Estados Unidos fue fundado por trece colonias británicas, a lo largo de la costa atlántica.
El 4 de
julio de 1776, emitieron la Declaración de Independencia, que proclamó su derecho a la libre
autodeterminación y el establecimiento de una unión cooperativa, ocupa una extensa franja de
América del Norte, con Alaska en el noroeste y Hawái que extiende la presencia del país en el
océano Pacífico. Entre las principales ciudades de la costa del Atlántico, se encuentran Nueva
York, un centro global financiero y cultural, y la capital Washington D. C. Chicago, metrópolis del
medio oeste, es famosa por su influencia arquitectónica y, en la costa oeste, Hollywood, Los
Ángeles, es famosa por la industria cinematográfica.
La influencia estadounidense en América Latina en el siglo XX se caracterizó por políticas como
la del Gran Garrote y el Destino Manifiesto. Estados Unidos ejerció su poder mediante
inversiones, control de infraestructuras y apoyo a regímenes autoritarios, impactando la
economía y política de la región.
En cuanto a las políticas decretadas por el gobierno de los EEUU para los gobiernos de América
Latina, se considera que la misma se centra en obtener acceso a productos básicos o en servir
intereses políticos y económicos, se puede decir que las relaciones diplomáticas actuales se han
basado en sanciones, lo cual se ha convertido en un mecanismo que tiene como objetivo
persuadir al otro para que realice una acción determinada
Históricamente hablando, las relaciones bilaterales entre los Estados Unidos y los diversos
países de América Latina han sido multifacéticas y complejas, en ocasiones definidas por una
fuerte cooperación regional y en otras llenas de tensión y rivalidad económica y política. Aunque
las relaciones entre el gobierno de los EE. UU. y la mayor parte de América Latina fueron
limitadas antes de finales del siglo XIX, durante la mayor parte del siglo XX, los Estados Unidos
han considerado extraoficialmente a partes de América Latina como parte de su esfera de
influencia, y durante gran parte de la Guerra Fría (1947–1991), compitió activamente con la
Unión Soviética para influir en el hemisferio occidental.
La llegada al poder de una serie de regímenes progresistas en el continente (Torrijos en
Panamá, Juan José Torres en Bolivia y Salvador Allende en Chile), pone en marcha todos los
mecanismos de control político y económico de Estados Unidos en la región, activando, además,
la vía militar como una alternativa real de defensa de los intereses primarios norteamericanos.
Esta ola progresista es barrida con apoyo de las burguesías locales, los servicios de seguridad
norteamericanos (cia) y en algunos casos, de las empresas transnacionales, lo cual trae como
consecuencia, la instauración en Latinoamérica de una serie de regímenes dictatoriales que se
van consolidando en el poder, con el pretexto de combatir la subversión en nombre de la
Doctrina de Seguridad Nacional, ejemplificando una relación “política y económicamente
correcta” con Estados Unidos.
Los primeros inconvenientes en las relaciones entre Estados Unidos y América Latina en esta
nueva fase, surgen en el contexto interamericano. En 1976, una nueva legislación
norteamericana sobre el comercio exterior se muestra inconsistente en su trato a la región,
asunto que es reprochado en la OEA al Secretario de Estado Henry Kissinger. La llegada de
James Carter a la presidencia (1977) acentúa, aún más, el malestar que reina en el seno de la
organización por la supuesta “ambigüedad” de su política de derechos humanos. Cuando
Estados Unidos condiciona la ayuda militar al respeto de los derechos humanos por parte de los
gobiernos de la región, muchos de ellos -dictatoriales-, reaccionan acusando a Washington de
injerencia en sus asuntos internos. Asistimos entonces, a una redefinición del concepto de
intervencionismo.
En el mes de mayo de 1976, se reúnen en Montevideo representantes de los gobiernos de facto
de Argentina, Brasil, Bolivia, Chile, Paraguay, Perú y Uruguay, para organizar un frente común
respecto a la nueva política de Carter sobre derechos humanos. Más allá del tema estrictamente
militar, hay sumo interés porque no se consideren cuestiones de orden político para la concesión
de créditos. Sin embargo, hacia septiembre de 1977 varios gobiernos son obligados a acatar las
“nuevas directrices” establecidas por la política norteamericana hacia Latinoamérica.
Al analizar la historia de las relaciones entre Estados Unidos y América Latina, nos damos
cuenta que en todo momento la intención detrás de toda acción ha sido solo una: expansionismo
por medio del control económico y político. América Latina ha sido llamada por los gobiernos
estadounidenses “nuestro patio trasero”, “nuestra pequeña región de por aquí”, “hemisferio
propio”, etc. Nunca ha sido tomada en serio, ni nos han visto como naciones independientes,
merecedoras de respeto. Pareciera que haber vivido en una Europa de gobiernos represores les
dejó marcados, traumatizados, por lo que, al emigrar hacia un nuevo territorio se propusieron ser
ellos, en adelante, los opresores, y nunca más los oprimidos.
Hoy, los lazos entre los Estados Unidos y la mayor parte de América Latina (con la excepción de
algunos países como Cuba y Venezuela, Nicaragua) son generalmente cordiales, pero aún
existen áreas de tensión entre las dos partes. América Latina es el mayor proveedor extranjero
de petróleo a los Estados Unidos y su socio comercial de más rápido crecimiento, así como la
mayor fuente de drogas e inmigrantes estadounidenses, tanto documentados como
indocumentados, lo que subraya la relación en constante evolución entre ellos dos.
RELACION ESTADOS UNIDOS-VENEZUELA
Desde la restauración de la democracia en el país en 1958, las relaciones transitaron bajo los
siguientes parámetros:
1. El caso venezolano era un caso único y diferente al resto de los países
latinoamericanos, por el peso económico del petróleo y la estabilidad del sistema
político;
2. Venezuela no encajaba bien en los diversos intentos de clasificación provenientes de la
política comparada de origen norteamericano sobre América Latina;
3. En el país "no pasaba nada" importante como una revolución o un intento de golpe de
Estado;
4. Entre Venezuela y Estados Unidos había una estrecha relación dado el tradicional rol del
país como suplidor seguro y estratégico en materia petrolera. Esta estrecha relación
también se tradujo en apoyo para los líderes democráticos venezolanos, principalmente
aquellos pertenecientes a los partidos Acción Democrática y COPEL (Inclusive en el
plano académico norteamericano pesó mucho la visión partidista tradicional sobre el
proceso político venezolano);
5. Las relaciones estaban fundamentadas en un control oficial de las mismas por ambas
partes, fuertemente centralizadas entre la presidencia venezolana, el Ministerio de
Relaciones Exteriores de Venezuela y en los Departamento de Estado, de Comercio, de
Energía y de Defensa, en el caso norteamericano;
6. Las relaciones no oficiales se concentraban en el papel de las compañías petroleras de
origen norteamericana con Inversiones en Venezuela antes de la nacionalización de la
industria en 1976 y en los círculos latinoamericanistas académicos y de lobbies en
Washington y en New York que le prestaban atención ocasional a los temas
venezolanos; y
7. En materia política exterior se habían dado pocas fricciones entre los dos países la
vinculación de Venezuela a la OPEP y la falta de apoyo de EE. UU. a la Doctrina
Betancourt y sobre todo una coincidencia: la lucha de Venezuela por denunciar al
gobierno cubano como intervencionista.
Con la llegada al gobierno de Chávez en 1999, la relación bilateral se modificó y asumió nuevos
parámetros, vinculados a una fase energética diferente y a una renovada discusión sobre el
estado actual del orden internacional. Todo esto, con base en dos aproximaciones estratégicas
diferentes y dos definiciones distintas sobre la seguridad. Venezuela ha sido una constante entre
las preocupaciones estratégicas de EEUU. Desde el punto de vista geopolítico, su situación
geográfica es crítica, ya que se encuentra al norte de América del Sur, en un cruce marítimo
entre el Caribe y el Atlántico. Por otro lado, posee una industria petrolera y unas reservas
petroleras y gasíferas de consideración. En vista de esto, el gobierno venezolano ha desarrollado
una posición estratégica diferente de la estadounidense en lo que ya puede definirse como un
choque de dos culturas estratégicas distintas y basadas en premisas dicotómicas. Venezuela
está comprometida en la búsqueda de un mundo multipolar, sostiene una relación especial con
Cuba e impulsa la cooperación militar y la tesis de la guerra asimétrica. Al mismo tiempo, el
gobierno de Chávez cuestiono en reiteradas oportunidades el carácter imperialista de EEUU y su
supuesta injerencia en la política interna venezolana, así como las invasiones a Afganistán e
Iraq, a lo que se suman las diferencias entre ambos países en relación con el rol de los partidos
y movimientos de izquierda y radicales en el continente americano y en el mundo.
En conclusión, aunque algunas cosas como la enorme asimetría de poder no han cambiado, la
relación entre Estados Unidos y América Latina y el Caribe ya no es como antes. Washington ya
no despliega una sola política latinoamericana, sino diferentes estrategias bilaterales o
subregionales: México, América Central y el Caribe conforman un área profundamente integrada,
a través de la migración y el comercio, a EEUU; la zona andina constituye el foco de mayor
preocupación norteamericano, debido a la inestabilidad política y el narcotráfico; mientras que los
países del Cono Sur cuentan con un margen de maniobra que no existía en el pasado. En
general, la agenda estadounidense para América Latina está menos basada en la geopolítica, la
seguridad nacional y la ideología y más centrada en la economía, en el marco de problemas
compartidos como el narcotráfico, el ambiente y la migración.