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Chantajeando A Mamá

El documento narra una historia de incesto y abuso sexual entre un hijo, Augusto, y su madre, Mariana. A través de una narrativa explícita y provocativa, se detalla la relación disfuncional y las experiencias sexuales de ambos personajes, revelando la vida secreta de Mariana y el deseo perturbador de Augusto. La historia explora temas de chantaje emocional y la complejidad de las dinámicas familiares, todo en un tono grotesco y provocador.

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Chantajeando A Mamá

El documento narra una historia de incesto y abuso sexual entre un hijo, Augusto, y su madre, Mariana. A través de una narrativa explícita y provocativa, se detalla la relación disfuncional y las experiencias sexuales de ambos personajes, revelando la vida secreta de Mariana y el deseo perturbador de Augusto. La historia explora temas de chantaje emocional y la complejidad de las dinámicas familiares, todo en un tono grotesco y provocador.

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Chantajeando a mamá

1.

Está claro que es mejor conseguir las cosas por las buenas, pero si el objetivo
merece la pena, hacerlo por las malas no es una mala opción. A fin de cuentas,
todo depende de la recompensa.

Más o menos eso era lo que pensaba cuando tenía a la guarra de mi madre con mi
tranca encajada en su culo y mi aliento en su cogote susurrándole palabras
de amor:

—¿Te gusta, pedazo de guarra? ¿Qué se siente cuando tu hijito te está reventando
el culo, eh? ¡Seguro que estás disfrutando! No me extraña nada, con lo puta que
eres, zorra asquerosa…

Así estaba la buena mujer, con los dientes apretados, sudando la gota gorda
mientras recibía mis embestidas. Podríamos pensar que gimotearía suplicando
compasión o algo similar, pero nada más lejos de su respuesta:

—¡Más fuerte, cabrón, más fuerte! Es la polla más gorda que me han clavado… ¡Y
han sido unas pocas, hijo de la gran puta! —en fin, estaba hecha un dechado de
romanticismo, mi encantadora progenitora.

En esos momentos fui consciente de que todo el juego sucio y rastrero, mis malas
artes y mi chantaje, no habían sido en vano.

2.

Creo que, como en todas las buenas historias, será mejor empezar por el principio.
Me presentaré, me llamo Augusto y tengo 22 años. Tengo dos hermanos. El mayor,
Ramón de 35 años, casado y con dos hijos, es un tipo serio y religioso, creo que es
del Opus y todo, y es la mano derecha en los negocios de mi padre. El mediano,
Salvador, tiene 33 años, también está casado, vive en otra localidad, es profesor
de matemáticas y no tenemos mucho contacto con él.

Mi padre, Ángel es bastante mayor, ronda los 70 años. Es un vejestorio forrado que
dirige (se resiste a jubilarse, el muy cabrón) con mano de hierro una empresa. A
pesar de que también es bastante meapilas y catolicón, tiene fama de ser un
auténtico cabroncete en los negocios.

En cuanto a la coprotagonista del cuentecito que voy a contar, se trata de mi


entrañable madre, Mariana. Tiene 54 años recién cumplidos. Se casó a los 18 con
mi viejo, recién salida del colegio de monjas, virgen y beata. Aunque, eso sí, por
las fotos que he podido ver de esa época, ya apuntaba maneras de guarrona o, por
lo menos, tenía un cuerpo preparado para el pecado, aunque ni su mentalidad ni
su voluntad lo estaban aún. El típico cuerpo de jamona con forma de botella de
Coca Cola: tetas grandes (enormes, diría yo), cinturita de avispa y un culazo
panadero de los que piden polla a gritos. Con los años, su cuerpo ha ido ganando
solera y calidad, ha engordado un poquito, tiene un pelín de celulitis y se la ve más
madura (en todo), pero eso no ha hecho más que mejorar su aspecto de jaca
madura y deseable. Siempre ha hecho algo de deporte, gimnasio, pilates y nordic
walking últimamente, por lo que se encuentra en una forma física envidiable para
su edad. Mide un metro sesenta y tiene una media melena teñida de castaño claro.
Es bastante normalita de cara, salvo por los labios gruesos de chupapollas, como
he podido comprobar personalmente, pero por lo que destaca no es precisamente
por su carita de ángel, más bien por el resto de su cuerpazo.

Como ya he dicho, mi madre salió del colegio de monjas, directa al matrimonio con
aquel rico empresario que le sacaba 16 años y con él fue con quien aprendió los
escasos rudimentos sobre el matrimonio (y el sexo) que el pobre infeliz pudo
enseñarle. Es decir, un sexo conejil y sin orgasmos con el que tuvo muy pronto a
su primer hijo y un par de años después al segundo. La pobre mujer estaba
convencida de que la vida era eso, que aquella pilila semiblanda que su marido
introducía en un chocho un par de veces al mes y que eyaculaba a los tres meneos
era todo lo que el matrimonio podía ofrecerle. De modo que los cinco o seis
primeros años de matrimonio los dedicó a la crianza (con ayuda de doncellas y
demás, a fin de cuentas estaban forrados) de sus dos primeros hijos y a asistir a
las cenas y saraos, sobre todo relacionados con los negocios de su esposo, a los
que el viejo tenía a bien llevarla.

Pero, poco a poco, Mariana, fue haciendo alguna que otra amiga entre las mujeres
de los directivos que acudían a las fiestas, que le fueron abriendo los ojos. Con el
tiempo, un breve tiempo, se fue distanciando de su esposo, algo de lo que él,
centrado en los negocios, apenas si fue consciente. Su primer amante fue un
chófer suplente que sustituyó a Bautista, el titular, durante unas vacaciones. Con
aquel tipo, más joven que su marido, pero mayor que ella, fue con él que descubrió
lo que era una polla. Tuvo su primer orgasmo en los asientos traseros del Rolls y se
volvió una adicta al sexo. Aquel amante tuvo fecha de caducidad, pero no tardó,
con ayuda de alguna de sus ociosas e insatisfechas amigas, en empezar a
contratar gigolós y frecuentar gimnasios o locales en los que podía ir ligándose
tipos con los que follar sin compromiso, pagando o no.

Se fue pasando por la piedra una retahíla enorme de machos de todo tipo y
condición. Eso sí, haciendo siempre gala de una gran discreción y guardando las
formas. Lo probó todo y todo le gustó. Disfrutaba al comer pollas y tragar semen,
lamer el ojete de sus machos y de polvos salvajes, incluyendo enculadas a lo bruto.
El descubrimiento del sexo anal fue para ella como una epifanía.

Claro que, con tanta práctica, se llegó al error. Así fui concebido yo, tal y cómo me
enteré hace relativamente poco. Mi pobre madre tomaba la píldora y las
precauciones necesarias, pero siempre hay algún fallo. De modo que, de repente,
se encontró embarazada de dos meses y con el problemón de explicarle a su
esposo aquella inmaculada concepción. El aborto estaba completamente
descartado por su parte. Era bastante puta, pero, aun así, seguía siendo muy
religiosa. De modo que se vio obligada a aprovechar una de las fiestas a las que
acudía con su marido, para, al volver a casa, colocarle un par de viagras en su
manzanilla e intentar que el pobre hombre le echase un polvo (hacía más de diez
años que no follaban) para justificar después el embarazo. A mamá le costó Dios y
ayuda levantar la pilila del impotente esposo, a pesar de las Viagras y demás.
Podría haberle hecho una mamada de las suyas, que eran un levantapollas
infalible, pero, tal y como me dijo hace poco, le daba un asco horrible meterse la
pichilla del viejo en la boca. Algo extraño si tenemos en cuenta que había comido
rabos de todos los colores, tamaños y sabores, pero, bueno, es lo que tiene el
matrimonio, suele llevar al tedio inevitablemente. Al final, la mujer consiguió
ponerle la pollita lo suficientemente a tono como para montarse encima de él e
introducírsela en el coño. Se movió un minuto escaso y después, en vista de los
jadeos del viejo al que parecía que le iba a dar un infarto, terminó su parte del
polvo y lo dejó sin que el pobre hombre supiera si se había corrido o no.
Seguramente no lo había hecho, pero siempre podía colar el embarazo como un
avezado espermatozoide del líquido preseminal que había alcanzado su glorioso
destino en el óvulo materno. En fin, el caso es que el pobre cornudo se conformó,
sorprendido con su puntería y aceptó mi nacimiento (sietemesino) como un éxito.
De cara me parezco a mi madre y de cuerpo supongo que a mi padre real (que ni
mi madre sabe quién es; cree que fui concebido en un polvo con cuatro tipos que
se ligaron con una amiga en una discoteca un día que mi padre estaba de viaje de
negocios y a los que se follaron varias veces cada una en un hotel). Soy bastante
más alto y corpulento que mis hermanos y, evidentemente, que el pobre cornudo
de mi padre legal.

Desde niño, no me gustaba nada el ambiente asfixiante de mi familia. Eran


demasiado ordenados, rígidos y religiosos para mi gusto. En casa no había
diversión, ni sentido del humor. La más distinta era mi madre, pero entonces no lo
sabía. Eso lo supe después, cuando la vi fuera de aquel ambiente.

Quizá fue por esa infancia opresiva y aburrida por lo que me puse a estudiar como
un loco, tratando de sacarme una carrera para salir de allí y empezar una vida
propia y distinta. Pero las cosas no fueron bien. No soy buen estudiante y mis dos
primeros intentos se saldaron con fracasos. Por ello, al final cogí el primer trabajo
bien pagado que me permitía irme de casa. Me independicé a los 21 años, hace un
año escaso. Acabé ingresando en una subcontrata de las que hacen fotos desde un
coche recorriendo las calles para el callejero del buscador más famosos de
internet. Son las fotos que luego cuelgan en su página web con el rostro pixelado
de las personas que casualmente deambulan por las calles en esos momentos.

El caso es que, un día, recorriendo con el coche una de las calles céntricas de la
ciudad, justo a la salida de un hotel lujoso e importante, pude ver a una pareja que
salía del mismo. El tipo, era un joven, alto y fornido, moreno con el pelo muy corto
y musculoso, con aspecto de matón o algo similar. La mujer, con gafas oscuras y el
pelo no muy largo, recogido en un moño, lucía un vestido corto de licra, muy
escotado, que resaltaba unas formas muy rotundas. No era muy alta, aunque con
aquellos tacones, llegaba a la barbilla de su acompañante, un tipo realmente alto.
Era inevitable fijarse en el hombre y su sonrisa chulesca y la mujer, que miraba
cuidadosamente a los transeúntes, supongo que tratando de no ser reconocida. Sí,
no hace falta ser un genio para darse cuenta de quién se trataba y del vuelco que
me dio el corazón al verla, a pesar de las gafas de sol y su mirada huidiza. Ella no
me reconoció. Yo estaba en el interior del vehículo, apretando el disparador para
inmortalizar aquel fortuito encuentro. Lo mejor, fue la despedida de ambos.
Mientras ella trataba de hacer una cobra al maromo para pasar desapercibida, el
tipo la agarró con fuerza de las nalgas, de tal modo que llegó a levantarse la
faldita, mostrando aquel hermoso culazo en el que el tanguita se ocultaba entre
sus nalgotas. El hombre plantó la manaza agarrando bien el culo y ella, sin poder
escapar, trató de darle un beso rápido para separarse de él. Alguno de los escasos
peatones que circulaban a aquella hora (eran las 16:00) por la calle se fijó en la
sorprendente pareja y su extraña performance. Mi madre cedió finalmente y le dio
un breve morreo que pareció conformar al chico que la dejó largarse tras palmear
fuertemente su culazo. Ella, sonrojada y con la cabeza gacha, caminó deprisa calle
abajo mientras nuestro coche seguía avanzando. Eso sí, la escena había quedado
convenientemente registrada.

Aquel cuadro me dejó el rabo como una piedra. Mi erección, con intervalos, se
mantuvo hasta el final de jornada. Tan fuerte fue la cosa que mi novia se quedó
asombrada de la intensidad del polvo que echamos aquella noche. Menos mal que
ignoraba que la imagen que mantenía mi polla tiesa como un roble eran el enorme
culo y las tetazas de mi madre.

Más tarde, me levanté del lecho y acudí a revisar una vez más las grabaciones del
día. Recopilé todo el material que afectaba a mi progenitora y lo preparé bien. Sin
pixelar los rostros, por supuesto. Ya tenía pensada la mejor utilidad para aquellas
imágenes.

3.

Allí sentada, sin dejar de fumar, escuchó impasible mi perorata. Me sorprendió su


mirada entre cínica y displicente. Parecía muy segura de sí misma, como si me
estuviera perdonando la vida, lo que acabó por ponerme bastante nervioso y me
decidió a hacer lo que hice. Al principio mi intención era sacar pasta de todo el
asunto, pero aquella actitud de la muy puta, haciendo aros con el humo del
cigarrillo, con aquellos labios de chupapollas, sus muslazos cruzados con aquellos
leggins color crema que parecían una segunda piel, sus tetazas enormes y muy
firmes aún (operadas, claro) que marcaban a la perfección los pezones en la
ajustada camiseta a punto de reventar… Todo lo anterior me fue enfureciendo (y
endureciendo…) De modo que cuando, tras observar con desinterés las fotos y el
vídeo que demostraban su adulterio, me hizo aquella pregunta, la respuesta
estaba cantada. Fue dura, sí, tan dura como tenía entonces la polla.

—¿Cuánto? —se limitó a decir mi madre. Fríamente, mirándome directamente a los


ojos. Esperaba la cifra, que pagaría sin pestañear con el dinero del cornudo de su
marido. Para algo tenía que servir el pobre viejo, ¿no?

—Cuánto no. Querrás decir qué. Qué es lo que quiero —respondí impasible. Y,
ciertamente, la respuesta la desconcertó brevemente, aunque se repuso enseguida
y dijo:

—Bueno, abrevia pues. ¿Qué es lo que quieres, Augusto?

Decidí ir directo al grano. Me bajé la bragueta y saque la tranca, dura como una
piedra. A buen entendedor (buena entendedora, en este caso) pocas palabras
bastan. Y mi madre, que de este tipo de cosas parece que sabía un rato, se limitó a
soltar una risita falsamente escandalizada y murmuró un amago de protesta muy
poco convincente:

—¡Pero, hijo, que soy tu madre!

No contesté y di un par de pasos hacia adelante hasta dejar la polla a pocos


centímetros de su cara. El olor del rabo debía llegarle nítidamente.
—¡Bufffff! —comentó bajito mi resignada progenitora—. Desde luego, por carácter,
no te pareces en nada a tus hermanos… —acercó la mano para palpar suavemente
la polla. La acarició y, al instante, apretó con fuerza, pero sin violencia, para palpar
su dureza— ¡Y a tú padre tampoco! —la voz, sin poder evitarlo, le salió bastante
admirativa.

La cogí del pelo y le levanté la cara. Ella seguía sentada, yo de pie. La obligué a
mirarme.

—Abre la boca, guarra.

Sumisamente obedeció. Desde arriba, le lancé un denso salivazo que aceptó


abriendo la boca, sin inmutarse. Se lo tragó al instante y me miró de nuevo, quizá
esperando más.

—¡Chupa, puta! —le dije, poniendo su cara de nuevo frente a la polla.

Así fue como recibí la mejor y más morbosa mamada de mi vida. Se nota que la
guarra tenía experiencia y, sobre todo, mucha práctica. Le gustaba mantener el
contacto visual y mostrar una sonrisa antes de engullir el rabo y en las
interrupciones para tomar aire. La muy cabrona ponía una cara de vicio que no
tenía desperdicio, valga el pareado. En primer lugar, contempló mi polla como un
niño mira un pastel, recreándose con la imagen, tensa y venosa de la tranca, antes
de devorarla. Pero en lugar de hacerlo vorazmente, decidió recrearse en su tarea,
despacio, saboreando el instante.

Escupió al tronco y lo acarició con su delicada manita, llena de anillos y con las
uñas pintadas. Después, para facilitar el trabajo, me empujó sobre un sillón, me
quitó los pantalones y los calzoncillos y empezó engullendo el capullo y
jugueteando con la lengua mientras con la mano me pajeaba. A continuación,
comenzó el espectáculo, digno de un auténtico tragasables de circo. Se comía mi
polla hasta tocar mis cojones con su barbilla, abriendo mucho los ojos y con las
aletas de la nariz dilatadas para coger aire. Eso sí, con un dominio espectacular de
la tráquea, sin tener ni una mísera arcada. Un fenómeno, vamos.

Estaba a punto de correrme, rugiendo brutalmente, con unos jadeos cada vez más
intensos, cuando la cerda, que notó las palpitaciones de mi tranca, detuvo su
maniobra y, sacando la polla de la boca, con una sonrisa de niña buena, empezó a
pajear mi ensalivado rabo muy despacito, mientras bajaba la cabeza para empezar
a comerme los huevos.

Me quedé patidifuso, y más aún en el momento en el que la muy puta, bajó la cara
y, tras separar mis piernas con las manos, me indicó que las levantase para tener
acceso directo a mi culo. Empezó a juguetear con la lengua y los labios sin dejar de
pajearme hasta que me puso directamente en órbita. Esta vez sí que no pude
evitar que los lechazos salieran disparados a dos metros de distancia. Más tarde
descubrí un par de impactos en el retrato familiar que tenía en la mesilla de noche,
justo sobre la jeta de mi padre que sonreía en la foto. Muy oportuno, todo.
Luego la puerca, me miró con esa sonrisita inocente de «¡Vaya, vaya, si no he
hecho nada!» y acercó su manita pringosa a la boca con los últimos restos de
esperma que lamió como si se tratase del más apetecible de los manjares.

Me quedé ojiplático y en éxtasis. La cosa prometía. Menuda corrida y todavía no le


había puesto la mano encima.

Queda claro que no me hizo falta insistir mucho para tenerla, poco después, a
cuatro patas encajando las emboladas que le endiñaba, primero por el coño
(perfectamente depilado) y después por aquel ojete elástico y perfectamente
adaptado para todo tipo de grosores y tamaños.

A esas alturas, mi madre dormía ya en una habitación separada del pobre infeliz se
su marido, con la típica excusa de los ronquidos y tal y tal. Por ello, al prolongarse
mi velada follándomela, el pobre cornudo escuchó ruidos raros en el interior de la
habitación de su esposa al pasar camino de su dormitorio. Por un momento me
acojoné, la puerta no tenía pestillo y si al pichafloja le daba por abrir iba a resultar
muy difícil explicar qué hacía su santa esposa con la tranca de su hijo menor
encajada en el ojete y la cara llena de churretones de la reciente corrida. Mi madre
por su parte ni se alteró, ni frenó el ritmo de los movimientos hacia atrás de su
culo ensartándose en mi polla, parece que conocía bien a su adorable esposo y
sabía que nunca entraría sin llamar antes.

—¿Estás bien, Mariana? —preguntó el viejo, después de dar dos toques a la puerta
con los nudillos.

—¡Muy bien, muy bien! Estoy haciendo pilates.

—¡Ah, vale! Buenas noches.

—Buenas noches —respondió mi madre, para luego añadir bajito, girando la


cabeza hacia mí: «cornudo»

No era difícil darse cuenta de que a la muy cabrona le iba el rollo duro. No sé por
qué, quizá porque su marido, el cornudo, era un puñetero pelagatos, simplón y
pichafloja, incapaz de manejar una hembra de ese calibre o quizá porque la putilla
ya era una guarra vocacional desde siempre que tan sólo estaba esperando
encontrar un macho que la pusiera en órbita. Para lo que tuvo que esperar, como
ya dije anteriormente, unos cuantos años de aburrido matrimonio. Claro que,
cuando llegó aquel primer amante, la cosa fue rodada.

Sobra decir que cuanto empecé a follar con la putilla ya estaba bien adiestrada
para poner cachondos a los tíos. Ella sabía que hay personas a las que ese carácter
sumiso y obediente de tía en plan «sí a todo y no te cortes, me va la marcha» les
encanta. Ese era exactamente mi caso. De casta le viene al galgo, dicen.

La cuestión es que, a partir de aquel primer encuentro, disfruté como una


campeón insultándola a base de bien, «puta cerda» era lo más suave y cariñoso
que le decía. De ahí para arriba. En cuanto al trato, bueno, todo a base de pollazos,
salivazos y buenos chupetones nada discretos por todo su cuerpo y, por supuesto,
folladas de garganta a tutiplén. ¡Ah y no querría olvidar lo más importante! Su
culete. Cada vez que nos veíamos tenía que reventarle el culo. Me encantaba.
Mínimo le echaba un par de polvos anales por sesión. A fin de cuentas, era lo que
no tenía en casa. Disfrutaba como un hijo de puta (lo que era al fin y al cabo)
metiendo mi gruesa tranca en aquel estrecho y elástico agujerito y he de decir, sin
faltar a la verdad, que a la super puta de mamá le encantaba ser taladrada en su
estrechita puerta trasera por su hijito menor.

Así terminó nuestra primera sesión. Con mamá recibiendo una buena dosis de
leche en el culo y mi entrega solemne de las fotos. Tal y cómo ella me dio a
entender, no hacía falta que montase el paripé del chantaje si quería cepillármela.
Tenía acceso libre a sus orificios. A fin de cuentas éramos de la familia ¿no? Eso sí,
tenía que dejar que siguiera con sus ligues esporádicos. Acepté, por supuesto.

FIN

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