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Yo, Fanática

El texto reflexiona sobre el fanatismo, destacando cómo puede manifestarse en la vida cotidiana y la necesidad humana de pertenencia a grupos. Se menciona que el fanatismo no solo se expresa en fervores colectivos, sino también en actitudes individuales que buscan cambiar a los demás. La autora sugiere que la empatía y la risa pueden ser herramientas para mitigar la inclemencia y fomentar una convivencia más armoniosa.

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Yo, Fanática

El texto reflexiona sobre el fanatismo, destacando cómo puede manifestarse en la vida cotidiana y la necesidad humana de pertenencia a grupos. Se menciona que el fanatismo no solo se expresa en fervores colectivos, sino también en actitudes individuales que buscan cambiar a los demás. La autora sugiere que la empatía y la risa pueden ser herramientas para mitigar la inclemencia y fomentar una convivencia más armoniosa.

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Yo, fanática

Es más fácil convivir si actuamos con menos


inclemencia, si nos reímos de nuestra
solemnidad y empatizamos con el prójimo

S
EPIA TIMES (UNIVERSAL IMAGES GR (SEPIA TIMES/UNIVERSAL
IMAGES GRO)

IRENE VALLEJO
16 dic 2023 - 05:40 CET

Desde siempre, tus amigos han bromeado sobre tu


terquedad. Cuando una idea te obsesiona, te
aferras al asunto, te exaltas y no sueltas el
mordisco. Poco ágil en las conversaciones
saltarinas y ligeras, insistes en ahondar
machaconamente y ser escuchada hasta la última
minúscula matización. Necesitas vencer y
convencer. Llegué, vi, insistí. Cuentan que
Churchill —autor del mayor glosario de citas
probablemente ficticias— afirmó: “Un fanático es
alguien que no puede cambiar de mentalidad y no
quiere cambiar de tema”. Te asalta una hipótesis
incómoda: quien sufre este arrebato intransigente
no se da cuenta. Quizá ni siquiera tú misma.
“Fanático” deriva del latín fanum, que significaba
“santuario” o “templo”. En la Antigüedad llamaban
así a los sacerdotes del culto de Belona o Cibeles,
cuyos ritos resultaban excéntricos y frenéticos
para los creyentes paganos. Desde el principio,
integrista siempre es alguien de otro credo. El
escritor Amos Oz se consideraba —con saludable
ironía— un experto en fanatismo comparado.
Sostenía que el peligro no solo acecha en las
manifestaciones colectivas de fervor ciego, entre
esas multitudes que agitan sus puños mientras
gritan eslóganes en lenguas que no entendemos.
No, el fanatismo también se expresa con modales
silenciosos y un barniz civilizado. Está presente en
nuestro entorno y tal vez también seamos víctimas
de su temida infección.
El fenómeno fan se ha incorporado a la vida
cotidiana a través de la música y el deporte. Son
sus manifestaciones más leves —aludidas con solo
las tres primeras letras de la palabra—, aunque a
veces también se desmadran. En la antigua Roma
algunos devastadores motines empezaron como
reyertas en los juegos de gladiadores o en el circo,
entre partidarios de las distintas facciones
deportivas.
El fanatismo nace de la necesidad —
profundamente humana— de pertenecer a algún
grupo, equipo o colectivo. Por desgracia, ese
anhelo suele derivar en el rechazo a quienes no
forman parte de nuestro núcleo, hasta el punto de
querer cambiar a los demás, o expulsarlos. Estas
actitudes comienzan en casa, en esa tendencia tan
común de mejorar al vecino, de enmendar al
cónyuge, de hacer ingeniero al niño o enderezar al
hermano, en vez de dejarlos tranquilos. El fanático
quiere salvarte, redimirte, mejorar tus hábitos. Se
desvive por ti, te alecciona. En uno de sus
discursos fundacionales de la democracia
ateniense, Pericles formuló una idea novedosa
para construir comunidades donde nadie sea
despreciado: “En el trato cotidiano, no nos
enfadamos con el prójimo si hace su gusto, ni
ponemos mala cara”. En cada caso y en cada
casa, antes de intentar modelar al otro o darle la
espalda, recordemos el deseo universal de vivir a
nuestro aire.
El romano Luciano de Samósata escribió en el siglo
II un irresistible repertorio de obras satíricas donde
parodia a los filósofos por sus feroces
enemistades, su rigidez y su habilidad para olvidar
sus propias faltas cuando pontifican. Con sus
bromas certeras denuncia que hasta los sabios se
embarran de autoritarismo. Podemos volvernos
fanáticos de todo, incluso del diálogo y el respeto.
Con frecuencia, quien empieza predicando la
tolerancia termina apedreando verbalmente a los
diferentes. En nuestras ágoras mediáticas,
abundan los fanáticos antifanáticos y los cruzados
antifundamentalistas.
Contra este trastorno, previene Oz en su ensayo
Contra el fanatismo, no hay tratamiento de
eficacia probada. Nos pueden ayudar el arte y la
ficción, que abren la mirada a otras mentes y
fomentan cambios de perspectiva. Incluso si
alguien está absolutamente en lo cierto y el otro
vive en el error, sigue siendo útil ponerse en el
lugar de los demás. Aprender a mirarnos como nos
ven. Asumir que, cuando nos sentimos cargados
de razones, nos volvemos pelmas. Peligrosos
pomposos. A la larga, es más fácil convivir si
actuamos con menos inclemencia, nos reímos de
nuestra solemnidad y empatizamos con el prójimo.
En un arrebato de locura, incluso podríamos llegar
a considerar como posibilidad que —tal vez—
estemos equivocados —un poco—. Por supuesto,
eso es imposible, puro delirio, pero resulta
preferible caer en un exceso fantástico que
fanático.

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