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La justicia también se construye en silencio

Luis Angel Uceda Huayan


Estimados presentes:
Cuando hablamos de justicia, solemos pensar en palabras grandes: leyes,
constituciones, tribunales. Imaginamos una figura imparcial que decide con
balanza en mano, como si la justicia fuera una escena que solo ocurre en una
sala con togas y códigos. Pero yo quiero invitarlos a mirar más allá de esa
imagen. Quiero hablarles de una justicia más cercana, más silenciosa, pero no
menos poderosa. Una justicia que no necesita micrófono ni martillo,
porque nace en los actos más humanos y cotidianos.
La justicia también se construye en silencio. Se construye cuando alguien
respeta una fila aunque nadie lo mire. Cuando un joven le cede el asiento a un
anciano sin esperar reconocimiento. Cuando una maestra abraza con su voz a
un niño que viene roto por dentro. Son gestos que no aparecen en los titulares
ni en las estadísticas, pero sostienen el tejido invisible que mantiene unida
a una sociedad.
Vivimos tiempos en que la palabra “justicia” parece estar secuestrada por lo
legal. Se repite en debates políticos, se defiende en marchas, se exige en
pancartas. Y todo eso es necesario. Pero a veces olvidamos que hay una
justicia que no se ve, que se ejerce en lo íntimo, en lo anónimo, en lo pequeño.
Esa es la justicia que más falta nos hace.
No basta con que existan leyes si no se aplican con compasión. No sirve un
Estado de derecho si la dignidad humana se pisotea cada día en las calles.
Porque donde no hay empatía, no hay verdadera justicia. Y la empatía no
se enseña en los códigos penales, sino en el ejemplo.
Imaginemos a una niña que cada día debe caminar horas para llegar a su
escuela. Nadie le ha quitado nada con violencia, pero le han negado el acceso
a una educación digna. ¿Acaso eso no es una forma de injusticia
silenciosa? ¿No lo es también el trato despectivo que recibe un migrante por
su acento, o el rechazo a una persona por su orientación sexual, aunque nadie
lo diga en voz alta?
Sí, hay injusticias que gritan, pero también hay injusticias que susurran. Y a
veces esas son las más difíciles de ver, y por tanto, las más difíciles de reparar.
Por eso es que sostengo con firmeza que la justicia no es solo una
institución, es también una decisión diaria. Es decidir no burlarse de quien
piensa distinto. Es tener el coraje de corregir una mentira aunque sea más
cómodo callar. Es mirar al otro como un igual, aunque todo el sistema diga lo
contrario.
Los grandes cambios sociales han nacido de pequeñas decisiones éticas. La
historia está llena de personas comunes que, sin títulos ni cargos, practicaron
la justicia desde su humanidad. Y es allí donde debemos comenzar nosotros
también.
No esperemos a tener poder para actuar con justicia. Comencemos con lo que
tenemos: nuestra voz, nuestras manos, nuestra conciencia. Porque el
verdadero poder de la justicia está en la coherencia entre lo que decimos
y lo que hacemos. Y eso se construye en la vida diaria.
Ser justo no siempre es fácil. A veces te deja solo, a veces incomoda, a veces
duele. Pero también libera. Porque cuando uno actúa con justicia, aunque
nadie lo aplauda, se duerme con el alma tranquila.
El silencio de la justicia cotidiana es más fuerte que el ruido de la
indiferencia. Y aunque no se escuche en todos lados, tiene el poder de
transformar realidades. Porque cada acto justo, por mínimo que parezca,
siembra una semilla en el mundo.
Quiero cerrar este discurso con una reflexión que nace del corazón: si
queremos un mundo más justo, no miremos solamente a los tribunales.
Miremos también hacia nosotros mismos. Hacia cómo tratamos al otro. Hacia
cómo defendemos la verdad cuando nadie nos obliga. Hacia cómo
respondemos ante la injusticia, incluso cuando no nos afecta directamente.
La justicia no es solo algo que se reclama. Es algo que se vive. Y mientras
más personas la vivan, más cerca estaremos de construir una sociedad
verdaderamente digna.
Muchas gracias.

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