Facultad de Ciencias Sociales, Jurídicas y Humanidades.
Carrera: Psicología.
Ramo: Intervenciones en clínica - enfoque sistémico
Profesora: Elizabeth Riffo Valenzuela.
Fecha de entrega: 17 de noviembre de 2025.
Análisis de caso.
Seminario 3.
Integrantes:
Madeline Fuentes.
Catalina Lagos.
María Gabriela Saavedra.
Amaro Salazar Labra.
Hoja de Evolución Clínica
Consultante (s) Esposo: Bastián.
Esposa: Francisca.
Hija: Julieta.
Terapeuta(s) Sesión 1: Sofia Lillo, Camila Yañez.
Sesión 2: Eliana Jaña, Nicolás Ubilla.
Fecha Sesión 1: 03/11/2025.
Sesión 2: 10/11/2025.
Integrantes Madeline Fuentes, Catalina Lagos, María Gabriela Saavedra, Amaro
Salazar.
1. Primera sesión. Construcción del caso:
a) Queja
Francisca (37 años), acude a terapia junto a su esposo Bastian (40 años) y su hija Julieta (20
años). La consulta surge a partir de una fuerte crisis matrimonial. Francisca refiere sentirse
insegura y traicionada luego de encontrar en el celular de Bastian un mensaje de un
compañero de trabajo que decía “la pasamos rico anoche”. A partir de ese evento, se ha
intensificado cada vez más la desconfianza, los conflictos y las peleas verbales y el
distanciamiento emocional entre ambos.
Durante la primera sesión, Francisca señala, “yo solo quiero saber la verdad, no puedo seguir
viviendo con la duda”, mientras que Bastian se defiende afirmando que se trata de un
malentendido y que ella “está exagerando”. Julieta, su hija, se muestra silenciosa, evitando
mirar a ambos y mostrándose tensa durante la conversación. La queja inicial se centra,
entonces, en la sospecha de infidelidad y la ruptura de la confianza conyugal, lo que ha
generado un clima de conflicto permanente en el hogar y angustia en su única hija.
b) Antecedentes relevantes
La familia está compuesta por Bastian (40 años), Francisca (37 años) y Julieta (20 años).
Conviven en el mismo hogar desde hace más de 20 años, en una relación conyugal estable
hasta los últimos meses, cuando surgió el conflicto asociado a la sospecha de infidelidad, por
lo que la familia acude de manera espontánea a la consulta psicológica, buscando apoyo para
manejar la crisis actual y mejorar la comunicación. Ninguno de los miembros había asistido
previamente a terapia familiar.
Francisca trabaja como docente en un colegio, lo que le permite compatibilizar su rol laboral
con las tareas domésticas y el cuidado de Julieta. Su situación económica es estable, aunque
el estrés cotidiano y la falta de tiempo compartido han impactado en la relación. Bastian
trabaja en una empresa es ingeniero y mantiene una jornada extensa que lo obliga a pasar
gran parte del día fuera de casa. Julieta, su única hija estudiante de producción musical, se
describe como sensible, responsable y muy pendiente del estado emocional de sus padres.
Ambos refieren contar con pocos vínculos cercanos. Francisca tiene una compañera de
trabajo quien le recomienda consultar a un psicólogo. Bastian, en cambio, se vincula
principalmente con sus compañeros de trabajo, lo que ha sido una fuente de tensión para la
pareja tras el mensaje encontrado. La convivencia diaria de la familia se caracteriza por un
clima tenso, en el que predominan las discusiones entre los padres, especialmente cuando se
aborda el tema de la confianza. Julieta suele actuar como mediadora o intenta distraerlos,
reflejando su deseo de mantener la armonía familiar.
En la familia no se registran enfermedades físicas relevantes. Sin embargo, Francisca
manifiesta síntomas de ansiedad e insomnio desde el inicio del conflicto, mientras Bastian
refiere cansancio emocional y saturación frente a las discusiones reiteradas. Julieta, aunque
no presenta sintomatología explícita, evidencia señales de preocupación y cansancio al
presenciar las peleas de sus padres.
c) Genograma:
La dinámica familiar se caracteriza por una relación de pareja atravesada por la desconfianza,
la comunicación defensiva y la falta de validación emocional. Francisca adopta un rol de
vigilancia ante el temor de ser traicionada, mientras Bastián responde con evitación y
descalificación, reforzando un ciclo disfuncional que sitúa a su hija Julieta como mediadora
silenciosa. A nivel simbólico, los celos y la sospecha de infidelidad representan la necesidad
de reconocimiento de Francisca y el conflicto de Bastian entre autonomía y control. En el
plano social, las exigencias laborales y la escasez de tiempo compartido profundizan la
distancia emocional. En conjunto, la lectura sistémica revela un ciclo transgeneracional de
desconfianza y evitación que sostiene el síntoma y ubica a Julieta como reguladora
emocional, obstaculizando la diferenciación y el cambio familiar.
2. Construcción del problema:
a) Soluciones intentadas:
Desde una mirada circular, se identifican soluciones eficientes que el sistema familiar ha
implementado para abordar el conflicto, tales como el control y la vigilancia por parte de
Francisca, quien revisa el teléfono y redes de Bastián en busca de “certeza”, lo que
incrementa la tensión y la sensación de persecución; la negación y racionalización de Bastián,
que minimiza el conflicto con frases como “te estás imaginando cosas”, invalidando la
vivencia emocional de su esposa; y el silencio o evitación de ambos, quienes intentan no
discutir frente a Julieta, aunque las tensiones igualmente emergen, generando ansiedad en su
hija. Estas estrategias refuerzan la circularidad del problema, a mayor vigilancia y reclamo de
Francisca, mayor distancia y defensividad de Bastián, confirmando así sus sospechas. Julieta,
al intentar mediar o distraerlos, actúa como reguladora emocional, sosteniendo el equilibrio
disfuncional del sistema. Como soluciones potencialmente más eficientes, se destacan los
momentos en que ambos logran expresar vulnerabilidad y deseo de reparación, así como su
disposición a participar en terapia, lo que representa una oportunidad de promover un cambio
tipo 2, es decir, un cambio en el marco de significados que organiza el sistema relacional
(Watzlawick & Nardone, 1995).
Finalmente desde una perspectiva circular, estas interacciones generan un bucle de
retroalimentación negativa, a mayor control de Francisca → mayor distancia de Bastian→
más sospecha → nuevo control. Como soluciones eficientes, se identifican momentos en que
Francisca logra expresar sus emociones sin acusación y Bastian responde con apertura o
empatía; esos instantes han disminuido la tensión, sugiriendo potenciales recursos
comunicativos a trabajar en terapia.
b) Diagnóstico sistémico:
- Diagnóstico operacional:
El conflicto conyugal emerge a partir de un quiebre en la confianza y en los patrones de
comunicación. Se mantiene mediante la interacción circular basada en el control–evasión.
Este ciclo es retroalimentado por los significados atribuidos al mensaje encontrado, donde
Francisca interpreta una amenaza a su identidad de pareja y Bastian reacciona
defensivamente para proteger su imagen. La dinámica se puede representar con un bucle de
retroalimentación negativa, por ejemplo: Sospecha → control → evitación → más sospecha
(Beyebach, 2014). Esto nos permite comprender cómo la interacción de ambos mantiene el
problema más allá del evento inicial, consolidando un patrón relacional difícil de modificar
sin intervención.
- Mapa del funcionamiento familiar:
El sistema funciona con límites difusos entre los subsistemas conyugal y parental. Julieta
participa activamente en la regulación emocional de los padres, mostrando una
parentalización emocional. La pareja presenta complementariedad rígida, una parte
emocional y demandante en este caso es Francisca y otra racional y evitante el cual sería
Bastian. Este equilibrio disfuncional mantiene la estabilidad del sistema, pero a su vez impide
el cambio.
● Eje conyugal: comunicación rígida, con polarización de roles (acusadora/defensor).
● Eje parental: la atención se centra en el conflicto, desplazando el cuidado emocional
de su hija Julieta.
● Eje individual: cada miembro manifiesta ansiedad y frustración, sin embargo, se
observa disposición al diálogo y búsqueda de ayuda externa, lo que constituye un
recurso de cambio.
- Explicación desde el modelo narrativo:
Desde la perspectiva narrativa (White & Epston, 1993), el discurso dominante de la familia
está anclado en la historia de “la desconfianza” y “la traición”. Este relato posiciona a
Francisca como víctima, a Bastian como culpable y a Julieta como espectadora silenciosa. En
terapia, se busca externalizar el problema “la sospecha” y abrir espacio a discursos
alternativos, como el de “la reconstrucción de la confianza” y “la comunicación honesta”.
Estas nuevas narrativas permiten separar la identidad de las personas del conflicto (De
Shazer, 1986). De esta manera, el trabajo terapéutico se orienta hacia la reconfiguración de
los significados y la co-construcción de una historia más integradora y reparadora para la
familia.
c) Motivo de Consulta co-construido:
La queja inicial es expresada por Francisca, quien manifiesta una profunda desconfianza
hacia su esposo, Bastian, tras haber leído un mensaje de un compañero de trabajo que
insinuaba una posible infidelidad, “la pasamos rico anoche”. Ella se siente traicionada y
confundida, mientras que Bastian niega cualquier tipo de engaño y califica las sospechas de
su esposa como exageradas o “locas”, generando así un clima de tensión constante en la
pareja y afectando a su hija Julieta, quien se encuentra emocionalmente atrapada entre ambos.
A partir del diálogo y trabajo conjunto en sesión, el motivo de consulta co-construido se
formula de este modo:
“Como pareja, deseamos recuperar la confianza y mejorar la comunicación para que Julieta
no siga afectándose por nuestras discusiones, recuperar la confianza y la comunicación dentro
del vínculo para que cada uno pueda sentirse tranquilo y escuchado sin vivir en conflicto ni
desconfianza”. Identificando y abordando los patrones de interacción que han llevado a la
escalada del conflicto y al malestar familiar, con el fin de favorecer un espacio relacional más
seguro y colaborativo para todos los miembros, especialmente para Julieta.
Esta formulación diferencia la queja inicial “mi esposo me engaña” de un objetivo
compartido de cambio, centrado en la solución es decir a la reparación del vínculo y no en la
acusación.
3. Planificación del tratamiento:
a) Objetivos de trabajo (co-construidos):
Los objetivos terapéuticos se orientan a favorecer una comunicación más empática, abierta y
no acusatoria entre Francisca y Bastian, disminuyendo los patrones de control, evitación y
descalificación mutua que mantienen el conflicto. Se busca externalizar el problema de la
desconfianza, de modo que ambos puedan reconocerlo como una dificultad compartida que
impacta en la relación, pero que no define sus identidades ni el vínculo familiar (White &
Epston, 1993). Asimismo, se propone acompañar a Francisca en el proceso de elaboración del
duelo vincular, derivado de la pérdida de confianza y la ruptura simbólica de la seguridad
emocional dentro de la pareja, ayudándola a resignificar la experiencia y reconstruir su
sentido de sí misma. En paralelo, se plantea trabajar con Bastian aspectos relativos a su
identidad relacional, explorando cómo su forma de posicionarse frente al conflicto (negación,
ironía o invalidación del otro) puede estar funcionando como defensa frente a la amenaza a su
autoestima o a su rol dentro de la familia.
Finalmente, se busca identificar y fortalecer las excepciones al problema, es decir, los
momentos en que la interacción ha sido más calmada, colaborativa y constructiva, para
potenciar recursos preexistentes en la dinámica familiar (De Shazer, 1986; Beyebach, 2014).
Estos objetivos serían co-construidos con la familia durante la primera sesión, promoviendo
la participación activa de cada integrante y el establecimiento de metas alcanzables y
orientadas al cambio.
b) Intervenciones realizadas y/o técnicas utilizadas:
Durante la primera sesión, los terapeutas implementaron intervenciones propias del modelo
sistémico breve y narrativo, con el objetivo de explorar las dinámicas relacionales que
sostenían el conflicto. Se inició con una evaluación del cambio pretratamiento, explorando
momentos en que la pareja había logrado comunicarse sin discutir. Francisca recordó, por
ejemplo, una comida reciente en la que ambos lograron conversar de manera tranquila, lo que
permitió identificar recursos relacionales previos al conflicto. Posteriormente, se realizaron
reformulaciones positivas, resignificando el “control” de Francisca como una forma de
búsqueda de seguridad y afecto ante la sensación de amenaza y pérdida de confianza
(Lipchik, 2004). Esta resignificación permitió disminuir la polarización entre ambos y abrir
espacio para comprender la función adaptativa de sus conductas dentro del sistema.
Los terapeutas emplearon además la connotación positiva y la circularidad, mostrando cómo
las conductas de ambos respondían a una intención protectora, Francisca busca certezas para
sentirse segura, mientras Bastián intenta evitar discusiones como una manera de cuidar la
estabilidad familiar. Este recurso favoreció una mirada más comprensiva y menos
culpabilizadora del conflicto (Watzlawick & Nardone, 1995). También se aplicó la
externalización del problema, refiriéndose a “la desconfianza” como un tercero que interfiere
en la relación, permitiendo separar el vínculo amoroso del conflicto y reduciendo la carga
identitaria del problema.
Asimismo, se utilizó la pregunta del milagro, invitando a imaginar cómo sería la vida familiar
si “la desconfianza dejara de intervenir”. Francisca expresó que se sentiría más tranquila y
cercana, mientras Bastian mencionó que podría mostrarse más afectuoso. Para finalizar, se
implementó una escala del 0 al 10 para evaluar el nivel actual de confianza y cercanía:
Francisca se ubicó en un 3 y Bastian en un 5. Esta técnica permitió establecer un punto de
partida y fomentar autorreflexión respecto al progreso deseado. Estas intervenciones
ayudaron a disminuir la tensión inicial, promoviendo un clima terapéutico colaborativo y la
apertura hacia nuevas narrativas relacionales.
4. Sesión 2. Evaluación de cambio y consolidación de cambios:
a) Evaluación del impacto sesión anterior:
En el inicio de la segunda sesión se evidenció un aumento en el nivel de perturbación
emocional, producto de la tensión acumulada en la sesión anterior y de la eventual develación
de la infidelidad por parte de Bastian. Aunque Francisca refirió haber intentado mantener la
calma y no revisar el teléfono de su pareja durante la semana, el ambiente emocional se tornó
más cargado debido a la actitud defensiva e impulsiva de Bastian , quien respondió con enojo
a los cuestionamientos, manifestando que “sí hubo algo, pero sin amor, así que no fue una
infidelidad real”. Este momento marcó un punto de inflexión en el proceso, ya que la
revelación del secreto reconfiguró la dinámica del sistema familiar y generó un cambio tipo
2, según la clasificación de Watzlawick y Nardone (1995), al implicar una transformación en
el marco de significados que sostenía el problema, no solo en las conductas observables.
Los terapeutas, desde una postura sistémico–narrativa, intervinieron para contener
emocionalmente el sistema y proteger a Julieta de la carga del conflicto, redirigiendo su
participación hacia temas neutros y resguardando su bienestar. Sin embargo, fue a través de la
intervención circular y la voz de Julieta quien expresó que “papá se enoja cuando mamá
pregunta cosas” que emergió el contexto necesario para que Bastian reconociera su acto,
mostrando cómo la hija funcionaba como espejo y catalizadora del conflicto parental. Este
suceso permitió que el síntoma familiar “la desconfianza” adquiera nuevo sentido, pasando
de ser un problema individual atribuido a Francisca, a un fenómeno relacional sostenido por
secretos, culpa y miedo a la pérdida.
A partir de esta develación, se observó una perturbación significativa en Francisca, quien
expresó sentimientos de dolor y desorientación, mientras Bastian experimentó culpa y
confusión respecto a su identidad y sus valores “no fue con amor, no significa lo mismo”.
Estas expresiones reflejan un movimiento interno hacia la toma de conciencia y la
reconfiguración del vínculo consigo mismo y con el otro. A nivel sistémico, el cambio se
manifestó en la apertura de un nuevo escenario narrativo, la posibilidad de trabajar el duelo
por la ruptura simbólica del pacto de confianza, así como la reconstrucción de significados
sobre el amor, la fidelidad y la responsabilidad afectiva.
Por tanto, aunque el impacto inicial fue perturbador y desestabilizador, este momento
constituyó una oportunidad de transformación estructural del sistema familiar, generando las
condiciones para el inicio de un cambio profundo (tipo 2) y un trabajo terapéutico orientado a
la reparación emocional y relacional.
b) Intervenciones realizadas y/o técnicas utilizadas:
Durante la segunda sesión se produjo un punto de inflexión significativo en el proceso, ya
que Bastian develó haber mantenido efectivamente una relación extramarital, lo que
reconfiguró por completo la dinámica emocional y el foco terapéutico. Frente a esta
revelación, el terapeuta intervino desde una postura de contención y validación emocional,
priorizando la seguridad del espacio terapéutico ante la intensidad afectiva de Francisca,
quien expresó tristeza, rabia y sensación de traición. Se utilizó la reformulación empática
(Lipchik, 2004) para legitimar ambos lugares subjetivos, el dolor y la pérdida de Francisca, y
la vergüenza y culpa de Bastian, evitando caer en la polaridad de víctima y victimario.
Posteriormente, se aplicó la externalización del problema, nombrando “la infidelidad” como
una fuerza que irrumpió en la relación, diferenciándola de las identidades personales de cada
uno “la infidelidad nos invadió como una tormenta que afectó a los tres”. Esta intervención
permitió comenzar a trabajar el duelo de Francisca, quien manifestó sentirse “como si todo lo
que construimos se hubiera roto”. El terapeuta acompañó este proceso mediante
conversaciones de reautoría, explorando cómo Francisca podía empezar a reconstruir su
identidad más allá del rol de esposa herida, y cómo Bastian podía asumir una posición activa
en la reparación del vínculo.
Finalmente, se propuso una prescripción del síntoma, invitando a Bastian a escribir una carta
simbólica a Francisca, reconociendo el impacto emocional de sus actos y expresando lo que
desearía reparar, mientras que Francisca tendría la tarea de registrar emociones emergentes
sin necesidad de responder. Estas intervenciones buscaron canalizar el dolor hacia una
elaboración narrativa y relacional más constructiva, favoreciendo la expresión emocional, el
inicio del duelo y la posibilidad de redefinir la identidad de ambos en el contexto
post-infidelidad (De Shazer, 1986; Beyebach, 2014). Además de no conversar la situación
problemática en casa, solo en el espacio terapéutico.
c) Planificación de la sesión siguiente:
Para la tercera sesión, se planifica:
- Profundizar en la identificación de recursos familiares, explorando los valores
compartidos que sostienen la relación.
- Diseñar una tarea intercesión: consiste en que cada uno escriba una carta breve
titulada “Lo que valoro de ti y de nuestra historia”, con el objetivo de reautorizar
aspectos positivos del vínculo (White & Epston, 1993).
- Monitorear el impacto en Julieta, explorando sus emociones y asegurando que no
asuma un rol mediador entre los padres.
Para la tercera sesión, se proyecta profundizar en la elaboración emocional posterior a la
revelación de la infidelidad, acompañando especialmente a Francisca en su proceso de duelo
por la pérdida simbólica de la confianza y del ideal de pareja. Se buscará que Bastian pueda
reflexionar sobre su responsabilidad emocional y sobre el modo en que su actuar impulsivo y
defensivo ha incidido en el deterioro del vínculo, promoviendo un espacio de expresión
empática y no reactiva. En coherencia con el modelo narrativo, se trabajará en reautorizar
historias alternativas que trasciendan la narrativa dominante del engaño, posibilitando
reconstruir significados sobre el amor, el compromiso y la reparación (White & Epston,
1993).
Como tarea intersesión, se solicitará a cada miembro de la pareja escribir una carta titulada
“Lo que valoro de ti y de nuestra historia”, cuyo propósito será rescatar los aspectos positivos
del vínculo y visibilizar los recursos que aún sostienen la relación. Esta técnica favorecerá la
externalización del problema, ayudando a separar el conflicto de la identidad de ambos y
reforzando una mirada apreciativa hacia la relación.
De este modo, la próxima sesión se orientará a consolidar un espacio terapéutico reparador,
que permita a la familia iniciar un proceso de reconstrucción narrativa y emocional,
integrando el dolor vivido con la posibilidad de un nuevo comienzo relacional.
5. Reducción terapéutica consultante:
a) Afectividad del sistema consultante durante la sesión:
Durante la primera sesión, la afectividad del sistema familiar estuvo marcada por la tensión,
la desconfianza y la incomodidad. Francisca se mostró angustiada y con tono acusatorio,
expresando entre lágrimas su sensación de inseguridad y la sospecha de infidelidad. Bastian,
en contraste, adoptó una postura defensiva y algo irritada, utilizando el sarcasmo y el
distanciamiento como formas de control emocional. A lo largo del encuentro, el clima
afectivo osciló entre la frustración y breves momentos de apertura, especialmente cuando los
terapeutas promovieron una comunicación más empática. Julieta mantuvo una actitud callada
y observadora, evidenciando tensión corporal y miradas de preocupación, lo que reflejó su rol
de mediadora silenciosa dentro del sistema.
Durante la segunda sesión, la afectividad del sistema familiar se tornó más intensa y compleja
tras la develación de la infidelidad por parte de Bastian. Francisca presentó un desborde
emocional, manifestando llanto, enojo y sentimientos de traición, mientras que Bastian
respondió con una mezcla de impulsividad defensiva y aparente desconexión afectiva,
intentando justificar su conducta. El clima emocional se caracterizó por una alta tensión y
vulnerabilidad, aunque hacia el cierre se evidenció un leve descenso en la intensidad,
favorecido por la intervención terapéutica orientada a contener y validar las emociones
expresadas. Julieta, por su parte, se mostró inquieta y silenciosa, reflejando en su lenguaje
corporal la carga emocional del momento y su actitud fue más de contención que de impacto,
para posteriormente salir del espacio terapéutico a solicitud de los terapeutas.
b) Afectividad del terapeuta durante la sesión (resonancias):
Durante la primera sesión, la dupla terapéutica experimentó una afectividad marcada por la
compasión y la frustración frente a la rigidez comunicacional de la pareja. La constante
invalidación mutua, el tono acusatorio de Francisca y la actitud defensiva de Bastián
generaron una sensación de tensión en el espacio terapéutico. A pesar de ello, los terapeutas
mantuvieron una postura de contención y curiosidad, buscando no alinearse con ninguna de
las partes. Predominó un sentimiento de empatía hacia el sufrimiento de ambos y una
resonancia emocional con la dificultad del sistema para construir significados compartidos.
Esta postura permite sostener el encuadre y promover un clima de respeto y escucha, aun en
medio del conflicto (Lipchik, 2004). Este manejo emocional permitió sostener el encuadre
terapéutico y preservar la alianza de trabajo, aun en medio del conflicto, generando un
espacio seguro para la expresión de emociones contenidas.
En la segunda sesión, tras la develación de la infidelidad por parte de Bastián, la dupla
experimentó una afectividad más intensa, con emociones de enojo, impacto y empatía frente
al desborde emocional de Francisca y la tensión generalizada en el sistema. Los terapeutas
sintieron la necesidad de intervenir desde la calma y la validación, conteniendo la angustia y
evitando caer en juicios o alianzas implícitas, aunque consto en ciertas ocasiones. También se
evidenció una sensación de esperanza prudente al notar la disposición de ambos a permanecer
en sesión y comenzar a dialogar sobre lo ocurrido. La resonancia emocional se transformó así
en una herramienta de conexión empática y de sostén, favoreciendo la posibilidad de un
proceso de reparación vincular (Lipchik, 2004). Esta vivencia emocional permitió a la dupla
reconocer la relevancia de su propia sintonía afectiva como recurso terapéutico,
comprendiendo que contener sin sobre involucrarse es clave para facilitar la elaboración del
dolor y abrir paso a la reparación del vínculo.
c) Impasse
Durante las dos primeras sesiones no se evidenció un impasse propiamente tal, aunque sí se
presentaron momentos críticos que pudieron haber derivado en un estancamiento del proceso
terapéutico.
En la primera sesión, la comunicación estuvo marcada por la rigidez, el tono acusatorio de
Francisca y la defensividad de Bastián, generando un clima de alta tensión que amenazó con
derivar en un bloqueo relacional. No obstante, la dupla terapéutica intervino mediante
reformulaciones y preguntas circulares que promovieron la toma de perspectiva y permitieron
restablecer la cooperación mínima necesaria para continuar el trabajo. Mientras que en la
segunda sesión, el riesgo de impasse se intensificó tras la develación de la infidelidad,
Francisca experimentó un desborde emocional con llanto y enojo, mientras Bastián intentó
justificar su actuar desde la racionalización, evitando el contacto con su vulnerabilidad. Este
momento constituyó un punto de inflexión, donde el sistema familiar osciló entre el cierre
defensivo y la posibilidad de apertura. La contención empática, la validación emocional y la
lectura del conflicto como un síntoma relacional más que individual (Lipchik, 2004)
permitieron sostener el vínculo terapéutico y evitar la parálisis. En este sentido, se infiere que
la adecuada sintonía emocional de los terapeutas, junto con la capacidad del sistema para
permanecer en el espacio pese a la tensión, funcionaron como factores protectores frente al
impasse.
6. Conclusión:
Desde el modelo sistémico–narrativo, el caso se comprende no desde una mirada individual
ni centrada en el síntoma, sino como una construcción relacional y discursiva que se sostiene
en los significados compartidos por el sistema familiar. El problema no radica únicamente en
la infidelidad o la desconfianza, sino en la forma en que la pareja narra y significa estos
eventos, reproduciendo historias dominadas por el control, la traición y la culpa. Este enfoque
invita a comprender el conflicto como un patrón relacional circular, en el que cada conducta
alimenta la del otro, y donde las narrativas heredadas de las familias de origen refuerzan
modos de vinculación aprendidos. Así, el énfasis se desplaza del “quién tiene la culpa” al
“cómo se construye el problema” dentro de la interacción.
Respecto al cambio en terapia, el modelo plantea que las transformaciones no ocurren
corrigiendo conductas o imponiendo soluciones, sino ampliando los significados posibles y
redefiniendo las historias personales y familiares. El proceso terapéutico se orienta a
externalizar el problema, de modo que “la desconfianza” deje de ser parte de la identidad de
los consultantes para transformarse en un fenómeno que ambos pueden observar, comprender
y modificar. La intervención se centra en abrir espacios de diálogo que permitan emerger
nuevas narrativas más esperanzadoras, centradas en la reconstrucción de la confianza, la
empatía y la responsabilidad compartida. El cambio, por tanto, es lingüístico, emocional y
relacional, ocurre cuando el sistema puede recontarse desde otro lugar.
Este modelo ofreció una nueva posibilidad para comprender la psicoterapia clínica y la
persona del terapeuta, al mostrar que la posición del profesional no es la de un experto que
repara, sino la de un colaborador que co-construye sentido junto al sistema consultante.
Desde esta perspectiva, la neutralidad se transforma en curiosidad genuina, y la resonancia
emocional del terapeuta pasa a ser una herramienta de conexión y validación. Este enfoque
me permitió reconocer la importancia del lenguaje como vehículo de cambio y la potencia del
vínculo terapéutico como espacio de transformación. Comprendiendo que acompañar no
implica dirigir, sino sostener, legitimar y abrir nuevas miradas sobre lo vivido, confiando en
que el sistema posee los recursos necesarios para resignificar su historia.
a) Reflexiones
- Madeline Fuentes:
Trabajar desde el modelo sistémico–narrativo abrió para mí una manera completamente
distinta y profunda de comprender la psicoterapia y, al mismo tiempo, de redefinir mi rol
como terapeuta en formación. Este enfoque me permitió soltar la idea rígida y lineal de que la
solución radicaba en descifrar una causa o "arreglar" una falla individual. Por el contrario, me
llevó a mirar las historias, los vínculos y las conversaciones como un ecosistema vivo donde
el cambio puede emerger sutilmente en cada interacción. Comprendí que la esencia de la
terapia no es corregir a la persona, sino acompañar la transformación de los procesos
relacionales que ya existen, confiando en que el sistema posee los recursos para
reconfigurarse.
Fue profundamente significativo darme cuenta de que el problema o el síntoma no son fallas
inherentes a un individuo, sino expresiones del sistema relacional y de narrativas que se han
vuelto dominantes para él. Esto me obligó a cultivar una curiosidad genuina y a estar atenta a
cómo el lenguaje, a través de mis preguntas y reformulaciones, tiene el poder de reorganizar
la experiencia y abrir nuevos caminos de significado. Entendí que mi presencia, mis
reflexiones y mi forma de preguntar no son acciones neutras que no tienen efecto alguno, sino
elementos activos que pasan a formar parte del sistema que se está co-construyendo en
sesión.
Este modelo me invitó a habitar la terapia con mucha más humildad y menos temor a la
incertidumbre. Aprendí a valorar el no saber como un recurso, una invitación a explorar junto
al consultante, entendiendo que no necesito tener respuestas prefabricadas o puteadas, sino
disponibilidad para co-construirlas desde el respeto y la confianza en los recursos internos del
paciente y la familia. Al final, siento que este proceso me acercó a una versión más auténtica
y humana de la terapeuta que quiero llegar a ser, una que escucha más y explica menos, que
confía en el encuentro, en las narrativas compartidas y en la capacidad intrínseca de las
personas para darle nuevos y más esperanzadores significados a lo que viven.
- Catalina Lagos:
Mi acercamiento al modelo sistémico fue más desafiante de lo que esperaba, porque me
obligó a replantear muchas ideas que ya tenía instaladas sobre la terapia. Me di cuenta de que
había estado entendiendo el rol del terapeuta como alguien que debía encontrar explicaciones
rápidas o proponer soluciones directas. Con este enfoque descubrí que la tarea va por otro
camino: observar cómo las relaciones configuran lo que las personas viven y escuchar cómo
esas dinámicas se organizan dentro del sistema.
Lo que más me impactó fue reconocer que el cambio no depende únicamente de lo que el
terapeuta haga, sino de cómo se construye la conversación. Este modelo me permitió notar
que cada interacción tiene un sentido, incluso aquellas que a primera vista parecen
contradictorias o difíciles. Al mirar un caso clínico desde esta perspectiva, pude ver cómo
ciertos gestos, silencios o formas de hablar revelaban maneras de vincularse que mantenían el
malestar, pero que también podían convertirse en puntos de apoyo para generar
transformaciones.
Otro aprendizaje importante fue comprender que intervenir no significa dirigir. Más bien
consiste en crear condiciones para que el sistema pueda observarse a sí mismo y encontrar
alternativas. Esto me ayudó a soltar la idea de que debía tener respuestas preparadas; en
cambio, me enfoqué en formular preguntas que permitieran que las personas descubrieran
otros significados sobre lo que estaban viviendo. Entendí que el lenguaje tiene un efecto
organizador y que una conversación bien cuidada puede modificar la forma en que un sistema
se comprende.
Al analizar el caso del matrimonio y su hija, vi cómo pequeñas variaciones en la interacción
podían desactivar tensiones que parecían constantes. Me llamó la atención que, en vez de
buscar culpables, el modelo invitaba a observar los patrones y la historia compartida. Eso me
mostró que la terapia no trata de corregir a las personas, sino de abrir caminos para que
puedan relacionarse de una manera diferente.
Este proceso también me llevó a mirarme como terapeuta en formación. Me di cuenta de que
mi presencia influye en lo que ocurre, no porque tenga un rol jerárquico, sino porque formo
parte del sistema conversacional. Aprender a estar y escuchar desde esa posición fue un
desafío, pero también una oportunidad para trabajar con más claridad y menos presión por
“hacerlo perfecto”.
En síntesis, este enfoque me enseñó a valorar la terapia como un espacio donde el sentido se
construye en conjunto, donde las relaciones son centrales y donde las preguntas pueden ser
más potentes que las instrucciones. Ese descubrimiento cambió la forma en que veo la
práctica clínica y también la manera en que pienso mi propio rol dentro de ella.
- María Gabriela Saavedra:
Para mi trabajar desde el modelo sistémico narrativo me permitió comprender la psicoterapia
desde un lugar mucho más colaborativo y sobre todo humano. Este enfoque me ayudó a dejar
atrás la idea de que el terapeuta debe tener todas las respuestas o que el cambio se logra
corrigiendo lo que está mal. En cambio, pude vivenciar que el verdadero trabajo terapéutico
ocurre en el encuentro, en el diálogo y en la posibilidad de construir nuevos significados
junto a las personas que consultan. Sobre todo comprendí que cada historia es única, que los
síntomas no son fallas individuales sino expresiones de vínculos, emociones y relatos que
necesitan ser escuchados con respeto y curiosidad.
A lo largo del proceso, también me encontré reflexionando sobre mi propio rol como
terapeuta que se está formando. Este modelo me ayudó a estar más atenta a mis resonancias
emocionales y a reconocer que mi presencia tiene un impacto en el sistema. Aprendí que
acompañar no significa controlar ni dirigir, sino sostener un espacio seguro donde las
personas puedan explorar su propia experiencia. Sentí que el lenguaje tiene un poder
transformador, una pregunta diferente, una nueva forma de nombrar algo, puede abrir
caminos de cambio donde antes solo había conflicto o dolor.
Este enfoque también me permitió valorar la importancia del vínculo terapéutico como un
espacio de co-construcción, donde no solo el consultante se transforma sino que también el
terapeuta. Al observar la historia de este matrimonio y su hija, pude comprender que detrás
del sufrimiento hay siempre un intento de conexión, y que el trabajo clínico consiste en
acompañar a las personas a redescubrir los lazos de significado que las conectan consigo
mismas y con los otros. El modelo sistémico–narrativo me enseñó a mirar más allá del
problema, a escuchar las voces que no habían sido escuchadas y a creer en la posibilidad de
nuevas narrativas que devuelvan esperanza y dignidad. Finalmente, este proceso me ayudó a
pensarme como una terapeuta que escucha más y explica menos, que confía en los recursos
del sistema y en la capacidad de las personas para transformar su propia historia. Entendí que
el verdadero cambio en terapia no nace de una técnica, sino de la presencia genuina, del
respeto y de creer profundamente en la capacidad de las personas para volver a encontrar
sentido. En ese proceso, también fui cambiando, aprendiendo a estar más presente, a escuchar
desde un lugar más humano y a ejercer mi rol con humildad y sensibilidad.
- Amaro Salazar:
Trabajar en este caso desde el modelo sistémico narrativo significó algo así como un cambio
de visión, una manera diferente de mirar algo que, al principio y según yo, entendía
perfectamente. Lo que más cambió mi perspectiva fue darme cuenta de que como terapeuta
en formación uno no se enfrenta solamente a un problema, sino a una red completa de
significados, historias, heridas y vínculos que se entrelazan, se cruzan y crecen mutuamente.
Generalmente yo entendía las cosas de una forma lineal, es decir, el problema seguido de la
consecuencia y finalmente la solución, pero con este enfoque fue inevitable notar que nada
ocurre por sí solo, y que muchas veces el síntoma no solo es eso, sino un mensaje de algo que
no se ha logrado identificar.
Me ayudó a comprender que el trabajo clínico no es buscar certezas ni descubrir “la verdad”,
sino abrir espacio para nuevas formas de comprender lo que ya está ahí. Eso fue clave,
entender que el cambio no viene de corregir conductas, sino de transformar el sentido que las
personas atribuyen a lo que viven.
Otra cosa que aprendí fue respecto a la posición del terapeuta. Antes creía que el terapeuta
debía estar excesivamente preparado y siempre saber qué decir, casi como si su trabajo fuera
el jamás equivocarse, pero en este modelo entendí que mi presencia no se mide por las
respuestas brillantes, sino por la capacidad de escuchar, sostener y preguntar desde la
curiosidad. Me hizo mucho sentido que el terapeuta también forma parte del sistema
conversacional y que su resonancia emocional no es un obstáculo, sino un recurso si se usa
con conciencia y humildad.
También, me di cuenta que el acompañar no es resolver algo, es estar dispuesto a caminar en
el proceso mientras aparecen cosas ocultas, quizá detrás de algún sentimiento, del dolor o una
negación. Ver cómo pequeñas intervenciones pueden abrir posibilidades que antes parecían
inexistentes, fue algo que cambió realmente mi forma de ver la clínica.
Finalizando, este modelo me permitió ver al terapeuta como un co-constructor de significado,
más que como un experto que repara. Me ayudó a mirarme desde un lugar más humano y más
realista, alguien que acompaña, que observa y que pregunta. Siento que este enfoque me
acercó al terapeuta que quiero ser.
Referencias bibliográficas
- Beyebach, M. (2014). La terapia familiar breve centrada en soluciones. En M.
Beyebach (Ed.), Manual de terapia sistémica: Principios y herramientas de
intervención (pp. 449–480). Desclée de Brouwer.
- De Shazer, S. (1986). Claves para la solución en terapia breve. Paidós.
- Feixas, G. (2013). El cuestionamiento familiar. Revista Universitat de Barcelona,
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- Hudson, W. (1993). Guía breve de terapia breve. Paidós.
- Lipchik, E. (2004). Terapia centrada en la solución. Más allá de la técnica.
Amorrortu.
- Watzlawick, P., & Nardone, G. (1995). El arte del cambio. Trastornos fóbicos y
obsesivos. Herder.
- White, M., & Epston, D. (1993). Medios narrativos para fines terapéuticos. Paidós.