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Cuentagotas

En la segunda convocatoria del Premio Internacional de Narrativa Infantil El Cuentagotas, el jurado seleccionó cuatro cuentos finalistas, todos ellos con una notable valoración y sin un ganador único. Los relatos, dirigidos a niños de entre ocho y doce años, exploran el agua como un elemento esencial de la vida, utilizando metáforas sobre su necesidad y preservación. La Fundación Canal patrocina este premio, que ha generado un creciente interés y participación en su segunda edición.

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Cuentagotas

En la segunda convocatoria del Premio Internacional de Narrativa Infantil El Cuentagotas, el jurado seleccionó cuatro cuentos finalistas, todos ellos con una notable valoración y sin un ganador único. Los relatos, dirigidos a niños de entre ocho y doce años, exploran el agua como un elemento esencial de la vida, utilizando metáforas sobre su necesidad y preservación. La Fundación Canal patrocina este premio, que ha generado un creciente interés y participación en su segunda edición.

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La voz del agua

Laura León Vázquez

La Princesa de la
laguna Encantada
Carlos Moreno

Ranedo
Patricia Reguero Ríos

El manantial de Kanira
Mar Sancho

JURADO
Victoria Chapa
Cecilia Gandarias
Luis Mateo Díez
Cristian Ruiz Orfila
Juan Van-Halen

ILUSTRACIONES
Teresa Herrero
En la segunda convocatoria del Premio Internacional de Narrativa In-
fantil El Cuentagotas, el jurado eligió cuatro cuentos finalistas, sin que
ninguno de ellos sobrepasara en valoración a los demás. Son cuatro
cuentos que responden a la calidad y exigencia de un Premio que, en
esta segunda ocasión, no determinó un ganador único, sino cuatro op-
ciones que denotan el gusto y la variedad de los trabajos presentados.
La decisión del jurado estuvo guiada por el propio prestigio del
Premio que ya, desde su primera convocatoria, ha creado muchas ex-
pectativas y un creciente número de participantes. El agua dulce es el
elemento principal de las narraciones que concurren, y los cuentos, es-
critos en español, están dirigidos a niños de entre ocho y doce años.
Los cuatro seleccionados y, como tal, finalistas, y acreedores todos
ellos de una común y notable valoración, buscan en el agua metáforas
muy hermosas sobre su necesidad y preservación. El agua como ele-
mento sustancial de la vida, tan presente en tantas rememoraciones lí-
ricas y narrativas en la historia literaria, tan pródiga al cantar y contar
sus profecías y símbolos.
En los cuatro cuentos seleccionados discurre el agua entre las manos
cuidadosas de algunas niñas, veraneantes o princesas, que hacen ha-
llazgos para descubrirla y mantenerla, a veces de manera muy realista y
otras con poderes legendarios. También con la trama de una deliciosa
representación educativa, para enseñarnos la voz del agua, o como el
aliciente de algún manantial que salpicará la fortuna de un pueblo que
tanto la necesita, en un cuento que mantiene la aureola de lo popular.
A la Fundación Canal le corresponde la idea y el patrocinio de este
Premio que, a buen seguro, seguirá creciendo en participación y calidad.

Luis Mateo Díez


De la Real Academia
Miembro del jurado de El Cuentagotas
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La voz del agua
Laura León Vázquez

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La Princesa de
la laguna Encantada
Carlos Moreno

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Ranedo
Patricia Reguero Ríos

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El manantial de Kanira
Mar Sancho
La voz
del agua
Laura León Vázquez

El escenario está en penumbra, aparece Blas y se sube a una escalera de


tijera doble. Es un muchacho tranquilo. Por las tardes, cuando el cielo
se tiñe de rosa, naranja y malva, le gusta dar un paseo hasta un mirador
que hay en el parque para ver la ciudad envuelta en el ocaso. Blas, con
un cuentagotas gigante, se sienta en un peldaño de madera de la esca-
lera de tijera y deja caer agua gota a gota muy despacio. Tuc, tuc, tuc.
El agua se estrella contra una palangana de zinc, donde se queda alma-
cenada. Las gotas se suceden a un ritmo lento y poco a poco Blas lo va
acelerando. Conforme caen las gotas, tuc, tuc, tuc, la escena se ilumina.
Justo en ese momento y sin que Blas detenga su goteo, surge por un
lateral de la escena Julia. Una chica con una melena clara que fluye
como un río por su cuello. Según cuentan los que la conocen, lee un
libro a la semana. En cada mano Julia lleva un vaso grande, uno lleno
de agua y otro vacío. Camina por el escenario intentando que no se
oigan sus pisadas, tan solo el deslizarse del agua cuando salta de un

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14 Laura León Vázquez La voz del agua 15

vaso a otro. Unas veces eleva mucho la mano del vaso lleno para que el ritmo se estira de vaso a vaso, Lucas, esssbasss, viste los silencios con
sonido se alargue «slaaas-slaaas» y contraste con las otras ocasiones en susurros de agua.
que acerca mucho un vaso a otro y el trasvase resulta más repentino: Por el fondo del escenario, aparecen seis chicos sonrientes. Son del
slas-slas. equipo de baloncesto del colegio: Andy, Nacho, Matías, Hugo, Mark y
El goteo de Blas se une al tobogán líquido creado por Julia y poco a Gus. Cada uno lleva en su mano dos botellas pequeñas. Las hay de plás-
poco las melodías se acompasan. Tuc, tuc, tuc, slas-slas, slaaas-slaaas. tico, de aluminio, de cristal, de barro, de bambú e incluso de madera.
Poco después alguien más sube a la escalera doble, justo en el lado Ninguna tiene igual cantidad de líquido que otra. Los chicos las agitan
contrario de donde se encuentra Blas. Se trata de Susana, una chica que y se mecen y contonean a su ritmo. Son como maracas, sonajeros, cas-
se confiesa enamorada del verano, los días tan largos, el zumbido de cabeles de agua. Si tocan al unísono, crean un pequeño tumulto, crish-
los insectos en el campo, la piel tostada, la horchata. Desde una altura crish, resk-resk, jush-jush, pris-prisss. Juntos forman una nube bulli-
media, Susana vierte una regadera a la palangana de zinc que también ciosa y traviesa mientras sacuden con entusiasmo sus botellas locuaces.
está utilizando Blas. Rit-rit-rit-rit-rit. Suena como un breve chaparrón Y la colección de maracas acuáticas aporta un pequeño caos al orden
veraniego. Después la regadera se yergue y escampa en la palangana y en el que las gotitas, intercalando su intensidad, los trasvases y las on-
solo se oye otra vez el goteo de Blas. De nuevo Susana vuelve a la carga, dulaciones, se habían instalado.
rit-rit-rit-rit-rit-rit, y su aguacero arrastra las gotas de Blas. Da la sen- Mientras tanto a Lucas se le ha unido al borde de la bañera Lola.
sación de que ambos se han fundido y se han convertido en un palo de Es una chica de dedos largos y finos que chasquea en la superficie aún
lluvia que se agita inquieto. Unas veces las descargas de agua son brus- ondulante, clach, clach, clach, y provoca pequeños estallidos, como si
cas y otras se demoran y van deleitándose por el camino. utilizara platillos a ras del agua. Después Lucas vuelve a sus caricias
Mientras el goteo de Blas, tuc, tuc, tuc, y los chubascos de Susana, submarinas, baaasssh, baaasssh. A Lola también le encanta viajar y tie-
rit-rit-rit-rit, se van complementando, el contrapunto lo pone Julia, slas- ne un cuaderno donde pinta acuarelas de los paisajes que visita.
slas, con sus movimientos de un vaso a otro. Los golpes contundentes de Lola, clach, clach, se suavizan con el ulu-
Los tramoyistas han colocado en el centro del escenario una gran lar mojado que crea Lucas, bluuushish, y a ratos se distingue la colec-
bañera antigua de porcelana con patas de hierro. Junto a ella un mu- ción de maracas variopintas, rasch-rasch y presk-presk. Todo ello sigue
chacho con el torso desnudo mete las manos en el agua, las agita, las marcado por los ritmos que impone el agua saltando, slas-slas, entre los
cruza, las va desplazando con sutileza, parece que sus brazos aletean. El dos vasos de Julia unido al tuc, tuc, tuc y el rit-rit-rit-rit-rit, de goteos y
muchacho es Lucas, un trotamundos cuyo sueño es pasarse la vida via- chaparrones.
jando. Sus brazos nómadas provocan ondulaciones tenues y sugerentes, Casi sin ser vistos los tramoyistas han colocado cerca de la bañera un
siempre distintas, shuarshuarshuaaar. barril transparente. Otto es un chico robusto y tan alto que no necesita
Mientras Blas, tuc, tuc, tuc, y Susana, rit-rit-rit-rit, juegan a alternar un taburete para asomarse a la boca del barril. Le encanta ir al campo
el gota a gota con el diluvio y Julia,´slaaas-slaaas, va marcando cómo el de excursión y observar los nidos de los pájaros en las ramas de los ár-

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La voz del agua 19

de rematar con sus explosiones en miniatura, clach, clach. Y cuando pa-


rece que va a brotar el silencio, de nuevo un poco más allá se oye cómo
el agua se desliza de vaso a vaso, slaaas-slaaas.
Por último aparecen en escena Frida y Ziggy. Entre los dos trans-
portan una bolsa de agua caliente que cualquier gigante soñaría tener
en su inmensa cama las noches de invierno. Mientras andan, la bolsa
se bambolea, glup-plop, glop-plup, glup-plop, glop-plup. Frida y Ziggy
son hermanos y les encanta ir a la casa del pueblo porque allí, por las
noches, su abuela les cuenta historias junto a la chimenea.
Frida y Ziggy se acercan a la bañera, suena el clach y después un
sensual sssuaaah. Desde el barril se oye plosh. Los hermanos colocan
la bolsa de agua caliente en el suelo. Se sientan encima sin dejar de mo-
verse por lo que continúa oyéndose el glup-plop, glop-plup. A su lado,
desde la escalera doble, las gotas van oscilando en su intensidad, tuc,
tuc, tuc, rit-rit-rit-rit. Se les acerca poco a poco el grupo de maracas
locas, criti-criti, resk-resk, jush-jush. Seguido de Julia con su metódico
slas-slas, slaaas-slaaas.
Parece que los de la orquesta del agua llevaran toda la vida tocando
juntos. Están muy pegados y sus sonidos se entremezclan, tuswaspris-
boles. Va lanzando con fuerza piedras, plosh, que provocan que miles kusuglubusssah. Si el público cerrara los ojos, tendría la sensación de
de gotitas salgan despedidas hacia la bañera. Otto sabe muy bien cuál estar en un islote en medio de un río caudaloso escuchando el concierto
es el mejor momento para que la piedra choque contra el agua, plosh. Es del agua libre. Poco a poco cada intérprete va reduciendo su intensidad.
justo cuando Julia ha terminado uno de sus trasvases. El impacto brus- La sinfonía ahora suena muy suave, como una cantinela lejana. Se va
co, plosh, sirve para poner el punto final a los saltos acuáticos, slaaas- apagando pero no del todo: queda un débil susurro relajante, tuswas...
slaaas, que no cesan, slas-slas. prisk... usuglu... busssah...
Otra vez se oye a Otto con un nuevo plosh cuando los chirimiris, Es como si el agua, hasta ahora ajena a sus obligaciones, reposara
tuc, tuc, de Blas y las granizadas, rit-rit-rit-rit, de Susana, se detienen. El antes de afrontarlas. Ya fluyó despendolada y creativa. Ahora puede ser
plosh se mezcla con el guirigay de las maracas acuáticas del equipo de dedicada a satisfacer necesidades.
baloncesto, crish-crish y jush-jush, mientras de fondo se sigue oyendo De la bañera se pueden sacar varios cubos para regar las plantas del
las olas sutiles creadas por Lucas, aaasssh-uuusssh, que Lola se encarga teatro donde se ha celebrado el concierto. Y con la del barril los intér-

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20 Laura León Vázquez

pretes de la orquesta lavarán su furgoneta azul. Con los chaparrones y La Princesa de la


goteras de la palangana de zinc están cocinando un arroz para que cene
laguna Encantada
este grupo de músicos acuáticos. Las doce botellas del equipo de ba-
loncesto servirán para fregar los cacharros después de cenar y también Carlos Moreno
guardarán alguna en la nevera por si alguien prefiere el agua fresquita.
Julia decide beberse el agua del vaso en donde acabó después de tanto
trasvase. Entre Ziggy y Frida han abierto la bolsa de agua caliente, que
ya está fría, y han lavado un jersey a mano, pues en la lavadora podía
encoger, y la poca que ha sobrado la han esparcido sobre las losetas del
exterior del teatro. Así han refrescado el ambiente que era irrespirable
aunque aún estemos en junio.

Pitter, patter, pitter, patter, drip, drip, drop. Esa fue la última gota. El
final de la temporada de lluvias llegó «¡por fin!» al gran reino. Los niños,
que esperaban ansiosos mirando tras las ventanas, fueron los primeros
en saberlo. El silencio fue roto por el gorjeo de un pájaro. Un gorjeo
que creció hasta convertirse en canción, y creció más aún hasta con-
vertirse en un potente coro. Un rayo de sol atravesó las nubes y brilló al
reflejarse en la estatua del gran rey, en el centro de la plaza del pueblo.
Pronto se escucharon las voces de los niños corriendo por las calles, a
los que siguieron los gritos de las madres, que les recordaban que debían
llegar a tiempo a la hora de la cena.
La joven princesa, sentada en lo alto de la colina, también vio cómo
la última gota caía suavemente sobre el reluciente patio del palacio. Ella
también estaba decidida a correr al exterior y sentir la calidez del sol
en su rostro. Había sido un largo invierno, con interminables días en
el interior del palacio, jugando a las damas con su hermano menor, «El

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24 Laura León Vázquez La voz del agua 25

príncipe pálido». Era este un delgado y huesudo muchacho, con un exu- y perseguir a los renacuajos que parecían contonearse al nadar. Podía
berante y rizado cabello, que contradecía una personalidad aburrida y escarbar con los pies en el fondo enfangado, sintiendo el lodo deslizarse
carente de brillantez. A él no le importó el fin de la lluvia. Siempre pre- entre sus dedos. La doncella solía comentar que el color de sus ojos era
firió jugar dentro, y el cambio de estación no iba a cambiar sus planes un reflejo exacto del color esmeralda del agua de la laguna.
para esa tarde, que eran jugar apaciblemente al solitario. Un día que insistió a su hermano para que le acompañara se con-
La joven princesa cogió su capa y salió furtivamente del palacio. virtió en un desastre. Al principio, aunque le llevó algo de tiempo, el
Sabía exactamente dónde quería ir, al igual que sabía exactamente con príncipe parecía disfrutar. Se quejaba del contacto del fango entre sus
quién no quería ir. A su padre no le gustaba que abandonara la seguri- pies, y espantó a los patos que nadaban a su alrededor. Entonces, empe-
dad de los muros del palacio y, en las pocas ocasiones en las que con- zó a nadar y a chapotear y, antes de darse cuenta, ya lo estaba pasando
sentía que lo hiciera, insistía en que su doncella la acompañara. Era esta en grande. La princesa supo entonces que la magia de la laguna estaba
una mujer agradable, pero digamos que un poco «rellenita» y se movía funcionando. Bueno, eso fue hasta que un abejorro, que había oído el
mucho más lenta que la princesa. chapoteo, se acercó desde su colmena para comprobar qué pasaba. Se
Una vez fuera del alcance de la vista de los guardias de la torre, se sol- acercó mucho al príncipe, que era alérgico, y este empezó a gritar y
tó el pelo y empezó a correr por la alta hierba. Sintió la caricia de las flo- manotear al abejorro. Uno de los manotazos alcanzó al abejorro que,
res silvestres entre sus dedos y, con cada paso, la tierra húmeda envolvía para defenderse, no tuvo más remedio que pincharle con su aguijón.
sus pies. No se detuvo hasta alcanzar el borde de la laguna esmeralda, La mano del príncipe se hinchó hasta superar el tamaño del mayor de
su lugar favorito de todo el reino. La gente del pueblo la llamaba «La los libros de la biblioteca y, sobra decirlo, nunca volvió a acompañar a
laguna encantada», y ella pensaba que era cierto. Sabía que era mágica. la princesa a la laguna. Esa, quizá, fue la última vez que traspasó los
Lo veía en los destellos del agua, en el brillo de los ojos de los animales muros del palacio.
del bosque al aproximarse, y en su propio reflejo sobre la superficie. Sin Ningún otro niño se atrevía a visitar la laguna esmeralda, aunque
duda, era el lugar más mágico del mundo. todos soñaban con ese lugar encantado en los días soleados y cálidos.
Allí, en su mágico mundo de agua, era la persona más feliz, mucho El rey, que era algo egoísta, había reclamado todo el bosque como suyo,
más de lo que pudiera serlo tras los fríos muros del palacio. Bueno, tan y de su familia, claro. Los niños del pueblo también tenían un nombre
feliz como una muchacha solitaria puede serlo. A menudo había invi- para él: «El rey avaricioso». No es que fuera un malvado, tan solo que
tado a los niños del pueblo a jugar con ella, aunque sabía cómo todos no sabía compartir con otros. Sabía que la gente le respetaba y quería
la llamaban. En las pocas ocasiones en que le fue permitido acompañar que fuera feliz, pero compartir no era algo que le hiciera feliz. Tampo-
a su doncella para algún recado en la ciudad, había escuchado, entre co le gustaba compartir a su hija con el mundo, más allá de los muros
susurros, que la llamaban «La princesa prisionera». Pero en el bosque, del palacio. Nunca entendió por qué ella trataba de escapar a la menor
a la orilla de la laguna, ella no se sentía prisionera. La magia de la lagu- oportunidad. Él era tan feliz en el palacio... Tenía todo lo que podía
na la llenaba de libertad. Allí podía chapotear con la familia de patos, desear. Frutas y verduras frescas, deliciosas carnes y pescados y, cómo

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28 Laura León Vázquez La voz del agua 29

no, los mejores dulces imaginables. ¡Oh, cómo amaba el rey sus dulces! leyendo uno de sus interminables libros, no había esperado a los demás
Pero más que a cualquier otra cosa en el mundo, el rey amaba a su hija. para devorar hasta la última miga de su plato. Mirando despreocupa-
«¿Cómo puedo hacerla feliz a mi lado, sana y salva dentro de estos mu- damente a la princesa dijo: «¿Qué pasó, te atacó un abejorro?». Y esa fue
ros?», pensaba a menudo para sí mismo. toda la conversación de la noche. La princesa no sabía si su padre estaba
La joven princesa disfrutaba del primer día de sol, después de lo que enfadado o hambriento. Quizá las dos cosas. Pero el caso es que no dijo
le había parecido una eternidad, tendida sobre la alta hierba, mirando ni una palabra en toda la cena. No se preocupó. Ella sabía que era un
a la más bella y colorida mariposa que había visto nunca, mientras ale- hombre amable y bondadoso. Cuando su madre murió, años atrás, se
teaba entre las grandes y amarillas flores silvestres. Cuando se percató convirtió al tiempo en padre y madre para ellos. Les hablaba siempre
de que el sol estaba cayendo lentamente en el cielo, decidió esperar un con voz suave y tierna. Ella sabía que, por la mañana, todo volvería a la
poco más, para ver si su familia de ciervos favorita se acercaba a beber normalidad, y por eso se durmió soñando con su laguna mágica.
a la laguna en un atardecer tan espléndido. A la mañana siguiente se despertó temprano y comenzó a planear su
No fue el resplandor de la luna lo que le despertó, ni tampoco el brillo día. Sabía que tendría que empezar pronto, ya que su padre insistiría en
de las estrellas que cubría el cielo de la noche. Ni siquiera el ulular del que su doncella la acompañara esta vez a la laguna. A veces pensaba que
búho, posado en una rama sobre su cabeza, o el croar de las ranas en la la doncella iría más rápido si rodara colina abajo que caminando, pero
cercana laguna. Fueron los gritos de su padre, el rey, que encabezaba nunca pudo probar su teoría. Se vistió rápidamente y comenzó a bajar las
la búsqueda de su hija que no apareció tras la campanada de la cena, y escaleras. Aún no había llegado a la mitad cuando percibió que algo ocu-
que tampoco apareció cuando la buscaron por todo el palacio. El rey rría en el palacio. Algo muy importante. Escuchó a uno de los sirvientes
llamó a sus guardias y a los aldeanos, que dejaron sus puestos y las ce- susurrar: «Creo que se ha vuelto loco»; «su cabeza se ha vuelto tan grande
nas calientes, para buscar el tesoro más valioso del rey: su hija. como su barriga», respondió otro. Todos iban como locos de un lado a
Despertó sobresaltada, sorprendida de ver cómo, repentinamente, el otro, hablando en voz alta, algunos gritando. La princesa irrumpió en
día se había convertido en noche. A pesar de sus feroces bramidos, ella el comedor y encontró a su padre en la mesa. Ella sabía que estaría allí
sabía que su padre era bueno y compasivo. De inmediato, se puso en pie porque era su lugar favorito en todo el reino. «¿Qué sucede, padre?», le
y corrió hacia él disculpándose. Le abrazó y besó en la frente, aseguran- preguntó con rostro preocupado. «Por favor, padre, dime qué ocurre».
do que nunca más se alejaría tanto. El rostro del rey paso de terrorífico El rey levantó la mirada de su plato, rebosante de comida, y dedi-
a aliviado en cuestión de segundos. Delicadamente, tomó la mano de có una cálida sonrisa a su hija. «¡Querida!», exclamó. «Tengo un plan;
su hija y dijo: «Volvamos a casa a cenar. Mañana hablaremos de esto». un maravilloso e ingenioso plan». «Yo sé cuánto te gusta ir a la laguna
La cena era suntuosa, como lo era todo en palacio; había tanta comi- Esmeralda y tú sabes lo que yo adoro tenerte aquí, conmigo. Así que
da que hasta se podría alimentar a todo el pueblo. Pero el rey ni siquiera he decidido trasladar la laguna al palacio». La princesa, atónita, cayó
pensaba en compartir sus deliciosos manjares con nadie, excepto sus sobre una silla. Quizá su padre se había vuelto loco. ¿Cómo se podía
amados hijos, claro está. El príncipe, que ya estaba sentado a la mesa llevar una laguna dentro de un palacio?

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La voz del agua 31

Pero el rey, más que loco, era un hombre poderoso y, con ayuda de sus
sirvientes, de sus amigos y sus criados, los amigos de sus amigos y sus
criados, etcétera, etcétera, el agua de la laguna fue llevada, cubo a cubo,
y vertida en un gran hoyo que el rey había mandado cavar dentro de los
muros del palacio. La princesa nada dijo en ese tiempo. No podía contra-
decir a su padre. ¡Él era el rey! Allí se sentó, día tras día, viendo cómo el
estanque en el patio se iba llenando, poco a poco, con el agua de la laguna.
Una noche, a la hora de la cena, el rey anunció: «¡La laguna ha sido
trasladada por fin dentro de los muros del palacio! Mañana, todos nos
bañaremos en ella antes de la comida». El príncipe se estremeció en
su silla. «Padre, no me gusta la laguna; su fondo fangoso, sus ruidosos
patos y, especialmente, sus abejas», protestó. El rey rió con ganas y dijo:
«Estarás seguro en esta laguna, hijo mío. Será diferente aquí, en pala-
cio». Y exactamente así fue, diferente. Sí, claro, el agua de la laguna era
la misma, pero no tenía su magia. Incluso la doncella percibió cómo los
ojos de la princesa se habían vuelto más oscuros y apagados, como el
agua de la nueva laguna.
La princesa visitaba la laguna a diario, sabiendo que eso hacía feliz
a su padre. Chapoteaba y sonreía dócilmente, ante sus amorosos ojos.
Pero el agua ya no acariciaba suavemente sus pies. Ahora, le parecía
fría y áspera. Ya no había lodo que escarbar con los pies, que quedaban
arañados por las rugosas piedras del fondo. No había patos con los que
chapotear, ni renacuajos a los que perseguir, ni ciervos a los que admi-
rar en silencio. El rey era consciente de la infelicidad de su hija y cada
día intentaba algo para hacer aquel lugar más especial. Mandó cortar
árboles del bosque para plantarlos a la orilla de la laguna. Mandó cap-
turar la familia de patos con una red y liberó a las asustadas criaturas
en la laguna artificial. Enseguida se dieron cuenta de que el lugar no
tenía la misma magia, y nadaban silenciosamente, sin hacer ningún
ruido y dejando atrás los alegres chapoteos de antaño.

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32 Laura León Vázquez

El rey se exasperaba con la melancolía que iba creciendo entre los


muros del palacio y decidió que la laguna se hiciera aún mayor, así que
envió a sus criados a traer más agua. Estaba decidido a hacer cualquier
cosa para recrear la magia de la laguna Esmeralda para su adorada hija.
Los sirvientes transportaron, uno a uno, los pesados cubos de agua.
El rey supervisaba todo por sí mismo. Observó atentamente al último
de los sirvientes, que traspasó las puertas con manos temblorosas. Sus
manos no temblaban por el cansancio que sentían, sino por el miedo. Él
debía ser el que dijera al rey que no había más agua en la laguna.
«¿Cómo?», gritó el rey. «¡Imposible! ¿Dónde ha ido todo el agua?». Los
sirvientes dirigieron sus ojos por encima de los hombros del rey, hacia
donde, silenciosamente, estaba sentada la princesa, al borde del oscuro y
gigantesco estanque. Había escuchado las noticias y escondido su rostro,
sintiendo caer las lágrimas de sus grandes y oscuros ojos. Había pensado,
ingenuamente, que la magia de la laguna impediría que se secara.
En ese momento, el consejero del rey entró corriendo en el patio y
dijo: «¡Majestad, tenemos un grave problema en el reino! ¡No hay agua!
El arroyo que fluye hasta el pueblo desde la laguna se ha secado. Las
gentes no pueden lavar sus ropas ni asearse. Ni tienen comida porque
los cultivos se han secado y además están muriendo de sed».
«¡Imposible!», gritó el rey. «¡Imposible!», grito nuevamente, aún con
menos convicción. Al escuchar esto, la princesa se levantó y se dirigió a
su padre. Le miró fijamente a sus desconcertados ojos y dijo: «Oh, padre
¿qué has hecho?». Se volvió hacia la puerta de la torre que el consejero
del rey, en su prisa, había dejado abierta, y la atravesó corriendo. Corrió
y corrió hasta llegar al borde donde antes brillaba la laguna; donde la
magia se alzaba del agua esmeralda. Todo lo que encontró fue un agu-
jero lleno de barro. Un fétido olor era lo que quedaba de la belleza que
antaño florecía. Miró alrededor, buscando en el bosque un rostro amigo
en el que encontrar consuelo. Quizá una ardilla, haciendo acrobacias
34 Laura León Vázquez La voz del agua 35

entre las ramas, una mariposa aleteando entre la hierba, o quizá un El rey las sintió caer sobre su cabeza. Entonces, cayeron más y más, has-
inmóvil lagarto, tomando el sol sobre una roca. ta que la lluvia pareció una cascada de agua cayendo desde la cima de
Para sorpresa de la princesa, no pudo ver a ninguno de esos ani- una montaña. El rey dijo: «Debemos volver ya al palacio». Alzó el rostro
males. De hecho, no pudo ver ningún animal. Miró el suelo, bajo sus de la princesa, que miraba amargamente hacia el suelo. Miró a sus ojos,
pies, y descubrió que la hierba que antes crecía verde ahora estaba seca que ahora tenían el reflejo mágico que antes tenían las aguas de la lagu-
y marrón. Las flores silvestres que una vez crecieron altas se habían na, y dijo: «No te preocupes. Tengo un plan. Un maravilloso e ingenioso
convertido en pequeñas bolas marchitas. Y eso era exactamente lo que plan». Suavemente, tomó la mano de la princesa y la condujo a palacio.
la princesa quería hacer en esos momentos. Lentamente, se dejó caer y A la mañana siguiente, la princesa despertó muy tarde. Estaba ex-
se acurrucó en un ovillo mientras rompía a llorar. Entonces, escuchó hausta después de todo ocurrido el día anterior. Miró a través de la
pasos que se acercaban, haciendo crujir la hierba seca. Levantó la mira- ventana y vio brillar el sol. Se sintió feliz y esperanzada, aunque tam-
da, deseando encontrar los grandes ojos de un majestuoso ciervo pero, bién algo nerviosa. Se preguntaba cuál sería el plan del rey. Bajó caute-
en su lugar, vio los afligidos ojos de su padre, el rey. El la rodeó con su losamente las escaleras de la gran entrada y, de repente, se dio cuenta
brazo y vio la desgracia que se alzaba a su alrededor. La destrucción de que algo grande estaba sucediendo. Los sirvientes corrían de un lado
que había creado. Pensó en la suciedad, el hambre y la sed de su pueblo a otro haciendo planes. Algunos reían, otros cantaban. Incluso vio que
e inclinó la cabeza, arrepentido. Con voz queda, se preguntó: «¿Qué he algunos de ellos ¡bailaban! Entró en el comedor, ansiosa de escuchar el
hecho?». Se volvió hacia la princesa y preguntó: «¿Qué puedo hacer para plan de su padre, pero no estaba allí. Corrió a buscar a su doncella y la
hacerte feliz de nuevo?». La princesa miró a su padre y dijo: «Padre, tie- apremió para que le contara qué pasaba. «Puedo hacer algo mejor que
nes un alma amable y gentil. Eres poderoso y sabio. Pero eres avaricioso. eso», le dijo. «Puedo enseñártelo». Entonces, el príncipe apareció en la
Necesitas aprender a compartir.» El rey puso su otro brazo alrededor de puerta, cubierto de la cabeza a los pies por una red para mosquitos. La
su hija y dijo: «¡Pero, si yo comparto todo contigo, querida mía!». doncella cogió a ambos por el brazo y salieron rápidamente del palacio.
La princesa movió lentamente su cabeza y dijo: «Yo sé que, dentro de La princesa no sabía decir si era porque acababa de despertar, pero le
esos muros, yo soy tu posesión más valiosa. Pero más allá de las mura- parecía que la doncella caminaba más rápido esa mañana que nunca
llas, es el agua nuestro más valioso tesoro; ¡un tesoro que debe ser com- antes, y tenía problemas para seguir su ritmo. La doncella se dirigió
partido con todos!». La princesa apretó sus rodillas contra su pecho y hacia la laguna y, con un gesto teatral, «Ta-chan», extendió sus brazos
comenzó a llorar amargamente, como nunca había llorado antes. Lloró en dirección a la sorpresa que les esperaba.
y lloró, y el rey se sentó a su lado, y vio las lágrimas caer sobre sus rodi- La princesa no daba crédito, era la cosa más increíble que había visto
llas, y rodar hasta sus pies. Cada lágrima cayó en un profundo abismo nunca. El agua de color verde esmeralda había alcanzado el borde de la
de barro, que una vez se conoció en el reino como la laguna Encantada. laguna mientras ella dormía la noche anterior. Vio la familia de patos
Y entonces, ocurrió algo increíble. Fue como si el cielo, allá arriba, nadando en fila, sacudiendo la cola de atrás hacia adelante mientras cha-
comenzara a llorar con la princesa. Al principio solo fueron unas gotas. poteaban. Escuchó un coro de ranas croando alegremente, las mismas

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36 Laura León Vázquez

que antes eran renacuajos agitándose en el agua. Sintió las alas de una Ranedo
mariposa acariciando su mejilla y escuchó el suave zumbido de los abe-
jorros. ¡La magia de la laguna había regresado! Pero esa mañana había Patricia Reguero Ríos
algo aún más especial en ese sitio tan especial para ella.
El rey había invitado a todo el pueblo a que fuera al bosque para
celebrar una fiesta a la orilla de la laguna Esmeralda. Había filas y filas
de mesas con los más elaborados surtidos de frutas y verduras, carnes
y aves suculentas, pescados y, naturalmente, pasteles y dulces. ¡Había
comida suficiente ese día como para alimentar a dos reinos!
Todos se volvieron hacia la princesa y, agradecidos, se inclinaron ante
ella. Un grupo de niños corrió alborozadamente hacia ella. El más alto
de ellos alzó a la más pequeña sobre sus hombros. La chiquilla colocó
tiernamente sobre la cabeza de la princesa una corona hecha de largos
tallos de verde hierba, salpicada de flores silvestres. Entonces, se inclinó I
hacia el oído de la princesa y susurró: «De ahora en adelante, serás co-
nocida como la Princesa de la laguna Encantada». Me llamo Adriana. Mis amigas me llaman Adri. Tengo apellidos de
agua: Arroyo del Río. Un día Gisbert, que se sienta en la última fila, me
dijo: «Te vas a ahogar». Tiene gracia.
Me llamo Adriana, mis amigas me llaman Adri y, en verano, voy a
Ranedo. Me gusta ir allí, que es donde está la casa de mis abuelos. Mis
abuelos se llaman Fermino y Barcelina, pero yo los llamo abuelo y abue-
la. Al pueblo se llega por una carretera estrecha, recta y con dos cuestas.
Enfrente de la casa de mis abuelos hay una pequeña rampa llena de
margaritas y luego un reguero. Desde la puerta se ve el molino. Me gus-
ta sentarme en la puerta y mirar el molino.
Todos los años, mi padre, mi madre, mi hermano y yo pasamos el
mes de agosto de Ranedo. También mi prima, mi primo, sus padres, y
otra tía, y dos tíos más, y mis amigas del pueblo, que ya os diré cómo
se llaman. Mi madre me obliga a hacer deberes de lunes a viernes, a pe-
sar de estar de vacaciones. Se llama Emelia y es profesora. Mi padre se

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38 Laura León Vázquez

llama Pepo y es profesor. Creo que por eso me obligan a hacer deberes,
porque no pueden olvidarse del trabajo.
Así que después de desayunar hago deberes y así tengo el resto del día
para estar por ahí. Acabo de cumplir diez años y tengo una bici nueva.
Duermo en una habitación con un techo de madera. Por la noche hay
mucho silencio, hasta que empiezan a cantar las ranas del reguero.
Croac, croac, croac, croac. Llevo una semana en Ranedo.

II

Mi prima y yo nos hemos levantado hoy bastante temprano, casi tanto


como mi abuelo, que se levanta a las siete. Hemos desayunado por nues-
tra cuenta y luego hemos ido a jugar a la panera. La panera es la parte de
la casa que queda debajo del tejado y en la que se guardan muchas cosas.
Hay libros con bocados de ratón. Hay ropa en un baúl y más ropa en un
arcón. Hay lámparas llenas de polvo, colchones apilados, una mesita de
noche, una mesa redonda, una máquina de coser, un montón de maletas.
A las once, estamos listas para irnos con la bici. Nos vienen a buscar
nuestras amigas. Se llaman Jana, Paola y Vanessa. Mi prima se llama
Ximena. Tenemos una mochila de rayas en la que hemos metido dos
toallas, dos bocadillos y una botella vacía. Nos vamos al río.
El camino está lleno de piedras, pero mi bici nueva es de montaña. El
río no está lejos. Cuando llegamos, buscamos una sombra, extendemos las
toallas y nos metemos al agua. Yo sé nadar. La botella que traemos en la
mochila está vacía porque cerca del río hay una fuente. Es una fuente es-
pecial: el agua sale de la tierra. Tiene un fondo de arena blanca de la que se
pueden ver burbujas de aire, como en chorritos, que levantan una pequeña
polvareda acuática. El agua está muy fría, incluso en este día de calor.
Llenamos las botellas. Glup, glup, glup, glup.
42 Laura León Vázquez La voz del agua 43

III trás. En el maletero llevamos la silla de mi tío y una bolsa con comida:
croquetas, tortilla de patatas, jamón, queso.
Me gusta el río, pero hay una cosa que me gusta mucho más: la laguna. Aunque no está lejos, hay que conducir despacio y tardamos un rato
Por cierto, el río se llama Deraduey. La laguna se llama Negrasnoches. en llegar.
Me gusta la laguna. A Ximena, Jana, Paola y Vanessa también les La laguna Negrasnoches es diferente cada año. Dice mi tío que de-
gusta. Pero ir a la laguna es un poco más complicado que ir al río. No pende de la cantidad de lluvia que haya caído. Así que no sabemos si
podemos solas ir por las siguientes razones: 1) Está muy lejos para ir vamos a encontrar un pequeño charco o una enorme superficie de agua.
en bici, o eso dicen nuestros padres. 2) Podríamos perdernos. 3) Hay La verdad, a mí no me importa si la laguna será esta vez grande o
animales por el camino, por ejemplo, perros que cuidan los corrales y, pequeña. Sea como sea, sé que habrá ranas de San Antonio.
podrían mordernos. 4) No nos dejan. Cuando llegamos, el coche está lleno de polvo y Ernesto dice que
Así que nos gusta la laguna, pero para ir tenemos que convencer a tendremos que lavarlo al día siguiente. Bajamos del coche y, entre las
alguien. Lo bueno es que siempre encontramos a alguien: se llama Er- cinco, conseguimos sacar la silla de ruedas del maletero. Se la dejamos
nesto y es mi tío. a Ernesto junto a su asiento para poder salir corriendo a coger ranas.
Mi tío Ernesto va en silla de ruedas. Tiene un coche bastante grande Las ranas de San Antonio son de color verde brillante y en algunas
en el que cabemos todas. Ximena y yo le hemos convencido para que zonas parecen tener un poco de amarillo. Tienen los ojos negros y tres
nos lleve a la laguna. Mi madre y mi tía, la madre de Ximena, dicen dedos en cada pata. Son muy, muy, muy pequeñas, y también muy tor-
que no podemos ir solas con él, porque alguien tiene que sacar la silla de pes. La orilla de la laguna está llena de ellas, y fácilmente podemos co-
ruedas del coche. Pero mi tío al final las ha convencido de que sí pode- gerlas, hacerlas posarse en la palma nuestra mano y sentir sus patas
mos. Y es verdad. Al fin y al cabo, ya tenemos diez años. pegajosas hasta que, de un salto, desaparecen entre la hierba.
Así que un día Ernesto nos va a llevar la laguna. Pero hoy hemos Las ranas de San Antonio no hacen croac, croac, croac, croac.
estado en el río y nos tenemos que duchar. Ximena me enchufa con la
manguera en el patio.
Fssss, fssss, fssss, fssss. El lodo va desapareciendo de mi bañador. V

A finales de agosto hay fiestas en Ranedo. Yo sé que empiezan las fiestas


IV porque un escenario ocupa toda la plaza y porque hay campeonato de
frontón. Esos días, en lugar de ir al río, a la laguna o al soto, Ximena,
Para llegar a la laguna Negrasnoches no hay carretera. Hay caminos Jana, Paola, Vanessa y yo preferimos estar en la plaza.
llenos de piedras. Hay robles, urces y charcos. Mi tío Ernesto conduce. También hay una cosa que solo hacemos esos días: una guerra de
Yo voy en el asiento de delante. Ximena, Jana, Paola y Vanessa van de- agua. Ximena prefiere la pistola de agua. Yo, los globos. También te-

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44 Laura León Vázquez

nemos cubos. El último día de fiesta, mis amigas y yo nos ponemos


el bañador. La gente más mayor se persigue por el pueblo para acabar
tirando al reguero a quien pillen por ahí.
Nosotras hacemos nuestra guerra. Flis, flis, flis, flis.

VI

Sé que se acaba el verano porque estoy llegando al final de mi cuaderni-


llo de deberes. La verdad, no sé por qué me obligan a estudiar en vera-
no. Le he pedido a mi madre que me deje no hacer hoy los deberes del
cuadernillo. A cambio, dice, tengo que ir a por agua al caño.
El caño es una fuente que está cerca de casa. Está hecha de ladrillos y
tiene un tubo metálico. El agua sale a borbotones y nunca se acaba. La
verdad, esto es algo que no entiendo. Dice mi tío Ernesto que el agua
está debajo del suelo. Que en la tierra hay depósitos de agua, y que se
recargan siempre que llueve, porque la lluvia que cae a la tierra puede
atravesarla y queda acumulada debajo.
Eso es lo que pienso mientras se llena el botijo. Mi prima Ximena
sabe beber agua del botijo. Lo levanta, abre bien la boca y traga muy
rápido. Yo no sé. Se sabe que el botijo está lleno porque de la boca más
estrecha, la parte por la que se bebe, sale un chorrito. Fiiii, fiiii, fiiii, fiiii.

VII

Me llamo Adriana. Mis amigas me llaman Adri. Mis amigas de Ranedo


se llaman Ximena, Jana, Paola y Vanessa. Ximena, además de mi amiga,
es mi prima y vive en Palencia. Las demás viven en Valladolid, Vigo y
León. Yo vivo en Madrid.
La voz del agua 47

El maletero del coche está lleno. Mi bici está de pie en la baca.


Mi hermano anda por ahí y le estamos esperando para marcharnos. Mi
prima está dentro de otro coche: ella y su hermano —mi primo—, y sus
padres —mis tíos—, me dicen adiós. Adiós Ximena, adiós Rigo, adiós
tía Angustias, adiós tío Afrodito.
Mis otros tíos me dicen también adiós, desde un coche en el que van
con mis abuelos. Adiós Ernesto, adiós Nici, adiós abuelo, adiós abuela.
Mi hermano Hernando acaba de llegar y se sube en el coche. Mi pa-
dre Pepo le regaña. Mi madre Emelia arranca.
Yo miro el reguero de las ranas croac, croac, croac, croac, mientras
el coche se pone en marcha, me despido de la fuente glup, glup, glup,
glup, pienso en el lodo escurriendo bajo el chorro de la manguera fssss,
fssss, fssss, fssss, me acuerdo de nuestra guerra de agua flis, flis, flis, flis.
—¡¡¡Mamamamamamá!!! ¡Para!
Y mi madre frena, y bajo, y bebo agua del caño fiiii. Fiiii, fiiii, fiiii,
antes de despedirme de Ranedo hasta el año que viene.

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El manantial
de Kanira
Mar Sancho

Kanira era pequeña aunque ella, desde que tenía tres años y nació su
hermana Kamali, creía que era ya mayor. Vivía en un pueblo al que
nadie había puesto nombre, con solo dos hileras de casas a sendos lados
de la carretera que llevaba hasta Jaipur. El pueblo de Kanira no tenía
agua corriente y en las casas no había grifos ni duchas. Por eso, Kanira
solo se bañaba una vez a la semana y su bañera era tan pequeña que
tenía que sentarse en su interior blanco y fresquito con las rodillas muy
dobladas, casi tocándole los hombros. Entonces su mamá le vertía un
poco de agua sobre el pelo que resbalaba después como una cascada
por todo su cuerpo, haciéndole cosquillas. Le encantaba jugar con el
jabón, que se había ido desgastando hasta tomar forma de pez, y nadaba
ágil por los brazos y por la espalda de Kanira llenándolos de espuma.
Cuando ya estaba bien enjabonada, su madre derramaba un cuenco de
agua sobre ella y quedaba tan limpia y con la piel tan brillante que pa-
recía una niña distinta. También una vez a la semana llegaba al pueblo

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52 Mar Sancho

de Kanira el camión cisterna. Era un momento alegre, todos salían de


sus casas cargando botellas, cubos, vasijas, barreños y otros recipientes
para rellenar con el agua que el camión, por una manguera verde, deja-
ba salir generosamente. Los niños llevaban también los cuencos donde
recoger el agua para bañarse, y correteaban en torno al camión cisterna
como si fueran ruidosos pájaros de colores hasta que les llegaba su tur-
no. A veces, cuando el hombre del camión cisterna se distraía conver-
sando sobre cosas sin importancia con los hombres del lugar, los niños
aprovechaban para colocarse bajo la manguera, beber con la boca muy
abierta y mojarse el cabello y hasta la ropa, y seguir corriendo como si
nada hubiese sucedido. A Kanira le gustaba aquel día del agua, y todos
los demás días de la semana, los días secos, le parecían tan tristes como
las noches sin luna. El pueblo de Kanira no tenía colegio y, cuando le
llegó al fin el momento de aprender, tenía que caminar cada día hasta el
pueblo más cercano para asistir a clase. Solía recorrer junto a los otros
niños aquel camino que también frecuentaban los elefantes y los came-
llos de carga, pero una tarde, a la mitad del trayecto de vuelta, decidió
detenerse junto a una piedra grande de color amarillo y regresar sola
más tarde. Se adentró sin pensarlo apenas entre la vegetación, buscó un
palo y, en un claro entre los arbustos, trató de escribir sobre la tierra
reseca su nombre como la maestra le había enseñado. Lo escribió una y
otra vez, y había conseguido hacerlo con gran esmero, cuando se quedó
sorprendida al ver que la letra K se oscurecía y que, sobre el surco, aso-
maba un leve hilo de agua. Escarbó con el palo primero y con las manos
después con la curiosidad por descubrir de dónde había salido aquella
agua prodigiosa. Pronto se formó un charco pequeño que fue creciendo
alegremente hasta que Kanira pudo sumergir en él los pies. Chapoteó
después sobre el agua como si fuese un tambor y las gotas limpias salta-
ron al aire en una danza mágica y brillante. Cuando se hubo empapado
por completo, emprendió el camino de regreso a casa alborozada por
El manantial de Kanira 55

el hallazgo. Había encontrado un manantial, lo había encontrado ella, y


los niños del pueblo podrían remojarse a su antojo siempre que quisie-
ran y los mayores podrían colocar un caño que condujera parte de aquel
agua hasta una fuente que lo hiciera brotar justo a la puerta de la casa de
Kanira. Su vida ya no volvería a ser reseca ni abrasadora. Kanira corrió
y corrió llevando en su boca la noticia, la proclamó a gritos al pasar jun-
to a cada casa pero nadie salió para escucharla. Todos estaban reunidos
al final del pueblo, escuchando con gran atención a un funcionario del
gobierno que, ataviado con un traje marrón claro que se confundía con
el color de la tierra, anunciaba la próxima instalación de agua corriente
en el lugar. Kanira buscó a su hermana Kamali y a los demás niños y les
susurró, como si de un secreto se tratase, que había descubierto un ma-
nantial que sería solo para ellos. Niños y mayores aplaudieron entonces,
felices por las novedades, y ese día y los días venideros fueron distintos
en aquel pueblo al que nadie había puesto nombre y, hasta ahora, nadie
se lo ha puesto aún.

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EDITA
Fundación Canal

COORDINACIÓN
Fundación Canal
This Side Up

ILUSTRACIONES
Teresa Herrero

DISEÑO
Bruno Lara

IMPRESIÓN
Crutomen

© de la edición: Fundación Canal, 2012


© de los textos: sus autores
© de las imágenes: Teresa Herrero

D.L: M-37375-2012
ISBN: 978-84-938691-5-1

Fundación Canal
Mateo Inurria, 2
28036 Madrid
Tel: +34 91 545 15 06

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