Apuntes de Escatología
Apuntes de Escatología
CURSO DE ESCATOLOGÍA
NATURALEZA DE LA ESCATOLOGÍA
a) Sobre su contenido
b) Sobre el nombre
• Nombre clásico: De novissimis (Si 7, 40 Vg; Mt 12, 45 Vg). Usado también: De Deo
consummatore (Hb 12, 2).
• Término «Escatología»: Aparece por primera vez con el teólogo luterano Abraham Calov
(+1686): Escathologia sacra (tratando muerte, resurrección, juicio y consumación del mundo).
Lo usa K.G. Bretschneider en obra de 1805. Pasa al mundo católico en 1807 por obra de F.
Oberthür. Se extiende su uso en contexto alemán; de modo más tardío en ámbito francés.
• Sentido: tratado de las realidades últimas (ta . e ;scata) o de lo último (to.n e ;scaton).
Escatología bíblica
• Visión general: Relación estrecha entre ideas escatológicas y la historia salvífica dispuesta
por Dios. Estructura básica de la fe: promesa y cumplimiento, en pacto de alianza. Así, Israel
es el pueblo de la promesa. Dios conduce a su pueblo a la
consumación que él ha planeado, y que al hombre le resulta desconocida.
• Los Padres y la Promesa: el contenido de la promesa se realiza en una descendencia
numerosa y una tierra prometida que mana leche y miel (cf. Gn 12, 1-8; Ex 3, 8).
• Monarquía: el contenido de la esperanza se especifica con la conciencia de que el
portador de la salvación será de la descendencia davídica (inicio de mesianismo) (cf. 2 Sam
7).
• El destierro babilónico y la crisis de la Promesa: con la predicación de los profetas se opera
un cambio en la esperanza escatológica, que se centra ahora en el «día de Yahveh» que
pasa de ser un acontecimiento de cólera (Am 5, 18-20) a un día de restablecimiento (Am 9,
11-12; Is 13, 6-9), de juicio y salvación (Mal 3, 19-21), en el que paulatinamente se abre una
perspectiva cada vez más universal y cósmica (Is 2, 2-4). Para el Deuteroisaías, se trata de
una esperanza centrada en la renovación total de la humanidad y del mundo operada por
Dios (Is 40, 10; 45, 20-25).
• Sapienciales: Bajo la influencia helenista se pasa la atención al individuo, y se abre la
esperanza a la muerte individual superada por Dios (Sab 2, 23; 3, 1-4; Sal 49, 16; 73, 23-26).
• Apocalíptica: Esperanza en el establecimiento definitivo de la soberanía de Dios con la
aniquilación de reinos contrarios. Aparece la figura del Hijo del hombre (Dn 7). Se pasa de la
esperanza en un restablecimiento inmediato e inmanente a una liberación definitiva
estrictamente trascendente, a la que se une la visión de una salvación universal y cósmica.
En este contexto aparece la fe en la resurrección de los muertos (Dn 12, 2; 2 Mac 7, 9-14.23-
26).
1) La revelación de la Parusía
Vocabulario. La fórmula más frecuente en el NT es «el día del Señor», de fuerte eco
veterotestamentario. Se habla también de la «venida del Hijo del hombre». Se suele favorecer
como palabra técnica «parusía», término bíblico de origen helénico, que indicaba la visita
festiva de un soberano (con carácter cultual) o un funcionario de alto nivel. Aplicado a Cristo
el término en los Sinópticos aparece sólo en Mt 24, [Link] y en los escritos joánicos en 1 Jn
2, 28; en cambio, los escritos paulinos lo usan profusamente. En las cartas pastorales es
sustituido por la expresión «epifanía».
Contenido central de esta noción es la venida al final de los tiempos de Cristo como
juez definitivo de la humanidad y de la historia. (Cf. en general: Mt 24, [Link]; 1 Tes 2, 19;
4, 13-18; 3, 13; 5, 23; 2 Tes 2, 1.8; 1 Co 15, 23-28; 2 Pe 3, 4.12). Se trata del evento que
desencadena todo el proceso de consumación.
La fórmula «día del Señor» (cf. 1 Tes 5, 2; 2 Tes 2, 2; 1 Co 5, 5...) es una trasposición
cristológica del «día de Yahveh» (Lc 17, 24; Jn 8, 56) que hace patente la continuidad
intertestamentaria así como la novedad cristológica. Elemento central de este acento es la
idea del juicio escatológico (cf. 1 Co 1, 8; 3, 13; 5, 5; Flp 1, 10; 2, 16; 2 Tim 1, 18...). Se emparenta
obviamente con la noción de consumación de la obra salvífica ya presente (Flp 1, 6; 2 Tim 4,
8) y con su manifestación triunfal (Lc 17, 24) que ha de ser esperada con expectación gozosa
(2 Co 1, 14; Rm 13, 12; Hb 10, 25).
La expresión sinóptica «venida del Hijo del hombre» rescata también un tema
veterotestamentario (Dn 7) evocando igualmente el juicio y subrayando su carácter glorioso
y poderoso. Este testimonio nos permite garantizar la antigüedad del tema, contra quienes
afirman que es invención paulina. Destacan las afirmaciones de los discursos escatológicos
de los Sinópticos (Mt 24, 1-25.46; Mc 13, 1-37; Lc 21, 5-36). Mc utiliza los recursos estilísticos
veterotestamentarios (apocalíptica) para la descripción de teofanías (cf. Dt 30, 4; Is 13, 10;
34, 4; Zc 2, 10; Dn 7, 13). Mt destaca la función judicial del Hijo del hombre. Lc lo entiende
como el día de la redención completa y la irrupción definitiva del reinado de Dios.
Mayor importancia adquiere el término «parusía» en las cartas paulinas, en conexión
con la cristología del Kyrios y la expectativa de un regreso inminente que genera esperanza
por su día (1 Tes 1, 3; 2, 19; 3, 13; 4, 15-17; 5, 23; 2 Tes 1, 7-8; 2, 2), matizado posteriormente por
el término epifanía (de origen análogo a parusía y vinculado siempre a él, cf. 2 Tes 2, 8), que
oscila entre la humilde venida del Señor en la carne y su ulterior manifestación gloriosa (cf. 1
Tim 6, 14; 2 Tim 1, 10; 4, 1.8; Tt 2, 11.13).
La escatología presentista de Jn se matiza en su capítulo conclusivo (Jn 21, 22; cf. 1 Jn
2, 28) y en otros pasajes hablando del «último día» (Jn 6, [Link]; 11, 24; 12, 48). En Ap el
término no aparece, pero el tema enmarca el libro como inclusión (1, 1.3; 22, 20),
describiendo la venida de Cristo con imágenes y motivos apocalípticos (14, 14s; 19, 11s).
Notables serán los ecos de esta fe en la expresión aramea marana tha (1 Co 6, 22; Ap
22, 20), que muy probablemente en contexto eucarístico rescataba el aspecto festivo de la
esperada venida del Señor, vinculado con su presencia misteriosa en la celebración de la
comunidad.
3) Reflexiones sistemáticas
La lectura e interpretación de los textos bíblicos así como del testimonio de la Tradición
nos obligan a reconocer la verdad de la segunda venida del Señor como un sólido elemento
de la fe. La realidad de dicha venida ha de ser afirmada como verdad de fe, aunque su
momento permanezca oculto.
Elementos constitutivos de esta verdad de fe parecen ser los siguientes:
• La existencia de un telos de la Creación, de la humanidad y de la historia.
• El triunfo de Cristo sobre los poderes adversos, así como la valoración desde Cristo de
la humanidad.
• El carácter salvífico de dicho evento. (Objeto de esperanza).
• La obligación de orientar la existencia cristiana en vida y oración en la línea de dicha
consumación. (Motor de caridad).
En su origen, la fe en la Parusía incluye como elemento constitutivo la realidad del «juicio».
Se ha dado una pérdida del sentido glorioso de la Parusía en cuanto la predicación con
frecuencia ha puesto el acento sobre la realidad del juicio entendido no sólo como
discriminación de la historia bajo la ley de Cristo, sino como castigo y amenaza. En realidad,
la concepción de Cristo como juez definitivo debe entenderse en la perspectiva de su
condición como único salvador. (Sobre el juicio particular hablaremos en un apartado
propio).
El «retraso de la Parusía». Un tema que se ha desarrollado ampliamente en los tiempos
recientes ha sido una lectura de las primeras comunidades marcadas por una ansiosa espera
de la Parusía que se fue durmiendo ante su retraso. Es cierto que Cristo predicó la inminencia
de su venida, y así lo entendió la comunidad. Pero también predicó la ignorancia sobre el
momento. Más allá de los problemas cristológicos (la ciencia de Jesús) y de historia de las
primeras comunidades, el recurso literario profético nos da un indicador respecto al sentido
de dichas expresiones: la realidad de su venida y la urgencia a una vigilancia continua.
La tradición teológica ha presentado con frecuencia una reflexión sobre los signos que
anuncian la inminencia de la Parusía: la predicación del Evangelio en todo el mundo, la
conversión del pueblo elegido, la gran apostasía (el Anticristo) y el estado caótico del mundo.
Fundamento de esta reflexión es la misma predicación de Cristo testimoniada por los
Evangelios. El cumplimiento de las profecías de Cristo, sin embargo, puede ser reconocido no
sólo en referencia al momento último de la historia, sino a una cualificación que acompaña
a la Iglesia a lo largo de todo su peregrinar histórico. Igualmente, han de valorarse desde la
predicación de Jesús sobre la ignorancia del momento de la consumación.
Implica tres elementos: la manifestación del Señor en la gloria; los cielos nuevos y la tierra
nueva y la instauración del Reino de Cristo.
Para entender esto que profesamos en el credo hemos de tener en claro la naturaleza del
Hijo de Dios: divina. La kénosis manifiesta la humanidad de Cristo y, pocas veces deja ver la
divinidad: la transfiguración, en la que él manifiesta Su gloria. En la segunda venida, no solo
manifestará la divinidad en algunos momentos, sino que será constante.
Cristo en la segunda venida hará un cielo nuevo y una tierra nueva, llevando toda la
historia a su plenitud. Pero esto no será por una maduración hecha por la historia misma, sino
por la intervención del Cristo glorioso. Mt 19,28 habla de la nueva creación. La creación será
renovada. Hch 3,21 habla de restauración; 2Ped 3,13…
c) La instauración del Reino de Dios
Revelación bíblica
Hitos en la Tradición
En conexión con la visión helénica del hombre y su doctrina del alma, y frente a las
tendencias hostiles al cuerpo (docetismo, gnosticismo y maniqueísmo; en el medievo
valdenses y cátaros), la tradición eclesiástica ha afirmado la verdadera resurrección corporal
de los muertos, desde modelos rudimentarios (apologistas) hasta otros más desarrollados. Se
afirma de distintos modos tanto el hecho como el modo de la resurrección. Se insistirá en la
capacidad de la carne de ser salvada a partir del modelo de Cristo encarnado y resucitado.
Ireneo: la carne no hubiera sido asumida si no pudiera ser redimida. Tertuliano: la carne es
elemento angular y capital de salvación.
En la liturgia destaca la conmemoración de los difuntos en la Eucaristía, elemento
presente siempre como una de las constantes más notables en la tradición eclesial.
Uno de los problemas que más preocupó a la teología fue la identidad del cuerpo
terrestre con el cuerpo resucitado. Más allá del modo de resolver la cuestión (en el que no
faltaron exageraciones grotescas, o doctrinas espiritualizantes como la de Orígenes), se tiene
el acuerdo en general de dicha identidad. Para Santo Tomás de Aquino, el cuerpo resucitado
se formará de la materia corpórea precedente, sin excluir otros posibles materiales. Se
aceptaba, sin embargo, la identidad del cuerpo a partir de la doctrina del alma espiritual
informante (Durando).
De igual modo se han tratado de identificar las características del cuerpo glorioso a
partir de las narraciones de las apariciones del Resucitado y las descripciones paulinas de 1
Co. Se habló así de la perennidad del cuerpo glorioso, de su fuerza, su ser glorioso y bello, su
espiritualidad, su claridad, su sutilidad.
El Magisterio certifica la creencia en la resurrección en sus distintas confesiones de fe
(NC: resurrección de los muertos; SA: resurrección de la carne; Q: en el retorno de Cristo todos
resucitarán con sus cuerpos [DH 76]; Fides Damasi: en el último día resucitaremos con la carne
con la que ahora vivimos [DH 72]). El XI Concilio de Toledo (675) dice que resucitaremos con
el cuerpo en el que vivimos, existimos y nos movemos (DH 540). León IX: confesión de fe (1053),
resucitaremos con la carne que ahora tenemos (DH 684). Lo mismo afirma contra los cátaros
el IV Concilio de Letrán (DH 801). En todas estas afirmaciones hemos de destacar el sentido
de las afirmaciones, que más que autorizar una visión filosófica sobre el hombre destacan la
identidad del ser humano salvado.
Visión sistemática
EL ESTADO INTERMEDIO
Hablamos de un periodo de tiempo entre la muerte y la gloria. Esta doctrina se llama “doble
fase”: la muerte y la resurrección.
- Stanghe ha negado la escatología intermedia, admite una muerte total, sin
subsistencia del aspecto espiritual, el alma; todo viene aniquilado. Para él la
resurrección es una nueva creación ex nihil en la resurrección.
- Oscar Cullman en “inmortalidad del alma o resurrección de los muertos”, distingue y
contrapone la inmortalidad del alma con la doctrina de la resurrección. Según él la
doctrina de la resurrección de los cuerpos pertenece a la doctrina cristiana; en cambio
la de la inmortalidad del alma proviene de la filosofía helena. Pon en contraste Sócrates
y Cristo. Para Sócrates, la muerte es la gran liberadora, libra el alma de la prisión del
cuerpo; la muerte, es la amiga del alma, es algo positivo. Para Jesús, en cambio, la
muerte es vista como el antagonismo de Dios, es vista como algo que hay que temer.
La muerte de Cristo es total y, asumiendo esta muerte, Él nos da la vida. Otro argumento
para contrastar es la diferencia entre muerte y pecado. Para los cristianos la muerte es
consecuencia del pecado; los griegos parten de una visión negativa del cuerpo, del
cual el alma debe liberarse. Otro argumento: la visión antropológica neotestamentaria
se acerca más a la visión judía, y no tanto a la griega. Según Cullman la carne es el
pecado, y el espíritu es el antagonista de la carne, es una fuerza creadora. El espíritu
lleva a la vida; la carne a la muerte. Cristo muere por Su carne y, después, el espíritu es
la fuerza que lo resucita, toma posesión espiritualizando la carne. Por tanto, el cuerpo
resucitado es un cuerpo espiritualizado. A esto también es llamado el hombre.
Revelación bíblica
La dinámica revelativa de la promesa nos ha mostrado una disposición intrahistórica
que funciona como indicador armonizado y eficaz de una apertura transhistórica. El
concepto veterotestamentario de vida funciona en esa misma dinámica. En sentido estricto,
la vida es la existencia llena de bendiciones divinas, de abundancia y paz. Dueño de la vida
es Dios mismo, y el anhelo profundo del hombre creyente es gozar de la presencia de Dios. A
pesar de ello, existe la certeza de no poder ver a Dios cara a cara, con todo y que algunos
pasajes nos muestran ya el anhelo del corazón humano en esa línea (Ex 33, 18; Sal 16, 11; 73,
23-26). En el período anterior al NT, el judío piadoso reconoce en el Señor mismo su
recompensa (Sab 5, 15) vinculada misteriosamente a una vida eterna (Dn 12, 2; 2 Mac 7,
9.14). La intuición fundamental es que Dios no ha creado la muerte, sino que es Dios de la
vida (Sab 1, 13-14; 11, 24-26).
El NT logra establecer esta intuición sobre la lógica estricta de la promesa. Siendo Cristo
la promesa del Padre cumplida, en su persona se hacen presente los valores del Reino. Las
intuiciones sobre la vida eterna asumen en Cristo un contenido preciso.
Los Sinópticos nos presentan en la predicación de Jesús la constante temática de la
fase futura del Reino. Con una enorme cantidad de imágenes se describe la plenitud de la
realidad escatológica: Reino, paraíso, gloria, cielo, visión de Dios, banquete, etc. Las
bienaventuranzas son presentadas como plenitud de experiencias mundanas de plenitud:
perla fina, red repleta, mies abundante... Todas estas ideas, junto con la idea de plenitud,
evocaban la de gozo y plena realización, a partir de una dinámica ascendente. Especial
relevancia adquieren las figuras del banquete mesiánico (Mt 22, 1-10; 25, 1-10; Lc 12, 35-38;
13, 28-29; 14, 16-24). Dichas imágenes, de boda y banquete, se pueden remontar al
profetismo paleotestamentario, en el que se identifican los instintos básicos de conservación
personal y de la especie, vinculados a una dimensión comunitaria. Otras imágenes del NT
como la de visión, vida eterna y ser con Cristo reflejan más la dimensión personal.
La noción de vida eterna aparece en los Sinópticos vinculado a la fase final del reino
de Dios (Mc 9, 43-48; 10, 17.30; Mt 25, 34.46). Juan profundiza notablemente el concepto: la
vida o vida eterna se posee ya por la fe (Jn 3, 36; 5, 24; 6, 47.53-54; 1 Jn 3, 14; 5, 11.13...) Fuente
de vida es Cristo, que la posee desde siempre (Jn 1, 4; 1 Jn 1, 1), la posee encarnado (Jn 6,
57; 14, 19) o incluso se identifica con él (Jn 11, 25; 14, 6; 1 Jn 5, 10-13) y la da al mundo (Jn 6,
33; 10, 10; 1 Jn 4, 9). Contenido de esa vida es el conocimiento íntimo de Dios y de su enviado
(Jn 17, 3; cf. Jn 10, 14-15; Mt 11, 27; 1 Jn 5, 11; 1 Jn 1, 3; 2, 23-24). En el corpus paulino, el
concepto de vida también aparece, aunque el de vida eterna tiende a limitarse a la
consumación escatológica. La actualidad de la vida se vincula con la acción del Espíritu (Rm
8, 2.10; Ga 2, 20; 5, 25...) como comunión con la vida del Resucitado (Ga 2, 20), que se ha de
manifestar con la Parusía (Col 3, 3-4) de modo que hoy somos herederos en esperanza de la
vida eterna (Tt 3, 7).
El tema de la visión de Dios tiene también su antecedente veterotestamentario. El
deseo de ver a Dios, presente ya en Moisés que pide ver su gloria, se patentiza de modo
particular en los salmos (Sal 24, 6; 4, 7; 11, 7). Como anhelo, continuará en el NT (1Co 13, 12; 1
Jn 3, 2). Identificado con el Reino de Dios, en las bienaventuranzas como consecuencia de
la pureza de corazón (Mt 5, 8). En el contexto semita del recurso a los sentidos y de los rituales
de corte, la visión del rey implica tanto un conocimiento íntimo, personal, no sólo intelectual,
así como la idea de familiaridad y convivencia (considerando que el vulgo normalmente no
tiene acceso al rey; cf. Mt 18, 10: ver continuamente significa gozar de la presencia y gozar
del favor del soberano). o Un primer texto fundamental es 1Co 13, 8-13. A la imperfección de
los carismas de la existencia temporal se contrapone la excelencia de lo definitivo, propio de
la edad adulta; ahí, el conocimiento de Dios no es a través de un espejo, sino cara a cara.
Comparando ver y conocer es importante insistir en que no se trata de un conocimiento
intelectual, sino como la compenetración personal. El aspecto temporal se encuentra
mediatizado por la creación (Rm 1, 19-20), mientras el futuro implica el contacto directo
implica el conocer como Él mismo conoce. La familiaridad personal del conocimiento
definitivo se ve aún más claro si se confronta el texto con 2Co 5, 6-8. o Otro texto fundamental
de la noción es el de 1 Jn 3, 2. En él, ver genera el ser semejantes. Una primera observación
sobre el texto nos lleva a afirmar, visto el carácter indefinido del objeto de la visión, que bien
cabe identificarlo con Cristo, dado que el verbo phano suele vincularse con la Parusía (c. 3,
5). Nótese, por último, que ver como divinización implica la visión como conocimiento
perfecto, que implica a la vez consumación de la propia condición filial. En síntesis, obsérvese
en todo caso la identificación del tema visión con el de comunión de vida.
Los dos términos anteriores, hemos visto, tienen claros indicadores cristológicos. Nuestra
última categoría evidencia de modo directo este elemento. Ser con Cristo. En los sinópticos,
la comunidad con Cristo es un elemento constitutivo de la bienaventuranza. La parábola de
las bodas trata de las nupcias del hijo del Rey (Mt22, 1-14); el Esposo es el Señor de la Parusía,
y las vírgenes prudentes entran con él (Mt 25, 1-13); el siervo bueno de la parábola de los
talentos es invitado a entrar a participar en el gozo del Señor (Mt 25, 21.23).
o Especialmente importante es el diálogo con el buen ladrón (Lc 23, 42-43). El término
paradeisos en los tres momentos en que es usado en el NT (2Co 12, 4; Ap 2, 7) indica la
condición escatológica. El acento en la expresión conmigo-en el paraíso recae en griego
sobre el conmigo, no como compañía (usa meta, no syn) sino como comunión estrecha,
como compartir destino. El tema veterotestamentario escatológico ser con Dios o Dios con
nosotros se vuelve en el NT ser con Cristo, paralelo a gozar del Reino. (El relato de la muerte
de Esteban, paralelo de la muerte de Cristo, indica un recibe mi Espíritu hablando con Cristo,
cuando Cristo había hablado a su Padre. Ahora es Cristo quien recibe la vida de los cristianos
después de su muerte).
o La idea se formula de modo aún más conciso en el cuerpo paulino con las
expresiones ser con/en Cristo. En todas las épocas aparece (cf. 1 Tes 4, 17; 2Co 5, 8; Flp 1, 23).
Confirmando las afirmaciones sinópticas, anticipan las categorías joánicas: Jn 17, 24; Ap 3,
20; Jn 14, 3.
Desde el punto de vista escriturístico tenemos, así, un notable testimonio múltiple que
nos indica el cristocentrismo de la consumación escatológica. Reino de Dios, paraíso, visión,
vida eterna no son sino el ser con Cristo en la forma de existencia definitiva. La promesa
veterotestamentaria se ha personalizado y los bienes mesiánicos se han condensado en
Cristo.
Hitos en la Tradición
En primer lugar debemos destacar la constante temática de Iglesia como el sujeto del gozo
eterno, de modo que se tiene una visión del cielo como sociedad. Testigo de esto son San
Agustín (los elegidos participan con Dios en el reino de su santa ciudad), Gregorio Magno (el
cielo construido con la congregación de los ciudadanos santos), Beda (vida eterna como
gozo de la sociedad fraterna) y Cipriano (bienaventuranza como gozo de visión de Dios junto
con el gozo por la inmortalidad de los justos).
El contenido de la vida eterna como visión de Dios aparece en Ireneo como obra de
Dios (AdvHaer 4, 20, 5), así como en Cipriano. Sobre esta línea surge una de las discusiones
teológicas características desde el siglo IV (con los eunomianos). Ante la pregunta de la
posibilidad de una visión intuitiva de la esencia divina, San Agustín lo defiende al menos para
los resucitados, y en el medievo oriental con Gregorio Palamas se distingue entre la visión de
la gloria divina propia de los bienaventurados, y la imposible visión de la esencia divina.
La dimensión cristológica de la visión es otra constante, que encontramos ya en Ignacio
de Antioquía y se mantiene, por ejemplo, en la Carta de Bernabé, en Ireneo, San Agustín y
San Juan Damasceno.
El Magisterio de la Iglesia también ha conocido la constante del cielo como visión de
Dios. La esperanza de la vida eterna aparece desde los primeros símbolos de la fe y se recoge
en muchos documentos como un reinar con Cristo (DH 540, 575, 1821, 2187). Particular
relevancia tiene la constitución Benedictus Deus de Benedicto XII, donde se afirma con un
marcado acento intelectualista que la visión de Dios es constitutiva de la vida eterna. En la
misma línea tenemos el concilio de Florencia (DH 1305). Notables complementos a nuestro
tema lo aporta la constitución Lumen gentium, sobre todo en cuanto rescatan el lenguaje
bíblico y la dimensión cristológica y social de la vida eterna.
EL PURGATORIO
Puesto que la Iglesia Católica, ilustrada por el Espíritu Santo apoyada en las Sagradas Letras
y en la antigua tradición de los Padres ha enseñado en los sagrados Concilios y últimamente
en este ecuménico Concilio que existe el purgatorio [v. 840] y que las almas allí detenidas son
ayudadas por los sufragios de los fieles y particularmente por el aceptable sacrificio del altar
[v. 940 y 950]; manda el santo Concilio a los obispos que diligentemente se esfuercen para
que la sana doctrina sobre el purgatorio, enseñada por los santos Padres y sagrados Concilios
sea creída, mantenida, enseñada y en todas partes predicada por los fieles de Cristo.
Delante, empero, del pueblo rudo, exclúyanse de las predicaciones populares las cuestiones
demasiado difíciles y sutiles, y las que no contribuyan a la edificación [cf. 1 Tim. 1, 4] y de las
que la mayor parte de las veces no se sigue acrecentamiento alguno de piedad. Igualmente
no permitan que sean divulgadas y tratadas las materias inciertas y que tienen apariencia de
falsedad.
Aquellas, empero, que tocan a cierta curiosidad y superstición, o saben a torpe lucro,
prohíbanlas como escándalos y piedras de tropiezo para los fieles...
La reflexión teológica
El fundamento bíblico
No hay un texto único que hable del purgatorio. En sentido lato muchos pueden aplicarse
al purgatorio, pero en sentido estricto son pocos los explícitos.
- 2Mac 12,43ss habla que los que mueren en la amistad con Dios, son liberados de algo
y que esperan la resurrección. Habla del sufragio ofrecido por los muertos en campo
de batalla, defendiendo la ciudad santa, Jerusalén. Sin embargo, su iniquidad es real:
no han confiado plenamente en Dios, sino también en los ídolos. De ahí que necesiten
y puedan beneficiarse de la oración de los sobrevivientes y del sacrificio ofrecido en el
templo. El texto refleja, en fin, una tradición – quizá – ya constante en el mundo judío
de orar por los difuntos.
- 1Cor 3,12-15: Es el texto más importante respecto a la tradición bíblico-católica
«La obra de cada cual quedará al descubierto; la manifestará el Día, que ha de revelarse
por el fuego. Y la calidad de la obra de cada cual, la probará el fuego»
En primera instancia Pablo habla de los predicadores, que son los cooperadores de la
gracia de Dios. Al final de su vida éstos serán probados por el fuego. El fuego indica que será
una prueba que irá en fondo. Estos que serán sometidos al juicio podrán tener tres salidas:
recibir la recompensa inmediata, el cielo; otros una recompensa por medio del fuego. La
condición para recibir la recompensa sea inmediata como por medio del fuego es tener la
vida en Cristo. Implícitamente la tercera salida: la destrucción total de la obra, porque no
tiene el fundamento que es Cristo.
No hay una referencia explícita sobre el purgatorio, pero tampoco lo excluye. Leyendo el
texto a la luz de la tradición queda manifiesto que es el que mejor explica la doctrina católica
sobre el purgatorio.
Conclusiones
- Existencia: existe para aquellos que mueren en amistad con Dios, pero no
perfectamente purificados (CIC 1030)
- Definición: la Iglesia llama purgatorio esta purificación final de los elegidos, que es toda
otra cosa del castigo de los condenados (CIC 1031)
- Fundamento: la tradición de la Iglesia, remitiéndose a ciertos pasos de la Escritura habla
de un fuego purificador (CIC 1032). Se vive la oración por los difuntos (CIC 1032).
Los temas: El infierno, el juicio final y la esperanza de los cielos nuevos y de la tierra nueva se
podrán consultar en el Catecismo de la Iglesia Católica, números 1033 al 1050.