SEMINARIO TALLER DE DERECHO PROCESAL
Tarea:
AV-S04) "Aplicación a los plazos"
Docente:
Dr. ANTONIO, AYALA LOAIZA
INTEGRANTES:
Gamboa Ruiz, Luis Fernando Código: U21213017
Lozano Villanueva, Carmen Marlene Código: U21214046
Otero Hure, Doris Código: U21220645
Venegas Villavicencio, Josué Abraham Código: U19309420
LIMA
Introducción
La prisión preventiva constituye una de las medidas cautelares más
controvertidas dentro del proceso penal peruano, ya que implica una restricción
directa al derecho fundamental a la libertad personal antes de que exista una
sentencia firme. Por ello, la norma la concibe como una medida excepcional,
que solo procede cuando se cumplen estrictamente los requisitos establecidos
en el artículo 268 del Código Procesal Penal: graves y fundados elementos de
convicción, prognosis de pena mayor a cuatro años y peligro procesal (riesgo de
fuga u obstaculización). Una vez constatados estos presupuestos, entra en juego
el artículo 272 del mismo código, que regula los plazos de duración de la
prisión preventiva. Estos plazos se diferencian en función de la naturaleza del
delito, distinguiendo entre delitos simples y delitos complejos. Esta regulación
busca garantizar un balance entre la eficacia de la investigación penal y la
protección de los derechos fundamentales del imputado, evitando que la prisión
preventiva se convierta en una pena adelantada.
1. Aplicación de la prisión preventiva en los delitos simples
En el caso de los delitos simples, el plazo máximo de duración de la prisión
preventiva es de nueve meses. La justificación de este límite radica en que, por
lo general, este tipo de investigaciones no demanda una excesiva complejidad
ni la práctica de un número considerable de diligencias. Se trata de casos en los
que el esclarecimiento de los hechos puede lograrse mediante pruebas directas,
testimonios, peritajes básicos o análisis documentales de menor envergadura.
Así, se considera que un plazo reducido resulta suficiente para que el Ministerio
Público culmine las actuaciones preliminares y solicite la acusación
correspondiente, sin necesidad de prolongar la restricción a la libertad personal.
De este modo, el plazo de nueve meses responde al principio de
proporcionalidad, ya que busca evitar que el imputado permanezca privado de
libertad más tiempo del estrictamente necesario, protegiendo su derecho a la
libertad y su presunción de inocencia. Además, el propio marco normativo prevé
que en caso de requerirse más tiempo por causas justificadas, el juez puede
autorizar una prolongación excepcional, pero siempre bajo motivación expresa
y dentro de límites razonables.
2. Aplicación de la prisión preventiva en los delitos complejos
Por otro lado, cuando se trata de delitos complejos, el plazo máximo de la
prisión preventiva puede extenderse hasta dieciocho meses. Esta prolongación
encuentra fundamento en la naturaleza misma de este tipo de procesos, que
suelen involucrar hechos de gran envergadura, múltiples personas imputadas,
estructuras organizadas y actividades ilícitas transnacionales. Ejemplos de ello
son los casos de corrupción de funcionarios, crimen organizado y lavado de
activos, en los que resulta indispensable realizar diligencias más amplias,
complejas y especializadas. Estas incluyen la revisión de abundante
documentación financiera, la práctica de pericias contables o informáticas, el
análisis de contratos y movimientos económicos, así como solicitudes de
cooperación judicial internacional que, por su propia dinámica, suelen demorar
considerablemente. En este escenario, el legislador entendió que el plazo de
nueve meses sería insuficiente y que la prolongación a dieciocho meses es
necesaria para no frustrar las investigaciones y garantizar la eficacia del proceso
penal. No obstante, la aplicación de este plazo no es automática: el juez debe
motivar de manera expresa por qué la investigación es calificada como
compleja, justificando así el uso del plazo ampliado. De lo contrario, se correría
el riesgo de aplicar la prisión preventiva de forma arbitraria y desproporcionada.
Al igual que en los delitos simples, la prolongación del plazo en casos complejos
solo procede de manera excepcional y mediante resolución judicial
debidamente fundamentada, con el fin de que la medida no se transforme en una
pena anticipada.
Un ejemplo claro de la aplicación diferenciada de los plazos de prisión
preventiva se observa en el Caso Odebrecht, donde se investigaron graves
hechos de corrupción y lavado de activos vinculados a altos funcionarios,
empresarios y árbitros. En este proceso, el juez Jorge Chávez Tamariz dictó 18
meses de prisión preventiva contra 14 árbitros acusados de haber favorecido
a la constructora brasileña mediante laudos arbitrales irregulares. La razón por
la que se aplicó el plazo de 18 meses y no el de 9 meses radica en que el caso
fue calificado como delito complejo, pues involucraba múltiples imputados,
análisis de documentación extensa, peritajes financieros y la necesidad de
cooperación internacional para rastrear pagos ilícitos. En contraste, si se hubiera
tratado de un delito simple, como un hurto menor o una estafa de menor
envergadura, el plazo máximo habría sido solo de 9 meses, dado que la
investigación en esos supuestos no requiere actuaciones tan extensas ni
especializadas. Este ejemplo demuestra cómo en la práctica el sistema de
justicia peruano distingue entre delitos simples y complejos al fijar los plazos de
la prisión preventiva, buscando un balance entre la lucha contra la corrupción y
el respeto a los derechos fundamentales de los investigados.