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Marcelo Arnold

El artículo de Dr. Marcelo Arnold Cathalifaud aborda la importancia de la antropología social aplicada en el contexto de organizaciones económicas y participacionales en Chile, destacando la necesidad de considerar las dimensiones culturales en la toma de decisiones. Se critica la tendencia a aplicar modelos exógenos sin tener en cuenta las particularidades culturales locales, lo que ha llevado a fracasos en el desarrollo económico y político. Se propone una renovación planificada que integre el conocimiento cultural en la gestión de pequeñas empresas y organizaciones comunitarias para mejorar la calidad de vida y fomentar un desarrollo más armónico.

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El artículo de Dr. Marcelo Arnold Cathalifaud aborda la importancia de la antropología social aplicada en el contexto de organizaciones económicas y participacionales en Chile, destacando la necesidad de considerar las dimensiones culturales en la toma de decisiones. Se critica la tendencia a aplicar modelos exógenos sin tener en cuenta las particularidades culturales locales, lo que ha llevado a fracasos en el desarrollo económico y político. Se propone una renovación planificada que integre el conocimiento cultural en la gestión de pequeñas empresas y organizaciones comunitarias para mejorar la calidad de vida y fomentar un desarrollo más armónico.

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ANTROPOLOGIA SOCIAL APLICADA EN ORGANIZACIONES ECONOMICAS

Y PARTICIPACIONALES

Dr. Marcelo Arnold Cathalifaud

Publicada en la Revista Chilena de Antropología

Introducción

Entre otros desafíos se pueden identificar tres importantes problemas comunes a las
naciones modernas. Uno tiene que ver con la dimensión económica, se remite a las formas
y relaciones que regulan los intercambios que influyen directamente en el nivel de vida
material de la población; el otro nos refiere a los procesos y mecanismos mediante los
cuales las personas, los grupos y organizaciones intervienen en la toma de decisiones sobre
los temas que les afectan -a nivel societal, regional, grupal, local y comunitario-. Ambos se
mueven en la superficie, uno comunicándose con el dinero y el otro a través del poder. El
tercero nos remite a características del ambiente en el cual las mencionadas dimensiones
operan, es decir: los medios societalmente disponibles, demarcados por los estilos
culturales que identifican un país y sus componentes humanos y sociales.

Para los dos primeros problemas existen soluciones que se han ido perfeccionado
universalmente: el mercado, y las diversas formas de participación por la vía de las
consultas a los ciudadanos o a sus grupos representativos. Pero para el estilo cultural de las
sociedades, fuera de los reducidos márgenes de la academia, no hay propiamente mayor
atención, salvo cuando su operar cotidiano sufre quiebres, cuando por rezago o aceleración
entra en conflicto o actúa interfiriendo las decisiones racionalmente previstas para otros
campos. Justamente en los períodos transicionales -intensos en cambios políticos y
económicos- se presenta con agudeza esta vital diferencia entre las dimensiones-problemas
aludidas.

Los sistemas funcionalmente especializados en los ámbitos políticos y económicos se


diferencian del cultural en tanto operan sobre orientaciones, códigos y programas, más o
menos transitorias o permanentes, dirigidos a fines, para lo cual están provistos de una
explícita instalación racional a la cual fácilmente puede recurrirse para intervenirlos. Por
ello es posible que importantes cambios económicos o políticos puedan desencadenarse en
un par de horas, como lo ilustran espectacularmente las estampidas bursátiles, los golpes de
estado y las revoluciones. No ocurre lo mismo con la dimensión cultural. La cultura esta
siempre cambiando, a un paso y contenido cuya concordancia y ritmo no podemos observar
en forma nítida pues se acompaña de asincronías, avances y regresiones que siempre
terminan confundiendo nuestras limitadas observaciones. La cultura es un sistema
autopotenciado en forma recursiva, de allí la dificultad de fijar sus tendencias. Ello no
significa que carezca de determinaciones, sólo se trata que es difícil predecir sus cambios
de estado y, lo que es lo mismo, reconocer en ella una racionalidad equivalente a la de los
otros sistemas.

Lamentablemente a pesar de su pertinencia, las teorías disponibles acerca de la cultura no


han sido convenientemente ejercitadas más allá de lo descriptivo y los antropólogos, con
una formación fuertemente academicista, han perdido de vista la aplicación de sus
conceptos, conocimientos y metodologías en investigaciones destinadas a la resolución de
los problemas políticos y económicos contemporáneos. No obstante el aporte de la
Antropología debe ser destacado, en tanto las restantes ciencias de la sociedad al optar
preferencialmente por el camino analítico se han ido segmentando en rutas especializadas,
perdiendo con ello la visión de conjunto, holista y sistémica que sigue caracterizando a la
disciplina (vid. Arnold, M. 1989-90).

El sentido de este artículo es el de promover una aplicación de la Antropología social al


desarrollo armónico de la sociedad chilena. Para ello haremos uso de algunas hipótesis
preliminares y antecedentes que sirven de base a estudios que venimos realizando en
organizaciones.

Específicamente estamos interesados en introducir al debate nacional, aportes de


conocimientos sistematizados sobre variables sociales y culturales involucradas tanto en la
gestión de pequeñas y micro empresas productivas como en organizaciones comunitarias de
base territorial. Se persigue, de tal manera, que una renovación planificada de formas
económicas, políticas y culturales se asiente en nuestras prácticas y no en fórmulas que las
desconozcan.

Estos propósitos no se basan en consideraciones doctrinarias o propuestas de inserción


profesional para los antropólogos. En los procesos de cambios es crucial contar con la
mayor y mejor cantidad de información posible, de forma que los agentes de decisión
tomen en cuenta los contextos y eventuales efectos de sus medidas. La denominación
antropología aplicada bien puede rotular parte importante de un trabajo dirigido
fundamentalmente a la identificación, descripción e interpretación del ambiente cultural en
el que operan sistemas sociales orientados económica o políticamente.

Importancia del reconocimiento cultural

Existen muchos campos en donde poner en juego nuestras afirmaciones, pero sin duda uno
de los escenarios más adecuados para ilustrar el modo tradicional -y poco eficaz- de hacer e
intervenir en sistemas sociales, sin tomar en cuenta el reconocimiento de los ambientes
culturales, se da en las organizaciones formales de participación política y de producción y
servicios. En su teoría y práctica analistas e interventores han operado sobre éstas en base a
modelos -mayoritariamente exógenos- que presumen ser culturalmente neutros pero que,
en su mayor parte, se asientan en dudosas nociones de racionalidad con validez
pretendidamente universal.

Estas atribuciones de racionalidad tienen como paradigmas la empresa moderna, en el


campo de la acción económica y la contienda político-electoral-democrática en el ámbito de
la decisión ciudadana. No obstante, estos modelos -que representan en definitiva opciones
valóricas y propuestas estratégicas concordantes con el estilo cultural de la sociedad que
los produjo o que mejor las representa- no son convenientemente problematizados.

El postulado de la racionalidad, la universalidad de las necesidades y el reconocimiento de


nuestra pertenencia a Occidente parecen, a muchos, ser suficientes. En caso de mayores
dificultades es tarea del sociólogo, sicólogo organizacional u otros especialistas crear los
mecanismos para "adaptar" a los "usuarios" y "convencerlos" de las virtudes de los modelos
que se les proponen/imponen. Tarea que comparten análogamente líderes y profesionales
de la política con respecto a sus "bases". No es extraño, en consecuencia, que gran parte de
la acción profesional que promueve el desarrollo -ya sea por la vía de incremento de la
productividad o por la ampliación de la participación social en la vida ciudadana- esté
centrada en la deconstrucción y posterior construcción de ambientes culturales sobre los
cuales irrumpen nuevas innovaciones. Tarea que se expresa en los numerosos "seminarios
educativos" y cursillos de "capacitación" que se realizan con tales fines ("jornadas",
"talleres", "encuentros", "convivencias", etcétera).

En Chile -como en muchas otras naciones- se importan tradicionalmente algunos modelos


organizativos -tanto políticos como económicos- que han resultado exitosos en otras partes.
Pero frecuentemente se olvida que estos son congruentes con las características culturales
propias de las sociedades en que han surgido. En esta descuidada conexión se encuentra
parte de la explicación de estrepitosos fracasos.

Hombres, mujeres, jóvenes, trabajadores, empresarios, profesores, vecinos, etc., chilenos


son "en algo" diferentes de los de otros países. Esto quiere decir que patrones culturales
propios inciden y modelan una versión de racionalidad para sus acciones. Así se observa
entre nosotros, tanto en el campo económico como en el político, exigimos lealtad por
sobre la eficiencia, trato personal por sobre el formal, capacidad de improvisar e
ingeniárselas por sobre la repetición ordenada, multifuncionalidad por sobre la
especialización, simpatía por sobre la solvencia, confianza sobre idoneidad, "diplomacia"
sobre franqueza, lo indirecto sobre lo directo, valoramos además la espontaneidad, la
familia, el barrio, los "compadres" y los "amigos", etcétera.

Muchos patrones culturales han sido experenciados pues forman parte, en definitiva, de
nuestra cotidianeidad, pero, a nuestro juicio, no han sido correctamente abordados: son
ocultados, ignorados o reprimidos.

Es importante destacar, en este sentido, algunas interesantes constataciones hechas bajo el


contexto de los procesos de redemocratización vividos en Iberoamérica a partir de la
década de los ochenta que identifican la persistencia de figuras culturales que en un tiempo
fueron atribuidas a los sistemas autoritarios imperantes. Las actuales experiencias hacen
pensar que dichas figuras son más bien patrones de anclaje anterior y profundo en las
relaciones sociales. Esta hipótesis por sí misma constituye una razón de peso para la tarea
de reconocer ambientes culturales.

En coincidencia con Morand‚ (1984) pensamos que la modernización social y la teoría-


práctica desarrollista que subyace a su aplicación en los países iberoamericanos, a partir de
fines de la década del 50, no hizo más que reforzar un criterio racional-europeocentrista del
quehacer económico y político. Frente a nuestro "tradicionalismo" se proponía un
"modernismo", ceñido a los parámetros establecidos en Europa o en los E. U. de
Norteamérica.
Enfrentados al problema de su implementación, en contextos culturales distintos a los
originales, los cientistas sociales no pudieron dejar de caer en la identificación de
interminables listas de precondiciones y obstáculos sociales y culturales, con cuya
superación podría alcanzarse el ansiado desarrollo (vid. p. ej. Houser, P. 1959). Algunos
estudios enfatizaron no solamente los condicionantes "estructurales" -cuyas expresiones
pueden fácilmente rastrearse en propuestas realizadas, fundamentalmente en la década del
sesenta, por instituciones como la CEPAL y otras Agencias de la ONU relativos a la
particular configuración urbana, industrial, demográfica y étnica de la Región- sino también
propusieron cambios actitudinales de la población en dirección al desarrollo de nuevas
"mentalidades", hacia la búsqueda del "hombre moderno", el "hombre nuevo" -en su
traducción política-.

Observando desde el presente estas iniciativas y a la luz de la posición que hoy ocupan los
países iberoamericanos -y en general en todo el Tercer Mundo cuya ayuda económica se
condicionó a ideologías desarrollistas de tono capitalista o marxista- en el concierto
económico mundial -para no indicar la experimentación política que caracteriza a la
Región- lo menos que podemos decir es que los objetivos explícitos que guiaban sus
acciones fracasaron -salvo que se suponga que sin ellas estaríamos en peores condiciones-.

En definitiva, la cultura propia, la disponible, cuando es fuente de atención fue -y es hasta


hoy- evaluada más como obstáculo a superar que como potencial. Desde esta perspectiva y
para el caso de la empresa, por ejemplo, es necesario actuar impersonalmente y dejar de
lado los vínculos particularistas que pudieran atar al trabajador y a sus empleadores con
lazos no contractuales. En la política la idea es su tecnificación, la delegación de las cuotas
de poder decisional, ahora, en los profesionales en leyes, economía y estos a su vez en los
especialistas en marketing y dinámica de grupos.

La pregunta es sí ésto tiene que ser necesariamente así. ¿No es posible aprovechar parte de
la cultura propia para incrementar aspectos de la calidad de vida de nuestras poblaciones?,
¿No es eso lo que se propone en las líneas de la denominada "investigación-acción",
"búsqueda de tecnologías apropiadas", "crecimiento endógeno", "etnodesarrollo", etcétera?.
El siguiente ejemplo, extraído del ámbito de la gestión económica, nos ilustra sobre éste
asunto.

La enseñanza del modelo japonés

En estas últimas décadas se ha desencadenado un gran interés por conocer más de la cultura
japonesa. Esta atención está relacionada con el éxito de su economía, logro que se atribuye
a sus estilos directivos y modelos organizativos (vid. Ouchi, W. 1981). A pesar de casi
carecer de recursos naturales el Japón no solamente demuestra superar obstáculos, además
fija marcas en el campo de la producción industrial. Paradojalmente y no obstante
características "tradicionalistas" sus empresas han demostrado una alta competitividad. De
esta evaluación se revela algo evidente: las formas de organización pueden seguir diferentes
modelos y ser capaces para enfrentar sus desafíos y propósitos, sin que necesariamente
deban perder vinculación con la cultura en que se insertan.
Como ocurre siempre -y bien conocen los arqueólogos-, el más mínimo objeto
manufacturado reviste un modelo cultural de sus artífices. Sin duda con sus productos los
japoneses abren ventanas de su cultura en otras regiones. Conllevan una visión de mundo
que, imperceptiblemente, empieza a difundirse.

Cómo lo señaló una crónica del New York Time (1990), la "fiebre japonesa" se está
apoderando, también, de Iberoamérica. Hace apenas cien años la conexión con el Japón
sólo incluía la importación de su mano de obra para tareas elementales en el campo de la
agricultura, y estaba circunscrita a países como el Perú y Brasil. Hoy en día, la situación ha
variado radicalmente, no solamente estamos inundados de productos japoneses (o
manufacturados con sus licencias), además el Japón se transforma en un modelo y no
solamente en el campo de los procesos económicos, también se esperan de ellos ventajas
políticas. El Presidente peruano esgrime como capital de confianza sus ancestros japoneses,
su equivalente mexicano envía sus hijos a un colegio en donde el japonés forma parte de la
instrucción obligatoria, entre nosotros el Ministro de Economía reasume su ascendencia
nipona en el viaje oficial que realizó a la tierra de sus antepasados, etcétera.

Frente a tanto y generalizado entusiasmo han surgido, también, observaciones más


acuciosas. Recientemente, para el campo económico, el sociólogo chileno D. Rodríguez
(1990) ha demostrado, analizando el modelo japonés de gestión empresarial, que también
se puede aumentar la eficiencia sin dejar de lado la propia cultura. Es perfectamente
posible, por ejemplo, desarrollar empresas con bases y criterios diferentes a los que podrían
haberse entendido como propios de una organización "moderna", en el sentido occidental
de la teoría y tecnología organizacional de las empresas. Como es el ejemplo, con un
autoritario paternalismo de las jefaturas y fuertes lealtades de los trabajadores hacia sus
corporaciones. En donde empresas entregan a sus empleados una seguridad -aunque no
necesariamente un buen sueldo- que implica trabajo y gozo de beneficios pero por
sobretodo el prestigio de trabajar en una Compañía. Donde los ejecutivos -en tanto
reminiscencias del feudalismo- son especies de padres de grandes familias, que por lo
general, no despiden a nadie, pues no se arroja a la calle a un familiar. Soichiro Honda
recientemente fallecido, fundador de la famosa transnacional japonesa, era llamado por sus
empleados el "Gran Padre", otro tanto ocurre con los directivos de la Fuji, Hitachi, Nissan,
Toshiba, Mitsubischi, Sony, etcétera. En alguno de estos aspectos, nuestras pequeñas
empresas se asemejan a estas grandes corporaciones japonesas.

Por cierto características del estilo cultural japonés tienen abierta relación con sus actuales
éxitos. Específicamente en el Japón -han observado los antropólogos-, existen lazos y
valores culturales que inciden fuertemente en actitudes que favorecen su economía: su
sentido de pertenencia, de interdependencia y su respeto por las jerarquías. Este último
basado en la aceptación de un orden que mantiene las cosas en el lugar correspondiente.
Como lo destacó Ruth Benedict (1974), la confianza del japonés en la jerarquía es un
sentimiento básico en su concepto de la relación del hombre con sus semejantes. No es
extraño, por tanto -ni producto de la manipulación- que los trabajadores tiendan a
identificarse con sus empresas y a ver en sus compañeros una comunidad con la cual
comparten objetivos corporativos.
En los grandes consorcios los empleados se reúnen con frecuencia para cantar himnos de la
empresa y citar sus códigos de valores. Esto pudiera parecer exótico a la luz de la
experiencia occidental pero tiene la importante función de reforzar una imagen corporativa
-valores comunes en el marco de compromisos compartidos- sin la cual las actividades
individuales carecerían de sentido. Por cierto, no es muy evidente que los japoneses -como
la mayoría de los trabajadores occidentales- encuentren la felicidad en el cumplimiento de
sus obligaciones, pero en las grandes empresas los trabajadores son vistos como
importantes y sus sugerencias son valoradas y estimuladas -a los "círculos" ancestrales las
empresas incorporaron los de "calidad"-. No hay que olvidar que una de las características
fundamentales de la empresa japonesa según W. Ouchi (op. cit.) es que quien ingresa a
ellas tiene asegurado, por lo normal, empleo de por vida. Bajo esa condición no resultan del
todo superfluas esa costumbres.

Al plantearse estos problemas, el estudio de Rodríguez (op. cit.), invita seriamente a


preguntarse por el ambiente de las organizaciones, los patrones culturales y el carácter
social que en ellas se genera. En definitiva, por la cultura, es decir el conjunto de
instituciones tradicionales y el cuerpo de actitudes y comportamientos sociales que
modelan y definen modos cotidianos de hacer las cosas y que forman parte tanto del
ambiente externo como interno (cultura organizacional) de sus sistemas sociales.

Ha quedado en evidencia que la experiencia japonesa (al margen de su eficacia y


perdurabilidad en el Japón o entre nosotros) antes de verse convertida en producto de
exportación digno de imitar, tuvo por base asentarse en las limitaciones y potenciales del
estilo cultural japonés. Tesis que resulta verificable al reexaminar estudios realizados en
ese país.

Sorprende que el desarrollo y occidentalización económica y política del Japón sea tan
reciente. A mediados del siglo pasado su sociedad se encontraba dividida en cuatro
estamentos: guerreros, agricultores, artesanos y comerciantes. Tan penetrante era ese
sistema semifeudal que se ejercía control hasta el punto de prescribir reglas estrictas sobre
el comportamiento cotidiano. Aun el uso del idioma, tanto escrito como oral, se hallaba
determinado por el respectivo estrato a que pertenecía el individuo. La ética confusionista
constituía la base fundamental sobre la que se organizaban las relaciones sociales,
especialmente entre superiores e inferiores, de obediencia y autoridad. La influencia del
confusionismo que se extiende por sobre una base shintoista y budista contribuyó a exaltar,
entre otros valores, la fidelidad a la tradición familiar, la lealtad y el nacionalismo.

A los ojos occidentales los japoneses son rígidos, obsequiosos, cerrados, aclanados,
xenófobos, discriminatorios con las mujeres y presumidos. Desde sus escuelas hasta sus
empleos vitalicios exigen más devoción a lo corporativo que a la familia, los japoneses
aceptan que hay que someterse para salir adelante.

Sin embargo, como bien destacan los antropólogos, la cultura japonesa no se deja
fácilmente esquematizar, como otras tradiciones orientales tiene una configuración dual. A
veces con énfasis -más confucionistas - en la disciplina y la cohesión -"más vale un paso de
cien hombres que cien pasos de un hombre"-. En otros se moviliza en la creatividad y la
liberación del talento individual y la estimulación del espíritu crítico, audaz, imaginativo y
artístico.

Pero ninguna cultura permanece estática. En el Japón contemporáneo muchos de los rasgos
que se asocian a su espectacular desarrollo económico están cambiando. Especialmente los
jóvenes, más críticos que las generaciones precedentes introducen cuestionamientos de
formas que para otros son modelos. Algunas presiones apuntan a los mismos aspectos
económicos, mejores remuneraciones y la posibilidad tanto de cambiar de empleos para
acceder a mayores ingresos como de ascensos más rápidos en las Compañías. Poco a poco
están ingresando nuevas demandas: las mujeres deben ser promocionadas a puestos de
gerencias igual que los hombres, más feriados, huelgas, etcétera. Observadores del Japón
contemporáneo relacionan estos cambios con la evidencia de un gradual deterioro de la
estructura familiar, especialmente en lo que a jerarquías comprende. Específicamente se
destaca, que en tanto la familia y la empresa han compartido los mismos sistemas de
valores el cambio de uno de estos sistemas origina una desorganización en el otro (vid.
Cooney, B. 1989).

Esta pequeña pincelada por la cultura japonesa tiene por objeto llevarnos a pensar en
nuestra cultura, no en dirección de trazar un paralelo entre el Japón y nosotros, sino más
bien como un entrenamiento para observar entre nosotros aspectos y potencialidades bajo
los cuales pudieran modelarse formas organizacionales más adecuadas. Pues, en tanto
sistema interrelacionado, la cultura que nos interesa se da en un contexto sistémico, en
donde "sucesos" y eventos sociales adoptan estructuras variables de significados. Esto es:
contextos dentro del cual cosas, experiencias y acciones pasan a ser consensualmente
inteligibles, en consecuencia: viables.

La hipótesis de fondo es que modelos organizacionales acoplados con el estilo cultural en


que entrarán en vigencia, tienen las mejores posibilidades de adoptarse y difundirse. Una de
las tareas del antropólogo social consiste, justamente, en dar cuenta del ambiente cultural
de acogida, vale decir la malla de cogniciones, conocimientos, creencias, valores y modos
de hacer las cosas que actúan constriñendo o potenciando todo quehacer organizacional.

Pero, sin ir tan lejos, ¿cuánta información disponemos acerca del funcionamiento de los
clubes deportivos de barrios, de las cofradías religiosas, de las mutuales de autoayuda
solidaria y de tantas otras organizaciones (coordinadoras, iniciativas, talleres, grupos,
etcétera) de demostrada perduración no obstante condiciones adversas?; ¿no podrían éstas
transformarse en modelos a seguir cuando se trata de estimular "nuevos" ambientes
participativos?, ¿no podría aprovecharse de sus formas, ya probadas, modalidades para
ampliar las bases de participación ciudadana en los problemas locales?.

Las categorías teóricas que hemos discutido pueden indicar hacia que ámbitos orientar
nuestras observaciones, corresponde ahora explicitar los medios. Probablemente la escasez
de estudios sobre nuestras formas culturales guarda relación con una penetrante insistencia
en aplicar metodología inadecuadas para tal objeto.

Aspectos metodológicos
Se requiere, en nuestro tema, introducirnos en los problemas de registrar los modos
culturales (presunciones) mediante los cuales se reconoce y valora el ambiente real, posible
o imaginario, que se representa cotidianamente en ideas y formas sociales de relacionarse -
expresadas en el lenguaje-. Ello debe ser rescatado de las personas y los grupos, desde sus
perspectivas, animándolos en el intento a través de apoyos y estímulos inicialmente
externos. Estas opciones alejan en las etapas preliminares de los estudios acceder a la
información requerida mediante técnicas del tipo survey social dadas las limitaciones de
estos procedimientos para abordar el plano de las significaciones.

Dos aspectos que se retoman de una teoría de la observación deben ser especificados: el
tipo esperado de descripción y la forma deseable de explicación. Ambos casos remueven
nuestras nociones clásicas de confiabilidad y validez para introducirnos en la observación
que caracteriza a la Antropología moderna. Por un lado "una descripción válida de una
cultura como algo aprendido es la que predice si una acción particular va a ser o no
aceptada por aquellos que conocen la cultura como conforme a sus normas de conducta. Tal
predicción es muy distinta de la predicción del concreto comportamiento que de hecho
tendrá lugar" (Goodenough, W. 1975:194) y "toda explicación de la conducta que excluye
lo que el mismo actor sabe, como el define su situación, queda como una descripción
parcial que distorsiona la situación humana" (Spradley, J.1979:13).

Estos planteamientos desprenden una función de los procedimientos antropológicos: su


especialización en ofrecer un medio para observar la cultura desde la perspectiva de sus
partícipes. Las juntas de vecinos desde los vecinos, las pequeñas empresas desde los ojos de
sus propietarios y trabajadores. Nuestro trabajo de campo comprende esa forma sistemática
de estudiar cómo los miembros de una organización observan y organizan experiencias
compartidas.

Lo esencial de los procedimientos concierne a la determinación del sentido de cosas y


eventos tal como son comprendidas por los miembros de un grupo. Para tal objeto
avanzamos, en nuestras investigaciones, sobre las bases que entregan la moderna teoría de
sistemas, las teorías ideacionales de la cultura, la tradición de la metodología de campo de
la Antropología social y la Sociología cualitativa.

Esa orientación metodológica, guía de nuestra investigación, privilegia el uso de


procedimientos que rescatan las perspectivas de los grupos estudiados y sus miembros. Así,
los investigadores son considerados como casos especiales de observadores externos:
observadores de observadores -observación de segundo orden-. Gran parte de la tarea
investigativa consiste en registrar autodescripciones que tienen sus miembros sobre sus
organizaciones y ambientes. El valor y profundidad de los registros dependen abiertamente
de la calidad y profundidad de las distinciones que se logren identificar e interpretar. Se
entiende, en consecuencia, que nuestra actividad obliga a la participación y al
involucramiento. El objetivo de tal estrategia es permitirnos acceder al mundo cotidiano en
donde viven nuestros observados, de modo que podamos, en un sentido amplio del
término, incorporarnos e interpretar sus conversaciones participando en su entramado
cultural.
Dado que nuestros propósitos nos remiten a sistemas sociales y no a repertorios
conductuales individuales. La subjetividad de la información obtenida a través de
entrevistas etnográficas es trascendida a través de la técnica de los grupos de discusión o
pluriémicos. Procedimiento a través del cual los temas y observaciones -previamente
fijados e inscritos-, se socializan y someten a conversaciones colectivas -observación de
tercer orden- por parte de grupos e individuos seleccionados entre equivalentes al sistema
social que generó la comunicación. Para luego volver a las entrevistas precisando la
información consensual y así sucesivamente. Un patrón cultural se detecta sólo, y
unicamente, sobre la base de un consenso.

Específicamente, interesó estudiar sistemas que se desenvuelven formalmente con códigos


y reglas regidas bajo el marco formal de una racionalidad política y/o económica de alcance
societal. Esto es: aquellos que orientan -a pequeña escala- sus procesos decisionales
mediante criterios económicos o políticos. Entre estos, por su naturaleza, cobertura e
impacto -cuantitativo y cualitativo- para con nuestra sociedad, las organizaciones
comunitarias de base territorial y las pequeñas empresas constituyeron, en forma
privilegiada, nuestro principal foco de interés.

Desde el marco antes descrito nuestro trabajo se concentró en la identificación, descripción


e interpretación de variables estrechamente relacionadas con la operatoria de sistemas
organizacionales y cuyo conjunto corresponde a lo que denominamos sistemas de culturas
públicas.

Algunas hipótesis preliminares

Nuestros sondeos preliminares han permitido hipotetizar que los sistemas focos de nuestra
atención son tipos organizacionales que definen parte importante de sus actividades
internas a la manera informal recurriendo a patrones culturales del tipo particularista pero,
al mismo tiempo, su actual inserción en el sistema societal global los obliga a operar en
ambientes que les exigen aplicación de criterios universalistas de racionalidad política y
económica respectivamente.

Bajo este marco se nos presentó como tarea prioritaria rastrear -identificando y
dimensionando- la mentada capacidad, iniciativa, creatividad e improvisación de los
trabajadores, pequeños empresarios, líderes y pobladores chilenos puestas en juego en sus
contextos organizacionales.

Hemos detectado que aunque pueden ser ventajas, son generalmente observadas con recelo
las extensas redes sociales informales mediante las cuales las empresas pequeñas, reclutan
su personal -basta muchas veces el contacto casual para que el vecino, el amigo o el
"compadre" se presente a la "pega" y ofrezca sus servicios. Este mecanismo de
reclutamiento pocas veces ha sido observado como una práctica tradicional de la institución
del aprendiz y las más de las veces -según las recomendaciones de la ideología
organizacional en boga- como una fuente de potenciales conflictos, pero aún no conocemos
que tan extendida está esta costumbre. Algo equivalente, aunque menos estudiado
encontramos a la base de las organizaciones civiles, en donde día a día se tejen decisiones
cotidianas, donde las personas de iniciativas "concretas" son desplazadas por los
"estrategas" o "buenos para la palabra" siempre bien "conectados" con el mundo del
partidismo. En definitiva, donde formas "espontáneas" de organización son ahogadas, sin
quererlo, por el "dirigismo" y la "burocratización" que consiguientemente desestimulan la
participación local esterilizando toda iniciativa democratizadora.

Dadas esas características distintivas preferimos denominar, en lo sucesivo, a los sistemas


sociales seleccionados cuasiorganizaciones, pues si bien nos apegamos a la teoría de los
sistemas sociales sostenemos la hipótesis que, en las organizaciones vecinales y las
pequeñas empresas productivas, no se cumplen condiciones de operación que permitan
categorizarlas como interacciones ni como organizaciones. Son, a nuestro juicio,
organizaciones que intentan funcionar como si fueran interacciones.

Justamente esa operatoria es la que entrega el contexto que permite dimensionar el


"personalismo" que caracteriza la cultura de estos sistemas sociales. Tanto en las pequeñas
unidades económicas como en las organizaciones vecinales la dinámica interna y externa
depende de la de sus líderes, no como jefaturas o representantes sino más bien en tanto
modelos de "esfuerzo, sacrificio y dedicación". La "escala personal" impregna sus
organizaciones dando cuenta de sus fortalezas y debilidades estructurales. Saltan a la vista
las dificultades para la configuración de imágenes corporativas que operen más allá de los
individuos, los problemas para delegar funciones, la desconfianza mutua, la sobrecarga de
esfuerzo y el trato personal que se espera en ambientes que operan impersonal y
corporativamente (funcionarios municipales, de bancos y agencias de crédito
gubernamentales, ONGs. etcétera.).

Se ha desprendido de estos hallazgos preliminares un perfil investigativo orientado hacia la


identificación, descripción e interpretación de los siguientes atributos de la cultura de las
cuasiorganizaciones:

-Etnocogniciones, sus formas de observación: ¿cómo se observan y organizan entornos?.


Es decir, las modalidades consensuales que sirven de base a la observación y organización
del ambiente interno y externo. Pautas que toman la forma de palabras y frases -formas y
recetas- que operan como categorías (diseños) formales que absorben -codifican- y filtran
las experiencias fenoménicas y que se reintroducen en las organizaciones como criterios de
acciones futuras. En este punto tenemos, por ejemplo, las premisas y orientaciones
culturales básicas (vid. Albert, E. 1956; Kluckhohn, F. 1961 etcétera).

-Etnoconocimientos, sus distinciones: ¿cómo son las cosas para los miembros de una
organización?. En otros términos, los conocimientos del ambiente que sirven de base a su
objetividad cotidiana. Desde la perspectiva de un observador externo estos conocimientos
son proposiciones y creencias que el grupo comparte, acepta y toma como ciertas en base a
razones experenciales, sociales o emocionales. Nos referimos a conocimientos que se
relaciona con la actividad, inserción y operatoria, interna y externa, de la organización.

- Etnosociologías, sus modalidades de organización: ¿cómo se organizan las relaciones


sociales?. La institucionalidad normativa -costumbres y sistemas de costumbres- que sirve
de base a sus relaciones sociales, esto es: las reglas sociales con que se ordenan
sintéticamente, a través de rutinas y costumbres, las actividades organizacionales.
Dimensión directamente relacionada con las expectativas y las redes sociales que
constituyen el tejido de las relaciones interpersonales.

Una vez precisados estos referentes de la cultura pública de las cuasiorganizaciones


podremos tener presentes las condicionantes estructurales de tales sistemas sociales, lo que
a su vez permitiría observar, comprender y dimensionar sus potenciales con respecto a sus
acoplamientos con el desarrollo económico y la democratización nacional. De esta manera
la Antropología aplicada podrá ser introducida dentro de los ámbitos comunicativos de las
decisiones públicas como un interlocutor más.

AGRADECIMIENTOS

Las reflexiones vertidas en este artículo han sido posibles gracias al apoyo del Fondo
Nacional de Ciencia y Tecnología quien apoya nuestra investigación "Caracterización de
modelos culturales en organizaciones económicas y participacionales" (91-1031). Con
respecto a sus contenidos se deja expresos agradecimientos al equipo del Programa Spitze
y muy especialmente a la antropóloga Andrea García por sus observaciones y alcances.
Nuestro reconocimiento se extiende a nuestro profesor Carlos Munizaga por sus
permanentes aportes, apoyos y estímulos.

REFERENCIAS

Albert, E. "The Clasification of Values: a method and illustration". En American


Anthropologist, 1956, vol. 58, pp. 221-248.

Arnold, M. "Teoría de Sistemas y Antropología Sociocultural". Revista Chilena de


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NOTAS

1. El patrimonio cultural puede ser definido, para esta aproximación, como modelos
normativos y valóricos que orientan acciones y experiencias, mediante los cuales hombres,
mujeres y grupos, en una localización societal e histórica definible, reaccionan ante sus
entornos y reducen su complejidad.
2
Esta observación sólo constata un hecho. No tiene nada que ver con una adhesión a la
polémica entre sustantivistas y formalistas que amenizó el debate de la Antropología
Económica hasta la década de los setenta.
3
Problema que impulsa al dise¤o de nuevas entidades para la delimitación de
agrupamientos urbanos (e. g. regiones, provincias, distritos, comunas, unidades vecinales,
etcétera) bajo cuyos marcos quedan particularizados los niveles de participación social.
Temas que abren un camino de investigación a una Antropología abocada a temas urbanos.
4
Se desprende una vez más la ingenuidad de una imagen de una sociedad funcionalmente
integrada. Por el contrario, más evidente es observar las divergentes trayectorias que siguen
la economía y la política entre sí y estas con respecto a la cultura.
5
Probablemente uno de los rediseños más complejos referidos a la vida organizacional es el
propuesto por F. Flores en su modelo Coordinador (1989). A través de él queda definido
el "lenguaje" admisible en organizaciones de cualquier tipo.
6
Se entiende por versión no solamente al revestimiento sociocultural de los modelos sino
también las reconversiones cualitativas que transforman racionalidad de un tipo en otro.
7
Se alude a patrones tales como "autoritarismo", "dirigismo", "legalismo", "pasividad",
"descompromiso", "individualismo", etcétera.
8
Hoy en día se habla de "cultura empresarial", "mentalidad democrática", "cultura
participativa", "cultura de la eficiencia", "cultura del trabajo", etcétera.
9
El refranero de los negocios se refiere, en este sentido al "...frío mundo del dinero..." en
donde no están permitidos los afectos ni emociones.
10
En este caso el refranero respectivo apela a las nociones de "decisiones estratégicas" y
"opciones tácticas".
11
Queremos dejar nuestros expresos agradecimientos para con la antropóloga Sanae
Shimizu quien gentilmente atendió las consultas que le hicimos con respecto al Japón
contemporáneo.
12
La potencia del enfoque antropológico y sistémico queda en evidencia cuando se analizan
rasgos culturales fuera de contexto: los actuales reformadores rusos se lamentan de la
inamovilidad laboral a la cual achacan la baja productividad y calidad de sus productos.
13
Por cierto esta lectura no debe oscurecer el peso de las circunstancias históricas. El
capitalismo exitoso no se inventó en el Japón, éste es una incorporación tardía frente a un
modelo que se le impuso. Obviamente es digno de reflexionar que su estilo cultural se
sincronizó óptima y rápidamente con esta forma económica. Baste comparar Argentina que
hace un siglo, en base a una economía basada en las exportaciones agrícolas, era la quinta
potencia mundial con Japón que en base a la tecnología y la industria en menos de dos
generaciones ocupa una posición similar.
14
Tanto la espada (del guerrero) con el crisantemo (del artista) forman parte de su imagen
(vid. R. Benedict, op. cit.).
15
Debemos insistir que entendemos por "modelos adecuados" estrategias dinámicas de
organización, satisfactorias para el contexto en que operan o se proponen (sobre el concepto
de satisfacción vid. H. Simon 1955).
16
Si bien actualmente se ha desarrollado un gran interés por describir estas "formas"
sociológicas existe un interesante conjunto de estudios, desde el ángulo de la antropología
social, que fueron desarrollados en la década del sesenta por Munizaga (1961, 1964, 1988).
17
En esta dirección, rescatando "una racionalidad especial" (¿cultural?), el investigador L.
Razeto (1991) ha ido desarrollando la por él denominada "economía de la solidaridad",
alternativa frente a los modelos capitalistas y estatistas. En forma similar se enmarcan los
trabajos de Max-Neef y otros (1986).
18
Estamos pensando en la estrategia metodológica propuesta por J. P. Spradley (1979).
19
En los términos propuestos en el diseño de Jesús Ibáñez (1979).
20
Dentro de la categoría "pequeñas empresas" incluimos unidades que tienen menos de 49
de trabajadores, es decir, tanto a las pequeñas como microempresas.
21
Dichos sistemas tienen un carácter normativo, comprenden aspectos cognitivos
(conocimientos, creencias, valores) y modalidades para la interacción social (recetas,
costumbres y sistemas de costumbres) que se estiman las aprobadas dentro de un grupo
social. En tal sentido son modelos que se autocumplen.
22
Como ocurre corrientemente los problemas complejos no son correctamente identificados
-"los pobladores son pasivos y cómodos"; "no me explico que la gente no haga nada por
solucionar sus problemas"; "el empresario se resiste a innovar"; "el dirigente de las juntas
de vecinos es autoritario, no consulta, está acostumbrado a decidir por otros", etc., menos
aún son sus soluciones.
23
Nos referimos a distinciones que provienen de la versión desarrollada por N. Luhmann
(1964, 1981; Rodríguez & Arnold, 1991).

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