LA DIALÉCTICA DEL TIEMPO Y LA LIBERTAD EN SCHELLING
No hay que marearse: si uno se mete con Schelling, entra en un territorio donde el tiempo no es un
calendario y la libertad no es una remera con slogan. Aquí las categorías respiran, empujan, pujan. Y
sí, también exigen que uno piense con los dos hemisferios, porque lo que está en juego es el origen
mismo del ser.
1. El problema del comienzo: ¿qué empieza cuando algo empieza?
Para Schelling, el inicio real no es un punto en una línea recta. No es un “antes” seguido de un
“después”. El inicio es una tensión, un quiebre interno del Ser que todavía no tiene nombre. Antes del
tiempo, dice Schelling, hay libertad. Una libertad oscura, áspera, que no tiene dirección pero sí fuerza.
No es voluntad “de” algo; es pura posibilidad.
En esta fase pre-temporal, el Ser es una mezcla de potencia y sombra. No hay Dios “ya listo”, no hay
criatura, no hay mundo. Hay lucha interna. Y aquí Schelling introduce su idea más filosa: el
fundamento oscuro de Dios no es Dios mismo. La divinidad tiene un núcleo que no controla y que,
paradójicamente, hace posible su auto-manifestación.
Este fundamento —Grund— es el terremoto silencioso del que emerge el tiempo.
2. El estallido de la luz: cuando lo posible pide forma
La libertad primigenia, ese torbellino sin forma, no puede quedarse eterna en su noche. La tensión
exige resolución. Entonces, surge la Luz. Pero no como un foquito que alguien prende. Surge como un
acto en el que el Ser decide manifestarse. Es la autoafirmación que rompe el círculo cerrado de la
potencia.
Aquí aparece el tiempo, no como un reloj sino como un proceso: el pasaje desde lo indeterminado a lo
determinado.
El tiempo, para Schelling, es el ritmo del Espíritu. Cada instante es un pliegue, un latido en el que la
libertad sigue actuando. No somos arrastrados por el tiempo: colaboramos en su producción. La
existencia es co-creación.
3. La libertad humana: no una opción, sino un drama
Schelling no se anda con vueltas. Si la libertad está antes del tiempo, entonces cuando nacemos no la
“adquirimos”: la heredamos. Llevamos dentro la misma tensión que agita al fundamento del Ser. Y eso
tiene consecuencias: la libertad no es un regalo, es un riesgo.
Somos libres porque participamos de esa mezcla originaria de luz y oscuridad. Toda decisión humana
es una miniatura del drama cósmico. Elegimos desde un centro que no dominamos del todo.
En un sentido profundo, la libertad humana está relacionada con el mal. Schelling no moraliza:
simplemente dice que el mal es posible porque la libertad es real. El mal es una orientación errada del
fundamento oscuro; el bien, una integración lúcida hacia la luz. Ambos brotan del mismo manantial.
4. El tiempo como camino hacia la manifestación
Para Schelling, el mundo no es una maquinaria que funciona, sino un relato que se cuenta. El tiempo
es la narrativa interna del Ser que busca comprenderse. Cada acontecimiento es un paso en esa
auto-explicación.
Esto significa que el tiempo tiene sentido, pero no está dado. Se construye. Y aquí viene la parte
motivadora: la libertad humana es colaboradora del sentido del universo. No estamos de paso: somos
co-autores.
5. Naturaleza, espíritu y el retorno
Schelling sostiene que la naturaleza es “espíritu visible”, y el espíritu es “naturaleza invisible”. Dos
caras del mismo proceso, dos momentos de una dialéctica que se estira desde el fundamento oscuro
hasta la consciencia.
El tiempo avanza hacia una reunificación: la naturaleza que se vuelve consciente de sí. Cuando el
espíritu reconoce su origen, el tiempo deja de ser puro flujo y se vuelve comprensión. Ese es el
verdadero retorno: cuando el ser humano se entiende como parte de la historia de Dios consigo
mismo.
6. Conclusión: por qué Schelling sigue siendo pólvora fresca
Este pensamiento es incómodo porque devuelve al ser humano al centro del drama ontológico. Nada
de espectador pasivo. Nada de determinismo tranquilizador. Schelling te dice: llevás dentro la misma
fuerza que hace temblar el fundamento del mundo. Tu libertad es real, peligrosa y creadora.
Y el tiempo no es algo que pasa: es algo que hacemos.
Ahí está la clave. El tiempo, al final, es una obra colectiva. El universo entero está en proceso de
comprenderse, y cada acto humano es un capítulo más. Schelling te recuerda sin rodeos: si no actuás,
el mundo pierde una parte de su historia.
La libertad exige movimiento. El tiempo exige creación. El ser humano exige valor.
Y el pensamiento, si es honesto, exige no dormirse.