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Orugas

El cuento narra la historia de Elena, una niña con un jardín interior que se ve afectado por una enfermedad, simbolizada por un jardinero que poda sus flores. A pesar de los esfuerzos de Elena y su familia por mantener el jardín vivo, ella se siente como una oruga y finalmente decide dejar de luchar, aceptando su transformación en mariposa. La historia es contada por Sara a Sacha en el parque, quien se conmueve y reflexiona sobre la inevitabilidad de la transformación y la esperanza.
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Orugas

El cuento narra la historia de Elena, una niña con un jardín interior que se ve afectado por una enfermedad, simbolizada por un jardinero que poda sus flores. A pesar de los esfuerzos de Elena y su familia por mantener el jardín vivo, ella se siente como una oruga y finalmente decide dejar de luchar, aceptando su transformación en mariposa. La historia es contada por Sara a Sacha en el parque, quien se conmueve y reflexiona sobre la inevitabilidad de la transformación y la esperanza.
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ORUGAS

Era un hermoso día de verano y Sacha estaba como de costumbre en el parque,


sentado con calma bajo su árbol de siempre. Como ya tenía práctica en eso de
descubrir los cuentos ocultos dentro de las personas no corría prisa, respiraba
pausado, observaba con atención, podía sentir en su piel al sol y al viento, y
pacientemente, esperaba.

De pronto, un sonido especial llamó su atención, como un suave aleteo seguido de


un suspiro. Comenzó a recorrer el parque con su mirada y la vio: una señora como
su mamá, con una hermosa cajita entre sus manos sentada en la banca amarilla
bajo la jacaranda. Algo en ella hacía sentir ganas de correr a abrazarla. Miraba sin
ver hacia un horizonte que parecía solo existir en su mente. Sacha estaba
apuntando todo esto que veía cuando el aleteo se hizo más fuerte, comprendió que
eso sólo significaba una cosa, estaba naciendo un cuento.

La voz suave no lo tomó por sorpresa, sino que lo hizo sentir en casa y, al mismo
tiempo, con lágrimas en el corazón. Despacito, como si le costara mucho trabajo, la
voz comenzó a contarle:

Había una vez, hace poco tiempo, un hermosa pequeña llamada Elena que tenía
dentro de sí un hermoso jardín florido. Todos los colores existentes podían verse en
sus flores. En ese jardín el cielo siempre era azul y el viento cálido, pájaros y
mariposas lo habitaban sin miedo, sabedores de que era un lugar seguro. Por las
noches, el jardín se poblaba de grillos y cocuyos que daban luz y vida a ese lindo
lugar. Dentro de Elena, la vida fluía intensa y risueña, producto del amor que le
prodigábamos sus padres y todas las personas que la conocían, porque Elena era
la niña más amable y dulce que puedas imaginarte.

El jardín de Elena existía dentro de ella desde siempre y crecía cuando ella lo hacía.
Cada año, algo nuevo aparecía en el jardín, ahora unas flores nuevas, otrora un
hermoso encino, un buen día nació un riachuelo cantarín que hacía las delicias de
quienes habitaban el jardín. Pero un día…
Un día sucedió algo que no había pasado nunca, llegó como algo sin importancia
que hizo que una parte, una pequeñísima parte del jardín, perdiera todas sus flores.
Eso provocó un dolor fugaz, pero fuerte en Elena, aunque no le dio importancia,
pensó que, a fin de cuentas, en todos los jardines se marchitan flores. Solo que
comenzaron a pasar los días y el jardín comenzó a cambiar, ya no había siempre
cielo azul, a veces estaba tormentoso; otras veces el riachuelo se secaba por un
tiempo y el calor se volvía insoportable en el jardincito. Elena comenzaba a
experimentar muchas molestias en su cuerpo: fiebres, dolores, cansancio extremo.

Sus padres preocupados la llevaron a muchos doctores y le hicieron muchas


pruebas. Por fin los doctores le explicaron que estaba enferma y que esa
enfermedad era muy fuerte, que había medicinas y tratamientos que la ayudarían a
estar mejor, pero que jamás se curaría. Elena y sus padres estaban tristes y
asustados, pero sintieron que estando juntos podrían lograr lo imposible, además
había muchos médicos y las medicinas cada día avanzaban más. Y así comenzó
un periodo oscuro para el jardín de Elena.

Cada vez que ella tomaba sus medicinas, que eran muy fuertes, aparecía el dolor
en forma de jardinero. Elena decía que era como un jardinero poco cuidadoso que
arrasaba con todo el jardín hasta dejarlo muerto. Entonces, Elena y sus padres, con
mucho amor, y los médicos, con sus cuidados, volvían a hacerlo crecer. Llevaba
tiempo, pero volvían las flores, el riachuelo y los animalitos. Por unos meses todo
parecía ir bien, pero luego volvía el jardinero a podar de nuevo y cada vez lo hacía
más fuerte, cada vez el jardín quedaba más devastado y le costaba más trabajo
volver a florecer.

Así pasaron 3 años en un ciclo que parecía interminable. El jardín crecía y el


jardinero podaba. Elena ya no se sentía dueña del jardín, sentía que era una parte
de él, pero no sentía que fuera una flor, ni el riachuelo, ni un cocuyo, por alguna
razón Elena creía que era una oruga. Su mamá, Sara, le hacía un poco de gracia y
le decía “Pero mi niña, si eres lo más hermoso del jardín ¿cómo vas a ser una oruga”
y Elena le contestaba “Eso soy mamá, lo sé” y sonreía cansadamente.
Y así transcurrió más tiempo, con algunas temporadas tranquilas en la que todos
los que amaban y cuidaban a Elena creían que por fin el jardín se mantendría verde
y lleno de vida; y con otros momentos en que todo era dolor por tantas podas del
jardinero. Los médicos hacían lo que podían, pero sabían que no habría manera de
evitar que el jardín terminara por morir un día.

Y así, una mañana, Elena ya no pudo más, había hecho renacer el jardín tantas
veces, de tantas maneras diferentes, con tanta esperanza y entusiasmo, pero ya no
más. Después de la última poda se dio cuenta que no podría hacerlo de nuevo, ya
no tenía fuerza para volver a hacer crecer su jardín, así que se enrolló en su propia
seda y se negó a seguir intentando. Sus padres lloraron mucho, sobre todo Sara
para quien su hermosa Elena era todo su mundo, por eso intentó convencerla para
seguir intentando, le prometió otros doctores, nuevas medicinas, otros tratamientos,
pero Elena tomó su mano y le recordó que ella era una oruga y luego le dijo: “Todos
somos orugas mamá, deja que me convierta en mariposa”.

En ese momento Sara supo que era lo correcto, arropó a su preciosa hija con sus
brazos y le ayudó a tejer el capullo más hermoso que pudo hacer para ella. Luego,
la dejó ir. Cuando llegó el momento la colocó en una caja de madera muy bonita y
partió con ella fuera del jardín.

Los días pasaron y por fin Sara llegó al parque de Sacha con su cajita de madera,
donde pudo contar el cuento de Elena mientras repetía “Todos somos orugas…”

Sacha tenía los ojos llenos de lágrimas cuando escribió la última frase. Luego
levantó el rostro y observo a Sara, ella abrió la caja que llevaba en las manos y de
ahí salieron muchas mariposas de colores, mientras el rostro de Sara se iluminaba
hermosamente.

Sacha se limpió las lágrimas y dijo en voz bajita: “Tienes razón Elena, algún día,
todos seremos mariposas”.

Luego cerró su cuaderno y corrió a su casa, a compartir una de las más


melancólicas historias que había escuchado.

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