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INVISIBLE

La historia sigue a varios personajes que enfrentan traumas y emociones tras un accidente, explorando sus luchas internas y conexiones entre ellos. A través de tatuajes, cicatrices y momentos de vulnerabilidad, se revela cómo el dolor y el amor pueden entrelazarse en la búsqueda de sanación. Cada personaje, desde la mujer que se tatúa un dragón hasta el niño en el hospital, lidia con su propia invisibilidad y la necesidad de ser visto y comprendido.

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INVISIBLE

La historia sigue a varios personajes que enfrentan traumas y emociones tras un accidente, explorando sus luchas internas y conexiones entre ellos. A través de tatuajes, cicatrices y momentos de vulnerabilidad, se revela cómo el dolor y el amor pueden entrelazarse en la búsqueda de sanación. Cada personaje, desde la mujer que se tatúa un dragón hasta el niño en el hospital, lidia con su propia invisibilidad y la necesidad de ser visto y comprendido.

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INVISIBLE

Una mujer, llena de dudas y miedo, entra en un estudio para tatuarse un dragón en la
espalda, justo sobre unas cicatrices causadas por quemaduras sufridas en su infancia.
Aunque le advierten del dolor, ella decide seguir adelante. El dragón representa no solo un
tatuaje, sino una forma de enfrentar su pasado, de marcar su cuerpo con algo poderoso. Sin
embargo, también se sugiere que este dragón podría tener vida propia, simbolizando que
los traumas no desaparecen, sino que toman nuevas formas.

La narradora se despierta en mitad de la noche con una fuerte crisis de ansiedad:


temblores, pitidos en los oídos, dificultad para respirar. A través de ejercicios de respiración
y concentración, logra calmarse poco a poco. Está en una cama, dolorida, tras haber sufrido
un accidente. A pesar del sufrimiento, ha habido progresos: ya no grita al despertar,
empieza a recordar dónde está, y ha perdido la capacidad que antes tenía de volverse
"invisible", sugiriendo que ahora está más presente, más conectada con la realidad.

La mano de las cien pulseras


Mientras una persona lucha por dormir después del accidente, en otro lugar una chica con
una mano llena de pulseras también está despierta. Lleva cinco días sin poder descansar ni
encontrar paz. Se siente culpable, angustiada, y pasa las noches caminando por su
habitación, mirando al cielo oscuro y revisando fotos antiguas que le provocan tristeza y
rabia. En un momento de desesperación, lanza su móvil y toma una decisión importante que
había evitado durante días.
Al mismo tiempo, el narrador se despierta en el hospital por un pitido intenso en los oídos.
Recuerda lo que pasó antes del accidente, pero no lo que ocurrió después. Se siente
confuso y perdido, a pesar de las muchas visitas que ha recibido: amigos, familiares y hasta
periodistas. Aunque ahora es “visible” para todos, se siente más solo que nunca. La
presencia de una mano que lo toca o lo sostiene es constante, como símbolo de apoyo o
control, y no lo abandona.

El rostro con una cicatriz en la ceja


A las 06:46, un chico con una cicatriz en la ceja también está despierto, atrapado entre el
insomnio y los remordimientos. Recuerda cómo se hizo la cicatriz, y cómo esa pequeña
marca se ha convertido en el único vínculo con quien está en el hospital. Ha dudado durante
días si hablar o quedarse en silencio. Fue a visitarlo, pero apenas hablaron; el encuentro fue
incómodo y lleno de palabras no dichas. Le llevó un regalo, pero la conversación fue
superficial y marcada por silencios dolorosos.
El chico reflexiona sobre la mano que lo ha estado sujetando durante las noches en el
hospital. Al principio le asusta, pero luego entiende que la necesita, que le da seguridad. Es
la mano de su madre, que lo ha estado acompañando sin descanso. En un momento de
ternura, le susurra un "mamá, te quiero", algo que no se atrevería a decir en voz alta si ella
estuviera despierta.
La historia cambia de punto de vista: ahora es la madre quien narra. Ella también ha sufrido
desde el accidente, cuestionándose en qué momento dejó de ver verdaderamente a su hijo.
Esa mano que ahora lo toca es su forma de no soltarlo, de reconectar. Llora por las
oportunidades perdidas, por las palabras no dichas, por no haberlo escuchado antes. A
pesar del miedo que sintió al oír a su hijo hablar de poderes e invisibilidad, ahora se
conmueve al recibir, en silencio, ese “te quiero” que lo dice todo.
El chico de la cicatriz en la ceja
La visita del chico con la cicatriz al hospital fue breve e incómoda. Llevó unos cómics como
regalo, pero la conversación entre los dos amigos fue mínima, muy diferente de los tiempos
en los que podían hablar durante horas. El silencio entre ellos fue llenado por frases vacías
de los padres, que evitaron cualquier mención al accidente. Nadie se atrevió a preguntar
qué había pasado, como si todo hubiera ocurrido sin importancia. Los adultos callaron por
culpa o por ignorancia, y los chicos porque uno quiso no ver y el otro deseó no ser visto.
Esa noche, el protagonista recuerda esa visita mientras sus padres le informan que un
"médico especial" vendrá a verlo al día siguiente: un psicólogo. Aunque sus heridas físicas
están curándose, ahora quieren ocuparse de su salud mental. Él se muestra nervioso y
escéptico. Sus padres le animan a contarle todo lo que quiera, pero él decide que no lo
hará. Teme no ser creído y que lo consideren loco.
Aunque dice tener muchos poderes —respirar bajo el agua, correr a gran velocidad,
detectar monstruos, hacerse invisible—, piensa que nadie le va a creer. Por eso, prefiere
fingir ser "normal". Justo cuando termina de pensar en esto, llaman a la puerta: el psicólogo
ha llegado.

Ella
Finalmente, el psicólogo que iba a visitar al protagonista resulta ser una psicóloga joven y
guapa, lo que le hace sentirse aún más inseguro por su aspecto actual: en pijama, sin pelo,
con heridas visibles. Ella se presenta con una sonrisa y, tras hablar con sus padres, se
queda a solas con él. Le explica su trabajo y le pregunta si tiene dudas. Él responde
impulsivamente que no está loco, temiendo que eso suene como confirmación de que lo
está. La psicóloga, amable, le asegura que trata también a personas "muy normales", lo que
inicia una conversación donde el protagonista insiste en lo normal que es. Justo cuando
está por confesar que logró hacerse invisible, se calla.

El niño de los nueve dedos y medio


Mientras el protagonista conversa con la psicóloga, en otra parte de la ciudad, un niño con
nueve dedos y medio reflexiona sobre lo ocurrido. Está tumbado en su cama, fingiendo
indiferencia aunque por dentro está lleno de miedo. Mira el techo buscando respuestas y
repasa sus dedos, una costumbre íntima. Tiene una gran cicatriz en el pecho de la que no
se avergüenza. En paralelo, el protagonista del hospital continúa describiéndose como
normal: ni demasiado alto ni bajo, ni gordo ni flaco. A pesar de sus "poderes", como ver en
la oscuridad o detectar monstruos, se ve a sí mismo como una persona común. Sin
embargo, reconoce que tiene un defecto, uno que no es físico pero que afecta su forma de
comunicarse y que ha sido crucial en su historia, llevándolo hasta ese hospital.

La niña de las cien pulseras


Una chica, nerviosa y temblorosa, se prepara para visitar al protagonista en el hospital.
Lleva días escribiendo una carta y repasando fotos en las que aparecen juntos sin saber lo
importantes que eran el uno para el otro. Al darse cuenta de que él ha estado a punto de
morir, siente la necesidad urgente de verle y confesarle sus sentimientos, aunque el miedo
la paralice. Sus pulseras tintinean sin cesar, reflejo de su ansiedad.
Mientras tanto, el protagonista sigue contando su experiencia con la psicóloga. Aunque
intenta mostrarse fuerte y normal, en el fondo está removido por emociones intensas. Al irse
la psicóloga, siente una gran tristeza. Sus padres hablan en voz baja con ella, repitiendo
mucho la palabra "tiempo". Él finge no recordar lo sucedido antes del "accidente", pero en
realidad lo recuerda todo, incluso las marcas en su espalda que no tienen explicación
lógica. Sus padres se aferran a la versión oficial, pero las dudas los atormentan. Sienten
que algo no cuadra, y por eso han buscado ayuda profesional.
El niño describe su malestar emocional como un "erizo" que crece dentro de él cada vez
que oculta la verdad. Nota que también su madre sufre en silencio. Durante la siesta de ella,
él relee sus cómics favoritos, soñando con ser un superhéroe… y se da cuenta de que, en
cierto modo, ya lo es. La tarde pasó tranquila hasta que alguien llamó a la puerta. Es ella, la
niña de las cien pulseras. La persona que le salvó la vida.

Luna
Luna, la hermana pequeña del protagonista, entra corriendo en la habitación del hospital,
casi provocando un accidente. Aunque tiene solo seis años, es la persona que mejor lo
conoce y la única que siempre ha podido “verlo”, incluso cuando él se sentía invisible ante
todos los demás. Fue ella, de hecho, quien lo salvó el día del accidente, aunque por su
edad no es consciente de ello.
Durante la visita, juegan juntos, se ríen y comparten un momento muy especial. Luna le
recuerda un detalle importante: ha perdido su ovejita de peluche. Él le promete que la
buscarán juntos cuando salga del hospital. Su madre, emocionada, casi llora al oír esa
promesa.
Después de que su padre y Luna se marchan, el niño reflexiona sobre cómo su
hospitalización ha complicado la vida familiar: su madre siempre está con él, mientras su
padre se divide entre el trabajo, el hospital y los abuelos. Nota también que, a causa de la
situación, sus padres parecen quererse más.
La tarde sigue tranquila hasta que su madre recibe un mensaje que la altera visiblemente.
Aunque intenta disimular, él se da cuenta de que algo grave ha pasado. Ella se pone
nerviosa, prepara la cama del niño con rapidez y sale corriendo diciendo que volverá
enseguida. Él, asustado y lleno de preguntas, escucha pasos… la puerta se abre… y se
queda sin palabras.

La visita de Kiri
Después de un momento tenso, entran en la habitación Kiri, su madre y la madre del
protagonista. La situación es incómoda y silenciosa. Kiri evita mirarlo directamente,
observando todo menos a él: el gotero, la cama, el suelo. La tensión es palpable.
La madre del protagonista, para aliviar el ambiente, invita a la madre de Kiri a tomar un café.
Así, los dos jóvenes se quedan solos. Aunque han estado muchas veces juntos, esta vez es
diferente: hay un silencio pesado entre ellos.
Finalmente, Kiri rompe ese silencio con una pregunta inesperada: “¿Y yo?”. Una pregunta
ambigua, cargada de emoción. Poco a poco, ella empieza a temblar, su cuerpo expresa el
dolor que no puede expresar con palabras. Termina llorando, mirándolo directamente por
fin.
Después del silencio, Kiri lanza la pregunta que llevaba tiempo reprimiendo: “¿Y yo?”, una
expresión de dolor, celos, amor herido y abandono. Su rabia explota: lo grita, lo sacude, lo
insulta con todas las fuerzas contenidas durante días. Finalmente, se derrumba y sale
corriendo de la habitación.
El protagonista intenta volverse invisible como antes, pero ya no puede. Se siente
impotente, culpable por haber gritado a su madre, que lo ha curado, acompañado y
sostenido con amor incondicionado.
El dolor emocional y físico lo desborda: grita, llora, sufre. Su madre entra, llama a los
médicos. Le dan calmantes. Poco a poco, el dolor se apaga, y todo desaparece: el ruido, la
habitación, el mundo.

El niño de la cicatriz en la ceja


Mientras el protagonista duerme gracias a la medicación, Zaro recuerda una carrera en
bicicleta con su amigo, en la que se cayó y se hizo una cicatriz en la ceja. En ese momento,
fue su amigo quien lo ayudó. Ahora, sin embargo, su amigo es quien ha "caído"
emocionalmente, y Zaro se siente culpable por no haber hecho nada por él.
Por otro lado, el padre del protagonista, que casi nunca está presente por culpa del trabajo,
reflexiona sobre su ausencia y decide quedarse esa noche en el hospital. Se da cuenta de
que nunca ha estado en los momentos verdaderamente importantes de la vida de su hijo.
Kiri, la chica de las cien pulseras, también está en su casa procesando lo ocurrido. Se da
cuenta de que el amor da miedo, y que las desilusiones pueden cortar como cristales rotos.
Durante la madrugada, el protagonista se despierta, piensa en su padre, en Kiri, y en todo lo
que ha pasado. Se da cuenta de que le gusta mucho Kiri, y que dejó de mostrarse ante ella
por vergüenza. No quería que viera en lo que se había convertido.
Finalmente, decide que le contará todo a la psicóloga. Necesita sacar fuera lo que lleva
dentro, para que el pitido desaparezca, para que se le curen las heridas, y para que, tal vez,
todo vuelva a ser como antes… o como antes del antes.

El día
El protagonista cuenta que ha sido un día extraño, en el que todo ha salido al revés.
Aunque había decidido contar toda la verdad, nada salió como planeaba. Cuando la
psicóloga le pregunta cómo está, intenta empezar a hablar, pero se bloquea y se derrumba.
Ella lo abraza, y entonces él comienza a contarle todo.
Empieza hablando de los monstruos: miles de ellos que aún siente aunque no los vea.
Explica que los adultos dicen que no existen para tranquilizar, pero que están por todas
partes: en la calle, en los coches, en las cafeterías… incluso pueden entrar en su cuerpo
por la noche. Dice que cualquier persona puede convertirse en monstruo, incluso ella.
Luego, habla de sus superpoderes, que empezó a buscar tras ver al primer monstruo.
Quería ser más fuerte, más rápido o más pequeño para defenderse. Cuenta que, tras un día
especial, el "día del avispero", comenzó a desarrollar poderes: respirar bajo el agua, ver en
la oscuridad, correr más rápido… y, finalmente, hacerse invisible. Descubrió este poder en
un momento de miedo extremo, cuando deseaba desaparecer y los monstruos dejaron de
verlo.
La psicóloga escucha todo, pero al final no sabe qué pensar. Cree que tal vez el accidente,
los cómics o algo más le han hecho imaginar esas cosas. Se despide diciendo que seguirán
hablando al día siguiente.
El protagonista se siente incomprendido. Insiste en que lo que ha contado es cierto, aunque
ahora no pueda demostrarlo. Recuerda que su poder de hacerse invisible no siempre era
controlable: a veces quería desaparecer y no podía, y otras, cuando quería ser visto, su
cuerpo desaparecía.
También recuerda que conoció a otra persona que había sido invisible. Esa persona le
mostró una marca con forma de dragón, símbolo de su deseo de desaparecer.
El capítulo termina con la psicóloga reflexionando sobre lo que ha escuchado. Aunque sabe
que él no está loco, no entiende por qué se inventaría todo eso. Pero al día siguiente,
cuando el chico le cuenta la misma historia de otra manera, ella comprende todo: empieza a
creer en los monstruos, los dragones, los poderes... y sobre todo, entiende que a veces,
para ser un monstruo, no hace falta hacer daño, basta con no hacer nada.

El primer monstruo
Todo comenzó un viernes que parecía normal, aunque había un examen de matemáticas a
última hora, algo que el protagonista consideraba injusto. Había estudiado durante semanas
porque le gustaban las matemáticas y era perfeccionista. Esa mañana se despertó antes
que sus padres y su hermana pequeña se metió en su cama, como solía hacer. Ese gesto
cotidiano, aparentemente insignificante, acabaría siendo crucial para salvarle la vida.
Tras el desayuno caótico habitual en su casa, se quedó solo un rato antes de ir al instituto,
como siempre, y aprovechó para prepararse el bocadillo. Salió a las 8:10, cruzó el parque
pensando en el examen y se encontró con su mejor amigo, Zaro, en el lugar de siempre.
Juntos fueron a buscar a Kiri, la otra amiga, que ese día iba completamente vestida de
amarillo. Llegaron al instituto y, como en todos los días de examen, muchos repasaban sus
apuntes durante el recreo, pero él prefería no hacerlo.
Antes del examen, todos esperaban al profesor fuera del aula. Hubo una breve esperanza
de que no se hiciera el examen, pero al final el profesor llegó, nervioso y con los exámenes.
Repartieron los sitios de forma aparentemente aleatoria. Él terminó sentado cerca de Kiri,
pero lejos de Zaro. Un simple detalle como esa distribución, dice el protagonista, pudo
haberlo cambiado todo.
El examen comenzó y, aunque era largo, él lo terminó pronto porque le resultó fácil. Sin
embargo, fingió seguir revisando para no destacar. Entonces, escuchó un susurro: “Sheee,
sheee”. Había un chico detrás de él, que le pedía el examen. Lo amenazaba en voz baja, lo
llamaba “gilipollas” e insistía en que le pasara su hoja. El protagonista tuvo miedo, sintió un
escalofrío y miró al profesor, pero este estaba distraído. A pesar de su negativa, el chico
insistía.
Y en ese momento, con una simple decisión —decir “no”— el protagonista despertó al
primer monstruo. Así llama al chico que lo amenazaba. Ese fue el principio de todo: con esa
respuesta, sin saberlo, empezó una cadena de situaciones terribles. El chico detrás de él no
era simplemente un compañero más: era un monstruo. El primero de muchos. De más de
diez. De más de mil.

NO
El narrador, un estudiante nuevo en el instituto, vive un momento muy tenso durante un
examen de matemáticas. Un chico mayor, fuerte y acostumbrado a imponer su voluntad —
MM— se sienta detrás de él y le exige que le pase las respuestas. El narrador se niega y
MM se enfurece. Aunque todo parece calmarse en clase, el narrador se marcha
rápidamente, temblando de miedo.
MM no está acostumbrado a recibir un “no” y se obsesiona con la humillación que ha
sentido. Siente rabia, frustración y necesidad de vengarse. Planea una represalia y
comienza a enviar amenazas al narrador durante el fin de semana. Al principio el narrador
intenta distraerse con cómics, pero el miedo crece. Intenta mantener la normalidad, incluso
charlando con su amiga Kiri, de la cual está secretamente enamorado. Sin embargo, los
mensajes de MM lo atormentan y acaba apagando el móvil para evitar más amenazas.
El domingo lo pasa encerrado en su habitación, fingiendo estar enfermo para no preocupar
a sus padres. A medida que se acerca el lunes, el miedo aumenta. La historia muestra el
acoso escolar, la dificultad de enfrentar la violencia, y la mezcla de emociones adolescentes
como el miedo, la amistad y el amor.

Lunes
El lunes amanece con dos chicos enfrentando el día de forma opuesta. Uno de ellos, el
narrador, desearía que nevara, lloviera o hiciera frío para no ir al instituto. Está aterrorizado
por el matón MM, quien lo amenazó por no dejarle copiar en el examen. Intenta disimular su
miedo ante su familia, baja a desayunar y decide dejar el móvil apagado para no recibir más
amenazas. Aunque sabe que sacará la mejor nota del examen, no está seguro de si eso
será algo bueno o malo.
El otro chico, MM, con nueve dedos y medio, se levanta con ilusión. Quiere ir al instituto sin
importar el clima. Aparenta normalidad ante su madre, pero guarda rabia por lo sucedido y
espera encontrar al narrador. No ha recibido respuesta a sus mensajes y lo llama cobarde.
Aunque sabe que suspenderá el examen, lleva consigo una nueva ilusión: vengarse.
En clase, el profesor reparte las notas. El narrador saca un diez, MM un uno y medio. La
humillación pública de MM hace crecer su rabia. Durante el recreo, MM se acerca al
narrador con dos amigos, lo insulta y lo empuja. Luego le quita el bocadillo, lo tira al suelo y
lo pisa, mientras todos observan. El narrador no reacciona, pero algo empieza a cambiar
dentro de él.

El bocadillo
El bocadillo narra la historia de un niño que, desde la escuela primaria, comienza a ser
víctima de acoso escolar sistemático por parte de un compañero de clase apodado MM. La
historia está narrada desde el punto de vista del propio niño, ya adolescente, que rememora
aquellos años traumáticos. Todo comienza de forma aparentemente banal: un día, MM le
quita su bocadillo y lo lanza al suelo sin motivo alguno. Ese gesto, humillante y
aparentemente insignificante, marca el inicio de un largo proceso de violencia física y
psicológica.
Desde ese día, el niño se convierte en el blanco constante de MM y su grupo de amigos,
que disfrutan viéndolo sufrir. Las agresiones van desde insultos, empujones y humillaciones
públicas, hasta situaciones más graves, como grabarlo con el móvil mientras le pegan o
burlarse cruelmente de él frente a toda la clase. Lo peor, sin embargo, no es solo la
violencia en sí, sino el silencio cómplice de los demás: ni los profesores, ni sus compañeros,
ni siquiera sus padres parecen darse cuenta del infierno que vive cada día en el colegio.
El bocadillo que le arrebatan cada día se convierte en un símbolo. Es más que comida: es el
resultado del esfuerzo de su madre, que lo prepara con cariño cada mañana, y de su padre,
que lo compra tras largas jornadas de trabajo. Que MM lo arroje al suelo una y otra vez
representa una humillación profunda, no sólo hacia el niño, sino también hacia su familia y
su dignidad.
A medida que pasan los años, el protagonista se siente cada vez más aislado, atrapado en
una rutina de miedo, vergüenza y silencio. La rabia y la frustración se acumulan en su
interior, hasta que un día decide hacer algo que cambie todo: mezcla veneno para ratas con
su bocadillo, esperando que MM lo coja y se lo coma, como de costumbre. El deseo de
venganza, que nace de la impotencia, lo consume por completo. Sin embargo, en el último
segundo, cuando MM efectivamente muerde el bocadillo, el protagonista se lanza sobre él y
se lo quita de la boca. Lo salva de morir envenenado, impulsado por el miedo, la culpa o
quizás por conservar su propia humanidad.
Tras este episodio, el protagonista es momentáneamente visto como un héroe, y MM
incluso le agradece. Por un instante, todo parece mejorar. Pero pronto las cosas vuelven a
empeorar: MM retoma el acoso, ahora con más sutileza y crueldad, mientras los demás
compañeros intensifican su rechazo. El protagonista se da cuenta de que no ha cambiado
nada, y que ya no puede confiar en nadie. El sistema escolar no interviene, sus compañeros
siguen en silencio, y su familia permanece al margen. Está completamente solo.

El chico avispa
El lunes ocurre algo inesperado: el protagonista recibe un 9,5 en un examen, a pesar de
haber respondido mal a la mayoría de las preguntas. Sospecha que algo raro ha pasado.
Ese mismo día, regresa a casa con Kiri, con quien antes compartía una conexión especial,
pero ahora casi no hablan. Ella se despide sin mirarlo, lo que le duele más que las
agresiones que sufre en el colegio.
Al quedarse solo, ve a sus acosadores esperándolo y decide huir por un descampado
donde solía jugar de pequeño. Encuentra una valla rota, entra y corre, pero descubre que
han construido un muro por el otro lado y queda atrapado. Al esconderse, ve un avispero y,
desesperado, decide meter la mano esperando obtener superpoderes, como Spiderman.
Las avispas lo atacan y el dolor es insoportable. Sus gritos alertan a los acosadores, que lo
encuentran, pero al ver su estado, huyen asustados.
El protagonista termina en el hospital: su cuerpo se hinchó debido a una alergia, pero él
cree que el veneno le dará poderes. Lo que no sabe es que uno de los acosadores grabó
todo con su móvil y el video se ha viralizado en redes. Nadie lo ayudó, solo lo observaron.
El video llega incluso a Kiri, que llora al verlo, arrepentida por no haberse girado ni haberse
acercado. Piensa en cómo podría ayudarlo y en todo lo que siente por él, hasta que se le
ocurre una idea.

Vuelta a clase
El protagonista regresa al colegio tras una semana de ausencia provocada por una
supuesta enfermedad. Intenta pasar desapercibido, pero su llegada no pasa inadvertida.
Durante unos días, no sufre acoso, pero pronto vuelven las agresiones físicas y psicológicas
por parte de MM y su grupo. El protagonista, cansado de tanto abuso, reacciona
impulsivamente y lanza un bolígrafo, que por accidente golpea a Betty, la novia del agresor.
Este acto despierta aún más violencia hacia él, pero también pone de manifiesto su dolor
interno. El texto revela el trasfondo emocional de MM, un chico con nueve dedos y medio,
que también sufre en silencio por la ausencia emocional de su padre y su propio pasado
traumático. Ambos personajes están marcados por heridas invisibles.
El protagonista se refugia en la soledad y en su rincón secreto, donde grita para liberar su
tristeza y rabia. A pesar de las agresiones físicas y emocionales, calla su sufrimiento frente
a su familia. Al final, recibe un mensaje amenazante de MM, anunciando nuevas
represalias.
Durante una clase, el profesor nota que faltan cuatro alumnos, pero nadie dice nada,
aunque todos sospechan que algo malo está ocurriendo en los baños. Uno de los alumnos,
Zaro, piensa en ir a ver, pero tiene miedo de encontrarse a MM (el acosador) maltratando a
su amigo. Elige no intervenir por temor a convertirse también en víctima.
El profesor, cerca de jubilarse, ignora las ausencias. Cuando finalmente tres alumnos
regresan, se burlan del cuarto que falta, sugiriendo que está atrapado en el baño. MM
disfruta del miedo que genera y de la complicidad silenciosa de la clase, lo que le da poder.
El ambiente escolar se describe como un lugar donde todos saben distinguir entre el bien y
el mal, pero nadie actúa por miedo a ser el siguiente. Así, muchos prefieren ser “monstruos”
antes que víctimas.
Kiri, una chica que siente algo por el chico acosado, finalmente se atreve a pedir permiso
para ir al baño, venciendo su miedo y la presión social. En el baño, se encuentra con el
chico humillado, mojado y solo, que reflexiona sobre su sufrimiento, su rabia y la
indiferencia de todos.
Mientras tanto, una profesora decide hablar con la directora sobre el posible caso de acoso.
La directora minimiza el problema, lo llama “cosas de críos” y muestra más preocupación
por la reputación del instituto que por el alumno afectado. La profesora, con un “dragón”
interior que representa su rabia y su pasado doloroso, promete que hará algo, aunque no
sabe aún qué.

El protagonista, un chico víctima de acoso escolar, huye al pasillo tras cruzarse con Kiri,
escondiéndose hasta que acaban las clases para evitar más humillaciones. Cuando regresa
al aula, encuentra su mochila rota y abierta, con algo que sus agresores han vuelto a meter
dentro. Se va a su rincón secreto, donde grita su dolor y pega más papeles en la pared,
como forma de liberar su sufrimiento.
Los días pasan y el acoso continúa: insultos, empujones, escupitajos. El chico se siente
cada vez más solo, sin fuerzas para defenderse, imaginando que tiene una coraza como los
superhéroes de sus cómics. Cree que no tiene a nadie que lo salve, como los héroes que
trabajan en equipo… pero no sabe que su “Robin” está por llegar.
Durante una clase de literatura, la profesora presencia cómo le lanzan tizas y lo escupen.
Aunque al principio no reacciona, algo dentro de ella –representado como un dragón que
simboliza su rabia contenida y su pasado de sufrimiento– se despierta. Finalmente,
interviene, saca al agresor (MM) del aula y lo enfrenta en el pasillo. Lucha contra sus ganas
de vengarse y opta por no usar la violencia, aunque siente que podría.
La profesora lleva a MM a la dirección. Él, aunque asustado, confía en que su padre lo
solucionará con dinero, como siempre. Por su parte, el narrador menciona que, desde ese
día, nadie volvió a tirarle nada en la clase de literatura.

Después del enfrentamiento entre MM y la profesora, comenzaron rumores, pero nadie


sabía realmente qué había pasado. Aunque todos en clase habían presenciado el acoso,
nadie dijo nada por miedo a que expulsaran a la profesora, cuyas clases les gustaban. El
protagonista tuvo una semana de tregua, pero luego MM retomó el acoso de forma más
indirecta: a través del móvil, e-mail y redes sociales. Lo aisló socialmente, haciéndolo sentir
completamente solo.
Un día, volviendo solo del instituto, el protagonista vio a sus agresores acercarse. Ya sin
fuerzas para huir, se sentó en un banco y cerró los ojos deseando desaparecer. Cuando los
abrió, ellos pasaron de largo como si no lo vieran. Pensó que finalmente había desarrollado
un superpoder: ser invisible.
Ese supuesto poder explicaba por qué nadie lo había ayudado nunca. Creyó que su
invisibilidad era la razón por la cual nadie veía su sufrimiento. Esta idea le dio alivio, le dio
una razón para todo el dolor vivido.
La narración concluye mostrando que la invisibilidad no es un poder que él ha adquirido,
sino el resultado de la indiferencia de todos los que lo rodean. Mientras tanto, la profesora
empieza a investigar su pasado y descubre detalles importantes sobre él: una operación, un
año sin ir al colegio, y que le falta medio dedo. Poco después, en clase de literatura, ella
escribe en la pizarra una sola palabra gigante, insinuando que algo muy importante está por
revelarse.

Cobarde
La profesora, al iniciar la clase, propone analizar la palabra “cobarde”, generando una
reflexión colectiva entre los alumnos sobre su significado y su opuesto, “valiente”. A través
de una metáfora de un guerrero, un dragón y una ardilla, insinúa que hay cobardes que
atacan a los más débiles para ocultar su miedo real. Todos entienden que se refiere a una
situación concreta en la clase.
Uno de los personajes, MM, se siente aludido y lleno de rabia, mientras que otro estudiante,
el narrador implícito, revela su "superpoder": la invisibilidad. Se refiere a cómo ha aprendido
a hacerse invisible para evitar el acoso, tanto en el instituto como fuera. Describe cómo esta
invisibilidad es su mecanismo de defensa, aunque a veces falla.
En un giro íntimo, un día una profesora lo detiene en el parque y tienen una conversación
honesta. Ella le confiesa que también se sintió invisible en el pasado, hasta que se atrevió a
mostrarse tal como es, enseñándole un tatuaje de un dragón en su espalda, símbolo de su
propia lucha. Él, por primera vez, se abre emocionalmente.
La profesora continúa luchando con las palabras en clase para frenar el acoso, pero
reconoce que hay golpes invisibles que duelen igual aunque no dejen marcas. A través de
cuentos, metáforas y valentía, trata de darles voz a los que se sienten invisibles.

El cuento
Una profesora cuenta en clase un cuento sobre un ratón que descubre que los granjeros
han comprado una ratonera. Preocupado, avisa a los otros animales, pero todos se
desentienden porque creen que no les afecta. Sin embargo, la ratonera acaba atrapando
una serpiente, que muerde a la granjera. A partir de ahí, ocurren desgracias en cadena: el
granjero atropella al perro, matan a los cerdos para alimentar a los familiares y, al final,
venden las vacas para pagar el hospital.
Después del cuento, los alumnos reflexionan. Uno se da cuenta de que fue un mal amigo,
otro reconoce que ha hecho daño, y el protagonista narra cómo se fue volviendo invisible
para protegerse del acoso, hasta que ya nadie lo veía, ni siquiera quien quería que lo viera.
El cuento denuncia la indiferencia ante los problemas ajenos y cómo el aislamiento y el
bullying destruyen a quienes los sufren en silencio.

Empollón
La profesora escribe en la pizarra la palabra “empollón” y pide a los alumnos que la definan.
Las respuestas iniciales reflejan prejuicios: lo describen como alguien que no sale, que
siempre saca buenas notas sin esfuerzo. Sin embargo, la profesora les lee la verdadera
definición: persona que estudia mucho y se distingue más por su esfuerzo que por su
talento. Entonces abre un debate sobre qué es más importante: el talento o el esfuerzo.
A través de preguntas provocadoras, la profesora les hace ver que muchas de las cosas
que usan a diario —móviles, ordenadores, trenes, GPS— existen gracias a personas que se
dedicaron a estudiar y a esforzarse: los “empollones”. Les hace reflexionar sobre quiénes
salvan vidas, inventan, curan y construyen el mundo. Los alerta sobre el futuro: quienes se
burlan de los que estudian, tal vez terminen con trabajos mal pagados, mientras que los
empollones liderarán sus vidas.
En medio del discurso, MM —un alumno que ha sufrido una experiencia traumática— se
siente directamente aludido. Recuerda un accidente de coche que sufrió de niño, cuando
fue gravemente herido y salvado por un médico muy preparado. Entiende entonces que
sobrevivió gracias a alguien que un día fue un “empollón”. El impacto emocional es tan
fuerte que MM sale de clase y rompe en llanto, sintiéndose expuesto, herido y agradecido al
mismo tiempo.
Después de un accidente automovilístico causado por su padre, el protagonista recibe de
sus padres un trato sobreprotector. Sin embargo, su padre empieza a distanciarse
emocionalmente, incapaz de perdonarse a sí mismo. El niño, incapaz de comprenderlo a su
corta edad, sigue amando incondicionalmente. Con el tiempo, la distancia entre ellos crece,
hasta parecer vivir en mundos distintos.
El protagonista desarrolla la capacidad de volverse "invisible" ante los demás como un
mecanismo para sobrevivir al acoso escolar. Un día, después de una ausencia del acosador
MM, este reaparece y lo enfrenta en el parque. A pesar de haber dominado su
"invisibilidad", el protagonista vuelve a ser visible en ese momento crítico. El miedo lo
invade y, al recordar todo el sufrimiento vivido, termina orinándose encima. La humillación lo
hace sospechar que puede haber otros escondidos grabándolo, lo que lo lleva a huir.

El protagonista, un adolescente con el poder de volverse invisible, sufre un episodio


traumático cuando se orina encima por miedo, probablemente víctima de bullying.
Aterrorizado por las posibles burlas y la difusión del video, siente una vergüenza tan
profunda que decide no volver nunca al instituto. Se encierra en sí mismo, se siente inútil y
despreciado, y contempla desaparecer.
Esa noche, su hermana pequeña, Luna, duerme con él por miedo a la tormenta. Tienen una
conversación íntima y emotiva donde él le cuenta “el cuento del niño al que nadie quería”,
claramente una metáfora de sí mismo. A través del amor incondicional de su hermana, se
ve reflejado y encuentra un instante de consuelo, aunque sigue sintiéndose invisible y sin
valor.
Al día siguiente, mientras todos se marchan, él se queda solo en casa. Prepara su mochila
con los materiales escolares, un mechero y, sin saber por qué, el peluche de su hermana.
Va al túnel donde ha estado y quema sus pertenencias del colegio, como símbolo de su
deseo de romper con todo. Se cuestiona si ha perdido su poder de invisibilidad, ya que MM
y su hermana han logrado verlo, lo que le hace pensar en el odio y el amor como fuerzas
que revelan su existencia.

En el instituto, durante un día lluvioso, una profesora nota la ausencia del chico invisible y,
preocupada, decide ir a buscarlo personalmente. Sabe dónde encontrarlo porque lo ha
observado desde hace tiempo, consciente del acoso que sufre aunque él no lo sepa.
Conducida por una urgencia emocional —su "dragón" interior— se dirige al túnel, el lugar
donde solía refugiarse.
Mientras tanto, el chico se encuentra bajo la lluvia, inmóvil sobre las vías del tren,
convencido de que sigue siendo invisible. El sonido de una bocina lo enfrenta con la
realidad: el tren se acerca y no puede moverse. Su mente intenta desbloquear su cuerpo,
primero evocando recuerdos felices de la infancia, luego los dolorosos del acoso, y
finalmente el amor. Pero incluso el amor romántico se ve contaminado por la vergüenza, el
rechazo y la humillación.
En los últimos segundos antes del impacto, el dragón (símbolo de la fuerza interior de la
profesora) vuela desesperadamente hacia él, sabiendo que no llegará a tiempo. El narrador
subraya que no es el tren ni los acosadores directos quienes están por arrebatarle la vida,
sino todos los que han mirado sin ver, los que han ignorado su sufrimiento. La invisibilidad
no es un superpoder, sino una condena creada por la indiferencia ajena.
En los últimos instantes, la mente del chico lanza una última estrategia para salvarlo:
inventar una mentira que le dé esperanza y recordarle el amor más puro, el que no se
acaba. Con eso, se insinúa que tal vez todavía hay una posibilidad de salvación.

La mentira
El narrador se encuentra debajo de la lluvia, en las vías del tren, sintiéndose invisible para el
mundo. Mientras el tren se acerca y suena la bocina, él cree que quizás el conductor lo ha
visto solo por la lluvia. Este pensamiento le da una pequeña esperanza, pero sigue cansado
de ser ignorado, de vivir aislado, y de que su hermana pequeña, Luna, tampoco le preste
atención.
En el momento crítico, su mente se llena de recuerdos tiernos con Luna: cómo la cuidaba,
cómo jugaban juntos, cómo compartían momentos de cariño. Imagina que es ella quien se
acerca, no el tren. Ella le pide que no se vaya, que le cuente un cuento con final feliz. Él le
da la mano.
En ese momento, un dragón (representación de la profesora que se transforma en una
figura salvadora) lo rescata tras el golpe del tren. Aunque está gravemente herido, el dragón
intenta devolverle la vida con su “fuego”, símbolo de esperanza y amor. Finalmente, el chico
respira, se mueve y se abraza a ella como a un salvavidas.
La profesora, mientras espera la ambulancia, observa el refugio secreto del chico, lleno de
recuerdos, dibujos y juguetes. Encuentra también una lista escrita con tiza: es la lista de
todas las personas que lo han ignorado, que han hecho que él se sintiera invisible. La lista
es larga e incluye profesores, compañeros, familiares y desconocidos.
Al entender el significado de esa lista, la profesora se siente profundamente conmovida y se
pregunta en qué tipo de sociedad vivimos, una en la que tantos adultos y niños permiten
que otro ser humano se sienta así de solo.

Visible
Después del accidente, el chico abre los ojos y susurra “Luna”. Es entonces cuando vuelve
a ser “visible”. Su dolor, su existencia ignorada, ahora llama la atención de todos:
transeúntes, médicos, padres, profesores, compañeros, periodistas… todos lo ven ahora.
Se convierte en noticia, en preocupación, en objeto de análisis y lamento. Aquellos que
nunca lo miraron antes, que lo ignoraron o no actuaron, ahora fingen preocupación o
reflexionan tardíamente.
Incluso su amigo Zaro y una chica que trató de ayudarle mediante dibujos sienten culpa,
impotencia y tristeza.
El texto concluye con una crítica directa a la sociedad y a todos nosotros: nos interpela por
nuestra indiferencia, por mirar hacia otro lado ante el sufrimiento ajeno, por vivir según la
máxima egoísta: “Mientras no me toque a mí, no es problema mío.”

Este desenlace evidencia cómo la visibilidad y la empatía muchas veces llegan demasiado
tarde. La historia no solo denuncia el acoso escolar o la exclusión, sino también la
indiferencia generalizada de una sociedad que solo reacciona cuando ya ha ocurrido una
tragedia.
Es un llamado urgente a ver realmente a quienes nos rodean, a actuar antes de que sea
demasiado tarde, a no ignorar el dolor ajeno solo porque no nos afecta directamente.

Ritratto del carattere dei personaggi principali della storia:


El protagonista (el chico invisible)
El protagonista es un adolescente que sufre un profundo sentimiento de soledad y
exclusión.
Desde el principio, se siente invisible para los demás: ni sus compañeros, ni los adultos, ni
siquiera su mejor amigo parecen verlo realmente. Esta invisibilidad es tanto literal como
simbólica, y refleja el abandono emocional que vive.
● Sensible y vulnerable: guarda un mundo interior lleno de amor hacia su hermana
Luna, a quien protege y adora.
● Agotado emocionalmente: expresa un fuerte cansancio de ser ignorado, de luchar
cada día, de no sentirse valorado.
● Imaginativo y afectuoso: su amor por los recuerdos felices, su apego a los dibujos, a
los cuentos, muestran su necesidad de ternura.
● Resiliente: aunque llega a estar al borde del suicidio, el amor por su hermana lo
salva, y finalmente encuentra una nueva visibilidad gracias a quienes empiezan a
mirar de verdad.
MM (la persona que lo humilló y le hizo daño)
MM aparece en uno de los dibujos del chico, donde una pistola apunta a estas iniciales.
No sabemos con certeza su identidad, pero representa a alguien que fue clave en el
sufrimiento del protagonista, probablemente un/a compañero/a de clase que ejerció acoso o
humillación directa.
● Insensible e irresponsable: forma parte activa del dolor del protagonista,
probablemente por burlas, agresión o traición.
● Símbolo del acoso escolar: MM no es solo una persona, sino también una
representación de todos aquellos que ejercen violencia o se ríen del sufrimiento
ajeno.
● Cobarde: como muchos otros personajes, nunca da la cara ni asume sus actos, ni
siquiera cuando el chico termina herido.
Kiri
Kiri es una figura ambigua en la vida del protagonista. Aunque no se dan muchos detalles
directos sobre ella, sabemos que es una chica por la que el protagonista siente algo
especial.
● Distante: a pesar del cariño del protagonista, no le presta atención, lo ignora, lo que
aumenta su sensación de invisibilidad.
● Indiferente o superficial: su comportamiento muestra que no es consciente (o no
quiere serlo) del dolor del protagonista.
● Parte del problema: su nombre aparece en la lista de las personas que lo han hecho
sentir invisible. Aunque quizá no le haya hecho daño de forma directa, su silencio y
pasividad han contribuido al sufrimiento del chico.
Zaro
Zaro es el mejor amigo del protagonista. A diferencia de los demás, tiene un vínculo más
cercano con él, pero no actúa cuando más se le necesita.
● Cobarde y pasivo: sufre por no haber hecho nada, por haber mirado hacia otro lado.
Su arrepentimiento es profundo.
● Culpable pero consciente: después del intento de suicidio, lleva su propio castigo
interno, pensando todo el tiempo en lo que pudo haber hecho.
● Humano y trágico: representa a los que aman pero no tienen el valor de actuar, y
luego viven con la culpa.
La madre del protagonista
Aunque no aparece de forma activa en muchos momentos del relato, su figura es
importante para entender el entorno del chico.
● Ausente emocionalmente: no se muestra como una figura cercana o protectora. El
hecho de que el chico se sienta invisible también frente a ella indica una falta de
conexión emocional.
● Preocupada solo cuando es tarde: tras el accidente, se asusta mucho, pero esa
preocupación llega demasiado tarde, como la de tantos adultos que no ven el
sufrimiento de sus hijos hasta que ocurre una tragedia.
● Representa la ceguera adulta: junto con el padre, simboliza esa parte del mundo
adulto que, ocupada en el trabajo o en sus propias vidas, no se da cuenta de lo que
pasa dentro de su propia casa.
Los profesores
● Indiferentes: la mayoría de ellos representan la indiferencia institucional. Ven, oyen,
intuyen... pero no actúan. No intervienen cuando ven algo raro ni cuando el
protagonista sufre.
● Hipócritas: hacen actividades sobre la paz, la inclusión o la solidaridad, pero no
aplican esos valores en el día a día con sus propios alumnos.
● Cómplices pasivos: aunque no son agresores directos, su silencio y su falta de
acción los convierte en parte del problema.
La profesora dragón
● Empática: es la única figura adulta que realmente se preocupa por el protagonista.
Lo busca, lo abraza, lo salva y llora por él.
● Protectora: se representa como un dragón, una figura fuerte y cálida a la vez, que
intenta devolverle el calor, la vida y la esperanza.
● Transformadora: gracias a ella, el chico no solo sobrevive físicamente, sino que
vuelve a sentirse visto, querido y valioso.

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