0% encontró este documento útil (0 votos)
14 vistas15 páginas

Urresti, M. (2000) Cambio de Escenarios Sociales-Páginas

El documento propone la figura del profesor-tutor como solución al fracaso y deserción escolar, enfocándose en la integración grupal y el entendimiento de los adolescentes en su contexto social. Se argumenta que la adolescencia y juventud son categorías socialmente construidas, cuya definición varía históricamente y culturalmente, y que la comprensión de estas etapas es crucial para abordar la relación de los jóvenes con las instituciones educativas. Además, se destaca la importancia de integrar diferentes perspectivas para enriquecer la experiencia educativa y comprender las motivaciones de los adolescentes.

Cargado por

MariiAlancay
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
14 vistas15 páginas

Urresti, M. (2000) Cambio de Escenarios Sociales-Páginas

El documento propone la figura del profesor-tutor como solución al fracaso y deserción escolar, enfocándose en la integración grupal y el entendimiento de los adolescentes en su contexto social. Se argumenta que la adolescencia y juventud son categorías socialmente construidas, cuya definición varía históricamente y culturalmente, y que la comprensión de estas etapas es crucial para abordar la relación de los jóvenes con las instituciones educativas. Además, se destaca la importancia de integrar diferentes perspectivas para enriquecer la experiencia educativa y comprender las motivaciones de los adolescentes.

Cargado por

MariiAlancay
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

C A M B I O DE E S C E N A R I O S S O C I A L E S ,

EXPERIENCIA JUVENIL URBANA Y ESCUELA

Marcelo Urresti

Preme al problema del fracaso escolar se propone como principio de


solución desarrollar una nueva institución dentro del sistema escolar, un
agente encargado de atenuar su recurrencia, el profesor-tutor. Su
objetivo es lograr la disminución del fracaso y la deserción escolares:
deberá tratar de recuperar a los que se alejaron, retener en el sistema a
aquellos que podrían abandonarlo y ayudar a que, los que se queden,
mejoren su rendimiento. Para ello, como una de sus tareas básicas, el
profesor-tutor tendrá que estimular la integración grupal de los alumnos
y comprender a los adolescentes como sujetos globales de una
experiencia social e histórica, trascendiendo la exclusiva órbita escolar.
Su función principal como consejero, apoyo, generador de
propuestas y de contención, implica posicionarlo como un brazo arti-
culador capaz de absorber conflictos disgregadores y transformarlos en
motores de integración. El profesor-tutor, en términos culturales,1 será
una especie de conversor, de traductor entre los unos y los otros, un
mediador simbólico que tratará de que los que están de cada lado del
circuito comunicativo (institución y alumnos) se puedan entender de la
manera más transparente posible.
Casi al modo de un antropólogo dirigiéndose hacia una cultura

1
Entendemos por cultura no el tradicional uso ilustrado, que supone un tipo de bien que se posee o no.
o del que se dispone en escalas diversas, en más o en menos, y que suele ser utilizado como sinónimo de
"conocimientos". El término cultura que manejamos remite a ia acepción que la antropología ha construido
a lo largo de su historia y que ha sido complementado por la sociología y la semiología: el conjunto
interrelacionado de códigos de la significación, históricamente constituidos, compartidos por un grupo
social, que hacen posible la identificación, la comunicación y la interacción, es decir que se trata del caudal
simbólico que se manifiesta en los mensajes y en la acción, en cada intercambio, mediante los cuales,
miembros de grupos sociales se piensan y se representan a sí mismos, a su contexto social inmediato y
al mundo que los rodea. Ver Margulis, Mario, La cultura de la noche, Buenos Aires, Espasa, 1994, pp. 14
y ss. Y Neufeld, María Rosa, "El concepto antropológico de cultura", en: Lischetti, Mirtha, Antropología,
Buenos Aires, Eudeba, 1986.

CAMBIO DE ESCENARIOS SOCIALES / Marcelo Umili 9


ajena, el profesor-tutor tratará de descifrar los significados de la cultura
de los adolescentes para aproximar los puntos de vista de los actores
involucrados en cada espacio de conflicto.
Asimismo, deberá desarrollar una visión social del entorno que
envuelve a la institución escolar, acercándola a otras esferas de
contención social definidas por el Estado, comprendiendo además, en
forma amplia, la problemática ambiente en la que ésta se encuentra
comprometida. De este modo, el profesor-tutor será el encargado de
extender la escuela hacia la comunidad en la persona de los alumnos, en
el conocimiento y el ascendiente que tenga sobre ellos, haciendo de la
cuestión escolar algo que exceda lo didáctico, introduciéndose en la
estructura motivacional de los alumnos, eso que de manera creciente los
vuelve cada vez menos "sujetos" de la institución y que tantas
dificultades plantea para su continuidad en el sistema.
La idea que inspira este escrito es básicamente metodológica, se
propone ante todo transmitir una manera de mirar, por eso brinda
herramientas que pueden contribuir a agudizar la observación, medio
fundamental para comprender las motivaciones de fondo que pueblan
el mundo adolescente y que luego repercuten directa o indirectamente
en la escuela. Esperamos que con esto, los profesores-tutores puedan
enriquecer sus esquemas cognitivos confrontando su experiencia
adquirida en el trabajo, valiosa por el contenido de información que
porta en "estado de incorporado", 2 con la visión distanciada del
enfoque socioantropológico. No se trata de oponer conocimientos
como si fueran enemigos o competidores para ver cuál es mejor, más
verdadero, verosímil o eficaz. El saber del actor es el saber del
compromiso, de la implicación, del dilema práctico u operativo, y su
valor radica en el nivel de singularidad de la experiencia adquirida, en
su capacidad para la resolución de los problemas con los que se
encuentra. El saber del investigador procura otro tipo de objetivos, más
ligados al contexto general, a las grandes tendencias, a las formas en que
se representa la experiencia, por eso su saber es diferente, tiende a la

¿
Bourdieu entiende de este modo los saberes hechos cuerpo, casi convertidos en un hábito, es decir, pura
práctica. Entre los muchos lugares en que lo menciona se puede consultar, Bourdieu, Pierre, Cosas dichas,
Barcelona, Gedisa, 1987, pp. 70 y ss.

10 U N A E S C U E L A P A R A LOS A D O L E S C E N T E S / MATERIALES PARA EL PROFESOR - TUTOR


generalidad, a los esquemas abstractos, al concepto. En términos ideales,
casi típicos, uno y otro tipo de saber tienden a estar separados. Pero en
la realidad, más compleja y enmarañada de lo que actores y analistas
típicos estarían dispuestos a aceptar, se da un constante ida y vuelta de
una instancia hacia la otra en la que ambos tipos de saberes (y ambos
tipos de figuras) se sintetizan en un arco de fórmulas de diverso
contenido.
Si el profesor-tutor deberá ser un talento "eminentemente práctico"
tendrá que valerse también de cierta visión cartográfica, estratégica, que
le permita comprender las posibilidades del terreno sobre el que está
actuando. Es por ello que proponemos integrar perspectivas diferentes
sobre este fenómeno complejo, susceptible de ser reconstruido desde
diferentes miradas, a fin de multiplicar las posibilidades comprensivas
de cada sujeto enriqueciendo su experiencia vivida.
Este documento se divide en tres partes, una inicial en la que se
aborda desde un punto de vista conceptual la adolescencia y la juventud
como categorías construidas socialmente, una intermedia en la que se
analiza el cambio de experiencia histórica de los últimos veinte años y
una final en la que se describen las condiciones sociohistóricas actuales,
distintos tipos de jóvenes y la relación que mantienen con las
instituciones escolares.

PARTE I
ADOLESCENCIA Y JUVENTUD:
DOS CATEGORÍAS CONSTRUIDAS SOCIALMENTE

/Adolescencia y juventud son dos términos a través de los cuales las


sociedades modernas han intentado ordenar segmentos poblacionales
partiendo de la edad. En todo orden social la edad funciona como un
criterio clasificatorio y al igual que el sexo, son los primeros determi-
nantes de diferencias básicas que serán luego procesadas por la cultura.
De uno y de otro lado quedarán las categorías por ellos definidas, los

CAMBIO DE ESCENARIOS SOCIALES I Marcelo Urresti 11


géneros y los grupos de edad. A primera vista puede parecer
transparente el conjunto de los actores definidos por el criterio etario,
pero a poco que se adentre la observación en los límites todo aquello
que aparecía en principio claro y diferenciable, comienza a tornarse
vidrioso para volverse opaco. Preguntas altamente intuitivas en procura
de cierta claridad inicial, pondrían en más de un aprieto a todo aquel
que quisiera trazar fronteras claras. ¿A qué edad comienza la ado-
lescencia? ¿A qué edad termina? ¿Y la juventud? ¿En qué se diferencian
específicamente la una de la otra? En el caso de que coincidan, ¿por qué
se usan dos términos diferentes? ¿Cuándo comienza una persona a ser
adulta o a envejecer definitivamente? C o m o se puede ver se trata de
preguntas sumamente simples que no tienen respuesta, al menos del
tenor de simplicidad que exigen las preguntas. Y eso se debe a que estas
categorías n o se pueden definir con base en criterios etarios.
Durante algún tiempo y para facilitar la respuesta muchos estudios
prefirieron no entrar en polémicas difíciles y optaron por definir las
edades con base en límites definidos por la edad: de este modo, la
adolescencia término promedio podía empezar a los 10 o a los 12 años,
extenderse hasta los 16 o los 18, y la juventud comenzar en alguna de
esas edades y terminar en los 25 o en los 30 años según el enfoque
elegido. Se trataba de estudios demográficos, que trabajaban con datos
censales, de ahí su opción por estos criterios un poco rígidos.
Obviamente, estos límites no estaban fijados sin algo de arbitrariedad y
pronto caían bajo sospechas fundadas. Las preguntas habituales
remarcaban las dudas sobre qué podían tener en común individuos cuya
única característica similar era coincidir en la fecha de nacimiento, o
qué limite real podía marcar una edad arbitrariamente definida. Si bien
términos como adolescencia y juventud definen "grupos de edad", no se
los puede demarcar con la exactitud que suponen los criterios de edad,
puesto que sus límites son variables, como todo límite de edad, y sus
fronteras son sociales antes que meramente etáreas, es decir que están
socialmente construidos y por lo tanto, varían histórica, geográfica y
culturalmente.
Es posible constatar con relativa facilidad que la definición de la
población adolescente o joven ha cambiado con el paso de la historia. Se

12 U N A E S C U E L A P A R A LOS A D O L E S C E N T E S / MATERIALES PARA EL PROFESOR - TUTOR


podría arriesgar con alta plausibilidad que no siempre existieron los
jóvenes ni mucho menos los adolescentes. Supongamos una sociedad en
la que la media de vida es de 30 años, donde los riesgos de muerte por
enfermedad son altos, donde se suma a ello cierto estado generalizado
de guerras, donde no hay condiciones de asepsia que garanticen partos
sin riesgos, donde hay problemas de escasez de agua potable, hambrunas
recurrentes y ciudades carentes de sistemas sanitarios eficaces. En tal
sociedad, hablando con justeza, no habría jóvenes: la población tendría
períodos de vida sumamente cortos y esto no permitiría la
diferenciación de roles por grupo de edad, todo tendería a apiñarse en
una población compacta acechada por las condiciones del ambiente.
Imaginemos qué diferencias efectivas podrían llegar a operar en
términos de edad en una sociedad tan concentrada. Evidentemente se
trataría de diferencias muy poco significativas. Supongamos que, con el
tiempo, las condiciones de infraestructura mejoran, los problemas
sanitarios se reducen, la producción de alimentos crece, los partos
seguidos de muerte disminuyen, poco a poco la población irá aumen-
tando y las expectativas de vida irán creciendo, la población se extenderá
en su pirámide de edad y comenzarán a aparecer diferenciados distintos
grupos nucleados en torno a edades diferentes, en principio, los jóvenes
y los viejos. Los grupos jóvenes comienzan a existir históricamente
cuando se une a cierta bonanza demográfica la capacidad cultural de
elaborar la diferencia que la estructura reproductiva de esa sociedad hace
posible.
Geográficamente, y complementando el ejemplo que acabamos de
dar, en el ancho presente inclusive, es posible constatar que hay socie-
dades que no tienen jóvenes. Pensemos intuitivamente: si la juventud es
ese período a través del cual se vive un tiempo intermedio que va desde
el abandono de la infancia hasta el paso definitivo que supone pasar a
formar parte del mundo de los adultos, entonces, no hay juventud, o al
menos, no la misma juventud en todas las sociedades. Es muy exten-
dido, entonces, el tipo de sociedades sin juventud, ya que como lo
prueba la antropología,3 con un rito de pasaje que suele consistir en un

6
Uno de sus casos clásicos es el libro de Margaret Mead, Adolescencia, sexo y cultura en Samoa,
Barcelona, Planeta, 1985.

CAMBIO DE ESCENARIOS SOCIALES I Marcelo Urresti 13


período breve de alejamiento de los púberes de sus aldeas, seguido de un
bautismo, una circuncisión o alguna otra ceremonia de marcación
corporal, los miembros de estas sociedades pasan casi sin transición, o
con alguna de mínima extensión temporal, directamente desde la
infancia a la adultez. Es decir que la madurez corporal es suficiente
como condición para entrar en el m u n d o adulto, condición que es
legitimada por un rito que hace las veces de frontera oficial entre un
grupo de edad y el otro. Aunque no parezca convincente a primera vista,
en la historia de la humanidad, la regla marca que la mayoría de las
sociedades ha funcionado de esta manera, es decir que lo inusual es que
haya sociedades con juventud. Por lo tanto, ese dato inmediato de
nuestra experiencia social, casi incuestionado de que hay algo natural en
el desarrollo humano y dentro de él un período que se engloba en la
categoría juventud, es altamente discutible.
En sociedades modernas las curvas demográficas tienden a
extenderse cada vez más, las estructuras socioeconómicas se comple-
jizan, surgen nuevos saberes y prácticas institucionales, se combinan y
pluralizan los sistemas educativos, se diversifican las producciones
culturales y sus consumos, situación en la que el juego de las dife-
renciaciones sociales se multiplica. El presente actual en constante
explosión se encuentra con una variedad creciente de grupos de edad,
producto de esta diversificación: hoy en día tenemos niños, púberes,
adolescentes, jóvenes, jóvenes adultos, maduros, mayores, tercera edad,
gerontes, y hasta comienza a surgir una cuarta edad. Evidentemente,
muchas de ellas no tienen ninguna entidad social, al menos, por el
momento. Tendríamos que pensar que con la juventud o con la infancia
durante m u c h o tiempo sucedió exactamente lo mismo. La infancia es
un m u n d o que como m u y bien mostró Aries no tiene más de dos siglos
de existencia. 4 Hemos visto en los últimos tiempos consolidarse una
categoría que nuestros mayores inmediatos casi ni conocieron, la de la
tercera edad. Y por más eufemistica, falsaria o prometedora que sea,
poco a poco va instituyendo agencias sociales en las que se reconoce a
sus miembros, se los define, tal vez con categorías vagas, pero se los va
conformando como un grupo socialmente reconocible. D e ahí a su

4
Aries, Philippe, Infancia y familia en Antiguo Régimen, Madrid, Taurus, 1986.

14 UNA E S C U E L A P A R A LOS A D O L E S C E N T E S / MATERIALES PARA EL PROFESOR - TUTOR


institucionalización definitiva no queda más que la insistencia y la
consolidación de los intereses que le dieron forma. N o es descabellado,
por la tendencia impuesta, pensar que no tardarán en aparecer nuevas
categorías intermedias, anteriores y posteriores.
En este contexto, la pregunta por la adolescencia y la juventud toma
otras características, se coloca bajo una nueva luz. Tanto una como otra
son categorías construidas social e históricamente y articulan un
"material" escaso, la temporalidad hecha cuerpo, la vida de un cuerpo,
su duración cronológica traducida en los términos de un sistema de
oposiciones significantes, es decir, de una cultura. Las diferencias entre
adolescencia y juventud, entonces, responderán al tipo de cultura al que
nos refiramos, a sus rituales oficiales u oficiosos de pasaje, a las marcas
de sus tránsitos y a los sistemas de categorizaciones de edades vigentes
en la sociedad de la que se trate. Atenta a estas características, la teoría
social dedicada al tema ha comenzado a considerar una perspectiva
relativamente aceptada: adolescentes y jóvenes serán todos aquellos que
una determinada sociedad considere como tales. El papel de la investiga-
ción consiste en tratar de definir cómo distintas sociedades construyen
sus categorías. Se supone que así se superan las limitaciones del enfoque
puramente centrado en la edad. De este modo, para sociedades moder-
nas como las que habitamos, se considerarán los elementos que consti-
tuyen al adulto y se verán las vías de acceso que llevan, socialización
mediante, a los sujetos desde su madurez corporal hasta la plena
madurez social. Es decir que para aclarar de qué se habla cuando se
habla de jóvenes, en la medida en que se trata de una transición,
primero hay que detenerse en las características que definen a un adulto
normal (estadísticamente frecuente), el final de la transición, para ver
luego qué es lo que conduce hasta él.
U n adulto se define como alguien que ha establecido su vida al
margen de su familia de origen, que se autosustenta, que ha constituido
su propia familia, que tiene hijos, que ha definido exitosamente
-después de prepararse para ello- un destino laboral. ¿Qué sería la ju-
ventud entonces? Ese período de mora en el cual cierto segmento de la
población llegado a la madurez sexual, a su plena capacidad biológica
para reproducirse, no termina de consumarse como un adulto y se

CAMBIO DE ESCENARIOS SOCIALES / Marcelo Umsti 15


encuentra a la espera de adquirir los atributos que lo identifiquen como
tal. En esa moratoria, ese período de espera, estarían los jóvenes.5
En una sociedad como la nuestra, en la que la diversificación y
autonomía de las esferas y los estratos que la componen se hace cada vez
más dramática, aparecen nuevas cuestiones a tener en cuenta, puesto
que se trata de una sociedad compleja, con divisiones tajantes, y esto
sucede hasta un punto tal que permite plantear la coexistencia de
distintas sociedades en una misma sociedad. Si hacemos una compa-
ración con aquello que la tradición antropológica ha llamado
"sociedades primitivas", "simples" o como se acostumbra hoy, "otras",
sociedades en general y comparativamente de baja diferenciación
interna, se puede advertir que los procesos de división por edades van
tomando distintas velocidades según los grupos que conforman la
sociedad. Concretamente hablando, distintas clases sociales tendrán
distintos tipos de maduración social, más o menos acelerada según las
presiones materiales a que estén expuestos, y por ende, de extensión de
ese período intermedio entre la niñez y la adultez al que llamamos
juventud.
Esto nos lleva a un punto de suma importancia: no todos los
individuos que tienen la edad de ser jóvenes se encuentran, socialmente
hablando, en la misma situación. No todos entran en la formación de
las familias en la misma edad, ni tienen la misma presión económica por
definirse laboralmente. Es decir, no todas las clases gozan de esta ventaja
que produce la vida social actual, hecho que en su desigual distribución
hace que haya clases con jóvenes y clases que no los tienen, o cuya
duración, mínima, casi los torna invisibles. Maternidad y paternidad
adolescente, cortes en la permanencia en el sistema educativo, necesidad
de trabajar, producirían entre los sectores populares, una reducción de
la moratoria social. Los planteos centrados en la moratoria, eficaz
herramienta conceptual para comprender de manera más crítica la
construcción social de la juventud, se encuentra con un problema: casi
no hay juventud en los sectores populares. De modo tal que superado el

s
La visión de la sociología actual comparte mayoritariamente este punto de vista. El libro de Cecilia
Braslavsky La juventud argentina: informe de situación (Buenos Aires, Centro Editor de América Latina,
1986) plantea la cuestión con claridad y es ilustrativo de esta tendencia.

16 UNA E S C U E L A P A R A LOS A D O L E S C E N T E S / MATERIALES PARA EL PROFESOR - TUTOR


problema del corte de edad como criterio, partiendo hacia indicadores
constructivos en el orden social, surgen nuevos obstáculos: en la
definición social del modelo de juventud está operando un sistema de
dominación social que hace aparecer como jóvenes sólo a los miembros
de una clase, excluyendo implícitamente a los miembros de otras clases
que no acceden objetivamente a la moratoria social. De una o de otra
manera, implícitamente, los enfoques de la moratoria social reproducen
este modelo de dominación social en sus esquemas conceptuales.
Con la adolescencia sucede algo parecido. Aunque como dijimos
anteriormente, ambos segmentos de edad se distinguen con base en
criterios no exhaustivos, en los términos impuestos por nuestra cultura,
la adolescencia aparece como el período previo a la juventud o en menor
medida como la primera juventud, y supone, básicamente, el momento
problemático en que se consuma la madurez corporal y se discute por
primera vez la herencia familiar en la constitución de la personalidad.
De modo que se manifiesta como un período de crisis en el que se
abandonan maneras habituales de situarse en el mundo de las edades y
se asumen nuevas posiciones de rol junto con una corporalidad en
desarrollo. Con otras palabras, se trata de una etapa transicional de la
vida de las personas en la que se atraviesa una crisis profunda, un
interregno que se origina con la madurez sexual y que se va definiendo
con el proceso de las moratorias hasta desembocar en el reconocimiento
social que supone ser adulto.
Tal como fuera tematizado clásicamente por Erikson,6 el período
adolescente escenifica una crisis: por un lado un abandono, una pérdida,
la del cuerpo y el lugar del niño, y por otro, una búsqueda, la de la
identidad en el mundo adulto. Al igual que en el caso de la juventud,
no todas las culturas ni las épocas históricas reconocen este problema de
la transición y de la búsqueda: hay sociedades que con ritos de pasaje
precisos definen la transformación del niño en adulto, y por lo tanto, al
no percibir el momento crítico no tienen adolescencia.
En sociedades como las nuestras, la crisis se manifiesta en el cuestio-
namiento que el adolescente hace del sistema de referencias que

" Erikson, Erik, Sociedad y adolescencia, México, Siglo XXI, 1987.

CAMBIO DE ESCENARIOS SOCIALES / Marcelo Urresti 17


constituyen la identidad que ha heredado de la familia. En la
experiencia habitual del niño, la familia aparece como el grupo de
pertenencia natural, espontáneo e incuestionado durante la infancia,
que constituye al niño como sujeto, a su lugar en el entorno próximo y
en el m u n d o que lo rodea. La familia funciona como la primera matriz
de sentido en la que se elabora una representación del sí mismo y del
m u n d o social. La adolescencia comienza en lo corporal con la madurez
sexual y en lo psicosocial con el cuestionamiento de esta herencia
recibida, y a través de las búsquedas posteriores afirma la necesidad de
constituirse frente al m u n d o de los padres, en oposición y conflicto
frente al mismo. La familia otorga una historia en la que se es
individuado, y la adolescencia supone el primer paso en la construcción
autónoma de esa nueva historia que constituirá la nueva identidad.
Es por ello que aparece como un período crítico en el que, elaboradas
y superadas las situaciones de desacople, y según distintos enfoques que
enfatizan aspectos diversos, 7 sobreviene la madurez psicológica propia
de la constitución del adulto promedio sano: con un nuevo sistema de
identificaciones que lo define y una forma de sexualidad asumida. En
esto podrán variar los ritmos según las clases sociales o las familias pero
no el proceso.
El famoso conflicto generacional puede ser entendido a esta luz como
la discusión de la herencia familiar y la progresiva decisión del sujeto en la
elección de lo que serán sus grupos de pertenencia. La adolescencia
coincide con la salida de la familia hacia los grupos de pares, hacia la
relación autónoma con otras instituciones o con la comunidad en general,
que comenzarán a ser, de modo creciente, elecciones autónomas de los
sujetos, situación que supone un enfrentamiento con las elecciones
predeterminadas por la familia, que al final del camino podrán ser
recuperadas, aceptadas, transformadas o negadas, desenlaces que no
anulan el desajuste inicial por el que, casi inevitablemente, pasan.
H a y quienes han identificado este modelo de interpretación como el
de un adolescente moderno. 8 El púber indócil, maníaco depresivo, que

7
Ver las distintas posturas planteadas en el texto de Obiols, Guillermo y Di Segni de Oblols, Silvia,
Adolescencia, posmodernidad y escuela secundaria, Buenos Aires, Kapelusz, 1998, pp. 52-62.
8
Obiols y Di Segni, op. cit., pp. 48-51.

18 UNA E S C U E L A P A R A LOS A D O L E S C E N T E S / MATERIALES PARA EL PROFESOR - TUTOR


busca diferenciarse dramáticamente, que es idealista y utópico,
expresaría dramáticamente en estas actitudes la brecha generacional,
conflictiva en la que se moviliza un crecimiento adulto "normal". Según
estas descripciones hoy las cosas habrían cambiado. El adolescente
actual no tendría a qué oponerse, al menos no claramente, en la medida
en que no habría ideologías fuertes con las que elaborar el contraste,
hecho que expresaría una identidad formada en el collage, la
composición sin plan, como un pastiche en el que no habría conflicto
ni rebelión, y por lo tanto, no habría brecha, sino simplemente, huida
sin choques, indiferencia. Esto generaría una confusión entre los
mundos juvenil y adulto. Este, tradicionalmente enérgico y claro en sus
objetivos y modos de socialización, estaría en la actualidad poblado por
las dudas, las brumas y las indefiniciones propias del mundo
adolescente, convertido en modelo para el mundo adulto. Al vacilar la
socialización dura, tradicional, el conflicto movilizador desaparece, y la
etapa adolescente se va convirtiendo en un estado. Otros estímulos
sociales del presente estarían afirmando esta tendencia: la extensión de
la estética adolescente como modelo de conductas a ser imitado.
Con estos planteos, entramos en la misma zona problemática de la
definición de juventud hecha por la moratoria social. Es difícil negar
que la adolescencia, poco a poco, se va convirtiendo en un modelo social
a imitar, que se extiende cada vez más por la acción del mercado, los
medios masivos y la publicidad, que difunden como generalizable las
características de su imagen, con lo que va dejando de ser una etapa para
convertirse en un estado permanente. Una prueba adicional de ello
podría ser que la vejez se va conviertiendo en algo vergonzoso, que
habría que esconder. La adolescencia sería una forma de la estética muy
atractiva que hasta los más viejos estarían imitando: la presión por lograr
el cuerpo ideal, de evitar el paso de los años, serían tendencias evidentes
de la desvalorización por la que pasa hoy en día el ser adulto. Por otra
parte, el conflicto generacional que antes se daba por el deseo que los
adolescentes expresaban de ser adultos, hecho que los impulsaba a
diferenciarse de los modos de ser adulto ya existentes, se invierte de los
adultos hacia los adolescentes. El modelo de socialización parecería estar
en las antípodas.

CAMBIO DE ESCENARIOS SOCIALES / Marcelo Urmli 19


A pesar de su alta plausibilidad, esta descripción, corno la de la
moratoria social, puede discutirse. No es que sea falsa, el problema está
cuando se la generaliza o se la acepta como una tendencia monolítica.
En principio la adolescencia no es sólo una estética, supone crisis,
desorientación, pérdida de rumbos y una dolorosa vivencia al tratar de
encontrarlos. (Habría que ver si los adultos, sólo por su cambio de
opciones estéticas, comienzan a vacilar respecto de las decisiones sobre
su futuro, su identidad y su situación vital).
Si se la reduce sólo a imagen se corre el riesgo de confundir un mode-
lo de adolescencia, el de una clase, con toda la adolescencia, o su
opuesto complementario, negárselo a amplios sectores que pasan
fugazmente por ella o no la adquieren, como es el caso de los sectores
populares. Ese modelo de estética es un importante dato del ambiente
pero no agota el problema.
Tanto el proceso de juvenilización en el que la moratoria parecería
resolverse, como el de la conversión de la adolescencia en un estado, llegan
a un mismo nudo problemático: si bien se trata de descripciones creativas,
que conducen la atención hacia tendencias de actualidad, confunden un
aspecto parcial de las definiciones con la definición completa. En princi-
pio toman algo puramente estético y de clase, el aspecto corporal en el
caso de la adolescencia y las vías diferenciales de acceso a la adultez en el
caso de la moratoria social, como si agotaran los fenómenos que tratan, y
esta operación obstruye la mirada. Tanto la adolescencia como la juventud
son períodos en los cursos de vida y grupos de edad en la medida en que
distintos estadios históricos de la sociedad los constituyen como tales.
También es cierto que detrás de la definición social de esas agrupaciones
existe una lucha clasificatoria en la que distintos sectores tratan de darle
su contenido, definiéndoles un perfil.9 Hay modelos dominantes de ser
joven o de ser adolescente, que tienen por detrás la articulación de
estrategias sociales de dominación, que luchan por establecer esos
modelos que, en última instancia, funcionan como herramientas de
dominación. Detrás de estas clasificaciones la sociedad disputa el acceso a
recursos, a su distribución, a la lucha por su control y monopolización.

9
Para ampliar la cuestión ver: "La juventud no es más que una palabra", en: Bourdieu, Pierre, Sociología
y cultura, México, Grijalbo/Consejo Nacional de las Artes, 1990.

20 UNA E S C U E L A P A R A LOS A D O L E S C E N T E S / MATERIALES PARA EL PROFESOR - TUTOR


En esas disputas se expresan distintas visiones, distintas experiencias,
y eso es lo que constituye el motor de las luchas sociales por la
clasificación. Tal vez el más importante de estos conflictos sea el
generacional. Si hay algo que define el ser joven no es tanto una estética
o una moratoria social -con las características que ya observamos-
corno el posicionamiento fáctico frente a las generaciones precedentes.10
Es el lugar temporal que marca la experiencia, que sitúa al sujeto en el
mundo de la vida y que le indica las probabilidades de afrontar
efectivamente la muerte. La juventud es esa facticidad que señala como
un dato duro quiénes son precedentes y quiénes son posteriores. Y esto
está más acá o más allá tanto de las estéticas que "definen" un grupo de
edad, que en última instancia es un juego de apariencias sociales en
disputa, como de las moratorias sociales desigualmente distribuidas en
distintos sectores de la población.
Con esto no se quiere negar la importancia de la estética
-apariencia- ni de las vías sociales que componen la transición a la
adultez promedio. Simplemente se las quiere complementar con un
planteo que posicione la definición en una instancia previa: la de la
experiencia de vida diferencial que supone tener una edad y no otra.
Con esto se trata de recuperar esa base "material" de la edad pero
procesándola culturalmente: tener una edad y no otra supone
pertenecer a una generación y no otra, supone haber sido socializado en
un momento histórico determinado, ser hijo de una coyuntura y darle
un tipo de relieve temporal a la propia experiencia. Haber nacido en un
momento, la facticidad, encontrarse arrojado entre los entes que
componen el mundo de la vida, implica una manera de abrirse a la
experiencia temporal de lo social, ser hijo de la historia de un modo y
no de otro, tener hermanos en esa vivencia, cercanos o lejanos, con
distintos grados de compromiso con ese momento de apertura a la

l u
El planteo que sigue a continuación conoce dos versiones previas, ambas realizadas en colaboración
con Mario Margulis. Una primera, extensa, planteada técnicamente en el contexto de la teoría sociológica,
con una pars destruens inicial que recorre y ataca los presupuestos de las teorías corrientes sobre el tema
y una pars construens que ofrece un esquema superador, bajo el título "La juventud es más que una
palabra" en Margulis, Mario, La juventud es más que una palabra, Buenos Aires, Biblos, 1996, y otra más
breve y expositiva, que está en la primera parte del artículo "La construcción social de la condición de
juventud", publicada en el libro de autores varios "Viviendo a toda". Jóvenes, territorios culturales y nuevas
sensibilidades, Bogotá, Diuc/Siglo del Hombre Editores, 1998.

CAMBIO DE ESCENARIOS SOCIALES / Marcelo Urrfíti 21


temporalidad, pero en ultima instancia congéneres en lo que hace a la
exposición a los estímulos de una época.
Ese tiempo diferencial que distancia de la muerte es el mismo que se
expresa en la asociación de cadenas de acontecimientos, dándole un
sentido temporal a la existencia, un sistema de referencias de momentos
anteriores o posteriores, simultáneos o sucesivos, centrales o periféricos
dentro de los cuales un sujeto posiciona su propia duración en el
conjunto de las duraciones sociales e históricas. Es decir que el crédito
temporal disponible y la facticidad es lo que le da profundidad histórica
a la experiencia personal en la que cada sujeto construye su propia
identidad. La juventud entonces más que una estética o una moratoria
social, ambas pertenecientes a sectores sociales que se la apropian con
relativa exclusividad, es un posicionamiento objetivo en el conjunto de
las distintas generaciones que luego toma características de clase espe-
cíficas, pero que comparte la definición de situarse en uno y sólo en un
momento de la historia, por lo que es una experiencia singular e
intransferible de cada uno, común con aquellos "hermanos de
generación". Por eso, por más que una estética promocionada por el
mercado pueda ofrecer sus signos exteriores como mercancías, y alguien
las pueda adquirir, jamás tendrá su núcleo, ese capital temporal de que
se dispone, que se pierde irremediablemente y no se puede recuperar,
por más sano y saludable que esté el cuerpo, por más que se demore la
llegada de los hijos. De igual manera y a la inversa: por más que los
sectores populares, en virtud de sus modelos estéticos, de sus dietas y
rutinas laborales, no tengan el cuerpo adolescente del modelo impuesto,
por más que tengan hijos en edades muy tempranas, por más que se
vean obligados por presiones materiales a tener que trabajar y cortar sus
carreras escolares, o dicho en otros términos, por más que su moratoria
social sea m í n i m a o inexistente y su apariencia no los identifique con los
grupos adolescentes por su estética, si su edad así lo determina, si su
capital temporal excedente es grande, entonces serán jóvenes, aunque
socialmente, según los modelos sociales impuestos, no lo parezcan.
Complementando una vez más: por más cirugías que se practiquen, por
más dietas y cuidados gimnásticos que se procuren, por más recursos
que se inviertan en la juvenilización, en el cultivo de la imagen juvenil,

22 UNA ESCUELA PARA LOS A D O L E S C E N T E S / MATERIALES PARA EL PROFESOR - TUTOR


sì el espesor de la experiencia y la memoria temporal acumulada indican
la pertenencia a una generación mayor, si el capital temporal escaso
habla de una moratoria vital agotada, entonces se estará ante un no
joven, juvenilizado si se quiere por cuestiones de apariencia adquirida o
conservada, pero no joven en el sentido duro del término.
Entonces, para recapitular, la juventud es una condición de factici-
dad, un modo de encontrarse arrojado en el mundo, que articula la
moratoria vital, la historicidad de la generación en la que se es
socializado y la experiencia de las duraciones y de la temporalidad. Ser
joven, entonces, es una forma de la experiencia histórica atravesada por
la clase y el género, pero que no depende exclusivamente de ellos, sino
que adquiere modalidades diferenciales en ellos.
De este modo, la juventud es una condición que se articula social y
culturalmente en función de la edad -como crédito energético y
moratoria vital, o como distancia frente a la muerte-, con la generación
a la que se pertenece -en tanto que memoria social incorporada,
experiencia de vida diferencial-, con la'clase social de origen -como
moratoria social y período de retardo diferencial-, y con el género
—según las urgencias temporales que pesen en general sobre el varón o la
mujer.

PARTE II
LAS NUEVAS GENERACIONES
EN EL CONTEXTO SOCIAL DE LA ACTUALIDAD

Jóvenes de ayer y jóvenes de hoy: comparación entre generaciones

Es común encontrar en artículos periodísticos, como en debates


televisivos de tono político, la comparación entre las generaciones de los
años sesenta-setenta con la de los ochenta-noventa. Se trata de un tema
recurrente en encuentros públicos y en muchas de las rememoraciones
de aquellos que fueron jóvenes en aquellas épocas pasadas. La
comparación, en general, funciona como una suerte de rasero, y el

CAMBIO DE ESCENARIOS SOCIALES / Marcelo Urresti 23

También podría gustarte