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Enrique Florescano logra esclarecer, en este minucioso estudio, las relaciones entre la
curva de precios del maíz y las graves calamidades que desarticulaban la economía y
castigaban severamente a los hombres del siglo XVIII mexicano. Carestías
incontrolables, hambrunas, epidemias devastadoras, despidos, emigraciones masivas de
desocupados, aumento de la vagancia, la mendicidad y el crimen, tensión social en las
ciudades, eran, entre otros, los efectos de las bruscas variaciones de precios del maíz. Al
final del periodo colonial, todas esas perturbaciones influyeron en la configuración del
estallido revolucionario de 1810.
Precios del maíz y crisis agrícolas en México, 1708-1810 ha sido considerada una
investigación pionera en el ámbito de los estudios sobre la historia agraria de México,
sobresaliente no sólo por sus descubrimientos sino también por su rigor metodológico,
el cual se benefició sustancialmente de las aportaciones de la escuela francesa de
historia económica. Este libro recibió el Premio Fray Bernardino de Sahagún conferido
por el Instituto Nacional de Antropología e Historia a “la mejor obra histórica de autor
mexicano editada en 1969”.
(Primera edición: El Colegio de México, 1969. Segunda edición: Era, 1986;
subsecuentemente reimpresa.)
3
Historiador mexicano, autor de numerosos libros y artículos sobre una
diversidad de temas de la historia mexicana: el pasado prehispánico, la historiografía, la
historia económica y social, la memoria, los símbolos y los mitos, las identidades,
etcétera. Se le considera uno de los principales renovadores de la investigación
histórica, pues introdujo en México el enfoque historiográfico de la escuela francesa de
los Annales, con su interés por el estudio de los largos procesos históricos desde la
perspectiva económica y social.
Enrique Florescano nació en Coscomatepec, Veracruz, el 8 de julio de 1937.
Estudió derecho e historia en la Universidad Veracruzana. Hizo la maestría en historia
universal en El Colegio de México y el doctorado en historia en la École Pratique des
Hautes Études de la Universidad de París (Sorbona). Ha sido profesor en numerosas
instituciones de educación superior de México (como El Colegio de México y la
Universidad Nacional Autónoma de México) y el extranjero (Cambridge University, el
Getty Center for the Humanities y Yale University, entre otras).
Desde puestos directivos en organismos oficiales ha sido un infatigable
promotor de numerosos proyectos de investigación histórica. Fue jefe del Departamento
de Investigaciones Históricas (1971-1976), director de Estudios Históricos (1977-1982)
y director general del Instituto Nacional de Antropología e Historia (1982-1988). Desde
1989 funge como coordinador nacional de Proyectos Históricos del Consejo Nacional
para la Cultura y las Artes. Fundó y dirigió la revista Nexos (1978-1982). Dirige la
colección Biblioteca Mexicana del Fondo de Cultura Económica y el Consejo Nacional
para la Cultura y las Artes, y la colección Pasado y Presente de la editorial Taurus.
En 1976 recibió el Premio Nacional de Ciencias Sociales, otorgado por la
Academia de la Investigación Científica. En 1982 el gobierno francés le hizo entrega de
las Palmas Académicas y en 1985 fue nombrado Caballero de l'Ordre National du
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Mérite por el presidente de la República de Francia, François Mitterand. Es miembro
investigador emérito del Sistema Nacional de Investigadores. En 1996 obtuvo el más
alto reconocimiento que otorga el gobierno mexicano: el Premio Nacional de Ciencias y
Artes, en el área de Historia, Ciencias Sociales y Filosofía
La historia y su importancia
Como pudo apreciarse con los datos anteriores, el camino de trabajador intelectual
recorrido por Florescano ha sido largo, por lo que un estudio de su obra requiere de
mayor seriedad y tiempo, aquí sólo presento algunas notas y apuntes.
Para el autor, la historia es lo hecho por los hombres y, ya sucedido, es un proceso real
que determina en mayor o en menor medida el presente, porque lo modela desde el
pasado a través de variadas líneas, las cuales pueden reconocerse en la herencia de las
formas de interactuar entre los hombres y entre éstos y la naturaleza; Florescano dice
que los hechos históricos pasados influyen en el presente: “...prolongando fragmentos o
estructuras completas de sistemas económicos y formas de organización social y
política de otros tiempos, introduciendo en el presente las experiencias y conocimientos
que de su obra ha ido acumulando el hombre en el pasado” [Florescano, 1981:105].
Con esa relación directa de los hechos acaecidos con el acontecer presente como
premisa, pues aquellos desembocan siempre en los hechos actuales, Florescano ha
dedicado prácticamente la mayor parte de su vida a la reconstrucción del pasado, así lo
demuestra la cantidad de obras publicadas: en 1969 publicó en español su tesis doctoral
con el título Precios del maíz y crisis agrícolas en México (1708-1810); tres años más
tarde dio a conocer su texto: Estructura y problemas agrarios de México (1500-1821),
aunque en 1976 modificó el título y la estructura de la obra, que apareció como: Origen
y desarrollo de los problemas agrarios de México y fue publicada por la editorial ERA
con la intención de acercar a la población no especializada el conocimiento histórico y
así ser congruente con sus creencias sobre la función de la historia, como veremos más
adelante [Florescano, 1986: 11].
Once años después, en 1987, la editorial Joaquín Mortiz dio a conocer el trabajo
Memoria mexicana. Ensayo sobre la reconstrucción del pasado en la época
prehispánica, que por su impacto fue reeditada con correcciones y aumento por parte del
Fondo de Cultura Económica, traducida al inglés y editada por la Universidad de Texas.
En 1991 presentó al público mexicano el balance de la producción historiográfica sobre
las distintas épocas de la historia de México a través del trabajo titulado: El nuevo
pasado mexicano, texto que por cierto recibió muchas críticas de otros historiadores
nacionales porque señaló que entre 1960 y 1990 la mayoría de nuevas aportaciones
sobre el pasado mexicano provenían de los historiadores extranjeros.
En la intensa búsqueda del pasado realizada por Florescano, otras cuatro temáticas
resaltan: la primera relacionada con las concepciones históricas de la época prehispánica
a través de dos textos, Tiempo, espacio y memoria histórica entre los mayas y Memoria
indígena, publicadas en 1992 y 1999, respectivamente. La segunda aborda aspectos del
proyecto liberal de nación y la creación de símbolos nacionales que para tal efecto
hicieron los políticos e intelectuales del siglo XIX, temas que dio a conocer mediante
dos libros: el primero publicado en 1997 con el título: Etnia, Estado y nación, ensayo
5
sobre las identidades colectivas en México y La bandera mexicana, de 1998. El tercer
tema se conoció primero como una serie de ensayos publicados mensualmente en un
periódico nacional, para acercarlos a la población, en los que el autor mostró que a lo
largo de la historia de México desde los centros de poder se han elaborado cuatro
grandes cánones de explicación histórica, los cuales fueron publicados en conjunto por
la editorial Taurus en 2002 bajo el título de Historia de las Historias de la Nación
Mexicana; finalmente, Florescano ha ofrecido sus reflexiones críticas acerca de la
importancia de la historia en la época moderna, así como de la situación actual y las
perspectivas de quienes cultivan esa disciplina, con la edición de dos obras, una de 1997
titulada: La historia y el historiador y Para qué estudiar y enseñar la historia, del año
2000 [www.acadmexhistoria.org.mx ].
La esencia histórica del hombre
Como nuestro autor lo demuestra en y a través de sus investigaciones, lo acontecido ha
sido preocupación del hombre desde los orígenes del mismo, pues todos los pueblos han
elaborado ideas acerca de su propio pasado, con distintas intenciones según la época,
pero a pesar de la diversidad un interés común en todas ellas ha sido el de dotar de
identidad a los grupos sociales; es decir, crear valores compartidos a partir de la idea de
que el grupo tiene un origen común y que cada uno de los miembros del grupo tiene que
asumirse como integrante para aceptar el presente y enfrentar el porvenir. De esa
manera la historia, dice Florescano apoyándose en Updike, tiene que responder a las
preguntas, ¿quiénes somos?, ¿cuáles fueron nuestros orígenes?, ¿quiénes fueron
nuestros antepasados?, ¿cómo llegamos a este punto o a esta encrucijada de la historia?
[Florescano, 2000: 38].
Para nuestro historiador, la posibilidad de construir algunas respuestas a las preguntas
anteriores es lo que hace atractivo al relato histórico, porque al situar al hombre y el
grupo en la lejanía de sus orígenes se construye un puente que conecta el pasado
distante y la vida presente, lo que genera una sensación de continua pertenencia y
permanencia al interior del grupo y da sentido al hecho de convivir unidos [Florescano,
2000: 40].
Con la recuperación de la memoria de su propio acontecer, el hombre en sociedad se
constituye a sí mismo, pues al tiempo que integra la existencia individual en los hechos
colectivos, el grupo social se motiva con la herencia cultural de su pasado y se
autoforma con los valores que provienen de lo acontecido, nutriéndose, de esa manera,
de su propio pensamiento acerca del pasado. Al hurgar en su propio pasado el hombre
ha dado cuenta de lo efímero de la existencia individual frente a la diferente
temporalidad que adopta su propia actuación: el cambio repentino casi imperceptible
que representa el acontecimiento, los impactos ruidosos y formidables y la lentitud de
las permanencias que atraviesan varias generaciones [Florescano, 2000: 46-47]. Al
mismo tiempo que aprende lo mortal y transitorio de su propia existencia el hombre
reconoce la imposibilidad de la existencia eterna de los hechos, así que frente a la
relatividad que eso significaba, al revivirlos les confiere la inmortalidad a través de la
significación que reciben y que se encuentra implícita en la acción misma de mirar con
intención inquisitiva en el pasado. En ese sentido, con base en la propuesta de Agnes
Heller, Florescano sostiene que no existe un ente externo al hombre que se llame
historia y que enseñe algo a éste último, sino que es el mismo hombre quien
aprendiendo se enseña a sí mismo [Florescano, 2000: 59].
6
Sin embargo, para Florescano, en la larga marcha de la humanidad los hombres
también han imaginado e inventado representaciones del pasado que distorsionan el
acontecer real y verdadero para aglutinar a los distintos grupos en torno a un proyecto;
por ejemplo, en el siglo XIX mexicano la manipulación del pasado fue importante para
la construcción del Estado-Nación pues se impuso la idea de una colectividad integrada
por iguales, en la que la imagen del pasado estaba constituida por épocas históricas cada
una de las cuales era una sucesión evolutiva de la anterior, en lugar de la nación
dividida en criollos, mestizos, indios y castas [Florescano, 2000: 77].
Las formas de hacer historia
Es claro entonces que el modo como los hombres han mirado hacia atrás para construir
una memoria ha variado a través del tiempo, en el caso de nuestro país, señala
Florescano:
Desde los tiempos más antiguos, los pueblos que habitaron el territorio que hoy
llamamos México acudieron al recuerdo del pasado para combatir el paso destructivo
del tiempo sobre las fundaciones humanas; para tejer solidaridades asentadas en
orígenes comunes; para legitimar la posesión de un territorio; para afirmar identidades
arraigadas en tradiciones remotas; para sancionar el poder establecido; para respaldar
con el prestigio del pasado vindicaciones del presente; para fundamentar en un pasado
compartido la aspiración de construir una nación; o para darle sustento a proyectos
disparados hacia la incertidumbre del futuro [Florescano, 1997: 65].
El hecho de construir un relato en torno a la unidad de la tribu, la ciudad, la dinastía, el
reino o la nación; muestra que quien elaboraba el relato o la interpretación del pasado
recibía instrucciones externas para darle el enfoque necesario. Sin embargo, la reflexión
científica acerca de la realidad histórica comenzó con la desacralización y
racionalización del acontecer humano que hicieron los ilustrados del siglo XVIII, lo que
dio paso una nueva concepción del pasado:
Despojado de elementos supraterrenales o metahistóricos, el acontecer humano cobró el
sentido de un acontecer real y legible, el tiempo se transformó en un producto de la
historia -de los hechos humanos- en un devenir susceptible de ser conocido, verificado y
explicado en función de razones humanas y por medio de técnicas y conocimientos
adecuados a ese propósito [Pereyra: 1981: 107].
En relación con la práctica de este enfoque moderno Florescano rescata tres
aportaciones teóricas; la de los positivistas que se propusieron reconstruir el acontecer
como realmente había sucedido y establecieron al documento sometido a la crítica como
la base fundamental para lograrlo; el marxismo que realizó una renovación del método
histórico porque aplicó la teoría económica como instrumento para generar, desde los
datos concretos, un conocimiento profundo y coherente de la totalidad histórica
[Pereyra, 1981: 107]. Por último, el llamado de los historiadores franceses para
recuperar la historia total desde la mirada de las distintas ciencias sociales, con lo que se
completó el cuadro para consensar que la investigación histórica consiste en producir
conocimientos del pasado de los hombres a través de la explicación razonada, crítica,
inteligente y comprensiva [Florescano, 1997: 84-86].
7
La Institucionalización y la deformación de la historia
Para el autor que nos ocupa, un paso fundamental en la consolidación de la forma,
contenido e intención actual de la recuperación del acontecer humano fue la fundación
de instituciones exprofeso y la correlativa formación de profesionales en ese oficio. Con
la institucionalización, el historiador se aisló de las fuerzas políticas y sociales pues el
espacio institucional, léase universidad o centro de investigación, logró cierta autonomía
y estableció criterios para estructurar el relato histórico como tesis, monografía y
estudio histórico como normas para los integrantes del ámbito académico.
De manera más específica, Florescano dice que la institucionalización y
profesionalización de la historia, del historiador, además del: “conjunto de los
trabajadores intelectuales de las ciencias sociales” [Florescano, 1997: 40], ha provocado
cinco deformaciones en esa constante que la recuperación del pasado había tenido como
norte en las formas anteriores. Estas deformaciones son:
--La creación de institutos y escuelas, así como la formación en su seno de claustros de
historiadores a los que se ingresa sólo con título, produjo que aquellas se separaran de
los intereses del conjunto social y que viniera la sobrevaloración de los exclusivos del
gremio, situación que regularmente se oculta con el discurso de que son instituciones:
“… imparciales, consagrados a la búsqueda de la verdad y al análisis objetivo de los
acontecimientos” [Florescano, 1997: 45], cuando es evidente que los productos circulan
para beneficio del mismo sector.
--Como consecuencia se difunde al público una imagen de institución cultural científica
y humanista, pero no se dicen los acuerdos que se establecen con los centros de poder
que proporcionan los recursos ni bajo cuáles criterios se establecen prioridades y
aquellos se asignan. De la misma manera el historiador despolitiza su quehacer al
presentar su trabajo como fruto exclusivo del rigor científico y metodológico y deja
fuera las determinaciones de otro tipo que lo agobian socialmente. De esa manera el
fruto, es decir, el relato histórico es un proceso individual y no social [Florescano, 1997:
47].
--Las instituciones de formación y de investigación histórica han acentuado su
vinculación con el poder político y por ello mantienen una estructura autoritaria y
centralizada que no representa los intereses de sus miembros, más bien estos establecen
una relación de subordinación e inferioridad política frente a la burocracia. Esta relación
perversa, dice Florescano:
… permitió que la autoridad burocrática critique a quienes, además de cumplir sus
tareas académicas, muestran interés por conectarlas con el entorno social inmediato, o
con el más amplio de la vida nacional. Para sancionar esas conductas se construyó la
imagen de una trabajador intelectual disciplinado, absorto en las tareas académicas y
ciego ante lo que acontece a su alrededor, contraponiéndola a la del agitador que se
atreve a mirar más allá de las fronteras del cubículo y desafía la relación autoritaria con
sus superiores [Florescano, 1997: 50].
--Como consecuencia, el espacio de relación que la institución le niega al historiador lo
construye éste último al relacionarse con sus iguales a través del grado de
especialización temática o temporal en la que se ubique, hoy esa relación se ha
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oficializado con el término de cuerpos académicos. El saber especializado permite la
agrupación en gremios, los cuales estructuran los planes de estudio según sus intereses;
presentan como programa de investigación un archipiélago de aventuras individuales;
definen con la práctica gradual y cotidiana qué investigar, cómo investigar y la forma de
presentar los resultados, y reducen su gestión a peticiones profesionales y gremiales,
actividades con las cuales completan el esquema despolitizador que aleja a las
instituciones y sus miembros de las necesidades sociales [Florescano, 1997: 56].
--A diferencia del historiador que se motivaba para la revisión del pasado a partir de su
vinculación con los proyectos y problemas sociales, el intelectual formado por las
instituciones profesionales es un: “observador libresco del cambio histórico” sujeto a las
determinaciones temáticas y metodológicas de la institución y sus gremios y aunque de
1940 en adelante se han multiplicado las investigaciones históricas, estas
investigaciones especializadas en su mayoría sólo son conocidas por los integrantes del
gremio y algunas veces por los aspirantes al mismo.
Bibliografía
Directa
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Indirecta
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Academia Mexicana de la Historia, Currículum completo,
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El campo, campo de batalla/Agenda
ciudadana
Por: Lorenzo Meyer
El Tema.- México, ha señalado el historiador Enrique Florescano,
es “un país que por siglos ha sido señoreado por los problemas
de la Tierra” (Precios del maíz y crisis agrícolas en México, 1708-
1810, Ed. revisada, Era, 1986, p.9). Sin embargo, a partir de que
nuestro país se convirtió en una sociedad teóricamente urbana -
alrededor de 1960—, y de que supuestamente también superó
el problema de la tenencia de la tierra mediante su justo
reparto, su corazón económico latió ya al ritmo de los servicios y
de la industria.
Se dio por hecho que la importancia social, política y cultural del
México rural era tan baja como la participación que la
agricultura tiene hoy en la composición del Producto Interno
Bruto (PIB): 4.4%. Sin embargo, la humanidad de lo que queda
de ese México rural -agrícola, ganadero, silvícola y pesquero— y
gran perdedor en los procesos de modernización, equivale a
más de una quinta parte de la población trabajadora y a una
cuarta parte de la población total del país. Por todo ello puede
llegar a tener un peso político, social y cultural mayor al que
sugiere su contribución al PIB, y hoy pareciera estar en la
disposición de hacerlo valer. De lograrlo, daría una batalla
política inédita.
Fue “apenas ayer” que el grueso de los pobladores de nuestro
país empezó a vivir alejado física y culturalmente de la vida
rural, y en consecuencia los temas y problemas rurales casi
10
desaparecieron del horizonte del México mayoritario. Pero el
campo, como las comunidades indígenas, aunque marginado y
moribundo, no ha desaparecido; para empezar, tiene el peso
que le da su demografía.
Todo indica que, justamente para que no lo olvidemos, y
aprovechando que ya se aflojaron las ataduras políticas con que
el antiguo régimen lo mantuvo quieto por más de medio siglo, el
campo ha decidido venir a la ciudad pero no en forma de
migrantes expulsados y derrotados, sino como fuerza política
organizada, como reclamo social y moral, para que el México
oficial lo mismo que el urbano y mayoritario, se vean forzados a
confrontar esa parte de nuestra realidad que desde hace mucho
colocó al campesino al final de la agenda de los problemas
nacionales.
El Origen.- La civilización mexicana está profundamente anclada
en el mundo rural. Por milenios, lo que hoy es México fue una
sociedad donde sus urbes -prehispánicas, coloniales y
poscoloniales- latieron al ritmo que les imprimió la vida rural y
sus muchos problemas. De esa vida agrícola provienen las
primeras visiones del mundo o cosmogonías mesoamericanas.
En el árbol cósmico de los olmecas, está esculpido el soberano
pero, por encima de él, se encuentra una planta de maíz.
El maíz es el principio, la base, de las grandes civilizaciones
prehispánicas que se desarrollaron en nuestro territorio. Al maíz
lo “inventó” el hombre americano -por si sola, sin la selección
hecha por el campesinado original, esa gramínea no hubiera
evolucionado, y ya desarrollada, sólo puede sobrevivir con su
cuidado- pero el maíz “hizo” a la civilización mesoamericana.
Fue ese grano el que proveyó la energía para crear sociedades
complejas y permitió sostener tanto a sus cultivadores directos
como a guerreros, sacerdotes, administradores, comerciantes,
artistas y constructores de grandes complejos religiosos.
Durante la época colonial, el trigo europeo convivió pero no
11
sustituyó al maíz, que se mantuvo como sustento de la
alimentación popular y del trabajo animal que se necesitó para
hacer funcionar a una agricultura más compleja, a las minas, el
transporte, los trapiches, etcétera.
Y todavía hoy, el cultivo principal de los productores rurales
mexicanos es el maíz. De la producción, abasto y precios del la
gramínea esencial, dependió en buena medida la paz social del
período colonial mexicano. Además de hambrunas, epidemias y
crimen, las crisis agrícolas a veces desembocaron en choques
violentos entre los hambrientos y sin trabajo -a quienes se
calificaba de limosneros, vagos, léperos, mal vivientes o mal
entretenidos— por un lado y los hacendados, comerciantes,
acaparadores y las autoridades, por el otro.
De ahí que en el siglo XVIII, y mucho antes que Keynes
propusiera al gasto público como instrumento de la política
anticíclica, los virreyes de la Nueva España usaron a la obra
pública para crear empleos y absorber a los expulsados de
zonas rurales. Los fondos para esos trabajos provinieron tanto
del erario como de préstamos y donaciones de las clases
acomodadas.
La decisión de crear empleo para los campesinos no tenía base
en ninguna teoría económica sino en el simple sentido común: si
el gobierno colonial no hacía nada, los que nada tenían podían
hacer algo: afectar la paz y el orden mendigando, robando,
asaltando e incluso amotinándose, (Florescano, op. cit., pp. 81-
85). Así pues, nada de “dejar hacer” al mercado agrícola y
“dejar pasar”, como sucede en la actualidad, sino actuar con
sentido político y de urgencia.
El agro colonial a veces se tornó un campo de guerra, pero
nunca experimentó una movilización general. Cuando
finalmente en 1810 la Nueva España fue teatro de una gran
rebelión, ésta no fue producto directo del malestar agrario sino
de una ruptura en la élite. Sin embargo, una vez perdido el
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orden, fue el mundo rural el que nutrió las filas insurgentes... y
las de los bandidos.
El México Independiente.- Los grandes latifundios mexicanos se
empezaron a formar en la época colonial (véase a Antonio Díaz
Soto y Gama, Historia del agrarismo en México, Era, 2002;
Francois Chevalier, La formación de los latifundios en México,
FCE, 1976). Sin embargo, la Corona española se esforzó en
proteger las tierras de las comunidades indígenas, pues de su
integridad dependía la viabilidad de la colonia.
Pero los intereses de individuales de los propietarios europeos o
criollos fueron imponiéndose, y por compra o despojo, se
quedaron con tierras de las comunidades para formar esos
primeros latifundios. Sin embargo, fue en el México
independiente cuando la lucha por la propiedad de las aguas y
las tierras estalló en un conflicto abierto, con frecuencia
violento.
En la primera mitad del siglo XIX el Estado nacional sólo existió
como idea o proyecto, y en medio del desorden y anarquía
imperantes, algunas comunidades pudieron defender bien sus
tierras, aunque con frecuencia los “pueblos cabecera”
despojaron a los pueblos que tenían sujetos. Pero a partir del
triunfo de los liberales sobre los conservadores -la llamada
“República Restaurada”— y usando las leyes de
desamortización y de baldíos, se llevó a cabo un proceso de
apropiación en gran escala de las tierras de la Iglesia y de las
comunales a favor de los rancheros y, sobre todo, de los
hacendados y compañías deslindadoras.
El siglo XIX fue el siglo de las rebeliones campesinas, (véase a
Soto y Gama, op.cit. y a Leticia Reina, Las rebeliones
campesinas en México, Siglo XXI, 1984). Finalmente, la
Revolución Mexicana no se puede entender sin el elemento de
reclamo popular por el ataque de la modernización económica
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liberal al elemento central de una forma de vida mayoritaria: a
la propiedad colectiva sobre aguas y tierras.
El caso más claro fue el del zapatismo, pero todo el proceso
revolucionario tuvo un fuerte contenido de lucha agraria y el
resultado fue el artículo 27 de la nueva constitución de 1917:
restitución de las tierras tomadas a las comunidades y entrega
de otras a los campesinos por el sólo hecho de serlo. El derecho
de propiedad sobre la tierra quedó subordinado a su utilidad
social, y fue por ello que el latifundio fue declarado ilegítimo.
Desde la proclamación del Plan de Ayala el 28 de noviembre de
1911 hasta el sexenio cardenista (1934-1940), el mundo rural
mexicano fue un auténtico campo de batalla entre agraristas y
propietarios. Ahí se jugó el destino político, social y económico
del México del siglo XX.
De la Posrevolución al Neoliberalismo.- La reforma agraria fue el
precio que Revolución hizo pagar a los latifundistas derrotados
para encuadrar a los campesinos al gran partido de Estado en
1938, al PRM, que más tarde se transformaría en PRI. Durante el
sexenio de Lázaro Cárdenas se repartieron a los campesinos 20
millones de has. de buena calidad y todavía durante el sexenio
de Gustavo Díaz Ordaz se repartieron otros 23 millones más,
aunque de calidad muy diferente. Continuará...
En cualquier caso, para cuando el neoliberalismo llegó y puso
punto final a la reforma agraria, se suponía que ya se había
dotado a 3.6 millones de campesinos con más de 100 millones
de has., pero la fuerza de trabajo en el México rural es hoy de
más de nueve millones. De todas formas, hace tiempo que el
problema central del campo ya no es tanto la propiedad de la
tierra sino la carencia de todo lo demás: precios, créditos,
infraestructura y tecnología apropiada para un país con poca
agua y pocas tierras planas y fértiles, pues sólo 23 millones de
has. —el 11.7% de la superficie del país— son aptas para la
agricultura. En un 70% los cultivos principales de México, maíz y
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frijol, se desarrollan en terrenos sin riego. Y a lo anterior se
agrega hoy la competencia con una agricultura externa que
tiene mejores tierras, créditos, tecnología...y subsidios, muchos
subsidios. La Situación Hoy, Hoy, Hoy.- A lo largo de todo el
período conocido como del “Desarrollo Estabilizador”, el agro,
políticamente controlado por la CNC, no se benefició mucho del
entonces llamado “milagro Mexicano”. Tras el desastre
económico de 1982, el inicio del proyecto de apertura
neoliberal, una situación que ya no era buena se tornó en
francamente mala. Se puso fin al reparto agrario, el Estado
redujo su apoyo al México rural y abrió el campo a la
competencia con la agricultura más fuerte y subsidiada del
mundo: la norteamericana. Si el conjunto de la economía está
casi estancada, la rural va en picada: el PIB de ese sector en el
2001 resultó 14.3% inferior al de 1982. Al momento de
estallarnos en pleno rostro el antiguo modelo económico -1982-
las importaciones de alimentos ascendían a 1,790 millones de
dólares anuales, pero al concluir el primer año del nuevo siglo -
el 2001- fueron de 11, 770 millones. Mientras las importaciones
ascienden los precios reales que reciben los productores
nacionales descienden. Según José Luis Calva, entre 1982 y
2001, la rentabilidad de la actividad de los productores de maíz
cayó en 62.1% y 45.6 % los de frijol. La inversión pública en
fomento rural disminuyó en 95.5% en ese período y, como ya se
apuntó, el crédito privado al sector, también cayó; de ahí que
hoy el 69.3% de la población rural mexicana sea pobre y el
42.4%, miserable (El Universal, 17 de febrero). Respuesta.- En el
período del “Desarrollo Estabilizador” el sector industrial y el de
servicios fueron los ganadores. En el actual, el de la apertura y
la globalización, tiene como ganadores a muy pocos, pero como
perdedores mayores, al grueso de los campesinos. Y hoy la
demanda es renegociar el TLCAN para no tener que competir
con unas agriculturas tan poderosas como la norteamericana y
la canadiense. Es verdad que la apertura plena para el maíz y el
frijol aún no llega -la fecha fatal es el 2008- pero también lo es
que una buena parte del maíz importado ya entra sin aranceles.
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Para el consumidor mexicano es positivo recibir grano
norteamericano barato, pero para el productor nacional es una
condena a muerte.
La teoría económica neo liberal aconseja que en estos casos el
campesino deje ya su actividad tradicional y se mueva a otro
sector productivo. Después de todo los que se emplean en la
poderosa agricultura norteamericana son apenas el 2.4% de la
fuerza laboral y no sólo alimentan a un país de más de 275
millones de habitantes, sino que exportan enormidades, como
bien lo sabemos nosotros. Sin embargo, una cosa es la teoría y
otra la realidad. De acuerdo a la teoría, Estados Unidos no
debería subsidiar a cada agricultor con un subsidio promedio de
20 mil dólares anuales, pero lo hace, como también lo hace
Europa y no se diga Japón. La teoría también supone que el
campesino que es forzado a dejar su forma tradicional de vida
va a encontrar trabajo mejor remunerado en otra parte, ¿pero
como encontrarlo en una economía que desde hace veinte años
perdió dinamismo?
Por razones sociales, económicas y culturales, México debe
preservar su campo como un área viva, digna y con sentido de
futuro. Si abandonamos el campo, abandonamos una parte
fundamental de nuestra historia, de nuestra identidad. Es una
obligación moral y una acción con sentido práctico -recuérdese
la política virreinal-, transferir recursos del sector urbano al rural
de manera inteligente y eficaz.
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