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Las Moradas Filosofales

El texto explora la alquimia como una ciencia espiritual que busca entender las causas detrás de los fenómenos naturales, en contraste con la química moderna que se centra en los hechos materiales. Se describe el laboratorio del alquimista como un lugar lleno de misterio y simbolismo, donde se realizan transformaciones bajo la guía de un principio oculto. Además, se critica la incapacidad de la química actual para explicar completamente los fenómenos, destacando la importancia del fuego como agente esencial en las reacciones químicas.
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Las Moradas Filosofales

El texto explora la alquimia como una ciencia espiritual que busca entender las causas detrás de los fenómenos naturales, en contraste con la química moderna que se centra en los hechos materiales. Se describe el laboratorio del alquimista como un lugar lleno de misterio y simbolismo, donde se realizan transformaciones bajo la guía de un principio oculto. Además, se critica la incapacidad de la química actual para explicar completamente los fenómenos, destacando la importancia del fuego como agente esencial en las reacciones químicas.
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las moradas filosofales

Fullcanelli
LIBRO PRIMERO

IV. El laboratorio legendario


V. Química y filosofía
VI. La cábala hermética

LIBRO SEGUNDO
 La salamandra de Lisieux
 El mito alquímico de Adán y Eva
 Los guardias de escolta de Francisco II, duque de Bretaña
 El reloj del sol del palacio Holyrood de Edimburgo
 Paradoja del progreso ilimitado de las ciencias
 El reinado del hombre
 El diluvio
 La Atlántida
 El incendio
 La Edad de Oro
LIBRO PRIMERO
El Laboratorio Legendario

Con su cortejo de misterio y de desconocido, bajo su velo de iluminismo y de maravilloso, la alquimia evoca todo
un pasado de historias lejanas, de narraciones miríficas y de testimonios sorprendentes. Sus teorías singulares, sus
extrañas recetas, la secular nombradía de sus grandes maestros, las apasionadas controversias que suscitó, el favor
de que gozó en la Edad Media y su literatura oscura, enigmática y paradójica nos parecen desprender hoy el tufo del
moho y del aire rarificado que adquieren, al correr de los años, los sepulcros vacíos, las flores marchitas, las
viviendas abandonadas y los pergaminos amarillentos.

¿El alquimista? Un anciano meditabundo, de frente grave y coronada de cabellos blancos, de silueta pálida y
achacosa, personaje original de una Humanidad desaparecida y de un mundo olvidado; un recluso testarudo,
encorvado por el estudio, las vigilias, la investigación perseverante y el desciframiento obstinado de los enigmas de
la alta ciencia. Tal es el filósofo a quien la imaginación del poeta y el pincel del artista se han complacido en
presentarnos.

Su laboratorio - sótano, celda o cripta antigua - apenas se ilumina con una luz triste que ayuda a difundir las
múltiples telarañas polvorientas. Sin embargo, ahí, en medio del silencio, se consuma el prodigio poco a poco. La
infatigable Naturaleza, mejor que en sus abismos rocosos. se afana bajo la prudente vigilancia del hombre, con el
socorro de los astros y por la gracia de Dios. ¡Labor oculta, tarea ingrata y ciclópea, de una amplitud de pesadilla!
En el centro de este in pace, un ser, un sabio quien ninguna otra cosa existe ya, vigila, atento y paciente, las fases
sucesivas de la Gran Obra...

A medida que nuestros ojos se habitúan mil cosas salen de la penumbra, nacen y se precisan. ¿Dónde estarnos,
Señor? ¿Tal vez en el antro de Polifemo o acaso en la caverna de Vulcano?

Cerca de nosotros hay una fragua apagada cubierta de polvo y de virutas de forja, y la bigornia, el martillo, las
pinzas, las tijeras y las tenazas; moldes oxidados y los útiles rudos y poderosos del metalúrgico han ido a caer allá.
En un rincón, gruesos libros pesadamente herrados - como antifonarios - con cintas selladas con plomos vetustos;
manuscritos cenizosos y grimorios amontonados mezclados unos con otros; volúmenes cubiertos de notas v de
fórmulas, maculados desde el incipit al explicit. Redomas ventrudas corno buenos monjes y repletas de emulsiones
opalescentes, de líquidos glaucos herrumbrosos o encarnadinos exhalan esos relentes ácidos cuya aspereza anuda la
garganta y pica en la nariz.

En la campana del horno se alinean curiosas vasijas oblongas, de cuello corto, selladas y encapuchadas con cera;
matraces de esferas irisadas por los depósitos metálicos estiran sus cuellos unas veces delgados y cilíndricos, y otras
abocinados o hinchados; las cucúrbitas verdosas, y las retortas de cerámica aparecen junto a los crisoles de tierra
roja y llameada. Al fondo, colocados en sus montones de paja a lo largo de una cornisa de piedra, unos huevos
filosóficos hialinos y e elegantes contrastan con la maciza y abultada calabaza, praegnans cucurbita.

i Condenación! He aquí ahora piezas anatómicas, fragmentos esqueléticos: cráneos ennegrecidos, desdentados y
repugnantes en su rictus de ultratumba; fetos humanos suspendidos, desecados y encogidos, miserables desechos
que ofrecen a la mirada su cuerpo minúsculo, su cabeza apergaminada, desdeñable y lastimosa. Esos ojos redondos,
vidriosos y dorados son los de una lechuza de plumaje marchito, que tiene por vecino a un cocodrilo, salamandra
gigante, otro símbolo importante de la práctica. El espantoso reptil emerge de un rincón oscuro, tiende la cadena de
sus vértebras sobre sus patas rechonchas y dirige hacia las arcadas la sima ósea de sus temibles maxilares.

Esparcidos sin orden, al azar de las necesidades, en la placa del horno, se ven botes vitrificados, alúdeles o
sublimatorios; pelicanos de paredes espesas; infiernos semejantes a grandes huevos de los que se viera una de las
chalazas; recipientes oliváceos hundidos de lleno en la arena, contra el atanor de humaredas ligeras que ascienden
hacia la bóveda ojival. Aquí está el alambique de cobre -homo galeatus-, maculado de babas verdes; allá, los
descensores y los dos hermanos o gemelos de la cohobación; recipientes con serpentines; pesados morteros de
fundición o de mármol; un ancho fuelle de flancos de cuero raído junto a un montón de garruchas, de tejas, de
copelas, de evaporatorios...
¡Amasijo caótico de instrumentos arcaicos, de materiales extraños y de utensilios caducos, almoneda de todas las
ciencias, batiburrillo de faunas impresionantes! Y planeando sobre ese desorden, fijo en la clave de bóveda, como
pendiente con las alas desplegadas, el gran cuervo, jeroglífico de la muerte material y de sus descomposiciones,
emblema misterioso de misteriosas operaciones.

Curiosa también la muralla o, al menos, lo que de ella queda. Inscripciones de sentido místico llenan los vacíos: Hic
Iapis est subtus te, supra te, erga te et circa te; versos mnemónicos se hacen un lío, grabados al capricho del estilete
en la piedra blanda; predomina uno de ellos, trazado en cursiva gótica: Azoth et ignis tibi sufficiunt, caracteres
hebraicos; círculos cortados por triángulos, entremezclados con cuadriláteros a la manera de las signaturas gnósticas.
Aquí, un pensamiento, fundado sobre el dogma de la unidad, resume toda una filosofía: Omnia ab uno et in unum
omnia. Aparte, la imagen de la hoz, emblema del decimotercer arcano y de la casa natural; la estrella de Salomón; el
símbolo del Cangrejo, obsecración del mal espíritu; algunos pasajes de Zoroastro, testimonios de la alta antigüedad
de las ciencias malditas. Finalmente, situado en el campo luminoso del tragaluz, y más legible en ese dédalo de
imprevisiones, el ternario hermético: Sal, Sulphur, Mercurius...

Tal es el cuadro legendario del alquimista y de su laboratorio. Visión fantástica, desprovista de veracidad, salida de
la imaginación popular y reproducida en los viejos almanaques, tesoros del cotilleo.

¿Sopladores, magistas, brujos, astrólogos, nigromantes?


-¡Anatema y maldición!
Química y Filosofía
La química es, indiscutiblemente, la ciencia de los hechos, como la alquimia lo es de las causas. La primera,
limitada al ámbito material, se apoya en la experiencia, en tanto que la segunda, toma de preferencia sus directrices
en la filosofía. Si una tiene por objeto el estudio de los cuerpos naturales, la otra intenta penetrar en el misterioso
dinamismo que preside sus transformaciones. Es esto lo que determina su diferencia esencial y nos permite decir que
la alquimia, comparada a nuestra ciencia positiva, la única admitida y enseñada hoy, es una química espiritualista
porque nos permite entrever a Dios a través de las tinieblas de la sustancia.

Por añadidura, no nos parece suficiente saber reconocer y clasificar los hechos con exactitud. Es preciso, aún,
interrogar a la Naturaleza para aprender de ella en qué condiciones y bajo el imperio de qué voluntad se operan sus
múltiples producciones. El espíritu filosófico no sería capaz, en efecto, de contentarse con una simple posibilidad de
identificación de los cuerpos, sino que reclama el conocimiento del secreto de su elaboración. Entreabrir la puerta
del laboratorio donde la Naturaleza mezcla los elementos está bien, pero descubrir la fuerza oculta bajo cuya
influencia se efectúa su labor, mejor. Nos hallamos lejos, evidentemente, de conocer todos los cuerpos naturales y
sus combinaciones, ya que cada día descubrimos otros nuevos, pero sabemos lo suficiente como para renunciar
provisionalmente al estudio de la materia inerte y dirigir nuestras investigaciones hacia el animador desconocido,
agente de tantas maravillas.

Decir, por ejemplo, que dos volúmenes de hidrógeno combinados con un volumen de oxígeno dan agua es anunciar
una trivialidad química. Y, sin embargo, ¿quién nos enseñará por qué el resultado de esa combinación presenta, con
un estado especial, caracteres que no poseen en absoluto los gases que la han producido? ¿Cuál es, pues, el agente
que impone al compuesto su especificidad nueva y obliga al agua, solidificada por el frío, a cristalizar siempre en el
mismo sistema? Por una parte, si el hecho es innegable y está rigurosamente controlado, ¿de dónde procede el que
nos resulte imposible reproducirla por simple lectura de la fórmula encargada de explicar su mecanismo? Pues falta,
en la notación H2O el agente esencial capaz de provocar la unión íntima de los elementos gaseosos, es decir, el
fuego. Pero desafiamos al más hábil químico a que fabrique agua sintética mezclando el oxígeno con el hidrógeno en
los volúmenes indicados: ambos gases rehusarán siempre combinarse. Para tener éxito en la experiencia, es
indispensable hacer intervenir el fuego, ya sea en forma de chispa o en la de un cuerpo en ignición o susceptible de
ser puesto en incandescencia (esponja de platino). Se reconoce, así, sin que se pueda oponer a nuestra tesis el menor
argumento serio, que la fórmula química del agua es, si no falsa, al menos incompleta y truncada. Y el agente
intermediario fuego, sin el cual ninguna combinación puede efectuarse, al estar excluido de la notación química,
hace que la ciencia entera se manifieste como lagunar e incapaz de suministrar, mediante sus fórmulas, una
explicación lógica y verdadera de los fenómenos estudiados. «La química física -escribe A. Etard (1) - arrastra a la
mayoría de los espíritus investigadores. Ella es la que toca más de cerca las verdades profundas, y será ella la que
nos revele lentamente las leyes capaces de cambiar todos nuestros sistemas y nuestras fórmulas. Pero por su
importancia misma, este tipo de química es el más abstracto y el más misterioso de cuantos existen. Las mejores
inteligencias no pueden, durante los cortos instantes de un pensamiento creador, llegar a la atención sostenida y a la
comparación de todos los grandes hechos conocidos. Ante semejante imposibilidad, se recurre a las representaciones
matemáticas. Estas representaciones son, las más de las veces, perfectas en sus métodos y en sus resultados, pero en
la aplicación a lo que es profundamente desconocido, no puede lograrse que las matemáticas descubran verdades
cuyos elementos no les ha confiado. El hombre mejor dotado plantea mal el problema que no comprende. Si estos
problemas pudieran ser reducidos correctamente a una ecuación, se tendría la esperanza de resolverlos. Pero en el
estado de ignorancia en que nos encontramos, nos vemos fatalmente limitados a introducir numerosas constantes, a
descuidar los términos y a aplicar hipótesis... La reducción a ecuación no es, tal vez, correcta del todo, pero nos
consolamos porque conduce a una solución, por más que constituye una detención temporal del progreso de la
ciencia el que tales soluciones se impongan durante años a personalidades de valía como una demostración
científica. Muchos trabajos se realizan en este sentido, los cuales ocupan tiempo y conducen a teorías
contradictorias destinadas al olvido.»

Esas famosas teorías que por tanto tiempo fueron invocadas y opuestas a las concepciones herméticas ven hoy en
día su solidez fuertemente comprometida. Sabios sinceros pertenecientes a la escuela creadora de esas mismas
hipótesis consideradas como certidumbres - no les conceden sino un valor muy relativo. Su campo de acción se
reduce paralelamente a la disminución de su poder de investigación. Es lo que expresa con esa franqueza reveladora
del verdadero espíritu científico, Emile Picard en la Revue des Deux Mondes. «En cuanto a las teorías - escribe -, ya
no se proponen dar una explicación causal de la realidad misma, sino sólo traducir ésta a imágenes a símbolos
matemáticos. Se pide a esos instrumentos de trabajo que son las teorías que coordinen, al menos por un tiempo, los
fenómenos conocidos y que prevean otros nuevos. Cuando su fecundidad queda agotada, se esfuerzan en hacerle
experimentar las transformaciones que ha hecho necesarias el descubrimiento de hechos nuevos.» Así, pues,
contrariamente a la filosofía, que rebasa los hechos y asegura la orientación de las ideas y su conexión práctica, la
teoría, concebida a posteriori y modificada según los resultados de la experiencia a medida que se efectúan nuevas
adquisiciones, refleja siempre la incertidumbre de las cosas provisionales y da a la ciencia moderna el carácter de un
perpetuo empirismo. Gran cantidad de hechos químicos seriamente observados resisten a la lógica y desafían todo
razonamiento, «El ioduro cúprico, por ejemplo - dice J. Duclaux (2) -, se descompone espontáneamente en iodo y
yoduro cuproso. Puesto que el iodo es un oxidante y las sales cuprosas son reductoras, esta descomposición es
inexplicable. La formación de compuestos en extremo inestables, tales como el cloruro de nitrógeno, es asimismo
inexplicable. Tampoco se comprende por qué el oro, que resiste a los ácidos y a los álcalis, incluso concentrados y
calientes, se disuelve en una solución extendida y fría de cianuro de potasio; por qué el hidrógeno sulfurado es más
volátil que el agua; por qué el cloruro de azufre, compuesto de dos elementos cada uno de los cuales se combina con
el potasio con incandescencia, no actúa sobre ese metal.»

Acabamos de hablar del fuego. Todavía no lo consideramos más que en su forma vulgar y no en su esencia
espiritual, la cual se introduce en los cuerpos en el momento de su aparición en el plano físico. Lo que deseamos
demostrar sin salirnos del ámbito alquímico es el error grave que domina toda la ciencia actual y le impide reconocer
ese principio universal que anima la sustancia, pertenezca al reino que pertenezca. Sin embargo, se manifiesta en
torno nuestro, ante nuestros ojos, ya sea por las propiedades nuevas que la materia herede de él, ya por los
fenómenos que acompañen su desprendimiento. La luz - fuego ramificado y espiritualizado - posee las mismas
virtudes y el mismo poder químico que el fuego elemental y grosero. Una experiencia dirigida hacia la realización
sintética del ácido clorhídrico (CIH) a partir de sus compuestos lo demuestra de modo suficiente. Si se encierran en
un frasco de vidrio volúmenes iguales de gas cloro y de hidrógeno, ambos gases conservarán su individualidad
propia en tanto que la redoma que los contenga se mantenga en la oscuridad. Ya a la luz difusa, su combinación se
efectúa poco a poco, pero si se expone el recipiente a los rayos solares directos, estalla con violencia.

Se nos objetará que el fuego, considerado como simple catalizador, no forma en absoluto parte integrante de la
sustancia y que, en consecuencia, no se lo puede señalar en la expresión de las fórmulas químicas. El argumento es
más falaz que verdadero, pues la misma experiencia lo invalida. He aquí un terrón de azúcar, cuya ecuación no
incluye ningún equivalente del fuego. Si lo rompemos en la oscuridad, veremos que desprende una chispita azul.
¿De dónde proviene? ¿Dónde se halla encerrada sino en la textura cristalina de la sacarosa? Hemos hablado del
agua. Pues bien, arrojemos a su superficie un fragmento de potasio: se inflama espontáneamente y arde con energía.
¿Dónde, pues, se escondía esta llama visible? Ya sea en el agua, en el aire o en el metal, ello importa poco; el hecho
esencial es que existe potencialmente en el interior de uno u otro de esos cuerpos o quizá de todos. ¿Qué es el
fósforo, portador de luz y generador de fuego? ¿Cómo transforman las noctílucas, las luciérnagas y los gusanos de
luz una parte de su energía vital en luminosa? ¿Quién obliga a las sales de uranio, de cerio y de circonio a
convertirse en fluorescentes cuando han estado sometidas a la acción de la luz solar? ¿Por qué misterioso
sincronismo el platino - cianuro de bario brilla al contacto de los rayos Roentgen?

Y no se hable de la oxidación en el orden normal de los fenómenos ígneos, pues ello significaría hacer retroceder la
cuestión en lugar de resolverla. La oxidación es una resultante y no una causa; es una combinación sometida a un
principio activo, a un agente. Si ciertas oxidaciones enérgicas desprenden calor o fuego es, muy ciertamente, por la
razón de que este fuego se hallaba primero en el seno del cuerpo en cuestión. El fluido eléctrico, silencioso, oscuro y
frío, recorre su conductor metálico sin influenciarlo mayormente ni manifestar su paso a través de él, pero si va a dar
con una resistencia, la energía se revela de inmediato con las cualidades y bajo el aspecto del fuego. Un filamento de
lámpara se vuelve incandescente, el carbón de la cucúrbita se convierte en brasas, y el hilo metálico más refractario
se funde en seguida. Entonces, ¿no es la electricidad un fuego verdadero, un fuego en potencia? ¿De dónde extrae su
origen sino de la descomposición (pilas) o de la disgregación de los metales (dínamos), cuerpos eminentemente
cargados del principio ígneo? Desprendamos una partícula de acero o de hierro mediante abrasión o por el choque
contra un sílex, y veremos brillar la chispa así puesta en libertad. Es bastante conocido el encendedor neumático,
basado en la propiedad que posee el aire atmosférico de inflamarse por simple compresión. Los mismos líquidos son
a menudo verdaderas reservas de fuego. Basta verter algunas gotas de ácido nítrico concentrado en la esencia de
trementina para provocar su inflamación. En la categoría de las sales, citemos de memoria las fulminantes, la
nitrocelulosa, el picrato de potasa, etc.

Sin multiplicar más los ejemplos, se advierte que resultaría pueril sostener que el fuego, por el hecho de que no
podemos percibirlo directamente en la materia, no se halle, en realidad, en ella en estado latente. Los viejos
alquimistas, que poseían de fuente tradicional más conocimientos de los que estamos dispuestos a reconocerles,
aseguraban que el Sol es un astro frío y que sus rayos son oscuros (3). Nada parece más paradójico ni más contrario
a la apariencia y, sin embargo, nada es más verdadero. Algunos instantes de reflexión permiten convencerse de ello.
Si el Sol fuera un globo de fuego, como se nos enseña, bastaría acercarse por poco que fuera para experimentar el
efecto de un calor creciente. Y lo que sucede es justo lo contrario, pues las altas montañas permanecen coronadas de
nieve pese a los ardores del verano. En las regiones elevadas de la atmósfera, cuando el astro pasa por el cenit, el
globo de los aerostatos se cubre de escarcha y sus pasajeros padecen un frío muy vivo. Así, la experiencia demuestra
que la temperatura desciende a medida que aumenta la altura. La misma luz se nos hace sensible cuando nos
encontramos situados en el campo de su irradiación. En cuanto nos situamos fuera del haz radiante, su acción cesa
para nuestros ojos. Es un hecho bien conocido que un observador que contempla el cielo desde el fondo de un pozo
al mediodía ve el firmamento nocturno y constelado.

¿De dónde proceden, pues, el calor y la luz? Del simple choque de las vibraciones frías y oscuras contra las
moléculas gaseosas de nuestra atmósfera. Y como la resistencia crece en razón directa de la densidad del medio, el
calor y la luz son más fuertes en la superficie terrestre que en las grandes altitudes porque las capas de aire son,
asimismo, más densas. Tal es, al menos, la explicación física del fenómeno. En realidad, y según la teoría hermética,
la oposición al movimiento vibratorio y la reacción no son sino las causas primeras de un efecto que se traduce por
la liberación de los átomos luminosos e ígneos del aire atmosférico. Bajo la acción del bombardeo vibratorio, el
espíritu, liberado del cuerpo, se reviste para nuestros sentidos de las cualidades físicas características de su fase
activa: luminosidad, brillo y calor.

Así, el único reproche que se puede dirigir a la ciencia química es el de no tener en cuenta el agente ígneo, principio
espiritual y base de la energética, bajo cuya influencia se operan todas las transformaciones materiales. La exclusión
sistemática de - este espíritu, voluntad superior y dinamismo escondido de las cosas, es lo que priva a la química
moderna del carácter filosófico que posee la antigua alquimia. «Usted cree -escribe Henri Hélier a L. Olivier (4) en
la fecundidad indefinida de la experiencia. Sin duda, pero siempre la experimentación se ha dejado llevar por una
idea preconcebida, por una filosofía. Idea a menudo casi absurda en apariencia, filosofía en ocasiones extraña y
desconcertante en sus signos. "Si yo contara cómo he hecho mis descubrimientos, decía Faraday, me tomaríais por
un imbécil." Todos los grandes químicos han tenido así ideas en la cabeza que se han guardado muy mucho de
darlas a conocer... De sus trabajos hemos extraído nuestros métodos y teorías actuales, los cuales constituyen el más
precioso resultado de aquéllos, pero no fueron su origen.»

«El alambique, con sus aires graves y reposados - dice un filósofo anónimo (5) -, ha conseguido en química una gran
clientela. Tratad de fiaros de él; es un depositario infiel y un usurero. Le confiáis un objeto por completo sano,
dotado de propiedades naturales indiscutibles, con una forma que constituye su existencia, y os lo vuelve informe,
en polvo o en gas, y tiene la pretensión de devolvéroslo todo cuando se lo ha quedado todo, menos el peso, que no es
nada puesto que procede de una causa independiente del cuerpo mismo. Y el sindicato de los sabios sanciona esta
horrible usura! Le dais vino y os devuelve tanino, alcohol y agua a peso igual .¿Qué falta? El gusto, es decir, la
única cosa que hace que sea vino, y así con todo. Puesto que habéis obtenido tres cosas del vino, señores químicos,
decís que el vino está compuesto de esas tres cosas. Recomponedlo, pues, o yo os diré que son tres cosas las que se
obtienen del vino. Podéis deshacer lo que habéis hecho, pero jamás reharéis lo que habéis deshecho en la Naturaleza.
Los cuerpos sólo se os resisten en la proporción en que están combinados con más fuerza, y llamáis cuerpos simples
a todos aquellos que se os resisten: ¡vanidad!

»Me gusta el microscopio porque se contenta con mostrarnos las cosas tal como son, extendiendo simplemente
nuestra percepción; así, son los sabios, pues, los que le prestan opiniones. Pero cuando, sumergidos en los últimos
detalles, esos señores colocan bajo el microscopio el grano más pequeño o la gotita más insignificante, el
instrumento guasón parece decirles, al tiempo que les muestra animales vivos: ¡Analizadme éstos! ¿Qué es, pues, lo
que lo analiza! ¡Vanidad, vanidad!
»Finalmente, cuando un sabio doctor hunde el bisturí en un cadáver para buscar en él las causas de la enfermedad
que ha hecho una víctima, con su ayuda no encuentra más que resultados, pues la causa de la muerte está en la de la
vida, y la verdadera medicina, la que practicó naturalmente Cristo y que renace científicamente con la homeopatía,
la medicina de los semejantes, se estudia en el individuo vivo. Pero cuando se trata de la vida, como nada hay que se
parezca menos a un vivo que un muerto, la anatomía es la más triste de las vanidades.

Así, pues, ¿son todos los instrumentos causa de error? Lejos de ello, pero indican la verdad en un límite tan
restringido que su verdad no es más que una vanidad, con lo que resulta imposible atribuirles una verdad absoluta.
Es lo que yo llamo la imposibilidad de lo real, y en ello me baso para afirmar la posibilidad de lo maravilloso.»

Positiva en sus hechos la química se mantiene negativa en su espíritu, y es precisamente eso lo que la diferencia de
la ciencia hermética, cuyo ámbito comprende, sobre todo, el estudio de las causas eficientes, de sus influencias, de
las modalidades que afectan según los medios y las condiciones. Este estudio, exclusivamente filosófico, permite al
hombre penetrar el misterio de los hechos, comprender su extensión e identificar, en fin, a la inteligencia suprema,
alma del Universo, Luz, Dios. Así, la alquimia, remontándose de lo concreto a lo abstracto, del positivismo material
al espiritualismo puro, ensancha el campo de los conocimientos humanos, de las posibilidades de acción, y realiza la
unión de Dios y de la Naturaleza, de la Creación y del Creador, de la Ciencia y de la Religión.

No se vea en esta discusión ninguna crítica injusta o tendenciosa dirigida contra los químicos. Respetamos a todas
las personas laboriosas a cualquier condición que pertenezcan, y profesamos personalmente la más profunda
admiración por los grandes sabios cuyos descubrimientos han enriquecido de manera tan magnífica la ciencia actual.
Pero lo que los hombres de buena fe lamentarán con nosotros no son tanto las divergencias de opinión libremente
expresadas, como las enfadosas intenciones de un sectarismo estrecho que siembra la discordia entre los partidarios
de una y otra doctrina. La vida es demasiado breve y el tiempo demasiado precioso para malgastarlos en vanas
polémicas, y no es honrarse demasiado despreciar el saber de otro. Poco importa, por añadidura, que tantos
investigadores se pierdan si son sinceros y si su mismo error los conduce a útiles descubrimientos. Errare humanum
est, dice el viejo adagio, y la ilusión se apodera a menudo de la diadema de la verdad. Aquellos que perseveran a
pesar de la falta de éxito tienen, pues, derecho a toda nuestra simpatía. Por desgracia, el espíritu científico es una
cualidad rara en el hombre de ciencia, y hallamos este defecto en el origen de las luchas que señalamos. De que una
verdad no esté demostrada ni sea demostrable con ayuda de los medios de que dispone la ciencia, no puede inferirse
que no lo sea jamás. «Le mot impossible n'est pas francais», decía Arago; y nosotros añadirnos que esa palabra es
contraria al verdadero espíritu científico. Calificar una cosa de imposible porque su posibilidad actual resulte dudosa
evidencia falta de confianza en el porvenir y es renegar del progreso. Lémery (6) no comete una imprudencia grave
cuando se atreve a escribir, a propósito del alkaest o disolvente universal: «En cuanto a mí, lo creo imaginario
puesto que no lo conozco.» Nuestro químico, como se convendrá en ello, estimaba en gran manera el valor y la
extensión de sus conocimientos. Harrys, cerebro refractario al pensamiento hermético, definía así la alquimia, sin
haber querido estudiarla jamás: Ars sine artre, cuius principium est mentiri, medium laborare et finis mendicare. (7)
Al lado de estos sabios encerrados en su torre de marfil, al lado de estos hombres de mérito indiscutible, cierto, pero
esclavos de prejuicios tenaces, otros no dudaron en absoluto en otorgar derecho de ciudadanía a la vieja ciencia.
Spinoza y Leibniz creían en la piedra filosofar y en la crisopeya. Pascal llegó a la certidumbre de ella. (8)

Más cerca de nosotros, algunos espíritus elevados, entre otros Sir Humphrey Davy, pensaban que las investigaciones
herméticas podían conducir a resultados insospechados. Jean-Baptiste Dumas, en sus Leçons sur la Philosophie
chimique se expresa en estos términos: «Nos estaría permitido admitir cuerpos simples isómeros? Esta pregunta toca
de cerca la transmutación de los metales. Resuelta afirmativamente, daría oportunidades de éxito a la búsqueda de la
piedra filosofal... Es preciso, pues, consultar a la experiencia, y la experiencia, hay que decirlo, no se halla hasta el
momento en absoluto en oposición con la posibilidad de la transmutación de los cuerpos simples... Se opone,
incluso, a que se rechace esta idea como un absurdo demostrado por el actual estado de nuestros conocimientos.»
François-Vincent Raspail era un químico convencido, y las obras de los filósofos clásicos ocupaban un lugar
preponderante entre sus demás libros. Ernest Bosc (9) cuenta que Auguste Cahours, miembro de la Academia
Francesa de las Ciencias, le había revelado que «su venerado maestro Chevreul (10) profesaba la mayor estima por
nuestros viejos alquimistas, y también su rica biblioteca encerraba casi todas las obras importantes de los filósofos
herméticos. Parecería, incluso, que el decano de los estudiantes de Fran cia, como Chevreul se titulaba a sí mismo,
había aprendido mucho de esos viejos mamotretos, y que les debía una parte de sus hermosos descubrimientos. El
ilustre Chevreul, en efecto, sabía leer entre líneas muchos datos que habían pasado inadvertidas antes de él.» Uno de
los maestros más célebres de la ciencia química, Marcellin Berthelot, no se contentó, ni mucho menos, con adoptar
la opinión de la Escuela. Contrariamente a la mayoría de sus colegas, que hablan audazmente de la alquimia sin
conocerla, consagró más de veinte años al paciente estudio de los textos originales, griegos y árabes. Y de ese largo
comercio con los maestros antiguos, nació en él aquella convicción de que «los principios herméticos, en su
conjunto, son tan sostenibles como las mejores teorías modernas». De no ser por la promesa que les hicimos,
podríamos añadir a esos sabios los nombres de ciertas eminencias científicas, por entero conquistadas para el arte de
Hermes, pero cuya situación misma les obliga a practicarlo tan sólo en secreto.

En nuestros días, y aunque la unidad de la sustancia - base de la doctrina enseñada desde la Antigüedad por todos los
alquimistas - sea admitida y oficialmente consagrada, no parece, sin embargo, que la idea de la transmutación haya
seguido el mismo progreso. El hecho resulta tanto más sorprendente cuanto que no cabría admitir la una sin
considerar la posibilidad de la otra. Por otra parte, en vista de la gran antigüedad de la tesis hermética, podría
pensarse con cierta razón que en el curso de los siglos ha podido hallarse confirmada por la experiencia. Es verdad
que los sabios hacen, por lo general, poco caso de los argumentos de este orden, y que los testimonios más dignos de
fe y mejor fundamentados les parecen sospechosos, ya sea porque los ignoran o porque prefieren desinteresarse de
ellos. A fin de que no se nos acuse lo más mínimo de atribuirles alguna intención malévola al desnaturalizar su
pensamiento, y para permitir al lector que juzgue con toda libertad, someteremos a su apreciación las opiniones de
sabios y filósofos modernos sobre el tema que nos ocupa. Jean Finot (11), habiendo hecho un llamamiento a los
hombres competentes, les propuso la pregunta siguiente: En el estado actual de la ciencia, la transmutación
metálica es posible o realizable. ¿Puede ser considerada, incluso, como realizada según nuestros conocimientos?
He aquí las respuestas que recibió:

Doctor Max Nordeau: «Permítame que me abstenga de toda discusión acerca de la transmutación de la materia.
Adopto el dogma (es uno de ellos) de la unidad de aquélla, la hipótesis de la evolución de los elementos químicos de
peso atómico más ligero a más pesado, e incluso la teoría - imprudentemente llamada ley - de la periodicidad de
Mendeléiev. No niego la posibilidad teórica de rehacer artificialmente, con métodos de laboratorio, una parte de esa
evolución, producida naturalmente en miles de millones o billones de años por las fuerzas cósmicas, y transformar
en oro metales más ligeros. Pero no creo que nuestro siglo sea testigo de la realización del sueño de los
alquimistas.»

Henri Poincaré: «La ciencia no puede y no debe decir ¡jamás! Tal vez un día se descubra el principio de fabricar
oro, pero, por el momento, el problema no parece resuelto.»

Madame M. Curie: «Si es verdad que han sido observadas transformaciones atómicas espontáneas con los cuerpos
radiactivos (producción de helio por esos cuerpos que usted señala, lo cual es perfectamente exacto), se puede, por
otra parte, asegurar que ninguna transformación de cuerpo simple ha sido aún obtenida por el esfuerzo de los
hombres y gracias a dispositivos imaginados por ellos. Es, pues, del todo inútil, hoy, considerar las consecuencias
posibles de la fabricación del oro. »
Gustave Le Bon: «Es posible que se transforme acero en oro como se transforma, según dice, el uranio en radio y en
helio, pero esas transformaciones no afectan más que a milmillonésimas de miligramos, y entonces sería mucho más
económico obtener oro del mar, que contiene toneladas de él.»

Diez años después, una revista de divulgación científica (12) realizó la misma encuesta y publicó las opiniones
siguientes:

Charles Richet, profesor de la Facultad de Medicina de París, miembro del Instituto de Francia y premio Nobel:
«Confieso que carezco de opinión acerca de este asunto.»

Urbain y Jules Perrin: «De no producirse una revolución en el arte de explotar las fuerzas naturales, el oro sintético -
si no es una quimera -, no valdrá la pena de ser explotado industrialmente.»

Charles Moureu: «La fabricación del oro no es tina hipótesis absurda. Es casi la única afirmación que puede emitir
un verdadero sabio... Un sabio no afirma nada "a priori..." La transmutación es un hecho que comprobamos todos
los días.»

A este pensamiento tan audazmente expresado, elaborado por un cerebro intrépido, dotado del más noble espíritu
científico y de un sentido profundo de la verdad, opondremos otro de calidad muy distinta. Se trata de la apreciación
de Henry Le Chátelier, miembro del Instituto de Francia, profesor de química de la Facultad de Ciencias de París:
«Me niego en absoluto - escribe el ilustre maestro - a toda entrevista sobre el tema del oro sintético. Considero que
ello debe de derivar de alguna tentativa de estafa, como los famosos diamantes Lemoine.»

En verdad que no se podría testimoniar con menos palabras y amenidad tanto desprecio por los viejos adeptos,
maestros venerados de los alquimistas actuales. Para nuestro autor, que sin duda jamás ha abierto un libro hermético,
transmutación es sinónimo de charlatanismo. Discípulo de esos grandes desaparecidos, parece bastante natural que
debamos heredar su molesta reputación. Nada importa. En ello reside nuestra gloria, la única, por otra parte, que se
digna concedernos cuando halla la oportunidad la ignorancia diplomada, orgullosa de sus baratijas: cruces, sellos,
palmas y pergaminos. Pero dejemos al asno llevar con gravedad sus reliquias y volvamos a nuestro tema.

Las respuestas que se acaban de leer - excepto la de Charles Moureu - son semejantes en cuanto al fondo. Todas
proceden de una misma fuente; el espíritu académico las ha dictado. Nuestros sabios aceptan la posibilidad teórica
de la transmutación, pero se niegan a creer en su realidad material. Niegan después de haber afirmado, lo que
constituye un medio cómodo de quedar a la expectativa y de no comprometerse ni salirse del ámbito de las
relatividades.

¿Podemos hablar de transformaciones atómicas que afectan a algunas moléculas de sustancia? ¿Cómo reconocerles
un valor absoluto si sólo se las puede controlar indirectamente por caminos apartados? ¿Se trata de una simple
concesión que los modernos hacen a los antiguos? Pero nosotros nunca hemos oído decir que la ciencia hermética
haya pedido limosna. La conocemos bastante rica de observaciones, bastante provista de hechos positivos como para
no verse reducida a la mendicidad. Por otra parte, la idea teórica que nuestros químicos sostienen hoy pertenece, sin
discusión, a los alquimistas. Se trata de su bien propio, y nadie sería capaz de rehusarles el beneficio de una
anterioridad reconocida de quince siglos. Esos hombres han sido los primeros en demostrar la realización efectiva,
nacida de la unidad de sustancia, base invulnerable de su filosofía. Por añadidura, nos preguntamos por qué la
ciencia actual, dotada de medios múltiples y poderosos y de métodos rigurosos servidos por unos instrumentos
precisos y perfeccionados ha empleado tanto tiempo para reconocer la veracidad del principio hermético. A partir de
este momento, nos consideramos con derecho a concluir que los viejos alquimistas, con la ayuda de procedimientos
muy simples, habían descubierto, no obstante, de forma experimental la prueba formal capaz de imponer como una
verdad absoluta el concepto de la transmutación metálica. Nuestros predecesores no fueron ni insensatos ni
impostores, y la idea madre que guió sus trabajos, la misma que se infiltra en las esferas científicas de nuestra época,
es extraña a los principios hipotéticos cuyas fluctuaciones y vicisitudes ignora.

Aseguramos, pues, sin tomar partido, que los grandes sabios cuyas opiniones hemos reproducido se equivocan
cuando niegan el resultado lucrativo de la transmutación. Se engañan acerca de la constitución y las cualidades
profundas de la materia, aunque piensen haber sondeado todos sus misterios. Mas, ¡ay!, la complejidad de sus
teorías, el amasijo de palabras creadas para explicar lo inexplicable y, sobre todo, la influencia perniciosa de una
educación materialista los empujan a investigar muy lejos de aquello que está a su alcance. Matemáticos en su
mayoría, pierden en simplicidad y en buen sentido lo que ganan en lógica humana y en rigor numeral. Sueñan con
aprisionar la Naturaleza en una fórmula y con reducir la vida a una ecuación. Así, por desviaciones sucesivas, llegan
inconscientemente a alejarse tanto de la verdad simple, que justifican la dura palabra del Evangelio: «¡Tienen ojos
para no ver y sentidos para no comprender!»

¿Sería posible llevar a esos hombres a una concepción menos complicada de las cosas, guiar a esos extraviados
hacia la luz del espiritualismo que les falta? Vamos a intentarlo y digamos, de buen principio, dirigiéndonos a
aquellos que deseen seguirnos, que no se estudia la naturaleza viva fuera de su actividad. El análisis de la molécula
y del átomo no enseña nada, pues es incapaz de resolver el problema más elevado que un sabio pueda plantearse:
¿cuál es la esencia de ese dinamismo invisible y misterioso que anima la sustancia? En efecto, ¿qué sabemos de la
vida sino que encontramos su consecuencia física en el fenómeno del movimiento? Sin embargo, todo es vida y
movimiento aquí abajo. La actividad vital, muy aparente entre los animales y los vegetales, no lo es mucho menos
en el reino mineral, aunque exija del observador una atención más aguda. Los metales, en efecto, son cuerpos vivos
y sensibles, de lo que son testigos el termómetro y mercurio, las sales de plata, los fluoruros, etc. ¿Qué es la
dilatación y la contracción sino dos efectos del dinamismo metálico, dos manifestaciones de la vida mineral? Sin
embargo, no le basta al filósofo comprobar tan sólo el alargamiento de una barra de hierro sometida al calor, sino
que todavía le es preciso investigar qué voluntad oculta obliga al metal a dilatarse. Se sabe que éste, bajo la
impresión de las radiaciones calóricas, abre sus poros, distiende sus moléculas y aumenta de superficie y de
volumen. En cierto modo, se expande, como lo hacemos nosotros, bajo la acción de los benéficos efluvios solares.
No se puede negar, pues, que semejante reacción tenga una causa profunda, inmaterial, pues no sabríamos explicar,
sin ese impulso, qué fuerza obligaría a las partículas cristalinas a abandonar su aparente inercia. Esta voluntad
metálica, el alma misma del metal, queda claramente puesta en evidencia en uno de los hermosos experimentos
hechos por Ch.-Ed. Guillaume. Una barra de acero calibrado es sometida a una tracción continua y progresiva cuya
potencia se registra con ayuda del dinamógrafo. Cuando la barra va a ceder, manifiesta un estrangulamiento cuyo
lugar exacto se fija. Se detiene la extensión y la barra vuelve a sus dimensiones primitivas. Luego, se reanuda el
experimento. Esta vez, el estrangulamiento se produce en un punto distinto del primero. Prosiguiendo la misma
técnica, se advierte que todos los puntos han sido experimentados sucesivamente y que han ido cediendo, uno tras
otro, a la misma tracción. Pero si se calibra una última vez la barra de acero, reanudando el experimento por el
principio, se advierte que es preciso emplear una fuerza muy superior a la primera para provocar la aparición de los
síntomas de ruptura. Ch.-Ed . Guillaurne concluye de esos ensayos, con mucha razón, que el metal se ha comportado
como lo hubiera hecho un cuerpo orgánico: ha reforzado sucesivamente todas sus partes débiles y aumentado a
propósito su coherencia para mejor defender su integridad amenazada. Una enseñanza análoga se desprende del
estudio de los compuestos salinos cristalizados. Si se quiebra la arista de un cristal cualquiera y se lo sumerge, así
mutilado, en el agua madre que lo produjo, no sólo se lo ve reparar de inmediato su herida, sino incluso acrecentarse
con una velocidad mayor que la de los cristales intactos que han permanecido en la misma solución. Descubrimos
aun una prueba evidente de la vitalidad metálica en el hecho de que, en América, los raíles de las vías férreas
muestran, sin razón aparente, los efectos de una singular evolución. En ninguna parte son más frecuentes los
descarrilamientos ni más inexplicables las catástrofes. Los ingenieros encargados de estudiar la causa de estas
múltiples rupturas la atribuyen al «envejecimiento prematuro» del acero. Bajo la influencia probable de condiciones
climáticas especiales, el metal envejece rápidamente, desde muy pronto, pierde su elasticidad, su maleabilidad y su
resistencia, y la tenacidad y la cohesión parecen diminuidas hasta el punto de volverlo seco y quebradizo. Esta
degeneración metálica, por otra parte, no se limita tan sólo a los raíles, sino que extiende sus estragos a las placas de
blindaje de los navíos acorazados, las cuales quedan fuera de servicio, por lo general tras algunos meses de uso. Al
ensayarlas, se sorprenden de verlas quebrarse en muchos fragmentos con el choque de una simple granada
rompedora. El debilitamiento de la energía vital, fase normal y característica de decrepitud, de senilidad del metal,
es un claro signo precursor de su muerte próxima. Pero puesto que la muerte, corolario de la vida, es la consecuencia
directa del nacimiento, de ello se sigue que los metales y minerales manifiestan su sumisión a la ley de
predestinación que rige a todos los seres creados. Nacer, vivir, morir o transformarse son los tres estadios de un
período único que abarca toda la actividad física. Y como esta actividad tiene por función esencial renovarse,
continuar reproduciéndose por generación, llegamos a la conclusión de que los metales llevan en sí, al igual que los
animales y los vegetales, la facultad de multiplicar su especie.

Tal es la verdad analógica que la alquimia se esforzó en practicar, y tal es, asimismo, la idea hermética que nos ha
parecido necesario poner primero de relieve. Así, la filosofía enseña y la experiencia demuestra que los metales,
gracias a su propia simiente, pueden ser reproducidos y desarrollados en cantidad. Eso es, por otra parte, lo que la
palabra de Dios nos revela en el Génesis, cuando el Creador transmite una parcela de su actividad a las criaturas
salidas de su misma sustancia, pues el mandato divino creced y multiplicaos no se aplica sólo al hombre, sino que
está dirigido al conjunto de los seres vivos extendidos por la Naturaleza entera.

1 A. Etard, Reviíe annuelle de Chimie pure, en Revue des Sciences, 30 setiembre de 1896, p. 775.
2 J. Duclaux, La Chimie de la Matiére vivante. Paris, Alcan, 1910 p.14
3 Cf. Cosmopolita o Nouvelle Lumiere chymique, París, 1669, página 50.
4 Lettre sur la Philosophie chimique, en la Revue des Sciences, 30 de diciembre de 1896, p. 1227.
5 Comment l’Esprit vient aux tables, par un homme qui n'a pas perdu l'esprit. París, Librairie Nouvelle, 1854, p. 150.
6 Lémery, Cours de Chymie. París, d'Houry, 1757.
7 «Un arte sin arte, cuyo principio es mentir, la mitad, trabajar, y el final, mendigar.»
8 ¿Fue alquimista Pascal? Nada nos autoriza a pretender que así fuera. Lo más seguro es que realizara por si mismo
la transmutación a menos que la hubiera visto consumarse, ante sus ojos, en el laboratorio de un adepto. La
operación duró dos horas. Eso es lo que se desprende de un curioso documento autógrafo de papel, redactado en
estilo místico, y que se halló cosido en su vestido cuando se procedió a su entierro. He aquí el comienzo, que es
también la parte esencial:
El año de gracia de 1654,
lunes, 23 de noviembre, día de San Clemente, papa y mártir,
Y otros del martirologio,
víspera de San Crisógono, mártir, y otros,
después de alrededor de las diez y media de la noche más o menos
hasta
las doce y media,
FUEGO.
Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob,
y no el de los filósofos y de lo sabios.
I Certeza, certeza, sentimiento, alegría y paz.
Hemos subrayado al proposito, aunque no lo esté en la pieza original, la palabra Crisógono de la que se sirve el autor
para calificar la transmutación. Está formada, en efecto, por dos términos griegos: crnsoV, oro y gonh , generación.
La muerte, que de ordinario se lleva el secreto de los hombres, debía revelar el de Pascal, philosophus per ignem.
9 Ernest Bosc, Dictionnaire d'Orientalisme, d'occultisme et de Psychologie. Torno l: art. Alchimie.
10 Chevreul legó su biblioteca hermética al Museo de Historia Natural de París.
11 Cf. La Revue, n.- 18, 15 de setiembre de 1912, p. 162 y ss
12 -Je sais tout.» La fabrication synthétique de I'or est-elle possible? N.- 194, 15 de febrero de 1922.
La Cábala Hermética
La alquimia tan sólo es oscura porque está oculta. Los filósofos que quisieron transmitir a la posteridad la
exposición de su doctrina y el fruto de sus labores se guardaron de divulgar el arte presentándolo bajo una forma
común, a fin de que el profano no pudiera hacer mal uso de él. También, por su dificultad de comprensión, por el
misterio de sus enigmas y porque la opacidad de sus parábolas, la ciencia se ha visto relegada entre las
ensoñaciones, las ilusiones y las quimeras.

Es cierto que esos viejos mamotretos de tonos parduscos no se dejan penetrar con facilidad. Pretender leerlos a la
manera de nuestros libros sería pedir demasiado. Sin embargo, la primera impresión que se recibe, por extraña y
confusa que parezca, no deja de ser menos vibrante y persuasiva. Se adivina, a través del lenguaje alegórico y la
abundancia de una nomenclatura equívoca, ese relámpago de verdad, esa convicción profunda nacida de hechos
ciertos, debidamente observados y que no deben nada a las especulaciones fantásticas de la imaginación pura.

Se nos objetará, sin duda, que las mejores obras herméticas contienen muchas lagunas, acumulan contradicciones y
se esmaltan de falsas recetas, y se nos dirá que el modus operandi varía según los autores y que, si el desarrollo
teórico es el mismo en todos los casos, por el contrario, las descripciones de los cuerpos empleados ofrecen
raramente entre sí una similitud rigurosa. Responderemos que los filósofos no disponían de otras fuentes para
ocultar a unos lo que querían mostrar a otros, más que ese fárrago de metáforas y de símbolos diversos, y esa
prolijidad de términos y de fórmulas caprichosas trazadas a vuelapluma y expresadas en lenguaje claro para uso de
los ávidos o de los insensatos. En cuanto al argumento referente a la práctica, cae por su propio peso por la simple
razón de que si la materia inicial puede ser examinada bajo uno cualquiera de los múltiples aspectos que adquiere en
el curso del trabajo, y si los artistas no describen nunca sino una parte de la técnica, parece que existen otros tantos
procesos distintos como escritores cultivan el género.

Por lo demás, no debemos olvidar que los tratados llegados a nosotros han sido compuestos durante el más
floreciente período alquímico, el que abarca los tres últimos siglos de la Edad Media. En efecto, en aquella época, el
espíritu popular, por completo impregnado del misticismo oriental, se complacía en el acertijo, en el velo simbólico
y en la expresión alegórica. Este disfraz halagaba el instinto inquieto del pueblo y proporcionaba a la inspiración
satírica de los grandes un alimento nuevo. También había conquistado el favor general y se encontraba en todas
partes, firmemente arraigado en los diferentes peldaños de la escala social. Brillaba en palabras ingeniosas en la
conversación de las gentes cultivadas, nobles o burgueses, y se vulgarizaba en ingenuos retruécanos en el truhán.
Adornaba la muestra de los tenderos con jeroglíficos pintorescos y se apoderaban del blasón, cuyas reglas esotéricas
y cuyo protocolo establecía. Imponía en el arte, en la literatura y, sobre todo, en el esoterismo su ropaje abigarrado
de imágenes, de enigmas y de emblemas.

A él le debemos esa variedad de enseñas curiosas cuyo número y singularidad se añaden aún al carácter tan
netamente original de las producciones francesas medievales. Nada sorprende tanto a nuestro modernismo como
esas pancartas de taberneros que oscilan sobre un eje de hierro, en las que tan sólo reconocemos la letra 0 seguida de
una K cortada de un trazo, pero el borracho del siglo XIV no se equivocaba y entraba, sin dudar, au grand cabaret.
Las hosterías arbolaban a menudo un león dorado en posición heráldica, lo cual, para el peregrino en busca de
albergue, significaba que «se podía dormir», gracias al doble sentido de la imagen: au lit on dort, en el lecho se
duerme (au lion d'or, el león de oro). Edouard Fournier (1) nos cuenta que, en París, la rue du Bout-du-Monde aún
existía en el siglo XVII. «Este nombre - añade el autor -, que le venía del hecho de haber estado mucho tiempo muy
cerca de la muralla de la ciudad, había sido figurado en jeroglíficos en la enseña de una taberna. Se había
representado un hueso (os), un buco (bouc), un búho (duc) y un mundo (monde).» Junto al blasón formado por las
armas de la nobleza hereditaria, se descubre otro cuyas armas son sólo parlantes y tributarios del jeroglífico. Este
último señala a los plebeyos llegados por la fortuna al rango de personajes de condición. Frangois Myron, edil
parisiense de 1604, llevaba, así, «gules en el espejo redondo» («de gueules au miroir rond»). Un advenedizo de la
misma clase, superior del monasterio de San Bartolomé, en Londres, el prior Bolton - que ocupó el cargo de 1532 a
1539 - había hecho esculpir sus armas sobre el mirador del triforio, desde donde vigilaba los piadosos ejercicios de
sus monjes. Se ve en él una flecha (bolt) atravesando un pequeño barril (tun), de donde resulta Bolton. En sus
Enigmes des rues de Paris, Edouard Fournier, al que acabamos de citar, tras habernos iniciado en las disputas de
Luis XIV y de Louvois a raíz de la construcción de los Inválidos, promovidas porque éste deseaba colocar sus
«armas» al lado de las del rey, y tropezaba así con las órdenes contrarias del monarca, nos dice que Louvois «tomó
sus medidas de otra manera para fijar, en los Inválidos, su recuerdo de una manera inmutable y parlante.

»Entrad en el patio de honor del recinto y contemplad los sotabancos que coronan las fachadas del monumental
cuadrilátero. Cuando lleguéis al quinto de los que se alinean en lo alto de la bovedilla oriental, junto a la iglesia,
examinadlo bien. La ornamentación es muy particular. Está esculpido un lobo de medio cuerpo, con las patas que se
abaten sobre la abertura del ojo de buey, al que rodean; la cabeza está medio oculta bajo una espesura de palmas, y
los ojos se fijan ardientemente en el suelo del patio. No dudéis de que ahí hay un monumental juego de palabras,
como tan a menudo se hacía para las armas parlantes, y en este jeroglífico de piedra se encuentra el desquite y la
satisfacción del vanidoso ministro. Ese lobo mira; ese lobo va (ce loup voit). i Y ése es su emblema! Para que no
haya lugar a dudas, ha hecho esculpir en la buhardilla contigua, a la derecha, un barril de pólvora haciendo
explosión, símbolo de la guerra, departamento del que fue impetuoso ministro. En el sotabanco de la izquierda se
representa un penacho de plumas de avestruz, atributo de un alto y poderoso señor, como pretendía ser él. Y todavía
en otras dos buhardillas de la misma bovedilla aparecen un búho y un murciélago, pájaros de la vigilancia, su gran
virtud. Colbert, cuya fortuna tenía el mismo origen que la de Louvois, y que no tenía menos vanidosas pretensiones
de nobleza, había tomado por emblema la culebra (coluber), como Louvois había escogido el lobo (loup).»

La afición por el jeroglífico, último eco de la lengua sagrada, se ha debilitado considerablemente en nuestros días.
Ya no se cultiva, y apenas interesa a los escolares de la generación actual. Al cesar de proporcionar a la ciencia del
blasón el medio de descifrar sus enigmas, el jeroglífico ha perdido el valor esotérico que poseyera antaño. Lo
hallamos hoy refugiado en las últimas páginas de las revistas, donde - como pasatiempo recreativo - su papel se
limita a la expresión de imágenes de algunos proverbios. Apenas se señala de vez en cuando una aplicación regular,
pero con frecuencia orientada a una finalidad de reclamo, de este arte en decadencia. Así, una gran firma moderna,
especializada en la construcción de máquinas de coser, adoptó para su publicidad un cartel muy conocido que
representa a una mujer sentada, cosiendo a máquina, en el centro de una S majestuosa. Se ve, sobre todo, en ella la
inicial del fabricante, aunque el jeroglífico esté claro y su sentido sea transparente: esta mujer cose en su embarazo,
lo que es una alusión a la suavidad del mecanismo.

El tiempo, que arruina y devora las obras humanas, no ha respetado el viejo lenguaje hermético. La indiferencia, la
ignorancia y el olvido han rematado la acción disgregadora de los siglos. Pero no nos atreveríamos tampoco a
sostener que se haya perdido del todo, pues algunos iniciados conservan sus reglas, saben sacar partido de los
recursos que ofrece en la transmisión de verdades secretas o lo emplean como clave mnemotécnica de enseñanza.

En el año de 1843, los reclutas destinados al regimiento de Infantería número 46, con guarnición en París, podían
encontrar cada, semana, al atravesar el patio del cuartel de Luis Felipe, a un profesor poco corriente. Según un
testigo ocular - uno de nuestros parientes, suboficial por entonces y que seguía asiduamente sus lecciones, era un
hombre todavía joven, pero de aspecto descuidado, con largos cabellos que caían en rizos por sus hombros, y cuya
fisonomía -, muy expresiva, llevaba la impronta de una notable inteligencia. Por la noche, enseñaba a los militares
que lo deseaban Historia de Francia, mediante una pequeña retribución, y empleaba un método que afirmaba era
conocido desde la más remota antigüedad. En realidad, ese curso, tan seductor para quienes asistían a él, estaba
basado en la cábala fonética tradicional (2).

Algunos ejemplos escogidos entre aquellos cuyo recuerdo hemos conservado, darán una idea del procedimiento.

Tras un corto preámbulo sobre una decena de signos convencionales destinados, por su forma y unión, a encontrar
todas las fechas históricas, el profesor trazaba en el encerado un gráfico muy simplificado. Esta imagen, que se
grababa fácilmente en la memoria, era, en cierto modo, el símbolo completo del reinado que se estudiaba.

El primero de aquellos dibujos mostraba un personaje en pie en lo alto de una torre y sosteniendo una antorcha con
la mano. Sobre una línea horizontal, figurativa del suelo, se alineaban tres accesorios: una silla, un cayado y un
escabel. La explicación del esquema era simple. Lo que el hombre eleva en su mano sirve de faro: faro de mano,
Faramundo (3). La torre que lo sostiene indica la cifra l: Faramundo fue, se dice, el primer rey de Francia.
Finalmente, la silla es el jeroglífico de la cifra 4, el cayado lo es del 2 y el escabel es el signo del cero, lo cual da el
número 420, presunta fecha del advenimiento del soberano legendario.
Como no ignoramos, Clodoveo era uno de esos bribones con los que no hay nada que hacer si no se emplea la
fuerza. Turbulento, agresivo, batallador y dispuesto a romperlo todo, sólo soñaba en calamidades y juergas. Sus
buenos padres, tanto para domarlo como por prudencia, lo habían atado a la silla. Toda la Corte sabía que estaba
encerrado y «atornillado» (clos à vis, Clovis, Clodoveo). La silla y dos cuernos de caza puestos en el suelo daban la
fecha 466.

Clotario, de naturaleza indolente, paseaba su melancolía por un campo rodeado de murallas. El infortunado se
encontraba así encerrado (clos) en su tierra (terre) : Clotaire-Clotario.

Chilperico - no sabemos por qué causa - se agitaba en una sartén de freír, como un simple espárrago, gritando hasta
perder el aliento: i Perezco! (J'y péris!, Chilperic,).

Dagoberto adoptaba el exterior poco pacífico de un guerrero que blandía una daga e iba vestido con una cota de
malla (haiibert) - Dagobert.

San Luis -¿quién lo hubiera dicho?- apreciaba mucho el pulido y el brillo de las piezas de oro recién acuñadas, y
también dedicaba sus ocios a fundir viejos luises para obtener otros nuevos: Luis IX.

En cuanto al pequeño cabo - grandeza y decadencia -, su blasón no precisaba el empleo de ningún personaje. Una
mesa cubierta con su mantel (nappe), y sobre la que aparecía un vulgar cazo (poêlon) bastaban para identificarlo:
Nappe el poêlon, Napoleón...

Estos juegos de palabras, asociados o no a los jeroglíficos, servían a los iniciados como clave para sus
conversaciones verbales. En las obras acroamáticas, se reservaban los anagramas unas veces para enmascarar la
personalidad del autor, y otras para disfrazar el título y sustraer al profano el pensamiento clave. Éste es el caso, en
particular, de un librito muy curioso y tan hábilmente cerrado que resulta imposible saber cuál es su tema. Se
atribuye a Tiphaigne de la Roche, y lleva este título singular: Amilec ou la graine d'hommes (4). Se trata de la
reunión del anagrama y el jeroglífico. Se debe leer Alcmie ou la créme d'Aum. Los neófitos aprenderán que se trata
de un verdadero tratado de alquimia, porque en el siglo XIII se escribía en francés alkimie, alkemie, alkmie; que el
tema científico revelado por el autor se relaciona con la extracción del espíritu incluido en la materia prima o virgen
filosófica, que tiene el mismo signo que la Virgen celeste, el monograma AUM; que finalmente, esta extracción
debe hacerse por un procedimiento análogo al que permite separar la crema de la leche, como enseñan, por otra
parte, Basilio Valentín, Tolio, Filaleteo los personajes del Liber Mutus. Apartando el velo del título al que recubre,
se ve hasta qué punto éste es sugestivo, pues anuncia la divulgación del medio secreto apropiado para la obtención
de aquella crema de leche de virgen que pocos investigadores han tenido la dicha de poseer. Tiphaigne de la Roche,
poco menos que desconocido, fue, sin embargo, uno de los más sabios adeptos del siglo XVIII. En otro tratado
titulado Giphantie (anagrama de Tiphaigne), describe perfectamente el procedimiento fotográfico, y demuestra que
estaba al corriente de las manipulaciones químicas referentes al desarrollo y fijación de la imagen, un siglo antes del
descubrimiento de Daguerre y Niepce de Saint-Victor.

Entre los anagramas destinados a encubrir el nombre de sus autores, señalaremos el de Limojon de Saint-Didier:
Dives sicut ardens, es decir, Sanctus Didiereus, y la divisa del presidente d'Espagnet: Spes mea est in agno. Otros
filósofos han preferido revestirse de seudónimos cabalísticos relacionados más directamente con la ciencia que
profesaban. Basilio Valentín reúne el basileuV rey y el latín Valens, poderoso, a fin de indicar el sorprendente poder
de la piedra filosofal. Ireneo Filaleteo aparece compuesto de tres palabras griegas: EirhaioV , pacífico, jiloV , amigo,
y alheia , verdad. Filaleteo se presenta así como el pacífico amigo de la verdad. Grasseo firma sus obras con el
nombre de Hortulano, con el significado de jardinero (Hortulanus) - de los jardines marítimos, se toma el trabajo de
subrayar -. Ferrari es un monje forjador (ferrarius) que trabaja los metales. Musa, discípulo de Khálid, es MnsthV ,
el iniciado, mientras que su maestro - nuestro maestro para todos - es el calor desprendido por el atanor (lat. calidus,
ardiente), Haly indica sal, en griego alV y las Metamorfosis de Ovidio son las del huevo de los filósofos (ovum, ovi).
Arquelao es más bien el título de una obra que el nombre de un autor: es el principio de la piedra, del griego Arch ,
principio, y l a o V , piedra. Marcelo Palingenio combina Marte, el hierro, el sol y Palingenesia, regeneración, para
designar que realizaba la regeneración del sol, o del oro, por el hierro. Juan Austri, Graciano y Esteban se dividen
los vientos (austri), la gracia (gratia) y la corona SteqcnoV Stephanus). Famano toma por emblema la famosa
castaña, tan renombrada entre los sabios (Fama-nux), y Juan de Sacrobosco tiene en cuenta, sobre todo, el
misterioso bosque consagrado. Ciliano es el equivalente de Cyllenius, de Cilene, montaña de Mercurio, que dio
sobrenombre a ese dios cilenio. En cuanto al modesto Gallinario, se contenta con el gallinero y el corral, donde el
polluelo amarillo, salido de un huevo de gallina negra pronto se convertirá en nuestra mirífica gallina de los huevos
de oro…

Sin abandonar por completo estos artificios de lingüística, los viejos maestros, en la redacción de sus tratados sobre
todo la cábala utilizaron sobre todo la cábala hermética, a la que aún llamaban lenguaie de los pájaros, de los
dioses, gaya, ciencia o gay saber.

Sin abandonar por completo estos artificios de lingüística, los viejos maestros, en la redacción de sus tratados,
utilizaron sobre todo la cábala hermética, a la que aún llamaban lenguaje de los pájaros, de los dioses, gaya, ciencia
o gay saber. De esta manera, pudieron ocultar al vulgo los principios de su ciencia, envolviéndolos con un ropaje
cabalístico. Es esto algo indiscutible y muy conocido. Pero lo que generalmente se ignora es que el idioma del que
los autores tomaron sus términos es el griego arcaico, lengua madre de la pluralidad de los discípulos de Hermes. La
razón por la cual no se advierte la intervención cabalística se debe, precisamente, a que nuestra lengua actual
proviene directamente del griego. En consecuencia, todos los vocablos escogidos en nuestro idioma para definir
ciertos secretos, como tienen sus equivalentes ortográficos o fonéticos griegos, basta conocer bien éstos para
descubrir en seguida el sentido exacto, restablecido, de aquéllos. Pues si nuestro idioma actual, en cuanto al fondo,
es en verdad helénico, su significación se ha visto modificada en el curso de los siglos, a medida que se alejaba de su
fuente. Es el caso del francés, antes de la transformación radical que le hizo sufrir el Renacimiento, decadencia
escondida bajo el concepto de reforma.

La imposición de palabras griegas disimuladas bajo términos actuales correspondientes, de textura semejante, pero
de sentido más o menos corrompido, permite al investigador penetrar con comodidad en el pensamiento. Este es el
método que nosotros hemos utilizado, a ejemplo de los antiguos, y al que hemos recurrido con frecuencia en el
análisis de las obras simbólicas legadas por nuestros antepasados.

Muchos filólogos, sin duda, no compartirán nuestra opinión y continuarán seguros, con la masa popular, de que
nuestra lengua es de origen latino, únicamente porque recibieron la primera noción de ello en los bancos de la
escuela. Nosotros mismos hemos creído y aceptado mucho tiempo como expresión de la verdad lo que enseñaban
nuestros profesores. Sólo más tarde, buscando la prueba de esa filiación por entero convencional, tuvimos que
reconocer la vanidad de nuestros esfuerzos y rechazar el error nacido del prejuicio clásico. Hoy, nada sería capaz de
hacernos rectificar nuestra convicción, santísimas veces confirmada por el éxito obtenido en el orden de los
fenómenos materiales y de los resultados científicos. Por ello afirmamos en voz alta, sin negar la introducción de
elementos latinos en nuestro idioma desde la conquista romana, que nuestra lengua es griega, que somos helenos o,
más exactamente, pelasgos.

A los defensores del neolatinismo francés como Gaston Paris, Littré y Ménage se oponen ahora maestros más
clarividentes, de espíritu amplio y libre, como Hins, J. Lefebvre, Louis de Fourcaud, Granier de Cassagnac, el abate
Espagnolle (J. - L. Dartois), etc. Y con mucho gusto estamos con ellos porque, a despecho de las apariencias,
sabemos que han visto claro, y que han juzgado con espíritu sano y que siguen la vía simple y recta de la verdad, la
única capaz de conducir a los grandes descubrimientos.

«En 1872 -escribe J.-L. Dartois (5) -, Granier de Cassagnac, en una obra de erudición maravillosa y de un estilo
agradable que lleva por título Histoire des origines de la langue française, puso el dedo en la llaga de la inanidad de
la tesis del neolatinismo, que pretende probar que el francés es latín evolucionado. Demostró que semejante tesis no
era sostenible, pues chocaba con la Historia, con la lógica, con el buen sentido y, en fin, que nuestro idioma la
rechazaba (6) ... Algunos años más tarde, M. Hins probaba, a su vez, en un estudio muy documentado aparecido en
la Revue de Linguistique, que de todos los trabajos del neolatinismo no se podía concluir más que en el parentesco y
no en la filiación de las lenguas llamadas neolatinas... Finalmente, J. Lefebvre, en dos notables artículos muy leídos
publicados en junio de 1892 en la Nouvelle Revue demolía desde su misma base la tesis del neolatinismo,
estableciendo que el abate Espagnolle, en su obra I'Origine du français, estaba en lo cierto; que nuestra lengua,
como así lo habían entrevisto los más grandes sabios del siglo XVI, era griega; que el dominio romano en la Galia
no había hecho sino cubrirla de una ligera capa de latín sin alterar en absoluto su genio.» Más adelante, el autor
añade: «Si pedimos al neolatinismo que nos explique cómo el pueblo galo, que comprendía no menos de siete
millones de personas, pudo olvidar su lengua nacional y aprender otra, o más bien, cambiar la lengua latina en
lengua gala, lo cual es más difícil; cómo unos legionarios que, en su mayoría, ignoraban ellos mismos el latín y se
estacionaban en campamentos reducidos, separados unos de otros por vastas espacios, pudieron, no obstante,
convertirse en los pedagogos de las tribus galas y enseñarles la lengua de Roma, es decir, operar en las Galias tan
sólo un prodigio que las otras legiones romanas no pudieron conseguir en ninguna otra parte, ni en Asia, ni en
Grecia, ni en las Islas Británicas; cómo, finalmente, los vascos y los bretones lograron conservar sus idiomas, en
tanto que sus vecinos, los habitantes del Bearn, del Maine y del Anjou perdían los suyos y se veían obligados a
hablar en latín.» Esta objeción es tan grave que Gaston Paris, jefe de la escuela, es el encargado de responder a ella.
«Nosotros, los neolatinos, no estamos obligados - dice, en sustancia - a resolver las dificultades que pueden plantear
la lógica y la Historia. Nosotros no nos ocupamos más que del hecho filológico, y este hecho domina el problema, ya
que prueba, él solo, el origen latino del francés, del italiano y del español.» « ... Por supuesto - le responde J.
Lefebvre - que el hecho filológico sería decisivo si estuviera bien y debidamente fundamentado, pero no lo está del
todo. Con todas las sutilezas del mundo, el neolatinismo no llega, en realidad, sino a comprobar la trivial realidad de
que hay una cantidad bastante grande de palabras latinas en nuestra lengua, y eso jamás lo ha impugnado nadie.»

En cuanto al hecho filológico invocado, pero en absoluto demostrado, por Gaston Paris para tratar de justificar su
tesis, J.-L.. Dartois demuestra su inexistencia apoyándose en los trabajos de Petit-Radel. «Al pretendido hecho
filológico latino - escribe -, puede oponerse el hecho griego evidente. Este nuevo hecho filológico, el único
verdadero y demostrable, tiene una importancia capital, ya que prueba, sin discusión, que las tribus que vinieron a
poblar el Occidente de Europa eran colonias pelásgicas, y confirma el hermoso descubrimiento de Petit-Radel. Se
sabe que este modesto sabio leyó en 1802, ante el Instituto de Francia, un trabajo notable para demostrar que los
monumentos de bloques poliédricos que se encuentran en Grecia, Italia, Francia y hasta en el interior de España y
que se atribuían a los cíclopes, son obra de los pelasgos. Esta demostración convenció al Instituto, y desde entonces
no se ha manifestado ninguna duda sobre el origen de esos monumentos... La lengua de los pelasgos era el griego
arcaico, compuesto sobre todo de los dialectos eolio y dórico,y justamente ése es el griego que se encuentra en todas
partes en Francia, incluso en el argot de París.»

El lenguaje de los pájaros es un idioma fonético basado únicamente en la asonancia. No se tiene, pues, en cuenta
para nada la ortografía, cuyo rigor mismo sirve de freno a los espíritus curiosos y les hace inaceptable toda
especulación realizada fuera de las reglas de la gramática. «Yo no me preocupo más que las cosas útiles - dice san
Gregorio en el siglo VI, en una carta que sirve de prefacio a sus Morales -, sin ocuparme del estilo, ni del régimen
de las preposiciones, ni de las desinencias, porque no es digno de un cristiano sujetar las palabras de la Escritura a
las reglas de la gramática.» Esto significa que el sentido de los libros sagrados no es en absoluto literal, y que
resulta indispensable saber dar con su espíritu por la interpretación cabalística, como se tiene por costumbre hacer a
fin de comprender las obras alquímicas. Los raros autores que han hablado de la lengua de los pájaros le atribuyen
el primer lugar en el origen de las lenguas. Su antigüedad se remontaría a Adán, que la habría utilizado para
imponer, bajo las órdenes de Dios, los nombres apropiados para definir las características de los seres y de las cosas
creadas. De Cyrano Bergerac (7) refiere esta tradición cuando, nuevo habitante de un mundo vecino al Sol, se hace
explicar lo que es la cábala hermética por «un hombrecillo en cueros vivos, sentado en una piedra», figura expresiva
de la verdad simple y sin vestimentas, sentada en la piedra natural de los filósofos.

«No recuerdo si le hablé primero - dice el gran iniciado - o si fue él quien me interrogó, pero tengo la memoria muy
fresca, como si aún lo escuchara, de que me habló durante tres largas horas en una lengua que estoy seguro de no
haber oído jamás, y que no tiene la menor relación con ninguna de este mundo, pero yo la comprendí más rápida y
más inteligiblemente que la de mi nodriza. Me explicó, cuando inquirí acerca de algo tan maravilloso, que en las
ciencias había una Verdad fuera de la que siempre se está alejado de lo fácil, y que cuanto más un idioma se alejaba
de esa Verdad, más se hallaba por debajo de la concepción y resultaba de menos fácil inteligencia. "Igualmente -
continuó -, en la música, esa Verdad no se encuentra jamás hasta que el alma, de pronto transportada, se dirige a ella
ciegamente. Nosotros no la vemos, pero sentimos que la Naturaleza la ve, y sin poder comprender de qué forma nos
vemos absorbidos, quedamos cautivados y no sabríamos señalar dónde está. Lo mismo pasa con las lenguas. Quien
dé con esa verdad de letras, de palabras y de frases jamás puede, al expresarse, caer por debajo de su concepción;
siempre habla igual a su pensamiento y es por no poseer el conocimiento de ese idioma perfecto por lo que os
quedáis corto, sin conocer el orden ni las palabras que puedan expresar lo que imagináis." Yo le dije que el primer
hombre de nuestro mundo se había servido, indudablemente, de esa lengua, porque cada nombre que impuso a las
cosas declaraba su esencia. Me interrumpió y continuó: "No es simplemente necesaria esa lengua para expresar todo
lo que el espíritu concibe, sino que, sin ella, no se puede ser comprendido por todos. Como este idioma es el instinto
o la voz de la naturaleza, debe ser inteligible a todo lo que vive y compete a la Naturaleza. Por eso, si la conocierais,
podríais comunicaras y discurrir sobre todos vuestros pensamientos con las bestias (8), y las bestias con vos de los
suyos, ya que es el lenguaje mismo de la Naturaleza, por el que ella se hace comprender de todos los animales. Que
la facilidad, pues, con que comprendéis el sentido de una lengua que jamás sonó a nuestro oído ya no os sorprenda
más. Cuando hablo, vuestra alma vuelve a hallar, en cada una de mis palabras, esa Verdad que ella busca a tientas, y
aunque su razón no la comprenda, tiene en sí a Naturaleza, que no puede dejar de comprenderla."»

Pero este lenguaje secreto, universal e indefinido, pese a la importancia y la veracidad de su expresión es, en
realidad, de origen y de genio griegos, como nos explica nuestro autor en su Historia de los pájaros. Hace hablar
encinas seculares - alusión a la lengua de que se servían los druidas Druidai , de DruV , encina)- de esta manera:
«Contempla las encinas de donde nos hallamos y que tienes ante tu vista: somos nosotras las que te hablamos, y si te
sorprendes de que hablemos una lengua usada en el mundo del que procedes, sabe que nuestros primeros padres son
originarios de él, y vivían en el Epiro, en el bosque Dodona, donde su bondad natural los impulsó a poner oráculos
al alcance de los afligidos que los consultaban. Por esa razón, habían aprendido la lengua griega, la más universal
que existía entonces, a fin de ser comprendidos.» La cábala hermética se conocía en Egipto, al menos, por parte de
la casta sacerdotal, como testimonia la invocación del papiro de Leiden: « ... Te invoco a ti, el más poderoso de los
dioses, que todo lo has creado; a ti, nacido de ti mismo, que lo ves todo sin poder ser visto... Te invoco bajo el
nombre que posees en la lengua de los pájaros, en la de los jeroglíficos, en la de los judíos, en la de los egipcios, en
la de los cinocéfalos..., en la de los gavilanes, en la lengua hierática.» Volvemos aún a encontrarnos con este idioma
entre los incas, soberanos del Perú hasta la conquista española, y los escritores antiguos lo llaman lengua general
(universal) y lengua cortesana, es decir la lengua diplomática, porque incluye una significación doble,
correspondiente a una doble ciencia, la una aparente y la otra profunda (diplh , doble, y madh , ciencia). «La cábala -
dice el abate Perroquet (9) - era una introducción al estudio de todas las ciencias.»
Al presentarnos la poderosa personalidad de Roger Bacon, cuyo genio brilla en el firmamento intelectual del siglo
XIII como un astro de primera magnitud, Armand Parrot (10) nos describe cómo pudo obtener la síntesis de las
lenguas latinas y poseer una práctica tan extensa de la lengua madre que podía, con ella, enseñar en poco tiempo los
idiomas considerados como los más ingratos. Es ésa, se reconocerá, una particularidad realmente maravillosa de ese
lenguaje universal que se nos aparece a la vez con la mejor clave de las ciencias y el más perfecto método de
humanismo. « Bacon - escribe el autor - sabía el latín, el griego, el hebreo y el árabe, y habiéndose colocado con ello
en situación de obtener una rica instrucción en la literatura antigua, había adquirido un conocimiento razonado de las
dos lenguas vulgares que tenía necesidad de saber; la de su país natal y la de Francia. De esas gramáticas
particulares, un espíritu como el suyo no podía dejar de elevarse a la teoría general del lenguaje, y se abrió las dos
fuentes de que aquéllas manan y que son, por una parte, la composición positiva de muchos idiomas y por otra el
análisis filosófico del entendimiento humano, la historia natural de sus facultades y de sus concepciones. También lo
vemos aplicado, casi solo en todo su siglo, en comparar vocabularios, en aproximar sintaxis, en buscar las relaciones
del lenguaje con el pensamiento y en medir la influencia que el carácter, los movimientos y las formas tan variadas
del discurso ejercen sobre las costumbres y las opiniones de !os pueblos. Se remontaba así a los orígenes de todas las
nociones simples o complejas, fijas o variables, verdaderas o erróneas que la palabra expresaba. Esta gramática
universal le parecía la verdadera lógica y la mejor filosofía, y le atribuía tanto poder, que, con ayuda de tal ciencia,
se creía capaz de enseñar el griego o el hebreo en tres días (11), así como a su joven discípulo, Juan de París, le
había enseñado en un año lo que a él le había costado cuarenta de aprender. «¡Fulgurante rapidez de la educación del
buen sentido! ¡Extraño poder - dice Micheletet de sacar a la superficie, con chispa eléctrica, la ciencia preexistente
en el cerebro del hombre!»

Notas
1 Edouard Fournier, Enigmes des rues de Paris. París, E. Dentu, 1860.
2 La palabra cábala es una deformación del griego carqan , que chapurrea o habla una lengua bárbara.
3 Hay aquí identidad absoluta de figuración y de sentido con la cábala expresada en los grabados de ciertas viejas
obras como, en particular, El sueño de Polifilo, El rey Salomón se representa siempre por una mano que sostiene una
rama de sauce (saule): saule a maia, Salomón. Una margarita (marguerite) significa me echa de menos (me
regrette), etc. En este sentido conviene analizar los dichos y maneras de hablar de Pantagruel y de Gargantua si
quiere averiguarse todo cuanto está «escondido» en la obra del notable iniciado que fue Rebeláis.
4 Esta obrita de dieciseisavo, muy bien escrita, pero que no lleva lugar de edición ni nombre del editor, fue
publicada hacia 1753.
5 nJ. L. Dartois, Le Néo-latinisme. París, Societé des Auteurs- Editeurs, 1909, p. 6.
6 «El latín, síntesis clara de las lenguas rudimentarias de Asia, pero simple intermediario en lingüística, especie de
telón co. rrido sobre la escena del mundo, fue una enorme superchería favorecida por una fonética diferente de la
nuestra, lo que disimulaba los pillajes, y debió de hacerse después de la batalla del Alia, durante la ocupación
senonesa (390-345 antes de J. C.).» - A. Champrosay, Les Illiiminés de Cabarose, París, 1920, página 54.
7 De Cyrano Bergerac, L'Autre Monde. Histoire comique des Etats et Empires du Soleil. París, Bauche, 1910; J. J.
Pauvert, París, 1962, presentación de C. Mettra y J. Suyeux, p. 170.
8 El célebre fundador de la orden de los franciscanos, a la que pertenecía el ilustre adepto Francis Bacon, conocía
perfectamente la cábala hermética: san Francisco sabía hablar con los pájaros.
9 Perroquet, presbítero, La Vie et le Martyre du Docteur Illuminé, le Bienheureux Raymond Lulle. Vendóme, 1667.
10 Armand Parrot, Roger Bacon, sa personne, son génie, ses æuvres et ses contemporains. París, A. Picard, 1894,
pp. 48 y 49.
11 Cf. Epist. De Laude sacræ Scripturæ, and Clement IV. -De Gérando, Histoire comparée des systèmes de
Philosophie, t. IV, capítulo XXVII, p. 541. - Histoire littéraire de la France, t. XX, páginas 233-234.
LIBRO SEGUNDO

La salamandra de Lisieux
Pequeña ciudad normanda que debe a sus numerosas casas de madera y a sus fachadas rematadas con piñones
escalonados el pintoresco aspecto medieval con que la conocemos, Lisieux, respetuosa hacia el tiempo pasado, nos
ofrece, entre otras muchas curiosidades, una hermosa y en extremo interesante mansión de alquimista.

Casa modesta, en verdad, pero que demuestra en su autor el deseo de humildad que los afortunados beneficiarios del
tesoro hermético hacían voto de respetar durante su vida entera. Este edificio suele designarse con el nombre de
«Manoir de la Salamandre», y ocupa el número 19 de la rue aux Févres.

Pese a nuestras investigaciones, nos ha resultado imposible obtener la menor información acerca de sus primeros
propietarios, a los que no se conoce. Nadie sabe en Lisieux o fuera de ella por quién fue construida la casa en el
siglo XVI, ni quiénes fueron los artistas que la decoraron. Para no defraudar a la tradición, sin duda, la Salamandra
guarda celosamente su secreto y el del alquimista. Sin embargo, en 1834, se escribió acerca de la mansión (1) , pero
limitándose a la descripción pura y simple de los temas esculpidos que el turista puede admirar en la fachada
mención rista puede admirar en la fachada. Esta mención y algunas líneas en la Statistique munumentale du
Calvados, de Caumont (Lisieux, tomo V) representan todo cuanto ha aparecido sobre la mansión de la Salamandra.
Es poco, y lo sentimos, pues la minúscula pero deliciosa morada, edificada por la voluntad de un verdadero adepto,
decorada con motivos tomados del simbolismo hermético y de la alegoría tradicional, merece mejor suerte. Bien
conocida por los lexovianos es ignorada por el gran público, tal vez incluso por muchos amantes del arte, pese a que
su decoración, tanto por su abundancia y su variedad como por su hermosa conservación, autoriza a clasificar el
edificio entre los mejores del género. Hay aquí una laguna rnolesta, y trataremos de colmarla subrayando, a la vez, el
valor artístico de esta elegante mansión y la enseñanza iniciática que se desprende de sus esculturas.

El estudio de los motivos de la fachada nos permite afirmar, con la convicción nacida de un análisis paciente, que el
constructor del «Manoir» fue un alquimista instruido que dio la medida de su talento; en otros términos, un adepto
poseedor de la piedra filosofal. Certificamos, asimismo, que su afiliación a algún centro esotérico, que tenía muchos
puntos de contacto con la dispersa orden de los templarios, se revela como indiscutible. Pero, ¿cuál podía ser aquella
fraternidad secreta que se honraba en contar entre sus miembros al sabio filósofo de Lisieux? Forzados nos vemos a
confesar nuestra ignorancia y a dejar la cuestión en suspenso. Sin embargo, y aunque sintamos una invencible
repugnancia por la hipótesis, la verosimilitud, la relación de fechas y la proximidad de los lugares nos sugieren
ciertas conjeturas que vamos a exponer a título de indicación y con todas las reservas.

Aproximadamente un siglo antes de la construcción del «Manoir» de Lisieux, tres compañeros alquimistas
«laboraban» en Flers (Orne), donde realizaban la Gran Obra en el año 1420. Eran Nicolas de de Grosparmy (2),
gentilhombre, Nicolas o Nöel Vallois, llamado tambié Le Vallois, y un sacerdote de nombre Pierre Vicot o Vitecoq.
Este ultimo se califica a sí mismo de «capellán y servidor doméstico del señor de Grosparmy». Tan sólo D-e-
Grosparmy poseía alguna fortuna con el título de señor y el de conde de Flers. Sin embargo, fue Valois quien
descubrió primero la práctica de la Obra y la enseñó a sus compañeros, como lo da a entender en sus Cinq Livres.
Tenía entonces cuarenta y cinco años, lo que sitúa la fecha de su nacimiento en el año 1375. Los tres adeptos
escriben diferentes obras entre los años 1440 y 1450 (3). Ninguno de estos libros ha sido impreso jamás, por
supuesto. Según una nota anexa al manuscrito número 158 (125) de la biblioteca de Rennes, un gentilhombre
normando, Bois Jeuffroy, habría heredado todos los tratados originales de Nicolas de Grosparmy, Valois y Vicot.
Vendió la copia completa de los mismos «al difunto señor conde de Flers, mediante 1.500 libras y un caballo de
precio». Este conde de Flers y barón de Tracy es Louis de Pellevé, muerto en 1660, bisnieto, por línea femenina, del
autor Grosparmi (4).

Pero estos tres adeptos que residían y trabajaban en Flers en la primera mitad del siglo XV se citan sin la menor
razón como si pertenecieran al siglo XVI. En la copia que posee la biblioteca de Rennes, se dice con claridad, no
obstante, que habitaban en el castillo de Flers, del que Grosparmy era propietario, «en el cual lugar hicieron la Obra
filosófica y compusieron sus libros». El error inicial, consciente o no, procede de un anónimo autor de las notas
tituladas Remarques, escritas al margen de algunas copias manuscritas de las obras de Grosparmy que pertenecieron
al químico Chevreul. Este, sin controlar, por lo demás, la cronología fantástica de estas notas, aceptó las fechas,
sistemáticamente atrasadas un siglo por el escritor anónimo, y todos los autores lo siguieron y arrastraron a porfía
aquel error imperdonable. Vamos a restablecer la verdad brevemente. Alfred de Caix (5), después de haber dicho
que Louis de Pelleve murió en la miseria en 1660, añade: «Según el documento que precede, la tierra de Flers habría
sido adquirida por Nicolas de Grosparmy, pero el autor de las Remarques está aquí en contradicción con el señor de
la Ferriére (6), que cita en la fecha de 1404 a un tal Raoul de Grosparmy como señor del lugar.» Nada es más cierto,
aunque, por otra parte, Alfred de Caix parezca aceptar la cronología falsificada del anotador desconocido. En 1404,
Raoul de Grosparmy era, en efecto, señor de Beauville y de Flers, y aunque no se sepa a título de qué se convirtió en
propietario, el hecho no puede ser puesto en duda. «Raoul de Grosparmy -escribe el conde Hector de la Ferriére
debe de ser el padre de Nicolas de Grosparmy, quien dejó tres hijos de Marie de Roeux, Jehan de Grosparmy,
Guillaume y Mathurin de Grosparmy, y una hija, Guillemette de Grosparmy, casada el 8 de enero de 1496 con
Germain de Grimouville. En esta fecha, Nicolas de Grosparmv había muerto, y Jehan de Grosparrny, barón de Flers
(7), su primogénito, y Guillaume de Grosparrny, su segundo hijo, concedieron a su hermana, en consideración a su
casamiento, trescientas libras tornesas en dinero contante, y una renta de veinte libras por año readquirible por el
precio de cuatrocientas libras tornesas (8).»

He aquí, pues, perfectamente establecido que las fechas que constan en las copias de los diversos manuscritos de
Grosparmy y de Valois son rigurosamente exactas y del todo auténticas. A partir de ese momento, podríamos
considerarnos eximidos de buscar la concordancia biográfica y cronológica de Nicolas Valois, ya que está
demostrado que fue el compañero y comensal del señor y conde de Flers. Pero es conveniente todavía descubrir el
origen del error imputable al comentarista, tan mal informado, de los manuscritos de Chevreul. Digamos, asimismo,
que podría proceder de una homonimia molesta, a menos que nuestro anónimo, cambiando todas las fechas, haya
querido hacer el honor a Nicolas Valois del suntuoso palacio de Caen, construido por uno de sus sucesores.

Nicolas Valois pasa por haber adquirido, hacia el final de su vida, las cuatro tierras de Escoville, de Fontaines, de
Mesnil-Guillaume y de Manneville. El hecho, no obstante, no ha sido probado en absoluto, pues ningún documento
lo confirma aparte la afirmación gratuita y sujeta a reservas del autor de las Remarques ya citadas. El viejo
alquimista, artesano de la fortuna de los Le Vallois y señores d'Escoville vivió como un sabio, según los preceptos
de disciplina y de moral filosóficas. Quien escribía a su hijo, en 1445, que « la paciencia es la escalera de los
filósofos, y la humildad, la puerta de su jardín» no podía seguir el ejemplo ni llevar la vida de los poderosos sin
traicionar sus convicciones. Es probable, pues, que a los setenta años, sin otra preocupación material que sus obras,
acabara en el castillo de Flers una existencia de labor, de calma y de simplicidad en compañía de los dos amigos con
quienes había realizado la Gran Obra. Sus últimos años, en efecto, fueron consagrados a la redacción de las obras
destinadas a moldear la educación científica de su hijo, conocido, tan sólo con el epíteto del «piadoso y noble
caballero (9)» al que Pierre Vicot dispensaba instrucción iniciática oral. El sacerdote Vicot es quien se sobrentiende,
en efecto, en ese pasaje del manuscrito de Valois: «En el nombre de Dios todopoderoso, sabe, hijo mío bienamado
cuál es mi intención por los extremos que a continuación declaro. Cuando, en los últimos días de mi vida, mi cuerpo
esté presto a ser abandonado por mi alma y no haga sino esperar la hora del Señor y del último suspiro, es mi deseo
dejarte como testamento y última voluntad estas palabras, por las cuales te serán enseñadas muchas cosas hermosas
relativas a la muy digna trasmutación metálica... Por eso te he hecho enseñar los principios de la filosofía natural, a
fin de hacerte más capaz para esta santa ciencia. (10)»

Los Cinco Libros de Nicolas Valois, en el comienzo de los cuales figura este pasaje, llevan la fecha de 1445 -sin
duda, la de su terminación-, lo que permitiría pensar que el alquimista, contrariamente a la versíón del autor de las
Remarques, murió a una edad avanzada. Puede suponerse que su hijo, educado e instruido según las reglas de la
sabiduría hermética, tuvo que contentarse con adquirir las tierras del señorío de Escoville, o de percibir las rentas si
había heredado aquéllas de Nicolas Valois. Sea como fuere, y aunque ningún testimonio escrito venga en nuestra
ayuda para colmar esta laguna, una cosa sigue siendo cierta, y es que el hijo del alquimista, adepto a su vez, .jamás
mandó edificar todo o parte de esa propiedad, no dio un solo paso para la contirmación del título que estaba
vinculado a ella y nadie, en fin, sabe si vivió en Flers como su padre o si fijó su residencia en Caen. Probablemente,
se debe al primer poseedor reconocido de los títulos de hidalgo y señor de Escoville, de Mesnil-Guillaume y otros
lugares a quien se debe el proyecto de edificación del palacio del Grand-Cheval, realizado por Nicolas Le Vallois, su
primogénito, en la ciudad de Caen. En todo caso, sabemos de buena fuente que Jean Le Vallois, primero de ese
nombre, nieto de Nicolas, «compareció el 24 de marzo de 1511 vestido con brigantina y con celada a la prueba de
los nobles de la bailía de Caen, según un certificado del teniente general de dicha bailía, fechado el mismo día».
Dejó a Nicolas Le Vallois, señor de Escoville y de Mesnil-Guillaume, nacido el año 1494 y casado el 7 de abril de
1534 con Marie du Val, que le dio por hijo a Louis de Vallois, hidalgo, señor de Escoville, nacido en Caen el. 18 de
setiembre de 1536, el cual se convirtió, a continuación, en consejero secretario del rey.

Es, pues, Nicolas Le Vallois, bisnieto del alquimista de Flers, quien manda emprender los trabajos del palacio de
Escoville, los cuales exigieron unos diez años, aproximadamente, de 1530 a 1540 (11). Al mismo Nicolas Le Vallois
nuestro anónimo, engañado tal vez por la similitud de los nombres, atribuye los trabajos de Nicolas Valois, su
antepasado, transportando a Caen lo que tuvo por teatro Flers. Según informe de De Bras (Les Recherches et
antiquitez de la ville de Caen, p. 132), Nicolas Le Vallois habría muerto joven, en 1541. «El viernes, día de Reyes,
de mil quinientos cuarenta y uno -escribe el historiador-, Nicolas Le Vallois, señor de Escoville, Fontaines, Mesnil-
Guillaume y Manneville y el más opulento de la ciudad entonces, cuando debía sentarse a la mesa, en la sala del
pabellón de esa hermosa y soberbia morada, cerca del Carrefour Saint-Pierre, que había hecho edificar el año
precedente, al comer una ostra, a la edad, más o menos, de cuarenta y siete años, cayó muerto de súbito de una
apoplejía que le sofocó.»

En la localidad, se designaba el palacio de Escoville con el nombre de Hótel du Grand-Cheval . Según el testimonio
de Vauquelin des Yveteaux, Nicolas Le Vallois, su propietario, habría consumado la Gran Obra «en la ciudad donde
los jeroglíficos de la mansión que hizo construir y que se ve aún, en la plaza de Saint-Pierre, frente a la gran iglesia
de ese nombre, dan fe de su ciencia».«Habría pues jeroglíficos – añade Robillard de Beaurepaire- en las esculturas
del palacio del Grand-Cheval (12), y sería entonces posible que todos esos detalles, que parecen incoherentes,
tuvieran una significación muy precisa para el autor de la construcción y para todos los adeptos de la ciencia
hermética, versados en las fórmulas misteriosas de los antiguos filósofos, de los magos, de los bracmanes y de los
cabalistas.» Por desgracia, de todas las estatuas que decoraban aquella elegante morada, la pieza principal, desde el
punto de vista alquímico, era «aquella que, colocada encima de la puerta, chocaba primero a la vista del transeúnte y
había dado su nombre a la vivienda, el Grand-Cheval descrito y celebrado por todos los autores contemporáneos ya
no existe hoy». Esta estatua fue implacablemente destrozada en 1793. En su obra titulada Les origines de Caen,
Daniel Huet sostiene que la escultura ecuestre pertenecía a una escena del Apocalipsis (cap. XIX, V. 11), contra la
opinión de Bardou, párroco de Cormelles, que veía en ella a Pegaso, y de De la Roque, que reconocía la propia
efigie de Hércules. En una carta dirigida a Daniel Huet por el padre De la Ducquerie, éste dice que «la figura del
gran caballo que se halla en el frontispicio de la mansión de Monsicur Le Valois d'Escoville no es, como ha creído
Monsicur De la Roque, y tras él muchos otros, un Hércules, sino una visión del Apocalipsis. Ello viene reforzado
por la inscripción que hay debajo. En el muslo de ese caballo aparecen escritas estas palabras del Apocalipsis: Rex
Regum et Dominus Dominantium, el Rey de reyes y Señor de señores». Otro corresponsal del sabio prelado de
Avranches, el médico Dubourg, entró a este respecto en detalles más circunstanciados. «Para responder a vuestra
carta -escribía-, empiezo por deciros que hay dos representaciones en bajo relieve: una, arriba, donde se representa
este gran caballo en el aire, con las nubes bajo sus pies delanteros. El hombre que está debajo tenía ante sí una
espada, pero ésta ya no está. Sostiene en su mano derecha una larga verga de hierro. Encima y detrás de él, aparecen
en el aire caballeros que lo siguen y delante y encima, un ángel en el sol. Bajo el bocel de la puerta hay todavía una
representación del hombre a caballo, en pequeño, sobre un montón de cuerpos muertos y de caballos que devoran las
aves. Está de cara a Oriente, al contrario que el otro, y ante él aparece representado el falso profeta, así como el
dragón de muchas cabezas y unos jinetes contra los que parece ir el caballero. Vuelve la cabeza atrás como para ver
la representación del falso profeta y del dragón, que entra en un viejo castillo de donde salen llamas y en las que ese
falso profeta tiene ya metido medio cuerpo. Hay una inscripción en el muslo del gran caballero, y en muchos sitios,
como Rey de reyes, Señor de los señores y otras tomadas del capítulo XIX del Apocalipsis. Como esas letras no
están grabadas, creo que han sido escritas no hace mucho, pero hay un mármol en lo alto donde aparece escrito: "Y
era su nombre, la palabra de Dios." (13) »

Nuestra intención no es, en absoluto, emprender aquí el estudio de la estatuaria simbólica encargada de expresar o
exponer los principales arcanos de la ciencia. Esta morada filosofal, muy conocida y a menudo descrita, podrá ser
tema de initerpretaciones personales de los amantes del arte sagrado. Nosotros nos limitaremos a señalar algunas
figuras particularmente instructivas y dignas de interés. En primer lugar, está el dragón del tímpano mutilado de la
puerta de entrada, a la izquierda, bajo el peristilo que precede la escalera del cimborrio. En la fachada lateral, dos
bellas estatuas que representan a David y Judit deben merecer atención. La última va acompañada de una sextilla de
la época:
Ont voit icy le pourtraict
De Judith la vertueuse
Comme par un hautain faict
Coupa la teste fumeuse
D'Holopherne qui I'heureuse
Jerusalem eut defaict . (14)

Encima de esas grandes figuras, se ven dos escenas, una de las cuales representa el rapto de Europa, y la otra, la
liberación de Andrómeda por Perseo, y ambas ofrecen un significado análogo al del fabuloso rapto de Deyanira,
seguido de la muerte de Neso, que analizaremos más tarde al hablar del mito de Adán y Eva. En otro pabellón, se lee
en el friso interior de una ventana: Marsyas victus obmutescit. «Se trata -dice Robillard de Beaurepaire- de una
alusión al torneo musical entre Apolo y Marsias, en el que figuran, en calidad de comparsas, los portadores de
instrumentos (15) que distinguimos más arriba. Finalmente, para coronar el conjunto, encima del linternón hay una
figurilla, hoy muy desgastada, en la que Sauvageon creyó poder reconocer, hace muchos años, a Apolo, dios del día
y de la luz, y debajo de la cúpula de la gran claraboya, en una especie de templete áptero, la estatua muy reconocible
de Príapo. «Nos veríamos, por ejemplo -añade el autor-, en un gran aprieto para explicar qué significado preciso hay
que atribuir al personaje de grave fisonomía que se toca con un turbante hebraico; al que emerge tan vigorosamente
de un óculo pintado, mientras que su brazo atraviesa el espesor del entablamento; a una hermosísima representación
de santa Cecilia tañendo una tiorba; a los forjadores, cuyos martillos, en la parte baja de las pilastras, golpean un
yunque inexistente; a las decoraciones exteriores, tan originales, de la escalera de servicio con la divisa: Labor
improbus omnia vincit... (16) Tal vez no hubiera sido inútil, por otra parte, para penetrar el sentido de todas esas
esculturas, investigar acerca de las tendencias espirituales y de las ocupaciones habituales de quien así las prodigó
en su casa. Se sabe que el señor de Escoville era uno de los hombres más ricos de Normandía, y lo que se sabe
menos es que, desde siempre, se había entregado con apasionado ardor las investigaciones misteriosas de la
alquimia.» De esta sucinta exposición debemos retener, sobre todo, que existía en Flers, en el siglo XV, un núcleo
de filósofos herméticos; que éstos pudieron formar discípulos -lo que viene confirmado por la ciencia transmitida a
los sucesores de Nicolas Valois, los señores de Escoville- y crear un centro iniciático; que la ciudad de Caen se halla
a una distancia casi igual de Flers y de Lisieux, por lo que sería posible que el adepto desconocido, retirado al
Manoir de la Salamandre hubiera recibido su primera instrucción de algún maestro perteneciente al grupo oculto de
Flers o de Caen.

En esta hipótesis no hay imposibilidad material ni inverosimilitud, pero aun así no nos atreveríamos a otorgarle más
valor del que puede esperarse de esta clase de suposiciones. Asimismo, rogamos al lector que la admita como la
ofrecemos, es decir, con la mayor reserva y a simple título de probabilidad.

Henos aquí en la entrada, cerrada desde hace tiempo, de la hermosa vivienda.

La belleza del estilo, la feliz selección de los motivos y la delicadeza de la ejecución hacen de esta puertecita uno de
los más agradables ejemplares de la escultura en madera del siglo XVI. Es un goce para al artista, como es un tesoro
para el alquimista, este paradigma hermético exclusivamente consagrado al simbolismo de la vía seca, la única que
los autores han reservado sin suministrar ninguna explicación sobre ella.

Pero con el fin de hacer más asequible a los estudiantes el valor particular de los emblemas analizados, respetaremos
el orden del trabajo, sin dejarnos guiar por consideraciones de lógica arquitectónica o de orden estético.

En el tímpano de la puerta con paneles esculpidos, se advierte un interesante grupo alegórico compuesto por un león
y una leona enfrentados cara a cara. Ambos sostienen con sus patas anteriores una máscara humana que personifica
el Sol, rodeado de un bejuco curvado que forma el mango de un espejo. León y leona, principio masculino y virtud
femenina, reflejan la expresión física de las dos naturalezas, de forma semejante, pero de propiedades contrarias que
el arte debe elegir al comienzo de la práctica. De su unión, consumada según ciertas reglas secretas, proviene aquella
doble naturaleza, materia mixta que los sabios han llamado andrógino, su hermafrodita o Espejo del Arte. Esta
sustancia, a la vez positiva y negativa, paciente que contiene su propio agente, es la base y fundamento de la Gran
Obra. De estas dos naturalezas, consideradas por separado, la que desempeña el papel de materia femenina es la
única representada y llamada alquímicamente con el cuervo que sostiene una viga del piso superior. Se ve la figura
de un dragón alado de cola retorcida en lazo. Este dragón es la imagen y el símbolo del cuerpo primitivo y volátil,
verdadero y único elemento sobre el que se debe trabajar al principio. Los filósofos le han dado una multitud de
nombres diversos, fuera de aquel con que es conocido vulgarmente. Esto ha causado y causa aún tanto apuro, tanta
confusión a los principiantes, sobre todo a los que se preocupan poco de los principios e ignoran hasta dónde puede
extenderse la posibilidad de la Naturaleza. Pese a la opinión general que pretende que nuestro objeto no ha sido
jamás designado, afirmamos, al contrario, que muchas obras lo nombran y que todas lo describen. Pero si se cita
entre los buenos autores, no podría sostenerse que sea subrayado ni mostrado de forma expresa. Incluso a menudo se
encuentra clasificado entre los cuerpos rechazados como impropios o extraños a la Obra. Procedimiento clásico del
que los adeptos se han servido para apartar a los profanos y ocultarles la entrada secreta de su jardín.

Su nombre tradicional de piedra de los filósofos, retrata con bastante fidelidad este cuerpo para servir de base útil
para su identificación. Es, en efecto, en verdad, una piedra porque presenta al salir de la mina los caracteres
exteriores comunes a todos los minerales. Es el caos de los sabios en el cual los cuatro elementos están encerrados,
pero confusos y desordenados. Es nuestro anciano y el padre de los metales, y éstos le deben su origen puesto que
representa la primera manifestación metálica terrestre. Es nuestro arsénico, el cadmio, el antimonio, la blenda, la
galena, el cinabrio, el colcotar, el oricalco el rejalgar, el oropimente, la calamina, la tucía, el tártaro, etcétera. Todos
los minerales, por la voz hermética, le han rendido el homenaje de su nombre. Aún se le llama dragón negro
cubierto de escamas, serpiente venenosa, hija de Saturno y «la más amada de sus criaturas». Esta sustancia primaria
ha visto interrumpida su evolución por interposición y penetración de un azufre infecto y combustible que empasta
el mercurio puro, lo retiene y lo coagula. Y aunque sea enteramente volátil, este mercurio primitivo, corporeizado
bajo la acción secativa del azufre arsenical, toma el aspecto de una masa sólida, negra, densa, fibroso, quebradiza,
friable, cuya escasa utilidad la convierte en vil, abyecta y despreciable a los ojos de los hombres. En este tema -
pariente pobre de la familia de los metales-, el artista esclarecido encuentra, sin embargo, todo cuanto necesita para
comenzar y perfeccionar su gran obra, pues interviene, según dicen los autores, al principio, en medio y al final de la
Obra. También los antiguos la compararon al Caos de la Creación, donde los elementos y los principios, las tinieblas
y la luz se encontraban confundidos, entremezclados y sin posibilidad de reaccionar unos sobre otros. Ésta es la
razón por la que han pintado simbólicamente su materia en su primer ser bajo la figura del mundo, que contenía en
sí los materiales de nuestro globo hermético (17) o macrocosmos, reunidos sin orden, sin forma, sin ritmo y sin
medida.

Nuestro globo, reflejo y espejo del macrocosmos, no es, pues, más que una parcela del Caos primordial destinado,
por la voluntad divina, a la renovación elemental en los tres reinos, pero que una serie de circunstancias misteriosas
ha orientado y dirigido hacia el reino mineral. Así informado y especificado, y sometidos a las leyes que rigen la
evolución y progresión minerales, ese caos convertido en cuerpo contiene confusamente la más pura semilla y la
más próxima sustancia que existe de los minerales y los metales. La materia filosofal es, pues, de origen mineral y
metálico. Por tanto, no hay que buscarla más que en la raíz mineral y metálica, la cual, dice Basilio Valentín en el
libro de Las doce claves, fue reservada por el Creador y prometida a la generación sola de los metales. En
consecuencia, quien busque la piedra sagrada de los filósofos con la esperanza de encontrar ese pequeño mundo en
las sustancias extrañas al reino mineral y metálico, jamás llegará al logro de sus designios. Y es con el fin de apartar
al aprendiz del camino del error por lo que los autores antiguos le enseñan a seguir siempre la Naturaleza. Porque la
Naturaleza no actúa más que en la especie que le es propia, no se desarrolla ni se perfecciona sino en sí misma y por
ella misma, sin que ninguna cosa heterogéneo venga a estorbar su marcha o a contrariar el efecto de su poder
generador.

En el pilar de la izquierda de la puerta que estudiamos, un tema en alto relieve atrae y retiene la atención. Figura un
hombre ricamente vestido con jubón de mangas, tocado con una especie de almirez y con el pecho blasonado con un
escudo que muestra la estrella de seis puntas. Este personaje de condición elevada, colocado en la tapadera de una
urna de paredes repujadas, sirve para indicar, según la costumbre de la Edad Media, el contenido de la vasija. Es la
sustancia que, en el curso de las sublimaciones, se eleva por encima del agua, que sobrenada como una mancha de
aceite. Es el hiperión y el vitriolo de Basilio Valentín y el león verde de Ripley y de Jacques Tesson; en una palabra,
la verdadera incógnita del gran problema. Ese caballero, de hermoso aspecto y de celeste linaje, no es en absoluto un
extraño para nosotros: muchos grabados herméticos nos lo han hecho familiar. Salomon Trismosin, en el Vellocino
de oro lo muestra derecho, con los pies colocados en los bordes de dos pilones llenos de agua, los cuales traducen el
origen y el manantial de esta fuente misteriosa; agua de naturaleza y propiedad doble, nacida de la leche de la Virgen
y de la sangre de Cristo; agua ígnea y fuego acuoso, virtud de los dos bautismos de los que se habla en los
Evangelios: «Juan respondió a todos, diciendo: Yo os bautizo en agua, pero llegando está otro más fuerte que yo, a
quien no soy digno de soltarle la correa de las sandalias; Él os bautizará en el Espíritu Santo y en fuego. En su mano
tiene el bieldo para bieldar la era y almacenar el trigo en su granero, mientras la paja la quemará con fuego
inextinguible (18) .» El manuscrito del Filósofo Solidonio reproduce el mismo tema bajo la imagen de un cáliz lleno
de agua, del que emergen medio cuerpo dos personajes en el centro de una composición bastante confusa que
resume la obra entera. En cuanto al tratado del Azot (19), es un ángel inmenso -el de la parábola de san Juan en el
Apocalipsis- que pisotea la tierra con un pie y el mar con otro, mientras eleva una antorcha llameante con la mano
derecha y comprime con la izquierda un odre hinchado de aire, figuras claras del cuaternario de los elementos
primeros: tierra, agua, aire y fuego. El cuerpo de este ángel, cuyas dos alas sustiiuyen la cabeza, está cubierta por el
sello del libro abierto, ornado con la estrella cabalística y la divisa en siete palabras del Vitriol: Visita Interiora
Terrae, Rectificandoque, Invenies Occultum Lapidem. «Vi a otro ángel -escribe san Juan (20)- poderoso, que
descendía del cielo envuelto en una nube; tenía sobre su cabeza el arco iris, y su rostro era como el sol, y sus pies,
como columnas de fuego, y en su mano tenía un librito abierto. Y poniendo su pie derecho sobre el mar y el
izquierdo sobre la tierra, gritó con poderosa voz como león que ruge. Cuando gritó, hablaron los siete truenos con
sus propias voces. Cuando hubieron hablado los siete truenos iba yo a escribir; pero oí una voz del cielo que me
decía: Sella las cosas que han hablado los siete truenos y no las escribas... La voz que yo había oído del cielo, de
nuevo me habló y me dijo: Ve, toma el librito abierto de mano del ángel que está sobre el mar y sobre la tierra.
Fuime hacia el ángel, diciendo que me diese el librito. Él me respondió: Toma y cómelo, y amargará tu vientre, mas
en tu boca será dulce como la miel.»
Este producto, alegóricamente expresado por el ángel o el hombre -atributo del evangelista san Mateo-, no es otro
que el mercurio de los filósofos, de naturaleza y cualidad doble, en parte fijo y material y en parte volátil y
espiritual, el cual basta para comenzar, acabar y multiplicar la obra. Esta es la única y sola materia de que tenemos
necesidad, sin preocuparnos de buscar otra, pero es necesario saber, a fin de no errar, que a partir de ese mercurio y
de su adquisición, los autores comienzan por lo general sus tratados. Él es la mina y la raíz del oro y no el metal
precioso, absolutamente inútil y sin empleo en !a vía que estudiamos. Ireneo Filaleteo dice, con mucha razón, que
nuestro mercurio, apenas mineral, es menos aún metálico porque no encierra más que el espíritu o la semilla
metálica, mientras que el cuerpo tiende a alejarse de la cualidad mineral. Sin embargo, es el espíritu del oro, que se
encierra en un aceite transparente que se coagula con facilidad; la sal de los metales, pues toda piedra es sal, y la sal
de nuestra piedra, ya que la piedra de los filósofos, que es ese mercurio del que hablamos, es el objeto de la piedra
filosofal. De ahí que muchos adeptos, deseando crear confusión, le llamen nitro o salitre (en francés salpétre, de sal
petri, sal de piedra) y hayan copiado el signo del uno sobre la imagen del otro. Y, por añadidura, su estructura
cristalina, su parecido físico con la sal fundida y su Transparencia han permitido asimilarlo a las sales y le atribuyen
todos los nombres. Se convierte así, sucesivamente, según la voluntad o la fantasía de los escritores, en la sal marina
y la sal gema, la sal alembrot, la sal de Saturno, la sal de las sales. También el famoso vitriolo verde, oleum vitri,
que Panteo describe como la crisocolia y otros como el bórax o atincar; el vitriolo romano, porque     ,
nombre griego de la ciudad eterna, significa fuerza, vigor, poder, dominación. El mineral de Pierre-Jean Fabre
porque en él, dice, el oro vive (I'or y vit, vitryol). Asimismo, se le da el sobrenombre de Proteo, a causa de sus
metamorfosis durante el trabajo, y también Camaleón (, león rampante), porque reviste
sucesivamente todos los colores del espectro.

He aquí, ahora, el último terna decorativo de nuestra puerta. Se trata de una salamandra que sirve de capitel a la
columnilla salomónica de la jamba derecha. Nos parece, en cierto modo, el hada protectora de esa agradable morada,
pues la hallamos esculpida sobre el modillón del pilar central, situado en la planta baja, y hasta en la claraboya de la
buhardilla. Parecería, incluso, dada la premeditada repetición del símbolo, que nuestro alquimista hubiera mostrado
una marcada preferencia por ese reptil heráldico. No pretendemos insinuar, por ello, que hubiera podido atribuirle el
sentido erótico y grosero que tanto apreciaba Francisco I; ello equivaldría a insultar al artesano, a deshonrar la
ciencia y a ultrajar la verdad, a imitación del aventajado corrupto, pero intelectualmente mediocre, al que
lamentamos deber hasta el paradójico nombre de Renacimiento (21). Pero un rasgo singular del carácter humano
lleva al hombre a encariñarse con aquello por lo que más ha sufrido, y esta razón nos permitiría, sin duda, explicar el
triple empleo de la salamandra, jeroglífico del fuego secreto de los sabios. En efecto, entre los productos anexos que
intervienen en el trabajo en calidad de ayudantes o de servidores, ninguno resulta de búsqueda más ingrata ni de
identificación más laboriosa que éste. Se puede todavía, en las preparaciones accesorias, emplear en lugar de los
coadyuvantes requeridos ciertos sucedáneos capaces de dar un resultado análogo. Sin embargo, en la elaboración del
mercurio, nada sería capaz de sustituir el fuego secreto, ese espíritu susceptible de animarlo, de exaltarlo y de formar
cuerpo con él después de haberlo extraído de la materia inmunda. «Os compadecería mucho -escribe Limojon de
Saint-Didier (22)-, si, como yo, después de haber conocido la verdadera materia pasarais quince años enteros de
trabajo, en el estudio y en la meditación, sin poder extraer de la piedra el precioso jugo que encierra en su seno, por
falta de conocer el fuego secreto de los sabios, que hace destilar de esta planta seca y árida en apariencia un agua
que no moja las manos.» Sin él, sin ese fuego escondido bajo una forma salina, la materia preparada no podría ser
forzada ni cumplir sus funciones de madre, y nuestra labor quedaría para siempre como quimérica y vana. Toda
generación requiere la ayuda de un agente propio y determinado en el reino en que la Naturaleza lo ha colocado. Y
toda cosa lleva semilla. Los animales nacen de un huevo o de un óvulo fecundado; los vegetales provienen de un
grano que se ha hecho prolífico; y, al igual, los minerales y los metales tienen por semilla un licor metálico
fertilizado por el fuego mineral. Éste es, pues, el agente activo introducido por el arte en la semilla mineral, y es él,
según nos dice Filaleteo, «el que hace en primer lugar girar el eje y mover la rueda». Por ello, es fácil comprender de
cuánta utilidad es esta luz metálica invisible, misteriosa, y con qué cuidado debemos tratar de conocerla y
distinguirla por sus cualidades específicas, esenciales y ocultas.

Salamandra, en latín, viene de sal y mandra, que significa establo y también cavidad de roca, soledad, eremitorio.
Salamandra es, pues, el nombre de la sal de establo, sal de roca o sal solitaría. Esta palabra toma en lengua griega
otra acepción, reveladora de la acción que provoca.  aparece formado de  agitación,
desorden, empleado, sin duda, por  o , agua agitada, tempestad, fluctuación, y de ,
que tiene el mismo sentido que en latín. De estas etimologías podemos sacar la conclusión de que la sal, espíritu o
fuego nace en un establo, en una cavidad de roca o en una gruta... Ya basta. Acostado en la paja de su cuna en la
gruta de Belén, ¿no es acaso Jesús el nuevo sol que trae la luz al mundo? ¿No es Dios mismo bajo su envoltura
carnal y perecedera? ¿Quién ha dicho, pues, Yo soy el Espíritu y la Vida, y he venido a prender Fuego a las cosas?

Este fuego espiritual, informado y corporeizado en sal, es el azufre escondido, porque en el curso de su operación
jamás se pone de manifiesto ni se hace sensible a nuestros ojos. Y, sin embargo, ese azufre, por invisible que sea, no
es en absoluto una ingeniosa abstracción, un artificio de doctrina. Sabemos aislarlo y extraerlo del cuerpo que lo
oculta, por un medio escondido y bajo el aspecto de un polvo seco que, en tal estado, se vuelve impropio y pierde su
efecto en el arte filosófico. Ese fuego puro, de la misma esencia que el azufre específico del oro, pero menos
digerido es, por el contrario, más abundante que el del metal precioso. Por ello se une con facilidad al mercurio de
los minerales y metales imperfectos. Filaleteo nos asegura que se encuentra escondido en el vientre de Aries o del
Carnero, constelación que recorre el Sol en el mes de abril. Finalmente, para designarlo mejor aún, añadiremos que
ese Carnero «que esconde en sí el acero mágico» lleva ostensiblemente en su escudo la imagen del sello hermético,
astro de seis rayos. En esta materia tan común, pues, que nos parece simplemente útil, es donde debemos buscar el
misterioso fuego solar, sal sutil y fuego espiritual, luz celeste difusa en las tinieblas del cuerpo, sin la cual nada
puede hacerse y a la que nada podría sustituir.

Hemos señalado más arriba el lugar importante que ocupa, entre los temas emblemáticos del palacete de Lisieux, la
salamandra, enseña particular de su modesto y sabio propietario. Se la vuelve a encontrar, decíamos, hasta en la
claraboya del tejado, casi inaccesible y levantada en pleno cielo. Sostiene el tejado de dos aguas entre dos dragones
esculpidos paralelamente - en la madera de los derrames. Estos dos dragones, uno áptero (, sin alas) y
el otro crisóptero (, de alas doradas), son ,-aquellos de los que habla Nicolas Flamel en su
Figuras jeroglíficas y que Miguel Maier (Symbola aureae mensae, Francofurti, 1617) considera que son, con el
globo rematado por la cruz, símbolos particulares del estilo del célebre adepto. Esta simple comprobación demuestra
el conocimiento extenso que el artista lexoviano tenía de los textos filosóficos y del simbolismo especial de cada
uno de sus predecesores. Por otra parte, la selección misma de la salamandra nos induce a pensar que nuestro
alquimista debió de buscar mucho tiempo y emplear numerosos años en el descubrimiento del fuego secreto. El
jeroglífico disimula, en efecto, la naturaleza psicoquímica de los frutos del jardín de Hespera, frutos cuya madurez
tardía no disfruta el sabio hasta su vejez, y que no recoge sino casi en la atardecida de la vida, en el poniente
() de una laboriosa y penosa carrera. Cada uno de esos frutos es el resultado de una condensación
progresiva del fuego solar por el fuego secreto, verbo encarnado, espíritu celeste corporeizado en todas las cosas de
este mundo. Y son los rayos juntados y concentrados de ese doble fuego los que colorean y animan un cuerpo puro,
diáfano, clarificado, regenerado, de brillante reflejo y de admirable virtud.

Llegado a este punto de exaltación, el principio ígneo, material y espiritual, por su universalidad de acción se hace
asimilable a los cuerpos comprendidos en los tres reinos de la Naturaleza, y ejerce su eficacia tanto entre los
animales como entre los vegetales y en el interior de los cuerpos minerales y metálicos. Ahí está el rubí mágico,
agente provisto de la energía y la sutileza ígneas, y revestido del color y de las múltiples propiedades del fuego. Y
ahí está, también, el óleo de Cristo o cristal, de lagarto heráldico que atrae, devora, vomita y da la llama,extendido
en su paciencia como el viejo fénix en su inmortalidad.
III

En el pilar central de la planta baja, el visitante descubre un curioso bajo relieve. En él, un mono está ocupado en
comer los frutos de un manzano joven, apenas más elevado que él.

Ante este tema, que traduce para el iniciado la realización perfecta, abordamos la Obra por el final. Las flores
brillantes, cuyos colores vivos y tornasolados significan la alegría de nuestro artesano, se han marchitado y
extinguido unas tras otras; los frutos han tomado forma entonces y de verdes como estaban al comienzo, se ofrecen
ahora a él adornadas de un brillante envoltorio purpúreo, seguro indicio de su madurez y su excelencia.

Y es que el alquimista, en su paciente trabajo, debe ser el escrupuloso imitador de la Naturaleza, el mono de la
creación, según la expresión genuina de muchos maestros. Guiado por la analogía, realiza en pequeño, con sus
débiles medios y en un ámbito restringido. lo que Dios hizo en grande en el universo cósmico. Aquí, lo inmenso;
allá, lo minúsculo. En estos dos extremos está el mismo pensamiento, el mismo esfuerzo y una voluntad parecida en
su relatividad. Dios lo hace todo de la nada: crea. El hombre toma una parcela de ese todo y la multiplica: prolonga
y continúa. Así el microcosmos amplía el macrocosmos. Tal es su meta y su razón de ser, y tal nos parece su
verdadera misión terrestre y la causa de su propia salvación. En lo alto, Dios; abajo, el hombre. Entre el Creador
inmortal y su criatura perecedera, se halla toda la Naturaleza creada. Buscad y no encontraréis nada más ni
descubriréis nada menos que el Autor del primer esfuerzo, ligado a la masa de los beneficiarios del ejemplo divino,
sometidos a la misma voluntad imperiosa de actividad constante, de labor [Link] los autores clásicos se
muestran unánimes en reconocer que la Gran Obra es un resumen, reducido a las proporciones y posibilidades
humanas, de la Obra Divina. Y como el adepto debe aportar a ella lo mejor de sus cualidades si quiere llevarla a
buen término, parece justo y equitativo que recoja los frutos del Árbol de la Vida y se aproveche de las manzanas
maravillosas del jardín de las Hespérides.

Mas ya que, obedeciendo a la fantasía o al deseo de nuestro filósofo, nos vemos obligados a comenzar en el punto
mismo en que el arte y la Naturaleza acaban juntos su tarea, ¿sería obrar ciegamente preocuparnos por saber primero
qué es lo que buscamos? ¿Y acaso, a despecho de la paradoja, no es un excelente método el que empieza por el
final? Aquel que sepa con exactitud lo que desea obtener, hallará más fácilmente lo que necesita. En los medios
ocultos de nuestra época se habla mucho de la piedra filosofal sin saber lo que es en realidad. Muchas personas
cultivadas califican la gema hermética como un «cuerpo misterioso», y tienen de ella la opinión de ciertos
espagiristas de los siglos XVII y XVIII, que la situaban en la categoría de las entidades abstractas, calificadas de no
seres o de seres de razón. Informémonos con objeto de tener de este cuerpo desconocido una idea tan próxima como
posible de la verdad. Estudiemos las descripciones, raras y demasiado sucintas para nuestro gusto, que nos han
dejado algunos filósofos, y veamos lo que, igualmente, dicen de ella sabios personajes y fieles testigos.

Digamos, para empezar, que el término piedra filosofal significa, según la lengua sagrada, piedra que lleva el signo
del sol. Ahora bien; este signo solar viene caracterizado por la coloración roja, la cual puede variar de intensidad,
como dice Basilio Valentín (23) : «Su color va del rojo encarnado al carmesí, o bien del color de los rubíes al de la
granada. En cuanto a su peso, es mucho mayor que lo que corresponde a la cantidad.» Esto, por lo que se refiere al
color y a la densidad. El Cosmopolita (24) , que Louis Figuier cree que es el alquimista conocido bajo el nombre de
Sethon, y otros, bajo el de Miguel Sendivogio, nos describe su aspecto traslúcido, su forma cristalina y su fusibilidad
en este pasaje: «Si se encontrara -dice- nuestro objeto en su último estado de perfección, hecho y compuesto por la
Naturaleza, si fuera fusible como la cera o la manteca y su rojez, su diafanidad y claridad apareciera en el exterior,
sería en verdad nuestra bendita piedra.» Su fusibilidad es tal, en efecto, que todos los autores la han comparado a la
de la cera (64° C). «Se funde a la llama de una candela», repiten. Algunos, por esta razón, le han llegado a dar el
nombre de gran cera roja (25). A estos caracteres físicos, la piedra une poderosas propiedades químicas: el poder de
penetración o de ingreso, la absoluta fijeza, la inoxidabilidad que la hace incalcinable, una extremada resistencia al
fuego y, por fin, su irreductibilidad y su perfecta indiferencia respecto a agentes químicos. Es, también, lo que nos
enseña Enrique Khunrath en su Amphiteatrum Sapientiae Aeternae cuando escribe: «Finalmente, cuando la Obra
haya pasado del color cenizoso al blanco puro y, luego, al amarillo, verás la piedra filosofal, nuestro rey elevado por
encima de los dominadores que sale de su sepulcro vítreo, se levanta de su lecho y acude a nuestro escenario
mundano en su cuerpo glorificado, es decir, regenerado y pluscuamperfecto. O, dicho de otro modo, el carbunclo
brillante que irradia gran esplendor y cuyas partes muy sutiles y depuradas, por la paz y la concordia de la mezcla,
están inseparablemente ligadas y juntas en una. Igual y diáfana como el cristal, compacta y muy ponderosa,
fácilmente fusible al fuego como la resina, fluida como la cera y más que el azogue, pero sin emitir ningún humo.
Traspasando y penetrando los cuerpos sólidos y compactos como el aceite penetra el papel; soluble y dilatable en
todo licor susceptible de ablandarla; friable como el vidrio; de color de azafrán cuando se pulveriza, pero roja como
el rubí cuando queda en masa íntegra (esta rojez es la signatura de la perfecta fijación y de la fija perfección);
colorante y tiñente constante; fija en las tribulaciones de todas las experiencias, incluso en las pruebas por el azufre
devorador y por las aguas ardientes, y por la muy fuerte persecución del fuego. Siempre duradera, incalcinable y, a
imitación de la Salamandra, permanente y juez justo de todas las cosas (pues es, a su manera, todo en todo) y
clamando: He aquí que renovaré todas las cosas.»

La piedra filosofal, que fue hallada en la tumba de un obispo reputado de muy rico y que el aventurero inglés
Edward Kelley, llamado Talbot, había comprado a un posadero hacia 1585, era roja y muy pesada, pero sin ningún
olor. Sin embargo, Berigardo de Pisa dice que un hombre hábil le dio una gruesa (3,82 gr) de un polvo cuyo color
era semejante al de la amapola, y que desprendía olor de sal marina calcinada (26).

Helvecio (Juan Federico Schweitzer) vio la piedra que le mostró un adepto extranjero el 27 de diciembre de 1666, en
forma de un cuerpo de aspecto metálico color de azufre. Este producto, pulverizado, provenía, pues, como dice
Khunrath, de una masa roja. En una transmutación conseguida por Sethon en julio de 1602. ante el doctor Jacob
Zwinger, el polvo empleado era, según el informe de Dienheim, «bastante pesado y de un color que parecía amarillo
anaranjado». Un año más tarde, a raíz de una segunda proyección en casa del orfebre Hans de Kempen, en Colonia,
el 11 de agosto de 1603, el mismo artista se sirve de una piedra roja.

Según muchos testigos dignos de fe, la piedra, obtenida directamente en polvo, podría afectar una coloración tan
viva como la que se habría formado en estado compacto. El hecho es bastante raro, pero puede producirse y vale la
pena que se mencione. Así, un adepto italiano que en1658 realizó la transmutación ante el pastor protestante Gros,
en casa del orfebre Bureau, de Ginebra, empleaba, al decir de los asistentes, un polvo rojo. Schmieder describe la
piedra que Bótticher había recibido de Láscaris como una sustancia que tenía el aspecto de un vidrio color rojo de
fuego. Sin embargo, Láscaris había enviado a Domenico Manuel (Gaetano) un polvo semejante al bermellón. El de
Gustenhover era también muy rojo. En cuanto a la muestra cedida por Láscaris a Dierbach, fue examinada al
microscopio por el consejero Dippel, y apareció compuesta de una multitud de granitos o cristales rojos o
anaranjados; esta piedra tenía un poder igual a casi seiscientas veces la unidad.

Juan Bautista van Helmont, narrando la experiencia que realizó en 1618 en su laboratorio de Vilvorde, cerca de
Bruselas, escribe: «He visto y he tocado más de una vez la piedra filosofal. Su color era como el del azafrán en
polvo, pero pesada y reluciente como vidrio pulverizado.» Este producto, una cuarta parte de cuyo grano (13,25
miligramos) produce ocho onzas de oro (244,72 gramos) manifestaba una energía considerable: alrededor de 18.470
veces la unidad.

En el orden de las tinturas, es decir, de los licores obtenidos por solución de extractos metálicos grasos, poseemos la
relación de Godwin Hermann Braun, de Osnabruck, que trasmutó en 1701, con ayuda de una tintura que tenía el
aspecto de un aceite «bastante fluido y de color marrón». El célebre químico Henckel (27) cuenta, según Valentini,
la anécdota siguiente: «Llegó un día a casa de un famoso boticario de Frankfurt del Meno, llamado Salwedel, un
extranjero que tenía una tintura marrón, la cual tenía casi el olor del aceite de cuerno de ciervo (28) . Con cuatro
gotas de esta tintura, cambió una gruesa de plomo en oro de 23 quilates 7 granos y medio. Este mismo hombre dio
algunas gotas de esta tintura al boticario, que lo alojó y que, a continuación, hizo oro semejante que guarda en
memoria de aquel hombre, con la botellita en la que estaba, y en la que pueden verse aún marcas de aquella tintura.
He tenido esa botella en mis manos y puedo dar testimonio ante todo el mundo.»

Sin discutir la veracidad de estos dos últimos hechos, nos negamos, sin embargo, a colocarlos en la categoría de
transmutaciones efectuadas por la piedra filosofal en el estado especial de polvo de proyección. Todas las tinturas
están ahí. Su sujeción a un metal particular, su limitado poder y los caracteres específicos que presentan nos
empujan a considerarlas como simples productos metálicos extraídos de los metales vulgares por ciertos
procedimientos denominados pequeños particulares, que proceden de la espagiria y no de la alquimia. Además, esas
tinturas, por el hecho de ser metálicas no tienen otra acción que la de penetrar sólo los metales que han servido de
base a su preparación.
Dejemos, pues, de lado estos procedimientos y estas tinturas. Lo que importa sobre todo es tener presente que la
piedra filosofal se nos ofrece bajo la forma de un cuerpo cristalino, diáfano, de masa roja y amarillo después de su
pulverización, que es denso y muy fusible, aunque fijo a cualquier temperatura, y cuyas cualidades propias lo hacen
incisivo, ardiente, penetrante, irreductible e incalcinable. Añadamos que es soluble en el vidrio en fusión, pero se
volatiliza instantáneamente cuando se proyecta en un metal fundido. He aquí, reunidas en un solo cuerpo,
propiedades fisicoquímicas que lo alejan de modo singular de la naturaleza metálica y hacen su origen muy
nebuloso. Un poco de reflexión nos sacará del apuro. Los maestros del arte nos enseñan que la finalidad de su
trabajo es triple. Lo que tratan de realizar en primer lugar es la medicina universal o piedra filosofal propiamente
dicha. Obtenida en forma salina, multiplicada o no, tan sólo es útil para la curación de las enfermedades humanas, la
conservación de la salud y el crecimiento de los vegetales. Soluble en todo licor espirituoso, su solución toma el
nombre de oro potable (aunque no contenga el menor átomo de oro), porque afecta un magnífico color amarillo. Su
valor curativo y la diversidad de su empleo en terapéutica hacen de él un auxiliar precioso en el tratamiento de las
afecciones graves e incurables. No ejerce acción alguna sobre los metales, salvo el oro y la plata, con los que se fija
y a los que dota de sus propiedades, pero, en consecuencia, no sirve de nada para la transmutación. Sin embargo, si
se excede el número límite de sus multiplicaciones, cambia de forma y, en lugar de recobrar el estado sólido y
cristalino al enfriarse, permanece fluida como el azogue y absolutamente incoagulable. En la oscuridad, brilla
entonces con un resplandor suave, rojo y fosforescente cuyo brillo se mantiene más débil que el de una lamparilla
ordinaria. La medicina universal se ha convertido en luz inextinguible, el producto lumínico de esas lámparas
perpetuas que algunos autores han señalado que han sido encontradas en algunas sepulturas antiguas. Así, radiante y
líquida, la piedra filosofal apenas es susceptible, según nuestra opinión, de ser llevada más allá. Querer ampliar su
virtud ígnea nos parecería peligroso. Lo menos que se podría temer sería volatilizarla y perder el beneficio de una
labor considerable. Finalmente, si se fermenta la medicina universal sólida con oro o plata muy puros, por fusión
directa, se obtiene el polvo de proyección, tercera forma de la piedra. Se trata de una masa translúcida, roja o blanca
según el metal escogido, pulverizable, apta tan sólo para la transmutación metálica. Orientada, determinada y
especificada en el reino mineral, es inútil y no puede actuar-con los otros dos [Link] las consideraciones
precedentes resulta con toda claridad que la piedra filosofal o la medicina universal, pese a su innegable origen
metálico, no está hecha tan sólo de materia metálica. Si fuera de otro modo y se la tuviera que componer sólo de
metales, permanecería sometida a las condiciones que rigen la naturaleza mineral, y no tendría ninguna necesidad de
ser fermentada para operar la trasmutación. Por otra parte, el axioma fundamental que enseña que los cuerpos no
actúan sobre los cuerpos sería falso y paradójico. Tomaos el tiempo y la molestia de experimentar, y reconoceréis
que los metales no actúan sobre otros metales. Ya sean reducidos al estado de sales o de cenizas, de cristales o de
coloides, siempre conservarán su naturaleza en el curso de las pruebas, y. en la reducción, se separarán sin perder
sus cualidades especí[Link] sólo los espíritus metálicos tienen el privilegio de alterar, modificar y desnaturalizar
los cuerpos metálicos. Son ellos los verdaderos promotores de todas las metamorfosis corporales que pueden
observarse. Pero como esos espíritus, tenues, en extremo sutiles y volátiles, tienen necesidad de un vehículo o
envoltorio capaz de retenerlos; como la materia de ellos debe ser muy pura -a fin de permitir al espíritu permanecer
en ella- y muy fija, a fin de impedir su volatilización; como debe permanecer fusible, con objeto de favorecer el
ingreso; como es indispensable asegurarle una resistencia absoluta a los agentes reductores, se comprende sin
dificultad que esa materia no pueda ser buscada tan sólo en la categoría de los metales. Por ello, Basilio Valentín
recomienda tomar el espíritu en la raíz metálica, y Bernardo el Trevisano se pronuncia por el empleo de los metales,
los minerales y sus sales en la construcción del cuerpo. La razón es simple y se impone por sí misma. Si la piedra
estuviera compuesta de un cuerpo metálico y de un espíritu fijado en ese cuerpo, y éste actuara sobre aquél como si
fuera de la misma especie, el todo tomaría la forma característica del metal. Se podría, en este caso, obtener oro o
plata, e incluso un metal desconocido, y nada más. Eso es lo que han hecho siempre los alquimistas, porque
ignoraban la universalidad y la esencia del agente que buscaban. Pero lo que nosotros perseguimos, con todos los
filósofos, no es la unión de un cuerpo y de un espíritu metálicos, sino la condensación, la aglomeración de este
espíritu en un envoltorio coherente, tenaz y refractario, capaz de arroparlo, de impregnar todas sus partes y de
asegurarle una protección eficaz. Esta alma, espíritu o fuego reunido, concentrado y coagulado en la más pura, más
resistente y más perfecta de las materias terrestres, es lo que llamamos nuestra piedra. Y podemos certificar que toda
empresa que no tenga este espíritu por guía y esta materia por base, jamás conducirá a la meta propuesta.
IV

En la primera planta de la casa de Lisieux, y tallado en el pilar izquierdo de la fachada, un hombre de aspecto
primitivo levanta y parece querer llevarse un tronco de muy considerables dimensiones.

Este símbolo, que parece muy oscuro, esconde, sin embargo, el más importante de los arcanos secundarios.
Diremos, incluso, que por ignorancia de este punto de doctrina -y también por haber seguido demasiado literalmente
la enseñanza de los viejos autores-, gran número de buenos artistas no han podido recoger el fruto de sus trabajos. Y
muchos son los investigadores, más entusiastas que penetrantes, que topan y tropiezan con la piedra de toque de los
razonamientos falaces. Guardémonos de llevar demasiado lejos la lógica humana, tan a menudo contraria a la
simplicidad natural. Si se supiera observar más ingenuamente los efectos que la Naturaleza manifiesta en torno
nuestro; si nos contentáramos con controlar los resultados obtenidos utilizando los mismos medios; si se subordinara
al hecho la investigación del misterio de las causas, su explicación por lo verosímil, lo posible o lo hipotético, sería
descubierto gran número de verdades que aún están por buscar. No os fiéis, pues, de hacer intervenir en vuestras
observaciones aquello que creéis conocer, pues os veríais llevados a comprobar que más hubiera valido no haber
aprendido nada antes que tener que desprenderlo todo.

Tal vez sean estos consejos superfluos porque reclaman, para su puesta en práctica, la aplicación de una voluntad
obstinada de que son incapaces los mediocres. Sabemos lo que cuesta trocar los diplomas, los sellos y los
pergaminos por el humilde manto del filósofo. Nos ha sido preciso apurar, a los veinticuatro años, ese cáliz de
brebaje amargo. Con el corazón lastimado, avergonzados de los errores de nuestros años jóvenes, tuvimos que
quemar libros y quadernos, confesar nuestra ignorancia y, como un modesto neófito, descifrar otra ciencia en los
bancos de otra escuela. Y así, para quienes han tenido el coraje de olvidarlo todo, nos tomamos la molestia de
estudiar el símbolo y despojarlo del velo esotérico.
El tronco del que se ha apoderado ese artesano de otra edad apenas parece destinado a servir más que a su genio
industrioso. Y, sin embargo, se trata de nuestro árbol seco, el mismo que tuvo el honor de dar su nombre a una de
las calles más viejas de París, luego de haber figurado largo tiempo en una enseña célebre (29) . Edouard Fournier
(30) nos cuenta que, según Sauval (t. l. p. 109), esta enseña se veía aún hacia 1660. Designaba a los transeúntes una
«posada de la que habla Monstrelet» (t.I, cap, CLXXVII), y estaba bien escogida para semejante establecimiento
que, desde 1300, había debido servir de albergue a los peregrinos de Tierra Santa. El árbol seco era un recuerdo de
Palestina, y era la hierba plantada junto a Hebrón (31), que, tras haber sido, desde el comienzo del mundo, «verde y
hojosa», perdió su follaje el día en que Nuestro Señor murió en la cruz, y entonces se secó, mas «para reverdecer
cuando un señor, príncipe de Occidente, alcance la Tierra de Promisión con la ayuda de los cristianos y haga cantar
misa bajo este árbol seco» (32).
Este árbol desecado que brota de la roca árida se ve figurado en la última lámina del Art du Potier (33) , pero se ha
representado cubierto de hojas y de frutos, con una banderola que lleva la divisa Sic in sterili. También se encuentra
esculpido en la hermosa puerta de la catedral de Limoges, lo mismo que en un motivo tetralobulado del basamento
de Amiens. Son también dos fragmentos de ese tronco mutilado lo que un clérigo de piedra eleva por encima de la
gran concha que sirve de aguabenditera en la iglesia bretona de Guimiliau (Finisterre). Finalmente, hallamos de
nuevo el árbol seco en cierto número de edificios civiles del siglo XV. En Aviñón, corona la puerta de arco
apainelado del antiguo colegio de Roure; en Cahors, sirve de encuadre a dos ventanas (casa Verdier, rue des
Boulevards), así como a una puertecilla del colegio Pellegri, situado en la misma ciudad.
Tal es el jeroglífico adoptado por los filósofos para expresar la inercia metálica, es decir, el estado especial que la
industria humana hace tomar a los metales reducidos y fundidos. El esoterismo hermético demuestra, en efecto, que
los cuerpos metálicos permanecen vivos y dotados de poder vegetativo mientras están mineralizados en sus
yacimientos. Se encuentran allí asociados al agente específico o espíritu mineral, que asegura su vitalidad, su
nutrición y evolución hasta el plazo requerido por la Naturaleza, y toman, entonces, en dichos yacimientos el
aspecto y las propiedades de la plata y el oro nativos. Llegado a esta meta el agente se separa del cuerpo, que cesa de
vivir, se convierte en fijo y no susceptíble de transformación. Aunque permaneciera en la tierra muchos siglos, no
podría, por sí mismo, cambiar el estado ni abandonar los caracteres que distinguen el metal del agregado mineral.
Mas es preciso que todo ocurra así de simplemente en el interior de los yacimientos metalíferos. Sometidos a las
vicisitudes de este mundo transitorio, gran cantidad de minerales tienen su evolución suspendida por la acción de
causas profundas -agotamiento de los elementos nutritivos, falta de aportaciones cristalinas, insuficiencia de presión,
de calor, etc.-, o externas -grietas, aflujo de aguas, apertura de la mina-. Los metales se solidifican entonces y
permanecen mineralizados con sus cualidades adquiridas, sin poder sobrepasar el estadio evolutivo que han
alcanzado. Otros, más jóvenes, aguardando aún el agente que debe asegurarles solidez y consistencia, conservan el
estado líquido y son del todo incoagulables. Tal es el caso del mercurio, que se halla con frecuencia en estado nativo
o mineralizado por el azufre (cinabrio), ya sea en la misma mina o fuera de su lugar de origen.
Bajo esta forma nativa, y aunque el tratamiento metalúrgico no haya tenido que intervenir, los metales son tan
insensibles como aquellos cuyos minerales han sufrido tueste y fusión. Al igual que ellos, carecen de agente vital
propio. Los sabios nos dicen que están muertos, al menos, en apariencia, porque nos es imposible, bajo su
masa .sólida y cristalizada, adivinar la vida latente, potencial, escondida en lo profundo de su ser. Son árboles
muertos, aunque conserven todavía un resto de humedad, los cuales no darán ya hojas, flores, frutos ni, sobre todo,
semilla.
Con mucha razón, pues, ciertos autores aseguran que el oro y el mercurio no pueden concurrir, en todo o en parte, en
la elaboración de la Obra. El primero, dicen, porque su agente propio ha sido separado de él a raíz de su terminación,
y el segundo porque jamás dicho agente ha sido introducido en él. Otros filósofos sostienen, sin embargo, que el oro,
aunque estéril bajo su forma sólida, puede volver a hallar su vitalidad perdida y proseguir su evolución, con tal de
que se sepa «volverlo a su materia prima», mas hay ahí una enseñanza equívoca y que es preciso guardarse de
tomarla en sentido vulgar. Detengámonos un instante sobre este punto litigioso y no perdamos de vista en absoluto
la posibilidad de la Naturaleza: es el único medio que tenemos para reconocer nuestro camino en este tortuoso
laberinto. La mayor parte de los hermetistas piensan que se debe entender por el término reincrudación la vuelta del
metal a su estado primitivo, y se fundan en el significado mismo de la palabra, que expresa la acción de volver
crudo, de [Link] concepción es falsa. Es imposible a la Naturaleza, y más aún al arte, destruir el efecto de
un trabajo secular. Lo que ha sido adquirido permanece adquirido. Y tal es la razón por la cual los viejos maestros
afirman que es más fácil hacer oro que destruirlo. Nadie se envanecerá jamás de devolver a las carnes asadas -y a las
legumbres cocidas el aspecto y las cualidades que poseían antes de experimentar la acción del fuego. Aquí, aún, la
analogía y la posibilidad' de naturaleza son los mejores y más seguros guías. No existe, pues, en todo el mundo, un
ejemplo de regresión.
Otros investigadores creen que basta con bañar el metal en la sustancia primitiva y mercurial que, por maduración
lenta y coagulación progresiva, le ha dado nacimiento. Este razonamiento es más falaz que verdadero. Incluso
suponiendo que conocieran esta materia prima y que supieran de dónde tomarla -lo cual ignoran los más grandes
maestros-, no podrían obtener en definitiva, sino un aumento del oro empleado y no un cuerpo nuevo, de potencia
superior a la del metal precioso. La operación, así comprendida, se resume en la mezcla de un mismo cuerpo tomado
en dos estados diferentes de su evolución: uno líquido y el otro sólido. Con un poco de reflexión, es fácil
comprender que semejante empresa no pueda conducir a la meta. Está, por supuesto, en posición formal con el
axioma filosófico que, a menudo, hemos enunciado: los cuerpos no tienen acción sobre los cuerpos; tan sólo los
espíritus son activos y actuantes.
Debemos entender, pues, bajo la expresión de devolver el oro a su materia prima la animación del metal, realizada
por el empleo de este agente vital del que hemos hablado. Él es el espíritu que ha huido del cuerpo a raíz de su
manifestación en el plano físico, y él es también el alma metálica o esa materia prima que no se ha querido designar
de otra forma y que radica en el seno de la Virgen sin mancha. La animación del oro, vitalización simbólica del árbol
seco o resurrección del muerto, nos es mostrada alegóricamente por un texto de autor árabe. Este autor, llamado
Kesseo, que se ha ocupado con preferencia -nos dice Brunet en sus notas sobre el Evangelio de la Infancia- de
recoger las leyendas orientales a propósito de los acontecimientos que cuentan los Evangelios, narra en estos
términos las circunstancias del parto de María: «Cuando el momento de su alumbramiento se aproximó, salió en
mitad de la noche de la casa de Zacarías, y se encaminó fuera de Jerusalén. Vio una palmera seca, y cuando María
se sentó al pie de este árbol, en seguida volvió a florecer y se cubrió de frutos por la operación del poder de Dios. Y
Dios hizo surgir al lado una fuente de agua viva, y cuando los dolores del parto atormentaban a María, ella
estrechaba con fuerza la palmera con sus manos.»
No somos capaces de decir más ni de hablar con mayor claridad.
V
En el pilar central del primer piso, se advierte un grupo bastante interesante para los amantes y los curiosos del
simbolismo. Aunque haya sufrido mucho deterioro y se ofrezca hoy mutilado, rajado y corroído por las intemperies,
no es posible, pese a todo, discernir aún el tema. Se trata de un personaje que estrecha entre sus piernas un grifo
cuyas patas, provistas de garras, son muy notables, así como la cola del león que prolonga la grupa, detalles todos
estos que permiten, por sí solos, una identificación exacta. Con la mano izquierda, el hombre ase al monstruo hacia
la cabeza y, con la derecha, hace gesto de golpearlo.
Reconocemos en este motivo uno de los emblemas mayores de la ciencia, el que cubre la preparación de las materias
primas de la Obra. Pero, mientras que el combate del dragón y del caballero indica el encuentro inicial, el duelo de
los productos minerales que se esfuerzan por defender su integridad amenazada, el grifo marca el resultado de la
operación, velada, por supuesto, bajo mitos de expresiones variadas, pero que presentan todos ellos los caracteres de
incompatibilidad, de aversión natural y profunda que tienen, una por la otra, las sustancias en contacto.
Del combate que el caballero o azufre secreto libra con el azufre arseniacal del viejo dragón nace la piedra astral
blanca, pesada, brillante como la plata y pura que aparece firmada y llevando la señal de su nobleza, la garra,
esotéricamente traducida por el grifo, índice cierto de unión y de paz entre el fuego y el agua, entre al aire y la tierra.
Sin embargo, no cabría esperar alcanzar esta dignidad a partir de la primera conjunción. Pues -nuestra piedra negra,
cubierta de andrajos, está cubierta por tantas impurezas que es en extremo difícil desembarazarla de ellas por
completo. Por ello importa someterla a muchas lixiviaciones (que son les laveures de Nicolas Flamel), a fin de
limpiarla poco a poco de sus impurezas y de las escorias heterogéneas y tenaces que la envuelven, y de verla tomar,
a cada una de esas operaciones, más esplendor, limpieza y brillo.
Los iniciados saben que nuestra ciencia, aunque puramente natural y simple, no es en absoluto vulgar. Los términos
de los que nos servimos, siguiendo a los maestros, no lo son menos. Préstese, pues, atención a ellos, ya que los
hemos elegido con cuidado, a fin de mostrar la vía y de señalar los barrancos que la cruzan, esperando con ello
ilustrar a los estudiosos, apartando a los cegados, a los ávidos y a los indignos. Aprended, vosotros que ya sabéis,
que todos nuestros lavados son ígneos, que todas nuestras purificaciones se hacen al fuego, por el fuego y con el
fuego. Es la razón por la que algunos autores han descrito estas operaciones con el título químico de calcinaciones,
porque la materia, largo tiempo sometida a la acción de la llama, le cede sus partes impuras y combustibles. Sabed,
también, que nuestra roca -velada bajo la figura del dragón libera en primer lugar una oleada oscura, maloliente y
venenosa, cuya humareda, espesa y volátil, es tóxica en extremo. Esta agua, que tiene por símbolo el cuervo, no
puede ser lavada y blanqueada por medio del fuego. Y es eso lo que los filósofos nos dan a entender cuando, en su
estilo enigmático, recomiendan al artista cortarle la cabeza. Mediante estas abluciones ígneas, el agua abandona su
coloración negra y toma un color blanco. El cuervo decapitado, expira y pierde sus plumas. Así, el fuego, por su
acción frecuente y reiterada sobre el agua, obliga a ésta a defender mejor sus cualidades específicas abandonando
sus superfluidades. El agua se contrae, se repliega para resistir la influencia tiránica de Vulcano. Se nutre del fuego,
que le agrega las moléculas puras y homogéneas y, al fin, se coagula en masa corporal densa, ardiente, hasta el
punto de que la llama resulta impotente para exaltarla má[Link] en vosotros, hermanos desconocidos de la
misteriosa ciudad solar, nos hemos formado el propósito de enseñar los modos diversos y sucesivos de nuestras
purificaciones. Nos agradeceréis, estamos seguros de ello, que os hayamos señalado estos escollos, arrecifes de la
mar hermética contra los que han ido a naufragar tantos argonautas inexpertos. Si deseáis, pues, poseer el grifo -que
es nuestra piedra astral- arrancándolo de su ganga arsenical, tomad dos partes de tierra virgen, nuestro dragón
escamoso, y una del agente ígneo, el cual es ese valiente caballero armado con la lanza y el escudo. ;, más
vigoroso que Aries, debe estar en menor cantidad. Pulverizad y añadid la quinceava parte del total de esta sal pura,
blanca, admirable, muchas veces lavada y cristalizada que debéis conocer necesariamente. Mezclad íntimamente y
después, tomando ejemplo de la dolorosa Pasión de Nuestro Señor, crucificad con tres puntas de hierro, a fin de que
el cuerpo muera y pueda resucitar a continuación. Hecho esto, apartad del cadáver los sedimentos más groseros,
machacad y triturad sus huesos y amasad el total en fuego suave con una varilla de acero. Echad entonces en esta
mezcla la mitad de la segunda sal, extraída del rocío que en el mes de mayo fertiliza la tierra, y obtendréis un cuerpo
más claro que el precedente. Repetid tres veces la misma técnica y llegaréis a la mina de nuestro mercurio y habréis
alcanzado el primer peldaño de la escalera de los sabios. Cuando Jesús resucitó el tercer día después de su muerte,
un ángel luminoso y vestido de blanco ocupaba, él solo, el sepulcro vacío...
Pero si basta conocer la sustancia secreta figurada por el dragón, para descubrir a su antagonista es indispensable
saber qué medio emplean los sabios para limitar y atemperar el ardor excesivo de los beligerantes. A falta de
mediador necesario -cuya interpretación simbólica jamás hemos encontrado-, el experimentador ignorante se
expondría a graves peligros. Espectador angustiado del drama que, imprudentemente, habría desencadenado, no
sería capaz de dirigir sus fases ni de regular su furor. Proyecciones ígneas, a veces incluso la explosión brutal del
horno, serían las tristes consecuencias de su temeridad. Por ello, conscientes de nuestra responsabilidad, rogamos
con insistencia a aquellos que no poseen este secreto que se abstengan hasta aquí. Evitarán de este modo la suerte
desagradable de un infortunado sacerdote de la diócesis de Aviñón, que la noticia siguiente relata en pocas palabras
(34) : «El abate Chapaty creía haber encontrado la piedra filosofal, pero por desgracia para él se rompió el crisol y el
metal le saltó, se adhirió a su rostro, a sus brazos y a su vestido. Corrió así por las rues des Infirmières, arrojándose a
los arroyos como un poseso, y pereció miserablemente abrasado como un condenado. 1706.»
Cuando oigáis en el recipiente un ruido análogo al del agua en ebullición -fragor sordo de la Tierra cuyas entrañas
desgarra el fuego-, disponeos a luchar y conservad vuestra sangre fría. Advertiréis humaredas y llamas azules,
verdes y violetas que acompañan una serie de detonaciones precipitadas...
Una vez pasada la efervescencia y restablecida la calma, podréis gozar de un magnífico espectáculo. En un mar de
fuego, se forman islotes sólidos que sobrenadan animados con movimientos lentos y toman y pierden una infinidad
de vivos colores. Su superficie se hincha, revienta por el centro y los hace asemejarse a minúsculos volcanes.
Desaparecen a continuación para dejar sitio a hermosas bolitas verdes, transparentes, que giran con rapidez sobre sí
mismas, ruedan, se tropiezan y parecen perseguirse en medio de las llamas multicolores y de los reflejos irisados del
baño incandescente.
Al describir la penosa y delicada preparación de nuestra piedra hemos omitido hablar del concurso eficaz que deben
aportar ciertas influencias exteriores. Podríamos, en, este sentido, contentarnos con citar a Nicolas Grosparmy,
adepto del siglo XV del que hemos hablado al comienzo de este estudio y a Cyliani, filósofo del siglo XIX, sin
omitir a Cipriano Piccolpassi, maestro alfarero italiano, que han consagrado una parte de su enseñanza al examen de
esas condiciones. Pero sus obras no están al alcance de todos. Sea como fuere, y a fin de satisfacer, en la medida de
lo posible, la legítima curiosidad de los investigadores, diremos que, sin la concordancia absoluta de los elementos
superiores con los inferiores, nuestra materia, desprovista de las virtudes astrales, no puede ser de ninguna utilidad.
El cuerpo sobre el que trabajamos es, antes de su tratamiento, más terrestre que celeste. El arte debe ahcerlo,
ayudando a la naturaleza, más celeste que terrestre. El conocimiento del momento propicio, del tiempo, lugar,
estación, etc. nos es, pues, indispensable para asegurar el ‘exito de esta producción secreta. Sepamos prever la hora
en que los astros formarán, en el cielo de las fijas, el aspecto más favorable, pues se reflejarán en este espejo divino
que es nuestra piedra y fijarán en ella su impronta. Y la estrella terrestre, antorcha oculta de nuestra Natividad, será
la marca probatoria de la feliz unión del cielo y de la tierra o, como escibe Filaleteo, de «la unión de las virtudes
superiores en las cosas inferiores». Tendréis la confirmación al descubrir, en el seno del agua ígnea o de ese cielo
terrestre, seg’un la expresión típica de Wenceslao Lavinio de Moravia, el sol hermético, céntrico y radiante,
manifestado, visible y patente.
Captad un rayo de sol, condensadlo en una forma sustancial, nutride de fuego elemental ese fuego espiritual
corporeizado, y poseeréis el mayor tesoro de este mundo.
Es útil saber que la lucha, corta pero violenta, sostenida por el caballero –llámese san Jorge, san Miguel o san
Marcelo en la tradición cristiana; Marte, Teseo, Jasón, Hércules en la fábula- no cesa sino con la muerte de ambos
campeones (en hermética, el águila y el león), y su unión en un cuerpo nuevo cuya signatura alquímica es el grifo,
Recordemos que en todas las leyendas antiguas de Asia y Europa, siempre es un dragón el encargado de la custodia
de los tesoros. Vela por las manzanas de oro de las Hespérides y por el vellocino suspendido de la Cólquida. Por ello
es del todo necesario reducir al silencio a ese monstruo agresivo si se quiere apoderarse a continuación de las
riquezas que protege. Una leyenda china cuenta a propósito del sabio alquimista Hujumsin, elevado a la categoría de
dios tras su muerte, que habiendo dado muerte este hombre a un dragón horrible que asolaba el país, ató el monstruo
a una columna. Es exactamente lo que hace Jasón en el bosque de Etes, y Cyliani en su narracion alegórica Hermes
desvelado. La verdad, siempre semejante a sí misma, se expresa con la ayuda de medios y ficciones análogos.
La combinación de ambas materias iniciales, una volátil y la otra fija, da un tercer cuerpo, mezclado, que marca el
primer estado de la piedra de los filósofos. Tal es, como hemos dicho, el grifo, mitad águila y mitad león, símbolo
que corresponde al del cesto de Baco y al del pez de la iconografía cristiana. Debemos señalar, en efecto, que el
grifo lleva, en lugar de una melena de león o de un collar de plumas, una cresta de aletas de pez. Este detalle tiene su
importancia, pues si se trata de provocar el encuentro y de dominar el combate, es preciso aún descubrir el medio de
captar la parte pura, esencial, del cuerpo producido de nuevo, la única que nos sea útil, es decir, el mercurio de los
sabios. Los poetas nos cuentan que Vulcano, al sorprender en adulterio a Marte y Venus, se apresuró a rodearlos con
una red, a fin de que no pudieran escapar a su venganza. Igualmente, los maestros nos aconsejan emplear también
una red delicada o sutil para captar el producto a medida que va apareciendo. El artista pesca, metafóricamente, el
pez místico y deja el agua vacía, inerte y sin alma: el hombre, en esta operación, debe matar el grifo. Es la escena
que reproduce nuestro bajo relieve.
Si investigamos cuál es la significación secreta que se atribuye a la palabra griega grifo -, genitivo
,, y cuya raíz es --, o sea tener el pico curvo, hallaremos una palabra próxima, cuya
asonancia se acerca más a la española. Así que expresa, a la vez, un enigma y una red. Se advierte de
este modo que el animal fabuloso contiene, en su imagen y en su nombre, el enigma hermético más ingrato de
descifrar, el del mercurio filosofal, cuya sustancia, profundamente escondida en el cuerpo, se coge como el pez en el
agua, con ayuda de una red apropiada.
Basilio Valentín, que de ordinario es más claro, no se ha servido del símbolo : cristiano (35), que han
preferido humanizar bajo el nombre cabalístico de Hiperión. Así, señala a ese caballero presentando las tres
operaciones de la Gran Obra bajo una fórmula enigmática que contiene tres fases sucintas enunciadas así:
«He nacido de Hermógenes, Hiperión me ha elegido. Sin Jamsuf estoy condenado a perecer.»
Hemos visto cómo, y a raíz de qué reacción, nace el grifo, el cual proviene de Hermógenes o de la primera sustancia
mercurial. Hiperión, en griego , es el padre del Sol, y es él quien desprende, fuera del segundo caos
blanco, formado por el arte y figurado por el grifo, el alma que tiene encerrada, el espíritu, fuego o luz escondida, y
la lleva por encima de la masa, bajo el aspecto de una agua clara y límpida: Spiritus Domini ferebatur super aquas.
Pues la materia preparada, la cual contiene todos los elementos necesarios para nuestra gran obra, no es más que una
tierra fecundada en la que reina aún alguna confusión,- una sustancia que tiene en sí la luz esparcida, que el arte
debe reunir y aislar imitando al Creador. Es preciso que mortifiquemos y descompongamoss esta tierra, lo que
equivale a matar el grifo y a pescar el pez, a separar el fuego de la tierra. Lo sutil de lo espeso «suavemente, con
gran habilidad y prudencia» según enseña Hermes en su Tabla de Esmeralda.
Tal es el papel químico de Hiperión. Su mismo, formado por  contracción de , encima, y
sepulcro, tumba, que tiene la misma raíz que , tierra, indica aquello que está por encima de la
tierra, por encima del sepulcro de la materia. Se puede, si se prefiere, elegir la etimología por la que 
derivaría de , encima y , violeta. Los dos sentidos tienen, entre sí, una concordancia hermética perfecta,
pero no damos esta variante más que para orientar a los novicios de nuestra orden, siguiendo en esto la palabra del
Evangelio: « ... Porque al que tiene se le dará y abundará; pero a quien no tiene, aun lo que tiene se le quitará (36).»
VI
Esculpida sobre el grupo del hombre del grifo, advertiréis una enorme cabeza que hace un visaje y que se adorna con
una barba en punta. Las mejillas, las orejas y la frente se estiran hasta tomar el aspecto de llamas. Esta máscara
llameante, de rictus poco simpático, aparece coronada y provista de apéndices cornudos adornados con lazos, los
cuales se apoyan en el funículo de la base de la cornisa. Con sus cuernos y su corona, el símbolo solar adquiere la
significación de un verdadero Bafomet, es decir, de la imagen sintética en la que los iniciados del Templo habían
agrupado todos los elementos de la alta ciencia y de la tradición. Figura compleja, en verdad, con apariencia simple,
figura parlante, cargada de enseñanzas, pese a su estética ruda y primitiva. Si se encuentra en ellas en primer lugar la
fusión mística de las naturalezas de la Obra que simbolizan los cuernos del creciente lunar colocados sobre la
cabeza solar, no se sorprende uno menos de la expresión extraña, reflejo de un ardor devorador que desprende este
rostro inhumano, espectro del Juicio Final. Incluso hasta la barba, jeroglífico del haz luminoso e ígneo proyectado
hacia la Tierra, no se justifica el conocimiento exacto que poseía el sabio acerca de nuestro destino...
¿Nos hallamos en presencia de la vivienda de algún afiliado a las sectas de iluminados o rosacruces que descendían
de los viejos templarios? La teoría cíclica, paralelamente a la doctrina de Hermes, está allí expuesta con tanta
claridad que como no sea por ignorancia o mala fe, no se podría sospechar el saber de nuestro adepto. En cuanto a
nosotros, ya nos hemos hecho nuestra idea, y estamos ciertos de no equivocarnos ante tantas afirmaciones
categóricas: lo que tenemos ante nuestros ojos se trata con seguridad de un bafomet, renovación del de los
templarios. Esta imagen, sobre la cual no se poseen más que vagas indicaciones o simples hipótesis, jamás fue un
ídolo, como algunos lo han creído, sino tan sólo un emblema completo de las tradiciones secretas de la Orden,
empleado sobre todo exteriormente como paradigma esotérico, sello de caballería y signo de reconocimiento. Se
reproducía en las joyas, así como en el frontón de las residencias de los comendadores y en el tímpano de las
capillas templarias. Se componía de un triángulo isósceles con el vértice dirigido hacia abajo, Jeroglífico del agua, -
primer elemento creado, según Tales de Mileto, que sostenía que «Dios es ese Espíritu que ha formado todas las
cosas del agua (37).»
Un segundo triángulo semejante, invertido con relación al primero, pero más pequeño, se inscribía en el centro y
parecía ocupar el espacio reservado a la nariz en el rostro humano. Simbolizaba el fuego y, más concretamente, el
fuego contenido en el agua o la chispa divina, el alma encarnada, la vida infusa en la materia. En la base invertida
del gran triángulo de agua se apoyaba un signo gráfico semejante a la letra H de los latinos o a la  de los
griegos, pero más ancha y cuyo vástago central cortaba un círculo en la mitad. En estenografía hermética, este signo
indica el Espíritu universal, el Espíritu creador, Dios. En el interior del gran triángulo, un poco por encima y a cada
lado del triángulo de fuego, se veía, a la izquierda, el círculo lunar con el creciente inscrito y, a la derecha, el círculo
solar de centro aparente. Estos circulitos se hallaban dispuestos a la manera de los ojos. Finalmente, soldada a la
base del triangulito interno, la cruz rematando el globo completaba así el doble jeroglífico del azufre, principio
activo, asociado al mercurio principio pasivo y disolvente de todos los metales. A menudo, un segmento más o
menos largo, situado en la cúspide del triángulo, aparecía cruzado de líneas de tendencia vertical en las que el
profano no reconocía en absoluto la expresión de la radiación luminosa, sino una especie de barbichuela.
Así presentado, el bafomet afectaba una forma animal grosera, imprecisa y de identificación problemática. Eso
explicaría, sin duda, la diversidad de las descripciones que de él se han hecho, y en las cuales se ve el bafomet como
una cabeza de muerto aureolada o como un bucráneo, a veces como una cabeza de Hapi egipcio (38) de buco y,
mejor aún, el rostro horripilante ¡de Satán en persona! Simples impresiones, muy alejadas de lo. realidad, pero
imágenes tan poco ortodoxas que, por desgracia, han contribuido a lanzar sobre los sabios caballeros del Templo la
acusación de satanismo y brujería, que se convirtió en una de las bases de su proceso y en uno de los motivos de su
condena.
Acabamos de ver lo que era el bafomet. Debemos ahora tratar de desprender de él el sentido escondido tras esta
denominación.
En la expresión hermética pura, correspondiente al trabajo de la Obra, bafomet procede de las raíces griegas
 tintorera, y ; en lugar de , la luna, a menos que se quiera relacionar con , genitivo
, madre o matriz, lo que vuelve al mismo sentido lunar, ya que la Luna es, en verdad, la madre o matriz
mercurial que recibe la tintura o semilla del azufre que representa al macho, al tintorero, , en la
generación metálica.  tiene el sentido de inmersión y de tintura. Y puede decirse, sin divulgar demasiado,
que el azufre, padre y tintorero de la piedra, fecunda a la luna mercurial por inmersión, lo que nos lleva al bautismo
simbólico de Meté expresado una vez más por la palabra bafomet (39). Éste aparece claramente, pues, como el
jeroglífico completo de la ciencia, figurada en otra parte en la personalidad del dios Pan, imagen mítica de la
Naturaleza en plena actividad.
La palabra latina Bapheus, tintorero, y el verbo meto, cosechar, recolectar, segar, señalan, asimismo, esta virtud
especial que posee el mercurio o luna de los sabios para captar, a medida de su emisión, y ello durante la inmersión
o el baño del rey, la tintura que abandona y que la madre conservará en su seno durante el tiempo requerido. Tal es
el Graal, que contiene el vino eucarístico, licor de fuego espiritual, licor vegetativo, vivo y vivificante introducido
en las cosas materiales.
En cuanto al origen de la Orden, su filiación, conocimientos y creencias de los templarios, no podemos hacer nada
mejor que citar textualmente un fragmento del estudio que Pierre Dujols, el erudito y sabio filósofo, consagra a los
hermanos caballeros en su Bibliographie générale des Sciences occultes (40) .
«Los hermanos del Templo -dice el autor, y ya no sería posible contradecirle- estuvieron en verdad afiliados al
maniqueísmo. Por lo demás, la tesis del barón de Hammer es conforme a esta opinión. Para él, los sectarios de
Mardeck, los ismailíes, los albigenses, los templarios, los masones, los iluminados, etc., son tributarios de una
misma tradición secreta emanada de aquella Casa de la Sabiduría (Dar el hickmet) fundada en El Cairo hacia el
siglo XI por Hakem. El académico alemán Nicolai llega a una conclusión análoga y añade que el famoso bafomet,
que hace derivar del griego  era un símbolo pitagórico. No nos ocuparemos de las opiniones
divergentes de Anton, Herder, Munter, etc., pero nos detendremos un instante en la etimología de la palabra
bafomet. La idea de Nicolai es aceptable si se admite, con Hammer, esta ligera variante: , que
podría traducirse por bautismo de Meté. Se ha encontrado, precisamente, un rito de este nombre entre los ofitas (41).
En efecto, Meté era una divinidad andrógino que figuraba la Natura naturante. Proclo dice textualmente que Metis,
llamada también  o Natura germinans, era el dios hermafrodita de los adoradores de la
serpiente. Se sabe también que los helenos designaban con la palabra Metis a la Prudencia venerada como esposa de
Júpiter. En suma, esta discusión filológica evidencia de manera indiscutible que el Bafomet era la expresión pagana
de Pan. Pues, al igual que los templarios, los ofitas practicaban dos bautismos: uno, el del agua o exotérico; el otro,
esotérico, el del espíritu o del fuego. Este último se llamaba el bautismo de Meté. San Justino y san Ireneo lo llaman
la iluminación. Es el bautismo de la luz de los masones. Esta purificación -la palabra es aquí verdaderamente tópica-
se encuentra indicada en uno de los ídolos gnósticos descubiertos por De Hammer, quien ha publicado su dibujo.
Sostiene en su regazo -advertid bien el gesto: habla- una bacinilla llena de fuego. Este hecho, que habría debido
sorprender al sabio teutón, y con él a todos los simbolistas, no parece haberles llamado la, atención. Sin embargo, el
famoso mito del Graal tiene su origen en esta alegoría. Justamente, el erudito barón diserta con abundancia acerca
de ese recipiente misterioso cuyo exacto significado aún se busca. Nadie ignora que, en la antigua leyenda
germánica, Titurel eleva un templo al Santo Graal en Montsalvat, y confía su custodía a doce caballeros templarios.
De Hammer quiere ver en ello el símbolo de la Sabiduría gnóstica, conclusión por demás vaga después de haber
ardido tanto tiempo. Que se nos perdone si osamos sugerir otro punto de vista. El Graal -¿quién lo duda hoy?- es el
más alto misterio de la Caballería mística y de la masonería, degeneración de aquélla. Es el velo del Fuego creador,
el Deus absconditus en la palabra INRI, grabada sobre la cabeza de Jesús en la cruz. Cuando Titurel edifica, pues, su
templo místico, es para que arda allí el fuego sagrado de las vestales, de los mazdeos e, incluso de los hebreos, ya
que los judíos mantenían un fuego perpetuo en el Templo de Jerusalén. Los doce custodios recuerdan los doce
signos del Zodiaco que recorre el Sol, Arquetipo del fuego vivo. El recipiente del ídolo del barón De Hammer es
idéntico al vaso pirógeno de los parsis, que se representa en llamas. También los egipcios poseían este atributo:
Serapis se representa a menudo con el mismo objeto sobre su cabeza, llamado Gardal en las riberas del Nilo. En ese
Gardal conservaban los sacerdotes el fuego material, como las sacerdotisas el fuego celeste de Ptah. Para los
iniciados de Isis, el Gardal era el jeroglífico del fuego divino. Y ese dios Fuego, ese dios Amor se encarna
eternamente en cada ser, ya que todo, en el Universo, tiene su chispa vital. Es el Cordero inmolado desde el
comienzo del mundo, que la Iglesia católica ofrece a sus fieles bajo las especies de la Eucaristía conservada en el
copón como el Sacramento de Amor. El copón -y nadie conciba malos pensamientos-, así como el Graal y las
crateras sagradas de todas las religiones, representa el órgano femenino de la generación, y corresponde al vaso
cosmogónico de Platón, a la copa de Hermes y de Salomón y la urna de los antiguos Misterios. El Gardal de los
egipcios es, pues, la clave del Graal. Es, en suma, la misma palabra. En efecto, de deformación en deformación,
Gardal se ha convertido en Gradal y, luego, con una especie de aspiración, en Graal. La sangre que bulle en el
santo cáliz es la fermentación ígnea de la vida o de la mixtión generadora. No podemos por menos de deplorar la
ceguera de aquellos que se obstinaban en no ver en este símbolo, despojado de sus velos hasta la desnudez, más que
una profanación de lo divino. El Pan y el Vino del Sacrificio místico es el espíritu o el fuego en la materia que, por
su unión, producen la vida. He aquí por qué los manuales iniciáticos cristianos, llamados Evangelios, hacen decir
alegóricamente a Cristo: Yo soy la Vida; soy el Pan vivo; he venido a prender fuego en las cosas, y lo envuelven en
el dulce signo exotérico del alimento por excelencia.»
VII
Antes de abandonar la linda casa de la Salamandra. señalaremos aún algunos motivos situados en el primer piso, los
cuales, sin presentar tanto interés como los precedentes, no están desprovistos de valor simbólico.
A la derecha del pilar que lleva la imagen del leñador, vemos dos ventanas contiguas, una cegada y la otra con
vidriera. En el centro de los arcos conopiales, se distingue, en la primera, una flor de lis heráldica (42), emblema de
la soberanía de la ciencia que, por extensión, se convirtió en el atributo de la realeza. El signo del aceptado y del
sublime conocimiento, al figurar en los escudos reales a raíz de la institución del blasón, no perdió en absoluto el
sentido elevado que implicaba, y sirvió siempre desde entonces para designar la superioridad, la preponderancia, el
valor y la dignidad adquiridos. Por esta razón, la capital del reino (París) tuvo permiso para añadir, a la nave de plata
en campo de gules de sus armas, tres flores de lis colocadas en jefe en campo de azur. Encontramos, por supuesto, el
significado de este símbolo claramente explicado en los Anales de Nangis: «Los reyes de Francia acostumbraban
llevar en sus armas la flor de lis representada por tres hojas, como si dijeran a todo el mundo: Fe, Sapiencia y
Caballería son, por la provisión y por la gracia de Dios, más abundantes en nuestro reino que en los otros. Las dos
hojas de la flor de lis que son iguales significan sentido y caballería que conservan la fe.»
En la segunda ventana, no deja de suscitar curiosidad una cabeza rubicunda, redonda y lunar, coronada por un falo.
Descubrimos en ello la indicación, muy expresiva, de los dos principios cuya conjunción engendra la materia
filosofal. Este jeroglífico del agente y del paciente, del azufre y del mercurio, del Sol y de la Luna, padres filosóficos
de la piedra, es lo bastante elocuente para suministrarnos la explicación.
Entre esas ventanas, la columnilla medianera lleva, a guisa de capitel, una urna semejante a la que hemos descrito al
estudiar los motivos de la puerta de entrada. No tenemos, pues, que renovar la interpretación ya dada. En la
columnilla opuesta, continuando hacia la derecha, está fijada una figurita de ángel con la frente adornada con cintas,
con las manos juntas, en actitud orante. Más allá, dos ventanas, en ajimez como las precedentes, presentan encima
del dintel la imagen de dos escudos con el campo ornado con tres flores, que son el emblema de las tres reiteraciones
de cada obra sobre las cuales nos hemos extendido frecuentemente en el curso de este análisis. Las figuras que hacen
las veces de capiteles en las tres columnas del ventanaje ofrecen, respectivamente, y de izquierda a derecha: 1° una
cabeza de hombre que creemos sea la del propio alquimista. cuya mirada se dirige hacia el grupo del personaje que
cabalga el grifo; 2° un angelote que estrecha contra su pecho un escudo acuartelado que la lejanía y el escaso relieve
nos impiden detallar; 3°, finalmente, un segundo ángel que expone el libro abierto, jeroglífico de la materia de la
Obra, preparada y susceptible de manifestar el espíritu que contiene. Los sabios han llamado a su materia Liber, el
libro, porque su textura cristalina y laminosa está formada por hojitas superpuestas como las páginas de un [Link]
último lugar, y tallado en el fuste del pilar extremo, una especie de hércules, completamente desnudo, sostiene con
esfuerzo la enorme masa de un bafomet solar inflamado. De todos los temas esculpidos en la fachada, es el más
grosero y el de ejecución menos afortunada. Aunque de la misma época, parece cierto que este hombrecillo
rechoncho y deforme, de vientre meteorizado y órganos genitales desproporcionados, debió de ser labrado por algún
artista inhábil y de segundo orden. Con excepción del rostro, de fisonomía neutra, todo parece desagradable a placer
en esta cariátide desafortunada. Con los pies apisona una masa incurvada, provista de numerosos dientes, como la
boca de un cetáceo. Nuestro hércules podría así querer representar a Jonás, ese profeta menor milagrosamente
salvado tras haber permanecido tres días en el vientre de una ballena. Para nosotros, Jonás es la imagen sagrada del
León verde de los sabios, el cual queda durante Tres días filosóficos encerrado en la sustancia madre, antes de
elevarse por sublimación y aparecer sobre las aguas.
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(1) Cf. de Formevilie, Notice su une maison du XVI, siècle, à Lisieux, con dibujos y litografias de Challamel París,
Janet Y Koepplin; Lisieux, Pigeon, 1834.
(2) Ct. Bibl. nat. de París, ms. 14789 (3032): La Clef des Secrets de Philasophie, de Pierre Vicot, Presbítero; siglo
XVIII.
(3) Nicolas de Grosparrny acaba, el Abrégé de Théorique dando la fecha exacta de terminación de esta obra, «la cual
–dice- ha compilado y mandado escribir y quedó perfecta el 29°día de diciembre del año micuatrocientos cuarenta y
nueve. Cf. Biblioteca de Rennes, ms. 158 (125), p. 111.
(4) Cf. Charles, Vèrel, Les Alchimistes de Flers. Alençon, 1889. obra en 8°., de 34 ,pág., en el Bulletin de la Société
historique et archéologique de l’Orne.
(5) Alfred de Caix, Notice sius quelques alchimistes normands. Caen, F. Le Bianc-Hardel, 1868.
(6) Comte Hector de la Ferrière, Histoire de Flers, ses seigneurs, son industrie. París, Dumoulin, 1855.
(7) Laroque. Histoire de la maison d’Harcourt, t. II, p. 1148
(8) Cartulario dell Castillo de Fiers.
(9) Obras manuscritas de Grosparmy, Valois y Vicot. Bibl. de Rennes, ms. 160 (124); fol. 90. Livre second de
[Link] de Vitecoq, presbítero: «A vos, noble y valeroso caballero, dirijo y confio en vuestras manos el mayor
secreto que jamás fuera desvelado por ningún viviente ... » Fol. 139, Récapitulation de M.e, Pierre Vical, con
prefacio dirigido al «Noble y piadoso caballero» hijo de Nicolas Valois.
(10) Obras de Grosparmy, Valois y Vicot. Bibl. nac. de Paris, mss. 12246 (2526), 12298 v 12299 (435), siglo XVII.
- Bibl. del Arsenal, ms. 2516 (166, S. A. F.), siglo XVII. - Cf. Bibl. de Rennes, ms. 160 (124), fol. 139: «S'en suit la
recapitulation de Me.., Pierre Vicot, presbstre... sur les preceden, ècrits qu'il a fait pour instruire le fils du sieur Le
Vallois en cette Science, apres la mort dudit Le Vallois, son père.»
(11) Eugène de Robillard de Beaurepaire. Caen illustré, son histoire, ses monuments. Caen, F. Leblanc-Hardel,
1896, p. 436.
(12) Una inscripción grabada den la hermosa fachada meridional que forma el fondo del patio lleva la fecha de
1535.
(13) Esta palabra de Dios, que es el Verbum demissum del Trevisano y la palabra perdida de los masones
medievales, designa el secreto material de la Obra, cuya revelación constituye el don de Dios, y sobre cuya
naturaleza, nombre vulgar o empleo, todos los filósofos conservan un impenetrable silencio. Es evidente, pues, que
el bajo relieve que acompañaba la inscripción debía referirse al tema de los sabios y, probablemente, también a la
manera de trabajar. Así es cómo se entraba en la Obra, al igual que al palacio de Escoville, por la puerta simbólica
del Grand-Cheval.
(14) Se ve aquí el retrato / de Judit la virtuosa; / cómo por una gran gesta / cortó la cabeza embriagada / de
Holofernes, que a la dichosa / Jerusalén había derrotado.»
(15) Es frecuente hallar en las moradas de los alquimistas, entre otros emblemas herméticos, a músicos o
instrumentos de música. Entre los discípulos de Hermes, la ciencia alquímica -ya diremos por qué en el curso de esta
obra- era llamada el arte de música.
(16) «Menospreciada, la obra triunfa de todo.»
(17) Basilio Valentín. Les Douze Clefs de la Philosophie, Editions de Minuit, 1956, figura 9.-, p. 185.
(18) San Lucas, cap. Ill, v. 16 y 17. -Marcos, cap. I, v. 6, 7 y 8. -Juan, cap. I, v. 30 a 32. (La presente traducción está
tomada de san Lucas en la edición Nácar-Colunga. - N. del T.
(19) No se confunda con el ázoe o nitrógeno (en francés se utiliza para ambos la misma palabra, azoth, por lo que
nosotros tratamos de diferenciarlas). El azot es el llamado mercurio de los filósofos, espíritu vital de los metales y,
por extensión, Spiritus mundi, principio y fin de todas las cosas y fuerza sutil creadora de la naturaleza. -N. del T.
(20) Apocalipsis, cap. X, v. 1 al 4, 8 y 9. -Esta parábola, muy instructiva, se halla reproducida con algunas variantes,
que precisan su sentido hermético, en la Vision survenue en songenat à Ben Adam, au temps du régne du roy
d'Adama, laquelle a été mise en lumiére par Floretus à Bethabor. Bibl. del Arsenal, ms. 3022 (168, S.A.F.), P. 14,
He aquí la parte del texto susceptible de interesarnos:
«Y oí otra vez una voz del cielo que me hablaba y decía: »Ve, toma este librito abierto de la mano de este ángel que
se mantiene sobre el mar y sohre la tierra. -Y yo fui hacia el ángel y le dije: Entrégame este librito. -Y tomé el librito
de la mano del ángel y se lo di para que se lo tragara. Y cuando se lo hubo comido, sufrió unos retortijones tan
fuertes en el vientre, que se volvió todo negro como el carbón. Y mientras él estaba en esta negritud, el sol lucía
claro como en el más cálido mediodía, y a causa de él cambió su forma negra como en mármol blanco hasta que, al
fin, estando el sol en lo más alto, se volvió todo rojo como el fuego... Y, entonces, todo se desvaneció...
-Y del lugar donde el ángel habló, se elevó una mano sosteniendo un vaso en el que parecía haber un polvo de color
rosa roja...
Y escuché un gran eco que decía:
»¡Sigue la Naturaleza, sigue la Naturaleza!»
(21) Se da a Francisco I el sobrenombre de padre de las letras, y ello por algunos favores que concedió a tres o
cuatro escritores, pero se olvida que ese padre de las letras otorgó, en 1535, cartas patentes por las que prohibía la
imprenta so pena de horca; que tras haber proscrito la imprenta estableció una censura para impedir la publicación y
venta de los libros previamente impresos; que concedió a la Sorbona el derecho de inquisición sobre las conciencias;
que, según el edicto real, la posesión de un libro antiguo condenado y proscrito por la Sorbona exponía a sus dueños
a la pena de muerte, si ese libro era hallado en su domicilio, donde los esbirros de la Sorbona tenían la facultad de
efectuar registros; que se mostró, durante todo su reinado, implacable enemigo de la independencia del espíritu y del
progreso de las luces, así como fanático protector de los más famosos teólogos y de los absurdos escolásticos más
contrarios al verdadero espíritu de la religión cristiana... ¡Vaya impulso para las ciencias y las bellas letras! No
puede verse en Francisco I sino un loco brillante que fue la desgracia y la vergüenza de Francia.»
Abate de Montgaillard, Histoire de France. París, Moutardier, 1827, t. I, p. 183.
(22) Limojon de Saint,Didier, Lettre aux vrays Disciples d'Hermés, en Triomphe Hermétique. Amsterdam, Henry
Wotstein, 1699, página 150. -
(23) Les Douze Clefs de Philosophie de Frére Basile Valentin, religieux de I'Ordre Sainct Banoist, traictant de la
vraye Medecine metallique. París, Pierre Moët, 1959; clave X, p. 121; Editions de Minuit, 1956, p. 200.
(24) Cosmopolite ou Nouvelle Lumiere Chymique. París, J. d'Houry, 1669. Traité du sel, p. 64.
(25) En el ms. lat. 5614 de la Bibl. nac. de París, que está compuesto por tratados de antiguos filósofos, la tercera
obra se titula: Modus faciendi Optiman Ceram rubeam.
(26) Evaporando un litro de agua de mar, calentando los cristales obtenidos hasta la deshidratación completa y
sometiéndolos a la calcinación en una cápsula de porcelana, se percibe claramente el olor característico del yodo.
(27) J. F. Henckel, Flora Saturnisans. París, J. T. Hérissant, 1760, [Link] p, 158.
(28) Es el olor característico del carbonato de amoníaco.
(29) La rue de l'Arbre-Sac aún existe. Está situada en el distrito I, a pocos metros del Louvre, tras la iglesia de St.
Germain-l’Auxerrois. Nace en la place de l'Ecole, frente al Pont Neuf, en la orilla derecha del Sena, atraviesa la rue
de Rivoli y acaba en la de St. Honoré. – N. del T.
(30) Edouard Fournier, Enigmes des rues de Paris. París, E. Dentu, 1860
(31) La identificamos como la encina de Membré o, más herméticamente, démembré (desmembrado).
(32) Le livre de Messire Guill, de Mandeville. Bibl. nac. de París, ms. 8392, fol. 157.
(33) Les Trois Livres de l'Art du Potier, du Cavalier Cyprian Piccólpassi, translatés par Claudius Popelyn, Parisien.
Pirís, Librairie Internationale, 1861.
(34) Recueil de piéces sur Avignon. Bibl. de Carpentras ms. número 917, fol. 168.
(35) El nombre griego del pez está formado por las siglas de esta frase:
 que significa Jesús Cristo, Hijo de Dios, Salvador. Se ve
con frecuencia la palabra , grabada en las catacumbas romanas, y figura, asimismo, en el mosaico de San
Apolinar de Ravena, colocada en lo alto de una cruz constelada, elevada sobre las palabras latinas SALUS MUNDI,
que presenta en la extremidad de los brazos las letras  y .
(36) Mateo, XXV, 29, Lucas, VIII, 18 y XIX, 26; Marcos, IV, 25. (El fragmento reproducido ha sido tomado de
Mateo, versión Nácar-Colunga.)-N. del T.
(37) Cicerón, De natura Deorum, I, 10.
(38) Durante mucho tiempo, se consideró a Hapi como la personificación divina del Nilo. Los egiptólogos actuales
creen, más bien, que se trataba del espíritu del río, entidad inconcreta que iba a parar a Nun, el mar increado. La
crecida del Nilo solía llamarse «la venida de Hapi». A veces, se subordina a Khnum o a Amón, e incluso se lo
identifica con Osiris.-N. del T.
(39) El bafomet ofrecía en ocasiones, como hemos dicho, el carácter y el aspecto exterior de los bucráneos.
Presentado de esa forma, se identifica con la naturaleza acuosa figurada por Neptuno, la mayor divinidad marina del
Olimpo.  está, en efecto, velado bajo la imagen del buey, el toro o la vaca, que son símbolos lunares.
El nombre griego de Neptuno deriva de , genitivo, , buey, toro, y de ,
imagen, espectro o simulacro.
(40) A propósito del Dictionnaire des Copitroverses historiques, por S. F. Jehan, París, 1866.
(41) Secta gnóstica egipcia que floreció en el siglo II. Eje de su doctrina era la adoración de la serpiente (ophis) del
Génesis, como símbolo del conocimiento. – N. del T.
(42) Empleamos la expresión lis para significar inequívocamente la diferencia de expresión que existe entre este
emblema heráldico, cuya imagen es una flor de iris, y el lirio natural que se da como atributo a la Virgen María.

EL MITO ALQUÍMICO DE ADAN Y EVA


El dogma de la caída del primer hombre, dice Dupiney de Vorepierre, no pertenece sólo al cristianismo, sino
también al mosaísmo y a la religión primitiva, que fue la de los patriarcas. Ésa es la razón de que esta creencia se
halle, si bien alterada y desfigurada, entre todos los pueblos de la Tierra. La historia auténtica de esta decadencia del
hombre por su pecado nos es conservada en el primer libro de Moisés (Génesis, capítulos II y III). «Este dogma
fundamental del cristianismo -escribe el abate Foucher- no era ignorado en absoluto en los tiempos antiguos. Los
pueblos más próximos que nosotros al origen del mundo sabían, por una tradición uniforme y constante, que el
primer hombre había prevaricado, y que su crimen había atraído la maldición de Dios sobre toda su posteridad.» «La
caída del hombre degenerado -dice el propio Voltaire- el fundamento de la teología de todas las naciones antiguas.»
Según Filolao el pitagórico (siglo V antes de J.C.), los filósofos antiguos decían que el alma estaba enterrada en el
cuerpo, como en una tumba, como castigo por algún pecado. Platón testimonia, así, que tal era la doctrina de los
órficos, y él mismo la profesaba. Pero como se reconocía igualmente que el hombre había salido de las manos de
Dios y que había vivido en un estado de pureza y de inocencia (Dicearca, Platón), era preciso admitir que el crimen
por el que sufría su pena era posterior a su creación. La edad de oro de las mitologías griega y romana es,
evidentemente, un recuerdo del primitivo estado del hombre al salir de las manos de Dios.
Los monumentos y las tradiciones de los hindúes confirman la historia de Adán y de su caída. Esta tradición existe
asimismo entre los budistas del Tíbet y era enseñada por los druidas, y también por los chinos y los antiguos persas
Según los libros de Zoroastro, el primer hombre y la primera mujer fueron creados puros y sometidos a Ormuz, su
hacedor. Ahrimán los vio y se sintió celoso de su felicidad. Los abordó en forma de culebra, les presentó unos frutos
y los convenció de que era él mismo el creador del Universo entero. Le creyeron y, desde entonces, su naturaleza fue
corrompida, y esta corrupción contaminó a su posteridad. La madre de nuestra carne o la mujer de la serpiente es
célebre en las tradiciones mexicanas, que la representan caída de su estado primitivo de dicha y de inocencia. En el
Yucatán, en el Perú, en las islas Canarias, etc., la tradición de la caída existía también entre las naciones indígenas
cuando los europeos descubrieron esos países. Las expiaciones que se celebraban entre diversos pueblos para
pacificar al niño a su entrada en esta vida constituyen un testimonio irrebatible de la existencia de esta creencia
general. «Ordinariamente—dice el sabio cardenal Gousset—, esta ceremonia tenía lugar el día en que se daba
nombre al niño. Ese día, entre los romanos, era el noveno para los varones y el octavo para las niñas, y se llamaba
lustricus a causa del agua lustral que se empleaba para purificar al recién nacido. Los egipcios, los persas y los
griegos tenían una costumbre semejante. En el Yucatán, en América, se llevaba al niño al templo, donde el sacerdote
derramaba sobre su cabeza el agua destinada a ese uso, y le daba un nombre. En las Canarias, las mujeres
desempeñaban esta función en lugar de los sacerdotes. Y las mismas expiaciones se encuentran prescritas por la ley
entre los mexicanos. En algunas provincias, se encendía igualmente fuego y se hacía ademán de pasar al niño por la
llama, como para purificarlo a la vez por el agua y el fuego. Los tibetanos, en Asia, tienen también costumbres
parecidas. En la India, cuando se da un nombre al niño, después de haber escrito este nombre en su frente y de
haberlo sumergido por tres veces en el agua, el brahmán o sacerdote exclama en voz alta: «Dios, puro, único,
invisible y perfecto, te ofrecemos a este niño, nacido de una tribu santa, ungido con un aceite incorruptible y
purificado con agua.»
Como señala Bergier, es absolutamente preciso que esta tradición se remonte a la cuna del género humano, pues si
hubiera nacido entre un pueblo concreto tras la dispersión, no hubiera podido extenderse de un extremo al otro del
mundo. Esta creencia universal en la caída del primer hombre iba, además, acompañada de la esperanza de un
mediador, personaje extraordinario que debía llevar la salvación a los hombres y reconciliarlos con Dios. No sólo
este libertador era esperado por los patriarcas y por los judíos, que sabían que aparecería entre ellos, sino también
por los egipcios, los chinos, los japoneses, los indios, los siameses, los árabes, los persas y por diversas naciones de
América. Entre griegos y romanos, esta esperanza era compartida por algunos hombres, como lo testimonian Platón
y Virgilio. Por añadidura, como hace observar Voltaire: Desde tiempo inmemorial, existía entre los indios y los
chinos una máxima según la cual el Sabio llegaría de Occidente. Europa, por el contrario, decía que vendría de
Oriente.»
Bajo la tradición bíblica de la caída del primer hombre, los filósofos, con su acostumbrada habilidad, han ocultado
una verdad secreta de orden alquímico. Eso, sin duda, es lo que nos sirve y lo que nos permite explicar las
representaciones de Adán y Eva que se descubren en algunos viejos edificios del Renacimiento. Uno de ellos,
claramente característico de esta intención, servirá de arquetipo a nuestro estudio. Esta morada filosofal, situada en
Le Mans, nos muestra, en el primer piso, un bajo relieve que representa a Adán con el brazo levantado para tomar el
fruto del arbor scientiae, mientras que Eva atrae la rama hacia él con la ayuda de una cuerda. Ambos llevan
filacterias, atributos encargados de expresar que estos personajes tienen un significado oculto, distinto del del
Génesis. Este motivo, maltratado por las intemperies—que apenas han respetado más que las grandes masas—, está
circunscrito por una corona de follaje, flores y frutos, jeroglíficos de la naturaleza fecunda, de la abundancia y de la
producción. A la derecha y arriba, se distingue, entre motivos vegetales carcomidos, la imagen del Sol, mientras que,
a la izquierda, aparece la de la Luna. Ambos astros herméticos contribuyen a acentuar y precisar aún más la cualidad
científica y la expresión profana del tema extraído de las Sagradas Escrituras.
Señalemos, de paso, que las escenas laicas de la tentación están conformes a las de la iconografía religiosa. Adán
Eva Aparecen siempre separados por el tronco del árbol paradisíaco. En la mayoría de los casos, la serpiente,
enrollada en torno a aquél, se representa con cabeza humana. Así es como aparece en un bajo relieve gótico de la
antigua Fontuine Saint-Maclou, en la iglesia de este nombre, en Ruán, y en otra escena de gran dimensión que
decora un muro de la casa llamada de Adán y Eva, en Montferrand (Puy-deDome), que parece datar de finales del
siglo XIV o comienzos del XV. En el coro de Saint-Bertrand de-Comminges (Alto Garona), el reptil descubre un
busto provisto de mamas, con brazos y una cabeza de mujer. También una cabeza femenina presenta la serpiente de
Vitre, esculpida en el ajimez de una hermosa puerta del siglo XV en la rue Notre-Dame. Por el contrario, el grupo en
plata maciza del tabernáculo de la catedral de Valladolid permanece fiel al realismo: la serpiente es representada
bajo su aspecto natural, y sostiene en sus fauces ampliamente abiertas una manzana entre sus colmillos (1).
Adamus, nombre latino de Adán, significa hecho de tierra roja. Es el primer ser de naturaleza, el único entre las
criaturas humanas que ha sido dotado con las dos naturalezas del andrógino. Podemos, pues, considerarlo, desde el
punto de vista hermético, como la materia básica unida al espíritu en la unidad misma de la sustancia creada,
inmortal y perdurable. Pero desde que Dios, según la tradición mosaica, hizo nacer a la mujer, individualizando, en
cuerpos distintos y separados, esas naturalezas al principio asociadas en un cuerpo único, el primer Adán tuvo que
borrarse, se especificó al perder su constitución original y se convirtió en el segundo Adán, imperfecto y mortal. El
Adán principio, del que jamás hemos descubierto figuración alguna en ningún sitio, es llamado por los griegos
AdamoV o AdamaV, palabra que designa, en el plano terrenal, el acero más duro, empleado por AdamastoV, es
decir, indomable y todavía virgen (de la partícula privativa -a y damaw, domar), lo que caracteriza muy bien Ia
naturaleza profunda del primer hombre celeste y del primer cuerpo terrestre como solitarios y no sometidos al yugo
del himen. ¿Cuál es, pues, este acero llamado adamaV, del que tanto hablan los filósofos? Platón, en su Timeo, nos
da la explicación siguiente.
«De todas las aguas que hemos llamado fusibles -dice-, la que tiene las partes más tenues y más iguales; la más
densa; ese género único cuyo color es un amarillo brillante; los más preciosos bienes, en fin, el oro, se ha formado
filtrándose a través de la piedra. El nudo del oro, convertido en muy duro y negro a causa de su densidad, se llama
adamas. Otro cuerpo, próximo al oro por la pequeñez de sus partes, pero que tiene muchas especies, cuya densidad
es inferior a la del oro, que encierra una débil aleación de tierra muy conocida, lo que lo hace más duro que el oro, y
que es, al mismo tiempo, más ligero gracias a los poros que atraviesan su masa, es una de esas aguas brillantes y
condensadas que se llaman bronce. Cuando la porción de tierra que contiene se halla separada por la acción del
tiempo, se hace visible por sí misma y se le da el nombre de herrumbre.»
Este pasaje del gran iniciado muestra la distinción de las dos personalidades sucesivas del Adán simbólico, las
cuales se describen bajo su expresión mineral propia del acero y del bronce. Ya que el cuerpo próximo a la sustancia
adamas —nudo o azufre del oro— es el segundo Adán considerado en el reino orgánico como el padre verdadero de
todos los hombres y, en el reino mineral, como agente y procreador de los individuos metálicos y geológicos que lo
constituyen.
Así, nos enteramos de que el azufre y el mercurio, principios generadores de los metales, no fueron en su origen sino
una y la misma materia ya que sólo más tarde adquirieron su individualidad específica y la conservaron en los
compuestos nacidos de su unión. Y aunque sea mantenida por una poderosa cohesión el arte puede, sin embargo,
romperla y aislar el azufre y el mercurio bajo la forma que le es propia. El azufre, principio activo, es designado
simbólicamente por el segundo Adán, y el mercurio, elemento pasivo su mujer, Eva. Este último elemento o
mercurio, reconocido como el más importante, es también el más difícil de obtener en la práctica de la Obra. Su
utilidad es tal, que la ciencia le debe su nombre, ya que la filosofía hermética está fundada en el conocimiento
perfecto del Mercurio, en griego Ermhz. Eso es lo que expresa el bajo relieve que acompaña y limita el panel de
Adán y Eva en la casa de Le Mans. Se advierte a Baco niño provisto del tirso (2), escondiendo con la mano
izquierda la boca de una vasija, y en pie sobre la tapadera de un gran recipiente decorado con guirnaldas. Pues Baco,
divinidad emblemática del mercurio de los sabios, encarna un significado secreto parecido al de Eva, madre de los
vivos. En Grecia a todas las bacantes se las llamaba Eua, Eva, palabra que procedía de Euioz, Evius, sobrenombre de
Baco. En cuanto a las vasijas destinadas a contener el vino de los filósofos o mercurio, son lo bastante elocuentes
como para dispensarnos de poner de relieve su sentido esotérico.
Pero esta explicación, aunque lógica y conforme a la doctrina, es, sin embargo, insuficiente para suministrar la razón
de ciertas particularidades experimentales y de algunos puntos oscuros de la práctica. Es indiscutible que el artista
no sería capaz de pretender adquirir la materia original, es decir, el primer Adán «formado de tierra roja», y que el
tema de los sabios mismo, calificado de materia prima del arte, aparece muy alejado de la simplicidad inherente a la
del segundo Adán. Este tema, sin embargo, es propiamente la madre de la Obra, como Eva es la madre de los
hombres. Dispensa a los cuerpos que da a luz, o más exactamente que reincruda, la vitalidad, la vegetabilidad y la
posibilidad de mutación. Iremos más lejos y diremos, dirigiéndonos a quienes tienen ya alguna capa de ciencia, que
la madre común de los metales alquímicos no entra en absoluto en la Gran Obra, aunque sea imposible producir algo
ni emprender nada sin ella. En efecto, por su intermedio, los metales vulgares, verdaderos y únicos agentes de la
piedra, se cambian en metales filosóficos y gracias a ella son disueltos y purificados. En ella encuentran y prosiguen
su actividad perdida, y de muertos como estaban, vuelven a la vida. Ella es la tierra que los nutre, los hace crecer y
fructificar y les permite multiplicarse. Por fin, volviendo al seno materno que otrora los formara y les diera
nacimiento, renacen y recobran las facultades primitivas de las que la industria humana las había privado. Eva y
Baco son los símbolos de esta sustancia filosofal y natural -no primera, sin embargo, en el sentido de la unidad o de
la universalidad -comúnmente llamada con el nombre de Hermes o Mercurio. Pues se sabe que el mensajero alado
de los dioses servía de intermediario entre las potencias del Olimpo y desempeñaba en la mitología un papel análogo
al del mercurio en la labor hermética. Se comprende mejor así la naturaleza especial de su acción y por qué no
permanece con los cuerpos que ha disuelto, purgado y animado. Y, asimismo, se interpreta el sentido en que
conviene comprender a Basilio Valentín cuando asegura que los metales (3) son criaturas dos veces nacidas del
mercurio, hijos de una sola madre, producidos y regenerados por ella. Y se concibe mejor, por otra parte, dónde
radica esa piedra miliar que los filósofos han lanzado a través del camino cuando afirman, de común acuerdo, que el
mercurio es la única materia de la Obra, en tanto que las reacciones necesarias son tan sólo provocadas por él, lo
cual han dicho en metáfora o bien considerándolo desde un punto de vista particular.
Tampoco es inútil tener en cuenta que si tenemos necesidad del cisto de Cibeles, de Ceres o de Baco, es sólo porque
encierra el cuerpo misterioso que constituye el embrión de nuestra piedra; si precisamos un vaso no es más que para
contener en él el cuerpo, y nadie ignora que sin una tierra apropiada, todo grano resultaría inútil, Así, no podemos
prescindir de la vasija aunque el contenido sea infinitamente más precioso que el continente, el cual está destinado,
tarde o temprano, a separarse de aquél. El agua carece de forma en sí, aunque sea susceptible de adoptarlas todas y
de tomar la del recipiente que la contiene. He aquí la razón de nuestro vaso y de su necesidad, y por qué los filósofos
lo han recomendado tanto como e! vehículo indispensable, el excipiente obligado de nuestros cuerpos. Y esta verdad
halla su justificación en la imagen de Baco niño en pie sobre la tapadera de la vasija hermética.
De cuanto antecede, importa, sobre todo, retener el hecho de que los metales, licuados y disociados por el mercurio,
encuentran de nuevo el poder vegetativo que poseían en el momento de su aparición en el plano físico. El disolvente
hace para ellos, en cierto modo, el oficio de una verdadera fuente de Juvencia. Separa sus impurezas heterogéneas
tomadas de los yacimientos metalíferos, les quita los achaques contraídos en el curso de los siglos; los reanima, les
da un vigor nuevo y los rejuvenece. Así, los metales vulgares se hallan reincrudados, es decir, vueltos a un estado
próximo al suyo original, y en lo sucesivo son llamados metales vivos o filosóficos. Puesto que al contacto de su
madre toman de nuevo sus facultades primitivas, puede asegurarse que se han acercado a ella y han adquirido una
naturaleza análoga a la suya. Pero es evidente, por otra parte, que como consecuencia de esta conformidad de
complexión no serían capaces de engendrar cuerpos nuevos con su madre, ya que ésta tiene sólo un poder renovador
y no generador. De donde hay que concluir que el mercurio del que hablamos, y que es figurado por la Eva del Edén
mosaico, no es el que los sabios han designado como la matriz, el receptáculo y el vaso apropiado para el metal
reincrudado, llamado azufre, sol de los filósofos, semilla metálica y padre de la piedra.
No hay que dejarse engañar, pues aquí está el nudo gordiano de la Obra, el que los principiantes deben aplicarse a
desanudar si no quieren verse detenidos en seco al comienzo de la práctica. Existe, pues, otra madre, hija de la
primera, a la que los maestros con un designio fácil de adivinar, han impuesto también la denominación de
mercurio. Y la diferenciación de estos dos mercurios, uno agente de renovación y el otro de procreación, constituye
el estudio más ingrato que la ciencia huya reservado al neófito. Con el propósito de ayudarle a franquear esa barrera,
nos hemos extendido sobre el mito de Adán y Eva, y vamos a intentar aclarar esos puntos oscuros, voluntariamente
dejados en la sombra por los mejores autores mismos. La mayoría de ellos se han contentado con describir de
manera alegórica la unión del azufre y del mercurio, generadores de la piedra a la que llaman Sol y Luna, padre y
madre filosóficos, fijo y volátil, agente y paciente, macho y hembra, águila y león, Apolo y Diana (que algunos
convierten en Apolonio de Tiana), Gabritius y Beya, Urim y Tumim, las dos columnas del templo: Yakin y Bohas, el
anciano y la joven virgen y, en fin, y de manera más exacta, el hermano y la hermana. Pues son, en realidad,
hermano y hermana, ya que ambos tienen una madre común y deudores de la contrariedad de sus temperamentos
antes de la diferencia de edad y de evolución que de lo divergente de sus afinidades.
El autor anónimo de la Ancienne Guerre des Chevaliers (4), en un discurso que hace pronunciar al metal reducido a
azufre bajo la acción del primer mercurio, enseña que este azufre tiene necesidad de un segundo mercurio con el
que debe juntarse a fin de multiplicar su especie. «Entre los artistas -dice- que han trabajado conmigo, algunos han
llevado tan lejos su trabajo que han conseguido separar de mí mi espíritu, que contiene mi tintura, de modo que,
mezclándolo con otros metales y minerales, han conseguido comunicar un poco de mis virtudes y de mis fuerzas a
los metales que tienen alguna afinidad y algunas amistad conmigo. Sin embargo, los artistas que han conseguido por
esta vía el éxito y que han encontrado con seguridad una parte del arte son, en verdad, poquísimos. Mas como no
han conocido el origen de donde vienen las tinturas, les ha sido imposible llevar su trabajo más acá, y no han
hallado, al fin, que hubiera gran utilidad en su procedimiento. Pero si estos artistas hubieran proseguido sus
investigaciones y hubieran examinado bien qué mujer me es propia, la hubieran buscado y me hubieran unido a ella,
entonces yo hubiera podido teñir mil veces más.» En el Entretien d'Eudoxe et de Pyrophile, que sirve de comentario
a este tratado, Limojon de Saint-Didier escribe, a propósito de este pasaje: «La mujer apropiada a la piedra y que
debe unírsele es esa fuente de agua viva cuya fuente, toda celeste, que tiene particularmente su centro en el Sol y en
la Luna, produce ese claro y precioso arroyo de los Sabios que discurre hasta el mar de los filósofos, el cual rodea
todo el mundo. No deja de tener fundamento que esta divina fuente sea llamada por este autor la mujer de la piedra.
Algunos la han representado bajo la forma de una ninfa celeste, y otros le dan el nombre de la casta Diana, cuya
pureza y virginidad no está en absoluto mancillada por el vínculo espiritual que la une a la piedra. En una palabra,
esta conjunción magnética constituye el matrimonio mágico del cielo con la tierra, del que algunos filósofos han
hablado, de tal manera, que la fuente segunda de la tintura física, que opera tan grandes maravillas, nace de esta
unión conyugal tan misteriosa.»
Estas dos madres, o mercurios, que acabamos de distinguir figuran bajo el emblema de los dos gallos (5), en el panel
de piedra situado en el segundo piso de la casa de Le Mans. Están junto a un vaso (6) lIeno de hojas y frutas,
símbolo de su capacidad vivificante, generadora y vegetal, de la fecundidad y la abundancia de las producciones que
resultan. A cada lado de este motivo, unos personajes sentados -uno soplando un cuerno y el otro tañendo una
especie de guitarra- ejecutan un dúo musical. A la traducción de este Arte de música -epíteto convencional de la
alquimia- se refieren los diversos temas esculpidos en la fachada.
Pero antes de proseguir el estudio de los motivos de la casa de Adán y Eva, nos creemos obligados a prevenir al
lector de que, bajo términos muy poco velados, nuestro análisis encierra la revelación de lo que se ha convenido en
llamar el secreto de los dos mercurios. Nuestra explicación, sin embargo, no podría resistir el examen, y quien se
tomara la molestia de analizarla, hallaría en ella ciertas contradicciones, errores manifiestos de lógica o de juicio.
Pero reconocemos lealmente que, en la base, no existe más que un solo mercurio, y que el segundo deriva
necesariamente del primero. Convenía no obstante, llamar la atención sobre las cualidades diferentes que afectan
con objeto de mostrar -aún al precio de una torsión a la razón o de una inverosimilitud- cómo pueden distinguirse,
identificarse y cómo es posible extraer directamente la propia mujer del azufre, madre de la piedra, del seno de
nuestra madre primitiva. Entre la narración cabalística, la alegoría tradicional y el silencio, no podíamos escoger.
Siendo nuestra meta acudir en ayuda de los trabajadores poco familiarizados con las parábolas y las metáforas, nos
estaba prohibido el empleo de la alegoría y de la cábala. ¿Hubiera valido más actuar como muchos de nuestros
predecesores y no decir nada? No lo creemos. ¿Para qué serviría escribir sino para quienes saben ya y no necesitan
nuestros consejos? Hemos preferido, pues, dar en lenguaje claro una demostración ab absurdo, gracias a la cual
resultaba posible desvelar el arcano que, hasta ahora, permaneció obstinadamente escondido. El procedimiento, por
supuesto, no es nuestro. ¡Que los autores -y son numerosos- en quienes no se advierten semejantes discordancias nos
arrojen la primera piedra!
Encima de los gallos, guardianes del vaso fructificante, se ve un panel de mayor dimensión, por desgracia muy
mutilado, cuya escena figura el rapto de Deyanira por el centauro Neso.
La fábula narra que habiendo obtenido Hércules de Eneo la mano de Deyanira por haber triunfado sobre el dios río
Aqueloo (7), en compañía de su nueva esposa quiso atravesar el río Evenio (8). Neso, que se halla en las cercanías,
se ofreció para transportar a Deyanira a la otra orilla. Hércules cometió el error de consentirlo, y no tardó en advertir
que el centauro intentaba apoderarse de Deyanira. Una flecha templada en la sangre de la hidra y lanzada con mano
segura lo detuvo allí mismo. Sintiéndose morir, Neso entregó a Deyanira su túnica, teñida con su sangre,
asegurándole que le serviría para atraer a su marido si se alejaba de ella para acercarse a otras mujeres. Más tarde, la
esposa crédula supo que Hércules buscaba a Iole (9), premio de su victoria sobre Eurito, su padre, y le envió la
prenda ensangrentada, mas apenas la vistió comenzó a sentir atroces dolores. No pudiendo resistir tanto sufrimiento,
se lanzó en medio de las llamas de una hoguera que coronaba el monte Eta (10) y que prendió con sus propias
manos. Deyanira, al saber la fatal noticia, se dio muerte, desesperada.
Esta narración se relaciona con las últimas operaciones del Magisterio, y constituye una alegoría de la fermentación
de la piedra por el oro, a fin de orientar el Elixir hacia el reino metálico y limitar su empleo a la transmutación de los
metales.
Neso representa la piedra filosofal, aún no determinada ni afecta a alguno de los grandes géneros naturales, cuyo
color varía del carmín al escarlata brillante NhsoV, significa en griego vestidura de púrpura, la túnica sangrienta del
centauro —"que quema los cuerpos más que el fuego del Infierno" indica la perfección del producto acabado,
maduro y lleno de tintura.
Hércules figura el azufre del oro cuya virtud refractaria a los agentes más incisivos sólo puede ser vencida por la
acción de la vestidura roja o sangre de la piedra. El oro, calcinado bajo los efectos combinados del fuego y de la
tintura, toma el color de la piedra y, a cambio, le da la calidad metálica que el trabajo le había hecho perder. Juno,
reina de la Obra, consagra así la reputación y la gloria de Hércules, cuya apoteosis mítica encuentra su realización
material en la fermentación. El nombre mismo de Hércules, HraclhV, indica que debe a Juno la imposición de los
trabajos sucesivos que debían asegurarle la celebridad y extender su nombradía. HraclhV, está formado, en efecto,
por Hra, Juno y cleoV, gloria, reputación, renombre. Deyanira, mujer de Hércules, personifica el principio
mercurial del oro, que lucha junto al azufre, al que está unida, pero que sucumbe, bajo el ardor de la túnica ígnea. En
griego, Dhianeira deriva de DhiothV, hostilidad, lucha, agonía.
En el fuste de los dos pilares adosados que flanquean la escena mitológica cuyo esoterismo acabamos de estudiar,
figuran, por un lado, una cabeza de león provista de alas, y por el otro, una cabeza de perro o de perra. Estos
animales están, asimismo, representados en su forma completa en los arcos de la puerta de Vitré. El león, jeroglífico
del principio fijo y coagulante llamado comúnmente azufre, lleva alas a fin de mostrar que el disolvente primitivo, al
descomponer y reincrudar el metal, da al azufre una cualidad volátil sin la cual su reunión con el mercurio resultaría
imposible. Algunos autores han descrito la manera de efectuar esta importante operación bajo la alegoría del
combate del águila y el león, de lo volátil y lo fijo, combate bastante explicado ya en otra parte (11).
En cuanto al perro simbólico, sucesor directo del cinocéfalo egipcio, el filósofo Artefio le ha dado patente de
ciudadanía entre las figuras de la iconografía alquímica. Habla, en efecto, del perro del Corasán y de la perra de
Armenia, emblemas del azufre y del mercurio, padres de la piedra (12). Pero mientras la palabra DrmenoV, que
significa aquello de lo que se tiene necesidad, lo que está preparado y convenientemente dispuesto, indica el
principio pasivo y femenino, el perro del Corasán o azufre toma su nombre del término griego Korax, equivalente a
cuervo (13), vocablo que servía también para designar cierto pez negruzco sobre el cual, si nos fuera permitido,
podríamos decir cosas curiosas.
Los «hijos de ciencia» a quienes su perseverancia ha conducido al dintel del santuario saben que tras el
conocimiento del disolvente universal -madre única que toma la personalidad de Eva-, nada hay más importante que
el del azufre metálico primer hijo de Adán, generador efectivo de la piedra, el cual recibió el nombre de Caín. Pues
Caín significa adquisición, y lo que el artista adquiere en primer lugar es el perro negro y rabioso del que hablan los
textos, el cuervo, primer testimonio del Magisterio. También, según la versión del Cosmopolita, el pez sin huesos,
echeneis o rémora «que nada en nuestro mar filosófico», y a propósito del cual Jean Joachim d'Estinguel d'Ingrofont
(14) asegura -que «poseyendo una vez el pececillo llamado Rémora, que es muy raro, por no decir único en esta
gran mar, ya no tendréis más necesidad de pescar, sino sólo de pensar en la preparación, sazonamiento y cocción de
ese pececillo». Y aunque sea preferible no extraerlo del medio en que habita -dejándole para sus necesidades
bastante agua a fin de mantener su vitalidad-, quienes tuvieron la curiosidad de aislarlo pudieron verificar la
exactitud y la veracidad de las afirmaciones filosóficas. Se trata de un cuerpo minúsculo -habida cuenta el volumen
de la masa de donde proviene-, con apariencia exterior de una lenteja biconvexa, a menudo circular y en ocasiones
elíptica. Con aspecto terroso más bien que metálico, este ligero botón, infusible pero muy soluble, duro, quebradizo,
friable, negro en una cara y blancuzco en la otra, violeta al romperse ha recibido nombres diversos y relativos a su
forma, a su coloración o a ciertas particularidades químicas. Es el prototipo secreto del bañista popular del zapato de
los reyes, el haba cnamoV, parónimo de cnanoV; negro azulado), el sabot (15). (bembhx); es también el capullo
(bimbncion) y su gusano, cuyo nombre griego, bombhx, que tanto se parece al de zueco, procede de bomboV; que
expresa, precisamente, el ruido de un trompo en rotación. También se llama al pececillo negruzco chabot (gobio), de
donde Perrault sacó su Chat botté (el gato con botas) y al famoso marqués de Carabás (de cara, cabeza, y basileus,
rey) de las leyendas herméticas caras a nuestra juventud y reunidas bajo el título de cuentos de mi madre la Oca.
Finalmente, es el basilisco de la fábula —basilicon—, nuestro régulo (regulus, reyezuelo) o reyecito (basiliscoV), la
zapatilla de cebellina (porque es blanca y gris) de la humilde Cenicienta, el lenguado, pescado plano, cada una de
cuyas caras está coloreada de manera distinta y cuyo nombre se relaciona con el Sol (en francés sole; en latín sol,
solis), etc. En el lenguaje oral de los adeptos, no obstante, este cuerpo apenas se designa con otro término que con el
de violeta, primera flor que el sabio ve nacer y expansionarse, en la primavera de la Obra, transformando en color
nuevo la verdura de su jardín...
Pero aquí creemos que debemos suspender esta enseñanza y guardar el prudente silencio de Nicolas de Valois y de
Quercetano, los únicos, que nosotros sepamos, que revelaron el epíteto verbal del azufre, oro o sol hermético.
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NOTAS
1
Esta magnífica obra de arte es del escultor Juan de Arfe que la labró en 1590.
2
En griego Qursoz, al que los adeptos prefieren, como mucho más cercano a la verdad científica y a la realidad
experimental, su sinónimo QurshojxoV, en el que puede advertirse una relación muy sugestiva entre la vara de
Aarón y el dardo de Ares.
3
El adepto entiende que se habla aquí de los metales alquímicos producidos por reincrudación, o sea el regreso al
estado simple de los cuerpos metálicos vulgares.
4
Tratado reimpreso en Le Triomphe hermétique de Limojon de Saint-Didier Amsterdam, Henry Wetstein, 1699, y
Jacques Desbordes, 1710, p. 18.
5
En la Antigüedad, el gallo era atribuido al dios Mercurio. Los griegos lo designaban con la palabra alectwr, que
igual significa virgen como esposa, expresiones características de uno y otro mercurio. Cabalísticamente, alectwr,
juega con alectV, aquel que no debe o no puede ser dicho, secreto, misterioso.
6
En griego, vaso se dice aggeiou, el cuerpo, palabra que procede de aggoV, el útero.
7
El agua, la fase húmeda o mercurial que ofrecen los metales en su origen, y que pierden poco a poco al coagularse
bajo la acción secadora del azufre encargado de asimilar el mercurio. El término griego AxelwoV no se aplica tan
sólo al río Aqueloo, sino que también sirve para designar todo curso de agua, ya sea río o arroyo.
8
EuhnioV, suave, fácil. Hay que señalar que no se trata aquí de una solución de los principios del oro. Hércules no
entra en las aguas del río. y Deyanira las atraviesa a lomos de Neso. Es la solución de la piedra que constituye el
tema del paso alegórico del Evenio, y ésta solución se obtiene fácilmente, de manera suave y cómoda.
9
La palabra griega Ioleia está formada por IoV, veneno, y leia, botín, presa. Iole es el jeroglífico de la materia
prima, veneno violento, según dicen los sabios, que, sin embargo, se utiliza para obtener la gran medicina. Los
metales vulgares disueltos por ella son, así, la presa de este veneno que cambia su naturaleza y los descompone. Por
ello, el artista debe guardarse bien de alear el azufre obtenido de esta manera con el oro metálico. Hércules, aunque
busque a Iole, no consuma su unión con ella.
10
Del griego Aidw, quemar, inflamar, estar ardiendo.
11
Cf. Fulcanelli, El misterio de tas catedrales. Barcelona, Plaza & Janes editores, 1967, p. 135 y ss.
12
Entre los detalles de la Creación del mundo que adornan la portada Norte de la catedral de Chartres, se advierte un
grupo del siglo XIII que representa a Adán y Eva con el tentador a sus pies, figurado éste por un monstruo de cabeza
y torso de perro, apoyado en las patas anteriores y terminando en cola de serpiente. Es el símbolo del azufre unido al
mercurio en la sustancia caótica original (Satán).
13
Los latinos Llamaban al cuervo Phoebeius ales, el pájaro de Apolo o del sol (FoiboV). Se advierte en Notre-Dame
de París, entre las quimeras fijadas en las balaustradas de las galerías altas, un curioso cuervo revestido de un largo
velo que lo cubre a medias.
14
Jean-Joachim d'Estinguel d'Ingrofont, Traitez du Cosmopolite nouvellement découverts. París, Laurent d'Houry,
1691. Carta II, página 46.
15
Véase anteriormente (pág. 22) y El misterio de las catedrales, Plaza & Janes (pág. 55), lo que se dice acerca de
este juguete de niño en cuanto objeto principal del ludus puerorum. (Se trata de un trompo de corte cruciforme,
zumbador, que los monaguillos de la catedral de Langres echaban fuera del recinto sagrado a latigazos en la
ceremonia llamada flagelación del Aleluya.) —N. del T.

Los Guardias de Escolta de Francisco II duque de Bretaña


I
Cuando, hacia el año 1502, Ana, duquesa de Bretaña y dos veces reina de Francia, concibió el proyecto de reunir, en
un mausoleo digno de la veneración que ella experimentaba hacia ellos, los cuerpos de sus padres difuntos, confió la
ejecución a un artista bretón de gran talento, pero sobre el que poseemos pocas informaciones: Michel Colombe.
Ana tenía entonces veinticinco años. Su padre, el duque Francisco Il, había fallecido en Couëron catorce años antes,
el 9 de setiembre de 1488, no sobreviviendo a su segunda esposa, Margarita de Foix, madre de la reina Ana, más que
dieciséis meses. Aquélla había muerto, en efecto, el 15 de mayo de 1487.
Este mausoleo, comenzado en 1502, no fue terminado hasta 1507. El plano es obra de Jean Perréal. En cuanto a las
esculturas, que convierten el sepulcro en una de las más puras obras maestras del Renacimiento, se deben a Michel
Colombe, que fue ayudado en este trabajo por dos de sus discípulos: Guillaume Regnauld, su sobrino, y Jehan de
Chartres, «su discípulo y servidor», aunque la colaboración de este último no sea absolutamente cierta. Una carta
escrita el 4 de enero de 1511 por Jean Perréal al secretario de Margarita de Borgoña, con ocasión de los trabajos que
esta princesa hacía ejecutar en la capilla de Brou, nos aclara que «Michel Colombe trabajaba por meses y que
percibió veinte escudos mensuales por espacio de cinco años». Por su labor escultórica le fueron pagados 1.200
escudos, y la tumba costó, en total, 560 libras (1).
Según el deseo que habían manifestado Margarita de Bretaña y Francisco II de ser inhumados en la iglesia des
Carmes de Nantes, Ana mandó edificar allí el mausoleo, que tomó el nombre de Tombeau des Carmes, con el que es
generalmente conocido y designado. Permaneció en su sitio hasta la Revolución, época en la que, habiendo sido
vendida la iglesia des Carmes como bien nacional, el mausoleo fue trasladado y guardado en secreto por un amante
del arte deseoso de sustraer la obra maestra al vandalismo revolucionario. Una vez pasada la tormenta, fue
reedificado en 1819, en la catedral de San Pedro de Nantes, donde podemos admirarlo hoy. El sepulcro abovedado,
construido bajo el mausoleo exterior, contenía, cuando fue abierto por orden del rey por Mellier, alcalde de Nantes,
los días 16 y 17 de octubre de 1727, los tres féretros de Francisco II, de Margarita de Bretaña, su primera esposa,
muerta en 25 de setiembre de 1449, y de Margarita de Foix, segunda mujer del duque y madre de la reina Ana.
Asimismo, se encontraba una caja pequeña que encerraba un relicario «de oro puro y munda (2)» en forma de
huevo, rematado por la corona real y cubierto de inscripciones con letras finamente esmaltadas, y que contenía el
corazón de Ana de Bretaña, cuyo cuerpo reposa en la basílica de Saint-Denis.
Entre las relaciones descriptivas que diversos autores nos han dejado de la tumba des Carmes, las hay muy
minuciosas. Escogeremos con preferencia, para dar una visión de la obra, la del hermano Mathias de Saint-Jean,
carmelita de Nantes, que la publicó en el siglo XVII (3).
«Pero lo que me parece más raro y digno de admiración -dice este escritor- es la tumba erigida en el coro de la
iglesia de los carmelitas que, según opinión de todo el mundo, es una de las más hermosas y magníficas que puedan
verse, lo que me obliga a hacer una descripción particular de ella para la satisfacción de los curiosos.
»La devoción que los antiguos duques de Bretaña habían tenido desde largo tiempo por la Santísima Virgen, Madre
de Dios, patrona de la orden y de esta iglesia de los padres carmelitas, y el afecto que sentían por los religiosos de
esta casa, les impulsó a elegir en ella el lugar de la sepultura. Y la reina Ana, como único testimonio de su piedad y
afecto hacia el lugar, quiso mandar erigir allí este hermoso monumento en memoria de su padre, Francisco II, y de
su madre, Margarita de Foix.
»Está construido de baldosa, tiene ocho pies de ancho por catorce de largo y su materia es toda de mármol fino de
Italia, blanco y negro, de pórfido y de alabastro. Su cuerpo está elevado con respecto al plano (el suelo) de la iglesia
seis pies. Los dos lados están amados con seis hornacinas, cada una de las cuales tiene dos pies de alto; el fondo es
de pórfido bien trabajado, ornado alrededor de pilastras de mármol blanco en las justas proporciones y reglas de
arquitectura, enriquecidas con arabescos muy delicadamente trabajados. Y las doce hornacinas están llenas con las
figuras de los doce apóstoles de mármol blanco, cada cual en una postura distinta, y con los instrumentos de su
pasión. Los dos extremos de este cuerpo están ornados con una arquitectura semejante, y cada uno, dividido en dos
nichos iguales a los otros. En el lado que mira al altar mayor de la iglesia, aparecen en esos nichos las figuras de San
Francisco de Asís y de Santa Margarita, patronos del último duque y de la duquesa, que allí están enterrados. En el
otro extremo, se ven, asimismo en las hornacinas, las figuras de san Carlomagno y de San Luis, rey de Francia.
Debajo de los mencionados dieciséis nichos que rodean el cuerpo de la tumba, hay otras tantas concavidades
labradas en redondo, de catorce pulgadas de diámetro, cuyo fondo es de mármol blanco tallado en forma de concha,
y todas están llenas de figuras de gimientes con sus atavíos de duelo, todos en posturas diversas; esta talla es
considerada por pocas personas, mas es admirada por todos aquellos que la comprenden.
»Este cuerpo está cubierto con una gran losa de mármol negro que excede en unas ocho pulgadas la masa de la
tumba. Por alrededor tiene forma de cornisa, a fin de servir de entablamento y adorno a este cuerpo. Sobre esta
piedra están, yacentes, dos grandes figuras de mármol blanco, cada una de ocho pies de larga, que representan al
duque y a la duquesa con sus atavíos y coronas ducales. Tres figuras de ángeles de mármol blanco, de tres pies cada
una, sostienen los almohadones bajo las cabezas de aquellas figuras. La blandura de dichos almohadones parece
ceder bajo el peso. Los ángeles parece que lloran. A los pies de la figura del duque, hay una figura de león acostado
representado al natural, que lleva sobre su melena el escudo de las armas de Bretaña, y a los pies de la figura de la
duquesa se ve la figura de un lebrel que lleva asimismo en el cuello las armas de la casa de Foix, que el arte anima
maravillosamente bien.
»Pero lo más maravilloso de esta pieza son las cuatro figuras de las Virtudes cardinales situadas en los cuatro
ángulos de esta sepultura, hechas de mármol blanco y con una altura de seis pies. Están tan bien labradas, tan bien
colocadas y se hallan tan próximas al natural, que los naturales y los extranjeros confiesan que nada mejor puede
verse en las antigüedades de Roma, ni en las realizaciones modernas de Italia, de Francia y de Alemania. La figura
de la Justicia está colocada en el ángulo de la derecha según se entra, y lleva una espada levantada en la mano
derecha y un libro con una balanza en la izquierda, la corona en la cabeza, y viste de paño y de piel, que son los
signos de la ciencia, de la equidad, de la severidad y de la majestad que acompañan a esta virtud.
»Enel lado opuesto, en el lado izquierdo, se halla la figura de la Prudencia, que presenta dos rostros opuestos entre sí
en una misma cabeza: una, de un anciano de larga barba, y la otra, de un jovencito. En la mano derecha (izquierda)
sostiene un espejo convexo que mira fijamente, y con la otra, un compás. A sus pies aparece una serpiente, y estas
cosas son símbolos de la consideración y de la sabiduría con la que esta virtud procede en sus acciones.
»En el ángulo derecho del lado superior, está la figura de la Fortaleza, ataviada con una cota de mallas (armadura) y
con el yelmo en la cabeza. Con la mano izquierda sostiene una torre, de cuyas hendeduras sale una serpiente (un
dragón) a la que estrangula con la mano derecha, lo que señala el vigor del que se vale esta virtud en las
adversidades del mundo para impedir la violencia de aquéllas o para soportar su peso.
»En el ángulo opuesto, está la figura de la Templanza, revestida con una larga túnica ceñida por un cordón. Con la
mano derecha, sostiene la máquina de un reloj, y con la otra, un freno de brida, jeroglífico de la regulación y la
moderación que esta virtud aporta a las pasiones humanas.» Los elogios que el hermano Mathias de SaintJean hace
de estos guardias de escolta de Francisco II, representados por las Virtudes cardinales de Michel Colombe (4), nos
parecen perfectamente merecidos. «Estas cuatro estatuas -dice De Caumont (5)- son admirables por su gracia y su
simplicidad. Los ropajes están reproducidos con rara perfección, y en cada figura se observa una individualidad muy
chocante, aunque las cuatro sean por un igual nobles y bellas.»
Vamos a estudiar de modo particular estas estatuas, penetradas del más puro simbolismo y guardianas de la tradición
y de la ciencia antiguas.

II
Con excepción de la Justicia, las Virtudes cardinales ya no se representan con los atributos singulares que confieren
a las figuras antiguas su carácter enigmático y misterioso. Bajo la presión de concepciones más realistas, el
simbolismo se ha transformado. Los artistas, abandonando toda idealización del pensamiento, obedecen con
preferencia al naturalismo. Se aproximan más a la expresión de los atributos y facilitan la identificación de los
personajes alegóricos, pero al perfeccionar sus procedimientos y acercarse más a las fórmulas modernas,
inconscientemente han asestado un golpe mortal a la verdad tradicional. Pues las ciencias antiguas, transmitidas bajo
el velo de emblemas diversos, se relacionan con la diplomática y se presentan provistas de una significación doble,
la una, aparente y comprensible para todos (exoterismo); y la otra, escondida, accesible tan sólo a los iniciados
(esoterismo). Si se precisa el símbolo, limitado a su función positiva, normal y definida, y si se lo individualiza hasta
el punto de excluir toda idea conexa o relativa, se lo despoja de este doble sentido, de la expresión secundaria que
constituye precisamente su valor didáctico y le da su alcance esencial. Los antiguos representaban la Justicia, la
Fortuna y el Amor con los ojos vendados. ¿Pretendían expresar únicamente la ceguera de la una y el cegamiento de
los otros? ¿No podría descubrirse, en el atributo de la venda ocular, una razón especial de esta oscuridad artificial y,
sin duda, necesaria? Bastaría saber que estas figuras, sujetas comúnmente a las vicisitudes humanas, pertenecen
también a la tradición científica, para reconocerla con facilidad. Y se advertiría incluso que el sentido oculto se
manifiesta con una claridad superior a la que se obtiene por el análisis directo y la lectura superficial. Cuando los
poetas cuentan que Saturno, padre de los dioses, devoraba a sus hijos, se cree, con la Enciclopedia, que «semejante
metáfora sirve para caracterizar una época, una institución, etcétera, cuyas circunstancias o resultados se vuelven
fatales para aquellos mismos que deberían haber recogido sólo los beneficios». Pero si sustituimos por esta
interpretación general la razón positiva y científica que constituye el fondo de las leyendas y de los mitos, la verdad
se manifiesta en seguida, luminosa y patente. El hermetismo enseña que Saturno, representante simbólico del primer
metal terrestre, generador de los demás, es también su único y natural disolvente. Pues bien, como todo metal
disuelto se asimila al disolvente y pierde sus características, es exacto y lógico pretender que el disolvente «se
coma» el metal, y que así el anciano fabuloso devore a su progenie.
Podríamos dar gran cantidad de ejemplos de esta dualidad de sentido que expresa el simbolismo tradicional. El
citado basta para demostrar que, conjuntamente con la interpretación moral y cristiana de las virtudes cardinales,
existe una segunda enseñanza secreta, profana, de ordinario desconocida, que pertenece al ámbito material de las
adquisiciones y de los conocimientos ancestrales. Así, encontramos sellada en la forma de los mismos emblemas la
armoniosa alianza de la Ciencia y la Religión, tan fecunda en resultados maravillosos, pero que el escepticismo de
nuestros días se niega a querer reconocer y conspira para rechazar para siempre.
«El tema de las Virtudes -señala muy acertadamente Paul Vitry (6) se había constituido en el siglo XIII en el arte
gótico. Pero -añade el autor-, mientras que la serie permaneció bastante variable entre nosotros en cuanto a número,
orden y atributos, en Italia se había fijado desde buen principio, ¡matándose bien a las tres Virtudes teologales, Fe,
Esperanza y Caridad, o bien, aún más frecuentemente tal vez, a las cuatro Virtudes cardinales: Prudencia, Justicia,
Fortaleza y Templanza. Además, se aplicó desde el principio a la ornamentación de los monumentos funerarios.
»En cuanto a la manera de caracterizar dichas Virtudes, parece casi detenerse con Orcagna y su tabernáculo de Or
San Michele, a mitad del siglo XIV. La Justicia lleva la espada y la balanza y jamás variará. El atributo esencial de
la Prudencia es la serpiente, a la que, a veces, se añade uno o muchos libros y más tarde un espejo. Igualmen te, casi
desde el origen, por una idea análoga a la de Dante, que había atribuido tres ojos a su Prudencia, los artífices dieron
dos rostros a esta virtud. La Templanza guarda a veces su espada en la vaina, pero lo más frecuente es que sostenga
dos vasijas y parezca mezclar agua y vino: se trata del elemental símbolo de la sobriedad. Por último, la Fortaleza
presenta los atributos de Sansón. Está armada con escudo y maza; unas veces, tiene la piel del león en la cabeza y un
disco que figura el mundo, en las manos, y otras veces, finalmente, y éste será su atributo definitivo, al menos en
Italia, lleva la columna entera o rota...
»A falta del resto de los grandes monumentos, los manuscritos, los libros y los grabados se encargaban de difundir el
tipo de las Virtudes a la italiana y podían, incluso, darlo a conocer a aquellos que, como Colombe, sin duda no
habían viajado a Italia. Una serie de grabados de ese país de fines del siglo XV, que se conoce bajo el nombre de
Juego de cartas de Italia nos muestra, en medio de representaciones de las diferentes condiciones sociales, Musas,
dioses de la Antigüedad, artes liberales, etc., una serie de figuras de Virtudes que son exactamente los atributos que
acabamos de describir... Tenemos ahí un espécimen muy curioso de estos documentos que pudieron ser traídos por
personas como Perréal, que habían seguido las expediciones, documentos que pudieron circular en los talleres y
suministrar temas mientras aguardaban que impusieran un estilo nuevo.
»Este lenguaje simbólico, por lo demás, no tenía dificultades para ser comprendido entre nosotros, pues estaba por
completo de conformidad con el espíritu alegórico del siglo XV. Basta pensar, para darse cuenta de ello, en el
Roman de la Rose y en toda la literatura a que dio origen. Los miniaturistas habían ilustrado abundantemente esas
obras y, aparte incluso de estas alegorías de Nature, de Déduit y de Faux Semblant, el arte francés no ignoraba,
ciertamente, la serie de las Virtudes, aunque no fuera un tema empleado con tanta frecuencia como en Italia.»
No obstante, sin negar en absoluto, en las espléndidas figuras de la tumba de los Carmelitas, alguna influencia
italiana, Paul Vitry destaca el carácter nuevo y esencialmente francés que Michel Colombe iba a dar a los elementos
ultramontanos traídos por Jean Perréal. «Admitiendo incluso -prosigue el autor- que hayan copiado la idea básica de
las tumbas italianas, Perréal y Colombe no iban a aceptar sin modificación este tema de las Virtudes cardinales.» En
efecto, «la Templanza llevará en sus manos un reloj y un bocado con su brida, en lugar de las dos vasijas que le
habían atribuido corrientemente los italianos. En cuanto a la Fortaleza, armada y tocada con casco, en lugar de su
columna sostendrá una torre, especie de torreón almenado del que arranca con violencia un dragón que se debate. Ni
en Roma, ni en Florencia, ni en Milán, ni en Como (puerta sur de la catedral), conocemos nada parecido».
Pero si puede advertirse con facilidad, en el cenotafio de Nantes, la parte respectiva que pertenece a los maestros
Perréal y Colombe, resulta más problemático descubrir hasta dónde pudo extenderse la influencia personal y la
voluntad propia de la fundadora. Pues no podemos creer que durante cinco años ella se hubiera desinteresado de una
obra por la que sentía particular predilección. La reina Ana, aquella graciosa soberana a la que el pueblo, en su
ingenuo afecto, llamaba familiarmente «la buena duquesa con zuecos de madera», ¿conoció el alcance esotérico de
las guardianas del mausoleo elevado en memoria de sus padres? Con mucho gusto resolveríamos esta cuestión
afirmativamente. Sus biógrafos nos aseguran que Ana era muy instruida, dotada de una viva inteligencia y de una
clarividencia notables. Su biblioteca parece importante ya para la época. «Según el único documento -nos dice Le
Roux de Lincy (7) - que he podido descubrir relativo al conjunto de la biblioteca formada por Ana de Bretaña (Index
des Comptes de Dépenses de 1498), se encontraban en ella libros manuscritos e impresos en latín, en francés, en
italiano, en griego y en hebreo. Mil ciento cuarenta volúmenes tomados en Nápoles por Carlos VIII habían sido
donados a la reina... Acaso extrañe ver figurar en la colección de la reina duquesa obras en griego y en hebreo, pero
no hay que olvidar que ella había estudiado ambas lenguas sabias, y que el carácter de su espíritu era en extremo
serio.» Se nos pinta buscando la conversación de los diplomáticos, a los que se complacía en responder en su propia
lengua, lo que justificaría una educación políglota muy cuidada y, sin duda, también el dominio de la cábala
hermética, del gay saber o de la doble ciencia. ¿Frecuentaría a los sabios reputados de su tiempo y entre ellos, a los
alquimistas contemporáneos? Nos faltan indicaciones a este respecto, aunque parece difícil explicar por qué la gran
chimenea del salón del palacio Lallemant ostenta el armiño de Ana de Bretaña y el puercoespín de Luis XII, si no
quiere verse en ello un testimonio de su presencia en la mansión filosofar de Bourges. Sea como fuere, su fortuna
personal era considerable. Las piezas de orfebrería, el oro en lingotes y las gemas preciosas formaban el grueso de
un tesoro casi inagotable. La abundancia de semejantes riquezas facilitaba de manera singular el ejercicio de una
generosidad que pronto se hizo popular. Los cronistas nos informan de que gustosamente retribuía con un diamante
al pobre menestral que la había distraído unos instantes. En cuanto a su escudo, ofrece los colores herméticos
escogidos por ella: negro, amarillo y rojo, antes de la muerte de Carlos VIII, y sólo los dos extremos de la Obra,
negro y rojo, a partir de esa época. Finalmente, fue la primera reina de Francia que rompiendo con decisión la
costumbre establecida hasta entonces, vistió de negro como luto de su primer marido, en tanto que el uso obligaba a
las soberanas a observarlo siempre de blanco.

III
La primera de las cuatro estatuas que vamos a estudiar es la que nos ofrece los diversos atributos encargados de
precisar la expresión alegórica de la Justicia: león, balanza y espada. Pero aparte de la significación esotérica,
claramente distinta del sentido moral que afecta a estos atributos, la figura de Michel Colombe presenta otros signos
reveladores de su personalidad oculta. No hay detalle, por ínfimo que sea, que pueda ser desechado en cualquier
análisis de este género sin haber sido previamente examinado con toda seriedad. Pues bien, la sobreveste de armiño
que luce la Justicia está bordada de rosas y perlas. Nuestra Virtud tiene la frente ceñida por una corona ducal, lo que
ha permitido creer que reproducía los rasgos de Ana de Bretaña. La espada que sostiene en la diestra tiene su pomo
ornado con un sol radiante. Finalmente, y esto es lo que la caracteriza ante todo, aparece aquí desvelada. El peplo
que la recubría por entero ha resbalado a lo largo del cuerpo, y retenido por el saliente del brazo, se dobla en su parte
inferior. La misma espada ha abandonado su vaina de brocado que se ve ahora suspendida de la punta de hierro.
Como la esencia misma de la justicia y su razón de ser exigen que nada tenga aquélla de escondido, y que la
investigación y la manifestación de la verdad la obliguen a mostrarse a todos en la plena luz de la equidad, el velo,
retirado a medias, debe revelar necesariamente la individualidad secreta de una segunda figura, disimulada con
habilidad bajo la forma y los atributos de la primera. Esta segunda figura no es otra que la Filosofía.
En la antigüedad romana se llamaba peplum (en griego, peploVopepla ) a un velo adornado con bordados, con el
cual se vestía la estatua de Minerva, hija de Júpiter, la única diosa cuyo nacimiento fue maravilloso. La fábula, en
efecto, dice que salió armada por completo del cerebro de su padre, al que Vulcano, por orden del dueño del
Olimpo, había herido en la cabeza. De ahí su nombre helénico de Atenea, A Jhna , formado por a , privativo, y
tiJhnh , nodriza, madre, que significa nacida sin madre. Personificación de la sabiduría o conocimiento de las cosas,
Minerva debe ser considerada como el pensamiento divino y creador materializado en toda la Naturaleza, latente en
nosotros como en todo cuanto nos rodea. Pero aquí se trata de una prenda femenina, de un velo de mujer (calnmma ),
y esta palabra nos suministra otra razón del peplo simbólico. Kalnmma procede de calnpiw , cubrir, envolver,
ocultar, que ha formado calnx , capullo de rosa, flor, y también c a l n y w , nombre griego de la ninfa Calipso, reina
de la isla mítica de Ogigia, que los helenos llamaban OgugioV , término próximo a O g u g i a , que tiene el sentido
de antiguo y grande. Volvemos a encontrar así la rosa mística, flor de la Gran Obra, más conocida bajo el vocablo
de piedra filosofar. De modo que es fácil captar la relación existente entre la expresión del velo y la de las rosas y
las perlas que ornan la sobreveste de piel, ya que esta piedra aún se llama perla preciosa (Margarita pretiosa)'
«Alciat -nos informa F. Noél- representa a la Justicia con los rasgos de una virgen cuya corona es de oro y la
túnica, blanca, recubierta de una amplia vestimenta de púrpura. Su mirada es suave y su continente, modesto. Luce
en el pecho una rica joya, símbolo de su precio inestimable, y- apoya el pie izquierdo en una piedra cuadrada.» No
cabría describir mejor la doble naturaleza del Magisterio, sus colores y el alto valor de esta piedra cúbica que
representa la filosofía entera, enmascarada, para el vulgo, bajo el aspecto de la Justicia.
La filosofía confiere a quien se desposa con ella un gran poder de investigación. Permite penetrar la íntima
complexión de las cosas, que parte como con la espada, descubriendo en ellas la presencia del spiritus mundi del
que hablan los maestros clásicos, el cual tiene el centro en el Sol y obtiene sus virtudes y su movimiento de la
irradiación del astro. Da, asimismo, el conocimiento de las leyes generales, de las reglas, del ritmo y de las medidas
que la Naturaleza observa en la elaboración, la evolución y la perfección de las cosas creadas (balanza). Establece,
finalmente, la posibilidad del dominio de las ciencias sobre la base de la observación, de la meditación, de la fe y de
la enseñanza escrita (libro). Mediante los mismos atributos, esa imagen de la filosofía nos alecciona, en segundo
lugar, acerca de los puntos esenciales de la labor de los adeptos, y proclama la necesidad del trabajo manual
impuesto a los investigadores que deseen adquirir la noción positiva y la prueba indiscutible de su realidad. Sin
búsquedas técnicas, sin ensayos frecuentes ni experiencias reiteradas, no cabe sino extraviarse en una ciencia cuyos
mejores tratados ocultan con cuidado los principios físicos, su aplicación, los materiales y el tiempo. Aquel, pues,
que ose dárselas de filósofo y no quiera laborar por temor al carbón, a la fatiga o al gasto, debe ser considerado
como el más vanidoso de los ignorantes o el más descarado de los impostores. «Puedo dar este testimonio -ha dicho
Augustin Thierry- que, por venir de mí, no será sospechoso: hay en el mundo algo que vale más que los disfrutes
materiales, más que la fortuna, más que la salud misma, y es la entrega a la ciencia.» La actividad del sabio no se
mide por los resultados de propaganda especulativa, sino que se controla junto al horno, en la soledad y el silencio
del laboratorio; no fuera. Se manifiesta sin reclamo ni charlatanería por el estudio atento y la observación precisa y
perseverante de las reacciones y de los fenómenos. Quien actúe de otro modo verificará, pronto o tarde, la máxima
de Salomón (Prov., XXI, 25) según la cual «el deseo del perezoso lo hará perecer, porque sus manos rehusan
trabajar». El verdadero sabio no retrocede ante ningún esfuerzo. No teme el sufrimiento porque sabe que es el
tributo de la ciencia, y que sólo aquél le proporciona el medio de «escuchar las sentencias y su interpretación, las
palabras de los sabios y sus discursos profundos» (Prov., 1, 6).
En lo que concierne al valor práctico de los atributos de la Justicia, los cuales afectan al trabajo hermético, el
estudiante encontrará por experiencia que la energía del espíritu universal tiene su representación en la espada, y
que la espada tiene su correspondencia en el Sol en tanto que animador y modificador perpetuo de todas las
sustancias corporales. Él es el único agente de las metamorfosis sucesivas de la materia original, objeto y
fundamento del Magisterio. Por él, el mercurio se cambia en azufre, el azufre en elixir y el elixir en medicina,
recibiendo entonces el nombre de corona del sabio, porque esta triple mutación confirma la verdad de la enseñanza
secreta y consagra la gloria de su feliz artesano. La posesión del azufre ardiente y multiplicado, enmascarado bajo el
término de piedra filosofar, es para el adepto lo que la tiara para el Papa y la corona, para el monarca: el emblema
mayor de la soberanía y la sabiduría.
En repetidas ocasiones, hemos tenido la oportunidad de explicar el sentido del libro abierto, caracterizado por la
solución radical del cuerpo metálico, el cual, habiendo abandonado sus impurezas y cedido su azufre, se llama
entonces abierto. Pero aquí se impone una observación. Con el nombre de liber y bajo la imagen del libro, adoptados
para calificar la materia detentora del disolvente, los sabios han pretendido designar el libro cerrado, símbolo
general de todos los cuerpos brutos, minerales o metales, tales como la Naturaleza nos los proporciona o la industria
humana los entrega al comercio. Así, los minerales extraídos del yacimiento y los metales salidos de la fundición se
expresan herméticamente por un libro cerrado o sellado. Igualmente, estos cuerpos sometidos a trabajo alquímico,
modificados por aplicación de procedimientos ocultos, se traducen en iconografía con la ayuda del libro abierto. Es
necesario, pues, en la práctica, extraer el mercurio del libro cerrado que es nuestro objetivo primero, a fin de
obtenerlo vivo y abierto si queremos que, a su vez, pueda abrir el metal y convertir en vivo el azufre inerte que
encierra. La apertura del primer libro prepara la del segundo. Pues ocultos tras el mismo emblema hay dos libros
cerrados (el sujeto bruto y el metal) y dos libros abiertos (el mercurio y el azufre), aunque estos libros jeroglíficos no
constituyen, en realidad, más que uno solo, ya que el metal proviene de la materia inicial y el azufre tiene su origen
en el mercurio.
En cuanto a la balanza aplicada contra el libro, bastaría señalar que traduce la necesidad de los pesos y las
proporciones para considerarnos dispensados de hablar más extensamente de ello. Pues bien, esta imagen fiel del
utensilio que sirve para pesar, y al que los químicos asignan un lugar honorable en sus laboratorios, encierra un
arcano de gran importancia. Ésta es la razón que nos obliga a rendir cuenta de él y a indicar brevemente lo que la
balanza disimula bajo el aspecto anguloso y simétrico de su forma.
Cuando los filósofos consideran las relaciones ponderales de las materias entre sí, se refieren a una u otra parte de un
doble conocimiento esotérico: la del peso de naturaleza y la de los pesos del arte (8). Por desgracia, los sabios -dice
Salomón- esconden la ciencia. Obligados a mantenerse entre los estrechos límites de su voto, y respetuosos de la
disciplina aceptada, se guardan mucho de establecer jamás con claridad en qué difieren estos dos secretos.
Trataremos de ir más lejos que ellos y diremos, con toda sinceridad, que los pesos del arte son aplicables
exclusivamente a los cuerpos distintos, susceptibles de ser pesados, mientras que el peso de naturaleza se refiere a
las proporciones relativas de los componentes de un cuerpo dado. De manera que, describiendo las cantidades
recíprocas de materias diversas, con vistas a su mezcla regular y pertinente, los autores hablan de verdad de los
pesos del arte. Al contrario, si se trata de valores cuantitativos en el seno de una combinación sintética y radical -
como la del azufre y del mercurio principios unidos en el mercurio filosófico-, entonces es considerado el peso de
naturaleza. Y añadiremos, a fin de disipar toda confusión en el espíritu del lector, que si los pesos del arte son
conocidos del artista y rigurosamente determinados por él, en contrapartida, el peso de naturaleza es siempre
ignorado, incluso por los más grandes maestros. Este es un misterio que concierne sólo a Dios, y cuya inteligencia
permanece inasequible para el hombre.
La Obra comienza y termina con los pesos del arte. Así, el alquimista, al preparar la vía, incita a la Naturaleza a
comenzar y a perfeccionar esta gran labor. Pero entre estos extremos, el artista no tiene que servirse de la balanza,
pues el peso de naturaleza interviene solo. Y hasta tal punto, que la fabricación del mercurio común, la del mercurio
filosófico, las operaciones conocidas bajo el término de imbibiciones, etc., se realizan sin que sea posible saber -ni
tan siquiera aproximadamente- cuáles son las cantidades retenidas o descompuestas, cuál es el coeficiente de
asimilación de la base, así como la proporción de los espíritus. Es lo que el Cosmopolita deja entender cuando dice
que el mercurio no toma más azufre del que puede absorber y retener. En otros términos, la proporción de materia
asimilable, que depende directamente de la energía metálica propia permanece siempre variable y no puede
evaluarse. Toda la obra está, pues, sometida a las cualidades, naturales o adquiridas, tanto del agente como del sujeto
inicial. Pues bien, suponiendo incluso que el agente obtenido posea un máximo de virtudes -lo que sucede raras
veces-, la materia básica, tal como nos la ofrece la Naturaleza, está muy lejos de ser constantemente igual y
semejante a ella misma. A este propósito diremos, por haber controlado a menudo los efectos, que el aserto de los
autores fundado en ciertas particularidades externas -manchas amarillas, eflorescencias, placas o puntos rojos- no
merece apenas ser tomado en consideración. La región minera podría acaso suministrar algunas indicaciones sobre
la cualidad buscada, aunque muchas muestras obtenidas en la masa del mismo yacimiento revelan, a veces, notables
diferencias entre sí.
Así se explicará, sin recurrir a las influencias abstractas ni a las intervenciones místicas, que la piedra filosofar, a
pesar de un trabajo regular conforme a las necesidades naturales, jamás deja entre las manos del trabajador un
cuerpo de potencia igual y de energía trasmutatoria en relación directa y constante con la cantidad de las materias
que intervienen.

IV
He aquí, según nuestra opinión, la obra maestra de Michel Colombe y la pieza capital de la tumba de los Carmelitas.
«Por sí sola -escribe Léon Palustre (9) -, esta estatua de la Fortaleza bastaría para dar la gloria a un hombre, y al
contemplarla, no puede evitarse una viva y profunda emoción.» La majestad de la actitud, la nobleza de la expresión
y la gracia del gesto que se desearía más vigoroso- son otros tantos caracteres reveladores de una maestría
consumada y de una incomparable habilidad de factura.
Con la cabeza cubierta por un morrión plano, decorado con un león, y el busto revestido con la armadura finamente
cincelada, la Fortaleza sostiene una torre con la mano izquierda, y con la derecha arranca del interior de aquélla no
una serpiente, como le atribuye la mayoría de las descripciones, sino un dragón alado al que estrangula apretándole
el cuello. Un amplio manto de largas franjas, y cuyos repliegues se apoyan en los antebrazos, forma un rizo por el
que pasa una de sus extremidades. Este lienzo, que en el espíritu del escultor debía recubrir a la emblemático virtud,
viene a confirmar lo que hemos dicho con anterioridad. Al igual que la Justicia, la Fuerza aparece desvelada.
Hija de Júpiter y de Temis, hermana de la Justicia y de la Templanza, los antiguos la honraban como a una
divinidad, aunque sin adornar sus imágenes con los atributos singulares que le vemos presentar hoy. En la
antigüedad griega, las estatuas de Hércules, con la maza de héroe y la piel del león de Nemea, personificaban a la
vez la fuerza física y la moral. Los egipcios, por su parte, la representaban como una mujer de complexión poderosa,
con dos cuernos de toro en la cabeza y un elefante a su lado. Los modernos la expresan de maneras muy diversas.
Botticelli la ve como una mujer robusta, simplemente sentada en un trono. Rubens le añade un escudo con figura de
león o hace que la siga ese animal. Gravelot la muestra pisoteando víboras, con una piel de león echada sobre la
espalda y la frente ceñida por una rama de laurel, sosteniendo un haz de flechas, mientras que a sus pies hay coronas
y cetros. Anguier, en un bajo relieve de la tumba de Henri de Longueville (Louvre), se sirve, para definir la
Fortaleza, de un león que devora un jabalí. Coysevox (balaustrada del patio de mármol de Versalles) la reviste de
una piel de león y la hace llevar una ramita de encina en una mano, y la base de una columna en la otra. Finalmente,
entre los bajorrelieves que decoran el peristilo de la iglesia de San Sulpicio de París, la Fortaleza es figurada armada
con la espada flamígera y el escudo de la Fe.
En todas estas figuras y en gran cantidad de otras cuya enumeración resultaría fastidiosa, no se encuentra ninguna
analogía, respecto a los atributos, con las de Michel Colombe y los escultores de su tiempo. La bella estatua de la
tumba de los Carmelitas adquiere, por tanto, un valor especial y se convierte para nosotros en la mejor traducción
del simbolismo esotérico.
No puede negarse, razonablemente, que la torre, tan importante en la fortificación medieval, encierra un sentido
netamente definido, aunque no hayamos podido descubrir en ella ninguna parte de interpretación. En cuanto al
dragón, se conoce mejor su doble expresión: desde el punto de vista moral y religioso, es la traducción del espíritu
del mal, demonio, diablo o Satán. Para el filósofo y el alquimista, ha servido siempre para representar la materia
prima, volátil y disolvente, llamada por otro nombre mercurio común. Herméticamente, se puede considerar la torre
como el envoltorio, el refugio, el asilo protector -los mineralogistas dirían la ganga o la escoria del dragón mercurial.
Por otra parte, es la significación de la palabra griega p u r g o V , torre, asilo, refugio. La interpretación sería aún
más completa si se asimilara al artista la mujer que extirpa el monstruo de su cubil, y su gesto mortal, con la meta
que debe proponerse en esta penosa y peligrosa operación. Así, al menos, podríamos encontrar una explicación
satisfactoria y prácticamente verdadera del tema alegórico que sirve para revelar el aspecto esotérico de la Fuerza.
Pero nos sería preciso dar por conocida la ciencia a la que se refieren estos atributos. Pues bien, nuestra estatua se
encarga por sí misma de informarnos a la vez sobre su alcance simbólico y sobre las ramas conexas de este todo que
es la sabiduría, figurada por el conjunto de las Virtudes cardinales. Si se hubiera preguntado al gran iniciado que fue
François Rabelais cuál era su opinión, hubiera respondido por la voz de Epistemon (10) que torre de fortificación o
de castillo fuerte es tanto como decir esfuerzo, y el esfuerzo (11) reclama «coraje, sabiduría y poder; coraje porque
hay peligro, sabiduría porque se requiere el debido conocimiento, y poder porque aquel que nada puede no debe
emprender nada». Por otra parte, la cábala fonética, que hace de la palabra francesa tour (torre) el equivalente del
ático touroV , viene a completar la significación pantagruélica del esfuerzo (tour de force) (12). En efecto, -touroV
sustituye a to oroV , de - to (el cual, el que) y oroV , (meta, término, objetivo que se propone), marcando así la cosa
que hay que alcanzar, que constituye la meta propuesta. Nada, como se ve, podría convenir mejor a la expresión
figurada de la piedra de los filósofos, dragón encerrado en su fortaleza, cuya extracción fue considerada siempre un
esfuerzo. La imagen, por otra parte, es elocuente, pues si se experimenta alguna dificultad en comprender cómo el
dragón, robusto y voluminoso, ha podido resistir la presión ejercida entre las paredes de su estrecha prisión, no se
capta mejor por qué milagro pasa entero a través de una simple grieta de la fábrica. Una vez más, se reconoce la
versión del prodigio, de lo sobrenatural y de lo maravilloso.
Señalemos por fin que la Fortaleza presenta otras improntas del esoterismo que refleja. Las trenzas de su cabellera,
jeroglíficos de la irradiación solar, indican que la Obra, sometida a la influencia del astro, no puede ejecutarse sin la
colaboración dinámica del sol. La trenza, llamada en griego a e i r a , se adopta para figurar la energía vibratoria,
porque entre los antiguos pueblos helénicos, el Sol se llamaba aeir . Las escamas imbricadas sobre la gorguera de la
armadura son las de la serpiente, otro emblema del sujeto mercurial v réplica del dragón, también escamoso.
Escamas de pescado dispuestas en semicírculo decoran el abdomen y evocan la soldadura al cuerpo humano de una
cola de sirena. Pues bien, la sirena, monstruo fabuloso y símbolo hermético, sirve para caracterizar la unión del
azufre naciente que es nuestro pez, y del mercurio común llamado virgen, en el mercurio filosófico o sal de
sabiduría. El mismo sentido nos lo suministra la galleta de Reyes, a la que los griegos daban el mismo nombre que a
la Luna: selhnh . Esta palabra, formada por s e l a V , brillo, y e l h , luz solar, había sido escogida por los iniciados
para mostrar que el mercurio filosófico obtiene su brillo del azufre, como la Luna recibe su luz del Sol. Una razón
análoga hizo atribuir el nombre de s e i r h n , sirena, al monstruo mítico resultante de la unión de una mujer y de un
pez. S e i r h n , término contracto que procede de s e i r , Sol, y de m h n h , Luna, indica asimismo la materia
mercurial lunar combinada con la sustancia sulfuroso solar. Es, pues, una traducción idéntica a la del pastel de
Reyes, revestido del signo de la luz y de la espiritualidad -la cruz-, testimonio de la encarnación real del rayo solar
emanado del Padre universal en la materia grave, matriz de todas las cosas, y terra inanis et vacua de la Escritura.

V
«Tocada con el gorro de las matronas -así se expresa Dubuisson-Aubenay en su Itinéraire en Bretagne, en 1636-, la
Templanza de Michel Colombe está provista de atributos semejantes a los que le son asignados por Cochin. Según
éste, aparece "ataviada con vestidos simples, un bocado con su brida en una mano, y en la otra el péndulo de un reloj
o el volante de un reloj de bolsillo". Otras figuras la presentan sosteniendo un freno o una copa. "Con bastante
frecuencia -dice, Noél-, aparece apoyada en una vasija caída, con un bocado en la mano o mezclando vino y agua. El
elefante. que pasa por ser el animal más sobrio, es un símbolo. Ripa le atribuye dos emblemas: uno consiste en una
mujer con una tortuga en la cabeza, que sostiene un freno y dinero; el otro, en una mujer en el acto de templar, con
unas tenazas, un hierro al rojo en una vasija llena de agua."»
Con la mano izquierda, nuestra estatua aguanta la caja trabajada de un relojito de pesos, del modelo usado en el siglo
XVI. Se sabe que las esferas de estos aparatos no tenían más que una sola aguja, como testimonia esta hermosa
figura de la época. El reloj, que sirve para medir el tiempo, está tomado como el jeroglífico del tiempo mismo, y
considerado, como el reloj de arena, como el emblema principal del viejo Saturno.
Algunos observadores un tanto superficiales han creído reconocer una linterna en el reloj, fácilmente identificable,
sin embargo, de la Templanza. El error apenas modificaría la significación profunda del símbolo, ya que el sentido
de la linterna completa el del reloj. En efecto, si la linterna ilumina porque da luz, el reloj aparece como el
dispensador de esta luz, la cual no se recibe de un chorro, sino poco a poco, progresivamente, en el curso de los años
y con la ayuda del tiempo. Experiencia, luz y verdad son sinónimos filosóficos, y nada, fuera de la edad, puede
permitir adquirir la experiencia, la luz y la verdad. También figura el Tiempo, único maestro de la sabiduría, bajo el
aspecto de un anciano, y los filósofos en la actitud senil y cansada de hombres que han trabajado largo tiempo para
obtenerla. Esta necesidad del tiempo o de la experiencia la subraya François Rabelais en su Adición al último
capítulo del quinto libro de Pantagruel, cuando escribe: «Cuando vuestros filósofos, gracias a Dios, acompañándose
de alguna clara linterna, se entreguen a buscar e investigar cuidadosamente como es natural en los humanos (y de
esta calidad son Herodoto y Homero, llamados Alfestes (13), es decir, investigadores e inventores), encontrarán que
es verdadera la respuesta dada por el sabio Tales al rey de los egipcios, Amasis, cuando interrogado por éste acerca
de en qué cosa hay más prudencia, contestó: En el tiempo, pues por tiempo han sido y por tiempo serán todas las
cosas latentes inventadas. Tal es la causa por la que los antiguos han llamado Saturno al Tiempo, padre de Verdad, y
Verdad hija del Tiempo. Infaliblemente también encontrarán todo el saber ellos y sus predecesores, pues apenas
saben la mínima parte de lo que es.»
Pero el alcance esotérico de la Templanza se halla por entero en la brida que sostiene con la mano derecha. Con la
brida se dirige el caballo, y por medio de esta pieza, el caballero impone a su montura la orientación que le place.
También puede considerarse la brida como el instrumento indispensable, el mediador situado entre la voluntad del
jinete y la marcha del caballo hacia el objetivo propuesto. Este medio, cuya imagen se ha escogido entre las partes
constitutivas del arnés, se designa en hermetismo con el nombre de cábala. De suerte que las expresiones especiales
de la brida, la del freno y la de la dirección, permiten identificar y reconocer, bajo una sola fórmula simbólica, la
Templanza y la ciencia cabalística.
A propósito de esta ciencia, se impone una observación, y la creemos tanto más fundada cuanto que el estudiante no
prevenido asimila de buen grado la cábala hermética con el sistema de interpretación alegórico que los judíos
pretenden haber recibido por tradición, y que denominan cábala. En realidad, nada existe en común entre ambos
términos aparte su pronunciación. La cábala hebraica no se ocupa más que de la Biblia, así que se ve estrictamente
limitada a la exégesis y a la hermenéutica sagradas. La cábala hermética se aplica a los libros, textos y documentos
de las ciencias esotéricas de la Antigüedad, de la Edad Media y de los tiempos modernos. Mientras que la cábala
hebraica no es más que un procedimiento basado en la descomposición y la explicación de cada palabra o de cada
letra, la cábala hermética, por el contrario, es una verdadera lengua. Y como la gran mayoría de los tratados
didácticos de ciencias antiguas están redactados en cábala, o bien utilizan esta lengua en sus pasajes esenciales, y
como el mismo gran Arte, según la propia confesión de Artefio, es enteramente cabalístico, el lector nada puede
captar de él si no posee al menos los primeros elementos del idioma secreto. En la cábala hebraica, tres sentidos
pueden descubrirse en cada palabra sagrada, de donde se deducen tres interpretaciones o cábalas distintas. La
primera, llamada Guematria, incluye el análisis del valor numérico o aritmético de las letras que componen el
vocablo. La segunda, conocida por Notarikon, establece el significado de cada letra considerada por separado. La
tercera o Temurá (es decir cambio, permutación) emplea ciertas transposiciones de letras. Este último sistema, que
parece haber sido el más antiguo, data de la época en que florecía la escuela de Alejandría, y fue creada por algunos
filósofos judíos deseosos de acomodar las especulaciones de las filosofías griega y oriental con el texto de los libros
santos. No nos sorprendería lo más mínimo que la paternidad de este método pudiera atribuirse al judío Filón, cuya
reputación fue grande en los comienzos de nuestra Era, porque él es el primer filósofo que se cita que intentó
identificar una religión verdadera con la filosofía. Se sabe que trató de conciliar los escritos de Platón y los textos
hebreos, interpretando éstos alegóricamente, lo que concuerda perfectamente con la meta perseguida por la cábala
hebraica. Sea como fuere, según los trabajos de autores muy serios, no cabría asignar al sistema judío una fecha muy
anterior a la Era cristiana, retrocediendo incluso el punto de partida de esta interpretación hasta la versión griega de
los Setenta (238 antes de J. C.). Pues bien, la cábala hermética era empleada mucho tiempo antes de esta época por
los pitagóricos y los discípulos de Tales de Mileto (640-560), fundador de la escuela jonia: Anaximandro, Ferecides
de Siros, Anaxímenes de Mileto, Heráclito de Efeso, Anaxágoras de Clazomene, etc.; en una palabra, por todos los
filósofos y los sabios griegos, como lo testimonia el papiro de Leiden.
Lo que generalmente también se ignora es que la cábala contiene y conserva lo esencial de la lengua materna de los
pelasgos, lengua deformada, pero no destruida, en el griego primitivo; lengua madre de los idiomas occidentales, y
particularmente del francés, cuyo origen pelásgico se evidencia de manera indiscutible; lengua admirable que basta
conocer un poco para hallar con facilidad, en los diversos dialectos europeos, su sentido real desviado por el tiempo
y las migraciones de los pueblos de lenguaje original.
A la inversa de la cábala judía, creada por entero a fin de velar, sin duda alguna, lo que el texto sagrado tenía de
demasiado claro, la cábala hermética es una preciosa llave que permite a quien la posee abrir las puertas de los
santuarios, de esos libros cerrados que son las obras de ciencia tradicional, de extraer su espíritu y de captar su
significado secreto. Conocida por Jesús y sus Apóstoles (desdichadamente, debía provocar la primera negación de
san Pedro), la cábala era empleada en la Edad Media por los filósofos, los sabios, los literatos y los diplomáticos.
Caballeros de orden y caballeros errantes, trovadores, troveros y menestrales, estudiantes viajeros de la famosa
escuela de magia de Salamanca, a los que llamamos Venusbergs porque decían proceder de la montaña de Venus,
discutían entre ellos en la lengua de los dioses, llamada también gaya ciencia o gay saber, nuestra cábala hermética
(14). Lleva, por supuesto, el nombre y el espíritu de la caballería, cuyo verdadero carácter nos han revelado las
obras místicas de Dante. El latín caballus y el griego caballhV significan caballo de carga. Pues bien, nuestra cábala
sostiene realmente un peso considerable, la carga de los conocimientos antiguos y de la caballería medieval, pesado
bagaje de verdades esotéricas transmitidas por ella a través de las edades. Era la lengua secreta de los caballeros.
Iniciados e intelectuales de la Antigüedad poseían todos el conocimiento. Los unos y los otros, a fin de acceder a la
plenitud del saber, cabalgaban metafóricamente la yegua (cavale), vehículo espiritual cuya imagen típica es el
Pegaso alado de los poetas helénicos. Sólo él facilitaba a los elegidos el acceso a las regiones desconocidas, y les
ofrecía la posibilidad de verlo y comprenderlo todo a través del espacio y el tiempo, el éter y la luz... Pegaso, en
griego P h g a s o V toma su nombre de la palabra p h g h fuente, porque, según se dice, hizo brotar de una coz la
fuente de Hipocrene, mas la verdad es de otro orden. Por el hecho de que la cábala proporciona la causa, da el
principio y revela la causa de las ciencias, su jeroglífico animal ha recibido el nombre especial y característico que
lleva. Conocer la cábala es hablar la lengua de Pegaso, la lengua del caballo, cuyo valor efectivo y potencia
esotérica indica expresamente Swift en uno de sus Viajes alegóricos.
Lengua misteriosa de los filósofos y discípulos de Hermes, la cábala domina toda la didáctica de la Ars magna, del
mismo modo que el simbolismo abarca toda su iconografía. Arte y literatura ofrecen así a la ciencia oculta el apoyo
de sus propios recursos y de sus facultades de expresión. De hecho, y pese a su carácter particular y su técnica
distinta, la cábala y el simbolismo toman vías diferentes para llegar a la misma meta y para confundirse en la misma
enseñanza. Son las dos columnas maestras levantadas sobre las piedras angulares de los cimientos filosóficos, que
soportan el frontón alquímico del templo de la sabiduría.
Todos los idiomas pueden dar asilo al sentido tradicional de las palabras cabalísticas porque la cábala, desprovista
de textura y de sintaxis, se adapta con facilidad a cualquier lengua sin alterar su personalidad peculiar. Aporta a los
dialectos constituidos la sustancia de su pensamiento, con el significado original de los nombres y de las cualidades.
De suerte que una lengua cualquiera es siempre susceptible de ser transportada, de incorporarla, etc. y, en
consecuencia, de convertirse en cabalística por la doble acepción que toma de este modo.
Aparte su papel alquímico puro, la cábala ha servido de intercambio en la elaboración de muchas obras maestras
literarias que muchos diletantes saben apreciar sin sospechar, no obstante, qué tesoros disimulan bajo la gracia, el
encanto o la nobleza del estilo. Y es porque sus autores -ya llevaran el nombre de Homero, Virgilio, Ovidio, Platón,
Dante o Goethe- fueron todos grandes iniciados. Escribieron sus inmortales obras no tanto para dejar imperecederos
monumentos del genio humano a la posteridad, como para instruir a éste acerca de los sublimes conocimientos de
los que eran depositarios, y que debían transmitirse en su integridad. Así es como debemos juzgar, fuera de los
maestros ya citados, a los artesanos maravillosos de los poemas de caballería, cantares de gesta, etc., pertenecientes
al ciclo de la Tabla redonda y del Graal; las obras de François Rabelais y las de Cyrano Bergerac; el Quijote de
Miguel de Cervantes; los Viajes de Gulliver de Swift; el Sueño de Polifilo de Francesco Colonna; los Cuentos de mi
madre la oca de Perrault; los Cantares del rey de Navarra de Teobaldo de Champaña; el Diablo predicador, curiosa
obra española cuyo autor desconocemos, y gran cantidad de otros libros que no por ser menos célebres les son
inferiores en interés y en ciencia.
Limitaremos esta exposición de la cábala solar, pues no hemos recibido licencia para escribir un tratado completo ni
para enseñar cuáles son sus reglas. Nos basta con haber señalado el lugar importante ocupado por aquélla en el
estudio de los «secretos de Naturaleza» y la necesidad para el principiante de volver a dar con su clave. Pero a fin de
serle útil en la medida de lo posible, daremos, a título de ejemplo, la versión en lenguaje claro de un texto cabalístico
original de Naxágoras (15). Es nuestro deseo que el hijo de ciencia descubra en él la manera de interpretar los libros
sellados y sepa obtener partido de una enseñanza tan poco velada. En su alegoría, el adepto se ha esforzado en
describir la vía única y simple, la única que seguían antaño los viejos maestros.
Traducción del siglo XVIII del original alemán de Versión en lenguaje claro del texto cabalístico de
Naxágoras Naxágoras
Descripción Descripción
bien detallada de la Arena de oro que se encuentra bien detallada de la manera de extraer y liberar el
cerca de Zwickau, en Misnia, en los alrededores de Espíritu del Oro encerrado en la materia mineral vil,
Niederhohendorf, y en otros lugares vecinos. con objeto de edificar con él el Templo Sagrado de la
Luz (16) y de descubrir otros secretos análogos.
por por
J.N.V.E.J.E. J.N.V.E.J.E.
ac. 5 Pct. ALC. que comprende cinco puntos de alquimia
1715 1715
Pronto hará dos años que un hombre de estas minas Pronto hará dos años que un trabajador hábil en el arte
obtuvo, a través de una tercera persona, un pequeño metálico obtuvo, gracias a un tercer agente (17), un
extracto de un manuscrito en cuarto, de una pulgada extracto de los cuatro elementos, conseguido
de grueso y que provenía de otros dos viajeros manualmente reuniendo dos mercurios del mismo
italianos que se llamaban así. origen, cuya excelencia les ha valido el calificativo de
romanos y que siempre se han llamado así.
l. Un burgo llamado Hartsmanngrün, cerca de l. Una escoria sobrenada la mezcla formada por el
Zwickau. Bajo el burgo hay muchos granos buenos. fuego de las partes puras de la materia mineral vil.
La mina está en vena. Bajo la escoria, se encuentra un agua friable
granulosa. Es la vena o la matriz metálica.
II. Kohl-Stein, próximo a Zwickau. Hay buena vena II. Tal es la piedra Kohl (18), concreción de las partes
de grava y de marcasitas de plomo. Detrás, en puras del estiércol o materia mineral vil. Vena friable
Gabel, hay un herrero llamado Morgen-Stern que y granulosa, nace del hierro, del estaño y del plomo.
sabe dónde hay una buena mina, y un conducto Sólo ella lleva la impronta del rayo solar. Ella es el
subterráneo, y donde han sido practicadas grietas. artesano experto en el arte de trabajar el acero. los
Dentro hay congelaciones amarillas, y el metal es sabios la llaman Estrella de la mañana. Ella sabe lo
maleable. que busca el artista. Es el camino subterráneo que
conduce al oro amarillo, maleable y puro. Camino
rudo y cortado por las zanjas y los obstáculos.
III. Yendo de Schneeberg el castillo llamado de Poseyendo esta piedra llamada montaña de la Tenaza
Wissemburg, hay un poco de agua que fluye hacia (19), ascended hasta la Fortaleza blanca. Es agua viva,
la montaña y desemboca en el Mulda. Avanzando que fluye del cuerpo disgregado en polvo impalpable,
por el Mulda frente a este curso de agua, se halla un bajo el efecto de una trituración natural comparable a
vivero cerca del río. Hay poca agua donde se la de la muela. Esta agua viva y blanca se aglomera en
encuentra una marcasita que puede compensar bien el centro, en una piedra cristalina de color semejante
la dificultad que ha significado el llegar hasta ella. al hierro estañado, que puede compensar ampliamente
la dificultad que exige la operación.
IV. En Kauner-Zehl, en la montaña de Gott, a dos IV. Esta sal luminosa y cristalina, primer ser del
leguas de Schoneck, hay una excelente arena de Cuerpo divino, se tornará, en un segundo lugar, en
cobre. vidrio cúplico. Se trata de nuestro cobre o latón, y el
león verde.
V. En Grais, en Voitgland, debajo de Schloss-berg, V. Esta arena, calcinada, dará su tintura a la rama de
hay un jardín donde se encuentra una rica mina de oro. El joven brote del Sol nacerá en la Tierra del
oro, lo que he advertido desde hace poco. fuego. Es la sustancia quemada de la piedra, roca
Tomad buena nota. cerrada del jardín (20) donde maduran nuestros frutos
de oro, de lo que me he asegurado hace poco- Tened
esto bien en cuenta.
VI. Entre Werda y Laugenberndorff existe un VI. Entre este producto y el segundo, más fuerte y
vivero llamado Mansteich. Bajo ese vivero se ve mejor, es útil volver al estanque de la Luz muerta (21)
una antigua fuente, en la parte baja de la pradera. por el extracto vuelto a su materia original. Volveréis
En esta fuente, se encuentran pepitas de oro que son a encontrar agua viva, dilatada, sin consistencia. Lo
muy buenas. que resultará es la antigua Fuente (22), generatriz de
vigor capaz de cambiar en granos de oro los metales
viles.
VII. En el bosque de Werda, hay un precipicio que VII. En el bosque verde se esconde el fuerte, el
llaman el Langrab. Yendo a lo alto de ese precipicio robusto y el mejor de todos (23). Allí también se
se encuentra en el mismo una fosa. Avanzad en esta encuentra el estanque del Cangrejo (24). Proseguid: la
fosa la distancia de un ana hacia la montaña, y sustancia se separará por sí misma.
encontraréis una veta de oro de la longitud de un Dejad el hoyo; su fuente está en el fondo de una gruta
palmo. donde se desarrolla la piedra encerrada en su mina.
VIII. En Hundes-Hubel se encuentra una zanja VIII. En el aumento, al reiterar, veréis la fuente llena
donde hay pepitas de oro en cantidad. Esta zanja de granulaciones brillantes de oro puro. Como escoria
está en la aldea, cerca de una fuente a la que el o ganga, encierra la fuente de agua seca, generatriz
pueblo acude en busca de agua para beber. del oro, que el pueblo metálico bebe ávidamente.
IX. Después de haber realizado diferentes viajes a IX. Tras diferentes ensayos sobre la materia mineral
Zwickau, a la pequeña ciudad de Schlott, a Saume y vil, hasta el color amarillo o fijación del cuerpo, y
a Crouzoil, nos detuvimos en Brethmullen, donde luego de ahí al Sol coronado, tuvimos que esperar que
antaño estaba situado ese lugar. En el camino que la materia se hubiera cocido por entero, según el
antes conducía a Weinburg, que se llama método de antaño. Esta larga cocción, seguida en otro
Barenstein, cara o hacia la montaña yendo a tiempo, conducía al Castillo luminoso o Fortaleza
Barenstein, o por detrás frente al Poniente, a la brillante, que es esta piedra pesada, occidente que
fíbula... que había en otro tiempo, hay un viejo aguarda, sin sobrepasarla, nuestra propia manera
pozo al que atraviesa una vena. Es fuerte y muy rica (25) .... pues la verdad sale del pozo antiguo de esta
en buen oro de Hungría y, algunas veces, incluso en tintura poderosa, rica en semilla de oro, tan puro
oro de Arabia. La señal de la vena está sobre cuatro como el oro de Hungría, y, algu. nas veces, incluso
separadores de metales Auff-seigers vier, y al lado más que el de Arabia. La señal, formada por cuatro
está escrito Auff-seigers eins. Es una verdadera rayos, designa y sella el reductor mineral. Es la más
cabeza de vena. grande de todas las tinturas.
Pero con el fin de cerrar con una nota menos austera este estudio del lenguaje secreto designado con el nombre de
cábala hermética o solar, mostraremos hasta dónde puede llegar la credulidad histórica cuando una ignorancia ciega
permite atribuir a ciertos personajes lo que jamás ha pertenecido sino a la alegoría y a la leyenda. Los hechos
históricos que ofrecemos a la meditación del lector son los de un monarca de la antigüedad romana. Apenas
tendremos necesidad de poner de manifiesto sus particularidades absurdas ni de subrayar todas sus relaciones
cabalísticas -, hasta tal punto se muestran evidentes y expresivas.
El famoso emperador romano Vario Avito Basiano, saludado por los soldados -no se sabe muy bien por qué- con los
nombres de Marco Aurelio Antonino (26), recibió el nombre -tampoco se sabe la razón- de Elagábalo o Heliogábalo
(27). «Nacido en 204 -nos dice la Encyclopédie- y muerto en Roma en 222, descendía de una familia siria (28)
dedicada al culto del sol en Emesa (29). Él mismo fue, desde muy joven, sumo sacerdote de ese dios, que era
adorado bajo la forma de una piedra negra (30) y con el nombre de Elagábalo. Se le suponía hijo de Caracalla. Su
madre, Saemias (31), frecuentaba la corte y estaba por debajo de la calumnia. Sea como fuere, la belleza del joven
gran sacerdote sedujo a la legión de Emesa, que lo proclamó Augusto a la edad de catorce años. El emperador
Macrino marchó contra él, pero fue derrotado y muerto.
»El reinado de Heliogábalo no fue más que el triunfo de las supersticiones y de las orgías orientales. No existe
infamia o crueldad que no haya inventado este singular emperador de mejillas afeitadas y túnica de cola. Había
llevado a Roma su piedra negra y forzaba al Senado y a todo el pueblo a rendirle un culto público. Habiéndose
apoderado en Cartago de la estatua de Celeste, que representaba la Luna, celebró con gran pompa sus bodas con su
piedra negra, que figuraba el Sol. Creó un senado femenino, se desposó sucesivamente con cuatro mujeres, entre
ellas, una vestal, y un día reunió en su palacio a todas las prostitutas de Roma, a las que dirigió un discurso acerca
de los deberes de su profesión. Los pretorianos dieron muerte a Heliogábalo y arrojaron su cuerpo al Tíber. Tenía
dieciocho años y había reinado cuatro.»
Si esto no es la Historia, al menos es una bonita historia, llena toda ella de «pantagruelismo». Sin faltar a su misión
esotérica y contando con la pluma avisada, el estilo cálido y colorista de Rabelais, ganó muchísimo en sabor, en
pintoresquismo y en truculencia.

VI
Antes de ser elevada a la dignidad de Virtud cardinal, la Prudencia fue por mucho tiempo una divinidad alegórica a
la que los antiguos atribuían una cabeza de dos caras, fórmula que nuestra estatua reproduce con exactitud y de la
manera más feliz. Su rostro anterior ofrece la fisonomía de un joven de perfil muy puro, y el posterior, la de un
anciano cuyo aspecto, lleno de nobleza y gravedad, se prolonga en los rizos sedosos de una barba fluvial. Réplica de
Jano, hijo de Apolo y de la ninfa Creusa, esta admirable figura no desmerece de las otras tres en majestad ni en
interés.
En pie, está representada con las espaldas cubiertas por el amplio manto del filósofo, que se abre ampliamente sobre
el corpiño en forma de compás abierto, estampado al fuego. Una simple pañoleta le protege la nuca. Formando el
tocado de la cara senil, va a anudarse por delante, dejando así libre el cuello adornado con un collar de perlas. La
falda, de amplios pliegues, está ceñida por un cordón con borla de aspecto pesado, pero de carácter monacal. Su
mano izquierda sujeta el pie de un espejo convexo en el que parece experimentar algún placer en contemplar su
imagen, mientras que con la derecha mantiene separadas las piernas de un compás de punta seca. Una serpiente,
cuyo cuerpo aparece recogido sobre sí mismo, expira a sus pies.
Esta noble figura es para nosotros una emotiva y sugestiva personificación de la Naturaleza, simple, fecunda,
múltiple y variada, con apariencia armoniosa y la elegancia y la perfección de formas con que adorna sus más
humildes producciones. Su espejo, que es el de la Verdad, fue siempre considerado por los autores clásicos como el
jeroglífico de la materia universal, y particularmente reconocido entre ellos por el signo de la sustancia propia de la
Gran Obra. Objeto de los sabios y espejo del arte son sinónimos herméticos que ocultan al vulgo el verdadero
nombre del mineral secreto. En este espejo, dicen los maestros, el hombre ve la Naturaleza al descubierto. Gracias a
él, puede conocer la antigua verdad en su realismo tradicional, pues la Naturaleza no se muestra jamás por sí misma
al investigador, excepto por intermedio de este espejo que conserva su imagen reflejada. Y para mostrar a propósito
que se trata de nuestro macrocosmos y el pequeño mundo de sapiencia, el escultor ha cincelado el espejo en forma
de lente plana convexa, que posee la propiedad de reducir las formas conservando sus proporciones respectivas. La
indicación del objeto hermético, que contiene en su minúsculo volumen todo cuanto encierra el inmenso Universo,
aparece, pues, deseada, premeditada, impuesta por una necesidad esotérica imperiosa cuya interpretación no ofrece
dudas. De manera que estudiando con paciencia esta única y primitiva sustancia, parcela caótica y reflejo del gran
mundo, el artista puede adquirir las nociones elementales de una ciencia desconocida, penetrar en un ámbito
inexplorado, fértil de descubrimiento, abundante en revelaciones y pródigo de maravillas, y recibir al fin el
inestimable don que Dios reserva a las almas de elite: la luz de la sabiduría.
Aparece así, bajo el velo exterior de la Prudencia, la imagen misteriosa de la vieja alquimia, y por los atributos de la
primera estamos iniciados en los secretos de la segunda. Por otra parte, el simbolismo práctico de nuestra ciencia
participa en la exposición de una fórmula que implica dos términos, dos virtudes esencialmente filosóficas: la
prudencia y la simplicidad. Prudentia et Simplicitas, tal es la divisa favorita de los maestros Basilio Valentín y
Senior Zadith. Uno de los grabados en madera del tratado del Azoth representa, en efecto, a los pies de Atlas, que
soporta la esfera cósmica, un busto de Jano -Prudentia- y a un niño pequeño deletreando el alfabeto -Simplicitas-.
Pero mientras que la simplicidad es, sobre todo, propia de la Naturaleza, como el primero y más importante de sus
patrimonios, el hombre, por el contrario, parece dotado de las cualidades agrupadas bajo la denominación global de
prudencia: previsión, circunspección, inteligencia, sagacidad, experiencia, etc. Y aunque todas reclamen, para
alcanzar su perfección, el auxilio y el apoyo del tiempo, siendo las unas innatas y las otras adquiridas, sería posible
dar en este sentido una razón verosímil de la doble máscara de la Prudencia.
La verdad, menos abstracta, parece ligada más bien al positivismo alquímico de los atributos de nuestra Virtud
cardinal. Generalmente se recomienda unir «a un anciano sano y vigoroso con una joven y hermosa virgen». De
estas bodas químicas debe nacer un niño metálico que recibirá el nombre de andrógino, porque participa a la vez de
la naturaleza del azufre, su padre, y de la del mercurio, su madre. Pero en este lugar yace un secreto que no hemos
descubierto entre los mejores y más sinceros autores. La operación así presentada parece simple y muy natural. Sin
embargo, nosotros nos hemos encontrado detenidos durante muchos años por la imposibilidad de obtener algo de
ella. Es que los filósofos han soldado hábilmente dos obras sucesivas en una sola, con tanto mayor facilidad cuanto
que se trata de operaciones semejantes que conducen a resultados paralelos. Cuando los sabios hablan de su
andrógino, entienden por tal vocablo el compuesto artificialmente formado de azufre y mercurio puestos en contacto
estrecho o, según la expresión química consagrada, tan sólo combinados. Ello indica, pues, la posesión previa de un
azufre y de un mercurio previamente aislados o extraídos, y no de un cuerpo generado directamente por la
Naturaleza tras la conjunción del anciano y de la joven virgen. En alquimia práctica, lo que menos se sabe es el
comienzo. Asimismo, ésta es la razón por la que aprovechamos todas las ocasiones que se nos ofrecen para hablar
del comienzo con preferencia al final de la Obra. Seguimos en esto el consejo autorizado de Basilio Valentín cuando
dice que «aquel que tiene la materia encontrará siempre un recipiente para cocerla, y quien tiene harina no debe
preocuparse gran cosa por poder hacer pan». Pues bien, la lógica elemental nos conduce a buscar los progenitores
del azufre y del mercurio, si deseamos obtener, por su unión, el andrógino filosófico, llamado por otro nombre rebis,
compositum de compositis, mercurio animado, etc., materia propia del elixir. De estos progenitores químicos del
azufre y del mercurio primarios, uno permanece siempre el mismo, y es la virgen madre. En cuanto al anciano, debe,
una vez concluida su misión, ceder el sitio al más joven que él. Así, estas dos conjunciones engendrarán cada una un
vástago de sexo diferente: el azufre, de complexión seca e ígnea, y el mercurio, de temperamento «linfático y
melancólico». Es lo que quieren enseñar Filaleteo y d'Espagnet cuando dicen que «nuestra virgen puede estar casada
dos veces sin perder en absoluto su virginidad». Otros se expresan de manera más oscura, y se contentan con
asegurar que «el Sol y la Luna del cielo no son los astros de los filósofos». Se debe comprender por ello que el
artista jamás encontrará a los progenitores de la piedra, directamente preparados en la Naturaleza, y que deberá
formar primero el Sol y la Luna herméticos si no quiere verse frustrado por el fruto preciso de su alianza. Creemos
haber dicho bastante sobre el asunto. Pocas palabras bastan al sabio, y quienes han trabajado largo tiempo sabrán
aprovecharse de nuestras opiniones. Escribimos para todos, pero no todos pueden comprendernos, porque nos está
vedado hablar más abiertamente.
Replegada sobre sí misma, con la cabeza vuelta por los espasmos de la agonía, la serpiente que vemos figurar al pie
de nuestra estatua pasa por ser uno de los atributos de la Prudencia. Se dice que es de natural muy circunspecto. No
lo discutimos, pero se convendrá en que este reptil, que se representa moribundo, debe serlo por la necesidad del
simbolismo, pues su inercia no le permite en absoluto ejercer tal facultad. Es razonable, pues, pensar que el
emblema encierra otro sentido, muy distinto del que se le atribuye. En hermetismo, su significado es análogo al del
dragón, que los sabios han adoptado como uno de los representantes del mercurio. Recordemos la serpiente
crucificada de Flamel, la de Notre-Dame de París, las de los caduceos, las de los crucifijos de meditación (que salen
de un cráneo humano que sirve de base a la cruz divina), la serpiente de Esculapio, el Ouroboros griego -serpens qui
caudam devoravit- encargado de traducir el circuito cerrado del pequeño universo que es la Obra, etc. Pues bien;
todos estos reptiles están muertos o moribundos, desde el Ouroboros que se devora a sí mismo, hasta los del
caduceo, aniquilados de un golpe de vara, pasando por el tentador de Eva, al que la posteridad de la mujer le
aplastará la cabeza (Génesis, III, 15). Todos expresan la misma idea, encierran la misma doctrina y obedecen a la
misma tradición. Y la serpiente, jeroglífico del principio alquímico primordial, puede justificar el aserto de los
sabios, que aseguran que todo cuanto buscan se encuentra contenido en el mercurio. Ella es, en verdad, el motor y la
animadora de la gran obra, pues la comienza, la mantiene, la perfecciona y la acaba. Es el círculo místico del que el
azufre, embrión del mercurio, marca el punto central a cuyo alrededor efectúa su rotación, trazando así el signo
gráfico del Sol, padre de la luz, del espíritu y del oro, dispensador de todos los bienes terrestres.
Pero mientras que el dragón representa el mercurio escamoso y volátil, producto de la purificación superficial del
sujeto, la serpiente, desprovista de alas, sigue siendo el jeroglífico del mercurio común, puro y limpio, extraído del
cuerpo de la Magnesia o materia prima. Esta es la razón por la que ciertas estatuas alegóricas de la Prudencia tienen
como atributo la serpiente fijada en un espejo, y este espejo, símbolo del mineral bruto suministrado por la
Naturaleza, se vuelve luminoso al reflejar la luz, es decir, al manifestar su vitalidad en la serpiente o mercurio, que
mantenía oculto bajo su envoltorio grosero. Así, gracias a este primitivo agente vivo y vivificante, resulta posible
devolver la vida al azufre de los metales muertos. Al ejecutar la operación, el mercurio, disolviendo el metal, se
apodera del azufre, lo anima y muere cediéndole su vitalidad propia. Esto es lo que los maestros quieren explicar
cuando ordenan matar al vivo para resucitar al muerto, corporeizar los espíritus y reanimar las corporeizaciones.
Poseyendo este azufre vivo y activo calificado de filosófico, a fin de subrayar su regeneración, bastará unirlo en
proporción justa al mismo mercurio vivo para obtener, por la interpenetración de estos principios vivos, el mercurio
filosófico o animado, materia de la piedra filosofal.
Si se ha comprendido bien lo que nos hemos esforzado en traducir más arriba, y se relaciona con lo que dejamos
dicho aquí, quedarán fácilmente abiertas las dos primeras puertas de la Obra.
En resumen, aquel que posea un conocimiento bastante extenso acerca de la práctica observará que el secreto
principal de la obra reside en el artificio de la disolución. Y como es necesario ejecutar muchas de estas operaciones
-diferentes en cuanto a su propósito, pero semejantes en cuanto a su técnica-, existen otros tantos secretos
secundarios que, propiamente hablando, no forman en realidad más que uno solo. Todo el arte se reduce, pues, a la
disolución; todo depende de ella y de la manera de efectuarla. Tal es el secretum secretorum, la clave del Magisterio
escondida bajo el axioma enigmático solve et coagula: disuelve (el cuerpo) y coagula (el espíritu). Y esto se hace en
una sola operación que comprende dos disoluciones, una, violenta, peligrosa y desconocida; y la otra, fácil, cómoda
y de uso corriente en el laboratorio.
Habiendo descrito en otra parte la primera de estas disoluciones y habiendo dado, en estilo alegórico poco velado,
los detalles indispensables, no volveremos sobre ella (32). Mas a fin de precisar su carácter, atraeremos la atención
del laborioso sobre lo que lo distingue de las operaciones químicas comprendidas en el mismo vocablo. Esta
indicación podrá ser de utilidad.
Hemos dicho, y lo repetimos, que el objeto de la disolución filosófica es la obtención del azufre que, en el
Magisterio, desempeña el papel de formador al coagular el mercurio que le está unido, propiedad que posee por su
naturaleza ardiente, ígnea y desecante. «Toda cosa seca bebe ávidamente su húmedo», dice un viejo axioma
alquímico. Pero este azufre, a raíz de su primera extracción, jamás es despojado del mercurio metálico con el que
constituye el núcleo central del metal, llamado esencia o semilla. De donde resulta que el azufre, conservando las
cualidades específicas del cuerpo disuelto, no es, en realidad, más que la porción más pura y más sutil de ese mismo
cuerpo. En consecuencia, podemos considerar, con la mayoría de los maestros, que la disolución filosófica realiza la
purificación absoluta de los metales imperfectos. Pues bien; no hay ejemplo espagírico o químico de una operación
susceptible de dar semejante resultado. Todas las purificaciones de metales tratados por los métodos modernos no
sirven más que para desembarazarlos de las impurezas superficiales menos tenaces. Y éstas, traídas de la mina o
acarreadas en la reducción del mineral, son, generalmente, poco importantes. Por el contrario, el procedimiento
alquímico, al disociar y destruir la masa de materias heterogéneas fijadas en el núcleo, constituido por azufre y
mercurio muy puros, destruye la mayor parte del cuerpo y la hace refractaria a toda reducción ulterior. Así, por
ejemplo, un kilogramo de excelente hierro de Suecia o de hierro electrolítico suministra una proporción de metal
radical de homogeneidad y pureza perfectas, que varía entre 7,24 y 7,32 gr. Este cuerpo, muy brillante, está dotado
de una magnífica coloración violeta -que es el color del hierro puro- análoga, en cuanto a brillo e intensidad, a la de
los vapores de yodo. Se advertirá que el azufre del hierro, aislado, rojo encarnado, y su mercurio coloreado de azul
claro dan, al combinarse, el violeta, que revela el metal en su integridad. Sometida a la disolución filosófica, la plata
abandona pocas impurezas en relación a su volumen, y da un cuerpo de color amarillo casi tan hermoso como el del
oro, de cuya elevada densidad carece. Ya la simple disolución química de la plata en el ácido nítrico, como hemos
enseñado al comienzo de este libro, desprende del metal una mínima fracción de plata pura, de color de oro, que
basta para demostrar la posibilidad de una acción más enérgica y la certidumbre del resultado que puede esperarse
de ella.
Nadie podría discutir la importancia y la preponderancia de la disolución, tanto en química como en alquimia. Se
sitúa en la primera fila de las operaciones de laboratorio, y puede decirse que la mayoría de los trabajos químicos
están bajo su dependencia. En alquimia, la Obra entera no implica sino una serie de diversas soluciones. No cabe,
pues, sorprenderse de la respuesta que da «el Espíritu de Mercurio» al «Hermano Alberto» en el diálogo que Basilio
Valentín nos incluye en el libro de las Doce claves. «¿Cómo podría tener yo este cuerpo?», pregunta Alberto. Y el
Espíritu le replica: «Por la disolución.» Cualquiera que sea la vía empleada, húmeda o seca, la disolución es
absolutamente indispensable. ¿Qué es la fusión sino una solución del metal en su propia agua? Del mismo modo, la
incuartación, así como la obtención de las aleaciones metálicas, son verdaderas soluciones químicas de metales los
unos por los otros. El mercurio, líquido a la temperatura ordinaria, no es otra cosa que un metal fundido y disuelto.
Todas las destilaciones, extracciones y purificaciones reclaman una solución previa y no se efectúan sino tras la
terminación de dicha solución. ¿Y la reducción? ¿Acaso no es el resultado de dos soluciones sucesivas, la del
cuerpo y la del reductor? Si en una solución primera de tricloruro de oro se sumerge una lámina de zinc,
inmediatamente se produce una segunda solución, la del zinc, y el oro, reducido, se precipita al estado de polvo
amorfo. La copelación demuestra igualmente la necesidad de una solución primera -la del metal precioso aleado o
impuro, por el plomo-, mientras que una segunda, la fusión de los óxidos superficiales formados, elimina éstos y
perfecciona la operación. En cuanto a las manipulaciones especiales, netamente alquímicas - imbibiciones,
digestiones, maduraciones, circulaciones, putrefacciones, - etc.-, dependen de una solución anterior y representan
otros tantos efectos diferentes de una sola y misma causa.
Pero lo que distingue la solución filosófica de todas las demás, y al menos le asegura una real originalidad, es que el
disolvente no se asimila al metal básico que se le ofrece. Tan sólo rechaza sus moléculas, por ruptura de cohesión, y
se apodera de los fragmentos de azufre puro que puedan retener, y dejan el residuo, formado por la mayor parte del
cuerpo, inerte, disgregado, estéril, y completamente irreductible. No cabría obtener con él, pues, una sal metálica,
como se hace con ayuda de los ácidos químicos. Por lo demás, el disolvente filosófico, conocido desde la
Antigüedad, no ha sido utilizado jamás sino en alquimia, por manipuladores expertos en la práctica del «truco»
especial que exige su empleo. Del disolvente hablan los sabios cuando dicen que la Obra se hace de una cosa única.
Al contrario de los químicos y espagiristas, que disponen de una colección de ácidos variados, los alquimistas no
poseen más que un solo agente que ha recibido gran cantidad de nombres diversos, el último de los cuales
cronológicamente es el de alkaest. Reconstruir la composición de los licores, simples o complejos, calificados de
alkaests, nos llevaría demasiado lejos, pues los químicos de los siglos XVII y XVIII han tenido cada cual su fórmula
particular. Entre los mejores artistas que han estudiado largamente el misterioso disolvente de Juan Bautista van
Helmont y de Paracelso, nos limitaremos a señalar a: Thomson (Epilogismi chimici, Leiden, 1673); Welling (Opera
cabalistica, Hamburgo, 1735); Tackenius (Hippocrates chimicus, Venecia, 1666); Digby (Secreta medica,
Frankfurt, 1676); Starckey (Pyrotechnia, Ruán, 1706); Vigani (Medulla chemiae, Dantzig, 1862); Christian Langius
(Opera omnia, Frankfurt, 1688); Langelot (Salamander, vid. Tillemann, Hamburgo, 1673); Helbigius (Introitus ad
Physicam inauditas, Hamburgo, 1680); Federico Hoffmann (De acido et viscido, Frankfurt, 1689); barón Schroeder
(Pharmacopea, Lyon, 1649); Blanckard (Theatrum chimicum, Leipzig, 1700); Quercetanus (Hermes medicinalis,
París, 1604); Beguin (Elemens de Chymie, París, 1615); J. F. Henckel (Flora Saturnisans, París, 1760).
Pott, discípulo de StahI, señala también un disolvente que, a juzgar por sus propiedades, permitiría creer en su
realidad alquímica si no estuviéramos mejor informados acerca de su verdadera naturaleza.
La manera como nuestro químico lo describe; el cuidado que pone en mantener secreta su composición; la
voluntaria generalización de las cualidades que de ordinario se apresura a precisar al máximo; todo ello tendería a
probar aquella realidad. «No nos queda sino hablar (33) –dice de un disolvente oleoso y anónimo, del que ningún
químico, que yo sepa, ha hecho mención. Se trata de un licor límpido, volátil, puro, oleoso, inflamable como el
alcohol y ácido como el buen vinagre, y que pasa en la destilación en forma de copos nebulosos. Este licor, digerido
y cohobado sobre los metales, sobre todo después de que han sido calcinados, los disuelve casi todos. Retira del oro
una tintura muy roja, y cuando se le quita de encima del oro, queda una materia resinosa, enteramente soluble en
alcohol, que adquiere, por este medio, un hermoso color rojo. El residuo es irreductible, y estoy seguro de que
podría prepararse de él la sal del oro. Este disolvente se mezcla indiferentemente con los licores acuosos o grasos.
Convierte los corales en un licor de un verde marino que parece haber sido su primer estado. Es un licor saturado de
sal amoniacal y grasa al mismo tiempo, y para decir lo que yo pienso, es el verdadero menstruo de Weidenfeld o el
alcohol filosófico, pues de la misma materia se obtienen los vinos blanco y rojo de Raimundo Lulio. Por ello Henry
Khunrath da, en su Anfiteatro, a su lunar el nombre de su fuego-agua y de su aguafuego, pues es cierto que Juncken
se ha equivocado del todo cuando trata de persuadir que es en el alcohol donde hay que buscar el disolvente
anónimo del que hablamos. Este disolvente proporciona un espíritu orinoso de una naturaleza singular que parece,
en algunos puntos, diferir por entero de los espíritus orinosos ordinarios. También proporciona una especie de
manteca que tiene la consistencia y la blancura de la manteca de antimonio. Es extraordinariamente amarga y de
mediana volatilidad. Estos dos productos sirven muy bien para extraer los metales. La preparación de nuestro
disolvente, aunque oscura y oculta, es, sin embargo, muy fácil de realizar. Se me dispensará de no decir más sobre
esta materia, porque como hace muy poco tiempo que la conozco y que trabajo con ella, me queda aún gran número
de experiencias por hacer para asegurarme de todas sus propiedades. Por lo demás, sin hablar del libro De Secretis
Adeptorum de Weidenfeld, Dickenson parece haber descubierto este menstruo en su tratado de Chrysopeia.»
Sin discutir la probidad de Pott ni poner en duda la veracidad de su descripción, y menos aún de la que Weidenfeld
da bajo términos cabalísticos, es indudable que el disolvente del que habla Pott no es el de los sabios. En efecto, el
carácter químico de sus reacciones y el estado líquido bajo el que se presenta dan sobrado testimonio. Los que están
instruidos acerca de las cualidades del sujeto saben que el disolvente universal es un verdadero mineral, de aspecto
seco y fibroso, de consistencia sólida y dura y de textura cristalina. Es, pues, una sal y no un líquido ni un mercurio
fluyente, sino una piedra o sal pétrea, de donde sus calificativos herméticos de salitre (francés salpétre, del latín sal
petri, sal de piedra), de sal de sabiduría o sal alembroth -que algunos químicos creen que es el producto de la
sublimación simultánea del deutocloruro de mercurio y del cloruro de amonio-. Y esto basta para apartar el
disolvente de Pott por estar demasiado alejado de la naturaleza metálica para ser empleado con ventaja en el trabajo
de Magisterio. Por otra parte, si nuestro autor hubiera tenido presente el principio fundamental del arte, se hubiera
guardado de asimilar al disolvente universal su licor particular. Este principio pretende, en efecto, que en los
metales, por los metales, con los metales, los metales pueden ser perfeccionados. Quienquiera que se aparte de esta
verdad primera no descubrirá jamás nada útil para la transmutación. En consecuencia, si el metal, según la
enseñanza filosófica y la doctrina tradicional, debe en primer lugar ser disuelto, no se deberá hacerlo sino con la
ayuda de un disolvente metálico que le sea apropiado y muy próximo por su naturaleza. Tan sólo los semejantes
actúan sobre sus semejantes. Pues bien, el mejor agente, extraído de nuestra magnesia o sujeto, toma el aspecto de
cuerpo metálico, cargado de espíritus metálicos, aunque propiamente hablando no sea un metal. Es lo que ha
animado a los adeptos, para mejor sustraerlo a la avidez de los ambiciosos, a darle todos los nombres posibles de
metales, de minerales, de petrificaciones y de sales. Entre estas denominaciones, la más familiar es la de Saturno,
considerado como el Adán metálico. Asimismo, no podemos completar mejor nuestra instrucción que dejando la
palabra a los filósofos que han tratado de modo especial sobre esta materia. He aquí, pues, la traducción de un
capítulo muy sugestivo de Daniel Mylius (34), consagrado al estudio de Saturno, y que reproduce las enseñanzas de
dos célebres adeptos: Isaac el Holandés y Teofrasto Paracelso.
«Ningún filósofo versado en los escritos herméticos ignora cuán importante es Saturno, hasta tal punto que debe ser
preferido al oro común y natural, y que es llamado oro verdadero y la materia sujeto de los filósofos.
Transcribiremos sobre este punto el testimonio aprobado de los filósofos más notables.
»lsaac el Holandés dice en su Obra vegetal: Sabe, hijo mío, que la piedra de los filósofos debe hacerse por medio de
Saturno, y cuando ha sido obtenida en estado perfecto, hace la proyección tanto en el cuerpo humano -en el interior
como en el exterior-, como en los metales. Sabe, también, que en todas las obras vegetales no hay mayor secreto que
en Saturno, pues no encontramos la putrefacción del oro más que en Saturno, donde está oculta. Saturno contiene en
su interior el oro probo, en lo que convienen todos los filósofos a condición de que se le retiren todas sus
superfluidades, es decir, las heces, y entonces queda purgado. El exterior es llevado al interior, el interior
manifestado en el exterior, de donde proviene su rojez, y tenemos entonces el oro probo.
»Saturno, por lo demás, entra fácilmente en solución y se coagula del mismo modo. Se presta de buen grado a
dejarse extraer su mercurio. Puede ser sublimado con facilidad, hasta el punto de que se convierte en el mercurio del
Sol, pues Saturno contiene en su interior el oro que Mercurio necesita, y su mercurio es tan puro como el del oro.
Por estas razones digo que Saturno es, para nuestra Obra, preferible con mucho al oro, pues si deseas extraer el
mercurio del oro, necesitarás más de un año para obtener este cuerpo del Sol, mientras que puedes extraer el
mercurio de Saturno en veintisiete días. Los dos metales son buenos, pero puedes afirmar con mayor certidumbre
todavía que Saturno es la piedra que los filósofos no quieren nombrar y cuyo nombre ha sido ocultado hasta hoy.
Pues si se conociera su nombre, muchos que corren tras su obtención la hubieran hallado, y este Arte se hubiera
convertido en común y vulgar. Este trabajo resultaría breve y sin gran gasto. También, para evitar tales
inconvenientes, los filósofos han escondido su nombre con gran cuidado. Algunos lo han envuelto en parábolas
maravillosas diciendo que Saturno es la vasija a la que no es preciso añadir nada extraño, excepto lo que viene de
ella, de tal manera que no hay hombre por pobre que sea que no pueda ocuparse en esta Obra, ya que no necesita
grandes gastos y que son precisos poco trabajo y pocos días para obtener de él la Luna y, poco después, el Sol.
Hallamos, pues, en Saturno todo cuanto necesitamos para la Obra. En él está el mercurio perfecto; en él están todos
los colores del mundo que pueden manifestarse; en él está la verdadera negrura, la blancura, la rojez y también el
peso.
»Os confío, pues, que después de esto puede comprenderse que Saturno sea nuestra piedra filosofal y el latón del
que pueden ser extraídos el mercurio y nuestra piedra, en poco tiempo y sin grandes dispendios, mediante nuestro
arte breve. Y la piedra que se obtiene es nuestro latón, y el agua aguda que está en ella es nuestra piedra. Y tales son
la piedra y el agua sobre las que los filósofos han escrito montañas de libros.
»Teofrasto Paracelso, en el Canon quinto de Saturno, dice:
»Saturno habla así de su naturaleza: los seis (metales) se han unido a mí e infundieron su espíritu en mi cuerpo
caduco. Añadieron aquello que no querían en absoluto y me lo atribuyeron. Pero mis hermanos son espirituales y
penetran mi cuerpo, que es fuego, de tal manera que soy consumido por el fuego. De modo, que ellos (los metales),
excepto dos, el Sol y la Luna, son purgados por mi agua. Mi espíritu es el agua que ablanda todos los cuerpos
congelados y dormidos de mis hermanos. Pero mi cuerpo conspira con la tierra, al igual que lo que se une a esta
tierra se hace semejante a ella y se involucra en su cuerpo. Y no conozco nada en el mundo que pueda producir esto
como puedo yo. Los químicos deben, pues, abandonar todo otro procedimiento y limitarse a los recursos que pueden
obtenerse de mí.
»La piedra, que en mí está fría, es mi agua, por medio de la cual puede coagularse el espíritu de los siete metales y la
esencia del séptimo, del Sol o de la Luna y, con la gracia de Dios, aprovecha tanto que al cabo de tres semanas se
puede preparar el menstruo de Saturno, que disolverá inmediatamente las perlas. Si los espíritus de Saturno son
fundidos en solución, se coagulan enseguida en masa y arrancan aceite animado al oro. Entonces, por este medio,
todos los metales y las gemas pueden ser disueltos en un instante, lo que el filósofo reservará para sí en tanto lo
juzgue conveniente. Pero yo deseo permanecer tan oscuro sobre este punto como claro he sido hasta aquí.»
Para acabar el estudio de la Prudencia y de los atributos simbólicos de nuestra ciencia, nos queda hablar del compás
que la hermosa estatua de Michel Colombe sostiene en la mano derecha. Lo haremos brevemente. El espejo ya nos
ha aleccionado sobre el sujeto del arte. La doble figura, sobre la alianza necesaria del sujeto con el metal escogido.
La serpiente, sobre la muerte fatal y la gloriosa resurrección del cuerpo surgido de esta unión. A su vez, el compás
nos suministrará las indicaciones complementarias indispensables, que son las de las proporciones. Sin su
conocimiento, sería imposible conducir y llevar a buen término la Obra de manera normal, regular y precisa. Es lo
que expresa el compás, cuyas piernas sirven no sólo para la medición proporcional de las distancias entre sí, a la vez
que para su comparación, sino también para el trazado geométrico perfecto de la circunferencia, imagen del ciclo
hermético y de la Obra consumada. Hemos expuesto en otro lugar de esta obra lo que se debe entender por los
términos de proporciones o pesos -secreto velado bajo la forma del compás-, y hemos explicado que encerraban una
noción doble: la del peso de naturaleza y las de los pesos del arte. No volveremos sobre ello y diremos,
simplemente, que la armonía que resulta de las proporciones naturales y misteriosas para siempre jamás, se traduce
por este adagio de Linthaut: La virtud del azufre sólo se extiende hasta cierta proporción de un término.
Por el contrario, las relaciones entre los pesos del arte, al quedar sometidos a la voluntad del artista, se expresan por
el aforismo del Cosmopolita: El peso del cuerpo es singular, y el del agua, plural. Pero como los filósofos enseñan
que el azufre es susceptible de absorber hasta diez y doce veces su peso de mercurio, se ve nacer enseguida la
necesidad de operaciones suplementarias de las que los autores se preocupan apenas: las imbibiciones y las
reiteraciones. Actuaremos en el mismo sentido y someteremos estos detalles de práctica a la mera sagacidad del
principiante, porque son de ejecución fácil y de investigación secundaria.

VII
En la catedral de Nantes, el crepúsculo, poco a poco, avanza.
La sombra invade las bóvedas ojivales, colma las naves y baña a la humanidad petrificada del majestuoso edificio. A
nuestros lados, las columnas, poderosas y graves, ascienden hacia los arcos trabados, los travesaños y las pechinas
que la oscuridad en aumento oculta ahora a nuestros ojos. Una campana suena. Un sacerdote invisible recita a media
voz la oración de vísperas, y el tañido de arriba responde a la plegaria de abajo. Tan sólo las llamas tranquilas de los
cirios taladran con fulgores de oro las tinieblas del santuario. Luego, terminado el oficio, un silencio sepulcral pesa
sobre todas estas cosas inertes y frías, testigos de un pasado lejano preñado de misterio y de enigmas...
Las cuatro guardianas de piedra, en su actitud fija, parecen emerger, imprecisas y suaves, del seno de esta penumbra.
Centinelas mudas de la antigua Tradición, estas mujeres simbólicas que vigilan, en los ángulos del mausoleo vacío,
las imágenes rígidas y marmóreas de cuerpos dispersos, trasladados no se sabe a dónde, emocionan y dan que
pensar. ¡Oh, vanidad de las cosas terrestres! ¡Fragilidad de las riquezas humanas! ¿Qué queda hoy de aquellos cuya
gloria debíais conmemorar y cuya grandeza debíais recordar? Un cenotafio. Menos aún: un pretexto del arte, un
soporte de ciencia, obra maestra desprovista de utilidad y destino, simple recuerdo histórico, pero cuyo alcance
filosófico y cuya enseñanza moral sobrepasan con mucho la trivialidad suntuosa de su primer destino.
Y ante esas nobles figuras de las Virtudes cardinales que velan los cuatro conocimientos de la eterna Sapiencia, las
palabras de Salomón (Prov., Ill, 13 a 19) acuden por sí solas a nuestro espíritu:
«Bienaventurado el que alcanza la sabiduría y adquiere inteligencia;
»Porque es su adquisición mejor que la de la plata y es de más provecho que el oro.
»Es más preciosa que las perlas y no hay tesoro que la iguale;
»Lleva en su diestra la longevidad, y en su siniestra la riqueza y los honores. De su boca brota la justicia y lleva en
la lengua la ley y la misericordia.
»Sus caminos son caminos deleitosos y son paz todas sus sendas.
»Es árbol de vida para quien la consigue; quien la abraza es bienaventurado.
»Con la sabiduría fundó Yavé la tierra, con la inteligencia consolidó los cielos.»

1. Cf. Abate G. Durville, Etudes sur le vieux Nantes, tomo II. Vannes, Lafoyle Fréres, 1915.
2. El canónigo G. Durville, de cuya obra tomamos estos detalles, ha tenido la amabilidad de remitirnos una
imagen de esta curiosa pieza, vacía, por desgracia, de su contenido, que forma parte de las colecciones del
museo Th. Dobrée, en Nantes, del que - el canónigo es conservador, -Le envío -nos escribe- una pequeña
fotografía de este precioso relicario. La he colocado un instante en el lugar mismo donde estaba el corazón
de la reina Ana, con la idea de que esta circunstancia le haría sentir un interés mayor por este pequeño
recuerdo.- Rogamos al canónigo Durville acepte pues, nuestra viva gratitud por su piadosa solicitud y su
delicada atención.
3. Le Commerce honorable, etc., compuesto por un habitante de Nantes. Nantes, Guillaume Le Monnier,
1646, págs. 308-312.
4. Michel Colombe, nacido en Saint-Pol-de-Léon en 1460, tenía unos 45 años cuando las ejecutó.
5. De Caumont, Cours d'Antiquités monumentales, 1841; 6.- parte, p. 445.
6. Paul Vitry, Michel Colombe et la sculpture française de son temps. París, E. Lévy, 1901, p. 395 y sig.
7. Le Roux de Lincy, Vie de la Reine Anne de Bretagne, femme des Rois de France Charles VIII et Louis XII.
París, L. Currmer, 1860, t. II, p. 34.
8. Hasta el momento en que el amante, habiendo renovado los pesos por tercera vez, Atalanta concedió la
recompensa a su vencedor. (Michaelis Maieri Atalanta Fugiens. Oppenheimii, 1618. Epigramma authoris.)
9. Léon Palustre, Les Sculpteurs français de la Renaissance: Michel Colombe. Gazette des Beaux-Arts, 2.-
período, t. XXIX, mayo-junio de 1884.
10. La palabra griega e p i s t h m w n significa sabio, que está instruido en, hábil para. Procede e p i s t a m o i
, saber, conocer, examinar, pensar.
11. «Tour de fortificación ou de chateau fort c'est autant dire que tour de force.» Téngase presente este juego
entre tour y tour de force, de imposible traslación. -N. del T.
12. La obra capital de Rabelais, titulada Pantagruel, está por entero consagrada a la exposición burlesca y
cabalística de los secretos alquímicos, cuyo conjunto abraza el pantagruelismo y constituye su doctrina
científica. Pantagruel está formado por la reunión de tres palabras griegas: p a n t a , en lugar de p a n i h ,
completamente, de manera absoluta, g n h , camino;e l h , la luz solar. El héroe gigantesco de Rabelais
expresa, pues, el conocimiento perfecto del camino solar, es decir de la vía universal.
13. En griego, aljhsths o aljhsth significa inventor, industrioso, de a l j h , descubrimiento, que ha dado el verbo
a l j a n w , imaginar, encontrar buscando.
14. Estos estudiantes viajeros llevaban alrededor del cuello, en señal de reconocimiento y afiliación, una cinta
amarilla de lana o de seda tejida, como dan fe el Liber Vagabundorum, aparecido hacia 1510, atribuido a
Thomas Murner o a Sebastian Brant, y el Schimpf und Ernst, fechado en 1519.
15. Este opúsculo se halla inserto al final del tratado de Naxágoras titulado Alchymia denudata. Hemos
realizado la versión a partir de una traducción francesa manuscrita ejecutada sobre la obra original y escrita
en lengua alemana.
16. Así se llama a la piedra filosofal, nuestro microcosmos, en relación con el templo de Jerusalén, figura del
Universo o macrocosmos.
17. El fuego secreto.
18. Llamada aun alcohol o aguardiente de los sabios, es la piedra del fuego de Basilio Valentín.
19. A causa de su signatura, Tenaza se dice l a b i V en griego de l a m b a n o , tomar, obtener, recoger y
también concebir, quedar encinta.
20. El jardín de las Hespérides
21. Segunda putrefacción, caracterizada por la coloración violeta, índigo o negra.
22. La fuente de Juvencia, al principio medicina universal y luego polvo de proyección.
23. Cf. Cosmopolita. El rey del arte se halla escondido "en el bosque verde de la ninfa Venus"
24. Constelación del Zodiaco de los filósofos, signo del aumento del fuego.
25. Símbolo gráfico del vitriolo filosófico. Los puntos suspensivos figuran en el original.
26. Cabalísticamente, la unión de la materia prima, del oro olímpico o divino y del mercurio. Este último, en
las narraciones alegóricas, lleva siempre el nombre de Antonio, Antonino, Antolín, etcétera, con el epíteto
de peregrino, mensajero o viajero.
27. El caballo del Sol, el que lleva la ciencia, la cábala solar.
28. Suriaosisura , piel grosera revestida con su pelo: el futuro vellocino de oro.
29. EmesiV vómito: es la escoria del texto precedente.
30. La piedra de los filósofos, materia prima objeto del arte extraído del caos original, de color negro, pero
primum ens formado por la naturaleza de la piedra filosofar.
31. Algunos historiadores la llaman Semiamira: maravillosa a medias. A la vez vil y preciosa, abyecta y
buscada, es la prostituta de la Obra. La sabiduría la hace decir de sí misma : Nigra sum sed formosa (Soy
negra, pero hermosa).
32. A fin de ilustrar estas indicaciones preciosas del maestro, añadimos, en Las moradas filosofales, la hermosa
y muy elocuente composición del Preciosismo don de Dios, «escript par Georges Aurach et pcinct de sa
propre main, l'an du Salut de I'Humanité rachetée, 1415».
33. J. H. Pott, Dissertation sur le Soufre des Métaux, celebrada en Halle en 1716. París, Th. Hérisant, 1759, t.
1, p. 61.
34. Daniel Mylius, Basilica Philosophica. Francofurti, apud Lucam Jennis, 1618. Consejo décimo. Teoría de
la piedra de los filósofos, tomo III, libro I, p. 67.
EL RELOJ DE SOL DEL PALACIO HOLYROOD DE EDIMBURGO
Se trata de un edificio pequeño en extremo singular. En vano interrogamos a nuestros recuerdos, y no encontramos
una imagen análoga a esta obra original y tan característica. Es más un cristal erigido, una gema elevada sobre un
soporte, que un verdadero monumento. Y esta muestra gigantesca de las producciones mineras estaría más en su
lugar en un museo de mineralogía que en mitad de un parque en el que al público no le está permitido penetrar.
Ejecutado en 1633 bajo la orden de Carlos I por John Milne, su maestro albañil, con la colaboración de John
Bartoum, se compone esencialmente de un bloque geométrico tallado en forma de icosaedro regular con las caras
ocupadas por hemisferios y cavidades de paredes rectilíneas, el cual está soportado por un pedestal que se levanta
sobre una base pentagonal formada por tres plataformas superpuestas. Tan sólo esta base, que ha sufrido a causa de
las intemperies, ha tenido que ser restaurada. Tal es el Sundial del palacio Holyrood. La Antigüedad, a la que puede
consultarse siempre con provecho, nos ha dejado cierta cantidad de relojes de sol de formas variadas, encontrados en
las ruinas de Castel Nuovo, Pompeya, Túsculo, etc. Otros los conocemos por las descripciones de escritores
científicos, en particular Vitrubio y Plinio. Así, el reloj llamado Hemicyclum, atribuido a Beroso (hacia 280 antes de
J.C.), comprendía una superficie semicircular «sobre la cual un estilo marcaba las horas, los días e incluso los
meses». El que se llamaba Escafo se componía de un bloque hueco provisto, en el centro, de una aguja cuya sombra
proyectábase sobre las paredes. Habría sido fabricado por Aristarco de Samos (siglo III antes de J.C.), al igual que el
reloj Discus, hecho con una tabla redonda, horizontal, de bordes ligeramente levantados. Entre las formas
desconocidas de las que tan sólo nos han llegado los nombres, se citaban los relojes Arachne, en el que las horas, se
dice, estaban grabadas en el extremo de hilos tenues, lo que le daba el aspecto de una tela de araña (la invención se
debería a Eudoxio de Cnido, hacia 330 antes de J.C.); Plinthium, disco horizontal trazado sobre una base de columna
cuadrada, habría tenido por autor a Escopo de Siracusa; Pelecinon, reloj igualmente horizontal de Patroclo; Conum,
sistema cónico de Dionisidoro de Amiso, etc.
Ninguna de estas formas ni de estas relaciones corresponde al curioso monumento de Edimburgo; ninguna puede
servirle de prototipo. Y, sin embargo, su denominación, la que justifica su razón de ser, es doblemente exacta. Es, a
la vez, un reloj solar múltiple y un verdadero reloj hermético. Así, este icosaedro extraño representa para nosotros
una obra de doble gnomónica. La palabra griega gnwmw n que se ha transmitido íntegra al latín y a nuestra lengua
(gnomon, gnomón), posee otro sentido que el de la aguja encargada de indicar, por la sombra proyectada sobre un
plano, el recorrido del sol. Gnwmwn Designa, asimismo, a aquel que toma conocimiento, que se instruye; define al
prudente, al sensato, al esclarecido. Esta palabra deriva de ginwscw , doble forma ortográfica cuyo sentido es
conocer, saber, comprender, pensar, resolver. De ahí proviene GnwsiV conocimiento, erudición, doctrina, de donde
la palabra española gnosis, doctrina de los gnósticos y filosofía de los magos. Se sabe que la gnosis era el conjunto
de los conocimientos sagrados cuyo secreto guardaban celosamente los magos y que constituía, sólo para los
iniciados, el objeto de la enseñanza isotérica. Pero la raíz griega de la que proceden gnwmwnygnwsix ha formado,
asimismo, gnwmh , que corresponde a nuestra palabra gnomo, con el significado de espíritu, inteligencia. Pues bien;
los gnomos genios subterráneos encargados de guardar tesoros minerales, que velan sin cesar en las minas de oro y
de plata y en los yacimientos de piedras preciosas, aparecen como representaciones simbólicas, como figuras
humanizadas del espíritu vital metálico y de la actividad material. La tradición nos los pinta también muy feos y de
pequeñísima estatura. En contrapartida, su natural es dulce, su carácter, bondadoso y su trato, en extremo favorable.
Se comprende fácilmente entonces la razón oculta de las narraciones legendarias en las que la amistad de un gnomo
abre de par en par las puertas de las riquezas terrestres... El icosaedro gnomónico de Edimburgo es, pues, aparte su
destino efectivo, una traducción escondida de la Obra gnóstica o Gran Obra de los filósofos. Para nosotros, este
pequeño monumento no tiene simple y únicamente por objeto indicar la hora diurna, sino también el recorrido del
sol de los sabios en la obra filosofar. Y este recorrido está regulado por el icosaedro, que es este cristal desconocido,
la sal de Sapiencia, espíritu o fuego encarnado, el gnomo familiar y servicial, amigo de los buenos artistas, el cual
asegura al hombre el acceso a la gnosis antigua.
Por lo demás, ¿fue la caballería extraña del todo a la edificación de este curioso Sundial o, al menos, a su decoración
especial? No lo pensamos, y creemos encontrar la prueba de ello en el hecho de que, en muchas caras del sólido, el
emblema del cardo (1) se repite con significativa insistencia. Se cuentan, en efecto, seis capítulos florales y dos
tallos floridos de la especie llamada Serratula arvensis. Puede reconocerse en la preponderancia evidente del
símbolo, con la insignia particular de los caballeros de la orden del Cardo la afirmación de un sentido secreto
impuesto a la obra y contraseñado por ellos.
Edimburgo, por añadidura, ¿poseía, junto a esta orden real cuyo esoterismo jeroglífico no ofrece ninguna duda, un
centro de iniciación hermética dependiente de dicha orden? No podríamos afirmarlo. Sin embargo, unos treinta años
antes de la construcción del reloj de sol y catorce después de la supresión «oficial» de la orden, transformada en
fraternidad secreta, vemos aparecer, en los alrededores inmediatos de Edimburgo, a uno de los más sabios adeptos y
de los más fervientes propagadores de la verdad alquímica, Seton, célebre bajo el seudónimo de Cosmopolita.
«Durante el verano del año 1601 -escribe Louis Figuier (2) -, un piloto holandés llamado Jacobo Haussen fue
sorprendido por una tormenta en el mar del Norte y arrojado a la costa de Escocia, no lejos de Edimburgo, a escasa
distancia de la localidad de Seton o Seatoun. Los náufragos fueron socorridos por un habitante del lugar que poseía
una casa y algunas tierras en aquella costa. Consiguió salvar a muchos de aquellos infelices, y acogió con
humanidad al piloto en su casa, procurándole los medios para regresar a Holanda.» Este hombre se llamaba Sethon o
Sethonius (3).
El inglés Campden, en su Britannia, señala, en efecto, muy cerca del punto del litoral donde el piloto Haussen
naufragó, una vivienda que se llama Sethon house, que nos dice ser la residencia del conde de Winton. Es, pues,
probable que nuestro adepto perteneciera a esta noble familia de Escocia, lo que aportaría un argumento de cierto
valor a la hipótesis de relaciones posibles entre Sethon y los caballeros de la orden del Cardo. Tal vez nuestro
hombre se hubiera formado en el lugar mismo en que lo vemos practicar esas obras de misericordia y de elevada
moral que caracterizan a las almas elevadas y a los verdaderos filósofos. Sea como fuere, este hecho marca el
comienzo de una existencia nueva, consagrada al apostolado hermético, existencia errante, movida, brillante, a veces
llena de vicisitudes, vivida en su totalidad en el extranjero y que el mártir debía coronar trágicamente dos años más
tarde (diciembre de 1603 o enero de 1604). Parece claro, pues, que el Cosmopolita, únicamente preocupado por su
misión, no regresó jamás a su país de origen, que no abandonó hasta que, en 1601, hubo adquirido la maestría
perfecta del arte. Estas son razones, o más bien conjeturas, que nos han llevado a relacionar a los caballeros del
Cardo con el célebre alquimista, invocando el testimonio hermético del Sundial de Edimburgo.
Según nuestra opinión, el reloj de sol escocés es una réplica moderna, a la vez más concisa y más sabia, de la
antigua Tabla de esmeralda. Ésta se componía de dos columnas de mármol verde, según algunos, o de una placa de
esmeralda artificial, según otros. Allí estaba grabada la Obra solar en términos cabalísticos. La tradición la atribuye
al padre de los filósofos, Hermes Trismegisto, que se declara su autor, aunque su personalidad, muy oscura, no
permita saber si el hombre pertenece a la fábula o a la Historia. Algunos pretenden que este testimonio de la ciencia
sagrada, escrito primitivamente en griego, fue descubierto después del Diluvio en una gruta rocosa del valle de
Hebrón. Este detalle, desprovisto de toda autenticidad, nos ayuda a comprender mejor el significado secreto de esta
famosa Tabla, que muy bien podría no haber existido fuera de la imaginación, sutil y maliciosa, de los viejos
maestros.
Se nos dice que es verde -como el rocío de primavera, llamado por esta razón esmeralda de los filósofos -, primera
analogía con la materia salina de los sabios; que fue redactada por Hermes, segunda analogía, puesto que esta
materia lleva el nombre de Mercurio, divinidad romana correspondiente al Hermes de los griegos. Finalmente,
tercera analogía, este mercurio verde que sirve para las tres Obras es calificado de triple, de donde el calificativo de
T r i s m e g i s t o V , tres veces grande o sublime) añadido al nombre de Hermes. La Tabla de esmeralda toma así el
carácter de un discurso pronunciado por el mercurio de los sabios acerca de la manera como se elabora la Obra
filosofal. No es Hermes, el Tot egipcio, el que habla, sino la esmeralda de los filósofos o la tabla isíaca misma (4).
La idea generatriz del reloj de Edimburgo refleja una preocupación semejante. Sin embargo, aparte que limita su
enseñanza a la mera práctica alquímica, ya no es la materia en sus cualidades y en su naturaleza lo que expresa, sino
tan sólo su forma o estructura física. Es un edificio cristalino cuya composición química permanece desconocida. Su
configuración geométrica permite tan sólo reconocer en él las características mineralógicas de los cuerpos salinos en
general. Nos enseña que el mercurio es una sal - lo que ya sabíamos -, y que esta sal tiene su origen en el reino
mineral. Es, por otra parte, lo que afirman y repiten a porfía Claveus, el Cosmopolita, Limojon de Saint-Didier,
Basilio Valentín, Huginus à Barma, Baesdorff, etc., cuando explican que la sal de los metales es la piedra de los
filósofos.(5)
Podemos, pues, razonablemente, considerar el reloj de sol como un monumento erigido al vitriolo filosófico, objeto
inicial y primer ser de la piedra filosofal. Pues bien, todos los metales no son más que sales, lo que prueba su textura
y demuestra la facilidad con que forman compuestos cristalizados. Al fuego, estas sales se funden en su agua de
cristalización y adquieren el aspecto del aceite o del mercurio. Nuestro vitriolo obedece a la misma ley, y como
conduce al éxito al artista lo bastante feliz para descubrirlo y prepararlo, ha recibido de nuestros predecesores el
nombre de aceite de victoria. Otros, considerando su color y, haciendo un juego de palabras con la asonancia, lo han
denominado aceite de vidrio (vitri oleum), lo que determina su aspecto vítreo, su fluidez grasienta al fuego y su
coloración verde (viridis). Este color evidente es lo que ha permitido atribuirle todos los epítetos que ocultan al
profano su verdadera naturaleza. Se lo ha dotado, nos dice Arnaldo de Vilanova, del nombre de los árboles, de las
hojas, de las hierbas, de todo cuanto presenta una coloración verde, «a fin de engañar a los insensatos». Los
compuestos metálicos que dan sales verdes han contribuido en gran medida a la extensión de esta nomenclatura. Es
más, los filósofos, invirtieron el orden, se han complacido en designar cosas verdes por calificativos herméticos,
para recordar, sin duda, la importancia que adquiere este color en alquimia. El mercurillo, por ejemplo, o pequeño
mercurio, que se ha convertido en el francés maquereau (de mercureau) -caballa-, aún sirve para disfrazar, el
primero de abril, la personalidad del remitente (6). Es un pez místico, objeto de mistificaciones. Debe su nombre y
su reputación a su brillante coloración verde con rayas negras, semejante a la del mercurio de los sabios. Bescherelle
señala que en el año 1430 la caballa era el único pescado marino que llegó a París, donde, según una costumbre muy
antigua, se adobaba con grosellas verdes (7). ¿Se sabe por qué las sepias han recibido el nombre que llevan?
Simplemente, porque ponen huevos verdes, agrupados como un racimo de uvas. Nuestro mercurio verde, agente de
putrefacción y de regeneración, determinó que sepia fuera llamada s h p i a en la lengua primitiva. Esta palabra
procede de a h p w , que significa purificar, reducir a podredumbre. Gracias a sus huevos verdes, la sepia lleva un
nombre cabalístico, por la misma razón que la saturnia del peral (Saturnia pyri), gran mariposa de huevos de
esmeralda.
Los alquimistas griegos tenían la costumbre, en sus fórmulas, de traducir el disolvente hermético por la indicación
de su color. Unían, para escribir su símbolo, dos consonantes de la palabra CLOROE , verde, la X y la P
yuxtapuestas.
Pues bien, este grafismo típico reproduce con exactitud el monograma griego de Cristo, tomado de su nombre
CRISTOS . ¿Debemos ver en esta similitud el efecto de una simple coincidencia, o el de una voluntad razonada? El
mercurio filosófico nace de una sustancia pura, y Jesús nace de una madre sin mancha; el Hijo del Hombre y el hijo
de Hermes llevan ambos vida de peregrinos; los dos mueren prematuramente como mártires, uno en la cruz y el otro
en el crisol; también resucitan, uno y otro, el tercer día... He aquí curiosas correspondencias, ciertamente, pero no
podríamos afirmar que los hermetistas griegos las hayan conocido ni que las hayan utilizado.
Por otra parte, ¿sería llevar la intrepidez hasta la temeridad relacionar con el esoterismo de nuestra ciencia tal
práctica de la Iglesia cristiana, que se celebrara el 1º de mayo? Ese día, en numerosas localidades, el clero iba en
procesión - la procesión verde - a cortar los arbustos y las ramas con los que se decoraban las iglesias, en particular
las que estaban bajo la advocación de Nuestra Señora. Estas procesiones han sido abandonadas hoy. Tan sólo la
costumbre de los maís (árboles adornados), que proviene de aquéllas, se ha conservado y se perpetúa aún en los
pueblos de Francia. Los simbolistas descubrían, sin dificultad, la razón de estos ritos oscuros si recuerdan que Maia
era la madre de Hércules. Se sabe, además, que el rocío de mayo o esmeralda de los filósofos es verde, y que el
adepto Cyliani declara, metafóricamente, que este vehículo es indispensable para el trabajo. Asimismo, nosotros no
pretendemos insinuar que sea necesario recoger, a ejemplo de ciertos espagiristas y de los personajes del Mutus
Liber, la escarcha nocturna del mes de María, atribuyéndole cualidades de las que la sabemos desprovista. El rocío
de los sabios es una sal y no un agua, pero la coloración propia de esta agua sirve para designar nuestro objeto.
Entre los antiguos hindúes, la materia filosofal estaba representada por la diosa Mudevi (MndhsiV , humedad,
podredumbre; de, pudrir). Nacida, se dice, del mar de leche, se la representaba pintada de color verde, montada en
un asno y llevando en la mano una banderola en medio de la cual se veía un cuervo.
También es hermético, sin duda, el origen de esa fiesta del lobo verde, regocijo popular cuya vigencia se ha
mantenido largo tiempo en Jumiéges y que se celebraba el 24 de junio, día de la exaltación solar, en honor de santa
Austreberta. Una leyenda nos cuenta que la santa lavaba la ropa de la célebre abadía, a donde la transportaba un
asno. Un día, el lobo estranguló al asno, y santa Austreberta condenó al culpable a realizar el servicio de su víctima.
El lobo cumplió a las mil maravillas hasta su muerte. La fiesta perpetuaba el recuerdo de esta leyenda. Sin embargo,
no se nos da la razón por la que el color verde fuera atribuido al lobo. Pero podemos decir, de manera muy segura,
que al estrangular y devorar al asno, el lobo se vuelve verde, y esto basta. El «lobo hambriento y ladrón» es el agente
indicado por Basilio Valentín en la primera de sus Doce claves. Este lobo (lncoV ) es, primero, gris y no permite
sospechar el fuego ardiente, la viva luz que mantiene escondidos en su cuerpo grosero. Su encuentro con el asno
pone de manifiesto esta luz: lncoV se convierte en lnch , el primer resplandor de la mañana, la aurora. El lobo gris se
tiñe en lobo verde, y es entonces nuestro fuego secreto, el Apolo naciente, DnchgenV , el padre de la luz. Puesto que
reunimos aquí todo cuanto pueda ayudar al investigador a descubrir el misterioso agente de la Gran Obra, le
daremos también a conocer la leyenda de los cirios verdes. Ésta se refiere a la célebre Virgen negra de Marsella,
Notre-Dame-de-Confession, que encierran las criptas de la vieja abadía de Saint-Victor. La leyenda contiene, tras el
velo de la alegoría, la descripción del trabajo que debe efectuar el alquimista para extraer del metal grosero el
espíritu vivo y luminoso, el fuego secreto que encierra, bajo forma de cristal translúcido, verde, fusible como la cera,
y que los sabios designan como su vitriolo.
He aquí esta ingenua tradición hermética:(8)
Una joven de la antigua Massilia llamada Marta, simple obrera y, desde hacía mucho, huérfana, había hecho voto a
la Virgen negra de las Criptas de dedicarle un culto particular. Le ofrecía todas las flores que iba a recoger a las
colinas - tomillo, salvia, espliego, romero -, y no faltaba jamás, hiciera el tiempo que hiciera, a la misa cotidiana.
La víspera de la Candelaria, fiesta de la Purificación, Marta fue despertada, en mitad de la noche, por una voz
secreta que la invitaba a dirigirse al claustro para asistir al oficio de maitines. Temiendo haber dormido más que de
ordinario, se vistió a toda prisa, salió, y como la nieve, extendiendo su manto sobre el suelo, reflejaba cierta claridad,
la muchacha creyó que el alba estaba próxima. Llegó pronto a la puerta del monasterio, que se encontraba abierta.
Allí encontró a un clérigo y le rogó que dijera una misa por su intención pero como carecía de dinero deslizó de su
dedo un modesto anillo de oro - su única fortuna- y lo colocó, a guisa de ofrenda, bajo un candelabro del altar.
Apenas comenzada la misa, cuál no sería la sorpresa de la joven al ver la cera blanca de los cirios volverse verde, de
un verde celeste, desconocido, verde diáfano y más brillante que las más hermosas esmeraldas o las más raras
malaquitas. No podía creer lo que veía ni podía apartar sus ojos... Cuando el Ite misa est la arrancó al fin del éxtasis
provocado por el prodigio, cuando en el exterior volvió a hallar el sentido de las realidades familiares, advirtió que
la noche no había terminado, y tan sólo la primera hora del día sonaba en la torre de Saint-Victor.
No sabiendo qué pensar de la aventura, regresó a su casa, pero de buena mañana volvió a la abadía. En el santo lugar
había ya gran concurrencia de público. Ansiosa y turbada, la muchacha se informó y le dijeron que desde la víspera
no se había dicho ninguna misa. Marta, arriesgándose a pasar por visionaria, contó entonces con detalle el milagro al
que acababa de asistir unas horas antes, y los fieles, en tropel, la siguieron hasta la gruta. La huérfana había dicho la
verdad: el anillo se encontraba aún en el mismo lugar, al pie del candelabro, y los cirios seguían brillando en el altar
con su incomparable destello verde...
En su Notice sur l'Antique Abbaye de SaintVictor de Marseille, el abate Laurin habla de la costumbre, que aún
observa el pueblo, de llevar cirios verdes en las procesiones de la Virgen negra. Estos cirios se bendicen el 2 de
febrero, día de la Purificación, llamado comúnmente la Candelaria. El autor añade que «los cirios de la Candelaria
deben ser verdes, sin que la razón de ello sea bien conocida. Los documentos nos indican que cirios de color verde
estaban en uso en otros lugares, en el monasterio de las religiosas de Saint-Sauveur, en Marsella, en 1479, y en la
iglesia metropolitana de Saint-Sauveur, en Aix-en-Provence, hasta 1620. En otros lugares, la costumbre se ha
perdido, mientras que se ha conservado en Saint-Victor». Tales son los puntos esenciales del simbolismo propio del
Sundial de Edimburgo que deseábamos señalar.
En la decoración especial del icosaedro emblemático, el visitante lo bastante influyente como para poder acercársele
- pues sin motivo pertinente jamás obtendrá la autorización -, advertirá, además de los cardos jeroglíficos de la
orden, los monogramas respectivos de Carlos Il decapitado en 1649, y de su mujer, Marie-Henriette de Francia. Las
letras C R (Carolus Rex) se aplican al primero, y M R (Maria Regina) designan a la segunda. Su hijo, Carlos II,
nacido en 1630 - tenía tres años cuando fue edificado el monumento -, es recordado en las caras del cristal de piedra
por las iniciales C P (Carolus Princeps), rematadas cada una por una corona; al igual que las de su padre. El
visitante verá también, junto a las armas de Inglaterra, de Escocia y del arma de Irlanda, cinco rosas y otras tantas
flores de lis sueltas e independientes, emblemas de sabiduría y de caballería, ésta subrayada por el penacho formado
por tres plumas de avestruz que otrora adornara el casco de los caballeros. Finalmente, otros símbolos que hemos
analizado en el curso de estos estudios acabarán de precisar el carácter hermético del curioso monumento: el león
coronado que sostiene con una pata la espada y con la otra el cetro; el ángel, representado con las alas desplegadas;
san Jorge matando el dragón y san Andrés ofreciendo el instrumento de su martirio - la cruz en X -; los dos rosales
de Nicolas Flamel junto a la concha de Santiago y los tres corazones del célebre alquimista de Bourges, orfebre de
Carlos Vll.
Concluiremos aquí nuestras visitas a las viejas moradas filosofales.
Nos resultaría fácil multiplicar estos estudios, pues los ejemplos decorativos del simbolismo hermético aplicado a
las construcciones civiles son numerosos aún hoy, pero hemos preferido limitar nuestra enseñanza a los problemas
más típicos y mejor caracterizados.
Pero antes de despedirnos de nuestro lector agradeciéndole su benévola atención, echaremos una última mirada
sobre el conjunto de la ciencia secreta. Y al igual que el anciano que evoca de buen grado sus recuerdos se detiene
en las horas sobresalientes del pasado, esperamos nosotros descubrir en este examen retrospectivo el hecho capital,
objeto de las preocupaciones esenciales del verdadero hijo de Hermes.
Este punto importante en el que se encuentran concentrados los elementos y los principios de los más elevados
conocimientos no podría ser buscado ni hallado en la vida, pues la vida está en nosotros, irradia a nuestro alrededor,
nos es familiar y nos basta saber observar para captar sus manifestaciones variadas. Es en la muerte donde podemos
reconocerlo, en ese ámbito invisible de la espiritualidad pura, en el que el alma, liberada de sus vínculos, se refugia
al fin de su periplo terrestre; es en la nada, en esa nada misteriosa que lo contiene todo, ausencia donde reina toda
presencia, donde hay que encontrar las causas cuyos múltiples efectos nos muestra la vida.
Asimismo, en el momento en que se declara la inercia corporal, en la hora misma en que la Naturaleza termina su
labor, es cuando el sabio comienza la suya. Inclinémonos, pues, sobre el abismo, escrutemos su profundidad,
removamos las tinieblas que lo llenan, y la nada nos instruirá. El nacimiento enseña poco, pero la muerte, de la que
nace la vida, puede revelárnoslo todo. Ella sola detenta las llaves del laboratorio de la Naturaleza; ella sola libera el
espíritu, encarcelado en el centro del cuerpo material. Sombra dispensadora de la luz, santuario de la verdad, asilo
inviolado de la sabiduría, esconde y oculta celosamente sus tesoros a los mortales timoratos, a los indecisos, a los
escépticos, a todos cuantos la desconocen o no osan afrontarla.
Para el filósofo, la muerte es simplemente la clavija maestra que une el plano material con el plano divino. Es la
puerta terrestre abierta sobre el cielo, el vínculo de unión entre la Naturaleza y la divinidad; es la cadena que ata a
aquellos que son con los que ya no son. Y si la evolución humana, en su actividad física, puede disponer a su antojo
del pasado y del presente, en contrapartida, tan sólo a la muerte le pertenece el porvenir.
En consecuencia, lejos de inspirar al sabio un sentimiento de horror o de repulsión, la muerte, instrumento de
salvación, se le aparece como deseable porque es útil y necesaria. Y si no nos está permitido acortar por nosotros
mismos el tiempo fijado por nuestro destino propio, al menos hemos recibido licencia del Eterno para provocarla en
la materia grave, sometida, según las órdenes de Dios, a la voluntad del hombre.
Se comprende así por qué los filósofos insisten tanto en la necesidad absoluta de la muerte material. Por ella, el
espíritu, imperecedero y siempre actuante, revuelve, criba, separa, limpia y purifica el cuerpo. Por ella, el espíritu
tiene la posibilidad de reunir las partes limpias y de construir con ellas su nuevo domicilio, y de transmitir en fin, a
la forma regenerada una energía que no poseía. Considerada desde el punto de vista de su acción química sobre las
sustancias de los tres reinos, la muerte está claramente caracterizada por la disolución íntima, profunda y radical de
los cuerpos. Por ello la disolución, llamada muerte por los viejos autores, se afirma como la primera y más
importante de las operaciones de la Obra, la que el artista debe esforzarse en realizar antes que cualquier otra. Quien
descubra el artificio de la verdadera disolución y vea consumarse la putrefacción consecutiva, tendrá en su poder el
mayor secreto del mundo. Poseerá igualmente un medio seguro de acceder a los sublimes conocimientos. Tal es el
punto importante, ese eje del arte, según la expresión misma de Filaleteo, que desearíamos señalar a los hombres de
buena fe, a los investigadores benévolos y desinteresados.
Pues bien, por el hecho de que están destinados a la disolución final, todos los seres deben obtener necesariamente
de ello un beneficio semejante. Nuestro mismo globo no podrá escapar a esta ley inexorable. Tiene su tiempo
contado, como nosotros el nuestro. La duración de su evolución está ordenada, regulada con anticipación y
estrictamente limitada. La razón lo demuestra, el buen sentido lo presiente, la analogía lo enseña y la Escritura nos
lo certifica: En el fragor de una espantosa tempestad, el cielo y la tierra pasarán...
Durante un tiempo, tiempos y la mitad de un tiempo, (9) la Muerte extenderá su dominio sobre las ruinas del mundo,
sobre los vestigios de las civilizaciones aniquiladas. En nuestra Tierra, tras las convulsiones de una larga agonía,
volverá el estado confuso del caos original. Pero el espíritu de Dios flotará sobre las aguas. Y todas las cosas
quedarán cubiertas de tinieblas y serán sumergidas en el profundo silencio de los sepulcros.

NOTAS
1
La orden del Cardo, creada por Jacobo V, rey de Escocia, en 1540, se componía originalmente de doce caballeros,
como todas las fraternidades derivadas de la tabla redonda. También se llamó Orden de San Andrés, porque una
capilla de la Catedral, dedicada al apóstol, les estaba especialmente consagrada, porque la decoración llevaba su
efigie y, finalmente, porque la fiesta de la orden se celebraba el 30 de Noviembre, día de San Andrés. Suprimida en
1587, esta institución continuó en secreto y fue restablecida en 1687.

2
Cf. Louis Figuier, L'Alchimie et les Alchimistes. París, Hachette el Cie, 1856.

3
Se encuentra este nombre transcrito según diversas grafias, de acuerdo con los autores. Seton o Sethon se llama
asimismo Sitonius, Sithoneus, Suethonius y Seethonius. Todas estas denominaciones van acompañadas del epíteto
Scotus, lo que distingue a un escocés de nacimiento. En cuanto al palacio de Sethon, en la antigua parroquia de
Haddingtonshire, anexionada a Tranent en 1580, fue destruido por vez primera por los ingleses en 1544.
Reedificado, María Estuardo y Darnley se detuvieron en él el 11 de marzo de 1566, al día siguiente del asesinato de
Rizzio. La reina volvió, acompañada de Bothwell, en 1567, tras el asesinato de Darnley. Jacobo VI de Escocia hizo
una estancia en abril de 1603 cuando fue a tomar posesión de la corona de Inglaterra. Cunado los funerales del
primer conde de Winton, asistió a los desfiles del cortejo, sentado en un banco del parque. En 1617, este mismo
monarca pasó su segunda noche en Seton, tras haber atarvesado el Twed. Carlos I y su corte fueron recibidos dos
veces en 1633. En la actualidad no existe ningun vestigio de este palacio, completamente destruido en 1790.
Añadamos que la familia de Seton había recibido su carta de propiedad de las tierras de ese nombre y de Winton en
el siglo XII.
4
El texto de la Tabla de esmeralda, muy conocido por los discípulos de Hermes, puede ser ignorado por algunos
lectores. He aquí, pues, la versión más exacta de aquellas palabras célebres:
«Es verdad, sin mentira, cierto y muy verdadero:
»Lo que está abajo es como lo que está arriba. y lo que está arriba es como lo que está abajo. Por estas cosas se
realizan los milagros de una sola cosa. Y como todas las cosas son y proceden de UNO, por la mediación de UNO,
así todas las cosas han nacido de esta cosa única por adaptación.
»El Sol es el padre y la Luna, la madre. El viento la ha llevado en su vientre. La Tierra es su nodriza y su
receptáculo. El Padre de todo, el Telema del mundo universal, está aquí. Su fuerza o potencia permanece íntegra si
es convertida en tierra. Separarás la tierra del fuego, lo sutil de lo espeso, suavemente, con gran industria. Asciende
de la tierra y desciende del cielo, y recibe la fuerza de las cosas superiores y de las inferiores. Tendrás por este
medio la gloria del mundo, y toda oscuridad huirá de ti.
»Es la fuerza, fuerte con toda fuerza, pues vencerá toda cosa sutil y penetrará toda cosa sólida. Así ha sido creado el
mundo. De ahí saldrán admirables adaptaciones, cuyo método se da aquí.
»Por eso he sido llamado Hermes Trismegisto, pues tengo las tres partes de la filosofía universal.
Lo que he dicho de la Obra solar es completo.,,
La Tabla de esmeralda se encuentra reproducida en una roca, en traducción latina, en una de las hermosas láminas
que ilustran el Amphiteatrum Sapientae Aeterna de Khunrath (1610). Joannes Grasseus, bajo el seudónimo de
Hortulanus, dió en el siglo XV un Comentario del texto (Commetaire, traducción francesa de J. Girard de Tournus,
en el Miroir d'Alquimie. París, Seveste, 1613).
5
Obtened la sal de los metales - dice el Cosmopolita- sin ninguna corrosión ni violencia, y esta sal os producirá la
piedra blanca y la roja. Todo el secreto consiste en la sal, de la cual se hace nuestro perfecto elixir.

6
En Francia, el 1.- de abril, como entre nosotros el 28 de diciembre, es el día de las «inocentadas». -N. del T.

7
Cabalísticamente, gruesa sal verde (francés: groseilles vertes; gros sel vert).

8
Cf. la pieza breve pero en verso titulada La Légende des Cierges verts, por Hippolyte Matabon. Marsella, J. Cayer,
1889.

9
Daniel, cap. VII, 25, y XII, 7. Apocal., cap XII, 14.

Paradoja del Progreso Ilimitado De Las Ciencias


A todos los filósofos, a las gentes instruidas sean quienes fueren, a los sabios especialistas tanto como a los simples
observadores nos permitimos proponerles esta pregunta:
«¿Habéis reflexionado sobre las consecuencias fatales que resultarán de un progreso ¡limitado?» Ahora ya, a causa
de la multiplicidad de las adquisiciones científicas, el hombre no consigue vivir sino a fuerza de energía v de
resistencia, en un ambiente de actividad trepidante, enfebrecido y malsano. Ha creado la máquina, que ha
centuplicado sus medios y su potencia de acción, pero se ha convertido en su esclavo y su víctima: esclavo en la paz
y víctima en la guerra. La distancia ya no es un obstáculo para el hombre: se traslada con rapidez de un punto del
Globo a otro por las vías aérea, marítima y terrestre. No vemos, sin embargo, que estas facilidades de
desplazamiento lo hayan hecho mejor ni más feliz, pues si el adagio afirma que los viajes forman a la juventud, no
parecen contribuir gran cosa a reafirmar los vínculos de concordia y fraternidad que deberían unir a los pueblos.
Jamás las fronteras han estado mejor guardadas que hoy. El hombre posee la facultad maravillosa de expresar su
pensamiento y de hacer escuchar su voz hasta en los lugares más lejanos, y, sin embargo, esos medios mismos le
imponen nuevas necesidades. Puede emitir y registrar las vibraciones luminosas y sonoras sin ganar con ello más
que una vana satisfacción de curiosidad, cuando no una sujeción escasamente favorable a su elevación intelectual.
Los cuerpos opacos se han vuelto permeables a las miradas del hombre, pero si le es posible sondear la materia
inerte, en contrapartida, ¿qué sabe de sí mismo, es decir de su origen, de su esencia y de su destino?
A los deseos satisfechos suceden otros deseos no cumplidos. Insistimos en que el hombre quiere ir de prisa, cada vez
más de prisa, y esta agitación hace insuficientes las posibilidades de que dispone. Arrastrado por sus pasiones, sus
codicias y sus fobias, el horizonte de sus esperanzas retrocede indefinidamente. Es la carrera lanzada hacia el
abismo, el desgaste constante, la actividad impaciente, frenética, sin tregua ni reposo. «En nuestro siglo -ha dicho
muy justamente Jules Simon-, es preciso caminar o correr; quien se detiene está perdido.» A esta cadencia, a este
régimen, la salud física periclita. Pese a la difusión y la observación de las reglas de higiene, pese a las medidas
profilácticas, a despecho de innumerables procedimientos terapéuticos y de la proliferación de las drogas químicas,
la enfermedad prosigue sus estragos con una perseverancia incansable. Hasta tal punto, que la lucha organizada
contra los flagelos conocidos no parece tener otro resultado que hacer nacer otros nuevos, más graves y refractarios.
La Naturaleza misma da señales inequívocas de lasitud: se vuelve perezosa. A fuerza de abonos químicos, el
cultivador obtiene ahora cosechas de valor mediano. Interrogad al campesino, y os dirá que «la tierra se muere», que
las estaciones se ven revueltas y el clima, modificado. Todo cuanto vegeta se ve falto de savia y de resistencia. Las
plantas languidecen -es un hecho oficialmente comprobado- y se muestran incapaces de reaccionar contra la
invasión de los insectos parásitos o el ataque de las enfermedades de micelio.
Por fin, nada nuevo diremos al manifestar que la mayor parte de los descubrimientos, orientados al principio hacia el
acrecentamiento del bienestar humano, se han desviado rápidamente de su meta y se han aplicado de modo especial
a la destrucción. Los instrumentos de paz se convierten en ingenios de guerra, y es bastante conocido el papel
preponderante que la ciencia desempeña en las conflagraciones modernas. Tal es, por desdicha, el objetivo final, el
desembocar de la investigación científica, y tal es, asimismo, la razón por la cual el hombre, que la prosigue con esta
misma intención criminal, invoca sobre sí la justicia divina y se ve necesariamente condenado por ella.
A fin de evitar el reproche, que no hubiera dejado de dirigírselas, de pervertir a los pueblos, los filósofos se negaron
siempre a enseñar con claridad las verdades que habían adquirido o que habían recibido de la Antigüedad. Bernardin
de Saint-Pierre demuestra que conocía esta regla de sabiduría cuando declara al final de su Chaumière Indienne:
«Debe buscarse la verdad con simplicidad. Se la encontrará en la Naturaleza. No debe revelarse más que a las
gentes de bien.» Por ignorancia o por desdén de esta condición primera, el esoterismo ha arrojado el desorden en el
seno de la Humanidad.

El reinado del hombre


El reinado del hombre, preludio del Juicio Final y del advenimiento del nuevo Ciclo, viene expresado
simbólicamente en un curioso retablo de madera tallada que se conserva en la iglesia de Saint-Sauveur, por otro
nombre du Chapitre, en Figeac (Lot). Bajo la concepción religiosa que vela apenas su evidente esoterismo, muestra
a Cristo niño dormido sobre la cruz y rodeado de los instrumentos de la Pasión. Entre estos atributos del martirio
divino, seis han sido, a propósito, reunidos en forma de x, al igual que la cruz en la que reposa el pequeño Jesús y
que ha sido inclinada para que, por la perspectiva, afectara esa forma. Así, recordando las cuatro edades, tenemos
cuatro x (chi) griegas (equivalentes a nuestro sonido español j) cuyo valor numérico 600 nos da como resultado los
2.400 años del mundo. Se ve pues, la lanza de Longino (Juan, XIX, 34) junto con la caña (Mateo, XXVII, 48;
Marcos, XV, 36) o mango de hisopo que sostiene la esponja impregnada de agua y vinagre (Juan, XIX, 34); a
continuación, el haz de varas y el flagelo entrecruzados (Juan, XIX, l; Mat. XXVII, 26; Marcos, XV, 15);
finalmente, el martillo que sirvió para clavar los clavos de la crucifixión y las tenazas utilizadas para arrancarlos tras
la muerte del Salvador.
Triple imagen de la última irradiación, fórmula gráfica del espiritualismo declinante, esas x marcan con su impronta
el segundo período cíclico al fin del cual la Humanidad se debate en las tinieblas y la confusión hasta el día de la
gran revolución terrestre y de la muerte liberadora. Si reunimos estas tres cruces en aspa y si colocamos el punto de
intersección de sus brazos en un eje común, obtendremos una figura geométrica de doce rayos que simbolizan los
doce signos que constituyen el reinado del Hijo del Hombre y que suceden a los doce precedentes del reinado de
Dios.

El Diluvio
Cuando la gente habla del fin del mundo, evoca y traduce por lo general la idea de un cataclismo universal que, a la
vez, entraña la ruina total del Globo y el exterminio de sus habitantes. Según esta opinión, la Tierra, rodeada de
todos los planetas, cesaría de existir. Sus restos, proyectados en el espacio sideral, caerían en lluvia de aerolitos
sobre los mundos próximos al nuestro.
Algunos pensadores, más lógicos, toman la expresión en un sentido menos amplio. Según su opinión, la
perturbación tan sólo afectaría a la Humanidad. Les parece imposible admitir que nuestro planeta desaparezca,
aunque todo cuanto vive, se mueve y gravita en su superficie esté condenado a perecer. Tesis platónica que podría
ser aceptable si no implicara la introducción irracional de un factor prodigioso: el hombre renovado que nace
directamente del Sol, a la manera de un simple vegetal y sin simiente previa.
No es así como conviene entender el fin del mundo, tal como nos es anunciado por las Escrituras y tal como lo
encontramos en las tradiciones primitivas, pertenezcan a la raza que pertenezcan. Cuando para castigar a la
Humanidad por sus crímenes, Dios resolvió sumergirla bajo las aguas del diluvio, no sólo fue afectada únicamente la
superficie de la Tierra, sino que cierto número de hombres justos y elegidos, habiendo encontrado gracia ante Él,
sobrevivieron a la inundación.
Aunque presentada con apariencias simbólicas, esta enseñanza reposa sobre una base positiva. Reconocemos en ella
la necesidad física de una generación animal y terrestre que no puede, por tanto, acarrear el aniquilamiento total de
las criaturas, ni suprimir ninguna de las condiciones indispensables para la vida del núcleo preservado. A partir de
eso, y pese a su aparente universalidad, pese a la terrorífica y prolongada acción de los elementos desencadenados,
estamos seguros de que la inmensa catástrofe no actuará igualmente en todas partes ni en toda la extensión de los
continentes y los mares. Algunas comarcas privilegiadas, verdaderas arcas rocosas, abrigarán a los hombres que se
refugien en ellas. Allí, durante un día de dos siglos de duración, las generaciones asistirán -espectadores angustiados
de los efectos del poder divino- al duelo gigantesco del agua y el fuego; allí, en una relativa calma, bajo una
temperatura uniforme, a la pálida y constante claridad de un cielo bajo, el pueblo elegido aguardará a que se haga la
paz y a que las últimas nubes, dispersas al soplo de la edad de oro, le descubran la magia policroma del doble arco
iris, el brillo de nuevos cielos y el encanto de una nueva tierra...
En cuanto a nosotros, que jamás hemos considerado los argumentos del racionalismo, estimamos que el diluvio
mosaico es indiscutible y real. Sabemos, por otra parte, hasta qué punto la Biblia es superior a los otros libros; hasta
qué punto continúa siendo el Libro eterno, inmutable, el Libro cíclico por excelencia, en el cual, tras el velo de la
parábola, la revelación de la historia humana está sellada, más acá y más allá, incluso, de los propios anales de los
pueblos. Se trata de la narración in extenso del periplo que efectúa cada gran generación cíclica. Y como la Historia
es un perpetuo recomenzar, la Biblia, que describe su proceso figurado, continuará siendo por siempre la fuente
única, el compendio verdadero de los acontecimientos históricos y de las revoluciones humanas, tanto para los
períodos pretéritos como para los que se sucedan en el futuro.
Nuestra intención no es emprender aquí una refutación de los argumentos de que se han valido los adversarios de la
tradición de Moisés para discutir la actitud de su testimonio, ni dar aquellos mediante los cuales los defensores de la
religión revelada han establecido la autenticidad y la inspiración divina de sus libros. Trataremos sólo de demostrar
que el hecho del diluvio está atestiguado por las tradiciones particulares de todos los pueblos, tanto del antiguo como
del nuevo continente.
Los libros sagrados de los hindúes y de los iranios hacen mención del diluvio. En la India, Noé se llama Vaivaswata
o Satyavrata. Las leyendas griegas hablan de Ogiges y de Deucalión. Las de Caldea, de Xixutros o Sisutros. Las de
China, de Foki. Las de los peruanos, de Bochica. Según la cosmogonía asiriocaldea, los hombres, creados por
Marduk, habiéndose vuelto perversos, el consejo de los dioses decide castigarlos. Sólo un hombre es justo, y por
ello, amado por el dios Ea: se trata de Utmapishtim, rey de Babilonia. Asimismo, Ea revela en sueños a Utmapishtim
la inminente venida del cataclismo y el medio de escapar a la cólera de los dioses. El Noé babilonio construye, pues,
un arca y se encierra en ella con todos los suyos, su familia, sus sirvientes, los artesanos y constructores de la nave y
todo un rebaño de animales. Inmediatamente, las tinieblas invaden el cielo. Las aguas del abismo caen y cubren la
tierra. El arca de Utmapishtim navega durante siete días y se detiene al cabo en la cúspide de una montaña. El justo
salvado libera una paloma y una golondrina, que regresan a la embarcación y, luego, un cuervo, que no regresa.
Entonces, el rey sale del arca y ofrece un sacrificio a los dioses. Para los aztecas y otras tribus que habitaban la
llanura de México, el papel del Noé bíblico corresponde a Coxcox o Tezpi...
El diluvio mosaico tuvo la misma importancia, la misma extensión y las mismas repercusiones que todas las
inundaciones que lo precedieron. Es, en cierto modo, la descripción típica de las catástrofes periódicas provocadas
por la inversión de los polos. Es la interpretación esquematizada de los diluvios sucesivos de los que Moisés tenía,
sin duda, conocimiento, bien porque haya sido el testigo ocular de uno de ellos -lo que justificaría su propio
nombre-, bien porque haya obtenido dicho conocimiento por revelación divina. El arca salvadora nos parece
representar el lugar geográfico donde se reúnen los elegidos en vísperas de la gran perturbación, más bien que una
nave fabricada por la mano del hombre. Por su forma, el arca se revela ya como una figura cíclica y no como una
verdadera embarcación. En un texto en el que, según reza la Escritura, debemos considerar el espíritu con
preferencia a la letra, nos resulta imposible tomar en sentido literal la construcción del navío, la búsqueda de «todos
los animales puros e impuros» y su reunión por parejas. Una calamidad que impone, durante dos siglos, a seres
vivos y libres unas condiciones tan diferentes de habitación, tan contrarias a sus necesidades, sobrepasa los límites
de nuestra razón. No se debe olvidar que durante toda la prueba, el hemisferio, abandonado al flujo de las aguas,
queda sumergido en la oscuridad más absoluta. Conviene saber, en efecto, que Moisés habla de días cíclicos, cuyo
valor secreto equivale a los años corrientes. Precisemos: está escrito que la lluvia diluvial dura cuarenta días y que
las aguas recubren la tierra por espacio de ciento cincuenta días, o sea ciento noventa en total. Dios hace soplar
entonces un viento cálido, y el nivel del manto líquido desciende. El arca queda varada en el monte Ararat (1), en
Armenia. Noé abre la ventana (la vuelta a la luz) y libera un cuervo que, retenido por los cadáveres, no regresa. A
continuación, suelta la paloma, que vuelve enseguida al arca, pues en aquel momento los árboles aún estaban
sumergidos. El patriarca aguarda, pues, siete días y hace salir de nuevo al ave, que regresa hacia la noche llevando
una rama verde de olivo. El diluvio había terminado. Había durado ciento noventa y siete días cíclicos o, por casi
tres años, dos siglos reales.
¿Podemos admitir que un navío expuesto por tanto tiempo a la tormenta sea capaz de resistirla? ¿Y qué pensar, por
otra parte, de su carga? Estas inverosimilitudes no son capaces, pese a todo, de quebrantar nuestra convicción.
Tenemos, pues, el relato mosaico por verdadero y positivo en cuanto al fondo, es decir, respecto al hecho mismo del
diluvio, pero la mayoría de las circunstancias que lo acompañan, sobre todo las que se refieren a Noé, el arca y a la
entrada y salida de los animales, son claramente alegóricas. El texto encierra una enseñanza esotérica de alcance
considerable. Señalemos, tan sólo, que Noé, que tiene el mismo valor cabalístico que Noél (en francés, Navidad;
Noé se dice en griego N w e ), es una contracción de N e o V - H l i o V , el nuevo sol. El arca, A r c h , indica el
comienzo de una nueva Era. El arco iris señala la alianza que Dios hace con el hombre en el ciclo que se inaugura; es
la sinfonía renaciente o renovada: E u m q j o u i a , consentimiento, acuerdo, unión, pacto. Es también el cinturón
de Iris (Z w n h ), la zona privilegiada...
El Apocalipsis de Esdras nos informa acerca del valor simbólico de los libros de Moisés: «El tercer día, mientras me
hallaba bajo un árbol, una voz me llegó de la parte de ese árbol y me dijo: "¡Esdras, Esdras!" Yo respondí: "Heme
aquí." Y me levanté. La voz continuó: "Me he aparecido a Moisés y le he hablado desde la zarza cuando mi pueblo
era esclavo en Egipto. Lo envié con mi mensaje, hice salir a mi pueblo de Egipto, lo conduje al monte Sinaí y lo
establecí por largo tiempo cerca de mí.
Le conté gran número de maravillas, le enseñé el misterio de los días, le di a conocer los últimos tiempos y le di esta
orden:
Explica esto y esconde aquello."» (2)
Pero si examinamos tan sólo el hecho del diluvio, nos veremos obligados a reconocer que semejante cataclismo ha
debido dejar huellas profundas de su paso y ha debido modificar un poco la topografía de los continentes y de los
mares. Sería un grave error creer que el perfil geográfico de aquéllos y de éstos, su situación recíproca y su
repartición en la superficie del Globo eran semejantes, hace todo lo más veinticinco siglos, a lo que son hoy en día.
Asimismo, pese a nuestro respeto por los trabajos de los sabios que se han ocupado de los tiempos prehistóricos,
debemos aceptar sólo con la mayor reserva los mapas de la época cuaternaria que reproducen la configuración actual
del Globo. Es evidente, por ejemplo, que una parte del suelo francés estuvo sumergida por mucho tiempo, recubierto
de arena marina, provista abundantemente de conchas y de calcáreas con huellas de ammonites. Recordemos,
asimismo, que la isla de Jersey aún se hallaba soldada al Cotentin en 709, año en que las aguas de la Mancha
invadieron el vasto bosque que se extendía hasta Ouessant y servía de abrigo a numerosas aldeas.
La Historia cuenta que los galos, interrogados a propósito de lo que era capaz de inspirarles más terror, tenían la
costumbre de responder: «Sólo tememos una cosa: que el cielo caiga sobre nuestras cabezas.» Pero ese dislate, que
se tiene por una muestra de audacia y bravura, ¿no podría esconder otra razón muy distinta? En lugar de una simple
bravuconería, ¿no se trataría más bien del persistente recuerdo de un acontecimiento real? ¿Quién se atrevería a
afirmar que nuestros antepasados no fueron las víctimas aterrorizadas del cielo que se hundía en formidables
cataratas, entre las tinieblas de una noche de muchas generaciones de duración?

Notas
1 En griego Arara ó Arhara , pretérito perfecto de arariscw significa, estar unido, fijado, detenido, firme, inmutable.
2 René Basset, Apocryphes [Link]ís, Bibliothéque de la Haute Science, 1899, cap XIV, v. 1 a 6.

La Atlántida
¿Ha existido esta isla misteriosa de la que Platón nos ha dejado la enigmática descripción? Cuestión difícil de
resolver, en vista de la pobreza de medios con que cuenta la ciencia para penetrar el secreto de las regiones abisales.
Sin embargo, ciertas comprobaciones parecen dar la razón a los partidarios de la realidad de la Atlántida. En efecto,
unos sondeos efectuados en el océano Atlántico han permitido remontar a la superficie fragmentos de lava cuya
estructura prueba de manera irrefutable que ha cristalizado en el aire. Parece, pues, que los volcanes eyectores de
esa lava se elevaban en otro tiempo en tierras aún no sumergidas. Se ha creído descubrir también un argumento
propio para justificar el aserto de los sacerdotes egipcios y la narración de Platón, en la particularidad de que la flora
de América central se muestra semejante a la de Portugal: las mismas especies vegetales, transmitidas por el suelo,
indicarían una relación continental estrecha entre el viejo y el nuevo mundo. En cuanto a nosotros, nada vemos de
imposible en que la Atlántida haya podido ocupar un lugar importante entre las regiones habitadas, ni que la
civilización se haya desarrollado allí hasta alcanzar ese elevado grado que Dios parece haber fijado como tope del
progreso humano. «No irás más lejos.» Límite más allá del cual los síntomas de decadencia se manifiestan, la caída
se acentúa hasta que la ruina se precipita por la súbita irrupción de un flagelo imprevisto.
La fe en la veracidad de las obras de Platón entraña la creencia en la realidad de los cataclismos periódicos, de los
que el diluvio mosaico, como hemos dicho, constituye el símbolo escrito y el prototipo sagrado. A los negadores de
la confidencia que los sacerdotes de Egipto hicieron a Solón, tan sólo les pediremos tengan a bien explicarnos qué se
propone revelar el maestro de Aristóteles con esta ficción de carácter siniestro. Pensamos, en efecto, que está fuera
de dudas que Platón se ha convertido en el propagador de verdades muy antiguas y que, en consecuencia, sus libros
encierran todo un conjunto, un cuerpo de conocimientos ocultos. Su número geométrico y su caverna tienen su
significado; ¿por qué el mito de la Atlántida no habría de tener el suyo?
La Atlántida tuvo que correr la suerte común, y la catástrofe que la sumergió proviene, evidentemente, de una causa
idéntica a la que anegó, cuarenta y ocho siglos más tarde, bajo un profundo manto de agua a Egipto, el Sahara y las
regiones del África septentrional. Pero más favorecido que la tierra de los atlantes, Egipto se benefició de un
levantamiento del fondo submarino y volvió a la luz tras cierto tiempo de inmersión. Argelia y Túnez, con su chotts
o lagos de las regiones meseteñas, desecados y tapizados con una espesa capa de sal, y el Sahara y Egipto, con su
suelo constituido en su mayor parte por arena marina, demuestran que las ondas invadieron y recubrieron vastas
extensiones del continente africano. Las columnas de los templos faraónicos presentan huellas innegables de
inmersión; en las salas hipóstilas, las losas aún existentes que forman los techos, han sido levantadas y desplazadas
por obra del movimiento oscilatorio de las olas; la desaparición del revestimiento exterior de las pirámides y, en
general, la de las junturas de piedras (colosos de Memnón, que en otro tiempo cantaban); las huellas evidentes de
corrosión por las aguas que se advierten en la esfinge de Gizeh, así como en muchas otras obras de la estatuaria
egipcia, no tienen otro origen que el señalado. Es probable, por otra parte, que la casta sacerdotal no ignorase la
suerte que le estaba reservada a su patria. Acaso sea ésta la razón por la que los hipogeos reales estaban
profundamente excavados en la roca, y sus accesos, herméticamente sellados. Tal vez pudiera, incluso, reconocerse
el efecto de esta creencia en un diluvio futuro en la obligada travesía que el alma del difunto debía realizar tras su
muerte corporal, y que justificaba la presencia, entre tantos otros símbolos, de esas barquitas aparejadas, flotillas a
escala reducida que forman parte del mobiliario fúnebre de las momias dinásticas.
Sea como fuere, el texto de Ezequiel (1), que anuncia la desaparición de Egipto, es formal y no puede prestarse a
equívoco alguno:
«Al apagar tu luz velaré los cielos y oscureceré las estrellas. Cubriré de nubes el sol, y la luna no resplandecerá;
todos los astros que brillan en los cielos se vestirán de luto por ti, y se extenderán las tinieblas sobre la tierra, dice el
Señor, Yavé. Llenaré de horror el corazón de muchos pueblos cuando lleve al cautiverio a los tuyos, a tierras que no
conocen; dejaré por ti atónitos a muchos pueblos y sus reyes, que temerán por sí cuando comience a volar a su vista
contra ti, ni espada, al tiempo de tu ruina... Cuando tornaré en desierto la tierra de Egipto y asolaré cuanto la llena.
Cuando heriré a todos cuantos la habitan, que sabrán que yo soy Yavé.»

1) XXXII Lamentación sobre Egipto (v. 7, 8, 9 y 15).

El Incendio
La historia cíclica se abre, en el capítulo VI del Génesis, con el relato del Diluvio, y concluye en el XX del
Apocalipsis, en las llamas ardientes del Juicio Final. Moisés, salvado de las aguas, escribió el primero; san Juan,
figura sagrada de la exaltación solar, cierra el libro con los sellos del fuego y del azufre.
Puede admirarse en Melle (Deux-Sèvres) al caballero místico del que habla el visionario de Patmos, que debe venir
en la plenitud de la luz y surgir del fuego, a la manera de un espíritu puro. Es una grave y noble estatua que, bajo
una arcada en plena bóveda de la iglesia de San Pedro, se levanta por encima del pórtico Sur, siempre sometido, a
causa de su orientación, a la radiación solar. El arco y la corona le son impuestos en medio de la inefable gloria
divina, cuyo brillo fulgurante consume todo cuanto ilumina. Si nuestro caballero no muestra el arma simbólica, no
obstante, se toca con el signo de toda realeza. Su actitud rígida v su elevada estatura ponen de manifiesto el poder,
mas la expresión de su fisonomía parece reflejar cierta tristeza. Sus rasgos lo aproximan singularmente a Cristo, al
Rey de reyes, al Señor de señores, a ese Hijo del Hombre al que jamás, según Léntulo, se vio reír, aunque se le vio a
menudo llorar. Y comprendemos que no descendiera a nosotros sin melancolía, a los lugares de su Pasión, Él, el
eterno enviado de su Padre, para imponer al mundo pervertido la última prueba y para «segar» implacablemente a la
Humanidad vergonzosa. Esta Humanidad, madura para el castigo supremo, viene figurada por el personaje al que el
caballo derriba y pisotea, sin que el jinete experimente la menor preocupación (1).
Cada período de mil doscientos años comienza y termina por una catástrofe. La evolución humana se extiende y se
desarrolla entre dos flagelos: el agua y el fuego, agentes de todas las mutaciones materiales, operan juntos, durante
el mismo tiempo y cada cual en una región terrestre opuesta. Y como la traslación solar -es decir, la ascensión del
astro al cenit del polo- resulta ser el gran motor de esta conflagración elemental, sucede que el mismo hemisferio es,
alternativamente, sumergido al fin de un ciclo y calcinado al término del ciclo que sigue. Mientras que el Sur está
sometido a los ardores conjugados del Sol y del fuego terrestre, el Norte sufre el constante afluir de las aguas
meridionales, evaporadas en el seno del gran horno y, luego, condensadas en nubes enormes que sin cesar van
empujando. Pues bien, en el ciclo precedente, puesto que las aguas del diluvio anegaron nuestro hemisferio
septentrional, debemos pensar que las llamas del Juicio Final lo consumirán en sus días extremos.
Es preciso aguardar con sangre fría la hora suprema, la del castigo para muchos y del martirio para algunos.
De manera sucinta, pero muy clara, el gran iniciado cristiano que es san Pedro establece con exactitud la diferencia
entre los dos cataclismos que se suceden en un mismo hemisferio, es decir, en el nuestro, en este caso: «Y, ante
todo, debéis saber cómo en los postreros días vendrán, con sus burlas, escarnecedores, que viven según sus propias
concupiscencias, y dicen: "¿Dónde está la promesa de su venida? Porque desde que murieron los padres, todo
permanece igual desde el principio de la creación."
»Es que voluntariamente quieren ignorar que en otro tiempo hubo cielos y hubo tierra, salida del agua y en el agua
asentada por la palabra de Dios; por el cual el mundo de entonces pereció anegado en el agua, mientras que los
cielos y la tierra actuales están reservados por la misma palabra para el fuego en el día del juicio y de la perdición
de los impíos... Pero vendrá el día del Señor como ladrón, y en él pasarán con estrépito los cielos, y los elementos,
abrasados, se disolverán y asimismo la tierra con las obras que en ella hay.
«... Pero nosotros esperamos otros cielos nuevos y otra tierra nueva, en que tiene su morada la justicia, según la
promesa del Señor.» (2)
El obelisco de Dammartin-sous-Tigeaux (Sena y Marne) es la imagen sensible, expresiva, absolutamente conforme a
la tradición, de la doble calamidad terrestre del incendio y del diluvio, en el día terrible del Juicio Final.
Erigido sobre un cerro, en el punto culminante del bosque de Crécy (altitud, 134 m), el obelisco domina los
alrededores, y por el boquete de las pistas forestales se divisa desde muy lejos. Su emplazamiento fue, por otra parte,
admirablemente escogido. Ocupa el centro de una encrucijada geométricamente regular, formada por la intersección
de tres caminos que le confieren el aspecto irradiante de una estrella de seis puntas (3). Así, este monumento
aparece edificado sobre el plano del exagrama antiguo; figura compuesta por el triángulo del agua y el del fuego,
que sirve de símbolo de la Gran Obra física y de su resultado, la Piedra filosofal.
La obra, de hermoso aspecto, se compone de tres partes distintas: un plinto robusto, ovalado, de sección cuadrada y
ángulos redondeados; un fuste constituido por una pirámide cuadrangular de aristas achaflanadas; y por fin, un
remate en el que se halla concentrado todo el interés de la construcción. Muestra, en efecto, el Globo terrestre
entregado a las fuerzas reunidas del agua y del fuego. Reposando sobre las ondas del mar enfurecido, la esfera del
mundo, tocada en su polo superior por el sol en su recorrido helicoidal, se incendia y proyecta relámpagos y rayos.
Tal es, como hemos dicho, la cautivante figuración del incendio y de la inundación inmensos, igualmente
purificadores y justicieros.
Dos caras de la pirámide están orientadas exactamente según el eje Norte-Sur de la carretera nacional. En el lado
meridional, se advierte la imagen de una vieja encina esculpida en bajo relieve. Según Pignard-Péguet (4), esa
encina coronaba «una inscripción latina» hoy borrada con cincel. Las otras caras llevaban grabadas en hueco, un
cetro, otra, una mano de justicia, y la tercera, un medallón con las armas del rey.
Si interrogamos la encina de piedra, puede respondernos que los tiempos están próximos, porque el presagio aparece
figurado en ella. Es el símbolo elocuente de nuestro período de decadencia y de perversión, y el iniciado al que
debemos el obelisco tuvo cuidado de escoger la encina como frontispicio de su obra, a manera de prólogo cabalístico
encargado de situar, en el tiempo, la época nefasta del fin del mundo. Esta época, que es la nuestra, tiene sus,
características claramente indicadas en el vigésimo cuarto capítulo del Evangelio según san Mateo, es decir, según
la ciencia: «Oiréis hablar de guerras y rumores de guerras... Habrá hambres y terremotos en diversos lugares; pero
todo esto es el comienzo de los dolores.» Estas sacudidas geológicas frecuentes, acompañadas de modificaciones
climáticas inexplicables, cuyas consecuencias se propagan en los pueblos a los que afectan y entre las sociedades a
las que perturban, están expresadas simbólicamente por la encina. Esta palabra en francés -chêne- corresponde
fonéticamente al griego chu (chen, pronúnciese jen, con j española) y designa a la oca vulgar. La vieja encina
adquiere, así, el mismo valor que la expresión vieja oca y el sentido secreto de vieja ley (en francés, se pronuncia de
manera muy parecida: vieille oie y vieille loi), anunciadora de la vuelta de la antigua Alianza o del Reino de Dios.
Los Cuentos de mi madre la oca (ley madre, ley primera) son narraciones herméticas en las que la verdad esotérica
se mezcla con el decorado maravilloso y legendario de las saturnales, del Paraíso o de la Edad de Oro.
NOTAS
(1) La estatua ecuestre que dibujó Julien Champagne aI comienzo del verano de 1919 está en la actualidad mutilada
en parte. El caballero ha perdido su pie derecho, mientras que el caballo, sin duda por la misma causa, ha visto
amputada su pata anterior del mismo lado, que levantaba piafando.
(2) Segunda Epístola, III
(3) El agradable decorado que rodea el obelisco y, que está hoy erizado de Postes y de placas, se ofrece como
curioso ejemplo de las fantasías de un urbanismo demasiado a menudo absurdo e irracional.
(4) Histoire générale illustrée des Départements, Seine-et-Marne. Orleáns, Auguste Goût et Cie., 1911, p. 249.
La Edad de Oro
En el periodo de la Edad De Oro, el hombre, renovado, ignora toda religión. Se limita a dar las gracias al Creador,
del que el Sol, su más sublime creación, le parece reflejar la imagen ardiente, luminosa y benéfica. Respeta, honra y
venera a Dios en este globo radiante que es el corazón y el cerebro de la Naturaleza y el dispensador de los bienes de
la tierra. Representante vivo del Eterno, el Sol, es también testimonio sensible, de su poderío, de su grandeza y de su
bondad. En el seno de la irradiación del astro, bajo el cielo puro de una tierra rejuvenecida, el hombre admira las
obras divinas, sin manifestaciones exteriores, sin ritos y sin velos. Contemplativo, ignorando la necesidad, el deseo y
el sufrimiento, experimenta por el Señor del Universo ese reconocimiento emocionado y profundo que poseen las
almas simples, y ese afecto sin límite que vincula al hijo con su Padre. La Edad De Oro, edad solar por excelencia,
tiene por símbolo cíclico la imagen misma del astro, jeroglífico empleado en todos los tiempos por los antiguos
alquimistas, a fin de expresar el oro metálico o sol mineral. En el plano espiritual, la Edad de Oro está personificada
por el evangelista san Lucas. El griego L o i c a V , de l u c n o V , luz, lámpara, antorcha (latín lux, lucis), nos lleva
a considerar el Evangelio según san Lucas como el Evangelio según la luz. Es el evangelio solar, que traduce,
esotéricamente, el trayecto del astro y el de sus rayos, vueltos a su primer estado de esplendor. Señala el comienzo
de una nueva Era, la exaltación del poder que irradia sobre la tierra regenerada y el volver a empezar el orbe anual y
cíclico (l u c a b a V , en las inscripciones griegas significa año}. San Lucas tiene por atributo el toro o buey alado,
figura solar espiritualizada, emblema del movimiento vibratorio, luminosos y devuelto a las condiciones posibles de
existencia y de desarrollo de los seres animados.
Este tiempo dichoso y bendito de la Edad de Oro, durante el cual vivieron Adán y Eva en el estado de simplicidad e
inocencia, es designado con el nombre de Paraíso Terrenal. La palabra griega P a r d e s o V , paraíso, parece
provenir del persa o caldeo pardes, que quiere decir jardín delicioso. Al menos, en este sentido encontramos
empleado el término por los autores griegos – Jenóforo y Diodoro Sículo, en particular -, para calificar los
magníficos jardines que poseian los reyes de Persia. El mismo significado es aplicado por los Setenta en su
traducción del Génesis (cap. II v. 8) al lugar maravilloso donde habitaron nuestros primeros padres. Se ha querido
buscar en que porción geográfica del Globo había colocado Dios ese Edén de aspecto encantador. Las hipótesis
apenas coinciden entre sí en este punto. También algunos autores, como Filón el Judío, y Orígenes, zanjan el debate
con la pretensión de que el Paraíso terrenal, tal como lo describe Moisés, jamás ha existido de verdad. Según ellos,
convendría entender en sentido alegórico todo cuanto narran las sagradas escrituras.
Por nuestra parte, podemos decir que consideramos como exactas las descripciones que se han hecho del Paraíso
terrenal o, si se prefiere de la Edad de Oro, pero no nos detendremos en las distintas tesis encaminadas a probar que
el espacio de refugio habitado por nuestros antepasados se encontraba localizado en un país definido. Si no
precisamos, a propósito, dónde se situaba, es tan sólo por la razón de que, a raíz de cada revolución cíclica, no existe
más que un débil cinturón que sea respetado y se mantenga habitable en sus partes terrestres. Insistimos, sin
embargo, en que la zona de salvación y misericordia se halla tanto en el Hemisferio boreal a comienzos de un ciclo,
como en el austral al principio del ciclo siguiente.
En resumen, la Tierra, como todo cuanto vive de ella, en ella y por ella, tiene su tiempo previsto y determinado, sus
épocas evolutivas rigurosamente fijadas, establecidas y separadas por otros tantos periodos inactivos. Está, así,
condenada a morir a fin de renacer, y estas existencias temporales comprendidas entre sus regeneración o
renacimiento, y su mutación o muerte, han sido llamadas ciclos por la mayoría de los antiguos filósofos. El ciclo, es
pues el espacio de tiempo que separa dos convulsiones terrestres del mismo orden, las cuales se consuman a raíz de
una revolución completa de ese Gran Periodo circular, dividido en cuatro épocas de igual duración, que son las
cuatro edades del mundo. Estas cuatro divisiones de la existencia de la Tierra se suceden según el ritmo de las que
componen el año solar: primavera, verano, otoño e invierno. Así, las edades cíclicas corresponden a las estaciones
del movimiento solar anual, y su conjunto ha recibido las denominaciones de Gran Periodo, Gran Año y, con más
frecuencia aun, de Ciclo Solar.

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