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Aldunate Transformacion Psicologica y Espritutal

El libro de Carlos Aldunate explora la transformación espiritual y psicológica del ser humano, enfatizando la importancia de la relación con Dios y la revelación bíblica en la comprensión de la antropología. Se argumenta que la verdadera transformación implica un cambio integral que abarca el espíritu, la mente y el cuerpo, y que el hombre está llamado a unirse a Cristo para alcanzar su propósito divino. La obra también destaca la necesidad de la libertad humana en la colaboración con la gracia de Dios para lograr esta transformación.

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Aldunate Transformacion Psicologica y Espritutal

El libro de Carlos Aldunate explora la transformación espiritual y psicológica del ser humano, enfatizando la importancia de la relación con Dios y la revelación bíblica en la comprensión de la antropología. Se argumenta que la verdadera transformación implica un cambio integral que abarca el espíritu, la mente y el cuerpo, y que el hombre está llamado a unirse a Cristo para alcanzar su propósito divino. La obra también destaca la necesidad de la libertad humana en la colaboración con la gracia de Dios para lograr esta transformación.

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Colección

CARLOS ALDUNATE, s.j.


CARISMA
14

TRANSFORMACION
espiritual y sicológica

3" edición

Colección CARISMA

MITRE 493
SALTA
INTRODUCCION

Este libro es fruto de varios años de experiencias. Co­


mo director de retiros, me encontré volviendo una y otra vez
sobre temas que me parecían de especial importancia. De­
terminé organizar estos temas en una visión de la vida es­
piritual.
Et hombre, como todo ser viviente, está llamado a cre­
cer y a desarrollarse dentro de su naturaleza. Pero también
está llamado a una transformación mucho más profunda,
que Jesús llamó un “nuevo nacimiento ” (Jn 3, 3).
San Pablo alude continuamente a esta nueva vida “en
Cristo Es un proceso en que “somos transformados ” sin
cesar y progresivamente “en la imagen de! Señor, por obra
del Espíritu de Dios” (2 Cor 3, 18).
Evidentemente esta transformación no la conoceríamos,
ni menos podríamos colaborar con ella, si no fuera por ac­
ción de Dios. Debemos, pues, partir de ¡a revelación para
descubrir estos designios de EL
A! mismo tiempo, la dirección espiritual me estaba de­
mostrando que toda verdadera transformación espiritual de­
bía ser, a la vez, una transformación sicológica y aun cor­
poral. Dios nos toca en toda nuestra realidad sicofísica. Su
Con las debidas licencias acción en nuestro espíritu repercute en todo nuestro ser.
Inscripción N° 65.461
Por eso podemos hablar del aspecto sicológico de esta
Actuó sólo como impresor:
Talleres Gráficos Pía Sociedad de San Pablo transformación del hombre.
Avda. Vicuña Mackenna 10.777, La Florida (Stgo.) Chile
Mayo de 1994 Debo agradecer a innumerables personas la parte que
Jmpreso en Chile - Printed in Chile han tenido en la confección de este libro: me han aportado

5
sus experiencias y sus preguntas, han escuchado y evaluado
mis conferencias, me han animado a escribir.
Espero que sean muchos los que me ayudarán con sus
críticas, porque bien me doy cuenta de las imperfecciones de
esta obra.
¡Que todo sea para el servicio de Dios y bien de mis
hermanos!

NOTA PARA LA SEGUNDA EDICION

La experiencia en el uso de este libro y la crítica cons­ I Parte


tructiva de varias personas me han llevado a aclarar varios
puntos y profundizar otros.
Así, en comparación con la primera edición, esta se­
En el plan de Dios
gunda queda muy mejorada. Para la preparación de ésta,
debo especiales agradecimientos a María Elisabeth Ciappa-
relli, v.s.c. y a Isabel María González Esteves, v.s.c.

El autor

6
I
¿UNA ANTROPOLOGIA REVELADA?

La antropología estudia al hombre, con sus costum­


bres, sus creencias, sus instituciones. Es sumamente in­
teresante el acervo de conocimientos que se ha reunido
sobre el hombre.
Pero más interesante es considerar la visión que Dios
mismo tiene del hombre: la ubicación que le dio en su
universo y en la historia, el juego de la libertad humana
en su relación con las iniciativas de Dios, la estructura del
hombre, sus conflictos interiores, los obstáculos que se
originan en el mismo hombre para hacer un camino ha­
cia Dios.
Esta visión que Dios tiene del hombre viene a ser
una antropología revelada a nosotros en la Biblia. Subyace
a toda otra antropología. Condiciona todo trabajo que el
hombre quiera emprender para conocerse y crecer.

Un lugar en el universo

La Biblia nos revela que Dios creó todo el universo


con inmenso amor y sabiduría: “Amas a todos los seres
y no aborreces nada de lo que has hecho” (Sab 11, 24).
Y clama la Sabiduría: “Cuando Yavé formaba los cielos,
allí estaba yo... Cuando establecía los fundamentos de la
tierra, con él estaba yo ordenándolo todo” (Prov 8, 22.27.
29-30).
El libro del Génesis describe esta ordenación: el uni­
verso inanimado como plataforma que sostiene todo lo

9
un árbol forman un cuerpo cuya fuerza de cohesión es un
demás; el mundo vegetal, como segundo nivel de perfec­
principio de vida vegetal. San Pablo comparó el Cuerpo
ción, con vida que crece, se adapta, se multiplica; el reino
de Cristo a un cuerpo humano: Jesús sería como la ca­
animal en un tercer nivel, gracias a una sensibilidad cons­
beza y nosotros los miembros. Una misma vida circula
ciente; el hombre en un cuarto nivel, el de la inteligencia
por el cuerpo y lo mantiene unido, vivo, en desarrollo. El
y la voluntad libre, que lo asemejan a Dios.
principio vital del Cuerpo de Cristo es el Espíritu Santo
Pero hay más: la Biblia nos revela que toda la crea­ comunicado por Cristo Cabeza a todos los miembros, el
ción tiene un centro que es Cristo: “la imagen del Dios in­ cual, a su vez, comunica a estos miembros una vida so­
visible, primogénito de toda creatura, ya que en él todo brenatural.
fue creado, en los cielos y sobre la tierra, los seres visibles
Así, el Cuerpo de Cristo es una realidad no percep­
como también los invisibles... Todo fue creado por él y
tible a nuestros sentidos, pero más real que las cosas que
para él; él está antes de todo, y todo se mantiene en él”
vemos y tocamos. Y aquí tenemos nuestro lugar en el uni­
(Col 1, 15-17). verso. Nuestra ubicación es en Cristo, y él es el centro del
Y (lo que más nos interesa) en el plan de Dios está universo.
el hombre invitado a formar un cuerpo con Cristo, reci­
biendo una vida superior a la propia de la naturaleza hu­ Un lugar en la historia
mana, una vida que nos comunica el mismo Cristo por
medio de su Espíritu. Tomemos ahora el curso de la historia. El comienzo
¿Pero qué es un cuerpo? Algo que se mantiene en su del universo data, quizás, de 500 mil millones de años;
forma. No llamamos cuerpo a una cantidad de agua que y la existencia del hombre sobre la tierra data quizás de
se echa en el suelo y se desparrama; ni tampoco a un vo­ dos millones de años. La revelación nos habla de la rebel­
lumen de gas que se disipa en el aire. Hablamos de cuer­ día del hombre ante su Creador: es el pecado de Adán,
po cuando se trata de una piedra, porque hay en ella una por el que entró al mundo el pecado y la muerte (Rom
energía de cohesión que la mantiene en su forma sin de­ 5, 12). Después se nos revela el llamado de Abraham y la
rramarse ni esfumarse. elección de un pueblo, llamado a ser el pueblo de Dios
También hablamos de cuerpo humano. En él tene­ (Ex 6, 7).
mos una multitud de células que se mantienen unidas y La historia del pueblo de Dios tiene una dirección,
formando un todo, gracias al alma que da “forma” al cuer­ un sentido: apunta hacia Cristo, el Ungido de Dios, que
po. A la hora de la muerte, cuando el alma se separa, ya salvará a su pueblo y a todos los pueblos. Cristo es el Cen­
no tenemos cuerpo humano, sino un cadáver que se va tro de la historia: “Así como en Adán todos mueren, así
desintegrando. también en Cristo todos tendrán vida” (1 Cor 15, 22).
¿Y el Cuerpo de Cristo del que formamos parte? Je­ Tenemos, pues, ubicado al hombre en el espacio del
sús lo comparó a una vid. La raíz, el tronco, las ramas de universo y en el tiempo de la historia: Cristo es nuestra

11
10
ubicación. Pablo repetirá muchas veces la expresión “en Toda la historia tiene como centro a Cristo: en medio
Cristo”, y declarará que “la voluntad de Dios es... reunir el de la humanidad, Dios se prepara un pueblo, el de los
universo entero bajo una misma cabeza que es Cristo” Hebreos; cuida de ese pueblo y lo conduce para ser el
(Ef 1, 9-10). pueblo de Jesús. De Jesús, ef Cristo Salvador glorificado,
brotará la salvación para todos los pueblos, los de antes
Esta doble ubicación del hombre puede ilustrarse con
de su venida y los de después de su venida, porque “de
el esquema siguiente:
su plenitud todos hemos recibido” (Jn 1, 16).
Volvemos, pues, a la misma realidad. El hombre tiene
Padre
Espíritu su lugar en Cristo, ya que está llamado a ser el corona­
Hijo
miento del universo material, pero no por su sola natura­
leza, sino elevado a la unión con Cristo, quien nos vincula
Jesus con Dios.
Fig. 1 -la humanidad en Cristo
-mundo humano
-mundo animal
Libertad humana y gracia
-mundo vegetal
-mundo mineral Resta aclarar un punto importante de esta vinculación
con Dios: ¿cómo juega en esto la libertad humana?
San Agustín escribió: “El que te creó sin ti, no te sal­
En la figura 1 aparece la humanidad en el nível más vará sin ti”. Allí afirma la necesidad de la colaboración li­
alto de la creación material. Pero la humanidad entera es­ bre del hombre; y también escribió: “Señor, dame lo que
tá llamada a trascender su misma naturaleza para entrar pides y pídeme lo que quieras”. Allí nos recuerda la ne­
a formar parte de Cristo, incorporándose en su Cuerpo y cesidad de la gracia de Dios para responder a sus manda­
“permaneciendo en él” (Jn 15, 4). Permaneciendo en Cris­ tos y a sus invitaciones.
to, entramos en comunión con Dios (cf Jn 14, 6; 15, 5; San Pablo nos enseña la iniciativa de Dios (Ef2, 10;
17, 20-26). Flp 1, 6); la respuesta activa o colaboración con sus invi­
Si miramos la historia de salvación, descubriremos taciones (1 Cor 3, 8-9); la gracia que hace posible esta co­
de nuevo que el lugar del hombre está en Cristo (Fig. 2). laboración (2 Cor 3, 5).
En Flp 2, 13 se resume todo en esta frase: “porque
Dios, por su buena voluntad, es el que produce en voso­
Fig. 2
tros así el querer como el hacer”.
Cristo
En la,//gura 3 se representan los principales momen­
Creación Pueblo de Iglesia Re-generación
“Génesis” Dios Reino de Dios Gloria eterna tos de esta relación entre Dios y el hombre.

12 13
Fig. 3 ’ En el plan de Dios está este diálogo constante. Es
una realidad fundamental de la antropología revelada.
st

Aspecto sicológico

Podemos preguntamos: ¿qué repercusión tendrá, en el


desarrollo sicológico del hombre, esta visión de Cristo co­
Este esquema nos ayuda a distinguir: mo centro de la creación y de la historia?
(1) La iniciativa de Dios, “según su buena voluntad”. Pue­ 1. Es muy importante para la estabilidad sicológica el
de ser un mandamiento (“amarás a tu prójimo”), o conocimiento del propio origen. Las personas que
una invitación... no conocieron a sus padres necesitan saber cómo fueron.
El hombre busca las raíces de su existencia para afirmar
(2) Produce en e! hombre una moción (o deseo) del bien; su identidad.
una moción para rechazar el mal.
Las raíces humanas son de primera importancia, pero
(3) El hombre se decide libremente con un sí o un no ante
la raíz divina debe completar (y aun suplir) la imperfec­
la inspiración de Dios. Nunca falta la asistencia divi­
ción de las raíces humanas. ¿Cuál es mi raíz más íntima?
na, pero no anula la libertad del hombre.
¿Qué sentido tiene mi vida en este vasto universo, y en
(4) La decisión incluye una petición (explícita o implícita) esta historia en que todo parece terminar y ser olvidado?
de gracia de Dios para realizar lo que hemos decidido.
El lugar en Cristo, mi aceptación en su Cuerpo, me
(5) Dios bendice con una gracia capacitando para llevar a da la conciencia de ser un valor, de tener una función
cabo la decisión. Toda intervención y ayuda de Dios ahora y en la eternidad, con respecto a Dios y a mis her­
se llama “gracia” (6) porque es un don gratuito que manos de todos los tiempos.
consiste, no en una cosa, sino en la acción del Espí­
2. La visión del hombre en el plan de Dios me trans­
ritu Santo en nosotros. “Todo lo que podemos hacer
forma la imagen de Dios. No es un ser abstracto, le­
viene de Dios” (2 Cor 3, 5). jano, frío, insensible a mí. Es un Creádor que me toca en
Se ha escrito sobre “el camino de respuesta”. La vida cada partícula de mi ser; que me sostiene en la existencia
del hombre es un camino de constante respuesta a Dios: con inmenso amor.
respuestas flojas, negativas, o bien, respuestas positivas, ge­
3. La vida humana es respuesta libre a Dios. No es un
nerosas. Estamos interpelados continuamente por todo
legalismo (de cumplimiento de preceptos), ni una im­
cuanto nos sucede cada día, por lo que vemos y oímos.
posición violenta y arbitraria. Es una invitación a respon­
Es Dios quien nos está hablando de muchas maneras y der a las iniciativas de El, y a entrar cada vez más en una
esperando nuestras respuestas. intimidad sólo posible porque El es siempre fiel en su
14
15
amor. El me habla en lo más íntimo de mi ser (cf Vati­ II
cano II, GS n. 14-16). LA ESTRUCTURA DEL HOMBRE
4. La imagen de Dios que nace de una experiencia de
su amor es fundamental para encarar e! problema del
mal. El pecado y el sufrimiento los tenemos dentro de
nosotros y alrededor de nosotros. No los comprenderemos
A la visión que Dios tiene del hombre pertenece no
nunca si partimos de ellos y nos preguntamos: ¿cómo pue­
sólo su lugar en el universo y en la historia, no sólo su li­
de haber un Dios que permite esto?
bertad y el papel de esta libertad en el diálogo con Dios;
Solamente si partimos de la visión de fe comprende­
pertenece también la estructura del hombre.
remos que aquí hay un misterio del respeto de Dios por la
• libertad humana y por todas las consecuencias de un mal
uso de esa libertad. Una estructura especial
Pero también comprenderemos la misericordia de
Dios quiso darle al hombre una estructura muy es­
Dios, su voluntad salvadora, los extremos de su amor en
pecial: un compuesto de cuerpo mortal y de alma inmor­
la manera como quiso salvarnos.
tal. La sicología y la antropología ofrecen al hombre de
Es de suma importancia en el desarrollo sicológico hoy diversas imágenes de la naturaleza humana. El Anti­
la imagen que tengamos de Dios. Fácilmente proyectamos guo Testamento contiene también una imagen del hom­
en El las heridas de la infancia, causadas en las relaciones bre. San Pablo la precisó.
con nuestros padres.
El Apóstol distingue en el hombre tres elementos: es­
La familiaridad con Dios y el trato fácil con El irán píritu, alma, cuerpo (1 Tes 5, 23). El cuerpo es el elemen­
sanando y fortaleciendo todo nuestro ser. to material: ¡o que Dios formó con sus manos; el alma es
el aliento vital que informa al cuerpo para formar un todo:
el hombre vivo. El espíritu es una capacidad del alma que
REFLEXION
la capacita para abrirse al Espíritu de Dios; es la capacidad
para que todo el hombre sea elevado a un nivel sobrena­
Unas preguntas ayudarán para reflexionar sobre esta ense­ tural.
ñanza:
Mientras el hombre permanezca en su ser natural re­
/. ¿Cómo siento yo mi lugar en el universo y en la historia?
ducido a sus fuerzas puramente humanas, es, para san Pa­
2. ¿Qué significa para mí estar “en Cristo”? (rfJn 17, 21; Col 3,
blo, “el hombre viejo”, “el hombre síquico”, “el hombre
3; Ef4, 15).
externo”, “el hombre carnal”, o simplemente: “la carne”.
3. ¿Qué ejemplos puedo aportar de mi diálogo y de mis respues­
Cuando este hombre se abre a la vida divina por el bautis­
tas a Dios?
mo plenamente vivido, es transformado en “hombre nue-

16 17
presenta nuestra alma que nos hace seres humanos); y la
vo”, “hombre interior”, “hombre espiritual”, o simple­
cavidad interior, el espacio receptivo (representa el espíritu
mente, “el espíritu”.
nuestro, receptivo del Espíritu de Dios).
Un cuadro ilustrará esta terminología:
Mirando el cántaro desde arriba, en la figura 5 b, ve­
mos un círculo ancho de greda: representa el “hombre ex­
Fig. 4 Hombre viejo Hombre nuevo
Hombre síquico espíritu
terior”, es decir, el cuerpo animado y el alma encarnada
Hombre interior
Hombre exterior alma ¡> Hombre espiritual que forman un todo. Es el hombre en sus tendencias na­
Hombre carnal cuerpo el espíritu turales, el “hombre síquico” de san Pablo.
la carne
Vemos también otro círculo con la cavidad interior:
representa el espíritu, capacidad receptiva del Espíritu de
Como se ve, la palabra “espíritu” puede indicar un Dios. Cuando tenemos al “hombre completo”, cuerpo, al­
elemento del hombre (como en 1 Tes 5, 23), o bien, todo ma y espíritu, tenemos al “hombre espiritual”, al “hombre
el hombre cuando está abierto al Espíritu de Dios (cf 1 nuevo”, al “hombre interior”, “habitado por el Espíritu
Cor 14, 14; Rom 8, 16). Santo”.

El cántaro de greda
Aspectos sicológicos
Ayuda a comprender estos tres elementos una com­
1. Los niveles en el hombre. Un esquema que nos servirá
paración de san Pablo. Dijo que la luz de Dios está^en no­
mucho en este curso es un corte triangular en la fi­
sotros como un tesoro encerrado en un cántaro de greda
gura 5 c. El triángulo inferior (cerrado) representa al hom­
(2 Cor 4, 7).
bre natural y el triángulo superior (abierto) representa el
espíritu del hombre, abierto al Espíritu de Dios. El hom­
bre completo abarca los dos triángulos.
Con este esquema podremos ubicar los principales
niveles que la sicología moderna descubre en el hombre.
La figura 6 nos presenta un cuadro dé los principales ni­
veles en el hombre, y de la ubicación de estos niveles en
el esquema de los triángulos.

En 1 tenemos el nivel más alto, el del espíritu; en 2


los niveles racionales: incluyen inteligencia, voluntad ra­
En el cántaro de la figura 5 a distinguimos: la materia
cional, imaginación creadora, etc.; a partir del tercer nivel
o greda (representa la materialidad de nuestro cuerpo); la
tenemos niveles infrarracionales: los primeros son cons-
forma que hace de la greda un cántaro y no otra cosa (re­
19
18
Los niveles del hombre bre; y sobrepasar todavía este nivel hasta llegar a lo sobre­
natural que es la participación de la vida divina de Cristo.
Fig. 6
3. La fe y la ubicación del Yo. El Yo es nuestro centro
de gravedad que puede desplazarse de un nivel a otro.
'espíritu------ nivel suprarracional - 1
Si actúa desde el espíritu, tenemos un hombre espiritual;
niveles racionales - 2 si actúa desde el nivel racional, tenemos un hombre ra­
alma cional; si actúa desde niveles inferiores tenemos a hom­
Conscientes bres que viven en forma infrahumana: el hombre emo­
.cuerpo emocional - 3
niveles cional, que reacciona siempre según sus sentimientos; el
de sensibilidad común - 4
infrarracionales hombre pasional, esclavo de sus tendencias animales; el
de sensibilidad
parasicológica - 5 hombre materializado; el supersticioso, sujeto a fuerzas
Inconscientes desconocidas... (Is 42, 17; Gál 4, 3.8-11; Col 2, 8-10).
personal - 6
colectivo - 7
El Yo se desplaza de un nivel a otro por la fe. La fe
L funciones vitales - 8 significa nuestra confianza, nuestro punto de apoyo, lo
que hacemos el centro de la vida. Por esto Jesús insistía:
cientes y después otros que pertenecen al inconsciente. Así “Creed en mí”, “permaneced en mí”, “confiad en mí”; “el
en 3, el consciente emocional; en 4 la sensibilidad común que cree en el Hijo tiene vida eterna”, porque por la fe el
(visión, audición, tacto, etc.); en 5 la sensibilidad parasi- hombre se abre a la gracia de Dios y es elevado a perma­
coiógica (telepatía, precognición, etc.); en 6, el inconscien­ necer en Cristo como el sarmiento en la vid (cf Jn 14, 1;
te personal; en 7, el inconsciente colectivo; en 8 la sensi­ 3, 36; 15, 4; 16, 33). “El justo vive desde la fe” (Rom 1,
bilidad propia de la vida celular, la que nunca llega a ma­ 17). Estamos llamados a vivir desde el espíritu (Gál 5, 25).
nifestarse en la conciencia. En cambio, el que confia solamente en el nivel ra­
Sin duda hay mucho más que se podría decir sobre cional, vive de una manera digna del hombre, pero esto
los niveles en el hombre, pero esto es suficiente para nues­ no basta para el cristiano. Pablo explica: “las cosas del Es­
tros propósitos. píritu de Dios no las percibe el hombre síquico... son lo­
cura para él y no las puede entender ya que se han de dis­
La comprensión de esta estructura del hombre nos cernir espiritualmente” (1 Cor 2, 14).
ayuda a comprender varias realidades de gran importancia
para nuestro desarrollo sicológico. Por último, el que pone su fe en niveles inferiores,
vive de manera indigna del hombre. “Donde está tu te­
2. El hombre como microcosmos. Dios ha querido com­ soro, está tu corazón” dijo Jesús (Le 12, 34). Esto significa
pendiar en el hombre toda la gama de su creación,
que el objetivo o centro de la vida indica dónde está el co­
desde la materia inerte, pasando por la vida vegetal, la sen­ razón, la fe. Cuando este tesoro es infrahumano, la fe
sibilidad animal, hasta la perfección del ser material y li­
construye un ídolo que degrada al hombre; y por eso se
20 21
lamenta Pablo de aquellos “cuyo dios es el vientre... y sólo los niveles inferiores del hombre tienden a subordinarse a
piensan en lo terrenal” (Flp 3, 19); “los que confian en los la razón. Son atraídos hacia arriba. Este era el idel de los
ídolos se vuelven semejantes a ellos” (Sal 135). estoicos y es el ideal que buscan los diversos medios de
4. El poder centrador del Yo. El Yo, como núcleo o cen­ autoperfeccionamiento (Fig. 7 b).
tro de gravedad del hombre, siempre centra hacia sí Si el hombre se deja llevar de sus pasiones u opta de­
a todo el hombre. De allí resulta que si el Yo se coloca en liberadamente por colocar su vida en un nivel infrarracio-
el nivel del espíritu eleva consigo al hombre en todos sus nal (por ejemplo: irresponsabilidad de playboy, o de creen­
niveles: su racionalidad, sus emociones, sus tendencias cias supersticiosas), su inteligencia, su emotividad, todo su
instintivas, sus sensibilidades, su inconsciente. El hombre ser entra en la esfera de lo infrarracional y se abre a influ­
entero es sobrenaturalizado por la gracia de Dios, forman­
jos irracionales (Fig. 7 c).
do parte del Cuerpo de Cristo. Todo el hombre se convier­
te en “Templo del Espíritu Santo” y “miembro de Cristo”. 5. El llamado a una opción fundamental. Hay en el hom­
Entra en la esfera de lo sobrenatural (Fig. 7 a). bre un instinto de desarrollo y superación que no afec­
Cuando el Yo toma lo racional como su norma de vi­ ta solamente su físico y sus capacidades intelectuales, sino
da, el hombre entero entra en la esfera de lo racional. Aun también su ser en todas sus dimensiones. Está en el hom­
bre normal el deseo y esfuerzo por superar su animalidad
y mantenerse en su humanidad racional. Aún más, hay
aspiraciones más altas. Como escribió san Agustín: “Señor,
nos hiciste para ti, e inquieto está nuestro corazón mien­
tras no descanse en ti”.
Jesús plantea la necesidad de una decisión fundamen­
tal. Debemos decidirnos por la esfera en que queremos
vivir, porque “ninguno puede servir a dos señores... No
podéis servir a Dios y a las riquezas” (Mt 6, 24).
Tendremos ocasión para volver sobre este punto.
6. La lucha interior. Habiendo en el hombre una multi­
plicidad de niveles y diversas esferas en que puede co­
locarse el Yo, es fácil comprender la posibilidad de con­
flictos: dudas antes de hacer una opción fundamental, os­
cilaciones y contradicciones interiores, caídas y levantadas.
San Pablo describe esta lucha: “lo que hago, no lo
entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que abo­
rrezco... de manera que ya no soy yo quien hace aquello,
22
23
III
sino el pecado que mora en mí” (Rom 7, 15-17). Hay lu­
cha “porque el deseo de la carne es contra el espíritu y el OBSTACULOS EN NOSOTROS
del espíritu es contra la carne; y éstos se oponen entre sí, AL PLAN DE DIOS
para que no hagáis lo que quisiereis” (Gál 5, 17).
Gran parte de la vida espiritual está en la superación
de esta lucha. “Si vivimos por el Espíritu, andemos tam­
bién por el Espíritu” (o por nuestro espíritu, que no es
sino nuestra apertura al Espíritu Santo), (cf Gál 5, 17). En el capitulo anterior vimos que el hombre está in­
En el próximo capítulo comprenderemos mejor los vitado a una opción fundamental de ubicar su Yo en el
numerosos factores que entran en esta lucha. Por ahora nivel del espíritu. Pero hay obstáculos para esta opción.
hemos dado un segundo paso en esta antropología reve­ La opción es un acto libre de la voluntad inspirada y
lada. fortificada por la gracia de Dios; pero el hombre no está
unificado como para que la opción sea un paso fácil y
total.
REFLEXION

Dos parábolas
1. ¿Puedes distinguir diversos niveles en tu propia personalidad?
Describe cómo se manifiestan. Hay dos parábolas de Jesús que nos ayudarán a com­
2. Indica ejemplos en que el hombre vive en niveles inferiores. prender esto: Me 4, 26-29; Mt 13, 1-9.18-23.
CfGál 5, 16-21.
La primera es la de la semilla que crece: “un hombre
3. Indica ejemplos en que tú vives desde niveles superiores. Cf
echa semilla en la tierra; y esta semilla brota y crece sin
Gál 5, 22-25; Mt 5, 1-12.
que el hombre sepa cómo. Porque la tierra produce por si
misma primero hierba, luego espiga, después grano lleno
en la espiga”. He subrayado las palabras por si misma por­
que ellas contienen la enseñanza central de la parábola:
el reino de los cielos está dotado de una fuerza interior de
crecimiento. Recordemos el texto de san Pablo: “ni el que
planta es algo, ni el que riega, sino Dios que da el creci­
miento” (1 Cor 3, 7).
Así también, en nuestro crecimiento espiritual es ne­
cesaria nuestra opción libremente dada, pero el crecimien­
to no es obra nuestra sino de Dios.

25
24
La segunda parábola nos enseña que en el campo de Estas tendencias fundamentales son buenas. Están
la siembra hay obstáculos que se oponen al crecimiento siempre alimentando el río de nuestra vida. Corresponden
de la semilla: tierra dura en que no penetra, piedras, ma­ a esa fuerza espontánea que hace crecer la semilla en la
lezas... Aun en la tierra buena hay diversidad de rendi­ parábola de Jesús. Ese crecimiento natural y sobrenatural
miento... viene de Dios.
2. Nuestro río comienza a correr, y sus aguas atraviesan
Aplicación sicológica “tierras malas”, es decir tierras cargadas con sales mi­
nerales que convierten un agua pura en agua dura. Esas
Las enseñanzas de estas dos parábolas nos guiarán en
tierras malas representan el pecado original que desvirtúa
la comparación siguiente: la vida humana se desarrolla
las tendencias básicas del hombre, convirtiéndolas en ten­
como un río con sus aportes favorables y con los obstácu­
dencias viciadas o vicios capitales.
los que se presentan en su cauce. Aquí nos interesan los
obstáculos (Fig. 8). Así, la ira, el odio, la avaricia, la gula, la pereza, son
desviaciones diversas del instinto de conservación; en la
línea del desarrollo hay vicios como la ambición, la so­
Fig- 8 berbia, la rivalidad, la agresividad; en lá línea de sociali­
zación tenemos vicios como la lujuria, la vanidad, la men­
tira, la envidia, la cobardía, el servilismo, la hipocresía;
por último, la tendencia hacia lo trascendente tiene vicios
como la superstición, la idolatría, el esoterismo, y también
la rebeldía, que se expresa en racionalismo, ateísmo y sa­
tanismo.
La característica de las tendencias viciosas es la pro­
fundidad y constancia de su influjo; precisamente porque
1. Comenzamos con las fuentes de nuestro río. Son las son desviaciones de las tendencias fundamentales del hom­
tendencias o instintos fundamentales del hombre. Los bre; son tendencias que nunca cesan de influir. Estos vi­
sicólogos proponen varios, pero pueden reducirse a cuatro: cios nacen en germen con nosotros. Son parte del pecado
el instinto de conservación, la tendencia al desarrollo (cre­ original.
cimiento y maduración en lo físico, intelectual, emocio­
Por diversos factores, propios de cada persona, aun
nal, creativo, etc.), el instinto de socialización (incluye lo
por factores de herencia, unas tendencias son más fuertes
sexual, pero también la tendencia a la comunicación, a la
que otras. Recordemos: no son pecados sino tendencias
simpatía, al amor, a la complementación mutua para vivir,
que inclinan al pecado.
trabajar, gozar), la tendencia hacia lo trascendente, la ver­
dad sin límites, el bien sin límites. Dios.

26 27
3. En el número 3 de la figura se nos presenta otra clase fluyen en el comportamiento del joven que llega a ser pa­
de obstáculos: el de eventos precisos que marcan nues­ dre de familia.
tra vida. Estos eventos son traumáticos y determinan un Hay ataduras que son obligaciones contraídas al ingre­
influjo negativo: por ejemplo, en tal persona, una expe­ so en un club, una logia, una secta... Me acuerdo de un
riencia traumática con otra persona del mismo sexo ori­ matrimonio que estuvo en los Rosacruces. Habían dejado
gina una inclinación homosexual. esa secta, pero se sentían ligados por los juramentos que
Estos eventos determinantes podrían compararse, en habían hecho.
lo negativo, a tambores de sustancias tóxicas que se arro­ Estamos mucho más atados de lo que nos imagina­
jan al río y que seguirán siempre soltando una contamina­ mos. Nuestra única atadura debería ser la voluntad de
ción mientras no sean descubiertos y sacados del río. Dios y su verdad. Cristo vino para hacer la voluntad de
4. Más adelante, el cauce del río está canalizado entre su Padre y para dar testimonio de la verdad.
muros de piedra y cemento (número 4 de la figura). 5. En este lugar tenemos influjos transitorios que actúan
Esta canalización representa ataduras mentales que se pro­ de vez en cuando por un tiempo corto, como tórren­
ducen desde temprano en la vida de un niño. Al principio les que aportan caudal al río solamente los días de lluvia,
son los hábitos de aseo, de comportamiento. El niño apren­ listos eventos son las tentaciones hacia el mal.
de a agradar y a evitar la reprensión y el castigo. Mucho (>. En este punto el agua del río sale de su cauce, desbor­
de esto es inevitable y es útil: el niño aprende a adaptarse dándose y formando pantanos malsanos. Estas salidas
a la vida social; pero también se forman al mismo tiempo icpresentan actos responsables del individuo. Entonces ha­
los mecanismos de defensa que son los comportamientos blamos de pecado.
que el niño va descubriendo y adoptando para sobrevivir
en el mundo de adultos y de otros niños. Así se forman / En el número 7 colocamos los accidentes en el cauce
las defensas de timidez o de sobrecompensación, las de­ del río: cataratas, rápidos. Los accidentes en la vida
fensas de huida, de sustitución, de mentira, etc. humana incluyen enfermedades, vicisitudes económicas,
éxitos profesionales o políticos, fracasos, muertes de seres
Hay también ideologías políticas, raciales, morales, queridos, accidentes de todas clases.
religiosas. La ideología viene a ser como un conjunto de
prejuicios que nos deforman la realidad. Condicionan nues­ Estos accidentes pueden servir para el bien como pa­
la el mal. Para muchos es el momento del Señor que lla­
tra actitud; nos atan.
ma a un cambio de dirección en la vida. Hay quienes cam­
Otras ataduras son los modelos o roles. Desde peque­ bian ilc rumbo para el bien, o se amargan y aún deses-
ño, el niño va observando y formando sus modelos del peian.
rol de papá, el rol de mamá, el rol de médico, de cura, de
N Por último tenemos el estuario del río que desembo­
chofer de omnibús, de policía, etc. Con el tiempo van
ca en el mar. Puede ser más profundo y apacible, o
cambiando estos modelos, aunque hay modelos, como los
(llenos profundo, lleno de bancos de arena y remolinos
de papá y mamá, que no cambian tan fácilmente y que in­

28 29
Hay traumas que se producen después de las ataduras prin­
peligrosos. La desembocadura puede estar abierta y per­
cipales. Además, están estos factores muy ligados. Los
mitir la entrada de barcos de alta mar, o puede estar ce­
traumas cobran gran parte de su fuerza de las tendencias
rrada por una barra.
viciadas. Son estas mismas tendencias las que dan pie a
El estuario representa la personalidad, ese conjunto muchas ataduras.
de rasgos que determina la manera ordinaria de proceder.
3. El rio en su conjunto es completo, pero seguimos
Como resultado del conjunto de factores de la vida, cada
añadiendo elementos y quitando otros. Las experien­
persona tiene una personalidad singular, diversa de toda
cias actuales añaden elementos positivos y negativos. Mu­
otra. Hay una personalidad más cerrada o más acogedora
chos pecados son traumáticos y refuerzan sentimientos de
de otros, más deprimida o más alegre, más rígida o más
indignidad. Pueden continuar actuando de una manera
flexible, más superficial o más profunda.
negativa aun después de haber sido perdonados.
Muy frecuentemente, la personalidad es el conjunto y
Por otra parte, la sanación y liberación van quitando
resultado de los mecanismos de defensa con que el indi­
heridas y ataduras, de modo que el río, en su conjunto,
viduo ha logrado enfrentarse con la vida. Entonces la per­
sea más saludable y abierto al Espíritu Santo.
sonalidad tiene mucho de máscara (es la “persona” de
Jung) y mucha rigidez. 4. El río no es el Yo, sino la totalidad de vida síquica en
mí. El Yo puede estar envuelto y ahogado en esta
Cristo, ciertamente, no tenía esta clase de personali­
agua cargada de elementos negativos. Puede clamar tam­
dad, porque no necesitó mecanismos de defensa. Siempre
bién con el Salmo 69: “Sálvame, oh Dios, porque las aguas
fue enteramente sincero, transparente, libre, sin trabas in­
han entrado hasta el alma; me estoy hundiendo... y no
teriores para responder plenamente a la voluntad del Pa­
tengo dónde apoyar los pies... me arrastra la corriente”.
dre; libre de prejuicios, testigo de la verdad y lleno de
Entonces Dios acude y levanta al Yo para admirar cómo
amor y misericordia para con todos.
El lo va purificando para convertirlo en un “río limpio
de agua de vida, resplandeciente como cristal, que sale del
Observaciones trono de Dios y del Cordero” (Apoc 22, 1).
Esta sanación de las tendencias más profundas es lo
Revisando el esquema del río, podemos hacer varias que se efectúa con los siete Dones y el Fruto del Espíritu.
observaciones: Lo veremos más adelante.
1. Hemos mencionado principalmente los elementos ne­ Con este capítulo completamos la visión inicial. Abar­
gativos u obstáculos, porque de eso tratamos aquí. ca nuestro lugar en la creación de Dios, la estructura del
2. Hay cierta sucesión en la naturaleza de los obstácu­ hombre como nos hizo Dios y la condición real de cada
los: primero las tendencias viciosas, ya que somos uno, como nos ve Dios.
concebidos en pecado original; después los traumas, más
tarde las ataduras. Pero esto no es tan claro en la realidad.
31
30
REFLEXION IV

CUATRO LINEAS DE REFERENCIA


1. ¿Reconozco en mi vida algunas semejanzas con el curso del
río? Precisar algunas.
2. ¿Distingo mejor la diversidad de los elementos que han in­
fluido en mi río? ¿Qué luces me ha aportado este capítulo?
Hemos trazado a grandes rasgos la visión cristiana del
hombre. No es una visión filosófica, sino una visión re­
velada. Dios mismo, en su Sagrada Escritura, nos mues­
tra lo que es el hombre; en su naturaleza, en su condi­
ción actual, en su vocación (es decir en su capacidad para
ocupar con la gracia de Dios su lugar en el Cuerpo de
Cristo).
“Transformación” la tomamos aquí como el creci­
miento del hombre hacia su pleno desarrollo, “para que
ya no seamos niños fluctuantes... sino que, siguiendo la
verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la
cabeza, esto es, Cristo” (Ef4, 14-15).
Cuando se examina a un niño pequeño para juzgar
de su desarrollo, se toman en cuenta diversos criterios: el
peso, el crecimiento, el funcionamiento de los diversos
“aparatos” (respiratorio, nervioso, digestivo, cardíaco...),
el estado de la audición y visión, el desarrollo y coordi­
nación muscular, etc.
De la misma manera, cuando se habla de transfor­
mación espiritual por la gracia divina,’hay diversos crite­
rios que sirven como puntos de referencia para examinar­
se uno mismo o para ayudar a otros. Estos criterios son
muchos, y los hemos agrupado en cuatro líneas de trans­
formación:
- La línea de conversión y de sanación.
- La línea de oración cristocéntrica.

32 33
- La línea sacramental.
- La línea de acción solidaria.
En las páginas siguientes se explicará cada una de
estas líneas, pero vale la pena considerarlas primero en
conjunto. Tengamos presente que:
Io Son puntos de referencia o criterios, como se ha di­
cho.
2o Son también líneas de trabajo.
Dios pone en nosotros el deseo de transformación
personal y de servicio a nuestros hermanos. Dios tiene la
iniciativa y da el primer paso, pero pide nuestra respuesta. II Parte
Esta respuesta es de trabajo. No faltará la gracia de Dios
para que este trabajo sea fiel y constante.
Estas cuatro líneas son orientación y apoyo de nues­ Línea de conversión y sanación
tra transformación.
3o Estas líneas no son sucesivas, como si primero traba­
jásemos en nuestra sanación interior y ésta estuviera
terminada antes de pasar a las líneas siguientes. Necesita­
remos trabajar siempre en las cuatro líneas. A veces pre­
dominará el trabajo en una línea, otras veces en otra, pero
siempre tendremos necesidad de las cuatro. Es el Espíritu
Santo quien dirige el proceso de transformación.
4o El trabajo en cada linea varía también en calidad se­
gún el estado espiritual de cada persona. El princi­
piante tiene una manera de trabajar; el más avanzado tiene
otra. Pero también aquí es el Espíritu de Dios quien debe
ser el guía y coordinador. Ese Espíritu Santificador es la
fuente de nuestra transformación.

34
V

PECADO Y CONVERSION

Al recorrer el curso de nuestro río, nos encontramos


con muchos elementos que dificultan nuestra vida espiri­
tual: tendencias viciosas, heridas sicológicas, ataduras y
moldes, pecados. De todos estos elementos negativos, el
pecado es el más grave, porque consiste en un mal uso de
la libertad que Dios nos ha dado.
Todos tenemos conciencia de nuestros numerosos
pecados. Son una realidad desagradable, humillante... Que­
rríamos decir: “no he pecado nunca”. O también querría­
mos excusar nuestros pecados, diciendo que fueron erro­
res de juicio, o impulsos que nos tomaron por sorpresa,
o engaños con que nos sorprendieron otros.
En todos los tiempos se ha querido demostrar que el
pecado es imposible. ¿Cómo puede el hombre elegir lo
que sabe que es malo? Se han usado argumentos filosó­
ficos, sicológicos, culturales, como: “Todo el mundo lo
hace...”.
La verdad es que tenemos conciencia de haber peca­
do muchas veces y la revelación nos muestra que el pe­
cado existe. Hay cierto misterio en el pecado, pero su exis­
tencia y gravedad se conoce por la fe.

Existencia y gravedad del pecado

La Historia de Salvación es en gran parte una historia


de pecados y de las palabras y acciones de Dios ante el
pecado.

37
Recordemos algunos de los pecados: El pecado es una perturbación que daña al bien social
-Adán y Eva: rebelión ante Dios, orgullo, autonomía: y a la armonía del universo (1 Cor 5, 6; Rom 8, 19-22).
Gén 3.
-Caín: envidia del hermano, odio, agresividad, homi­ Arrepentimiento y conversión
cidio: Gén 4.
-Torre de Babel: ambición, vanidad, discordia: Gén 11. En Hech 3, 19 se usan estas dos palabras: arrepentir­
se y convertirse, es decir, cambiar de corazón y tomar un
-Sodoma y Gomorra: perversión sexual: Gén 18-19. rumbo nuevo. Pero el cambio de corazón ya incluye el
-David: adulterio, mentira, homicidio, escándalo: 2 nuevo camino.
Sam 11-12. El nuevo camino no es un simple propósito de en­
-Pedro: presunción, negación de Cristo, falsos jura­ mienda (“no quiero volver a cometer ese pecado”), sino
mentos, imprecaciones: Me 14, 26-31.65-72. una orientación de todo el hombre a Dios. Es la opción
-Los fariseos: orgullo, hipocresía, dureza, maldad, ra­ fundamental de que hablamos antes.
pacidad: Mt 23. La base de esta opción es la misericordia de Dios.
Es imposible resumir aquí todos los aspectos del pe­ Sabemos que Dios no quiere la muerte del pecador, sino
cado como los revela la Sagrada Escritura. que viva. Por eso, como el hijo pródigo, nos animamos a
Ante todo, tengamos presente que el pecado no es el volver a la casa paterna.
mero quebrantamiento de una ley, ni es tampoco una in­ Jesús nos indica la radicalidad de esta opción funda­
fidelidad a los valores auténticos de la realización de uno mental: “todo el que quiera salvar su vida (con sus pro­
mismo. El pecado es infidelidad al amor que Dios nos pios planes y con sus propios medios) la perderá; y todo
tiene, amor que se concreta en la creación de cada hom­ el que pierda su vida por causa de mí y del evangelio, la
bre y en el llamado personal a que entre en comunión salvará”.
con Dios mismo en Cristo. En este sentido, el pecado es Por eso, “si alguno quiere venir en pos de mí (por el
rechazo y ofensa a Dios que nos crea y ama con infinita único camino de salvación), niéguese a sí mismo (y a su
misericordia (Le 15). Es negación al Amor, a la Vida, a la propia voluntad) y tome su cruz (que es la voluntad de
Verdad (Deut 30, 14-15.19-20; Rom 12, 9); es rechazo de Dios sobre él) y sígame”. Jesús va por este mismo camino
la luz (Jn 3, 19-20; Le 11, 33-36). de no hacer su voluntad sino la del Padre (cf Me 8, 34-35;
El pecado es rechazo del verdadero Dios, para adorar 14, 36.39).
y esclavizarse ante los ídolos de los falsos valores (Jer 2, Al examinar la conversión de los convertidos el día
5-37). En este sentido es comunión con los demonios, de Pentecostés, descubrimos cuatro pasos, que correspon­
como escribe san Pablo (1 Cor 10, 14-21; Flp 3, 18-20). den al diálogo entre la iniciativa de Dios y la libertad hu­
El pecado es esclavitud: Jn 8, 34-35. mana (cf Fig. 3):

38 39
1. La iniciativa de Dios toca de tal manera los corazo­
ción exterior tendría poca fuerza si no existieran las fuen­
nes, que brota el deseo de cambio: “compungidos de
tes interiores de tentación. Ya mencionamos las principa­
corazón, preguntan: varones hermanos, ¿qué haremos?”.
les (en pp. 27-29). Son las heridas emocionales, las atadu­
2. Reciben la instrucción de arrepentirse (es decir, pro­ ras o esclavitudes y las tendencias viciadas. Las indicamos
poner un cambio fundamental de vida) y expresar es­ en la figura 9.
te cambio pidiendo el bautismo en nombre de Jesucristo.
Este paso es el de la libertad humana que responde a Dios,
decidiéndose y pidiendo la gracia para una nueva vida.
3. “Recibiréis el don del Espíritu Santo” es la gracia pro­
metida: perdón de Dios, recepción del Espíritu, incor­
poración en Cristo...
4. Recibida esta gracia, se coopera con ella “perseveran­
do” en la nueva vida (cf Hech 2, 3747).
En la conversión de san Pablo descubrimos los mis­
mos cuatro pasos: Hech 9, 5-20.

Aspectos sicológicos

Para la paz interior es de suma importancia aclarar las


ideas de pecado y de conversión.
1. Tentación y pecado. En el pecado hay un mal uso de
la libertad, de ese privilegio que hace al hombre se­
mejante a Dios. Y el pecado es un mal uso porque, con él,
el hombre se aparta de la bondad y sabiduría de Dios. Es 2. La resistencia a la tentación. Si rechazamos pronta­
una rebelión que puede formularse así: “no haré la volun­ mente la tentación, no hemos pecado; pero, si hay
tad de Dios sino la mía”. cierta complacencia en sentirnos tentados, entonces, caemos
en complicidad con la tentación, tolerando que se produz­
En lá tentación tenemos una invitación al mal, pero
ca desorden en nuestros sentimientos y nuestras pasiones.
la voluntad no ha dado el paso de rebelión. Está invitada
Aunque no haya pleno consentimiento, hay una compli­
a darlo.
cidad que es pecado.
La tentación puede venir del exterior; por ejemplo
Puede darse también una tentación tan persistente o
de alguien que invita a cooperar en una estafa, a ver una
tan intensa que resulte en el hombre una cierta incapaci­
película pornográfica, o a seguir bebiendo... Pero la tenta­
dad para resistir. Tenemos entonces una disminución de
40 41
la libertad. En casos de compulsión, puede llegar el hom­ ción por el nuevo camino en un acto libre de voluntad,
bre a actuar sin un verdadero consentimiento de su vo­ motivado y sostenido por el Espíritu de Dios.
luntad. En estos casos no hay pecado, o bien, la culpabi­ No debe confundirse el arrepentimiento con el senti­
lidad queda muy disminuida. miento de culpabilidad. El primero es un cambio de valo­
En la figura 10 comparamos el pecado, la compulsión res (metanoia) y rechazo del pecado. Es acción de la gra­
y la complicidad: en el pecado, la voluntad se degrada li­ cia de Dios. Se experimenta en fe; pueden faltar los senti­
bre y conscientemente a un nivel infrarracional (Fig. 10 a), mientos (Fig. 11 a).
actuando contra la voluntad de Dios; en la compulsión En cambio, el sentimiento de culpa nace del amor
(Fig. 10 b), la voluntad no interviene porque la pasión es propio herido, que sufre porque se ha afeado la imagen
tan fuerte que no deja lugar a la libertad; en la complici­ de sí por el pecado propio; uno ya no puede mostrar ante
dad (Fig. 10 c) tenemos el caso intermedio: la voluntad sí mismo y ante los demás la imagen de una vida intacha­
cede parcialmente a la tentación, aunque tiene fuerzas para ble (Fig. 11 b).
resistir.

Fig. 11
Fig. 10

pecado compulsión arrepentimiento sentimientos de culpa

3. Arrepentimiento y conversión. La conversión está tan 4. La opción fundamental. La conversión es un cambio


íntimamente unida con el arrepentimiento que mu­ de rumbo: “volverse de las tinieblas a la luz” (Hech
chas veces se menciona uno de los pasos por los dos. 26, 18). Es una decisión libre en que Dios nos ayuda a
cada paso, pero sin destruir esa libertad.
Primero es el arrepentimiento: “arrepentirse de las
obras muertas, obras infructuosas de las tinieblas” que son Cuando procuramos analizar un acto libre, por ejem­
los pecados (cf Heb 6, 1; Ef 5, 13); después viene la “con­ plo, la decisión entre dos carreras profesionales igualmente
versión al Señor” (Hech 9, 35). Pero todo se realiza en un atrayentes, es muy difícil precisar dónde y hasta qué punto
solo movimiento: un rechazo del camino errado, una op- hay libertad. Pero cuando se ha optado por un rumbo,

42 43
nuestros actos tienen un criterio básico para su evaluación. La experiencia propia y ajena nos muestra el gozo
Toda decisión se procura tomarla en fidelidad a esa orien­ que invade al hombre y que se manifiesta cuando una vida
tación; toda decisión es un acto libre para realizar y pro­ sin rumbo se ha convertido en una vida orientada y fun­
longar la decisión libre fundamental. dada en Cristo.
En la Fig. 12 se representa la opción fundamental: 5. Conversión e “ideal de vida”. Sin duda en la conver­
se ha rechazado el camino del pecado y se ha optado por sión pueden influir las imágenes de una vida nueva.
el camino a Dios. Quizás sea el ejemplo de una persona que conocemos;
quizás sea la imagen de un santo; o bien podemos pro­
ponernos como modelos a Jesús o a María. Pero es peli­
Fig. 12 groso proponernos un “ideal de vida” que sea nosotros
mismos en una nueva vida.
Dios Cuando nos proponemos un “ideal de vida” como
nuestra meta de transformación, caemos en egocentrismo.
En vez de entregarnos a la voluntad de Dios en todo lo
que Dios quiera pedir, estamos proponiéndonos una ima­
gen idealizada de nosotros mismos; en vez de estar dispo­
pecado nibles a la orientación del Espíritu Santo, ya estamos de­
terminando nuestras metas.
La conversión es una entrega incondicionada: “Habla,
El hombre se mantiene continuamente en el nuevo Señor, que tu siervo escucha”, “te seguiré donde quiera
camino por medio de actos libres con que confirma su op­ que vayas” (1 Sam 3, 10; Le 9, 57).
ción fundamental. Podemos hablar de “conversión cons­ Con este paso se rompe una barrera y se cruza un um­
tante” en armonía con esta opción. En esta conversión bral en la vida espiritual y también en el desarrollo sicoló­
constante resplandece el uso de la libertad. Por esto, la gico: es un verdadero cambio de vida, un nacimiento a
opción es el primer paso, y de importancia fundamental una nueva manera de vivir.
en el desarrollo de un hombre responsable.
Como explica san Pablo: “nadie puede poner otro
fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo” REFLEXION
(cf 1 Cor 3, 11). Sobre este fundamento edificamos: tene­
mos la línea trazada y sabemos lo que armoniza o desar­ /. ¿Cómo puedo describir mis deseos de conversión?
moniza, lo que construye o destruye. El uso de la libertad 2. ¿En qué forma ayuda a mi libertad la conciencia de haber
no puede confundirse con la veleidad o arbitrariedad. El hecho opción fiindamental?
acto de libertad necesita de una norma directriz. ¿Cómo describo yo mi nueva vida?

44 45
VI
La Palabra de Dios
CAUTIVERIOS Y LIBERACION
La revelación nos enseña que:
1. Jesús vino a liberar nuestra libertad. Conocemos ya
el texto “El Espíritu del Señor... me ha ungido... para
La experiencia nos enseña que el hombre está sujeto pregonar libertad a los cautivos... a poner en libertad a los
a muchos cautiverios. Pasemos revista de los principales: oprimidos” (Le 4, 18).
- el pecado original y los pecados personales de los cua­ Jesús dijo “a los judíos que habían creído en él: ‘Si
les somos liberados por los sacramentos del bautismo vosotros permaneciereis en mi palabra... conoceréis la ver­
y de la reconciliación; dad, y la verdad os hará libres... Si el Hijo os libertare,
-las heridas y debilidades, físicas y sicológicas (las tra­ seréis verdaderamente libres’ ” (Jn 8, 31-36).
taremos en el capítulo siguiente); El pecado del hombre lo ha sometido a innumerables
-los moldes de la educación y de hábitos contraídos; engaños y cautiverios. Sólo la verdad de Dios y la acción
de su Espíritu nos liberará. “Donde está el Espíritu del Se­
-los mecanismos de defensa con que el niño se esfuer­
ñor allí hay libertad” (2 Cor 3, 17). Al esclavizarse el hom­
za para sobrevivir en el mundo de los adultos;
bre, indujo opresión sobre todo el universo; éste gime,
-los prejuicios e ideologías que son moldes mentales pues esperando ser “libertado de la esclavitud, de la co-
con que recibimos y evaluamos a los demás; rrrupción para alcanzar la libertad gloriosa de los hijos de
- los moldes culturales con sus roles que son ^ara no­ Dios” (Rom 8, 21).
sotros modelos de conducta; 2. Pero no basta liberar de esclavitudes; es necesario
-los resentimientos con que nos atamos a nosotros hacer posible el uso de la libertad. Jesús nos enseñó
mismos frente a los que nos han ofendido; de palabra y con su ejemplo que la libertad está dada al
-los juramentos y consagraciones con que nosotros hombre para que él pueda optar en todo momento por la
mismos nos hemos atado; voluntad de Dios.
- los temores y supersticiones; En el Antiguo Testamento, esta voluntad se expresó
en la ley mosaica. Jesús vino, no a suprimirla, sino a en­
- las compulsiones neuróticas y complejos autónomos;
señarnos el camino para superar esa Ley con una ley más
- las dominaciones de personalidades invasoras; perfecta, la del amor que el Espíritu Santo imprime en
- las opresiones de espíritus malignos que sentimos con nuestros corazones (cf Jn 13, 34-35; 14, 26; 16, 13). Jesús
o sin fundamento objetivo. mismo lúe guiado siempre por el Espíritu y no hizo sino
la voluntad del Padre (cf Jn 4, 34; 5, 30; 6, 38).
Dios nos dotó con una voluntad libre; pero son tan­
tos los cautiverios, que se llega a dudar de nuestra libertad.

46
47
3. Hay un punto de liberación en que Cristo insistió mu­ Cor 1, 3-7; Col 1, 24). Sus sufrimientos lo hacen miseri­
cho: la necesidad de perdonar. Incluyó el perdón en cordioso con los demás. No se queja, se alegra de poder
su oración, el “Padre Nuestro”; y volvió a insistir en ese ayudar. Su falta de amargura nos muestra su libertad in­
punto muchas veces: “Si perdonáis a los hombres sus terior.
ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre 5. Esta misericordia nos lleva a liberar a los demás co­
celestial; mas si no perdonáis a los hombres sus ofensas, mo Jesús liberó. Para esto, Cristo nos dio el poder de
tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas” (cf liberar, de ser sal y luz liberadora; nos envía en la misma
Mt 6, 12-15; 18, 21-35; Me 11, 25-26; Le 15). misión a que él fue enviado (Mt 5, 13-16; 28, 20; Me 16,
Pero este perdón no debe limitarse a la ofensa perso­ 15; Jn 20, 21-23).
nal, debe extenderse a toda acción pecaminosa o errada de
los demás: “no juzguéis (condenando) y no seréis juzga­ Aspecto sicológico
dos...” (Mt 7, 1-5). “¿Quién eres tú para que juzgues a
otro?” (Sant 4, 12). Más aún, la murmuración, la queja es 1. El hombre ciertamente está en un mundo de tinie­
también un juicio condenatorio en que no perdonamos la blas. Son tantas las presiones exteriores e interiores
conducta ajena. “Hermanos, no murmuréis los unos de sobre su voluntad, que no se encuentra libre. Cualquiera
los otros” (Sant 4, 11). sea la decisión que tome, puede suponer motivaciones
que le son inconscientes.
Aun las quejas del clima, la comida, la salud, la situa­
ción económica, etc., son una especie de no perdonar los Por esto es necesario un rumbo objetivo que lo libre
tiempos y circunstancias en que nos toca vivir.'A estas de incertidumbres. Ante ese rumbo, toman forma los di­
quejas se aplica la declaración de Jesús: “Yo os digo que versos cautiverios y puede el hombre pedir auxilio a Dios
de toda palabra ociosa que hablen los hombres, de ella y combatirlos. La libertad se ejerce en la fidelidad repetida
darán cuenta en el día del juicio” (Mt 12, 36). y siempre más total con el rumbo libremente emprendido.
4. Contraria a la actitud de dureza del que no perdona 2. Uno de los principales cautiverios es el resentimiento.
es la actitud de perdón y de misericordia que enseña Para comprender su mecanismo, ayuda el esquema si­
Jesús. El mismo da el ejemplo cuando perdona a la adúl­ guiente:
tera y la deja libre (Jn 8, 11); cuando ora por los que le
están crucificando (Le 23, 34); cuando enseña las parábo­ Fig. 13 Juez
las de la oveja perdida, la moneda perdida, el perdón del
hermanos iguales
padre para el hijo pródigo y para el hijo duro y enjuiciador
(Le 15).
San Pablo nos enseña la paciencia ante los sufrimien­ reo
tos y goza porque puede consolar a los cristianos con los
resentimiento perdón
mismos consuelos que él recibe al padecer por Cristo (2
48 49
El juicio condenatorio y el resentimiento (que lo man­ c) la experiencia adquirida por la ofensa. Quizás se des­
tiene) separa al ofendido del ofensor. El ofendido se levan­ cubrió algo que deba tomarse en cuenta para el fu­
ta con el papel de juez, defensor del orden y de la justicia, turo. Si descubro que un compañero de trabajo me
acreedor que tiene derecho a un desagravio y reparación. ha robado, debo cuidar un poco mejor mi dinero en
El ofendido deprime al ofensor condenándolo a la situa­ adelante.
ción de reo, ofensor del orden y de la justicia, obligado a 4. También es necesario recordar que hay tres categorías
hacer reparación. El ofendido retiene así una “superiori­ de “ofensores” para los cuales debemos ejercitar mi­
dad” sobre el ofensor. Perdonarlo será renunciar a un de­ sericordia.
recho y renunciar a su superioridad. Será liberar al ofensor
Lo más común es pensar en el perdón a otro hom­
y elevarlo al mismo tiempo. Ambos quedarán en un mis­
bre; pero también es necesario, en muchas ocasiones, el
mo plano de hermanos iguales.
perdón a sí mismo. Esto significa la aceptación plena de
Esta igualación y liberación del ofensor es lo que hace nuestra historia, de nuestros pecados, de nuestras limita­
difícil el perdón. Jesús no arguye el punto de legalidad, ciones y deficiencias. Es muy propio de nuestra vanidad
sino recurre a la generosidad: “¿No debías tú también te­ el negarnos a aceptar lo malo en nosotros. Queremos man­
ner misericordia de tu consiervo, como yo tuve misericor­ tenernos en la ilusión de una vida intachable.
dia de ti?” (Mt 18, 33).
Perdonarnos es aceptar la verdad de nuestro pecado
Esta misericordia perdonadera es liberadora: rompe y mirarnos con misericordia, con ese amor y esa verdad
la cadena que ata al ofendido con el ofensor. El ofendido con que nos mira Dios. El ejercicio de este perdón es un
puede y debe romperla si quiere él mismo recobfar su li­ ejercicio de verdadera humildad y objetividad.
bertad.
A veces, es necesario “perdonar” a Dios; es decir
3. Facilita el perdonar si recordamos que hay tres nive­ desarmar nuestro resentimiento contra él, aceptando en fe
les en el acto de perdonar: todo lo que él ha permitido en mi vida. Es frecuente una
a) el perdón de voluntad: es lo que nos pide el evangelio, amargura respecto a Dios: ¿por qué me quitó a mi padre,
y por lo tanto es siempre posible con la gracia de o a mi madre, en mi infancia? ¿Por qué me quitó a mi hijo
Dios. Se perdona de voluntad cuando el ofendido o hija o marido o esposa? ¿Por qué me ha dado una vida
renuncia a seguir acusando; cuando el ofendido pue­ tan dura? ¿Dónde está la justicia de Dios? ¿Dónde está su
de rogar a Dios por el ofensor y pedir que lo bendiga; amor, si permite tantos sufrimientos? Son comprensibles
cuando se pide para el ofensor la salvación eterna; estos sentimientos, pero debemos subir al plano de la fe
b) e! perdón de sentimiento: se realiza cuando ya no y creer que Dios quiere que “todo conduzca al bien de
duele la ofensa. No está en nuestra mano efectuar los que le aman” (Rom 8, 28), y que le “demos siempre
esta sanación de las emociones heridas. Hay que pe­ gracias por todo” (Ef 5, 20).
dirla a Dios;

50 51
5. Por último, recordemos que Jesús nos dio la capaci­ VII
dad de atar y desatar en su nombre, y de liberar y
liberarnos. Cuando un cristiano vive realmente en Cristo, ENFERMEDADES Y SANACION
puede invocar su nombre y actuar con su autoridad. Con
esta autoridad puede cortar amarras y “expulsar demonios”
(Me 16, 17) de sí mismo y de otros.

En este “valle de lágrimas” hay muchas clases de en­


REFLEXION
fermos:
-los que sufren en su cuerpo por lesiones o enferme­
1. ¿Cuáles son mis principales cautiverios?
dades de origen puramente orgánico (un brazo roto,
2. ¿A quiénes quiere el Señor que yo perdone ahora?
un virus...);
3. ¿Cómo sería mi vida libre de murmuraciones, quejas y auto-
justificación?
-los que sufren en su cuerpo por una enfermedad si-
cosomática (algunas indigestiones, asmas...);
-los que sufren en su alma (sicosis, neurosis, trau­
mas...);
-los que son débiles ante las tentaciones.
¿Qué es lo que nos dice la revelación sobre todo esto?

La Palabra de Dios
1. La Palabra de Dios nos enseña ante todo que la en­
fermedad y la muerte son consecuencias del pecado.
“Por el pecado original entró la muerte al mundo y pasó
a todos los hombres, porque todos participaron en ese pe­
cado” (Rom 5, 12). Sin el pecado, el hombre se habría
mantenido sano y habría pasado sin dolor de esta vida a
la eternidad.
2. El plan de Dios es siempre camino de salud, libertad
y felicidad, de tal manera que todo conduzca en úl­
timo término a la eternidad, donde “ya no habrá muerte,
ni llanto, ni clamor, ni dolor” (Apoc 21, 4).
52 53
3. Jesús vino para salvarnos, y sus milagros fueron se­ Aspecto sicológico
ñal de esta misión salvadora, reflejada en la liberación de¡
pecado y de la muerte. En este capítulo, tocamos el dolor físico y síquico que
sufren.todos los hombres. Puede llegar a ser tan agudo
Jesús expone su programa cuando se aplica las pala­
que se exclame con san Pablo: “¿quién me librará de este
bras de Isaías: “El Espíritu del Señor está sobre mí, poi
cuanto me ha ungido el Señor para dar buenas noticias cuerpo de muerte?” (Rom 7, 24).
a los pobres; para vendar los corazones rotos; para prego­ La revelación, que nos ilumina sobre este problema,
nar a los cautivos la liberación y a los reclusos la libertad, nos da también medios para solventarlo en el plano sico­
para pregonar año de gracia del Señor” (Is 61, 1-2). lógico.
Antes de su ascensión, promete el envío del Espíritu 1. Se enfrenta la enfermedad como una realidad de la
Santo Consolador, Consejero, Fortalecedor y Guía (cf Jn vida presente y una ocasión en que Dios quiere ha­
14, 16-17; 16, 13). blarnos y bendecirnos. Por esto, se puede agradecer la en­
fermedad y buscar fuerzas para llevarla con fe y paciencia
4. Jesús mandó sanar a los enfermos como señal de que
“se ha acercado el Reino de Dios” (Le 10, 9), y dijo (cfRom 8, 28; Ef5, 20; Le 21, 19).
que las gracias de sanación se manifestarían entre los que Más aún, hay un misterio en el dolor mientras dure.
creyeren en él (cf Me 16, 17-18). Toda petición en nom­ Con su pasión y muerte, Jesús ha asociado todo dolor a
bre de Jesús está en la línea de luz y vida (cf Jn 10 10’ su obra redentora. Escribe Juan Pablo II: “En el sufrimien­
12, 46; 14, 12). to hay una fuerza que acerca al hombre a Cristo... La cruz
ha tocado las raíces mismas del mal... Ante el que sufre,
5. También nos enseña la Biblia que la salud no es un
Cristo abre los horizontes del Reino de Dios... Cristo está
bien absoluto, sino relativo. La enfermedad puede es­
muy dentro de todo sufrimiento y puede actuar desde el
tar en los planes de Dios en vista de un bien mayor. Esto
interior del mismo” (Salvifici Doloris, n. 26).
lo vemos en la enfermedad y muerte de Lázaro, cuando
Jesús declara: “Esta enfermedad no es para muerte, sino Por esto alcanzamos a comprender algo de las pala­
para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glori­ bras de Pablo: “Ahora me gozo en lo que padezco por
ficado por ella” (Jn 11, 4). También lo vemos en el “agui­ vosotros y cumplo en mi carne lo que falta en las afliccio­
jón de la carne, mensajero de Satanás” que mortifica a san nes de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia” (Col 1, 24).
Pablo. El Señor no lo quita, a pesar de las súplicas del 2. Se relativiza el bien de la salud. La salud no es un
apóstol, porque, como le comunica: “bástate mi gracia; bien absoluto, indispensable. Es un bien relativo.
mi poder se hace más patente en tu debilidad” (2 Cor 12
7-9). La salud física no es tan importante como el bien sí­
quico; y lo síquico debe ser subordinado a lo espiritual:
a la voluntad de Dios sobre mí.

54 55
Fig. 14
Cuando entregamos la salud en manos de Dios, nos
quitamos la obsesión pór una curación pronta como paso
urgente, necesario, indispensable. Ponemos los ojos en
Dios, en su voluntad, en la sabiduría que guía esa volun­
tad. Nuestra curación pronta ha dejado así de ocupar el
centro de la conciencia -y esto favorece ya la salud síquica
y física-,
3. Confiamos en que Dios quiere bendecirnos en y con la
enfermedad. “Todo contribuye al bien de los que bus­ 5. Comprendemos los niveles en donde se busca la salud.
can a Dios” (Rom 8, 28). Por esto, el cristiano debe “dar Cuando se presenta la enfermedad, el hombre occi­
siempre gracias por todo al Dios y Padre, en el nombre dental suele recurrir a los medios científicos para recuperar
de nuestro Señor Jesucristo” (Ef 5, 20). la salud. Acude al médico, al sicólogo, al siquiatra. Confía
No es fácil acoger el dolor como lugar de bendiciones en la ciencia y experiencia de profesionales que han reci­
de Dios, pero la fe ayuda en esto al crecimiento y madu­ bido una buena formación científica. Esta gestión del en­
ración del hombre. Es propio del niño reaccionar como fermo es digna del hombre racional. Está representada en
una totalidad confusa: cuando sufre un dolor en un pie, Fig. 14 b. Pero cuando aprieta el dolor y los medios cien­
todo el niño se convierte en un ser doliente. Al desarro­ tíficos no parecen eficaces, es frecuente que el hombre re­
llarse el joven y el adulto, el hombre se diferencia. Puede curra a medios mágicos: las capacidades parasicológicas de
sufrir un dolor físico sin que éste lo envuelva totalmente; tal o cual persona, la invocación de espíritus que operan
puede enfrentar un problema grave sin que éste lo aplaste. invisiblemente, el uso de drogas o hierbas administradas
La fe nos lleva un paso más allá a confiar en el “que con la “ciencia” de un vidente... O se cree que la enferme­
habita la eternidad” y “permanece con el hombre de es­ dad es efecto de un maleficio y se recurre a un brujo que
píritu contrito y humilde para sanarlo, fortalecerlo, guiarlo lo contrarreste. O se cree que es obra del demonio y se
y llenarlo de paz” (cf Is 57, 15-19). busca un exorcista.
4. Comprendemos los niveles desde donde se busca la Ciertamente existen los maleficios y los influjos de es­
salud. Se puede buscar la salud desde tres niveles píritus (lo vimos en el capítulo anterior), pero el cristiano
principales: el emocional sensible: es el más común, por­ que vive plenamente su fe está protegido de estas “vibra­
que el hombre huye naturalmente del dolor (Fig. 14a); el ciones” negativas. Cuando empieza a temerlas, el hombre
racional, porque se quiere trabajar y no ser una carga para se hace vulnerable a ellas. Su búsqueda de salud en mé­
otros (Fig. 14 b); el espiritual en que se ponen los medios todos esotéricos está representado en la Fig. 14 a.
para sanar porque se entiende que ésta es la voluntad de El cristiano, como hemos dicho, pone su confianza
Dios (Fig. 14 c). primera en Dios, aun cuando recurre a medios científicos.

57
56
Sabe que Dios es el dueño de la vida y de la salud. Esta de Dios. El hombre no se encuentra solo y desvalido den­
actitud está representada en la Fig. 14 c. tro de una selva de enemigos.
6. Se nos ofrecen llaves de salud sicológicas. Es de gran Se pasa así de una vida defensiva, pesimista, a veces
importancia una actitud madura ante la enfermedad. paranoica, a una vida positiva y valiente. La raíz del cam­
Esta actitud supone sanidad sicológica, por lo menos co­ bio no es una autosugestión sino la apertura a una nueva
menzada. perspectiva y a nuevas fuerzas, gracias a la acción de Dios.
Para ejercitar esta sanidad sicológica y crecer en ella,
contamos con muchas llaves inspiradas todas ellas en la
REFLEXION
fe.
Las principales llaves son:
/. ¿Cómo enfrento la enfermedad cuando me enfermo?
a) un clima de amor y alegría que brota de la acción 2. ¿En qué niveles busco mi sanación?
del Espíritu Santo en nosotros. Este clima incluye
.?. ¿Qué llaves uso para mi salud y paz interior?
amor a Dios y al hermano; la conciencia de ser ama­
do por Dios y por el hermano;
b) el perdón que se da al ofensor y se recibe de Dios;
c) la alabanza a Dios; el agradecimiento;
d) la confianza y entrega a la voluntad de Dibs, cuando
se le pide la salud en favor de otro o de uno mismo;
e) un régimen de “higiene” espiritual que es el cuidado
de nuestros pensamientos, afectos, miradas, palabras,
actos... para que sean “como conviene a santos”, “an­
dando en amor”, “hijos de la luz”, “vestidos de la ar­
madura de Dios” (cf Ef 4-6); '
f) la disciplina del Espíritu Santo, que consiste en la fi­
delidad a las mociones interiores que suscita el Espí­
ritu en los que quieren y piden ser guiados por él.
7. Crecemos en la experiencia de ¡a acción sanadora de
Dios. Al orar por si mismo y por los demás, el hom­
bre comprueba que Dios actúa con sorprendente eficacia y
frecuencia. La vida cobra nuevas dimensiones. Se expe­
rimenta la maravilla de la cercanía y de las intervenciones

58 59
Ill Parte

Oración Cristocéntrica
VIII
CRISTO IMAGEN DEL PADRE

Después de los capítulos dedicados a la conversión


y sanación, entramos ahora en una nueva línea de la vida
espiritual: la de la comunicación con Dios.
Evidentemente, hay comunicación con Dios en la
contrición y conversión; también en la súplica de una sa­
nación o liberación, pero todo esto tiene una referencia
a la purificación propia. Aquí se trata de una nueva rela­
ción con Dios: de búsqueda, alabanza, contemplación.

Oración Cristocéntrica

Lo esencial de la oración es la comunicación con


Dios, una experiencia de encuentro, un contacto YO-TU
como diría Martín Buber. Mientras no se dé ese encuentro
y contacto, no hay oración.
La oración “se produce” entre dos y con cooperación
de los dos. Yo no puedo producir el encuentro sin la gra­
cia de Dios; por otra parte, Dios puede, pero no suele, im­
ponerme un contacto si, de mi parte, no lo pido, deseo,
busco. i
Considerando esta esencia de la oración, comprende­
remos fácilmente que la oración puede “producirse” en la
recitación de salmos u otros textos escritos, en el canto,
en nuestras andanzas por la ciudad, en el trato con otras
personas, aun en medio de un trabajo intelectual. Porque
la comunicación es á nivel de espíritu (con muchas reso­
nancias no-conceptuales de nuestro ser). Pero siempre será

63
necesario que consagremos períodos de tiempo exclusivos despega de la realidad terrenal, pero la incluye en un con­
para nuestra búsqueda de Dios. Es digno y justo que haga­ texto infinitamente más rico. Vive lo terreno en medio de
mos esto de nuestra parte. El, por su parte, es soberana­ nuevas dimensiones.
mente libre para tocarnos cuando y como quiera. 4

Nuestra oración es necesariamente cristocéntrica, por­ Cristo imagen del Padre


que nada podemos sin Cristo y sólo “en Cristo tenemos
acceso al Padre” (cf Ef 2, 18). Este misterio, revelado a nosotros por Jesús, es de al­
cances que transforman nuestra vida.
Sin duda, muchos son los hombres y mujeres que
claman a Dios sin pensar explícitamente en Cristo; pero 1. Jesús es revelador del Padre. “El que me ha visto, ha
aun en estos casos, la oración es oída y aceptada por Dios visto al Padre” (Jn 14, 9). Esta afirmación es deslum­
“en Cristo Jesús”. Nosotros, los cristianos, tenemos el pri­ bradora: en Jesús de Nazaret tenemos la imagen perfecta
vilegio de conocer la raíz de este misterio. de Dios en cuanto Dios quiso que pudiésemos contemplar­
lo. El amor de Dios por los hombres no tiene mejor re­
trato que en Jesús; su misericordia, su sabiduría, su po­
der... Pero también: Dios es humilde y manso, es tierno,
Misterio y mística
es delicado, es servidor como Jesús que lava los pies de
los discípulos, llora ante la tumba de Lázaro y se retrata
En efecto, son muchos los secretos de Dios “ocultos en las Bienaventuranzas.
desde todos los siglos” que nos han sido revelados por
Cristo. Queda por saber infinitamente más. Nuestra men­ 2. Jesús es camino al PadreCYo soy el camino... Nadie
te limitada no abarcará nunca todo el misterio de Dios. llega al Padre sino por mí” (Jn 14, 6). Si Cristo es el
único camino, hemos de entrar por él; es decir, creer, con­
Pero, sí, son muchas y grandes las maravillas que Dios
fiar, embarcarnos en su seguimiento, entregarle nuestro
nos ha comunicado: la verdad de su ser trino y uno, el
destino... Todas éstas son expresiones que procuran indi­
amor con que se encarnó en nuestra naturaleza, la manera
car la naturaleza de nuestra fe en él. Es muy afín de la
con que quiso solidarizarse con nosotros en nuestro pe­
confianza: “Confiad, yo he vencido al mundo” (Jn 16, 33);
cado y sufrimiento para salvarnos, la comunicación de su
“El que cree en mi tiene vida eterna” (Jn 6, 47).
Espíritu que nos vitaliza con una nueva vida en Cristo y
nos asocia a la prolongación del sacrificio redentor. Es 3. Permanecer en Cristo. Cristo es el único camino, por­
imposible describir la riqueza de los misterios revelados. que nuestra salvación está en nuestra unión con él,
Pues bien, el cristiano que vive la realidad de los mis­ con su cuerpo, en el cual hemos muerto y resucitado con
terios es un místico. No basta conocerlos intelectualmente. él (Col 2, 12; 2, 17; 1, 20). Por esto nos insiste Jesús que
Es necesario que sean para nosotros más reales que el sol permanezcamos en él como la rama unida al tronco. Nues­
que nos alumbra y el suelo que pisamos. El místico no se tra permanencia debe ser vital, libre, progresiva. Sin él
nada podemos hacer (cf Jn 15, 1-16).
64 65
4. La opción fundamental. Ya no es pecado o Dios, sino Cada círculo representa la vida o el mundo propio
egocentrismo o Cristocentrismo. Perder la vida por de cada hombre. En (a) tenemos al hombre, centro de un
Cristo y su evangelio es vender todo lo que tenemos para mundo en que Cristo no tiene lugar. Es el egocentrismo
asegurar el tesoro (o la perla preciosa) del Reino. total.
En (b) tenemos al hombre que da a Dios mucho de
Aspecto sicológico
su vida (cumple los mandamientos, reza, recibe los sacra­
1. Hogar y patria. Para el desarrollo sicológico del hom­ mentos, da generosamente, etc.), pero sigue siendo él el
bre, es de primera importancia el ambiente del hogar. centro de su propia vida. Da a Dios lo que él quiere darle.
Es necesaria la estabilidad del lugar, del ambiente, de la Es el egocentrismo parcial.
familia. El niño necesita sentir que pertenece a un grupo En (c) tenemos al hombre que ha hecho de Cristo
familiar en que está plenamente aceptado tal como él es. el centro de su vida, porque busca la voluntad de Dios y
Más estable que cualquier lugar o familia es el Cuerpo no la propia. Con san Pablo recuerda “ninguno de noso­
de Cristo. No responde de una manera tan natural y pro­ tros vive para sí, y ninguno muere para sí; pues si vivimos,
funda como el hogar en que se nace y crece, pero, gracias vivimos para el Señor; y si morimos, morimos para el Se­
a la fe, puede llegar a ser un verdadero hogar y patria, más ñor, porque, sea que vivamos o que muramos, somos del
firme y completo que el hogar familiar. Señor” (Rom 14, 7-8).
En este caso, aunque haya sectores de nuestro ser que
2. Entrega a Cristo. Para llegar a vivir en Cristo y sentir
todavía no están enteramente entregados (por ejemplo:
que la propia vida es Cristo (Flp 1, 21), es necesario
tendencias profundas, reacciones espontáneas, etc.), Cristo
que la opción fundamental por Cristo sea una realidad
es aquí el centro de nuestra vida. Hay un cristocentrismo
siempre progresiva.
imperfecto.
Los esquemas siguientes nos ayudarán a comprender
lo que es esta entrega a Cristo: En (d) tenemos el límite de entrega a que somos lla­
mados, y que será nuestro estado de bienaventuranza eter­
na. AJlí Dios será “todo en todos”. Solamente allí podre­
Fig. 15 mos decir con toda verdad que “amamos al Señor con
todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas,
con todo nuestro ser” (cf Le 10, 27).
Estos esquemas nos ilustran el seguimiento de Cris­
to: no se trata de darle mucho de nosotros: tiempo, dinero,
amor, trabajo, etc., sino de darle todo. Tampoco se trata
de elegir nosotros cómo le damos ese todo; debemos po-

66 67
nemos a sus órdenes, disponibles a su voluntad. El debe Cada uno de nosotros está llamado a crecer hasta la “es­
ser el centro y el Señor de nuestras vidas. tatura de Cristo” (Ef 4, 13). Y esta estatura no es la misma
para todos. Si Dios no se repite en la creación vegetal y
3. Docilidad al Espíritu. Ayuda contraponer la posición
animal, menos se repite en la creación del hombre y en la
cristiana a la posición racionalista de todos los tiem­
plenitud de gracia a que cada uno es llamado en Cristo.
pos. Desde antiguo, se ha comparado al hombre con un
Así, cada uno está llamado a la estatura de su Cristo. (Fig.
coche con caballos en que hay cuatro elementos: el coche 16).
material y pesado representa el cuerpo con su pesadez e
inercia; los caballos representan las pasiones y tendencias
impulsivas; el cochero representa la sensibilidad, las emo­ Fig. 16
ciones cambiantes con que reaccionamos ante las personas
y los acontecimientos; el dueño del coche, que está dentro,
atrás, es la voluntad racional.
Para los antiguos no había dudas: debía imperar, no
la pesadez del cuerpo ni la impulsividad de las tendencias
ni las reacciones de la sensibilidad, sino la voluntad ra­
cional. Cada hombre está llamado para reflejar a Cristo de
Para el cristiano, tampoco debe gobernar la voluntad una manera singular, irrepetible, irreemplazable dentro del
racional autónoma, sino el espíritu del hombre guiado por plan de Dios. Esta plenitud es inalcanzable con las solas
el Espíritu de Dios, porque el hombre necesita ser guiado fuerzas humanas. Es obra de Dios en que somos colabo­
por el Espíritu (cfJn 16, 13-15). radores.
4. Cristocentrismo y creatividad humana. I lay en el hom­ Es la obra más hermosa y más importante de nuestra
bre un llamado a ser creador en muchos órdenes de vida: cooperar con creatividad para que “se forme Cristo
cosas: engendrando hijos, produciendo obras de arte, or­ en nosotros” (cf Gál 4, 19). Solamente así seremos “ser­
ganizando empresas, etc. La aspiración a la autonomía es­ vidores buenos y fieles” para el servicio de nuestros her­
tá relacionada con este impulso creador. manos.
Ahora bien, parece que el cristocentrismo sería con­
trario a la creatividad humana. Si “nuestra vida está escon­
REFLEXION
dida con Cristo en Dios” y si “ya no vivimos nosotros sino
Cristo en nosotros” (cf Col 3, 3; Gál 2, 2(1), «.dónde hay
/. ¿Qué es para mí el entregarme a Cristo?
lugar para nuestra creatividad?
2. ¿Qué señales descubro de que no estoy enteramente entregado ?
La respuesta está en el trabajo para que se forme el
Reino de Dios dentro de nosotros y lucra de nosotros. 3. ¿En qué advierto un verdadero deseo de entregarme a Cristo?

68 69
IX Todo el fruto de la redención viene a concretarse en
la comunicación del Espíritu a nosotros, y Jesús es el co-
CRISTO COMUNICADOR DEL ESPIRITU
municador constante, minuto a minuto, del Espíritu de
vida, vida de nuestra vida.
Ahora comprendemos la posibilidad de nuestra par­
ticipación tan estrecha con Jesús: conmorimos, conresuci-
La Revelación tamos, estamos sentados con él en su gloria, somos nueva
creación (2 Tim 2, 11; Ef2, 6; 2 Cor 5, 7).
Juan el Bautista atestiguó una palabra de Dios sobre Y uno de los primeros frutos de la nueva creación es
Jesús: “Sobre quien veas descender y permanecer el Es­ el “fruto del Espíritu”, el amor crístico que nos propuso
píritu, ése es el que bautiza en Espíritu Santo” (Jn 1, 33). Jesús como su “nuevo mandamiento” (Jn 13, 34-35). Este
“Esta expresión -según los editores de la Biblia de Je- amor, tan importante porque deberá ser en todo cristiano
rusalén- define la obra esencial del Mesías” (Nota a Jn 1, el reflejo de Cristo en él, está descrito por Pablo en sus
33); es decir: la encarnación del Hijo de Dios, su naci­ cartas (Gál 5, 22-23; 1 Cor 13).
miento en Belén, sus milagros, su predicación, su muerte Pero el amor es exigente: para seguir a Jesús en doci­
y resurrección, la fundación'de la Iglesia, todo lo que hizo lidad al Espíritu, es necesario estar desprendidos de toda
y habló y sufrió Jesús, estuvo centrado en hacer posible estabilización. Jesús compara ésta disposición con la li­
la comunicación a nosotros del Espíritu Santo. Jesús es el bertad del viento: “el viento sopla de donde quiere y oyes
“bautizador con Espíritu Santo”, el “comunicador-del Es­ su sonido; mas no sabes de dónde viene ni a dónde va:
píritu”; éste es el objetivo esencial de su misión y es su así es todo aquel que es nacido del Espíritu” (Jn 3, 8).
oficio principal.
Comprendemos la importancia de esta comunicación Aspecto sicológico
del Espíritu Santo cuando recordamos con Juan Pablo II
(en Dominum et Vivificantem) que “el Espíritu Santo... Es una revelación para el hombre caer en la cuenta
es dador de vida, aquél en el que el inescrutable Dios uno de que su desarrollo sicológico no depende exclusiva ni
y trino se comunica a los hombres constituyendo en ellos principalmente de su esfuerzo. Hay-una energía divina que
fuente de vida eterna” (n. 1). “El soplo oculto del Espíritu lo transforma, si el hombre quiere ser transformado. Nos
divino hace que el espíritu humano se abra, a su vez, a la detendremos en cuatro puntos:
acción de Dios salvifica y santificante. Mediante el don de 1. Transformación del amor. Es casi inevitable en el hom­
la gracia que viene del Espíritu, el hombre entra en una bre moderno una acumulación de agresividad. Las
nueva vida, es introducido en la realidad sobrenatural de frustraciones de la infancia y niñez son él origen de mu­
la misma vida divina... el hombre vive en Dios y de Dios...” chas rabias y amarguras. De allí una tendencia a reaccio­
(n. 58).
nar agresivamente contra los demás.
70 71
De alli la división de los demás en amigos y “enemi­ Como está representado en la Fig. 17, en este proceso:
gos”; éstos, son los antipáticos, los que me tienen mala a) Las ideas se convierten en inspiraciones del Espíritu.
voluntad, los que son culpables de los males de la socie­ La voluntad racional, sometida a la voluntad de Dios,
dad; en una palabra: “los malos”. es fortalecida con el don de la fortaleza;
El evangelio nos enseña que debemos perdonar y aun b) la emotividad se serena y se convierte en resonancia
amar a los malos. El cristiano logra hacerlo hasta cierto de las mociones del Espíritu, y sede de paz y devo­
punto. ción; aun el apego a cosas y personas se transforma
Pues bien, una de las transformaciones más patentes en permanencia en Cristo: en él tenemos nuestro ho­
en el cristiano que se abre al Espíritu, es un cambio en la gar y Dios habita en nosotros (cf Jn 14, 23);
manera de amar. Se hace fácil perdonar, se siente miseri­ c) las tendencias profundas son purificadas y elevadas
cordia y benevolencia, las relaciones interpersonales se fa­ para misiones de salvación: amor crístico, celo de las
cilitan, resplandece una nueva alegría. El amor crístico es almas, abnegación del apóstol... Luego, lo que experi­
más profundo que el querer racional; es más profundo que mentamos no es simplemente el espíritu que “domi­
el querer emocional; brota del nivel de las tendencias bá­ na” a la carne, sino un proceso de espiritualización
sicas; es una santificación y transformación del amor ins­ de las capacidades y operaciones naturales;
tintivo que, como todos los instintos, se desordenó con
d) la sensibilidad, aun la parasicológica, se convierte, ba­
el pecado original.
jo el influjo de Dios, en instrumento de acción caris-
Es capital la importancia de esta experiencia para el mática.
desarrollo del hombre.
En resumen, vamos así acercándonos a la naturaleza
2. Transformación ulterior. La transformación del hom­ del “cuerpo espiritual” (1 Cor 15, 44). ¿Puede extrañarnos
bre que se manifiesta ya en el amor sigue su curso. esto si recordamos que hemos resucitado con Cristo y vi­
Parece que el primer fruto del Espíritu es el amor crístico; vimos en el Espíritu?
y luego, esta apertura a niveles superiores va uniendo y
trasponiendo otros niveles. 3. Desprendimiento de seguridades. El gran obstáculo
para la obra de Dios en nosotros es el apego a segu­
ridades. Desde pequeño, el niño bus'ca seguridades de so­
brevivencia: afecto de sus padres, aprobación de los demás,
Fig. ¡7 preeminencia entre los iguales. En esta lucha se forman
los mecanismos de defensa.
Los apegos se concretan en objetos materiales, pues­
tos de poder, éxitos, honores, responsabilidades, proyec­
tos de santidad, obras buenas, etc.

72 73
Los apegos conforman maneras de vivir que son tanto a) la santidad. Muchos aspiran a un “estado de santi­
más peligrosos cuanto la persona se acostumbra a ellos. dad” o de “perfección” en que lograrían una estabi­
Si consideramos la vida espiritual como un camino en que lidad en la virtud. Este estado sería grato porque se
se corre tras Cristo (1 Cor 9, 24; Flp 3, 7-14), los estable­ habrían hecho fáciles muchas cosas que ahora cues­
cimientos en una manera de vivir se pueden comparar tan, como la oración, la paciencia, la abnegación, el
con campings en que el viajero se desvía de la ruta y queda amor. La santidad, estando rodeada de un halo de
estacionario. prestigio ante los demás y ante uno mismo, buscarla
es, en gran parte, una búsqueda egocéntrica: se busca
En las Cartas a las Iglesias, el Apocalipsis describe
para sí un prestigio espiritual;
varios de estos campings:
b) la gloria eterna. Estaría relacionada con la santidad:
a) el pecado (Apoc 3, 1);
a mayor santidad, mayor gloria. Dios mediría la santi­
b) la tibieza (Apoc 3, 15-17); dad de cada uno y señalaría en el cielo un lugar co­
c) la piedad sin verdadera abnegación: “poca fuerza” rrespondiente al grado de santidad. En gran parte, se
(Apoc 3, 8); buscaría la santidad para asegurar el lugar preemi­
d) el intelectualismo sin compromiso (Apoc 2, 14-15); nente en la gloria, más alto que los demás. Esta men­
e) el activismo sin amor (Apoc 2, 2-4). talidad podría representarse con el esquema de la
Fig. 18.
El cristiano que quiere alcanzar a Cristo necesita des­
estabilizarse, es decir, desprenderse de toda rutina o apego
o molde de vida que de alguna manera lo aprisione e im­
pida seguir a Cristo. Su modelo debe ser Pablo, que es­ Fig. 18
cribe: “cuantas cosas eran para mí ganancia, las he esti­
mado como pérdida a causa de Cristo... por amor a él lo
he perdido todo y lo tengo por basura para agradar a Cris­
to... no lo he alcanzado ya... pero prosigo corriendo por
ver si logro alcanzarlo...” (Flp 3, 7-14).
4. Desprendimiento de ¡a santidad y de la gloria. Las se­
guridades son maneras de vivir en el presente que nos
captan por rutina y comodidad, y también por el temor
a lo nuevo y a las críticas de los demás.
Es frecuente oír: “ya no puedo cambiar”.
Pero hay también apegos a estados del futuro. Estu­
diaremos dos:

74 75
En esta concepción, Dios sería un árbitro frío que reflejando cada uno de manera diversa la plenitud de Cris­
premiaría nuestros logros. Es el concepto de la ley de kar­ to y la infinita perfección de Dios (cf Jn 21, 22; 2 Cor 3,
ma, en que, no pudiendo lograrse la perfección en una 18). Por otra parte, Dios es libre en el reparto de sus do­
vida, habría que volver a reencarnarse muchas veces para nes y Dios es libre para premiar. Por eso puede decirnos
ir subiendo en perfección gracias a nuestros propios es­ a cada uno: “¿no me es lícito hacer lo que quiero con lo
fuerzos. mío? ¿O tienes tú envidia porque yo soy bueno?” (cf Mt
El evangelio nos presenta una concepción diversa, 20, 15; 1 Cor 12, 11; Rom 12, 3; Le 19, 12-26; 12, 48).
que ilustramos con la Fig. 19. Mirando el esquema de la Fig. 19, podríamos resu­
mir: Dios es libre para pedir a cada uno una “altura” es­
pecial, singular para él; es libre para dotarlo con gracias
completamente “personales”; es libre para dar a cada uno
Fig. 19
un “lugar” en la gloria, que no está “regido” por la altura
alcanzada en la tierra. De esta manera, son imposibles las
comparaciones, las rivalidades, las envidias, las ambiciones
de estar “a tu derecha y a tu izquierda” (Me 10, 37). El
evangelio nos enseña a madurar. El evangelio nos enseña
una maduración que deja muy atrás las comparaciones
infantiles.
Al mismo tiempo, nos enseña una responsabilidad
enorme. Si el llamado es personal y singular, no habrá
ningún otro que haga lo que debo hacer ni contribuya en
la “regeneración” con lo que debo contribuir para el bien
del universo (cf Mt 19, 28).
Estamos llamados a una progresiva singularización
aquí y a una singularidad irreemplazable en la gloria.
>

REFLEXION
Jesús nos enseña que Dios llama a cada hombre con
una vocación completamente personal e irrepetible por
/. ¿Qué señales descubro de un amor nuevo, crístico, en mí?
otros. A cada uno nos dice: “sígueme tú”. El seguimiento
de Cristo no es una meta común en que iríamos conver­ 2. ¿Hay señales de que yo esté “establecido” en un camping?
giendo todos con una imitación uniformadora, sino un 3. ¿Cuál camping es el más peligroso para mi?
llamado en que nos singularizaríamos progresivamente, 4. ¿Cómo evitaré el peligro de los campings?

76 77
X Redención permanente
LA IGLESIA Y MARIA
Karol Wojtyla, el futuro papa Juan Paulo II, escribió:
“la redención es una realidad siempre presente en la Igle­
sia, puesto que la Iglesia es siempre heredera de la misma
misión del Redentor” (La renovación en sus fuentes, B.A C.
Ambas son obras maestras del Espíritu Santo. p. 72).
“Iglesia” significa “asamblea de los llamados” o “re­ Por esto, el cristiano debe sentirse miembro de una
unión de los especialmente invitados” -y es el Espíritu comunidad en continuo rescate por la sangre de Cristo, y
Santo quien invita y vitaliza esta asamblea. La Iglesia es en continua regeneración por el Espíritu del nuevo naci­
el Pueblo de Dios, el Cuerpo unido vitalmente con Cristo miento (cfEf 1, 7; Le 22, 20; Jn 3, 5-8).
su Cabeza (cfEf4, 4-5.12-16). En este nacimiento y continuo crecimiento, tiene
María, por privilegio del Espíritu Santo, es preser­ María una misión de madre. Nadie como María estuvo
vada de toda mancha, y dotada con todas las gracias ne­ tan unida con Jesús en su voluntad redentora. La “esclava
cesarias para responder a su especial llamado de Dios. del Señor” secundó en todo momento el plan de Dios.
Por el “poder del Altísimo” ella será “Madre del Hijo de Como aceptó ser Madre del Mesías, aceptó también ser
Dios” (Le 1, 3545). María es la creatura que más ha co­ Madre del Crucificado, y ser Madre de la Iglesia naciente
nocido al Salvador, y más íntimamente ha colaborado a que suplicaba la venida del Espíritu Santo (cf Jn 19, 26-
la misión de Jesús (cf Le 2, 19.34-35.51). 27; Hech 1, 13-14).

Pueblo de Dios Fuente de vida


Hay una historia de salvación que se centra primero
“Cristo muerto y resucitado por todos los hombres,
en el pueblo hebreo y se ensancha después con Jesús para
comunica su propia luz y fuerza al hombre por obra del
abarcar “todas las naciones” (Mt 28, 19).
Espíritu Santo, para que el hombre pueda responder a su
Esta historia de salvación la vive intensamente María vocación excelsa” (Vat. II, G. et S., n. 10). Por esto, la Igle­
desde su niñez. Como ninguna otra israelita, suplica a sia que es redención permanente, es fuente incesante de
Dios que llegue “la plenitud de los tiempos” y aparezca el vida para cada uno de nosotros.
Mesías. Acelera así el misterio del Hijo de Dios, que será
Por obra del Espíritu Santo, bebemos sin cesar esa
“nacido de mujer”, de ella que tanto anheló su venida. Y
vida a través de canales visibles (la Sagrada Escritura, los
al mismo tiempo aceleró “la adopción de hijos” que nos
Sacramentos, el magisterio eclesial...) y también directa­
une a todos en el nuevo pueblo de Dios, “obra del Es­
mente de Cristo como él mismo nos invita a hacerlo: “el
píritu Santo en nuestros corazones” (cf Gál 5, 4-6).
que tenga sed, venga a mí y beba el que cree en mí... Esto

78 79
dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en mayor es la satisfacción que experimenta; se siente acep­
tado, perteneciendo, aportando al grupo.
él (Jn 7, 37-39).
María, asunta a los cielos, no cesa en su misión de Muchas veces los lazos que unen a un hombre a la
servidora de Jesús. Como fue su portadora en la santifi­ Iglesia son muy superficiales y poco satisfactorios; pero se
cación del Bautista, y la suplicante en las bodas de Caná, dan también casos de profunda comunión con otros en la
sigue indicando y exhortándonos: “el que tenga sed, ven­ experiencia del Espíritu.
ga- v el que quiera tome del agua de la vida gratuitamente Para muchos, “la Iglesia” parece ser la personificación
(Apoc 22, 17). de un concepto abstracto, o una referencia a la jerarquía
eclesiástica, o una autoridad que sólo impondría prohibi­
ciones y exigencias. Sin duda, la figura de María compensa
Santidad las deformaciones anteriores.
El cristiano participa de la santidad de Cristo porque María es una presencia bella, tierna, acogedora en la
es parte del Cuerpo de Cristo. De Cristo Cabeza recibe Casa de Dios. Sus “misterios gozosos, dolorosos y glorio­
cada miembro el Espíritu santificador con que vamos cre­ sos” la hacen asequible al hombre en todas las circuns­
ciendo en amor” (cf Ef 4, 12-16). Al mismo tiempo se nos tancias de su vida. María es la presencia de la Madre, con
exhorta a “poner los ojos en Jesús”, perfecta imagen de su amor incondicional y su aceptación total.
Dios para nosotros; y a “correr con constancia en el ca­ En el orden sicológico, el amor de María ayuda a
mino abierto por él para llegar con él a la meta en el trono comprender el amor de Jesús y el amor del Padre por
de Dios” (cfHeb 12, 1-2). cada uno de nosotros.
María, por la intimidad con que participó en la vida 2. Necesidad de autoridad y magisterio. El hombre, en
de Jesús, es el más perfecto reflejo de él y “atrae a los cre­ su profundo aislamiento y limitaciones, busca ayuda.
yentes a su Hijo” (Vat. II, L.G. n. 68). Ella es una mara­ Necesita conocer el camino y ser apoyado por una auto­
villa humana, triunfo del espíritu en medio de. las condi­ ridad que le ilumine la doctrina y la conducta.
ciones de este mundo. Su santidad nos atrae y anima.
Al mismo tiempo, la figura de María nos muestra una
libertad interior en su misma obediertcia a Dios y a las
Aspectos sicológicos autoridades humanas de su tiempo. Ella nos enseña que
la entrega a Dios ordena la sumisión a toda otra autoridad.
1. Pertenecer a un Cuerpo. Una tendencia fundamental
1 Criterios de salud. La Iglesia y María suscitan en cada
del hombre es la comunicación con otros y la forma­
ción de familias, grupos, naciones; la experiencia de la so­ persona actitudes diversas: algunas pueden ser sanas,
inopias de madurez y de equilibrio; otras pueden ser
lidaridad humana. Cuanto más profundos sean los lazos
i i'‘ui oticas, indicadoras de heridas no sanadas, inmadurez
que aglutinan a un hombre en el cuerpo o grupo, tanto
"lectiva, ignorancias, apasionamientos.

80 81
Al mismo tiempo, las actitudes ante la Iglesia y María
pueden ser campos de maduración sicológica, donde se
pide esfuerzo de comprensión, de amplitud de criterio, de
mayor libertad interior, de purificación de nuestra vida
religiosa.

REFLEXION

1. ¿Qué me atrae y qué me repele en la Iglesia?


2. ¿En qué forma me ayuda la devoción a María? IV Parte
3. ¿Hay algo que corregir en mis actitudes ante la Iglesia y ante
María?
Línea sacramental

82
XI
LOS SIETE SACRAMENTOS

Con este tema, entramos en una nueva línea: la línea


sacramental.
Los sacramentos son una característica de las religio­
nes cristianas y, de una manera especial, de la Iglesia Ca­
tólica. La vida espiritual del católico está enmarcada en
los sacramentos y alimentada continuamente con los sa­
cramentos.
Para una persona que no tiene fe, pueden parecer
ritos supersticiosos, indignos de un hombre civilizado;
pero para el cristiano, cada sacramento es un punto im­
portante de contacto con Djos que quiere salvarnos.

Revelación y Sacramentos

Los sacramentos subrayan un rasgo fundamental de


nuestra religión: su carácter de religión revelada.
Hay religiones que podrían llamarse racionales o hu­
manitarias, porque han nacido y se han desarrollado desde
el hombre con su inteligencia razonadora y con esa ten­
dencia hacia el infinito que describe san Agustín con la
frase: “Nos hiciste para ti e inquieto está nuestro corazón
mientras no descanse en ti”.
Así, habrá muchas religiones que llegan a la idea de
un Gran Espíritu creador del universo, a quien se honra
con diversas prácticas (oración, ayunos, sacrificios...) y con
la moralidad de la vida. Otras religiones, quizás más pro-

85
fundamente emocionales, invitan a una fusión con la di­ La Iglesia, que es el nuevo Pueblo de Dios, es tam­
vinidad, dentro de una concepción panteísta. bién palabra, porque el Espíritu Santo la dirige, y, a través
La revelación es la comunicación a los hombres de de ella, prolonga la historia de la salvación.
los caminos de Dios. Estos caminos no son como nues­ A este Pueblo de Dios y Cuerpo de Cristo (Col 1,18)
tros caminos, sino misterios ocultos “desde tiempos eter­ están confiados la Sagrada Escritura y los Sacramentos, sig­
nos” y manifestados a los hombres, según “el manda­ nos visibles del deseo de Dios de profundizar sus lazos
miento de Dios” para que sean aceptados en fe (cf Is 55, con nosotros. Los Sacramentos son un mensaje constante
8; Rom 16, 25-26). del Dios que nos habla.
Solamente por la revelación sabemos que Dios eligió
a un pueblo pequeño e inestable para hacerlo su pueblo
y desarrollar en él la historia de la salvación. Solamente Indican a Cristo
por la revelación sabemos que “de tal manera amó Dios
Todos los sacramentos nos relacionan con pasajes
al mundo, que entregó a su hijo unigénito, para que todo
de la vida de Cristo, como si él quisiera comunicarnos
aquél que cree en él no se pierda, mas tenga vida eterna”
(Jn 3, 16). las mismas experiencias que tuvo él.
Jesús fue bautizado y oyó las palabras del Padre: “Tú
También los sacramentos son misterios revelados,
eres mi hijo muy amado; en ti he puesto mis complacen­
“palabras de Dios expresadas en actos visibles”, como dijo
san Agustín. cias” (cf Me 1, 9-11). Jesús fue confirmado en su misión,
como lo declaró él mismo en Nazaret: “el Espíritu de Dios
está sobre mí, porque me ha ungido para evangelizar, li­
Palabras de Dios
berar, sanar” (cf Le 4, 18-19). Jesús perdonó pecados y
Cuando reconocemos el deseo que tiene Dios de ha­ dio poder para perdonar (Me 2, 5; Jn 20, 23). Jesús sanó
blarnos, abrimos los ojos y los oídos para captar muchas enfermos y mandó a sus discípulos ungir con aceite para
palabras de Dios. sanar (cf Me 6, 13). Jesús consagró pan y vino al ofrecerse
como víctima del Nuevo Testamento, y encomendó a sus
Palabra de Dios es la creación: palabra creadora que
seguidores que continuaran haciendo lo mismo (Le 22,
pronunció Dios y que se realizó inmediatamente en el
19). Jesús santificó el matrimonio con sus enseñanzas y
universo, y sigue realizándose. El que tiene fe comprende
que “los cielos proclaman la gloria de Dios” (Sal 19, 2). con su primer milagro (cf Mt 19, 1-12; Jn 2, 1-11).
De esta manera, cada sacramento nos relaciona con la
Palabra de Dios es el hombre en cuerpo, alma y es­
píritu. Dios lo creó como imagen de sí mismo (Gén 1, 27). vida de Jesús. El ha querido que sus seguidores sigan de
cerca sus huellas, reviviendo las experiencias de él.
Palabra de Dios es la historia de salvación; y en ella,
de una manera especial, Jesucristo es la “Palabra de Dios”
que se hizo carne “y habitó entre nosotros” (Jn 1, 14).
86 87
todo, también el sacerdocio común de los fieles es una par­
Participación con él ticipación activa, aunque más limitada, en el sacerdocio de
Cristo.)
El “hombre natural”, como diría san Pablo, está limi­
tado por el tiempo y por el espacio; pero, por nuestro es­
píritu, inundado por el Espíritu de Dios, podemos hacer­ La gracia sacramental
nos presentes y tomar parte real en los misterios del mis­ “Por los sacramentos, los creyentes están unidos a
mo Jesús. Cristo de un modo secreto pero real, ya que se les comu­
Así, por el Bautismo, “hemos sido sepultados con nica la vida de Cristo” (Vat. II, LG. n. 7). Cada sacramen­
Cristo en su muerte y hemos resucitado con él en su re­ to es, así, una participación más plena de esta misma vida
surrección” (cf Rom 6, 34). Tan unidos estamos con Cris­ de Cristo, porque recibimos en el sacramento una gracia
to, que tenemos la dicha de “estar sentados con él en los especial, que se llama gracia sacramental.
cielos” (Ef 2, 6). Siendo “hijos de Dios”, esta gloria nos En la Fig. 20 agrupamos los siete sacramentos según
pertenece realmente; pero está velada. “Cuando él apa­ esta visión de crecimiento en la vida de Cristo.
rezca en su majestad, entonces también aparecerá toda
la realidad de nuestra gloria” (cf 1 Jn 3, 2).
Fig. 20
Celebraciones comunitarias
A Eucaristía ■<- Unción de los enfermos
Los sacramentos se viven y se celebran; y para cele­ Confirmación Matrimonio; Orden Sacerdotal
brar se necesita comunidad. Si por nuestro sacerdocio Bautismo <- Reconciliación o Confesión
común participamos todos en forma activa en el sacerdo­
cio de Cristo, dentro de la celebración eucarística, ese mis­
mo sacerdocio común nos capacita para participar en los Los sacramentos de Bautismo y de Confirmación con­
demás sacramentos. ducen en camino recto hacia la unión con Cristo en la
Así, resulta que “cuando alguien bautiza, es Cristo Eucaristía. El Bautismo es el paso desde las tinieblas a la
quien bautiza” (Vat. II, Sacr. Conc. n. 7); y, al bautizar luz de los hijos de Dios; la Confirmación es la infusión
Cristo, todos bautizamos con él. Y cuando Cristo unge del Espíritu que nos capacita para ser testigos adultos, res­
a un enfermo o confirma a un joven, todos los cristianos ponsables, de nuestra fe; la Eucaristía es la participación
allí presentes deberíamos extender nuestras manos para en el sacerdocio de Cristo, ofreciendo y comulgando en
ungir y confirmar juntamente con él. su homenaje de amor al Padre.
(NOTA: No debe confundirse el sacerdocio común de los fieles con el Los demás sacramentos son complementos de los
sacerdocio ministerial, propio de los obispos y presbíteros. So­
lamente éstos pueden consagrar la Eucaristía, absolver los pe­
tres anteriores: la Reconciliación apoya al Bautismo en
cados, administrar la Confirmación y la Santa Unción; con que el cristiano quedó comprometido en rechazar todo

88 89
mal y tener a Cristo como centro de su vida; el Matrimo­ a) Preparación: incluye conocimiento de lo que se va a
nio y el Orden Sacerdotal capacitan para llevar el testimo­ recibir; deseo de la gracia para recibir con plenitud;
nio, prometido en la Confirmación, a los campos espe­ confianza en que se recibirá lo que se pide...
ciales de la vida matrimonial o del sacerdocio; la Unción b) Paso decisivo: es previo a la recepción del sacramento:
de los Enfermos complementa las gracias de sanación, el paso decisivo incluye un compromiso propio de
fortalecimiento y nutrición que son comunicadas en la cada sacramento. Por esto, la petición del sacramento
Eucaristía. debe hacerse de manera muy responsable. Cada re­
Ahora bien, los sacramentos no son ritos mágicos cepción de un sacramento involucra cambio de vida,
que producirían sus efectos automáticamente; suponen sacrificio de impedimentos, oblación al Señor.
cooperación de la persona que los recibe. c) Receptividad a la gracia sacramental. Esta es siem­
pre una gracia transformadora con la que queremos
Aspectos sicológicos cooperar creativamente. Esta transformación puede
ser muy gradual e imperceptible; o puede ser una
1. Acción creadora con Dios. Dios puede actuar con o sin irrupción de la gracia en forma de un “pentecostés
sacramentos, pero esta libertad de Dios no contradice personal”, inconfundible, marcador para toda la vida.
su voluntad de bendecir a través de los sacramentos, y de d) Fidelidad ulterior: no basta recibir la gracia, es nece­
que el fruto de éstos corresponda a la cooperación humana sario unir nuestra voluntad a la de Dios bajo la forma
(cf Mt 25, 14-30; 2 Cor 9, 6; Le 12, 48). de un trabajo fiel, constante, para perseverar en el
De aquí resulta que cada sacramento es una invita­ nuevo nivel de entrega a Dios y para seguir dándonos
ción a que seamos cooperadores con Dios en una acción aún más en adelante.
creadora. Un testimonio nos ayudará a entender este último
La cooperación humana incluye cuatro tiempos que punto: “Estaba fumando dos cajetillas de cigarros cada día.
pueden reunirse en el esquema de la Fig. 21. Pedí al Señor la gracia de poder dejarlos. Pedí con ver­
dadero deseo y perseverancia. Un día amanecí sin necesi­
dad de fumar: ésta fue la gracia. Llevo varios años sin fu­
Fig. 21
mar; pero sé que si soy infiel, volviendo a fumar, caeré
de nuevo en el vicio antiguo”.
El gran peligro de la recepción de los sacramentos es
la recepción demasiado limitada. Se reciben como ritos
cerrados; deberíamos recibirlos como encuentros abiertos
a la creatividad del deseo, de la petición, del riesgo, del
desarrollo futuro; es decir, apertura a todo lo que Dios
quiere hacer.
90 91
2. Discontinuidad. Los siete sacramentos son actos muy recibimos de los Sacramentos de Eucaristía y Reconcilia­
concretos y determinados en que nos encontramos ción van fortaleciendo esa corriente de crecimiento que
con Dios. Por esto ofrecen un aspecto especial de discon­ es nuestra vida espiritual. Esta corriente de gracia nos hace
tinuidad. palpar la multiforme creatividad de Dios en nosotros, y
Hay sacramentos tan determinantes que no se pue­ nos invita a ser creadores con él.
den repetir. Así son el Bautismo, la Confirmación, el Or­ 3. Ejercicios repetidos de fe. Cada recepción de un sacra­
den Sacerdotal y el Matrimonio (mientras permanezca el mento debería ser un acto muy profundo de fe. Es
vínculo ya contraído). Cada uno de ellos lleva al hombre innegable el valor de los sacramentos en este sentido. Ac­
a un nuevo nivel de vida en la participación de la vida de tualizan día a día nuestro encuentro con Dios. Cada día
Cristo. se coloca el YO de nuevo, explícitamente, en su lugar en
Como esa elevación importa tanto al cristiano para el espíritu, recoge todo el ser humano a ese nivel, se abre
el cumplimiento de su misión, estos sacramentos pueden a Dios.
ser actualizados o renovados, pidiendo al Señor que nos El hombre necesita estos “momentos fuertes” de fe.
dé todas las gracias sacramentales que deseamos ahora y Los musulmanes los concretan en las postraciones y ora­
que pedimos con nueva y más grande receptividad. ciones de cada día. El protestante abre la Biblia. El cató­
La respuesta de Dios es muchas veces notable, y ex­ lico tiene los sacramentos, pero debería abrir también cada
perimentamos una efusión del Espíritu mayor que cuando día la Biblia y “alabar siete veces al día” (Sal 119, 164).
recibimos efectivamente el sacramento (cf Carlos Aldunate,
4. Irrupciones de gracia. Además del ritmo vital de cada
s.j., Vivamos nuestra Confirmación, Ed. Paulinas^Santiago,
día, Dios suele hacerse presente con gracias notables,
1982).
que irrumpen inesperadas. A veces marcan una nueva
Hay otra discontinuidad. Es propia de los sacramentos etapa en la vida espiritual; siempre son una experiencia
que pueden repetirse. La Eucaristía es sacramento de extraordinaria de la cercanía de Dios y de su amor particu­
unión con Cristo en su entrega al Padre, crecimiento en lar por cada uno de nosotros. Los sacramentos son fre­
él, salud, fortificación, desarrollo. Por eso es “pan nuestro cuentemente la ocasión de estas gracias.
de cada día” para nuestra vida espiritual. Su recepción se
El hombre necesita esas efusiones de gracia o “bau­
parece al ritmo de la respiración o al ritmo del corazón
tismos en el Espíritu” que nos capacitan para vivir en no­
que no cesa de transmitir vida a todo nuestro cuerpo.
sotros la realidad de lo sobrenatural.
Esta regularidad y frecuencia de recepción presenta
el peligro de inducir a la rutina. De allí la necesidad de 5. El momento de Dios. La recepción digna de los sacra­
renovar nuestra cooperación creadora, como está expli­ mentos es siempre una fuente de gracias; pero no
cado en la sección anterior. Lo mismo debemos decir del siempre se dan esas efusiones más notables y decisivas.
Sacramento de Reconciliación. Los “golpes de gracia” que Dios es dueño de sus dones y actúa con plena libertad.

92 93
XII
Es importante esta experiencia de un Dios libre, que
actúa cuando y como quiere. En todo rito mágico y en EL HABITO CONTEMPLATIVO
todo método sicológico, el resultado está ligado a la ac­
ción precedente. En cambio, el sacramento es un diálogo
en que Dios, libre, alterna con nosotros en verdad y li­
bertad. Ha comprometido su gracia sacramental, pero que­
da siempre libre para otorgar favores especiales, cuando En la línea sacramental, tenemos en primer lugar los
quiere (cfJn 10,32-36; 17, 17-19). siete sacramentos que hemos estudiado en el capítulo an­
terior. Pero tenemos también los sacramentos en sentido
amplio, es decir, todos los demás signos “del deseo que
REFLEXION
tiene Dios de profundizar sus lazos con nosotros”. Son
palabra de Dios con que quiere alcanzarnos y bendecir­
1. ¿Cómo puede la Eucaristía ser cada vez un momento impor­
nos. El hábito contemplativo capta su sacramentalidad.
tante de transformación para mí?
2. ¿Cómo pueden serlo la renovación del Bautismo y de la Con­ Todas las cosas, las personas, las situaciones, los pro­
firmación? blemas, las alegrías y los dolores son palabras de Dios,
porque “todo contribuye al bien de los que aman a Dios”
(Rom 8, 28). Lo necesario es estar despiertos para escu­
charlas.

Tendencias básicas

En el capítulo III vimos que hay en el hombre dos


tendencias básicas que lo llevan a relacionarse con sus se­
mejantes y con Dios. El hombre, desde su infancia, ne­
cesita el contacto con otros seres humanos: su presencia,
su contacto físico, su amor. Al mismo tiempo, hay una
apertura hacia alguien que está más allá. El niño capta
muy fácilmente la presencia de Dios, porque tiene la ca­
pacidad de sentir profundamente y de admirar todo lo que
lo rodea.
Estas tendencias son el germen del hábito contempla­
tivo. La educación puede desarrollarlo o ir apagándolo.

95
94
La gracia, que es la acción de Dios en nosotros, en­ turada la que creyó, porque habrá cumplimiento de las
riquece nuestras tendencias de amor y de religiosidad con cosas dichas a ella de parte del Señor!” (Le 1, 45).
las virtudes de la caridad y de la fe. Esta fe es la que quita impedimentos y deja libre y
abierto el camino del Señor. Por eso pide Jesús tantas ve­
ces esta fe a los que buscaban salud: “para el que cree,
Las virtudes todo es posible” (Me 9, 23).
Lo que surge impulsivo y confuso de las tendencias Pero el Espíritu Santo no se contenta con infundirnos
básicas se va canalizando por medio de la convivencia la virtud teologal de la fe; quiere desarrollarla y arraigarla
humana y la educación. El niño “aprende muy rápida­ en lo más profundo de nosotros por medio de los Siete
mente cómo comportarse con respecto a las relaciones Dones.
interpersonales de los hombres y con respecto a las rela­
ciones con ese ser invisible pero atrayente que es Dios.
El amor humano va madurando: del egocentrismo Los Siete Dones
infantil va pasando al amor del niño, del adolescente, del
joven, del adulto. La vida humana es escuela de amor en La rica tradición cristiana sobre los Siete Dones del
el plan de Dios. Jesús dijo: “mejor es dar que recibir” Espíritu Santo está inspirada en el texto de Isaías: “Repo­
(Hech 20, 35). Pero son muchos los tropiezos que se pre­ sará sobre él (el Mesías) el Espíritu de Yavé: espíritu de
sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de for­
sentan en este desarrollo.
taleza, espíritu de conocimiento y de piedad, y de temor
La gracia supone la naturaleza y construye sobre ella.
de Yavé” (Is 11, 2 en la versión de los Setenta).
La caridad es la elevación del amor humano, como la vir­
tud de la fe es la elevación de la búsqueda oscura de lo Los autores espirituales no equiparan simplemente
los dones y las virtudes. Las virtudes son un fortaleci­
trascendente y de Dios.
miento interior por obra del Espíritu Santo, que nos per­
La fe es una inteligencia y adherencia a lo invisible
mite cooperar con las invitaciones de Dios. En cambio,
que ahora solamente entrevemos, confusamente, como los dones son una transformación más inmediata y pro-
en un espejo, pero que después contemplaremos cara a
Iunda. Las virtudes se pueden compárar con remos con
cara. Por esto, la fe, don de Dios, infundida en nosotros,
los que trabajamos para avanzar; pero los dones son como
es una garantía de lo que esperamos, una prueba de las
velas que reciben el soplo del Espíritu. Las virtudes tienen
realidades que no se ven, pero que se poseerán plenamente
su sede principal en el nivel racional; los dones la tienen
(cfl Cor 13, 12; Heb 11, 1). ' ii las tendencias mismas del hombre, ya purificadas y
La fe inspiró y sostuvo a los grandes hombres del An­ abiertas para ser movidas por el Espíritu.
tiguo Testamento en su entrega a Dios. En el Nuevo Tes­
tamento, Isabel exclama refiriéndose a María: ¡Bienaven­

96 97
El Fruto del Espíritu Teófanes el Recluso habla de “establecerse con la
mente en el corazón ante Dios”. El corazón, para la orto­
El mismo Espíritu Santo, que transforma la tendencia doxia rusa, es el centro de la vida, el principio determi­
religiosa en la línea de la fe y de los Siete Dones, va trans­ nante de todas nuestras actividades y aspiraciones. Viene
formando la tendencia de contacto y de amor humanos a ser el “lugar” de las cuatro vertientes o tendencias bá­
en la línea de la caridad y del amor crístico. sicas que consideramos en el capítulo III (cf Fig. 8). El
Jesús nos reveló su “nuevo mandamiento”: que nos hábito contemplativo es el resultado de la transformación
amáramos los unos a los otros como él nos había amado de estas tendencias básicas por la acción del Espíritu San­
(cf Jn 13, 34-35; 15, 12-13.17). Este es el “amor crístico”, to.
imposible para las fuerzas humanas, pero posible como Examinemos la Fig. 22.
Fruto del Espíritu, cuando el Espíritu Santo transforma
la tendencia de sociabilidad.
Descripciones de este amor crístico encontramos en Figura 22
san Pablo: “el amor es sufrido, es benigno; el amor no
tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece;
no hace nada indebido; no busca lo suyo, no se irrita, no
guarda rencor; no se goza de la injusticia, mas se goza de
la verdad...”; “el Fruto del Espíritu es amor con gozo,
paz, paciencia, benignidad, rectitud, fidelidad (o constan­
cia), humildad y equilibrio (o armonía)” (1 Cor 13, 4-6;
Gál 5, 22-23).
En resumen, el hábito contemplativo es la manifes­
tación de la acción profunda del Espíritu Santo, que trans­
forma nuestra fe y nuestro amor, abriéndonos a Dios. El
nos habla de mil maneras, en las cosas, en los aconteci­
mientos, en nuestras mociones interiores, y, especialmente,
en nuestro contacto con los hombres.
En la línea superior, tenemos el entendimiento, que
Aspectos sicológicos alimenta el querer racional. Ambos contribuyen a formar
una visión racional del mundo y de sus valores.
1. Transformación profunda. Fácilmente localizamos lo Esta visión es reforzada emocionalmente con nuestras
contemplativo al nivel de lo intelectual y de lo emo­ experiencias y sentimientos (es la segunda línea). En reali­
tivo; pero lo contemplativo es más profundo y vital. dad, nuestra visión del mundo es básicamente emocional,

98 99
fruto de las vivencias de nuestra infancia, niñez y juven­ invisible... con la mente en el corazón”, es decir, estar
tud. La racionalidad es, en gran parte, una racionalización atento a esa corriente interior de amor hacia “el otro”.
de nuestra cosmovisión emocional, que encierra prejuicios, Comprendemos la insistencia de san Juan que rela­
ilusiones, angustias, rechazos, resentimientos... ciona la fe con el amor: “amamos a Dios porque él nos
En la tercera línea, tenemos el aporte de las tenden­ amó primero; y nosotros hemos conocido (experimental­
cias básicas, con sus fuerzas impulsivas. Aquí nos interesa mente) el amor que Dios tiene para con nosotros y he­
la tendencia social (hacia el amor humano) y la tendencia mos creído en él. Dios es amor, y el que permanece en
religiosa o trascendente, es decir, la búsqueda confusa de el amor permanece en Dios y Dios en él. El que ama a
más verdad, de más bien, de Dios. Dios, ama también a su hermano” (1 Jn 4, 19.16.21).
Cuando el Espíritu Santo actúa en nosotros, los di­ 2. La presencia de Dios. El hábito contemplativo viene
versos niveles humanos son tocados por la acción de Dios. a ser una experiencia de la presencia de Dios.
La fe ilumina nuestra racionalidad para abrirla a una vi­ Esta experiencia puede ayudarse con una imagen es­
sión de fe. La gracia nos da un clima interior de senti­ pacial de las cosas. Así, se dice que todas las cosas están
mientos religiosos, que se llama devoción. La tendencia en Dios y que Dios está en todas las cosas, como las es­
religiosa queda transformada por los dones de inteligencia, ponjas están en el mar y el mar penetra en las esponjas.
sabiduría, conocimiento, consejo, etc. Estos Siete Dones
Las imágenes reversibles nos pueden dar otro aspecto
son rasgos descriptivos de la sed de Dios y del hábito con­
de lo mismo: al mirar la fig. 23, vemos que, si tomamos
templativo con que buscamos a Dios como a nuestro sumo
como del primer plano las dos caras humanas, la figura
y completo bien.
intermedia es fondo ilimitado. Si se trae esa figura inter­
La transformación de la tendencia religiosa incluye media al primer plano, se convierte en copa, y las caras
la del amor humano. Estas dos transformaciones van humanas desaparecen para formar parte del fondo.
acompañadas por el ambiente emocional que hemos lla­
mado devoción o consolación: paz, gozo, bondad, senci­
llez, amor y ternura hacia Dios y hacia los hombres. Esta
Fig. 23
devoción colorea y fortalece la visión de fe. Todo este pro­
ceso tiene como resultado el amor crístico que nos pres­
cribe Jesús y que describe san Pablo (cf Jn 13, 34-35;
1 Cor 13; Gál 5, 22-23).
Este esquema (teórico) nos ayuda a comprender que
el hábito contemplativo es una tendencia profunda y rica
de amor y de confianza hacia Dios y hacia el hombre.
La oración, para Teófanes, es “estar de pie ante el Señor

100 101
Así sucede con nuestras experiencias: en cierta ma­ (Fig. 24 a). Toda inspiración que venga de Dios estará en
nera semejante, experimentamos los objetos del primer armonía con el anhelo del hombre espiritual y producirá
plano, y allí está Dios; pero también experimentamos os­ en él gozo y paz (Fig. 24 b). En cambio, todo movimiento
curamente el fondo inmenso, ilimitado... y allí también que venga de la naturaleza caída, o de un espíritu malo,
está Dios. estará en desarmonía con la orientación fundamental de
En ambos planos, alcanzamos a Dios por el amor, ese hombre (Fig. 24 c).
por el deseo, por la sed que es propia del hábito contem­
plativo.
El hábito contemplativo nos puede llevar a otras ex­
periencias, ya no espaciales, sino, más bien, vitales. Dios
actúa en todas las cosas: “trabaja” en ellas dando ser, dan­
do vida, dando sensibilidad, dando entender y amar, dan­
do filiación divina...
Así, la presencia de Dios puede ser sentida con imá­
genes de vitalidad; por ejemplo, en la naturaleza vegetal
y animal; o de amor recíproco entre personas, como en
el Cantar de los Cantares.
Pero, recordemos siempre, la verdadera presencia de
Dios no es una experiencia que nosotros nos fabricamos
con medios sicológicos, sino una gracia de Dios, un regalo
que él comunica cuando él lo decide en su sabiduría y
amor. Por eso, la Escritura nos pone en la boca la oración:
“Oh, Dios, tú eres mi Dios, a quien busco. Oh, Señor,
tú no abandonas a los que te buscan” (Sal 63, 2; 9, 11).
3. El discernimiento. La búsqueda constante de Dios es Cuando la orientación fundamental es egocéntrica
el clima en que florece el discernimiento espiritual. (Fig. 25 a), tenemos efectos cambiados del bueno y del
“El hombre síquico no es capaz de percibir las cosas que mal espíritu: el espíritu bueno está en desarmonía, y pro­
son del Espíritu de Dios... porque se han de discernir es­ duce desasosiego, turbación (Fig. 25 b); por el contrario,
piritualmente; en cambio, el hombre espiritual puede dis­ el espíritu malo está en armonía con el egocentrismo y
cernir todas las cosas” (1 Cor 2, 14-15). produce alegría y falsa paz (Fig. 25 c).
El hombre espiritual es el que está orientado hacia Nótese que los espíritus están siempre en coherencia
Dios, y esta orientación es obra del Espíritu Santo en él consigo mismos: el espíritu bueno siempre tira hacia arri-

102 103
ba; el espíritu malo siempre tira hacia abajo. El que cam­
bia de orientación es el hombre.
Estas normas se complican cuando hay una mezcla
de motivaciones: por ejemplo, se busca a Dios, pero tam­
bién se buscan ventajas egoístas.
Otra variante es la descrita por san Ignacio: a veces,
el “espíritu malo se disfraza como ángel de luz”, para en­
trar, aparentemente, en la misma dirección del Espíritu
Santo, pero para separar luego a la persona del camino
de Dios. En estos casos, se cumple lo que escribió san
Pablo con respecto a comenzar en el espíritu, para ter­ V Parte
minar, al fin, en la carne (cf Gál 3, 3).
Siempre es necesaria la oración constante en que pe­
dimos a Dios que “todas nuestras motivaciones, decisio­ Línea de acción
nes y acciones estén puramente ordenadas en su servicio
y alabanza”.
4. Docilidad al Espíritu. Es una prontitud para responder
a las inspiraciones. Es posible gracias al hábito con­
templativo. Este mantiene al hombre orientado hacia Dios,
El hombre es activo por naturaleza, y un obstáculo
atento a él, “permaneciendo” en Cristo, “andando” en
muy común para la vida espiritual es, precisamente, el
el Espíritu. Todas estas expresiones indican la misma reali­ exceso de actividad: el hombre se desparrama y no tiene
dad de una vida salida del subjetivismo y firmemente adhe­ tiempo “para meditar en su corazón” (Sal 4, 5).
rida a la objetividad del misterio, conocido por la fe. Para muchas personas, la actividad es una manera
Como apuntaba san Ignacio: “Piense cada uno que neurótica de huir de si mismas y de sus problemas.
tanto más se aprovechará en todas cosas espirituales, cuan­ Pero la actividad ha sido redimida. Debe ser vivida
to más saliere de su propio amor, querer e interés” (Ejer­ bajo el influjo del Espíritu Santo. Hay muchos santos que
cicios Espirituales n. 189). después de un período de vida contemplativa, vuelven a
la actividad; una nueva actividad en el Señor. Son con­
templativos en la acción.
REFLEXION

1. ¿Cómo experimento en mí el hábito contemplativo?


2. ¿Cómo puedo desarrollarlo más en mi vida?

104
XIII
SOLIDARIDAD

Llamamos solidaridad al conjunto de lazos que unen


al individuo con los grupos en la sociedad: con los parien­
tes consanguíneos, con los compatriotas, con la raza, con
la humanidad entera.
1. Solidaridad y fe. Las relaciones de parentesco, de cul­
tura común, de historia, son reforzadas con la fe,
cuando el individuo siente que está llamado por Dios para
ser fiel a su pueblo. Tal es el ejemplo de Moisés: “por la
fe, Moisés se negó a seguir siendo hijo adoptivo de la hija
del Faraón, y prefirió sufrir con el pueblo de Dios a gozar
de las riquezas del palacio (Heb 11, 25).
El cristiano sabe que la solidaridad une a todo el gé­
nero humano en el pecado de Adán, pero más todavía
en la redención de Cristo. “Así como por la desobediencia
de un hombre fuimos todos constituidos pecadores, así
por la obediencia de Cristo, la multitud está en camino
de santificación” (cf Rom 5, 19).
Jesús vivió esta solidaridad en todo momento. El de­
claró: “el Hijo del Hombre no vino para ser servido sino
para servir a los demás y para dar su vida por ellos” (Me
10, 45). “Yo siempre hago las cosas que son gratas a mi
Padre” (Jn 8, 29). En la última cena, reparte el vino di­
ciendo: “Esta es mi sangre de la nueva alianza que se está
derramando en favor de todos” (Me 14, 24).
Con razón san Pablo exclama: “Cristo me amó y se
entregó por mí” (Gál 2, 20).

107
2. El Cuerpo de Cristo. Jesús nos introduce en el mis­ el castigo que mereció nuestra paz; y por sus llagas fui­
terio de la solidaridad de los hombres con él. Forma­ mos nosotros curados” (cf Is 53).
mos un cuerpo vivo como lo es un árbol. El, Cristo, es La solidaridad con Cristo y con nuestros hermanos
la raíz y el tronco; nosotros somos las ramas. Del tronco nos lleva a considerar como nuestros los sufrimientos aje­
recibimos la savia que nos mantiene en vida. Separados nos y a salir al encuentro de nuestros sufrimientos para
de él, nada podemos hacer; nos secamos. Es voluntad del colaborar con amor para la salvación del mundo. San Pa­
Padre y, por lo tanto, también de Jesús, que produzcamos blo lo expresó con palabras sencillas, pero llenas de amor:
mucho fruto y que este fruto sea duradero. Contamos con “ahora me gozo en lo que padezco por vosotros, y cum­
la ayuda de él para que este deseo llegue a ser realidad plo en mi carne lo que falta de las aflicciones de Cristo
(cf Jn 15, 1-17). por su Cuerpo, que es la Iglesia” (Col 1, 24).
San Pablo desarrolla la comparación de un edificio La solidaridad con Cristo nos lleva a participar en su
fundado sobre Cristo. Cristo es la piedra angular que coor­ sacerdocio. Habiendo muerto y resucitado con Cristo, so­
dina el conjunto (cf 1 Cor 3; Ef 2, 18-22). mos “una nueva creación”, llamada al “ministerio de la
Formamos también con Cristo un Cuerpo, compara­ reconciliación”. Cristo nos reconcilió con Dios y quiere
ble con el cuerpo humano: Cristo es la Cabeza, nosotros asociamos a esta obra sacerdotal de reconciliar a nues­
somos sus miembros. Toda vida y dirección viene de la tros hermanos con Dios (cf 2 Cor 5, 14-21), para traer la
Cabeza. Cada miembro tiene funciones diversas, pero to­ paz: “Cristo es nuestra paz” (Ef 2, 14).
dos desarrollamos actividades que sirven para el bien co­ Jesús nos reveló su nuevo mandamiento: “que nos
mún. Hay así solidaridad de vida y solidaridad de acción. amáramos unos a otros como él nos había amado” (cf
También hay un amor de unos por otros, porque el dolor Jn 13, 34-35). Este amor nos lleva, pues, a perdonar co­
de cualquier miembro es lamentado por todos los demás mo Cristo, a sacrificarnos como él y con él, para salvar a
miembros y por todo el Cuerpo (cf Ef 4, 1-16; 1 Cor 12; nuestros hermanos; a ser buenos samaritanos buscando
Rom 12). en primer lugar el bien espiritual y eterno de nuestros her­
Toda comparación es imperfecta. Cuando hablamos manos, pero también el bien material, porque lo que les
de cabeza y de cuerpo nos imaginamos un tronco más duele a ellos nos duele a nosotros, sea dolor moral, sico­
grande que la cabeza. Pero en el Cuerpo de Cristo, la lógico o físico.
magnitud de la Cabeza no es física sino espiritual y de tal
plenitud que “de ella todos hemos recibido, gracia sobre Aspectos sicológicos
gracia” (Jn 1, 16).
La fe en la realidad de nuestra solidaridad en Cristo
La magnitud de Cristo y su solidaridad con nosotros
contribuye a que vivamos nuestra vida como Cristo vivió
se revelan especialmente en la obra de la redención: “El
la suya: al servicio de los demás, con amor. Esta solida­
llevó todas nuestras enfermedades y sufrió todos nuestros
ridad agiganta al hombre, sacándolo de su aislamiento
dolores... molido por nuestros pecados. Estuvo sobre él
108 109
para incorporarlo efectiva y afectivamente con Cristo y una obra grande, con un gran amor a los demás y englo­
con todos sus hermanos. bado en el amor y en la obra de Cristo. Se acerca- a esa
Examinemos algunos efectos de esta solidaridad: presencia total que fue el privilegio del hombre en el pa­
raíso y que ciertamente fue el privilegio de María, no dis­
1. Desplaza el egocentrismo. El hombre está llamado a persada interiormente por el pecado original.
contribuir al bien del cuerpo; a subordinar sus inte­
reses al bien común; a que su corazón sea grande como Así, los niveles inferiores
el de Pablo, de quien escribía san Juan Crisóstomo: “Na­ son completamente elevados
da era más amplio que el corazón de Pablo... pues abar­ y armonizados alrededor del
caba todo el mundo”. espíritu y el espíritu está cen­
trado en Cristo y en su reino
Esta solidaridad que se expresa en intereses y afec­
(cf Fig. 26).
tos puede llamarse subjetiva, pero repercute en la realidad.
Sabemos ahora que los pensamientos cargados de emo­
ciones ejercen influjos positivos o negativos según la ca­
Fig. 26
lidad de las emociones. De allí que las oraciones por los
demás son bienhechoras aun en un plano natural. Añá­
danse las bendiciones que obtienen de Dios.
2. Lleva a vivir el Cristocentrismo. La solidaridad de to­
4. Centra en el espíritu. El llamado de la solidaridad hu­
dos nosotros en Cristo es una realidad. Pues'bien, el
mana puede estar centrado en diversos niveles. Se vive
cristiano está llamado a vivir esta realidad, uniendo su
la solidaridad desde un nivel intelectual (filosófico o cien­
pequeño amor (afectivo y efectivo) al amor operante de
tífico) cuando para nosotros la unidad de los hombres está
Jesús.
basada en la historia, la sicología, la biología... (cf Fig.
En el sacrificio eucarístico, somos instrumentos a tra­ 27 a).
vés de los cuales Jesús prolonga su sacrificio de la cena y
Se vive la solidaridad desde un nivel emocional si su
de la cruz “hasta que él vuelva” al fin del mundo. En
base es la simpatía que sentimos por los niños y jóvenes
ese mismo sacrificio, debemos “discernir el Cuerpo del
de todos los pueblos o la compasión por los que sufren...
Señor” en nuestros hermanos, y con Cristo amarnos y
(cfFig. 27 b).
entregarnos por ellos, porque él quiere continuar a través
de nosotros su obra redentora (cf 1 Cor 11, 29; Gál 2, 20). También hay llamados de solidaridad que brotan de
heridas sicológicas, tendencias agresivas, resentimientos...
3. Corrige la dispersión. El hombre tiende a dispersarse; (cfFig. 27 c).
y vive disperso. La exigencia de la solidaridad unifica
Ninguno de estos centros engendra una armonía total
al hombre, porque el hombre entero es armonizado en
y equilibrada. El centro intelectual puede engendrar obje-

110 111
Fig. 27 ritual para evitar lo que nos hace daño y fortalecer nues­
tras fuerzas.
Las epístolas de san Pablo están llenas de sabios con­
sejos sobre lo que debe ocupar nuestros pensamientos y
palabras, sobre lo que debemos evitar, sobre las armas con
que debemos estar preparados para la lucha (cf Flp 4, 8-9;
Ef 4; 5; 6).
Además de todo esto, debemos pedir que el mismo
Espíritu Santo nos discipline, haciéndonos sentir lo que
está mal. La docilidad al Espíritu es una gracia que de­
bemos cuidar, estando atentos y siendo fieles todas las
veces que podamos.
tividad, pero sólo limitada, porque no está abierto por sí
solo a la realidad sobrenatural. Los centros emocionales
y los instintivos son subjetivos, y por lo mismo llenos de REFLEXION
proyecciones que desfiguran la realidad.
1. ¿Cómo se concreta mi amor de servicio?
La solidaridad cristiana está centrada en nuestro es­
2. ¿ Cómo puede crecer mi solidaridad?
píritu (cf Fig. 26), porque se funda en una visión de fe, y
es fruto del Espíritu de Verdad en nosotros. Es fa única 3. ¿ Qué me pide Dios en esto ?
solidaridad que nos armoniza completamente con toda
la realidad.
5. Solidaridad purificadora. La solidaridad es exigente.
“El amor que Cristo me tiene y que él me da para
con su Cuerpo me urge con el pensamiento del sacrificio
suyo por su Cuerpo” (cf 2 Cor 5, 14-15).
La solidaridad impele a interceder por todos y a ayu­
dar al necesitado; a sufrir con paciencia las limitaciones
propias, las molestias del apostolado, las persecuciones
de los adversarios.
La solidaridad exige también una vida disciplinada.
Pablo escribe: “Golpeo mi cuerpo y lo pongo en servi­
dumbre” (1 Cor 9, 27). Se necesita higiene mental y espi-

112 113
XIV Jesús sigue llamando y enviando por medio de los
LA ACCION APOSTOLICA Y CARISMATICA apóstoles y sus sucesores, porque quiere hacer discípulos
a todas las naciones de todos los tiempos (cf Mt 28, 18-20).

Modalidad del envío


Para muchos será una sorpresa oír que todo cristiano
está llamado a una vida apostólica y carismática. Esta ma­ En los Hechos de los Apóstoles y en las epístolas
nera de vida no está reservada para unos pocos “misione­ vemos a los apóstoles en acción. Desde luego, son “cons­
ros”. Todo cristiano forma parte de Cristo, “enviado por tantes en la oración y en el ministerio de la palabra” (Hech
Dios para anunciar el evangelio de la paz... ungido con 6, 4). Comprenden que, en este ministerio, no están lla­
Espíritu Santo y con poder para hacer el bien y sanar a mados a persuadir “con sabiduría humana, sino con la
todos los oprimidos” (cf Hech 10, 36-38). palabra de la cruz”, es decir, con el testimonio de lo que
hizo Cristo, de sus enseñanzas, de su muerte y resurrec­
Al ser incorporados en el Cuerpo de Cristo, partici­
ción (cf 1 Cor 1, 17-18; Hech 10, 36-43).
pamos de su misión.
“Y el Señor les ayudaba y confirmaba la palabra con
las señales que la seguían” (Me 16, 20).
El llamado apostólico
Por esto, los primeros apóstoles y los apóstoles que
Observamos en el Evangelio con qué delicadeza lla­ los han seguido a través de los tiempos, están bien cons­
mó Jesús a sus primeros discípulos: se deja ver, invita a cientes de que ellos no son sino instrumentos, colabora­
conocer dónde vive, convida a acompañarlo a Galilea y a dores de Dios, embajadores de reconciliación, servidores
participar en la celebración de unas bodas. No los com­ de Cristo y servidores de sus hermanos, administradores
promete todavía (cf Jn 1, 35-37; 2, 1-11). de los misterios de Dios; en fin, otros Cristos, ya que
Más tarde pasa por donde están trabajando, pide el Cristo a través de ellos está actuando para la salvación de
favor de utilizar uno de sus botes, los maravilla con la pes­ los hombres.
ca milagrosa y los invita a seguirlo para ser pescadores de
hombres (cfMt 4, 17-23; Le 5, 1-11).
Siguen luego semanas y meses de formación. Están Ministerios
con él, oyen sus enseñanzas, ven sus milagros, reciben las El ministerio es el lugar y el servicio en el Cuerpo.
explicaciones de lo que no entienden. Pablo comparaba la Iglesia con un cuerpo en el que cada
Por fin, después de una noche pasada en oración, órgano tiene su ubicación y su servicio propio en ayuda
Jesús elige los apóstoles que él formará de una manera del Cuerpo. El ojo sirve con su oficio de ver, los pies sir­
especial para ser sus enviados (cf Le 6, 12-16; Me 3,13-19). ven a todo el cuerpo con su oficio de andar.

114 115
No hay ningún órgano del cuerpo que no esté lla­ el Espíritu; son “dones gratuitos” que no están bajo el do­
mado a servir en favor del conjunto. Así también, no hay minio del hombre; son “servicios” porque se dan siempre
ningún hombre que viva para sí solamente. Todos estamos “en provecho de la comunidad”; son “poderes para ac­
llamados a servir. tuar”; son “manifestaciones del Espíritu”. “Todas estas
En la primitiva Iglesia, vemos cómo surgen una va­ cosas las hace el único y mismo Espíritu, repartiendo a
riedad de ministerios. Los hay asistenciales, como el de cada uno en particular como él quiere” (1 Cor 12, 1-11).
los diáconos en Hech 6 y la gran colecta que se hacía en
Asia y Grecia en favor de los cristianos de Palestina. Hay Factores de una acción carismática
ministerios administrativos y de gobierno (1 Tim 1, 3-6;
1 Ped 5, 1-4; Hech 20, 28-35). Las comunidades cristianas Ante todo recordemos con el Concilio Vaticano II
tenían toda clase de necesidades y de allí surgían diver­ que hay “carismas extraordinarios”, como también otros,
sidad de servicios (cf Rom 12, 3-13). “los más comunes y difundidos”, “los más sencillos”. To­
dos “deben ser recibidos con gratitud y consuelo porque
son muy adecuados y útiles para las necesidades de la
Talentos y Carismas
Iglesia”. Además, “la recepción de estos carismas... con­
Para las distintas necesidades se llamaba a servidores. fiere a cada creyente el derecho y el deber de ejercitarlos
Pero no todos servían para todo. Dios ha distribuido los para bien de la humanidad y edificación de la Iglesia”
talentos naturales según su sabiduría, para que todos ten­ (L.G., n. 12; Ap. Ac. n. 3).
gamos con qué servir. Y él nos ha enviado su Espíritu La acción gratuita y libre de Dios es, evidentemente,
“para que esté siempre con nosotros” como Paráclito, Con­ el primero y más importante factor en toda acción caris­
sejero, Guía, Apoyo, Animador (cf Jn 14, 16-26). mática. La iniciativa divina y una acción cuya naturaleza
Gracias a la presencia del Espíritu, se harán “signos y eficacia sobrepasan lo que se espera ordinariamente del
y prodigios”, confirmando la predicación de los apóstoles instrumento humano, son características de lo carismático.
(cf Hech 4, 29-31). Estos milagros no deberán ser con­ Otros factores que favorecen la acción de Dios sirven
fundidos con otros prodigios de origen demoníaco o para­ también como criterios de discernimiento. Tales son: un
sicológico. Las obras de Dios siempre serán efectuadas amor muy auténtico al hermano necesitado, una confianza
“mediante el nombre de Jesús” y confirmarán la fe de los grande en Dios, una valentía y fidelidad para responder a
cristianos (cf Hech 3, 6; 4, 30; 16, 18; 19, 13-16). la inspiración de Dios, la humildad y el desprendimiento
La predicación de los apóstoles será “con poder de lo interior. Dios es el agente principal; nosotros somos sus
alto”. Esto se refiere a la eficacia con que el Espíritu Santo instrumentos y “siervos inútiles; lo que debíamos hacer,
toca los corazones (cf Le 24, 49; 1 Cor 1, 22-25; 2, 1-5). eso hicimos” (Le 17, 10).
Por último, resplandecerán los carismas: son “espiri­ La acción carismática debe ser de real glorificación
tuales” porque brotan en un cristiano que es guiado por de Dios, por Jesucristo nuestro Señor. Esto es importante,

116 117
ya que son muchos los prodigios en los que sólo se des­ Fig. 28
taca el hombre con sus poderes. Estos prodigios no son
del Señor; por eso, no son carismáticos. Dios que bendice
(d)
Aspectos sicológicos Gracias Ministerios Servicios ocasionales
de con gracias con carismas
1. Saberse elegido. Mirando el desarrollo sicológico del (c) Apostolado de estado ocasionales
hombre, es de gran valor saberse elegido y llamado Siete Dones y Fruto del Espíritu
Gracias
para una obra grande. Por muchos factores de educación de ' Virtudes Teologales y morales
y por las presiones de la vida moderna, son frecuentes los Santificación Gracia santificante:
sentimientos de inferioridad. ¿Qué puede hacer el indivi­ (a) Talentos naturales, heredados, adquiridos...
duo aislado en medio de este mundo? ¿Qué objetivo puede
tener una vida que no parece interesar a nadie?
Cada individuo es un elegido y está llamado para ser
instrumento y agente en el Reino de Dios. Saber esto por (b) La gracia santificante toma al hombre entero con to­
la fe es importante. Pero aún más importante, desde el dos sus talentos y todas sus limitaciones, para hacer
punto de vista sicológico, es poder comprobarlo en la prác­ de él un hijo de Dios. Es un segundo nacimiento, y
tica. es un pasar de la muerte a la vida (cf Jn 1, 12-13;
En efecto, en la acción apostólica, es frecuente la ex­ 3,3; 1 Jn 3, 1-2.14).
periencia de la acción de Dios. La inspiración divina, los Con la gracia de Dios se infunden las virtudes teolo­
resultados que superan una eficacia meramente humana, gales y se desarrollan; crecen las virtudes morales; va
“el crecimiento que da Dios” (1 Cor 3, 6-7); todas éstas profundizándose la transformación del hombre con
son experiencias alentadoras para el apóstol. los llamados “Siete Dones” y con el Fruto del Espí­
ritu, que es el amor crístico (cf Ef4-6; Is 11, 2; Gál 5,
2. Lugar de los carismas. Un cuadro nos ayudará para
22-23; 1 Cor 13).
comprender el lugar que ocupan los carismas entre
las diversas bendiciones de Dios (Fig. 28). (c) La vocación a un ministerio estable trae consigo gra­
cias de estado. Son dones carismáticos permanentes,
(a) Los talentos naturales son dones que debemos reco­ que capacitan para desempeñar una misión a la que
nocer y cultivar (cf Mt 25, 14-30). Muchas veces sir­ ha llamado el Señor. Puede ser un cargo eclesiástico,
ven de apoyo a las gracias de estado y carismas, pero un estado de vida laico como el del matrimonio, un
muchas veces, también, “para avergonzar a los sabios, ministerio muy especial de sanación, etc.
Dios ha escogido a los que el mundo tiene por ne­ (d) Además de esto, Dios puede intervenir ocasionalmen­
cios” (1 Cor 1, 27). te con una inspiración para actuar en su nortibre. To­

118 119
do cristiano ha de pedir y cultivar la docilidad al Es­ La acción parasicológica provocada es aquella en que
píritu: orar y vigilar para ser conducido por el Es­ la persona, por medio de un entrenamiento especial o por
píritu (cf Jn 3, 8). hipnosis, procura ejercer estos “poderes”. Como lo indica
la Fig. 29 b, la voluntad suscita la sensibilidad parasico­
3. Carismas y parasicología. Es importante comprender lógica, pero su dominio es siempre indirecto e imperfec­
la diferencia entre una acción parasicológica y una ac­ to, porque lo parasicológico es siempre de un nivel infra-
ción carismática.
rracional, no directamente controlable por la voluntad ra­
Vimos en el capítulo II, Estructura del Hombre, que cional.
todos tenemos alguna sensibilidad parasicológica. En al­ Los peligros de estas actividades indican, claramente,
gunos, esta sensibilidad es notable y puede ser provocada que no pertenecen a un plano normal de conducta, ni está
voluntariamente, hasta cierto punto, usando diversas téc­ en la voluntad del Creador que el hombre actúe delibera­
nicas.
damente en ese nivel. Más aún, en la Biblia hay expresa
En la mayoría de los hombres, lo parasicológico es prohibición de la magia, de la adivinación y del espiritis­
espontáneo, y forma parte de la comunicación interper­ mo, que son prácticas relacionadas con lo parasicológico
sonal. Lo más común es la telepatía, que es una captación (por ejemplo Lev 19, 26.31; Deut 18, 10-11).
del pensamiento ajeno. Sucede sin intervención de la vo­ Muy distinta es la acción carismática (cf Fig. 29 c).
luntad (cf Fig. 29 a). Pero en algunas personas se presen­ Nunca es provocada directamente por un esfuerzo hu­
tan fenómenos más notables. Deben evitarse, en lo posi­ mano, ya que Dios es el autor principal, y de él es la ini­
ble, porque originan trastornos graves. Otro peligro es el ciativa. El hombre coopera, generalmente, con una ora­
de llevar al fenómeno provocado.
ción en que se coloca el problema en manos de Dios y se
pide que él provea a su manera y en su tiempo, según su
sabiduría y su amor.
Fig. 29 La naturaleza de la intervención divina puede ser tal
que se hable de milagro. Muchas veces entra en el área
de la acción parasicológica, pero esto no impide que sea
una verdadera acción carismática. En efecto, la iniciativa
ha sido de Dios; a él se le ha entregado el problema, y
no se ha hecho nada para provocar una acción paranor­
mal. Por ello, con razón se atribuye toda la acción a Dios,
aunque él haya activado, quizá, canales parasicológicos
que él mismo ha puesto en el hombre.
Fenómeno paraste. Acción parasic.
espontáneo provocada

120 121
En la acción carismática, todo el hombre con todas Epílogo
sus sensibilidades es elevado a la altura del espíritu, ya
que todo el hombre es instrumento de una acción divina.
y

REFLEXION Al llegar al final de este libro, yo propondría al lector


que lo lea de nuevo, más lentamente, meditando los textos
5. ¿A qué ministerios me siento llamado? de la Sagrada Escritura, pidiendo al Señor que la visión de
2. ¿De qué maneras me ha preparado e! Señor para estos mi­ sus misterios se haga parte de su vida; que pueda vivir
nisterios? esos misterios cada vez más profundamente.
3. ¿Cómo puedo hacerme más disponible para la voluntad de Aun el cristiano instruido tiene una visión muy pobre
Dios? de la acción transformadora de Dios. Está muy lejos de
pensar que Dios quiere transformarlo a él. Podríamos re­
presentar su conocimiento de la gracia como un abanico
reducido a tres niveles:
a) la gracia santificante que nos hace hijos de Dios;
b) las gracias ordinarias que nos ayudan a proceder como
cristianos;
c) las gracias extraordinarias (¡que no debemos pedir
porque están reservadas para los santos!).
En este libro, hemos visto que Dios desea para no­
sotros una obra más vasta y profunda, un abanico más
amplio (cf Fig. 30):
a) la justificación es realmente uri nuevo nacimiento, al
ser incorporados en Cristo. En él participamos de su
muerte y resurrección, y recibimos una nueva ma­
nera de vivir, porque de él recibimos, momento a
momento, su Espíritu y “andamos” en este Espíritu
como “hijos de la luz” (cfEf5, 8);
b) las virtudes son, ante todo, una elevación y fortale­
cimiento de las capacidades intelectuales, volitivas y

122 123
Fig. 30 ran el provecho del prójimo, pero son fuente de gozo
y de humildad para el mismo carismático;
e) toda la acción transformadora del Espíritu está ende­
rezada al crecimiento hacia “la madurez y el desarro­
llo que corresponden a la estatura de Cristo en su ple­
nitud”, esa estatura a que está llamado cada cristiano
en particular (cf Ef 4, 13);
f) y, por último: “ninguno de nosotros vive para sí, y
ninguno muere para sí; pues si vivimos, vivimos para
el Señor; y si morimos, morimos para el Señor” (Rom
14, 7-8). Cada cristiano está llamado a vivir para el
Cuerpo de Cristo que es su Iglesia, el Pueblo de Dios,
más aún, para la creación entera, que gime, esperan­
do su liberación (cf Rom 8, 18-23).
Ahora bien, no creamos que la transformación que
opera en nosotros el Espíritu se efectúa de piso en piso
como quien va construyendo un edificio.
El proceso se parece, más bien, al crecimiento de una
emocionales de nuestra naturaleza; con la gracia de flor, en que las capas exteriores van llegando a su madu­
Dios, estos actos son ya de orden sobrenatural; ración conteniendo ya en desarrollo otras capas interiores
c) los dones y el fruto del Espíritu afectan capas más (cf Fig. 31).
profundas de nuestros ser: transforman y encauzan Lagran diferen­
las tendencias más fundamentales para que nos acer­ cia entre el creci­
quemos al cumplimiento del doble precepto: “Amarás miento espiritual del
al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu hombre y el creci­
alma y con toda tu mente y con todas tus fuerzas... miento de un vege­
Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (cf Mt 22, tal es ésta: el vegetal
34-39; Me 12,30-31); está programado y
crecerá etapa por
d) los carismas no son el privilegio exclusivo de algunos
etapa como está de­
santos, sino la acción frecuente de Dios a través de
nosotros, cuando nos ponemos desinteresadamente terminado por su
naturaleza. No re­
al servicio de nuestros hermanos. Los carismas mi-
trocede.
124 125
El hombre no está programado. Debe responder li­ INDICE
bremente, momento a momento; y, dada nuestra debilidad,
habrá tropiezos, estancamientos, retrocesos... Pero Dios,
que nos llama, es fiel; sabemos en quién hemos confiado
(cfl Tes 5, 24; 2 Tim 1, 12).
Introducción.............................................................................. 5

I PARTE: En el plan de Dios


Capitulo i : ¿Una Antropología revelada?..................... 9
capítulo n : La estructura del hombre............................ 17
capitulo ni : Obstáculos en nosotros al plan de Dios... 25
capitulo iv : Cuatro líneas de referencia.......................... 33

II PARTE: Línea de conversión y sanación y


capítulo v : Pecado y conversión..................................... 37
capítulo vi : Cautiverios y liberación................................. 46
capítulo vn : Enfermedades y sanación............................ 53

ni PARTE: Oración Cristocéntrica


Capítulo vni: Cristo imagen del Padre............................... 63
capítulo ix : Cristo comunicado! del Espíritu................ 70
capítulo x : La Iglesia y María.......................................... 78

iv PARTE: Línea sacramental


capitulo xi : Los siete sacramentos................................... 85
capítulo xii : El hábito contemplativo.............................. 95

v parte: Linea de acción


capítulo xni: Solidaridad...................................................... 107
capítulo xiv: La acción apostólica y carismática............. 114

Epílogo........................................................................................ 123

126

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