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El documento aborda las instituciones de tutela y curatela en el Derecho Civil peruano, enfocándose en su evolución histórica y su función protectora para personas incapaces. La tutela se destina a menores sin patria potestad, mientras que la curatela protege a adultos con incapacidad mental o conductual. Se busca analizar aspectos clave como conceptos, características, clases y deberes de tutores y curadores, resaltando su importancia en la defensa de los derechos de personas vulnerables.
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El documento aborda las instituciones de tutela y curatela en el Derecho Civil peruano, enfocándose en su evolución histórica y su función protectora para personas incapaces. La tutela se destina a menores sin patria potestad, mientras que la curatela protege a adultos con incapacidad mental o conductual. Se busca analizar aspectos clave como conceptos, características, clases y deberes de tutores y curadores, resaltando su importancia en la defensa de los derechos de personas vulnerables.
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“AÑO DE LA RECUPERACIÓN Y CONSOLIDACIÓN DE LA ECONOMÍA PERUANA”

UNIVERSIDAD PRIVADA ANTENOR ORREGO

ESCUELA PROFESIONAL DE DERECHO

“TUTELA Y CURATELA”

NRC: 4638

CURSO

Derecho CIVIL VI: DERECHO DE FAMILIA

DOCENTE:

MAURICIO JUAREZ, FRANCISCO JAVIER

INTEGRANTES DEL GRUPO:

Cruzado Eugenio, Maria Isabel

De la Cruz Tirado Karla Liz

Moza Chegne, Gloria Marilú

Ruiz Altamirano, Sara Julissa

Sagon Pesantes, Korayma

2025

TRUJILLO - PERÚ

1
DEDICATORIA

Dedico el presente trabajo a mi profesor de Derecho


Civil, cuya guía constante y exigencia académica
han contribuido al desarrollo de mis capacidades
críticas y jurídicas. Gracias por motivarnos a
profundizar en los principios y las instituciones que
protegen a las personas más vulnerables dentro de
nuestro ordenamiento legal. Este trabajo es
reflejo del aprendizaje adquirido en su cátedra y
del compromiso que inspira en nosotros para
desempeñarnos con ética y responsabilidad
en nuestra futura vida profesional.

2
INTRODUCCIÓN​ 6
CAPITULO I: TUTELA​ 7
1.1. Antecedentes históricos​ 7
1.2. Concepto​ 8
1.3. Características de la tutela​ 10
1.3.1. La tutela es un cargo personalísimo​ 10
1.3.2. La tutela es una carga pública​ 11
1.3.3 La tutela es unipersonal​ 11
1.3.4. La tutela está bajo el control del Estado​ 12
1.4.1. El tutor o tutores: sujetos activos de la tutela​ 13
1.4.2. El pupilo: sujeto pasivo de la tutela​ 13
1.5. Clases de tutela​ 14
1.5.2. Tutela Legítima​ 16
1.5.3. Tutela Dativa​ 18
1.6. Condiciones que debe reunir el tutor​ 18
1.6.1. La formación del inventario judicial de los bienes del menor​ 19
1.6.2. La constitución de garantía​ 20
1.7. Deberes del tutor​ 21
1.8. Representación del menor sujeto a tutela​ 22
1.9. Administración de los bienes del menor​ 22
1.10. La exigibilidad del permiso judicial para hacer disposición de los derechos de los
menores que se encuentran sujetos a la tutela​ 24
1.11. Actos prohibidos del tutor​ 25
1.11.1 La retribución del tutor​ 26
1.11.2 Rendición de cuentas del tutor​ 26
1.12. Convocatoria al consejo de familia en caso de perjuicio al menor sujeto a tutela​ 28
1.13. Acciones recíprocas de pago del menor sujeto a tutela y del tutor​ 28
1.14. Extinción de la tutela​ 29
1.15. Cese de la tutela​ 29
CAPITULO II: CURATELA​ 31
2. 1. Generalidades​ 31
2.2.Régimen legal​ 33
2.2.1. Concepto​ 33
2.2.2. Clases de curatela​ 34
2.2.2.1 Curatela para incapaces mayores de edad​ 35
2.2.2.2 Curatela de bienes o administración de bienes​ 36
2.2.2.3 Curatela para asuntos determinados​ 37
2.2.3. Caracteres de la curatela​ 38

3
2.2.4. Impedimentos y excusas de los curadores​ 39
2.2.5. Requisitos previos al ejercicio de la función​ 40
2.2.5.1 Inventario​ 41
2.2.5.2 Garantía​ 41
2.2.5.3 Discernimiento del cargo​ 41
2.2.5.4 Rendición de cuentas periódicas​ 42
2.2.5.5 Declaración de interdicción del incapaz​ 42
2.2.6. Garantías en el ejercicio de la curatela​ 43
2.3. Curatela de los privados de discernimiento, retardados mentales, sordomudos,
ciegosordos, ciegos mudos y con deterioro mental​ 44
2.3.1. Quién puede pedir y a quién corresponde ejercer la curatela​ 45
2.3.1.1 curatela legítima​ 46
2.3.1.2 Curatela testamentaria​ 46
2.3.1.3 Curatela dativa​ 47
2.3.1.4 Curatela interina estatal​ 47
2.3.2. Funciones del curador​ 47
2.3.3. Invalidación de actos anteriores​ 48
2.4. Curatela de los pródigos, malos gestores, ebrios habituales y toxicómanos​ 49
2.4.1. El pródigo​ 50
2.4.2. Mal gestor​ 50
2.4.3. Ebrio habitual​ 51
2.4.4. Toxicómanos​ 52
2.5. Quienes pueden pedir la interdicción​ 53
2.5.1. Los pródigos y malos gestores​ 53
2.5.2.Los ebrios habituales y toxicómanos​ 53
2.6. A Quien corresponde el ejercicio de la curatela​ 54
2.7. Funcion del curador​ 54
2.8. Qué sucede con los actos anteriores a la interdicción​ 56
2.9. Curatela de los penados​ 57
2.9.1. Concepto​ 57
2.9.2 Funciones del curador​ 57
2.10. Fin de la curatela típica y del cargo de curador​ 58
2.10.1. Generalidades​ 58
2.10.2. Fin de la curatela​ 58
2.10.3. Terminación del cargo de curador​ 58
2.11. La curatela de bienes​ 58
2.11.1 La curatela de los bienes del desaparecido​ 59
2.11.3 Curatela de los bienes cuya guarda no incumbe a nadie​ 59
2.11.4 Curatela de bienes dados en usufructo​ 59
2.11.5 Funciones del curador de bienes​ 60
2.11.6 Pluralidad eventual de curadores​ 60

4
2.11.7Juez competente​ 60
CAPITULO III: TUTELA Y CURATELA DOCTRINA​ 61
3.1. Concepto doctrinario de la tutela y curatela​ 61
3.1.1. La tutela:​ 61
3.1.2. La curatela:​ 61
3.2. Tutela con el derecho comparado​ 62
3. 3. Curatela en el Derecho Comparado​ 64
3.4. La tutela en la Doctrina peruana​ 65
3. 5. Facultades para nombrar al tutor en el Perú​ 66
3.6. Impedimentos para ejercer la tutela en Perú​ 67
3.7. Personas que pueden excusarse del cargo de tutor​ 68
3.8. Requisitos previos al ejercicio de la tutela​ 70
3.9. Deberes del tutor​ 71
3.10. Jurisprudencia​ 73
3.10.1. Jurisprudencia sobre tutela​ 74
3.10.1.1 Casación N.º 1292-2019-Cusco — Corte Suprema de Justicia de la
República​ 74
3.10.1.2 Expediente N.º 137-2022-0 – Juzgado de Familia de Lima Este​ 78
3.10.2 Jurisprudencia sobre Curatela​ 81
3.10.2.1 Casación N.º 2693-2015-Lima​ 81
3.10.2.2 Casación N.º 2958-2018-Lambayeque​ 84
CONCLUSIÓN​ 87
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS​ 88
Aguilar, B. (2016). Tratado de derecho de familia. Lima: Lex & Iuris.​ 88

5
INTRODUCCIÓN

El presente trabajo aborda dos instituciones fundamentales dentro del Derecho Civil

peruano: la tutela y la curatela, mecanismos jurídicos diseñados para garantizar la protección de

las personas que no pueden ejercer plenamente su capacidad civil debido a su minoría de edad

o a determinadas situaciones de incapacidad. Ambas figuras encuentran su origen histórico en

el Derecho Romano y han evolucionado para asumir una función eminentemente protectora en

beneficio del incapaz, ya sea menor o mayor de edad.

La tutela, en la actualidad, se configura como una institución supletoria de la patria

potestad, destinada a amparar a los menores que no cuentan con el apoyo de sus padres,

regulando su protección personal, representación jurídica y administración de bienes. Esta

institución se fundamenta en el principio de solidaridad social y está sometida a un estricto

control del Estado para garantizar el interés superior del menor.

Por su parte, la curatela comprende un sistema de protección dirigido a los mayores de

edad que sufren incapacidad mental o conductual que les impide gobernarse por sí mismos, así

como a quienes se encuentran temporalmente imposibilitados de ejercer ciertos actos jurídicos.

Su finalidad es evitar abusos, garantizar el adecuado manejo patrimonial y, en los casos que

correspondan, la protección personal del curado.

El objetivo de esta monografía es analizar de manera clara y didáctica los principales

aspectos de ambas instituciones: su concepto, características, clases, requisitos para su

ejercicio, funciones del tutor o curador, así como las causales de cese y extinción. De esta

manera, se busca demostrar la importancia de estos mecanismos en la defensa de la dignidad,

integridad y derechos de las personas en situación de vulnerabilidad.

6
CAPITULO I: TUTELA

1.1. Antecedentes históricos

En el Derecho Romano, se reconocieron diversas instituciones jurídicas destinadas a

regular la situación especial de quienes aún no habían alcanzado la edad adulta, tales como la

patria potestad, la tutela, la curatela y la adopción. No obstante, este enfoque original de estas

instituciones no respondía a la protección del menor, sino más bien al interés de los adultos. En

este sentido, la patria potestad se concebía como un poder absoluto del padre sobre los hijos, la

tutela y la curatela se crearon principalmente para evitar que los bienes de los menores quienes

no poseen personalidad jurídica propia quedarán fuera del comercio por falta de representación

legal, y la adopción tenía como objetivo fundamental asegurar un heredero al ciudadano que

carecía de descendencia legítima.

Con el paso del tiempo, y debido a múltiples transformaciones sociales, estas

instituciones fueron evolucionando progresivamente. Uno de los factores determinantes en este

proceso fue la creciente preocupación e interés de la sociedad por la integración de los

menores en la vida social, entendiendo que dicha integración no solo favorecía el bienestar de

los niños, sino también el desarrollo armónico de la comunidad en su conjunto. De esta manera,

las instituciones ya antes mencionadas dejaron de tener un carácter meramente patrimonial o

de control para convertirse en mecanismos protectores de la infancia (Calderón et al., 2011).

A lo largo de la historia, la protección de los menores ha sido una preocupación

constante de la sociedad a la que pertenecen. Desde las primeras estructuras familiares hasta

las formas más complejas del Estado moderno, se han desarrollado mecanismos jurídicos y

sociales destinados a garantizar la protección, defensa y representación de los menores de

edad.

7
Durante los distintos períodos históricos, se han planteado diversas soluciones para

abordar este mismo problema, las cuales pueden resumirse en dos grandes enfoques, según el

principio rector que las inspire: por un lado, la intervención de la familia, y por otro, el control por

parte de la autoridad pública. Cabe precisar que los sistemas tutelares basados únicamente en

uno de estos principios son característicos de épocas muy primitivas, donde las estructuras

jurídicas eran todavía rudimentarias.

Según BERMÚDEZ (2011), en la actualidad, la tendencia predominante ha sido

combinar la intervención familiar con la del Estado, buscando establecer un equilibrio entre los

aspectos públicos y privados en la protección de los menores. De este modo, el derecho

moderno reconoce que la tutela de los niños no puede quedar exclusivamente en manos del

entorno familiar ni depender únicamente del poder estatal, sino que debe ser el resultado de la

colaboración y armonía entre ambos sectores para garantizar una protección integral.

1.2. Concepto

La tutela, palabra que proviene del término latino tueor, cuyo significado es defender o

proteger. Representa una institución jurídica creada con el propósito de amparar y resguardar a

las personas que no pueden valerse por sí mismas. Por lo tanto, tiene una función protectora,

pues la ley impone a una persona capaz la obligación de cuidar tanto de la persona como de los

bienes de los incapaces, garantizando así su seguridad y la realización de los actos jurídicos

necesarios para su vida cotidiana.

La tutela puede definirse como una figura legal mediante la cual se confía a una persona

idónea el cuidado, la representación y la defensa de los menores de edad que no están sujetos

a patria potestad ni emancipados, así como de los mayores de edad que, por su condición, son

8
incapaces de administrarse por sí mismos. En ese sentido, se trata de una institución

subsidiaria de la patria potestad, pero distinta de ella, ya que mientras la patria potestad tiene

un origen natural y biológico vinculado a la relación entre padres e hijos, la tutela se organiza

como un derecho positivo sustentado en la solidaridad social, reflejando la responsabilidad

colectiva frente a la protección de los incapaces (Gallegos, 2012).

De acuerdo con Baqueiro y Buenrostro señalan lo siguiente:

La tutela constituye una institución jurídica del Derecho Civil que tiene como finalidad la

protección y representación legal de aquellas personas que, debido a su edad o incapacidad, no

pueden ejercer plenamente sus derechos ni administrar sus bienes. Según el pensamiento

clásico del Derecho Romano, retomado por Paulo, se entiende como “el poder otorgado y

permitido por el Derecho Civil sobre una persona libre, con el propósito de proteger a quien, por

causa de su edad, no puede defenderse por sí mismo” (Baqueiro & Buenrostro, 2014, p. 285).

Las Instituciones de Justiniano definen la tutela como una forma de fuerza y autoridad

conferida a una persona libre, destinada a amparar a aquellos que, por razones de edad, no

pueden hacerlo por sí solos. En palabras, esta institución constituye una manifestación del

poder jurídico y moral, autorizado por el Derecho Civil, que se ejerce en beneficio de quienes

requieren protección.

Según Cornejo (1998), lo describe como una figura supletoria de la patria potestad,

orientada a garantizar la custodia de la persona y los bienes de los incapaces menores de edad

cuyos padres no pueden ejercer dicha función. Este concepto abarca incluso los casos

excepcionales previstos en los artículos 340 y 355 del Código Civil peruano, donde la tutela

actúa como un mecanismo de reemplazo ante la ausencia o impedimento de la autoridad

paterna o materna.

9
Dentro del ámbito doméstico, la tutela se asemeja a una magistratura subsidiaria, cuya

duración y funciones están reguladas por normas comunes a la mayoría de las legislaciones. En

este sentido, es designado preferentemente dentro del entorno familiar, pues se considera

necesario que posea un interés real en el bienestar y la educación del tutelado, así como en la

preservación de sus bienes. Este cargo exige del tutor capacidad, lealtad, inteligencia y

responsabilidad, ya que administra un patrimonio ajeno y debe rendir cuentas de su gestión,

respondiendo por los daños o perjuicios ocasionados.

Asimismo, la tutela como un organismo de representación de los incapaces, aplicable

tanto en los casos de minoridad como en situaciones de interdicción judicial o legal. En este

contexto, la tutela reemplaza a la patria potestad de manera total o parcial en los casos en que

el padre o la madre han fallecido o han sido privados de dicha autoridad. También se aplica

respecto de los incapaces declarados judicialmente interdictos, destacando así su doble

función: de guarda personal y de administración patrimonial.

1.3. Características de la tutela

La tutela presenta una serie de características esenciales que definen su naturaleza

jurídica y distinguen esta institución dentro del derecho de familia. Estas características son las

siguientes:

1.3.1. La tutela es un cargo personalísimo

En primer lugar, la tutela constituye un cargo estrictamente personal, lo que significa que

el tutor designado debe ejercerla directamente, sin posibilidad de transferirla a otra persona por

acto entre vivos ni por disposición testamentaria. No puede ser objeto de cesión ni de

10
sustitución, ya que la función tutelar implica una responsabilidad moral y jurídica individual que

recae sobre quien ha sido designado conforme a la ley. Sin embargo, Borda reconoce que el

tutor puede delegar ciertos actos concretos mediante el otorgamiento de poderes especiales,

siempre que estos sean de carácter particular o puntual, y se ejecuten siguiendo las

instrucciones directas del tutor principal. Esta posibilidad se justifica en la necesidad práctica de

permitir que determinados actos se realicen bajo la supervisión del tutor, de forma similar a

como lo haría un padre de familia en representación de sus hijos (Mendez et al., 2008).

1.3.2. La tutela es una carga pública

En segundo lugar, la tutela tiene el carácter de obligación pública, pues responde a un

deber social de solidaridad y protección hacia los menores desamparados o incapaces. En

virtud de este principio, ninguna persona puede rehusarse a desempeñar el cargo de tutor,

salvo que exista una causa legítima y justificada reconocida por la ley. Borda sostiene que esta

característica se fundamenta en la responsabilidad moral y social que tienen los seres humanos

hacia sus semejantes, especialmente cuando se trata de parientes o personas allegadas. Por

tanto, asistir, proteger y representar al huérfano o al menor que carece de medios propios es

una obligación de solidaridad humana, cuya negativa sin causa razonable constituye una falta a

los deberes sociales más elementales.

1.3.3 La tutela es unipersonal

La tercera característica indica que la tutela es una función que solo puede ser ejercida

por una sola persona a la vez. En ningún caso puede ser desempeñada de manera conjunta por

varios tutores, incluso si así lo hubieran dispuesto los padres en su designación. Este principio

garantiza la unidad de dirección y responsabilidad en el ejercicio del cargo, evitando conflictos o

11
contradicciones en la toma de decisiones sobre la persona o los bienes del tutelado. No

obstante, por excepción, la ley permite que se nombre un tutor especial para encargarse de

asuntos determinados que, por su naturaleza o circunstancias particulares, no puedan ser

atendidos por el tutor general. Este nombramiento excepcional responde a la necesidad de

asegurar una gestión más adecuada en casos concretos que requieran competencias o

conocimientos específicos (Morales, 2020).

1.3.4. La tutela está bajo el control del Estado

El ejercicio de la tutela se encuentra sujeto a la supervisión y vigilancia del Estado,

puesto que el cargo tutelar se otorga en beneficio e interés del menor o incapaz, y no del tutor.

Por esta razón, la autoridad pública tiene la obligación de verificar que el tutor cumpla

correctamente con las responsabilidades legales y morales que le han sido encomendadas. El

Estado, en este sentido, actúa como garante del bienestar del tutelado, velando porque los

deberes impuestos al tutor se ejecuten conforme a la ley y asegurando que el ejercicio de la

función no se desvíe de su propósito esencial de protección, asistencia y administración

responsable de los bienes del incapaz (UNAM, 2013).

1.4. Elementos de la tutela

La institución de la tutela, como un mecanismo de protección jurídica de los incapaces,

se estructura en torno a dos elementos esenciales: el tutor y el pupilo. Ambos conforman la

relación tutelar, en la cual el primero asume la función de representación y cuidado, mientras

que el segundo es el beneficiario directo de dicha protección. Estos elementos son

indispensables para comprender la naturaleza jurídica de la tutela y su finalidad de resguardar

tanto la persona como los bienes del incapaz. Además, los autores Baqueiro y Buenrostro (

2014) lo clasifican en dos grupos:

12
1.4.1. El tutor o tutores: sujetos activos de la tutela

El tutor constituye el sujeto activo dentro de la relación tutelar, siendo la persona

obligada a ejercer las funciones de cuidado, representación y administración respecto del

tutelado. Este cargo puede ser desempeñado por una persona física, designada de diversas

formas: mediante la voluntad expresa del interesado ante notario público, a través de

testamento, por disposición legal, o por designación judicial realizada por el juez familiar. La

función principal del tutor consiste en representar y proteger a los incapaces, tanto en lo que

respecta a su integridad personal como en la administración responsable de sus bienes

patrimoniales.

No obstante, la ley también contempla la posibilidad de que este rol sea asumido por

una persona moral, siempre que se trate de una entidad pública prevista en la legislación o una

organización privada sin fines de lucro que tenga como objetivo la protección, asistencia y

cuidado de menores de edad o mayores incapacitados que no pueden gobernarse por sí

mismos, obligarse válidamente o manifestar su voluntad. En cualquiera de estos supuestos, el

tutor tiene el deber jurídico de ejercer su función con diligencia, buena fe y en estricta

observancia de los principios de protección y solidaridad social.

1.4.2. El pupilo: sujeto pasivo de la tutela

El pupilo es el sujeto pasivo dentro de la relación tutelar, es decir, la persona protegida

por la institución de la tutela. En esta categoría se incluyen los menores de edad y los mayores

incapacitados que, por razones naturales o legales, no pueden ejercer plenamente su

capacidad civil. Estas personas quedan sometidas a la tutela como sujetos de representación

legal y de cuidado personal y patrimonial, dependiendo del tutor para la realización de los actos

jurídicos necesarios en su vida cotidiana y la administración de sus bienes.

13
Resulta importante precisar que, de acuerdo con el derecho civil, son incapaces

naturales o legales tanto los menores de edad, por su falta de madurez para comprender y

ejercer derechos y obligaciones, como los mayores de edad declarados en estado de

interdicción, por presentar una condición que les impide gobernarse o manifestar válidamente

su voluntad. La tutela, por tanto, se erige como una institución destinada a garantizar el

bienestar, la seguridad y la protección integral de estas personas, asegurando que sus

derechos no sean vulnerados y que sus bienes sean administrados adecuadamente en su

beneficio.

1.5. Clases de tutela

El Código de Familia mantiene las tres formas tradicionales,las cuales son: la

testamentaria, la legítima y la dativa. Cada una de estas clases se origina de distintas

circunstancias y posee su propia forma de constitución. La tutela testamentaria surge de la

voluntad de los padres, quienes, anticipándose a la posibilidad de su fallecimiento, desean

garantizar la protección de sus hijos. Esta forma de tutela se origina en el testamento, que

constituye la expresión legítima de la voluntad de los progenitores para que produzca efecto

una vez que ellos hayan fallecido.

Según Gallegos (2012), el nombramiento del tutor en este caso recae sobre la persona

que, a juicio de los padres, ofrezca mayor confianza y capacidad para asumir el cuidado tanto

de la persona como de los bienes del futuro tutelado. Sin embargo, puede suceder que los

padres no dispongan nada al respecto; en ese supuesto, la ley establece que el cargo de tutor

corresponderá a los parientes más próximos del pupilo, siguiendo el orden de procedencia

legalmente determinado. Finalmente, si los padres no hubiesen dispuesto en testamento la

designación del tutor y el pupilo careciera de parientes dentro del grado legal exigido, el juez de

familia será quien designe como tutor a otro pariente o incluso a una persona ajena a la familia,

14
siempre que cumpla con los requisitos de idoneidad establecidos por la ley. Asimismo, los

clasifica de la siguiente manera:

1.5.1. Tutela Testamentaria

La tutela testamentaria es aquella que se constituye a través del testamento, conforme a

las disposiciones legales establecidas en el artículo 274 del Código de Familia. El testamento se

define como la declaración que, con las formalidades que exige la ley, realiza una persona para

expresar su última voluntad, especialmente en lo que respecta a la transmisión de sus bienes, y

que tiene plena validez jurídica tras su fallecimiento.

La tutela testamentaria se caracteriza por ser supletoria de la autoridad parental, ya que

refleja el deseo de los padres o abuelos de asegurar la protección de sus descendientes cuando

ellos falten. En este sentido, la ley faculta al padre y a la madre de los hijos sujetos a su

autoridad parental, así como a los abuelos respecto de los nietos bajo su tutela, para designar

tutor mediante testamento. También puede hacerlo cualquier otra persona que instituya

heredero o legatario al menor o incapaz, siempre que no exista tutor testamentario previamente

nombrado por los padres o abuelos.

Sin embargo, esta disposición genera debate, ya que resulta cuestionable permitir que

un extraño pueda designar tutor testamentario, dado que no siempre puede garantizarse que

actuará movido por el interés superior del menor. En efecto, si alguien lega bienes a un incapaz,

no necesariamente está capacitado moral o emocionalmente para elegir a la persona que deba

velar por él. La justificación de los redactores del Anteproyecto del Código de Familia fue que, si

el testador otorga una herencia o legado al pupilo, es razonable que él mismo elija quién habrá

de cuidar al beneficiado y administrar dichos bienes. No obstante, esta explicación resulta

insuficiente desde el punto de vista del interés del menor, ya que prioriza la voluntad del

testador por encima del principio de protección del tutelado.

15
De acuerdo con el artículo 281 del Código de Familia, al armonizar esta disposición con

el numeral tercero del artículo 284, se concluye que el nombramiento del tutor derivado de una

liberalidad solo tendrá efecto para la administración de los bienes heredados o legados, y no

para la representación general del menor o incapaz. En tal sentido, la tutela legítima o dativa

deberá intervenir para garantizar la protección integral del tutelado. En la misma línea, la jurista

Sara Montero, al referirse a una disposición similar en la legislación mexicana, aclara que un

extraño que deja bienes por herencia o legado a un incapaz puede nombrar un tutor

testamentario, pero únicamente para administrar esos bienes, no para ejercer la tutela personal,

lo que evidencia que dicho tutor es en realidad un administrador limitado.

La tutela testamentaria prevalece sobre la legítima y la dativa, como lo dispone el

artículo 286 del Código de Familia, el cual establece que, si estando en funciones un tutor

legítimo o dativo se presenta uno testamentario, el cargo se transfiere inmediatamente a este

último, salvo que el juez decida lo contrario por razones de interés del tutelado. Esta preferencia

se justifica en que los padres o abuelos, al haber tenido contacto directo con el menor, se

encuentran en mejor posición para designar con acierto a la persona más adecuada para su

cuidado.

1.5.2. Tutela Legítima

La tutela legítima ocupa el segundo lugar por orden y preferencia. Corresponde a los

parientes más cercanos del pupilo, quienes, por razón de su vínculo familiar, deben asumir el

cargo de tutor. Esta forma de tutela se funda en la presunción de afecto y cercanía que deriva

de los lazos familiares, ya que se entiende que los parientes actuarán con mayor compromiso y

16
cuidado que un extraño. Según el artículo 287 del Código de Familia, a falta de tutela

testamentaria, se aplicará la legítima.

El Código distingue entre tutela legítima de menores de edad y tutela legítima de

mayores incapaces.

Tutela legítima de los menores de edad: En el primer caso, el orden de llamamiento es el

siguiente: abuelos, hermanos, tíos y primos hermanos. No obstante, el juez tiene la facultad de

modificar este orden o prescindir de él cuando existan razones justificadas, priorizando siempre

el interés del menor y la idoneidad de la persona designada. Si el menor está casado, la ley

dispone que su cónyuge mayor de edad ejercerá la tutela en primer lugar, rompiendo así con la

antigua concepción de supremacía marital.

Un aspecto relevante es que los padres no son llamados a ejercer esta tutela, siendo los

abuelos quienes ocupan el primer orden de designación. Este cambio legislativo, aunque busca

reforzar la protección familiar, ha sido objeto de críticas, pues en muchos casos los padres

podrían ser más idóneos que los abuelos para ejercer el cargo.

Tutela legítima de los mayores Incapaces: En cuanto a los mayores de edad incapaces,

el orden de llamamiento es: cónyuge, hijos, padres, abuelos, hermanos, tíos y primos

hermanos. Estas personas quedan sujetas a tutela cuando son declaradas judicialmente

incapaces, siempre que no estén bajo una autoridad parental prorrogada o restablecida.

Declaratoria de Incapacidad: Constituye un requisito indispensable para establecer la

tutela sobre los mayores de edad incapaces. Esta declaración judicial reemplaza la antigua

figura de la interdicción, regulada en el derogado artículo 465 del Código Civil. La incapacidad,

al ser una excepción frente a la capacidad jurídica, requiere una resolución judicial debidamente

17
motivada, la cual debe demostrar que la persona sufre deficiencias de carácter físico o psíquico

que le impiden gobernarse por sí misma.

La declaratoria también puede aplicarse a menores de edad, si presentan una causa de

incapacidad que se presume persistirá más allá de la mayoría de edad. De esta forma, la

medida permite la prórroga automática de la autoridad parental o de la tutela, evitando

interrupciones que puedan perjudicar los intereses del incapaz.

En consecuencia, cuando un menor declarado incapaz alcance la mayoría de edad, el

tutor continuará en el ejercicio de su cargo de pleno derecho, garantizando así la continuidad de

la protección.

1.5.3. Tutela Dativa

La tutela dativa se configura como una figura subsidiaria, aplicable únicamente cuando

no existan tutores testamentarios o legítimos, o cuando estos sean inhábiles, excusados o

removidos. En estos casos, el juez de familia tiene la facultad de designar a una persona

idónea, observando los criterios establecidos en el artículo 277 del Código de Familia.

El juez puede considerar el parentesco, incluso cuando no sea suficiente para la tutela

legítima, y en los casos de menores abandonados, debe preferir a quien haya demostrado

haberlos protegido o asistido previamente, siempre que cumpla con los requisitos de idoneidad

previstos en la ley (Berrocal, 2022).

1.6. Condiciones que debe reunir el tutor

El artículo 520 del Código Civil establece que, antes de asumir formalmente el ejercicio

de la tutela, deben cumplirse ciertos requisitos legales esenciales, destinados a garantizar la

18
correcta administración del patrimonio del menor o incapaz y la responsabilidad del tutor. Estos

requisitos son los siguientes:

1.6.1. La formación del inventario judicial de los bienes del menor

Uno de los primeros actos que deben realizarse es la elaboración del inventario judicial

de los bienes pertenecientes al menor o incapaz, con la intervención del tutelado si este tiene

dieciséis años cumplidos. Mientras dicha diligencia no se efectúe, los bienes permanecerán en

depósito judicial, con el fin de preservar su integridad y evitar actos de disposición indebidos.

Según lo expuesto por Gallegos y Jara (2014), el inventario y la tasación de los bienes

del pupilo cumplen tres finalidades esenciales. En primer lugar, constituyen una garantía para el

menor, ya que permiten conocer la naturaleza, cantidad y estado de los bienes, evitando

posibles sustracciones, ocultamientos o irregularidades. En segundo término, posibilitan

determinar las sumas que deben destinarse a los gastos de alimentación, educación y demás

necesidades básicas del tutelado, las cuales deben guardar proporción con las rentas o

ingresos que produzca el patrimonio. Finalmente, el inventario representa una garantía también

para el tutor, pues establece la base sobre la cual deberá rendir cuentas, eliminando futuras

controversias o reclamos por bienes inexistentes.

Por su parte BERMÚDEZ (2011), precisa que el inventario judicial consiste en una

relación exacta y detallada de todos los elementos que conforman el patrimonio del pupilo,

indicando además la situación jurídica de cada uno de ellos. En términos más concretos, el

inventario debe incluir:

a) Una descripción precisa de todos los bienes muebles, indicando su estado, calidad,

peso y valor aproximado, especialmente en el caso de objetos preciosos o de afección (oro,

19
plata, joyas, obras de arte, etc.), cuya individualización resulta importante, dado que la ley les

asigna un régimen jurídico particular.

b) Un detalle exacto de los bienes inmuebles, especificando su ubicación, extensión,

estado, cargas o gravámenes, y los derechos reales que puedan recaer sobre ellos.

c) Una relación completa de los créditos a favor del pupilo y de las deudas existentes en

su contra, procurando distinguir claramente la naturaleza de cada obligación.

d) Finalmente, el inventario debe comprender los bienes incorporales o intangibles, tanto

los elementos activos, es decir, aquellos que incrementan el patrimonio (como rentas, derechos

o utilidades), como los pasivos, que representan deudas u obligaciones que lo disminuyen.

La intención de la ley es asegurar que el patrimonio del pupilo quede perfectamente

identificado y documentado, constituyendo así una herramienta de control y transparencia en la

gestión del tutor, al tiempo que garantiza la protección integral de los bienes del incapaz.

1.6.2. La constitución de garantía

El segundo requisito previo al ejercicio de la tutela es la constitución de una garantía,

que puede ser hipotecaria, prendaria o de fianza, dependiendo de las circunstancias del caso.

Esta garantía tiene por finalidad asegurar la responsabilidad del tutor respecto de su

administración y manejo de los bienes del tutelado. Además, la ley permite que el monto de la

garantía pueda aumentarse o disminuirse durante el ejercicio de la tutela, conforme lo señala el

artículo 544 del Código Civil (Berrocal, 2022).

20
Tratándose del tutor legítimo, ese aplicará lo dispuesto en el artículo 426 del mismo

Código, el cual establece lo siguiente:

a) Los padres no están obligados a prestar garantía por la administración de los bienes

de sus hijos, salvo que el juez, a solicitud del consejo de familia, determine lo contrario cuando

el interés del menor así lo exija.

b) En caso de exigirse, la garantía debe cubrir tres aspectos específicos: (1) el valor de

los bienes muebles del tutelado, (2) las rentas producidas por dichos bienes durante un año, y

(3) las utilidades o ganancias que, dentro del mismo período, pudieran generar las actividades

económicas o empresariales del menor.

c) Estas disposiciones son aplicables únicamente cuando los padres no tienen usufructo

legal sobre los bienes administrados, pues en caso contrario, el usufructo ya actúa como una

forma de garantía natural frente a la gestión de los bienes.

En consecuencia, la constitución de garantía busca proteger tanto al pupilo como al

Estado, asegurando que el tutor cumpla con sus deberes de administración y representación de

manera diligente, transparente y conforme a los principios de responsabilidad civil y moral que

caracterizan a esta función.

1.7. Deberes del tutor

Según el artículo 526 del Código Civil (2025), el tutor tiene la obligación de brindar al

menor los medios necesarios para su alimentación, educación y protección, ajustándose a su

condición y siguiendo las disposiciones establecidas para la patria potestad. En caso de que el

21
menor no cuente con bienes suficientes, el tutor debe gestionar el pago de una pensión

alimenticia que cubra sus necesidades básicas.

En este sentido, se entiende que el tutor desempeña un rol similar al de un padre en el

ejercicio de la patria potestad, ya que asume la responsabilidad de velar por el bienestar integral

del menor, garantizando su sustento, formación y seguridad. Asimismo, bajo la supervisión de

un consejo de familia, le corresponde adoptar las medidas necesarias para asegurar la

cobertura de los gastos alimentarios.

De acuerdo con Guzmán (2025), en su artículo “Derecho de familia: ¿qué es la tutela?”,

el tutor tiene el deber de responder por la protección, educación, alimentación y defensa del

menor. En consecuencia, puede afirmarse que el tutor asume las funciones esenciales de un

padre, aunque lo hace de manera legal y con facultades más limitadas.

1.8. Representación del menor sujeto a tutela

De acuerdo con el artículo 527 del Código Civil (2025), el tutor actúa como

representante legal del menor en todos los actos civiles, salvo en aquellos casos en los que la

ley le concede al propio menor la capacidad de actuar por sí mismo.

En este sentido, el tutor asume la función de gestionar y resolver los asuntos legales y

civiles del menor en la mayoría de las circunstancias. No obstante, esta representación se limita

cuando la normativa autoriza al menor a intervenir de manera directa. Por tanto, salvo en las

excepciones previstas por la ley, corresponde al tutor ejercer la representación jurídica del niño

en defensa de sus derechos e intereses.

1.9. Administración de los bienes del menor

El artículo 529 del Código Civil (2025) establece que el tutor tiene la obligación de

administrar los bienes del menor con la diligencia ordinaria. Esto significa que debe velar

22
responsablemente por los intereses patrimoniales del tutelado, asumiendo las consecuencias

legales por cualquier daño ocasionado debido a negligencia o incumplimiento de sus deberes.

En este marco, el tutor debe gestionar los bienes del menor con el mismo cuidado que

un buen padre de familia, respondiendo ante cualquier perjuicio derivado de su descuido. Está

autorizado para realizar actos de administración ordinaria como cubrir gastos de alimentación,

educación, vestimenta o pequeñas deudas sin necesidad de autorización judicial. No obstante,

para decisiones que excedan la gestión cotidiana, como la venta, hipoteca o disposición de

bienes de alto valor, debe solicitar la aprobación del tribunal. Estas medidas buscan prevenir un

manejo inadecuado del patrimonio y garantizar su protección y crecimiento.

Asimismo, la ley impone al tutor el deber de actuar con prudencia y previsión,

procurando no solo conservar los bienes del menor, sino también hacerlos fructificar de manera

responsable. Con este fin, se le exige presentar un inventario y una tasación antes de tomar

posesión de los bienes, limitando su autoridad en operaciones que pudieran comprometer el

patrimonio del tutelado.

Según Canales (2023), el tutor posee un deber general de administrar los bienes del

menor con la diligencia de un “buen padre de familia”, lo cual constituye tanto una obligación

como una facultad. Este deber comprende tres aspectos esenciales:

- ​ Producir renta, mediante la utilización adecuada de los bienes, ya sea cultivando,

arrendando o invirtiendo.

- ​ Conservar el patrimonio, evitando su depreciación y manteniendo su valor

jurídico y material a través del cumplimiento oportuno de pagos, la defensa de derechos y el

mantenimiento adecuado de los bienes.

- ​ Capitalizar los ingresos excedentes, procurando gastar lo mínimo necesario para

incrementar progresivamente el patrimonio del menor.

23
1.10. La exigibilidad del permiso judicial para hacer disposición de los derechos

de los menores que se encuentran sujetos a la tutela

El artículo 449 establece que: “En los casos de los incisos 2, 3 y 7 del artículo 448, se

aplican también los artículos 987, 1307 y 1651. Además, en los casos a que se refieren los

artículos 447 y 448, el juez debe oír, de ser posible, al menor que tuviere dieciséis años

cumplidos, antes de prestar su autorización. Esta se concede conforme a los trámites

establecidos en el Código de Procedimientos Civiles para enajenar u obligar bienes de

menores.” (civil, 2025).

Es importante tener en cuenta que el articulo antes mencionado tiene un articulo

supletorio, que es el articulo 534 del mismo marco normativo.

El artículo 109 del Código de los Niños y Adolescentes (Ley N.º 27337, 2000) establece

que quienes administren bienes pertenecientes a niños o adolescentes deben obtener

autorización judicial para gravarlos o enajenarlos, siempre que existan causas justificadas de

necesidad o utilidad, conforme a lo dispuesto en el Código Civil (adolescentes, 2025). Esto

significa que dicha autorización solo se concede cuando las circunstancias demuestren un

beneficio legítimo para el menor.

En concordancia, el artículo 532 del Código Civil peruano dispone que el tutor también

requiere autorización judicial, previa audiencia del consejo de familia, para realizar

determinados actos vinculados con la gestión patrimonial o personal del tutelado, tales como:

1. Practicar los actos indicados en el artículo 448.

2. Hacer gastos extraordinarios en los predios.

3. Pagar deudas del menor, a menos que sean de pequeña cuantía.

24
4. Permitir al menor capaz de discernimiento, dedicarse a un trabajo, ocupación,

industria u oficio, dentro de los alcances señalados en el artículo 457.

5. Celebrar contrato de locación de servicios.

6. Celebrar contratos de seguro de vida o de renta vitalicia a título oneroso.

7. Todo acto en que tengan interés el cónyuge del tutor, cualquiera de sus parientes o

alguno de sus socios.” (civil, 2025).

De esta forma, el Código Civil peruano determina que el tutor solo puede realizar ciertos

actos relativos al patrimonio o bienestar del menor mediante autorización judicial y con

conocimiento previo del consejo de familia.

Asimismo, el artículo 449 del mismo cuerpo normativo señala que, en los casos

previstos en los incisos 2, 3 y 7 del artículo 448, resultan aplicables los artículos 987, 1307 y

1651. Además, establece que, cuando se trate de los supuestos comprendidos en los artículos

447 y 448, el juez deberá escuchar al menor que haya cumplido dieciséis años, antes de

otorgar la autorización correspondiente. Dicho permiso se concede conforme al procedimiento

señalado en el Código de Procedimientos Civiles para la enajenación o gravamen de bienes

pertenecientes a menores (civil, 2025).

Finalmente, cabe resaltar que el artículo 534 del mismo Código Civil actúa como

disposición supletoria del artículo 449, reforzando el principio de protección del menor y la

necesidad de control judicial en todos los actos que puedan afectar su patrimonio o sus

derechos.

1.11. Actos prohibidos del tutor

El artículo 538 del Código Civil peruano (2025) establece que los tutores tienen

prohibido realizar determinadas acciones respecto a los bienes del menor bajo su tutela. En

25
específico, no pueden comprar ni tomar en arrendamiento dichos bienes, adquirir derechos o

acciones en su contra, disponer de ellos de manera gratuita, ni arrendarlos por un plazo

superior a tres años.

Estas restricciones buscan impedir que el tutor utilice su posición para obtener

beneficios personales en perjuicio del tutelado. Asimismo, pretenden evitar conflictos de

intereses y proteger el patrimonio del menor frente a posibles abusos o actos de mala fe. En

ese sentido, la normativa garantiza que las decisiones del tutor se orienten exclusivamente a

salvaguardar los derechos, la integridad y el bienestar del niño o adolescente bajo su cuidado.

1.11.1 La retribución del tutor

El tutor tiene derecho a recibir una compensación económica por las funciones que

desempeña, la cual será fijada por el juez considerando el valor de los bienes del menor y la

complejidad de las labores realizadas durante su gestión. Dicha retribución no podrá exceder el

8% de las rentas o bienes líquidos administrados, ni el 10% del capital total. Esta disposición

busca garantizar una remuneración justa por la responsabilidad asumida, sin permitir beneficios

desproporcionados que puedan afectar el patrimonio del tutelado.

1.11.2 Rendición de cuentas del tutor

Según Palacio (1983), la rendición de cuentas se entiende como la obligación de toda

persona que administra o dirige bienes ajenos de presentar al titular un informe completo y

documentado sobre las operaciones realizadas, determinando así los saldos a favor o en contra

del administrador. Esta obligación surge del principio de responsabilidad natural, puesto que

solo quien es propietario exclusivo de un bien puede disponer de él libremente sin rendir

cuentas a terceros. En cambio, quien gestiona bienes de otro debe justificar su actuación,

incluso si la administración fue conjunta o compartida.

26
El artículo 540 del Código Civil (2025) establece que el tutor tiene la obligación de rendir

cuentas de su administración:

1.​ De manera anual.

2.​ Al finalizar la tutela o cuando cese en el cargo.

En relación con ello, Canales (2023) señala que, en el caso del tutor legítimo —figura

que recae en los ascendientes más próximos del menor, conforme al artículo 506 del Código

Civil—, se aplican las reglas del artículo 427 del mismo código, que exime de la rendición de

cuentas periódica salvo disposición judicial contraria. No obstante, este tutor deberá rendir

cuentas al concluir su cargo, conforme a lo establecido en los artículos 540 y 541 del Código

Civil.

De acuerdo con Canales (2023), la rendición de cuentas se efectúa mediante una

audiencia en el marco de un proceso abreviado, convocada por el juez y con la presencia del

menor si este tiene más de catorce años. El tutor debe presentar un informe escrito,

acompañado de copias de los documentos que respalden su gestión o de otros medios

probatorios pertinentes. Durante la audiencia, el tutor está obligado a responder las preguntas o

aclaraciones que le formule el juez o el propio menor, garantizando así la transparencia y la

correcta administración de los bienes del tutelado.

En síntesis, la rendición de cuentas constituye un mecanismo esencial de control judicial

que busca asegurar la correcta administración de los bienes del menor y la responsabilidad del

tutor en el ejercicio de su función.

27
1.12. Convocatoria al consejo de familia en caso de perjuicio al menor sujeto a

tutela

Cuando existan indicios de que el tutor ha causado algún tipo de perjuicio al menor —ya

sea de naturaleza económica, física o emocional—, el juez tiene la obligación de actuar de

oficio y convocar al consejo de familia para que intervenga en defensa de los intereses del

tutelado. Esta medida se fundamenta en el deber del juez de garantizar la protección integral

del menor y evitar cualquier afectación a su bienestar.

El consejo de familia, una vez convocado, posee la facultad de deliberar y adoptar las

decisiones pertinentes para salvaguardar la seguridad, estabilidad y derechos del menor,

considerando la magnitud del daño y las circunstancias específicas del caso. Su intervención

constituye un mecanismo de control y protección que refuerza la supervisión judicial sobre la

función tutelar.

1.13. Acciones recíprocas de pago del menor sujeto a tutela y del tutor

Existe una excepción relevante en materia de responsabilidades económicas derivadas

de la tutela: la acción para reclamar los importes impagos resultantes de la cuenta final. En

términos generales, las acciones legales relacionadas con la patria potestad entre padres e

hijos prescriben a los tres años contados desde la aprobación de la rendición de cuentas. Sin

embargo, en el caso de las gestiones realizadas por el tutor, tales reclamaciones se rigen por el

plazo general de prescripción aplicable a las obligaciones personales, el cual suele ser más

extenso.

28
Este tratamiento diferenciado busca garantizar que las deudas pendientes o

irregularidades en la administración del patrimonio del menor sean efectivamente exigibles,

reforzando la responsabilidad jurídica del tutor y distinguiéndose así de las acciones derivadas

de la patria potestad.

1.14. Extinción de la tutela

El artículo 549 del Código Civil peruano (2025) establece que la tutela concluye por las

siguientes causas:

- ​ Muerte del menor.

- ​ Mayoría de edad (cumplimiento de los dieciocho años).

- ​ Cese de la incapacidad del menor.

- ​ Cese de la incapacidad del padre o la madre.

- ​ Reingreso del menor bajo patria potestad.

En complemento, Canales (2023) señala que la extinción puede ser total o parcial. En el

primer caso, la tutela termina definitivamente por causas como la mayoría de edad, el

matrimonio, la emancipación o la muerte del menor. En el segundo caso, puede cesar por la

destitución o fallecimiento del tutor, o por cualquier circunstancia que impida el ejercicio de sus

funciones.

1.15. Cese de la tutela

El cese de la tutela puede producirse por diversas causas, entre ellas la muerte del tutor,

su renuncia, insolvencia, remoción o negativa de ratificación. En caso de fallecimiento, los

herederos del tutor que se encuentren en plena capacidad jurídica deben continuar

temporalmente con la administración hasta que se designe un nuevo tutor.

29
La renuncia al cargo solo procede cuando el tutor ha ejercido sus funciones durante al

menos seis años. Asimismo, si el tutor incurre en insolvencia, falta de idoneidad o

incumplimiento de sus deberes, puede ser removido judicialmente.

Durante el proceso de remoción, el juez tiene la facultad de suspender provisionalmente

al tutor si considera que existe riesgo inminente para el menor. En tal caso, la tutela será

asumida temporalmente por el tutor testamentario o legítimo, y, en ausencia de estos, por un

tutor dativo designado por el tribunal.

Finalmente, cuando el menor haya alcanzado los catorce años de edad, la ley le

reconoce el derecho de solicitar directamente la remoción de su tutor, fortaleciendo así su

participación y protección dentro del proceso tutelar.

30
CAPITULO II: CURATELA

2. 1. Generalidades

La figura de la curatela, remonta su origen al Derecho Romano, específicamente a la

Ley de las Doce Tablas. Dicha norma ya contemplaba esta institución jurídica, aunque

únicamente con el propósito de asistir a quienes padecían incapacidades accidentales, como

los furiosi (locos) y los pródigos. Con el tiempo, la curatela se amplió como medida de

protección para otros grupos vulnerables, incluyendo a los mente capti, sordomudos y personas

afectadas por enfermedades graves. Finalmente, esta figura también se aplicó a un tipo distinto

de incapacidad: la atribuida a los púberes menores de 25 años y, en ciertos casos, a los pupilos.

Resulta pertinente la reflexión de Aguilar (2008), donde explica que la curatela destinada

a los menores de 25 años surgió como una medida en beneficio de los varones, a quienes el

Derecho antiguo reconocía plena capacidad civil al quedar fuera de la patria potestad. Sin

embargo, la concesión temprana de dicha capacidad a los jóvenes romanos de apenas 14 años

trajo consecuencias negativas, pues muchos fueron víctimas de abusos y engaños. Para evitar

tales perjuicios, se crearon diferentes mecanismos de protección para los menores de 25 años.

El primero fue la Ley Plaetoria, que establecía sanciones penales contra quienes se

aprovechan de la inexperiencia de un menor y permitía que este solicitará al magistrado la

designación de un curador. Posteriormente, los pretores, inconformes con la insuficiencia de

esta ley, comenzaron a revisar los actos jurídicos celebrados por los menores, con el fin de

concederles la restitutio in integrum cuando se demostrara que habían sufrido perjuicio

patrimonial. En un inicio, los menores podían obtener un curador solo para actos específicos, a

petición propia; pero con el tiempo, el emperador Marco Aurelio permitió el nombramiento de

31
curadores generales basados en la edad del solicitante. Más adelante, Justiniano introdujo

nuevas reformas al régimen de la curatela (Cornejo, 1998).

Respecto a ello, es oportuno reiterar que, en oposición a la tradición romana y

considerando la similitud entre la tutela y la curatela ambas orientadas a la protección de

personas incapaces, sin importar la causa de su incapacidad, algunas legislaciones modernas

han optado por eliminar la distinción entre ambas figuras y tratarlas como una sola institución.

En cambio, otras normativas, valorando las particularidades de cada una, mantienen su

tratamiento separado, aunque aplican a la curatela las disposiciones de la tutela cuando no

existe regulación específica.

Podemos hacer, en este punto, dos observaciones fundamentales.

a) Si se analizan en sí mismas, tanto la tutela como la curatela presentan diferencias

relevantes. La tutela, al igual que la patria potestad tal como la conciben códigos civiles como

el nuestro, tiene como finalidad brindar protección a quienes atraviesan una etapa de

incapacidad natural. En este caso, se trata de una limitación propia del desarrollo humano,

inevitable por su misma naturaleza, y que afecta a todas las personas sin excepción. Todo

individuo, por el solo hecho de su condición humana, pasa en algún momento de su vida por un

periodo en el que no puede valerse plenamente por sí mismo. Durante esa fase inicial, nadie

está exento de una incapacidad absoluta o relativa para ejercer derechos, asumir obligaciones o

procurarse los medios básicos de subsistencia. Precisamente, para amparar a quienes se

encuentran en esta situación existen la patria potestad y, en su defecto, la tutela.

No todos los individuos, en cambio, llegan a sufrir incapacidades de carácter accidental

o sobrevenido, como la enfermedad mental, la prodigalidad, la adicción o la condena que priva

de libertad. Quienes enfrentan esas condiciones quedan parcial o totalmente impedidos de

32
ejercer sus derechos y cumplir sus deberes, siendo en favor de ellos que se instituye la

curatela.

b) Cuando la legislación como ocurre en nuestro caso dispone que la curatela se rija por

las normas de la tutela, salvo aquellas disposiciones que la regulan específicamente, el debate

sobre si ambas figuras deben unificarse o mantenerse separadas pierde relevancia. En tal

situación, la diferencia entre tutela y curatela se reduce a una cuestión meramente

terminológica, sin mayor impacto práctico en su aplicación.

En consecuencia , cabe destacar otra diferencia relevante que se observa en algunas

legislaciones contemporáneas, como la separación entre los casos de interdicción, que se

aplica la tutela, y los de inhabilitación, que requieren una curatela.

Según Gallegos (2012), ilustra esta distinción señalando que, cuando una enfermedad

mental no alcanza la gravedad suficiente como para privar totalmente al individuo de la

conciencia de sus actos y, por tanto, no justifica su interdicción, procede la inhabilitación.

Determinar si una afección psíquica produce una pérdida total del discernimiento o solo una

alteración parcial de la razón es una cuestión de hecho que debe resolverse con la ayuda de la

pericia médica.

2.2.Régimen legal

2.2.1. Concepto

Superando las dificultades que genera la diversidad de casos en que puede aplicarse

esta institución, podría definirse la curatela como una figura de protección jurídica destinada a

amparar a la persona incapaz que no se encuentra bajo el resguardo de la patria potestad ni de

la tutela, o a aquella persona capaz que, por circunstancias específicas, se ve temporalmente

impedida de ejercer sus derechos. En virtud de esta institución, se garantiza la custodia y

33
administración de los bienes o intereses del sujeto, y, de ser necesario, también su defensa

personal y la recuperación de su salud o normalidad.

El fundamento de la curatela, en términos generales y especialmente respecto de su

forma típica, se sustenta en los mismos principios que justifican la patria potestad y la tutela. Su

razón de ser radica en el estado de desprotección o vulnerabilidad en que puede encontrarse

una persona para ejercer sus derechos y resguardar sus intereses personales o patrimoniales.

Además, responde a la necesidad de evitar el aprovechamiento injusto de esa situación por

parte de terceros inescrupulosos, lo que generaría desigualdad y descomposición social si no

se previniera o sancionara adecuadamente.

Según Aguilar (2008), la curatela se apoya en valores humanos y sociales como la

solidaridad familiar, la fraternidad, la empatía y la caridad cristiana, que motivan a los individuos

a proteger a quienes no pueden valerse por sí mismos. Todo ello confiere a esta institución una

base sólida y humanitaria, semejante a la que sustenta la tutela, aunque con menor grado de

urgencia que la patria potestad. Además, establece las siguientes clases de curatela:

2.2.2. Clases de curatela

Además de la curatela establecida para los incapaces mayores de edad, el

ordenamiento jurídico contempla otras dos modalidades que, por su naturaleza particular,

reciben el nombre de curatelas atípicas: la curatela de bienes y las curatelas especiales.

Sin embargo, debe advertirse que estas curatelas atípicas no responden plenamente a

la esencia protectora de la institución, en la medida en que las funciones atribuidas a los

curadores en tales casos no se proyectan sobre la esfera personal del incapaz, sino que se

restringen al ámbito patrimonial o a cuestiones específicas.

34
Desde una perspectiva doctrinaria, entendemos que el sentido esencial de la curatela

radica en la protección integral de la persona que, por causa de una limitación o deficiencia, no

puede atender adecuadamente sus propias necesidades. Por ello, el curador cumple una

función social de asistencia y cuidado, que constituye, en cierto modo, una carga pública

impuesta en beneficio del incapaz y de la colectividad.

De acuerdo con el artículo 565 del Código Civil peruano, la curatela se instituye en los

siguientes supuestos:

a) Para los incapaces mayores de edad, que carecen de discernimiento o cuya

capacidad se encuentra restringida;

b) Para la administración de bienes, cuando no exista otra persona legalmente facultada

para ejercer dicha función; y

c) Para asuntos determinados, en los cuales sea necesario designar un representante

especial con facultades limitadas.

2.2.2.1 Curatela para incapaces mayores de edad

La curatela típica o principal, que constituye la forma tradicional de esta institución,

comprende tres grupos de incapaces, conforme a la clasificación establecida por el Código Civil:

●​ Las personas privadas de discernimiento, los retardados mentales, los

sordomudos, ciegos sordos y ciego mudos que no pueden expresarse de manera indubitable,

así como quienes padecen deterioro mental que les impide manifestar su voluntad libre y

consciente.

●​ Los pródigos, malos gestores, ebrios habituales y toxicómanos, cuya conducta o

vicio pone en riesgo su patrimonio, su seguridad personal o la de su familia.

35
●​ Los condenados a pena que lleva anexa la interdicción civil, quienes, en virtud de

la sentencia penal, quedan sujetos a la curatela durante el tiempo que dure la sanción.

Debe advertirse que no todos los incapaces se encuentran en la misma situación jurídica

ni personal, por lo que las funciones asignadas al curador varían según el tipo de incapacidad.

En algunos casos, la labor del curador se orienta principalmente a la protección de la persona,

como sucede en los casos de discernimiento; mientras que en otros, el énfasis recae en la

defensa del patrimonio, tal como ocurre con el pródigo o el mal gestor.

Del mismo modo, el alcance de la representación del curador no es uniforme. En ciertos

supuestos por ejemplo, en el del sordomudo, ciegosordo o ciegomudo que no puede expresarse

de manera clara y fehaciente la representación es plena y total, abarcando tanto los actos

personales como patrimoniales. En cambio, en figuras como la del pródigo, dicha

representación se limita exclusivamente al ámbito económico, sin interferir en los aspectos

personales del curado.

2.2.2.2 Curatela de bienes o administración de bienes

La denominada curatela de bienes constituye una forma atípica de curatela, pues su

finalidad no es la asistencia de la persona del incapaz, sino únicamente la gestión y protección

de su patrimonio. Tal como su nombre indica, este tipo de curatela se restringe al cuidado,

custodia y administración de bienes o intereses económicos que, por determinadas

circunstancias, carecen de un titular capaz de gestionarlos directamente.

Un ejemplo típico se presenta en el caso del desaparecido, quien, al encontrarse

ausente, no puede ejercer el control sobre su propio patrimonio. Ante esta situación, el

ordenamiento prevé la designación de un curador de bienes, encargado de velar por dichos

intereses económicos hasta que el titular pueda reasumir sus funciones.

36
En consecuencia, las atribuciones del curador se limitan estrictamente al ámbito

patrimonial, sin que le corresponda ninguna intervención respecto de la persona del titular,

razón por la cual esta modalidad se considera una curatela atípica.

2.2.2.3 Curatela para asuntos determinados

La curatela para asuntos determinados, también conocida como curatela especial, se

caracteriza por tener un encargo preciso y limitado. El juez designa a un curador para atender

un asunto específico, generalmente vinculado con bienes o intereses económicos de una

persona que, por diversas razones, no puede ocuparse directamente de él.

Esta figura puede aplicarse a incapaces que ya cuentan con un representante legal

(padres, tutor o curador típico), e incluso a personas plenamente capaces que se encuentren

temporalmente impedidas de actuar o de otorgar poder de representación. En todos estos

casos, la intervención del curador se circunscribe exclusivamente al asunto concreto para el

cual ha sido designado.

Concluido dicho encargo, cesan de inmediato las funciones del curador especial, dado

que su actuación no se proyecta más allá de la situación puntual que motivó su nombramiento.

Un ejemplo evidente de esta modalidad se halla en el artículo 460 del Código Civil,

referido a los casos de oposición de intereses entre padre e hijo. En tales circunstancias, el juez

debe designar un curador especial encargado de representar al menor y salvaguardar su interés

frente al del progenitor. Una vez resuelta la controversia o desaparecida la oposición, la curatela

especial queda extinguida.

37
2.2.3. Caracteres de la curatela

Para el autor Cornejo (1998), la curatela constituye una carga pública, ya que el curador

asume la responsabilidad de atender al incapaz tanto en el ámbito personal como en el

económico, cuando se trata de un incapaz absoluto. En el caso de los incapaces relativos,

como el pródigo, el curador se limita al resguardo de los intereses patrimoniales. Esta función

se considera una carga pública porque exige tiempo y dedicación, y porque es impuesta por la

ley con el propósito de proteger a quienes no pueden valerse por sí mismos, evitando que sean

víctimas de abusos o manipulaciones por parte de terceros.

De lo anterior se deduce que la curatela responde a un interés colectivo y no meramente

individual, pues la sociedad tiene un interés legítimo en que esta función se ejerza

correctamente en beneficio del curado. Por tal motivo, el cargo de curador es de carácter

obligatorio, sin posibilidad de ser rechazado por quien es designado. Asimismo, al tratarse de

un asunto de interés público, el ejercicio del cargo se encuentra sujeto a control y supervisión

constante por parte del juez, del consejo de familia y de toda persona con interés legítimo en la

protección del incapaz.

El cargo de curador es de carácter personalísimo, lo que significa que debe ser

desempeñado directamente por quien ha sido nombrado, sin posibilidad de delegar sus

funciones, aunque puede contratar a un administrador para ciertos asuntos patrimoniales,

permaneciendo siempre responsable del cumplimiento de su encargo. Generalmente, la

curatela es unipersonal, aunque excepcionalmente puede ser mancomunada, como en el caso

de la curatela testamentaria. Dado que este cargo implica dedicación y esfuerzo, el curador

tiene derecho a una remuneración, salvo en la curatela legítima, donde el deber recae en

familiares cercanos por razones morales.

38
En cuanto a la representatividad del guardador, ésta no es uniforme, sino que varía,

dependiendo del grado de incapacidad del curado. Así tenemos que en el caso del privado de

discernimiento por cualquier causa, la representación del interdicto es total, por tratarse de un

incapaz absoluto; mientras que si se trata del mal gestor, la representación es limitada, esto es

que sólo se circunscribe a asistir al incapaz en lo concerniente a su patrimonio, pero en lo

personal no hay función que cumplir.

2.2.4. Impedimentos y excusas de los curadores

Si bien el cargo de curador es de carácter obligatorio, resulta coherente hablar tanto de

impedimentos como de excusas, ya que es necesario garantizar que quien asuma la función

sea una persona idónea, capaz y libre de conflictos de interés, a fin de que el cuidado del

incapaz se ejerza en condiciones adecuadas. Por esta razón, el designado debe reunir

cualidades que aseguren un desempeño eficiente del cargo y una correcta protección del

curado.

De acuerdo con Gallegos y Jara (2014), el artículo 568 del Código Civil, que faculta la

aplicación de las normas de la tutela, se encuentran impedidos de ejercer la curatela: los

menores de edad, los interdictos, los deudores y acreedores del incapaz, así como sus fiadores;

quienes tengan intereses opuestos al curado; los padres del interdicto; los quebrados; los

condenados por delitos contra la vida, el cuerpo, la salud, el patrimonio o las buenas

costumbres; las personas de conducta notoriamente inmoral; y quienes hayan sido privados de

la patria potestad o removidos de la tutela. Estas personas no deben aceptar el cargo, y si lo

hacen o el impedimento surge durante su desempeño, incurren en causal de remoción.

Aunque la curatela se fundamenta en un deber de solidaridad social, ello no significa

que el curador deba soportar perjuicios personales por cumplir con esta obligación. Por tal

39
motivo, cuando existan razones justificadas, el designado puede excusarse de aceptar el cargo.

Es importante distinguir entre excusa y renuncia:

La renuncia implica la negativa definitiva a asumir o continuar en el cargo, protegiendo

principalmente los intereses del incapaz.

La excusa atiende a las circunstancias personales del llamado, permitiéndole abstenerse

de ejercer la función. Pueden excusarse quienes sean extraños si existen parientes del curado,

los analfabetos, quienes padezcan enfermedades crónicas, los mayores de sesenta años,

quienes carezcan de domicilio fijo, los que residan lejos del lugar donde deba cumplirse la

curatela, quienes tengan más de cuatro hijos bajo su patria potestad, los que ya hayan sido

tutores o curadores, y quienes desempeñen un cargo público incompatible con la curatela.

2.2.5. Requisitos previos al ejercicio de la función

Antes de asumir formalmente la curatela, el designado debe cumplir con una serie de

requisitos establecidos en beneficio tanto del curador como del incapaz. Estos requisitos

comprenden la elaboración de un inventario, la presentación de una garantía, el discernimiento

del cargo y su inscripción en el registro personal. Asimismo, durante el ejercicio de la función, el

curador tiene la obligación de presentar rendiciones de cuentas periódicas, y al finalizar su

labor, debe realizar una rendición de cuentas final.

El autor Cornejo (1998), considera que no todos los curadores están sujetos a las

mismas exigencias, ya que estas dependen de la naturaleza de la relación con el incapaz. Así,

cuando el curador es el padre o la madre del interdicto, no está obligado a elaborar inventario,

ofrecer garantía ni presentar cuentas periódicas. En cambio, cuando la curatela recae en una

persona extraña al curado, dicha persona entonces todos esos requisitos deberán ser

satisfechos y los desarrolla de manera específica de la siguiente manera::

40
2.2.5.1 Inventario

El inventario es de carácter judicial y debe contener una relación detallada de todos los

bienes muebles e inmuebles pertenecientes al curado, siendo recomendable que se acompañe

de una tasación que precise su valor. Conforme al artículo 574 del Código Civil, el curador que

sea cónyuge del incapaz está exento de realizar el inventario, al igual que los padres que

ejerzan la curatela de sus hijos. Esta exoneración se fundamenta en el artículo 575 del mismo

Código, que dispone la aplicación de las normas de la patria potestad en los casos de curatela

respecto de hijos mayores de edad incapaces. Por tanto, el inventario solo sería exigible si el

padre o la madre ha enviudado o se ha divorciado, según lo dispuesto en el artículo 441 del

Código Civil.

2.2.5.2 Garantía

Con el fin de asegurar los resultados de la gestión del curador, la ley exige una garantía,

que será preferentemente de carácter real, y en su defecto, personal. No obstante, los

curadores legítimos del incapaz esto es, el cónyuge, los padres, descendientes, ascendientes o

hermanos están exceptuados de constituir dicha garantía, salvo que el juez, a solicitud del

consejo de familia, determine lo contrario, conforme al artículo 579 del Código Civil.

2.2.5.3 Discernimiento del cargo

Este acto consiste en que la persona convocada a ejercer la curatela presta juramento

ante el juez, comprometiéndose a cumplir fielmente su deber de velar por la persona y los

bienes del curado. Asimismo, debe declarar si mantiene alguna relación de acreedor o deudor

con el incapaz y especificar los montos correspondientes. Dicho acto se inscribe en el registro

personal, a fin de garantizar los derechos tanto del curado como del curador y de cualquier

41
tercero con interés legítimo que lo solicite. Todos los designados para ejercer la curatela están

obligados a cumplir con este requisito dentro de un proceso de naturaleza no contenciosa.

2.2.5.4 Rendición de cuentas periódicas

La rendición periódica de cuentas resulta esencial para supervisar adecuadamente la

administración del patrimonio del curado y permitir que el juez adopte las medidas pertinentes.

Estas cuentas deben presentarse ante la autoridad judicial; sin embargo, el cónyuge y los

padres están exonerados de esta obligación, conforme a lo dispuesto en los artículos 574 y 575

del Código Civil.

2.2.5.5 Declaración de interdicción del incapaz

Además de los requisitos anteriores, existe otro de mayor relevancia y es la declaración

judicial de interdicción, requisito indispensable para ejercer la curatela, conforme al artículo 566

del Código Civil, que establece que no puede nombrarse curador sin que previamente se haya

declarado la interdicción, salvo lo previsto en el inciso 8 del artículo 44. Esta excepción se

refiere a los incapaces relativos, como los condenados penalmente, quienes ven restringidos

sus derechos por efecto de la sentencia, sin necesidad de un proceso civil adicional.

En cuanto al concepto de capacidad, esta implica la facultad o aptitud para ejercer

derechos y obligaciones, distinguiéndose entre capacidad de goce aptitud para ser titular de

derechos y capacidad de ejercicio aptitud para ejercerlos. Si bien toda persona posee

capacidad de goce, puede existir incapacidad de ejercicio cuando el individuo no tiene aptitud

para actuar por sí mismo.

La interdicción se relaciona directamente con la incapacidad civil y representa la

situación jurídica en la que una persona ha sido declarada incapaz mediante resolución judicial.

Según lo establecido en el artículo 566 del Código Civil, no puede designarse un curador para

42
una persona incapaz sin que previamente exista una declaración judicial de interdicción, salvo

en el caso de los penados, cuya restricción de derechos deriva de la sentencia condenatoria en

el ámbito penal.

El procedimiento para obtener la declaración de interdicción se tramita a través del

proceso sumarísimo. Conforme al artículo 581 del Código Civil, esta demanda procede en los

casos de personas privadas de discernimiento por cualquier causa, así como en los

sordomudos, ciegosordos y ciegomudos que no puedan manifestar su voluntad de forma clara,

los retardados mentales, quienes padecen deterioro mental que les impida expresar su libre

voluntad, los pródigos, los de mala gestión, los ebrios habituales y los toxicómanos. La

demanda debe dirigirse contra el presunto interdicto y también contra aquellos que, estando

facultados para promoverla, no lo hubieran hecho.

Asimismo, cuando se trate de pródigos o de personas de mala gestión, se deben

presentar documentos que acrediten los hechos alegados, como la dilapidación de bienes que

exceden la porción disponible o la pérdida de más de la mitad del patrimonio cuando existan

herederos forzosos, junto con la declaración de al menos tres testigos. En los demás casos de

incapacidad, es necesario adjuntar un certificado médico que acredite el estado mental del

presunto interdicto. Finalmente, el artículo 583 del Código Civil dispone que si el incapaz

representa un grave peligro para la tranquilidad pública, la demanda de interdicción puede ser

presentada tanto por el Ministerio Público como por cualquier persona interesada.

2.2.6. Garantías en el ejercicio de la curatela

En cuanto a las garantías que rigen la función curatorial, puede afirmarse que resultan

aplicables los mismos criterios señalados para la tutela.

43
Es cierto que el contenido y alcance de la guardaduría no solo difieren entre la tutela y la

curatela, sino también entre los diversos grupos comprendidos dentro de la curatela típica. Sin

embargo, de manera general, puede sostenerse que las garantías durante el ejercicio de la

curatela son esencialmente las mismas que las del tutor (Gallegos & Jara, 2014).

Por tanto, se mantienen idénticas limitaciones y requisitos en lo referente a la

administración de los bienes del incapaz, a la posibilidad de gravar o disponer de ellos, a las

prohibiciones impuestas al curador en cuanto a determinados actos, así como a las nulidades

que afectan los actos irregulares y las acciones que pueden interponerse entre el curador y el

curado. También se conserva la responsabilidad subsidiaria del juez en los casos en que

corresponda.

2.3. Curatela de los privados de discernimiento, retardados mentales,

sordomudos, ciegosordos, ciegos mudos y con deterioro mental

En palabra de Vilca y Ricci, (2025), los artículos 564, 565 y 571 del Código Civil, la

curatela típica se instituye para un primer grupo de incapaces mayores de edad, conformado

por personas que presentan determinadas limitaciones en su capacidad de discernimiento o de

expresión de voluntad. Entre ellos se encuentran:

a) quienes se hallan privados de discernimiento por cualquier causa, siempre que dicha

situación sea permanente;

b) los sordomudos, ciegosordos y ciegomudos que no puedan expresar su voluntad de

manera indubitable, pues la incapacidad radica en la imposibilidad de manifestar su querer con

certeza, más que en la falta de una facultad en sí misma;

c) los retardados mentales, cuyo desarrollo intelectual es inferior al correspondiente a su

edad; y

44
d) quienes padecen deterioro mental que les impide expresar libremente su voluntad, sin

que exista una privación total de discernimiento.

Lo determinante para que estas personas sean declaradas interdictas y se les designe

un curador es su incapacidad para administrar sus propios asuntos, la imposibilidad de valerse

por sí mismas sin cuidados o asistencia permanentes, o el hecho de que representen un riesgo

para la seguridad de los demás.

En los casos donde exista duda respecto al grado de capacidad del presunto incapaz, el

artículo 581 del Código Civil autoriza al juez a declarar la interdicción y establecer la extensión y

límites de la curatela conforme al nivel de incapacidad, contando para ello con el apoyo de

profesionales especializados. Además, durante el proceso de interdicción, el juez puede ampliar

el alcance de la curatela si el curador lo solicita y existen razones debidamente justificadas.

2.3.1. Quién puede pedir y a quién corresponde ejercer la curatela

De acuerdo con el artículo 583 del Código Civil, la solicitud de interdicción de una

persona incapaz puede ser presentada por su cónyuge, sus parientes o el Ministerio Público. En

el caso del cónyuge, la ley le otorga prioridad en este derecho, ya que el vínculo matrimonial

conlleva el deber de asistencia y cuidado tanto personal como patrimonial hacia su pareja.En

cuanto a los parientes, el artículo 236 del mismo código establece que pueden hacerlo los

ascendientes, descendientes y colaterales hasta el cuarto grado, quienes poseen un interés

legítimo ya sea moral o económico en la protección del incapaz (Aguilar, 2008).

Por su parte, la intervención del Ministerio Público, según el artículo 583 del Código

Procesal Civil, procede únicamente cuando el incapaz representa un grave peligro para la

tranquilidad pública, aunque esta facultad también puede ser ejercida por cualquier persona en

tales circunstancias.

45
Cornejo (1998) argumenta que, para determinar quién debe ejercer la curatela, es

necesario remitirnos a las categorías reconocidas por la legislación peruana, las cuales son:

2.3.1.1 curatela legítima

En cuanto a la persona encargada de ejercer la curatela legítima, la ley establece un

orden de prelación para designar al curador. En primer lugar, corresponde al cónyuge no

separado judicialmente, lo que significa que, aunque exista una separación de hecho sin

resolución judicial, el deber matrimonial de asistencia subsiste. Esto implica que el cónyuge

debe asumir el cuidado y protección del incapaz, aun cuando dicha situación pueda generar

conflictos o desarmonías. No obstante, si el cargo no se cumple con diligencia, existen

mecanismos legales para exigir rendición de cuentas o disponer la remoción del curador, sin

perjuicio de las responsabilidades correspondientes.

En segundo lugar, el cargo recae en los padres del incapaz; en tercer lugar, los

descendientes, refiriéndose al más próximo en grado y, en caso de igualdad, al más idóneo,

decisión que debe ser tomada por el juez previa consulta con el consejo de familia. En cuarto

lugar, corresponde a los abuelos y demás ascendientes, siguiendo el mismo criterio de

preferencia establecido para los descendientes. Finalmente, en quinto lugar, se designa a los

hermanos.

Este orden de prelación debe respetarse estrictamente; sin embargo, si ninguno de los

parientes mencionados existe o está en condiciones de asumir el cargo, la ley autoriza al juez a

designar a un curador dativo.

2.3.1.2 Curatela testamentaria

A diferencia de la tutela, en la curatela el orden para ejercer el cargo se invierte, ya que

primero se convoca a los parientes del incapaz lo que constituye la curatela legítima, y solo en

46
ausencia de estos procede la curatela testamentaria o escrituraria. Esta prioridad se justifica

porque la familia, unida por vínculos de sangre o matrimonio, es la llamada a brindar auxilio al

incapaz como un deber natural de solidaridad. De acuerdo con el artículo 572 del Código Civil,

la designación de curador testamentario o escriturario solo corresponde a los padres que

hubieran ejercido la patria potestad sobre el hijo o hija cuya interdicción se solicita. En caso

ambos padres designen curador, prevalece la designación del último sobreviviente (Vilca &

Ricci, 2025).

2.3.1.3 Curatela dativa

Se aplica cuando no existe curador legítimo, testamentario o escriturario. En tal caso, la

designación corresponde al consejo de familia, el cual puede nombrar a cualquier persona

idónea, no necesariamente pariente del incapaz, aunque se exige que resida en el mismo lugar

donde vive el interdicto, para garantizar un cuidado adecuado y continuo.

2.3.1.4 Curatela interina estatal

Se da cuando el incapaz está internado en un establecimiento especial, como un asilo o

institución similar. En estos casos, los directores del establecimiento actúan como curadores

legítimos interinos, mientras se procede a designar un curador permanente. Si no corresponde

ninguna de las modalidades anteriores (legítima, testamentaria o dativa), el director del asilo

cumple únicamente funciones provisionales de curador.

2.3.2. Funciones del curador

Las funciones del curador comprenden tanto el cuidado personal como la administración

de los bienes del incapaz, aunque la intensidad de cada una dependerá del tipo y grado de

incapacidad.

47
a) Funciones respecto a la persona del incapaz. El deber principal del curador es la

protección integral del interdicto, dado que este no puede valerse por sí mismo. Entre sus

responsabilidades se incluye procurar, en la medida de lo posible, la curación o recuperación

del incapaz, destinando para ello los frutos de sus bienes y, si fuese necesario, los capitales,

siempre con autorización judicial. Asimismo, cuando la situación lo amerite y exista peligro

derivado del estado del curado, el curador puede solicitar su internamiento en un

establecimiento especializado, previa autorización del juez y con dictamen de dos peritos

médicos o, en su defecto, con la intervención del consejo de familia.

b) Funciones respecto a los bienes del incapaz. Estas pueden consistir en asistir al

curado en sus asuntos o representarlo directamente, dependiendo de su grado de incapacidad.

Conforme al artículo 581 del Código Civil, las atribuciones patrimoniales del curador son

determinadas por el juez al momento de constituirse la curatela, precisando su alcance. En

términos generales, dichas atribuciones se centran en la administración de los bienes del

incapaz, y solo de manera excepcional con autorización judicial el curador puede gravar o

disponer de ellos.

c) Atribución adicional. Esto se da por razones de economía y conveniencia práctica, el

artículo 580 del Código Civil establece que, si el incapaz tiene hijos menores, el curador

ejercerá también la tutela de estos. En ese caso, se aplican las mismas disposiciones previstas

para el tutor en materia de tutela.

2.3.3. Invalidación de actos anteriores

La incapacidad es una condición que existe con anterioridad a la designación del

curador, por lo que la declaración judicial de interdicción y el nombramiento del curador no

48
crean el estado de incapacidad, sino que lo reconocen. En consecuencia, surge la cuestión

sobre los actos jurídicos realizados antes de dicha designación, los cuales podrían haber

afectado de manera grave el patrimonio del incapaz. En este sentido, el artículo 582 del Código

Civil dispone que los actos celebrados antes de la interdicción pueden ser anulados si la causa

que originó esta era notoria en el momento de su realización.

De acuerdo con Gallegos (2012), el texto legal se deduce que no existe un límite

temporal para impugnar dichos actos, bastando con que la incapacidad haya sido evidente al

momento de celebrarlos. Esto plantea un problema probatorio respecto del tercero que contrató

con el incapaz, ya que será necesario determinar si este pudo o no advertir la incapacidad del

otro contratante.

Por lo tanto, aunque la prueba de la notoriedad de la incapacidad puede resultar

compleja dada la distinción entre incapaces absolutos y relativos conforme a los artículos 43 y

44 del Código Civil, la posibilidad de invalidar los actos anteriores constituye una garantía de

protección esencial para el incapaz. Así, el curador, en su rol de defensor de los intereses del

curado, no solo vela por los actos posteriores a su designación, sino también por aquellos

realizados con anterioridad cuando la incapacidad era evidente (Vilca & Ricci, 2025).

2.4. Curatela de los pródigos, malos gestores, ebrios habituales y toxicómanos

Siempre dentro de la curatela típica, comprende otros incapaces que, si bien es cierto

difieren en cuanto al primer grupo ya estudiados en razón del grado de incapacidad, no es

menos cierto que igualmente requieren de un tercero que los proteja. Además, el autor Aguilar

(2008), lo clasifica de la siguiente manera:

49
2.4.1. El pródigo

Para efectos de la curatela, del pródigo es aquel que, mediante actos irracionales,

irresponsables o carentes de juicio, dilapidar bienes que exceden su porción disponible,

teniendo cónyuge o herederos forzosos, conforme al artículo 584 del Código Civil. Es, en

esencia, el derrochador de su patrimonio, quien realiza gastos excesivos o frívolos, sin tener

una noción clara del valor de las cosas. La prodigalidad revela una especie de desorden mental

o una falsa concepción de la riqueza. El antiguo Código Civil de 1852 ofrecía ejemplos de

prodigalidad como las pérdidas en juegos, gastos en fiestas, paseos, convites o mujeres

públicas, pero los códigos de 1936 y 1984 dejaron al juez la apreciación de si ciertos actos

constituyen o no prodigalidad, según la definición legal.

En cuanto a la dilapidación de bienes que exceden la porción disponible, el legislador

introduce una noción tomada del derecho sucesorio, entendida como la parte del patrimonio de

la cual el titular puede disponer libremente un tercio si existen descendientes y/o cónyuge, o la

mitad si los herederos forzosos son ascendientes.

Sin embargo, merece crítica la redacción del legislador al mencionar “cónyuge o

herederos forzosos”, ya que el cónyuge también es heredero forzoso, conforme al artículo 724

del Código Civil. En todo caso, la intención del legislador es proteger los derechos expectaticios

de los herederos forzosos, quienes podrían verse perjudicados si el pródigo continúa

despilfarrando su patrimonio, pues parte de este les corresponderá al abrirse la sucesión.

2.4.2. Mal gestor

Según el artículo 585 del Código Civil, el mal gestor es aquella persona que, no por

causas externas, sino por falta de capacidad, vocación o idoneidad para administrar negocios o

50
bienes, llega a perder más de la mitad de su patrimonio, teniendo cónyuge o herederos

forzosos.

Conviene diferenciar la figura del mal gestor de la del pródigo. En el pródigo, el problema

radica en una especie de desarreglo mental o falta de valoración real de las cosas, lo que lo

conduce al despilfarro; en cambio, el mal gestor sí reconoce el valor de sus bienes, pero carece

de la diligencia, conocimiento o pericia necesarios para administrarlos adecuadamente, y esa

impericia es la que lo lleva a perder parte considerable de su patrimonio.

Asimismo, la ley distingue entre ambos casos en cuanto al límite de pérdida patrimonial

el pródigo se define por dilapidar más allá de su porción disponible (un tercio o la mitad, según

la clase de herederos), mientras que el mal gestor se configura cuando la pérdida supera la

mitad del patrimonio. Por tanto, el legislador considera más grave la conducta del pródigo,

aunque deja al juez un margen de apreciación para determinar cada situación, reconociendo

que la mala gestión implica una pérdida significativa pero distinta en naturaleza al derroche.

2.4.3. Ebrio habitual

Es el bebedor constante que, debido a su adicción al alcohol, pone en riesgo su

bienestar y el de su familia, pudiendo llevarlos a la miseria o representar un peligro para la

seguridad de otros. Este tipo de persona, a la que se refiere el legislador, es el alcohólico

dependiente, cuyo juicio se ve gravemente afectado por su vicio. Algunos presentan períodos

alternados de consumo y abstinencia, mientras que otros muestran una degradación progresiva,

lo que justifica su incapacidad relativa, ya que suelen ser indecisos, influenciables e incapaces

de expresar libre consentimiento.

El artículo 586 del Código Civil establece que, al existir el riesgo de que el ebrio habitual

caiga en la miseria, es necesario designarle un curador que lo asista y proteja, evitando que ese

51
peligro se materialice. Además, la norma contempla los casos en que el vicioso necesita

atención permanente o puede convertirse en una amenaza para terceros, dado que su

dependencia lo priva de voluntad y puede deteriorar tanto su salud física como mental,

volviéndolo potencialmente peligroso.

Resulta interesante que, en esta disposición, el legislador mencione a la familia y no a

los herederos forzosos, como en los casos del pródigo o del mal gestor, entendiendo por familia

a un grupo más amplio de parientes, tanto directos como indirectos, que puedan depender del

alcohólico y verse afectados por su conducta.

2.4.4. Toxicómanos

El toxicómano, también denominado drogadicto, es la persona que, debido a su

dependencia de sustancias tóxicas o alucinógenas, sufre trastornos mentales y pérdida de

voluntad propia, lo que lo expone tanto a riesgos patrimoniales como al deterioro de su salud

física y mental. Esta dependencia lo puede llevar a cometer actos que rozan los límites legales

y morales, afectando no solo su bienestar, sino también el de su entorno familiar.

El legislador, en el artículo 587 del Código Civil, lo define como aquel que, por el uso de

drogas o sustancias que generen toxicomanía, pone en peligro la estabilidad económica de su

familia, requiere asistencia permanente o amenaza la seguridad ajena.

El trato legal que se le otorga es igual al del ebrio habitual, siendo la única diferencia la

causa material del vicio (el alcohol en uno, las drogas en el otro). Por ello, se justifica también el

nombramiento de un curador para proteger su persona y su patrimonio, evitando que su

adicción lo conduzca a la miseria o al daño de terceros. Asimismo, el uso del término “familia” y

no “herederos forzosos” evidencia que la ley busca proteger a un grupo más amplio de

personas que puedan depender del toxicómano o verse perjudicadas por su conducta.

52
2.5. Quienes pueden pedir la interdicción

El tema de quiénes pueden solicitar la interdicción se divide en dos grupos: por un lado,

los pródigos y malos gestores, y por otro, los ebrios habituales y toxicómanos. Esta

diferenciación se debe a que, en los dos primeros casos, la causa de la interdicción está

vinculada a un problema patrimonial, mientras que en los segundos, la causa radica en un vicio

que afecta gravemente la salud y el comportamiento del afectado. Por ello Tantaleán (2020),

establece diferentes alcances de acción según el tipo de incapacidad:

2.5.1. Los pródigos y malos gestores

La interdicción sólo puede ser solicitada por su cónyuge o sus herederos forzosos, y de

manera excepcional, por el Ministerio Público, ya sea de oficio o a pedido de un pariente,

cuando estos herederos sean menores de edad o estén incapacitados. Como se ha señalado,

el cónyuge también es heredero forzoso, por lo que basta mencionar que este, si no está

separado judicialmente, tiene legitimidad para iniciar la acción. Los herederos forzosos

cónyuge, descendientes y ascendientes poseen interés económico y moral para actuar. No

obstante, si el pródigo o mal gestor carecen de ellos, correspondería al Ministerio Público

asumir la defensa de sus intereses, evitando que caigan en la miseria y se conviertan en una

carga social, aunque este tema requiere prudencia y criterio en la intervención estatal.

2.5.2.Los ebrios habituales y toxicómanos

La interdicción puede ser solicitada por su cónyuge, los familiares que dependan de él,

y excepcionalmente, por el Ministerio Público, ya sea de oficio o a pedido de algún pariente,

cuando los interesados sean menores, incapaces o representen un peligro para la seguridad

ajena. Además, el artículo 583 del Código Procesal Civil dispone que si el incapaz constituye

una amenaza grave para la tranquilidad pública, la demanda puede ser presentada por el

53
Ministerio Público o por cualquier persona. El uso del término “familiares” en lugar de

“herederos forzosos” amplía el alcance de la acción, incluyendo a quienes conviven o dependen

directamente del interdicto, reconociéndose un interés legítimo para intervenir en su protección.

2.6. A Quien corresponde el ejercicio de la curatela

Según Gallegos (2012), considera al artículo 589 del Código Civil donde se establece

que la curatela le corresponde a la persona designada por el juez, previa audiencia del consejo

de familia, el cual debe formarse para tal efecto. Sin embargo, esta disposición recibe críticas,

ya que no diferencia entre los tipos de incapaces, a pesar de que en otros casos la ley sí lo

hace.

En efecto, en el caso de los pródigos y malos gestores, resulta razonable que el juez

designe libremente al curador, dado que no siempre entre los parientes existen personas

capaces o idóneas para administrar bienes, y la problemática en estos casos es principalmente

patrimonial. No obstante, la situación es distinta respecto de los ebrios habituales y

toxicómanos, donde, además de proteger el patrimonio, se requiere cuidar la persona del

incapaz, es decir, velar por su salud, bienestar y seguridad.

Por esta razón, se considera que el texto legal debió otorgar preferencia a los parientes

del interdicto en la designación del curador, como ocurre en la curatela legítima prevista para

otros incapaces. Sin embargo, la norma actual no lo contempla así, dejando al criterio del juez

la elección del curador, que no necesariamente debe ser un familiar, lo que puede generar

decisiones alejadas del entorno afectivo y de confianza del incapaz.

2.7. Funcion del curador

En los casos de prodigalidad y mala gestión reflejan desórdenes mentales, motivo por el

cual se justifica la designación de un curador. No obstante, se discrepa parcialmente con esta

54
postura, ya que si bien el pródigo puede considerarse como alguien con un trastorno en la

apreciación del valor de las cosas, lo que explica su derroche, en el mal gestor no hay tal

desarreglo mental, sino una falta de aptitud o pericia para administrar bienes o dirigir negocios

(Gallegos & Jara, 2014).

En ambos casos, la finalidad esencial de la curatela es proteger el patrimonio del

incapaz, evitando que se produzca una pérdida total que afecte no solo al interdicto, sino

también a sus herederos forzosos. Por ello, debe prohibirse al incapaz realizar actos de

disposición o gravamen sin el consentimiento del curador, e incluso el juez puede limitar su

capacidad para ciertos actos de administración.

Por su parte Cornejo (1998), señala que en el plano personal, el curador no cumple

funciones directas, ya que la problemática de estos incapaces es esencialmente patrimonial. Sin

embargo, el artículo 592 del Código Civil establece que el curador representa legalmente a los

hijos menores del incapaz, lo que implica una suspensión del ejercicio de la patria potestad del

padre o madre interdictos, conforme también lo dispone el artículo 75 inciso a del Código de los

Niños y Adolescentes.

La situación cambia notablemente cuando se trata del ebrio habitual y del toxicómano,

pues en estos casos el problema abarca no sólo el ámbito patrimonial, sino también el personal

del interdicto. Por ello, las funciones del curador no deben limitarse a la administración de los

bienes, sino extenderse al cuidado y protección de la persona. El artículo 590 del Código Civil

establece que el curador debe velar por la protección, tratamiento y posible rehabilitación del

incapaz, pudiendo incluso, con autorización judicial o audiencia del consejo de familia, disponer

su internamiento en un establecimiento especializado.

En consecuencia, las funciones del curador comprenden tanto la administración del

patrimonio del interdicto, evitando que se realicen actos de disposición o gravamen, como

55
también la representación legal del incapaz en actos judiciales y, de ser necesario, la

representación de sus hijos menores, cuando el otro cónyuge no ejerce la patria potestad.

Además, en lo relativo a la persona del incapaz, el curador tiene el deber de proveer cuidado y

asistencia permanente.

Cabe resaltar que, el artículo 594 del Código Civil dispone que los actos realizados por

el incapaz sin la autorización del curador carecen de validez, pudiendo solicitar su anulación las

personas legitimadas para pedir la interdicción y el curador, siempre que dichos actos

comprometan el patrimonio del incapaz.

2.8. Qué sucede con los actos anteriores a la interdicción

El artículo 593 del Código Civil establece que los actos realizados por el pródigo y el mal

gestor antes del pedido de interdicción no pueden ser impugnados por esta causa, mientras que

los actos del ebrio habitual y del toxicómano sí pueden ser anulados si la causa de incapacidad

era notoria al momento de su realización (Aguilar,2008).

La norma marca una distinción clara entre ambos grupos. En el caso de los pródigos y

malos gestores, la interdicción se fundamenta en razones de carácter económico, vinculadas a

la pérdida parcial del patrimonio. Dado que su incapacidad no implica alteraciones psíquicas o

conductuales evidentes, los terceros que contratan con ellos no tienen forma de advertir su

situación, motivo por el cual el legislador mantiene la validez de sus actos para preservar la

seguridad jurídica.

Por el contrario Gallegos y Jara (2014), sostienen que si se trata de ebrios habituales y

toxicómanos, la incapacidad puede ser pública y fácilmente perceptible, afectando tanto el

aspecto patrimonial como el personal. Por ello, si se demuestra que la causa de interdicción era

notoria, los actos celebrados por ellos pueden ser anulados, aun cuando la ley no precise un

56
plazo concreto para impugnar dichos actos, dejando el peso de la decisión en la prueba de la

notoriedad de la incapacidad al momento de su celebración.

2.9. Curatela de los penados

2.9.1. Concepto

Según De Cupis (1972), la curatela de los penados se configura como una medida

jurídica de carácter asistencial destinada a proteger los bienes y derechos de aquellos que se

hallan cumpliendo una pena privativa de libertad. No se trata de una sanción adicional, sino de

un instrumento de protección que evita la desatención del patrimonio del condenado durante su

reclusión.

A quiénes corresponde pedir la designación de curador y ejercer el cargo

Cicu (1943) sostiene que la solicitud de designación del curador puede realizarla el

cónyuge, los ascendientes, los descendientes o, en su defecto, el Ministerio Público, cuando no

existan familiares cercanos. El juez competente designará a una persona de probada solvencia

moral y económica para ejercer el cargo, con el fin de garantizar la correcta administración de

los bienes del penado.

2.9.2 Funciones del curador

Ferrara (1963) explica que las funciones del curador del penado se centran en la

conservación y administración de los bienes, el cumplimiento de las obligaciones civiles y la

defensa judicial de los intereses del representado. Este curador está sujeto a rendición de

cuentas y a la supervisión judicial constante.

57
2.10. Fin de la curatela típica y del cargo de curador

2.10.1. Generalidades

Planiol (1959) considera que la curatela es una institución esencialmente temporal, que

se extingue al desaparecer la causa que la originó. Su finalidad protectora no puede extenderse

más allá de la necesidad que la justifica, pues la curatela no limita la capacidad de forma

permanente.

2.10.2. Fin de la curatela

Ripert (1960) sostiene que la curatela termina cuando el incapaz recupera su capacidad,

cuando cesa la causa de imposibilidad (como la liberación del penado), o cuando fallece el

representado. También puede extinguirse por decisión judicial, si se acredita que ya no existe

riesgo patrimonial o personal.

2.10.3. Terminación del cargo de curador

De Ruggiero (1953) afirma que el cargo de curador finaliza por renuncia aceptada,

remoción judicial o cumplimiento del objeto para el cual fue designado. En todos los casos, el

curador está obligado a rendir cuentas documentadas de su gestión y devolver los bienes

administrados.

2.11. La curatela de bienes

Según Josserand (1950), la curatela de bienes tiene como objetivo asegurar la

conservación de los patrimonios que, por diversas razones, carecen temporalmente de titular

legítimo o de quien pueda ejercer su administración. Es una figura de tutela patrimonial que

actúa de manera supletoria frente a la ausencia o incapacidad del titular.

58
2.11.1 La curatela de los bienes del desaparecido

Ferrara (1963) explica que cuando una persona desaparece sin dejar noticias de su

paradero, el juez puede nombrar un curador encargado de administrar sus bienes, cobrar

rentas, cumplir obligaciones y proteger los intereses de los posibles herederos hasta que se

declare su muerte presunta.

2.11.2 La curatela de los bienes del póstumo

De Cupis (1972) sostiene que los bienes del póstumo es decir, del concebido aún no

nacido deben ser administrados por un curador designado por el juez, cuya misión es

salvaguardar el patrimonio que corresponderá al niño al momento de su nacimiento. Esta figura

asegura la continuidad del derecho hereditario y la protección de los intereses del nasciturus.

2.11.3 Curatela de los bienes cuya guarda no incumbe a nadie

Messineo (1979) señala que cuando los bienes no tienen titular claro, ni persona

encargada de su guarda, el juez designa un curador para evitar su deterioro o pérdida. Esta

curatela actúa como una medida de administración temporal en tanto se determina su

propietario o destino final.

2.11.4 Curatela de bienes dados en usufructo

Cicu (1943) indica que cuando el usufructuario se encuentra impedido de ejercer sus

derechos o el propietario no puede administrar el bien, el juez puede nombrar un curador que

vele por el mantenimiento del equilibrio entre ambas partes y la adecuada conservación de los

bienes usufructuados.

59
2.11.5 Funciones del curador de bienes

Planiol (1959) afirma que el curador de bienes actúa con deber de diligencia y

prudencia, encargado de conservar, administrar y representar judicialmente los bienes bajo su

cuidado. Requiere autorización judicial para los actos de disposición o gravamen y debe rendir

cuentas periódicas.

2.11.6 Pluralidad eventual de curadores

De Ruggiero (1953) sostiene que puede existir pluralidad de curadores cuando la

complejidad o cantidad de bienes así lo justifique. En ese caso, el juez debe establecer

funciones diferenciadas o designar un curador principal que coordine las actuaciones para evitar

conflictos administrativos.

2.11.7Juez competente

Según De Castro (1965), el juez competente para conocer de los asuntos relativos a la

curatela de bienes es el del domicilio del representado o, si este no es conocido, el del lugar

donde se encuentren los bienes, pues la proximidad territorial facilita la vigilancia judicial sobre

la administración.

60
CAPITULO III: TUTELA Y CURATELA DOCTRINA

3.1. Concepto doctrinario de la tutela y curatela

3.1.1. La tutela:

Según Cornejo: En Código Civil se encuentra tres capítulos finales del Título II de la

Sección Cuarta del Libro de Familia a la tutela, la curatela y el consejo familiar, figuras que,

junto con las de los alimentos y de la patria potestad, a la cual suplen o completan, integran la

institución de amparo familiar de los incapaces.

Varsi Rospigliosi considera que la tutela va de la mano y al lado de la patria potestad y la

curatela, típicas instituciones del derecho familiar protectivo, busca suprimir la incapacidad a fin

de llevar a cabo los actos de la vida civil. Cada instituto tiene su nota distintiva. La patria

potestad es de ejercicio exclusivo de los progenitores; la curatela implica la protección de la

persona mayor pero incapaz y la tutela se refiere a los menores sin patria potestad.

El Dr. Pontes de Miranda aclara que el protector natural es el padre o la madre o, por

asimilación el padre adoptivo; a falta de ellos puede conferirse el encargo a los parientes o a un

extraño, a quien se le llama tutor.

3.1.2. La curatela:

Javier Peralta señala que la Curatela es la institución supletoria de amparo establecida a

favor de los que se encuentran privados de discernimiento; los sordomudos, los ciegosordos y

los ciegomudos que no puedan expresar su voluntad de manera indubitable; los retardados

mentales; los que adolecen de deterioro mental que les impiden expresar su libre voluntad; los

61
pródigos, los que incurren en mala gestión; los ebrios habituales; los toxicómanos; y, los que

sufren pena que lleva anexa la interdicción civil.

Artículo 564.- Personas sujetas a curatela (modificado por el DL 1384, publicado el 4 de

setiembre de 2018)

Están sujetas a curatela las personas a que se refiere el artículo 44 numerales 4, 5, 6, 7

y 8.

3.2. Tutela con el derecho comparado

Teyssié plantea que la protección de los individuos que sufren de alteraciones graves en

sus facultades personales es generalmente asegurada por la apertura de la tutela, fórmula que

coloca a su beneficiario, afectado de una incapacidad general de ejercicio, bajo un régimen de

representación continua.

Para una parte de la doctrina francesa, las personas sujetas a tutela, implícitamente,

cuentan con capacidad de goce, pero carecen de capacidad de ejercicio. Debido a esto, para

lograr que el individuo pueda actuar sus derechos, se le atribuye un representante que supla su

voluntad y por tanto actúe en su interés. Su idea central se basa en la frase «alteraciones

graves en sus facultades personales» como propias de la tutela. Lo cual resultaría incorrecto

porque independientemente de que la persona tenga discapacidad o no, bastará el solo hecho

de que sea menor de edad para que automáticamente el régimen que se encargue de velar por

su persona y sus bienes sea el de la tutela. Por el contrario, cuando la persona con

discapacidad o con capacidad de ejercicio restringida sea mayor de edad el régimen que le

brindará tal protección será el de la curatela o el de los apoyos y salvaguardas.

62
En la doctrina de Argentina, los autores Bossert y Zannoni fundamentan que la tutela es

una institución destinada al cuidado y dirección de los menores de edad que no están sujetos a

patria potestad, sea porque ambos padres han muerto, o porque los menores son de filiación

desconocida, o porque aquellos han sido privados de la patria potestad. En tal caso, como el

menor de edad no puede quedar en la desprotección que significa no contar con alguien que

dirija y se ocupe de los problemas atinentes a su persona y a sus bienes, es necesario designar

tutor.

Esta doctrina viene siendo más completa en comparación con la doctrina peruana

porque sustenta las causas por las que se recurre a la tutela: la muerte de los padres, que se

desconozca la identidad de los progenitores o que se les haya privado de la patria potestad a

estos últimos.

La doctrina de Ecuador, en base al Dr. Galiano, manifiesta que la tutela es la potestad

que por mandato legal se le otorga a una persona capaz, en beneficio de otra declarada

judicialmente incapaz, o de un menor de edad, para dirigir, educar, cuidar su integridad física,

moral, además de representarlo en los actos civiles y administrar sus bienes como remedio de

la incapacidad que presenta. Se logra identificar dos supuestos en los cuales se recurre a la

tutela: primero, para el caso de un menor de edad, y en segundo para el caso de una persona

que haya sido declarado previamente incapaz mediante el proceso de interdicción. También,

hace referencia a las finalidades de la tutela, que son: la de representación legal en los actos

civiles y la de administración de los bienes. En un caso en el de un menor de edad cuyo estado

de necesidad se presume y en el otro de un mayor de edad cuyo estado de necesidad debe

probarse.

63
3. 3. Curatela en el Derecho Comparado

Según Petite: la Curatela, remonta el Derecho Romano hasta la aparición de la Ley de

las Doce Tablas, la cual contenía dicha figura, pero solamente para “remediar a los

incapacitados accidentales”, estos son, a los “furiosi” y a los pródigos.

Luego y a título de protección fue extendida la Curatela a los “mente capti”, a los

sordomudos, personas atacadas de enfermedades graves, al final, la curatela acabo por

aplicarse a una incapacidad de otro orden porque la que se suponía en los púberes de menos

de 25 años de edad y en ciertos casos en los pupilos.

Esta creación jurídica, aparecía en la teoría y en la práctica como una disposición en

beneficio de los varones, a los que el derecho antiguo atribuía capacidad civil plena desde que

dejaban estar sujetos a la patria potestad. La capacidad precoz otorgada a los romanos de 14

años dio funestos resultados; debido a esto imaginaron y crearon diversos sistemas de

protección a los ciudadanos menores de 25 años.

El primero fue el de la Ley de Plaetoria, que establecía acción criminal pública contra el

que abusare de la inexperiencia del menor, permitiendo a éste solicitar del magistrado el

nombramiento de un curador.

Luego los pretores, no satisfechos con tal primer ensayo tutelar, decidieron examinar

todos los actos jurídicos en que tomasen parte un ciudadano menor de 25 años, a fin de

decretar la restitutio in integrum a favor de éste, todas las veces que se estimara que había

sufrido perjuicio en su patrimonio. Hasta entonces, sin embargo, los menores de 25 años

podían obtener un curador a pedido suyo, para actos determinados. Marco Aurelio permitió el

nombramiento de curadores generales en base a la edad del menor, y Justiniano, por su parte

introdujo nuevas modificaciones al régimen de la curatela.

64
3.4. La tutela en la Doctrina peruana

El base al artículo 502 del Código Civil que prescribe:

Artículo 502.- Finalidad de la tutela

“Al menor que no esté bajo la patria potestad se le nombrará tutor que cuide de su

persona y bienes.”

El Dr. Aguilar, considera que la tutela es una institución del derecho de familia, dentro de

las instituciones del amparo del incapaz, que entra en defecto de la patria potestad, para cuidar

la persona y si fuera el caso, el patrimonio del menor de edad, a fin de garantizar su normal

desarrollo hasta que pueda valerse por sí mismo.

Esta definición menciona la finalidad de la tutela y una de las causas de su extinción. En

primera, garantizar el normal desarrollo del menor y en segundo, garantizar tal desarrollo hasta

el momento en que el menor pueda valerse por sí mismo. Normalmente el menor podrá valerse

solo adquiriendo la mayoría de edad.

Varsi plantea: qué duda cabe que es una institución de amparo familiar de especial

importancia en el derecho de familia, ya que a través de ella se trata de sustituir el ejercicio de

la patria potestad a consecuencia de la muerte de los padres, de la privación de sus derechos o

bien porque los menores quedaron sin cuidados parentales por otras causas.

65
3. 5. Facultades para nombrar al tutor en el Perú

De acuerdo con el artículo 503 CC, tienen facultad de nombrar tutor, en testamento o por

escritura pública:

Artículo 503.- Facultades para nombrar tutor

Tienen facultad de nombrar tutor, en testamento o por escritura pública:

1. El padre o la madre sobreviviente, para los hijos que estén bajo su patria potestad.

2. El abuelo o la abuela, para los nietos que estén sujetos a su tutela legítima.

Cualquier testador, para el que instituye heredero o legatario, si éste careciera de tutor

nombrado por el padre o la madre y de tutor legítimo y la cuantía de la herencia o del legado

bastare para los alimentos del menor.

Aguilar considera que la fuente de la convocatoria descansa en la voluntad de

determinadas personas, voluntad que puede manifestarse a través de la vía testamentaria o

escrituraria; sobre el particular, el artículo 503 del Código Civil en su primera parte, refiere que

tienen facultad para nombrar tutor en testamento o por escritura pública, y en sus tres incisos

que contiene el precepto legal, establece un orden de estas personas facultadas para la

convocatoria del tutor: el padre o la madre, el abuelo o la abuela, y cualquier testador; es decir,

los facultados para nombrar tutor, serían el padre o la madre sobreviviente; el abuelo o la

abuela y cualquier testador podrá nombrar un tutor cuando la patria potestad no pueda ser

ejercida conjuntamente por los progenitores y ello perjudique el principio del interés superior del

niño.

66
3.6. Impedimentos para ejercer la tutela en Perú

No pueden ser tutores de conformidad con el artículo 515 CC:

Artículo 515.- Impedimentos para ejercer tutoría

No pueden ser tutores:

1. Los menores de edad. Si fueran nombrados en testamento o por escritura pública,

ejercerán el cargo cuando lleguen a la mayoría.

2. Los sujetos a curatela.

3. Los deudores o acreedores del menor, por cantidades de consideración, ni los

fiadores de los primeros, a no ser que los padres los hubiesen nombrado sabiendo esta

circunstancia.

4. Los que tengan en un pleito propio, o de sus ascendientes, descendientes o cónyuge,

interés contrario al del menor, a menos que con conocimiento de ello hubiesen sido nombrados

por los padres.

5. Los enemigos del menor o de sus ascendientes o hermanos.

6. Los excluidos expresamente de la tutela por el padre o por la madre.

7. Los quebrados y quienes están sujetos a un procedimiento de quiebra.

67
8. Los condenados por homicidio, lesiones dolosas, riña, aborto, exposición o abandono

de personas en peligro, supresión o alteración del estado civil, o por delitos contra el patrimonio

o contra las buenas costumbres.

9. Las personas de mala conducta notoria o que no tuvieren manera de vivir conocida.

10. Los que fueron destituidos de la patria potestad.

11. Los que fueron removidos de otra tutela.

Según Aguilar, al no reunirse ciertas condiciones necesarias se obsta la asunción del

cargo, esto es, existe un obstáculo insalvable y por ende no debe asumirse el cargo, pero si es

un tutor en pleno ejercicio del cargo y le sobreviene el impedimento, entonces está obligado a

apartarse del mismo, y si no lo hace es causal de remoción. Algunos estarán impedidos en

forma absoluta, tal es el caso del privado de discernimiento por cualquier causa, otros lo estarán

con respecto a ciertas personas, a lo que podríamos llamar impedimento relativo, como podría

ser el caso del acreedor o deudor del menor.

Estos impedimentos están regulados en función de cautelar el interés del incapaz, y por

ello obsta la asunción del cargo o la renuncia al mismo, según sea el caso, de aquel que no

ofrece la garantía mínima de un ejercicio de tutela a favor del niño o adolescente. Por lo tanto,

en las condiciones o requisitos, lo que se ve y se trata de cuidar son los intereses del incapaz.

Es decir, están impedidos de ejercer la tutela aquellas personas, predeterminadas por ley, que

perjudican el principio del interés superior del niño.

3.7. Personas que pueden excusarse del cargo de tutor

Según el 518 CC pueden excusarse del cargo de tutor:

68
Artículo 518.- Personas que pueden excusarse del cargo de tutor

Pueden excusarse del cargo de tutor:

1. Los extraños, si hay en el lugar pariente consanguíneo idóneo.

2. Los analfabetos.

3. Los que por enfermedad crónica no pueden cumplir los deberes del cargo.

4. Los mayores de sesenta años.

5. Los que no tienen domicilio fijo, por razón de sus actividades.

6. Los que habitan lejos del lugar donde ha de ejercerse la tutela.

7. Los que tienen más de cuatro hijos bajo su patria potestad.

8. Los que sean o hayan sido tutores o curadores de otra persona.

9. Los que desempeñan función pública que consideren incompatible con el ejercicio de

la tutela.

Para Aguilar: la tutela es una carga derivada de la obligación de solidaridad social, que

todos debemos cumplir cuando somos requeridos a ello, vía la tutela o curatela, sin embargo,

esta carga no debe llevar a que el convocado vea perjudicado sus propios intereses, y por ello,

69
el legislador contempla determinadas situaciones en la que puede estar incurso el convocado, y

lo faculta mas no lo obliga a asumir el cargo, por lo tanto si él quisiera, pese a la causal de

excusa, no hay inconveniente alguno en que lo ejerza pues la excusa de la facultad,

prerrogativa, potestad para no asumir el cargo, pero no lo obliga.

Lo mismo ocurre cuando se está en pleno ejercicio del cargo y le sobreviene una causal

de excusa, entonces el tutor si desea se aparta del cargo, y en caso contrario, seguirá en el

ejercicio, no constituyendo causal alguna de remoción. Es decir, podrán excusarse del cargo de

tutor aquellas personas, predeterminadas por ley, que perjudique notoriamente sus propios

intereses de ejercerlo.

3.8. Requisitos previos al ejercicio de la tutela

Son requisitos previos al ejercicio de la tutela según el artículo 520 CC:

Artículo 520.- Requisitos previos al ejercicio de la tutela

Son requisitos previos al ejercicio de la tutela:

1. La facción de inventario judicial de los bienes del menor, con intervención de éste si

tiene dieciséis años cumplidos. Hasta que se realice esta diligencia, los bienes quedan en

depósito.

2. La constitución de garantía hipotecaria o prendaria, o de fianza si le es imposible al

tutor dar alguna de aquellas, para asegurar la responsabilidad de su gestión. Tratándose del

tutor legítimo, se estará a lo dispuesto en el artículo 426.

3. El discernimiento del cargo. El tutor en el discernimiento del cargo está obligado a

prometer que guardará fielmente la persona y bienes del menor, así como a declarar si es su

70
acreedor y el monto de su crédito bajo sanción de perderlo o si es su deudor o fiador del

deudor.

Se evalúa si el convocado a la tutela no se halla incurso en ninguno de los

impedimentos que obstan la asunción del cargo, o en ninguna de las causales de excusa, o

existiendo alguna de ellas no la ha propuesto, entonces, se está ante una persona apta para

asumir el cargo de tutor. Pero, el legislador tratando de garantizar al máximo un buen

desempeño del cargo en beneficio del infante, señala etapas que necesariamente debe cumplir

el convocado, o requisitos o exigencias a satisfacer para que pueda dar inicio al ejercicio del

cargo. (Aguilar, 2016, p. 642)

Es necesario mencionar que los requisitos previos al ejercicio de la tutela, como la

facción judicial de los bienes del menor; la constitución de garantía hipotecaria o prenda o de

fianza; y el discernimiento en el cargo es el cuarto y el último filtro, luego de haber sido

nombrado tutor por un facultado, no teniendo impedimentos para ejercer la tutela, no teniendo

excusas o teniéndolas no revelándose, para cuidar de la persona del menor y de sus bienes.

3.9. Deberes del tutor

De acuerdo con el artículo 526 CC:

Artículo 526.- Deberes del tutor

El tutor debe alimentar y educar al menor de acuerdo a la condición de éste y proteger y

defender su persona.

Estos deberes se rigen por las disposiciones relativas a la patria potestad, bajo la

vigilancia del consejo de familia.

71
Cuando el menor carezca de bienes o éstos no sean suficientes, el tutor demandará el

pago de una pensión alimenticia.

Al ser la tutela una institución supletoria de la patria potestad es natural que al tutor

mutatis mutandis le correspondan los mismos derechos y obligaciones que a los progenitores.

Verbigracia, los derechos y obligaciones contemplados en el artículo 423 del CC y del artículo

74 del Código de los Niños y Adolescentes. Así tenemos a los deberes de alimentación,

educación, protección y defensa de la persona del menor subsumidos en los mencionados

artículos.

Artículo 74.- Deberes y derechos de los padres

Son deberes y derechos de los padres que ejercen la Patria Potestad:

a) Velar por su desarrollo integral;

b) Proveer su sostenimiento y educación;

c) Dirigir su proceso educativo y capacitación para el trabajo conforme a su vocación y

aptitudes;

d) Derogado

e) Tenerlos en su compañía y recurrir a la autoridad si fuere necesario para recuperarlos;

f) Representarlos en los actos de la vida civil mientras no adquieran la capacidad de

ejercicio y la responsabilidad civil;

72
g) Recibir ayuda de ellos atendiendo a su edad y condición y sin perjudicar su atención;

h) Administrar y usufructuar sus bienes, cuando los tuvieran; y

i) Tratándose de productos, se estará a lo dispuesto en el Artículo 1004 del Código Civil.

Varsi fundamenta que los fines de la tutela no podrían ser cumplidos si el representante

careciera de autoridad y atribuciones sobre el pupilo. Se acoge, por tanto, a los principios de la

patria potestad, asimilando que el menor debe al tutor respeto y obediencia como si fuera su

padre. El tutor hace las veces de padre, padre en apariencia legal, con título distinto y con

facultades limitadas siendo su finalidad de cumplir con los objetivos básicos de un padre,

formando y protegiendo.

3.10. Jurisprudencia

El análisis jurisprudencial en materia de tutela y curatela reviste una especial relevancia

dentro del estudio del Derecho de Familia peruano, puesto que ambas instituciones constituyen

mecanismos esenciales de protección de la persona en contextos de vulnerabilidad, ya sea por

minoría de edad o por limitaciones en el ejercicio pleno de la capacidad jurídica. La

jurisprudencia cumple, en ese sentido, un papel fundamental al adaptar el contenido normativo

de estas figuras a las nuevas realidades sociales y a los estándares internacionales de

derechos humanos.

Tras la promulgación del Decreto Legislativo N.º 1384 (2018), el tratamiento

jurisprudencial de la capacidad jurídica se ha visto profundamente transformado. Los jueces

peruanos han tenido que reinterpretar las normas del Código Civil a la luz de la Convención

sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad (ONU, 2006), la cual reconoce que toda

73
persona tiene capacidad jurídica en igualdad de condiciones ante la ley y que cualquier

limitación de esta debe ser excepcional, proporcional y respetuosa de la autonomía personal.

Autores como Marcial Rubio Correa (2016) sostienen que el Derecho de Familia “no

puede ser concebido como un conjunto cerrado de normas, sino como un sistema vivo en el

que el juez cumple una función creadora mediante la interpretación teleológica de las

instituciones de protección” (Instituciones del Derecho Civil Peruano: Familia, Fondo Editorial

PUCP, p. 234). Ello significa que el juez de familia no solo aplica la ley de forma literal, sino que

debe realizar una interpretación funcional y valorativa, atendiendo al interés superior del niño, la

dignidad humana y la autonomía progresiva.

En esa línea, la jurisprudencia se erige como fuente dinámica del Derecho, que permite

observar cómo los tribunales van ajustando la legislación civil a los nuevos paradigmas

familiares y a los avances en materia de derechos humanos.

3.10.1. Jurisprudencia sobre tutela

3.10.1.1 Casación N.º 1292-2019-Cusco — Corte Suprema de Justicia de la

República

La Casación N.º 1292-2019-Cusco, resuelta por la Sala Civil Permanente de la Corte

Suprema de Justicia de la República, constituye un precedente relevante en materia de tutela

de menores y en la interpretación del principio del interés superior del niño dentro del

ordenamiento jurídico peruano. En este proceso, se analizó el alcance de la tutela como

institución protectora y asistencial frente a la pérdida de la patria potestad, reafirmando su

carácter humanista y su función social orientada al bienestar integral del menor.

El caso se originó a raíz de la solicitud de nombramiento de tutela presentada por una

tía paterna respecto de sus dos sobrinos menores de edad, quienes habían quedado en

74
situación de orfandad tras el fallecimiento de sus progenitores. La demandante expuso que

desde la muerte de los padres había asumido el cuidado y manutención de los menores,

garantizando su educación, salud y estabilidad emocional. Por su parte, el Ministerio de la Mujer

y Poblaciones Vulnerables (MIMP) intervino en el proceso señalando que los menores se

encontraban bajo una medida de protección estatal, por lo que debía evaluarse la idoneidad

moral, psicológica y económica de la tutora propuesta antes de proceder al otorgamiento de la

tutela familiar.

En primera instancia, el Juzgado de Familia del Cusco declaró improcedente la solicitud,

al considerar que no se habían acreditado los requisitos legales previstos en el Código Civil

para designar a la tía como tutora. La resolución enfatizó que los menores debían permanecer

bajo protección estatal mientras se evaluaban las condiciones de su entorno familiar. Sin

embargo, en segunda instancia, la Sala Civil de la Corte Superior de Justicia del Cusco revocó

la decisión y declaró fundada la demanda, otorgando la tutela a la tía paterna, al considerar que

mantener a los menores en un albergue estatal resultaba contrario al principio del interés

superior del niño, ya que se encontraba demostrado el vínculo afectivo y el entorno adecuado

que la tutora podía ofrecerles.

El Ministerio Público interpuso recurso de casación, alegando una interpretación errónea

del artículo 507 del Código Civil, el cual establece que la tutela se instituye en favor de los

menores que carecen de patria potestad. Según el recurrente, la Sala Superior no había

acreditado plenamente la extinción de la patria potestad ni la imposibilidad de los padres para

ejercerla, lo que a su criterio invalidaba la designación de una tutora. La Corte Suprema, sin

embargo, desestimó tales argumentos, entrando a analizar de manera integral los fundamentos

de hecho y de derecho del caso.

75
En el plano fáctico, se acreditó que los progenitores de los menores habían fallecido,

configurándose la extinción de la patria potestad, y que la tía paterna convivía con los menores

desde su nacimiento, habiendo asumido su cuidado integral. Los informes psicológicos y

sociales corroboraron que existía una relación afectiva sólida, un entorno emocional estable y

una adecuada capacidad económica por parte de la solicitante para satisfacer las necesidades

básicas de los niños. Además, se tomó en cuenta la opinión de los propios menores, quienes

expresaron su deseo de permanecer al cuidado de su tía, conforme al derecho a ser oídos

reconocido en el artículo 12 de la Convención sobre los Derechos del Niño (1989).

En el aspecto jurídico, la Corte Suprema sustentó su decisión en diversos dispositivos

normativos. Citó el artículo 507 del Código Civil, que establece que la tutela se instituye para la

protección de los menores de edad que carecen de patria potestad, y el artículo 509, que

dispone que la designación del tutor debe recaer preferentemente en los parientes próximos.

Asimismo, invocó el artículo IX del Título Preliminar del Código de los Niños y Adolescentes,

que consagra el principio del interés superior del niño como eje rector de toda decisión que los

afecte, y el artículo 20 de la Convención sobre los Derechos del Niño, que dispone que los

Estados deben priorizar la vida familiar y considerar la institucionalización como una medida

excepcional y temporal.

En este contexto, la Corte Suprema enfatizó que la tutela “se instituye en atención a la

carencia de patria potestad y en defensa de la integridad personal y patrimonial del menor”,

precisando que su naturaleza no se limita a una simple representación legal, sino que cumple

una función social, humanitaria y asistencial, dirigida a garantizar el desarrollo integral del niño.

El tribunal consideró que los jueces deben priorizar la tutela familiar frente a la

institucionalización, pues esta última, si bien puede ser necesaria en casos extremos, no puede

sustituir el entorno afectivo que ofrece la familia ampliada.

76
El fallo de la Corte Suprema declaró infundado el recurso de casación interpuesto por el

Ministerio Público, confirmando la sentencia de la Sala Superior que otorgó la tutela a favor de

la tía paterna. En su decisión, el supremo tribunal reafirmó que la tutela tiene una finalidad

eminentemente protectora, que busca restituir al menor un ambiente de seguridad, afecto y

estabilidad. Asimismo, exhortó a las autoridades administrativas a acompañar y supervisar el

ejercicio de la tutela, con el fin de garantizar la adecuada protección personal y patrimonial de

los menores.

Desde una perspectiva doctrinal, este pronunciamiento reafirma la evolución del

Derecho de Familia peruano hacia una visión más garantista y humanista, en la que el interés

superior del niño prevalece sobre cualquier formalidad jurídica. En línea con este criterio, Jorge

Eugenio Castañeda (2004) sostiene que la tutela “no debe concebirse como una simple

sustitución de la patria potestad, sino como una institución de auxilio social fundada en la

solidaridad familiar”. En igual sentido, Arias-Schreiber Pezet (2012) explica que la función del

tutor “no es meramente representativa, sino formativa y protectora, implicando una

responsabilidad ética frente al desarrollo del menor”. Finalmente, Ríos Álvarez (2018) resalta

que el Derecho de Familia contemporáneo debe “entender la tutela como una herramienta de

acompañamiento humano, en la cual la familia ampliada cumple un rol esencial en la protección

del niño frente a la orfandad o el abandono”.

En conclusión, la Casación N.º 1292-2019-Cusco consolida una posición jurisprudencial

coherente con los principios del Derecho Internacional de los Derechos Humanos, reafirmando

que la tutela es una institución de naturaleza protectora y solidaria, cuyo propósito esencial es el

bienestar integral del menor. Este fallo contribuye significativamente a la construcción de una

doctrina judicial orientada a privilegiar la tutela familiar frente a la institucionalización,

fortaleciendo así el compromiso del Estado peruano con el respeto al interés superior del niño y

con la protección efectiva de los derechos de la infancia.

77
3.10.1.2 Expediente N.º 137-2022-0 – Juzgado de Familia de Lima Este

El Expediente N.º 137-2022-0 del Juzgado de Familia de Lima Este constituye un

pronunciamiento relevante en materia de nombramiento de tutela familiar, pues reafirma la

supremacía del interés superior del niño y el rol preferente de la familia ampliada frente a la

institucionalización estatal. El caso se enmarca en un proceso de tutela iniciado por una tía

materna que solicitó asumir la representación legal de su sobrino menor de edad, ante la

carencia de patria potestad originada por el fallecimiento de la madre y el abandono del padre

biológico.

En su demanda, la tía materna alegó haber ejercido, desde el deceso de la madre, el

cuidado directo y constante del niño, garantizando su educación, alimentación, salud y

estabilidad emocional. Sostuvo, además, que el menor mantenía con ella un vínculo afectivo

sólido y que su designación como tutora permitiría formalizar una situación de hecho que ya

existía en la práctica. Por otro lado, el Ministerio de la Mujer y Poblaciones Vulnerables (MIMP)

se opuso a la solicitud, argumentando que el menor se hallaba bajo una medida de protección

institucional y que, antes de otorgar la tutela familiar, era necesario realizar una evaluación

integral sobre la idoneidad moral, económica y psicológica de la solicitante.

La controversia jurídica se centró en determinar si resultaba procedente sustituir la tutela

institucional ejercida por el Estado mediante el MIMP, por una tutela familiar ejercida por un

pariente cercano, o si debía mantenerse la protección institucional en tanto medida de

seguridad para el menor. Este conflicto refleja un problema recurrente en la práctica judicial

peruana: la tensión entre la protección formal estatal y la protección afectiva familiar, ambas

orientadas al mismo fin, pero con diferentes mecanismos de aplicación.

Durante la etapa probatoria, el juzgado valoró los informes psicológicos, sociales y

educativos del menor, los cuales demostraron que la tía proporcionaba un entorno emocional

78
estable y adecuado, además de cubrir las necesidades materiales del niño. Los profesionales

intervinientes destacaron la vinculación afectiva intensa entre ambos, así como la voluntad del

menor de permanecer con su tía, lo que fue considerado conforme al principio de autonomía

progresiva del niño y adolescente. Asimismo, no se hallaron impedimentos legales ni

antecedentes que descalificaran a la solicitante.

Sobre la base de los artículos 507, 508 y 545 del Código Civil peruano, el juzgado

recordó que la tutela tiene por finalidad la protección personal y patrimonial del menor cuando

este no se encuentra bajo patria potestad, y que debe recaer preferentemente en parientes

próximos, siempre que demuestren condiciones morales y materiales adecuadas. En esa línea,

se aplicó también el artículo IX del Título Preliminar del Código de los Niños y Adolescentes,

que consagra la prevalencia del interés superior del niño, y el artículo 3 de la Convención sobre

los Derechos del Niño (1989), que dispone que toda decisión judicial que afecte a un menor

debe priorizar su bienestar y desarrollo integral.

El juez de familia enfatizó que la institucionalización de los menores debe ser una

medida excepcional y temporal, conforme al artículo 20 de la Convención sobre los Derechos

del Niño, y que la finalidad del Estado no es sustituir la familia, sino restituirla mediante la

promoción de vínculos familiares sólidos y afectivos. Así, la tutela familiar fue considerada un

mecanismo de integración natural que garantiza no solo la representación jurídica del menor,

sino, principalmente, su estabilidad emocional, educativa y social.

En consecuencia, el Juzgado de Familia de Lima Este resolvió declarar fundada la

solicitud de tutela y designar a la tía materna como tutora legal del menor, bajo supervisión de la

Unidad de Protección Especial del MIMP. Asimismo, dispuso que dicha institución realice visitas

de control periódicas y brinde apoyo psicológico y social a ambas partes, en cumplimiento del

79
Decreto Legislativo N.º 1384, que regula los apoyos y salvaguardias para personas en situación

de vulnerabilidad.

La decisión fue apelada, y en segunda instancia, la Sala Civil de Familia de la Corte

Superior de Justicia de Lima Este confirmó la sentencia, señalando que la tutela familiar

constituye la opción más idónea para salvaguardar los derechos del niño, en coherencia con el

principio de subsidiariedad de la institucionalización. La Sala destacó que el entorno familiar

afectivo debe prevalecer frente a la tutela estatal, siempre que se asegure la idoneidad del tutor

y se garantice la protección integral del menor.

Este fallo se encuentra en sintonía con lo sostenido por la Corte Suprema en la

Casación N.º 1292-2019-Cusco, donde se definió a la tutela como una institución que “se

instituye en atención a la carencia de patria potestad y en defensa de la integridad personal y

patrimonial del menor”. De igual forma, la doctrina nacional ha respaldado esta visión moderna:

Jorge Eugenio Castañeda (2004) explica que la tutela “constituye la proyección moral y jurídica

de la patria potestad, siendo su finalidad esencial la protección del incapaz en el entorno

familiar” (p. 315), mientras que Arias-Schreiber Pezet (2012) sostiene que “el juez de familia

debe ponderar la idoneidad afectiva y moral del tutor, priorizando el bienestar emocional del

niño por encima de formalismos procesales” (p. 231). En un sentido complementario, Ríos

Álvarez (2018) resalta que “la tutela no puede concebirse como un acto de simple

representación jurídica, sino como una función humanitaria de acompañamiento y protección”

(p. 189).

En definitiva, el Expediente N.º 137-2022-0 del Juzgado de Familia de Lima Este se

erige como un precedente significativo en el desarrollo jurisprudencial del Derecho de Familia

peruano. Su contenido reafirma la evolución de la tutela desde una institución meramente legal

hacia una figura de protección integral, centrada en la persona del menor y no en la formalidad

80
de la representación. Además, consolida el criterio de que la tutela familiar es preferible a la

institucional, siempre que el entorno familiar garantice la seguridad, estabilidad y desarrollo del

niño, en cumplimiento de los compromisos internacionales del Estado peruano.

De este modo, la sentencia no solo resuelve un caso concreto, sino que fortalece la

interpretación humanista del derecho tutelar, destacando que la verdadera finalidad de la tutela

es proteger, acompañar y restituir derechos, antes que sustituir funciones parentales. En esa

perspectiva, este expediente constituye una jurisprudencia ejemplar para comprender cómo los

jueces de familia peruanos están aplicando los principios internacionales de protección de la

niñez en concordancia con las normas del Código Civil y del Código de los Niños y

Adolescentes, contribuyendo así a la consolidación de un modelo judicial centrado en la

dignidad y bienestar integral del menor.

3.10.2 Jurisprudencia sobre Curatela

3.10.2.1 Casación N.º 2693-2015-Lima

La Casación N.º 2693-2015-Lima, resuelta por la Sala Civil Transitoria de la Corte

Suprema de Justicia de la República, constituye un precedente relevante en materia de

interdicción y curatela, al abordar la naturaleza protectora de los procesos de familia y la

necesaria flexibilización de los principios procesales en favor del interés superior de las

personas en situación de vulnerabilidad. El caso tuvo origen en un proceso de interdicción

promovido ante la Corte Superior de Justicia de Lima, donde se discutía la capacidad de una

persona para ejercer actos civiles y la consecuente necesidad de nombrar un curador que

resguarde su integridad personal y patrimonial.

En el proceso de primera instancia, el juzgado de familia dispuso el nombramiento de un

curador provisional al considerar acreditada la incapacidad del sujeto para administrar sus

81
bienes y atender sus necesidades básicas. Posteriormente, la Sala Especializada de Familia de

la Corte Superior de Lima confirmó dicha decisión, sosteniendo que el nombramiento respondía

al deber de tutela y asistencia que el Estado y el Derecho imponen ante situaciones de carencia

de capacidad civil. Frente a esta resolución, el Ministerio Público interpuso recurso de casación

alegando la existencia de vicios procesales, concretamente la falta de notificación al Procurador

Público en el domicilio oficial previsto en el Decreto Supremo N.º 017-2008-JUS, lo que según

su argumento vulneraba el derecho al debido proceso y configuraba causal de nulidad.

La Corte Suprema, al conocer el recurso, centró su análisis en dos aspectos principales:

en primer lugar, determinar si la omisión de notificación al Procurador Público configuraba un

vicio insubsanable que afectara la validez del proceso; y en segundo lugar, establecer si,

tratándose de procesos de naturaleza familiar y tuitiva, debía aplicarse con rigor las

formalidades procesales o, por el contrario, podían flexibilizarse atendiendo a la función

protectora del Derecho de Familia.

Respecto del primer punto, la Corte concluyó que la falta de notificación no acarreaba la

nulidad automática del proceso, dado que no se demostró perjuicio alguno que afectara los

derechos de defensa o la tutela jurisdiccional efectiva. Precisó que el procesado había sido

debidamente asistido y que el Ministerio Público intervino activamente durante la tramitación,

por lo que no se configuraba violación del debido proceso. En cuanto al segundo punto, la Corte

destacó que los procesos de familia poseen un carácter eminentemente tuitivo y social, por lo

cual el juez debe ejercer sus facultades con criterios de protección y equidad, incluso

flexibilizando ciertas formalidades procesales. Citó expresamente el Tercer Pleno Casatorio

Civil, que reconoce la necesidad de adecuar los principios de iniciativa de parte, congruencia,

formalidad y preclusión a la realidad de los conflictos familiares, en tanto el objetivo fundamental

es la tutela de la persona y no la defensa de intereses meramente patrimoniales.

82
En su análisis jurídico, la Sala Suprema subrayó que la interdicción no constituye una

sanción, sino una medida de protección que busca salvaguardar la dignidad y el bienestar del

incapaz. Asimismo, destacó que el juez de familia, en ejercicio de su rol garantista, debe

priorizar la función asistencial del proceso por encima del formalismo, en coherencia con los

principios del interés superior de la persona y de la tutela efectiva. En ese sentido, reafirmó la

jurisprudencia constante que reconoce que los procedimientos en materia familiar tienen un

enfoque especial, en el cual las reglas procesales no deben convertirse en un obstáculo para la

consecución de la justicia material.

Finalmente, la Corte Suprema declaró infundado el recurso de casación, confirmando la

validez de las decisiones de las instancias inferiores y disponiendo la publicación del fallo en el

Diario Oficial El Peruano, conforme al artículo 397 del Código Procesal Civil. Este

pronunciamiento reafirma que, en materia de familia, el proceso debe interpretarse de modo

flexible, orientado a la protección del ser humano y no a la rigidez de las formas, de modo que

las instituciones de interdicción y curatela cumplan con su verdadera finalidad humanitaria y

social.

Desde una perspectiva doctrinal, la Casación N.º 2693-2015-Lima se alinea con la

posición sostenida por Arias-Schreiber Pezet (2012), quien señala que las instituciones tutelares

del Derecho Civil como la tutela y la curatela responden a un “deber ético de solidaridad

familiar” y a una función de amparo frente a la vulnerabilidad personal. Asimismo, Castañeda

(2004) precisa que el juez de familia no puede limitarse a ser un mero aplicador de la norma,

sino que debe valorar las circunstancias personales, sociales y emocionales de los sujetos

implicados, adoptando decisiones que promuevan su bienestar integral.

83
3.10.2.2 Casación N.º 2958-2018-Lambayeque

La Casación N.º 2958-2018-Lambayeque, resuelta por la Sala Civil Permanente de la

Corte Suprema de Justicia de la República el 15 de julio de 2021, constituye uno de los

pronunciamientos más relevantes del Poder Judicial en la transición del régimen de interdicción

civil hacia el nuevo modelo de apoyos y salvaguardias previsto por el Decreto Legislativo N.º

1384, que reconoce la capacidad jurídica plena de las personas con discapacidad en igualdad

de condiciones. Este fallo marcó un precedente fundamental en la adecuación de la legislación

peruana a la Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad (2006),

consolidando un enfoque centrado en la autonomía, dignidad y participación activa de las

personas en situación de discapacidad.

El caso se originó a partir de la demanda presentada por Lia del Carmen Mundaca

Hernández, quien solicitó se declare la interdicción civil de su hijo Kevy Anthony Becerra

Mundaca, mayor de edad, afectado por una discapacidad intelectual severa derivada de

meningitis infantil y epilepsia crónica. La demandante expuso que su hijo presentaba graves

limitaciones para realizar actos de la vida civil y administrar sus bienes, por lo que solicitó

además ser nombrada curadora a fin de representarlo legalmente. En primera instancia, el

Juzgado de Familia de Chiclayo declaró fundada la demanda, declarando interdicto al

mencionado y nombrando como curadora a su madre. En segunda instancia, la Sala Civil de la

Corte Superior de Justicia de Lambayeque confirmó la sentencia apelada, señalando que la

medida respondía a la necesidad de protección jurídica ante una discapacidad severa y

permanente.

Disconforme con esta decisión, la defensa interpuso recurso de casación argumentando

que los jueces inferiores habían incurrido en infracción normativa de los artículos 43 inciso 2 y

44 incisos 2 y 3 del Código Civil, al declarar interdicción a una persona que, según alegó,

84
mantenía parte de sus facultades mentales y podía realizar actos básicos de su vida diaria.

Asimismo, se planteó la controversia sobre la aplicación del Decreto Legislativo N.º 1384,

promulgado posteriormente a las sentencias de mérito, y se discutió si el proceso debía

transformarse en uno de apoyo y salvaguardias en lugar de mantener la interdicción, conforme

al nuevo marco normativo.

La Corte Suprema, al resolver el recurso, realizó un examen integral de los fundamentos

de hecho y de derecho. En primer lugar, reconoció que los jueces de instancia actuaron bajo la

normativa vigente al momento de dictar sus sentencias —es decir, antes de la entrada en vigor

del Decreto Legislativo N.º 1384—; sin embargo, atendiendo al principio de aplicación inmediata

de las normas de orden público y de protección de derechos humanos, determinó que

correspondía adecuar el proceso al nuevo régimen jurídico, conforme a la Disposición

Complementaria y Transitoria b) de dicho Decreto, que autoriza expresamente la conversión de

los procesos de interdicción en procesos de apoyo y salvaguardias cuando las sentencias

hubieran sido dictadas con anterioridad a su vigencia.

La Corte enfatizó que el modelo de interdicción tradicional basado en la sustitución total

de la voluntad de la persona con discapacidad resultaba incompatible con la Convención sobre

los Derechos de las Personas con Discapacidad (artículos 12 y 13), la cual consagra el derecho

al reconocimiento de la capacidad jurídica en igualdad de condiciones y exige la adopción de

mecanismos de apoyo individualizados. De este modo, el tribunal sostuvo que el deber del

Estado no es sustituir la voluntad de las personas con discapacidad, sino proporcionar apoyos

razonables y salvaguardias adecuadas para que puedan ejercer su autonomía de manera

efectiva.

Asimismo, la Corte desarrolló criterios sobre la designación de las personas de apoyo,

indicando que los jueces deben valorar la relación de confianza, convivencia y parentesco entre

85
el beneficiario y la persona propuesta como apoyo, priorizando el vínculo afectivo y la historia

de cuidado. En el caso concreto, se estableció que la madre del beneficiario era la persona más

idónea para asumir esta función, por su cercanía y compromiso comprobado con el bienestar de

su hijo. También se dispuso la implementación de salvaguardias judiciales, tales como la

supervisión periódica de un asistente social, visitas inopinadas y la revisión quinquenal de la

medida, con el propósito de garantizar la integridad personal y patrimonial del beneficiario.

En consecuencia, la Corte Suprema declaró fundado el recurso de casación, casó la

sentencia de vista y, actuando en sede de instancia, revocó la declaración de interdicción,

sustituyéndola por la designación de apoyo y salvaguardias a favor de la persona con

discapacidad. Este pronunciamiento supremo tuvo especial relevancia al ser uno de los

primeros en aplicar el nuevo paradigma jurídico derivado del Decreto Legislativo N.º 1384,

consolidando así la transición del sistema de representación sustitutiva (interdicción) hacia el

sistema de apoyo basado en el respeto a la voluntad, preferencias y derechos fundamentales

de las personas con discapacidad.

Desde el punto de vista doctrinal, esta sentencia reafirma el cambio de paradigma en el

Derecho de Familia peruano hacia un enfoque garantista y humanista. En palabras de

Arias-Schreiber Pezet (2012), la evolución de las instituciones tutelares responde a “una

transformación ética del Derecho, que sustituye la idea de incapacidad por la de apoyo y

acompañamiento solidario”. De igual modo, Ríos Álvarez (2018) sostiene que “el modelo de

apoyos y salvaguardias representa una nueva etapa en la protección de la persona, en la que el

Derecho debe actuar no como un límite, sino como un medio para la inclusión y el ejercicio de la

autonomía personal.

86
CONCLUSIÓN

A partir del estudio desarrollado, se concluye que tanto la tutela como la curatela

constituyen pilares esenciales dentro del Derecho de Familia peruano, pues su objetivo principal

es la protección integral de quienes no pueden ejercer por completo su autonomía y capacidad

jurídica. Si bien ambas instituciones comparten una finalidad social y humanitaria, su ámbito de

aplicación se diferencia según la causa y naturaleza de la incapacidad que afecta al tutelado o

curado.

La tutela representa una figura sustitutoria de la patria potestad, orientada a menores

que carecen del cuidado de sus progenitores; mientras que la curatela se aplica principalmente

a personas mayores de edad que requieren apoyo permanente o temporal en el ejercicio de sus

derechos. En ambos casos, el Estado ejerce un rol de supervisión permanente a fin de

garantizar que el tutor o curador actúe con responsabilidad, transparencia y diligencia,

asegurando no solo la conservación del patrimonio del incapaz, sino también su bienestar físico,

emocional y social.

Finalmente, se reafirma que estas instituciones reflejan los valores de solidaridad y

protección que rigen la convivencia social y que constituyen instrumentos jurídicos

indispensables para la realización del principio de dignidad humana, especialmente respecto de

quienes requieren mayor amparo frente a las dificultades de la vida en sociedad.

87
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