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–¡Malhaya! –exclamó el sargento Calderón, al aplastar
sobre su cuello un molesto insecto. Él era, por su rango, el
que dirigía a los cuatro hombres restantes, Un pequeño pun-
to de sangre se dibujó exiguo sobre su gruesa palma.
La noche anterior, una figura enérgica había atravesado
el patio del cuartel a paso ligero. Era seguida de cerca por
los guardias de turno que, rítmicamente, avanzaban patean-
do el polvo de los ladrillos del piso. Alguien pegó un grito
de alerta y la poca tropa que estaba reunida fuera de las ba-
rracas se dispersó de inmediato.
La puerta de madera que daba acceso al cuarto del sar-
gento Calderón fue abierta violentamente de un fuerte golpe.
–¡Mierda! –exclamó sobresaltado, girando presuroso en
la estera sobre la que reposaba. Su mano cogió el revolver
de su funda y fijó los ojos en la tupida malla, en tanto su es-
palda cubría a la mujer desnuda que estaba con él.
El velo del mosquitero se levantó intempestivamente y
sus ojos se agrandaron al ver aparecer la cara picada del ca-
pitán Gonzáles, justo al final del cañón del arma.
–¡Firmes! –ordenó el oficial con mirada dura– ¿Qué pen-
dejada es ésta, sargento? ¿Qué hace esta mujer aquí?
De nada valió al sargento Calderón explicar que esa mu-
jer sólo estaba de paso y que casi nadie sabía de su presencia
en el cuartel. Entre piropos y toqueteos la mujer fue sacada
rápidamente de las instalaciones militares. Cuando él estuvo
solo, se puso el uniforme, se abrochó las botas y cruzó el pa-
tio para presentarse disciplinadamente en la oficina princi-
pal, en donde lo estaba esperando el capitán Gonzáles.
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Subió los dos peldaños del porche e ingresó.
De pie, soportó una granizada de insultos en diversos to-
nos, el resumen del Reglamento Militar, las amenazas de
una corte marcial junto con los peores castigos, las cuestio-
nes morales de su actitud, el mal ejemplo dado a los subor-
dinados, los más infamantes apodos, etcétera. Incluso, cuan-
do su superior se acercó para gritarle, tuvo que cerrar los
ojos ante las gotas de saliva que le salpicaron en la cara.
El capitán Gonzáles supuso que el sargento balbucearía
alguna clase de disculpa pero estaba claro que no se dejaría
intimidar. Cruzó las manos en la espalda, resopló y su voz
se volvió sorpresivamente calmada.
Haciendo un gesto con la mano le indicó que se sentara.
–Olvide todas las cosas que le he dicho sargento. Esta
noche yo lo buscaba por otro motivo.
El capitán observó a su subalterno esperando ver su sor-
presa pero la expresión de Calderón apenas cambió.
El cuartel era de concreto, de una planta y relativamente
nuevo. Enredaderas escalaban las paredes y serpenteaban
trepando hasta lo alto, aferradas como para abatirlo, en una
guerra declarada de la selva por recuperar su espacio. Sólo
la poda asidua lograba detener este avance reptante.
El capitán Gonzáles era un tipo de estatura media, porte
atlético y una frente amplia que desaparecía cuando usaba la
gorra militar. Con tres meses a cargo del cuartel, era el pri-
mer oficial que venía trayendo a su esposa. A diferencia de
sus antecesores, tenía decidido acabar con el relajo y la con-
nivencia para imponer una férrea disciplina.
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Horas antes, en su cabaña, Marlene, su esposa, con los
rulos puestos, lo increpó al acostarse.
–¿Celebraremos este año mi cumpleaños?
–Ya veremos –respondió parco.
–Eso dijiste el año pasado y no se hizo nada.
–No se pudo.
–¿Y este año se podrá? –preguntó insistente.
–¡Basta Marlene! Déjame dormir.
–No lo haré hasta que lo prometas. Promete que me harás
una fiesta y después podrás seguir jugando a la guerra si
quieres. ¡Yo también tengo derecho a divertirme!
La habría abofeteado de muy buena gana como habría
hecho con cualquier otra mujer pero más que su esposa era
la hija del general Hidalgo, la razón de su reciente ascenso a
capitán y la de su futuro ascenso a mayor. Sí, su matrimonio
exento de amor y totalmente interesado, tenía como solo ob-
jetivo el poder ascender por los diferentes rangos castrenses
valiéndose de las influencias de su suegro.
Incorporó su gruesa semidesnudez haciendo a un costado
el mosquitero e inició a vestirse molesto.
–¿Qué haces? –dijo con un puchero contenido.
–¿Quieres una fiesta? ¡Vas a tener una fiesta!
Marlene cambió de expresión y sonrió complacida al ver
la brillosa desnudez de su esposo desaparecer tras el unifor-
me militar de color caqui que se iba poniendo. Como hija
única estaba acostumbrada a ver satisfechos todos sus capri-
chos, además era consciente que el rango de su padre la ayu-
daba a influir decisivamente sobre su marido.
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El capitán Gonzáles dio una vuelta por su oficina como
buscando la parte más fría de un horno y se detuvo finalmen-
te frente a la silla donde estaba el sargento Calderón.
Su rostro picado por la viruela, perenne recuerdo de su
estadía en la sierra, intentó ser expresivo.
–Mire sargento, este domingo es el cumpleaños de mi se-
ñora y deseo hacer algo especial para ella.
Giró pensativo antes de continuar.
–No voy a andar con rodeos con usted. En este cuartel,
de los veintiocho soldados que tengo a mi cargo, usted es el
único que ha tenido participación en una guerra y por tanto
es el único, entre todos ellos, que tiene probada experiencia
militar. Los demás no cuentan.
–Si señor, durante la guerra fue que me ascendieron de
cabo a sargento, por mi desempeño.
El capitán ignoró el comentario. Abrió un cajón con llave
y le entregó un voluminoso sobre cerrado.
–Este sobre contiene suficiente dinero para comprar todo
lo necesario para una fiesta. El sobre contiene el pago de la
soldada de una semana, lo pienso recuperar cobrando por el
licor que se consuma en la fiesta. He recibido la orden de no
mover a un solo soldado pues por la zona esta merodeando
una peligrosa banda de forajidos que podría intentar atacar
el cuartel. Para mí, la fiesta del domingo tiene prioridad pues
será una gran fiesta. Tome cuatro hombres, los que quiera y
vaya al pueblo. Con tan poco número de efectivos nadie sos-
pechará que tiene semejante suma en su poder. ¿Entendió?
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–Señor, si me permite –dijo al tiempo de guardar el so-
bre en su chaqueta–, es preferible no arriesgarse a un….
Encolerizado, el capitán dio un puñetazo contra la mesa
para enfatizar su autoridad y lo miró fijamente.
–Limítese a contestar “si señor” y punto.
–¡Sí señor! –respondió poniéndose en pie.
–De regreso contrate a varios hombres para que lo acom-
pañen y no intenten atacarlo. ¿Entendió?
–¡Sí señor! –asintió bruscamente a la manera militar.
–Una cosa más sargento –advirtió.
–¿Si señor? –sus ojos se movieron inquietos.
El rostro cacarizo del capitán Gonzáles volvió a adquirir
su acostumbrada expresión inexpresiva.
–Prefiero saberlo muerto antes que enterarme que perdió
el dinero –sus palabras sonaron frías y tranquilas.
–Sí señor –respondió tragando saliva.
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do de la mujer y las caricias que le haría.
¿Cuanto tiempo era que no se divertía con una mujer? En
los últimos tiempos debía ser dos o tres meses. Ya no lo re-
cordaba con exactitud. La vida militar era muy estricta en
ese sentido pero él era un hombre sano y era natural que bus-
cara la compañía de féminas también sanas y alegres. No te-
nía nada de malo, por eso había comenzado a hacerlo dos o
tres veces por semana. Ya iba por la docena de mujeres con
las que se había acostado.
Un repentino resplandor metálico surgido entre el verde
selvático activó la alarma de su cerebro militar, anticipando
el peligro que se iba a materializar.
–¡Retroceeedan! –gritó a los soldados que lo seguían sin
embargo, con una rápida ojeada los vio sólo sorprendidos.
¡Pum! ¡Pum! La explosión de las armas acalló su grito.
Aunque trataba de aparentar calma su corazón latía a mil
por hora. Vio caer de sus caballos a dos de sus hombres. Una
flecha arrancó el quepí de su cabeza. Intentó la retirada pero
un grupo de forajidos, armados con lanzas y machetes, le
cerraron el paso. No había salida, la emboscada era total.
¡Bang! Disparó su revolver hacia los hombres que inten-
taron acercársele mientras alcanzaba a ver como caían los o-
tros dos soldados que lo escoltaban, uno herido mortalmente
de bala, el otro con una lanza atravesándole el pecho.
Las armas lo cercaron, señalándolo, impidiendo que pu-
diera avanzar o retroceder, en tanto, su caballo trazaba asus-
tados semicírculos dando coces con sus pezuñas herradas
que dieron a más de uno. Cogieron las bridas de su caballo
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pero no tuvo reparos en disparar a matar y se liberó.
Desesperado, azuzado por su instinto de conservación,
hundió las espuelas a fondo en las costillas del caballo y se
aferró al cuello del animal que relinchó herido, dio un salto
y se abrió paso hacia un costado del camino.
Las balas, flechas y lanzas silbaron, alrededor suyo, si-
guiéndolo y las ramas lo enfrentaron golpeándole el rostro
con ahínco. Si se detenía, era hombre muerto.
Había avanzado varios metros cuando su caballo se detu-
vo violentamente, emitió un fuerte resoplido y cayó al suelo,
herido de muerte. Las voces de sus perseguidores sonaban
acercándose pero no miró hacia atrás.
Actuando por instinto liberó, como pudo, su pierna atra-
pada debajo del cuerpo del caballo y se puso en pie. Disparó
las últimas balas que aún tenía en el tambor de su arma y la
arrojó antes de empezar a correr a través de los arbustos. Las
voces que lo seguían se oían cada vez más próximas.
Las ramas le aferraban la ropa, le arañaban el rostro y
marcaban la piel, como si quisieran detener su carrera. Los
rayos del sol, penetrando a través del espeso ramaje, caían
oblicuamente sobre sus ojos, cegándolo por momentos. En
esas condiciones la sangre no tardó en brotar de una herida
en la frente. En su desesperada carrera, no sentía ningún do-
lor dándose apenas cuenta de estar herido. Todas sus faculta-
des estaban puestas en un solo objetivo: huir.
Inesperadamente la maraña verde que le impedía ver, de-
sapareció por completo dejándole ver la claridad del cielo.
Sus pies dejaron de tener un punto de apoyo y se sintió flo-
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tar. Sin equilibrio, sus ojos vieron desfilar diversas fraccio-
nes de la realidad. Había llegado a una quebrada.
Su cuerpo rodó interminablemente, vislumbrando man-
chas verdes en su caída, hasta que en algún momento impre-
ciso, se detuvo. Se quedó quieto, empapado de sudor.
Los hombres que lo seguían se detuvieron al borde de la
quebrada, atentos, tratando de revelar su ubicación en medio
del frondoso follaje, sin conseguirlo.
–Debe haber caído por aquí –dijeron.
–¡Vamos a buscarlo! –propuso un grupo.
–No es necesario –los detuvo su jefe–. Ya tenemos su ar-
ma. Debe estar herido, no sobrevivirá en ese estado.
Al oír las voces alejándose, recién se animó a abrir los
ojos y aspiró profundamente por la boca. Estaba molido. Un
ardor que parecía un incendio le vino repentinamente del
brazo derecho y lo hizo gemir. Le dolía todo. Al observar su
diestra descubrió la razón: tenía la mano destrozada.
Intentó alzarse pero se sintió débil y veía borroso. El do-
lor en su brazo estalló extendiéndose y apenas pudo refrenar
un grito. Débil y titubeante hizo un último esfuerzo pero ca-
yó aturdido. Desvaído, creyó oír el ruido de disparos, música
y risas. La fiesta del domingo parecía comenzar sin él.
II
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mostraba un colorido que jamás había imaginado en ningún
lugar. Era fácil entender, observando tanta alteración de la
naturaleza, que todo lo que veía era un sueño.
Abrió los ojos atento al peligro y vio que atardecía. Era
agradable sentir aquella semi inconciencia de despertar y só-
lo mover los ojos, ajeno a toda otra sensación del cuerpo.
Desde su posición, la vegetación parecía gigantesca y extra-
ña como si él realmente no estuviera allí o como si sólo fuera
un espectador. Decidió moverse y un agudo ramalazo lo hi-
zo recordar su cruda realidad. Su mano derecha se había de-
sangrado y sobre el rastro seco de la sangre una miríada de
hormigas transitaba laboriosamente hasta llegar a la herida.
Aturdido, después de varios intentos, se incorporó lenta-
mente y notó que el brazo apenas le respondía. Las hormigas
se esparcieron desorientadas en derredor suyo.
Las astillas blancas de los huesos de su mano resaltaban
entremezcladas con el color opaco de la piel hinchada y tu-
mefacta. Su experiencia militar le hizo entender en el acto la
gravedad de la herida y la necesidad de actuar.
“Si no me ve un médico, la gangrena avanzará por todo
el brazo”. Un sudor frío perlaba su cuerpo.
Deambuló sin rumbo buscando una salida al intrincado
laberinto de plantas en el que se hallaba. Árboles y palmeras
obstaculizaban su avance, por todos lados, sucediéndose in-
terminablemente; así, a un huacapú seguía una yarina, a una
lupuna una prona, a un aguaje una chambira, etc. Tanta ve-
getación profusa hacía que los rayos solares apenas pudieran
penetrar el espeso ramaje que se entrelazaba sobre su cabe-
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za. Después de caminar un largo rato, se sentó para dar des-
canso a sus piernas temblorosas.
El sol declinaba e iba proyectando sobre el suelo la som-
bra desmesurada de los árboles. Masticó algunas hojas pero
estaban muy amargas y las escupió. La oscuridad lo comen-
zó a rodear y una fugaz pero torrencial lluvia empapó su ro-
pa asi como su cuerpo maltrecho y volvió todo más gris. Las
gotas de agua entrando por su boca reseca tenían un agra-
dable sabor dulce. El frío de la humedad pareció no afectarle
y entonces descubrió que tenía fiebre. Al levantar el brazo
encontró su mano herida y cubierta de mosquitos. Un color
violáceo se expandía de ella hacia el resto del cuerpo.
No había tiempo para buscar ayuda. Se puso en pie. El
dolor iba aumentando gradualmente. Si no detenía la infec-
ción pronto, perdería todo el brazo. Cogió su cuchillo de
monte (durante la guerra había tenido que amputar algunas
piernas y brazos de compañeros malheridos), cortó en peda-
zos las raíces colgantes de una ayahuasca, luego arrancó y
se puso a masticar las hojas hasta formar una cataplasma y,
finalmente, sacó fósforos de uno de los bolsillos de su gue-
rrera. ¿A qué prender fuego? Todo estaba húmedo: su ropa,
las botas, las plantas, el suelo... Decidido, sacó de un bolsillo
interior el sobre dado por el capitán Gonzáles.
Amontonó los billetes en el suelo y recién al tercer inten-
to logró hacer que se encendiera el fuego. Aquellos enormes
billetes que con gran celo había cuidado, se veían miserables
y escasos de valor al ir retorciéndose mientras se consumían
abrasados. Ante la naturaleza, no valían nada. Acercó la hoja
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del cuchillo a las menudas brasas a fin de esterilizarlo y lue-
go de unos instantes, con un movimiento rápido, como que-
riendo sorprender a su brazo herido, separó de un tajo la ma-
no infectada del resto de su cuerpo. La sensación de estar li-
berándose de una gran opresión lo embargó adormeciéndolo
y respiró tranquilo el fresco aroma de la noche.
Las hojas de la ayahuasca dentro de su boca, comenzaron
a generar un sabor analgésico que se extendía por todo el
cuerpo pero no se dejó vencer por la modorra pues habría
muerto desangrado. Vuelto a calentar el cuchillo lo acercó,
por su lado plano, al muñón herido a fin de cauterizarlo.
Luego, distribuyó sobre la herida las hojas trituradas en la
boca, puso alrededor hojas gruesas de matico y las aprisio-
nó con las tiras que había cortado previamente.
Arrancó un pedazo grande del forro interior de su uni-
forme, lo acercó al rescoldo de los billetes quemados y la
agonía del fuego se prolongó por unos momentos más antes
de que el peso de la noche se volviera aplastante.
Dejó de resistirse a la ayahuasca y sus atribulados pensa-
mientos se evaporaron. En ese estado, nada le importaba, ni
su pasado ni su futuro. ¿Dónde estaba? ¿Quién era él? ¿Por
qué le faltaba una mano? Se acomodó en el piso de barro,
lleno de paz y tranquilidad, sin prisa por ir a ningún lado.
A la par que las chisporroteantes llamas iban decrecien-
do, sus parpados iban juntándose hasta terminar cerrados.
En la abrasadora oscuridad llegó a oír los bulliciosos gri-
tos de animales lejanos pero le fue indiferente.
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La selva es un hervidero de vida, en donde nada es igual
a lo que sucedía un momento antes, pero también era un lu-
gar peligroso lleno de animales salvajes, agua, fango, vege-
tación, serpientes,… por eso cuando unos campesinos en-
contraron, en el camino a Capisca, los cadaveres de cuatro
soldados desprovistos de sus armas, corrieron inmediata-
mente a llevar la noticia al pueblo en donde comenzó a dise-
minarse como reguero y a la hora del almuerzo era el tema
principal de todas las conversaciones.
La noticia de la emboscada hizo levantar temprano al ca-
pitán Gonzáles que inició la mañana de mal humor. No creía
en los discursos motivadores por eso prefirió dar órdenes y
proferir insultos a los cuatro vientos.
–El muy imbécil –gruñó el capitán Gonzales–. Si desa-
pareció para quedarse con el dinero, le pesará.
Ya tenía ganada una infame reputación de dar órdenes a
gritos y a corta distancia, como enfadado. Sin embargo, no
podía cuestionársele tal proceder cada vez que estaba al
frente de algún subordinado, ya que se veía que la eficiencia
de cada soldado en su puesto mejoraba.
Ni bien estuvo al mando del cuartel, algunos líderes del
pueblo lo visitaron para que apoyara sus proyectos o bien
para que respaldara sus candidaturas. De forma democrática
los envió a todos a la mierda, sólo así lo dejaron en paz.
Los soldados solían llamarlo “hit” como diminutivo de
Hitler, pero siempre en grupo nunca en su presencia.
A un solo grito todos los soldados del cuartel se pusieron
en fila tomando distancia entre ellos de tal manera que real-
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mente parecían un ejército. En medio del patio y entre gritos,
se dieron órdenes marciales para indicar el uso de las armas,
las posiciones, los turnos y quienes quedaban.
Una hora después, una docena de soldados a caballo al
mando del capitán Gonzáles, quien apareció luciendo un u-
niforme azul con charreteras plateadas como si fuese a parti-
cipar de un desfile, traspasó los grandes portones de madera
del cuartel saliendo a confirmar la noticia.
Alejarse del cuartel se convirtió en una misión compli-
cada ya que en cada recodo y tras cada árbol o arbusto, el
capitán Gonzáles temía el riesgo de una emboscada.
Al llegar al lugar donde se había producido el enfrenta-
miento, encontraron varios muertos. En efecto, al revisar los
cadáveres para identificarlos, vieron que la mayoría eran los
soldados que habían salido con el sargento Calderón, dos de-
bían ser bandoleros. Buscaron minuciosamente en toda la
zona pero el cadáver del sargento no apareció.
El capitán Gonzáles hizo una reconstrucción mental de lo
sucedido: los bandidos se habían ocultado, sorprendieron a
los soldados que no sospecharon nada, los masacraron y lue-
go hurgaron los cadáveres y se llevaron sus armas.
Los bandoleros al parecer eran simples delincuentes, uni-
dos para el rapiñaje, ya que los dos cadáveres hallados mos-
traban tatuajes o marcas sencillas, no las que usaban los mer-
cenarios que juraban lealtad a una causa o a alguien. El ata-
que buscaba abastecerse de armas.
En un inicio, al no hallar el cuerpo del sargento Calderón,
el capitán Gonzales se sintió levemente aliviado, con la es-
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peranza de que el dinero entregado aún pudiera aparecer; sin
embargo, por mas que buscaron, no hallaron al sargento. Esa
desaparición podía ser algo más que una casualidad.
¿Cómo explicaría el desacato a la orden de no moverse
del cuartel y la muerte de cuatro soldados? ¿Cómo haría para
justificar la pérdida de tanto dinero? ¿Y con qué proposito?
El capitán Gonzáles estaba consternado sin saber cómo dar
respuesta a las preguntas que él mismo se formulaba. ¿Qué
diría Marlene al saber que no tendría su fiesta?
Poco a poco los rumores acerca de la falta de un cadáver
se entremezclaron hasta dar una versión turbia pero detalla-
da de lo sucedido: el sargento iba a un garito donde era un
adicto a los juegos de azar y había perdido bastante dinero
la noche antes de su salida. El sargento era un indisciplinado
que había amenazado en varias ocasiones abandonar el ejér-
cito. Le gustaba hacer regalos caros a las mujeres que fre-
cuentaba. Bebía mucho. Alguien lo oyó decir que no simpa-
tizaba con el capitán y que andaba tras su mujer. Contraban-
deaba. Era un bribón que nunca tuvo lealtad hacia sus com-
pañeros y no dudaría en unirse a una banda,...
El capitán Gonzáles, que estaba al tanto de todo cuanto
se decía, tenía los codos apoyados sobre la mesa, los dedos
entrelazados y la mirada perdida, sin estar fija en ningún si-
tio. Considerando la posible pérdida del dinero, su turbación
se convirtió en una rabia arrogante. Apretó la mandíbula.
Poco le importaba que lo compararan con un vulgar matón,
por la forma cómo gritaba y amenazaba a la tropa; él era un
representante del gobierno y no permitiría que nadie socava-
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ra su autoridad por ningún motivo. Lleno de rabia, descargó
un sonoro golpe sobre su escritorio y calló los rumores.
–¡Se jodió!
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dejando que la oscuridad se apoderase de él.
Cuando volvió a despertar, el jaguar ya no estaba. Respi-
ró hondo y dio gracias a Dios por haberlo liberado de seme-
jante depredador. Se incorporó lentamente del suelo emba-
rrado. La emboscada se había dado cerca del pueblo y entre
volver al cuartel o continuar, decidió seguir avanzando hacia
el pueblo. Debilitado, sus pasos eran lentos y sus descansos
más frecuentes. Estaba agotado y tenía el estómago vacío.
Marchó con bastante precaución por aquel terreno para
evitar cualquier tropiezo que en su actual estado hubiera po-
dido ser peligroso. Las raíces de muchas plantas surgían y
se hundían en el suelo, como pardas serpientes de diferente
grosor. Diversidad de pájaros y monos, huían con gran ruido
al notar su presencia. El gigantesco tamaño de ciertos árbol-
les como balateros y ceticos por cuyos troncos trepaban nu-
dosas ayahuascas, le procuraron sombra en su trayecto en
tanto filas de achiotes parecían indicarle una burda ruta. La
luz del sol se filtraba por entre las tupidas ramas, iluminando
lo suficiente el camino que tomaba al andar. En varias oca-
siones tuvo que desviarse para bordear los infranqueables
árboles caídos que al morir quedaban tendidos en espera de
ser deglutidos por la agreste selva y así terminar nutriendo
el suelo. En su andar vio los esqueletos de varios animales
pequeños y se estremeció. El tronco caído de un aguaje le
ayudó a paliar su hambre al poder alimentarse directamente
de varios suris, gusanos rugosos de gran tamaño que viven
en el interior de los troncos podridos de estos árboles. Si bien
había comido estos gusanos, fritos, no tuvo reparos en co-
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merselos vivos aunque no dejaran de retorcerse.
El camino de tierra se volvió asfaltado indicando su cer-
canía al pueblo. Una mujer que venía se detuvo al verlo.
– Ayúdeme. Soy soldado.
–¡Jesús! Ladrón dirá. Con esa ropa, ¿quién le va a creer?
–respondió apartándose desconfiada.
Recién reparó en su apariencia. Era verdad. Su uniforme
estaba sucio, con barro, rasgado y su cabello apelmazado.
La pérdida de sangre, la mala noche, el calor y la fiebre lo
habían hecho perder carnes y se veía ahora enjuto. Su mu-
ñón, así como su rostro manchado y lacerado, tampoco ayu-
daban a mejorar su aspecto. Teniendo en cuenta la presencia
de bandoleros en la zona era probable que lo confundieran
con uno de ellos. Entendió que debía tener cuidado.
Entró a escondidas al pueblo, saliéndose del camino e in-
ternándose en sus pequeñas calles, tratando de no alborotar
a las gallinas que se multiplicaban en torno a las delgadas
viviendas, picoteando la tierra en busca de alimento.
La casa de Amaranta, su amante ahí desde hacía un año,
se hallaba un poco apartada, sobre una elevación del terreno,
de unos tres o cuatro metros. Era obvió que valoraba su inti-
midad. Se introdujo por la parte posterior de la casa.
Sudaba por el esfuerzo de caminar. Un perro le ladró pero
nadie pareció prestarle atención.
Avanzó hasta la única alcoba, Amaranta dormía.
–Pss pss. Amaranta. Amaranta –llamó en voz baja a la
vez que se mantenía entre las sombras.
–¿Qué? ¿Quién está ahí? –preguntó sobresaltada la mu-
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jer, irguiéndose de golpe en la cama.
–Soy yo, Arturo.
–¿Por qué te escondes?
–Cámbiate y acércate.
Cuando Amaranta se hubo cambiado y Arturo se dejó
ver, retrocedió horrorizada al notar que le faltaba una mano
y tenía el uniforme sucio con manchas de sangre.
–¡Arturo...! ¿Qué te ha pasado? –preguntó nerviosa.
–Nos atacaron. Fui el único que se salvó.
–¡Dios mío! –se persignó devotamente dejando la mano
en el pecho– Por eso vinieron los soldados hoy.
Un brillo de alegría iluminó el rostro de Arturo.
–¿Vinieron? ¿Dónde están?
–Ya se fueron. Eran bastantes.
Amaranta, cogió una jarra y un vaso de vidrio y le ofreció
agua que él bebió ávidamente hasta acabarla. Era fuerte y
robusto, como corresponde a un soldado, aunque en aque-
llos momentos se le viera sucio y desmejorado. Con aten-
ción médica y comida se recuperaría rápidamente.
Ella volvió a ofrecerle agua y esta vez él la bebió sin tanta
avidez, mucho más tranquilo.
De un anaquel en la cocina, Amaranta tomó una pomada
cicatrizante luego, con un paño húmedo le limpió las heridas
y los rastros de sangre, entonces le aplicó la pomada. Él so-
portó la cura con estoicismo, sin quejarse y en silencio.
–Necesito ropa –pidió al cabo de un rato.
–Puedes tomar la que dejaste. Está en el cajón.
La posibilidad de ejercer su rango lo avivó.
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–Un caballo. ¿Puedes conseguirme un caballo?
Mientras Amaranta salía en busca del encargo que le ha-
bía dado, él cambiaba su uniforme roto por ropa limpia.
Cuando entró al baño y se miró en el espejo se dio cuenta
del penoso aspecto que ofrecía. Tuvo deseos de tener su re-
volver y poder enfrentarse nuevamente a esos forajidos.
Tenía fragmentos sueltos de lo que había visto y oído.
Debía informar todo al capitán Gonzáles, los bandidos no
debían estar muy lejos. La emboscada fue para robarles sus
armas y tal vez preparar su ataque al cuartel.
Una vez se hubo lavado, se puso el uniforme limpio que
estaba guardado y volvió a sentirse él mismo. Comió frugal-
mente lo que encontró en la cocina. Intento reposar un mo-
mento mientras ordenaba todo lo que había vivido reciénte-
mente: cuando fue descubierto con una mujer dentro del
cuartel, la misión que le encomendaron, la emboscada, la
pérdida de su mano, el dinero que se vio obligado a quemar,
las penurias sufridas y el encuentro reciente con Amaranta.
Dio unos pasos y se sentó a estirar las piernas. Poco a
poco cerró los ojos y quedó dormido. Abrió los ojos de golpe
y se dio cuenta que había caído en un profundo sueño que,
no obstante, había durado sólo escasos minutos.
–¿Tanto demora? –se impacientó poniéndose en pie. Ha-
cía mucho calor y tenía los sobacos manchados de sudor.
El ánimo de venganza y desquite por la mano perdida, lo
hacían querer entrar en febril actividad. Conocía muy bien
la zona, no habría sitio que no buscara para encontrar a los
bandidos que lo habían atacado. ¿Eran quince o diecisiete?
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Se cogió el labio inferior con gesto pensativo. No recordaba
el número exacto ni le interesaba, los hallaría a todos y los
mataría como a unos perros rabiosos.
Repentinamente Amaranta entró corriendo y él dio un li-
gero salto. Agitada, casi ahogándose, susurró:
–Debes huir.
–¿Por qué? ¿Qué sucede?
Ella relató que había ido al mercado con la intención de
conseguir un caballo tal como él le había pedido. Encontró
a Jonás, el herrero, al cual explicó por qué necesitaba le pres-
tase un caballo y él a su vez le hizo saber que Arturo Calde-
rón era ahora un peligroso delincuente. El ejército lo busca-
ba por desertor y por haber dado muerte a cuatro soldados a
los que robó sus armas, además, por haber substraído una
gran suma de dinero del cuartel. Se creía, también, que pro-
bablemente se había unido a una banda de proscritos. Su ca-
beza tenía precio, ofreciéndose una generosa recompensa a
quien lo trajera vivo o muerto. Jonás corrió la noticia de que
estaba en el pueblo y un grupo de hombres armados se
alistaba para capturarlo de cualquier manera.
–¡Todo es falso! Soy inocente –quiso explicar pero sabía
bien que el pueblo era ignorante y creería cualquier cosa. En
un momento había pasado de ser una víctima superviviente
a ser considerado un sospechoso de traición.
–Debes huir. Nadie te creerá –insistió Amaranta.
–¿Huir? ¿Pero a dónde?
–Lejos. Cruza la frontera. Aquí tu vida peligra.
Al mantenerse quieto, como si estuviera asimilando la
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noticia o le fuera imposible hacerlo, ella cogió un revolver
del armario y se lo entregó con una advertencia.
–Huye. No dejes que te atrapen sino te matarán.
La miró a los ojos, admirado de tanto cuidado, y agrade-
ció al cielo no haber sido nunca malo con ella. Le puso una
mano en el hombro y se lo oprimió afectuosamente.
–Gracias –dijo y le dio un beso en la frente.
Al salir, por la puerta de atrás, se topó con un hombre ar-
mado, un tipo de aspecto grueso y rudas facciones, que tenía
una escopeta con la que lo apuntó, al verlo.
Con mano firme, de gente entrenada en armas, disparó y
el hombre soltó la escopeta, sorprendido, con una bala en el
pecho. Apretó la mandíbula, su suerte estaba echada. Esa
muerte lo obligaba irremediablemente a huir.
Se internó veloz en la espesa y exuberante vegetación que
se extendía ante él mientras las voces de “aquí está” se iban
desvaneciendo, poco a poco, detrás de él.
La amenaza del capitán Gonzáles lo alcanzó resonando
nítidamente en su cerebro: “Prefiero saberlo muerto antes
que enterarme que perdió el dinero”. Era un tipo rencoroso
y vengativo, lo había demostrado en su trato.
Como un loco, corría sin rumbo. Conocía bien la reacción
de los hombres cuando cogían un arma y querían algo. Na-
die lo alcanzaría, ni dispararía, ni mucho menos haría daño.
De ser necesario correría toda la vida pero no lo atrapa-
rían. Fueran militares o malhechores, no sería capturado.
Su macilenta figura desapareció engullida por el verde
brillante de la prolija vegetación reinante.
488
Tal como se había anunciado, el cuartel fue atacado. Si
bien en la refriega fueron los malhechores los que llevaron
la peor parte, hubo una significativa baja que lamentar.
El ataque al cuartel se produjo al amanecer y sorprendió
a los jóvenes e inexpertos vigías que sólo contaban con en-
trenamiento militar elemental, lo que les costó la vida. Ante
los gritos de alarma el capitán Gonzáles salió de su cabaña
dando órdenes sin parar. Disparó su arma a uno de los ban-
doleros que había logrado ingresar y éste se tambaleó y cayó
sin vida. Un bandolero puso en la mira al oficial y disparó
pero él, atento, se lanzó a un lado, rodando, para evitar la
bala que le iba dirigida. Era una clásica acción que era prac-
ticada en el entrenamiento militar. Al girar para abrir fuego
se dio cuenta que, detrás suyo, Marlene estaba tumbada so-
bre un charco de sangre que se extendía rápido. Al parecer
su esposa también había salido de la cabaña, siguiéndolo.
La noticia del deceso causó gran impacto y constituyó un
golpe terrible para el capitán Gonzáles que, de esta manera,
vio esfumarse la posibilidad de poder ascender de grado. Su
suegro lo culpó directamente de la muerte de Marlene y le
retiró todo apoyo. El cuartel fue cerrado temporalmente y él
destacado a un puesto fronterizo sin ninguna relevancia, te-
niendo poca o nula oportunidad de hacer méritos.
Como un enorme ser vivo, la selva, no tardó mucho en
devorar los caminos, las quebradas, el cuartel, las casas de
techos de calamina y palma, las tumbas de los soldados caí-
dos así como la de la esposa del capitán Gonzales.
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En algún lugar, dentro de ese gigantesco vientre verde,
intrincado y húmedo, los restos apenas reconocibles de una
mano, palma arriba, yacían en el suelo. Miriadas de insectos,
emitiendo un agudo zumbido, se movían de un lado para el
otro, en el suelo o volando en círculos. Esa extremidad era
el único rastro de que alguien, alguna vez, estuvo ahí.
En algún otro lado, una magra figura se confundía con la
penumbra reinante. Avanzaba, sin rumbo, por la tierra fan-
gosa, con la ropa rasgada y el pelo desgreñado. Esa extraña
figura mostraba que sólo tenía una mano.
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