10 Cuentos
10 Cuentos
Hace mucho tiempo, un carpintero llamado Gepeto, como se sentía muy solo, cogió de su taller un trozo de
madera y construyó un muñeco llamado Pinocho.
–¡Qué bien me ha quedado! –exclamó–. Lástima que no tenga vida. Cómo me gustaría que mi Pinocho fuese un
niño de verdad. Tanto lo deseaba que un hada fue hasta allí y con su varita dio vida al muñeco.
Pinocho
–¡Hola, padre! –saludó Pinocho.
–¡Eh! ¿Quién habla? –gritó Gepeto mirando a todas partes.
–Soy yo, Pinocho. ¿Es que ya no me conoces?
–¡Parece que estoy soñando! ¡Por fin tengo un hijo!
Gepeto pensó que aunque su hijo era de madera tenía que ir al colegio. Pero no tenía dinero, así que decidió
vender su abrigo para comprar los libros.
Salía Pinocho con los libros en la mano para ir al colegio y pensaba:
–Ya sé, estudiaré mucho para tener un buen trabajo y ganar dinero, y con ese dinero compraré un buen abrigo a
Gepeto.
De camino, pasó por la plaza del pueblo y oyó:
Nariz Pinocho
–¡Vaya, vaya! ¿Dónde vas tan deprisa, jovencito? –dijo un gato muy mentiroso que se encontró en el camino.
–Voy a comprar un abrigo a mi padre con este dinero.
–¡Oh, vamos! –exclamó el zorro que iba con el gato–. Eso es poco dinero para un buen abrigo. ¿No te gustaría
tener más?
–Sí, pero ¿cómo? –contestó Pinocho.
–Es fácil –dijo el gato–. Si entierras tus monedas en el Campo de los Milagros crecerá una planta que te dará
dinero.
–¿Y dónde está ese campo?
–Nosotros te llevaremos –dijo el zorro.
Así, con mentiras, los bandidos llevaron a Pinocho a un lugar lejos de la ciudad, le robaron las monedas y le
ataron a un árbol.
Gritó y gritó pero nadie le oyó, tan sólo el Hada Azul.
–¿Dónde perdiste las monedas?
–Al cruzar el río –dijo Pinocho mientras le crecía la nariz.
Se dio cuenta de que había mentido y, al ver su nariz, se puso a llorar.
–Esta vez tu nariz volverá a ser como antes, pero te crecerá si vuelves a mentir –dijo el Hada Azul.
Así, Pinocho se fue a la ciudad y se encontró con unos niños que reían y saltaban muy contentos.
–¿Qué es lo que pasa? –preguntó.
–Nos vamos de viaje a la Isla de la Diversión, donde todos los días son fiesta y no hay colegios ni profesores.
¿Te quieres venir?
–¡Venga, vamos!
Entonces, apareció el Hada Azul.
–¿No me prometiste ir al colegio? –preguntó.
–Sí –mintió Pinocho–, ya he estado allí.
Y, de repente, empezaron a crecerle unas orejas de burro. Pinocho se dio cuenta de que le habían crecido por
mentir y se arrepintió de verdad. Se fue al colegio y luego a casa, pero Gepeto había ido a buscarle a la playa
con tan mala suerte que, al meterse en el agua, se lo había tragado una ballena.
–¡Iré a salvarle! –exclamó Pinocho.
Se fue a la playa y esperó a que se lo tragara la ballena. Dentro vio a Gepeto, que le abrazó muy fuerte.
–Tendremos que salir de aquí, así que encenderemos un fuego para que la ballena abra la boca.
Así lo hicieron y salieron nadando muy deprisa hacia la orilla. El papá del muñeco no paraba de abrazarle. De
repente, apareció el Hada Azul, que convirtió el sueño de Gepeto en realidad, ya que tocó a Pinocho y lo
convirtió en un niño de verdad.
Caperucita Roja
Había una vez una adorable niña que era querida por todo aquél que la conociera, pero sobre todo por su
abuelita, y no quedaba nada que no le hubiera dado a la niña. Una vez le regaló una pequeña caperuza o gorrito
de un color rojo, que le quedaba tan bien que ella nunca quería usar otra cosa, así que la empezaron a llamar
Caperucita Roja. Un día su madre le dijo:“Ven, Caperucita Roja, aquí tengo un pastel y una botella de vino,
llévaselas en esta canasta a tu abuelita que esta enfermita y débil y esto le ayudará. Vete ahora temprano, antes
de que caliente el día, y en el camino, camina tranquila y con cuidado, no te apartes de la ruta, no vayas a caerte
y se quiebre la botella y no quede nada para tu abuelita. Y cuando entres a su dormitorio no olvides decirle,
“Buenos días”, ah, y no andes curioseando por todo el aposento.”
“No te preocupes, haré bien todo”, dijo Caperucita Roja, y tomó las cosas y se despidió cariñosamente.
Caperucita Roja
La abuelita vivía en el bosque, como a un kilómetro de su casa. Y no más había entrado Caperucita Roja en el
bosque, siempre dentro del sendero, cuando se encontró con un lobo. Caperucita Roja no sabía que esa criatura
pudiera hacer algún daño, y no tuvo ningún temor hacia él.
“Buenos días, Caperucita Roja,” dijo el lobo. “Buenos días, amable lobo.”
– “A casa de mi abuelita.”
– “¿Y qué llevas en esa canasta?”
– “Pastel y vino. Ayer fue día de hornear, así que mi pobre abuelita enferma va a tener algo bueno para
fortalecerse.”
– “Como a medio kilómetro más adentro en el bosque. Su casa está bajo tres grandes robles, al lado de unos
avellanos. Seguramente ya los habrás visto,” contestó inocentemente Caperucita Roja. El lobo se dijo en
silencio a sí mismo: “¡Qué criatura tan tierna! qué buen bocadito – y será más sabroso que esa viejita. Así que
debo actuar con delicadeza para obtener a ambas fácilmente.” Entonces acompañó a Caperucita Roja un
pequeño tramo del camino y luego le dijo: “Mira Caperucita Roja, que lindas flores se ven por allá, ¿por qué no
vas y recoges algunas? Y yo creo también que no te has dado cuenta de lo dulce que cantan los pajaritos. Es que
vas tan apurada en el camino como si fueras para la escuela, mientras que todo el bosque está lleno de
maravillas.”
Caperucita Roja
Caperucita Roja levantó sus ojos, y cuando vio los rayos del sol danzando aquí y allá entre los árboles, y vio las
bellas flores y el canto de los pájaros, pensó: “Supongo que podría llevarle unas de estas flores frescas a mi
abuelita y que le encantará[Link]ás, aún es muy temprano y no habrá problema si me atraso un poquito,
siempre llegaré a buena hora.” Y así, ella se salió del camino y se fue a cortar flores. Y cuando cortaba una, veía
otra más bonita, y otra y otra, y sin darse cuenta se fue adentrando en el bosque. Mientras tanto el lobo
aprovechó el tiempo y corrió directo a la casa de la abuelita y tocó a la puerta.“¿Quién es?” preguntó la abuelita.
– “Mueve la cerradura y abre tú,” gritó la abuelita, “estoy muy débil y no me puedo levantar.”
El lobo movió la cerradura, abrió la puerta, y sin decir una palabra más, se fue directo a la cama de la abuelita y
de un bocado se la tragó. Y enseguida se puso ropa de ella, se colocó un gorro, se metió en la cama y cerró las
cortinas.
Mientras tanto, Caperucita Roja se había quedado colectando flores, y cuando vio que tenía tantas que ya no
podía llevar más, se acordó de su abuelita y se puso en camino hacia ella. Cuando llegó, se sorprendió al
encontrar la puerta abierta, y al entrar a la casa, sintió tan extraño presentimiento que se dijo para sí misma:
El lobo feroz
“¡Oh Dios! que incómoda me siento hoy, y otras veces que me ha gustado tanto estar con abuelita.” Entonces
gritó: “¡Buenos días!”, pero no hubo respuesta, así que fue al dormitorio y abrió las cortinas. Allí parecía estar
la abuelita con su gorro cubriéndole toda la cara, y con una apariencia muy extraña.
– “Es para oírte mejor, mi niña,” fue la respuesta. “Pero abuelita, qué ojos tan grandes que tienes.”
– “Para comerte mejor.” Y no había terminado de decir lo anterior, cuando de un salto salió de la cama y se
tragó también a Caperucita Roja.
Entonces el lobo decidió hacer una siesta y se volvió a tirar en la cama, y una vez dormido empezó a roncar
fuertemente. Un cazador que por casualidad pasaba en ese momento por allí, escuchó los fuertes ronquidos y
pensó, ¡Cómo ronca esa viejita!Voy a ver si necesita alguna ayuda. Entonces ingresó al dormitorio, y cuando se
acercó a la cama vio al lobo tirado allí.“¡Así que te encuentro aquí, viejo pecador!” dijo él.”¡Hacía tiempo que
te buscaba!”
Y ya se disponía a disparar su arma contra él, cuando pensó que el lobo podría haber devorado a la viejita y que
aún podría ser salvada, por lo que decidió no disparar. En su lugar tomó unas tijeras y empezó a cortar el vientre
del lobo durmiente.
En cuanto había hecho dos cortes, vio brillar una gorrita roja, entonces hizo dos cortes más y la pequeña
Caperucita Roja salió rapidísimo, gritando: “¡Qué asustada que estuve, qué oscuro que está ahí dentro del
lobo!”, y enseguida salió también la abuelita, vivita, pero que casi no podía respirar. Rápidamente, Caperucita
Roja trajo muchas piedras con las que llenaron el vientre del lobo. Y cuando el lobo despertó, quizo correr e irse
lejos, pero las piedras estaban tan pesadas que no soportó el esfuerzo y cayó muerto.
Las tres personas se sintieron felices. El cazador le quitó la piel al lobo y se la llevó a su casa. La abuelita comió
el pastel y bebió el vino que le trajo Caperucita Roja y se reanimó. Pero Caperucita Roja solamente pensó:
“Mientras viva, nunca me retiraré del sendero para internarme en el bosque, cosa que mi madre me había ya
prohibido hacer.”
El enano saltarín
Cuentan que en un tiempo muy lejano el rey decidió pasear por sus dominios, que incluían una pequeña aldea
en la que vivía un molinero junto con su bella hija. Al interesarse el rey por ella, el molinero mintió para darse
importancia: – Además de bonita, es capaz de convertir la paja en oro hilándola con una rueca. El rey,
francamente contento con dicha cualidad de la muchacha, no lo dudó un instante y la llevó con él a palacio.
El enano saltarín
Una vez en el castillo, el rey ordenó que condujesen a la hija del molinero a una habitación repleta de paja,
donde había también una rueca: – Tienes hasta el alba para demostrarme que tu padre decía la verdad y
convertir esta paja en oro. De lo contrario, serás desterrada. La pobre niña lloró desconsolada, pero he aquí que
apareció un estrafalario enano que le ofreció hilar la paja en oro a cambio de su collar.
La hija del molinero le entregó la joya y… zis-zas, zis-zas, el enano hilaba la paja que se iba convirtiendo en
oro en las canillas, hasta que no quedó ni una brizna de paja y la habitación refulgía por el oro. Cuando el rey
vio la proeza, guiado por la avaricia, espetó: – Veremos si puedes hacer lo mismo en esta habitación. – Y le
señaló una estancia más grande y más repleta de oro que la del día anterior.
La muchacha estaba desesperada, pues creía imposible cumplir la tarea pero, como el día anterior, apareció el
enano saltarín: – ¿Qué me das si hilo la paja para convertirla en oro? – preguntó al hacerse visible. – Sólo tengo
esta sortija – Dijo la doncella tendiéndole el anillo. – Empecemos pues, – respondió el enano. Y zis-zas, zis-zas,
toda la paja se convirtió en oro hilado.
Pero la codicia del rey no tenía fin, y cuando comprobó que se habían cumplido sus órdenes, anunció: –
Repetirás la hazaña una vez más, si lo consigues, te haré mi esposa – Pues pensaba que, a pesar de ser hija de un
molinero, nunca encontraría mujer con dote mejor. Una noche más lloró la muchacha, y de nuevo apareció el
grotesco enano: – ¿Qué me darás a cambio de solucionar tu problema? – Preguntó, saltando, a la chica.
– No tengo más joyas que ofrecerte – y pensando que esta vez estaba perdida, gimió desconsolada. – Bien, en
ese caso, me darás tu primer hijo – demandó el enanillo. Aceptó la muchacha: “Quién sabe cómo irán las cosas
en el futuro” – Dijo para sus adentros. Y como ya había ocurrido antes, la paja se iba convirtiendo en oro a
medida que el extraño ser la hilaba.
Cuando el rey entró en la habitación, sus ojos brillaron más aún que el oro que estaba contemplando, y convocó
a sus súbditos para la celebración de los esponsales. Vivieron ambos felices y al cabo de una año, tuvieron un
precioso retoño. La ahora reina había olvidado el incidente con la rueca, la paja, el oro y el enano, y por eso se
asustó enormemente cuando una noche apareció el duende saltarín reclamando su recompensa.
– Por favor, enano, por favor, ahora poseo riqueza, te daré todo lo que quieras. – ¿Cómo puedes comparar el
valor de una vida con algo material? Quiero a tu hijo – exigió el desaliñado enano. Pero tanto rogó y suplicó la
mujer, que conmovió al enano: – Tienes tres días para averiguar cuál es mi nombre, si lo aciertas, dejaré que te
quedes con el niño.
Por más que pensó y se devanó los sesos la molinerita para buscar el nombre del enano, nunca acertaba la
respuesta correcta. Al tercer día, envió a sus exploradores a buscar nombres diferentes por todos los confines
del mundo. De vuelta, uno de ellos contó la anécdota de un duende al que había visto saltar a la puerta de una
pequeña cabaña cantando: – “Yo sólo tejo, a nadie amo y Rumpelstilzchen me llamo”
Cuando volvió el enano la tercera noche, y preguntó su propio nombre a la reina, ésta le contestó: – ¡Te llamas
Rumpelstilzchen! – ¡No puede ser! – gritó él – ¡No lo puedes saber! ¡Te lo ha dicho el diablo! – Y tanto y tan
grande fue su enfado, que dio una patada en el suelo que le dejó la pierna enterrada hasta la mitad, y cuando
intentó sacarla, el enano se partió por la mitad.
Después, se presentó ante el rey. –Majestad –le informó el gato-, mi amo os envía este conejo, uno de los miles
que hay en sus campos.
-Amo –le dijo un día el gato con botas a su dueño-, de bes casarte con la hija del rey.
Hoy a las doce en punto debes meterte en el río y estarte calladito. El chico no entendía nada, pero obedeció.
El gato sabía que era costumbre del rey pasar todos los días a las doce en punto de la mañana en su carroza por
el puente que 0había sobre el río.
-¡Ayuda!¡Mi señor el marqués de carabás ha sido asaltado por unos ladrones!¡Han aprovechado que se estaba
bañando y le han robado hasta la ropa!
Al rey le faltó tiempo para reaccionar y mandar a sus servidores que vistieran con los más ricos ropajes al
marqués de Carabás.
Felices y contentos regresaron todos a palacio, donde el monarca decidió casarle con su única hija, la princesa
Florlinda.
Y así fue: el gato con botas, con su ingenio, consiguió hacer de su amo todo un príncipe.
Ya rey, el antiguo marqués nombró a su gato gran chambelán, que es, después de sus majestades, quien más
manda en el reino.
Un buen día, mientras los tres muchachos caminaban entristecidos por el palacio, se apareció un anciano vestido
con ropas andrajosas. Enseguida, dos de los príncipes quisieron echarlo, pero el menor de ellos se compadeció y
le escuchó.
– He sabido que vuestro padre ha enfermado terriblemente. Pero desde ahora les digo que lo único que podrá
sanarle es el agua de la vida. Vayan pronto a buscarla y lo podrán salvar.
Al oír las palabras del anciano, los hermanos se llenaron de esperanza. El mayor de ellos partió rápidamente
hacia su caballo y salió del castillo corriendo a toda velocidad. “Si obtengo el agua de la vida me ganaré el favor
de mi padre para convertirme en rey”, pensaba el intrépido príncipe mientras se adentraba en el bosque. Justo en
ese momento, se topó con un duendecillo que atravesaba el camino.
¡No me molestes, estúpido! ¡Sal de mi camino! – gritó el príncipe sin detener su frenética marcha.
Entonces, el duende se irritó tanto que lanzó un hechizo sobre el joven y lo hizo perderse entre las montañas.
Con el paso del tiempo, el segundo de los hermanos comenzó a impacientarse. “Si yo encuentro el agua de la
vida mi padre me coronará como rey”, murmuró el jovenzuelo mientras ensillaba su caballo y se desprendía
galopando hacia el bosque. Nuevamente, el duende se cruzó en el camino del segundo hermano.
Y dicho aquello continuó su veloz carrera. El duende, molesto por la actitud del príncipe volvió a lanzar un
hechizo para que se extraviara entre las montañas del bosque.
– ¡No me molestes, estúpido! ¡Sal de mi camino! – gritó el príncipe sin detener su frenética marcha.
Entonces, el duende se irritó tanto que lanzó un hechizo sobre el joven y lo hizo perderse entre las montañas.
Con el paso del tiempo, el segundo de los hermanos comenzó a impacientarse. “Si yo encuentro el agua de la
vida mi padre me coronará como rey”, murmuró el jovenzuelo mientras ensillaba su caballo y se desprendía
galopando hacia el bosque. Nuevamente, el duende se cruzó en el camino del segundo hermano.
Y dicho aquello continuó su veloz carrera. El duende, molesto por la actitud del príncipe volvió a lanzar un
hechizo para que se extraviara entre las montañas del bosque.
Varias horas después, el más pequeño de los príncipes se preocupó por sus hermanos, pues aún no habían
regresado con el agua de la vida para su enfermo padre. Sin pensarlo dos veces, ajustó su caballo y salió hacia el
bosque. Por supuesto, el duende del bosque también vio al pequeño príncipe y decidió cruzarse en su camino.
– Estoy buscando el agua de la vida para mi padre enfermo. ¿Sabes dónde puedo encontrarla?
– ¡Claro que sí! – exclamó el duende con alegría al ver que por fin, alguien le había tratado con amabilidad –
Debes buscarla en la cueva encantada. Pero ten cuidado, porque un terrible oso protege la entrada.
– Toma este pan. Dáselo al oso y podrás entrar a la cueva. Antes que el oso termine de comer deberás haber
salido. Date prisa.
Y así lo hizo. El menor de los príncipes siguió el camino indicado por el duende y a las pocas horas arribó a la
cueva encantada. Como le habían advertido, el oso se encontraba justo en la entrada. Era un animal enorme con
garras afiladas y mirada furiosa, pero el príncipe hizo todo lo que el duende le había dicho.
Cuando le lanzó el pan al oso, este se entretuvo devorándolo y el príncipe se apresuró hacia el interior de la
cueva. Todo se encontraba oscuro en aquel lugar, pero a lo lejos podía verse un manantial lleno de luz, y el
joven no tardó en rellenar con aquella agua mágica un pequeño frasco que llevaba consigo.
Justo antes de marcharse, el príncipe oyó una voz tierna que provenía desde lo lejos. Era la voz de una
muchacha hermosa, con cabellos risos y rubios que llegaban hasta el suelo.
– Soy una princesa y he quedado atrapada en esta cueva. Por favor, sálvame.
En ese momento, el príncipe recordó que no contaba con mucho tiempo, pues el oso estaba a punto de terminar
con el pan. Besando las manos de la muchacha prometió regresar a buscarla, y se marchó de la cueva a toda
carrera. Una vez en el bosque, el príncipe se encontró nuevamente con el duendecillo.
– Amigo duende, debo agradecerte por todos tus consejos – dijo el príncipe con una sonrisa en los labios –
ahora mi padre podrá beber esta agua y curarse para siempre.
– No te preocupes. Tus hermanos han recibido un castigo justo, pero cuando llegues al palacio los encontrarás
junto a tu padre.
Agradecido por la bondad del duende, el príncipe reanudó su camino hacia el castillo y el rey por fin pudo
tomar el agua de la vida. Al instante, el monarca quedó recuperado. Estaba tan alegre que se puso a cantar y a
dar saltos en su cama.
Por la noche, la familia real convocó a una gran fiesta para celebrar la sanación del rey. Sin embargo, el menor
de los tres príncipes no estaba del todo contento, y cuando le preguntaron, aprovechó para contarles de aquella
hermosa muchacha que había quedado atrapada en la cueva encantada.
Entonces, sus dos hermanos sintieron envidia y quisieron salir a rescatar a la bella chica para casarse con ella.
En la oscuridad de la noche, los dos príncipes partieron con sus caballos hacia la cueva encantada, pero se
olvidaron del temible oso que custodiaba la entrada.
Al verlos, el oso lanzó un grito feroz y les enseñó sus colmillos gigantes, y a los hermanos no les quedó más
remedio que salir huyendo muertos de miedo. Tiempo después, llegó el más pequeño y valiente de los príncipes.
Como sabía que al oso le gustaba el pan, decidió pintar una pequeña piedra de color blanco, la ató a su caballo
con una larga cuerda y luego la lanzó hacia el oso.
La bestia no pudo resistir la tentación y salió corriendo en busca del supuesto pan, pero el caballo del príncipe
se lanzó a correr con la piedra atada a su cuerpo, mientras el oso la perseguía inútilmente. Cuando por fin quedó
libre la entrada de la cueva, el joven se apresuró hacia el interior.
Finalmente, pudo rescatar a la bella princesa y al llegar al palacio todos quedaron impresionados con su
valentía. En poco tiempo, los jóvenes se casaron y cuenta la leyenda que fueron muy felices por el resto de sus
vidas.
El ratoncito Pérez
Erase una vez Pepito Pérez , que era un pequeño ratoncito de ciudad , vivía con su familia en un agujerito de la
pared de un edificio.
El ratoncito Pérez
El agujero no era muy grande pero era muy cómodo, y allí no les faltaba la comida. Vivían junto a una
panadería, por las noches él y su padre iban a coger harina y todo lo que encontraban para comer. Un día Pepito
escuchó un gran alboroto en el piso de arriba. Y como ratón curioso que era trepó y trepó por las cañerías hasta
llegar a la primera planta. Allí vió un montón de aparatos, sillones, flores, cuadros…, parecía que alguien se iba
a instalar allí.
Al día siguiente Pepito volvió a subir a ver qué era todo aquello, y descubrió algo que le gustó muchísimo. En el
piso de arriba habían puesto una clínica dental. A partir de entonces todos los días subía a mirar todo lo que
hacía el doctor José Mª. Miraba y aprendía, volvía a mirar y apuntaba todo lo que podía en una pequeña libreta
de cartón. Después practicaba con su familia lo que sabía. A su madre le limpió muy bien los dientes, a su
hermanita le curó un dolor de muelas con un poquito de medicina.
Y así fue como el ratoncito Pérez se fue haciendo famoso. Venían ratones de todas partes para que los curara.
Ratones de campo con una bolsita llena de comida para él, ratones de ciudad con sombrero y bastón, ratones
pequeños, grandes, gordos, flacos… Todos querían que el ratoncito Pérez les arreglara la boca.
Pero entonces empezaron a venir ratones ancianos con un problema más grande. No tenían dientes y querían
comer turrón, nueces, almendras, y todo lo que no podían comer desde que eran jóvenes. El ratoncito Pérez
pensó y pensó cómo podía ayudar a estos ratones que confiaban en él. Y, como casi siempre que tenía una duda,
subió a la clínica dental a mirar. Allí vió cómo el doctor José Mª le ponía unos dientes estupendos a un anciano.
Esos dientes no eran de personas, los hacían en una gran fábrica para los dentistas. Pero esos dientes, eran
enormes y no le servían a él para nada.
Entonces, cuando ya se iba a ir a su casa sin encontrar la solución, apareció en la clínica un niño con su mamá.
El niño quería que el doctor le quitara un diente de leche para que le saliera rápido el diente fuerte y grande. El
doctor se lo quitó y se lo dió de recuerdo. El ratoncito Pérez encontró la solución: “Iré a la casa de ese niño y le
compraré el diente”, pensó. Lo siguió por toda la ciudad y cuando por fin llegó a la casa, se encontró con un
enorme gato y no pudo entrar. El ratoncito Pérez se esperó a que todos se durmieran y entonces entró a la
habitación del niño. El niño se había dormido mirando y mirando su diente, y lo había puesto debajo de su
almohada. Al pobre ratoncito Pérez le costó mucho encontrar el diente, pero al fin lo encontró y le dejó al niño
un bonito regalo.
A la mañana siguiente el niño vió el regalo y se puso contentísimo y se lo contó a todos sus amigos del colegio.
Y a partir de ese día, todos los niños dejan sus dientes de leche debajo de la almohada. Y el ratoncito Pérez los
recoge y les deja a cambio un bonito regalo. cuento se ha acabado
El oso de caramelo
Había una vez un niño llamado Marc que vivía junto a sus padres y hermano mayor a las
afueras de la ciudad. Su padre trabajaba en la fábrica de dulces ositos de caramelo que
estaba a una milla de su casa.
Su padre le mostró entonces un enorme osito de plástico de color naranja igual a los
deliciosos ositos de caramelo que fabricaba.
Marc se puso muy contento con el regalo sorpresa de su padre y aquella noche durmió
con el osito al lado de su cama.
De repente, el osito naranja, comenzó a mover sus grandes ojos negros de un lado para
el otro y en un instante estaba pegando saltos por la habitación. Estaba tan
entusiasmado correteando por todos lados que tiró al suelo varios juguetes y Marc
sobresaltado se despertó por el ruido. Se sentó en la cama y cuando vio a su osito
corretear por su cuarto se quedó patidifuso, sin habla.
El osito, que vio como Marc le miraba atónito, se fue hacia él y cogiéndolo de la mano lo
llevó hasta la ventana y sin que Marc lograra reaccionar ambos saltaron hacia el jardín.
Cuando sus pies tocaron el suelo, Marc vio que aquello no era su jardín, si no un mundo
hecho enteramente de caramelo. Los arboles eran piruletas, las flores golosinas de fresa
y los caminos lenguas de azúcar.
Marc, reaccionando ante tal despliegue de dulces, comenzó a dar saltos de alegría
diciendo:
- ¡ Esto es fabuloso ! - y empezó a comer dulces sin parar llenándose los carrillos.
Con la barriga ya llena de caramelo Marc miró a su osito y este sonriendo echó a correr y
Marc decidió seguirlo.
Cuando ya casi no le quedaba aliento al niño de tanto correr con la panza llena, vio que
el osito se paraba y se daba la vuelta mirándole fijamente. Marc miro alrededor y vio que
ya no había caramelos y que en su lugar estaba rodeado de dientes por todo el suelo.
- Son los dientes de los niños que han comido muchos caramelos y no se han lavado los
dientes - respondió el oso todo serio mientras levantaba una ceja y miraba fijamente a
Marc.
Marc vio que los dientes estaban feos y negruzcos y haciendo una mueca de desagrado
se quedó pensativo.
De repente exclamó:
- ¡ Por favor osito dime donde puedo lavarme los dientes ! , ¡ no quiero quedarme sin
dientes !
Marc dudó por un momento, pero encaramándose a la marquesina que sujetaba una
hermosa planta trepadora llegó hasta la ventana. Se dispuso a dar el último saltito para
entrar en su habitación y cuando puso sus pies en el suelo se dio cuenta que estaba
sentado en su cama.
Mirando hacia la silla de al lado de su cama allí estaba el enorme oso naranja de plástico,
rechoncho y gordote.
Marc se puso en pié, tomó al oso en brazos y dirigiéndose hacia el baño decidió que
nunca más desobedecería a sus padres y todos los días tras comer los deliciosos ositos
de caramelo se lavaría sin falta los dientes.
Mientras Marc se lavaba los dientes, el osito descansaba sobre el taburete del baño y sin
ser visto, dibujo una enorme sonrisa en su redondota carita de oso.
- No ha estado mal - pensó - he conseguido que Marc sea cuidadoso con sus dientes.
Hace mucho mucho tiempo, un niño paseaba por un prado en cuyo centro encontró un árbol
con un cartel que decía: soy un árbol encantado, si dices las palabras mágicas, lo verás.
El niño trató de acertar el hechizo, y probó
con abracadabra, supercalifragilisticoespialidoso, tan-ta-ta-chán, y muchas otras,
pero nada. Rendido, se tiró suplicante, diciendo: "¡¡por favor, arbolito!!", y
entonces, se abrió una gran puerta en el árbol. Todo estaba oscuro, menos un
cartel que decía: "sigue haciendo magia". Entonces el niño dijo "¡¡Gracias,
arbolito!!", y se encendió dentro del árbol una luz que alumbraba un camino hacia
una gran montaña de juguetes y chocolate.
El niño pudo llevar a todos sus amigos a aquel árbol y tener la mejor fiesta del mundo, y por
eso se dice siempre que "por favor" y "gracias", son las palabras mágicas
La princesa de fuego
Hubo una vez una princesa increíblemente rica, bella y sabia. Cansada de pretendientes
falsos que se acercaban a ella para conseguir sus riquezas, hizo publicar que se casaría
con quien le llevase el regalo más valioso, tierno y sincero a la vez. El palacio se llenó
de flores y regalos de todos los tipos y colores, de cartas de amor incomparables y de poetas
enamorados. Y entre todos aquellos regalos magníficos, descubrió una piedra; una
simple y sucia piedra. Intrigada, hizo llamar a quien se la había regalado. A pesar de su
curiosidad, mostró estar muy ofendida cuando apareció el joven, y este se explicó diciendo:
- Esa piedra representa lo más valioso que os puedo regalar, princesa: es mi corazón.
Y también es sincera, porque aún no es vuestro y es duro como una piedra. Sólo cuando se
llene de amor se ablandará y será más tierno que ningún otro.
El joven se marchó tranquilamente, dejando a la princesa sorprendida y atrapada. Quedó tan
enamorada que llevaba consigo la piedra a todas partes, y durante meses llenó al joven
de regalos y atenciones, pero su corazón seguía siendo duro como la piedra en sus
manos. Desanimada, terminó por arrojar la piedra al fuego; al momento vio cómo se
deshacía la arena, y de aquella piedra tosca surgía una bella figura de oro. Entonces
comprendió que ella misma tendría que ser como el fuego, y transformar cuanto
tocaba separando lo inútil de lo importante.
Durante los meses siguientes, la princesa se propuso cambiar en el reino, y como
con la piedra, dedicó su vida, su sabiduría y sus riquezas a separar lo inútil de lo
importante. Acabó con el lujo, las joyas y los excesos, y las gentes del país
tuvieron comida y libros. Cuantos trataban con la princesa salían encantados por
su carácter y cercanía, y su sola prensencia transmitía tal calor humano y pasión
por cuanto hacía, que comenzaron a llamarla cariñosamente "La princesa de
fuego".
Y como con la piedra, su fuego deshizo la dura corteza del corazón del joven, que
tal y como había prometido, resultó ser tan tierno y justo que hizo feliz a la
princesa hasta el fin de sus días
El cohete de papel
Había una vez un niño cuya mayor ilusión era tener un cohete y dispararlo hacia la luna,
pero tenía tan poco dinero que no podía comprar ninguno. Un día, junto a la acera
descubrió la caja de uno de sus cohetes favoritos, pero al abrirla descubrió que sólo
contenía un pequeño cohete de papel averiado, resultado de un error en la fábrica.
El niño se apenó mucho, pero pensando que por fin tenía un cohete, comenzó a preparar
un escenario para lanzarlo. Durante muchos días recogió papeles de todas las formas y
colores, y se dedicó con toda su alma a dibujar, recortar, pegar y colorear todas las estrellas
y planetas para crear un espacio de papel. Fue un trabajo dificilísimo, pero el resultado
final fue tan magnífico que la pared de su habitación parecía una ventana abierta
al espacio sideral.
Desde entonces el niño disfrutaba cada día jugando con su cohete de papel, hasta que un
compañero visitó su habitación y al ver aquel espectacular escenario, le propuso
cambiárselo por un cohete auténtico que tenía en casa. Aquello casi le volvió loco de alegría,
y aceptó el cambio encantado.
Desde entonces, cada día, al jugar con su cohete nuevo, el niño echaba de menos su
cohete de papel, con su escenario y sus planetas, porque realmente disfrutaba mucho más
jugando con su viejo cohete. Entonces se dio cuenta de que se sentía mucho mejor cuando
jugaba con aquellos juguetes que él mismo había construido con esfuerzo e ilusión.
Y así, aquel niño empezó a construir él mismo todos sus juguetes, y cuando creció,
se convirtió en el mejor juguetero del mundo.
Fabulas
El león y el ratón. Fábula sobre el valor
Después de un largo día de caza, un león se echó a descansar debajo de un árbol.
Cuando se estaba quedando dormido, unos ratones se atrevieron a salir de su
madriguera y se pusieron a jugar a su alrededor. De pronto, el más travieso tuvo la
ocurrencia de esconderse entre la melena del león, con tan mala suerte que lo despertó.
Muy malhumorado por ver su siesta interrumpida, el león atrapó al ratón entre sus
garras y dijo dando un rugido:
-¿Cómo te atreves a perturbar mi sueño, insignificante ratón? ¡Voy a comerte para que
aprendáis la lección!-
El ratón, que estaba tan asustado que no podía moverse, le dijo temblando:
- Por favor no me mates, león. Yo no quería molestarte. Si me dejas te estaré
eternamente agradecido. Déjame marchar, porque puede que algún día me necesites –
- ¡Ja, ja, ja! – se rió el león mirándole - Un ser tan diminuto como tú, ¿de qué forma va a
ayudarme? ¡No me hagas reír!.
Pero el ratón insistió una y otra vez, hasta que el león, conmovido por su tamaño y su
valentía, le dejó marchar.
Unos días después, mientras el ratón paseaba por el bosque, oyó unos terribles rugidos
que hacían temblar las hojas de los árboles.
Rápidamente corrió hacia lugar de donde provenía el sonido, y se encontró allí al león,
que había quedado atrapado en una robusta red. El ratón, decidido a pagar su deuda, le
dijo:
- No te preocupes, yo te salvaré.
Y el león, sin pensarlo le contestó:
- Pero cómo, si eres tan pequeño para tanto esfuerzo.
El ratón empezó entonces a roer la cuerda de la red donde estaba atrapado el león, y el
león pudo salvarse. El ratón le dijo:
- Días atrás, te burlaste de mí pensando que nada podría hacer por ti en agradecimiento.
Ahora es bueno que sepas que los pequeños ratones somos agradecidos y cumplidos.
El león no tuvo palabras para agradecer al pequeño ratón. Desde este día, los dos fueron
amigos para siempre.
MORALEJA:
- Ningún acto de bondad queda sin recompensa.
- No conviene desdeñar la amistad de los humildes.
Un cierto día, en que se desató una terrible tormenta, el tronco cayo al lago y en ese
momento las ranitas pudieron ver con claridad, que era solo un tronco tallado que
ningún daño podía hacerles. Se rieron mucho de los temores por los que habían pasado
y comenzaron a jugar con él y usarlo de trampolín para sus zambullidas en el lago.
Moraleja: Lo que por ignorancia atemoriza, a veces es sólo digno de risa.
Si conoces alguna otra fábula para niños y quieres compartirla con nosotros y los demás
padres, estaremos encantados de recibirla
La cigarra era feliz disfrutando del verano: El sol brillaba, las flores desprendían su
aroma...y la cigarra cantaba y cantaba. Mientras tanto su amiga y vecina, una pequeña
hormiga, pasaba el día entero trabajando, recogiendo alimentos.
- ¡Amiga hormiga! ¿No te cansas de tanto trabajar? Descansa un rato conmigo mientras
canto algo para ti. – Le decía la cigarra a la hormiga.
- Mejor harías en recoger provisiones para el invierno y dejarte de tanta holgazanería – le
respondía la hormiga, mientras transportaba el grano, atareada.
La cigarra se reía y seguía cantando sin hacer caso a su amiga.
Hasta que un día, al despertarse, sintió el frío intenso del invierno. Los árboles se habían
quedado sin hojas y del cielo caían copos de nieve, mientras la cigarra vagaba por
campo, helada y hambrienta. Vio a lo lejos la casa de su vecina la hormiga, y se acercó a
pedirle ayuda.
- Amiga hormiga, tengo frío y hambre, ¿no me darías algo de comer? Tú tienes mucha
comida y una casa caliente, mientras que yo no tengo nada.
La hormiga entreabrió la puerta de su casa y le dijo a la cigarra.
- Dime amiga cigarra, ¿qué hacías tú mientras yo madrugaba para trabajar? ¿Qué hacías
mientras yo cargaba con granos de trigo de acá para allá?
- Cantaba y cantaba bajo el sol- contestó la cigarra.
- ¿Eso hacías? Pues si cantabas en el verano, ahora baila durante el invierno-
Y le cerró la puerta, dejando fuera a la cigarra, que había aprendido la lección.
Moraleja: Quien quiere pasar bien el invierno, mientras es joven debe aprovechar el
tiempo.
FIN
Fábula de la lechera para los niños
Pensó un día un lobo cambiar su apariencia para así facilitar la obtención de su comida.
Se metió entonces en una piel de oveja y se fue a pastar con el rebaño, despistando
totalmente al pastor.
Al atardecer, para su protección, fue llevado junto con todo el rebaño a un encierro,
quedando la puerta asegurada.
Pero en la noche, buscando el pastor su provisión de carne para el día siguiente, tomó al
lobo creyendo que era un cordero y lo sacrificó al instante.
El buey y el mosquito
En una calurosa noche de verano, un buey disfrutaba tranquilamente de un merecido descanso en
su cuadra. Por una de sus ventanas, abiertas para que el habitáculo se ventilara y los animales no se
sintieran tan encerrados, se coló un pequeño mosquito.
Tan cansado estaba de revolotear de un lado para otro, que decidió posarse en el primer lugar que
fuera capaz de encontrar. Quiso el destino que lo primero que se cruzara en su camino fueran los
enormes cuernos del buey.
Tras recorrerlos desde la base hasta la punta y descansar sus cansadas alas, el mosquito emprendió
de nuevo el vuelo, no sin antes preguntarle al animal que tan amablemente le había permitido
tomarse un respiro, si estaba contento porque al fin hubiera decidido abandonar su cuerno.
Extrañado ante esta pregunta, el buey le contestó al mosquito:
-No estoy contento ni descontento con tu marcha, ya que hasta que no me has hablado, ni siquiera
sabía que estabas ahí parado. Así que, si no he notado tu presencia, tampoco creo que me sea
demasiado pesada tu ausencia.
MORALEJA
No darle nada a la vida, te convierte en alguien insignificante.
El caballo y el soldado
Mientras se encontraba en primera línea de batalla, un caballo era alimentado por su dueño con la
mejor de las cebadas, para conseguir que se mantuviera en plena forma mientras el conflicto durara.
Terminada la guerra, el soldado regresó a su hogar, reconvirtiendo a su caballo en un animal de
carga, al que tan solo alimentaba con paja y la hierba que pudiera encontrar en alguno de sus
descansos.
Cuando su país volvió a declarar la guerra a su tradicional enemigo, el soldado le puso todos sus
aparejos, se vistió con su mejor traje de batalla y arreó al caballo para que saliera al galope en busca
de las tropas reales. Aunque el animal deseaba corresponder a los requerimientos de su dueño,
estaba tan débil que era incapaz de dar dos pasos seguidos sin caerse. Al ver que el soldado no se
daba cuenta de nada le dijo:
-Si quieres ir a la guerra, es mejor que te unas a la infantería, ya que has hecho que en lugar de un
caballo parezca un asno. ¿Cómo pretendes ahora devolverme a mi estado original?
MORALEJA
Procura prepararte en los buenos tiempos para las épocas peores
La rana y el raton
Un ingenuo ratón trabó amistad con una rana a la que le encantaba hacer bromas. Esta rana, que
nunca solía medir la magnitud de sus acciones, decidió anudar la pata del inocente ratón a la suya
propia.
Para convencer a su amigo que nada malo podía pasarle, se trasladaron a un campo cercano para
disfrutar del tierno trigo. Cuando este estaba lo suficientemente confiado, la rana dio un tirón,
colocándose en muy pocos saltos a la orilla de un profundo pantano. Sin pensárselo dos veces, saltó
al agua, sumergiendo a cierta profundidad al que consideraba como su amigo.
Aunque este la intentaba avisar gritando para que lo sacara del agua, la rana continuo chapoteando
como si nada de aquello le afectara. Minutos después, por culpa de la enorme cantidad de agua que
había en su pequeño cuerpecillo, el ratón se ahogó, subiendo a la superficie sujeto a la pata de la
rana.
Pasó por allí un milano y al ver que el ratón ya no se movía, bajó a gran velocidad para atraparlo,
llevándose con él a la rana, la cual acabó en la barriga del pájaro.
MORALEJA
Todo el mal, se acaba pagando
Los murcielagos y las comadrejas
Cansado de volar durante horas, un murciélago se precipitó a la tierra, cayendo justo al lado de la
madriguera de una comadreja. Pensando que su final estaba próximo, le pidió a su captora se
buscara a otra presa que fuera mucho más grande que él para llenar su estómago. Sorprendida por
esta petición, la comadreja le dijo que no podía dejarle escapar porque desde siempre era una
enconada enemiga de los pájaros.
Rápidamente el murciélago le contestó que no era ningún pájaro, sino un pequeño e inofensivo
ratón. Ya que nada tenía contra los ratones, la comadreja le dejo marcharse.
Tiempo después el destino volvió a cruzar sus destinos, realizando el murciélago la misma petición
que la primera vez. Al reconocerlo, la comadreja le dijo que odiaba enormemente a todos los
ratones. Tan rápido de mente como la vez anterior, el murciélago le dijo que le parecía muy bien, ya
que él no era ningún ratón, sino un pájaro. Por segunda vez, la comadreja le dejo marcharse sin
hacerle ni un solo rasguño.
MORALEJA
Para sobrevivir, es necesario saber adaptarse a las circunstancias
REFRANES
Leyendas
10. El cuadro del Payaso
Esta es una leyenda urbana originada en la década de 1980, acerca de un médico de Quetzaltenango que se
traslada con su familia a la Ciudad de Guatemala, instalándose en una vieja casa de la zona 4.
Cuando el hijo mayor encuentra un misterioro cuadro de un payaso -supuestamente pintado por Rosemary
Kennedy en 1941- da inicio una serie de sucesos fatales que terminan involucrando incluso a un cura, la
guerrilla salvadoreña y la familia Kennedy de los Estados Unidos.
Se dice que las monas aparecen después de la media noche cuando hay luna llena para buscar a los hombres que
abandonan a sus mujeres, pero cualquier curioso que se asome al escuchar el bullicio que arman puede ser
atacado.
Leyenda de la Tatuana
Esta leyenda narra la historia de la más bella mujer que hubo alguna vez en Guatemala.
Tras ser acusada de bruja por atraer a todos los hombres, fue sentenciada a morir
quemada en la hoguera por la Santa Inquisición.
La noche antes de su ejecución, dibuja en la pared de su celda un barco con un pedazo
de carbón y tras recitar un conjuro aparece el diablo y la ayuda a escapar en el barco.
El principe se enfureció y para obligarla a salir ordenó que el bosque fuera quemado,
ofreciéndole perdonarla si salía y se casaba con ella. Pero ella prefirió la muerte, tras lo
cual se transformó en un pajarito que aún se escucha en Guatemala.
chistes
Chistes
1 EL SEÑOR EN LA TIENDA DE DISFRACES
Un señor entra en una tienda de disfraces y pregunta: -¿Tienen trajes de camuflaje? -Sí, pero hace dos meses que los
estamos buscando.
-Todo el mundo mete la nariz en mis negocios. -¿Y eso no te molesta? -No, al contrario. Soy fabricante de pañuelos.
3 EL BOCADILLO DE TORTILLA
-Camarero, ¿me pone un bocadillo de tortilla? -¿Francesa o española? -Da igual, ¡no pienso hablar con ella!
-Goloso, profe. – Muy bien, María. Ahora tú Pepito. Pepito se queda pensando y dice-Goooooooooooooooooooool.
El vendedor le pregunta:
– ¿Para el sol?
Y el niño responde:
– No. ¡Para mí!
Dos presos en la cárcel y uno le dice al otro: - Oye, ¿y tú porqué estás aquí? - Pues por lo mismo que tú. ¡¡¡Porque no me dejan
salir!!!
Estaban dos tomates en una nevera y uno de ellos dice: - ¡Ay! ¡¡Tengo mucho frío!! Y el otro dice: ¡¡Leches!! ¡¡Un tomate que habla!!
TRABALENGUAS