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Branded - Saffron A. Kent

El documento es una traducción gratuita de un libro cuyo propósito es difundir el trabajo de las autoras entre lectores de habla hispana. La historia se centra en un oscuro romance western entre una estudiante universitaria y un preso, explorando temas de identidad falsa y peligro. Además, se advierte sobre el contenido perturbador que incluye violencia y relaciones tóxicas.

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El documento es una traducción gratuita de un libro cuyo propósito es difundir el trabajo de las autoras entre lectores de habla hispana. La historia se centra en un oscuro romance western entre una estudiante universitaria y un preso, explorando temas de identidad falsa y peligro. Además, se advierte sobre el contenido perturbador que incluye violencia y relaciones tóxicas.

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2

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Traducción
4 Mona

Corrección
Nanis

Diseño
Bruja_luna_
IMPORTANTE_________________ 3 CAPÍTULO DIECISIETE ________ 146
CRÉDITOS____________________ 4 CAPÍTULO DIECIOCHO ________ 158
SINOPSIS ____________________ 6 CAPÍTULO DIECINUEVE _______ 174

5 ADVERTENCIA SOBRE EL
CONTENIDO __________________ 8
PARTE II ___________________ 175
CAPÍTULO VEINTE ___________ 176
PRÓLOGO ___________________ 9 CAPÍTULO VEINTIUNO ________ 188
PARTE I ____________________ 16 CAPÍTULO VEINTIDOS ________ 199
CAPÍTULO UNO ______________ 17 CAPÍTULO VEINTITRÉS ________ 213
CAPÍTULO DOS ______________ 22 CAPÍTULO VEINTICUATRO _____ 229
CAPÍTULO TRES ______________ 32 CAPÍTULO VEINTICINCO ______ 240
CAPÍTULO CUATRO ___________ 40 CAPÍTULO VEINTISEIS ________ 251
CAPÍTULO CINCO _____________ 42
CAPÍTULO VEINTISIETE _______ 269
CAPÍTULO SEIS _______________ 52 CAPÍTULO VEINTIOCHO _______ 278
CAPÍTULO SIETE ______________ 55 CAPÍTULO VEINTINUEVE ______ 291
CAPÍTULO OCHO _____________ 66 CAPÍTULO TREINTA __________ 309
CAPÍTULO NUEVE ____________ 74 CAPÍTULO TREINTA Y UNO ____ 322
CAPÍTULO DIEZ ______________ 76 CAPÍTULO TREINTA Y DOS _____ 336
CAPÍTULO ONCE _____________ 89 CAPÍTULO TREINTA Y TRES ____ 340
CAPÍTULO DOCE ____________ 101 CAPÍTULO TREINTA Y CUATRO _ 354
CAPÍTULO TRECE ____________ 105 CAPÍTULO TREINTA Y CINCO ___ 367
CAPÍTULO CATORCE _________ 121 EPÍLOGO __________________ 379
CAPÍTULO QUINCE___________ 136 ACERCA DE LA AUTORA_______ 387
CAPÍTULO DIECISÉIS _________ 142
Pen Pal se encuentra con Yellowstone en este oscuro romance western
protagonizado por una estudiante universitaria que utiliza una identidad falsa para
intercambiar cartas picantes con un preso, solo para ser perseguida cuando el vaquero
condenado es puesto en libertad.
6
Todo comenzó con unas cartas. Cada palabra que él escribía se grababa en mi
mente, en mi alma. No tuve más remedio que enamorarme de él.
¿Era realmente tan malo que las cartas formaran parte de un programa de amigos
por correspondencia, enviadas desde una prisión?
¿O que en realidad no estuvieran dirigidas a mí?
No es como si él fuera a descubrir la verdad.
No es como si alguna vez pudiera mirar esos ojos tan azules como el cielo sobre
el rancho que dejó atrás.
O como si alguna vez pudiera sentir sus manos ásperas por el trabajo dominando
mi cuerpo como lo hace en mis sueños febriles.
Hasta que una tarde me encuentro frente a él, fingiendo ser alguien que no soy.
Pero la broma me sale cara, porque a pesar de todas mis pretensiones, su engaño
es mucho más cruel.
El hombre endurecido, peligroso e increíblemente guapo no se parece en nada al
hombre de las cartas.
Y ya es demasiado tarde para huir.
Para todos los que anhelan la aventura y sueñan con enamorarse
perdidamente de un vaquero rudo (y mandón). A mi esposo, que me
enamoró perdidamente la primera vez que nos vimos; y a mi Adora, mi
sueño hecho realidad.

7
8 El contenido de este libro de romance oscuro puede resultar perturbador para
algunos lectores. Contiene contenido sexual explícito y un héroe moralmente ambiguo.
Aquí hay una lista completa de advertencias sobre contenido perturbador:

Identidades falsas
Acoso/obsesión
Venganza/castigo
Secuestro
Drogas
Chantaje/coacción
Matrimonio forzado
Violencia
Ataduras
Juegos con cuchillos
Juegos con armas de fuego
Consentimiento dudoso
No consentimiento
Abuso doméstico fuera de la página ambientado en el pasado
Asesinato fuera de la página ambientado en el pasado
Duelo de los padres
EN SU CARTA, me pidió que vistiera algo blanco.
Parecía una petición bastante inocente, algo que lo ayudara a reconocerme
cuando me viera por primera vez. Pero ahora que estoy aquí, de pie en la puerta de la
cafetería, me siento como...
9 Un cordero llevado al matadero.
Lo sé. Sé que estoy pintando un cuadro bastante dramático. Y no soy alguien que
se rinda ante el drama en absoluto. De hecho, trato de alejarme de él tanto como puedo.
Pero esto tiene que ser lo más dramático que he hecho nunca.
Me refiero a ir a conocer a un hombre con el que solo he hablado por carta.
En realidad, no. Eso no es lo que voy a hacer. No voy a conocer a un hombre con
el que he estado hablando por carta durante los últimos seis meses.
Voy a conocer a un hombre que hasta el viernes pasado llamaba a la prisión estatal
de Montana su hogar.
Así que, básicamente, he venido a esta cafetería, con un vestido blanco con un
delicado encaje superpuesto y una falda con vuelo, para conocer a un delincuente
convicto con el que solo he hablado a través del sistema de correspondencia de la prisión.
Bueno, exdelincuente, ya que salió en libertad condicional la semana pasada.
En cualquier caso, soy una estúpida, ¿no? Esto es una estupidez. Más que eso, es
peligroso.
¿Y qué si es pleno día y la cafetería, por lo que puedo ver a través de la puerta de
cristal, parece bastante concurrida? Él fue quien eligió este lugar y me dijo que nos
reuniéramos aquí. Quizás haya una razón para ello. Quizás tenga a un amigo vigilando,
listo para abalanzarse sobre mí cuando vaya al baño. Quizás haya un pasillo secreto en
este establecimiento al que pueda arrastrarme cuando salga del baño.
Excepto que... no me parece peligroso. Solo aterrador.
Así que, a pesar de mí misma, empujo la puerta y entro.
Durante los primeros segundos, mi visión parece borrosa. Solo distingo colores y
formas difusas, pero poco a poco todo se vuelve más claro. Veo asientos de cuero rojo y
paredes de madera. Veo gente, montones de gente. Casi todas las mesas están ocupadas
y hay una larga fila de clientes en la barra, pidiendo y esperando su café.
Testigos. Debería ser un alivio.
Pero ¿cómo diablos voy a encontrarlo en un mar agitado de hombros anchos y
cuerpos altos, la mayoría de ellos con sombreros Stetson? Tal vez si fuera más alta que
mi metro cincuenta y siete o llevara tacones en lugar de estos estúpidos zapatos de
colegiala, sería...
Oh, pero espera un momento.
No tengo que preocuparme por encontrarlo porque creo que él me ha encontrado
a mí.
Mira, ahí hay un hombre.

10 En medio de todo el caos.


Quieto e inmóvil.
Lleva una gorra de camionero, negra con una intrincada R en blanco. Aunque está
sentado y no hay forma de que yo lo sepa, puedo decir que es el hombre más alto de
aquí. O sin duda el más corpulento, dado que sus hombros abarcan y bloquean la parte
superior de su silla de respaldo alto y casi todo el helecho en maceta que hay detrás de
él.
Y pienso, pienso que es él.
Aunque parece... diferente. No se parece en nada a lo que imaginaba.
Nunca pensé que sería tan grande, que reventaría su camiseta negra. O que su
piel estaría tan bronceada que se diría que ha estado viviendo al aire libre, en lugar de
dentro de un bloque de hormigón con ventanas enrejadas. Definitivamente, nunca pensé
que su rostro se vería tan... despiadado.
La parte superior de su rostro está oculta por la gorra, pero lo que puedo ver me
hace pensar que, al igual que su cuerpo, su rostro también es un estudio de superlativos.
Como esa mandíbula con barba incipiente, que posiblemente sea la mandíbula más
angulosa que he visto nunca. Y sus labios, de color rosa oscuro, pueden ser los labios
más carnosos que he visto nunca.
Es ridículo llamarlo hermoso, dado lo agresivamente masculino que es todo en él,
pero eso es lo que es. Hermoso. De una forma ruda. Como la cordillera que se ve desde
cualquier lugar de Montana.
Antes de que pueda cuestionar mis pensamientos, estoy caminando hacia él.
Aunque mis pasos se ahogan entre el bullicio de la multitud, puedo oír claramente
los latidos de mi corazón. Hay una estampida en mi pecho, un corazón salvaje, latidos
aún más salvajes y, curiosamente, creo que él puede sentirlo desde lejos.
Estoy segura de que me está viendo acercarme.
Una vez más, no sé cómo lo sé, porque sus ojos están ocultos por la gorra que
lleva puesta, pero lo sé. Puedo sentir su mirada, intensa y cargada, a través del espacio.
La intensidad solo aumenta cuanto más me acerco a él.
Hasta que se siente como una mano callosa deslizándose sobre mi piel. Tan pronto
como llego a él, levanta la vista y esa mano se aprieta.
No, ese agarre fantasma alrededor de mi cuello se vuelve caliente.
Marcándome.
Muy parecida a su mirada negra como el azabache.
Por alguna razón, en mi cabeza le di ojos azules. Probablemente por el rancho en
el que dijo que creció, y cuando pienso en un rancho, pienso en cielos azules y vastas
tierras.

11 Así que no, no se parece en nada al hombre de mis sueños.


Y, sin embargo, de alguna manera, también me resulta muy familiar. No sé cómo
explicarlo, pero lo siento así. Dios, estoy perdiendo la cabeza, ¿verdad? Sacudiendo
ligeramente la cabeza, comienzo:
—Tú eres… —Me agarro al respaldo de la silla junto a la que estoy y me estabilizo
para poder continuar—. ¿Eres... Bo? ¿Bo P-Porter?
Algo se refleja en su rostro.
O eso creo.
Es tan fugaz que no puedo estar segura. Pero creo que fue en respuesta a mi
pregunta, a mi voz. Me hace sentir estúpida, y aliviada, porque ¿y si no es el hombre con
el que se supone que debo reunirme? Probablemente debería haber pensado en eso
antes de acercarme.
Quizá por eso tengo el estómago revuelto y oigo campanas de alarma en mi
cabeza.
—Yo, eh, lo siento. —Me aclaro la garganta—. Se supone que tengo que reunirme
aquí con un tal Bo Porter, y eh... —Hundo las uñas aún más en la silla mientras sus ojos
color carbón se vuelven aún más intensos—. Pero tal vez usted no sea...
—Peyton.
Creo que me rompo una uña en ese momento.
Por su voz.
Si mi voz le provocó una reacción -y no digo que fuera así-, la suya me hace
temblar las rodillas. Es grave y áspera. Como si, además de encerrarlo, alguien también
hubiera encerrado su voz. Y esta es la primera vez que habla en los ocho años que lleva
recluido.
Intento no darle demasiadas vueltas a eso. Ni al hecho de que, una vez más, su
voz no se parece en nada a lo que había imaginado. Pensaba que sería grave, pero no
tan grave, y que sería áspera, pero no tan áspera. Lo más importante es que, después de
todo, es el hombre adecuado.
Es mi Bo.
Bueno, no es mi Bo, pero aun así.
La confirmación no me tranquiliza tanto como esperaba. No solo por los
sentimientos contradictorios que tengo hacia él, sino también porque ha dicho Peyton.
Le dirijo un asentimiento brusco.
—S-sí. Sí. Peyton. Yo soy... Peyton.
Le dedico una sonrisa temblorosa para que parezca convincente antes de apartar
rápidamente la mirada y sentarme a la mesa. Pero entonces mi mirada se posa en algo y
12 mi corazón, que ya latía con fuerza en mi pecho, se acelera aún más. Hay una tetera y
una taza delante de mí, presumiblemente para la persona a la que estaba esperando: yo.
Junto con un muffin.
Más que el té, ese muffin es lo que me llama la atención.
Hace que mi corazón palpitante se estreche y mi voz se vuelva temblorosa.
—¿Eso es...? Eso es té. —No espero a que él responda antes de decir—: Y eso
es... eso es un muffin de fresa. Lo es, ¿verdad? —Tragué saliva con dificultad, sin dejar
de mirarlo—. Es muy difícil de encontrar. Es... te lo dije.
Finalmente, levanto la vista.
Solo para descubrir que se ha quedado rígido. Lo cual, si soy sincera, no es tan
diferente de cómo ha estado todo este tiempo, con la espalda recta, los hombros hacia
atrás y los ojos alerta. Pero ahora noto que el músculo de su mejilla late como un corazón.
Casi como mi corazón.
Sin embargo, no estoy segura de lo que significa.
No estoy segura de lo que significa todo esto, que él me pida té porque le dije que
me gusta más que el café y que, si encuentro un muffin de fresa en una cafetería, es lo
único que comeré, porque suelen tener de manzana, pero muy rara vez de fresa.
Excepto que mi corazón late con fuerza y siento una loca aceleración en mis venas.
—En mis cartas. Te dije lo que me gusta pedir y... y tú… —Aprieto los puños en mi
regazo—. ¿Cómo sabías que iba a aparecer?
Porque nunca dije que sí.
Hace tres semanas, me envió una carta diciendo que iba a salir y que le gustaría
verme aquí. Pero nunca le respondí. No sabía qué decir cuando vernos nunca había
estado en los planes. Quiero decir, es el hombre que conocí a través del sistema de
amigos por correspondencia de la prisión.
La cárcel.
Nuestras vidas estaban separadas por barras de metal y, hasta esta mañana, tenía
la intención de que nunca se fusionaran. De olvidarme de él y ser inteligente. Como
siempre lo soy en todo.
Pero aquí estoy.
—No lo sabía —responde, con la mirada tan firme y analítica como siempre.
Joder, su voz.
Es un suero de la verdad. Tiene que serlo. Porque las palabras salen de mi boca
sin mi voluntad.

13 —Lo siento. Por no responderte. Es solo que... me asusté.


—No lo suficiente.
—¿Qué?
—Para mantenerte alejada.
Una vez más, no consigo interpretar su tono.
No puedo interpretarlo, y punto. Pero tal vez no deba hacerlo. Todavía no.
Aunque nos conocemos por escrito, esta es nuestra primera reunión. Así que tal
vez se supone que debe ser así. Tal vez se supone que debe ser distante y sombrío, con
un aspecto equivocado, no, simplemente diferente de lo que había imaginado, y hacerme
temblar y estremecer.
Quizá sus ojos oscuros y no azules deberían parecerme un hierro candente.
—Quería verte —digo—. No podía...
Su voz se vuelve aún más grave, si es que eso es posible.
—¿No pudiste qué?
Mi estómago tiembla en respuesta.
—Detenerme.
Y, a su vez, el músculo de su mejilla se contrae.
Aclaro la garganta y continúo:
—Odiaba la idea de que estuvieras aquí sentado, esperando a que apareciera, y
yo... no podía soportarlo. No después de todo lo que hemos compartido y…
—Levántate.
—¿Qué?
—Levántate —repite con un gruñido profundo—. Y vete.
Me echo hacia atrás.
—Lo siento. ¿He...?
Se inclina un poco hacia adelante, con los ojos ardientes.
Todo sucedió en un instante, el carbón se incendió. Como si hubiera un fuego
dentro de él y estuviera ardiendo.
Dios, qué intimidante se ve así.
Eso es lo que pasa, ¿no?
Por eso parece tan extraño y diferente y todo eso.
Es el hecho de que parece amenazante, sentado aquí, con su cuerpo grande y
musculoso y su rostro brutalmente hermoso. Todo este tiempo que hablé con él por carta,
14 nunca me pareció peligroso. Aunque sabía que el hombre con el que mantenía
correspondencia era un delincuente convicto, nunca sentí miedo.
Ahora sí.
—Levántate y vete.
Me estremezco.
—Pero no lo entiendo.
—No es necesario.
Mis manos comienzan a temblar.
—Yo…
—Esto ha sido un error.
Esta vez, me quedo quieta.
—¿Un error?
Sus fosas nasales se dilatan, su rostro se vuelve cruel.
—Sí. Así que lo que tienes que hacer es escucharme y marcharte. —Vuelve a
gruñir cuando no me muevo—. Ahora.
—¿Es que...? —Aprieto los puños en mi regazo mientras mis mejillas arden y arden
y arden. Pero no lo suficiente como para impedirme preguntar—: ¿Te imaginabas a
alguien diferente? ¿A alguien diferente a mí?
Porque si yo lo había estado imaginando en mi cabeza todo este tiempo,
probablemente él también me había estado imaginando a mí. Aunque yo lo encontraba
diferente de lo que había imaginado, probablemente él también me encontraba diferente
a mí.
Y diferente, en lo que a mí respecta, es la palabra clave para deficiente.
Los chicos no suelen encontrarme muy atractiva a mí ni a mi cuerpo. Un cuerpo
hecho de carne pálida y curvas temblorosas. Un cuerpo menos que perfecto.
Así que tal vez debería hacerle caso y marcharme.
Pero, una vez más, en lugar de hacer lo más inteligente, me quedo sentada y dejo
que me examine. Ante mi pregunta, su ardiente mirada se desplaza hacia mi pelo rubio,
que llevo recogido en una trenza que me llega hasta la cintura. Algunos mechones sueltos
acarician la base de mi garganta, donde puedo sentir mi pulso acelerado bajo su mirada.
Él observa mi pecho tembloroso, el amplio cuello cuadrado del vestido que me pidió que
me pusiera y que deja al descubierto más de lo que me gustaría.
Se queda allí un rato antes de volver a mirar mi rostro.
Pero cuando termina de observarme, me parece que ha sido demasiado rápido.
Como si me estuviera mirando solo para descartarme, más que para estudiarme.
15 —Sí.
Así que ahí está. Su única respuesta, dura y seca.
Al igual que yo, él se había imaginado a alguien diferente.
Excepto que aun así me aceleraba el corazón con una mezcla de éxtasis y
aprensión. Mientras que yo probablemente le repelía.
Así que, por fin, después de seis meses y a los dos minutos de conocer al hombre
con el que sueño todas las noches, me obligo a ser inteligente y hacer lo que él dice.
Me levanto, y el chirrido de la silla al arrastrarse por el piso suena más fuerte que
los ruidos de este café abarrotado.
Sintiéndome débil y abatida, todo lo contrario de lo que sentía cuando entré, salgo.
Y prometo, Dios, lo prometo, olvidarme de Bo Porter.
16
Para: Bo Porter
De: Peyton Turner

17 Estimado señor Porter:


Espero que te encuentres bien.
Mi nombre es Peyton Turner y soy estudiante de primer año en la Universidad
Estatal de Montana. Te escribo porque estamos estudiando la reforma del sistema
penitenciario como parte de nuestra clase de sociología y, para mi trabajo final, debo
escribir un ensayo de análisis. Mi profesor me ha animado a entrevistar a un recluso y
utilizar la información para construir mi argumento. Te digo esto desde el principio
porque quiero que sepas que es posible que utilice partes de nuestras cartas para
escribir mi comentario final, y no sé cómo te sentiría al respecto. Así que, si prefieres
no hacerlo conmigo, no te lo reprocharé.
Es la primera vez que utilizo el sistema de amigos por correspondencia de la
prisión, así que no soy una experta, pero por lo que tengo entendido, la mayoría de la
gente se apunta a esto buscando una conexión, un amigo, tal vez; alguien con quien
hablar. Y quiero que sepas que, aunque esto forma parte de un trabajo, puedo ser tu
amiga durante un tiempo.
De hecho, ¿qué tal si, para romper el hielo, te cuento un secreto?
O más bien algo vergonzoso sobre mí.
¿Esta tarea? No es una tarea normal. La hago para obtener créditos extra. Acabo
de recibir mis calificaciones de mitad de semestre y son malas. Son tan malas que voy
a suspender y mi profesor me ha ofrecido esta opción como último recurso.
Ahí lo tienes.
¿Puedo contarte otro secreto?
O, de nuevo, simplemente un dato. Esta vez, sin embargo, no es vergonzoso.
Mi profesor me dio una lista de reclusos que participan en el programa de
amigos por correspondencia y te elegí específicamente a ti porque en tu perfil
mencionabas que te gustaba leer. Así que pensé que tendríamos algo en común.
¿Cuál es tu libro favorito?
Para mí, sin duda, Cumbres borrascosas, de Emily Brontë. Los páramos rocosos;
el héroe enamorado y movido por la venganza.
¿Lo has leído?
Leí en alguna parte que la biblioteca de la prisión estatal de Montana necesita
una reforma importante. Eso me entristece, porque, en mi opinión, leer debería ser tan
accesible como respirar.
En cualquier caso, espero tener noticias tuyas, pero si no es así, tampoco pasa
nada.
¡Que tengas una excelente semana!
Hasta la próxima (espero),
18 Peyton

PD: Bueno, tengo una cosa más que confesar y he estado pensando en ello y
no sabía, y sigo sin saber, cómo sacarlo a colación, excepto sacándolo a colación, así
que: te busqué en Google. Bueno, busqué en Google todos los nombres de la lista que
me dio mi profesor, pero aun así. Para ser totalmente sincera: escribí tu nombre en la
barra de búsqueda e hice clic en el primer artículo que apareció. Era solo un artículo
breve en el Post. No te acosé cibernéticamente, y no lo haré. Entiendo que es una
violación absoluta de la privacidad y que el hecho de que estés donde estás no significa
que pueda entrometerme en tu vida. Pero yo... no sé cómo decirlo con delicadeza, pero
solo quería asegurarme de que estaba, a falta de una palabra mejor, a salvo. O más
bien que tu delito fuera (tan seguro como puede serlo cualquier delito). Me doy cuenta
de que yo, podría simplemente habértelo preguntado, pero entonces... quiero decir, es
lógico ser precavida, ¿no? No quiero decir que seas una mala persona, ni que el delito
por el que te declararon culpable te defina. No es así.
Ay, Dios mío. No estoy teniendo mucho sentido, ¿verdad?
Olvida lo que he dicho. Lo único que intento decir es que estaba haciendo mi
trabajo y siento haber violado tu privacidad.

Para: Peyton Turner


De: Bo Porter

Peyton
No recuerdo la última vez que recibí una carta.
Ni la última vez que me senté a escribir una.
Y ahora que lo hago, me siento como si estuviera de vuelta en la escuela o algo
así, pero en fin.
En primer lugar, no es necesario que te dirijas a mí como señor Porter. Eso me
hace sentir un poco mayor y, si tuviera que elegir entre volver a las aulas o estar en mi
lecho de muerte, preferiría estar pasando notas durante las clases.
Segundo, ¿qué clase de profesor idiota anima a sus alumnos a ponerse en
contacto con un convicto?
Pero, por otra parte, tampoco pareces muy inteligente si crees que una redada
antidroga es segura. El hecho de que no suene tan terrible como un delito grave de
agresión o intento de asesinato no significa que quieras encontrarte con un drogadicto
en un callejón oscuro.
19 O tal vez sí.
No tengo ni idea de lo que hacen los universitarios hoy en día.
Sin embargo, diré que, sea lo que sea lo que estén haciendo, no parece ser muy
bueno para ustedes, ya que están suspendiendo y su último recurso, como tú lo llamas,
es pedir ayuda a un convicto que, estúpidamente, creen que es seguro.

Bo

Para: Bo Porter
De: Peyton Turner

Estimado señor Porter:


¿Nos has llamado estúpidos a mí y a mi profesor?
Parece que sí, pero aun así te voy a dar la oportunidad de rectificar tu error antes
de seguir adelante y llamarlo grosero.
O peor aún, un imbécil.
Porque creo en reservarme mi opinión y en dar segundas oportunidades. Creo
en la rehabilitación (qué coincidencia, ya que estoy escribiendo un trabajo sobre eso).
Lo que significa que el hecho de que alguien esté entre rejas por un delito relacionado
con las drogas no significa automáticamente que sea un imbécil grosero.
Aunque ese imbécil grosero también insinuó que, de alguna manera, soy yo
quien está tomando decisiones equivocadas en la vida porque suspendí una
asignatura.
Para tu información, resulta que soy una estudiante de sobresaliente y esta es
la primera vez que saco algo menos que un sobresaliente menos. No es que sea asunto
tuyo.
No puedo creer que me sintiera tan mal por violar tu privacidad. Está claro que
malgasté mi disculpa.
Un consejo: si escribir cartas te hace sentir como si estuvieras en la escuela, tal
vez no deberías inscribirte en el servicio de amigos por correspondencia.
Buscaré a otra persona para mi tarea.
Que te vaya bien en la vida.

Atentamente
Señorita Turner

(Sí, así es. Para ti soy señorita Turner).


20
Para: Bo Porter
De: Peyton Turner

Estimado señor Porter:


Quizás haya algo en el agua de la prisión estatal de Montana.
O tal vez todos tus compañeros reclusos son tan groseros como tú, porque
después de semanas de escribirles cartas, aún no he recibido ni una sola respuesta.
Mi mejor amigo, en un momento de pura hilaridad, señaló que tal vez seas tú.
Tú les impides que me respondan porque eres un idiota. Pero no soy tan engreída
como para pensar que llegarías a tales extremos para molestarme.
Pero esa no es la cuestión.
La cuestión es que, por desgracia, estoy atrapada contigo.
Mira, no voy a suplicarte, pero tampoco voy a dejar que me impidas aprobar.
Intenté que mi profesor cambiara mi tarea, pero al parecer está harto de mí, así que
tengo que escribir este trabajo si quiero aprobar. Así que estoy dispuesta a empezar
de nuevo. Pero para ello necesito que me pidas perdón.
Una disculpa, por si no lo sabías, porque no creo que lo sepas, es un
reconocimiento arrepentido de una ofensa o un error.
Es lo justo.
Hasta la próxima,

Señorita Turner

Para: Peyton Turner


De: Bo Porter

Peyton,
No creía que volvería a saber de ti.
Pero supongo que en situaciones desesperadas se toman medidas
desesperadas.
Tu mejor amiga parece inteligente. ¿Qué nota sacó? Apuesto a que consiguió
aprobar por los pelos.

21 Quizás sí les impedí que te respondieran. Pero quizás lo hice porque te estaba
haciendo un favor. Porque, por lo que recuerdo, la mayoría de los chicos del programa
de amigos por correspondencia han sido acusados al menos de un delito de agresión
y robo. No parece muy seguro que te salgas con la tuya. Así que, en lugar de exigirme
que reconozca con pesar mi ofensa -gracias por la definición, por cierto-, deberías
reconocer tu gratitud.
En cualquier caso, no se me da bien pedir perdón.
Pero como desafortunadamente estás atrapada conmigo, lo menos que puedo
hacer es admitir que fui un idiota contigo y prometer que no lo seré en el futuro.
¿Qué te parece?
Y si vamos a hacer esto, tienes que saber que no me gusta repetirme. Así que
¿qué tal si dejas de llamarme señor Porter y nos ponemos en marcha, porque estoy
seguro de que no te voy a llamar señorita Turner?

Bo
NO SOY PEYTON TURNER.

Solo estoy fingiendo ser ella.


Sin embargo, no es la primera vez que lo hago. Lo he estado haciendo desde que
22 ella y yo teníamos cinco años. Empezó como una broma divertida cuando un año nos
disfrazamos las dos de Ariel para Halloween y la gente nos confundía con gemelas, y
luego pasé a ir a sus clases de violonchelo porque a ella le disgustaba y a mí me
encantaba, o a asistir al castigo en la escuela en su lugar para tener un lugar a donde ir
cuando las cosas en casa se volvían insoportables.
Pero no lo somos.
Gemelas, quiero decir.
Ni siquiera somos hermanas.
Solo somos mejores amigas que, de alguna manera, nos parecemos mucho.
Las dos tenemos el mismo tono de pelo rubio dorado y ojos azules. Tenemos la
misma estatura y, al crecer, también teníamos la misma complexión. Si manteníamos la
cabeza gacha y no hacíamos demasiado contacto visual con la otra persona,
normalmente podíamos engañarla haciéndole creer que éramos la otra.
Pero entonces, alrededor de los diecisiete años, las cosas cambiaron.
La pubertad, que creía que ya había pasado, me alcanzó y mi cuerpo floreció de
manera diferente al suyo. Mis caderas se volvieron más redondas y mis muslos más
regordetes. Mis senos pasaron de una copa B a una D completa y mi abdomen desarrolló
rollitos. Pero Peyton siguió siendo tan esbelta y delgada como siempre.
Así que ahora finjo ser ella de otras maneras.
Engaño a sus novios por teléfono por diversión, porque nuestras voces siguen
siendo extrañamente similares y porque fingir coquetear es el único tipo de coqueteo que
me permito hacer y ella lo sabe; contesto las llamadas de su hermano mayor cuando ella
no está de humor para escuchar sus sermones sobre sus malas notas y sus fiestas. Y a
veces, cuando los chicos me llaman o me envían fotos de sus penes porque, por alguna
razón, siempre atraigo a tipos raros, Peyton es la que se encarga de rechazarlos porque
yo no tengo ninguna experiencia con ello. Ah, y también hago sus tareas extra, que me
parecen bastante divertidas, como escribir cartas a presos en la cárcel. O solo a un preso.
A cambio, ella va de compras conmigo y hoy me ha peinado y maquillado antes
de ir a ver a dicho recluso. Nada descabellado, claro; no se lo permitiría, pero aun así.
—¿De verdad no me vas a contar lo que pasó hoy?
Esa es ella.
Peyton. La verdadera Peyton Turner.
Con las piernas cruzadas y una mirada decidida en su rostro, se sienta en medio
de mi cama, entre su ropa esparcida y una maleta abierta. Por lo general, cuando tiene
esa mirada, es muy difícil disuadirla del camino que ha elegido.
Pero aun así lo intento.
Sostengo un bikini en cada mano y se lo muestro.
23 —¿Cuál?
Sin embargo, mantiene la mirada fija en mí.
—¿En serio?
—Sí. —Asiento y vuelvo a agitar los bikinis—. Si no me dices cuál quieres, es muy
probable que meta el equivocado en la maleta y luego seas tú quien se arrepienta. Porque
eres tú quien tiene que ponérselos.
Me lanza una mirada antes de volver a preguntar:
—Cuéntame qué pasó hoy en la cafetería.
Siento un pinchazo en el pecho que ignoro y sigo adelante.
—Está bien. El rojo.
Dejo a un lado el otro, el que sé que ella elegiría sin duda; somos amigas desde
siempre, así que sé lo que le gusta, y hago un gesto de doblar las tiritas del rojo antes de
meterlo en su maleta. Como era de esperar, da un grito ahogado y se arrastra hacia mí
de rodillas, y luego me arrebata el bikini.
—¿Estás loca? —exclama, poniendo las manos en las caderas—. El rojo me hace
parecer una langosta.
Frunzo los labios en respuesta, tratando de contener una risita.
Entrecerrando los ojos, extiende una mano con la palma hacia arriba.
—Dame el dorado.
Se lo entrego obedientemente, todavía tratando de controlar mi risa.
Ella niega con la cabeza mientras refunfuña y tira el bikini encima de la ropa
cuidadosamente doblada en su equipaje.
—Me voy de vacaciones con mi novio y, aunque tengo pensado romper con él
cuando vuelva, quiero estar lo más guapa posible. Son las Bahamas, ¿de acuerdo?
¿Quién sabe cuándo volveré a tener la oportunidad de ir a las Bahamas y alejarme de
aquí?
Sí, se va de vacaciones; y sí, planea romper con Ben.
No la culpo; él es un idiota que cree que todo el mundo gira en torno a él y al
rancho de su papá. Le dije que rompiera con él la primera vez que hablé con él por
teléfono. Pero ella siguió con él porque necesitaba un acompañante para la fiesta de Año
Nuevo hace unos meses y porque sabía que eso molestaba a su hermano.
Peyton tiene una relación difícil con su hermano, con toda su familia, en realidad.
Bueno, la verdad es que odia a su familia. Y tiene motivos. Motivos que entiendo
perfectamente porque yo también tengo una relación difícil con mi familia.
—Te dije que eligieras —le digo con voz cantarina.

24 Su respuesta es sacarme la lengua.


Me río y juntas terminamos de hacer las maletas para mañana. Se va temprano
por la mañana y, Dios mío, la voy a extrañar. Me pidió que la acompañara ahora que han
terminado los exámenes finales y se acerca el verano. Pero me negué. No quería ser la
tercera en discordia, aunque su relación vaya a terminar pronto. Además, este verano
tenía pensado hacer algo que llevaba mucho tiempo queriendo hacer. Normalmente
siempre tengo clases extra o turnos extra en la biblioteca o en cualquier otro trabajo que
tenga, pero este año me dije que me comportaría como una adulta y lo haría.
Además, también quería... escribirle.
Quería estar aquí para poder recibir su carta todos los viernes y contestarle ese
mismo día. Así le llegaría a tiempo el martes. Pero entonces me dijo que salía antes y me
pidió que nos viéramos y...
Mi corazón se retuerce.
Se retuerce y se retuerce hasta que creo que mi corazón se está convirtiendo en
un puño apretado y palpitante en lugar de un simple órgano.
Intento ignorar el dolor en mi pecho porque se suponía que esta noche íbamos a
pasar tiempo juntos, viendo películas y comiendo palomitas y helado y cualquier otra cosa
con demasiado sal o azúcar. Pero supongo que no lo he hecho muy bien porque, tan
pronto como cerramos la maleta y la dejamos a un lado, Peyton me agarra de la mano,
me empuja para que me siente en la cama a su lado y me mira con seriedad.
—Bueno, en una escala del uno al diez, dime, ¿qué tan malo fue? Siendo uno
terriblemente malo. Lo peor que haya pasado.
La miro a los ojos y suspiro derrotado.
—Menos trescientos noventa y cuatro.
Ella abre la boca antes de cerrarla y fruncir el ceño.
—Muy aleatorio. ¿Eso es...?
—Malo —le explico—. Eso es malo, Pey. Es menos que uno. Es incluso menos que
cero. Es un número entero negativo.
Ella pone los ojos en blanco.
—Sabes lo mucho que odio la geometría, Riri. ¿Por qué me haces pasar por eso?
Riri.
Ese es mi nombre, o la versión abreviada del mismo.
Mi nombre real es Reverie.
Reverie Bell.
—Es álgebra. Tú... no importa. —Niego con la cabeza—. Fue malo. Muy malo; eso
es todo.
25 Ella entrecierra los ojos.
—¿Qué hizo?
Aprieto y aflojo los puños sobre mi regazo.
—Nada. No hizo nada. Es solo que…
—¿Es solo qué?
Esta vez, cuando cierro los puños, lo hago con fuerza. Lo hago de tal manera que
mis uñas, aunque son cortas y romas, se clavan en mi piel y me hacen daño.
—Es solo que no creo que él me estuviera esperando. O más bien a alguien como
yo.
Peyton endereza la espalda y sus ojos se llenan de ira.
—¿Qué quieres decir con eso?
Mierda.
No debería haber dicho eso. Y menos aún a Peyton.
Peyton y yo somos más hermanas que mejores amigas. Crecimos juntas, ¿sabes?
En Black Rock, Montana.
La familia de Peyton es dueña de un rancho llamado Wildfire, el segundo más
grande de Montana, y mi familia trabajaba para ella. Mi mamá era su niñera y mi papá era
uno de los peones del rancho. Al crecer, éramos inseparables. Íbamos a las mismas
escuelas, jugábamos juntas, estudiábamos juntas, pasábamos todo el tiempo juntas. Y
cuando ella y su mamá se mudaron de Black Rock a Bozeman, mi mamá y yo nos fuimos
con ellas.
Peyton y yo hemos pasado por todo juntas: familias difíciles que están más
absortas en sus propios asuntos que en nosotras; la escuela y las clases; la menstruación
y las hormonas adolescentes; los dramas con los novios, los de ella, no los míos; y ahora
la universidad. Mientras que yo destaco en el aula, Peyton es más extrovertida. Le
encanta salir de fiesta y vivir a lo grande, y yo intento hacer todo lo posible por vivir lo
más discretamente posible. Yo soy la que sigue las reglas y Peyton es la rebelde. Sin
embargo, a pesar de nuestras diferencias, somos uña y carne. La quiero con locura y
haría cualquier cosa por ella.
Igual que ella haría cualquier cosa por mí.
Incluso gastar bromas a los chicos que me llamaban gorda en el instituto y darles
una lección.
—¿Sabes qué? —le digo, tratando de tranquilizarla—, olvídalo.
Se vuelve hacia mí, con el rostro aún marcado por la ira.
—¿Te ha dicho algo? ¿Te ha dicho algo grosero? Porque te juro por Dios que voy
26 a...
La agarro por los brazos y la detengo.
—Mira, no importa, ¿de acuerdo? No importa... Probablemente esperaba a otra
persona. Alguien que, no sé, tuviera un aspecto diferente al mío. —Ella respira hondo
para decir algo, pero yo sigo hablando—: Lo cual está bien. No me importa. Estoy feliz
con mi aspecto con cómo soy. Simplemente no necesito que la gente me lo recuerde y...
supongo que eso es lo que me ha molestado hoy.
Eso y el hecho de que me dejé llevar.
Me dejé llevar por una aventura. Cuando no soy el tipo de chica que hace eso. Soy
inteligente. Soy práctica. Soy muy, muy cautelosa. Y hay una razón para ello.
Una muy buena razón.
Pero ignoré todo eso y, por primera vez en mi vida, me dejé llevar. Me permití ser
imprudente. Como cualquier otra estudiante de primer año de universidad, me permití
coquetear con chicos, y no solo fingir coquetear por teléfono haciéndome pasar por mi
mejor amiga. Es cierto que coqueteaba con un delincuente convicto a través de cartas
utilizando el nombre de mi mejor amiga, pero aun así.
Es solo que... quería vivir por una vez.
Y sí, parte del atractivo era que pensaba que nunca lo conocería en persona, así
que era una forma segura de hacer algo totalmente loco. Mientras que la otra parte, la
más importante, era que no podía controlarme.
Había algo en él, en sus palabras, que me llegaba al alma.
Había algo mágico en ellas que todavía no he logrado descifrar. O más bien, ahora
que lo he conocido, creo que era fuego. Un fuego ardiente y candente que no podía evitar
querer tocar, con el que quería marcarme; no lo sé. Lo único que sé es que, una vez que
empecé a escribirle, no quería parar.
Pero, por supuesto, eso era una estupidez.
Todo fue una estupidez y, sinceramente, me alegro de que haya terminado. Puedo
volver a mi antigua vida con las clases, mi trabajo en la biblioteca y mis otros planes para
el verano.
—Sabes que eres preciosa, ¿verdad? —dice Peyton, interrumpiendo mis
pensamientos.
Dios, la quiero.
También sé que es mi mejor amiga y que ve todo lo relacionado conmigo a través
de lentes color de rosa.

27 La verdad es que no soy guapa. Estoy lejos de serlo. Soy demasiado bajita y
redondeada. Tengo el trasero y los muslos demasiado grandes, pero la cintura demasiado
pequeña, lo que hace imposible encontrar pantalones y faldas que me queden bien. De
hecho, tampoco encuentro camisetas que me queden bien, con mi pecho demasiado
grande y desproporcionado. Así que siempre acabo con vaqueros holgados y una
sudadera suelta, ropa que odio pero que es necesaria. Por no hablar de que mi nariz es
demasiado pequeña y mis ojos demasiado grandes. Mi barbilla es demasiado prominente
y mis labios demasiado hinchados. Tengo demasiado pelo y nunca consigo domarlo, así
que siempre lo trenzó, y mi piel es demasiado pálida y blanquecina.
O soy demasiado o no soy suficiente.
Pero no pasa nada.
No es gran cosa.
¿A veces desearía tener un aspecto diferente? Por supuesto. Todo el mundo lo
desea. Todos tenemos cosas de nosotros mismos que cambiaríamos. Las mías son
precisamente mi cuerpo. Peyton nunca estaría de acuerdo conmigo, pero no pasa nada.
Eso demuestra su lealtad, así que le dedico una sonrisa cariñosa.
—Lo sé.
—Y él es un imbécil por hacerte sentir inferior —añade.
Tragué saliva y sentí un nudo en el corazón.
—También lo sé.
Peyton me mira fijamente, frunciendo el ceño con preocupación.
—Lo digo en serio, Riri. Eres hermosa. Eres increíble y te quiero. Y si ese criminal
no es capaz de verlo, él se lo pierde, ¿está bien? No tiene derecho a hacerte sentir así.
Estoy completamente de acuerdo con eso.
No tiene ningún derecho.
Si lo pienso bien, ni siquiera lo conozco. Lo único que hicimos fue escribirnos
algunas cartas durante unos meses. Y tal vez fueron treinta y siete cartas en total, y tal
vez compartí cosas que nunca había compartido con nadie. Pero eso no significa que
realmente lo conozca. Puedo sentarme aquí y escribir una lista de cosas que no sé sobre
él. Es decir, ni siquiera lo había visto hasta esta mañana, y cinco minutos en su presencia
fueron suficientes para darme cuenta de que no quería volver a verlo nunca más.
Así que Peyton tiene razón: él no tiene por qué hacerme sentir así.
Esta vez mi respuesta está llena de convicción.
—Eso lo sé perfectamente.
Se muerde el labio antes de decir:
—Aunque no puedo evitar pensar que es culpa mía.
28 —¿Qué? ¿Por qué?
Suspira.
—Porque yo te animé. Desde el principio. Porque cuando viniste a mí y me dijiste
que estabas intercambiando cartas con un delincuente que, por cierto —levanta la
mano—, empezaste a escribirle por mi culpa y por mis estúpidas calificaciones, no te
detuve. No te advertí como tú siempre me adviertes a mí. No te dije: “Piénsalo, Riri. Podría
ser un imbécil. Está en la cárcel, por el amor de Dios”. No, te dije: “Adelante, Riri; vive un
poco. Coquetea. Sé mala”. Porque te dije que te vendría bien actuar por una vez como
alguien de tu edad y no vivir como una anciana solo por culpa de... —agranda los ojos—
ya sabes quién.
Sé quién. Y, de nuevo, es una prueba de su lealtad que no dijera exactamente
quién, porque no me gusta hablar de ella.
Mi madre, concretamente.
Tiene razón; vivo como una anciana, cautelosa y sin aventuras, por culpa de mi
mamá. Por todas las decisiones que tomó en su vida y cómo la afectaron. Y, por
extensión, a mí.
Peyton también tenía razón cuando dijo que fue ella quien me animó cuando acudí
a ella y le conté que mis cartas se habían convertido en algo mucho más que una simple
tarea. De hecho, cuando le conté que él quería conocerme y que yo no estaba segura,
fue ella quien me dijo que tenía que hacerlo.
Tenía que hacerlo o me arrepentiría.
Pero no la culpo, de ninguna manera. Lo que me pasó hoy no fue culpa suya. Ella
estaba siendo una buena amiga, como siempre. Una amiga que quiere más para mí de lo
que yo me permito.
—Oye. —Me giro para mirarla de frente—. ¿Estás loca? No es culpa tuya.
—Pero...
—No. —La interrumpo de nuevo—. Por supuesto que no. Siempre he hecho tus
tareas y siempre las haré. De hecho, probablemente debería haberlas hecho todas desde
el principio, en lugar de dejar que intentaras hacer algunas tú misma. —Ella pone los ojos
en blanco, pero yo sigo—: Así que, si lo pensamos bien, es culpa mía. Porque si hubiera
hecho tus tareas como siempre, no habrías suspendido los exámenes parciales y no
habrías tenido que hacer trabajo extra.
Ella niega con la cabeza.
—Pero debería haberte detenido. Debería haber dicho algo.
—No podrías haberme detenido —le digo.
—Pero…

29 —No, Pey, no podrías haberlo hecho. Nadie podría haberlo hecho. Yo quería
hacerlo. Quería escribirle. Y puede que al principio tuviera miedo, pero quería ir a verlo.
Dios, deseaba tanto ese. Yo… —Tragué saliva con dificultad—. Puede que me dijera a mí
misma que no iría, que todavía estaba decidiéndome, pero en el fondo sabía que era
imposible que no fuera a verlo hoy. Era imposible que estuviera en otro lugar que no fuera
esa cafetería a las once.
Ahora lo sé.
Lo supe en el momento en que entré y lo vi sentado allí con su gorra de camionero
y los ojos fijos en la puerta. Así es como me encontró tan rápido, ¿no? Porque estaba
mirando la puerta.
Me estaba esperando.
Incluso pidió mis cosas favoritas. Quiero estar muy enojada con él, y lo estoy, pero
cada vez que pienso en ese té y ese muffin, siento un nudo en el estómago. Me duele
aún más el corazón. ¿Cómo puede ser tan idiota y luego hacer algo tan considerado? No,
en realidad, se convirtió en un idiota después de verme.
Vaya, debió de sentirse muy decepcionado.
Tan decepcionado que la chica con la que había estado escribiéndose durante los
últimos seis meses resultó no ser nada como él imaginaba. Resultó ser tan deficiente.
—Tengo muchas ganas de darle un puñetazo —dice Peyton, sacándome una vez
más de mis pensamientos.
Levanto la vista hacia ella.
—Lo sé.
—Estúpido vaquero de mierda.
A pesar de mí, mi corazón se acelera.
Y por algo tan tonto.
Sí, es un vaquero.
Tiene un rancho. No sé dónde está ni cómo se llama, pero sé que hay un arroyo
que atraviesa sus tierras y que lo extraña. No me lo dijo con tantas palabras, pero la forma
en que habló de ello me hizo pensar que sí. Lo que vuelve a demostrar que ni siquiera lo
conocía.
En realidad, no.
En cualquier caso, ser vaquero no es nada especial. Esto es Montana, la tierra de
los vaqueros. Todos los hombres que viven aquí son vaqueros. Crecí con ellos y, para ser
sincera, mi experiencia, y la de Peyton, no ha sido muy buena. Quiero decir, mi papá es
vaquero y el suyo también, y ninguno de los dos es un dechado de virtudes ni nada por
el estilo. De hecho, son francamente malvados. Así que, de nuevo, él no es realmente
especial, y no hay necesidad de que me ponga nerviosa y me comporte de forma extraña.
30 Mentirosa.
Sabes que nunca has visto a un vaquero como él.
Aunque no estaba realmente en su elemento y llevaba ocho años sin ser vaquero,
aún podía imaginarlo en el campo, trabajando la tierra, con su gran cuerpo bronceado
resistiendo el sol. Podía imaginarlo domando un caballo y atando ganado con esos
músculos fornidos. Apuesto a que podía domar un caballo salvaje con solo una mirada
de sus ardientes ojos oscuros. O podía detener una estampida con solo el sonido de su
voz grave y ronca.
Pero eso no viene al caso cuando le respondo a Peyton.
—Sí.
—Claro que lo es —concluye Peyton—. Sabía que odiaba a los vaqueros por una
razón.
Sí. Así que, de nuevo, todo esto fue realmente estúpido, enredarme con un
vaquero que además resulta ser un delincuente. Lo que significa que realmente tengo
que dejar de pensar en él y seguir adelante con mi vida.
Y por eso declaro:
—¡Hora de ver una película! Dejemos de hablar de él y empecemos la noche, ¿te
parece?
Ella sigue mirándome con atención.
—¿Seguro que no quieres venir conmigo? Solo para distraerte un poco.
—Estoy segura.
—¿Pero de verdad? —insiste—. Son las Bahamas.
Me río.
—Lo sé, pero lo estoy. Solo voy a pasar el tiempo relajándome y quizá haciendo
algunos turnos en la biblioteca.
Y haciendo eso que siempre he querido hacer.
—Uf. Está bien. —Sus hombros se hunden—. Te quiero, lo sabes, ¿verdad?
Mi sonrisa es un poco temblorosa.
—Lo sé. Yo también te quiero.
—Eres increíble, maravillosa y hermosa —dice con una mirada penetrante—. No
dejes que nadie te haga sentir menos, ¿de acuerdo?
Asiento.
—Sí.
Tiene razón. No en lo de ser hermosa, sino en lo de que nadie puede hacerme
sentir menos. Y mucho menos un hombre llamado Bo Porter al que solo conozco desde
31 hace seis meses.
Para: Bo Porter
De: Peyton Turner

32 Estimado Bo:
Tienes razón.
No se te da nada bien pedir perdón, porque esa ha sido una mierda. Y
normalmente te diría que te largaras, pero ya sabes que estoy desesperada y atrapada,
así que lo aceptaré.
Por cierto, tampoco sabes que probablemente deberías decir por favor cuando
quieres que la gente haga algo por ti. Fíjate en cómo te he concedido tu deseo y me
he dirigido a ti por tu nombre de pila al principio. Y como no estás familiarizado con los
modales adecuados, permíteme decirte que tu respuesta a esto debería ser gracias.
En cuanto a mi mejor amiga, sí, es inteligente y tampoco es asunto tuyo.
Además, si -hipotéticamente- impediste que tus compañeros reclusos me
escribieran porque pensabas que así me mantendrías a salvo, déjame decirte que no
tienes que preocuparte por mí. Puedo cuidar de mí misma.
De todos modos, te aviso de que te enviaré una lista de preguntas para la tarea
con mi próxima carta.
Hasta la próxima,

Peyton

PD: Mira cómo te he concedido otro de tus deseos aquí abajo.

Para: Peyton Turner


De: Bo Porter

Peyton
Gracias.
Por concederme mis deseos. Y por esa lección de etiqueta. Me gustó
especialmente aquella en la que me enseñaste a decir por favor. Debí faltar a clase el
día que nos enseñaron eso. Pero, bueno, ya sabes que no me gusta la escuela. Ni leer,
por cierto. Sé que pensabas que era algo que teníamos en común, pero lamento
decepcionarte.
Leer no es algo que hiciera en mi vida anterior. Podría echarle la culpa a haber
crecido en un rancho, pero fue culpa mía. Prefería limpiar los establos o arreglar las
cercas antes que estar sentado quieto. No es bueno cuando estás encerrado entre
rejas con un grupo de tipos que tienen más testosterona que sangre en las venas y que
33
son conocidos por su mal genio. Leer te mantiene ocupado y evita que causes
estragos. Así que es más una necesidad que un pasatiempo.
De todos modos, gracias por el aviso. Estaré sentado en el borde de mi asiento
esperando todas sus preguntas.

Bo

PD: ¿Qué tal lo he hecho? ¿Soy lo suficientemente educado para ti?

Para: Bo Porter
De: Peyton Turner

Estimado Bo:
Así que eres vaquero.
Nunca lo mencionaste en tu perfil, pero debería haberlo sabido. Todas las
señales estaban ahí. Ustedes suelen ser un poco bruscos. Supongo que todo ese
trabajo duro y esos arreglos son perjudiciales para los buenos modales. Crecí con
vaqueros. Bueno, hasta que nos mudamos a la ciudad cuando tenía once años, pero
conozco a los vaqueros. De hecho, si hubiera sabido que eras vaquero, probablemente
nunca te habría enviado una carta.
Pero ya sabemos que estoy atrapada contigo, así que da igual.
Cuéntame sobre tu rancho.
¿Lo extrañas? ¿Qué es lo que más extrañas?
Yo también extraño el lugar donde crecí. Aunque un rancho significa vaqueros
y ellos no son de mi agrado, sigo extrañando la tierra. Todo ese espacio, las llanuras
onduladas y los bosques. El hecho de que podía perderme cuando y si quería. Podía
caminar y caminar durante kilómetros y nunca ver a nadie más. Podía sentarme en mi
lugar favorito y leer durante horas y nadie venía a molestarme. Extraño leer en mi lugar
favorito. Supongo que eso es lo que más extraño.
Volvería si pudiera.
Pero no pasa nada. Aquí también soy feliz. Tengo mi escuela, mis libros, mi
trabajo. Mi vida es buena y segura, prudente. Como siempre quise que fuera. Un poco
aventurera, pero al menos no hay vaqueros. O mejor dicho, el único vaquero con el
que tengo que lidiar viene en un trozo de papel doblado, metido dentro de un sobre
34 blanco.
Sin más preámbulos, encontrarás la lista de preguntas en la página siguiente.
Estoy tratando de escribir sobre el sistema educativo de las prisiones y, para ser
sincera, odio la sociología. Así que, aunque no me caes muy bien y no me importa si
mis preguntas te parecen molestas, lamento que la lista sea tan larga. Casi me quedo
dormida mientras la escribía, así que no te envidio en absoluto por tener que
responderlas.
Hasta la próxima,

Peyton

PD: Sorprendentemente, lo estás logrando. Para ser un vaquero idiota, aprendes


rápido.

Para: Peyton Turner


De: Bo Porter

Peyton
¿Quién es él?
Supongo que es un vaquero. El que te hizo llevar una vida cautelosa. ¿No es así
como lo llamabas? Una vida cautelosa, sin aventuras. ¿Quién es? ¿Un exnovio, tu
papá?
¿Te hizo daño? ¿Qué te hizo?
Porque, según mi experiencia, cuando una chica juega sobre seguro, siempre
tiene que ver con un hombre en su vida. ¿Por eso no puedes volver a tu rancho? ¿Por
culpa de ese imbécil?
En cuanto a mí, lo extraño, sí, pero no es mi lugar favorito, aunque si pudiera
llamar a algo mi lugar favorito sería el arroyo que corre por el extremo norte de la
propiedad, o algo similar. Extraño las cosas reales, las cosas cotidianas. La tierra que
se te pega en las botas, en la ropa, debajo de las uñas; el olor a heno y cuero; las astillas
que se te clavan en las manos cuando reparas las cercas, por muy buenos guantes
que uses. El viento en mi pelo cuando Rebel, mi pura sangre, galopa por los campos,
con sus músculos ágiles moviéndose entre mis piernas.
Pero no importa. Estoy exactamente donde debo estar, tras las rejas y lejos de
todo lo que he conocido.
35 De todos modos, respondí a todas tus preguntas. Fueron molestas, pero te
alegrará saber que conseguí mantenerme despierto durante todo el examen. A riesgo
de parecer presuntuoso, creo que esta vez aprobarás por los pelos.

Bo

PD: Quizás lo único que necesitaba era alguien que me enseñara. Y para ser
una universitaria, eres una buena maestra.

Eso fue todo.


Ese fue el momento. Cuando me preguntó por mi vida cautelosa. Por quién me
había hecho daño.
Fue entonces cuando algo cambió dentro de mí. Por supuesto, en ese momento
no lo sabía, pero ahora sí. Esa fue la primera noche en la que sus palabras no me dejaron
dormir. Di vueltas en la cama hasta que me rendí y me senté en mi escritorio para
escribirle una respuesta. Para contarle cosas sobre mí que normalmente no le cuento a
nadie.
Y mucho menos a un extraño que no me gustaba.
Pero él me preguntó con tanta naturalidad sobre ello, cuando a la mayoría de la
gente no le importa. A mí tampoco me importa, porque no quiero hablar de ello, pero el
hecho de que él pudiera calibrar las cosas, leer entre líneas desde kilómetros y kilómetros
de distancia, me hizo sentir que se merecía una respuesta.
Por no mencionar que era bueno que fuera un desconocido, porque no había
mucho en juego y yo estaba a salvo.
Me hizo sentir segura.
Es una locura, pero no por ello menos cierto.
Y hoy, en la cafetería, me di cuenta de que él siempre había hecho eso, hacerme
sentir segura, porque en ese momento estaba haciendo exactamente lo contrario. Me
estaba asustando.
Por eso estoy haciendo esto, creo.
Deambulando por las calles en mitad de la noche cuando debería estar en la cama,
como la chica buena que siempre digo ser. Mi compañera de piso, y mi mejor amiga está
dormida en nuestro sofá, pero en lugar de irme a la cama, estoy fuera de la cafetería
donde nos conocimos y voy a dar la vuelta a la esquina para ir a un motel a dos cuadras.
Porque ahí es donde está él.
36 O al menos ahí es donde lo vi irse hoy temprano.
Nunca se lo conté a Peyton porque sabía que lo habría buscado y le habría dicho
lo que pensaba, pero cuando él me pidió que me fuera, lo hice, aunque no me alejé
mucho. Apenas logré salir antes de tener que recuperar el equilibrio y recuperar el
aliento. Todo sucedió tan de repente, tan inesperadamente, que todo mi cuerpo
temblaba. Así que allí estaba yo, apoyada contra la pared de ladrillo justo afuera de la
cafetería, tratando de orientarme y deseando que este profundo dolor cesara, cuando lo
vi marcharse.
Algo me impulsó a seguirlo, y así lo hice.
A este mismo motel en el que lo vi desaparecer.
A este mismo motel al que estoy entrando ahora. Porque estoy enojada, ¿de
acuerdo?
Estoy enojada con él por comportarse como lo hizo. Por quitarme mi sensación de
seguridad. Ningún hombre, ni uno solo, en mi vida me ha hecho sentir como él, tan segura
y cómoda. Como si pudiera contarle cualquier cosa y él me escuchara. Y luego me lo
quitó como si no importara. Como si nada de lo que compartimos importara. Y tal vez no
importaba, no para él.
Quizá solo quería a alguien con quien matar el tiempo mientras estaba encerrado.
Quizá todo fue diversión y juegos hasta que me vio y me dejó de lado porque no cumplía
sus expectativas. Pero no se va a salir con la suya tan fácilmente. No hasta que le diga
exactamente lo que pienso de él.
Estúpido vaquero criminal.
El chico de la recepción me saluda con una sonrisa que no estoy segura de
devolver con el mismo entusiasmo.
—Hola, vengo a ver a Bo Porter. ¿Me puedes decir en qué habitación está?
—Claro, espera un momento. —Lo veo escribir algo en su computadora antes de
que niegue con la cabeza—. Eh, ¿Bo Porter, has dicho? —Asiento y él me responde—:
No tenemos a ningún Bo Porter registrado en este momento.
—¿Estás seguro?
Él sigue mirando la pantalla de la computadora.
—Sí. No hay ningún Bo Porter. ¿Estás segura de que has entendido bien el
nombre?
No sé por qué, pero su pregunta, aparentemente amistosa y normal, hace que algo
se mueva en mi estómago. Algo incómodo y pesado.
—Eh, creo que sí —digo, tragando saliva—. Lo he visto esta mañana en la cafetería
que está a dos manzanas de aquí y… —Lo seguí y lo vi entrar en este edificio, mi cerebro

37 termina la frase por mí—. ¿Estás completamente seguro?


—Sí —dice, mirándome.
Una vez más, no hay nada en su mirada que deba asustarme o hacerme sentir
incómoda. Pero estoy asustada y no me siento cómoda. Me muevo inquieta, con las
manos sudorosas.
—¿Entonces no es un tipo alto con una gorra de camionero con una R elegante?
Veo cómo se le ilumina el rostro en cuanto lo digo, pero responde:
—No, no creo.
—Mientes —digo, sorprendiéndolo.
Sorprendiéndome a mí misma.
No soy conflictiva. En absoluto.
Pero esto, necesito saberlo.
—Yo no… —Respira hondo—. ¿Hay algo más en lo que pueda ayudarte?
—Dime su nombre.
Parecía la pregunta más importante que podía hacer. Por razones obvias y por
razones que aún no entiendo.
Sus ojos se abren un poco, pero dice:
—No sé de qué estás hablando.
—Sí lo sabes —insisto—. Estás mintiendo.
—Yo…
—Mira —me inclino un poco sobre el escritorio y sus ojos se abren aún más, —
entiendo que quizá no te esté permitido revelar esta información. Créeme, lo entiendo.
Lo entiendo. Pero necesito que hagas esto por mí, ¿de acuerdo? Necesito que me lo
digas. Necesito que… —Tragué saliva con dificultad, con las emociones atascadas en la
garganta—. No me conoces, pero soy muy inteligente. De verdad. Y te lo digo para que
sepas lo estúpida que he sido. Verás, he estado escribiendo cartas a este hombre, ¿de
acuerdo? Durante los últimos seis meses, y sabía que era una mala idea. Sabía que era
una locura y una insensatez y... y entonces me dijo que quería conocerme, así que fui,
¿de acuerdo? Pero entonces él…
Respiro hondo, agarrándome al borde del escritorio, tratando de controlarme. No
tenía intención de contarle toda la historia, y de una forma que tiene tan poco sentido.
Solo quería... quería que entendiera que necesito saberlo.
Es imperativo que lo sepa.
Abro la boca para disculparme, pero el chico, que parece realmente asustado y
confundido, suelta:

38 —Grayson.
—¿Qué?
Echa un vistazo al ordenador por un segundo antes de volver a mirarme.
—Arsenal Grayson. —Lo veo ir hacia el teléfono que está junto al ordenador—.
Podría llamarlo y decirle que estás aquí y…
Dice algo más, pero no lo oigo.
No lo oigo porque salgo corriendo de allí. Aunque me hubiera quedado, sé que no
habría podido oírlo por los fuertes latidos de mi corazón. El jodido estruendo de la sangre
en mis venas.
Grayson. ¿Dijo Grayson?
Dijo Grayson, ¿verdad?
Necesito alejarme de este lugar. Necesito alejarme de aquí, joder. Necesito correr.
Así que eso es lo que hago. Empiezo a correr tan pronto como piso el pavimento,
mis pasos aún más fuertes que mi corazón ahora. Mi respiración explota en mi pecho, mi
piel sudorosa, erizada y tensa. Tan tensa que siento que voy a estallar fuera de mi propio
cuerpo.
Pero no pasa nada.
No pasa nada, porque si sigo corriendo, si me alejo todo lo que pueda del motel,
de donde él está, estaré bien. Estaré viva.
Ay, Dios mío.
Dios mío, no puedo creerlo...
No puedo creer que esto esté pasando. Esto es...
Pero él es Bo. Es mi Bo.
No puede ser un Grayson. No puede ser... Tiene que haber un error. No es un
Grayson. Y desde luego no es el mismo Grayson que los Grayson del rancho Rawhide en
Black Rock.
Porque eso significaría...
No sé lo que significaría eso. Lo único que sé es que si no me voy, me matará. Me
matará porque soy del rancho Wildfire. Ni siquiera importa que no sea una Turner. ¡ Me
matará simplemente por mi relación con ellos, porque los Grayson han jurado matarnos
a todos y cada uno de nosotros.
Pero, de nuevo, no lo entiendo. No...
Entonces, en un instante, todos mis pensamientos explotan y salgo corriendo de
todos modos porque lo oigo. Oigo sus pasos. Son fuertes y sordos. Retumban. Tanto que
el suelo tiembla bajo ellos y pierdo el equilibrio.
Y entonces ya no puedo correr porque él está sobre mí.
39 Su brazo me rodea la cintura como un grillete y mi espalda está presionada contra
su pecho. El pecho con el que he soñado un millón de veces en los últimos seis meses y
el que he visto hoy en la cafetería. El pecho fornido y ancho y, Dios mío, tan jodidamente
duro que ahora mismo me está dejando moretones en el cuerpo.
Abro la boca para gritar, pero sale algo completamente diferente. Un susurro
entrecortado, una súplica:
—Por favor, no me hagas daño.
Y entonces su mano grande y áspera se cierra sobre mi boca, y toda esperanza
para mí se pierde.
Para: Bo Porter
De: Peyton Turner

40 Estimado Bo:
Son las 2:11 de la madrugada y no puedo dormir.
No dejo de pensar en tu carta. En lo que me pediste. Fue tan surrealista. No
puedo creer que te hayas dado cuenta. La gente normalmente no lo hace. No es que
yo quiera que lo hagan, pero aun así.
En realidad no hablo de ello ni pienso mucho en ello. Porque no va a cambiar
nada, pero es mi madre. Nunca ha sabido juzgar bien el carácter de los hombres.
O más bien de un hombre, mi papá.
No es un buen hombre; le gustaba más hablar con los puños que con las
palabras, y mientras crecía, veía cómo mi madre soportaba todo el peso. También
soportaba su infidelidad, así como su ausencia en mi vida. Iba y venía a su antojo, sin
preocuparse por nadie. Mi madre, sin embargo, siempre lo esperaba. Siempre ponía la
otra mejilla, siempre lo trataba como si fuera el único hombre para ella. Nunca entendí
por qué, excepto que ella decía que lo amaba y que no se elige a las personas que se
aman.
Así que me dije que nunca me pondría en una situación así: enamorarme de un
hombre cruel.
Siempre sería cuidadosa e inteligente; cautelosa y prudente. Incluso si eso
significaba llevar una vida sencilla. Una vida sin aventuras ni giros inesperados. Lo que
significaba nada de salir por la noche, nada de fiestas, nada de irme a lugares exóticos
en las vacaciones de primavera. Y, por supuesto, nada de novios. Sinceramente, mi
mejor amiga sale con suficientes chicos por las dos y, solo con verla, no creo que me
esté perdiendo nada. Pero, en fin, solo soy yo, mi escuela y mi trabajo en la biblioteca.
No es la vida más emocionante, pero es tranquila. Es exactamente lo que nunca tuve y
lo que quería.
De hecho, escribir cartas a un vaquero idiota entre rejas es probablemente lo
más emocionante que he hecho en mi vida. Y menos mal que lo hice, porque tus
respuestas me han sido de gran ayuda. Me duele decirlo porque tu ego va a crecer
aún más, pero creo que voy a poder aprobar. ¿Quién iba a decir que un vaquero idiota
podría enseñarle algo a una universitaria? Aunque, la verdad, no soy tan universitaria.
Si no te odiara tanto, te pediría que me enseñaras a montar también. Porque en
mi vida poco aventurera, nunca he montado a caballo. Pero ya sabes, he visto a gente
hacerlo y he leído mucho sobre ello, así que ¿qué tan diferente puede ser?
Hasta la próxima,

Peyton

PD: Te envío otra lista de preguntas tan molestas como las anteriores, pero solo
porque creo que ahora me caes bien.
41
NO PUEDO VER.

Tengo las manos atadas. También tengo los pies atados.


Estoy acostada de lado y siento un dolor punzante en el hombro. Intento pensar
por qué. Intento pensar dónde estoy. Entonces intento moverme. Las manos, las piernas,
42 el hombro, todo lo que se me ocurre. Es entonces cuando me doy cuenta de que estoy
en una caja.
No, espera. Creo... creo que estoy en otro lugar. En un lugar mucho más aterrador.
Mucho, mucho más. Porque esta cosa en la que estoy se está moviendo. Me está
sacudiendo. Sacudiéndome y golpeándome y... Dios mío, estoy en un coche.
Estoy en el maletero.
Tengo los ojos vendados y estoy atada en el maletero de un coche, y me están
llevando a algún lugar. ¡Oh, Dios mío! Me están secuestrando. Bo.
No, por un Grayson.
Lo estoy, ¿verdad? Me está secuestrando. Lo está haciendo... No puedo respirar.
No puedo...
Esto no es real. Esto no está... pasando. Tiene que ser un error. Tiene que ser...
Estoy jadeando y retorciéndome y golpeando con los pies, los hombros y las
palmas de las manos contra las paredes en un intento por liberarme. Incluso en medio de
mi pánico, sé que es una tontería, que nunca podré liberarme. Aun así, sigo haciéndolo y
haciéndolo y jodidamente haciéndolo. Hasta que se convierte en mi perdición y agota
toda la energía que me quedaba.
Y me deslizo.

Hay una cabeza en la pared.


La cabeza de un oso. Tiene los ojos amarillos más malvados que he visto nunca.
Intento determinar si es real; no puede serlo, ¿verdad? Quiero decir...
Espera.
Espera un segundo.
Puedo ver. ¡Puedo ver, maldita sea!
En cuanto mi cerebro registra eso, me incorporo rápidamente y miro a mi
alrededor frenéticamente. En lugar de un coche o cualquier otro vehículo en el que
estuviera la caja, ahora estoy fuera de ella y en una habitación. Una habitación con
paredes de madera oscura y decorada con cabezas de animales. No hay una, ni dos, sino
tres cabezas de oso a mi alrededor.
Tres.
Además de un par de cuernos. ¿Qué demonios...?
La habitación está poco amueblada, así que no hay mucho que ver, excepto una
cómoda a mi izquierda, hecha de la misma madera oscura que las paredes y el suelo, y
43 una mesita de noche. De nuevo, oscura y de madera. Opresiva. Y luego está la cama en
la que estoy sentada.
Me miro y lo primero que noto son las quemaduras. Quemaduras de cuerda
alrededor de mis muñecas. Todas rojas e inflamadas. Mi vestido de ayer -de alguna
manera, sé que ha pasado suficiente tiempo como para que sea mañana- está todo sucio
y manchado de tierra y grasa. Una sábana cubre mi regazo, oscura como el resto de la
decoración y en contraste con mi vestido blanco. La sábana pica, como si no se hubiera
usado en mucho tiempo, pero es cálida. Lo que significa que, de alguna manera, soy la
primera persona en ponerle fin a su desuso, y lo he estado haciendo durante
posiblemente unas cuantas horas.
Dios mío, ¿qué es este lugar?
¿Qué carajos es este lugar y qué estoy haciendo aquí? ¿Qué...?
Salto de la cama, pero en cuanto mis pies descalzos tocan el suelo de madera me
doy cuenta de lo débil que estoy. Qué temblorosa y nerviosa estoy, y cómo da vueltas
toda la habitación. Voy a vomitar. Lo voy a hacer. Siento cómo me sube la bilis. Pero, de
alguna manera, consigo respirar hondo y retener el contenido de mi estómago.
Cuando recupero el equilibrio, mis ojos se fijan en la puerta que tengo justo
delante.
Y corro.
No lo pienso. No pienso en lo que voy a encontrar al otro lado. Lo único que sé es
que tengo que llegar hasta allí. Tengo que girar ese pomo plateado, abrir la puerta y salir
de aquí. Necesito salir, salir, salir de esta habitación opresiva en la que parece que no
puedo respirar. Y ya estoy allí. Estoy ahí, con el brazo estirado, los dedos a punto de tocar
el pomo, cuando ocurre.
Algo vuela por el aire, lo siento pasar junto a mí con un silbido, haciendo que se
me erice el vello de la nuca con un escalofrío repentino, y se clava en la puerta.
Un cuchillo.
Una navaja con mango negro y una hoja afilada y brillante. Está a apenas unos
centímetros de mi cabeza, y la idea de que esa distancia se acorte y que la hoja se clave
en otro lugar que no sea la madera maciza me hace cerrar los ojos con fuerza. Hace que
mi corazón lata tan fuerte que podría estar golpeando la puerta en la que el cuchillo, y yo,
estamos clavados en este momento. Pero ni todo el caos de mi cuerpo podría haber
impedido que esa voz me llegara.
Esa voz áspera y profunda, tan poco utilizada como la sábana que cubre mi cuerpo.
—Yo que tú, no haría eso.
Por extraño que parezca, mi primer pensamiento es que probablemente sea la
primera vez que habla desde que nos conocimos en la cafetería. Como si me hubiera
dicho sus últimas palabras y luego no hubiera vuelto a hablar hasta ahora. No sé por qué
44 eso importa, ni por qué se me ha pasado por la cabeza. Lo único que sé es que está aquí.
Está detrás de mí y acaba de lanzarme un cuchillo.
Me ha lanzado un cuchillo.
Un cuchillo.
Dios mío, Dios mío; Dios mío, ¿qué está pasando? ¿Qué es esto? ¿Qué es...?
—Si corres, te atraparé. —Continúa, provocándome escalofríos por todo el
cuerpo—. Sería una pérdida de tiempo para los dos.
Debería darme la vuelta ahora. En lugar de quedarme pegada a la puerta, mirando
el cuchillo que podría haberme matado, debería enfrentarme a él. Debería mostrar algo
de fuerza. A pesar del miedo que me paraliza la mente, lo sé.
Pero no puedo moverme.
Tiemblo como una hoja, pero no consigo moverme.
Ni siquiera cuando lo oigo respirar hondo, como si suspirara con impaciencia,
seguido de un crujido de fondo. Luego:
—Estamos en medio de la nada. No hay muchos lugares a los que puedas huir.
Además, no creo que puedas correr en absoluto. La droga que te he dado tarda un tiempo
en desaparecer y, hasta que lo haga, estarás desorientada y tambaleante. Así que tu
mejor opción es quedarte aquí y descansar un poco.
Droga.
¿Me ha drogado? Él... Dios mío. En un instante, me doy la vuelta y ahí está.
O, al menos, ahí está su espalda desnuda.
Está de pie junto a la cómoda, de espaldas. Lleva una toalla envuelta alrededor de
su estrecha cintura, pero, aparte de eso, no lleva nada más puesto. Miro hacia un lado y
veo otra puerta entreabierta de la que sale vapor, lo que me indica que él estaba allí,
probablemente duchándose. Estaba tan ocupada con todo lo demás que no me di cuenta
de que también había un baño aquí.
Pero ahora me doy cuenta.
Tiene el pelo mojado, oscuro y con gotas de agua que le caen por el cuello grueso
y musculoso antes de perderse en la amplitud de su espalda. Y amplitud es la palabra
adecuada, porque es enorme. Es musculosa, con omóplatos densos y abanicados y la
línea elegante y cónica de la columna vertebral.
Tenía razón cuando dije que me recordaba a las montañas que veo cada día desde
mi ventana. Inquebrantable y fuerte, hecho de músculos gruesos y robustos. Le hacen
parecer un luchador capaz de aplastar a cualquiera con sus puños. Un forajido, un
criminal que secuestra a gente en las calles.
Que me secuestró a mí.
45 Siento que la bilis vuelve a subir, pero la reprimo porque aún no he terminado de
examinar su espalda. Porque los músculos fuertes y aterradores no son lo único que
requiere mi atención; hay algo más en su espalda que necesito estudiar. Concretamente,
junto a su omóplato izquierdo.
Una letra.
Es la primera letra de mi nombre. Una R; pero lo más importante es que es una
marca. Como las que se ven en los animales, en el ganado. Puesta con un hierro
candente; y, Dios mío, es una locura. ¿Por qué tiene una letra marcada en la espalda?
Un segundo después, mis pensamientos se desintegran porque él deja caer la
toalla, lo único que lo cubría, y vuelvo a cerrar los ojos con fuerza. Los aprieto y los aprieto
con tanta fuerza que empiezo a sentirme mareada de nuevo. Me tiemblan las rodillas y
siento náuseas. No sé si...
—Ya puedes abrir los ojos —dice él.
Y los abro de golpe.
Lo primero que noto es que está cubierto. Lleva una camiseta y unos pantalones.
No puedo dar muchos detalles sobre ellos, salvo que son de color oscuro, porque mi
atención se centra en otras cosas.
Como su rostro.
Sé que lo vi ayer, pero lo miro como si fuera la primera vez. Y tal vez lo sea, porque
hace un día pensaba que era el hombre de mis sueños, pero hoy sé que es el hombre de
mis pesadillas.
Sé que no ha habido ningún error. Por mucho que quiera que sea así, sé que no
se trata de una confusión. Sé que no es Bo Porter. Es un Grayson.
Sus ojos son tan oscuros como ayer, pero ahora puedo imaginarlos brillando en la
noche, como si pertenecieran a un animal salvaje, un depredador evolucionado para ver
en la oscuridad total. Su mandíbula sigue tan poblada como ayer, quizá más, pero hoy
creo que el vello podría ser tan afilado como la navaja que aún está a centímetros de mi
cara. Sus pómulos son altos y afilados, igual que en la cafetería, pero hoy parecen
acantilados peligrosos de los que podrías caer y morir.
Dios, es una trampa mortal, ¿no?
Todo su cuerpo. Su rostro.
Pero nada, ni siquiera el dolor de la muerte, podría disminuir una sola cosa de su
belleza. En todo caso, ahora que sé quién es, todo tiene sentido. Por qué sentía tanto
miedo. Por qué parecía tan amenazante. Por qué su belleza me parecía desgarradora.
Porque lo es.
Pero ¿qué hacía en la cafetería? ¿Cómo sabía que tenía que estar allí? ¿Cómo
sabía que tenía que pedirme esas cosas, que solo le había contado a Bo? ¿Cómo...?

46 —¿Cómo te sientes? —pregunta, apoyándose ahora contra la cómoda.


Tengo la lengua pegada al paladar, pero de alguna manera consigo despegarla.
Apoyándome en la puerta, digo:
—¿Tú... tú me has drogado?
Recorre mi rostro con sus ojos de depredador.
—Tenía que hacerlo.
Hundo las uñas en la puerta.
—¿Tenías que hacerlo?
—No podía permitir que gritaras cuando te metí en el maletero de mi coche.
Sus palabras provocan un escalofrío enorme que recorre mi cuerpo, haciendo que
las quemaduras de la cuerda en mis muñecas me hormigueen. Tengo que respirar
profundamente para poder seguir hablando:
—¿Qué... qué es este lugar?
Sus ojos se clavan en los míos, con expresión inexpresiva.
—Una cabaña de caza.
—¿Los...? —Respiro con dificultad—. ¿Los mataste?
—¿Matar a quién?
—A estos animales —respondo, sin apartar la mirada de él—. Las cabezas. ¿Tú...?
Mi pregunta no provoca ninguna expresión en su rostro.
—A la mayoría.
Para la siguiente pregunta, en lugar de la madera de la puerta, clavo las uñas en
mis muslos.
—¿Tú... mataste...? —Cierro los ojos por un segundo—. ¿Lo mataste? ¿Mataste a
Bo?
Una vez más, su rostro no muestra ninguna emoción. Se mantiene frío y distante
mientras responde:
—No.
Se me escapa un suspiro.
Probablemente el primero desde que llegué que no ha sido entrecortado o
esporádico.
Abro los puños y presiono mis palmas sudorosas contra mis muslos.
—Entonces, ¿él está... bien? No le... ¿No le hiciste daño? No le…
—Bo no existe —dice, interrumpiéndome.
Desde que comenzamos esta conversación cara a cara, esta es la única vez que
47 sus rasgos han cambiado. Hay una expresión acechando allí que no puedo nombrar con
certeza, pero se parece a... irritación, con líneas alrededor de su boca y sus ojos
apretados con fuerza.
—¿Qué? —exhalo.
Él aprieta la mandíbula por un segundo.
—El hombre por el que estás tan alterada no existe. —Luego—. O más bien, existe,
pero no le importa que tú existas. Así que probablemente deberías ahorrarte tu
preocupación.
—¿Qué? ¿Qué significa eso?
—Significa que te traicionó.
Vuelvo a agarrarme a la puerta, clavando las uñas en la madera. Como si me
preparara para algo, algo grande y que cambiará mi vida, mientras él habla.
—Bo Porter, el tipo que crees que es tu novio y que pensabas que sería una opción
segura debido a su detención por drogas, es un maldito drogadicto. Es difícil conseguir
cocaína cuando estás dentro. No se puede hacer sin ayuda seria. Él sabía que yo podía
proporcionarle esa ayuda. Normalmente no me gusta prestar atención a gente como él,
pero, afortunadamente para él, consiguió algo que sabía que yo quería.
Mis piernas se deslizan una contra otra, sudorosas y pegajosas. Mis palmas
resbalan por la puerta, pero de alguna manera me mantengo en pie y repito como un
loro:
—Algo que tú querrías.
Él inclina la barbilla.
—Tu carta.
—Mi…
—La primera. —Luego, con la mandíbula temblando, continúa—: Así que ya ves,
no te gustaría encontrarte con un drogadicto en un callejón oscuro. Porque te vendería
por una bolsa de cocaína mientras tú te quedas ahí parada con tu bonita boquita abierta
y los ojos muy abiertos por la sorpresa, a punto de desmayarte por la traición.
Así es como me veo ahora mismo, pienso.
Acaba de describirme.
Sin embargo, se le olvidó mencionar cómo estoy temblando ahora mismo. Cómo
mis miembros sudorosos están a punto de ceder bajo la presión de lo que acaba de
revelar. Cómo estoy a punto de derrumbarme. Y no solo por la traición, sino por otra cosa
de la que me acabo de dar cuenta.
Siempre estuvo ahí, en el fondo de mi mente, rondándome. Me negaba a
reconocerlo. Me negaba a pensar en ello porque quería ser inteligente. No quería ser
como mi madre, que se enamoró de un hombre que no era adecuado para ella. Pero ya
48 no puedo negarlo.
Amo a Bo.
Estoy enamorada de Bo Porter.
No sé cuándo ocurrió, pero ocurrió. En algún momento de los últimos seis meses,
el desconocido que me hizo sentir segura desde el principio se convirtió, de alguna
manera, en el primer hombre del que me enamoré.
—Así que ha sido... —Parpadeo y respiro—. ¿Tú?
Sus ojos oscuros van de uno a otro.
—Yo.
Parpadeo y vuelvo a respirar. Luego:
—¿Todo este tiempo?
Algo vuelve a cruzar su rostro, pero estoy demasiado mareada para averiguar qué
es.
—Desde el principio.
Es entonces cuando me derrumbo.
O mi mente lo hace, porque todos los pensamientos, todos los sentimientos, todas
las emociones de las que soy capaz salen a la superficie y se desbocan. Corren de una
parte a otra de mi cerebro. Corren por mis venas y llenan cada rincón de mi cuerpo,
haciéndome sentir tan pesada, tan, tan pesada. Tan dolorida. Tan llena de dolor.
Dios, es tanto dolor que tengo que soltar la puerta y presionar ambas manos sobre
mi vientre. Tengo que apretar los muslos, tensar los músculos para poder soportarlo.
Soportar la verdad.
Que no existe Bo. Nunca existió. El hombre del que me enamoré no existe. O
existe, pero todo lo relacionado con él era una mentira. Me enamoré de una mentira. De
una ilusión.
Mi primer amor no fue amor en absoluto; fue una traición.
Pero no... sigo sin entenderlo.
—¿Por qué querrías mis cartas...?
Mi subconsciente se adelanta a mi cerebro y mis palabras se desvanecen. Él
querría mis cartas. Porque cree que Peyton las escribía.
Piensa que soy Peyton.
No me secuestró porque esté relacionada con los Turner. No, me secuestró
porque cree que soy una Turner. Cree que soy su enemiga. Cree que soy alguien a quien
matar y destruir.
Porque eso es lo que los Grayson y los Turner se han estado haciendo

49 mutuamente.
Todo el mundo en la ciudad, en todo el estado de Montana, conoce a las dos
familias enemistadas de Black Rock. Llevan años, décadas, enfrentándose por las tierras.
La disputa no se limita a desacuerdos triviales. Ni siquiera se limita a emboscadas en
medio de la noche, cortar cercas y robar ganado. Incendiar madera y destruir equipos no
es suficiente para ellos. Implica hacer desaparecer a personas, espiar, hacer negocios
turbios y chantajear. Su enemistad fue la razón por la que nos fuimos de Black Rock en
primer lugar; ya no era seguro para nosotras quedarnos allí.
Porque una noche, los Grayson llevaron años de peleas a nuestra casa.
Sé que debería tener miedo, y Dios mío, lo tengo, estoy temblando, pero no puedo
evitar darme cuenta de la ironía. Ambos hemos estado fingiendo ser otras personas.
Ambos nos hemos estado mintiendo el uno al otro. La única diferencia es que él lo hizo
por malicia, cuya profundidad aún no he descubierto, mientras que mi mentira fue
inocente.
Díselo.
Díselo ahora.
Abro la boca para hacerlo, pero sale otra cosa:
—Así que tú... fingiste ser —no puedo decirlo; no puedo decir el nombre del tipo
del que me he enamorado tontamente—, él y me escribiste cartas porque querías, ¿qué,
engañarme?
—Más bien para que confiaras en mí, pero engañarte también sirve.
Me apoyo con más fuerza contra la puerta, clavándome los omóplatos en la
madera.
—¿Para poder... traerme aquí?
Me estudia durante un instante, como si buscara algo, pero no sé qué. No tengo
nada que darle.
Ni siquiera soy la chica adecuada.
—No exactamente —dice finalmente, cambiando el peso de un pie a otro.
—¿Qué?
—Traerte aquí no era el plan.
—¿El p-plan?
—Todas A, ¿verdad? Excepto sociología. —Su mandíbula tiembla—. Pensaba que
eras inteligente. Pero seguirme hasta mi motel, no tanto.
Abro mucho los ojos.
—¿Tú... lo sabías?
—Soy un exconvicto —dice, con la mirada fija y el rostro impasible, salvo por un
50 ligero atisbo de irritación—. No se sigue a un exconvicto, sobre todo cuando no tienes ni
idea de cómo seguir a alguien. —Ante mi confusión, continúa—: Recogiste a un par de
tipos de camino aquí. Yo me encargué de ellos más tarde.
Mi corazón se acelera.
—¿Los... eso significa que los mataste?
Me mira con indiferencia.
—No, solo los dejé inconscientes. No puedo matar a nadie a plena luz del día.
Niego con la cabeza.
—Yo... no puedo…
—Pensé que habrías espabilado cuando te fuiste, pero —su mandíbula vuelve a
tensarse—, tenías que venir a buscarme, ¿verdad? Me sorprendió un poco cuando me
llamó el recepcionista y me dijo que una chica había venido a buscarme. Así que no, no
era mi intención drogarte y traerte aquí. Pero tampoco podía arriesgarme a que volvieras
corriendo con tu familia y les contaras lo mío.
Familia.
Se refiere a los Turner. Tengo que decírselo. Tengo que decirle que no soy la chica
que él cree que soy. Pero, una vez más, me sale otra cosa:
—No diré nada.
No digna eso con una respuesta.
—No lo haré —insisto, arañando la puerta con las uñas—. Si me dejas ir ahora
mismo, lo... lo olvidaré todo. Olvidaré las cartas. El secuestro. Todo lo que hiciste. Todo.
Solo tienes que dejarme ir. Solo tienes que…
—No —dice.
De manera definitiva. Decisiva.
Como si eso concluyera toda discusión. Como si pudiera retenerme aquí. Como si
tuviera derecho a retenerme aquí.
—No puedes hacer esto —digo, con voz aguda—. No puedes retenerme aquí. No
puedes…
—Sí puedo.
—Me estarán buscando —digo de repente—. Mi familia. Estarán... tienes que
dejarme ir. Tienes que dejarme ir con mi familia.
Miente. Miente. Miente.
Todo son mentiras, pero tengo que decir algo, cualquier cosa para que me deje
marchar.

51 —Y lo haré —dice, con total calma—. Cuando yo quiera.


—Pero esto es... —niego con la cabeza—. Mis amigos. Mis…
—No tienes amigos —me recuerda, con sus ojos oscuros brillando—. Tu única
amiga se fue a las Bahamas por el verano. No tienes trabajo, ni clases. Tu mamá está de
gira por Europa, como siempre, y tu papá y tu hermano están en Black Rock. Me hice
cargo de tu teléfono y no tienes a nadie. Nadie te está buscando. Nadie te extrañará. La
única persona que se preguntaría por ti si tu carta no llegara puntualmente el martes está
aquí mismo.
Tiene razón. Nadie me echará de menos. No tengo amigos. No tengo clases ni
trabajo. La única persona que creía tener está justo delante de mí.
—¿Vas a matarme? —le pregunto entonces.
Deja pasar un momento antes de responder:
—No.
—Entonces, ¿por qué...?
—No me sirves de nada muerta.
—¿Para qué? ¿Para qué me vas a utilizar?
Esta vez se queda en silencio durante más tiempo, observándome con atención
mientras permanece de pie con los pies separados a la altura de los hombros y la espalda
recta. Tiene los puños cerrados a los lados y la mirada tan fija como siempre. Y aunque
está al otro lado de la habitación, siento como si estuviera a mi lado.
Justo donde estoy.
Siento como si pudiera olerlo, su peligroso aroma. Como si pudiera oír los latidos
de su corazón, un tamborileo amenazador. Siento como si estuviera absorbiendo todo el
aire, sin dejarme nada a mí. Ahogándome sin ponerme un dedo encima.
Finalmente, tras una larga inspiración, responde:
—Venganza.
Para: Peyton Turner
De: Bo Porter

Así que tu madre fue una idiota por enamorarse de un hombre como tu padre.
52 Y ahora los estás dejando ganar a ambos al vivir la vida de una nonagenaria.
¿Lo he entendido bien?

Bo

Para: Bo Porter
De: Peyton Turner

Querido Bo:
¡No vivo como una nonagenaria!
No salgo de fiesta ni me emborracho como el resto de mis compañeros de clase
porque es lo responsable. De hecho, es todo lo contrario a vivir como una persona de
noventa años. Porque, al menos, no vomito hasta las entrañas y no parezco estar en mi
lecho de muerte cuando voy a clase. Además de dar un tambaleante paseo de la
vergüenza a la mañana siguiente porque el chico con el que decidí acostarme resultó
ser un maldito cerdo que orina en el lavabo porque está demasiado resacoso para
buscar el baño.
¿Te queda claro?
Otra cosa: tampoco voy a dejar que él gane. Una vez más, voy a hacer lo
contrario. Voy a vengarme siendo inteligente. Vengarse o tomar represalias no consiste
en hacer pagar a la otra persona. Se trata de vivir una buena vida y no dejar que te
afecten. Se trata de no dejar que te quiten una parte de ti.
Porque ya te han quitado suficiente.

Peyton
Para: Peyton Turner
De: Bo Porter

Peyton
Es bonito lo que has dicho sobre la venganza.
Apuesto a que lo leíste en un libro. Porque eso es lo único que pareces hacer.
Según tú misma admites, no haces nada más que leer. Vivías en un rancho, pero nunca
53 has montado a caballo. Extrañas el lugar donde creciste, pero no vas a volver allí.
Porque en realidad no vas a ningún lado. No ves nada ni conoces a nadie.
Vives una vida cautelosa. Una vida segura. Una vida en la que te escondes de
todo lo que podría afectarte porque no quieres cometer los mismos errores que
cometió tu madre. Así que tu solución es no cometer ningún error.
Eso no es venganza ni inteligencia.
Es ser cobarde.
Así que no creo que seas tú a quien deba pedir consejo, ¿verdad?

Bo

Para: Bo Porter
De: Peyton Turner

Querido Bo:
Podría estar muy enojada en este momento.
Podría insultarte y te lo merecerías. Sabes que te lo merecerías.
Pero no lo haré. Porque creo que te ha pasado algo, ¿verdad? Algo grande. Algo
malo. Algo que te ha enfadado. Tan enfadado que te desquitas conmigo, aunque yo no
sea la persona con la que estás enfadado.
Y sí, leí sobre la venganza en un libro. Era un libro muy bueno. Se llama Cumbres
Borrascosas y ya sabes que es mi libro favorito. Me recuerdas a Heathcliff, pero en
lugar de páramos rocosos y una finca, tienes un rancho y botas de vaquero
polvorientas. Deberías leerlo. Y luego deberías pensar en dejar ir parte de ese enojo.
Además, en mi primera carta te dije que, aunque esto es un trabajo, puedo ser
tu amiga, así que considera esto mi solicitud oficial.
Para ser tu amiga.

Peyton

PD: Eres un idiota, para que lo sepas. Y si estuvieras delante de mí, te daría un
puñetazo.

54
CUANDO ME DESPIERTO al día siguiente, sé exactamente dónde estoy.
En una cabaña de caza.
Su cabaña de caza.
55 El hombre que me ha estado mintiendo durante seis meses. Me ha estado
engañando durante seis meses enteros solo para poder atraerme. Y cuando descubrí su
verdadero nombre, me trajo aquí. Para vengarse. Porque algo le pasó, ¿no? Algo malo.
Pensé que le había pasado a Bo. Pero Bo no existe; solo existe él.
El sonido del papel arrugándose me alerta de que no estoy sola y, jadeando, me
siento en la cama.
A diferencia de ayer, él está en la habitación conmigo. Está sentado en una silla en
la esquina, frente a la cama. Hay una mesita delante de él con una bolsa de papel marrón
que estaba mirando, pero en cuanto me incorporo, su atención se centra en mí. Sus ojos
negros se clavan en los míos y mi respiración se acelera.
Parece... agotado.
O más bien desaliñado.
No sé cómo describirlo, pero tiene el pelo revuelto, con mechones que sobresalen
por todas partes, como si se hubiera pasado toda la noche pasándose los dedos por él.
Su barba también parece despeinada, más espesa que ayer, más oscura, y los ojos con
los que me mira parecen enrojecidos y ligeramente hundidos. Por la forma en que está
sentado, con las piernas extendidas, inclinado hacia adelante, con los codos sobre los
muslos, parece que ha pasado la noche en la misma posición.
Como si nunca se hubiera dormido.
Mis pensamientos se interrumpen cuando se endereza, con el rostro inexpresivo,
y se recuesta.
—Bien, estás despierta.
Creo que todavía me estoy acostumbrando a su voz, tan grave y ronca, porque
durante los primeros segundos después de que habla, me pierdo en sus sílabas
arrastradas y graves, pensando en las letras, tratando de escuchar las palabras que
escribió.
Dios, eres una idiota, Riri. Una gran idiota.
—Ahí está el desayuno —continúa diciendo con un movimiento de la mandíbula.
Aferrándome a la sábana contra mi pecho, miro hacia donde ha señalado y,
efectivamente, hay un plato con huevos, tocino y tostadas en la mesita de noche, junto
con un vaso de jugo. Pero lo que llama mi atención es el muffin que hay junto a las
tostadas. Es mi favorito, el mismo que él pidió en la cafetería. El de fresa y migas.
Mi corazón se aprieta con tanta fuerza en mi pecho que tengo que hacer un
esfuerzo consciente para no acurrucarme en una bola. Para no balancearme y gritar,
tratando de derribar la puerta con los puños como hice anoche después de que me dejara
encerrada en la habitación hasta que finalmente me desmayé y me desperté ahora.
Quiero exigirle que se retracte de todo lo que dijo ayer. De todo lo que reveló. Quiero

56
que me diga que estaba mintiendo. Que todas sus cartas eran ciertas y que esto es una
broma de mal gusto.
Una broma de pesadilla.
Quiero que me diga que es mi Bo. Que es el hombre del que me enamoré y ni
siquiera me di cuenta hasta que descubrí que no existe.
—Cómelo —sigue diciendo, con voz seria, interrumpiendo mis furiosos
pensamientos—. Arréglate y luego tenemos que irnos.
Ante esto, me pongo en alerta. Mi dolor y mi desamor pasan a un segundo plano
mientras el miedo se apodera de mí.
—¿Irnos a dónde? —pregunto, con una voz demasiado aguda para ser primera
hora de la mañana.
—A la ciudad.
Me muevo en la cama, agarrando la sábana con más fuerza.
—¿Qué pueblo? ¿Dónde estamos?
Sé que dijo que estamos en medio de la nada, pero tiene que ser en algún lugar.
Tiene que ser...
—No tienes que preocuparte por eso —dice, y con eso me despide.
Se levanta y se dirige a la puerta.
Con respiraciones cada vez más rápidas, observo cómo sus largas piernas
recorren la distancia que lo separa de la puerta como si no pudiera salir de aquí lo
suficientemente rápido. Como si su vida dependiera de alejarse de aquí, de mí. La chica
a la que secuestró y ahora retiene contra su voluntad. Y eso me enfurece tanto, me
enfurece tanto, que tiro las sábanas a un lado y salto de la cama.
No solo eso, sino que, cegada por la rabia, agarro el vaso de jugo y se lo tiro. Veo
cómo vuela por los aires, salpicando el líquido por todas partes antes de golpear.
Pero no a él.
Le caen unas gotas de jugo, pero aparte de eso, está a salvo. El vaso, por
desgracia, golpea la puerta, probablemente en el mismo lugar que el cuchillo, antes de
romperse en mil pedazos que llueven sobre el piso. El golpe me hace retroceder, pero
no me desanima. Me quedo de pie con los puños apretados y el pecho temblando.
Lentamente, se da la vuelta para mirarme.
Echa un vistazo a los pedazos de vidrio rotos y a los charcos de líquido antes de
volver a mirarme. Y esa mirada áspera, la que me hizo pensar que probablemente no
había dormido nada, ha desaparecido. Ahora sus ojos están alertas. Su mandíbula,
cubierta de una espesa barba incipiente, está firmemente apretada y, aunque el resto de
sus rasgos están tan inexpresivos como siempre, puedo sentir la intensidad que se
esconde bajo la superficie.
57 Eso me hace vacilar un poco. Esa amenaza acechante, pero al carajo con eso.
A la mierda el miedo.
A la mierda con acobardarme. Ahora mismo estoy muy enojada. Muy, muy
enojada. Y no es solo porque él esté jugando conmigo, sino también por el hecho de que
esto esté sucediendo. De alguna manera, esta es mi vida ahora mismo. De alguna
manera, después de hacer todo bien, después de ser cautelosa y cuidadosa y seguir
todas las reglas, aun así terminé aquí.
Aun así he terminado como mi madre, enamorándome del hombre equivocado.
Levanto la barbilla.
—Dime a dónde vamos.
Porque voy a arreglarlo.
Voy a salir de aquí. Voy a salvarme. A diferencia de mi madre. Y también voy a
salvar a mi mejor amigo. Porque él no me quiere, ¿verdad? Todo su plan, sea lo que sea,
depende de Peyton, pero no va a conseguirla.
No se lo permitiré.
Me observa, mi barbilla levantada, mi pecho agitado. Mis manos cerradas en puños
y mi postura de combate.
Bien.
Que vea que no soy una persona débil que se va a quedar quieta y dejar que me
pisotee. No soy una universitaria que lo va a dejar hacer lo que quiera solo porque sea
un vaquero grande y malo.
Una vez que termina de leerme, veo cómo se mueve su pecho con una larga
respiración mientras se mueve y se apoya contra la puerta. Cruza los brazos como si se
estuviera preparando para una larga espera. Entonces, dice:
—No.
Aprieto los puños con más fuerza.
—Entonces, no voy a ir a ningún lado contigo.
—Creo que sí.
—No, no iré. No hasta que me digas exactamente a dónde vamos y por qué vamos
allí.
Una vez más, se toma su tiempo para responder.
Observa mis mejillas, que deben de estar sonrojadas en ese momento; el pulso
que late en la base de mi garganta; mi pelo, probablemente despeinado y revuelto por el
sueño. Y algo cambia en su mirada. No sé qué es, pero se oscurece y brilla mientras me
desafía:

58 —¿O qué?
—O yo…
Dejo la frase en el aire, tratando de pensar en una respuesta adecuada, pero él
aprovecha mi pausa y dice:
—¿Gritarás?
—Tú…
—No hay nadie cerca para oírte. Estamos en medio de la nada, ¿recuerdas?
—Yo…
Inclinando la cabeza hacia un lado, continúa:
—¿Y no lo hiciste ya anoche? —Abro la boca para replicar, pero él se me
adelanta—. No creo que sirviera para nada, salvo para darme dolor de cabeza, así que
yo me ahorraría el esfuerzo.
—Oh, prefiero el dolor de cabeza —digo, mirándolo con ira—. Quizá esta vez, si
grito lo suficientemente fuerte, pueda hacer que te explote la cabeza.
Sus ojos brillan con una luz que no entiendo, pero que hace que mi corazón se
acelere.
—O tal vez pueda amordazarte de nuevo. Y si eso no soluciona el problema,
siempre puedo darte el tranquilizante. No quiero hacerlo, pero lo haré.
Mi corazón da un vuelco.
—¿El tranquilizante?
—El sedante —explica—. También conocido como xilazina.
Frunzo el ceño, mi mente se acelera y entonces caigo en la cuenta.
—Eso es... ¿Me diste un tranquilizante para caballos?
Sus ojos vuelven a brillar.
—Sí.
—Pero eso es... eso es peligroso. Es tan... Se encuentra en sustancias ilegales —
digo con voz chillona.
—Lo sé.
—Podrías haberme dado una sobredosis.
Algo parecido a la arrogancia se refleja en su rostro antes de decir:
—Hace ocho años que no soy vaquero, pero sé cuáles son las dosis de
tranquilizantes. Además, era por tu propia seguridad.
—¿Seguridad? —repito, con voz aún más chillona.
59 —Sí, más que gritar dentro de mi maletero, no podía permitir que te movieras y
golpearas algo, lastimándote en el proceso.
—Pero no puedes simplemente... podría haber sido alérgica.
—A mí me pareces bien, pero —me mira de arriba abajo—, siempre puedo
comprobar si tienes alguna erupción.
—Tú…
—Ahora, si no hay nada más, ¿qué tal si te comes el desayuno antes de que se
enfríe y te preparas para salir? —Me indica con la barbilla—. Tienes treinta minutos.
Dios.
Dios mío.
Mirándolo con ira, le espeto:
—No voy a comer tu estúpido desayuno.
—Probablemente deberías hacerlo.
—¿Qué te hace pensar que voy a comer algo después de lo que me acabas de
decir?
—Probablemente porque anoche no cenaste y debes de tener hambre.
Mi estómago gruñe como si sus palabras lo hubieran despertado y, por la luz de
sus ojos, sé que lo ha oído. Pero lo ignoro.
—No, gracias. No tocaré la comida que me des ni con un palo de tres metros. —
No sé qué me lleva a decirlo, pero añado—: Además, no como tocino.
Eso lo hace detenerse.
—¿Qué?
—Soy vegetariana —le informo, o más bien, le miento.
Me mira durante un segundo.
—Eres vegetariana.
—Sí. —Luego—. Es curioso que nunca haya salido el tema antes. Ya sabes,
cuando me mentías y fingías ser mi Bo durante seis meses enteros. —Noto que aprieta
la mandíbula, pero sigo—: Creo que matar animales para comer es repugnante. Matar
animales por deporte —me aseguro de mirar alrededor de la habitación y a todas las
cabezas de animales—, es repugnante. Tú eres repugnante.
De nuevo, me mira durante un segundo o dos, con la mandíbula apretada. Luego,
tras respirar hondo, dice:
—Está bien, te conseguiré un poco de hierba para que comas por el camino.
—No voy a ir a ningún lado contigo —le respondo bruscamente, resistiendo a
60 duras penas el impulso de dar una patada en el suelo—. No hasta que respondas a mis
preguntas.
—¿Por qué? ¿Crees que podrías detenerlo si supieras a dónde vamos y lo que te
va a pasar cuando lleguemos allí?
¿Qué me va a pasar...?
De acuerdo, bien.
No te asustes.
No te asustes.
Respiro por la nariz, lleno mis pulmones y mi cuerpo de aire y determinación.
Aprieto los ojos con fuerza.
—Mira, esto es una locura, ¿de acuerdo? Esto es una auténtica locura. Esto es...
No puedes retenerme aquí. No puedes... no puedes secuestrar a la gente. Esto no es
normal. Nada de esto es normal. Esto es… —Abro los ojos y le dejo ver mi frustración—
. No sé por qué quieres venganza. No sé qué hicieron, pero hicieron algo, ¿no? Esto no
es solo una disputa familiar. No se trata de la rivalidad entre Grayson y Turner. Lo sé. Lo
sabía entonces, cuando estábamos… —Respiro hondo porque siento un dolor punzante
en el estómago—. Cuando nos escribíamos. Nunca... dijiste nada, pero yo lo sabía. Y lo
siento, ¿de acuerdo? Lo siento. Siento que te pasaran cosas malas. Siento lo que te
hicieron. Pero no tiene nada que ver conmigo. Nada. Así que, por favor, déjame ir. Esto
es... esto no es justo. No me lo merezco. Y —niego con la cabeza—, sea lo que sea lo
que estés planeando, no te va a traer paz. Sé que crees que todo es una tontería, que lo
leí en libros o lo que sea, pero es la verdad. La venganza no es el camino. La venganza
no es la respuesta. No es…
—¿Terminaste?
Mi respiración es entrecortada y tan rápida que siento que voy a desmayarme.
—Por favor, ¿de acuerdo? No hagas esto. No...
—Desayuna o no. Tienes treinta minutos —dice, desplegando los brazos y
alejándose de la puerta, una vez más dispuesto a dejar esto atrás.
Y yo simplemente...
Pierdo los estribos.
Pierdo completamente los estribos, pero esta vez, mientras grito, voy por el plato.
Agarro el desayuno que me ha dejado y se lo tiro. Ni siquiera sé dónde cae, pero el sonido
me dice que el plato también se rompe como el vaso. Estoy ocupada recogiendo el
tenedor que está en la mesita de noche y lo agarro con la mano como si fuera un cuchillo.
Y me lanzo sobre él, con el tenedor listo para apuñalarlo, pero antes de que pueda
dar siquiera dos pasos hacia mi objetivo, él me alcanza. Me agarra por la cintura, me
levanta del suelo, me da la vuelta y me pega la espalda a su pecho. Todo en un
61 movimiento fluido y aterrador. Y ahora estoy aquí, atrapada en su abrazo, con su
musculoso brazo como una banda de acero alrededor de mi vientre.
Con gran facilidad, como si fuera un juego de niños, me quita el tenedor y lo tira a
un lado. A pesar de mi respiración entrecortada, oigo cómo cae al suelo con un ruido
patético. Y entonces, Dios mío, entonces, me rodea el cuello con los dedos y aprieta.
Ni fuerte, ni suave, solo con firmeza, y todas mis ruidosas respiraciones se
detienen.
Me quedo inmóvil. Ni siquiera tiemblo. Estoy petrificada, convertida en piedra.
Aun así, puedo sentirlo detrás de mí.
Como un depredador oscuro, su pecho se mueve, respira, se desliza por mi
columna vertebral; su calor, Dios, está tan caliente, casi ardiendo, que me hace sudar; su
olor me marea. Y sus manos sobre mí, grandes y ásperas, amenazantes. Así es como
imagino que se sentiría estar en las garras de un lobo o una pantera.
Indefensa y asustada.
Tengo tanto miedo.
Pero no creo que mi piel deba ponerse de punta ni que mis nervios deban sentirse
tan eléctricos como ahora. No creo que deba abrir la boca para respirarlo más
profundamente ni sentir un cosquilleo en el estómago cuando lo hago.
Estoy enferma, ¿verdad? Soy una retorcida por sentirme así.
Él baja la cara, su barba incipiente, afilada como una navaja, se desliza por mi
mejilla mientras dice:
—¿Ya terminaste con tus berrinches?
Tragué saliva.
Él aprieta su mano alrededor de mi garganta, haciéndome chirriar.
—¿Has terminado o no? Di sí o no.
Aprieto los ojos con fuerza.
—S-sí.
—Bien —dice, apretando de nuevo los dedos alrededor de mi garganta—. Ahora
quiero que me escuches, ¿de acuerdo? ¿Me estás escuchando?
—Sí.
Su pecho se mueve con otra respiración.
—Primero, hay vidrios por todas partes, ¿verdad? Tu maldita rabieta ha dejado
todo hecho un desastre. Así que después de esto, cuando te diga que te quedes en la
cama hasta que lo limpie, vas a hacerlo.
Amplió los ojos.

62 —¿Qué?
—¿Está claro?
—Tú... —Me humedezco los labios secos—. ¿Quieres que me quede en la cama
porque hay cristales por todas partes?
—Sí —responde con voz ronca, asintiendo, lo que hace que su barba incipiente
me pique la piel y me muerda el labio—. ¿Vas a hacerlo por mí?
—¿Por qué?
—Porque podrías hacerte daño.
—¿Como en el... en el maletero? Antes.
—Sí —dice, y esa aceleración en mi estómago aumenta.
¿Por qué le importa? ¿Qué le importa si me lastimo?
Dios, esto es una locura.
De alguna manera consigo asentir.
—Sí. Me quedaré quieta.
—Bien —elogia de nuevo, y hay algo en eso que me hace sentir extraña otra vez.
Pero no puedo concentrarme en ello, porque continúa—. Ahora, me queda muy poca
paciencia —dice, y vuelvo a tragar saliva. Me roza el pulso con el pulgar mientras
continúa—: Pero te voy a contar una historia, ¿de acuerdo?, y quiero que escuches con
atención. ¿Lo harás por mí también?
Mis dedos se clavan en mis muslos desnudos, pero vuelvo a asentir.
—Sí.
—Bien, muy bien —murmura, y yo arrastro las uñas por mis muslos—. Hay un
hombre en Black Rock. Lo llamamos Quiet Mustang. Porque tiene problemas para hablar.
Cuando era joven, tuvo un accidente de coche. No tenemos pruebas, pero los Turner
estuvieron detrás.
Agrando los ojos.
—¿Los Turner?
—Sí —dice en voz baja—. Manipularon la camioneta y provocaron el accidente,
matando a todos los que iban dentro. Excepto al niño. Salió por la ventana y se golpeó la
cabeza contra un árbol. Estuvo allí tirado, sangrando durante horas, hasta que alguien lo
encontró. Los médicos dijeron que se golpeó la cabeza con tanta fuerza que perdió el
habla y que probablemente nunca volverá a hablar.
Sigo arrastrando las uñas por mis muslos.
—¿Es por eso... es por eso por lo que estás haciendo esto?
Su pecho se estremece con algo muy parecido a una risita.

63 —No. Nos ocupamos de eso hace mucho tiempo. Incendiamos su madera y


volamos su equipo.
—Tú… —Vuelvo a tragar saliva y su pulgar me acaricia la vena—. Eso es un
incendio premeditado.
—Sí —dice, moviendo la mandíbula y rozando mi piel con su afilada barba
incipiente—. Y en este caso, ustedes empezaron primero.
Niego con la cabeza.
—Pero yo no…
—Pero esa no es la cuestión. —Continúa, con su cálido aliento rozando mi piel—.
La cuestión es que lo que dicen es cierto. Cuando pierdes uno de tus sentidos, los demás
trabajan más. Él no habla mucho, pero ve bien. Dicen que puede ver en la oscuridad.
También puede disparar en la oscuridad y nunca falla.
Otro escalofrío recorre mi cuerpo y su abrazo se hace más fuerte. Me siento
sofocada, pero también es lo único que me impide derrumbarme en este momento.
—La cuestión es —dice, con voz aún más baja y un calor que casi me derrite—,
que ahora mismo tu hermano está en una subasta de ganado con mi hermano.
Probablemente pujando por lo mismo que mi hermano. Porque los Turner no son tan
listos cuando se trata de la ganadería. Pero cuando se vaya para volver a tu rancho, ese
hombre, que ya tiene cuentas que saldar con tu familia, lo estará esperando a un kilómetro
y medio de distancia. Con un rifle de francotirador. Y lo único que le impedirá apretar el
gatillo y vengarse es que hagas exactamente lo que te digo.
Mi respiración es tan rápida y ruidosa que me sorprende poder oírlo.
Pero lo oigo.
Lo oigo claramente.
—¿Entiendes lo que te estoy diciendo? —Me aprieta el cuello una vez más,
haciéndome estremecer—. Si no estás en mi coche en los próximos treinta minutos,
tranquila y cooperativa, lista para ir adonde te lleve, tu hermano morirá. Ya sabes que no
voy a matarte, ¿verdad? Pero nunca he dicho nada sobre no matar a otras personas
cuando se trata de ti.
—Sal —me ordena.
Estamos en su coche, el mismo en el que me metió en el maletero, y después de
conducir durante unos cuarenta y cinco minutos, llegamos a un pueblo llamado Broken
Ridge. He oído hablar de él. Está a medio camino entre Bozeman y Black Rock. Nunca
había estado aquí, pero parece un pueblo como cualquier otro. Una calle ancha y
concurrida con peatones y coches y camionetas estacionados. Una tienda de piensos,
una tienda de comestibles, una farmacia. También veo un par de cafeterías, un banco, un
cajero automático. No hay nada aquí que me dé una pista de por qué me ha traído aquí.
64 O qué va a hacer conmigo.
Quiero preguntárselo, pero sé que no me lo dirá. También sé que es muy probable
que, si se lo pregunto, se enoje y haga realmente lo que dijo que haría. Puede que mate
al hermano de mi mejor amiga. Sé que Peyton odia a su familia, pero estoy segura de
que no quiere que los maten.
¿Y no es esto culpa mía?
Toda esta situación.
Yo soy la que actuó de forma estúpida, la que se dejó engañar. Puede que él esté
buscando venganza, pero yo soy la que se lo puso fácil, la que siguió escribiéndole cartas,
la que fue a buscarlo. Así que es culpa mía. No puedo permitir que maten a nadie por
eso. Así que tengo que hacer lo que él dice.
Pero me vuelvo hacia él y le pregunto:
—¿Qué hiciste?
Aunque solo nos separan unos metros, no puedo verle bien los ojos. Los cubre la
visera baja de la gorra de camionero que llevaba cuando lo vi por primera vez. Estudio la
intrincada R que hay en ella. Pienso en la R marcada en su omóplato. En cómo él ni
siquiera sabe que la letra que lleva en el cuerpo es la primera letra de mi nombre.
Me pregunto si hay algo de poesía cruel en eso, alguna señal cósmica de que esto
iba a suceder. De que íbamos a conocernos de esta manera.
Alejando esos pensamientos tontos, le pregunto:
—¿Para que te encarcelaran? ¿Cuál fue tu delito?
Sé que Bo fue detenido en una redada antidroga, pero él no es Bo, ¿verdad?
Entonces, ¿qué hizo?
Mueve la mandíbula hacia adelante y hacia atrás, y aunque fuera hay luz, el coche
parece oscurecerse por dentro mientras observo cómo se mueve su suave boca y dice
las cosas más atroces:
—Agresión con agravantes e intento de asesinato en primer grado.
—¿Intentaste —digo, tartamudeando—, matar a alguien?
Él baja la barbilla, pero sigo sin poder verle los ojos.
—Eso es lo que me acusaron. Pero ese no fue mi verdadero delito.
—¿Cuál... cuál fue tu verdadero delito?
Veo cómo le tiembla la mandíbula una vez más.
—No terminé lo que ellos empezaron.
—¿Qué?

65 —Pero ahora lo voy a arreglar.


Antes de que pueda preguntarle qué quiere decir con eso, extiende el brazo hacia
atrás y agarra algo del asiento trasero. Es la misma bolsa de papel que estaba mirando
esta mañana. La coloca entre nosotros y, finalmente, se levanta el sombrero lo suficiente
como para que pueda verle los ojos.
Están oscuros como siempre. Pero ahora tienen una quietud que no había visto
antes en él. Como si sus ojos no fueran simplemente oscuros, sino que tuvieran una
oscuridad que va más allá del color.
Luego:
—Voy a llevar a su hija al juzgado con un vestido blanco que le compré y la haré
mía. Porque la muerte no es suficiente para la familia que me lo quitó todo. Les voy a
quitar todo y empezaré por ti.
EL VESTIDO BLANCO que me compró es precioso.
Está hecho de delicado encaje y flores bordadas. Lo sostienen dos frágiles tirantes
finos, y la sedosa tela se amolda a mis grandes pechos y se ensancha alrededor de mis
anchas caderas, llegando justo por encima de las rodillas.
66 Mientras me miro de arriba abajo en el espejo del baño, me doy cuenta de que
nunca habría elegido este vestido, lo que probablemente sería un flaco favor para mí
misma. Porque es impresionante. No solo por los intrincados bordados del encaje, sino
también porque, en lugar de ocultar cosas como hacen todas mis otras prendas, como el
vestido que llevé para conocerlo, este vestido las resalta. Mis pechos redondeados, mi
cintura pequeña y mis caderas curvas que me dan una figura de reloj de arena.
Es como si él me conociera mejor que yo misma. Sabe cómo convertir lo que yo
considero mis defectos en algo hermoso.
Aunque tengo el pelo revuelto, despeinado y descuidado, y mis ojos azules están
aterrorizados, creo que estoy bonita con el vestido blanco.
En el juzgado.
De alguna manera, mientras observaba esta ciudad desde el coche, no vi el gran
edificio blanco con las grandes columnas blancas. No vi las letras en la fachada que
decían: Secretaria del Tribunal de Distrito del Condado de Broken Ridge.
No lo vi y ahora aquí estoy, agarrándome con fuerza al lavabo porque las rodillas
me van a fallar. O voy a darme un golpe en la cabeza con la cerámica al caer o voy a
vomitarme encima. En cualquier caso, al final voy a morir.
O al menos, eso es lo que siento.
Como si mi vida estuviera a punto de terminar. Y así es, ¿no?
Me costó un poco entender lo que quería decir en su coche. No conseguía atar
cabos. No fue hasta que entramos en el edificio y me dijo que me cambiara en el baño,
señalando la bolsa de papel marrón que apretaba contra mi pecho como un escudo.
Entonces lo comprendí. Lo que quería decir con el vestido blanco en una bolsa marrón,
el juzgado, la hija.
Pero yo no soy la hija.
Ni siquiera soy una Turner. No le sirvo para nada. No soy yo a quien quiere con un
vestido blanco. No debería obligarme a casarme...
No lo digas. No digas esa palabra.
Me enderezo frente al lavabo y exhalo temblorosamente, tomando una decisión.
Voy a decirle la verdad.
Es la única manera. Necesita saber que no soy Peyton, y obligarme a hacer lo que
él quiere no le va a dar lo que quiere. Está perdiendo el tiempo conmigo. También está
perdiendo el tiempo de su amigo tirador. Matar a Brecken Turner por mí, la hija de la
niñera y un peón del rancho, no le va a dar su venganza.
Soy la chica equivocada.
Mientras camino hacia la puerta, sé que hay muchas posibilidades de que, una vez

67 que se lo diga, me mate a mí y al hermano de Peyton antes de ir tras la verdadera Peyton,


pero es un riesgo que tengo que correr. De alguna manera llego a la puerta y consigo
abrirla, y ahí está él. Alto y de hombros anchos, una figura imponente, de pie al final del
pasillo que conduce a los baños, esperándome.
Pero no está solo; hay alguien con él.
Un policía.
Justo ahí. Justo a su lado. Y están absortos en una conversación. Tanto que aún
no se han dado cuenta de mi presencia. Ni siquiera cuando empiezo a caminar hacia
ellos.
Despacio.
Un pie delante del otro.
El policía, el sheriff, es el que habla, mientras que mi secuestrador permanece en
silencio. Tiene los brazos cruzados sobre el pecho mientras escucha y, para la mayoría,
puede parecer aburrido y distante. Pero, de alguna manera, sé que no lo está. Está
molesto. Si ese pulso en su mandíbula es indicativo de algo. Qué extraño que, de alguna
manera, yo también lo conozca, a pesar de que solo nos conocimos hace dos días.
Finalmente, su atención se desplaza, sus ojos oscuros se fijan en mí y yo tropiezo
ligeramente con la fuerza de su mirada.
Es poderosa y pesada. Densa y ardiente.
Sus ojos se mueven. Van desde la parte superior de mi cabeza hasta mis pies, de
un solo golpe, con prisa. Como si no quisiera perderse nada. Pero una vez que ha
terminado, que me ha observado en su totalidad, se detiene lentamente. Me mira
fijamente de forma deliberada. Se queda mucho tiempo en mi cuello, en la base de mi
garganta, y me pregunto si estará pensando en sus dedos rodeándola esta mañana.
Antes de pasar a mi pecho, que tiembla con mis respiraciones aceleradas.
Me observa respirar durante mucho tiempo, como si intentara aprender a hacerlo
él mismo. Como si hubiera olvidado cómo respirar, y tal vez sea así, porque no he visto
su pecho moverse ni una sola vez en todo este tiempo. Y cuando estoy a punto de
alcanzarlo, su mirada se posa en mis muslos. No sé qué ve ahí abajo, excepto carne, pero
sea lo que sea, le hace desplegar los brazos y volverse finalmente hacia mí.
Le hace cerrar los puños a los lados.
Por fin, mi paseo por el pasillo termina y me detengo a unos metros de él. No tengo
que preguntarme si todas las chicas que caminan por el pasillo sienten lo mismo que yo
en este momento. O si todos los chicos que las esperan al final sienten lo mismo que él.
Ya sé que no es así.
Ya sé que una chica no debería sentir esta ira tan intensa y que un hombre no
debería hacer esto por venganza.
68 Una rabia intensa por el hecho de que él me haya obligado a llevar un vestido
blanco, mientras que él va vestido todo de negro, como si fuera su funeral. Como si fuera
su vida la que estuviera terminando, en lugar de la mía. Y luego tiene la osadía de mirarme
así. De mirarme de una forma que me hace arder la piel. Que me marca. Sin mi permiso.
Tiene la osadía de grabarse en mi cuerpo sin mi consentimiento.
Justo cuando mueve la mandíbula apretada y abre la boca para decir algo, me
vuelvo hacia el sheriff y le digo:
—Ayúdame.
Mi súbita súplica sorprende al sheriff.
A mí también me sorprende. No sabía que iba a hacerlo hasta que lo hice. Y ahora
que lo he hecho, no puedo dar marcha atrás. Tengo que arriesgarme, sobre todo cuando
la oportunidad está ahí. A solo unos metros de distancia. Volviéndome completamente
hacia él, agarro el brazo del sheriff como si fuera mi salvavidas, y, Dios mío, puede que lo
sea.
—Necesito ayuda. Tienes que ayudarme. Me han secuestrado. Él me ha
secuestrado. Este... este hombre, me ha secuestrado.
El ceño del sheriff se frunce aún más mientras sus ojos se dirigen hacia él, detrás
de mí, y yo le agarro la manga con urgencia.
—No, míreme. ¡Míreme! —Mi voz frenética hace que el sheriff vuelva a prestarme
atención, aunque sigue pareciendo confundido—. Sea lo que sea lo que le haya dicho,
es mentira, ¿de acuerdo? No sé de qué estaban hablando, pero está mintiendo. Es un
mentiroso. Acaba de salir de prisión. Está en libertad condicional y tú tienes que... Tienes
que arrestarlo, llamar a su agente de libertad condicional.
Cuando parece que el sheriff va a decir algo, le clavo las uñas en el brazo y sigo
hablando, con la voz aún más alta que antes:
—Hace dos días, en Bozeman. Me drogó, ¿de acuerdo? Y luego me metió en el
maletero de su coche. Mira —le muestro las marcas en mis muñecas—, me ató. Con
cuerdas. Tengo pruebas. Y luego me trajo aquí. Dijo que él…
—Ven conmigo.
Esto es del sheriff.
Aunque estoy hiperventilando y mareada, puedo percibir la preocupación en su
rostro y también en su tono de voz. Y esta reacción me alivia tanto que casi me echo a
llorar. Casi me derrumbo en el suelo.
Pero no lo hago.
Me aferro al sheriff -Cooper, según dice su placa- con más fuerza aún.
—Por favor, quiero irme a casa. Solo...
69 —Vamos —dice, y empieza a caminar.
Y como todavía no he soltado su brazo y mis dedos se aferran con fuerza a su
manga, voy con él. El pasillo por el que avanzamos está abarrotado. Hay gente yendo y
viniendo, hombres con uniformes por todas partes. Este tiene que ser el lugar más seguro
o el segundo más seguro después de la comisaría, ¿no? Hay policías por todas partes.
Quiero decir, pueden detenerlo, ¿no? El sheriff Cooper, aunque es más bajo y fornido,
puede detenerlo a él y a su amigo el tirador.
Con ese pensamiento, el sheriff Cooper se detiene ante una puerta y entra.
Es una oficina desocupada; el espacio está dominado por un escritorio gigante, y
la habitación contiene algunas otras cosas a las que no tengo ninguna esperanza de
prestar atención. Tampoco tengo ninguna esperanza de mantener la compostura y no
dar un salto de un metro cuando el sheriff Cooper se detiene bruscamente, se da la vuelta
y grita:
—¿Qué carajos? —Señala con el dedo por encima de mi hombro y continúa—:
Pensé que lo tenías bajo control.
Me quedo inmóvil ante sus palabras.
Veo cómo el sheriff Cooper abre la boca y su rostro enfadado se contorsiona
mientras continúa:
—¿Qué, no tienes nada que decir? Casi nos expone allí atrás. —Inclinándose hacia
delante, me advierte—: ¿Tienes idea de los favores que tuve que pedir para conseguir tu
maldita licencia? —Niega con la cabeza—. Deberías haber dicho que no en cuanto
llamaste. Sabía que toda esta mierda de Grayson-Turner me metería en un montón de
problemas algún día. —Vuelve a señalar con el dedo—. Escúchame bien, Arsen, si esto
vuelve a mis oídos, voy a perder mi placa. Joder, voy a perder mi vida y no voy a morir
por nadie, ¿me oyes? Ni siquiera por un Grayson. No importa cuánto dinero me ofrezcas.
En cuanto el sheriff termina, se oye un clic en la habitación.
Es la puerta de la oficina cerrándose y es bastante suave, especialmente después
de la diatriba del sheriff. Aun así, sirve como llamada de atención. No es que no hubiera
sido capaz de darme cuenta; tardé en entenderlo en el coche, pero lo comprendí en
cuanto el sheriff abrió la boca. Pero ahora que la puerta se ha cerrado y estoy atrapada
dentro con no una, sino dos personas, dos personas que me quieren hacer daño, mi
cuerpo se da cuenta y me giro lentamente.
Su presencia me golpea como un puñetazo.
Está de pie junto a la puerta, casi cubriéndola, bloqueando la única salida de esta
habitación con su gran cuerpo. Y esta vez, no tengo que preguntarme si sus ojos están
ocultos por su gorra. Son totalmente visibles, y si los ojos son el espejo del alma, su alma
debe de ser completamente negra. De nuevo, de una forma que va más allá del color y
llega a las profundidades de un pozo sin fondo.
70 Un pozo ardiente.
Sigo su mirada y descubro que está fija en mi mano. Mis dedos siguen agarrados
a la manga del sheriff, y en cuanto me doy cuenta, los retiro bruscamente. Y como si mis
dedos en el brazo del sheriff estuvieran reteniendo su mirada, sus ojos también se apartan
y vuelven a mí.
—Tú... —susurro, con los dientes castañeando y escalofríos recorriendo mi
espalda—. Él está contigo. Él está... Debería haberlo sabido...
—Cállate —me espeta el sheriff Cooper, haciéndome sobresaltar, y esta vez es él
quien me agarra del brazo y lo hace de una manera tan dolorosa que me quedo sin
aliento—. Una palabra más y voy a...
Sus palabras se ahogan entonces.
No, en realidad creo que sus palabras se están ahogando en su garganta. Por la
misma mano que me rodeaba el cuello hace solo unas horas. En ese momento estaba
aterrorizada, pero ahora me doy cuenta de que probablemente no debería haberlo
estado. Porque el agarre que tenía sobre mí no se acercaba ni remotamente al agarre
que tiene sobre el sheriff.
—Suéltala —gruñe.
—Tú, maldito hijo de…
—Ahora —vuelve a gruñir, interrumpiendo las palabras del sheriff.
El pecho del sheriff Cooper tiembla.
—¿Estás loco?
Me doy cuenta de que sus nudillos se ponen pálidos por la fuerza con la que lo
está estrangulando.
—Quítale las manos de encima ahora mismo o te mataré aquí mismo por tocar a
mi esposa.
—Ella no es... —chilla el sheriff, tratando de soltar su mano—. Tu esposa... todavía.
En respuesta, aumenta aún más la presión. Luego, con el mismo tono grave,
añade:
—Los papeles.
Los ojos del sheriff se agrandan aún más y balbucea:
—Tú... no puedes…
—No lo repetiré.
Aun así, el sheriff se resiste. Pero solo durante unos segundos, antes de estirar la
mano hacia atrás y buscar a toda prisa los papeles sobre el escritorio. Los agarra con
71 mano temblorosa y se los ofrece al hombre al que ha llamado Arsen. Sin quitar la mano
del cuello del sheriff, le ordena:
—Bolígrafo.
El sheriff suelta los papeles, que caen sin fuerza sobre el escritorio. Busca
frenéticamente el bolígrafo. Unos instantes después, lo tiene en la mano y lo extiende
también. Sin quitar la mano del cuello del sheriff Cooper, toma el bolígrafo antes de bajar
la mirada hacia los papeles.
Y entonces lo veo firmar con letras claras y concisas.
Con una letra tan familiar que la veo en mis sueños. Tiene la costumbre de
presionar el instrumento de escritura con tanta fuerza sobre la página que puedo sentir
las hendiduras de las letras con los dedos. En momentos de debilidad, me he levantado
en mitad de la noche y he acariciado las páginas con los ojos cerrados, tratando de
descifrar las palabras que me escribió. Sé que si lo intentara, ahora también podría
sentirlas.
Como si fuera braille.
No, conociéndolo, es una marca en ese papel, su nombre.
Arsenal Grayson.
Arsen, como lo llamaba el sheriff. Como prender fuego a la madera a propósito.
Cuando termina de marcar su nombre, levanta los ojos hacia mí. Siguen siendo
oscuros y ardientes, y sé que debería apartar la mirada, pero no puedo. Es como ver un
accidente de tren. Es como estar en un accidente de tren.
Oigo el susurro de los papeles sobre el escritorio. Luego:
—Te toca.
Díselo. Joder, díselo. Dile que no eres quien él cree que eres.
Pero sale algo completamente diferente.
—Él no es... No puede respirar.
—Firma los papeles —dice, ignorándome.
—Vas a matarlo.
—Firma los malditos papeles.
—Tienes que dejarlo ir.
Sus ojos se clavaron en los míos mientras decretaba:
—Lo haré. Cuando firmes los papeles.
—¿Qué?
—Quieres que viva —dice, con la mandíbula temblando, y en la periferia, noto y
oigo al sheriff chillando—. Firma en la línea punteada.
72 Aparté la mirada de él y miré al sheriff. Ahora estaba todo rojo, con las venas de
las sienes hinchadas y los ojos inyectados en sangre. Seguía intentando soltar la mano
de Arsen y, por un segundo, lo único que pude pensar fue que me resultaba muy extraño
llamarlo así. Arsen en lugar de Bo, el nombre con el que lo había llamado en mi cabeza
durante seis meses.
Rápidamente, me recompongo y me vuelvo hacia él.
—No puedes hacer eso. No puedes…
—No soy yo quien lo está haciendo —me dice, con una expresión a la vez distante
e intensa.
El sheriff emite un sonido ahogado y yo me estremezco.
—Esto es una locura. Esto no es…
—Firma los papeles.
Niego con la cabeza, suplicante:
—No lo hagas. Por favor, no lo hagas.
—Firma... —comienza lentamente—, los papeles, o él morirá, Peyton.
Me estremezco.
Abro la boca para decirle la verdad. Yo no soy quien quiere. Pero, por alguna razón,
no puedo decirlo. No puedo pronunciar las palabras. No sé por qué. Podrían ser mi salida.
Podrían liberarme. Pero mi boca permanece cerrada y entonces el momento se esfuma.
Manteniendo su mirada fija en la mía, se inclina más cerca.
—Si no firmas con tinta, te obligaré a firmar con su sangre. Sabes lo que hice,
¿verdad? Sabes quién soy, de lo que soy capaz. Así que, si no quieres que elimine el
intento del intento de asesinato, toma ese bolígrafo y escribe tu nombre en la línea
punteada. Porque, de cualquier manera, te irás de aquí como mi esposa.
Su esposa.
Entonces abandono mi cuerpo y me observo desde arriba. Me veo a mí misma
recoger el bolígrafo, con los dedos temblorosos. Me veo firmar mi nombre en la línea
punteada, tal y como él me pidió. No es mi mejor letra. De hecho, no se parece en nada
a mi letra habitual. Las letras parecen temblorosas y desordenadas, realmente ilegibles,
pero no creo que importe. Lo único que importa es que lo hice.
Hice lo que me pidió y ahora soy su esposa.
Vuelvo a mi cuerpo, pero antes de que pueda recuperar el sentido, él se vuelve
hacia el sheriff. Saca su cuchillo del bolsillo y se lo clava en el brazo.
Así, sin más.
Sin advertencia, sin fanfarria.

73 dice:
Y luego ahoga el grito del sheriff con la misma mano que sostenía el cuchillo y

—Tienes razón. Si esto llega a tus oídos, perderás más que tu placa. Así que vas
a seguir el plan, ¿verdad? Harás una copia de esto y me darás una. Luego archivarás el
original y le dirás al condado que se dé prisa y me envíe el certificado por correo. Lo
entiendes, ¿verdad? —El sheriff Cooper asiente y Arsen continúa—: Bien. Muy bien. Pero
nos hemos olvidado de lo más importante, ¿no?
Los ojos del sheriff se abren aún más que antes y parece confundido, así que Arsen
suspira y dice:
—No dirás nada sobre todo esto. —Hace una pausa para sacar el cuchillo del brazo
del hombre y, esta vez, el sheriff se tapa la boca con la mano para ahogar el grito—.
Porque si me entero de que has hablado, te... —limpia la sangre en el uniforme del
alguacil—, te cortaré el cuello mientras duermes junto a tu esposa y ella no se enterará
de nada hasta que se despierte a la mañana siguiente con tu sangre empapando las
sábanas y tus ojos muertos mirando al techo. ¿Me he explicado?
Los ojos del sheriff Cooper están aterrorizados mientras asiente.
Luego, Arsenal se guarda el cuchillo recién limpiado en el bolsillo y concluye:
—Y la próxima vez que le pongas las manos encima a mi esposa será la última vez
que le pongas las manos encima a nada. Te las cortaré y te las meteré por la garganta.
Para: Peyton Turner
De: Bo Porter

74 Peyton,
He leído el libro.
Lo odié cada minuto y pensé que era una porquería.
Pero, más que eso, no entendí lo que querías que entendiera y sigo tan enojado
y grosero como siempre. En cualquier caso, leer tu libro favorito, a pesar de que odio
leer en general, fue lo único que se me ocurrió para demostrarte que reconozco haber
sido un idiota contigo en mi última carta.
En cuanto a tu oferta de amistad, no estoy seguro de que sea muy inteligente.
Para ser una universitaria inteligente, deberías saber que no conviene ser amiga de un
delincuente convicto. O tal vez sea lástima.
¿Es eso?

Bo

Para: Bo Porter
De: Peyton Turner

Querido Bo:
Creo que te enseñé bien.
Fue la disculpa perfecta: leer mi libro favorito y sufrir mientras lo leías. No creo
que nadie haya hecho eso antes. Pero vamos, no me tengas en suspenso. ¿Qué
sacaste de eso?
Y para ser un vaquero criminal e imbécil, deberías saber que no debes acusarme
de compasión. Mi oferta de amistad era sincera. Aunque ya no está sobre la mesa.
Porque, lo creas o no, ya estamos ahí.
Somos amigos.
Hasta la próxima,

Peyton

Para: Peyton Turner


De: Bo Porter

75 Peyton
No fue la venganza lo que destruyó la vida de Heathcliff, sino el amor.
Si no se hubiera enamorado de Catherine, no habría sufrido ni habría hecho
sufrir a los demás. Ya fuera por su dolor o por diversión. La venganza le dio un
propósito; el amor destruyó su vida.
Así que no soy el tipo de amigo que quieres en tu vida, pero supongo que ya es
demasiado tarde.

Bo
Dark Stallion

HACE OCHO AÑOS, quise matar a Hank Turner, pero fracasé.


76 Me sacaron de allí antes de que pudiera ver cómo se apagaba la luz de sus ojos y
me acusaron de intento de asesinato.
Se equivocaron.
Soy un asesino.
No pude matarlo, pero esa noche sí maté. Y pasar ocho años tras las rejas no es
suficiente por eso. Ningún castigo es suficiente ni lo será jamás por romper la promesa
que hice. Pero tal vez si vengo lo que pasó esa noche, pueda empezar a expiarlo.
Aunque lo que estoy haciendo ahora mismo no es expiar.
Beber whisky barato en un bar de striptease mientras me hacen un baile erótico.
Había estado en algunos bares de striptease antes de que me encarcelaran, y las
strippers nunca me han gustado mucho. Hay algo en sus traseros en la cara de todos los
borrachos que me desagrada.
No me gusta compartir.
Si el trasero de mi mujer estuviera cerca del de otro hombre, él se iría a casa sin
cara.
Pero soy un hombre, y un hombre tiene ciertas necesidades. Después de estar
encerrado durante ocho años con solo mi puño como compañía, esas necesidades,
digamos, han crecido. He estado tratando de evitarlas desde que salí hace casi una
semana, pero no puedo.
Esta noche no.
Especialmente esta noche.
Así que tuve que buscar el club de striptease más cercano en el GPS y conducir
hasta aquí. Aunque no creo que esté funcionando. La chica que tengo en mi regazo está
bastante bien. Sabe cuándo presionar y cuándo retirarse. Además, huele muy bien. Un
poco empalagosa para mi gusto, pero en general parece que se esfuerza por mantener
la clase. Si alguien pudiera darme lo que necesito esta noche, sería ella.
Pero, hasta ahora, no está sucediendo. En todo caso, mi necesidad ha aumentado
aún más y me estoy enojando por no encontrar alivio.
—Para que lo sepas, puedo hacer mucho más que esto, vaquero —me susurra al
oído la mujer que tengo en mi regazo.
—¿Cómo sabes que soy vaquero?
Sin dejar de retorcerse sobre mi regazo, me toma entre sus manos. Primero mi
gorra, luego mi cara y después el resto de mi cuerpo. Sé cuándo a una chica le gusta lo
que ve, y a esta le gusta mucho. Mentiría si dijera que nunca me he aprovechado de las
miradas que me lanzan.
Lo he hecho.

77 Antes de todo. Antes de que mi vida cambiara.


—Un cuerpo grande y fuerte que solo puede ser fruto de un trabajo agotador —
comienza—, manos ásperas y arañadas porque las usas desde el amanecer hasta el
anochecer, probablemente limpiando los establos o reparando vallas; muslos extendidos
como si estuvieras sentado en un caballo, no en una silla. Y sé que está oscuro y no
puedo verlo bien, pero apuesto a que tienes un bronceado espectacular por trabajar todo
el día al aire libre. —Me recorre con la mirada de nuevo y concluye—: Un vaquero de los
de verdad.
Tiene razón.
En algunas cosas.
Mi cuerpo es grande y fuerte, y tengo un bronceado espectacular. Lo único es que
no es por trabajar en el campo, sino por hacer ejercicio en el patio de la prisión y, a veces,
usar a los reclusos como sacos de boxeo personales cuando mi ira se desataba. Y sí que
uso las manos, pero para apuñalar a los hijos de puta que tocan cosas que me
pertenecen. Y no, no he montado a caballo en ocho años, pero recuerdo cómo se hace
porque es algo que nunca se olvida.
Pero lo único que digo es:
—¿Entonces conoces a muchos vaqueros?
—Es Montana. Todos los idiotas que cruzan esta puerta son vaqueros. —Luego,
encogiéndose de hombros, añade—: O quieren serlo.
Ante esto, se me escapa una risita porque tiene razón. Por alguna razón, todo el
mundo quiere ser vaquero. Pero mi padre solía decir que hay una diferencia entre jugar
a ser vaquero y serlo de verdad.
No recuerdo mucho de él porque murió cuando yo tenía doce años, pero sí
recuerdo que le decía esto a mi hermano mayor: “Hay hombres que quieren ponerse un
sombrero Stetson y jugar a ser salvajes, y luego hay hombres que no necesitan ningún
sombrero para ser salvajes. Han nacido con un corazón salvaje y un alma aún más salvaje.
Así que no tienen más remedio que montar a caballo y cabalgar contra el viento y la
puesta de sol”. Siempre supe que decía la verdad, pero nunca supe hasta qué punto
hasta que me encerraron.
Atrapado dentro de un bloque de hormigón sin viento ni puesta de sol.
Sin embargo, me lo merecía
—Pero te diré algo —dice ella, sacándome de mis pensamientos y acercándose
poco a poco.
—¿Qué?
—Solo los vaqueros de verdad saben montar a caballo.
Otra risita.
—¿Ah, sí?
78 —Y hoy es tu día de suerte, porque yo soy vaquera —dice, sonriendo y
contoneando las caderas con renovado entusiasmo, probablemente para presumir de sus
habilidades—. ¿Qué me dices, vaquero, te apetece dar una vuelta?
La vuelvo a observar.
Pelo oscuro recogido en lo alto de la cabeza con mechones que caen sobre su
rostro maquillado, cuerpo ágil y tonificado; piel bronceada; lencería escasa. Es un sueño
húmedo andante y parlante, pero, por desgracia para mí, no es mi sueño.
No solo porque la mayoría de mis sueños se han convertido en pesadillas llenas
de sangre, fuego y explosiones. Sino también porque, durante los últimos seis meses, los
pocos sueños que no se han convertido en pesadillas están llenos de cartas en sobres
blancos, libros, sociología, Heathcliff y Catherine.
—¿Cómo te llamas? —le pregunto, con los dedos apretados alrededor del vaso
de whisky.
—Elektra.
—Elektra —repito.
—Sí —sigue sonriendo mientras retira la mano del respaldo de mi silla y la acerca
a mi cara—, ¿qué tal si...?
Le agarro la muñeca justo cuando está a punto de tocarme. Y admito que lo hago
con fuerza. Tanto que ella se detiene y frunce el ceño, confundida. No es culpa suya; a
pesar de la ira que se acumula en mi interior, hasta ahora me he comportado como un
perfecto caballero. No la he manoseado. No la he mirado con lascivia. No he cruzado
ninguna línea ni ningún límite. Así que entiendo por qué está confundida.
Pero la cuestión es que estoy enojado.
No tengo intención de desquitarme con ella; soy un imbécil, pero no uno de esos
imbéciles. Simplemente no me gusta que me toquen como ella iba a hacerlo. Tampoco
me gusta que me mientan. Irónico, lo sé, pero ya he dicho que soy un imbécil.
—Te diré algo —comienzo, dejando mi whisky y flexionando los dedos alrededor
de su muñeca—, te daré mil dólares si me dices tu nombre real.
—¿Qué?
—Porque no es tu nombre real, ¿verdad?
—Eso es...
—A menos que tu mamá realmente quisiera que crecieras y te ganaras la vida
haciendo bailes eróticos.
Ella aprieta los dientes durante unos segundos antes de decir:
—Y yo que pensaba que eras diferente.
—¿Y eso lo dedujiste solo por restregarte en mi regazo durante diez minutos?
79 —Eres igual que todos los demás —escupe.
Yo tarareo.
—Soy un imbécil, sí, pero soy un imbécil diferente.
Ella retuerce su mano entre mis dedos.
—No lo creo.
Sin soltar su muñeca, me muevo en mi asiento y busco en mi bolsillo trasero para
sacar mi cartera. En cuanto la ve, deja de forcejear.
—Mira a tu alrededor, mira a todos los chicos que hay aquí; no creo que tengan
tanto dinero en el bolsillo como yo. Esa es la primera diferencia. —Le suelto la muñeca y
saco el dinero—. Diferencia número dos: aunque me hayas aburrido hasta la muerte, te
lo daré. Porque respeto el trabajo duro. Y, por último, a diferencia de todos los aspirantes
que vienen aquí todos los días, yo soy un vaquero de verdad.
Ella mira el dinero en mi mano, que es mucho más de mil dólares, antes de
arrebatármelo y guardarlo en su escote. Luego pregunta:
—¿Todavía quieres saber mi verdadero nombre?
—No —respondo.
De todos modos, no es su verdadero nombre lo que quiero saber.
Ella salta de mi regazo y yo salgo por la puerta, caminando hacia mi coche, cuando
mi teléfono suena en mi bolsillo. Es Radisson, mi primo y la única persona que lo sabe
todo sobre mí.
Antes de que me encarcelaran, solíamos ser cómplices, trabajábamos juntos en el
rancho, montábamos a caballo juntos, armábamos jaleo juntos. Bueno, yo armaba jaleo y
él me cubría, pero sí. De pequeños, incluso nos poníamos apodos: yo lo llamaba el Quiet
Mustang por su escasa capacidad para hablar, y él me llamaba el Dark Stallion porque
era imprudente y, por lo tanto, peligroso. Hubo un tiempo en el que no podía imaginar mi
vida sin él. No pensaba que tendría que hacerlo. Pero entonces pasó lo que pasó, y aquí
estamos, ocho años después.
Contesto la llamada, pero antes de que pueda decir nada, oigo:
—¿Dónde diablos estás?
Eso no suena como Rad, y no era la voz que esperaba escuchar al otro lado del
teléfono.
Pero supongo que tiene sentido.
No estaba contestando sus llamadas. Salvo por la única llamada que hice el día
que salí para decirle que estaba fuera y a salvo, no lo he mantenido al tanto. Así que se
volvió creativo; a mi hermano mayor no le gusta que lo ignoren. Y bueno, Rad siempre ha

80 sido un buen chico; no puede decir que no, especialmente a Marsden, el cabeza de
familia.
—Supongo —comienzo mientras me detengo junto a mi coche—, que fuiste
educado cuando le pediste a Rad su teléfono para llamarme.
Mars exhala bruscamente.
—Lo creas o no, no me lo quiso dar. Tuve que robarlo de su silla de montar cuando
estaba haciendo rondas por el dormitorio durante la cena.
Además de ser nuestro primo, Rad también es el capataz del rancho. Eso significa
que está a cargo de todo, desde el mantenimiento y las operaciones hasta los peones del
rancho. Es el segundo hombre más importante de Rawhide, después de Mars, ya que es
él quien firma las nóminas de todos. Si alguien se merece ese puesto, es Rad. Ha
dedicado toda su vida a Rawhide. Aunque yo he hecho lo mismo, mi objetivo nunca fue
quedarme. Quería salir de allí algún día, construir mi propia vida, mi propio rancho.
Me muevo inquieto.
—¿Qué quieres?
—¿Qué quiero? —espeta Mars, con tono incrédulo.
—Me has llamado por algo, ¿no? ¿Qué es?
Oigo una respiración entrecortada al otro lado.
—Te llamé porque aún no has llegado a casa. Porque sigues evitando mis
llamadas. Porque te liberaron hace una semana, pero no tengo ni idea de lo que estás
haciendo. —Otra respiración, tan entrecortada como la anterior—. Bueno, hasta hoy.
Mi cuerpo se pone rígido al oír eso. Podría referirse a muchas cosas, pero de
alguna manera creo que sé a qué se refiere. Se confirma mi sospecha cuando continúa
diciendo:
—Cooper ha llamado.
Joder.
Mierda, mierda, mierda.
Sabía que era un riesgo pedirle ayuda. Tiene la boca muy grande y muy poca
fuerza de voluntad. Pero necesitaba a alguien con contactos en el juzgado municipal y no
tenía mucho tiempo para buscar a alguien que nos fuera leal y que no fuera una maldita
rata sin carácter. Supongo que voy a tener que cumplir mi promesa y degollarlo mientras
duerme.
—¿En qué carajos pensabas al atacarlo así? —me espeta mi hermano.
—Se pasó de la raya —le respondo, apretando y abriendo los puños.
—¿Y cuál fue esa línea?

81 —Desobedecerme.
—No eres un maldito rey —me recuerda—. Lo que eres es un delincuente en
libertad condicional.
Aprieto la mandíbula ante su reprimenda. Suena igual que cuando tenía veinte
años y me dedicaba a armar jaleo.
—Sabes lo que eso significa, ¿verdad? —Continúa—. Tienes que mantenerte
alejado de los problemas. O volverás a la cárcel a cumplir tu condena completa de diez
años. Y esta vez, ni siquiera yo podré ayudarte.
—No quise tu ayuda la última vez; tampoco la necesito ahora.
—Por Dios —espeta Mars—. No haces más que cavar tu propia tumba. No tienes
ni idea de lo que tuve que hacer para conseguirte esa audiencia después de como la
cagaste la última vez.
La última vez la cagué.
Sin embargo, en mi defensa, me mantuve fiel a la verdad. Me preguntaron si me
arrepentía de lo que había hecho y dije que no. Dije que si pudiera volver atrás, haría las
cosas de otra manera y, en lugar de darle una paliza, me centraría en estrangularlo hasta
matarlo.
No les gustó eso.
Así que sí, me sorprendió cuando mi hermano me llamó para decirme que había
una segunda audiencia. Al parecer, el fiscal tiene la costumbre de pagar por sexo con
colegialas y se presenta a la reelección. Pero esta vez estaba decidido a salir. Porque
esta vez tenía un propósito.
Un plan.
Uno que no le gustaría a mi hermano, así que no podía contárselo.
—Especialmente cuando los Turner harían cualquier cosa para mantenerte dentro
—añade—. Una oportunidad, eso es todo lo que necesitan. Un desliz y volverás a estar
dentro.
Soy consciente de ello.
Los Turner harían cualquier cosa para volver a meterme dentro. Como hicieron
todo lo posible hace ocho años para que me cayera una sentencia más dura. El intento
de asesinato en Montana se castiga con penas de entre diez años y cadena perpetua. La
única razón por la que me dieron la mínima de diez años fue por ser quien soy, un
Grayson, y porque los Turner no dejaron que me la redujeran a cinco. Ahora que estoy
libre sin haber cumplido la condena completa, sé que les encantaría acabar conmigo.
Pero, por desgracia para ellos, tengo un plan que va a poner fin no solo a lo que
empezaron hace ocho años, sino también a esta maldita disputa, de una vez por todas.
—No va a haber ningún desliz —digo.

82 Él se burla.
—Sí, me cuesta creerlo cuando apuñalas a policías a plena luz del día una semana
después de salir en libertad condicional.
—Cooper está bien. Va a mantener la boca cerrada.
—Sí, ¿y cómo lo sabes?
—Porque le dije que la mantuviera cerrada.
—Eso es…
—Y porque su hijo está en el programa, ¿no?
Esta vez, cuando Mars exhala bruscamente, es porque sabe que he ganado.
—Estoy seguro de que no hará nada que ponga eso en peligro —concluyo.
Por eso lo involucré en primer lugar. Sabía que haría cualquier cosa para mantener
a su hijo perdedor fuera de la cárcel. Y si alguien puede lograrlo, es mi hermano y su
maldito programa.
No me gusta mencionar el pequeño programa penitenciario que mi hermano tiene
en el rancho. Nunca me ha gustado y, después de todo lo que pasó hace ocho años, lo
odio aún más. Pero, de nuevo, necesitaba a alguien que nos fuera leal, y Cooper encajaba
perfectamente.
—Ahora, si no tienes nada más...
—Dime exactamente qué carajos pensabas cuando te casaste con la chica Turner.
Algo se mueve en mi pecho, en mis entrañas, al oír esto.
No sé cómo describirlo, pero es como si el suelo se abriera. El suelo tiembla bajo
los cascos galopantes de mil caballos antes de que la tierra ceda y se agriete por la mitad,
rompiéndose en pedazos. Las fisuras se extienden por todas partes.
Ocurrió la noche que cambió el curso de mi vida.
Algo se rompió dentro de mí y salió fuego y rabia. Tanto que era difícil de contener,
y tuve que hacer lo que acabé haciendo. Golpear a un hombre hasta dejarlo al borde de
la muerte porque él destruyó la mía.
A lo largo de los años, cada vez que sucedía y me rompía por dentro, simplemente
buscaba a un hijo de puta al que golpear. No era difícil; estaba en la cárcel y allí hay
muchos hijos de puta. Ojalá pudiera hacer lo mismo esta noche. Golpear a alguien.
Pero estoy en libertad condicional y, a pesar de lo que piensa mi hermano, soy
consciente de que tengo que tener cuidado. No pueden atraparme golpeando a alguien,
especialmente donde hay cámaras y la noticia podría llegar a oídos de los Turner.
Así que no sé cómo pegar las grietas. Cómo volver a meter todo dentro, el fuego,
la ira. Su voz.
Su maldita voz musical.
83 Que se coló en mi torrente sanguíneo y se infiltró en lo más profundo de mi ser, a
pesar de que solo la escuché hace tres días. Y es lo primero que escucho en la “chica
Turner” de mi hermano.
No podía dejarte aquí sentada, esperándome, después de todo... lo que hemos
compartido.
Respiro por la nariz durante unos segundos, tratando de calmarme. Luego:
—Lo que estaba pensando no es de tu puta incumbencia.
Una pausa y luego, con voz ronca:
—¿Cómo dices?
Aprieto el teléfono con más fuerza.
—Ya me has oído.
Estoy a punto de romper el pesado silencio entre nosotros cuando él lo hace, con
voz baja y vibrante.
—Me has dado la razón.
—¿Qué?
—Tú —dice—. Te gusta vivir al límite. Te gusta vivir al borde del abismo. "Ten
cuidado con él", siempre decía papá. "Es peor que esos malditos broncos que le gusta
montar. Acabará muerto o en la cárcel"; y yo rezaba porque fuera la cárcel. Supongo que
hay que tener cuidado con lo que se desea, ¿eh? —Suspira—. No sabía que yo tendría
algo que ver en ello.
Se me encoge el pecho al oír su tono arrepentido.
Hubo un tiempo en que adoraba a mi hermano mayor. Era más como un padre
para mí y para nuestro hermano pequeño, Axton. Nuestros padres murieron en un
accidente de coche y la responsabilidad del rancho recayó sobre Mars. Tenía veintidós
años y ya trabajaba en el rancho, ayudando a nuestro padre con el negocio y con todo lo
que había que hacer. Aun así, fue un gran cambio para él, que asumió con valentía. Por
no mencionar que, como bonus, se encontró con un adolescente rebelde de doce años
y un niño pequeño de un año que no paraba de gritar. Era estricto y algo distante, pero
yo entendía que tenía que ser así. Tenía que ser autoritario porque Rawhide dependía de
él. Yo y nuestro hermano pequeño dependíamos de él.
Sigue siendo mi hermano mayor, pero hace mucho tiempo que no nos ponemos
de acuerdo. A pesar de todo eso, sigo sin gustarme ese tono.
—Hay días en los que me arrepiento de no haberte nombrado mi capataz. Si lo
hubiera hecho, probablemente habrías estado demasiado ocupado para descarrilarte
como lo hiciste. Tú…
—No me descarrilé —gruño.
84 —Le diste una paliza a un hombre con un hierro candente —gruñe él a su vez—.
Y no a cualquier hombre, sino a Hank Turner. La familia con la que llevamos décadas en
guerra. La familia que nos quitó nuestras tierras, las tierras que nos pertenecen por
derecho, a nuestros antepasados. Harían cualquier cosa para destruirnos. Cualquier cosa
para acabar con nosotros. Pero en lugar de usar tu maldita cabeza, fuiste allí, con las
armas en ristre, y les diste munición para usar contra nosotros. ¿Y para qué?
—No —le advierto.
Él no le hace caso y sigue hablando:
—Te lo dije hace ocho años y te lo vuelvo a decir ahora: una chica no es motivo
para volverse tonto y darle la espalda a tu familia.
La grieta dentro de mí se convierte en un abismo, amplio y abierto, doloroso y
ardiente.
Furioso.
—Una chica no es motivo para perder ocho años de tu vida, para perder tu
capacidad de pensar y hacer lo que sea que pensabas que estabas haciendo al casarte
con la chica Turner. Sé que la amabas, pero…
—Vete al carajo —murmuro, interrumpiéndolo—. Vete al carajo.
Cuelgo y apago el teléfono.
Lo guardo en el bolsillo, me subo al coche y salgo del estacionamiento. Durante
todo el trayecto de vuelta al motel, mi cuerpo está tenso y mi maldito corazón late con
fuerza. El abismo dentro de mí se hace cada vez más grande, hasta que siento que nunca
podré volver a cerrarlo. Nunca podré enterrar todas las cosas que salieron de mi interior.
Enterrarla.
Donde esté a salvo, protegida. Como quería que estuviera hace ocho años. Como
le prometí.
Cuando llego a mi destino, el motel donde pasaré la noche, estoy temblando. Los
temblores recorren mi cuerpo de arriba abajo. La marca en mi hombro arde tan fuerte y
brutalmente como la noche en que la hice. Con mano temblorosa, abro la puerta de mi
habitación, pero todo se detiene en el momento en que la veo allí.
La chica Turner.
La chica que he estado viendo en mis sueños durante los últimos seis meses. La
universitaria inteligente y con excelentes calificaciones a la que le gustaba ser cautelosa
y prudente. Hasta que cometió el error de escribirle a un delincuente en prisión.
En mi celda de seis por ocho metros, no había forma de escapar de ella, de sus
palabras, de sus pensamientos. Soñaba con las cosas que escribía, su escritorio, su
habitación, la biblioteca en la que trabajaba. Su árbol favorito. Sus libros favoritos. Eso
85 me enfurecía, y acababa peleándome y luego me metían en aislamiento. Allí las cosas
empeoraban aún más, porque no había distracciones, salvo seguir las grietas del suelo
de cemento y contar los ladrillos de la pared.
Aun así, guardaba sus cartas con mi vida. Las guardaba escondidas debajo del
colchón o dentro de un libro. A veces las llevaba en el bolsillo. En la cárcel no hay
privacidad, ni dignidad, muy poco respeto. No importaba cuál fuera mi apellido, y casi
todos sabían quién era yo, desde los guardias hasta los reclusos. El único consuelo era
que sus cartas se saltaban la inspección habitual de los guardias y me las entregaban con
el sello intacto.
Así que sus secretos estaban a salvo.
O al menos a salvo del mundo hasta que llegaban a mis manos. Sin embargo, no
voy a disculparme por ello. No voy a decir que no fue mi intención, porque sí lo fue.
Mi plan era atraerla y seducirla para que se casara conmigo. Admito que tuve un
ataque de conciencia que me llevó a alejarla en la cafetería. Pero cuando descubrió mi
verdadero nombre, no tuve más remedio que llevármela.
Y aquí está ahora.
En persona.
Cuando me fui a buscar un club de striptease, ella ya se había dormido. Supongo
que el día la dejó agotada. Así que está en la cama, durmiendo boca arriba, con la cabeza
sobre la almohada y su pelo rubio esparcido a su alrededor; una de sus pequeñas manos
está curvada junto a su mejilla y la otra descansa sobre su vientre. Tiene las mejillas
sonrosadas y sus pestañas rubias oscuras proyectan sombras sobre ellas. Bajo la tenue
luz amarilla, su pelo parece un halo y ella parece un ángel.
Como una respuesta a todas mis plegarias.
Yo no rezo, pero creo que ella es la respuesta. Fue pura suerte que cayera en mis
brazos, y ahora que lo ha hecho, no la voy a dejar ir.
Entro y cierro la puerta detrás de mí. No soy precisamente silencioso, pero ella no
se mueve; tiene el sueño profundo, algo que descubrí anoche. O tal vez todos esos gritos
y golpes en la puerta la dejaron inconsciente. En cualquier caso, no creo que se vaya a
despertar pronto.
Me siento en la silla junto a la puerta y me quito la gorra. Sin apartar la vista de
ella, me desato las botas. Cuando termino, me levanto, agarro la camiseta por la espalda
y me la quito de un tirón. Camino hacia la cama mientras me desabrocho los pantalones.
Bajo la cremallera y me subo a la cama.
La mitad inferior de su cuerpo está cubierta por una sábana blanca, y la quito,
dejándola al descubierto. Todavía lleva puesto el vestido blanco que le compré. El que
llevaba esta mañana.
86 Su vestido de novia.
Algo parecido a la satisfacción recorre mis venas. No sé muy bien por qué ni qué
significa. Pero verla con el vestido que le compré, verla con el vestido que le dije que se
pusiera, como el del café, me produce algo. Me hace sentir... poderoso.
Posesivo.
Primitivo.
Ahora la tomo en mis brazos, somnolienta y suave, inconsciente. Envuelvo mis
manos alrededor de sus tobillos y le abro las piernas. Ella exhala un largo suspiro, pero
sigue durmiendo.
Bien.
No necesito que esté despierta para esto, para lo que planeo hacer. No fue mi
necesidad lo que me llevó a buscar un club de striptease, sino ella. Estaba desesperado
por salir de la cárcel, pero no tanto como lo estoy por ella.
Mi esposa.
Una cosita diminuta con curvas para días. Colinas y valles, crestas y ondulaciones
y malditas depresiones. Su cuerpo es un paisaje. Un país de las maravillas. Que quieres
cartografiar con los dedos.
Si fueras otra persona.
Si fueras yo, sin embargo, querrías más que cartografiarlo. Quiero saquearlo y
devastarlo. Hundir mis dedos, mis dientes. Agarrarlo, palparlo y dejar mi marca. Marcarla
como su familia me ha marcado a mí.
Así que eso es lo que estoy haciendo.
Dejarle mi marca.
He querido hacerlo desde la primera carta que me escribió y, de alguna manera,
más que leerla, escuché su voz en mi cabeza. Sin embargo, nunca hubiera imaginado lo
jodidamente dulce que resultaría ser. Como los rasgueos de una guitarra alrededor de
una fogata después de un largo y duro día de atar toros y domar caballos.
Arrodillado entre sus muslos abiertos, agarro mi pene con la mano y me masturbo,
mirándola a la cara. Contemplando su piel pálida y sus labios rosados. La delicada línea
de su cuello. Era tan fácil rodear su garganta con mis dedos y apretar. Tan fácil sentir el
latido de su pulso en mi palma. Si hubiera apretado lo suficiente, apuesto a que habría
ralentizado su respiración y dejado mis huellas dactilares.
Gimo al pensarlo, el líquido preseminal resbala por mi miembro y lubrica mi mano.
Bajo la otra mano y le subo el vestido, con cuidado de no despertarla. Sus bragas
quedan al descubierto y, Dios mío, también son blancas. Hay algo en ese color que me
excita. Como si ella fuera una inocente universitaria y yo el gran y malvado vaquero
87 criminal que quiere ensuciarla.
Y ella es inocente, ¿no?
Intacta. Virgen.
Joder.
Joooder.
Solo pensar en romper esa barrera, en desflorarla, me hace apretar mi pene con
los dedos como imagino que su coño virgen me ahogaría, me estrangularía, se amoldaría
a las protuberancias de mi pene. Y la idea de que nunca sentiría eso, nunca sentiría su
estrecho coño alrededor de mi pene desesperado y cachondo porque ella es una maldita
Turner, me enfurece tanto que mis embestidas se vuelven más rápidas.
Más bruscas.
Más furiosas.
También lo son los ruidos que hago, mi respiración, mi necesidad de marcarla. Y
antes de darme cuenta, me corro. Estoy eyaculando sobre sus bragas blancas, sus
muslos cremosos, mi mano. Mi pecho tiembla y mis músculos se contraen. Siento que
por fin puedo respirar ahora que veo mi semen manchando su piel, empapando sus
pequeñas bragas.
Pero solo por un momento.
En la siguiente respiración, me invade la culpa. Estoy lleno de remordimientos y
de una ira que parece no desaparecer, haga lo que haga. Ella tenía razón cuando me dijo
que la venganza no me daría paz. Pero no lo hago por la paz, ¿verdad? Lo hago para
vengarme. Lo hago para vengar a la chica a la que no supe proteger.
Annie.
Disgustado, me alejo de la chica Turner y abro la ventana de par en par antes de
sentarme en el suelo debajo de ella. Últimamente, necesito una ventana abierta para
respirar y la dureza que me recuerda a mi celda, lo único familiar en este nuevo mundo,
para orientarme.
Saco el certificado de matrimonio de mi bolsillo, lo despliego y contemplo su firma.
Su letra rizada, femenina y familiar. Tan familiar que la reconocería en cualquier parte. Y
en esa letra, ha escrito un nombre, o algo parecido a un nombre, que no reconozco.
R Bell.
Me importa un carajo cuál era el verdadero nombre de esa stripper.
Pero sí quiero saber por qué mi esposa firmó nuestro certificado de matrimonio
con un nombre que nunca había oído antes.

88
ÉL ES LA RAZÓN.

Por él dejamos el rancho hace tantos años.


¿No es así?

89 Lo pensé después de la audiencia. Pensé en lo que dijo en el coche, sobre su


crimen, sobre cómo intentó matar al padre de Peyton. Antes no podía entenderlo,
probablemente porque estaba fuera de mí por el miedo, pero ahora todo encaja.
Hace ocho años, Peyton, su mamá, mi mamá y yo nos fuimos del rancho de
repente. Recuerdo que estábamos en el campamento cuando recibimos la llamada de
que teníamos que acortarlo y marcharnos. Y que no íbamos a casa, sino a otro lugar. Nos
dijeron que había habido un ataque en el rancho. Que alguien había entrado y había
golpeado al padre de Peyton hasta dejarlo al borde de la muerte. Dijeron que tenía toda
la intención de matar al señor Turner, pero alguien oyó ruidos procedentes de la mansión
y llamó a la policía.
También dijeron que llevaba una máscara, una máscara de toro con cuernos.
Peyton estaba comprensiblemente alterada. Nunca le había gustado su padre,
pero que alguien intentara matarlo era algo tan extremo que ni siquiera ella podría haber
imaginado.
Pero yo, como una traidora, estaba feliz. No porque el padre de Peyton y el
empleador de mis padres casi fuera asesinado, sino porque por fin teníamos la
oportunidad de alejarnos de mi papá. Estaba feliz de que tal vez ahora mi madre estaría
a salvo de él y de sus puños, de su crueldad. Así que, mientras Peyton odiaba al hombre
enmascarado que vino a matar a su padre, yo no. Yo lo veía como un salvador. Sé que
es una mierda. Sé que es una traición épica a Peyton.
Lo sé.
Ese hombre no solo intentó matar al padre de mi mejor amiga, sino que
probablemente era del rancho Rawhide. La familia llena de criminales y hombres malos.
La familia que, como parte del clan Grayson, se supone que debo odiar.
Aunque nadie nos lo dijo específicamente, que el hombre que irrumpió era un
Grayson, Peyton y yo pudimos deducirlo. La mamá de Peyton también intentó
mantenernos alejadas de las noticias, alegando que nos afectarían negativamente. Pero
Peyton, como siempre, no siguió las reglas. Intentó averiguar todo lo que pudo sobre el
juicio y el hombre que fue arrestado. Sin embargo, nunca compartió nada de esto
conmigo. Pensaba que yo era demasiado frágil, y la dejé creerlo. Pero no era demasiado
frágil.
Estaba demasiado involucrada con él.
Ya quería saberlo todo sobre él, sobre el hombre que nos había alejado de las
garras malvadas de mi papá. Que había salvado a mi madre. Que me había salvado a mí.
No es que mudarnos hubiera cambiado mucho las cosas. Mi padre seguía formando parte
de la vida de mi madre si él quería.
Pero la cuestión es que él es el elegido. Él es quien me salvó.

90 El de la máscara, el hombre al que considero mi héroe.


No sé cómo sentirme al respecto. Ni siquiera sé por dónde empezar a comprender
lo que significa. Que el mismo hombre que me salvó hace años es el hombre que me ha
estado mintiendo durante los últimos seis meses. He soñado con dos hombres en mi vida
y resulta que ambos son el mismo.
Mi maldito vaquero criminal. Mi esposo.
No, no es mi esposo. Él solo cree que es mi esposo y que yo soy su esposa. Y si
yo me salgo con la mía, nunca descubrirá la verdad. Ahora más que nunca. Especialmente
después de saber de lo que es capaz. Golpear a un hombre hasta casi matarlo y apuñalar
a un policía en un tribunal; tener a su amigo tirador a su entera disposición, listo para
matar gente.
—¿Cómo sé que has cumplido tu promesa? —suelto de repente, con una voz que
suena demasiado alta en el espacio.
Estamos en el coche y yo observo sus manos. Están apoyadas en el volante, con
los dedos agarrándolo sin fuerza mientras nos lleva a algún lugar. No sé a dónde vamos;
por supuesto, él nunca me lo ha dicho. Como aquella mañana en la cabaña, cuando lo
encontré en la habitación, completamente despierto, y esta vez, mirando fijamente el
documento que me hizo firmar. Había desayuno en la mesita de noche y, con una mirada
seria dirigida a mí, me dijo que nos íbamos pronto y que tenía que estar lista.
No discutí con él.
No le hice todas las preguntas que quería hacerle. Como, ¿por qué siempre lo
encuentro sentado en un rincón, despierto, con aspecto de no haber pegado ojo en toda
la noche? ¿Qué hacía después de que yo me fuera a dormir? Porque creo que pasó algo.
Algo... en lo que me da miedo pensar. Por no mencionar que podría haberme peleado
con él esta mañana. Podría haber gritado, llamar la atención de alguien, en lugar de
subirme dócilmente al coche con él.
Pero no dejaba de ver la sangre brotando del brazo del sheriff. No dejaba de pensar
en cómo podría matar a alguien si no lo obedecía, y mi lengua se quedó atada. La
desprendo del paladar una vez más y, mientras miro fijamente sus manos, que agarran
gargantas, empuñan un cuchillo y casi matan, pero que también son salvadoras, le
pregunto:
—¿Cómo sé que él...? —Me detengo y carraspeo antes de continuar—: ¿Cómo sé
que mi hermano está vivo?
Observo cómo flexiona los dedos sobre el volante. Luego:
—Está vivo.
Levanto la vista hacia su rostro y lo primero que veo son los rayos del sol que lo
iluminan y hacen brillar su piel bronceada. La luz del sol cae sobre su mandíbula, su

91 garganta, los mechones de pelo que le rozan el cuello, y durante un segundo o dos, lo
único que puedo hacer es seguir los patrones que crean. Lo único que puedo hacer es
pensar en cómo el sol ahuyenta las sombras que crea su gorra.
Cómo intentó asesinar a alguien, pero también es un salvador.
—¿Pero cómo lo sé? —insisto, alejando esos pensamientos por enésima vez—.
Podrías estar... podrías estar mintiendo.
Sus dedos se tensan de nuevo.
Como si fuera por la palabra mentir. Entonces:
—Lo estaba haciendo.
—¿Qué?
—Mintiendo.
—No…
—No tenía a nadie esperándolo —dice, sin apartar la vista de la carretera—. Estuvo
bien todo el tiempo.
Y mi boca se abre.
—Estaba... tú…
Su pecho sube y baja con cada respiración.
—Matar a la familia Turner no es mi objetivo final. Ya no. Los quiero vivos. Para
que deseen estar muertos.
Me giro completamente hacia él.
—¿Así que me mentiste?
Mueve la mandíbula de un lado a otro.
—Eso es lo que he dicho.
—Eso es... no… —Entonces, con las manos cerradas en puños, lo intento de
nuevo—: No puedo... no puedo creer que me mintieras.
Su rostro está tenso, con el pulso latiendo en su mejilla, pero su encogimiento de
hombros parece casual.
—Bueno, te mentí durante seis meses. No debería sorprenderte que lo haya vuelto
a hacer, ¿no crees?
Dios, lo odio.
Lo odio con toda mi alma.
Abro los puños y agarro el borde del asiento, encajándole al cuero las uñas.
—Entonces, ¿qué, si ayer no me hubiera subido a tu coche, tu estúpido coche con
92 el que me secuestraste, y hubiera ido contigo al juzgado tan callada y dócil como lo hice,
no habría pasado nada?
—Algo habría pasado.
—¿Como qué?
—Como atarte y meterte en el maletero de mi coche. Y llevarte al juzgado de todos
modos.
Creo que se me rompe una uña.
—Tú...
—No creí que tus muñecas pudieran soportar el maltrato —me interrumpe—. Al
menos, todavía no, así que tomé una decisión.
Lo miro fijamente durante unos segundos porque no sé qué más hacer. No sé qué
decir ni qué pensar, salvo que está loco. Está completamente loco.
—¿Así que asustarme hasta perder la cabeza —comienzo, mirándolo con ira—,
fue tu decisión?
—Tus muñecas están mejorando, ¿no?
Miro mis muñecas como una idiota. Y, de nuevo como una idiota, creo que se ven
bien. El enrojecimiento sigue ahí, pero la piel no se ve tan sensible ni inflamada como
hace solo un día. Tampoco pica tanto.
Pero eso no es...
Levanto la cabeza bruscamente.
—No me importan mis muñecas. Me importa que me hayas mentido.
—Otra vez —responde él con voz tranquila—. No debería sorprenderte después
de todo lo que ha pasado.
—Dios mío, esto es…
—Además, te hizo subir al coche, ¿no?
—Eso no es motivo para…
—Y además, fue muy fácil. —Continúa—. Así que, bien está lo que bien acaba.
—No —respondo bruscamente, recuperando por fin la compostura—. No está
todo bien. Todo está jodido. Todo está…
—Quédate en el coche.
Me echo hacia atrás ante el repentino cambio de tema y, por primera vez desde
que comenzamos este viaje, aparto la mirada de él. Y me doy cuenta de dos cosas:
primero, que nos hemos detenido. Y segundo, que nos hemos detenido en un rancho. He
estado tan concentrada en él que no tengo ni idea de cuánto tiempo nos ha llevado llegar
aquí, pero parece que estamos parados en un camino de tierra y hay un corral justo
93 delante de nosotros. Hay palominos trotando junto a la cerca y un par de peones
cepillando el pelaje de otros caballos y cuidando sus cascos. Una casa en expansión se
alza sobre el fondo de un gran campo en el que también pastan caballos y luego, como
siempre, a lo lejos se ve la cadena de montañas omnipresente que se encuentra en
Montana sin importar a dónde se vaya.
Antes de que pueda volverme hacia él y preguntarle qué es este lugar y qué
hacemos aquí, sale del coche y se aleja, dejándome atónita. Se dirige hacia el granero
que se encuentra justo al lado del corral y, cuando se acerca, veo que se abre la puerta.
Sale un hombre con un sombrero Stetson y chaparreras de cuero. Los veo conversar y
me recuerda tanto a ayer que, ignorando su orden, salto del coche y me dirijo hacia ellos.
Llego justo cuando el hombre se aleja y le pregunto:
—¿Quién era?
Mis ojos están fijos en el hombre mientras se dirige de vuelta al granero, por lo que
probablemente no veo a Arsen acercarse a mí. Tan cerca que siento su aliento en mi
cuello. Siento su pecho grande y duro, que ayer estaba pegado a mi columna vertebral
mientras me sujetaba el cuello, moviéndose. Mi corazón se acelera y, por alguna razón,
en lugar de darme la vuelta para enfrentarme a él, decido observar al hombre mientras
desaparece dentro del granero.
—¿Es tu amigo? —suelto—. ¿Como el sheriff?
Ignorándome, me dice con voz ronca:
—No te quedaste en el coche.
Aunque no nos estamos tocando, sus palabras vibran en mi cuerpo y me ponen la
piel de gallina.
—¿También lo apuñalarás si le pido ayuda?
Odio que mis palabras suenen más entrecortadas que severas. Pero está tan
jodidamente cerca y su aliento es tan cálido que quiero que se aleje de mí.
—Lo apuñalaré si te toca.
—Eso es…
—O si tú lo tocas.
—¿Qué?
—Así que mejor guarda todas tus súplicas y ruegos para mí. —Continúa, con su
voz profunda y algo hipnótica.
Aprieto las manos, sin dejar de dar la espalda y mirando al frente; sin embargo, no
tengo ni idea de lo que estoy viendo, porque de repente se me ocurre algo.
—¿Tú...? ¿Por eso apuñalaste al sheriff Cooper específicamente en el brazo?
Porque yo lo toqué.

94 Porque eso es lo que hizo, ¿no? Apuñaló el brazo de Cooper y, antes de eso, se
quedó mirándolo con intención peligrosa.
Una extraña intensidad emana de él y de su voz.
—No me gusta que los hombres toquen las cosas que me pertenecen, al igual que
no me gusta que esas cosas toquen a otros hombres.
Mi corazón se me sube a la garganta y late a un ritmo frenético.
—Eso es... eso es psicótico.
—Quizás.
—Y yo no soy una cosa —le recuerdo.
Él tararea.
—Semántica.
—Y definitivamente, definitivamente, no te pertenezco.
—Tengo un papel en el bolsillo que dice lo contrario.
Al oír esto, además de que mi corazón late rápidamente, la sangre también
comienza a correr por mis venas como loca.
—Ese documento no se sostiene.
—¿No?
—No.
—¿Por qué?
—Porque es una mentira. Me obligaste a firmarlo bajo falsos pretextos.
Vuelve a tararear.
—Bueno, lo firmaste, ¿no?
—Eso no…
—Tu nombre aparece ahí.
Hay algo en su tono que me revuelve el estómago. Parece que lo sabe. Como si,
de alguna manera, supiera que estoy mintiendo. Pero es imposible. No hay forma de que
lo sepa. No se lo voy a decir.
—¿No es así? —insiste cuando me quedo en silencio.
Respiro hondo y enderezo la espalda.
—Sí.
—Entonces, eres mía.
—Yo soy…
95 —Y nadie pone las manos sobre lo que es mío.
Cierro los ojos un segundo y me recompongo. Abro y cierro mis dedos. Aprieto el
vestido con el puño y meto el estómago. Todo ello en un intento por no derrumbarme
ante su tono áspero. Su tono posesivo.
Aclaro la garganta, cambio de tema y lo intento de nuevo:
—¿Quién es él?
Siento que se mueve detrás de mí.
—Su hermano trabaja en Rawhide; es uno de los vaqueros.
—¿Qué hacemos aquí?
—Estás a punto de descubrirlo.
—¿Por qué no puedes simplemente...? —Respiro hondo por centésima vez antes
de continuar—: Contarme lo de anoche.
—¿Qué pasó anoche?
—¿Qué pasó después de que me quedara dormida? —pregunto porque, por
alguna razón, no puedo quitármelo de la cabeza—. Por muy aterrador que sea, necesito
saberlo.
—¿Qué crees que pasó? —me pregunta a su vez.
Aprieto los dientes.
—No lo sé; dímelo tú. —Antes de que pueda responder, continúo—: Y si me
mientes otra vez, perderé los estribos, ¿de acuerdo? Me volveré loca, maldita sea.
Él espera un momento antes de responder.
—Me fui.
—Te fuiste.
—Por un tiempo.
—¿A dónde?
De nuevo, tarda un segundo en responder.
—A buscar a alguien.
Estoy confundida. No entiendo muy bien lo que quiere decir, pero entonces lo
comprendo y mi cuerpo se tensa.
—¿Fuiste... fuiste a buscar a una chica?
—Sí.
Mi corazón se aprieta con tanta fuerza, con tanta saña, que ni siquiera puedo fingir
que no es celos. Lo cual es una locura a otro nivel que no quiero analizar ahora mismo.
Especialmente cuando suelto:

96 —¿En nuestra noche de bodas?


No puedo creer que haya dicho eso. ¿Qué me pasa?
—Lo fue, ¿no? —dice, y juraría que se siente más cerca, y sus palabras suenan
casi tiernas.
—No debería haber dicho eso —tartamudeo, evitando frotarme los brazos y
ahuyentar la piel de gallina que me provoca su voz.
—Aunque no creí que quisieras mis manos sobre ti.
—No quiero. —Luego, para enfatizarlo, añado—: No quiero para nada tus sucias
manos de vaquero criminal sobre mí.
—Entonces, ¿es bueno que haya encontrado a alguien, no?
Agarro mi vestido, mi vestido de novia, con un nudo en el estómago.
—¿Lo has hecho?
—Ajá. Lo que significa que estás a salvo de mí, de mis manos.
—No estoy a salvo contigo —digo, sobresaltándome ante su “a salvo” con el pecho
aún oprimido—. Nunca estoy a salvo contigo; ¿y cómo puedo saber que no lo hiciste?
—¿No hice qué?
—Tocarme.
Una vez más, no puedo creer que haya dicho eso, que haya llegado a ese punto.
No sé qué está pasando, por qué digo todas las cosas equivocadas. Así que voy a
retractarme. También voy a darme la vuelta, porque esto no está ayudando. Él tan cerca,
susurrando cosas; y yo, sin mirarlo, solo escuchando sus palabras.
Me siento como antes.
Como cuando leía sus cartas en mi habitación, tumbada en la cama, e imaginaba
que me decía esas palabras en voz alta. Esto me está confundiendo, me está volviendo
loca.
Pero antes de que pueda hacer nada de eso, él me susurra directamente al oído:
—Quizá lo hice.
Y me quedo paralizada.
—¿Qué?
—Tocarte.
—Tú…
—Y tal vez sí encontré a alguien —dice, sin inmutarse por mis fuertes respiraciones
y mi pecho agitado—. Ella estaba dispuesta. No, ella lo quería. También sabía bailar, sabía
cómo contorsionarse, moverse y retorcerse en mi regazo como la stripper de primera
clase que era. Pero por alguna razón, no funcionaba para mí. Así que regresé. Corrí de

97 vuelta al motel, y en cuanto te vi en la cama, inconsciente y durmiendo, me di cuenta de


por qué.
—¿Por qué, qué?
—Me di cuenta —se acerca más y, lo juro por Dios, siento cómo me susurra las
palabras al oído—, de que ella no era la persona que quería. Quería a otra persona.
Cierro los ojos porque sé lo que va a decir. Y necesito prepararme para ello.
Necesito prepararme para sus mentiras.
—Quería una chica con el pelo como el sol y los ojos como el cielo. Que oliera
como los ranúnculos que crecen en mi rancho.
Agrando los ojos.
—Ranúnculos.
Él tararea.
—Que huelen dulces como las rosas y ácidas como los cítricos.
—Yo… —Tragué saliva con dificultad, con la mirada perdida—. ¿Huelo así?
—Sí. Es difícil respirar a tu lado.
—¿De verdad?
—Es difícil viajar en coche contigo.
Niego con la cabeza.
—Yo... yo no…
—Es difícil —susurra de nuevo.
Tragué saliva, incapaz de decir nada.
—Me dan ganas de meterte en el maletero solo para no tener que respirar tu olor.
Me estremezco.
—Eso es…
—Así que tal vez cuando regresé, excitado y con ganas, y te encontré en la cama,
te toqué. —Luego—: Como siempre te dije que haría.
Me quedo quieta.
—Lo recuerdas, ¿verdad? —Continúa.
Sí. Lo recuerdo de una de sus cartas. La he leído tantas veces que ahora puedo
recitarla con los ojos cerrados. Sé exactamente en qué parte de la página está esa frase,
en la que habla de tocarme.
Lo sé.
Pero vuelvo a negar con la cabeza.
—No. No hables de eso.
98 —Como dije —continúa—, que si alguna vez te veía, tendría que poner mis sucias
manos de vaquero criminal sobre ti. Porque no podría contenerme. Y no solo te tocaría.
Te agarraría y te manosearía, y lo haría con tanta fuerza —me estremezco al oír cómo lo
dice—, que te marcaría con mi marca.
Ahí está esa palabra otra vez. Y Dios, algo anda muy mal conmigo porque tengo
que apretar los muslos al oírla. Tengo que apretar el estómago solo de pensar en su
marca sobre mí.
—Te marcaría la piel que siempre supe que sería como la seda. ¿Pero quieres
saber qué es lo mejor?
Sigo negando con la cabeza.
—No quiero hablar de las cartas.
—Es que no sabía lo sedosa que era. Ni siquiera podía imaginar lo jodidamente
suave, redondeado y maduro que sería tu cuerpo. Lo mucho que querría morderlo con
mis dientes, apretarlo con mis dedos. Comerte como si fueras una fruta. Como un
melocotón, tal vez. —Siento que se acerca aún más, sin llegar a tocarme, pero muy, muy
cerca—. O una cereza. Una cereza roja y jugosa que dan ganas de chupar.
—Yo…
—Y la cuestión es que realmente eres una cereza, ¿verdad?
—¿Qué?
—Inocente y sin tocar.
—Yo...
—Madura, pero jodidamente estrecha.
Vuelvo a apretar las piernas.
—Ya basta.
—Quizá cuando te vi anoche, perdí la cabeza. Pero hay un defecto en todo esto.
—¿Qué d-defecto?
—Lo habrías notado.
—Yo no…
—Me habrías sentido dentro de ti. Palpitando, latiendo y estirándote. Incluso
cuando te sedujera, habrías sentido cómo te rompía y te hacía sangrar. Porque soy así
de grande, cariño, y tú eres así de pequeña.
¿Por qué tenía que decir eso? ¿Por qué tenía que llamarme cariño y de una forma
que me recuerda a la mantequilla derretida y al sirope pegajoso?
—No me llames así —protesto.
—Así que no, no te toqué —concluye—. Porque si lo hubiera hecho, no habrías

99 dormido. Ese lugar entre tus muslos estaría tan dolorido y palpitante que no podrías
sentarte en el coche como lo hiciste, volviéndome loco con tu aroma a ranúnculo y tu
boca descarada. —Luego—: Además, no meto mi pene en una Turner. Y tú eres una
Turner, ¿no? Así que, como dije, estás a salvo.
Por fin, me doy la vuelta y lo miro.
Sus ojos son oscuros y perezosos, con los párpados pesados, y hay un rubor en
lo alto de sus pómulos. Pero lo ignoro todo, incluido el hecho de que probablemente yo
tenga el mismo aspecto, y digo:
—Deja de usar esa palabra. Deja de decir "a salvo". No estoy a salvo contigo.
¿Cómo puedo estar a salvo contigo? Sigues mintiendo. Sigues ocultando la verdad.
Sigues manipulándome, obligándome, amenazándome. Yo no... ¿Cómo se supone que
debo estar contigo? ¿Qué se supone que debo hacer? Arruinaste mi vida, ¿te das
cuenta? ¿Te das cuenta de lo difícil que es estar contigo? Y yo... no puedo... no puedo
hacer esto. Esto es... tienes que prometerme. Tienes que prometerme que no mentirás.
Tú... —Me agarro la frente y aparto la mirada—. Dios, ¿qué estoy haciendo, qué estoy
haciendo? Nunca me prometerás nada. No te importo. Nunca te importé. Eres egoísta,
manipulador y cruel, y yo estoy atrapada contigo. Estoy...
—Está bien.
Parpadeo, sintiéndome mareada.
—¿Qué?
Sus ojos de párpados pesados han vuelto a la normalidad y el rubor que hacía que
sus pómulos parecieran afilados y brutales ha desaparecido. Dice:
—No mentiré.
Tardo unos segundos en responder:
—No lo harás.
—Estás atrapada conmigo —dice, clavando su mirada en mí—. Estás atrapada
conmigo todo el tiempo que yo quiera porque te obligué a firmar en la línea punteada. Así
que lo menos que puedo hacer es prometerte que nunca te mentiré.
—¿Prometerme?
Él mantiene su mirada oscura fija.
—Considéralo mi voto matrimonial.

100
Para: Bo Porter
De: Peyton Turner

101 Querido Bo:


Acabo de enviar mi tarea. Hace literalmente cinco minutos.
No es que me lo hayas pedido, pero te envío una copia de lo que he escrito.
Creo que he conseguido sacar al menos un aprobado, así que prepárate para quedarte
impresionado. Ah, y por supuesto, muchas gracias por toda tu ayuda. A veces me has
molestado y ha habido un par de ocasiones en las que realmente he querido
estrangularte, pero en general has estado genial.
Ahora estoy sentada en mi lugar habitual, mi escritorio junto a la ventana con
vistas a mi árbol favorito, y sé que no me lo has preguntado, pero ya no lo van a talar;
¡parece que todas las protestas del vecindario han surtido efecto! Y te estoy
escribiendo esta carta. También estoy sonriendo como una loca, por si aún no te has
dado cuenta.
Pero también me he dado cuenta de algo. Ya no hay motivo para que sigamos
hablando. Acudí a ti para mi tarea y ahora ya ha terminado. Así que podríamos
despedirnos, pero creo que no quiero hacerlo.
No quiero dejar de escribirte. No quiero dejar de esperar tu carta todos los
viernes. Cada semana, como un reloj, termino mis clases y mi turno en la biblioteca y
corro de vuelta a mi departamento. Abro mi buzón rojo y ahí siempre estás tú.
Esperándome dentro de un sobre blanco con sello de prisión. Normalmente te abro allí
mismo, de pie en la calle, porque estoy muy emocionada por verte, por leer tus
palabras. Estoy muy emocionada por descubrir cómo me afectarán.
A veces me enojas porque puedes ser muy directo y grosero. Por no hablar de
lo mandón y autoritario que eres. Especialmente cuando me dices que deje mi trabajo
de mierda en la biblioteca de mierda con un horario de mierda y un aire acondicionado
de mierda. Y sé que me enfadé contigo cuando me dijiste que me mantuviera alejada
de mi profesor de matemáticas porque me pidió que fuera a su oficina después de
clase. Pero tenías razón. Él sí que intentó ligar conmigo. Así que rechacé su oferta de
ser su asistente. Y, curiosamente, y de forma inquietante, me enteré de que unos días
después aceptó un trabajo en otra universidad. Pero tú no tuviste nada que ver con
eso, ¿verdad? Hay momentos en los que también me haces sonreír. Me escuchas
divagar sobre mis clases, mis profesores, todos los planes que tengo sobre la escuela
de posgrado, sobre mi futuro.
Y luego hay otras formas en las que pienso en ti.
Me imagino cómo te inclinas sobre el papel que tengo en mis manos cada
semana. Me imagino tus dedos, que creo que son largos y gruesos, tal vez con
cicatrices y rasguños por tantos años de trabajo en el rancho, agarrando el bolígrafo y
garabateando palabras. Por alguna razón, esa imagen me cuesta mucho imaginarla.
Quizá porque, después de todo lo que sé de ti, me cuesta imaginarte sentado sin
moverte. Aunque sé que lo haces. Aunque sé que tienes que hacerlo, dada tu situación
102 actual.
También imagino tu rostro.
Sé que nunca hablamos de ello, no después de mi confesión inicial, pero el
artículo que leí sobre ti en el Post también tenía una foto tuya. Era granulada y poco
nítida. Pero pude verte, con tu cabeza morena inclinada, mientras te escoltaban fuera
de la sala del tribunal rodeado de una multitud. Y aunque no pude ver tu rostro entre
el mar de gente, pude ver que llovía y algunos días me siento muy triste por eso. Por
el hecho de que probablemente fuera uno de tus últimos días en libertad y el sol se
escondiera detrás de las nubes grises.
No quiero dejar de imaginarte. No quiero dejar de hablar contigo. No quiero dejar
de hacerlo, y punto.
¿Y tú?
Hasta la próxima (espero),

Peyton

Para: Peyton Turner


De: Bo Porter

Peyton,
Esto es una mala idea. Sin rodeos.
Fue una mala idea cuando le escribiste por primera vez a un delincuente para
pedirle ayuda, y es una mala idea ahora que quieres seguir escribiéndome cuando ya
no es necesario. Esto es lo contrario de la vida prudente que quieres llevar. Lo contrario
de lo que haría un estudiante con excelentes calificaciones. Quiero que lo recuerdes.
Para más adelante. Recuerda que fue idea tuya, porque mi respuesta es no. No quiero
dejar de hacerlo.
En cambio, quiero contarte cómo son mis martes.
Mis martes son como tus viernes. Todos los martes, cuando uno de los guardias
recorre las filas de mesas de la sala de estar distribuyendo el correo, sabe que debe
venir primero a mí. Él sabe que lo observo como un halcón hasta que se acerca. Y sabe
que no debe dejar que nadie me moleste cuando tengo tus palabras en mis manos.
Pero, a diferencia de ti, yo no me salto frases. Voy despacio. Me tomo mi tiempo.
Absorbo cada palabra, cada párrafo. Luego cierro los ojos y aspiro tus palabras por la
nariz como si fuera cocaína. Llámame loco, pero huelen a flores. Dulces y rosadas. Y
cuando estoy embriagado por ti, también te veo en mi cabeza.
103 Ahí estás, sentada en tu escritorio con la cabeza inclinada. Creo que llevarías el
pelo recogido y alejado de la cara. Eres una estudiante de sobresaliente, ¿verdad? Por
eso no quieres que nada te distraiga. Quizás también frunzas el ceño cuando estás
absorta en tus pensamientos. O cuando te cuesta encontrar la palabra perfecta o la
frase correcta.
¿O tal vez te muerdes el labio?
Cuando me contestas con descaro, te imagino con la barbilla levantada. Tu
mano se vuelve pesada sobre el papel, tu respiración se acelera. Tus mejillas se
enrojecen y se sonrojan de ira. Te imagino frunciendo el ceño cuando te digo que no
quiero que trabajes tan duro en la biblioteca, con la nariz hundida en un libro. Quiero
que vivas una aventura. Y si pudiera, te la daría. Me imagino que frunces aún más el
ceño cuando te pregunto: ¿y si realmente fui yo quien asustó a ese profesor? Como
hice con esos reclusos.
¿Me tendrías miedo?
Y ahora imagino cómo el rubor de la ira se extiende por tus mejillas porque no
le temes a nada, y mucho menos a un delincuente a cientos de kilómetros de distancia.
Y quiero tocar ese rubor.
Quiero tocarte.
Primero te desato el pelo y dejo que los sedosos mechones caigan por tu
espalda. Y es sedoso, ¿verdad?, tu pelo. Es suave y abundante, y tan largo que te roza
la parte baja de la espalda. Me imagino que al ver esto contienes el aliento.
Probablemente no esperabas que lo hiciera. Pero tal vez deberías haberlo hecho. Soy
un delincuente cumpliendo condena; seguir las reglas no es lo que me llevó a la cárcel.
Después de ocho años de mi vida en este lugar tan duro, estoy sediento de algo suave.
Tengo sed de pasar mis dedos, que ya habrás adivinado que están llenos de
cicatrices y son ásperos, por la suave y sedosa masa de tu pelo. Luego aparto esos
mechones hacia un lado y dejo al descubierto tu nuca. Es del color de la luna que a
veces veo a través de la ventana enrejada de mi celda. Pero sé, con solo mirarla, que
en lugar de estar fría, voy a encontrar tu piel cálida y acogedora, probablemente por
toda la luz del sol que entra por esa ventana tuya. Y bueno, ya sabes que el último día
que pasé fuera, el sol se escondía, así que ahora lo anhelo como nunca antes había
anhelado nada.
Toco ese punto frágil de tu cuello, tan suave y cálido.
Froto mi dedo arriba y abajo, adelante y atrás, en círculos, tratando de
empaparme de tu tacto. Tratando de memorizarlo como memorizo tus palabras para
que me dure toda una semana antes de poder volver a tocarte. Así, cuando toco mis
propias yemas, en lugar de piel áspera, siento tu suavidad fantasmal.
Pero tal vez no quieras que lo haga. Tal vez no quieras que un estafador
endurecido te toque con sus dedos aún más ásperos.
104 Pero, de nuevo, te lo advertí, ¿no?

Bo

PD: A diferencia de ti, no soy muy aficionado a la lectura, pero leí tu trabajo y,
si tu profesor te pone menos de una B, es un idiota. Pero tal vez no tenga que decirte
nada más. Ya sabes que todos los profesores son unos malditos idiotas y que debes
mantenerte alejada de ellos.
NECESITO robarle el cuchillo.
Es la única manera. Necesito un arma para poder alejarme de él, porque,
independientemente de su promesa, voy a alejarme de él, y su cuchillo es mi mejor
opción. Solo necesito una oportunidad.
105 Es solo que ahora mismo estoy muy cansada. Estoy más cansada que nunca en
mi vida, y todo es culpa suya. Porque, como todo lo demás, me obligó a hacerlo. Me
obligó a montar a caballo.
Con él encima.
Al parecer, la razón por la que estábamos en el rancho era porque mi esposo
necesitaba un caballo para que pudiéramos montarlo y volver a casa.
Eso es lo que dijo.
Esas fueron sus palabras exactas “Nos vamos a casa” cuando, a pesar de mis
enérgicas protestas, me levantó y me sentó en la silla de montar. Y luego, antes de que
pudiera hacerle más preguntas o simplemente tomar aliento, tiró de las riendas, hizo un
chasquido con la boca y salió al galope, lo que, lo juro por Dios, le hizo soltar una
carcajada. Como si por fin estuviera haciendo algo que se moría de ganas de hacer.
Y supongo que así era.
Ocho años es mucho tiempo para estar alejado de algo que te gusta tanto. Y no
voy a mentir, por fin entiendo por qué se arma tanto revuelo. Por qué a la gente le gusta
tanto montar a caballo. Creo que es la libertad. El viento en el pelo, el sol en la espalda.
Es la sensación de estar volando. Como levantar las manos y empaparte del mundo. La
paz. La naturaleza.
La aventura.
Vaya, ¿así es como se siente estar en una aventura? Como si la sangre corriera
por tus venas y la adrenalina fluyera. Como si estuvieras volando, y aunque te estrellaras
y te quemaras, valdría la pena. En un momento dado, quise darme la vuelta y decírselo.
Es el tipo de cosas que le diría a Bo, pero entonces me di cuenta, por milésima vez, de
que él no es Bo. Nunca lo fue y nunca lo será. Así que lo único que pude hacer fue
aguantar y dejarlo disfrutar de su momento.
Ahora aquí estamos, horas más tarde, todavía montando. A un ritmo más tranquilo,
sin embargo. Pero todavía a través del bosque. Contemplo el dosel de ramas y hojas
sobre mí. Hay fragmentos de luz solar que se filtran a través de los huecos, y trato de
averiguar qué hora es. No tengo ni idea si es temprano o tarde, ni de lo lejos que estamos
de Black Rock. Supongo que me quedé dormida y ahora estoy despierta, y me duele
todo.
La espalda. Los muslos. La zona entre los muslos.
También tengo un tirón en el cuello, que intento aliviar estirándolo. Es entonces
cuando me doy cuenta de algo. De que sigo en la misma posición en la que él me puso.
Es decir, ¿por qué iba a estar en una posición diferente? Estamos literalmente pegados
el uno al otro sobre un caballo, pero aun así. Ahora que no estamos galopando y no estoy
adormilada, me doy cuenta de ciertas cosas.
Mi espalda está prácticamente fundida con su pecho, el lado de mi cara está
106 acunado entre sus pectorales y mi columna vertebral está hundida y cómodamente
asentada en su pelvis. Y luego están sus muslos, que abrazan los míos; sus brazos, que
cubren los míos. Con una de sus manos agarrando las riendas y la otra, Dios, la otra,
extendida sobre mi vientre. Es tan grande que su pulgar se eleva y roza la parte inferior
de mi pecho y su meñique casi se mete en mi ombligo.
Por no hablar de la palma de su mano.
La está presionando contra mi vientre, usándola para mantenerme inmovilizada y
atada a su duro cuerpo. ¿Se ha endurecido más a lo largo del día? O tal vez sea el hecho
de que ya no temo por mi vida como ayer, cuando me amenazaba, y ahora me doy cuenta
de que no hay forma de que esté hecho de músculos y huesos, no.
Creo que está hecho de acero o hierro.
Hierro muy caliente con estrías y surcos contra los que quiero frotarme. No sé de
dónde viene ese impulso, pero quiero hacerlo. Lo necesito. Así que arqueo la espalda,
apoyo la cabeza en su pecho y muevo las caderas, gimiendo.
No puedo creer lo bien que se siente moverme contra él, frotarme contra su torso
y retorcer mis caderas entre sus muslos. Por eso me sorprende cuando me detiene
abruptamente. Su gran mano sobre mi vientre se vuelve rígida y empuja aún más,
atrapándome eficazmente contra la jaula de su cuerpo.
Luego, inclinando la cara hacia abajo, me gruñe al oído:
—Deja de moverte.
Abro mucho los ojos y suelto:
—No me estaba moviendo.
Es una mentira total, por supuesto. Y ante la promesa que me hizo hace solo unas
horas, nada menos. Pero no se me ocurre nada que decir mientras intento con todas mis
fuerzas ignorar el roce de su barba incipiente contra mi mejilla. Es tan afilada como ayer,
pero por alguna razón no me molesta. Y su aroma a cuero y almizcle, que inhalo con cada
respiración, sigue siendo tan agresivamente masculina como antes. Pero lo único que
consigue es hacerme sentir suave y femenina, en lugar de débil y aterrorizada.
Se vuelve aún más intenso cuando exhala bruscamente ante mi mentira y flexiona
los dedos sobre mi vientre. Miro esa mano, grande y bronceada, con venas que recorren
su dorso, y me sorprendo diciendo:
—Es solo que... eres muy duro.
Su pecho se estremece detrás de mí.
—Frotarte contra mí no va a hacer que lo sea menos.
—Y muy grande. —Continúo.
Sus dedos sobre mi vientre se flexionan de nuevo.
107 —Una vez más, retorcerte en mi regazo como una maldita stripper no va a hacer
que me ablande.
No soy tonta.
Sé lo que está diciendo. También sé lo que estoy diciendo. Simplemente no sé por
qué lo expreso de esa manera. Probablemente sea por el sueño residual y todos mis
dolores y molestias, y por lo que sea que me esté pasando al estar tan cerca de él y por
lo segura que me mantiene contra su cuerpo en mi primer paseo a caballo. Pero ese
comentario sobre la stripper fue innecesario. Especialmente después de lo que hizo
anoche.
Así que intento sentarme erguida mientras digo:
—Y tú lo sabes, ¿verdad?
Él mantiene su mano firmemente colocada sobre mi vientre, negándose a ceder ni
un centímetro.
—Lo sabría y probablemente te metería un billete de veinte dólares en el tanga y
te mandaría a freír espárragos porque solo me estás haciendo perder el tiempo.
Jadeando, le doy un codazo en el estómago y él gruñe, retrocediendo.
—Eso ha sido muy ofensivo.
—No por ello menos cierto —murmura—. Prometí que no te mentiría.
—Sí, bueno, de todos modos nunca bailaría para ti —le respondo, ignorando los
latidos acelerados de mi corazón.
—Creo que acabas de hacerlo.
Le doy otro codazo.
—Y si soy una stripper de veinte dólares, ¿por qué estás tan duro?
No puedo creer que esté hablando de esto con tanta naturalidad. O que realmente
quiera moverme un poco más y sentir esa dureza en mi espalda. Quizás haber sido
secuestrada y casada a la fuerza con un vaquero criminal me está volviendo loca.
—Porque —responde él en voz baja—, he pasado los últimos ocho años entre
rejas con solo mi mano como compañía. Por no mencionar que anoche tampoco encontré
el alivio que buscaba, así que cualquier cosa, desde una ligera brisa hasta un cuerpo
suave que huele a ranúnculos retorciéndose en mi regazo, podría ponerme duro.
Me muerdo el labio al oír mencionar esa flor de nuevo y suelto:
—¿De verdad no hiciste nada con esa stripper?
Su pecho se mueve de nuevo con una respiración.
—No.

108 Su respuesta me alegra el corazón, pero luego me doy una patada en la cabeza
por derretirme ante ella, cuando su fidelidad, si es que se le puede llamar así, no significa
nada. En cambio, vuelvo al tema que nos ocupa y le acuso:
—Es culpa tuya que me moviera.
—Estoy bastante seguro de que es culpa tuya —murmura, tirando de las riendas
para alejar al caballo de una roca especialmente grande—. Ya que tú eres la que se
mueve.
Ignoro lo hábilmente que lo hace.
—Eso es porque me dolía, ¿de acuerdo? Por si no lo recuerdas, nunca antes había
montado a caballo.
—No.
—¿Qué?
—Recuerdo. —Termina mientras maniobra el caballo para sortear otro
obstáculo—. Que fue en tu tercera carta cuando me dijiste que nunca habías montado
antes. Pero como has leído un montón sobre ello y has visto a otras personas hacerlo, ya
que vives en el Salvaje Oeste, probablemente sea lo mismo. —Luego—: ¿Cómo te está
yendo con eso?
Qué idiota, no solo se burla de mí, sino que además recuerda lo que le dije y en
qué carta. Ni siquiera yo lo recuerdo.
Ignoro los latidos acelerados de mi corazón y le clavo las uñas en el antebrazo
mientras murmuro:
—Probablemente lo recuerdas porque querías trazar un plan elaborado para
torturarme. Como lo demuestra esto... —gruño, tratando de pensar en una palabra—,
toda esta mierda de viajar a caballo y ¡ay!
De repente, el caballo da un respingo debajo de mí, haciéndome sacudirme y casi
perder el equilibrio. Y tengo que agarrarme a él con más fuerza aún.
—Lo has hecho a propósito —le acuso, porque así es.
—Se llama Rocky —me dice.
—¿Qué?
—El caballo. Aprende a usarlo.
Exhalo bruscamente y le araño el brazo.
—Ah, claro, eres un vaquero.
—Eso soy —dice con exageración.
—Claro, te preocupas más por tu caballo, Rocky, que por mí.
—No sirve de nada negarlo.

109 Me burlo.
—Lo sabía. Siempre supe que los vaqueros eran los peores novios.
—Bueno, qué puedo decir; no nos gusta que nos aten.
Pongo los ojos en blanco.
—Bien, dime una cosa: si tu granero se estuviera quemando, ¿qué sería lo primero
que salvarías?
—Estoy seguro de que estoy a punto de descubrirlo.
—Tus caballos.
—¿Sí?
—Sí. —Asiento—. Primero sacarías a todos tus caballos y luego entrarías a buscar
a tu novia.
—Me has descubierto. Adoro a mis caballos.
—Que, para entonces, probablemente ya estaría muerta.
—Sí, no creo que tengas que preocuparte por eso.
—¿Por qué no?
—Porque no solo eres mi novia.
—Yo...
—Eres mi esposa.
—No lo soy. Soy…
—Y puede que los vaqueros seamos los peores novios, pero somos los mejores
maridos. —Abro la boca para protestar, pero no me deja decir nada y continúa—: Así que
no dejaré que nadie queme mi granero contigo dentro. Y si alguien se atreve a pensarlo
siquiera, yo lo quemaré primero. ¿Te queda claro?
Por fin, levanto la vista hacia él.
Él mira al frente, con el rostro inexpresivo pero severo. El sombrero sigue posado
en su cabeza, proyectando una sombra sobre sus ojos. Pero, al igual que en el coche,
cada pocos pasos, el sol lo baña como si fuera miel, iluminando esos lugares oscuros.
Encendiéndolos, haciendo que sus ojos oscuros brillen y su piel bronceada resplandezca.
Tiene que ser el hombre más guapo que he visto nunca.
Simplemente no sabía que la belleza también podía ser peligrosa. Peligrosa, letal
y salvadora.
Abro la boca para decir algo, sin saber muy bien qué. Espero que no sea sobre
cómo su crimen cambió mi vida de tantas maneras; no voy a decirle a mi falso esposo
forzado que lo consideré mi héroe durante mucho tiempo, cuando no es más que un
criminal. Pero ahora no importa, porque antes de que pueda pronunciar otra palabra, nos
110 detenemos.
Aparto la mirada de él y veo que hemos llegado a una especie de claro. Un gran
espacio rodeado de árboles donde la tierra parece cubierta de montones de hojas secas.
Más adelante, a través de los gruesos troncos de los árboles, veo un lago. O más bien
una gran masa de agua, porque es demasiado pequeño para llamarse así. El agua brilla
bajo la luz del sol y es tan bonita que me deja sin aliento.
Detrás de mí siento un movimiento y, antes de darme cuenta, él se ha bajado del
caballo y yo tengo que agarrarme a su cuello para no caerme. Es más por el giro repentino
de los acontecimientos que por perder el equilibrio, pero aun así. Entonces, de pie a mi
lado, él levanta los brazos, con las palmas abiertas como si estuviera listo para recibirme.
Y me ayuda a bajar.
Es una prueba de quién es él, lo suficientemente criminal como para secuestrarme,
pero lo suficientemente cuidadoso como para no querer que me caiga. Y es una prueba
de lo que siento por él, demasiado amenazada como para sentirme segura a su lado, pero
lo suficientemente confiada como para aceptar su ayuda sin decir nada.
Sin embargo, tan pronto como me baja, mis rodillas tiemblan y se doblan, y tengo
que agarrarme a él para mantener el equilibrio. Le agarro la camiseta con el puño y estiro
el cuello para mirarlo.
—¿Por qué nos detenemos?
Sus dedos se clavan en mi cintura mientras responde:
—Porque tenemos que acampar.
—¿Acampar?
—Para pasar la noche.
Parpadeo y me agarro con más fuerza a su camiseta.
—¿Nos... nos quedamos aquí?
—Sí.
—Pero yo… —Miro a mi alrededor como si fuera a encontrar algo más que el
bosque que nos rodea—. ¿No podemos seguir adelante?
—No.
—¿Por qué no?
Su pecho se mueve con cada respiración mientras dice:
—Porque Rocky necesita descansar.
—Pero yo…
—Y tú también.
111 Tiro de su camiseta, tratando de hacerle entrar en razón.
—Pero nunca he ido de campamento.
Otra respiración mientras sus rasgos permanecen tan impasibles como siempre.
—Bueno, será mejor que te acostumbres, porque aún faltan unos días para llegar
a Black Rock.
—Espera, ¿qué?
—Y hasta entonces, vamos a "acampar" todas las noches.
—Pero… —Me pongo de puntillas—. No puede estar tan lejos. No puede…
—No lo está —me asegura—. Pero vamos a tomar la ruta panorámica.
—¿Qué? —chillo.
Él señala con la barbilla algo detrás de mí y dice con total seriedad:
—Puedes lavarte en el lago cuando estés lista y hay un arbusto detrás de ti para
cuando quieras hacer pipí.
—¡No voy a hacer pipí en los arbustos! —digo, gritando de nuevo—. No voy a...
Esto es una broma, ¿verdad? Tiene que serlo. ¿En qué siglo estamos? ¿Por qué hemos
tenido que tomar la ruta panorámica o...?
Él cambia de postura, y yo con él, mientras dice, con la mirada fija en mis ojos:
—Aquí no hay ningún policía idiota al que puedas pedir ayuda. Solo hay osos y
lobos en kilómetros a la redonda. Animales salvajes que te destrozarán y te dejarán morir
en cuanto capten tu olor. Así que tomaremos la ruta panorámica porque tu única apuesta
segura en estos bosques es permanecer cerca de mí. Y si eres tan inteligente como
crees, esta vez, te quedarás exactamente donde yo te ponga. Sin cuerdas. Sin drogas.
Pero lo más importante, sin mentiras. —Luego, enderezándose, añade—: Bienvenida a
tu primera aventura.

El fuego arde brillante y caliente entre nosotros.


Las brasas naranjas parpadean en el aire, iluminando la noche y proyectando
sombras ardientes sobre su rostro. Sobre todo su cuerpo, haciéndolo brillar.
Parece estar sumido en sus pensamientos, con la mirada fija en las llamas. Puedo
verlas bailar en sus ojos. Si lo intentara, casi podría convencerme de que él mismo está
hecho de fuego. Con lava fluyendo por sus venas y llamas titilando justo debajo de la
superficie.
Ahora mismo estamos cenando lo que él ha cocinado mientras yo lo observaba
desde el tronco en el que estoy sentada. También lo vi quitarle la silla de montar a Rocky
y descargar las alforjas antes de atarlo al árbol detrás de él. Peinó la crin de Rocky y luego
112 le masajeó la espalda mientras le susurraba palabras dulces al oído. Todo lo que oía era
el tono grave de su voz ronca, tan hipnótica que no podía apartar la mirada. Le dio de
comer a Rocky y le puso un cuenco con agua antes de pasar a nuestra cena.
Pero primero me dio una pastilla.
Dijo que era para el dolor y yo le creí. Porque tiene razón: no tengo a dónde huir,
así que no necesitaba drogarme. Además, si hubiera querido, habría encontrado otra
forma de hacerlo. Además, dijo que no me mentiría. Y no lo hizo. Horas más tarde, sigo
despierta y el dolor ha pasado a un segundo plano.
Aunque ninguno de los dos ha comido mucho, no puedo evitar pensar que esta es
la primera comida que compartimos a pesar de llevar juntos tres días. Antes de esto, o
bien me perdía las comidas porque estaba durmiendo, o bien él me dejaba un plato en la
mesita de noche sin estar él por ningún lado.
No sé por qué me parece tan importante, pero lo es: nuestra primera comida
juntos.
—Me lo había imaginado antes —digo sin pensar. Y luego añado rápidamente—:
Tontamente.
Él está sentado frente a mí, en su propio tronco, con los muslos extendidos y los
codos apoyados sobre ellos, y las manos sosteniendo el plato de papel con su cena
intacta. Al oír mis palabras, levanta la vista y me mira.
—¿Imaginado qué? —Luego, añade, al igual que yo, aunque con un acento más
marcado—: Tontamente.
Me muevo en mi asiento, con mi propio plato de cena en el regazo de mi vestido.
—Esto. Cenar. Contigo.
Si le sorprende mi revelación, no lo demuestra. Sus rasgos permanecen
impasibles y radiantes mientras repite:
—Conmigo.
Exhalo bruscamente.
—Con Bo.
Algo se refleja en su rostro, tensando sus rasgos por un segundo.
—Quiero decir, por supuesto, estúpidamente —añado antes de que pueda decir
nada.
—Sí, ya lo has dicho.
—Hubo momentos en los que —me encuentro revelando—, me sentaba con mi
comida y leía tu carta.
Mi confesión es seguida por un leve gruñido de Rocky y el crepitar del fuego. Lo
cual, para ser sincera, está bien. No quiero que diga nada. No es que haya nada que decir

113 aparte de lo estúpida que he sido, pero aun así.


—Pedía comida para llevar, encendía velas y leía tus cartas en voz alta. Supongo
que quería fingir que estábamos conversando durante la cena. —Niego con la cabeza—
. Y, por tercera vez, sé que suena como una locura y…
—Suena como una locura —me interrumpe.
Se me encoge el corazón.
Aprieta la mandíbula antes de añadir:
—Porque estaría demasiado drogado como para mantener la cabeza erguida en
la mesa, y mucho menos para mantener una conversación contigo durante la cena.
Dios, qué idiota.
—Olvídalo. —Pincho una papa con el tenedor de plástico—. Ni siquiera sé por qué
te lo conté.
—Yo tampoco —dice—. Pensé que no estábamos hablando de las cartas.
Eso me molesta, y lo apunto con el tenedor lleno de papas.
—Bueno, tú no puedes hablar de ellas. Yo puedo hacer lo que quiera.
Me estudia un momento, luego se endereza y deja su plato a un lado.
—¿Ah, sí?
—Sí, en realidad es así. —Levanto la barbilla—. Por si lo has olvidado, yo soy la
parte perjudicada entre los dos.
—La parte perjudicada.
—Sí, lo soy. Yo soy la víctima aquí. La obligada, la silenciada, la secuestrada. Se
me permiten algunas concesiones.
—Está bien.
Levanto las cejas con incredulidad.
—¿Qué?
Él asiente brevemente.
—Tienes derecho a algunas concesiones.
A mi pesar, sonrío un poco.
—¿Eso significa que puedo llamarte idiota cuando quiera?
Su mirada se posa en mi boca durante un segundo antes de responder con
lentitud:
—¿No lo haces ya?
Arrugo la nariz.
—Vaquero criminal.
114 —Eso también lo has dicho antes.
—Yo…
—Si eso es todo lo que da tu imaginación, universitaria, estamos en un buen lío.
Con su voz grave y arrastrada, suena exactamente como yo quería oírlo
“universitaria” y sin embargo, nada como lo había imaginado.
Parpadeo para despertarme y pregunto:
—¿Por qué?
—Podría cansarnos después de un tiempo —me dice, clavando sus ojos en los
míos—. Ya que vamos a pasar el resto de nuestras vidas juntos.
—No es así.
Las líneas decididas de su rostro me hacen estremecer y bajo la mirada hacia la
comida.
—Sabes que no soy vegetariana, ¿verdad?
—Lo sé.
Levanto la vista y veo que me está mirando fijamente.
—Entonces, ¿por qué siempre te aseguras de que no haya carne en mi comida?
Que conste que no me importa. Como lo que me ponen delante y agradezco no
haber sido yo quien lo haya preparado. De pequeña, tenía que cocinar yo misma porque
mi madre estaba demasiado ocupada haciendo feliz a mi padre o demasiado maltratada
como para hacer otra cosa que no fuera estar tumbada. Así que no soy exigente.
—Solo me aseguro por si acaso lo eres. —Luego—: No querías que te diera de
comer algo en contra de tu voluntad, ¿verdad? Como hice con el tranquilizante.
Estaba a punto de meterme en la boca una deliciosa papa cocida cuando me
detuve. Dejé el tenedor y le pregunté:
—¿Es esto una disculpa? ¿Por drogarme? Ya sabes, como a veces te disculpas
de forma extraña. Como cuando leíste mi libro favorito.
—Es un hecho —me dice. Luego, como si murmurara para sí mismo—: Aunque
todavía no sé por qué es tu libro favorito.
Mantengo la mirada fija en él durante unos segundos más, como si al hacerlo fuera
a descubrir todos sus secretos y resolver el misterio que es él. No es que quiera
conocerlo, pero creo que necesito hacerlo. Mantén cerca a tus amigos, pero aún más
cerca a tus enemigos. ¿No es eso lo que dicen?
Estoy tratando de alejarme de él. ¿No debería conocer sus posibles debilidades o
vulnerabilidades para poder utilizarlas en su contra? Como el hecho de que ahora sé
dónde guarda su cuchillo.
115 Escondido en su bota.
Lo he visto sacarlo para tallar las ramitas y las ramas caídas con el fin de hacer la
hoguera; para cortar la cuerda y bajar las alforjas; incluso para ensartar la carne mientras
la cocinaba. Cada vez que termina de usarlo, lo vuelve a guardar. Puedo verlo incluso
ahora. El mango negro asomando por la parte superior.
Nunca he usado un cuchillo y no sé cómo reaccionaré si tengo que usarlo. Ya sea
contra él o contra esos animales salvajes de los que hablaba. Lo único que sé es que
tengo que intentarlo. Tengo que alejarme de él y necesito un arma para protegerme.
Y toda la información que pueda reunir.
—Bueno —comienzo, respirando hondo—, ¿dónde aprendiste a cocinar así?
Él me mira durante unos segundos, recorriendo con la mirada mis rasgos. Como
si estuviera reflexionando sobre algo. Justo cuando creo que no voy a poder soportar
más su escrutinio y que probablemente nunca me va a responder, habla,
sorprendiéndome muchísimo.
—Mis padres murieron cuando yo tenía doce años. Y mi hermano menor solo
quería comer puré de manzana como lo hacía nuestra mamá. Como mi hermano mayor
se hizo cargo del rancho y nuestra cocinera no conseguía hacerlo bien por más que lo
intentara, yo era el único que quedaba. —Sus labios se curvan hacia arriba, pero no hay
humor en su pequeña sonrisa mientras continúa—: Al parecer, mamá solía ponerle una
pizca de clavo y, por alguna maldita razón, nadie más que yo podía averiguarlo. Todos
seguían poniéndole canela y Ax seguía tirando el tazón. Así que supongo que aprendí a
cocinar hace mucho tiempo.
Intento tragar saliva, pero siento algo atascado en la garganta.
No sabía nada de eso. Es decir, sabía cosas sobre la familia Grayson. Sabía que
había tres hermanos Grayson y que el mayor era el cabeza de familia. Lo que significa
que sus padres debían de haber fallecido. Creo que murieron en un accidente de coche,
ahora que lo recuerdo. Pero nunca lo había pensado en esos términos. En términos de
tres niños que perdieron a sus padres cuando no eran más que niños. Tres niños que
aprendieron a vivir sus vidas de nuevo.
A los doce años se es demasiado joven para hacer algo así, lo sé. Yo hacía algo
parecido: cocinar y limpiar, vendar las heridas de mi madre, intentar desaparecer el resto
del tiempo.
—No lo sabía —digo sin convicción.
Sus ojos se habían desplazado hacia el fuego, pero ahora vuelven a mí.
—Ahora lo sabes.
Me humedezco los labios.
—Siempre…
116 Él me observa mientras lo hago antes de respirar hondo y preguntar:
—¿Siempre qué?
Me sonrojo y me retuerzo en mi asiento.
—Todo lo que he oído son historias de terror. Sobre los Grayson. Sobre cómo
todos los Grayson son criminales. Cómo harían cualquier cosa para quedarse con
nuestras tierras. Robar, engañar. —Tragué saliva—. Matar.
Él mantiene su mirada fija en mí. Sin pestañear e intensa. Sin embargo, desearía
que apartara la vista. Solo para tener un respiro. Pero no creo que me conceda esa
misericordia.
—Todo eso es cierto —murmura por fin.
—Pero los Turner también lo harían —me apresuro a decir.
Lo harían.
No es algo unilateral; sé que ellos no son los buenos. Lo sabía cuando vivía con
ellos y lo sé ahora que hace años que no voy a Black Rock. No quiero tener nada que ver
con ese lugar. Un lugar hecho de guerras territoriales, disputas familiares y padres
abusivos.
—¿Qué quieres decir? —pregunta, interrumpiendo mis pensamientos.
No tengo ni idea de qué quiero decir. Excepto que no creo que los Grayson sean
tan monstruosos como los han pintado.
Lo cual es una línea de pensamiento ridícula y peligrosa. No puedo pensar así. No
puedo simpatizar con ellos. Ni siquiera los conozco, salvo por lo que me han contado toda
mi vida. No quiero conocerlos. Ni humanizarlos. Además, ¿no debería ser al revés? Yo
soy la cautiva.
—¿Cómo se llama tu hermano menor? —le pregunto, maldiciéndome porque ¿no
acababa de decidir no hacer esto más?
Antes de que pueda retirar mi pregunta, él responde:
—Axton.
—¿Cuántos años tiene?
—Acaba de cumplir dieciocho.
—Y tu hermano mayor se llama Marsden, ¿verdad?
—Exacto.
—¿Cuántos años tiene?
—Cuarenta.
—¿Cuántos años tienes tú?

117 —¿Son veinte preguntas?


—No, solo estoy tratando de conocer a la familia con la que me casaron a la fuerza
—respondo levantando las cejas. Aunque, por dentro, sigo pensando: ¿Qué carajos?
Él sigue mirándome mientras responde:
—La suficiente como para decirte que ya es hora de irte a dormir. Mañana
madrugamos.
—Pero creía que querías que viviera una aventura —le respondo, esbozando una
dulce sonrisa.
Él la acepta antes de que algo se refleje en su rostro y respire hondo.
—Sí, lo quería, ¿no?
—Síp —respondo, pronunciando la p al final—. Entonces…
—Entonces. —Me interrumpe y repite mis palabras—. ¿Qué tal si me cuentas un
poco sobre tu familia?
Hago una pausa. Luego digo:
—¿Qué?
—Estamos casados, ¿no? —dice, con una leve sonrisa, pero, de nuevo, no creo
que haya nada de humor en ello—. Así que yo también debería conocerlos.
Lo miro con los ojos entrecerrados.
—Ya lo sabes todo sobre ellos.
Él asiente lentamente, aceptando mis palabras.
—Entonces, ¿qué tal si conozco a tu mejor amiga?
Esta vez mi voz es más aguda y chillona.
—¿Qué?
—¿Ella también es mala en sociología?
—No sé... ¿qué?
—¿Y qué hay de la aventura?
—¿Qué pasa con eso?
—¿Le gusta la aventura o es aburrida como tú?
—Yo no soy aburrida.
—Aburrida. Cuidadosa. Es lo mismo.
—Es…
—Apuesto a que nunca ha leído un libro en su vida.
—¿Estás insinuando que mi mejor amiga es analfabeta?

118 —No. Estoy insinuando que tu mejor amiga sabe cómo divertirse.
No sé a dónde quiere llegar con esto. Ni por qué se le ha ocurrido hablar de mi
mejor amiga. Pero sé que debo andar con cuidado. Mucho, mucho cuidado. No puedo
mostrar miedo. No puedo levantar sospechas.
—Sabes —comienzo con dulzura, aunque por dentro estoy temblando—, si sigues
hablando de mi mejor amiga, me voy a ofender. Estamos casados, ¿recuerdas?
Sus ojos oscuros brillan.
—Y si te ofendes, voy a suponer que estás celosa. Como lo estabas por lo de la
stripper.
Me burlo.
—No estaba celosa por lo de la stripper.
—¿No?
—No —digo con severidad—. Puedes hacer lo que quieras con quien quieras.
Sus labios se curvan en una leve sonrisa.
—¿Es ese tu voto matrimonial?
Mi corazón se acelera.
—No, es lo que yo digo: no me importa lo que hagas porque voy a huir en cuanto
tenga la oportunidad.
—No tienes a dónde huir, ¿recuerdas? —se burla, con palabras que rezuman
peligro.
Lo sé. Hay bosques por todas partes y, de nuevo, no sé si alguna vez podré salir
de este lugar. Pero, al igual que cuando robe el cuchillo, tengo que intentarlo.
—Bueno, prefiero arriesgarme con los animales salvajes que quedarme al lado de
un hombre que está empeñado en utilizarme para sus planes de venganza. —Hago una
pausa y luego añado—: Planes que, por cierto, ni siquiera conozco. ¿Para qué demonios
me quieres específicamente?
Esto lo hace respirar hondo, con el pecho hinchándose y desinflándose.
—¿Por qué no dejas que yo me preocupe por eso?
Agarro el tenedor y lo miro con el ceño fruncido.
—¿Te estás escuchando? Yo también estoy involucrada en esto. Tú me
involucraste. Sin mi consentimiento. Arruinaste mi futuro por esto. Creo que tengo
derecho a saberlo.
Aprieta la mandíbula durante un segundo o dos antes de espetar:
—Futuro.
—Sí —insisto—. ¿Pensaste siquiera por un segundo en cómo me afecta esto?
119 Sabes lo que quiero hacer con mi vida, ¿no? Te lo dije. Te lo dije cuando nunca, ni una
sola vez, se lo había dicho a nadie. Sabes que quiero trabajar con víctimas de violencia
doméstica debido a mi historia. Iba a ser voluntaria en los refugios este verano. Por eso
no estaba haciendo turnos en la biblioteca. Sabes todo esto y aun así…
—Aún puedes hacerlo —me interrumpe.
—¿Qué?
—No te mantendré atada a mi cama si cooperas —dice, dilatando las fosas
nasales—. Si quieres ser voluntaria en el refugio, adelante.
—¿Esta es tu solución? ¿Mantenerme casada contigo hasta que consigas tu
venganza y, mientras tanto, yo vaya a cumplir mis sueños?
—¿No es eso lo que querías?
Me lo dice con tanta naturalidad y con una voz tan tranquila que la mía se eleva.
—Lo que quería era no estar aquí, ¿de acuerdo? Lo que quería era que no me
mintieras, que no me secuestraras y que no me obligaras a casarme con un criminal, que
no me utilizases para tu venganza. ¿Y el amor?
Algo en él se queda anormalmente quieto ante esto.
Puedo ver cómo se mueve su pecho con cada respiración. También puedo ver
cómo le tiembla la mandíbula. Esas llamas siguen bailando en sus ojos oscuros, pero hay
algo en él, dentro de él, a su alrededor, que se ha quedado quieto. Quizás sea el aire
nocturno. Quizás la tierra haya dejado de moverse. Una vez más, lo único que sé es que
siento este cambio en él y me veo obligada a quedarme quieta también.
Entonces, con un fuerte apretón de mandíbula que siento en mis propios dientes,
dice:
—¿Y el amor?
—Yo —tragué saliva—, lo quiero.
Te amaba.
No sé de dónde viene ese pensamiento. Aunque no debería sorprenderme, porque
es la verdad.
Él entrecierra los ojos.
—Creí que habías dicho que no querías ser como tu madre.
Hago una mueca de dolor.
—No quiero.
Me observa durante un instante.
—Entonces esto es perfecto, ¿no?
—¿Qué es perfecto?

120 —No hay ninguna posibilidad de que te enamores de un criminal.


Ya lo hice. Una vez.
Pero mantengo la boca cerrada y la espalda recta bajo el enorme dolor en el pecho
y el estómago que me pide que me acurruque sobre mí misma.
—Porque el amor es peor que cualquier animal salvaje de estos bosques. —
Continúa—. Un lobo te mataría, pero el amor es el tipo de animal que te devora pero no
te deja morir. Te mantendrá viva y sufriendo durante el resto de tu vida.
¿ESTÁ DURMIENDO?

No puedo asegurarlo porque está sentado contra un árbol y no tumbado en un


saco de dormir como yo. Tiene la espalda apoyada en el tronco, con una pierna recogida
y la cabeza gacha. Tanto que su barbilla toca su pecho. Un pecho que respira
121 suavemente, debo añadir. Observo cómo sube y baja durante unos instantes a la luz de
las últimas brasas del fuego. Luego miro sus brazos. Los tiene cruzados sobre el pecho
y tan apretados que puedo ver los músculos de sus bíceps. Parece más alguien que está
vigilando que alguien profundamente dormido.
Además, no creo que duerma nunca, por imposible que parezca. Pero entonces
veo cómo uno de sus brazos se relaja y cae sobre su muslo. Seguido de un suave suspiro.
Y mi corazón comienza a latir con fuerza porque, después de todo, está dormido.
Esta es mi oportunidad.
El sueño al que me había rendido mientras esperaba a que se durmiera se
desvanece y estoy lista para actuar. Lentamente, abro la cremallera del saco de dormir y
me siento. Mis ojos se fijan en su rostro, buscando cualquier movimiento, cualquier indicio
de que me ha oído. Pero sigue durmiendo. Exhalando un pequeño suspiro de
agradecimiento, salgo del saco. Solo está a unos pasos de mí y puedo ver el mango del
cuchillo asomando de la bota de su pierna doblada.
De puntillas, me acerco a él mientras duerme y me agacho junto a su bota.
Extiendo la mano y, lentamente, muy lentamente, saco el cuchillo. Una vez que lo tengo,
doy un paso atrás y, de repente, la mano que estaba flácida sobre su muslo golpea.
Como una serpiente de cascabel al acecho, sus dedos se enrollan alrededor de mi
muñeca y aprietan con tanta fuerza que se me escapa un grito ahogado y un chillido. Al
oír mi grito de dolor, levanta la vista rápidamente. Su mirada oscura está alerta y sus
rasgos son afilados, y me doy cuenta de que estaba al acecho. Probablemente no estaba
durmiendo; sabía que iba por él todo el tiempo y, como un animal salvaje y peligroso, me
atrajo hacia él.
Como siempre.
—No tan rápido —murmura, con una voz que apenas parece adormilada y tan
alerta como el resto de su ser.
Dios.
Qué maldito monstruo. Me equivoqué al pensar que los Grayson eran otras más
que malvados y criminales. Y me siento tan tonta por haberlo pensado que me vuelvo
loca.
Pierdo los estribos por completo.
Me lanzo sobre él y le golpeo el pecho con el hombro. Se sorprende
momentáneamente por mi repentino estallido de energía y consigo derribarlo, golpeando
su columna contra el árbol. Maldice por el impacto mientras afloja los dedos que me
sujetan la muñeca, y me pongo en pie en un santiamén con el cuchillo. Ya estoy girando
sobre mis talones cuando él envuelve sus malditos dedos alrededor de mis tobillos y me
122 derriba. Grito mientras caigo al suelo, mis codos y antebrazos soportan todo el impacto,
junto con mis rodillas. Creo que incluso tengo la piel cortada en algunas partes, pero no
estoy segura y ahora mismo ni me importa.
Porque ahora mismo, mientras mi piel me escuece y posiblemente sangre, lo
siento encima de mí. Su pecho, que respira con dificultad, presionado contra mi espalda
temblorosa. Empiezo a sentirme asfixiada y lucho con más fuerza debajo de él. A pesar
de darlo todo, consigue darme la vuelta.
Y nuestros ojos se encuentran en la oscuridad.
Los suyos, ardientes y enfadados; y los míos, probablemente iguales, excepto que
quizá haya también un atisbo de pánico. Por un segundo, menos de un segundo incluso,
siento como si nuestros pechos se movieran al unísono. El suyo se hincha cuando el mío
se hunde, y el mío se hincha cuando el suyo se hunde. Siento como si nuestras
respiraciones, al igual que nuestros ojos, estuvieran entrelazadas. Pero entonces siento
sus dedos rodeando mi muñeca, la que sostiene el cuchillo, y el momento se rompe.
Empiezo a forcejear debajo de él y me inmoviliza.
—Déjame ir —le digo entre jadeos, y luego sigo repitiéndolo como una plegaria.
Déjame ir, déjame ir, déjame ir, déjame ir.
—Cálmate, joder —me dice, mientras me aprieta con fuerza, como un tornillo de
banco, asfixiándome con sus músculos y huesos—. Te vas a hacer daño.
Le doy un cabezazo.
Con fuerza.
Solo para demostrarle que no me importa lo que me pase, siempre y cuando él
salga lastimado. Grito por el impacto y veo estrellas, y él vuelve a maldecir, esta vez en
voz alta, mientras afloja su agarre y yo libero mi mano con el cuchillo. Y entonces lo bajo
y, Dios santo, maldito Dios, golpeo algo.
Algo parecido a músculos y huesos.
Y todo se detiene. Mi cabeza deja de dar vueltas. Recupero la visión y lo primero
que veo es sangre.
Goteando sobre mí.
Es cierto que solo son unas gotas, pero caen en el centro de mi pecho agitado,
cálidas y espesas. Antes de esparcirse en todas direcciones. Deslizándose por mi
clavícula, filtrándose en el corpiño de mi vestido; subiendo hasta el triángulo de mi
garganta. Lo observo durante unos segundos hipnotizada, pero luego reúno las fuerzas
suficientes para buscar de dónde viene.
Él.
Provienen de su pecho, más arriba, justo debajo de la protuberancia de su hombro
izquierdo. Donde está clavado su cuchillo y, Dios mío, mis dedos siguen agarrados al
123 mango.
¿Fui yo quien lo hizo?
Lo hice, ¿verdad? Lo apuñalé. Apuñalé a mi esposo.
Jadeo, soltando por fin el cuchillo, y mis dedos sudorosos agarran su bíceps.
—Yo... tú... ¿estás...? Dios mío, ¿te he matado?
Me tapo la boca con la otra mano, la que no empuña el cuchillo, al escuchar mis
propias palabras horribles mientras lo miro. Solo para encontrarlo mirando mi pecho
tembloroso. Su sangre, los rastros que hay por toda mi piel.
—Todavía no —gruñe en respuesta.
Luego va por el cuchillo. Una expresión de tensión cruza su rostro mientras se
levanta un poco y lo saca de su cuerpo. Su cuerpo se sacude y gruñe al hacerlo. Tira el
cuchillo y vuelve a acostarse, presionando todo su cuerpo contra el mío.
Mis ojos se desvían hacia su herida y mi mano, que estaba sobre su bíceps, se
desplaza rápidamente para cubrirla, sin saber muy bien por qué.
—Nunca he… —Presiono el lugar, sintiendo cómo la sangre brota y me ensucia
los dedos, y él gruñe—. Nunca he apuñalado a nadie.
—Está claro —dice entre dientes.
Aprieto más fuerte, haciéndolo estremecerse sobre mí.
—¿No deberíamos hacer algo?
—¿Como qué?
—Para detener la hemorragia.
—¿Por eso intentas meterme los dedos en la herida?
Aflojo la presión y vuelvo a mirarlo.
—No era eso. Solo estaba... intentando mantener la presión. Lo siento mucho.
Respira por la nariz, con el pecho temblando sobre el mío.
—Sí, ¿lo sientes?
—No era mi intención.
—¿No?
—No.
—¿Qué ibas a hacer con mi cuchillo entonces? —gruñe de nuevo—, ¿matar
mariposas en el prado?
—Nunca mataría a una... —Empiezo a decir histéricamente, pero lo pienso mejor—
. Solo... quería protegerme.
Otra oleada de dolor atraviesa su rostro, tensando sus rasgos y haciendo que su
124 pecho se estremezca.
—Contra mí.
Tragué saliva.
—Y contra los animales salvajes. Dijiste que había osos y lobos y…
—Y pensaste que una navaja te ayudaría a luchar contra osos y lobos —gruñe en
voz baja; esta vez, el endurecimiento de sus rasgos es más por ira que por dolor.
—Ibas a hacerlo.
—Hay una diferencia entre tú y yo.
Eso me enfurece, y al instante me arrepiento de cualquier remordimiento por
haberlo apuñalado. Se lo merecía. Y más, decido, mientras digo incrédula:
—Dios mío, ¿así que también eres sexista?
—Soy lo que sea que sea cuando se trata de saber que una simple chica como tú
no tiene ninguna posibilidad contra un animal salvaje con... —Hace una pausa,
ralentizando sus palabras, probablemente para asustarme—. Una maldita navaja.
Aprieto los dientes.
—El cuchillo era la única opción que tenía.
—La otra opción, como siempre antes de que lo arruines todo hasta el punto de
que alguien termine apuñalado, es simplemente quedarte. Joder. Quieta.
Vuelvo a clavarle los dedos en la carne herida, haciéndolo estremecerse y hacer
una mueca de dolor, probablemente derramando más sangre. Antes de inclinarme y
decir:
—O la otra opción es que no me uses para vengarte como si fuera un objeto y me
dejes ir, carajo.
Él responde con un gruñido inarticulado, que creo que es el resultado de que
vuelva a presionar su herida. A pesar de todo, la culpa me remuerde, pero no aflojo la
presión. No importa cuánta sangre parezca tener en los dedos. Necesita aprender la
lección. Necesita sufrir. Qué vergüenza por dudar.
Frustrada, le pregunto:
—No estabas durmiendo, ¿verdad?
Sus fosas nasales se dilatan de nuevo con una respiración profunda y dolorosa.
—Solo me quedé dormido un segundo.
—Nunca duermes.
Él gruñe en señal de asentimiento.
Frunzo el ceño.

125 —¿Cuándo fue la última vez que dormiste?


—En mi celda.
Me quedo sin aliento.
—Entonces... ¿no has dormido en una semana?
Aprieta la mandíbula durante un segundo.
—Deja de mirarme como si fuera un bicho raro.
Agrandó los ojos.
—No, no lo hacía. Yo…
Una expresión cruza su rostro, frunciendo el ceño y haciendo que sus pómulos
parezcan aún más oscuros y sonrojados a la luz de las brasas moribundas.
—No consigo dormir, ¿de acuerdo? No en el exterior. Donde todo está tan
jodidamente abierto. Hay tanto aire, cielo y maldita gente que me ahogo con todo ello. El
único momento…
Muevo los ojos de un lado a otro entre los suyos.
—¿El único momento qué?
Frunce aún más el ceño y el rubor de sus pómulos se intensifica. Durante unos
segundos, lo único que hace es mirarme con irritación rayana en la ira. Luego dice:
—El único momento en que consigo dormirme es cuando... —respira hondo con
enfado—, cuando puedo oler tu aroma.
—¿Qué?
Mueve la mandíbula como si intentara convertir sus palabras en polvo.
—Tu aroma.
—¿Y qué pasa con él?
—Es más intenso —gruñe, casi arrancándose las palabras del pecho—. Cuando
duermes. También pareces dar vueltas en la cama. Mucho. Esparciendo tu pelo por todas
partes. A veces puedo olerte desde el otro lado de la habitación y yo... —Exhala de
nuevo—. Puedo dormir un poco, pensando en esos malditos ranúnculos.
Esto no es real, ¿verdad? La gente no puede olerte desde el otro lado de la
habitación, ¿verdad? Si pueden, tu aroma no puede arrullarlos hasta dormir. No mi aroma,
el de la pequeña universitaria. Y no él durmiéndose por eso, el maldito vaquero criminal.
Aun así, las palabras salen de mi boca antes de que pueda detenerlas.
—¿Es por eso por lo que... te has quedado dormido ahora mismo? Por mi aroma.
Un pulso late en su mejilla.
—Sí.
Esto es una locura. Esto es... ni siquiera quiero pensar en lo que es. Así que cambio
126 de tema y saco a relucir otra cosa importante.
—¿Crees que...?
Su estómago se hunde con su siguiente respiración, lo que me alerta de que tal
vez deberíamos hacer algo con respecto a su lesión y pronto.
—¿Si creo qué?
—Que —tragué saliva, con la garganta apretada—, ¿tal vez tienes, eh, trastorno
de estrés postraumático?
Su cuerpo se tensa sobre mí y sus ojos destellan.
—¿Qué?
—Quiero decir, pasaste ocho años en prisión, así que…
—¿Por qué no te guardas tu palabrería psicológica para todas esas mujeres a las
que vas a ayudar? —me interrumpe—. Y concéntrate más en lo que voy a hacerte.
Se me corta la respiración.
—¿Perdón?
En lugar de responderme, deja que su mirada se pierda.
Los deja recorrer desde la parte superior de mi cabeza hasta la parte inferior de
mi barbilla, desviándose por el camino para detenerse en la cresta de mis mejillas, la
punta de mi nariz, la curva de mis labios. Cada vez que se detiene, siento un cosquilleo
en ese lugar. Siento cómo se calienta.
Pasa a mi garganta, luego a mi pecho, encendiéndome lentamente a medida que
avanza. Su sangre en mi pecho ya se ha secado, provocándome picazón e inquietud en
la piel. Pero no más inquietud que cuando me doy cuenta de cómo estamos colocados.
Sabía que él estaba encima de mí, por supuesto, pero antes estaba demasiado asustada
para fijarme en los detalles.
Sin embargo, ya no.
Me doy cuenta de cómo mi pecho roza el suyo cada vez que respiramos y cómo
siento los músculos de su abdomen en mi propio vientre. Cómo puedo sentir la escalera
de sus músculos esculpidos presionando mi carne suave y flexible. Si me detuviera a
concentrarme, estoy segura de que podría contar cuántos peldaños tiene esa escalera
tan firme en sus abdominales.
Probablemente ocho.
Pero ahora mismo, mi atención se centra en cómo se ha acomodado entre mis
muslos. Mi cuerpo lo envuelve, mis pantorrillas se entrelazan con las suyas y mis muslos
abrazan el exterior de sus musculosos muslos.
Esto es demasiado íntimo.

127 Más íntimo que montar a caballo juntos. Y en lugar de estar completamente
aterrorizada, siento lo que sentí entonces. Esta aceleración en mi vientre. Esta corriente
inquieta en mis venas. Esta necesidad de moverme. Intento empujarlo, con los dedos aún
pegajosos, manchados con su sangre.
—Quítate de encima.
No lo hace.
De hecho, sigue adelante y se queda mirando mi pecho agitado un poco más antes
de que sus ojos se desplacen hacia arriba, con lentitud, casi con desafío. Luego, cuando
llegan a mis ojos, responde:
—No.
Mi corazón late como si fuera un pajarito asustado, asustado pero emocionado.
—Sabes que tenía que hacerlo. Sabes que tenía que huir. No puedo…
—¿No puedes qué?
—No puedo dejar que me uses.
Sus ojos parecen fundirse cuando dice:
—Lo sé. —Luego añade—: Probablemente no serías tú misma sin todo eso
descaro.
Algo me oprime el pecho al oír su tono y me cuesta respirar por un segundo. En
este momento, suena exactamente como Bo. Como mi Bo. Como si esas dos personas
pudieran ser la misma.
—Pero tenía razón. —Continúa.
—¿R-razón en qué?
Sus labios se curvan ligeramente. Es demasiado sutil para llamarlo sonrisa, pero
demasiado evidente como para ignorarlo. Luego añade:
—Te sonrojas cuando me contestas. Te pones toda roja.
—No —digo de pronto, tragando saliva—. No hables de las cartas.
Especialmente ahora. No cuando este momento se siente tan precario. Cuando
siento que, después de todo, lo conozco.
—¿Sí? Bueno, ahora soy yo el que está herido —dice con voz ronca—. Creo que
eso me da derecho a algunas concesiones.
Tragué saliva de nuevo.
—Déjame ir, por favor.
—No puedo.
Lo empujo de nuevo.
128 —Sí que puedes. Tú…
—Quizá te quedes conmigo.
Mi corazón da un vuelco.
—¿Qué?
—Para siempre.
—No. Eso es... dijiste que me dejarías ir después de vengarte. Tú…
—Quizá haya cambiado de opinión. Quizá me estés gustando cada vez más.
Firmaste en la línea punteada, ¿no? —Antes de que pueda decir nada más, murmura—:
Hasta que la muerte nos separe.
—Por supuesto que no. Tú…
—¿Sabes lo que hacía antes de que me encarcelaran? —pregunta con voz ronca,
mientras sus ojos vuelven a recorrer mi cuerpo.
Estoy tan desconcertada por su pregunta fuera de lugar y su mirada que lo único
que puedo hacer es susurrar:
—¿Qué?
—Domaba caballos —responde, con la mirada fija en la base de mi garganta,
estudiando mi pulso acelerado.
—¿Caballos?
Se lame los labios, sin apartar la mirada de ese punto.
—Sementales, potros en su mayoría. A veces, alguna potranca.
Me sobresalto al ver su lengua.
—Está bien. Pero…
—Llevo trabajando en el rancho desde los quince años —dice, interrumpiéndome,
con la mirada desplazándose de mi garganta a mis labios temblorosos—. Habría
empezado antes, pero teníamos a Ax. Alguien tenía que cuidar de él. Así que empecé
tarde, pero ahorré todo lo que pude. Para que algún día pudiera comprar mi propia tierra,
probablemente lejos de Rawhide. Para poder empezar mi propio negocio, domando
caballos por dinero.
Tragué saliva y, antes de poder pensarlo, mis manos se movieron, mis brazos se
enrollaron alrededor de su cuello y mis dedos, ensangrentados y todo, le agarraron el
pelo. No sé por qué lo hice. Es lo contrario de lo que debería haber hecho, pero no pude
evitarlo. No pude evitar rodearlo con mis brazos porque me acababa de contar su sueño.
Era su sueño, ¿no? Su futuro se vio interrumpido.
Dios, ojalá supiera por qué.

129 Ojalá supiera por qué hizo lo que hizo. Por qué cree que el amor es un animal que
te mata. No he olvidado las palabras que me dijo durante la cena. Me pregunto si el amor
tiene algo que ver con su sed de venganza.
Finalmente levanta la vista, rompiendo el momento que estábamos compartiendo
y devolviéndonos al presente. Con él encima de mí, manteniéndome atrapada,
negándose a dejarme ir. Y yo reanudo mi lucha, retorciéndome debajo de él, tratando de
escapar.
—Pero eso no viene al caso. La cuestión es que, aunque hace mucho tiempo que
no soy vaquero —dice, con su cuerpo tan denso y pesado sobre mí—, cualquier vaquero
que se precie sabe que no se puede domar a una potranca salvaje con un lazo. Si quieres
controlarla, tienes que dejarla cabalgar y que se desahogue.
Mi respiración se acelera.
—¿Qué... qué significa eso?
Sus ojos brillan.
—No quieres que te drogue, ¿verdad?
Mis brazos alrededor de su cuello se tensan.
—¿Qué? No. No, por favor. Tú…
—Y como te dije, atarte como a una potranca salvaje tampoco ha funcionado.
Intento apartar los brazos de su cuello y poner algo de distancia entre nosotros,
pero él se hunde más en mí. Haciéndome darme cuenta de que todavía mantenía una
parte de sí mismo alejada de mí. Pero ya no.
Puedo sentirlo.
Esa parte, la que quería sentir antes, cuando estábamos montando a caballo. Y,
joder, tenía razón. Es duro. Más duro que los músculos de su abdomen. Y es grande.
Aunque no creo que imaginara que fuera tan grande. Ni tan grueso. Ni que latiera. Siento
un pulso distintivo en mi vientre, y algo dentro de mí, alguna parte femenina primitiva, me
hace arquearme hacia él.
—Así que si quiero conservarte, te dejaré montarme —dice con voz arrastrada.
—¿Montarte?
—Ajá.
—¿Qué?
—Mi boca.
—Yo... ¿qué?
Entonces se lame los labios, como para resaltarlos, haciéndolos brillar para que no
pueda mirar a otra parte que no sea su boca. Y lo consigue, porque, por más que lo
intento, es lo único que veo.
130 —Lo deseas, ¿verdad? —dice.
Sin dejar de mirar su boca, niego con la cabeza.
—No.
Su brillante boca de color rosa oscuro se curva hacia arriba.
—Bueno, tienes razón. Culpa mía.
Levanto la mirada.
—¿Tengo razón?
—Sí —dice, mirándome a los ojos—. Tienes razón. No quieres montarte en mi
boca. Quieres otra cosa.
—¿Qué? —pregunto, devolviéndole la mirada, sin ser muy consciente de lo que
estoy diciendo.
—A juzgar por cómo intentas darme otro baile erótico desesperado y cachondo,
diría que quieres montarte en el calor que llevo en los pantalones.
Y me detengo. Porque es entonces cuando me doy cuenta de que me he estado
moviendo contra él. Todo este tiempo, he estado balanceándome contra esa cosa dura
que me pincha el estómago. Mis pies están enganchados alrededor de sus muslos y estoy
casi levantada del suelo, colgada de él como una chica desesperada y cachonda, pero
no lo estoy. No estoy absolutamente, al cien por cien, cachonda ni desesperada.
Esta no soy yo en absoluto. Nunca he sido así.
Vuelvo a negar con la cabeza.
—No, yo…
Me interrumpe con un:
—Y lo estás haciendo muy bien. —Su voz es grave y profunda, como esa cosa que
tengo en el vientre y para la que ni siquiera se me ocurre un nombre adecuado—. Mucho
mejor que lo que hiciste esta mañana. Supongo que ser desesperada tiene sus ventajas,
¿eh? Sigue así y te llevarás una propina enorme.
—¿Propina?
—Sí —sigue diciendo con voz ronca, y creo que lo hace a propósito porque su voz
me está volviendo loca poco a poco—, y con eso me refiero a dinero en efectivo. No al
otro tipo.
—¿Cuál es el otro tipo?
Sus labios se contraen y algo malicioso se refleja en su rostro.
—La punta de mi gran y dura verga. —Me estremezco, pero antes de que pueda
hacer nada, él continúa—: Porque la cuestión es que no puedes tenerla.
Sus palabras me hacen detenerme.

131 —¿Por qué no?


—Porque eres una Turner, ¿recuerdas? —dice con los ojos oscuros y brillantes—
. Y yo no meto mi pene en una Turner.
Claro, por supuesto. Me lo dijo esta mañana. Y por alguna razón, tengo que
morderme el labio muy, muy fuerte para no soltar la verdad. Especialmente cuando,
después de declarar esa regla, mueve su pene -Dios mío, solo de pensarlo me sonrojo-
contra mí. Y lo hace de una manera que, a pesar de todo, no puedo evitar corresponderle.
Como esta vez lo hago de forma más consciente, siento algo más. Siento otro latido y no
solo la que siento en el vientre debido a su grueso miembro.
Siento un pulso entre mis piernas.
Estoy mojada.
—Y tampoco —sigue moviéndose contra mí y yo sigo correspondiéndole—, meto
mi pene en una mentirosa.
—¿Qué? —pregunto, aunque lo que quiero hacer es echar la cabeza hacia atrás
y gemir.
—Me mentiste, ¿verdad?
Sé que debería estar más alarmada en este momento, y lo estoy. Pero por más
que lo intento, no puedo dejar de hacer lo que estoy haciendo. No puedo dejar de
balancearme, adelante y atrás, de lado a lado, mientras goteo y goteo y goteo como un
grifo.
—Tú… —Tragué saliva, tirándole del pelo y arrastrando los talones por la parte
posterior de sus muslos—. ¿Hablas en serio con lo de ser vegetariana?
Sus ojos brillan.
—¿Hay algo más sobre lo que me estés mintiendo?
Niego con la cabeza.
—No.
—¿Estás segura?
Cierro los ojos para evitar su mirada inquisitiva y le tiro del pelo con más fuerza.
—Solo estaba... solo estaba tratando de protegerme.
No sé si lo que dije tenía sentido o no, pero él murmura, con el pecho vibrando.
—Sí, y créeme, nadie lo lamenta más que yo.
—¿Lamentar qué?
—Que tuvieras que mentir para protegerte y ahora seas una Turner.
—Está bien —digo inútilmente, sin pensarlo.

132 —Lo que significa que estás fuera de mi alcance —gruñe, con un tono
repentinamente cargado de ira—. Lo que significa que lo único que pude hacer anoche,
cuando volví de ese maldito club de striptease, enfadado y alterado, fue masturbarme
junto a tu cuerpo dormido, como si todavía estuviera en la cárcel, leyendo y releyendo
tus cartas, intentando, maldita sea, intentando escuchar tu voz en mi cabeza.
Si algo pudiera atravesar la niebla que parece envolver mi mente y hacerme dar
cuenta de lo que está pasando, sería esto. Esta locura, esta locura que ha dicho. Aun así,
parece que no puedo soltarlo y aprieto mis extremidades alrededor de su cuerpo. Exhalo:
—¿Qué?
Aprieta la mandíbula y sus ojos brillan con una luz furiosa.
—Lo único que podía hacer era arrodillarme entre tus suaves y sedosos muslos y
follarme el puño como he estado haciendo durante los últimos seis meses.
—Seis…
—La única diferencia es que anoche tuve un lugar donde descargar todo mi
semen, en lugar de dejar que se derramara entre mis dedos.
—¿Dónde?
—En ti.
—¿En mí?
—En tus jugosos muslos.
Mis jugosos muslos se flexionan a su alrededor.
—Te corriste en mis…
—Y en tus braguitas blancas.
Ahora las siento, empapadas y pegajosas, y eso me recuerda algo. Le tiro del pelo
y le pregunto:
—¿Por eso... mis braguitas estaban pegajosas esta mañana?
—Sí.
—Ah.
Había un toque de pesar en mi tono. Porque creo... creo que me hubiera gustado
estar despierta para eso. Para verlo correrse.
—¿Fue mucho? —pregunto antes de poder detenerme.
—Empapó tus bragas y pintó tus muslos —susurra—. ¿Tú qué crees?
—Tú...
—Y si en lugar de sobre ti, me hubiera corrido dentro de ti, habrías estado
chorreando durante días.
Le agarro el pelo con fuerza y muevo las caderas debajo de él.
133 —Creo que deberíamos parar.
—Estarías hinchada, llena y dolorida durante días. Y yo estaría caminando con una
erección enorme, sabiendo que sentías cómo me deslizaba por esos jugosos muslos
tuyos que quiero morder cada vez que los veo a través de tu vestido. Así que sí, fue una
mierda de mucho.
Me arqueo, gimo y susurro:
—Realmente creo que…
—Por mucho que me gustara pintarte con mi semen y convertir tu cuerpo en mi
lienzo, no soy un maldito artista delicado. Soy un vaquero endurecido con antecedentes
y quiero descargar mi semen en un coño jugoso y cálido. —Me estremezco y gimo, pero
él sigue adelante—. Sin embargo, parece que eso no es posible. Porque eres una Turner.
Así que, en lugar de darte lo que pides, voy a chuparte tu coñito de universitaria a través
de esas bragas empapadas y veremos si eso no te mantiene en tu sitio y finalmente te
hace comportarte, una advertencia —hace una pausa para que surta efecto—, sé que
dije que me tomaría mi tiempo contigo. Que iría despacio y lo saborearía. Pero eso fue
solo algo que dije para no asustarte. Sinceramente, me gusta duro y rápido, y eso se
aplica a todo, incluido comer coños.
Antes de que pueda siquiera intentar responder, se levanta.
Empuja su gran cuerpo para apartarse de mí y se pone de rodillas. Mis dedos
lamentan su pérdida y, en su ausencia, agarran las hojas muertas del suelo. Me pregunto
si así era como se veía anoche, arrodillado entre mis muslos. Todo grande y duro, con el
pecho vibrando y el estómago hundido. Sin apartar los ojos de mí, va por su camiseta. La
agarra con la mano del lado que no está lesionado y, de nuevo, antes de que pueda
intentar entender lo que está pasando, se la quita.
Agrando los ojos y estoy lista para contemplarlo. Pero no me deja. Solo consigo
ver un poco de la sangre que tiene en el hombro antes de que, en un instante, vuelva a
estar encima de mí. Pero esta vez, tiene una mano junto a mi cabeza y la otra en mi
garganta.
Sosteniendo ese cuchillo contra mi pulso.
Mi corazón se acelera. Estaba tan ocupada mirándolo como una lunática que no
me di cuenta de que había recuperado el cuchillo y ahora lo tenía contra mi garganta.
Sus ojos brillan cuando dice:
—Sé que quieres negarlo. Sé que quieres decir que no quieres esto. Pero ¿qué
tal si dejamos las tonterías? —Presiona la punta del cuchillo contra mi pulso durante un
segundo y mi respiración se detiene. Entonces, en un movimiento sorprendente, lo voltea
y me ofrece el cuchillo con el mango primero—. ¿Qué tal si te doy la oportunidad de
matarme? Si quieres detenerme, apuñálame con ese cuchillo. Y yo estaré ahí abajo,
comiéndote el coño y haciéndote correrte hasta que te desmayes y ya no puedas
134 mentirme más.
Como aturdida, le quito el cuchillo y suelto:
—Pero…
—Cállate.
—No, es que... —trago saliva cuando él entrecierra los ojos—, estás sangrando.
—¿Sí?
—Entonces, eh, ¿no crees que deberíamos hacer algo al respecto?
Me mira un momento. Luego dice:
—Si crees que un poco de sangre va a alejarme de tu coño, entonces tienes que
aprender muchas cosas y aprenderlas rápido. —Abro la boca de nuevo para decir algo,
pero él me ordena—: Ahora cállate, sujeta ese cuchillo y mantén las piernas abiertas.
Aprieto los labios y envuelvo ambas manos alrededor del mango de su cuchillo,
abrazándolo contra mi pecho, y abro más las piernas. Como si fuera una chica buena y
esto no fuera lo más extraño y erótico que me ha pasado nunca. Luego lo veo bajar por
mi cuerpo y levantar la falda de mi vestido. Antes de que pueda respirar de nuevo, se
inclina y pone su boca sobre mí.
La primera lamida de su lengua, incluso a través de mis bragas, me hace saltar y
casi apuñalarme a mí misma. La segunda lamida es cuando intento cerrar las piernas,
pero él me sujeta y me lame.
Y ahí es cuando me corro.
Es vergonzoso, pero no puedo evitarlo. No puedo evitar balancearme y ondularme
en el suelo mientras mi canal palpita y palpita en su boca, empapando aún más mis
bragas. En ese momento, él toma la tela mojada en su boca y la chupa como si intentara
empaparse de los jugos. Antes de tomar la tela entre sus dientes y tirar de ella.
Y, Dios mío, vuelvo a correrme.
Probablemente por el roce de sus dientes contra mi coño cubierto por las bragas,
o por el mordisco de la cintura. O tal vez por su gruñido, porque gruñó algo feroz cuando
lo hizo, o simplemente porque mi cuerpo se rindió a él, a su boca, a mis propios deseos,
porque no es como si él estuviera mintiendo.
Yo quería -quiero- esto.
A pesar de mi buen juicio y de todo lo que ha hecho, mis seis meses de
sentimientos no se han borrado. Sin embargo, no es solo mi deseo. También es el suyo,
lo que me excita tanto.
Porque mira cómo me está comiendo.
Está usando su lengua. Está usando sus dientes. También está usando su voz,

135 sorbiendo, tragando y gruñendo. Además, sus dedos se clavan en mis muslos,
manteniéndome abierta y disponible para él. Está usando todo su ser para chuparme, y
aunque hay una barrera entre su boca y yo, todavía puedo sentir su hambre llegando.
Aún puedo sentir todo su deseo reprimido durante los últimos seis meses.
Así que no tengo más remedio que darle lo que quiere. Correrme y correrme y
fluir en su boca. No tengo más remedio que retorcer mis caderas, hundir mi cabeza en el
suelo, raspar mi piel contra la tierra. Aprieto mis muslos alrededor de su cabeza, sintiendo
su barba incipiente en mi piel más sensible, sintiendo cómo su sangre lo hace todo más
resbaladizo y pegajoso.
Y vuelvo a correrme.
Y otra vez, y otra, y otra jodida vez, hasta que casi me desmayo. Justo cuando
estoy cayendo en un sueño oscuro, me doy cuenta de que el cuchillo sigue en mis manos,
agarrado con fuerza y sujeto con seguridad entre mis pechos. Y nunca se me ocurrió
usarlo.
The Dark Stallion

SI MATAS una vez, tal vez puedas explicarlo como un accidente.

136 Un momento de locura. Un momento de debilidad. Pero si matas dos veces,


entonces tienes un patrón. Un precedente. Un historial. No puedes explicarlo como un
error.
Es deliberado. Premeditado.
Aunque nada de lo que acaba de pasar fue premeditado. Lo he pensado mucho,
sí, pero no la inmovilicé en el suelo con la intención explícita de hacer lo que hice. Y lo
que hice fue traicionar a Annie.
Yo soy la razón por la que ella ya no está aquí, ¿no?
Porque no logré protegerla. No logré mantenerla a salvo. Así que no puedo hacer
lo que hice. No puedo sentir paz. No puedo sentir un momento de alivio como el que sentí
cuando probé el coño de mi esposa. No hasta que vengue a Annie. Pero ni siquiera puedo
hacer eso bien. Porque, por alguna maldita razón, no puedo alejarme de Peyton.
Limpié la herida del cuchillo con una toallita con alcohol mientras la observaba
tumbada sobre el saco de dormir. Estaba exactamente igual que la última noche, la
respuesta a todas mis plegarias. Un ángel con un halo alrededor de la cabeza. Excepto
que, resulta que este angelito también es una gata salvaje.
Con sangre y suciedad manchando su vestido y su cuerpo; su piel clara bronceada
por estar todo el día al sol y ese largo pelo rubio enmarañado como un halo, parece una
princesa sedienta de sangre, durmiendo plácidamente después de un largo día causando
caos y confusión.
Y, bueno, por haber sido devorada.
Al parecer, mi pequeña esposa salvaje eyacula.
No sé si se ha dado cuenta, pero mañana volverá a despertarse con las bragas
empapadas. Y, joder, parece que yo vuelvo a estar cachondo como un burro.
Aprieto los dientes y me concentro en vendar mi herida. No es que sirva de mucho,
porque cada pequeño pinchazo y el consiguiente rechinar de dientes me recuerdan que
ella me hizo esto. Que me apuñaló y yo le comí el coño. Cuando termino, estoy enfadado
y agitado de nuevo, y con ganas de hacer lo que he querido hacer desde que vi su firma
en el documento.
Saco mi celular del bolsillo y lo enciendo. Nunca me han gustado los celulares, ni
siquiera antes de que me encarcelaran. Siempre pensé que hacían que este mundo tan
abarrotado estuviera aún más abarrotado. Y ahora que estoy fuera, detesto la idea de
estar rodeado de más gente de la que ya tengo que estar. Aunque sea en sentido
figurado. Por eso me gusta el bosque. La recepción es mala y no hay nadie que te moleste
en kilómetros a la redonda.
La chica Turner no tiene a dónde huir.
Enciendo el teléfono y me lo acerco a la oreja.
Rad contesta al tercer tono.
137 —Hola.
Su voz, como siempre, suena poco utilizada. Llena de grava y arena gruesas.
—¿Cómo es Peyton? —pregunto sin preámbulos.
Hay un momento de silencio al otro lado de la línea. No es raro; a veces Rad
necesita tiempo para ordenar sus palabras. Todos estamos acostumbrados a ser
pacientes con él. Sin embargo, este silencio se siente diferente. Más denso, cargado de
cosas.
Aunque estoy impaciente por saber su respuesta, no lo culpo por tomarse su
tiempo. Probablemente le haya soltado esto de improviso. Igual que cuando, hace meses,
lo llamé y le pedí que investigara a la chica Turner. Entonces también se sorprendió. Pero,
como un hermano leal, aunque solo sea mi primo, no hizo preguntas. Simplemente se
dedicó a recopilar toda la información que pudo para mí. Y qué revelación resultó ser esa
información.
—¿No sabes cómo es tu esposa? —dice Rad finalmente, interrumpiendo mis
pensamientos.
—Mira, sé que estás enojado —le digo.
—Lo sabes, ¿verdad?
—No te dije que esto era lo que tenía pensado hacer.
—No, no lo hiciste.
—Pero responde a la pregunta.
—Creía que ya habíamos hablado de esto —replica.
Así es. Esa fue la primera pregunta que le hice cuando le pedí que investigara
sobre ella. No es que importara cómo fuera ella, pero, por razones desconocidas, quise
saberlo en cuanto tuve en mis manos su carta.
Pelo rubio, ojos azules, piel clara.
Eso es lo que me dijo y, de nuevo, por razones desconocidas, cada vez que me
sentaba a leer sus palabras, eso era lo que me imaginaba. Cada vez que me sentaba a
escribir una carta de respuesta, me imaginaba un tono genérico de rubio y un par de ojos
azules normales.
Me equivoqué.
Sus ojos no son de un azul normal, son del azul que tiene el cielo justo después
de la lluvia, nítidos y cristalinos. Su pelo no es de un rubio genérico, es del tipo de rubio
que es una mezcla de girasol y oro. Y su piel es como la crema que le echas al café
cuando te despiertas a primera hora de la mañana. También es suave y rosada como las
rosas. Ella es una maldita mañana de Montana con cielos despejados, sol dorado y rosas
meciéndose con la brisa.
138 Ah, y junto con los malditos ranúnculos.
—Solo responde a la maldita pregunta —gruño.
—Pelo rubio, ojos azules. —Finalmente me complace.
No sé muy bien qué me lleva a preguntarlo, pero le digo:
—¿Y su mejor amiga?
—¿Qué hay de... —hace una pausa de una fracción de segundo; el tiempo es
insignificante y, para alguien sin práctica, no parecería una pausa en absoluto—, su mejor
amiga?
—¿Cómo es ella?
—¿Por qué?
—Mira, Rad, lo siento, ¿de acuerdo? —Suspiro—. Siento muchísimo no haberte
contado lo que estaba planeando, pero ¿qué esperabas cuando leíste el testamento de
los Turner?
Él se burla.
—Sí, debería haberlo visto venir. Te vas a casar con la familia que mató a tu chica.
Aprieto los dientes mientras un dolor punzante recorre mi cuerpo. Siento como si
mis entrañas se desgarraran.
Sé que Annie está muerta. Sé que murió hace ocho años, la misma noche en que
fui a matar a su asesino, pero no lo logré. Lo sé todo. Simplemente no me gusta oírlo. No
me gusta oír que se ha ido.
Para siempre.
También sé que probablemente a nadie más le parezca lógico lo que he hecho
con respecto a la chica Turner. Pero para mí tiene todo el sentido del mundo. Existe un
testamento, antiguo e inquebrantable, redactado por uno de los primeros Turner que se
establecieron en Montana. En él se establece que el heredero del negocio ganadero de
los Turner será siempre el hijo mayor de los Turner; en este caso, Brecken. Además, las
tierras en las que se encuentra el negocio se dividirán a partes iguales entre todos los
hijos de los Turner cuando cumplan dieciocho años. Sin embargo, cuando la hija se case,
el poder notarial de las tierras pasará a su esposo. Es decir, las tierras pueden ser suyas,
pero es su esposo quien las controla.
Y eso es lo que yo quiero.
Quiero el control de las tierras de los Turner. Porque quien tiene las tierras, tiene
todo el poder. Porque hace ocho años, los Turner iniciaron una cadena de
acontecimientos que llevaron a la muerte de Annie y cambiaron el curso de mi vida, así
que ahora voy a cambiarlo todo para ellos.
—Pero incluso conociéndote —continúa—, y... lo jodidamente imprudente que
139 eres, no podía... imaginar que hicieras algo tan... jodido.
Esto demuestra lo alterado que está por lo que he hecho, porque normalmente es
capaz de ocultar sus conflictos con sus palabras, a menos que esté molesto. Algo
parecido al arrepentimiento se apodera de mí, pero lo reprimo. Tengo que hacerlo. No
tengo otra opción.
—Así que no, no voy a... darte más información —concluye con tono mordaz.
Mis fosas nasales se dilatan con una respiración, y aunque no quiero hacerlo, lo
hago.
—Escúchame, esto es importante, ¿de acuerdo? Necesito saberlo. Confía en mí
cuando te digo…
—No voy a confiar en ti con ella.
Es como una patada en el estómago. Rad siempre ha sido mi único confidente, así
que cuando su carta cayó en mis manos, él fue la primera persona a la que llamé. En ese
momento no sabía qué quería hacer, pero entonces él encontró el testamento y mi plan
se aclaró.
Primero, tenía que mantenerla a salvo. Y lejos de cualquier otro hombre que
pudiera convertirse en un problema más adelante. Eso incluía a los hijos de puta tanto de
dentro -joder, sí, les dije a todos esos imbéciles que se mantuvieran alejados de sus cartas
y les prometí represalias si se les ocurría responderle- como de fuera. Lo que significa
que sí que tuve algo que ver en la desaparición de su profesor de matemáticas. Hice que
un par de policías le metieran el miedo de Dios y le dijeran que lo mejor para él era que
buscara trabajo en otro lugar. Y luego tuve que asegurarme de hacer todo lo posible para
que ella me siguiera escribiendo cada semana, para poder hacer lo que hice.
Así que entiendo su punto de vista, pero sigo sin sentirme bien. Hasta que me doy
cuenta de que no está hablando de ella. La chica Turner, o al menos la que yo creía que
era la chica Turner, mi esposa.
Está hablando de su mejor amiga.
Y con eso, me doy cuenta de otra cosa y me enderezo.
—Dime que no sientes nada por la amiga.
Se hace el silencio al otro lado del teléfono. Tan inusual como el anterior, porque
creo que sabe que lo he descubierto.
—¿Me estás tomando el pelo? Dime que no es así.
—Voy a colgar —gruñe.
—Ni lo sueñes —le espeto—. La quieres. Quieres a la mejor amiga.
¿Pero cómo carajos pasó eso?
Lo único que le dije fue que investigara a la chica Turner. Dónde vivía, con quién
140 salía, qué hacía, si tenía a alguien, un chico, porque si lo tenía, tendría que encargarme
de eso. Me dijo que tenía una mejor amiga. Que eran más que mejores amigas, eran
como hermanas. Aunque eran diferentes entre sí, se las arreglaban para hacer cosas
juntas. Vivían juntas. Iban juntas a clase. Por lo que recuerdo, al principio, Rad también
me dijo que había visto a unos chicos entrando y saliendo de su departamento, lo que me
hizo perder los estribos, aunque sabía que probablemente estaban relacionados con su
mejor amiga y no con ella. Porque sabía que ella no tenía experiencia con los chicos;
tenía sus cartas para demostrarlo. Pero nunca involucré a Rad más allá de pedirle que
me consiguiera información.
Así que, de nuevo, ¿cómo carajos pasó esto?
—Ya terminé —gruñe de nuevo.
—¿Qué, te digo que investigues a la chica Turner y terminas enamorándote de su
mejor amiga?
—Al menos yo no secuestré a una chica... ni apuñalé a un policía para casarme
con ella.
—Dios mío. —Me froto la cara con la mano—. Esto es una mierda.
—Y que lo digas.
—Creía que tenía novio.
—Me encargué de él.
—¿Cómo te ocupaste de él?
—No necesitas saberlo.
—¿Respira?
—Por ahora.
—Joder. —Suspirando, me paso los dedos por el pelo—. Bien, mira, solo...
Necesito contarte algo, ¿de acuerdo? Pero no puedo. Todavía no. No hasta que lo sepa
con certeza. Así que... no hagas ninguna otra cagada. No hasta que vuelva al rancho.
Porque no creo que la chica de la que se ha enamorado sea su mejor amiga. Creo
que la mejor amiga de Peyton Turner está durmiendo justo delante de mí.

141
Para: Bo Porter
De: Peyton Turner

142 Querido Bo:


Tienes razón. Es una mala idea. No es así como suelo vivir mi vida. Si mi mejor
amiga estuviera haciendo esto, le diría que dejara de hacerlo. Le diría que abriera los
ojos y volviera a la realidad. Porque todo esto parece un sueño.
Un sueño despierto.
Esto solo pasa en mis libros y los libros suelen tener un final feliz. A diferencia
de la vida. Podrías tener intenciones maliciosas. Probablemente las has tenido desde
el principio. Quizás todo esto era una estratagema para atraerme. Para poder pedirme
que te enviara dinero en la siguiente carta o que llevara drogas a tus amigos. Pero no
creo que ese sea tu plan.
En primer lugar, no tengo dinero; soy estudiante universitaria y tú ya lo sabes. Y
si mi objetivo final fuera traficar con drogas para ti, leer páginas y páginas sobre mi vida
cotidiana durante meses sería un precio demasiado alto a pagar. Además, para traficar
con drogas para tus amigos, necesitaría saber quiénes son tus amigos.
Y no los conozco.
Nunca me lo dices.
Ahora que lo pienso, apenas sé nada sobre ti. Nada personal, claro está. Excepto
tu delito y tu nombre. Ah, y que eres un vaquero que ama profundamente a los caballos.
Lo cual podría ser en sí mismo un punto en tu contra, pero creo que voy a arriesgarme
contigo.
Además, si no lo hiciera, nunca sabrías que algunas de tus suposiciones son
ciertas. Sí que huelo a flores. Pero es mi perfume. Se lo pedí prestado a mi mejor amiga
hace años y me gustó tanto que lo he estado usando desde entonces. Mi pelo es largo
y grueso y sí, suelo llevarlo recogido en un moño o una cola de caballo. Sobre todo
porque me molesta y siempre me estorba. En cuanto a mi nuca, debo admitir que nunca
le había prestado mucha atención. Ni a cómo se sentía ni a cómo se veía. Nunca pensé
que a alguien le interesaría. Pero la toqué por ti. Pasé mis dedos por mi pulso y creo
que tal vez tengas razón. Mi nuca es suave y cálida. Pero, sobre todo, está lista.
Para que un estafador áspero me toque con sus dedos ásperos.
Para ti.
Dijiste que querías cosas suaves, pero yo he vivido toda mi vida siendo suave y
dócil. Así que mi ansia se dirige hacia las cosas duras. Las cosas con bordes afilados.
Las cosas que magullan y muerden.
Creo que tus dedos podrían hacer eso, agarrarme, sujetarme, enrollar mi largo
pelo como una cuerda alrededor de tu muñeca. Creo que tus dedos podrían dejar su
marca en mí, así que para responder a la pregunta que no hiciste: quiero tus manos
sobre mí, ásperas y fuertes. Ásperas y fuertes, cuando se trata de ti, no me dan tanto
miedo. Lo cual es una sorpresa, teniendo en cuenta cómo era mi papá, pero sí.
143 Lo que me da miedo es que no quiero que te detengas ahí.
No quiero que solo pongas tus manos sobre mí. También quiero algo más.
Quiero tu boca.
Creo que tu boca será suave. Será tan suave como el resto de tu cuerpo es
duro. De hecho, tu boca será tan suave que me preguntaré cómo un hombre tan duro
puede tener una boca tan aterciopelada, caliente y tan húmeda. Pero entonces me lo
demostrarás. Me demostrarás que no se trata de la textura de tu boca, sino de cómo la
usas.
Ya sabes que nunca me han besado. Ni una sola vez en mi vida. Lo que significa
que ya he imaginado mi primer beso un millón de veces, aunque finja que no. Y cada
vez que lo he imaginado, lo he imaginado exigente y apasionado. Posesivo y dominante.
Y creo que así es como usarás tu boca conmigo. Incluso cuando vayas despacio,
parecerá que vas rápido. Y cuando vayas rápido, seguirá pareciendo que lo haces con
delicadeza.
Lo que realmente me da miedo es que no quieras hacerlo.
Besarme, quiero decir. Porque nunca me han besado y hay una razón para ello.
Una muy buena razón y algunos días pienso: ¿por qué tú ibas a ser diferente? ¿Por
qué me miras de forma diferente al resto?
Pero, de nuevo, esto es un sueño, ¿verdad? Nada de esto es real. Nada de esto
sucederá jamás. Probablemente nunca te veré y probablemente tú nunca me verás.
Así que tal vez podrías ser mi primer beso, después de todo.
Hasta la próxima,

Peyton

PD: ¿Sabes cómo se llama soñar despierto? Ensueño. Y ensueño, junto con
soñar despierto, es mi palabra favorita.
Para: Peyton Turner
De: Bo Porter

Peyton
¿Y si realmente tengo intenciones maliciosas? ¿Y si estoy jugando un juego muy
largo? Un juego en el que, como tú dices, te atraigo y luego te arruino. Aunque si
realmente fuera así, no te lo diría.

144 Como nunca te cuento nada más. Excepto mi delito y que soy vaquero. O lo era.
También fui muchas otras cosas, pero ya no importan. Aquí solo soy un número con
un mono naranja. Así que quizá ya sabes todo lo que hay que saber sobre mí.
Otra cosa que debes saber sobre mí: no soy como tu papá. No voy a hacerte
daño. Al menos, no físicamente. Mis manos ásperas pueden dejar marcas en tu cuerpo,
pero no serán las que te hagan llorar cuando te mires al espejo. Mis dientes afilados
pueden magullar tu piel, pero solo porque tú lo has pedido.
Tampoco soy como todos los demás hijos de puta que hay por ahí. Esos
pequeños mequetrefe universitarios que no distinguen su culo de su codo. Estoy
dividido entre darles una paliza hasta que dejen de existir por hacerte sentir así y
dejarlos vivir porque su pérdida es mi ganancia.
Aunque llevo ocho años sin salir al exterior y las cosas pueden haber cambiado,
sé que algunas siguen igual. Que un hombre pueda poner sus manos ásperas sobre
una mujer cuya suave piel nunca ha conocido otros dedos es una de ellas. Creía que
sabía lo que era el hambre. Conocía el deseo. Sabía lo que era pasar hambre en un
lugar como este. Pero no sabía nada al respecto hasta tu última carta.
El hambre es cuando sientes un dolor profundo en el estómago. Cuando cada
respiración que exhalas te vacía las entrañas y te deja con un nudo en el estómago. El
deseo es cuando te tiemblan los dedos mientras haces fila para comer y te tiemblan
las malditas rodillas en el patio de ejercicios. Morir de hambre es lo que pasa cuando
el más mínimo pensamiento de ti hace que mi cuerpo sude. Y se ponga duro.
He estado muy duro toda la semana.
Quieres cosas duras, ¿verdad? Pues aquí estoy: todo duro y dolorido. Y puede
que ahora parezca un hombre importante, presumiendo de tomármelo con calma, de
tomarme mi tiempo contigo, de absorberte, de disolverte en mi lengua, de acariciarte
y removerte con mis dedos, pero ya sé que va a ser difícil.
Va a ser difícil controlarme.
Así que tal vez sea bueno que nunca llegue a verte, porque si lo hago, no creo
que me detenga solo con un beso en los labios. Querría cosas de ti que probablemente
no estás lista para dar.
Bo

PD: Un ensueño, ¿eh? Quizá eso es lo que eres: mi ensueño. La chica de mis
sueños.

145
COMO SIEMPRE, me despierto plenamente consciente.
Me siento lentamente sobre el saco de dormir con el sol de la mañana a mi espalda.
Tengo suciedad bajo las uñas y ramitas en el pelo. Hay manchas de sangre en mi cuerpo
y en mi vestido, secas y muy visibles sobre el fondo blanco. Rocky sigue atado al mismo
146 árbol, con la cabeza inclinada y la boca rozando el cubo que hay en el suelo. Me espera
el desayuno, caliente y recién hecho, junto a mi saco de dormir, junto con mi propio cubo
de agua y una pequeña toalla. Veo el humo que sale de la hoguera que él hizo ayer, lo
que me indica que probablemente haya cocinado esas salchichas para el desayuno
mientras yo dormía. Al menos ya no sigue mi falso vegetarianismo.
Lo único que falta en esta escena es el hombre que lo preparó todo.
Entonces oigo un chapoteo cerca y, más allá de los árboles y el follaje, veo
destellos de brazos que se mueven dentro y fuera del agua. Supongo que lo he
encontrado. Se está dando un baño matutino. Pero ¿cómo puede hacerlo después de lo
que yo...?
El arrepentimiento me ahoga durante unos segundos. Sinceramente, no era mi
intención apuñalarlo. Sí, se lo merecía. Probablemente se merezca más, pero soñar
despierta con clavarle un cuchillo a alguien y hacerlo realmente y ver cómo brota la
sangre es otra cosa.
No quiero volver a hacerlo nunca más. Y sí, admito que no quiero volver a
hacérselo nunca más. Tampoco quiero pensar en lo que vino después.
Lo que él me obligó, básicamente, como siempre, a hacer.
Tres veces. ¿O fueron cuatro? Sea como sea, no pienso en eso. En cambio, me
levanto de un salto. Me agacho y alcanzo el balde de agua y la pequeña toalla que me ha
dejado. No es tan difícil como pensaba con las manos atadas.
Sí, tengo las manos atadas.
Eso fue lo primero que noté cuando desperté. Incluso antes que el sol, la suciedad
y todas las demás cosas. Pero decidí no darle vueltas al asunto porque supongo que no
puedo culparlo después de lo que hice anoche. Quiero decir, es mi secuestrador, ¿no?
Me está utilizando para vengarse. Para él no soy más que un objeto. Solo porque me hizo
correrme... no.
Por supuesto que no. Basta. Ya mismo.
La cuestión es que nada ha cambiado. Aunque parezca que sí, un poco.
Aunque no puedo evitar sentir un nudo en el corazón al ver que ha atado la cuerda
de forma que me deja suficiente holgura para poder lavarme y comer con facilidad. O
que cada mañana, sin importar dónde estemos, siempre se acuerda de darme el
desayuno.
Justo cuando termino de comer, oigo otro chapoteo y mis ojos se dirigen hacia
esa especie de lago. Solo para agrandarse y quedarme con la boca abierta porque, Dios
santo.
Dios mío.
Ahí está, saliendo del agua. Anoche, el fuego era demasiado débil y él era
147 demasiado rápido para que pudiera ver nada, pero ahora ya no. Ahora puedo verlo todo.
Cada centímetro de su poderoso y masculino cuerpo mojado.
Tan, tan mojado.
El agua resbala por su espeso pelo oscuro y su rostro anguloso. Se abre paso a
través de los planos arqueados de sus pectorales, que parecen la extensión de una tierra
capaz de soportar probablemente mil cascos galopantes. Antes de salpicar a lo largo de
los surcos de sus abdominales, que yo creía que eran como una escalera, pero que ahora
me doy cuenta de que se parecen más al terreno accidentado de una montaña. Y no me
hagan hablar del oscuro vello de su pecho. Más claro en la parte superior, pero cada vez
más espeso a lo largo del abdomen, con el rastro más denso desapareciendo en la cintura
de su...
Se me escapa un grito ahogado cuando me doy cuenta de que lo único que lleva
puesto son unos pantalones cortos negros. Es decir, claro, estaba nadando. Pero ahora
están mojados como el resto de su cuerpo y le quedan como una segunda piel.
Lo cual significa varias cosas.
En primer lugar, puedo ver cada músculo de sus muslos -y esto es lo que Peyton
quiere decir cuando habla de muslos como troncos de árbol- mientras sale del agua. La
forma en que sus musculosos muslos se tensan con cada paso que da me hace
preguntarme cómo es posible que el suelo no tiemble bajo sus pies.
Porque yo sí lo estoy haciendo. Estoy temblando. Mi corazón está temblando, y ni
siquiera he mirado allí todavía.
Por ahí me refiero a la parte más dura de su cuerpo, o al menos la que se endurece
más cuando la ocasión lo requiere; y antes de que pueda convencerme de no hacerlo o
de hacerlo, desvío la mirada hacia ese punto y me quedo paralizada. ¿Por qué estaba
perdiendo el tiempo mirando sus abdominales de acero o sus muslos de hierro cuando
podría haber estado mirando ese... bulto en sus pantalones cortos?
Me inclino un poco hacia adelante y entrecierro los ojos para verlo mejor. Es
grande, ese bulto redondeado. Casi estira al máximo la tela de sus pantalones cortos,
sobresaliendo casi por completo. Es como una tienda de campaña. ¿Era así de grande
anoche? ¿Y cómo cabe dentro de una chica? Lo único que sé es que tengo que apretar
fuerte los muslos. Muy, muy fuerte. Y aunque me he lavado, sigo sintiendo los muslos
pegajosos. O tal vez sea porque estoy mojada otra vez. Estoy chorreando por todas
partes, solo con ver su cuerpo casi desnudo.
Así que es bueno que se agache para recoger la pila de ropa del suelo y yo lo
pierda de vista. Es aún mejor cuando se pone los vaqueros, cubriendo sus magníficos
músculos, con la tela empapada en algunos lugares por el agua. Luego, cuando se
endereza, lo veo pasar los dedos por su pelo mojado, peinándolo hacia atrás antes de
dirigirse al campamento. En realidad, primero me clava la mirada con sus ojos oscuros, y

148
lo hace de una manera que me hace pensar que sabía que yo estaba aquí sentada todo
el tiempo, mirándolo como una pervertida.
Aunque me avergüenza que me haya descubierto, cuanto más se acerca, mi
vergüenza se ve superada por la preocupación. Veo el corte en su cuerpo, justo al lado
de la clavícula. Una herida enrojecida y de aspecto grave.
Estoy mirando su herida con tanta intensidad, toda mojada y goteando agua, que
cuando llega al campamento y se sienta en el tronco de enfrente, mi propio hombro
palpita con un dolor fantasma. Recoge la alforja que hay junto a su tronco, algo que no
había visto antes, y saca un botiquín de primeros auxilios.
Antes de poder detenerme, exclamo:
—Puedo hacerlo yo.
Estaba sacando unas toallitas con alcohol y una botella de desinfectante, pero se
detiene y levanta la vista. Me sonrojo bajo su mirada oscura y trago saliva.
—Sé cómo…
No había necesidad de dejar la frase en el aire, pero me cuesta hablar cuando me
mira así. Con tanta intensidad que no parece que me esté mirando, sino tocando. Se me
hace aún más difícil cuando me doy cuenta de qué es exactamente lo que está mirando.
Mi pelo.
Mi pelo suelto, peinado con los dedos.
Desde que lo conocí, o mejor dicho, desde que me secuestró, todos los días me
he tomado el tiempo de trenzarme el pelo. Simplemente porque es lo que hago todas las
mañanas. Incluso fui a la cafetería con la trenza colgando sobre mi hombro. Esta mañana,
sin embargo, dejé mi pelo suelto, con los largos mechones cayendo por mi espalda y
sobre mis hombros. Se siente extraño, pesado, como si tuviera un peso sobre los
hombros, pero también liberador porque puedo sentir el viento en mi pelo.
No sé qué me ha llevado a hacerlo. Pero ahora que él me mira así, empiezo a
preguntarme si quizá debería haber hecho lo que suelo hacer. Retorciéndome en mi
asiento, carraspeo.
—Como iba diciendo, sé cómo…
Esta vez, dejo de hablar porque algo silba en el aire y, sin pensar ni coordinar mis
manos y mis ojos, mis manos atadas se extienden y lo atrapan. Es el paquete de toallitas
con alcohol. Bien. Ahora tengo algo que hacer en lugar de sonrojarme y sentirme
incómoda.
Con las toallitas en la mano, me pongo de pie. Lentamente, rodeo la hoguera
humeante, con los pies crujiendo las hojas, pisando la tierra y las ramitas. Probablemente
debería mirar por dónde voy, pero no lo hago.
Porque estoy observando cómo él me observa.
Lo observo mientras me mira fijamente mientras camino hacia él. Mi pelo suelto,
149 mi vestido manchado de sangre. Mis manos atadas delante de mí y mis pantorrillas
desnudas. También observo la barba incipiente en su mandíbula dura. Ha crecido más
en los últimos días, ahora casi es una barba ligera. Pero más que ver esos bigotes que
cubren su hermoso rostro, los siento.
Entre mis muslos.
No me atreví a mirar cuando me lavé, pero creo que dejó marcas ahí abajo. De su
barba incipiente. Y ahora están palpitando, ardiendo, cuanto más me acerco a él. Todo
esto debería doler. Mis pies descalzos caminando sobre la tierra, esas pequeñas marcas
de su barba incipiente, y así es. Pero duele tan bien que no puedo evitar curvar los dedos
de los pies cada vez que mis muslos se rozan. No puedo evitar mojarme más.
Cuando finalmente llego a él, hay un momento en el que soy más alta que él y tiene
que estirar el cuello para mirarme. Debería hacerme sentir poderosa por una vez. Que
por fin lo estoy mirando desde arriba. Pero entonces él se adelanta y abre esos poderosos
muslos que acabo de ver en todo su esplendor, haciéndome un hueco entre ellos, y
pierdo cualquier ilusión de poder que tuviera.
Siento que me tiemblan las rodillas y me arrodillo en el suelo.
Me arrodillo frente a él, pero no pasa nada. Es para poder estar a la altura de sus
enormes hombros. Y, por lo tanto, de su lesión.
No tiene nada que ver con la locura que se está apoderando de mi cabeza y de
mis piernas resbaladizas. Que sus ojos se enciendan al ver mi nueva posición y que su
pecho desnudo se hinche con una gran respiración es algo que prefiero ignorar.
Entonces, antes de que pueda tomar otro aliento, me toca.
O más bien, mi pelo.
Extiende la mano y pasa los dedos por los mechones sueltos y se me pone la piel
de gallina por todo el cuerpo. Me agarro el vestido con las manos atadas y susurro:
—¿Qué estás... haciendo?
—Tocando tu pelo —susurra con voz ronca, mirando sus dedos que se deslizan
por la masa como si fueran cuerdas de una guitarra.
—Pero...
—Solo te he visto con trenzas. —Continúa—. No sabía que tu pelo era tan largo.
Ni tan grueso.
—Mi pelo siempre ha sido así de largo y, eh, grueso —digo sin convicción.
Él agarra las puntas con el puño y tira de ellas, haciéndome jadear. Antes de
enrollarlo alrededor de su muñeca, una vez, luego dos, haciéndome gemir y agarrar mi
vestido con más fuerza. Lamiéndose los labios, dice con voz ronca:
—Lo suficientemente largo como para usarlo como una correa y lo suficientemente

150 grueso como para tirar fuerte de esa correa.


Acompaña eso con un fuerte tirón de mi pelo que casi me hace perder el equilibrio,
pero sus muslos alrededor de mí me mantienen segura. Aun así, susurro:
—Por favor.
Lo que le hace levantar la vista y descubrir el resultado de sus atenciones. Tengo
el cuello estirado hacia atrás y la columna arqueada. Estoy apretando los muslos y,
aunque él no puede verlo, creo que lo sabe. También sabe lo mojada que estoy y lo cerca
que estoy de explotar. Algo parecido a la satisfacción se refleja en su rostro antes de
soltarme.
Estoy a punto de respirar aliviada cuando saca un cuchillo de algún lugar,
probablemente de su bolsillo, y mi corazón da un vuelco. Lo abre con un movimiento
rápido y me ordena:
—Manos arriba.
Miro el cuchillo por un segundo.
—¿Qué?
—No puedes hacerlo con las manos atadas, ¿verdad?
Parpadeo.
—Tú... ¿vas a desatarme?
Entrecierra un poco los ojos.
—¿Vas a huir?
Niego con la cabeza.
—No.
—Entonces —repite con un movimiento de la barbilla—, levanta las manos.
Abro la boca para decirle que está bien. La cuerda tiene suficiente holgura como
para permitirme trabajar con él con las manos atadas, pero entonces me doy cuenta de
lo descabellado que suena. Nada ha cambiado, ¿recuerdas? Sigo siendo su cautiva. Si
quiere desatarme, debería aprovechar la oportunidad, no rechazarla educadamente. Así
que cierro los dedos en un puño y los levanto frente a él. Y sin apartar los ojos de mí,
corta la cuerda por la mitad, con destreza y rapidez.
Pero antes de que pueda liberarme, sus dedos se cierran alrededor de mi muñeca,
justo debajo de donde la cuerda ha dejado su marca.
—Ha funcionado.
Su contacto me hace estremecer y me pone la piel de gallina en todo el brazo.
—¿Qué funcionó?
Sus ojos oscuros recorren mis rasgos.
151 —Dejar que montaras mi boca anoche.
Jadeo.
—Eso... tú... ¿Qué?
Sus dedos aprietan ligeramente mi muñeca.
—La potranca salvaje ya no es tan salvaje.
Mis mejillas arden.
—Yo no…
—Deberías haberlo hecho antes.
—No deberías haberlo hecho en absoluto —le respondo finalmente.
—Si tú lo dices.
—Fue un error.
—No desde donde yo lo veía.
—¿Y desde dónde lo veías?
—Desde entre tus jugosos muslos.
—Eres tan…
—Mientras te tragabas tu cuarto orgasmo —termina.
—Tú… —Mis mejillas arden aún más mientras le corrijo—Tres. Solo fueron tres
veces.
Él se inclina hacia adelante y yo trato de ignorar cómo se contraen sus
abdominales con el movimiento.
—Te creería si beber de tu coño no fuera como beber tequila. Y créeme cuando
te digo que sé cuántos tragos me tomé. Para cuando terminaste de correrte en mi boca,
mi mandíbula estaba chorreando y mi pecho empapado. Estaba tan ebrio de tu coñito
maduro que podrías haberme apuñalado con el cuchillo que te di y no lo habría sentido.
—Olvidé que lo tenía —confieso como una idiota.
Sus ojos brillan con pasión.
—Yo me olvidé del mundo entero y de todos los que lo habitan mientras te comía
el coño, cariño, así que supongo que estamos en paz.
—Por favor, no —sollozo—, no me llames cariño.
—Dime cómo quieres que te llame y te llamaré así.
—Mi nombre.
—Sí, ¿cómo te llamas?
Casi se lo digo entonces. Incluso abro la boca, pronuncio las sílabas en mi cabeza,
152 antes de darme cuenta de lo que iba a hacer. Entonces, susurrando, digo:
—Ya sabes cómo me llamo.
Sus ojos se vuelven intensos, al igual que su agarre sobre mi muñeca.
—Dímelo otra vez de todos modos.
Con el corazón latiéndome con fuerza, miento:
—Peyton.
—Peyton —repite.
No sé por qué, pero de nuevo, por un segundo, creo que lo sabe. De alguna
manera, ha descubierto mi mentira y quiere que lo admita. Pero me recuerdo que eso es
imposible. Aun así, me asusta tanto que suelto:
—¿Puedo simplemente... curarte las heridas?
Recorre con la mirada mis rasgos por última vez antes de soltarme la mano, y yo
exhalo aliviada. Por fin rompo el contacto visual y me concentro en la tarea. Recojo el
botiquín y saco el resto de cosas que necesito para limpiar y vendar su corte. Luego,
intento desconectar de todo. El hecho de que huele a bosque, a agua y a hojas limpias y
frescas; su piel está húmeda y bronceada, y todavía hay gotas adheridas a sus músculos
tensos. O lo pequeña que parezco de rodillas ante él. Cómo su cuerpo parece montañoso
e imponente, dándome sombra bajo el sol.
Mis manos tiemblan cuando alargo el brazo y le limpio la herida con el hisopo. Lo
hago con delicadeza porque sé que debe de escocer. También le susurro un -lo siento–
pero si le duele, no lo demuestra. Se queda allí sentado, inmóvil como una roca o como
la montaña con la que acabo de compararlo. Inmóvil y mirando fijamente. Y,
sinceramente, ¿por qué no?, porque ha pasado por cosas mucho peores con esa marca
en la espalda. La primera letra de venganza, Rawhide y Reverie. Me pregunto si los Turner
le hicieron eso y si por eso está tan empeñado en vengarse.
—La tierra que mencionaste comprar —digo, sorprendiéndome a mí misma.
A la luz del día, el momento en que me lo contó me parece muy crudo y vulnerable.
Y tal vez debería dejarlo estar. No debería involucrarme. No es asunto mío. Y por su
reacción, definitivamente parece que no lo es. Se pone en alerta, sus músculos
bronceados se tensan. Aun así, sigo adelante:
—¿Es eso... todavía la quieres?
Me cuesta mantener la mirada fija en él, así que bajo la vista hacia donde casi he
terminado de frotar el antiséptico cuando oigo:
—No.
Tengo muchas ganas de mirarlo, pero no puedo, o perderé el valor.
—¿Es porque ha pasado algún tiempo?
153 —Ocho años —responde secamente, y aunque estoy mirando su herida en lugar
de su rostro, sé que lo ha dicho con la mandíbula apretada.
—Por supuesto, lo sé. —Tragué saliva, sin apartar la vista de lo que estaba
haciendo—. Pero me pareció un buen plan. Una meta. Un sueño. Y me preguntaba si tal
vez aún podrías hacerlo.
—No puedo.
—¿Por qué no?
Pasan unos segundos y termino de poner la última cinta adhesiva en un vendaje
nuevo mientras pierdo la esperanza. Pero entonces él dice, con una voz tan tensa y baja
que tengo que esforzarme para oírla:
—Porque no puedo.
—¿Qué?
—Porque no puedo comprar tierras y acabar con la mierda de Grayson-Turner. No
cuando la razón por la que quería hacerlo ya no existe.
Entonces levanto la vista. Y menos mal que ya he terminado de vendarle la herida,
porque no habría podido seguir con la mano firme después de ver su rostro. Es duro y
tenso, peligroso, pero esa no es la razón por la que tengo miedo o por la que siento un
nudo en el estómago. Es el hecho de que sus ojos parecen... desolados.
Parecen vacíos.
Son oscuros como siempre, pero hay un vacío en ellos que nunca había visto
antes. Es como si todo el fuego que había dentro de él se hubiera extinguido y se hubiera
enfriado. Tengo la extraña sensación de que, si mirara ahora, la marca habría
desaparecido de su cuerpo. Que nada caliente y abrasador lo hubiera tocado nunca.
Lo cual es ridículo. Todo esto es ridículo. Pero no puedo evitarlo. No puedo evitar
los pensamientos que pasan por mi mente y cómo todo mi cuerpo tiembla con el impulso
de acercarme a él. Sin embargo, me quedo quieta y le pregunto:
—¿Una chica?
Eso parece sacarlo de dondequiera que se hubiera ido. Y gracias a Dios, jodido
Dios, sus ojos ya no parecen vacíos. Brillan, y aunque puedo ver que es ira por mi
pregunta, no me importa.
—Ya basta de preguntas.
—Solo estaba... —voy a retirar las manos, pero él me detiene envolviendo mis
muñecas con los dedos otra vez—, preguntándome.
—¿Qué tal —dice, apretándome la muñeca—, si tú respondes a algunas de mis
preguntas, para variar?

154 Me invade la inquietud y lucho por escaparme.


—¿Qué preguntas?
Él solo aprieta más fuerte.
—Sobre tu padre.
El corazón se me encoge. ¿Por qué estamos hablando de él? Creo que nunca
hemos hablado de él. Al menos, no específicamente. Mientras él me mira como si
estuviera bajo un foco, como si me estuviera observando a través de una lente. Y soy
buena mintiendo, por supuesto que lo soy, pero no creo que sea bajo este tipo de
escrutinio. Así que intento liberarme de su agarre. Aunque sé que no podré. Su agarre
no me dejará moretones, pero es firme, y no voy a poder liberarme hasta que él me lo
permita.
Aun así, sigo intentándolo mientras le pregunto:
—¿Y él qué?
—Sabes esto, lo de curar heridas y esas cosas, gracias a él —declara—. Por lo
que le hizo a tu madre.
Tragué saliva, sin que mi inquietud desapareciera. De hecho, por alguna razón,
aumentaba por segundos. No solo por mi engaño, sino también porque hay ciertas cosas
de las que no me gusta hablar. Ni que me pregunten.
—No sé por qué estamos hablando de esto —digo, mirando a cualquier parte
menos a sus ojos—. Ya lo sabes. Y ya sabes todo lo que hay que saber sobre mi padre,
porque casi lo matas hace ocho años y estás empeñado en destruirlo, así que no…
—Y a ti —me interrumpe.
—¿Yo qué?
—Él te hizo esto.
Estaba retorciendo mi mano entre las suyas cuando habló, y me quedo quieta.
¿Acaba de...? ¿Cómo lo sabe?
—¿No fue él? —insiste cuando no le respondo.
Hago una mueca de dolor y reanudo mi lucha por liberarme de él.
—No sé de qué estás hablando.
Su rostro se ensombreció.
—Lo hizo.
—¿Por qué piensas siquiera...?
—Porque un hombre tan jodido como para pegarle a su esposa no va a tener
piedad de su hija.
—¿Puedes soltarme, por favor?
—¿Con qué frecuencia?
155 —Solo quiero que me dejes ir.
—¿Cuántas veces? —repite, con una voz tan baja que puedo ver cómo le vibra el
pecho—. ¿Cuántas veces te pegaba tu papá?
Mi corazón late a toda velocidad, sin parar, como loco. Nadie sabe nada de esto.
Nunca hablo de ello. Intento no pensar en ello nunca, y mucho menos hablar de ello con
nadie. Ni siquiera con Peyton, que lo sabe todo sobre mí y mi vida. Bueno, no todo, esto
no, pero todo lo demás sí. A lo largo de los años, nos hemos unido por tener padres
malvados y madres negligentes, y por lo increíble que es que no solo compartamos un
aspecto similar, sino también historias similares. Excepto que ella no conoce toda la
historia.
Nadie conoce toda la historia.
—No quiero hablar de esto —sigo insistiendo.
No quiero hacerlo en absoluto, porque, por alguna extraña y loca razón, sí quiero
contárselo a él.
Si hay alguien en todo este mundo a quien quisiera contárselo, sería a él. Porque,
de alguna manera, mi corazón cree que se lo debo. Le debo la verdad sobre mi vida
porque él me salvó de ella. Sin saberlo, nos dio a mi madre y a mí una segunda
oportunidad. Su delito nos salvó, o al menos a mí, y revelarle todas mis verdades ocultas
me parece un precio muy pequeño a pagar. Pero si se lo digo, entonces tendré que
contarle toda la verdad. Y no puedo contarle toda la verdad porque se supone que debo
mentir, fingir y desempeñar un papel estúpido que cada vez me resulta más difícil.
—¿Cuántas veces, carajo? —ruge, acercándome a él con un tirón.
Mi mano sale volando y aterriza en su pecho, que respira con fuerza, para
encontrar el equilibrio. Y antes de que pueda detenerme, prácticamente grito:
—No importa, ¿de acuerdo? No importa la puta frecuencia. Mi padre es un
monstruo y eso es lo que hace. Es lo que siempre ha hecho. Ni siquiera es eso lo
importante. No me importa eso. No me importa cuántas veces me pegó mi padre. Esa no
es la pregunta correcta.
—¿Cuál es la pregunta correcta?
Si estuviera más en mis cabales, mediría cuidadosamente mis palabras. Si no me
estuviera aferrando a él como si me estuviera desmoronando y él fuera el único que
mantiene todas mis piezas juntas, elegiría mis palabras con cuidado, trataría de andar con
cautela, para no revelar demasiado ni arruinarlo todo accidentalmente.
Pero no es así.
Mi corazón late con su propio ritmo y mis labios dejan fluir las palabras.
—La pregunta correcta es por qué, en lugar de protegerme de mi padre, mi madre

156 me utilizó como escudo para protegerse a sí misma. ¿Por qué lo provocó contra mí
cuando él estaba de mal humor? ¿Por qué lo puso de mal humor en primer lugar para
que centrara su ira en mí y no en ella? Para que descargara su frustración conmigo y no
con ella. La pregunta correcta es —sigo hablando, aunque me estoy quedando sin
aliento—, ¿por qué no me quería lo suficiente como para protegerme? ¿Acaso no
merezco que me protejan?
Porque si mi propia madre no me protegió, tal vez no lo merezco. Tal vez soy
prescindible. Soy olvidable y prescindible. No le importo a nadie.
Él se inclina hacia adelante, sacándome de mis pensamientos. Cuando veo sus
ojos, mis dedos se clavan en sus hombros como garras. Probablemente le duela, pero,
una vez más, no lo demuestra, y yo tampoco puedo aflojar mi agarre sobre él. Porque
hay fuego en sus ojos oscuros, pero no es como el que he visto antes.
Es del tipo que quemaría este bosque.
—Quiero que me escuches —dice, con la piel ardiendo como sus palabras y su
mirada—. Cuando regresemos, voy a dar con él y lo voy a matar. Y lo haré con mis propias
manos. Porque dispararle como a un animal o apuñalarlo con un cuchillo no es suficiente.
No es suficiente para hacerlo arrepentirse de haberte puesto las manos encima. Así que
voy a rodear su cuello con mis manos y voy a apretar cada tendón y aplastar cada hueso
de su cuello. Y lo haré lentamente, para que tenga tiempo suficiente para ver toda su vida
pasar ante sus ojos y todas las decisiones que tomó y que lo llevaron a la muerte.
¿Entiendes lo que te estoy diciendo? Cuando lleguemos a Black Rock, voy a matar a tu
padre por hacerte daño.
Me equivoqué. El fuego de sus ojos no se limitará a este bosque. El fuego de sus
ojos quemará el mundo. Y a todas las personas que hay en él.
Incluido mi padre.
—Pero tú... —susurro, hipnotizada por la oscuridad de su mirada—. Dijiste que no
lo matarías.
No sé a cuál de ellos me refiero. A mi padre o al padre de Peyton, el hombre al
que él está decidido a vengarse. Ni siquiera sé si estoy actuando; y si lo estoy haciendo,
¿cómo puedo seguir haciéndolo cuando él promete matar a gente?
Por mí.
—Eso fue antes de saberlo —dice.
—¿Saber qué?
—Que mereces que te protejan.
Sus palabras suenan dulces. Suenan como la luz al final de un túnel, como la
primera gota de lluvia sobre la tierra agrietada y quemada. Suenan como si estuvieran
dirigidas a mí.
Para mi verdadero yo.
157 La que intento ocultarle, y no puedo permitirlo. No puedo bajo ningún concepto.
Así que tengo que encontrar una forma de huir antes de llegar a Black Rock, y tengo que
encontrarla rápido.
LLEGA DOS días después.
La oportunidad de escapar.
Estamos en otro campamento, muy parecido al primero, y una vez más, es
158 medianoche y el fuego se está apagando. Esta vez sé con certeza que está durmiendo,
aunque, como siempre, está recostado contra un árbol porque su trastorno de estrés
postraumático no lo deja dormir.
“Excepto cuando puedo olerte...”.
Mi corazón se encoge al pensar en ello y en lo que significa que por fin se haya
quedado dormido. Pero lo ignoro y me concentro en su mano, que descansa sobre su
muslo extendido. Está flácida, y lo sé con certeza porque está atada a las mías.
Es su forma de asegurarse de que no huyo.
También es su forma de matarme lentamente, porque cada noche, antes de atarme
a él, y cada mañana, cuando me desata, se asegura de ponerme una pomada en las
muñecas. Para asegurarse de que mi piel no se irrite. Es una tortura, la forma en que me
cuida un segundo y al siguiente me recuerda que no soy más que un peón para él. Y si
fuera más inteligente, cosa que no soy, al menos en lo que a él se refiere, me centraría
solo en la parte del peón. Tal y como están las cosas, no puedo, pero me digo que debo
dejar de pensar en ello ahora mismo.
Él no sabe que durante los últimos dos días, mientras me ataba a él, yo buscaba
una oportunidad para liberarme, y hoy he logrado un gran avance. Ha sido pura suerte,
pero mientras me lavaba esta mañana, he encontrado un trozo de cristal debajo del follaje.
Y es un trozo afilado, que creo que cortará esta cuerda con solo un poco de esfuerzo.
Mañana llegaremos a Rawhide. Siempre pensé que ya me habría ido mucho antes,
pero aquí sigo. En cualquier caso, esta vez tengo que conseguirlo, porque en cuanto
lleguemos a su rancho y él ponga en marcha su retorcido plan de venganza, descubrirá
que no soy Peyton. Y ni siquiera quiero pensar en lo que hará cuando eso ocurra.
Así que me pongo manos a la obra. Con mucho cuidado, con movimientos
pequeños para no alertarlo de ninguna manera, corto la cuerda. Una vez libre, me levanto
lentamente y, tan silenciosamente como puedo, salgo del campamento. Y luego, cuando
es seguro, corro.
Con solo la luna para guiarme, me adentro en el bosque con ese trozo de vidrio en
la mano. Intento recordar de dónde venimos. Intento recordar puntos de referencia o
señales, un árbol caído o una rama torcida, cualquier cosa que me indique que voy en la
dirección correcta. La dirección donde se encuentra la libertad. En este momento, ni
siquiera sé cómo es esa idea descabellada de libertad que tengo, y ni siquiera me importa.
Lo único que me importa es intentarlo. Así que sigo zigzagueando por el bosque,
agachándome bajo las ramas, saltando por encima de los troncos. A veces aterrizo de
pie; otras veces me caigo. Me raspo las rodillas; me araño las palmas de las manos. Creo
que también pierdo mi arma improvisada en algún lugar, pero nada va a detenerme.
O eso creo hasta que mi cuerpo en plena carrera se detiene bruscamente.
Es un milagro que no caiga de bruces por mi propia velocidad, y ahora estoy frente
a lo único en lo que no había pensado mucho esta noche. Ni ninguna otra noche, para
159 ser sincera. Sobre todo porque él siempre estaba conmigo y sabía que me protegería de
algo así.
Un oso.
Un gran oso negro y aterrador con ojos brillantes.
No sé de dónde ha salido. O tal vez, en mi pánico, no presté suficiente atención
por dónde iba y acabé en su camino. Sea como sea, ahora estoy completamente
petrificada. No sé qué hacer. No sé qué pensar. No sé cuánto tiempo permanezco
paralizada, simplemente mirando a los ojos de la muerte. Hasta que oigo un gruñido sordo
y me estremezco, con el corazón en un puño.
El oso se mueve. Sus patas golpean el suelo, crujiendo las hojas, y yo me doy la
vuelta y vuelvo a echar a correr. Solo que esta vez corro hacia él. Porque él es el único
que puede salvarme ahora.
¿En qué estaba pensando? ¿Por qué hui de él? ¿Por qué no le escuché? Sé que
es peligroso, pero es el único que me ha hecho sentir segura. Dios, soy tan tonta, y ahora
voy a morir.
Lo sé.
Así que grito su nombre.
—¡Arsen!
Y no paro.
Arsen. Arsen. Arsen.
Lo uso como un canto, casi como una plegaria, que envío al cielo nocturno. Pero
no estoy segura si él o alguien allá arriba puede oírme por encima del estruendo de las
patas de la bestia que me persigue. Estoy a punto de rendirme y dejar que me atrape
cuando choco contra un árbol. O algo muy, muy duro. Mi cuerpo rebota hacia atrás, pero
antes de que pueda caer, la cosa con la que me he estrellado -mi secuestrador, mi
esposo, el hombre al que estaba llamando, Arsen- me agarra por la cintura. Me inmoviliza
contra su duro cuerpo y me salva.
Justo cuando empiezo a darme cuenta de que está aquí, de que realmente está
aquí, y me relajo aliviada, oigo un fuerte estallido. Seguido de otro y luego de uno más.
Disparos.
Mi cuerpo se paraliza, pero mis ojos están frenéticos. Primero se dirigen a su
pecho; respira con dificultad, como si también hubiera estado corriendo. Antes de fijarme
en su hombro, alerta y tenso, y luego en su brazo extendido, que sigo hasta su mano, que
sostiene el arma.
Está humeando. La pistola, quiero decir.

160 Es la primera vez que veo algo así en la vida real, volutas de humo saliendo del
cañón. Creo que también es la primera vez que veo un oso muerto. Está tumbado de lado
y puedo ver tres agujeros en su cuerpo. Uno en la sien y dos en el costado, con sangre
goteando de todos ellos. Sin embargo, tiene los ojos abiertos, al igual que la boca,
revelando unos dientes afilados que brillan en la noche, y tengo que apartar la mirada.
Jadeando, vuelvo a mirarlo.
—Tú... has venido.
Su pecho se mueve al oír mis palabras, casi como un estremecimiento, y
finalmente me mira. Sus rasgos están tensos y afilados, pero, aparte de eso, están tan
inexpresivos como una pizarra. Sin embargo, no me importa. No me importa no poder
leerlo. Que nunca pueda leerlo. O que quiera utilizarme para vengarse y yo vuelva al
punto de partida por tercera vez.
Quizá no esté destinada a dejarlo. Quizá esté destinada a estar a su lado. Hasta
que la muerte nos separe. Sé que todo esto suena descabellado, pero tampoco me
importa. Lo único que me importa es que está aquí y me ha salvado la vida y yo...
Lo abrazo con fuerza.
Los enrosco alrededor de su cuello y, sin haber hecho nunca, jamás, este
movimiento, me subo a su cuerpo. Salto y mis muslos rodean sus caderas muy estrechas,
muy marcadas y musculosas. Y él me ayuda. Siento sus manos debajo de mi trasero para
impulsarme y ahora estoy completamente, irrevocablemente, envuelta alrededor de él.
Bien. Perfecto. Esto es exactamente lo que quería.
Con él.
Acerco mi cara a su cuello y lo huelo. Respiro su aroma limpio, maduro, con olor
a sudor y almizcle, mientras susurro, una y otra vez:
—Has venido. Has venido por mí. Has venido... tú… —Acaricio con la nariz su
pulso—. Tenía tanto miedo. Estaba tan... pensé que iba a morir. Pensé que era el fin y...
Dios, no puedo creer que tengas un arma. No puedo creer que le hayas disparado. No
puedo... nunca dijiste nada. Nunca…
Sus dos brazos me rodean el cuerpo y, al oír mis palabras, ambos aprietan mi
cintura. Casi me asfixian. Se siente tan bien, que me corte la respiración después de
respirar como loca, que me derrito aún más contra él. Mi cuerpo finalmente se relaja y
mis curvas se posan sobre sus duros músculos.
Es entonces cuando empieza a caminar, pero tengo la nariz hundida en su cuello
y los dedos enredados en su pelo, así que realmente no presto atención a nada de eso.
De hecho, creo que en algún momento cierro los ojos, arrullada por un inmenso alivio y
sus pasos rítmicos. Por su pecho que sube y baja; sus brazos que siguen apretándome,
cortándome el aire.

161 Es glorioso.
Pero se acaba demasiado pronto cuando se detiene y nos separa a la fuerza. Lo
hace con un tirón brusco, liberando mis extremidades de su cuerpo y poniéndome de
pie. Y mientras parpadeo para despertarme, tratando de seguir el ritmo de sus abruptas
acciones, me da la vuelta.
Me tambaleo, con los hombros gritando de dolor por sus bruscos cuidados.
—¿Qué estás...?
Obtengo mi respuesta cuando siento que me desliza la cuerda alrededor de las
muñecas. El material áspero me irrita la piel, pero no digo nada. De hecho, por un
segundo, siento comodidad. Me siento segura siendo su cautiva. Pero entonces esa
ilusión también se rompe rápidamente, cuando ata el nudo tan fuerte que se me escapa
un grito ahogado. Me arde la piel e intento mirar detrás de mí, pero una vez más, él
domina mi cuerpo con el suyo y me levanta las manos, ahora atadas.
Una vez más, lo hace con tanta fuerza que mis hombros gritan de dolor y las
lágrimas de dolor brotan de mis ojos. Pero supongo que debería haberlas guardado para
lo que hace a continuación.
Toma el extremo largo de la cuerda que utilizó para atarme las manos y la lanza al
aire. Veo cómo pasa por encima de la rama del árbol antes de que atrape el extremo
cuando cae. Y entonces, veo, no, siento cómo tira de ella hacia abajo, hacia abajo, esa
cuerda, mientras mis brazos se elevan y se elevan y, Dios mío, se elevan.
Hasta que mis pies casi se despegan del suelo y me pongo de puntillas.
Básicamente, colgando del árbol.
Cuando está satisfecho con cómo ha quedado mi cuerpo estirado y colocado,
agarra el resto de la cuerda, la lanza de nuevo por encima de la rama y hace un lazo que
luego remata con un nudo. Por extraño que parezca, creo que es tan alto que ni siquiera
ha tenido que estirarse del todo para hacerlo.
También creo que estoy soñando. Que esto no es real. Que en realidad no estoy
atada a un árbol, con los brazos extendidos por encima de mí y los dedos de los pies
rozando el suelo. No es mi cuerpo el que está estirado al límite, ni son mis ojos los que
arden con lágrimas, ni es mi corazón el que tiembla.
No es mi salvador quien me ha hecho esto.
Finalmente, clava sus ojos oscuros en los míos y me doy cuenta de que esto es
real. Muy real. Es la forma en que me mira. Desde la parte superior de mis manos atadas
hasta la parte inferior de mis pies flexionados. Es la forma en que se quita la camiseta. Su
brazo se estira hacia atrás y agarra el cuello de la prenda antes de quitársela. Me quedo
sin aliento al ver su pecho desnudo, grande y fuerte, cubierto de vello oscuro y lleno de
músculos densos. Si pensaba que el vendaje de su hombro marcaría la diferencia en el
162 poder y el dominio que irradia, estaba equivocada. De hecho, lo hace parecer aún más
peligroso.
Igual que esa marca.
Dejando caer su camiseta y siguiéndome mirando como si fuera una obra de arte
atada, se acerca a mí. Temblando, retuerzo las manos entre las ataduras.
—Por favor.
Por favor, suéltame. Por favor, no hagas esto. Por favor, déjame abrazarte como
antes para poder sentirme segura.
No digo nada de eso, pero sé que él me oye de todos modos. Porque su mirada
se detiene y sus ojos vuelven a los míos. Y vuelven con una mirada tan brillante y
descarada que me golpea en el centro del pecho. Es como una cuerda alrededor de mis
muñecas, de mi corazón, atándome, ahogándome.
Es una mirada de pura posesión.
Pura posesión. Es una mirada que dice que aceptaré lo que él me dé, porque no
tengo otra opción. Porque él tiene mi libre albedrío en la palma de su mano.
Mis brazos tiemblan entre las ataduras.
—No... por favor, no hagas esto. Sea lo que sea lo que estés pensando. Lo siento.
Siento haber huido. Siento no haberte escuchado. Prometo que no lo volveré a hacer. No
huiré. Lo prometo. Por favor, solo…
Entonces siento una sacudida.
En mi cuerpo, en mi vestido, y eso me hace tropezar, a pesar de que estoy atada
y mis dedos apenas tocan el suelo. Miro hacia abajo y veo sus grandes manos agarrando
la tira de mi vestido, justo donde se une al corpiño. Y entonces veo cómo se le marcan
los nudillos y sus manos tiemblan mientras, de un solo tirón, lo arranca. Desgarra esa
frágil cinta que sujeta mi vestido justo delante de mis ojos antes de ir por la segunda y
hacer lo mismo.
Justo cuando siento que mi vestido se desliza por mi piel y cae alrededor de mi
cuerpo, levanto la vista para mirarlo. —Era mi... acabas de romper mi vestido de novia.
Su mandíbula, cubierta de una espesa barba incipiente, se aprieta en respuesta,
pero aparte de eso, no dice nada. En cambio, siento otra sacudida alrededor de mi
cuerpo. Esta vez no tengo que mirar para saber lo que está haciendo.
Me está arrancando las bragas; lo sé. Sé que sus manos ásperas están agarrando
la cintura de mis caderas y, al igual que el vestido, me las arranca del cuerpo como si
fueran papel de seda; y lo único que puedo hacer es parpadear mientras siento el aire
nocturno rozando mis curvas desnudas. La humillación me quema el pecho y el vientre,
hasta llegar a ese lugar palpitante entre mis muslos.
El único consuelo hasta ahora es que aún no me ha mirado. Mi cuerpo grueso,
163 curvilíneo, fuente de toda vergüenza. Está ocupado observando mi rostro con expresión
impasible.
No, impasible no.
Hay un pulso en su mandíbula que parece doloroso. O tal vez sea mi humillación
la que me causa dolor en el pecho. Sea lo que sea, quiero que termine. Quiero que
dejemos de sufrir. Y, poniéndome de puntillas, arqueo mi cuerpo. Levanto la barbilla hacia
él y susurro:
—Lo siento. Lo siento mucho. He aprendido la lección. Solo déjame bajar. Por
favor, Arsen.
Una vez más, su nombre en mi lengua se siente como un afrodisíaco. Un dulce
elixir que me negué a mí misma durante tanto tiempo. Lo hice, ¿no? No quería decirlo
porque estaba muy enojada con él por mentirme. Todavía lo estoy, pero ahora que he
dicho su nombre, no quiero dejar de hacerlo.
Especialmente cuando me oye decirlo, se inclina hacia mí. Acerca su rostro -Dios,
su boca, suave y mullida- tanto al mío que respiramos el mismo aire. Y me doy cuenta de
que quiero besarlo. Me doy cuenta de que he querido besarlo desde aquella noche.
Desde la noche en que puso su boca sobre mí.
Mi coño.
¿Cómo es posible que me besara ahí abajo, pero nunca en los labios? ¿Cómo es
posible que haya pasado los últimos seis meses imaginando sus labios sobre los míos y
aún no los haya probado?
Cuando me agarra la mandíbula, me doy cuenta de que también he querido que
me tocara desde aquella noche. Porque no lo ha hecho. Lo cual es toda una hazaña, ya
que hemos montado en el mismo caballo durante horas; he estado sentada con la
columna casi pegada a su pecho; él me ha subido y bajado de la silla con las manos
alrededor de mi cintura; le he vendado y curado las heridas, pero aun así siento que no
nos hemos tocado en absoluto.
Él estira mi cuello aún más hacia arriba, inclinando mi cabeza hacia atrás y
arqueando mi espalda, y creo que va a suceder. Creo que está a dos segundos de
besarme. Pero entonces inclina la cabeza hacia un lado y una luz cruel ilumina su rostro.
Aprieta los dedos sobre mi mandíbula y, utilizando su agarre como palanca, me empuja
y mi cuerpo se balancea.
De un lado a otro, como un péndulo. Como un trozo de carne.
Una muñeca colgante, desnuda y humillada, a su merced y a su antojo.
Mis hombros gritan en protesta. Mis muñecas están desolladas, pero lo más
doloroso es la vergüenza en el centro de mi vientre. Lo más doloroso es el golpe de mi
columna desnuda contra su pecho desnudo cuando, después de dejarme balancear
durante unos segundos, rodea mi cuerpo colgado y me detiene con su mano extendida
164 sobre mi vientre tembloroso.
Se pega a mi espalda mientras me susurra las primeras palabras que me ha dicho
desde que me rescató del oso.
—¿Sabes cuánto tiempo he esperado para oírte decir mi nombre? —Entre jadeos
entrecortados, intento mirar atrás, pero él me presiona el vientre con la mano,
haciéndome arquearme mientras me ordena—: Mira al frente.
—A-Arsen, tú…
Mis palabras se detienen cuando siento algo presionando mi pulso.
Cuando usa ese algo para levantarme la cabeza poco a poco. No tengo que mirar
para saber qué es. Sé exactamente qué es, aunque nunca, en mis diecinueve años en
esta tierra, me lo hayan apuntado.
Una pistola.
Me sujeta la barbilla con la pistola presionada justo debajo de la mandíbula y, no
sé cómo, pero todavía la noto caliente por cuando la utilizó para salvarme la vida. Mis
músculos están tensos por el miedo y sé que tengo los ojos agrandados, pero creo que
no veo nada más que manchas oscuras. Y en esa oscuridad, lo oigo decir:
—Cuando nos escribíamos, hubo muchas ocasiones en las que quise decirte mi
verdadero nombre. Quería verlo escrito con tu letra. Me sentaba allí, en mi litera, y
buscaba las letras de mi nombre en las palabras que escribías. Y luego las juntaba en mi
cabeza, tratando de imaginar cómo se vería mi nombre en tu pequeña y elegante letra.
Pero entonces —exhala detrás de mí, rozando mi mejilla con su barba incipiente—, salgo
y te conozco, pero te niegas a decirlo. Te niegas a decir mi nombre.
Tragué saliva.
—Yo... yo estaba enojada. Estaba enojada porque me mentiste. Porque tú…
Él aprieta la pistola con más fuerza y me estremezco.
—Sé que lo estabas. Yo también lo estoy.
—Yo...
—No dejaba de pensar en ello. No dejaba de imaginarlo. El momento en que lo
dirías. El momento en que te obligaría a decirlo. Pero entonces lo hiciste y yo… —Respira
hondo otra vez, su pecho caliente deslizándose por mi espina dorsal. Pero esta vez,
cuando exhala, noto un ligero titubeo, un pequeño estremecimiento que probablemente
no habría notado si no estuviéramos pegados el uno al otro—. Gritaste mi nombre. Con
miedo. Con pánico. Y pensé que perdería la cabeza. Pensé que saldría de mi piel si no te
encontraba. Si no lograba traerte de vuelta al lugar al que perteneces, maldita sea.
Mi corazón se encoge, se encoge y se encoge, y trato de volver a mirarlo. Pero él
aprieta la pistola con más fuerza y tengo que quedarme quieta. Lo odio. Lo odio con toda

165
mi alma, pero lo hago. En cambio, hundo la nuca en su pecho sudoroso.
—Lo siento. Lo siento mucho, mucho.
—Pensé que destrozaría este mundo. Que lo pondría patas arriba hasta
encontrarte. Y la única vez que eso sucedió fue hace ocho años. —Continúa, con palabras
ardientes y un aliento aún más ardiente—. No me gustó entonces y ahora me gusta aún
menos. ¿Entiendes lo que te estoy diciendo? —Eleva la pistola poco a poco,
presionándola contra mi labio inferior, mientras continúa—: Te estoy diciendo que no
digas mi nombre, ¿bien? Ni mi nombre, ni una palabra más. Hasta que yo te lo diga. ¿Está
claro?
Mi corazón late a toda velocidad y, en medio del caos que reina en mi cuerpo,
asiento.
Su gruñido denota satisfacción.
—Ahora, ¿sabes qué es esto? Solo sí o no.
Mi pecho se estremece cuando pasa la boca de su arma por mi labio inferior.
—S-sí.
—Es un arma —dice con tono áspero—. Pero es más que un arma, ¿verdad?
Me muerdo el interior de la mejilla para mantenerme callada, pero me cuesta.
—Es lo que te salvó la vida.
—Arsen, por favor, yo…
Él niega lentamente con la cabeza.
—Tsk, tsk. Si sigues rompiendo las reglas, cariño, voy a tener que acabar con esto.
Y la diversión acaba de empezar. —Mi respiración se convierte en un sollozo
entrecortado y él empuja el cañón aún más contra mi labio—. ¿Qué tal si le das un mejor
uso a tu boquita rosa y le das las gracias al arma que te ha salvado la vida?
Mi corazón se encoge y mis ojos se apresuran a encontrarse con los suyos. Esta
vez, no me detiene. No me dice que mantenga la mirada al frente, y sé por qué. Es porque
quiere que vea la crueldad en ellos. La maldad, el peligro.
El fuego.
No sé qué ve en mis ojos -yo misma no sé qué se refleja en ellos en este momento,
salvo pura humillación y dolor-, pero endurece su ya severa mandíbula y agudiza sus ya
implacables rasgos. Le hace empujar la boca del arma contra la unión de mis labios
mientras dice:
—Me llamaste, ¿verdad? Con esta boca. Gritaste mi nombre para que fuera a
salvarte y lo hice. Así que es hora de que pagues el precio. Es hora de que la abras
cuando te diga que la abras y hagas exactamente lo que te diga que hagas con ella,
¿entendido?
De alguna manera consigo asentir.
166 Pero eso solo lo enfurece aún más, porque aprieta los dientes mientras continúa:
—Así que abre esos malditos labios y envuélvelos alrededor del cañón de esta
pistola. Y envuélvelos bien, ¿de acuerdo? Porque quiero que chupes. Quiero que lo
chupes como sé que quieres chupármela a mí.
—Yo no…
Me presiona la pistola con tanta fuerza para callarme que mis labios se aplastan
contra mis dientes. Luego, con las fosas nasales dilatadas, dice:
—Te gusta mentir, ¿verdad, nena? También vamos a hablar de eso. Te voy a
enseñar lo que pasa cuando abres la boca y lo primero que sale de ella es una mentira.
De hecho, vamos a empezar ahora mismo. Solo por esa patética y jodida mentira, voy a
quitar el seguro.
Amplio los ojos y empiezo a temblar. O tal vez he estado temblando todo este
tiempo, no lo sé. Lo único que sé es que no puedo apartar la mirada de él y de sus ojos
brutales pero hipnotizantes.
—Porque sabes que es una mentira, ¿verdad?
Asiento de nuevo.
Sus ojos van de uno a otro.
—Sí, lo sabes. Por eso, durante los últimos dos días, no he podido escapar de ti.
Dondequiera que voy, ahí estás, con tus grandes ojos azules, tu pelo dorado, tu maldito
aroma a ranúnculo. Ahí estás, buscando formas de tocarme. Vendando mis heridas con
tus suaves manos; presionando tu pequeño cuerpo maduro contra mí en el caballo,
frotándote contra mí como una gata en celo. Pidiéndolo, suplicándolo, volviéndome loco.
Eso es lo que querías hace un momento. Querías mi boca.
Lo quería. Lo quiero. Tiene razón. No me había dado cuenta, hasta hace unos
momentos, hasta que él me lo ha dicho claramente, pero sí, he estado haciendo todas
esas cosas durante los últimos dos días.
—Sí —susurro.
—Sí —dice con voz ronca—. Es porque te comí el coño tan bien que ahora eres
adicta a ello.
Debería ser vergonzoso, pero no lo es. De alguna manera, nada de lo que dice me
avergüenza. Quizás porque ya he superado todo eso. Me ha despojado de mi dignidad,
me ha atado desnuda para que no me quede nada de vergüenza.
—Así que, ¿qué tal si me demuestras cuánto y tal vez te lo dé? Chupa la boca de
mi pistola como si quisieras chuparme a mí. —Su voz se vuelve más grave—. Y no solo
me refiero a mis labios. Chúpala como sé que quieres chupar otra cosa, algo mucho más
duro. Tan duro como esta pistola cargada que acaba de salvarte la vida. Que ha salvado
167 mi cordura.
Si las palabras tuvieran el poder de hacerlo, me marcarían. Me tatuarían con ellas.
Cada una de esas palabras depravadas y humillantes estarían escritas en mi piel. Tal y
como están las cosas, sé que nunca las olvidaré. No hasta el día de mi muerte. O el hecho
de que, por muy depravadas que sean, sigo obedeciéndolo, y lo hago porque pude oír el
titubeo en su voz al final.
Su cordura sonaba como c-cordura.
Y sé que, por muy aterrador que parezca ahora mismo con la pistola en la mano,
él también está asustado. Sigue asustado por lo que podría haber sucedido. Así que abro
la boca y envuelvo con mis labios el cañón de su pistola cargada.
Y chupo.
Sus fosas nasales se dilatan la primera vez que lo hago. La segunda vez, aprieta la
mandíbula y, cuando lo chupo por tercera vez, siento cómo le vibra el pecho con un
gruñido sordo. Cuando noto que un rubor tiñe sus afilados pómulos, algo me sucede.
Algo extraño y nuevo, pero también antiguo y familiar. Algo que sabe como este objeto
metálico que me está haciendo chupar, pero también como una aceleración en la parte
baja de mi vientre.
Es pesado y pegajoso, hinchado y húmedo.
Es mi coño. Está palpitando ahí abajo, vibrando por esta cosa lasciva que estoy
haciendo. Por la forma en que giro mi lengua alrededor del cilindro, aspirándolo con mi
boca, tratando de beber de él como lo haría si realmente nos estuviéramos besando.
Tengo que apretar los muslos para evitarlo. Y como mis muslos están desnudos,
igual que ese lugar palpitante entre ellos, lo ensucio todo. Estoy toda mojada y
chorreando, y mis muslos se deslizan uno contra otro. También hacen un sonido húmedo
y resbaladizo que me hace chupar la pistola con más fuerza. Me hace abrir más la boca
y subir y bajar por el cañón, atragantándome con él. O tal vez es él quien me hace
atragantarme con su pistola, metiéndola y sacándola de mi boca, bombeando y
bombeando.
No lo sé. Lo único que sé es que no puedo fingir que estoy pensando en besar su
boca. Esto es una mamada en toda regla y, sí, estoy fingiendo chuparle la verga. Y ante
esto, mi cuerpo sale en su búsqueda fuera de mi imaginación y empiezo a balancearme
contra él. O más bien, contra ese bulto en sus pantalones que juro que se endurece por
segundos.
Al igual que sus respiraciones.
Son salvajes y violentas, golpeando contra mi espina dorsal. Gimo y me retuerzo y
chupo la pistola con más fuerza. Me doy cuenta de que mi pecho está mojado por mi
saliva, toda engrasada y resbaladiza, y desearía que mis brazos estuvieran libres para
168 poder rodear la pistola y hacerlo aún más fuerte. Desearía poder abrazarla entre mis
pechos y usar mi saliva para subir y bajar.
Ojalá pudiera chuparle la verga de verdad como le chupo la pistola cargada.
Es un duro despertar cuando me saca la cosa de la boca y me deja desamparada.
Lo odio tanto que abro los ojos y gimo. Muevo la cabeza de un lado a otro en señal de
protesta, pero él me hace callar en mi oído.
—Shh... está bien. Está bien.
—Pero yo…
—Lo sé —susurra, apretando y estrechando su brazo alrededor de mi cintura,
presionándome aún más contra su cuerpo—. Lo sé, cariño. Sé que lo deseas.
—Sí. Sí. Por favor, por favor —gimo, agarrando la cuerda e intentando arquearme
y frotarme contra él.
Pero en lugar de acercarla, aleja aún más la pistola de donde yo quiero. La baja
cada vez más por mi cuerpo, dejando un rastro húmedo de mi propia saliva mientras me
susurra al oído:
—Sé que quieres chuparla, pero no es real, ¿verdad?
—Pero...
—Shh. —Vuelve a decir, con un tono suave y amable, y también un poco
divertido—. Lo sé. Pero escúchame, esto no es mi pene, por mucho que quieras que lo
sea, nena. Y créeme cuando te digo que tampoco quieres que se corra en tu boca como
mi pene, ¿de acuerdo? Así que, ¿qué tal si te calmas un poco y me dejas darte lo que
quieres?
Sé lo que está haciendo.
Sé que está tratando de manejarme. Porque esto es lo que hace cuando Rocky se
agita por algo o no quiere que le revise las pezuñas. Le habla a Rocky con el mismo tono
suave e indulgente que usa conmigo.
Probablemente debería decir algo, algo como que no soy su caballo o su potranca
o como sea que me llame, pero no me importa. No me importa lo loca que parezca ahora
mismo o lo divertido que le resulte mi desesperación; lo deseo.
Lo quiero a él.
Así que, mientras sigo retorciéndome contra él, le pregunto:
—¿Tu p-pene?
Su respiración se escapa en una risita ahogada.
—Mi nena solo piensa en una cosa, ¿verdad?
169 —Tú…
—No soy muy fan de las armas; prefiero mi cuchillo. Pero mi nena me ha
convertido. Solo tuve que apuntarle con un arma y pasó de ser una esposa descarada y
pesada a mi pequeña estrella porno personal.
Me sobresalto al oír sus palabras y al ver que ha bajado el arma hasta mi vientre,
y al oír lo de estrella porno, me presiona el cañón contra el ombligo.
—Tú…
—No. —Se corrige—. Se convirtió en mi pequeña estrella porno personal en el
momento en que le lamí el coño. —Gimo y retuerzo las caderas mientras él sigue
adelante, haciendo círculos imaginarios en mi vientre con su pistola—. Si lo hubiera
sabido, cariño, en lugar de apuñalar a ese hijo de puta por tocarte, te habría levantado el
vestido y te habría comido delante de él. Tú gimiendo mi nombre mientras te corrías en
mi garganta probablemente habría enviado un mejor mensaje de que eres mía. Y lo eres,
¿verdad?
—Sí.
—Sí, lo eres. —Acaricia mi vientre con la boca de su pistola mientras se ríe de
nuevo—. Y te diré una cosa, ese sheriff se habría corrido en los pantalones al verte
correrte para mí, pero no se habría atrevido a acercarse a ti. Porque todo el mundo sabe
que ninguna ley, ningún país, ni siquiera Dios, puede interponerse entre un hombre y el
coño necesitado de su mujer. Y tú eres eso, ¿verdad?
—Sí —gimo de nuevo, balanceando y balanceando y balanceando mis caderas,
con cada curva de mi cuerpo temblando.
—Eres mi esposa.
—Lo soy.
—Y, sin embargo, sigues huyendo de mí.
—No lo haré. No lo haré. Lo prometo —digo, moviendo la cabeza de un lado a otro
sobre su pecho—. No huiré. Hasta que la muerte nos separe.
—¿Es eso un voto?
—Sí, lo es.
Él tararea.
—¿Qué más?
—Te escucharé —digo, con los ojos casi en trance, parpadeando sin cesar.
—Bien. ¿Qué más?
—Haré lo que me digas que haga.
Su pecho sube y baja con una respiración satisfecha. Pero entonces dice:

170 —Todo eso está muy bien, cariño, pero no es lo que quiero y tú lo sabes. Sé que
lo sabes.
—Pero yo…
Siento cómo baja con su pistola, más abajo de mi ombligo, rozando mi pelvis antes
de tocarme allí. Justo donde estoy húmeda y palpitante. Y estoy tan húmeda y palpitante
que el cañón casi se desliza a través de mi núcleo. Casi se desliza a través de él, y justo
cuando empieza a moverlo arriba y abajo, dice:
—Dame lo que quiero.
—Pero Arsen, yo…
—Dímelo.
Oigo sus palabras. Las oigo. Pero no sé qué significan. Ya no sé nada, excepto lo
bien que me siento. Cómo quiero que siga haciéndolo. Que siga moviendo su arma arriba
y abajo por mi interior.
Ante mi continuo silencio, repite:
—Ahora, nena.
Tengo los ojos cerrados con fuerza. Mi mente es un torbellino. Mis caderas se
balancean contra esa pistola y soy incapaz de resistirme a sus exigencias.
—No te mentiré. Te lo prometo. No lo haré.
Siento cómo le vibra el pecho con cada respiración antes de susurrarme al oído:
—Entonces dime tu nombre.
Al oír esto, la conciencia me golpea y abro los ojos de golpe.
—¿Qué?
—Porque ambos sabemos que no es Peyton —susurra.
Intento dejar de retorcerme, pero él sigue moviendo la pistola a lo largo de mi
cuerpo, y lo único que puedo hacer es tartamudear:
—Pero yo…
—Porque el nombre que firmaste en ese papel empieza por R, y si no me lo dices,
voy a perder los estribos. Voy a perderlos, cariño, ¿entiendes? Necesito saber tu nombre.
—Sigue empujando mientras confiesa—: Necesito saber el nombre de la chica con la que
me masturbo todas las noches y con la que me corro como un adolescente. Y luego,
satisfecho, duermo con su aroma. Conozco el sabor de su coño, pero no sé su nombre.
Sé que voy a matar a su papá por ella, pero no sé cómo llamarla. Y durante los últimos
ocho años, cada vez que cierro los ojos, veo fuego. Veo sangre y paredes de concreto y
ventanas enrejadas. Pero hace seis meses, pasó algo. Mis pesadillas desaparecieron y
veía cielos tan azules como sus ojos, un sol tan dorado como su pelo. Veía piel rosada y
curvas suaves en lugar de paredes de bloques de hormigón. Así que necesito saber el
171 nombre de la chica que me hizo soñar cuando pensaba que mi destino eran las pesadillas.
Más tarde, pensaré en las repercusiones de esto. Pensaré en lo tonta que he sido.
En lo peligrosamente estúpida. Por ahora, se me escapa.
—R-Reverie —susurro por fin—. Mi nombre... es Reverie.
Y entonces me corro.
Porque me acaricia el clítoris con el cañón de su pistola cargada y porque dice con
un largo suspiro que ha estado conteniendo durante mucho tiempo:
—Como un sueño.
Y siento un gran alivio. Una gran ligereza al decir por fin la verdad, al saber que ya
no tengo que fingir; por no hablar del orgasmo que, cuando por fin se calma, me deja los
ojos cerrados y los labios flojos.
—La mejor amiga de Peyton. Mi madre era su niñera y mi papá trabajaba en el
rancho. Me pidió que le hiciera su trabajo de sociología porque estaba suspendiendo. Y
le dije que sí porque haría cualquier cosa por ella. Pero entonces te escribí y... seguí
escribiendo. Seguí escribiendo incluso cuando ya no era necesario porque no podía
evitarlo. Porque me gustaba. Me encantaba. Y luego nos conocimos y quería decírtelo.
La verdad. En la cafetería, pero tú... pero entonces descubrí quién eras y... huí. Tenía que
hacerlo. No podía decirte la verdad porque tenía que proteger a Peyton. Por quién eres.
—Sin dejar de mirarlo, continúo—: Te mentí porque eres igual que él. Eres igual que mi
padre.
Siento cómo se pone rígido detrás de mí, pero no dejo que eso me detenga ahora
porque necesito sacarlo todo. Todo. Cada pequeño detalle de mi sórdida historia.
—Lo cual es una locura, porque siempre pensé que el hombre que nos salvó a mi
madre y a mí nunca podría ser como mi papá. Tú eres ese hombre. Tú me salvaste. Hace
ocho años, nos fuimos del rancho porque alguien entró a medianoche. Alguien con una
máscara. Intentó matar al señor Turner, así que dijeron que ya no era seguro para
nosotros vivir allí. Nos llevaron lejos y yo estaba muy feliz porque pensaba que por fin
estaríamos a salvo. Que por fin mi papá no podría alcanzarnos. Pero me equivoqué.
Creo que siento sus dos brazos rodeándome, pero, de nuevo, no dejo que eso me
detenga porque necesito sacarlo.
—Sí nos encontró, a ella. La empujó por las escaleras. Lo vi. Estaban discutiendo
por algo, como siempre, y lo vi empujarla. Le digo a la gente que no estaba en casa la
noche que murió mi mamá. Les digo que probablemente fue un accidente que se cayera
por las escaleras. Pero no lo fue. Yo estaba allí. Estaba escondida detrás del sofá porque
pensaba que iba a venir por mí. Pero no lo hizo. Se marchó. La vio caer. Se quedó de pie
ante su cuerpo sangrante y luego se marchó. Y yo... nunca pensé que tú serías como él.
Nunca pensé que el hombre que me salvó hace ocho años me mataría algún día. Ahora

172
vas a matarme, ¿verdad? Porque no soy quien creías que era. No soy una Turner. ¿Puedo
preguntarte algo?
—Lo que quieras.
Lo oigo decirlo en un susurro entrecortado y le hago la pregunta que me muero
por hacerle.
—¿Cómo se llama?
No tengo que decirle de quién estoy hablando, y no sé cuánto tiempo pasa antes
de oír:
—Annie.
Sonrío levemente, con la cabeza demasiado pesada para mi cuello en este
momento.
—Es bonito. Ella tiene suerte. De que la quieras tanto como para hacer esto por
ella.
—Hice una promesa.
Asiento con la cabeza, que ahora se me cae hacia adelante, rozando mis brazos
extendidos.
—¿Puedes prometerme algo tú también?
Me agarra la nuca para sostenerme y repite:
—Lo que sea.
—Prométeme que cuando me mates, lo harás rápido. No quiero estar en una cama
de hospital, en coma durante días antes de que me desconecten. Como le pasó a mi
madre. Así que prométeme que me matarás de inmediato para que no duela. Para que
no…
Olvido lo que iba a decir. Probablemente porque mi cuerpo se rinde y me
desplomo contra él. Lo último que recuerdo antes de flotar es que él corta la cuerda que
hay arriba y baja mis brazos flácidos. Antes de levantarme del suelo y rodearme con sus
brazos con tanta fuerza que, por primera vez en mi vida, me siento segura.
Incluso de él.
173
Para: Peyton Turner
De: Bo Porter

174 Peyton,
Nunca he andado con rodeos y no voy a empezar ahora. De hecho, he sido tan
franco contigo que he llegado a parecer un imbécil. Así que, antes de decirte nada,
quiero que sepas que me han concedido la libertad condicional.
Saldré el viernes.
La audiencia fue la semana pasada y admito que debería habértelo dicho. No lo
hice porque soy un idiota. Porque sé que esto es solo un sueño para ti. Una fantasía
sobre el papel. Una forma segura de vivir una aventura. El delincuente al que has estado
escribiendo y que de repente está al otro lado de los barrotes es todo lo contrario.
Lo entiendo. También entiendo que lo que voy a decirte es probablemente lo
último que debería decirte. Si alguien más te hubiera dicho esto, te diría que huyeras.
O que llamaras a la policía. Te diría que rompieras su carta en pedazos y que nunca le
respondieras.
Pero tengo que hacerlo.
Estaré en la cafetería de la universidad el próximo martes a las once de la
mañana (más o menos a la misma hora a la que suelo recibir tus cartas en la cárcel).
Pediré una taza de café y buscaré un asiento con vista directa a la entrada. Me sentaré
allí durante una hora, hasta que el reloj marque las doce, mirando la puerta, con la
esperanza de ver entrar a una chica con un vestido blanco.
Te cuento esto porque quiero que esa chica seas tú. La chica que llenó mis días
solitarios con sus palabras.

Bo
175
LO VEO antes de llegar.
Rawhide. El rancho Grayson.
Escrito en blanco en un letrero colgante de madera oscura. Las palabras están
176 flanqueadas por una elegante R a ambos lados, igual que la de la gorra que lleva. El letrero
parece viejo, con grietas que atraviesan la madera y se adentran en las letras pintadas.
Como si llevara ahí años, décadas. Quizá por eso parece tan majestuoso a pesar de esos
pequeños golpes y astillas. Por su tenacidad para seguir en pie año tras año.
O tal vez sea el hecho de que se alza sobre un fondo de un vasto cielo azul y
ondulantes campos verdes. Por no mencionar las montañas que se alzan en la distancia.
Viví en Black Rock durante los primeros once años de mi vida, pero no creo haber visto
nunca un cielo tan azul ni un suelo tan verde. Ni las cimas de las montañas lejanas tan
afiladas y blancas como la nieve.
No sé qué esperaba encontrar en Rawhide, pero... en realidad, olvídalo. Sé lo que
esperaba encontrar. Algo en ruinas. Algo abandonado y, sí, lleno de peligros. Carteles
oxidados, vallas rotas, tierra quemada. Pero es como algo sacado de un libro ilustrado.
A medida que nos acercamos a la entrada, se ven más cosas. Árboles altos en
plena floración; un sinuoso camino de tierra justo detrás del letrero que conduce a una
mansión de madera tan extensa y majestuosa que hace palidecer al bungaló de Wildfire.
Basta con ver el porche que la rodea y esos gruesos pilares pulidos. Hay una amplia
escalera que conduce al porche y sillones mecedoras acolchados que parecen los más
cómodos que he visto nunca después de montar a caballo durante casi una semana. Pero
lo más llamativo de esta mansión/casa es sin duda su enorme fachada frontal. Está hecha
de troncos horizontales apilados del mismo color que el letrero, aunque la madera aquí
está más pulida y parece restaurada, lo que le da un aspecto rústico y moderno a la vez.
Sin embargo, la mansión no es el único edificio de la propiedad. Mientras seguimos
el camino, veo un barracón y un granero más adelante. También hay un corral, justo al
lado del granero, con caballos dando vueltas alrededor de la valla de madera. Todo
parecería muy normal si no fuera porque un grupo de peones del rancho, con sus
chaparreras de cuero y sus sombreros de vaquero, están apoyados en la valla,
observando cómo un caballo intenta desmontar a su jinete. El hombre que está en la silla
intenta sostenerse, con las manos agarradas a las riendas, pero es obvio que no le resulta
fácil. El caballo no deja de dar coces con las patas traseras, sacudiendo el cuerpo como
una ola.
Por encima de los fuertes relinchos y el ruido de los cascos, oigo a los hombres
maldecir y gritar. Aplauden cuando el caballo se encabrita con tanta fuerza que el hombre
sale disparado de la silla y abuchean cuando, a pesar de ello, consigue mantenerse
montado. Entonces, un segundo después de ese casi accidente, el caballo da una
sacudida tan fuerte que sus patas delanteras se elevan del suelo en una nube de polvo;
y por mucho que el hombre se aferre a las riendas, se le resbalan y sale volando de la
silla en un arco, golpeando el suelo con un ruido sordo. A continuación, se oye una ronda
de aplausos y silbidos.
Estoy tan metida en todo esto que me siento derecha y jadeo. Y entonces oigo un

177
murmullo:
—Jodido fanfarrón.
Lo cual me recuerda mi propia situación desesperada.
Detrás de mí, siento que se mueve y luego desmonta con la elegancia de siempre.
Como si no hubiéramos estado montando durante horas y cada músculo de su cuerpo
no estuviera gritando con un dolor profundo como el mío. Y, como siempre, se queda ahí,
con los brazos en alto y el rostro impasible, para ayudarme a bajar como si todo fuera
normal. Como si la semana pasada no hubiera pasado. O la noche anterior. Como si no
supiera mi verdadero nombre y yo siguiera siendo su esposa, aunque no lo sea
realmente.
Él lo sabe y yo no.
No tengo energía; no tengo ganas de fingir lo contrario. Ni siquiera pensaba que
estaría viva para ver el día de hoy, y estoy harta de todas las mentiras. Así que acepto su
ayuda sin decir nada y bajo. En cuanto mis pies descalzos tocan la grava, oigo a alguien
exclamar detrás de mí:
—Joder.
Me doy la vuelta y veo al grupo de hombres frente a nosotros, que ahora nos
observan como si fuéramos un espectáculo. Algunos con confusión y otros con sorpresa
y familiaridad. Sin embargo, uno de ellos se pone en movimiento. Ya está avanzando
entre el grupo y caminando hacia nosotros. Creo que es él quien ha dicho esas palabras.
Cuando echa a correr, me doy cuenta de que es el jinete que se ha caído, a juzgar por
su ropa polvorienta y su mejilla arañada. Además, no es un hombre. O más bien, es
demasiado joven para ser llamado así. Al menos mucho más joven que el hombre que
está a mi lado. Sin embargo, antes de que pueda hacer ningún otro juicio sobre el recién
llegado, llega hasta nosotros y abraza a Arsen con fuerza, y su sombrero Stetson se le
cae de la cabeza con el movimiento.
Y cuando digo fuerte, lo digo en serio.
Aunque su abrazo a Arsen no es nada comparado con el que Arsen le da a él,
rodeándolo con los brazos y apretándolo con tanta fuerza que los pies del joven casi se
despegan del suelo y este suelta una carcajada. Me refiero al joven, no a Arsen.
Creo que está demasiado ocupado sintiendo una oleada de emociones como para
reírse o siquiera esbozar una sonrisa en este momento. No lo creería si no lo estuviera
viendo con mis propios ojos, pero los rasgos normalmente impasibles y duros de Arsen
están ligeramente fruncidos y se dibujan en ellos lo que solo puedo describir como
nostalgia. Hay un brillo húmedo en sus ojos oscuros que es tan intenso, como el sol del
mediodía, que siento la necesidad de parpadear para proteger mis propios ojos del
resplandor.
Pero no me atrevo porque no quiero perderme este reencuentro.
Eso es lo que es, ¿no? Un reencuentro después de ocho años. También creo saber
178 quién es el chico más joven: Axton. Es el primero en separarse y, tan pronto como lo
hace, se echa hacia atrás y le da un puñetazo a Arsen. Solo el sonido de la carne
golpeando la carne me hace estremecer, pero Arsen, aparte de girar la cabeza hacia un
lado, apenas se mueve. Ni siquiera se lleva la mano al lugar del golpe ni lo reconoce de
ninguna manera.
—Eso es por ser un imbécil cada vez que iba a verte y no querías verme —gruñe
el chico más joven.
Arsen simplemente lo mira y baja la barbilla.
—Tomaré nota.
Observo cómo los hombros de quien podría ser Axton suben y bajan con sus
pesadas y ruidosas respiraciones.
—Te ves... viejo.
Ante esto, Arsen finalmente suelta una carcajada.
—Ocho años son mucho tiempo, ¿eh?
Sus hombros vuelven a agitarse.
—Sí. Un tiempo jodidamente largo.
Arsen aprieta la mandíbula por un segundo antes de decir secamente:
—Tú, sin embargo, sigues igual.
El tipo se ríe entre dientes.
—Vete al carajo. —Luego, negando con la cabeza, añade—: No puedo creer que
hayas vuelto, carajo.
Otra mirada de nostalgia se refleja en el rostro de Arsen antes de volver a
mostrarse impasible, como siempre, con un toque de condescendencia.
—Sí, bueno, han pasado ocho años y nada ha cambiado. Aún te van a romper el
cuello y acabarás muerto antes de poder beber legalmente.
—¿Qué, eso? —Señala con el pulgar por encima del hombro—. Solo fue una
pequeña apuesta para ver quién conseguía domar primero a ese bronco.
—No parece que estés ganando.
—¿Estás bromeando? —Axton descarta sus objeciones con un gesto—. Soy el
único que ha estado sobre ese caballo durante casi treinta segundos. Ha pasado una
semana desde que Rad lo rescató de un auténtico imbécil. Nadie ha sido capaz de tocarlo,
y mucho menos montarlo.
Arsen le lanza una mirada que solo puedo calificar de superior.
—Bueno, eso está a punto de cambiar, ¿no? Porque, como has dicho, he vuelto.
No lo veo porque Axton me da la espalda, pero siento que pone los ojos en blanco.

179 —Creo que deberías preocuparte menos por mí y más por ti. Porque, ¿dónde
diablos está tu camisa?
Antes de que Arsen pueda decir nada, oímos un grito, el de una mujer, que
proviene de la mansión. Menos mal. No estaba preparada para oír su respuesta.
—Axton Jonah Grayson, mete tu perezoso trasero en la casa y recoge tus
calzoncillos del suelo ahora mismo o voy a perder los estribos. No soy tu maldita...
La voz se apaga, porque la mujer a la que pertenece baja corriendo las amplias
escaleras y se tropieza con la escena que tiene delante. Con esto quiero decir que ve a
Arsen y se detiene de repente. Frunce el ceño y abre la boca, una reacción similar a la
del chico más joven.
¿Es esta Annie?
En cuanto ese pensamiento cruza por mi mente, me avergüenzo de él. Por varias
razones. Entre ellas, que este momento potencial es mucho más importante que mi inútil
fascinación por una chica que sé que es importante para el hombre con el que me vi
obligada a casarme. Tan importante que está dispuesto a quemar el mundo en su
búsqueda de venganza por ella. Tan importante que creo que la ama.
La ama, ¿verdad? Porque no se llega tan lejos por alguien a quien no se ama.
Y esta mujer, es hermosa. Puede que sea la chica más hermosa que he visto
nunca. Tiene el pelo más negro y brillante, que le llega más allá de las caderas, y su piel
es de un hermoso tono bronceado, lo que me hace pensar que puede ser de ascendencia
nativa americana. Sus ojos son felinos, con extremos arqueados y pestañas oscuras. Y
sus labios son carnosos y de color rosa oscuro, con una curva seductora. Con una camisa
a cuadros, vaqueros ajustados y botas vaqueras, parece estar en su casa. Como si
perteneciera a este rancho. Me pregunto cómo será eso.
Veo cómo pronuncia el nombre de Arsen antes de salir corriendo, igual que Axton.
Corre por el camino, con su largo pelo ondeando detrás de ella, y justo delante de mis
ojos, salta a los brazos de Arsen. Sus pies se despegan del suelo y sus brazos se enrollan
alrededor de su cuello como si nunca fuera a soltarlo.
A mi pesar, me llevo una mano temblorosa al vientre. Siento un dolor agudo allí
abajo que solo aumenta cuando veo a Arsen meciéndola en sus brazos. Oigo un suave
sollozo escaparse de ella mientras esconde su bonito rostro en el lado de su cuello.
Como yo hice.
Como lo he hecho durante la última semana. He enterrado mi rostro allí mientras
cabalgábamos durante horas por el traicionero bosque. He dormido con la nariz enterrada
en él. Anoche encontré consuelo en él cuando me salvó la vida. Pero ahora es suyo, ese
lugar, y Dios, yo...
Quiero golpear algo. Quiero golpearlo a él. Él es el responsable de esto. Él es el
180 responsable de toda mi miseria y de estos locos sentimientos contradictorios.
Ella finalmente se separa de él y él la baja. Y entonces, al igual que Axton, la posible
Annie se echa hacia atrás y le da un puñetazo en la cara. Esta vez el sonido no es tan
fuerte como antes, pero aun así hago una mueca de dolor. Ella hace una mueca antes de
sacudir la muñeca. Luego, señalando con esa misma mano en su dirección, declara:
—Te lo merecías.
Esta vez, él se toca la mandíbula mientras dice con voz arrastrada:
—Al parecer, esa es la opinión general.
Sin embargo, ella no se lo toma a broma y le da un golpe en el pecho.
—¿Tienes idea de lo asustados que estábamos todos? —No espera a que Arsen
responda y continúa—: ¿Ni la más mínima idea? Lo único que dijo el señor Grayson es
que no volverías a casa hasta dentro de unos días. Que te habían retenido.
Esta vez, Arsen sí intenta intervenir.
—Es que…
—Después de ocho años —lo interrumpe—. Estuviste en la cárcel, Arsen, durante
ocho años. ¿Y luego sales y no puedes volver a casa? ¿Qué se supone que debemos
pensar?
—Estoy bien —dice Arsen en voz baja.
—No, no lo estás —insiste—. No puedes estarlo. Estás completamente loco, eso
es lo que te pasa. Escuché al señor Grayson la otra noche, ¿de acuerdo? Lo hice. Tu
hermano nunca comparte nada, pero lo escuché. Te casaste con la chica Turner. ¿Estás
loco? ¿Estás completamente loco? ¿Has perdido la cabeza? Porque esa gente…
En ese momento, todo se detiene, porque por fin todos se fijan en mí. Sin embargo,
no es culpa suya por no haberlo hecho antes. He estado como replegándome desde que
Axton irrumpió en escena. No me parecía bien estar tan cerca de ellos. De todos los
Grayson. No por quiénes son, sino porque es evidente que son una familia. Del tipo que
yo nunca he conocido. No importa cómo ni en qué circunstancias haya llegado aquí, sigo
sintiéndome como una intrusa. En cualquier caso, ya no hay forma de esconderme. Soy
el centro de su atención.
Axton se inclina hacia la chica y murmura, lo suficientemente alto como para que
yo lo oiga:
—Creo que es hora de callarse.
Ella se vuelve hacia él y le da un puñetazo en el brazo, lo que hace que Axton grite:
—¡Ay! —Luego, volviéndose hacia mí, se disculpa—. Lo siento mucho. No quería…
—Pero entonces se calla al mirarme de verdad. Sus bonitos ojos oscuros pasan de mi

181 pelo rebelde y despeinado a mis pies descalzos y sucios, y a todo lo demás. Mis rodillas
raspadas, mis brazos cubiertos de suciedad. Pero sobre todo mi vestimenta.
La camisa que llevo puesta, que me queda grande y que claramente pertenece a
otra persona. Como el hombre que está detrás de ella. Mi marido forzado y ella... lo que
sea.
Annie se vuelve hacia Arsen y lo empuja en el pecho.
—¿Qué le has hecho?
Él respira hondo y sus fosas nasales se dilatan. Pero antes de que pueda
responder, sus ojos se posan en algo detrás de mis hombros y su rostro se endurece. De
hecho, toda su actitud se pone en alerta. No solo la suya, sino también la de Axton. Incluso
la de Annie, tal vez. Todos se ponen en fila, con Arsen ampliando su postura y Axton
aclarando la garganta. Pero el mayor cambio se produce en ella. Pasa de ser una chica
fogosa a una de aspecto recatado. Se coloca su precioso pelo detrás de las orejas y baja
la mirada, limpiándose las manos en los muslos. De alguna manera, eso la hace parecer
más joven que antes, y yo le había echado unos veinte años. Sigo su mirada para
descubrir el motivo de este cambio repentino, y ahí está.
Un hombre.
Alto y corpulento, incluso más que Arsen, y con un aspecto muy serio. Tiene el
pelo oscuro, por lo que puedo ver, ya que lleva un sombrero Stetson negro, muy parecido
al de Arsen y Axton, pero con mechones plateados. También se riza como el de Arsen,
pero no como el de Axton, cuyo pelo, ahora que se ha quitado el sombrero, veo que es
lacio y puntiagudo. Sus ojos también son oscuros, pero con un poco de marrón. Se
parecen más a los de Axton, ya que los de Arsen suelen ser más bien negros azabache.
Pero a diferencia de sus dos hermanos -porque creo que estoy viendo a Marsden
Grayson en este momento- tiene bigote. Una clásica forma de herradura que hace que
su mandíbula cuadrada parezca aún más angulosa y ancha.
En silencio, observa la escena, pasando la mirada de un extremo al otro de la fila,
empezando por Axton, luego Annie y finalmente Arsen, donde se detiene durante un largo
momento. Luego, con una voz ronca que también se asemeja a la de Arsen, dice:
Lo lograste.
Arsen lo mira fijamente durante unos segundos más antes de asentir.
—Parece que sí.
Marsden exhala un suspiro y cambia el peso de un pie al otro.
—Bienvenidos a casa.
Noto cómo el pecho de Arsen se estremece con su siguiente respiración. Es un
movimiento muy sutil, pero he estado tan cerca de ese pecho durante tanto tiempo que
puedo percibirlo. Sin embargo, no estoy segura si alguien más lo ha notado. O si han
captado un ligero tono áspero en su voz cuando responde:

182 —Me alegro de estar de vuelta.


Luego, sin más respuesta, el hermano mayor de Arsen se vuelve hacia mí, y yo
retrocedo un poco ante su repentina atención. Odio acobardarme, pero hay algo en su
tranquila autoridad que me hace obedecer también. Mientras que Arsen Grayson me
recuerda a un fuego siempre ardiente que puede rugir y envolverme a la menor
provocación, Marsden Grayson me hace pensar en un mármol duro y frío que me congela
con una sola mirada.
Por no mencionar que mi estado de desnudez me hace sentir aún más tímida de
lo habitual.
Antes de que pueda recuperar el equilibrio y enderezar la espalda, de repente me
encuentro mirando la espalda montañosa y marcada de mi esposo. No sé cómo ha
sucedido, porque él estaba allí al otro lado, pero ahora está aquí, delante de mí, entre su
hermano y yo. No voy a mentir, eso alivia un poco mi inquietud y me permite respirar con
más tranquilidad. Aunque no creo que su red de seguridad vaya a durar mucho más.
¿Cómo podría ser posible si ahora sabe la verdad?
Por encima del hombro de Arsen, oigo a Marsden preguntar:
—¿Es esta la chica?
Noto cómo se le mueven los omóplatos al respirar antes de responder:
—Reverie.
—¿Qué? —dice su hermano.
—Ese es su nombre —responde Arsen en voz baja.
Probablemente debería prestar más atención a la conversación; aquí podría
decidirse mi destino. Pero sigo aturdida por el hecho de que sea la primera vez que lo
dice.
Mi nombre.
Anoche, cuando le conté la verdad, repitió mis palabras de la carta y me llamó
soñadora. Pero nunca lo dijo realmente. No sé si es algo bueno o malo. Porque si hubiera
dicho mi nombre anoche, probablemente habría muerto en ese mismo instante, después
de cómo me había exprimido, tanto emocional como físicamente. Y si lo hubiera hecho,
probablemente no tendría que enfrentarme a toda su familia aquí, con su camisa puesta.
Tal y como están las cosas, estoy a punto de desmayarme por lo rápido que late
mi corazón en este momento. Qué diferente suena mi nombre en su voz, qué nuevo.
Como si fuera la primera vez que lo oigo. Como si nadie hubiera dicho Reverie antes que
él.
—¿Qué? Pero creía que se llamaba Peyton.
Esto lo dice un confundido Axton, y mi corazón da un vuelco. Sabía que iba a pasar.
De hecho, pensé que ese momento había llegado. Pero ahora que está sucediendo en
183 tiempo real, no estoy realmente preparada para ello.
Aparte de su evidente vínculo entre ellos, sé que todos son peligrosos y capaces
de hacer cosas malas. Y aunque, extrañamente, ya no me importa lo que me pase a mí,
sí que me importa mucho proteger a mi mejor amiga. Sin embargo, no tengo ni idea de
cómo voy a hacerlo. Me he pasado toda la mañana pensando en ello, pero sigo sin tener
ni idea. La única razón por la que no estoy completamente histérica en este momento es
porque Peyton sigue muy, muy lejos de este lío; y Dios, espero poder encontrar alguna
forma de mantenerla a salvo antes de que sea demasiado tarde.
O antes de que todos me maten. Lo que ocurra primero.
—¿No es así como se llama la chica Turner? —Continúa Axton, con el ceño
fruncido.
Arsen dirige su atención hacia su hermano menor y, con la mandíbula apretada y
un gruñido, responde:
—Ella no es la chica Turner.
Un escalofrío me recorre la espalda por la forma en que lo dice. Es ira, pura y clara,
ardiente. Puedo sentir el calor de esa ira enfocada en mí, aunque ni siquiera me ha mirado
una sola vez durante toda esta conversación. Lo que me hace darme cuenta de que no
me ha dirigido ni una sola palabra en toda la mañana, ni una sola.
Estaba tan absorta en mis propios pensamientos que no me había dado cuenta
hasta ahora, y sé por qué. Está absolutamente enfurecido porque le arruiné sus planes.
Es decir, sabía que lo estaría, pero no sabía hasta qué punto. Tampoco sabía que me
sentiría... culpable por arruinarle las cosas. Pero no puedo evitarlo. Lo está haciendo por
amor, ¿no? Y no puedo culparlo por ello.
La gente hace locuras por amor.
—¿Qué carajos? Entonces, ¿quién es...?
—Está bien, ¿puedo decir algo? —interrumpe la chica, la chica por la que
probablemente me ha secuestrado.
Al igual que Arsen, rompe la fila para llegar hasta donde estoy yo, agarrándome el
dobladillo de la camisa, tratando de desaparecer. Arsen, al verla acercarse, se mueve y
se coloca entre ella y yo, y Dios, tengo que decir que también le estoy agradecida por
eso. No estoy muy orgullosa de ello, pero lo aceptaré. Porque sé que no voy a tener su
protección por mucho más tiempo.
La chica me dedica una pequeña sonrisa antes de lanzarle una mirada a Arsen.
Entonces, sorprendentemente, centra su atención en Marsden.
—Sé que todos tenemos preguntas, pero ambos parecen muy cansados. Creo que
al menos deberíamos llevarlos adentro y darles tiempo para que se refresquen y coman
184 algo antes de que todos nos abalancemos sobre ellos.
Antes de que Marsden pueda responder, Arsen le hace un gesto con la barbilla. Al
parecer, es una forma no verbal de comunicarse que ella entiende perfectamente. Porque
le dedica una pequeña sonrisa antes de volverse hacia mí. Sus hermosos ojos marrones
son suaves, al igual que su sonrisa, mientras se presenta con un tono que solo puedo
describir como amable:
—Hola, Reverie. Encantada de conocerte. Bienvenida a Rawhide. Me llamo Haven,
¿de acuerdo? ¿Por qué no entras conmigo y te enseño dónde puedes refrescarte?
Parpadeo.
—¿H-Haven?
Dios mío, no es Annie. El alivio que siento me hace temblar las rodillas y los labios.
Hay que reconocer que su sonrisa no se ve afectada por mi extraña reacción.
—Sí. ¿Vamos? Seguro que quieres salir de aquí.
Sí. Muchísimo.
Y antes de que pueda pensar realmente en las repercusiones o en si puedo confiar
en ella o no, asiento. Su sonrisa se amplía y me indica que la siga. Por un segundo, antes
de irme, siento una loca necesidad de mirarlo.
El hombre que me trajo aquí.
Por alguna razón, siento que es un momento importante. El momento en el que
nuestro viaje surrealista, una pesadilla inducida por alguna droga que comenzó en el
callejón donde me agarró, no, que comenzó con la primera carta que le escribí, está
llegando a su fin. Como si esto fuera una especie de despedida ahora que él sabe la
verdad y estamos en Rawhide.
Sin embargo, lo descarto. Esto no es un adiós. Sigo atrapada aquí, ¿no? Mi mejor
amiga podría seguir en peligro. Por mucho que se me oprimiera el pecho al alejarme, no
miré atrás. Ni siquiera para comprobar si él me miraba, porque podía sentir que los
hermanos Grayson me observaban mientras me alejaba.
Una vez dentro de la mansión, Haven me lleva a través de una sala de estar y un
comedor de concepto abierto que conduce a una serie de pasillos que no tengo ninguna
esperanza de recordar jamás. Pero, aun así, puedo decir que el interior de este lugar es
tan grandioso como el exterior. Techos tan altos como el cielo con vigas de madera
paralelas entre sí; las paredes y los pisos hechos de la misma madera oscura que la
fachada. La habitación a la que me lleva me recuerda a la cabaña de caza en la que
desperté mi primer día. Excepto que la cama es aún más grandiosa, con un gran cabecero
de madera y sábanas oscuras y sedosas, y las paredes de madera, afortunadamente,
carecen de cabezas de oso.

185
Veo a Haven dirigirse directamente a una puerta que abre para revelar un enorme
cuarto de baño con dos grandes lavabos y suelo de baldosas. Antes de que pueda ver
nada más, vuelve con un par de mullidas toallas blancas.
Me sonríe y dice:
—Menos mal que lo tenía todo preparado para su regreso. —Me ofrece las toallas
y, sin saber qué más hacer, las agarro—. Como puedes ver, el baño está ahí. Puedes
darte una ducha o hay una enorme bañera que también puedes usar. También he dejado
un cepillo de dientes nuevo y todos los artículos de aseo y demás. —Arruga la nariz—.
Pero te aviso: son todos muy básicos. Como una pastilla de jabón y una botella de
champú, ni siquiera hay acondicionador. Pero eso es lo que él usa, así que eso es lo que
le he comprado. Es solo que… —Suspira, con la mirada perdida—. Quería que se sintiera
como en casa, ¿sabes? Quería que pensara que no había pasado el tiempo y que todo
seguía igual. Así que compré todas sus cosas favoritas, puse sus sábanas favoritas,
aunque todas sus sábanas son prácticamente del mismo color; le compré ropa nueva, del
tipo que le gusta; planché algunas de sus viejas favoritas. Aunque, sinceramente, no creo
que le vayan a quedar bien ya, y yo solo…
Se queda en silencio durante unos instantes, con los ojos marrones brillando de
dolor. Luego, parece sacudirse y continúa:
—En cualquier caso, si quieres, puedo prestarte mis cosas hasta que consigamos
las tuyas, ¿de acuerdo?
Sé que espera una respuesta, pero no consigo concentrarme lo suficiente como
para dársela. En cambio, le hago una pregunta:
—¿Quién eres? —Luego, avergonzada, cierro los ojos con fuerza—. Quiero decir,
sé que eres Haven. Pero yo... no…
Ella parece comprender el problema que tengo, así que, una vez más, me ayuda.
—Soy la esposa del señor Grayson.
Frunzo el ceño, confundida.
—¿La de Marsden?
Ella levanta las cejas.
—Sí, él es el único señor Grayson en este rancho. —Luego, para explicarse,
añade—: Los otros dos son solo dos chicos con los que crecí, Arsen y Ax. Si alguna vez
me dijeran que los llamara señor Grayson, saben que les daría un puñetazo en la cara.
Esto es... extraño. Todo ello.
Me plantea más preguntas que respuestas. ¿Por qué llama señor a su propio
esposo? Además, ¿qué edad tiene? Sé que el hermano mayor de los Grayson tiene
cuarenta años y Haven no puede tener más de veintidós o veintitrés. Pero, más allá de
eso, si ella es la señora Grayson, esencialmente la dueña de este rancho, ¿por qué me
está ayudando?
186 No puedo confiar en ella, ¿verdad? Por muy extrañamente amable y simpática que
parezca.
—Veo que eso te preocupa aún más —observa acertadamente.
Aprieto las toallas contra mi pecho.
—No puedo... estás casada con uno de ellos. Probablemente estés involucrada en
todo esto y...
Sus rasgos se suavizan aún más.
—Sé que no tienes motivos para confiar en mí, pero no lo estoy. Ni siquiera sé de
qué va todo esto. No sé por qué él… —Parece buscar las palabras mientras me observa—
. No sé por qué te trajo aquí. Si te sirve de consuelo, ninguno de nosotros lo sabe. Todos
pensábamos... bueno, ya viste lo que pensábamos, y te pido disculpas de nuevo por
haberme dejado llevar allí atrás. Lo único que sé es que no quieres estar aquí. Y que estás
asustada. Puedo verlo. Y estás herida —mira fijamente mis muñecas y mis piernas
desnudas—, y no importa si eres una Turner o no, al menos puedo ofrecerte una ducha,
algo de comida y descanso. Eso es todo. No es gran cosa. No me deberás nada y,
después de esto, ni siquiera tendrás que hablar conmigo si no quieres. Pero supongo que
somos chicas, ¿no? Las chicas tenemos que apoyarnos unas a otras y esto es lo menos
que puedo hacer.
Es sincera, eso lo veo claro. Y si no lo es, entonces tiene que ser una actriz
excelente. En cualquier caso, asiento, todavía con las toallas apretadas contra el pecho.
—¿Esta es... —me humedezco los labios agrietados—, su habitación?
Sus ojos se agrandan y jadea.
—Mierda, no pensé en eso. Probablemente no quieras estar aquí después de todo
lo que pasó. Déjame buscarte otra…
—No. —La detengo, con el corazón acelerado y oprimido al mismo tiempo—. Está
bien... no me importa.
Por muy loco que parezca, quiero estar en su habitación. Me ayuda a respirar
mejor. Pero no sé cómo explicárselo. Resulta que no tengo que hacerlo porque, de alguna
manera, lo entiende perfectamente.
—De acuerdo, entonces. Te dejo aquí. Pero me aseguraré de que él se mantenga
alejado. —Me mira a la cara—. ¿De acuerdo?
Exhalo un suspiro de alivio y asiento.
—Sí. Por favor.
Su sonrisa es a la vez triste y comprensiva.

187 —De acuerdo.


Y luego se va y yo me quedo aquí, sola en esta habitación que era suya antes de
que lo encerraran. Sintiéndome nerviosa y segura a la vez.
Dark Stallion

LA PUERTA DEL despacho de mi hermano se abre con un chirrido.


188 Entro y la rendija entre la tercera y la cuarta tabla del piso cruje al pasar por encima.
Me adentro más y veo que, mientras que la pared izquierda está completamente cubierta
de fotos de nuestra infancia, la derecha tiene estanterías de extremo a extremo, repletas
de pesados libros de texto y ediciones de bolsillo. En el tercer estante desde la derecha
hay un libro titulado Wild Montana, un texto sobre la fauna de Montana. Probablemente
sea el quinto libro, o tal vez el sexto, dependiendo del estado de ánimo de Mars mientras
lo lee. Si encuentro el libro en el quinto lugar, suelo suponer que está enojado. Porque
normalmente va en el sexto, pero cuando está enojado, desordena el orden. Lo cual es
muy importante para mi hermano, que es demasiado organizado.
Hay un escritorio grande con patas gruesas en el centro de la habitación. La
delantera izquierda tiene una pequeña mella porque Ax, de ocho años, le dio una patada
cuando Mars no lo dejó ir al rodeo con sus amigos. En la pared sobre el escritorio hay un
retrato de nuestros padres. Si lo bajas y le das la vuelta, verás los nombres de los tres,
Marsden, Arsenal y Axton, escritos con un marcador rojo Sharpie en el cartón del reverso.
Es obra de Ax.
No voy a mentir, me alegro de que esta sea la primera habitación de la casa en la
que entro después de ocho años. Porque los crujidos y los chirridos pueden ser más
fuertes que antes, pero, aparte de eso, ha cambiado muy poco. A diferencia de la sala de
estar y el comedor por los que acabo de pasar. Pero intento no darle vueltas a todo eso.
Ni a ninguno de los cambios que puedan haber ocurrido en los últimos ocho años.
Con ese propósito, miro a Ax, que está tumbado en uno de los sillones junto al
escritorio, jugando con su teléfono. Luego, mirando a mi hermano mayor, sentado detrás
del escritorio, le pregunto:
—¿Qué hace él aquí?
Ax no le da a Mars la oportunidad de responder.
—Ah, te has vuelto a poner la camisa. Bien. —Luego—: Esto es una reunión
familiar, ¿no? Soy de la familia.
Respiro hondo, contento de notar que el aire todavía huele a cuero y whisky con
un toque de madera. La encarnación perfecta de mi hermano, que lo gobierna todo desde
detrás de este escritorio, pero que, por lo que recuerdo, antes de que murieran nuestros
padres y nuestras vidas cambiaran, quería ser solo un vaquero en lugar de un
terrateniente. Sin embargo, no consiguió esa libertad. No como yo y, desde luego, no
como Ax.
Alejé esos pensamientos y dije:
—Esto no es una reunión familiar.
Finalmente, Mars tiene la oportunidad de responder:
—Tiene que ver con la familia. Y Ax ya tiene dieciocho años. Puede participar.
Sé cuántos años tiene Ax. Si Mars o cualquier otra persona pensaban que había
189 olvidado que mi hermano menor cumplió dieciocho años hace cinco semanas y media,
estaban equivocados. Lo recuerdo. También recuerdo que cuando me encarcelaron, él
me llegaba al pecho, incluso con diez años, pero ahora es tan alto como yo. Su voz aún
era infantil entonces, apenas empezaba a volverse grave. Era todo codos y rodillas, pero
ahora puedo ver la definición de sus músculos a través de la camiseta azul que lleva
puesta. Ahora está más bronceado y las líneas de su rostro han madurado bajo el sol, lo
que me dice que hace ocho años era un vaquero en ciernes cuyo sombrero le quedaba
demasiado grande, pero ahora apuesto a que es tan buen vaquero como cualquiera de
los peones de los ranchos.
Mars se habría asegurado de ello. Como hizo conmigo y con Rad. Y hablando de
eso, sé que mi hermano mayor también ha envejecido. Tiene canas en el pelo y las
arrugas de la frente y alrededor de los ojos son más profundas. Cuando me fui, no había
indicios de que acabaría casándose con la chica con la que Rad, Ax y yo crecimos. Pero
hace poco más de tres años, Mars llamó y nos dio la buena noticia. Sé que celebraron su
tercer aniversario hace dos meses. Bueno, celebrarlo puede ser exagerado, dado que
ella llama a Mars “señor Grayson” como si todavía trabajara para él y él siguiera firmando
sus cheques de pago.
Tuve la oportunidad de verlos durante las visitas, pero después de las primeras
veces, me negué a verlos. Al principio, seguían viniendo, especialmente Axton, pero
como un idiota, no cedí. Era demasiado doloroso mirarlos a los ojos y ver la tristeza y el
arrepentimiento por mí. Por lo que perdí. Por cómo cambió mi vida. No necesitaba eso
de ellos.
No necesitaba su lástima, su dolor. Estaba allí porque me lo merecía y, una vez
que todo esto terminara, seguiría atrapado. En el pasado. En aquella noche de hace ocho
años. Así que no, no necesitaba su compasión. Tampoco necesitaba que perdieran su
tiempo conmigo. Quería que siguieran adelante con sus vidas. Es solo que no sabía lo
difícil que sería presenciar todos esos cambios en mis hermanos.
Ax levanta la vista de su teléfono y me saluda con un movimiento de sombrero.
—Miren, perras, ahora tengo un lugar en la mesa.
Mars tiene un millón de reglas sobre todo. Probablemente era la única forma que
conocía de lidiar con la muerte repentina de nuestros padres y todas las
responsabilidades que heredó. En nuestra familia, cuando cumples dieciocho años, te
inician. Es decir, te revelan los secretos del negocio, los secretos de las tierras, los
secretos sobre la sangrienta historia de los Grayson y los Turner. No estoy seguro de
cuánto ha compartido Mars con nuestro hermano menor, probablemente no mucho, ya
que acaba de cumplir dieciocho años y todavía puedo ver cierta inocencia juvenil en sus
ojos, pero ya llegará.
Mars suspira, posiblemente rezando por tener paciencia con Axton. Y yo decido

190
pasar de ello. Cuanto antes acepte que las cosas han cambiado en mi ausencia tal y como
yo quería, mejor. Así que me siento, indicando mi silencioso acuerdo. Sin embargo, me
arrepiento un segundo después, cuando Ax pregunta:
—Bueno, primera pregunta, ¿qué le ha pasado a tu camisa?
Le lanzo una mirada de advertencia.
—Ax, hijo, ya basta —advierte Mars.
Él levanta los brazos en señal de rendición.
—Está bien. Como quieras.
Finalmente, Mars se recuesta y apoya los codos en los brazos.
—Ahora, ¿te importaría explicar quién es ella?
Aprieto los puños, clavándome las uñas romas en la piel porque sé lo que viene.
Es como una descarga eléctrica cada vez que ocurre, cada vez que los pensamientos
sobre ella pasan por mi cabeza. O como meter la mano en agua hirviendo.
Reverie.
Como un sueño despierto. Yo mismo no podría haber elegido un nombre mejor
para ella. La chica que me devolvió los sueños se llama Reverie. Le queda mucho mejor
que el nombre de Peyton. Pero eso no viene al caso. La cuestión es que he intentado
escapar de ella estos últimos días. Su aroma a ranúnculo con el que me duermo; la forma
de su pequeño y suave cuerpo curvilíneo que parece estar impreso en el mío después
de viajar con ella durante casi una semana; el maldito recuerdo de su sabor que surge en
los momentos menos oportunos. He intentado alejar todas esas cosas, pero no funciona.
Así que ahora simplemente dejo que todo pase a través de mí, dejo que me electrocute,
que me queme antes de seguir adelante.
Aunque no creo que haya forma de seguir adelante después de lo que pasó
anoche. Lo que hice. Mantengo un tono neutro y mi mente concentrada en la tarea.
—Es la mejor amiga. Su madre trabajaba para los Turner.
Mars no se molesta en ocultar su confusión. Levantándose el sombrero, pregunta:
—Si no es la chica Turner, ¿qué hace aquí?
Es difícil mantener la compostura, pero lo consigo.
—Está aquí porque cometí un error.
Al oír esto, los ojos de Mars se vuelven penetrantes y veo que Ax deja a un lado
su teléfono. Pasan varios segundos mientras me examinan con la mirada y pronto
empiezo a perder la paciencia. Necesito terminar con esto para poder salir de aquí.
Porque resulta que mi cerebro jodido también cree que la familia es una multitud, y estoy
empezando a asfixiarme entre estas paredes. Sin embargo, no estoy seguro de dónde
encontraré alivio o dónde pertenezco, porque tampoco es que pueda respirar tranquilo
cuando estoy fuera. Ahí fuera hay demasiado cielo y aire.
191 En realidad, sí sé dónde encontrar alivio. A su lado.
Cuando ella está conmigo, toda mi atención se centra en ella. En mirarla, olerla,
mantenerla a salvo. No me siento inútil. Como un pulgar dolorido que sobresale y cuyo
único lugar es detrás de las rejas. Pero la cuestión es que no merezco alivio. Y tampoco
sé cómo mantener a nadie a salvo, y mucho menos a ella.
Mars es el primero en romper el silencio.
—¿Me estás diciendo que trajiste a casa a la chica equivocada?
Aprieto la mandíbula y dejo que otra de esas descargas eléctricas recorra mi
cuerpo. Esta proviene de la ira hacia mí mismo. Hacia mi absoluta incompetencia.
—Joder. —Axe se incorpora en su silla, con la boca abierta de tal manera que
parece el niño de diez años que era cuando me fui—. La has cagado.
Antes de que pueda responder a la conclusión de Ax, Mars habla:
—¿Lo hiciste?
Exhalando un breve suspiro, admito a regañadientes:
—Al parecer.
Veo cómo su bigote se contrae con creciente ira.
—Así que, en lugar de devolverla al lugar que le corresponde, la trajiste aquí.
—No es una brida que haya perdido —respondo bruscamente—. Es una chica. No
podía dejarla al lado del camino cuando descubrí que era inútil, ¿verdad?
—Entonces no deberías haberla recogido como si fuera una maldita brida.
—Bueno, la retrospectiva es perfecta, ¿no?
Él aprieta la mandíbula.
—¿Cómo es posible? ¿Cómo carajos no te diste cuenta?
Me he estado haciendo la misma pregunta. ¿Cómo carajos pasó?
Anoche, después de descubrir la verdad y de que ella se desmayara, volví a llamar
a Rad y le conté todo. Estaba tan sorprendido como yo. Al parecer, las dos chicas se
parecen y, como siempre están juntas, ni a él ni a mí se nos ocurrió que pudiera haber
un error de identidad. Por no mencionar que, cuando llamé a Rad para hablarle de la
chica Turner, le di algunas pistas, y todas ellas se basaban en las cartas. Que le gustan
más los libros que las personas. Que pasa la mayor parte del tiempo en la biblioteca. Que
su mejor amiga tiene la costumbre de enamorarse de los chicos equivocados. Así que,
como yo, él asumió que Reverie era la chica Turner.
Pero eso no es lo peor. Lo peor es que, cuando sospeché algo, no actué
inmediatamente. ¿En qué carajos estaba pensando?
No estaba pensando, ¿verdad? Me distraje. Me volví estúpido en el momento en
192 que la vi en la cafetería y escuché su voz. Ese fue el momento en que empecé a pensar
con mi pene. No hay vuelta de hoja. Hay algo en ella, algo que no puedo definir, que me
atrae. Quizá sea esa cara, tan hermosa e inocente; esos ojos azules llenos de asombro y
fuego; quizá esos labios que tiemblan de timidez incluso cuando me contestan con
descaro; o quizá sean sus abundantes curvas en las que quiero perderme. O podría ser
el hecho de que, a pesar de estar a mi merced, se las arregló para ganarme.
Logró engañarme bien.
Puede que haya cometido un error al secuestrarla, pero ella es la que se mantuvo
firme. La que se mantuvo firme y decidida sin quebrarse a pesar de todas las pruebas a
las que la sometí. Sin vacilar ni una sola vez y sin confesar la verdad. Mientras que la
mayoría de los hombres que conozco se habrían derrumbado, ella lo soportó todo y lo
hizo con dignidad.
Y joder, eso lo respeto.
Me atrae eso. Me atrae mi esposa.
Bueno, no es mi esposa después de todo, como ella dice.
De alguna manera, esa idea me molesta más que el hecho de que ella arruinara
mis planes. Y es precisamente por eso que necesito concentrarme. Porque la deseo
demasiado. La deseo con una intensidad que nunca antes había sentido. Ni siquiera con
Annie. La chica que creía amar. La chica que me amaba, pero que perdió la vida por mi
culpa.
Volviendo al momento, respondo:
—¿Qué puedo decir? Me engañó. Intentaba proteger a su amiga y yo fui
demasiado estúpido para darme cuenta.
—Sí, lo fuiste —espeta Mars antes de volverse hacia Ax—. Tú. No la pierdas de
vista. Si se porta mal, te las verás conmigo.
Antes de que Ax pueda responder, digo:
—No, no lo hará.
Mars me mira con dureza.
—Trajiste a una Turner a nuestra casa. No importa si no es realmente una Turner,
siempre y cuando sea leal a ellos. ¿Qué sugieres, con tu infinita sabiduría, que hagamos
con ella?
Ignoro su sarcasmo y respiro hondo.
—Haven puede vigilarla.
—Mi esposa —espetó—, ya no trabaja para ti. No va a hacer lo que tú le pidas.
—Y mi esposa no será perseguida por un maldito libidinoso que estará más
interesado en mirarle debajo de la falda que en vigilarla.

193 —Oye, estoy aquí sentado —interviene Ax.


—No es tu esposa, ¿verdad? —me recuerda Mars.
Dejo pasar unos instantes para que su comentario no me afecte demasiado, antes
de responder con calma.
—Yo la traje aquí. Es mi responsabilidad. Y sí, la cagué, y la cagué bien. Pero ella
ya ha pasado por muchas cosas por mi culpa. No necesita que un maldito perro guardián
la siga las veinticuatro horas del día. No necesita sentirse más insegura de lo que
probablemente ya se siente, dado que es del clan Turner y nosotros somos Grayson.
Haven es una mejor opción.
Mars aprieta la mandíbula mientras me mira fijamente durante unos segundos.
—Está bien, Haven puede estar con ella. Pero quiero que él —inclina la cabeza
hacia Ax—, esté cerca. No vamos a correr ningún riesgo.
No me gusta. Pero sé que mi hermano no cederá hasta que yo lo haga. Así que le
dirijo un breve gesto de asentimiento antes de volverme hacia Ax.
—Cerca, pero no demasiado, ¿de acuerdo?
Ax me mira con una sonrisa burlona.
—Estás muy celoso de una chica que no es tu esposa.
Le lanzo una mirada sombría.
—Te divierte demasiado para ser alguien que está a punto de recibir una paliza.
Pero eso no le afecta. Sigue siendo el mismo imbécil que era hace ocho años y
dice:
—La trataré como a mi hermana adoptiva buenísima, ¿contento? —Luego añade—
: Por otro lado, acostarse con tu hermana adoptiva tiene un extraño atractivo tabú, así
que…
—Hijo, basta —ordena Mars.
Se calma, pero esa maldita sonrisa burlona sigue en su rostro.
—Supongo que tienes un plan para arreglar tu error —insiste Mars, y yo dejo de
pensar en darle un puñetazo a mi hermano menor la primera noche que vuelvo de la
cárcel después de ocho años.
—Rad ya se está ocupando de ello. Debería estar aquí mañana —le digo a Mars.
No estaba contento con eso. Con lo que le dije que hiciera. No solo por mi error,
que él también considera suyo y por el que se siente culpable, como buen chico que es,
sino también por el hecho de que la chica de la que se enamoró es la verdadera Turner.
Y, por lo tanto, pertenece a la familia que le arrebató casi todo, incluido el habla. Pero no
le di otra opción. Yo también debería sentirme culpable por ello, y lo estoy, pero soy un
194 imbécil. Soy egoísta y estoy jodidamente decidido a llevarlo a cabo.
—Primero —comienza Mars—, no me gusta que sigas metiendo a mi capataz en
tus asuntos; y segundo, ¿luego qué? ¿Cuál es tu misterioso plan?
—Lo hicieron por la tierra —le digo—. Así que se las voy a quitar.
—Lo harás —dice, sin cambiar apenas de expresión.
—Pensé que te alegraría. Llevas años deseando esa tierra.
Así es. Aunque todos crecimos con las mismas historias sobre la disputa, siempre
me costó entender el impulso de Mars de seguir el mismo camino que nuestro padre.
Sobre todo porque yo nunca quise eso para mí. Sí, era leal al rancho y a la causa, pero
siempre tuve la intención de mudarme. Siempre tuve la intención de comprar mi propia
tierra algún día, una tierra que estuviera lejos de toda esta mierda de Grayson-Turner, y
trazar mi propio camino. Pero entonces se me ocurrió algo. Mi hermano mayor no quiere
seguir los pasos de nuestro papá, pero es como él, lo cual tiene sentido porque Mars era
el más cercano a él. También era muy cercano a nuestro abuelo. De ambos sabía muy
poco porque fallecieron cuando yo era demasiado joven. Así que sé que esto es un sueño
hecho realidad para Mars.
—Y te lo estoy dando en bandeja de plata —concluyo.
—¿De verdad?
Lo miro a los ojos y miento:
—Sí.
Puede que les esté quitando sus tierras, pero no, no se las voy a dar a Mars. Pero
eso es cosa del futuro.
—Ahora, si he respondido a todas tus preguntas, me voy.
Con eso, me levanto de mi asiento, listo para salir. Estoy en la puerta cuando lo
oigo gritarme a mis espaldas:
—Esto no la traerá de vuelta. Nada lo hará. Lo sabes, ¿verdad?
Siento el pecho tan oprimido que parece que va a estallar.
—No intento traerla de vuelta. Intento vengarla.
—Ya has hecho suficiente.
—No, no lo he hecho.
—Les envías dinero todos los meses. —Al oír esto, me vuelvo hacia él y continúa—
: Sé que lo haces. Sé que le dijiste a Rad que no dijera nada, pero ocho años es mucho
tiempo. Me di cuenta cuando empezó a desaparecer dinero de tu cuenta. La misma
cantidad, en el mismo momento.
—¿Crees que el dinero lo compensa todo?

195 Antes de morir, Annie era el sustento de su familia. Su familia estaba formada por
su madre enferma y su hermano menor. Y sí, le dije a Rad que se asegurara de que
estuvieran bien atendidos. Ella dejó la universidad para trabajar a tiempo completo y
poder cuidar de ellos, así que lo mínimo que podía hacer, siendo yo el responsable de su
muerte, era ingresar dinero en su cuenta cada mes.
—No —dice Mars—. Pero nunca te lo preguntaste, ¿verdad?
Entonces me pongo tenso.
—¿Preguntarme qué?
Me observa un momento.
—Era nueva en la ciudad. Nadie sabía de dónde venía. La conociste una vez en la
feria del pueblo y te enamoraste de ella.
—¿Y?
Una vez más, Mars se toma su tiempo antes de decir:
—¿Nunca se te ocurrió que tal vez, solo tal vez, ella se estaba aprovechando de
ti? De quién eres.
Es cierto que cuando la conocí, Annie era nueva en la ciudad. Acababa de
graduarse en el instituto y se había mudado a dos ciudades más allá con su madre
enferma y su hermano menor para empezar un nuevo trabajo como vaquera en uno de
los ranchos. Así que cuando la conocí en la feria local, ella no tenía ni idea de quién era
yo ni de dónde venía. Otras chicas querían atarme y aprovecharse de mí por ser un
Grayson. Así que, aunque fue ella quien me cortejó, su ignorancia me pareció refrescante.
Sea como fuere, mi hermano no tiene por qué hablar de cosas que nunca entenderá.
Aprieto la mandíbula durante unos segundos antes de recomponerme y contener
mi ira, y le espeto:
—No hables de lo que no sabes.
Me lanza una mirada seria.
—Puede que sepa más de lo que crees.
Lo estudio durante unos instantes.
—Ocho años es mucho tiempo, ¿no? Quizá por eso no lo recuerdas. Tú también
eres responsable de su muerte. Los Turner siempre han querido nuestras tierras, pero
nunca tuvieron ninguna oportunidad. Hasta que llegaste tú. Hasta que tomaste el control
y pusiste en marcha ese pequeño programa. Te dije que lo cerraras. Todos te dijimos
que lo cerraras antes de que fuera demasiado tarde, antes de que vinieran por él y lo
utilizaran para quitarte tus preciadas y jodidas tierras. Pero no quisiste escuchar. Y Annie
pagó el precio por ello. Así que déjame recordarte algo: no sabes nada sobre ella. No
sabes nada sobre mi relación con ella. Pero, al igual que yo y los malditos Turner, tú
también la mataste. Lo que significa que no importa si ella se estaba aprovechando de mí
o no, su muerte recae sobre todos nosotros. Y voy a hacer todo lo que pueda para
196 vengarla. La única razón por la que dejo que tu pequeño programa sobreviva es porque
somos familia y tú no fuiste quien manipuló el granero esa noche. Así que quiero que lo
recuerdes o lo siguiente por lo que vendré será por ti.
No espero a ver cuál es su reacción porque me importa un carajo. Además, llevo
demasiado tiempo dentro de esta casa y necesito salir. Pero, una vez más, me detienen.
—Oye —me saluda Haven al salir al pasillo.
Levanto la barbilla hacia ella.
—La he acomodado —me dice.
De nuevo, dejo que la corriente me atraviese.
—Gracias.
—En tu habitación.
—¿Qué?
Levanta las manos en señal de rendición.
—Insistió. Le ofrecí otra habitación, pero no quiso irse.
Durante unos segundos, reprimo el impulso de ir a buscarla yo mismo. De derribar
la puerta de mi antigua habitación y exigirle que me diga qué carajos estaba pensando.
¿Por qué carajos se quedaría en un lugar que me pertenece? Al hombre que la secuestró.
Que la obligó a casarse con él. Que luego la arrastró por el bosque y le hizo pasar por el
tipo de trauma que la hará tener pesadillas durante la mayor parte de su vida. Debería
huir de mí, de todo lo que le recuerde a mí. Debería intentar encontrar la manera de llamar
a la policía o a los Turner.
No la culparía.
Pero entonces se me ocurre que tal vez esté tratando de aferrarse a lo familiar.
Este es el rancho que creció odiando y temiendo. No conoce a nadie aquí excepto a mí.
Y puede que yo sea el diablo, pero es mejor quedarse con el diablo que conoces que con
el diablo que no conoces. Además, aunque quisiera ponerse en contacto con el mundo
exterior, no se lo permitiría.
Sea Turner o no, sigue siendo la enemiga.
—Está bien —digo—. Si eso es...
—Aunque —continúa—, quiere que te mantengas alejado de ella. Así que vas a
tener que buscar otro lugar donde dormir.
Fantástico.
Al menos está pensando con claridad. Eso nos hace ser uno de nosotros, porque
a pesar de haberme emocionado por el hecho de que todavía debe querer estar cerca
de mí, ahora siento un dolor punzante en el pecho al saber que no me quiere cerca. Que

197 esta noche no podré oler su aroma a ranúnculo ni ver cómo la luz de la luna incide sobre
su piel aterciopelada y la hace brillar.
Joder.
Estoy perdiendo la maldita cabeza y, una vez más, eso es lo último que quiero.
—De todos modos, no pensaba acercarme a ella.
—¿Qué le hiciste? —pregunta.
—¿Qué crees que le hice?
Se inclina hacia mí y baja la voz.
—Has venido aquí sin camisa porque ella la llevaba puesta. ¿Acaso...?
—Joder, ¿por qué todo el mundo está tan preocupado por eso? —exclamo—. Lo
que haga con mi esposa no es asunto tuyo.
—Por lo que he oído, no es tu esposa.
Me froto la cara con la mano.
—Sí, la gente no deja de recordármelo. —Luego, suspirando, añado—: Hazme un
favor: no te metas en mis asuntos y cuida de ella, ¿de acuerdo?
Ella frunce el ceño y cruza los brazos sobre el pecho.
—¿Por qué no puedes hacerlo?
—Porque, como tú misma has dicho, no es mi esposa —replico—. Y no me quiere
cerca.
—¿Eso te molesta?
—¿Qué me molesta?
—Que no te quiere cerca.
Aprieto la mandíbula.
—Esto no es dejar de meterte en mis asuntos.
Sin embargo, no se inmuta.
—Creo que deberías ser amable con ella.
La miro. Luego, suspirando, le doy la espalda y sigo mi camino.
—¡Oye, te estaba hablando! —me grita.
—No te estaba hablando —le respondo.
—Sabes que tengo razón. Sabes que tienes que ser amable con ella —grita de
nuevo, pero decido ignorarla y sigo caminando.
No tengo por qué ser nada para ella. De hecho, a todos los efectos, nuestra
relación ha terminado. Ella debería olvidarse de mí, y yo, joder, voy a intentar olvidarme
de ella. Pero primero mataré a su papá, a su verdadero papá. No borrará los años de

198 abusos y la muerte de su madre, pero el mundo será un lugar más seguro para ella. Y
luego, haré todo lo posible por olvidarme de ella.
ESTOY ESPERANDO a que caiga el otro zapato.
Hasta ahora no ha sucedido, pero sé que está por llegar. Después de que Haven
me dejara en su habitación, me di una larga ducha caliente. Me quedé bajo el agua y dejé
que se llevara toda la suciedad y la sangre incrustadas. La única razón por la que salí fue
199 porque mi piel empezaba a arrugarse y tenía hambre. Haven ya lo había previsto, porque
cuando salí, había comida esperándome en la mesita de noche, junto con algo de ropa
en la cama. Estaba un poco nerviosa por la ropa, pero Haven de alguna manera me
encontró unas que me quedaban perfectamente: unos vaqueros que solía usar cuando
iba a clases y una camiseta sencilla con capucha.
Sin embargo, en lugar de sentir alivio después de llevar un vestido durante casi
una semana, el cambio de ropa me entristeció. Me hizo sentir que las cosas realmente
habían llegado a su fin. Que volvía a ser Reverie. Sencilla y solitaria, con una vida
cuidadosa, segura y aburrida.
Justo cuando estaba terminando de comer, Haven entró y me dijo que se suponía
que debía vigilarme. Y que, de vez en cuando, Ax podría aparecer cuando Haven tuviera
que estar en otro lugar, pero que alguien estaría conmigo en todo momento. Dijo que no
le gustaba nada de eso, y pude ver que decía la verdad. La hacía sentir que yo era una
prisionera que es lo que soy en esencia, pero tenía que hacerlo porque se lo había
prometido a Arsen.
Después de darme la noticia, Haven me preguntó si quería ayudarla con la cena y
le dije que sí. No quería quedarme sentada en mi habitación, o más bien en su habitación,
todo el día preocupándome por mi destino. Solo que no sabía que la cena con la que
necesitaba mi ayuda iba a girar en torno a él. Sus platos favoritos, su postre favorito. Todo
lo que le gustaba.
Después de la reunión que había visto antes, probablemente debería haber
adivinado que Haven prepararía una cena de bienvenida para el hombre que había
perdido ocho años de su vida entre rejas. Mientras la ayudaba, me preguntaba si ella
sabía quién era Annie. Y si se lo preguntaba, si me lo diría. Pero me contuve, por
supuesto. No era asunto mío y, por muy amable que pareciera, seguía estando en el
bando Grayson. Aunque me dio pena porque se había esforzado mucho en preparar la
cena para él y él nunca apareció.
No, no apareció por ningún lado durante la cena.
Marsden tampoco estaba allí, pero me alegré de ello. Marsden Grayson da miedo,
y cuanto más conozco a Haven, más me pregunto cómo demonios acabaron juntos. Ax
sí apareció, y aunque se mantuvo alejado de mí y solo dijo un par de palabras, podía
sentir cómo me observaba con un brillo en los ojos.
En cualquier caso, me excusé tan pronto como pude. Ax me acompañó a mi
habitación porque Haven tenía que limpiar -¿dónde están las sirvientas? Los Turner no
sobrevivirían ni un día sin ellas- y, cuando cerró la puerta detrás de mí, supe que estaba
cerrada con llave. Una vez más, lo entendí. Sería una estupidez por su parte no hacerlo.
Podría hacer muchas cosas si me dejaran sin supervisión, como llamar por teléfono a los
Turner para advertir a Brecken de lo que se avecina y asegurarme de que Peyton
permanece a salvo en las Bahamas.

200 Aunque ahora estoy perdiendo la paciencia. Es la mañana siguiente y todavía no


han dicho nada sobre cuál es su plan. ¿Qué pretenden hacer conmigo? No les sirvo para
nada y lo saben, así que ¿qué pasa ahora?
Además, ¿dónde está él? ¿Por qué no apareció para cenar anoche? ¿Qué estaba
haciendo? ¿Dónde durmió? ¿Durmió?
—¡No te acerques a mí, maldito Grayson!
El grito resuena en el espacio y se me encoge el corazón. Ojalá pudiera fingir que
todo estaba en mi cabeza, esa voz chillona, pero estoy en la cocina con Haven, que está
en la estufa salteando verduras para una cazuela mexicana, pero al oír el grito, se detiene
a mi lado. Lo que significa que ella también lo ha oído.
Lo que significa que es real.
Empiezo a correr antes de darme cuenta de lo que estoy haciendo. Atravieso la
cocina a toda velocidad, doblo la esquina y recorro el pasillo que conduce a la sala de
estar, de donde proviene la voz, y la imagen que me recibe me deja sin aliento. De alguna
manera, es peor que mirar a los ojos a un oso mortal. Probablemente porque entonces,
por muy asustada que estuviera, sabía que podía acudir a él. Sabía que vendría a
salvarme. Pero ahora no tengo ese lujo. De hecho, él es el responsable de esto.
Por traer a mi mejor amiga aquí.
Peyton, enfurecida, está en medio de la sala, mirando a su alrededor
frenéticamente. Sé que me está buscando, porque en cuanto me ve de pie en la entrada
del pasillo, sus ojos, que son de un color similar al mío, se agrandan. Y se pone en acción,
dirigiéndose hacia mí.
Yo también voy hacia ella. Nos encontramos en algún punto intermedio, nuestros
brazos se entrelazan al instante y nos abrazamos con fuerza. Soy consciente de los ruidos
que salen de nosotras, los gritos y chillidos, las exclamaciones llenas de una variedad de
emociones: conmoción, sorpresa, un alivio absoluto. Pero, sobre todo, nuestro abrazo
está lleno de alegría por haber vuelto a encontrarnos. Siempre hemos sido nosotras
contra el mundo, y realmente pensaba que nunca volvería a verla.
Ella es la primera en romper el abrazo, pero mantiene sus brazos alrededor de mí.
—Dios mío. Dios mío. Dios mío, estás bien. Estás... —recorre mi rostro con sus ojos
llorosos—, viva. Estás... Dios, estaba tan preocupada, Riri. Estaba…
Se calla para darme otro fuerte abrazo. Yo le devuelvo el abrazo, pero esta vez soy
yo quien lo rompe.
—¿Qué haces aquí? ¿Qué...? ¿Por qué no estás en las Bahamas?
Pone mala cara.
—Porque no fui.
—¿Por qué no?
201 —Porque ese idiota rompió conmigo.
—¿Qué...? ¿Ben?
—Sí. —Está furiosa—. Conmigo. ¿Te lo puedes creer? Conmigo.
Ahora mismo estoy muy confundida.
—Pero creía que ibas a romper con él y…
—Sí. —Me interrumpe como si estuviéramos en una carrera por responder todas
nuestras preguntas, y francamente, así es—. Pero él lo hizo primero. Me dejó tirada en el
aeropuerto, Riri. Ni siquiera me llamó, el hijo de puta. Tuve que llamarlo y no contestó. Y
luego tuvo la maldita osadía de enviarme un mensaje de texto diciendo que se había
acabado y ya está. Dios, estaba tan enojada. Volví al departamento para buscarte y
desahogarme, pero no estabas allí y… —Niega con la cabeza y traga saliva—. Al principio,
pensé que habías ido a la biblioteca, pero luego no regresaste a casa y, Dios, Riri, estaba
tan asustada. Estaba tan asustada. Seguí llamando y llamando, pero tu teléfono seguía
saltando al buzón de voz y... te busqué por todas partes. Por todas partes. Sabía que tenía
algo que ver con Bo, así que fui a la cafetería donde dijiste que ibas a reunirte con él. Fui
a la policía. Les hablé de ese tipo con el que ibas a reunirte. Les dije que acababa de salir
en libertad condicional, pero no me hicieron caso. Dijeron que debías de haberte
escapado. Nadie me tomaba en serio. Nadie. Estuve a punto de llamar a mi hermano. A
punto y yo…
Entonces, la abrazo de nuevo. Porque, por fin, el miedo a lo desconocido me
invade y necesito aferrarme a ella, y parece que ella también necesita aferrarse a mí.
—Es culpa mía, ¿verdad?
Niego con la cabeza, con los ojos llorosos.
—No, en absoluto.
Ella solloza.
—Sí lo es.
—No.
—Primero, como una idiota, no te impido que le escribas a un maldito convicto.
Luego te digo que está bien que vayas a verlo y entonces vas a verlo y él te rompe el
corazón y te hace sentir mal contigo misma. Y te conozco, Ri. Sé que no muestras tu
dolor y que nunca lloras y que siempre eres fuerte. Pero ese imbécil te afectó. Y yo…
Aprieto los ojos con fuerza para contener las lágrimas.
—No, fui yo. Fui a buscarlo esa noche después de que te durmieras en el sofá. Es
culpa mía.
Entonces se aleja de mí, con el rostro enrojecido.

202 —¿Fuiste a buscarlo?


Asiento, con las mejillas ardiendo de vergüenza.
—Pero ¿qué... qué pasó? ¿Cómo pudiste...?
Sus preguntas me hacen darme cuenta de que tenemos público. Hay un hombre
a unos metros de mí al que nunca había visto antes. Es tan alto y corpulento como el resto
de los Grayson, pero los supera en masa muscular. Solo su cuello parece más grueso y
musculoso que el de los tres hombres que he conocido aquí.
Me doy cuenta de que cuando la gente dice corpulento se refieren a él. También
es malvado. Probablemente se deba a esa horrible cicatriz que le recorre la mejilla. Desde
la parte superior de la frente hasta la parte inferior de la mandíbula izquierda, pasando
por su gruesa ceja oscura y los labios.
Pero la maldad también puede ser bonita, ¿no?
Y él tiene que ser el hombre más guapo que he visto nunca. Sus ojos son de un
verde brillante y esos labios marcados por la cicatriz son gruesos y carnosos. Tiene una
mandíbula espectacular y los pómulos más impresionantes que he visto nunca en un
hombre. O, mejor dicho, en un vaquero. Dado que lleva un sombrero Stetson en la cabeza
y una camisa a cuadros con botas de vaquero.
No tengo ni idea de quién es ni por qué está mirando a mi mejor amiga con una
intensidad que me produce escalofríos. Estoy a punto de soltar el abrazo y empujar a
Peyton detrás de mí para averiguar qué está pasando, pero entonces mi mirada se posa
en alguien detrás del desconocido y me quedo paralizada.
Porque ahí está, el hombre que me trajo aquí.
Con el mismo aspecto que tenía hace ocho años.
No sé cómo lo sé con certeza, pero lo sé. Quizás no estaba tan fornido y musculoso
como ahora, pero apuesto a que así era exactamente como se veía antes de que lo
encarcelaran. Cuando era solo un vaquero, arrogante y seguro de sí mismo, y no
endurecido por la prisión.
Lleva una camisa de mezclilla descolorida que se adhiere a sus anchos hombros
como el agua se adhería a su pecho desnudo cada vez que iba a nadar. Las mangas
están remangadas hasta los codos, mostrando sus antebrazos musculosos que siempre
se aseguraban de que estuviera a salvo mientras cabalgábamos. Sus muslos están
envueltos en una mezclilla de color más oscuro que le queda tan bien que prácticamente
puedo ver los muslos que abrazaron los míos durante la semana pasada. Prácticamente
puedo sentir cómo se rozan contra los míos en este momento.
Pero eso no es lo que hace que mi corazón se acelere, varios latidos, en realidad.
Es ese sombrero Stetson de color marrón que lleva en la cabeza, con el ala
inclinada hacia abajo. Si a eso le sumamos sus robustas botas, tan grandes que estoy
segura de que cabrían mis dos pies en una de ellas, tiene que ser el vaquero más guapo
203 que he visto nunca. No es guapo en el sentido clásico como el otro chico, pero tiene ese
aire rudo que me dan ganas de acariciar. Arrastrarme y salir con moretones.
Bueno, lo hice, ¿no? Y ahora ha traído aquí a mi mejor amiga.
—Tú —comienzo, recomponiéndome y alejándome de Peyton—, la has traído
aquí.
Al oír mis palabras, sus ojos se posan de nuevo en los míos. Y me doy cuenta de
que, aunque yo lo estoy viendo por primera vez tal y como era antes de conocerlo, él
probablemente también me está viendo por primera vez. Como Reverie. La chica que
siempre lleva sudaderas holgadas que ocultan todas sus curvas y le permiten llevar una
vida segura. Aunque la sudadera que llevo no es tan holgada ni tan grande, supongo que
él se hace una idea. Porque aprieta la mandíbula y algo parecido a la ira se refleja en su
rostro.
Bueno, ya no soy su problema. Lo que pasó entre nosotros en el bosque
probablemente fue su forma de conformarse después de ocho años en la cárcel. Quiero
decir, si realmente me hubiera encontrado atractiva o hubiera pensado que era bonita,
en lugar de simplemente masturbarse con mi cuerpo, al menos me habría besado, ¿no?
Sí, dijo que no besaría a una Turner, pero eso no le impidió... hacer otras cosas.
Y, Dios mío, ¿qué me pasa? La vida de mi mejor amiga está en peligro. Mi vida
está en peligro, y estoy pensando en que mi secuestrador no me besó. Echo un vistazo
al desconocido antes de volver con él y presionarlo cuando decide permanecer en
silencio.
—¿Es él tu hombre? ¿Trabaja para ti?
Antes de que pueda responder, Peyton irrumpe en la conversación.
—Sé quién eres. Te vi en la televisión. Eres Arsenal Grayson. Eres el que intentó
matar a mi padre aquella noche. —No lo deja responder—. ¿Secuestraste a mi mejor
amiga? ¿Qué, entonces Bo es tu amigo? —De nuevo, antes de que nadie pueda
responder, continúa—: ¿Qué es esto, eh? ¿Algún plan de secuestro? Primero, le dices a
tu amigo Bo que atrape a mi inocente mejor amiga con cartas, ¿y luego la secuestras?
¿Y luego llega tu otro lacayo y me secuestra a mí?
Finalmente, Arsen se digna a responder:
—Algo así.
—Miren —dice Peyton, cruzando los brazos sobre el pecho—. Si creen que mi
hermano les va a dar dinero a cambio de nosotras, entonces están locos, ¿de acuerdo?
Lo cual todos sabíamos de todos modos porque son Grayson, pero quiero que lo piensen
bien.
—¿Sí?
—Sí. —Levanta la barbilla—. Odio a mi hermano, pero me llama todos los

204 domingos sin falta. Así que, si mañana no contesto al teléfono, ¿saben lo que va a hacer?
—Seguro que nos lo vas a explicar.
—Pensará que algo va mal. Y luego pensará que los Grayson están detrás de ello.
—Eso no suena bien.
—No, no lo hace. Así que será mejor que nos dejen ir antes de que mi hermano...
—Creo que ya es suficiente —interrumpe el desconocido por primera vez.
Y su voz hace temblar la casa. O debería hacerlo, por lo grave y poco utilizada que
es. Pensé que la voz de Arsen sonaba poco utilizada la primera vez que la oí, pero la voz
de este desconocido es realmente un conjunto de sílabas guturales.
—Oh, ahora sí que hablas —espetó Peyton—. Te he estado preguntando una y
otra vez, durante la última hora, desde que me desperté en tu asquerosa camioneta de
vaquero, qué carajos está pasando, quién demonios eres, qué quieres de mí y qué carajos
estoy haciendo en el rancho Grayson, y no has tenido la decencia de decir ni una palabra.
Ni una sola palabra. Ni siquiera sé cómo te llamas y crees que esto es suficiente —se
burla—. Oh, dulce niño de verano, no has visto el caos que puedo causar. Cuando haya
terminado contigo, maldecirás el día en que me viste por primera vez.
El silencio sigue a su amenaza. Rompido por un resoplido que viene de la izquierda.
Es Axton. Lo que crea un efecto dominó en el sentido de que el desconocido exhala un
largo suspiro, como si estuviera rezando por paciencia. Haven, que también está aquí, se
aclara la garganta y agacha la cabeza para ocultar sus labios temblorosos. Arsen es el
único que no muestra ninguna reacción externa, excepto levantar la barbilla.
—Haven.
Esto hace que Haven se mueva y se dirija hacia nosotros.
—Hola, soy Haven. No puedo creer que tenga que hacer esto por segunda vez,
pero ¿te gustaría refrescarte antes de empezar a amenazar a la gente?
Peyton frunce el ceño.
—No voy a ir a ningún lado contigo. Ni siquiera sé quién eres.
—Peyton, vámonos —le digo.
—Pero...
—Solo —le aprieto el brazo—, confía en mí.
Le lleva unos segundos, pero asiente y, justo cuando nos vamos, la oigo decirle a
Haven:
—Tienen treinta minutos.
Con eso, se da la vuelta y se marcha. Así, sin más. Y mientras me alejo con Peyton,
me doy cuenta de que en toda esta conversación, él no me ha dirigido ni una sola palabra.
Ni una sola palabra.
205
—Así que estás casada —dice Peyton.
No sé cuánto tiempo nos queda hasta que se acaben los treinta minutos, pero le
cuento todo a Peyton. Desde la noche en que me agarró en el motel hasta ayer, que pasé
esperando a que me dijeran cuál sería mi destino. No estoy orgullosa de ello, pero puede
que me haya derrumbado aquí y allá, tratando de recuperar el aliento y tragarme las
lágrimas. Es solo que durante toda la semana pasada pensé que nadie vendría a
buscarme. Nadie sabía siquiera que había desaparecido.
Pero me equivoqué.
Peyton me buscó y ahora está aquí. Está conmigo, y sé que no es lo que había
planeado, pero Dios, realmente quería a alguien a mi lado. Quería que mi mejor amiga
estuviera conmigo, y estoy tan feliz y aliviada de que esté aquí. Y de que me haya
abrazado con fuerza durante toda mi historia.
—No, tú lo estás. Tú eres la verdadera Peyton —le respondo.
Siento un dolor punzante en el estómago y no soy capaz ni siquiera de fingir que
esas palabras no me han dolido, pero ahora mismo no puedo concentrarme en eso. Ya
lidiaré con mi locura más tarde.
—Pero es imposible que un documento como ese se sostenga en un tribunal —
dice Peyton, protestando por lo mismo que yo protesté en su momento.
Me libero de su abrazo.
—¿Crees que le importa lo que se sostenga en un tribunal? Apuñaló a un policía,
Peyton. En el juzgado. Tiene a los jueces y a la policía en el bolsillo. Sea lo que sea lo que
quiera obtener de este matrimonio, lo va a conseguir.
Incluso mientras lo digo, me parece algo muy lejano. Lo del juzgado. Parece que
hubiera sucedido en un universo lejano. Junto con tantas otras cosas. Bien podrían
haberle sucedido a otra persona, y me cuesta entender por qué eso es algo tan malo.
—Entonces sabes lo que tenemos que hacer, ¿no? —pregunta Peyton,
interrumpiendo mis pensamientos.
—Sí, tenemos que huir.
Me mira.
—No.
—¿Qué?
—Tenemos que vengarnos.
Me echo hacia atrás y repito en tono agudo:
206 —¿Qué?
—Ya intentaste huir, ¿recuerdas? Y si lo que dices es cierto, que todos están en
su bolsillo, ¿a quién vas a acudir?
—A tu familia —respondo, con el corazón acelerado—. Tu hermano les dará una
paliza. ¿No lo acabas de decir tú misma? Solo tenemos que hacerle llegar de alguna
manera el mensaje de que nos retienen aquí sin nuestro consentimiento. O... —abro
mucho los ojos mientras continúo—, mañana te llamará, ¿verdad? Y si no contestas, se
asustará y, tarde o temprano, descubrirá que los Grayson están detrás de todo esto. Así
que, si lo pensamos bien, probablemente ni siquiera tengamos que huir. No tenemos que
hacer nada más que sentarnos aquí y esperar a que tu hermano venga a rescatarnos.
—Pero no lo entiendes —dice Peyton con urgencia—. Mi familia es igual. ¿Crees
que mi hermano es mejor que los Grayson? ¿Crees que mi padre es mejor que todos
estos monstruos que hay en esta casa? Son todos unos criminales, todos y cada uno de
ellos. ¿Y por qué crees que estás aquí? Por culpa de ellos. Por culpa de su enemistad de
décadas.
—Mira. —Suspiro—. Lo sé. Sé que todos son iguales...
—Sí, lo son, y no voy a aceptar nada de mi familia. Ni una sola cosa, Riri, incluida
su ayuda, que probablemente vendrá con condiciones de todos modos.
Tiene razón. Sé que tiene razón. No es que no se me haya ocurrido. Que los Turner
son tan malos como los Grayson. O que su hermano no nos ayudará sin intentar promover
sus propios intereses con Peyton. Sé que lleva mucho tiempo intentando que ella vuelva
a Wildfire. Quería que fuera a la universidad en Black Rock en lugar de quedarse en
Bozeman. También está intentando entrometerse cada vez más en su vida sentimental,
por lo que ella odia recibir sus llamadas semanales.
Pero esto es más grave que eso. En este caso, hay mucho más en juego.
—Pero Peyton —le digo, tratando de transmitirle la gravedad de la situación—,
estas personas son peligrosas. Él es peligroso. Tenemos que encontrar la manera de salir
de aquí, ¿de acuerdo? Tenemos que hacerlo. Antes de que sea demasiado tarde. Antes
de que pase algo malo. Tenemos que ser inteligentes. Tenemos que...
—Y lo seremos —me asegura Peyton, interrumpiéndome—. Seremos inteligentes
y esperaremos. Hasta que sea el momento adecuado y entonces atacaremos.
—¿Qué, atacar con qué?
Hay un brillo en los ojos de Peyton que no me gusta. Es diabólico; lo he visto antes
y siempre acaba causando más problemas que otra cosa. Abro la boca para decirle
exactamente eso. Que no me gusta la mirada en sus ojos y que realmente necesita
reconsiderarlo, pero habla primero:
—Aún no lo sé, pero lo averiguaré.

207 —Peyton...
Me aprieta los hombros.
—Por ahora, solo sígueme. Voy a encontrar una manera.
—Pero…
—¿Confías en mí?
Miro sus ojos tan azules como los míos y, aunque tengo un mal presentimiento, sé
que nada de lo que diga la disuadirá. Si la historia sirve de indicio, ya lo sé. Tengo
innumerables historias sobre su comportamiento imprudente y, aunque como dije, aquí
hay mucho más en juego, no hay forma de que los acontecimientos pasados la disuadan
de seguir adelante. No sé qué la hará detenerse, pero sé que discutir ahora mismo no es
la solución.
Así que respiro hondo y digo:
—Sí.
Peyton me mira durante un segundo.
—Te he enseñado bien, porque casi te creo.
—Yo...
—No pasa nada. Te lo demostraré. Ya lo verás.
Antes de que pueda decir nada más, salta de la cama y se dirige saltando hacia la
puerta. La golpea con el puño mientras grita:
—¿Hola? ¿Hay alguien ahí fuera, especialmente ustedes, malvados y criminales
Grayson, que nos tienen aquí retenidas contra nuestra voluntad? Ya hemos terminado de
trenzarnos el pelo y de planear su asesinato. Entren aquí para que podamos hablar.
Se da la vuelta, levanta las cejas y me guiña un ojo antes de volver saltando a la
cama, con aire muy orgulloso. A mi pesar, no puedo evitar reírme, y estoy a punto de
dejar de sacudir la cabeza cuando se abre la puerta de la habitación y se oye una voz.
—Si realmente piensas matarnos, ¿puedo pedir ser el último? Quiero ver cómo
acabas con este grandullón. Apuesto a que lo convencerás para que se tire por un
precipicio.
Es Axton, y por “grandullón” se refiere al guapo vaquero cuyo nombre aún
desconocemos. Ambos entran al mismo tiempo. O mejor dicho, el vaquero sin nombre
entra primero, con aspecto ligeramente molesto, mientras que Axton lo sigue justo detrás,
dándole una palmada en el hombro y riéndose.
Mientras Axton se acomoda en uno de los sillones frente a la cama, el grandullón
le lanza una mirada a Axton antes de dirigirse directamente a la esquina más alejada,
donde se recuesta contra la pared, cruzando los brazos sobre el pecho. Por alguna razón,
creo que eso es lo que siempre hace, buscar rincones y recovecos que pueda usar para
desaparecer. Pero no creo que sea el tipo de hombre que puede pasar desapercibido.

208
Especialmente para Peyton, que lo mira con ira desde mi lado.
El ruido sordo de la puerta al cerrarse me saca de mis pensamientos inútiles y me
avisa de que él está aquí. El aire de la habitación cambia, se vuelve más denso y pesado.
Probablemente por su aroma a almizcle y cuero.
Observo sus largas zancadas, que lo llevan al otro lado de la habitación, donde
encuentra una pared contra la que apoyarse. Pero no como el grandullón. Él no se
esconde ni quiere desaparecer. Quiere dominar la habitación, ser el centro de atención
sin estar en el centro. Quiere que los ojos lo sigan allá donde va, mientras cambia la
gravedad.
Al menos ha cambiado la mía, porque ahora no sé cómo seguir sentada aquí con
él delante de mí sin derrumbarme. No sé cómo apartar la mirada de él, aunque no me
haya dedicado ni una sola mirada. Sus ojos están fijos en su objetivo, el objeto que va a
utilizar para su venganza. Mi mejor amiga.
—He oído que soy tu esposa —dice Peyton, recostándose y apoyándose en los
brazos.
Tenso los músculos en anticipación de su respuesta. Incluso aparto la mirada y me
retuerzo las manos en el regazo, esperando a que diga las palabras que sé que me van
a doler, por muy locas o injustificadas que sean.
Pero nunca llegan, porque él responde:
—No, no lo eres.
Y levanto la vista hacia él. Aunque sigue sin mirarme, no puedo evitar preguntarme
si ha leído mis pensamientos. Si de alguna manera sabía lo desesperadamente que
esperaba su respuesta.
—Si esta es tu forma de proponerme matrimonio —dice Peyton con tono burlón—
, entonces ni siquiera quiero ver el anillo.
—Bien —dice él secamente, cambiando de postura y cruzando los brazos sobre
el pecho—. Porque no hay ninguno.
Peyton se endereza y lo mira con los ojos entrecerrados.
—Eres un idiota, ¿lo sabes?
Él permanece impasible mientras murmura:
—Esa es la opinión general, sí.
Ella lo mira durante unos segundos antes de respirar hondo y preguntar:
—¿Y bien? ¿Por qué quieres casarte conmigo? ¿Qué diablos está pasando?
—Porque quiero tus tierras.
Peyton lo observa con los ojos entrecerrados.
—¿Mis tierras?

209 —Sí.
—¿Cómo vas a conseguir la tierra casándote conmigo?
—Porque ahora la mitad te pertenece —dice él, con los ojos oscuros y alertas—.
Según el testamento Turner, pasaron a ser tuyas automáticamente cuando cumpliste
dieciocho años. Pero el poder notarial sigue estando en manos de tu hermano. Lo que
significa que no puedes tomar ninguna decisión importante sobre la tierra sin su firma.
—¿Qué? Eso es una tontería.
Él se mueve incómodo.
—Bueno, hasta que te cases. Entonces, el poder notarial se transferirá a tu esposo.
A mi lado, Peyton se endereza.
—¿Qué clase de mierda sexista es esa? ¿Creen que no puedo cuidar de sus
estúpidas tierras? ¿Por qué, porque soy una chica?
—Sí, bueno, tendrás que hablarlo con tu padre. —Su pecho se mueve arriba y
abajo con una gran respiración—. La cuestión es que el hombre con el que te cases
controlará la mitad de las tierras de tu familia. En este caso, yo.
—¿Y qué, solo quieres que me rinda y te entregue mi parte de las tierras?
—Bueno, ya me pertenece, así que llegas un poco tarde con tus protestas. Y no
solo quiero tu parte de las tierras, quiero todas tus tierras.
Peyton se burla.
—Claro, porque mi familia te las va a dar sin más.
—Si saben lo que les conviene, lo harán.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Significa —vuelve a cambiar de postura—, que el negocio de tu familia se está
hundiendo. Tu papá lo llevó a la ruina y tu hermano ha estado tratando de revivirlo. Pero
incluso él sabe que no puede. Están ahogados en deudas y, si no pasa algo pronto, todos
se hundirán.
—Ah, ya veo —dice Peyton, levantando las cejas—. Vas a intervenir y salvarlo.
Comprarás la otra mitad y nos darás el dinero. ¿Ese es tu plan? —Antes de que pueda
responder, Peyton se inclina hacia adelante para decir—: Mi familia morirá antes de
vender nuestras tierras. Morirán dos veces antes de vendérselas a un Grayson. Así que
buena suerte con eso.
Arsen observa a Peyton durante un segundo antes de murmurar:
—No eres tan tonta como pensaba. —Peyton jadea a mi lado mientras él
continúa—: Pero estás olvidando algo. No quiero comprar tu tierra. Solo quiero
controlarla. Especialmente ahora.
210 —¿Por qué ahora?
—Porque hay petróleo en ella.
—¿Petróleo?
—Sí. Lo que va a resolver todos nuestros problemas. Tu hermano se reunirá con
una empresa petrolera dentro de tres semanas. Si el trato se cierra, comenzarán a
excavar pozos de petróleo por toda tu tierra y nadarás en dinero durante generaciones.
—Hace una pausa antes de añadir—: Por desgracia para él, yo controlo la mitad de la
tierra en la que quiere perforar.
—Vas a impedir el acuerdo —susurra Peyton al darse cuenta.
Él asiente.
—Si no aceptan mi demanda.
—Y tu demanda es obtener el control de toda la tierra.
Con los ojos brillantes, declara:
—Tienes razón. Los Turner nunca venderán sus tierras a los Grayson. Pero la
cuestión es que tus tierras ya nos pertenecen. Siempre nos han pertenecido y siempre
nos pertenecerán. Pero no somos despiadados. Te dejaremos conservar tu negocio.
Incluso te dejaremos quedarte con el porcentaje de las ganancias del petróleo que tan
amablemente encontraste para nosotros. La cuestión es que todos podríamos estar
nadando en dinero. Todo lo que tu hermano tiene que hacer es aceptar.
—Así que, en definitiva —dice Peyton con tono cortante—, se trata de dinero.
Se levanta el sombrero con el dedo.
—Ya lo sabes.
—Qué cliché.
—Es un cliché por una razón.
Peyton está indignada; puedo sentirlo. Quiero calmarla, pero estoy lidiando con mi
propia ira. Puedo sentir mi pulso latiendo con fuerza en mis sienes. Puedo sentirlo en mi
rostro, en cada parte de mi cuerpo. Porque sé que no está diciendo toda la verdad. De
alguna manera sé que está ocultando algo.
¿No es así?
Sé que no le importa el dinero. Es imposible que se trate de dinero. Tiene un plan.
Lo que significa que sigue mintiendo. Incluso después de prometer que no lo haría. Hizo
una promesa, nuestro voto matrimonial.
Aquí está la prueba.
Que todo lo que pasó en el bosque era mentira. Al igual que esas cartas, y yo... no

211 sé cómo lidiar con eso. No sé cómo lidiar con el hecho de que él no tenga la decencia de
reconocer mi presencia. De mirarme a los ojos mientras miente sobre su gran plan de
venganza.
—Y estás haciendo esto por venganza —concluye Peyton a mi lado, y tengo que
concentrarme mucho para poder oírla.
—Sí. Hace ocho años, tu familia empezó algo y yo voy a terminarlo.
—¿Puedo preguntarte qué pasó exactamente para que casi mataras a mi padre
hace ocho años?
Ante esto, tengo que levantar la vista. En algún momento de toda esta
conversación, aparté la mirada y empecé a mirar fijamente mi regazo. Me quedé mirando
mis dedos apretados, mis nudillos salientes. Me quedé mirando mis rodillas cubiertas por
los vaqueros, mis botas prestadas, cualquier cosa menos a él, porque si lo hacía,
probablemente se daría cuenta del efecto que tenía sobre mí. Probablemente vería que
sigo afectada por lo que él hace, cuando él no se ve afectado en absoluto por mí.
Pero ahora mismo no puedo evitar mirarlo. No puedo fingir que esto no es lo que
quería, que esto no es lo que he estado esperando. Descubrir por qué. Qué le pasó a su
Annie.
Sus rasgos están grabados en piedra, y aunque el ala de su sombrero está
levantada, sus ojos siguen ocultos en las sombras, misteriosos y oscuros, mientras
responde en tono bajo:
—No. Porque tú no entiendes esa historia.
Hago una mueca de dolor. No exteriormente, sino por dentro.
Mi interior se contrae, mi estómago y mi pecho. Incluso mis dedos cerrados en un
puño se flexionan y mis uñas casi me rompen la piel de lo fuerte que las aprieto contra
mis palmas. Pero me enorgullece decir que él no se da cuenta. De todos modos, no lo
haría porque sigue mirando a Peyton, y aunque estoy sentada justo a su lado, estoy casi
convencida de que ni siquiera sabe que estoy aquí. Lo cual, en este caso, está bien,
porque su no de alguna manera me pareció personal.
Después de esto, enderezo la espalda y trato de concentrarme en las cosas que
importan. Como el hecho de que Peyton acepta su plan. Ella accede a seguirles el juego
y fingir que están casados porque en realidad tampoco le importa la tierra ni la disputa.
Si Arsen quiere acabar con todo, ella no se interpondrá en su camino. O al menos eso es
lo que les dice.
Sé que está mintiendo.
Ax y el guapo vaquero también intervienen en ciertos momentos, pero la esencia
de todo sigue siendo la misma: Peyton y yo cooperaremos.
Se aparta de la pared y despliega los brazos. Se baja el ala del sombrero como si
212 fuera a salir al sol de Montana, ocultando sus ojos mientras concluye:
—Sigue mi plan y ayúdame a conseguir la tierra y, en tres semanas, tú y tu amiga
podrán ser libres.
SÉ EXACTAMENTE dónde está.
Aunque no lo estoy mirando. En cambio, estoy mirando la fogata que se ha
encendido en el centro del gran campo ondulado detrás de la mansión Grayson. Es para
una fiesta. Si alguien me hubiera dicho hace unos días, o incluso ayer cuando llegué al
213 rancho, que esta noche asistiría a una fiesta en Rawhide, probablemente lo habría
tachado de loco. Pero ahora no me parece tan descabellado. Porque es una fiesta de
bienvenida.
Su fiesta de bienvenida.
Aunque estoy mirando las llamas, sé que él está al otro lado del campo, frente a
donde estoy yo, y que tiene a un grupo de chicos a su alrededor, todos peones del rancho,
creo. Está de espaldas al campo y sé que está tenso.
Se siente incómodo.
Su postura es amplia y sus hombros están inusualmente rígidos. Y su sombrero
Stetson le queda bajo en la cabeza, ocultándole los ojos. Creo que esa es la señal, que el
ala le queda demasiado baja, de su incomodidad. Cuando no quiere que nadie le vea los
ojos ni adivine sus pensamientos.
Sé que odia esto. Odia a toda esta gente a su alrededor. Odió que uno de ellos
quisiera abrazarlo. Retrocedió y le tendió la mano. Probablemente porque no soporta que
lo toquen después de haber estado preso durante ocho años. Al igual que no puede
conciliar el sueño fácilmente. Odia que todos se agolpen a su alrededor y no ha tenido
un momento de paz desde que empezó todo esto. También odia la música, los vaqueros
tocando la guitarra alrededor del fuego. Odia que no parezca que esto vaya a terminar
pronto para poder estar solo.
No quiero sentir compasión por él, pero la siento. También quiero ir allí y darle un
puñetazo en la cara. Luego quiero agarrarlo por su camisa de mezclilla y exigirle que me
llame por mi nombre. Lo hizo a propósito, ¿verdad? Me llamó amiga a propósito.
Probablemente para vengarse de que yo no lo llamara por su nombre durante tanto
tiempo. Porque es así de retorcido. Porque eso es en lo único que piensa: en la venganza,
en desquitarse y en todo lo que es malo.
—¿Cómo se llama?
La voz de Peyton me saca de mis cavilaciones y vuelvo al presente. Le ha hecho
esta pregunta a Haven, que sigue sus órdenes y nos vigila. Axton también está por aquí,
en algún lugar, vigilándonos a todos, aunque por lo que vi antes, tiene algunos amigos de
su escuela que asisten a la fiesta. Al parecer, será estudiante de último año de secundaria
cuando empiecen las clases después del verano y es bastante popular, según nos ha
contado Haven, Peyton le preguntó.
Sin embargo, en este momento, Peyton está concentrada en el grupo que está a
nuestra izquierda, formado por Marsden, un grupo de hombres con traje y aspecto
importante, y ese guapo vaquero. Para ser más específicos, solo está concentrada en el
guapo vaquero, con los ojos entrecerrados y los labios fruncidos.
Haven sigue su mirada y sonríe.
—Radisson. Radisson King. Pero todo el mundo lo llama Rad.
214 Peyton da un sorbo a su cerveza.
—¿Trabaja para ustedes?
—Bueno, es el capataz, pero es de la familia —explica Haven—. Es el hijo de su
tía. Todos crecieron juntos.
—¿Por qué no me habla? —pregunta Peyton a continuación.
Haven se ríe entre dientes.
—Porque no habla con nadie. Bueno…
Se calla porque, en ese mismo momento, él empieza a hablar, y creo que lo hace
durante medio minuto, si no más, con todos nosotros mirándolo. Lo cual, gracias a Dios,
él no nota, porque pondría a cualquiera incómodo.
Cuando termina, Haven continúa:
—Tuvo un accidente de coche cuando era pequeño. Se golpeó muy fuerte la
cabeza y sufrió una lesión cerebral traumática. Eso le afectó al habla. Le costó mucho
tiempo volver a hablar, al menos un par de años y... fueron años muy duros. La pasó muy
mal. El acoso en el pueblo, en el colegio… —Niega con la cabeza—. Ya sabes cómo son
los niños. Pueden ser muy crueles. Además, su cicatriz tampoco ayudaba. Era el
monstruo del pueblo, una bestia. Para algunos sigue siéndolo y él simplemente... supongo
que se acostumbró a no hablar.
Peyton traga saliva con dificultad, con el rostro afligido y los ojos llorosos.
Probablemente yo tenga el mismo aspecto. Porque cuando me habló de Quiet Mustang,
no lo expresó de esta manera. Sé que lo mencionó para asustarme, y me asusté, pero ni
siquiera en mis peores pesadillas podría haber imaginado que la historia de Radisson
fuera tan trágica. Es como si sus padres volvieran a morir. Para mí era solo un simple
hecho hasta que pude echar un vistazo detrás del telón.
No, en realidad es todo lo relacionado con Rawhide. Toda mi vida he oído tantas
historias horribles sobre la familia que nunca los consideré otra cosa que los monstruos
que nos decían que eran. Pero míralos. Son una verdadera familia, todos estos hermanos
y Haven. Se preocupan los unos por los otros. O, como mínimo, no pegan a los niños ni
maltratan a las mujeres como hacían el padre de Peyton y el mío.
—Y sabes, es muy amable. Sé que parece grande y feroz y, por supuesto, te
secuestró y todo eso —le dice Haven a Peyton, bebiendo su propia cerveza y arrugando
la nariz—. Pero en realidad es muy dulce. Detesta la violencia, de verdad. Es el único de
ellos que no va de caza. Se niega, dice que matar animales para comer es suficiente, no
quiere matarlos también por deporte. Odia las armas. Él…
—¿Qué?
Esa soy yo. Hasta ahora, he estado muy callada. Me han dado una limonada, mi
215 bebida favorita, pero aún no he dado ni un sorbo. Lo único que he hecho desde que
llegamos a la fiesta es quedarme en este mismo lugar, mirando el fuego y no a él, y
murmurando de vez en cuando algún sonido evasivo mientras Peyton y Haven hablan de
cosas.
Así que entiendo que ambos estén un poco sorprendidas por mi repentina
interrupción. Además, también he hablado un poco alto, pero no puedo evitarlo. No con
lo que acabo de descubrir.
—¿No le gustan las armas?
—Eh, sí, no —dice Haven, superando rápidamente su sorpresa y sonriendo—. No
creo que haya disparado nunca una. O quizá una o dos veces, pero...
—¿Puedes sostener mi bebida? —le digo a Peyton, interrumpiendo a Haven.
Sé que es de mala educación, pero, de nuevo, no puedo evitarlo. Le entrego la
bebida a Peyton y ella no tiene más remedio que agarrarla mientras me pregunta:
—Riri, ¿estás bien? ¿Qué...?
—Solo será un segundo —les digo a ambas y me voy.
Hacia él.
Hacia ese imbécil que me mintió. Otra vez. Y otra vez, y otra maldita vez.
A mitad de camino, me doy cuenta de que ya no está allí y me detengo. Mirando
frenéticamente a mi alrededor, veo un destello de su sombrero Stetson desapareciendo
detrás del granero. El que está justo al lado del corral donde Axton estaba tratando de
domar al potro. Me dirijo directamente hacia allí y pronto doblo la esquina del granero.
No me importa si Axton o Haven o todo el clan Grayson me siguen y luego me encierran
en su estúpida habitación después de que haya terminado con él; no voy a dejar que se
salga con la suya, con sus mentiras. Él no...
Grito en el momento en que un brazo me rodea la cintura. O lo intento, pero el
sonido se amortigua porque, al mismo tiempo, una mano me tapa la boca y me levantan
del suelo. Y luego me llevan a algún lugar. Todo esto sucede tan de repente y en menos
de dos segundos que debería estar aturdida. Debería estar confundida y presa del pánico.
Pero supongo que me entrenó bien.
Me enseñó cómo reaccionar ante un agarre repentino en una situación tipo
callejón oscuro. Así que estoy asustada, sí, pero no porque tenga miedo, sino porque sé
que es él; ¿y cómo se atreve a agarrarme de nuevo como un maldito criminal? Como si
fuera la primera vez que nos vemos y él no hubiera hecho todas las cosas que ha hecho.
Mientras me lleva a donde quiere, me retuerzo y lucho contra su agarre. Le araño
los brazos. Le doy codazos en las costillas. Incluso intento darle patadas en los muslos y
las pantorrillas. Pero no le hace ningún efecto. Sigue caminando, manteniéndome pegada
a su pecho caliente y duro, sin romper el paso ni una sola vez.
216 Cuando por fin llega a su destino, al fondo, lejos de la fiesta, me baja, me da la
vuelta y me inmoviliza contra la pared de madera del granero. Y por fin cruzo la mirada
con él en la oscuridad, con la respiración entrecortada y ruidosa. Se ha quitado el
sombrero Stetson y tiene el pelo revuelto, con mechones cayéndole sobre la frente, así
que supongo que le he hecho algo de daño.
Pero ¿por qué sigue pareciendo tan guapo?
¿Y por qué su voz suena mucho más áspera que hace solo unas horas cuando
dice:
—Creí haberte dicho que no siguieras a un exconvicto?
Mi respiración sigue siendo ruidosa, pero ante sus palabras, irritadas como si yo
fuera una molestia, se vuelve aún más rápida y, en lugar de responder, hago lo que he
querido hacer todo este tiempo. Le doy un puñetazo en la cara. No es tan fuerte como el
de Axton ayer o incluso el de Haven, y creo que me dolió más a mí que a él, porque lo
único que hizo fue hacerlo parpadear y respirar por la nariz, pero me alegro de haberlo
hecho.
También me alegro de haber seguido adelante y haberle dado otra bofetada.
Y entonces es como si le hubiera tomado el gusto y no pudiera parar, así que sigo
adelante. Sigo golpeándolo. Le doy bofetadas en la cara, le golpeo el pecho. Incluso le
doy una rodillazo en los muslos; iba por sus estúpidas partes, pero fallé. ¡Habría vuelto a
intentarlo, pero creo que ya ha tenido suficiente, así que me agarra ambos brazos y me
los clava contra la pared junto a mi cabeza. También se inclina sobre mí con su cuerpo
duro, atrapando mis piernas con las suyas, con la hebilla de su cinturón clavándose en la
parte superior de mi abdomen.
Luego, apretándome las muñecas con los dedos, me dice con voz ronca:
—¿Ya te desahogaste?
Me retuerzo entre él y la pared, tratando de liberarme de su agarre.
—Déjame ir.
—No hasta que te calmes —dice con autoridad.
—No me digas que me calme.
—Lo haré si parece que estás a punto de hacerte daño.
—Estoy tratando de lastimarte a ti, imbécil.
—Sí, no creo que eso vaya a suceder.
—Eres tan… —Respiro hondo antes de continuar—: Eres un mentiroso.
Una ligera arruga aparece entre sus cejas, como si estuviera confundido.
—Creí que ya habíamos hablado de eso.

217 —Tu amigo tirador —le espeto, acercándome a su cara—, ¿el que me dijiste que
estaba esperando para disparar al hermano de mi mejor amiga, pero que en realidad no
era así? Ahora resulta que no es tirador en absoluto. —Ante mis palabras, su ceño se
despeja y exhala—. Al parecer, no le gustan mucho las armas. —Sigo—: Ni siquiera
dispara a los animales.
Exhala de nuevo, esta vez murmurando como para sí mismo:
—Sí, se me había olvidado eso.
Ante su reconocimiento, vuelvo a forcejear entre sus brazos, tratando de liberarme
y darle otra bofetada, porque aún no he terminado. Pero él me domina y lo único que
puedo hacer es mirarlo con ira y gruñir:
—Claro que te olvidaste de eso. Has dicho tantas mentiras que es increíble que
puedas recordarlas todas.
Su mandíbula, que no puedo evitar notar que ahora está aún más cubierta de barba
y ha cruzado la línea hacia una barba ligera, se aprieta mientras exhala.
—¿Por eso me seguías? ¿Porque descubriste que Rad no toca las armas?
—Sí —respondo secamente. Un segundo después, añado—: No.
Me observa durante unos segundos, con el ceño fruncido y más marcado que
antes.
—¿Por qué no lo averiguas primero y luego te lanzas sobre mí?
Entonces afloja su agarre. Gran error. Enorme. Porque en el momento en que sus
dedos dejan mi muñeca, me abalanzo sobre él de nuevo. Lo golpeo, abofeteo, puñetazos,
pateo e incluso muerdo. No estoy segura de en qué parte de su cuerpo conseguí hincar
los dientes, pero me pareció que fue en el lado del cuello; ahora vuelvo a estar sometida.
Esta vez con fuerza bruta. Que siga sin hacerme daño físico, incluso con la forma
en que me agarra con tanta fuerza la muñeca, es algo en lo que no quiero pensar mucho.
No ahora, cuando estoy tan enojada con él.
Su pecho retumba con sus palabras:
—¿Qué carajos te pasa?
—Tú —le espeto, apretando los puños contra su agarre—. Tú eres mi problema.
Todo lo que va mal en mi vida es por tu culpa.
Sus fosas nasales se dilatan y su pecho casi tiembla con su fuerte respiración.
—Así que quizá, por una vez, deberías actuar con inteligencia y alejarte de mí, en
lugar de seguirme en cuanto salgo de tu maldita vista.
Dios. Lo odio. Muchísimo.
Mi respiración también es profunda y entrecortada mientras repito:
—Déjame ir.
218 —Cálmate primero.
Su respuesta solo consigue enfurecerme.
—Si empiezas a hablarme como lo haces con tus caballos, juro por Dios que voy
a perder los estribos.
Su mandíbula tiembla.
—¿Más de lo que ya los has perdido?
—Tú…
—Y ya sabes lo que me gusta hacer para calmarte, así que, a menos que quieras
que me arrodille y te abra los muslos para que mi boca se ponga a trabajar entre ellos
mientras todo el pueblo está justo al otro lado del granero, harás lo que te digo y te
calmarás, ¿de acuerdo?
Quizá no pueda evitar que mis muslos se tensen ante su amenaza y que me duela
el estómago. Pero estoy segura de que voy a ignorarlo. En cambio, lo miro con ira a través
de la oscuridad. Y aunque estoy muy enojada con él, estudio sus rasgos.
Han pasado casi dos días desde que estuvimos tan cerca, y ahora que lo tengo
aquí, trato de encontrar señales de su incomodidad anterior. O alguna pista sobre lo que
hizo ayer y todo el día de hoy. Porque después de contarnos su plan, desapareció. Rad
le dio a Peyton unos papeles para que los firmara, algo relacionado con el poder notarial
y la tierra. Y Peyton prometió atender la llamada semanal de su hermano mañana para
no despertar sospechas sobre lo que los Grayson están planeando hasta que estén listos
para revelarlo.
—Prometiste que no mentirías —le digo después de un rato.
Levantó la vista y me di cuenta de que también estaba estudiando mis rasgos. En
concreto, mi boca, la protuberancia de mi barbilla. El pulso acelerado en la base de mi
cuello. Porque todos esos lugares me hormigueaban y ardían.
—¿Qué?
—Sé que quieres vengarte de los Turner y que quitarles sus tierras es el plan
perfecto. Pero sé que no te importa —digo—. No te importa el petróleo, el dinero. Ese no
es tu objetivo final.
Algo se refleja en su rostro, una mezcla de sorpresa y... satisfacción, por alguna
razón que desconozco, antes de decir:
—Me conoces muy bien, ¿eh?
Lo miro a los ojos, con el corazón acelerado.
—Sí. Te conozco. Puedes engañar a Peyton, pero a mí no me engañas. Así que

219 dime qué vas a hacer con eso.


Ante esto, su rostro se cierra.
—No tienes por qué preocuparte por eso.
Retuerzo las manos entre las suyas.
—Estás tramando algo, ¿verdad?
—Te lo repito, no es asunto tuyo, maldita sea.
—Dijiste que los dejarías seguir con su negocio —digo con urgencia.
—Y lo haré.
—Pero…
Aprieta mis muñecas con más fuerza, sus dedos finalmente se clavan en mis
huesos, aplastando mi pulso.
—Déjalo en paz, ¿de acuerdo? No es asunto tuyo. En tres semanas, todo esto
habrá quedado atrás. Toda esta mierda. Esta guerra, esta venganza, cada cosa que te
hice. Te arruiné la vida, ¿no? Bueno, en tres semanas, la recuperarás. Todo esto será
solo un recuerdo para ti. Harás lo que siempre quisiste hacer. Ayudar a la gente. Cambiar
vidas. —Aprieta la mandíbula por un segundo antes de decir—: Enamorarte, carajo. Así
que, ¿por qué no te preocupas más por tu futuro que por cuál será mi final?
Claro. En tres semanas, cuando haya terminado de quitarle la tierra a los Turner y
de hacer lo que le dé la gana con ella, podré recuperar mi vida. Será como si nada de
esto hubiera pasado. Y debería querer eso. Lo quiero. Es lo único que he querido desde
que me secuestró.
—¿Y qué hay de "hasta que la muerte nos separe"? —digo ridículamente,
sabiendo que él nunca lo dijo en serio.
Al oír mis palabras, sus dedos se aprietan aún más alrededor de mis muñecas.
—¿Y qué hay de eso?
—Tú lo dijiste —le recuerdo, como si lo hubiera olvidado—. Dijiste que no me
dejarías marchar. Me hiciste prometer que no huiría de ti.
Ya me estaba aplastando el pulso con el pulgar, pero ahora lo está aplastando por
completo, ralentizándolo mientras dice:
—Sí, eso fue antes de darme cuenta de que eres la chica equivocada.
Es como si me hubiera golpeado, como si me hubiera dado una patada en el
estómago.
La chica equivocada. La chica prescindible. Eso es lo que soy. Lo sé. Siempre lo
he sabido. No sé por qué me afecta tanto que diga eso. Por qué me duele tanto que
quiero doblarme por la mitad.

220 —Jesús, mira —me suelta por completo y se frota la cara con la mano—, ¿quieres
enterarte de una vez, joder? Te lo dije para asustarte. Para que pareciera que no había
escapatoria. Para que te sintieras impotente. Y, joder, te lo confieso, me gustó. Me gustó
asustarte. Me gustó saber que tenía poder sobre ti. Y, por un segundo, me gustó la idea
de no dejarte ir nunca. De quedarme contigo una vez que todo esto hubiera terminado.
Para mí, para mi diversión. Aunque, Dios lo sabe, no me lo merezco. No me merezco
ninguna paz en mi vida de mierda después de lo que hice hace ocho años. Pero soy un
pedazo de mierda egoísta que lo quería de todos modos. Sin embargo, todo eso
desapareció cuando descubrí que la había cagado. Y voy a ser un hombre y admitir que
la cagué a lo grande. Nunca debí haberte metido en esto. Tú no eres Turner. ¿Entiendes
lo afortunada que eres? No tienes nada que hacer aquí. No estás enredada en décadas
de historia sangrienta. Estás limpia. Eres libre. Así que eso es lo que voy a hacer. Te voy
a liberar.
—¡Pero no soy libre! —grito prácticamente.
Ese es el problema, ¿no? Ese es todo el problema. Que no soy libre ni estoy limpia.
No importa que no sea Turner. Porque sigo teniendo un pasado.
Tengo una historia con él.
Un pasado de sangre y mentiras. De una cabaña en el bosque y comidas alrededor
de una fogata. De él asustándome y emocionándome y haciéndome sentir jodidamente
viva por primera vez en mi vida. Tenemos un pasado lleno de treinta y siete cartas y
noches sin dormir. Así que no, no soy libre ni estoy limpia.
Estoy marcada.
Él me marcó y ahora no puedo volver a mi antigua vida.
No quiero volver a ella. Y, por Dios, esto tiene que ser lo más loco que nadie haya
hecho jamás. Tiene que ser el peor caso de síndrome de Estocolmo, y todo es culpa suya,
y yo solo...
Lo abofeteo de nuevo. Y otra vez, y otra vez, y lo hago porque quiero castigarlo,
marcarlo como él me ha marcado a mí. Pero esta vez, también tengo cosas que decir.
Cosas inconexas, rotas, incoherentes, que empiezan y terminan en lugares extraños y
que probablemente no tengan ningún sentido.
—Entérate de una vez, idiota. No soy libre. No estoy limpia y es culpa tuya. Me
hiciste cosas. Me desnudaste. Y me ataste a un árbol. Me apuntaste con tu pistola y me
obligaste a chuparla y yo… —Tengo hipo y le golpeo el pecho—. Nunca en toda mi vida
me he sentido tan segura como contigo. Tanto es así que te conté mi mayor secreto. Te
hablé de mi padre y de cómo él... te conté la muerte de mi madre y ¿se supone que debo
seguir adelante en tres semanas? Como si nada de eso fuera real, como si nunca hubiera
sucedido. —Le araño la mandíbula y le paso las uñas por el cuello—. Y ni siquiera me
miras. Finges que no existo y no puedo dejar de pensar en si dormiste algo anoche. Y en
que te perdiste la cena de ayer y el almuerzo de hoy y en lo incómodo que te sentías en
la fiesta. Pero no te importa haberme dejado en tu habitación, haberle dicho a otros que
221 me cuidaran cuando es tu trabajo. Tú me trajiste aquí. Tú deberías ser quien me cuidara.
Tú, no tu cuñada ni tu hermano, que no puede dejar de mirarme. Soy tuya. Tú me hiciste
tuya y yo…
Me detengo porque me quedo sin fuerzas. Aunque quiero decir más cosas. Tengo
mucho más que decir, pero mientras tengo hipo y trato de recuperar el aliento, él se
mueve. Se acerca poco a poco a mí y siento su aliento en mi mejilla, caliente y salvaje.
Y mientras trato de lidiar con eso, con su dulce aliento, siento su boca en mi mejilla.
Mi mejilla izquierda, justo debajo del ojo, y siento que me lame las lágrimas. Algo de lo
que no era consciente. Que estaba llorando.
En realidad, no las está lamiendo, las está bebiendo.
Puedo sentir cómo las succiona y oigo cómo las traga con fuerza. Pero hay tantas,
mis lágrimas, que tiene que recogerlas con sus pulgares ásperos, sus largos dedos,
rascándome y frotándome la cara. Sus manos me recuerdan dónde están las mías. De
alguna manera, han caído sobre sus hombros y yo le agarro la camisa con fuerza,
suspirando bajo sus suaves cuidados, pensando que es la primera vez que me besa así,
y, Dios mío, es tan suave.
Más suave de lo que había imaginado. Más caliente y más húmedo.
Todo lo que puedo hacer es gemir y quejarme mientras me aferro a su cuerpo.
—¿Qué estás haciendo?
—Cuidando lo que es mío —me susurra contra la piel, con su barba incipiente
pinchándome.
Le retuerzo la camisa y digo exactamente lo contrario de lo que acabo de decir:
—No soy tuya.
Su boca lame mi mandíbula.
—Por desgracia para ti, lo eres.
—Yo...
—Le voy a dar una paliza.
—¿Qué?
—Ax —dice, mientras sus pulgares dibujan círculos en mis mejillas—. Le dije que
se alejara de ti.
—No me importa...
—Una vaca tuvo un parto de nalgas —dice a continuación.
—¿Qué...? ¿Qué significa eso?
—Hoy, durante el almuerzo.
Entonces comprendo lo que está haciendo. Está cuidando de mí. Está
222 respondiendo a todas las preguntas que no le hice, o más bien que no quería hacer, pero
que se me escaparon de todos modos, y yo solo... Dios, se me encoge el corazón.
—Nos faltaba una mano y el veterinario llegaba tarde. —Continúa, lamiendo y
explicando—. Así que tuve que echar una mano.
—¿Está ella...? —Aprieto los ojos y arqueo la espalda, a mi pesar—. ¿Bien?
—Sí —susurra en mi mandíbula, con los dedos en mi pelo—. Fue difícil. Pero se
recuperó.
—¿Y el ternero?
—Es muy pequeña, pero sí, también está bien.
—Bien —trago saliva—, qué bien.
—Después fui a ver a mi agente de libertad condicional. —Continúa.
—Tu agente de libertad condicional.
—Ahora que he vuelto a la ciudad.
—Ah.
—Y Haven me lo dijo.
—¿Qué te dijo?
—Que no me querías cerca. Así que anoche me hice el invisible durante la cena.
Entonces le acaricio el pelo y tiro de los mechones.
—¿Pero comiste algo?
—No.
Le tiro del pelo.
—No deberías saltarte las comidas.
Él apoya la frente en mi cuello.
—Y tú no deberías preocuparte por mí.
—También deberías ver a alguien.
—¿Por qué?
—Tu trastorno de estrés postraumático. —Antes de que pueda decir nada,
continúo—: Sé que odias oír esto, pero me di cuenta. No te gustaba estar en la fiesta. No
te…
—Esto ayuda.
—¿Qué?
Su pecho se mueve con cada respiración.
—Respirarte.
223 Me muerdo el labio con tanta fuerza que me duele.
—Yo no…
—Y no pude.
Creo saber a qué pregunta está respondiendo, pero aun así pregunto:
—¿No pudiste qué?
—Dormir anoche.
Entonces me pongo de puntillas, el dolor en mi pecho es tan grande. Envuelvo mis
brazos alrededor de su cuello y susurro:
—¿Porque no estaba allí?
Él esconde la cara en el hueco de mi cuello y sigue respirando mi aroma.
—Sí. No podía verte. No podía olerte.
—Oh, Arsen, yo…
—Así que vine a tu puerta.
Mi corazón da un vuelco.
—Viniste a mi…
—Estuve ahí mucho tiempo. —Me huele el cuello mientras dice—: No dejaba de
oler la madera, intentando percibir tu aroma a través de la barrera.
Tragué saliva.
—Yo no... no lo sabía.
—No dejaba de decirme que me fuera. —Continúa, frotando su nariz contra mi
pulso—. No dejaba de decirme que no podía derribar tu puerta, que no podía entrar ahí.
No después de todo lo que había pasado. No después de haberla cagado contigo. Me
decía que necesitabas paz, que necesitabas ser libre. Libre de mí. Que no eres mi esposa,
no realmente. No importa cuánto lo desees. No tengo ningún derecho sobre ti, ni a entrar
en tu habitación. —Luego, apoyando la frente contra mi cuello, añade—: Pero no me
habría subido, lo juro. No me habría metido en la cama contigo. No te habría tocado. Dime
que lo sabes. Dime que sabes que no miento sobre eso.
Lo dice con tanta urgencia, con tanta sinceridad, que no tengo más remedio que
asentir.
—Lo sé.
Exhala un suspiro de alivio.
—Porque no lo habría hecho. Habría sido difícil. Habría necesitado toda la decencia
que me queda, todo lo que mi mamá me enseñó antes de morir, todo lo que mi hermano

224 me enseñó sobre cómo tratar a una chica, pero lo habría hecho. Te habría observado.
Habría olido tu pelo. Tu piel. Habría visto cómo la luz de la luna jugaba con ella. Como he
estado haciendo durante la última semana. Y luego me habría quedado dormido un rato,
justo debajo de la ventana.
—Dios, Arsen, tú...
Él se estremece.
—Así que cuando se me hizo insoportable, me fui. Salí a dar una vuelta.
Tragué saliva de nuevo y flexioné los brazos alrededor de su cuello.
—¿En Rebel?
—Sí. —Asiente, con la boca abierta recorriendo mi cuello de arriba abajo—. Hacía
ocho años que no lo veía, pero se acordaba de mí. Recordaba que fui el primero en
domarlo.
Siento una cálida sensación en el pecho porque puedo oír el orgullo en su voz, la
alegría, y suena glorioso. Hace que su voz sea un poco más grave y áspera, más como
un gruñido que me raspa la piel tan bien que podría oírlo durante días. Inclino la cara y
froto la barbilla contra su suave pelo.
—Como en tu sueño.
Finalmente, se aleja de mi cuello y levanta la vista, con los párpados pesados.
—Sí, mi sueño.
Veo los rasguños que le hice en la cara. En concreto, en la mandíbula. Un corte en
el lado de la boca, en el pómulo alto. Acerco los dedos para acariciar los cortes que le
hice con amor, con ternura, mientras susurro:
—¿Entonces era real? ¿Lo qué pasó entre nosotros?
Una expresión de tensión que se asemeja a la tortura se refleja en su rostro
mientras responde con voz gutural:
—Sí, cariño, fue real.
Exhalo un suspiro de alivio.
—Pero tú no... no dijiste mi nombre.
Su mandíbula palpita bajo mis dedos y sus dedos se clavan en mi pelo. No sé qué
dice eso de él o de mí, de nosotros, que él sepa exactamente a qué me refiero. En
realidad, sí lo sé. Dice que tal vez ambos estamos marcados. Él me marcó, pero tal vez
yo hice lo mismo con él.
—No debería respirar el mismo aire que tú, y mucho menos mirarte cuando estás
en la misma habitación que yo. —Levanto la mirada y me encuentro con sus ojos
brillantes y ardientes mientras él continúa—: ¿Qué te hace pensar que debería decir el
maldito sueño que es tu nombre después de todo lo que he hecho y todo lo que voy a
225 hacer?
—Tú...
—No es la primera vez, ¿verdad? —me interrumpe con voz áspera. De hecho,
desde que llegamos al rancho, su voz se ha vuelto aún más arrastrada y profunda. Como
si estuviera exactamente donde debe estar, aunque le cueste integrarse.
—¿Qué?
—Que has llorado. —Sus ojos recorren mis rasgos, sus pulgares siguen
acariciando mis mejillas—. Tu amiga lo dijo. Ayer. Que nunca lloras. Excepto cuando se
trata de mí.
Niego con la cabeza.
—Eso es...
—Te hice sentir mal contigo misma en ese maldito café, cuando la verdad es que
dejé de pensar en cuanto te vi entrar por la puerta. Me volví loco en cuanto oí tu voz. Y
luego te hice pasar por un infierno. Te mentí. Te até, te drogué. Te desnudé, te humillé.
Hice todo lo posible por quebrarte, pero no lo conseguí. No hasta ahora. No hasta que
volví a hacerte sentir inferior. —Mueve la mandíbula hacia adelante y hacia atrás—. En
lugar de decirte la verdad, te hice sentir que eras tú quien tenía carencias. Pero no es así.
Eres una sobreviviente. No dejaste que nada de lo que te pasó en el pasado te
quebrantara. Tu papá te pegaba; tu mamá lo dejaba. Te usó para protegerse a sí misma
en lugar de protegerte a ti, y aun así quieres ayudar a gente como ella. ¿Te das cuenta
de lo hermoso que es eso? De lo valiente que eres. De lo jodidamente impresionante y
sobrecogedora que eres. Te dije que me cuesta respirar cuando estoy contigo, ¿no? Es
verdad. Es difícil no mirarte, no preguntarles a Haven y a mi inútil hermano por ti. Es
jodidamente difícil dejarte ir. Pero lo estoy intentando, cariño, ¿de acuerdo? —Traga
saliva con dificultad, y su nuez se mueve—. Porque si hay alguien que falla entre los dos,
ese soy yo. Soy un pedazo de mierda. Me llamas tu vaquero criminal e imbécil, y eso es
exactamente lo que soy. Soy un maldito pedazo de mierda egoísta, nena, porque tomaré
lo que me des y robaré lo que no me des. Así que la razón por la que no te miro es porque
no soy el tipo de hombre que quieres que te mire. No soy el tipo de hombre que quieres
que diga tu nombre.
Quizás debería centrarme en otras cosas. Intentar escuchar lo que me está
diciendo. Pero soy una chica. Una chica a la que nunca antes un chico le ha dicho que
es hermosa, y mucho menos un hombre que le enciende el corazón. Él enciende toda mi
alma y, por más que lo intento, no puedo concentrarme en nada más que en el hecho de
que me ha dicho que soy impresionante.
—¿De verdad...? —Me humedezco los labios—. ¿De verdad pensaste eso cuando
me viste en la cafetería? ¿De verdad crees que soy hermosa?
Sus ojos brillan.
—No, porque no solo eres hermosa. Eres tan hermosa que podría ser que no
226 fueras real. Que tal vez te inventé en mi mente jodida mientras miraba el pequeño pedazo
de cielo a través de la ventana enrejada sobre mi litera. Eres tan hermosa que pareces
un sueño. Un ensueño. —Recorre con la mirada todo mi rostro—. Mi Reviere.
—Pero me echaste —le recuerdo—. En la cafetería. Tú... me dijiste que me fuera
y pensé…
—Te dije que te fueras porque intentaba protegerte —responde—. Intentaba hacer
lo correcto. No es que tenga ninguna experiencia, pero… —Vuelve a tragar saliva con
dificultad, con la mirada penetrante—. Es culpa mía, ¿verdad? No pensé. Te hice sentir
como todos esos malditos universitarios. Pero eso es lo que son, ¿entiendes? Chicos.
Pequeños imbéciles inmaduros. No saben lo que es la belleza porque la mayoría de ellos
no han visto la fealdad del mundo. No conocen el valor de la suavidad porque nunca han
sentido la dureza de los muros de concreto. No saben lo que es cerrar los ojos por la
noche y ver fuego y sangre. En lugar de soñar despiertos contigo.
Aprieto los ojos durante un segundo antes de preguntar:
—¿Qué le pasó?
Se queda paralizado. Su agarre sobre mí se detiene, en lugar de los tirones y
pulsaciones rítmicos. Pero ahora no puedo dar marcha atrás. Necesito saber por qué es
como es. Por qué está tan decidido a vengarse. Por qué ha pasado los últimos ocho años
entre rejas, mirando el cielo a través de una ventana enrejada, cuando sé que su lugar
está aquí fuera, durmiendo bajo las estrellas, cabalgando como el viento, trabajando la
tierra. Estando con su familia.
Así que, si ahora está inmóvil como una estatua y no respira, yo respiro por él.
Presiono mi pecho agitado contra su cuerpo implacable. Me estiro hasta el límite para
acercarme a su rostro, unir nuestras bocas y exhalar:
—¿Qué le hicieron? Le hicieron algo, ¿verdad? Algo sucedió hace ocho años que
te convirtió en esto. Tú no eres este hombre. Puede que seas duro y rudo, pero no eres
un criminal. No eres despiadado ni desprovisto de misericordia. Eres un protector. Me
protegiste. Me has estado protegiendo, así que dime qué le hicieron. Dime qué le pasó a
ella. Qué…
—Ella murió.
Ahora sus ojos parecen distantes, aunque me miran fijamente, y me cuesta respirar
al oír su declaración, pero lo hago por él. Sigo abrazándolo, presionando mi pecho contra
el suyo, dándole mi aliento mientras dice:
—Me estaba esperando. En uno de los graneros. En el que solíamos encontrarnos.
Llegaba tarde cuando recibí la llamada. —Hace una pausa aquí por un segundo y lo dejo,
esperando y temiendo sus siguientes palabras—. Hubo una explosión. En el lado norte
de la propiedad. Al principio, Rad dijo que estaba muy lejos de los pastos, en el bosque.
Asustó a las vacas y a los caballos, pero no sufrieron ningún daño. Podría haber sido
227 mucho peor, dijo. Así que me sentí aliviado. Por un segundo, dejé que el alivio me
invadiera. Pero entonces se me ocurrió algo. El granero. También estaba en el lado norte.
Lejos de todo, en el bosque, su lugar favorito. Le encantaba ese lugar, decía que le daba
paz después de un largo día de montar y cepillar caballos. Trabajaba para uno de los
ranchos del pueblo, como vaquera. —Hace otra pausa, como si la viera en su mente,
antes de continuar—: Cuando llegué allí, ya no quedaba nada. Ni rastro del granero, ni
de ella. Solo cenizas, nada más. Murió en su lugar favorito, esperándome. Probablemente
muerta de miedo. Quemada viva, en agonía, esperando a que yo fuera a salvarla.
Sé que ahora mismo tengo que ser fuerte.
Sé que tengo que abrazarlo, darle fuerzas, pero no sé cómo hacerlo cuando yo
misma estoy destrozada. Cuando mis propias rodillas tiemblan y se doblan. No sabía qué
esperaba, pero no era lo que me contó. No esperaba ver el dolor absoluto en su rostro.
Ni escuchar la profunda tristeza en su voz. No esperaba que mi propio corazón se
rompiera así. Por él. Por la mujer que amaba.
Por ellos.
—Pero no pude. —Continúa—. No pude salvarla.
De alguna manera, a través de mis propias lágrimas y mi dolor, le agarro la cara y
le susurro:
—Arsen.
Mi voz es débil y quebrada, pero él la oye y finalmente se concentra en mí. Más
que eso, finalmente respira. Su pecho tiembla contra el mío y la fuerza de su agarre
regresa. De hecho, regresa multiplicada por diez. Me agarra el rostro con sus ásperas
palmas, igual que yo lo estoy agarrando a él, y dice con voz gutural:
—La mataron. Manipularon el granero. Y yo irrumpí en Wildfire e intenté matar al
responsable. Ocho años después, sigo empeñado en destruirlo, en destruir a toda la
familia Turner, y no voy a parar. Nada me detendrá. ¿Entiendes lo que te estoy diciendo?
Esta gente, los Turner, los Grayson, todos somos iguales. Todos somos peligrosos.
¡criminales! Somos todos del mismo tipo y por eso —me agarra la cara con los dedos,
obligándome a mirarlo a los ojos—, tienes que irte. Tienes que salir de aquí en tres
semanas. Tienes que ser libre. Tienes que olvidar lo que pasó aquí y tienes que huir,
¿entiendes? Muy, muy lejos. Donde nadie pueda encontrarte. Ni los Turner, ni los
Grayson. Nadie.
—¿Ni siquiera tú?
—Soy un Grayson, ¿no? Pero más que eso —continúa, con los ojos brillantes y
ardientes—, soy como tu padre. Tenías razón. Soy cruel, egoísta. Un asesino. No pude
salvar a la chica a la que se suponía que amaba. Murió por mi culpa. No puedo salvar a
nadie. No soy un protector. Así que tienes que huir, ¿entiendes? Tienes que salvarte. De
mí. Dime que lo entiendes.
Me equivoqué.
228 Él no se parece en nada a mi padre. Mientras que mi padre mató a la mujer que
amaba, ocho años después, Arsenal Grayson sigue llorando a la mujer a la que no pudo
proteger. Mientras que cada vez que mi padre se acercaba yo intentaba esconderme
detrás de cualquier cosa que fuera más grande que yo, cuando Arsen me abraza, me
siento segura. Ambos me han hecho cosas malas a su manera, pero solo uno de ellos
quiere que sea libre.
No, no son iguales. De hecho, no podrían ser más opuestos.
Así que, por primera vez en mi vida, decido lanzarme al vacío y no me reprocho
nada por ello. No dudo de mí misma como lo hacía cuando escribía esas cartas. Hago lo
que voy a hacer a continuación con todo mi corazón y en pleno uso de mis facultades.
Lo beso.
Él está sorprendido.
Porque no se mueve durante varios segundos. Debería ser incómodo. Soy la única
que mueve sus labios sobre los suyos. Cerrados, además. Pero estoy demasiado

229
ocupada saboreándolo. Estoy demasiado ocupada finalmente, finalmente, respirando
aliviada porque llevo mucho tiempo esperando besarlo.
Años, eso parece.
Y aunque no sé nada de besar, sigo adelante. Sigo lamiendo la comisura de su
boca. Curvando mi lengua sobre las puntas. Sigo chupando su labio inferior en mi boca
porque es tan suave, casi saltarín. Y cada vez que le doy un mordisco, creo que saboreo
a limonada. Quiero preguntarle si la estaba bebiendo como yo en la fiesta y si tenemos la
misma bebida favorita. También quiero preguntarle un millón de cosas sobre sí mismo,
ahora que no me contengo y no me queda vergüenza cuando se trata de él. Y también,
cuando sé que me lo dirá; haré que me lo diga.
Pero entonces descubro lo increíble que se siente su barba en mi lengua, toda
áspera y punzante en contraste con sus labios carnosos, y dejo todo lo demás en segundo
plano. Habrá tiempo para eso más tarde. Tres semanas. Justo cuando estoy a punto de
lamerle más la barba, me tira la cabeza hacia atrás y su cara, con cara de enfado, llena
mi visión.
—¿Qué carajo estás haciendo? —gruñe.
Agarro el cuello de su camisa y le respondo:
—Besándote.
—Besándome.
—Sí. —Trago saliva, ruborizándome—. ¿Eso no fue... c-claro?
Entrecierra los ojos.
—Lo fue.
—Entonces…
—Simplemente —flexiona su puño en mi pelo—, no estoy seguro del por qué.
—Porque quiero.
Sus fosas nasales se dilatan con cada respiración. Tres respiraciones. Las cuento,
y sé que las toma para calmarse porque empezaba a respirar con más dificultad. Luego:
—¿Escuchaste algo de lo que acabo de decir?
Voy a asentir, pero me agarra con demasiada fuerza, así que respondo
verbalmente.
—Sí.
—Dime.
—¿Qué?
—Joder —me sacude la cabeza un poco, sus dedos crueles y brutales—,
repítemelo. Lo que te dije.
Le acaricio la mandíbula, acariciando su barba incipiente, esos cortes, mientras
230 susurro:
—Necesito ser libre. Necesito correr.
Sus fosas nasales se dilatan de nuevo.
—¿Correr a dónde?
—Lejos de aquí.
—Muy lejos —corrige.
—Muy lejos.
—¿Y de quién?
—Tú.
—Yo.
—Yo…
Vuelve a negar con la cabeza para callarme.
—¿Por qué?
—Porque eres… eres malo para mí.
—¿Y por qué soy malo para ti?
—Eres —hipo—, cruel y egoísta.
—Se te olvidó uno —me recuerda y tira mi cabeza hacia atrás aún más.
Tengo que esperar un segundo para poder apretar los muslos ante su agarre
brusco, el estiramiento brusco de mi cuello.
—Y-y peligroso.
—Intenta otra vez.
—No…
Se acerca más a mí, flotando.
—Aquella en la que les rodeo el cuello con las manos desnudas a los cabrones
que te han hecho daño y los aprieto con fuerza.
Dios.
Meto la barriga, mariposas revoloteando ahí abajo.
—Un asesino.
Su pecho se mueve con satisfacción.
—Sí. Un asesino.
—Pero…
Una vez más, me calla acercándose poco a poco, rozando sus labios con los míos,
sin tocarme, solo tentándome.
231 —Así que dime otra vez, ¿por qué demonios me besas?
Lo observo. Su rostro severo, cada línea tensa y afilada. Sus ojos oscuros y
brillantes, brutales. Y pienso que perdí tanto tiempo. Tanto tiempo lamentando que sus
ojos no fueran azules como los imaginaba. O que su voz fuera demasiado profunda la
primera vez que la escuché, y que sus hombros fueran más anchos de lo que pensaba.
Perdí tanto tiempo pensando que no se parecía en nada a lo que había soñado durante
los últimos seis meses, nada a mi Bo. Cuando debería haber estado pensando que él era
-es- todo lo que necesitaba que fuera.
Cruel, egoísta y peligroso, sí.
Pero también, feroz y protector, y Dios, capaz de tanto amor. Esto es lo que la
gente llama amor. Esto es lo que la gente llama lealtad. Que todavía esté dispuesto a
pasar por el infierno por la mujer que amó. Entonces, ¿no es obvio por qué lo estoy
besando?
Lo beso porque lo amo.
Me enamoré de él cuando solo lo conocía como Bo y apenas podía imaginar el
fuego que sentía en su interior, y estoy aún más enamorada de él ahora que su llama me
ha tocado. Sigo frotando mi pulgar en su barba incipiente mientras digo:
—Porque me di cuenta de algo.
—¿Qué?
—Que todavía estoy enojada contigo.
Eso lo hace reflexionar.
—Estás enojada conmigo.
—Sí —susurro, rozando con el pulgar la curva de su labio inferior—. Si crees que
te he perdonado todo lo que has hecho porque me limpiaste las lágrimas, las lágrimas
que me diste, estás muy equivocado.
Su mandíbula palpita y sé que está recordando mis lágrimas en este momento.
Recordando y lamentando. Está claro como el agua en su rostro. Eso solo me hace estar
más decidida a hacer esto.
—Guardo las cartas que me escribiste en el cajón de mi escritorio. Justo debajo
de la ventana porque Bo —su cuerpo se tensa al oír su nombre y le agarro la cara con
más fuerza—, me dijo que le gusta mirar el cielo a través de su ventana enrejada. Así que
supuse que le gustaría. Pero ahora sé que no era Bo; eras tú. Te gustaba mirar el cielo a
través de la ventana. Sé que nunca tendré el valor para moverlas, por mucho que lo
desee. Así que solo estarán ahí, como un recordatorio. Tu recordatorio. Como el
recordatorio de todas las mentiras que dijiste. Podría llenar un libro con todas las mentiras
que dijiste, todos los crímenes que cometiste, y aun así no terminaría. Tendré pesadillas
contigo el resto de mi vida. Así que sí, estoy enfadada contigo y no, todavía no te he
perdonado. Pero quiero hacerlo.
232 Puedo ver su mejilla palpitar mientras me mira fijamente.
—No deberías.
—Eso no te corresponde —digo, arqueándome hacia él—. Lo único que te
corresponde es disculparte.
Sus manos se mueven y bajan hasta mi cintura, donde me agarra con tanta fuerza
que me tambaleo sobre las puntas de los pies.
—¿Cómo?
Muevo las manos también y las hundo en su pelo antes de apretar los mechones
con fuerza.
—Quieres que esté limpia, ¿verdad? Quieres que sea libre, que olvide todo lo que
pasó. Así que, tendrás que obligarme.
Frunce el ceño.
—Obligarte.
Lo tiro del pelo.
—Sí, porque me trajiste aquí, ¿recuerdas? En contra de mi voluntad.
Finalmente lo comprende y su ceño se suaviza. Sus dedos en mi cintura tantean,
tiran, pellizcan.
—Así que tú eres la víctima.
Me da un vuelco el corazón al oírlo responderme con sus palabras. Pero ya hemos
pasado eso, así que le rodeo el cuello con los brazos y le susurro contra sus labios con
sabor a limonada que ansío recuperar:
—No, porque puede que no sea una Turner, pero cuando me obligaste a firmar en
esa línea punteada, no importa lo que escribí; me convertí en una Grayson. Y no me
importa si lo hiciste por venganza o porque soy la chica equivocada. Lo único que me
importa es que soy tu esposa. Me convertiste en tu esposa. Así que ahora es tu trabajo
convertir mis pesadillas en sueños.
Tiene que compensar todo lo que hizo porque no quiero que mi amor por él se vea
empañado por mi ira, por sus mentiras y crímenes. No quiero recordarlo como mi
secuestrador. Quiero recordarlo como mi esposo y el hombre que amo.
Algo atraviesa sus rasgos, todo su cuerpo, que de alguna manera se agranda. Sus
anchos hombros se estiran y su pecho se hincha hasta alcanzar proporciones
descomunales. Sus ojos brillan en la oscuridad, y juro que sus dedos en mi cuerpo se
calientan y se aprietan tanto que casi gemí. Incluso su voz se vuelve más áspera y ronca
cuando dice:
—No tienes ni idea de lo que acabas de hacer, ¿verdad?
233 Mi corazón, que ya late fuerte, empieza a golpearme el pecho con tanta fuerza que
me quedo sin aliento por un segundo.
—Sí, lo hago.
Él recorre mis rasgos con sus brillantes ojos antes de refutar:
—No, no lo haces.
—Yo…
—Acabas de abrir la puerta.
—¿La puerta?
—La que estaba intentando —amasa mi carne otra vez, con impaciencia—,
realmente estaba intentando con todas mis fuerzas no romper.
—¿Anoche?
—Anoche.
—Creo…
—Y adivina qué —dice con voz ronca, con la boca tan cerca de la mía que siento
como si ya estuviera bebiendo la limonada—. Ya no me quedo mirando.
—¿No?
—No, me voy a meter en la cama contigo.
Una corriente me recorre la espalda y vuelvo a tirar de su pelo.
—Quiero que lo hagas.
—Voy a tirar la sábana que llevas puesta.
—No me importa.
—Y te voy a arrancar la ropa que llevas puesta.
—De acuerdo.
—Ya no los necesitarás más.
—¿Por qué no?
—Porque si quieres algo con lo que cubrir tu precioso cuerpecito, va a ser mi
cuerpo. Y sabes por qué, ¿verdad?
Me estremezco.
—¿P-por qué?
Sus dedos en mi cintura se clavan y se hunden en mi carne mientras gruñe:
—Porque eres mi esposa y si quieres estar caliente, es mi trabajo hacer que así
sea.
Trago saliva de nuevo y me aferro a sus hombros; los nervios finalmente me
234 dominan.
—Bien, pero... pero hablemos primero.
—¿Sí?
— Sí, porque pensé...
—Sé lo que pensabas.
Me lamo los labios.
—¿Qué?
—Pensaste que soy un hombre, pero no soy solo un hombre.
—¿No?
Él niega lentamente con la cabeza.
—No, no soy solo un hombre. Creo que en todo tu jodido entusiasmo de niña
olvidaste que soy un hombre que pasó los últimos ocho años tras las rejas. Seis meses
de los cuales los pasé soñando contigo.
—No lo hice. Yo...
—Y cuando un hombre está encerrado y soñando durante tanto tiempo, empieza
a cambiar. —Continúa, con la voz áspera y cargada de peligro—. Se vuelve más duro,
más rudo. Agresivo. De modo que cuando por fin lo sueltan, no sale siendo un hombre;
sale siendo un toro. Y ya sabes lo que hace un toro, ¿verdad?
—¿Qué?
Él espera un momento para responder y sé que lo hace para mantenerme alerta.
De hecho, eso es precisamente lo que hago. Mientras espero a que me lo diga,
me pongo de puntillas y pego mi cuerpo al suyo. Y, en respuesta, me levanta aún más.
Me rodea la cintura con sus brazos tensos y me aprieta para levantarme, de modo que
mis pies se despegan del suelo y mis dedos apenas lo rozan. Así que solo puedo
depender total y absolutamente de él para mantenerme erguida.
Cuando termina de dominarme de esta manera, finalmente dice:
—Él folla.
Me estremezco, o lo habría hecho si me hubiera dejado. Pero me tiene tan
atrapada que lo único que puedo hacer es encoger los dedos de los pies mientras
continúa:
—Y folla como si fuera su trabajo. Como si fuera lo único que supiera hacer, follar
y retozar y follar otra vez hasta que ya no puede más. Sobre todo cuando hay un coñito
apetecible cerca. Y tú sabes que tienes un coño apetecible, ¿verdad?, que se pone a mil
con solo mirarlo.
—Eso no es...
— Ya sé lo que pensabas. Pensabas que me besarías y yo te correspondería, como
235 en las películas. Como en los libros que lees. Pero, cariño, ya sabes que nunca me ha
gustado un libro y esto es tan real como la vida misma. Me masturbé pensando en tu
cuerpo solo porque tus tetas se mueven al respirar dormida. Te lamí el coño y me tragué
tus fluidos con la excusa de calmarte. Te encantó tanto que me penetraste con fuerza y
eyaculaste en mi garganta como un huracán. Así que quieres besarme, nena, te besaré.
Te besaré todo lo que quieras, pero luego haremos lo que me gusta. Y eso no va a acabar
bien para ti.
Lo hace a propósito.
Intenta asustarme, aunque tiene razón. Pensaba que quería besarlo porque lo amo
y que él me devolviera el beso después de todo lo que me ha hecho. Porque no tengo ni
una pizca de experiencia con chicos, y él lo sabe. Así que quería ir con calma esta noche.
Trago saliva antes de decir en voz alta lo que pienso:
—Solo estás tratando de asustarme.
—¿Crees eso?
—Sí —intento sonar segura—. No soy idiota. Sé lo que te gusta y no me da miedo.
Pero yo...
—Sí, ¿qué me gusta?
—Comerme el coño —espeto antes de perder el coraje.
Él observa mis rasgos (apuesto a que están todos sonrojados) por un segundo
antes de decir:
—¿Crees que solo voy a comerte el coño esta noche?
Intento tragar de nuevo, pero me da hipo y tiro de su pelo.
—Como dije, no soy idiota. Sé que querrás hacer otras cosas, pero pensé que
empezaríamos despacio y...
—Sí, no —dice, con el pecho vibrando al pronunciar las palabras—. No hay quien
pare esto si me acerco a ese coño de universitaria que se pone cachondo en cuanto lo
lamo.
Vuelvo a tirar de su pelo mientras mis muslos se tensan.
—No lo llames así. Y tienes que hacerlo porque soy virgen.
Algo parecido a la satisfacción cruza sus facciones, y la comisura de su boca se
curva en una sonrisa torcida que me hace encoger el estómago de deseo y miedo.
—Lo eres, ¿verdad?
—Sí, entonces tenemos que ir más despacio y...
Me aprieta los brazos.
—Sí, esa es la cuestión, ¿ves? Ya sabes el color que pone nervioso a un toro,
236 ¿verdad?
Entonces mi corazón da un vuelco y todo el coraje que había reunido se desvanece
mientras exhalo:
—R-rojo.
Me abraza con fuerza de nuevo, con los ojos centelleando.
—Sí, rojo. El color de las rosas. El color de tu virginidad cuando la rompa. Y será
el color que manche tus muslos y corra por mi pene cuando termine contigo. Así que si
crees que eso me va a detener, entonces tal vez debería tener piedad de ti y decirte que
vuelvas a tus libros.
El miedo me atraviesa el pecho al instante y lo abrazo con más fuerza.
—No, no. No. No quise decir eso. Yo...
—Pero no lo haré —me interrumpe, susurrando sobre mi boca temblorosa, y suelto
un suspiro de alivio—. Porque la misericordia es para los hombres que aún no te han
visto, y bien por ellos, porque si lo hacen, será lo último que vean. Pero se me puso dura
en cuanto te vi, y se puso aún más dura cuando te chupé el jugo de las bragas. Así que,
virgen o no, prepárate para quedarte boca arriba porque voy a estar dándome placer
entre esos muslos sedosos durante un buen rato.
Creo que me he corrido.
Es una sorpresa porque he estado tan ocupada con el miedo y la rabia que, por
alguna razón, olvidé que estaba mojada. Estaba tan excitada que casi mojo las bragas,
pero creo que las acabo de inundar. Siento mi coño revolotear después; o quizás esto es
solo el principio de lo que está por venir. Pero supongo que eso es lo que hace. Me vuelve
tan loca, me confunde y, sin embargo, tan viva que no sé qué hacer conmigo misma
excepto enamorarme aún más de él.
Él es mi aventura.
El que he estado esperando toda mi vida.
Así que supongo que bajar el ritmo nunca estuvo en nuestros planes. O sea, me
besó ahí abajo mucho antes de besarme en la boca, así que probablemente debería
aceptar mi destino y alegrarme.
—Pero serás amable, ¿no? —susurro.
Se le escapa un suspiro.
—Te dejaré fingir que soy amable.
—Arsen, me estás asustando otra vez.
—Deberías haber pensado en eso antes de decidir convertirte en mi esposa, chica
237 de mis sueños.
Mis ojos se agrandan.
—Me llamaste chica de ensueño.
Esa sonrisa torcida regresa.
—Te llamas Reverie, ¿verdad?
—Sí.
—Como el sueño.
Sonrío, pero entonces pienso:
—Además, me obligaste a casarme contigo.
—No —murmura, con los labios crispados—. Solo te obligué a firmar esos papeles.
Te convertiste en mi esposa en cuanto decidiste abrir la puerta.
—Eres tan…
Entonces me calla y me besa.
Y me olvido de todo menos de su boca y su limonada. De sus labios suaves y
calientes y de esa lengua que exige entrar en mi boca desde el principio. Si yo fuera la
Reverie de antes, la Reverie de hace quizás dos minutos, lo habría dudado. Habría
luchado contra él antes de ceder de todos modos porque siempre me hace sentir tan
bien. Pero ahora soy la nueva Reverie, la chica de sus sueños, así que abro la boca en el
momento en que él quiere y dejo que tome el control. Dejo que toque las comisuras de
mi cuerpo que nadie antes había tocado. Dejo que lama y lama por dentro. Dejo que
chupe mi lengua y me muerda el labio inferior hasta que gimo y me arqueo contra él.
Dejé que me enseñara cosas.
O sea, este es mi primer beso y él es quien lo sabe todo. Así que dejé que me
levantara y trepé por su cuerpo, mis muslos rodeando sus delgadas caderas y mis tobillos
cruzándose en su espalda. Dejé que me masajeara el trasero con sus grandes manos y
dedos largos que estiraban y separaban mis nalgas con tanta fuerza que gemía en su
boca.
Ese gemido también es una lección, en realidad.
Porque cuando hago ruidos durante el beso, me besa aún más fuerte. Me toma los
labios entre los suyos y los succiona como si fuera limonada. Como si fuera la bebida que
no ha probado en ocho años, y es cierto, ¿no? Hace tanto que no besa a nadie, que no
siente la suavidad, la plenitud de una mujer, que se me encoge el corazón. Empiezo a
sentirme egoísta por pedirle que bajara el ritmo. ¿En qué estaba pensando? Pero no pasa
nada. Ya lo compensaré.
Y lo hago gimiendo más fuerte, más fuerte. Apretando mi boca contra la suya aún
más, devolviéndole el beso con más fuerza que antes. Lo hago arqueando la espalda y
238 apretando mis muslos a su alrededor. Girando y moviéndome contra él, arrastrando ese
lugar entre mis muslos -dicen que es la parte más suave de una mujer- contra las firmes
crestas de sus abdominales, para que pueda sentirme más.
Todo de mí.
Y funciona porque gime. Su pecho se estremece, y por unos segundos, su
respiración es tan profunda que siento mis pulmones hinchados. Como si tuviera
demasiado aire, demasiados latidos en el corazón, demasiada vida en las venas.
Demasiado aleteo y aceleración en el estómago.
En medio de todo esto, empieza a caminar sin romper el beso. Lo cual es bueno
porque no quiero salir a tomar aire y no me importa a dónde me lleve. He montado a
caballo con él, he pasado por el infierno con él. Es el destino más peligroso de todos, y
estoy abrazada a él como si fuera mi refugio. Ya nada me asusta.
Así que nos besamos y besamos hasta que él lo rompe.
Pero al menos no me baja. Me mantiene cerca de su cuerpo, así que, en lugar de
sus labios, le beso la mandíbula. Lamo su barba incipiente como si quisiera hacerlo y
chupo la punta de su barbilla. Me hago a un lado y chupo ese punto suave justo debajo
de su oreja, y esto lo hace estremecer.
Estremecerse.
Mi gran y malvado marido vaquero criminal se estremece por algo.
Estoy tan asombrada por esto, por esta pequeña debilidad que he descubierto,
que lo hago una y otra vez hasta que gruñe y me tira la cabeza hacia atrás. Parpadeo y
lo miro a la cara. Está excitadísimo. Tiene las mejillas rojas. Tiene los ojos entrecerrados
y pesados, y, Dios mío, tiene los labios hinchados.
Picados.
Por mí, la abejita malvada que soy. Solo que probablemente me parezco a él, mi
víctima, toda hinchada y mordida.
—¿Estás intentando hacerme correr demasiado pronto? —gruñe.
Flexiono mis muslos alrededor de sus caderas.
—¿Te obligará a hacer eso?
—Si me miras con esos ojos de cierva, haré eso.
—Sé que me llamas universitaria y…
—Eres una universitaria —me interrumpe y me abraza con más fuerza.
—Y crees que soy demasiado joven pero...
—No fui yo quien quiso ralentizar las cosas allí.
Entonces voy a morderle el labio, por interrumpirme siempre.

239 —Pero soy una estudiante de sobresalientes, ¿sabes? Y solo intentaba aprender
un truco nuevo para hacer temblar a mi marido.
El calor brilla en sus ojos y su mandíbula palpita con él.
—Si quieres aprender trucos nuevos, cariño, te enseñaré todos los trucos para
ponerme de rodillas. Pero esta noche, me toca a mí hacerte saltar y mi esposa solo tiene
que preguntar qué tan alto.
—Tú…
—Sube ahora —ordena.
Frunzo el ceño, confundida, pero antes de poder preguntarle qué quiere decir, me
sube él mismo y me deposita en lo que me doy cuenta es una silla de montar.
—¿A dónde... a dónde vamos?
Se sube detrás de mí, me rodea el estómago con el brazo y me sube a su cuerpo
caliente, que respira con dificultad.
—En algún lugar donde pueda hacerte gritar y ser el único que lo oiga. Porque no
comparto.
Luego hace chasquear las riendas y partimos hacia la noche.
OTRA VEZ,
no tengo ni idea de a dónde vamos, pero no me importa. Porque dice las
cosas más dulces de las maneras más aterradoras, y porque iré a cualquier parte con él.
Así que me pongo de lado y hago lo que tanto quise hacer mientras cabalgábamos
la semana pasada. Besarle el pulso. Su mandíbula, el triángulo de su garganta mientras
240 la hundo en ella y me lleno los pulmones de su aroma. Y él hace lo que probablemente
quiso hacer toda la semana pasada: apretarme el pelo para echarme la cabeza hacia
atrás y poner su boca sobre mí.
Quiero advertirle. Decirle que probablemente no sea muy seguro montar a caballo
mientras nos besamos, pero, repito, me da igual. Aunque nos estrellemos y nos
quememos, será la mejor muerte que alguien pueda encontrar. Además, el hombre al
que estoy besando está hecho de fuego, así que aunque nos quemáramos, me salvaría.
Así que le devuelvo el beso mientras cabalgamos, con los ojos cerrados y el corazón
latiendo con fuerza, y sigo hasta que detiene el caballo.
Sólo para poder bajar y arrastrarme con él.
Entonces vuelvo a envolverme a su alrededor y fusiono nuestros labios. Lo siento
caminar y detenerse. Lo oigo abrir una puerta que se abre con un chirrido. Huelo el heno
fresco y el cuero mientras inunda el espacio con luz amarilla, sin dejar de besarnos, sin
dejar de conectar. Me doy cuenta de que es un granero, pero diferente al que acabamos
de visitar, más lejos de la casa principal. Veo destellos de fardos de heno, leña cortada,
herramientas metálicas a medida que avanzamos. Entonces lo oigo subir. Supongo que
hay escalones aquí y los está subiendo, todo el tiempo llevándome en sus brazos, sus
botas golpeando los escalones de madera.
Es entonces cuando quiero quitarle la boca de encima y alejarme. Quiero que me
baje porque soy yo. Soy pesada. Y sé que me ha llevado a lugares; me llevó de vuelta al
campamento después del ataque del oso; me sube y me baja de la silla todo el tiempo; y
me ha estado cargando todo este tiempo mientras nos besamos.
Pero los pasos son diferentes. Los pasos son más difíciles.
Se me va a partir el corazón de vergüenza si lo oigo jadear y sudar. Me doy cuenta
de que es mucha presión para él cuando soy yo la que tiene el problema, así que intento
apartarme, pero gruñe y me agarra la nuca, manteniendo mi boca pegada a la suya.
Así llegamos al rellano, forcejeando con los labios, y pronto me encuentro bajando
a lo que me doy cuenta es una cama pequeña. Solo entonces me suelta. Cuando estoy
boca arriba y él encima de mí.
—Estoy... —digo con los labios doloridos mientras abro los ojos y me sonrojo—.
Estoy p-pesada.
Su boca también parece dolorida mientras me observa con sus ojos oscuros.
—Lo único que eres es perfección.
Se me encoge el corazón mientras niego con la cabeza.
—No soy...
—Déjame que te aclare algo, porque tal vez no quedó claro antes —me interrumpe
con otro gruñido—. Esta es mi casa. Este es mi rancho. La cama en la que estás acostada
241 es la que hice anoche, pero no dormí en ella porque no estabas conmigo. Todo lo que
ves aquí me pertenece. Incluyéndote a ti. Lo que significa que yo pongo las reglas, ¿de
acuerdo? Y tú eres quien las sigue. Así que si digo que eres perfecta, créeme. Créeme
que eres lo más perfecto que he visto en mi vida, y en vez de discutir conmigo, me das
las gracias, con toda esa educación y dulzura. ¿Entendido?
Quiero besarlo. Y luego darle una bofetada por ser un imbécil por algo que podría
haber dicho con amabilidad. Así que solo asiento y susurro:
—Gracias.
Su pecho se aprieta contra el mío con una respiración satisfecha.
—Buena chica.
Sus elogios me hacen un nudo en la garganta y exhalo:
—Pero no te estoy llamando “señor”' ni nada por el estilo. Así que quítate eso de
la cabeza.
Recorre con la mirada mis rasgos antes de decir con voz ronca:
—Puedo vivir con eso. De todas formas, que me llamen “señor” no es algo que
prefiera.
—¿Hay algo que prefieras? —pregunto, sintiéndome joven e ingenua de nuevo,
preguntándome si el sexo es realmente tan complicado.
Su boca, como si fuera una picadura de abeja, o más bien de ensoñación, se curva
en una sonrisa burlona y él se inclina, rozando sus labios con los míos mientras responde:
—Papi.
Un jadeo de asombro se escapa de mis labios, y él lo ahoga con la boca. Sé que
lo dijo para asustarme otra vez, pero no me importa. Porque durante los siguientes
segundos, me marea con otro de sus besos. Pero pronto lo rompe, y desenredándose de
la red de mis extremidades, se aparta de mí.
Jadeando, me incorporo apoyándome en los codos y lo veo retroceder unos
pasos. Quiero mirar a mi alrededor, intentar comprender el espacio en el que estamos.
Lo único que veo con el rabillo del ojo es que también hay fardos de heno apilados contra
la pared, pero este espacio también podría ser el dormitorio de alguien con un sillón en
un rincón. Por no hablar de la cama en el suelo donde estoy sentada. Pero la exploraré
más tarde porque, por ahora, no quiero perderme nada. Así que sigo observándolo.
Mi esposo.
Y no deja de mirarme mientras se desabrocha la camisa. Uno a uno, esos botones
plateados de su camisa de mezclilla se abren y veo asomar la franja de su enorme pecho.
Veo su vello oscuro que me muero de ganas de sentir en mis dedos. Sin embargo, a
mitad de camino, se detiene. Estoy a punto de protestar porque mi parte favorita estaba
a punto de llegar, su abdomen marcado y el rastro de vello oscuro que se espesa
242 alrededor de su ombligo. Pero antes de que pueda decir nada, echa la mano hacia atrás
y se quita la camisa de un tirón, dejándome ver todo lo que tanto anhelaba.
Sus hombros como rocas. La amplitud de su pecho, esos abdominales marcados,
sus pezones firmes y castaños. Y ese vello. Todo oscuro y rizado. Ni siquiera sé dónde
mirar primero, así que lo miro todo, sin ningún orden en particular. Por eso creo que me
pierdo lo que hace después.
Se desabrocha los vaqueros.
Solo me doy cuenta de que lo está haciendo cuando baja la cremallera y ese
sonido rompe el silencio del granero. O mejor dicho, un silencio cargado de respiración
agitada. Mi respiración agitada.
Entonces veo otro atisbo. De un vello más oscuro, más esponjoso y mucho más
grueso bajo la cremallera abierta de sus vaqueros. Sé qué es, aunque nunca lo he visto,
no en persona. Así que me incorporo. Me aferro a la sábana, aprieto la palma de la mano
contra el colchón, esperando, y juro que me quedo sin aliento cuando por fin ocurre.
Porque cuando lo revela, su pene, le da un golpe en el estómago. Y se siente como
el sonido más fuerte que jamás haya oído. Probablemente porque su pene tiene que ser
el más duro que jamás haya existido.
Eso sí, no tengo experiencia para juzgarlo, pero aun así sé que su polla está tan
dura que tiene que doler. Es gruesa y larga, ni siquiera me lo pregunto; la he sentido, así
que me lo esperaba. Esperaba que su polla fuera algo que necesitara su propia regla,
como mi antebrazo (quiero decir, esa cosa le llega hasta el ombligo), así que no me
sorprende descubrir que tenía razón. Lo que realmente me excita, lo que me hace apretar
los muslos y retorcerme donde estoy sentada, es que está goteando.
Constantemente.
Está todo húmedo y reluciente, la cabeza, la longitud, incluso la raíz. Y Dios, está
tan oscuro, una mezcla de rojo y morado, y palpitante. Incluso mientras lo miro, veo una
perla de líquido preseminal rezumando y deslizándose por su miembro, goteando hasta
sus testículos. Dos sacos pesados que parecen apretados y tan rojizos como su pene.
—Estás... —exhalo, tragando saliva—. Parece que estás... sufriendo.
Baja la mano, su mano grande, llena de cicatrices y hermosa, y se aprieta los
testículos.
—Sí, así es como se ven seis meses soñando contigo.
Levanto la vista y veo su pecho agitado, ahora tan rojo como su pene. Su abdomen,
que se ahueca con cada respiración. Su rostro, todo líneas afiladas y ángulos de deseo.
Todo su cuerpo, grande, moreno y desgarrado por la lujuria contra el fondo de la luz
amarilla.
—Parece una tortura —digo.

243 Su pecho se agita y lo veo tirarse de nuevo de los testículos antes de sujetar la
longitud de su polla y empezar a subir y bajar lentamente, muy lentamente.
—La tortura más exquisita que he sentido en mi vida.
Sigo su mano sobre su polla mientras se masturba y comienza a caminar hacia mí
mientras susurro:
—¿Estás tratando de hablarme dulcemente?
—Soy muchas cosas, cariño, pero dulce no es una de ellas —espeta, pellizcando
la cabeza de su pene.
Aparto la mirada de su cuerpo y la miro a los ojos, entrecerrados.
—Pero puedes ser dulce.
—¿Sí?
—A veces.
Sus fosas nasales se dilatan.
—Menos mal que lo piensas, porque esto es todo lo dulce que vas a recibir.
Dicho esto, se arrodilla al pie de la cama, completamente desnudo y glorioso, con
los músculos flexionándose y abultándose con sus acciones. Y yo exclamo:
—Esta es nuestra noche de bodas.
Al oír mis palabras, sus ojos brillan posesivos, poniéndome la piel de gallina. Me
agarra los tobillos y me acerca más a él mientras gruñe:
—Sí, y esta noche pagaré por mis crímenes.
—Crímenes —susurro.
Se inclina y me da un suave beso en los labios.
—Sí, por cada pequeño crimen que cometí contra ti, contra tu cuerpo. —Otro beso
mientras me baja la cremallera de la sudadera—. Por drogarte y secuestrarte. Por
correrme sobre tu cuerpo dormido como el exconvicto cachondo y desesperado que soy.
Me quita la sudadera y va a quitarme la camiseta, y yo levanto los brazos sin que
me lo pida. Me la quita y me da otro beso en la boca, y mis manos se aferran a sus
hombros.
—Pago por cada noche que te até con una cuerda en lugar de usar mis brazos
para atarte a mí como debería haber hecho.
Tiemblo ahora, con sus palabras, con sus suaves besos. Con él desabrochando mi
sujetador y quitándomelo en un instante. Antes de susurrar contra mi boca:
—Te arranqué el vestido de novia, ¿verdad?

244 Cierro los ojos con fuerza y asiento, todavía me duele eso.
Me agarra los pechos y los aprieta, haciéndome gemir.
—Y te hice montar mi pistola en lugar de mi polla, como querías. Como te merecías
por ser mi dulce... —un beso en la boca—, zorra —otro beso—, esposa gloriosa.
—Arsen —gimoteo contra sus labios.
Y se lo traga con otro beso mientras susurra, sus manos bajando hacia mis
vaqueros.
—Tu cuerpo es la escena de mi crimen, ¿no es así, nena?, así que en nuestra
noche de bodas, pago por violarlo en lugar de adorarlo como debería haberlo hecho
desde el principio.
Arqueo la espalda y me quita rápidamente los vaqueros y las bragas. Y entonces
estoy desnuda.
Sinceramente, no me habría enterado en absoluto -lo cual es una maravilla en sí
mismo- si no hubiera oído el crujido de mi ropa al caer al suelo. Porque en cuanto me
quedo completamente desnuda, con curvas y rollitos -otra cosa que me da mucha
tranquilidad-, se inclina y me baja sobre las sábanas frescas, cubriéndome con su cuerpo.
Supongo que tenía razón cuando dijo que era todo lo que necesitaba para mantenerme
caliente y abrigada.
Además, está haciendo lo que dijo que haría.
Adorándome.
Con sus labios sobre los míos. Sé que todos lo llaman besar, pero esto es
adoración. Él está adorando mis labios, chupando y saboreando mi boca como si fuera
su religión, antes de bajar a un lado de mi cuello. Pasa un rato allí, cerca de mi pulso,
haciendo lo mismo, mordisqueando mi piel, saboreando mi sabor mientras mis
extremidades lo envuelven. Mis brazos rodean su cuello y mis muslos se aferran a sus
caderas. Y es lo más increíble que he sentido en mi vida.
Mi cuerpo desnudo se enredó con el suyo.
Mis talones se hunden en la parte trasera de sus muslos, rozando la pelusa de su
vello. Mis uñas le arañan los hombros; su polla dura y supurante palpita contra mi vientre.
Estoy tan ocupada disfrutando de todas estas nuevas sensaciones que no me doy cuenta
de que ha llegado más abajo.
A mis tetas. Hasta que toma un pezón en su boca y me arqueo.
Santa mierda.
No sabía lo sensibles que eran mis pezones. Ni lo sensibles que serían mis pechos
cuando me soltara el pezón y me chupara la carne. Es como si hubiera una línea directa
desde mis pechos hasta mi vientre y hasta mi coño. Y esa línea tira con cada succión de
su boca y cada embestida de sus dedos al apretar mi carne.

245 Tanto que me he salido completamente de la cama improvisada y ahora estoy


aferrada a él. No dejo de arañarlo con las uñas mientras me chupa las tetas, juega con
ellas, y arrastro mi coño mojado por su vientre, las marcas de sus abdominales, la espesa
mata de su vello. Gimo, me retuerzo y supuro, posiblemente tanto como él, con los dedos
de los pies enroscándose en éxtasis.
Dios, sí, esto es adorar.
Así debe sentirse una diosa. Apreciada y devorada al mismo tiempo.
Pero solo va a la mitad, porque después de chuparme las tetas, baja a mi vientre
y hace lo mismo. No voy a mentir; soy muy consciente de mi barriga. De sus rollos
interminables, su carne pastosa y su piel increíblemente pálida. Pero en cuanto su boca
toca mi ombligo, lo olvido por completo y gimo tan fuerte que parece que el techo tiembla.
Dios, ¿cómo es que mi ombligo está tan sensible?
Estoy a punto de cerrar los muslos de golpe y casi saltar de la cama, pero él me
sujeta. Me agarra las caderas como si fueran manubrios, sus uñas romas haciendo
hoyuelos en mi carne mientras lame y lame mis pliegues, los devora como si llevara siglos
muriendo de hambre, ocho años, seis meses de los cuales pasó soñando conmigo, y yo
soy su primer festín. Mi cuerpo y sus abundantes curvas son su sustento.
Lo juro por Dios, solo pensarlo -el cuerpo que siempre odié convertido en su
comida- me hace correrme. O quizás sea porque mientras él se alimentaba de mi vientre,
yo me he estado apoyando en su pecho. Me he estado retorciendo y restregando contra
él, y finalmente he llegado al límite. Dios, todavía me da vergüenza lo fácil que es hacerme
correrme. Así que es casi un alivio que por fin haya llegado al punto que se supone que
debería ser tan sensible.
Mi coño aún palpitante.
Aunque mi alivio dura poco porque, caramba, nunca dejo de correrme. Mientras
él está ahí abajo, comiéndome, no dejo de alcanzar el clímax. Mi orgasmo se extiende
como una cuerda que parece interminable. Mis muslos no paran de temblar. Mi vientre
se contrae y me ondulo como una ola en el océano.
Y no ayuda que esté haciendo todos esos ruidos. Antes, cuando me chupaba las
tetas y la barriga, gemía y gruñía, y todo se sentía necesitado y cachondo, excitante. Pero
esto es diferente. Esto es mucho más intenso y, Dios mío, lascivo. También está
sorbiendo. Todo descaradamente y con abandono, lo que me pone aún más cachonda.
Como si de verdad estuviera bebiendo de mi coño. Sin mencionar que sube y baja la
cabeza y la mueve de un lado a otro, y su barba incipiente me araña la cara interna de
los muslos.
Creo que me desmayo.
O al menos pierdo la noción del tiempo y el espacio. Porque lo siguiente que
recuerdo es que está saliendo de entre mis muslos y trepando por mi cuerpo. Me cubre
de nuevo, su cuerpo sudoroso presionando contra el mío, acomodándose con sus
246 caderas entre mis muslos temblorosos y sus manos enmarcando mi rostro acalorado.
—Mírame —ordena con voz ronca.
Abro los ojos e intento enfocar la vista.
—Esto es todo —dice, con la mirada perdida, drogada y salvaje.
Durante los primeros segundos, solo puedo observarlo. Sus labios rojo rubí,
brillantes. Me sorprende un poco lo húmeda que se ve su boca, pero luego miro su
mandíbula, las gotas pegadas a ella, incluso a su garganta, y, Dios mío, ¿soy yo?
¿Yo le hice eso?
Retiro las manos de donde agarraban las sábanas con fuerza y le ahueco la
mandíbula con ambas manos.
—¿Yo... yo hice eso?
La posesividad es tan evidente en sus rasgos que bien podría ser otra presencia
en el aire.
—Sí, a mi nena le gusta correrse.
—Oh, no —exhalo.
—Oh, joder, sí.
Le acaricio la mandíbula con dedos temblorosos.
—Pero lo siento. Yo...
Su estómago se vacía con su respiración mientras dice con voz áspera:
—Me ahogaría mil veces si eso significara saborear tu dulce coño de camino al
otro lado. Así que tu perdón es lo que llamo mi cielo y nunca quiero salir a tomar aire,
¿sí?
—Arsen —gimo, retorciéndome debajo de él, y es entonces cuando lo comprendo.
Sé lo que quería decir con eso porque su pene está justo ahí. Justo en mi entrada. Ante
mis inquietos movimientos, su cabeza roza mi coño y ambos nos estremecemos.
Presiona sus pulgares contra mis nalgas.
—Agárrate a mí, ¿de acuerdo? Esto va a doler y no quiero hacerte más daño del
necesario. Así que vas a hacer exactamente lo que te diga y... joder.
Esa fui yo. Lo hice, interrumpiéndolo a mitad de la conversación porque tomé
cartas en el asunto. Arqueé la espalda y le puse las manos en el trasero, empujándolo
hacia adentro por mi cuenta. Estoy bastante segura de que no era eso lo que iba a decir,
pero en fin. No quería que perdiera el tiempo hablando y educándome cuando lo
necesitaba ahí dentro. Cuando necesitaba que lo difícil hubiera terminado.
Es decir, la toma de mi virginidad.
Y fue difícil, no voy a mentir.
247 Me estremecí al sentir su entrada y jadeo, agrandando los ojos al sentir el
estiramiento. Maldice antes de dejar caer la frente en el hueco de mi cuello. Su
respiración es entrecortada, creando una niebla sobre mi garganta. Parpadeo hacia el
techo de madera mientras espero a que pase el dolor. Es como un pinchazo, como una
aguja atravesándome. Fuerte al principio, pero ahora se está apagando. Cuando creo que
se ha ido, ladeo la cara y susurro:
—Ya está.
Se pone rígido sobre mí. No es que ya estuviera rígido, pero al oír mis palabras, su
cuerpo se tensa aún más y levanta la vista.
—¿Qué?
Mis manos todavía están en su trasero así que hundo mis uñas en sus duros globos
y respondo:
—Estás dentro.
Sus ojos se entrecierran aún más.
—Ya pasó lo difícil, ¿no? Ahora todo va viento en popa.
Juro que lo siento palpitar dentro de mí y el dolor regresa. Bueno, quizá no todo
sea color de rosa, pero al menos ya no soy virgen, y todo el mundo siempre habla de lo
maravilloso que es. Además, creo que no sangré nada. Así que estoy segura de que todo
irá bien.
Pero él no lo cree porque, lentamente, se levanta de mi cuerpo. Se levanta
apoyándose en los brazos, con los hombros tensos, como si fuera a hacer una flexión.
Me mira con lo que solo puedo llamar una expresión de enojo.
Enojado y molesto, dolido incluso.
Luego, con las fosas nasales dilatadas, dice:
—Si crees —se inclina, sus bíceps se hinchan con la acción, su torso presionando
contra el mío, como si me inmovilizara con su peso—, que estoy dentro —se separa un
poco de mí, y mis extremidades se aprietan a su alrededor, negándome a soltarlo—,
entonces, nena, te espera un despertar muy brusco.
Antes de que pueda decir algo, él retrocede y, mierda, ¿qué fue eso?
Me estremezco como si me hubieran electrocutado, mi columna se arquea con un
estiramiento que jamás había sentido. Grito y me debato, o al menos lo intento, pero su
peso me inmoviliza y gimo:
— Arsen, yo…
Ante la súplica que no consigo hacer, el dolor disminuye. Y me doy cuenta de que
se ha retirado y me ha dado un segundo para respirar mientras dice:
—Porque eso fue solo la propina.

248 Estoy jadeando.


—¿La propina?
—Sí. ¿Te acuerdas de la que te hablé? La que le das a una stripper por hacerte
un baile erótico.
—Ajá.
—Esa no es a la que me refiero.
—Arsen, por favor, yo...
—Este es el otro tipo de propina y todavía te falta —vuelve a empujar hacia
adentro, haciéndome gemir y arquearme porque el dolor aumenta—, unos veinte
centímetros más para tomar.
Amplíe los ojos y le arañé los costados, subiendo las rodillas a la cama.
—Pero no creo que pueda... soportarlo.
Su pecho se hincha con su respiración.
—Oh, lo soportarás.
—No cabrás. Tú...
Su pene palpita dentro de mi coño, y vuelvo a gemir mientras gruñe:
—Cabré. Aunque me lleve toda la maldita noche, voy a lograr que quepa.
Giro la cabeza de un lado a otro.
—Es de-demasiado. Eres demasiado.
Se inclina, sus músculos vibran, gotas de sudor caen sobre mi cuerpo, su piel
bronceada brilla bajo la luz amarilla.
—Sí, lo soy. Así que esta vez, en lugar de ser una maldita mocosa, me harás caso
y harás lo que te digo, ¿sí? —Se aparta de nuevo, aliviando la presión—. Porque como
dije, lo tomarás. Tomarás cada maldito centímetro de mi polla en tu coño de universitaria
porque no quiero imaginar un mundo donde no pueda estar dentro de ti. Donde no pueda
estar lo más cerca posible de ti.
Se me llenan los ojos de lágrimas y asiento.
—Ee-stá bien.
Su estómago se hunde sobre mí una vez más y aprieta la mandíbula por un
segundo.
—Ahora, agárrate a mí y déjame hacerlo bien, joder.
Asintiendo desesperadamente, me aferro a sus hombros y me preparo. Exhala
aliviado y vuelve a penetrarme. Esta vez, más profundo, tanto que no puedo evitar gemir
de nuevo. Pero no estoy sola cuando lo hago. Está ahí conmigo, descendiendo sobre mi

249 cuerpo, enmarcando mi rostro con sus grandes manos de nuevo y poniendo su boca
sobre la mía para poder tragarse mis dolorosos gemidos.
Para poder besarlos y provocarme gemidos de placer.
Lo cual no tarda mucho, o quizás sí, no lo sé. Solo sé que sigue besándome,
saliendo y entrando, cada vez más profundo con cada embestida. Siento espasmos en
los muslos y calambres en el vientre a medida que avanza centímetro a centímetro, y creo
que incluso sangro un poco cuando me penetra. Pero después de un rato, ya no duele
tanto. Después de un rato, entra y sale como si siempre hubiera estado ahí. Como si su
pene siempre hubiera estado destinado a deslizarse en mi canal, tallarlo y moldearlo para
hacerle espacio.
Después de un rato, ambos estamos tan sudorosos y nuestras bocas tan hinchadas
que nos pegamos. Nuestros cuerpos se fusionan, y no sé dónde empieza él y dónde
empiezo yo. No sé si soy yo la que gime o si son sus ruidos. O si tiro de su pelo o si él tira
del mío. Quién respira llenando los pulmones de quién o qué extremidades están más
tensas. Solo sé que nos movemos como uno solo. Nuestras caderas se retuercen y
chocan. Mis pechos tiemblan y su pecho roza el mío. Mis talones se clavan en su espalda
y sus rodillas se hunden en el colchón para hacer palanca.
Para que pueda ir más rápido. Para que su pene pueda alcanzar partes de mí que
no creía que existieran. O si existieran, no pensé que nadie pudiera llegar. Quizás a esto
se refería. A estar tan cerca de alguien.
Estar tan cerca de su esposa. De mí.
Ahí es cuando me corro. Con solo pensarlo. Que me está convirtiendo en su
esposa. Tenía razón cuando dijo que solo me obligó a firmar esos papeles; me convertí
en su esposa en el momento en que acepté mi destino. Y con su pene dentro de mí, mi
iniciación está completa. Soy verdaderamente suya ahora. Siempre. Para siempre.
Hasta que la muerte nos separe.
Así que me arriesgo y me corro a su alrededor. Mi canal palpita, haciéndome gemir
tan fuerte que ahogo mis propios latidos. Pero no sus ruidos. Porque lo oigo gruñir y rugir
antes de sacudirse sobre mí, sus caderas pierden su ritmo suave y su polla palpita dentro
de mí.
Sé que habrá muchos momentos de esta noche que recordaré durante días, pero
creo que el más memorable será él, corriéndose dentro de mí. Y luego rodeándome con
sus brazos y hundiendo su cara en mi cuello, suspirando.
Largo y duro.
Como si después de ocho años finalmente estuviera en casa.

250
SUS RESPIRACIONES SON lo primero que oigo.
Son lo que me despierta. Todo pesado y áspero, gruñendo. Abro los ojos y ahí
está, iluminado por la primera luz del amanecer, arrodillado sobre mí. Con la mano en su
polla y la mirada fija en mis curvas desnudas.
251 Mis tetas para ser exactos.
Dios, es tan hermoso así. Todo sudoroso y bronceado, con la mirada febril, el
pecho agitado. Sus bíceps se hinchan y se contraen con cada movimiento. ¿Así se ve
cuando se masturba sobre mi cuerpo dormido? Como si estuviera en trance, ajeno a todo
lo que lo rodea excepto a mí: Lo más hermoso del mundo. Lo más tentador, lo más
perfecto...
Sé que me lo dijo anoche, pero no lo creí. Hasta este mismo momento. Hasta que
lo atrapé con las manos en la masa. No creo que sepa que estoy despierta. Casi siento
que estoy interrumpiendo. Sobre todo cuando su otra mano, la que tocas los testículos,
sube sigilosamente y se frota el pecho, inquieto, casi temblando de la sensación. O
cuando se frota la garganta como si tuviera demasiado calor y sudor. Tanto que su aliento
lo empaña todo y tiene que limpiarse la boca con el dorso de la mano.
Antes de escupir en la palma.
Con la misma mano con la que se frotaba el cuerpo, ¡y vaya!, ahora usa la misma
mano para masturbarse. Mientras la otra baja a sus testículos mientras se inclina un poco
hacia atrás, empujando la pelvis hacia arriba. Embistiendo el aire, subiendo y bajando
como si estuviera follando de verdad.
Como me folló anoche.
En el fondo, pienso en lo fácil que es pensar estas palabras ahora, sin ruborizarme,
sin pestañear. Supongo que ya no soy virgen. Soy suya.
Su esposa.
Y ese pensamiento me excita tanto, me inquieta tanto que me retuerzo en la cama,
contorsionándome de deseo. Eso es lo que le avisa que estoy despierta y sus ojos se fijan
en los míos. Debería apartar la mirada, ¿no? Debería respetar su espacio, darle
privacidad, pero la cosa es que no quiero. No quiero tener secretos con él, ni que él los
tenga conmigo. Y sé que es una locura, pero así es como me siento y lo quiero dentro de
mí ahora mismo.
Ahora mismo, o me desmayaré de deseo.
Me aplastaré bajo su peso y el de su mirada. Así que quizá por eso dice, con voz
ronca y baja:
—Tócate.
Mis ojos se amplían, pero no creo que su petición me dé tanta vergüenza como
debería. Porque, para empezar, no ha dejado de tocarse. No, de hecho, creo que ha
acelerado el ritmo y ha apretado la mandíbula con más fuerza al ser descubierto, como
si fuera lo más excitante del mundo. Ser descubierto por mí mientras se toca.
Y segundo, estoy cachonda. Aunque nunca lo he hecho delante de nadie, tiene
todo el sentido del mundo hacerlo ahora delante de mi marido. Así que, sin apartar la
252 vista de él, suelto la mano de mi costado y la bajo hasta mi vientre. Abro un poco más las
piernas y, girando las caderas de nuevo, me toco el coño. En ese instante, siento una
corriente eléctrica recorrer mi cuerpo porque, ¡madre mía!, estoy empapada. Estoy
empapada. Estoy toda resbaladiza ahí abajo. Y tan delicada y suave. Más suave que el
terciopelo. Más suave que las rosas y más hinchada que nunca.
Me pregunto qué pensará de mí ahora mismo. Probablemente toda una zorra, con
las piernas abiertas y el coño chorreando. Pero no pasa nada. No solo porque no me
importa ser una zorra cuando se trata de él, sino también porque lo que ve le gusta.
Le encanta porque está temblando.
Hay grandes sacudidas que recorren todo su cuerpo, haciendo que sus caderas
salten y sus movimientos sean caóticos. Y su respiración se ha vuelto entrecortada. Creo
que, más que mis propios dedos, es él quien me excita, y es él quien me va a llevar al
límite.
Tengo razón cuando, con un gemido, empieza a correrse. Todo su cuerpo se
estremece y noto su polla rubicunda saltar en su puño mientras derrama semen por todo
mi cuerpo, mi vientre tembloroso y mis muslos estremecidos. Incluso mi mano que juega
con mi coño, y entonces yo también me corro. Gimo, me retuerzo y me arqueo ante sus
ojos mientras siento su orgasmo deslizándose por mis dedos, mezclándose con mis
propios fluidos, todo caliente y almizclado. Haciéndolo todo aún más resbaladizo y
empapado.
Pero no ha terminado, porque al instante siguiente, se abalanza sobre mí. Aparta
mi mano y la reemplaza con su boca. Se aferra a mi clítoris y chupa y chupa, y me hace
correrme otra vez.
Más fuerte que la primera vez.
Porque no solo me está comiendo, sino que también se está saboreando a sí
mismo en mí. Está saboreando su propio semen y creo que es lo más excitante que
alguien le ha hecho jamás a nadie.
No, hablé demasiado rápido, porque cuando terminó de lamerme su semen del
coño, subió y me pasó la lengua por el vientre, justo donde había caído más semen. Lo
lamió, y antes de que pudiera aceptar que estaba comiéndose su propio semen, subió
aún más y, en un instante, me agarró la mandíbula. Presionando, me obligó a abrir la
boca, y antes de que pudiera adivinar sus intenciones, escupió su semen en mi lengua,
convirtiéndolo en la experiencia más excitante que he experimentado.
Tanto que gimo, y rodeándolo con mis brazos, me aferro a él y lo beso. Mete la
lengua en mi boca, y entonces ambos nos saboreamos. Nos tragamos el uno al otro. Y
nuestros sabores mezclados se convierten en mi favorito al instante. Somos dulces y
ácidos. Como azúcar y limonada.
Me besa un buen rato, y vuelvo a sentirme dormida y saciada. Cuando por fin
253 paramos, esconde la cara en mi cuello y me respira, con su pesado brazo sobre mi pecho,
sus dedos jugueteando con mi pelo con pereza y posesividad. Juro que se siente como
una bestia dormida y satisfecha ahora mismo mientras murmura con un gruñido:
—Joder, siempre hueles de maravilla.
Alarga su "bien" como si no quisiera que terminara nunca. No quiere dejar de
olerme. Mordiéndome el labio, ladeo la cabeza y froto mi barbilla contra su pelo.
—¿Pudiste dormir anoche?
Exhala, su pecho se mueve sobre el mío y gruñe. Lo interpreto como un
asentimiento y sonrío.
—¿Me llevarías a ver esos ranúnculos de los que hablaste?
Su gruñido va acompañado de un asentimiento esta vez y un roce en mi cuello,
como si estuviera oliendo esas flores ahora mismo. Y sonrío aún más fuerte que antes.
—¿Eso es lo que hacías? ¿Antes? Cuando dormía.
Él tararea.
Sigo frotando mi barbilla contra su pelo mientras susurro:
—Sabes, podrías haber...
Gira la cabeza y me mira, con los ojos perdidos.
—¿Podría haber hecho qué?
Trazo su mandíbula, su pómulo, con mi pulgar y respondo:
—Follarme.
No voy a mentir, me siento liberada al decir estas cosas, al hablarle así. Pero al
mismo tiempo, no puedo evitar sonrojarme cuando su mirada se vuelve ligeramente alerta
y recorre mi rostro con la mirada.
—Te follé.
—Ajá —digo, asintiendo y acariciando su hermoso rostro—. Estaba ahí mismo, con
la vagina abierta.
Me mira fijamente antes de que una sonrisa torcida se dibuje en su rostro.
—¿Y qué? ¿Te follé una vez y ya eres toda una mujer? ¿Así funcionan las cosas?
Me sonrojo aún más, pero estoy decidida a no echarme atrás.
—Ajá. Me has convertido en mujer.
—¿Ah sí?
—Sí. —Entonces, pienso en algo mejor y digo—: En realidad no, me has convertido
en esposa. Así que prepárate para todo lo que conlleva ser esposa.
Ante esto, se pone totalmente alerta y se aleja de mi cuerpo para poder apoyar la
254 cabeza en la palma de la mano.
—¿Y qué son estas cosas de esposa?
Me pongo de lado también y estiro el cuello para mirarlo.
—Eh, veamos. Bueno, a partir de ahora, siempre tengo razón.
—Siempre tienes la razón.
—Sí. Así que si discutimos por algo, eres tú quien tiene que disculparse primero.
—¿Por qué es eso?
—Porque eres el marido.
—¿Entonces?
Le doy una palmadita en la mandíbula como si fuera tonto.
— Así que siempre es culpa del marido.
Me agarra la muñeca y la aprieta.
—Empiezo a entender por qué.
Le pongo los ojos en blanco.
—Siempre tienes que decir que sí a todo lo que quiero hacer.
—¿Como qué?
—No sé. O sea, si quiero leer una novela romántica contigo, tienes que hacerlo.
Ante esto, frunce el ceño.
—¿Qué demonios es eso de leer juntos?
—Es cuando dos amigos —hago un gesto hacia él y hacia mí—, leen el mismo
libro juntos y se emocionan con los giros de la trama y cosas así.
Su ceño se frunce aún más.
—Sí, no.
—Arsen. Tienes que hacerlo. Es la regla.
—Que se jodan las reglas —gruñe—. No voy a leer ni una mierda.
—Bien, da igual. —Pongo los ojos en blanco otra vez—. Pero me estás escribiendo
cartas.
Me agarra la muñeca y la mantiene pegada a su pecho.
—¿Qué?
—Sigues pagando por tus crímenes, ¿verdad? —le recuerdo—. Todas esas cartas
que escribiste ni siquiera tenían tu nombre verdadero.
Sus ojos iban y venían entre los míos.
255 —Tampoco tenían tu nombre.
Me muerdo el labio.
—Entonces, me escribirás una carta cada día y empezarás con Querida Reverie.
—Querida Reverie.
—Sí, y luego termínalo con Tu Arsen.
Sus dedos se flexionan alrededor de mi muñeca.
—¿Qué más?
—Y luego me dirás una cosa verdadera sobre ti.
Él me observa un instante antes de decir:
—Sí, señora.
Mi coño se estremece con sus palabras, y me inclino y lo beso. Todavía sabe a mí
y a él mismo, y es tan embriagador, mi sabor favorito, que no puedo evitar gemir. Y
supongo que también somos su sabor favorito, porque con mi gemido, presiona mi boca
con más fuerza y se apodera de mí. Me rueda boca arriba y se acomoda entre mis muslos
mientras nos besamos durante los siguientes minutos. Estoy tan cachonda y desesperada
que, cuando rompe el beso, me retuerzo debajo de él, intentando frotar mi coño contra
su polla dura.
Pero antes de que pueda rogarle que me folle, se aparta de mi cuerpo y se baja
de la cama improvisada. Se pone de pie y empieza a alejarse cuando me incorporo sobre
los codos y grito:
—¿A dónde vas?
Mis palabras suenan entrecortadas, probablemente porque soy así. Pero también
porque lo veo moverse en su espacio, completamente desnudo. Su espalda, ancha y
marcada, es musculosa como siempre, ondulando con tanta fuerza que estoy tan atónita
como la primera vez que la vi. Se estrecha hasta sus estrechas caderas con dos hoyuelos
preciosos que quiero lamer y meter la lengua, que luego dan paso a su trasero, y creo
que me muero. Me muevo inquieta en la cama, apretando los muslos mientras contemplo
la obra de arte que es su trasero.
Tan musculoso y redondo. Como si se hubiera pasado ocho años entre rejas
haciendo sentadillas. O mejor dicho, se pasó toda la vida haciendo sentadillas, y quizá sí.
Mi marido vaquero. Por no hablar de que también tiene el culo bronceado. Tanto como
el resto de su cuerpo, y por alguna razón, eso me da aún más ganas de morderlo, su piel
color miel. Se acerca a un pequeño tocador al fondo de este espacio parecido a un
dormitorio y recoge una botella de agua junto con algo más que no alcanzo a ver. Y luego
se da la vuelta y vuelve a la cama, y estoy mirando su polla.
Esta parece tan dura como anoche.
Toda rubicunda y goteando, y el espacio entre mis muslos se humedece aún más,
256 si cabe. Estoy segura de que estoy dejando una mancha en sus sábanas, pero después
de anoche, me da igual. Solo me importa su polla, dura y apuntando hacia arriba,
palpitando y golpeando contra su abdomen duro, dejando un reguero de semen en su
vello oscuro y su piel bronceada.
Llega a la cama y se arrodilla al final.
—Mira aquí arriba.
Sorprendida por ser una pervertida, levanto la mirada de golpe.
—No estaba mirando fijamente.
—Algo ahí abajo dice que mientes.
Me sonrojo.
—Bueno, tú también me mirabas fijamente.
Baja la mirada.
—Lo estaba.
Sigo su mirada y me quedo sin aliento.
Está mirando mis pechos. Mis pechos desnudos porque estoy... desnuda. Lo sabía,
por supuesto. Pero no he pensado en mi ropa desde ayer, y aunque en el calor del
momento no me importó, ahora me siento incómoda. Así que, poniéndome de rodillas,
intento agarrar la sábana, pero él me agarra la muñeca.
—No.
Tengo las mejillas sonrojadas.
—Pero yo...
—Ni una posibilidad.
—Necesito cubrirme. Yo...
Sus dedos se flexionan.
—No de mí.
Hay tanta posesión en su mirada, tanta propiedad, que me pregunto si todos los
maridos miran así a sus esposas. Si lo hacen, ¿cómo es que una mujer no se consume
espontáneamente, tanto de vergüenza como de lujuria?
—Tú tienes tus reglas y yo las mías —dice—. Y es que no me ocultarás tu cuerpo
perfecto y de ensueño.
Me retuerzo y me muerdo el labio.
—Pero no soy...
—No —ordena con la mandíbula apretada—. No termines esa frase.

257 Trago saliva.


—Pero en realidad no lo soy.
Su pecho se mueve con una gran bocanada de aire mientras jura:
—Lo eres, y antes de que terminen estas tres semanas, te lo voy a hacer creer. Te
voy a hacer creer que tú también mereces ser protegida. Porque tus padres hicieron un
pésimo trabajo en eso.
Ignoro su decreto de "tres semanas" y digo:
—Yo tampoco protegí a mi madre. Me escondí detrás del sofá. Ni siquiera le conté
a nadie lo que pasó...
—Eras una niña —me recuerda—. La responsabilidad de protegerla recaía sobre
ella, no sobre ti. Hiciste lo que tenías que hacer para sobrevivir. Eres una superviviente,
¿recuerdas? Valiente y magnífica. Hiciste lo que tenías que hacer para seguir viva por el
monstruo que era tu padre.
—Yo…
—Y lo voy a matar por eso. Pero tampoco me destroza la muerte de tu madre.
Niego con la cabeza.
—No quiero que lo mates. No quiero que mates a nadie.
—Bueno, no tienes elección en el asunto.
Está loco y lo amo. Lo amo tanto que siento un nudo en la garganta. Respiro hondo
y le digo:
—Está bien, no quiero pelear contigo ahora. Pero necesito mi ropa, Arsen.
—Sí —dice, apretándome la muñeca de nuevo—. Pero no la que usabas. Te
compraré nueva.
—¿Qué tenía de malo lo que vestía?
—Lo usaste para esconderte y ya no te esconderás más.
Abro la boca para decir algo, pero no sé qué decir porque tiene razón. Usé mi
ropa, incluso la que me regaló Haven, para esconderme. Incluso me escondí en el vestido
que usé para él ese día en el café. Supongo que la única vez que no he podido
esconderme fue cuando usé mi vestido de novia, el que él me compró.
—¿Es por eso que me compraste ese vestido? —pregunto entonces.
—Te compré ese vestido porque iba a arruinarte la vida —dice tras una pausa, con
la mirada sombría—. Y quizá, por algún milagro, aún quedaba algo de bondad en mí que
me decía que al menos debía comprarte un vestido nuevo para el día que la mayoría de
las chicas consideran uno de los más importantes de su vida. Aunque todo fuera una
farsa.
Ahí es cuando me doy cuenta de algo. No creo que él lo sepa. Que la bondad que
258 le queda no es por milagro. Está ahí porque es parte de él. Es una parte de él que
sobrevivió a la noche en que su vida cambió hace ocho años. Es la parte que sobrevivió
al incendio.
—Te lo hiciste tú mismo, ¿no? —exclamo de repente.
—¿Qué?
No sé si debería decirlo o no. Pero lo voy a decir. No me importa si piso una mina
terrestre y me hace pedazos.
—La marca en tu espalda. Te la hiciste tú mismo, ¿verdad? Te la pusiste en la
espalda.
Lo hizo como penitencia. Antes no lo entendía, pero ahora lo sé. Puede que no lo
sepa todo sobre él, pero sé que así es. Es decir, está dispuesto a pagar por sus crímenes
contra mí...
—Te quemaste por ella.
Sus ojos brillan con fiereza.
—Haré cualquier cosa por ella.
El dolor en mi pecho es tan grande que me sorprende que no esté gritando. Me
sorprende que mis palabras sean lo suficientemente claras para que él las entienda.
—Significa venganza1, ¿verdad? Esa “R”.
Me mira fijamente un instante.
—No necesitas saber lo que significa.
Porque todo esto es una farsa.
Lo sabía. Lo sé. Todos estos juegos que estamos jugando son solo eso, juegos. No
soy realmente su esposa y él no es realmente mi esposo. Me iré al cabo de tres semanas.
Él mismo lo acaba de decir. Pero en algún momento de anoche, lo aparté de mi mente.
Me perdí en sus besos y su cuerpo. En sus manos adoradoras y sus dedos arrepentidos.

1
Revenge, en inglés.
Pero él no. Nunca lo hizo.
—¿Qué es eso? —pregunto, señalando la botella de agua que tiene en la mano
junto con una pastilla blanca.
Él sigue mi mirada y responde:
—Por tu dolor de anoche.
Aunque ya hemos pasado todo eso, sigo preguntando porque quiero dejar en
claro:
—No estarás intentando drogarme otra vez, ¿verdad?
259 Él levanta la vista y lo que ve en mi cara le da una pista de lo que estoy haciendo
porque dice:
—No es necesario.
—¿Porque sabes que no voy a correr?
—No —dice, negando con la cabeza—. Porque de todas formas te habrás ido al
cabo de tres semanas.
¿Ves? Nunca lo olvidó. Ni por un segundo. Y tengo más pruebas. Hay algo que
veo con el rabillo del ojo, tirado al pie de la cama. Lo señalo con la barbilla.
—¿Y qué es eso?
No necesita mirar para entender lo que estoy señalando.
—El envoltorio en el que venía el condón.
—Usaste condón anoche —le digo en un tono monótono, pero sé que es una
acusación.
No tenía ni idea, hasta que vi el envoltorio, de que había usado condón. Estaba tan
absorta en él, tan perdida, que no me habría importado. No me importó. Ni siquiera se
me pasó por la cabeza; la vieja Reverie se burlaría de mi descuido. Mi nueva yo, sin
embargo, está furiosa porque me traicionó. Me trató así. Pensó que necesitaba
protección, y explicaré qué tipo de protección era en un segundo.
—Sí.
—¿Porque pensaste que podría estar plagada de enfermedades?
—No.
—¿Porque creías que estabas plagado de enfermedades?
—No.
Claro que no. No ha tocado a nadie en ocho años. Así que sigo:
—¿Porque no querías embarazarme sin querer?
Estoy muy cerca de la razón, y sus siguientes palabras cortantes dieron en el clavo:
—Sí, y porque no quiero que nada te una a mí más allá de estas tres semanas.
Porque quiero que seas libre.

—¿Dónde estabas? —me pregunta Peyton un rato después, y me quedo


paralizada.
Todavía es temprano por la mañana y salgo de mi habitación, o mejor dicho, de la
suya, donde me estoy quedando. Después de nuestra conversación nada agradable,
Arsen dijo que me dejaría en la mansión porque tenía que hacer algunas cosas hoy, y
260 acepté sin discutir porque, en realidad, ¿qué otra opción me quedaba? No estoy segura
si lo que pasó allí al final significó el fin de lo nuestro. Aunque ni siquiera puedo llamarlo
algo.
Fue solo una noche.
Y algunos juegos imaginarios que no significaron nada. Además, ya lo perdoné por
todo lo que hizo. ¿Cómo puedo estar enojada con él si todo lo hizo por amor? Sé que
siempre quise un amor cuidadoso, un amor diferente al de mi madre, pero no creo que
el de mis padres se pareciera ni remotamente al amor.
El amor es marcarte a ti mismo en penitencia por no haber podido salvar a la mujer
que amabas. Es hacer cualquier cosa para vengar su muerte. Amor es lo que siente por
Annie, incluso ocho años después.
Amor es lo que siento por él. Así que está libre de culpa. En fin, vuelvo al presente
y respondo:
—En mi habitación. —Luego, mirando a mi alrededor, añado—: ¿Estás segura de
que deberíamos hablar sin supervisión?
Así que, además de toda la nueva información sobre el testamento y el asunto de
los Turner, ayer también se nos decretó a ambas que nos alojaremos en habitaciones
separadas, lejos la una de la otra. Que solo podremos estar juntas si alguien, ya sea Haven
o Axton, nos acompaña. Probablemente sea para evitar que nos confabulemos y
diseñemos nuestro propio plan de escape, aunque ambas acordamos cooperar con ellos.
Supongo que arriesgarse con los Turner no es algo que los Grayson estén dispuestos a
hacer.
No los culpo, porque Peyton está intentando planear algo, pero también creo que
es una tontería. En cualquier caso, no me di cuenta de que estábamos rompiendo las
reglas a primera hora de la mañana.
Peyton pone los ojos en blanco.
—¿Cuántos somos, niñas de cinco años? Me da igual lo que quieran. Y lo
comprobé hace media hora; no estabas ahí.
Sí, porque Arsen me dejó hace unos veinte minutos, y desde entonces me he
estado duchando y preparándome para el día. Con la ropa que me regaló Haven. O sea,
unos vaqueros, una camiseta y una sudadera con capucha. La ropa que uso para
esconderme, la que él no quería que me pusiera. Pero ahora da igual. Tengo otras cosas
en las que pensar, así que dejo de pensar.
—Probablemente porque estaba en el baño.
Espero que se crea mi mentira, pero cuando lo hace, casi de inmediato, no me da
el alivio que esperaba. En cambio, me hace sentir fatal porque nunca le he ocultado nada.
Bueno, excepto cómo murió mi madre, pero eso es diferente.
261 —¿Por qué? ¿Tienes el estómago revuelto? —pregunta con compasión—. Porque
creo que había algo raro en esos rollitos de salchicha que comimos en la fiesta.
Arrugo la nariz.
—Peyton, concéntrate.
Ella niega con la cabeza.
—Claro. Lo siento.
—¿Por qué nos reunimos en medio del pasillo, a plena luz del día, cuando
cualquiera puede tropezar con nosotros? Tenemos que ser precavidas, ¿recuerdas?
Ella mira hacia arriba y hacia abajo del pasillo antes de compartir:
—Estoy aquí porque tenemos que irnos.
Mi corazón se acelera porque esto es todo, ¿verdad? Aquí es donde las cosas se
ponen aún más peligrosas porque mi mejor amiga tiene un plan.
—¿A dónde? —pregunto con cuidado.
Una vez más, mira a un lado y a otro y se acerca a mí.
—Vamos a echar un vistazo al estudio de Marsden.
—¿Qué? —exclamo en voz alta.
Lo que hace que Peyton me apriete el brazo.
—¿Estás loca? Baja la voz.
Me tapo la boca con la mano antes de controlarme y susurrar:
—No, la que está loca eres tú. No vamos a hacer eso, ni hablar.
Eso es como entrar en la boca del lobo. Porque si nos atrapan, estoy segura de
que Marsden Grayson, con su bigote y su mirada fría, nos devorará y nos escupirá.
—Sí, lo haremos —protesta Peyton—. Tengo el presentimiento de que vamos a
encontrar de todo ahí dentro.
—Exacto —protesto—. Lo que significa que si nos atrapan, se acabó el juego.
—No nos atraparán.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque serás mi vigía mientras curioseo.
Exhalo bruscamente. Debí haberlo sabido. Porque siempre estoy vigilando. Y eso
es porque me niego a entrar en el mueble bar de su madre o en la oficina de un profesor.
O a enrollarme con el guardia de seguridad de un club para poder pasar y ver a la banda
entre bastidores.
—Absolutamente no —me niego.

262 Peyton me mira fijamente.


—¿Quieres averiguar algo sobre los Grayson o no?
— No quiero encontrar nada sobre los Grayson bajo ningún concepto.
—¿Entonces qué? ¿Se supone que nos quedemos aquí sin hacer nada? ¿Se
supone que confiemos en que nos dejarán ir en tres semanas?
Sí, porque lo harán. Sin duda nos dejarán ir.
Siento una punzada en el pecho al pensarlo, pero logro respirar. Pero antes de
que pueda decir nada, añade:
—¿Porque y si no lo hacen? No son precisamente de fiar, ¿verdad? Nos
secuestraron. Te secuestraron a ti... Te escribió cartas desde la maldita prisión para
seducirte. ¿Te imaginas el nivel de... —busca la palabra—, maldad que eso implica?
Quiero contárselo entonces.
Contarle su razón, sobre su Annie, pero no puedo. Porque no me corresponde
contar esa historia, y no creo que le guste que se la suelte así. Y si le hablo de Annie,
probablemente tenga que hablarle de... nosotros.
O mejor dicho, lo que pasó entre nosotras anoche, y sé con certeza que Peyton se
va a poner furiosa. No porque sea una Turner y tenga algún odio familiar hacia los
Grayson, sino porque es mi mejor amiga, y sé que pensará que me estoy volviendo loca
y que estoy actuando de forma totalmente extraña. De hecho, probablemente la impulse
a sacarnos de aquí y a alejarme aún más rápido de mi malvado secuestrador.
Como para demostrarlo, añade:
—Dios, podría estrangularlo por lo que te hizo. De verdad, literalmente. Eso solo
es razón suficiente para encontrarles algo a estos imbéciles y mandarlos a todos al
infierno.
Así que no, no puedo contarle nada. No hasta que se me ocurra mi propio plan.
Porque creo que tendré que hacerlo. El que nos libera a todos, incluso a él. De su pasado,
de esta venganza, de todo este odio y dolor que lleva en el corazón. Aunque todo haya
terminado entre nosotros, no voy a dejar que el hombre que amo sufra más.
Pero primero necesito calmar a mi mejor amiga.
—Mira, Peyton. Creo que debemos tener mucho cuidado, ¿de acuerdo? No creo
que podamos...
—No, escucha —interrumpe Peyton y me mira a los ojos—. No podemos confiar
en esta gente, Riri, ¿de acuerdo? Tampoco podemos confiar en mi familia. Quién sabe
qué harán cuando se enteren de este estúpido matrimonio. Te aseguro que mi padre nos
dejará morir aquí si llega el caso. Así que tenemos que cuidarnos. Necesitamos encontrar
nuestra propia ventaja de alguna manera. Necesitamos salvarnos porque nadie vendrá a
salvarnos.
263 Sé que tiene razón sobre su familia, su padre. Su padre es como el mío, y ambos
nos matarían para salvar su vida. Pero también sé que, pase lo que pase, no dejará que
nos pase nada. Pero como no puedo decírselo, suspiro derrotada y pregunto:
—¿Cómo sugieres que hagamos esto? ¿Cómo es que estás aquí? Se supone que
deberías estar en la cocina con Haven y ella espera que llegue en unos diez minutos.
En cuanto llegué a mi habitación esta mañana, Haven llamó a mi puerta. Menos
mal que llegó en el momento justo. Había venido a despertarme para desayunar y me dijo
que Peyton también estaba allí con ella. Le dije que iría después de ducharme. Así que,
si no aparecía, vendría a buscarme. Además, ahora Peyton también se ha ido.
—Ella cree que estoy con Axton —responde Peyton.
—¿Qué? ¿Por qué?
—Porque no paraba de hablar de ese potro salvaje que intenta domar en el
desayuno, así que le dije que quería verlo. Me llevó al granero y me escabullí cuando
estaba demasiado ocupado midiéndose la polla con otros tipos a ver quién aguanta más.
—Peyton niega con la cabeza con disgusto—. ¿Por qué son tan estúpidos los hombres?
Es solo un caballo, por Dios. No, en realidad, solo los vaqueros son así de estúpidos.
Abro la boca para preguntarle por los demás Grayson, pero se me adelanta.
—Y Marsden está lidiando con algo en el pueblo. Oí que Haven se lo decía a Axton.
Y no sé dónde está tu marido, solo sé que no está en casa. —Luego añade—: Bueno,
técnicamente es mi marido, pero da igual.
Es difícil, pero logro no mostrar ninguna reacción ante sus palabras. Sin embargo,
por dentro, se me encoge el corazón.
—¿Y qué hay de Rad?
—¿Cómo iba a saber dónde está? No soy su guardián. No sé qué hace ni a dónde
va. Ni siquiera me habla, ¿recuerdas? —dice Peyton, demasiado rápido y a la defensiva.
La miro confundida.
—¿Qué? Solo quería decir sí…
—Mira, cuanto antes vengas a ayudarme a buscar, antes podremos volver a donde
debemos estar, ¿de acuerdo? ¿Te quedarás aquí haciendo todas estas preguntas o me
acompañarás? Porque de todas formas voy a ir a ese estudio.
Tiene las cejas levantadas y esa temible expresión de determinación en el rostro
que indica que no se va a mover. Así que vuelvo a suspirar y asiento, y nos largamos. No
sé cómo, pero llegamos al estudio de Marsden sin que nadie se dé cuenta.
En cuanto entramos, Peyton se pone a trabajar, zumbando por la habitación.
Intento concentrarme en mi trabajo de estar en la puerta y vigilar todo a través del
pequeño hueco que he dejado para ello. Pero es difícil porque hay una pared a mi
264 izquierda llena de fotos de la familia Grayson que no puedo evitar querer mirar. Quiero
verlo, cómo era. Antes. Hace ocho años, incluso antes. Quiero ver su vida, su pasado.
Quiero ver si sonríe cuando sale en fotos. Cosas que son importantes para él. Cosas que
lo hacen feliz. Quiero verlo con su familia.
Me doy cuenta de lo trivial que suena todo esto considerando todo lo que está
sucediendo ahora mismo. Pero para mí no es trivial. De hecho, es extraordinario porque
tiene que ver con él. Sin embargo, me recuerdo que ya pasó y necesito concentrarme
porque esto debe ser lo más peligroso que he hecho en mi vida.
Aún más peligroso que enamorarse de un ex convicto empeñado en vengarse.
—Oh, Dios mío —exclama Peyton interrumpiendo mis pensamientos.
Saltando, me doy la vuelta.
—¿Qué pasó? ¿Qué pasa?
Peyton mira un trozo de papel desparramado sobre el escritorio.
—Creo que encontré algo.
Sé que no es recomendable dejar mi sitio, pero cierro la puerta y corro al escritorio.
—¿Qué?
El trozo de papel que está mirando es un mapa, y por lo que puedo deducir, es el
mapa del rancho, el rancho Rawhide completo. Pasando el dedo sobre una línea en zigzag
que aparentemente es un arroyo, Peyton dice:
—No lo sé, pero creo que podría ser algo.
—¿Algo como qué?
Da la vuelta al papel para revelar otro mapa, este con un aspecto un poco más
nuevo, y, de alguna manera, sigue la misma línea en zigzag que seguía en el otro mapa.
Se entretiene yendo y viniendo entre los mapas, señalando y tocando cosas aquí y allá,
casi sin sentido para mí. Por lo visto, cuando se trata de travesuras y caos, Peyton es
súper detallista y yo tengo cero imaginación.
Entonces le pregunto:
—¿Algo así como qué, Peyton?
—Bueno, mira —señala algo, una especie de cajita—, este pequeño granero no
estaba aquí antes. Lo construyeron hace poco.
—Bien —digo, asintiendo, intentando seguir sus dedos y todo ese vaivén que
hace—. ¿Y qué?
—Entonces —señala de nuevo—, hay muchísimas estructuras de ese tipo que no
estaban en sus terrenos hace veinte años, que es lo antiguo que es este mapa. —Señala
la parte superior para mostrarme la fecha del mapa antiguo—. Pero en este —señala el
mapa más nuevo—, de repente aparecen y están por todas partes.
265 Golpeo los mapas con las manos y la obligo a detenerse.
—Bueno, explícame en español, por favor. No sé qué significa. Así que no tenían
tantos graneros hace veinte años como ahora. ¿Y qué?
Peyton me mira con ojos brillantes.
—¿Recuerdas que hace años, probablemente antes de mudarnos a Bozeman? —
hace una pausa para que le dé sentido—, acudí a ti porque escuché a mi hermano
hablando con mi padre. Sobre algo relacionado con Rawhide.
Intento recordar, pero solo me vienen fragmentos de recuerdos.
—Algo sobre cosas que pasaron en Rawhide. Y que tu padre estaba investigando.
Pero claro, su familia siempre había investigado a los Grayson porque, según ellos,
siempre ocurría algo ilegal en Rawhide. Así que no sé por qué esto es importante.
—Sí —dice Peyton, emocionada, asintiendo—. Fue algo que descubrió mi
hermano. La gente estaba desapareciendo, Riri. Todos esos hombres. Y su rastro los
llevó hasta los Grayson. Hasta Rawhide.
—¿Qué gente?
Mi pregunta la emociona aún más, si cabe.
—Esta es la mejor parte. Eran reclusos. Reclusos de prisión.
Un escalofrío me recorre la espalda.
—¿Qué?
—Creo que los Grayson les hicieron algo —dice, alejándose de los mapas—. A
estos reclusos.
—Eso es… no creo que eso sea...
—Mira, dijiste que apuñaló a un policía. En un juzgado, ¿verdad? Y era como un
tipo grande en la cárcel, ¿no? Todos sabían quién era. ¿Y si significa algo? ¿Y si hay
gente en la policía que trabaja para los Grayson y, juntos, todos están involucrados en lo
que sea que esté pasando aquí en este rancho?
Abro la boca para decir algo, pero la cierro. Luego lo intento de nuevo:
—¿Y qué tienen que ver estos graneros con todo esto?
—Podría ser el lugar donde esconden a estos hombres —especula Peyton.
—¿Por qué querrían…? ¿Qué crees que quieren con estos hombres?
—No lo sé. —Jadea entonces, como si algo acabara de ocurrírsele—. Trata de
personas.
—¿Qué?
—Eso es lo que tiene más sentido —concluye.
266 —¿Cómo es que… ni siquiera… cómo llegaste a esa conclusión?
Peyton me mira con seriedad.
—Porque quieren dinero.
—Dinero.
—Sí. —Asiente, tranquila, y no me gusta nada—. Quieren dinero, ¿recuerdas? Él
quiere dinero. Él mismo lo dijo. Esa es su meta. Está dispuesto a hacer lo que sea por él.
Incluso secuestrar a un par de chicas y usarlas para conseguir más tierras. Tierras con
petróleo. Si pueden hacer eso, ¿por qué no pueden también tener una red de tráfico de
personas en su rancho?
—Porque esto es... —Niego con la cabeza. Incluso me llevo una mano a la frente,
intentando tranquilizarme—. Porque esto es realmente extremo, Peyton, ¿de acuerdo? Y
porque él...
Él no quiere dinero. No sé qué quiere de esa tierra, pero no es dinero.
Peyton me mira con los ojos entrecerrados.
—¿Porque él qué?
El corazón me golpea con fuerza.
—Podría estar... ¿matando a esta gente? ¿O castigándolos por sus crímenes o lo
que sea?
Mi mentira es débil. Además, ¿cómo es que matar a alguien es mejor que traficar
con él? Ay, Dios, no lo sé, pero no supe qué más decir.
Peyton me mira fijamente.
—¿Así que crees que los Grayson son justicieros? ¿Que están limpiando las calles
de Montana porque tienen un corazón tan grande, noble y justo?
—No lo sé, podrían serlo. Tiene más sentido que tu teoría.
Ella exhala bruscamente.
—Bien, veamos quién tiene razón entonces.
—Está bien, espera; ¿qué se supone que significa eso?
Sus labios se estiran en una lenta sonrisa.
—Vamos a ver uno de estos graneros.
Mi corazón se ralentiza. Casi se detiene ante su plan tan loco.
—No.
—Sí.
—Peyton. No.

267 —Reviere, sí. Porque tenemos que hacerlo.


—¿Por qué tenemos que hacerlo? ¿Por qué...? —Me pellizco el puente de la
nariz—. ¿Te das cuenta de que todo esto son especulaciones descabelladas, verdad?
Podrían ser solo graneros. Porque, por si lo olvidaste, esto es un rancho. Un rancho suele
tener graneros. Y...
—Bueno, entonces estos son solo graneros. Pero si son algo más, entonces nos
tocó la lotería. Y no estoy dispuesta a dejar pasar esa oportunidad. ¿Y tú?
Antes de que pueda responder, oímos pasos y miramos de reojo la puerta. Peyton
murmura “Mierda”, con cara de pánico, pero de alguna manera me tranquilizo, la agarro
de la mano y la aparto del escritorio. Ella recoge sus mapas y nos dirigimos hacia otra
puerta que exploré nada más llegar. Y menos mal, porque es un baño, y justo cuando
gira el pomo de la puerta de la oficina, entramos.
Por alguna razón, dejo la puerta entreabierta para poder echar un vistazo. Es
Axton. Y va directo al escritorio. Lo rodea y sigue caminando hasta llegar al gran retrato
en la pared detrás del escritorio. Parece un retrato de sus padres. Axton lo quita, y debajo
hay una caja fuerte de pared con teclado. Está claro que conoce el código porque la
puerta se abre con un clic y entonces mete la mano. No entiendo bien qué hace ahí
dentro, pero tengo una extraña sensación.
Una extraña corazonada, por así decirlo.
Probablemente como lo que sintió Peyton cuando quiso revisar la oficina. Una
corazonada que me dice que tengo que estar ahí. Tengo que revisar esa caja fuerte.
Tengo el presentimiento de que todos los secretos de Grayson están guardados a cal y
canto en ella, y probablemente debería revisarla si quiero hacer algo con todo este lío.
Mis pensamientos se interrumpen cuando Axton saca un fajo de billetes. No es
enorme ni mucho menos, un fajo muy fino, y la forma en que mira hacia la puerta antes
de guardárselo me hace pensar que está robando. Cierra la puerta lentamente, introduce
el código y vuelve a colocar el retrato. Luego sale por la puerta tan rápido como entró.
Veinte minutos después, estamos en la cocina con Haven, y mi corazón aún late a
mil por hora por lo que acabamos de hacer. Estoy guardando los platos en el fregadero
cuando veo algo por la ventana. Da al patio trasero donde hicimos la fogata anoche, y
veo a un oficial uniformado junto a Rad y Arsen. Todos hablan tranquilamente, o mejor
dicho, el policía habla con Arsen, pero algo en su mirada me pone en alerta.
Siento que Haven se detiene a mi lado y dice:
—Ese es su oficial de libertad condicional.
La miro y veo que está presenciando la misma escena que yo.
—¿Pero no fue a verlo ayer?
—Lo hizo.
—Entonces, ¿qué está haciendo aquí ahora?
268 Se encoge de hombros.
—Pueden visitarlo cuando quieran. Está dentro de sus derechos legales. —Luego,
suspirando, añade—: Pero tengo el presentimiento de que va a estar pendiente de él más
a menudo que con sus otros presos en libertad condicional.
Se me encoge el corazón al darme cuenta de por qué.
—Turner.
Me mira y sonríe con tristeza.
—Sí. No lo dejarán estar en paz ahora que salió. —Y añade, murmurando—: Dios,
quiero tanto que esto acabe para él.
Yo también, porque Haven tiene razón. Al igual que él, los Turner tampoco lo
dejarán pasar. Así que necesito hacer algo y hacerlo pronto.
Dark Stallion

de los niños de oro. Pelo rubio y ojos azules. Y Brecken


269
LOS TURNER SON LA FAMILIA
Turner no es la excepción.
Está sentado tras su escritorio en la sala de conferencias con paredes de cristal,
rígido. Esos ojos azules suyos, como los de su hermana, están entrecerrados y fijos en
mí. Estaba en medio de una reunión cuando entramos, Rad y yo, y, comprensiblemente,
no estaba muy contento.
Yo tampoco.
No quiero quedarme atrapado en un pueblo lleno de edificios de hormigón, y
mucho menos en uno de esos edificios abarrotados de gente, y mucho menos en una
habitación donde la misma gente ha consumido hasta el último aliento. Aunque se fueron
bastante rápido, su olor y su calor corporal aún persisten, y estoy deseando salir de aquí.
—¿Cómo lograste pasar la seguridad? —pregunta con un tono cortante y sílabas
nítidas.
Aunque la mayoría de los imbéciles de Montana quieren ser vaqueros, hay algunas
excepciones. Como Brecken. Es de esos raros que usan traje y contratan a gente para
que les haga el trabajo sucio. Es como mi propio hermano, pero al menos Marsden fue
vaquero antes de convertirse en terrateniente. Él conoce sus tierras, a diferencia de
Brecken.
Respiro hondo.
—Si te lo digo, puede que tenga que matarte.
Un gemido llena la habitación ante mis palabras, y miro a mi derecha: Hank Turner.
La última vez que lo vi, estaba tirado en el suelo, en el patio delantero, donde lo
saqué de su habitación. Tenía la cara destrozada y el cuerpo cubierto de sangre. Estaba
medio muerto y apenas reconocible.
Sentado aquí en una silla de ruedas, sigue igual hoy. Ha perdido mucho peso y
tiene los hombros encorvados. Tiene tubos que le salen de la nariz y la garganta, y parece
que va a caer muerto en cualquier momento. La única razón por la que no cae es porque
todavía hay veneno acechando en sus ojos, que me miran fijamente.
Esa noche le rompí veintisiete huesos. Tuvieron que tenerlo hospitalizado más de
seis meses. Yo ya estaba en prisión cuando salió, y mi juicio y sentencia se completaron
a toda velocidad. No es que me importe. Lo único que me importa es que tuvieron que
reconstruirle la mandíbula, pero no pudieron salvarle la laringe. Se la aplasté demasiado
y se la dañé permanentemente. Además de paralizarlo para el resto de su vida.
Así que ahora tiene que orinar en una bolsa y cagar en una bandeja. Y hacer lo
que se llama habla esofágica. Donde, al parecer, se producen sonidos usando los
músculos del esófago. No sabía qué significaba hasta que lo busqué. No voy a mentir, me
da una gran satisfacción saber que le quité la voz cuando él fue el responsable de joder

270
a Rad hace tantos años. A veces el universo puede ser realmente poético.
Apartando la mirada del patético espacio perdido, me concentro en su hijo.
—Y no estoy aquí para eso.
Brecken me mira un instante antes de mirar a Rad, quien, como siempre, ha
elegido un rincón para quedarse de pie, con los brazos cruzados y la mirada escondida
bajo el ala de su sombrero. Volviendo a mí, Brecken dice:
—No deberías estar aquí. Seguro que tu agente de libertad condicional te lo dijo.
Lo hizo. Es una de las condiciones de mi libertad condicional. Alejarme del acusado
al que golpeé con un hierro candente.
—Ya lo sé —dije, inclinándome hacia atrás con el sombrero y acomodándome en
la silla—. Por cierto, buena idea mandar a mi agente de libertad condicional al rancho.
Aprieta la mandíbula.
—Podría llamarlo ahora mismo y hacer que te devuelvan a donde perteneces.
—Podrías —coincido—. Pero entonces, ¿cómo conseguirás lo que necesitas?
—¿Y qué crees que es lo que necesito?
—Dinero.
Aprieta la mandíbula de nuevo.
—¿Qué sabes tú de eso?
—Sé que no lo tienes.
Me observa unos segundos antes de exhalar:
—Si esto es otra oferta para quedarse con un pedazo de nuestra tierra, me temo
que te vas a decepcionar. No necesitamos tu dinero.
—Lo sé. Ya tienes a alguien preparado para perforar en tu terreno y traerte todo
el dinero que necesitas.
— Entonces no entiendo el propósito de su visita.
—El propósito de mi visita —digo, sin dejar de mirarlo a los ojos—, es decirte que
el terreno donde vas a perforar me pertenece. O al menos la mitad.
—¿Qué?
Lanzo el archivo que traje sobre la mesa. Se desliza y llega hasta él, donde le da
un golpe con la palma para evitar que se caiga al suelo. Lo mira un segundo antes de
levantar la vista.
—¿Qué es esto?
—Material de lectura.

271 Su mandíbula se mueve de un lado a otro antes de volver a mirar hacia abajo y
abrir el expediente. Lo que lee lo pone aún más rígido, con los dedos apretando el borde
de la página. Luego exhala lentamente, suelta el expediente y agarra el teléfono. Me mira,
pulsa un botón y dice:
—Sí, Beth. ¿Puedes mandar a la enfermera de mi padre? Necesita irse a casa.
Otro gemido de Hank Turner que hace que Brecken apriete los dientes. Sin
embargo, no aparta la mirada, y yo tampoco. Ni siquiera cuando se abre la puerta de la
sala de conferencias y esos sonidos se hacen más fuertes mientras la enfermera lo saca
en la camilla murmurando palabras tranquilizadoras.
Entonces Brecken pregunta:
—¿Es esto algún tipo de broma?
—Depende —digo, removiéndome en mi asiento—. ¿Te estás riendo?
Su pecho se mueve con una gran respiración.
—Estás casado con mi hermana.
—Podrías preguntárselo tú mismo.
Su respiración se acelera y se vuelve más áspera mientras vuelve a agarrar el
teléfono y marca un número. Esta vez, sin embargo, lo pone en altavoz y la habitación se
llena de un fuerte timbre. Un segundo después, una voz estridente lo interrumpe:
—¿Breck?
—¿Peyton?
—Dios mío, Breck —dice Peyton—. Gracias a Dios que llamaste. Gracias a Dios;
tenía tanto miedo. Estaba tan...
—¿Dónde estás? ¿Qué...?
—Dios, Breck —lo interrumpe Peyton—. Estos Grayson están locos. Me han
secuestrado. Me tienen retenida contra mi voluntad y él —un sollozo resuena en la
habitación—, me obligó a casarme con él. Dios mío, estoy casada con un Grayson, Breck.
Dijo que si no firmaba los papeles, me mataría. Dijo que haría que me doliera. De verdad,
Breck. Dijo que si no le hacía caso, cortaría mi cuerpo en pedazos y lo escondería por
todo su rancho para que nunca me encontraran. Y para demostrarlo, mató a un oso
delante de mí. Le quitó la cabeza y la cortó en pedazos. Pedazos, Breck.
Tengo que apretar los puños para contener un suspiro. Miro a Rad y noto que le
tiembla la mandíbula. No lo culpo. Si de verdad le gusta, le espera un momento muy duro.
Esa chica es otra cosa, un huracán. Hay actuación y hay sobreactuación.
—Tengo mucho miedo —repite con su voz fingida de sollozo—. ¡Tengo un miedo
terrible! Tú...
—Dime dónde estás, Peyton. ¿Dónde…?

272 —Tienes que salvarme. Tienes que sacarme de aquí. Por favor, haz lo que te digan.
Solo... —Alguien en la línea, Axton, la interrumpe y le ordena:
—Basta.
Y la línea se corta. El silencio que sigue se llena de la respiración agitada de
Brecken y su ira. Puedo sentirlo. Incluso puedo identificarme con él. Eso es lo que siento
cada vez que pienso en un Turner. Cuelga lentamente el teléfono mientras pregunta, con
una voz que se ha vuelto muy baja:
—¿Qué quieres?
Aprieto la mandíbula.
—Sabes lo que quiero. Quiero tu tierra.
—Parece que ya tienes la mitad —dice mientras su cuerpo casi vibra.
—Sí, pero lo quiero todo. Y también quiero tu parte del terreno.
—¿En serio?
—Si me cedes tu mitad, tu hermana queda libre y esa petrolera con la que te vas
a reunir dentro de unas semanas podrá perforar.
—¿Y si no lo hago?
—Te lo quito todo. Lo arruino todo. Tu reunión, tu negocio. —Me obligo a añadir—
: A tu hermana.
A mi proclamación le sigue un silencio tan denso que, cuando Breck vuelve a
hablar, su voz suena demasiado fuerte y discordante.
—No se merece esto. No merece ser un peón en tu juego.
Ya lo sé, joder.
Sé que no se merece lo que le estoy dando. Y no, no hablo de su hermana; hablo
de ella. No porque crea que su hermana, la verdadera Peyton, merezca que jueguen con
ella, sino porque la arrastré, a la que creía que era Peyton, por las llamas del infierno solo
por confiar en el hombre equivocado. Solo por salir de su caparazón por una vez en su
vida de mierda. Yo fui quien cometió el crimen hace tantos años, pero ella fue la que
recibió el castigo.
Aun así, mantengo mi voz ligera:
—Eso ahora depende de ti, ¿no?
—No lo sabía.
—¿No sabías qué?
—Lo que hacía mi padre —dice, con los ojos llenos de espuma—. Toda mi vida
me preparó para que me hiciera cargo del negocio, de esta tierra, de todo lo que él y mis
antepasados construyeron. Y mientras tanto, lo destruía todo. Igual que hizo con mi
familia. Mi madre y mi hermana.

273 No sé mucho de Brecken Turner. Salvo que tenemos más o menos la misma edad
y él cree que sus títulos de Harvard y de donde sea le ayudarán a llevar su rancho. Pero
ahora mismo, en este momento, casi siento compasión por él; parece que su padre
también lo estafó. Casi. Porque la compasión es para hombres mejores que yo. Solo soy
un hombre ardiendo de odio y con ganas de venganza.
—¿Hay alguna razón en particular para compartir tu triste historia?
Aprieta los dientes y endereza los hombros.
—Como dije, no lo sabía. No tenía ni idea de que había manipulado el granero esa
noche. Ni de que iba a matar a esa chica. Así que...
Me levanto de un salto, interrumpiéndolo. No necesito oír esto. No necesito oír
cómo no sabía que su padre iba a volar por los aires a una niña inocente, así que quizá
debería tener piedad de él. De su familia, de su hermana...
—Tienes hasta la reunión con esa petrolera para decidir qué camino quieres
tomar. Y créeme —digo antes de irme—, si eliges mal, voy a destruir todo lo que ustedes,
los Turner, han construido y lo haré de una manera que hará que tu patético padre
parezca un santo.
Voy a destruir todo lo que los Turner han construido de todos modos. Pero él no
tiene por qué saberlo. No hasta que les quite todo y les haga ver cómo lo hago estallar y
le prendo fuego.
Literalmente.
Acabamos de salir de la sala de conferencias cuando Rad me agarra del hombro
y me inmoviliza contra la pared junto a los ascensores. Me agarra la camisa con el puño
y gruñe:
—Tiene razón.
Sé lo que va a decir, y la verdad es que no estoy de humor para oírlo. Sobre todo
ahora que todavía me estoy recuperando del nerviosismo de estar otra vez en un espacio
cerrado.
—Suéltame —le digo tan calmadamente como puedo.
—Ella no se merece esto —dice ignorándome.
—¡Suéltame de una puta vez! —advierto, apretando los puños a los costados.
No quiero pegarle, pero lo haré si es necesario. Me jala hacia adelante y me
estampa contra la pared otra vez.
—¿Sabes de quién hablo, verdad?
Intento respirar hondo. Intento cerrar las grietas que siento que se abren en mi
interior.
—Rad, no estoy bromeando ahora. Tienes que dejarme en paz o no seré
274 responsable de lo que hago.
—¿Crees que te tengo miedo?
—Creo que es necesario.
Él se burla y niega con la cabeza.
—La follaste.
Entonces me pongo rígido. O mejor dicho, siento las fisuras vibrar dentro de mí.
—¿No lo hiciste? —me pregunta.
¡A la mierda! Me zafo de su agarre y lo agarro del cuello. Lo giro, y entonces soy
yo quien lo inmoviliza contra la pared.
—¿Qué me acabas de decir?
Sus fosas nasales se dilatan con un aliento furioso.
—La follaste...
Le golpeo la espalda contra la pared, cortándolo.
—No hables así de ella.
—¿Y por qué carajo no?
—Porque lo dije yo, por eso, joder.
—Porque es tu esposa.
Lo estampo contra la pared otra vez.
—Sí. Así que más te vale mostrar respeto o te parto los dientes a patadas.
Se inclina hacia mí y gruñe:
—No importa cuántas veces lo digas, no es cierto. No se hará realidad.
—Tú…
—Y será mejor que se lo digas también.
Lo empujo contra la pared una vez más.
—¿Qué carajo se supone que significa eso?
—¿Qué crees que significa? —provoca—. ¿Qué crees que va a pensar cuando
entres ahí con todos esos vestidos tan bonitos que le compraste?
El calor me sube por la nuca, pero no lo suelto.
—Ella sabe de qué se trata.
—¿Ah sí?
—Sí, lo sabe. Sabe que esto es una farsa. Sabe que nada de esto significa nada.
Y no lo hace. Le compré estos vestidos porque necesita algo que ponerse, y que
me aspen si usa ropa para esconderse. No necesita esconderse. No tiene ninguna
275 necesidad de esconderse. Es demasiado guapa para eso. Demasiado hermosa.
Demasiado parecida al amanecer del que no puedes apartar la mirada, todo brillante y
resplandeciente.
Prometedor.
Joder, exacto. Eso es exactamente lo que es.
Ella es prometedora, como el sol de la mañana. Eso te hace pensar que todo es
posible. Eso te hace esperar con ilusión el resto del día. Eso te llena de ilusión por el
futuro. Es como el sol de la mañana disfrazado de sueño. Así que le compré los vestidos
porque necesita brillar como el sol que ves en tus sueños, no esconderse en rincones
oscuros como si no perteneciera.
Nada más, nada menos.
Y sí, quizá parecía que empezaba a tener una impresión equivocada esta mañana,
pero probablemente fue por lo que pasó entre nosotros. Anoche y de nuevo esta mañana.
Una follada alucinante; solo yo puedo llamarlo así; nadie más puede usar esa palabra para
referirse a ella. En realidad, no fue solo alucinante; fue transformador. Fue de una
intensidad tremendamente religiosa.
Su coño podría ser mi religión, y podría arrodillarme ante él, lamiéndolo,
chupándolo, follándolo, adorándolo hasta el fin de los tiempos. Pero eso no viene al caso.
La cuestión es que era su primera vez. Ni siquiera yo sabía lo intenso que sería, así que
entiendo que estuviera confundida, y por eso lo aclaré.
Sin mencionar que le conté cosas.
Le conté todo lo que pude, todos los horribles secretos de mi alma. O al menos los
que pude revelar. Pero fueron suficientes. Suficientes para hacerle entender que no hay
futuro aquí para ella. Y mi esposa -¡joder, sí!, es mi esposa, y reto a cualquiera a que me
contradiga- es inteligente; lo entiende. Puede que haya cometido un desliz alguna vez,
pero no es como su madre. No volverá a ser estúpida ni a leer entre líneas. Sabe que
necesita irse y construir una vida para sí misma, lejos de todo esto, lejos de mí.
Cada vez que pienso en ello, en que se irá en menos de tres semanas, me dan
ganas de romper cosas y luego atarla a mí. No es algo en lo que me esté enfocando. No
es algo que vaya a hacer nunca. Ya le he arruinado demasiado la vida.
—No crees que signifique nada que hayas pasado más de tres horas en una tienda
de ropa buscando vestidos bonitos para una chica que no es tu esposa, bueno, no
realmente, pero a la que sigues llamando así —dice Rad, interrumpiendo mis
pensamientos—. Cuando nunca, ni una sola vez, has entrado a un centro comercial por
voluntad propia, y mucho menos has comprado ropa por valor de miles de dólares.
¿A quién le importa cuánta ropa compré o cuánto gasté? Tengo dinero, ¿no?
276 Podría haberle comprado toda la tienda si hubiera podido cargarla en mi camioneta. O si
tuvieran una buena selección. Por eso tardé tanto en conseguirlo todo.
Por eso tengo tantas ganas de salir de aquí, de estos edificios abarrotados y este
cemento sofocante, porque he sudado y temblado demasiado para un día. No es que
vaya a compartir todo esto con él, porque me está sacando de quicio.
—Necesitas…
—¿Y qué crees que significa que hayas estado preguntando “por su papá”? —
sigue provocando.
—Significa —espeto—, que voy a cumplir mi promesa de encontrar al hombre que
abusó de ella.
—¿Qué?
Se me tensa la mandíbula un instante al pensarlo.
—Su padre la maltrataba. También maltrataba a su madre. No es que fuera una
santa ni nada parecido. En vez de protegerla, su madre la usaba para protegerse. Incitaba
a su padre a que le pegara a Reverie, en vez de a ella.
Rad frunce el ceño.
—Joder.
—Sí, mi esposa creció sufriendo abusos por parte de su padre, un verdadero
monstruo, y estoy investigando sobre él porque voy a acabar con su vida.
Y ya lo habría hecho. Pero el muy cabrón está en Texas por asuntos del rancho. Y
como no puedo salir del estado, no cuando los Turner me tienen tan vigilado, tendré que
esperar a que vuelva al pueblo.
—Sabes —comienzo, soltándole el cuello de la camisa y alejándome—, desde que
te enamoraste de esa chica, te has convertido en un verdadero cobarde. Y sabes de qué
chica estoy hablando, ¿ verdad?
No me sorprende cuando llega.
Su puño. Que me planta en la mandíbula.
Contaba con eso. O él me la daba o yo se la daba a él, y no quería. No después de
cómo lo había tratado antes. Así que irritarlo era la única solución. Aunque no estaba
preparado para lo que dijo a continuación:
—Y para un hombre que hace todo esto por amor, no tienes ni puta idea de lo que
realmente es el amor, ¿verdad?
Tiene razón. No lo sé. Posiblemente nunca lo supe. Por eso nada de esto, estas
tres semanas, estos vestidos, puede significar nada.

277
ÉL NO VINO.

No es que lo esperara, pero aun así. No apareció a comer. Lo cual estuvo bien
porque dijo que tenía cosas que hacer, y si lo que dijo era cierto y no solo una excusa
para sacarme de allí después de lo que pasó esta mañana, entonces su ausencia era casi
278 esperada. Simplemente no sé cómo explicar su ausencia de la cena una vez más cuando
Haven deja caer que le dijo específicamente que quería que estuviera allí después de
haberse pasado el día preparando el asado. Incluso Marsden apareció.
Básicamente, no lo he visto ni he sabido nada de él en todo el día, no después de
aquel incidente con el agente de libertad condicional, y ya es medianoche. Creo que es
seguro decir que se acabó y que debería dejar de darle tantas vueltas y analizar las cosas.
Solo me va a doler más. Además, tengo toda una vida para ahogarme en mis penas, así
que probablemente debería centrarme en lo que está pasando ahora mismo.
Viendo cómo mi mejor amiga me arrastra por el bosque en medio de la noche con
un mapa y una linterna.
Llevamos caminando lo que parecen horas, pero estoy segura de que solo han
pasado unos treinta minutos. Tengo calor, estoy sudorosa y extremadamente ansiosa,
maldiciendo haber terminado aquí cuando me prometí no volver a poner un pie en el
bosque. En realidad, no, me prometí no volver a poner un pie en el bosque sin él para
protegerme. Algo de lo que me doy cuenta ahora, mientras salto otra rama caída. El
bosque da miedo, pero él da más miedo. Necesito eso y...
No pienses en él.
Choco con Peyton cuando se detiene, con la nariz hundida en el mapa y la linterna
iluminándolo. Murmuro una disculpa, pero no le importa porque un segundo después,
levanta la vista y dice:
—¡Aquí está!
Miro lo que ella mira.
—Esto no parece un granero.
No, parece una cabaña. De esas a las que me llevó al principio. Aunque esta está
más descuidada y ruinosa que su cabaña de caza, con la barandilla rota y una escalera
destartalada. También faltan un par de listones del pequeño porche delantero. Además,
esta parece estar más adentrada en el bosque que la otra. O quizás solo lo parece, con
frondosos árboles rodeándola en plena noche de media luna.
Peyton baja el mapa, lo dobla y lo guarda en una pequeña mochila que lleva a la
espalda. Todavía no puedo creer que haya venido tan preparada. Cuando compartió su
plan mientras recogíamos después de cenar, le recordé una vez más que estaba
exagerando. Que quizá deberíamos buscar otro ángulo porque no creo que haya nada
aquí.
Pero ella no quiso escuchar.
Y sinceramente, después de esa corazonada loca sobre la caja fuerte que
conseguí, no podía culparla. Probablemente por eso no soné tan convincente como
podría haberlo sido. Pero nunca pensé que se escaparía a mi habitación cuando llegara
279 la hora de buscarme. Incluso trajo una botella de agua -dos botellas- en una mochila,
como si en realidad fuéramos a acampar o a hacer senderismo en plena noche.
—Lo sé —dice, casi saltando de la emoción—. La única razón por la que la elegí
para explorar primero fue porque estaba muy adentrada en el bosque. Pensé que si
intentaban ocultar algo, probablemente buscarían un lugar como este.
—Si intentaban ocultar algo, ¿por qué lo pondrían en un mapa? —repliqué,
mirándola de reojo, intentando parecer atrevida cuando el corazón me latía con fuerza.
—Tal vez porque pensaron que esconderse a plena vista es mejor que esconder
algo realmente —responde, mirándome de la misma manera.
Solté un suspiro de ansiedad.
—¿Y ahora qué hacemos?
—Hacemos lo que vinimos a hacer —dice, avanzando con la mayor calma posible,
como si no estuviéramos haciendo nada peligroso ni preocupante—. Lo comprobamos.
Con eso se refiere a rodear el porche, ver por una ventana sucia a un lado y echar
un vistazo adentro de puntillas. Bueno, al menos está siendo un poco cautelosa. Aunque
no creo que haya nada que valga la pena encontrar, no quiero que nos metamos en algo
peligroso. Además, espiando o no, ninguna de las dos debería estar aquí.
Excepto que en cuanto miramos por la ventana, descubro que me equivoqué y
que hay algo que encontrar. Y durante los primeros segundos, solo puedo mirarlo.
A la cabeza.
Casi siento una especie de déjà vu desde la cabaña de Arsen, pero no es la cabeza
de un animal. Es la cabeza de un humano. Un hombre. Parece inclinada hacia un lado.
Entonces miro fijamente el cuerpo al que está adherida. O lo que sea que pueda ver de
él, ya que está sentado en una silla.
No, el cuerpo está atado a la silla y parece… muerto.
—Mierda —susurra Peyton a mi lado.
—No…
Dejé mis palabras en el aire porque no tenía ni idea de qué iba a decir ni de qué
significaba todo esto. Ni siquiera podía creer que lo que veía fuera real. Antes de que
pudiera ordenar mis pensamientos, Peyton se movió. Me rodeó, dirigiéndose a la puerta
principal, y se me encogió el corazón. Ya sabía lo que iba a hacer. Intentaría entrar. Y no
creo que fuera buena idea.
—Peyton —grito, yendo tras ella, manteniendo la voz baja pero urgente.
—Tenemos que entrar —dice en el mismo tono y sin mirar atrás.
—No, no lo hacemos.

280 Ella ya está subiendo las escaleras, con pasos cuidadosos.


—Tenemos que hacerlo.
—No, no tenemos que hacerlo. —La alcanzo en el rellano y la agarro del brazo,
deteniéndola en seco—. Tienes que parar y pensarlo un segundo. Ni siquiera sabemos
quién es este hombre y...
—¿De verdad te importa quién es este hombre cuando parece —baja la voz hasta
convertirla en un susurro—, que está muerto.
—Pero…
—¿Y si no lo está y aún estamos a tiempo de salvarlo?
—Peyton, yo no…
Ella endereza los hombros.
—¿De verdad puedes vivir contigo misma sabiendo que podrías haberlo ayudado,
pero no lo hiciste?
No, claro que no. Pero estaba pensando más bien en buscar ayuda.
Lo que básicamente significa conseguirle ayuda en lugar de entrometernos en una
situación de la que no sabemos absolutamente nada.
Pero claro, no puedo decirle eso a Peyton cuando ya sospecha que los Grayson
ocultan algo. Además… hay un hombre atado aquí dentro. Aunque pudiera haber una
buena explicación, ahora mismo no se me ocurre ninguna. No se me ocurre nada más
que quiero a Arsen y quiero que me explique qué demonios está pasando. Como nada
de esto es posible y lo nuestro ya terminó, tenemos que tomar cartas en el asunto.
La miro fijamente unos segundos.
—Bien, bien, maldita sea... Pero creo... —miro a mi alrededor—, que necesitamos
un arma. O algo. Algo que nos proteja.
No sé si será de mucha ayuda, pero necesitamos algo, algo que nos proteja, y tras
unos segundos de mirar, cada una encuentra un listón de madera roto. Ella usa el suyo
para romper la puerta, cuyo sonido parece resonar en la tranquilidad de la noche, pero
no tuvimos otra opción porque la puerta estaba cerrada.
Y entonces estamos dentro.
La única luz que entra por la ventana sucia es la que nos impide ver mucho, pero
ahora que estamos dentro, notamos la sangre que salpica y se acumula en el suelo de
madera. Sin mencionar que la ropa del hombre -una camisa rota y un pantalón- también
está manchada.
Dios, esto no está nada bien. ¿Por qué estaría aquí así, tan golpeado y
ensangrentado? ¿Quién es?
Ambas corremos hacia él, y mientras Peyton intenta averiguar si está vivo o no -
dice que sí-, yo me encargo de sus manos atadas. Es un nudo apretado e intrincado, uno
281 que Arsen usaría para atarme, y el corazón me da un vuelco. Eso no significa nada,
¿verdad? Mucha gente puede atar una cuerda de la misma manera. Es decir, hay un
límite en el mundo de nudos que se pueden hacer.
Oh Dios.
Bueno, necesito concentrarme. Mientras tiro del nudo, Peyton lo sacude y le da
golpecitos en la mejilla para despertarlo. Justo cuando logro desatar la cuerda, gruñe.
Mueve los hombros y endereza la cabeza.
—¡Dios mío! —exclama Peyton, todavía inclinado sobre él—. ¿Estás bien?
Él gime de nuevo, y justo cuando estoy a punto de dar la vuelta para ir al frente,
sus ojos parpadean y se abren y pregunto:
—¿Puedes oírnos?
Ahora que no estoy distraída con otras cosas, noto que tiene la cara llena de
golpes. Tiene un ojo hinchado y cerrado, y tiene moretones y cortes por toda la cara.
¿Qué le pasó? Su ojo sano se enfoca lentamente y nos mira fijamente, una por una,
mientras Peyton dice:
—Estás bien. Vas a estar bien. Te vamos a ayudar.
Frunce el ceño y me mira fijamente. Algo me da un mal presentimiento. No sé por
qué, porque tiene el ojo inyectado en sangre y aún nublado, pero se me encienden todas
las alarmas mientras nos observa a ambas en silencio. Aun así, trago saliva y le aseguro:
—Sí, todo va a salir bien. ¿Sabes...? ¿Sabes dónde estás?
—Sí, ¿sabes qué pasó? —añade Peyton.
Traga saliva, encogiendo los hombros. En ese momento se da cuenta de que está
libre, y su ojo sano se pone alerta y mi alarma interna empieza a sonar por alguna razón.
Lentamente, adelanta los brazos y los mira. Las cuerdas siguen atadas a sus muñecas,
pero puede usar las manos perfectamente.
Mientras nos mira, aparto a Peyton de él porque aún no se ha percatado de la
situación. Él percibe mi aprensión, algo aterrador cruza su rostro, algo que ni siquiera
Peyton puede pasar por alto, y se pone de pie lentamente. Ambas retrocedemos un paso,
y él se mueve, sin apartar la vista de nosotras. Busco nuestras armas olvidadas mientras
seguimos retrocediendo, agarradas del brazo. Las tablillas ahora están abandonadas en
el suelo, fuera de nuestro alcance.
Esto no es bueno. Para nada bueno.
Creo que cometimos un grave error. Quienquiera que sea, nunca debimos haber
entrado aquí. Nunca…
Mis pensamientos frenéticos se desmoronan cuando él se lanza y agarra el brazo
de Peyton. Ella grita mientras él la atrae hacia sí y empiezan a forcejear. Corro a buscar
nuestra arma improvisada y, agarrándola del suelo, me lanzo hacia donde él intenta
282 someter a Peyton y sus pies que patean. Es difícil encontrar un hueco entre los dos
cuerpos que forcejean, pero en cuanto su espalda queda libre, le golpeo la cabeza con
el listón de madera.
Pero no es suficientemente.
Apenas lo frena. De hecho, empuja a Peyton con tanta fuerza que se estrella contra
la pared, y luego gira sobre sus talones para atacarme. Levanto el brazo para golpearlo
de nuevo, pero me quita la tabla fácilmente y me agarra los brazos. Me retuerzo y pateo
para zafarme, pero conmigo, él hace las cosas de otra manera. No intenta someterme
solo con su agarre; me tira al suelo con todo su cuerpo.
Y jodida mierda, me deja sin aliento.
Mi columna se estrella contra el suelo de madera y se me escapa un aullido de
dolor. Pero se corta porque su peso me asfixia, y, Dios mío, no me deja respirar. Me
aplasta los pulmones y los brazos. Luego me levanta las manos por encima de la cabeza
y las inmoviliza contra el suelo con una sola mano. Mientras la otra, Dios mío, la otra, baja.
Busca a ciegas algo que me congela el corazón por un segundo. Pero justo cuando su
mano lo roza -el botón de mis vaqueros-, Peyton se abalanza sobre él con un grito.
Ella se pega a su espalda y empieza a jalarle el pelo con saña. Mientras está
distraído con Peyton, intento quitármelo de encima, pero consigue soltarse y apartarla.
Luego vuelve a mí, y pienso que esto es todo. Aquí es donde todas mis pesadillas se
harán realidad, cosas que toda chica intenta no recordar, pero que siempre están ahí, en
el fondo de su mente. La palabra que empieza con R en la que ni siquiera quiero pensar.
Va a abusar de mí, y lo único que me viene a la mente, petrificada, es él.
No es Dios. No es mi mamá. Definitivamente no es mi papá.
— ¡Arsen!
Grito su nombre como lo hice en el bosque. Como aquella noche, sigo cantándolo
mientras forcejeo y arañó a mi atacante, aunque tengo muy pocas esperanzas de que mi
falso marido venga a salvarme. Ni siquiera sabe que estoy aquí. Probablemente ya ni le
importe, y...
De repente, siento una ráfaga de aire que me recorre los pulmones porque el
hombre que me aplastaba con su peso ha desaparecido. Sale despedido por la habitación
y, como quien sale a la superficie tras estar mucho tiempo bajo el agua, jadeo y toso
mientras me incorporo.
Él está aquí.
Como si lo hubiera conjurado con mis palabras. Canté su nombre suficientes veces
en medio de la noche, en lo profundo del bosque, y ahora el diablo está aquí. Pero no le
tengo miedo. Sé que está aquí para salvarme.
Observo cómo Arsen se acerca al hombre agachado junto a la pared, luchando
283 por levantarse, con los ojos llenos de miedo. Mi marido se agacha, lo agarra por el cuello
y lo pone de pie de un tirón. El hombre intenta apartar a Arsen. Incluso intenta decir algo,
pero todo es incoherente porque Arsen lo estrella contra la pared antes de echar el otro
brazo hacia atrás y golpearlo en la mandíbula. Gruñe de dolor, pero el segundo puñetazo
de Arsen lo ahoga.
Después de eso, el hombre no puede hacer ruido, porque Arsen no le da tregua.
Empieza a asestarle puñetazos, y estoy tan fascinada por lo rápido que lo hace, por cómo
lo mantiene pegado a la pared con una mano mientras con la otra trabaja sin parar para
aniquilar a mi atacante, que me doy cuenta tardíamente de que mi marido no ha venido
solo. Rad también está aquí, y Peyton lo abraza en un rincón. En ese momento, salgo de
mi confusión y me levanto lentamente.
¿Qué acaba de pasar? ¿Cómo están los dos aquí? Y Dios, si no para ahora mismo,
Arsen va a matar a ese hombre.
Creo que probablemente ya lo hizo, porque cuando Arsen empezó a golpearlo,
pude oír los ruidos del hombre, aunque casi todos se oían por el golpe de su cabeza
contra la pared y el choque de huesos, pero ahora está completamente en silencio.
También está completamente encorvado, con la cabeza colgando como al principio, y los
brazos flácidos a los costados.
—Arsen —gruñe Rad desde donde está—. ¡Alto!
Pero no lo hace. Es como si no hubiera oído a Rad en absoluto.
Así que Rad lo intenta de nuevo, aún agarrado a Peyton, que se ha quedado
completamente paralizada al presenciar la brutal escena ante nosotros.
—Arsen, joder. Para.
Nada.
Arsen ni siquiera reduce la velocidad, así que Rad truena:
—Escúchame, lo vas a matar y...
—Arsen —grito entonces, con el corazón latiéndome a mil por hora—. Por favor.
Para. Para. ¡Ahora mismo!
Al final, grito, con los puños apretados a los costados, el cuerpo casi doblado por
la mitad, pero no me importa. Tiene que parar o irá a la cárcel. Y ya lo hizo una vez. Ya
estuvo ocho años en prisión por la mujer que amaba, y no voy a permitir que vuelva a
suceder. Ni por mí. Ni por nada.
Estoy a punto de correr hacia él, sin importar las consecuencias, cuando mi voz
finalmente le llega y se detiene. Sus hombros suben y bajan, su espalda se hincha como
olas con su respiración pesada y entrecortada. Tras un momento largo y tenso, Arsen lo
suelta y cae al suelo con un golpe sordo. El sonido resuena en mis huesos y por fin puedo
respirar profundamente.

284 Todo se desvanece inmediatamente en el momento en que Arsen se da la vuelta


y sus ojos se fijan en mí.
Probablemente esperaba ver ira. Peligro y amenazas. Y todo eso está ahí, claro.
Todas esas emociones, junto con cien más de la misma variedad, acechan en sus ojos,
pero lo que me conmueve es el miedo. No, espera, es desesperación.
Sí, es miedo mezclado con desesperación.
Es sutil, y no creo que nadie más lo haya notado, pero me golpea en el estómago.
Lo vi en él una vez. Anoche, de hecho. Cuando habló de Annie. Y también sé por qué
está ahí ahora. Es porque está anclado en el pasado. Su mente retrocedió ocho años, a
cuando le ocurrió lo peor que le podía pasar a un hombre. Perdió a la mujer que amaba
porque no pudo llegar a tiempo.
Probablemente esté pensando lo mismo ahora mismo. Sus hermosos ojos oscuros
reflejan dolor por mi culpa. Porque fui tan estúpida. No pensé. No...
—¿Qué carajo pasó? —pregunta Rad, con voz enojada, pero no lo estoy mirando
ahora mismo.
Solo tengo ojos para mi esposo. Que está ahí, con la respiración entrecortada, su
cuerpo tan tenso que parece frágil. Como si algo pudiera romperlo al instante.
—Yo… nosotros… —Peyton lucha, pero una vez más, no puedo ayudarla.
No puedo apartar la mirada de Arsen. No puedo dejar de decirle con los ojos que
estoy bien. Me salvó. Dios mío, me salvó. Otra vez.
—¿Intentaban escapar? —pregunta Rad, con la voz aún más ronca que antes—.
¿Eso fue lo que pasó?
Agrandé los ojos y negué con la cabeza; esa era mi respuesta para Arsen. Le
prometí que no huiría, y no lo hice. Pero esto no tenía nada que ver con eso.
Y Peyton confirma:
—¡No! No, en absoluto. Es que... no estábamos corriendo. Nosotros...
—¿Entonces qué demonios estaban haciendo?
La voz de Rad es la más fuerte aquí, y hace que Peyton chille. Pero yo no. Soy
firme. No tengo miedo. Mi columna vertebral es de acero para poder darle fuerza al
hombre que parece haberlo perdido todo una vez más.
—Yo... es... joder. —Comienza Peyton de nuevo, pero sin éxito.
—Escúchenme, ¿sí? —gruñe Rad—. Acabamos de salvarles el pellejo. Así que
díganos qué hacían aquí o las voy a atar de pies y manos y las voy a dejar en mi habitación.
—Bien, bien —espeta Peyton—. Primero, no es culpa de Reverie. Ella no quería
hacer esto. No quería venir aquí. La arrastré. Fui yo.

285 —¿Por qué?


—Porque sí. —Respira hondo—. Porque no confiamos en ti, ¿de acuerdo? No
confiamos en ti, carajo. ¿Puedes culparnos después de todo? —Veo su mano agitarse y
chasquear los dientes por el rabillo del ojo—. Después de cómo me obligaste a engañar
a mi hermano por teléfono hoy. Y aunque no me importa mi familia, porque francamente
son como ustedes, sí me importo yo y mi mejor amiga. Así que vinimos aquí porque
conocemos tu secreto.
—Secreto.
—Sí. Están ocultando algo —los acusa—. Hay algo sospechoso en su rancho y
vinimos aquí a buscar pruebas.
Oigo un suspiro y el movimiento de pies. Entonces:
—¿Prueba de qué, carajo?
—¿Quién es este hombre? ¿Por qué lo golpearon y lo ataron a una silla en una
cabaña en medio del bosque? —pregunta Peyton en lugar de responder.
Rad guarda silencio. Pero veo algo fugaz en el rostro de Arsen. No puedo decir
qué es, y sinceramente, en este momento, no me importan los secretos. Quizás sea
egoísta, pero no puedo callar y dejarlo sufrir.
—Vinimos aquí porque… —digo, sin apartar la vista de él—. Sabemos de los
hombres. De su desaparición, de los presos. Y sabemos que, de alguna manera, Rawhide
está involucrado en sus desapariciones. Así que vinimos porque queríamos averiguar qué
estaba pasando exactamente.
Oigo a Rad suspirar de nuevo, pero al final es una maldición gruñida.
—Está diciendo nosotras... —decide intervenir Peyton—. Pero en realidad se
refiere a mí... Como dije antes, no quería hacer esto, y lo digo en serio. Vino
principalmente a protegerme porque tengo la costumbre de tomar decisiones
cuestionables. Pero no pensé que tuviéramos más opción que cuidarnos y tener
influencia sobre ti. Así que si quieres atarme, adelante. Pero no culpes a Reverie. Ya ha
sufrido bastante por mi culpa. Por este imbécil. Ni siquiera es una Turner. No está
involucrada en esto.
Arsen aprieta la mandíbula. Durante todo este tiempo, no ha desviado la mirada, y
yo tampoco. Y casi parece que existimos en otro plano. En una dimensión distinta a la de
las otras dos personas en esta habitación. Como si tuviéramos un vínculo secreto e
invisible entre nosotros. Una conexión que nadie ve, que nadie conoce.
¿Y por qué no? Porque estamos marcados.
Así que mi pregunta -que ya hizo Peyton- es solo para él.
—¿Quién es este hombre?
Y sé que su respuesta es solo para mí:

286 —Un preso.


Mi corazón late con fuerza.
—Un preso.
—Desaparecido.
El sudor se acumula en mi espalda, aunque tengo frío.
—¿Por qué lo ataron y lo golpearon?
—Porque robó una licorería.
—Y luego folló a su novia —añade Rad, con la voz cargada de ira.
Peyton jadea.
—¿Q-qué? —exhalé entrecortadamente.
—Pero solo lo condenaron por el robo —añade Arsen—. No me enteré de lo otro
hasta esta noche.
—¿E-esta noche?
—Cuando lo golpeé y lo até a esta silla.
Me puse una mano en el vientre.
—¿Lo hiciste?
—Sí.
—¿Por qué?
Me mira fijamente un instante antes de cambiar de postura.
—Tuve un mal presentimiento sobre él desde el momento en que lo vi ayer en la
hoguera. No pensé que encajaría bien en Rawhide. Mars no estuvo de acuerdo, así que
tomé cartas en el asunto. Lo traje aquí, lo golpeé como el pequeño imbécil que es hasta
que habló. Y nos contó la verdad sobre lo que realmente hizo la noche que lo arrestaron.
Mi corazón late tan fuerte que me sorprende poder quedarme así de quieta sin
agarrarme el pecho.
—Pero... sigo sin entender qué hacía en el rancho. ¿P-por qué estaría aquí cuando
debería estar en la cárcel?
A Arsen le empieza a temblar la mandíbula. Y por la periferia, veo a Rad mirando
al techo, suspirando. Peyton es quien rompe el silencio.
—¿Qué demonios está pasando aquí? ¿Cuál es este gran secreto?
Sin dejar de mirar a Arsen, susurro:
—Por favor.
Su rostro se tensa ante mi súplica.
287 —Porque Mars tiene la costumbre de recoger a los callejeros. O mejor dicho, a los
perros enjaulados como este hijo de puta. Los que cometen crímenes y son condenados.
Solo que en vez de cumplir condena en prisión, pagan su penitencia aquí. En Rawhide.
—Penitencia —murmuro, y la palabra me salta a la vista, por razones obvias. Está
pagando su propia penitencia, ¿verdad?, a su manera.
Sus rasgos se tensan aún más, probablemente porque sabe lo que pienso.
—Hay un sistema. Un programa. Una serie de obstáculos que deben superar. Para
demostrar que han cambiado. Para demostrar su lealtad al rancho.
—Espera, ¿qué? —exclama Peyton con incredulidad—. Esto es... Parece una
locura. ¿Como un programa de entrenamiento?
Arsen sigue sin mirarla, como si no existiera nadie más que yo, mientras la corrige:
—Un programa de redención. Redención de Rawhide. Mars elige a hombres que
cree que necesitan una segunda oportunidad, un borrón y cuenta nueva para empezar
de cero. Solo que aquí empiezan. Superan el programa, consiguen una nueva identidad
y un trabajo en el rancho.
—Pero eso es… eso es una locura —repite Peyton.
—Es lo que es.
—Pero ustedes están sacando a gente del sistema penitenciario, ¿verdad? Eso es
ilegal. Requiere una gran intervención de, Dios mío, ni siquiera sé de quién. De todos los
niveles de la ley: jueces, policías, abogados.
A Arsen le palpita la mandíbula.
—Políticos. Probablemente por eso tu hermano y tu papá están tan preocupados.
Pero de alguna manera No me preocupa nada de esto. Debería, pero no. En
realidad, no. Tengo otra cosa en mente.
—¿Qué pasa con los que no logran terminar el programa?
Arsen me observa durante unos segundos, sus rasgos se tensan de nuevo.
—Desaparecen. Para siempre.
De alguna manera lo sabía. Me cuesta comprender qué podría significar el
programa, este Rawhide Redemption, o qué implica, pero lo sabía. Sabía que si no lo
lograbas, desaparecerías de la faz de la tierra. Pero ni siquiera eso es algo que me
preocupe. La muerte ya no me preocupa. Ya no le temo como antes por lo que le pasó a
mi madre. No fue el amor lo que mató a mi madre; fue mi padre. Ahora sé que yo también
estoy enamorada. Y aunque el amor sin duda puede matar, hay algo más importante para
mí: él.
—¿Tú…? —Voy a tragar, pero tengo la garganta demasiado seca—. ¿Los
hiciste…? ¿Ibas a…?

288 ¿Matarlo?
No puedo decirlo, pero lo entiende. Y, mirándome fijamente, niega con la cabeza.
—Mars. Le gusta hacer su propio trabajo sucio.
Por fin, desde que llegamos a esta cabaña y vimos a ese hombre atado por la
ventana, respiro aliviada. Es tan grande que todo mi cuerpo parece haber participado en
él. Incluso las puntas de los dedos de las manos y de los pies.
No me importa lo que pase en Rawhide. No me importa cuántas leyes estén
rompiendo estos vaqueros, simplemente no quiero que se involucre. No porque ser un
asesino disminuya mi amor por él, sino porque no creo que pudiera vivir consigo mismo
si quitara una vida.
Sé que lo quiso hace ocho años, pero no creo que pueda recuperarse. La razón
por la que su bondad sobrevivió al fuego fue porque no logró cumplir con su deber, y
Dios, estoy agradecida por ello. Lo estoy, aunque me convierta en la persona más egoísta
del mundo, pero no quiero que mi Arsen cambie, ni un poquito. Lo que significa que es
aún más imperativo que encuentre la manera de detenerlo. Él es quien necesita liberarse
de esta ira, de este fuego interior, de este dolor que lo impulsa a hacer esto.
—Ahora ya lo sabes —dice finalmente—. Ahí tienes tu maldita ventaja. Consérvala.
Úsala. Haz lo que te dé la gana con ella. —Entonces, por primera vez desde que llegó al
lugar, aparta la mirada de mí y le ordena a Rad—: Llévatelas de vuelta.
Dicho esto, se dirige a la puerta. O empieza a hacerlo, pero le digo:
—Yo también tengo la culpa.
Se detiene en seco, su mirada vuelve a mí, sin emoción ahora. Dura y oscura. Pero
aun así continúo:
—Pensé... pensé que se había acabado.
No hay nada en su rostro ni en su cuerpo que indique que me escuchó, y mucho
menos que me entendió. Pero tengo que seguir:
—Cuando me dejaste en la casa principal. Esta mañana.
De nuevo, no reacciona, y espero que cambie pronto porque me estoy poniendo
colorada. Siento a las otras dos personas, Peyton en concreto, mirándome con los ojos
muy abiertos. Ojos muy abiertos, interrogativos. Pero no puedo pensar en eso ahora
mismo. Tengo que seguir adelante.
—Y luego no viniste a comer ni a cenar y... nunca volviste a la casa principal y
pensé —respiré hondo—, pensé que después de lo que pasó esta mañana se había
acabado.
Finalmente, rompe su silencio y pronuncia las palabras:
—Se acabó.
289 Ay, gracias a Dios. Al menos dice algo. No importa que siga pareciendo distante,
distante y frío. Me alegra que me escuche.
Me limpio las manos en los vaqueros.
—Sí, pensé que ya no me querías. Y Peyton tiene razón. No quería que hiciera
esto, pero quizá en mi cabeza estaba furiosa contigo. Estaba furiosa porque... no te
importaba. No... no pensabas en mí todo el día como yo pensaba en ti, así que quizá vine
porque sabía que te enojarías. Si te importaba, claro, y... fue un error. No lo pensé bien.
No pensé que las cosas acabarían así. Así que también es culpa mía y yo...
Lo es, y apenas lo estoy descubriendo ahora. Estoy descubriendo que, cuando se
trata de él, soy pura emoción y nada de pensamiento. Soy puro corazón y nada de cabeza.
Puro amor y nada de preocupación.
—¿Qué? —me pregunta, y noto que su mandíbula incipiente (ahora con barba, en
realidad) se aprieta al final de la pregunta.
Su reacción me tranquiliza.
—Haría lo que fuera.
Entrecierra los ojos.
—Lo que sea.
Y de nuevo, mis palabras salen con más facilidad, con más seguridad cuanto más
libera sus emociones, aunque sea ira.
—Para que me perdones.
Sé lo que he hecho. Sé que le he dado todas las riendas. Y sé que me hará trabajar
duro para conseguirlo. Quiero que me haga trabajar duro después de cómo lo asusté.
Deja pasar unos instantes en silencio, y puedo oír el tictac imaginario de un reloj
fantasma. Luego mueve los ojos. Su mirada oscura recorre mi cuerpo de arriba abajo
rápidamente, casi con desdén. Luego:
—Creí haber dicho que no quería que usaras esa ropa.
El corazón me da un vuelco y tengo que respirar un segundo antes de poder
responder. Porque creo, creo, que sé a dónde va esto.
—Lo hiciste —susurré.
Su pecho se mueve con la respiración, hinchándose, volviéndose más grande,
formidable. Como el resto de él, mientras decreta:
—Tienen cinco segundos para rectificar tu error y dejarlas en el suelo.

290
LA APERTURA de la cremallera de mi sudadera es ruidosa en este lugar oscuro y
abandonado.
Podría incluso ser el más fuerte, más fuerte que mis propias respiraciones
agitadas, si no fuera por el jadeo de Peyton seguido de su diatriba.
291 —¡Imbécil! ¡Justo cuando creía que tenías cualidades redentoras! —La oigo
forcejear de fondo, como si intentara soltarse de Rad y volar hacia mí—. ¿De verdad le
estás pidiendo que se desnude? ¿Qué mierda te pasa?
Arsen no le hace caso. Como ha hecho en todo este tiempo. Su mirada es cruel y
solo me mira a mí. Me observa mientras me bajo la cremallera de la sudadera antes de
girar los hombros y quitármela, dejándola caer al suelo.
La voz de Peyton resuena de nuevo en la habitación. Esta vez, dirigiéndose a mí:
—No lo hagas, Riri. ¡No lo hagas, carajo! —Luego, a Rad—: Suéltame, imbécil. Solo
déjame ir con mi amiga. Ella necesita…
—Arsen —gruñe Rad por encima de Peyton—. Deja de hacer esta mierda ahora
mismo.
—Sí, Arsen —espeta Peyton con voz burlona—. Deja ya esta mierda y suelta a mi
amiga. No tiene nada que ver con esto.
Quiero corregirla y decirle que sí. Puede que no sea una Turner, pero soy una
Grayson.
Soy suya.
Aunque sea por ahora; y de alguna manera, me obsesioné y lo olvidé. La cagué
tanto que desnudarme para él delante de todo el mundo no parece gran cosa. O mejor
dicho, solo dos personas, pero con mis problemas físicos, bien podrían ser el universo
entero. Sin embargo, no puedo decir nada. Toda mi energía y fuerza de voluntad se están
yendo en apretar el dobladillo de mi camiseta para poder quitármela.
—No hagas nada… de lo que te vayas a arrepentir después —dice Rad con largas
pausas.
No creo que nadie más lo note. Excepto quienes conocen sus problemas de habla.
Y creo que está pasando porque está enojado por mí. De nuevo, quiero decir algo, pero
no puedo.
Lo único que veo es a Arsen. Parece tan alto, tan corpulento, de pie frente a esa
ventana manchada de polvo. La tenue luz de la luna se filtra y resalta la forma de su
cuerpo, haciéndolo parecer casi un fantasma. Un sueño febril con una silueta plateada.
Lo único que siento es su mirada mientras sigue mis puños subiendo la camiseta,
subiéndola y subiéndola por todo mi cuerpo. En cuanto me la quito, dejándome solo con
el sujetador y los vaqueros, el corazón me explota en el pecho y se me pone la piel de
gallina. La noche se vuelve fría de repente.
—Si te quedas aquí un segundo más —gruñe sin apartar la vista de mí—, mirando
a mi esposa y lo que solo me pertenece a mí, te saco los ojos. —Luego, mirándolos—, va
292 para los dos.
Peyton chilla. Rad gruñe.
Pero no les presto atención. Ni siquiera me importa cuando Rad saca a rastras de
la cabaña a Peyton, que grita y maldice. Estoy más concentrada en que ya no tengo frío.
De hecho, en cuanto cierran la puerta de golpe, siento como si me hubieran lamido con
fuego. Y quizá así sea.
Si sus ojos son llamas y su mirada es más bien una caricia.
Recorre mi cara, el pulso palpitante de mi cuello, mi pecho agitado y mis pechos
temblorosos, hasta mis vaqueros. Sé lo que quiere que haga, así que me pongo manos a
la obra. Me desabrocho los vaqueros y, sin pensarlo mucho, los bajo. Doy un paso hacia
él, pero niega con la cabeza.
Luego, con la punta de la barbilla, ordena:
—¡Quítatelo también!
—¿M-mi sostén?
—Y bragas.
—Yo…
—¿Cualquier cosa, sí? —pregunta con ojos brillantes.
Mi respiración se entrecorta.
—Sí.
Se mueve sobre sus pies con una respiración profunda.
—Vamos a ello entonces.
¿No dije que no me lo pondría fácil? Aun así, el simple hecho de desnudarme me
pone un poco nerviosa. Sobre todo cuando no hay reacción suya, ni una sola emoción ni
señal de que esto le afecte de alguna manera. Es como caminar descalzo sobre cristal.
Pero luego pienso en cómo se habrá sentido, en lo que habría pasado esta noche por mi
imprudencia, y mis brazos se extienden hacia atrás.
Si él puede caminar sobre el fuego por mí, yo puedo caminar sobre el vidrio roto
por él.
Mis dedos son sorprendentemente firmes mientras desabrochan mi sujetador y
bajan los tirantes de ambos brazos. Luego, con otro giro de hombros, me deshago de la
prenda y la dejo caer al suelo para unirse a mi otra ropa. En el instante en que su mirada
roza mis pechos desnudos, mis pezones se endurecen. Tan duros que duelen. Tanto que
me cuesta no estirarme y tocarlos. No tirar de ellos, retorcerlos y simplemente... hacerles
algo. Y solo empeora cuando voy por las bragas y las bajo por mis piernas. Porque me
doy cuenta, como siempre, tardíamente, porque me hace sentir tantas cosas y todas a la

293
vez, de que mis bragas están mojadas. Dejan manchas de crema en mis muslos,
haciéndolos brillar a la luz de la luna.
Ahora que estoy desnuda, recorre la silueta de mi cuerpo con la mirada, y por
primera vez noto un ligero escalofrío en su pecho. Esa pequeña reacción me tranquiliza
un poco, y doy un paso hacia él de nuevo. Pero niega con la cabeza una vez más. Esta
vez, me duele físicamente detenerme, pero lo hago porque es su espectáculo, no el mío.
—Ponte de rodillas —ordena.
Me clavo las uñas en los muslos.
—¿Qué?
—Y arrástrate hacia mí.
—¿Arrastrarme hacia ti?
—Cualquier cosa, ¿recuerdas? —gruñe, con el rostro endurecido y la voz aún
más—. Esto es cualquier cosa, cariño, así que o te arrodillas y te arrastras hacia mí como
la dulce mujercita que tanto te esfuerzas por ser, o dejas de hacerme perder el tiempo.
—Siento que mis muslos se tensan al oír su voz ronca, y continúa—: Porque lo eres,
¿verdad? Intentando ser una esposa dulce para mí.
Asiento bruscamente, sintiendo una gota de mi semen salir de mi centro y
correrme por el muslo. Intento demostrarle que puedo ser una buena esposa que lo
escucha.
—Así que, de nuevo, vamos a ello o salgamos de aquí como la mierda.
En cuanto termina, se mueve. Se dirige a la derecha, sus botas manchadas de
barro resonando en el suelo mientras arrastra una silla y se sienta en ella. Con los
hombros rectos y los muslos extendidos, las manos descansando sobre ellos con
naturalidad, esperando a que yo decidiera una opción: comprometerme o irme.
Pero en realidad no hay otra opción, ¿verdad? No me voy a ir. No quiero. Y
tampoco voy a dejar que se vaya, así que me dejo caer al suelo y hago lo que me dice.
Me arrastro.
Y cada movimiento que hago hacia él me humedece aún más el coño. Mis muslos
se ponen más resbaladizos y húmedos. Mis pechos están pesados y colgando, y mis
pezones aún quieren ser tocados y acariciados. Ni siquiera importa que la madera esté
dura y el suelo esté sucio. O que la tierra se me clave en las rótulas y las palmas de las
manos al moverme. Tampoco importa que, a medio camino hacia él, me dé cuenta de
que hay un posible cadáver en el suelo, tirado en un charco de su propia sangre que
quizá tenga que atravesar para llegar a él, pero no importa. Es la prueba de que Arsen
vino por mí.
Me salvó.

294 Me salva una y otra vez, y necesita saberlo. Así que cuando llego a él, no me
detengo a sus pies. Voy hasta el final. Me meto entre sus muslos extendidos, cubiertos
por los vaqueros, y en cuanto lo hago, se activan y me abrazan los costados, haciendo
de su cuerpo un círculo.
Y Dios, está duro. Sus músculos se sienten duros como una roca, más duros y
tensos que nunca. Así que froto las manos de arriba abajo, intentando masajearlos
mientras levanto la vista.
—Viniste.
Sus rasgos se estremecen ante mi susurro y se inclina. Me toma la trenza y la
agarra con el puño mientras dice con voz áspera:
—Me llamaste, ¿verdad?
—Sí.
Aprieta el puño.
—¿Eso te gusta?
—¿Qué?
—Que estoy completamente a tus pies —dice en voz baja y oscura, con los ojos
centelleando—, que vengo corriendo cada vez que me llamas. Cada vez que gritas mi
nombre, derribo puertas. Me abro paso a través del bosque. Le doy una paliza a un
hombre casi hasta matarlo solo para llegar a ti.
Me muerdo el labio.
—No... no quise preocuparte.
Se le escapa un suspiro y sus dedos se aferran aún más a mi pelo.
—Entonces deberías haberte quedado en la cama esta noche.
—¿Mi cama?
—Sí. Deberías haber estado durmiendo en ella cuando entré en la habitación.
En ese momento, mis movimientos se detienen.
—¿Fuiste... fuiste a la habitación esta noche?
—Pensé que te habías escapado. —Se lame los labios mientras sus ojos recorren
mis facciones—. Pensé que te había asustado después de anoche. Quizás te follé
demasiado fuerte. Te hice sangrar demasiado, dejé demasiadas marcas en tu cuerpecito
maduro. Destrocé ese coño tan mal y ahora no quieres mis sucias manos de vaquero en
él.
Clavo las uñas en sus muslos duros y niego con la cabeza.
—No, no lo hiciste. Tú… yo nunca huiría de ti, Arsen. Yo…
—Entonces pensé —continúa, mientras sus muslos se tensan a mi alrededor—, te
llevaron.
295 Se me encoge el corazón al pensar en lo que eso significa.
—¿Los Turner?
—Pensé que habían venido por ti —dice—. Una vez lo hicieron, ¿verdad? Me lo
quitaron todo. Para poder hacerlo de nuevo. Podían, y pensé que esta vez los quemaría
hasta los cimientos. Mataría a todos los Turner de ese rancho hasta encontrarte.
Mis manos vuelan hacia su rostro y lo aprieto como si fuera lo más preciado de mi
vida. Y lo es. Es mi esposo, aunque sea por un ratito. Es el amor de mi vida. No quiero
que sufra. No quiero que sufra nunca.
—Mira, Arsen —le digo, intentando llamar su atención porque parece perdido en
sus pensamientos—. Estoy aquí, ¿de acuerdo? Estoy contigo. Me salvaste. Tú…
—Ya casi salía por la puerta cuando Rad me encontró. Dijo que podíamos buscarte
en las cámaras. Tenemos cámaras por todo el rancho. Dijo que tenía que ir más despacio.
Que necesitaba pensar. —Otro soplo de aire que lo estremeció por completo—. Pero no
podía pensar. No creía tener tiempo para pensar. Pensé que iba a llegar demasiado tarde,
como la última vez. Entonces te vi en la pantalla, caminando por el bosque, yendo a quién
sabe dónde, y arranqué. Cabalgué como nunca antes y justo cuando subíamos por el
sendero, te oí gritar mi nombre y yo...
—Arsen —digo, intentando de nuevo llamar su atención.
Pero él sigue sin dármela, y sus siguientes palabras me dicen por qué:
—Ella murió por eso.
—¿Por qué?
—Rawhide Redemption.
—¿Qué?
—Lo estaban investigando. En aquel entonces. Estaban empeñados en encontrar
pruebas en nuestra contra. Para poder usarlas y confiscar nuestras tierras. Y cuando no
pudieron encontrar nada —hace una pausa para tomar una bocanada de aire que le
hincha el pecho tanto que debe ser dolorosa—, se la llevaron a ella en su lugar.
Ay, Dios. Ay, Dios mío. Claro que parecía anclado en el pasado. Claro que parecía
atormentado. Ella murió por eso, por lo que estábamos investigando esta noche, y yo...
Cedo al impulso de besarlo y me inclino hacia adelante. Estoy a punto de besarlo
cuando vuelve a concentrarse y sus dedos se flexionan en mi pelo. Entonces algo brutal
atraviesa sus ojos y dice con brusquedad:
—Tú no eres ella.
Y me estremezco, un dolor agudo me atraviesa el pecho. Pero, ajeno a todo, él
sigue adelante, con su voz entre gruñidos y rugidos:

296 —Pero por alguna razón no importa. Por alguna razón, nunca he podido pensar
con claridad cuando se trata de ti. Ni siquiera al principio. Desde la primera carta.
—¿Y qué pasa con la primera carta?
Me observa un instante antes de decir:
—Lo hice.
—¿Qué hiciste?
—Los mantuve alejados —explica, mirándome fijamente—. A todos los demás
reclusos.
Mi corazón da un vuelco.
—¿De responderme?
Se lame los labios.
—Quería que fueras mía.
—Soy tuya —digo, mientras mis dedos tiemblan sobre su rostro.
—Y luego hice lo otro también.
—¿Qué cosa?
—Envié a ese profesor lejos.
Estoy temblando. Temblando, tiritando y sudando por lo acalorada que me está
poniendo con sus confesiones.
—¿El... el que me intentó propasarse?
Entrecierra los ojos un segundo.
—Del que te pedí que te alejaras. Pero no me hiciste caso.
—¿Lo enviaste lejos?
—Conseguí que un policía lo hiciera. Que lo echara del pueblo.
—Yo no… yo no… nunca dijiste nada.
—No quería que nadie se interpusiera entre tú y yo.
—Arsen —susurro porque no sé qué más decir. No sé cómo reaccionar ante todo
lo que me está diciendo. Bromeé al respecto, sí, pero jamás, ni en un millón de años, me
imaginé que de verdad haría algo así.
Por mí.
—Si hubiera podido, te habría rodeado con un círculo de orina —continúa, con los
ojos centelleando—. Para mantener alejados a todos esos malditos perros.
—No tienes que hacerlo. No hay nadie más que...
—Pero no tiene sentido, ¿verdad? Eres una Turner —me acusa con un tono casi

297 desquiciado.
—No soy una Turner —insisto—. No soy una Turner. Lo sabes. Soy...
Entonces sus ojos se clavaron en los míos.
—Y de alguna manera resultaste ser más peligrosa que uno.
Estoy muy confundida. No entiendo lo que dice. Y ni siquiera me da tiempo a
comprenderlo, porque me dice:
—¿Pensabas que ya había terminado, eh? Esta mañana.
Trago saliva.
—Pero no quería que terminara.
Aprieta la mandíbula.
—Lo harás.
—¿Qué?
—Cuando termine esta noche, desearás que haya terminado.
El miedo me atraviesa el pecho y me quedo sin aliento.
—¿Qué…?
Se lame los labios de nuevo y, apretando mi garganta, ordena:
—Sácame.
—¿L-lo siento?
Me suelta, se reclina y, por unos segundos, me siento completamente
desorientada sin sus brutales manos sobre mí. Sin sus dedos tirándome del pelo y
conteniendo mi respiración. Lo observo abrir las piernas, deslizándose en la silla, como
si estuviera envuelto en ella como un rey.
No, un vaquero dueño de este rancho. Esta cabaña oscura con sus oscuros
secretos.
—Desabróchame la cremallera y saca mi polla.
Mis muslos se aprietan y siento otra gota de crema resbalando de mi coño. Es tan
retorcido, todo lo que me hace sentir. Antes de conocerlo, nunca supe que el miedo
también podía excitarme. O que la incomodidad, la adrenalina y la aprensión podían
acelerar tanto tu corazón que parecías volar. Cabalgas como el viento. Cabalgas con él
mientras ves pasar el mundo en la periferia.
Cuando lo único que hago es mirarlo sin decir palabra, gruñe:
—Hazlo o vete a la mierda.
Mis manos vuelan a cumplir sus órdenes, con entusiasmo pero con torpeza. Y él
lo nota. Aunque estoy concentrada en desabrocharle los vaqueros, cosa que admito que
298 estoy arruinando por completo, sé que me está mirando. Y sé que lo hace con un desafío
en la mirada. La arrogancia rezuma por cada centímetro de su corpulenta figura de
vaquero.
—Qué señorita ansiosa, ¿no? —se burla con voz ronca.
El rubor me tiñe las mejillas. Me tiñe todo el cuerpo, y agradezco la escasa
iluminación. Si no, podría verme toda roja, acalorada y molesta. Así las cosas, creo que
lo oye en mi voz entrecortada:
—No, solo tu dulce esposa haciendo lo que dices.
Su pecho se sacude con una ráfaga de aire.
—Con el humor que tengo, te vendrá bien de todas formas.
—¿Q-qué humor? —pregunto, finalmente desabrochando su botón y pasando a la
cremallera.
—El tipo en el que mi dulce esposa me enoja y hago que se ahogue con mi polla.
Mis manos tiemblan y miro hacia arriba.
—¿Ahogar?
Sus rasgos están tan tensos en este momento, tensos y brutales.
—Ahogar.
—Pero yo...
—Y créeme cuando te digo que querrás atragantarte con ella, cariño.
Niego con la cabeza, el miedo me gana.
—No lo creo.
—Sí, lo haces —insiste, con los ojos brillantes—. Quieres que te atragante. Quieres
que te dé arcadas.
—No.
—Porque cuanto más te atragantes con mi gran polla gorda, mejor será para ti.
—No lo será.
—Luego.
Mi corazón late fuerte.
—¿Luego?
—Cuando te la meta en el culo…
—¿Qué?
Sus ojos recorren mis rasgos y se inclina hacia delante mientras dice:
—No creíste que te haría hacerme una mamada en una cabaña oscura y que
daríamos por terminado el día, ¿verdad?
299 —Yo no...
Me observa como si fuera un objeto nuevo, con una mirada casi cariñosa.
—Sabes, ya debería estar acostumbrado.
—¿Acostumbrado a qué?
—Qué joven eres. Qué inocente. Brillante como el sol, dulce como una flor. —
Luego, como para sí mismo, murmura—: Mi dulce esposa.
—Arsen, detente.
Vuelve a mí.
—Casi me dan ganas de dejarte sola.
—No, no lo hagas. Yo...
—Pero no lo haré —dice, tranquilizándome—. Y que me la chupes justo al lado del
hombre al que casi mato por ti es solo el principio.
Una vez más, olvidé que hay un hombre junto a nosotros, inconsciente porque
Arsen lo golpeó por mí. Y, de nuevo, no me parece tan repugnante como debería. Me
preocupa más lo que Arsen tiene planeado para mí. Me lo cuenta con todo lujo de
detalles.
—Primero, voy a meterte mi polla en la boca —empieza, como si estuviéramos en
clase y me estuviera enseñando—, cómo complacer a tu marido después de que lo hagas
enojar y casi mate a alguien. Y te voy a follar la garganta. Te la voy a follar tan fuerte y
durante tanto tiempo que la vas a lubricar no solo con tu saliva, sino también con tus
lágrimas. Vas a tener arcadas y a gotear sobre mi polla. Vas a hacer un desastre. Te va a
costar respirar un rato, pero bueno, deberías haber pensado en eso cuando saliste a
buscar problemas esta noche, ¿no? En fin, sé que suena brutal y cruel, pero como dije,
te va a venir bien. Así que quiero que tengas arcadas, ¿de acuerdo?, quiero que te
ahogues y que ahogues mi polla gorda en tu saliva y tus lágrimas. Porque luego, te voy a
dar la vuelta y te voy a poner a cuatro patas. ¿Sabes qué posición es esa?
Asiento bruscamente, mi respiración ya es entrecortada en este momento, ya es
difícil de respirar, y él aún no ha hecho nada todavía.
—Dímelo —ordena.
—Estilo perrito —susurro y luego me sonrojo como loca.
Sus labios se estiran en una sonrisa torcida mientras elogia:
—Buena chica.
Dios, no debería decirme esas cosas cuando tengo tanto miedo. Porque entonces
me excito aún más y no sé qué hacer.
—¿Leíste eso en un libro? —pregunta después.
—Sí —respondo, apretando y aflojando los muslos.
300 Su sonrisa se ensancha, al igual que el cariño en sus ojos y en su tono.
—Sí, lo hiciste. Porque mi dulce esposa es universitaria, ¿verdad? Una estudiante
de sobresaliente, nada menos. Excepto en sociología, claro. Así fue como se metió con
un exconvicto inútil como yo.
—Arsen, tú...
—Y se llama así porque así es como se reproducen los perros —dice, haciéndome
estremecer y, de alguna manera, excitarme aún más—. Por cierto, así se reproducen
todos los animales. No sé si te lo enseñaron en tu prestigiosa universidad, pero si creciste
en un rancho, sabes estas cosas. El caso es que voy a follarte así. Voy a montarte como
el maldito toro en el que me has convertido, todo cachondo y lujurioso, deseando
correrse. Pero no voy a follarte el coño, voy a follarte el culo. —Aprieta la mandíbula un
instante, pero no ha terminado de asustarme porque continúa—: Y si anoche mi polla se
sintió tan grande al entrar en ese coñito apretado de universitaria, se va a sentir
jodidamente monstruosa al entrar en ese culito diminuto. ¿Entiendes lo que te estoy
diciendo? Quieres atragantarte con mi polla, cariño, para que te resulte fácil cuando te
folle por el culo más tarde.
—Pero va a doler —dije de golpe.
Al oír mis palabras, su pene bajo mis manos salta.
—Lo hará.
—¿Qué pasa si… qué pasa si no puedo sentarme bien por un rato?
—Tampoco podrás caminar bien por un tiempo.
Mis ojos se agrandan.
—No.
—Pues sí —responde—. Pero claro, no puedo pensar con claridad con todo el
dolor que me causaste, así que es justo, ¿no?
Le aprieto la polla con las manos, pero no creo que le duela tanto como quisiera.
—Ni siquiera creo que esté... hecha para eso.
—Oh, está hecho para eso —discrepa, con las fosas nasales dilatadas—. Si no me
crees, nena, más te vale creer que tu culo está hecho para mi polla. Más te vale creer
que cada agujero de tu jugoso cuerpecito está hecho para mi polla. Y antes de que acabe
la noche, los voy a follar todos y cada uno de ellos.
Mis muslos se tensan de nuevo, y sé que estoy más mojada que nunca. Es solo
que también tengo más miedo que nunca.
—¿Podrías ser más suave, por favor?
Sus ojos recorren mi rostro, con una mirada intensa y pesada.

301 —Sí. Tendré que hacerlo. Porque, por alguna razón, la idea de hacerte daño me
revuelve el estómago. Por alguna maldita razón, no puedo evitar venir a rescatarte. Y no
entiendo por qué.
Pero yo sí. Lo sé, y a pesar de todo el miedo y la aprensión, le digo:
—Porque estamos marcados, tú y yo. Porque hace ocho años, cuando tu vida se
quemó, salvaste la mía del fuego. Así que ahora, cada vez que pasa algo malo, no puedo
evitar pensar en ti. Cuando él... —Mi voz se apaga y sus muslos me aprietan como si me
abrazaran; y sus dedos alrededor de mi garganta me sujetan firmemente como si me
dieran fuerzas para seguir adelante—. Cuando él estaba encima de mí, solo podía pensar
en ti. Llamándote, gritando tu nombre. En nadie más. Sabía que eras el único que podía
salvarme. Porque siempre lo haces. De alguna manera, siempre encuentras la manera de
rescatarme. Y sé que no te gusta hablar de ello y quizá ni siquiera lo creas, pero soy la
chica a la que nadie salvó. Nadie me ha elegido jamás. Excepto tú. Así que hace ocho
años, te marcaste en mi alma y quizá en algún momento, yo también me marqué en ti.
Nuestro vínculo se forjó en el fuego. Se forjó en la tragedia y la violencia. Es más
fuerte que un trozo de papel y todas las leyes del mundo. Es más fuerte incluso que él y
yo, y quizá él sienta lo mismo porque en cuanto termino, posa su boca sobre la mía y me
deja sin aliento. Nos usamos el uno al otro para respirar. Nos usamos el uno al otro para
seguir vivos en este momento, en esta cabaña oscura.
Esta vez, soy yo quien rompe el beso para finalmente terminar lo que empecé: le
bajo la cremallera y la saco. Y en cuanto sale, dura y palpitante, húmeda como anoche,
me abalanzo sobre ella. Tengo que hacerlo. Me moría de ganas de chupársela,
probablemente desde el momento en que la sentí en la parte baja de la espalda cuando
montamos juntos a caballo por primera vez, así que no me sorprende que me sienta como
pez en el agua.
Es toda salada y almizclada, dulce también, de alguna manera, y cuanto más le
chupo la cabeza, más líquido preseminal produce y más sabrosa se pone. Así que paso
un rato allí, lamiéndola, prestándole todo mi amor y atención.
No voy a mentir, sin embargo; otra razón por la que no voy más allá es porque
tengo miedo. No de atragantarme y tener arcadas. Es bueno para mí como dijo. Es bueno
lubricar su enorme y monstruosa polla antes de que entre en mi pequeño ano. Dudo
porque su piel es tan suave. Dios, es como terciopelo. Es tan suave como su polla está
dura, y tengo miedo de dañarla de alguna manera. Voy a cortarla con mis dientes o
arañarla con mis uñas, así que tengo cuidado. Soy suave cuando envuelvo ambas manos
alrededor de su raíz, y cuido mis dientes cuando lamo su cabeza.
Pero entonces, me pone la palma de la mano en la nuca y me empuja hacia abajo,
gruñendo:
—Más profundo. Necesito... más profundo.
Así que tengo que obedecerlo. Lo tomo más adentro. Y cuando maldice y
prácticamente salta de la silla, con la mano apretada en mi pelo y el abdomen tenso, no
302 creo que sea tan malo. Quizás también pueda rasparlo un poco con los dientes y sujetarlo
más fuerte. Y cuando hago esas cosas, maldice más fuerte y mete su polla en mi boca
aún más.
Entonces dejé atrás mi timidez y mi cautela. Aunque debería haberlo esperado.
¿Cuándo me ha funcionado mi vida cuidadosa y cautelosa? Así que chupo como si
quisiera chupársela. Como debería chupársela, con desenfreno y libertad. Y pronto, me
ahogo con su polla. La tomo más y más profundo, cada vez más profundo, y me atraganto
con ella.
Siento mi saliva goteando sobre mi pecho, poniéndome las tetas pegajosas y los
pezones aún más duros. Mi coño tampoco está descuidado; también gotea,
ensuciándome los muslos, formando un charco en el suelo. Además, su polla en mi boca
late, palpita, gotea también. Es como si el aire mismo estuviera hinchado, pesado y
líquido.
Goteando lujuria como lluvia.
Y si no me penetra pronto, me desmayaré. Es como si hubiera escuchado mis
pensamientos, porque en cuanto siento que ya no puedo más, me aparta de su polla.
Lamento su pérdida, pero sé lo que me espera, así que me consuelo.
Como dijo, me da la vuelta y me pone a gatas. Luego me monta como un toro y
me mete la polla en el culo. Sé que lo digo como si fuera rápido, pero no sucede de
inmediato.
Él tiene que hacerlo encajar.
Tiene que asegurarse de que estoy bien. Esa es su principal prioridad. Cuando dijo
que sería suave, lo decía en serio. Es incluso más suave y lento que anoche. Aunque
debo decir que arruiné sus planes al empujarme sobre su polla, pero aun así. Y qué
estupidez, porque esta noche puedo ver, presenciar, cómo inicia a una virgen.
¡Qué hábil es en esto!
Quiere domar caballos para ganarse la vida, ¿no? Y debería hacerlo, porque, por
Dios, qué bien lo hace. Es fantástico.
Me agarra de la cadera con una mano para estabilizarme y luego usa la otra para
guiar su pene dentro, centímetro a centímetro. Cada vez que avanza un centímetro, se
aparta para dejarme respirar. Me hace callar y me dice que lo estoy haciendo bien. Me
dice que empuje y cuando lo hago, me llama su buena chica. Me dice que soy increíble.
Que soy tan dulce por escucharlo. Por dejar que me haga esto. Y en un suelo, nada
menos, manchado de tierra, sangre y grietas. Dice que mi culo es como el cielo, apretado
y suave, y que lo estoy matando lentamente.
Quiero decirle que él también me está matando lentamente, pero solo puedo
gemir. Y gemir y sisear cuando el dolor se vuelve insoportable, y respirar cuando me da

303
un dulce alivio.
No sé cuánto tarda en meterse por completo, pero cuando termina, ambos
estamos empapados de sudor. La cabaña es sofocante y soy un mar de dolor y placer.
Mi coño palpita, me duele, y siento un puño en mi vientre, esperando a desplegarse.
Probablemente por eso tardo un segundo en darme cuenta de que hay otra presencia en
la habitación.
Abro los ojos y ahí está. El hombre que me atacó y casi lo matan por ello. Tiene los
ojos abiertos, o mejor dicho, el único ojo sano, que también está hinchado, y nos mira
fijamente. Me tenso, y por supuesto Arsen lo nota, porque está tan en sintonía conmigo.
También se da cuenta porque lo oigo gruñir, con ambas manos en mis caderas apretadas
con agresividad. Pero antes de que pueda decir nada, lo sorprendo:
—No pasa nada. Que mire.
Siento que sus dedos se flexionan y lo miro.
Dios, es magnífico.
Todo ancho y con el dorso descubierto. En algún momento se desabrochó la
camisa, así que ahora la lleva abierta, y cada músculo de su torso está a la vista. Está
bañado por el sudor y la tenue luz de la luna, y no creo que nunca haya estado más
hermoso que ahora.
Miro sus ojos brillantes mientras exhalo, con el pecho agitado.
—Intentó tocarme con sus sucias manos. Así que debería saberlo. Debería ver.
Cómo me tocas. Cómo me desgarras por ti. Cómo nadie puede hacer lo que tú haces
porque eres mi todo. Mi esposo, mi salvación. Mi papi. Si me oye gritar el nombre de mi
papi, sabrá que no debe tocarme.
Sus rasgos están tensos, su mandíbula palpita por unos segundos.
—¿Quieres salvarle la vida, cariño?
Trago saliva.
—Quiero s-salvarte.
Desliza su mano por mi espalda, inclinándose, su pene dentro de mi ano
moviéndose dolorosamente, antes de agarrarme la nuca y gruñir:
—Así que más te vale gritar el nombre de tu papi tan fuerte que derribes este
maldito techo y le revientes los tímpanos, porque si olvida que me perteneces, aunque
sea por un solo segundo de su maldita vida que me pides que le perdone, lo mato. —Me
aprieta el cuello, clavándome el pulgar en el pulso—. Si quieres salvarme, cariño, monta
un espectáculo y enséñale lo puta que eres para tu papi. Dejándome follarte a centímetros
del hombre que se creía con derecho a tocar lo mío, ¿eh? Es la única forma de que pueda
contenerme y no aplastar a esta cucaracha bajo mis botas.

304 Así que lo hago. Grito y gimo y le doy un espectáculo. Le muestro lo que mi marido
me hace. Si lo reduzco a un toro, un animal que solo sabe aparearse, entonces me
convierte en su puta que le permite follarle el culo a centímetros de un hombre moribundo
que lo observa todo. Ni siquiera pienso en cómo se ve mi cuerpo en este momento. Cómo
se me mueven mis tetas; cómo las hace mecer con sus embestidas. Cómo me agarra el
culo y lo hace temblar, y cómo cada parte de mí es curvilínea, gruesa y torpe, porque no
me siento torpe. En este momento, me siento hermosa.
Lo siento.
Porque se está volviendo loco detrás de mí. Le tiemblan las manos. Respira con
dificultad. Sus embestidas son desordenadas. Sin mencionar que me lo dice... Dice que
soy hermosa. Que soy lo más hermoso que ha visto en su vida. Me llama guapísima,
despampanante, impresionante.
Me llama su esposa.
Por alguna razón, eso hace que él se corra primero. Que me llame su esposa o tal
vez sea porque mi trasero es así de apretado. Sea lo que sea, es el primero en correrse
y gruñir:
—¡Hijo de puta!
Su pene palpita dentro de mí, caliente y espeso. Eso es lo que me hace correrme.
Me corro tanto, retorciéndome y temblando, que mis brazos ceden. Pero él me sujeta. Se
separa suavemente de mí y me acuna en sus brazos. Me da besos suaves en la cara
antes de quitarse la camisa y cubrirme con ella.
Lo agradezco porque, una vez que pase el calor del momento, no quiero que nadie
me vea excepto mi marido. Así que cuando le da una patada a ese imbécil en el estómago
tan fuerte que lo hace gruñir antes de sacarme de la cabaña, no me importa. Acaricio su
garganta perfumada y sonrío.
Me lleva con Rebel y me sube a la silla antes de subirse él. Estoy recostada contra
él mientras salimos a paso lento cuando recuerdo algo.
—Te vi.
Su pecho desnudo se mueve hacia arriba y hacia abajo con su respiración
mientras gruñe:
—¿Dónde me viste?
Levanto la vista.
—Por la ventana de la cocina. Con ese policía.
La luz de la luna lo ilumina justo en ese momento, revelando su mandíbula
apretada.
—No tienes que preocuparte por eso.
305 —Fueron los Turner, ¿verdad? Lo enviaron.
—Te dije que no necesitabas preocuparte por eso.
—Pero Arsen, no van a parar. Sobre todo ahora que saben lo que estás planeando
y...
—No saben lo que estoy planeando.
Se me encoge el corazón de miedo. Tiene razón. No lo saben. Nadie más lo sabe;
solo él. Les ha estado mintiendo a todos menos a mí. Aunque no me consuela mucho, ya
que no me dirá nada más. Y por centésima vez desde ayer, cuando nos contó a Peyton
y a mí lo que quiere que hagamos, pienso en encontrar la manera de que pare. Pero ni
siquiera puedo imaginar una forma de que renuncie a vengar la muerte de su exnovia.
—Creo que necesitamos nuevas reglas —dije de golpe.
—Reglas.
—Sobre todo el asunto del matrimonio.
Finalmente me mira.
—¿Te refieres a que no crees que se acabó solo porque no aparezco en todo el
día?
Frunzo el ceño.
—Oye, era una preocupación válida. No es que me cuentes cosas.
Su brazo alrededor de mi vientre se flexiona.
—¿Cuáles son las nuevas reglas?
—Necesitamos tener al menos una comida juntos durante el día.
—La cena —sugiere inmediatamente, como si lo tuviera en la punta de la lengua.
Y me derrito un poco.
—Donde hablamos.
Su pecho se mueve con otra respiración, lo que creo que es su forma de aceptar.
—¿Qué más?
Exhalo también, sintiéndome un poco mejor.
—Y tú... me mantendrás informada.
Frunce el ceño.
—¿De qué?
—De cosas. De tu día. Como si estás bien. Si no puedes ir a comer, cosas así.
—¿Por qué?
—Así que no me preocupo por ti. —Antes de que pueda decir nada, le digo—: Y
ni se te ocurra decirme que no me preocupe por ti, porque lo haré y además te daré un
306 puñetazo en la cara.
Sus ojos recorren mi rostro antes de preguntar:
—¿Eso es cosa de esposas?
—¿Preocupada por su marido? Sí. Querías una esposa, ¿verdad? Pues ya la
tienes.
—Sí —dice con voz áspera, con la mirada aún fija en mis facciones y el brazo
flexionado alrededor de mi vientre—. Tengo una.
Me niego a que mi corazón se acelere ante su tono cálido.
—¿Y bien? ¿Lo harás?
—¿Cómo lo hago?
—Um, usa un teléfono.
—No tengo teléfono.
—¿Qué?
—Lo tiré a la basura en el momento en que volvimos al rancho.
—¿Tiraste tu celular? ¿Por qué?
—No lo necesito.
Lo miro como si hubiera perdido la cabeza.
—Sí que lo necesitas. Todo el mundo necesita un móvil. —Luego—: La gente ya
tenía móviles hace ocho años, Arsen. ¿Lo sabes, verdad?
Su pecho se mueve con una respiración corta y aguda.
—No me gustó entonces. Me gusta aún menos ahora.
—Pero…
—Hace que el mundo parezca más abarrotado. —Traga saliva—. Me asfixia.
Se me encoge el corazón. Es su trastorno de estrés postraumático, ¿no? Dios mío,
¿por qué no me escucha y hace todo lo que le digo? Su vida sería mucho más fácil.
Entonces me pregunto si todas las esposas piensan lo mismo de sus maridos.
Me sacudo todos esos pensamientos y levanto la mano para acariciarle la
mandíbula.
—Bueno, esto es lo que nosotros vamos a hacer: Vas a conseguir otro celular, pero
solo lo usarás para llamar a Haven o a Axton y decirles que estás bien. Para que ellos
puedan avisarme que estás bien. Solo esos dos números. Y el resto del tiempo, tendrás
el teléfono apagado para que nadie pueda molestarte. ¿Tiene sentido? ¿Podemos hacer
307 eso al menos?
—Nosotros —murmura misteriosamente.
—¿Qué?
—Dijiste que nosotros.
—Eh, bien. ¿Y qué?
Me mira un instante más antes de responder:
—Nada.
Presiono sus dedos contra su mandíbula para recuperar su atención.
—Entonces el mundo no se sentirá tan abarrotado, ¿verdad? Solo tú y yo.
Sus ojos se clavaron en los míos.
—No.
—¿Entonces lo harás?
—Sí.
Sonriendo, me acerco y lo beso. Mi intención es un pequeño beso, pero él me
agarra el rostro y lo prolonga, y se convierte en largos momentos de felicidad, olvidando
todas mis preocupaciones y angustias. Al menos por ahora.
Una vez que nos separamos, él gruñe contra mi boca:
—En la misma cama.
Parpadeo y lo miro, como aturdida.
—¿Qué?
—Dormimos en la misma cama —declara—. Todas las noches.
Sonrío de nuevo y hundo la cara en su cuello, cerrando los ojos.
—Está bien.
Pasaron varios minutos mientras íbamos a paso tranquilo cuando exclamé:
—Ah, y quiero dos cartas. Mañana. Porque olvidaste escribirme una hoy.
Su respuesta es apretarme el vientre con el brazo y dejarme dormir. Lo cual no
me sorprende. Hasta que me acuesta en su cama y abro los ojos, no me doy cuenta de
que me ha traído de nuevo a ese granero. El que usamos para acostarnos la primera vez.
Lo observo recorrer el espacio, cerrar ventanas y quitarse la ropa cuando veo algo en la
almohada. Un trozo de papel.
Me da un vuelco el corazón al darme cuenta de lo que podría ser. La tomo, y tengo
razón. Es una carta. Con una sola verdad: que no se olvidó de escribirme esta mañana.

308 A mi esposa,
Anoche fue la primera vez desde que salí que pude dormir sin pesadillas. Y al
despertar, la primera luz del sol teñía tu piel de oro y recordé por qué el amanecer solía
ser mi parte favorita del día.
Tu marido
PD: Sé que querías que empezara y terminara la carta de manera diferente, pero
nada parecía correcto o verdadero excepto llamarte mi esposa y a mí tu esposo.
LO VEO desde lejos.
Su piel brilla bajo el sol de la tarde, bronceada y resbaladiza por el sudor mientras
blande el martillo y derriba las tablas de la cerca. Al parecer, el ganado chocó contra ella
mientras pastaba ayer y dañó la madera ya dañada. Así que están reemplazando toda la
309 barandilla, y va a ser un día largo.
Al acercarme a donde trabaja con un grupo de peones, noto otros detalles. Como
cómo su espalda se contrae y se agita al levantar y bajar el brazo, y cómo sus hombros
están tensos, con músculos que se destacan en todo su esplendor. Cómo la marca que
tracé con mis dedos y mi boca anoche se ve tan pálida contra el fondo de su piel color
miel.
Cómo cada centímetro de él rezuma fuerza y poder.
Pero como cada noche, al tocarlo, su piel se estremece y su pecho se sacude. Su
respiración se entrecorta y sus gemidos resuenan en lo más profundo de mi vientre. Me
encantan sus gemidos. Todos densos y bajos, ásperos como la caricia de sus manos
raspadas, y me he vuelto toda una experta en provocarlos. Para ser virgen hasta la
semana pasada, me he adaptado al sexo bastante bien y bastante rápido. Bueno, siempre
fui una estudiante de sobresalientes, así que quizá tenga sentido que aprenda todos los
trucos para hacer que mi marido se ponga duro rápidamente.
También sé cómo hacerlo enojar. Porque sé que se enojará en cuanto me vea. Y
tengo razón, porque en cuanto oye el rugido del todoterreno subiendo por el sendero, se
da la vuelta. Aunque lleva la gorra baja, sé cuando me mira fijamente porque se endereza
y veo apretar la mandíbula con la barba incipiente. No es tan incipiente ni tan barba como
cuando llegamos al rancho hace una semana, pero sigue siendo lo suficientemente
espesa como para rasparme los muslos cuando me come el coño y me quema la nuca
cuando me besa ahí.
De hecho, las marcas que me dejó esta mañana, más bien al amanecer, antes de
irse a trabajar en la cerca, me dan un cosquilleo al pensarlo. Debería dejar de pensar en
estas cosas o empezaré a sonrojarme. Quizás ya lo estoy, y hay compañía por todas
partes. Además, no está muy contento con mi llegada, así que probablemente debería
pensarlo.
El todoterreno se detiene y me bajo. Sonrío alegremente y lo saludo con la mano.
No solo a él, sino también a los demás hombres. Después de solo una semana, creo que
conozco a la mayoría por sus caras, si no por sus nombres. No voy a mentir, creo que
eran criminales que estaban en el programa Rawhide Redemption o lo que sea que
todavía no entiendo. Pero intento no juzgarlos por varias razones, incluyendo el hecho de
que nunca me han faltado al respeto. Incluso ahora, mientras subo por el sendero, se
quitan el sombrero o levantan la barbilla antes de volver a trabajar, todo con educación.
Mi esposo, sin embargo, camina hacia mí con el ceño fruncido. O mejor dicho,
camina con pasos largos y seguros. Masculino y dominante. Todo en él es así, ¿verdad?
Incluso el simple hecho de quitarse los guantes de trabajo y metérselos en la parte
trasera de sus vaqueros deslavados, donde también lleva la camiseta negra, parece
rebosar de autoridad. Por no hablar de esos pechos marcados y las marcas de sus
abdominales marcados. Esa capa de vello oscuro que aún no he superado, ni siquiera
310 después de una semana. Cómo se espesa alrededor de su ombligo y se vuelve más
espeso a medida que baja. Todo en él es tan sexy y erótico y...
—Mira hacia arriba —ordena mientras se detiene a unos metros de mí.
Levanto la mirada de golpe y, como siempre, miento cuando me atrapan:
—No estaba mirando.
Él toma mis mejillas sonrojadas y murmura:
—Algo ahí abajo te llama mentirosa.
Me sonrojo aún más y acuso sin mucho entusiasmo:
—Tú también me estabas mirando.
—Lo estaba —admite sin vergüenza, mientras sus ojos brillan y caen hacia mi
pecho.
Mis pezones se erizan bajo el vestido.
—Yo...
—Simplemente no me gusta cómo lo hacen los otros hombres también.
Miro a los otros hombres antes de decir:
—Nadie lo hace.
Y de verdad que no; todos han vuelto a trabajar. Lo siento acercarse y lo miro. Lo
hace de una manera que me oculta de ellos. Siempre hace cosas así, apretándome contra
su cuerpo, tan cerca de mí que desaparezco en la anchura de su pecho, en la anchura
de sus hombros.
Hace dos días, hubo otra fogata -algo que me estoy dando cuenta que esta gente
hace con frecuencia; una forma de que todos los vaqueros cansados se relajen y se
relacionen al final de un largo día- y yo estaba en un grupo con Haven, Axton y Peyton, y
él estaba solo en un rincón solitario, lejos de la multitud porque la odia. Estaba a punto
de acercarme a él porque no quería que estuviera solo cuando de repente apareció a mi
lado simplemente porque no le gustaba la forma en que Axton me miraba. Algo que me
contó más tarde cuando estábamos en el granero, en su dormitorio improvisado, a punto
de dormir.
En la misma cama. Como la regla que él puso.
Para que conste, Axton no me estaba mirando. Bueno, sí que me mira, pero ahora
es mucho menos.
—Es porque saben que les voy a dar una paliza si lo hacen —responde antes de
señalar con la barbilla algo por encima de mi hombro—. Me refiero al otro imbécil.
Suspiro.

311 —No me está mirando.


Mira a ese imbécil y aprieta la mandíbula.
—Sí, pero no por mucho tiempo después de que termine con él.
Me acerco a él y levanto el cuello.
—Es tu hermano.
Y dado que estamos hablando de Axton, me lo imagino perfectamente sonriendo
con sorna a su hermano mayor mientras Arsen lo fulmina con la mirada.
—Y por eso sé que se merece una buena paliza.
—No lo hace —digo, poniéndole la mano en el costado—. Es solo un niño.
Finalmente me mira. Bueno, primero mira mi mano sobre su cuerpo, pálida y
pequeña. Tan femenina que una corriente me recorre el cuerpo y tengo que morderme
el labio. Luego me mira fijamente la boca unos segundos hasta que la suelto antes de,
por fin, llegar a mis ojos. En ese momento, gruñe:
—Tiene tu edad.
—Es un año menor —le recuerdo—. Axton tiene dieciocho años —aunque no lo
aparenta—, y yo diecinueve.
—Da igual.
—Bueno, la edad es solo un número, y me alegro por ti, porque me interesa más
su hermano mayor, gruñón y viejo —digo, poniéndome de puntillas—. De hecho, estoy
casada con él.
Sus ojos brillan bajo su sombrero y se acerca aún más, dejándome percibir su
aroma almizclado.
—¿Qué demonios haces aquí?
—Sabes, deberías ser un poco más amable conmigo.
—¿Sí?
—Sí. De hecho, creo que deberíamos establecerlo como norma. Sé amable con tu
esposa.
Él tararea.
—Lo haría, pero creo que le gusto cuando soy malo.
—No es así.
—Bueno, depende de a quién le preguntes.
—¿Y a quién le preguntas?
—Al coño de mi mujer.
Jadeo, mirando a mi alrededor, clavándole las uñas en los costados.

312 —Eso fue... no puedo creer que dijeras eso. A plena luz del día, nada menos.
Ahora es su turno de sonreír con suficiencia, levantando su sombrero con su dedo
índice, tan largo y sexy, y entiendo de dónde saca Ax toda su arrogancia. Ambos son del
mismo palo.
—He hecho cosas peores que hablar del coño de mi mujer a plena luz del día —
dice arrastrando las palabras.
No quiere que respire, ¿verdad? Porque me deja sin aliento con lo que dice. Por
no hablar de lo que hace, y tiene razón. Hablar sucio cuando no estamos en la cama o en
la intimidad de su granero no es lo peor que ha hecho a plena luz del día. Como, por
ejemplo, hace unos días, me despertó con su boca entre mis muslos justo cuando
amanecía. Me hizo correrme así antes de subirse a mi cuerpo y follarme hasta el orgasmo,
haciéndome mirarlo a los ojos, aunque quería cerrarlos por timidez. Y cuando luego lo
reprendí por ello, gruñó:
—Nueva regla: no me pierdas de vista cuando te folle.
Por no hablar de todas las otras mañanas que me despierto y lo encuentro
follándome o chupándome las tetas, masturbándose con ellas, derramándome su semen
por todo el cuerpo, que luego me mete en la boca con la suya. Me encantan sobre todo
los momentos en que me despierta rozándome con la polla los labios, haciéndome
chupársela a primera hora de la mañana, como hoy.
Me aclaro la garganta.
—Traje el almuerzo.
—Almuerzo.
—Llamaste diciendo que no podrías venir y por eso pensé en traértelo.
Sí llamó. Porque ahora tiene teléfono. Lo compró al día siguiente de pedírselo. Y
como sugerí, nadie sabe su número, así que nadie puede llamarlo. Y lo tiene apagado
todo el tiempo y solo lo enciende cuando lo necesita. Aunque sé que su familia odia no
poder contactarlo (escuché a Haven quejarse por teléfono el otro día), me alegra que esté
dando un paso en la dirección correcta.
Y muy orgullosa
En fin, según nuestras reglas, no tenemos que almorzar juntos, solo cenar, y eso
tampoco siempre es posible, porque él suele estar ocupado trabajando y come en el
barracón con los hombres. Pero no me gustó que tuviera que saltarse ni siquiera eso hoy,
así que pensé en llevarles el almuerzo a él y a los demás peones. Y Axton estaba allí para
llevarme.
Porque técnicamente, él y Haven siguen vigilándome. Aunque creo que después
de pasar tanto tiempo con ellos, probablemente estaríamos juntos de todas formas. No
tanto con Axton porque a Arsen no le gustaría, pero aun así.
En cualquier caso, suelo ayudar a Haven en la cocina y la casa. Trabajo con ella
313 en su pequeño huerto y ayudo con el gallinero y cosas así. Y la verdad es que me gusta.
Aunque crecí en el rancho Turner, nunca hice cosas así. Quizás porque estaba ocupada
escondiéndome, encogiéndome de miedo y cuidando a mi madre hasta que se
recuperaba, y a veces a mí misma. Pero aquí en Rawhide, todo se siente... tan brillante y
positivo. Tan segura que por fin puedo disfrutar de las cosas. Vivir mi vida.
Qué irónico que pueda hacer eso mientras soy prisionera de ellos.
—Bueno, está en el todoterreno. Así que se los dejo y me voy. —Termino,
interrumpiendo mis pensamientos y dando un paso atrás.
Pero ese es el único paso que puedo dar porque me agarra la muñeca y me atrae
hacia él. Y lo hace con tanta fuerza que me estrello contra su pecho, mis curvas se
moldean alrededor de su torso duro y desnudo con tanta facilidad, sin mucha resistencia.
Pero me aparto de él.
—Suéltame.
Me rodea la cintura con el brazo, manteniéndome pegada a él.
—No.
—Arsen, yo...
—¿Te duele? —pregunta con voz ronca, mirándome a los ojos.
Mi corazón da un vuelco y bajo la mirada hacia el triángulo de su garganta.
—No.
Baja la cara, su sombrero proyecta una sombra sobre nosotros dos, intentando
atraer mi mirada.
—¿Segura?
Me muevo, sonrojada.
—S-sí. ¿Puedes dejar de... mirarme cuando hablas de eso?
—Otra más —responde, soltándome la muñeca y usando esa mano para jalarme
la cabeza hacia atrás y hacerme mirarlo a los ojos—. No necesitas mirar a nadie más que
a mí cuando estoy cerca.
—Eso es absurdo.
—Esa es la regla.
Frunzo el ceño y volvemos al tema.
—De todos modos, ya casi se acaba.
—¿Mañana, sí?
—No puedo creer que lo recuerdes.
—Cuando te baja la regla. —Completa la frase que yo no intentaba—. Sí, lo
recuerdo.
314 Dios, me arden las mejillas y no puedo evitar quejarme:
—No lo llames así. Y no es como si eso te hubiera alejado de mí.
Sé que parece que me estoy quejando, pero no es así. Tras mi reticencia inicial a
tener sexo con la regla, me lancé de lleno. Probablemente porque implicaba tener sexo
en la bañera, que él puso específicamente en ese granero para mí. De hecho, lo vi subirla
por las escaleras con la ayuda de un par de peones el primer día que me vino la regla, y
luego, durante los últimos cuatro días, lo he estado viendo llenar la bañera con agua
caliente que, de nuevo, él mismo sube en un cubo.
Todo porque me desperté con calambres una mañana y le dije que mis períodos
son brutales.
La única forma en que puedo sobrevivir es con un montón de medicamentos y una
bolsa de agua caliente siempre a mano. Él me consiguió ambas cosas. Además, se
convirtió en mi calentador personal, abrazándome mientras dormíamos y me masajeaba
la parte baja del vientre, contándome historias de cómo creció en el rancho, de cuando
se rompió el brazo intentando montar un potro salvaje, y de cuando su padre lo llevó
aparte y le dijo que o se alejaba de un caballo sin domar o aprendía a domar uno. Decidió
aprender.
El paraíso.
Su voz, sus brazos, sus masajes de espalda y abdomen. Incluso sus orgasmos,
porque ayudan a quitar los cólicos. Ah, y no olvidemos toda la comida chatarra que
compró: dulces, M&Ms y pastelitos. Así que, repito, no me quejo. Es solo que, ¿de verdad
tiene que hablar de ello cuando todos están tan cerca y yo ya estoy tan excitada?
—Te dije que un poco de sangre no me mantendría alejado de tu coño —dice,
interrumpiendo mis pensamientos.
Lo miro con los ojos entrecerrados.
—¿Puedo irme ya?
—No hasta que me digas cómo arreglarlo.
—¿Arreglar qué?
—¿Te hice enojar, verdad? Dime cómo solucionarlo.
Me aferro a mi ira, aunque me cuesta cuando me mira así, con ojos derretidos y
sonrisas torcidas.
—Un día de estos, tienes que dejar de ser un marido y pensar en cómo arreglar
las cosas.
—Sí, algún día. Pero mientras tanto, ¿qué tal si mi esposa me da clases? Es la que
saca las mejores notas entre los dos.
Niego con la cabeza, con los labios crispados.

315 —Primero, elogia mi vestido y di que es bonito. Tú lo compraste.


Todavía no puedo creer que haya hecho eso. Que haya ido de compras por mí. En
un centro comercial. Donde había otras personas.
Sinceramente, me quedé sin aliento durante varios segundos cuando tiró todas
sus compras sobre nuestra cama en el granero al día siguiente. Y me dijo que iba a
quemar toda la ropa que Haven me había comprado porque solo podía usar esos
vestidos. No podía dejar de pensar en lo insoportable que debió haber sido para él. Estar
rodeado de tanta gente cuando no soportaba asistir a una fogata en su propio rancho.
Así que lo tacleé. Literalmente. Salté de la cama, desnuda y con mis curvas
temblorosas, y me lancé sobre él. Besé cada centímetro de su cara y luego su pecho
desnudo antes de atacar y adorar su polla. Digo atacar y adorar porque eso fue
exactamente lo que hice. No le di oportunidad de decir una sola palabra antes de
llevármelo a la boca y proceder a amarlo en cada centímetro.
—Es bonito —gruñe—. Pero no te llega ni a los talones.
Niego con la cabeza otra vez.
—Dime gracias por traerme mi delicioso almuerzo.
—Gracias por traerme el almuerzo —repite—, pero no será tan delicioso como el
postre.
—¿Qué postre?
—El que tomaré después de cenar esta noche.
Bueno, me rindo. Es buenísimo en esto. Me derrite y me llena de mariposas en el
estómago.
—¿Intentas convencerme para que te perdone?
Sonríe con suficiencia, flexionando los dedos en mi pelo.
—No, señora.
Maldita sea. Charco instantáneo.
—Quiero flores —le digo.
—¿Ranúnculos?
—¿Me llevarás a verlos otra vez?
Son realmente tan hermosos, y cuando me llevó a verlos la última vez, me enamoré
instantáneamente.
—Esta noche.
—¿Y luego podemos ir al arroyo? —le pregunto sobre otro de sus lugares favoritos
del rancho—. Podemos hacer un picnic como antes.
—Sí.
316 —Y… ¿harás eso donde...? —Mi voz se apaga sonrojándome.
—¿Dónde hice qué?
Me pongo de puntillas y susurro:
—Ponerte entre mis… ya sabes.
Me mira fijamente un instante antes de levantarme un poco más y apretarme la
cintura con el brazo, dejando solo mis dedos rozando el suelo.
—¿Me estás pidiendo que te haga una mamada, cariño?
Bueno, sí. Supongo que no puedo enojarme con él por ser tan brusco y grosero
con tanta gente alrededor, porque no es que tenga modales. Pero quizá solo me gusta
fingir que estoy molesta para que pueda ser tan dulce.
Me muerdo el labio.
—¿Lo harás?
Baja la mirada hacia mi boca antes de decir en voz baja:
—Teniendo en cuenta que sueño con tus tetas de lechera incluso con los ojos
abiertos y mientras clavo estas malditas tablas, no es precisamente un sacrificio.
Mis ojos están muy abiertos.
—Arsen, tienes que concentrarte en esto. No puedes distraerte. Es peligroso.
Tararea, con los labios temblando. Cree que le divierte cómo me preocupo por él,
pero en serio, podría salir herido. Luego, gruñendo y sin prestarme atención, dice:
—Bueno, ¿qué puedo decir? Lo único que puede salvarme ahora es cabalgar tus
jugosas tetas como cabalgo tu jugoso coño.
Aprieto los muslos con fuerza al oír sus palabras.
—La obsesión que tienes con mi jugoso coño es una locura.
—No, la obsesión que tengo con tu “coño jugoso” es una locura. —Baja la voz—.
Pero claro, no me llaman Dark Stallion porque esté cuerdo.
Primero, un apodo genial. Segundo, cuando me lo contó, entendí perfectamente
por qué. De nuevo, no lo conocía hace ocho años, pero podía ver cómo era antes de que
lo encerraran. Y cuanto más tiempo pasa con su familia y en Rawhide, más vuelve el
"viejo" Arsen. Todo salvaje, engreído y feliz.
—Sólo por eso, dos cartas, por favor —digo intentando sonar severa pero fallando
por completo.
Que me dé una carta es lo mejor del día. Normalmente me espera debajo de la
almohada al despertar. Un pequeño papel doblado que contiene sus pensamientos, sus
verdades, detalles sobre él que me hacen enamorarme aún más de él. Las atesoro como
317 si fueran caramelos, así que recibir dos en un día va a ser maravilloso.
—Bien.
—Sabes, tenías razón.
—¿Sí? ¿Sobre qué?
—Cuando dijiste que los vaqueros pueden ser malos novios, pero son los mejores
maridos.
Riéndose, se acerca para darme un beso, pero lo detengo.
—Todos nos miran.
—Bien. Así sabrán que no deben acercarse a tu boca, una vez que la haya besado
con pasión.
Ha pasado una semana desde aquella noche en la cabaña, y todavía no puedo
creer lo que hice. Que dejé que Arsen me follara por el culo delante de ese hombre. Lo
que, de nuevo, hace que toda mi timidez y vergüenza sean irrelevantes, porque he hecho
cosas peores, así que dejé que mi marido me besara delante de todos y marcara lo suyo.
No es que no lo sepan ya. Si llevarle el almuerzo no fuera ya una pista, todos saben
que, una vez que Arsen termina su jornada, cabalga hacia la casa principal. Interrumpe
lo que sea que esté haciendo -probablemente ayudando a Haven en la cocina junto con
Peyton- y me saca del brazo sin decir palabra. Me sube a la silla y luego me lleva a su
granero, donde pasamos la noche antes de dejarme de vuelta en la casa principal para
pasar el día.
Así que sé que lo saben.
O sea, Peyton lo sabía la noche que entramos a la cabaña, y no voy a mentir, estaba
un poco nerviosa por verla al día siguiente. Pensé que lo consideraría una traición a
nuestra amistad o que estaría furiosa por acabar con los Grayson. En cierta medida, así
fue. Le dolió que le ocultara mis sentimientos hacia Arsen, y luego se enfadó porque él
había sido tan imbécil conmigo. Dijo que si me hacía daño de alguna manera, le cortaría
los huevos. Pero la tranquilicé y le dije que lo tenía todo bajo control. No le gustó, pero
confió en mi criterio. Además, resultó que tenía otras cosas en mente.
Es decir, Radisson.
—Él nos salvó —dijo, mirando por la ventana de la cocina como si estuviera en
trance.
—Sí.
—Estoy, como, en deuda con él.
—Nunca te había oído usar esa palabra antes —señalé.
—Estoy en deuda con él. —Continuó—. Y es un Grayson.
—Bueno, técnicamente es un King. Radisson King. Es su primo, pero entiendo lo
318 que quieres decir.
De repente, se giró hacia mí.
—¿Crees que sería una mala hermana si dijera que quiero darle las gracias? —
Antes de que pudiera responder, continuó—: O sea, no me importa mi padre, pero mi
hermano... —Se mordió el labio, pensativa—. No lo sé. Es que se parece mucho a mi
padre, o eso parecía cuando vivíamos juntos. Pero a veces pienso que quizá... ¿no? No
lo sé. Solo sé que no puedo confiar en Breck. Entonces, ¿crees que si le diera las gracias
a Radisson por, ya sabes, salvarme, sería una gran traición? Bueno, ¿más que todo lo de
seguirle el juego al plan de venganza de los Grayson?
—Primero, no estás traicionando a nadie. Deberías tener cuidado con tu hermano
porque todos los hombres en nuestras vidas nos han fallado —dije, excluyendo a Arsen
de mi lista—. Tienes que cuidarte. —Además, voy a impedir que Arsen se vengue de
todas formas, añadí en silencio antes de continuar—: Y segundo, ¿cómo vas a
agradecerle?
Se volvió hacia la ventana.
—Todavía no lo sé. Pero tal vez...
—¿Tal vez qué?
—Tal vez pueda lograr que hable.
—¿Hablar?
—Sí. No habla. No es sano. Debería poder expresar sus quejas, ¿no?
La miré con el ceño fruncido.
—¿Piensas ser su terapeuta?
Ella me devolvió la mirada frunciendo el ceño.
—No, voy a ser su amiga.
Y ahí quedó la cosa. No creo que le haya ido muy bien. Porque cada vez que entra
en una habitación, Radisson se va. En la hoguera de hace dos días, la evitó como si tuviera
la peste, y ella parecía muy frustrada. Me da pena por ella porque creo que, por primera
vez, a Peyton le gusta de verdad un chico. Puede que incluso le guste tanto como a mí
me gusta Arsen, y si es así, que Dios la ayude.
Todo esto para decir que la gente del rancho sabe de Arsen y de mí. Ese no es el
punto. El punto es que a veces los veo mirándome con lástima.
Especialmente Haven.
Quien creo que sabe que me he enamorado de mi falso marido forzado. Y como
pensé el primer día que llegué, probablemente también lo sepa todo sobre el pasado de
Arsen con Annie. Sobre quién era, cómo se conocieron, cuánto tiempo estuvieron juntos
antes de que todo pasara. Cómo era él con ella, la mujer que amaba. ¿Se reía mucho con
319 ella? ¿Compartía con ella todos sus secretos, sus sueños? Tenían muchos planes para el
futuro, ¿verdad? Comprar tierras, montar su propio rancho y negocio. Así que quizá sí se
reía y compartía cosas con ella.
A veces pienso que debería rendirme y preguntarle a Haven. En lugar de
torturarme con la curiosidad. Porque no es que él sea tan abierto sobre su historia con
ella.
Cada vez que saco el tema durante una de nuestras conversaciones durante la
cena, se cierra. Me dice que no quiere hablar de ello y que yo tampoco debería
preocuparme, porque no es asunto mío. Pero sí lo es. El hombre que amo sigue
enamorado de su exnovia. Pasó ocho años en prisión por ella. Va a destruir su vida, junto
con la poca paz que ha logrado encontrar ahora que ha vuelto con su familia, trabajando
en el rancho e intentando recuperar su pasión por domar caballos, todo en busca de
venganza por ella, y ni siquiera sé qué aspecto tiene.
Olvídate del pasado; no me habla de su futuro, de lo que planea hacer cuando todo
esto termine. Incluso tuvimos una gran discusión, donde no paraba de hablar de todas
las cosas maravillosas que haré cuando me vaya en una semana y me aleje de Black
Rock y de todo lo que está contaminado en este pueblo, incluido él. Pero cuando le
pregunté sobre sus planes, me calló. Me dijo la misma tontería de que no era asunto mío.
Esa libertad es para mí pero no para él.
No lo entiendo. ¿Cuánto tiempo se va a castigar por su muerte? ¿Qué será
suficiente si ocho años de prisión e incluso venganza no parecen ser suficientes?
Incluso tuvo la audacia de decirme que no debería sentirme culpable por la muerte
de mi madre. Pero sí me siento culpable, aunque racionalmente le creo: que era solo una
niña y que no podría haber hecho nada. Me dijo que si no me hubiera salvado, no
estaríamos haciendo lo que estábamos haciendo en ese momento. Y luego procedió a
mostrarme lo que era eso: ponerme boca abajo, arquear mis caderas hacia arriba y
deslizarse dentro de mi culo. Mientras me follaba, me hacía decir cosas; y si me negaba,
me daba una palmada en el culo y me obligaba a decirlas de todos modos.
—Mi marido tiene razón.
»Mi marido está tan feliz de que esté viva.
»Mi marido está eufórico de poder follarme mi jugoso culo cuando quiera. Y si sigo
quejándome de cosas así, me follará el culo dos veces al día hasta que me haga creer
que soy preciosa. Y que debo estar protegida a toda costa.
Dios, es tan exasperante y dulce, y solo quiero zarandearlo. En fin, la única razón
por la que aún no he ido a Haven es porque no quiero traicionar su confianza.
Es por eso que unos días después hago lo que hago.
Me doy cuenta de que esto también es una violación de su confianza. Pero han

320 pasado casi dos semanas desde que llegamos al rancho. El tiempo se acaba, y no estoy
más cerca de encontrar la manera de detener todo esto. Ni siquiera sé si lo que estoy
haciendo me ayudará en ese sentido, pero si no lo hago, sé que me arrepentiré.
—Sabes que mis hermanos me matarán por esto, ¿no? —se queja Axton,
ingresando números en el teclado de la caja fuerte.
—Estarás bien —le digo, mirando hacia la puerta de la oficina de Marsden.
—Arsen me hace limpiar establos todos los días de la semana solo porque te miré
fijamente demasiado tiempo.
—Entonces quizás no sea mejor que me mires fijamente.
Sus ojos, casi tan oscuros como los de sus dos hermanos, se posan en mi pecho
por un instante.
—Es difícil con esa pinta que tienes.
—Oye. —Le di un golpe en el brazo—. Soy tu cuñada.
Él levanta la vista antes de sonreír con suficiencia.
—Sí, ojalá.
—¿Por qué eres tan engreído?
—Soy un vaquero, cariño —dice arrastrando las palabras, tocándose el sombrero
y por fin abriendo la caja fuerte—. Mi trabajo es ser un imbécil engreído.
Le pongo los ojos en blanco.
—Ahí está —dice—. Adelante. Pero ten en cuenta que estás entrando en territorio
sagrado.
—Robaste dinero de tu territorio sagrado.
—El efectivo es diferente. Nunca he tocado nada más ahí dentro, excepto eso.
Esta mañana me desperté con una misión. De alguna manera iba a hacer algo para
alcanzar mi objetivo, y como no he podido dejar de pensar en la caja fuerte que vi a Axton
forzar hace días, lo busqué y lo chantajeé para que me ayudara. Le dije que si no me
ayudaba a forzar la caja fuerte, les contaría a todos sobre el dinero que robó.
Claro, Axton no se portó precisamente bien. Así que le dije la verdad. Toda. Incluso
que amaba a su hermano y quería que estuviera a salvo.
Era un gran riesgo, pero sabía que cedería. Puede que sea un imbécil, pero Axton,
como el resto de la familia, quiere a Arsen. Todos quieren que sea feliz. Todos quieren
que siga adelante. Así que aquí estamos, colándonos en el despacho de Marsden cuando
todos los demás, incluidos Peyton y Haven, están ocupados en otra parte. Rebusco
desesperadamente en la caja fuerte mientras Axton está a mi lado. Me pregunta qué
espero encontrar ahí dentro, y le digo que aún no lo sé. Lo único que sé es que tengo
que intentarlo. Pero hasta ahora todo ha sido un montón de basura inútil.

321 Hasta que encuentro una carpeta manila gruesa.


Esperaba que fuera más basura inútil, pero mi corazón se detiene en el momento
en que veo las letras escritas en negrita con una fotografía de una impresionante morena:
Annie Cassidy.
322 NO HE SIDO MUY valiente en mi vida.
Siempre me escondía cuando mi papá venía. Cuando me veía, me encogía y me
agazapaba. Le rogaba que me dejara en paz. Le rogaba que dejara en paz a mi madre.
Nunca me plantaba y decía basta. Claro, era una niña, pero incluso cuando dejamos
Wildfire y me sentí relativamente más segura, seguía optando por esconderme detrás de
cosas.
Mi ropa. Mis libros. Mi insistencia en no ser nunca como mi madre, así que me aislé
de toda experiencia y aventura. Incluso mantuve en secreto mi sueño de ayudar a
mujeres como mi madre durante mucho tiempo. Porque me repetía a mí misma que si no
podía defender a mi madre, ¿cómo iba a defender a nadie más? Él fue la primera persona
a la que se lo conté, y también la primera en decirme que soy valiente.
Así que quiero ser valiente por él hoy.
Por eso estoy en el granero, en nuestra habitación improvisada donde he pasado
todas las noches desde que llegué. Bueno, excepto la primera, cuando me dejó sola en
su habitación porque, equivocadamente, pensó que debía alejarme de él. Me alegro de
no haberlo hecho. Porque nunca habría sabido que existía este tipo de amor.
Sus pasos retumbantes en la escalera crujiente me alertan de que está aquí. Sube
y mi corazón se acelera. En cuanto llega al rellano, sus ojos se cruzan con los míos y me
quedo sin aliento.
Lleva su atuendo habitual: una camiseta oscura de aspecto suave, unos vaqueros
deslavados y botas embarradas, además de su sombrero Stetson marrón. También suele
llevar chaparreras de cuero cuando trabaja con los caballos, lo cual probablemente era
el caso. Dado que ha estado intentando domar al potro que Axton montaba el primer día
que llegamos, ha avanzado un poco, pero el caballo sigue asustadizo y se espanta con
facilidad. En fin, mi marido se quita las chaparreras antes de venir a verme. También se
lava las manos y los brazos manchados de barro.
Un día le pregunté sobre eso y me dijo:
—No puedo poner mis sucias manos de vaquero sobre tu piel suave como una flor
ahora, ¿verdad?
Juro que casi se me escapa. Que lo amo y que puede ponerme las manos encima
como quiera. Sangrientas, sucias, inmundas. Aceptaré lo que me dé.
—¿Estás bien? —pregunta, caminando hacia donde estoy de pie junto a la
ventana, con el ceño fruncido.
Aprieto el vestido en mi puño y asiento.
—Sí.
Se acerca a mí y me enmarca la cara con las manos.
—¿Tienes la regla?
323 Me hace gracia.
—Es la primera vez que usas ese término.
—¿Qué término?
Le agarro la camiseta por los lados.
—Regla. Normalmente solo dices "con la regla" o algo igual de vaquero. —Luego—
. La verdad es que, desde que llegamos aquí, suenas más a vaquero que cuando
estábamos en el bosque.
Es cierto. Su acento es más pronunciado y sus palabras tienen un tono perezoso
que no tenía cuando lo conocí. Probablemente porque este es su hogar, su lugar en el
mundo.
Su ceño fruncido permanece inmóvil, indicándome que nada de esto le resulta
gracioso.
—¿Eso es todo? ¿Te duele algo?
Niego con la cabeza, con el corazón encogido ante su preocupación.
—No. Ya pasó todo. Desde esta tarde.
Las yemas de sus dedos ásperos se clavan en mi mejilla.
—Entonces, ¿qué pasa? Ax dijo que te dejó aquí antes de comer.
Después de nuestra pequeña incursión en la oficina de Marsden y lo que encontré
en su caja fuerte, le dije a Axton que me llevara al granero. No me preguntó qué leí en
ese archivo, aunque estaba allí mismo. Ni siquiera echó un vistazo mientras lo leía.
Supongo que hablaba en serio cuando dijo que estaba entrando en territorio sagrado.
Que robaría dinero de la caja fuerte pero no tocaría nada más. Estos tres hermanos son
únicos, ¿verdad?
—Son diferentes —digo.
—¿Qué?
—Sus nombres —explico—. Marsden, Arsenal, Axton.
Su ceño se frunce cada vez más, y no lo culpo. No le estoy diciendo nada claro. Ni
a mí misma. Solo sé que quiero saberlo todo sobre él. Cada detalle. Quiero acercarme
tanto a él que nada pueda separarnos. Ni siquiera su sed de venganza. Ni su amor por
otra mujer.
—¿De qué carajo estás hablando? —gruñe.
—¿Fue tu mamá? —pregunto—. ¿Quien les puso el nombre?
Abre la boca, pero la cierra un segundo después. Me mira a los ojos, y estoy
demasiado abrumada como para ocultar lo que siento. No sé qué ve en ellos: inquietud,
desamor, pánico, amor, pero sea lo que sea, me atrae aún más, con las palmas de las
324 manos abiertas sobre mis mejillas, los dedos hundidos en mi pelo, los pulgares
acariciándome los labios. Entonces, con voz grave y áspera, responde:
—Sí. De esos libros que leía. Todos sobre vaqueros y pistoleros.
—¿Tu mamá solía leer libros como yo?
—Está claro que mi tipo lo heredé de mi madre.
Apretando su camiseta con el puño, trago saliva.
—Tu nombre es mi favorito. De todos tus nombres. De todos los nombres, en
realidad.
—¿Sí?
—Me recuerda al fuego. Ya sabes, como un incendio provocado. Un delito, pero
no me importa.
Sus dedos se flexionan sobre mi cara.
—Cariño, tienes que decirme qué...
—Sé por qué mentiste al principio. Pero ojalá no fuera necesario.
Ojalá no tuvieras que hacer lo que haces. Ojalá fueras libre.
—Nena, ¿qué…?
—A mí también me encanta mi nombre —digo, interrumpiéndolo—. Pero no sé de
dónde lo sacó mi madre. Nunca me lo dijo.
Me presiona los dedos contra la cara, claramente impaciente conmigo y mis
divagaciones.
—Lo único bien que hizo en esta vida fue crearte y ponerte ese nombre, ¿sí? Lo
único, joder. No merecía tu amor cuando estaba viva y no lo merece ahora que está
muerta, ¿entiendes?
Asiento, con los ojos ardiendo.
—Sí.
Sí. Además de ser valiente, de alguna manera me enseñó eso también. Que
merezco ser protegida. Que merezco ser salvada. Quiero que sepa que él también
merece la pena ser protegido. Que merece la pena ser amado. Porque ya lo hago.
—Me voy —dije de golpe.
Su figura se tensa, sus rasgos se endurecen.
—Lo sé.
Mis dedos se retuercen en su camiseta.
—En una semana.
325 Algo pasa por su rostro, veloz como un rayo, que no tengo esperanza de entender.
—Sí.
—No quiero...
Me aprieta las mejillas para callarme.
—No.
—Pero voy a…
—¡Ni de broma!
Me pongo de puntillas y le digo en la cara:
—No puedes impedirme que lo diga.
Me agarra el pelo con el puño.
—Puedo.
Le tiro de la camiseta.
—Tampoco puedes evitar que lo sienta.
Sus fosas nasales se dilatan con rabia y espeta:
—Puedo y lo haré. Lo único que necesitas sentir ahora mismo es que serás libre
en una semana. Que te irás lejos, haciendo eso tan hermoso que siempre quisiste hacer.
Que ayudarás a la gente. Salvarás a las mujeres de hombres como yo y tu padre, que
convertimos este mundo en un lugar de mierda. —Me aprieta el pelo con más fuerza,
tirando de mi cabeza hacia atrás—. Lo único que necesitas recordar es que vas a vivir tu
vida. Que nada de lo que te hicieron, nada de lo que yo hice, importó al final. Porque eres
hermosa, valiente y tan jodidamente impresionante que me dejas sin aliento. ¿Entiendes?
Mi respiración es entrecortada, mi corazón es un desastre. De hecho, estoy peor
que nunca. Todo el día me he sentido paralizada por una inquietud que jamás había
sentido, y ahora él lo ha empeorado aún más con sus dulces e irritantes palabras. Tanto
que no sé qué más hacer que abofetearlo. Arañarle el cuello y golpearle el pecho. No sé
qué más hacer que descargar mis puños sobre su cuerpo enorme y desahogar mi
frustración con él mientras grito:
—Me lo pones tan difícil. Dios, me lo pones todo tan difícil, Arsen. Es tan difícil
odiarte, pero debería odiarte. Debería. Eres el peor hombre que he conocido. Eres
mandón, controlador y dominante. Y siempre es a tu manera o nada, y Dios, me enfureces
tanto. Estúpido vaquero imbécil. Ojalá…
Y así sin más se traga mis palabras con su boca.
Me besa tan fuerte y profundo que siento que la cabeza me da vueltas. Todo mi
cuerpo me da vueltas, y no tengo más remedio que abrazarlo y devolverle el beso si
quiero encontrar el equilibrio. No tengo más remedio que escalar su cuerpo como la
montaña que siempre me parece, fuerte, grande y firme, pero también rocosa y
326 traicionera. Envuelvo mis piernas alrededor de su delgada cintura y mis brazos alrededor
de su cuello mientras lo beso, beso, beso.
Y mientras me devuelve el beso, me lleva a nuestra cama.
La cama donde le di mi virginidad, y por muy suave que sea esa cama -y es suave-
y por muy poético que sea hacer esto aquí, aún lo aparto con la mano en su hombro. Aún
rompo nuestro beso y le susurro contra la boca:
—Aquí no.
Jadeando, él también frunce el ceño.
—¿Qué?
—E-espejo.
Nuestros pechos chocan como si lucharan. Apuesto a que nuestros corazones
laten con una fuerza que también podría llamarse una guerra. Tamborileando contra
nuestras costillas con un ritmo violento. Nuestra sangre podría ser queroseno, y esto
entre nosotros podría ser la cerilla que lo incendie todo.
Él, yo, este mundo.
—Quiero ver —susurro cuando lo único que hace es mirarme con ojos de fuego.
Nunca le había pedido esto antes.
Él es quien siempre inicia el sexo frente al espejo de cuerpo entero que él mismo
puso, igual que la bañera. La primera vez que insistió en tener sexo frente a él, mantuve
los ojos cerrados todo el tiempo. No iba a ver todas mis curvas moviéndose y temblando
con sus embestidas profundas y fuertes. Me dejó, pero luego, para castigarme, me tumbó
frente a él mientras señalaba todas sus partes favoritas de mi cuerpo.
Mis pechos desbordantes que son tan pesados que se caen a un lado mientras
estoy acostada. Este pequeño lugar en mi cintura que dijo que lo llama de una manera
que lo hace querer hundir sus dientes en él. Mi suave barriga con un ligero bulto que
también lo hace querer morder, especialmente el área alrededor de mi ombligo. Mis
caderas, todas mullidas y regordetas, que dijo que le encanta agarrar mientras me toma
por detrás. Las llamó manubrios que podría usar para ir a la ciudad en mi coño de
universitaria. Antes de bajar a mis muslos que dijo que lo hacen soñar con cosas suaves
y frágiles llenas de crema dulce. Seguido de mi grueso culo que dijo que lo hace correrse
solo con pensar en él temblar. De hecho, me folla duro deliberadamente para poder verlo
sacudirse y menearse con el poder de sus embestidas.
—Tu cuerpo es un sueño, cariño —gruñó antes de rodar sobre mí de nuevo y
acomodarse entre mis muslos—. Está hecho para follar. Para jugar con él. Para amarlo.
Entonces procedió a hacer precisamente eso. Sentí amor en mi cuerpo mientras
lo observaba. Recuerdo especialmente que usó esa palabra, porque, como un mendigo
al que solo le han dado migajas, me aferré a la palabra con A. Me permití fingir que
327 hablaba en serio. Que me amaba de verdad y esa era su forma de demostrármelo.
No lo fue, lo sé.
Pero podría ser la mía.
Si no me deja decírselo, se lo demostraré. Siendo valiente.
Así que cuando por fin se levanta de la cama, tomo las riendas. Sin dudarlo, me
quito el vestido. Después, el sujetador y las bragas, sin pestañear. Cuando estoy
completamente desnuda frente a él, pongo las manos sobre su pecho, que respira
agitadamente, y lo llevo frente al espejo. Me mira fijamente mientras lo empujo, con la
mandíbula apretada y los pómulos altos y firmes.
Cuando lo coloco frente a él, le subo la camiseta. Se la levanto y, tras un instante
de mirarme fijamente, me deja continuar. Bien. Si no, habría forcejeado con él. Ya se le
había caído el sombrero en la pelea de antes, así que, de un solo golpe, le quito la prenda
y la tiro al suelo. Luego me arrodillo y le desabrocho las botas. Una a una, se las quito
antes de subir a su cinturón.
Ahí es cuando me detiene.
Me agarra la mano y me mira fijamente.
—¿Quieres llevar las riendas, cariño?
Miro su figura musculosa, sus hombros anchos y su torso esculpido. De rodillas,
se ve aún más grande, más imponente que la vida misma. Tan grande como el cielo, tan
resistente como la tierra que cultiva. Nunca podría moverlo, ¿verdad? Pero tengo que
intentarlo. Tengo que hacerlo. O al menos morir en el intento.
—Quiero volverte tan loco como tú me vuelves a mí. —Y entonces, para ser
desafiante y malcriada, añado—: Papi.
Su cuerpo se estremece y se le hunde el estómago.
—¿Sí?
Levanto la barbilla, sintiendo una determinación que nunca antes había sentido.
—Sí.
—Haciéndole una mamada delante del espejo grande y malo.
—Y follarlo delante de ese espejo grande y malo también.
Él recorre mi rostro con la mirada por un momento o dos antes de murmurar para
sí mismo:
—Sí, no creo que alguna vez me acostumbre.
—¿Acostumbrarse a qué?
Su agarre en mi mano se flexiona.
—Qué joven e ingenua eres.
328 —Yo no...
—Adelante, nena —me interrumpe—. Hazme perder la cabeza, pero debes saber
algo.
—¿Qué?
Él se inclina hacia mí, cada vez más abajo, y junta nuestras bocas, susurrando:
—Ya estoy demasiado perdido para mi nena; más de lo que ella podría estarlo para
mí.
Abro la boca para protestar. Para decirle que deje de mentir porque si estuviera
tan perdido, no me estaría mandando lejos, pero no me deja. Se traga mis palabras de
nuevo con la boca y me besa con locura. No sé cuánto tiempo pasa antes de que
salgamos a tomar aire, pero cuando lo hacemos, gruñe:
—Ahora, chúpalo con tu boca de chupapollas como si fuera en serio, y ponlo de
rodillas, ¿sí?
Así que le desabroché los vaqueros a toda prisa y con una destreza que jamás
imaginé poseer la semana pasada, cuando estábamos en la cabaña y él intentaba
castigarme por preocuparlo. Y cuando llego a su polla, goteando y palpitante como
siempre, y me la meto en la boca, jamás se me habría ocurrido tragármela de una sola
vez.
Pero él cambió todos mis sueños ¿no?
Le dije que me diera sueños y me quitara las pesadillas, y lo hizo. Me ha hecho
chuparle la polla tanto la semana pasada que me he vuelto experta. Mi boca chupadora
prácticamente le traga la polla en lugar de forcejear y entrar en pánico, y no puedo evitar
pavonearme con el gruñido que emite.
No puedo evitar tararear alrededor de su miembro, volviéndolo loco. Un pequeño
truco que aprendí de mi esposo la semana pasada. Le encanta cuando hago ruidos
alrededor de su pene. Le encanta cuando le araño los muslos con las uñas y uso la lengua
para lamer la gruesa vena que sube y baja por su dura polla.
Le encanta especialmente cuando me atraganto con su polla. Cuando me
atraganto y mi saliva corre por su miembro.
Le encanta cuando lo ahogo en mi saliva y me ensucio las tetas con ella. Y como
hago todo esto frente al espejo gigante, también le doy un espectáculo. Sé que le encanta
cuando mis tetas se mueven y mis curvas se sacuden. Así que lo hago a propósito. Subo
y bajo a propósito y exageradamente por su longitud para que mis grandes tetas no solo
se sacudan, sino que también choquen entre sí. Incluso me giro hacia el espejo mientras
sigo chupándole la polla y tiro de mis pezones. Aprieto mis tetas. Las levanto con mis
manos y las junto una y otra vez, jugando con ellas.

329 Y tengo que decir que entiendo por qué le encanta. Entiendo por qué le encanta
mirarme en el espejo porque, Dios mío, soy hermosa.
Por timidez, antes solo me miraba fugazmente y casi siempre lo miraba a él. Pero
hoy, me fijo en mí misma, y sí, entiendo por qué. Soy una mujer enamorada, chupándole
la polla a su hombre. Claro que soy hermosa. Tengo unas curvas exuberantes y hermosas
que vuelven loco a mi hombre. Con las que sueña. ¿Cómo puedo ser otra cosa que
impresionante, como él me llama?
¿Cómo pueden mis muslos relucientes y mis pechos empapados de saliva ser
menos que impresionantes? ¿Cómo pueden mis caderas anchas y los suaves rollitos de
mi barriga que él agarra para follarme más fuerte ser menos que gloriosos?
Podría quedarme mirándome para siempre.
Pero no se trata de eso. Necesito concentrarme en volverlo loco. Y nada lo vuelve
más loco que mirarlo a los ojos, así que enseguida lo hago. Lo miro en el espejo y
descubro que ya me ha estado observando. Y Dios, está casi en trance. Sus ojos
vidriosos, su pecho jadeante y cada músculo de su cuerpo tenso, resalta, con un alivio
absoluto mientras me ve chupársela.
Además, cuando se da cuenta de que lo miro a los ojos, se le doblan las rodillas y
le tiemblan los muslos. Sus manos en mi pelo le duelen y su rostro se vuelve feroz.
Antes de que me arranque la boca de su polla.
No me hace gracia, pero me gusta que los hilos de mi saliva conecten mis labios
hinchados con su polla. Me gusta que ni siquiera él pueda romper nuestra conexión. Me
sacude la cabeza con el puño y me obliga a mirarlo, no al espejo, mientras gruñe, furioso:
—Querías volverme loco, ¿verdad? —Otra sacudida de cabeza—. Pues lo has
conseguido. Me tienes tan excitado que estoy a punto de mandar todo al carajo y
destrozarte ese cuerpazo de estrella porno. Así que si quieres follar con tu papi, cariño,
ahora es el momento. Porque dentro de poco se acabará el juego y, una vez que tu papi
empiece, no parará hasta que te haya destrozado y te haya dejado hecha polvo ese coño
de universitaria.
¿Cómo es que puede decir las cosas más dulces de la forma más aterradora? ¿Y
cómo es que siento que me estoy enamorando aún más de él?
Entonces lo ataco. Lo empujo al suelo y me preparo para cabalgar. Y, de nuevo, si
no fuera por esta última semana, jamás habría soñado con poder hacerlo tan fácilmente.
Poder meter su polla gorda en mi pequeño agujero, y mucho menos montarla encima. Y
gracias a Dios, puedo, porque esto es increíble.
Es una puta experiencia tenerlo tan adentro. Siento que casi me toca la garganta.
Es trascendental, hundir mis dedos en el vello de su pecho mientras giro las caderas
sobre su polla, haciéndolo estremecerse y sacudirse debajo de mí. Todo ese poder a mi
330 merced. Esto es lo que dijo que se siente al montar a caballo, ¿verdad? Y, Dios mío, ahora
también lo entiendo. Estoy montando mi semental oscuro, y nada podría compararse con
esto.
Nada se compara con inclinarme sobre él, balanceando mis pechos pegajosos
sobre su boca como frutas maduras, y viéndolo inclinarse para atrapar un pezón en su
boca, casi a ciegas. Porque lo estoy volviendo loco con mi follada. Sin mencionar que
cuando restriego mi clítoris contra la base de su polla, casi se dobla, gruñendo en mis
pechos. Nada se compara con verlo todo en el espejo. Mi cuerpo maduro y sonrojado
cabalgando la polla de mi marido.
Pero quizá lo que dice sea cierto.
Soy tan joven e ingenua que no soporto cabalgarlo como una vaquera porque me
corro a cinco segundos de hacerlo y mirarnos en el espejo. Mi coño se aprieta contra su
polla y gimo de éxtasis. Del ardor de sus dientes en mi pezón. Estoy tan loca por él que
ni siquiera protesto cuando se incorpora y toma el control.
Supongo que el tiempo de juego realmente terminó y ahora es su turno.
Para destrozarme y maltratarme el coño. Me pone boca arriba y me penetra de
una embestida, mi centro aún corriéndose y revoloteando alrededor de su miembro.
Mientras gruñe contra mi boca:
—Papi está en casa.
Y entonces me penetra con fuerza. Me folla tan fuerte que sé que me dejará
moretones por sus dedos en las caderas y por el suelo clavándose en la espalda.
Probablemente también me dejará moretones en el coño por su polla. Estaré morada y
azul, y tan dolorida que no podré caminar en días.
Pero está bien. No me importa.
Solo me importa él y estar lo más cerca posible de él. Solo me importa vernos
follar en el espejo. Nos ha colocado de tal manera que tengo que echar la cabeza hacia
atrás para vernos boca abajo. Estiro el cuello y observo su cuerpo sudoroso y fuerte
moviéndose sobre mí, bombeando dentro de mí, y me veo recibiendo sus embestidas, mi
cuerpo subiendo y bajando por el suelo como una muñeca.
Como su dulce esposa. Su chica universitaria. La chica de sus sueños. Su Reviere.
La chica que lo ama.
Y quizá pueda ver todo eso reflejado en mis ojos, porque parece acelerar sus
embestidas si cabe. Las hace rápidas, sucias, crueles y brutales. Tanto que quiero cerrar
los ojos y perderme en ello. Pero no lo haré. Esto es para él.
Quiero que él vea cuánto lo amo.
Y eso solo lo enfurece más. Las líneas de su rostro son tensas y marcadas. Tiene
la mandíbula tan apretada que parece de granito. Parece doloroso. Tan doloroso que le

331 acaricio la mandíbula con mi mano suave y le susurro, mientras lo miro a los ojos brillantes
en el espejo:
—Arsen.
Ahí es cuando se corre.
Su cuerpo se estremece y gruñe. Saca su pene y eyacula sobre mi vientre. Sale
en chorros espesos y calientes, acumulándose en mi ombligo, mientras que parte resbala
por mis costados. Espero a que se le pase el efecto para que pueda restregármelo en la
piel como siempre. Pero incluso antes de que se relaje, de alguna manera sé que no lo
hará. Se levantará y se irá.
Cuando lo que predije se cumple, la certeza me golpea en el estómago. Me deja
sin aliento cuando se baja de mi cuerpo y se pone de pie. Todavía respira con dificultad
cuando me deja allí, toda magullada y dolorida, y va en busca de lo que supongo que es
su ropa. De alguna manera, me levanto también.
Me mantengo erguida y desnuda.
Sobre todo, me pongo valientemente frente al hombre que técnicamente no es mi
marido, pero lo parece porque estoy enamorada de él.
—Te amo —le grito a su espalda.
Está de pie junto a la cómoda, abriendo y cerrando cajones, buscando ropa.
Encuentra sus vaqueros y, sin decir palabra ni dar señales de haberme oído, se los pone.
Abro y cierro los puños, con el corazón acelerado.
—Siempre te he amado. Desde el principio. Desde que nos escribíamos cartas, y
creo que fue porque me hiciste sentir viva por primera vez. He pasado toda mi vida
intentando ocultarme, intentando reprimir cosas, intentando no sentir emoción ni alegría.
Pero entonces empecé a escribirte y, por primera vez, no tuve más remedio que sentir
cosas y, Dios mío, yo... Da miedo, pero también es muy emocionante.
Hago una pausa antes de decir:
—No voy a mentirte y decir que nunca me has lastimado ni me has hecho sentir
miedo. Lo has hecho. Me mentiste, me amenazaste, me asustaste. Me usaste. Pero de
alguna manera, eres el único hombre que también me ha protegido. También me hiciste
sentir segura, digna, elegida. Tú eres quien me hizo darme cuenta de que ser fuerte y
poderoso no es algo malo. Que las manos ásperas pueden tener un tacto suave y que los
dientes afilados pueden sentirse tan bien cuando muerden. Tú eres quien me hizo darme
cuenta de que podía soportar ambos, tacto áspero y suave, y aun así florecer. O que soy
hermosa tanto por dentro como por fuera. Me enseñaste que podía besar mientras
montaba a caballo y usar ropa que no me ocultara. Pero sobre todo, me enseñaste lo que
realmente es el amor. No es tóxico como el de mis padres ni es cuidadoso como yo quería
que fuera. El amor es una aventura. Tiene altibajos. Te asusta. Te hace sentir segura. Es
imprudente y considerado. Es la mayor contradicción que existe. El amor eres tú. Porque
eres la mayor contradicción de mi vida.
332 Ante esto, noto una ligera tensión en su cuerpo. Noto un tic en su espalda, sobre
todo donde está su marca. Esa elegante R que se grabó a fuego. O quizás solo estoy
imaginando cosas ahora mismo. Sea lo que sea, tengo que seguir adelante. Tengo que
ser valiente. Por mí misma.
Para él.
Así que sigo hablándole a la espalda.
—Sé que... amas a otra persona. Lo sé. No hablas de ella. No hablas de Annie,
pero... —Veo que aprieta los puños y trago saliva con fuerza. Sé que la amabas tanto que
intentaste matar a un hombre por ella. Te marcaste por ella, pasaste ocho años tras las
rejas por ella. Incluso ahora, estás listo para quemar el mundo entero por ella. Y a la vieja
Reverie no le gustaría eso. Le tendría miedo a la violencia, pero ahora lo entiendo.
Entiendo por qué estás haciendo esto. A veces intento imaginarlo. Cómo te sientes. Cómo
te sentiste cuando... escuchaste las noticias, cuando te diste cuenta de que era
demasiado tarde y voy a ser honesta contigo, me asusta. Me asusta tanto que no quiero
imaginarlo. No quiero imaginar que algo le pase al hombre que amo. Y tal vez sea egoísta,
pero estoy descubriendo que el amor también es egoísta. Así que te pido, por favor, por
favor, no lo hagas. Te lo pido como una chica enamorada de ti, por favor no me hagas
pasar por el dolor que has pasado, por el que estás pasando.
»Porque sé que esta venganza destruirá algo dentro de ti. Tú no eres ese hombre,
Arsen. Sé que no quieres creerme, pero es la verdad. Te conozco. Eres un hermano. Un
hermano menor que te admira y cuyo hermano mayor te quiere de vuelta para siempre.
Eres un vaquero enamorado de tu tierra. Te levantas con el amanecer y trabajas
incansablemente en el rancho todo el día. Luego, dedicas las pocas horas que te quedan
a trabajar con tus caballos, intentando domarlos. Los rescatas, los rehabilitas. Los cuidas.
Intentas que se sientan seguros. Pero, sobre todo, eres un hombre capaz de amar.
»Sé que crees que eres como mi padre, pero no lo eres. Mi padre empujó a mi
madre por las escaleras, pero tú estás dispuesto a destruir tu vida por la mujer que
amabas. Todo porque crees que es tu culpa que haya muerto. No lo es. Es culpa de ellos.
Tú no la mataste; intentas vengar su muerte. Así que, por favor, por favor, no lo hagas.
Esto. Por favor, no te hagas daño. Siempre me dices que necesito ser libre, ¿verdad?
Que necesito vivir mi vida. Y lo haré. Me iré. Haré todas esas cosas hermosas. Construiré
mi futuro. Pero por favor, no me hagas vivir en un mundo donde tú no tienes uno. No me
hagas vivir en un mundo donde sufres y sientes dolor. Por favor, libérate por mí. Solo
vive, Arsen. Por favor.
Tengo las mejillas empapadas de lágrimas. Solo me doy cuenta cuando termino
de hablar y siento el sabor a sal en los labios. También me doy cuenta de que sigo
desnuda, y de alguna manera, cuando no hablo y soy valiente, soy más consciente de
ello. Pero me doy aún más cuenta cuando finalmente se da la vuelta.
Su rostro, una máscara fría y pétrea. Sus ojos, oscuros pero muertos.
333 No es que pensara que esto sería fácil. Le estoy pidiendo que renuncie a algo que
lleva ocho años deseando. Y dado lo mucho que aún ama a Annie, sabía que sería difícil.
Pero tenía que hacerlo. Tengo que hacerlo. No voy a dejar que destruya su vida por
venganza.
Antes no lo quería y ahora, después de ver ese archivo, lo quiero aún menos.
Así que tengo que hacérselo entender. Abro la boca para decir algo. No sé qué,
porque me quedé sin palabras, pero él se adelanta.
—Ponte la ropa y vete.
Aprieto los puños.
—No.
Aprieta la mandíbula.
—No me hagas sacarte de aquí.
—Hazlo —lo reto.
Solo porque sé que nunca lo hará. Primero perderá la cabeza antes de sacarme
de aquí desnuda.
Como dije, lo conozco.
Y cuando su pecho se hincha con una respiración que parece resignada, aflojo los
dedos. Pero supongo que lo hice demasiado pronto porque entonces empieza a caminar,
dirigiéndose a las escaleras. Lo llamo, pero no se detiene. Así que, en mi desesperación,
digo lo último que quería decir:
—Se lo diré.
Se detiene, de nuevo de espaldas a mí, y no puedo evitar que me parezca
trágicamente poético. Solo veo la marca que se puso por la mujer que amaba cuando le
pido que haga lo impensable.
—Les contaré todo —digo, y enseguida me dan ganas de vomitar porque las
palabras me repugnaban—. Ahora tengo la sartén por el mango. Me la diste esa noche.
Así que si no desistes de tu plan, les contaré lo que pasa en el rancho.
Me presiono el vientre con una mano y espero a que se dé la vuelta. Que me dé
alguna reacción, cualquier cosa con la que trabajar. Pero él sigue caminando. Sigue
bajando las escaleras, con la espalda recta y firme, la marca pálida y marcada en su piel
bronceada.
Cuando casi llega al final, entro en pánico. Lo hago con tanta fuerza que digo lo
único que me queda en mi arsenal. Que suene exactamente como su nombre es la ironía
que intento ignorar mientras grito:
—Era una infiltrada.
Eso lo detiene. ¡Dios mío!, eso lo detiene en seco, y también lo hace darse la vuelta.
334 Sus ojos se cruzan con los míos y me agarro a la barandilla con manos temblorosas.
Aprieto los ojos unos segundos porque no puedo creer que esté haciendo esto. No puedo
creer que le esté contando esto, pero no tengo otra opción.
Abro los ojos y mis lágrimas nublan mi vista mientras digo:
—Entré en la oficina de Marsden hoy. Y en su caja fuerte. La que está en la pared
detrás del retrato de tus padres. La vi el día que Peyton y yo entramos en la oficina donde
conseguimos el mapa de la cabaña. Chantajeé a Axton para que me abriera la caja fuerte
y yo... —Cierro los ojos con fuerza de nuevo y esta vez, siento las lágrimas caer por mis
mejillas mientras continúo—: Había un archivo. Creo que era de Marsden. Tenía toda esta
información sobre Annie. Su fecha de nacimiento, la ciudad en la que nació, ese tipo de
cosas.
»Y un informe de detective privado sobre cómo llegó a Black Rock porque
trabajaba para los Turner. Hank Turner. Había recibos bancarios de él depositando dinero
en su cuenta cada mes. Decía que lo más probable era que estuviera espiando para ellos.
Ella estaba... —Un sollozo se me atasca en la garganta, pero sigo porque ahora que lo he
empezado, necesito terminarlo—. Arsen, creo… creo que te estaba utilizando. Creo que
los Turner la estaban utilizando para llegar a ti y a tus tierras. Ella no… sé que la amabas,
pero probablemente ella no...
—Lo hizo —dice con voz ronca y baja.
—Pero yo vi...
—Sí, no sabes lo que viste. No tienes ni idea de nada.
—Arsen…
—Dentro de una hora, cuando regrese, si todavía estás aquí, te sacaré a rastras,
desnuda o no. Porque no eres una Turner ni una Grayson. Eres solo una chica a la que
cometí el error de hacer pasar un infierno y luego follar. Así que lárgate antes de que te
eche yo.
Con eso se va, y yo caigo de rodillas, sollozando mientras me arrastro hasta
nuestra cama.
No sé cuánto tiempo me quedo ahí, hecha un ovillo, sollozando por mi corazón
roto, por romperle el suyo al decirle la verdad. Pero en algún momento, la vergüenza me
supera y no me importa ser valiente. Me pongo su camiseta tirada y me envuelvo en sus
sábanas.
La única forma en que sé que ha pasado una hora -aunque se siente más larga,
mucho más larga- es cuando oigo el crujido de las escaleras seguido de unos brazos que
me envuelven. Estoy a punto de aferrarme a ellos porque ha vuelto y no me arrastra como
dijo, cuando me doy cuenta de que no es él.
Es un hombre con una máscara, y antes de que pueda gritar, pone su mano sobre
335 mi boca y me deslizo hacia el olvido.
Dark Stallion

336
HAY COSAS sobre ella que no sabía hasta que se las dije.
Secretos de su cuerpo. Como un lunar en la parte baja de su espalda que no sabía
que existía hasta que lo recorrí con la lengua una noche y se lo mostré en el espejo
cuando me preguntó qué hacía. O que la parte de atrás de su rodilla izquierda le hace
más cosquillas que la derecha. No sabía que su ombligo podía ser tan sensible como para
que al jugar con él la hiciera correrse hasta que lo hice dos veces en una noche. No sabía
que frunce el ceño cuando relee por décima vez las cartas que le dejo. O que cada vez
que se ríe, arruga un poco la nariz. Si intenta ser insolente pero está excitada, se le pone
la nuca roja de calor mientras me mira fijamente.
Hay un millón de cosas más que podría enumerar, y lo hago mientras llamo y lo
oigo sonar. Me atraviesan como destellos mientras espero a que conteste. Como cuando
tu vida pasa ante tus ojos cuando estás a punto de morir. Dado que ella es mi vida, tiene
sentido.
Tiene sentido que cuando contesta, yo gruña, con palabras bajas y vibrantes:
—¿Dónde está mi esposa?
—Está a salvo —me dice Brecken Turner.
—¿Dónde —pregunto de nuevo, mientras mentalmente la veo reírse por algo que
dije— Está. Mi. Esposa?
—Como dije, está bien —dice con voz tranquila—. Y quiero que recuerdes que no
tuviste la misma cortesía cuando te pregunté por mi hermana hace un par de semanas.
Inspiro. Exhalo. Luego cierro la palma de la mano alrededor de mi navaja abierta,
cortándome la piel. Sigo haciéndolo, respirando y cortándome la piel, hasta que puedo
ver con claridad. Hasta que no siento que mi mundo está en llamas. Que tengo las
entrañas abiertas y me estoy desmoronando.
Es importante.
Eso fue lo primero que me vino a la mente al volver al granero después de
refrescarme. Después de montar a Rebel con todas mis fuerzas durante horas. Después
de limpiar los establos y usar el hacha para talar suficiente madera para los próximos seis
meses. Después de todo eso, cuando volví y la encontré desaparecida, supe que debía
mantener la calma.
Al principio pensé que lo había hecho ella.
Hizo lo que le dije, así que fui a la casa principal. Fui para disculparme. De verdad.
Con palabras. Pidiendo perdón. Como hacen otros hombres. Hombres normales.
Hombres que se preocupan por sus esposas, no cabrones como yo, que no saben cómo
suena esa palabra en su voz porque casi nunca la usan. Y luego iba a sentarla y contarle
todo sobre Annie. Iba a decirle lo que se moría por saber todo este tiempo. Lo que me
daba miedo decirle porque entonces descubriría por qué no pertenecía a este lugar.
337 Por qué ella no pertenece a mí.
Sé que me he comportado como un valiente, un hombre muy noble, estas últimas
semanas, pidiéndole que se fuera. Exigiéndole que huyera de este rancho, de este
pueblo. De mí. Pero si de verdad fuera tan noble, le habría contado lo de Annie. Le habría
contado toda la verdad. Pero no lo hice. Y luego, cuando me confrontó con la verdad, me
puse furioso.
Así que cuando tampoco la encontré en la casa principal, y no estaba en ninguno
de los otros graneros y establos donde Rad buscó, ni en ningún otro lugar que Ax, Haven
y Peyton pudieran pensar, y después de todas las llamadas que hizo Mars, supe que
mantener la calma era lo que me salvaría la vida, y posiblemente también la de ella. No
podía perder la cabeza como aquella noche en la cabaña. Tampoco podía perder la
cabeza como ocho años atrás.
Necesitaba ser inteligente. Necesitaba ser sensato, porque por primera vez en mi
maldita vida, no puedo ser egoísta. Tengo una responsabilidad. Ella depende de mí. Y
puedo superar cualquier cosa, cualquier maldita cosa, cualquier fracaso, todas las
promesas incumplidas, pero decepcionarla no es algo que esté dispuesto a hacer. Qué
dice eso de mí con respecto a Annie, no lo sé. Dejaré que ella lo juzgue cuando se lo
diga, pero por ahora, la necesito aquí. La necesito a salvo.
La necesito.
—¿Qué quieres? —le pregunto a Brecken lo más calmadamente que puedo.
—Creo que sabes lo que quiero —dice—. Quiero recuperar a mi hermana. Que,
por cierto, no es realmente tu esposa.
—Tú…
—Un consejo: si vas a dejar con vida a tus enemigos, asegúrate de que no sepan
tus secretos —me interrumpe—. El hombre, al que echaste de tu rancho la semana
pasada, te delató. Vino a mí y me contó que dos chicas Turner viven en el rancho Grayson,
y que estabas enamorado de una de ellas. Pero no de mi hermana. De la otra. Que sigues
llamando tu esposa. Estaba a punto de desvelarlo todo, pero él me lo facilitó. Por no
mencionar que tenía mucho que decir sobre tu pequeño programa penitenciario.
El fuego amenaza con consumirme, así que, una vez más, envuelvo mi mano
alrededor del cuchillo y me inyecto una dosis de dolor para mantenerme alerta.
—Déjame hablar con ella.
—No —dice Brecken, y abro la boca para discutir, pero él insiste—. Porque ya no
eres tú quien dicta las reglas. Esto es lo que va a pasar: si quieres recuperar a tu esposa,
me traerás a mi hermana y disolverás este matrimonio fraudulento y tu poder notarial de
mierda. Y luego nos sentaremos a hablar sobre tu novia muerta y esta disputa de décadas
entre nuestras familias. Y si alguna vez sale el tema, me aseguraré de que pierdas hasta
el último pedazo de tierra que les robaste a mis antepasados. ¿Está claro?
338 Siento la sangre goteando por mi palma y cayendo al suelo de madera mientras
advierto:
—Si la tocas, yo...
—No tengo ningún interés en tocarla —dice Brecken con suavidad—. Solo quiero
que me devuelvan a mi hermana y que se acabe este asunto de las tierras. Tienes
veinticuatro horas.
Con eso, termina la llamada y me levanto de un salto. Veinticuatro horas son
demasiado. Demasiado tiempo para que ella esté en ese rancho. Donde su papá la
maltrataba, la golpeaba, la aterrorizaba.
Ella necesita volver a casa ahora mismo.
Y este es su hogar. Con los Grayson. Quienes se preocupan por ella. Con Haven,
que se hizo su amiga desde el primer día y ha estado angustiada desde que aparecí en
la casa principal buscándola. Incluso con Ax, que parece traumatizado por su
desaparición y cree que de alguna manera fue su culpa porque se suponía que debía
estar vigilándola. Con Rad, que ha estado de su lado desde el principio, incluso antes de
que la trajera aquí.
—¿Qué necesitas? —me pregunta Rad, recordándome que estoy en la oficina de
Mars.
Pero me concentro en Marsden, que está sentado detrás de su escritorio.
—Avísame cuando llame el abogado. Necesito saber cuándo está listo. —Antes de
que pueda responder, me vuelvo hacia Rad—. Peyton.
—Peyton.
—¿Qué pasa con ella? —gruñe él.
Si se lo digo, se pondrá furioso. Pero necesita saberlo, así que gruño, agarrando
el cuchillo:
—Peyton nos va a ayudar a recuperarla.
Ambos estamos en la puerta cuando la voz de Marsden me detiene en seco:
—Ella te ama.
Me giro para mirarlo. Sentado en su escritorio, luce como el terrateniente que es.
Los hombros rectos, la mirada dura.
—Lo sabes, ¿verdad? Porque si no, eres el idiota más grande que jamás haya
pisado Black Rock. Todos en Rawhide lo saben. Ella ama al Dark Stallion y él ha estado
jugando con ella. Haven cree que cambiarás de opinión, pero sé lo terco que puedes ser.
Lo cabrón que eres. Y ahora existe la posibilidad de que la pierdas. Vas a perder a la
chica que, de alguna manera, maldita sea, ama a tu estúpido e imprudente trasero, todo
porque no puedes olvidar a la chica que amabas hace ocho años.
339 Tiene razón. Puedo ser terco. Puedo ser testarudo. Pero no soy tonto ni ciego. Sé
que me ama. Lo sabía antes de que me lo dijera esta noche.
Pero no quería que ella me amara.
Así que se lo seguí recordando, le seguí diciendo que no debía. No soy el hombre
para ella. Nunca podría serlo. Su futuro está en otra parte. Mis pecados son demasiado
grandes. Mis crímenes son demasiado crueles. Ojalá ahora, en lugar de ser un egoísta,
le hubiera contado toda la historia. Entonces lo habría sabido.
Para mantenerse alejada. Para mantener su corazón a salvo de gente como yo.
—Sé que investigaste a Annie —le digo—. Sé que tienes un expediente sobre ella
y sé que piensas que soy un desastre. Pero si te metes en mis asuntos, vamos a tener un
problema gordo.
Pero se lo voy a decir ahora. Se lo voy a contar todo. Porque tiene derecho a
saberlo todo sobre el hombre que ama. Y porque si supiera amar, ella sería la indicada
para mí. Pero primero, necesito devolverla a donde pertenece.
A su casa.
Segura.
340 SÉ DÓNDEestoy. Huele a tabaco y moho. Mi antigua casa. Mi antigua habitación.
También sé que no estoy sola. Hay alguien más aquí conmigo.
Mi padre.
Debería abrir los ojos ya porque estoy despierta. Llevo un rato despierta, pero no
puedo. El corazón me late muy fuerte y siento la piel demasiado tirante. Me siento como
una niña pequeña otra vez, fingiendo estar dormida para que mi papá me pase de largo
en lugar de descargar su ira sobre mí. Estoy llena de pánico y aterrorizada. Tengo el
estómago revuelto y siento que voy a vomitar.
Pero ya no soy una niña. Hace años que no lo soy. La última vez que estuve en
esta casa, tenía once años. Me iba a un campamento de verano y estaba emocionadísima
de ir, solo porque estaría lejos de mis padres. Y entonces recibí este indulto inesperado
y milagroso. Me salvó el hombre con máscara de toro. No sabía que me estaba salvando,
pero eso no disminuye lo que hizo por mí. Me sacó de esta prisión y me liberó de años
de abuso.
Así que puedo hacer esto. Puedo abrir los ojos.
Y tan pronto como lo hago, lo veo, mi padre.
Está sentado en mi escritorio, junto a la pared, con una botella de cerveza en la
mano. Parece viejo, como era de esperar. Su pelo oscuro se ha vuelto más ralo y su
rostro, que siempre parecía demasiado afilado y cruel, se ha desplomado. La última vez
que lo vi fue en el funeral de mi madre, hace seis años. Llevaba traje y corbata, y, por
supuesto, su Stetson negro. Estaba allí, sombrío y serio, mirando el ataúd y a la mujer
que mató. Y yo estaba a su lado, la única persona que sabía que era un asesino. La gente
iba y venía, presentándonos sus condolencias, y él las recibía, aunque no tenía derecho
a ellas.
Y las recibí sin ningún derecho. En aquel entonces, mi culpa era demasiado fuerte,
y a veces todavía lo es, a pesar de lo que Arsen me repetía una y otra vez.
Mi padre prácticamente me abandonó tras la muerte de mi madre, como si solo
me aguantara por ella; porque, de alguna manera, yo venía en un paquete y no era de su
propia sangre. Aun así, eso no significa que vaya a dejarme ir ilesa. No solo porque es mi
padre, sino también porque trabaja para los Turner.
Y los Turner son los que me trajeron aquí.
Estoy bastante segura de que tiene algo que ver con lo que tiene planeado.
Aunque no sé por qué me secuestrarían. No soy una Turner ni una Grayson. Solo soy
una chica que quedó atrapada en todo esto.
Así que me esfuerzo por incorporarme, y en cuanto lo hago, los ojos pequeños y
brillantes de mi padre me observan. Baja la botella y se levanta el sombrero para poder
mirarme. Observa mi atuendo, que es solo la camiseta de Arsen, y me siento desnuda.
341 Me obligo a sentarme derecha, doblando las piernas desnudas a un lado. Antes de que
pueda decir nada, dice, con la voz áspera y rasposa:
—Pareces muy mayor, niña.
Solía decir eso a menudo: Niña. Como si fuera una molestia y no su propia hija.
Antes me dolía, pero ahora no tengo tiempo para sentirme mal. Necesito saber qué está
pasando para encontrar la manera de salir de este lío.
Para siempre.
Agarro la sábana y pregunto:
—¿Qué… qué estoy haciendo aquí?
—Los hombres de Brecken te trajeron —me dice—. Le dije que podía hacerme
cargo de ti hasta que él haga lo que tenga que hacer.
Trago saliva.
—¿Qué necesita hacer?
—Algo de Grayson. No me ha dicho qué —refunfuña—. Excepto que te has
enredado con un Grayson. —Me mira de arriba abajo, y quiero volver a esconderme—.
Y veo que tenía razón.
—No entiendo qué…
Le da un trago a su cerveza.
—Resultaste ser una puta como tu madre, ¿verdad? —Me estremezco, pero él
continúa—: Aunque ni ella se atrevería a tocar a un Grayson.
—Los Grayson son diez veces mejores hombres que los Turner —espeto, incapaz
de contenerme—. Lo que tú nunca serás.
Sus ojos oscuros brillan de ira.
—Ves, también has heredado la lengua de tu madre.
—No hables de mi madre.
—¿De verdad? —Se ríe entre dientes, con la barriga cervecera temblando—. Me
pregunto cómo te sentirías si supieras la verdad sobre ella.
—¿Qué verdad?
Luego se encoge de hombros.
—Quizás ya lo sabes. Quién sabe lo que te contó cuando ambas vivían en la gran
ciudad.
Mi corazón, que ya estaba acelerado, empieza a latir a otro ritmo.
—¿Qué verdad? ¿Qué me habría dicho que yo no supiera ya?
342 Me observa un instante y creo que podría estar bromeando. A mi padre siempre
le gustó usar los puños, pero no recuerdo que jugara con la mente. Siempre estaba
demasiado borracho para hacer esas cosas. Pero luego dice:
—¿Nunca te preguntaste por qué te pareces tanto a la chica Turner?
Y mi corazón cae hasta mi estómago.
Sí, me lo he preguntado. ¿Cómo es que nos parecemos tanto, Peyton y yo? ¿Cómo
es que tenemos el mismo tono de rubio y ojos azules si mis padres tienen el pelo y los
ojos oscuros?
—Ya veo que empiezas a entenderlo —dice arrastrando las palabras, dándole otro
trago a su cerveza—. Te dije que tu madre era una puta. Todo porque no le prestaba
suficiente atención, así que pensó que acostarse con mi jefe me haría cambiar de opinión.
—Escupe al suelo, haciéndome estremecer de nuevo—. Maldita loca de remate. Y
encima intentó hacerte pasar por mía, como si yo fuera un imbécil que no puede decirle
a su propia hija…
Dice varias cosas más después de eso, maldiciendo a mi madre, pero no las oigo.
Todavía me estoy recuperando de ser la hija de Hank Turner.
Soy una Turner, después de todo.
Medio Turner, pero Turner al fin y al cabo.
Me quedo pensando en ello unos segundos mientras mi padre divaga sobre cómo
mi madre se merecía cada paliza que le daba, cómo tenía razón al engañarla y cómo yo
también merecía que me golpearan porque me aproche de él todo el tiempo, aunque no
era su hija. Intento pensar en cómo me hace sentir esta noticia, cómo cambia las cosas.
Explica algunas cosas. Por qué mi padre nunca me trató como a su hija. Por qué abusaba
tanto de mi madre como de mí. Quizás también explica por qué Peyton y yo somos tan
cercanas. Porque, al fin y al cabo, somos hermanas.
Pero aparte de eso, no creo que signifique nada. Mi madre sigue siendo la mujer
que se enamoró del hombre equivocado y luego se vio envuelta en una relación retorcida
y pagó el precio más alto. Y aunque este hombre frente a mí no sea mi verdadero padre,
mi padre biológico es igual de malo, o incluso peor, que él.
Lo más importante es que sigo siendo sincera sobre el amor. El amor no es lo que
tenían mis padres, y ojalá no me hubiera llevado tanto tiempo darme cuenta. Quizás
habría vivido mi vida con más plenitud si lo hubiera sabido.
—Sé que la mataste —me encuentro diciendo.
Y deja de hablar, poniéndose alerta.
—Te vi —le digo, mirándolo a través del vacío, al hombre que pensé que era mi
padre, pero que no lo era—. Esa noche. Estaba allí. Escondiéndome detrás de un sofá
como una cobarde. Pero lo vi. Te vi hacerlo. La empujaste por las escaleras. Mataste a
mi madre.
343 Ante esto, se levanta de golpe del asiento y me lanza la botella. Esta se estrella
contra la pared a pocos centímetros y se hace añicos con un estruendo ensordecedor.
Quería provocarlo. Quería ser valiente, como no lo fui de pequeña, y enfrentarme al
hombre que aterrorizó toda mi infancia.
Así que cuando venga por mí, estaré preparada.
Estaré preparada para destrozarle la cara. Estaré preparada para arrancarle el
pelo. Para abofetearlo. Para patearlo. Para gritar, aullar y descargar toda mi ira en él.
Todas las veces que me escondí, corrí, me encogí de miedo y aguanté sus golpes, estoy
lista para hacerle pagar por ello. Estoy lista para mi venganza. Y qué irónico que me sienta
así cuando hace solo unas horas le dije al hombre que amo que abandonara su búsqueda.
Tal vez no seamos tan diferentes después de todo, él y yo.
Y quizá no debería estar pensando en él ahora mismo, porque esta vez sí que se
acabó. Me dijo claramente que quiere que me vaya. Así que debería centrarme en otras
cosas, como que mi padre tiene mucha más fuerza que yo. Puede dominar mis puños y
mis uñas afiladas. Puede tirarme al suelo y patearme en el estómago. Que incluso si logro
escabullirme y encontrar un trozo de cristal para apuñalarle la pierna, mi padre seguirá
viniendo por mí.
Pero son los pensamientos de Arsen los que me impulsan a seguir adelante. Son
sus pensamientos los que me impulsan a luchar. Fue él quien me dijo que era valiente.
Soy hermosa y soy una superviviente. Así que sigo intentando sobrevivir.
Incluso cuando el cuerpo de mi padre me inmoviliza contra el suelo y sus manos
logran rodearme el cuello. Me ahoga con ellas, me aprieta la garganta, me obstruye las
vías respiratorias, asfixiándome. Por mucho que lucho, no consigo que sus manos se
muevan. No puedo apartar la mirada de su rostro, de su mirada cruel y de sus dientes
apretados, mientras intenta matarme.
Y como siempre, es su nombre el que susurro mientras agonizo en manos de mi
padre:
—Arsen.
Espero de verdad que no se lo tome a mal. Que no pudo protegerme de mi padre.
Sé que se acabó lo nuestro, pero lo conozco. Pensará que es su culpa. Pero no lo es. Yo
misma lo provoqué. Sabía lo que hacía, así que este no es su crimen. No tiene por qué
sufrir por ello hasta el fin de los tiempos.
Justo cuando mi visión se está quedando en blanco y todos los pensamientos
abandonan mi cuerpo, lo veo.
Veo una máscara de toro.
La veo descender sobre mí, y entonces, de repente, puedo respirar. No siento las
manos de mi padre alrededor de mi garganta. No siento su cuerpo pesado y maloliente
344 aplastándome los pulmones. No sé si es un sueño o si está sucediendo de verdad. Pero
veo a mi padre siendo lanzado al otro lado de la habitación, gruñendo y gimiendo mientras
cae al suelo.
Entonces, el hombre de la máscara se sienta a horcajadas sobre mi padre y lo
golpea una y otra vez. Le estrella la cara contra el suelo, y por mucho que mi padre haga,
no puede quitárselo de encima. Por mucho que mi padre haga, no puede defenderse, y
pronto se queda inerte, igual que aquel hombre de la cabaña hace un par de semanas.
No sé cómo lo hago, pero de alguna manera, me incorporo apoyándome en mi
codo tembloroso y grito tan fuerte como puedo:
—Arsen, no. Por favor. No lo mates. Él no... —Toso y me esfuerzo por articular las
palabras, por mantenerme erguida—. No vale la pena. No para mí.
Y entonces vuelvo a bajar. Lo último que recuerdo haber visto es al hombre de la
máscara -Arsen, el amor de mi vida, mi esposo- levantándose del cuerpo inerte de mi
padre y dirigiéndose hacia mí.

No fue un sueño.
Ese es mi primer pensamiento al recobrar la consciencia. Inmediatamente
después:
Conozco esta habitación. La reconocería en cualquier lugar, aunque solo haya
pasado una noche allí. Aquí es donde empecé cuando llegué por primera vez. En su
habitación del rancho Grayson. También sé que no estoy sola. Hay alguien más en la
habitación conmigo. Alguien que huele a naturaleza y sabe a limonada.
Por alguna razón, tengo más miedo de abrir los ojos que cuando estaba atrapada
con mi papá. O con el hombre que creía que era mi papá. Probablemente porque ahora
tengo tantas ganas de abrirlos y mirarlo cuando debería ir con más calma. Debería ser
precavida. Este es el hombre que amo y que no me corresponde.
Un corazón roto es mucho más doloroso que los huesos rotos.
Así que me tomo mi tiempo y abro los ojos lentamente. Aunque mi padre tardó un
poco en darse cuenta de que estaba despierta, no es el caso aquí. Él ya sabía que estaba
despierta incluso antes de que abriera los ojos, porque los suyos están fijos en mí y él
está sentado al borde de su asiento, con cada línea de su rostro, cada músculo de su
cuerpo tenso y nervioso. En el momento en que nuestras miradas se encuentran, lo veo
ponerse aún más nervioso, deslizándose hacia abajo en la silla, apretando los puños
sobre los muslos, frunciendo aún más el ceño.
Intento levantarme y me doy cuenta de que es difícil. Me tiemblan los codos y
siento un dolor evidente en la columna y el pecho. También en la cabeza. Pero cuando lo

345
veo levantarse de un salto para ayudarme, no me queda más remedio que extender la
mano y pedirle que pare para poder incorporarme sola, sin su ayuda.
No quiero que me toque.
Se detiene bruscamente ante mi gesto, y noto cómo su cuerpo se tensa por el
esfuerzo. Como si tuviera que contenerse físicamente para no correr hacia mí.
Me lamo los labios secos y pregunto:
—¿Tú…?
Tengo que callarme porque siento un dolor agudo en la garganta al intentar hablar.
Probablemente porque mi padre intentó estrangularme. Las lágrimas me asaltan los ojos,
pero de alguna manera las contengo.
Aunque se vuelve muy difícil hacerlo cuando, de repente, aparece un vaso de agua
frente a mí y lo oigo decir:
—Vas a tener dolor de garganta un rato. El médico te dio un analgésico para eso.
—Aprieta la mandíbula un segundo antes de añadir—: Y para otras lesiones.
Le quito el vaso de agua y doy un sorbo. Incluso eso es difícil. Pero el agua ayuda.
Al menos no siento la garganta ardiendo como hace un segundo. Además, he visto y
sufrido cosas peores. Mi padre nunca intentó matarme, pero una vez me dislocó el
hombro. Algo que había olvidado hasta ahora; así que si sobreviví a eso, supongo que
sobreviviré a esto también.
Aunque por lo que parece, Arsen podría no hacerlo.
Porque después de darme el vaso de agua, simplemente se queda ahí parado,
mirándome, con los puños cerrados, la espalda tan recta que debe doler, y las piernas
separadas a la anchura de los hombros. Como si estuviera listo para entrar en batalla y
solo esperara una señal mía.
Sin mencionar su cara. He estado intentando no observarla demasiado de cerca,
pero puedo ver lo cansada que se ve. Tiene más arrugas alrededor de los ojos y la boca
que esta mañana. Y sus ojos están enrojecidos y hundidos. Además, su ropa, su pelo,
incluso sus botas, todo se ve desordenado y arrugado, como si hubiera pasado por un
escurridor. Bueno, vino a salvarme -Dios, por enésima vez-, así que tal vez sí pasó por un
escurridor, pero aun así.
Pero sobre todo, parece… perdido.
Como si estuviera decidido a hacer algo, pero no supiera qué era. Así que lo ayudo.
—¿Puedes…? —Tengo que masajearme un poco la garganta, y parece que va a
perder la cabeza con la dificultad con la que empieza a respirar. Así que trago saliva con
suavidad y susurro—: ¿Puedes sentarte? ¿Por favor? Me estás… poniendo… nerviosa.
Frunce aún más el ceño, pero obedece de inmediato. Como una marioneta de

346 madera, se deja caer en la silla, con la mandíbula palpitando rítmicamente. Dios mío, ¿por
qué tiene que verse tan atormentado ahora mismo? Tan miserable y torpe.
Agonizante.
Me lamo los labios de nuevo y pregunto:
—¿Lo… mataste?
No tengo que dar más detalles sobre quién, porque una expresión violenta cruza
su rostro antes de exhalar como para calmarse.
—No.
Yo también exhalo, pero es un suspiro de alivio.
—Gracias.
Solo consigue enfadarlo.
—Él no...
—¿Cómo… me encontraste? —pregunto interrumpiéndolo.
Porque ya sé cuál es su postura sobre este asunto de matar. Ya sé que está
empeñado en vengarse y en reparar todos los males, y puede hacerlo. Puede vengar a
todo este maldito mundo. Mientras no lo haga por mí, lo aceptaré.
El músculo de su mejilla palpita unos segundos antes de responder:
—Peyton. Nos dio una lista de posibles lugares para buscar en el rancho.
Revisamos un par antes... —Tiene que hacer una pausa para inspirar y exhalar de
nuevo—. Decidí que necesitábamos buscar en otro lugar.
—Mi antigua casa —supongo.
Él me da un breve asentimiento.
Aprieto mis dedos alrededor del vaso mientras pregunto:
—Dijiste que nosotros...
—Rad y yo.
Trago saliva con suavidad otra vez antes de susurrar:
—No deberías haber... hecho eso. No deberías haber venido.
Entonces sus fosas nasales se dilatan. Y su pecho se hincha como una ola. Pero
ni siquiera sus ejercicios de respiración -y parecen serlo, curiosamente- lo calman, y su
voz sale como un gruñido:
—Debería haberlo hecho.
—Estás en libertad condicional —le recuerdo.
—No importa.
—Tú…
347 —Llevaba una máscara.
—La misma que llevabas aquella noche.
—No importa una mierda.
—¿Crees que… no sumarán dos y dos? Si es que no lo han hecho ya. Podrías
volver a la cárcel. Podrías…
—¿Crees que me iba a quedar de brazos cruzados —tronó, enderezándose de
golpe y con la mirada llameante—, mientras me quitaban a mi esposa? Mientras la
sacaban de su cama, de su maldita casa. ¿Crees que me iba a preocupar por mi libertad
condicional mientras tú estabas en peligro? Mientras te ponían en peligro por mi culpa.
Mientras estabas de vuelta en ese rancho de pesadilla donde tu padre te golpeaba.
Mientras yacías en el suelo con sus manos…
En lugar de decirlo, inhala y exhala. Inhala visiblemente y luego exhala. Incluso se
agarra las rodillas y se sienta erguido como si estuviera meditando. Fue entonces cuando
noté algo: una venda alrededor de su palma derecha.
—¿Qué… qué es eso? —pregunto, señalando su mano.
Él no aparta la mirada de mí mientras responde:
—Me corté.
Abro la boca para preguntarle cómo. O sea, sus dos manos se ven destrozadas,
sin duda. Tiene los nudillos hinchados y raspados, la piel roja y amoratada. Pero eso es
por la paliza que le dio a mi padre. Esta venda se ve diferente.
Pero lo ignoro. Ya no es asunto mío lo que le pase. En cambio, lo tranquilizo.
Aunque las cosas no van bien entre nosotros, no quiero que sufra y se culpe por lo que
yo, en esencia, me hice a mí misma.
—Estoy bien —le digo, sujetando el vaso con ambas manos—. Sé que tienes la
costumbre de… echarte la culpa, pero… —Trago saliva y bebo un sorbo de agua porque
me cuesta hablar otra vez—. Lo provoqué. No me habría atacado si no lo hubiera hecho…
Así que no es culpa tuya que me tirara al suelo con sus manos…
Tampoco lo digo, porque sentía que iba a estallar si decía las palabras "alrededor
de mi cuello". Así que lo dejé pasar y lo dejé así mientras continuaba:
—Sabrán que me rescataste y atacaste a mi padre. Brecken no es tonto. Él...
—Una vez más, no importa una mierda.
Me inclino hacia delante, aunque me duele el cuerpo y solo quiero tumbarme.
—¿Qué va a pasar con tu venganza cuando estés entre rejas?
Abre la boca, pero luego la cierra y respira hondo. Luego, con voz grave, dice:
—No es importante ahora mismo, así que quiero que lo dejes, joder.
348 Tiene razón. Ya no es asunto mío. Puede hacer lo que quiera. No es que vaya a
escucharme, ¿verdad? Nunca lo ha hecho y nunca lo hará. Supongo que debería
agradecerle que me haya rescatado una vez más y dejarlo ahí. Además, no es que haya
cambiado de opinión sobre lo de la venganza. Ha dejado claro que nada lo detendrá, ni
mi inútil confesión de amor. Ni siquiera lo que encontré en ese archivo sobre Annie.
—Él no es mi padre —digo de golpe, con los dedos tan apretados alrededor del
cristal que podría romperlo con las manos desnudas.
—¿Qué?
—Mi padre… —digo sin saber por qué se lo digo después de todo lo que ha
pasado—. Él no es mi padre biológico. Hank Turner sí lo es.
Entonces se endereza, o mejor dicho, se endereza más porque ya estaba tenso
como una cuerda.
—Así que, al parecer, soy una Turner después de todo —medio declaro y medio
me río entre dientes porque la ironía es desgarradora. Todo este tiempo necesitó una
Turner para vengarse, pero aun así, de alguna manera, soy la chica equivocada. Quizás
siempre lo seré.
—No eres una Turner.
A diferencia de las mías, sus palabras son pura declaración e incluso después de
tanto tiempo, me desgarran el pecho.
—Mi madre se acostó con Hank Turner en algún momento. Para darle una lección
a mi padre, pero supongo que le salió el tiro por la culata, y ella lo pagó con su vida. —
Niego con la cabeza, mirando el vaso de agua—. Pero da igual porque tienes razón, no
soy un Turner. No soy nadie. Salvo una chica con la que te acostaste.
Supongo que por eso me llevaron. Porque quizá pensaron que le importaba lo
suficiente como para renunciar a su misión. Sí que le importo, pero no lo suficiente como
para renunciar a arruinar su vida.
—Una explosión —dice entonces.
Levanto la vista.
—¿Qué?
—Una explosión en un pozo petrolero —explica—. Iba a manipular su pozo
petrolero, provocar una explosión que destruiría su tierra, su petróleo y todo lo que había
en ella. Dejaría su tierra inservible. Y si no hay tierra, no hay guerra.
Su plan de venganza. Este es. Supongo que tiene sentido quitarles las tierras,
porque lo hicieron todo por ellas. Además, Annie murió en una explosión, así que una
explosión en represalia cerraría el círculo.
—Entonces, mentiste sobre permitirles conservar su negocio y compartir las
ganancias del petróleo y todo eso —digo sin sentido.
349 Claro que mintió. Me dijo que mentía. De nuevo, necesito dar un paso atrás.
Necesito dejar de preocuparme por él y sus aventuras. Necesito idear mi propio plan
ahora. Mi plan para salir, volver a mi antigua vida y, de alguna manera, vivirla.
—Sabes qué, no tienes que decirme nada —digo, negando con la cabeza—. Yo
no...
—La conocí en la feria del pueblo —dice, interrumpiéndome, con los ojos llenos
de algo brillante y reluciente, algo que no logro entender ahora mismo—. Era nueva en
el pueblo. Nunca la había visto antes de ese día. Pensé que era la chica más hermosa
que había visto en mi vida. —Me estremezco, y él lo capta porque me mira con una
intensidad que me dificulta la respiración—. Era un idiota. En aquel entonces. No sabía
de lo que hablaba. Era joven. Estaba caliente, era imprudente. Las chicas se me
insinuaban porque era vaquero, y era un Grayson. Así que, era un vaquero jodidamente
rico cuya familia prácticamente lo tenía todo y a todos. Cuando ella se me insinuó, no
pensé que fuera nada diferente. Lo único que buscaba era pasar un buen rato, un rollo
de una noche. Algo que se me daba muy bien en aquel entonces. Se me daba bien no
comprometerme, no tener relaciones estables. Me creía un pez gordo, un semental.
Niega con la cabeza.
—Pero no era más que un maldito imbécil. Así que, como seguía volviendo a mí,
acepté su propuesta. Le dije que no era nada serio y ella estuvo de acuerdo. Aunque, al
cabo de un tiempo, me di cuenta de que se estaba enamorando de mí. Debería haberla
dejado entonces. Pero no lo hice. —Aprieta la mandíbula antes de continuar—: Estaba
sola, cuidando de su madre enferma y de su hermano pequeño. Trabajaba en el pueblo,
en uno de los ranchos. Era audaz, valiente, aventurera. Todo lo que creía que me gustaba
en una chica. Porque, repito, no quería responsabilidades, nadie que dependiera de mí.
»En fin, de alguna manera, nuestra relación se volvió estable. Ella venía al rancho,
pasaba tiempo con mi familia. Haven, Ax. A los dos les caía bien. A Mars no. Mars
desconfiaba. Pero bueno, Mars siempre desconfía de todo el mundo. En aquel entonces
yo estaba en una etapa en la que lo amaba pero lo odiaba con toda mi alma, así que si él
quería que hiciera una cosa, yo hacía otra. Cuando me dijo que tuviera cuidado con Annie,
que nadie sabía de dónde venía, quién era su gente, le dije que se fuera a la mierda.
También le dije a Rad que se fuera a la mierda. No era tan malo como Mars, pero también
desconfiaba de ella. A veces pienso que por eso la mantuve cerca, como una gran burla
a mi familia. Para demostrarles que no podían controlarme. Joder. —Se frota la cara con
las manos, respirando hondo—. Sueno como un imbécil. Era un imbécil. En fin, al final
todos tenían razón porque un día, a los pocos meses de nuestra “relación”, me lo dijo.
—¿Qué te dijo? —susurro, con mis ojos pegados a él, a su rostro torturado, a su
cuerpo tenso.
—Que trabajaba para los Turner —dice, clavando sus ojos líquidos en los míos, y
me quedo paralizada—. Para Hank Turner. Dijo que lo conoció en el club de striptease
350 donde trabajaba. Le hizo un baile erótico y él, borracho y cachondo, le contó todos sus
secretos. Le prometió pagar las facturas médicas de su madre y ayudar con su hermano
si hacía un favor: encontrar un contacto con los Grayson y averiguar sobre el programa
de Rawhide Redemption para que pudieran quedarse con nuestras tierras. Y ella estaba
tan desesperada que aceptó. Tan desesperada que ideó un plan, seducirme, atraerme y
usarme. Sobre todo porque, siendo el imbécil imprudente que soy, yo era la presa más
fácil. Mars jamás se habría fijado en ella y Ax era tan joven. Así que me encontró, me
abordó en la feria del pueblo, intentando entablar una relación conmigo. Dijo que le
estaba pasando información sobre nuestro negocio, nuestras ofertas por el ganado y
otros contratos, pero que no había averiguado nada sobre lo que él realmente quería de
ella. Y ahora ella tampoco quería. No quería seguir con eso. Ya no podía hacer esto
porque se había enamorado de mí y ella...
Esta vez su aliento es tan profundo que lo siento desde donde estoy sentada.
Siento su aroma flotar sobre mí y me aferro a él, porque por alguna razón creo que lo
peor está por venir. Se avecina algo que me cambiará la vida, y necesito prepararme.
—Estaba embarazada —dice, y se me cae el alma a los pies—. Cuatro meses. Dijo
que era mío, pero no tenía por qué hacerlo porque yo lo sabía. Podía ver la verdad en su
rostro. Estaba asustada, aterrorizada. Dijo que me amaba. De nuevo, tampoco tenía por
qué hacerlo porque yo ya lo sabía. Dijo que no quería traicionarme más. No quería
traicionar a mi familia, que había sido tan buena con ella. Quería empezar de cero, borrar
todo rastro de su pasado. Quería tener este bebé conmigo, criarlo juntos. Y yo...
Respira hondo un par de veces, hace una pausa y me doy cuenta de que me
identifico con Annie. En que se enamoró de él, se enamoró de los Grayson. Lo entiendo.
Cuando me vaya, me doy cuenta de que también los voy a extrañar. A Haven, incluso a
Ax, a Rad. Quizás también extrañe a Mars, solo porque quiere mucho a sus hermanos.
No estoy segura, pero creo que por eso hizo lo que hizo, obtener información sobre
Annie. Comprendo ese sentimiento.
—Lo prometí. Criaría al bebé con ella. Aunque yo… —De nuevo, hace una pausa
como si no supiera qué decir o, mejor dicho, cómo decirlo—. No amaba a Annie, ni un
poquito. Me di cuenta en cuanto me dijo que me amaba. Pero yo la amaba a ella. Al bebé.
Iba a ser una niña. —Traga saliva con dificultad—. Ni siquiera sabía que se podía saber
el sexo del bebé tan pronto, pero al parecer, sí. A las diez semanas, en cuanto supo que
iba a ser una niña, decidió que tenía que decírmelo y, Dios mío, yo… entendí por qué
tenía que hacerlo. Porque en el momento en que supe que existía, algo cambió dentro
de mí. Algo grande. Algo que me transformó. No era algo que hubiera experimentado
antes. Lo único que sabía era que la quería. La quería con todas mis fuerzas en mi vida.
Era mía. Yo la creé. Rose.
—Rose —repito, porque tengo que hacerlo después de la reverencia con la que
pronunció ese nombre.
—Su nombre —dice guturalmente—. Lo supe en cuanto oí hablar de ella. Supe
351 que le pondría el nombre de mi madre. Ella siempre quiso una niña, ¿sabes?, pero le tocó
nosotros tres, los chicos revoltosos. Así que pensé que podía… darle eso. Toda mi vida,
todos me dijeron que era imprudente. Que hacía las cosas sin pensar, y no estaban mal.
Pero en cuanto Annie me habló de Rose, supe que tenía que ser inteligente. Tenía que
pensar bien las cosas, así que… compré un rancho. Lejos de Black Rock. Siempre quise
hacerlo, pero era algo muy lejano. Algo que haría cuando se me pasara la etapa de
revoltoso. Pero sabía que tenía que hacerlo por Rosie. Mi niña no iba a crecer en Rawhide.
Tenía que mantenerla alejada de toda la mierda de los Grayson-Turner. De toda la
sangrienta historia, la rivalidad, la guerra. Le prometí a Annie que la mantendría a salvo
hasta entonces. Hasta que estuviéramos listos para mudarnos. Le dije que me encargaría
de todo. Hank Turner, su familia, todo. Le prometí estar ahí para ella, durante todo su
embarazo, amarla, amar a Rosie. Pero sabía que mentía. Sabía que nunca amaría a Annie,
pero por Rosie iba a intentarlo. Iba a intentar darle todo a mi niña, pero…
Traga saliva de nuevo, pero sé que sus emociones no se calman tan fácilmente.
Sé que el brillo en sus ojos son lágrimas porque yo ya estoy llorando.
—Llegué demasiado tarde. Llegaron a Annie antes de que pudiera ponerla a salvo
y… la mataron. Mataron a mi niña. La "R" en mi espalda. Es por ella. Por Rosie. Ella era…
No había forma de enterrarla. Ella no era… Así que grabé su nombre en mi hombro e
hice de mi cuerpo su lápida. No pude protegerla en el mundo, así que decidí hacerlo,
guardándola dentro de mí.
Aunque es difícil y estoy demasiado débil, aun así me seco las lágrimas para poder
verlo con claridad. Porque no lo dejaré solo en esto. En su dolor, su miseria, su pena... Si
su cuerpo es una lápida para su pequeña, quiero verlo, sus líneas tensas y músculos
rígidos. No quiero dejar que cargue con esa carga solo.
Una vez más, toma una gran bocanada de aire, como dejando que todo pase a
través de él, enterrándola en su interior y manteniéndola a salvo como él quiere.
—Así que ahora lo sabes. Toda la verdad. Y es que fui yo. Arruiné su vida. La de
Annie. Puede que empezara a trabajar para los Turner, pero no terminó así, porque se
enamoró de mí. De un hombre que no la amaba, que ni siquiera sabía lo que era el amor.
Solo quería divertirme. Ni siquiera la protegí de un embarazo accidental. ¿Qué tan malo
tiene que ser un hombre para hacer eso? Y luego le mentí. Le dije que estaríamos juntos,
que la mantendría a salvo, pero no lo hice. Está muerta por mi culpa, porque no me
traicionó. Si no la hubiera engañado, tal vez Hank Turner habría encontrado otra forma
de quedarse con nuestras tierras. Tal vez la habría perdonado, la habría dejado ir. Pero
no lo hice, y él tampoco. Y ella murió por eso. Ella y yo...
No tiene fuerzas para pronunciar el nombre de su niña, así que continúa, con la
mandíbula tensa como el granito.
—Mira, soy como tu padre. Él mató a tu madre y yo maté a la madre de mi hija.
Maté a mi… maté a mi niña también. Y ninguna penitencia será suficiente. Ni condena, ni
cárcel. No tengo una segunda oportunidad. No tengo derecho a vivir. Porque ella no vivió.
352 Da igual si arruino mi vida o si algo dentro de mí muere, porque me lo merezco. Merezco
morir. Perecer. Arder en este dolor por toda la eternidad. Pero tú no.
Ante esto, algo cambia en él. Hasta ahora, había sido un hombre ahogado en el
dolor, pero ahora, un propósito lo inunda.
—No mereces esto. No mereces estar enamorada de un hombre que ha mentido
y roto promesas, que ha destruido vidas. Soy un Grayson. Mi familia está forjada a fuego
y sangre. Hubo un tiempo en que pensé que era diferente. Pensé que podía liberarme,
pero ya no. Esta es mi vida. Este es mi destino. Quiero que este sea mi destino. Sangre,
guerra, dolor. Quiero morir, ¿entiendes? Y tú eres demasiado… pura para todo eso. Estás
demasiado viva para estar enamorada de un hombre moribundo como yo.
Asiento, mis ojos pican, las lágrimas corren por mis mejillas.
—Cuando era joven y mi madre me usaba para protegerse de mi padre, pensaba
en mi futuro. Pensaba en que nunca dejaría que le pasara eso a mi hija. En que moriría
por ella, así que lo entiendo. No creo poder imaginar tu dolor, pero en cierto modo, lo
entiendo. Lo aplaudo porque Dios sabe que no todos los padres son así. Y es una causa
noble morir por alguien a quien amas. Ya hay demasiada muerte y destrucción en este
mundo, demasiado odio, así que ¿por qué no hacerlo sobre amor? Pero entonces... ¿Qué
hay de vivir? ¿Qué hay de vivir por alguien a quien amas? Y es difícil, ¿verdad? Vivir. A
veces mucho más difícil que estar muerto. Entonces, ¿qué tal si en lugar de morir, vives
por ella? Por Rose. Está dentro de ti, ¿verdad? Tú la creaste. Hiciste de tu cuerpo su
lápida. Entonces, ¿qué tal si en lugar de matarte por ella, le das otra vida? Le das tu vida.
Haces todas las cosas que ella no pudo hacer. Vives, respiras, sueñas y eres… libre.
Tiene los ojos muy abiertos y la boca entreabierta. No mucho, pero como casi
nunca muestra reacción, es grande. Eso y el hecho de que puedo leerlo. Puedo ver que
esto nunca se le ha ocurrido. Vivir por su niña. Darle una vida porque tiene el poder de
hacerlo. Y por un segundo, mi corazón empieza a latir de esperanza. Puedo sentir la vida
corriendo por mis extremidades cansadas. Porque tal vez... tal vez esto lo haga detenerse.
Esto lo haga renunciar a su búsqueda y...
Pero controlo mi ritmo. Endurezco mis extremidades y respiro con dolor. Sigue sin
ser asunto mío lo que haga con su vida. Espero que vea la luz, pero ya no es mi trabajo
hacérselo ver. Así que dejo mi vaso a un lado y cruzo las manos sobre mi regazo.
—Pero tienes razón. No eres el hombre para mí. Ahora lo sé. —Una emoción se
dibuja en su rostro, pero aparto la mirada rápidamente porque no quiero descifrarla. No
quiero perder más tiempo del necesario con él—. Y en cuanto pueda, me iré. Pero
mientras esté aquí, ¿puedo pedirte que hagas algo por mí?
—Cualquier cosa.
—Simplemente mantente alejado de mí.
353
354 —¿ESTÁS SEGURA que quieres hacer esto? —pregunta Peyton a mi lado.
Sentada en la cama, doblo la última prenda, un vestido, y la meto en la maleta
pequeña. No puedo creer que este verano haya vuelto a ser como empezamos hace solo
unas semanas. Esta vez, sin embargo, preparo mi propia maleta en lugar de la suya.
Bueno, quizá no mi maleta porque la pedí prestada a Haven, pero aun así.
Cierro la cremallera de mi equipaje y la miro.
—Sí.
Todavía no está convencida. No pensé que lo estaría porque no es la primera vez
que me hace esta pregunta. Aunque le he dado la misma respuesta toda la semana.
—Porque sabes que podrías quedarte aquí —sigue insistiendo.
Pero no me voy a quedar aquí. Le agarro la mano y se la aprieto.
—Sí, estoy segura. —Abre la boca para protestar, pero no la dejo—. Es Bozeman,
¿de acuerdo? Vivo allí desde los once años. Y deberías saberlo porque tú también
estuviste allí. Vivíamos juntas.
—Pero…
—Sin mencionar que voy a volver a nuestro apartamento. Así que todo está bien.
Puedo con ello.
Me mira fijamente unos segundos antes de suspirar.
—Bien. Es que... estoy preocupada por ti.
Se me encoge el corazón porque la amo. Siempre ha sido la única constante en
mi vida, y la voy a extrañar.
—Lo sé. Porque yo también estoy preocupada por ti.
Ante esto, pone los ojos en blanco.
—Estaré bien. Solo es Breck.
Ahora me toca a mí echarle un vistazo. Porque no se trata solo de Breck. Es el
hecho de que su hermano le ha pedido que viva en el rancho durante el verano. El rancho
que ambas dejamos hace años por toda la violencia y el derramamiento de sangre. El
rancho que a mi amiga nunca le gustó. Todavía tenía algunos rincones favoritos en la
propiedad, pero sé que Peyton siempre se sintió atrapada allí. Siempre sentía que no
podía respirar. Y ahora regresa porque esa es la condición de su hermano. Para olvidar
lo que pasó la noche que me secuestraron hace una semana.
Como predije, Breck llamó al día siguiente, en cuanto descubrió que mi padre yacía
medio muerto en nuestra casa, y sabía el papel que habían jugado los Grayson para
liberarme. No solo eso, sino que sabía exactamente quién había acudido a mi rescate; y
cuando Breck amenazó con llamar a la policía, Peyton, mi mejor amiga, mi fiel compañera,
le dijo a Breck que parara o no volvería a verlo. También le contó su participación, no solo

355
en mi rescate (¿cómo se atrevía a secuestrar a su mejor amiga por sus tierras?), sino
también en el plan de venganza.
Sé que lo hizo por mí. No solo porque me quiere y estaba tan sinceramente
preocupada por mí, sino también porque sabe cuánto la quiero... Cuánto significó para
mí que no volviera a acabar entre rejas. Y funcionó. Porque su hermano cedió, pero con
la condición de que pasara el verano en Wildfire. A lo que accedió, pero solo después de
que me recuperara de todas las lesiones que mi padre me causó por culpa de Breck.
Lo que significa que si yo me voy a Bozeman hoy, ella se va a Wildfire.
—Estoy muy preocupada, Pey —le digo, y no es la primera vez—. ¿Y si te utiliza
de alguna manera? ¿Y si necesitas escapar de él y no puedes? Y tu padre… Ahora que
sabemos lo del testamento, que te convierte en un objetivo, tenemos que tener cuidado.
No creo que debas ir.
—Y si no lo hago ¿qué pasa con él?
Esta vez, cuando el corazón se me aprieta, tengo que tomarme un segundo para
que el dolor pase. Durante la última semana, la gente ha sido muy cuidadosa conmigo.
Caminan de puntillas y evitan mencionarlo por completo, aunque todavía vivo en su casa.
Sigo durmiendo en su habitación. Llevo puesta la ropa que me compró. Esto último es
solo porque no tengo otra ropa que ponerme, y después de todo lo que he aprendido
con todo esto, no puedo volver a esconderme. Y bueno, soy valiente y fuerte, pero no
tanto como para cortar todos los lazos con él de inmediato. Por eso también me llevo esta
ropa a Bozeman.
Es el hombre que amo, y el amor no se olvida así como así. Tomará tiempo, pero
no voy a apresurarme. Ya he pasado toda mi vida intentando no sentir nada. Así que si
necesito sentir desamor, que así sea.
Además, lo importante es que sigue cumpliendo su promesa de mantenerse
alejado de mí. Nunca aparece en ninguna de las comidas. Nunca está en el corral donde
vimos a Axton aquella primera vez. Nunca lo veo de pasada por la ventana de la cocina.
De hecho, he visto más a Rebel, su caballo, en los establos cuando salgo a pasear que a
él.
Sí, he empezado a dar paseos como solía hacer en Wildfire. El médico que vino a
revisarme después de mis lesiones dijo que el aire fresco me sentaría bien. Además,
necesitaba mantenerme ocupada o perdería la cabeza, esperando a recuperarme e irme.
Así que, además de ayudar a Haven con la casa, también decidí explorar el rancho y sus
hermosos prados ondulados y cielos azules. Sin embargo, me aseguro de evitar nuestro
granero. Demasiados recuerdos, y ya tengo tantas otras cosas con las que lidiar.
También he encontrado un par de rincones para leer. Admito que cada vez que
salgo a caminar, espero encontrármelo. Tanto que a veces siento un hormigueo en la
nuca y siento que me observa. Siento que me sigue, vigilándome para que no me pierda

356
en sus tierras, y tengo que volver para comprobar si estoy en lo cierto.
No lo hago.
Porque por mucho que quiera protegerme y protegerme de todo, también es muy
bueno cumpliendo sus promesas. O sea, está cumpliendo la promesa que le hizo a su
pequeña, ¿verdad? Prometió mantenerla a salvo y lo está haciendo.
Dentro de él y no buscando venganza.
Dios, está bien. Necesito respirar hondo, porque cada vez que pienso en ello,
quiero derrumbarme y sollozar. De alegría. De victoria. Con todas las emociones que me
hace sentir. Resulta que, tras descubrir el cadáver de mi padre casi muerto a mediodía,
Breck también recibió una llamada de su abogado diciéndole que el matrimonio de
Peyton y el poder notarial sobre su parte del terreno se habían disuelto. No es que fuera
vinculante de ninguna manera, dado que yo había firmado los papeles, y en mi nombre,
nada menos. Aunque esto era exactamente lo que Breck quería, o al menos en parte,
Peyton seguía atrapada en Rawhide y la quería de vuelta. Por eso había llamado en primer
lugar, para preguntar por Peyton. Y cuando ella dejó claro que odiaba a su hermano por
hacerme lo que me hizo, Breck tuvo que recurrir al chantaje.
Pero el punto es que Arsen lo abandonó.
Renunció a su búsqueda de venganza, y pase lo que pase entre nosotros, no
puedo fingir que no me afecta. No puedo fingir que no sé que lo hace por Rose. Por fin,
por fin, va a vivir. Por fin lo superará y dejará que su niña viva a través de él. Como debe
ser.
Él merece vivir sin importar lo que piense de sí mismo.
Así que la semana pasada, mientras él cumplía su promesa de alejarse de mí, yo
también intentaba no buscarlo y simplemente... abrazarlo y aferrarme a él. Simplemente
decirle lo feliz que estoy por él y cómo cada noche lloro por él en mi almohada.
En ese momento, me recuerdo a mí misma que, aunque él y yo tengamos un futuro,
no son lo mismo. No quiero que sean lo mismo. La verdad es que le dije que lo amaba y
él me dijo que me fuera. Así que no voy a rogarle amor a nadie. No voy a preguntarme
por qué no me ama. Ya lo he hecho antes. Así que lo que tengo que hacer ahora es
olvidar que solo soy una chica para él y seguir adelante con mi vida.
Lo que me lleva de nuevo al momento y a la pregunta de Peyton.
—Quizás haya otra manera —le digo—. Además, ¿cómo sabemos que Breck
cumplirá su promesa? Podría llamar a la policía cuando estés allí.
Al parecer, Breck tiene la grabación de la cámara de seguridad de esa noche que
muestra a Arsen y Rad entrando al rancho, y se niega a entregarla o destruirla, alegando
que es su seguro de vida. Algo que a nadie en la familia Grayson le gusta, y con razón.
Excepto a él. A él no le importa, y lo dijo abiertamente. Si bien la cinta no muestra el rostro
de Arsen, sí muestra a un hombre con una máscara de toro, la cual se puede rastrear
hasta la máscara que usó hace ocho años. Rad también llevaba una máscara, pero hay
357 menos probabilidades de que lo hayan descubierto que a Arsen.
Marsden está furioso por todo esto, y ambos hermanos tenían un gran problema
con la imprudencia de Arsen. También con el hecho de que Arsen no quería que Peyton
se fuera, no por él. No quería que nadie arriesgara su seguridad por él. Aunque a Marsden
tampoco le gustaba el estado de Breck, entendía que tal vez no tuvieran otra opción que
entregarles a Peyton. Aunque ninguno de ellos podía compararse con la ira de Rad. Ese
hombre callado fue el que más gritó durante la discusión y dijo sin rodeos que Peyton no
se iba. Lo cual la enfureció, porque ¿quién demonios se creía para decirle qué hacer? Si
ella quería irse, se iría.
En definitiva, fue un desastre total que implicó muchos gritos, insultos y decisiones
importantes. Si hubiera tenido la capacidad de unirme a la discusión, lo habría hecho.
Tampoco quería que Peyton aceptara la condición de Breck. Pero en aquel entonces,
todavía tenía mucho dolor, y lo único que pude hacer fue sentarme en la oficina de
Marsden cuando Breck llamó y dejar que todo se desarrollara, mientras miraba a mi mejor
amiga con miedo.
—No lo hará si sabe lo que le conviene —dice Peyton levantando la barbilla.
—Pero…
Ahora me agarra la mano y me la aprieta.
—Mira, sé que estás preocupada por mí, pero te prometo que puedo con esto. Sé
cómo tratar con mi familia. Estoy más preocupada por ti porque vas a estar sola y... —Se
muerde el labio—. ¿Segura que no puedes arreglar las cosas? O sea, con él.
De nuevo, no es la primera vez que me pregunta esto, hemos tenido muchas
conversaciones durante la semana, repasando todo lo que pasó esa noche, el posible
futuro y mi pasado, pero la punzada de dolor que siento en el pecho es tan reciente como
cuando me lo preguntó a principios de semana. Tengo que soltarme y concentrarme en
juguetear con la cremallera de mi maleta para poder responder:
—No quiere saber nada de mí.
—¿Bromeas, verdad? —Peyton levanta las cejas—. Renunció a todo su plan de
venganza por ti.
—No lo hizo por mí.
Lo hizo por Rose. Lo hizo para mantenerla viva en su corazón, y me siento tan
aliviada por eso, no importa por qué. Me siento tan aliviada de que hubiera algo que
pudiera detenerlo; honestamente, ni siquiera me importa por qué detuvo su plan, solo
que lo hizo. ¿Todavía lo amo? Claro que sí. ¿Y desearía que me amara también? Sí, lo
deseo. Pero no siempre se puede conseguir lo que se quiere. Estoy agradecida de que
al menos se cumpliera uno de mis deseos.
Aunque le conté a Peyton casi todo la semana pasada, esto es lo único que no
puedo compartir porque no me corresponde hacerlo. Pero si ella supiera la conversación
358 que tuvimos justo después de que me rescatara, no estaría diciendo estas cosas.
—Te secuestraron y él accedió a disolver ese estúpido matrimonio al día siguiente
—me dice Peyton como si no lo supiera—. ¿Para quién crees que hizo eso?
—No importa por quién lo hizo —le digo, negando con la cabeza, intentando no
dejar que mi corazón se acelere; no necesito falsas esperanzas—. Lo único que importa
es que ahora estará a salvo. Vivirá y… eso es lo que más deseaba para él. Y sí, lo amo y,
por un tiempo, pensé que era mío. Lo sentí como mío. Lo sentí como mi refugio, mi
aventura. Mi esposo. Pero era falso. Al menos lo de esposo. Ni siquiera estaba mi nombre
en el certificado. No hay nada más falso que eso. En cualquier caso, él no sentía lo que
yo sentía. Le importaba, sí, pero… solo era una chica para él y… solo quiero seguir
adelante.
Además, no es que me esté persiguiendo. Claro, le dije que se alejara. Pero si
quieres estar con alguien, nada ni nadie puede detenerte, ¿verdad? Llevo viviendo en
este rancho la última semana, y si él hubiera querido, si se moría por estar conmigo como
yo me muero por estar con él, podría haberme encontrado, pero no lo hizo.
Admito que me enoja. Me enfurece que aún no haya venido a buscarme. Me voy
en una hora y ni siquiera sé dónde está. Si es que sabe que me voy. Pero no quiero
hacerlo. No quiero que mis recuerdos de él se llenen de ira. No lo quería antes, y
definitivamente no lo quiero ahora que me ha enseñado tantas cosas sobre mí misma. Así
que no quiero pensar más en él.
—Está bien. —Asiente Peyton, aunque de mala gana.
—Te voy a extrañar.
—Yo también te voy a extrañar —dice, dándonos un golpecito en los hombros—.
Hermana.
Me río entre dientes. De toda la miseria y el trauma de las últimas semanas,
descubrir que Peyton es mi media hermana tiene que ser uno de los momentos más
destacados. Ya sabíamos que teníamos una conexión, pero descubrir cuán real era me
hace pensar que todo va a estar bien.
Así es como me despido de Rawhide con una sonrisa en la cara: porque tengo una
hermana. Pero también con el corazón roto porque el hombre que amo no me
corresponde. Ni siquiera está presente en la despedida. Solo Haven y Marsden. Le doy
un fuerte abrazo a Haven y decidimos seguir en contacto. Y aunque Marsden no es muy
accesible, termino abrazándolo y agradeciéndole por darme un lugar en su rancho. Axton
me llevará de vuelta, así que supongo que nos despediremos cuando llegue a la ciudad.
En cualquier caso, seguiré adelante y viviré mi vida.

359
Estoy llorando.
No, estoy sollozando. Estoy hecha un ovillo en mi cama en el apartamento de
Bozeman, haciendo un desastre con las almohadas. Lo cual está bien; no me importan ni
las almohadas ni las sábanas. Son las mismas de cuando me fui hace semanas, así que
están sucias. No tengo fuerzas para cambiarlas cuando siento un vacío en el pecho. Lo
que sí me importa es arruinar las cartas.
Las que escribió desde la cárcel.
Llevo horas leyéndolas y llorando. Pero sus cartas no me hicieron llorar. Fue Axton.
Fue lo que dijo al final, justo antes de irse:
—Por si sirve de algo, yo también quería que fueras mi cuñada. Te abrazaría, pero
Arsen me dará una paliza, así que...
Ya sabía lo que iba a decir, así que lo ignoré y lo abracé de todos modos. No sé
cuándo pasó, pero me fue gustando mucho estas últimas semanas y fue algo muy dulce.
Dulce y desgarrador. En cuanto cerré la puerta tras él, se me saltaron las lágrimas y corrí
directa a mi habitación. Fui a mi escritorio, abrí el cajón donde guardo sus cartas y
empecé a leerlas frenéticamente.
Lo cual solo empeoró las cosas porque ahora que conozco al verdadero él, cada
palabra que escribió como Bo gritaba sobre el hombre que amo. Podía oír su voz mientras
leía, arrastrando las palabras y grave. Podía imaginar sus expresiones, cada vez que las
dejaba salir, cuando me llamó universitaria por primera vez. O insinuó sobre mantener
alejadas a los reclusos. Su voz posesiva cuando me dijo que me alejara de ese profesor
o su voz enojada cuando le hablé de mis padres. Me lo imaginé diciéndome cómo me
tocaría si alguna vez nos viéramos en la vida real, sus ojos oscuros y sus pómulos
sonrojados. Cómo cree que mi cuerpo sería tan suave y cálido y cómo querría dejar sus
marcas en mí.
Luego, para torturarme, leí las cartas que me había escrito en el rancho. Pase lo
que pase, no iba a dejarlas allí. Aunque las había leído incontables veces y recordaba
cada palabra, las volví a leer. Iban desde su color favorito hasta cualquier pensamiento
que le venía a la mente durante el día. Desde un pequeño detalle sobre su infancia hasta
lo que quería hacerme cuando me viera más tarde.
Y horas después, aquí estoy, sollozando y jadeando, con todo este dolor en el
pecho, preguntándome dónde está, qué está haciendo. ¿Podrá dormir? ¿Dónde ha
estado la semana pasada? ¿Cómo es que vivimos en el mismo rancho y no nos
encontramos ni una sola vez? Tiene que ser deliberado, ¿verdad?, de su parte. Porque
no era como si intentara alejarme de él.
Cuando estoy harta de mí misma por ser una patética perdedora que no se mete
en la cabeza que ya se acabó y que debería dejar de darle vueltas a esas cosas, me obligo
360 a levantarme de la cama para lavarme la cara o algo para quitármela de encima. Pero no
llego a dar más de tres pasos porque mi vista capta un destello -un sombrero Stetson
marrón oscuro- a través de la ventana de mi habitación, y me quedo paralizada.
Una figura oscura está parada justo al otro lado de la calle, debajo de un árbol, un
arce de montaña rocosa, mirando hacia mi ventana.
Por unos segundos, solo puedo mirar fijamente. Al árbol. A la figura, tan familiar,
tan dolorosamente familiar que me corta la respiración. Solo puedo pensar en cómo solía
mirar ese árbol cada vez que me sentaba al escritorio para escribirle una carta, y en los
últimos seis meses, se convirtió en mi favorito. Pero jamás imaginé que algún día estaría
allí en persona, y antes de que pueda pensarlo mucho, me seco las lágrimas con rabia y
salgo corriendo de la habitación.
Me apresuro a abrir la puerta de mi apartamento, con prisa por llegar hasta él. Ni
siquiera me aseguro de haber cerrado con llave; simplemente sigo adelante, bajando las
escaleras del edificio más rápido que nunca y saliendo como un rayo por la entrada
principal. En ese momento me detengo, porque él sigue ahí, de pie al otro lado de la calle,
donde lo vi por la ventana.
Solo ahora, mientras lo observo, se me ocurre que quizá no fue real. Quizás lo
imaginé. Eso habría sido mejor que si fuera real. Porque no lo quiero aquí. No quiero verlo
en absoluto. No puede volver a mi vida sin más.
Probablemente debería haberlo pensado antes de salir corriendo descalza y con
mi vestido arrugado del viaje. Porque en cuanto me ve, se levanta del árbol y empieza a
caminar hacia mí.
Por alguna razón, me enoja muchísimo. Sus pasos largos y su sombrero Stetson
bajo, que proyecta una sombra en la parte superior de su rostro, impidiéndole ver sus
ojos y saber qué está pensando. Aunque, salvo en contadas ocasiones, ¿cuándo he
podido saber qué está pensando? Pensarlo me enfurece aún más, y cierro los puños a
los costados, lista para recibirlo.
—Ese es mi árbol —digo de golpe cuando está a unos pasos de mí.
Al oír mi voz, se detiene y por fin puedo verle la cara. Bajo un foco, nada menos,
por la farola junto a la que estoy. A pesar de mi enfado, no puedo evitar devorar sus
rasgos con la mirada. No puedo evitar catalogar cada pequeño detalle de ellos porque no
pude hacerlo la semana pasada. La última vez que lo vi fue en la oficina de Marsden
durante la llamada de Breck. Estaba de pie al otro lado de la habitación, en un rincón que
pensé que Rad habría elegido para sí mismo. Mantenía los brazos cruzados sobre el
pecho y la cabeza gacha con su sombrero Stetson puesto, así que no había posibilidad
de que yo viera nada. Marsden fue el único que habló por teléfono, mientras que el grupo
formado por Peyton, Rad, Haven y Axton se apiñaba alrededor del escritorio. Solo habló
cuando Breck mencionó su condición para que Peyton lo visitara. Lo cual rápidamente
derivó en una acalorada discusión que tuvieron que cortar la llamada para resolver.

361
Aunque ahora que por fin puedo mirarlo, no sé cómo me siento. Primero, porque
todo en él es tan contradictorio en este momento. Su ropa está muy arrugada, pero su
cuerpo parece completamente erguido. Ha vuelto a crecer su barba incipiente, lo que
debería darle un aspecto desaliñado, pero no es así por su mandíbula apretada. Y aunque
sus ojos están enrojecidos y lucen completamente exhaustos, puedo ver que están alerta
y despiertos. Debería verse perdido como la noche que me rescató, pero, de alguna
manera, parece recién encontrado. Y entonces lo entiendo.
Espero que sea por mí. Todavía espero que me quiera.
Espero que sea porque probablemente también me está mirando por primera vez
en la última semana; y sus ojos me están observando frenéticamente, devorándome como
yo lo he estado devorando a él. Odio eso. Odio que mi vista lo haga parecer como si
hubiera encontrado el paraíso después de una larga caminata recorriendo el mundo
cuando sé que no significa nada. No quiero que signifique nada.
—Ese es mi árbol —repito cuando lo único que hace es mirarme.
—Tu favorito —me dice como si no lo supiera. Como si no hubiera sido yo quien
se lo contó en mis cartas—. El que salvaste.
Además de decirle que era mi favorito, también le dije que lo iban a talar. Y fue él
quien me dijo que debía reunir al vecindario y manifestarme. Lo hice y, por lo tanto, lo
salvé. De alguna manera, esta información me enfurece aún más. Porque, ¿qué otra
opción tenía sino enamorarme de él siendo tan... dulce? Odio eso. Odio que siempre
haga cosas así. Odio estar doblando los dedos de los pies descalzos sobre el cemento
por lo nostálgica que suena su voz. Es ridículo; lo escuché hace seis días. No ha habido
tiempo suficiente para sentir la estúpida nostalgia que me recorre el cuerpo.
Por eso digo algo completamente infantil:
—No puedes pararte debajo de eso.
Y aun así, responde como si fuera la conversación más apasionante de todos los
tiempos.
—No sabía dónde más pararme para tener una vista clara de tu ventana. —Antes
de que pueda decir nada, añade—: No deberías estar aquí.
—No deberías estar aquí afuera —lo acuso.
—¿Por qué no estás durmiendo?
—¿Por qué no duermes? —sigo acusándolo, pero al oír esto, me doy cuenta de lo
ridículo de nuestro intercambio. Sé por qué no duerme. Porque no puede. Porque, al
parecer, me necesita. Soy su hipnótica. Mi aroma es lo que lo adormece; y lo odio, pero
no lo suficiente como para tomarlo a la ligera.
Voy a disculparme, pero parece no importarle mientras me mira fijamente con el
ceño fruncido.

362 —¿Tú... estás llorando?


Esto me devuelve la ira y aprieto los puños con más fuerza.
—Sí, la verdad es que sí. —Se estremece y siento un poco de pena por él, pero
no lo suficiente como para no continuar—: Porque extraño Rawhide. Extraño a la gente
que conocí allí. Haven, Ax, Rad. Incluso Mars. ¿Por qué te molesta? Que los extraño y
estoy llorando por ellos.
Sé que lo que hago es una mezquindad. No quería que le dijera que lo iba a
extrañar al irme, así que ahora lo estoy aporreando con la palabra. También sé que me
dije a mí misma que debía ser digna con todo esto. Que no importa si no me quiere. Que
estoy completamente bien y que puedo con todo. Pero todo se fue al traste en cuanto lo
vi bajo mi árbol.
¡Al diablo con la dignidad! ¡Que se joda por arruinar mis planes de ser digna! ¡Tiene
que sufrir! Aunque no lo parezca. Al contrario, parece estar despertando y cobrando vida,
incluso más que antes. Con cada segundo que pasa, las arrugas alrededor de su boca se
atenúan. Y sus ojos brillan con más intensidad mientras niega lentamente con la cabeza.
—¿Los extrañas? No. ¿Lloras por ellos? Sí.
—Bueno, no tienes opción. Si quiero llorar, lloraré. Si quiero llenar cubos con mis
lágrimas, también lo haré. No tienes voz ni voto.
Aprieta la mandíbula y el arrepentimiento se refleja en su rostro, como si el día
pasara.
—Lo sé.
Me resisto.
—Entonces, ¿podrías explicarme por qué necesitas una vista clara de mi ventana?
—Así puedo ver cuando apagas la luz.
—¿Y por qué necesitas ver eso?
Inspira hondo, hinchando el pecho.
— Así que sé que estás en la cama.
—De acuerdo, pero...
—A salvo —añade y me quedo sin aliento.
Porque por fin entiendo lo que hace, y aunque es difícil, no demuestro emoción
con mi tono cuando pregunto:
—¿Es por lo que pasó la semana pasada? Porque me llev...
No termino la frase y digo "me llevó". Porque igual que la noche que me rescató,
empieza a respirar más rápido al mencionar mi secuestro. Como si aún no lo hubiera
superado. Como si hubiera sucedido hace solo unas horas en lugar de una semana. Y
aunque entiendo por qué se siente así, porque yo también me asusto de vez en cuando,
sé que estoy a salvo. Sé que no volverán por mí. Ni siquiera mi padre, que ahora mismo
363 está en una cama de hospital, en coma, por culpa de este hombre que tengo delante. Su
rescate fue total.
Niega con la cabeza, lo cual es más o menos un gesto de desdén, mientras
responde:
—No puedo estar tranquilo si no sé que estás donde se supone que debes estar.
En tu habitación o con Haven o Ax. Saliendo a pasear, a salvo.
Me fijé en que dijo "paz" y no "dormir", porque, repito, no tiene mucho de eso
cuando no estoy. También me fijé en las otras cosas que mencionó, y sin poder
contenerme, pregunté, o más bien acusé:
—¿Has estado... has estado vigilándome?
Su respuesta es inmediata:
—Sí.
—¿Cómo?
—Solo preguntaba por ti. A Haven, Ax, Peyton. Incluso a Rad. —Se humedece los
labios, y me niego a reconocer lo brillantes que se ven—. Te seguía cuando salías a
caminar. Me quedaba afuera de tu puerta, esperando a que la luz se apagara por debajo.
—Y yo que pensaba que te había dicho que te mantuvieras alejado de mí.
—Sí. —Asiente—. Me aseguré de no avisarte de mi presencia ni de encontrarme
contigo.
Así que ahí está mi respuesta. Intentaba pasar desapercibido a propósito. Aunque
quiero decirle que lo sabía. Al menos, cuando caminaba. Podía sentirlo. Claro, nunca
podría confirmarlo, pero lo sabía. Pero eso no importa. Lo importante es, de nuevo, no sé
cómo me siento. Por un lado, me alegra que haya cumplido mis deseos; y por otro, me
enoja que me haya dado lo que quería. Y como el enojo es una emoción más fuerte en
este momento, sigo acusando:
—Básicamente, me has estado acosando todo este tiempo.
Exhala mientras dice:
—Acoso es más del estilo de Rad, pero si quieres llamarlo así, está bien.
Aprieto los dientes.
—Sí, quiero llamarlo así porque es lo que es.
—Yo lo llamo de otra manera.
—¿Sí? ¿Qué?
Sus ojos se mueven alternativamente entre los míos mientras dice con voz ronca:
—Que te esté vigilando, observándote desde la distancia, y que finalmente haya
dejado Rawhide para seguirte a Bozeman, no es acoso. Yo lo llamo vivir.
364 Mi voz suena aguda y mi corazón está en la punta de mi lengua cuando pregunto:
—¿Te… te mudaste a Bozeman?
Él asiente brevemente.
—Sí.
—Eso es... —Niego con la cabeza, mirándolo con incredulidad—. ¿Estás loco?
¿Has perdido la cabeza por completo?
—Aún no.
—No puedo... —Respiro hondo—. ¿Te das cuenta de lo loco que es esto? Esta es
la ciudad. Quizás no sea la ciudad más bulliciosa ni la más grande del mundo, pero está
abarrotada. Es mucho más abarrotada que Black Rock, que tu rancho. Y odias las
multitudes. No de la forma en que te molesta la gente. Aunque sí te molestan, pero de
una forma más real y sintomática.
Tiene la mandíbula apretada, y espero que lo desestime o que lo deje pasar. Pero
lo único que hace es encogerse de hombros -aunque con mucha fuerza- y responder:
—Un pequeño precio a pagar por vivir.
Esta vez, cuando usa esa palabra, por fin puedo oírla, y no es nada bueno. Porque
he podido contener mi ira todo este tiempo. He podido concentrarme en distracciones
en lugar del hecho más importante de todos: que él está aquí. Pero ahora, mi tregua se
acaba y tengo que afrontar la realidad.
Y el hecho es que él está aquí para mí.
Él también lo ve: por fin he aceptado la verdad, porque su pecho se hincha de
nuevo y traga saliva con dificultad.
—Pensaba contártelo algún día. Aunque no sabía que sería esta noche. No era mi
intención cuando vine. Solo… quería darte las gracias.
—¿Qué?
Vuelve a tragar con dificultad.
—Por salvarme la vida.
—Yo no...
—Por salvarle la vida. A mi… Rosie.
Ante esto, me quedo sin palabras. Las palabras se me atoran en la garganta y lo
único que puedo hacer es mirarlo con los ojos irritados. Él niega con la cabeza, mirando
por encima de mi hombro.
—Nunca se me ocurrió. Honrarla de esa manera. Nunca pensé que pudiera…
Sabía que nada la traería de vuelta, pero no creía que hubiera forma de mantenerla con
vida. Pensé que la había perdido, y sé que suena extraño porque nunca la tuve, pero…
La sola idea de ella era tan… real. Tan vívida y visceral que… perdí un poco la cabeza.
365 —Entrecierra los ojos mientras continúa hablando, como si viera algo a lo lejos que nadie
más puede—. Nunca he sido muy bueno usando la cabeza. Siempre he sido así, pero
supongo que empeoró mucho cuando mis padres fallecieron. Mamá era la única a la que
escuchaba, pero cuando se fue… Todos los chicos nos volvimos muy revoltosos. Me
arrepiento de muchas cosas en mi vida.
Sus ojos volvieron a los míos.
—Ya lo sabes. Pero lo que más lamento es lo que te hice. Y no me refiero a lo que
hice antes, cuando te mentí y… —aprieta la mandíbula—, te secuestré. Todavía me
arrepiento de eso, pero… me refiero a cómo te traté cuando me lo contaste. Me contaste
tus sentimientos. Fuiste tan valiente esa noche, ahí parada, con el cuerpo y el alma al
descubierto… Estabas más hermosa que nunca. Orgullosa y vulnerable. Preciosa. Tan
fuerte que…
Hace una pausa para llevarse la mano al pecho y frotarse un poco. Creo que ni
siquiera se da cuenta, porque su mirada vuelve a tener una mirada perdida, como si me
estuviera imaginando aquella noche.
—Me duele el pecho. —Continúa, volviendo a mirarme—. Me duele todo el cuerpo,
me quema el haberte alejado. En vez de abrazarte y darte lo que querías: mi verdad. En
aquel momento, me dije que lo hacía por tu bien. Te alejaba, te decía que huyeras, te
rompía el corazón porque era lo correcto. Y quizá fue porque, Dios sabe, nunca he sido
un hombre digno. Ni siquiera antes de que me encarcelaran. Fui un imbécil. Mentí
también entonces. Usé a las mujeres. Nunca las respeté lo suficiente como para
quedarme. Fui egoísta, me divertí y luego me desquité. Pero he estado reflexionando
mucho esta última semana y la verdad es que me asustas. Me asustaste con solo leer tus
palabras y me asustaste aún más cuando te vi con ese vestido blanco que te dije que te
pusieras. Me hiciste sentir demasiado.
»Me haces sentir demasiado. Contigo, no sé qué está bien ni qué está mal. No sé
ni dónde estoy parado. No sé si debería ir más despacio o más rápido. Te alejo, pero no
te suelto. Te acerco, pero tengo miedo de aferrarme. Todo en ti me asusta. Tu fuerza, tu
valentía, cuando yo siempre he sido un cobarde con las emociones. Cómo puedes ser
vulnerable, cuando yo no sé cómo. Cómo puedes llenar todos los vacíos de mi pecho,
cuando yo sigo rompiéndote el corazón. Me asusta que merezcas mucho más y mucho
mejor que yo. Que un exconvicto endurecido, con un millón de arrepentimientos, que
solo volvió a respirar cuando tú lo hiciste. Cuando llenaste sus pulmones con el aroma de
tu ranúnculo. Cuando llenaste sus pesadillas con sueños. Cuando lo hiciste dormir.
Aprieta la mandíbula y sus fosas nasales se dilatan con una respiración
entrecortada.
—No tengo nada que ofrecerte, solo un pasado sangriento y antecedentes
penales. Ni siquiera sé cómo desenvolverme en el mundo exterior. Me asfixio rodeado de
gente. No puedo dormir sin abrazarte. Apenas soy un hombre, así que me aterra estar
366 aquí diciéndote esto, pero mereces saberlo. Mereces saber que te amo. Estoy enamorado
de ti. Eres la única mujer a la que he amado.
Él niega con la cabeza, con los ojos brillantes de emoción.
—No sé nada de esto, de este sentimiento. No sé cómo manejarlo. No sé cómo
sobrellevarlo, excepto que cuando pienso en mi vida, pienso en ti. Pienso en hacerte
sonreír, hacerte reír. En mantenerte a salvo, protegerte, cuidarte. Pienso en concederte
todos tus deseos, hacerte feliz. En estar junto a tu ventana para asegurarme de que
duermas bien. En seguirte a donde vayas y protegerte para que nada malo te alcance.
Cuando pienso en mi vida, pienso en cómo la salvaste. Y en cómo la única forma en que
puedo pagarte es viviéndola. Estando vivo, mantengo a Rosie con vida. Así que me mudé
a Bozeman porque quería vivir y el único lugar donde quiero vivir es donde estás tú.
367 HA PASADO UNA SEMANA y todavía sigue viviendo su vida.
Si seguirme a todas partes es lo que llamas vida, y al parecer, él sí. Se queda fuera
de mi ventana todas las noches y no se va hasta que apago las luces. Cada mañana, al
salir para el trabajo, lo encuentro de nuevo de pie bajo mi árbol favorito, esperándome. Y
luego me acompaña hasta el refugio para mujeres maltratadas donde hago voluntariado
este verano. Después desaparece a quién sabe dónde y luego vuelve a la hora de comer.
Así puede seguirme a una cafetería cercana (no a la que nos conocimos; evito esa a
propósito) y verme pedir mi té y mi muffin de fresa con migas. Me doy cuenta de que no
es realmente el almuerzo, pero es todo el apetito que tengo últimamente. En fin, una vez
que como, me acompaña de vuelta (a cierta distancia) al refugio y vuelve para hacer lo
mismo cuando termina el día y necesito volver.
Ni una sola vez durante esta semana se me ha acercado ni ha intentado hablar
conmigo. Bueno, salvo el primer día, cuando dejó una nota en mi puerta. La vi al volver
del trabajo. Decía: “Tienes que almorzar”. Porque debió de verme pedir mi muffin y no le
gustó. No voy a mentir, me molestó un poco. Tanto que quité la nota pegada a la puerta,
la abrí y me asomé a la ventana. Como siempre, estaba allí bajo el árbol, esperando a que
se encendieran las luces para saber que estaba en casa a salvo. Como si algún peligro
pudiera acecharme mientras subía dos tramos de escaleras desde la puerta principal del
edificio hasta mi apartamento en el tercer piso.
Lo miré fijamente a través del espacio, fingí levantar la nota, la aplasté en mi mano
y la tiré a la papelera que tenía en la otra. Admito que mi enojo solo duró unos quince
minutos. Entonces volví a la papelera, saqué su nota y la guardé en el cajón del escritorio
con todas sus demás cartas y notas. Luego le escribí una nota y salí a colgarla en el árbol.
Estoy almorzando. PD: Tienes que dejar de seguirme.—R
A lo que él respondió:
Un muffin de fresa con migas no es un almuerzo. PD: No puedo.—A
Lo es, si así lo quiero. PD: Sí, puedes.—R
Si no empiezas a comer bien, tendré que decírselo a Haven. Y ella ya está
preocupada por ti. PD: No. —A
¿Me amenazas con delatarme? PD: En mi trabajo piensan que eres un pervertido.
—R
Sí, lo soy porque, repito, necesitas comer. PD: No me importan los demás. —A
Eres un imbécil. Como lo que quiera. PD: ¿Y si llaman a la policía? Sigues en
libertad condicional. —R
Llamé a Haven hoy. Dijo que va a enviar comida con Ax. Puedes congelarla hasta
que estés lista para comer. PD: Repito, no me importan los demás. —A
Llamó a Haven, y ella me llamó al día siguiente, preocupada. Le dije que estaba

368 bien y que la extrañaba. Me dijo que fuera a visitarla pronto. Acepté porque no quería
parecer grosera, pero ambas sabíamos que mentía. Y luego lloré durante horas -de
hecho, parece que lo hago todas las noches- porque no puedo creer que me haya
delatado y que mi congelador esté ahora repleto de la deliciosa comida de Haven. No
puedo creer que durante la última semana nos hayamos pasado notas como si
estuviéramos en primaria y que siga sin querer irse.
Así que hoy, en mi octavo día, he decidido tomar cartas en el asunto. Cuando lo
veo de pie junto al árbol mientras salgo para el trabajo, en lugar de ignorarlo y seguir mi
camino, me dirijo hacia él. Lo veo enderezarse al verme cruzar la calle hacia él, y luego
lo veo observarme. Me fijo en mi vestido rosa de encaje -es uno de los vestidos que me
compró- y en mis Mary Janes. Mira mi trenza colgando sobre mi hombro, y por unos
segundos, sus ojos se quedan pegados al extremo que se mece, apretando los puños a
los costados como si imaginara tocarla, mi pelo.
Justo cuando llego a él, levanta la vista y le pregunto:
—¿Qué le pasó a tu mano?
No era la pregunta que pensaba hacerle. Así que me sorprende que saliera, pero
tiene sentido porque tiene una venda en la palma derecha y se parece a la que tenía la
noche que me rescató. Y ya lleva dos semanas con ella, ¿no debería estar curada?
—Me corté la mano —dice sin apartar los ojos de los míos.
—¿De nuevo?
—Sí.
—¿En el mismo lugar?
—En el mismo lugar.
—¿Cómo es eso…? —Respiro profundamente y lo dejo ir antes de preguntar—:
¿Dónde vives?
Se revuelve sobre sus pies.
—En el barracón.
—¿Qué barracón?
—El rancho donde trabajo.
Frunzo el ceño.
—¿Trabajas aquí?
Sus labios se crispan ligeramente, y juro por Dios que parece el Arsen de Rawhide,
todo engreído y arrogante con su Stetson, su camiseta oscura y sus vaqueros
descoloridos. Su barba incipiente ha vuelto a ser incipiente, pero su pelo está creciendo;
puedo ver los mechones rizándose en su nuca. La expresión dura solo un instante, sin
embargo, y luego vuelve a ser una contradicción. Agotado hasta los huesos, pero tan
vivo, como si su vida nunca hubiera sido mejor.
369 —¿Qué otra cosa estaría haciendo?
—No sé, ¿volver a Black Rock? Trabajar en tu rancho. Domar caballos, pensar en
tu futuro. Un montón de cosas así.
—No puedo irme.
Enrosco y desenrosco los dedos.
—¿Cuánto tiempo vas a seguir así?
—¿Seguir con qué? —pregunta casi alegremente, como si entrenar conmigo a
primera hora de la mañana lo pusiera de buen humor.
—Esto. Siguiéndome, observándome, parándote bajo mi ventana, escribiéndome
notas.
Hace una pausa para observarme.
—¿Me preguntas cuándo voy a morir, cariño? Porque esto no va a parar. No hasta
que mi último aliento abandone mi cuerpo.
—No me llames así —digo con el pecho apretado y el vientre agitado.
Por un instante parece que va a replicar, y Dios, lo espero con ansias. A pesar de
todo, espero a que me dé la oportunidad de responderle con sarcasmo. Pero tras unos
segundos de observación, su pecho se hincha con un suspiro.
—Llegas tarde al trabajo. Yo también.
Me señala con la barbilla, pidiéndome sin palabras que me vaya, pero no me
muevo. En cambio, le digo:
—Te estás torturando.
Aprieta la mandíbula porque sabe que tengo razón.
—Estoy bien.
—No, no lo estás —insisto con tono urgente—. Al principio pensé que solo era el
café, pero vives en una barraca, Arsen. Con quién sabe cuántos vaqueros. Tienes que
parar. Tienes que volver.
Necesitas ayuda.
No lo digo, pero sé que me entiende. Porque tengo razón. Necesita ayuda, ayuda
para desenvolverse en el exterior. Sobre todo en lugares concurridos, restaurantes,
barracones. Cada vez que lo veo a la hora del almuerzo, su actitud es diferente. Está
nervioso e intenso, su figura más firme. Para el mundo exterior, probablemente parezca
amenazante y peligroso con la mandíbula apretada y los ojos negros como la boca del
lobo, pero para mí, parece estar teniendo momentos difíciles.
La primera vez que apareció durante el almuerzo, finalmente até cabos desde el
principio. Cuando nos conocimos en ese café. ¿Por qué se veía tan intenso y alerta? Era
370 su TEPT, entre otras cosas. Y ahora, cada vez que viene, quiero acercarme a él y
sacudirlo para que entre en razón.
—Puedo cuidarme solo —gruñe, moviendo la mandíbula de un lado a otro.
No sé cómo lo hago, pero logro evitar darle un puñetazo en la cara por ser tan
testarudo. Lo único que hago es mirarlo fijamente y preguntar:
—¿Quieres verme entonces?
—Nunca quiero dejar de mirarte.
Su tono me acelera el corazón, pero me concentro solo en mi ira, como me ha
pasado esta semana.
—Bien. Adelante, obsérvame.

Es diabólico lo que estoy haciendo, pero es necesario hacerlo.


No me ha dejado otra opción. Lo he intentado todo: mirarlo fijamente de camino al
trabajo, ignorarlo de vuelta, escribirle notas repetidamente para decirle que se vaya. Pero
no me escucha. No se va, y yo quiero que se vaya.
Lo necesito.
Tenía razón esa noche. No merezco un hombre como él. Un hombre que me
rompe el corazón una y otra vez. Un hombre que me desnuda, también una y otra vez.
Que miente, me engaña y luego viene hasta aquí para agradecerme por haberle salvado
la vida como si fuera una heroína en lugar de una chica patética y enamorada que tiene
dificultades para contener su justificada ira hacia él. Ah, y luego se tortura a diario.
No importa si me ama, porque ya es demasiado tarde. Tenemos demasiada historia
y miseria entre nosotros.
Así que esta es la única manera de despedirlo, aunque me dan ganas de vomitar.
Sobre todo cuando el chico sentado frente a mí me agarra la mano en la mesa con una
sonrisa que me revuelve el estómago. Esto no era lo que tenía en mente cuando me
imaginaba tener una cita con otro hombre.
Trabaja en el refugio y siempre ha sido amable conmigo, sonriéndome cuando
llego a trabajar, dándome las buenas noches con la mano al final del día. Sobre todo, no
es vaquero. Sus padres tienen un rancho, pero a él nunca le interesaron esas cosas. Es
licenciado en ciencias políticas y psicología. Así que parecía el candidato perfecto para
invitarlo a cenar. Aunque debo decir que no le dije que era una cita. Solo le dije que me
encantaría cenar con él esta noche y ponernos al día porque soy nueva aquí. Así que esta
es una cita solo para simular. Para mi acosador, que no me deja en paz. Pensé que si
quería mirar, debería darle algo que mirar.
También le dije a Colt (así se llama) que pediríamos comida para llevar y

371
comeríamos en el parque en lugar de en el restaurante abarrotado y cerrado. Quiero que
Arsen se vaya, que no siga siendo torturado. Al menos afuera tiene la opción de moverse
o buscar un rincón solitario, algo que a veces le gusta hacer cuando las cosas se ponen
difíciles, sobre todo durante las fogatas en el rancho.
Respiro aliviada cuando llega la comida y Colt tiene que soltarme la mano para
recoger la bolsa de papel marrón. En cuanto salimos, sé que me sigue; también estaba
en el restaurante, en una mesa en un rincón apartado. Y estaba al otro lado de la calle
del refugio para acompañarme de vuelta al apartamento al final de mi jornada laboral. Salí
con Colt hoy, sin embargo, por primera vez, así que no sé cómo le afectó. Tampoco sé
qué pensó del desvío que dimos a este restaurante.
Pero ahora que vamos caminando al parque, no puedo ignorar su calor. Es tan
intenso que lo siento rozarme la espalda. Me roza la nuca, me pica la piel desnuda de los
brazos. Y solo quiero detenerlo. Quiero decirle a Colt que esto fue un error, que no me
interesa. Nunca me interesará él ni ningún otro hombre porque solo hay un hombre al
que quiero y ahora mismo nos está siguiendo.
Justo cuando me giro hacia Colt, él se gira hacia mí y me toma la mano de nuevo.
La sorpresa me detiene. Estamos a una cuadra del parque, en la acera con un callejón
entre dos edificios. Parece un buen lugar para hablar y terminar con este encuentro
incómodo. Pero él es el primero en hablar:
—Nunca pensé que serías tú quien invitaría a un chico a salir.
¡Uf! Así que sabía que era una cita. Lo hace aún más incómodo, pero tengo que
seguir adelante.
—Eh, sí, sobre eso. Creo que...
—Eres la chica más hermosa que he visto jamás —dice, mientras sus ojos
marrones brillan.
—Oh, yo… Gracias. Pero es que…
—Y la verdad —continúa, inclinándose un poco hacia mí—, eres justo mi tipo. —
Esto se está poniendo feo rapidísimo, así que respiro hondo para prepararme para
explicarme, pero no me deja—. Me gustan las chicas con curvas. Y todo eso… —Hace
una pausa, gesticula con las manos y señala mi pecho y luego mi trasero—. Esto es
jodidamente increíble.
Avergonzada y francamente ofendida, doy un paso atrás y finalmente hablo:
—No creo que esto vaya a funcionar.
Pero o no me escucha o prefiere ignorarme, porque en cuanto amplío la distancia
entre nosotros, la cierra y obviamente tiene la intención de tocarme con la boca. Puedo
oler el ajo en su aliento del almuerzo. Pero antes de que pueda hacer contacto, lo
empujan.

372 Lo han arrastrado de vuelta, porque mi acosador ha decidido hacer notar su


presencia.
Agarra a Colt por el cuello mientras lo estrella contra la pared. Colt gruñe y tose,
pero Arsen no le da tiempo a recuperar el aliento antes de retroceder y golpearlo en la
cara. Y antes de que Colt pueda recuperarse, Arsen le asesta otro puñetazo. Luego se le
acerca a la cara, le rodea el cuello con los dedos y gruñe:
—Aléjate de ella, carajo. ¿Crees que puedes tocarla? ¿Crees que puedes tocar lo
que es mío?
—¡Arsen! —grité, y su voz grave me sacó de mi estado de shock. Con el corazón
acelerado, corrí hacia ellos—. ¡Arsen, suéltalo!
No me escucha. En cambio, observo cómo su bíceps se abulta más y a Colt se le
salen los ojos de las órbitas.
—¿Y si llama a la policía? Podrías volver a la cárcel. Para ya.
Pero claro, no me hace caso. Al contrario, aprieta más fuerte y su expresión se
vuelve aún más amenazadora. ¿Cuándo ha logrado detener a este hombre la amenaza
de la policía? Así que le digo lo único que sé que lo hará parar:
—Arsen, si no paras, yo… yo no te volveré a hablar. No te volveré a escribir una
nota y yo…
Así, sin más, lo suelta. Sus dedos alrededor del cuello de Colt se aflojan y se aparta
de él, girándose hacia mí. Colt se desploma y tose mientras cae de rodillas en el
pavimento. Pero ninguno de los dos le presta atención. Arsen está concentrado en mí,
mientras yo lo estoy en él.
Observo su pecho respirando agitadamente, sus manos apretadas, su mandíbula
apretada mientras digo:
—No soy tuya.
Se limpia la boca con el dorso de una mano mientras me observa, mi pecho
agitado, mis mejillas sonrojadas.
—Lo hiciste a propósito.
Mi corazón late fuerte.
—Podrías haberlo matado.
Sus fosas nasales se dilatan con una gran bocanada de aire.
—Se lo habría merecido por ponerte las manos encima.
Levanto la barbilla temblorosa.
—Quería sus manos sobre mí.
Su mandíbula se tensa.

373 —No, querías hacerme enojar.


—Creí que querías mirar —lo provoco—. Así que te di algo para mirar.
—Y ponerte en peligro en el proceso.
Trago saliva mientras un pequeño escalofrío de miedo me recorre la espalda.
Racionalmente, sé que estábamos al descubierto, así que probablemente podría haberme
librado del beso que Colt iba a darme. Pero aun así, ninguna chica quiere que la besen
sin su consentimiento. Así que, maldita sea, agradezco que haya venido. Pero no necesita
saberlo, así que miento:
—Estuvo bien. Estuve bien. No hacía falta que irrumpieras y me salvaras el día.
—Cuando se trata de ti, siempre irrumpiré y salvaré el día. O moriré en el intento.
—Dios mío —gruño, dando un pisotón—. ¿Y qué hay de los demás chicos? ¿Eso
es lo que vas a hacer cuando empiece a salir con otros? Vendrás, les darás un puñetazo
y los espantarás.
Su pecho se estremece con una gran respiración y algo violento atraviesa sus
facciones.
—Si te hacen daño, sí.
—Ah, ¿y qué? ¿Ahora eres mi guardaespaldas? ¿Un chico tiene que pasar tu
examen para ser considerado digno de mí?
—Nadie —gruñe, con la violencia de nuevo reflejada en su rostro—, es digno de
ti. Nadie jamás será digno de ti. Nadie jamás será digno de respirar en tu dirección ni de
compartir el mismo espacio que tú. Nadie jamás se acercará. —Luego, con un profundo
suspiro que parece diseñado para calmarlo—.Pero me conformaré con alguien que no te
haga daño ni te haga llorar. Ni que te ponga las manos encima en un callejón cuando no
quieras.
Y no lo quisiste.
No lo dice, pero está claro que lo dice en serio; y, Dios mío, estoy harta de él. Estoy
harta de su expresión torturada, de su angustia, de su terquedad protectora. La verdad
es que estoy tan feliz de que haya puesto fin a esta farsa que empecé por razones que
no recuerdo ahora mismo. Y no puedo permitirlo. No puedo permitir que me derrita así.
¿Qué dice de mí si sigo perdonándolo por todos sus crímenes? Si sigo dándole segundas
oportunidades.
—Por milésima vez, ¿de acuerdo? Vete. Vete, vete, vete... Vuelve a tu rancho.
Sus ojos se entrecerraron furiosos y su pecho vibró con sus siguientes palabras:
—Y por milésima vez, no me voy. No me voy a ninguna parte. No voy a desperdiciar
mi vida viviendo en un lugar donde tú no estás. Un lugar donde no puedo protegerte,
mantenerte a salvo, cuidarte. Aunque tenga que hacerlo desde lejos. Y puedes llamarme
tu guardaespaldas o lo que te dé la gana, pero sabes quién soy. Sabes que soy el hombre
al que salvaste. Sabes que soy el hombre al que trajiste de vuelta de la muerte. Soy el
374 hombre al que le enseñaste a soñar de nuevo. Soy el hombre al que dejaste tocarte con
sus sucias manos de vaquero criminal. Me diste el privilegio de tocarte y no te voy a
defraudar olvidando eso.
»No me importa si tengo que verte irte con otro hombre y si tengo que
autolesionarme a cada rato para no arruinarle la vida solo porque le sonreíste; lo haré
igual. Caminaré entre las llamas. Caminaré entre explosivos. Si eso significa poder
mirarte. Así que si quieres ignorarme, adelante, ignórame. Si no quieres mirarme, mira a
otro lado. Puedes pasar a mi lado y fingir que estoy muerto. Puedes seguir con tu maldito
día como si no existiera. Me matará, pero lo soportaré. No me voy, porque estoy marcado.
Me marcaste cuando me salvaste la vida. Así que no me voy, y tienes que entendértelo
de una vez y dejar de hacer el ridículo.
¿Sabes qué? ¡A la mierda! ¿Cómo se atreve? ¿Cómo se atreve a desquitarse de
mis palabras y a decir que está marcado cuando ni siquiera sabe lo que significan?
Cuando ni siquiera sabe cuánto me duele ignorarlo y fingir que no existe. Así que, sin
pensarlo dos veces, me lanzo sobre él. No me importa que Colt siga tosiendo y jadeando
cerca de nosotros. No me importa que estemos en medio de una acera y que, aunque
hasta ahora estábamos solos, cualquiera podría pasar y ver a una loca con un vestido
rosa golpeando a un vaquero enorme que no hace nada por detenerla.
Simplemente le da a mi imprudente lanzamiento un lugar seguro donde aterrizar:
su pecho. Simplemente me mantiene pegada a él con su brazo alrededor de mi cintura
mientras sigo golpeándolo, abofeteándolo, arañándole la mandíbula y la cara. Y mientras
lo hago, me oigo sollozar. Me oigo llorar y cantar cuánto lo odio. Cómo lo hace todo tan
difícil. Cómo siempre, siempre lo hace. Y si esta es su forma de protegerme y
mantenerme a salvo, entonces no lo está haciendo bien, porque él mismo sigue
haciéndome daño.
No sé cuánto tiempo sigo mostrando mi ira, pero en algún momento, me quedo
sin fuerzas y me desplomo contra su pecho. Hundo la nariz en sus pectorales y lo inhalo,
mis pulmones se llenan de su olor almizclado y natural, mi cuerpo cansado y mi corazón
destrozado descansan en la cuna de sus brazos flexionados. Me doy cuenta de que ya
no estamos en la acera, sino en el callejón. Puedo ver la pared de ladrillos en la que se
apoya mientras me mece.
A pesar de todo, mi corazón lo encuentra poético. Empezó en un callejón cuando
me agarró, así que debería terminar en uno también. Tragando saliva, levanto la vista y
nuestros ojos se entrelazan.
—Te odio.
Su pecho se estremece.
—Lo sé.
Miro los arañazos en su cara, sobre todo uno grande en la mandíbula.
—Te hice sangrar.
375 —Merezco más.
Le agarro la camiseta.
—Nunca te irás, ¿verdad?
Me aprieta la cintura con los brazos y su voz suena casi triste, como si me diera
una mala noticia.
—No.
—¿Tú…? —Le retuerzo la camiseta, con el corazón acelerado—. ¿De verdad me
amas?
Sus ojos se vuelven líquidos y brillantes, y me aprieta contra su cuerpo otra vez.
—Sí.
—No sabes lo que es el amor —le digo.
Algo parecido al dolor cruza su rostro y su respiración se entrecorta.
—No.
Le hundo los nudillos en el pecho y me pongo de puntillas.
—¿Y entonces cómo es que eres el único que sabe amarme?
Me observa un instante, sus ojos yendo y viniendo entre los míos. Cuando
comprende lo que está viendo en mis ojos, en mi cara, lleva la mano a mi cara y niega
con la cabeza.
—Ay, cariño, no. No lo hagas. No me perdones...
—¿Así que te has estado autolesionando? —lo interrumpo.
Me ahueca la mandíbula con la misma mano y traga saliva.
—El dolor me ayuda a concentrarme.
Se me cae el corazón al estómago.
—¿Con qué frecuencia?
Su pulgar roza mi mejilla.
—Solo cuando no puedo controlar el impulso de verte. De enterrar mis buenas
intenciones y derribar puertas para ir a verte. De observarte dormir. De abrirme paso
entre la multitud y encontrarte para tocarte. —Luego, tras una pausa, y con su pulgar aún
acariciando mi piel—: Ser bueno no me resulta fácil, cariño, pero lo intento y no pienso
fallar.
Me toma unos segundos recuperar el aliento, pero cuando lo logro, esfuerzo las
piernas para erguirme aún más.
—Vas a parar.
Él frunce el ceño.
376 —¿Qué?
—Cortándote —ordeno—. Y vas a ir a ver a alguien por tu TEPT. —Antes de que
pueda protestar, le digo—: No voy a discutir contigo. Lo has hecho a tu manera y ahora
será a mi manera.
Me observa un instante antes de asentir brevemente, y yo dejo escapar un suspiro
de alivio. Pero aún no ha terminado, porque tengo un par de cosas más que arreglar.
—Mañana vuelves a tu rancho.
Eso lo hace detenerse y vuelve a fruncir el ceño.
—Pensé que simplemente...
—Allí también hay refugios, ¿verdad? —Continúo—. En Black Rock. —Se pone
tenso, pero continúo—: Dijiste que yo también podía trabajar allí, si quería. No me atarías
a tu cama ni nada.
Sus rasgos son firmes cuando dice:
—Reverie, no.
—¿Por qué?
—Porque no puedes perdonarme. No merezco ser perdonado. Yo...
—No depende de ti, ¿verdad? —le digo, apretando más fuerte su camiseta—.
Como si no dependiera de ti que me enamorara de ti. No dependía de ti cuando decidí
ser valiente y decírtelo. Hice lo que hice por mi cuenta. Sabía que me arriesgaba y sí, me
salió el tiro por la culata, pero, repito, no depende de ti decirme cómo manejarlo.
—Pero yo...
—Siempre me estás dando órdenes, diciéndome que haga cosas. Me estás
poniendo en situaciones donde no quiero estar. Pero, repito, no depende de ti. No puedes
decirme cómo sentirme ni qué hacer. Puedo decidir por mí misma. Puedo decidir si
quiero estar contigo o no. Si quiero perdonarte o no. Lo único que puedes hacer —respiro
hondo—, es disculparte.
Ya habíamos tenido esta conversación antes, cuando me trajo al rancho y decidió
terminar porque creía que era lo mejor para mí. Puedo ver el recuerdo en sus ojos. Pero
no dejé que decidiera por mí entonces, y no voy a dejar que lo haga ahora.
Aun así, se inclina hacia delante y argumenta:
—Pero no puedo prometerte que nunca volveré a hacerte daño.
—No te pido que me prometas eso.
—No puedo prometer que no te haré llorar.
—Eso tampoco lo pido.
377 Hace una pausa para respirar por la nariz, luego lleva la otra mano a mis mejillas.
Me acuna la cara y apoya su frente sobre la mía.
—¿Qué es lo que me pides?
Le agarro las muñecas y estiro el cuello para susurrarle cerca de la boca:
—Que siempre me amarás a tu manera, como yo necesito. Como solo tú sabes.
—Siempre.
—Y nunca olvidarás vivir.
—Nunca.
Cierro los ojos y las lágrimas me resbalan por las mejillas. Lágrimas de felicidad.
Lágrimas de alivio. Lágrimas por todo lo que me ha hecho pasar y por todo lo que ha
pasado por mí. Y también lágrimas por todo lo que pasó antes. Por todo lo que pasó hace
ocho años.
—¿Sabes? —empiezo, susurrando contra su boca mientras me limpia las
lágrimas—, ¿lo valiente que eres? Qué hermoso y fuerte y yo… soy tan… Sé que me
llamas valiente. Sé que me llamas hermosa, pero no podría haber hecho lo que hiciste.
No podría haber… Me duele el pecho cuando lo pienso, cuando pienso en Rosie. Yo
también sueño con ella. La veo por la noche y creo que se parece a ti. Y cada día, llevo
esa imagen en mi corazón. Porque supongo que necesita todos los corazones del mundo
para poder vivir, para poder prosperar. Y porque eso es todo lo que puedo hacer por ti y
a veces me hace sentir tan inútil. Tan inútil que no puedo… ni siquiera puedo imaginar el
dolor correctamente. Ni siquiera puedo asimilar que te doy lo que necesitas. Y tú… lo
hiciste. Lo dejaste. Por Rosie. Por...
—Por ti.
—¿Qué?
Tiene los ojos húmedos. Veo agua en los bordes y me rompe aún más el corazón
que no deje caer sus lágrimas. Que las beba y las absorba en su interior en lugar de
dejarlas salir porque todavía cree que merece vivir un infierno por sus fracasos. En ese
mismo instante, prometo cambiar eso. Si le he dado la vida, también puedo enseñarle a
vivirla en paz. Él me enseñó a vivir la mía, así que esto es justo.
—Lo dejé por ti.
—¿Yo?
Traga saliva con dificultad, sintiendo cómo su nuez se contrae.
—Cuando supe que te habías ido. Que ellos… —Tiene que respirar hondo de
nuevo—. Sabía lo que tenía que hacer para recuperarte. Sabía lo que pedirían. Así que…
llamé al abogado. Lo llamé para que lo liquidara todo. No importaba la tierra, la venganza.

378 Nada importaba cuando el precio era demasiado alto. Cuando el precio eras tú. —Apoya
su frente contra la mía, sus dedos presionando mis mejillas—. Aun así, seguía empeñado
en morir. Empeñado en destruirme. Pensé en irme a algún lugar, vivir el resto de mi
maldita vida lejos de toda la gente a la que he herido. Lejos de ti. Para no hacerte más
daño, para no hacerte llorar. Para no romperte el corazón. Pero entonces tú… —Sigue
apoyando su frente contra la mía, su respiración entrecortada y dulce—. Me mostraste
un camino mejor. Me mostraste que Rosie podía vivir y…
Capturo sus palabras con mi boca. Porque son tan preciosas, tan frágiles y hechas
de azúcar, que necesitan ser protegidas a toda costa. Necesitan mantenerse a salvo
dentro de mí, en mi lengua, en mi torrente sanguíneo, para poder recordarlas para
siempre. Puedo recordar que él es el único que me ha elegido.
Una y otra y otra vez.
Ni siquiera sé cómo lo encontré ni cómo él me encontró, pero no lo dejaré ir. Nunca
lo dejaré ir. Y se lo digo con mi beso. Se lo digo cuando le lleno los pulmones de aire y él
me responde cuando hace lo mismo. Nos besamos y nos besamos hasta que el mundo
se detiene y el tiempo pierde todo su sentido.
Hasta que susurra:
—Te amo.
—Yo también te amo —susurra.
—No te dejaré ir. Por mucho que discutas. Voy contigo a Black Rock.
—Sí, lo harás —dice con voz áspera, seguido de las palabras más dulces que
alguien haya dicho jamás en este mundo—. Hasta que la muerte nos separe.
ESTOY CORRIENDO.

Voy tan rápido como mis pies me llevan, pero no parece suficiente. No parece que
pueda escapar. Es mi vestido. Es largo y pesado, con una cola de encaje y una falda de
tul, que atrae constantemente zarzas y follaje. Se engancha constantemente, haciéndome
379 tropezar, alterando mi velocidad.
En mi tercer tropiezo, oigo los pasos y el corazón me da un vuelco. Son
retumbantes y potentes. Hacen temblar el suelo. Incluso alteran la gravedad, así que
siento como si mis extremidades fueran de plomo. Aun así, lo intento. Sigo empujando,
moviendo las piernas, corriendo por el bosque. Pero cuando mi falda se engancha de
nuevo y tropiezo, sé que se acabó el juego.
Voy a caer.
Y tengo razón cuando, en lugar de caer al suelo, me encuentro con un par de
brazos que me atan como cuerdas y amortiguan la caída. Me sentiría aliviada de no caer
al suelo tan brutalmente como pensaba, pero no es así, porque son precisamente los
brazos de los que he estado huyendo. Así que mis primeras palabras son:
—Por favor, no... por favor, no me h-hagas daño.
Estoy en el suelo, boca abajo, recostada sobre esos brazos, y lo siento respirar
contra mi espalda. Siento su pecho subir y bajar, su peso pesado y sofocante. Y entonces
me dice directamente al oído:
—Shh, ni una palabra más.
Mis dedos aprietan el polvo.
—Pero yo...
Siento cómo niega con la cabeza lenta y deliberadamente, mientras chasquea la
lengua.
—Si sigues rompiendo las reglas tan pronto, voy a tener que ponerle fin a esto, y
la diversión apenas está comenzando.
Mi corazón late tan rápido que me sorprende poder oír su voz. Y mucho menos
entender la implicación de sus palabras cuando esos brazos se deslizan desde mi vientre
hasta el corpiño de mi vestido, tirando y jalando, haciéndome romper su regla otra vez.
—Por favor, no mi...
Su suspiro impaciente detiene mis palabras, y el miedo me recorre la espalda.
—¿No tu qué?
Jadeo, el sudor se acumula en mi espalda con su calor.
—Mi vestido. No... no lo rompas.
—¿No? —dice con una voz suave y sedosa.
—No, por favor, no. No…
—¿Por qué no?
—Es mi… mi vestido de novia.
Tararea, su pecho vibrando contra mi espalda, haciéndome gemir.

380 —Joder, sí que lo es, ¿verdad? Te vi caminar hacia el altar con él puesto. —Se ríe
entre dientes, con una risa áspera y casi furiosa—. Casi me corro en los pantalones
viendo cómo rebotaban tus tetas con eso puesto. ¿Elegiste esto para tu marido?
Trago saliva.
—S-sí.
—Sí, seguro que sí. Seguro que le gusta, ¿verdad? También le gusta verlas rebotar
—dice bruscamente, agarrando uno de mis pechos con los dedos y apretándolo.
Tan fuerte que me hace arquearme y gemir, avergonzada de hacer esos ruidos
con un agarre tan violento.
—Sí, lo hace.
—Pero apuesto a que no le gusta que otros lo vean, ¿no?
—No.
—Sí, lo sabía. Parece un cabrón, tu nuevo marido. ¿Le pegaba a la gente por ti?
—pregunta, apretándome la teta rítmicamente.
Me cuesta mucho contener mis gemidos, pero hago lo que puedo. También hago
lo que puedo para responder a todas sus preguntas, para seguir su juego, pero cada vez
me cuesta más concentrarme. Con su peso, sus dedos feroces, sus palabras. Tan sucio
y, Dios me ayude, tan erótico.
—No quiero que lo haga —susurro.
—¿No? Seguro que ese imbécil no te hace caso.
—A-a veces lo hace cuando yo...
—¿Cuando qué?
La vergüenza me quema las mejillas mientras respondo:
—Le digo que si… si lo deja pasar, puede… puede metérmelo en el culo.
Su pecho se estremece con una risita divertida.
—Sí, eso lo hará escuchar. También tienes un trasero saltarín, ¿verdad, cariño?, y
apuesto a que le encanta.
—A él le encanta.
—No lo culpes —me susurra al oído—. Pero te diré que le tengo muchísima
envidia. Que se la toques todas las noches.
—Por favor, solo…
—¿Qué más? —me interrumpe—. ¿Qué más haces para calmarlo?
Ay, Dios, no puedo decir esto, ¿verdad? No es… del todo apropiado. No es lo que
una buena chica hace para que su nuevo marido la escuche. Pero tengo que hacerlo o
no lo dejará pasar.

381 —A veces le digo que… —trago saliva, hundiendo los dedos en la tierra—, me folle
delante de ellos. Para que sepan… para que sepan a quién pertenezco.
Se ríe de nuevo, pero esta vez con fuerza, como si le costara mantener la
compostura.
—Ah, qué putita tan dulce.
Sus palabras van acompañadas de un brutal apretón en mi teta y me arqueo de
nuevo.
—Por favor.
—Entiendo por qué ese imbécil quiere matar por ti. Por qué quiere quemar el
mundo para protegerte. Sigue en libertad condicional, ¿no? —espeta—. Seguro que eso
tampoco le importa. Seguro que irá a la cárcel por ti también, si eso significa que puede
matar a quien te mire.
Se me revuelve el corazón en el pecho y lucho bajo él.
—Para... deja de llamarlo imbécil. Mi marido no es un imbécil.
Su pecho se hincha con una respiración, y un segundo después, su peso
desaparece y me levanta del suelo. Me da la vuelta y me pone de rodillas, y finalmente
me enfrento a mi atacante. Como cualquier otro invitado de la boda, lleva traje, pantalón
y chaqueta negros. Pero aparte de su estatura, que es mayor que la de cualquier otro
hombre en la boda, lo único que lo distingue y lo hace tan aterrador es la máscara que
lleva.
La máscara de un toro con cuernos.
Me tiembla el estómago al verlo, y tengo que controlar la respiración para no
desmayarme de miedo. Y, Dios mío, qué emoción. Baja la cara y veo cómo se le mueven
los labios.
—Eres una bocazas, ¿verdad? —Me agarra el pelo y me tira, estirándome el
cuello—. Veamos para qué más sirve esta boquita. Me hiciste verte caminar por el pasillo
con ese vestido y una erección de mil demonios, ¿verdad? Así que, ¿qué tal si pones tu
boca en mi polla enfurecida y la calmas como si te fuera la vida en ello? Como si hubieras
nacido para hacerlo. ¡Llévame a la mierda, joder!
Me tira hacia adelante, pero le pongo las manos en sus muslos, que son como
troncos de árbol, y lo detengo. Lo miro y le susurro:
—Por favor... no te corras en mi boca.
Observo cómo aprieta la mandíbula con barba y juraría que sus ojos negros como
la noche se entrecierran tras la máscara. Su agarre en mi pelo se vuelve aún más brutal
mientras gruñe:
—¿Qué tal si me dejas dar todas las órdenes mientras tú te concentras en
seguirlas? Quieres irte de aquí, ¿verdad? Quieres a tu marido. —Asiento rápidamente—
. Entonces, haz lo que Dios quiso que hicieras con tu boca de chupapollas y chúpame la
382 polla y déjame preocuparme de dónde echar mi semen.
Con su respiración, no creo que más súplicas salgan bien. Su cuerpo se sacude
con sus respiraciones violentas, y puedo ver que no deja de apretar la mandíbula, como
si esperar le doliera. Es mejor para mí si le doy lo que quiere para poder ver por fin a mi
marido.
Así que me pongo manos a la obra. Le bajo la cremallera y lo saco. Es tan grande
y gorda. Está goteando, furiosa y rubicunda. Entiendo por qué estaría enfurecida. Apuesto
a que esa cosa duele. Así que, con las rodillas hundidas en la tierra, me inclino hacia
adelante y le pongo la boca encima. Y luego lo chupo como dijo que quería. Como si mi
vida dependiera de ello. Como si Dios me hubiera hecho para esto, y mi trabajo fuera
estar de rodillas frente a él, complaciéndolo, calmándolo, chupándole la polla.
Lo que significa que no le doy la oportunidad de obligarme a tragarlo más
profundamente porque llego primero. Lo trago más y más profundo con cada mamada
hasta que, en lugar de mi boca, me folla la garganta. Y en lugar de quedarse ahí parado,
erguido y estoico, echa la cabeza hacia atrás y se estremece con cada embestida de mi
boca. Cuando sus muslos se tensan y parece que va a correrse, me aparta de su polla
por el pelo y me da la vuelta. Mis rodillas y mis manos vuelven a tocar el suelo; la tierra y
la grava me marean aún más que antes.
Más mareada, más asustada. Más excitada. No debería estarlo, no en este
momento, pero no puedo evitarlo. Nunca, jamás, puedo evitar estas cosas.
Siento cómo me sube la falda larga y llega hasta mis bragas. Me las baja, pero no
me las quita del todo. Deja la goma clavándose en mis muslos mientras alinea su pene,
lubricado con mi saliva y su propio líquido preseminal, con mi entrada. Se inclina sobre
mi espalda, me penetra y susurra con voz ronca:
—Querías que me corriera dentro de tu coñito de universitaria, ¿verdad? —
Asiento, cerrando los ojos con fuerza—. Entonces que no se diga que nunca te di nada.
Con eso, me penetra con fuerza y gimo más fuerte que nunca. Aunque es tan
grande, tomándome por detrás, no es un aullido de dolor. Es por lo excitada que estoy y
cómo su pelvis rebota contra mi trasero carnoso.
De hecho, el dolor ayuda. El dolor de su invasión, de sus embestidas brutales y su
agarre en mis caderas lo hace todo aún más glorioso. La única traba es que ya no puedo
fingir. No puedo seguir el juego. Su polla, como su voz, es como un suero de la verdad,
y no puedo fingir que huía de él. Y que no quería que me atraparan.
Quería que lo hiciera.
Si es él quien me atrapa, no quiero escaparme nunca más.
—Oh Dios, eres tan... —gimoteo, todas las pretensiones se han ido.
—Grande. —Termina en mi oído.

383 —Sí.
—Eso es porque llevo seis meses follándote y todavía eres tan pequeña.
Vuelvo a meterle el puño en la tierra, sintiéndolo palpitar dentro de mí.
—Te s-siento...
—En tu vientre, ¿no?
—No… es demasiado. Así.
—Para cuando termine contigo, cariño, me vas a sentir en la garganta, ¿sí? Así
que deja de quejarte y tómalo como la dulce esposa que eres —dice mi esposo, y yo
gimo.
Me folla como el toro que es. Tan rápido y duro, como si corriera hacia la meta. Y
supongo que lo hace porque lo obligué a verme caminar hacia el altar con este vestido.
Que compré específicamente para él. Sabía que lo volvería loco y lo haría enfadar. Y
quería que se enfadara para que pudiéramos hacer esto. Para que pudiera perseguirme
por el bosque con su máscara. Mi salvador de hace tanto tiempo. Un peligro para los
demás, pero un refugio seguro para mí. Cuando me persigue por el bosque, me siento
tan segura y libre.
Tan viva.
Sin embargo, no tan viva como me siento ahora. Con él embistiéndome,
follándome, poseyéndome, poseyendo cada centímetro de mi ser. Cuando estoy a punto
de correrme, algo que él puede sentir, me levanta. Me pega la espalda a su pecho,
moviendo las caderas, y yo me agarro a sus cuernos y me aferro a ellos.
—Dime —me susurra al oído otra vez, como suele hacerlo estos días.
Aunque no siempre. Justo cuando las cosas se le ponen difíciles. Cuando recuerda
cómo me alejaron de él y cómo me lastimó tanto que casi me pierde. Así que, aunque me
cuesta concentrarme con mi canal pulsando sobre su longitud, le respondo:
—Soy tuya.
—¿Y quién soy yo?
—Mío.
—Dime tu nombre.
—R-reviere.
—Como un sueño, ¿no?
—Tu sueño.
—¿Y cuál es mi nombre, cariño?
—Arsen —gimo—. Como mi fuego.
Esas son todas las respuestas que puedo darle, porque decir su nombre es como
magia y llego al límite. Me corro alrededor de su polla, mi orgasmo desencadena el suyo,
384 y lo siento correrse dentro de mí, su polla se sacude y pulsa, disparando su semen. No
en un condón, sino dentro de mí, desnuda y a flor de piel. Porque lo deseaba.
Lo quería como regalo de bodas. Aparte de esta persecución por el bosque.
Hace cinco meses, nos mudamos de nuevo a Black Rock. Encontré un puesto de
voluntaria en un refugio local y, cuando llegó el otoño, me cambié a una universidad en
la ciudad. Aunque la vida ha sido buena, viviendo en el granero con el hombre que amo,
siendo aceptada en una familia que encontré en lugar de la que me tocó nacer, quería
que nuestra vida comenzara cuanto antes.
Por eso, cuando un día mencionó que se casaría conmigo al terminar su libertad
condicional, me puse firme. Le dije que no quería esperar tanto. Llevaba meses
esperando que me lo pidiera formalmente y se casara conmigo de verdad, así que no iba
a esperar casi dos años. Así que cedió.
Pero luego dijo que teníamos que esperar al menos a que terminara la universidad
para formar una familia. Para entonces, su nuevo rancho -el que le compró a Rosie hace
mucho tiempo- y su negocio de doma de caballos también iba viento en popa. Me puse
más firme.
Así que aquí estamos, casados y tratando de tener un bebé.
Cuando bajamos de lo alto, me baja con suavidad al suelo y me da la vuelta. Me
cubre con su cuerpo y, quitándose la máscara, posa su boca sobre la mía. Me da besos
suaves, tan suaves como intensos eran nuestros encuentros amorosos.
—Oye —susurro abriendo los ojos.
Sus ojos oscuros reflejan preocupación.
—¿Estás bien?
—Ajá.
—¿Eso no fue muy duro?
Le dedico una sonrisa dichosa.
—Fue perfecto.
Me observa sonreír un momento antes de acercarse para darme otro beso
cariñoso y relajado. Cuando termina, me toca preguntar:
—¿Estás bien?
Sus rasgos se tensan un poco, pero luego dice:
—Sí.
Le ahueco la mandíbula.
—¿La boda no te resultó demasiado?
Traga saliva.
385 —Al principio.
—¿Pero luego?
Se humedece los labios, recorre mi rostro con sus ojos negros como la noche.
—Entonces te vi caminar hacia el altar, radiante como un sueño, y me olvidé de
todo lo demás. El mundo podría estar en llamas y ni me habría dado cuenta.
Sonrío de nuevo, aliviada. Aunque insistí en que viera a alguien por su TEPT, me
preocupaba que estuviera entre la multitud. Cuando me propuso matrimonio una noche,
junto a su arroyo favorito -me regaló un anillo, se arrodilló y todo-, le dije que no quería
una boda a lo grande, que solo él, yo y su familia estaría bien. Pero dijo que ya lo había
hecho una vez. Ya había arruinado mi día especial y lo había teñido de sangre, así que lo
iba a hacer bien. Y si eso significaba aprender más ejercicios de respiración y pasar unas
horas entre la multitud, lo haría.
Mi marido está loco en ese sentido.
Pero la ceremonia fue preciosa. Estaba toda su familia, junto con todos los
trabajadores del rancho. Rad fue su padrino, y obviamente, Peyton fue mi dama de honor.
Pero lo más memorable fue ver a mi esposo al final del pasillo, con un traje que le quedaba
como un guante y su sombrero Stetson marrón. No creo que haya otro hombre en el
mundo más guapo que Arsen.
Le rodeo el cuello con los brazos y le doy un beso en la mandíbula.
—¿Intentas engatusarme?
—Depende —me devuelve el beso—. ¿Está funcionando?
—Sí. Para ser un vaquero curtido con historial, aprendes rápido.
—¿Qué puedo decir? Eso es porque para ser una universitaria ingenua, eres una
buena maestra.
—Te amo.
—Eres mi vida —dice, y me encanta eso más que esas dos palabras porque es su
forma de declararme su amor. Y solo él sabe amarme bien.
—Feliz día de boda, esposo —susurro sonriendo.
Tararea y me besa de nuevo. Suave, delicadamente. Hasta que me quedo sin
aliento. Pero aún puedo decir:
—Hasta que la muerte nos separe.
Me mira fijamente un instante antes de decir con voz áspera:
—No, ni siquiera entonces. Porque ni la muerte puede separarme de mi esposa.

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Saffron A. Kent es una autora superventas del USA Today de romances eróticos
para adultos jóvenes, incluyendo “The Unrequited" y "Medicine Man". Tiene una maestría
en Escritura Creativa y vive en Nueva York con su esposo, un friki que la apoya, su hija y
un sinfín de libros.
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