico sobre el tercer consulado
de Honorio, y Jordanes con su Getica. Más directamente relacionadas
con la historia de los siglos V al VII son obras históricas de la
envergadura de la Historia Francorum de Gregorio de Tours o la
Chronica del pseudo Fredegario. De otra parte, es imprescindible contar
con todas las referencias a Hispania que existen en la correspondencia y
en la obra del papa Gregorio Magno, así como de otros papas como
Vigilio y, en general, autores como Venancio Fortunato por ejemplo, o
corresponsales más o menos ocasionales, de entre los que destacan los
pertenecientes a estamentos eclesiásticos. Entre los autores hispanos se
cultivó el género literario de la historia, en diversas variantes y estilos.
En el siglo VI destaca tanto Orosio con Historiae adversus paganos, que
en sus capítulos finales trata de las cuestiopnes relativas a las
migraciones bárbaras, hasta los primeros reyes visigodos asentados en
la Gallia; como Hidacio, con su escueta Chronica, cuya probable muerte
le hizo interrumpir hacia el 468 y que tiene la particularidad de narrar
acontecimientos por él vividos en torno al asentamiento de los suevos
en la Gallaecia. Igualmente las Historiae visigothorum, sueborum,
vandolorum de Isidoro de Sevilla, su Chronica, así como el De viris
ilustribus, de género biográfico. La Crónica isidoriana sería continuada
por la Crónica mozárabe y otras ya escritas en época medieval, a las que
ahora no nos referiremos. En cuanto a De viris illustribus, sería
continuada por escritores como Ildefonso de Toledo. La Historia Wambae
regis es una obra centrada en un asunto concreto como la rebelión del
dux Paulo en la Narbonense contra el rey Wamba, escrita por Julián de

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Toledo, con un estilo literario cuajado de elementos retóricos y
evocaciones e influjos de autores clásicos. Un género literario surgido
del de la historia, o mejor aún, de la biografía, bajo el signo del
cristianismo, es la hagiografía. Evidentemente con una consideración de
los hechos históricos desde la perspectiva de la intervención divina y, en
muchos casos, con fines propagandísticos, es, en cambio, una fuente
importante de documentación. En el siglo VII se escribe la anónima Vitas
sanctorum patrum Emeretensium, la Vita sancti Aemiliani de Braulio de
Zaragoza y la Vita Desiderii del rey Sisebuto, piezas realmente
imprescindibles, sobre todo la primera, para un acercamiento a los siglos
VI y VII.

Además de las obras mencionadas, las diferentes producciones escritas -


obras dogmáticas, exegéticas, pastorales, poesía, homilías, sermones,
etc.- en la Hispania de la Antigüedad tardía ofrecen un cúmulo de
informaciones sobre la época, vida, sociedad, la Iglesia, la educación y
otros muy diversos aspectos de notabilísimo interés. Tendremos ocasión
de mencionar algunas de ellas al hablar del ambiente cultural más
adelante.

- Fuentes legislativas: Básicamente las leyes y las actas conciliares. La


información que ofrecen es, como puede suponerse, inestimable para
múltiples aspectos de la vida pública y privada, así como de la
organización del Estado e, incluso, son el reflejo de muchas
circunstancias históricas concretas que han dejado huella en las leyes.
No referiremos a ellas explícitamente al analizar el aparato legislativo,
dentro del capítulo de los instrumentos para el poder.

- Fuentes epigráficas y numismáticas: Las inscripciones, en los diversos


materiales y soportes, son las otras fuentes escritas con que contamos.
Muchas de ellas son funerarias y, con independencia de su valor
intrínseco, en ocasiones no ofrecen más que datos sobre personas en
cuyo epitafio sólo figura cuándo murieron o qué edad tenían y cuál era
su nombre. Pero en otras las informaciones son más precisas y valiosas,
tanto a nivel prosopográfico, como histórico. Además de las funerarias,
las edilicias contribuyen a un conocimiento mucho mayor sobre los
espacios para la población, sobre el desarrollo y la evolución de la propia
sociedad.

Dentro de las inscripciones cabe hablar de dos grupos bien distintos


pero significativos e importantes. El primero, los llamados Tituli metrici,
una serie de poemas de métrica cuantitativa o rítmica, generalmente

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epitafios, escritos en piedra, o a modo de inscripciones funerarias; es
decir, en ocasiones se conservan dichas inscripciones, pero en otras sólo
se han transmitido literariamente, algunos de los cuales nunca han
llegado a ser grabados y sólo se han escrito como obra poética. En
muchos de estos tituli encontramos una importante documentación
sobre personajes, circunstancias y hechos de la época que nos ocupa. El
segundo, son las llamadas pizarras visigodas; una serie de textos
escritos sobre soporte de pizarra, como material a mano y barato, frente
al pergamino, y cómodo, frente a éste o a las tablillas de cera, que,
concentradas básicamente en zonas de Ávila, Salamanca y norte de
Cáceres, con algunas excepciones, dan información sobre diversas
actividades privadas de carácter económico de la sociedad,
fundamentalmente rural, además de la constatación de la aplicación del
derecho o del nivel cultural y la educación de los siglos VI y VII, como se
podrá ver a lo largo de algunos puntos de la exposición.

Evidentemente, la numismática ofrece también unas posibilidades de


estudio considerables en cuanto a la circulación monetaria y su valor y,
paralelamente, a la época de los reyes y distintos momentos de la
acuñación.
Las fuentes escritas, como ya se ha dicho antes, junto con las fuentes
arqueológicas, son la base y el punto de partida para nuestra -para
cualquier- aproximación al estudio de la Antigüedad tardía en Hispania.

4. Contexto histórico de los godos

Las fuentes históricas griegas y latinas correspondientes al cambio de


Era, como por ejemplo Estrabón, Plinio el Viejo, Tácito y Ptolomeo
ofrecen información sobre el origen de los godos, sus primeros
desplazamientos, los diferentes grupos y pueblos que los constituían, así

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como sus costumbres, organización social y otros aspectos, aunque de
forma relativamente confusa. Este problema, sumado a las diferentes
tradiciones historiográficas, hace difícil esclarecer el origen de los godos.

Las narraciones cotejadas con los datos proporcionados por los


historiadores de la época y posteriores -tales como Casiodoro o
Jordanes- permiten situar el origen legendario de los godos en la isla
(península) de Scandia (Scandza) correspondiente a la actual Götaland
de la Suecia meridional. Jordanes en su Getica (IV, 25) define cómo se
inició la migración: "officina gentium aut certe velut vagina nationum".
Por medio de barcos dirigidos por Berig atravesaron el Mare Suebicum y
pasaron a la costa continental de Germania, en la zona denominada
Gothiscandza, en la actual Polonia. Jordanes vuelve a indicarlo en la
Getica (XVII, 94): "Se ha dicho que los godos, en grupo, salieron de la
isla de Scandza con su rey Berigh, trasladándose en sólo tres naves
hasta la orilla del océano citerior, esto es Gothiscandza".
Es gracias a la arqueología, y sobre todo en los últimos años, que se ha
podido delimitar, aunque no sin dificultad, la localización de los godos-

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gutones en esa zona, en lo que se ha dado en denominar la cultura de
Wielbark. Este apelativo viene del nombre de una de las grandes
necrópolis excavada con casi tres mil sepulturas, situada cerca de Elblag
en las llanuras de la Prusia oriental (Polonia). Dicha cultura de Wielbark
parece que se formó a principios del siglo I d.C. y perduró hasta finales
del siglo IV d.C., teniendo una gran difusión primero en la Pomerania y
en la Gran Polonia, desplazándose hacia finales del siglo II d.C y
principios del siglo III d.C al valle medio del Vístula.

La delimitación de las diversas culturas halladas en la Germania libera


conduce a la distinción de las múltiples etnias que se detectan en esta
gran extensión de territorios. Al este del establecimiento de godos y
gépidos, en las actuales regiones de Letonia y Lituania, se han
documentado enclaves característicos de grupos báltico-occidentales,
caracterizados por las culturas de Kovrovo y Bogaczewo. Al sur de la
cultura de Wielbark y hasta llegar a los Cárpatos, se detectan
yacimientos de la cultura de Przeworsk, cuyos materiales permiten
identificar a vándalos o lugios. Esta cultura se formó ya en la segunda
mitad del siglo II a.C. y tuvo continuidad hasta el siglo V d.C. Al oeste, en
la desembocadura del Oder, se han documentado restos materiales
correspondientes probablemente a rugios y lemovios, entremezclándose
ya con la cultura material propia de los grupos culturales germánicos del
valle del Elba, entre los que destacan los suevos y longobardos, además
de marcomanos y cuados.

El análisis de la documentación arqueológica contrasta con las fuentes


literarias, pues si bien estas últimas conducen a suponer la migración
desde Scandia hacia el continente, el estudio de los materiales hace
pensar en un surgimiento paulatino -y no repentino- de estos grandes
conjuntos cementeriales en un sustrato autóctono.
Las fuentes literarias documentan después de la llegada a la costa
continental una posterior migración. Arqueológicamente se ha podido
comprobar que los grupos godos atravesaron la Pomerania oriental
siguiendo las aguas del Vístula tal como hemos visto al analizar la
expansión y desplazamiento de la cultura de Wielbark, llegándose
incluso a detectar algunos materiales, fechables a finales del siglo II d. C
y principios del III d. C., a ambos lados de los Cárpatos orientales, en las
zonas de Volinia, Ucrania, Moldavia y Rumania septentrional. Estos
territorios estaban ocupados por vándalos y sármatas, a los cuales los
godos obligaron a emigrar.
Los asentamientos analizados en estas regiones han permitido definir
una cultura específica, que recibe el nombre de Cernjachov, cuyo
abanico cronológico cubre desde finales del siglo II d.C. hasta finales del
IV o principios del siglo V d.C. Los primeros asentamientos son pocos y

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se ciñen a las zonas ya señaladas, densificándose posteriormente en
estas grandes extensiones territoriales, particularmente en las costas
del Mar Negro y en los valles del Don, del Dniéper, Dniéster y el norte de
la desembocadura del Danubio. También destacan algunos hallazgos
con las características de la cultura de Cernjachov en zonas más
orientales, como por ejemplo Crimea y el Cáucaso, que pueden incluso
perdurar hasta los siglos VI y VII d. C. Estos hallazgos no responden a
verdaderos asentamientos, sino a gentes huidas después de la fuerte
incursión de los hunos en el año 375 d.C. La península de Crimea
continuó siendo, gracias a las disposiciones tomadas por Honorio en el
año 408, un lugar de asentamiento importante, puesto que así lo
atestiguan los yacimientos arqueológicos y necrópolis excavadas,
además de las descripciones proporcionadas por Procopio.
Desde mediados del siglo III d.C., los godos empezaron a organizar
incursiones en las provincias del Imperio situadas al sur del limes
danubiano. La continua presencia de godos en estos territorios dio lugar
a una cultura propia, conocida por cultura de Sintana de Mures, aunque
tiene muchas semejanzas con la cultura de Cernjachov. Esta cultura de
Sintana de Mures se localiza por medio de asentamientos estables en las
regiones de Muntenia, Valaquia y Moldavia, en la actual Rumania,
correspondientes a la antigua provincia romana de la Dacio. El abanico
cronológico de esta cultura ocupa desde mediados del siglo III d.C. hasta
finales del siglo IV o principios del V d. C.

5. Ostrogodos y visigodos

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La división del pueblo godo en dos grupos diferentes es conocida a partir
de finales del siglo III, pero quedará definitivamente asentada a finales
del siglo IV. Uno de los grupos recibía el nombre de Tervingi-Vesi y otro,
conocido como grupo oriental, el de Greutingi-Ostrogothi. Los primeros
pueden ser identificados con la cultura de Sintana de Mures, que hemos
analizado precedentemente. Los segundos, los ostrogodos, responden a
la cultura de Cernjachov.

Las denominaciones de visigodos y ostrogodos surgirán a partir de


Casiodoro, cronista de la corte de Teodorico, que utilizando la ubicación
geográfica oriental correspondiente a los ostrogodos dedujo que los
visigodos se hallarían en la zona occidental. Tanto en uno como en otro
grupo existieron familias reales constituyendo clanes, que conocemos

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gracias a las narraciones épicas; sin embargo, cabe resaltar que la
perpetuidad de las diferentes tribus godas fue posible porque estaba
fundamentada en la saga o clan de los amalos. Jordanes habla de ambos
grupos y relata su historia, pero explica antes cuándo se separaron

(Getica V, 42):

"En el tercer asentamiento, sobre el mar Póntico, ya convertidos en más


humanos y prudentes, según hemos dicho antes, divididos los pueblos
por familias, servían a la familia visigoda de los baltos, y a la ostrogoda,
a los ilustres amalos".
En otro momento de la obra, al hablar de Alarico, mostrará
indirectamente su preferencia por amalos:

"...Alarico, que pertenecía a la segunda nobleza después de los amalos y


al extraordinario origen del linaje de los baltos, el cual en otro tiempo,
por la audacia de su valor, había recibido entre los suyos el nombre
Baltha, esto es, audaz".

El siglo IV d.C. fue un período que marcó el desarrollo y evolución de los


godos. En primer lugar, destaca la concesión del status de foederati por
parte de Constantino en el año 332, debido a los continuos ataques que
habían realizado los visigodos al sur del limes danubiano. El emperador
Valente, tras anular el subsidio concedido a los visigodos, se lo renovó
en el año 376, concediéndoles tierras en la Tracia. Las desfavorables
condiciones sociales y económicas obligaron a los visigodos a cruzar de
nuevo la línea del limes y a asesinar al emperador Valente. La batalla de
Adrianópolis del año 378, marca la victoria de la confederación goda
frente a las estructuras imperiales. A pesar de esta victoria, las tropas
volvieron a Tracia, donde Teodosio les renovó el foedus.

Otro de los hechos significativos acontecidos en el siglo IV es la


conversión de este pueblo al arrianismo, venida de la mano del obispo
Ulfilas que tradujo el Nuevo Testamento a la lengua gótica. La labor
misionera y la plasmación en el Codex Argenteus, efectuada por Ulfilas
dieron lugar a la adopción del cristianismo arriano por parte de algunos
sectores populares reducidos, pero no así de las altas clases dirigentes,
que, temiendo las consecuencias de este cristianismo, efectuaron
importantes persecuciones entrada la segunda mitad del siglo IV. Parece
que la conversión de los visigodos precedió a la de los ostrogodos.

La inestabilidad provocada por la presión de hunos, sármatas y alanos


obligó a los godos a iniciar grandes migraciones, que tuvieron lugar a

15
finales del siglo IV y principios del siglo V. Fue así como se estableció,
durante unos veinticinco años y desde mediados del siglo V d.C., el reino
ostrogodo de Pannonia (a caballo entre las actuales Austria y Hungría).
En el año 489, enviados a Italia por el emperador Zenón para combatir
como federados a las tropas de Odoacro, al mando de Teodorico, los
ostrogodos iniciaban la construcción de su reino en unas nuevas tierras.
Atanasio reconocerá años más tarde -en el 497- a Teodorico como nuevo
rey.

El otro gran grupo de godos, los visigodos, con las mismas motivaciones
que los ostrogodos, antes expresadas, iniciaron también importantes
migraciones. Los visigodos al mando de Alarico, que había sido
nombrado por Arcadio magister militum de la Iliria, organizaron la
primera gran incursión a Italia, donde llegaron en el año 408. El saqueo
de Roma tuvo lugar dos años más tarde, y después de un largo asedio
de cerca de un año en el que participaron no sólo las tropas visigodas
sino también los esclavos bárbaros que se hallaban allí, la Ciudad Eterna
se rindió definitivamente. El saqueo de Roma en el año 410 dio lugar a
la pérdida de un símbolo, como era y había sido Roma, y produjo, a la
vez, un cambio en el destino de los visigodos, que tras la firma de un
pacto de federación se establecieron en la Aquitania.

Podemos concluir, pues, que ante la inmensa extensión del territorio del
Imperio y, tal vez por ello mismo, su debilidad en las fronteras, y la
presión que sobre ellas ejercían los godos con su necesidad de
expansión, debido al temor de otros pueblos, es evidente que ambos
estaban condenados a establecer relaciones más o menos conflictivas,
unas veces con enconadas luchas, otras en una coexistencia
relativamente pacífica; especialmente desde que los visigodos
penetraron en territorios imperiales, transgrediendo el pacto inicial. En
cualquier caso, se había iniciado un proceso irreversible de aculturación
para subsistir. Los visigodos llevarían consigo sus leyes
consuetudinarias, sus propias normas para la regulación de su existencia
en sociedad y la articulación interna de la misma; en tanto que duró la
época de penetración, que terminó por concretarse en el
establecimiento de un regnum o patria, las realidades de ambos pueblos
-romanos y visigodos- serían bien distintas y, seguramente, encontradas
y hostiles; pero, una vez conseguido el asentamiento, comenzaba, para
bien y para mal, la obligada convivencia con las poblaciones romanas
provinciales allí asentadas. A partir de aquí nuevos pactos o foedera, así
como transgresiones a los mismos, se irían sucediendo durante la
existencia de la pars Occidentis del Imperio y, después, con la oriental.

6. Invasiones de Hispania

16
Todo el Occidente romano, a principios del siglo V d.C., sufría una
profunda inestabilidad debida a los movimientos de los pueblos
germánicos y orientales. El paso del Rin, la última noche del año 406,
por parte de los alanos, originarios del Cáucaso, los suevos, procedentes
de la Germania, y de los vándalos asdingos y silingos, también de origen
germánico, supuso la penetración en la Gallia y el paso de los Pirineos
en el año 409. Tras un acuerdo, que cabe pensar fue de tipo imperial,
estos pueblos se distribuyeron en las distintas zonas de la diocesis
Hispaniarum, a excepción de la Tarraconensis.

De este modo la Gallaecia, donde existía una población autóctona


galaica muy enraizada y poco receptiva, fue compartida por los vándalos
asdingos encabezados por su rey Gunderico y los suevos dirigidos por
Hermerico. Al quedar arrinconados en una región aislada, éstos no
plantearon grandes preocupaciones a la administración imperial. Las
relaciones entre suevos e hispanos sufrieron altibajos en una mayor o
menor convivencia regulada por una serie de pactos, aunque parece que
en pocos casos se entremezclaron, hecho -como veremos más adelante-
completamente opuesto a lo que ocurrió entre romanos y visigodos. Los
suevos, a lo largo del siglo V y tras la marcha de los vándalos, llevaron a
cabo una serie de intentos expansionistas, sobre todo al sur o sudeste
de la Gallaecia. Sus reyes Requila, Hermerico y Requiario, lucharon no

17
sólo contra la población galaica, sino también frente a las tropas
imperiales repartidas por toda Hispania y especialmente en la Bética y la
Lusitania, donde hubo graves enfrentamientos. Los suevos
permanecieron en la Gallaecia hasta el año 584, cuando fueron vencidos
y anexionados por las tropas visigodas del reino de Toledo.
Las fricciones surgidas entre vándalos asdingos y suevos condujeron a
los primeros a trasladarse a la Baetica. Durante los años 419 al 429, se
enfrentaron a las tropas romanas, tanto en tierra como en mar, pues
poseían una importante flota, hasta que Genserico, sucesor de su
hermanastro Gunderico, decidió transportar a su pueblo, compuesto por
cerca de 80.000 personas, al norte de Africa. El paso se llevó a cabo por
el fretum gaditanum (Estrecho de Gibraltar). La consolidación del reino
vándalo de Africa vino dada por la conquista de Cartago, tan sólo diez
años después, el 19 de octubre del 439.

En la Lusitania y las partes occidentales de la Carthaginensis se


establecieron los alanos gobernados por Adax. Por último, la Baetica fue
ocupada por los vándalos silingos a la cabeza de los cuales se
encontraba Fredibaldo, que pocos años más tarde, en el año 419, fueron
derrotados por las tropas visigodas conducidas por Walia, al igual que lo
fueron los alanos.

Al mismo tiempo, en lo que a los visigodos respecta, Ataúlfo, cuñado de


Alarico, fue aclamado sucesor en el año 410, en el mismo momento que
Alarico moría en Italia cerca de Cosenza y cuando se disponía a
embarcar hacia el norte de Africa. Hecho que, al parecer, se vio
truncado porque sus naves se perdieron en aquel terrible estrecho,
como relata nuevamente Jordanes en la Getica (XXX, 157): "Aquel
horrible estrecho sumergió algunas naves, destrozó muchas; a resultas
de tal desgracia, mientras Alarico deliberaba consigo mismo qué hacer,
de repente, sorprendido por una muerte prematura, abandonó las cosas
humanas".

Los esponsales de Ataúlfo, ahora sucesor de Alarico, con Gala Placidia en


Narbona en el año 414, esconden la ambición no de crear un estado con
el pueblo visigodo sino de integrar también en él a los romanos, influido,
probablemente, por la estima que sentía por el mundo romano. Es lo que
se ha dado en denominar la transformación de una Gothia en una
Romania. Los intentos son vanos y por ello Ataúlfo decide pactar con el
Imperio obteniendo a cambio un asentamiento estable con tierras
explotables en la Gallia. El mantener a Gala Placidia como rehén provocó
un enfrentamiento con el Imperio, que fue recortando el suministro de
víveres hasta que tuvieron que refugiarse en la provincia hispánica de la
Tarraconense. Barcino (Barcelona), la vetusta ciudad romana, es elegida

18
en el año 415 como sede de la residencia de Ataúlfo. Ese mismo año
nació Teodosio, hijo de Gala Placidia y Ataúlfo. Las esperanzas de una
nueva concepción política que hubiera podido realizar el nuevo vástago
fueron truncadas pues murió al poco tiempo, al igual que su padre, que
fue asesinado por sus propias tropas. A pesar de lo difícil que resulta
examinar con acierto las fuentes de la época, o bastante parciales o
demasiado concisas, creemos que el elogio que hace Orosio (Hist. adv.
pág. VII, 43) de Ataúlfo es bastante significativo, como muestra de esta,
llamémosla, reconversión hacia el mundo romano de los reyes y el
pueblo visigodo, a la vez que relata puntualmente los sucesos ocurridos:

"Este (Ataúlfo), como con frecuencia se ha dicho y probado últimamente


con su muerte, ferviente partidario de la paz, prefirió militar lealmente
bajo el emperador Honorio y emplear las fuerzas de los godos en
defender el estado romano. Yo mismo he escuchado en Belén, localidad
de Palestina, a un individuo de la Narbonense, que había servido
honrosamente bajo Teodosio, y que era religioso, prudente y serio,
relatar al beatísimo presbítero Jerónimo que él había tenido muchísimo
trato con Ataúlfo en Narbona y que con frecuencia había sabido de él,
por testimonios, que, cuando se sentía con ánimos, fuerzas e ingenio,
solía contar: que al principio deseaba ardientemente borrar el nombre
Romano y hacer del Imperio romano el Imperio godo solo y que se
llamara y fuese, por expresarlo en términos vulgares, una Gothia lo que
había sido una Romania y que ahora fuese Ataúlfo lo que entonces César
Augusto.

Pero que, al convencerle la mucha experiencia de que los godos en


modo alguno podían obedecer las leyes a causa de su desenfrenada
barbarie, y de que no era conveniente derogar las leyes del estado, sin
las cuales un estado no es estado, eligió que, al menos, se procuraría
para sí la gloria de restituir íntegramente y aumentar el nombre de
Roma con las fuerzas de los godos y de ser considerado por la
posteridad como el autor de la restauración romana, después de no
haber podido ser el que la transformara. Por este motivo se esforzaba en
evitar la guerra y en perseguir con ahínco la paz, especialmente
moderado para con todas las acciones de buen gobierno por el influjo y
consejo de su esposa, Placidia, mujer de muy aguda inteligencia y de
gran espíritu religioso. Y puesto que procuraba insistentemente buscar
la paz y ofrecerla, fue asesinado, según se dice, en Barcelona, una
ciudad de Hispania, por traición de los suyos".

Esta serie de acontecimientos, a los cuales se suman la elección real de


Sigerico, asesinado por instigación de su sucesor Walia (415-419) al
cabo de una semana, provocaron una gran inestabilidad dentro de la

19
población civil y militar visigoda. Al igual que había intentado Alarico,
Walia concibió atravesar el fretum gaditanum (Estrecho de Gibraltar)
con sus tropas y crear allí un nuevo reino. Orosio (Hist. adv. pag., VII,
43), nos describe este acontecimiento del siguiente modo: "...Un gran
ejército godo equipado con armas y naves que intentaba pasar a Africa
fue lamentablemente aniquilado por una tempestad que les sorprendió a
doce millas del estrecho gaditano. Los visigodos, por tanto, no
consiguieron llevar a cabo dicha empresa y se vieron obligados a pactar
con la administración imperial".

En el año 418 se estableció el foedus, cuya base jurídica era la


hospitalitas, que regulaba la relación entre godos y romanos. La puesta
en práctica de este sistema se hizo de igual modo en el momento del
asentamiento en la Gallia que en Hispania. El pacto fue establecido
directamente entre Walia y Constancio que obraba en nombre del
emperador Honorio. Gala Placidia volvió a Italia y al conjunto del pueblo
visigodo se le otorgó la condición de federados. Fue así como recibió las
tierras de Aquitania, en el sur de la Gallia, a cambio de combatir las
luchas internas provocadas por alanos, vándalos y suevos en la
Península Ibérica. Las primeras incursiones militares en el territorio
peninsular se iniciaron cuando en el año 419 Walia tuvo que hacer frente
a los vándalos silingos.

Los visigodos establecidos en la Aquitania Secunda y zonas circundantes


no establecieron la capital en Burdigala (Burdeos), sino en Tolosa,
buscando más tarde y a través de la Narbonensis Prima, una salida
efectiva al mar, que no les había sido concedida. La construcción del
primer reino estable visigodo, el regnum Tolosanum, vino de la mano del
sucesor de Walia, el balto Teodorico I (419-451). El período de regencia
de este monarca, uno de los más largos del reino visigodo tolosano,
comportó los primeros pasos para someter y conquistar otros territorios
de la Gallia. Estos se iniciaron entrada la primera mitad del siglo V y
serán efectivos ya en su segunda mitad. Los visigodos anexionaron a su
reino una gran cantidad de territorios pertenecientes esencialmente a
las provincias de Aquitania Prima, Aquitania Secunda tal como ya se ha
visto, Novempopulania, parte de la Lugdunensis Tertia y la Narbonensis
Prima que no perderán hasta el final del reino de Toledo y que supuso
un control estratégico de una parte de la política económica del
occidente mediterráneo.

A pesar de los intentos independentistas de Teodorico I, éste se vio


obligado a aliarse con Aecio, ante la presencia de los temidos hunos
dirigidos por Atila en el año 451 en la Gallia. Teodorico murió en el
campo de batalla y su hijo Turismundo fue aclamado rey. Atila se

20
replegó sobre Italia y Panonia. Tan sólo dos años después, Teodorico II
estranguló a su hermano Turismundo y renovó el pacto con el Imperio.
Durante el reinado de Teodorico II (453-466) las relaciones entre
romanos y visigodos se fueron consolidando, pues este rey supo
rodearse en su corte de personajes cultos y de gran reconocimiento,
como por ejemplo el senador Avito y el poeta Sidonio Apolinar.

La ascensión al trono de Eurico (466-484) condujo al reino visigodo de


Tolosa a ocupar su máxima extensión, puesto que incluso Arelate
(Arlés), donde se había trasladado la prefectura de las Galias, y Massilia
(Marsella), fueron vencidas. Esta política expansionista, sumada a la
desaparición del Imperio romano de Occidente y a la mayor
independencia de los visigodos llevaron a Eurico, desde Burdigalia
(Burdeos) donde había establecido la capital y por ende la corte, a
reafirmar las características sustanciales de los visigodos frente a los
romanos, aunque permitiendo en algunos aspectos una cierta y mutua
aculturación. El más claro ejemplo a este respecto es la promulgación
del Codex Euricianus, recopilación del derecho consuetudinario visigodo
y de las aportaciones del derecho romano que poco a poco se habían
incorporado; ejemplo que vuelve a darse en el año 506, cuando su hijo y
sucesor Alarico II promulga el Breviarium Alarici o Lex Romana
Visigothorum, según tendremos ocasión de ver al hablar del aparato
legislativo.

7. Camino de Hispania

Alarico II (484-507), desde los inicios de su regencia, tuvo que hacer


frente a la constante amenaza de Clodoveo, rey de los francos salios,
cuyo afán expansionista llevó a constantes enfrentamientos a visigodos,
francos y burgundios. Además de esta política, entró en juego la
conversión de los francos al catolicismo en el año 496. Las relaciones
inestables y las tensiones entre francos-católicos y visigodos-arrianos,
obligaron a Alarico a enfrentarse en el campo de batalla contra Clodoveo
en el año 507. Las tropas de uno y otro ejército se encontraron en las
cercanías de Vogladum (Vouillé, cerca de Poitiers). Los visigodos fueron
derrotados y Alarico murió en el enfrentamiento. Las consecuencias de
esta derrota cambiaron de forma radical el futuro del pueblo visigodo
que, abandonando sus asentamientos aquitanos, se vio obligado a huir
hacia el sur penetrando por los pasos pirenaicos en la Península Ibérica.

La llegada y establecimiento de los visigodos en la Gallia nos es


conocida por las fuentes literarias de carácter histórico, pero desde un
punto de vista arqueológico, la presencia de los recién llegados es
prácticamente inexistente. Es muy posible que debido a la enraizada
tradición romana que existe en el sur y sur-oeste de la Gallia, desde el
Océano hasta el Mediterráneo, no permita distinguir con claridad los

21
productos venidos de talleres romanos de aquellos que podrían ser
resultado de nuevas concepciones o fabricaciones. Sin embargo,
recientes excavaciones puntuales, así como los hallazgos casuales, nos
ayudan a definir la presencia visigoda a lo largo de los siglos VI y VII en
la Narbonensis, puesto que dicha provincia formó parte del futuro reino
visigodo de Toledo. La mayoría de estos documentos arqueológicos son
pequeños conjuntos cementeriales, objetos de adorno personal, una
serie de inscripciones donde está presente una onomástica con claras
connotaciones visigodas y un grupo escultórico hallado en la propia
Narbo, que quizá debiera ser fechado en el siglo VIII y no anteriormente.
De cualquier forma, la documentación es escasísima para el siglo V y el
resto de las zonas de ocupación visigoda centrada en Aquitania,
mientras la sede de la monarquía estuvo en Tolosa.

La derrota de las tropas militares visigodas en el campo de batalla de


Vouillé del año 507 supuso la desaparición del primer establecimiento
visigodo en Occidente, pero se habían establecido ya las bases para la
construcción de un nuevo reino, asentadas sobre un sólido proceso de
aculturación que culminará esencialmente a finales del siglo VI en
Hispania.

8. La monarquía visigoda

La derrota en el campo de batalla de Vogladum (Vouillé) en el año 507,


significó un cambio histórico importante en la construcción de las
monarquías occidentales. En lo que a nosotros nos interesa, la muerte
de Alarico supuso la elección como rey de su hijo ilegítimo Gesaleico,
aclamado por algunos nobles visigodos refugiados en la Narbonense. La
pérdida de Vouillé obligó al nuevo monarca a replegarse sobre la
Narbonense. Las amenazas francas y las ambiciones de Teodorico el
Ostrogodo hicieron que las tropas ostrogodas mandadas por el dux Ibbas

22
liberaran la zona de la Narbonense y de la Provenza, obligando a
Gesaleico a cruzar a Hispania y establecer la corte en Barcino. Con este
fin, Teodorico pretendía asegurar la regencia y tutela durante la minoría
de edad de su nieto Amalarico, hijo legítimo de Alarico. Gesaleico se
refugió entre los vándalos del norte de Africa pero cuando quiso
recuperar el poder Ibbas lo derrotó, capturó y dio muerte en la Gallia en
el año 513.

9. La construcción del reino visigodo hispánico

El período de regencia teodoriciana (511-526), conocido como


intermedio ostrogodo, marcó el intento de sometimiento de Hispania a la
corte ostrogoda itálica. La posesión, por parte de Teodorico, del tesoro
real visigodo, jugó un papel relevante en la legitimidad de Amalarico
como único rey visigodo. También tuvo su importancia para anexionar
los territorios visigodos de la Gallia a la Italia ostrogoda la restitución de
la prefectura de las Galias en Arlés. La política gubernamental y
económica de Teodorico no estuvo falta de opositores feroces como
Teudis, general ostrogodo que se había casado con una noble
hispanorromana propietaria de grandes extensiones de tierras, gracias a
la cual pudo organizar un ejército privado de 2.000 hombres.

Amalarico tomó el poder a la muerte de su abuelo en el año 525,


renunció a los territorios de la Provenza pero no a los de la Narbonense,
liberó a Hispania del pago de tributos a Italia, recuperó el tesoro real y
quiso asegurarse unas buenas relaciones con los francos. Por ello se
casó con la hija de Clodoveo y hermana de Childeberto, Clotilde.
Clotilde, defensora ferviente del catolicismo, llevó a cabo vanos intentos
para convertir al rey. Amalarico la maltrató y Childeberto la vengó.
Ambos monarcas se enfrentaron en Narbona y Amalarico fue vencido.
Fugitivo, es asesinado -probablemente por sus propias tropas- en
Barcelona en el año 531. La política de alianzas franco-visigodas será
concebida por los diferentes monarcas como un vehículo de poder para
relativizar las ofensivas militares y las políticas expansionistas a ambos
lados de los Pirineos.

Teudis, que gozaba del apoyo de muchos nobles visigodos e


hispanorromanos, fue elegido rey. Con la idea clara de levantar un reino
en Hispania trasladó definitivamente la capital de Narbo a Barcino. La
principal tarea de Teudis fue el sometimiento de los diferentes territorios
de la Península Ibérica, y para ello tuvo que hacer frente a los
importantes avances francos en la Tarraconense. Las expediciones
militares de Clotario y Childeberto consiguieron sitiar durante más de

23
cinco semanas a Caesaraugusta (Zaragoza), pero fueron aniquilados por
el general Teudiselo en su retirada hacia el Pirineo. Viendo la amenaza
que suponían las tropas bizantinas dirigidas por Belisario en el
Mediterráneo, Teudis creyó necesario establecer un control de la línea
costera de la Bética y conquistar uno de los lugares más estratégicos, la
ciudad de Septem (Ceuta). Los intentos fueron vanos y Septem, junto
con el control del fretum gaditanum, quedó en manos de los bizantinos.

Poco después, en el año 548, Teudis fue asesinado y sucedido por el


breve reinado de Teudiselo (548-549), que fue a su vez muerto en
Hispalis (Sevilla). En aquel momento la capital fue trasladada de Barcino
a Hispalis y Agila proclamado rey. La Bética siempre había sentido gran
hostilidad a la presencia de los pueblos germánicos y orientales y por
ello las sublevaciones y resistencia encabezadas por la aristocracia
hispanorromana, que seguía ostentando la administración provincial,
fueron continuas. Agila tuvo que hacer frente a una de estas rebeliones
en el año 550 en Corduba donde fue derrotado, habiendo profanado
antes la tumba del mártir Acisclo, lo que muestra a la vez el
enfrentamiento entre católicos y arrianos. Huyó a Emerita Augusta
(Mérida) donde estableció su corte. A los pocos meses, un noble de
origen visigodo, Atanagildo, se proclamó rey frente a Agila. La guerra
civil entre los dos posibles gobernantes no tardó en estallar.

Atanagildo, apoyado sólo por algunos sectores de la aristocracia


hispanorromana de la Bética, para mantener un posible gobierno, tuvo
que solicitar la ayuda de uno de los enemigos más peligrosos, los
bizantinos. El calificativo de peligrosos no es excesivo cuando se tiene
en cuenta que el emperador Justiniano estaba llevando a cabo su
política expansionista basada en la renovatio Imperii, anexionándose
una gran parte de los territorios de la cuenca mediterránea. Los
bizantinos, al mando de Liberio, desembarcaron en la costa, aunque se
discute si fue en las cercanías de Hispalis o bien en Malaca. Atanagildo
se hallaba acuartelado en Hispalis y ambos ejércitos vencieron a Agila
en las cercanías de dicha ciudad. El vencido se refugió con su ejército,
llevando consigo el tesoro real, en la ciudad de Emerita Augusta, pero al
cabo de dos años fue asesinado por sus propios partidarios, que se
unieron al nuevo monarca. A pesar de la victoria, Atanagildo tuvo que
hacer frente durante todo su reinado a los bizantinos, que habían
enviado nuevas tropas a Carthago Spartaria (Cartagena). Los continuos
enfrentamientos no consiguieron su expulsión, al contrario, los
bizantinos ampliaron cada vez más sus conquistas en toda la franja
costera de la Baetica y la Carthaginensis.

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La presencia de las tropas militares justinianeas en el sur de la
Península, desde el año 554 hasta el 624, marcó definitivamente el
posterior desarrollo del reino visigodo. Por otra parte la provincia
bizantina de Spania pasará a ser un punto esencial en la política
mediterránea de Justiniano, porque le permitía controlar el Mare
Balearicum y el Mare Ibericum, es decir, sus posesiones en el norte de
Africa y en Italia. Esta política de control estratégico llevó a instalar la
capital de la nueva provincia bizantina en Carthago Spartaria que,
además de una situación topográfica clave para su defensa, contaba con
un excelente puerto. El gobierno de esta provincia estuvo al mando de
un magister militum Spaniae, que tenía a su vez funciones civiles y
militares. La presencia de bizantinos en determinadas ciudades debió
favorecer también algunas relaciones mercantiles. Las ciudades de
Lucentum, Iliici, Lorica, Basti, Acci, Mentesa (?), Iliberris, Egabrum, Tucci,
Corduba, Astigi, Carteia, Gades, Mpla, Hispalis y Lacobriga, estuvieron
probablemente bajo el dominio bizantino al menos hasta el año 589. Y
también lo estuvieron con posterioridad a dicha fecha las regiones
integradas en la Mauretania Secunda, el territorio de las islas Baleares y
las ciudades de Dianium, Illici, Bigastrum, Urci, Adra, Asidona, Malaca,
Ossonoba y evidentemente Carthago Spartaria. Además de la presencia
de una población militar y administrativa en las ciudades, hubo con
seguridad bizantinos en ámbitos rurales, establecidos mayoritariamente
en los castra y castella de tipo defensivo.

Las posesiones bizantinas no serán eliminadas hasta Suintila, que


recuperó los diferentes territorios de la Bética y la Cartaginense, las
cuales, a pesar de las continuas ofensivas que habían llevado a cabo los
monarcas visigodos, especialmente Leovigildo, Witerico y Sisebuto,
seguían sometidas a las tropas justinianeas.

Cuando la capital del reino visigodo fue trasladada a Emerita Augusta y


después, muy posiblemente, con Atanagildo en el año 567 a Toletum, la
Bética perderá en cierto modo su representatividad -pero no por ello su
rebeldía- durante un corto período de tiempo, aunque la atención será
de nuevo fijada con el conflicto político-religioso entre Hermenegildo,
Leovigildo y Recaredo, que veremos más adelante.

10. El reinado de Leovigildo

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A la muerte de Atanagildo en el año 567, la situación de la Hispania
visigoda era inestable y estaba amenazada por la fuerte presión ejercida
por los francos, bizantinos y algunos sectores hispanorromanos de la
Bética. De hecho, no fue hasta el año 568 cuando se eligió como nuevo
rey, entre los varios pretendientes, al dux Liuva, en la Narbonensis.
Probablemente no contaba con los apoyos y simpatías de todos,
especialmente del grupo de partidarios de Atanagildo en Toledo; por
esta razón asoció muy pronto al trono a su hermano Leovigildo que,
además, se casó con la poderosa viuda de Atanagildo, Gosvinta, y que
controló desde los primeros momentos los dominios en Hispania,
quedando Liuva replegado en la Narbonensis, aunque compartiendo el
reino.

La política de Leovigildo, ya desde el correinado y sobre todo desde la


muerte de Liuva en el año 573, se caracterizó por el intento de
conseguir la unificación del regnum visigótico. Unificación territorial, con
una política anexionista de los territorios aún no controlados por él. Así,
entre los años 570 y 572 conquistó a los bizantinos plazas como Baza,
Medina Sidonia o Córdoba. En el año 574 ocupó la antigua zona de
Cantabria. En el año 575 avanzó hacia el reino suevo -movido por la
acción del rey Miro contra el pueblo de los runcones o roccones-,

26
tomando los montes Aregenses: al año siguiente consigue imponer su
presencia en el reino suevo, sometiendo al rey a un estatuto clientelar;
más tarde, en el conflicto civil entre Leovigildo y Hermenegildo, Miro
apoyó a éste, pero Leovigildo le obligó a prestarle juramento de
fidelidad. Al morir el rey suevo, su hijo Eborico (583-584) hubo de hacer
lo mismo para mantener el reino. Eborico fue destronado por Audeca
(583-584), lo que sirvió a Leovigildo para atacar de nuevo; sin embargo,
al vencer a Audeca, ya no restableció en el trono a Eborico, con lo que
se produjo la anexión definitiva del reino suevo. En el año 577 sofocó la
rebelión campesina de la Orospeda, localidad próxima a los territorios
bizantinos. Unificación política, con dos vertientes: primera, la creación
de un imperium, a imitación del imperio de Justiniano, rodeándose de
símbolos regios y llevando a cabo acciones de fundación de ciudades,
tareas legislativas, etc., cuya plasmación concreta de poder
comentaremos más adelante; la segunda consistió en asociar al reino a
sus hijos del primer matrimonio, Hermenegildo y Leovigildo. Pero sin
pensar en una división del reino, sino más bien siguiendo el modelo
romano bajoimperial. Con ello, además, buscaba la instauración de una
monarquía hereditaria y no electiva.

Como complemento a esta acción, intentó realizar una política


matrimonial con vistas a establecer pactos de amistad con los francos
de Austrasia y Neustria. Sin embargo, no tuvo éxito en esto: los intentos
de casar a Recaredo, el menor, primero con Riguntis de Neustria, y
después con Clodosinda, hermana de Ingunda, fracasaron; el matrimonio
de Hermenegildo, el mayor, con la citada Ingunda, hija del rey de
Austrasia, condujo al conflicto civil entre padre e hijo. Unificación social,
para lo que derogó la ley de matrimonios mixtos y revisó la legislación
precedente, el Código de Eurico, promulgando el Codex Revisus,
probablemente de aplicación general al conjunto de la población, según
veremos. Unificación religiosa, para lo que intentó atraer al arrianismo a
la jerarquía eclesiástica católica. En el año 580 convocó un sínodo
arriano en Toledo, donde se acordó facilitar la conversión de los
católicos, sin obligarles a rebautizarse, y se trató de aproximar posturas
ideológicas y dogmáticas. Sin embargo, fracasó en su pretensión, como
lo demuestran los conocidos enfrentamientos entre Masona, obispo
católico de Mérida y su opositor, el arriano Sunna, así como el exilio que
decretó Leovigildo para el primero y para otros católicos, como Leandro
de Sevilla. Es posible que al final intentase suavizar sus posturas para
llegar a una política de entendimiento y unión entre unos y otros. Es
evidente que algo así refleja la vuelta de los exiliados antes citados.

El episodio más problemático del reinado de Leovigildo fue la rebelión de


su hijo Hermenegildo. La oposición, e incluso malos tratos, de Gosvinta,

27
ferviente arriana, a su nieta Ingunda, convertida al catolicismo, debió
llevar a Leovigildo a otorgar un territorio a Hermenegildo, la Baetica,
donde se trasladase y se cortase la "rixa domestica" existente, por
utilizar palabras de Juan de Bíclaro. Hermenegildo e Ingunda se
instalaron en Sevilla. Allí, por influjo de su mujer y del obispo Leandro, se
convirtió al catolicismo. Aislado de la corte, encontró apoyos en la
aristocracia local y el clero católico, y también en parte de la Lusitania y
en su capital Mérida, para iniciar una rebelión contra su padre. El
conflicto tuvo una indudable significación religiosa -esa es la enseña que
enarbolaron los rebeldes y la que esgrimieron fuentes como Gregorio de
Tours y Gregorio Magno, quien además hizo de Hermenegildo un mártir
de la fe-; pero también fue un conflicto político de rebelión: las fuentes
hispanas, Juan de Bíclaro e Isidoro de Sevilla, hablan de él como de un
usurpador, tyrannus, contra Leovigildo.

Sea cual fuere el motivo inicial, lucha religiosa o intento de usurpación,


lo cierto es que terminó por ser un conflicto de estado, en el que al
principio hubo cierta tardanza en reaccionar por parte de Leovigildo, tal
vez porque no pensase que las dimensiones iban a ser tan graves, y que
trajo como consecuencia la derrota de Hermenegildo, aislado y
abandonado por sus iniciales apoyos suevos y bizantinos; la toma de
Sevilla y Córdoba por Leovigildo; la captura del hijo, al que se desterró a
Valencia, para ser trasladado a Tarragona, donde murió a manos del
encargado de su custodia, Sisberto, tal vez por orden de su propio padre
o de su hermano Recaredo. En cuanto a Ingunda y su hijo, que se habían
refugiado en la Spania bizantina -tal vez por un acuerdo entre Leovigildo
y los bizantinos-, marcharon a Constantinopla, pero ella murió durante el
viaje y del niño se perdió para siempre su pista.

11. Conversión de Recaredo y III Concilio de Toledo

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En el año 586 Recaredo sucedió a Leovigildo, y a comienzos del año 587
ya se había convertido al catolicismo. Es curioso y significativo ver cómo
en las fuentes hispanas se omite el hecho de que su hermano
Hermenegildo fuese católico, ni siquiera Leandro de Sevilla hace
referencia a él con motivo del III Concilio de Toledo, en que Recaredo y
su mujer, la noble Baddo, declaran su conversión, acompañados de un
nutrido grupo de nobles y obispos visigodos. No hay apenas ninguna
mención del papel de Recaredo en la guerra entre su padre y su
hermano, sólo que un año más tarde ordenó matar al ejecutor de
Hermenegildo. Parece como si se hubiera procedido a un pacto de
silencio entre la jerarquía real y la eclesiástica sobre tan oscuro pasado.

Se menciona a Recaredo como el continuador de la gran obra


unificadora de Leovigildo, pero con la matización de que ésta se vio
oscurecida por la perfidia religiosa; en contraste, el nuevo rey es el
adalid del catolicismo y quien consigue la unidad religiosa. La moderna
historiografía, en diversas ocasiones, ha mitificado este hecho y su
inmediata consecuencia: la celebración del mencionado III Concilio de
Toledo. Sin embargo, el Concilio, según se deja traslucir de las
intervenciones del propio rey, de la homilía de Leandro y del contenido
en general, debió ser un intento de negociación de unificación religiosa,
pero de gran alcance político. Sin pretender negar una conversión real,
parece que el entramado político es mucho mayor y no simplificable a
una identificación de unidad religiosa-unidad nacional, conceptos éstos
que tanta difusión tuvieron, una vez liquidada la monarquía visigoda. El
rey ponía una serie de condiciones en lo relativo a su intervención en el
nombramiento de obispos; los arrianos verían facilitado su paso a la

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confesión católica, sin necesidad de reconsagrar iglesias o rebautizarse;
el clero católico tendría capacidad jurídica sobre diferentes causas y
control en la política administrativa, etc.; en definitiva, se hacía patente
algo que ya fue irreversible en lo sucesivo: la fuerte implicación entre
Iglesia y Estado.

Pero no todos los sectores vieron bien las consecuencias de este


Concilio, del que Recaredo salía fortalecido en su papel de rey frente a
ciertas tendencias nobiliarias, que no verían con buenos ojos esta fusión,
ni la prepotencia de algunos hispanorromanos. De hecho, hubo algunos
intentos de usurpación como el de los nobles de Mérida, como Segga,
con el obispo Sunna a la cabeza, descabezada por la traición de uno de
ellos, Witerico, el que luego sería rey, y por la intervención militar del
dux de la Lusitania, el hispanorromano Claudio, según se documenta en
las Vitas sanctorum patrum Emeretensium. Este mismo Claudio
sofocaría otra rebelión en la Narbonense, de Granista, Wildigerno y otros
nobles, también con un obispo arriano en sus filas, Athaloco. Incluso
hubo un complot por parte de su madrastra Gosvinta y el obispo Uldia,
sofocado rápidamente.
Al lado de estos intentos, tuvo también que combatir a otros grupos,
como a los vascones y a los bizantinos, éstos acaudillados por el dux
Comenciolo.

12. De la monarquía hereditaria a la electiva

La crónica del pseudo Fredegario hablará del morbus gothorum como


del mal endémico de este pueblo en la lucha por el trono, al relatar la
subida al poder de Chindasvinto:

"Una vez que consolidó su autoridad sobre el reino entero de Hispania,


conociendo el mal de los godos de deponer a sus reyes, ordenó dar
muerte a unos y desterrar a otros... hasta quedar convencido de que el
mal de los godos había sido extinguido".

Efectivamente, las disensiones nobiliarias contra Recaredo se pondrían


de manifiesto rápidamente, tras la sucesión de su hijo ilegítimo Liuva II
en el año 601. Aunque al principio no hubo problemas y parecía que el
sueño leovigildiano de monarquía hereditaria se consolidaba, en el año
603, el antiguo traidor de la conspiración contra Recaredo habida en
Mérida, destronó y terminó por asesinar al joven Liuva. No era la primera
vez ni sería la última que la sucesión al trono se producía de forma
violenta, por medio de usurpaciones, cruentas o no.

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Por otra parte, estas sucesiones ponen de manifiesto la debilidad del
poder real cada vez mayor en el siglo VII y las oposiciones y tendencias
independentistas de ciertos grupos nobiliarios, así como la lucha de
grupos aristocráticos familiares que darán lugar a auténticas venganzas.
La usurpación de Witerico dista del fin del reino visigodo más de un
siglo, pero es el principio del fin. Hay una serie de constantes que
debilitan la monarquía con el paso del tiempo. En primer lugar, estas
luchas de sucesión y el miedo de los reyes a la suerte que podrían
correr, cuando ellos murieran o fueran depuestos, sus familias y sus
fideles, clientelas que les juraban fidelidad -cuyo status fue formulado en
tiempos de Chintila en el VI Concilio de Toledo-; temor que muchos
tenían porque ellos mismos habían accedido al trono por usurpación.
Progresiva extensión de un régimen de protofeudalización del estado, a
base de vasallajes y obligaciones de reclutamiento militar. Conflictos
que emergen paulatina y reiteradamente contra los vascones y
bizantinos a lo largo de los sucesivos reinados hasta que, en lo que
respecta a estos últimos Suintila logra anularlos. Implicación absoluta
del clero que, en unas ocasiones, se siente más favorecido y en otras
más perjudicado, y que interviene en no pocos intentos de
desestabilización del reinante de turno. Surgimiento de un elemento de
discordia que llegó a constituirse en un gravísimo problema: las
discriminaciones a la población judía en la legislación conciliar, según
comentaremos. Decaimiento progresivo de la economía, desesperación
y hundimiento de la población, debido a diferentes motivos, peste,
hambre, miseria.

Witerico (603-610) también debió temer rebeliones nobiliarias y no sólo


hispanorromanas, dada su presunta tendencia arriana -recuérdese que
había conspirado contra Recaredo en Mérida, aunque traicionó a su
grupo-, sino contra diversos sectores, pues persiguió al comes Bulgar, en
la Narbonense. Sus éxitos militares fueron parciales con los bizantinos,
sólo en Segontia, y durante su reinado se ganó las enemistades de los
católicos, como lo revela el que el conde Froga de Toledo apoyase a los
judíos, a quienes erigió una sinagoga con el enfrentamiento del obispo
católico Aurasio. Su política exterior fue tensa, al repudiar como esposa
a Ermenberga, hija de Teodorico II de Borgoña. Murió a manos de los
nobles, perdiendo el trono de la misma manera que lo había conseguido,
como señala Isidoro de Sevilla.

Durante el corto reinado de su sucesor, Gundemaro (610-612), la política


de lucha con bizantinos y vascones y la política exterior siguió por
derroteros similares, ahora con una clara hostilidad hacia el rey de
Borgoña y hacia Brunequilda y de amistad con el reino de Austrasia y
Teodoberto II. Sin embargo, en su relación con la política eclesiástica dio

31
un giro, publicando un Decretum, donde se reafirmaba la sede toledana
como la metrópoli de la Cartaginense y su predominio sobre las demás.
Restableció, por otro lado, al comes Bulgar.

Sisebuto (612-621) le sucede. Es el rey culto, escritor, poeta, durante


cuyo mandato Isidoro llega a la culminación de prestigio en la Iglesia y
se convierte, podríamos decir, en el ideólogo del gobierno real, según se
señalará al hablar de la sucesión al trono. Sisebuto realizará una política
intervencionista en la Iglesia y contraria a los judíos, asunto éste sobre
el que volveremos más adelante. Realizará campañas contra los
ruccones e intentará negociar la situación bizantina con el patricio
imperial Cesáreo. A su muerte dejó un hijo, Recaredo II, el cual, según
Isidoro (Historiae 61), "después de la muerte del padre es tenido por rey
durante unos pocos días, hasta que le llegó la muerte". Fueron tres
meses y las fuentes no explican cómo murió.

Fruto o no de una nueva usurpación, Suintila asumió el poder en el año


621. Nuevas victorias contra los vascones -hasta el punto de que,
vencidos, tuvieron que trabajar en la construcción de la ciudad de
Ologicus (Olite)-; pero que, no obstante, seguirían posteriormente
atenazando con sus incursiones diferentes zonas del regnum. Fue
alabado por Isidoro (Historiae, 62) por haber puesto fin al dominio
bizantino en el este, consiguiendo así el mayor dominio territorial:

"...Consiguió por su admirable éxito la gloria de un triunfo mayor que la


de los demás reyes, fue el primero que alcanzó el poder monárquico de
todo la Spania peninsular, lo que ninguno de los príncipes anteriores
había conseguido".

Suintila, como otros antecesores suyos, pretendió nuevamente


promover una sucesión hereditaria, para lo que asoció a su hijo
Recemiro al trono; pero nuevamente las luchas nobiliarias hicieron su
aparición: esta vez en la Narbonense, auténtico foco de disensiones.
Sisenando, ayudado por el franco Dagoberto, penetró hasta Zaragoza,
pero allí el ejército visigodo se le unió, destronando a Suintila y
aclamando a Sisenando. Es curioso ver cómo un rey elogiado vivamente
por Isidoro sufre posteriormente una especie de domnatio memoriae,
siendo acusado por sus actuaciones, tanto en las actas del IV Concilio de
Toledo, como por el pseudo Fredegario.

32
13. De la monarquía electiva a su desaparición

A pesar de su aclamación, Sisenando (631-636) estaba obsesionado con


legitimar su ascensión al trono, algo de lo que, aunque aceptado, todos
eran conscientes del carácter de usurpación que había tenido. En el IV
Concilio de Toledo, presidido significativamente por Isidoro, que tanto
había elogiado a Suintila, consiguió tal legitimación, aunque también
una regulación de la sucesión al trono, en la que la intervención de la
nobleza y el clero será decisiva, según analizaremos.

Pero los reinados siguientes demostrarían, como antes indicábamos, la


fragilidad de la monarquía, sus intentos de formar monarquías
hereditarias, a pesar de que se siguió precisando y perfilando el carácter
electivo de las mismas en los sucesivos concilios, sus temores ante la
nobleza. Chintila (636-639), sucesor de Sisenando, es un buen ejemplo
de esta fragilidad, según puede verse en las actas de los concilios
toledanos V y VI. Nombró sucesor a su hijo Tulga (636-642), pero le fue
arrebatado el trono por un nuevo tyrannus, Chindasvinto, un octogenario
de gran historial de rebeliones en su dilatada vida y cuya acción
represiva recordaba el pseudo Fredegario, como antes comentamos.

Sin embargo, Chindasvinto (642-653) tuvo gran apoyo eclesiástico,


especialmente de parte del poderoso sucesor de Isidoro de Sevilla,
Braulio de Zaragoza. También debió soportar intentos de rebelión,
porque la expedición contra los vascones, en la que murió el noble
Oppila, famoso por su epitafio métrico, tenía ahora ante sí una cabeza
visible al frente de los enemigos, un tal Froja, cuyo nombre godo hace
pensar no sólo en una incursión más de este pueblo. Debido a la
avanzada edad del monarca, Braulio, junto con un importante laico,
Celso, y el obispo de Valencia, Eutropio, recomendaron la asociación al
trono de Recesvinto; después de todo seguía aflorando la monarquía
hereditaria, ahora con la configuración de auténticos clanes familiares.
Así ocurrió y Recesvinto fue "consors regis" en el año 649. Su gobierno,
especialmente en solitario, se caracterizó por el intento de suavizar las
relaciones con la nobleza, decretó una serie de indultos y amnistías y
rectificó la política represiva de su padre. Tanto Chindasvinto como
Recesvinto (649-672) realizaron algo políticamente fundamental: la
renovación del sistema legislativo que culminó en la promulgación del
Liber Iudicum (Iudiciorum o Lex Visigothorum).

El reinado de Wamba (672-680) es otro buen ejemplo de las


características que hemos ido describiendo más arriba. Aunque fue

33
elegido en Gérticos el mismo día que murió Recesvinto, probablemente
con toda intención, retrasó su coronación hasta su unción real en Toledo
de manos del obispo Quirico; si bien Julián de Toledo afirma
rotundamente que no quería ser rey y que casi lo fue a la fuerza. Nada
más empezar a gobernar tuvo que realizar una expedición contra los
sempiternos vascones. Pero en esa situación, se declara una rebelión en
la Narbonense, en ella la nobleza -Hilderico de Nimes, Wilesindo de
Agde, etc.-, y el clero -el abad Ranimiro-, se confabulan contra el rey;
éste rápidamente envía al dux Paulo a sofocarla, pero, de forma
sorprendente, en lugar de hacerlo se pone al mando de la misma,
encontrando, además, el apoyo de Ranosindo, dux de la Tarraconense.
En una rápida sucesión de acontecimientos, la Narbonense y la
Tarraconense se sublevan, el jefe de la rebelión se hace ungir como rey
de la zona oriental. Wamba reaccionó de forma fulminante
trasladándose con el ejército rápidamente a la zona y venciendo en una
ofensiva casi espectacular a los sublevados. Pero este hombre que no
quería reinar, se vio despojado de su trono, víctima de un complot
tramado por un rival, Ervigio: un probable envenenamiento y apariencia
de muerte inminente llevó a que fuera tonsurado y a que Julián de
Toledo, el escritor oficial del éxito sobre Paulo, le administrara la
penitencia y ungiera nuevo rey a Egica, por otra parte amigo suyo.
Wamba se recuperó y aunque ahora sí quería gobernar, ya no pudo.

Ervigio (680-687), al igual que anteriormente Sisenando, buscó la


legitimación de su reinado en otro concilio, el XII de Toledo. Trató de
acercarse más al clero, debido a las molestias ocasionadas en él por la
legislación sobre obligaciones militares de Wamba, que afectaba a este
estamento, y legislando nuevamente contra los judíos. En sus intentos
de acercarse más a la facción contraria de la nobleza -el miedo volvía a
hacer presa de los reyes usurpadores- amnistió en el año 683 a los
sublevados de la Narbonense contra Wamba, pero, a su vez, quiso
proteger a su familia casando a su hija Cixilo con un sobrino de Wamba,
Egica, a quien nombró su sucesor, para evitar que fuese contra su
familia a su muerte.

Egica (687-702) le sucedió, pero pidió ser librado de su promesa de


proteger a la familia de Ervigio y, al parecer, repudió a su propia mujer;
el fantasma de la conjura volvió a aparecer, esta vez por medio del
obispo sucesor de Julián, Sisberto, aunque fue abortada. Por otra parte,
este rey, ensombrecido por la deplorable situación económica heredada
y agravada por una terrible epidemia de peste bubónica, siguió con
políticas antijudaicas ya bien conocidas, aunque, como se dirá más
adelante, en principio parecía que su actitud iba a ser de tolerancia; y
además quiso intentar otra vez la herencia monárquica, asociando al
trono a su hijo Witiza en el año 698. Durante este tiempo se sumarían

34
otros problemas como el intento de rebelión por parte de un tal
Suniefredo. El gobierno de Witiza (698710), en solitario desde la muerte
de Egica en el año 702, continuó en la vertiginosa caída a la que había
llegado la monarquía. Casi nada se sabe de su reinado; algunas fuentes,
como la Crónica Rotense, le acusan de ser el causante del final del reino,
aunque otras le alaban, como la Mozárabe. Lo cierto es que murió
dejando tres hijos, uno de los cuales, Akhila, fue nombrado su sucesor
por el clan familiar; pero una buena parte de la nobleza se negó a ello
proclamando a Rodrigo, rey. Los partidarios del primero pidieron ayuda
a los musulmanes que, so pretexto de concederla, entraron en Hispania
el 28 de abril del año 711. Rodrigo se hallaba en Pamplona y avanzó
hacia el sur con su ejército. El enfrentamiento definitivo se produjo en el
río Guadalete. La estrepitosa derrota del ejército de Rodrigo y su propia
muerte pusieron el punto final a la agónica realeza visigoda, a la ya
mortecina unidad ideada por Leovigildo y al mundo de la Antigüedad
tardía hispana.

14. Instrumentos para el ejercicio del poder

Uno de los instrumentos más eficaces para reafirmar el poder, y un


medio de plasmación concreta del mismo, es, sin duda, la elaboración y
consolidación de un sistema legislativo, bien sea a base de la creación
de nuevas leyes, o de la derogación, modificación o ampliación de las ya
existentes. A través del complejo sistema legislativo desarrollado
durante la dominación visigoda, tanto en su época tolosana, como en la
de asentamiento hispano, puede verse cómo este instrumento de poder
constituyó una vía de penetración cultural del mundo romano y cómo se
produjo la adaptación y asimilación del mismo.

La complejidad de dicho sistema, sus distintas fases elaborativas y,


sobre todo, la cuestión del alcance territorial de su aplicación, han sido
objeto de polémica e, incluso, de posturas bien encontradas por parte de
los estudiosos, sobre el carácter de territorialidad (aplicación a toda la
población goda y provincial romana) o personalismo (aplicación
diferente para cada pueblo) de las leyes. A este respecto, nuestro
propósito aquí no es otro que el de abordar brevemente la configuración
y desarrollo de la legislación sobre la base de su consideración como
instrumento de poder y en qué medida refleja la capacidad de
asimilación de dos mundos en contacto, romano y bárbaro.

Desde esta perspectiva, tal vez el problema no sea fácilmente reducible


al binomio territorialidad/ personalismo, y, para su correcta orientación,
haya que remontarse a los comienzos de los contactos, más o menos

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beligerantes, entre romanos y godos, en las fronteras del Danubio, a
comienzos del siglo IV: ya desde el foedus establecido en el año 332 por
Constantino y Atanarico, el iudicem potentissimum de los visigodos, en
palabras de Amiano Marcelino (XXXVII 5, 6), y que llevaría, sin
interrupción, aunque en distintos lugares, a la convivencia cada vez más
estrecha entre ambos pueblos.

Otra cuestión, no de menor importancia, es la superioridad en la


civilización y organización del mundo romano, que ayudaría a este
proceso de asimilación y cierta simbiosis, y que el texto que citamos
anteriormente de Orosio sobre la actuación de Ataúlfo pone de
manifiesto.

En este contexto, el reino visigodo de Tolosa mostraba ya una gran


romanización y una muestra de ello es la promulgación del Código de
Eurico. Este código recogería algunas leyes ya promulgadas por
Teodorico I (¿tal vez Teodorico II?). posiblemente referidas al reparto de
tierra, y que ya mostrarían la nueva perspectiva de los reyes de legislar
por escrito; hecho, en nuestra opinión, debido al influjo romano, frente a
la costumbre consuetudinaria germana. Pero antes de pasar a la
cuestión de la territorialidad o no de esta legislación, enumeraremos los
diferentes sistemas legislativos existentes en la época tardía, según se
ejemplifica en el cuadro titulado Origen y evolución del sistema
legislativo en Hispania visigoda (basado parcialmente en los propuestos
por J.M. Pérez Prendes, [Link]. en la bibliografía):

1) Codex Theodosianus (C. T): es la obra legislativa del Imperio romano


en época tardía, con la que se unifican y reelaboran la multiplicidad de
leges e iura que existían y que con mayores o menores inseguridades,
interpolaciones, y mediante creación de antologías y obras habían
realizado los juristas tardíos. Se intentaba, además, uniformar las
muchas variantes surgidas en distintos lugares por efecto de su propia
transmisión.

2) Novellae: Leyes dadas con posterioridad al C. T.


3) Codex Eurici (C.E.): Es la gran obra legislativa de Eurico. Con ella se
pasa del derecho consuetudinario germano a la ley escrita; si bien hubo
algunas leyes anteriores de Teodorico I, de las que se hace eco el propio
C.E. En su redacción intervienen elementos romanos y demuestra un
gran influjo del derecho romano vulgar. Promulgado en una fecha no
segura, comprendida entre los años 466 y 480, en una época en que se
ha producido la independencia del reino visigodo con respecto a Roma.

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4) Breviarium Alarici o Lex Romana Visigothorum (LA V): Promulgado por
Alarico en el año 506, un año antes de la batalla de Vouillé y fin del reino
visigodo de Tolosa. Recoge las leyes del C. T. y otras diversas. Es
evidente, pues, el influjo directo romano y la cultura jurídica romana que
se tenían en el reino de Tolosa. Pero esto no prueba su aplicación a la
población provincial romana, como pretenden algunos autores. Otros, en
cambio, consideran que este Breviario derogó el Código de Eurico con
una aplicación territorial.

5) Lex Theudi regis (L. T): Ley de costas procesales promulgada en el


año 546 e incluida en la L.R.V.

6) Codex Revisus (C.R.): Promulgado por Leovigildo en el año 580; al


parecer, sobre la base del C.E. No se conserva y sólo puede deducirse
por comparación entre las leyes antiquae de la Lex Visigothorum y lo
conservado del C.E. La cuestión más problemática es si abolió la L.R.V.
de Alarico y reelaboró y adaptó la obra legislativa de Eurico y si su
aplicación fue o no territorial, aunque todo parece apuntar a que sí lo
fue.

7) Liber ludicum o iudiciorum o Lex Visigothorum (L. V): Promulgado


probablemente por Recesvinto en el año 654; aunque hay autores que
consideran que su compilador fue Chindasvinto, hacia los años 643-644.
Es la definitiva obra legislativa de la monarquía visigoda, donde se
derogan los cuerpos legislativos preexistentes, aunque se conserven y
mantengan diversas leyes, llamadas antiquae, vigentes tanto en época
de Leovigildo como en la de los reyes sucesivos, desde Recaredo. Se
reformó sustancialmente en época de Ervigio.

8) Concilios: Hay que tener en cuenta dentro del sistema legislativo las
diferentes leyes dadas por los reyes a través de los Tomus regios, en la
celebración de concilios a partir de Recaredo. Asimismo, los diferentes
cánones y decretos conciliares. La importancia política que adquirieron
los concilios se refleja en la incidencia dentro del aparato legislativo.

9) Vulgata de la L.V: Diversas compilaciones posteriores a la época de


Ervigio y que recogen diferentes leyes, a veces contradictorias entre sí.
De estas leyes y versiones vulgares surgirá en época medieval el Fuero
Juzgo.

37
10) Fórmulas visigodas: Colección de fórmulas de derecho público y
privado que sirven de modelos de elaboración de diversos tipos de
documentos, en las que se puede constatar la aplicación del derecho.
Aunque se han supuesto de la época de Sisebuto, su compilación pudo
ser posterior, de finales del siglo VIII, si bien responden a la situación
legislativa del siglo VII.

La cuestión de la territorialidad arranca de si el código de Eurico se hizo


sólo para visigodos o también para romanos. Si hemos de entender al
pie de la letra a Isidoro de Sevilla, cuando dice (Historiae, 35): "... Bajo
este rey los godos comenzaron a tener leyes (legum instituta) escritas,
pues antes se regían sólo por sus usos y costumbre", parece que la
aplicación fue exclusivamente para su pueblo. Es difícil saberlo, pero hay
que tener en cuenta algunos hechos:

1) De aplicación territorial, inevitable, serían las leyes referentes al


reparto de tierras, puesto que estaban implicados romanos y godos
necesariamente.
2) Por otra parte, la existencia misma del Código, escrito en latín,
realizado básicamente por asesores romanos y con influjos del derecho
romano tardoimperial. Como señala García Moreno, la capacidad de
establecer una legislación de las características del C.E., vendrían no
tanto de la actividad de Eurico como monarca tradicional visigodo, sino
más bien de sus funciones de magistrado romano del Imperio.

3) Además el foedus se había roto y el Imperio de Occidente había


desaparecido para las fechas de edición del C.E. Y, cada vez más, eran
reinos independientes de Roma en la práctica, con una patria
conseguida.

Parece, pues, que la finalidad o los objetivos básicos de Eurico serían los
de lograr una aplicación general para todos los que habitasen aquellas
tierras donde alcanzase su dominio.
No obstante, tampoco es fácil pensar que las leyes imperiales, derivadas
del C. T y Novellae posteriores, se hubiesen podido anular por la mera
promulgación del C. E. Sólo se conserva parcialmente y por ello mismo
es difícil conocer todo su alcance y en qué medida pudo ser aplicado.
Pero que ya había habido intentos de imponer territorialmente las leyes
promulgadas por los reyes visigodos puede deducirse del conocido
pasaje de Sidonio Apolinar, donde comenta que el vicario Seronato
trataba de imponer las normas teodoricianas frente a las teodosianas a
los habitantes romanos de Aquitania /Prima.

38
Si es difícil pensar que, al menos en intenciones, Eurico hubiese
legislado sólo para los visigodos, más extraño resulta aún que su hijo
Alarico lo hubiese hecho sólo para romanos. Es cierto que en el
Commonitorium de la L.R. V. se lee que en dicho cuerpo legislativo se
recogen "leges sive species iuris" seleccionadas del Theodosiono vel de
diversis libris, y no se menciona el de Eurico. Pudiera ser, como
sostienen los partidarios de la territorialidad, que con la L. R. V. se
aboliese el C. E.; o que éste siguiera en vigor, sin que fuese imposible
que existiera una compatibilidad. Lo que parecería extraño es, insistimos
en ello, que Alarico hubiera legislado sólo para los provinciales romanos
y no hubiera hecho lo propio con los visigodos o hubiese mantenido sin
modificación alguna el código de su padre, en el supuesto de haber sido
sólo para ellos.

Ya en el nuevo regnum, en Hispania, Teudis (531-548) ampliará la L. R.


V. con una ley de costas procesales, de claro carácter territorial. La
vigencia de esta L. R. V. se dio hasta que en el año 580 Leovigildo
promulga el llamado Codex Revisus, no conservado y, probablemente,
auténtico nudo gordiano para resolver la cuestión de la territorialidad.
Según se deduce de las fuentes, Leovigildo organizó su obra legislativa a
partir del C.E., así Isidoro indica en sus Historiae, 51: "Además en
materia de leyes corrigió todas aquellas que parecían confusamente
establecidas por Eurico, añadiendo muchas leyes omitidas y retirando
bastantes superfluas". Sin embargo, nada se dice de la L. R. V. Los
partidarios de la territorialidad objetan que habría habido una
derogación de la legislación de Alarico y una puesta en funcionamiento y
adaptación de la de Eurico. Los partidarios del personalismo consideran,
por el contrario, que ha de entenderse como la aplicación a los visigodos
del C.E. y a los hispanorromanos de la L. R. V y, por tanto, del
personalismo aún para el C.R. leovigildiano. Ahora bien, sea como fuere
la realidad de la derogación o no del C. E. por la L. R. V y de ésta por el
C.R., lo cierto es que Leovigildo, como hemos visto, ya era un monarca
con una clara intención unificadora, con una voluntad de unificación
política y religiosa, que hace pensar en que su legislación tuviese un
carácter netamente territorial. Como muestra es evidente que la
derogación de prohibición de matrimonios mixtos contribuiría a esta
unificación de población. No quiere decir que no existieran diferencias,
ahora entre visigodos e hispanorromanos, sino que el aparato legislativo
debía ser el primer instrumento de un poder que quería a toda costa la
unificación política. Por otra parte, bien pudo ser la obra legislativa de
Leovigildo un intento de reunificación y reelaboración de la legislación
precedente, tanto de origen romano como germano, que fijara el corpus
legislativo que serviría de instrumento de poder y que sería una
plasmación del mismo al modo de una imitatio Imperii.

39
Por esto, a pesar de las dificultades para establecer el carácter territorial
de los primeros cuerpos legislativos, puede concluirse, para lo que aquí
nos interesa, que, desde que éstos nacen, están claramente influidos por
el Derecho romano vulgar, se escriben en latín y se conforman con
respecto a la legislación romana -aunque conserven aspectos
germánicos ¿por qué no iba a ser lógico?- y se proyecta aplicarlos a toda
la población, romana y visigoda, obedeciendo a una política de
búsqueda de una independencia del Imperio; sin que sea óbice, que no
se diera desde el principio, o que se compatibilizara con las leyes
romanas en muchos casos.

En las sucesivas leyes y reformas a partir de Recaredo y en la


promulgación de la L.V, el carácter territorial de la misma, como
instrumento fundamental del poder de la monarquía visigoda es
evidente y no parece que sobre este supuesto haya oposición en los
investigadores. Otra cuestión es la pervivencia o no de leyes de origen
germano, cuyo contenido escapa al análisis de esta exposición.

15. Documentos del derecho visigodo

Al hablar de las fuentes escritas, señalábamos que existía un grupo


interesante dentro de la documentación epigráfica, las llamadas pizarras
visigodas. Entre los diversos tipos existentes, hay algunas que son
especialmente útiles como testimonio de aplicación del derecho, tanto
de carácter público como privado, en el ámbito de una sociedad
fundamentalmente agropecuaria. La información que más nos interesa
en este apartado es la proporcionada por los documentos dispositivos
públicos y privados y aquellos denominados descriptivos. Antes de pasar
a su análisis hemos de tener en cuenta que el lenguaje empleado es de
tipo jurídico y formulario y que éste permite comprobar los aspectos
evolutivos de la lengua vulgar que mantuvieron una estrecha
convivencia con una tradición culta, a la vez que con el habla cotidiana.

Los documentos dispositivos públicos forenses hacen referencia al


derecho consuetudinario a través de unas condiciones sacramentorum.
En ellas se presta juramento ante una serie de jueces y vicarios, que
luego suscriben dicho documento, por unos caballos que habían
intercambiado entre dos personas. Hay que señalar que los nombres de
los jueces y vicarios son de origen germano, probablemente lo fueran
también las personas mismas. No obstante, a pesar de que, en principio,
estos cargos fuesen ostentados por visigodos (esta inscripción es de
época de Leovigildo seguramente o comienzos del reinado de

40
Recaredo), posteriormente la mezcla de población se daría a todos los
niveles, como tendremos ocasión de ver. Desde luego, por lo que afecta
a la población en general, ya la documentación de las pizarras ofrece
una mezcla continua de nombres de tradición germana y romana.
Igualmente hay otros documentos también relativos a juicios. Tienen un
especial interés las de carácter privado que aluden a ventas de tierra,
chartulae venditionis, o a préstamos, hay una probable chartula mutui, y
otro tipo de placita, relacionados posiblemente con ventas, donaciones u
otras actividades, cuyo estado fragmentario no permite precisar mejor.
Estos textos son una buena muestra de las disposiciones legales
existentes y, a la vez, del tipo de sociedad en el que se realizan.
Básicamente en el ámbito rural, según se ha dicho, en las que, además,
se reflejan, en ocasiones, las relaciones entre domini y servi, liberti,
coloni, y distintos estratos sociales. Volveremos sobre algunos ejemplos
de estas cuestiones al hablar de la población. Por otra parte, esta
documentación encuentra un perfecto paralelo en las Formulae
visigothicae; la seguridad de la fecha de estas piezas, contrastada no
sólo porque en algunas aparece mencionada explícitamente, sino por su
lengua y su tipo de escritura -nueva cursiva común romana-, además del
contenido que se corresponde bien con el momento en que se
redactaron, puede servir de base para confirmar que las citadas
fórmulas circulaban como modelos en los siglos VI y VII, aunque su
recopilación fuese algo posterior.

16. Legislación conciliar sobre los judíos

Los concilios, como consecuencia del predominante papel de la Iglesia


dentro del Estado, adquirieron un importante papel. En los concilios, los
obispos, reunidos a partir de ciertos momentos junto con la nobleza en
concilios provinciales, tenían la capacidad de legislar sobre diferentes
materias; a su vez, eran un ámbito de legislación de los propios reyes.
Hay dos aspectos que conviene resaltar dentro de ellos: la intervención
en la sucesión al trono y la legislación sobre los judíos.

Mientras los arrianos ocuparon el poder no se manifestaron signos de


actividad antijudaica, pero la situación cambió a partir de Recaredo, con
su intento de unificación religiosa bajo el catolicismo. Con la paulatina
incorporación de leyes restrictivas, el abismo entre la sociedad judía y la
católica se fue agrandando, al tiempo que los judíos trataban de
soslayarlo. Sin embargo, a partir de esta situación, existe una clara
reacción por parte de los judíos. Así aparecen asociados con arrianos y
francos en el intento de asesinato de Masona en Mérida, o la conjura de
Gosvinta, viuda de Leovigildo. En la ciudad de Narbona, constituían un
grupo muy importante y en plano de igualdad con el resto de la

41
población. Desde éste y otros lugares, y apoyándose en su influencia
tanto económica como numérica, los judíos participaron en las revueltas
promovidas contra el poder católico de Recaredo, o más adelante,
contra Wamba. En esta actitud de los judíos hay que buscar también
algunas de las causas de la legislación antijudaica, así como antiarriana
de Recaredo. Dentro de esta situación se inscriben las disposiciones que
ya tuvieron lugar en el citado III Concilio de Toledo. Frenar el judaísmo
era un objetivo para consolidar el predominio y la uniformidad católica.
Así, en el canon 14 de dicho concilio se prohibía el matrimonio de una
mujer cristiana con un judío, no al revés. Los hijos habidos de la unión
entre un judío y su concubina o esclava cristiana serían bautizados. Los
judíos no podían tener esclavos cristianos a los que pudieran convertir al
judaísmo. Tampoco podían ocupar un cargo público con autoridad sobre
cristianos. Los judíos reaccionarían intentando que no se aplicasen estas
leyes, de un lado pagando una fuerte suma de dinero a Recaredo, de
otro mediante el soborno a los funcionarios reales.

Witerico, en cambio, fue un rey que, con su tendencia arriana, se alió


con los judíos, según hemos visto antes al mencionar el episodio de
Froga y Aurasio.

Por contra, su sucesor Sisebuto intentó implantar de nuevo la política de


Recaredo, promulgando leyes que se insertan en el contexto general de
otras zonas cristianas de Europa. Para Sisebuto los judíos constituían un
claro problema de desestabilización política. La conversión era, pues, la
única solución posible y con ella podrían conservar sus bienes; en caso
contrario, la expulsión era el único camino. Antes de llegar a esto, los
esfuerzos se habían centrado en evitar el proselitismo judío,
amenazándolos incluso con la pena de muerte. Se fijó, además, la fecha
de 1 de julio del año 612 para que los judíos vendieran sus esclavos a
compradores cristianos y lograr de este modo que no cayeran bajo el
pernicioso influjo de sus amos. Era una medida que basaba su fuerza en
el ataque a los miembros más influyentes de las comunidades judías, al
promover la ruptura de lazos entre amos y esclavos. Su adopción
respondía también a un planteamiento ideológico en su vertiente tanto
moral como religiosa y jurídica. Si el cristianismo libera al hombre, el
judío no es un hombre libre y, por lo tanto, difícilmente un cristiano
puede hallarse sometido a un judío.

A estas nuevas medidas los judíos respondieron de formas diversas,


entre las que cabría mencionar el falso bautismo del hijo de un judío,
para que éste pudiera actuar en la compra de esclavos cristianos, o la

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falsa redención de cautivos en la Gallia para servirse de ellos como
esclavos en la Península.

Posteriormente, Suintila y Sisenando adoptaron un talante más liberal,


permitiendo a los judíos volver a sus antiguas prácticas y autorizando el
regreso de quienes se habían visto forzados a emigrar a la Gallia.

La existencia de un número considerable de falsos conversos, fruto de la


política represiva de Sisebuto, llevó a los asistentes al IV Concilio de
Toledo en el año 633 a retomar medidas ya antiguas o a adoptar otras
nuevas. Así, la de los matrimonios mixtos (canon 63), la de no poder
ejercer cargos públicos (canon 65) o la de prohibir adquirir esclavos
cristianos (canon 66).

De poco sirvieron estas medidas, cuando Chintila se vio obligado a


insistir en la infidelidad de los judíos en el canon 3 del VI Concilio de
Toledo. El judaísmo se mantenía firme gracias a una red de
complicidades. Cada vez que sobrevenía un período de intolerancia
católica, el elemento judío, apoyándose en su poder económico,
promovía secretamente una revuelta en el seno del grupo arriano, ya de
por sí proclive a los levantamientos, lo que hacía y hace todavía difícil
distinguir quién se hallaba detrás del movimiento, si arrianos o judíos.
Chintila, con el apoyo del Papa Honorio I, se decidió de nuevo por la
expulsión, veinticinco años después de la de Sisebuto. Si optaban, en
todo caso, por la conversión, tenían que renunciar a toda práctica del
judaísmo y cesar en su contacto con otros judíos.

Sin embargo, con Chindasvinto se aprobaron una serie de medidas


favorables a los judíos, que, a su vez, fueron rechazadas por su sucesor,
Recesvinto, en el discurso preliminar del VIII Concilio de Toledo:

"...Me refiero a la vida y costumbres de los judíos, de quienes tan sólo sé


que con su peste contagiosa está manchada la tierra de mi gobierno.
Pues, ya que Dios omnipotente había arrancado de raíz a todos los
herejes de esta tierra, se sabe que ha quedado esta única vergüenza
sacrílega, a la que o la fuerza de nuestra devoción corregirá, o la
venganza del castigo aniquilará".

Sin embargo, los asistentes solicitaron clemencia al rey, volviéndose de


nuevo a las conclusiones del IV Concilio.

A fin de romper las bases ideológicas y sociales de la misma comunidad

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judía se prohibió el proselitismo, el criptojudaísmo y se limitaron las
manifestaciones externas del culto judaico (fiestas, especialmente el
sábado, la circuncisión, las leyes dietéticas, etc.). Se puso especial
énfasis en la cuestión de los relapsos, condenando a los transgresores a
la lapidación y la hoguera y a los que les encubrieran a la excomunión y
confiscación de bienes. Esta actitud se vio continuada en la
promulgación de leyes, del mismo tipo, que el propio Recesvinto dio en
el año 654, al año siguiente del VIII Concilio.

En el curso de los dos años siguientes, durante los Concilios IX y X de


Toledo, se produjo una deserción de los nobles asistentes a causa de las
leyes socioeconómicas dictadas para judíos y para godos, estos últimos
asociados a ellos por intereses comunes, y también a causa del rigor
utilizado contra las costumbres muy relajadas de algunos eclesiásticos.
La radicalización del problema judío trajo consigo una serie de revueltas
a partir del año 657.

Uno de los aspectos que conviene señalar es el de cuáles podían ser las
razones por las que los no judíos brindaban su ayuda a los judíos. En
primer lugar, existían intereses económicos comunes. Había una
clientela de judíos y los no judíos se servían de su poder económico. En
segundo lugar, los problemas de conciencia que se suscitaron siguiendo
la doctrina del IV Concilio de Toledo y de Isidoro de Sevilla. Se sabe,
además, que los judíos recaudaban impuestos y administraban bienes a
la Iglesia. La pregunta que surge en estos momentos es cómo era
posible combatirlos y al mismo tiempo darles responsabilidades sobre
los cristianos. En el IX Concilio se constató que el éxito había sido
mínimo, salvo en algunos lugares. Se daba el caso de ciertos esclavos de
la Iglesia que, liberados por ella, volvían a serlo voluntariamente de
judíos a causa de su pobreza.
El rey Wamba, según se ha dicho, tuvo que enfrentarse a la revuelta del
dux Paulo y la Narbonensis, donde los judíos, que vivían en un plano de
igualdad con los demás, participaron a favor de los rebeldes. Una vez
sofocada dicha rebelión, los judíos fueron expulsados de los territorios
de la Gallia visigoda, aunque parece que después pudieron retornar y
gozar de cierta tolerancia.

En el XII Concilio de Toledo, en el año 681, Ervigio exhortaba así a los


asistentes:
"Levantaos, os lo ruego, levantaos, desatad las ligaduras de los
culpables, corregid las deshonestas costumbres de los transgresores,
ejerced vuestro aplicado celo contra los herejes, extinguid las
mordacidades de los soberbios, aliviad las cargas de los oprimidos, y lo

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que es más que todos estas cosas, extirpad de raíz la peste de los judíos
que siempre se recrudece en una nueva locura".

A continuación ordenó que se bautizaran en el plazo de un año bajo


pena de exilio y confiscación de bienes. Suprimió la pena de muerte,
impuesta por Sisebuto, al judío que tenía esclavos. Impuso nuevas penas
contra los que practicaban el criptojudaísmo, así como la prohibición de
ocupar cargos públicos, especialmente sobre cristianos, salvo
excepciones. Se trataba de un cambio de planteamiento, fruto de la
imbricación entre las tensiones escatológicas del cristianismo y un
mesianismo judío siempre activo, por el que se obligaba a los judíos a
suscribir un pacto de dependencia, ahora con el obispo y en el que
nuevamente la persuasión jugaba un gran papel. Tampoco tuvieron
mucho éxito esta vez las medidas antijudaicas, debido a la complicidad
entre judíos y cristianos. En otro orden de cosas, las leyes de Ervigio se
proponían al mismo tiempo frenar el poder económico de los judíos, al
considerar que las medidas de tipo económico lograrían lo que
difícilmente podían conseguir las de tipo religioso. De todos modos no
dejó por ello de insistir en ciertos aspectos como las leyes alimentarias,
el descanso sabático, el matrimonio entre parientes y la cuestión de la
dote de la esposa judía.

Egica permitió que conservaran esclavos, a cambio de la promesa de


conversión. Bajo su reinado, durante un cierto tiempo, los judíos
ejercieron sus oficios libremente y dedicándose al comercio, tal era el
caso de Restituto, el judío que actuó de enlace entre Julián de Toledo e
Idalio de Barcelona, para transportar el Prognosticon escrito por el
primero, a lo largo de una ruta que seguramente ya frecuentaría como
comerciante de otras mercancías.

Entre los años 693 y 694 Egica adoptó una serie de medidas, siguiendo
la política de su predecesor de atraérselos por su codicia e intentando
beneficiar a los que detentaban un mayor poder económico. Los
comerciantes debían convertirse para acceder a los puertos y fletes. Si
lo hacían dejarían de pagar el impuesto que estaban obligados a
satisfacer. Lo que dejasen de pagar, por este procedimiento, lo harían
los recalcitrantes. Además quedarían libres del control de los obispos,
que Ervigio les había impuesto, para volver con el tiempo bajo la tutela
real, lo que provocaría una fuerte reacción episcopal.

El peligro de una revuelta en la que habrían tomado parte los judíos


peninsulares y foráneos, llevó a los participantes del XVII Concilio de
Toledo en el año 694, a adoptar nuevamente medidas más severas,

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como la confiscación de todos los bienes inmuebles y los esclavos de
judíos que no se convirtieran y la dispersión y esclavización de todos
aquellos judíos que, ya convertidos, manifestaban una fe dudosa.

La presión ejercida por el estado visigodo, teocrático y católico, así como


las esperanzas de una vida mejor bajo control islámico, surgidas a raíz
de los constantes contactos con sus correligionarios del norte de Africa,
permitieron sentar las bases de lo que en adelante se conocería como la
participación judía en la pérdida de Hispania.

17. La sucesión al trono

A lo largo de toda la historia de los godos, la sucesión al trono es un


problema que va surgiendo constantemente, aunque durante
prácticamente toda su existencia el nombramiento de un nuevo rey se
llevó a cabo dentro de un clan. La elección centrada en un único linaje
facilitaba la sucesión hereditaria, pero además proporcionaba una mayor
perdurabilidad. Si bien esta sucesión fue perpetuándose cada vez más,
también es cierto que todo monarca debía ser aclamado y aceptado por
la aristocracia gentilicia goda. Así, los amalos ostentaron las jefaturas
militares de los godos. Posteriormente los ostrogodos fundamentaron su
realeza en el linaje de los amalos, siendo el primer rey Ermenerico. En
cuanto a los visigodos, su primer rey Alarico I estableció la sucesión en
el linaje de los baltos, que estuvo en el poder hasta la muerte de
Amalarico, quien estaba a la vez emparentado con los amalos por vía
materna. La realeza visigoda de la época de las invasiones y los pactos
romanos era de carácter mixto, aunaba la monarquía de tipo tradicional,
la de las grandes familias, con la de carácter militar, la de los duces,
elegidos por su capacidad militar. De sus funciones judiciales, a la vez
que militares, dan cuenta las fuentes cuando les califican de iudices.

Hay que tener en cuenta, por otra parte, que aun conservando su
carácter germánico, los reyes que establecían pactos con los romanos
reconocían por medio de éstos la superioridad del Imperio, pero, a su
vez, éste les confirmaba como la suprema autoridad dentro de su pueblo
y, además, les otorgaba el título de magistri militiae, es decir, un alto
cargo dentro de la administración imperial romana. Es evidente que este
cargo les confería cierta autoridad sobre la población de origen romano
donde se habían asentado. Por otra parte, los visigodos se encontraron
con una administración territorial del Imperio que seguía funcionando y,
aunque se mantuvieran los séquitos visigodos, cargos militares y
sistemas originales de su organización, es indudable que la coexistencia
y convivencia con cargos romanos, tanto militares como civiles,
provocaría que, poco a poco, se fuese dando paso a una progresiva

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mezcla y cierto desdibujamiento de los límites diferenciados de
funciones.

La sucesión dinástica real empezó siendo efectiva con la creación del


reino de Tolosa y uno de sus más grandes representantes, Teodorico I;
pero todavía no se contemplaba la posibilidad de la sucesión hereditaria,
e incluso la ostentación del poder podía venir dada por el apoyo de las
clientelas. Estas habían ido fortaleciendo cada vez más su poder, como
elemento esencial de consolidación de la monarquía, pero la pérdida del
reino visigodo tolosano y las tierras posibilitaron a la aristocracia
gentilicia luchar por el poder e intentar romper la línea sucesoria de los
baltos.
La regulación de la sucesión al trono no quedó establecida hasta la
celebración del IV Concilio de Toledo del año 633, puesto que, al no
existir una herencia dentro del mismo linaje desde la muerte de
Amalarico, las asociaciones al trono se habían ido multiplicando. Toda
asociación real eliminaba de principio una posible sucesión al trono por
aclamación o por elección, que aun habiéndose perpetuado el linaje de
los baltos, siempre se había producido de este modo. La clara intención
de conservar el trono dentro de una misma familia la encontramos con
Liuva I, que asoció a su hermano Leovigildo. El mismo hecho se repite
con Leovigildo, que asoció al trono a sus hijos Hermenegildo y Recaredo.
También Suintila asoció a Ricimiro antes del IV Concilio, y con
posterioridad a la celebración de éste, las usurpaciones y las
asociaciones al trono se repitieron con Chindasvinto y Recesvinto, y con
Egica y Witiza.

El IV Concilio de Toledo estableció las bases para la regulación electiva


del nuevo monarca y procurarle la necesaria legitimidad. De hecho, la
importancia política de este Concilio fue decisiva, se buscaba la mayor
fortaleza de la monarquía por parte del rey, y también de la Iglesia;
pero, a la vez, la nobleza consiguió la formulación precisa de una
monarquía de carácter electivo y no hereditario; se logró mayor
intervención y poder eclesiástico al legitimar por la unción de manos del
obispo a los reyes y, con ello, la sacralización del poder, la igualación
entre el estamento nobiliario y el clero y la obligación de fidelidad de los
súbditos al rey. Además de las garantías procesales en los juicios reales
y una dura política antijudaica, según hemos indicado. El largo texto del
canon 75 hace hincapié en todos los aspectos de la sucesión pero
también en los de la forma de gobernar que debiere tener un monarca.
Probablemente, Isidoro de Sevilla, que presidía el concilio, quiso plasmar
su concepción filosófico-horaciana de lo que él entendía por ejercicio del
poder y que en muy pocas ocasiones coincidía con la realidad: "Rex eris
si recte facias, si non facias non eris" (rey serás si obras con rectitud, si

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no obras así, no lo serás). El carácter legítimo del nuevo monarca sólo
podía respaldarse en sus atribuciones sagradas, es decir, en la unción
real. El caso de Witiza es el más paradigmático puesto que fue ungido
en vida de su propio padre, lo cual presupone la sacralización de su
persona, estableciéndose una monarquía hereditario-patrimonial posible
gracias a un sistema electivo sacralizado por la unción. El otro ejemplo,
que había precedido al de Witiza, fue el de Wamba.

El intervencionismo cada vez más claro de la Iglesia y la nobleza en los


asuntos de Estado, durante el siglo VII, muestra que si bien el rey podía
ser elegido y ungido por estos grupos sociales dominantes, también es
cierto que podía ser depuesto por estos mismos grupos. El canon 75 del
IV Concilio de Toledo es muy relevante a este respecto: "...que nadie
prepare la muerte de los reyes, sino que muerto pacíficamente el rey, la
nobleza de todo el pueblo, en unión de los obispos, designarán de
común acuerdo al sucesor en el trono..." Al mismo tiempo la legislación
conciliar establece que todo nuevo monarca debía ser entronizado en la
capital del reino o bien en el lugar donde había muerto su predecesor,
pero la ceremonia no podía celebrarse si no estaban presentes las altas
jerarquías sociales y eclesiásticas. De este modo quedó establecido en el
canon 10 del VIII Concilio de Toledo, celebrado en el año 653: "...De
ahora en adelante, pues, de tal modo serán designados los reyes para
ocupar el trono regio, que sea en la ciudad real, sea en el lugar donde el
rey haya muerto, será elegido con el voto de los obispos y de los más
nobles de palacio, y no fuera, por la conspiración de pocos, o por el
tumulto sedicioso de los pueblos rústicos". Se reafirma así el poder
aristocrático y episcopal en la sucesión al trono.

El aulae regalis officium o palatinum officium (Aula Regia o Palatina)


estaba integrada por una serie de nobles o palatinos y gardingos al
servicio directo del rey y órgano central del gobierno. Estos individuos
vivían en la corte o en propiedades cedidas por ella, jugaron un papel
importante durante el siglo VII, puesto que formaban parte del séquito
que acompañaba al monarca a la reunión conciliar y además firmaban
las actas. Este hecho contribuye a que se conozcan muchos nombres de
los individuos que formaban el aula regia. Esta estaba constituida por los
maiores palatii, seniores, optimates, primi y primates, que tenían acceso
directo al rey, al igual que los gardingos, aunque estos últimos no
ostentaban cargas administrativas, sino sólo de lealtad personal y de
acciones militares específicas. Cabe destacar que los seniores no
siempre formaron parte de la aristocracia que vivía en el palacio, sino
que, aun a pesar de ser nobles de linaje godo, sólo tenían algunos
compromisos de carácter militar con el rey y esencialmente cuando éste
convocaba una publica expeditio.

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El resto de la corte u órgano gubernamental se componía de los viri
ilustres de origen romano, de los comites y por último del dux. Los
comites tenían importantes cargas administrativas; así, por ejemplo, el
comes thesauriorum se ocupaba de la tesorería real y las finanzas de la
corte, sus funciones se prolongarían en el siglo VII al control de ciertos
impuestos y de la acuñación de moneda; el comes patrimonii atendía los
problemas de la administración territorial y se dedicaba a la recaudación
de impuestos; el comes scanciarum controlaba las necesarias
provisiones reales; el comes spatariorum (del gótico spatha, espada),
tenía a su cargo el control de la guardia personal del rey; ya en el siglo
VII, estas dos categorías tenían relación con la administración fiscal,
podía haber varios y podían tener diversas fincas reales bajo su control,
además emplearían parte de los impuestos recaudados por los servicios
del comes patrimonii para cubrir gastos de la administración y el
ejército; el comes cubiculariorum se ocupaba de la cámara real; el
comes stabuli era el encargado de las caballerizas y, posiblemente, del
aprovisionamiento e intendencia de armas; el comes notariorum se
hacía cargo de la cancillería; los convites civitatum se ocupaban de la
administración civil de tipo judicial y fiscal y eran similares a los iudices
o rectores provinciae, gobernadores provinciales; y, por último, los
convites exercituum ostentaban la jefatura regional de los ejércitos
provisionales; pero el mando supremo del ejército estaba al cargo del
dux exercitus provinciae, que terminó por tener atribuciones tanto
civiles como militares.

El palatinum officium es el que reafirma sin comparación el poder real,


pues es esta institución la que regula y hace funcionar la máquina
estatal, cuya decisión final está en manos del monarca. Uno de los
principales mecanismos lo encontramos en el juramento de fidelidad de
un súbdito del rey para con el monarca. El vínculo personal que se
creaba a partir de este juramento tenía mucho de político, pero también
de religioso y de moral. La violación o quebrantamiento del juramento
de los fideles al rey era sancionada y castigada duramente, puesto que
los monarcas visigodos utilizaron este vínculo de fidelidad como
instrumento regulador y pacificador del territorio sometido al poder real.
El compromiso de fidelidad al rey comportaba, al mismo tiempo, un
compromiso de fidelidad con Dios. Por tanto, es fácil imaginar que el no
cumplimiento de tal juramento debió suponer duras penas de castigo.
Por otra parte, esta vinculación de fidelidad llegó a ser el soporte más
directo de la realeza, hasta el punto de que los reyes procuraron legislar
a través de los concilios para asegurar la vida de sus fideles, junto con la
de la propia familia real, en caso de muerte del monarca o usurpación
del trono. El estatuto jurídico fue explicitado especialmente en el VI
Concilio de Toledo, con Chintila, según se ha comentado anteriormente.

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Otro de los compromisos que se establecían entre el monarca y sus
fieles era la prestación de servicios a cambio de una concesión de
stipendia, que a pesar de que no eran hereditarios, la práctica hacía que
pasasen de padres a hijos. Es evidente que la retribución por medio de
concesiones de tierras era uno de los principales instrumentos para el
enriquecimiento de las altas clases aristocráticas al servicio del
monarca.

18. La organización administrativa y eclesiástica

Cabe resaltar que el problema de las provincias administrativas, junto


con el de los posibles distritos eclesiásticos, sigue abierto. Ello se debe a
la fragmentaria información proporcionada por las fuentes de la época y
por lo poco que éstas han sido estudiadas. Por regla general la
documentación existente corresponde al siglo IV, o bien se trata de
manuscritos tardíos que presentan dudas en su correcta atribución.

La división de las provincias de la Hispania de la Antigüedad tardía


encuentra su origen en la reforma llevada a cabo por Diocleciano, que
aumentó el número de provincias en todo el Imperio y las agrupó en
diócesis, pasando en el siglo IV, estas últimas, a formar parte de las
prefecturas. Hasta la reforma dioclecianea, Hispania contaba con tres
provincias: la Baetica, la Hispania Citerior y la Lusitania.

Las listas de las divisiones provinciales de finales del siglo IV varían las
atribuciones. Así, por ejemplo, la denominada Lista de Verona o
Laterculus Veronensis de hacia el año 312 las establece de la siguiente
forma: Diocesis Hispaniarum habet provincias numero VII: Beticam,
Lusitaniam, Karthaginensis, Gallecia, Tharraconensis, Mauritania
Tingitana. Entre los errores del copista destaca la confusión de siete
palabras (la Mauritania Tingitana consta de dos palabras) por siete
provincias, cuando en realidad sólo se citan seis.

Otro documento, un poco más tardío, cuya fecha se sitúa antes o


después del año 400, es el del Laterculus provinciarum de Polemius
Silvius: Nomina Provinciarum . ...In Hispania VII. Prima: Tarraconensis./
Secunda: Carthaginensis./ Tertia: Baetica./ Quarta: Lusitania, in qua est
Emerita./ Quinta: Gallaecia./ Sexta: Insulae Baleares./ Septima:
Tingitana./ Octava: trans fretum quod ab Oceano infusum (terras intrat)
Caplem et Abinam. Este texto presenta la novedad de que se
contabilizan siete provincias pues han sido sumadas las Islas Baleares.

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Aunque aparentemente el problema de la división administrativa, con
estas listas, podría quedar claro, esto no es tan cierto, pues se siguen
planteando dudas de cómo, cuándo y porqué algunas pasaron de ser
praesidiales a ser consulares. También los textos conciliares y fuentes
históricas plantean confusión en el resurgir de algunas denominaciones
territoriales como, por ejemplo, la utilización de Orospeda por la zona
oriental de Sierra Morena, de Sabaria por la zona de las actuales Zamora
y Salamanca, de Cantabria, de Celtiberia o de Carpetania. Persiste
también el conocer cuáles fueron los límites precisos de cada uno de
estos territorios provinciales. El caso de la ampliación de los diferentes
territorios de la Carthaginensis es un ejemplo más de cómo la presencia
de nuevas poblaciones fue modificando el panorama administrativo. El
conocimiento de las diferentes provincias, los territorios a ellas adscritos
y sus límites, permitiría una mejor aproximación a lo que debió ser la
posible superposición de los distritos eclesiásticos.

J. Orlandis, tras el análisis de los textos conciliares y de códices tardíos,


especialmente el Ovetense de El Escorial, fechado en el siglo VIII, ha
establecido una división de las provincias de la antigua Hispania, las
sedes metropolitanas y los obispados que de cada una de ellas
dependían. Así, la organización eclesiástica se basa en la organización
administrativa, y en su mayoría las ciudades que habían sido capitales
de provincia pasan a ser sedes metropolitanas. El panorama de la
división eclesiástica, según este investigador, queda establecido de la
siguiente manera:

Carthaginensis: sede metropolitana, Toletum (Toledo); 22 obispados,


Acci (Guadix), Arcavica, Basti (Baza), Beatia (Baeza), Bigastrum
(Cehegín), Castulo (Cazlona), Complutum (Alcalá de Henares), Dianium
(Denia), Elo (Montealegre), Illici (Elche), Mentesa (La Guardia), Oretum
(Granátula), Oxoma (Osma), Palentia (Palencia), Setabi (Játiva),
Segobriga, Segovia, Segontia (Sigüenza), Valentia (Valencia), Valeria,
Urci (Torre de Villaricos).

Baetica: sede metropolitana, Hispalis (Sevilla); 10 obispados, Assidona


(Medina Sidonia), Astigi (Ecija), Corduba (Córdoba), Egabrum (Cabra),
Elepla (Niebla), lliberris (Elvira- Granada), Italica, Malaca (Málaga), Tucci
(Martos).

Lusitania: sede metropolitana, Emerita Augusta (Mérida); 13 obispados,


Obila (Avila), Caliabria, Coria, Conimbriga, Egitania (Idanha-a-Velha),

51
Ebora, Lamego, Olysipona (Lisboa), Ossonoba (Faro), Pax Iulia (Beja),
Salmantica (Salamanca), Viseo.

Gallaecia: sede metropolitana, Bracara (Braga); 10 obispados, Asturica


(Astorga), Auria (Orense), Britonia (Mondoñedo), Dumio, Iria Flavia
(Padrón), Laniobrensis (Lañobre), Lucus (Lugo), Portucale (Oporto), Tude
(Tuy).

Tarraconensis: sede metropolitana, Tarraco (Tarragona); 15 obispados,


Emporiae (Ampurias), Auca (Oca), Ausona (Vic), Barcino (Barcelona),
Caesaraugusta (Zaragoza), Calagurris (Calatayud), Dertosa (Tortosa),
Egara (Tarrasa), Gerunda (Gerona), Ilerda (Lérida), Osca (Huesca),
Pompaelo (Pamplona), Turiasso (Tarazona), Urgel.

Narbonensis: sede metropolitana, Narbo (Narbona); 8 obispados, Agatha


(Agde), Beterris (Béziers), Carcaso (Carcasona), Elna, Luteba (Lodéve),
Maguelon, Neumasus (Nimes).

Al lado de estas sedes episcopales hay que mencionar las otras


unidades administrativas internas y la existencia de iglesias de rango
inferior. Por un lado, dentro de las propias ciudades, si hay suficiente
número de población, se dan otras diversas iglesias, basílicas o
monasterios. El caso de Mérida es quizá el más patente. En los diversos
territorios existían las parroquias, en zonas rurales, que aglutinaban a
los feligreses de los diferentes lugares. Disponemos de información
especialmente rica sobre la Gallaecia, gracias al Parochiale suevo. Por
otro lado, los monasterios, generalmente en ámbitos rurales, aunque
algunos existieron en ciudades o zonas próximas a ellas.

Por último, las llamadas iglesias propias, construidas por los dueños de
grandes propiedades fundiarias para uso de las personas que dependían
o estaban ligadas a sus tierras. Estas iglesias fueron causa de conflicto
porque los dueños pretendían obtener provecho material de ellas, contra
los intereses de la Iglesia. Es sabido que algunas fundaciones
monásticas se dieron en este tipo de propiedades. La problemática
establecida en relación con la propiedad, los beneficiarios, la fundación y
los posibles fines de su utilización hizo que hubiese que redactar
disposiciones legales pertinentes.

19. La administración y el fisco

52
Hemos visto ya algunos de los cargos más importantes del palatinum
officium o Aula Regia, que desempeñaban funciones en la
administración civil y militar. Cabe, pues, matizar aquí algunas
cuestiones relativas al funcionamiento de la administración y el fisco.
Como se ha indicado, el dux provinciae llegó a ser el máximo mando
militar, pero también controlaba todo lo referido a la administración de
cada provincia que les hubiese sido encomendada, quedando por
encima del comes civitatis, especialmente a medida que la
administración se fue militarizando progresivamente. Al parecer,
muchos nobles romanos accedieron a la categoría de dux, pues
conocemos a algunos de ellos, así por ejemplo Claudius, que era dux de
la Lusitania y fue el encargado de enfrentarse a los francos en el año
589. Por debajo del dux se sitúa el comes civitatis, que tenía a su cargo
la administración de la justicia, funciones fiscales y policiales en la
civitas y en su territorium, unidad inferior a la ciudad. Al pertenecer a la
comitiva regia, el territorio recibía el nombre de comitatus (condado).

Hay que señalar que el comes civitatis es una figura que se va


imponiendo sobre el iudex o rector provinciae, gobernador provincial,
cargo con origen en la curia romana y que sobrevive en sus funciones
básicamente judiciales, tanto en casos civiles como criminales. Percibía
directamente el sueldo del monarca, con el cual debía mantener a su
grupo de hombres acuartelados, es decir, su praetorium. Cumplía
además funciones de recaudador de impuestos. Por debajo del comes
estaban sus delegados, los vicarii y los defensores civitatis, aunque esta
figura terminó por desaparecer; se trataba de un cargo judicial menor,
que a partir del III Concilio dependía del obispo y se elegía cada dos
años. El territorium estaba controlado por los iudices loci, que eran
administradores de latifundios reales o propietarios.

En relación con la organización jurídica, además de los elementos


señalados hay que tener en cuenta que, a partir del Concilio citado, el
obispo era el juez ordinario y los concilios provinciales el órgano de
apelación de las sentencias del tribunal episcopal. Por último debe
indicarse que el tribunal supremo era la audientia regis, donde el rey
administraba justicia rodeado del Aula Regia.
Hay que señalar que todo este modelo administrativo y judicial
corresponde a la reforma de Leovigildo, y su evolución posterior tiene
sus precedentes en el reino visigodo de Tolosa, y, sobre todo, constituye
un elemento más de la imitatio Imperii de la que ya hemos hablado,
pues responde a elementos básicamente tomados del Imperio bizantino.
No obstante, con el paso del tiempo, se fue militarizando cada vez más;
es decir, frente a la tradicional separación en funciones civiles y

53
militares, poco a poco los duces y comites fueron teniendo
responsabilidades de ambos tipos.
Hemos avanzado ya que el responsable directo de la gran maquinaria
que representaba la recaudación de impuestos era el comes patrimonii,
en realidad heredero de las funciones que tenía el comes rei privatae de
época imperial. Más adelante veremos cómo en muchos casos, estos
comites tenían un origen romano. A partir del III Concilio de Toledo, esta
labor recaudatoria estará también bajo el control del obispo. El trabajo
de recaudación de impuestos era supervisado por los numerarii,
dependientes de los gobernadores provinciales y parte de sus consejos,
junto con los cancellarii, aunque distribuidos por provincias, eran
nombrados por el obispo cada dos años; dentro de ellos había muchos
grupos, entre ellos los exactores, cuyo nombramiento se debía a la curia
municipal. El cargo de exactor no era a perpetuidad sino que cada dos
años era elegido un nuevo individuo. Dentro del complejo engranaje de
la recaudación de impuestos, conocemos la existencia de otros
funcionarios como el tabularius, de condición libre, que como principal
función tenía la de hacer llegar a todos los contribuyentes la petición del
pago de los impuestos y la de poner al día el registro de dichas
contribuciones. También estaban los telonarii, encargados de impuestos
especiales de aduana. Pero el que realmente se encargaba de percibir
materialmente los impuestos era el susceptor, que era igualmente
elegido por el consejo municipal. La preocupación de los comites
patrimoniorum en que la recaudación fuese efectiva obligó a enviar a los
diferentes territorios a los compulsores, que cobraban los atrasos, y a los
discussores, que controlaban el buen funcionamiento. También tenían
atribuciones fiscales, incluso policiales y judiciales, los villici y los actores
rerum fiscalium, encargados de la administración de las propiedades
reales.

Tal como indica la legislación, sólo los romanos estaban obligados a


pagar impuestos sobre el tercio de tierras que conservaban. Los godos
estaban eximidos de tal obligación, en lo que a los dos tercios restantes
se refiere. Cuando las propiedades de un visigodo no estaban sujetas a
la repartición, sino que eran posesiones íntegras, entonces sí que se veía
obligado a pagar sus impuestos. Se pagaban impuestos por la posesión
de tierras cultivables, viñedos, casas y posesión de esclavos. Recaían
sobre las personas y las propiedades, por ello sólo sobre una parte de la
tierra se gravaba, lo que traía perjuicios al fisco. Además, al parecer, la
nobleza visigoda, cada vez más poderosa, sería difícilmente controlable
cuando quería dejar de pagar y, por otra parte, en muchas ocasiones
establecían sus propios impuestos a las personas dependientes de ellos.

Es debatida la cuestión de si pagaban o no, pero parece que en la


medida que hubo una aplicación territorial de las leyes y, aunque fuese
progresivamente, la distinción tendería a desaparecer, y sería esperable

54
si se piensa en un estado que tiene cada vez más necesidades de cobrar
impuestos directos para sufragar gastos militares y llenar las arcas
reales.

A partir del III Concilio de Toledo existió un claro intervencionismo de la


Iglesia dentro de los asuntos fiscales de carácter estatal. Un documento
excepcional para ilustrar este hecho nos lo proporciona una epístola del
año 592, el De fisco Barcinonensi. La participación de la Iglesia en estos
asuntos debió ser una práctica habitual, pues en este texto se recalca
"según es costumbre". El texto completo dice así:
"A los sublimes y magníficos señores hijos y hermanos numerarios,
Artemio y todos los obispos que contribuyen al fisco en la ciudad de
Barcelona. Puesto que habéis sido elegidos para el cargo de numerarios
en la ciudad de Barcelona, de la provincia Tarraconense por designación
del señor e hijo y hermano nuestro Escipión, conde del patrimonio, en el
año séptimo del feliz reinado de nuestro señor el rey Recaredo, habéis
solicitado de nosotros, según es costumbre, la aprobación con arreglo a
los territorios que están bajo nuestra administración. Por ello, por la
ordenación de esta nuestra aprobación decretamos, que tanto vosotros
como vuestros agentes y ayudantes debéis exigir del pueblo, por cada
modio legítimo, nueve silicuas y por vuestros trabajos una más. Y por los
daños inevitables y por los cambios de precios de los géneros en
especie, cuatro silicuas, las que hacen un total de catorce silícuas,
incluida la cebada. Todo lo cual según nuestra determinación, y
conforme lo dijimos, debe ser exigido tanto por vosotros como por
vuestros ayudantes y agentes; pero no pretendáis exigir o tomar nada
más. Y si alguno no quiere avenirse a esta nuestra declaración, o no
procurarse en entregarte en especie lo que te conveniere, procure pagar
su parte fiscal y si nuestros agentes exigiesen algo más por encima de lo
que el tenor de esta nuestra declaración señala, ordenaréis vosotros que
se corrija y se restituya a aquél que le fue injustamente arrebatado. Los
que prestamos nuestro consentimiento a este acuerdo firmamos de
nuestras propias manos más abajo.

Artemio, obispo en nombre de Cristo, firmé este consentimiento nuestro.


Sofronio, obispo en nombre de Cristo, firmé este consentimiento
nuestro.
Galano, obispo en nombre de Cristo, firmé este consentimiento nuestro.
Juan, obispo en nombre de Cristo, firmé este consentimiento nuestro".
Vemos, por tanto, en este texto cómo la Iglesia, a través de sus obispos,
ejerció el control fiscal. Este control se debía esencialmente a que los
numerarios o agentes fiscales (numerarii) que tenían como función
recaudar los tributos eran nombrados directamente por los obispos. El
texto es también interesante pues proporciona el único nombre de un

55
comes patrimoniorum conocido, el de Escipión, que es además de claro
origen romano.

20. El ejército visigodo

En la estructura del ejército también puede verse la asimilación del


mundo visigodo al romano. Esto es más claro si se piensa en la larga
convivencia de los visigodos como foederati del Imperio. De hecho, su
distribución decimal, aunque quizá sólo teórica, se basa en la del ejército
bajoimperial. La unidad fundamental era la thiufa, mandada por el
thiufadus, similar al millenarius romano, debajo del cual estarían el
quingentenarius, el centenarius y el decanus, aunque es probable que
tales divisiones no respondieran generalmente a la realidad. Hemos
indicado ya cómo cada vez se da una mayor militarización de la
administración, lo que trajo consigo el ejercicio de ciertas funciones y

56
controles militares por comites o duces. Concretamente el dux exercitus
provinciae, con control sobre cada una de las provincias, inicialmente
seis en esta época, de Hispania, y con un poder cada vez mayor que,
sumado a las otras atribuciones, le conferiría un predominio
sobresaliente con respecto al resto de la nobleza.

Pero lo que interesa resaltar especialmente no es tanto la composición


del ejército sino su constitución como fuerza defensiva de la monarquía.
La distribución descrita se refiere al ejército real, pero existían también
ejércitos privados, y en origen el ejército visigodo en sí estaba formado
por las contribuciones de hombres y armas que los nobles tenían, de
manera que el ejército real se componía básicamente de las mesnadas
aportadas por los nobles, cuyos soldados eran saiones y buccellarii.
Leovigildo intentó controlar el ejército captando miembros de origen
tanto visigodo como romano no ligado directamente a la nobleza; pero
lo cierto es que ésta, cada vez más poderosa, a pesar de algunos
intentos regios, contaba con fuertes contingentes; hecho que explica el
porqué de la relativa facilidad con que se sucedían las rebeliones y
motivaría la concentración de poder en los duces, aunque fueron éstos
precisamente los que a veces se sublevaron.

Por último, debe señalarse que la política fiscal, la aderación de los


impuestos y la acuñación de moneda estaban relacionadas en buena
medida con el avituallamiento y mantenimiento de tropas. Igualmente
cabría hablar de la construcción de elementos defensivos y
fortificaciones en las zonas más conflictivas.

21. La Iglesia visigoda

A lo largo de las páginas precedentes hemos ido apuntando en capítulos


diversos cómo la Iglesia jugó un papel decisivo en la Hispania de los

57
siglos VI y VII, especialmente a partir del III Concilio de Toledo, en
función de la unificación religiosa de Recaredo y el intervencionismo
cada vez mayor de la jerarquía eclesiástica en la vida política. Aunque
con anterioridad ya tenía fuerza suficiente, que no pudieron
contrarrestar los momentos más severos del predominio arriano.
Piénsese nuevamente en el panorama que presentan las Vitas
sanctorum patrum Emeretensium. Por ello, aquí sólo vamos a añadir
algunas precisiones más relativas a esta cuestión y a su organización.

Relación Iglesia-Estado: Esta relación del poder de la Iglesia con el poder


real se concreta en dos aspectos, ya mencionados. La importancia
creciente de los concilios, donde se termina por trasladar buena parte de
la actividad legislativa de los propios monarcas y su conformación como
asamblea política en la que, sobre todo a partir del IV Concilio de Toledo,
participa la nobleza. A su vez, el ejercicio de funciones judiciales y
administrativas de los obispos, algunas junto a los comites civitatum. Por
contra, la potestad del rey de nombrar obispos, aunque se siga
manteniendo la fórmula oficial de consultar a la jerarquía eclesiástica
correspondiente. Otro aspecto igualmente significativo es la intervención
de los obispos en la unción real, contribuyendo decisivamente a la
sacralización del poder.

Relación de la Iglesia hispana con Roma: Hubo siempre estrechas y


buenas relaciones durante el Bajo Imperio y, en general, en la primera
época de la penetración de los pueblos bárbaros. De hecho, existe una
abundante correspondencia entre las jerarquías eclesiásticas hispanas
con diferentes Papas. No obstante, a medida que el poder se afianzaba a
través de la monarquía católica, las relaciones se distanciaron, se
enfriaron, incluso llegaron a ser críticas. Así basta citar, como primera
muestra, que la noticia de la conversión de Recaredo tardó bastante
tiempo en ser conocida en Roma; pero, sobre todo, los episodios de
amonestación del Papa Honorio I a los obispos hispanos, que obtuvo una
dura respuesta por parte de Braulio de Zaragoza. O la crisis ocasionada
con motivo del Apologeticum de Julián de Toledo, donde la Iglesia
hispana volvió a mostrar su fuerza.

Poder económico: Era, sin duda, uno de los principales poderes


económicos del reino, dado que tenía inmensas propiedades que
formaban parte del patrimonio eclesiástico. El sistema administrativo y
de explotación era exactamente el mismo que el aplicado por los
grandes terratenientes civiles, aunque las tierras de la Iglesia eran más
extensas, numerosas y ricas. El status del obispo como patronus es la
plasmación más evidente de este hecho. Las propiedades de la Iglesia -
tanto los bienes muebles como inmuebles- eran inalienables y de ellas

58
dependían desde la más alta jerarquía eclesiástica hasta los siervos,
pasando por los clérigos. El concepto de fidelidad, que existía con
respecto al rey y a los campesinos dependientes con el propietario, se
extendía a los dependientes de las propiedades eclesiásticas. La antes
citada obra sobre los padres de Mérida es un claro ejemplo del poder
económico al que había llegado la sede episcopal emeritense con los
mandatos de Paulo, Fidel y Masona, poseedores de grandes
propiedades, que con su gestión consiguieron aumentar. La jerarquía
eclesiástica formaba parte de una oligarquía de poder, como puede
verse, que en algún caso se concreta en ilustres familias, de origen
praeclarus romano, como fueron las de Isidoro de Sevilla y de Braulio de
Zaragoza.

22. La plasmación del ejercicio del poder

La representación de la política ideológica y del ejercicio del poder en la


Hispania de la Antigüedad tardía puede seguirse gracias a la
perpetuación dentro de una clara tradición romana bajo-imperial. Los
diferentes tipos de fuentes literarias, esencialmente textos apologéticos
o panegíricos, al igual que algunas inscripciones relativas a obras de
carácter público, así lo demuestran. Esta perpetuidad, de la que
expondremos algunos pocos ejemplos, viene marcada ya desde
mediados del siglo V y será todavía patente a lo largo del siglo VII,
aunque en este momento se denotarán importantes influjos bizantinos.

Del primer período del establecimiento visigodo en Occidente, nos


referimos al reino visigodo de Tolosa, deseamos resaltar dos
documentos que atestiguan el modo en que se produjo la plasmación

59
directa del ejercicio del poder. En primer lugar cabe señalar un texto,
entre otros, escrito por Sidonio Apolinar, a modo de panegírico, que
proporciona el retrato de Teodorico II, rey de los visigodos entre los años
453 al 466. El texto de Sidonio en su Carta a Agricola (1.2) es el
siguiente:
"Su cuerpo proporcionado, de menor estatura que los más grandes pero
más alto y sobresaliente que la media. La parte alta de la cabeza es
redondeada; en ella, desde la frente hasta la nuca desciende una rizada
cabellera. Su cuello no es lánguido sino musculoso. Dos arcos de
espesas cejas coronan sus ojos; si entorna los párpados, el borde de las
pestañas llega cerca de la mitad de sus mejillas; sus orejas se cubren
con los bucles que caen sobre ellas, según es costumbre entre su gente.
La nariz es agradablemente curva; los labios finos y sin estar
aumentados por una prolongación de las comisuras... Antes del
amanecer, con un mínimo acompañamiento, asiste a las ceremonias de
sus sacerdotes, a las que honra con gran celo, aun cuando (en opinión
personal) se pueda creer que presta esta devoción más por costumbre
que por convicción.

Un conde que tiene el cargo de escudero, está cercano a su sillón. Tiene


a sus órdenes una tropa de guardia cubierta de pieles ... Introducidas las
delegaciones de los pueblos las escucha con atención y las responde con
pocas palabras. En la segunda hora, se levanta de su trono y va a visitar
sus tesoros o sus cuadras ... Si hay un festín, pues en los días normales
es similar a cualquier particular, ningún sirviente deposita ningún
montón pesado de platería vieja sobre mesas que se tambalean; el
mayor peso está en las palabras, pues allí no se relata nada que no sea
serio... Cuando llega la hora de jugar, recoge los dados rápidamente, los
examina con cuidado, los agita con agilidad ... En las buenas jugadas
calla, en las malas sonríe, en las medianas se enfada, en todas adopta el
modo de un filósofo... Algunas veces a la hora de cenar, pero raramente,
se introducen algunos comediantes, pero estos no tienen el derecho de
atacar a un invitado con sus lenguas aceradas ... Nadie toca la lira, nadie
toca la flauta ... Cuando se levanta (de la cena) la guardia se sitúa ante
el tesoro real y los hombres de armas ocupan las entradas del palacio
para vigilar la hora del primer sueño".

Este panegírico recuerda en gran manera el estilo de Casiodoro y de


Enodio utilizado para ensalzar las virtudes de Teodorico el ostrogodo,
que es totalmente diverso al género de Boecio cuando en su De
consolatione Philosophiae (1,4) arremete en contra del mismo monarca
ostrogodo. De todas formas, el texto de Sidonio parece que intenta
ofrecer una imagen adecuada de un rey cuya reputación no era la justa.

60
Es por ello que insiste en sus características físicas y en sus ocupaciones
diarias atendiendo los quehaceres de estado.

Por otro lado, tenemos un documento excepcional acerca de las


primeras incursiones militares visigodas en Hispania, que dejaron
patente el poder visigodo. Se trata de la inscripción, hoy desaparecida,
del puente romano de Mérida, donde Eurico en el año 483 llevó a cabo
una serie de restauraciones de la fábrica. El largo texto de la inscripción
dice (ICERV 363):

"Solberat antiquas moles ruinosa vetustas/ lapsum et senio ruptus


pendebat opus. / Perdiderat usum suspensa via per amnem / et liberum
pontis casus negabat iter. / Nunc tempore potentis Getarum Ervigii
(Eurici) regis / quo deditos sibi precepit excoli terras / studuit
magnanimus factis extendere nomen / veterum et titulis addit Salla
suum. / Nam postquam eximii nobabit moenibus urbem / hoc magis
miraculum patrare non destitit. / Construxit arcos, penitus fundabit in
undis / et mirum auctoris imitans vicit opus. / Nec non et patrie tantum
creare munimem / sumi sacerdotis Zenonis suasit amor. / Urbs Augusta
felix mansura per saecula longa/ nobate studio ducis et pontificis. Era
DXXI".

("La ruinosa vejez había disgregado las antiguas piezas y la fábrica


pendía derruida y rota por el paso de los años. Había perdido su
utilización el camino suspendido por el río y el derrumbamiento del
puente no dejaba libre el camino. Ahora en tiempos de Eurico, poderoso
rey de los getas, durante los cuales se ocupó de cuidarse de las tierras
que le habían sido entregadas, se afanó magnánimo en propagar su
nombre con sus obras. También Salla unió su ilustre nombre a las
inscripciones. Pues después que renovó la ciudad con excelentes
murallas, no dejó de realizar esta mayor maravilla. Construyó los arcos,
estableció los cimientos en lo más profundo del río y superó, aun
imitándola, la obra admirable de quien la había proyectado. No en
menor medida el amor a la patria impulsó al sumo sacerdote Zenón a
construir tamañas defensas. La ciudad Augusta ha de permanecer
dichosa durante siglos por el afán renovador de su duque y de su
pontífice. Año de 521 de la Era").

A pesar de las dudas que existen sobre este texto, dado que no se
pueden hacer actualmente las necesarias comprobaciones, creemos que
esta inscripción es un claro ejemplo de la plasmación del ejercicio del
poder dentro de la más pura tradición de las inscripciones
conmemorativas de restauraciones edilicias.

61
Correspondiente al período de pleno establecimiento del pueblo visigodo
en la Península Ibérica, y como muestra del ejercicio del poder por parte
de los monarcas, tenemos varios documentos que creemos merecen ser
traídos a colación.

Leovigildo, como hemos indicado, buscó la formación de un imperium de


modelo tardorromano, a imitación de los emperadores bizantinos, y para
ello utilizó una serie de símbolos: manto real, solio, diadema, etc.; acuñó
moneda, nombró "sedes regia" a Toledo, como residencia permanente,
en la que empezó a construir una residencia real, Praetorium. Fundó
ciudades, como Victoriacum, en territorio vascón, o Recopolis en
Celtiberia, en el año 578 en honor de su hijo Recaredo. Isidoro de Sevilla
señala en la versión corta de sus Historiae (51):
"Fue el primero que aumentó el erario y el fisco y fue el primero que
entre los suyos se sentó en el solio, cubierto de la vestimenta real, pues
antes de él, vestido y asiento eran comunes al pueblo y a los reyes.
Asimismo fundó una ciudad en Celtiberia, que llamó Recópolis, por el
nombre de su hijo".
La imitatio Imperii de Leovigildo fue continuada por su sucesor Recaredo
y, en lo sucesivo, se podrá observar bien en el tratamiento que recibirán
los monarcas, princeps, gloriosus, gloriosissimus, christianissimus, pius,
praeclarus, etc., que se debe contemplar más como una perpetuación de
la tradición imperial que como un símbolo nacionalista.

El propio Hermenegildo, durante su rebelión, utilizó los símbolos regios


que usaba su padre, y fue proclamado rey. Es conocidísima, por
ejemplo, la inscripción de Alcalá de Guadaira, del 580, donde se habla
de ambos como reyes:
"In nomine domini anno feliciter secundo regni domni nostri Erminigildi
regis, quem perseguitur genetor sus dom(inus) Liuvigildus rex. In
cibitate Ispa(lensi) indictione..."

("En el nombre de Dios, en el feliz año segundo de nuestro señor rey


Hermenegildo, al que persigue su progenitor, el señor rey Leovigildo. En
la ciudad de Sevilla, en la indicción...").

Los influjos bizantinos, que se denotan claramente en el ejercicio del


poder desde finales del siglo VI y hasta la desaparición del reino visigodo
de Toledo, tienen una buena muestra en una inscripción métrica
conmemorativa procedente de Carthago Spartaria. En ella se reafirma la
fuerza y el poder bizantinos de la renovatio Imperii en toda Hispania,
frente a lo que representa el poder monárquico visigodo. Las

62
restauraciones de la muralla fueron ordenadas por el patricio bizantino
Comenciolo. El texto de la inscripción dice así:

"Quisquis ardua turritum miraris culmina / vestibulumq(ue) urbis duplici


porta firmatum / dextra levaq(ue) binos porticos arcos / quibus superum
ponitur camera curva convexaq(ue) / Comenciolus sic haec iussit
patricius / missus a Mauricio Aug(usto) contra hoste barbaro / magnus
virtute magister mil. Spaniae / sic semper Hispania tali rectore
laetetur /dum poli rotantur dumq(ue) sol circuit orbem/Ann. VIII Aug. Ind.
VIII".

("Quienquiera que seas que admires los elevados pináculos de las torres
y la entrada de la ciudad, fortalecida con una doble puerta, a derecha y
a izquierda los dos pórticos, los dos arcos, por encima de los cuales se
encuentra una cámara curva y convexa. Comenciolo, el patricio, ordenó
hacer estas obras, enviado por Mauricio Augusto contra los enemigos
bárbaros, generalísimo en jefe de Spania, grande por su valor. Ojalá
siempre Hispania se felicite con un gobernador tal, mientras los polos
(de la tierra) giren y mientras el sol discurra por el orbe. Año VIII de
Augusto, indicción VIII").

Aparte de toda la información que este texto nos da acerca del tipo de
edificación de la puerta de la muralla, es interesante resaltar la mención
de Spania, entendida como la provincia bizantina y territorio defendido
por las tropas justinianeas, en oposición a Hispania, apelativo por el cual
se entiende todo el resto de la geografía peninsular. La utilización de
"contra hoste barbaro" es un hecho poco frecuente en los textos
referidos a la población de la Península Ibérica durante esta época,
teniendo en cuenta que estamos en pleno apogeo del regnum
visigothorum toletanum.
Correspondiente a la plena época visigoda del siglo VII tenemos dos
documentos excepcionales de la plasmación monárquica del poder. Por
un lado, una inscripción métrica de carácter edilicio, pues hace
referencia a la dedicación de una iglesia a Juan Bautista, por parte del
monarca Recesvinto, en el año 661. La inscripción se halla situada
encima del arco triunfal de la denominada iglesia de San Juan Bautista
de Baños en Palencia. El texto de la inscripción dice (ICERV 314):
"+ Precursor Dni. martir baptista Iohannes / posside constructam in
eterno munere sede / quam devotus ego rex Reccesvinthus amator /
nominis ipse tui propio de iure dicavi / tertii post decm. -regni comes
inclitus anno / sexcentum decies- era nonagesima nobem".

("Precursor del Señor, mártir Juan Bautista posee esta sede, construida

63
como don eterno la cual yo mismo, Recesvinto rey, devoto y amador de
tu nombre, te dediqué por propio derecho, en el año tercero, después
del décimo, como compañero ínclito del reino. En la Era seiscientos
noventa y nueve").

Los hexámetros de esta inscripción están atribuidos a Eugenio de


Toledo, coetáneo de Recesvinto. La consagración de la iglesia por parte
de Recesvinto se debe muy probablemente a que gracias a las aguas de
una fuente en esta zona, el monarca curó de una litiasis renal. Por todos
es sabido que esta inscripción (¡aun sin saber si se halla in situ o si
procede de alguna construcción habiendo sido trasladada
posteriormente!), ha generado y servido de base a todo el estudio de la
arquitectura eclesiástica y escultura decorativa de época visigoda,
centrada esencialmente en la Meseta castellana.

El otro testimonio que creemos puede ser tomado como claro ejemplo
del ejercicio del poder en pleno siglo VII es el denominado Tesoro de
Guarrazar, al cual hay que sumarle el de Torredonjimeno. Las coronas y
cruces que integran dichos conjuntos nada tienen que ver ni con el
tesoro real visigodo, ni con los thesaurus, en el sentido antiguo de las
fuentes, ni con objetos de coronación. Se trata de coronas votivas
ofrecidas por los monarcas y las altas jerarquías eclesiástica y civil a
determinadas iglesias. Este tipo de ofrendas reales es una práctica
conocida al menos desde tiempos de Recaredo, pues este rey ofreció
una de estas coronas a Félix, mártir de Gerona, y que posteriormente
Paulo el usurpador puso sobre su cabeza.

Gracias a las letras recortadas y colgantes de los aros de las coronas se


ha podido establecer un término cronológico aproximado. Una de las
coronas, hoy desaparecida, pertenece al monarca Suintila que sabemos
gobernó entre los años 621 y 631: "+ SV(IN)T(H)IL(A)NVS REX OFFERET".
La otra corona corresponde a Recesvinto, que ocupó el poder entre el
año 649 y 672, y en ella se lee: "+ RECCESVINTHVS REX OFFERET".
Otras dos coronas son interesantes, pues nos están hablando de
ofrendas realizadas por miembros de las altas capas sociales, como es la
de un personaje desconocido, Sonnica, en la cual una inscripción
grabada en la cruz colgante dice: "In Domini nomine offeret Sonnica
Sancte Marie in Sorbaces". En Sorbaces encontramos un empleo
incorrecto del acusativo por un ablativo plural. La otra inscripción,
también en una cruz, está dedicada por un abad de nombre Teodosio:
"offeret munusculum scto Stefano Theodosius Abbas".
Todos estos objetos son muestras del poder ejercido directamente sobre
la sociedad, puesto que se utilizan los lugares religiosos de congregación

64
con un impacto directo.

Estos documentos, tomados como ejemplos -aunque no exclusivos- de la


plasmación del ejercicio del poder, muestran una tradición del mundo
romano, profundamente enraizada, que pasando por una imitatio Imperii
conforman una interpretatio gothica.

23. La población de Hispania

Durante el Bajo Imperio, las diferentes provincias romanas acogieron


grupos poblacionales de muy diverso origen. El incremento fue todavía
mayor cuando aparecen los numerosos grupos bárbaros. En el caso de la
gens gothorum, encontramos individuos de diferente origen y condición
que se habían sumado a ellos y formaron parte de su ejército.
Específicamente entre los visigodos hallamos amalos, ostrogodos y
algunos elementos primitivos no godos. La heterogeneidad del mapa
poblacional del antiguo Imperio romano se hace patente también en la
Península Ibérica.

La población de Hispania integraba, además de romanos y visigodos,


otros grupos bárbaros como suevos, alanos y vándalos, aparte de las
comunidades de origen oriental, como griegos, judíos y sirios, sin olvidar
los africanos. Las diferencias, perceptibles esencialmente a través de la
administración, de la vida cotidiana y de sus creencias religiosas, fueron
desapareciendo a medida que existió una mayor convivencia que se vio
favorecida también por la supresión de la ley que impedía unir en
matrimonio a los miembros de los diferentes grupos.

En las páginas que siguen intentaremos definir las características


esenciales de los contingentes poblacionales de la Península,
estableciendo las diferencias o semejanzas entre unos y otros, aunque
en los restantes capítulos que componen esta obra se encontrará
información complementaria, referida sobre todo a los dos grupos más
numerosos que son los visigodos y los romanos.

24. El problema de los matrimonios mixtos

65
La derogación por parte de Leovigildo de una ley prohibiendo los
matrimonios entre romanos y godos emitida por Valentiniano y Valente
(370 ó 373) e incluida en el Breviario de Alarico, se debió a la
eliminación progresiva de diferencias sociales y religiosas entre romanos
y visigodos, a la no observancia de dicha ley y a la práctica común de
dichos matrimonios. En esta ley se estaban preservando una serie de
valores morales intrínsecos a la propia tradición romana, y en definitiva,
tal como han señalado algunos autores, se estaba salvaguardando la
moral social y religiosa. Este hecho, iniciado con anterioridad, favorecía,
tal como decíamos, la mezcla de poblaciones y aceleraba el proceso de
aculturación. Es muy posible, además de esta simbiosis entre los dos
grupos poblacionales más importantes, que la derogación supusiera el
incremento de los índices de población. El texto preciso de la ley dice:

"Lex Visigothorum (III 1, 1): Antiqua. Ut tam Goto Romana, quam


Romano Gotam matrimonio liceat sociari ... Ob hoc meliori proposito
salubriter censentes, prisce legis remota sententia, hac in perpetuum
valitura lege sancimus ut tam Gotus Romanam quam etiam Gotam
Romanus si coniugem habere valuerit ... facultas eis nobendi subiaceat".

("Ley antigua. Que esté permitida la unión matrimonial, tanto de una


romana con un godo, como de una goda con un romano ... Considerando
ventajosamente a esta cuestión como mejor, derogada la orden de la
vieja ley, sancionamos con esta presente ley de validez perpetua que si
tanto un godo a una romana como un romano a una goda quisiera tener
por cónyuge, exista para ellos la facultad de contraer nupcias").

66
La actitud tomada por Leovigildo frente a esta ley ha sido adaptada por
la historiografía tradicional como símbolo de la unidad poblacional, que
no habría sido posible hasta la unidad confesional conseguida por la
conversión al catolicismo en el año 589. Si bien sí es cierto que la
derogación de la ley favoreció la mezcla de poblaciones, también lo es
que ésta no puede ser convertida en un mito o símbolo de la unificación.
La justa lectura de esta ley, a la vez que el análisis del proceso de
aculturación al que estaba sometido el pueblo visigodo, muestra que los
recién llegados se entremezclaron plenamente dentro de la estructura
social, económica y cultural romana. Las pocas diferencias -desde un
punto de vista material- que se detectan entre los diferentes grupos
poblacionales a través del siglo VI, serán ya imperceptibles a lo largo del
siglo VII y hasta el momento de la desaparición de la monarquía
toledana.

Los materiales arqueológicos hallados en el interior de las sepulturas de


los cementerios, así como las pizarras, aluden a la mezcla de población,
con las matizaciones hechas en relación con las que tienen valor de
documentos jurídicos. Es necesario puntualizar aquí que la mezcla de
nombres hispanorromanos y visigodos es patente en aquellas piezas que
describen diferentes tipos de notitiae sobre temas agrarios o las
denominadas de vectigalia rerum rusticarum y distributiones rei
frumentariae; en todas ellas, referidas a lo que parecen ser campesinos
dependientes, o siervos, etc., se combinan nombres de ambas
tradiciones. Aunque es difícil valorarlo, es posible que, al menos al
principio, la situación de superioridad cultural y prestigio de la tradición
romana llevase a elementos visigodos a utilizar nombres de ascendencia
greco-latina y más difícil en sentido contrario; no obstante, en nuestra
opinión, en momentos más tardíos pudo llegarse a una situación inversa,
habida cuenta de que la mezcla de ambos grupos llegó a ser una
realidad y esta conciencia de superioridad cultural no estaría tan
arraigada en la gran masa poblacional. Contribuiría a la adopción de
nombres, al menos de romanos por parte de visigodos, la desaparición
efectiva de los tria nomina, que ya desde la implantación del
cristianismo comenzaría a extenderse, el prestigio creciente de nombres
de mártires y la igualación en la confesión religiosa a partir del III
Concilio de Toledo.

De particular interés para estudiar e ilustrar la mezcla de población


resulta el estudio de la necrópolis de El Carpio de Tajo en la actual
provincia de Toledo. Aunque el análisis practicado en dicha necrópolis es
estrictamente arqueológico, de él se deducen sin duda algunas
consideraciones históricas de importante valor y que es muy probable se

67
lleguen a detectar también en los otros conjuntos cementeriales de
parejas características. En dicha necrópolis nos encontramos con un
total de 285 inhumaciones, de las cuales muchas contienen en su
interior elementos de adorno personal pertenecientes -en su mayoría- a
la indumentaria femenina y cuyo abanico cronológico se extiende desde
finales del siglo V hasta finales del siglo VI. Los tipos de materiales
hallados permiten considerar algunas tumbas como propiamente
visigodas y otras, quizás pertenecientes a una población romana, o al
menos no características de la vestimenta visigoda. Estamos por tanto
ante un cementerio que debe ser identificado con un núcleo de
población mixto visigodo y romano.

La evolución cronológica de la ocupación del conjunto funerario es


también interesante, pues muestra la integración paulatina de los
diferentes contingentes poblacionales. Las primeras inhumaciones, que
se denominan sepulturas fundacionales, parecen corresponder a
individuos visigodos de finales del siglo V. A partir de principios del siglo
VI, el espacio funerario ha sido ya delimitado y las sepulturas
típicamente visigodas y aquellas de posible atribución romana, van
ocupando los diferentes sectores sin delimitar zonas específicas. Poco a
poco y con la presencia de nuevas generaciones el conjunto funerario se
irá densificando, hasta un momento indeterminado hacia finales del
siglo VI o muy a principios del VII, en que el cementerio será
abandonado. La organización del espacio se llevó a cabo a partir de unos
grupos sociales y/o familiares. De este hecho se deduce que el sistema
de parentela, con el paso del tiempo y el contacto con la civilización
romanocristiana, se fue debilitando, a la vez que tomaba una mayor
relevancia la familia de tipo conyugal. Es muy posible que el primer
núcleo de ocupación de la necrópolis -el fundacional- responda a un
sistema de parentela, para dejar paso, paulatinamente, a las sepulturas
regidas por la estructura familiar monocelular. Este análisis e hipótesis
de trabajo muestra no sólo el proceso de aculturación, sino también la
incorporación o asimilación de individuos romanos a los grupos
familiares visigodos. De todo ello podemos concluir que el núcleo de
población al que correspondía la necrópolis de El Carpio de Tajo era un
grupo poblacional mixto -romano y visigodo- y no exclusivo de las
jerarquías y estructuras sociales tradicionales visigodas.

25. La población hispanorromana

El grupo de población más numeroso estaba constituido por los romanos


que vivían en los viejos territorios del Imperio. Si bien seguía existiendo
una población autóctona en determinadas regiones que nunca habían
sido sometidas, la población romana alcanzaba cifras muy altas con
respecto a los otros grupos poblacionales. El cálculo del número total de

68
individuos romanos en la Península es siempre oscilante, desde algunos
investigadores que creen en una población de unos siete millones, a
otros que la sitúan en unos doce millones. Debemos tener en cuenta que
estos datos proceden de la información fragmentaria dada por Plinio el
Viejo, correspondiente por tanto a los primeros momentos del Imperio.
Las cifras son difíciles de calcular puesto que no existen documentos de
la época que den información sobre este tema y tampoco la arqueología
ayuda mucho, pues si bien se conocen parcialmente las extensiones de
las ciudades y ello permite una aproximación, poco se sabe con respecto
a la gente que vivía en las zonas rurales.

La gran masa de población se hallaba dispersa por toda la geografía


peninsular, a excepción de zonas como la Orospeda, Vasconia y
Cantabria, donde sólo existía una presencia militar romana, puesto que,
tal como decíamos, estas regiones siempre habían resultado ser reacias
a la dominación romana. La mayor densidad de población se hallaría
situada en las diferentes provincias de la diocesis Hispaniarum, cuya
romanización fue más intensa tanto desde el punto de vista de
actividades ciudadanas como de explotación de las tierras.

Así destaca la Tarraconensis, con importantes núcleos costeros abiertos


al comercio y grandes ciudades de vieja raigambre, como son Emporiae,
Gerunda, Barcino y Tarraco. En el interior y básicamente debido a las
tierras fértiles debemos recordar Caesaraugusta, Ilerda, Osca y
Calagurris. De esta provincia conocemos también algunas grandes
explotaciones rurales que debieron seguir existiendo al menos durante
el siglo VI. Su presencia en la línea costera es menor que en el valle del
Segre y en el valle medio del Ebro.

Particularmente denso fue el hábitat romano de la región oriental y


meridional de la Carthaginensis, con viejos núcleos urbanos como
Saguntum, Valentia, Dianium, Mici, Bigastri, Carthago Spartaria, Acci,
Mentesa, Castulo y Oretum. Durante la Antigüedad tardía la
Carthaginensis ganó territorios por el norte y el oeste. En ella se
ubicaban renombrados centros que -en parte- vertebraron el
asentamiento visigodo. Destacan ciudades como Segobriga, Valeria,
Ercavica, Complutum, Segontia, Oxoma, Pallentia, Saldania y, por
último, cabe citar Toletum, que se convertiría en capital del reino
visigodo. Los restos arqueológicos conservados no permiten hablar, por
el momento, de grandes explotaciones agrícolas en el sudeste de la
Carthaginensis; parece que el sistema agropecuario debió implantarse
de una forma diversa, quizá a partir de una parcelación de pequeñas
propiedades o bien de comunidades organizadas. Lo contrario ocurre en

69
el extremo norte de la provincia, donde encontramos villae, cuyas
estructuras arquitectónicas de la parte residencial denotan la gran
riqueza de sus propietarios. Estas explotaciones, dedicadas
esencialmente al trigo, debieron estar constituidas por grandes
extensiones de tierra, pobladas de un hábitat disperso.

Sin lugar a dudas la Baetica es una de las provincias romanas con mayor
densidad de población, no sólo por sus centros urbanos, sino también
por la fertilidad proporcionada por el valle del Guadalquivir. Entre los
tejidos urbanos merecen ser traídos a colación Malaca, Illiberris,
Egabrum, Tucci, Astigi, Corduba (una de las ciudades más grandes, pues
ocupaba una superficie de unas setenta hectáreas), Hispalis, Italica y
Assidona. Esta provincia de la Bética es conocida por sus extensas
propiedades, grandes latifundio, dedicadas en su mayoría a la
explotación de la vid y el olivo, así como a la cría caballar. La
arqueología y la epigrafía han permitido detectar pequeños centros
eclesiásticos diseminados por todo el territorio, lo cual indica también
una población romana abundante, a la vez que dispersa.

La Lusitania, con la presencia de Augusta Emerita, tuvo importantes


núcleos urbanos como puede ser el puerto más occidental del mundo
conocido, Olisipo, o ciudades como Ossonoba, Pax Iulia y Ebora. En la
parte norte de esta provincia se sitúan Egitania, Conimbriga, Viseum,
Lamecum, Salmantica y Abela.

Tanto Mérida como su territorium parece que estuvieron densamente


poblados y así lo atestigua no sólo la propia ciudad con notables
arquitecturas urbanas, sino también el gran número de villae e iglesias
rurales conocidas gracias a la arqueología y que están actualmente en
proceso de excavación. Entre los valles de los ríos Guadiana y Tajo se
establecieron también algunas villae de las cuales dependían grandes
extensiones de tierras. El valle bajo y medio del Tajo, con grandes
pastos, se dedicó fundamentalmente a la cría caballar. Al nordeste de la
provincia se documentan también algunos centros de explotación
debidos a las tierras fértiles regadas por los afluentes del Tajo y del
Duero.

En lo que a la Gallaecia respecta, el poblamiento romano fue menos


denso y además sus habitantes tuvieron que convivir con un poderoso
reino como el suevo. Al parecer, el mayor número de romanos se
hallaba establecido en ciudades, tales como Bracara, Lucus y Asturica,
por citar sólo las más importantes.

70
Este era aproximadamente el mapa poblacional de Hispania cuando se
iniciaron las primeras incursiones bárbaras. Las fuentes históricas y
literarias que se conservan permiten entrever el impacto que produjo la
presencia de grupos extranjeros, esencialmente godos, además de
suevos, alanos y vándalos, en zonas plenamente romanizadas. Si bien
estas fuentes hablan de los comportamientos bélicos y devastadores de
estos pueblos, con el análisis conjunto de las mismas y matizando las
motivaciones de cada uno de los autores, se puede reconstruir -no sin
dificultad- el ambiente de aquel momento. Aunque la documentación
conservada permite detectar los comportamientos de las altas clases
sociales romanas, sin embargo, podemos apuntar respecto a la gran
masa de población que no participaba de los privilegios otorgados a
dichos estamentos sociales.

Bien es sabido que existió una pervivencia de grandes familias


hispanorromanas y algunas de linaje senatorial. Este hecho se deduce
de que en toda la legislación, y esencialmente en el Breviario de Alarico,
se sigue manteniendo el término de senatores e incluso el de honorati
que, por regla general, habían utilizado los emperadores y que ahora
designaban a los consejeros de la ciudad. Estas familias romanas eran
en realidad grandes terratenientes que explotaban sus tierras, tal como
hemos visto, distribuidas en las diferentes provincias. Este hecho no
implica que viviesen permanentemente en el campo, sino bien al
contrario, su vida se desarrollaba en la ciudad, participando de los
cargos públicos, por regla general municipales. Probablemente la
provincia con una mayor pervivencia de grandes familias pertenecientes
a la nobleza senatorial romana sea la Baetica. En ella jugaron un
importante papel, no sólo social, sino también político y religioso
(recuérdese, por ejemplo, su actuación de apoyo a Hermenegildo).
Aunque también importantes, pero con menor peso, fueron las
aristocracias senatoriales de la Tarraconense y de la Lusitania.
La explotación de las tierras se hacía por medio del control de los
actores, siendo este sistema de explotación y control el que perduró a lo
largo de todo el reino visigodo toledano. La explotación directa estaba
en manos de los conductores o coloni que pagaban sus impuestos,
aunque prácticamente siempre los grandes propietarios romanos,
perpetuando una vieja tradición, intentaban no cumplir con sus
obligaciones tributarias. Recordemos que las cargas fiscales a las que
estaban sometidos los romanos eran muy pesadas.

El resultado del establecimiento de los visigodos en Hispania fue que las


altas clases aristocráticas provinciales romanas llegaron a convivir con
los nobles visigodos. Este hecho no permite concluir que todo romano

71
aceptase la presencia bárbara, al contrario, muchos de ellos lucharon en
contra de los visigodos y eludieron firmemente el someterse al poder de
los recién llegados. Sin embargo, en muchos casos esta convivencia
llevó a los romanos a la participación en determinadas cargas
gubernamentales y militares e incluso algunos escritores de claro origen
romano estuvieron al servicio de la corte. Así, y sólo a título de ejemplo,
el caso de Sidonio Apolinar, que redactó el mencionado panegírico de
Teodorico II.

También resalta, como apuntábamos, la integración de romanos en el


aparato estatal, tanto en el primer período de asentamiento como en
épocas más tardías. Claudio es un ejemplo de ello pues, como o a pesar
de ser romano, fue nombrado dux de la Lusitania por Recaredo y estuvo
al frente de las tropas militares.

26. La población visigoda

La población visigoda representó un número de individuos muy bajo


frente a la población hispanorromana. Las cifras, al igual que para ésta,
son oscilantes, y se mueven entre los 80.000 y los 200.000 individuos, y
en ellas se hallan sumadas tanto la población civil como militar. El
problema parte de que estos cálculos numéricos se basan en el número
de godos que rompió la línea del limes danubiano y asesinó al
emperador Valente en el año 378. Esta mítica fecha marca la conocida
victoria de Adrianópolis. Pero ya el número de individuos cifrados en ese
momento varía y las fuentes escritas son siempre imprecisas a este
respecto. En el momento en que los visigodos consiguen el tratado de
instalación en la Gallia en el año 418, su número oscila entre 50.000 y
100.000 personas. Esto representaría una cifra aproximada de 70.000 a
90.000 individuos visigodos en el territorio peninsular hispánico durante
el siglo VI, teniendo en cuenta que es muy posible que un cierto número
de familias se quedara en el territorio aquitano y sin tomar en
consideración aquellos que siguieron habitando en la Narbonense, que
siempre formó parte integrante del reino visigodo, tanto tolosano como
toledano. Como bien han señalado algunos investigadores, entre ellos C.
Sánchez Albornoz, se hace difícil sostener la hipótesis de que la cifra que
luchó en la batalla de Adrianópolis siguiese constante hasta la batalla de
Vouillé en el año 507, e incluso perdurase hasta la batalla del río
Guadalete en el año 711. Este historiador considera más verosímil un
número aproximado de 200.000 visigodos, tanto civiles como militares,
opinión que también es defendida por J. Orlandis que aboga por el
incremento de este número con la estabilidad del reino de Toledo. Por el
contrario, R. d'Abadal plantea la posibilidad de que la oligarquía
aristocrático-militar en el reino visigodo hispánico estuviese en manos
de unas 1.500 familias, es decir entre 7.000 y 10.000 personas. Para

72
dicho investigador el ejército representaría un diez por ciento del total
de la población visigoda de la Península, por tanto el número global de
visigodos estaría en 100.000 individuos. W. Reinhart creyó posible la
existencia, en tiempos de Walia, de aproximadamente 80.000 a 100.000
individuos, número que consideró válido para los primeros
asentamientos, aunque es de la opinión de que la penetración fue
paulatina y se fue realizando por pequeños grupos a lo largo del siglo V
y principios del VI. También E.A. Thompson abordó la problemática de
forma general y consideró que la cifra de 100.000 visigodos era
aceptable.

Un cálculo numérico realizado rápidamente, teniendo en cuenta el


conocimiento actual de los conjuntos cementeriales de carácter rural, las
reutilizaciones de las sepulturas, a la vez que la población de las
diferentes comunidades urbanas, arroja una cifra -siempre hipotética- de
unas 130.000 personas, que corresponde a unas 20.500 familias. Estas
cifras son difíciles de analizar pues corresponden a todo el período del
establecimiento visigodo en la Península Ibérica y, esencialmente, a
finales del siglo V y a todo el siglo VI, puesto que la problemática en el
siglo VII debió ser bastante diferente. El posible incremento de la
población con la estabilidad del reino de Toledo es un tema que ha de
analizarse, aunque siempre teniendo en cuenta toda la problemática
generada por la derogación de los matrimonios mixtos, la cada vez más
habitual mezcla de población y lo avanzado del proceso de aculturación
mutuo, entre visigodos y romanos. Sin embargo, no podemos olvidar
que la peste, las epidemias y las enfermedades fueron sucesos
continuos durante la época que nos ocupa y que debieron influir de
forma radical en los índices de población.

Es muy posible que las primeras fases de los grandes cementerios de la


Meseta castellana correspondan efectivamente a las últimas incursiones
de finales del siglo V. Estas penetraciones militares permiten creer que
vinieron acompañadas de grupos civiles anteriores por tanto a la
destrucción del reino visigodo de Tolosa del año 507. A pesar de ello,
parece que la verdadera ocupación de la zona central de la Península
Ibérica, los territorios situados entre los ríos Duero y Tajo, fueron
poblados muy a principios del siglo VI, momento en que empiezan los
grandes conjuntos cementeriales con presencia de sepulturas de
tradición visigoda -aunque se trata de una serie corta- y que son en
realidad el único testimonio palpable de la presencia visigoda en
Hispania. Nos referimos a las necrópolis rurales del norte y centro de la
Carthaginensis. Destacaremos algunas de ellas como, por ejemplo, la
situada más al norte, la de Herrera de Pisuerga (Palencia), y en la región
central resaltan Duratón y Castiltierra, en la actual provincia de Segovia.
El valle alto del Tajo está poblado por conjuntos más reducidos pero de

73
igual importancia como Villel de Mesa, Palazuelos, Alarilla, Azuqueca y
Estables, todos ellos en la actual provincia de Guadalajara. Por último,
las necrópolis de Cacera de las Ranas (Aranjuez) y El Carpio de Tajo
(Toledo) marcan el límite del poblamiento por el sur. Estos cementerios
corresponden, por tanto, a las primeras generaciones de visigodos
instalados en la Península y al período de formación e integración del
regnum visigothorum hispánico, que no alcanzará su máxima expansión
hasta entrado el siglo VII, momento en el cual, como veremos más
adelante, se acaba con la presencia militar de las tropas de Justiniano en
el sur de la Península, particularmente en las zonas costeras de la
Baetica y de la Carthaginensis.

Si bien la descripción somera de estos cementerios circunscribe el


primer asentamiento visigodo al área central de la Meseta castellana,
tampoco podemos olvidar que existen algunos núcleos funerarios de
similares características en otras zonas peninsulares. Nos referimos a las
necrópolis situadas en la Baetica tales como Brácana y Marugán (ambas
en la provincia de Granada). La interpretación del hallazgo de estos
conjuntos debe encaminarse hacia la presencia de importantes tropas
militares establecidas en esta región, que estarían acompañadas por
grupos civiles. Quizá el resultado de este establecimiento permita
entrever alguna conexión con el ambicioso proyecto por parte de Teudis
de controlar todos los territorios peninsulares, al cual la aristocracia de
la Baetica se opuso firmemente.

Paradójicamente, casi nunca existe una relación de estas necrópolis con


un lugar de hábitat, a excepción del conjunto de El Bovalar (Serós,
Lérida), donde aparece un grupo cementerial alrededor y dentro de la
iglesia, al cual se yuxtapone el poblado dedicado a la explotación
agrícola. Lugares de hábitat como la ciudad de Recópolis, construida a
fundamentis por Leovigildo en honor de su hijo Recaredo o el poblado
fortificado de Puig Rom (Rosas, Gerona), tampoco han dado luz sobre la
posible localización de la necrópolis, y por tanto su relación es
desconocida.
A pesar de todo ello, no podemos olvidar que toda necrópolis -que es lo
más documentado por el momento- se halla asociada a un hábitat -
aunque lo desconozcamos- y que está hablándonos, en consecuencia,
acerca de una comunidad organizada como grupo jerárquico cuyos lazos
de unión son los medios de producción, de lo cual se derivan una serie
de connotaciones culturales y económicas. La dispersión de estos
conjuntos funerarios del centro de la Meseta se deberá principalmente al
proceso de acomodación e integración del pueblo visigodo al romano, a
la ya mencionada derogación de la ley de los matrimonios mixtos y a la
conversión de la mayoría de la población visigoda al catolicismo.

74
Arqueológicamente estas modificaciones se atestiguan en las
inhumaciones por un abandono progresivo de una vestimenta propia
visigoda y al mismo tiempo la adopción de una nueva indumentaria y,
con ello, unos nuevos objetos de adorno personal. Todos estos factores,
unidos a otros que iremos viendo a lo largo de estas páginas, marcarán
la total ocupación del territorio hispánico.

27. Relaciones entre hispanorromanos y visigodos

Desde los comienzos de la convivencia entre visigodos e


hispanorromanos existieron diversos factores que marcarían diferencias
entre ellos, incluso oposición y rechazo, y que, según hemos podido ir
viendo, poco a poco se desdibujarían y permitirían consolidar el proceso
de aculturación que tuvo lugar en la Hispania de la Antigüedad tardía.
Sin pretender establecer una relación completa, expondremos aquellos
que consideramos más significativos.

Catolicismo y arrianismo: A la llegada de los pueblos bárbaros, la religión


oficial en Hispania era la católica, si bien existían supervivencias
paganas, en especial en ámbitos rurales, junto a restos minoritarios de
herejías, la priscilianista en concreto, especialmente en la zona
noroccidental, y la religión judía, debido a la presencia de personas de
esta confesión y origen. Salvo los suevos, al parecer paganos, los otros
pueblos bárbaros que penetraron eran arrianos, confesión dentro del
cristianismo que fue extendida por Arrio y consideraba la no identidad
de las tres personas de la Trinidad, suponiendo que el Hijo era creado
por el Padre y que el Espíritu no procedía de ambos.

Es más que probable que las cuestiones dogmáticas se escapasen al


grueso de la población, pero las jerarquías eclesiásticas vivían un
período de agitada actividad teológica y, a la vez, pastoral y exegética,
para el ortodoxo comportamiento y correcta comprensión de los fieles.
Lo que es seguro es que en los primeros momentos se habría dado una
clara oposición entre hispanorromanos -católicos- y visigodos -arrianos-.
Con la política de Leovigildo, las cosas empiezan a cambiar. En sus
planteamientos unificadores territoriales, la religión es un factor
importante, si bien, como ya se ha indicado, fracasó en ella. Pero ya
para su época vemos que de ambas confesiones hay individuos que
optan por la contraria; es el caso de los godos Masona, obispo de
Mérida, o Juan de Bíclaro, obispo de Gerona. Por contra, Vicente de
Zaragoza se pasaría al arrianismo. En esta época hubo intentos de
aproximación entre ambas doctrinas -y debates teológicos, a veces tan
duros como el de Masona y Sunna-, que se concretaron en las posiciones
de aproximación intentadas por Leovigildo -el macedonismo, que
admitía ya la divinidad del Hijo-, y en medidas concretas en torno a
quienes se convirtieran. Es indudable que, a partir de Recaredo, con la

75
conversión oficial al catolicismo de los visigodos, este factor
diferenciador quedaría debilitado hasta desaparecer, a pesar de ciertos
rebrotes en reyes como Witerico o en algunos nobles sediciosos que lo
utilizarían como base de sus rebeliones.

La repartición de tierras: La llegada de un nuevo pueblo, el visigodo, en


los ámbitos rurales debió causar una cierta desestabilización, debida
esencialmente a que los recién llegados son admitidos como foederati y,
con bastante probabilidad, se establece un reparto de tierras entre éstos
y los grandes propietarios romanos, siguiendo el modelo del reparto de
las sortes gothicae y tertiae romanas que se dio en la Gallia, tras el
foedus de Walia. Si realmente se dio o no en Hispania este reparto, y en
qué condiciones, es un problema discutido todavía por los historiadores
del derecho, aportando argumentos a favor y en contra más o menos
sólidos. Lo que sí es cierto es que existe una ley, recogida en las Leges
visigothorum (X 1, 8-9), que ilustra este reparto. El texto íntegro de la
ley dice:
"De divisione terrarum facta inter Gotum atque Romanum: Divisio inter
Gotum et Romanum facta de portione terrarum sive silvarum nulla
ratione turbetur, si tomen probatur celebrata divisio, ne de duabus
partibus Goti aliquid sibi Romanus presumat aut vindicet, aut de tertia
Romani Gotus sibi aliquid audeat usurpare aut vindicare, nisi quod a
nostra forsitan si fuerit largitate donatum. Sed guod a parentibus vel a
vicinis divisum est, posteritas inmutare non temtet".
("De la división de tierras hecha entre godo y romano. La división hecha
entre un godo y un romano en relación con la partición de tierras de
labor o de los bosques por ninguna razón sea alterada, si se prueba que
la división fue realizada, de manera que de las dos partes del godo el
romano nada usurpe para sí o reclame, y de la tercia del romano el godo
nada se atreva a usurpar o a reclamar para sí, a no ser que por nuestra
generosidad le fuese donado. Pero lo que por los antepasados o por los
vecinos fue dividido, no intente cambiarlo la posteridad").
Queda por tanto especificado que a los godos les serán otorgados dos
tercios de las tierras, mientras que los romanos se quedarán con el otro
tercio restante. Es evidente que el reparto sólo afectó a la clase
aristocrática visigoda y no a toda la masa poblacional. En este contrato,
denominado contrato de hospitalidad (hospitalitas), el visigodo es el
considerado como hospites teniendo además una inmunidad tributaria,
que no desaparecerá hasta la celebración del III Concilio de Toledo,
momento a partir del cual la exención en el pago de los impuestos se
fue restringiendo cada vez más. Al parecer, en el reparto de tierras sólo
se tuvieron en cuenta aquellas que respondían a grandes propiedades
de origen senatorial, dejando de lado las pequeñas propiedades.

76
La repartición de tierras establecidas desde un principio fue inalterable,
es decir, los romanos siguieron siendo propietarios siempre de un tercio
de las propiedades y los visigodos de los otros dos tercios.

No obstante, otras leyes establecen variaciones sobre las terrae


consortis y sobre las que no lo son (por ejemplo X 1, 6: "Si vineam aut
domum in consortis terram construxerit" ("Si se construyera una viña o
una casa en tierra del consorte"); X 1, 7: "Si vineam in aliena terra quis
plantet, in qua sortem non habet" ("Si alguien planta una viña en tierra
ajena, en la que no ha sors") o X 1, 9: "De silvis inter Gotus et Romanus
indivisis relictis" ("De los bosques que quedan indivisos entre un godo y
un romano"). La existencia de este tipo de leyes en las Leges
Visigothorum no creemos que pueda considerarse un argumento débil
para mostrar la repartición de tierras en Hispania, en el sentido que
proponen algunos autores, como Orlandis; sin embargo, tampoco
muestra que el reparto se hiciese de forma exactamente igual al
acuerdo de hospitalitas que se dio en la Gallia. Lo que sí parece más
claro es que pudo haber un reparto en los primeros tiempos de la
penetración y asentamiento en Hispania, que se mantuvo, pero que no
afectó a todas las tierras, y que muchas de ellas -quizá no sólo las
baldías y bosques, como señala King- quedarían indivisas.

Ni todos los godos recibirían sortes, ni todos los romanos se verían


privados de sus tierras. El término consors sugiere que había tierras
compartidas, pero no necesariamente siempre entre godos y romanos, y
que se cultivaban o se utilizaban en conjunto. Por otro lado, las
constataciones de ventas de tierras prueban la movilidad de, al menos,
algunas de ellas. Es inevitable en este punto citar una pizarra de Diego
Alvaro (Avila) donde un tal Gregorio vende a su sobrino Desiderio una
parte de una tierra, utilizando curiosamente la misma expresión de
portione de terra de la ley antes citada. La estructura documental se
ajusta a la tradicional de la legislación tardorromana, heredada por el
derecho en época visigoda. El comienzo del texto (fragmentario, como
en otros casos), en su lengua característicamente vulgar dice así:

"Domno e sovrino meo Desiderio, Gregorios vinditor, quoniam hoc inter


nobis placuit adq(ue) convenit ut ego tibi vindere et vindo portione de
terra, ipso terra in posseion(e re)gias..." (entendida esta palabra por la
forma verbal regas)
("Al señor y sobrino mío Desiderio, Gregorio vendedor, puesto que entre
nosotros plugo y convino que yo te hiciera una venta y te vendo una
porción de tierra; esa misma tierra administres en propiedad...").

Este reparto de tierras, que pudo causar disensiones entre ambos


grupos, sería un factor diferenciador, especialmente entre los grandes
propietarios hispanorromanos y visigodos, más que entre la población en

77
general; pero si se dio solamente en los primeros tiempos -hecho que
cabe deducir de la escasa conservación de leyes al respecto y de la
ausencia de otras fuentes en los siglos VI y VII sobre el tema-, hay que
pensar que, después de una mezcla de población a todos los niveles a
partir de la derogación de los matrimonios mixtos (piénsese, por
ejemplo, en el rey Teudis, casado con una noble de origen romano), esta
situación cambiaría notablemente y las divisiones y reparticiones de
tierra se harían en función de herencias, ventas u otros acuerdos.
Educación tradicional latina: Nada hay que haga sospechar que los
visigodos mantenían su lengua al llegar a Hispania. Tras una larga época
de contactos con el Imperio romano, desde los primeros avances sobre
las fronteras danubianas, y del posterior asentamiento en la Gallia, su
nivel de aculturación era notable y la mejor prueba de ella es la
redacción del Código de Eurico en latín, aunque las fuentes hablan de
que este rey lo hablaba deficientemente y necesitaba de intérpretes.
Quizá mantuvieran la liturgia arriana, como algunos autores han
indicado, en lengua gótica, de hecho Ulfilas habría traducido la Biblia a
esta lengua, pero eso no quiere decir que la comprendieran. Algunos
términos de vocabulario -basta comprobar las palabras de origen
germánico que perviven en las lenguas romances posteriores, algunas
de las cuales son recogidas en las Etimologías de Isidoro de Sevilla-, y,
sobre todo, la onomástica, serían las aportaciones fundamentales y las
pervivencias reales de esa lengua. De modo que la lengua fue un factor
de aproximación y asimilación y no de diferenciación.

Pero también en los primeros momentos parece que los visigodos


rechazaron la educación escolar de las escuelas laicas, ya en vías de
extinción, y, por obvios motivos, las eclesiásticas católicas.
Probablemente su nivel educativo era muy escaso y su formación casi
sólo militar, poniendo de manifiesto las necesidades de tipo práctico y
utilitario. Así pues, habría habido un claro rechazo a la educación
humanística latina. Pero nuevamente sólo en las primeras épocas. Son
de sobra conocidos, y ya hemos citado algún ejemplo como Masona o,
por supuesto, el rey Sisebuto, los visigodos que alcanzaron una
formación humanística latina y conocimiento de esta cultura en términos
similares a la población de origen romano, al menos entre sectores
sociales parejos a los de los romanos que la recibían. Con la mezcla de la
población y la unidad lingüística, el acceso a la cultura de los visigodos
vendría por sí solo con el tiempo. Sobre el alcance del ambiente cultural
volveremos más adelante, pero conviene matizar que, para finales del
siglo VI y para el VII, dicho ambiente, escaso o no, abarcaría a ambas
poblaciones.

28. Alanos, vándalos, suevos y bretones

78
Con excepción de los últimos, ya hemos hablado de las circunstancias
de la entrada de estos pueblos en Hispania y de su historia y
desaparición como pueblos autónomos. En relación con los suevos, que
fueron los únicos que permanecieron largo tiempo en territorio
peninsular, concretamente en la Gallaecia hasta que Leovigildo puso fin
a su reino, las informaciones que poseemos hacen referencia
básicamente a la situación de la Iglesia católica, que parece gozar de
una cierta libertad. Los suevos convivieron con la población autóctona,
sin que conozcamos bien el grado de compenetración al que llegaron.
Hay pocas noticias, salvo las de carácter militar de luchas contra la
población y contra tropas imperiales en sus afanes expansionistas, que
les llevaron a dominar una buena parte del territorio peninsular y que
duraron tanto desde los primeros reyes conocidos, de Hermerico a
Remismundo, como, tras un paréntesis de casi cien años, de Cariarico a
Audeca. Las fuentes de la época, en especial Hidacio, cuyo relato se
extiende hasta el 468, hablan de las frecuentes incursiones y
devastaciones contra diversos pueblos de la Gallaecia y la Lusitania, y
contra familias nobles y pueblos enteros. Por contra, sus relaciones con
los visigodos de Tolosa parecieron estrecharse al convertirse los suevos
al arrianismo. De todas formas, esta minoría étnica sí debió llegar a una
mayor integración y convivencia con la población autóctona en la
segunda mitad del siglo VI, cuando se convirtieron al catolicismo. De
hecho, la actividad pastoral de Martín de Braga era propiciada por la
monarquía sueva. Igualmente, de las fuentes y de los datos biográficos
del propio Martín y sus contactos con algunos personajes como Venancio
Fortunato, podemos deducir las relaciones que mantendrían con la Gallia
merovingia, a través de la vía marítima del Cantábrico; contacto y vía
que posibilitaría, por otra parte, la llegada de una comunidad bretona a
tierras galaicas, como lo documenta la constatación de una ecclesia

79
Britonensis, a partir de la fundación de un monasterio. El obispo de dicha
diócesis acudió al Concilio de Braga del año 572.

29. La población de origen oriental

Entendemos por población oriental aquella compuesta por individuos de


origen sirio y griego, aunque trataremos también en este apartado la
llegada de población procedente del norte de Africa. Para el estudio de
estos diferentes grupos sociales, tanto las fuentes textuales como las
arqueológicas y epigráficas son muy parcas y la literatura histórica
actual arrastra una serie de tópicos ya clásicos en la historiografía. El
conjunto de datos que se poseen no permiten en realidad aportar
conclusiones generales. Así, por ejemplo, de la presencia de una
inscripción en griego, no podemos deducir que en el lugar de hallazgo
existiese una comunidad de origen oriental. Teniendo en cuenta estas
puntualizaciones y la problemática planteada en el capítulo sobre el
comercio mediterráneo, expondremos a continuación algunas de las
particularidades de la población oriental y africana.
Estas comunidades orientales y africanas fueron floreciendo a partir del
Bajo Imperio. Eran núcleos que vivían esencialmente en los enclaves
urbanos con puertos marítimos o fluviales de la Tarroconensis,
Carthaginensis y de la Baetica, existiendo también algunos documentos
puntuales en la Lusitania. El mayor número de documentos para
reconstruir la presencia de comunidades de origen oriental lo
encontramos por tanto en la costa mediterránea y en el sur de la
Península. Entre los núcleos conocidos por el momento destacan
ciudades como Narbo (Narbona) al norte de los Pirineos, Tarraco
(Tarragona) y Dertosa (Tortosa) en la costa de la Tarraconensis, Ilici
(Elche) y Carthago Spartaria (Cartagena) en el litoral de la
Carthaginensis. En lo que a la Baetica se refiere existieron varias
comunidades importantes situadas en la costa como son Malaca
(Málaga) y Carteia y en el valle del Guadalquivir aparecen los
importantes grupos de Hispalis (Sevilla) y Corduba (Córdoba), sobre los
que volveremos, además de Astigi (Ecija). Por último, en la Lusitania
deben ser mencionadas Emerita Augusta (Mérida), Myrtilis (Mértola),
Olisipo (Lisboa) y Turgalium (Trujillo).

A estas comunidades de origen oriental, la bibliografía actual les otorga


el nombre de colonias puesto que estaban dedicadas fundamentalmente
a las actividades comerciales establecidas con el Oriente mediterráneo y
el norte de Africa. Las relaciones comerciales, la llegada de diferentes
productos (tejidos, particularmente las sedas y el lino, además de
marfiles, papiros, algodón, vidrios, púrpura, especies, etc.), a la vez que
la onomástica reflejada en la epigrafía, son en este sentido muy
esclarecedoras. Cabe resaltar, también, que debido a que se trata de
comunidades dedicadas al comercio, en muchos casos la localización se

80
superpone a la de las comunidades judías, puesto que éstas estaban
también, frecuentemente, dedicadas a actividades similares. Sin
embargo, tal como veremos, se conocen mucho mejor los núcleos de
población judía que los de origen oriental. Por otra parte, algunos
autores han querido identificar a los monetarii, profesionales dedicados
a la acuñación de moneda, con individuos de origen oriental,
establecidos en los núcleos urbanos que hemos ido citando. Si bien es
cierto que existen ciudades que fueron cecas durante todo el reino
visigodo, como por ejemplo Tarraco (Tarragona), Caesaraugusta
(Zaragoza), Hispalis (Sevilla), Corduba (Córdoba), Emerita Augusta
(Mérida) y Toletum (Toledo), también lo es que existieron otras muchas
cecas, en las que en ningún momento se han detectado comunidades de
origen oriental.

El rasgo característico de la población oriental es, por tanto, su actividad


comercial, pero existe otro también importante para comprender las
grandes diferencias existentes entre los hispanorromanos, los visigodos
y los orientales. Nos referimos a la religión. Estas comunidades siguieron
practicando el paganismo, marcado por la idolatría, las supersticiones, la
magia y la adivinación. Aunque las prácticas paganas no fueron
exclusivas de estos grupos poblacionales, sino que también se detectan
en enclaves donde la romanización había causado menos impacto. Así,
destacaron hasta tiempos muy tardíos, por su residuo de paganismo,
algunas zonas poco permeables, como por ejemplo la Gallaecia y el
territorio de los vascones. Cabe también señalar que si bien desde el
punto religioso existían claras diferencias entre los grupos poblacionales,
a nivel legislativo, las comunidades orientales no quedaban
diferenciadas de los romanos, aunque sí de los visigodos.

Anteriormente decíamos que Hispalis (Sevilla) era una de las ciudades


donde se detecta una comunidad de origen oriental existente, al menos
ya, desde el siglo III d.C. Efectivamente, Hispalis fue uno de los enclaves
con abundante presencia de individuos orientales y judíos todos ellos
dedicados al comercio, a la vez que existía una importante comunidad
cristiana -que se remonta a los principios del cristianismo de la Baetica-
protegida por sus dos mártires Justa y Rufina. Recordemos que éstas
fueron martirizadas en época de Diocleciano por enfrentarse a la
comunidad oriental siria el día de las fiestas dedicadas a las divinidades
sirias Adonis-Salambó. El auge del cristianismo y la presencia martirial,
con todo lo que ella comporta, no eliminó la colonia de origen oriental
que detentaba en Hispalis la actividad comercial.

Otra de las comunidades orientales importantes, junto con Hispalis y


Astigi (Ecija), a las que hacíamos alusión, se situó en Corduba (Córdoba).

81
La presencia de estos orientales se vio favorecida por un activo
comercio debido a la ruta fluvial del Baetis (Guadalquivir). Griegos y
sirios están documentados ya desde antiguo, pero su testimonio se hace
particularmente relevante a partir del siglo V d.C.

Sin embargo, hemos de resaltar que la mayor comunidad oriental se


hallaba en Emerita Augusta (Mérida), puesto que tanto las Vitas
sanctorum patrum Emeretensium como las inscripciones inciden sobre
este respecto. A Mérida llegaban los productos venidos de Oriente y
comercializados, con mucha seguridad, por mercaderes orientales. El
obispo Paulo era médico de profesión y de origen griego; hasta él llegó
un grupo de mercaderes de su país que traían como empleado a un
muchacho, Fidel, que resultó ser el sobrino del propio Paulo y su sucesor
en la sede episcopal. Por otra parte, durante el exilio de Masona, ocupó
su lugar Nepopis, nombre de origen egipcio.

En otro orden de cosas y pasando ya a la población africana, existieron


durante toda la época romana abundantes relaciones entre Hispania y
las diferentes provincias de Africa. Estos contactos los conocemos
esencialmente gracias a las relaciones comerciales que se establecieron
entre ambas costas y la llegada de variados productos, como por
ejemplo sarcófagos y cerámicas. La creación en el norte de Africa de un
nuevo reino -el vándalo- tras la toma de Cartago el 19 de octubre del
año 439, ocasionó, entre otros muchos fenómenos, abundantes
migraciones y exilios. El territorio ocupado por los vándalos se extendió
por la Proconsular, la Bizacena y la parte noroeste de la Tripolitania. El
reparto de tierras establecido por Genserico obligó a huir a una gran
parte de la población, incluidos los propietarios de grandes extensiones
de tierras dedicadas a la explotación agrícola y ganadera. A estos
exiliados pertenecientes a la población civil se sumaron también algunos
elementos de las jerarquías eclesiásticas. La mayoría de refugiados se
dirigieron hacia Numidia y la Mauritania Cesariana. Otros se refugiaron
en Italia, Oriente e Hispania. Nuevas oleadas de refugiados se
sucedieron con la subida al trono de Hunerico y particularmente a partir
del año 481 a causa de la inestabilidad provocada por la sucesión
monárquica. El flujo de refugiados africanos fue continuado incluso
durante el dominio bizantino, particularmente a mediados del siglo VII,
cuando la presión musulmana era cada vez más fuerte. El conjunto de
datos que sobre esta problemática se tiene es de orden histórico, pero
en nada ayuda la arqueología. El establecimiento de estos recién
llegados nos es desconocido, pero es probable que se refugiaran en
núcleos urbanos donde la pluralidad poblacional era efectiva, y no en
enclaves de difícil acceso o poco romanizados.

82
Dos episodios pueden aducirse sobre la presencia de estos refugiados,
uno de las citadas Vitas de Mérida, donde llega un tal Nanctus, que viaja
desde Africa a la Lusitania y termina por presentarse en la basílica de
Santa Eulalia. El otro es el famoso pasaje de Ildefonso de Toledo en su
De viris illustribus (III) sobre el monje Donato:
"Donato, monje por vocación y devoción, se dice que había sido
discípulo de cierto eremita en Africa. Este, al darse cuenta de que la
violencia de los pueblos bárbaros amenazaba y teniendo un gran temor
por la dispersión de las ovejas y los peligros de la grey de los monjes, se
trasladó a Hispania por transporte marítimo, con aproximadamente
setenta monjes y muchos códices literarios".

30. Los judíos hispanos

Desde la constitución de Caracalla del año 212 los judíos eran


considerados ciudadanos romanos y este mismo criterio siguió siendo
válido para épocas posteriores. Se encontraban perfectamente
integrados dentro de la sociedad, pues nada de lo externo los
diferenciaba de los otros habitantes del reino, hispanorromanos o
visigodos, salvo el hecho de que pertenecían a una religión distinta y
que sus mismos usos religiosos los hacían aparecer distintos. Del mismo
modo tampoco constituían ni una raza ni una clase social específica.
Como los cristianos, los judíos desempeñaban una variada gama de
profesiones y actividades. Por supuesto existían judíos ricos, propietarios
de tierras en las que trabajaban otros judíos o cristianos, como se
deduce de las disposiciones de Egica del año 693 sobre expropiaciones a
los que no se convirtieran. Pero también eran numerosos los pobres, así
como los que ocupaban las escalas medias en el conjunto social. No
aceptar este hecho supone negar una realidad y al mismo tiempo
distorsionarla.

No parece tampoco que pueda hablarse de una hostilidad generalizada y


en bloque de las clases populares hacia los judíos, incluso en las épocas
de mayor presión legal; ni, por otra parte, de la existencia de un
judaísmo profundamente cerrado o aislado, susceptible de crear en la
sociedad de su tiempo un sentimiento de rechazo o repulsa. Serían las
leyes que intentaban frenar los contactos entre los diversos grupos,
judíos y conversos o judíos y cristianos, las que con el tiempo crearían
un abismo cada vez mayor en las relaciones entre ambos.

Los judíos de este período que nos ocupa, a diferencia de otros


momentos, se mostraron muy activos en su proselitismo, lo que se
manifestaba claramente en el temor que su actividad provocaba en los

83
altos representantes de la Iglesia visigoda. Dicho proselitismo
encontraba una vía natural de expansión en los cónyuges, en caso de los
matrimonios mixtos, y en los esclavos. Las sanciones que en un primer
momento fueron dictadas contra los autores de circuncisión se hicieron
extensivas con el tiempo a todos los circuncidados con el fin expreso de
disuadir a todos los que pudieran sentirse atraídos por el judaísmo, pese
a las mejoras que su nuevo estado les pudiera reportar. Sólo en aquellos
momentos en los que la represión fue más dura llegó a prohibirse
incluso la circuncisión de los hijos de los propios judíos.

Se les permitió, salvo en ciertos momentos, el ejercicio del culto en las


sinagogas -cuya documentación arqueológica es muy vaga-, aunque ya
en el Breviario de Alarico se limitaba la construcción de nuevas
edificaciones o incluso la reparación y restauración de las antiguas. En
este sentido se expresaba el rey Egica en el preámbulo del XVI Concilio
de Toledo al señalar que de nada había servido que a los judíos se les
hubieran prohibido e incluso destruido sus sinagogas, cuando las iglesias
cristianas se hallaban en peor estado. Las oscilaciones políticas del
momento regulaban una mayor o menor libertad de culto, tanto en lo
referente a actos en las sinagogas como a manifestaciones externas de
sus fiestas religiosas. Un ejemplo de ello lo encontramos en el canon 9
del Concilio de Narbona del año 589, donde se prohibió explícitamente a
los judíos que enterraran a sus difuntos entonando salmos.

Es erróneo pensar que los judíos aparecían ligados sólo a cuestiones de


dinero o al comercio, aunque sí es cierto que una buena parte de ellos
se dedicaba a las actividades comerciales. Sin embargo, al no existir
monopolio por su parte, ni siquiera del comercio de esclavos, debe
considerárseles como un elemento más de entre los que se dedicaban a
dicha actividad. Es decir, las medidas encaminadas a eliminar a los
judíos del comercio no debe entenderse como un medio de suprimir un
monopolio para pasarlo a otras manos y hacerse con el control efectivo,
sino, en todo caso, para asestarles un golpe en el aspecto de la
actividad que más les pudiera afectar y en el que se encontraran más
implicados.

No hay datos en esta época que hagan referencia a usura ni siquiera a


préstamos de interés razonable. García Iglesias comenta con acierto
que, dado el espíritu antijudío que alimentaba los concilios visigodos -
según ya ha quedado expuesto-, si se hubiera planteado el problema de
la usura, los asistentes a los mismos no habrían dejado de hacerlo notar.

84
31. Vascones y bagaudas

Tanto el territorio de Vasconia como sus propios habitantes, los


vascones, fueron desde siempre muy poco receptivos a la romanidad. La
documentación existente a este respecto permite diferenciar con
claridad una penetración romana palpable en los centros urbanos,
quedando las zonas rurales mucho menos sometidas. De ello se deriva
la conservación de una propia lengua y la continuidad de las prácticas
paganas, esencialmente en aquellas zonas apartadas o de difícil acceso,
donde el cristianismo no había podido llegar a penetrar.

Estas particularidades hicieron que los vascones permanecieran


independientes a lo largo de todo el reino visigodo de Toledo, aun a
pesar de los continuos intentos de sometimiento. Sólo llegaron a
incorporarse algunas partes de Vasconia donde el sustrato romano
propiciaba una adecuación a la nueva situación político-gubernamental.

En estas zonas más romanizadas es donde muy probablemente se situó


Victoriaco o Victoriacum, ciudad fundada por Leovigildo como muestra
del sometimiento de Vasconia. La localización de dicha ciudad sigue
siendo hoy dudosa, aunque todo parece indicar que podría ser
identificada con la actual ciudad de Vitoria o con el núcleo alavés de
Vitoriano. A lo largo del siglo VII, los vascones hicieron frente, con
relativa frecuencia, a las tropas de los ejércitos visigodos, aunque en
ningún momento quedaron sometidos. Bien al contrario, las fuentes
permiten creer que algunas zonas de difícil acceso en el territorio vascón
sirvieron de cobijo para refugiados y rebeldes que huían de la monarquía
toledana.

El caso de Froja parece que corresponde a esta realidad, pues recibió en


su revuelta contra Recesvinto el apoyo de los vascos, aunque hay que
decir que halló la muerte en el sitio de Caesaraugusta (Zaragoza).

En relación a las peculiares características de Vasconia durante la


Antigüedad tardía, se suele asociar el problema de la bagaudia
hispánica, pues es posible que en esta actividad estuviesen asociados
elementos vascones. Si bien este hecho es posible, tampoco se puede
afirmar con seguridad. La actividad bagáudica, probablemente de origen
campesino, poco romanizados y organizados dentro de la marginación
en la que vivían, se circunscribe únicamente a una serie de actos

85
violentos y de pillaje exclusivos de las regiones interiores de la
Tarraconense, limitándose a la zona de las grandes propiedades del
valle medio y alto del Ebro. Las mayores incursiones de las que se tienen
noticias tuvieron lugar en el año 441, en Araceli y Tarazona; para vencer
a estas fuerzas fue enviado Aurasio y posteriormente su cuñado
Merobaudes. En el año 454 el bagauda Basilio entró en Tarazona,
ejecutando a la guarnición allí existente y al obispo, León.

A pesar del carácter belicoso y rebelde del pueblo vascón, esto no es


motivo suficiente para hacerle responsable exclusivo de esta
problemática. Las discusiones siguen abiertas y la historiografía actual
ha incorporado a su estudio la posible identificación de unos sectores
sociales vascones deduciendo una larga serie de hipótesis, a veces
excesivamente extrapoladas.

32. Ciudades, pueblos y viviendas

La investigación sobre las ciudades y el campo ha sido una preocupación


constante en la tradición historiográfica, pero en lo que a la Hispania de
los siglos V al VIII respecta, los estudios son escasos. En los últimos años
este interés ha ido creciendo y se intenta comprender el
comportamiento que tienen los núcleos urbanos, cómo se modifica,
evoluciona o se transforma su tejido urbano y, lo que es primordial,
cómo se interrelaciona con el territorio que lo circunda. Las
modificaciones, que se inician ya con el impacto propiciado por el
cristianismo y se verán acrecentadas con la presencia de nuevos grupos
poblacionales, serán lentas y acabarán perpetuándose definitivamente,
aunque no en todos los casos, en la Edad Media. Estas transformaciones
se harán perceptibles a todos los niveles, desde los aspectos políticos,
económicos, administrativos y sociales, hasta los derivados de la
religión.

33. Los núcleos urbanos y su población

Es precisamente el aspecto religioso el que entraña más cambios en la


vida de los núcleos urbanos, puesto que cada vez más la ciudad se
encierra sobre sí misma para ofrecer la imagen de la civitas Dei o de la
también denominada civitas christiana, donde se ponen en juego todos
los valores y esencialmente los valores morales de lo que es y quiere
ofrecer la ciudad. Los mecanismos de funcionamiento del ámbito de la
ciudad no se limitan al estricto espacio urbano intra muros, sino que
atañen de forma directa al suburbio, cubierto en gran parte por áreas
funerarias, y a todo el territorio circundante. La ciudad se convierte de

86
este modo en el centro físico y vertebrará el denominado suburbium y el
territorium.

En el interior del espacio delimitado por el recinto murario se disponen,


sin romper la tradición, las estructuras arquitectónicas necesarias a los
servicios administrativos, los edificios públicos y de representación, así
como los espacios destinados al hábitat, aunque no existen nuevas
construcciones derivadas de la edilicia privada. Sin embargo, el
cristianismo obligará a crear una serie de nuevos edificios destinados a
las funciones a las que obliga el culto cristiano y la Iglesia, y por ello,
antiguas construcciones podrán observar cambios en su funcionalidad e
incluso algunos de los edificios existentes, precisamente por perder sus
funcionalidades, se verán abandonados. Al mismo tiempo, a pesar de la
prohibición existente, se constata la presencia de sepulturas en el
interior de los núcleos urbanos, hecho que es relevante pues permite
detectar terrenos o zonas que habían tenido su uso en época anterior y
que en este momento se hallan olvidados. La lenta penetración de
inhumaciones junto a los lugares de hábitat será un hecho normal en
época medieval, donde los muertos conviven en el espacio de los vivos,
llegando a formar parte de la vida cotidiana.

Alrededor del núcleo urbano y siempre extramuros, es decir en el


suburbio, se disponen por regla general los centros martiriales, las
grandes áreas cementeriales y las comunidades monásticas. Si bien la
arqueología proporciona abundante documentación sobre zonas
funerarias y el culto martirial, para un mayor conocimiento acerca de los
monasterios nos tendremos que remitir a las fuentes escritas. El culto
martirial, aunque se inicia a finales del siglo II con el fin de las
persecuciones y la paz constantiniana, tendrá una gran fuerza social y
religiosa a partir del siglo IV. Esta fuerza, plasmada a través de las
diversas manifestaciones de la veneración, se debe a diversas creencias,
entre las que destacan, en primer lugar, el que el martirio sufrido por los
santos puede ser vehículo para interceder por el cristiano. En segundo
lugar, la esperanza en la obtención de favores, no sólo escatológicos o
espirituales, sino también de orden milagroso. Por último destaca la
esperanza en la resurrección, lo que conlleva a la preparación de una
infraestructura material que es en definitiva una protección espiritual.
Las inhumaciones ad sanctos, que suelen ser sepulturas privilegiadas,
buscan la intercesión por la redención del alma, hecho que requiere una
cierta proximidad al mártir. Esta cohabitación en el espacio funerario
refleja la esperanza de una cohabitación en la eternidad celestial. La
presencia de una inhumación martirial y su veneración se encuentra en
el origen de muchas áreas cementeriales suburbanas e incluso de
lugares de culto. A lo largo de los siglos V y VI, estas inhumaciones se

87
monumentalizarán, convirtiéndose en una memoria, confessio o un
martyrium, en estrecha relación con el culto a las reliquias y las
peregrinaciones.

Tras este análisis podríamos decir que existe una disyuntiva entre el
centro urbano y el núcleo suburbano, puesto que el primero responde a
la comunidad de los vivos, y el segundo a la comunidad de los muertos.
Sin embargo, dicha disyuntiva es tan sólo aparente, puesto que en
realidad existe una perfecta relación dinámica e interactiva, cuyo
funcionamiento será siempre dependiente y estará articulado
esencialmente por la vida litúrgica de la ciudad. Lo mismo podemos
decir de la posible dicotomía entre la religión y la práctica funeraria. La
religión responde a un hecho público, es en definitiva un acto social o
que se desarrolla en sociedad y por ello se lleva a la práctica en el
espacio de los vivos; sin embargo, la práctica funeraria es un hecho
íntimo y privado que sólo se desarrolla en el ámbito familiar o en un
reducido grupo social.

Una vez establecidas las diferencias y relaciones existentes entre lo que


es el ámbito estrictamente urbano, el suburbium y el territorio, cabe
ahora plantearse cómo se organizaba el hábitat. Esta organización está
presidida por una rígida jerarquización de la estructura social, de la cual
conocemos esencialmente las altas capas sociales y aquellas menos
favorecidas, aunque poco es lo que sabemos de las clases medias. A lo
largo de toda la Antigüedad tardía, y al menos hasta el siglo VII, existió
una clara separación en las libertades de los individuos que vivían en
zonas urbanas o rurales, que determinará a la vez el tipo de hábitat o
vivienda.

34. La vida ciudadana

El análisis arqueológico está modificando relativamente la imagen


desoladora y catastrófica que se tenía hasta ahora a través de los textos
escritos de los núcleos de población urbana. Esta consideración debe ser
matizada, pues si bien siempre se ha dicho que las ciudades durante la
Antigüedad tardía sufren una decadencia evidente, este hecho no es
cierto. Un análisis pormenorizado de las fuentes y una yuxtaposición de
los datos arqueológicos nos ayudan a ver la realidad de los tejidos
urbanos. Lo que sí es cierto es que la información es todavía
fragmentaria y permite con dificultad concebir la evolución urbanística y
la vida cotidiana. La vida en las ciudades continuó existiendo de forma
bastante enérgica hasta al menos el siglo VI, momento en que parece
existe una reducción de las diferentes actividades, respetando su
especificidad económica. Así, es cierto que grandes núcleos urbanos que
habían jugado importantes papeles políticos, religiosos o administrativos

88
como Caesaraugusta, Barcino, Tarraco, Carthago Spartaria, Corduba,
Hispalis, Emerita Augusta, Olisipo, Toletum, etcétera, siguieron teniendo
actividades comerciales y mercantiles, al menos durante toda la época
del reino visigodo de Toledo, aunque otros tejidos urbanos de menor
envergadura sí redujeron este tipo de actividades.

Existió un número muy reducido de administraciones locales y


municipales que siguió manteniendo el nivel de vida de algunas clases
sociales, puesto que las instituciones romanas estaban en pleno proceso
de desaparición. La inutilidad de las instituciones administrativas las
condujo a su propia extinción y sustitución por el municipio hispano-
visigodo, que tanto auge tuvo a mediados del siglo VII.

De todas las instituciones municipales romanas la que sí perduró, hasta


bien entrado el siglo VII, fue la curia y la mayoría de curiales eran
romanos. Sus principales funciones estaban ligadas a la administración
local relativa a la ciudad y su territorio circundante y a la recaudación de
los impuestos. La condición de curial obligaba de por vida, por tanto no
se podía tampoco acceder a una condición eclesiástica. Además, las
leyes respecto a las propiedades y tierras de estos consejeros
municipales eran rígidas y no permitían su venta o arrendamiento.
Otro de los problemas urbanos es la afluencia de pobres que están a la
búsqueda de un lugar de habitación autónomo y no dependiente de una
obligación propia o ajena. Muchos edificios y terrenos están
abandonados y sirven precisamente para cobijar a los pobres. La
pobreza, desde la Antigüedad tardía hasta la época medieval, se
presenta como un problema de tipo social grave, cuya resolución era
casi imposible, puesto que el círculo vicioso que se crea en ella misma
es prácticamente insoluble. La precariedad de las condiciones de vida
obligaba al vagabundeo, daba lugar a la ausencia de higiene y a la
pésima alimentación. De ello se derivaba el hambre e incluso la
mortandad.

El aumento de población pobre, sumado al gran número de mendicantes


que vivía en los espacios urbanos, complicó e hizo cada vez más graves
los problemas ocasionados por las diferentes y cada vez más
abundantes epidemias, sobre todo la peste. Las oleadas de peste fueron
continuas a lo largo del siglo VI, pero las más devastadoras se
propagaron en el siglo VII, lo que condujo a que la pobreza, la
mendicidad, la enfermedad y la mortandad estuviesen encadenadas.

35. Población y organización de los ámbitos rurales

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Las transformaciones que hemos aducido hasta el momento a través de
las páginas precedentes, referidas esencialmente al cristianismo y a la
presencia de los visigodos, afectaron también al mundo rural. Si bien
sabemos poco sobre la perdurabilidad de los catastros romanos durante
la Antigüedad tardía, también es cierto que el campo tuvo que estar
organizado y vertebrado por una serie de hechos que por el momento
conocemos poco. El fenómeno mejor conocido es el de la explotación
agrícola y ganadera que estaba en manos de grandes propietarios. Esta
explotación, relativamente importante en esta época, generó una serie
de fuertes transformaciones en la arquitectura de las villae, extendidas
con mayor o menor densidad por toda la geografía peninsular,
dependiendo del grado de romanización y posibilidades de explotación
de la zona. Así, por ejemplo, en la Meseta castellana, que pertenecía en
gran parte a la Carthaginensis, nos encontramos ante propietarios que
tienen un gran patrimonio de tierras cultivables, al igual que ocurría en
la Baetica. Por el contrario, en zonas como la Lusitania, la extensión de
las explotaciones es mucho menor y debido a ello su densificación
mayor. Debemos tener en cuenta que esta explotación agrícola y
ganadera no sólo estuvo en manos de estos possesores, sino que existía
una población agrupada en núcleos de hábitat de muy diferente
condición.

El análisis del paisaje rural requiere en primer lugar acudir a la cuestión


sobre la repartición de tierras, que vimos al hablar de los factores
diferenciadores entre hispanorromanos y visigodos, puesto que se
relaciona estrechamente con la organización y vertebración del campo
durante los siglos VI y VII. A tenor de lo dicho sobre el reparto,
quedando, pues, en el paisaje rural tierras divididas de un lado, de otro
algunas compartidas y otras indivisas, probablemente entre estas
últimas tanto algunas tierras de cultivo como otras baldías y bosques,
abordaremos ahora cómo se llevó a cabo la explotación de las tierras y
cuáles fueron las estructuras arquitectónicas y los núcleos de hábitat de
estas explotaciones. Por último trataremos de los productos debidos a la
agricultura y ganadería.

La explotación de las tierras fue una de las principales ocupaciones de la


población de los siglos VI y VII. Las grandes extensiones -latifundia- que
configuraban las tierras de los propietarios eran explotadas por siervos,
esclavos (servuli) y campesinos libres (rusticoni) o dependientes. Por
regla general los campesinos dependientes del propietario vivían en
condiciones lamentables, sujetos a una larga serie de obligaciones y
protegidos por muy pocos derechos. La situación en la que se
encontraba gran parte de este campesinado libre originó el que se viera
obligado a depender del patronus para poder seguir con la explotación

90
de las tierras, pasando la relación de patrocinio de padres a hijos. Esta
situación de dependencia equivalía a obtener una protección a cambio
de la prestación de una serie de servicios y de un pago.

La explotación de la tierra, además de los grandes possesores, estuvo


en manos de pequeños propietarios, en su mayoría privati, que estaban
obligados a pagar un tributo territorial. Este tipo de tierras no podían ser
transferidas a ninguna otra persona que no tuviese la misma condición
social, asegurándose así que nunca pasarían a personas con privilegios
relativos a la exención fiscal.

36. Formas de explotación y vivienda rurales

El tipo de arquitectura clásica para la explotación de las tierras fue la de


la villa, cuyos possesores solían ser ricos propietarios que, tal como
hemos dicho, tenían a su servicio un amplio espectro de individuos de
diferente condición social. La existencia de las villae debe ser entendida
como núcleos o centros de explotación agrícola y ganadera, a la vez que
lugares de residencia donde el propietario disfrutaba de sus momentos
de otium. Estas características condicionaban su edificación. Por un lado
se necesitaba una parte residencial, por regla general, construida con
gran solidez y ornamentada con los gustos propios de la época,
mosaicos y pinturas alusivos a la vida cotidiana y a la mitología
tradicional. Las planimetrías que se han podido estudiar gracias a la
arqueología, aun siguiendo las directrices establecidas por Vitrubio, han
proporcionado una gran variedad de tipos, donde la galería de fachada o
el pórtico sobre un gran peristilo son los elementos más notables y
aluden directamente a las funciones que requería la vida del propietario
en su residencia en el campo. El otro gran sector de la villa, lo que se
denomina la pars rustica, estaba destinada a albergar las dependencias
del almacenamiento, los establos y los productos de la explotación,
además de las habitaciones de los campesinos, cuando éstos vivían en
la propia villa y no en lugares dispersos cercanos a la propiedad.

Uno de los ejemplos constructivos más tardíos lo encontramos en la villa


de Pla de Nadal (Ribarroja del Turia, Valencia). La edificación en sí
misma corresponde a la parte residencial, y otros restos, muy
fragmentarios, permiten detectar la pars rustica. Las estructuras
documentadas muestran una construcción rural cuya planta -40 metros
de largo por 30 metros de ancho- responde a las villae con galería y
torres angulares abiertas sobre un peristilo. Los restos constructivos y
escultóricos hacen suponer que se trataba de un edificio de dos plantas.
Los fragmentos de escultura hallados están tallados en piedra calcárea y
presentan todos el mismo tema ornamental: flores de acanto,

91
esquematizaciones vegetales y venerae. A pesar de la clara tradición
constructiva romana, esta ornamentación arquitectónico-decorativa, por
sus paralelismos con otros talleres escultóricos, sitúa la construcción de
este edificio a finales del siglo VI con un período de utilización, al menos,
a lo largo del siglo VII. Este conjunto de Pla de Nadal plantea una nueva
vía de investigación en las construcciones rurales de nueva planta,
paralela a la de las transformaciones o remodelaciones de las Villae
edificadas en tiempos anteriores.

De nuevo la información proporcionada por las pizarras de la Meseta


central resulta de especial interés para conocer la organización de los
hábitats en zonas de carácter esencialmente rural. La documentación
ofrece un panorama verosímil, aunque de difícil constatación
arqueológica, puesto que tal como hemos visto lo que mejor conocemos
por el momento son las grandes estructuras de las zonas residenciales
de las villae.

Es muy posible que todas las categorías de hábitat establecidas gracias


a la lectura de las pizarras conciernan a una población campesina de
esclavos o siervos dedicados al trabajo y explotación de las tierras, y no
precisamente a los siervos domésticos, que, como veremos más
adelante, vivían en el ambiente familiar de los propietarios. Si bien estos
documentos han permitido profundizar en el sistema vertebrador del
hábitat rural, nada o prácticamente nada aportan sobre el sistema de
regulación administrativa o gubernamental. En alguno de estos textos se
lee el término locum, que parece utilizado como sinónimo de villa. Este
vocablo, en cambio, se documenta en una pizarra tardía -de mediados
del siglo VIII y procedente de Carrio (Asturias), pero cuya realidad social
debe entenderse en el mismo contexto y como continuación de la época
que nos ocupa-, como sinónimo de villa o aldea, y en oposición a civitas
que también se lee en la misma, junto a avitaciones (por habitationes),
como sinónimo de casas o similar. La palabra casa -posiblemente choza
o alguna construcción pequeña- aparece en otra pieza, ya del siglo VII,
frente a la más habitual y de mayor categoría de domus.

Si intentamos establecer un orden jerárquico en los núcleos de hábitat,


creemos que en primer lugar encontraríamos las civitates con su
correspondiente territorium y otros núcleos de población de tipo urbano
que no tienen el status de civitas. Seguidamente nos encontramos con
los vici, los pagi, los castella y los castra. Respecto a este último tipo de
concentración, las pizarras las mencionan, aunque se hace difícil saber
si se trata de campamentos o de aldeas, aunque lo más probable es que
se refiera a esto último. La arqueología ha proporcionado un documento

92
excepcional para el estudio de este tipo de aglomeraciones que
responden a poblados o campamentos fortificados. Se trata del
emblemático yacimiento de Puig Rom, situado en un punto estratégico
del Golfo de Rosas en la actual provincia de Gerona. Aunque las
excavaciones están todavía en curso, se ha podido detectar una
estructura muraria de cerca de dos metros de ancho recorrida por una
serie de torres cuadrangulares que, además de servir como puntos de
vigilancia sobre el golfo y el paso pirenaico, proporcionan una mayor
solidez a la estructura en sí. En el interior se disponen pequeñas
construcciones que responden a las habitaciones o viviendas. Los
materiales hallados hablan más de una población civil que militar y se
puede fechar el conjunto en el siglo VII.

La possessio -término que se lee en la pizarra que contiene un


documento de venta y que mencionamos al hablar del reparto de
tierras-, corresponde a la propiedad o heredad. Dentro de ella se
debieron situar diversas construcciones. En primer lugar la domus,
término que se halla frecuentemente sustituido por el de casas, aunque
este último puede reemplazar también el de habitationes, se entiende
habitaciones de la parte residencial de una villa, a no ser que se refiera
a las habitaciones donde se alojaba la mayor parte de la población
servil. Cabe imaginar que esta población debió vivir, de forma más o
menos individual, efectivamente en las tierras que estaba explotando y
no lejos de la estructura para albergar al ganado o los animales de
corral. Nos referimos a corte, término empleado para definir el establo o
el corral.

En relación con este término hay un documento en pizarra del máximo


interés porque, además, supone el pago de unas especies en régimen de
hospitium de unos individuos al dominus propietario, en la línea que
antes hemos mencionado de relación de campesinos o esclavos con los
propietarios de las tierras: "Notitia in qua ordenatu est quos (...)/
consignemus Simplicio, id est, VI ses(...) / cum agnus suus det scrova
una, vacca una / hospitio Matratium quum pariat in corte / domni sui
Valentini, vitulas duas, / triticu modios XXV".

(Noticia en la que se ordena a quienes (...) Notifiquemos a Simplicio,


esto es, 6 seis(?) (...), con sus corderos entregue una puerca, una vaca
por régimen de hospitalidad, a Matratio, cuando (la vaca) para en el
establo de su señor Valentino, dos terneras, 25 modios de trigo).

Dentro de lo que es el paisaje rural, su ocupación, organización y


disposición, hemos de hacer referencia obligada a la aparición de una

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serie de centros de culto que se disponen, o bien en las propiedades
privadas de las villae, o bien en los núcleos de hábitat de los que hemos
hablado. También cabe señalar la abundante existencia de centros
monásticos, que conocemos a través de las fuentes textuales, pero no a
través de la arqueología. Hemos hecho ya mención de los diversos
problemas que plantea el resultado de las excavaciones arqueológicas y
los estudios de determinadas construcciones arquitectónicas de tipo
religioso. Queremos ahora incidir en la problemática planteada por esta
arquitectura esencialmente rural, puesto que forma parte del paisaje y
de la vida cotidiana de los individuos que pueblan las zonas rurales.

En primer lugar cabe señalar que muchos edificios de culto presentan


problemas de datación, particularmente todos aquellos que han sido
fechados a partir, y por comparación, con la inscripción de dedicación de
la iglesia de San Juan de Baños (Palencia). Esta fue ofrecida por el
monarca Recesvinto a San Juan Bautista, en el año 661, y hemos
estudiado su inscripción en el momento de hablar de la plasmación del
ejercicio del poder, pues se trata de uno de los mejores ejemplos a este
respecto. Estas fundaciones eclesiásticas de patrocinio real en el medio
rural no dejan de sorprender y su valoración se hace difícil.

Por otra parte, los conjuntos como San Pedro de la Nave (Zamora) y
Quintanilla de las Viñas (Burgos), no permiten avanzar en el análisis
cronológico de carácter arqueológico, debido a las sucesivas
intervenciones. La aplicación de criterios estilísticos o de pura historia
del arte no son lo suficientemente sólidos para llegar a la perfecta
comprensión de su edificación. Así, por ejemplo, la semejanza de su
planta con otros edificios de la misma época, la filiación de los motivos
ornamentales y figurativos con otros materiales, etcétera, nos sitúan en
un abanico cronológico excesivamente amplio para que podamos
afirmar con absoluta fiabilidad su verdadero horizonte cultural. Todo ello
son temas que se están planteando actualmente y rompen en cierta
manera con las valoraciones de tipo arqueológico que se han venido
defendiendo hasta hoy.

pesar de todo lo expuesto, se puede afirmar, en cierto modo, que la


organización dispersa del hábitat obligaba a la existencia de una serie
de edificios de culto, que pueden aparecer de forma aislada, formando
parte de una propiedad, o bien dentro de los conjuntos monásticos.

37. Los productos agrícolas

La explotación de las tierras debió producir prácticamente los mismos


productos que en época romana, basados en la agricultura y en la

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ganadería, aunque su objetivo debió conducir más a una economía de
subsistencia que a una exportación de productos. La excepción debió
mantenerse en lo que al trigo y al aceite se refiere que, en cualquier
caso, siguieron siendo los productos más explotados.

En cuanto a los cultivos agrícolas, sabemos por las fuentes escritas y por
los documentos sobre pizarras que el trigo fue el alimento más
ampliamente sembrado, aunque también lo fueron otros cereales, como
por ejemplo la cebada y la escanda. Un importante papel tuvieron la vid
y el olivo. Las plantaciones de viñedos y de olivos y grandes extensiones
de campos de trigo serían los paisajes habituales en la Baetíca y en la
Lusitania, al igual que en la Tarroconensis. De ello se deduce la
producción del aceite y del vinagre, al igual que del mosto y la sidra.
Isidoro de Sevilla alude precisamente a los diversos tipos de aceite que
eran producidos en la Baetica, gracias a aceitunas negras que daban un
aceite común, las verdes no maduradas que originaban el aceite verde
y, por último, el denominado aceite hispano que era el que daban las
aceitunas blancas.
En la Meseta castellana, es decir en el centro y norte de la
Carthaginensis, debió permanecer y destacar con fuerza el cultivo de
cereales, primordialmente el trigo. No por ello debemos imaginar que no
existió el cultivo, en zonas aptas para la huerta, de hortalizas,
leguminosas y árboles frutales; al contrario, éstos debieron estar
presentes, en mayor o menor medida, en todas las regiones.

Se sabe también por la documentación textual y arqueológica de la


existencia de regadíos artificiales que permitían el cultivo de árboles
frutales -particularmente las diversas clases de melocotón- en la zona
del Segre. En el poblado de El Bovalar (Serós, Lérida) se han hallado las
simientes de estos frutos y su estudio ha permitido profundizar en la
plantación de árboles frutales en esa región. También los textos tardíos
hablan de las huertas de la zona levantina de la Carthaginensis, así
como de la miel. Las pizarras inscritas de la Meseta mencionan el cultivo
de fresas y la producción de sidra, que al parecer formaron parte de la
dieta alimenticia de los campesinos.

La potencialización de una importante ganadería venía favorecida por la


existencia de grandes pastizales que procuraban la necesaria
alimentación y conservación de los ganados. La documentación en
pizarras nos habla de una cría ganadera relativa a terneras, vacas,
novillos, ovejas, corderos, puercas, cerdos y carneros. De la presencia
de abundantes rebaños ovinos se deduce la obtención de la lana y por
tanto su hilado, manufactura y comercialización, actividades éstas que

95
debieron realizarse en los núcleos urbanos, más que en los de carácter
rural. En todas las regiones de Hispania debió llevarse a cabo la cría
ganadera, aunque su mayor relevancia estuvo en la Lusitania y en la
Tarraconensis, además de la Meseta castellana.

En la Hispania de la Antigüedad tardía se concede una especial


importancia a la cría caballar, que desde antiguo se sabe estaba
establecida mayoritariamente en la Baetica y en la Lusitania, aunque
también lo estaba en la zona norte de la Carthaginensis, como lo
demuestra la pizarra de las condiciones sacramentorum, ya mencionada
al hablar del derecho. Estos debieron ser de gran estima, puesto que su
valor era el equivalente al de una sierva -en otra pizarra se establece un
placitum sobre este cambio- y la legislación se ocupa de ellos (Leges
visig. VII, 2,1). La cría caballar comportaba la existencia de un saltus en
las propiedades, donde los caballos pudieran pastar, a la vez que una
serie de instalaciones -cuadras bien adecuadas para la correcta cría,
adiestramiento y manutención de estos animales. El destino de los
caballos no iba tan sólo encaminado a los placeres de la caza del
possesor, sino también a la participación en los juegos circenses que
tanto aprecio tuvieron en Roma y que siguieron practicándose hasta
épocas muy tardías en Bizancio.

38. La protección de las grandes propiedades

Si bien es cierto que el reparto de tierras entre visigodos y romanos

96
debió suponer un cierto enfrentamiento entre ambas poblaciones,
también lo es que el romano, a pesar de haber cedido parte de sus
tierras y de verse obligado al pago de los impuestos, recibía a cambio
protección y seguridad.

Según la información proporcionada por las fuentes textuales, aunque su


lectura plantea serios problemas de interpretación, las grandes
propiedades, tanto de visigodos como de romanos, tenían sistemas de
seguridad basados en la presencia de ejércitos privados. Estos ejércitos
deben ser entendidos como pequeñas tropas organizadas con el fin de
proteger los bienes y las tierras de los propietarios, si bien es conocido
que determinados individuos de la clase aristocráticomilitar, como fue
Teudis, que llegó a ser coronado rey, tenía un ejército privado a su
disposición de unos 2.000 hombres que había reclutado gracias a las
grandes posesiones territoriales que había conseguido a través de su
esposa romana. A nuestro juicio,. unas tropas tan numerosas debían ser
poco habituales en la protección de los latifundios, pero ello no impide
suponer su existencia restringida.
Es muy posible que estos soldados estuviesen al mismo tiempo al
servicio de la explotación de las tierras, tanto si tenían la condición de
esclavos (servuli) como la de campesinos libres (rusticani). Si aceptamos
por tanto que los possesores tenían soldados a su servicio, debemos
también aceptar la existencia de una serie de dependencias donde
albergarlos, los utensilios necesarios para una caballería montada,
además de la manutención, cuadras, etcétera.

La información proporcionada por los restos arqueológicos a este


respecto es interesante, pues refleja una perpetuidad en las tradiciones
romanas, aunque no habla directamente de ejércitos privados o cuerpos
montados. La mentalidad y las necesidades de los grandes propietarios
dedicados a las explotaciones agrícola y ganadera sigue siendo la misma
que la del Bajo Imperio. Así, por ejemplo, los hallazgos de elementos de
guarniciones de frenos de caballos, los instrumenta equorum, nos
indican no sólo el aprecio que se tenía por los caballos, sino también una
fuerte actividad dedicada a la cría y al adiestramiento caballar.

Las guarniciones de frenos de plena época visigoda muestran la


dedicación militar de estos caballos, puesto que se trata de bocados con
desveno y camas largas de gran volumen que a veces presentan una
embocadura articulada en vez de rígida, hecho que favorecía la guía del
caballo y liberaba la boca. Los caballos de parada, aunque es posible
que también los utilizasen la caballería ligera y los caballos de carreras,
eran enjaezados con frenos de filete articulado compuestos por dos

97
camas con enganche de montante, dos cañones y dos anillas
portarriendas. La abundancia de hallazgos arqueológicos por toda la
geografía peninsular permite suponer una utilización generalizada, a la
vez que unos sistemas de producción y distribución bien organizados.

Por otra parte, los textos literarios nos ilustran sobre los pastos de la
Baetica y la Lusitania que eran idóneos para dicha cría y para la
obtención de caballos. Los pavimentos musivos con escenas de caza y
venationes, además de largas series de utensilios y bronces figurativos,
dejan patente que los caballos eran destinados al otium y los placeres
de la caza de los propietarios. Las representaciones pictóricas o musivas
son inexistentes en lo que a la configuración de un cuerpo montado
dedicado a la protección de la propiedad respecta, aunque como
decíamos anteriormente, los textos sí hablan de ello y es posible que al
tratarse de un fenómeno relativamente tardío, éste no haya quedado
plasmado en los repertorios iconográficos de tradición clásica.

39. Vida privada, vida pública y vida religiosa

La vertebración básica en la estructura social sigue siendo, como en el


mundo romano, la división entre hombres libres y siervos. El elemento
más alto de la sociedad, constituido por los hombres libres
pertenecientes a la nobleza palatina, al palatinu officium, y, tras ellos el
resto de la aristocracia laica y el poder eclesiástico, que constituían una
oligarquía, ha quedado expuesto al tratar el tema de los instrumentos
para el ejercicio del poder.

Bajo estas primeras categorías se puede distinguir:

- Población libre no privilegiada. Los privasi, a veces denominados


ingenui, y específicamente dentro de esta categoría los possesores o
pequeños propietarios, que debían asumir, al igual que los denominados
siervos fiscales, una gran carga tributaria personal de tipo territorial.
Este hecho condujo a que, a lo largo del siglo VII, muchos de estos
pequeños propietarios libres se sometieran al patrocinio de un gran
propietario. Así conseguían la protección y seguridad necesarias a
cambio de la propiedad de las tierras.

La mayoría de individuos libres vivía en los núcleos urbanos, puesto que


la propia estructura social de las ciudades, con cierto gobierno
autónomo, favoreció y protegió la libertad de sus habitantes. A pesar de

98
que su vida transcurría en los ámbitos urbanos, podían dedicarse o bien
a las labores agrícolas practicadas en los territorios circundantes, o bien
a las profesiones normales que se generaban en dichos núcleos urbanos.
No debe sorprender la existencia de artesanos, orfebres, arquitectos,
escultores, ingenieros, picapedreros, médicos, maestros, etc... Pueden
incluirse en este grupo los miembros del ejército de rangos inferiores,
llamados a veces viliores personae.

- Clientes, encomendados y libertos. Coloni. Este grupo desposeído de


tierras dio un gran poder a los grandes propietarios puesto que fueron
incrementando las relaciones clientelares, lo que redundó en un
fortalecimiento mayor de la nobleza. Los libertos eran siervos
manumitidos, con una condición jurídica inferior a la de los ingenui o
libres. Pero su dependencia del señor era enorme. En los núcleos de
hábitat rural, las jerarquizaciones sociales se hacen mucho más
patentes, puesto que se diferencia entre aristócratas y esclavos, o entre
señores y servidores, o bien entre ricos y pobres. Coloni: Campesinos
que trabajan las propiedades reales o privadas. Estaban adscritos a la
tierra y pagaban un diezmo de los productos cultivados, junto con otras
cargas. No podían enajenar ningún bien sin saberlo su señor. Eran, como
los libertos, dependientes.

- Gran masa de población servil. Muy numerosa. Organizada en varias


categorías, dentro de dos básicas, la de los idonei, de mayor rango, y la
de los viliores, inferiores. Entre los primeros destacan los siervos reales,
al servicio de la corte, que tenían sus propios esclavos. Los siervos
fiscales, también al servicio de la corte, poseían un cierto número de
propiedades, pagaban sus tributos y eran prácticamente libres. Los
siervos de la Iglesia (servi ecclessiae) eran siervos rurales que
trabajaban las propiedades de la Iglesia. Según se deduce del canon 5
del XVI Concilio de Toledo (693) cada iglesia debía tener al menos diez
siervos para que la productividad del patrimonio eclesiástico fuese
rentable. Algunos de los siervos y esclavos de la Iglesia llegaron a
alcanzar su libertad entrando a formar parte del clero, como es el caso
de Decencio, siervo de Fructuoso de Braga, al que éste convirtió en abad
del monasterio de Turonio.

Una categoría dentro de los idonei la constituían los siervos domésticos


al servicio de los dueños y propietarios, mayoritariamente en ámbitos
rurales y adscritos a la tierra; en una pizarra procedente del Barrado se
habla de mancipios. Cuando eran siervos por su origo, es decir, nacían
de una familia de siervos de un dominus o señor, se llamaban vernuli.
Los viliores eran, en general, esclavos rústicos, formaban una gran masa
y trabajaban las tierras, a pesar de que su estatuto jurídico era inferior al

99
de los idóneos conseguían su libertad mucho más fácilmente. En muchos
casos los siervos rústicos pasaron a formar parte del ejército (cf. tropas
de Ervigio).

Sobre las diferentes categorías de población rural, de campesinos


dependientes y siervos, las pizarras constituyen documentos de
excepcional interés pues algunas reflejan diferentes categorías, los
pagos que hacen por las tierras y diversas cargas, incluso qué tipo de
tierras o cultivos tienen, a la vez que sirven de ejemplo de contrastes
sociales y de la vida rural.

40. Comerciantes y artesanos

Las actividades comerciales más relevantes se llevaron a cabo en


ciudades o núcleos urbanos costero-portuarios o con puertos fluviales,
donde por regla general existían comunidades de gentes de origen
oriental. Hemos analizado ya el heterogéneo mapa poblacional de la
Península Ibérica durante los siglos VI y VII y hemos apuntado la
importancia que jugaron los orientales en la llegada de productos
venidos de otras zonas del Mediterráneo. Cabe ahora tratar cómo se
desarrolló este comercio y cuáles fueron las estructuras que lo hicieron
posible. Este análisis es posible gracias a las fuentes textuales, la
legislación escrita, así como los restos epigráficos y los materiales fruto
del comercio, y muestra además que las redes de comunicación durante
todo este período no desmerecen las de épocas anteriores, sino bien al
contrario, perpetúan una tradición común al Mediterráneo oriental y
norteafricano.

100
El comercio de ultramar estuvo en manos de los transmarinii
negotiatores, que por regla general eran judíos y, sobre todo, sirios. La
organización de este comercio, basada en la institución de
características orientales de los transmarinii, estaba regida por el
derecho marítimo de origen romano y no por una legislación
propiamente visigoda. Es decir, aunque la legislación relativa al
comercio de ultramar aparezca en las Leges visigothorurn, ésta estaba
ya contenida en el Codex Theodosianus. Si bien existió un amplio
comercio mediterráneo establecido entre las costas orientales,
norteafricanas y las occidentales debido a que la mayoría de
comerciantes eran -tal como decíamos- orientales, también se sabe por
los textos que existió un flujo comercial de norte a sur, establecido a
partir del tráfico marítimo o la red viaria terrestre. A los mercados
organizados en territorio franco acudieron también los comerciantes
hispánicos. En las Etimologías (XV, 2, 45) Isidoro hace una breve
descripción de estas actividades, que resulta de interés por la
información que se extrae:

"La denominación de mercatum deriva de commercium, pues en él se


acostumbra vender y comprar cosas. Del mismo modo se llamo
teloneum al lugar en que se descargan las mercancías de las naves y se
paga el sueldo a los marineros. Allí se sienta el cobrador de impuestos,
que fija el precio de los artículos y lo anuncia en voz alta a los
vendedores".

De ello y de las leyes se deduce que un papel importante en la


jurisdicción lo tuvieron los telonarii, también denominados vectigalia
exactores, cuya función principal era la recaudación de impuestos, pero
entre sus actividades se les ha atribuido a veces la función de jueces en
los litigios comerciales surgidos en estos puertos costeros o fluviales. Es
muy probable que, además de las mencionadas funciones fiscales,
tuviesen la carga de fijar los precios de los artículos.

Un hecho importante, dentro de lo que son las actividades comerciales,


es el momento de celebración del conventus mercantium, que era la
reunión de mercaderes para celebrar mercado en el foro o plaza de
ciudades o núcleos semiurbanos. Comerciantes y población se
desplazaban desde los diferentes puntos de hábitat para participar en la
compraventa.

Queda ahora por saber cuáles eran los productos que, gracias a estos
mercaderes orientales y las diferentes rutas marítimas, llegaban a los
diversos lugares comerciales. Es muy probable que el comercio más

101
relevante fuese el de los tejidos, particularmente las sedas bizantinas y
el de los metales como el oro, la plata y el bronce, además de elementos
ornamentales marmóreos. También debieron formar parte los productos
de carácter secundario, es decir, aquellos que no constituían la parte
principal del cargamento, como por ejemplo, las especias. El comercio
en sentido inverso, es decir de Occidente a Oriente, tuvo también sus
productos comerciales, como por ejemplo, el esparto, el garum o los
caballos hispánicos, que tanto aprecio tuvieron a lo largo de la
Antigüedad y que siguieron siendo transportados a la pars orientalis en
épocas tardías.

Las ciudades portuarias eran puntos neurálgicos de las actividades


comerciales, pero también los otros núcleos urbanos fueron focos de
atracción para la población libre especializada en diversas actividades,
esencialmente artesanales. En estos ámbitos urbanos encontramos una
gran cantidad de individuos libres, aunque no exclusivamente,
dedicados a una profesión, originando así una gran actividad ciudadana.
Cada una de estas especializaciones se reunía bajo la forma de gremio,
collegiatus. Destacan los artesanos, toreutas, orfebres, herreros,
arquitectos, ingenieros, escultores, canteros, picapedreros, carpinteros,
chamarileros, curtidores, tejedores, tintoreros, médicos, maestros,
etcétera.

41. El trabajo de la construcción

102
En primer lugar cabe destacar la importancia que debieron revestir los
arquitectos, puesto que debían estar al mando de un gran taller formado
por canteros, picapedreros y carpinteros. Es probable que trabajaran
conjuntamente, o al menos de forma muy estrecha, con los escultores. A
pesar de que se tienen noticias de la intensa actividad edilicia -tanto
religiosa como civil- del período que nos ocupa, la reconstrucción de
esta profesión y de la propia arquitectura se debe realizar a través de un
minucioso rastreo de múltiples y variados tipos de información, siendo
las fuentes textuales las más lacónicas.

En anteriores apartados nos hemos referido a cómo debió organizarse la


vida en las ciudades y en el medio rural, y de qué forma se manifiestan
las diversas construcciones arquitectónicas. Aquí nos limitaremos a
apuntar una serie de sugerencias que se desprenden del estudio de la
arquitectura religiosa, que ha permitido detectar por el momento dos
tradiciones. En primer lugar encontraríamos la de tradición
paleocristiana, que fruto de la continuidad perdurará hasta el siglo VII, y
que dará lugar a la construcción de una serie de edificios característicos
de las zonas más romanizadas. En segundo lugar, la otra gran tradición
es la de la arquitectura hispano-visigoda, que a partir del siglo VII
aportará una serie de innovaciones. Estas se refieren esencialmente a la
configuración de unas planimetrías diversas, además de una
ornamentación escultórica claramente diferenciada de lo que es la
tradición paleocristiana. Entre los edificios más emblemáticos
construidos en el siglo VII destacan varias iglesias, a cuya problemática
ya hemos ido aludiendo. Se trata de San Juan de Baños (Palencia),

103
Quintanilla de las Viñas (Burgos) y San Pedro de la Nave (Zamora), todas
ellas situadas en lo que se ha dado en denominar el área de influencia
de los talleres de Toledo. Si bien todos estos edificios responden a una
serie de características relativamente homogéneas, también lo es que
cada uno de ellos presenta una serie de particularidades que lo hacen
distinto y específico. De ello podemos deducir que no existía un único
taller de construcción dedicado a la arquitectura religiosa, sino que
debió ser la labor de una serie de profesionales con una cierta formación
y habilidad que, partiendo de una planificación constructiva, resolvieron
los problemas de forma conjunta.

42. Los escultores

Se sabe de la existencia certera de escultores o talleres de escultores,


conociéndose los resultados de sus trabajos, pero poco acerca de la
organización humana y laboral. En cuanto a las producciones
escultóricas se refiere, éstas están siendo actualmente revisadas,
puesto que en muy pocos casos contamos con datos fiables que
permitan fechar y estudiar los grandes centros de producción
escultórico-ornamental. Recordemos que prácticamente toda la
escultura, que parece corresponder cronológicamente a los siglos VI y
VII, se halla descontextualizada, es decir, no existen referencias
arqueológicas o arquitectónicas respecto a su hallazgo o ubicación,
hecho que mengua sus posibilidades de estudio.

Entre los centros artesanales destaca, en la Baetica, Corduba (Córdoba),


cuyos restos procedentes muy posiblemente de la iglesia de San Vicente
se hallan en su mayoría reutilizados en la primera fase constructiva de la
mezquita, fechada en la segunda mitad del siglo VIII y correspondiente a
Abd al-Rahman I. En la Lusitania destacan dos grandes focos de
artesanos escultores, uno en el importante puerto comercial de Olisipo
(Lisboa) y el otro en Emerita Augusta (Mérida). Es evidente que en
núcleos urbanos como los que acabamos de citar, y esencialmente en
Mérida, existía ya una vieja tradición de arquitectos, ingenieros y
escultores, además de ser un polo receptor de productos venidos de
Oriente. También debieron ocupar un lugar importante los talleres de
Toletum (Toledo), puesto que la actividad constructiva -tanto privada
como pública- en la capital del reino visigodo debió estar en auge e
irradiar en las zonas circundantes. Muy poco sabemos acerca de la
topografía de Toledo, sin embargo, dada la abundancia de materiales
que aparecieron en las zonas del Hospital de la Santa Cruz, en las
iglesias de Santa Justa, Santo Tomé y San Salvador, es posible que estas
zonas fuesen barrios importantes desde el punto de vista de la edilicia.

104
Aunque los exactos límites cronológicos de las producciones escultóricas
estén por definir con exactitud, según hemos dicho, lo que sí se puede
afirmar es que existe una continuidad del sustrato romano tardío y una
innovación clara, procedentes de las corrientes ornamentales
mediterráneas, particularmente de la zona oriental. En los diferentes
talleres debieron existir unos determinados modelos basados
principalmente en la decoración geométrica y ornamental, siendo
escasa la presencia de modelos figurativos a excepción de algunos
elementos, como por ejemplo los capiteles del cimborrio de San Pedro
de la Nave o la denominada pilastra de San Salvador, ubicada en la
iglesia de este nombre de Toledo, aunque no tiene un contexto
conocido. Estamos por tanto ante una problemática muy semejante a la
descrita cuando nos hemos referido a las construcciones eclesiásticas en
los ámbitos rurales, puesto que los criterios estilísticos no pueden ser
utilizados como único elemento para otorgar una cronología a los
diferentes talleres escultóricos.

43. Toreutas y orfebres

Una de las actividades más desarrolladas a lo largo del siglo VI fue la


toréutica. La orfebrería tuvo una mayor relevancia durante el siglo VII y
la conocemos básicamente por la fuerza que tuvieron los talleres áulicos
instalados en la corte de Toledo. Antes de pasar a su estudio, creemos
deber hacer una serie de consideraciones historiográficas que han
marcado la investigación de los pequeños objetos de adorno personal
hallados en su mayoría en las sepulturas de las necrópolis y, en
consecuencia, de las características principales de los visigodos y su
modo de asentamiento.

Los estudiosos alemanes de principios del presente siglo marcaron


profundamente las líneas maestras de la investigación, intentando
definir, a partir de estos objetos, al pueblo visigodo como una etnia o
raza germánica completamente diferente al resto de la población de la
Península Ibérica. No fue hasta los años cincuenta en que nuevas
generaciones de arqueólogos mostraron la continuidad del mundo
romano dentro del horizonte visigodo. Se pudo valorar el justo peso del
germanismo -sólo presente en algunas sepulturas de los cementerios de
la Meseta- frente al fuerte romanismo que se detecta en todos los
sustratos hispánicos, además de las diferentes influencias que pudieron
afectar a la población hispánica, no sólo la romana y la visigoda, sino
también a todos aquellos grupos sociales de origen oriental situados a
todo lo largo de la costa mediterránea y atlántica.

Actualmente, creemos que se debe valorar también el bizantinismo,

105
habitual en todas las regiones de la cuenca mediterránea, pues éste
marca claramente las manifestaciones culturales y artísticas de finales
del siglo VI y de todo el siglo VII. A partir del momento en que los objetos
personales dejan de ser tomados como tales objetos, se empieza a
conocer con mejor precisión a los individuos que componen la sociedad
de los siglos VI y VII, y cómo se desarrolla la implantación del pueblo
visigodo dentro del territorio peninsular.

Las producciones de toreutas y orfebres responden a los gustos y modas


del momento, pudiéndose siempre detectar las diversas influencias
venidas esencialmente de productos no peninsulares que fueron
imitados y fabricados en los talleres artesanos de tipo local. La
demanda, dado el gran número de hallazgos arqueológicos, debió ser
bastante elevada y su producción debió centrarse en puntos urbanos
importantes, tras lo cual se procedía a su comercialización y venta. La
mayoría de los objetos que nos han llegado son fíbulas que servían para
sujetar el manto a la altura de los hombros o en el pecho, además de
broches de cinturón de diversos tipos. Dentro de los clásicos adornos
personales de tipo visigodo, fechables a finales del siglo V y primera
mitad del siglo VI, cabe señalar la variedad de tipos tanto de fíbulas
como de broches de cinturón marcados siempre por la policromía,
puesto que en su mayoría presentan incrustaciones de piedras duras o
granates, o bien superficies cubiertas por mosaicos de celdillas con
deposición de cristales coloreados. Destacan entre todas estas
producciones, las denominadas fíbulas aquiliformes, que aunque no
pueden ser definidas como propiamente hispánicas, puesto que
aparecen en otros lugares como por ejemplo en Domagnano (Italia), sí
que están marcadas por una personalidad propia de los toreutas y
orfebres de la Península.

Con el paso del tiempo y teniendo en cuenta lo avanzado del proceso de


aculturación, la moda visigoda irá dejando paso a una más latino-
mediterránea, que no se centrará ya en la Meseta castellana sino que
abrirá su demanda a toda la geografía peninsular. La intrusión de esta
nueva moda indica un descenso en la producción por parte de los
talleres visigodos y un mayor desarrollo de otros centros productores
hispánicos con unas connotaciones locales indiscutibles. Los adornos
personales de finales del siglo VI y de todo el siglo VII estarán marcados
por las influencias mediterráneas, pero también y más concretamente
por los productos bizantinos, de una gran calidad en su fabricación y que
están circulando y llegando a todos los puertos del Mediterráneo.

Además de los adornos personales, en estos talleres artesanos fueron


probablemente fabricados diferentes objetos destinados, por lo que

106
sabemos actualmente, al uso litúrgico, como son los jarros y las patenas
eucarísticas. En cuanto a los incensarios, por el momento nos son
conocidos ejemplares llegados de la cuenca mediterránea, pero cuya
fabricación en talleres hispánicos no se ha detectado.

Anteriormente nos hemos referido a la existencia de unos talleres


áulicos establecidos directamente en la corte y controlados por un
orfebre palatino denominado praepositus argentariorum. Es muy posible
que a partir del establecimiento de la corte en Toledo, la actividad de los
talleres áulicos fuese en aumento, puesto que también se multiplicaron
los regalos reales por motivos de agradecimiento, conmemoración o
alianzas matrimoniales. Se ha señalado siempre la importancia que tuvo
en estos talleres la adopción por parte de Leovigildo de todo el boato
cortesano bizantino. La alta calidad de sus producciones ha quedado
reflejada en los textos, sobre todo islámicos, y nos es conocida gracias a
diversos tesoros fechados principalmente a mediados del siglo VII, como
los de Guarrazar y Torredonjimeno. Estos están compuestos de coronas
votivas y cruces procesionales, que no pueden ser consideradas como
insignias reales. En el caso de la corona que fue regalada por Recaredo
al mártir Félix de Gerona, es bien sabido que el usurpador Paulo osó
ponérsela sobre la cabeza, pero no por ello podemos deducir que se
tratara de una corona, como tal, sino que era un ornamento de tipo
litúrgico. De este modo también nos lo han transmitido las ilustraciones
de los manuscritos. En estos productos se conjugan influencias
bizantinas y de tradición romana, puesto que muestran una cierta
continuidad y una personalidad propia en las técnicas y en los motivos
ornamentales y decorativos, aunque forman parte de las producciones
homogéneas de la cuenca mediterránea.

44. Maestros

Los maestros y rétores laicos debieron ir desapareciendo en beneficio de


los eclesiásticos. La enseñanza tiene un marcado carácter cristiano y, si
bien al comienzo de la penetración de los pueblos bárbaros las escuelas
municipales imperiales debían subsistir, terminaron por desaparecer. Es
posible que en las primeras épocas se diese incluso una enseñanza
individualizada a miembros de la aristocracia hispanorromana, ante la
cada vez mayor penuria de las escuelas laicas. Ante esta situación, a
partir del siglo VI, para hablar de maestros, hemos de referirnos, sobre
todo, a quienes se ocupaban de la instrucción elemental o superior en
las escuelas parroquiales, monásticas o episcopales, esto es, dentro del
ámbito eclesiástico. No obstante, sí conviene puntualizar que esta
formación era de carácter humanístico fundamentalmente; mientras que
aquella que se refería a profesiones y conocimientos técnicos y
prácticos, debía ser atendida por los propios profesionales de cada

107
grupo, como puede deducirse de una ley de Recesvinto (Leges visig. VI
5, 8), en la que se menciona al magister junto a los discipuli dentro de
los oficios. Muy claro es en relación a los médicos, sobre quienes existen
diversas disposiciones legales y claramente se especifica lo que un
discípulo debe pagar al médico por sus enseñanzas -nada menos que
doce sueldos de oro-, una suma más que respetable, que refleja el
prestigio del que gozaban. Otra cuestión es la relativa a la formación de
escribas, notarios, es decir, al personal cualificado de la administración.
Generalmente se trataría de jóvenes aristócratas, destinados a trabajar
y ejercer puestos importantes. Aunque sus primeras enseñanzas
hubiesen corrido a cargo de escuelas eclesiásticas, es probable que, al
menos en el Palatium de Toledo, hubiese una enseñanza especializada
para este tipo de personas que entraban a formar parte del palatinum
officium.

Una puntualización más cabe hacer, lo que podríamos denominar la


enseñanza personalizada o individual. Dentro del ámbito eclesiástico, es
bien sabido que personajes de la talla de Isidoro de Sevilla y Braulio de
Zaragoza habían sido instruidos y formados por hermanos mayores
suyos, Leandro y Juan respectivamente. Es verdad que debieron recibir
su educación en las escuelas episcopales de sus hermanos y debieron
disponer de buenas bibliotecas, pero de sus afirmaciones cabe pensar
que gozaron del privilegio de una atención ciertamente directa.

45. Médicos

Hemos hecho referencia en el apartado anterior a los médicos, en tanto


que enseñantes de futuros profesionales y de su buena consideración
social, entre otras razones porque su número debía ser escaso. Pero
también porque la medicina era una ciencia que, si no consta que
hubiese avanzado en la Antigüedad tardía, sí parece que había
mantenido el legado cultural romano y era apreciada. Isidoro de Sevilla
le dedica el libro IV de sus Etimologías y al final del mismo justifica que
si no incluye este saber entre las llamadas artes liberales es porque:
"Aquellos tratan de materias particulares, ésta (la medicina), en cambio,
de todas. Pues un médico debe saber gramática, para poder comprender
y exponer lo que lee. Asimismo diálectica, para, aplicando la
inteligencia, averiguar las causas de las enfermedades ,y curarlas...
geometría... música... astronomía... De aquí que se denomine a la
medicina segunda filosofía. En efecto, pues ambas ciencias reclaman
para sí al hombre entero. Pues así como por esta se cura el alma, por
aquella el cuerpo".

Es interesante ver cómo en ocasiones se hace mención de las medicinas

108
aplicadas a los reyes en trance de muerte, lo que indica que en la corte
se prestaba atención a la actividad de estos profesionales. Si bien, en
casos concretos, como el de Sisebuto o Wamba, cabe sospechar que fue
precisamente un abuso de medicamentos lo que les hizo perder el trono,
por muerte el primero, por enfermedad gravísima, de la que finalmente
se recuperó, el segundo.

Pero es, sin duda, el texto de las Vitas sanctorum patrum Emeretensium,
dentro de su tono propagandístico de elogio a la Mérida del siglo VI y a
sus obispos y de su carácter hagiográfico, el que ofrece una preciosa
información. Desde el ejercicio de diversos profesionales libres en la
ciudad, hasta la operación que el obispo Paulo, de origen griego -tal vez
un testimonio indirecto de la llegada de médicos desde Bizancio-, realizó
a una mujer a la que se le había muerto en el útero el hijo que esperaba;
aunque se negaba a ello por su condición de obispo, finalmente ante la
impotencia declarada de los otros médicos y la insistencia del marido de
la enferma y de los propios miembros de la iglesia emeritense, accedió a
ello, salvándola. Por supuesto hay que añadir la noticia de la
construcción del xenodochium ordenada por Masona, que tuvo una
doble funcionalidad: la de asistencia médica propiamente dicha y la de
acogida para viajeros y peregrinos. Pero no sólo lo mandó construir, sino
que dispuso que estuviese perfectamente dotado de recursos humanos
y físicos. El texto dice así (V 3, 18):

"Después construyó un xinodocium y lo enriqueció con grandes


patrimonios y habiéndole sido asignados servidores y médicos, ordenó
que prestasen servicio a las necesidades de peregrinos y enfermos y dio
orden de que todos los médicos, recorriendo ininterrumpidamente el
ámbito de la ciudad, a cualquier enfermo que encontrasen, siervo o
libre, cristiano o judío, cogiéndolo en brazos, lo trasladasen al
xenodocium y que en lechos de paja preparados convenientemente,
pusiesen allí al enfermo y le preparasen alimentos delicados y
convenientes hasta que, con la ayuda de Dios, retornara la antigua salud
al enfermo".

De la misma ciudad de Mérida procede una inscripción relativa a un


médico, cuyo nombre realmente desconocemos, aunque se ha
conjeturado el de Recaredo, que murió, al parecer, a los veintinueve
años de edad (ICERV 288):
"(Reccare)dus medicus debito / (func)tus hoc in sepulcro quiscit /
(se)curus. vixisse fertur fere/(ann(orum) vigin)ti novem". ("Recaredo (?)
médico, muerto, descansa tranquilo en este sepulcro. Se dice que vivió
casi veintinueve años).

109
La medicina era una profesión libre que se ejercía fundamentalmente en
las ciudades; probablemente los medios rurales estarían menos
atendidos. Por otra parte, las informaciones que tenemos sobre la
calidad de vida y las enfermedades, no ofrecen un panorama
especialmente reconfortante.

46. Enfermedades y calidad de vida

Los restos antropológicos proporcionados por la excavación de


cementerios nos indican que la población sufría de insuficiencias
alimenticias y deplorables condiciones higiénicas, así como
enfermedades patológicas. De forma general, se puede afirmar que una
porción de la sociedad de los siglos VI y VII adolecía de piezas dentarias
muy desgastadas, caries, piorrea, cálculos, abscesos, infección de los
alveólos e hipoplasia, detectándose también la pérdida en vida de
muchas piezas dentarias, especialmente molares. Estos fenómenos
responden a una incorrecta alimentación, ya sea por la consumición de
productos poco depurados o contaminados, así como aguas no filtradas
o ausentes de flúor. También la inexistencia de una correcta higiene
favorecía la creación de focos bacterianos irritantes e infecciosos. En
cuanto a las patologías óseas, eran comunes los individuos afectados
por osteoporosis, de osteopatía y de osteomielitis, siendo también
abundante la artrosis degenerativa y la artritis de las extremidades
inferiores y superiores. Estas enfermedades, además de una deficiente
recuperación de las fracturas, ofrecen una imagen de un cierto número
de individuos con dificultad en el andar y en la verticalidad.

Esta situación patológica configuraba una sociedad con un índice de


mortalidad muy alto, sobre todo en lo que a la población infantil se
refiere y en individuos situados en una edad entre los 25 y 30 años,
siendo muy pocos los que sobrepasaban la edad de los cincuenta.
Algunos estudios han permitido concluir que en determinados grupos de
población existía una mayor esperanza de vida para las mujeres que
para los varones, sin existir una diferenciación precisa en los individuos
infantiles.

En otro orden de cosas, hay que señalar que las fuentes escritas hacen
referencia a una serie de plagas y epidemias que asolaron el territorio
en diversas épocas y ocasionaron un descenso considerable de la
densidad demográfica. Desde las diferentes epidemias de peste en el
siglo VI, como la de la Lusitania, citada por las tantas veces
mencionadas Vitas de los padres de Mérida, o la plaga de peste
bubónica del año 542 que afectó a casi toda Hispania, o la del año 573,

110
o en el siglo VII la de la Narbonensis, que causó tal baja demográfica y
miseria que Egica suspendió las medidas antijudaicas del XVII Concilio
de Toledo, a cambio de que la comunidad judía aportase bienes al dux
de la provincia. Hay que señalar que en muchas ocasiones la peste
sobrevenía después de incursiones militares o conflictos y rebeliones. A
los muertos en combates habría que sumar los ocasionados por la peste
y por el hambre que traían consigo. También hay noticias de grandes
hambrunas ocasionadas por las malas cosechas. Junto a esto otra plaga
terrible que se produjo en diversas ocasiones en los siglos VI y VII fue la
de la langosta.

Las condiciones de vida, unidas a los resultados derivados de las


acciones bélicas, ofrecen un panorama bastante precario.

En lo que se refiere a la alimentación, ésta, siguiendo la tradición,


responde al tipo mediterráneo. Tal como hemos visto al referirnos a los
productos venidos de la explotación de las tierras, la base alimenticia de
la mayoría de la población debió tener un alto contenido en cereales, tal
como lo atestigua el generalizado cultivo del trigo y la escanda. Los
componentes de las comidas nos son conocidos gracias a las fuentes
textuales, a las pizarras y a determinados materiales arqueológicos. Así
se sabe que además de los cereales, que eran los alimentos básicos, las
comidas podían ser acompañadas -por una minoría de la población- de
leguminosas y hortalizas aderezadas con aceite y vinagre, y
complementadas con productos lácteos, como por ejemplo el queso. Los
árboles frutales, viñedos y el cultivo de las fresas, al igual que la miel
proporcionaban las vitaminas necesarias. Entre los productos del
autoabastecimiento y por tanto del consumo, encontramos los animales
de corral, como por ejemplo los gallos, gallinas y cerdos.

47. El ambiente cultural

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La cultura en la Antigüedad tardía hispana tiene el inevitable sello del
cristianismo. Al hablar de los maestros hemos indicado que las escuelas
laicas municipales terminaron por desaparecer, siendo sustituidas por
las eclesiásticas.

Hay que suponer que una gran parte de la población sería analfabeta y
otra no más instruida que lo que hoy se entiende por analfabetos
funcionales; pero, a pesar de ello, y de las deficientes condiciones de
vida antes descritas, el nivel cultural que se mantuvo fue aceptable y en
esto encuentra su lógica explicación el llamado renacimiento cultural
que hubo en esta época, especialmente desde mediados del siglo VI y
durante el siglo VII. En este apartado trataremos, aunque sea
brevemente, sobre los diferentes niveles culturales y formas y ámbitos
de instrucción:

- Las escuelas eclesiásticas. Los alumnos acudían a las escuelas


eclesiásticas que podían ser de varios tipos. En las ciudades, existían las
escuelas episcopales, que se documentan por primera vez en el canon 1
del II Concilio de Toledo del año 527, cuando se dice:

"Resolvemos lo siguiente sobre aquellos a quienes la voluntad de sus


padres desde los tiernos años de su infancia entrega al servicio de los
clérigos: que, una vez tonsurados y confiados al ministerio de los
elegidos sean educados en la casa de la iglesia, bajo la inspección del
obispo, por una persona encargada especialmente de ellos".

En el IV Concilio de Toledo, ya en el año 633, estipulará nuevamente la

112
obligatoriedad de los obispos de crear escuelas en las sedes episcopales
y en él se establece la necesidad de que los obispos se hagan cargo de
la formación de clérigos muchachos o adolescentes, que han de vivir en
un mismo lugar para formarse en los saberes eclesiásticos, confiados a
algún anciano probado y magistrum doctrinae. Una vida similar se daba
en la escuela de Mérida en el siglo VI, allí vivían en la domus ecclesiae al
lado de la basílica de Santa Eulalia.

Las escuelas parroquiales o presbiterales existirían en ámbitos rurales y


la instrucción que impartirían sería la más elemental, suficiente para que
los futuros clérigos pudieran cumplir con sus obligaciones. Las escuelas
monásticas tuvieron una importancia y solidez decisiva. La inmensa
mayoría de los obispos, especialmente los obispos escritores de los que
hablaremos después, es decir, aquellos cuyo nivel cultural era superior,
se formaron en escuelas monásticas; tal vez su nivel formativo fuese
más alto en función de no estar sujetas a los cambios inherentes a las
sucesiones en las sedes episcopales y a las dotaciones de bibliotecas
que habrían ido enriqueciendo con el tiempo.

Otra cuestión es quiénes se educaban en estas escuelas y qué


estudiaban. En principio, los jóvenes eran enviados a la escuela para
seguir una instrucción con la finalidad de hacerse clérigos; pero esto no
debía ser ni general ni sistemático; es decir, si sólo hubieran asistido
aquellos cuyos padres pensasen en destinarlos a la vida eclesiástica,
probablemente el número habría sido muy inferior. Con todo, a los
dieciocho años podían seguir esta vía o no. La existencia de oficios
cualificados y, especialmente, la abundancia de personas, siervos o no,
trabajando en la administración, fisco y tesorería, y en la cancillería real,
asegura una formación inicial y, probablemente además, una escuela
próxima a la cancillería, en el Palatium, tal vez en el entorno del comes
notariorum. Pero en este punto debemos volver a mencionar las
pizarras, pues ciertamente no muy próximas a la urbs regia testimonian
una serie de personas de entidad jurídica, no sólo jueces, sino testigos,
escribas, notarios que, además, en ocasiones dejan su firma autógrafa
en ellas y que son una muestra de la extensión cultural. Por otra parte
es sabido que los niveles básicos de instrucción consistían en saber leer,
escribir, contar y, lo que también era importante en la vida eclesiástica,
cantar. Los salmos se convirtieron en el manual de texto para la
enseñanza básica. Los jóvenes debían aprenderlos de memoria y
recitarlos; en este sentido hay pizarras que los contienen y bien pueden
ser ejercicios de escuela. Un nivel medio de enseñanza ya contemplaría
el aprendizaje de la gramática -recuérdese el Ars grammatica, manual
atribuido a Julián de Toledo-, y la lectura de textos sapienciales,
doctrinales, como los citados salmos o los Disticha Catonis. El nivel

113
superior ya entraría en la tradición romana de la enseñanza de la
retórica y las artes liberales, pero ahora con la finalidad de la formación
del cristiano, no del orador romano. Los autores ahora serán los modelos
cristianos, cuyas obras serán tenidas por clásicas, aunque se utilizarán
algunos autores paganos, como Virgilio. Es evidente que los autores de
esta época adquirirán una formación mucho más densa y sólida tanto
del mundo clásico como de la literatura cristiana.

- Las elites culturales. Sólo aquellos miembros de la aristocracia o


propietarios hacendados tendrían oportunidad de adquirir los niveles
superiores de la enseñanza. Conocemos tanto elementos de origen
hispanorromano como visigodo que muestran una formación cultural
relevante, según indicamos al hablar de la cultura latina como un factor
diferenciador. Además de alcanzar estos niveles, hay que contar con la
enseñanza personal y el aprendizaje individual. El aprecio por la cultura
es algo que estas personas valoran y potencian, adquiriendo fondos
literarios y formando bibliotecas. Si bien tenemos noticias de algunas de
ellas, como la de Isidoro o la del comes Lorenzo, de cuya pérdida y
dispersión da noticia Braulio de Zaragoza en una carta, es difícil saber
qué tipo de obras se encontrarían en ellas; tema controvertido sobre el
que no es posible detenerse ahora; pero sí hay un hecho claro, a través
de las fuentes puede observarse el interés de los autores por la
circulación de manuscritos, por su difusión y adquisición, como puede
verse en el Epistolario del citado Braulio; por otra parte, desde las
jerarquías eclesiásticas existe también una honda preocupación por la
formación de los jóvenes. Datos éstos que pueden tenerse en cuenta a
la hora de valorar el ambiente cultural de esta época de la Hispania de
la Antigüedad tardía, junto con otros índices de penetración cultural,
según expresión de Díaz y Díaz, como pueden ser las pizarras con su
confirmación de la importancia del documento escrito en la tradición
jurídica, los niveles de alfabetización en ámbitos rurales, el reflejo de la
escuela; la existencia de muy diversos corresponsales en diferentes
epistolarios, muchos de los cuales muestran intereses culturales,
teológicos, etc., la presencia de inscripciones y concretamente tituli
metrici. Y, por último, la existencia misma de escritores en esta época,
así como del desarrollo y evolución de la liturgia hispánica, y un largo
etcétera.

- Los escritores. Esta época dio autores importantes y trascendentales


que configuraron la cultura y la literatura de la época. Pertenecían a la
jerarquía eclesiástica, algunos de ellos con relevantes papeles en la
política y en los concilios. Figuras de la talla de Martín de Braga, Leandro
e Isidoro de Sevilla, Braulio de Zaragoza, Julián y Eugenio de Toledo,
Fructuoso de Braga, Valerio del Bierzo, sin olvidarnos, claro está, de los

114
autores de la primera época de penetración bárbara, como Hidacio y
Orosio. Todos estos autores pertenecían al clero, fundamentalmente
obispos o monjes, y sus obras se caracterizan por estar escritas bajo el
prisma del cristianismo, incluso las de carácter histórico, a las que ya
hicimos referencia al hablar al principio de las fuentes escritas de la
época.

Pero muchas de las obras, en prosa o en verso, tienen un carácter


dogmático y exegético o pastoral. Una obra, por ejemplo, como De
correctione rusticorum de Martín de Braga es un claro ejemplo de
intencionalidad pastoral, para tratar de eliminar de la Gallaecia las
supercherías y tradiciones paganas que perviven en los ambientes
rurales, como el culto a las aguas, a las ninfas, etc. El mismo autor que
practica un sermo scholasticus recopila para los monjes las Sententiae
patrum aegyptorum, con una clara intención didáctica. Comentarios
exegéticos y explicaciones místicas se deben a autores como Apringio
de Beja o Justo de Urgel; sobre normas de conducta en el seno de la vida
religiosa dedicará Leandro de Sevilla a su hermana Florentina el De
institutione virginum. Obras de carácter dogmático como la polémica de
Julián de Toledo y otras muchas. La figura de Isidoro emerge como la
más importante de esta época, sus múltiples escritos abarcan muy
variados temas, siendo las Etimologías la obra más significativa por su
contenido y el impacto posterior que tuvo; aunque algunas como las
Sententiae o los Synonima son sobresalientes. El siglo VII ofrece un
aspecto aún más interesante con la ampliación del cultivo de la
literatura: surge el enero hagiográfico, según se citó en las fuentes, la
poesía se incrementa con Eugenio de Toledo y los diferentes tituli
metrici anónimos en muchos casos, y la historia alcanza un estilo más
retórico y ligado a la tradición historiográfica clásica, en la Historia
Wambue regis de Julián de Toledo superando los modelos escuetos de
las Chronicae o Historiae de Hidacio, Juan de Bíclaro o Isidoro.

FIN

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