Policrisis, transición energética corporativa
Pluriversos de la Comunicación y narrativas
| n° 3, Enero en
- Junio / vol. n° 3 / issn 3008-8097
pugna. Una mirada desde Argentina y América Latina
Maristella Svampa
Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET)
maristellasvampa@[Link]
Por Sofía Carolina Govetto y Melanie Lutmila Pedraza
(editoras transcriptoras)
¿Cómo citar este artículo en Norma APA 7ma Edición? Svampa, Maristella (2025). Policrisis, transición energética corporativa y narrativas en pugna.
Una mirada desde Argentina y América Latina. En Sofía Carolina Govetto y Melanie Lutmila Pedraza (editoras transcriptoras). Revista Pluriversos
de la Comunicación, 3(3), 8-25. Universidad Nacional de Salta.
Recepción: 31/03//2025. Aceptación: 30/06/2025
En el marco de la ceremonia de otorgamiento del título de Doc-
tora Honoris Causa por parte de la Universidad Nacional de Salta,
MAGISTRAL tenemos el honor de presentar a Maristella Svampa, una de las
voces más destacadas del pensamiento crítico latinoamericano
contemporáneo.
Nacida en Allen, Río Negro, en 1961, Svampa es socióloga, Investi-
gadora Superior del CONICET y fue Profesora Titular de la Univer-
sidad Nacional de La Plata. Su trayectoria académica y activista
se ha centrado en el análisis de la crisis socioecológica, los mo-
vimientos sociales y las transiciones ecosociales. Autora de obras
fundamentales como El colapso ecológico ya llegó y La transición
energética en la Argentina, Svampa ha contribuido con catego-
rías y perspectivas innovadoras para pensar los desafíos ambien-
tales, sociales y democráticos de nuestra región.
Reconocida con premios de prestigio internacional, como la Beca
Guggenheim y el Premio Kónex de Platino en Sociología, su tra-
bajo articula el rigor teórico con un compromiso político profun-
do en favor de la justicia ambiental, los derechos de los pueblos y
la construcción de alternativas al (mal)desarrollo.
Hoy, en esta ocasión especial, nos invita a reflexionar sobre “Po-
licrisis, transición energética corporativa y narrativas en pugna.
Una mirada desde Argentina y América Latina”, en una lección
magistral que, sin dudas, constituye un aporte imprescindible
para comprender los desafíos de nuestro tiempo.
Discurso de agradecimiento en el marco de la ceremonia
entrega de título Doctora Honoris Causa de la Universidad
LECCIÓN
Nacional de Salta - Dra. Maristella Svampa
Buenas tardes a todos y a todas, la verdad que estoy muy emo-
cionada y agradecida con quienes promovieron esto: INENCO,
la Facultad de Humanidades y la Universidad Nacional de Salta.
Me enorgullezco de recibir este reconocimiento de una Univer-
sidad Pública, de aquí, de la Argentina, del norte argentino, que
he visitado en mis investigaciones.
Viendo a los jóvenes que están acá en las primeras filas pensa-
ba que fue hace casi 20 años, que diferentes cientistas sociales
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decidimos asumir un compromiso mayor que de alguna manera
significaba asumir la necesidad de transitar otros mundos, in-
corporar otras reflexividades y abandonar el lugar cómodo del
academicismo al cual nos habían acostumbrado. Ese lugar de
compromiso social fue para mí un punto de reflexión y muy aso-
ciado a la crisis del 2001. Y fue en ese momento que yo inicié una
de mis investigaciones más señeras que fue sobre esa Argentina
que emergía ante la descomposición social, buscando renovar
el tejido solidario. Y lo encontré en diferentes puntos de la Ar-
gentina y uno de ellos fue en Salta. Aquí visité General Mosconi,
visité Tartagal, pero sobre todo fue en General Mosconi, en esas
viejas comunidades ypefianas que habían sido atacadas por el
neoliberalismo de los años 90, encontré solidaridad, encontré
cultura del trabajo, encontré también liderazgos nobles como el
de Pepino Fernández, de la UTD, la Unión de Trabajadores Des-
ocupados, que hoy está enfermo de diabetes.
Fue en esa época en que empecé a reflexionar sobre el rol anfi-
bio de nuestras investigaciones y también a defender la Univer-
sidad Pública y el legado crítico asociado a ella, el que apunta
investigaciones independientes de todo tipo de poder, sea del
poder económico, del poder político o del poder religioso. Nece-
sitamos efectivamente construir una Universidad independien-
te de los distintos tipos de poderes, una universidad que asegu-
re el acceso a toda la población, algo que, sin duda, hoy en día,
bajo este gobierno, está en riesgo.
Y quiero terminar esto, que no es más que el prolegómeno de
la charla que voy a dar después, reafirmando la necesidad de
recuperar estos valores que hoy en día están siendo atacados,
esos consensos básicos que creíamos consolidados en nuestra
sociedad, vinculados con la defensa de derechos humanos, los
derechos ambientales, los derechos de los pueblos originarios,
los derechos sociales, los derechos de las mujeres, los derechos
de las diversidades. Todos esos derechos que hoy están siendo
atacados de manera tan radical, con un enorme desprecio por
valores como la solidaridad, la cooperación, la igualdad, la justi-
cia social. Debemos recuperar todo eso, porque, efectivamente,
lo que hoy está en juego es nada más y nada menos que la de-
mocracia que hemos venido construyendo desde 1983 en ade-
lante. Y lo que está en juego es también la reproducción y soste-
nimiento de la vida. Y quiero recordar, entonces, para terminar,
la visión que nos legó una bióloga marginada en su época, Lynn
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Margulis, que recordaba que la base del origen de la vida y de
la regeneración de la vida está en la cooperación, que ella ana-
lizó en los microorganismos. La cooperación y la solidaridad es
la base del reconocimiento de la sociedad, que hoy está en pe-
ligro precisamente ante el avance de políticas reaccionarias y
antidemocráticas. No nos olvidemos que la cooperación está en
la base también de esos movimientos sociales que desde abajo
atraviesan nuestra Argentina y también la cooperación es el re-
servorio de nuestras Universidades Públicas.
Muchas gracias, nuevamente, a las autoridades. Gracias por este
reconocimiento. Me voy con mucha, mucha emoción. No lo es-
peraba, debo decir. Y, bueno, la verdad que es sumamente grato
y quiero también compartirlo con todos ustedes. Muchas gra-
cias.
Lección Magistral: Conferencia de la Dra. Maristella Svam-
pa
Uno de los temas sobre los que he venido reflexionando en los
últimos tiempos tiene que ver con la policrisis y las narrativas en
disputa que giran en torno a ella. Las visiones que se construyen
en relación con la transición ecosocial —en caso de que algunos
efectivamente la estén pensando— se encuentran claramente
en tensión.
Quiero señalar, antes que nada —y esto lo veremos con más
claridad en la tercera parte de esta exposición— que mi traba-
jo es colectivo, no individual. Desde hace muchos años formo
parte de equipos interdisciplinarios, especialmente desde que
comencé a abordar los conflictos socioambientales y su vínculo
con los modelos de desarrollo. Este recorrido abrió la posibilidad
de pensar la crisis ambiental y los diagnósticos que se elaboran
al respecto. Se trata de un trabajo inter y transdisciplinario que
me llevó a dialogar no solo con otras disciplinas de las ciencias
sociales y humanas, sino también con numerosos artistas y con
las ciencias de la Tierra, que aportan una mirada fundamental
sobre las distintas dimensiones de esta crisis.
En esa línea, quisiera estructurar mi intervención en tres mo-
mentos sucesivos. En primer lugar, presentaré algunos con-
ceptos marco a partir de los cuales interpreto la policrisis y las
principales narrativas que intentan diagnosticarla. En segundo
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término, me detendré en el debate sobre la transición, no solo
energética, sino también ecosocial en sentido amplio. En este
punto, mis escritos, que son también fruto del trabajo colecti-
vo, dialogan sin duda con los del INENCO. Finalmente, en tercer
lugar, compartiré algunas propuestas alternativas y plantearé
desde qué lugar colectivo pensamos esas alternativas desde
América Latina y, particularmente, desde Argentina.
Para comenzar, debemos hablar de la policrisis civilizatoria. La
pandemia fue, sin duda, una coyuntura extraordinaria que abrió
la puerta a pensar cuestiones como la desigualdad, así como la
relación entre la pandemia de COVID-19 y la crisis ambiental.
A partir de allí, se abrió una discusión sobre el modelo civiliza-
torio y sobre posibles escenarios de transición ecosocial. En ese
marco, numerosos activistas, políticos y científicos se atrevieron
a proponer diversas estrategias globales de transición. Pensa-
mos entonces que se abría una oportunidad. Sin embargo, la
pandemia terminó de la peor manera: pasamos de una coyun-
tura extraordinaria a una policrisis civilizatoria.
Esta policrisis no consiste en una mera suma de crisis, sino en
un entramado de factores críticos profundamente interrelacio-
nados, que pueden potenciarse mutuamente y escalar hasta
configurar escenarios de gran incertidumbre y peligro para la
civilización y la vida en el planeta.
En este entramado se inscribe, por supuesto, la aceleración de la
crisis climática, pero no es el único componente. También debe-
mos considerar el crecimiento de las desigualdades y la concen-
tración de la riqueza, fenómenos que, desde la crisis financiera
de 2008, no han hecho más que agravarse, especialmente tras
la pandemia. Como dice Rita Segato, vivimos en un “mundo de
dueños”, un mundo de superricos, donde el apetito por concen-
trar cada vez más riqueza parece inagotable, en contraste con el
aumento de la pobreza global.
Nos encontramos en un momento de intensificación del meta-
bolismo social del capital. Este modelo de consumo, consolida-
do con la globalización neoliberal de los años noventa, ha incre-
mentado su presión sobre los territorios y los bienes comunes
para satisfacer la demanda de los países y sectores más ricos.
Este proceso va acompañado de una creciente criminalización
de las poblaciones que se oponen a él.
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Estamos, entonces, ante una expansión del neoextractivismo, li-
gada al modelo de consumo impuesto por la globalización neo-
liberal. Vivimos en tiempos de Antropoceno o de Capitaloceno.
Personalmente, no suelo decidirme por uno u otro término, ya
que, aunque se hable de Antropoceno, es en realidad la lógica
del capital, cada vez más concentrado y excluyente, la que nos
ha conducido a esta situación de colapso civilizatorio. No tengo
dudas de que, al hablar de crisis ambiental y ecológica, debe-
mos referirnos a la actividad humana, vinculada directamente
con la dinámica del capitalismo.
También asistimos a una exacerbación de los conflictos bélicos,
a lo que podríamos llamar una cultura de la guerra. Esta se ha
intensificado en los últimos años, no solo con la guerra en Ucra-
nia, sino también con el genocidio en Gaza, profundizando la
crisis de las democracias occidentales.
A ello se suma la expansión de las nuevas derechas o derechas
radicales, que buscan erosionar los regímenes democráticos. La
contracara de este proceso es la consolidación de gobiernos au-
tocráticos, la pérdida de derechos y la destrucción de la demo-
cracia misma.
Como suelo decir, las sociedades no solo colapsan porque en-
frentan problemas ambientales insuperables, sino también por
razones políticas de peso vinculadas a la crisis democrática. Esta
es, en suma, la policrisis civilizatoria que atravesamos, un esce-
nario que podríamos calificar como de tormenta perfecta, des-
de el cual resulta difícil vislumbrar soluciones lineales.
Vivimos en una época de colapsos climáticos localizados. Las
fronteras planetarias contra las que estamos chocando se ma-
nifiestan mediante eventos extremos cada vez más frecuentes:
sequías, inundaciones, olas de calor o frío, y mega incendios,
entre otros. Estos ilustran lo que denomino colapsos climáti-
cos localizados, que no significan el fin del mundo, pero sí un
incremento de eventos extremos que no podemos controlar y
ante los cuales no desarrollamos políticas públicas adecuadas
de adaptación.
Nos acercamos peligrosamente a las fronteras planetarias. La
imagen que presento aquí muestra la Amazonía en llamas.
Hace apenas cuatro o cinco meses, los incendios eran pocos,
pero uno de ellos alcanzó incluso a las principales capitales sud-
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americanas. Se dice que desde Cusco se podía ver y oler el humo.
También hubo incendios en Hawái, que destruyeron por com-
pleto una isla paradisíaca destinada al turismo; o en Acapulco,
donde un tornado devastó gran parte de la ciudad. Una colega
mexicana me mostraba imágenes de los departamentos de sus
familiares totalmente destruidos.
Otros ejemplos de colapso localizado son las inundaciones en
Río Grande do Sul, que afectaron no solo a una de las ciudades
más ricas de Brasil, sino a toda una región. Se trató de una suce-
sión de inundaciones que, si bien podían preverse, no se evita-
ron. Porto Alegre, ciudad que alguna vez fue modelo de presu-
puesto participativo, hoy es gobernada por una derecha radical
que desmanteló las políticas urbanas y ambientales, generando
condiciones para que ocurrieran estos desastres. Bahía Blanca,
más recientemente, fue prácticamente arrasada por lluvias en
menos de un día. Vimos imágenes de la Universidad Nacional
del Sur totalmente inundada y vehículos flotando en las aguas.
Tampoco puedo dejar de mencionar la crecida del Pilcomayo,
que afectó a Salta hace menos de una semana, impactando par-
ticularmente a comunidades vulnerables, entre ellas pueblos
originarios que quedaron aislados, sin electricidad ni asistencia,
en una situación dramática, que se acentuó por la precariedad
previa. Si no tomamos conciencia de la urgente necesidad de
implementar políticas públicas de adaptación, estos eventos se
multiplicarán, generando más muertes, más dolor y vidas da-
ñadas.
Ahora bien, hablar de Antropoceno no implica referirse úni-
camente a la crisis ecológica o climática. También debemos
considerar la deuda ecológica, es decir, la relación histórica y
geopolítica entre el Norte y el Sur global. América Latina ha sido
históricamente una tierra de expoliación, desde la época del Po-
tosí hasta el presente. Existe una deuda acumulada del Norte
industrial con nuestros pueblos, que siguen siendo proveedores
de materias primas y zonas de sacrificio en nombre del desarro-
llo ajeno.
Esta asimetría hace que los conflictos ambientales se distribu-
yan de forma profundamente desigual. La mayor parte ocurre
en el Sur, como consecuencia directa del extractivismo y la des-
trucción de ecosistemas. Estados Unidos, Europa —y hoy tam-
bién China, gran hegemón emergente—, junto con las grandes
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corporaciones fósiles, que extraen petróleo y gas, son los gran-
des responsables de la crisis climática actual. Aunque la deuda
ecológica y la crisis climática no son lo mismo, ambas se agravan
mutuamente.
La principal fuente de emisión de gases de efecto invernadero
son los combustibles fósiles, pero también hay que incluir los
cambios en el uso del suelo, la deforestación y el avance de la
frontera agropecuaria. En Salta, por ejemplo, una de las provin-
cias más deforestadas de Argentina, esta realidad es bien cono-
cida.
El Antropoceno exige además una lectura en términos de cla-
ses sociales. No debemos olvidar que los sectores más ricos son
quienes más contaminan. Las cifras que proporciona Oxfam son
estremecedoras: el 10 % más rico del planeta emite el 50 % de
los gases de efecto invernadero, mientras que el 50 % más pobre
solo genera el 10 %. Dentro de ese 10 % más rico, el 1 % —el club
de los superricos— emite cuatro veces más que el 9 % restante.
Esta tendencia no solo persiste, sino que se acentúa. De 2023 a
2024, las emisiones de los sectores más ricos aumentaron.
Lo que quiero subrayar es que no se puede pensar en una tran-
sición ecosocial justa para el Sur global sin considerar la di-
mensión geopolítica de la deuda ecológica, pero también sin
abordar la cuestión de las desigualdades sociales. No es posible
avanzar hacia una transición justa sin redistribución. Debemos
pensar la justicia ambiental y la justicia social de forma articu-
lada, especialmente desde el Sur global.
En esta línea, identifico al menos cuatro narrativas distintas que
intentan diagnosticar la crisis actual y, a partir de allí, proyectar
escenarios de futuro. La primera de ellas es la narrativa distópi-
ca, que podríamos asociar a una cultura de la resignación. Esta
narrativa parte de la idea de que todo está perdido, que el co-
lapso es inevitable, que ya es demasiado tarde, o que la acción
colectiva no tiene sentido. Es un discurso derrotista, paralizan-
te, que inhibe tanto la acción como la imaginación política que
requerimos o que necesitamos en este momento de policrisis
civilizatoria.
A su vez, encontramos dos narrativas dominantes, con actores
políticos claramente identificables. La primera es la narrativa
capitalista-tecnocrática, presente desde hace varias décadas.
Esta narrativa ha liderado las discusiones internacionales en
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torno al desarrollo sostenible y la crisis ambiental. Propone
soluciones técnicas que, en nombre del capitalismo verde o la
economía verde, buscan salvar el capitalismo mediante más ca-
pitalismo. No se cuestiona el crecimiento económico ni la falla
estructural que hay en nuestra concepción de la naturaleza.
La otra narrativa dominante es la que llamo pan-capitalista del
fin, propia de las extremas derechas. Se trata de narrativas reac-
cionarias, negacionistas, que niegan o minimizan el cambio cli-
mático, alegando que siempre existieron variaciones climáticas.
Su discurso diluye la gravedad actual, desconociendo que hoy
hablamos de una crisis provocada por actividades humanas con
raíces económicas, asociadas a la matriz del capitalismo. Estas
derechas no solo niegan el cambio climático, sino que proponen
exacerbar aún más la explotación de bienes naturales. No en
vano, los gobernadores de las distintas provincias en Argenti-
na se han subido a la ola libertaria que promueve el Régimen
de Incentivo a las Grandes Inversiones (RIGI) y que impulsa el
gobierno de Javier Milei, que implica una destrucción masiva de
nuestros bienes comunes. Esas narrativas son cada vez más im-
portantes hoy en día en la medida que las extremas derechas se
han convertido en una alternativa de poder global.
Frente a estas tres narrativas, se posiciona una cuarta: la na-
rrativa relacional contrahegemónica, fuertemente ligada a la
historia de las resistencias en América Latina. Esta narrativa se
construye a partir de experiencias locales, comunitarias y de
movimientos territoriales, y se articula también con propues-
tas globales que promueven una transición justa. Si bien es una
narrativa marginal, ha ido ganando terreno a partir del cruce
entre tres líneas de fuerza: el discurso ecológico, el saber comu-
nitario de los pueblos originarios y los feminismos. En nuestra
región, la creatividad de los movimientos sociales ha sido clave
para acuñar categorías que abren escenarios alternativos. Estas
expresan lo que llamo un giro ecoterritorial, que se manifiesta
con especial fuerza en los últimos veinte años. Categorías como
las de Buen Vivir, Derechos de la Naturaleza, Sociedad de los
cuidados, Soberanía energética, cuerpo-tierra-territorio, tran-
sición justa y popular, con conceptos-horizonte elaborados en
el marco del pensamiento crítico latinoamericano, en diálogo
constante con las luchas sociales.
Dentro de los movimientos eco-territoriales, debemos conside-
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rar aquellos que se han alzado contra el neoextractivismo. Estos
defienden el agua, el territorio y la vida, enfrentando distintas
formas de extractivismo, como el urbano, concepto trabajado
por mi colega Enrique Viale. El extractivismo urbano no solo
convierte a las ciudades en mercancías —donde los inmuebles
se transforman en commodities—, sino que también desplaza
poblaciones, destruye ecosistemas periféricos y arrasa con la
naturaleza.
Más recientemente han surgido movimientos que resisten al
extractivismo verde, es decir, aquel que se presenta bajo el dis-
curso de la transición energética, como si fuese intrínsecamente
bueno e incuestionable. Estos proyectos se justifican en nombre
de la transición, pero implican nuevas formas de expoliación.
Frente a ello, es fundamental discutir qué entendemos por tran-
sición energética y de modo más amplio, transición ecosocial.
Discutir la transición ecosocial implica adoptar una visión holís-
tica que articule lo social y lo ecológico. No basta con incorporar
expertos ambientales a los equipos de gobierno. Es necesario
un cambio paradigmático, donde la economía se subordine a la
naturaleza, y no al revés. Lo que está en juego es la continuidad
de la vida en un planeta ya dañado. No se trata de dejar todo
en manos del mercado o de las grandes corporaciones, sino de
debatir colectivamente qué futuro queremos construir.
Habiendo roto el pacto intergeneracional, debemos pensar
cómo transformar este planeta dañado en uno habitable. Como
dice Bruno Latour, hay que repensar las condiciones de habi-
tabilidad de la Tierra. La transición ecosocial, desde esta pers-
pectiva sistémica, debe abordarse en todas sus dimensiones:
productiva, hídrica, urbana, cultural y energética. Esto supone
revisar también el régimen de producción y las relaciones socia-
les que lo sostienen.
En última instancia, el Antropoceno o Capitaloceno nos obli-
ga a cambiar nuestra relación con la naturaleza. Esta relación,
que ha sido históricamente instrumental y economicista, debe
transformarse en una relación de interdependencia. Para ello,
se requieren cambios profundos, no solo en las relaciones so-
ciales, sino también en nuestras estructuras cognitivas y subje-
tividades.
Por otro lado, discutir la transición energética no significa única-
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mente reemplazar los combustibles fósiles por fuentes renova-
bles. Significa cuestionar el sistema de relaciones sociales que
sustenta el régimen fósil, un sistema concentrado, injusto, que
genera pobreza energética en nuestras sociedades periféricas.
No se trata solo de cambiar fuentes de energía, sino de revisar
integralmente el régimen socioecológico.
La energía debe ser concebida como un derecho humano, como
un bien común renovable y sostenible. Uno de los integrantes
del INENCO trabaja justamente esta idea. Pensar la energía
como derecho implica replantear también nuestras concepcio-
nes de democracia, y nos obliga a vincular la transición ecosocial
con la lucha contra la desigualdad. La redistribución debe estar
en el centro de este proceso, que no es otra cosa que el camino
hacia una sociedad diferente.
Para ello, debemos considerar que los países más ricos deben
decrecer. Cuando hablamos de decrecimiento, nos referimos a
que estos países, así como los sectores más privilegiados, deben
reducir su consumo de materias primas y energía. Este no es un
proceso que pueda dejarse en manos del mercado, que tiende a
favorecer a los sectores más ricos y concentrados. Lo vemos cla-
ramente en la actualidad argentina.
En esta línea, desde el Equipo Transiciones1, un equipo de equi-
1. El Equipo Transiciones un grupo pos que articula académicos críticos y activistas, proponemos
diverso nacido en 2023 que incluye el asentar las bases de un Estado ecosocial. Tal como lo plantea el
Pacto Ecosocial e Intercultural del Sur
(capítulo argentino), el Colectivo de economista Rubén Lo Vuolo, este tipo de Estado debe asumir no
Acción por la Justicia Ecosocial (CAJE) solo los desafíos sociales, sino también los ambientales, y ser
y Asociación de Abogades Ambien-
talistas de Argentina, el Grupo de
guía para transformar la sociedad y adaptarnos a la crisis climá-
estudios en Geopolítica y Bienes tica, así como para impulsar una agenda de transición ecosocial.
Comunes (GYBC), el Taller Ecologista,
Trama Tierra, Observatorio Petrolero Un Estado ecosocial requiere, como condición fundamental, una
Sur (OPSur), el Instituto de Salud reforma fiscal que grave a los sectores más ricos. Se necesita una
Socioambiental (INSSA), el Centro
de Documentación e Investigación reforma de gran envergadura para financiar adecuadamente la
de la cultura de Izquierdas (CeDInCI), transición ecosocial. En contra de lo que se pregona hoy en Argen-
el Centro Interdisciplinario para el
estudio de Políticas Públicas (CIEPP), tina, la solución no pasa por menos Estado, sino por más Estado,
la Fundación Rosa Luxemburgo pero no cualquier Estado: se necesita un Estado ecosocial que in-
(FRL-oficina Cono Sur), la Asociación
Argentino-Uruguaya de Economía corpore las fronteras planetarias en el diseño de las actividades
Ecológica (ASAUEE), el Grupo de In- económicas y las políticas públicas.
vestigación sobre Economía Ambien-
te y Sociedad (GEEAS), y diferentes Este es el marco conceptual que orienta la investigación colecti-
especialistas que hacen parte de re-
des de investigaciones y experiencias
va que venimos realizando sobre la transición ecosocial desde el
colectivas. Ver más en [Link] Equipo Transiciones. En ella elaboramos una serie de definiciones
org/equipotransiciones/ básicas para entablar un debate que, en su núcleo, es también
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una disputa geopolítica, particularmente en lo que respecta a la
transición energética, que actualmente ocupa un lugar destacado
en la agenda global.
La Unión Europea es, en este sentido, un escenario privilegiado
para observar cómo se debate la transición energética. China, por
su carácter autoritario, mantiene una política opaca; Estados Uni-
dos, centrado en sí mismo, nos ve como un patio trasero. Europa,
aunque también nos percibe como una cantera inagotable de re-
cursos, ha mantenido una política de debate público que permi-
te, al menos hasta 2025, ver las cartas con las cuales juega.
Hace dos años, como parte del Pacto Ecosocial e Intercultural del
Sur2 —colectivo que luego explicaré—, viajamos a Europa con
una delegación integrada también por representantes de África,
con el objetivo de debatir la transición energética con partidos
políticos progresistas, de izquierda, socialdemócratas y verdes.
Nuestra llegada al Parlamento Europeo en Bruselas coincidió con
la discusión de la ley de materias primas críticas. Europa, que no
posee muchas de estas materias primas, identificó treinta cuatro
esenciales para la transición energética y digital, todas concen-
tradas en el Sur global y China. La ley apenas hacía referencia a
los derechos humanos o al derecho a la consulta previa.
En una experiencia particular, fui invitada por la Agencia Nacio-
nal de Desarrollo de Francia a debatir sobre las materias primas.
Me tocó confrontar con un funcionario francés que ocupaba un
cargo en el área de transición energética, que hablaba con un in-
negable tufillo neocolonial sobre la "diplomacia de los metales".
Reconocía, además, que Francia llevaba décadas sin interesarse
por América Latina, hasta que descubrió que no solo el litio, sino
otros minerales esenciales para la transición energética y digital,
se encuentran en América Latina.
En este contexto, América Latina se revela como una región estra-
tégica por sus reservas de litio. Salta, por ejemplo, forma parte del
llamado “triángulo del litio”, junto con Jujuy y Catamarca, y tam-
bién se han encontrado reservas en México y Perú. Los salares,
ecosistemas extremadamente frágiles ubicados en zonas áridas
con escasez de agua, son el hábitat de muchas comunidades indí-
genas vulnerables.
2. Para más información, ver sitio web
Las grandes corporaciones intervienen en estos territorios divi-
en [Link] diendo a las comunidades, enfrentando generaciones en una
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misma familia, ofreciendo compensaciones económicas bajo
el nombre de “responsabilidad social empresaria”. Y aunque las
resistencias han sido firmes, la embestida es tal, que estas han
generado divisiones, en un contexto de consultas muy opacas y
tramposas a las comunidades. En Salinas Grandes, por ejemplo,
desde 2010 las comunidades vienen rechazando la extracción de
litio. A pesar de ello, el avance de los proyectos extractivos se ha
acelerado con el nuevo Régimen de Incentivo a las Grandes Inver-
siones (RIGI).
El caso del litio es paradigmático porque evidencia claramen-
te el tipo de transición en curso: una transición corporativa, que
responde a los intereses del mercado y de las grandes empresas.
Como plantea Pablo Bertinat, ingeniero en energías renovables,
esta transición está dominada por actores privados y por Estados
que adoptan esa lógica de mercado para posicionarse estratégi-
camente en la disputa por los minerales críticos.
Esta transición es, además, neocolonial. El litio extraído en el Sur
se exporta en forma de carbonato a los países del Norte o a China.
La cadena de valor del litio está altamente concentrada en pocas
manos, replicando la lógica del régimen fósil. A esto se suma un
tercer componente: la insustentabilidad de la transición, del cual
hablaré más adelante.
Otra promesa que circula en este contexto es la del hidrógeno ver-
de, impulsada con fuerza por Alemania. Este país ha desarrollado
una intensa política de lobby en el marco del Pacto Verde Euro-
peo, promoviendo inversiones en esta tecnología aún no compro-
bada a gran escala. Estuve hace dos semanas en Tierra del Fuego,
donde se promueven proyectos de hidrógeno verde, incluso con
participación del partido verde alemán.
El hidrógeno verde requiere grandes cantidades de agua, y cuan-
do no hay agua dulce disponible, se recurre a la desalinización, un
proceso costoso y altamente demandante de energía. Esta ener-
gía, para ser considerada renovable, debe provenir de paneles so-
lares o turbinas eólicas. Estamos, por lo tanto, frente a un modelo
que proyecta grandes parques solares y eólicos para alimentar
una industria destinada a la exportación, sin discutir sus impac-
tos ni su sentido estratégico desde el Sur global.
Sin embargo, lo que observamos es que diversos gobiernos de la
región están compitiendo entre sí —Colombia, Chile, Uruguay, e
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incluso Argentina— para atraer inversiones, ofreciendo todo tipo
de beneficios sin garantías de concreción efectiva. Se calcula que
hay unos 150 proyectos de hidrógeno verde en América Latina en
distintas etapas, muchos de ellos sin viabilidad comprobada.
Un caso ilustrativo es también el de la madera de balsa, utiliza-
da para fabricar las aspas de las turbinas eólicas. En nombre de
la energía verde, se está deforestando parte de la Amazonía, es-
pecialmente en Ecuador, donde la extracción de esta madera ha
provocado la división de comunidades y ha generado impactos
sociales graves, como prostitución, trata y alcoholismo, similares
a los que se observan en contextos de minería a cielo abierto. El 85
% de la madera de balsa extraída en estas condiciones es expor-
tada a China, líder en la producción de tecnología para la transi-
ción energética.
Estamos, entonces, ante una paradoja: subvencionamos una tran-
sición energética que, en nombre de la descarbonización, conso-
lida un modelo neocolonial. Incluso podríamos preguntarnos si
realmente estamos ante una transición energética. Los conflictos
bélicos recientes han reconfigurado el escenario energético glo-
bal, colocando en primer plano el problema de la seguridad ener-
gética y expandiendo aún más la frontera de los fósiles.
Durante la guerra en Ucrania, Europa temió un "gran invierno"
por falta de gas, especialmente en países del este y en Alemania.
Fue en ese contexto que se cerró la discusión sobre el rechazo a la
energía nuclear, apostando por ella, así como también al hidróge-
no verde. Al mismo tiempo, en Alemania se reabrieron minas de
carbón —como las de lignito, el carbón más contaminante—, y se
subsidió el uso de combustibles fósiles. Recordemos la imagen de
Greta Thunberg siendo arrastrada por la policía alemana durante
una protesta contra estas minas, en pleno gobierno de coalición
que incluía al Partido Verde.
Todo esto nos muestra una profunda esquizofrenia en las polí-
ticas del Norte global. Por un lado, se promueve una transición
energética con severas limitaciones y contradicciones; por otro, se
continúa subsidiando los combustibles fósiles y expandiendo la
frontera energética mediante métodos altamente contaminan-
tes como el fracking. Todo el gas que Estados Unidos exporta a
Europa proviene del fracking, al igual que el gas y petróleo con
epicentro en Vaca Muerta.
Junto a Breno Bringel, denominamos este fenómeno “el consen-
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so de la descarbonización” (2023)3. Este consenso en construcción
revela los límites de la transición que se está impulsando en el
Norte global y pone en evidencia que, una vez más, el sacrificio
recae sobre el Sur. El caso del litio lo ejemplifica de manera clara,
aunque el del hidrógeno verde, por su novedad, también merece
atención.
El problema con la minería de litio no es solo que sea altamente
demandante de agua y tenga un fuerte impacto en los salares —
humedales de altura frágiles—, sino también que representa una
transición insustentable. No se cuestiona el perfil metabólico del
sistema, es decir, sus patrones de extracción, consumo y genera-
ción de desechos. Peor aún, se lo reproduce y profundiza.
La transición energética que se está impulsando responde a una
lógica de crecimiento económico sin fin. Se pretende reemplazar
cada automóvil a combustión en Alemania o en Estados Unidos
por uno eléctrico, sin cambiar el modelo de consumo ni el patrón
de movilidad. Pero lo que deberíamos cambiar, justamente, es
ese modelo de transporte basado en el auto individual, proponer
otros modelos de movilidad pública y compartida, para que la
transición sea sustentable.
Por eso, esta transición es —como suelo decir— una transición
de patas cortas. Tiene límites muy claros, porque conlleva la exa-
cerbación de la extracción de bienes naturales. En ese marco, no
hay planeta que aguante. No habrá litio ni minerales críticos su-
ficientes si no se cambia el modelo de consumo. Necesitamos,
con urgencia, imaginar y construir otros horizontes de transición
ecosocial.
Estos cuestionamientos nos han llevado a publicar distintos li-
bros, en diversas lenguas, y a articularnos con colectivos del Norte
de África, que están atravesando procesos similares, así como con
organizaciones en la periferia de Europa, como en España y Por-
tugal. América Latina es el patio trasero de Estados Unidos, del
mismo modo que el norte de África lo es para Europa.
Frente a esta problemática compleja, se vuelve urgente cuestio-
nar no solo los límites materiales de la transición energética, sino
también su orientación política. Debemos preguntarnos: ¿para
qué y para quién es esta transición? ¿Qué entendemos realmente
3. Leer artículo completo en https:// por transición energética?
[Link]/arti-
cles/the-decarbonisation-consensus En América Latina tenemos desafíos inmensos. El imaginario ex-
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tractivista está profundamente arraigado, desde los tiempos de
Potosí hasta la actualidad, y se vio potenciado por el boom de los
commodities en los últimos veinte años. Este imaginario, asocia-
do a la idea de que debemos exportar más para desarrollarnos, ha
penetrado incluso en sectores progresistas, que son muy refracta-
rios a pensar una transición ecosocial justa y sostenible.
En el tercer eje de esta exposición quisiera compartir en qué con-
siste el trabajo colectivo que venimos desarrollando. Lo haré en
dos niveles. En primer lugar, desde una perspectiva latinoameri-
cana, formamos parte del Pacto Ecosocial e Intercultural del Sur,
creado en 2020 junto a colegas con quienes veníamos acompa-
ñando diversos procesos sociales. Esta plataforma articula con-
ceptos-faro surgidos de los movimientos sociales —como el de-
recho a la naturaleza o los bienes comunes— y promueve una
propuesta ecosocial integral, intercultural, es decir, una propues-
ta que no es solamente un pacto verde, sino que busca articular la
justicia social con la justicia ambiental.
Desde el inicio, nos centramos en analizar críticamente la transi-
ción energética corporativa, impuesta desde el Norte hacia el Sur.
No se trata de una postura meramente crítica o de buscar perma-
nentemente una mancha al tigre, sino de advertir que dicha tran-
sición no es sostenible ni ambiental ni políticamente, y resulta
perjudicial para el Sur global.
En este marco, lanzamos una campaña por una transición energé-
tica justa y popular, que llevamos a Europa. No tuvimos suerte en
Estados Unidos —nadie nos recibió— y dudamos que el Partido
Comunista Chino nos invite a debatir. Sin embargo, sí apoyamos
procesos como el de Yasuní en Ecuador, que propone dejar el pe-
tróleo bajo tierra. Esta iniciativa surgió en 2007, pero fue recha-
zada por el gobierno de Rafael Correa. Esto muestra que, más allá
de las diferencias ideológicas entre progresismos y neoliberalis-
mos hay una continuidad, lo que se llama el consenso exportador.
Hace un año y medio, formamos también el equipo Transiciones
en Argentina, al que ya hice referencia. Este equipo surgió tras
una serie de encuentros con distintos colectivos de académicos
y activistas que compartimos un diagnóstico común, sobre el
carácter corporativo de la transición energética dominante. De-
cidimos entonces ir más allá del diagnóstico y comprometernos
en la elaboración de propuestas, aun sabiendo que hoy vamos
a contramano del escenario político argentino, marcado por un
gobierno de extrema derecha, negacionista, que avanza sobre
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los territorios con más extractivismo, deroga leyes protectoras y
organismos públicos, niega la crisis climática y ha eliminado del
vocabulario oficial la noción de crisis climática.
Sabemos, sin embargo, que estas discusiones serán centrales en
el futuro cercano, y por eso es necesario elaborar propuestas de
transición ecosocial, trabajada junto a organizaciones sociales de
todo tipo: sindicatos, movimientos territoriales urbanos, pueblos
originarios, colectivos ambientales, feminismos y partidos políti-
cos. La idea es abrir el diálogo con todos los actores posibles en
pensar una sociedad justa y sostenible.
El equipo Transiciones es federal: hay integrantes de Rosario, Ba-
hía Blanca, Neuquén, y espero que pronto se sume gente de Sal-
ta. En el equipo hay médicos, especialistas en cambio climático
y, cada vez más, economistas. Quiero destacar especialmente la
incorporación de economistas, porque —y con esto me acerco al
cierre— existe una gran dificultad de diálogo, no solo con secto-
res neoliberales o de extrema derecha, sino también con sectores
progresistas para quienes la cuestión ambiental continúa siendo
un punto ciego...
Durante los quince años del ciclo progresista en América Latina,
el extractivismo avanzó sin mayores cuestionamientos. En este
sentido, me gustaría compartir un libro reciente de tres econo-
mistas políticos: Francisco Cantamutto, Martín Schorr y Andrés
Wainer, titulado Por exportar más no alcanza. Aunque neoliberales
y neodesarrollistas insistan con eso.
Este libro critica no solo la visión neoliberal, sino también la pro-
gresista, que apuesta al aumento de exportaciones como vía para
el crecimiento económico, aprovechando las supuestas ventajas
comparativas. Los autores utilizan una metáfora muy gráfica: la
del balde con rajaduras. No importa cuánta agua se agregue; si
no se reparan las rajaduras, el agua se seguirá perdiendo. Ese es
el problema de fondo: un modelo que insiste en exportar más, sin
revisar los fallos estructurales del sistema.
Este diagnóstico también es relevante para pensar la economía
argentina. El modelo extractivo-exportador, lejos de generar de-
sarrollo, ha profundizado la dependencia, ha incrementado la
deuda ecológica y ha multiplicado las zonas de sacrificio. Ade-
más, promueve una ilusión de crecimiento sin redistribución, ya
que, como sabemos, el “derrame” nunca llega.
Vale recordar un dato elocuente: la minería y los hidrocarburos
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representan no más del 2% del empleo formal privado en Argen-
tina. Es un sector que no genera trabajo intensivo, aunque las pro-
mesas de empleo se repiten como mantra. Esto muestra no solo
una falacia, sino también un obstáculo epistemológico: seguimos
pensando el desarrollo con variables obsoletas, sin cuestionar de
raíz el modelo económico vigente.
Por eso, como señala el libro mencionado, el problema no se re-
suelve simplemente exportando más. Esa lógica nos inserta en
un círculo vicioso: necesitamos exportar para conseguir divisas
con las que pagar una deuda externa que nunca se termina. Para
ello avanzamos sobre los territorios, destruimos bienes comunes
y generamos nuevas deudas —esta vez, ecológicas y sociales. Es
una trampa perversa.
Y, además, no existe un actor real, una burguesía nacional que
esté impulsando un proyecto de desarrollo integral. Lo que existe
es una burguesía agraria que busca acumular y fugar capitales. En
ese sentido, el verdadero adversario no son los movimientos so-
ciales y ambientales, que buscan proteger nuestros bienes públi-
cos naturales, sino ese bloque de poder que defiende un modelo
regresivo y concentrador, y fuertemente excluyente y ecocida.
Sin embargo, muchos sectores del progresismo y del neodesarro-
llismo han demonizado a los movimientos socioambientales, en
lugar de revisar críticamente el funcionamiento de la economía
argentina. Una economía que no funciona bien, y que no mejora-
rá por el solo hecho de exportar más, sino que necesita pensarse
desde otro paradigma. La crítica que aquí se formula no proviene
únicamente de sociólogos, ecólogos o filósofos, sino también —y
con contundencia— desde la economía política.
Para cerrar, comparto algunos de los desafíos que estamos abor-
dando desde el equipo Transiciones. Hemos elaborado los linea-
mientos de una transición ecosocial; Rubén Lo Vuolo ha trabaja-
do en la propuesta de un Estado ecosocial basado en una reforma
fiscal progresiva y un ingreso ciudadano universal; otros inte-
grantes se centran en las políticas del cuidado; también estamos
pensando nuevas formas de empleo, vinculadas tanto a la tran-
sición energética viable, entre las cuales el acceso a la energía, la
democratización a la gestión de la energía resulta fundamental,
cómo reconvertir el modelo energético en todos los niveles terri-
toriales empezando por lo local.
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Recordemos el caso reciente de Bahía Blanca: tres días antes de
la gran inundación, el gobierno nacional desmanteló la Dirección
Nacional de Emergencias, poniendo en disponibilidad a sus 485
empleados. Esta dirección intervenía en catástrofes con equipos
interdisciplinarios que brindaban asistencia médica, sanitaria y
social. También se han debilitado el Servicio Meteorológico y De-
fensa Civil, que actúa frente a los incendios.
Frente a esto, debemos fortalecer y potenciar acciones de inter-
vención estatal y comunitaria, pensándolos desde una perspecti-
va holística. Necesitamos agendas públicas que protejan los bie-
nes comunes, que promuevan la adaptación a la crisis climática y
que construyan una transición ecológica integral.
Que hoy estemos ante un gobierno negacionista no nos exime,
sino que nos obliga aún más a ejercer la imaginación política. Y
esta debe ser una imaginación radical, porque es urgente y ne-
cesario transformar de manera estructural nuestras sociedades.
La sociedad puede haber cambiado, pero no hasta el punto de re-
nunciar al futuro. Necesitamos construir un escenario justo, sos-
tenible, y profundamente democrático. Ese es el desafío. Muchas
gracias.
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