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Las Deudas Se Pagan - Sophie Saint Rose

Las deudas se pagan

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Las deudas se pagan

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Las deudas se pagan

Sophie Saint Rose


Índice
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Epílogo
Capítulo 1

Bradlya se agarró a la barra del metro, mientras todos estiraban el


cuello para mirarla. Ya estaba acostumbrada, no le importó. Una niña de
unos doce años que estaba sentada ante ella, levantó la vista con la boca
abierta mirando su enorme tocado con frutas de todos los colores. —¿Vas a
un carnaval?
Le guiñó uno de sus ojos verdes. —La vida es un carnaval, cielo. —
Fue hasta la puerta sobre sus sandalias de plataforma naranjas y hubo pocos
hombres que no le miraran el culo cubierto por una fina tela verde chillón.
Se ajustó el sujetador naranja lleno de frutitas cosidas y miró sus pechos,
mejor no montar el espectáculo, no quería que la detuvieran de nuevo. Salió
del vagón y la gente se apartó como si fuera Moisés. Entre las plataformas y
el tocado medía más de dos metros diez y se la veía bastante. Subió los
escalones ignorando a todo el mundo y cuando salió se miró en el
escaparate más cercano para comprobar su maquillaje. Hizo un repaso a sus
dientes, normalmente impecablemente blancos y se pasó el dedo por el
paleto porque se había manchado de carmín rojo. Se enderezó y un tío que
salía de la cafetería con el café en la mano la miró con la boca abierta. Ella
sonrió y le guiñó un ojo. Caminó por esa acera buscando el número
veinticinco y a punto estuvo de pasarse de largo. —Oh, es aquí… —La
puerta de cristal se abrió automáticamente y decidida fue hasta el
mostrador. La chica que estaba detrás con el teléfono al oído la miró de
arriba abajo.
—Hola, chata.
—¿Disculpe?
—Vengo a ver al señor Francis Portman. Si me indicas donde está…
Colgó el teléfono. —¿Tiene cita?
—Claro. —Metió la mano en el escote y sacó una tarjeta. —Soy de
la empresa Págame por la cuenta que te trae.
—¿Perdón? —Cogió la tarjeta como si le diera asco.
Apoyó los codos sobre el mostrador. —Vengo a cobrar, ¿lo pillas?
El tipo debe una cantidad de pasta que no te voy a contar y tiene que pagar.
—Oh… —Levantó un dedo. —¿Me disculpa un momento?
—Claro, cielo. Pero si te dice que me despaches, puedes contestarle
que me pegaré a él como una lapa hasta que suelte la mosca. De hecho, me
quedaré en la puerta hasta que salga. —Sonrió de oreja a oreja. —Le
encantaré a sus amiguitos, suelo causar muy buena impresión, ¿sabes?
La chica asintió antes de pulsar un botón. —Pásame con el jefe, ya.
Bradlya caminó por el suelo de mármol del hall hasta quedarse en el
centro y empezó a dar pasitos adelante y atrás moviendo las caderas
exageradamente como si estuviera bailando en el carnaval de Río de
Janeiro. La chica dejó caer la mandíbula del asombro. —Estoy ensayando.
¿Qué opinas? ¿Cómo lo hago?
Unos ejecutivos entraron en el edificio y se detuvieron en seco al
verla. —¡Uníos a la fiesta!
Uno sonrió y dio un paso adelante, pero otro lo cogió por el brazo
deteniéndole en seco. —¿Qué coño es esto, Cindy?
La chica se levantó. —Quiere ver a su primo, señor.
—¡Me debe pasta! Bueno, a mí no, a mi cliente. —Se acercó
moviendo las caderas de un lado a otro y sacó una tarjeta del escote. —Aquí
tienes, majo. Si tienes algún moroso, llámame que soy tu chica. Cobro un
cuarenta por ciento.
—Una tarifa un poco exagerada, ¿no? —dijo entre dientes.
—Un chollo. Total, no iban a cobrar si el asunto no se llevaba a
juicio y las tarifas de los abogados son altísimas. A mi cliente le salgo
barata.
—¿Y tú crees que vas a cobrar?
Sonrió pasando el dedo por su impecable corbata verde. —Yo cobro
siempre, majo.
En ese momento se abrieron las puertas del ascensor y Bradlya se
dio la vuelta. —¡Ah, aquí está mi moroso!
El hombre se puso como un tomate acercándose a toda prisa. —
¿Pero qué se cree que está haciendo?
Puso una mano en su cintura. —Reclamar mi pasta. Doce mil
seiscientos setenta y cuatro con veintitrés centavos.
—Francis, ¿a quién le debes tanto dinero?
El hombre no sabía dónde meterse de la vergüenza y ella chasqueó
abriendo la boca.
—¡Le pagaré! Suba a mi despacho y…
Negó con la cabeza. —No, majo. Ya me partieron la cara una vez y
no voy a caer en la trampa. ¿Quieres pagarme? Será aquí. —Alargó la
mano. —Y en efectivo.
—Tengo que ir al banco.
—¡La fiesta se alarga! —Levantó los brazos chillando como si
estuviera encantada antes de empezar a bailar moviendo las caderas. —Ta,
ta, ta, ta… ¡Ta! Ta, ta, ta, ta… ¡Ta!
—¡Sácala de aquí! —exigió su primo.
—¿Y que la vean en la calle?
—¡Vete a por ese dinero de una maldita vez!
—Primo, ¿me prestas…?
Le miró como si fuera idiota. —Ya hablaremos tú y yo —dijo entre
dientes—. ¡Señorita!
Bradlya se acercó. —¿Sí, chato?
—Tendrá que darme unos minutos para que vaya al banco.
—Aquí te espero… —dijo divertida antes de acercarse a un sofá de
piel blanca y sentarse mostrando casi toda su pierna por la abertura que
tenía la falda—. Cindy, maja, ¿me traes una cola? Que sea light, hay que
cuidar la figura.
El primito salió de allí a toda pastilla.
—Se nota que la cuidas mucho —dijo el otro casi babeando—. ¿A
qué gimnasio vas?
—Soy así por naturaleza, majete. —Alargó la pierna y la acarició
lentamente hasta el muslo. —Producto portugués. ¿Qué te parece?
—Que me daré una vuelta por Europa.
Soltó una risita y Cindy le puso delante la lata de cola con vaso y
todo. El hombre miró al jefe que ni sabía cómo comportarse. —Me llamo
Lewis.
—Encantada Lewis.
—Me preguntaba…
—Venga suéltalo, ¿quién te debe pasta?
—Un vecino. Me debe veinte mil de una partida de póker, pero al
parecer se ha olvidado. Me da vergüenza pedírselo…
—Lo siento, solo reclamo deudas que se puedan justificar con
facturas, ¿entiendes? Sino podría acusarme de que le estoy extorsionando.
La facturita justifica mi trabajo.
—Vaya —dijo decepcionado.
—Pero si quieres tu pasta, puedo ayudarte presentándote a alguien
que no tiene tantos escrúpulos como yo. Pero cobra, vaya si cobra.
Sus ojos brillaron. —¿De veras?
—Por mil pavos, en efectivo. Esa es mi comisión. —Le dio una
tarjeta. —Llámame y lo hablamos en privado.
—Sí, sí, por supuesto.
Sonrió. Otro que había caído. Ese mes liquidaba todo lo que debía.
Por fin, no podía estar más contenta.
De repente se abrió la puerta y el primito entró en el hall sudando y
todo. Casi se parte de la risa porque debía haber corrido lo suyo para tardar
tan poco.
—Aquí tiene, pero váyase, que están a punto de llegar unos clientes
muy importantes.
—No me ha dado tiempo a tomarme la cola. —Cogió el bote. —Me
lo llevo. —Se levantó y fue hasta él para coger el sobre, pero lo apartó en el
último momento.
—El recibo.
Metió la mano en el pecho asombrando a la chica que no dejaba de
mirarle el escote. Sacó el papelito y él se lo arrebató antes de darle el sobre.
Bradlya sonrió. —Es un placer hacer negocios con ustedes, caballeros. Que
pasen un buen día.
—¿No lo cuenta? —preguntó Lewis haciendo que los demás le
miraran como si fuera idiota.
Ella rio. —Estará todo, porque sino volveré y no querrán verme más
por aquí, ¿no?
Todos excepto Lewis negaron con la cabeza. —Lo suponía. —
Caminó hacia la puerta y antes de salir les lanzó un besito con la mano.
Salió a la calle y fue hasta el metro porque en un taxi no cabía con el
tocado, y no pensaba quitárselo ya que usaba el disfraz y el maquillaje para
que esos pringados no la reconocieran por la calle si se la encontraban un
día cualquiera. Con las veces que la habían reconocido, ya había tenido
bastante.
Metió la mano en la cinturilla de la falda y sacó su pequeño móvil.
Pulsó el uno y se lo puso al oído. —Prepara el disfraz de conejita. Empieza
a hacer frío y con esto me estoy helando. Se me marcan los pezones.
Su hermana soltó una risita. —Así te pagarán antes.
—Muy graciosa. Por cierto, me has cosido mal el sujetador y me
bailan los aros.
—No seas quejica, estás muy guapa. Ya verás lo que estoy
preparando para Halloween.
—Miedo me das. Estaré ahí en media hora.
—Te quiero.
Sonrió. —Y yo a ti.

Su hermana dio un paso atrás con el pincel en la mano y asintió. —


Sí, el bigote ha quedado perfecto, conejita.
Suspiró levantándose y se volvió hacia el espejo. Sus ojos parecían
enormes y los paletos que le había pintado en la barbilla la hicieron reír. —
¡Está genial!
—Gracias.
Se ajustó la capucha con las dos enormes orejas de conejo y se miró
la malla blanca que tenía un enorme pompón de algodón en el trasero. —
Bien, ¿cuál es el siguiente?
Su hermana le puso en la mano una hoja.
—Reginald Hardgrave. —Apartó la hoja y abrió los ojos como
platos. —¿Seis millones de dólares? ¿Pone seis millones de dólares?
Tris sonrió. —Sí.
Chilló de la alegría abrazándola. Era como si les tocara la lotería. —
¡Seremos ricas!
—Su hermana le reclama esa cantidad por una herencia que no se ha
pagado. Al parecer está forrado, pero no quiere soltar la guita.
Su gozo en un pozo. —No hay factura.
—Pero la deuda está justificada, he visto el testamento de su padre.
—Eso no significa que no le haya pagado. ¿Y si quiere tocarle las
narices a su hermano o hacerle una bromita? ¿Después de cuatro años en
esto no has aprendido ya que algo así puede suceder con los cabritos que
hay en el mundo?
—He visto la carta de su abogado diciendo que no le pagará y está
fechada de hace una semana. Y dice que se verán en el juicio.
Entrecerró los ojos. —¿No va a respetar el testamento y ella le va a
llevar a juicio?
—Exactamente, lleva un año reclamándole el dinero y su hermano
está haciendo lo imposible por alargar la llegada del juicio con un montón
de estratagemas legales que solo dilatan el proceso porque al final tendrá
que pagar. Katherine Hardgrave tiene algo de prisa, la falta de su padre la
ha dejado en mala situación y ha decidido recurrir a nosotras por consejo de
su abogado. Necesita la pasta cuanto antes.
Apretó los labios cabreándose. ¿Quién se creía que era ese tipo para
hacerle eso a su hermana? —¿Te ha entregado los datos?
—Todo lo que ha recabado su detective.
—¿Detective?
—Su abogado es de los caros, así que tiene detective en nómina.
Cuando te he dicho que está en mala situación no pienses que está en la
indigencia, hermana. Hablamos de gente de las altas esferas. Es una niña
pija. Su padre la mantuvo muy bien en vida y ahora no sabe desenvolverse
de otra manera.
—Menudo drama, ¿no tiene para la gasolina de su Mercedes? —dijo
con ironía.
—Algo así.
—Entonces si tenemos el informe del detective, sabemos todo de
ese tipo, ¿no?
Su hermana asintió. —Ahora mismo estará en su oficina porque por
lo que he leído es un obseso de su trabajo. —Le tendió un papelito. —Su
dirección. Será duro de pelar, no te confíes.
—Tranquila —dijo maliciosa—. Tengo la sensación de que me lo
voy a pasar estupendamente. Vamos a hacerle una visita.

Se bajó del taxi y miró el edificio. Acero y cristal. Mucha pasta,


mucha, mucha pasta. Hardgrave Enterprises. Según le había dicho su
hermana mientras esperaban el taxi, el tipo había heredado la empresa y
todo lo demás de su padre, aunque era un cerebrito por méritos propios.
Pero no aceptaba que su progenitor hubiera tenido una hija con otra mujer
que no fuera su madre y mucho menos que la hubiera reconocido sin decirle
nada, así que le estaba poniendo trabas a su clienta desde que se habían
conocido. Vamos, que no la tragaba.
—Bueno, es un trabajo como otro cualquiera. —Miró hacia la
puerta y sonrió al portero. Se acercó con una gran sonrisa en el rostro. —
Buenas tardes.
—Buenas tardes, señorita.
Ella vio en la plaquita de su chaqueta que se llamaba Peter. —No sé
si estoy en el sitio correcto, ¿esto es Hardgrave Enterprises?
—Así es, señorita.
—Vengo a dar un mensaje cantado. —Soltó una risita como si fuera
tonta.
El portero le abrió la puerta.
—Gracias, es muy amable.
Pasó ante él disimulando que no se había dado cuenta de cómo le
miraba el culo y llegó hasta la recepción, donde dos muchachas con traje
azul no disimularon su sorpresa. —Buenas tardes, ¿el señor Hardgrave?
Vengo a darle un mensaje cantado.
Las chicas se miraron sin saber qué hacer. —¿Un mensaje? —
preguntó la que tenía más cerca. —Ahora está reunido y…
—Oh, ya lo sé. Me han ordenado venir a esta misma hora. Ya
sabes…
—¿Lo sé? —preguntó confundida.
—Para celebrar el negocio. Shusss, es una sorpresa…
—Ah… —Se levantó y señaló el ascensor. —Última planta. Tiene
que ir a la derecha al final del pasillo.
—Gracias, maja.
La chica sonrió. —De nada.
Le caía bien. Normalmente las de recepción eran un poco bordes o
estiradas.
Entró en el ascensor y pulsó el último piso. —Bueno, vamos allá. —
Miró las luces y cuando se abrieron las puertas se cruzó con un hombre que
al mirarle el culo se chocó con la pared. Caminó por donde le había dicho la
chica sin darse cuenta de que el tipo del ascensor estiraba el cuello para
mirarla. Llegó a unas puertas de cristal que tenían un letrerito pegado en
dorado que decía presidencia. Empujó las puertas y llegó hasta un enorme
hall que tenía a dos secretarias tras sus mesas hablando por teléfono. Una
levantó la vista y dejó caer el teléfono de la impresión.
—Buenas tardes.
Se levantó en el acto. —¿A dónde se cree que va?
—Shusss… —Miró a un lado y al otro antes de olfatear dejándolas
pasmadas. —Huelo a zanahorias. —Pegó saltitos yendo hacia la puerta
donde había oído hablar a alguien y abrió mientras las secretarias gritaban
que no podía pasar. En la sala y sentados a una enorme mesa había al menos
veinte personas, pero ella solo miró hacia la cabecera y el impacto al ver sus
ojos azules fue tal, que hasta se le olvidó lo que tenía que decir. Dios, era
guapísimo.
—Tiene que salir —dijo la secretaria que hasta la cogió del brazo
para tirar de ella—. Disculpe, señor Hardgrave, se ha equivocado.
Él se levantó mostrando su camisa azul arremangada hasta los
codos. Ay, la leche, es que hasta le había subido la tensión.
—Ahora salimos… —Tiró de su brazo, pero no podía con ella. Tiró
de nuevo. —¿Me acompaña…?
Gruñó por dentro volviendo a la realidad. Bueno, era un moroso y a
los morosos había que ponerles las pilas. Bradlya sonrió. —Hola, chato…
—¿Perdón? —Parecía que no salía de su asombro.
—Vengo a darte un recadito. Si quieres te lo canto —dijo de manera
sensual.
Parpadeó antes de mirar a los que tenía en la mesa. —¿Qué es esto?
¿Una broma?
Bradlya se echó a reír antes de mirar a la secretaria como si quisiera
pegar cuatro gritos —O me sueltas o te demando por agresión.
La mujer soltó su brazo en el acto.
—¡Meredith llama a seguridad! ¡Esta es una reunión muy
importante!
No hizo falta que lo dijera dos veces, la mujer salió corriendo.
Sonrió mirando a aquella maravilla de la naturaleza y puso un brazo en
jarras. —Cuando quieras empiezo a cantar, guapetón.
—¡Aquí no va a cantar nada!
—Oh, no seas tan formal conmigo, hay confianza.
Los hombres se miraron los unos a los otros.
—¡Meredith!
—¡Estoy al teléfono, jefe!
—¡Que se den prisa!
—No grites, te estás estresando, a ver si te va a dar un chungo y
tenemos un disgusto.
—¿Un chungo?
Soltó una risita y del guante se sacó una tarjeta. La lanzó por la
pulida superficie y esta se deslizó hasta él que le dio un manotazo para
detenerla. Miró la tarjeta y levantó una ceja sin mostrar absolutamente nada
de lo que pensaba. —Señores, ¿serían tan amables de dejarnos solos un
momento?
—Sí, es hora de un descanso —dijo un hombre que estaba sentado a
su derecha y que tampoco estaba nada mal. Si no se ganara tan bien la vida,
hasta se plantearía pedir trabajo allí—. En la sala de reuniones del otro lado
del pasillo nos servirán un refrigerio. Si me acompañan… —siguió diciendo
el tipo
Ella no dejó de mirar a Reginald y cuando salieron cerrando la
puerta sonrió. —He sido muy buena, no te he dejado en evidencia ante
todos esos hombres.
—Muchas gracias —dijo con ironía antes de reclinarse en su
asiento.
—De nada, cielito. —Caminó hasta él lentamente y cuando llegó a
su lado movió el sillón que había dejado el otro macizo para sentarse
cruzando las piernas. —Supongo que ya sabes de qué va esto.
—Explícamelo.
—Tú pagas y yo me largo.
—¿Y si no?
Sonrió ilusionada. —Me vas a ver un montón.
—Sabes que hay leyes que me protegen de personas como tú, ¿no?
—No hay delito en pedir que se pague una deuda. Si coincidimos en
nuestros caminos… —Se encogió de hombros. —Es pura coincidencia.
—No tengo deudas —dijo entre dientes.
—Tengo entendido que eso no es cierto. Mira, págame y asunto
arreglado.
—¡No pienso pagarte una mierda!
—Uy, noto mucha rabia en tu interior. —Se levantó y caminó tras su
sillón. —Y debes relajarte, seguro que tu trabajo ya es de por sí muy
estresante. —Masajeó sus hombros.
—No me toques —dijo entre dientes.
Sonrió porque había protestado, pero no se había movido en ningún
momento. —Muy bien, lleva tu estrés como quieras, pero págame.
—Largo de mi empresa —dijo con rabia.
—¿Estás enfadado conmigo? —Puso morritos. —Solo hago mi
trabajo. Y te aseguro que puedo ser mucho más mala.
—Joder. —Se levantó de golpe. —¡Fuera de aquí! ¡Meredith!
—Paga tu deuda, Regi. No quiero que te enfades conmigo. —Se
acercó a él lo suficiente como para oler su after shave y olía para morirse de
gusto. —Y si tengo que continuar con esto, te vas a enfadar y no me pedirás
una cita.
—¿Pero estás loca? —gritó a los cuatro vientos.
La puerta se abrió de golpe y dos de seguridad entraron en la
oficina. —¡Sacadla de mi empresa y que no vuelva a entrar!
La cogieron por los brazos. —¿Seguro que lo quieres así? Mira que
te vas a arrepentir…
—¡Fuera!
Ella miró a uno de los guardias y le dijo —Se ha enfadado. ¿Usted
no se alegraría si me viera?
—Oh, sí.
Sonrió. —Gracias, majo.
Él la siguió hasta la puerta. —¡Como vuelva a entrar en mi empresa,
os despediré a todos!
Bradlya hizo una mueca. —No, no se lo ha tomado bien. ¡Ciao,
amorcito! ¡Te veo luego! —Le miró maliciosa. —No podrás despistarme,
así que no lo intentes.
—¿Pero qué dice esta mujer? ¿Es que está loca? ¡Sáquenla de una
vez!
Ella soltó una risita. —Tiene mal carácter, pero me gusta así.
Capítulo 2

Entró en el restaurante vestida de Cleopatra con una gran capa


dorada que cubría apenas su cuerpo, vestido por un sujetador con cuentas
lapislázuli y una corta falda que cubría su trasero. De la parte delantera caía
un pedazo de tela que no cubría sus piernas desnudas en absoluto.
Se acercó al maître. —Tenía una mesa reservada a nombre de Cleo.
—Oh, sí… —Azorado miró hacia atrás. —¿Su acompañante no ha
venido?
—Estará al caer.
—Venga por aquí —dijo cogiendo una carta. Caminó a su lado y el
hombre la miró de reojo—. ¿Después va a una fiesta de disfraces?
—Y hay un concurso. ¿Le parece que ganaré?
—Absolutamente, está tan hermosa que quita el aliento.
Los comensales se giraron a mirarla y se hizo el silencio. A un
camarero hasta se le cayó una cubitera. Caminó entre las mesas y vio a Regi
que en ese momento se volvió para mirar sobre su hombro. Él entrecerró los
ojos.
—Disculpe… —le dijo al maître—. ¿Puedo sentarme al lado de
aquel hombre de ojos azules? ¿Le ve? Es Regi —dijo loca de contenta—.
Es amigo de mi pareja, les gustará estar juntos.
—¿Del señor Hardgrave? Sí, por supuesto.
—Genial. —Cogió la capa y giró dándole con la tela en la cara a una
pija. Siguió al maître que apartó una silla para que se sentara. —Gracias,
majo.
Se sentó y sonrió a los comensales de la mesa de al lado. Un
camarero se acercó. —Leche de burra y veneno de serpiente.
—¿Disculpe?
Rio. —Es broma, vino blanco y el filete más grande que tenga. Con
patatas, por favor.
—¿No espera a su acompañante?
—Oh, ya comerá cuando llegue.
El hombre se alejó dejando a su presa a la vista. —Qué
coincidencia.
—Como te atrevas a…
—Ya, ya, me lo han dicho millones de veces. —Miró a su cita. Una
rubia monísima con los labios en rojo intenso. —Hola, ¿tienes millones?
—¿Perdón?
—Que si estás forrada, porque este no suelta su dinero ni a tiros, así
que no vas a conseguir ni un pavo por el divorcio. Si es que llega a casarse
contigo, claro, yo creo que te quiere como un polvo.
—¿Disculpe?
—Sheila no le hables.
—¿Pero tú has oído lo que me ha dicho?
—Claro que me ha oído, no está sordo, ¿verdad amorcito?
—¿Estás liado con esta y ha venido a montarnos el numerito?
—No, no estamos liados, pero tengo el pálpito de que haremos la
pareja perfecta. —Le guiñó un ojo moviendo su larga pestaña postiza.
—¿Pero cómo se atreve? —exclamó Sheila indignada—. ¿Es que no
piensas decirle nada?
—Habla más bajo —dijo entre dientes antes de fulminar a Bradlya
con la mirada—. Vete de aquí, joder.
—Tengo hambre, voy a cenar. Cansa mucho ir de un lado a otro de
la ciudad para reclamar deudas, ¿sabes? —El camarero le mostró la botella
de vino español y ella le hizo un gesto para que le sirviera. —¿Qué has
pedido tú? —Estiró el cuello para ver un solomillo con salsa. —Tiene
buena pinta.
—¿Reclamar deudas? —preguntó Sheila confundida.
—¿No te lo ha dicho? Aquí tu amiguito debe mucha pasta. —Hizo
una mueca. —Bueno, mucha pasta para la mayoría de la gente porque es
evidente que a él le sale por las orejas y que esa cantidad no le supondría
nada, pero es cabezota. —Cogió la copa de vino blanco y le dio un sorbito.
—¿Por qué no pagas y te olvidas de todo?
—¿Debes dinero? —preguntó la rubia sin salir de su asombro.
—Yo no debo una mierda y como sigas insistiendo en esto, llamaré
a mis abogados.
—Ay, que tiene abogados —dijo con burla—. Fíjate, yo también y
muy buenos. —Se levantó haciendo chirriar la silla por lo que todos la
miraron y elevó la copa. —¡Alea jacta est!
Los clientes divertidos levantaron sus copas y repitieron la frase
como loritos.
—Eso lo dijo Julio César —dijo Reginald furioso.
—Se lo enseñé yo cuando me lo tiraba, ¿no lo sabías? —Se sentó de
nuevo. —Como me he levantado para recordar a mi amante, también puedo
levantarme para contar la historia de tu hermana y dejarte a la altura del
betún porque no pagas.
—Ya lo sabe todo el mundo, sale en la prensa, estúpida. —Con rabia
dejó la servilleta sobre la mesa. —Nos vamos.
¿La había llamado estúpida? Bueno, le habían llamado cosas mucho
peores, no se lo tomaría en cuenta. El maître se acercó a toda prisa al ver
que se levantaban. —¿Ocurre algo?
—Cárguelo en la cuenta, nos vamos.
—Oh, siento muchísimo que tengan que irse. ¿No será porque algo
les ha incomodado?
—¡Pues sí!
Ella entrecerró los ojos. Era evidente que estaba acostumbrado a
mandar, pero no debía tratar así a las personas, sobre todo a gente como ese
pobre hombre que solo estaba trabajando.
Se levantó mosqueada y puso la mano en la cintura observando
cómo se alejaba. —¿No me vas a dejar cenar? —gritó haciendo que se
detuviera en seco—. Qué poco considerado, cielito.
Él siguió andando.
—¡Paga tu deuda y dejaré de seguirte!
Se volvió con furia para mirarla a los ojos. —¡Yo no debo nada a
nadie!
—Tu hermana no dice lo mismo y el testamento de tu padre
tampoco. Pienso seguirte hasta que le pagues.
—¡Que me lleve a los tribunales! ¡Ellos decidirán!
—Tu padre ya decidió.
Vio en sus ojos la impotencia que sentía por tener que sufrir esa
situación, pero también vio que no pensaba ceder. —Paga y acaba con esto.
—¡Y una mierda!
Negó con la cabeza. —Como quieras. —Caminó hasta él para
seguirle y dijo tranquilamente —Apúntaselo en su cuenta, jefe. —El maître
asintió sin salir de su asombro y de repente ella cogió su capa y la levantó
como si fuera Drácula gritando —¡Paaagaaameeee!
La rubia jadeó indignada.
—Paaagaaameee…
—¡Esto es ridículo! —La rubia se largó casi corriendo sin esperarle.
—¿Crees que vas a poder conmigo?
—No, cielito, veo que no. Pero seguro que en tu empresa tienes
socios que pasarán de que te siga a todas partes.
Él gruñó volviéndose y salió del restaurante. Bradlya le siguió.
Leche, había empezado a llover. Estaba en la acera seguramente esperando
a que llegara el aparcacoches y se puso a su lado. La miró de reojo. —No se
puede tener un trabajo más ridículo.
—Oh, te aseguro que los hay y no cobran mis comisiones.
El Lamborghini se detuvo ante él. —Que pases buena noche —dijo
con ironía antes de ir hasta el aparcacoches y darle un billete. Ella sonrió
viendo como salía de allí quemando yanta.
El chico se puso a su lado. —¿Le pido un taxi, señorita?
—¿Te ha dado buena propina?
—No debería…
Le mostró un billete de cien. El chico sacó el billete de Reginald y
vio uno de cincuenta. —Generoso.
—Usted lo es mucho más.
—Gracias, majo. Y sí, un taxi me vendría genial.

Sentado en su despacho colgó el teléfono de mala manera mientras


no dejaban de retumbarle los oídos con la canción de la Macarena. —
¡Meredith!
Su secretaria entró apurada en el despacho. —¿Sí, señor?
—¿Qué es esa música? ¡Me pone de los nervios! ¿Acaso hoy hay
alguna fiesta en la calle y yo no me he enterado? ¡Queda mucho para el
desfile de Halloween!
Angustiada dijo —Es ella.
—¿Ella?
—Esa mujer, la conejita.
Pasmado parpadeó. —¿Cómo has dicho?
—Está en la calle, bailando.
Se levantó a toda prisa y la vio al otro lado de la calle con un cartel
montando una buena fiesta sobre un pequeño escenario.
—Hoy va vestida de chica de coro de las Vegas —dijo Meredith
impresionada—. La verdad es que tiene unos vestuarios… Y baila muy
bien. ¿Cree que antes de este peculiar trabajo fue bailarina?
Su jefe se volvió fulminándola con la mirada. —¡Ahí abajo hay al
menos cien personas!
—¿De veras? —Se acercó a toda prisa para mirar. —Al parecer ha
perdido audiencia, antes había como doscientas. Claro, tienen que trabajar.
Mire, mire como mueve las plumas. Pero no se preocupe, jefe, todo el
mundo está tan atento a ella que ni ven el cartel.
—¿Qué cartel? —preguntó rojo de furia.
—El que tiene ahí. —Señaló hacia la calle. —¿No lo ve? En el
escenario.
Él entrecerró los ojos intentando ver lo que ponía. —Págame, chato.
Roy entró en el despacho. —¡Esto es inconcebible!
—¿No me digas?
—¡Reginald tienes que acabar con esto! ¡Los Madison están a punto
de llegar!
—Llama a Malcom.
—Tu abogado no puede hacer nada, ya le he llamado. Está en la
calle y al parecer tiene permiso para hacer eso. Lo ha solicitado en el
ayuntamiento —dijo muy tenso poniéndose a su lado—. Leche, ¿se le ve el
culo?
—Es un tanga —dijo su secretaria—. Más bien es una malla tanga.
Leche, qué trasero, esa hace spinning fijo. —Los dos miraron hacia ella que
se sonrojó. —¿Qué? A los cuarenta empiezas a fijarte en esas cosas. —
Suspiró. —Qué recuerdos, los veinte años… Todo estaba en su sitio, pero
tres niños después…
—¡Meredith!
Su secretaria se sobresaltó. —¿Sí, jefe?
Él respiró hondo como si intentara controlarse. —Dile que suba.
—Oh… —Sonrió loca de contenta antes de correr fuera del
despacho.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó Roy.
—Extender un cheque.
—¿Vas a pagar a Katherine?
—Claro que no. —Regresó a su mesa y furioso se sentó. —Voy a
pagar a esa sabandija para que se largue. ¿Crees que con mil dólares se dará
por satisfecha?
—Más bien con dos millones cuatrocientos mil.
—¿Perdón?
—Cobra el cuarenta por ciento de la deuda. Lo he mirado en su
página web.
Atónito se reclinó en su asiento de piel. —Tienes que estar de
broma.
—No, claro que no. Te he enviado lo que he descubierto de ella a tu
mail con un enlace a su página web.
—¿Crees que he tenido tiempo de mirar el mail? ¡Estamos en medio
de una fusión importantísima!
Meredith entró en el despacho. —El portero va a hablar con ella.
Los tres corrieron al enorme ventanal y miraron hacia abajo. En ese
momento Peter se acercaba a ella sonriendo y esta se agachó mostrando
todo el trasero. Reginald gruñó.
—Al parecer la ha convencido —dijo Meredith emocionada—. Jefe,
¿cree que querrá algo de beber? Después de tanto baile debe estar
acalorada. —Su secretaria entrecerró los ojos. —Esta es de las que toma
refrescos light, tiene que cuidar la figura por su profesión. —Salió a toda
pastilla del despacho.
—Increíble —dijo Roy entre dientes.
—No pienso darle dos millones. —Volvió a su sitio. —Cinco mil y
ya puede darse por satisfecha.
—¿Crees que va a renunciar a todo ese dinero por cinco mil
miserables dólares? Intenta estirarte un poco más, Reginald. ¡O nos va a ir
muy mal!
—La madre que las parió.
Su secretaria entró en el despacho dejando sobre su mesa unos mini
sándwiches de atún y una cola light. —¿Cree que así está bien, jefe?
Miró a su amigo como si no pudiera con ella y Roy dijo a toda prisa
—¿Puedes dejarnos solos, Meredith?
—Oh, sí.
Cuando cerró la puerta Roy se acercó a él poniendo las manos sobre
el escritorio. —Págale a tu hermana y acaba con esto.
—Ni de broma —dijo con ganas de gritar—. A Katherine y a su
madre no pienso darles ni la hora.
—¿Te das cuenta en el compromiso que estás poniendo a la
empresa? —De repente entrecerró los ojos. —A no ser…
—¿A no ser qué?
—Venga, es obvio que le gustas a esa chantajista con plataformas.
¿Y si te la camelas? Dale largas, queda con ella lejos de aquí con la excusa
de hablar de la deuda. Que crea que vas a pasar por el aro. Mantenla lejos
hasta que llegue el juicio.
Reginald apretó los labios y en ese momento se abrió la puerta. La
verdad es que verla vestida de corista de las Vegas les dejó sin habla y las
miradas de los dos fueron a parar al sujetador hecho de cristales de colores.
—Buenos días a los dos —dijo encantada sin dejar de mirarle a los
ojos—. ¿Cómo te has levantado hoy, amorcito? Ayer no cenaste mucho. Uy,
hablando de meter algo en el estómago, esto tiene una pinta estupenda. —
Se sentó ante él cruzando sus preciosas piernas antes de coger un sándwich.
—Qué diferencia con el recibimiento de ayer —dijo maliciosa antes de
darle un buen mordisco—. Vosotros diréis —dijo antes de masticar con
ganas. Miró hacia el hombre de confianza de su chico, Roy McCarthy,
compañero suyo de universidad y número dos de su promoción. Otro
cerebrito que trabajaba con Regi desde que habían terminado los estudios.
Su mejor amigo y seguro que le había aconsejado, por eso estaba allí. Pero
para su sorpresa este no sabía qué decir y entonces miró a Reginald. Este
estaba mirando sus labios pintados de rojo y le dio un vuelco al corazón. Di
algo, di algo. —Es para hoy.
Reginald cabreado miró sus ojos. —Cien mil dólares y ya no tendrás
que trabajar más en mi caso.
Soltó una risita. —¿En serio?
—Muy en serio.
—Cielo, no eres el primero que para intentar eliminar su deuda,
recurre a intentar camelarme.
Ambos se miraron de reojo demostrando que no estaba equivocada.
—Doscientos mil.
Bebió de su cola. Era una cantidad buenísima, pero eso no sería
ético, ella se debía a su cliente. Dejó el vaso sobre la mesa. —¿Y qué
imagen dejaría de mi empresa? Yo soy muy seria. —Le miró a los ojos. —Y
siempre cobro.
—Quinientos mil.
Masticando el siguiente sándwich dijo —No.
—¿Qué te parece si quedamos esta noche y lo hablamos?
Se le cortó el aliento porque eso no se lo esperaba con lo cabreado
que estaba. —¿Qué has dicho?
—Salimos a cenar y podemos negociar un precio.
Uy, uy… Aquello le olía muy mal. De repente Reginald le sonrió
como el gato que se comió al ratón. ¡Pero bueno! Este creía que iba a caer
rendida a sus pies, solo había que verle. Y la verdad es que era una
tentación. Se mordió el labio inferior y no le pasó desapercibido que él miró
su boca. Este quería tema para llevarse una alegría y de paso marearla para
que se olvidara de su hermanita. Y ella quería llevarse una alegría y que
pagara para llevarse esa suculenta comisión.
—¿Te has preguntado por qué te ha contratado mi hermana? —
preguntó con un suave tono que a ella no la sorprendió en absoluto. Ahora
venía intentar convencerla—. Porque sabe que no va a cobrar en los
tribunales y quiere avergonzarme con este… Espectáculo que proporcionas.
Es una manera de intentar cobrar a la desesperada.
—¿No me digas?
—Si quedamos esta noche te lo explico todo.
Interesante. ¿A que quería quedar en el bar de un hotel? —Has
llamado mi atención —dijo haciéndole sonreír de lo más satisfecho. Leche,
qué dentadura más bonita tenía y qué guapo se ponía cuando se relajaba.
Hasta se le caerían las bragas del gusto si no tuviera toda sus alertas
encendidas y pitando como locas. No te dejes marear que este se las sabe
todas. —Muy bien. ¿Dónde y a qué hora?
—¿Qué te parece si quedamos en el Plaza a las ocho? En el bar.
Al menos tenía buen gusto. —¿En el Plaza? Bien.
—Déjate el disfraz en casa, por favor.
Lo había pedido por favor, qué mono. —Tranquilo, será una reunión
de negocios de lo más discreta. —Se levantó. —Bueno, vuelvo al trabajo.
Ambos se tensaron.
—¿Vas a seguir bailando? —preguntó su amigo.
Soltó una risita. —¿Os lo habéis creído? —preguntó relajándolos—.
Pringados. —Caminó moviendo las caderas sensualmente hacia la puerta y
cuando se volvió no le sorprendió en absoluto que los dos le miraran el
culo. Decidió ignorarlo. —Voy a martirizar a otro, no hay problema, tengo
un montón. La cantidad de morosos que hay en esta ciudad… —Soltó una
risita. —Ni os lo imagináis.
Reginald gruñó. —Sí que lo sé, ni te imaginas las facturas que tengo
pendientes por cobrar.
—Oh, pues yo te lo arreglo cuando quieras. —Le guiñó un ojo. —
Ciao, cariño. Nos vemos luego.
Al oírla su secretaria la miró asombrada y Bradlya sonrió antes de
salir de la oficina. Entró en el ascensor donde había una chica y esta tuvo
que apartarse para que entrara. Era la chica de recepción del día anterior. —
Siento lo de ayer —dijo mientras se cerraban las puertas—. No me gusta
engañar, pero es que sino no les pillo.
—Lo entiendo. —Soltó una risita. —¿De dónde sacas los disfraces?
—Mi hermana es modista de teatro y maquilladora.
—Pues hace un trabajo increíble.
—Esto no es nada, no has visto el de cenicienta sexy.
—Pues me muero por verlo.
Vio la tablet que tenía en la mano. —¿Hoy no estás en la recepción?
—No, hoy soy la chica de los recados. Ayer hacía una sustitución.
—La chica para todo.
—Exacto. —Le miró los zapatos. —Perdona, ¿dónde consigues esas
plataformas?
—En una tienda en el Soho.
—Es que mi tío es drag y dice que siempre le cuesta encontrar sus
zapatos.
—Oh, pues si quieres te envío la dirección. Muchos drag queen van
allí. Pero a cambio…
La miró sorprendida. —¿A cambio qué?
—¿Me haces un favor? Todo será muy discreto, ya verás.
Capítulo 3

Entró en el bar del Palace y gruñó porque aún no había llegado.


Caminó hasta la barra y se sentó cruzando sus hermosas piernas. Su
ajustado vestido negro se subió a la mitad del muslo, pero no se dio cuenta
porque un rizo moreno se le enganchó en el broche en forma de mariposa
que llevaba en su pecho y se lo quitó con cuidado de no dañarlo, pues
aunque no valía mucho le tenía cariño porque había sido de su madre. —
¿Qué le pongo, señorita?
—Un Martini, por favor —dijo distraída antes de levantar la vista.
Rio al ver que era Jimmy—. Pero bueno, ¿qué haces aquí?
—El bar de Josh cerró el año pasado.
—Qué pena.
—Sí, iba muy mal. Por mucho que le ayudaste, no pudo hacer frente
a las deudas que fue adquiriendo por culpa de los que no pagaban.
—Lo siento mucho. ¿Y aquí estás bien?
—Sí, muy bien. La paga es buena y ya soy jefe de camareros.
—Me alegro mucho por ti.
Agitó la coctelera. —¿Una cita?
—Es una mezcla entre negocios y placer.
—Con lo preciosa que estás será más de placer.
Siempre le tiraba los tejos, pero Jimmy era inofensivo. Era
guapísimo y lo aprovechaba en su trabajo para sacar más propinas, pero
estaba enamoradísimo de su mujer y sabía de sobra que ciertas líneas nunca
había que pasarlas. —Zalamero. ¿Qué tal Tess?
—Embarazada de nuestro segundo hijo.
—Felicidades, me alegro mucho.
—Sé que te alegras. Se pondrá muy contenta cuando le diga que te
he visto y me matará sino te invito un día a cenar a casa.
—Estaré encantada de ir en cuanto me ocupe de un tema importante.
—Le sirvió el Martini. —Ponle bastantes aceitunas, tengo hambre.
—¿Mucho trabajo?
—Ni te lo imaginas.
Le puso delante un platito lleno de aceitunas y ella sonrió cogiendo
el primer palillo que tenía tres trinchadas. —Espero que no tarde mucho.
Miró tras ella. —Eh, Pretty Woman, ¿es moreno, con pinta de me
sobra la pasta y soy un ejecutivo de alto nivel?
Miró sobre su hombro mientras masticaba y sonrió porque el traje
gris le quedaba de miedo. —Sí, es ese.
—Pues no te reconoce, ya te ha mirado dos veces.
Rio por lo bajo mirando al frente. —Veamos lo que hace.
—Lo que te gustan los juegos.
—La vida hay que tomársela a risa, sino es un aburrimiento.
Reginald como si estuviera molesto porque no había llegado, se
sentó en una mesa muy cerca de la barra a esperar y se abrió la chaqueta del
traje mientras Jimmy se acercaba. —Un whisky. Doble.
—¿Buchanan´s? ¿Cardhu? ¿Bruichladdich de veinticinco años?
Él hizo una mueca como si la última sugerencia le agradara. —
Bruichladdich. Sin hielo.
—Enseguida.
Sin mirarle cogió otro palillo y lo acercó a sus labios agarrando una
de las aceitunas con los dientes para deslizarla hasta su boca. Sintió su
mirada en todo momento. Masticó la aceituna y sonrió a Jimmy que pasó
por la barra llevando una botella en las manos. Disimulando cogió su bolso
de noche y lo abrió sacando el móvil. Al ver que tenía un mensaje en el
WhatsApp lo abrió. Su hermana le decía —“Si te acuestas con él la cagarás
del todo. Vale, no te digo que no sea guapo para morirse del gusto, pero
son más de dos millones de dólares, ¡no te fíes! Por cierto, te quiero, esto
no es una bronca, estoy preocupada por ti.”
Sonrió apagando el móvil y de repente allí le tenía, a su lado. —
¿Puedo sentarme aquí?
Ella le miró a los ojos y levantó una ceja, lo que él tomó como un
asentimiento. —¿Estás sola?
—Ajá… —Bebió de su Martini.
—Yo estoy esperando a alguien, una cita de negocios.
—¿Así que una cita de negocios? Cariño, y yo que pensaba que
habría mucho más —dijo con pena. La sorpresa de su rostro casi la hizo
reír. La miró de arriba abajo con cara de susto. —¡Sorpresa!
—Hostia, no pareces tú.
—Es que voy de incógnito —susurró como si fuera una agente
secreto.
Él sonrió. —Muy… guapa.
—Gracias. —Se metió una aceituna en la boca. —¿Qué tal el día,
chato?
—Una mierda. —Bebió de su whisky. —¿Y el tuyo?
Sonrió maliciosa. —Para que veas que yo voy de buena fe, te he
traído un regalito. Me ha costado un poquito encontrarlo, pero sin esfuerzo
no hay recompensa. —Sacó un sobre del bolso y lo deslizó sobre la barra.
—¿Qué es esto?
—Míralo y lo sabrás.
Él abrió el sobre y sacó un montón de pasta con un papel. Abrió el
papel para ver que era una factura de su empresa de seis mil dólares. Separó
los labios de la sorpresa. —¿Qué coño…?
—Ya he cogido mi comisión.
—¿De dónde has sacado la factura?
—Me la encontré en la calle. La gente es muy descuidada con estas
cosas. ¿No te alegras? Tengo entendido que lleváis esperando cobrar más de
dos años.
—Joder… —Revisó la fecha de la factura y la miró asombrado. —
¿Y has conseguido cobrar?
Le miró a los ojos. —Yo siempre cobro, ¿no te lo había dicho ya?
Reginald entrecerró los ojos como si estuviera pensando en ello. —
¿Podrías cobrar todos los retrasos?
—¿No te lo acabo de demostrar?
—Treinta.
—¿Perdón?
—Son más de siete millones de dólares en deudas, ganarás un
treinta por ciento.
—¿Encima quieres rebaja? Paga lo de tu hermana y lo hablamos. —
Cogió otra aceituna. —Espero que hayas reservado en un buen sitio, me
muero de hambre. Tuve que perseguir a ese por medio Manhattan.
Él sonrió. —Te aseguro que quedarás satisfecha.
Algo en su pecho se calentó y dijo —Eso espero. Y deja buena
propina, Jimmy es un buen chico. —Se bajó del taburete y él la siguió con
la mirada. Se quedó impresionado por su larga melena que le llegaba por
debajo de su trasero y por como sus rizos se balanceaban a cada paso que
daba.
—Le aconsejo que la siga —dijo Jimmy.
—Joder… —Cogió su vaso y se lo bebió de golpe antes de dejar
cien dólares sobre la barra.
—No es necesario —dijo el camarero con una sonrisa—. A ella le
debo mucho, no hace falta que pague. Les invito yo.
No recogió el billete. —Pues de propina.
—Gracias, señor. Que pase una buena noche.
—No sé por qué, pero creo que va a ser una noche que no olvidaré
nunca.
Jimmy rio por lo bajo. —Eso se lo garantizo.
La siguió hasta la puerta donde estaba esperando y no parecía muy
contenta, pero él no se dio cuenta porque había un baboso estirando el
cuello para comérsela con la mirada. Gruñó llegando hasta ella y la cogió
por el brazo. —¿Vamos? Tengo una reserva en el hotel.
—Perfecto, así no hay que ir muy lejos.
Pero la llevó hasta la recepción y Bradlya chasqueó la lengua
cuando llegaron. —Tengo una reserva a nombre de Hardgrave.
—Por supuesto, señor Hardgrave. La suite está preparada y la cena
lista.
—Perfecto —dijo cogiendo la llave.
—Planta diecinueve.
Se alejaron y ella preguntó como si fuera tonta —¿La suite?
—Así tendremos más intimidad y podremos hablar tranquilamente
del asunto que tenemos entre manos.
—Claro… —Acarició su brazo. —Qué listo eres, cariño.
Él sonrió satisfecho y pulsó el botón del ascensor. —Espero que te
guste la langosta.
—Oh, me chifla la langosta. —Estaba claro que había puesto todo
de su parte en su plan de seducción y oye, por ella estupendo, porque lo que
sentía simplemente al tocarle era una maravilla y no pensaba reprimirse.
Pero pagaría, vaya si pagaría. Ella no iba a defraudar a un cliente ni por
todo el oro del mundo y mucho menos por cuatro sesiones de sexo con ese
Adonis. Aunque estaba excitadísima, eso no podía negarlo, pero la mente
clara que luego llegaban los problemas.
Entraron en el ascensor y ella como si nada soltó su brazo para
mirarse al espejo y apartarse un rizo de la frente. Se puso tras ella. —Estás
preciosa.
—Lo sé —dijo con confianza.
Reginald rio por lo bajo. —Una mujer segura de sí misma.
—Si no lo fuera, no podría tener este trabajo. —Se volvió y se
miraron a los ojos. —¿Crees que es fácil estar ante cien personas dando
saltos con esos tacones y no parecer ridícula?
—Tengo la sensación de que a pesar de lo que te dije la otra noche,
tú no parecerías ridícula en ninguna situación.
Se miraron a los ojos. —Cierto.
Él bajó la vista hasta sus labios. —También estoy teniendo otra
sensación y esta no me gusta nada.
—¿Hablas de la excitación?
—Hablo de que siento que nos estamos metiendo en un problema
muy gordo —dijo con voz ronca mirando sus labios con deseo.
—Cielo, tú has querido esto.
Se acercó muy cerca de sus labios provocando que su respiración se
acelerara hasta tal punto que casi no escuchó su pregunta —¿Me estás
diciendo que tú no lo quieres?
Algo en su mente hizo que se apartara unos centímetros para
susurrar —Veamos cómo está esa langosta y luego lo hablamos.
Rio por lo bajo cogiendo su mano. —Sí que tienes hambre. —Tiró
de ella fuera del ascensor y caminaron por la impecable moqueta borgoña
hasta la última habitación del pasillo.
Bradlya silbó. —Suite Royal… ¿Qué tienes en mente, Hardgrave?
—Tengo la impresión que de esta noche van a salir muchas cosas
buenas —dijo metiendo la tarjeta.
—Estoy dispuesta a todo. —Entró en la suite y las luces se
encendieron. En medio del salón había una mesa primorosamente decorada
y varios ramos de rosas blancas por toda la estancia. Acarició uno de los
capullos. —Me encantan las rosas blancas. —Vio la cubitera e hizo una
mueca. —No me gusta mucho el champán, lo siento.
—Una copa para celebrar nuestro acuerdo, nada más.
—Todavía no hay acuerdo, cielito, no adelantes los acontecimientos.
—Fue hasta las puertas de cristal y dejó el bolso sobre un aparador antes de
abrirlas dejando pasar el aire fresco de la noche. Sí, eso es lo que necesitaba
un frío helado para que le aclarara las ideas porque tal y como iba el asunto,
acabarían en la cama antes de que les sirvieran la cena. Se acercó a la
balaustrada y miró las luces de la ciudad. —Así que esto es lo que se paga
con dinero.
—¿Tú dónde vives?
Le miró divertida. —No te hagas el tonto conmigo, por favor,
seguro que ya lo sabes porque me has investigado.
Él sonrió. —Por encima.
Se volvió apoyando los codos en la barandilla. —En Little Italy se
vive muy bien, me gusta el barrio. ¿Qué tal al otro lado del parque? Upper
West Side parece algo aburrido.
—No está mal.
Rio. —Serás pijo. —Le miró a los ojos. —Seguro que he vivido mil
cosas de esta ciudad que tú no conoces ni conocerás jamás.
—Estoy totalmente convencido de ello. —Apoyó las manos a
ambos lados de su cuerpo. —Aunque yo también he vivido lo mío, ¿sabes?
—¿Sí? ¿Como qué?
—He viajado mucho.
Los ojos de Bradlya brillaron. —¿Conoces Portugal?
—Sí, he ido varias veces.
—Mis padres eran portugueses, siempre lo echaron de menos.
—Mi mayor recuerdo es que la gente es muy amable y que tiene
unas playas increíbles. Hicimos escala con el yate de unos amigos en varios
puertos.
—Debe ser increíble poder viajar en barco a donde quieras —dijo
soñadora.
—Sí, es una manera muy relajante de viajar. ¿No has ido nunca a
Portugal?
—Nunca he estado en Europa. Lo más lejos que viajé una vez, fue al
Gran cañón con un viaje del instituto cuando tenía dieciséis años. Trabajé
muchísimo para pagarlo.
—¿En qué trabajaste?
—Cuidando niños y vendiendo helados en verano en la heladería del
barrio. Y mereció la pena cada dólar gastado. Iré a Portugal con el dinero de
tu comisión.
Él rio por lo bajo. —Podrías viajar un año con ese dinero.
—No hay que perder la cabeza, todos tenemos obligaciones.
—¿No me digas? —Se acercó más hasta casi rozar su cuerpo. —¿Y
qué otras obligaciones tienes tú?
—Págame.
Él iba a decir algo, pero llamaron a la puerta y gruñó alejándose.
Bradlya respiró hondo. —Cálmate —dijo por lo bajo—. Primero la
obligación y después la devoción. Primero que te pague y después ya
retozarás a gusto. —Leche, hasta le temblaban las piernas. Respiró hondo
de nuevo y caminó hasta el salón cerrando la puerta a la terraza. Los
camareros ya habían colocado una mesa auxiliar al lado de la que ya había
y Bradlya se acercó para coger la jarra de agua y llenar una de las copas.
Qué sed.
—¿Seguro que no quieren que les sirvamos? Lo haremos con gusto.
—No es necesario. —Reginald les tendió un billete apremiándoles a
que se fueran.
—Gracias, señor Hardgrave.
Cuando se fueron él mismo cerró la puerta y al volverse vio que
había levantado una de las tapas. —¿Hambrienta?
—Oh, venga ya —dijo ella perdiendo la paciencia—. ¿Ostras?
Él rio por lo bajo. —¿No te gustan?
—Pues no lo sé, la verdad. —Cogió una y se la metió en la boca.
Puso cara de asco mientras intentaba masticar aquella cosa viscosa y
blanda. Él levantó una ceja y Bradlya se la tragó por no marearla más en la
boca, la verdad. —Leche, ¿y pagáis por esto?
Él cogió una y se la metió en la boca cortándole el aliento, ahora
entendía eso de que era afrodisiaca. Dios, verle comer aquella asquerosidad
era lo más erótico que había experimentado en la vida.
—Deliciosa —dijo comiéndosela con los ojos.
Sintiendo que le subía la temperatura de manera alarmante se sentó.
—¿Cenamos?
—Por supuesto. —Él levantó el resto de las tapas y le puso el plato
de langosta delante.
—Gracias —dijo sintiendo que se le había quitado el hambre de
golpe—. ¿Sabes? Me encanta todo este montaje de seducción, pero hemos
quedado para solucionar un problemilla que tienes. ¿Me pagas?
Él ya sentado ante ella extendió la servilleta y sonrió. —¿No quieres
esperar a después de la cena? Podemos hablar de nosotros.
Y dale. —Podemos hablar de nosotros después de solucionar otros
temas. ¿Me pagas?
—No conoces la historia.
—No me interesa la historia, no es mi problema, cielo. Si cada vez
que voy a cobrar escucho las tristes historias que tienen que contarme, no
cobraría un dólar y estaría en la calle antes de darme cuenta. Así que no, no
me cuentes tu historia. Venga, págame y yo recuperaré ese dinero con tus
morosos.
Él suspiró apoyando la espalda en la silla y la miró fijamente
durante varios segundos. Bradlya empezó a comer como si nada. Aquello
estaba delicioso. Mojó un pedazo de langosta en una salsa de mayonesa y
gimió de gusto recuperando del todo su apetito. Tragó para decir —¿Tú no
comes langosta? —Miró hacia el carrito para ver que no había más. —¿No
te gusta?
—No es de mis platos favoritos. —Apartó el plato de las ostras y
apoyó los codos sobre la mesa. —No voy a pagar.
Ella que estaba masticando se detuvo en seco mirando sus ojos y era
evidente que hablaba muy en serio. Masticó de nuevo más despacio y cogió
la copa de agua. Después de beber dijo —Para ti no supone dinero.
—No, no es una cuestión de dinero. Es cuestión de que a esas
sanguijuelas no pienso darles ni un dólar más.
Suspiró. —Al final voy a tener que escuchar la historia, ¿no?
Él apretó los labios. —Sé que no es problema tuyo, que solo estás
realizando un trabajo, pero no estás del lado adecuado.
—Muy bien, suéltalo. ¿Qué han hecho? Porque supongo que cuando
hablas de sanguijuelas te refieres a Katherine y su madre, ¿no?
—Katherine fue fruto de una infidelidad de mi padre hace veintidós
años. Esa infidelidad supuso la ruptura del matrimonio de mis padres.
No se le veía resentido por ello y levantó una ceja de manera
interrogante.
—Hasta ahí todo normal.
—Bueno, normal, normal no es.
—¿En serio conoces alguna pareja que se sea fiel en esta ciudad?
Deberían darles una medalla.
Un cínico de primera. —Pues mis padres se amaron hasta el último
momento, guapo.
—Deduzco que alguno de los dos ya no está vivo.
Hizo una mueca. —Murieron hace seis años en un accidente de
coche volviendo de pasar el día en la cabaña de mi padre.
—Lo siento mucho.
—Y yo, no sabes cómo. Volviendo a tu problema…
—Desde que nació Katherine todo fueron problemas. Su madre,
Susan, solo dejaba ver a la niña si conseguía algo a cambio. Una casa
nueva, un jacuzzi, un coche para llevarla al colegio y así hasta una lista
infinita. Mi padre tragaba con todo para poder ver a la niña, pero cuando
empezó a crecer, las exigencias se multiplicaron por dos.
—Katherine aprendió de su madre.
—Y tanto que aprendió. Si se quedaba en casa, trataba al servicio
como si fueran esclavos. Las rabietas eran continuas y siempre había que
hacer lo que ella quisiera.
—Ponme un ejemplo.
—Un fin de semana llegó a casa y dijo que su habitación, que era
como la de una princesa, no le gustaba. Se empeñó en que la mía era mucho
mejor y como yo ya estaba en la universidad mi padre hizo redecorar la
habitación. A ella le daba igual la habitación, simplemente quería algo que
era mío. Recuerdo que el fin de semana siguiente en que mi padre la tenía
de visita, fui a cenar con ellos y no dejó de restregarme que había tirado mis
cosas, hecho que no voy a negar que me fastidió bastante.
—Tenía celos de ti.
—Te equivocas, yo le importaba muy poco. Era una lucha continua
por comprobar cuánto poder tenía sobre mi padre. Y ese poder aumentó
hasta llegar a un punto insoportable. Cuando empezó la universidad ya tenía
su propio Mercedes, su casa en la playa y una pensión de veinte mil dólares
para sus gastos sin contar los gastos de sus casas que los pagaba mi padre.
—¿Casas?
—¿Se me ha olvidado mencionar el loft en el Soho?
—Vaya con la nenita.
—Mi padre sabía de sobra lo que ocurría y lo consintió, pero
cruzaron una línea.
—Qué línea.
—Hace dos años yo iba a casarme.
Ella no pudo disimular su sorpresa.
—Sí, no sé qué me dio. Supongo que pensé que ya tenía treinta y
tres años, que era lo que tocaba si quería tener familia, alguien a quien legar
todo mi patrimonio.
—Tonterías que se le pasan a uno por la cabeza —dijo divertida.
—Exacto. El hecho es que habíamos organizado la boda y todo
estaba preparado. Katherine no dejó de mostrar cuánto odiaba a mi
prometida. Le hacía la vida imposible. Discutí muchas veces con mi padre
por su comportamiento y simplemente me decía que estaba celosa de no ser
el centro de atención, que tuviera paciencia con ella.
—¿Qué hizo ese angelito?
—Dos semanas antes de la boda teníamos una cena y discutió con
May porque de repente se negaba a ponerse el vestido que ella había
elegido de dama de honor. La discusión subió de tono cuando estábamos
tomando el café. En ese momento llegó la mujer que trabajaba con nosotros
en casa con otra jarra para servirnos y Katherine se la arrebató para tirársela
a mi novia a la cabeza. Tuvo quemaduras en el rostro y el escote, le tuvieron
que poner seis puntos en la frente. Estuvo seis días en el hospital y como
comprenderás me devolvió el anillo. Mi padre tuvo que pagarle seis
millones de dólares a mi exprometida de indemnización.
—Seis millones.
—Ahí mi padre se dio cuenta de que había creado un monstruo.
Intentó controlar los daños, pero ya no había marcha atrás. A pesar de los
psicólogos a los que la obligó a ir, a pesar de sus lágrimas, su carácter no ha
cambiado ni un ápice. Y que te haya contratado a ti es buena prueba de ello.
—Quiere avergonzarte, ridiculizarte…
—Exacto. ¿Crees que eres la primera táctica que utiliza para
conseguir el dinero? Ha ido a la prensa, me ha demandado, habla mal de mí
a todo el que le pregunta, pero me da igual. Esos seis millones no los verá
nunca, lo que le hizo a May lo va a pagar. Ya es hora de que rinda cuentas
por sus acciones ahora que mi padre ya no está. —Apretó los labios con
rabia. —Va a pagar todos los disgustos que le dio en vida, eso te lo juro.
—¿Cómo piensas defenderte en el tribunal si tu padre estipuló esa
cantidad?
—Voy a demostrar que mi padre estaba bajo un chantaje psicológico
tal, que no le quedaba más remedio que cumplir sus deseos para vivir
tranquilo. Tengo tantas pruebas de su mal comportamiento, que mi abogado
se la va a comer viva en el estrado. Voy a demostrar que aunque cualquier
padre la hubiera desheredado, mi padre no se sentía capaz por todo el
chantaje emocional al que estaba sometido.
—¿Y crees en serio que ganarás?
—No es que lo crea, es que sé que ganaré. Hay jurisprudencia que
me avala. No recibirá ni un solo centavo y tú solo eres otra de sus tácticas
para provocarme.
—Y lo que te provoca es todo lo contrario, la odias aún más.
—No puedo ni verla. Puede que llevemos la misma sangre, pero su
maldad me repele de tal manera que no soporto la mínima posibilidad de
verla de nuevo.
—Supongo que lo de tu novia tuvo mucho que ver en que ahora la
odies tanto.
—Su indiferencia por lo que había hecho, me puso los pelos de
punta. May gritaba de dolor mientras la sangre corría por su cara y sonrió
porque sabía que había estropeado la boda, ya había conseguido joder algo
de mi perfecta vida como ella la llamaba.
—Parece una psicópata.
—No creas que no lo he pensado. Incluso lo he consultado. No
siente empatía ni remordimientos, le gusta romper las normas, abusar de los
demás… ¿Tú qué opinas?
Se le quedó mirando durante varios segundos en los que pensó en lo
que le había dicho. La verdad es que menudo panorama. —Como
comprenderás ese no es mi problema.
—Me has demostrado que puedes realizar un trabajo eficiente y
rápido. Si dejas de acosarme, te pagaré quinientos mil dólares y te daré las
deudas de mi empresa. No te faltará el trabajo conmigo. Y puedes seguir
con tus propios clientes.
—¿Quinientos mil?
—Y te los ingresaré donde tú quieras.
Respiró hondo. —Nunca he fallado a un cliente.
Se levantó y cogió la botella de champán. —Te estoy ofreciendo un
negocio que nos beneficiará a los dos. —Quitó el tapón y sirvió una de las
copas.
—¿Por qué iba a decirte que sí cuando puedo conseguir dos
millones con solo un trabajo?
—Ella no te pagará ese dinero.
—¿Crees que me va a timar? —preguntó divertida—. Siempre
cobro por adelantado antes de darles el dinero.
—¿Ha firmado algún contrato?
—Por supuesto, no soy nueva en esto.
—Pues algo se le habrá ocurrido.
Entrecerró los ojos y se levantó de la mesa para coger su bolso. Él
vio como sacaba su móvil y se lo ponía al oído. —Tris, la pija firmó el
contrato, ¿no?
Al ver que entrecerraba los ojos Reginald sonrió cogiendo la copa
de champán.
—Bienvenida a mi vida. En ningún momento pensó en que
conseguirías el dinero, solo quiere humillarme.
—Llámala y que te lo firme. ¡Ya, Tris! Ahora mismo. —Colgó y
suspiró. —Dijo que pasaría a firmar cuando la documentación estuviera
preparada y no lo ha hecho. Al parecer trajo toda la información relacionada
contigo en la primera visita y dijo que pasaría a firmar cuando el contrato
estuviera redactado. Tenía que haber ido a firmar ayer por la tarde y le dio
largas con que su madre estaba en el hospital.
—Bienvenida a mi mundo.
Juró por lo bajo cogiendo su bolso y caminó hacia la puerta. Él
asombrado se levantó con la copa en la mano. —¿A dónde vas?
—¿Esa cree que puede timarme? No sabe con quién trata.
—¿Y la cena?
Abrió la puerta. —A ti te preocupa lo de después.
—¿Y lo de después?
Sonrió antes de ir hacia él y ponerse de puntillas para besar sus
labios suavemente. Pudo saborear el champán y le supo a gloria. Él dejó
caer la copa e intentó cogerla por la cintura, pero consiguió apartarse.
—No, no… Ya lo firmará mañana.
Gimió porque se moría por estar con él, pero antes tenía que
averiguar muchas cosas. Como si era un mentiroso de primera. —Igual
mañana. —Le besó de nuevo. —Mañana. —Le dio otro beso y él la sujetó
por la cintura elevándola para ponerle a su altura y devorar su boca. Cuando
sus lenguas se entrelazaron le cayó el bolso de la impresión y rodeó su
cuello con los brazos disfrutando de él. Y era tan intenso que todo su cuerpo
ardió de deseo. Reginald la cogió en brazos sin dejar de besarla y no
entendió por qué ese gesto la hizo sentirse especial, pero fue así y su
corazón dio un vuelco cuando deseó sentirse así a su lado el resto de su
vida. Separó sus labios y se miraron a los ojos.
—Nena, esto no puede esperar —dijo él con voz ronca—. Se ha
convertido en una prioridad.
—Sí, sí... —dijo ansiosa antes de besarle de nuevo. Se apartó lo
justo para decir —Cuanto antes mejor. —Le besó de nuevo y sus labios
bajaron por su cuello. —Qué bien hueles…
—Preciosa, si sigues así… —Suspiró cerrando los ojos. —Esto no
me lo esperaba.
—Te aseguro que yo tampoco —dijo con la voz ronca antes de mirar
su rostro y la embriagó el poder que tenía al proporcionarle placer. Bajó las
manos mientras él abría los ojos y empezó a abrirle la corbata—. Cariño,
estás muy vestido. Déjame que te ayude.
La dejó en el suelo y ella deshizo el lazo tirando de un extremo de la
corbata para sacarlo de su cuello. —¿No te angustia tener algo rodeando tu
cuello así?
Sin quitar las manos de su cintura empezó a elevar su vestido. —
Estoy acostumbrado.
Ella abrió el primer botón de la camisa. —Por eso tienes tan mala
leche. —Besó el hueco entre sus clavículas. Las manos de él llegaron por
debajo del vestido hasta sus pechos y los acarició hasta rozar sus pezones.
Bradlya abriendo otro botón apoyó su frente en su pecho gimiendo de
placer. —Eres muy impaciente, Hardgrave.
—Me han enseñado que si quiero algo tengo que cogerlo, nena.
Elevó la vista hasta él y levantó los brazos para que Reginald le
quitara el vestido que acabó en el suelo a su lado. Su larga melena cayó
sobre su espalda desnuda y la observó fascinado. —Nunca me hubiera
imaginado algo así.
—Soy una cajita de sorpresas, cielo. —Empujó hacia atrás su
chaqueta que acabó al lado de su vestido.
Él se quitó la camisa mirándola intensamente. Se le cortó el aliento
por su duro pecho y se lo acarició bajando la mano por el centro de sus
pectorales siguiendo la línea de su vello negro. —Me gusta que no te
depiles como muchos hoy en día. —Se acercó y pasó la lengua por su pezón
endurecido. Reginald gruñó abriéndose él mismo el pantalón mientras los
labios de ella empezaban a bajar y cuando cayeron sus pantalones con su
ropa interior Bradlya perdió el aliento al ver su miembro erecto. —Cariño,
tú también das sorpresas.
—Pues las sorpresas acaban de empezar. —La cogió en brazos y
maravillada se dejó tumbar sobre el edredón de seda.
—Me siento como una princesa.
Él acarició la piel de su muslo hasta el borde de sus braguitas y se
las bajó lentamente hasta sacarlas por los tobillos. —Una princesa, una
bailarina de las Vegas, Cleopatra... Preciosa, tú puedes ser lo que quieras.
Sonrió elevando los brazos. Él se tumbó sobre su cuerpo y Bradlya
abrazó su cuello cerrando los ojos de placer por sentir su piel sobre la suya,
pero sobre todo cuando sintió su miembro colocándose entre sus piernas. —
Creo que no necesitas más preliminares. Joder, eres hermosa —dijo antes de
que empezara a llenarla muy lentamente robándole el aliento. Jamás sintió
algo así y se sujetó en sus hombros temiendo perder la cabeza. Apoyado en
sus manos la llenó del todo y juró por lo bajo. —Suave como la seda. —Se
agachó para besarla y lo hizo tan intensamente que se abrazó a su cuello
para no perder todo lo que le ofrecía. Se llegó a preguntar si sería capaz de
vivir sin eso cuando ya no estuviera en su vida. Él se apartó para mirarla a
los ojos. —¿Ocurre algo?
—No, claro que no. —Sonrió. —A no ser que decidas no moverte.
Él movió su cadera haciendo que su cuerpo temblara de deseo. —
¿Así, nena? —Se deslizó hasta casi salir de su cuerpo para volver a llenarla.
Fue tan maravilloso que cada fibra de su ser se tensó queriendo más y
Reginald la llenó de nuevo con un movimiento de cadera que le cortó el
aliento. Sin darse cuenta apretó su miembro en su interior lo que provocó
que él gimiera de placer. —Eso es, preciosa. —Movió sus caderas con más
contundencia y Bradlya gritó sin poder evitarlo. —¿Me sientes? Pues esto
no es nada. —Su ritmo se aceleró y Bradlya no se sentía ni capaz de pensar
porque cada fibra de su cuerpo estaba pendiente de lo que le hacía sentir. Su
vientre se tensó hasta tal punto que fue una tortura y él se acercó a sus
labios para susurrar —Mírame preciosa, mírame mientras te corres.
Ni supo cómo fue capaz de abrir los ojos, pero fue entrar de nuevo
en ella y todo a su alrededor dejó de existir por una explosión tan intensa
que solo le dio felicidad.
Feliz y totalmente laxa ni se dio cuenta de que él se había tumbado a
su lado y que con la respiración agitada intentaba recuperarse también. —
Hostia, es el mejor polvo que he echado nunca.
Esa frase entró en su cerebro adormecido y mentalmente chasqueó
la lengua por lo increíblemente romántico que era. ¿Pero qué esperaba? No
la conocía y lo que conocía de ella no es que le gustara demasiado. Si se
había acostado con ella, en parte había sido por convencerla y en parte
porque entre ellos había una química increíble. Además, estaba segura de
que no llegarían a nada. Él era un pijo empresario que siempre lo había
tenido todo y que se acostaba con sus amantes en suites de lujo, mientras
que ella había contado cada centavo desde que tenía uso de memoria. No
pegaban en absoluto, eran de mundos distintos. Se mordió el labio inferior,
pero lo que sentía a su lado… Abrió los ojos para mirarle y él le sonrió
abrazándola para pegarla a su pecho. Lo que sentía a su lado, era demasiado
maravilloso como para dejarlo pasar sin saborearlo lenta e intensamente.
Cuando se acabara recordaría lo que había sentido, todo lo que había
experimentado y no pensaba sentir remordimientos.
Capítulo 4

Abrió la puerta de casa y allí estaba Tris sentada en el sofá con pelos
de loca y aún en pijama. —¿Una buena noche?
—Una noche increíble. —Cerró la puerta y tiró las llaves en el
cuenco. —¿Y la tuya?
—¡Esa cabrona no quiere firmar, se ha reído en mi cara! —dijo
indignada—. ¡Yo le he dicho que ya habíamos empezado a trabajar y me ha
soltado que ya lo había visto en internet! ¡Se partía de la risa! ¿Y sabes lo
que me ha dicho? Ahora me pagará.
Suspiró dejando el bolso en el sofá. —Lo suponía. Al parecer
pretendía colárnosla y lo ha conseguido.
—¿Cómo que colárnosla? ¿No le ha dejado su padre ese dinero?
—Sí, se lo ha dejado, la cuestión es si se lo merece o no. —Fue
hasta la cocina y agarró la jarra del café. —¿Tienes tiempo para que te lo
cuente?
—Claro, John me ha retrasado la cita del masaje hasta las once. —
Se sentó a la mesa de la cocina. —¿Qué pasa?
Se sentó frente a ella y bebió de su café antes de mirarla a los ojos.
—Después de lo que me acabas de contar acabamos de cambiar de cliente.
—¿De veras?
—Ahora es ella la que nos debe dinero. —Entrecerró los ojos
cabreada. —Porque yo no trabajo gratis.

La puerta de su despacho se abrió de golpe y Roy entró a toda prisa.


Loco de contento le mostró la tablet que tenía en la mano. —Tienes que ver
esto.
—Roy, estoy al teléfono.
Le puso la tablet delante y dio al play. Al ver que Bradlya vestida de
caperucita pasaba entre las mesas del club de tenis colgó de inmediato. —
¿Qué coño…?
Quien llevaba el móvil se levantó y se vio perfectamente como se
acercaba a una mesa donde estaba su hermana con sus amigas. Esta que
estaba sonriendo perdió la sonrisa poco a poco al ver cómo se acercaba a
ella. —Hola bonita —dijo Bradlya con descaro poniendo la mano en la
cintura.
—Hola. —Temerosa miró a sus amigas de reojo. —¿Vas a una fiesta
de disfraces?
—¿Por qué todo el mundo me pregunta lo mismo? —le preguntó a
una de sus amigas que se encogió de hombros. Bradlya la miró sonriendo
—. No sé por qué será. Tengo que darte un recadito.
Katherine se levantó de inmediato y siseó —¿Qué estás haciendo?
Su amante se echó a reír. —Vengo a cobrar, bonita. Mi trabajo
cuesta dinero. —De la cestita que llevaba sacó un papel. —Tres
intervenciones por valor de cinco mil dólares cada una, quince mil.
—¿Perdón?
—Y los quiero ya. Tengo datáfono. La maravilla de internet. —
Alargó la mano. —Tu tarjeta.
Roja de la vergüenza dijo —Teníamos un trato.
—Claro que sí, pero da la casualidad de que no firmaste el contrato
y mi tiempo es dinero. ¿O crees que porque trabajo con estas pintas no hay
que tomarme en serio?
—No, claro que no. Iré a firmar…
Negó con la cabeza. —No quiero clientas como tú, bonita. Puedes
dar mala fama a mi negocio. Págame lo que he hecho hasta ahora y cada
una se irá por su lado. Si no me pagas, vas a ver en primera persona lo
buena que soy en mi trabajo.
—Katherine, ¿qué ocurre? —preguntó una de sus amigas con una
sonrisa maliciosa en el rostro.
—Aquí tu amiga cree que puede engañarme y a mí no me engaña
nadie.
Su hermana miró al que grababa y perdió los nervios gritando —
¡Deja de grabar!
Se acercó para intentar apartar el móvil y se vio como este caía al
suelo, pero siguió grabando y mostró como Katherine fuera de sí se volvía
hacia Bradlya que dijo —Yo que tú no lo haría.
Se tiró sobre ella gritando como una loca, pero la agarró de la
peluca. La dueña del móvil levantó el teléfono para mostrar como su
hermana caía a la piscina del impulso. Varios se rieron y Bradlya se acercó
al borde. —Espero mi dinero a lo largo del día de hoy, sino prepárate para
lo que te espera. ¡A mí nadie me toma el pelo! —Se agachó para coger la
peluca y el móvil la enfocó mientras se alejaba moviendo la faldita que
apenas cubría su trasero.
Estaba claro que el teléfono era de un hombre y Reginald gruñó
antes de levantar la vista hasta su amigo que dijo —No sé lo que hiciste
anoche, pero es evidente que ha funcionado. ¡Joder, eres un hacha! —Cogió
la tablet. —Está por todo internet, y tenías que ver los comentarios hacia tu
hermana, la ponen fina.
Alargó la mano para cogerle la tablet y vio los comentarios. —Hay
hasta compañeros de la universidad.
—Y examigas que han sido afectadas por ella.
—Dáselo al abogado, quizás alguno de estos pueda declarar en el
juicio.
—Ya lo está revisando. Joder, qué alivio, te has librado de esa mujer.
Llegué a creer que no se iba a ir de la puerta de la empresa hasta el juicio.
Por cierto, ¿qué tal es en la cama?
Levantó una ceja y su amigo sonrió. —¿Volverás a verla?
La puerta se abrió de nuevo y allí estaba la aludida vestida de
conejita. Reginald sonrió. —Nena, al parecer has tenido un día movidito.
Mirándole fijamente se acercó a él rodeando su escritorio y se
agachó para darle un beso en los labios. —No lo sabes bien. —Se metió la
mano en el escote y sacó un papelito que tiró sobre el escritorio.
Él lo cogió para ver que era un ingreso en la cuenta de la empresa
por veintisiete mil dólares. —Una mañana productiva.
Se sentó en la esquina del escritorio y apoyó la bota en su
reposabrazos para abrir la cremallera blanca. Roy estiró el cuello para ver
que sacaba una barra de labios. —He cobrado tres facturas. Ya he cogido mi
comisión, cielo.
—Muy bien. Roy déjanos solos.
—¿Le has dado nuestras deudas?
—Las cobra mucho más rápido que los de administración.
—Pero la imagen de la empresa…
—¿Y a mí qué me importa lo que piensen esa panda de morosos? Ya
no trabajaríamos más con ellos y será un aviso para los demás. Ahora largo.
Roy gruñó. —Sí, jefe.
Cuando salió ella preguntó preocupada —¿Se ha enfadado?
—¿Roy? A veces es demasiado protector. —Acarició su muslo por
encima de la malla. —¿Te ha llamado?
—¿Quién?
—Nena, no te hagas la tonta conmigo. Sabes perfectamente que
hablo de mi hermana.
—Sí, al parecer ha llamado de lo más histérica. Eso me ha dicho
Tris.
—¿Tris?
—Mi hermana, es mi socia.
—No cobrarás.
Se acercó a sus labios. —Yo siempre cobro. —Le besó dejándole
marcado con su pintalabios. —¿Nos vemos esta noche?
Sonrió satisfecho. —Esta noche tengo una cena de negocios, pero
después podemos vernos. ¿Por qué no me esperas en mi casa?
No pudo disimular su sorpresa. —¿Estás seguro?
—Te abrirá el portero.
Le besó siguiendo un impulso dejando su labial por toda su cara. —
Ay, que te como.
Él rio por lo bajo mientras se alejaba. —¿Vas a seguir trabajando?
—Un par de facturas más.
—Nena, ten cuidado.
Le lanzó un beso desde la puerta y cuando desapareció Roy entró en
el despacho —¿Sabes dónde te estás metiendo?
—Claro que sí, estoy haciendo lo que querías, estoy enamorándola
para que sea mi arma en lugar de la suya.
—Cuidado, amigo, tengo la sensación de que disgustada será una
enemiga brutal.
—Nada que no se pueda controlar.

Entró en el hall del edificio vestida con un sencillo vestido rosa y de


abrigo solo llevaba una ligera chaqueta negra. Estaba de lo más respetable.
El portero sonrió. —¿Puedo ayudarla?
—Mi chico me ha dicho que le espere en casa, es Reginald
Hardgrave.
—Oh, sí, nos ha avisado.
—¿Nos?
—A mí y al portero de noche. El mensaje era para los dos. —Miró
bajo el mostrador y sacó unas llaves. —Aquí tiene. Ático A.
—Gracias, majo. —Cogió las llaves y fue hasta el ascensor estilo
años veinte. Aquel edificio era una maravilla. Cuando las puertas se
abrieron separó los labios de la impresión por los grabados en las paredes
de mujeres de los años veinte estilo Lempicka. —Impresionante… —Era
una obra de arte y elevó la vista hasta el techo para ver los espejos en forma
de mosaico. Un estilo art decó único. Intrigada salió del ascensor y caminó
sobre el suelo de mármol blanco y negro que con formas triangulares
representaban círculos. Las paredes estaban pintadas de blanco, pero juraría
que en el pasado estaban pintadas con formas geométricas en las esquinas.
Llegó a la puerta del final del pasillo y metió una de las llaves en la
cerradura dorada. Esta giró fácilmente por lo que había elegido la correcta y
empujó la puerta deseando ver algo más de ese estilo, pero allí se acababa
todo. La casa había sido totalmente remodelada en un funcional y moderno
piso que tenía unos grandes ventanales al otro lado del salón. Decepcionada
cerró la puerta. —Sí, cielo, describe perfectamente cómo quieres que te
vean. Rico, con dinero y gusto, pero le falta alma. ¿No tienes alma? —
Metió las llaves en su bolso y recorrió el salón. Ni un solo objeto personal o
fotos. Abrió la primera puerta que encontró y había un despacho. Pasó el
dedo por la impecable mesa de cristal. No había ni un solo papel fuera de su
sitio. Apretó los labios saliendo de allí y empezó a subir las escaleras. Había
cuatro puertas y abrió la primera. La habitación tenía varios aparatos de
gimnasio. Abrió la puerta que había en frente y era un baño. La puerta de al
lado una habitación de invitados. Fue hasta la puerta del fondo y la abrió.
—Vamos, vamos, tiene que haber algo… —El cuadro de encima de su
cama captó su atención totalmente cortándole el aliento. Sus fuertes colores
rojos, azules y verdes provocaron que el suelo temblara bajo sus pies. —No,
no puede ser —dijo con un nudo en la garganta. El único cuadro que había
vendido en la vida. Sus ojos se llenaron de lágrimas recordando hasta la
última pincelada de las llamas que surgían de un corazón. Su corazón. Lo
había pintado mientras su hermana estaba en el hospital después de su
segunda operación y el marchante le había dicho que era la única obra que
había hecho que merecía la pena. Y la tenía él. Sintiendo las piernas como
gelatina caminó hasta la cama sin poder dejar de mirarlo. —Dios mío… —
Las lágrimas cayeron por sus mejillas mientras su corazón se aceleraba por
lo que eso significaba. Eran almas gemelas. Él tenía su corazón sobre la
cama y no lo sabía. Si se lo permitía, se lo destrozaría. El miedo la
embargó. Pero algo en su interior le dijo que tenía que luchar por él, que
merecía la pena, que si se rendía y se iba jamás sería feliz. Sus ojos bajaron
hasta su firma, Crisálida. Envuelta en un montón de capas que la protegían,
que la protegían del dolor, pero había llegado el momento de arriesgarse si
el premio era su amor.

Elevó la pierna por encima del agua y apoyó el pie en el borde de la


bañera tarareando la canción de Frank Sinatra. Cogió la copa de vino que
tenía sobre el borde de mármol y le dio un sorbito. La puerta se abrió
lentamente y sonrió. —Hola, guapo.
Reginald se acercó con una sonrisa en los labios. —Me alegro de
que estés cómoda.
—Estaré mucho más cómoda dentro de un rato. Cuando te metas
conmigo.
—Es una invitación que no pienso rechazar. —Cogió su copa y le
dio un buen sorbo antes de coger la botella para llenarla de nuevo.
—¿Un día duro?
—A este paso la fusión no va a llegar a término.
—Lo solucionarás, estoy convencida.
—¿Y cómo estás tan segura?
—Porque eres un hombre que siempre consigue lo que quiere —dijo
mirándole con picardía, lo que le hizo sonreír —. Ven conmigo, necesitas
relajarte.
—Antes tengo que hacer una llamada.
Cuando se alejó ella frunció el ceño. Estaba más distante que esa
mañana, lo que demostraba su cabreo porque los negocios no iban como él
quería.
—¡No, escúchame tú! —Le escuchó gritar —Arréglalo, ¿me oyes?
¡O ya puedes buscar otro trabajo, joder!
—Sí, está muy, muy cabreado. —Se levantó dejando que el agua
corriera por su cuerpo y sacó un pie posándolo sobre el frío mármol. Sin
secarse salió del baño y entró en la habitación haciendo que él sentado en la
cama perdiera el hilo de lo que estaba diciendo mientras se acercaba. Llegó
hasta él y cogió el teléfono de su mano pulsando el botón rojo para tirarlo a
un lado. —Nena…
—Ahora eres todo mío, Hardgrave. Hasta mañana a las siete eres
todo mío.

Tumbados en la cama acarició su pecho viendo las luces de la


ciudad a través de la ventana. Era evidente que después de dos horas de
sexo desenfrenado ya se había relajado y la verdad es que ella también.
Sonrió porque parecía que no tenían suficiente el uno del otro.
—¿Dónde lo compraste?
—¿El qué, nena?
—El cuadro. El único que tienes en toda la casa.
—Oh… Fue por Roy, me obligó a ir a una fiesta en una galería de
arte por culpa de una chica con la que salía y lo vi.
—¿Lo viste? ¿Acaso estaba expuesto?
—En realidad fui al baño y vi que la puerta al almacén estaba
abierta. Tuve curiosidad y al entrar lo vi en el suelo apoyado contra la
pared.
—Algo te tuvo que llamar la atención para que lo compraras.
—No sé, tenía fuerza y a la vez…
—¿Qué?
—A la vez sentí algo que no puedo explicar. Yo me acababa de
comprar esta casa y decidí comprarlo.
—¿Cuánto pagaste por él?
—Veinte mil.
Se sentó en el acto. —¿Qué has dicho? —chilló asombrada.
—Nena, el arte de ese nivel cuesta dinero.
—¡El muy capullo de Jeff me pagó dos mil por él!
La miró sin entender. —¿El cuadro antes era tuyo?
—¡El cuadro lo pinté yo!
Sonrió. —¿Te estás quedando conmigo?
—Crisálida soy yo, Reginald.
Separó los labios de la impresión. —Venga, ya está bien.
Jadeó. —¿No me crees? —Se levantó y fue hasta su bolso para
coger el móvil. —Te lo voy a demostrar.
Él se sentó en la cama apoyándose en las almohadas y la vio decir al
micro de Google. —Pintora, Crisálida.
Volvió el móvil y Reginald lo cogió asombrado para verla mucho
más joven ante un cuadro con un diploma en la mano. —Premio nacional
de arte joven. —Movió la pantalla. —Futura promesa del arte. Uno de sus
cuadros expuesto en el Moma. —Vio como ampliaba la foto. Un cuadro del
mismo estilo que el suyo. Impresionado elevó la vista hacia ella. —¿Y qué
haces trabajando en esto?
—Bueno, de algo hay que comer. Este es el único cuadro que he
llegado a vender.
—¡Porque ese mamón tenía los cuadros en el almacén!
Hizo una mueca. —Fue el único que se ofreció a venderlos.
Precisamente por eso del Moma.
—Joder nena…
—Bah, no pasa nada. Hay muchas personas que fueron
incomprendidas en su arte y que la cascaron sin vender un solo cuadro.
Él dejó el teléfono a un lado. —¿Sigues pintando?
Apretó los labios. —Hace unos años tuve que dejarlo.
—Cuando murieron tus padres.
—Sí, mi hermana iba con ellos en el coche y tardó mucho en
recuperarse. De hecho, no está bien del todo, ¿sabes? Tiene muchos dolores
de espalda y tiene que hacer costosas sesiones de fisioterapia. Vivíamos de
alquiler, así que…
—Había mucho que pagar y tus padres no tenían patrimonio para
hacerle frente a las facturas.
—Trabajé en todo lo que me salía y un día un par de años después
del accidente, estando de camarera en una cafetería cerca de la estación
central, vi a través del escaparate a un tipo con un maletín en la mano
vestido de Charlot. Se tomó un café y le pregunté por su trabajo. Solo
necesitas descaro y no intimidarte fácilmente. Él me dio mis primeros
morosos y me dije que en la cafetería estaba perdiendo el tiempo. —Sonrió.
—El descaro es lo mío.
Él rio por lo bajo. —Sí, nena, se te da muy bien.
Le guiñó un ojo. —He conseguido que vivamos muy bien y que
tengamos ahorros por si mi hermana necesita algo más en el futuro.
—Por eso decías lo de las responsabilidades.
—Todos las tenemos.
Ambos levantaron la vista hacia su cuadro. —Gracias —dijo ella
emocionada.
—¿Por qué, preciosa?
—Porque hasta que no lo he visto sobre tu cama, pensaba que mi
arte no le interesaba a nadie. —Se tiró sobre él abrazando su torso. —
Gracias.
—Eres una pintora increíble, preciosa. Y los premios que te dieron
en el pasado son prueba de ello. Si no has triunfado es porque no tuviste
suerte, pero sé que todo cambiará.
Capítulo 5

Dos meses después

De pie ante el gran ventanal de su oficina miraba la calle sumido en


sus pensamientos. Roy entró en el despacho con unos papeles en las manos
y se detuvo en seco al verle. —Tío, ¿ocurre algo?
Negó con la cabeza. —No.
—Llevas un par de días muy callado. Casi no le has gritado a nadie.
—Ha recuperado todo el dinero.
—Hostia, no fastidies. ¿Ha conseguido que paguen todas las
deudas?
—Sí. —Se volvió y se sentó en su sillón.
—Parece que eso te molesta.
—Mientras estaba entretenida con ellas no iba a cobrar otras que
sabe Dios de quién son.
—¿Te preocupas por ella? —preguntó incrédulo.
—Hay mucho loco suelto.
—Ella podría ser uno de ellos, ¿has visto los espectáculos que
monta? Uno de nuestros clientes me ha enviado un video de cómo le
reclamó la deuda a su mejor amigo. ¡Se presentó en la boda de su hija
mayor con un vestido de novia cadáver sexy que espantó a la mayoría de la
gente! ¡Hasta se le saltaba un ojo!
Sonrió. —Lo he visto, se lo hizo su hermana para Halloween. Tris es
una artista como maquilladora y modista. Lo aprendió cuando estuvo
ingresada en el hospital, ¿sabes? Un programa para que los que están
ingresados estén entretenidos, pero son estudios casi profesionales. De
hecho, lo hace mejor que muchos profesionales. Por cierto, busca esos
cursos y quién los imparte, quiero colaborar en su financiación.
Su amigo le miraba pasmado.
—¿Qué? Cobró en menos que canta un gallo. No me dan ninguna
pena. Me ha librado de mi hermana, ¿no?
—Tú te estás colando por esa tía.
—No digas estupideces.
—Eh… —Se acercó más a él. —Tío, no puede ser.
Apretó los labios. —Lo sé muy bien —dijo entre dientes.
—No es de tu mundo, ni siquiera yo soy de tu mundo, joder. No la
aceptarán.
—Ni me lo estaba planteando.
—¿Seguro? Porque yo creo que sí, yo creo que estás pensando en
convertirla en la señora Hardgrave.
Le fulminó con la mirada. —Me acuesto con ella, punto.
Le sonó el móvil y miró la pantalla.
—Vamos, es ella, cógelo —dijo Roy irónico.
Colgó el teléfono. —¿Qué traes ahí?
—¡Cómo la cagues con tu madre te quedarás sin la mitad de la
empresa y recuerda que tu hermana tiene un diez por ciento! ¡Perderás el
control! ¿Quieres poner en riesgo todo por un polvo? ¿De veras?
—¿Me das esos papeles o no?
Roy le miró impotente. —Joder, sé que no lo quieres oír, pero te
debes a esta empresa, a todo por lo que has trabajado. Tienes
responsabilidades.
Él sonrió irónico. —Tranquilo, eso mismo dice ella.

Miró el teléfono entre sus manos y sintió la aguja. —¡Ay! —Se


volvió hacia su hermana que le ajustaba el nuevo disfraz de Robin Hood
versión femenina. —Guapa, ponte las gafas.
Soltó una risita. —Lo siento.
—Y un huevo lo sientes. —Se volvió.
—¿No te lo ha cogido?
Apretó los labios. —Lleva dos días muy raro. Desde que el domingo
fue a comer con su madre.
—Uy, la suegra. Siempre son un peligro.
—Estoy segura de que no le ha hablado de mí.
—No le habla a su madre de ti, no salís a ningún sitio…
—Sí, ya sé que me está dejando claro que esto no tiene ningún
futuro.
—¿Entonces por qué sigues con él?
—Por cómo me hace sentir.
Su hermana suspiró yendo hacia la mesa y dejando el alfiletero. —
Te puedes quitar el disfraz.
—Sé que no estás de acuerdo, pero esto es algo que tengo que hacer.
—Te va a hacer daño.
—¿Recuerdas cuando mamá nos enseñó a andar en patines?
Su hermana se volvió para mirarla a los ojos.
—Sabíamos que nos íbamos a caer, pero corrimos el riesgo.
—Podrías tener al hombre que quisieras, podrías ser feliz con otro.
—No quiero a otro, le quiero a él. Es él. Dure lo que dure.
Tris asintió. —Estaré a tu lado para recoger los pedazos.
La besó en la mejilla. —Gracias, dramática.
—Eh, alguien tiene que serlo.

Entró en el piso de Reginald y le vio en la terraza bebiendo un


whisky en mangas de camisa a pesar del frío que hacía. Se quitó el abrigo y
lo dejó en el sofá antes de ir hacia él. Vio cómo al escuchar sus pisadas
acercándose tensaba la espalda. Sí, aquello no iba bien. Acarició su espalda.
—Hola, cielo.
Él se volvió y la besó en la mejilla. Sonrió con tristeza. —Se ha
acabado, ¿no?
—¿Por qué piensas eso?
—¿Un beso en la mejilla cuando hace una semana me comías a
besos?
La miró fijamente y Bradlya sonrió con tristeza. —Ya veo.
—Ha estado bien.
Aunque se estaba muriendo por dentro asintió. —Muy bien. Más
que bien, es una pena que se acabe aquí. —Besó sus labios suavemente y se
volvió para ir hasta el salón.
—Nena…
Se puso el abrigo y le miró. —Deja las llaves, por favor. Ya se las
devolveré yo al portero.
Esa frase le partió el corazón porque era evidente que ni se fiaba de
ella, pero en lugar de echárselo en cara simplemente sacó las llaves del
bolsillo del abrigo y las dejó sobre la mesa de centro.
Antes de salir le miró. —Si algún día necesitas que alguien recupere
tu dinero, llámame, me alegrará verte.
—¿A quién iba a llamar sino? No hay otra mejor que tú en la ciudad.
Con ganas de gritar dijo —Adiós, Reginald.
—Adiós, nena.
Cerró la puerta suavemente. Reprimiendo las lágrimas y el dolor fue
hasta el ascensor, pero cuando este empezó a descender ya no lo soportó
más y las lágrimas corrieron por sus mejillas mientras ese dolor desgarrador
corroía sus entrañas. Ahora tenía que averiguar cómo vivir sin él, porque no
se sentía capaz de hacerlo.

—No, no tendrá más trabajos hasta dentro de un mes —dijo Tris


apuntando en la agenda—. Oiga, si no puede esperar un mes no es mi
problema.
Alguien llamó a la puerta y entrecerró los ojos yendo hasta la mirilla
con el teléfono en la mano y a Tris se le secó la boca al ver a un rubio
guapísimo mirando a su alrededor. No le conocía, así que abrió. —Oiga,
llame luego, tengo que atender un asunto urgente. —Colgó sin esperar
respuesta y miró a aquel tipo. —¿Puedo ayudarle?
—Eres Tris, ¿verdad?
—Sí. ¿Le conozco?
—Soy Roy McCarthy.
Separó los labios de la sorpresa y se volvió caminando hasta el
escritorio que tenían en el salón. —El mejor amigo de Regi…
Él rio por lo bajo cerrando la puerta. —Odia que le llamen así.
—Lo supongo. —Se sentó y apoyó la espalda en su respaldo
ergonómico. —¿Qué puedo hacer por ti? Si te deben algo…
—No, afortunadamente. Me gustaría hablar con tu hermana, si
puede ser. ¿Puedes llamarla?
—Podría, pero no quiero.
—Entiendo, lo sabes todo.
—Todo y más. Mucho más de lo que sabes tú.
—Lo dudo. —Se sentó ante ella. —Hace tres meses que no se ven y
estoy algo preocupado.
—No tienes por qué, tu amiguito le ha ganado a su hermana en el
juicio más mediático del año y ha realizado una fusión que le ha hecho aún
más millonario, que lo he visto en la prensa. ¿Qué podría preocuparte? Todo
le sale de perlas.
—No creas todo lo que lees.
—Muy bien, juguemos un poco. ¿Qué te preocupa de tu amiguito?
—Últimamente no es el mismo. Está…
Ella levantó una ceja.
—Tiene más mala leche que de costumbre. Vamos, que está
insoportable.
—Y eso es problema nuestro porque…
—Creo que ella es la razón, creo que la echa de menos.
—Pues que se lo hubiera pensado mejor.
—¿Crees que ella…?
—Ni se te ocurra pensarlo.
—Solo quiero saber si le echa de menos, joder.
—La dejó.
—Mira, esto no es fácil para él, ¿sabes? Le han criado para dirigir la
empresa, para casarse con una pija y para ser un puñetero pilar de la
sociedad.
—Y mi hermana era poco para él —dijo con desprecio.
—¿Pero tú has visto cómo va por la calle? Si su madre se entera de
que su adorado hijo sale con una mujer así, hará lo que sea para que la deje.
Incluso quitarle la empresa si es necesario. Un primo de Reginald lleva
compitiendo con él toda su vida y es el ahijado de la vieja. Está deseando
ocupar su puesto, te lo aseguro.
—Las madres siempre se vuelven atrás.
—Cómo se nota que no la conoces, es una bruja de primera desde
que si divorció de su marido. ¿Cómo crees que consiguió la mitad de la
empresa?
Tris empezó a entender. —En el divorcio.
—Exacto. Y eso la hizo mil veces más rígida si es posible. Perdió a
su marido por una bailarina de variedades, ¿cómo crees que se tomaría que
su hijo sale con una mujer que va vestida de conejita por las calles de
Nueva York?
—Entiendo.
—Si le echa de…
—Entiendo que tu amigo es más cobarde y despreciable de lo que
creía. Ahora si me disculpas…
No podía disimular su sorpresa. —¿Pero por qué te cabreas?
—¡Porque es tan idiota que se deja mangonear por esa bruja! ¿Y mi
hermana? ¡Y sus sentimientos!
—Bueno, al parecer no se los mostró mucho. Tengo la sensación de
que Reginald creía que no le importaba demasiado.
Tris palideció. —¿Eso dice para justificarse?
—¡No tiene que justificarse de nada!
—¡Empezó con ella para alejarla de vuestro precioso negocio! ¡La
utilizó! ¡Quiso enamorarla para aprovecharse de ella y después le dio
puerta!
—¡No voy a negar que hablamos de ello, estábamos en una
situación muy incómoda con tu hermana pegando saltos ante la empresa
mientras gritaba que Reginald tenía que pagarle!
—Y como el soborno no surtió efecto, mejor enamorarla, ¿no? ¿Por
qué le defiendes tanto cuando sabes que tengo razón? ¿Qué pasa? ¿Que
estás más metido en esto de lo que parece?
Roy apretó los labios y Tris no pudo disimular su asombro. —Dios
mío, tienes una pinta de culpable que no puedes con ella. ¿Fue idea tuya?
—No quería que Bradlya sufriera ningún daño. Solo hacía lo mejor
para la empresa.
—¡Pues no se la disteis ninguno de los dos! —gritó furiosa—. ¡Supo
que intentabais manipularla desde el principio, pero después supo reconocer
la verdad y que a tu amigo le estaban fastidiando! ¡Y no tuvo reparo en
seguir el buen camino a pesar de que era perjudicada económicamente!
—No hubiera cobrado.
—¿Acaso no cobró los quince mil? Mi hermana siempre logra
cobrar, majo. ¡Ahora largo de mi casa!
—Si pudiera hablar con ella…
—Estoy aquí.
Se volvió para verla vestida de presidiaria con un sombrerito a rayas
que encima tenía un cartel que decía “La pasta o la vida”. En cualquier otro
momento le hubiera hecho gracia, sino fuera porque no tenía buena cara.
Estaba pálida a pesar del maquillaje y había adelgazado mucho. —¿Te
encuentras bien?
—Demasiado trabajo. No sé qué pasa en esta ciudad, pero cada vez
se debe más. Y no sé por qué cuando los bancos dan tarjetas de crédito
como si fueran golosinas. —Se acercó a la máquina del agua y se bebió un
vaso. —¿Qué haces aquí, Roy? —preguntó tirándolo al cubo de la basura
que tenía al lado antes de coger los casos pendientes y revisar la
documentación.
Él miró de reojo a Tris que apretó los labios mosqueada porque aún
estuviera allí.
—Me preguntaba…
—Suéltalo ya, Roy. ¿No será que tenéis más facturas pendientes? Lo
siento, pero estoy muy ocupada como para aceptar más casos.
—Además, nos vamos de vacaciones —dijo su hermana
rápidamente—. En dos días, así que hay que empezar a preparar el equipaje.
—Sí —dijo ella tirando los papeles sobre la mesa como si no le
interesaran nada. —De hecho, creo que voy a empezar hoy mismo, esto de
aquí puede esperar —dijo yendo hacia la puerta que estaba tras la mesa de
Tris.
—No tengo casos para ti, solo quiero saber si le echas de menos.
Se detuvo en seco, pero no se volvió, aunque él pudo ver como
apretaba los puños. —¿Si le echo de menos? —Se volvió sonriendo, pero
esa sonrisa no llegó a sus ojos, lo que demostraba que era una actriz de
primera. —¿A quién te refieres?
—A Reginald —dijo muy tenso.
Dio un paso hacia él. —¿Qué haces aquí, Roy?
—Estoy... preocupado por él.
Perdió la sonrisa de golpe. —¿Por qué?
—Porque…
—Te dejó por culpa de su madre. Se avergonzaba de tener que
presentarte a la vieja, que al parecer tiene muy mala leche. Y como Regi no
quería perder la empresa, porque ella tiene el cincuenta por ciento, el muy
idiota pasó de ti.
—No es un resumen muy delicado —dijo Roy entre dientes.
—Que te den.
—¿Por su madre? —Bradlya no podía creérselo.
—¿Ves cómo tenía razón con lo de las suegras?
—Si ni me conoce.
—Él evitó que te conociera porque se avergüenza de ti.
—¡Tris, hay muchos factores que no conoces! —gritó Roy.
—¡Oye, a mí no me levantes la voz!
Roy dio un paso hacia ella. —Mira, todo esto es culpa mía. Yo le
presioné, ¿vale? Para que te pusiera a nuestro favor con lo de Katherine y
para que te dejara porque sabía que su madre no te tragaría, pero es que
nunca me imaginé que él se tomara así tu ausencia.
Sus ojos se cuajaron de lágrimas. —¿Y cómo se la ha tomado?
—Fatal. Joder, no para de trabajar y está todo el día de mala hostia.
El otro día le vi mirando tu foto en su móvil.
Se llevó la mano al pecho. —¿Mi foto?
—No la vi bien, pero me dio la impresión de que estabas dormida.
Te la debió sacar alguna noche que estuviste en su casa.
—Joder, eso suena a psicópata —dijo Tris haciendo que Roy la
fulminara con la mirada. —¿Qué? ¡Es la verdad! ¿A ver si está tan chiflado
como su hermana o su madre?
—¡No está chiflado!
—¡Sí, eso díselo a mi hermana, que ha tenido que lidiar con esa loca
dos veces desde que acabó el juicio!
La miró sorprendido. —¿Katherine te ha abordado?
—Tris cállate.
—¿Que si la ha abordado? ¡La primera vez se presentó aquí para
gritar como una loca y la segunda la pilló en el hall del edificio y la
amenazó con una pistola! Dice que todo es culpa suya, que sino hubiera
tenido que pagarle los quince mil no hubiera tenido que cambiar de
abogado. ¡Casi la mata, tuvo suerte que en ese momento llegó un vecino y
se largó corriendo! ¡Si no ha vuelto, seguro que es porque está pensando en
cómo matarla sin que la vea nadie!
—O que tiene miedo de recibir otro par de leches como las que le di
antes de que saliera huyendo. Se fue calentita, te lo aseguro.
—¿Y no la has denunciado?
—Mi vecino no quiere líos y es su palabra contra la mía.
—¡Te ha amenazado!
—Lo han hecho muchas veces antes —dijo sin darle importancia—.
Hay muchos gallitos que después de pagar averiguan donde vivo y se pasan
por aquí para decirnos cuatro cosas. Por eso nos mudamos cada cierto
tiempo.
Las miró como si estuvieran locas. —¡Y seguís trabajando en esto!
Las hermanas se miraron. —Claro. La mayoría son unos cobardes
que se largan en cuanto pulsamos el botón de alarma. —Tris pulsó el botón
que tenía bajo la mesa y sonó un pitido repetitivo y muy agudo. —¿Ves? —
gritó antes de pulsarlo de nuevo para apagarla.
—¡Niñas, no pienso renovaros el contrato! —gritó alguien desde
abajo.
Bradlya hizo una mueca mientras Tris gritaba —¡Lo siento, señor
Harris! ¡Ha sido sin querer! —Se volvió para mirar a Roy que no salía de su
asombro. —Bah, se le pasa siempre que le hago magdalenas y que le regalo
algún vestido sexy a su mujer para sus noches temáticas.
—¿Noches temáticas?
—Hay que tener imaginación para reavivar la llama, ya sabes.
—No, no lo sé porque yo nunca he necesitado eso.
Chasqueó la lengua. —Seguro.
Ambos miraron a Bradlya que no les hacía ni caso pensando en sus
cosas. —¿Qué piensas, hermana?
—¿Dónde vive su madre?
Roy la miró horrorizado. —Ni hablar.
—Las tiritas cuanto antes se quiten mucho mejor.
—¿Estás loca? ¡Lo perderemos todo! Porque a mí también me
echarán de la empresa, ¿sabes?
—Serás egoísta —dijo Tris cruzándose de brazos.
—¡Perdona bonita, pero he trabajado como un cabrón para la
empresa!
—La dirección —dijo Bradlya muy en serio—. ¿O quieres que la
averigüé yo? Tarde o temprano lo haré, así que solo ahorraríamos tiempo.
—¿Si me echan me darás trabajo?
—Claro, el traje de Frankenstein te quedará de miedo.
Capítulo 6

Vestida de vampiresa sexy pulsó el timbre de la puerta tomando aire.


La puerta se abrió y una mujer vestida con traje de asistenta se sobresaltó al
verla. —Buenas tardes, ¿está en casa la señora Hardgrave?
La mujer negó con la cabeza mientras la miraba de arriba abajo. —
No, ha ido a su estilista.
—Oh, pues la esperaré.
—Disculpe, ¿pero usted quién es?
—Soy la amante de su hijo.
La mujer dejó caer la mandíbula del asombro.
—Y su futuro. Regi es el hombre de mi vida. ¿Qué se le va a hacer?
Es un poco estirado, pero lo soportaré porque es buenísimo en la cama.
¿Puedo pasar ya?
La mujer mirándola como si estuviera loca intentó cerrar la puerta,
pero ella metió el pie para impedirlo. Leche, la fuerza que tenía con lo
bajita que era. —No, maja, no he venido hasta aquí para que me des con la
puerta en las narices.
—¡Largo de aquí, chiflada! ¡Voy a llamar a la policía!
—Rosaura, ¿qué pasa?
Bradlya se volvió para ver a una mujer con un traje de Chanel gris y
perlas en el cuello que debía haberse bajado de un taxi porque el coche se
iba en ese momento. —Oh… —Quitó el pie y la puerta se cerró de golpe.
—¿Eres la madre de mi cariñito?
La mujer parpadeó. —¿Perdón?
Miró su cabello teñido de negro y como la habían peinado como si
llevara un casco. Bradlya chasqueó la lengua. —Mi hermana te hubiera
hecho un trabajo mucho mejor y seguro que mucho más barato.
—¿Qué?
La puerta se abrió de nuevo y apareció la criada con el teléfono en la
mano. —No se preocupe, señora, ya he llamado a la policía.
—Yo solo quería hablar con ella. —Miró a la madre de su chico. —
Tenemos mucho que contarnos.
—¿De veras? —preguntó mirándola como si fuera una loca
peligrosa—. ¿Qué tal si vamos a la cafetería que hay al final de la calle?
—¿Seguro que quiere que hablemos de esto en público?
Forzó una sonrisa. —Sí, creo que es lo mejor.
—Vale, por mí está bien.
Bajó los escalones con una sonrisa en el rostro y la mujer como una
bala los subió. Ni le dio tiempo a reaccionar antes de que cerrara la puerta.
Bufó. —¡No me voy a rendir!
Apartaron la cortina y las caras de las dos aparecieron mirándola
como si fuera una loca peligrosa. El sonido de una sirena la hizo suspirar y
se volvió con una sonrisa. —Hola, chicos.
El agente Garret salió del coche. —¿Otra vez, Bradlya? —Miró
hacia la casa. —Has subido de nivel.
—No lo sabes bien. Es la casa de mi suegra.
Jeffrey silbó reuniéndose con su compañero. —Tu novio tiene que
estar forrado.
—No acepta nuestra relación. Yo solo quería hablar con ella. No he
hecho nada malo no podéis detenerme.
Garret le hizo un gesto a Jeffrey que subió los escalones y antes de
que llamara a la puerta su suegra ya había abierto. —¡No sé qué quiere esa
mujer, pero es evidente que está loca! ¡Quería entrar en mi casa a la fuerza!
—dijo alterada.
—Creo que no has empezado con buen pie —dijo Garret por lo
bajo.
—Bah, ahora se resiste, pero me adorará.
—Igual tenías que haber venido vestida de otra manera.
—Tiene que aceptarme como soy. —Levantó la barbilla. —No
tengo nada de malo.
—Yo sería menos complicado.
—Lo siento, ese tren ya ha pasado.
Gruñó. —Lleva pasando tres años. —Miró hacia su suegra. —¿La
ha agredido?
—¡Ni la he tocado! —dijo indignada.
—No estoy hablando contigo. —Miró a la mujer. —¿La ha
agredido?
—No, pero…
—Señora, aquí no hay delito.
—¿Y si me hace daño?
Los dos policías rieron por lo bajo. —Suele ser al revés, señora. Es a
ella a quien le suelen dar.
—¡Pues no me extraña! ¡Me ha puesto de los nervios! —La mujer
cerró de golpe casi dándole a Jeffrey con la puerta en las narices.
—Tiene mal carácter —les informó ella.
—Eso ya lo vemos. —Jeffrey bajó los escalones. —Sabes que el
acoso es delito, ¿no?
—¿Llamar a una puerta ahora se considera acoso? La última vez que
me leí la ley no era así.
—Intenta ser buena, no me gustaría tener que detenerte —dijo
Garret abriendo la puerta del coche.
Suspiró volviéndose y allí las tenía en la ventana. Y ella estaba
hablando por el móvil alteradísima. Tampoco había sido para tanto. La
saludó con los deditos y su suegra mostró el horror en su rostro, ni que la
hubiera amenazado de muerte. Bueno, pues ella no pensaba rendirse. Sonrió
maliciosa y ambas mirándola como si estuvieran aterradas soltaron la
cortina para esconderse en la casa. —Si crees que vas a librarte de mí, vas
lista. Bueno, a trabajar.

Estaba cantando a pleno pulmón New York, New York cuando el


coche frenó en seco a su lado. Ella con los brazos abiertos hizo una
reverencia hacia los vecinos que se habían detenido a su alrededor y que la
aplaudían. Su suegra hacía diez minutos que estaba asomada a la ventana
del piso superior.
—¡Bradlya!
Se volvió y su corazón dio un vuelco al ver a su Reginald guapísimo
con un traje gris. —¿Qué estás haciendo? —preguntó asombrado.
Qué alegría verle, qué alegría. —¿Me has echado de menos?
Largaos, chicos, se ha acabado el espectáculo.
Asombrado vio cómo protestaban antes de irse. Ella se acercó y le
abrazó por el cuello. —No me has contestado, ¿me has echado de menos?
—¿Qué haces aquí? —preguntó entre dientes antes de mirarla a los
ojos.
A Bradlya se le cortó el aliento esperando que se enfadara con ella,
pero en lugar de eso sonrió. Rio loca de contenta. —¡Lo sabía!
—¡Reginald!
Él ignoró el grito de su madre. —¿Qué estás haciendo, nena?
—Sígueme la corriente. —Se volvió hacia ella. —Phillis, maja, ¿por
qué no me dejas pasar y hablamos un ratito?
—Cómo se atreve esta mujer a hacer…. ¡Hijo suéltala! ¡Te van a ver
los vecinos!
Reginald carraspeó. —Madre, tranquilízate.
—Hablemos, hablando se entiende la gente.
—¿Estáis juntos? —Miró a su hijo esperando impaciente su
respuesta porque era obvio que era algo que no podía creerse. —
¡Contéstame!
—Nena, ¿lo estamos?
—Intenta librarte de mí… —dijo haciéndole reír por lo bajo—.
Suegra, le caeré genial, ya verá.
La mujer jadeó antes de entrar en la casa y dar un portazo.
—Preciosa, esto no tiene buena pinta.
Se volvieron para dar la espalda a la casa. —Tú déjame a mí, que al
final conseguiremos lo que yo quiero.
—¿Y lo que quiero yo? —preguntó comiéndosela con los ojos.
—Tú vas a obtener exactamente lo que más deseas. —Le abrazó por
la cintura y le dio un suave beso en los labios. —Tonto, tenías que
habérmelo dicho.
—Deduzco de todo esto, que alguien te ha contado algo que no
debería.
—Roy es un buen amigo. Te quiere y se preocupa por ti. Dice que
estás muy gruñón desde que no estamos juntos.
Él acarició su sien perdiendo la sonrisa poco a poco. —No puedo
perder la empresa, nena. Es el legado de mi padre.
—Tranquilo, no perderás nada porque pienso poner toda la carne en
el asador. Hablando de carne, me muero de hambre. ¿Me invitas a cenar?
—¿Así vestida?
—Es una penitencia, cielo. Por tenerme tres meses en dique seco. —
Abrió la puerta del coche. —¿Qué tal si vamos a comer algo a Times
Square, haré un bailecito solo para ti?
Riendo dio la vuelta al coche. —Hecho.
Le miró sorprendida. —¿Has dicho que sí?
—Estoy deseando ver ese baile.
Loca de contenta se sentó en el asiento del pasajero y miró hacia la
casa. Phillis la miraba como si fuera su objetivo y ella le lanzó un beso con
la mano haciendo reír a Reginald. —Nena, sí te he echado de menos.

Tumbada en la cama a su lado no podía dormir, porque no se podía


creer todavía que estuviera de nuevo en aquella habitación junto a él.
—No me ha gustado mucho que ese baboso te tirara veinte pavos —
dijo aún molesto.
Soltó una risita por cómo se había puesto.
—No tiene gracia.
—Siempre me tiran dinero. ¿Qué puedo decir? Lo hago muy bien.
De pequeña iba a clases de danza, ¿sabes?
—Y les estás sacando provecho.
—Por supuesto.
Se quedó en silencio mirando el techo cuando volvió a vibrar el
móvil. —Ya me ha llamado veinte veces. Empiezo a sentirme mal por no
cogérselo.
—Debe entender que es tu vida y que no puede manipularte para
que hagas lo que ella quiera.
—Joder, es mi madre. Desde que se divorció solo me tiene a mí.
Podía entender lo duro que era para él. —¿Quieres que me disculpe?
—No servirá de nada. Lo único que la dejaría tranquila es que
desaparecieras.
Temió que se lo hubiera pensado mejor, temió que le hiciera caso.
—¿Quieres que desaparezca?
Acarició su espalda. —No. Ya fue duro la otra vez, no pienso pasar
por eso de nuevo. No quiero perderte.
Cerró los ojos disfrutando de ese momento. —Yo tampoco quiero
perderte a ti.
—Pero si esto va a hacia algún sitio, tienes que dejar tu trabajo.
Se sentó de golpe. —¿Qué has dicho?
—Nena, soy uno de los empresarios más importantes de Nueva
York, mi novia no puede ir correteando por la ciudad atosigando a la gente
para que pague sus deudas —dijo entre dientes.
—¡No puedo dejar mi trabajo!
—Si lo dices por tu hermana y su terapia, lo arreglaré…
—No tienes que arreglarlo tú, es mi responsabilidad.
—Tienes mucho talento y deberías potenciar tu arte.
Le miró como si estuviera loco. —¡No venderé un cuadro! ¿Pero de
que estás hablando? ¿Crees que en el pasado no lo intenté?
—No tenías mis contactos.
—Tenía premios, que es un pase directo a la venta de arte y aun así
no vendí nada. Lo que pasa es que te avergüenzas de que tu novia vaya
correteando por la ciudad reclamando deudas.
—Pues ya que lo dices…
Separó los labios de la impresión. —¡Reginald!
—¡Joder, no es una profesión de la que presumes en un cóctel como
si fueras neurocirujana!
—Ah, que si fuera neurocirujana presumirías de mí.
—¡Si fueras pintora presumiría de ti! ¿Por qué no quieres intentarlo?
—¡Porque la decepción fue tan brutal que se me quitaron las ganas
de pintar!
Se la quedó mirando. —Te has rendido.
—No quiero que nadie me regale nada, no necesito tus contactos —
dijo furiosa antes de salir de la cama.
—¿Qué coño haces? —preguntó al verla coger las medias del
disfraz—. ¿Te vas?
—Me da que no solo tendría que luchar con tu madre sino también
contigo. ¡O me quieres como soy, o me largo!
—Si acabas de decir que no quieres perderme.
Se detuvo en seco. —¡Tienes razón, sería darle la razón a la bruja de
tu madre y a ti! —Puso los brazos en jarras. —¡Yo soy así!
Él la miró de arriba abajo y sonrió. —Y me encanta cómo eres. Pero
lo que eres no es por tu profesión, nena.
—¡Lo dice él que no quiere perder la empresa de su padre ni a tiros!
—¡Joder, es que no hay comparación! ¡Gano más de cuarenta
millones de dólares al año!
Dejó caer la mandíbula del asombro. —¿De veras?
—Eso sin contar el valor de las acciones. ¿Crees que es un trabajo
que se puede abandonar así como así? ¿Cuánto ganas tú, nena?
Hizo una mueca dejando caer las medias y sentándose en la cama.
—El año pasado ganamos después de pagar impuestos unos seiscientos mil.
—Joder, no está nada mal, pero no se puede comparar.
Se mordió el labio inferior y pasó el dedo por una arruga de la
sábana. —Si lo dejo perderé a mis clientes, Tris se quedará sin trabajo y…
—Tris tiene mucho talento y puede conseguir trabajo en Broodway.
—No quiero ser una mantenida. Luego eso se acaba, ¿y qué será de
mí? Me quedaré en la calle.
—¿Cómo que se acaba?
Elevó los párpados para mirarle a los ojos. —¿Cuánto durará? Tú
mismo dijiste que siempre se acaban las relaciones en esta ciudad,
¿recuerdas? Cuando hablamos del divorcio de tus padres. ¡Por Dios, si en
cuatro meses hemos roto una vez y cuarto!
Reginald sonrió. —¿El cuarto es por lo que acaba de pasar? Nena,
tengo la sensación de que en nuestra relación va a haber muchos cuartos
porque los dos tenemos mucho carácter. —Cogió su antebrazo y la tumbó
sobre él. —Mira, en algo tienes razón, acabamos de volver a estar juntos y
lo que menos necesitamos es más presión porque ya tendremos bastante con
mi madre. Veamos cómo va el asunto.
—Sí, pero te avergüenzas de mí.
—De ti no, de lo que haces… —Suspiró. —Joder, no es que me
avergüence, nadie por la calle sabe quién eres en realidad. ¿Pero te imaginas
que se enterara la prensa? Te seguirían a todas horas.
Sus ojos brillaron de la ilusión. —¡Pagarían antes! ¡Tendría un
montón de clientes!
—La madre que me… Nena, está claro que no quieres ver los
inconvenientes que tiene tu trabajo.
—Lo que no quiero ver es la cuenta del banco a cero porque me
quede en casa todo el puñetero día esperando a que llegue mi novio.
¡Porque no voy a aceptar tu dinero! —Parpadeó. —Excepto los cuatro mil
que me debes.
—¿Que yo te debo cuatro mil? ¿De qué?
Se sonrojó. —He tenido que cancelar el viaje a Europa. Convencer a
tu madre era más importante.
—¿Y yo te debo la pasta?
—Es tu madre. Con la mía no hubiera habido ningún problema.
—¿No me digas? —dijo irónico.
—Sí, le caerías genial.
Capítulo 7

La vio salir del teatro con dos amigas y corrió hacia ella. —¡Phillis!
¡Yuju!
Media calle miró hacia ella, porque estaba llena de turistas que
empezaron a sacarle fotos y no era para menos porque su disfraz de la
estatua de la libertad llamaba bastante la atención. Muchos querían pagarle
para sacarse fotos con ella. —¡Phillis! ¡Sueeegrrriii!
Esta miró sobre su hombro y su cara de horror fue evidente. Uy, esta
la aceptaba como estaba mandado. —¡Qué alegría verte!
—Phillis, ¿la conoces? —preguntó la mujer que tenía al lado.
—Soy su nuera, ¿cómo no va a conocerme? —Alargó la mano de la
antorcha. —Uy, perdón. —Le dio la antorcha a su suegra que la cogió por
instinto y Bradlya alargó la mano a aquella mujer. —Soy Bradlya Pinheiro.
—Un disfraz asombroso, Bradlya. Yo soy Sheila Morton y al otro
lado de tu anonadada suegra está Lisa Matthews.
—Un placer conocerlas.
—Bradlya, querida… —dijo Phillis entre dientes—. ¿No llegas
tarde a la fiesta de disfraces?
Se echó a reír. —Qué divertida es mi suegra. Venga, no hace falta
que disimules, estás entre amigas. Soy cobradora de deudas.
Ambas la miraron sorprendidas. —¿De veras? ¿Cobras deudas así
vestida?
—Hay que llamar la atención para que se espanten y paguen cuanto
antes.
—Querida, pues lo logras, te lo aseguro.
—Lo sé, mi hermana tiene mano para la costura y el maquillaje.
¿Qué tal la obra, suegri?
—Uy, tengo que irme. —Le puso la antorcha en el pecho y Bradlya
la cogió por un pelo antes de verla casi correr hacia la acera levantando la
mano. —¡Taxi!
—Lo lleva mal, ¿eh? —preguntó Sheila divertida.
—No lo sabes bien. —Corrió tras ella. —Suegri, si me dejaras
hablar…
La mujer cruzó la acera entre los coches, pero Bradlya no se daba
por vencida. —Venga, soy muy maja, si me conocieras me adorarías, todos
lo hacen.
—¡Aléjate de mi hijo!
—Más quisieras.
Se detuvo en seco para fulminarla con la mirada. —¡Oye, he
hablado con él y ya se cómo os conocisteis! Eres una aprovechada de las
desgracias ajenas y no consentiré bajo ningún concepto que te relaciones
con el único hijo que tengo, ¿me oyes? Y estoy dispuesta a todo. A ver
quien gana.
—Ganaré yo, en la cama soy la bomba.
Jadeó. —Zafia.
—Borde estirada.
Entrecerró los ojos antes de volverse y gritar —¡Taxi!
—Venga, no me aprovecho de las desgracias ajenas. A tu hijo le he
hecho ganar un montón de pasta.
—Eres una barriobajera de tres al cuarto que crees que has ganado
la lotería al encamarte con mi hijo, pero ni muerta dejaré que te salgas con
la tuya.
—Quería que me conocieras como soy para que luego no te llevaras
espantos. Y no se hace así, si quieres llamar a un taxi tienes que hacer esto.
—Se acercó a la acera y sonrió alargando la mano. Un taxi frenó en seco
ante ellas con pasajero y todo. —¿Ves?
La miró como si tuviera cuernos. —Aléjate de mí. Y lo más
importante, ¡aléjate de mi hijo!
Phillis caminó hacia el final del taxi y levantó la mano.
—Suegri, podemos llevarnos bien.
—¿Pero tú te has visto?
—¿Preferirías que fuera una pija de Park Avenue?
—¡Por supuesto que sí!
—¿Y de qué serviría si ya tuvo una y no era feliz?
Phillis se volvió para mirarla.
—¿No quieres que sea feliz?
—¡Policía!
—Y dale. No estoy infringiendo ninguna ley, no seas pesada. —
Suspiró porque seguía en sus trece. Mejor insistía otro día cuando la cogiera
más relajada. —Ya te pido yo el taxi.
—¡No quiero nada de ti!
—Te costará pillarlo a esta hora, ¿no ves cómo está la calle? —Se
acercó a la acera de nuevo y alargó la mano. El empujón la tiró al asfalto y
chilló al ver una rueda que se acercaba, quedando el parachoques del coche
a un centímetro de su cara. Mucha gente la rodeó.
—¿Se encuentra bien? —preguntó una joven.
—Dios, qué susto. —Se sentó y se miró el codo. Se había
despellejado, pero lo que más le fastidiaba es que se le había roto el disfraz.
Sería capulla. Miró hacia la gente, pero había desaparecido. —Ya te cogeré,
bruja.

—¡Ay!
—Deberías denunciarla —dijo su hermana pasando el algodón
empapado en alcohol sobre la herida.
—Sí, eso mejoraría absolutamente la relación que tenemos ahora.
—¡Ha intentado matarte! Al menos díselo a ese novio tuyo. —
Suspiró tirando el algodón al cubo de la basura y se sentó ante ella en la
mesa de la cocina.
Bradlya sabía que le dolía la espalda, pero que se sentara era un
signo de que le dolía mucho. —¿No funciona la pastilla?
Tris hizo una mueca. —Algo.
Después de su accidente hubo que operarle la espalda y esa
operación provocó que un hueso rozara un nervio y el dolor de rodilla a
veces era insoportable, como descargas eléctricas que la dejaban sin
fuerzas. —Podemos visitar a otro especialista, tenemos dinero.
—No servirá de nada. —Sus ojos se llenaron de lágrimas de la
frustración. —Nada sirve.
Sabía que era desesperante para ella. Desde el mismo momento que
se levantó después de la operación supieron que algo no iba bien con su
rodilla, pero el traumatólogo de urgencias que la había operado se hizo el
loco y dijo que era parte de la recuperación. Pero el dolor fue a más y
cuando le hicieron una resonancia se encontró el problema. Tuvieron que
operarla de nuevo y la operación no funcionó tan bien como se esperaba. Su
hermana había pasado un calvario desde la muerte de sus padres y no era
justo. Por eso trabajaba todo lo que podía, para conseguirle la mejor
atención médica. —Puedo hablar con Reginald. El conoce gente y…
—Déjalo. —Fue hasta el salón. —Voy a acostarme un rato. Te veo
mañana.
Apretó los labios. No quería dejarla así, pero Reginald la había
invitado a cenar, era su primera cita de verdad. Mierda.
El teléfono le sonó en ese momento y sonrió al ver que era él. —
Hola, cielo.
—¿Pero qué coño has hecho?
—¿Cabreado? Déjame adivinar, te ha llamado tu madre.
—¡Está histérica porque la has dejado en evidencia ante sus amigas!
Suspiró. —Solo quería hablar…
Él se quedó en silencio. —Nena, ¿qué pasa?
Miró hacia la puerta y susurró —Tris no se encuentra bien.
Tendremos que dejar lo de hoy.
—¿Puedo hacer algo? Puedo…
—No cielo, solo rezo para que le funcione la medicación. —Gimió.
—Lo siento.
—¿Lo de mi madre o lo de la cita?
—Lo de la cita, ya hablaremos de tu madre que la señora tiene tela.
Rio por lo bajo. —Sí que la tiene. Te llamo mañana, nena.
—Hasta mañana, cielo.
Sonriendo con tristeza pulsó el botón rojo. Bueno, no se había
cabreado mucho, así que la cosa iba muy bien.

Sentada en el sofá en pijama, cambió de canal sin ninguna gana de


hacer la cena cuando llamaron a la puerta. Gruñó porque seguro que la
señora Harris quería algo y antes de que llamara de nuevo dijo —¡Ya voy!
Se levantó de mala gana y abrió la puerta. El primer disparo en el
hombro ni lo sintió, solo podía mirar aquella persona con el rostro cubierto
con una máscara de payaso. El segundo en el pecho la tiró sobre la alfombra
de la entrada dejándola sin aliento. Su corazón latía con tanta fuerza que no
podía escuchar nada más, ni los gritos de su hermana ni como llamaba a
emergencias. Pasaron unos segundos hasta que fue consciente de lo que
había pasado y una lágrima cayó por su sien porque ya no vería más a Tris,
ya no vería más a Reginald. Y les necesitaba, les necesitaba muchísimo.

Tris lloraba sentada en la sala de espera y cuando llegó Reginald, se


levantó creyendo que era uno de los médicos que tenían que informarla.
—¿Qué coño ha pasado? —preguntó alterado.
—No lo sé. —Su labio tembló. —Estaba en la habitación cuando oí
los disparos, cuando llegué al salón mi hermana estaba tirada en el suelo. —
Alguien más entró en la sala y sollozó al ver a Roy que se acercó a ellos. —
La están operando. Casi no podía respirar cuando la ambulancia llegó a
casa. —Lloró angustiada y Roy la cogió por los hombros abrazándola
contra su pecho. —Creí que se moría allí.
—¡Sabía que su trabajo era peligroso con todos los locos que hay
sueltos por ahí!
Tris miró a Roy que apretó los labios. —Amigo, tengo algo que
decirte que…
En ese momento entró un médico con traje de quirófano y se
volvieron hacia él. —¿Familiares de Bradlya Pinheiro?
—Ella es su hermana y yo su novio —dijo Reginald muy tenso—.
¿Cómo está?
—La están operando todavía. Pero es que nos hemos enterado de
algo que desconocíamos. Nadie había mirado en la base de datos y…
Cuando la atendimos en un primer momento en urgencias, no sabíamos que
según su testamento vital no se la debe reanimar en caso de lesiones graves.
—¿Qué? —Asombrado miró a su hermana. —¿Pero qué dice este
hombre?
—Mi madre se pasó en coma tres meses hasta que nos dijeron que
había que desconectarla. Para Bradlya fue muy traumático y dijo que no
quería que nadie tuviera que tomar esa decisión por ella jamás.
—El problema es que ya la hemos reanimado dos veces, así que el
cirujano jefe ha dicho que decida la familia.
Reginald se llevó las manos a la cabeza mientras que a Tris se le
doblaron las piernas al borde del desmayo. Roy la cogió a tiempo mientras
no dejaba de gritar que no. Reginald miró fijamente al cirujano. —
¡Escúcheme bien, ya pueden salvarle la vida a mi mujer porque como
muera porque siguen esa maldita orden, tendrán que vérselas con mis
abogados!
—Amigo no les presiones más, están haciendo lo que pueden.
—¡Joder! —Reginald dio un puñetazo a la pared y Tris se quedó
impresionada por el dolor que expresaba su rostro. —¡Tienen que salvarla!
—Le aseguro que haremos todo lo que podamos por ella. Aún
tendremos para un par de horas más porque la bala que ha dañado el
pulmón nos está complicando las cosas. Haré que venga una enfermera con
unos sedantes, les vendrán bien.
—Gracias —dijo Roy.
—Y alguien debería mirarle esa mano.
—No es nada —dijo molesto consigo mismo—. Lo siento.
—Entiendo la tensión a la que están sometidos.
Se fue dejando el silencio tras él y fue Tris la primera en decir algo
—Ha estado muerta…
Roy la abrazó. —Shusss, se pondrá bien. Se nota que son
competentes.
—No sé qué decirte a eso —dijo Reginald irónico—. Si hubieran
sido competentes no la hubieran reanimado, ¿no?
Su amigo hizo una mueca.
—Ha sido el destino —dijo Tris—. Tiene que vivir.
—Ya hablaré yo con ella de esa estupidez que ha firmado. —
Reginald caminó de un lado a otro como si fuera un león enjaulado.
—¿Cómo os habéis enterado? —preguntó Tris.
—Íbamos camino a cenar y escuchamos la noticia en la radio.
Dijeron que habían disparado a una mujer en su casa y dijeron el nombre de
vuestra calle. Reginald llamó a tu hermana, pero no le cogió el teléfono así
que nos acercamos para comprobar que estabais bien. La ambulancia se
acababa de ir. El señor Harris nos dijo lo que había pasado.
—Tenía que haber ido a verla —dijo Reginald por lo bajo.
—Puede que te hubieran disparado también —dijo Roy—. Amigo,
cálmate e intenta pensar en…
Dos hombres con placas colgadas del cinturón entraron en la sala.
—Buenas noches —dijo uno que tenía barba de varios días—. Soy el
sargento Holland y él es mi compañero el sargento Perkins. —Se acercaron
a ella. —Tenemos entendido que usted es la hermana de la víctima.
Tris asintió.
—¿Y ustedes son?
—Reginald Hardgrave. Bradlya es mi novia y él es mi mejor amigo
Roy McCarthy.
—¿Ustedes estaban presentes cuando sucedió todo?
—No, acabamos de llegar.
Una enfermera se acercó con una bandejita con tres vasitos y una
botella de agua de plástico.
—Yo no lo necesito, gracias —dijo Roy—. Amigo, coge una.
—Que la tome Tris.
Esta agarró dos a toda prisa y se las tomó antes de coger la botella
de agua para beber un buen trago. La enfermera la miró con los ojos como
platos. —Solo era una.
—No me va a hacer nada, te lo aseguro —dijo con ironía—. Ya voy
de medicación para el dolor hasta las cejas.
El policía carraspeó. —¿Podemos hacerle algunas preguntas?
—Sí, por supuesto —dijo Roy—. ¿Qué quiere saber?
—El señor Harris, su casero, nos ha dicho la peculiar profesión que
tiene su hermana.
—Cobra deudas, no sé qué tiene de peculiar eso —dijo Tris.
—Una profesión en la que se pueden ganar muchos enemigos.
¿Alguien la ha amenazado o agredido?
—Agredido unos cuantos, pero más antes, cuando se le veía más la
cara. Desde que la maquillo ocultando gran parte de su rostro y lleva
peluca, no han vuelto a agredirla.
—Pero sí la han amenazado —dijo Roy antes de mirar de reojo a
Reginald que frunció el ceño tensándose—. Katherine la amenazó con una
pistola.
—¿Cómo has dicho? —preguntó dando un paso hacia él—. ¿Cómo
que mi hermana la amenazó con una pistola? ¿Cuándo?
Roy miró a Tris que susurró —Hace cinco semanas más o menos,
pero mi hermana no se dejó intimidar. Llegó el vecino del tercero cuando se
tiraban de los pelos y esa estúpida salió corriendo.
—¿Su hermana? —El sargento Perkins le miró fijamente. —Ya
recuerdo, leí en el periódico que su hermana le reclamaba a usted la
herencia de su padre.
—Es cierto —dijo su compañero.
—Esa fue la razón por la que conocí a Bradlya.
—Entiendo. Su hermana perdió el juicio, ¿no?
—Sí, nunca recibirá el dinero, aunque las acciones y todo lo que le
compró mi padre en vida sí que está a su nombre.
—Pero perdió la liquidez.
Reginald asintió sin dejar de mirar a su amigo. —¿Por qué no me lo
contaste?
—Me enteré hace tres días, joder. Casi no nos hemos visto desde
entonces y esta tarde se me olvidó mencionártelo.
—Averiguaremos donde estaba… ¿Katherine?
—Sí, Katherine Hardgrave. Es mi hermanastra.
—¿Tiene un carácter violento?
—A mi exnovia la envió a urgencias con quemaduras de segundo
grado, ¿usted qué cree?
—Entiendo. —Apuntó en el block que tenía en la mano. —¿Algún
sospechoso más? Alguien que la haya amenazado…
Tris alargó la mano y este confundido le dio el block. Empezó a
apuntar a toda prisa y los cuatro separaron los labios de la impresión al ver
que daba la vuelta a la hoja. —Son un montón de sospechosos.
—Estos son los que han enviado amenazas al correo electrónico de
la empresa, aunque seguro que se me ocurren un montón más que la han
amenazado en persona. —Escribió algo e iba a darle el block cuando dijo
—¡Ah! —Apuntó otro nombre más y se lo tendió.
El sargento leyó la lista y levantó una ceja. —¿Phillis Hardgrave?
—Mi madre.
—Joder, qué familia —dijo el sargento Perkins por lo bajo.
—¿Cómo ha dicho?
—¿Su madre ha amenazado a la víctima?
—¡Digamos que no se ha tomado muy bien mi relación con ella,
pero jamás le haría daño!
—¡Esta misma tarde le dio un empujón que la tiró a la calzada y por
poco la atropella un taxi! —gritó Tris de los nervios.
Reginald no salía de su asombro. —¿Pero qué dices?
—Mi hermana llegó a casa con todo el codo despellejado de la
caída. ¡Al principio dijo que no pasaba nada, pero como le insistí, terminó
por contármelo! ¡Fue tu madre la que le pegó un empujón que por poco la
mata!
—¿Y ha habido más episodios agresivos por parte de su madre?
—¡Si no la conocía hasta ayer!
El policía apuntó en la agenda a toda prisa.
—Oiga, que mi madre no haría algo así.
—Sí, claro.
Siguió apuntando y Reginald se quitó la chaqueta del traje de malos
modos tirándola sobre una de las sillas de plástico. —¡Joder!
—Discúlpenle, está muy nervioso —dijo Roy.
—¡Cómo no voy a estar nervioso! ¡Mi novia está entre la vida y la
muerte y resulta que dos de las sospechosas son mi madre y mi hermana!
Joder, ¿cómo estarías tú?
—¿Dónde estaba usted a la hora de los hechos?
Miró asombrado al policía. —¡Ah, que también soy sospechoso!
—No ha respondido a la pregunta.
—Como habían anulado la cita que tenían para hoy —dijo Roy—,
nos quedamos a trabajar hasta más tarde. Íbamos a cenar cuando oímos la
noticia por la radio. Estuvimos juntos desde las tres de la tarde hasta ahora.
—Bien. ¿Y por qué anuló la cita?
Reginald miró a su hermana y esta sollozó. —Tris no se encontraba
bien, no quería dejarla sola.
—Yo ni sabía que estaba en casa —dijo su hermana rota de dolor—.
Estaba dormida por la medicación. Me dolía muchísimo la rodilla y la
espalda… —Se tapó el rostro con las manos. —Dios mío, no puedo
perderla.
—No la perderás —susurró Roy—. Tranquila.
Los policías apretaron los labios. —Nosotros tenemos por donde
empezar, esperamos que la señorita Pinheiro se restablezca pronto.
—Gracias.
—Si tenemos más preguntas volveremos.
Asintieron mientras salían de la sala.
Reginald se sentó en las sillas de la pared de enfrente y apoyando
los codos sobre las rodillas se pasó las manos por su cabello una y otra vez.
—Esto no está pasando. ¡Esta puta mierda no está pasando!
—Amigo, yo iría llamando al abogado.
Le miró sorprendido. —¿Pero qué dices? ¡No ha sido mi madre!
—Esta misma tarde intentó matarla. ¡La tiró contra un taxi,
Reginald! ¡Llama al abogado!
Tris no salía de su asombro. —¡Le estás aconsejando que proteja a
su madre cuando mi hermana aún está en el quirófano! —Le dio un
empujón. —¡Lárgate de aquí! ¡Largaos los dos!
—Yo no me voy a ningún sitio. —Reginald se levantó y empezó a
pasear de un lado a otro.
Se quedaron en silencio varios minutos y Tris se pasó la mano por
los ojos sintiéndose agotada.
—¿Estás bien?
Levantó la vista hasta el rostro de Roy que parecía preocupado. —
¿Te duele la espalda?
—Estoy acostumbrada.
Reginald apretó los labios y miró su reloj de pulsera. —Ha pasado
una hora. ¿Por qué no te la llevas a la cafetería a que tome algo?
—No, no me voy a ningún sitio. —Miró su mano y era evidente que
sus nudillos empezaban a amoratarse. —¿No te duele?
Se miró la mano y la abrió antes de cerrarla. —No es nada. No están
rotos.
—Vaya dos mentirosos —dijo Roy divertido.
Tris sonrió con tristeza. —Aprendí de la mejor.
—¿Qué quieres decir? —Reginald dio un paso hacia ella. —¿Hablas
de Bradlya?
—Mis padres siempre fueron un desastre para administrarse. Debían
dos meses de alquiler cuando tuvimos el accidente. —Con la mirada
perdida susurró —Ella no quiso ir a la cabaña, tenía que estudiar, aunque
tenía las mejores notas del instituto. Le habían concedido una beca en arte
en Italia, ¿sabéis?
Ambos negaron con la cabeza mientras las lágrimas caían por sus
mejillas. —Estaba tan emocionada, pero mi padre bebió más cervezas de las
que debería y cambió la vida de todos. Se durmió al volante y todo se fue a
la mierda. Me partí la espalda, y ella tuvo que cargar conmigo y con
nuestras deudas. Como cumplía dieciocho años dos meses después del
accidente no se la llevaron los de servicios sociales, pero en cuanto cumplió
la mayoría de edad las deudas recayeron sobre ella. El entierro, la factura
del hospital de mi madre y la mía que era aún más cuantiosa. Así que tuvo
que quedarse.
Reginald apretó los labios. —Perdió la oportunidad de su vida.
—Trabajaba en lo que le salía, pero nunca era suficiente. Apenas
tenía para comer con los pagos que tenía que cubrir para pagar nuestras
deudas y sin embargo cada vez que iba al hospital, siempre, siempre me
llevaba un regalo. Una sombra de ojos para que practicara o un juego de
agujas, telas… Siempre llevaba algo. Hasta que salí no me di cuenta de
cuánto me había mentido y de lo mal que estaban las cosas. Hasta había
vendido muebles en una web de segunda mano. Mi fisioterapia era cara y
en cuanto llegué a casa consiguió un trabajo en una cafetería para las
noches. Ni pudo disfrutar de la única vez que vendió un cuadro porque el
dinero se fue de inmediato para pagar una de las facturas del hospital.
Fueron dos años muy duros para ella. Entonces apareció este trabajo. Yo
estaba horrorizada porque no creía que estuviera preparada para ello, pero
el primer día ganó mil dólares y desde entonces me propuse ayudarla en
todo lo que pudiera.
—Y lo habéis hecho muy bien —dijo Reginald antes de agacharse
ante ella—. Habéis salido adelante.
—Renunció a todo por mí, si está ahí dentro es por mi culpa.
—Si está ahí dentro, es porque alguien perdió la cabeza. Tú no
tienes culpa de nada.
—No volvió a pintar después de vender ese cuadro.
—¿Le preguntaste por qué? —preguntó Roy.
—Sí, muchas veces. Dijo que no merecía la pena vivir con un pincel
en la mano encerrada en una habitación cuando había tanto por ver ahí
fuera.
Reginald recordó el corazón de su cuadro. Las llamas que lo
rodeaban. Eran sus sentimientos intentando salir del lienzo. Las deudas la
habían atrapado y ella solo quería salir. Quería vivir. Y seguir pintando, en
su mente la mantenía aún más encerrada. Cuatro paredes físicas añadidas a
las imaginarias que habían causado las deudas. Por eso era feliz en su
trabajo, porque se disfrazaba, simulaba ser otra persona, alguien que era
libre para decir o hacer cualquier cosa que se le pasara por la imaginación.
Su profesión la había ayudado a salir de todo y él quería arrebatárselo.
—¿Cuánto debéis?
—Lo ha pagado todo. Para celebrarlo íbamos a hacer ese viaje.
—Joder… —dijo Roy impresionado—. Ha debido de trabajar
muchísimo.
Reginald entrecerró los ojos. —Lo que hace que la lista de
sospechosos sea muy larga.
Capítulo 8

Un dolor muy intenso en el pecho la hizo gemir y sintió algo en el


interior de la garganta que la asustó. Abrió los ojos y Reginald cogió su
mano. —Tranquila, nena, todo va bien. Es un respirador.
Gimió asustada y él susurró —Te han operado y ha ido bien. En
nada de tiempo estarás disfrazada de princesa de nuevo. —Él besó su mano.
—O de novia, nena. Porque no pienso dejarte escapar. —Ella miró su mano
y al ver un hermoso anillo de compromiso sollozó haciendo pitar una
máquina. —Eh... si no te calmas me echarán de aquí. —Acarició su frente.
—Eso es, nena, respira… —La besó en la coronilla. —En nada de tiempo
estaremos en Portugal tomando el sol. —Limpió su mejilla con delicadeza.
—Porque vas a salir de esta y en seis meses vas a tener a nuestro hijo, nena.
Drogada como estaba le costó entender lo que quería decir, pero
cuando se dio cuenta de que le decía que estaba embarazada no pudo
disimular su sorpresa y Reginald sonrió. —Me lo acaban de decir. Estás de
tres meses. Preciosa, no me habías dicho nada, ¿no lo sabías?
Negó con la cabeza.
—Sí, ya me ha dicho tu hermana que siempre has sido irregular. —
Besó su mano. —No te puedes imaginar lo feliz que soy, cielo. Jamás me
imaginé que saber que iba a ser padre me fuera a alegrar tanto.
El miedo se reflejó en sus preciosos ojos verdes.
—No, nena, el bebé está bien. Todo va bien, te han examinado y
está perfecto.
Cerró los ojos del alivio.
—En lo único que tienes que pensar es en reponerte. Ahora estás en
una sala de vigilancia intensiva, pero enseguida te pasarán a una habitación.
Tranquila, yo me encargaré de todo. Tu hermana está bien y yo me
encargaré de todo a partir de ahora. Se me ocurren muchos planes, pero lo
decidiremos todo juntos en cuanto te recuperes.
—Ya está bien —dijo alguien.
Asustada porque se fuera miró hacia la voz para ver que una mujer
de blanco inyectaba algo en una bolsa sujeta a un gotero. Gimió.
—Bradlya mírame.
Ella lo hizo rogándole con la mirada. —Debes descansar, tranquila
todo irá bien. No te vas a quedar sola, no lo permitiré…
La medicación empezó a hacerle efecto y sus ojos se fueron
cerrando poco a poco. —No tengas miedo, no te voy a dejar…

La siguiente vez que despertó, entre la neblina vio a su hermana a


los pies de la cama. Intentó hablar, pero Tris se acercó a toda prisa. —No,
no lo intentes, te harás daño. —Miró sobre su hombro como si buscara a
alguien antes de volver a centrarse en ella. —¿Quién fue? Están
investigando a todos, pero no saben quién ha podido ser. Dímelo,
necesitamos algo.
Ella cogió su mano y se la puso boca arriba sobre la cama. Cerró los
ojos sintiendo que se mareaba y con el índice hizo un corazón. Su hermana
se emocionó porque era un juego que hacían de pequeñas. —Yo también te
quiero. —Miró su rostro para ver que abría los ojos de nuevo. —¿No sabes
quién es?
Negó con la cabeza.
—¿No le viste?
Volvió a negar.
—Mierda. Su madre tiene coartada. Se la dio la criada, dijo que
había llegado tan disgustada que tuvo que darle un Valium. Y su hermana
estaba en la fiesta de cumpleaños de su madre con cien personas más. Esa
zorra ha pillado un capullo más rico que Midas y le ha pagado todas sus
deudas, ¿te lo puedes creer? Y de los otros no sé quién podría ser. La verdad
es que podría ser cualquiera. Por cierto, dimito.
Sus ojos sonrieron.
—Sí, ya veo que tú también. Oye, ¿qué tal si empiezas a pintar de
nuevo? Siempre he pensado que era una equivocación dejarlo con lo bien
que se te daba. Por cierto, tu prometido me ha dicho que te diga que piensa
en ti. —Tris sonrió. —No es tan capullo como parecía, ¿sabes?
Parpadeó diciéndole que sí.
—Creo que te quiere, hermana. —Tris apretó su mano emocionada.
—Creo que como decías es el correcto.
Parpadeó de nuevo antes de mirar el techo.
—Estás cansada y yo con mi cháchara. —Se acercó a ella y con
cuidado le dio un beso en la mejilla. —Dentro de poco estarás en casa, el
médico dice que vas muy bien. Hasta está sorprendido por tu evolución,
pero es que tienes mucho por lo que luchar, ¿no es cierto? —Al ver que se
quedaba dormida de nuevo susurró —Te quiero, hermana.
La enfermera pasó ante la cama y al verla observar a su hermana
dormida susurró —Debe salir, la hora de visita se ha acabado.
—Se ha despertado. —Se limpió las lágrimas.
La mujer sonrió. —A partir de ahora se despertará más.
Seguramente mañana la subirán a planta.
—¿Mañana?
—Y le quitarán el respirador, lo ha ordenado el médico. Ahora salga,
en unos minutos haremos las curas.
Tris fue hasta la puerta y al salir se arrancó la bata de papel para
tirarla en el cubo. Empujó la puerta y Reginald se levantó en el acto.
—Se ha despertado.
—¿De veras? —preguntó aliviado—. ¿Te ha dicho algo?
Ella levantó una ceja.
—Ya me entiendes.
—No sabe quién fue.
—¿Cómo que no lo sabe?
—Igual no le dio tiempo a verlo, no sé. Mañana nos lo explicará, la
subirán a planta.
Él suspiró del alivio. —Joder, menos mal. Otra semana así y me da
un ataque al corazón.
—Ataque le va a dar a ella, cuando se entere de que tu madre te ha
quitado la presidencia de la empresa.
Él entrecerró los ojos demostrando lo furioso que estaba por ese
asunto. Que su madre hiciera eso y más en esas circunstancias, le había
abierto los ojos en muchos aspectos. La decepción de Reginald había sido
tal que hasta Tris había sentido pena por él.
—Tranquila, pienso recuperarla antes de que se dé cuenta.
Tris asintió. —Eso cuñado, demuestra que tienes tan mala leche
como aparentas.

Mucho más despejada que esa mañana, levantó la cabeza para ver el
pasillo por donde la estaban llevando y sorprendida vio que la metían en
una habitación que parecía de lujo. Dejó caer la cabeza sobre las
almohadas. —Este hombre… —dijo con voz ronca.
Una enfermera que estaba en la habitación soltó una risita. —No
quiere que le falte de nada.
Volvió la cabeza para mirar la habitación llena de rosas blancas. Se
emocionó porque había recordado todo lo que le gustaban.
—Eh, eh… nada de lágrimas. Ahora todo serán alegrías.
Colocaron la cama en su sitio y al mirar hacia la puerta sonrió
porque Reginald estaba allí en vaqueros y camiseta. —¿Es sábado?
—Todo el día. —Se acercó a ella y le dio un suave beso en los
labios, que Bradlya disfrutó como si fuera el primero. Y pensar que había
estado a punto de no sentir eso nunca más. Se emocionó sin poder evitarlo.
—Eh, nena…
—Está algo sensiblera —dijo la enfermera haciendo que sonrieran
—. Pero eso lo soluciono yo enseguida. En diez minutos le traeré un puré
con el que se chupará los dedos.
—Un puré —dijo él impresionado.
—Estoy impaciente —dijo sin ninguna gana.
—Has adelgazado mucho, tienes que alimentarte. —Se sentó a su
lado. —¿Cómo te sientes?
—No lo sé, me paso todo el día medio drogada.
—Disfruta tú que puedes.
—Ja, ja.
—¿Te han contado lo que te…?
—¿Me han hecho? He perdido medio pulmón, pero el médico dice
que podré llevar una vida normal haciendo ejercicio, no fumando y
llevando una vida sana.
—Y es lo que vas a hacer, por eso nos vamos a mudar.
—¿A mudar?
—A Staten Island. Ya he visto la casa, te encantará.
—Yo no quiero mudarme.
—Nena, allí hay menos polución y es un lugar mucho más
agradable para criar a un niño.
—Pero tu trabajo…
—No hay problema, puede que algún día me tenga que quedar en la
ciudad porque llegue tarde de algún viaje, pero será lo mínimo, te lo
aseguro.
—¿Mudarnos…? Ni se me había pasado por la imaginación.
—Estoy deseando que veas la casa, es increíble. Ni siquiera está a la
venta aún, sus propietarios le están haciendo unas mejoras para sacar el
mayor precio posible, pero la agente de bienes inmuebles que la llevará
sabía lo que estaba buscando, así que se puso en contacto conmigo de
inmediato. No se la enseñarán a nadie más hasta que salgas de aquí, me lo
ha garantizado. Si nos gusta, es nuestra.
Eso sonaba a que era carísimo. —Pero…
—Tiene invernadero.
Se le cortó el aliento. —Reginald, su precio será desorbitado.
—He pensado que podrías pintar allí, que fuera tu estudio.
Sus ojos brillaron de la alegría. —¿Mi estudio?
—He oído que los artistas necesitan luz natural. Así nos llenarás la
casa de cuadros que dejarán a nuestros invitados con la boca abierta. Ah, y
tu hermana tiene casa propia al otro lado de la piscina.
Sonrió. —Gracias.
—No, nena, gracias a ti por mostrarme lo que es realmente
importante. Hasta que pasó esto no me di cuenta de lo que merece la pena.
—¿Yo merezco la pena?
La miró intensamente. —Sí, preciosa.
—Tú debes quererme mucho.
—Ah, ¿sí? —preguntó divertido.
—Sí, y no lo digo por el anillo, la casa y todo eso, sino porque solo
alguien que quiere mucho daría un beso a una mujer que no se ha cepillado
los dientes en días.
Reginald se echó a reír. —Nena, te aseguro que a mí me ha gustado.
—Se acercó. —Tanto que repetiría.
Acarició su mejilla. —He debido hacer algo muy bien en otra vida
para haberte conocido en esta.
—Lo mismo digo.
—Muy bien, tortolitos, se acabó la fiesta. La paciente va a comer
algo.
La enfermera dejó la bandeja sobre la mesa móvil.
—Lucy, no dejes que se te resista, al parecer no tiene muchas ganas
de comer.
—Pues eso va a cambiar.
Le miró con amor. —Sí, al parecer van a cambiar muchas cosas.
—Y va a ser para bien, nena. Ya lo verás.

Diez días después aburrida como una ostra, observaba a su hermana


desde la cama mientras esta cosía un bonito vestido rojo sentada en una silla
al lado de la ventana. —¿Para quién es ese vestido?
—Para mí.
Se sonrojó ligeramente lo que la mantuvo alerta. —¿Para ti?
—Sí. —Se encogió de hombros. —Quería algo bonito, siempre voy
en vaqueros.
—Ya veo… Te ha pedido una cita, ¿no?
—¿Quién? —preguntó haciéndose la tonta.
—¡Venga ya, yo te lo cuento todo!
Roja como un tomate dijo —Es que me da vergüenza.
Lo entendía, ella había salido con chicos antes de Reginald. De
hecho, había tenido dos novios, uno en el instituto antes de la muerte de sus
padres y otro cuando trabajaba en la cafetería. Hizo una mueca porque
ninguno de los dos había sido como para tirar cohetes. Pero su hermana no
había salido con nadie en el instituto y después con su problema de espalda
y trabajar en casa no es que hubiera tenido muchas oportunidades de
socializar. Era evidente que Roy había aprovechado los pocos momentos en
los que se habían visto para dejar huella en ella. Y se alegraba mucho de
que tuviera esa ilusión. —Lo pasarás bien, se nota que sabe lo que hace.
Como un tomate la fulminó con la mirada.
—Eh, alguna vez tenías que salir del cascarón. Tranquila, que lo
entenderá y será delicado.
—¿Entonces se lo digo?
—Claro, no se va a escandalizar. Es un hombre de mundo y sabe lo
que te ha pasado. Precisamente por eso, si muestra tanto interés es que le
gustas mucho.
Tris la miró esperanzada. —¿Tú crees?
—Estás coladita, ¿no?
—Creo que es él, como lo creíste tú.
Uff, como saliera mal la leche que se iba a dar su hermana iba a ser
de aúpa, pero estaba allí para apoyarla así que dijo —Disfruta de su
compañía y ya veremos lo que ocurre. Y que se ponga gomita que…
—Sí, ya lo sé. —Perdió parte de su sonrisa. —No es seguro para mí
quedarme embarazada.
—Y te gustaría, ¿no?
Se encogió de hombros disimulando su malestar. —Seré tía, algo es
algo.
—Encontraremos la solución.
Dejó el vestido a un lado. —Me ha llamado Reginald.
—Eh, ¿qué haces hablando con mi hombre? —bromeó poniéndose
cómoda.
Se levantó y se acercó a ella. —Me ha dicho que hay un médico en
Alemania que quiere operarme.
Se le cortó el aliento. —¿De veras?
—Pero no sé yo. —Pasó el dedo por una arruga de su sábana. —¿Tú
qué opinas?
—¿Pero ha leído tu informe? ¿Sabe de lo que está hablando?
—Sí, Reginald me pidió todos mis informes médicos hace una
semana para enviárselos.
—Vaya, ¿y me lo habéis ocultado?
—Era por si el médico decía que no. Reginald no quería que te
disgustaras, aunque me dijo que si rechazaba operarme buscaría a otro
especialista que me ayudara. Pero no sé…
No podía dejar que diera un paso atrás. La asombraba que ella le
hubiera dado sus informes médicos con lo reticente que era a volver a
operarse y tenía la sensación de que si había colaborado en ello era porque
Roy tenía mucho que ver en esa decisión. —Cielo, si existe la posibilidad
de que te quiten esos dolores y que puedas vivir sin ellos, debes hacerlo.
—Es caro.
—¿Cuánto?
—Regi no ha querido decírmelo, pero…
—Bueno, da igual, él se encargará —dijo cortando sus dudas de
raíz. Aunque le fastidiaba muchísimo tener que depender de él para eso,
pero iban a casarse, ya se lo devolvería—. No te preocupes por ello.
—Tendría que irme en una semana. El alemán ese tiene un viaje por
Asia al mes siguiente para un documental de amputaciones por minas o
algo así y quiere que cuando se vaya, yo ya esté en rehabilitación.
—Eso me indica que es un hombre previsor.
—¿Y si espero a que vuelva de su viaje? —preguntó demostrando
que estaba asustada—. Tú estás así y…
—Yo estoy bien, ni sé por qué estoy ingresada todavía.
—¿Porque por poco la cascas y saludas en persona a nuestros
padres?
—Bah, qué exagerados. Ni dos tiros pueden conmigo.
Tris sonrió. —Más te vale, no te lo perdonaría nunca.
Alargó la mano y su hermana se la cogió de inmediato.
—No sé qué haría sin ti. —Tris emocionada se sentó a su lado.
—No tendrás que averiguarlo porque siempre estaré contigo. —
Hizo una mueca. —Y con Roy.
Tris rio mientras lloraba. —Vendrá conmigo, ¿sabes?
Se le cortó el aliento. —¿De veras?
—Sí, no quiere que vaya sola y me acompañará. Reginald había
pensado en contratar a tu enfermera para que me acompañara, de hecho,
creo que aún no ha abandonado esa idea, pero Roy le dijo que ni de coña
me iba a recorrer medio mundo sola para pasar por esa operación. Así que
se apunta.
Emocionada susurró —Siento no poder acompañarte.
—Lo sé. Tu lesión del pulmón te impide coger un avión de
momento, nos lo dijeron los médicos. Pero hay videollamadas y nos
conectaremos cada día.
—Por supuesto.
—No te meterás en ningún lío mientras estoy fuera, ¿no?
—¿Yo?
Tris rio por lo bajo. —Eres un caso. —Se la quedó mirando. —
Tengo la sensación de que hay algo que no me has dicho. Que no le has
dicho a nadie, ni a la policía.
—Te aseguro que no.
—¿Me lo juras? ¿No viste nada?
—Ya te lo he dicho, lo que recuerdo es una figura vestida de negro.
Ni me dio tiempo a verla bien, fueron dos segundos y ya estaba en el suelo.
—¿Entonces es cierto que no sabes nada? —Suspiró del alivio. —
Pensaba que igual ocultabas algo para organizar una venganza.
La miró como si estuviera loca. —¿Y que me peguen otro tiro? No
maja, que trabaje la policía que para eso les pagan. Por cierto, Reginald dijo
que les iba a llamar para ver si habían conseguido localizar alguna imagen
de ese chiflado en las cámaras de videovigilancia de la calle y…
Su hermana negó con la cabeza. —Desaparecido como un fantasma,
no hay nada.
—Pero eso es imposible.
—Creen que salió por el callejón de atrás y que de alguna forma
desapareció. De hecho, se ve en una imagen como se detiene un autobús en
la parada y se sube la gente.
—¿Creen que se fue en autobús?
—Sí.
—Entonces no fue mi suegri, esa no ha cogido un autobús en la
vida.
Su hermana soltó una risita. —Menuda bruja. Aunque menos mal
que… —Al darse cuenta de lo que iba a decir se detuvo en seco.
—¿Menos mal qué?
—Oh, nada. —Se levantó a toda prisa para empezar a recoger la
habitación. —¿Dónde estará tu enfermera? ¿No deberías levantarte de la
cama como ayer? Tienes que moverte, eso dijo el médico.
Disimular nunca había sido lo suyo. —¿Menos mal qué?
La miró angustiada apretándose las manos. —Hermana…
—¿Qué me ocultas, Tris? ¿Menos mal qué?
Gimió. —Menos mal que le ha quitado la empresa a Reginald
porque sino Roy tendría que trabajar.
Se quedó de piedra. —¿Y a dónde coño va todos los días?
—Trabajan desde casa.
—¿En qué si ya no tienen trabajo?
—No sé muy bien cómo se las van a arreglar, pero parece que el
asunto va por buen camino.
—Le ha quitado la mitad de la empresa, ¿en serio?
—Sí. Con carta de despido y todo.
—Será cabrona. Podía sentir algo de pena por mí, ¡me han pegado
dos tiros!
Hizo una mueca. —Al parecer le dijo que te lo merecías, que si ella
hubiera tenido una pistola, te los hubiera pegado en el teatro.
—Vaya, la vieja no se corta…
—Pues no.
—No entiendo como le caigo tan mal, la verdad.
Tris soltó una risita. —Apuesto a que de eso sí te vas a ocupar.
—Va a ser la única abuela que va a tener este niño, así que ya puede
ponerse las pilas. ¡Hay que arreglar esto!
—Bien dicho. ¿Y por dónde vas a empezar?
Entrecerró los ojos pensando en ello. —Hermana, ¿me harías un
favor?
—¿Lo que quieras?
—¿Puedes traer los móviles?
Capítulo 9

Reginald abrió la puerta de la habitación para ver a su novia rodeada


de pequeños teléfonos móviles numerados. —Sí, pregunto por la señora
Hardgrave, la llamo de su esteticista. —Ella levantó un dedo antes de
ponerlo en manos libres. —¿Señora Hardgrave? ¿Es usted?
—Sí, soy yo.
—¡Estoy embarazada! —gritó loca de contenta—. ¡Y nos vamos a
casar!
—Serás…
—¿A que estás contenta de que no la haya espichado?
—Es una pena, una auténtica pena.
—Sí, ya me quedó claro que no puedes ni verme.
—¡Yo no fui!
—Eso aún está por ver, que yo no me creo nada.
—Tengo coartada.
—¿Como cuando me tiraste delante del taxi?
—Me tropecé.
—¡Yo sí que me voy a tropezar contigo cuando salga de aquí, me
vas a ver hasta en la sopa!
—No te atreverás.
—¿Me estás amenazando? Ahora no podrías tocarme un pelo
aunque quisieras, porque como me roces una sola vez, acabarás en prisión,
maja. Sería la prueba que necesitan para enchironarte y tirar la llave.
Se hizo el silencio al otro lado de la línea. —Muy bien, ¿qué
quieres?
Reginald impresionado se sentó a su lado.
—Devuélvele la empresa a mi hombre y seré buena.
—No pienso hacer eso.
—Y le darás un diez por ciento de las acciones esas que tú tienes.
—¿Estás loca?
—Te las pagará bien.
Reginald sonrió como si no pudiera creérselo.
—Vamos, suegri, no seas así. Mira que cuando tu nieto te dé un
besito se te caerá la baba y eso vale todas las acciones del mundo.
—Será posible…
—Si es niña le pondré tu nombre.
Escucharon cómo se le cortaba el aliento. —¿De veras? ¿Y me la
dejarás una tarde a la semana?
Miró a su hijo con horror y él asintió vehemente. Carraspeó. —Te la
llevaré tres horas a la semana. Con supervisión, que de momento no me fío.
—¿Y no me seguirás más por la calle?
—Pero bueno, ¿qué pasa, que si te veo no puedo saludarte?
Ella gruñó. —Depende de cómo vayas vestida.
Se echó a reír y gimió de dolor llevándose la mano al pecho.
—¿Te duele?
Reginald no podía estar más sorprendido mientras ella contestaba —
Un poquito.
—No pretendía hacerte daño cuando te empujé.
Parecía arrepentida. —No pasa nada.
—Y te juro que no te disparé yo, no estoy tan loca. —Se quedó en
silencio unos segundos. —¿Está muy enfadado?
Miró a los ojos a Reginald que sonrió. —Algo decepcionado, pero
se le pasará.
—Es que cuando me llamó estaba furioso y yo me enfadé más y…
—Tenéis un carácter explosivo.
—¿Estás segura de que quieres meterte en esta familia?
Rio. —Sí, muy segura.
—¿Dejarás el trabajo?
—Oye, muchas condiciones pones tú. O lo tomas o lo dejas.
Ella suspiró. —Haré un esfuerzo, pero nada de disfraces ante mis
conocidos.
—Hecho. Deberías llamarle para darle tú la noticia.
—¿No quieres que se entere de esta llamada?
—No, creo que deberías decírselo tú, tenéis que hablar y
solucionarlo.
—¿Por qué no me llama él?
—Phillis no seas cabezota, mira que te reduzco las horas a dos.
—Vale, vale, le llamaré ahora mismo.
—Perfecto. —Sonrió. —Un besi, suegra.
Gruñó antes de colgar y Bradlya soltó una risita. —En un par de
meses comerá de mi mano.
—Nena, eres maquiavélica.
—Espera. —Cogió otro móvil y pulsó los botones antes de
ponérselo al oído. —Compañía eléctrica, este es un mensaje automático.
¡Suegri, estoy muy contenta! —Colgó antes de que pudiera pegarle cuatro
gritos y ambos rieron a carcajadas.
—Preciosa, eres la mejor. —La besó en los labios. —Aunque casi lo
había solucionado, esto es mucho más práctico.
—¿Casi lo habías solucionado? ¿Cómo?
—Pagando la increíble cantidad de dinero que me pedía Katherine
por sus acciones.
—Ni hablar.
—Ahora ya no será necesario. Gracias a ti.
Suspiró del alivio. —Que no tengas que depender de ella hará que
rebaje el precio.
—Muy lista.
—No vas a desaprovechar la oportunidad, ¿no?
Rio por lo bajo. —Ni de broma.
En ese momento le sonó el móvil. —Cógeselo, rápido, que no
piense que la vas a dejar colgada.
Cogió el móvil del bolsillo interior de la chaqueta y se lo puso al
oído. —Madre, qué sorpresa.
Satisfecha se tumbó viéndole caminar a un lado y a otro de la
habitación hablando con su madre. No podía disimular que estaba algo
tenso con esa conversación. —Sí, está mucho mejor. —Miró hacia ella y
Bradlya le guiñó un ojo. —¿De veras? ¿Por qué has cambiado de opinión?
Ya, que lo has pensado mucho.
Esa mujer era increíble, no pensaba decirle que ella le había
llamado.
—Sí, madre. —Suspiró. —No puedo negar que estoy enfadado,
llegaste muy lejos cuando estamos hablando de mi vida. Es la mujer
perfecta para mí y tú no deberías tener nada que decir al respecto. Además,
la empresa es mía, yo me dejo la piel para que vuestros rendimientos sean
mayores cada año.
Uy, que se le estaba alterando. Se sentó y él la miró a los ojos
haciéndole suspirar de nuevo. —Lo siento, madre, es que he pasado por
unas semanas muy estresantes. Son tus acciones y puedes hacer con ellas lo
que te venga en gana. Sí, se pondrá bien y el bebé está bien, pero que no
sepa quién ha sido me pone de los nervios y que el mamón del primo
George esté haciendo y deshaciendo a su gusto también. —Miró el reloj. —
¿Ahora? Iba a ver a Bradlya, su hermana ha estado todo el día y siempre me
quedo hasta que se duerme. Un par de horas. Muy bien, allí estaré. —
Sonrió. —Un beso. —Colgó el teléfono y levantó una ceja. —Quiere que
nos veamos.
—Eso está bien, pero de momento eres mío. —Él se sentó a su lado
y la besó en los labios. Bradlya acarició su mejilla mirando sus ojos. —
Deberías habérmelo dicho antes.
—No quería preocuparte.
—¿Y lo de la operación de mi hermana?
—Más de lo mismo, no quería que te alteraras por ello.
—¿Y lo de que Roy está loco por ella?
Gruñó. —Al parecer tu hermana ha tenido un día de confesiones.
—Dime que es un buen hombre.
—El mejor amigo que se puede tener.
—Como le haga daño, le capo.
—Creo que se ha dado cuenta de sobra de que con Tris no se juega,
nena.
—Más le vale. Porque yo no me corto un pelo.
Rio por lo bajo. —De eso también se ha dado cuenta.
Sus ojos brillaron. —¿Tienes las fotos?
—Oh… —Sacó un sobre del bolsillo interior de la chaqueta. —Son
las que me ha dado la de la agencia, al parecer ayer acabaron las obras. Y
este es el resultado, así que me las ha enviado por mensajero.
Abrió el sobre impaciente y al ver una increíble casa de madera
blanca con porche se le cortó el aliento. —No puede ser… —Pasó la foto
que mostraba un hermoso jardín al lado de un garaje enorme. Pasó la foto
impaciente para ver la cocina con encimeras de granito blancas y con los
armarios en gris claro. —Es preciosa.
—La cocina está totalmente remodelada y los baños también.
En una de las fotos vio el baño principal.
—Les dije que quería una bañera para dos personas y me han hecho
caso.
Rio. —Bien hecho. —Emocionada le miró. —¿Será nuestra casa?
—Será nuestra casa, nena.
Le abrazó con fuerza. —Te amo.
—Eh, eh… Sabes que no te viene bien emocionarte, te darán un
sedante para que no te alteres y me echarán de aquí.
Confundida porque no le decía que la amaba se apartó. Él cogió una
foto. —Mira, este será tu estudio.
Ella observó la foto, era un lugar increíble, pero algo le impidió
mostrar cuánto le gustaba. Le miró a los ojos y él dijo incómodo —Nena,
estas cosas no se me dan bien. ¿No basta con que te lo demuestre?
Sonrió porque estaba siendo injusta, no dejaba de demostrarle cada
día cuánto le importaba. —¿Me lo dirás antes de que la espiche dentro de
sesenta años?
Él sonrió divertido. —Sí, nena. Te lo diré antes de que la espiches,
te lo prometo.
—Entonces me gusta el invernadero.
—Estupendo. Ahora debemos decidir si queremos servicio o no.
Hay que empezar a buscar.
—¿Te refieres a una criada?
—Nena, ahora se llaman personal doméstico.
—¿Y yo qué voy a hacer todo el día?
—Pintar, cuidar al niño y visitar a mi madre. También puedes ir a
comer conmigo a la ciudad y buscar marchante.
Sus ojos brillaron. —Cierto, puedo hacer todo eso. Que sea maja,
¿vale? —Entrecerró los ojos. —Bueno, que no sea muy maja y tampoco
muy guapa.
—¿Interna?
—Uff, ¿todo el día en casa?
—Así tendremos niñera, podemos pagarle un extra por esos días.
Nena, tengo cenas de negocios y cosas así. Tendrás que venir.
—Vale. Pero mi hermana vivirá en la casa de la piscina, ¿no?
—Creo que va a vivir alguien más aparte de tu hermana —dijo por
lo bajo.
—¿Qué has dicho?
—Nena, Roy está muy interesado.
Sonrió. —¿De veras?
—Va muy en serio. Ha sido todo un flechazo.
Chilló de la emoción abrazándole de la alegría y él rio. —Me alegro
de que estés tan contenta, creía que te lo tomarías peor.
—¿Por qué? —preguntó apartándose.
—Has cuidado de ella tanto tiempo, que creía que estarías algo
celosa.
—No, me alegra que sea feliz. De hecho, pensaba…
—Que era ella la que estaba celosa de mí. Y lo estaba.
Perdió algo la sonrisa. —¿Te lo ha dicho?
—Han sido días de pasar mucho tiempo esperando para poder verte.
Me lo confesó arrepentida, me pidió perdón por haberte hablado mal de mí.
Es una mujer fantástica y en parte también es gracias a ti.
—Ya era fantástica antes del accidente, yo no he hecho nada —dijo
algo sonrojada.
—No te quites méritos, nena. Tú tiraste de ella para sacarla a flote y
lo sabe muy bien.
Se tumbó en la cama algo cansada. —Soy muy feliz.
Reginald sonrió. —Me alegro mucho.
—¿Pero?
—Me ha llamado el sargento Perkins.
—¿Y?
—No tienen ninguna pista. Tienen muchos casos y al parecer hasta
que no haya una pista nueva van a pasar al siguiente.
—Lo suponía.
Él apretó los labios. —Me ha dicho que no está cerrado, pero que el
caso se ha enfriado. ¿No recuerdas nada más?
—No.
—Joder —dijo por lo bajo—. Nena, cuando salgas del hospital nos
iremos directamente a la casa de Staten Island.
—Pero…
—No hay discusión en esto —dijo muy serio—. No quiero que este
loco vuelva a intentarlo.
Sí, ella tampoco tenía ninguna gana de abrir otro día la puerta y no
contarlo. —Vale.
Reginald sonrió. —Ya verás, te encantará vivir allí.

Ante el lienzo en blanco sentada en su taburete miró a su alrededor.


Un estudio precioso, pero lo que le faltaban eran ganas de pintar. —Venga,
solo tienes que empezar, la luz es perfecta. —Cogió un pincel del bote de
cristal y cuando sonó su móvil dijo —Gracias a Dios. —Sonrió al ver que
era su hermana. —¿Qué tal te va?
—Hoy me he levantado —dijo excitadísima.
Se le cortó el aliento. —¿De veras?
—¡Y no me ha dolido la rodilla! —exclamó loca de contenta.
Sus ojos se llenaron de lágrimas. —¿Me lo juras?
—Nada de nada, el doctor Schneider está muy contento. Dice que la
operación ha sido un éxito. Ni siento la espalda y eso que ya me han
quitado casi toda la medicación para comprobar el umbral de dolor.
—Eso es estupendo. —Se levantó y salió del invernadero al jardín.
—Ha merecido la pena.
—Sí, no llores.
—Lloro de la felicidad, eso no es malo. Cuéntame qué más te ha
dicho.
—Que tendré que llevar el corsé una semana, pero que después
podré quitármelo. Dice que seguramente después podré volver a casa
siguiendo sus pautas y va a hablar con un fisio de Manhattan que conoció
en un congreso médico de los suyos, para darle unas indicaciones sobre mi
terapia. Que si él no le llama porque vea algo raro, no tendré que regresar
en seis meses para la revisión.
Suspiró del alivio, la echaba mucho de menos. —Eso es genial.
—Te echo de menos.
—Y yo a ti, muchísimo.
—En una semana nos veremos, ¿no es estupendo? —Bajó la voz. —
Creo que me lo va a pedir.
Se llevó la mano al pecho de la impresión. —¿De veras?
—Sí, esta noche dice que lo vamos a celebrar y he visto un bulto en
su pantalón.
—A ver si va a ser otra cosa, que ese hombre lleva mucho
esperando…
Su hermana se echó a reír. —Serás mala. ¿Y tú cómo vas? Te deja
hacer algo que no sea coger un pincel.
—No. En eso estamos a la par tú y yo.
—¿Has pintado algo?
Miró a su alrededor. —Nada de nada.
Su hermana se quedó en silencio. —Bradlya, ¿todo va bien?
—Claro, ¿cómo no iba a ir bien? Tengo un hombre estupendo y vivo
en una casa de revista.
—Y no te relacionas con nadie.
—Claro que sí, me relaciono con Micaela que limpia y lo deja todo
como los chorros del oro, con Reginald cuando llega del trabajo y con mi
suegra que por un milagro se presentó ayer en casa para darme una
sorpresa. Alucina, se quedó hasta la cena, Reginald no daba crédito de lo
bien que nos llevamos ahora. De hecho, acabo de hablar con ella por
teléfono, quería preguntarme si el verde combina con todo tipo de azules.
Al parecer que sea pintora le gusta mucho más que eso de reclamar deudas.
No sabes cómo me anima. Ayer hasta me trajo un maletín profesional de
óleo, no te digo más.
—Bradlya…
Su hermana la conocía demasiado bien. Apretó los labios antes de
decir —Todo va bien, tranquila. Solo tengo que acostumbrarme.
—¿Sabes cuál es el primer recuerdo que tengo de ti?
—No, ¿cuál?
Su hermana soltó una risita. —A ti pintando la pared del salón con
un rotulador verde.
Sonrió.
—Era tu pasión, hermana. Desde siempre y el accidente, los
problemas y yo cambiamos todo eso. Naciste para pintar, solo tienes que
hacerlo de nuevo.
—Es que ni sé qué pintar —dijo frustrada.
—Pues empieza desde el principio.
Se le cortó el aliento. —Desde el principio.
—Veo que lo has entendido. Empieza por lo que te motivó a seguir.
Te quiero, te llamo mañana.
—Yo también te quiero. —Colgó y miró el árbol que tenía en frente.
—Por el principio.
Cuando Reginald entró en el hall, tiró el maletín a un lado y gritó —
¡Nena, ya estoy en casa!
Micaela salió del salón. —Señor, hable usted con ella que a mí no
me hace caso.
—¿Qué ocurre?
—¡Las está destrozando! —Señaló el salón. —Vaya a…
No tuvo que terminar la frase porque entró en el salón para verla
sentada en el suelo con las piernas cruzadas y un rotulador en la mano
haciendo hojas de árbol. Y asombrado vio que estaban por toda la pared
rodeando la chimenea. Era como si las hojas hubieran caído de un árbol en
el otoño. —Nena, ¿qué haces? —preguntó atónito.
—Empezar por el principio —dijo concentrada.
—Jefe, ¿usted entiende algo?
Se abrió la puerta de la calle y escucharon decir —Hola, os he traído
una sorpresa.
—¿Madre? —preguntó él horrorizado porque viera aquello.
Phillis entró en el salón y se detuvo en seco mirando las paredes. —
¿Qué hace?
—Empezar por el principio.
—Oh, ya entiendo, ¿cómo una especie de terapia? —Dejó el
paquete que tenía en las manos sobre la mesa de centro y miró a su
alrededor dejando caer la mandíbula del asombro al mirar tras su hijo. —
Impresionante.
Reginald se volvió de golpe y se vio a sí mismo con el cabello
revuelto por el viento. Tras él estaba la casa, pero fue su rostro el que le
llamó la atención, sus ojos, como si estuviera mirando algo que deseara por
encima de todo. Asombrado dio un paso hacia la pared para ver sus pupilas.
Ella estaba dentro de sus ojos. —Joder nena, ¿no podías haberlo pintado en
un lienzo?
—Es un borrador —dijo pensativa.
—¡Ay, que mi nuera es una artista como la copa de un pino! —gritó
Phillis excitadísima.
—Mira, ahora le caigo bien. —Dio el último trazo y se alejó un
poco para ver el resultado del conjunto. —Ya está. —Se levantó y se volvió
para mirar la habitación con ojo crítico. —Leche, voy a necesitar un lienzo
de tres metros.
—Ahora entiendo sus excentricidades, hijo —dijo Phillis loca de
contenta—. ¿Puedo sacarle una foto para que lo vean mis amigas?
Se encogió de hombros como si le diera igual antes de mirar a
Reginald. —¿Qué opinas, amorcito?
Él suspiró. —Nena, no vuelvas a hacer esto, ahora no podremos
pintar la habitación.
—Claro que sí —dijo Micaela—. Mi Robert hace monigotes y yo le
doy un brochazo y listo.
Madre e hijo la miraron como si estuviera loca. —Ah, ¿que no?
Pues si no se pinta, nada, que no se pinta. —Se volvió para salir del salón.
—He dejado la cena en el horno. —La escucharon decir de la que salía —
Estos ricos cada día están más locos.
—¿Vas a darle color o vas a dejarlo así? —preguntó su suegra
sacando fotos.
—Creo que voy a dejarlo así con el fondo en gris perla, me gusta.
—Nena, no lo has firmado.
—Oh… —Cogió el rotulador y soltó una risita. —Hace mucho que
no hago esto.
Los dos observaron atentamente que firmaba como Crisálida y su
suegra sacó varias fotos. —Ya está.
Él la cogió por la cintura para pegarla a su pecho. —¿Te has
divertido?
Sonrió maliciosa. —Sí, mucho.
—Eso es lo único importante. —Le dio un beso y Bradlya le abrazó
por el cuello demostrándole que le había echado de menos.
—Chicos, estoy aquí, ¿recordáis?
Su hijo se separó haciendo una mueca. —¿Qué nos has traído,
madre?
Phillis sonriendo se acercó a la caja y por primera vez Bradlya se
fijó en ella y era de terciopelo rojo. Su suegra dijo —Ayer cuando dijiste
que te gustaría hacerle un regalo a tu hermana para cuando volviera, recordé
que tengo una vieja Singer de esas negras con la rueda esa en dorado, con
su mesa y todo.
Impresionada se llevó una mano al pecho. —Una vez vio una en un
mercadillo y le encantó. Estuve a punto de comprársela, pero antes de
hacerle una oferta al hombre que la vendía mi hermana se dio cuenta de que
estaba rota y no pudimos llevárnosla. La reparación hubiera costado mucho.
—Pues esta no tendrás que repararla porque se ha usado poquísimo.
Esta casi nueva para los años que tiene.
—¿De veras? —Miró la caja. —Pero no está ahí.
—No, está en mi desván. Pesa un quintal, niña, no puedo traerla yo
sola.
—Haré que la trasladen, madre. ¿Y qué hay en la caja?
—Bueno, como subí a mirar si todavía estaba allí, me pudo la
nostalgia y abrí alguno de los baúles.
—Baúles, como en las pelis.
—Sí, mi madre lo guardaba todo y por eso encontré esta maravilla.
—Abrió la tapa y apartó el papel de seda para mostrar el encaje blanco.
Phillis cogió la tela y la levantó mostrando un vestido de novia que era un
sueño.
—Dios mío… —Alargó la mano, pero tuvo miedo de mancharlo y
la apartó. —Está perfecto. ¿Es el tuyo?
—No, el mío es lo que hoy se llamaría una horterada de los setenta.
Este era de mi abuela, que se casó en los años veinte. Y se casó muy bien a
pesar de ser la gran depresión. ¿Te gusta?
La miró a los ojos emocionada por lo que eso significaba. La había
aceptado hasta tal punto, que le daba algo tan valioso para ella. —¿Que si
me gusta? Me encanta. —La abrazó. —Gracias.
—De nada, niña. Seguro que tu hermana puede ajustártelo para que
quede perfecto.
—Sí, seguro que sí. —Se apartó para mirarlo de nuevo y con
lágrimas en los ojos miró a Reginald. —No tenías que haberlo visto.
—Nena, creo que después de lo que ha pasado, hemos tenido ya
toda la mala suerte que podríamos tener. —Sonrió a su madre. —Gracias
por el detalle.
—Es un placer. Me encantará vérselo puesto. Por cierto, ¿cuándo es
la boda? Porque esa barriga va a crecer.
—Estábamos esperando que Tris llegara para decidirlo —dijo
Bradlya fascinada con el encaje—. Pero seguramente volverá la semana que
viene.
—Pues entonces no tenemos que esperar mucho más. El sábado
veinticinco de abril es la fecha perfecta. En un mes los invitados pueden
organizarse.
—No habrá mucha gente, ¿no?
—Niña, tenemos compromisos —dijo su suegra—. No podemos
despreciarlos.
—Está bien, pero no la organizo yo.
Los ojos de su suegra brillaron. —Déjamelo a mí.
Reginald la cogió por la cintura. —Que haya rosas blancas, madre.
Muchas rosas blancas.
—Perfecto. ¿Algo más?
—No tengo quien me lleve al altar.
Phillis y Reginald perdieron algo la sonrisa. —Te llevará Roy, nena.
No tenía otro remedio y dijo —Está bien. Voy a sacar la cena del
horno.
Cuando se alejó madre e hijo se miraron. —¿No hay nadie más? —
preguntó Phillis.
—No, no tienen familia.
—Pobres chicas. —Miró a su alrededor. —Pues no voy a dejar que
eso arruine vuestro día.
—Gracias, madre.
—Por cierto, ¿me puedo quedar a dormir en la casita de invitados?
El viaje de ayer fue agotador.
—Pero si estamos a un tiro de piedra de Manhattan, madre.
—Soy mayor, cuando llegamos a una edad nos dormimos en
cualquier sitio. No querrás que me duerma al volante, ¿no?
Él sonrió por su chantaje emocional. —No, claro que no.
—Gracias, hijo. —Salió del salón.
—Suegri, ¿puedes poner la mesa?
—Claro que sí, niña.
Satisfecho miró a su alrededor y al verse a sí mismo asintió. —
Crisálida ha vuelto. Muy bien, nena.
Capítulo 10

Dando una pincelada escuchó el sonido del claxon y tiró el pincel a


un lado para correr al jardín y rodear la casa. Gritó de la alegría al ver a Tris
saliendo del coche y se acercó para abrazarla.
—Con cuidado —dijo Roy nervioso, pero al ver cómo lloraban de la
alegría sonrió.
—Estás aquí.
—Ya estoy de vuelta y puede que no tenga ni que irme de nuevo. El
doctor me llamó cuando estaba en el aeropuerto y va a trabajar aquí en algo
de lo suyo, así que me hará la próxima revisión en los Estados Unidos.
—Estupendo. —Se apartó para mirarla bien, estaba radiante. —
Estás preciosa.
De repente Tris levantó la mano y chilló de la alegría al ver un
pedrusco enorme. —¡Te lo ha pedido!
—Sí, el otro día, pero quería ver tu cara al decírtelo. Leche, lo que
me ha costado contenerme.
—Es estupendo. —Se volvió hacia Roy que sonreía. —No podías
dejarla escapar, ¿no?
—Ni loco perdería la oportunidad de pasar el resto de mi vida a su
lado. Así que aproveché que estaba sola y sin defensas para lanzarme.
Rieron y fueron hasta la casa. Tris la miró. —Dios mío, es preciosa.
—Sí que lo es.
Micaela ya había abierto la puerta y les presentó.
—Encantada —dijo la mujer antes de chasquear la lengua—. ¿Se
quedan a cenar?
—Sí. Y tiene que ser algo muy especial.
—Iré a comprar algo.
—Gracias. —Pasaron al salón y Roy se quedó con la boca abierta
mirando las paredes, pues había cambiado de opinión y lo había pintado
todo en colores suaves que pegaban con los muebles.
—Dios mío, hermana…
—¿Te gusta? A mi suegra le encanta.
Tris la miró emocionada. —Has vuelto al principio. —Rio. —Y de
qué modo.
—Tu hermana me había dicho que tenías mucho talento, pero esto
es increíble.
—Gracias. ¿Queréis beber algo?
—Sí, por favor, me vendría bien una cerveza. —Roy fue hasta las
puertas francesas y las abrió para salir a la piscina. —Tengo que pedirle al
jefe un aumento de sueldo.
—Podéis vivir en la casa de la piscina. Es muy grande.
Roy se volvió para mirar a Tris a los ojos y esta hizo una mueca.
—¿Qué pasa? —preguntó Bradlya.
—Verás, es que hemos pensado en ello y de momento queremos
vivir en la ciudad. Quiero poner un taller de costura y creemos que lo mejor
es que vivamos allí. Además, Roy tiene una casa muy grande en Appert
West Side, de esas que tienen cuatro plantas y que sabes que me encantan.
—La estoy reformando poco a poco y ahora Tris puede ayudar.
Tiene jardín, ¿sabes? Es un lujo en la ciudad —dijo muy incómodo.
—Oh, sí, claro. Lo entiendo, teniendo esa casa para qué mudarse
aquí.
Tris la miró ilusionada. —Y no quiero dejar de coser, Roy ya está
buscando el local.
—Con tu talento tendrás muchas clientas, estoy segura.
—¿Seguro que no te importa?
—Qué me va a importar. —Sonrió. —Además, casi me hacéis un
favor, porque mi suegra se queda a dormir un día sí y otro también.
Rieron.
—Lo he oído. —Phillis entró en el salón con su Chanel en la mano.
—Pero mira a quién tenemos aquí.
—Suegri, esta es mi hermana, Tristana Pinheiro.
—Una belleza —dijo antes de darle dos besos que dejaron pasmada
a su hermana.
Bradlya hizo una mueca. —Sí, ha cambiado tanto de actitud que no
la reconocería ni su padre.
Su suegra gruñó haciéndoles reír.

Pasaron una velada de lo más agradable. Reginald y su amigo tenían


mil cosas de las que hablar, así que después de la cena ella se llevó a su
hermana al invernadero. Se quedó con la boca abierta por el cuadro que
había empezado, una variante del esbozo que había hecho en el salón. —Es
maravilloso.
—Gracias.
Se volvió hacia ella. —¿Cómo lo llevas?
—¿El qué?
—Vivir aquí.
—Ahora mucho mejor. Al principio fue…
—¿Impactante? De estar todos los días correteando por la ciudad a
esto… Tuvo que ser chocante como poco.
—Creo que voy encontrando mi sitio.
—No, hermana. Creo que has vuelto a tu vida, la que nunca debiste
haber perdido y siento que la perdieras por mí.
Miró su cuadro. —Volver a pintar me ha mostrado que me negué
cosas a mí misma que no tenían sentido.
—Afortunadamente todo ha vuelto a su sitio. ¿Eres feliz?
Sonrió. —Reginald me hace muy feliz y pintar de nuevo es…
—¿Liberador?
—Sí, en parte sí. ¿No es una locura? Lo dejé porque no podía
expresarme y han tenido que pegarme dos tiros para que volviera a pintar y
a expresarme.
—La mente nos puede jugar malas pasadas y tú en aquel momento
estabas muy estresada con todo lo ocurrido. Cualquier otra persona se
podría haber vuelto loca de dolor y tú demostraste lo fuerte que eras.
Necesitabas tu tiempo, eso es todo. Igual tener una vida estable al lado del
hombre que amas, ha hecho que todo volviera a ser como debía haber sido.
—Sí…
—Este lugar es espectacular.
—Se hizo antes de la casa.
La miró sorprendida. —¿Sí?
—La casa anterior se tiró porque la arrasó un incendio, eso me dijo
la agente inmobiliaria cuando vino a traernos las llaves del cobertizo. Los
antiguos dueños se olvidaron de dejarlas cuando Reginald la compró.
—Así que hubo un incendio, debía ser una casa alucinante para
tener este invernadero.
—Sí, me hubiera gustado verla, pero no hay fotos en ningún sitio.
Los antiguos dueños no fueron los que construyeron esa casa.
—¿Y no hay nada en los registros del ayuntamiento? Un cuadro de
esa casa quedaría espectacular en el hall.
—Sí. —Frunció el ceño. —Iré a preguntar.
Salieron por el jardín y rodearon la casa. —Ya me ha dicho Roy que
han abandonado el caso.
—Hasta que haya más pistas permanecerá cerrado. Y no, no
recuerdo nada.
La miró de reojo. —Somos muy pesados con eso, ¿no?
Se detuvo y suspiró. —He soñado con esa noche, ¿sabes?
—¿De veras? —Tris preocupada se acercó. —¿Y qué es lo que ves?
—Me veo abriendo la puerta y siento mucho miedo. Estoy
aterrorizada. Entonces me despierto empapada en sudor. Nunca puedo ver
lo que hay al otro lado de la puerta.
—Igual necesitas ir a terapia.
La miró sorprendida. —¿Tú crees?
—Si tienes pesadillas deberías ir. A mí me obligaste a hacer terapia
después del accidente, ¿no crees que lo tuyo es igual de traumático?
—No compares.
—Cielo, tiendes a quitar hierro a las situaciones estresantes por las
que has pasado a lo largo de los años, pero ya está bien. Sé que lo hacías
por mí, pero ya no tienes que hacerlo. Si estás sufriendo debes ir a terapia,
por favor. Hazlo por mí.
Apretó los labios. —Está bien. Buscaré un profesional que me
ayude.
Su hermana suspiró del alivio y la abrazó. —Quiero, deseo que seas
muy feliz, necesito que seas feliz porque sino mi felicidad no será completa.
—Lo haré, no te preocupes.

Tumbada en la cama Reginald la abrazó a él. —Ajá… Al parecer te


estás animando.
—Contigo siempre, preciosa, pero no quiero darte muchos vaivenes
que todavía no estás para fiestas.
Rio. —Si estoy perfectamente.
—Esperaremos un poco más y lo hablaremos en la siguiente
revisión con el médico.
Suspiró contra su pecho. —He hablado con Tris. Es muy feliz.
—Se le nota a la legua. Roy es un buen tipo, saldrán adelante.
—Me ha dicho que quiere que vaya a terapia por lo que me pasó.
A Reginald se le cortó el aliento y esperó unos segundos a que
continuara, pero como no lo hizo preguntó —¿Y tú qué le has contestado?
—Le he prometido que iría.
—Bien, nena. Tienes algo dentro y no lo dejas salir. Duermes
inquieta cada noche.
—¿Te habías dado cuenta?
—No quería decirte nada para no agobiarte más.
—Tengo pesadillas.
—Pues el psiquiatra podrá ayudarte.
—Puede que nunca recuerde lo que vi al otro lado de esa puerta.
Que nunca le encuentren.
El miedo en su voz fue evidente. Esa era la primera vez que
mostraba cómo se sentía en realidad y era un avance enorme. —No volverá
a tocarte, te lo juro.
Sus ojos se llenaron de lágrimas. —¿Y si…?
—Shusss, no dejaré que te toque otra vez. Aquí estás segura.
Se abrazó a él. —No me dejes.
—Nunca, nena. Ya no podría dejarte.

Sentada en aquel incómodo diván miraba a aquel tipo que tenía un


boli y un block en las manos. —¿Y esto cómo va? —preguntó impaciente.
Él sonrió. —Solo vamos a hablar.
—Ah… ¿Y empieza usted o empiezo yo?
—Empecemos por el principio. Cuéntame, ¿cuál es la razón por la
que has venido?
—Tengo pesadillas. Me pegaron dos tiros hace un mes. Abrí la
puerta de mi casa y alguien me disparó. Desde entonces tengo pesadillas.
—¿Con tus atacantes?
—Era uno.
—¿Tienes pesadillas con él?
—No, en mis sueños nunca llego a verle. Tengo pesadillas con lo
que pasa justo antes. Abro la puerta, pero nunca llego a verle y me
despierto.
—¿Y cómo estás tan segura de que solo era uno? ¿Acaso ya le han
detenido?
Le miró sin comprender. —¿Qué?
—Sí, ¿cómo sabes que no iban dos o tres con él o que tenía
cómplices? ¿Cómo sabes que los disparos los hizo la misma persona? ¿Le
han detenido?
—No. No hay pistas sobre él, pero recuerdo una silueta vestida de
negro.
—¿Y no le viste la cara? ¿O le viste la cara y te niegas a recordarlo?
—No sé…
—Le viste, tuviste que verle. Procesamos muchísima información
en apenas un segundo, te pegó dos tiros estando de frente, ¿cómo no ibas a
verle?
—Pero no lo recuerdo.
—A veces la mente reprime cierto tipo de recuerdos, los aparta o
mete en un cajón para que nos olvidemos, pero eso no significa que no
existan en algún lugar de tu cerebro.
—Entonces si los aparta igual no tengo que recordarlos, ¿no?
—Es evidente que ese periodo de tu vida ha sido traumático y que
quieres olvidarlo, pero a la vez tu mente te está diciendo que por mucho que
lo intentes ese recuerdo sigue ahí. Y te lo dice con esas pesadillas.
—¿Y por qué hace eso?
—Porque tú no cierras ese capítulo, lo recuerdas cada día.
—¡Claro que lo recuerdo, cada vez que me ducho veo las cicatrices
del pecho!
—Entonces si lo sigues recordando, ¿para qué te sirve reprimir ese
recuerdo? Un recuerdo que por otra parte podría ayudar a detener al
culpable.
Se le cortó el aliento. —Cree que no quiero que le pillen
—Creo que tu mente por alguna razón quiere evitarlo. Y vamos a
averiguar el por qué.

Sentada ante el lienzo en blanco pensaba en qué le ocurría para no


querer revelar quien era su atacante. Cualquiera querría saber quién había
intentado matarla. Tomó aire como le había dicho su psiquiatra. —Abre tu
mente, abre tu mente. Te expresas a través del arte, déjalo salir.
Reginald llegó en ese momento y se quedó en la puerta viéndola
levantar el pincel. Se le cortó el aliento viéndola hacer trazos rápidos.
—No pienses, hazlo —dijo ella en voz alta. Movió el brazo aprisa.
—No pienses. —Cogió pintura y siguió haciendo trazos sin pensar.
Reginald avanzó hasta ella sin hacer ruido impaciente por ver la cara
de ese hombre, pero diez minutos después temió que aquello no llevara a
ningún sitio. Y ella debió pensar lo mismo porque dejó de pintar mirando el
cuadro.
Él acarició su hombro. —Nena, no pasa nada.
—Es él.
—¿Qué?
—Es él.
Él miró la cara de payaso. —Es el joker. El joker de Batman.
—Cielo, ¿no estaré perdiendo la cabeza? —preguntó asustada.
—Nena, estás muy cuerda. —Repasó la silueta vestida de negro. —
Se disfrazó para no dar la cara. Se disfrazó como te disfrazabas tú, solo
quería burlarse de ti y de paso no sabrías quién era.
—Puede ser cualquiera.
Él asintió antes de besarla en la sien. —Déjalo ya, es muy tarde y mi
madre espera para cenar.
Suspiró bajándose del taburete. Cogió su mano yendo hacia la
puerta. —Me cae bien mi psiquiatra.
—Es evidente que es bueno, has avanzado mucho. Tranquila, le
pillaremos. Tarde o temprano sabremos quién es.

Tumbada en la cama de costado abrió los ojos sobresaltándose y


miró sin ver hacia la ventana intentando recuperar la respiración. Las
lágrimas rodaron por sus mejillas y la furia la recorrió de pies a cabeza.

Reginald boca abajo se despertó y alargó la mano para tocar a


Bradlya, pero no estaba. Levantó la cabeza mirando a su lado en la cama.
—¿Nena? ¿Estás en el baño? —Al no recibir respuesta se volvió y miró su
reloj de pulsera. —Preciosa, son las seis, no me digas que te has ido a
pintar. —Nada. Suspiró saliendo de la cama y solo en ropa interior bostezó
saliendo de la habitación. Bajó las escaleras y estiró el cuello hacia la
cocina, pero no estaba allí. —Joder… —Atravesó el salón y salió al jardín.
Pero al dar la vuelta a la esquina se detuvo en seco porque no se la veía en
el invernadero. Aun así, se acercó para mirar. —¿Bradlya? —Preocupado
volvió hacia la casa más aprisa y fue hasta la cocina. —¿Nena? —Abrió el
cuarto de la lavadora por si se había desmayado y al no encontrarla corrió al
piso de arriba revisando cada habitación hasta llegar a la suya y entrar en el
baño. Se llevó la mano a la nuca sin saber qué hacer y fue hasta el vestidor
para vestirse. Al encender la luz se detuvo en seco al ver tirada en el suelo
la vieja camiseta que se había puesto para dormir. —¿Qué coño? —Corrió
hacia el móvil y la llamó. —Venga nena, cógelo. —El teléfono estaba
apagado o fuera de cobertura. —¡Joder! —Llamó a toda prisa a Roy.
—¿Diga?
—¿Estás con Tris?
—Sí, ¿qué pasa?
—Bradlya no está en casa.
—¿Cómo que no está en casa? Son las seis de la mañana, ¿a dónde
ha ido?
—¿No la ha llamado? ¿Ha llamado a su hermana?
Escuchó como le quitaban el teléfono. —¿Regi?
—No está en casa. ¡La he revisado de arriba abajo! —Fue hasta la
ventana y miró a su alrededor. Le dio un vuelco al corazón. —La casa de la
piscina… —Corrió fuera de la habitación y llegó al jardín en tiempo récord.
Rodeó la piscina y abrió la puerta de la casa sobresaltando a su madre que
estaba en la cama. —¿Bradlya?
—Hijo, ¿qué pasa?
Se puso el teléfono al oído. —No, no está aquí.
—Iré a nuestra casa en Little Italy.
—Llegaré cuanto antes.
—No, tú quédate ahí por si vuelve.
—Se queda mi madre.
Phillips asintió antes de coger la bata y ponérsela. Él colgó el
teléfono.
—¿Qué pasa?
—¡No lo sé! Me he despertado y ya no estaba. —Fue hasta la
puerta. —Llámame si vuelve.
—Sí, claro, vete.

Cuando llegó al piso de las chicas la puerta estaba abierta y entró


para encontrarse a Roy en el salón. —¿Sabéis algo?
—No.
Tris salió de una puerta tras el escritorio. —Falta el disfraz de
Wonder Woman.
—Joder.
—¿Qué está pasando? —preguntó Roy.
—Ayer vio la imagen de quien le disparó. Llevaba una máscara. Del
Joker.
—¿Es broma?
—No.
—El Joker —dijo Tris—. Por eso el disfraz de heroína.
—Eso creo.
—Sabe quién es.
—¿Es que ha perdido la cabeza? —preguntó Roy asombrado.
—Sus disfraces eran una manera de ser otra persona, de hacer cosas
que no hacía normalmente. Con ellos consiguió salvar lo poco que le
quedaba de su familia, por eso ha venido a buscar uno, porque así se siente
mejor.
—Va a enfrentarse a él —dijo Tris pálida.
—Y no tenemos ni idea de quién es.
Capítulo 11

Empujó la puerta de cristal y caminando con sus botas de plataforma


doradas sobre el suelo de mármol negro, fue hasta el mostrador que había al
fondo para hablar con la chica del traje gris. —Hola, ¿puedo ver al señor
Cassidi, por favor? Vengo a darle un mensaje cantado.
—Oh… Pues en este momento no está, ha ido a casa de un artista
novel para ver su obra.
Sí, ya sabía ella cómo veía él la obra. —¿Y sabe cuándo volverá? Es
que es muy importante, ¿entiende? —Se acercó más. —Es una invitación
para una fiesta de mucho nivel esta noche en la Quinta avenida. Gente de
mucha pasta. Él se dedica a vender arte, ¿no es cierto? Seguro que le
interesará asistir con todos esos potenciales compradores de la clase alta.
—Por supuesto… —dijo la chica—. Espere un momentito, por
favor.
—Sí, aquí me quedo.
Hizo que miraba a su alrededor y apretó los labios al ver la puerta
del almacén abierta. Ahí debían seguir los otros dos cuadros que según él
tenían el mínimo talento para estar en su galería. Eso si no los había tirado
ya, porque después de tantos años seguro que se había pasado por la piedra
a bastantes artistas con sus palabras lisonjeras y habría necesitado el
espacio. Maldito estafador.
Escuchó a la chica jurar por lo bajo y colgar el teléfono. La miró con
una sonrisa y esta se levantó sonrojada. —Pues no puedo localizarle, pero si
me dice a mí dónde es esa fiesta…
—Oh, lo siento, no puedo. Top Secret, ¿sabe? Para que no se entere
la prensa. Me juego el trabajo si se lo digo a otra persona que no sea a él. —
Dio un paso hacia ella. —Pero si me dice la dirección de ese artista, me
acerco hasta allí antes de ir al siguiente invitado.
La chica sonrió aliviada. —Me hace un gran favor.
—Somos chicas en la gran manzana, tenemos que ayudarnos.
Escribió a toda prisa en una hoja. —Es un loft en la parte baja de la
ciudad.
—Perfecto, tengo que ir allí para dos invitaciones.
Le puso el papel sobre el mostrador. —No sé cuánto tiempo estará
allí…
—Tranquila, que voy directamente. Tengo patinete, ¿sabes?
Parpadeó mirándola de arriba abajo. —Verla debe ser todo un
espectáculo.
—Y que lo digas. —Soltó una risita. —Pero de eso se trata, ¿no? De
llamar la atención.
Esta sonrió. —Gracias.
—De nada, maja. Que pases un buen día.
—Lo mismo digo.
—Oh, te aseguro que lo disfrutaré mucho. —Se volvió y perdió la
sonrisa para mostrar todo el odio en su mirada. —Siempre me divierto en
mi trabajo.

—¿No se te ocurre dónde puede estar? —Reginald estaba


desesperado después de estar horas sin noticias. Tris incluso había
registrado el apartamento por si se había llevado algo más, pero al parecer
lo único que se había llevado había sido el disfraz y se lo había llevado
puesto porque el chándal que tenía en Staten Island estaba en el almacén
con sus deportivas.
—Ya he llamado a todos sus conocidos y nadie sabe nada de ella. —
Tris angustiada se volvió hacia Roy. —¿Y si le ha pasado algo?
—No creo que sea eso, cielo. Lo del disfraz no tiene muy buena
pinta y que se haya ido de casa de Reginald sin avisar, tampoco.
—Oh, Dios mío… ¿Y qué piensa hacer? ¿Vengarse? ¿Cómo se va a
defender de su atacante? ¡Él tiene un arma!
Roy preocupado miró a su mejor amigo. —Debemos llamar a la
policía.
—¡Eso, y si ya ha perpetrado su venganza se va directa a la cárcel!
¡No quiero que mi mujer dé a luz en prisión!
—Debemos protegerla, Reginald. ¿Te das cuenta de lo que puede
pasarle?
—¡Te aseguro que soy muy consciente de ello! —Se pasó la mano
por la nuca. —No puedo creer que haya ido desarmada después de lo que le
pasó.
—Nosotras no teníamos armas. —Tris tuvo que sentarse en el sofá.
—Una vez se lo sugerí y me dijo que era ridículo, ¿que dónde se iba a meter
la pistola en las mallas? —Sonrió. —La gente pensaría que se alegraba de
verles.
Reginald no pudo menos que sonreír, pero cuando pensó en la
situación en la que se encontraban perdió la sonrisa poco a poco. Entonces
frunció el ceño. —¿Cómo es su disfraz?
—Ya sabes, de Wonder Woman. Con mucho estilo. Peluca morena
cardada con una diadema dorada y la estrella roja, top dorado y rojo hasta
encima del ombligo y faldita corta azul y con tablas. Ah, y unas increíbles
botas doradas hasta encima de la ro… —Se le cortó el aliento. —Las botas.
—¿Qué pasa con las botas?
—Esas son especiales, en el interior del forro tienen el suficiente
espacio como para meter lo que quiera.
—¿Podría meter una pistola?
—¡Pero no la tenía!
—¿Conoces a alguien que pueda venderle una pistola?
Tris perdió el poco color que tenía en la cara. —El señor Harris,
nuestro casero, tiene una pistola. Un día fui a pagarle y estaba limpiándola.
Se lo comenté a mi hermana.
Reginald apretó los labios. —Vamos a hablar con él.
Tris a toda prisa fue hasta la puerta. —Preciosa no corras, no te
conviene. —Roy apretó los labios porque no le hizo ni caso. —Estupendo.
Bajaron al primer piso por la escalera y Tris llamó a la puerta. La
señora Harris abrió mostrando el sándwich de pollo que tenía en la mano.
—Oh, niña, qué alegría verte, ¿qué tal la operación? Me ha ido informando
tu hermana, ¿sabes? Siempre tan amable.
—¿La ha visto?
—¿A tu hermana? Sí, por supuesto, esta misma mañana. Qué
madrugadora, yo estaba limpiando el portal. —Entonces frunció el ceño. —
¿Es que no está arriba?
—No, y la estoy buscando.
La mujer separó los labios de la impresión. —¿Y la pistola?
—¿Perdón? —preguntó Reginald.
—Bueno, me dijo que le daba miedo subir sola. Me ofrecí a subir
con ella, pero me dijo que si tuviera una pistola tendría el valor. Entonces le
dije que mi marido tenía una, que si quería probar. Y se la dejé.
—¿Cómo se le ocurre hacer algo así? —gritó Reginald de los
nervios.
—¿Qué pasa? —preguntó la mujer empezando a asustarse.
—Nada, señora, no pasa nada. Cuando localicemos a mi cuñada le
haremos llegar el arma. Se le debió olvidar devolvérsela, eso es todo.
La mujer suspiró del alivio. —¿Entonces todo está bien?
—Sí, sí… —dijo Tris forzando una sonrisa—. Por cierto, ¿qué tal el
traje de caperucita?
La mujer sonrió. —Un éxito, niña. Ni te imaginas lo contento que se
puso por hacer de lobo.
—Me lo imagino. La veo luego.
—Por cierto, ¿cuándo os vais del apartamento? Tengo un vecino que
está interesado en alquilarlo para su madre.
—Aún tardaremos un poco, hay que trasladar todo el vestuario y…
otras cosas. Ya se lo comunicaré.
—Es una pena que os vayáis, pero lo entiendo después de lo que
ocurrió.
El teléfono de Reginald sonó en ese momento y se apartó para
descolgar a su madre. —¿Ha vuelto?
—¡Está en las noticias!
—¿Qué?
—Está saliendo en todos los noticiarios. ¡Ha secuestrado a un
hombre que está en cueros y le ha atado cabeza abajo ante una ventana! ¡Y
tiene a una chica de rehén!
Reginald corrió hacia la puerta. —¿Dónde es eso?
—¡En Fulton! ¡Es un edificio de ladrillo rojo! Oh, Dios… han
llegado esos policías con fusiles… ¡Se están bajando del furgón!
Llegó a la calle con los demás detrás y levantó un brazo. —¡Taxi!
—¿Sabes dónde está? —preguntó Tris.
—¡Sí, está saliendo en la televisión! —Abrió la puerta del taxi. —
¡Subid, tenemos que llegar antes de que le peguen un maldito tiro!

Caminó por el viejo suelo de madera lleno de pintura e hizo una


mueca porque los cuadros eran realmente buenos. Escuchó un sollozo y
miró hacia la esquina donde la tía en pelotas no dejaba de llorar. —Oh,
déjalo ya, a ti no te voy a hacer nada.
—Ah, ¿no?
—No. —Maliciosa miró hacia su víctima. —Solo a él, a mi cariñito.
—¡Yo no sabía que estaba comprometido!
—Jeff, ¿estás comprometido?
Este rojo como un tomate intentaba doblarse para llegar a la cuerda
que colgaba de la viga, pero no estaba en tan buena forma como creía, no
como su hombre que tenía unos abdominales que eran para morirse.
Cuando se recuperara del todo haría más ejercicio, sino a los cincuenta él
estaría como un cañón y a ella no habría por donde cogerla. ¿Por dónde iba?
Ah, sí, por ese capullo. —¿Estás comprometido?
La fulminó con la mirada. —Muérete.
—Eso ya lo intentaste y no pudiste conmigo, hijo de puta. —
Caminó hasta él y cogió un cuchillo del soporte de la cocina. —No, tú no te
comprometes con nadie, ¿no es cierto? Los exprimes, coges sus mejores
obras y luego hundes su moral para que lo dejen.
—Te hundiste tú sola. —La miró con cinismo. —¿Ya has pagado tus
deudas?
—Sí, y no gracias a ti. —Miró a la chica. —¿Sabes que es un
timador?
—¿Qué?
—Sí, te dirá que vende cualquiera de tus cuadros por dos o tres mil
dólares y en realidad los vende por mucho más. —Puso el filo del cuchillo
cerca de su vientre. —Y después dirá que no vales nada, que no tienes
talento, que nadie en la ciudad comprará tu arte. Y si te revelas hablará mal
de ti. Lo he visto antes. Una vez fui a su galería y me encontré con un chico
llorando mientras gritaba que había conseguido que le vetaran en la ciudad.
Había dicho que tomaba drogas y que no era de fiar. El chico se fue de la
galería y él se acercó a mí sonriendo. Está perdido y ya no sabe qué decir
para justificar su fracaso. Me cogió por la barbilla y me elevó el rostro. No
como tú, tú llegarás muy lejos. Eso fue antes de acostarse conmigo, claro.
Cuando se cansó de mí, me dijo que me dejaba porque casi no me veía, que
él no podía tener una relación así, que necesitaba tiempo para ayudar a mi
hermana. También me dijo que no dejara el trabajo de camarera porque mi
arte había perdido la fuerza que tenía en el instituto, que los premios que me
habían dado en el pasado ya no los recordaba nadie y que había miles
mejores que yo hambrientos de fama. —Inclinó la cabeza para verle bien la
cara. —¿Cómo dijiste? Hay chicos que no sueltan el pincel ni para dormir y
tú hace tiempo que dejaste tu talento atrás. ¿No fue eso lo que dijiste?
—Maldita fracasada, ¿crees que me acuerdo?
Rio. —Claro que no, seguramente después de mí pasaron muchos
más. ¡Pero sí que te acordaste de mí para buscarme y pegarme dos tiros,
hijo de puta! —El cuchillo le hizo un tajo en el vientre que le hizo gritar del
horror y en ese momento llamaron a la puerta. —¡Estoy ocupada!
—¡Abra a la policía!
—Leche, qué pronto han llegado.
La chica la miró como si hubiera perdido un tornillo. —Se llevan
oyendo sirenas desde hace diez minutos por lo menos.
—Esto es Nueva York, siempre se oyen sirenas. —Se acercó a la
ventana y miró abajo. Asombrada vio la cantidad de gente que se había
arremolinado alrededor del edificio. Hasta habían acordonado la zona.
Varios que miraron hacia arriba al verla empezaron a aplaudir gritando
Wonder Woman y rio divertida. —Me adoran. —Les saludó con la mano
mientras la chica incrédula veía como se subía al dintel de la ventana para
que la vieran bien. Abajo la gente gritó enfervorecida como si fuera una
estrella de cine. —La gente está fatal —dijo antes de bajar al suelo de
nuevo y mirar a aquel capullo. —Fíjate, esos sí piensan que tengo talento. Y
mi marido también. Bueno aún no es mi marido, pero lo será. —Caminó
hasta colocarse ante su rostro. —Tengo entendido que lo conoces, ¿no? Se
llama Reginald Hardgrave
—Maldita zorra.
—Claro que sí, te compró mi cuadro. Y al verme en las noticias por
lo de su hermana, al verme acosándole, me seguiste. No podías permitir que
yo me enterara de que me habías timado. Por cómo es mi trabajo, sabías
que vendría a pedirte explicaciones. Si soy capaz de seguir a todo un
multimillonario, ¿qué haría contigo? No podías consentir que tus clientes se
enteraran de lo que hacías con las jóvenes promesas. ¿Qué pasó, Jeff? ¿Me
viste entrar en su casa? No sabías si aún conservaba el cuadro.
—Sabía que si os acostabais tarde o temprano saldría el tema,
aunque no tuviera ya el cuadro. Estaba seguro de que le dirías que eras
Crisálida.
—Claro, lo hablaríamos, descubriría que yo era la autora del cuadro
y puede que me dijera el precio al que lo compró, con lo que te dejaría con
el culo al aire.
—¡No podía perderlo todo!
—Y decidiste quitarme del medio.
Llamaron a la puerta y exasperada miró hacia allí. —Estoy ocupada,
¿estás sordo?
—¿Nena? Abre la puerta.
—Oh, es mi amorcito —dijo emocionada antes de señalar a la chica
con el cuchillo—. Vete a abrir. —La apuntó con la pistola que tenía en la
otra mano. —Y no se te ocurra salir, eres mi testigo.
—Sí, sí, claro.
Al ver que pensaba abrir la puerta en pelotas le dijo —¡Ponte algo
encima!
Muy nerviosa cogió una camiseta que había en el suelo y se la puso
a toda prisa.
—¡Solo puede pasar él!
Se colocó tras Jeff apuntando a la puerta. La muchacha abrió apenas
una rendija y dijo —Solo puede entrar él.
Reginald entró de costado y la chica cerró rápidamente. —Nena,
¿qué estás haciendo?
—Justicia, él me robó medio pulmón y tiene que pagar.
—¿Él?
—Para que la gente no se enterara de que timaba a los artistas, ¿te lo
puedes creer? —Tiró el cuchillo al suelo y le agarró por el cabello para
poner el cañón de su pistola en la sien. —¡Este cabrón casi me mata! ¡Vas a
pagar por ello!
—Nena, baja el arma —dijo muy tenso antes de mirar a la chica—.
Sal de aquí y cierra la puerta.
—¡No, no, no te vayas! —gritó Jeff muy asustado—. ¡Me van a
matar!
La chica miró a Reginald y luego a Bradlya que chasqueó la lengua
dejando caer la cabeza de Jeff. —¿Seguro que lo has entendido todo? ¿Todo
lo que este cabrón me ha hecho?
La chica asintió vehemente.
—Vale, vete.
Reginald se acercó a la puerta y la chica corrió hacia allí a toda prisa
para salir como una exhalación. Su prometido se acercó para susurrar —
¿Pero es que has perdido la cabeza?
Sonrió maliciosa y a él se le cortó el aliento. —Joder, es lo que
quieres que piense todo el mundo. Vas a matarle y quieres pasar por loca.
Nena, no funcionará.
—¿Seguro que no? Ayer mismo fui al psiquiatra y me dijo que a
veces en situaciones de estrés hacemos cosas que no son propias de nuestro
carácter. ¿Crees que matar a quien intentó matarme puede ser una de esas
cosas?
—Nena, no quiero tener que ir a verte a la cárcel —dijo entre
dientes.
—¿Pero es que no piensas detenerla? —preguntó Jeff desde abajo.
Reginald bajó la cabeza para mirarle fríamente. —Me estoy
conteniendo para no matarte yo mismo, así que cierra la puta boca.
—Puedes pegarle un poquito, no me chivaré.
—¡Lo están viendo todo desde la casa de enfrente! ¿Por qué crees
que está la policía aquí?
—Oh… —Miró hacia atrás y vio que en el edificio de enfrente las
ventanas estaban llenas de gente. —Leche. Cielo, no le pegues que te van a
grabar.
—¿No me digas?
Bradlya cogió el cordón de la pared y bajó la persiana. —Hala, ya
está —dijo en penumbra.
—¡No, no está! ¡Has secuestrado a un hombre!
—Que ha confesado.
—¡Ha confesado bajo coacción! ¡No servirá en un juicio!
—Ah, entonces me lo cargo. No he hecho todo esto para nada.
—¡Es que no tenías que haber hecho esto! ¿Sabes el susto que me
has dado?
Se acercó a él y le abrazó por la cintura apoyando el rostro en su
pecho. —Lo siento.
La pegó a su cuerpo como si quisiera protegerla y gruñó al ver como
los pies de ese tipo estaban agarrados a una soga que colgaba del techo. —
¿Cómo le has subido ahí? ¡No puedes hacer esfuerzos!
—Me ayudó la chica. La puse delante de mí para que tirara de la
cuerda.
Gruñó antes de besarla en la sien. —Tuviste un sueño, ¿no? Viste al
hombre sin la máscara.
—No, lo vi con la máscara. —Se apartó para volver a aquel idiota y
mostrar su meñique. —Pero también vi esto en su mano derecha.
—La mano del arma.
—Exacto. Un sello de oro en su meñique. Reconocí ese anillo de
inmediato. Cuando fue mi amante…
—¿Qué?
Le miró sorprendida. —Cielo, no era virgen cuando me conociste.
Tengo un pasado, no muy extenso, pero tengo un pasado.
—¿Este? —Le señaló. —¿Este tío te puso un dedo encima?
Carraspeó. —Me puso algo más que un dedo, pero todo lo que me
puso encima no tiene comparación con lo que me has puesto encima tú,
amor.
Furioso le agarró del cabello para que le mirara. —¿La tocaste?
—Era mayor de edad —dijo asustado.
—Solo faltaría. —Le pegó un puñetazo que le hizo rebotar la cabeza
de un lado a otro.
—¿Mejor?
—¡Pues no!
—No sé qué pensar de esto, ¿estás más cabreado porque me
acostara con él o porque me haya pegado dos tiros?
—No digas tonterías —dijo entre dientes—. ¿No te he dicho que le
mataría si pudiera?
—¿Y qué nos detiene?
Se miraron a los ojos. —Nena, que estás embarazada. Aún podemos
salir bien de esto con eso de la locura transitoria. —Preocupado dio un paso
hacia ella. —En cualquier momento entrarán aquí pegando tiros.
—Ni se les ocurriría estando tú aquí. Si te matan, tendrían que dar
muchas explicaciones de por qué han dejado pasar a un civil para detener a
una loca peligrosa armada.
Él hizo una mueca y miró hacia Jeff. —Entonces, ¿qué propones?
—¿Y si le tiramos por la ventana? Tú me convenciste de soltarle,
forcejeamos y cayó.
—Joder, qué mente tienes para el crimen.
Sonrió radiante. —¿Verdad que sí?
Jeff se puso a gritar que alguien le ayudara y Reginald cogió un
trapo para metérselo en la boca. —Cuanto menos digas mucho mejor,
porque me estás cabreando.
Le miró como si el loco fuera él y Reginald chasqueó la lengua
antes de mirarla. —Lo de dejar que se encargue la justicia está descartado,
¿no?
—Casi me mata —dijo muy seria—. Tiene que pagar.
—Nena, lo tuyo con las deudas no es normal.
—Me despellejé la piel para pagarlas, ¿por qué los demás no hacen
lo mismo?
—Mumm, mumm...
—Cállate, Jeff. —Bradlya puso un brazo en jarras. —La cárcel no
sería suficiente. ¿Sabes cuántos sueños ha matado este hombre? ¿Cuántos
artistas hundió por el camino y a cuantos timó?
—Creí que habías dejado de pintar por la situación en la que te
encontrabas después de lo de tus padres.
—Bueno, en parte sí, pero este también aportó lo suyo.
Empezaron a discutir qué harían con él, pero no se ponían de
acuerdo. —Cariño, ¿cómo vamos a criar a un niño si no somos capaces de
resolver algo tan sencillo como esto?
Ambos miraron hacia él que no se movía y fruncieron el ceño. —
¿Jeff? —preguntaron los dos a la vez antes de agacharse ante su cara.
—Ay, madre… Jeff, no tiene gracia. —Bradlya le quitó el paño de la
boca. —No respira.
—Ten cuidado, nena, es una estratagema.
—¿Qué estratagema ni que estratagema si no respira?
Reginald le cogió por su mandíbula y movió su rostro hacia él. No
reaccionaba. Le dio unas palmaditas. —Igual se ha desmayado.
—¡Cuando uno se desmaya aún respira!
—Joder, ¿cómo es posible?
Ella cogió el paño y se lo acercó a la nariz. —Trementina. —
Frunció el ceño. —Yo he olido esto millones de veces y no me he muerto.
—Igual le ha dado un ataque al corazón.
—¡Menuda mierda de venganza, se ha muerto solo!
—Shusss… —Miró hacia la puerta. —¿Te das cuenta del lío en el
que estamos metidos?
Se mordió el labio inferior y levantó la vista hasta sus pies. —
Ayúdame a descolgarlo.
—¿Por qué?
—Porque si le vamos a tirar por la ventana, para ser creíble tenemos
que bajarlo antes —dijo como si fuera tonto.
—¡Nena, cuando volvamos a casa vamos a tener una discusión
tremenda!
—Sí, ya, ya… —Le cogió por el brazo y Bradley le agarró. —Corta
la cuerda.
—Córtala tú, ¿quieres que se caiga al suelo? No podrás sostenerle.
Gruñó cogiendo el cuchillo y se estiró para cortar la cuerda. —
Leche… Está muy alto. —Miró a su alrededor y vio una banqueta. —
Espera, ya lo tengo.
—¿Vas a subirte ahí con esos zancos? Estás embarazada.
—Uy, qué embarazo me vas a dar. —Se subió a la banqueta y esta
se tambaleó haciendo que se agarrara a los pies de Jeff. —Argg, qué asco,
tiene callos.
—¿No te diste cuenta de sus callos cuando estabas en la cama con
él?
—Oye majo, en aquella época no tenía. —Empezó a cortar. —¿En
serio me lo estás echando en cara cuando tú te has debido acostar con media
ciudad?
Él gruñó cambiando de posición y agarrándole por el pecho. —Se
resbala por la sangre.
La cuerda se soltó y ambos cayeron al suelo. Bradlya gimió. —
Cielo, ¿estás bien?
—¡Por Dios, tengo su pene en mi cara! —Le apartó haciendo caer el
cuerpo a un lado y al ver que estaba a punto de reírse siseó —Ni se te
ocurra contar esto a nadie, jamás.
Hizo una cruz sobre su pecho. —Lo juro.
Él se levantó a toda prisa ignorando la sangre en su camiseta para
coger su mano y ayudarla a bajar. Se volvieron hacia el cuerpo. Bradlya se
rascó la cabeza, qué calor.
—Bien, le agarro, le pongo ante la ventana de espaldas a ella y tú
subes el estor para que vean que forcejeamos. Le empujo y buen vuelo.
—Espero que no haya nadie abajo.
Reginald hizo una mueca. —Yo también lo espero, nena.
Llamaron a la puerta cortándoles el aliento. —¿Quién es? —
preguntó ella.
—¡La policía! ¡Salgan con las manos en alto!
—Estamos discutiendo esta delicada situación en la que nos
encontramos, ¿verdad Jeff?
Reginald levantó una ceja antes de decir con voz grave —Estamos
llegando a un entendimiento.
—¡Cómo no salgan en cinco minutos, entraremos nosotros y no les
gustará el resultado!
—¡Oiga, a mí no me amenace! —gritó ella —. ¡Que estoy muy
loca!
—Nena, eso se dice en el juicio, no ante la policía cuando piensa
que tienes dos rehenes y una pistola —susurró Reginald furioso.
—Qué complicado es esto de ser delincuente. Cógelo.
Lo agarró de los brazos y lo puso en pie agarrándolo por el torso
hasta llevarlo a la ventana. —Cómo pesa…
Bradlya cogió el cordón del estor. —¿Listo?
Llamaron a la puerta. —¡Así no hay quien decida nada! —gritó ella
medio histérica.
—Hermana, soy yo.
Miró a Reginald con los ojos como platos. —¿Has metido en esto a
mi hermana?
—Te he estado buscando, ¿tú qué crees?
—No le habrás dicho esto a tu madre…
—No hace falta que se lo dijera yo, te ha visto en la televisión.
Gimió por dentro. Debía pensar que estaba como un cencerro.
Mierda.
—¿Bradlya? Déjame pasar y hablemos de esto. Puedo ayudarte.
—¡Uff, aquí ya somos muchos!
Su hermana sollozó. —Por favor…
—No quiero que vea cómo le tiramos por la ventana —dijo ella por
lo bajo—. Dile que se vaya.
De los nervios empezó a sudarle la cabeza y se quitó la peluca
poniéndosela sobre la cabeza a Jeff.
—¿Bradlya?
—¡Estoy pensando! —gritó rascándose la cabeza. Y en bajo le rogó
a su prometido —Dile algo.
Él gruñó antes de empujar el cuerpo hasta la ventana y sentarle en el
alféizar apoyando su brazo en la pared. —Mejor la dejamos pasar, sino
pensarán que ocurre algo raro.
—Que no le vean desde fuera. Ni a ti que tienes sangre.
Asintió y Bradlya inquieta se quitó la red de alrededor de su cabello
para soltarlo. Joder, las botas la estaban matando. Se apoyó en la pared y su
mano tocó el cordón del estor que de golpe se enrolló. Los disparos contra
la ventana la hicieron gritar de miedo y se tiró al suelo. Reginald llegó hasta
ella y la cubrió con su cuerpo. El cuerpo de Jeff cayó al suelo lleno de
heridas de bala y de repente todo se detuvo excepto los gritos de su
hermana horrorizada por lo que había ocurrido.
Reginald y ella levantaron la vista para ver que varios agentes
armados les rodeaban apuntándoles con sus armas. Mierda.
Capítulo 12

Estaba sentada en la celda mientras las otras detenidas estaban al


otro lado mirándola fijamente como si fuera a saltar sobre ellas en cualquier
momento, porque no dejaba de murmurar que todo aquello era ridículo
cuando en realidad ella no había hecho nada. Distraída con sus
pensamientos levantó la vista y al ver que todas la miraban gritó exasperada
—¡Se lo cargó la policía!
Escuchó unas llaves en el pasillo y se levantó a toda prisa. —¿Oiga?
¡Quiero un abogado!
Una mujer policía apareció ante ella y Bradlya sonrió. —Mire, ha
debido haber un error. Yo no disparé en ningún momento, ¿sabe?
—Sí, lo sé —dijo muy despacio como si fuera lenta—. Quédese ahí
sentadita que enseguida llegará su abogado, el prometido de su hermana ya
le ha llamado.
Suspiró del alivio. —¿Y mi novio?
—En otra celda, ¿no le oye?
—¿Que si le oigo? —Agudizó el oído y escuchó a lo lejos; ¡Les voy
a demandar a todos! ¡Casi me matan! Bradlya sonrió aliviada. —Sí, es él.
—Sí… —Miró hacia las demás. —Olivia Fletcher.
—¡Oye, esa llegó después que yo!
—Abra, abra…
La tía casi salió corriendo y ella no disimuló su asombro. —¡Esto no
es justo!
—Chica, la vida no es justa.
Y se largó dejándola con la palabra en la boca. Gruñó volviendo a su
sitio y al mirar a las demás estas carraspearon incómodas mirando a todos
los lados menos a ella, no fuera a ser que se mosqueara más. Entonces se
fijó en una morena que había tras una rubia con pinta de yonki. Intentaba
que no la viera y cuando esta miró hacia ella de reojo apartó la mirada a
toda prisa. Leche, no podía ser. No, aquella tía que ella recordaba era rubia.
Se levantó haciendo que todas se pusieran en guardia y entrecerrando los
ojos dio dos pasos hacia ella. Como por arte de magia todas las demás
corrieron a una esquina de la celda y ella quedó expuesta con cara de susto
por no haberlo visto venir. —¿Tú…?
—Yo no quería, lo juro.
—¿No querías? —Abrió los ojos como platos. —¡Eres tú!
La tía que estaba cenando con su hombre en el restaurante la noche
en que le conoció, se levantó casi temblando y Bradlya se le quedó mirando
la peluca morena que llevaba puesta. —¿Te han fichado con peluca?
Roja como un tomate susurró —No, este es mi pelo natural.
—¿Así que la peluca la llevabas aquel día? ¿Por qué te pones peluca
cuando sales con un hombre? —Esta miró a las demás como si buscara que
la ayudaran. Uy, que esa ocultaba algo y le daba que no le iba a gustar ni un
pelo. Dio otro paso hacia ella. —¡Qué hacías con mi hombre!
—Esta está muerta —dijo una por lo bajo.
—Tiene pinta de que se lo ha buscado. —Soltó otra. —Habla, chica,
antes de que la cabrees más.
—Como no me digas por qué ocultaste tu verdadera identidad a mi
marido, tú y yo vamos a tener más que palabras, bonita.
—¿Es tu marido?
—¡Como si lo fuera!
La pija la miró muerta de miedo. —No quería, pero...
—¿Pero qué?
—¡Era dinero fácil! ¡Solo tenía que entrar en su casa y conseguir la
clave de acceso a su ordenador! ¡Seguro que estaba apuntada en algún sitio!
Se tensó. —¿Y cómo pensabas hacer eso sin que mi hombre se
enterara? —Dio otro paso hacia ella y la cogió por el cuello pegándola a la
pared. —Dime —dijo entre dientes—, ¿cómo pensabas hacerlo?
—Llevaba un sedante en el bolso. Cuando llegáramos a su casa
tenía que echárselo en la copa.
—¿Ibas a drogarle? —Apretó más la mano haciéndola gemir. —
¿Quién te contrató?
—Su primo, George. George Dumper —dijo con esfuerzo.
La soltó de golpe. —¿No me digas?
Se llevó la mano al cuello. —Dijo que hacerle la pelota a su tía no
había servido de nada para conseguir la empresa. Con la clave pensaba
vender unas acciones como si hubiera sido él.
—¿Unas acciones de la empresa?
—No lo sé, recuerdo que dijo necesito la clave para vender las
acciones.
Pensó en ello. ¿Qué acciones? Si vendía las acciones de Reginald no
le hubiera quitado la mayoría porque en aquel momento su madre le
apoyaba. Entre los dos hubieran seguido teniendo el control de la empresa.
Eso tenía que hablarlo con su hombre. —¿Por qué no lo intentaste de
nuevo?
—Pues porque apareciste tú.
Sonrió con malicia. —Ah, ¿sí? ¿Me tenías miedo?
—¡Llamas mucho la atención! ¡Si salíamos en la prensa alguien
podía reconocerme!
—Así que la has liado mucho por ahí, ¿no es cierto? Eres una
profesional del timo. Por eso estás aquí. ¿Por qué cargos exactamente?
Apretó los labios. —Extorsión.
Parpadeó de la sorpresa. —Vaya, vaya… Al parecer has ampliado tu
radio de acción. ¿Y cómo te han pillado?
—Había quedado con él para cobrar, pero no vino solo.
—Entiendo, fuiste descuidada. —La señaló con el dedo. —Más te
vale que cuando salgas de aquí hagas una llamadita a mi hombre, querrá
hablar contigo. Y no pienses que no sé cómo encontrarte.
—Bradlya Pinheiro, ya puedes salir.
Miró hacia los barrotes y allí estaba otra mujer policía abriendo la
puerta. Caminó hacia ella con paso firme y cuando salió fulminó con sus
ojos verdes a aquella chantajista. —Recuerda mis palabras.
—Sí, sí, claro.
Esa intentaría desaparecer en cuanto la dejaran libre bajo fianza,
pero hizo que la creía para seguir a la policía que la cogió del brazo. —Sé
caminar sola, ¿sabe?
—Chica, no te he esposado, así que no me des la plasta que hoy no
es mi día. —La metió en un ascensor y pulsó el primer piso.
Con curiosidad preguntó —¿Qué le ha pasado?
—¿En serio crees que voy a decírtelo?
—A veces ayuda conocer una opinión de alguien que no tiene nada
que ver en el tema.
La miró de reojo. —Mi marido me debe pasta de la pensión, pero
como es capitán y tiene contactos no puedo demandarle, porque no serviría
de nada. Y lo hace por fastidiarme porque estoy con otro. Le sobra la pasta,
¿sabes? Su padre era juez y le dejó un par de pisos por la ciudad que le dan
mucho dinero con el alquiler. Y mientras tanto mis hijos y yo tenemos que
mantenernos con la ayuda de la pensión de mi madre. Te juro que…
Sus preciosos ojos verdes brillaron de la alegría. —No me diga más,
soy su chica. Pero a cambio, necesito un pequeño favor.

Entró en la sala donde Reginald estaba con tres hombres, dos de


ellos con trajes carísimos. Su casi marido se levantó de inmediato para
abrazarla. —¿Estás bien? —preguntó ansioso antes de apartarse para
mirarla y apretó los labios—. ¡Mi mujer embarazada está helada!
Los dos hombres de traje miraron a otro que estaba sentado a la
mesa y este chasqueó la lengua. —No se ha quejado.
—Menuda mentira —dijo ella mientras el más joven de sus
abogados se levantaba y se quitaba la chaqueta a toda prisa para que
Reginald se la pusiera sobre los hombros —. Me he quejado durante las
cinco horas que he estado allí encerrada. —Le daba que tenía que hacerse la
dramática. —Amor, y no me han dado de comer ni nada, no querían
dejarme llamar a nadie.
—Esa es una vulneración flagrante de sus derechos —dijo el otro
abogado. Ese tenía cara de listo, seguro que les sacaba de allí en un plis
plas.
—Y no solo eso. Me han encerrado con un montón de mujeres. ¿Y
si alguna me ha pegado algo?
—¿No tenía miedo a que Jefferson Cassidi le pegara algo?
—Esa pregunta está totalmente fuera de lugar —dijo el abogado con
cara de mala leche—. Quería interrogar a mi cliente y espero que sea
profesional porque sino este interrogatorio se acaba aquí y ahora. —Miró
hacia ella y sonrió. —Siéntese aquí entre su prometido y yo. Él ya ha sido
interrogado.
Mierda, y no sabía lo que había dicho. Pero puso cara de buena y se
sentó a su lado. El hombre de la chaqueta del traje se puso tras ella cuando
se sentó y Regi cogió su mano como si quisiera protegerla.
El policía que estaba sentado frente a ella la miró a los ojos. —
Menudo numerito ha montado.
—¿Usted cree? Solo quería que confesara.
—¿Y no se le ocurrió ir a la policía?
No sabía si hacerse la loca o la tonta, estaba en una encrucijada
porque no tenía ni idea de lo que había dicho Reginald. Miró hacia él y este
apretó su mano. —Vamos nena, di lo que pasó, con la verdad por delante
uno nunca se equivoca.
Entonces le tocaba hacerse la tonta. Tomó aire como si estuviera
dándose valor. —Era un mal hombre, ¿sabe? Pero yo no pretendía matarlo.
—Amenazó con hacerlo.
—¿De veras? —preguntó como si estuviera confusa—. No sé, igual
dije algo así para que no entraran, estaba muy nerviosa. Veía que no quería
decir la verdad sobre lo que había hecho y tuve miedo al ver a la policía.
—Cuéntenos por qué fue a su casa.
Miró a su abogado. —Es largo de contar.
—No importa, diga todo lo que ocurrió con el señor Cassidi.
Asintió y empezó a relatar cómo le conoció dando énfasis a los
desprecios y todo lo que le decía. La rabia hizo que sus ojos se llenaran de
lágrimas. —Esa fue otra de las razones por las que al final dejé de pintar. Ya
no me motivaba nada.
—Usted era una futura estrella del arte, ¿no es cierto? —preguntó su
abogado demostrando que había tenido una larga charla con Reginald.
—Eso decían.
—No, eso decían no —dijo el abogado que tenía detrás pasando
entre ellos para dejar un montón de folios sobre la mesa—. Esa es la
trayectoria artística de alguien que como se dice ahí hubiera sido la nueva
Dalí.
El policía cogió la documentación y ella estiró el cuello para ver que
eran recortes de periódico de su época del instituto.
—Aquí dice que consiguió una beca.
—Mis padres murieron y no podía dejar sola a mi hermana. —Hizo
una mueca. —En la vida hay prioridades.
—Entiendo. Así que después de la muerte de sus padres trabajó en la
cafetería donde le conoció y él ayudó a destruir a la artista ya dañada por su
drama familiar.
Una lágrima recorrió su mejilla porque no podía ser más claro. —Sí.
Después de estar con él dejé de pintar. Y pasaron los años y conocí a
Reginald. Él fue la única persona que compró uno de mis cuadros. —Le
miró y él le sonrió. —Mi alma gemela. ¿Sabe que es el único cuadro que
tenía en su casa?
El policía asintió. —Y de repente ese hombre le dispara casi
matándola.
—Cuando conocí a Reginald salimos en los medios. Sobre todo en
internet. Jeff debió verlo.
—En su galería hemos encontrado la pistola que usó para intentar
matarla.
Se le cortó el aliento. —¿De veras?
—Ya se han hecho las pruebas preliminares y las balas coinciden. Él
intentó matarla.
—¿Ve cómo tenía razón? ¡Me timó con la venta del cuadro y
después para cubrir que se dedicaba a engañar a los artistas, intentó
despacharme! Me da una rabia que no haya confesado…
—Eso ya da lo mismo. Tenemos que acusarla de retención ilegal y
tortura.
Dejó caer la mandíbula del asombro. Tenía que haberse hecho la
loca. —Pero si fue él.
—¡Pero las cosas no se hacen así, no es una superheroína para ir
haciendo justicia!
—Mi cliente estaba bajo mucha presión psicológica después de lo
que le ocurrió, ¿en serio quiere llevar esto a juicio? ¿Le recuerdo que
cuando sus agentes dispararon desde el edificio de enfrente, podían haber
matado a mis clientes? No pienso dejar que ellos paguen por su
incompetencia. ¿Piensan presentar cargos de veras? Esto va a ser un
auténtico circo.
—Oh, si tengo que ir de payasa, yo encantada. —Sonrió al policía
que parecía que no podía creérselo. —Me encantan los disfraces, ¿sabe?
Son muy efectivos. Tengo uno de me planto en la puerta de la comisaría
cada día y les amargo la existencia, que les va a dejar con la boca abierta.
El hombre gruñó. —No pienso dejar que me extorsione ni a mí ni al
departamento.
—Bueno, bueno… —dijo el abogado como si fuera el colmo—. No
tergiverse las palabras de mi clienta para apoyar sus ridículos cargos,
porque le recuerdo que esta conversación se está grabando.
—¿Están grabando? —preguntó ella horrorizada—. Cariño y yo con
estas pintas —dijo llevándose las manos al cabello.
Reginald sonrió. —Estás preciosa.
El abogado miró al detective levantando una ceja y él suspiró. —
Hablaré con el fiscal. Denme un momento.
—Le recuerdo que todo lo que se hable aquí y no sea en su
presencia no debe ser grabado. Forma parte de la confidencialidad entre
abogado cliente.
Él asintió antes de salir de la sala y Reginald se acercó para hablar
con el abogado. —¿Crees que nos soltarán? —dijo en un susurro.
—Creo que es lo único que pueden hacer. Ella es la víctima, no
pueden culparla, fue su incompetencia lo que llevó a esta situación al no
detenerle a tiempo. Un estado de locura transitoria es de lo más normal en
un caso así. —La miró. —Pero seguramente el fiscal pedirá que acuda a
terapia.
—Oh, ya voy. Desde que me dispararon. Igual eso ha tenido que ver
en que hubiera recordado quién era, ¿no cree? —Sonrió. —Eso es que me
estoy recuperando, serán pocas sesiones más.
El abogado intentó retener una sonrisa. —Creo que necesitará algo
más que algunas sesiones.
—Vaya.
—¿Y lo de la tortura? —preguntó Reginald.
—¿Qué tortura? Solo le ató los pies. El corte en el vientre fue
totalmente desafortunado. Él se movió cuando no debía.
—Cariño, me gusta nuestro abogado. Por cierto, ¿cómo se llama?
Él sonrió. —Lewis Holland y él es mi hijo Peter.
—Un placer.
—Por cierto, tengo algunas facturas que…
—Mi mujer lo ha dejado, gracias.
—Qué pena, mi trabajo aquí y en el juicio si lo hubiera, serían
gratis.
Los ojos de Bradlya brillaron de la ilusión. —Hecho.
—Cielo…
—Bah, seguro que lo soluciono solo en un día.
—No crea —dijo su hijo—. Hay algunos muy escurridizos.
—Son mi especialidad.

Sentada en el sofá de casa escuchaba cómo le echaba la bronca por


haber aceptado más trabajo en aquellas circunstancias y embarazada,
además. Y eso sumado a la herida de la que aún no se había recuperado del
todo, provocaba que su hombre se estuviera poniendo de los nervios. Su
suegra y su hermana sentada al lado de su prometido, les miraban con los
ojos como platos sin decir una sola palabra mientras Reginald caminando
de un lado a otro no dejaba de pegar gritos y de decir que su vida anterior
había acabado por completo. Cuando terminó se puso con los brazos en
jarras. —¿Me has entendido?
—Cariño, ¿quieres sexo? ¿Creo que te relajará?
Parpadeó como si no hubiera oído bien. —¿Qué has dicho?
Se levantó como si nada y fue hasta su hermana para darle un beso
en la mejilla. —Siento el susto.
—Estás bien y es lo que importa.
—¿Ves? Ella me comprende. —Bostezó. —Os quiero, pero ahora
me voy a la cama.
—Por supuesto, querida. Debes estar agotada. —Su suegra sonrió.
También la besó en la mejilla sonrojándola. —Hablamos luego.
—Claro que sí.
—¡Nena, lo vamos a hablar ahora!
—¿Me ayudas con el corpiño? Me cuesta mucho quitármelo sola y
no quiero que me tire la herida —dijo ya en la escalera.
Él la siguió decidido, lo que la hizo disimular una sonrisa. Cuando
llegó a la habitación desabrochó su faldita dejándola caer al suelo y él
carraspeó contemplando su trasero. —Nena, llevas un tanga.
—Normalmente me pongo una pantaleta cuando trabajo, pero tenía
prisa.
—Ajá… —dijo comiéndosela con los ojos acercándose a ella para
bajar la cremallera del top. Bradlya se lo quitó y lo dejó caer volviéndose
para mostrar sus turgentes pechos—. ¿Te ayudo con las botas?
Sintiendo que su cuerpo ardía por cómo la miraba asintió y se sentó
en la cama levantando una de sus piernas para apoyar el pie en su pecho. Él
cogió la cremallera y muy lentamente la fue bajando mientras ella se
tumbaba mirándole con deseo. —¿Sabes, nena? Empiezo a pensar que no
estoy muy bien de la cabeza. —Su voz ronca demostraba su excitación y
eso la encendió aún más. —Nunca pensé que me irían los disfraces. —Dejó
caer la bota al suelo y acarició su pierna haciéndola suspirar de placer. —
Así que quieres hacer el amor.
Levantó la otra pierna mirándole con picardía y él rio por lo bajo. —
Y yo que pensaba que necesitabas más tiempo para recuperarte, pero creo
que si puedes secuestrar a alguien y subirlo a una viga, podrás con esto.
—Puedes apostar por ello.
La bota acabó en el suelo y él abrió sus piernas para colocárselas en
sus hombros. Miró hacia abajo y metió el dedo en su tanga, tirando de la
fina tela que cubría su sexo para apartarlo antes de pasar la yema entre sus
pliegues humedecidos. —¿Me has echado de menos, nena?
Bradlya cerró los ojos. Solo pudo gemir de necesidad, lo que le
animó a continuar. —Tan suave y caliente.
Se le cortó el aliento cuando un dedo entró en su interior. —Tan
mojada para mí… —Rozó algo que la hizo gritar de placer arqueando su
cuerpo hacia atrás. —Así que no te duele… —Su sexo entró en ella de un
solo empellón y fue tal la sorpresa que unida al placer la hizo gritar de
nuevo. Mirándola fijamente atento a cualquier signo de que no estuviera
disfrutando, se deslizó en su interior hasta casi salirse, para llenarla de
nuevo con una contundencia que hasta él tuvo que contenerse para no
derramarse todavía. Bradlya ya no podía pensar en nada que no fuera él y
sintiendo que su vientre se tensaba a su alrededor susurró que quería más. Y
él se lo proporcionó porque la llenó de nuevo. Entonces la cogió de los
brazos y la atrajo a él para levantarla. Bradlya miró sus ojos rodeando su
cuello con los brazos y cuando la elevó para dejarla caer sobre su miembro
fue algo exquisito que casi la llevó al clímax, pero este no llegó y gimió de
necesidad. Él mirándola intensamente susurró —Ya llega, nena. —Besó sus
labios. —Ya llega. —La bajó mientras él empujaba sus caderas con
contundencia y todo explotó a su alrededor provocándole la dicha.

Cuando recuperó el aliento y su corazón normalizó su ritmo


habitual, Bradlya consiguió abrir los ojos para ver que estaba tumbado a su
lado en la cama. Se miraron a los ojos y él dijo —No vuelvas a hacerlo, no
vuelvas a irte sin decirme nada. Estaba aterrado, joder.
Ella acarició suavemente su mejilla. —Lo siento, en ese momento
no podía decírtelo.
—¿Por qué?
—No lo sé, supongo que porque estoy acostumbrada a hacer las
cosas sola.
—¿Tenías que hacerlo sola? Ya no estás sola.
Sus ojos se llenaron de lágrimas y le abrazó con fuerza. —Lo siento.
—Shusss… —Acarició su espalda. —Estás bien y te juro que es lo
único que me importa. Solo quiero que estés bien, aquí, conmigo. Por eso…
—Tengo que hacerlo. —Se apartó para mirar su rostro. —Sobre
todo ahora.
—¿Por qué, nena? Ya no lo necesitas, ya puedes pintar y llevar una
vida normal.
—Es que tu primo necesita que le haga una visita y como tendré que
disfrazarme para él, puedo hacerlo también para los demás durante un
tiempo, ¿no?
—¿Mi primo? —preguntó sin entender—. Vale que no le soporto,
¿pero por qué ibas a seguirle?
—Porque contrató a alguien para drogarte y vender unas acciones
que no sé para que sirven, pero seguro que no era para nada bueno.
—¿Perdón?
—Cariño, ¿recuerdas a aquella rubia que estaba en el restaurante la
noche que iba vestida de Cleopatra?
—¿La rubia? Pues…
Sonrió divertida. —¿Te acuerdas de su nombre?
—¿Melani?
—Esa noche se llamaba Sheila, cielo.
—¿Y yo qué sé? ¿Crees que después de todo lo que ha pasado entre
nosotros me acuerdo de una mujer que vi apenas diez minutos? Era una cita
a ciegas.
—¿No me digas? ¿Te la organizó tu primo?
Entrecerró los ojos. —Me la organizó mi madre. De hecho, estuvo
de lo más pesada para que aceptara pasar la velada con ella.
—Vaya, vaya… Pues seguramente cuando te cuente esto, tendremos
que bajar a hablar con mi suegri.
Capítulo 13

El portazo contra la pared sobresaltó a su madre que se sentó de


golpe y gritó de miedo antes de apartar el antifaz de seda rosa de su rostro.
—¿Duermes con eso?
—¡No se cierra la contraventana! ¿Qué pasa ahora? Tanto sobresalto
va a acabar conmigo. —Entrecerró los ojos. —Eso es lo que queréis
vosotros, ¿no? ¡Que la casque! ¡Por eso tanto drama!
Bradlya no lo pudo evitar y se echó a reír a carcajadas.
Phillis jadeó. —¿Se ríe de mí?
—No madre, se ríe de la situación.
—Suegri, lo siento, pero al secuestrar a Jeff no pensé en ti.
—Pues hay que pensar, niña. Hay que pensar.
—Lo siento. —Se sentó en la cama a sus pies. —Hemos venido a
por información.
—¿Un interrogatorio a las tres de la mañana?
—Teníamos que hacer el amor, llevábamos mucho retraso, ya sabes.
Se puso como un tomate. —Niña das demasiados detalles.
Reginald dio un paso al frente. —Madre, ¿de qué conocías a Sheila?
—¿A quién?
—A la mujer con la que salí, aquella cita, ¿recuerdas?
Su madre pensó en ello y de repente sonrió. —Oh, aquella cita, ¿a
que era preciosa? ¿Quieres cambiar?
Jadeó asombrada porque prefiriera a la otra. —¿Qué has dicho?
—Era broma.
No las tenía todas consigo. —Muy graciosa.
Phillis soltó una risita. —La cara que has puesto.
—Madre céntrate, ¿dónde la conociste?
—Oh, pues un día en el club. Llegó con tu primo, habían jugado al
tenis. Se la veía tan fina y encantadora. Toda una dama de la alta sociedad.
Era familia de los Prescott de Boston, creo recordar. Y abogada.
—Y abogada —dijo Bradlya con burla.
—Sí, está picada.
—Pues para que lo sepas era una timadora profesional, maja.
Menudo ojo tienes.
—¿Perdón? —Miró a su hijo. —¿Pero qué dice?
—Estaba en la celda con ella, madre. La habían detenido por
extorsión.
—Uy, pues tengo que llamar a George para avisarle.
—Ya lo sabe, suegra. Él la contrató.
Miró a uno y al otro sin entender nada. —¿Cómo que él la contrató?
¿Para qué?
—Para sacar una clave del despacho de mi casa. La clave de mi
ordenador y su intención era vender unas acciones.
—¿Acciones? ¿Y qué podía hacer con…?
—¿Madre? —Reginald dio un paso hacia ellas. —¿Sabes lo que
pretendía?
—Bueno…
—Ay, la leche… —dijo Bradlya—. Que tu madre la ha liado fijo.
Mira qué cara de culpable tiene.
—¿Madre?
—Bueno, como tú ya tenías el cuarenta por ciento, le dejaba a él en
el testamento el treinta por ciento de mis acciones. Ya sabes que su padre
siempre fue mi hermano favorito.
—¡Y George también era tu favorito por lo que veo!
—El treinta por ciento —dijo Bradlya pensando en ello—. Así que
si tú morías, el treinta por ciento de tu cincuenta iba a parar a sus manos y
Reginald se quedaría con el sesenta.
—Pues… no del todo.
Reginald no salía de su asombro. —¿No me dejabas nada?
—Hijo, tu padre te lo ha dejado casi todo.
—¡Menos el cincuenta por ciento de mi empresa, que lo tienes tú!
—No, tú tienes casi la mitad de nuestra empresa, el resto es mío
para hacer y deshacer lo que me venga en gana.
—¿Eso es lo que te ha dicho el capullo de George mientras jugabais
al tenis y yo me dejaba la piel en la oficina? ¿Pero a ti qué coño te pasa?
¡Soy tu hijo, joder!
—Cielo, no te alteres.
Phillis sonrojada se mordió el labio inferior. —El veinte por ciento
restante lo dejaba a un fondo de caridad que hace muchas obras sociales y
del que soy presidenta.
—Entiendo.
—¿En serio lo entiendes? —preguntó Reginald sin salir de su
asombro.
—Sí, entiendo que tu primo necesitaba unas pocas acciones para
desbancarte y eso es lo que pretendía hacer. Seguro que vendería una acción
aquí y otra allá para simular un error informático o algo así, que después le
daría puerta a tu madre y se quedaría con tu empresa. Ni siquiera tendría
que decir que él tenía esas acciones, solo con decir que tenía el
consentimiento de esas empresas fantasma que seguramente ya había
formado en algún paraíso fiscal, se haría con el control de todo.
—¿Cómo que me daría puerta? —Phillis estaba pasmada por el
cambio de los acontecimientos. —¡Si me adora!
—Es evidente que había perdido la paciencia. De hecho, se lo dijo a
Sheila. —Mejor no decir las palabras exactas, que ya estaba bastante en
shock como para hacer más sangre por ese asunto.
Asombrada miró a su hijo. —¿Pretendía matarme?
—Madre, de eso no podemos estar seguros.
—¡Será mamón!
—Oh, qué bien que sueltas tacos —dijo con alivio—. Llegué a creer
que lo tuyo no era normal.
—Muy graciosa. ¿Y ahora qué hacemos? Porque le he invitado a la
fiesta de compromiso.
—¿Qué fiesta de compromiso? —preguntaron los dos a la vez.
—La que hay el sábado de la semana que viene. ¡En la alta sociedad
se hace fiesta de compromiso y la vais a hacer porque a mí me da la gana!
¡La decisión está tomada! ¿Es que no leéis vuestros mails?
—¿Y para qué nos envías un mail si prácticamente vives aquí? —
preguntó su hijo sin salir de su asombro.
—No los he enviado yo, lo ha hecho mi secretaria.
—¿Tienes secretaria? —preguntó impresionada.
—Claro, niña, tengo muchos asuntos que atender.
—¿Que tienes qué? ¡Pero si no pegas palo al agua! —Escandalizada
miró a su prometido. —Cómo os gusta tirar el dinero a los ricos.
—Cuando se organiza una boda de este nivel…
—¡No me vengas con rollos, suegra! Deja de derrochar el dinero,
que mi hombre trabaja mucho para conseguirlo.
—Uy, que ahora me va a controlar.
—¡Claro que sí! ¡Estás muy despendolada! —La señaló con el dedo.
—Y te lo advierto. Nada de regalarle al niño sin control, que te veo venir.
No quiero que se vuelva un consentido.
—Oye, hermosa… ¡Que he criado un hombre de los pies a la
cabeza! ¡No necesito tus consejos!
—Entonces si es un hombre como tú dices, ¿por qué le haces caso a
ese capullo de George?
—Oh, es que es tan amable… —Miró a su hijo con rencor. —¡Y él
me hace mucho más caso que tú!
—¡Porque yo trabajo para que tengas esa vida que tanto te gusta! —
Dio un paso hacia ella. —¿Sabes lo que ha hecho tu querido George en el
tiempo que ha estado en la empresa? ¡Ha perdido dos de mis mejores
clientes! ¡Setenta millones de dólares que dejaremos de cobrar el año que
viene porque han desviado su producción a China!
—Uy, pues eso no, ¿eh? —dijo su madre escandalizada.
—¡Nos hubiera llevado a la ruina en un año!
—Pero lo arreglarás, ¿verdad, cielo? —preguntó Bradlya para que
Phillis no se sintiera tan culpable—. ¿Tú puedes arreglarlo y que vuelvan a
la empresa?
Él gruñó. —Te aseguro que lo estoy intentando.
Sonrió a Phillis. —Él lo arregla.
—¿Y ahora qué hacemos con la fiesta? —preguntó arrepentida—.
¿Puedo hacer algo?
La miró maliciosa. —Oh, sí. Claro que puedes. ¿Qué talla usas?

—No puedo creer que me hagas esto —dijo Phillis intentando salir
del taxi con el disfraz de Sirenita. Su peluca se enganchó con uno de sus
anillos y frustrada empezó a dar manotazos hasta que ella la ayudó.
—¿Acaso no quieres reparar tu falta? Pues esta es tu penitencia.
Mírale, se lo está pasando en grande.
Miró hacia atrás para ver a su hijo saliendo de otro taxi como si no
fuera con ellas. Rio por lo bajo al pasar a su lado. —Madre, que te pisas la
cola.
—Ja, ja.
—Me muero por ver la cara de la gente. —Y sin más entró en el
club.
—¿Se me reconoce? Con tanto maquillaje…
Tris, para fastidiar, no es que la hubiera maquillado lo suficiente
como para que no se la reconociera. Aunque a Bradlya no se le daba bien
maquillar, había intentado arreglarlo y desgraciadamente se le había corrido
algo el rímel. Parecía una Sirenita pasada de copas. —No tendrán ni idea.
—Estupendo.
Vestida de Jasmine caminó a su lado. Su suegra intentó imitar su
seguridad y se puso junto a ella mientras le decía al portero —Hola, Stevie.
—Ah, no, ni hablar. Casi me echan por dejarla pasar la otra vez.
—Stevie, Stevie… Sabes que esas no son las palabras que quiero
oír. ¿Tendré que llamar al genio para que abra esas puertas? Ya sabes quién
es el genio, ¿no? Es tu mujer, esa que no sabe que se la pegas con tu vecina.
—Yo no las he visto.
—No, no. ¿Las palabras mágicas son?
—¿Ábrete sésamo?
—Genial —dijo ella antes de pasar.
—Eso es de Ali Baba —dijo su suegra.
—Leche, ¿me he equivocado de cuento? Tengo que hacerle un
repasito antes de que llegue el niño.
—Te dejaré los libros y las películas que tengo.
—¿Eres fan?
—Soy una Disney adicta. Todos los años me voy a un parque. Este
año toca Japón y de paso veré los estudios universal.
Parpadeó porque jamás se lo hubiera imaginado. —¿Puedo ir?
Chasqueó la lengua. —¿Sin disfraces?
—Vamos, es Disney. Mi hermana nos hará unos disfraces que les
dejarán con la boca abierta.
Su suegra entrecerró los ojos. —Bueno, les preguntaré a mis amigas.
No quiero que se ofendan si no pregunto, ya sabes.
—Vale. Si no me dejan ir, me caerán fatal y puede que les haga una
visita.
Phillis soltó una risita. —Eres increíble. —Llegaron a la terraza del
club y allí estaba toda la jet set de Manhattan tomando el aperitivo. —Mira,
allí está George intentando ligarse a la heredera Harrison. Lleva tras ella
dos años y nada, pero no se da por vencido.
—Pues vamos a librarla de ese pesado, porque la pobre tiene una
cara de aburrimiento que no puede con ella. —Caminaron entre las mesas y
varios se pusieron a grabar porque debían saber ya lo que se avecinaba. —
Sonríe, suegri, vamos a salir en YouTube.
—Cuando lo vean mis amigas no se lo van a creer. —Pasó al lado de
un hombre mayor y le guiñó un ojo. Caminando a su lado soltó una risita y
susurró emocionada —Es Francis Weinstein, siempre me ha hecho tilín.
—Por la cara que ha puesto, seguro que te pide el número en cuanto
pueda.
—¿Tú crees? Pues cuando me vea sin maquillaje se va a sorprender
muchísimo al darse cuenta de que soy yo.
Mejor no decirle que se la reconocía de sobra no fuera a ser que
saliera huyendo. Vieron como George se tensaba porque iban en su
dirección y Bradlya dijo —Atenta suegra, que puede huir en cualquier
momento.
Efectivamente George se levantó mientras que su acompañante las
miraba de lo más interesada, hasta parecía que sonreía. Se detuvieron ante
la mesa y pusieron los brazos en jarras. —¿George Dumper?
—Sí, soy yo —respondió con desconfianza antes de sonreír—. Oh,
es por mi cumpleaños. Os habéis equivocado, es mañana.
—Leche, qué oportuno —dijo antes de mirar a su suegra que se
encogió de hombros, demostrando que era su secretaria la que la advertía de
esas cosas—. Pues no, Georgie, no es por tu cumpleaños. Estamos aquí para
desearte un feliz futuro.
—Vaya, gracias. —Su sonrisa se congeló. —¿Y quién me lo desea?
—Te lo desea la fiscalía del estado de Nueva York.
—¿Cómo?
—No, no, antes vas a escuchar la cancioncita que me ha costado un
huevo hacerla. —Miró a su suegra. —¿Lista?
—Por supuesto.
Pusieron espalda contra espalda.
Parece un principeeee, pero no lo es
Movieron las caderas girándose y cogiendo la mano de la otra.
Parece un principeeee, pero te la pegaaaa
Giró a su suegra que no bailaba nada mal.
Parece un principeee, pero no lo es
De repente ambas saltaron colocándose ante él.
Va de listo por la vida y lo único que quiere es aprovecharse de una
viejaaaa
Va de listoooo, pero no lo es
—¡Basta! —gritó él—. ¡Esto no tiene ninguna gracia!
—Pero si nos queda lo mejor —dijo su suegra con mala leche—.
¡Nos falta cuando intentas cometer un delito para apropiarte de la empresa
de mi familia, utilizando a una delincuente profesional para embaucar y
drogar a mi hijo! —Se quitó la peluca haciendo que murmurara la gente. —
¡Y por cierto, ya estás desheredado!
Bradlya no pudo disimular su sorpresa porque se hubiera delatado.
Ese no era el plan. Tenían que marearle como si hubieran sido contratadas.
George palideció. —¡Pero tía!
—¡Y ya no te pagaré más las cuotas del club, así que ya te estás
largando!
—Ah, que se las pagabas tú —dijo Bradlya asombrada mientras la
gente se reía—. ¡Pero si ya es un hombre hecho y derecho! —Dio un paso
hacia él señalándole con el dedo. —Vuelve a intentar hacerle algo a mi
hombre y no habrá sirena que te saque del río, no sé si me entiendes.
—¿Cómo no te va a entender? —preguntó su suegra.
—Yo qué sé, tiene cara de lerdo.
—Pues la verdad es que nunca ha sido muy listo.
George entrecerró los ojos y Bradlya vio como apretaba los puños
de la rabia porque las carcajadas de la gente eran como para poner colorado
a cualquiera. Su cabreo la puso en guardia, pero antes de que diera un paso
atrás un puñetazo le dio en toda la cara haciéndole trastrabillar hasta caer en
la piscina. Asombrada vio que había sido Reginald, que furioso se acercó
hasta el borde para gritarle —¡Intenta acercarte de nuevo a nosotros e
iniciaré las acciones legales oportunas! Aunque acabarás en prisión igual
porque tu amiguita está más que dispuesta a delatarte, de hecho, ya ha
hablado con la fiscalía para rebajar su condena por extorsión. Yo que tú me
iría del país lo antes posible.
—Gracias a Dios —dijo la chica que estaba sentada con él y que
ahora al lado de Bradlya parecía inmensamente aliviada—. Gracias, gracias.
—Chica, si no te gustaba solo tenías que decirlo.
—Le gustaba a mi padre y me obligaba a quedar con él.
—¿Quieres que le haga una visita a tu padre?
La miró con horror antes de alejarse a toda pastilla. —Solo era una
sugerencia, no hace falta ponerse así. —Entrecerró los ojos y su suegra se
puso a su lado. —Esa chica necesita ayuda.
—Su padre es muy rígido. Intenta casarla bien y no hace más que
meter la pata. Antes de que se fijara en George, tuvo el ojo echado a mi
hijo.
—¿Y por qué no cuajó?
—Porque es evidente que mi hijo buscaba otra cosa. —Sonrió
cogiendo su mano. —Has traído mucha acción a nuestras vidas.
—Pues aún no has visto nada, suegra. —Se acercó más y susurró—
Tu galán está detrás de ti y parece que quiere hablar contigo.
—Oh…
—No seas tímida, es evidente que la descarada Sirenita le ha
gustado mucho.
Por el rabillo del ojo vio como George salía de la piscina y miraba
con rencor a Reginald que con ganas de arrancarle la cabeza siseó algo que
no llegó a escuchar por las risas y los murmullos de la gente. George le
respondió algo y Reginald le amenazó con el puño antes de que ese imbécil
se apartara asustado. Empujó a varios que le grababan mientras gritaba —
¡Dejadme pasar, joder!
Se acercó a su hombre y le abrazó por la cintura. —¿Qué te ha
dicho?
—Que siempre he sido un cabrón egoísta y que las iba a pagar. —
Sonrió sin darle importancia. —No te preocupes, no pasará nada. Es un
cobarde, siempre lo ha sido. —La besó suavemente en los labios. —¿Nos
vamos a casa?
—Tu madre está ligando, ¿nos tomamos algo?
Se sentaron en la mesa más cercana mientras todos volvían a sus
asientos. —¿Seguro que no pasará nada?
—Nena, ¿no ves cómo se ha ido con el rabo entre las piernas? Ahora
que ha sido descubierto se muere de la vergüenza. Tranquila, le perderemos
de vista para siempre, no tiene los huevos como para pasar ni siquiera un
mes en prisión.
Ella no las tenía todas consigo, cuando le había visto alejarse su
mirada le había puesto los pelos de punta, porque si era un cobarde como
Jeff podía hacer cualquier cosa para intentar evitar ir a prisión.
A la fiesta de compromiso que se hizo en el club asistieron todos sus
amigos. Bueno, todos los amigos y clientes importantes de los Hardgrave,
porque no es que ellas tuvieran muchos amigos a los que invitar. Con su
hermoso vestido de seda verde se acercó a su hermana que no dejaba de
hablar con su novio y estaban de lo más acaramelados. —Cuñado, ¿no
tienes que saludar a algún invitado?
—He pillado la indirecta. —Besó a su novia en la frente. —Te veo
luego.
—Vale —dijo con una sonrisa embobada en su rostro.
—¿Yo estoy igual de enamorada que tú?
—Sí.
—Pues doy pena.
Su hermana se echó a reír. —Eres un caso. ¿Qué pasa? ¿Te aburres?
—¿Tanto se nota? Me da que la vida de esposa de gran empresario
no es lo mío. —Miró a su alrededor. —Míralos, de smoking. —Bebió de su
zumo.
—Pues yo creo que lo voy a llevar bien. La gente ha sido muy
agradable conmigo. —Preocupada preguntó —¿Contigo no?
—No se atreverían por la cuenta que les trae. No, todos son muy
amables y simpáticos. No sé…—Les observó. —¿No notas algo artificial
en todo esto?
—Está claro que no se dejan llevar. No quieren quedar mal con los
demás y están muy encorsetados. No han venido a divertirse, han venido a
un evento como otro cualquiera.
—Sí…
Su hermana entrecerró los ojos. —Ni se te ocurra.
—Vamos, esto es una fiesta.
—A tu suegra le va a sentar fatal.
—Ya está acostumbrándose a mis excentricidades. Además… —
Levantó la barbilla. —Soy una artista, se me pueden permitir ciertas
licencias.
—Ay, madre…
Soltó una risita. —Vamos a divertirnos. —Se alejó antes de que su
hermana pudiera detenerla y fue hasta el escenario donde una pequeña
orquesta tocaba canciones de los sesenta. Para dormirse estaba la cosa.
Cogió el micro y le dio su copa al violinista que en ese momento no tocaba
y que la cogió de milagro. Sonriendo fue hasta el centro del escenario y se
puso el micro a sus labios pintados de rojo intenso. —¡Bienvenidos a mi
fiesta de compromiso! —Todos se volvieron para mirarla. —Uy, un público
difícil. Vamos a intentarlo otra vez. ¡Bienvenidos a mi fiesta de
compromiso!
Nada, que parecían una panda de siesos mientras varios aplaudían
con una sonrisa forzada en el rostro. Su suegra se acercó a toda prisa. —
¿Pero qué haces?
—Hablar con nuestros amigos, suegri. —Miró al público. —Esta
noche quería decir unas palabras. —Soltó una risita. —Ya que tengo el
micro voy a explayarme.
—Baja de ahí.
No le hizo ni caso. —Voy a hablar del amor.
—¿Has bebido?
Puso los ojos en blanco antes de mirar a su público. —El amor. A mí
me llegó de golpe, para qué negarlo. Quién me iba a decir que iba a pillar al
soltero de oro vestida de Cleopatra. —Miró hacia su hombre que de lo más
relajado sonrió levantando su copa de champán. —Pero es que mi corazón
lo supo desde el principio. Él se me resistía un poco, no os engañéis es un
tipo difícil. —Algunos rieron por lo bajo. —Incluso llegó a dejarme, ¿os lo
podéis creer? —Hizo un gesto con la mano. —Sí, ya sé que es como para
matarle. —Rieron. —Pero al final conseguí que reconociera sus
sentimientos.
Entonces todos aplaudieron. —¡Por eso es la celebración de esta
noche, no es una fiesta ni para hablar de negocios ni para comprar
empresas, es una fiesta para celebrar que mi corazón está lleno de amor por
el hombre que me acompañará el resto de mi vida, por eso nos vamos a
divertir! Y vamos a empezar por cambiar la música. —Se volvió hacia los
chicos. —Tocad otra cosa o me voy a cabrear. —Empezaron a tocar la
canción de Grease. —Eso es. Bailemos, bebamos, comer lo que podáis y
dentro de una hora empezarán los juegos para que se animen los más
borrachos. ¡Esta noche no hay etiquetas, así que pasadlo bien y lo que pasa
en una fiesta se queda en la fiesta!
Varios la jalearon y les guiñó un ojo. —¡Desmelenaos! ¡Quiero ver
los mejores bailes en la pista!
De repente allí estaba Reginald y alargó la mano. Se la cogió y antes
de darse cuenta la había agarrado por la cintura y girando la bajó al suelo
para darle otra vuelta en un paso de baile que la sorprendió. —¿Qué tal
bailas, nena?
—¿Acaso no me has visto ya? —preguntó retándole con la mirada.
Él sonrió llegando al centro de la pista y se desabrochó la chaqueta
del frac haciendo que varios silbaran animándole. Se la quitó lanzándola a
un lado y ella rio cuando empezó a bailar imitando a John Travolta. Cogió
el bajo de su falda y ella hizo de Olivia. Jamás se sintió tan conectada con él
cómo en aquel momento y cuando vio a varias chicas detrás de ella
siguiéndola supo que su hombre la apoyaría siempre. Cuando llegó a él le
abrazó por el cuello y giraron mirándose a los ojos. —Te amo tanto…
—Como yo a ti, preciosa. Antes no sabía lo que necesitaba. Estaba
equivocado, muy equivocado sobre lo que era importante en la vida.
Empecé a saber lo que quería en realidad cuando llegaste a mí. Y te quiero a
ti. Siempre te amaré porque mi corazón es tuyo, nena.
Emocionada porque era la primera vez que se lo decía se abrazó a
él. —Soy tan afortunada de tenerte…
La pegó a su cuerpo. Entonces Bradlya se tensó entre sus brazos. —
¿Nena?
Reginald se volvió para ver a una joven mal vestida observándoles
con la mirada perdida y las mejillas llenas de lágrimas. La gente empezó a
murmurar y de repente levantó la mano con un arma y los invitados gritaron
corriendo para alejarse.
—Tú... —dijo con rabia—. ¡Tú le mataste!
Reginald la puso tras él al reconocer a la chica que había estado con
Jeff el día en que le acribilló la policía.
—¡Suéltala! ¡Suéltala o te juro que te mato! —Entrecerró los ojos.
—Aunque igual tendría que matarte también porque estabas allí, con ella.
¡Tú fuiste su cómplice!
—Baja el arma, Armonie.
—¿Sabes cómo se llama? —preguntó intentando verla, pero cada
vez que se movía Reginald se movía también para ocultarla—. Cielo, si esta
no le quería. —Sacó la cabeza. —¡Te fuiste corriendo!
—¡Serás puta! —gritó ella fuera de sí—. ¡Me fui porque sino
también me habríais matado a mí!
—¡Te fuiste porque te pudo la cobardía! —Sacó la cabeza. —¡No te
importaba tanto! ¿Qué pasa? ¿Qué crees que con Jeff hubieras llegado a ser
una reputada artista? ¡Ja! ¡Me da la risa!
—Nena, no creo que ese sea el camino —dijo entre dientes.
—Déjame, que le voy a decir…
Un disparo en el suelo la sobresaltó y con los ojos como platos dijo
—¡Esta tía está loca!
—Joder…
—¡Apártate! —gritó Armonie —. ¡Si es tan valiente que se enfrente
a mí!
Empezó a temer que perdiera la cabeza del todo y que disparara a
Reginald, así que se soltó viendo a su hermana pálida al lado de la
chimenea mirándola con lágrimas en los ojos.
—No, nena…
Se alejó de él y aquella estúpida la siguió con la pistola. —Así que
tienes valor.
—Mucho más que tú, yo nunca me hubiera ido abandonando a mi
hombre, pringada de mierda.
—¡Eres una zorra!
—¿Yo soy una zorra? ¡Tiene gracia que digas eso cuando te
acostabas con él para conseguir fama! ¡Una fama que nunca te hubiera dado
porque solo quería timarte!
—¡Eres una mentirosa, sé lo que has ido diciendo por ahí de él, pero
es mentira! ¡Si no te hiciste famosa a su lado fue porque no tenías talento!
—Tengo mil veces más talento que tú.
—Hablemos de esto con calma —dijo Reginald pálido viendo como
le temblaba la mano a esa mujer—. La policía llegó a la conclusión…
—¡Les habéis comprado! ¡Tenéis mucho dinero para hacerlo! —
Señaló a su alrededor con el arma. —¡Solo hay que ver esta fiesta y donde
vivís!
Bradlya se tensó. —¿Sabes dónde vivimos?
—Claro que sí, un día le seguí a él cuando volvía del trabajo. —
Sonrió con maldad. —Podría haberte matado en cualquier momento.
—¿Y por qué no lo has hecho? Claro, venir a nuestra fiesta de
compromiso era más dramático, ¿no? —Bufó. —Tú no vas a disparar a
nadie.
La apuntó. —¿Me estás retando?
—¡Tú solo quieres fama! ¡Salir en la prensa, pues aquí están los
empresarios más importantes de la ciudad! ¡Tú solo quieres poder contar tu
historia y así tener la oportunidad de que un agente se ponga en contacto
contigo si hay suerte!
Se sonrojó ligeramente y Bradlya se echó a reír. —Lo sabía.
—¿Pero es que estamos todos locos? —gritó Reginald perdiendo la
paciencia antes de alargar la mano—. ¡Dame el arma!
—Nadie quiere saber nada de mí porque estaba relacionada con él.
—Mala suerte, maja. Por algo será. ¿Qué pasa, que estabas más
implicada en el asunto de lo que yo suponía?
Se sonrojó aún más.
—Así que eras su cómplice —dijo Reginald.
—¡Él me quería! ¡Solo me dijo que le presentara a artistas, pero sé
que él me quería!
—Jeff nunca quiso a nadie, idiota —dijo Bradlya con desprecio—.
Te aconsejo que bajes el arma y cuanto antes porque por las ventanas veo
las luces de la policía.
Por instinto miró hacia atrás y Reginald se tiró sobre ella haciendo
que Bradlya gritara de miedo. —¡No, no!
Entonces se escuchó el disparo y su corazón se paralizó porque los
dos se quedaron muy quietos. —¿Cielo? —preguntó temblando de la
impresión dando un paso hacia él.
—Nena, creo que me ha…
Ni pudo escuchar el resto de la frase porque al ver la sangre en el
suelo cayó redonda sobre el frío mármol mientras todo se ponía negro a su
alrededor.

Sintió las palmaditas en el rostro y medio ida elevó un poco los


párpados para ver a Reginald junto a ella. —¿Estamos muertos?
Él sonrió. —No, nena. Me has pegado un susto de muerte, pero
estamos muy vivos.
—¿De veras? Dime la verdad que luego será un chasco.
Reginald la abrazó a él. —Preciosa, al caer esa estúpida se pegó un
tiro en la pierna, pero no gritó porque se desmayó del golpe. —Sonrió. —
No era yo el que estaba herido. Y tú te pondrás bien, solo ha sido el susto.
—La besó en los labios y ella le respondió con ganas porque era evidente
que tenían que aprovechar todo el tiempo que estuvieran juntos. Reginald
gimió apartando su boca con la respiración agitada. —Contigo la vida va a
ser de lo más interesante y peligrosa, nena.
—No, si pensándolo bien creo que lo más conveniente es que yo me
dedique a mis pinceles y a criar hijos, que esto se nos está yendo de las
manos.
Él rio por lo bajo apartándola lo suficiente como para mirar su
rostro. —Te amo.
Le besó suavemente y susurró contra sus labios. —Qué suerte tuve
cuando fui a cobrarte esa deuda. —Se apartó para mirar sus ojos.
Sonrió divertido. —Esa no la cobraste.
—Cierto, pagarás en especies el resto de tu vida.
—Y lo haré encantado, preciosa. Lo haré encantado.
Epílogo

Entró en casa a toda prisa pasando ante el cuadro de la casa original,


dejó al niño en la trona y gritó —¡Ya estoy aquí! —Miró a su hijo y sonrió
emocionada. —Es Halloween.
—Hollween.
—Eso, y te va a encantar. El año pasado no te enteraste de mucho,
pero la fiesta fue genial.
Su suegra entró en la cocina vestida de enorme calabaza. —¿Qué te
ha dicho tu agente?
—Se ha vendido todo.
—Qué buena noticia, felicidades.
—Gracias. Estaba muy contenta hasta que me encontré a los de la
prensa al salir de la galería. Al parecer han detenido a tu sobrino y esta vez
no se va a librar por muy buenos que sean sus abogados.
Su suegra dejó caer la mandíbula del asombro. —¿Por qué?
—Porque al padre de aquella que intentaba ligarse, le vendió unos
bonos fraudulentos o algo así. Así que está a puntito de pasarse una buena
temporada en la cárcel. Bah, no me da ninguna pena. Y ya veo la cara que
pones, no tienes que sentirte mal, es él quien ha metido la pata hasta el
sobaco.
—Si mi hermano estuviera vivo…
Apretó los labios. —Yo tampoco tenía padres y no iba haciendo de
las mías por ahí, no le excuses. Hizo mal y lo tiene que pagar. Y poco va a
cumplir después de lo que os hizo a vosotros.
—Sí, sé que tienes razón.
—Pues no pienses más en ello. ¡Nos vamos de fiesta! ¿Y mi
hermana? ¿No ha llegado con los disfraces? No he visto el coche fuera.
—Está embarazada de ocho meses, dale un poco de margen. —Se
acercó a su nieto y le comió a besos haciéndole reír. —Por cierto, ¿de qué
vas a ir vestida?
—Es una sorpresa y el traje de Regi también.
—No le llames así, que la vais a tener.
Soltó una risita. —A mí me lo permite. Luego le doy mimitos y se le
pasa el cabreo.
—Hablando de mimitos. ¿No os estaréis dando demasiados?
La miró sin entender.
—¿Estás embarazada otra vez?
Jadeó. —¿Cómo te has enterado? No lo sabe ni él.
—Llevas dos días sin tomar café por las mañanas. Igual que con
Tommy. —Cogió a su nieto en brazos. —Verdad que sí, cielo. Tu mamá no
bebía café cuando te tenía en la tripita.
—Eso fue porque me lo prohibió el médico.
Phillis levantó una ceja.
—Vale, me revuelve por las mañanas. Por eso me hice la prueba.
—Lo sabía. —Sonrió radiante. —Viene el segundo, ¿nerviosa?
—No. —Acarició la mejilla de su hijo y sus preciosos rizos negros.
—Mientras sean tan tranquilos como él no tengo problema.
—Menos mal que ha salido a su padre.
—Ja, ja. —Se volvió y allí estaba su marido con cara de pasmo. —
Oh, cielo ya has llegado. —Gimió por dentro porque era evidente que lo
había oído todo. —¡Viene el segundo! La pesada de tu madre me ha
reventado la sorpresa.
—¿Cómo que viene el segundo? ¿Y nuestro viaje a Europa?
¡Habíamos quedado en ir el verano que viene y buscar el siguiente en
septiembre!
Se acercó a él y le besó en la mejilla. —Es que los niños vienen
cuando quieren, cielo. E iremos a ese viaje, no te preocupes. Con las ganas
que tengo no me lo va a quitar nadie.
—¿Recuerdas el viaje a Tokio? ¡Estuviste a punto de parir en Japón!
—Pero qué bien lo pasamos. Suegri, ¿este año a dónde vamos?
—Oh, aprovechando el viaje a Portugal nos acercaremos al parque
de París, van a abrir la nueva zona de Frozen. —Miró a su nieto. —
¿Quieres ver a Frozen?
—¡Sí! —Aplaudió con sus manitas.
—Es para comérselo. —Sonrió a su marido que aún tenía el ceño
fruncido. —¿No te alegras? —Jadeó dando un paso atrás. —¿No quieres
tener más hijos? Habíamos hablado de esto y…
—Nena… —dijo entre dientes interrumpiéndola —, era una
sorpresa.
—¿Una sorpresa? —preguntó confundida.
—He comprado un barco para esas vacaciones por Portugal y me ha
costado una pasta.
Separó los labios de la impresión y chilló de la alegría antes de
abrazarle besándole por toda la cara. —¿Y sabes cómo se llama el barco,
nena?
—Ni idea, pero sé que me encantará —dijo mirándole con
adoración.
—Deuda.
Rio divertida. —Es perfecto.
—Iremos todos, tu hermana también.
—Sí que debe ser grande. Pero no te preocupes que daré a luz antes
de ese viaje. Estoy de tres meses.
Él dejó caer la mandíbula del asombro. —¿Perdón? ¿Y cómo no me
lo has dicho antes?
Hizo una mueca. —Es que no puedo explicarlo bien porque…
—No se dio cuenta como la vez anterior —dijo su suegra—. Hijo,
tiene un niño de un año, acaba de exponer por primera vez y te tiene a ti. No
da para todo.
—¿No te diste cuenta de que estabas embarazada? ¿Otra vez? —
preguntó pasmado.
—No me acordaba de que no me había venido la regla. Pasó un mes
y otro… Oye, al parecer si no te da la plasta, es algo que puedes olvidar
muy fácilmente. —Soltó una risita por la cara que ponía. —No me mires
así, muchas mujeres ni se dan cuenta de que están embarazadas hasta el
final cuando ya lo tienen berreando entre sus brazos y están rodeadas de la
policía que ha ayudado en el parto. Yo lo he pillado primero.
Escucharon que un coche se acercaba. —Uy, ahí está Tris. ¿Listo
para el traje de este año?
—No puede ser peor que el del año pasado.
Ella se echó a reír. —Sí que puede, cielo. Parece que no me conoces.
Salió corriendo.
Reginald sonrió viendo como abrazaba a su hermana y su madre se
puso a su lado. —¿Listo para sentirte ridículo un rato?
—¿Porque ella sea feliz? Por ella estoy listo para todo.
Su esposa se volvió con un traje de chaqueta en las manos y él salió
al porche. —¿Un traje?
—Cariño, es Gomez. —Se echó a reír. —De la familia Addams.
—Pues no es tan malo.
Le guiñó un ojo y Tris vestida de Mariquita para disimular su
embarazo pasó a su lado sonriendo maliciosa.
—Hay algo que no me ha dicho, ¿no?
—Ella es Gomez, listillo. Tú eres Morticia.
Se echó a reír, no pudo evitarlo. Su esposa llegó hasta él loca de la
alegría y le tendió su vestido negro. —¿Necesitas ayuda para subirte las
medias, esposa? —preguntó con sensualidad y voz grave como si fuera un
hombre.
—De ti lo necesito todo. —La besó en los labios. —Todo y mucho
más.
—¿Te he dicho hoy que te amo?
—No, así que tienes una deuda conmigo.
—Empezaré a pagar cuando quieras, mi amor.

FIN
Sophie Saint Rose es una prolífica escritora que lleva varios años
publicando en Amazon. Todos sus libros han sido Best Sellers en su
categoría y tiene entre sus éxitos:

1- Vilox (Fantasía)
2- Brujas Valerie (Fantasía)
3- Brujas Tessa (Fantasía)
4- Elizabeth Bilford (Serie época)
5- Planes de Boda (Serie oficina)
6- Que gane el mejor (Serie Australia)
7- La consentida de la reina (Serie época)
8- Inseguro amor (Serie oficina)
9- Hasta mi último aliento
10- Demándame si puedes
11- Condenada por tu amor (Serie época)
12- El amor no se compra
13- Peligroso amor
14- Una bala al corazón
15- Haz que te ame (Fantasía escocesa) Viaje en el tiempo.
16- Te casarás conmigo
17- Huir del amor (Serie oficina)
18- Insufrible amor
19- A tu lado puedo ser feliz
20- No puede ser para mí. (Serie oficina)
21- No me amas como quiero (Serie época)
22- Amor por destino (Serie Texas)
23- Para siempre, mi amor.
24- No me hagas daño, amor (Serie oficina)
25- Mi mariposa (Fantasía)
26- Esa no soy yo
27- Confía en el amor
28- Te odiaré toda la vida
29- Juramento de amor (Serie época)
30- Otra vida contigo
31- Dejaré de esconderme
32- La culpa es tuya
33- Mi torturador (Serie oficina)
34- Me faltabas tú
35- Negociemos (Serie oficina)
36- El heredero (Serie época)
37- Un amor que sorprende
38- La caza (Fantasía)
39- A tres pasos de ti (Serie Vecinos)
40- No busco marido
41- Diseña mi amor
42- Tú eres mi estrella
43- No te dejaría escapar
44- No puedo alejarme de ti (Serie época)
45- ¿Nunca? Jamás
46- Busca la felicidad
47- Cuéntame más (Serie Australia)
48- La joya del Yukón
49- Confía en mí (Serie época)
50- Mi matrioska
51- Nadie nos separará jamás
52- Mi princesa vikinga (Serie Vikingos)
53- Mi acosadora
54- La portavoz
55- Mi refugio
56- Todo por la familia
57- Te avergüenzas de mí
58- Te necesito en mi vida (Serie época)
59- ¿Qué haría sin ti?
60- Sólo mía
61- Madre de mentira
62- Entrega certificada
63- Tú me haces feliz (Serie época)
64- Lo nuestro es único
65- La ayudante perfecta (Serie oficina)
66- Dueña de tu sangre (Fantasía)
67- Por una mentira
68- Vuelve
69- La Reina de mi corazón
70- No soy de nadie (Serie escocesa)
71- Estaré ahí
72- Dime que me perdonas
73- Me das la felicidad
74- Firma aquí
75- Vilox II (Fantasía)
76- Una moneda por tu corazón (Serie época)
77- Una noticia estupenda.
78- Lucharé por los dos.
79- Lady Johanna. (Serie Época)
80- Podrías hacerlo mejor.
81- Un lugar al que escapar (Serie Australia)
82- Todo por ti.
83- Soy lo que necesita. (Serie oficina)
84- Sin mentiras
85- No más secretos (Serie fantasía)
86- El hombre perfecto
87- Mi sombra (Serie medieval)
88- Vuelves loco mi corazón
89- Me lo has dado todo
90- Por encima de todo
91- Lady Corianne (Serie época)
92- Déjame compartir tu vida (Series vecinos)
93- Róbame el corazón
94- Lo sé, mi amor
95- Barreras del pasado
96- Cada día más
97- Miedo a perderte
98- No te merezco (Serie época)
99- Protégeme (Serie oficina)
100- No puedo fiarme de ti.
101- Las pruebas del amor
102- Vilox III (Fantasía)
103- Vilox (Recopilatorio) (Fantasía)
104- Retráctate (Serie Texas)
105- Por orgullo
106- Lady Emily (Serie época)
107- A sus órdenes
108- Un buen negocio (Serie oficina)
109- Mi alfa (Serie Fantasía)
110- Lecciones del amor (Serie Texas)
111- Yo lo quiero todo
112- La elegida (Fantasía medieval)
113- Dudo si te quiero (Serie oficina)
114- Con solo una mirada (Serie época)
115- La aventura de mi vida
116- Tú eres mi sueño
117- Has cambiado mi vida (Serie Australia)
118- Hija de la luna (Serie Brujas Medieval)
119- Sólo con estar a mi lado
120- Tienes que entenderlo
121- No puedo pedir más (Serie oficina)
122- Desterrada (Serie vikingos)
123- Tu corazón te lo dirá
124- Brujas III (Mara) (Fantasía)
125- Tenías que ser tú (Serie Montana)
126- Dragón Dorado (Serie época)
127- No cambies por mí, amor
128- Ódiame mañana
129- Demuéstrame que me quieres (Serie oficina)
130- Demuéstrame que me quieres 2 (Serie oficina)
131- No quiero amarte (Serie época)
132- El juego del amor.
133- Yo también tengo mi orgullo (Serie Texas)
134- Una segunda oportunidad a tu lado (Serie Montana)
135- Deja de huir, mi amor (Serie época)
136- Por nuestro bien.
137- Eres parte de mí (Serie oficina)
138- Fue una suerte encontrarte (Serie escocesa)
139- Renunciaré a ti.
140- Nunca creí ser tan feliz (Serie Texas)
141- Eres lo mejor que me ha regalado la vida.
142- Era el destino, jefe (Serie oficina)
143- Lady Elyse (Serie época)
144- Nada me importa más que tú.
145- Jamás me olvidarás (Serie oficina)
146- Me entregarás tu corazón (Serie Texas)
147- Lo que tú desees de mí (Serie Vikingos)
148- ¿Cómo te atreves a volver?
149- Prometido indeseado. Hermanas Laurens 1 (Serie
época)
150- Prometido deseado. Hermanas Laurens 2 (Serie época)
151- Me has enseñado lo que es el amor (Serie Montana)
152- Tú no eres para mí
153- Lo supe en cuanto le vi
154- Sígueme, amor (Serie escocesa)
155- Hasta que entres en razón (Serie Texas)
156- Hasta que entres en razón 2 (Serie Texas)
157- Me has dado la vida
158- Por una casualidad del destino (Serie Las Vegas)
159- Amor por destino 2 (Serie Texas)
160- Más de lo que me esperaba (Serie oficina)
161- Lo que fuera por ti (Serie Vecinos)
162- Dulces sueños, milady (Serie Época)
163- La vida que siempre he soñado
164- Aprenderás, mi amor
165- No vuelvas a herirme (Serie Vikingos)
166- Mi mayor descubrimiento (Serie Texas)
167- Brujas IV (Cristine) (Fantasía)
168- Sólo he sido feliz a tu lado
169- Mi protector
170- No cambies nunca, preciosa (Serie Texas)
171- Algún día me amarás (Serie época)
172- Sé que será para siempre
173- Hambrienta de amor
174- No me apartes de ti (Serie oficina)
175- Mi alma te esperaba (Serie Vikingos)
176- Nada está bien si no estamos juntos
177- Siempre tuyo (Serie Australia)
178- El acuerdo (Serie oficina)
179- El acuerdo 2 (Serie oficina)
180- No quiero olvidarte
181- Es una pena que me odies
182- Si estás a mi lado (Serie época)
183- Novia Bansley I (Serie Texas)
184- Novia Bansley II (Serie Texas)
185- Novia Bansley III (Serie Texas)
186- Por un abrazo tuyo (Fantasía)
187- La fortuna de tu amor (Serie Oficina)
188- Me enfadas como ninguna (Serie Vikingos)
189- Lo que fuera por ti 2
190- ¿Te he fallado alguna vez?
191- Él llena mi corazón
192- Contigo llegó la felicidad (Serie época)
193- No puedes ser real (Serie Texas)
194- Cómplices (Serie oficina)
195- Cómplices 2
196- Sólo pido una oportunidad
197- Vivo para ti (Serie Vikingos)
198- Esto no se acaba aquí (Serie Australia)
199- Un baile especial
200- Un baile especial 2
201- Tu vida acaba de empezar (Serie Texas)
202- Lo siento, preciosa (Serie época)
203- Tus ojos no mienten
204- Estoy aquí, mi amor (Serie oficina)
205- Sueño con un beso
206- Valiosa para mí (Serie Fantasía)
207- Valiosa para mí 2 (Serie Fantasía)
208- Valiosa para mí 3 (Serie Fantasía)
209- Vivo para ti 2 (Serie Vikingos)
210- No soy lo que esperabas
211- Eres única (Serie oficina)
212- Lo que sea por hacerte feliz (Serie Australia)
213- Siempre estás en mi corazón (Serie Texas)
214- Lo siento, preciosa 2 (Serie época)
215- La intensidad de lo que siento por ti
216- Lucha por lo que amas (Serie Australia)
217- Ganaré tu corazón (Serie Vikingos)
218- Mi otra cara de la moneda
219- Ni tú conmigo, ni yo sin ti
220- No necesito más, si te tengo a ti (Serie Oficina)
221- Me enfrentaré a todo por tu amor (Serie época)
222- Algo único (Serie Australia)
223- Volver a enamorarte
224- Empezar de nuevo (Serie oficina)
225- Nunca seré tuya (Serie Vikingos)
226- Sería imposible olvidarte (Serie Vecinos)
227- Juramento de amor 2 (Serie época)
228- Siento tu corazón
229- ¿Has pensado en mí?
230- La oportunidad de enamorarle
231- No dañes mi corazón (Serie Escocia)
232- Te siento mío (Serie Texas)
233- El uno para el otro
234- Mi sueño eres tú
235- Déjame amarte, preciosa (Lo siento, preciosa 3)
236- Intentaré amarte (Serie oficina)
237- Haré lo que sea por ti
238- Volveré a ti (Serie Texas)
239- Salvará su corazón (Serie Escocia)
240- Tenemos toda una vida (Serie Montana)
241- Las deudas se pagan

Novelas Eli Jane Foster

1. Gold and Diamonds 1


2. Gold and Diamonds 2
3. Gold and Diamonds 3
4. Gold and Diamonds 4
5. No cambiaría nunca
6. Lo que me haces sentir
Orden de serie época de los amigos de los Stradford, aunque se
pueden leer de manera independiente

1. Elizabeth Bilford
2. Lady Johanna
3. Con solo una mirada
4. Dragón Dorado
5. No te merezco
6. Deja de huir, mi amor
7. La consentida de la Reina
8. Lady Emily
9. Condenada por tu amor
10.
Juramento de amor
11.
Juramento de amor 2
12.
Una moneda por tu corazón
13.
Lady Corianne
14.
No quiero amarte
15.
Lady Elyse

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