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ROBERTO ROSIQUE. Tijuana. La Tercera Nacion. 20 AÑOS ATRÁS

20 AÑOS ATRÁS: TIJUANA LA TERCERA NACIÓN De Tijuana a Madrid (ARCO 05) Roberto Rosique Justificación: Recupero esta reseña sobre la experiencia de Tijuana: La Tercera Nación en ARCO’05 porque, aunque Gardel insista en que “veinte años no es nada”, dos décadas constituyen hoy una distancia que pesa y expone tensiones aún no resueltas. Pesa porque, al revisar el presente, constatamos la ausencia de un acontecimiento articulador, estratégico y de proyección internacional comparable a aquellas irru

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ROBERTO ROSIQUE. Tijuana. La Tercera Nacion. 20 AÑOS ATRÁS

20 AÑOS ATRÁS: TIJUANA LA TERCERA NACIÓN De Tijuana a Madrid (ARCO 05) Roberto Rosique Justificación: Recupero esta reseña sobre la experiencia de Tijuana: La Tercera Nación en ARCO’05 porque, aunque Gardel insista en que “veinte años no es nada”, dos décadas constituyen hoy una distancia que pesa y expone tensiones aún no resueltas. Pesa porque, al revisar el presente, constatamos la ausencia de un acontecimiento articulador, estratégico y de proyección internacional comparable a aquellas irru

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20 AÑOS ATRÁS: TIJUANA LA TERCERA NACIÓN

De Tijuana a Madrid (ARCO 05)


Roberto Rosique1

Justificación:
Recupero esta reseña sobre la experiencia de Tijuana: La Tercera Nación en ARCO’05 porque,
aunque Gardel insista en que “veinte años no es nada”, dos décadas constituyen hoy una distancia
que pesa y expone tensiones aún no resueltas. Pesa porque, al revisar el presente, constatamos la
ausencia de un acontecimiento articulador, estratégico y de proyección internacional comparable
a aquellas irrupciones tijuanenses —inSITE, la Bienal Internacional de Estandartes y Tijuana: La
Tercera Nación— cuya fuerza simbólica y política evidenció la potencia creativa que nos
caracteriza como región. La Trienal de Tijuana: Internacional Pictórica —actualmente en pausa
indefinida— respondió parcialmente a esa necesidad, pero se revela insuficiente ante la magnitud
y complejidad del caudal creativo regional, que hoy opera en niveles de investigación, compromiso
y reflexión crítica que demandan —y justifican— una circulación más amplia fuera de nuestras
fronteras, marcadas por persistentes problemas sociales y estructurales.

Insistir en la difusión de estas prácticas no es un gesto de promoción localista, es una


necesidad cultural y política, pues muestra al exterior otras formas de agencia estética desde la
frontera, donde el arte resiste, en tanto que produce, imagina y propone con una potencia que
interpela las narrativas hegemónicas. Recuperar, analizar y actualizar aquella experiencia no busca

1
Texto publicado el domingo 28 de agosto de 2005 en mi blog “arteparaque?
[Link]
nostalgia, sino recuperar su capacidad de interpelación para exigir nuevos espacios de visibilidad
—más rigurosos, más estratégicos— que sitúen a Tijuana nuevamente en el mapa internacional
del arte contemporáneo.

I
Hace apenas unos años habría sido difícil imaginar que un contingente de artistas tijuanenses —
nativos y no nativos— hiciera acto de presencia y exhibiera sin reservas su trabajo en una casa
solariega del viejo continente, y menos aún con el estruendo con que lo hicieron. En 2005, México
fue el país invitado a la Feria Internacional de Arte Contemporáneo de Madrid (ARCO). Sin
embargo, la veintena de galerías mexicanas que presentaban lo más destacado de sus representados
quedó, en cierta medida, eclipsada por un nombre que, desde la entrada del recinto ferial, capturaba
de inmediato la atención de los visitantes: Tijuana (Tijuana: la Tercera Nación). Para despejar
cualquier duda, el dispositivo expositivo se acompañaba de frases como “El arte contra el muro”
y “Ningún muro detiene las ideas”. Panfletarias, quizá; lo decisivo era la presencia del nombre
“Tijuana”, pronunciado con una cierta grandilocuencia —por su escala— que llevaba
inevitablemente a preguntarse de quién había surgido la ocurrencia de insertar tal gesto en uno de
los templos sagrados del mercado del arte mundial. La respuesta: de Antonio Navalón.

Por si fuera poco, un centenar de imágenes ampliadas de obras plásticas de más de cuarenta
artistas locales circundaba el espacio ferial. La presencia de México —o, más precisamente, de
Tijuana— en España (Madrid) no podía ser más contundente. Afortunadamente, ya no se trataba
del folclor de las mediáticas iconografías prehispánicas que durante años nos representaron en
Europa como emblema de la mexicanidad, ni del muralismo mexicano con su arenga acartonada
y, en gran medida, impostada. Lo que allí se desplegaba —para agrado o desagrado de algunos—
era una propuesta distinta, sostenida por el discurso plástico de sus participantes y articulada en
torno a un objetivo común, aunque no del todo comprendido incluso entre ellos: invitar a mirar
desde otras perspectivas una ciudad mal entendida, estigmatizada por los medios como un
territorio cuyos principios parecen extraviarse entre la violencia, el narcotráfico y la prostitución
(realidades que no negamos, pero que ya no nos interesa justificar ante el mundo).

Las imágenes que cubrían la malla metálica de ARCO, con un discurso plural, exhibían
nuestra diversidad sin disimular la realidad de la Tijuana yonke, ilegal, multiétnica y burdelera,
con su riqueza urbana hecha de drogos, teporochos y gente común. Iconografías de una ciudad que
nos ha configurado —para bien o para mal— y que obligan a sopesar esas divergencias sociales.
Un conjunto visual que, finalmente, logró superar las frases artificiosas de la entrada.

Ya en el cenáculo de las exposiciones, en las entrañas del circo mercantil del arte, cientos de
galerías —como en nuestros swap meets, aunque sin lonas azules ni malos olores— ofrecían sin
recato, en lugar de artículos de segunda mano y ropa usada, obras de Rauschenberg, Miró, Picasso,
Dalí, Chagall, Tàpies, Christo, Botero, Lichtenstein, Santiago Sierra, Gabriel Orozco, etcétera,
etcétera. Todo ello alternaba con nombres no menos consagrados: Donald Judd, Dan Flavin, Jorrit
Kolar, Douglas Gordon, Bruce Nauman, Robert Longo. Un verdadero maremágnum de
transacciones abiertas o subrepticias, donde imperaba sin restricción la ley del dinero; un espacio
en el que el ineludible báculo del poder movía influencias e intereses, y donde incluso las
conciencias más puras del idealismo artístico quedaban soterradas por el sobornable poder del oro.

No podía ser de otra manera: cómo olvidar que el arte sobrevive en la balanza de la oferta y
la demanda. Aquel lirismo del dadá y los ideales conceptuales de los sesenta, que intentaron —sin
demasiado empeño— alejar el arte de los museos, las galerías y el mercado, que “anhelaron”
destituir su innegable condición de bien de consumo, terminaron reinsertándose en el propio
mercado mediante la venta del concepto, de la imagen, del documento, el boceto, el video, la
fotografía, el filme, etcétera. Un producto tan valioso para el marchante no podía permitirse
permanecer demasiado tiempo sumergido en idealismos.

Así, en esa pasarela de mercaderes, esnobismo artístico, modas exóticas y actitudes


estrambóticas —todo ello dentro de muros preñados tanto de excelente arte como de tomaduras de
pelo y de novedades (las menos)— transcurrieron siete días. Ahí nos saludamos los tijuanenses
una y otra vez: quienes buscaban más alimento para los ojos y el espíritu, y quienes debíamos
hacer acto de presencia esperando que nuestro petulante ego diera de qué hablar (¿lo viste en
ARCO?, ¡guaaau!). Ahí estuvimos: satisfechos, cansados y hartos de lo mismo: arte, arte, arte,
bueno y malo.

Cabe destacar que, si Tijuana se distinguió con las imágenes del muro (un golpe
contundente a los egos mefistofélicos de los paisas incrédulos), la presencia del arte
bajacaliforniano habría brillado por su ausencia en el interior del recinto de no ser por la honrosa
participación de Marcos Ramírez “Erre”, quien impuso con su trabajo la presencia de nuestra
entidad en ese circunspecto mundillo del arte. Bajo el comando de la angelina Iturralde Gallery,
volvió a ejemplificar su talento incursionando en un género distinto al que le conocemos (el video),
con una pieza coherente con el concepto de algunos ejercicios anteriores, titulada “Los cuatro
pilotos del Apocalipsis”.

En este trabajo proyectó, en los cuatro muros del recinto, imágenes bélicas tomadas de
distintas conflagraciones documentadas por el cine a lo largo de la historia. Mediante una
amalgama de estos sucesos cruentos, las reproducía en los muros a través de un proyector colocado
dentro de helicópteros metálicos diseñados por el propio autor, cuyas hélices, como aspas de
ventilador, transmitían dinamismo y refrescaban ligeramente el recinto cerrado de la instalación.
No podía haber menos sarcasmo en esta pieza: en un juego de referencias bíblicas y guerras reales,
resume irónicamente esa faz funesta del ser humano, sus absurdas ansias de poder y sus posibles
consecuencias. Estos jinetes contemporáneos, montados en sofisticados artefactos voladores de
destrucción masiva, ejemplifican a los portadores de calamidades que el Nuevo Testamento
presenta como preludio de una catástrofe universal. Parodiar lo absurdo de esta condición humana
fue un acierto notable en la obra de este artista fronterizo.
Nadie más de Tijuana exponiendo dentro del recinto. Aunque el nombre de Marta Palau
aparecía en la lista de participantes (Galería Arte & Idea), una exposición itinerante en una especie
de carro móvil conteniendo un considerable número de obras de artistas mexicanos e
internacionales; jamás pudimos encontrar su obra. ¿Sería por lo diminuto de la misma, como ella
misma nos comentó?

Un viaje que inicia repleto de buenos deseos, ante el desagüe de frustraciones y la ficticia
fama de algunos integrantes del contingente se tornó borrascoso, se exigía a Navalón que
cumpliera con lo prometido: un catálogo de obras de tijuanos, si bien no se presentó ahí, será
publicado tiempo después. Un enorme póster suplió momentáneamente lo propuesto y en el
acalorado debate se olvidó el enorme esfuerzo para estar presente en ese evento, un esfuerzo
económico que implicó —entre otras cosas— viaje redondo de Tijuana a Madrid y el hospedaje
que salió del bolsillo de Santillana y Conaculta. Pero afortunadamente en el remanso que siguió a
esas tribulaciones se fue consolidando la importancia de la colectividad y Tijuana como
protagonista altanera, circundando con sus imágenes el recinto ferial de ARCO05, ocupando las
primeras planas de los diarios y espacios noticiosos, entrevistas en la televisión española, mantuvo
su hegemonía en el pensamiento de muchos madrileños.

II
La estatura de Vicente Fox se imponía a la talla menor de un Rey cuya sonrisa acartonada dejaba
entrever cierto hartazgo ante esas rutinarias formalidades. Los murmullos incrédulos provocados
por la diferencia de altura se esparcían como un efecto dominó en el recinto ferial: “Caramba, no
eshh posible”, “Coño, es másh alto que el Rey”. Pensé: Chin, que no vaya a hablar Fox; el que
pega primero, pega otra vez… unas cuantas palabras —me decía— serán suficientes para
demostrar su ridícula sapiencia. Esa primera impresión podía desmoronarse irremediablemente,
del mismo modo que algunas de las ofertas artísticas que llevábamos desde Tijuana.

La dama real y la primera de nuestro país, comportándose con propiedad, ladeaban


discretamente la cabeza —medio inclinándola en señal de saludo— ante todo aquel que vitoreaba
sus glamorosas figuras. Solo de vez en cuando cruzaban palabras breves, acaso mostrando asombro
ante una obra que seguramente no entendían o quizá limitándose a elogiarse mutuamente, tal como
dictan las etiquetas. La artificiosa inauguración, con sus solemnidades correspondientes, nos hizo
olvidar que horas antes la explosión de una bomba “etarra” había reafirmado su presencia,
recordándonos que las enormes discrepancias entre su organización y el gobierno español no
podían borrarse con el pretexto de una feria, aun cuando esta fuese uno de los más importantes
circos mercantiles del arte mundial.

Con pasos firmes y apresurados —más bien apresuradísimos— los jerarcas recorrieron los
stands de las galerías mexicanas, donde recibieron de voz directa de los galeros explicaciones
someras (que ni ellos mismos creían) sobre el arte de su ganadería. El cierre de ese ritual fue
plantarse ante el altar kaloiano y reverenciar Las dos Fridas “La obra maestra del arte moderno
mexicano, monumento artístico y patrimonio nacional”, según rezaba el encabezado del artículo
de Blanca González Rosas, para la revista mexicana de mayor “credibilidad” en ese entonces:
“Proceso” 2; casi nada; y, por supuesto, tuvimos que escuchar la explicación de la culturosa Sari
Bermúdez en torno a la invaluable pieza. De ella, por cierto, González Rosas se quejó en ese mismo
artículo por haberla puesto en riesgo de un feo ataque terrorista:
Al margen de la rotunda descalificación que merece todo acto terrorista, el suceso revela y confirma
la debilidad profesional de las autoridades del CNCA, del INBA y de la SRE involucradas en la
organización del programa México en ARCO ’05: su irresponsabilidad como funcionarios al servicio
de todos los mexicanos, que les permitió no sólo poner en riesgo, sino también despreciarla al
promover que la pieza se utilizara como escaparate de la representatividad gubernamental …”
(Blanca González Rosas, ibid.,2005)

Las demás obras de mexicanos en ARCO no eran tan importantes.


La primera noche fría de Madrid no lo fue tanto gracias a la compañía de Álvaro Blancarte,
Manuel Valenzuela y Norma Iglesias, entusiasmados por la nostalgia que emanaba del artista
tecatense al recordar que, treinta y cinco años atrás, tomaba vino y botaneaba tapas en los añejos
mesones madrileños. Caminamos hasta encontrar, sin dificultad, el multirecordado Mesón de la
Tortilla y, por supuesto, pasamos gran parte de la noche inmersos en ese sótano, bajo la
entusiasmada charla del artista, vino a discreción y una pegajosa música flamenca que jamás nos
distrajo de aquellas calurosas aventuras.

La visita a un castillo medieval en las afueras de Madrid —poseedor de una de las bibliotecas más
emblemáticas por su acervo de literatura mexicana, con obras incunables según se comentó, y cuya
existencia, estoy seguro, la mayoría de los mexicanos desconoce— fue uno de los momentos más
significativos de convivencia. Allí nos reunimos la mayoría de las artistas participantes, junto con
cronistas como Leobardo Sarabia y periodistas culturales locales como Jaime Chaidez y Karina
Muñoz. La comida “medieval” de bienvenida, organizada por la coordinación de Antonio Navalón,
resultó invaluable por su capacidad para cohesionar a la delegación tijuanense y afianzar lazos de
amistad.

Era imprescindible la visita a la galería Alcalá 31 para conocer la muestra Tijuana Sessions,
representada por las ideas y trabajos de tesonudos jóvenes artistas de la localidad. Sin duda, las
actividades de Radio Global marcaban distancia respecto de otros proyectos: la originalidad de
distribuir desde su cabina, a su amplia red de radioescuchas, puntos de vista, juicios y comentarios
para todo aquel que quisiera participar, subrayaba —sin egoísmos— su pluralidad y buena
voluntad. La presencia de Julio Orozco, con su discurso de posicionamiento de la imagen del cine
viejo tijuanense (o de cualquier parte del mundo), no solo rescata nostalgias y traslada nuestra
imaginación a un pasado enterrado, sino que resignifica un concepto relegado colocándolo en un
espacio y tiempo actual.

2
Blanca González Rosas, Blanca (2005) Arte, “El changarrito de ARCO”, Proceso 1476, p. 67, 13 de febrero de
2005),
Las Gordas de Tania Candiani, como paradigmas de la contramoda o ejemplos de lo que
puede suceder al desviarse de los cánones dietéticos que rigen a la alta sociedad, debieron de
resultar extrañas para los madrileños. A pesar del alto consumo de energéticos —nunca comida
chatarra yanqui—, embutidos y frituras de todos los sabores, acompañados, claro está, de un
amplio consumo de vino (he ahí la causa de gran parte de su equilibrio metabólico), la esbeltez
parece ser la regla: es sumamente raro encontrar obesos en sus calles.

La presencia de Torolab y su discurso sobre otras cartografías fronterizas; de Bulbo, con


sus historias televisivas banales recontextualizadas bajo un sentido crítico; de Charles Glaubitz,
Jaime Ruiz Otis, y otros más completaban esa imagen que exige el estereotipo del arte
contemporáneo universal, que en manos de tijuanenses este sería replanteado desde lo fronterizo.
No dudo de la lectura objetiva que la crítica internacional externaría en torno a estos trabajos.

No hubo un diario español que no hiciera referencia a la feria (ARCO) y, por supuesto, al
país invitado. Pero Tijuana fue la palabra contundente que resonó con más frecuencia en las esferas
culturosas madrileñas. Por un lado, Tijuana Sessions, bien plantada y perfectamente ubicada (en
el corazón de Madrid), con sus propuestas sólidas en su mayoría; por otro, las imágenes del
controversial muro de Tijuana: La Tercera Nación y sus miles de carteles repartidos (el tiraje fue
de 150 mil), junto con la presencia exitosa —noche tras noche, en distintos foros— del colectivo
Nortec, contribuyeron a crear una atmósfera de ciudad mítica, a la que todo mundo desea venir,
donde suponen que el artista vive de lo que produce y que la solidez de su formación lo justificará
por siempre ante el mundo.

Sabemos de la falacia de esas elucubraciones, pero tenemos también derecho a disfrutar


por un momento ese ensueño. Lo inobjetable es estar preparado para que la realidad no nos
sorprenda y que el poner los pies sobre la tierra nos comprometa a ejercer el oficio con mayor
responsabilidad, con ambición, sin olvidar lo fundamental que resulta (retro)alimentarlo de
información, de ideas sustentadas en la reflexión argumentada, aquella que sólo la provee las
lecturas puntuales, se puede ser empírico y es válido, pero los pisos suelen desmoronarse si no se
solidifican sus bases y las caídas no nada más son estruendosas, suelen ser moralmente mortales.

III
ARCO’05: escaparate de ideas y libertad creativa, cobijado y apoyado por los intereses de los
galeros y por un gobierno que apuesta por la cultura en aras de los beneficios que ésta representa.
Fue un muestrario de gustos y sinsabores, de radicalismos y nimiedades; en ello residía lo
interesante de su apuesta. Podías presenciar desde las históricas vanguardias; el minimalismo de
D. Judd, D. Flavin y C. André; el body art de Bruce Nauman y Jürgen Klauke; las imágenes del
accionismo vienés (Hermann Nitsch); el hiperrealismo de Richard Estes y Chuck Close; la
transvanguardia italiana; hasta las contemporáneas obras perturbadoras de Berlinde De Bruyckere,
evocadoras de agresión, miedo y dolo, que nos remitieron inevitablemente a las primeras obras del
grupo mexicano Semefo.
Encontramos también las fotografías de manadas de perros descarnados recorriendo
territorios azotados por la desolación, en aparente búsqueda de alimento —como una premonición
de los alcances de nuestras negligencias— de Zhang Huan, mostradas por la galería canadiense
Artcore. Y las ya características instalaciones cuestionantes de Santiago Sierra: en este caso, once
trabajadores que, por una suma convenida, permitieron que se les colocara de cara a una pared y
fueran cubiertos con espuma de poliuretano, convirtiendo sus cuerpos en simples soportes de una
escultura efímera, en un acto que para algunos desvaloriza la integridad en aras de un beneficio
económico, para otros, un arte complejo que mide otros alcances del mismo, que invita a repensar
sus fines, pero que resulta difícil no reconocer cuán humillante resulta la acción; obra exhibida por
la londinense Lisson Gallery.

Esto y mucho más fue ARCO. Allí, las voces críticas validaron obras que marcarán la pauta
a seguir hasta las próximas ediciones en Kassel, Venecia o São Paulo: escaparates de modas a los
que inevitablemente debe someterse el arte que aspira a considerarse contemporáneo, es decir, a la
oferta y la demanda. Una avenencia de la que el arte de hoy no puede abstenerse. Un fiel reflejo
de este mundo globalizado capitalista. Pero el arte del presente es así —o, al menos, así se ha
decidido que sea—: paradójico, polémico, cínico, acusador, convenenciero, trivial, propositivo,
etcétera, etcétera. En esa pluralidad de adjetivos se refugia; de ahí también esos rangos tan amplios
de tolerancia, donde los parámetros de validación se contraponen y se justifican a la vez, lo que
permite la convivencia con merolicos, charlatanes y otros siniestros personajes del
enmascaramiento. Así de generoso es el arte de hoy.

¿Cómo mirar esta experiencia sino como una inobjetable realidad, en la que o te sumas a la
Babel o desapareces del mapa? ¡Vaya condición! Tijuana hizo su papel con la dignidad que le
correspondía. Por un lado, el muro polémico de Tijuana: La Tercera Nación, que cumplió su
cometido aunque, si bien no refleja la crudeza de nuestra ignominiosa barda, evidencia el
desacuerdo con su existencia como cicatriz que estigmatiza nuestra realidad socioeconómica ante
el imperio norteamericano. Tijuana Sessions, con la frescura y versatilidad de sus propuestas; las
exitosas tocadas del Colectivo Nortec; la presencia de Marcos Ramírez “Erre” en el recinto ferial
con su instalación Los cuatro pilotos del Apocalipsis y como parte de la muestra del Museo Reina
Sofía Eco: Arte Contemporáneo Mexicano, con una réplica a escala de su instalación Toy and
Horse, donde se consolida como un exponente digno de tomarse en cuenta en la representatividad
nacional del arte de nuestros días.

Tijuana, pues, muestra otra cara ante el mundo, y lo hace de manera contundente, con un
enorme despliegue publicitario nunca antes visto, que acapara la atención de los europeos. Y esto
es lo importante: esa significación ante el mundo deberá capitalizarse y, en ese sendero trazado por
el interés despertado, mostrar nuestra capacidad creativa y dejar a un lado el dilema de si esta
explosiva presencia en el viejo continente terminará siendo, como dicen, “el burro que tocó la
flauta”. En esa disyuntiva únicamente se encuentran los artistas, y ese es el reto.
Si bien Tijuana: La Tercera Nación en Madrid fue una experiencia que pareció derrumbarse
por la novatez y el engreimiento de algunos artistas, la intolerancia hacia una curaduría
cuestionada, los errores naturales de las premuras y los acuerdos fallidos que provocaron la edición
tardía del catálogo, la contundencia de los resultados registrados en los diarios, la radio y la
televisión madrileña —y seguramente en otros espacios informativos europeos— difícilmente
podrá ser superada por otro evento durante un largo, muy largo periodo de tiempo.

No me preocupa que las apreciaciones de quienes presenciamos y participamos en esta


experiencia parezcan desmesuradas para algunos; la realidad de lo vivido reafirmó mi convicción
de que siempre habrá quienes miran más allá de su horizonte personal, mientras otros se hunden
en un espantoso conformismo, acicalado frecuentemente por quienes nunca encuentran nada
suficiente.

Tijuana, la Tercera Nación será un parteaguas en la forma en que el mundo volverá a mirar
a Tijuana. Proyecto polémico, sin duda, que ha permitido que voces inconformes externen sus
puntos de vista. En la medida en que la discusión esté fundamentada, se crece; y si ese es el tono
del debate para justificar argumentos, bienvenido. El arte contemporáneo, aun con su enorme talón
de Aquiles, provoca reflexiones que desembocan con frecuencia en discusiones; ahí reside el valor
y el poder de su riqueza. Y Tijuana, la Tercera Nación es, inobjetablemente, una expresión cultural
contemporánea y, por lo tanto, provocadora de estas actitudes. Tal vez para muchos no sea fácil
aceptarlo, pero ojalá hubiera otros Michael Krichmans, Cuencas, Palaus, Navalones, que —aun
con los beneficios personales obtenidos— han hecho por la cultura bajacaliforniana lo que
gobiernos priístas y panistas no han podido ni han querido hacer a lo largo de la historia de nuestra
entidad.

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