Haúl Porras Rarrencchea
Raúl Porras Barrenechea
TRES ENSAYOS SOBRE
RICARDO PALMA
LIBRERIA MEJIA BACA
LIMA, 1954
s
Hemos reunido en este opúsculo tres ensayos del prestigioso
maestro Raúl Porras Barrenechea sobre la personalidad literaria de
Ricardo Palma. Escritos en épocas diversas y enfocando aspectos po-
co conocidos de la impar figura de nuestras letras, estos ensayos
constituyen obligada fuente de consulta para un integral conocimien
to de la vida y obra del creador de las Tradiciones Peruanas.
i
"Palma satírico" fué publicado eri 1919 cuando el autor tenía
poco más de veinte años, en el número de homenaje a Palma que,
con motivo de su muerte, lanzó el "Mercurio Peruano". La produc-
ción propiamente satírica de Palma —como ¡lo hace notar Porras—
es escasa, pero su estudio es de gran importancia porque, precisa-
mente, es esa producción la que salva la obra poética de Palma, "por
la virtud eternizadora de la risa".
El segundo ensayo "Palma romántico" corresponde a la se-
rie de conferencias de la "Semana de Palma", dictadas en 1933 con
ocasión del centenario del nacimiento del ilustre escritor. Con segu-
ro trazo, Porras nos muestra el escenario nada simple en que a Pal-
ma le tocó actuar; el medio ambiente que tuvo que vencer, las in-
fluencias de afuera a las que hubo de resistir para que su poderosa
personalidad pudiera escapar del molde y dejar atrás, casi como un
borroso recuerdo, sus experiencias de poeta romántico, autor teatral
y periodista de oposición.
"Palma y Gonzalves Días" fué escrito en Río de Janeiro, en
1934 y para el "Jornal do Cornmercio". Este lo publicó en su página
de honor y, más tarde, fué reproducido por la "Revista da Academia
Brasileira" en su número 158. En él, además de trazarse una sem-
blanza general de Palma y de su obra, se dan noticias sobre su
amistad con el gran poeta brasileño de "Os Timbiras" y sobre el via-
je de Palma a Europa y el Brasil. Viejos errores rutinariamente ad
mitidos por biógrafos y comentaristas, se desvanecen en este últi-
mo ensayo pleno de datos precisos e inequívocos.
Los tres ensayos de Raúl Porras Barrenechea, no obstante las
épocas en que fueron escritos, mantienen su valor y su jerarquía
Por el dato, producto de investigación personal y no rectificado por
posteriores hallazgos; por el juicio certero que, a la vez, deriva de
un punto de vista original y porque el enfoque desde diversos án-
gulos de la más grande de nuestras personalidades literarias nos lle-
va al convencimiento feliz de que en Palma todos y cada uno de
sus actos prefiguraban la sonrisa eterna del inimitable creador de
las Tradiciones Peruanas. .
Librería Mejía Baca.
Palma Satírico
A aptitud limeña para la
Hi
mk
sátira, es ya un lugar co-
mún en la historia litera-
ria peruana. Nuestros mas
originales ingenios fueron
satíricos. A la sátira no alcanzó la imi-
tación que bastardeó todos los otros gé-
neros. Palma, el espíritu más represen-
tativo de nuestra literatura, tenía que
ser necesariamente burlón. Su humoris-
mo provenía de aquella surgente vena
criolla, de risa sana y jovial, de incon-
fundible malicia, que tuvo su hontanar
risueño en el siglo XVII, en Juan del
Valle y Caviedes, el poeta de la Ribera.
En apariencia es a Palma al que me-
nos conviene, entre nuestros risueños
burladores, el dictado de satírico. Su o¬
bra propiamente satírica es muy escasa.
En breve cuenta podría reducirse a las
rimas festivas de Verbos y Gerundios, a
su colaboración en el Juicio de Triga-
mía y a sus fugaces intervenciones en
la política.
Pero en Palma lo risueño, lo burlón, es lo innato, lo diatintivo. Por so-
bre sus prestigios como historiador y su reputación como poeta está su purísi-
ma gloria de ironista. En tierras de Castilla, Miguel de Unamuno lo ha llama-
(*) Publicado en Mercurio Peruano Año II, Vol. II, p. 269-278. Lima, 1919.
10 RAUL PORRAS BARRENECHEA
do el primer ironista de la lengua. En nuestra descaracterización literaria, tu-
vo Palma la virtud de un gesto propio: su sonrisa.
La sonrisa de Palma presta originalidad, unidad y aliento personal a su
obra. ¿Qué son sus Tradiciones, sino historia iluminada por una chispa de gra-
cia, historia festiva hecha por un limeño que no podía olvidarse de su agudeza
ni abdicar de ninguna de sus prerrogativas risueñas? El supo hacer sonrientes
las más graves tareas: la erudición, la filología, la bibliografía. El hizo sonreír
a la plañidera musa romántica de los bohemios de su tiempo.
Palma intentó en su mocedad, más por contagio que por nativa tenden-
cia, ganar los lauros de Apolo. Varios libros quedan como testimonio de ese peca-
do venial. Pero, desde entonces, se nota en él la vena satírica. Mientras sus com-
pañeros deliran por Hugo, Byron y Esproceda él comparte sus admiraciones ro-
mánticas con Larra y Fray Gerundio y traduce al escéptico ironista de Atta
Troll. Por más que su mejor traducción sea la de una poesía de Hugo, no era
el formidable temperamento del titán francés el que se acomodaba a la ama-
ble espiritualidad del ironista peruano. Fruto de aquella bohemia, en la que
no faltaban espíritus tan chispeantes como Juan de los Heros, el f estevadísimo
autor de las Ensaladas y Pucheros, fué El Diablo, periodiquillo tundidor y tra-
vieso, en el que Palma hizo sus primeras armas satíricas, y por el que estuvo
a punto de recibir un bautismo, nó de agraa sino de legítimo bejuco americano.
Fué carácter distintivo de nuestra sátira la orientación política. Los ejem-
plos de sátira social son muy escasos. Fuera de los pocos artículos de Pardo,
el único ejemplo de crítica de las costumbres lo ofrece segura. Y dentro de la
sátira política, el periodismo tentó a todos y, lo que es lo más grave del caso,
el periodismo de oposición. Para atacar nunca faltó gracia entre nosotros: El
Murciélago y Juan de Arona bastan para comprobarlo.
Palma intervino una vez en el periodismo satírico y no hay necesidad
de decirlo que fué en el de la oposición. En unión de Juan de los Heros, escri-
bió La Campana, periódico en el que publicó unas jocosas semblanzas de los
diputados a la Constituyente del 67, que son la prueba más dolorosa de la te-
nacidad de nuestros vicios políticos. Véase si no parecen congresales contem-
poráneos, estos dos tipos esbozados por el regocijado semblancero de aquella
época. Este es el entonces diputado por La Mar:
Quien hace lo que puede
a más no está obligado:
Al buen callar lo llaman
en este mundo, Sancho;
Quien se mete en camorras
Sale perniquebrado.
Por eso usareed dice:
Votemos y vivamos.
Y la que sigue es la intencionada semblanza de un honorable señor que
respondía inoportunamente al nombre de Casafranca:
Pues no está franca la casa,
¡Pese a su nombre de pila!,
Pues afirman (¡Será guasa!)
Que el ministerio la alquila.
"La Campana", órgano sedicioso de Palma, en que este
desató su vena satírica contra Prado y el Congreso li-
beral de 1867. En la carátula aparecen, colgados del
badajo y caricaturizados, los tres redactores del perió-
dico: Palma, Juan de los Heros y Benito Neto. El del
centro —larguirucho y de largos y lacios bigotes— es
don Ricardo Palma.
El "Heraldo de Lima" (1854), gran diario conservador
en el que Palma escribió letrillas satíricas como gace-
tillero, al lado de Toribio Pacheco, Luciano Benjamín
Cisneros, José Arnaldo Márquez y Juan Vicente Cama-
cbo, contra la revolución liberal de Castilla.
t*
PALMA SATIRICO 11
El que no acertó a ser sino un mediano poeta lírico, fué un buen poeta
festivo. Verbos y Gerundios es la prueba. Aunque todavía perduran las huellas
románticas, en Verbos y Gerundios predominan ya las composiciones alegres.
Si no había conseguido dar la delicada nota erótica, da la traviesa nota pica-
resca, y en vez del epitalamio romántico, rima en octosílabos su parte de ma-
trimonio. Son las de esta colección las poesías más popularizadas de Palma, las
que perdurarán de su obra poética, por la virtud eternizadora de la risa. De
memoria sabemos todas esas anécdotas rimadas que él titulaba cuentecillos en
los que predomina la fina y ligera nota epigramática. Para acreditarle como
poeta festivo bastan Heroicidad, La última copita, Indirectas directas, La men-
diga, Hasta los gatos quieren zapatos, esa alusiva composición Lo de siempre que
tiene su exacta moraleja política o aquellas otras en las que da la difícil receta
para hacer versos o solicita a un viudo una rama del árbol en que se ahorca-
ron sus dos cónyuges, o aquella traviesísima y delicada en que un enfermo de
hospital suspira por ser yerno de Dios ante el palmito adorable de una de sus
místicas hijas. Como una muestra de ese ligero y picaresco ingenio básteme
reproducir esta cuarteta, característica como ninguna, de la malicia socarrona
de Palma:
¡Que pierna, Jesucristo! Era un portento
¡Redonda, limpia, trasparente, tierna!
De esas piernas tan pródigas de encantos
Que hacen prevaricar hasta a los santos.
Otros méritos tiene el desenvuelto rimador de Verbos y Gerundios, para
figurar con honra como poeta festivo. Su regocijada musa no podía estarse
quieta mucho tiempo. A poco de aparecida aquella colección de versos, se une
Palma con los más chispeantes ingenios de su época para publicar un periódico:
La Broma. Por una excepción encomiable La Broma no se ocupa de polí-
tica. La inhibición política les obliga a buscar nuevos motivos para su pluma
chancera. Nace entonces la idea de escribir un juicio en verso, con todas las
formalidades requeridas por el Código de Enjuiciamientos. Entre los bromistas
había jurisconsultos tan prominentes como Miguel Antonio de la Lama y Ma-
nuel Atanasio Fuentes, El Murciélago. El propio Palma podía exhibir diploma
académico. El juez de la causa serla Lama. Palma, —nunca más acertada elec-
ción— abogado de una limeña, indignamente chasqueada por su consorte, un
inconstante capitán, inicia la demanda en un jocoso escrito en que denuncia
el matrimonio de éste, sucesivamente, con una arequipeña y una moqueguana.
Fuentes, se encarga de la defensa del trígamo. Acisclo Villarán, haría de Pro-
motor Fiscal. La arequipeña sería defendida por Eloy P. BUxó y la moquegua-
na por Julio L. Jaimes. Escribano y alguacil: Benito Neto.
Las cuatro primeras piezas, las fundamentales del proceso, son las más
ingeniosas y agudas. Palma y Fuentes compiten en ironía y en humorismo y
se echan unos a otros saladísimos epítetos. Después de complicado procedimien-
to, en el que no faltan las indispensables notificaciones, decretos, declaracio-
nes y solemne vista de la causa, con informe oral de los abogados, el juez expi-
de una sentencia leonina y desconcertante, pero graciosísima:
y como el capitán ha revelado
inteligencia escasa,
12 RAUL PORRAS BARRENECHEA
le condenamos a vivir con ellas
en una misma casa.
Una debía criar a los hijos y coser, lavar y planchar la otra, servir en
la oocina la tercera, y el capitán infortunado soportar y mantener a las tres.
0O0
Pero en donde Palma revela más originalmente su humorismo es en las
Tradiciones. Con ser obra de historia y de celosa erudición, las tradiciones son
el mejor testimonio de su malicia y de su donaire picaresco. Solo él supo, reu-
niendo cualidades que se rechazan por instinto, ser erudito y travieso. Pudo
haberse despersonalizado en la lectura soporosa y en la rebusca improba. Pero
su espíritu alado revoloteaba juguetonamente sobre los infolios a caaa de la
anécdota añeja y escabrosa, de la aventura galante o el detalle sugeridor. En
vez de envejecerse en el trato con los pergaminos, él rejuvenecía la historia con
su regocijo satírico.
Como más tarde el autor de la Isla de los Pingüinos, él haría sátira en la
historia y la haría con todas las características de la sátira criolla hasta con
sus alusiones políticas.
Palma se revela en sus Tradiciones criollo auténtico, indisciplinado, ene-
migo de la autoridad, irreverente en cuestiones religiosas, oposicionista por tem-
peramento, malévolo y gracioso.
Como criollo legítimo le tiene odio jurado a la autoridad, llámese esta:
monarca español, virrey, audiencia, corregidor o presidente. Se regocija cuan-
do el virrey se ve en algún grave aprieto; cuando es más tirante el forcejeo en-
tre el virrey y el arzobispo a propósito de un estrado o de un quitasol, cuando
al virrey le cortan el revesino o lo llevan a la cárcel como a cualquier pelafus-
tán. Hasta parece que colabora con los pasquineros que escriben pareados con-
tra los virreyes en las paredes de palacio y que ayudara a repicar al campanero
delator de los trapícheos del virrey hereje. Cada virrey tiene su mote en las
Tradiciones: el hereje, el poeta, el inglés, el de la adivinanza, el virrey brazo
de plata, el temblecón, el gotoso, el de los milagros, Pepe Bandos o el virrey de
los pepinos. Al único que alaba sin reservas es al virrey limeño. Sus simpatías
son siempre por los rebeldes. Por Gonzalo, el gallardo insubordinado, y por
Carbajal, el irreductible y sarcástico Demonio de los Andes. Aplaude al noble
que alega la limpieza de sus cuarteles para desobedecer las ordenanzas de un
corregidor. Pero nunca se regocija más que cuando el motín es de limeñas. Di-
ríase que azuza el resentimiento femenino, cuando un virrey se ha atrevido a
legislar sobre la saya y manto o sobre las medias de las limeñas. Se le oye
gruñir: ¡Buena laya de godazo! De todas las autoridades la que más le su-
bleva, acaso más que el Rey o la inquisición, es la del padre tiránico con la
"La Broma", el periódico satírico redactado en 1877 por
Palma, en unión de los más joviales satíricos de la épo-
ca, y .en el que se publicó el famoso Juicio de Triga-
mia, en verso.
Una figura típica del ambiente limeño de la época ro-
mántica, rezumando todavía el ruralismo urbano de la
Lima de 1850, que era como se dijo de la ciudad colo-
nial, "Lima, paraíso de mujeres, purgatorio de maridos
e infierno de borricos".
PALMA SATIRICO 13
hija enamorada. Bate palmas cuando la limeña se obstina en no casarse con
el pretendiente arterio-esclerótico o se retira, herida en su dignidad, a una celda.
Sus críticas a la autoridad tienen cierto sabor a periodismo de oposición.
Cuando el virrey no sabe qué hacer ante la sublevación de las limeñas, él apun-
ta: "Entre tanto el gobierno estaba en Babia". Por asunto parecido llama "pa-
panatas" a Felipe II y muy traviesamente exclama, refiriéndose a otro monar-
ca que se atrevió a dictar pragmáticas contra los chapines de raso de las lime-
ñas: ¡"Vaya un rey de baraja sucia"! ¿No hay en todo esto su puntilla de sá-
tira política?
Nadie tampoco más amigo del alboroto y del tumulto que el tradicionista.
Aunque en la Colonia no hubiera partidos políticos, ni revoluciones, él se en-
carga de abultar el menor conflicto administrativo, social o eclesiástico y de di-
vidir la opinión en bandos inconciliables. La rivalidad entre criollos y peninsu-
lares, latente en toda la época colonial, da asunto con sus curiosos litigios a sus
mejores tradiciones. Ella se demostraba más violenta en los capítulos de frailes.
Palma se complace descubriendo los preparativos de la elección, haciendo el re-
cuento de los votos, describiendo las batallas y las incidencias de aquellas jor-
nadas frailescas. Como no hace historia seria, no tiene reparo en plegarse a
uno de los bandos y rimar vítores por el triunfo de su candidato. Limeño em-
pedernido se afilia siempre al bando criollo, como que sabe que éste será más
tarde el de la Independencia. Si el cronista hubiera vivido en esos tiempos, hu-
biera sido partidario de los padres Urrutias, los dos limeños prestigiosos. Tra-
dicionista no oculta su simpatía por el virrey capitulero. Con el tiempo el
virrey será presidente y el convento, municipio o cuerpo electoral. El mis-
mo se encarga de hacer el risueño paralelo de la Colonia y la República en
Una hostia sin consagrar.
En las tradiciones de Palma, por último, hasta los santos se ocupan de
política. Santa Rosa, esa "divina mestiza que fué santa sin dejar de ser limeña",
formula al Señor una súplica a favor del Perú, idéntica a la que su mística her-
mana Santa Teresa hiciera para España: un gobierno justo y moderado. El
Dios español, algo truhanesco, contesta con clara lengua de romance, en tanto
que el sonriente Padre Eterno de Lima, tiene la picaresca malicia de los hijos
de la ciudad y envía regocijadamente a la Santa a freír buñuelos. Pero [Link]
graciosa invención, no tiene ya nada de tradición ni de historia. Es una capi-
llada auténtica que hubiera podido ser firmada por Fray Gerundio y refrenda-
da por Tirabeque. Tampoco es tradición aquella traviesa profecía, Apocalíptica,
en que los limeños devotos de Nuestra Señora la Pereza, llegan tarde al Juicio
Final Insensiblemente el tradicionista se olvida de sus deberes his-
tóricos, para dar su palotada sobre partidos o sobre caudillos de su época. Su
lenguaje es el primero en delatarlo. Es al satírico político al que se adivina
cuando llama irónicamente a las balas, "pildoras de democracia", o cuando dice
que el dómine de uno de sus cuentos "concedió amnistía general" a los arrin-
conados escolares, o, por motivos de heráldica, afirma que " el sable es civilista
que no corta ni pincha". Abundan esta clase de alusiones en las Tradiciones.
Con el menor pretexto, el cronista se traslada desde sus tiempos pretéritos a la
realidad del presente que nunca dejó de preocuparle. Así por una indecisión de
si vale más el águila o el león con corona de los Prado o los Pardo, nos dice:
"Decídalo otro, que a mí me basta saber que entre un Pardo y un Prado han
traído tánta bienandanza al Perú que estamos dando dentera al mundo". So-
bre presidentes del perú, hay abundantes apreciaciones en las Tradiciones, y nó
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precisamente en las que a ellos se refieren. De Gamarra, dice: "que fué el pri-
mer caudillo de motín que tuvo la patria nueva y el que fundó cátedra de "anar-
quía y de bochinche". A Salaverry lo ensalza. A Castilla, de quien fué opositor,
no le escatima sin embargo admiración. De Balta habla con no oculto fervor
partidarista. Se burla en cambio de la "república práctica" de D. Manuel par-
do. Y todo eso haciéndole risueñamente ascos a la política, como cuando dice:
"Pero noto que voy metiéndome en el peligroso campo de la política y hago pun-
to; no sea que me eche a disparatar como la mayoría de los hombres públicos
de mi tierra, que no pueden dar en bola cuando están con el taco en la mano".
¿Y el tradicionista? Por los cerros de Ubeda por los cerros de TJbeda
de la política se entiende.
Muy largo sería analizar todos los motivos que dan lugar a la risa pica-
resca de Palma. Quizás de lo que se burló más donosamente fué de las supers-
ticiones, y de los santos. San Pedro y Jesucristo resultan viajeros por el valle
de lea. El cronista no duda de ninguna superstición y cuenta crédulamente, con
devoción de beata terciaria, los milagros del beato Martín o la ingenua conseja
del alacrán de Fray Gómez. A las viejas limeñas las ha caracterizado admira-
blemente, en tradiciones que son verdaderos retratos burlescos. Basta citar las
tradiciones Traslado a Judas, Contra pereza, diligencia, El niño llorón, sobre to-
do aquella inimitable La misa negra. Véase si los párrafos de este cuento no pa-
recen surgidos de la desdentada boca de la abuela:
"Como un año estuvo presa la picara sin querer confesar ñizca; pero
¿a dónde había de ir ella a parar con el padre Pardiñas, sacerdote de mucha
marraqueta que fué mi confesor y me lo contó todo en confianza? Niños, recen
ustedes un padre nuestro y un avemaria por el alma del padre Pardiñas.
Como iba diciendo, quieras que no quieras, tuvo la bruja que beberse un
jarro de aceite bendito y entonces empezó a hacer visajes como una mona, y
a vomitarlo todo, digo que cantó de plano; porque el demonio puede ser reniten-
te a cuanto le hagan, menos al óleo sagrado, que es santo remedio para hacer-
lo charlar más que un barbero y que un jefe de club eleccionario. Entonces de-
claró la San Diego que hacía diez años que vivía (¡Jesús, María y José!), en
concubinaje con Pateta: ustedes no saben lo que es concubinaje y ojalá nun-
ca lleguen a saberlo. Por mi ligereza en hablar y habérseme escapado esta ma-
la palabra, recen ustedes un credo en cruz".
Más que historia, es reproducción de un tipo que el tradicionista conoció
niño y que trasladó con admirable fidelidad.
El poeta festivo, tiene también cabida en las Tradiciones. Fuera del obliga-
do preludio que precede a cada serie de ellas, su musa picaresca encuentra múl-
tiples ocasiones de revelarse en una repiqueteada cuarteta o en un pareado bur-
lón. ¿Son realmente copiados muchos de los versos que contienen las Tradicio-
nes o son fruto del ingenio nunca en reposo del poeta? El no lo dice, pero yo
me inclino a lo segundo. Absolutamente suyos algunos, sobre una base ajena
insignificante otros; al tradicionista pertenece por lo menos, el mérito de su
oportunísima colocación. Asoma en esos cortos versos un regocijo jovial, un a¬
cento de copla liviana, frescura y desembarazo de musa popular:
La madre que te parió
merecía parir veinte
y que yo fuera diezmero
y me tocaras en suerte.
PALMA SATIRICO 15
Digo que no eran dedos
los de esa mano
sino que eran claveles
de a cinco en ramo.
Es el amor un bicho
que cuando pica
no se encuentra remedio
ni en la botica.
Si yo me viera contigo
la llave a la puerta echada
y el herrero se muriera,
y la llave se quebrara
Como éstas, podría citar cien. Sólo citaré dos más, traviesísima la prime-
ra, muy característica de Palma la segunda:
Mis ojos fueron testigos
Que te vieron persignar,
¡Quién te pudiera besar
Donde dices enemigos!
Cuando dos que se quieren
se ven solitos,
se hacen unos cariñitos
muy rebonitos.
El estilo de las Tradiciones es, por último, la mejor prueba, del humoris-
mo de Palma. No entra ya en las dimensiones de este artículo hablar de aquo-
lia riquísima prosa, mezcla de habla antigua y de castizo criollismo, en que se
confunden el vocablo rancio de los viejos infolios con la gráfica expresión po-
pular, y que, por lo airoso de su construcción y la abundancia de palabras bur-
lescas que la coloran, es por sí sola una invitación al regocijo.
Y, como en las Tradiciones, fué Palma en su vida y en su obra; siempre
risueño. Filólogo, presenta a la Academia de la lengua un catálogo lexicográ-
fico en el que predominan los más bufones vocablos: adefesiero, bagre, cabulis-
ta, caray, capitulen), codeo, chichirimico, despapucho, disfuerzo, guá, muchi-
tanga, paporreta, picasena, politiquear, puchuela, tetelememe, timbirimbero, tu-
tuma, zafado, zamacueca, zaragate. Diriase que defiende el léxico de sus Tra-
diciones. Bibliotecario, yo le admiro el gesto risueño de anotar picarescamente
los libros, con anotaciones que serán documentos en el futuro. Sin su sonrisa, la
obra de Palma hubiera sido la de un poeta chirle y plañidero, la de un adoce-
nado erudito, la de un historiador mediocre, la de un bibliotecario prolijo. Por
su picardía, por su fina espiritualidad, por su lisura limeña, la obra de Palma
quedará como la más genuina muestra de la travesura criolla.
***
Palma Romántico
i
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tós^fij» O alguna vez Ricardo
PaIma c
- °n su experien-
cia de viejo y mañoso
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M =Nlna
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piropeador de limeñas,
que cuando éstas se me-
hombres, saben dejar
bien puesto su pabellón y que los hi-
jos de Adán éramos en esta tierra u¬
nos bragazas a los que las mujeres
habían arrebatado la voz de mando
y de los que se podía hacer fácilmen-
te cera y pabilo. Cumplida verdad,
ésta de la superioridad de la mujer
sobre los hombres y de la entereza
varonil de las faldas en nuestra Li-
ma de mazapán, que confirmaron
los viajeros desde Prezier hasta Las-
tarria y Groussac, y que retoza en las
mejores tradiciones de Palma como una
de las más hondas ironías del abue-
CAPA . NXL lo pizpireto y romántico. Sospecho que
si San Pedro, el guardián de los bienaventurados y viejo amigo de don Ricardo,
le permitiera a éste regresar por un momento en esta semana a la Lima de sus
amores, en calidad de ánima bendita, a purgar algunos de sus traviesos peca-
dos volterianos, tendría oportunidad para ratificar su sápido juicio y refren-
(*) Conferencia sustentada le 13 de febrero de 1933 en el local de la Sociedad En-
tre Nous, en la Semana de Palma, conmemorativa del primer centenario de su
nacimiento. Publicada en "Ricardo Palma 1833-1933", edición de la Sociedad
Amigos de Palma. Lima, 1934. p. 77-122,
20 RAUL PORRAS BARRENECHEA
darlo bajo su firma, que autenticaría con malicia de golilla y garabato com-
plicado con Dimas de la Tijereta.
Porque esta semana de Palma —homenaje demasiado modesto para el
más grande forjador de peruanidad— no hubiera podido realizarse sin el con-
curso de esta Sociedad Entre-Nous, que en el letargo de las instituciones varoni-
les —apolillamiento del Instituto Histórico, mudez de la Academia de la Len-
gua, catalepsia del Ateneo, aherrojamiento de la Universidad— es la única lla-
ma que en el Perú de hoy recuerda todavía lo que es el resplandor de la inte-
ligencia.
Gratitud, por galantería o devoción, las limeñas a quienes Palma hizo
célebres en el mundo le han pagado cumplidamente la deuda, con la hidalga
moneda de la hospitalidad, que es ternura y escudo para su fama.
Difícil tarea la de disertar sobre la obra literaria de Palma después de
los capitales y definitivos juicios de Riva Agüero y Ventura García Calderón y
de los sustanciales apuntes, sugerencias y evocaciones que se han sucedido en
esta semana conmemorativa. Al margen de ella y casi como epílogo, me toca
recordar principalmente la figura romántica y juvenil del maestro de las Tra-
diciones. Me han faltado tiempo y pericia para realizar obra cabal. Curiosi-
dades de rebuscador me llevaron a hurgar minucias de la iniciación de un gran
escritor, que, acaso, no tengan trascendencia en su obra posterior, pero que in-
teresan profundamente a quien se encariña con la historia de un espíritu, e
inconclusa todavía la investigación de muchas fuentes, con sólo la impresión
hurtada ligeramente a los periódicos, y la conciencia de mi inferioridad frente
a los críticos que han analizado la obra de Palma, he bosquejado estos apuntes
aún inconexos. Con la profunda filosofía de alguno de los personajes de las
Tradiciones me cabe exclamar: "[Arre borrico, que quien nació para pobre no
ha de ser rico!".
oOo
Tengo para mí que la más sabrosa biografía de Palma podría tejerse hil-
vanando los innumerables y constantes recuerdos autobiográficos que abundan
en las Tradiciones. El tradicionista no andaba tan metido, como algunos pien-
san, en los tiempos coloniales, y en las pausas frecuentes de sus relatos, acos-
tumbró deslizar, a veces largamente, recuerdos de infancia, reminiscencias mo-
ceriles, apreciaciones sobre sucesos contemporáneos; frecuentemente, a fuer de
buen limeño, palotadas sobre política. Le tenia tanta afición al presente co-
mo al pretérito. ¡Felices expansiones confidenciales éstas que hubiéramos que-
rido ver explayadas en un libro de memorias jugoso de época y colorido! Poco
expansivo de sí mismo, antiromántico en apariencia por el resguardo celoso de
su yo — cuando escribía en prosa, — y en verso sabemos que no perduró— Pal-
ma no quiso nunca deliberadamente —quizás por sus convicciones de liberal-
hacer confesión general de su vida, a la manera romántica. Sólo por ocasión
y enredado el ovillo de las anécdotas, es que se anima a abrir el cofre confi-
dencial. Y es entonces que se le adivina romántico en lo profundo y se trans-
parentan los grandes afectos de su vida. Cuando se pone, en cambio, a escribir
oficialmente sus reminiscencias como en "La bohemia de mi tiempo" o los "Re-
cuerdos de España" ¡cómo le extrañamos el arranque tierno y cordial de sus
evocaciones pasajeras de las Tradiciones y nos dolemos del tono seco y sumario
de los recuerdos a los que quisiéramos les hubiera extraído la última gota! Enu- -
meración de nombres y de títulos de obras, adjetivos cariñosos, cordial benevo-
lencia de anciano para sus compañeros de juventud y una que otra anécdota fio-
PALMA ROMANTICO
rida al paso, fué el único legado que quiso hacernos en su testamento este mi-
llonario fabuloso de la sonrisa, avaro de sus tesoros románticos. ¿Cómo eran
sus compañeros de bohemia? ¿Cuáles fueron sus amores, sus preferencias, sus
genialidades, sus conversaciones, sus luchas e inquietudes, sus éxitos y dolores?
El tradicionista prefirió callarse. Conoció demasiado cerca a sus compañeros y
compartió con ellos esa "cosa fea, turbia, áspera y sucia" que es la vida, según
el decir de Pío Baroja. ¿Para que hablar de las hondas separaciones, privilegio
de nuestra vida juvenil literaria y política, de las emulaciones, las rencillas, los
odios y envidias pasajeros como el tiempo? Por Palma no sabemos de la juven-
tud romántica de su época sino que sus compañeros leían con delirio a Espron-
oeda y Zorrilla que concurrían a la librería de Pérez, que tomaban chocolate en
casa de don Miguel del Carpió y que todos tenían talento. Su silencio no fué
acaso avaricia sino lealtad sentimental, su laconismo una desilusión epilogada
de piedad y de ternura. Pero en cambio ¡como fluye la emoción y se expansiona
el recuerdo en las tradiciones en que salta al paso del escritor una reminiscen-
cia, —los patios de San Carlos, las huertas aledañas de Lima!— que le devuel-
ven a la mocedad luminosa! Se adivina que la pluma ha corrido temblando y
que los ojos se han humedecido de lágrimas.
Hay recuerdos autobiográficos en muchas de las tradiciones, pero en al-
gunas el calor de la evocación es más intenso y continuo y desborda sobre la
incidental trama histórica. Las tradiciones que guardan el aroma confidencial
de la infancia son: Sabio como Chavarría, Una visita al General Santa Cruz,
Nadie se muere hasta que Dios quiere, Con días y ollas venceremos, Santiago el Vo-
lador, Pancho Sales el Verdugo, María Abascal, Juana la Marimacho y Alli viene el
Cuco y particularmente los llamados cuentos de viejas, tradiciones folklóricas
de aparecidos, duendes, penas y diablos en que se trasuntan las emociones más
vivaces de su niñez y el ambiente de intimidación que rodea hasta ahora al ni-
ño peruano. El Colegio de San Carlos revive con su esplendor republicano de
etiqueta y bullicio en la linda y finísima tradición Los escrúpulos de Halicarna-
so, que vale por si sola —valor de lo vivido— más que cualquiera historia do-
cumentada. Los amores de la juventud han dejado su huella en "Como des-
hanqué a un rival" y en general en muchas de las tradiciones que exhiben his-
torias de enredos amorosos y apasionamientos, en las que se descubre un téc-
nico en lances tenoriles que otros documentos comprueban. En "El fraile y la
monja del Callao" ha referido sus temores y esperanzas el día del estreno de
su drama Rodil a los 19 años. En "Orgullo de Cacique" está su relato" del nau-
fragio del Rímac y de su odisea por los arenales iqueños. La Conga recoge sus
emociones de revolucionario y de secuaz baltista y en general, en todas sus tra-
diciones republicanas se mezclan recuerdos personales e históricos. Con ellos
y con la semblanza biográfica de su hija Angélica, podrá revivirse íntegra, en
su intimidad, la vida risueña y triste, oscura y gloriosa, inquieta, luchadora y
austera del creador de Las Tradiciones Peruanas.
oOo •
El lugar de su nacimiento, el momento histórico y la condición econó-
mica de su familia, influyeron decisivamente en la personalidad de Palma. Na-
ció apenas libertado el Perú de la dominación española, el 7 de febrero de 1833.
Sus padres —y vale apuntarlo, porque nadie lo ha dicho hasta ahora— fueron
don Pedro Palma y doña Guillerma Carrillo, que ocupaban casa y posición
modesta en la calle de Puno. El padre que era santacrucista, vivió hasta la
madurez de Palma. La madre murió siendo aún muy niño el tradicionista, pe-
22 RAUL PORRAS BARRENECHEA
ro su suave recuerdo de ternura vaga en alguno de los versos románticos de
aquel.
Palma abrió los ojos en el corazón de la Lima virreinal. Por la espalda
los muros de su casa tocaban con los de las cárceles de la Inquisición lime-
ña, cuya historia sería el primero en escribir. A media cuadra de su hogar, en
lo que es hoy Plaza Bolívar, funcionaba el mercado o plaza de abastos y el des-
plante dicharachero de las mulatas vendedoras de pescado y desenvoltura. Po-
cos pasos mas allá, en el sitio que ocupa actualmente el Congreso, estaba el edi-
ficio de la Universidad Mayor de San Marcos, con sus muros altos y severos, su
claustro imponente en el que se alineaban los retratos de frailes catedráticos e
inquisidores y en cuyo General funcionaba desde 1822 el congreso. En un án-
gulo de la manzana en que vivía Palma, estaba la casa en cuya entrada la tra-
dición popular aseguraba que había fallecido el Virrey Conde de Nieva al des-
cender de un balcón. El otro ángulo estaba frente al Monasterio de la Concep-
ción, fundado por una cuñada del conquistador Pizarro. Cuadra abajo de la
Concepción está el Colegio del Príncipe, fundado por el Virrey Esquilache y de-
dicado ya a la Biblioteca Nacional. Son casi todos los lugares entre los que ha-
bía de trascurrir la vida del tradicionista.
La calle de Puno por su proximidad al Mercado y a los barrios altos, era
bulliciosa, estentórea, populachera, plagada como hasta hoy de buhoneros, mer-
cachifles, voces, pregones, y por esa época de mistureras, aguadores, vendedo-
res de novenas y romances, tapadas, calesas, gallinazos y borricos. "Lima, pa-
raíso de mujeres, purgatorio de hombres e infierno de borricos", se había di-
cho de nuestra ciudad. Pregones y campanas señalaban el paso de las horas.
Los vecinos se despertaban al grito agudo de la lechera, de la tisanera o de la
vendedora de leche vinagre que gritaba ¡a la cuajadita! A las once pasaban las
mulatas de convento vendiendo ranfañote, cocadas, chancaquitas de maní y fré-
joles colados. A las tres daban las campanas de la Catedral la gorda, llaman-
do a los canónigos para que cambiaran la siesta por el coro. Las tardes eran
alegradas por el grito de las picanteras y champuceras y el lírico pregón de la
jazminera que incitaba a las novias vigilantes tras de las celosías; Jazmín, jaz-
mín, ¿muchacha no hueles? El día de los limeños se pasaba en comer, pasear,
echar la siesta y hablar. Lastarria apuntaba en 1851: "Es un pueblo sin ocu-
paciones y callejero, sin felicidad material, pero alegre y bullicioso". Al véspe-
ro el toque del Angelus descendía místicamente sobre la ciudad. Los transeún-
tes se descubrían y los carruajes detenían su paso mientras se rezaba la ora-
ción de la tarde. Pero apenas se insinuaba la noche, el alma criolla resurgía
punteando la guitarra, tarareando el pollito y el agua rica o trenzando los pies
para bailar la zamacueca, el maicito o la zambalandó. A las diez de la noche
moría el entusiasmo con el toque de cubre fuego y el animero de la parroquia
que salía con farol en mano y capa colorada pidiendo limosna para las bendi-
tas hermanas del Purgatorio, era un lúgubre mensajero de duendes y apareci-
dos, a cuyo anuncio las calles se quedaban desiertas y los niños escondían las
cabezas entre las sábanas.
"Los habitantes de Lima, —dirá más tarde el tradicionista, en la tradi-
ción Lucas el sacrilego— se encerraban en casita a las diez de la noche, des-,
pués de apagar el farol de la puerta, y la población quedaba sumergida en ple-
na tiniebla con gran contentamiento de gatos y lechuzas, de los devotos de ha-
cienda ajena y de la gente dada a amorosas empresas".
Durante la noche se oía intermitentemente el grito del sereno, que entre
piteo y piteo y aunque lloviera a cántaros decía: ¡Ave María PurísimaI |Las
diez han dado! ¡Viva el Perú y sereno!
PALMA ROMANTICO 2B
El alma de lo popular y la tradición histórica salían, pues, a recibirlo a
la puerta de su casa. Pero también le atraían desde adentro. Alguna anciana
dicharachera, envuelta en pañolones y refranes, relatora de cuentos, milagros,
devociones, chismes y contemporánea del Virrey Abascal, debió ejercer gran in-
fluencia dentro del hogar en el ánimo del futuro tradicionista. La ha evocado
repetidas veces en sus relatos y ella parece ser la retratada en Traslado a Ju-
das, La Misa Negra y otras tradiciones semejantes. En Allí viene el cuco la ha
evocado con toda precisión: "Aquella bendita anciana que para algunos mu-
chachos era mi tía Catita, y para otros mi abuela la tuerta, acostumbraba en
las noches de luna congregar cerca de sí a todos los chicos y chicas del vecin-
dario, embelesándolos, ya con una historieta de brujas, o ánimas en pena, o ya
con cuentos sobre antiguallas limeñas". Los cuentos eran aderezados con jacu-
latorias, reprensiones y dichos proverbiales en una jerga pintoresca que el tra-
dicionista ha recogido fielmente, sobre todo en La misa negra, con frases de es-
te jaez: •
"Hagan la cruz bien hecha, sin apuñuscar los dedos, y vuelvan a persig-
narse, angelitos del Señor".
"Como un año estuvo presa la picara sin querer confesar ñizca; pero ¿a-
dónde había de ir ella a parar con el padre Pardiñas, sacerdote de mucha ma-
rraqueta, que fué mi confesor y me lo contó todo en confianza? Niños, recen,
ustedes un Padre nuestro y una Ave María por el alma del padre Pardiñas".
"Entonces declaró la San Diego que hacía diez años vivía (¡Jesús, María
y José!) en concubinaje con Pateta. Ustedes no saben lo que es concubinaje,
y ojalá nunca lleguen a saberlo. Por mi ligereza en hablar y habérseme esca-
pado esta mala palabra, recen ustedes un credo en cruz".
Retrato exacto, copiado sin duda del natural, y que tiene la misma vena
y el mismo parlero donaire saturado de sales populares con que dialogan las
comadres en el libro del Arcipreste de Talavera.
Otros recuerdos infantiles interesantes en la vida de Palma son los de la
escuela. La primera escuela en que estuvo cuando llegó a la edad del capotillo
de barragán y dejó el babador y el mameluco fué, según propia confesión, la
de un dómine llamado Pascual Guerrero. El maestro vestía a la usanza
colonial, larga levita negra, pantalón corto, zapatos con hebilla y go-
rro de algodón. Los dos principales elementos pedagógicos del maes-
tro eran el chicote y la palmeta. Palma ha recordado en Sabio como Chava-
rría el "chicote encintado" del dómine Guerrero. Según su hija Angélica, pasó
aún por dos escuelas más: la de Orengo, en la calle de la Minería, y la de don
Clemente Noel, en la del Banco del Herrador. El chiquillo era un auténtico ma-
taperro. Jugaba al trompo, al bolero y al piporro y gustaba de escaparse de la
escuela y hacer novillos por las huertas y murallas. Romántico prematuro es-
cogía para sus vagares un üaraie enteramente poético: el estanque de la ha-
cienda Santa Beatriz. "Lugar amenísimo —dirá más tarde el tradicionista— ro-
deado de naranjos y otros árboles". Allí el futuro Doeta se entregaba al encan-
to bucólico de la naturaleza y veía pasar en curiosa mezcolanza de tipos a las
indias pescadoras, que venían de Surco, sobre sus crinolinas de yerbas, a los
indios yanacones de Miraflores, a los negros cimarrones de San Juan y a los
peones de las haciendas que traficaban junto al estanque. En otras horas de
expansión el chiquillo corría a asistir a las funciones de títeres en cuyo tingla-
do zambo tramaban la farsa criolla ño Silverio y ña Gerundia, Perote, Piticalzón
y Santiago el Volador o concurría a las típicas peleas de gallos en el coliseo de
Santa Catalina, codo con codo con ministros y generales jubilados. Huertas pró-
24 RAUL PORRAS BARRENECHEA
vidas de frutas, días de sol jubiloso, sano regocijo juvenil que el tradicionista
añoró más tarde con melancolía. Los escolares carecían, a pesar de las comple-
jidades del espíritu romántico, de las complicaciones espirituales de los estu-
diantes de hoy. Un auténtico sentido de juventud respira esta confesión del
tradicionista sobre su mocedad libre y sana: "Los chicos de ese tiempo vestía-
mos pantalón crecedero, gorra y chaqueta y mameluco. No fumábamos cigarri-
llos, no calzábamos guantes, no la dábamos de saberlo todo, ni nos metíamos
a politiquear".
¡Memoria olvidadiza la del tradicionista o gruñona severidad de abuelo
que hace de diablo predicador! Se olvida Palma que el Convictorio de San Car-
los, al que entró por esa época, hervía de entusiasmo vivanquista y que él mis-
mo hizo sus primeras armas de periodista político y satírico, a los quince años,
en un periódico descalabrante titulado El Diablo y que llevaba como subtítulo
nada tranquilizador Periódico infernal. Y para parecerse a los tiempos de aho-
ra, también los colegiales de San Carlos tenían sus revueltas y hubo vez que,
para restablecer la disciplina alterada, el Rector del Colegio tuvo que llevar a
los alumnos en corporación al Palacio de Gobierno, donde el presidente Eche-
nique les dirigió una reprimenda severa.
¡Los días de San Carlos! El Convictorio Carolino era el niño mimado-de
la República joven. Toda noticia sobre la marcha del plantel, la enseñanza que
se daba en éste, era discutida públicamente en los periódicos. El Presidente de
la República, los Ministros de Estado y los Vocales de la Corte Suprema asis-
tían a los exámenes públicos y hacían preguntas a los colegiales. El uniforme
de estos era prenda de honor en la ciudad y una credencial de aptitud la banda
azul de colegial maestro. Los estudiantes premiados eran invitados por el Pre-
sidente a comer en el Palacio de Gobierno y a asistir a la función de teatro en
la noche al palco presidencial. La cultura era entonces el primer deber en la
República recién nacida. Palma ambuló por los patios de Jazmines y Naranjos
del Convictorio, vistió el uniforme carolino, asistió a los desfiles públicos so-
lemnes que atisbaban las tapadas e hizo en el Convictorio sus mejores amista-
des. De allí nació su fraternidad con los Cisneros, con Márquez, García y otros.
Lo que es estudiar, no estudiaba. Soñaba con hacer versos y con estrenar una
obra teatral. La literatura que enseñaban en el Convictorio era clásica hasta el
aburrimiento. "Tres o cuatro años se les hacía perder a los muchachos en la
enseñanza de la lengua de Cicerón y de Virgilio—ha dicho después— y a la pos-
tre se quedaban sin saber a derechas ni el latín ni el castellano". (El latín de
una limeña). La juventud devoraba fuera del Convictorio los versos de Zorri-
lla, que habían llegado a Lima en 1843. De 1848 es su primera composición co-
nocida en memoria de Gamarra, cuyos restos fueron repatriados al perú. En
1849 publicó la composición A un Cisne que se inicia con dos endecasílabos de
clásica sonoridad:
Bien haya el ave a quien la blanca espuma
El puro nácar de los mares vende.
y que ensaya enseguida el desmayo y la variedad de versos largos y cortos de
la técnica romántica:
Que si tu lloras desdenes
Y la congoja te mata
También sufro de una ingrata
El desamor.
Igual, cisne, es nuestro canto
PALMA ROMANTICO 25
Y cuando cese mi llanto
Une tu canto a mi canto
De dolor.
Palma tenía además otra razón para no estudiar. Estaba enamorado y
se sentía bohemio. Trató en un verso de hacerse el tarambana y el bebedor que
se embriaga a un tiempo de vino y de amor. La vena humorística alterna con
la sentimental, pero en el fondo hay una amargura que emparenta estos ver-
sos con el acento de los famosos versos del nocturno de Acuña:
No sabes tú que a Ovidio
la murria perseguía
sólo porque el babieca
la bota no cogía.
A cada trago un verso
y luego una letrilla
y ya verás que alegre
pasamos nuestra vida.
Y cuando a nuestra puerta
la parca toque un día,
ebrios de amor y vino
la tumba nos reciba.
Sólo la copa envidio
cuando recibe un beso
de la rosada boca
de mi adorado dueño.
Carola se llamaba la musa de esta composición titulada Báquicas. Por
el mismo tiempo escribió Palma otras composiciones junto con Cisneros en una
revista titulada La Ilustración, donde Althaus publicó una leyenda en prosa ti-
tulada Corolay. También forjó entonces sus primeras leyendas románticas en
verso, tituladas El Esqueleto y Flor de los Cielos, y una narración en prosa La
muerte en un beso que dedicó a Luis Cisneros y exhumó más tarde en el últi-
mo libro de sus tradiciones. De 1850 a 1852 estrenó además tres dramas y co-
laboró en El Correo de Lima como revistero, tocándole actuar en un incidente
periodístico con Garibaldi. El resultado fué que no hizo baza en el Convictorio.
No puede dudarse que Palma fué carolino. Lo ha dicho él mismo varias
veces en sus Tradiciones, en distintas épocas, en Los escrúpulos de Halicarnaso
y en la nota puesta a La muerte en un beso. Lo afirma también en una ano-
tación manuscrita hecha a unos versos suyos insertos en el ejemplar de El Co-
rreo de Lima de 1851, perteneciente a la Biblioteca Nacional y en la que dice,:
"Disparates poéticos de Manuel Ricardo Palma, colegialito de San Carlos". No
se inventa, por otra parte, nostalgias y ternuras. Palma ha hablado en su épo-
ca de San Carlos con emocionada ilusión: "En las procesiones y fiestas a que
concurrían los alumnos del Convictorio, con su Rector y profesor, luciendo és-
tos la banda azul, colmo de las aspiraciones de un joven, era de cajón la presen-
cia de Halicarnaso. Las tapadas pertenecientes a la feligresía del Sagrario, San
Sebastián y San Marcelo sostenían el tiroteo de agudeza y galanterías con los
carolinos; y las muchachas de Santa Ana y San Lázaro militaban bajo las ban-
deras de los fernandinos. ¡Ah tiempos aquellos! ¡La boca se me hace agua al
recordarlos!"
oOo
26 RAUL PORRAS BARRENECHEA
A más de la influencia del medio familiar a su infancia, hubo la del mo-
mento histórico que le tocó vivir a Palma. Como él mismo lo dijo en apuntes
autobiográficos, nació tan solo nueve años después de la batalla de Ayacucho.
El espíritu colonial sobrevivía a la derrota de los españoles. La patria había
entrado en el palacio de los virreyes, pero la colonia subsistía en las costum-
bres, en las ideas, en las leyes, en las instituciones, en el espíritu de la socie-
dad peruana, Kadiguet lo anotaba en 1844: "No había ciudad en América que,
como Lima, hubiera permanecido más fiel a las viejas costumbres españolas de
antes de la Independencia". La lucha entre las supervivencias y las nuevas for-
mas democráticas y republicanas será el dilema fundamental de la época en
que le tocará vivir a Palma, y a sus compañeros románticos. Este pertenecerá
toda su vida a la corriente renovadora o liberal. El mensaje de su generación
sería la afirmación de los principios democráticos esenciales. Su credo, la cons-
titución de 1856. Su caudillo, José Gálvez.
El espíritu de Palma, a pesar de su clara orientación democrática y libe-
ral, hubo de debatirse desde joven entre las solicitaciones contrarias de los prin-
cipios que se disputaban el triunfo. En San Carlos predominaban ideas restric-
tivas respecto a la democracia, encarnadas por el Rector Herrera. Pero la ju-
ventud leía con admiración los escritos de los viejos luchadores liberales; Ma-
riátegui, Vigil y Benito Lazo, que reivindicaban la plenitud de las doctrinas de-
mocráticas y la independencia del Estado frente a la Curia Romana, Palma se
hizo correligionario de estos últimos. Colaboró con ellos en El Correo de Lima y
en la oposición a Castilla y a Echenique. Pero no dejaron de tentarlo las ideas
de orden y de autoridad y sobre todo la tesis de la soberanía de la inteligencia
sostenida por su maestro Herrera. Su primera adhesión a Vivanco representa
esta dubitación de su espíritu. Vivanco era un caudillo aristocrático con ribe-
tes monarquistas. Pero la adhesión de la juventud al paladín de la Regenera-
ción no representa en realidad una claudicación liberal. En el seno de las ideas
políticas de entonces se iba definiendo un antagonismo mucho más fuerte que
el de liberalismo y conservadorismo: el de civilismo y militarismo. La juventud
anhelaba libertarse del torpe caudillismo militar y ponía su esperanza en las
grandes figuras civiles o con tendencia civil como Vivanco, Gálvez, ELías. Era
la lucha de la inteligencia contra la fuerza, de la cultura contra la ignoran-
cia y la barbarie. Palma estuvo toda su vida de parte de las primeras contra-
las últimas. No hay que olvidar tampoco que el programa político de Vivanco
en 1850, llevado probablemente por el afán eleccionario, fué francamente avan-
zado y liberal, en contradicción con sus actitudes anteriores y posteriores.
Se ha hallado también oposición entre la tendencia liberal que Palma si-
guió siempre y su vocación de reconstructor del pasado. Es fácil resolver esta
aparente contradicción. Hemos dicho ya como subsistían los hábitos colonia-
les y las formas sociales del Virreinato durante los primeros lustros de la Re-
pública. La colonia sobrevivía a pesar de todos los esfuerzos renovadores y hay
quienes aseguran que no ha muerto todavía. No sólo las leyes seguían siendo
españolas sino los trajes y las ideas. La nobleza colonial conservaba su pres-
tancia social y su riqueza y hasta hacía uso de sus títulos nobiliarios contra lo
dispuesto por las Constituciones políticas a partir de 1822. Las solariegas casas de
cadena mantenían el respeto del pueblo, aunque hubieran perdido sus prerroga-
tivas. La esclavitud subsistía incomprensiblemente en un régimen titulado re-
publicano. Lima era aún la misma ciudad conventual y amurallada que deja-
ron los virreyes. Circulaban aún por las calles calesas de ruedas doradas y per-
sonajes de peluquín, calzón corto y espada, que no se resignaban al cambio de
indumentaria. Abundaban los personajes que habían conocido a los virreyes y
Retrato de Palma, en su juventud, en la época en que-
fué poeta romántico, gacetillero de oposición, viajero,
náufrago y proscrito. El retrato aparece al frente del
volumen de versos Pasionarias (1870)»
La "tapada" limeña, traje y silueta que desaparecieron
definitivamente en 1854, con el responso lírico y epi-
gramático de Palma y Camacho, en el "Heraldo de Li-
ma", como lo señala precisamente la referencia conte-
nida en el ensayo sobre Palma romántico.
PALMA ROMANTICO 27
hablaban con nostalgia en las tertulias de café, de los tiempos de o'Higgins,
Avilés y Abascal. Palma recogió desde niño la emoción de la historia. En sus
andanzas colegiales de novillero se había encontrado muchas veces frente a
vivos símbolos del pasado. Un día, en una huerta cercana a la quinta de Presa,
había conocido a un negro tejedor de cestas, que tenia una jauría de perros
bravos y que se descubría al hablar del "rey nuestro amo'". Era Pancho Sales,
antiguo verdugo de los Virreyes. Otro día siendo niño, vería descender de un
carruaje a una mujer de rara y melancólica belleza y sabría por un compañero
que era María Abascal, presunta hija de un virrey y reina en su tiempo del
amor y la hermosura. O ya junto a una mesa, en el mercado próximo a su ca-
sa, haciendo oficio de carnicera, tuvo ocasión de ver y hablar con Juana la Ma-
rimacho, la audaz capeadora en los días suntuosos de los toros de la Concordia.
Pero la más genial de las suscitadoras del pasado era la limeña de saya y man-
to. Radiguet ha dicho que el traje de las tapadas daba a la ciudad de Lima el
aspecto de un baile de máscaras. En la Alameda de Acho, que era el paseo de
moda, en los portales, en el Puente, en las noches de luna, en las procesiones,
a la salida de los grandes cortejos, las tapadas derrochaban agudezas de epi-
grama. Palma fué un devoto cortejador de las tapadas vivientes, no de las de
lienzo, y defendió con apasionamiento romántico las subsistencias de ese ca-
racterístico traje nacional.
La saya y el manto empezaron a decaer hacia 1853 o 54. Este último año
triunfa definitivamente la gorra a la francesa y el llamado pañuelón o chai. Las
limeñas, sugestionadas por los avisos de las modistas francesas, cambian su pi-
caresco rebozo de los abominables sombreros de la época que parecían tiestos
de flores recargados de encajes, blondas, cintas y plumas. Parece que la saya y
el manto se reservaron desde entonces para las procesiones y que la última vez
que las limeñas se presentaron con el divino disfraz fué en la procesión de Cor-
pus de 1854.
Palma escribía en esa época con Juan Vicente camacho en el Heraldo
de Lima y es curioso anotar que hizo una campaña en verso en defensa de la
saya y manto y en contra del traje afrancesado. Las limeñas no le hicieron ca-
so, pero los versos retozones de Palma o de Camacho valen la pena de recor-
darse. Los poetas simulan un diálogo entre los cuatrg personajes de la moda:
saya, manto, gorra y pañuelón. El manto criollo le dice despectivamente al
chai francés:
Tu presentas al criterio
las pecas, manchas y arrugas,
y yo oculto las verrugas
en los pliegues del misterio.
Y agrega:
Querer compartir con nos
es ridicula manía
De Lima somos las dos
en donde la sal se cria.
Pero los letrilleros tuvieron que confesar su derrota, escribiendo en tono
melancólico festivo la elegía de la saya y el manto:
Las de flexible cintura,
Las de ojo negros y templados,
Las de brazo contorneado,
Las de tanta travesura,
•ZH RAUL PORRAS BARRENECHEA
Id a ocultar la figura
Bajo un villano ropón
Y al llegar a esta ocasión
Buscaré quien me socorra,
Pues me ha vencido la gorra
Y rendido el pañuelón.
El último destello de la saya y el manto, el día de Corpus de 1854, hizo
estallar a los letrilleros en un momentáneo grito de triunfo:
¡Que ojos! ¡Cielos! ¡Que brazos!
Pañuelón.
¡Ay! Se me sale a pedazos
de su caja el corazón!
Mira esa frente divina
sin mazamorra.
Cual se eleva, cual se inclina
sin el cepo de la gorra
' Dilín, Dolón.
Decid a compás:
Gorrita descansa en paz.
Duerme, duerme, pañuelón.
No hay nada de censurable en esta afección romántica de Palma, liberal,
por las viejas cosas tradicionales. Lo antiliberal es precisamente el fanatismo,
la estrecha clausura dentro de un solo círculo de ideas, sin comprensión alguna
para los puntos de vista de los adversarios. Tengo por eso como uno de los más
altos preceptos de nobleza y de honradez intelectual este pensamiento formida-
ble de Clarín, que hallé escondido en una humilde crónica literaria: "Yo des-
confío, en general —dice el gran espíritu español— de todo aquel que en polí-
tica o en religión no ha sentido alguna vez la nostalgia del campo contrario".
Palma, el liberal, el espíritu democrático, el anti-clerical, el partidario de Gál-
vez y de la Constitución del 56, no faltó nunca en su vida cívica a sus princi-
pios políticos. Pero Palma, el romántico, sintió la atracción del pasado y la poe-
sía de los tiempos coloniales en lo que éstos tenían de más gracia y seducción:
el hechizo de la mujer y su aroma aún no desvanecido de belleza y de amor.
Fué leal a su credo artístico. No puede condenársele por este dualismo. Palma
procuraba destruir en la vida lo que reconstruía en el arte. En ambas actitu-
des fué sincero. Nosotros no podemos dolemos de la contradicción, porque la
nostalgia de Palma de los tiempos coloniales, que como liberal había contribuido
a destruir en la política, fueron, en el orden artístico, las Tradiciones Peruanas.
oOo
Y ya es tiempo de hablar del romanticismo de Palma y de su generación,
vale decir del romanticismo peruano.
No se podría afirmar a ciencia cierta en qué consistió el romanticismo,
si fué una escuela literaria, una enfermedad o una moda. De las tres parece
que participó en algo. Como escuela literaria fué la protesta contra lo admiti-
do, contra lo clásico y sus reglas invariables. Romántico fué todo lo opuesto a
lo clásico, a lo ordenado, a lo equilibrado, a lo sereno. Romanticismo es, pues,
literariamente, desborde, desmelenamiento, pasión, predominio de la imagina-
ción y de la sensibilidad sobre el gusto de la verdad y de la razón. "Romanti-
cismo, decía Stendhal, es el arte de presentar al pueblo las obras literarias más
capaces de producirle placer en el estado actual de sus ideas y costumbres".
PALMA ROMANTICO 20
"Clasicismo, según el mismo escritor, es el arte de presentar al pueblo las obras
literarias en una forma que fuera capaz de producir el mayor placer posible a
sus antepasados". Según esta definición, el romanticismo sería la literatura
hecha por los jóvenes, y el clasicismo la literatura llevada a cabo por la gente
madura o para la gente provecta.
El romanticismo es, pues, como escuela, Juventud y libertad, desborde
vital. Es la revolución contra el antiguo régimen literario, estrecho y absolutis-
ta. Los románticos franceses guillotinan al preceptista clásico Boileau como los
jacobinos habían ejecutado al último Capeto. Víctor Hugo dijo con razón que
el romanticismo era la introducción del liberalismo en la literatura, así como
el liberalismo sería la introducción del romanticismo en la política.
El romanticismo fué también una moda con todos los caracteres capri-
chosos y tiránicos de la moda. Al mismo tiempo que las crinolinas y los tarros
de unto, se propagó el sentimiento por la naturaleza y el culto morboso y exa-
gerado del yo. Alguien ha dicho que del amor por el paisaje que despertaron
los románticos provienen muchas cosas modernas: el veraneo, el balneario, el
casino a orillas del mar. En vez de considerarse a los románticos tipos desgre-
ñados o desaseados, se les estima hoy como renovadores de la higiene. Propa-
garon el amor del sol, de la luz y del aire restringidos por entonces, según cá-
nones clásicos. En ese sentido cabría afirmar que Palma o Juan de Arona, agre-
gando un nuevo título envidiable a su obra, son los precursores directos de las
mañanas de la Herradura.
La moda romántica puso también en boga la egolatría. Los clásicos ha-
bían repudiado hablar de sí mismos. Los románticos decidieron exhibir las en-
trañas como los pelícanos y relatar sus más Intimos percances o dolores senti-
mentales. Todo el mundo deseó confesarse públicamente.
Pero el verdadero furor de la moda romántica fué el exotismo o lejanis-
mo. Descontentos de todo, los románticos sólo se satisfacían con las cosas que
estaban lejos en el espacio o en el tiempo. La Edad Media en la historia o el
Oriente en la geografía. Estuvieron de moda las catedrales góticas, los caba-
lleros, los cruzados, el amor trovadoresco y la arrogancia feudal, las ruinas y
las tradiciones populares al mismo tiempo que todas las miradas tendían al
Bosforo azul, poblado de cúpulas y minaretes, y anhelábase escribir el Viaje al
Oriente de Lamartine. Todos los románticos soñanm, como el barco pirata de
Espronceda, en tener:
Asia a un lado, al otro Europa
y allá a su frente Stambul.
Pero no sólo escuela literaria y moda fué el romanticismo sino también
enfermedad. El romanticismo tuvo efectivos caracteres o síntomas de dolencia
corporal: malestar invencible, melancolía, ojeras, cansancio espiritual y físico.
Todos los jóvenes se sintieron enfermos de esa tristeza epidémica a la que se
llamó, con diagnóstico fácil: "el mal del siglo". El mal del siglo era estar in-
satisfecho de todo, lamentar, blasfemar, sentirse enormemente desdichado y ha-
llarse dispuesto en cualquier momento para el suicidio. Todo romántico sentía
como el Rolla de Musset, que había llegado demasiado tarde a un mundo de-
masiado viejo. Podríamos agregar, viejo y enfermo. "De 1830 a 1840, decía
Alejandro Dumas, todos hemos pasado por la enfermedad del pecho y por la
guardia nacional montada". '
El romanticismo así caracterizado, —anhelo libertario, protesta contra las
reglas, desborde pasional, lejanismo, enfermedad de estar triste— se desarrolló
30 RAUL PORRAS BARRENECHEA
en Francia y de allí pasó a España. Contaminó principalmente la poesía lírica,
la novela y el teatro. Pero su gran batalla espectacular la libró en el teatro la
famosa noche del estreno de Hernani por Víctor Hugo, en 1830, en que la ju-
ventud romántica, acaudillada por el chaleco colorado de Teófilo Gautíer, a¬
plaudió delirantemente las audacias escénicas de Hugo, sancionando el primer
drama romántico ante el estupor y sobre la cabeza pelada de los clásicos aca-
démicos que asistían a la función.
"De 1848 a 1860 se desarrolló en el Perú la filoxera literaria o sea pasión
febril por la literatura" dice Palma, señalando el advenimiento de su genera-
ción romántica. ¿Cuáles fueron los síntomas que denunciaron la aparición del
romanticismo en el Perú? En realidad no hubo otros que la presencia en Lima
del poeta español Fernando Velarde, que fué el portador del contagio, y el pro-
selitismo entusiasta de los jóvenes de entonces por los poetas románticos es-
pañoles y franceses. Palma lo ha declarado en palabras que después se han
repetido mucho: "Nosotros, los de la nueva generación, arrastrados por lo no-
vedoso del (libérrimo, romanticismo, en boga a la sazón, desdeñábamos todo lo
que a clasicismo tiránico apestara y nos dábamos un hartazgo de Hugo y Byron,
Espronceda, García Tassara y Enrique Gil. Márquez se sabía de coro a Lamar-
tine; Corpancho no equivocaba letra de Zorrilla; para Adolfo García, más allá
de Arólas no había poeta; Liona se entusiasmaba con Leopardi; Fernández,
hasta en sueños, recitaba las doloras de Campoamor; y asi cada cual tenía su
vate predilecto entre los de la pléyade revolucionaria del mundo viejo. De mi
recuerdo que hablarme del Maclas de Larra o de las Capilladas de Fray Gerun-
dio, era darme por la vena del gusto".
El movimiento romántico no surge así entre nosotros como la consecuen-
cia de un estado de alma, o de una fuerza social desbordante sino que es obra
de importación y de imitación extrañas. El romanticismo no es, en el Perú,
una enfermedad sino más bién una intoxicación. En el Perú no había existido
una literatura clásica, definida y despótica, que hubiera que derrocar. Ha-
blando en oro, aquí apenas si había habido una que otra figura literaria espo-
rádica, pero no un movimiento o grupo al que pudiera denominarse clasicista.
El único literato de orientación clásica que existía entonces en el Perú era D.
Felipe Pardo y Aliaga, pero los románticos lejos de combatirle como poeta le
rindieron el homenaje de casi todas sus dedicatorias primicias. Palma estuvo
muy joven en casa del poeta ciego, glorioso e inválido, porque éste había elo-
giado su traducción de La Conciencia de Víctor Hugo. En vez de desacatar a
Pardo por su clasicismo inflexible, los románticos le acogieron como a un maes-
tro. Cierto que Pardo tenía algo que lo hacía inconfundiblemente romántico y
era su dolor.
Los románticos peruanos tampoco tenían de qué estar tristes y lo estu-
vieron sin embargo inconsolablemente. Vivían en un mundo nuevo apenas co-
nocido, que había deslumbrado a Chateaubriand por su magnificencia, y tenían
que sentirse viejos y cansados. Los románticos europeos eran tremendos, de-
cepcionados y escépticos, desesperados como Byron, mientras que los románti-
cos peruanos fueron buenos e ingenuos creyentes, que escribían continuas ple-
garias a Dios y meditaciones religiosas. De Salaverry, el más inspirado y libre
de ellos, es esta invocación devota:
Pero antes que del tiempo la mano perezosa
Nos teja esas coronas de gloría y libertad,
Apaga con tus llantos, oh Virgen Santa Rosa,
De las civiles guerras la bárbara impiedad.
PALMA ROMANTICO 31
Ni anti-clasicistas, ni enfermos, ni escépticos fueron, pues, nuestros ro-
mánticos. Luis Alberto Sánchez sugiere que tampoco mantuvieron una actitud
desafiante contra el orden burgués de la vida, que el romanticismo negaba, que
carecieron, en buena cuenta, de espíritu de lucha y que casi todos ellos fueron
burócratas. Todo esto es cierto en parte. No fueron nuestros románticos exal-
tados revolucionarios, panfletarios tremendos, pero no les faltó ánimo belige-
rante y, sobre todo, algo que vale más y requiere mayor firmeza de corazón y
de alma: limpieza en la conducta y en la vida. Luis Benjamín Cisneros, pura
alma de cisne, que sólo vivió para la poesía, contestó ya en una polémica fa-
mosa a José Toribio Mansilla que le hacia esa misma imputación: "Ser em-
pleado público no es deshonroso. No he cometido ninguna bajeza ni ninguna
traición para serlo". Lo mismo hubiera podido decir Ricardo Palma al reti-
rarse años más tarde de la Biblioteca Nacional. Y si una víctima fuera necesa-
ria; allí está Benito Bonifaz, muerto en las barricadas de Arequipa revolucio-
naria.
El espíritu de lucha de los románticos no es posible negarlo. Batallaron
rudamente con la vida y sufrieron rudos contrastes. Casi todos ellos prove-
nían de familias pobres y humildes, hallaron obstáculos y prejuicios muy difí-
ciles, de vencer e impusieron sus nombres en un ambiente literario, frío y des-
deñoso. Liberales, "republicanos rojos", como ellos dieron en llamarse, brega-
ron ardorosamente en el periodismo, combatiendo a Castilla, a Echenique o a
Prado. Sus tribunas se llamaron El Heraldo de Lima, El Correo de Lima, El Dia-
blo, El Zurriago, La Campana y tantas otras hojas combativas. Palma fue
conspirador contra Castilla y revolucionario contra Prado. Entre los mismos
románticos hubo también batalla y no de migajones. Aparte de la polémica
entre Fernando Velarde y algunos discípulos desconocedores de su fuerza poé-
tica de que ha hablado ya Riva Agüero, contendieron en acres polémicas Althaus
y Liona de un lado y Camacho y Palma de otro, y en posterior ocasión Man-
silla contra Corpancho y Cisneros. Salaverry y Juan de Arona también riñeron
por cuestiones de versos en 1863 y Juan de Arona y José Arnaldo Márquez por
rivalidades de oficio. El único que mantuvo una actitud desdeñosa y prescinden-
te a lo Vigny, fué Salaverry. "No ignora Ud.—respondió una vez a Luis Cisne-
ros—la indiferencia, el desdén con que miro pasar los acontecimientos políticos
de nuestro país y que hace ya mucho tiempo que he perdido la fe que por un
momento pude tener en nuestros hombres públicos" (El Comercio 2 de Die. 1854).
Pero su abstención era, como se ve, de puro origen romántico. Provenia de in-
credulidad y escepticismo.
Si los poetas románticos peruanos se apartaban por tantos aspectos de
los poetas europeos ¿en qué consistió entonces el romanticismo en el Perú?
Consistió, diría yo, en la lamentación y el tono elegiaco, en el desconsuelo sin-
cero o ficticio, en la poetización e idealización de los trances cotidianos de la
vida, en la búsqueda de la naturaleza, en el orientalismo y medioevalismo pos-
tizos y en el fervor con que trataron de naturalizar entre nosotros el drama ro-
mántico. Como caracteres propios puede exhibir el romanticismo americano o
peruano, aparte de sus rasgos europeos, la ingenuidad casi infantil del senti-
miento y el apostolado cívico y democrático de que se sentían investidos los
poetas.
Aunque Palma cita muchos más, los verdaderos románticos por la enti-
dad, de su obra poética fueron Carlos Augusto Salaverry, Luis Benjamín Cisne-
ros, Manuel Nicolás Corpancho, José Arnaldo Márquez, Clemente Althaus, Nu-
ma Pompilio Liona, Pedro Paz Soldán y Unanue, Trinidad Fernández, Toribio
P,2 RAUL PORRAS BARRENECHEA
Mansilla, Constantino Carrasco, Manuel del Castillo, Benito Bonifaz, Enrique
Alvarado, Juan Vicente Camacho y Ricardo Palma. No todos convivieron lite-
rariamente. Algunos llegaron más tarde, otros no persistieron en el afán lite-
rario, algunos desaparecieron pronto. Liona y García fueron los primeros en
surgir, alrededor de 1848, al lado de Velarde. Salaverry de los últimos, en 1854.
Paz Soldán y Carrasco, muy niños en 1848, aparecieron más tarde. La amistad
y la solidaridad literaria más amplia sólo existió entre el grupo que formaban
Palma, los Cisneros, Corpancho, Camacho y otros románticos no rimadores co-
mo Lavalle, Ulloa, Pacheco y en los primeros años de juventud Enrique Alvarado.
Alvarado fué la primera promesa trunca de la generación romántica. No
será posible estudiar el ideario político del romanticismo en el Perú prescin-
diendo del nombre de Enrique Alvarado. En pocos artículos rotundos y arrolla-
dores dejó marcada la garra. Tenía el arresto panfletario de González Prada
y su "¡Adelante o Atrás!" anticipa el acento admonitivo del discurso del Po-
liteama. Enrique Alvarado fué el fustigador de la política de saínete de su épo-
ca y el apóstol de una gran revolución social y moral que comenzara por edu-
car a las masas y propugnara "la libertad como el principio, el medio y el fin
de la política". Enrique Alvarado fué uno de los primeros que tuvo esa tris-
teza del Perú, que Luis Alberto Sánchez niega existiera entre los románticos, ob-
sesionados en cantar sus desventuras personales. Alvarado murió, por desgra-
cia, muy joven, en Trujillo, en 1855. Lo que debió ser el programa'de un parti-
do político, se convirtió entonces en una corona fúnebre. Los románticos llo-
raron su decepción en un folleto que aun destila lágrimas. Los Cisneros, Ulloa,
Corpancho, Salaverry, Fernández, Palma, Francisco Bilbao colaboran en el ho-
menaje de despedida. El acento de Luis Cisneros es, como siempre, el más tier-
no y puro y el más lleno de santo entusiasmo. "Habríamos querido oír su úl-
tima palabra. Habríamos querido llevar su féretro sobre nuestros hombros. Ha
muerto el joven que habría encontrado un día su tribuna sobre los hombros
del pueblo, que habría sido un proscrito, que habría bajado a un calabozo, que
habría subido al patíbulo, que habría ido a la hoguera con la resignación de un
mártir". Escuchadnos—no era un genio, pero habría sido un genio; no era
un mártir, pero habría sido un mártir; no era un Cristo, pero habría sido un
Cristo". "El día de la Marsellesa en nuestra historia sorprenderá su puesto
vacío sobre la barricada de los libres. La muerte ha arrebatado la hostia sa-
grada de nuestra juventud. ¡Enrique Alvarado ha muerto!"
La bohemia se quedó, en efecto, sin su caudillo ideológico y perdió desde
entonces la beligerancia multitudinaria a que pudo arrastrarla Enrique Alva-
rado. El grupo de Ulloa, Lavalle, los Cisneros, Pacheco y más tarde Palma, que
ya había colaborado junto con aquellos en El Heraldo de Lima, publica en 1860
La Revista de Lima, que sería la expresión literaria más cabal de nuestro ro-
manticismo, que llevaría los nombres de sus redactores a las demás naciones
de América, prestigiando la cultura peruana, y cuyos directores fueron sucesi-
vamente Lavalle, Ulloa y Palma. Corpancho murió en un naufragio en 1868
Althaus, Liona y Márquez vivieron alejados del grupo.
La poesía romántica peruana comenzó por imitar las formas de la poesía
romántica europea, francesa y española. Los ídolos fueron primero Espronce-
da y Zorrilla. El Diablo Mundo y el Canto a Teresa y las leyendas zorrillescas
se reproducían sin cuento en los periódicos y revistas. El Don Juan Tenorio se
estrenó en Lima en 1851. (16 oct.) representándose por partes en días consecu-
tivos. La popularidad del bardo de Granada fué inmensa. Los ejemplares de
sus libros se agotaban. El orientalismo subía de punto. Las limeñas se sentían
PALMA ROMANTICO S3
misteriosas huríes, celadas en algún agareno aduar, por algún bronco berberis-
co. El delirio llegó al conocerse los versos del poeta a Eugenia de Montijo, cuan-
do el romanticismo y el amor la hicieron Emperatriz.
En Granada naciste,
bien lo pregona
la oriental gentileza
de tu persona.
Balsámica azucena del campo de Granada,
que dejas nuestra vega tornada en flor de lis.
Las limeñas sabían estos versos de memoria y Eugenia fué por mucho
tiempo reina de la moda y de los corazones. Mientras nuestras paisanas imi-
taban el peinado en bandos y la pompa de cisne de las crinolinas de la con-
desa de Montijo, los poetas se empeñaban en copiar la técnica de los versos
de Espronceda y Zorrilla. Aparecieron composiciones en que se mezclaban ver-
sos largos y cortos, con todas las exageraciones zorrillescas y esproncedianas,
hasta llegar a esos versos trisílabos y bisílabos que, según el decir de Eugenio
D'Ors, dan la impresión de un piano tocado con un solo dedo. Véase este ejer-
cicio de Salaverry:
Tímida
sombra
blanca
pasó.
Célica
mi alma
triste
la vió.
Sonoro
su acento
contento
De las formas, el contagio se trasmite al espíritu. Menos trágico y desa-
pacible, menos funerario que el romanticismo europeo, el nuestro no le cede
en tristeza y melancolía. La desazón romántica prende fácilmente en los co-
razones juveniles ayudada por una fuerza activa. Liona declara, refiriéndose
a Althaus, que éste es un poeta auténtico porque posee "ese dolor vago e inex-
plicable que se apodera de las almas superiores y que es el mismo mal de Rene
y del sombrío Oberman. del tedio y la mortal melancolía, esa enfermedad incu-
rable de los espíritus modernos". Fernando Velarde había sido el primero en
exclamar: "Nacer poeta es nacer a ser infeliz". El coro elegiaco repite en di-
versos tonos la misma lamentación. Cada romántico es el ser mas infortuna-
do del mundo y se siente hostigado por un destino fatal.
Althaus revela su turbación diciendo:
En mi alma también existe
un instinto misterioso
que me tiene siempre ansioso
de otro mundo, otra región.
34 RAUL PORRAS BARRENECHEA
Como águila aprisionada
dentro de mi pecho se agita
esta ansiedad infinita
que me llena el corazón".
Cristal es la vida de lágrimas hecha
y es ley el llorar".
escribe Palma.
¡Lágrimas y más lágrimas! La caducidad inevitable de todo lo que vive
se ofrece a los románticos como una fuente de tristeza y de ternura. Sus ver-
sos cantan lastimeramente la elegía de las horas que se van. Son niños que
se sienten viejos y a poco viejos que sueñan con quedarse niños.
Y aunque me cubra de cabellos canos
t Dejadme siempre el corazón de un niño,
dice Salaverry:
Corazón, corazón, tu no envejeces,
exclama optimista Palma.
Valle de lágrimas, camino de dolor, el mundo es sólo una ilusión enga-
ñosa y pasajera y los hombres proscritos o viajeros ansiosos. Estuvo de moda
sentirse y llamarse peregrino, como Byron y sobre todo como Mármol. Tam-
bién Palma cogió el bordón romántico y sintió la transitoriedad viajera de vivir:
¿Qué somos? Aristas
que arrebata la brisa fugaz
Pasamos, pasamos
como pasan las olas del mar.
otra vez dice:
La dicha! Audaz el corazón se afana
tras su esplendor escaso,
y en el bazar de la existencia humana
sólo es ave de paso.
El más hondo decepcionado de todos, el más genuino romántico de la
desesperación en su vida y en su obra, fué el más joven de los poetas, Juan
de Arona que a los veinte años escribía:
Hay unos días desesperantes
en que me carga la humanidad,
en que las horas y los instantes
son largos siglos de oscuridad.
Que en esos días en que detesto
a cuanto existe, y adoro el mal,
tal es mi traza, tal es mi gesto
tal mi deseo, mi índole tal,
Que sin cuidarme de la modestia
os confieso, hombres, en alta voz,
PALMA ROMANTICO 35
que en esos días soy una bestia
salvaje, arisca, rara y feroz.
De esta congoja tremenda los románticos se redimen por el amor. Tedio,
duda, desesperanza se desvanecen por sólo la presencia astral de la amada.
Un encuentro tan sólo con ella les ilumina el corazón y les devuelve la fe. co-
mo todos en América fueron bautizados en Becquer, una mirada les basta pa-
ra creer nuevamente en Dios.
Palma, en cuyo semblante siempre asomó la risa, en cuyos labios siem-
pre juega la burla, siente también el divino milagro del amor como cualquier
becqueriano inocente:
Junto a la mujer querida,
qué bella es la luz del sol!
Cuál se desliza la vida
hallando otra alma fundida
de la nuestra en el crisol
Ah! No es el mundo por cierto
de las almas la pasión!
Sólo el mundo es un desierto
para aquel que lleva muerto
dentro el pecho el corazón.
Es ésta sin duda, la del amor correspondido y triunfante, la cuerda más
apasionada y sincera, la más propia de cuantas hicieron vibrar el corazón y
la lira de los románticos. ¡Campanas de gloria que celebran la misa rosada del
primer amor! ¡Rumor de besos y batir de alas como en la rima imperecedera!
¡Cuánto más bello y sugestivo es este júbilo inundado de fe y de confianza en
la vida que el lánguido gimoteo aprendido de los vates extraños! Cisneros le
pide temblorosamente a la amada que coloque un jazmín en sus cabellos, si
corresponde a su pasión, y todas sus dudas y temores se desvanecen, porque:
...¡Oh feliz señal! ¡Ventura humana!
Al llegar de su calle a los, confines
la vi que me esperaba en la ventana
¡la cabeza cuajada de jazmines!
Salaverry cantará de rodillas, la lágrima furtiva de la novia, después del
primer beso de amor:
¡Cómo ese instante de olvido
turbó tu inocente calma!
Yo vi en tu rostro encendido
puro un diamante caído
de la mañana de tu alma!
Pero el amor romántico verdadero no ofrece tanta cercanía: es púdico
y tímido, recatado, tan auténticamente platónico que no se atreve a decir su
cuita. Es, dice Ventura García Calderón, el amor a la distancia, secreto, te-
dineroso, escondido como el de . Dante que ve pasar a Beatriz en el Ponte Vec-
chio y no se atreve nunca a balbucear su pasión hasta que ella se muere igno-
rándola; es el amor cobarde que cierra los ojos al paso de la dicha y después
se desespera llorando, amor sin palabras que quiere, como Gustavo Adolfo, ha-
36 RAUL PORRAS BARRENECHEA
blar únicamente con los ojos y besar con la mirada. Numa Pompilio Liona ha
descrito particularmente esta especie de schok romántico:
Y de tarde y de noche y de mañana
Iba girando en torno a sus umbrales
Para verla pasar en su ventana
O al través de los diáfanos cristales,
Y al divisarla de zozobra lleno,
Doblábanse mis trémulas rodillas,
Y desde lo profundo de mi seno
Se agolpaba la sangre a mis mejillas
Las partas a un Angel de Carlos Augusto Salaverry, la más alta nota lí-
rica de nuestro romanticismo, son también la expresión de un amor semejante,
pudibundo, secreto y contrariado. "Salaverry —nos cuenta Alberto Ureta— se-
guía a su dulce tirana a la iglesia, al teatro, al paseo y al regresar a su estan-
cia desengañado volvía a sumergirse en un mundo de ilusiones contemplando
el retrato de la mujer que amaba".
Sombra inmóvil, te miro a todas horas
y nunca a verme tu semblante giras.
Cuando suspiro yo, tú no suspiras,
cuando mis penas lloro, tú no lloras.
El lejanismo de nuestros románticos no fué sólo amoroso sino también
histórico o geográfico. El orientalismo hizo estragos en ellos. Palma fué de
los primeros en caer con aquellas estrofas que han quedado típicas:
Pues tienes, nazarena,
caftanes de tisú
y chales Cachemira
brinda a tu juventud;
pues Tiro te da púrpura,
y aromas Stambul,
y la Golconda perlas
que esconde el mar azul;
quisiera yo, sultana,
¡Guarde Alah tu virtud!
ser para tu belleza
el terso espejo en que te miras tú.
Pero el chaparrón medioevalista y oriental se desató con más fuerza en
el teatro. Althaus escribió un drama: Antioco; Corpancho dos, titulados: El
poeta cruzado y El Templario e Isidro Mariano Pérez El Puñal de Bayaceto. Los
escenarios se llenaron de almenas, cotas de mallas, albornoces y laúdes. De
El Templario es esta escena característica romántica:
El.— Exaltación santa
del bien precursora
Ella.—Trae tu mano ahora,
ven, pósala aquí. (Señala el corazón)
El corazón sientes, .¡
mi bien, cual se agita?
PALMA ROMANTICO 37
Pues sólo palpita
de amor por tí
El.— Concédeme en prueba
que imprima la boca (le toma la mano)
Ella.—¡Con tal fuego invoca!
El.— Favor celestial!
Ella.—Cruzado, te adoro!
El.— Mi bien!
Mi embeleso! (le besa la mano).
Me ha abierto este beso
la gloria eternal.
No puede darse nada más romántico. Esta es la escena culminante del
drama, probablemente la que despertó entonces mayor espectación sentimen-
tal en el público. Todos los circunloquios del gallardo cruzado que va a tomar
Jerusalén son para pedirle a ella que le deje besar su mano. Cuando ella se
lo concede, él declara que se le ha abierto la gloria. Las películas norteameri-
canas han desacreditado para siempre el encanto de tanta ingenuidad.
Para los románticos la poesía no era únicamente la libertad literaria si-
no la política. El liberalismo fué inseparable del romanticismo. La misión del
poeta no era sólo la de cantar tristezas individuales sino la de dirigir mesiáni-
camente a los pueblos. El poeta debe ser el bardo. Los teóricos del romanti-
cismo peruano —Althaus y Liona— afirman que "mientras se considere la poe-
sía como un juego y no como una santa misión, como una sublime enseñanza,
no habrá poesía". Becquer, más romántico, mucho más romántico había dicho:
"Mientras exista una mujer hermosa habrá poesía".
La poesía es así, en América, magisterio civil, apostolado revolucionario.
La musa romántica es la libertad. Los poetas se embriagan con los dogmas de-
mocráticos escritos con mayúscula: Libertad, Derecho, Justicia, Progreso, De-
mocracia. Por eso Mármol, que había combatido lira en mano la tiranía de
Rosas en alejandrinos furiosos, fué recibido en Lima con fanática admiración.
Palma y Mansilla le saludaron en verso en nombre de los bohemios. Y Már-
mol escribió en el pórtico del libro de Corpancho estas palabras: "Qué cora-
zón más a propósito y qué voz más templada para ejercer el sacerdocio santo
de llevar a la conciencia, entre la armonía del canto, las impresiones de lo
justo, de lo noble y de lo bello, que el corazón y la voz de los poetas?" "La épo-
ca y la misión gloriosa de la espada pasó ya. Ha llegado su turno a la inteli-
gencia. Y la inteligencia del poeta, inmensa para abarcar la sociedad con to-
dos sus vicios y virtudes brillantes, para embellecer hasta las más toscas ver-
dades humanas y sutil para infiltrarse en la conciencia de los pueblos, está
llamada, señor, a ocupar el primer rango en la revolución moral que atrave-
samos".
Se ha dicho que nuestros románticos no se atrevieron a combatir a nues-
tros caudillos y que cuando lo hicieron no lograron sino destierros fugaces. Se
extraña que no erigieran una oposición como la de Montevideo y que no fra-
guaran planes tremendos en el destierro como los proscritos argentinos. Pero
es que el gobierno de Castilla no era la tiranía de Rosas como hubo de recono-
cerlo el mismo Palma, desterrado en Chile. Castilla, cazurro, criollo, sagaz, no
tenía los instintos sangrientos del caudillo de la Santa Federación, castilla,
en vez de oprimir, habría libertado al negro y redimido del tributo al indio;
¿por qué le iban a combatir melodramáticamente los líridas?
38 RAUL PORRAS BARRENECHEA
Palma tuvo, como pocos, la conciencia de su apostolado poético. Luchó
y fué desterrado por cumplirlo. En Chile, tuvo ocasión de enunciar sus convic-
ciones en este sentido en una carta dirigida a Guillermo Matta (Valparaíso 17
de abril de 1862 — 10 de mayo 1862.—Com.) y que merece leerse por la gallardía
del pensamiento y de la forma:
"La poesía en estos momentos supremos en que se rifa la suerte de un
gran continente está obligada a llenar su misión. Acabas de colocar tu rica
ofrenda en el altar de la democracia. Tus versos, amigo mío, me han recorda-
do el deber que para con nuestra América tenemos los que hemos sido favo-
recidos por Dios con el sentimiento e inspiración de poeta. Bendigamos el mis-
terioso y armónico lenguaje de la poesía, que no sólo sirve para derramar una
gota de consolación dulcísima en la hiél de todas las amarguras, sino que es
arma que en las horas de lucha y transición, podemos emplear para uniformar
las ideas del pueblo. Si alguna vez cantan los poetas angustias que sólo a ellos
atañen e interesan, tiempo es de dar tregua al dolor de la personalidad,
no para llorar como el profeta sobre las ruinas, sino para pronunciar palabras
de esperanza que hagan brotar la fe en las almas débiles y descreídas. Aguila
real del porvenir, también es el poeta un abnegado y modesto obrero del pre-
sente".
Y don Ricardo aparejó la doctrina con la vida. Hay un episodio, signi-
ficativo, descuidado por sus biógrafos, que revela lo hondo de su liberalis-
mo y de sus convicciones democráticas. En 1864 estuvo en Europa y llegó a
Rockston. Allí residía don Juan Manuel de Rosas, el célebre déspota argentino,
que había ensangrentado y oprimido a su patria. Palma se acercó a su casa
y le vió pasar, acrecida la tetricidad de su figura por su imaginación de poeta
romántico y liberal. El historiador que había en Palma luchó seguramente por
satisfacer la curiosidad de conocer a la gran personalidad argentina. Podía
haber escrito una bella tradición. Pero sobre sus curiosidades de erudito pri-
maba su investidura de poeta romántico, compañero de Mármol y sublime can-
tor de la libertad. El romántico peruano cogió, no la péñola cariñosa de las
evocaciones con que se burlaba de virreyes y arzobispos, sino la estrepitosa lira
romántica para decir:
y como el peregrino
que huye, en su camino
víboras encontrando ponzoñosas,
de Rockston, me alejé, mansión de Rosas,
el Caín de un gran pueblo americano,
el Nerón argentino.
En el derecho canónico de los románticos los tiranos eran reos de exco-
munión mayor, cuyo contacto era demoniáco. Don Ricardo Palma se alejó de
Rosas, sin hablarle, como de un réprobo.
La política fué el gran deber de los románticos. Pero su ilusión, la gran
aspiración de su juventud, fueron los éxitos dramáticos. Tenían que repetir la
noche de Hernani, aunque aqui no hubiera existido la tragedia clásica y gritar
"Armonías. Libro de un desterrado" el secundo y mái
característico volumen de versos de Palma que le da
categoría romántica en América y que se publicó en
París en 1865 a la sombra de Lamartine y del sauce
de Musset.
/
El "Rodil" de Palma, folleto publicado en 1851, cuando
el autor contaba 18 años, y que fué estigmatizado por
el tradicionista, quien en su vejez incineraba todos los
ejemplares de aquel que caían en la Biblioteca. £1 e¬
jemplar superviviente se bailó en 1952, a los cien años
del estreno del "Rodil" en la Biblioteca del Club Na-
cional. El ejemplar babía pertenecido a la colección de
Papeles Varios de don José Casimiro Ulloa, compañero
de bohemia de Palma.
PALMA ROMANTICO 39
su entusiasmo desde las galerías hasta hacer consentir al público en la genia-
lidad de la nueva generación romántica.
El teatro peruano contaba entonces con dos grandes figuras; Pardo y
Segura. Estos hablan creado la comedia de costumbres criollas, mucho más
nacional y popular, mucho más romántica por lo vernácula que el teatro me-
dioevalista y declamatorio que iban a implantar los jóvenes poetas. Pero ¡qué
importaba todo ésto, ante una noche clamorosa de triunfo en el teatro de Li-
ma! Las funciones teatrales eran la única gran diversión limeña por los años
de 1850 a 60. Los días de aniversario patrio o el 9 de diciembre eran de enor-
me solemnidad. Castilla o Echenique asistían a la función desde el palco pre-
sidencial. Las limeñas concurrían sin el misterioso disfraz y un ambiente de
comunicativo republicanismo reinaba en la sala. Se cantaba emocionadamente
el himno de Alcedo, y antes que se descorriera el telón, el público pedía que
hablaran los oradores eminentes o que las muchachas bonitas cantaran estro-
fas del himno nacional. Palma ha recordado este ambiente en su tradición
9
León de Hoyos. "¡La del palco N 25!, ¡La del 16!" o "Casos, o Gálvez! o Lu-
ciano Cisneros!" Y se elevaba entonces la voz enardecida y gallarda del tri-
buno o la linda y flébil voz de la limeña. El primer actor o la primera actriE
iniciaba la actuación leyendo una alocución patriótica alusiva a Ayacucho o
a las glorias peruanas de la Independencia, compuesta por don Felipe Pardo,
por Toribio Mansilla, Manuel Vicente Villarán o por el propio don Ricardo Pal-
ma. En seguida se representaba algún drama truculento de Dumas o Bouchar-
dy, o, cuando era día de estreno para los románticos, El Pabellón Peruano de
Luis Cisneros o El Pueblo y el Tirano de Carlos Augusto Salaverry, entre aplau-
sos delirantes. El autor era siempre llamado a escenas, a la usanza española,
iniciada en el estreno del Trovador de García Gutiérrez, aunque invariablemen-
te lo mordieran al día siguiente los comunicados de El Comercio. El teatro
apasionaba por esa época como más tarde los toros. Las polémicas sobre acto-
res y obras dramáticas producían acres controversias. Las rivalidades entre ar-
tistas y los apasionamientos del público por la Fedriani o la Miranda, como an-
tes por la R'ossi o la Pantanelli, producían verdadero escándalo. El único gran
actor acatado unánimemente era Mateo O'Loghlin que estrenó en Lima el Don
Juan Tenorio y que era insuperable intérprete de un truculento drama que apa-
sionaba en su época: La Carcajada. O'Loghlin estrenó casi todas las obras de
los románticos, pobres dramáticamente, pero exhuberantes de lirismo y de pa-
sajes declamatorios.
El mayor éxito del teatro romántico peruano fué El Poeta Cruzado de Ma-
nuel Nicolás Corpancho, que se repitió incesantemente y aun fué representado
en Chile. Corpancho trató de repetir el éxito en El Templario, pero sin conse-
guirlo. El más fecundo en producir obras dramáticas fué Salaverry, que inten-
tó el drama histórico en Atahualpa y en El Pueblo y el tirano y escribió ade-
más Abel o el pescador americano, El Bello ideal, El amor y el oro y otros en-
gendros semejantes. Salaverry se propuso indigenizar el teatro con muy poco
éxito. En Abel o el Pescador Americano, una protagonista! .enamorada de un
indio pescador, dice a su confidente:
Con la realidad me abrumas,
de él me apartará el honor;
pero, es tan bello el amor
así, vestido de plumas!
En otro drama de Salaverry, El Pueblo y el Tirano, la multitud dirigida
por un caudillo indio y poseída de un frenético deseo de anacronismo, asalta
40 RAUL PORRAS BARRENECHEA
el palacio del Virrey en pleno siglo XVII, portando en triunfo una inesperada
bandera peruana.
José Arnaldo Márquez intentó llevar al teatro problemas y reivindicacio-
nes sociales y cierta tendencia demagógica como en Pablo o la familia del men-
digo, en que se debate poco más o menos el dilema de si la nobleza del cora-
zón vale más que la nobleza de los títulos y uno de los personajes exclama:
¡Oh los ricos! Para ellos
las desgracias son mentira!
Los corazones más bellos
Se agostan en el pesar.
Manuel Ricardo Palma, como entonces se firmaba el tradicionista, bus-
có también los aplausos del teatro, obteniéndolos alguna vez abrumadoramente.
Palma escribió tres obras dramáticas: La hermana del Verdugo, en 1849, La
muerte o la libertad, en 1851 y Rodil, en 1852. Además realizó una traducción de
El Gitano de Bouchardy, que se estrenó en 1854.
La Hermana del Verdugo, escrita a los 17 años, declara él mismo que fué
una "abominación patibularia en cuatro actos"; pero revela ya, sin embargo,
la vocación histórica de Palma. El protagonista del drama es el verdugo del
Cuzco, Juan Henriquez que ajustició a Gonzalo Pizarro y a Carbajal. Pero el
Juan Henriquez del drama se parecía al de la historia "como una góndola de
pescadores a un navio de tres puentes". "Argumento y caracteres eran desa-
tinados hasta dejarlos de sobra. Pero los versos —asegura el propio interesa-
do— gustaron al público, arrancaron aplausos y el autorcillo fué llamado a
la escena".
El 27 de julio de 1854 estrenó Palma su segunda obra La muerte o la li-
bertad con un programa truculento- obertura, alocución patriótica, himno na-
cional, cavatina y bailes sevillanos. El autor declara que la pieza merecía que
público le tirase los bancos a la cabeza, pero lo salvó el patrioterismo de los
versos y una lamparilla no sabe si a San Miguel o al Diablo. Los anuncios de
la obra la calificaron de "melodrama en tres actos, en prosa y verso" y la dis-
tribución de los cuadros, en plan de contraste, no deja lugar a duda sobre su
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progenie romántica. Estos se titulaban: l —El baile, 2 —Los conspiradores, 3?
La Prisión.
El más sonado triunfo de Palma en el teatro fué, sin embargo, el drama
histórico Rodil, estrenado el 13 de enero de 1852. El propio Palma declara que
él creyó por esa época que había producido la octava maravilla, pero en su tra-
dición sobre Rodil dice que fué un desatino dramático, "especie de alacrán de
cuatro colas o actos" y agrega; "Aquello no era drama, ni piñón montado;
versos ramplones, lirismo tonto, diálogo extravagante, argumento inverosímil,
lances traídos a lazo, caracteres imposibles, la propiedad de la lengua tratada
a puntapiés, la historia arreglada a mi antojo y vamos, aquello era un
mamarracho digno de un soberbio varapalo".
El éxito resonante de Rodil se debió a unas redondillas con intención po-
lítica, que se recitaban en el segundo acto, "Allí —dice Palma—, se zurraba la
badana el Ministerio y se atacaba la ley de represión, dictada por el gobierno
conservador de entonces". De allí el frenesí público. Don Ricardo, uniendo el
pensamiento a la obra, hizo desaparecer de la Biblioteca y de la- circulación,
todos los ejemplares del Rodil, que se imprimió y vendió profusamente, e hizo
con ellos un auto de fé. De allí que la lectura del Rodil sea hoy casi imposible;
pero he podido hallar que la redondilla maliciosa, palmeada y pateada, por el
público fué ésta;
PALMA ROMANTICO 41
Desgraciada la nación
donde se humilla al talento
y hasta para el pensamiento
hay leyes de represión.
No sería posible hablar del romanticismo sin decir siquiera unas pala-
bras sobre el papel que las limeñas representaron en el romanticismo peruano.
Wilde ha dicho que las mujeres nos inspiran grandes cosas pero que en segui-
da nos impiden realizarlas. Las limeñas inspiraron los mejores versos de los
románticos y fueron las diosas sonrosadas que presidieron, embutidas dentro
de sus aéreas crinolinas, los éxitos teatrales de los poetas. Pero no participaron de
sus tristezas y desesperaciones porque apenas si la agudeza les cabía dentro del
cuerpo. Y en cuanto a las ideas liberales de sus románticos admiradores, no
sólo no las siguieron sino que las combatieron indignadas. Coronas de alfalfa
llevaron las limeñas para echarlas sobre las cabezas de los representantes he-
rejes, cuando se discutía la libertad de cultos, en 1856 y en 1857, y atacaron a
arañazos y puñadas al diputado Bambarén cuando entraba al Congreso. Las
limeñas no fueron como esa romántica señorita francesa que en un baile del
banquero Laffite, al ser invitada a danzar, contestó con dignidad: "Ante todo,
caballero, dígame Ud. si es partidario de la libertad de imprenta". Una mujer
y de clara estirpe, la señora Lazo de Eléspuru, estrenó un drama y al presen-
tarse a escena, llamada por el público, se desmayó como cualquiera heroína
romántica.
En Palma lucharon principalmente dos tendencias: una suya innata, a¬
távica de su ciudad y de su raza, la traviesa y juguetona tradición del criollis-
mo, y otra externa y adquirida, aprendida dentro de un ambiente propicio que
se pudo considerar por mucho tiempo como una vocación efectiva de su espí-
ritu. Palma rindió tributo sincero y constante al romanticismo literario de 1830,
pero su vocación le arrastraba lejos de él. Su sobriedad sentimental estaba re-
ñida con el alarde romántico. Su tendencia a la risa y a la burla desvirtuaba el
lirismo melancólico en boga. La risa exige la anestesia del corazón, como ha
dicho Bergson. No pudo ser nunca un buen poeta romántico, por más que a¬
certara en algunos versos, porque le delataba su espíritu retozón. Por mucho
tiempo, él trató de esconder y de cegar esa propensión traviesa, convencido de
que solo dentro de la dirección poética que seguía, podía alcanzar la justa am-
bición de gloria que llevaba dentro.
Indirectamente, por caminos insospechados, Palma llegó a encontrar su
camino real. Las tareas poéticas no le habían impedido husmear el pasado con
curiosidad socarrona, sin contradecir su filiación literaria. "Romántico es todo
aquel para quien la historia existe", ha dicho Ortega y Gasset. Palma se acer-
caba más ciertamente al romanticismo cuando más pensaba alejarse de él.
El primer ensayo histórico de Palma es contemporáneo de su iniciación
poética. En 1853 publica una colección de apuntes biográficos de los precurso-
res de la Independencia peruana que titula Corona Patriótica. Sus leyendas his-
tóricas en verso de esa época representan todavía la desviación romántica. Pe-
ro en 1862 ya le han conquistado los papeles viejos y los archivos y da a luz
sus Anales de la Inquisición de Lima. El criollismo burlón e irreverente hu-
biera parecido tan inconciliable con las labores históricas como con los versos
románticos. Pero él halló modo de llevar la travesura a la historia y del con-
nubio entre la evocación romántica y la festiva sal criolla nace la tradición,
el género que hizo célebre a Palma.
42 RAUL PORRAS BARRENECHEA
Eí tradicionista desplazó al poeta romántico, pero le quedó marcada la
huella letal. Cuando había intentado llorar, no pudo disimular una sonrisa;
cuando quiso reir, únicamente le sorprendió hallar que no podía vencer el viejo
hábito melancólico. La fusión del donaire criollo y de la cuita romántica pro-
duce Verbos y Gerundios, su mejor libro de versos, y obra que respira humo-
rismo campoamorino, filosofía sentimental colmada de sonrisas.
El poeta romántico sobrevivió, sin embargo, a su derrota por el tradicio-
nista y no murió nunca del todo. Apareció a veces en los prólogos de las Tra-
diciones, abjurando el romanticismo y llamando a sus antiguos colegas:
Contrabandistas del pesar, ridículos
histriones que remedan el dolor.
Pero, pese a sus protestas y actos de contrición, persistía escribiendo ver-
sos cada,vez más cortos como el viejo sencillón de las Doloras. La fama llega-
ba entre tanto, sombrero en mano, a la puerta de la Biblioteca de Lima y él
la recibía con ademán cordial y campechano, calada la gorra de abuelo, como
a vieja conocida. Una vez —la más ilustre de todas— desembarcó Rubén Da-
río que sabía de memoria aquel verso romántico de Palma
Parto ¡oh patria! desterrado
de tu cielo arrebolado
mis miradas van en pos
y quería estrechar la mano del patriarca de la gracia en América. —¿Cómo es-
tá usted, don Darío Rubén?— le dijo sonriente y trascordado don Ricardo. Y
así pasaron los años, y un día le echaron del hogar de sus libros y del altar
patriótico que fué para él la Biblioteca. Poco después le sorprendió la muerte
en Miraflores, donde había transcurrido su juventud, había sufrido, vivido y
soñado, y se durmió, rodeado de árboles y de niños, recitando un viejo verso ro-
mántico inolvidable
Y sucedió entonces un milagro como en los días crédulos del Beato Mar-
tin y de la mística Rosa. Una huelga de linotipistas hizo que por primera vez,
después de ciento treinta años, desde que apareció El Diario de Lima, no apa-
recieran periódicos. La ciudad recobró repentinamente su viejo ritmo colonial,
como cuando las campanas del campanero bellaco, convertidas en prensa de
oposición, llevaban su chisme en alas del bronce a los últimos rincones de Lima
o como cuando las gentes se congregaban alrededor del pregonero para escu-
char el último decreto de Pepe Bandos contra la saya y manto o los chapines
de raso de las limeñas. Revivieron por una hora el corrillo en las gradas de
la catedral y el mentidero de Bodegones e inesperadamente comenzó a correr
la noticia de la muerte de don Ricardo Palma, transmitida, no por prosaicas
letras de molde, sino llevada por el fervor emocionado de los labios, como una
tradición...
Palma y Qonzálves T)ías
i
E habla generalmente de
una América Latina es-
piritualmente una y
compacta. En congresos
y artículos de periódicos
se declama sobre la inexistencia de
las fronteras y la hermandad de las
almas, Y lo cierto es que estos países
se desconocen fraternalmente y exis-
te entre sus grupos pensantes una
cordial indiferencia. El aislamiento
se ahonda al llegar al Brasil, por el
influjo diversificador del idioma. Li-
terariamente, el Brasil vive más cer-
ca de Europa que del resto de los paí-
ses americanos. Salvo la boga univer-
sal de poetas como Darío, Ñervo o
Chocano, son poco familiares o desco-
nocidos aquí los nombres de los epí-
gonos de la literatura hispano-ameri-
cana. Este desconocimiento es —di-
plomáticamente— recíproco. En el sec-
BffilíoT&A'MClONL tor hispano del continente se igno-
ra por lo general a los más auténticos valores del pensamiento o el arte bra-
sileños. ¿Quién ha oído alguna vez nombrar en la costa del Pacífico, por ejem-
plo, a Euclydes da Cunha, el sociólogo y el poeta de "Os Sertoes" o, a José de
(*) Publicado en La Prensa de Lima y en el Jornal do Comercio de Rio de Janeiro
el 7-X-1936.—Reproducido en la Revista da Academia Brasileira 158.
46 RAUL PORRAS BARRENECHEA
Alencar, el novelista de "Iracema" y "Guarany" con sus obras tan sustancial-
mente americanas como sus coetáneas, el "Facundo" de Sarmiento o la "Ma-
ría" de Jorge Isaacs, umversalmente acatadas en el resto del continente? Al
primero, acaso se le conozca en el Perú o Bolivia contundiéndolo eon el perso-
naje de una comisión delimitadora célebre que fijó las nacientes del Ya varí, pe-
ro del novelista, no saben siquiera el nombre, los espectadores de la cosmopoli-
tizada ópera "El Guaraní".
En represalia, cuan pocos conocen en el Brasil la prosa lapidaria del pe-
ruano González Prada o la vena picaresca y romántica de las "Tradiciones Pe-
ruanas" de Palma. Son populares en toda América los estudios de Carlos Pe-
reyra o de Blanco Fombona de interpretación y exégesis de la conquista de Amé-
rica, y no se han sumado a ellos, con todas las aportaciones originales, esté-
ticas e históricas, las obras expresivas, de Capistrano de Abreu y Paulo
Prado. Y lo mismo que en el terreno de la historia, ocurre en el de la poesía.
Se acostumbra a hablar en Hispano-América de las tendencias literarias del
continente, romanticismo o modernismo, ignorando el profundo acervo del
Brasil.
Es cierto que Francisco García Calderón, gran escritor peruano, trabajó
por la unidad espiritual americana, revelando nombres y figuras representati-
vas del Brasil y sumándolos a los demás del continente en sus armoniosos ca-
pítulos de "Les democraties latines", y "La creación de un continente". Pero
lo que escasea es el conocimiento directo de obras y escritores.
Al hablar del romanticismo en América, por ejemplo, acuden inmediata-
mente a la mente los nombres de los mexicanos Manuel Acuña y Manuel Ma-
ría Flores, de los peruanos Salaverry y Cisneros y los argentinos Mármol y An-
drade y se repiten mecánicamente de memoria versos del "Nocturno" de Acu-
ña, del "Acuérdate de mí" de Salaverry, de la "Atlántida" de Andrade. Y sin
embargo, acaso si el más auténtico latido romántico de América, que aún per-
dura e influye en la poesía actual de su pueblo, fué el que se infundió en los
versos de Castro Alves, Gonzalves Días y Casimiro de Abreu, gloriosa trinidad
romántica del Brasil. Gonzalves Días es, sin disputa, uno de los mayores can-
tores de la naturaleza virgen de América, que supera a Bello por el ardor apa-
sionado de su inspiración y emula a Heredia, el soberbio cantor del Niágara.
En Casimiro D'Abreu, en cambio, como nota inédita del romanticismo en Amé-
rica, hay un suave discurrir de cachoeiras, jardines embalsamados de cielo, ri-
sas de infancia, alas azules de burbuletas, aire sosegado de inocencia y de paz
que no aspiró comúnmente la enlutada y gemebunda musa romántica.
En cuanto a Castro Alves, apóstol y tribuno del verso, sus apostrofes ri-
mados tienen mayor dramaticidad que los arranques literarios de Mármol con-
tra el tirano del Plata. El poeta argentino combatía por libertades políticas
conculcadas, mientras el brasilero se erguía para reclamar la otorgación del
simple derecho de humanidad a los negros esclavos.
Mientras Mármol trema contra un hombre, el bardo brasilero, ante la in-
justicia tremenda, sin nombre y sin castigo, no puede sino increpar y suplicar
al cielo. Es célebre la execración de Mármol:
Como hombre te perdono mi cárcel y cadenas,
pero como argentino las de mi patria no!
Pero Castro Alves no podía perdonar en nombre de la humanidad. Su
grito tiene el horror sangrante de la blasfemia que horadaba el cielo desde los
barcos negreros:
PALMA Y GONZALVES DIAS 47
Senhor Deus dos desbrazados!
Dizei-me vos, enhor Deus
Si e mentira Si e verdadc
Tanto horror perante os ceus?
¡Deus oth Deus! ¿onde estás que nao respondes.
Si los pueblos desconocían mutuamente a sus poetas, en cambio la ca-
sualidad hacía, a veces, que los poetas se conocieran entre sí. Tal ocurrió por
feliz coincidencia, entre dos máximas figuras representativas del Brasil y del
Perú, Gonzalves Días, el poeta de Y-Yuca-Pyrama y don Ricardo Palma, el pa-
triarca de la literatura peruana, que se conocieron e hicieron amistad litera-
ria y personal, en París, en 1864. Esta relación, simpática y breve entre los dos
grandes escritores, me sirve también para hablar conjuntamente de ambos y
de sus obras.
II
En 1864, el Gobierno del Perú nombró Cónsul en el Pará a don Ricardo
Palma. Este era entonces un liberal turbulento y un poeta romántico empe-
dernido. Pertenecía a una generación brillante en el Perú, la llamada de 1848,
que había dado en lamentarse y llorar en verso, siguiendo el ejemplo plañide-
ro de Lamartine o de Musset a través de Espronceda y de Zorrilla. Palma era
entre ellos un burlón nativo, criollo auténtico, nacido para el epigrama y la
agudeza. Pero le envolvió el ambiente y se sintió fatalmente triste y desespe-
rado, como todos sus congéneres. Lloró desdenes amorosos, ansió países leja-
nos, compuso dramas truculentos y medioevalistas, se apasionó por el exótico
oriente y clamó en estrofas declamatorias por las libertades cívicas. Castilla el
presidente peruano que no tenía hechuras de Rosas, dejó gemir a los román-
ticos, hasta que éstos tramaron una conspiración que culminó en un ataque
armado a la casa presidencial. Palma conjurado, fué desterrado. Y entonces es-
cribió su más sincera poesía romántica, aquella que Rubén Darío aprendiera de
memoria en su juventud:
Parto ¡oüi patria! desterrado >
De tu cielo arrebolado
mis miradas van en pos
Todo romántico era un latente peregrino o candidato a proscrito. Las más
sublime aureola era un destierro. Mármol, "El peregrino" era un ídolo-ameri-
cano. Y el mar era el símbolo de sus vidas y les proporcionaba a menudo sus
mejores metáforas. No hay poeta romántico que no tenga una composición ti-
tulada "Ál mar". Byronianos trágicos, se sentían peñones batidos por un olea-
je sin misericordia. El mar era el espejo de sus vidas en cuyo torno gemía una
tempestad fatídica ineluctable. Y muchas veces la trágica imaginación del O¬
céano, se convirtió en dura e inenarrable verdad. Dos grandes poetas románti-
cos, por lo menos, Gonzalves Días, cantor angustiado del mar, y el peruano Ma-
nuel Nicolás Corpanchü, murieron en el Océano. El primero en las costas del
Brasil, el segundo en el golfo de México. Palma también naufragó el año de
1855, en las costas del Perú, y rememoró por cierto en unas estrofas tituladas
"En un naufragio" esas horas de inmensa angustia y auténtico desamparo.
El destierro llevó a Palma a chile. Allí estuvo alrededor de tres años y
allí se truncó su vocación de poeta romántico. Comenzó a aficionarse a las in-
vestigaciones históricas y escribió un libro de historia, su primer ensayo apre-
48 RAUL PORRAS BARRENECHEA
clable en este género. Fué la historia de la Inquisición en Lima. El liberal y el
burlón se entrometían en el texto para ridiculizar los delitos penados por el
Santo Oficio, asegurando, con toda seriedad, que se incurría en herejía, para
este tribunal, por haberse puesto camisa blanca el día sábado, por haberse la-
vado hasta el codo o por haber separado el gordo del tocino a la hora de
cenar.
El más grave delito para la Inquisición limeña era, sin embargo, ser por-
tugués. Seis mil de éstos, residentes en Lima, escaparon en 1646 de un auto de
fe que se proyectaba con ellos, mediante un fuerte donativo de dinero al Virrey.
De regreso de Chile, y después de publicar su libro sobre la Inquisición,
Palma es nombrado Cónsul en el Pará. El traslado de Lima al Pará, requería,
entonces, un viaje previo a Europa. Palma se dirigió a Southampton, donde
vió a Rosas desterrado, y huyó de él como de un réprobo.
A mediados de 1864 llegó a París. Allí conoció a muchos escritores latino-
americanos. Con Hilario Ascasubi, poeta argentino, visitó la tumba de Musset.
Conoció también al entonces célebre crítico colombiano Torres Caicedo. Y en
las charlas latíno-americanas de la rue Laffite y de la Cité Bergére, el flaman-
te Cónsul en el Pará fué presentado a un escritor brasileño, funcionario como
él, que andaba por Europa en comisión de su Gobierno, estudiando la instruc-
ción pública de diversos países y de quien se decía además que era un gran
poeta. Se llamaba Antonio Gonzalves Días. Era un tipo original: pequeñísimo
de talla, moreno, mirada parda y penetrante, barba nazarena y palidez cada-
vérica. Rasgos de profunda melancolía marcaban su semblante, pero sus pala-
bras reavivaban la expresión de su rostro y el buen humor hacía sugestiva su
charla. Un maniaco charuto, siempre pegado a los labios, fingía con sus volu-
tas de humo, el juego grácil y caprichoso de su conversación.
Palma era, como Gonzalves Días, un tipo netamente americano. Alto,
moreno, de grandes bigotes negros y lacios y la verba jovial y ocurrente. Coin-
cidieron en socarronería en aficiones poéticas e históricas, se leyeron, mutua-
mente composiciones de molde romántico y cambiaron confidencias sobre ad-
miraciones literarias y patrones estéticos. Gonzalves Días era mayor diez años
que Palma, pues había nacido en 1823, y oficiaba de maestro en materia de poe-
sía europea. Conocía el idioma alemán y admiraba preferentemente a Heine.
Dió a conocer a su amigo las poesías del bardo del cancionero y le repetía, a
media voz, en las mesas de café, las estrofas de las baladas heinianas. Otras
veces eran versos de los grandes poetas portugueses y algunas, solicitado por
Palma, sus propias estrofas —vida convertida en música— pura esencia román-
tica: "Seus olhos", "Olhos Verdes", "Si se morre de amor" y "Aínda urna vez,
adeus!" y entre ellas, visión romántica del Brasil, saudade hecha ve'rso, la ca-
denciosa "Cancao do exilio":
Minha terra tem palmeiras
Onde canta o sabiá.
As aves que aqui gorgeiam
Nao gorgeiam como lá.
Nosso ceo tem mais estrellas,
Nossas varzeas tem mais flores,
Nossos bosques tem mais vida,
Nossa vida mais amores.
Nao permitta Deus que eu morra
Sem que eu volte para lá.
"Pasionarias", el último volumen de poesía romántica
de Palma, publicado en el Havre, en 1870, y que con-
tiene una selección de los versos juveniles escritos de
1850 a 1860 que Palma desechó en "Armonías" y los
nuevos versos vividos en la lucha y el ostracismo de
1865 a 1867.
Antonio Goncalve» Día» (1823-1864), el gran poeta bra
• ileño, quien trabó amistad con Palma en París, en 1864
y trasmitió a este la admiración por la poesía sentí
mental y humorística de Heine.
PALMA Y GONZALVES DIAS
Embelesado y ganado por la emoción vernácula, Palma exigía que Gon-
zalves Días le recitara sus "Poesías Americanas" con sus deslumbrantes visio-
nes del trópico. Gonzalves Díaz repetía entonces, modesta y defectuosamente,
ahogado por la tos, los vibrantes versos, tambor de la selva, del "Canto do
Guerreiro":
Aquí na floresta
Dos ventos batida,
Fazanhas de bravos
Nao gcrao cscravos,
Que estimen a vida
Sem guerra e lidar
—Ouvi • me, Guerrciros,
—Ouvi men cantar.
O eran fragmentos de "Y-Yuca-Pyxama" el fuerte poema, hermano mayor
del "Tabaré", o estrofas resonantes de la epopeya de los Tymbiras. Era, a ve-
ces, la canción del prisionero tupí:
Meu canto de morte
Guerreiros, ouvi
Sou filho das selvas
Ñas selvas crescí;
Guerreiros, descendo
Da tribu tupy.
Da tribu pujante
Que agora anda errante
Por fado inconstante,
Guerreiros nasci:
Sou bravo, sou forte,
Sou filho do Norte.
Meu canto de morte
Guerreiros, ouvi.
Y el reproche del viejo tupi guerrero, Priamo inconmovible, que increpa
a su hijo el mozo guerrero haber temido a la muerte:
Tu choraste em presenta da morte?
Na presenta de estranhos choraste?
Nao descende o cobarde do forte;
Pois choraste, meu filho nao es!
Um amigo nao tcnhas piedoso
Quo o teu corpo na terra embalsame.
Pondo em vaso d'argila cuidoso
Areo e frecha o tacápe a teus pés!
Se maldito, e sósinho na terra;
Pois que a tanta villeza chegaste.
Que em presenza da morte choraste,
Tú, cobarde, meu filho nao és.
O la descripción vivaz de la taba:
A taba se alborota, os golpes descem
Gritos, ünprecazoes profundas soao,
50 RAUL PORRAS BARRENECHEA
Em ma ra nh ad a a multidao braveja,
Revolve-se ennovela-se confusa,
E mais revolta em mor furor se accende.
E os sons dos golpes que incessantes fervem.
Vozes, gemidos estertor de morte
Vao longe pelas ermas serranías
Da humana tempestade propagando
Quantas vagas de povo enfurecido
Contra um rochedo vivo se quebravam.
Ante el vuelo de tal imaginación soberana y el poder creador de este Ho-
mero del Trópico, Palma sentía el deslumbramiento de una revelación.
La amistad entre los dos poetas se estrechaba cada vez más. Se les veía
juntos en los cafés y los círculos literarios. Tenían razones e incentivos pa-
ra coincidir. Ambos habían tenido que luchar contra idénticos prejuicios so-
ciales y habían impuesto su nombre por la admiración a su inteligencia. Coin-
cidían además, en gustos y temperamentos. Eran ambos enamorados y sensua-
les, y se prendaban por igual de las musas románticas y de las musas de carne
y hueso. En Gonzalves Díaz, la pasión erótica se hallaba ya mitigada y ensom-
brecida por la decepción melancólica que inmortalizó en "Ainda urna vez adeus!"
Palma fué, en su juventud, "alegroncillo con las hijas de Eva", según propia
confesión y estaba en plena virilidad. Les unía, sin embargo, para permanecer
juntos en los recintos de la alegría, un común infortunio romántico: su inca-
pacidad para el baile. Ninguno de los dos sabía dar un paso. Se vengaban sa-
boreando el ritmo de los poetas clásicos. Gonzalves Díaz era un excelso cono-
cedor de la lengua, capaz de escribir en portugués del más clásico sabor, como
lo atestiguan sus célebres "Sextilhas de Fray Antao". Palma tuvo también el
culto de los clásicos españoles y, en el estilo retozón de sus tradiciones históri-
cas, se enredan a menudo jugosos y traviesos arcaísmos. Ambos eran, también,
aficionados a los escarceos filológicos, de que hablan el "Diccionario da lingua
geral ou tupy", del brasilero como los "Neologismos y americanismos" y las "Pa-
peletas lexicográficas", del peruano.
A ambos les había tentado por último el éxito teatral y habían escrito
dramas hugolianos; pero ni la Beatriz Cenci de Gonealves, ni el "Rodil" de Pal-
ma, habían tenido acogida.
Comulgaban, sobre todo, en dos pasiones, cardinales para ambos: la poe-
sía y la historia. Gonzalves Días era ya una cumbre en la poesía americana,
y, desengañado de la vida y los versos, amaba refugiarse en los remansos de
la historia para escribir opúsculos como "O Brasil e a Oceania", la "Historia
dos Jesuítas no Brasil" o esos documentados informes sobre la historia amazó-
nica que enriquecen su producción postuma. El destino de Palma seguía un ca-
mino inverso. Abandonando la poesía y entregándose a la evocación histórica,
iba a ser, en América, maestro de un género nuevo e inimitable: la tradición.
Cuando, se conocieron, el uno era célebre, el otro era aún un incógnito
de la gloria. El brasileño iniluyó grandemente en el espíritu del peruano. Qui-
zás, si al lado del gran poeta que había inventado, por decirlo así, la poesía a¬
mericana, de la selva y del indio, el canto autóctono de la tierra y la raza, fué
que palma sintió un estímulo más imperioso para concentrarse en lo propio y
crear nuevos gén&ros vernáculos. Son diversos, sin duda, el "poema indianista"
—cielo abierto y clamor guerrero y salvaje— y la "tradición", generalmente
episodio epicúreo y cortesano. Pero los nutre una savia semejante; el espíritu
afirmativo de la nacionalidad. .
PALMA Y GONZALVES DIAS 51
La influencia inmediata que se ejerció sobre Palma fué la de la predilec-
ción por Heine. Gonzalves Díaz conocía perfectamente el alemán, que apren-
dió en el Brasil y perfeccionó en su viaje de 1854 a Prusia. El comunicó a palma
su entusiasmo por el poeta de Atta Troll. ¡Bien escogido el padrón poético para
Palma, burlón de nacimiento y romántico a la fuerza! Al despedirse ambos
amigos en París, en Setiembre de 1864, Gonzalves Días obsequió a Palma un ejem-
plar de los versos de Heine traducidos al francés por Gerard de Nerval. Se a¬
brazaron, prometiendo verse nuevamente dentro de pocos meses. Palma partió
para el Brasil en enero de 1865. En la navegación reiteró la lectura de Heine. Y
fué más tarde, en opinión de los críticos más sagaces, uno de los mejores traduc-
tores castellanos del ruiseñor franco-alemán. La manera poética de Palma se
transformó: el lamento elegiaco de sus primeros libros se convirtió en el
festivo sentimiento de "Verbos y Gerundios" su mejor volumen de versos.
m
Palma llegó a Río de Janeiro de tránsito para el Pará. El tradicionista
no ha referido, por sí mismo, sus impresiones de Río. Pero su hija Angélica, en
la biografía reciente de su padre —escrita con la misma delectación que la de
Carolina Nabuco sobre Joaquín Nabuco— nos dice algo sobre la estada de Palma
en Río y el Pará. Dichos datos han sido gentilmente acrecidos por la misma
escritora, a mi solicitud, en carta particular.
Cuenta Angélica Palma, en su libro, que la impresión que el viejo tradi-
cionista guardaba del Brasil "se concreta en dos palabras: deslumbramiento y
bochorno; deslumbramiento ante el paisaje maravilloso de Río de Janeiro, an-
te la hermosísima exuberancia de la naturaleza brasilera; bochorno causado
por la humillación y los dolores de la raza esclava, por la añeja pompa impe-
rial, por el calor agobiante". (1).
Emoción de poeta romántico y de liberal indeclinable, anónimo entonces
en el fausto cortesano de Río, pero cuyo corazón latía con el del cantor brasi-
lero de "Vozes D'Africa" y el "Navio Negxeiro" e iba a hacerse acción en la
propaganda de Nabuco y demás proceres de la abolición. En el Perú, procla-
mada la libertad de vientres en 1821, Palma había presenciado la abolición de
la esclavitud por Castilla en 1854 por la que aún luchaban en el Brasil los poe-
tas de la acción y del verso.
También estuvo Palma en Petrópolis, en el esplendor de las hortensias
y de la primavera y —me escribió Angélica Palma— ampliando los datos de su
libro "en cuyas avenidas vió más de una vez, pasar a don Pedro, a quien juz-
gaba gobernante discreto e intelectual distinguido". (2).
De Río siguió Palma para el Pará y se detuvo en San Luis de Mara-
nhao, donde descansó algunos días. Era la ciudad unida al recuerdo de Gon-
zalves Días, como capital de su provincia materna. Allí o en Río lo sorpren-
dió una impresionante noticia. En la madrugada del 3 de Noviembre de 1864
el bergantín "Ville de Boulogne" había encallado en unos bajos frente a las
costas mismas de Maranhao, Gonzalves Días que venía a bordo, enfermo, mo-
ribundo casi, por su dolencia pulmonar, fué abandonado u olvidado por la tri-
pulación, en su cámara inundada de agua, mientras aquella se esforzaba por
salvar el buque, Gonzalves Días, que no podía moverse por sí mismo y que en
(1) Ricardo Palma, por Angélica Palma.—Editorial Tor. Buenos Aires, 1933, Faff. 4S.
<!) Oarta de Angélica Palma, de 15 de Julio de 1934.
RAUL PORRAS BARRENECHEA
los últimos días de viaje, rechazaba ya toda alimentación y sólo se complacía
en el humo de su cigarro, pereció ahogado. Con emoción debió Palma repetir
el final suplicante de aquellos versos:
Nao permitta Deus que eu morra
Sem que eu volte para lá.
Aquella impresión fué duradera en el ánimo de Palma. Al publicar, en
1886, sus traducciones de Heine, con una carta prólogo decía:
"Hace veinte años que en Francia contraje estrecha amistad con Gonzal-
ves Días, el más popular de los poetas contemporáneos del Brasil; y tan-
to que, en su ciudad natal, existe hoy una calle bautizada con el nombre
de rúa de Gonzalves Días y en la capital del imperio se le ha eregido es-
tatua en una de las principales plazas. La muerte de Gonzalves Días fué
duelo nacional para el Brasil, así por el aquilatado merecimiento del
hombre de letras como por lo tristísimo de su fin. El poeta pereció en
un naufragio al regresar a la patria y en poco estuvo que hubiéramos
hecho juntos el viaje. Hallábame en San Luis de Maranhao, de tránsito
para el Pará, cuando recibí la dolorosa noticia. Tres meses antes nos ha-
bíamos dado el abrazo de despedida en Europa, prometiéndonos reno-
varlo en América. El Destino no lo quiso". (3).
Palma refiere su amistad con Gonzalves Días y el obsequio de las poe-
sías de Heine. El escritor peruano estuvo en el Pará poco tiempo. El clima le
hacía daño a la salud. Obtuvo una licencia y regresó al Perú. En París acaba-
ba de publicarse su primer volumen de versos, escritos en el destierro y titulado
"Armonías". Cinco años después, publicó su segundo libro de versos románticos:
"Pasionarias".
En Sao Luis de Maranhao debió conocer Palma al poeta Joaquín María
Serra Sobrino, periodista y autor dramático, quien tradujo al portugués una
poesía de Palma de su libro "Armonías". Palma declara que el poeta brasileño
mejoró y embelleció su pensamiento. La composición, titulada "Caminho do
Ceo", dice:
Vede; Cobre-lhe belleza
alvo transparente veo!
Assim circundam estrellas
branca nuvem la no ceo!
Nao a accordeis! Ella sonha
com an jos sonhos de luz!
Nao despertéis a menina,
rosados olnos azues!
Quande enfim raiar o día,
e o sol no espazo luzlr
sobre toda a naturaleza
vida e calor difundir,
pobre mae! nao chores, fita
os olhos allí na cruz
(3) Carta prólogo a laa "Traducciones" de Heine por Ricardo Palma. Lima 1886. Citado
por Guillermo Feliü Cruz, en su libro "En Torno a Ricardo Palma", Tomo I, Pasa.
136 a 13S.
PALMA Y GONZALVES DIAS 53
que vae camino da gloria
rosados olhos azues!
Haciendo más tarde recuerdos en "La Bohemia de mi tiempo" escribe
Palma:
"Un crítico brasilero, Luis Guimaraes Junior, aplaude la finura, la me-
lodía, la caprichosa sencillez de la traducción de Serra; y yo, a quien el
amor de padre no ofusca, tratándose de mis versos, me apresuro a de-
clarar también, franca y lealmente, que el vate del Janeiro ha sabido
embellecer mi pensamiento. Sus cuatro versos finales, sobre todo, tienen
un perfume de resignación cristiana que en los míos apenas se deja sen-
tir. Si caen bajo sus ojos estas confidencias, acepte el bardo maranhense
mi más cordial y fraterno abrazo". (4).
En "Pasionarias" hay un recuerdo, posiblemente de álbum, la poesía "A
una brasilera". Angélica Palma escribe en su libro "que las mujeres señalaron
las más gratas horas de palma en el Brasil" (5). En carta, cuenta algo más.
"Hablaba con disgusto de la esclavitud y, acostumbrado a la lisura (6) de sus.
paisanas, encontraba tímidas a las brasileras".
"Cálculo —agrega Angélica— que la experiencia novecentista de usted se-
rá muy distinta a esa del pasado siglo".
Es precisamente esa sensación de inocencia y de casta ternura —que aún
conservan las brasileñas para satisfacción de Angélica Palma— la que refleja
la poesía del peruano viajero:
EN EL ALBUM DE UNA BRASILERA
Plácidas son tus auroras,
perfumadas son tus brisas, <
y músicas seductoras
te dan las aves canoras
en cambio de tus sonrisas.
No miente, niña gentil,
el que, en su amoroso afán,
te llama sol del Brasil,
y la rosa del pensil
de San Luis de Marañan.
Y pues tu alma, en su inocencia
del cielo há la transparencia,
que nunca nube sombría
ose empañar, alma mía,
el cristal de tu existencia. (7).
(4) lia toohemia da mi tiempo.—Lima. 1889, pá.g. 32. El libro de ver&os de Serra en
qjue se incluyó la poesía de Palma fué "Cuadros".
(S-) Otra citada, página 49.
54 RAUL PORRAS BARRENECHEA
Incidiendo en las vinculaciones de Palma con el Brasil la hija del tra-
dicíonista recuerda la amistad que su padre cultivó siempre con los represen-
tantes del Brasil en Lima, particularmente con don Henrique de Barros Caval-
canti de la Cerda (1884) y don Julio Henrique de Mello e Alvim (1879). Este
último intervino caballerescamente a favor de Palma en los días de la ocupa-
ción de Lima por los chilenos. Saqueada la Biblioteca Nacional, Palma escribió
una protesta y fué apresado. El diplomático brasileño y otros colegas suyos, ob-
tuvieron del Jefe del ejército de ocupación la libertad del escritor peruano, re-
cluido en un buque de la escuadra chilena, cuando iba a ser deportado a Punta
Arenas.
En 1888, el representante del Brasil en Lima, pidió, de orden de su Go-
bierno, que el Perú le enviase datos sobre la forma como se hizo la manumi-
sión de esclavos en nuestro país. Palma fué el encargado de redactar el infoí-
me que publicó'más tarde en el 59 tomo de sus Tradiciones, bajo el título de
"Manumisión". Fué su contribución a la obra abolicionista en el Brasil, culmi-
nada ese año con la ley de 13 de Mayo de 1888.
Palma vivió 50 años más, después de su viaje al Brasil. Alrededor suyo
había "llovido recio", como dijera él mismo en su fabla pintoresca. Los recuer-
dos se esfumaban. Al comentar el "Tabaré" de Zorrilla de San Martin, no re-
cuerda ya siquiera al poeta de los Tymbiras. Elogia en cambio como ideal del
americanismo literario "O Guesa errante" de Souza Andrade. (8). En sus Tra-
diciones, donde tantas huellas autobiográficas hay y tantos recuerdos america-
nos, escasean los del Brasil. En una sola de ellas, he encontrado, al paso, una
mención del Brasil, que acaso sea un trofeo cogido en el folklore criollo brasi-
leño. Es en la tradición titulada "Las mentiras de Lerzundi".
Lerzundi es uno de los tipos criollos más característicos creados por la ima-
ginación de Palma, en confabulación con la historia. El general Lerzundi, existió
aún que no sabemos si con los contornos que nos lo presenta Palma. Fué ge-
neral revolucionario, personaje político y, sobre todo, grandísimo mentiroso. En
su juventud había estado seis meses en Rio de Janeiro y este lugar le servía
para ubicar gran parte de sus mentiras auto-biográficas. Un sufrido subalter-
no, el teniente López confirmaba como testigo, las hazañas de Lerzundi. Oiga-
mos al tradicionista;
"Hablábase en una tertulia sobre la delicadeza y finura de algunas telas,
producto de la industria moderna, y el general exclamó:— ¡Oh! ¡Para
finos los pañuelos que me regaló el emperador del Brasil! Se acuerda
usted, teniente López? — Sí, mi general ! finos, muy finos! — cal-
culen ustedes — prosiguió Lerzundi — si serían finos que los lavaba yo
mismo echándolos previamente a remojar en un vaso de agua. Recién
llegado al Brasil, me aconsejaron que, como preservativo contra la fiebre
amarilla, acostumbrase beber un vaso de leche a la hora de acostarme
(6) Limeñisrao, que equivale a picardía, ingenio, agudeza.
(7) Pasionarias.—Havre, 1870, pág. 162. La poesía está fechada en San Lula da JVta-
ranhao, 1865.
(8) Esta epopeya de J. de Souza Andrade, que despierta efusivo elogio a Paima,
no es popular en el Brasil. Sólo la he visto reproducida en fragmentos de la An-
tología de Mello Moraea. No aparece en otras antologías,
PALMA Y GONZALVES DIAS 55
y nunca olvidaba la mucama colocar éste sobre el velador. Sucedió que
una noche llegué al cuarto rendido de sueño y apuré el consabido vaso,
no sin chocarme algo que la leche tuviese mucha nata, y me prometí re-
convenir por ello a la criada. Al otro día, vínome gana de desaguar ca-
ñería y ¡jala! ¡jala! ¡jala! salieron los doce pañuelos. Me los ha-
bía bebido la víspera en lugar de leche...No es verdad, teniente López?
—Sí, mi general, mucha verdad— contestó en aire beatífico el sufrido ayu-
dante". (9).
El otro recuerdo brasileño de las Tradiciones pertenece a la categoría de
fruta prohibida. Existe una colección inédita de una serie de tradiciones de
Palma, de pronunciado tinte picaresco y términos de los usados a veces en el
"Quijote", que se titula "Tradiciones en salsa verde" y en la que Bolívar y Su-
cre aparecen en paños menores. Entre ellas hay una titulada "Fatuidad humana"
que se refiere a una aventura de D. Juan VI en el Brasil con una mulatica de
Río de Janeiro llamada Patrocinio y cuyos efectos fueron un rapazuelo que más
tarde fué Obispo de Coimbra.
El lenguaje demasiado desenvuelto de la tradición, me impide reprodu-
cirla. Pero en lo esencial, la anécdota es esta: La moza engañaba al Rey y
lo exprimía "dejándole con menos jugo que a limón de fresquería". La mula-
ta era "alborotada de rabadilla y el Rey la sorprendió un día "como dice la
epístola de San Pedro" "illa sub, ille super". Ella fué encerrada en lugar de
corrección y el chico enviado al Seminario de Lisboa resultó mas tarde Obispo
de Coimbra. La madre, "jubilada ya en la milicia de Venus", le envió alguna
vez una carta de recomendación para un fraile confesor suyo. Su ilustrísima
atendió al huésped y al regresarse éste a Río de Janeiro le dió la siguiente car-
ta: "Señora: Su recomendado le dirá que lo he servido a pedir de boca. No
vuelva Ud. a escribirme y menos a tratarme como a cosa suya, porque Os filhos
naturaes do rei nao tem mae Dios la guarde". Doña Patrocinio que no
era "mujer de esas que lloran lágrimas de hormiga viuda" dió una respuesta
con toda la sal mulata a cuestas, pero imposible de reproducir. Le decía poco
más o menos que le agradecía las atenciones a su confesor pero que le recor-
daba que "os filhos" (como él) nao tem pae. (10).
rv
En la vida de Palma puede decirse que hubo tres etapas determinantes:
la del poeta romántico, la del tradicionista y la del bibliotecario.
De su primera etapa literaria, que fué en la que estuvo en el Brasil, se
ha hablado ya en este artículo. Palma se dió el lujo de recorrer todas las ca-
tegoría románticas. Fué poeta, conspirador, náufrago, proscrito y autor dra-
mático. Sepultó aquellos ardores moceriles en dos volúmenes de versos, opaca-
dos por su producción posterior.
A partir de 1860, comienza a cultivar el género histórico, en narraciones
cortas, al comienzo fielmente ceñidas al documento, y después cada vez más
(9) Tradiciones Peruanas, Tomo V.—Edición Calpe, pág\ 147.
(10) Tradiciones en salsa verde, 1901, cuaderno manuscrito de letra del mismo Palma,
Inédito, conservado por don Clemente Palma.
56 RAUL PORRAS BARRENECHEA
vivaces, novelescas y llenas de gracejo criollo. En 1872, publica su primer tomo
de "Tradiciones Peruanas" y luego, sucesivamente, cinco volúmenes más. En
ellos se compendiaba, alegre y vivida, la más sabrosa historia del Perú. Las Tra-
diciones son nuestra gran epopeya humorística, nuestra comedia humana con
sus mil personajes, caracteres y pasiones diversas, la síntesis de nuestra vida
nacional obtenida por una técnica de pintor de azulejos que con pequeños cua-
dros va integrando las líneas de amplios panneaux panorámicos.
Palma creó un género literario nuevo y característicamente criollo, que,
después, ha tenido imitadores desafortunados. La "tradición" cultivada por
Palma no es la simple anécdota chocarrera y de almanaque. Ni es tampoco la
narración histórica seriamente documentada. Palma parte de la historia hacia
la novela Adaptando la frase de un critico, que dijo que cabalgaba
entre dos siglos, podría decirse mejor, que cabalga entre la fantasía y la rea-
lidad. Nunca se aparta de la verdad histórica si no en lo menudo e intrascen-
dental, conservando siempre, sobre todo, la veracidad sicológica de los hechos,
más necesaria que la simplemente documental. Le gusta siempre aderezar la
historia para hacerla más atractiva, sin comprometer la verdad ensencial.
La "tradición" ha sido definida por diversos críticos ilustres. José de la
Riva Agüero, historiador de la literatura peruana, dice; "Tal como la cons-
tituyó Palma, la tradición es un género mixto o mestizo, producto del cruce de
la leyenda romántica breve y el artículo de costumbres". (11).
"La tradición, ese monstruo engendrado por las falsificaciones agridul-
cetes de la historia y la caricatura microscópica de la novela", dijo un panfle-
tario. El propio Palma explicó: "La tradición es romance y no es romance; es
1
historia y no es historia. La forma ha de ser ligera y regocijada como unas
castañuelas, la narración rápida y más o menos humorística". Don Juan Vale-
ra y Ventura García Calderón aplauden la donosa inexactitud del género. Va-
lera dijo que, pese a las intercalaciones novelescas, no había "historia grave,
severa y rica de documentos que venza a las Tradiciones" para obtener una idea
del Perú. García Calderón protestaba de que se censurara su admiración por
esa "mixtura dulce y sabrosa" de novela y de historia en que el autor, "cuan-
do el legajo tiene blancos, teje por encima, para llenarlos, sus telarañas". (12).
El mismo García Calderón ha definido magistralmente el género de Pal-
ma. Dice:
"No siendo historia ni novela, de qué modo podría definirse? Como todas
las cosas ingeniosas y volátiles no cabe en el casillero de una definición.
Además las tradiciones cambian de forma y de carácter con el humor
veleidoso del narrador". (12)
"También la manera es desigual. Aquí burlona, allí candorosa pa-
ra contar un milagro, después libertina como una facecia del Aretino, lue-
(11) Ricardo Palma.—1833-193&. Lima, Sociedad Amigos de Palma.—Este tomo reúne
las conferencias pronunciadas en la Semana de Palma, celebrada el año último ea
Lima, con ocasión del centenario del natalicio del gran escritor y los homenajes
nacionales y extranjeros tributados a su memoria con esa ocasión.
(12) Del romanticismo al modernismo. París, 1910.—Pág. 319.
PALMA Y GONZALVES DIAS r>7
go trágica y en fin pueril con una simplicidad de abuela cotorra que co-
mo ha perdido la memoria les cuenta a sus nietos un cuento azul sin saber
si es cuento de mocedad o fantasía. Sucesivamente nos acordamos de
Perrault, de Madama D'Aulnoy, de Voltaire, de Bocaccio y hasta de la
'novela picaresca". Pero soportan las tradiciones la comparación con las
obras maestras del cuento popular. Su manera es original, inconfundible:
quedará. (13).
En las tradiciones vive toda la historia peruana: incaica, colonial y re-
publicana. Pasan el inca sobre su anda de oro, el Virrey bajo palio, el presi-
dente republicano a caballo. Leyendas de "huacas" malditas y ocultadoras de
tesoros, milagrerias conventuales, conflictos de honra y amor, luchas entre crio-
llos y españoles, genialidades de los caudillos de la independencia y de la re-
pública, forman la trama de las Tradiciones".
Palma prefiere, sin embargo, la época colonial, particularmente el siglo
XVIII, con su relajamiento propicio para las gracias de un Decamerón. Y, a
todos los escenarios, prefiere el de Lima, la ciudad del incienso y de la nebli-
na, mística y parlera, mulata y sensual.
El ha creado artísticamente el ambiente de la Colonia y el estilo colo-
nialista. Por él viven en la imaginación popular: la Perricholi y Santo Tori-
bio, el virrey poeta, la monja alférez, el beato Martín de Porres, Santa Rosa y
el Demonio de los Andes. Pasan los hechos y almas características. El valetu-
dinario virrey Amat, y Virrey Capitán General del Perú, el severo expulsor de
los Jesuítas, que se deja gobernar, de puertas para adentro, por la coquetería
de la endiablada Miquita Villegas, la Perricholi, futura heroína de Merimáe. Los
nobles contienden en una calle de Lima por el paso de sus calesas por el lado
derecho y elevan al Rey de España la solución de un conflicto que hoy resolve-
ría un inspector de tránsito. Entredicho de virreyes y arzobispos y luchas per
un estrado, un escudo o un quitasol. Conflictos entre el virrey y las limeñas por
bandos contra los vestidos con aros o guarda infantes y los zapatos de raso.
Desafíos por un blasón o el lema de un escudo; escalas de cuerdas pendientes
de los balcones, controversias teológicas, repiques de campanas, procesiones,
cohetes, duendes, ánimas del purgatorio, aparecidos.
Pero su pericia es mayor cuando se trata de nobles y de gente de iglesia.
Liberal y volteriano se solaza en descubrir los trapícheos del virrey o las damas
linajudas y en contar la crónica escandalosa de los conventos. Es un especia-
lista para averiguar, y contarnos con gracia inimitable la interjección del Obis-
po, el pecado de la abadesa, la obesidad del reverendo predicador,, el milagro
inocente del santo de moda, el secreto de la monja de la llave o el contenido
misterioso del chocolate de los jesuítas. El Diablo es el personaje más fami-
liar de las Tradiciones. Nos asegura con toda seriedad que tiene siete pelos
en la barba, que fué cigarrero en Huacho, alcalde en Paucarcolla y que, en lea,
perdió una vez el poncho. Y su predilección burlesca se extiende a las brujas,
los duendes, los herejes, los excomulgados y los libros prohibidos por la inqui-
sición.
Su más imperceptible ironía la usa para referirnos, como ingenuo colec-
tor de florecillas, milagros increíbles o pueriles: legos que caminan elevados va-
(13) Id. pág. 322.
es RAUL PORRAS BARRENECHEA
rios metros sobre el suelo, imágenes que lloran o sudan, diálogos de Santa Ro-
sa con los mosquitos de su huerto, bendita vocación de Fray Martín para con-
ciliador de enemistades, haciendo comer en un mismo plato a perro, pericote
y gato.
La historia de Lima le ha embebido particularmente. Nadie como él pa-
ra desentrañar el origen de los nombres pintorescos de las calles limeñas: Mel-
chormalo, doña Elvira, Afligidos, Juan de la Coba, Polvos Azules, Penitencia,
Peña Horadada, Faltriquera del Diablo. Sólo él puede decirnos la antigüedad de
la María Angola campana centenaria de la ciudad, o la de San Marcos, la TJ-
niversidad más vieja de América, la historia del cáliz de Santo Toribio o del
rosal de Santa Rosa, porque la iglesia de san Pedro tiene tres puertas, o con-
tarnos la leyenda del coche del conde Zavala, de la casa de Pilatos, o de la
procesión de ánimas de San Agustín. Y a él —profesor insospechado de folklo-
re— tendremos que recurrir cuando queramos saber la historia del primer to-
ro que se lidió en Lima, la de las corridas de gallos y de los títeres y hasta del
tresillo. El sabe el origen de las ceremonias del Jueves Santo; el de las fiestas
y danzas populares, los pregones, la historia de las viandas y bebidas —el cho-
colate de Soconusco, el guarapo, los sorbetes, el ambigú, la sopa teóloga, las
empanadas y el chancho enrollado— y podría certificarnos, bajo fe de escri-
bano, cuando vino el primer grano de trigo, los primeros naranjos, el primer
gato o el primer abogado que llegaron a Lima. Y más tarde, nos dice la fecha
de la llegada del primer buque a vapor, la de la instalación del alumbrado de
gas o de la locomotora más vieja del continente que echó a andar en Lima
por el año de 1851. Sería innumerable el catálogo de sus especialidades y vir-
tuosismos técnicos.
Lo característico de las Tradiciones, lo que les dá alas de originalidad y
fama, es sin embargo, el estilo. Gracia y desenvoltura criollas, palabras colo-
readas de argot popular, de "gyria" como dirían en el Brasil, latinazgos de co-
legial o de doctor in utroque jure, jaculatorias de beata, dicharachos de abue-
la picaresca, términos hurtados a taurómacos o tahúres, léxico retorcido ds es-
cribanos y golillas se mezclan en las tradiciones a frases llenas de refranes y
cascabeles rimados y, a veces a esas hipérboles castizas aprendidas en la fe-
ria andaluza de las novelas picarescas. Suyas son expresiones como ésta: "oler
a puchero de enfermo", sentir el galope del caballo de copas, para afirmar la
astucia de un sujeto, o, exclamar, como protesta por un bando real: "Vaya un
rey de baraja sucia". Retratando limeñas se le aguza el ingenio. Era, dice de
una de ellas, "de talle ministerial por lo flexible, de ojos de médico por lo ma-
tadores y de boca de periodista por el aplomo y gracia en el mentir".
De una esclavita de 16 años dice que "era fresca como un sorbete, tra-
viesa como un duende, alegre como una misa de aguinaldo y con un par de
ojos negros que parecían hechos de tinieblas". Y de Leonorcita Michel, limeña
de rompe y rasga, dice que tenía "ojos de más preguntas y respuestas que el
catecismo, nariz de escribano por lo picaresco y una tabla de pecho como para
asirse de ella un náufrago", "mocita del tecum, no boccato di cardinale sino
boccato de un concilio Ecuménico". Hablando de los higos de Cachiche, se expre-
sa así: "son como los de Vizcaya, de los que se dice que para ser buenos han
de tener cuello de ahorcado, ropa de pobre y ojos de viuda: esto es, cuello se-
co, cascara arrugudita y extremidad virtiendo almíbar".
Las Tradiciones hicieron a Palma glorioso en el Perú y en América. La
Academia Española de la Lengua lo incorpora en su seno como a uno de loa
PALMA Y GONZALVES DIAS 59
mas insignes hablistas de la raza. Ltega la etapa final de su vida; la transcu-
rrida en la Biblioteca de Lima. Palma sigue escribiendo tradiciones siempre jugo-
sas y traviesas, pero ha hallado también un apostolado cívico. Reorganiza la
Biblioteca Nacional deshecha, solicita óbolos y libros y dedica 25 años de su.
existencia a acrecer el tesoro bibliográfico de la vieja casa limeña. Anciano,
encorvado por los años, era él mismo, el más glorioso cimelio del plantel. (14).
Acudían a verle los viajeros ilustres —Darío, Altamira, Sáenz Peña, Root— y
los colegiales que se escapaban del aula y entraban a leer en la sala de la Bi-
blioteca, le atisbaban curiosamente a través de los vidrios de la puerta de la
dirección, inclinado entre librotes viejos y manuscritos amarillentos, como a
un nigromante de la leyenda, entre cada uno de cuyos pelos del bigote, —cada
vez más blancos— creían, como él mismo lo dijo, que llevaba escondida una his-
torieta. Zorrilla, Núñez de Arce, Cánovas, Menéndez Pelayo mantenían con él
amistad literaria. Le reverenciaban en América los más graves escritores. La
Hispanic Society, encabezada por Woodrow Wilson, le rindió en 1918 homenaje.
Miguel de Unamuno, diría de él que era "el primer ironista de la lengua". Mu-
rió en 1919 en Míraflores, reverenciado como un patriarca.
Los nombres de Gonzalves Días y de Palma, los dos casuales amigos de
18G4 en París, son hoy epónimos en el Brasil y el Perú. En las escuelas brasi-
leñas los niños cantan la Canción del Exilio o repiten orgullosos las estrofas de
Y - Yuca-Pyrama.
El colegial peruano tiene, también, la más sabrosa hora de clase, cuan-
do el maestro abre sobre el pupitre el tomo sonriente de las Tradiciones.
Una calle de las más bulliciosas y traficadas de Río, lleva el nombre de
Gonzalves Días. En Lima se ha puesto el nombre de Palma a la calle en que
se halla la Biblioteca. (15) En cada plazuela soñolienta de la vieja ciudad —en la
de San Agustín que en las noches antiguas recorría la procesión de las ánimas,
en la de Santa Ana donde Santo Toribio fundó el primer hospital, en la de la
Merced frente al solar que fué de Francisco Pizarro, en la de San Juan de Dios
donde asesinaron a Monteagudo— se levantan a diario exóticos monumentos.
Ni Francisco Pizarro, ni Ricardo Palma tienen estatuas.
No las necesitan acaso, porque la tienen en su propia obra. El uno fun-
dó la Ciudad de los Reyes, el otro ha creado su leyenda.
Río de Janeiro, setiembre de 1934.
oOo
(14) En éste artículo se usan algunos lusismos, tales como charuto (cigarro puro), 'bnrbnle»
tas (mariposas de colores) y cimelio. Esta es una palabra creada por el Barón Ramla,
presidente de la Academia da Letras. Quiere decir joya bibliográfica. Viene <3sl
griego; keimellón, Cimeliarca el guardador de cimelios. Hay, publicado en Río, un
"Catálogo de JOB cimelios de la Biblioteca Nacional", comprendiendo en él, no solo
las obras muy antiguas, sino todas aquellas que tienen algún valor o mérito artís-
tico bibliográfico. (Posteriormente he comprobado que la voz cimelio, estimada en
el Brasil como lusismo, es italianismo).
(15) Con ocasión del centenario último. Entre las obras publicadas últimamente merecen
citarse las siguientes: Ricardo Palma, por Angélica Palma, Buenos Aires, 1933.—
En torno a Bicardo Palma, por Guillermo Feliú Cruz, dos tomos, Santiago de Chile,
1933.—Ricardo Palma, 1833-1833, por la Sociedad Amigos de Palma y don Si*ardo
Palmo, por Jorge Guillermo Legufa, Lima, 1934.
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Nota Preliminar *
Palma Satírico 7
Palma Romántico 16
Palma y Gonzalves Diaz 43
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