Justicia Panameña Primeros 100 Años
Justicia Panameña Primeros 100 Años
JUSTICIA PANAMEÑA
EN SUS PRIMEROS CIEN AÑOS
Órgano Judicial
República de Panamá
Historia y Biografía de la
JUSTICIA PANAMEÑA
EN SUS PRIMEROS CIEN AÑOS
Dirección editorial:
Órgano Judicial de la República de Panamá
Corrección de textos:
Profesora Edna Araúz
Foto de portada:
Javier Shirley
Diseño de portada:
Novo Art, S.A. / Pedro A. Argudo
Diagramación:
Novo Art, S.A. / Maika I. Fruto
ISBN 9962-8830-3-2
Depósito Legal: Pan. 000-2003
Con motivo de la celebración de los primeros cien años de la República que coinciden felizmen-
te con el centenario del Órgano Judicial, nuestra Institución experimenta especial regocijo en dar a
conocer la presente obra que tiene el mérito de representar un aporte en la senda de lograr la cons-
trucción de la conciencia histórica de nuestra justicia y sus principales actores.
No cabe duda que la historia de las instituciones es un reflejo de lo que hemos sido y de nuestra
idiosincrasia. La búsqueda de nuestros orígenes es también una de las tareas que debemos adelan-
tar los panameños en este momento especial de nuestra historia, ya que ello nos permitirá valorar lo
que hemos hecho y lo que nos falta por hacer.
La edificación de la justicia del futuro impone que todos conozcamos y valoremos nuestro pa-
sado que atesora un bagaje insustituible de vivencias y experiencias que han marcado nuestro
devenir como Nación. Confiamos en que este esfuerzo nos ofrecerá los espacios de reflexión ne-
cesarios para la fijación de los nuevos derroteros que, en lo sucesivo, deberá seguir la Justicia
panameña a fin de consolidar el logro de las metas de excelencia, efectividad e integridad en que
estamos comprometidos.
A Carlos Cuestas, Hipólito Gil, Jorge Giannareas, Jane Saldaña, a la Dirección de Prensa y Relacio-
nes Públicas del Órgano Judicial, al personal de las Bibliotecas Marcos Gregorio McGrath (USMA),
Ernesto J. Castillero Reyes (Biblioteca Nacional), Demófilo De Buen (Universidad de Panamá) y
Simón Bolívar (Universidad de Panamá), a Cinthya Camargo, Amarilys Soto, Sofía Núñez, Jorge Kam
Ríos, Jeimy Lasso, Joel Hernández, Argelis Escudero, María del Rosario Tejedor y Anisabel Rodríguez.
A todos los familiares, personas y amigos que con su apoyo, conocimiento, dedicación y aportes de-
sinteresados contribuyeron a hacer realidad este proyecto que conmemora los primeros cien años de
vida republicana de Panamá y del Órgano Judicial.
Capítulo Primero
Cien Años de Administración de Justicia en Panamá 11
• Introducción 13
• La Organización Provisional 14
• El Poder Judicial Durante la Vigencia de la Primera Constitución de la Republica (de 1904) 20
• El Poder Judicial Durante la Vigencia de la Segunda Constitución
Política de la República (de 1941) 32
• El Órgano Judicial Durante la Vigencia de la Tercera Constitución Política de la
República (de 1946) 34
• Los Años de Inestabilidad Política 36
• Conclusiones Preliminares 37
• Introducción 39
• Ley 22 de 16 de febrero de 1954 41
• El Asesinato del Presidente José Remón Cantera 42
• Ley 13 de 20 de enero de 1955 46
• Ley 34 de 11 de febrero y Ley 42 de 14 de noviembre de 1956 46
• La Reformas Constitucionales de 1956 47
• Ley 47 de 24 de noviembre de 1956 49
• Leyes Judiciales de 1959, 1961 y 1962 54
• Reformas Judiciales de 1963, 1965, 1996 y 1968 56
• Crisis Política de 1968 60
• El Golpe Militar del 11 de octubre de 1968 62
• El Órgano Judicial en la Cuarta Constitución Política de la República de 1972 66
• Las Reformas Judiciales del Acto Constitucional de 1983 68
• El Código Judicial de 1987 69
• El Ógano Judicial en el Régimen Democrático 70
• Evolución de la Organización Judicial en Democracia 76
Capítulo Segundo
Biografía de la Justicia: Cien Años al Servicio de la Justicia 81
Capítulo Tercero
Apéndice 155
CIEN AÑOS DE
ADMINISTRACIÓN DE
JUSTICIA EN PANAMÁ
Fotografía de la página anterior:
Locomotara del Ferrocarril de Panamá
saliendo de la Estación de la Cinco de Mayo,
9 de junio de 1930.
Primera Parte
Carlos H. Cuestas G.
I. Introducción
Casi por una ironía del destino, el último Registro Judicial del Poder Judicial del Departamento
de Panamá en la República de Colombia, específicamente el 527 del Volumen III, salió a la
luz pública el día 2 de noviembre de 1903, como si los responsables de su publicación pre-
sintieran que, al día siguiente, se proclamaría la nueva República y se daría inicio a una nue-
va era institucional, no sólo en lo político-administrativo, sino, también, para la importantísima
función jurisdiccional, baluarte de todo verdadero estado de Derecho.
De ese documento, que reproduce en realidad muy pocas sentencias, todas de la Sala Civil
del entonces Tribunal Superior del Departamento: cuatro juicios de sucesión intestada, dos
juicios ejecutivos, dos solicitudes de tenencia y administración de bienes y una acta de visi-
ta, recogemos los nombres de cuatro de los cinco Magistrados que integraban el Tribunal, del
Fiscal y del Secretario y del exiguo número de causas que esta Corporación de Justicia tra-
mitaba entonces, sólo treinta y dos negocios, de los cuales veintitrés interlocutorios, siete de-
finitivos y dos de conocimiento en Sala de Acuerdo.
Los Jueces Municipales debían funcionar por lo menos uno en cada municipio y serían de-
signados por los respectivos Concejos Municipales, aunque era evidente que esta norma pro-
gramática distaba aún por cumplirse.
En la víspera de la Independencia, los Magistrados de la Sala Civil del Tribunal eran los doc-
tores Efraín de Jesús Navia, Ramón Valdés López y José María Núñez R.
El Magistrado Navia era el Suplente Encargado del titular doctor Gil Ponce Jaén, quien se
encontraba ausente en Bogotá, y el doctor Núñez era el Juez Primero del Circuito Civil de
Panamá, encargado temporalmente de esa magistratura.
Este último Magistrado ocupaba también la Presidencia del Tribunal Superior de Justicia del
ÓRGANO J UDICIAL 13
Departamento.
El Fiscal del Tribunal era el doctor Francisco de Fábrega; el Secretario de la Sala Civil, el se-
ñor José Manuel Castillo y el de la Sala Criminal, el señor Juan J. Amado.1
En cuanto al resto de la Organización Judicial, esta era virtualmente la misma existente ese
día 3 de noviembre de 1903, cuando los panameños proclamaron la Independencia del De-
partamento de Panamá de la República de Colombia y fundaron la República que hoy se
apresta a celebrar su primer centenario.
Por considerarlo esencial para la nueva institucionalidad que se creaba, sólo dieciocho días
después de la proclamación de la República, la Junta de Gobierno Provisional dictó el Decreto
Legislativo 19 de 21 de noviembre de 1903 sobre Organización Judicial, que, según los
historiadores, fue redactado por el doctor Carlos A. Mendoza, quien había sido designado
Ministro de Justicia de la nueva República. 2
Salvo la previsión de Tribunales de Arbitramento, que tenían su origen en los antiguos Juz-
gados de Paz, introducidos por la Ley Orgánica de los Tribunales y Juzgados de la Nueva
Granada de 1834 (Ley 1 de 10 de mayo) y la omisión del Juzgado de Comercio de Panamá,
previsto por la Ley 83 de 1888 (un Juzgado del Circuito de Panamá, con competencia para
conocer privativamente los juicios relativos a los derechos u obligaciones que tuviesen ori-
gen en el Código de Comercio, cuya cuantía no excediese de cincuenta pesos y de las terce-
rías que se iniciasen en tales juicios, cualquiera que fuese su origen o valor) esta estructura
1
REGISTRO JUDICIAL, Órgano del Poder Judicial del Departamento. Año XIII, N° 527, Panamá, 2 de noviembre de 1903, pp. 351.
2
El pensamiento de Carlos A. Mendoza (documentos-escritos-discursos), 1ª edición. Panamá: Biblioteca Cultural Shell, 1995, pp. 47-48.
14 Ó RGANO JUDICIAL
era la misma, inclusive en el número de tribunales y juzgados, que hasta entonces había regi-
do en el Departamento de Panamá.
Y no podía ser de otra forma porque se trataba de una organización provisional como el mis-
mo Decreto reconocía (“mientras se legisla sobre el particular por el Cuerpo Constituyen-
te”) y porque en dieciocho días era prácticamente imposible introducir cambios radicales en
la Organización Judicial, por lo menos en cuanto al número de tribunales; y menos aun, en
cuanto a la legislación aplicada por estos, ya que los jueces panameños continuaron aplican-
do las leyes colombianas hasta el 1° de octubre de 1917.
Los que sí cambiaron fueron algunos de los jueces y fiscales asignados a esos cargos, comen-
zando, como era de esperar, por la propia Corte de Justicia (que sustituía al antiguo Tribunal
Superior), el Procurador General de la República (antiguo Fiscal del mismo), el Juez Superior
y varios Jueces, Fiscales y Personeros, cuyas posiciones habían sido declaradas en interini-
dad apenas unos días antes.3
En cumplimiento de este Decreto, también a los empleados judiciales, como a los restantes
de toda la administración pública, le fue remitida por el Ministro de Justicia, Carlos Mendo-
za, la Circular 1 de 5 de noviembre de 1903, mediante la cual se les ponía en conocimiento que:
“todos los empleados (continuarían) en interinidad en sus puestos siempre que (reconocieren) y
(aceptaren) el movimiento afectuado y (jurasen) fidelidad a la República de Panamá”.
Esta comunicación produjo la renuncia de los Magistrados Navia, Cárdenas y Núñez, mien-
tras que la gran mayoría de los empleados del Poder Judicial y del Ministerio Público juraron
fidelidad a la nueva República.4
Corte de Justicia
Sala de lo Civil:
Magistrados principales: Doctor Gil Ponce J., doctor Nicanor Villalaz y doctor Francisco de
Fábrega.
Suplentes: Doctor Ramón M. Valdés, doctor Gerardo Ortega y doctor Heliodoro Patiño.
Sala de lo Criminal:
Magistrados principales: Doctor Saturnino L. Perigault y doctor Juan Henríquez.
Suplentes: Doctor José A. Velarde F. y doctor Rafael Ramírez M.
Al no aceptar algunos de los Principales y Suplentes, la Junta de Gobierno Provisional tuvo
3
Decreto Legislativo 5 de 4 de noviembre de 1903, sobre interinidad de empleados públicos. Gaceta Oficial 1 de 14 de noviembre de 1903, p. 2.
4
Ver las notas de los Secretarios José Manuel Castillo y Juan J. Amado del Tribunal Superior de Justicia al Ministro de Justicia, Dr Carlos
Mendoza, los días 7 y 9 de noviembre de 1903. En igual sentido ver también las notas del Juez Superior Fernando Guardia, del Juez Segundo
del Circuito de Panamá, Ismael García de Paredes, del Juez Segundo del Circuito de Colón, Manuel Jolly, del Juez del Circuito de Chiriquí
Manuel de J. Jaén y del Fiscal del Circuito de Panamá, Manuel Herrera Lara. Gaceta Oficial de 20 de noviembre de 1903, pp. 3-4.
ÓRGANO J UDICIAL 15
que reestructurar la Corte de la siguiente manera: El doctor Saturnino L. Perigault ingresó a
la Sala Civil en reemplazo del doctor Francisco de Fábrega quien pasó a integrar la Sala Cri-
minal y fue designado el doctor José B. Villarreal Magistrado en la Sala Civil en reemplazo del
Magistrado doctor Juan A. Henríquez, quien no aceptó la designación (Decreto Legislativo 12 de
30 de noviembre de 1903).
Juez Superior
Principal: Doctor Fernando Guardia.
Suplentes: Primero don José Estrada G. y Segundo don Juan Villalaz.
Jueces de Circuito
Panamá
Juez Principal: Don Leopoldo Valdés (no tenía suplente todavía en 1904).
Colón
Coclé
Chiriquí
16 Ó RGANO JUDICIAL
Suplentes: Primero don Vicente Monteza y Segundo don Manuel M. Correa.
Veraguas
Ministerio Público
Fiscales de Circuito: Panamá, don Manuel Herrera L.; Colón, don Rafael Benítez; Coclé, don
Juan P. Jaén M.; Chiriquí, don Manuel de J. Jaén; Bocas del Toro, don Serafín Jované; Los San-
tos, José M. Quinzada; y Veraguas, don Gregorio Ramos M.5
El 1° de diciembre de 1903, se reunió por vez primera la recién designada Corte de Justicia
para elegir sus dignatarios, a saber: el Presidente y el Vicepresidente.
Corrieron para el cargo de Presidente los doctores Gil Ponce J. y Francisco de Fábrega, resul-
tando elegido el doctor Ponce J., al recibir cuatro votos nominales, mientras que el doctor de
Fábrega recibió uno.
En el mismo acto, la Corte aceptó la renuncia del Secretario de la Sala Civil del extinguido
Tribunal Superior de Panamá, señor José Manuel Castillo y designó a los señores Juan J.
Amado como Secretario de la Corte de Justicia y de la Sala de lo Civil y Manuel F. Zebede
como Secretario de la Sala de lo Criminal.
Para la Sala de lo Civil: Oficial Mayor, señor Hermógenes Casís; Oficial Primero, señor J. A.
Alfaro; Oficial Segundo, señor Martín Vásquez; Oficial Tercero, señor Ernesto Alemán; Por-
tero, señor Abelardo Heartículo.
Para la Sala de lo Criminal: Oficial Mayor, señor Enrique Lavergne H.; Oficial Primero, se-
ñor José María Guardia; Oficial Segundo, señor Marcelino Villalaz; Oficial Tercero, señor
Héctor Ovalle. 6
5
“Informe del primer Ministro de Justicia de la República de Panamá a la Convención Nacional” (fragmento). En: El pensamiento de Carlos
A. Mendoza. Op. cit., pp. 145-150.
ÓRGANO J UDICIAL 17
De esta primera sesión de la Corte de Justicia, observamos un hecho curioso: la práctica tribu-
nalicia del Tribunal Superior se impuso sobre las disposiciones del Decreto 19, pues éste no
preveía la figura del Secretario de la Corte, sino la de los Secretarios de las Salas Civil y Cri-
minal separadamente; además, la Sala Civil en los asuntos administrativos no tenía prevalecía
alguna sobre la Sala Criminal, como sucedía durante el régimen colombiano, por lo que resulta
interesante anotar que al señor Juan J. Amado se le designara como Secretario de la Corte de
Justicia y de la Sala de lo Civil y que la decisión adoptada en Sala de Acuerdo (es decir del
Pleno de los Magistrados) apareciera en el Registro Judicial como un acta de la Sala Civil.
Es bueno saber también que, durante la fase Departamental, correspondía a la Sala de lo Ci-
vil nombrar al Juez Superior, a los Jueces de Circuito y sus Suplentes.
Con esta organización de veintiséis despachos del Órgano Judicial y del Ministerio Público y
un total de 62 empleados judiciales, entre principales y suplentes, sin contar al personal su-
balterno de la Corte, Juzgados, Fiscalías y Personerías, se iniciaba el camino institucional de
la Justicia panameña, no siempre libre de obstáculos y de tortuosos senderos.
En cuanto a las funciones de la Corte de Justicia, éstas eran semejantes a las previstas en las
numerosas Constituciones que habían regido la vida institucional del Estado Soberano de Pa-
namá entre 1855 y 1885, a saber:
Jurisdiccionales
Conocer en primera instancia las causas por delitos comunes cometidas por los altos funcio-
narios de la República, como eran los Miembros de la Junta de Gobierno Provisional, los Mi-
nistros de Estado, Diputados, Agentes Diplomáticos, Jueces de Circuito, el Procurador Gene-
ral, Generales en Jefe del Ejército, entre otros (artículo 4, numeral 1); además de los negocios
contenciosos de los Agentes diplomáticos ante el Gobierno de la República y de aquellos en
que la República fuese parte (artículo 4, numerales 3 y 4).
En segunda instancia, por recursos de apelación, nulidad o consulta, de las resoluciones por
causas civiles y criminales dictadas por los Jueces del Circuito, el Juez Superior, los Tribuna-
les militares, los Recaudadores de rentas públicas nacionales y Árbitros de Derecho (artículo 6,
numerales 1, 2, 3 y 4).
6
REGISTRO JUDICIAL, Órgano del Poder Judicial de la República. Año 1, Volumen 1, N° 1, Panamá, 14 de diciembre de 1903.
18 Ó RGANO JUDICIAL
Administrativas
Nombrar a los Conjueces de la Corte; oír y decidir las excusas que presentasen los emplea-
dos judiciales nombrados por ella y que fuesen cargos de forzosa aceptación, además de las
renuncias de los secretarios y demás subalternos del despacho; rendir los informes que les pi-
da la Junta de Gobierno (artículo 7, numerales 5, 6, 7 y 8).
Reglamentarias
Formar los reglamentos necesarios para el régimen interno, examinar los que formasen los se-
cretarios (artículo 7, numeral 9).
Disciplinarias
Castigar con penas correccionales de multa que no exceda de veinticinco pesos, arresto has-
ta de cuatro días o apercibimiento a los que desobedezcan o falten al debido respeto, cuando
funcione en sala de Acuerdo (artículo 7, numeral 4).
De acuerdo al modelo norteamericano, seguido en esos años también por la Constitución co-
lombiana de 1886, los Magistrados de la Corte eran nombrados por el Órgano Ejecutivo (en
este caso por la Junta de Gobierno Provisional), quien también debía nombrar al Juez Superior,
a los Jueces de Circuito y a los Agentes del Ministerio Público con carácter de interinidad, mien-
tras el Cuerpo Legislativo (todavía no integrado) determinase la entidad a quien correspondería
hacer los nombramientos (artículo 53).
Por su parte, el Juez Superior tendría, además de otras funciones reglamentarias y disciplina-
rias, la función principal de instruir y decidir, con la intervención del Jurado, las causas por
algunos de los delitos más graves previstos en el Código Penal colombiano de 1890 (homici-
dio, envenenamientos, robo, incendio, falsificación etc.), ejerciendo jurisdicción en toda la
República.
Los artículos 27, 28 y 29, por una parte, y 35 y 36, por la otra, del Decreto 19, establecieron
las competencias de los Jueces de Circuito y Municipales, que virtualmente eran las mismas
previstas en el Código Judicial colombiano de 1872, con sus posteriores reformas, principalmen-
te la de la Ley 105 de 24 de diciembre de 1890, sobre reformas a los procedimientos judiciales
y sustancialmente reincorporada, años después, en el Libro I del primer Código Judicial de la
República de Panamá que entró a regir el 1° de octubre de 1917, conforme al decreto 95 de
1 de junio de 1917.
ÓRGANO J UDICIAL 19
también fueron aprobadas.
“El Poder Judicial se ejercerá en toda la República por una Corte Suprema de Justi-
cia, por los Tribunales subalternos y Juzgados ordinarios que la ley establezca, y por
los demás Tribunales o Comisiones especiales que haya necesidad de crear de con-
formidad con los Tratados Públicos.
La Corte Suprema de Justicia, que sustituía a la Corte de Justicia estructurada sobre el anti-
guo Tribunal Superior, estaría integrada por cinco Magistrados nombrados por el Presidente de
la República por un período de cuatro años y por cinco Suplentes, también designados por el
Presidente de la República, pero para un período de dos años (artículo 73, numerales 17 y 91).
Con esta disposición se regresaba a las facultades ya previstas en la Constitución del Estado
Soberano de Panamá de 1873, que preveía que los Magistrados de la Corte Superior pudie-
sen nombrar a los Jueces y Procuradores, principales y suplentes, del Distrito Capital y de los
Departamentos y que fueran eliminadas por el extremado centralismo de la Constitución de
1886 y de la legislación especial ideada por Rafael Núñez para el Departamento de Panamá.
Para ser Magistrado, era necesario ser panameño por nacimiento, mayor de treinta años, y te-
ner diploma de abogado, pero estos últimos requisitos no eran absolutamente indispensables,
pues también podían acceder al cargo quienes hubiesen “ejercido con buen crédito, por diez
años a lo menos, la profesión de abogado, o desempeñado por igual tiempo funciones judi-
ciales o del Ministerio Público”. Además, también podían ser Magistrados, los panameños
por adopción, con más quince años de residencia en la República.
Iguales requisitos se exigían a los Magistrados de los Tribunales de Justicia que establecieran
las leyes (artículo 93).
20 Ó RGANO JUDICIAL
Apenas tres meses después, la Convención Constituyente aprobó la primera Ley Orgánica del
Poder Judicial panameño, la Ley 58 de 27 de mayo de 1904, sobre Organización Judicial, que
también fue redactada por el doctor Carlos A. Mendoza.
Se trata de una ley extensa dividida en doce Títulos: I. Disposiciones preliminares; II. Asamblea
Nacional, Funciones Judiciales; III. Corte Suprema; IV. Presidente de la Corte; V. Jueces
Superiores y del Circuito; VI. Juzgados Municipales; VIII. Secretario y Subalternos; IX. Jue-
ces Comisionados; X. Jurisdicción y Competencia; XI. Ministerio Público; XII. Disposicio-
nes Generales.
Esta ley, redactada por Mendoza, puede decirse, es el primer antecedente legislativo del ac-
tual Libro Primero de Organización Judicial del vigente Código Judicial y pasó por muchas
reformas desde entonces, siendo las más importantes las de 1916 (cuando se aprobó el primer
Código Judicial de la República), 1919, 1925, 1937, 1943, 1946, 1956, 1963, 1984 (cuando
se aprueba el segundo Código Judicial), 1991, 1998 y 2000.
7
ISAZA CALDERÓN, Baltasar, El Liberalismo y Carlos A. Mendoza en la historia panameña (con la colaboración de Carlos Alberto
Mendoza). Bogotá: Stamato Editores, 1994, p. 411.
ÓRGANO J UDICIAL 21
Entre otras, el numeral 1 del artículo 52, en concordancia con el artículo 105 de la Constitu-
ción Nacional, le otorgó la facultad de decidir definitivamente sobre la exequibilidad de los
actos legislativos que hubiesen sido objetados por el Poder Ejecutivo como inconstituciona-
les, y el numeral 9 del mismo artículo la convirtió en tribunal de casación y revisión al atri-
buirle el conocimiento de ambos recursos extraordinarios; facultad ésta última que nunca tuvo
el antiguo Tribunal Superior ni su antecedente mediato, la Corte del Estado Soberano de Pa-
namá, aunque hay que aclarar que esta última facultad no se hizo efectiva, sino hasta 1937
cuando se dictó la Ley 24 que reguló, por primera vez en nuestro país, los recursos de casa-
ción y revisión.
Como nuevas tareas, se le atribuyó el conocimiento de las causas o juicios relativos a la na-
vegación marítima o de ríos navegables en el territorio de la República y las causas o negocios
contenciosos sobre presas marítimas; decidir quiénes habían perdido o recuperado la nacio-
nalidad panameña en virtud de lo dispuesto en la Constitución; llamar al funcionario que debía
reemplazar al Encargado del Poder Ejecutivo en los casos previstos por la Constitución y dar
posesión al Presidente de la República o al que en su lugar haya de ejercer el Poder Ejecutivo
cuando la Asamblea nacional no esté reunida.
Con relación a estas dos últimas facultades, podemos decir que al año siguiente la Corte Su-
prema de Justicia, en Sala de Acuerdo, declaró en extensa sentencia de 15 de noviembre de
1905, bajo la ponencia del Magistrado Fernando Guardia, que el doctor Belisario Porras ha-
bía perdido la calidad de panameño, en virtud de lo dispuesto en el inciso 3 del artículo 7 de
Constitución; o sea, porque habiendo nacido en Panamá, no aceptó el Movimiento de Inde-
pendencia de la Nación 8 y en enero de 1931, en ocasión del golpe de estado de Acción Co-
munal contra el Presidente Florencio Harmodio Arosemena, tuvo una actuación protagónica
para asegurar la viabilidad constitucional del país y evitar así una nueva intervención militar
norteamericana en Panamá. 9
En cuanto a su funcionamiento la Ley 58 preveía que la Corte se dividiría en dos Salas: una
Civil compuesta por tres Magistrados y la otra de lo Criminal, por dos Magistrados, las cuales
reunidas en Salas de Acuerdo “dispondrían la manera como debía procederse en los casos
imprevistos y fijarían las reglas generales para los (casos) futuros respetando las disposiciones
de la ley” (artículo 28); y “que el grupo de Magistrados que decidía cada negocio se denomi-
naría Sala de Decisión” (artículo 29).
Curiosamente, las Salas de decisión la integraban dos Magistrados (por ejemplo, los de la Sala
de lo Criminal) y en la Sala Civil, el Magistrado de la primera plaza (es decir, en el primer orden
de nombramiento) con el de segundo; el de segundo con el tercero y el tercero con el primero.
Si había discrepancia o empate entre los Magistrados de una Sala de decisión, o si éstos se
declaraban impedidos o eran recusados, se llamaba a los Conjueces, quienes debían tener los
mismos requisitos de los Magistrados y eran sorteados públicamente de una lista elaborada
anualmente por la propia Corte Suprema para que dirimieran la discordancia o sustituyeran a
8
REGISTRO JUDICIAL, Corte Suprema de Justicia. Acuerdo 54 de 15 de noviembre de 1905, Panamá, 1905, pp. 330-347.
9
HERRERA LARA, Manuel A. “El Poder Judicial en los últimos 50 años. Recuento histórico de la legislación panameña”. El Panamá América,
3 de noviembre de 1953.
22 Ó RGANO JUDICIAL
los Magistrados en la decisión del caso.
Los Conjueces no deben ser confundidos con los Suplentes, elegidos por el Presidente de la
República para sustituir a los Magistrados principales en sus faltas accidentales o permanen-
tes hasta que se designase el nuevo titular del cargo.
En el Circuito de Panamá, previó que funcionasen tres Juzgados de Circuito (en lugar de los
cuatro anteriores), el Primero y Segundo Civiles y el Tercero Criminal.
En los Circuitos de Bocas del Toro y Colón, dos Juzgados mixtos, es decir, que conocerían
indistintamente los negocios civiles y criminales.
En los demás Circuitos (Chiriquí, Coclé, Los Santos y Veraguas) continuarían prestando ser-
vicio un Juzgado mixto.
En cuanto a los Jueces Municipales, se estableció que en el Distrito de Panamá habría tres
Juzgados, dos civiles y uno criminal y en Colón dos Juzgados, uno civil y uno criminal y que
en el resto del país sirviesen, por lo menos, uno en cada distrito municipal y que el personal
subalterno de éstos sería fijado por los Concejos Municipales, pero serían de libre nombra-
miento y remoción de los Jueces.
No era necesario ser abogado para ser Juez Municipal, ni siquiera tener conocimientos jurí-
dicos. En cuanto al Juez Superior y los Jueces de Circuito, tampoco era estrictamente nece-
sario tener diploma de abogado, aunque sí debían estar versados en la ciencia del derecho y
gozar de buena reputación.
Al igual que los Magistrados de la Corte Suprema, el Juez Superior y los Jueces de Circuito
eran nombrados por un período de cuatro años (la Corte a partir del 1° junio, al igual que el
Juez Superior y los Jueces de Circuito a partir del 1° de julio de 1904), mientras que el perío-
do de los Jueces Municipales era de un año, a partir del 1° de agosto también de 1904.
A continuación, numerosas leyes vinieron a modificar, de una forma u otra, esta estructura orgá-
nica de la Ley 58, base, como se ha dicho, del Libro de Organización Judicial del Código Judi-
cial que entraría a regir en 1917, cuando la República de Panamá se dio su propia codificación,
quedando atrás las leyes colombianas que hasta entonces, con modificaciones hechas por el pro-
pio Legislador panameño, continuaban rigiendo los procedimientos judiciales en nuestro país.
El 2 de enero de 1909, se dictó la Ley 1 sobre reformas civiles y judiciales, que, entre otras
cosas, aumentó el período de los Suplentes de los Magistrados de la Corte Suprema de Jus-
ticia de dos a cuatro años y creó el empleo de Defensor de Pobres ante el Juzgado Superior
de la República y la Corte Suprema de Justicia.
Esta ley también modificó la competencia del Juez Superior de la República y aumentó el pe-
ÓRGANO J UDICIAL 23
ríodo de los Jueces Municipales a dos años.
Bajo la presidencia del doctor Belisario Porras, se dictó esta ley que vino a modificar la or-
ganización interna de la Corte Suprema de Justicia.
El artículo 5 eliminó, a partir del 1° de enero de 1913, la división en Salas y dispuso que co-
nociera indistintamente de asuntos civiles y criminales como operó hasta 1956.
Mediante la aprobación de esta ley, puede decirse, culminó con éxito el proceso de Codificación
nacional iniciado en 1913 cuando el Presidente Belisario Porras creo la Comisión Codifica-
dora encargada de redactar los Códigos Nacionales, formada por los doctores Carlos A. Men-
doza (Código Civil), Luis Anderson (Código de Comercio), Ángel Ugarte (Código Penal),
Harmodio Arias (Código Fiscal), Santiago de la Guardia (Código de Minas), Julio Fábrega
(Código Administrativo) y Ricardo J. Alfaro (Código Judicial) y que culminara satisfactoria-
mente su mandato.
La Ley 2 aprobó en esta ocasión los Códigos Penal, de Minas, Fiscal, Civil y Judicial y dis-
puso que entrarían en vigencia el día 1° de octubre de 1917.
Centrando nuestra atención en el Código Judicial, podemos afirmar que como era de esperar
muchos fueron los cambios introducidos en materia de organización judicial; pero sin alejarse
demasiado del esquema fundamental de la Ley 58 de 1904.
El artículo 1 del nuevo Código Judicial de 1917, es una reproducción casi ad literam del artícu-
lo 1 de la Ley 58 de 1904. Sólo agrega que la administración de justicia se ejercerá también
por los jueces de instrucción y los jueces de paz.
Con relación a los Jueces de instrucción que tendrían la función de instruir las sumarias para la
averiguación de los delitos comunes que tuviesen noticia por denuncio, acusación, publicidad o
informe oficial, (artículo148, Código Judicial), éstos fueron suspendidos indefinidamente por
la Ley 47 de 13 de marzo de 1917, dictada unos meses antes de la entrada en vigencia del Có-
digo, ley que también dispuso convertir el Juzgado Cuarto del Circuito de Panamá en Juzga-
do de Instrucción. 10
En el caso de los Jueces de Paz cuyo origen, hemos dicho, se remonta a la legislación neo-
granadina de 1834, nunca fueron puestos en servicio en Panamá y ya en 1937 había desapa-
recido su mención del artículo 1 del Código Judicial.
10
Artículo 2, Ley 47 de 13 de marzo de 1917: “Los nombramientos de los Jueces de Instrucción que crea el artículo 140 del Código Judicial y
los de los Alguaciles Ejecutores que crea el artículo 161, serán diferidos por todo el tiempo que el Poder Ejecutivo y la Corte Suprema de Justicia
dispongan en común acuerdo”.
24 Ó RGANO JUDICIAL
En cuanto a la división territorial en lo judicial, se creó el Circuito Judicial de Herrera en con-
cordancia con la Ley 55 de 30 de diciembre de 1914, que había dividido en dos la provincia
de los Santos, precisamente en las provincias de Herrera y Los Santos.
No solo se aumentaba el número del personal subalterno, sino que se designaba un solo se-
cretario, quien necesitaba comprobar haber ejercido funciones judiciales o la abogacía con
buen crédito durante dos años por lo menos, y esta designación era plenamente compatible
con la Ley 45 de 1912 citada, que había eliminado la división de la Corte en salas.
En cuanto a las funciones de la propia Corte Suprema, pronto se eliminó su competencia pa-
ra conocer de los recursos de casación y se previó solamente los recursos de revisión (artícu-
lo 86, numeral 10, Código Judicial).
Aprobado un nuevo Código Penal, el Código Judicial modificó la competencia del Juez Su-
perior para armonizarlo con la nueva excerta y estableció que conocería, en primera instancia, de
los delitos intentados o consumados de traición a la patria, asesinato, homicidio, infanticidio,
parricidio, aborto, castración, falsificación, de moneda, robo, hurto, estafa y abuso de con-
fianza por más de mil balboas e incendio y otros estragos (artículo 116).
El Código Judicial creó la figura del conserje en la Corte Suprema (artículo 62), estableció
que los conjueces recibirían honorarios (artículo 107), que los gastos que ocasionasen los Juz-
gados Municipales se sufragarían con fondos nacionales (artículo 3) y el Juzgado Superior
contaría con los servicios de un intérprete; pero la Ley 47 de 1917 suspendió el efecto de estos
artículos y el cargo de conjuez continuo siendo gratuito y de forzosa aceptación y los Concejos
Municipales continuaron muy precariamente sosteniendo a los Juzgados Municipales en aque-
llos distritos donde esto era posible.
Obvias limitaciones fiscales, nada infrecuentes desde entonces, imponían estas restricciones.
En lo relativo a los Jueces Municipales, se previó que en cada Distrito hubiese por lo menos
un Juez Municipal, excepto en el Distrito de Panamá donde habría cuatro y en el de Colón
donde habría dos (artículo 149).
5. Ley 52 de 29 de marzo de 1919, sobre juicio oral en materia criminal
En esta ley destinada a regular el procedimiento penal se introdujo un artículo, el 91, que su-
mó un Juzgado más al Circuito de Panamá, quedando éste compuesto de cinco Jueces, tres
civiles y dos criminales, elevándose el total en catorce en toda la República.
ÓRGANO J UDICIAL 25
6. Ley 59 de 31 de diciembre de 1919, por la cual se reforman algunas
disposiciones del Libro Primero del Código Judicial y de la Ley 52 de 1919 y
se abre un crédito al Presupuesto de Rentas y Gastos del bienio en curso
imputable al Departamento de Gobierno y Justicia
En esta ley se aumentó un Juzgado adicional al Circuito de Panamá, en el que administrarían jus-
ticia seis jueces, tres civiles y tres criminales, para un total de quince en toda la República.
Por vez primera, se preveía un aumento sustancial de salario, por lo menos para los Jueces
del Circuito de Panamá y su personal subalterno, donde con justificada razón se concentraba
la mayor parte de la carga laboral del país.
Los Jueces de Circuito que ganaban B/. 150.00 mensuales pasarían a ganar a partir del 1° de
julio de 1920, la suma de B/. 200.00; los Secretarios pasaban de B/. 100.00 a B/. 110.00; los
Oficiales Mayores, de B/. 75.00 a B/. 85.00.
Se creaban tres plazas de taquígrafos en los Juzgados Criminales de Panamá con un salario
mensual de B/. 90.00 y el portero escribiente devengaría B/. 35.00 mensuales.
Unos años más tarde, en 1925, volvían a introducirse reformas al Libro Primero de Organi-
zación Judicial, más de forma que de sustancia, y su mayor contribución fue el aumento de
algunos Juzgados de Circuito y Municipales.
Del artículo 1 del Código Judicial, se eliminó definitivamente la referencia a los Juzgados de
instrucción y a los Juzgados de Paz.
26 Ó RGANO JUDICIAL
David, dos Jueces (uno civil y uno criminal).
Durante el mandato del Presidente Rodolfo Chiari, mediante Acto Legislativo de 11 de ene-
ro de 1927 y 19 de octubre de 1928, fue reformado el artículo 91 de la Constitución de 1904
para aumentar el período de los Magistrados de la Corte Suprema de Justicia de cuatro a diez
años, debiéndose hacer las designaciones de éstos por el Presidente de la República en forma
escalonada cada dos años.
Desde 1904 hasta ese momento, once Magistrados habían ejercido la Presidencia de la Corte
y 32 entre Principales y Suplentes habían ascendido en propiedad a la alta Magistratura.
Los Presidentes habían sido los doctores Gil Ponce J. (1903-1905), Francisco de Fábrega
(1905-1908), Fernando Guardia (1908-1910), Aristides Arjona (1910-1911), Francisco De La
Espriella (1912-1913), Alberto Mendoza (1913-1914) Juan Lombardi (1911-1914-1920),
Aurelio Guardia (1920-1922), Ezequiel Urrutia Díaz (1922-1924), Manuel Herrera L.
(1924-1926) y Dámaso Cervera (1926-1928).
El 2 de enero de 1931, un grupo de jóvenes del Movimiento Acción Comunal, luego de san-
grientos ataques a los cuarteles de la Policía Nacional de la ciudad de Panamá y al Palacio de
11
HERRERA LARA, Manuel. Op. cit.
ÓRGANO J UDICIAL 27
las Garzas, culminaron con éxito el primer golpe de Estado de la era republicana contra el
Presidente constitucional, Ingeniero Florencio Harmodio Arosemena.
A la Corte Suprema de Justicia, presidida en ese momento por el Magistrado Manuel Herre-
ra Lara, le tocó desempeñar un importante papel arbitral en la solución de una crisis institu-
cional que pudo desencadenar una nueva intervención militar norteamericana, como ya había
sucedido en 1918 y durante la crisis inquilinaria de 1925.
Los golpistas de Acción Comunal exigían la renuncia del Presidente Arosemena para imponer
en el solio presidencial al doctor Harmodio Arias, con quienes simpatizaban por haberse
opuesto al proyecto de Tratado Alfaro-Kellog en 1926.
La Asamblea Nacional había elegido a los señores Tomás Gabriel Duque, Carlos Laureano
López y Enrique Linares, como Primero, Segundo y Tercero Designados a la Presidencia de
la República para el bienio 1930-1932; pero Acción Comunal no aceptaba a los señores Duque
ni López como posibles sucesores del Presidente Arosemena, pues los consideraba demasiado
comprometidos con el régimen y el señor Linares había desistido aceptar el cargo por su ín-
tima amistad con el Presidente derrocado.
Ante este impasse, intervino el Ministro norteamericano Roy Tasco Davis, quien, a eso de las
7:30 de la mañana, le manifestó al doctor Manuel Herrera Lara, Presidente de la Corte Suprema
de Justicia, que la crisis institucional debía resolverse “constitucionalmente” antes de las 5:00
de la tarde o sino el Gobierno americano intervendría para asegurar las garantías individuales
y salvaguardar sus propios intereses.
Hay que recordar que en ese entonces al tenor del artículo VII del Tratado Hay Buneau
Varilla y del propio artículo 136 de la Constitución de 1904, los Estados Unidos de Améri-
ca podían intervenir en cualquier punto de la República de Panamá “para restablecer la paz
pública y el orden constitucional si hubiere sido turbado” y los norteamericanos no andaban
con muchos miramientos en esta época de su política del big stick, inaugurada por Teodore Roo-
selvet unos años antes.
12
HERRERA LARA, Manuel. Op. cit.
28 Ó RGANO JUDICIAL
artículo 67, ordinal 4° de la Constitución, según el cual cuando “por cualquier causa
la Asamblea Nacional no hubiere hecho la elección de designados, conservarán el
carácter de tales los anteriormente elegidos en su orden.”13
Los Designados elegidos por la Asamblea Nacional para el bienio 1928-1930 eran los docto-
res Ricardo J. Alfaro, Carlos Laureano López y Eduardo Chiari .
Para permitir que el Presidente Arosemena abandonara la Presidencia y se alojara con su familia
en el Hotel Tívoli, en la antigua Zona del Canal, se negoció que éste, antes de su renuncia, de-
signara como Ministro de Gobierno y Justicia al doctor Harmodio Arias, quien ocuparía la
Presidencia, de manera temporal, hasta que regresara al país el doctor Ricardo J. Alfaro, lo
que sucedió el 16 de enero de ese año.
Los Magistrados no explicaron las razones por las cuales las sesiones de los días 1° y 2 de
octubre de 1930 eran inconstitucionales, por lo que, el propio Linares concluye que en este
episodio, fueron consideraciones políticas y no jurídicas las que inspiraron el Acuerdo 2 de
enero de 1931, mediante el cual se le dio salida a esta grave crisis institucional.
Sobre la nueva sede de la Corte Suprema de Justicia, recogemos los siguientes datos que nos
proporciona el arquitecto Samuel A. Gutiérrez, como han sido a su vez transcritos por el doc-
tor Harry Castro Stanzionala.
13
LINARES, Julio E. Enrique Linares en la historia política de Panamá, 1869-1949, calvario de un pueblo por afianzar su soberanía.
Panamá, 1989, p. 304.
14
LINARES, Julio E. Op. cit ., p. 312.
ÓRGANO J UDICIAL 29
“La Ley 35 de mes de noviembre de 1924, fue la que ordenó que se construyera un Palacio
que albergaría tanto al estamento judicial como al legislativo.
El sitio escogido era el ocupado en tiempos anteriores por el cuartel de los ejércitos, español
primero y colombiano después, allá en la Plaza de Francia.
Los planos fueron elaborados a un costo de cinco mil dólares, por nuestro viejo y conocido
arquitecto italiano, Gennaro Ruggeri, quien, además, cobraría por la supervisión de los trabajos
el 10% de 350 mil dólares, costo total de la obra, la cual, como veremos, fue la última que
ejecutó en Panamá.
La construcción se inició en el año de 1930; se calculó que debía estar terminada en dos años. El
2 de enero de 1931, día causalmente del levantamiento de Acción Comunal así como del de-
rrocamiento del Presidente Florencio Harmodio Arosemena, fueron detenidos los trabajos del
Palacio de Justicia, los cuales se reanudaron en el mes de abril del mismo año, pero ahora bajo
la dirección del arquitecto Rogelio Navarro, quien finalizó la obra.
En el piso bajo del edificio, funcionaría la Asamblea Legislativa y en los otros dos, la Corte
Suprema de Justicia, la Procuraduría general y los juzgados superiores.
Navarro elaboró, después de haber rendido un informe, unos nuevos planos que incluían
grandes modificaciones, sobre todo, en el tamaño de la Sala de Sesiones de la Asamblea, las
escaleras del edificio y algunas otras. Criticaba duramente los planos de Ruggeri.”15
En esta nueva sede, se instalaron también los Juzgados del Circuito de Panamá, y más tarde,
el Primero y Segundo Tribunales Superiores del Primero Distrito Judicial donde permanecie-
ron hasta los turbulentos días de diciembre de 1989.
15
CASTRO STANZIOLA, Harry. “Mucho, pero mucho de que hablar”. Panamá: La Prensa, en página “Raíces”, 6 de abril de 2003, p. 12B.
30 Ó RGANO JUDICIAL
En cada Distrito Judicial, funcionaría un Tribunal Superior con competencia civil y penal, co-
mo tribunal de primera instancia y, de segunda instancia, para las resoluciones dictadas por
los Jueces de Circuito sujetos a su jurisdicción.
El Tribunal Superior del Primer Distrito Judicial, con sede en la ciudad de Panamá, estaría in-
tegrado por cinco Magistrados y sus Suplentes, nombrados por la Corte Suprema de Justicia por
un período de seis años, que comenzaría a correr a partir del día 15 de febrero de 1937.
El Tribunal Superior del Segundo Distrito Judicial, con sede en Penonomé, estaría integrado por
tres Magistrados y sus Suplentes, nombrados por la Corte Suprema de Justicia por un período de
seis años, que comenzaría a correr también a partir del día 15 de febrero de 1937 (artículo 121).
Habrían Conjueces para ambos Tribunales Superiores y, en general, las reglas de funciona-
miento serían semejantes a las de la Corte Suprema de Justicia, que en ese entonces continua-
ba ejerciendo sus funciones sin división en salas.
Las decisiones debían tomarse por mayoría de tres votos y los salvamentos de voto de los Ma-
gistrados disidentes debían formularse por escrito en la misma fecha de la resolución, la cual
debían en todo caso firmar.
Se amplió la competencia penal de la Corte a los delitos cometidos por el Superintendente del
Hospital Santo Tomás, el Contralor General de la República, el Director General de Estadís-
tica y, en general, los funcionarios con mando y jurisdicción en dos o más provincias (artícu-
lo 99, numeral 4).
También debía conocer de los recursos de casación y revisión, ya regulados por la Ley 24 de
ese mismo año, de los habeas corpus contra los funcionarios con jurisdicción en toda la Re-
pública o en dos o más provincias (artículo 99, numerales 11 y 12).
En segunda instancia, conocería de los negocios de primera instancia, los recién creados Tri-
bunales Superiores de Distrito Judicial por recursos de apelación, de hecho, por consultas y
las apelaciones a las resoluciones del Registrador General (artículo 102).
Entre las nuevas funciones, en Sala de Acuerdo, la Corte Suprema debía formar ternas para
el nombramiento del Procurador General de la Nación, que debía remitir a la Asamblea Na-
cional; nombrar a los Magistrados de los Tribunales Superiores y sus Suplentes; y aprobar las
tarifas para el cobro de honorarios que establecieran los colegios o gremios de abogados (ar-
tículo 103, numerales 4, 5 y 11).
En relación a los Juzgados de Circuito, se previó en la ley que debían haber por lo menos dos
ÓRGANO J UDICIAL 31
en cada Circuito Judicial, salvo seis en el Circuito de Panamá (los primeros tres civiles y los
tres restantes criminales) y uno en el Circuito del Darién.
Los Juzgados de Circuito de Panamá, Colón, Coclé, Bocas del Toro, Chiriquí, Herrera, Los
Santos y Veraguas, en Sala de Acuerdo, debían designar a los Juzgados Municipales; si había
empate se entendía que sería rechazado el candidato.
En cuanto a los Juzgados Municipales, se estableció que habría cinco Jueces en el distrito de
Panamá (tres civiles y dos criminales) y en Colón tres Juzgados, dos civiles y uno criminal.
Este número (de Jueces de Circuito y Municipales) permaneció prácticamente invariado has-
ta 1963 cuando, mediante la Ley 11 de ese año, se crearon algunos juzgados más.
Su Título X estaba dedicado al Poder Judicial y como la anterior carta de 1904, proclamaba
el principio de independencia judicial; pues su artículo 126 establecía que:
32 Ó RGANO JUDICIAL
dos de la Corte; éstos continuarían siendo nombrados por el Presidente de la República, pero
“sujeto a la aprobación de la Asamblea Nacional” (artículo 127).
Además, se elevó a nivel constitucional la elección del Presidente de la Corte Suprema, quien
debía ser elegido por mayoría de votos de los Magistrados de la Corporación, como estable-
cía la Ley 58 de 1904; pero el Presidente, una vez elegido conservaría el cargo por todo el
tiempo que continuase siendo Magistrado de la Corte (artículo 128).
Los cinco Magistrados designados por el Presidente Arnulfo Arias Madrid y ratificados por
la Asamblea Nacional fueron los doctores Carlos Laureano López, quien fue designado Pre-
sidente, Ismael Ortega B., Benito Reyes Testa, Publio A. Vásquez, Darío Vallarino, quienes
eligieron como Secretario de la Corporación al señor Lorenzo Hincapié.
A las 5:30 de la mañana del martes 7 de octubre de 1941, el doctor Arnulfo Arias Madrid, de
incógnito bajo el nombre de A. Madrid, abordó un avión de la Pan American Airways en el
aeropuerto de France Field con destino a Cienfuegos, Cuba.
Dos días después, irónicamente, los mismos Magistrados designados en bloque por el Presi-
dente Arias Madrid, mediante Acuerdo 72 de 9 de octubre de 1941, declararon que éste se ha-
bía “ausentado inopinadamente del país dejando en acefalía en dicho cargo” y que al no haber
sido posible dar con el paradero del Primer Designado (el doctor José Pezet, quien estaba preso
por los golpistas) llamaron al Segundo Designado, Ernesto Jaén Guardia quien tomó posesión
ante la Corte y dos horas más tarde renunció al cargo.
Durante los escasos tres años de vigencia de esta Constitución, pues fue derogada mediante
Decreto 4 de 29 de diciembre de 1944, no hubo muchas leyes que recayeran sobre la organi-
zación judicial propiamente dicha, aunque en general sí sobre la Administración de Justicia,
ÓRGANO J UDICIAL 33
como fueron la Ley 97 de 3 de julio de 1941, por la cual se señala un procedimiento para los
juicios por faltas a la ética judicial, la Ley 115 de 26 de marzo de 1943, sobre juicios crimi-
nales, que conocen en primera instancia los Tribunales Superiores de la República y la Ley
135 de 30 de abril de 1943, Orgánica de la Jurisdicción Contencioso Administrativa.
La misma cambió la denominación de Poder Judicial, que venía desde los principios de la Re-
pública, por la de Órgano Judicial que tiene hasta el día de hoy.
La Corte Suprema continuaría teniendo los cinco Magistrados nombrados mediante acuerdo
unánime del Consejo de Gabinete y con sujeción a la aprobación de la Asamblea Nacional
(artículo 165).
Del mismo modo, debían ser nombrados los Magistrados del Tribunal de lo Contencioso Ad-
ministrativo creado en 1943.
Al respecto estableció el artículo 167, entre otras funciones de la Corte Suprema, la de:
El artículo 243 instituyó la carrera judicial, estableciendo que la ley la reglamentaría de acuer-
16
BERGUIDO GUIZADO, Fernando. La sucesión presidencial en Panamá. Panamá: Editorial La Antigua, Universidad Santa María La Antigua,
1987, p. 69.
34 Ó RGANO JUDICIAL
do con los principios sentados para la carrera administrativa, exceptuándose de la misma los
Magistrados de la Corte Suprema de Justicia; además de los oficiales escribientes y porteros
al servicio de los Magistrados y Jueces, que son de su libre nombramiento y remoción.
También, entre la entrada en vigencia de la Constitución de 1946 hasta el año 1953 que cie-
rra la primera parte de este trabajo, no fueron muchas la leyes dedicadas propiamente a la
organización judicial, salvo la Ley 61 de 30 de septiembre de 1946, que aprobó el Libro I
de Organización Judicial del Código Judicial y que fuera reformada muchas veces hasta su
derogación en 1987.
Más tarde se aprobaron la Ley 67 de 11 de noviembre de 1947, que adoptó el Código de Tra-
bajo, y por ende, la jurisdicción especial laboral y la Ley 24 de 19 de febrero de 1951, que
creó el Tribunal Tutelar de Menores, jurisdicciones que junto a la contencioso administrativa
fueron las primeras jurisdicciones especiales de la Justicia panameña.
Por el cúmulo de la carga laboral, mediante la Ley 61 de 1946, se creó un nuevo Tribunal Su-
perior en el Primer Distrito Judicial, por lo que se dispuso que el preexistente se denominara
Primer Tribunal Superior y el nuevo Segundo Tribunal Superior del Primer Distrito Judicial,
ambos con sede en la ciudad de Panamá.
Originalmente, ambos Tribunales Superiores, compuestos por tres Magistrados y sus respectivos
Suplentes y los Conjueces, debían conocer indistintamente de los asuntos civiles y penales,
situación que variaría años más tarde en 1963, cuando se especializó el Primer Tribunal Su-
perior para los asuntos civiles y el Segundo Tribunal Superior para los asuntos penales y se
aumentó en dos Magistrados el número de integrantes para éste último.
El artículo 150 estableció que en el Circuito de Panamá habría seis Jueces de Circuito (los
tres primeros civiles y los tres restantes penales), dos Juzgados para los Circuitos Judiciales
de Colón, Chiriquí y Veraguas (uno civil y otro penal) y un Juzgado para los restantes Circui-
tos Judiciales de Darién, Bocas del Toro, Los Santos, Herrera y Coclé que serían mixtos.
Si bien la Provincia de Veraguas ganaba un Juzgado, la de Bocas del Toro perdía uno con res-
pecto a la organización judicial de 1937.
En total diecisiete Juzgados de Circuito servían en el país que en 1946 mediaba los 700,000
habitantes, es decir, un Juez por cada 41,176 habitantes, proporción que no cambió durante
muchos años.
Los últimos años de la década de los cuarenta y primeros de la de los cincuenta, fueron años
de mucha inestabilidad política en Panamá y en ellos volvió la Corte Suprema de Justicia a
tener una participación protagónica.
ÓRGANO J UDICIAL 35
condición de Primer Vicepresidente, había sucedido en el solio presidencial al Presidente ti-
tular Domingo Díaz Arosemena, muerto en ejercicio del cargo el 23 de agosto de ese año, so-
licitó la renuncia al Comandante Primer Jefe de la Policía Nacional, Coronel José Antonio
Remón Cantera; pero éste, en respuesta, le conminó a renunciar después de haber rodeado el
Palacio de las Garzas con fuerzas policiales, dándole plazo hasta las dos de la madrugada, si
no ordenaba abrir fuego.
El Presidente Chanis bajo coacción presentó renuncia del cargo y el día 20 de noviembre fue
juramentado por el Presidente de la Corte Suprema de Justicia, doctor Rosendo Jurado, el Se-
gundo Vicepresidente de la República, Don Roberto F. Chiari.
La Asamblea Nacional, que era la competente para aceptar o rechazar las renuncias del Pre-
sidente de la República, se reunió el 22 de noviembre y aprobó que el doctor Chanis retirara
su renuncia porque no fue presentada de su propia voluntad, sino bajo coacción.
Don Roberto F. Chiari envió una nota a la Corte Suprema de Justicia para que le informaran
si estaba actuando o no fuera de la Constitución.
Los Magistrados Rosendo Jurado, Gregorio Miró, Ricardo Morales y Enrique Gerardo Abra-
hams, le contestaron el día 24 que:
“La Corte había recibido comunicación de la Asamblea en que pone de manifiesto que
con la aquiescencia de esta entidad, el doctor Chanis retiró su renuncia...”, y agregó “en
nuestro concepto, si ello es así, el doctor Chanis continúa siendo el Presidente de la Re-
pública y la permanencia de usted en el Poder tiene que ser de carácter temporal”.
Los policías consideraron inaceptable la decisión tomada por los Órganos Legislativo y Judi-
cial y decidieron derrocar a Chanis abiertamente. Le impidieron llegar al Palacio de las Gar-
zas y le ofrecieron la Presidencia al Doctor Arnulfo Arias Madrid, quien ascendió nuevamente
al solio presidencial el 24 de noviembre de 1949, pues existían pruebas claras de que Arias
había sido el ganador de las elecciones de 1948, como lo determinó más tarde, mediante un
recuento de los votos, el Jurado Nacional de Elecciones, y quien le otorgó a Arias Madrid sus
respectivas credenciales. 17
Inclusive llegaron a arrestar al Magistrado Presidente de la Corporación doctor Rosendo Ju-
rado, al que después dejaron en libertad.
El 7 de mayo de 1951, el Presidente Arnulfo Arias Madrid y los siete Ministros de su Gabi-
nete expidieron un Decreto, sin número, en que se ponía en vigor, a partir de la fecha, la Cons-
titución de 1941 y se declaraba sin efecto la Constitución de 1946 (artículo 1), se suspendían
indefinidamente los recursos de habeas corpus (artículo 3); se disolvía la Asamblea Nacional
17
BERGUIDO GUIZADO, Fernando. Op. cit., p. 94.
36 Ó RGANO JUDICIAL
y se declaraban en interinidad, hasta tanto el Poder Ejecutivo procediese a hacer nuevos nom-
bramientos, a los Magistrados de la Corte Suprema de Justicia, del Tribunal de lo Contencioso
Administrativo, el Fiscal del mismo Tribunal, el Procurador General de la Nación y los Ma-
gistrados del Tribunal Superior de Trabajo.
Este Decreto de Gabinete provocó una conmoción en todo el país y tras un sangriento com-
bate en el Palacio Presidencial, la Policía Nacional depuso al Presidente Arias Madrid, quien
luego fue sometido a juicio político y destituido por la Asamblea Nacional.
El comunicado llevaba la firma del Presidente de la Corte, Erasmo de la Guardia, de los Magis-
trados Carlos V. Biebarach, Ricardo Morales, Enrique Gerardo Abrahams, y Víctor Florencio
Goytía; los Suplentes Luis Morales Herrera, Francisco A Filós, José A. Molino, y los Conjueces,
Juan A. Amado, Lorenzo Hincapié, Carlos Icaza, Eduardo Chiari, Pedro Moreno Correa y
Humberto Echevers. 18
En los primeros cincuenta años de vida institucional, la Organización Judicial avanzó nota-
blemente, aunque no con la dinámica que muchos panameños hubieran deseado.
La Corte Suprema de Justicia había dejado atrás su modesto rol originario de Tribunales de
Apelaciones y se había convertido en un Tribunal Supremo con una amplia jurisdicción cons-
titucional y con atribuciones muy especificas, como tribunal de garantías constitucionales, de
alzada, casación y revisión.
Aun cuando el número de los Juzgados de Circuito y Municipales era insuficiente, práctica-
mente el mismo desde 1937, se crearon tres Tribunales Superiores de Distrito Judicial y tres
jurisdicciones especiales, la contencioso administrativa, la laboral y la de menores que con el
tiempo se incorporarían, casi como cauce natural al Órgano Judicial.
El surgimiento de estas jurisdicciones especiales habían hecho más compleja y más técnica a
la administración de justicia en Panamá.
18
Proceso del doctor Arnulfo Arias M. La Asamblea Nacional en Funciones Judiciales. Edición oficial, 1951, p. 84.
ÓRGANO J UDICIAL 37
No había todavía una ley de carrera judicial, pero de hecho ésta existía, pues la estabilidad la-
boral de los Magistrados y Jueces panameños era la regla general, a pesar de los términos de
duración de sus mandatos.
Prueba de este aserto es que muchos de los Magistrados de la Corte y de los Tribunales Su-
periores habían comenzado en los puestos más modestos del engranaje judicial, y muchos
fueron ratificados, no sólo como Magistrados o Jueces, sino también, como Presidentes de la
misma Corte Suprema.
Así, por ejemplo, Manuel Herrera Lara de Fiscal de Circuito de Panamá, llegó a ser Magistrado
de la Corte en los períodos 1920-1924 y 1928-1932, y Presidente de la Corporación en 1930.
Los Jueces de Circuito Aurelio Guardia, Daniel Ballén, Héctor Valdés, Manuel A. Noriega,
José María Pinilla Urrutia, Samuel Quintero, Francisco Filós, Simón Esquivel, entre otros,
llegaron a ser Magistrados de la Corte Suprema de Justicia.
Cuando fueron creados los Tribunales Superiores de Distrito Judicial, hubo funcionarios co-
mo Ricardo A. Morales que ejercieron como Jueces de Circuito, Magistrados de Tribunal Su-
perior y de la Corte Suprema de Justicia.
Secretarios como Lorenzo Hincapié llegaron a ser Conjueces de la Corte Suprema y los ejem-
plos podrían multiplicarse.
Entre 1930 y 1953 ejercieron como Presidentes de la Corte Suprema los Magistrados Manuel
Herrera Lara (1930-1932), Miguel A. Grimaldo (1932-1936), Darío Vallarino (1936-1940),
Dámaso Cervera (1940-1941), Carlos Laureano López (1941-1944), Ismael Ortega (1944-1946),
Ricardo A. Morales (1946-1948), Gregorio Miró (1948-1950), Erasmo de la Guardia (1950-1952)
y Publio A. Vásquez (1952-1954).
Ellos, los otrora Magistrados, Jueces y subalternos y sus sucesores en los años siguientes entre-
garon al Órgano Judicial lo mejor de sus energías para que esta Institución, a pesar de todas sus
dificultades de orden material, haya continuado hasta ahora dando fiel cumplimiento a la altísima
función constitucional de administrar justicia en nombre de la República y por autoridad de la ley.
38 Ó RGANO JUDICIAL
Segunda Parte
Carlos H. Cuestas G.
I. Introducción
Al iniciarse el año 1953, Panamá era gobernada por el Presidente José Antonio Remón Can-
tera, ex Comandante Primer Jefe de la Policía Nacional, quien tras encabezar la victoriosa
campaña de la Coalición Patriótica Nacional había ganado, no sin sospechas de fraude y apo-
yo oficial, las elecciones de 1952 y había tomado posesión de la primera Magistratura de la
Nación el día 1° de octubre de ese año.
Era el primer militar de carrera en asumir esta alta investidura en la historia republicana.
La Corte Suprema de Justicia estaba presidida por el Magistrado Publio A. Vásquez, quien había
sido elegido para este cargo por sus colegas, los Magistrados Felipe O. Pérez, quien ostentaba la
Vicepresidencia, Enrique Gerardo Abrahams, Ricardo A. Morales, y José María Vásquez Díaz.
Dos semanas antes, el 15 de diciembre de 1952, mediante Acuerdo 242, los Magistrados, dan-
do cumplimiento al artículo 99 de la Ley 61 de 1946, habían elegido los diez Conjueces de la
Corporación, recayendo la designación en los abogados Ricardo J. Alfaro, Rodrigo Arosemena,
Erasmo De la Guardia, Francisco González Ruiz, Manuel Antonio Icaza, Juan José Morán,
Francisco A. Moreno, Pedro Moreno Correa, Carlos Sucre y Virgilio Tejada, quienes no fueron
elegidos unánimemente por los Magistrados.19
Una Corte Suprema compuesta de cinco Magistrados, nombrados en forma escalonada por el
Órgano Ejecutivo y aprobados por la Asamblea Nacional por un período de diez años cada
19
Los Magistrados Abrahams y Morales no votaron por los Conjueces Manuel Antonio Icaza, Juan José Morán Francisco Moreno y Virgilio Tejada,
sino por los candidatos Carlos Icaza Arosemena, Eduardo Chiari José N. Lasso de la Vega y Lorenzo Hincapié, por lo que estos Conjueces sólo
recibieron tres votos cada uno. Ver Acuerdo 242 de 15 de diciembre de 1952.
ÓRGANO J UDICIAL 39
uno, quienes ejercían sus funciones jurisdiccionales (constitucionales, civiles y penales) en
una sala única de decisión, y sus funciones administrativas en una sala única de acuerdo.
Existían tres Tribunales Superiores de Distrito Judicial; dos con sede en la ciudad de Panamá
y uno con sede en la ciudad de Penonomé, compuesto cada uno de tres Magistrados nombrados
por seis años, también con funciones jurisdiccionales civiles, penales y constitucionales (éstas
últimas difusas en materia de amparos de garantías constitucionales y habeas corpus).
A pesar de que, al tenor de la Ley 61 de 1946, debían ejercer funciones diecisiete juzgados
de Circuito en todo el país, en realidad, solo prestaban servicio quince, a saber:
Transcurridos siete años, desde la aprobación de la Ley 61 de 1946, no se había dado cum-
plimiento todavía al mandato legal que creaba un juzgado de circuito penal para Panamá (el
Sexto) y otro juzgado de circuito para Veraguas.
A principio de la década de los cincuenta, las estadísticas que hemos podido consultar 20 indican
que, a nivel de la Corte Suprema, ingresaban por año un promedio de 400 negocios entre civiles
y penales y eran despachados un poco más de 300.
En el Primer Tribunal Superior de Justicia, ingresaban unos 600 expedientes y salían unos 450,
comprendiendo amparos de garantías y negocios de primera y segunda instancia.
En el Tercer Tribunal Superior de Justicia, con sede en Penonomé, ingresaban unos 100 ne-
gocios y se despachaban 85.
En los quince Juzgados de Circuito, ingresaban por año un poco más de 7000 negocios entre
civiles y penales y eran fallados unos 5000 aproximadamente.
20
Informe que presenta el Procurador General de la Nación, licenciado Víctor A. De León, a la Asamblea Nacional en sus sesiones ordinarias de
año 1951, Panamá, 1955, pp. 171 y siguientes. Las estadísticas se refieren a los negocios cursados entre el 1 de septiembre de 1950 hasta el 31
de agosto de 1951 en la Corte Suprema de Justicia, los Tribunales Superiores y Juzgados de Circuito de la República.
40 Ó RGANO JUDICIAL
II. Ley 22 de 16 de febrero de 1954
Entre 1953 y 1956 no hubo variaciones significativas en esta estructura, salvo las introduci-
das por la Ley 22 de 16 de febrero de 1954, que entre otras cosas, estableció que a partir de
ese año “todos los empleados del Órgano Judicial y del Ministerio Público, de lo Contencio-
so Administrativo y de los Tribunales del Trabajo (gozarían) durante el mes de marzo de la
vacaciones remuneradas a las cuales tienen derecho”.21
Esta ley por razones netamente económicas introdujo, como sucede todavía en otros países la-
tinoamericanos como Argentina y Uruguay, un sistema de vacaciones masivas de los servido-
res judiciales (excepto para los Jueces y Personeros Municipales y sus subalternos), con el cie-
rre de los tribunales y suspensión de los términos judiciales; pero los funcionarios judiciales
“dondequiera que se encontrasen en el territorio de la República” debían atender los recursos
de habeas corpus, de amparo, de inconstitucionalidad, excarcelaciones bajo fianza y secuestros.
Es interesante anotar que los honorarios de estos secretarios ad hoc, serían pagados por ho-
ras de servicio en base al sueldo mensual devengado por el secretario del juzgado o tribunal,
y debía cubrirlo la parte interesada si se trataba de negocios civiles, lo que no parecía cónso-
no con el principio de gratuidad de la función pública de administrar justicia y por el Estado,
si se trataba de habeas corpus, de amparos o negocios penales.
En efecto, mediante sentencia de 16 de febrero de 1956, la Corte Suprema de Justicia acogió una
demanda de inconstitucionalidad presentada por el abogado Gerardo Aldrete Urriola contra el
tercer inciso del artículo 3 de la Ley 22 de 1954 y lo declaró inexequible (inconstitucional) por-
que nuestra Carta Política, en su artículo 176 establecía que la Justicia en Panamá era gratuita. 22
La Ley 22 redujo a tres, deducimos también por razones económicas, el número de los Magis-
trados integrantes del Segundo Tribunal Superior del Primer Distrito Judicial que, al tenor del
artículo 111 de la Ley 61 de 1946, estaba compuesto por cinco Magistrados.
La ley estableció también el derecho de jubilación, para quienes hubieran desempeñado como ti-
tulares los cargos de Magistrados de la Corte Suprema de Justicia o de Procurador General de la
Nación, con el último sueldo devengado al tiempo de su separación definitiva, siempre que hu-
21
Ley 22 de 15 de febrero de 1954, por medio de la cual se reglamentan las vacaciones de todos los empleados del Órgano Judicial y las
Jurisdicciones Contenciosa y Laboral; se derogan disposiciones del Código Judicial, se reforman otras del Código Penal y así mismo se adi-
cionan disposiciones de la Ley 61 de 1946, Gaceta Oficial 12306 de 26 de febrero de 1954, pp. 1-4.
22
CORTE SUPREMA DE JUSTICIA. Sentencia de 16 de febrero de 1956. Demanda de inconstitucionalidad presentada por Gerardo Aldrete
Urriola contra el inciso Tercero del artículo 3 y el artículo 11 de la Ley 22 de 1954, p. 20.
ÓRGANO J UDICIAL 41
biesen cumplido sesenta años de edad y no menos de veinticinco años de servicios en cualquie-
ra de los ramos de la Administración Pública, de los cuales quince en el Órgano Judicial o en el
Ministerio Público, pero guardó silencio para el resto de los servidores judiciales.
Habría que esperar hasta 1962, con la aprobación de la Ley 31 de ese año, cuando se extendió
este derecho de jubilación especial a todos los servidores del Órgano Judicial y del Ministerio
Público que hubiesen prestado servicios al Estados durante veinte años o más, de los cuales
diez en el sector de Administración de Justicia y hubiesen cumplido 55 años de edad.
La mayoría de los historiadores coinciden en calificar la gestión del Presidente Remón como
positiva por sus realizaciones materiales e institucionales y en el tema de las reivindicaciones
panameñas frente a los Estados Unidos, aunque no dejan de reconocer también el carácter au-
toritario e intolerante de su régimen, principalmente contra los sectores estudiantiles y popu-
lares, en esos años de guerra fría y del obsesivo anticomunismo del senador Joseph McCarthy
y su tristemente célebre Comité contra Actividades Antinorteamericanas.
“En el discurso que Remón pronunció al asumir el mando esbozó su plan de gobier-
no y prometió que lucharía denodadamente por sacar al país de la crítica situación
en la que se encontraba. En este sentido debemos reconocer que en buena medida
cumplió su promesa y le imprimió a la nación orden y estabilidad, gracias a lo cual
fueron evidentes los signos de progreso material después de años de decadencia. No
obstante, para ello sacrificó las libertades personales, dominó la política, subyugó a
los Poderes del Estado y a la prensa oral y escrita.”23
En las primeras horas de la noche del día 2 de enero de 1955, mientras departía con amigos
en el Hipódromo de Juan Franco, fue asesinado por disparos de arma de fuego el Presidente
de la República, José Antonio Remón Cantera.
23
PIZZURNO GELÓS, Patricia y ARÁUZ, Celestino Andrés. Estudios sobre el Panamá Republicano (1903-1989). Panamá: Manfer, S.A.,
1996, p. 382.
24
VÁZQUEZ, Juan Materno. Anatomía de una infamia procesal . Panamá: Ediciones Olga Elena, 1987, pp. 113-114.
42 Ó RGANO JUDICIAL
Víctimas de las ráfagas murieron también los ciudadanos Antonio Anguizola hijo, José M.
Peralta y Danilo Sousa.
El hecho conmocionó al país. Era la primera vez que se cometía un magnicidio en la joven
República que, apenas dos meses antes, había cumplido 51 años de vida independiente.
En la misma noche del 2 de enero, tomó posesión como Presidente de la República, el Primer
Vicepresidente, ingeniero José Ramón Guizado.
El 12 de enero, el licenciado Rubén Oscar Miró Guardia, al rendir indagatoria ante el Minis-
terio Público, declaró que él, completamente sólo, sin inductores, cooperadores, cómplices o
encubridores, había dado muerte al Presidente Remón con una ametralladora comprada a un
ex combatiente de Alemania.
Dos días más tarde, el 14 de enero, en horas de la madrugada, Miró Guardia amplió su inda-
gatoria y señaló como autor intelectual del delito al propio Presidente de la República, inge-
niero José Ramón Guizado.
Este señalamiento contra el Primer Magistrado de la Nación, provocó que éste solicitara a la
Asamblea Nacional licencia para separarse del cargo hasta que se esclarecieran los hechos
que se le imputaban; pero en una sesión de la madrugada del 15 de enero, la Asamblea Na-
cional dictó la Resolución 35, mediante la cual negó la licencia solicitada, admitió una acu-
sación particular contra Guizado, lo suspendió del cargo de Presidente de la República, ordenó
su detención preventiva y llamó al segundo Vicepresidente Ricardo Arias Espinosa para que
tomara posesión del cargo de Presidente de la República. 25
Mientras la Asamblea Nacional se convertía en tribunal de justicia para conocer los delitos
imputados al ex Presidente Guizado, el Segundo Tribunal Superior de Justicia tenía compe-
tencia para juzgar a Rubén Miró Guardia y a los otros imputados.
En este doloroso episodio de nuestra historia, la Corte Suprema de Justicia tuvo una participa-
ción definitivamente controversial, como suelen ser todas aquellas decisiones que recaen sobre
situaciones matizadas por las pasiones políticas, decisión que incluso continuó siendo objeto de
análisis jurídico y político, no sólo por los abogados y otros protagonistas del llamado “Proceso
Guizado”, sino por los estudiosos de los anales de la jurisprudencia panameña.
25
El texto completo de la Resolución 35 de 14 de enero de 1955, puede consultarse en: ZÚÑIGA GUARDIA, Carlos Iván. El proceso Guizado
(un alegato para la historia) La sesión secreta. 2a Edición. Panamá, 1980, pp. 4-5.
ÓRGANO J UDICIAL 43
Apenas unos días después de dictarse la Resolución 35, el abogado Alejandro Piñango la deman-
dó ante la Corte Suprema de Justicia por infringir el artículo 119 de la Constitución (de 1946) ya
que, a su juicio, “la Asamblea Nacional no estaba facultada para conocer de las denuncias o
acusaciones que se presentasen contra el Presidente de la República por actos ejecutados
con anterioridad de la fecha en que entró al ejercicio de sus funciones”.26
La Corte Suprema, en ese momento presidida por el Magistrado José María Vásquez Díaz e
integrada por los Magistrados Gil Tapia Escobar (Vicepresidente), Enrique Gerardo Abrahams,
Publio Vásquez y Ricardo A. Morales, luego de escuchar el concepto del Procurador General
de la Nación, Víctor De León, desestimó la demanda y confirmó la competencia de la Asamblea
Nacional para proseguir el juicio contra el ex Presidente Guizado.
Dijo entonces la Corporación, mediante sentencia de 18 de enero con la ponencia del Magis-
trado Presidente Vásquez Díaz:
Ello es así porque de otro modo, se quedarían sin sanción las infracciones del Código
Penal ya que un ciudadano puede ejecutar actos delictuosos, y llegar a la Presiden-
cia de la República sin que entonces pudiese deducírsele responsabilidad.
Esta decisión fue duramente criticada, tanto por el doctor Carlos Iván Zúñiga, uno de los di-
putados de la minoría que se negó a suscribir la Resolución 35 y que más tarde, salvó su res-
26
Demanda de Inconstitucionalidad presentada por Alejandro Piñango contra la Resolución 35 de 15 de enero de 1955, dictada por la Asamblea
Nacional. Registro Judicial, Vol. 1, enero-junio 1956, pp. 6 y siguientes.
27
Ibidem, p. 9.
44 Ó RGANO JUDICIAL
ponsabilidad histórica al no aprobar la sentencia condenatoria que la Asamblea dictó contra
Guizado, como por el abogado defensor del imputado Rodolfo de Saint Malo y futuro Magis-
trado de la Corte Suprema, licenciado Juan Materno Vásquez.
Afirmaba Zúñiga:
También cuestionó Zúñiga desde un punto de vista moral, que el Magistrado ponente José
María Vásquez Díaz, no sólo hubiese aceptado asesorar, junto a José Isaac Fábrega y Fran-
cisco Filós, a la Comisión Especial de Acusación de la Asamblea Nacional y que fuera comi-
sionado por los miembros del Gabinete para informar al Presidente Guizado de las inculpa-
ciones expuestas por Miró, sino que incluso que le hubiese aconsejado solicitar licencia a la
Asamblea Nacional para separarse del cargo, con los resultados que hemos visto.
Y Vásquez:
Esa doctrina de la Corte tiene hoy enorme interés académico. Está vigente y no es de
extrañar que sea aplicada de nuevo. Porque aparte del interés político que influyó en la
Corte, quedan planteadas cuestiones de interés jurídico como los siguientes:
28
ZÚÑIGA GUARDIA, Carlos Iván. Op. cit., p. 21.
29
VÁSQUEZ, Juan Materno. Op. cit., p. 40.
ÓRGANO J UDICIAL 45
Estas interrogantes quedan abiertas a muchas otras interpretaciones que no podemos abordar
en este momento, dada la naturaleza de este trabajo, pero que claramente demuestran cuan
controversial puede llegar a ser una decisión judicial en un determinado momento histórico.
Finalmente, la Asamblea Nacional condenó al ingeniero José Ramón Guizado por el delito
común de homicidio doloso, en grado de autoría intelectual, a la pena de seis años y ocho me-
ses de prisión e interdicción para ejercer funciones públicas por igual término.
En 1957, luego de dos años y ocho meses de cumplimiento de la pena, fue puesto en libertad,
luego que un jurado de conciencia declaró inocente a Rubén Oscar Miró y a los otros impu-
tados por falta de pruebas concluyentes.
Si las investigaciones no habían demostrado plenamente que el supuesto autor material del
magnicidio había cometido el delito, por lógica, también debía dejarse sin efectos la pena im-
puesta al supuesto autor intelectual.
En ese mismo aciago mes de enero de 1955, el Presidente de la República Ricardo Arias Es-
pinosa sancionó la Ley 13 de 20 de enero, modificatoria de los artículos 150, 151 y 155 de la
Ley 61 de 1946, que creó el juzgado faltante en el Circuito Judicial de Veraguas.
La ley previó que a partir del 1° de enero de 1955 funcionarían el Juzgado Primero Civil y el
Juzgado Segundo Penal, para lo cual se votó un crédito extraordinario para reforzar la partida del
Presupuesto de Rentas y Gastos de 1955.
Mediante estas leyes se aumentó nuevamente el exiguo número de los Juzgados de Circuito y
Municipales y el número de los Magistrados integrantes del II Tribunal Superior de Justicia.
También se elevó el número de los Jueces Municipales del Distrito de Panamá, elevándose
también a seis; los cuatro primeros conocerían los negocios civiles y los dos últimos, los ne-
gocios penales.
En los Distritos de Colón y David funcionarían tres y dos juzgados municipales, respectiva-
mente: en Colón, los dos primeros civiles y el otro penal y en David, el primero civil y el otro
penal (artículo 170).
46 Ó RGANO JUDICIAL
En la esfera de los Tribunales Superiores de Distrito Judicial, el exceso de carga laboral del
Segundo Tribunal Superior del I Distrito Judicial convenció a los Diputados de la Asamblea
Nacional sobre la imperiosa necesidad de elevar nuevamente el número de sus integrantes de
tres a cinco Magistrados.
La ley establecía la escala salarial de los Magistrados de Tribunal Superior y Jueces de Cir-
cuito, pues los salarios de los Jueces y Personeros Municipales eran cubiertos por los Muni-
cipios, en forma bastante precaria por cierto, a lo largo y ancho de la República.
Los Secretarios de los Juzgados de Primera Categoría devengaban B/. 200.00; los Oficiales
Mayores, B/. 125.00; los Taquígrafos, B/. 115.00; los Escribientes, B/. 100.00; los Citadores,
B/. 70.00 y los Porteros, B/. 50.00.
Si comparamos estos salarios con los aumentos de 1919, deducimos muy fácilmente que en
37 años el aumento de éstos había sido insignificante.
La Ley 42 restableció, a partir del 1° de enero de 1957, los Juzgados Segundo de los Circuitos
de Judiciales de Coclé, Herrera y Los Santos y estableció que las partidas necesarias para pa-
gar los sueldos del personal y los gastos de esos juzgados se incluirían en el Presupuesto de
Rentas y Gastos de 1957; pero el funcionamiento de estos nuevos despachos no se hizo efec-
tivo, sino algunos años más tarde en 1963.
Los mismos recayeron sobre aspectos institucionales importantes del Estado, entre éstos sobre el
Título VI del Órgano Judicial, específicamente los artículos 164 y 167 relativos a la composición
de la Corte Suprema de Justicia y el ejercicio de sus atribuciones y competencias.
La reforma creó una nueva jurisdicción especial, la Electoral y eliminó el Tribunal de lo Conten-
cioso Administrativo, atribuyendo su jurisdicción al Órgano Judicial, al tiempo que aumentó
el número de Magistrados de la Corte Suprema de cinco a nueve y dividió a ésta nuevamente
en salas, como había funcionado hasta 1912.
ÓRGANO J UDICIAL 47
El artículo 165, en su parte pertinente estableció que:
“La ley dividiría la Corte en salas, formadas por tres miembros permanentes y dos
rotativos, entre las que habría necesariamente una para lo Civil, una para lo Penal y
otra para lo Contencioso Administrativo.”
Las funciones del Tribunal de lo Contencioso Administrativo pasarían ahora a ser competen-
cia de la nueva Sala de lo Contencioso Administrativo creada constitucionalmente.
“Con respecto a las llamadas salas rotativas, cabe explicar con un ejemplo, cómo
funcionaban. Si se presentaba, digamos, un negocio civil, el sustanciador venía a ser
uno de los tres miembros permanentes de la respectiva sala; pero, a la vez, se seleccio-
naba uno por cada una de las otras dos salas. De esta manera quedaba formada una
sala ad hoc que se limitaba a conocer el caso y automáticamente se desintegraba al de-
cidir el mismo.
Desde el primer momento sostuvimos que dichas salas ad hoc, si bien evitaban el
peligro de un reducido tribunal de tres para decidir cuestiones delicadas e importantes,
a su vez contrariaban el principios de la especialidad.” 30
30
QUINTERO, César. “Evolución de la organización político-constitucional de la judicatura panameña entre 1950 y 1975”. En: FABREGA P.,
Jorge (compilador). Estudios de derecho constitucional panameño . Capítulo XXXIII. p. 793.
48 Ó RGANO JUDICIAL
Podrán acogerse a la jurisdicción contencioso administrativa las personas afectadas
por el acto, resolución, orden o disposición de que se trate; y en ejercicio de la acción
popular, cualquiera persona natural o jurídica, domiciliada en el país, en todo caso
en que un funcionario o autoridad pública incurriere en injuria contra derecho.”
En 1956, el doctor César Quintero, quien años después llegaría a ser Magistrado precisamente
de la Sala Tercera, opinaba que la eliminación del Tribunal de lo Contencioso Administrativo
como una jurisdicción independiente, significaba una vuelta atrás y que la anexión a la Corte
entrañaba la inconveniente probabilidad de que éste se judicializace. 31
Esta ley, que reformó el Título IV de la Ley 61 de 1946, vino a reglamentar el segundo pá-
rrafo del artículo 165 constitucional que delegaba al Legislador la división en salas de la Corte
Suprema con las atribuciones y funcionamiento de éstas.
El Legislador estableció que la Corte ejercería sus funciones con el concurso de los nueve ma-
gistrados, constituidos en Pleno o con el concurso de cinco magistrados, constituidos en Sala
de Justicia.
Se volvía a las antiguas salas de acuerdo y sala de decisión de las primeras legislaciones ju-
diciales del siglo XX.
Se estableció también que la Corte debía tener por ahora necesariamente cuatro salas: la Pri-
mera de lo Civil, la Segunda de lo Penal, la Tercera de lo Contencioso Administrativo y la
Cuarta de Negocios Generales.
En estricto derecho, la ley podía crear o eliminar otras salas, pero debían existir necesariamente
la Sala Civil, la Penal y la Contencioso Administrativo al tenor del artículo 165 constitucional.
Por consiguiente, la Sala IV y las demás salas que se creasen en el futuro no tenían respaldo
constitucional.
Las tres primeras salas, como se ha dicho, estarían integradas por tres magistrados permanentes
y por dos magistrados rotativos, designados por turno para cada negocio, conforme al orden
alfabético de apellidos de los seis magistrados restantes.
31
QUINTERO, César. Ibidem, p. 794.
ÓRGANO J UDICIAL 49
La Sala de Negocios Generales, a su vez estaría formada por el Presidente de la Corte y los
Presidentes de Sala, como miembros permanentes y por dos magistrados rotativos escogidos
según el sistema anterior.
Se estableció que el Presidente de la Corte y los Presidentes de Sala podrían ser elegidos a
partir del 1° de noviembre de cada año por un período de dos años y podían ser reelegidos en
el cargo hasta por tres períodos.
Se previeron, por primera vez, las figuras del Secretario General y de los tres Secretarios
de Sala.
El Secretario General debía ser panameño y poseer título de licenciado en Derecho, y junto al Ar-
chivero General, el Relator Bibliotecario, la telefonista, el ascensorista, el guardián nocturno,
portero, el conserje y el chofer, debían ser nombrados por la Sala de Negocios Generales.
En sus faltas accidentales, el Secretario General era reemplazado por el Secretario de la Sala Pri-
mera. Los Secretarios de Sala se reemplazarían recíprocamente en caso de estas mismas faltas.
La ley estableció claramente las competencias del Pleno y de las cuatro Salas de la Corte
Suprema.
La jurisdicción constitucional pasó a ser conocimiento del Pleno, junto a competencia civil
(negocios contenciosos sobre presas marítimas), penal (delitos comunes cometidos por Mi-
nistros de Estado, Procurador General de la Nación, Magistrados de la Corte Suprema, Arzo-
bispos, Obispos, etc.) y administrativa (elección del Presidente de la Corte, Magistrados de
Tribunales Superiores, aceptación o negación de la renuncia del Presidente de la República).
La Sala Primera Civil conocía de procesos de nulidad de sentencias civiles dictadas por
Jueces de Circuito en primera instancia, recursos de casación, revisión, consultas y recursos de
hecho provenientes de los Tribunales Superiores de Distrito Judicial; además de las apelaciones
contra las resoluciones dictadas por el Registrador de la Propiedad y el Director del Estado
Civil de las Personas.
La Sala Segunda Penal conocía en una sola instancia de las causas por delitos o faltas come-
tidas por Magistrados y Fiscales de Distrito Judicial, Secretarios de Ministerio, Contralor Ge-
neral, Agentes Diplomáticos de la República, Comandantes de la Guardia Nacional, entre
otros funcionarios con jurisdicción en el territorio de la República o en dos más provincias.
Conocía, además de los conflictos de competencia en causas penales entre los Tribunales Supe-
riores de Distrito Judicial o de Juzgados de Circuito que no pertenecieran a un mismo Distrito
Judicial; de los recursos de casación, revisión y de apelación, de hecho y consultas relativas a las
resoluciones en primera instancia, dictadas por los Tribunales de Superiores de Distrito Judicial.
50 Ó RGANO JUDICIAL
También es interesante anotar que la Sala Penal conocía en 1956 de los recursos de habeas
corpus contra los funcionarios con mando y jurisdicción en toda la República o dos o más
provincias que no formasen parte de un mismo Distrito Judicial.
En realidad, puede decirse que en esta materia era la instancia suprema de la Corporación,
mientras que el Pleno era una sala de decisión con poquísimas atribuciones administrativas.
“…
9. Expedir el reglamento para el régimen interior de la Corte y de las Salas, el re-
parto de negocios y el arreglo de las Secretarías con miras a facilitar la marcha
de los negocios atribuidos al Tribunal. El Reglamento y sus modificaciones de-
berán publicarse en la Gaceta Oficial.
10. Revisar y aprobar con las enmiendas que estimen necesarias el Reglamento para
el régimen interior de todos los tribunales y juzgados de la República.”
A fines de noviembre de 1956, apenas entrada en vigencia la Ley 47, la Corte Suprema de
Justicia la integraban su Presidente, el doctor José María Vásquez Díaz y los Magistrados Gil
Tapia E. (Vicepresidente), Enrique Gerardo Abrahams, Ricardo A. Morales y Publio Vásquez.
El Órgano Ejecutivo nombró nuevos magistrados a los licenciados Ángel Lope Casís y Víctor
De León; éste, hasta entonces, había ejercido el cargo de Procurador General de la Nación y
ratificó en su cargo a Gil Tapia E. para un nuevo período constitucional.
ÓRGANO J UDICIAL 51
No conocemos la razón por la cual este mandato legal no se cumplió a cabalidad, porque, si
bien es cierto que fueron nombrados como nuevos magistrados los licenciados Augusto N.
Arjona Q. y Francisco Filos, integrantes del fenecido Tribunal de lo Contencioso Administra-
tivo, no se hizo lo mismo con su colega el licenciado Ricaurte Rivera, siendo asignado en su
lugar el ya Magistrado de la Corte Suprema, Ricardo A. Morales.
Así, el 1° de diciembre de 1956 quedaba integrada por primera vez la Corte Suprema de Jus-
ticia con sus nueve magistrados distribuidos en sus cuatro salas de decisión:
Uno de los primeros acuerdos de la Sala de Negocios Generales fue el destinado al nombra-
miento de los funcionarios administrativos de la Corporación.
El 20 de diciembre de 1956, mediante Acuerdo 3 de esa fecha, fueron nombrados los señores
Ezequiel Valdés, Relator Bibliotecario, Heredia Vergara de Casís, Archivera General, Venus
Sibauste, telefonista del Palacio de Justicia, Justino Samaniego, ascensorista, Ezequiel Vergara,
chofer de la Corte, César A. Pérez, conserje, Sergio González, portero e Hipólito Martínez y
Eladio García, aseadores del Palacio de Justicia.
El año 1957 terminaba con una nota negativa para el desarrollo institucional de la Justicia pa-
nameña. La endémica insuficiencia de recursos económicos impuso la suspensión indefinida
del Registro Judicial que venía publicándose regularmente desde la época departamental y la
instauración de la República y en los últimos años, en entregas semestrales.
32
Gaceta Oficial 13336 de 2 de agosto de 1957.
52 Ó RGANO JUDICIAL
La publicación, cuyo lema era “La publicidad es el alma de la Justicia”, era responsabilidad
del Relator Bibliotecario de la Corte.
Se publicó hasta el número 27 de julio a diciembre de 1957 y no vería la luz otra vez, sino
hasta los meses de mayo-junio de 1969 y de ahí a los meses de enero-junio de 1972, cuando
volvió a interrumpirse su publicación.33
Afortunadamente, la familia jurídica panameña no quedó del todo desprovista de información re-
lacionada al desarrollo de la jurisprudencia del Pleno y las Salas de la Corte Suprema de Justicia.
Un grupo de funcionarios de la Corte comenzó a editar, en sus horas libres y con mucho
empeño institucional, el Repertorio Jurídico, publicación mensual que recogía artículos
doctrinales y las principales sentencias de la Corte y sus Salas.
La primera edición mimeografiada, como todas las restantes y sin carácter oficial, apareció
bajo el “Número 1” en el mes de enero de 1961.
Sus primeros editores fueron los funcionarios Elmira Guerra, Yolanda García, Zaratina Figueroa,
V. Vásquez; sus redactores Dolores Cuadros Jacinta Hidalgo, Carmen Arroyo, José María
Vásquez y Olga Díaz.
La publicación del Repertorio Jurídico continuó hasta el “Número 4” de abril de 1969, cuando
se suspendió porque se reanudaba la publicación, esta sí oficial, del Registro Judicial.
A lo largo de 1958, siendo Presidente de la República don Ernesto De la Guardia hijo se dic-
taron tres leyes, la 12 de 24 de enero, la 16 de 28 de enero y la 45 de 20 de noviembre.
33
DIFERNAN, Bonifacio. Curso de derecho civil panameño . Tomo 1.Panamá: Editorial La Antigua, Universidad Santa María La Antigua, 1979,
p. 141.
34
DIFERNAN, Bonifacio. Op. cit ., p. 142.
ÓRGANO J UDICIAL 53
Rentas y Gastos de 1959; su instalación efectiva, en el caso de estos dos últimos, nunca se llevó
a cabo e inclusive en el día de hoy ambas provincias sólo cuentan con juzgados mixtos.
Más importante fue la Ley 16, porque la misma creó una nueva circunscripción, el Tercer Dis-
trito Judicial con jurisdicción sobre las Provincias de Chiriquí y Bocas del Toro y creó, tam-
bién, el Cuarto Tribunal Superior de ese Distrito Judicial.
El nuevo Tribunal con sede en la ciudad de David estaría integrado por tres Magistrados prin-
cipales y tres suplentes designados por el Pleno de la Corte por un período de seis años.
Hay que recordar que hasta ese momento, las provincias de Chiriquí y Bocas del Toro eran
parte del I Distrito Judicial por lo que, todos los negocios civiles y penales, iniciados en ambas
provincias, de conocimiento del Primero y Segundo Tribunales Superiores de Justicia, fueron
remitidos al nuevo Tribunal Superior que inició funciones el día 1° de enero de 1959.
Tampoco el análisis de la jurisprudencia de esos años evoca temas de gran trascendencia, por
lo tanto, haremos un recuento de las escasas reformas judiciales de este período relativamente
tranquilo de la historia nacional.
En el área administrativa, mediante esta ley se creó, por primera vez, una Sección de Conta-
bilidad en la Corte Suprema de Justicia, con dos contadores y una mecanógrafa.35
Esta ley también modificó los requisitos subjetivos y objetivos para ser designados Magistrados
de Tribunales Superiores y Jueces de Circuito de la República.
Los Magistrados de Tribunales Superiores debían ser panameños por nacimiento o por adopción
35
Ley 1 de 20 de enero de 1959, por la cual se reforman y adicionan disposiciones del Código Judicial (Ley 61 de 1946) y se dictan otras medi -
das. Gaceta Oficial 13747 de 28 de enero de 1959.
54 Ó RGANO JUDICIAL
con más de diez años de residencia continua en la República, haber cumplido 35 años de edad,
estar en pleno goce de los derechos civiles y políticos y tener diploma de abogado, certificado de
idoneidad como abogado y haber ejercido la profesión durante cinco años por lo menos.
Los Jueces de Circuito también debían cumplir con los mismos requisitos de los Magistrados
de Tribunales Superiores, pero se les exigía haber cumplido veinticinco años de edad y solo
tener el diploma de abogado o el certificado de idoneidad para el ejercicio de la abogacía.
La Ley 35 de 30 de enero de 1961, estableció la regla que los suplentes de los magistrados
y jueces, en los casos de impedimentos y recusaciones, no devengarían sueldo, sino hono-
rarios pagados por el Tesoro Nacional en razón de las sentencias y autos que redactasen y
estableció una escala de honorarios desde la Corte Suprema de Justicia hasta los juzgados
municipales.36
La Ley 51 de 24 de noviembre de 1961, estableció nuevos requisitos para los servidores ju-
diciales: no podían serlo quienes hubiesen sido condenados a alguna pena por delitos comunes.
En cuanto al personal de las salas de la Corte Suprema, estos requisitos fueron elevados para
asegurar la mejor competencia profesional de estos servidores judiciales.
El Secretario General debía ser panameño por nacimiento o por adopción con más de siete
años de residencia continua en la República, ser graduado en Derecho, tener veinticinco años
de edad, tener certificado de idoneidad para ejercer la abogacía y haberla ejercido durante tres
años, por lo menos, o los cargos de Secretario de Sala de la Corte, de los Tribunales Superio-
res, Procuraduría General, Procuraduría Auxiliar, Tribunal Superior de Trabajo o Juez de Cir-
cuito durante igual término.
A los Secretarios de Sala, se les exigía casi los mismos requisitos, salvo que fuesen panameños
por naturalización con más de cinco años de residencia continua en el país, y que si no hu-
biesen ejercido la abogacía por tres años, hubiesen ocupado los cargos de Secretario u Oficial
Mayor en algún tribunal de justicia o agencia del Ministerio Público por igual período.
Los Oficiales Mayores de la Corte debían ser abogados y haber ejercido la profesión durante
dos años, por lo menos, o también durante ese período haber ejercido el cargo de secretario
u oficial mayor en algún tribunal de justicia o agencia del Ministerio Público.
Iguales requisitos se exigieron a los Secretarios y Oficiales Mayores de los tribunales Superiores
de Distrito Judicial y de los Juzgados de Circuito.
La ley creó también el cargo de Oficial Escribiente de la Corte Suprema con una asignación
mensual de B/. 150.00.
Se mantuvieron los requisitos de los Magistrados de Tribunales Superiores, previstos en la
36
Ley 35 de 30 de enero de 1961, por la cual se reforma el artículo 12 de la Ley 22 de 16 de febrero de 1954. Gaceta Oficial 14353 de 21 de
marzo de 1961.
ÓRGANO J UDICIAL 55
Ley 1 de 1959, pero sólo les exigió en adelante que hubiesen cumplido treinta años de edad.
De igual modo, se mantuvieron los requisitos de los Jueces de Circuito, pero se les exigió que
en adelante hubiesen ejercido la profesión de abogado durante tres años, por lo menos, o du-
rante este mismo período alguno de los cargos judiciales allí descritos.
Los Jueces Municipales de los Distritos de Panamá, Colón, David, Chitré, Las Tablas, Los
Santos, Aguadulce, Penonomé, Santiago, Bocas del Toro, Bugaba, La Chorrera, Antón y Barú,
debían ser panameños por nacimiento o por naturalización con más de cinco años de residencia
continua en la República, ser abogados, haber ejercido esta profesión durante tres años, por
lo menos, o durante este mismo alguno de los cargos judiciales allí descritos.
La ley creó un juzgado penal adicional en los Circuitos de Colón, Chiriquí y Veraguas, pero
como en otras ocasiones la creación de estos juzgados quedó en el papel, pues en la ley ni si-
quiera se habló de las partidas presupuestarias para su funcionamiento.37
Finalmente, la Ley 25 de 29 de enero de 1962, estableció que los Magistrados Jueces y Agen-
tes del Ministerio Público tendrían derecho al uso de una placa oficial en los automóviles de
su propiedad y de su uso personal y que las falta temporales y accidentales de los Secretarios
de Sala de la Corte Suprema de Justicia serían llenadas por los respectivos Oficiales Mayores,
que hasta el momento eran cubiertas por los otros Secretarios de Sala (artículo 3).38
En este sentido, vale la pena mencionar el paquete de tres leyes, todas promulgadas el 23 de
enero de ese año y que pasamos rápidamente a reseñar.
En primer término, la Ley 9 que instituyó la Carrera Judicial, en desarrollo del artículo 243
de la Constitución Nacional (de 1946).39
37
Ley 51 de 24 de noviembre de 1961, por la cual se modifican algunas disposiciones de las leyes 61 de 1946, 54 de 1941, 58 de 1946; se adi -
ciona el artículo 418 del Código Judicial y se dictan otras disposiciones. Gaceta Oficial 14522 de 30 de noviembre de 1961.
38
Ley 25 de 29 de enero de 1962, por la cual se adicionan, reforma y subrogan disposiciones del Libro Segundo del Código Judicial y se dictan
otras medidas. Gaceta Oficial 14566 de febrero de 1962.
39
Ley 9 de 23 de enero de 1963, por la cual se instituye la Carrera Judicial en desarrollo del artículo 243 de la Constitución Nacional. Gaceta
Oficial 14805 de 29 de enero de 1963.
56 Ó RGANO JUDICIAL
instrumento legal que ofrecía formalmente inamovilidad a los servidores del escalafón judi-
cial, desde los Jueces Municipales de Segunda Categoría hasta los Magistrados de Distrito Ju-
dicial, quedando excluidos de este régimen los Magistrados de la Corte Suprema y los oficiales
escribientes y porteros al servicio de los Magistrados y Jueces.
En lo esencial, en cuanto al nombramiento, se estableció que para llenar las vacantes en primer
lugar, se ascendería al funcionario de la categoría inmediatamente inferior de “mayor antigüe-
dad” en la misma y con mejor hoja de servicio y si hubiese una segunda vacante, se sometería
a concurso entre los que ocupasen un puesto inmediatamente inferior en el escalafón y los as-
pirantes extraños al Órgano Judicial.
El nuevo sistema se haría efectivo para los nuevos nombramientos, y como toda norma de este
tipo aseguró la estabilidad temporal de los funcionarios del escalafón, quienes permanecerían
en el cargo por el lapso de dos años y al expirar este término, quienes resultasen nombrados
“por todo el tiempo de su eficiencia y buena conducta”.
Los subalternos (secretarios judiciales, oficiales mayores y taquígrafos) que al entrar en vigencia
la ley hubiesen desempeñado con eficiencia y conducta el cargo por un lapso no menor de
tres años, continuarían en él y tendrían derecho al ascenso correspondiente y sólo serían re-
movidos mediante el procedimiento señalado en la propia ley.
Con todos sus logros y limitaciones, la Carrera Judicial siguió su desarrollo institucional hasta
el día 30 de mayo de 1969, cuando la Junta Provisional de Gobierno, impuesta por los mili-
tares golpistas del 11 de octubre de 1968, dictó el Decreto de Gabinete 140 que suspendió su
vigencia “hasta la expedición del nuevo Código Judicial que establecería nuevas normas sobre
la Carrera Judicial”.40
Esta suspensión duró 22 años porque sólo en septiembre de 1991, derrocada la dictadura mi-
litar y con el advenimiento de un Gobierno democrático en Panamá, vino a ponerse en vigen-
cia nuevamente esta importante conquista de los servidores judiciales.41 La Ley 10 recayó
nuevamente sobre las vacaciones judiciales,42 alejándose del sistema fijado por la Ley 22 de
1954, que fijaba en marzo de cada año el mes de vacaciones de los servidores judiciales, salvo
los Jueces y Personeros Municipales.
Durante el mes de marzo, los habeas corpus y amparos de garantías constitucionales de com-
petencia de la Corte lo tramitaría y fallaría el Magistrado sustanciador del Tribunal Superior
del domicilio de la parte interesada y las apelaciones las conocería el resto del tribunal.
En abril regía la regla contraria: los mismos recursos de competencia de los Tribunales Superio -
40
Decreto de Gabinete 140 de 30 de mayo de 1969, por medio del cual se suspende la vigencia de los artículos 3, 9, 10, 11, 12, 13, 14, 20, 26 y
se modifica el artículo 16 de la Ley 9 de 1963. Gaceta Oficial 16380 de 11 de junio de 1969.
41
Acuerdo 46 de 27 de septiembre de 1991 del Pleno de la Corte Suprema de Justicia, por el cual se reglamenta la Carrera Judicial prevista en el
Título Duodécimo del Libro I del Código Judicial.
42
Ley 10 de 23 de enero de 1963, por la cual se fijan los meses de vacaciones de la Corte Suprema de Justicia, los Tribunales Superiores de Distrito
Judicial y los Jueces de Circuito. Gaceta Oficial 14805 de 29 de enero de 1963.
ÓRGANO J UDICIAL 57
res serían tramitados y fallados en primera instancia por el respectivo Magistrado sustanciador
de la Corte y apelados ante el resto de la Corporación.
No creemos que fuesen muy satisfactorios, si hemos de considerar que pronto fue eliminado
de las posteriores reformas legislativas que en esos años recayeron sobre la Organización Ju-
dicial panameña.
Aun así, la Ley 11 dejó algunos avances: se creó el Juzgado Comarcal de San Blas, como circuns-
cripción especial (a nivel de Juzgado Municipal) del Circuito de Colón, se aumentó el sueldo de
los Jueces y del personal subalterno (Secretarios, Oficiales Mayores, Estenógrafas y Porteros)
de los Juzgados Municipales;44 se aumentó el personal de la Corte Suprema de Justicia45 y se
estableció que el Secretario General sería nombrado por el Pleno de la Corte Suprema.
Además, se aumentó el número de los Jueces de Circuito: dos más en el Circuito de Panamá, ele-
43
Ley 11 de enero de 1963, sobre reformas a la organización, al procedimiento judicial y al Código Penal. Gaceta Oficial 14805 de 29 de enero de 1963.
44
Para la estructura salarial, cfr. los artículos 6 y 7.
45
La Corte tendría un Secretario General, tres Secretarios de Sala, tres Oficiales Mayores, un Relator Bibliotecario, un archivero, tres estenógrafas,
un oficial escribiente para la Secretaría General, un guardián nocturno, una telefonista, dos jefes de aseo, un ascensorista, tres mensajeros, dos
aseadores subalternos, un chofer y dos conserjes.
58 Ó RGANO JUDICIAL
vándose a ocho, los cuatro primeros conocerían asuntos civiles y los cuatros restantes, penales.
Hasta ese momento, desde 1937, cuando se eliminó el Juzgado Superior de la República, se
habían creado y funcionaban cinco Tribunales Superiores de la Jurisdicción ordinaria con die-
cisiete Magistrados y sus Suplentes en servicio.
La Ley 5 de 24 de enero de 1966, creó el Juzgado Segundo Municipal del Distrito del Barú. 47
Finalmente, a principios de 1968, se dictó la Ley 5 que aumentó los sueldos a varias catego-
rías de servidores judiciales, entre ellos, al Secretario General de la Corte Suprema de Justicia
(B/. 400.00 más B/. 175.00 de gastos de representación); a los Secretarios de Sala (B/. 135.00
más B/. 150.00 de gastos de representación); a los Jueces de Circuito y Jueces Seccionales de
Trabajo (B/. 400.00 más B/. 175.00 de gastos de representación).
La ley previó, además, para los Secretarios Judiciales, Oficiales Mayores, Taquígrafos, Escri-
bientes, Porteros, Citadores y demás funcionarios subalternos de la Corte Suprema, Tribuna-
les y Juzgados, un aumento general de sueldo (20% si el salario no excedía los B/. 100.00,
15% si no excedía de B/. 200.00 y 10% si no excedía de B/. 300.00). 48
En materia jurisprudencial, como en todo tiempo, en esos años hubo sentencias y sentencias;
algunas, interesantes; otras, menos; pero creemos que merece ser leída y meditada la del Pleno
de la Corte Suprema del 15 de octubre de 1965 que resolvió la demanda de inconstitucionalidad
del artículo V de la Convención del Canal Ístmico de 18 de noviembre de 1903 presentada
por Domingo H. Turner, en el sentido de excluir su competencia para examinar un convenio
internacional entre Panamá y otro Estado, “aun cuando dicho convenio sea incompatible con
la existencia del Estado panameño y con su desarrollo institucional”.49
En cuanto al manejo interno de sus propios negocios judiciales, es interesante reseñar los re-
sultados de la sesión del Pleno de la Corte Suprema celebrada el día 6 de abril de 1967 que
autorizó, en ciertas circunstancias muy especiales, que una sentencia del Pleno de la Corte en
materia de constitucionalidad pudiese ser expedida con sólo ocho firmas de los Magistrados
integrantes de la Corporación. 50
46
Ley 15 de 31 de enero de 1965, por la cual se crea el Quinto Tribunal Superior de Justicia del Segundo Distrito Judicial y la Fiscalía Segunda
del mismo Distrito Judicial y se dictan otras medidas. Gaceta Oficial 15301 de 3 de febrero de 1965.
47
Ley 5 de 24 de enero de 1966, por la cual se modifica el artículo 419 del Código Judicial y se crea el Juzgado Segundo Municipal del Distrito
del Barú. Gaceta Oficial 15543 de 25 de enero de 1966.
48
Ley 5 de 29 de enero de 1968, por la cual se adiciona el Decreto Ley 5 de 1965. Gaceta Oficial 16044 de 5 de febrero de 1968.
49
Corte Suprema de Justicia, Pleno Sentencia de 15 de octubre de 1965. La sentencia bajo la ponencia del Magistrado Manuel Cajar y Cajar y un
salvamento de voto del Magistrado Rodrigo Arosemena aparece integralmente transcrita y comentada en: Anuario de Derecho, Órgano de la
Facultad de Derecho y Ciencias Políticas de la Universidad de Panamá, Año IX, 1970-1971, pp. 237-245.
50
El Acta de la sesión, aparece en: Repertorio Jurídico años 1967-1968-1969, Sección Pleno, pp. 1-3.
ÓRGANO J UDICIAL 59
XI. Crisis Política de 1968
Las pasiones políticas, como cíclicas manifestaciones de nuestra turbulenta historia republi-
cana, volvieron a desatarse durante el período electoral del año 1968 del cual debía surgir por
el sufragio popular, el sucesor del Presidente Marco A. Robles.
Los dos candidatos más importantes lo eran el ex Presidente de la República, doctor Arnulfo
Arias Madrid, quien por cuarta vez participaba en una contienda electoral y el ingeniero Da-
vid Samudio Ávila, candidato del Partido Liberal Nacional, el mismo del Presidente Robles.
Aun con una mayoría dominada por la oposición en la Asamblea Nacional, el Presidente Ro-
bles no dudó en participar abiertamente a favor del ingeniero Samudio Ávila y poner los re-
cursos del Estado a favor del candidato oficial.
Desde finales de 1967, se hablaba de la posibilidad de que la Cámara Legislativa podría juz-
gar al Presidente Robles por coacción electoral y otros cargos violatorios de la Constitución
Nacional. Esta idea cobró cada vez mayor fuerza, en la medida en que avanzó la accidentada
campaña electoral, máxime cuando los antiguos aliados y ahora adversarios políticos de Ro-
bles, conformaron junto con los panameñistas un bloque mayoritario de treinta diputados en
la Asamblea Nacional.51
Pero la Guardia Nacional, sin ninguna legitimidad y actuando indebidamente como cuerpo
deliberante, se autoerigió en árbitro de los destinos de la Nación y en un comunicado públi-
co dio su respaldo al Presidente Robles e impidió por la fuerza que Del Valle, el Presidente
de la Asamblea, Carlos Agustín Arias, algunos diputados y partidarios, pudieran llegar a las
instalaciones de la Asamblea Nacional.
A la Corte Suprema, le tocó desempeñar un rol controvertido en la pugna entre los otros dos
Órganos del Estado al decidir, a principios de abril de 1968, un amparo de garantías consti-
tucionales, presentado contra la resolución de la Asamblea Nacional que acogía y ordenaba
tramitar una denuncia penal contra el Presidente de la República, Marcos A. Robles y que cul-
minara en el juicio político contra éste.
El 6 de marzo de 1968, durante el mes de vacaciones del Órgano Judicial, el licenciado Cris-
tóbal Garrido presentó un amparo contra la Asamblea Nacional, quedando radicada la acción
ante el Juez Segundo Municipal de Panamá, licenciado Toribio Ceballos, quien la admitió al
51
PIZZURNO, Patricia y ARÁUZ, Celestino. Op. cit., p. 506.
52
Entre los integrantes del Gabinete de Del Valle aparecían los ex Magistrados de la Corte Suprema, Erasmo De la Guardia, como Ministro de
Gobierno y Justicia y Ricardo A. Morales, como Ministro de Hacienda y Tesoro. Cfr. PIZZURNO, Patricia y ARÁUZ, Celestino. Op. cit. ,
pp. 506-507.
60 Ó RGANO JUDICIAL
día siguiente y requirió al Presidente de la Asamblea, Carlos Agustín Arias Chiari, que en el
término de dos horas remitiera la actuación y suspendiera los efectos del acto impugnado (es
decir, la continuación de la tramitación de la denuncia); pero éste se negó a cumplir con el re-
querimiento judicial aduciendo, entre otras cosas, la competencia privativa de la Asamblea
Nacional en los procesos por acusaciones o denuncias presentadas contra el Presidente de la
República, al tenor del artículo 119 de la Constitución Política de 1946.
Entre otras cosas, dijo la Corte que el poderdante González Revilla no era parte en el juicio,
no presentó prueba que acreditase la existencia del hecho delictuoso que imputaba al Presi-
dente de la República, y que esta infracción “(había) afectado indiscutiblemente los derechos
que consagraba, a su favor (del Presidente Marcos Aurelio Robles) el artículo 32 de la Cons-
titución Nacional, ya que había evidenciado que la actuación de la Asamblea Nacional, sobre
el particular, no se ciñó a los trámites legales existentes”.53
Como era de esperar, dado el escenario político que se vivía en esa época esta sentencia fue
duramente criticada y, pensamos hoy transcurridos 34 años, con excesiva severidad, si la ana-
lizamos en términos estrictamente jurídicos.
“Quienes han leído la sentencia de la Corte Suprema de Justicia, saben que ésta nuli-
ficó el juicio que de hecho había rescindido la Guardia Nacional, y que esa sentencia
de la Corte Suprema no es un modelo de redacción elevada, ni de enjundia jurídica. Por
el contrario, su lenguaje es pedestre, y su argumentación de fondo trata frustradamente
de explicar que había una “orden de hacer” en el juicio, que no se advierte por ninguna
parte, “orden de hacer” que era fundamento indispensable de Recurso de Amparo
propuesto, y que la Corte Suprema estimó existente.
Es cierto que numerosas violaciones del Código Judicial fueron perpetradas por la
Asamblea Nacional en el juicio contra el Presidente de la República, pero el criterio
de la Corte Suprema no se determinó por razones jurídicas, sino por la circunstancia
política de convenir en que Marco A. Robles continuará como Presidente. Optaron
los magistrados por el statu quo cuya alteración amenazaba incluso sus posiciones
judiciales.”54
53
Corte Suprema de Justicia, Pleno, 5 de abril de 1968. La sentencia aparece íntegra en: Anuario de Derecho, 1970-1971. Op. cit., pp. 325-340.
54
RICORD, Humberto. “Los clanes de la oligarquía panameña y el golpe militar de 1968”. Colección Política y Sociedad en Panamá, No. 5,
noviembre de 1968.
ÓRGANO J UDICIAL 61
XII. El Golpe Militar del 11 de octubre de 1968
El viernes 11 de octubre de 1968, la Guardia Nacional derrocó en una asonada militar al Pre-
sidente constitucional de Panamá, doctor Arnulfo Arias Madrid, quien había ascendido al solio
presidencial sólo once días antes.
Cientos de ciudadanos de todas las tendencias políticas fueron arrestados, se intervinieron las emi-
soras de radio y televisión, se allanaron las sedes de los partidos políticos, se cerraron los aeropuer-
tos y fronteras y se establecieron retenes militares en las principales ciudades de la República.
El Presidente Arias Madrid y sus algunos de sus más cercanos colaboradores se refugiaron en
la Zona del Canal, otros menos afortunados terminaron en la Cárcel Modelo o se dieron a la
clandestinidad.
Por primera vez, el Instituto Armado asumía directamente, y en forma violenta como era su
habitual estilo, el poder público para “garantizar la honra, vida hacienda y tranquilidad de
los asociados”, en vista “de los acontecimientos que se suscitaron recientemente y que pusie-
ron en peligro la estabilidad de las instituciones públicas”.55
No se hizo ninguna referencia a la Corte Suprema de Justicia ni a los demás Tribunales y Juz-
gados de la República.
El 11 de octubre de 1968 era Presidente de la Corte Suprema, el Magistrado Aníbal Pereira e in-
tegraban la Corporación los Magistrados Germán López, José María Anguizola, César Quintero
Méndez, Manuel Díaz Escala, José A. Molino, Ramón Palacios Parrilla y Geminiano Tejada.
A partir de ese aciago día y prácticamente hasta el día 20 de diciembre de 1989, los Magis-
trados de la Corte Suprema de Justicia, salvo honrosas excepciones, perdieron todo rasgo de
autonomía y de independencia funcional frente al nuevo poder constituido e instalado en los
cuarteles, quizá también, por haber sido el único Órgano del Estado que no fue arrollado por
la onda expansiva del golpe militar.
Sus primeras sentencias demostraron muy pronto esa obsecuente sumisión.
55
Comunicado de la alta oficialidad de la Guardia Nacional al país, 12 de octubre de 1968.
62 Ó RGANO JUDICIAL
El 16 de octubre de 1968, se decide el primer habeas corpus presentado contra una de las tan-
tas detenciones cometidas en esos días por los uniformados, precisamente, el presentado por
el doctor Manuel García Almengor a favor de Ricardo A. Rodríguez, quien irónicamente lle-
garía a ser Ministro de Estado en uno los gobiernos del largo período de la dictadura militar.
El sábado 12 de octubre, García Almengor presentó la acción ante la Corte Suprema contra
el entonces Comandante 1er. Jefe de la Guardia Nacional, Bolívar Urrutia; pero la Corte, ba-
jo la ponencia del Magistrado Eduardo Chiari, resolvió no darle trámite al recurso y ordenó
su archivo, sin librar siquiera el mandamiento de habeas corpus, porque:
“…era un hecho público y notorio que desde las primeras horas de la noche del
día 11 de octubre 1968, una Junta de Gobierno asumió los Poderes Ejecutivo y
Legislativo, en un acto del día 12 del presente mes, suspendió hasta segunda or-
den, las garantías individuales consagradas en la Constitución Nacional, entre las
cuales se encuentra la relacionada con el Recurso de Habeas Corpus (artículo 24
de la Constitución Nacional), y considerando por último, que en tal situación el
recurso antes aludido carecería de toda eficacia práctica.”56
Dos días después, siguiendo esta misma tónica, resolvieron no continuar el procedimiento y
ordenar el archivo de la demanda de inconstitucionalidad presentada por Pablo Othón Valde-
lamar, candidato a diputado por la provincia de Darién contra dos resoluciones del Tribunal
Electoral, ya que:
La resolución la firmaban, el ponente Magistrado Manuel Díaz Escala y los otros integrantes
de la Corporación, Magistrados Aníbal Pereira, Germán López, José María Anguizola, César
Quintero Méndez, José A. Molino, Ramón Palacios Parrilla y Geminiano Tejada.
Los militares asumieron desde entonces el control absoluto del poder público y la Corte Su-
prema de Justicia pasó a asumir un papel dependiente y sumiso jamás antes experimentado.
Basta recordar como fue totalmente diferente la actitud de los Magistrados, Suplentes y Con-
jueces de la Corte Suprema de Justicia en mayo de 1951, cuando el Presidente Arnulfo Ma-
drid, mediante un decreto de gabinete derogó de un plumazo la Constitución de 1946.
Esta sumisión se profundizó aún más cuando el Pleno de la Corte Suprema , con la ponencia del
56
Corte Suprema de Justicia, Pleno, sentencia de 16 de octubre de 1968. Repertorio Jurídico, años 1967, 1968, 1969. Colección del Magistrado
Germán López, Biblioteca Nacional Ernesto J. Castillero Reyes, 1968, p. 434.
57
Expediente: Pablo Othón Valdelamar demanda ante el Pleno de la Corte Suprema de Justicia la inconstitucionalidad de las resoluciones 202 y
203 de 13 de agosto de 1968, dictadas por el Tribunal Electoral. Fojas 71-72.
ÓRGANO J UDICIAL 63
nuevo Magistrado Ricardo Valdés e integrada ahora también por los nuevos Magistrados Jaime
De León, Jorge Macías y Pedro Moreno, (quienes habían sustituido a los Magistrados Germán
López, César Quintero Méndez, Manuel Díaz Escala y Geminiano Tejada), mediante sentencia
de 9 de octubre de 1969, decidió que el llamado Estatuto del Gobierno Provisional dic tado el 12
de octubre de 1968 no había derogado la Constitución Política de 1946.58
En su parte motiva, la Corte calificó como una revolución al golpe de Estado del 11 de octubre,
es decir, como un hecho político-jurídico capaz de crear un nuevo orden jurídico totalmente
ajeno al orden jurídico precedente y del que no se considera ni producto ni continuación; pero
contradictoriamente afirmaba, que no había pretendido cambiar el orden jurídico panameño;
y más adelante que “el gobierno revolucionario había estructurado sus propios lineamientos ju-
rídicos que lo diferenciaban de un poder arbitrario cualquiera, por su propia autolimitación”.
58
Demanda de Inconstitucionalidad presentada por el abogado Roque J. Gálvez contra el Estatuto del Gobierno Provisional por infringir los artícu-
los 118, ordinal 25, 136, 149, 170 y 250 de la Constitución de 1946. Cfr. Jurisprudencia Constitucional (recensiones de los fallos sobre
Inconstitucionalidad dictados por al Corte Suprema de Justicia desde 1966 a 1977) . Tomo II. Panamá: Centro de Investigación Jurídica,
Universidad de Panamá, 1979, pp. 247-249.
59
ROYO, Arístides. “Revolución o Gobierno de ipso”. Anuario de Derecho, Año IX, N° 9. Panamá: Facultad de Derecho y Ciencias Políticas,
1970-1971, pp. 283-287.
64 Ó RGANO JUDICIAL
bre de 1968 a octubre de 1972 mediante decretos de gabinete que asumieron el carácter de le-
yes en sentido material y algunos fueron totalmente represivos de las libertades públicas.
Entre estos, el Decreto de Gabinete 342 de 31 octubre de 1969 castigaba el llamado delito de
subversión del orden público con pena hasta de 15 años de prisión, la que podía ser impues-
ta por funcionarios administrativos, sin intervención del Órgano Judicial fue también decla-
rado constitucional por la Corte Suprema de Justicia. 60
Años después, el doctor Miguel Antonio Bernal comentaba sobre el efecto distorsionador del
golpe militar de 1968:
“La división de los poderes desaparece al monopolizar los militares el poder políti-
co y al gozar del poder de dictar las leyes que deberán o no aplicar y a quienes y
cuando. En otras palabras, los órganos del Estado cumplirán un papel formal de san-
cionar las decisiones adoptadas y tomadas por los militares.”
El principio de legalidad desaparece y con él, cualquier tipo de control real sobre los
actos del Gobierno y de la administración. La sistemática violación del sistema le-
gal no encontrará límites de ninguna naturaleza y, al no existir una división eficaz
de los órganos de poder, será el régimen militar quien propone y dispone.”61
No creo que sea necesario hacer un recuento de todas las decisiones de la Corte Suprema
y de los Tribunales y Juzgados subalternos, que lejos de tutelar las libertades públicas y los
derechos ciudadanos, sirvieron sólo para “legitimar” los abusos de los usurpadores del Po-
der Público.
Para concluir, basta recordar los comentarios que hiciera el Comité Panameño por los Dere-
chos Humanos al Informe de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos sobre los
Derechos Humanos en Panamá aprobado en junio de 1978, en el apartado relativo al dere-
cho de justicia:
“Del estudio de las denuncias por detención arbitraria e ineficacia del habeas corpus,
la Comisión concluyó que ha habido detenciones arbitrarias bajo el actual gobierno
y que en algunos casos, el recurso de habeas corpus consagrado en la Constitución
no ha sido efectivo, por las razones expuestas.
60
Corte Suprema de Justicia, Pleno, sentencia de 23 de diciembre de 1970, sobre la Consulta de Constitucionalidad presentada por el Alcalde
Municipal del Distrito de Gualaca, contra el acápite “e” del artículo 3 del Decreto de Gabinete 342 de 31 de octubre de 1969 sobre ejercicio de
la libertad de expresión y responsabilidad que engendra. En: Jurisprudencia Constitucional. Op. cit., pp. 325-326.
61
BERNAL, Miguel Antonio. Militarismo y administración de justicia . Primera edición. Panamá: Ediciones Nari, S.A., 1986, pp. 47-48.
ÓRGANO J UDICIAL 65
comprobó que no se respeta el proceso legal; que el Poder Judicial y los fiscales no tie-
nen total independencia de acción y que en algunos casos la Guardia Nacional, pres-
cinde del proceso legal y trata de imponer su voluntad a los tribunales y fiscales.”62
“El sistema judicial ha perdido toda credibilidad y está totalmente controlado por las
Fuerzas de Defensa de Panamá. Aunque la Constitución garantiza un sistema judicial
independiente, existe una gran diferencia entre el país legal y el país real. En general,
se considera el Poder Judicial como un instrumento de las FDP en casos políticos así
como extremadamente corrupto en otros asuntos judiciales. El clamor público, inclu-
yendo el de la Iglesia Católica, y de otras entidades del sector privado y no político, si-
no cívico, pidiendo una investigación independiente del caso Spadafora dramatizan la
percepción pública de un Poder Judicial corrupto y controlado por los militares.”63
Hay que recordar que desde 1956, la Jurisdicción Contencioso Administrativa se había incorpo-
rado funcionalmente al Órgano Judicial al crearse la Sala Tercera de la Corte Suprema de Justicia.
Se mantuvo el nombre del Órgano Judicial, pero la Corte Suprema estaría integrada por el nú-
mero de magistrados que el Legislador determinase y por un período de diez años que comen-
zaría a correr a partir del 1° de enero de 1973.
Se eliminó el antiguo sistema de las Salas de la Corte ad hoc (formadas por tres Magistrados
permanentes y dos rotativos) y se estableció que la “ley dividiría la Corte en Salas, formadas
por tres miembros permanentes cada una” (articulo 185), lo que impidió constitucionalmen-
62
COMISIÓN INTERAMERICANA DE DERECHOS HUMANOS. Resolución sobre la situación de los Derechos Humanos en Panamá,
aprobada por la Comisión en la 596ª sesión celebrada el 13 de noviembre de 1978. Tercera Edición. Panamá: Comité Panameño por los
Derechos Humanos, s/f, p. 127.
63
COMISIÓN INTERAMERICANA... Op. cit., pp. 145-146.
66 Ó RGANO JUDICIAL
te que el número de integrantes de las Salas pudiera ser aumentado aun cuando las necesida-
des o circunstancias lo requiriese, como afirmaba entonces, el doctor César Quintero.64
Sin embargo, la Constitución no fijó el número de salas, por lo que éstas podían crearse por
ley, como ya se había previsto en 1956.
En cuanto al período de los magistrados, éste se fijó en diez años (con lo que se volvió al sis-
tema de 1928) y se eliminó el sistema previsto en la Constitución de 1946 de nombramientos
“escalonados” cada dos años.
Pero como era lógico esperar, en el autoritario sistema político panameño de estos años, estos
nombramientos no eran sometidos, ni a la Asamblea Nacional de Representantes de Corregi-
mientos ni al Consejo Nacional de Legislación para su ratificación, con lo que se retrocedía
al sistema imperante antes de 1941.
Se mantuvo régimen de Carrera Judicial, pero el mismo suspendido por el Decreto 140 de
1969 hasta que entrara a regir el nuevo Código Judicial, planteaba la interesante situación de
una norma constitucional virtualmente inaplicada por una norma jurídica de rango inferior.
Fueron designados:
En la Sala Primera Civil: Licenciados Ramón Palacios Parrilla, Gonzalo Rodríguez Márquez
y Julio Lombardo.
En la Sala Segunda Penal: Licenciados Jaime De León, Aníbal Pereira y Américo Rivera.
De este modo, de la anterior Corte Suprema se ratificaban los Magistrados Ricardo Valdés y
Aníbal Pereira.
Aún cuando el artículo 185 constitucional preveía que cada magistrado tendría un suplente
personal nombrado para el mismo período, fue designado un solo suplente para todos, desig-
nación que recayó en el licenciado Jorge Fábrega Ponce, que de manera poco racional y en
64
QUINTERO, César. Op. cit., p. 797.
ÓRGANO J UDICIAL 67
todo caso inconstitucional, debía cubrir las ausencias y faltas accidentales de nueve Magis-
trados permanentes.65
Para el siguiente período constitucional, que se inició el 1° de enero de 1983 fueron designados:
En la Sala Primera: Licenciados Juan Alvarado, Luis Carlos Reyes y Rodrigo Molina Amuy.
En la Sala Segunda: Licenciados Américo Rivera, Bernabé Pérez, y Jorge Chen Fernández.
En la Sala Tercera: Licenciados Marisol Reyes de Vásquez, Camilo O. Pérez y Rafael Do-
mínguez.
En esta ocasión, sí fueron designados los suplentes de cada magistrado permanente y se co-
rrigió la anomalía del período anterior. 66
Los magistrados debían servir en sus cargos hasta el 31 de diciembre de 1992; pero este pe-
ríodo constitucional fue modificado al aprobarse en ese mismo año las Reformas Constitucio-
nales, las segundas hechas a la Constitución de 1972 y que modificaron nuevamente el Título VII
de la Administración de Justicia.
En el largo período que corre de 1968 a 1989, muy pocas leyes vinieron a incidir sobre la Or-
ganización Judicial panameña, salvo la creación de cuatro Juzgados de Circuito (dos Civiles
y dos Penales) y cuatro Juzgados Municipales (dos civiles y dos penales) en el área del Canal
de Panamá67 y de la nueva Jurisdicción Marítima creada mediante la Ley 8 de 1982. 68
65
Decreto Ejecutivo 322 de 29 de diciembre de 1972, por el cual se nombran Magistrados de la Corte Suprema de Justicia (lo firman el Presidente
de la República, Demetrio B. Lakas y el Ministro de Gobierno y Justicia, Juan Materno Vásquez).
66
Resolución de Gabinete 137 de 29 de octubre de 1982, por la cual se acuerda el nombramiento de Magistrados de la Honorable Corte Suprema
de Justicia y de los respectivos Suplentes de éstos (copia auténtica del acto original).
67
Ley 22 de 30 de agosto de 1979, por la cual se crean los Juzgados y Agencias del Ministerio Público en el Área del Canal de Panamá. Gaceta
Oficial 18915 de 24 de septiembre de 1979. Esta Ley fue la lógica consecuencia de la extensión de la jurisdicción de la República de Panamá
a todo su territorio en virtud de los Tratados del Canal de Panamá, a partir del día 1 de octubre de 1979, fecha en que entró a regir la ley. Los
Juzgados y Fiscalías tienen su sede en los Corregimientos de Ancón y Cristóbal, en las Provincias de Panamá y Colón.
68
Ley 8 de 30 de marzo de 1982, por la cual se crean los Tribunales Marítimos y se dictan normas de procedimiento. Gaceta Oficial 19359 de 5
de abril de 1982.
68 Ó RGANO JUDICIAL
que tales vacaciones “no interrumpirán el funcionamiento continuo de los respectivos
tribunales”. Tan beneficioso precepto fue, sin embargo, hollado por la Corte Suprema
–la sedicente guardiana de la Constitución– mediante un artificio procesal.
3. Restableció el nombramiento “escalonado” de los Magistrados de la Corte Suprema, a fin
de que cada dos años salgan dos Magistrados y sean nombrados dos nuevos en su lugar.
4. Afianzó la estabilidad económica judicial disponiendo, por una parte, que los sueldos de
los Magistrados de la Corte no serán inferiores a los de los Ministros de Estado; y por
otra, que “Los presupuestos del Órgano Judicial y del Ministerio Público no serán infe-
riores, en conjunto, al dos por ciento de los ingresos corrientes del Estado.69
En esos años de dura represión contra las libertades públicas del Pueblo panameño por un ré-
gimen militar dictatorial con fachada democrática y de legalidad, pero en franca descompo-
sición por su propia corrupción, los Magistrados Rodrigo Molina Amuy y Camilo O. Pérez,
honrosamente salvaron su responsabilidad al no avalar con su voto y repudiar con meridiana
claridad, la sistemática negación de los derechos constitucionales contenida en numerosas
sentencias de la Corte Suprema de Justicia.
El 1° de abril de 1987, tras una vacatio legis de tres años, entró a regir finalmente el segundo Có -
digo Judicial de la República de Panamá, aprobado por la Ley 29 de 25 de octubre de 1984, con
las modificaciones aportadas por la Ley 18 de 8 de agosto de 1986, cuyo borrador original había
sido redactado por los Comisionados Jorge Fábrega Ponce y Marcelino Jaén en el lejano 1970.
En cuanto a la Organización Judicial, que nos interesa, se cambió la denominación de los Tri-
bunales Superiores.
Fuera de los dos Tribunales Superiores del Primer Distrito Judicial, (el Primero y el Segun-
do), la denominación de los otros Tribunales Superiores no seguiría en adelante ningún orden
numérico corrido, como había sido hasta ahora. En vez de decir: Tercero Cuarto y Quinto
69
QUINTERO, César. “Antecedentes y significado del Acto Constitucional de 1983”. En: Estudios de derecho constitucional panameño .
Op. cit., pp. 112-113.
ÓRGANO J UDICIAL 69
Tribunales Superiores del II, III y IV Distritos Judiciales, se denominarían ahora Tribuna-
les Superiores de cada uno de esos Distritos Judiciales.
En el Título XVI del Libro I, bajo el epígrafe “Consejo Judicial y Ética Judicial”, el Legisla-
dor introdujo la institución del Consejo Judicial, “como organismo consultivo del Órgano Ju-
dicial, en el orden gubernativo y disciplinario” (artículo 431), al cual, entre otras funciones,
le atribuyó la de “conocer de todas las faltas contra la Ética Judicial”.
Además, la Provincia de Panamá fue dividida en tres Circuitos Judiciales: El Primero con juris-
dicción sobre los Distritos de Panamá, Chepo, Chimán, Taboga y Balboa; el Segundo sobre el
Distrito de San Miguelito; y el Tercero sobre Arraiján, La Chorrera, Capira, Chame y San Carlos.
Para estos tres Circuitos, la ley creó dieciséis Juzgados; para el Circuito de Colón, siete; pa-
ra Chiriquí, seis; para Veraguas cuatro y para los Circuitos de Coclé, Herrera, Los Santos, Bocas
del Toro y Darién, dos Juzgados en cada uno, para un gran total de 43 Juzgados de Circuito
civiles y penales.
Se crearon de igual modo numerosos juzgados municipales: Habrían por lo menos diez en el
Distrito de Panamá, siete en el de Colón, tres en los de Chorrera y David, tres en San Miguelito,
dos en los de Penonomé, Aguadulce, Chitré, Santiago y Barú y uno en los restantes Distritos
de la República.
Esta creación legislativa, como en otras épocas de nuestra historia, no fue acompañada de la
instalación efectiva de estos juzgados. Paulatinamente, cuando los recursos presupuestarios
lo permitieran, en esa misma medida se irían poniendo en funcionamiento.
La grave crisis política y económica que se desató en Panamá en los últimos años de la década
de los 80 y que desembocó en la trágica invasión norteamericana del 20 diciembre de 1989, no
sólo impidió la instalación de estos Juzgados, sino que puso fin también a la última Corte Supre-
ma de Justicia nacida del régimen dictatorial de los generales panameños.
Los últimos magistrados del antiguo régimen y que despacharon regularmente hasta el día 19
de diciembre de 1989, fueron los licenciados Gustavo Escobar Pereira, Rodrigo Molina Amuy,
Enrique Bernabé Pérez, Marisol Reyes de Vásquez, Isidro Vega Barrios, Jerry Wilson Navarro,
Dilio Arcia, Manuel José Calvo y Rafael Domínguez con su Secretario General, el doctor José
Guillermo Broce.
De todos ellos, sólo el Magistrado Rodrigo Molina Amuy sería ratificado por el nuevo régi-
men democrático que tomó las riendas del país al iniciarse la década de los noventa.
70 Ó RGANO JUDICIAL
te Suprema, el Consejo de Gabinete mediante Resolución de 2 de enero de 1990, 71 designó
los nuevos magistrados de la Corte Suprema de Justicia:
En la Sala Primera: Licenciados Rodrigo Molina, Carlos Lucas López, Raúl Trujillo Miranda.
En la Sala Segunda: Licenciados Fabián Antonio Echevers, José Manuel Faúndes Rodríguez
y Aura Emérita Guerra de Villalaz.
En la Sala Tercera: Licenciados Arturo Hoyos, Edgardo Molino Mola y César Quintero Correa.
El Magistrado Carlos Lucas López fue elegido Presidente de la Corporación para el bienio
1990-1991 y más tarde, reelegido para el siguiente bienio 1992-1993.
El 17 de enero de 1990 tomó posesión como nuevo Secretario General de la Corte Suprema,
el doctor Carlos H. Cuestas G.
A partir de enero de 1990, con muchas dificultades y escasez de recursos, con algunas sedes
de tribunales dañadas, comenzó un profundo proceso de reorganización de este Órgano del
Estado que resurgía de las cenizas del régimen militar, destruido física y moralmente, y con
una imagen muy deteriorada en la percepción ciudadana.
Había que trabajar duro y hacia esa meta se concentraron las energías de los servidores judiciales.
Al cumplirse los primeros tres años, se habían logrado resultados muy concretos en cuanto a
Personal, Infraestructuras, Legislación, Carrera Judicial, Informática y Estadísticas, Integración
y Unificación de la Administración de Justicia. Impulso de los Trámites y Procesos, Escuela
Judicial, Coordinación Institucional y Relaciones Internacionales, que no podemos entrar a
detallar aquí, pero que fácilmente pueden ser consultadas. 72
Queremos destacar, sin embargo, algunas de estas realizaciones que diferencian cualitativa-
mente la labor del nuevo Órgano Judicial.
La Corte Suprema de Justicia, a pesar de las todas las percepciones posibles, objetivamente
fortaleció su independencia funcional frente a los otros Órganos del Estado y se convirtió en
baluarte de la defensa de las libertades públicas, ampliando la tutela de éstas, no sólo mediante
70
Así lo manifestó públicamente el ex Magistrado Jerry Wilson Navarro.
71
Resolución de Gabinete 1 de 2 de enero de 1990, por la cual se acuerda el nombramiento de los Magistrados de la Corte Suprema de Justicia.
Gaceta Oficial 21446 de 2 de enero de 1990.
72
“Labor del Órgano Judicial de enero de 1990 a diciembre de 1993”. En: El Órgano Judicial en democracia . Panamá: Corte Suprema de Justicia,
1994, pp. 20-25.
ÓRGANO J UDICIAL 71
sus sentencias en los casos concretos, 73 sino con el ejercicio de su iniciativa legislativa al pro-
poner y lograr la aprobación de leyes en esta dirección.
Debe recordarse que por su iniciativa legislativa se aprobó la Ley 19 de 1991 que derogó nor-
mas del Código Judicial que requerían que las vacaciones de los Magistrados fueran aprobadas
por el Órgano Ejecutivo y que autorizaban al mismo a imponerle sanciones a los Magistrados
por la comisión de faltas administrativas; además de las disposiciones que extendieron el am-
paro de garantías constitucionales a las resoluciones judiciales y las que crearon un nuevo
proceso contencioso administrativo de protección a los derechos humanos.
Siempre en este permanente tema de la independencia judicial, en 1994 al tomar posesión co-
mo Presidente de la Corporación, el Magistrado Arturo Hoyos comentaba:
“Podemos decir con gran orgullo, que hemos progresado inmensamente en hacer del
Órgano Judicial una rama independiente del Ejecutivo y de otros centros de poder. Se
ha terminado en Panamá la justicia del telefonazo: antes bastaba una llamada telefóni-
ca de algún militar de alto rango para que la Corte Suprema decidiera un caso en un
sentido u otro. Aquí el cambio es cualitativo porque ahora las nuevas autoridades ci-
viles y policiales no tienen injerencia en las decisiones de los tribunales de justicia.”74
Pero este esfuerzo por fortalecimiento de la independencia judicial no siempre fue fácil.
Durante 1995, algunas tentativas para socavar la independencia judicial se intentaron por gru-
pos de presión a través de la presentación de más de treinta denuncias penales contra todos
los Magistrados de la Corte Suprema, e inclusive el Secretario General, que no siempre ma-
nejó con seriedad la Comisión de Credenciales de la Asamblea Legislativa.
En el mes de octubre de ese mismo año, el Presidente de la Corte Suprema de Justicia, Arturo
Hoyos fue citado por el Pleno de la Asamblea Legislativa para que absolviera un interrogatorio
escrito sobre el fenómeno de la criminalidad en el país.
Ante esta inusual injerencia en los asuntos de la Administración de Justicia, el Magistrado Ho-
yos planteó ante la Sala Tercera de la Corte un proceso contencioso administrativo de aprecia-
ción de validez legal de este acto de la Asamblea Legislativa, el que debía ser analizado a la luz
del principio de Independencia Judicial consagrado en el artículo 2 de la Constitución Política.
El 24 de noviembre, la Sala Tercera, integrada por los Magistrados Edgardo Molino Mola,
Mirtza Franceschi de Aguilera y el Magistrado Suplente Eloy Alfaro declaró prejudicialmen-
te que carecía de valor legal la citación hecha al Magistrado Presidente de la Corte Suprema
por el Presidente de la Asamblea Legislativa, entre otros argumentos, porque “la Asamblea
73
Entre otras, la sentencia de 23 de septiembre de 1991, que contra las pretensiones del Órgano Ejecutivo declaró la inconstitucionalidad del
denominado “Decreto de Guerra” 3 de 9 de octubre de 1989, que había suspendido el pago del decimotercer mes a los servidores públicos; la
de 17 de diciembre de 1992 que declaró la exequibilidad constitucional del Proyecto de Ley que creó un sistema especial de puerto libre para
la Provincia de Colón. En materia de protección judicial la sentencia de 18 de noviembre de 1991, que reconoció el habeas corpus preventivo;
el auto de 12 de marzo de 1993, que reconoció la tutela judicial de los derechos ecológicos y los intereses difusos, también entre otras.
74
HOYOS, Arturo. “El Órgano Judicial ante los desafíos del Siglo XXI”. En: El Órgano Judicial en democracia. Op. cit., p. 6.
72 Ó RGANO JUDICIAL
Legislativa no ratifica a los Magistrados de la Corte Suprema de Justicia sino que aprueba
o imprueba sus nombramientos acordados por el Presidente de la República con el Consejo
de Gabinete”.75
Mediante sentencia de 31 de diciembre de 1993, bajo la ponencia del Magistrado Arturo Hoyos,
se estableció un importante precedente al dictaminarse que, con fundamento en el artículo 137
constitucional, no proceden las advertencias de inconstitucionalidad en los procesos electorales.
Al suspender la advertencia la decisión del proceso electoral hasta que la Corte se pronuncie
sobre el tema constitucional, se evita así utilizarla como mecanismo de dilación de la deci-
sión de los procesos electorales por el Tribunal Electoral.
Mediante sentencia del 18 de abril de 1994, bajo la ponencia del Magistrado Rodrigo Moli-
na Amuy (q.e.p.d.) se fortaleció la estabilidad de las reglas de las elecciones populares al de-
clararse constitucional el artículo 255 del Código Electoral y rechazarse la segunda vuelta
electoral, apenas unas semanas del torneo electoral.
Entre 1990 y 2003, con fundamento en el artículo 200 constitucional que prevé los nombra-
mientos escalonados cada dos años, fueron designados por el Órgano Ejecutivo y aprobados
por la Asamblea Legislativa, los Magistrados de la Corte Suprema de Justicia, cuyos perío-
dos constitucionales describimos a continuación:
Sala Civil
1. El Magistrado Carlos Lucas López sustituye al Magistrado Gustavo Escobar, y debía cul-
minar el período de éste hasta el 31 de diciembre de 1996, pero presentó renuncia en
1993. En enero de 1994 y hasta el final del período lo sucede el Magistrado Rafael Gon-
zález, quien fue reemplazado por el actual Magistrado José A. Troyano, quien inició un
nuevo período constitucional en enero de 1997 y estará en ese cargo hasta el día 31 de
diciembre de 2006.
2. El Magistrado Rodrigo Molina Amuy, en enero de 1990, fue ratificado en su cargo has-
75
Corte Suprema de Justicia, Sala Tercera, sentencia de 24 de noviembre de 1995, bajo la ponencia del Magistrado Edgardo Molino Mola.
76
HOYOS Arturo. “La Corte Suprema y las elecciones de 1994 y de 1999: Una visión personal”. El Panamá América, el 21 de mayo de 2003.
ÓRGANO J UDICIAL 73
ta el resto de su período que terminaba el día 31 de diciembre de 1992. En ese año fue
nuevamente ratificado por un nuevo período constitucional que debía finalizar el 31 de
diciembre de 2001; pero el Magistrado murió en su cargo en 1995, y se designó enton-
ces al Magistrado Eligio Salas para que terminara su período constitucional que culminó
el 31 de diciembre de 2002. Ese mismo año fue designado el Magistrado Alberto Ciga-
rruista para un nuevo período constitucional, iniciado en enero de 2003 y que finalizará
el 31 de diciembre de 2012.
3. El Magistrado Raúl Trujillo Miranda sustituye al Magistrado Manuel José Calvo para
terminar el período de éste que culminaba el 31 de diciembre de 1996. Ese año fue de-
signado el Magistrado Rogelio Fábrega Zarak, quien tomó posesión en enero de 1997
para un nuevo período constitucional que finaliza el 31 de diciembre de 2006.
Sala Penal
3. La Magistrada Aura Guerra de Villalaz sustituyó al Magistrado Jerry Wilson Navarro para
terminar el período de éste que culminaba el 31 de diciembre de 1997. Ese año fue de-
signada la Magistrada Graciela Dixon, quien tomó posesión en enero de 1998 para un
nuevo período constitucional que finaliza el 31 de diciembre de 2007.
1. El Magistrado Arturo Hoyos sustituyó al Magistrado Dilio Arcia para terminar el período
de éste que culminaba el 31 de diciembre de 1996. Ese año fue ratificado para un nuevo
período constitucional que termina el 31 de diciembre de 2005.
2. El Magistrado Edgardo Molino Mola sustituyó a la Magistrada Marisol Reyes de Vás-
74 Ó RGANO JUDICIAL
quez. Fue designado en 1990 para un nuevo período constitucional de diez años que cul-
minó el 31 de diciembre de 1999. En ese año fue sustituido por el Magistrado Adán Arnulfo
Arjona quien tomó posesión del cargo en enero de 2000 y quien permanecerá en el cargo
hasta el día 31 de diciembre de 2009.
3. El Magistrado César Quintero sustituyó al Magistrado Isidro Vega para terminar el pe-
ríodo de éste que culminaba el 31 de diciembre de 1992. Ese año fue designada la Ma-
gistrada Mirtza Franceschi de Aguilera, quien tomó posesión en enero de 1993 para un
nuevo período constitucional que finalizó el 31 de diciembre de 2002. A finales de ese
año fue designado el Magistrado Winston Spadafora quien tomó posesión en enero de
2003 para un nuevo período constitucional que finaliza el 31 de diciembre de 2012.
El Magistrado Arturo Hoyos ejerció la Presidencia de la Corporación desde 1994 hasta 1999, y
fue sustituido por la Magistrada Mirtza Franceschi de Aguilera para el siguiente bienio 2000-2001.
El actual Presidente de la Corte Suprema, Magistrado Adán Arnulfo Arjona, fue elegido para
el actual período 2002-2003.
A su vez, un Magistrado de la Corte Suprema fue juzgado y absuelto por la Asamblea Le-
gislativa.
En 1999 se dictó la Ley 32 de 23 de julio, mediante la cual se creó una Quinta Sala en la Corte
Suprema de Justicia para conocer de los negocios de habeas corpus y de amparos de garantías
constitucionales que conoce el Pleno de la Corporación.
Sus antecedentes se encuentran en la Ley 47 de 1956 que otorgaba competencia a la Sala Se-
gunda Penal para conocer recursos de habeas corpus.
En dicha Sala fueron nombrados los Magistrados Oscar Ceville, Mariblanca Staff y Elitza
Cedeño, quienes comenzaron a despachar el día 4 de agosto de 1999.
En octubre de 1999 fue derogada la Ley 32 de 1999 y la efímera Sala Quinta sólo pudo fun-
cionar escasos dos meses y días. En ese período, recibieron 161 negocios entre habeas corpus
y amparos de garantías constitucionales y resolvieron 120.
ÓRGANO J UDICIAL 75
XVIII. Evolución de la Organización Judicial en Democracia
Finalmente, en lo concerniente a la evolución de la Organización Judicial, el período que corre
de 1990 hasta 2003 se caracteriza por un crecimiento vertiginoso en el número de las juris-
dicciones especiales creadas o integradas al Órgano Judicial y de los despachos judiciales ins-
talados efectivamente en estos últimos trece años.
En 1991, también mediante la Ley 15, se crearon tres Juzgados de Circuito con exclusiva com-
petencia en procesos de familia.
De este modo, el Tribunal Superior de Trabajo del Primer Distrito Judicial instalado en 1948
y catorce Juzgados seccionales de Trabajo de toda la República (cuatro en Panamá, dos en
Colón y San Blas, tres en Chiriquí, uno en Coclé, uno en Bocas del Toro, uno en Herrera y
en Los Santos, uno en Veraguas y uno en Darién) fueron incorporados a la estructura de la
institución mediante la Ley de Presupuesto 32 de 28 de diciembre de 1990.
En 1996, se creó y comenzó a funcionar el Segundo Tribunal Superior de Trabajo del Segun-
do Distrito Judicial con sede en Santiago de Veraguas.
Actualmente esta dependencia tiene 38 defensores de oficio: ocho a nivel distrital, veintiocho
circuitales y dos municipales.
76 Ó RGANO JUDICIAL
ra las Víctimas del Delito, el que cuenta en la actualidad con dos abogados que atienden en
la ciudad de Panamá.
En 1999, dentro del Componente de Descongestionamiento Judicial del Área Civil del Pro-
grama de Mejoramiento de la Administración de Justicia que ejecutan el Órgano Judicial y el
Banco Interamericano de Desarrollo (BID), se crearon veinte juzgados temporales (trece de
Circuito y siete Municipales) en los Circuitos Judiciales de Panamá, Chiriquí y Coclé, los
cuales, al finalizar el programa se convirtieron en Juzgados permanentes.
Otras leyes han creado distintos Juzgados, pero aún no se han puesto en funcionamiento por
falta de recursos presupuestarios para ello, como es el caso del Decreto Ley 8 de 26 de febrero
de 1998, que reglamenta el trabajo en el mar y vías navegables (crea cuatro Jueces Laborales
Marítimos y sus Suplentes para el Litoral Pacífico en la Provincia de Panamá y el Litoral
Atlántico en el Distrito de Colón); la Ley 41 General de Ambiente de 1 de julio de 1998, que
crea dos Juzgados, uno Civil y otro Penal para conocer los delitos ambientales que instruya
el Ministerio Público.
A partir de enero del año 2002 con la renovación de los nuevos dignatarios de la Corte Suprema
de Justicia, encabezada por su Magistrado Presidente Adán Arnulfo Arjona López, se dio ini-
cio a un dinámico y prometedor proceso de mejoramiento institucional. De conformidad con
esta nueva orientación, el Órgano Judicial ha desarrollado importantes acciones encaminadas
a brindar un giro efectivo y sostenible a la Reforma Judicial, de manera que la institución
ajuste su desempeñó a las retadoras exigencias de los nuevos tiempos.
Entre las iniciativas más relevantes adoptadas como parte de este ambicioso programa de
cambio se cuentan las siguientes:
c. La alineación de los sistemas humanos con las modernas reglas de competencia y habilidad.
e. El desarrollo tecnológico.
ÓRGANO J UDICIAL 77
f. El fortalecimiento financiero y presupuestal del Órgano Judicial.
Como parte del intenso programa de rediseño institucional que abarca desde una nueva
concepción del modelo de gestión judicial hasta la instalación de unidades que respalden
un mejoramiento en la calidad del servicio que presta el Órgano Judicial, se han creado y
puesto en funcionamiento las siguientes entidades:
c. El Centro de Cumplimiento de Resoluciones Judiciales que auxilia y ejecuta las medidas re-
lativas a remates judiciales, embargos y demás acciones cautelares, civiles y penales, etc.
78 Ó RGANO JUDICIAL
5. Instalación de Oficinas Estatales relacionadas con la actividad judicial
Con los fines de contribuir a la mejora de la calidad del servicio de Administración de Justi-
cia, se adoptaron valiosas iniciativas:
En adición, se crearon dos posiciones de Defensor de Oficio Circuital y dos Municipales pa-
ra reforzar el equipo del Instituto de Defensoría de Oficio.
En este año 2003, año del Centenario, un total de 252 despachos judiciales, integrados por
Magistrados de la Corte Suprema de Justicia, de los Tribunales Superiores, Jueces de Circui-
to y Municipales, Defensores de Oficio y de la Víctima, con el apoyo de cientos de funciona-
rios administrativos, llevan en sus hombros la responsabilidad que la Constitución y las Leyes
ÓRGANO J UDICIAL 79
de la República le confían al Órgano Judicial en el ejercicio de la función jurisdiccional.
Casi 100 años después de las primeras medidas adoptadas por la Junta de Gobierno Pro-
visional, un nuevo reto se plantea para los servidores de esta institución que, con todos sus
defectos y ocasionales pérdidas de rumbo, sigue siendo esencial para la convivencia pacífica
y democrática de los panameños.
80 Ó RGANO JUDICIAL
Capítulo Segundo
BIOGRAFÍA DE LA JUSTICIA:
CIEN AÑOS AL SERVICIO
DE LA JUSTICIA
Fotografía de la página anterior:
Gil Rafael Ponce Jaén - Primer Presidente
de la Corte Suprema de Justicia.
Los Protagonistas
de la Historia Judicial Panameña
Introducción
El segundo capítulo de esta obra, busca rendir tributo y reconocimiento al elenco de hombres
y mujeres, que en el devenir de nuestra historia republicana, tuvieron la delicada responsabi-
lidad de ocupar el cargo de Magistrados de la Corte Suprema de Justicia.
Con este fin, se realizó un arduo e ingente esfuerzo de investigación, cuyos resultados se han
cristalizado en la elaboración de una serie de reseñas biográficas, que nos presentan a los pro-
tagonistas de la historia judicial panameña y nos invitan a indagar y evocar tras los rostros
ilustrísimos de las firmas, que han sellado con su impronta el nombre de todos aquellos hom-
bres y mujeres que trabajaron junto a ellos.
En este momento histórico, en el cual la República entera se apresta a celebrar con júbilo el
advenimiento de nuestros primeros cien años de vida institucional resulta por demás oportuno
que el órgano Judicial, haga una respetuosa aproximación hacia lo que ha sido su historia en
estos cien años transcurridos desde su inicial organización.
Una de las formas de procurar este respetuoso acercamiento histórico con nuestras raíces ins-
titucionales es, precisamente, teniendo presente el papel y ejecutoria de aquellos hombres y
mujeres que dentro de tu complejidades y tensiones de su tiempo asumieron la responsabilidad
de integrar la Corte Suprema de Justicia.
Las figuras y las semblanzas biográficas de los magistrados que han formado parte de esta
Máxima Corporación de Justicia, durante estos cien años, representa, sin lugar a dudas, un
inestimable legado que enriquece el patrimonio histórico de nuestra Institución.
ÓRGANO J UDICIAL 83
Fotografía:
Antigua Casa Arrillaga-Arechua, utilizada
como sede de los Correos Nacionales y
Tribunal de Justicia en la década de 1910.
Gil Rafael Ponce Jaén
Durante su Presidencia, se dictó la Ley 2 de 1904, que creó el Con- 1903 - 1907
trol Constitucional “por vía de acción pública en la cual la Corte
Suprema de Justicia debía ejercer sobre Decretos Legislativos o
de Estado de Sitio”. En una de las decisiones en las que fue Po-
nente, formuló acerbas críticas al Tratado Hay Buneau Varilla.
ÓRGANO J UDICIAL 85
Francisco de Fábrega
Nicanor Villalaz
Sus primeras labores, como servidor público, las inició como es-
cribiente del Juzgado Primero del Circuito de Panamá. En el pe-
ríodo colombiano, se le elevó a Juez del Juzgado Primero del
Circuito y luego a Magistrado del Tribunal Superior del Distrito
Judicial de Panamá. Al separarse Panamá de Colombia, fue de-
1903 - 1907 signado como uno de los Magistrados principales de la Corte Su-
prema de Justicia de la naciente República.
86 Ó RGANO JUDICIAL
Juan Antonio Henriquez Carrasquilla
ÓRGANO J UDICIAL 87
Facundo Mutis Durán
1904 - 1907 En la era republicana fue asesor jurídico del Banco Nacional y
1912 - 1913 Magistrado de la Corte Suprema de Justicia de Panamá, en dos
períodos. El Doctor Mutis Durán fue designado mediante Decreto
114 de 7 de septiembre de 1904, como miembro de la Comisión
Codificadora encargada de elaborar los Proyectos de Código Civil
y de Comercio.
88 Ó RGANO JUDICIAL
Aristides Arjona Quintero
Juan Lombardi
ÓRGANO J UDICIAL 89
Fernando Guardia Grimaldo
Juan B. Amador
1908 - 1911
Juan B. Amador fue, también, miembro de la Asamblea Nacio-
nal de Panamá, Inspector de Obras Públicas en Veraguas (1906)
y luego fue nombrado Magistrado de la Corte Suprema de Jus-
ticia (1908).
90 Ó RGANO JUDICIAL
Nicolás Victoria Jaén
Aurelio Guardia
ÓRGANO J UDICIAL 91
Alberto Mendoza
92 Ó RGANO JUDICIAL
Manuel Antonio Herrera Lara
ÓRGANO J UDICIAL 93
Ezequiel Urrutia Díaz
94 Ó RGANO JUDICIAL
Dámaso A. Cervera Daguerre
ÓRGANO J UDICIAL 95
José Dolores Guardia
96 Ó RGANO JUDICIAL
Daniel Ballén
ÓRGANO J UDICIAL 97
Benjamín Quintero Álvarez
Héctor Valdés
98 Ó RGANO JUDICIAL
Darío Vallarino
En 1903 fue Capitán del Cuerpo de Bomberos de Panamá, en 1910 1932 - 1945
Mayor y en 1912 Comandante Segundo Jefe.
ÓRGANO J UDICIAL 99
José María Pinilla Urrutia
Fue Cónsul General de Panamá en Génova, Italia (1910). Obtu- 1941 - 1945
vo su licenciatura en la recién inaugurada Escuela Nacional de
Derecho.
1948 - 1958
Es autor de: “La función municipal”, “Pichincha” y el cuento La
Sandalia, este último publicado en la Revista Lotería.
1953 - 1958
Ocupó la presidencia de la Corte Suprema de Justicia de 1954 a
1956, y en su gestión la Asamblea Nacional llevó a cabo el proce-
so contra el Presidente José Ramón Guizado, a quién se le juzgó
por el magnicidio del Presidente Remón Cantera. En relación con
estos eventos fungió como Magistrado Ponente en la demanda de
inconstitucionalidad que promovió Alejandro Piñango contra la
Resolución 35 de 15 de enero de 1955, dictada por la Asamblea Na-
cional, que dispuso suspender al Ing. Guizado del cargo de Presi-
dente y ordenó su detención. El recurrente sostuvo que la Asamblea
Nacional no estaba facultada “para conocer de las denuncias o acu-
saciones que se presenten contra el Presidente de la República por
actos ejecutados con anterioridad a la fecha en que entró al ejercicio
de sus funciones”. La Corte, desestimó la demanda en mención, por
considerar que la resolución dictada por la Asamblea Nacional no
contrariaba el artiículo 119 de la Constitución Nacional.
Augusto N. Arjona Q.
Francisco A. Filós
Entre los casos sonados, antes de ser elevado a la más alta Magis-
tratura del Órgano Judicial, están: a) la sucesión de Joshua J. Ga-
1957 - 1958 lindo: acción de reforma del testamento entablada por Ricardo J.
Alfaro a nombre de los menores St. Elmo y Margaret Piza; b) la
denuncia de inconstitucionalidad de ciertas disposiciones del Presu-
puesto Legal 18 y Presupuesto de Operaciones, de la Caja de Segu-
ro Social (1960), sobre cuotas patronales de ahorro de Navidad o
aguinaldos. Publicó “Manual del funcionario del distrito”.
Abogado de profesión.
Camilo O. Pérez
1987 - 1989
Nació en Panamá, el 30 de septiembre de 1935.
Humberto Collado
AGUILERA, Rodolfo. Galería de hombres públicos del Istmo. Panamá: s/e, 1906.
CONTE-PORRAS, Jorge. Del Tratado Hay Buneau Varilla a los Tratados Torrijos-Carter.
Panamá: Banco Nacional de Panamá, 1982.
CONTE-PORRAS, Jorge. Balance general de los valores humanos. Panamá: Edición Ofi-
cial, 1980.
MIRÓ, Rodrigo. Nuestro siglo XIX: Hombres y aconteceres. Panamá: Academia Panameña
de la Historia, 1980.
PERRY, Oliverio (editor). Quién es quién en Venezuela, Panamá, Ecuador, Colombia (con
datos recopilados hasta el 30 de junio de 1962). S/L: Oliverio Perry & Cía., 1952.
SISTEMAS JURÍDICOS, S.A. Semanario Jurídico. Panamá: Sistemas Jurídicos, S.A., N° 17,
2000.
SISTEMAS JURÍDICOS, S.A. Semanario Jurídico. Panamá: Sistemas Jurídicos, S.A., N° 42,
2001.
TORRIJOS H., Moisés. Asamblea Nacional 1948-1952. Panamá: Estrella de Panamá, 1949.
APÉNDICE
Fotografía de la página anterior:
Fachada de la Iglesia Nuestra Señora
de La Merced, Barrio de San Felipe,
a finales del siglo XVIII.
Apéndice
Carlos H. Cuestas G.
Compilador
Colaboración:
Mirta Navarro
Diana García
Documento 1
(1)
Nota del Secretario del Tribunal en la Sala de lo Civil
al señor Ministro de Justicia
Dejo así cumplida la comisión recibida y espero que acepte su Señoría las consideraciones de
su obsecuente seguro servidor y compatriota,
En respuesta a la atenta nota de ese Despacho, fechada el 7 de los corrientes y distinguida con
el número 12, manifiesto a su Señoría que el señor doctor Efraín de J. Navia, Magistrado Su-
plente en reemplazo del señor doctor Gil Ponce J., quien se halla en Bogotá, no acepta la
transformación política que ha dado por resultado el establecimiento de la República de Pa-
namá. La ausencia del doctor Ponce J. me pone en incapacidad de apreciar su modo de pensar
sobre el nuevo régimen político.
El Magistrado doctor Ramón Valdés López, Vicepresidente de este Tribunal, se haya ausente
de esta capital, pero tengo razones muy poderosas y de convencimiento íntimo para asegurar,
como aseguro a su Señoría, de parte de dicho Magistrado, su fidelidad y decidida adhesión a
la República de Panamá.
Respecto de los subalternos de este tribunal, en lo que corresponde a la Sala de lo Civil, sír-
vase su Señoría apreciar en su justo y patriótico valor la manifestación adjunta.
(3)
Memorial de los empleados subalternos del Tribunal Superior
a la Junta de Gobierno Provisional
Los suscritos empleados del Tribunal Superior de Justicia, para conocimiento de la Excelen-
tísima Junta de Gobierno, manifestamos: que, no obstante el haber aceptado con entusiasmo
de verdaderos istmeños la transformación política iniciada el día tres de del presente mes re-
queridos hoy por el Señor Secretario del Tribunal prometemos y juramos sostener y defender
los fueros e intereses de la naciente República de Panamá, en todas las esferas de la actividad
José Manuel Castillo, Secretario del Tribunal Superior de Justicia en la Sala de los Civil,
CERTIFICA Y JURA:
Que las firmas que autorizan la anterior manifestación son auténticas, y puede asegurar, como
lo hace, la fidelidad y adhesión de todos los significativos a la República de Panamá.
(4)
Nota del señor Secretario del Tribunal Superior en la
Sala de lo Criminal al señor Ministro de Justicia
República de Panamá- Provincia de Panamá.- Tribunal Superior del Distrito Judicial- Secre-
taría de la Sala de lo Criminal.- Número 387.- Panamá, 9 de Noviembre de 1903
Señor Ministro de Justicia.
Presente.
Acabo de recibir la nota de Vuestra Señoría, número 13, de fecha 7 del actual, y en respues-
ta manifiesto a Vuestra Señoría que todos los empleados aceptan el hecho cumplido el día 3
del presente y que, en consecuencia, están dispuestos a prestar oportunamente el juramento
de fidelidad a la nueva República. En cuanto a los Magistrados, solo puedo decir a Vuestra
Señoría que el doctor Saturnino L. Perigault está en todo de acuerdo con el movimiento po-
lítico operado. Respecto del señor doctor Cárdenas nada puedo informar, pues él no me ha
autorizado para ello.
Juan J. Amado.
(5)
Nota de un Magistrado del Tribunal Superior a Su Señoría,
el Ministro de Justicia
Impuesto de la circular que me habéis adjuntado a vuestro oficio número 16, os doy respuesta
que no continuaré desempeñando el empleo de Magistrado, que ocupé como empleado nacional
hasta el día tres del presente.
Eleuterio Cárdenas
(6)
Nota del señor Juez Primero del Circuito en lo Civil a
Su Señoría el Ministro de Justicia
Me refiero a la atenta Circular de ese Despacho, Número 1, de fecha de ayer, que acabo de
recibir.
Por la atenta circular de Su Señoría de fecha 5 del presente, que recibí ayer he quedado
oficialmente enterado de la transformación política de donde ha nacido la República de
Panamá, y de disposiciones acordadas por la Junta de Gobierno a fin de organizar la ad-
ministración pública.
Fernando Guardia
(8)
Nota del señor Fiscal del Circuito a Su Señoría el Ministro de Justicia
República de Panamá- Provincia de Panamá.- Fiscalía del Circuito.- Número 13.- Panamá,
Noviembre 7 de 1903
Señor Ministro de Justicia.
Presente.
El seis de los corrientes tuve la satisfacción de recibir vuestra muy importante Circular nú-
mero 1° del día anterior, en la cual Su Señoría se sirve participarme oficialmente la trans-
formación política que ha dado vida a la REPÚBLICA DE PANAMÁ y la formación de la
Junta de Gobierno Provisional de la República compuesta de los señores don José Arango,
don Tomás Arias y don Federico Boyd, como a la vez me informáis de los primeros actos
adoptados por la Junta en sus Decretos números 3, 4 y 5 respectivamente.
(9)
Nota del señor Juez Segundo del Circuito en lo Civil a
Su Señoría el Ministro de Justicia
Acuso recibo de vuestra atenta Circular, número 1°, de fecha 5 del actual, por la cual me he
puesto con sumo placer de que habéis entrado a ejercer las funciones de Ministro de Justicia
en la República de Panamá.
Tanto el suscrito como los demás empleados subalternos de este Juzgado sentimos orgullo en
manifestar a Su Señoría que aceptamos y juramos defender nuestra querida República por ha-
ber sido el cambio más efectuado el más ardiente deseo que, desde que llegamos a conocer
nuestros derechos, germinara en nuestros pechos.
Dios os guarde.
Ismael G. De Paredes
(10)
Nota del señor Juez segundo del Circuito de Colón a
Su Señoría el Ministro de Justicia
Los hechos cumplidos y la muy atenta Circular número 1° de Su Señoría, fechada el cinco
de los corrientes, dejan impuesto al suscrito de que a consecuencia de la transformación po-
lítica que ha dado vida a la República de Panamá, el Concejo Municipal de ese Distrito ca-
pital en sesión celebrada el día anterior, constituyó la Junta de Gobierno Provisional de dicha
República , compuesta por los señores don José Agustín Arango, don Federico Boyd y don
Tomás Arias, habiendo ésta distinguido a Su Señoría para el desempeño del importante
puesto de Ministro de Justicia.
Impuesto del contenido de la expresada circular y de las disposiciones dictadas por la Junta
Suprema de Gobierno, el suscrito cumple en el deber de manifestar que ha tenido nota de todo,
Esta manifestación demostrará a Su Señoría cuál puede ser la fidelidad del suscrito en el par-
ticular, ya como empleado público, ya como un simple ciudadano.
Manuel S. Jolly
(11)
Nota del señor Juez del Circuito de Colón a
Su Señoría el Ministro de Justicia
De los Decretos números 3, 4, y 5 que son los primeros adoptados por la expresada Junta, he
tomado la debida nota y haciendo presente a Ud. que he aceptado el movimiento libertador y
que guardaré la debida fidelidad a la nueva República de Panamá, me es grato suscribirme de
Ud. atento seguro servidor.
Manuel de J. Jáen
DECRETA:
Art. 2. La Corte se Justicia se compondrá de cinco Magistrados principales. Habrá cinco su-
plentes que llenarán las faltas temporales de los Magistrados de la Corte, y las absolutas,
mientras se llena la vacante, y serán nombrados tanto los principales como los suplentes de
modo que tres de ellos correspondan a la Sala de lo Civil y dos a la de lo Criminal.
Art. 6. La Corte conocerá en segunda instancia, por consulta o por cualquier recurso admisi-
ble, según la naturaleza del caso, en los negocios siguientes:
1° De las causas civiles y criminales que se sigan en primera instancia por los jueces de
Circuito por el Juez Superior, y en las cuales haya lugar a recursos de apelación, o de
hecho o de consulta, ya sean de jurisdicción voluntaria o contenciosa;
2° De los juicios de nulidad de sentencias dictadas en los asuntos de que habla el nume-
ral anterior, y de los juicios de nulidad de las sentencias proferidas por el extinguido
Tribunal Superior de Distrito Judicial de Panamá;
3° De los recursos de apelación y nulidad, y de las consultas respecto de las sentencias
de que tratan los artículos 1,503 y siguientes del Código Militar;
4° De las apelaciones contra los autos dictados por los Recaudadores de las rentas públi-
cas nacionales;
5° De las apelaciones contra sentencias dictadas por árbitros de derecho , en los casos en
que sean apelables si se trata de asuntos de mayor cuantía.
Art. 7. Además de las atribuciones que se especifican en los artículos anteriores, tendrá la
Corte de Justicia en sala de Acuerdo las siguientes:
Art. 8. La atribución 4ª del artículo anterior se hace extensiva a los Magistrados individualmen-
Art. 9. La Corte de Justicia desempeñará , además, las funciones que le confieran las leyes
especiales.
Art. 10. La Corte de Justicia se dividirá en dos Salas, una para los asuntos civiles y otras para
los criminales, y cada una de ellas tendrá un Secretario, un Oficial Mayor, tantos Escribientes
como Magistrados y uno más y un Portero-escribiente para ambas Salas; todos de libre nom-
bramiento y remoción de la Corte.
Art. 11. Los negocios que debe conocer la Corte se repartirán por el Presidente entre los Magis-
trados, según las reglas que acuerde la misma Corte, y el turno que en ellos se establezca.
Art. 12. De los negocios que entren a la Corte por recurso interpuesto contra autos interlocutorios
o de sustanciación, o por consulta de los mismos, conocerá un solo Magistrado. Si se trata de sen-
tencias definitivas, sustanciará el Magistrado a quien se repartan y fallará la Sala de Decisión.
Art. 14. Los negocios en que conoce la Corte en primera instancia, serán sustanciados por el
Magistrado a quien se repartan, y fallados por la Sala de Decisión, formada como se indica
en el artículo anterior.
Art. 15. Cuando los negocios de que conoce la Corte en Sala de Acuerdo necesiten sustancia-
ción, ésta corresponde al Magistrado a quien se repartan.
Art. 16. La reunión de la Sala Civil y de la Sala de lo Criminal forma la Sala de Acuerdo, si
se trata de las atribuciones 1, 2, 5, 6, 7 y 9 del artículo 7 y cada una forma de por sí Sala de
Acuerdo, si se trata de las otras atribuciones contenidas en el mismo artículo.
Art. 17. En todos los casos el sustanciador dicta todas las providencias ya interlocutorias, o
de sustanciación y hace los nombramientos que se necesiten para el adelantamiento del nego-
cio; y prepara el proyecto de decisión que se ha de someter a la Sala respectiva.
Art. 18. Si por impedimento o recusación el Magistrado sustanciador se separare del conoci-
miento del asunto, le reemplazará el que sigue en turno. Si, en caso de desacuerdo, el Magis-
trado separado perteneciere a la minoría, la Sala respectiva señalará el que debe redactar la
sentencia o auto que haya de dictarse.
Art. 19. Cuando en una Sala no se reúna la mayoría requerida, entra el Magistrado que le sigue
en turno. Si los Magistrados se agotan, se sortea Conjuez; pero si la Corte tiene dos Salas, entran
antes los Magistrados de la otra, el primero por suerte y los demás por turno.
Art. 20. El Juez Superior tendrá su residencia en la capital de la República y conocerá con la
Par. 1° El mismo juez es competente para conocer de esos delitos frustrados y de la tentativa
de ellos.
Par. 2° Si alguna delas disposiciones citadas en los cinco números de la primera parte del presen-
te artículo diere lugar a juicio de responsabilidad, no conocerá de él el Juez Superior.
Art. 21. Cuando en un mismo sumario se investigue alguno o algunos de los delitos expresados
en el artículo anterior, y de uno u otros, conocerá de todos ellos el Juez Superior, siempre que
se trate de delitos comunes sujetos a los Jueces de Circuito o a los Jueces Municipales.
Art. 24. En cada uno e los Circuitos de Bocas del Toro, Coclé, Chiriquí, Los Santos y Vera-
guas habrá un Juez de Circuito; dos en el de Colón, que se denominarán primero y segundo,
aquél para negocios civiles y éste para los criminales; y en el Circuito de Panamá habrá dos Jue-
Art. 26. En los Circuitos en donde hay más de un Juez de lo Civil o del Crimen, el primero
en cada ramo hará el repartimiento de los negocios. Los demás Jueces tienen derecho a asis-
tir al reparto.
Art. 27. Los Jueces de Circuito conocerán en primera instancia, de los asuntos siguientes:
1° De los juicios ordinarios, ejecutivos, de nombramientos, remoción, incapacidades y
excusas de guardadores; sobre licencia para ciertos actos y contratos de los que admi-
nistran bienes ajenos; sobre bienes vacantes y mostrencos, de deslinde y amojona-
miento, posesorios; de sucesión, sobre pago por consignación, sobre arrendamiento,
sobre uso de la cosa común, divisorios de los bienes comunes, y sobre cuentas en los
casos en que dichos juicios sean de mayor cuantía.
2° Los juicios sobre concurso de acreedores, de presunción de muerte por desaparecimien-
to, sobre divorcio y nulidad de matrimonios meramente civiles, de filiación, emancipa-
ción, habilitación de edad, interdicción, alimentos, retracto, expropiación, insinuación de
donaciones, capellanías, prenda perentoria, amparos de pobreza y navegación marítima,
cualquiera que sea la cuantía en que estime la acción.
3° Los asuntos judiciales que no hayan sido atribuidos a otra autoridad.
4° Las solicitudes de nulidad de los actos de los Concejos Municipales.
5° Las causas de responsabilidad contra cualesquiera empleados, salvo los que se juzgan
en única instancia por la Corte de Justicia.
6° Las causas por delitos comunes que o estén atribuidas a otra autoridad.
7° Los juicios sobre nulidad de las sentencias dictadas en los asuntos de que conocen en
primera instancia los Jueces de Circuito y los Jueces Municipales.
Art. 28. Los Jueces de Circuito conocen en segunda instancia, de los asuntos siguientes:
1° De los que hayan conocido en primera los Jueces Municipales, y en los cuales haya
lugar a recurso de apelación o de hecho a consulta.
2° De las apelaciones contra autos dictados por Recaudadores de rentas no nacionales en
asuntos de menor cuantía.
3° De las apelaciones contra las sentencias de árbitros de Derecho, en asuntos de menor
cuantía, cuando sean apelables.
Art. 29. Son funciones de los Jueces de Circuito, fuera de las detalladas en los artículos ante-
riores, las siguientes:
1ª Practicar, a prevención con los Jueces Municipales, las diligencias en que no haya
oposición de parte, ni tengan carácter de juicio, siempre que no estén atribuidas exclu-
sivamente a otra autoridad.
2ª Dirimir las competencias que se susciten entre los Jueces Municipales de su Circuito.
En el Circuito de Panamá el nombramiento se hará por los Jueces de Circuito reunidos, te-
niendo voto en la elección el Juez Superior. En Colón se harán los nombramientos del mis-
mo modo teniendo voto el Fiscal del Circuito.
Art. 30. El número de Jueces Municipales de cada Distrito se fijará por el respectivo Conce-
jo Municipal.
Art. 31. Cuando en lugar haya varios Jueces de Circuito se reunirán los empleados de que ha-
bla el número 7° del artículo anterior, para nombrar los Jueces Municipales. La elección se
hará por mayoría absoluta.
Art. 32. cada Juez Municipal tendrá un Secretario a su libre nombramiento y remoción. El
respectivo Concejo Municipal podrá señalarle Escribientes y Portero-alguacil, que también
nombrará el Juez.
Art. 33. Cuando haya dos o más Jueces Municipales encargados de unos mismos negocios,
se repartirán entre ellos por el Juez, según el turno de la numeración.
Los Jueces acordarán reglas de repartimiento, y las divergencias que ocurran serán zanjadas
por el Juez de Circuito. Si hubiere varios conocerá del asunto el 1° de lo Civil.
Art. 34. Los Jueces Municipales conocerán en primera instancia, de los negocios especifica-
dos en el número 1° del artículo 27, cuando sean de menor cuantía y que no que estén atri-
buidos a otra autoridad.
Art. 35. Los Jueces Municipales conocerán en primera instancia de las causas criminales que
se sigan contra particulares por los delitos siguientes, salvo los casos expresamente atribui-
dos a otra autoridad:
1° Las conmociones populares de que hablan los artículos 220 y 227 del Código Penal.
2° las desobediencias definidas en los artículos 246 y 247 del mismo Código;
3° La exhumación de cadáveres especificada en el artículo 314 de dicho Código.
4° Las falsedades de pesas y medidas previstas en los artículos 376 a 378 del referido
Código.
5° La violación de correspondencia de que hablan los artículos 382 y 389 del citado Código.
6° Las inmoralidades definidas en los artículos 415 a 418, 420 y 421 de dicho Código.
Art. 36. Son funciones de los Jueces Municipales, fuera de las que se expresan en los dos ar-
tículos anteriores:
1ª Practicar, a prevención con los Jueces de Circuito, las diligencias en que no haya
oposición de parte, ni tengan carácter de juicio, siempre que no estén atribuidas exclusi-
vamente a otra autoridad.
2ª Castigar correccionalmente con multas que no excedan de cinco pesos, arresto que no
pase de un día o apercibimiento, a los que les desobedezcan o falten al debido respeto.
3ª Firmar los oficios que se dirijan a las Autoridades públicas, y también a los particulares
cuando quieran entenderse directamente con ellos.
Art. 37. Todos los días habrá despacho en las oficinas judiciales, exceptuados los siguientes:
1° Todos los domingos del año; el 1° y 6° de Enero; 3° el 2 de Febrero. 4° el 19 y 25 de Mar-
zo; 5° la semana Santa (Marzo o Abril); 6° en Mayo o Junio el día de la Ascensión y del
Corpus Christi; 7° el 29 de Junio; 8° el 15 de Agosto; 9° el 8 de Septiembre; 10° el 12 de
octubre; 11° el 10 de noviembre; 12° el 3 y 4 de Noviembre; 13° el 8 y 25 de Diciembre.
El Despacho estará abierto de las ocho a las once de la mañana y de las dos a las cinco de
la tarde.
Art. 39. Los Magistrados y Jueces asistirán al Despacho el tiempo necesario para mantener
corrientes los negocios; pues nunca bajará de cuatro horas diarias.
Art. 40. El Magistrado o Juez que debe hacer repartimiento de negocios lo verificará todos
Art. 42. Es prohibido a los funcionarios judiciales ejercer funciones que no se les hayan atri-
buido por las leyes.
Art. 43. La Corte de Justicia y los Juzgados se entenderán entre sí por medio de exhortos o
despachos para la práctica de diligencias judiciales.
Art. 44. El Magistrado o Juez que entre a reemplazar a otro, se reputa una misma persona con
él, salvo en los términos para despachar, y en lo relativos a impedimentos y recusaciones.
Art. 45. Los empleados judiciales no pueden ser depositarios o secuestres, ni mandatarios de
profesión, ni albaceas, aunque estén en uso de licencia.
Art. 46. Todo individuo que desempeñe el cargo de Magistrado o Juez tiene la obligación de ser-
vir de árbitro o arbitrador y amigable componedor, cuando las partes lo designen, con tal que el
asunto pueda terminarse por este medio y que no quede recurso contra la sentencia que se dicte.
Art. 47. Los Magistrados y Jueces guardarán a las partes , sus apoderados y defensores, la li-
bertad de que deben gozar para sostener sus derechos de palabra o por escrito. Los litigantes,
por su parte, procederán con arreglo a las leyes, y con el respeto debido a la autoridad.
Art. 48. Las multas que se impongan como penas correccionales, se harán efectivas de la ma-
nera prescrita en el artículo 82 del Código Penal.
Art. 51. Los jueces cuidarán de que se publiquen oportunamente las piezas necesarias para el
adelantamiento delos juicios como edictos emplazatorios, y otras semejantes, a fin de que no
se causen demoras por ese motivo.
Art. 52. Por motivos graves, y de acuerdo con el Gobierno a1 , podrán funcionar la Corte de
En casos urgentes podrá verificarse la traslación de los Juzgados de Circuito de acuerdo con
el Prefecto de la Provincia, si se halla presente, y se dará cuenta al Gobierno para que se re-
suelva lo conveniente.
Art. 53. La Junta de Gobierno Provisional nombrará los Magistrados, el Juez Superior, Los
Jueces de Circuito y los agentes del Ministerio Público con el carácter de interinos, mientras
el Cuerpo Legislativo determina la entidad a la cual corresponda hacer los nombramientos.
Art. 54. En lo judicial y en lo relativo a asuntos civiles las entidades territoriales son repre-
sentadas legalmente por los Agentes del Ministerio Público, en la forma siguiente:
1° La República, por el Procurador General.
2° Las Provincias, por el Fiscal de Circuito.
3° Los Distritos Municipales, por los respectivos Personeros.
Art. 55. Los Agentes del Ministerio Público, en lo asuntos de que habla el artículo anterior,
pueden gestionar por sí o por medio de apoderados en el territorio donde ejercen sus funcio-
nes; y fuera de él sólo por apoderados.
Art. 56. No obstante lo dispuesto en los artículos anteriores, el Gobierno puede encargar la
gestión de determinado asunto en que tenga interés la Nación, a la persona que estime con-
veniente. El oficio en que se comunique la elección legítima suficientemente la personería.
Art. 57. En los casos indicados en el artículo anterior no intervendrán los Agentes del Ministerio
Público; y los que representen las entidades territoriales pueden gestionar por sí o por medio
de apoderados.
Art. 58. En el ramo penal los agentes del Ministerio Público representan los intereses sociales
en la firma siguiente:
Art. 59. Son funciones de los Agentes del Ministerio Público relacionadas con la administración
de Justicia:
1° Defender los interese civiles de las entidades que representan, en la forma detallada en
los artículo 54 a 57.
2° Llevar la voz del Ministerio Público ante la Corte y Los Juzgados respectivos, tanto
en los asuntos criminales como en los civiles en que deba intervenir, aunque no sea
parte ninguna entidad política.
3° Promover la averiguación de los delitos de cuya perpetración tenga conocimiento, y
Art. 60. Fuera de las atribuciones detalladas en el artículo anterior, el Procurador General tiene
las siguientes:
1ª Dar a la Corte de Justicia los denuncios o quejas a que haya lugar contra los miembros
dela Junta de Gobierno Provisional y los Ministros de Despacho Ejecutivo.
2ª Asistir con voz a los Acuerdos de la Corte de Justicia en los asuntos que deban resolverse
con la intervención del Ministerio Público.
3ª Tratar del ramo judicial con particular esmero en los informes al Gobierno, indicando
la marcha de la administración de Justicia, los inconvenientes que se hayan presentado
y las reformas que convengan hacer, y acompañar los respectivos cuadros de la esta-
dística judicial.
Art. 61. El Fiscal del Juzgado Superior y los de los Juzgados de Circuito, fuera de los deberes
señalados en el artículo 59, tienen los siguientes:
1° Llevar un registro de los sumarios que cursen en las oficinas de los funcionarios e ins-
trucción de su respectiva jurisdicción, anotar los que se eleven a la Corte o al Juzgado
respectivo; vigilar porque los demás no se demoren indebidamente y anotar la fecha
en que se despachen.
2° Dar semanalmente al Procurador General los informes y datos necesarios para que este
empleado pueda llenar el deber que le impone el número 3° del artículo anterior.
Art. 62. Los Personeros Municipales suministrarán oportunamente al Fiscal del Juzgado Superior
y a los de Circuito los datos e informes necesarios para que den cumplimiento al artículo anterior.
Art. 63. Los Agentes del Ministerio Público están impedidos para intervenir en los negocios
cuando ellos o sus consortes o sus ascendientes, descendientes o parientes colaterales dentro
del cuarto grado de consaguinidad o segundo de afinidad, tengan interés directo.
Art. 64. La Corte o el Juez que conozca del negocio, es el que debe declarar si es legal el im-
pedimento, y a sea a solicitud del impedido o de la parte contraria.
Art. 65. Cuando un Agente del Ministerio Público esté impedido para intervenir en un asun-
Art. 66. En el adelantamiento y tramitación de los asuntos judiciales civiles, los Agentes del
Ministerio Público se asimilan, en general, a los apoderados judiciales , pero cuando la ley
establezca apremios que puedan afectar los intereses confiados a dichos empleados, no se ha-
rá uso de tales apremios, sino de multas sucesivas de cinco pesos cada una en los Juzgados
Municipales, diez en los de Circuito y Superior , y veinticinco en la Corte.
Art. 67. Los Agentes del Ministerio Público no pueden transigir los pleitos en que interven-
gan, ni tampoco pueden desistir de las acciones promovidas sino con autorización expresa del
Gobierno o del Concejo Municipal, según los caos. De los recursos interpuestos sí pueden de-
sistir como cualquier apoderado.
Art. 68. Los Agentes del Ministerio Público, al emitir concepto sobre cualquier asunto de su
incumbencia deben expresar las razones legales y jurídicas en que se apoyen.
Art. 69. Los Agentes del Ministerio Público en el desempeño de sus respectivos cargos ob-
servarán las disposiciones de los artículos 37, 38, 39, 42, 44, 45 y 48 del presente Decreto.
Art. 70. En uno de los últimos días de cada mes el Ministro de Justicia, acompañado del Pro-
curador General de la República, practicará una visita a la Corte de Justicia y extenderá una
acta en la cual consten los negocios que cursen, los despachados por cada Magistrado y las
demoras imputables , si las hubiere. Esta diligencia se publicará en el Registro Judicial, fir-
mada por los visitadores y por el Presidente de la Corte.
Art. 71. El Juzgado Superior y los de Circuito serán de igual modo visitados por el Prefecto
y a falta de éste por el Alcalde, y por el Fiscal respectivo, y las actas se publicarán en un pe-
riódico órgano del Poder Judicial.
Art. 72. El presente Decreto comenzará a regir desde su publicación en el periódico oficial de
la República.
Publíquese y ejecútese.
Acuerdo Número 54
(de 15 de noviembre de 1903)
En la ciudad de Panamá, á los quince días del mes de Noviembre de mil novecientos cinco,
á la hora prefijada, se constituyó en Sala de Acuerdo la Corte Suprema de Justicia, integrada
con el Conjuez señor Rafael Benítez y con asistencia del suscrito Secretario.
Después de abierto el acto se dió cuenta del siguiente proyecto presentado por el Magistrado
Guardia, que dice:
“José Bustamante C., ciudadano panameño, casado, abogado y vecino de esta ciudad,” expuso
en escrito de fecha diez de Marzo, del presente año, que, á petición suya el Jurado Municipal de
elecciones del Distrito capital de la República, declaró nulos los votos dados en favor del señor
Doctor Belisario Porras para Concejero Municipal del mismo Distrito; pero el señor Juez de Es-
crutinios anuló el auto del Jurado y el Doctor Porras ha ocupado el puesto de Concejero y bur-
lado lo estatuído en nuestra Carta Fundamental, (Título II). Dice también Bustamante que el
Doctor Porras perdió voluntariamente su calidad de panameño y que por lo tanto, no puede
gozar de los derechos reservados á los que entraron desde el principio y de lleno en el salvador
movimiento del 3 de Noviembre de 1903; que denuncia los hechos ejecutados por el Doctor
Porras, con el deliberado fin de que la Corte declare, en la forma prevenida por la ley, que ese
señor perdió ipso facto, por no aceptar el movimiento independencia de la Nación, la calidad de
panameño que, ipso facto, tenía también por haber nacido en el territorio de la República.
Los hechos en que se funda el anterior concepto los expone Bustamante así:
“1º El Doctor Porras no aceptó el movimiento de independencia efectuado en esta ciudad
el 3 de Noviembre del año de 1903, que dió vida a la República de Panamá; y á alguien
que le comunicó que un periódico llamado Noticiero daba cuenta de su aceptación le
dijo que esa hoja recogía solo noticias que rebajan é irritan.
“2º El Doctor Porras lamentó públicamente el citado movimiento de independencia; y dijo
que su inconformidad y su reprobación no podían ser más públicas, constantes y
evidentes.
Indicó el denunciante como prueba de algunos de estos hechos, un telegrama firmado por
B. Porras Y PUBLICADO EN EL NÚMERO 13,220 del diario Star & Herald, correspondien-
te al 27 de Enero del año próximo pasado, y una carta, dirigida por el mismo signatario del
telegrama á C.A. Mendoza, Julio Ycaza, I. Quinzada, Juan B. Sosa, R. Alzamora, Nicolás
Justiniani, Ciro L: Urriola y Juan Brin, publicada en EL CRONISTA . Número 3,188 corres-
pondiente al 13 de mayo de aquel año y en hoja suelta editada en la tipografía del Star &
Herald, documentos que figuran en el expediente relacionado con la nulidad de la elección
del Doctor Porras. Pidió también el denunciante que el Doctor Porras reconociera ambos do-
cumentos. “No tengo á la mano –dijo además– la prueba para cada uno de los hechos 6º. Y
8º.; pero confío en que ella resultará del informe que rinda el Doctor Porras, quien segura-
mente no habrá de desdecirse ni de ocultas –respectivamente– lo que en ellos afirmo”.
Entre las facultades de la Corte figura la de “decidir –en Sala de Acuerdo– quiénes han per-
dido ó recuperado la calidad de nacional panameño en virtud de lo dispuesto en la Constitu-
ción” (Inciso 3º del artículo 52 de la Ley 58 de 1904).
En conformidad con los artículos 44, de la ley citada, y 5º de la ley 85 del mismo año, el Ma-
gistrado á quien se adjudique un negocio de esta clase deberá sustanciarlo hasta ponerlo en
estado de ser decidido por la Corte.
Hasta el momento en que entró á regir la nueva ley de Organización Judicial, la facultad de
la Corte para decidir quiénes habían perdido la calidad de panameños, aplicando por analogía las
disposiciones de la Sección segunda, Capítulo X, Título X, Libro III del Código Judicial, es-
La Corte no puede en el presente negarse á ejercer aquella facultad, aunque se trate, de suce-
sos anteriores á la ley que le concede, por cuanto las leyes que determinan las atribuciones de
los funcionarios judiciales y las que regulan el procedimiento, se aplican á todos los negocios
desde cuando deben empezar á regir.
La ley 58, que es puramente orgánica, señala las atribuciones de la Corte, pero no regula el
procedimiento, lo cual pertenece á otros libros.
No puede, en ningún caso, empleado judicial alguno dejar de ejercer sus atribuciones por
falta de ley á la cual deba ajustar sus procedimiento. Cuando en el Código respectivo no se
encuentra de manera expresa establecido el que debe seguirse en un asunto, hay que adop-
tar el más análogo.
En el que ahora se estudia se ha seguido la tramitación propia de esta clase de juicios: la que
establece el Código Judicial es la parte ya citada.
Allí se prescribe que se oiga al Procurador General de la Nación; que practicadas las pruebas
que indique este funcionario y el denunciante y las que la Corte estime convenientes para cer-
ciorarse de la verdad, se pida informa al denunciado, quien debe evacuarlo dentro de quince
días; que rendido el informe ó transcurridos otros quince días sin que se reciba, se pronuncie,
dentro de los quince días siguientes, la resolución declaratoria de la pérdida de la nacionalidad
(Artículos 1994 y 1997 del Código Judicial).
Es regla justísima de interpretación de las leyes de procedimiento, la de que éstas tienen por
objeto que la sentencia sea conforme con la verdad en los hechos y la ley sustantiva en el de-
recho. Por este motivo ha estimado la Corte que debía proceder con toda amplitud que es el
de la jurisprudencia (Código Judicial. Artículo 837).
Antes de practicar diligencia alguna se pasó el denuncio al señor Procurador General, cuyas fun-
ciones estaban á cargo de un experimentado y antiguo funcionario, de quien era de esperarse hi-
ciera en esa oportunidad las observaciones que estimara procedentes. Si estimaba que el asunto,
por cualquier motivo, no podía prosprar, ha debido entonces exponerlo en forma conveniente.
Lejos de eso, cinco días después de haber recibido el citado denuncio, lo devolvió con la Vis-
ta número 538 de fecha veinte de Marzo, la cual concluye así:
“Este Ministerio sin tener á la vista los antecedentes de juicio electoral á que se refie-
re el denunciante Bustamante C. no puede emitir concepto sobre hechos que ignora.
“Vuelva al estudio señor Procurador para que emita concepto en el fondo. Devuelto que
sea por aquel funcionario se entregará al Doctor Porras conforme está ya dispuesto.”
Fue notificado el señor Procurador el doce de Junio y en el mismo acto le fue entregado, por
tercera vez, el proceso en examen.
El diez y nueve del propio mes emitió dicho funcionario el concepto que, en resumen, resul-
ta expuesto en la parte final de la Vista número 668, que en seguida se copia:
“Considero incluído entre los delitos el acto que se le atribuye al Doctor Porras, por-
que la palabra delito, en su sentido más lato, según el artículo 2º del Código Penal,
se extiende á todo acto ú omisión que apareje pena al responsable, y en el presente
caso la pena que se le impondría al Doctor Porra, si fueran ciertas las afirmaciones
del denunciante sería la de la pérdida de la calidad de nacional panameño, es decir,
una pena terrible –la de dejarlo sin patria. De que es un hecho punible (castigable)
el denunciado por Bustamante C. No cabé duda, toda vez que tiene su sanción penal
en el artículo 7. de la Constitución; pero no puede ser investigado, en virtud de
la terminante prohibición, que al respecto contiene el artículo 3º del Decreto de
indulto ya citado. Por las razones expuesta, y en cumplimiento del deber que impo-
ne al Ministerio Público, el decreto de indulto de que he hecho mérito, `de velar
con especial interés porque sean cumplidas sus disposiciones,´y sin entrar á examinar
el fondo del asunto, pudo á vosotros, señores Magistrados, que se archiven las
presentes diligencias –RAMON VALDEZ LOPEZ.”
No habiendo devuelto los autos el Doctor Porras, es el caso de resolver al tenor del artículo
1,994 del Código Judicial, pero hay que examinar previamente la cuestión del indulto,
promovida á última hora por el señor Procurador.
Como el mismo funcionario pidió después que, si la Corte declara que no es el caso del in-
dulto, se le pase nuevamente el proceso para emitir concepto en el fondo, conviene también
hacer notar que el señor Procurador no ha llegado á aquella conclusión sino después de opinar
sobre la naturaleza de los hechos sometidos á su estudio, de donde deduce que se ha cometi-
do un delito común, que está amparado por el Decreto número 8 de 1904, sobre indulto; des-
pués de considerar la pena aplicable al hecho punible que dice se le atribuye al Doctor Porras, las
fechas en que los hechos ocurrieron y el mérito de los documentos que obran en autos como
prueba. Si en algunos puntos está deficiente el concepto del señor Procurador, no por eso se
ha de estimar que no se refiere al fondo del asunto. En último resultado, la omisión sería de
aquel funcionario y en manera alguna puede obligar á la Corte á adoptar nuevos y extraordi-
narios trámites que la ley no autoriza.
II
No se trata en realidad de ningún hecho punible, ni esta actuación tiene por objeto aplicar pena
alguna y no es, por lo tanto, pertinente la cita del artículo 1º del Código Penal.
La Constitución define la calidad de nacional panameño y señala las causas por las cuales
esa calidad pierde, con lo cual no establece una pena, que sería cosa extraña en una Consti-
tución política.
La facultad que le toca ejercer á la Corte y que constituye el propio tiempo un deber, es de-
cidir quiénes han perdido o recuperado la calidad de nacional panameño en virtud de lo dis-
Aún suponiendo que se tratara de un delito, no sería en manera alguna delito común sino de
carácter político, y no está comprendido en el Decreto de indulto, gracia que ordinariamente
no se concede sino por delitos comunes, siendo más propia por su naturaleza para los de ca-
rácter político la amnistía , que está reservada á la Asamblea Nacional, en conformidad con
el artículo 65 –inciso17– de la Constitución.
Y es lo cierto, que el Decreto número 8 de 1904, por el cual se concedió el indulto, no se refiere
más que á los delitos comunes, y que la Asamblea no ha concedido amnistía, pues los delitos
políticos que pudieron ser objeto de esta gracia, á consecuencia de la guerra civil traída al
territorio del extinguido Departamento, estaban ya perdonados y olvidados, de lo cual es la
mejor prueba la reunión y composición del Cuerpo Constituyente, representante efectivo de
la Soberanía Nacional.
Los motivos en que el citado Decreto se funda, aparte de que el texto de sus disposiciones es
terminante, demuestran que no tienen ni ha podido tener en mira más que los referidos delitos
comunes.
Que esos delitos fueron ejecutados en un período de profunda perturbación moral, de desen-
freno de las pasiones y en que la autoridad fué impotente para mantener á sus gobernados
en la efectividad de sus derechos, á consecuencia de la guerra civil 1809 á 1902; la creencia de
que el indulto despertaría em los favorecidos un estímulo para su mejoramiento moral; que
es manifiesta la voluntad de la Convención Nacional de que se conceda esa gracia; que el
establecimiento de la República y la expedición de su Constitución Política son hechos que
merecen perdurable recuerdo por la influencia que ejercerán en la marcha de la humani-
dad. Tales fueron los motivos que inspiraron el Decreto mencionado.
Como según el concepto del Señor Procurador la pena (?) Aplicable al hecho que se examina es-
tá señalada en la Constitución, no puede por este otro motivo estar comprendida en un Decreto de
indulto que tiene por objeto servir de perdurable recuerdo de la expedición de aquel Código y que,
por lo mismo, no puede producir el efecto de dejar sin cumplimiento una de sus disposiciones.
El Artículo 1º del expresado Decreto, artículo al cual están subordinados los demás, que no
hacen sino desarrollar lo que en aquel se dispone, dice que se concede pleno indulto á los
reos, á los enjuiciados y á los sumariados por delitos comunes.
Por último, hay que apreciar un documento reconocido por el Doctor Porras, y posterior al
tan citado Decreto de indulto: la carta de fecha veinticuatro de Abril de mil novecientos cua-
III
Para juzgar con acierto de la verdadera significación y alcance de los concepto emitidos por
el doctor Porras sobre el movimiento del 3 de Noviembre, conviene transcribir, por orden de
fechas, lo más conducente de sus cartas y telegramas de aquella época y de los meses subsi-
guientes, hasta la de fecha veinticuatro de Abril de mil novecientos cuatro, inclusive, que es
la que más directa y frecuentemente se indica como prueba de que el doctor Porras aceptó el
movimiento de independencia.
Como los telegramas son respuestas á otros que se le dirigieron de esta ciudad, se insertarán
también éstos en el orden conveniente, como se verá á continuación:
“Panamá, Noviembre 14 de 1903. -Belisario Poras, San Salvador- Para vuestro co-
nocimiento y de Gobierno cerca estáis acreditado, transcribo cablegrama recibido
ayer última hora. `Washington, Nove. 13. -De la Espriella Ministro Relaciones Ex-
teriores- Panamá - Tengo honor notificar á Vuesencia que esta mañana á las nue-
ve y treinta República Panamá fué recibida oficialmente familia de las naciones;
desde este momento goza privilegios gobiernos de jure y soberanos. Cambios dis-
cursos puesto relieve con reconocimiento diplomático República comienza período
apertura Canal que, dadas circunstancias nueva República tiene derecho amplio
ser reconocida por todos Gobiernos.- BUNAU VARILLA.- Ministro Plenipotenciario
República Panamá en Washington.´ESPRIELLA.”
“S. Salvr. 25/11 (Noviembre) 03. -Mendoza Morales -Panamá- Con emoción leí
cartas que han despertado el eco más doloroso contestaré cuando recobre tranqui-
lidad y salud.- Porras.”
“14-/12 (Diciembre) 03. - Doctor Porras -S. Slavr.- Estás candidato Convención díme
si como todos tus amigos aceptas hechos cumplidos sin reservas.- Mendoza.”
“16/12 (Diciembre) 03. -Porras.- S. Salvr.- Amigos suplícante aceptes hechos consu-
mados candidatura convención intereses istmo exígenlo contesta.- Perigault.- Brin.”
“S. Salvr.- 16/12 (Diciembre) 03. Señores Perigault, Urriola, Mendoza, Brin.- Irá
mi respuesta mañana ó pasado á más tardar.- Porras.
“17/12 (Diciembre) 03.- Doctor Belisario Porras.- S, Salvr.- Urge respuesta inme-
diata.- Perigault Brin.”
“S. Salvr. 18/12 (Diciembre) 03. Sres Urriola, Perigault, Mendoza, Brin.- Panamá.-
Ya no puedo más entre el deber y el amor soy pobre víctima de la tortura en que me
ponen Udes. Acepto hechos cumplidos como si fuesen decreto del ciego destino ha-
gan lo que quieran pero ahorre mi libre albedrío no siendo uniformes mis ideas con
las que parecen ser dominantes allí acerca instituciones que considero columnas
sociales mi voz sería nota extraña y perturbadora, mi papel ridículo y mi dolor más
imponderable de lo que es hoy.- Porras.”
Es oportuno hacer conocer aquí, que esta comunicación fué la que sirvió de base para dar co-
mo cierta la noticia publicada en El Duende número 201, correspondiente al 19 de Diciem-
bre de 1903, así:
“El doctor Porras vendrá á Panamá. Según cable que tenemos á la vista el ilustre
istmeño doctor Belisario Porras, en contestación á varios amigos, les dice que su
“4/1 (Enero) 04. -Doctor Belisario Porras.- Managua.- Electo Los Santos anuncie
salida.- Mendoza, Morales, Urriola, Chiari, Brin Alzamora, Justiniani, Sosa, Casa-
nova, Argote, Ayala, Almendral, Piner, Simons, Ycaza, Maytín.”
De la carta fechada en Managua el doce de enero del mismo año, dirigida al Coronel Rober-
to Payán H. –Puntarenas– se reproducen tan sólo estos párrafos por ser demasiada extensa:
“Tengo á la vista su apreciable carta del día 7 y que recibí antier y á ella voy á re-
ferirme. Ya ayer le acusé recibo de ella por medio de telegrama que me ha contes-
tado usted hoy. Quise así anticiparme á darle las seguridades que solicitaba usted
acerca de mi actitud en los asuntos de Panamá.
......................................................................................................................
“Desearía tener poder bastante para salvar á mis amigos envueltos en el asunto de
lo que veo venir: la anexión y para salvar el Istmo para Colombia-
.........................................................................................................Sólo para la rea-
lización de ese pensamiento me habría movido yo; para nada más; lo declaro sin
reticencias. ¡Qué sucederá mañana cuando el poder yanqui incendie á Cartagena,
desembarque tropas en Bolívar ó en el cauca, devaste el país y lo convierta en un la-
go de sangre? No lo sé: Mis ojos se enturbian y lo cierto, ciertísimo es que yo también
iré entonces á morir por la Patria.- B. Porras.”
Esta carta se encuentra publicada en El Lápiz, número 103 de fecha 11 de Febrero de 1904,
tomada de El Pacífico de Puntarenas, periódico que la califica de “nimbo de gloria para aquel
distinguido panameño y un poema de puro patriotismo muy digno de admirar.”
“10 /02 (Febrero) 04. - Belisario Porras.- S. Salvr. -Insistimos venga previo mani-
fiesto espere cartas- Mendoza,. Urriola.- Quinzada.- Ycaza.- Sosa.- Justiniani.-
Brin.- Perigault.-“
“S. Salvr. 19/2 (Febrero) 04.- Mendoza y demás amigos.- Panamá.- Acabo llegar
espero cartas anunciadas.- Porras.”
“26/2 (Febrero) 04.- Doctor Belisario Porras. S. Salvr.- Urgentísimo envíe Presi-
dente aceptación cargo convencional.- Urriola,- Brin- Mendoza.- Chiari.- Morales.-
Ycaza.”
“San Salvr. 29/2. (Febrero) 04.- Urriola.- Bri.- etc. -Panamá.- No entiendo cable
del veintiseis á cual Presidente debo dorogirme cual cargo convencional debo
aceptar ruego no valerse cable para asuntos que determinan voluntad.- Porras.”
“San Salvador, Abril 24 de 1904.- Señores Don Carlos A. Mendoza, Doctor Julio
Ycaza, General I. Quinzada, Don Juan B. Sosa, Don Rafael Alzamora, Don Nicolás
Justiniani, Doctor Ciro Luis Urriola y Don Juan Brin.-Panamá.- Queridos amigos:
Por la correspondencia que he mantenido con ustedes saben muy bien que la sepa-
ración del Istmo de Colombia constituyó desde un principio para mí un conflicto
entre dos deberes y me situó en una alternativa cruel.- Nací panameño, pero por eso
nací colombiano.....................................................................................
......................................................................................................................
“Torturado y esclavizado entre mi duelo de colombiano y mi amor de panameño,
en la hora del trascendental suceso hube de decir lo que pensaba, más que por otra
causa como grito de alarma y de dolor; y á partir de ese momento he guardado la
abstención más rigurosa. Si en la ruidosa transformación hay gloria, á mí no me
corresponde ninguna. Si hay responsabilidad, tampoco. ¿He errado? Son ustedes
los transformadores los que tienen razón? Esto solo podrá decirlo el porvenir......
..................................................................................................
......................................................................................................................
“En tanto la República de Panamá es un hecho consumado reconocido por todos
los Gobiernos civilizados; y siendo panameño me inclino ante una solución ya in-
IV
Como de los documentos que preceden sólo ha sido expresamente reconocido por su autor la
cata de fecha veinticuatro de Abril, precisa exponer las razones por las cuales se consideran,
no obstante, igualmente auténticos los otros del mismo autor.
Como parte de estas razones resultan de algunas de las declaraciones de testigos que obran
en autos, hay que examinar al propio tiempo estas declaraciones en relación con tales docu-
mentos y mediante ese estudio comparativo deducir el valor jurídico de las pruebas.
En el examen de los testimonios ha de tenerse en cuenta el grado de certeza con que han si-
do rendidos; el orígen y fundamento de las afirmaciones que contienen; la verosimilitud de
éstas. Y si todas concuerdan entre sí: en suma, las reglas establecidas por la ley sobre la prue-
ba testimonial y lo que la sana crítica demuestra como racional y verdadero.
Según el Doctor Demetrio Porras (Práctica Forense, página 215) “el origen y fundamento de
la fuerza probatoria del testimonio humano consiste en la tendencia general de los espíritus
á la verdad y por esto el número de los testimonios verdaderos es muy superior al de los falsos;
en la creencia y presunción que se deriva de esa tendencia de que quien lo presta pudo ob-
servar los hechos sobre que depone y en que quisi decir exactamente la verdad de ellos; en
la necesidad de admitirlo como ley moral, sobre el cual descansa la Historia y sin el cual no
habría relaciones sociales posibles. A este respecto dice Reid: `Hay en la naturaleza humana dos
Así, pues: la prueba de testigos tiene un valor que es natural y positivo en los casos en que se
admite y practica: es, sin duda el medio más antiguo y de aplicación más frecuente, el más
apropiado y a veces el más necesario y seguro para esclarecer y acreditar los hechos, si bien
no puede desconocerse que se presta más que ningún otro medio probatorio á los abusos y
fraudes, por lo que no debe admitirse sin reserva”.
De aquí provienen las formalidades que la ley prescribe para el examen del testigo; el cuida-
do que debe tenerse en el interrogatorio, á fin de que haya certidumbre de que las contesta-
ciones son efectivamente la expresión de la verdad como el testigo la sabe; las cond9iciones
que éste debe tener, siendo la principal la imparcialidad; finalmente, las limitaciones que la
misma ley establece para la admisión de la prueba testimonial en ciertos casos.
Nótase en nuestra legislación una gran vacío respecto de la manera de estimar la prueba que
debe resultar de documentos impresos, ó comunicaciones telegráficas, y del modo de estable-
cer su autenticidad, si no se reconocen y si no pueden ser habidos los respectivos originales.
Puede suceder –aun en el caso de obtenerse dichos originales– que el autor no haya escrito de
su propia mano. Por una u otra razón el cotejo de letras no podría iniciarse ó resultaría inútil.
Como quiera que sea, la imprenta y el telégrafo, en cualquiera de sus diferentes formas, pue-
den ofrecer y ofrecen medios de prueba de especiales condiciones, á los que no se puede apli-
car, en la generalidad de los casos, los mismos principios que gobiernan los otros medios de
manifestar la verdad en juicio, y piden, por consiguiente, reglas especiales.
Hay que aplicar, como respecto de la prueba testimonial, una sana crítica para descubrir la
procedencia de documentos de esa clase, si se trata de ocultarla, y para determinar su mérito
probatorio en asuntos de naturaleza tan especial como el presente.
No puede ponerse en duda la autenticidad de telegramas dirigidos de esta ciudad al doctor Po-
rras, ni la de los que él dirigió desde Centro América, porque las copias de ellos que figuran en
autos han sido ratificadas bajo juramento por el Jefe de la Oficina del Cable; por la fe que gene-
ral y fundadamente se presta en cuanto a su procedencia, á las comunicaciones hechas por ese
medio, crédito que merece una empresa de tal magnitud como elemento esencial de su existen-
cia y prosperidad; porque es natural que tratándose de sucesos tan importantes, se hiciera uso del
Cable para todas esas comunicaciones; por las referencias que á algunos de los cablegramas han
hecho el mismo doctor Porras y sus amigos en sus respectivas declaraciones; por la conformi-
dad de estas referencias con lo que resulta de las copias respectivas; por la conformidad que se
nota igualmente entre las copias autenticadas, remitidas por la Secretaría de Gobierno y Rela-
ciones Exteriores, de los cablegramas que tienen carácter oficial, con la de los mismos cablegra-
mas remitidos, junto con la de las copias de los cablegramas particulares, por el citado Jefe de
la Oficina del Cable; por la armonía que guardan entre sí todas las comunicaciones, tanto las de
carácter oficial como las particulares, de los cablegramas como las cartas, las publicadas, y las
que no se han publicado, de tal manera que, según se ha visto en el orden en que dichos docu-
Son, indudablemente también, producciones del doctor Porras, las cartas que presentó origi-
nalmente el señor Sosa. Este testigo merece crédito, en lo que no sea mera apreciación propia
acerca de los hechos á que se refiere, tanto por sus condiciones personales, puestas de relieve
en su declaración y en el acto de la presentación de las cartas, como por sus relaciones con el
doctor Porras; de tal modo que, se deja ver desde luego, la parte de su declaración que no re-
sulta conforme con la verdad, muestra únicamente un error de apreciación que no puede ser
voluntario. El testigo es sincero en sus afirmaciones, todas ellas favorables al doctor Porras,
y para corroborarlas y mostrar sus fundamentos presentó las citadas cartas originales, las mismas
que actualmente se encuentran en poder del Doctor Porras junto con el expediente de que for-
man parte y que no ha devuelto –como se ha hecho notar– á pesar de habérsele vencido con
exceso el término que tienen para informar.
Hay, pues, además, la presunción legal de que acepta la autenticidad de las expresadas cartas
y de los otros documentos que no ha reconocido expresamente, pero que tampoco ha tacha-
do de falsos.
Los testigos señores Ciro L. Urriola y Nicolás Justiniani son quienes únicamente califican de
apócrifo el telegrama de fecha once de Enero, dirigido á N. N. (el señor Payán.)
El primero dice: “que nunca ha hablado con el Dr. Porras acerca de la paternidad de dicha frase
(se refiere á la última: la generalidad ha entrado movimiento como los carneros de Panurga,
cuando me llaman me parece oir lastimeros balidos) porque siempre la ha considerado apócrifa
y arma de partido”. Por lo demás, el testigo no es suscritor á La Estrella de Panamá, periódico
en el cual fué publicado el telegrama en esta ciudad, y por eso no recuerda haberlo leído, sino
apenas oído hablar de él, sobre todo por esta última frase.
Como se ve, el doctor Urriola no dió importancia alguna á ese asunto, no trató de inquirir nada,
se conformó con su propio juicio, formado a priori, el cual puede tener toda la fuerza que él
quería darle en su ánimo, pero no puede ser un testimonio legalmente apreciable.
El segundo dice: “que sabe que el doctor Porras dirigió una carta al señor Payán y por consi-
guiente juzga que ese telegrama es apócrifo y que supone que fuera confeccionado tomando
por base esa misma carta.” La deducción no es correcta: que el doctor Poras dirigiera una carta
al señor Payán no indica que antes no le hubiera dirigido un telegrama: carta y telegrama no
son cosas que se excluyen, y ambas pueden existir al mismo tiempo.
La otra suposición no es menos infundada, pero aun admitiéndola como cierta, no sería mo-
tivo para creer falso lo que el telegrama expresa.
Lo cierto es que la carta y el telegrama son obras del doctor Porras, que él no niega. Dice
“que, tratándose de sucesos de una fecha ya remota, no recuerda con exactitud si envió á Pun-
“Es muy sabido –agrega– como los periódicos de información adulteran los he-
chos exagerándolos para causar sensación”.
No puede ser más vaga la contestación que precede, tratándose de un punto tan terminado,
tan simple y tan concreto, como si es ó no suyo el telegrama en cuestión.
No niega el Doctor Porras que el telegrama sea obra suya, ni afirma que esté adulterado. Por
medio de una observación de carácter general, con la cual desautoriza á todos los periódicos
de información, pretender sugerir dudas sobre la fidelidad del texto del telegrama; pero nada de
esto es una verdadera negativa: bien considerado todo; es al contrario una confesión tácita.
Que en los telegramas dirigidos á la Junta de Gobierno –cuyas copias se pidieron después de
aquella exposición del doctor Porras. Consignara solamente “su pena por la manera cómo se
llevó a cabo la independencia” y no las otras frases del telegrama de fecha onde de Enero,
como la de Carneros de Panurga, es otra cosa muy natural y nada prueba contra la exactitud
de este último.
La regla general –tal vez fundada– que el Doctor Porras sienta, del poco crédito que debe darse
á cierta prenda, porque “es muy sabido como adultera los hechos” no ha de llevarse al extremo
de considerar apócrifos ó adulterados los documentos que publica con firma responsable; sobre
todo, si esta firma es de persona notable, cuyas opiniones se solicitan con insistencia y los
documentos se refieren á sucesos de tal trascendencia como los que deciden de la suerte de
un pueblo.
Producciones de esta clase así firmadas no se fingen ni se adulteran para publicarlas en pe-
riódicos de gran circulación, en momentos en que la opinión pública está atenta á todo lo que
se diga sobre tales acontecimientos.
No se ha recibido la declaración del testigo Mendoza, por no haber sido encontrado para ci-
tarlo. Por el mismo motivo no se recibió la de Papi Aizpuru, citado por Brin en su declara-
ción, en lo referente á la publicación hecha en El Duende con relación al telegrama de fecha
diez y ocho de Diciembre de mil novecientos tres.
El testigo Chiari dice lo contrario de lo que afirma Justiniani. Chiari expone: “que el Doctor
Porras al expresarse así (se trata de la frase: la generalidad ha entrado movimiento como
los carneros de Panurga, cuando me llaman me parece oir lastimeros balidos) lo hizo refirién-
dose á la masa que entró en el movimiento sin tener en cuenta la manera cómo este se llevaba
á cabo y la que precisamente por esto mismo no podía preveer las consecuencias que el empleo
de esos medios podían acarrear al país más tarde.” Dice además: “que el Doctor (Porras) es-
cribió cartas explicando su intención y las causas que lo hicieron dirigir tal telegrama.”
Concuerda la explicación de Chiari con la que el Doctor Ycaza afirma haberle oído al mismo
Doctor Porras después de haber venido éste a Panamá.
Confirman, además, la última parte de la declaración de Chiari, la del testigo Sosa y algunas
de las cartas presentadas por éste.
“Contestó privadamente á uno solo, y puedo afirmarle á usted que no lo hice con
la intención, ni con la esperanza o el temor de que fuera publicado. Más aún, puedo
afirmarle que si bien en él si hablaba yo de los carneros de Panurga no expresé nada
acerca de sus balidos y que eso ha debido ser un agregado intencional de algún
Pradilla ó ó de algún otro de esos señores de San José que efectivamente con el pre-
texto de vindicarme de las aseveraciones del Duende, ha querido hacerme romper
definitivamente con ustedes. –Como sea y á pesar de mi dolor y de mi contrariedad
nada quiero decir y á lo hecho pecho..............................................”
“Desde que el señor Payán en Puntarenas y mi amigo Alfredo Lindo aquí (San Sal-
vador) publicaron mis cartas absolutamente privadas me he abstenido de decir nada
más............................................................
....................................................................................................................”
Como se ve, el Doctor Porras no niega que el telegrama y la carta dirigida al señor Payán son
obra suya. Unicamente quiere rectificar y rectifica, aquella parte del telegrama que más directa-
mente se refiere ´´a los que lo llaman, entre quienes figura su amigo Sosa, pues conviene en que
habló de los carneros de Panurga, pero no expresó nada, dice, acerca de sus balidos.
Esta pequeña rectificación, puramente privada, dejó subsistente todo lo demás. Aunque se-
gún lo que se deja copiado, tales documentos eran también privados y su autor no tuvo in-
tención de publicarlos –cosa que pertenece á su fuero interno. El hecho evidente es, que el
telegrama y la carta de que tantas veces se ha hablado, se publicaron, circularon y el mun-
do se impuso, por tal motivo, de los conceptos del Doctor Porras contrarios al movimiento
de independencia.
Antes de presentar Sosa las referidas cartas, se trató de averiguar si de alguna manera el Doc-
tor Porras había desautorizado los conceptos del telegrama. La carta de fecha doce de Enero
dirigida al señor Payán, que debe ser de las aludidas por el Doctor Porras en su declaración
ya citada, todavía no figuraba en el expediente, y se agregó á los autos, impresa, en el número
103 de El Lápiz, que fué presentado el veintitrés de Mayo último por el testigo señor José
S. Mendoza.
Comparando la carta ludida con el telegrama, se observa, en primer lugar, que la carta, de fecha
doce de Enero, como queda dicho, comienza refiriéndose al telegrama del día anterior, y el tele-
grama tiene, en efecto, fecha once de Enero. En segundo lugar, se nota la conformidad de ideas
y aun igualdad en algunas expresiones usadas, en el telegrama del once, en la carta el doce, en
las cartas dirigidas á Sosa, en el telegrama del diez y ocho de Diciembre y en otros.
Algunos otros párrafos de esta carta, además de los ya reproducidos en la parte III de esta ex-
posición, guardan la misma conformidad que los anteriores con los cablegramas del Doctor
Porras y las cartas dirigidas á Sosa, de las cuales quedan también transcritos algunos párra-
fos en aquella parte.
“En cambio me sometí á los hechos cumplidos, como decretos de un ciego Destino,
por ser hechos sucedidos, consumados, los cuales en mis manos ni en las de nadie
ya está el remediar.”
Los testigos que declararon ante el Juez de Escrutinios que el Doctor Porras había aceptado
los hechos cumplidos en virtud del movimiento de independencia, no determinan cuando tuvo
lugar esa aceptación, ni por dichas declaraciones se obtiene en realidad conocimiento de si el
Doctor Porras aceptó “el movimiento de independencia de la Nación,” pero siendo en extremo
deficientes tales declaraciones, han sido mejor explicadas al ser ratificadas ante la Corte. Así en
las ratificaciones de aquellos testigos como en las demás declaraciones recibidas, se ha puesto en
claro que el telegrama de fecha diez y ocho de Diciembre de mil novecientos tres y la carta
de fecha veinticuatro de Abril de mil novecientos cuatro, son el verdadero fundamento ó el
motivo de donde deducen los testigos sus afirmaciones.
Es evidente que las declaraciones no pueden fundar una prueba contraria á lo que resulta de
estos documentos.
Del mismo modo, el telegrama de fecha diez y ocho de Diciembre tiene que ser considerado
en relación con los que le precedieron y las explicaciones posteriores de su autor.
Pero ni aún separadamente considerados los referidos documentos, ninguno de ellos, por su
tenor literal, es una manifestación de aceptación del movimiento de independencia nacional,
sino á lo sumo, de resignación dolorosa ante el suceso fatal, como decreto de ciego destino.
De las manifestaciones del Doctor Porras anteriores al telegrama mencionado resulta una ne-
gativa expresa á aceptar el movimiento, sin que diga nada en contrario el del siete de Noviem-
bre, porque éste no fué propiamente una aceptación de los verdaderos sucesos, como lo ha
explicado su autor, tanto que ni él ni ninguno de los testigos ha querido hacer mérito de ese
telegrama. Hay, además, como queda demostrado, otras manifestaciones del Doctor Porras
posteriores al telegrama de fecha diez y ocho de Diciembre, en las cuales ratifica su negativa
y en conformidad con ella amplía los verdaderos conceptos y explica el sentido de dicho te-
legrama, de modo que no deja duda de que el Doctor Porras es adverso al movimiento de in-
dependencia: sus conceptos de reprobación, en términos despectivos unas veces, doloridos
otras, que revelan irritación por lo sucedido casi siempre, no pueden ser más terminantes. Las
cartas dirigidas á Sosa confirman en lo general estos conceptos, á pesar del propósito, en ellas
puesto de manifiesto, de atenuarlos á los ojos del amigo á quien mortifican. Con todo eso, la
nota saliente es la repugnancia, el descontento, la improbación del movimiento.
De igual manera resaltan estos sentimientos en la carta de fecha veinticuatro de Abril, tan
pensada y discutida, y á pesar también de estar destinada á suavizar los duros reproches an-
teriormente expresados.
Puso en ella su autor especial cuidado, en no rectificar ninguno de los anteriores conceptos.
Expresamente, además, declara el Doctor Porras “que no hace acto de atrición ó arrepenti-
miento,” y aunque agrega que de rebeldía tampoco, eso no quiere decir que no lo hizo antes,
á pesar de que hubiera declarado antes también que no era hostil, como que la cosa no se des-
figura ni se destruye con no llamarla por su nombre, y no por eso dejó de ser contrario, opues-
to y, por consiguiente, hostil al movimiento, con el único género de hostilidad posible.
Significa en su concepto y literalmente dicha carta, lo que no puede apartarse de los ante-
cedentes, que mantiene todos los anteriores conceptos sobre el movimiento de independen-
cia, pero se somete ahora á lo irremediable, a las instituciones creadas, y promete venir al
país como sometido.
Además de los documentos que se han considerado figuran en el expediente los que en segui-
da se mencionan:
No aparece que oficialmente se hubiera comunicado esa elección al favorecido de ella y que no
en oportunidad tuvo conocimiento de ella y que no contestó siquiera, según su propia expresión.
Los que propusieron la candidatura del Doctor Porras consideraron indispensables que él de-
clarara previamente su aceptación de los hechos cumplidos. De Ahí las exigencias que dieron
por resultado el telegrama de fecha 18 de Diciebre, tan mal interpretado , que dió lugar á la
noticia publicada en El Duende y que el Doctor Porras desmintió después con sobrado fun-
damento. El señor Quinzada dice que él trabajó por aquella candidatura en la creencia de que
el Doctor Porras continuaba adicto á la independencia (fojas 15).
Ya se ha visto además que el Doctor Porras sostuvo que él no había aceptado tal candidatura.
3º Decreto número 114 de 7 de Septiembre d 1904, por el cual fué nombrado el Doctor
Porras miembro de la Comisión Codificadora; nota respectiva de la Secretaría de Instruc-
ción Pública y Justicia, número 735, de 9 de Septiembre, por la cual se le comunica el
nombramiento; excusa presentada por el Doctor Porras para aceptar el cargo, fechada el
16 de Septiembre; y resolución número 104, de 26 de Septiembre, de la misma Secreta-
ría, por la cual se le aceptó la excusa.
4º Decreto número 163 de 1904 (8 de Noviembre) por el cual fué nombrado el Doctor
Porras, miembro de la Comisión de Estudios del Tratado de 18 de Noviembre de 1903,
sobre apertura de un canal marítimo; nota de la misma fecha, número 457/IV de la Se-
cretaría de Gobierno y Relaciones Exteriores, por la cual se le comunica el nombra-
miento; y contestación del Doctor Porras aceptándolo.
5º Decreto número 192 de 19 de Diciembre de 1904, por el cual fué nombrado el mismo
Doctor Poras miembro dela Junta encargada de organizar las fiestas en celebración del
centenario del General Don Tomás Herrera; nota número 1830, de igual fecha, de la Se-
cretaría de Gobierno y Relaciones Exteriores por el cual se le comunica el nombramien-
to; y contestación de fecha 20 de Diciembre en el cual el Doctor Porras acepta el cargo.
Estos nombramientos después de la venida del Doctor Porras al país y conocidas ya sus opi-
niones sobre el movimiento de independencia, demuestran que el Gobierno, con amplitud de
Puede aparecer á primera vista que esta carta, escrita a cerca de tres meses antes del movi-
miento del 3 de Noviembre, tiene relación con aquel movimiento ó se refiere á un proyecto
semejante; empero los documentos que ya se conocen indican que en ella se trataba de una
revolución de otra especie, de índole diversa, de tendencias opuestas, encaminada á otros fi-
nes y de significación muy distinta al acto consumado el 3 de Noviembre de 1903. Con éste
el Doctor Porras no simpatizaba ni estuvo conforme y menos pudo tener participación algu-
na en su preparación.
Refiérese más bien dicha carta á la otra idea que de tiempo atrás abriga el Doctor Porras, la
que había manifestado al Doctor Julio Ycaza y al señor Rodolfo Chiari, para el caso de que
hubiera logrado su propósito de entrar triunfante, por las armas de la revolución que él enca-
bezaba, á esta ciudad de Panamá.
Ni de la carta que se examina, ni de las declaraciones de los señores Ycaza y Chiari, resulta
el alcance preciso que tuvieran los proyectos separatistas del Doctor Porras, á juzgar por las
otras manifestaciones que ha hecho y aún por la carta de fecha 24 de Abril de 1904, destinada
á hacer saber al público que se “inclina ante una solución ya infalible, que Colombia misma
tendrá que aceptar,” “sometiéndose definitivamente (el Doctor Porras) ante lo irremediable,”
él, que tiene la “convicción profunda de que principalmente en los actuales tiempos se impone
como necesidad apremiante la creación de grandes nacionalidades,” no alimentaba otra idea
que la de “un movimiento liberal de emancipación en el seno de la Patria para recuperar la
autonomía local,” ó en otros términos, la antigua soberanía nominal del Estado dentro de la
gran unidad nacional, idea enteramente contraria al “movimiento de independencia de la nación”
efectuado el 3 de Noviembre de 1903 y no efectuado por el Doctor Porras.
8º El acta en que consta la inscripción del Doctor Porras en la lista de sufragantes como
ciudadano panameño, efectuada por el Jurado Electoral del Distrito de Panamá el 13
de Noviembre de 1904, no puede fundar una prueba contraria á la que resulta de las ma-
VI
Los principios generales de derecho sirven de regla para suplir el silencio de la ley, ó para
aclarar su sentido cuando no sea claro. Cuando lo es, no incumbe al Juzgador, sino aplicarla
y cumplirla según su tenor literal.
No es, por tanto, rigurosamente necesario en el presente caso, averiguar si el artículo 7º. de
la Constitución Nacional está conforme con este ó aquel principio de derecho público; empe-
ro conviene consignar algunas observaciones, por vía de aclaración de ciertos puntos, sobre
las cuales tratase de establecer confusión.
No es difícil demostrar que en el particular ahora controvertido, como sobre otros muchos de
ciencia constitucional, no hay verdades inconcusas y de general aplicación, como errónea-
mente llegaron a pensar algunos profesores, quienes se vieron después obligados á rectificar
sus enseñanzas, cuando los alumnos, al notar que los “principios de la respectiva ciencia
constitucional no se conformaban con las leyes expedidas ni mucho menos con las prácticas
seguidas en el manejo de la cosa pública”, no pudiendo “concebir que lo que la ciencia en-
señaba fuese falso, protestaban candorosamente contra las desviaciones advertidas.”
“La ciencia del Derecho y de la política, para evitar que conduzca á funestos extravíos, ne-
cesita el correctivo de la historia,” la cual enseña la variedad de “circunstancias de tiempo,
modos y lugares,” que explican, y demuestran la razón de ser de ciertas disposiciones espe-
ciales, ampliamente justificadas.
En estos comienzos de la vida independiente de las Repúblicas latino Americanas– y aun en tiem-
pos más avanzados en algunas de ellas– no se hacía distinción entre la nacionalidad (ciudadanía
internacional) y la ciudadanía política. Confundíase con frecuencia una calidad con otra, y las
instituciones no se expresaban con la claridad que ahora establece el derecho público positivo.
Consolidadas las nuevas naciones, independizadas del poder de España después de una guerra
larga y sangrienta, en la cual vinieron al cabo á tomar partido por la Revolución los americanos
que en el principio no simpatizaban con el movimiento de independencia, no se habría explica-
do entonces porque carecía ya de objeto ó podía resultar injusto, cualquier precepto que privara
de la nacionalidad ó de la ciudadanía respectiva, á quienes hubieran sido ó fueran adversos á la
causa de la independencia, por la cual todos derramaron su sangre ó hicieron algún género de sa-
Así lo deja ver claramente el artículo 14 del Título IV, al establecer los requisitos indispensa-
bles para ser miembro de la Representación Nacional, compuesta según el artículo 1 de allí,
“del Presidente y Vicepresidente, Senado de Censurados Consejeros del Poder Ejecutivo, los
miembros del Legislativo y los Tribunales que ejercen el Poder Judicial.” En el artículo 16
del Título XII dice que: “no son ciudadanos ni gozan de estas consideraciones (los derechos
declarados en dicho título) los que siendo llamados al servicio de la Patria excusan sin legí-
timo impedimento.” Con poca diferencia repite igual precepto el artículo 5 del Título XIII.
Del propio modo se reprodujeron estas disposiciones en la Constitución reformada por e Co-
legio Revisor y Electoral firmada el 17 de Abril de 1812.
Se observa que en algunas Constituciones no admiten motivo alguno para la pérdida de la na-
cionalidad –la de 1821 ya citada entre ellas– y entre las causas por las cuales se pierde la ciu-
dadanía incluyen algunas de las que otras Constituciones determinan como de la pérdida de
Así puédese tener la nacionalidad sin la ciudadanía; pero no se puede adquirir ni conservar la
ciudadanía, si no se ha adquirido ó se pierde la nacionalidad,. En el primer caso, el nacional
que no es ciudadano tiene derecho á ser protegido por el Gobierno patrio fuera del país, y den-
tro de él no puede ejercer los derechos inherentes á la ciudadanía. En el segundo, el desna-
cionalizado carece en el extranjero de la protección del país cuya nacionalidad ha perdido, y
dentro de él sólo sufre la consecuencia de no participar de las funciones propias del ciudadano,
mientras no haga lo que las leyes prescriban para recobrar la nacionalidad; entre tanto goza
sinembargo de la protección de las leyes.
Así como, por estos motivos, se distingue entre nacional y ciudadano, hay que distinguir tam-
bién entre el natural del territorio, pir haber nacido en él, y el nacional, miembro de la colec-
tividad política con vida propia é independiente que constituye la Nación, porque si bien es
cierto que ordinariamente estas cualidades se refunden en una sola ó coinciden en una misma
persona, pueden separarse y con frecuencia se separan. Puede un individuo haber nacido en
determinado territorio y no formar parte de la sociedad política que en él subsiste, y estar afi-
liado á otra distinta y aún contraria.
La Constitución de Panamá, como todas las constituciones, habla, de la Nación como entidad
soberana, y del territorio como una propiedad de aquella.
Y es muy cierto que o debe confundirse la Patria con el suelo en que se nace, pues como
ha dicho muy bien el Doctor Belisario Porras, “se ama el suelo en que nacemos con amor
instintivo; pero ese no es el amor patrio: para que lo sea es preciso que ese amor se am-
plíe y se ensanche, que el ciudadano suceda al hombre y que el patriotismo reemplace el
amor al hogar y al campanario; es indispensable que los intereses se agranden y que mi-
llares de hombres, los que pueblan aquel suelo, unidos en un mismo pensamiento, identifi-
cados por las mismas aspiraciones, gocen de iguales derechos, estén encendidos por las
mismas pasiones y asocien sus esfuerzos para alcanzar un mismo fin. De modo que la VER-
DADERA PATRIA no existe sino por la unión de los corazones y de los intereses –NO SE
Desde luego, no puede haber querido significar el auto de estos en gran parte hermosos con-
ceptos, que la Patria constituye tan solo una agrupación de hombres que concuerden en de-
terminadas ideas políticas: que si la unión de los corazones y de los intereses, en un mismo
pensamiento, y en unas mismas aspiraciones, y la identidad de pasiones y esfuerzos por al-
canzar un mismo fin, se entendieran en sentido tan restringido y estrecho serían irrealizables;
más ciertamente existen aspiraciones, ideas é intereses nacionales, que hacen callar las pasio-
nes contrarias de los hombres y que producen en efecto aquella unión: ejemplo de esto es el
suceso del 3 de Noviembre de 1903, de donde nación la República de Panamá.
Ya se ve que no es absurda como se supone la disposición que establece ciertas causas para
la pérdida de la nacionalidad, pues tal disposición se funda en la presunción que de dichas
causas se origina, de que la persona en quien alguna de ellas concurre prefiere lugar su suer-
te á la de otro país y aflojar, desatar ó romper los vínculos que pudieran unirla á los poblado-
res del suelo del nacimiento, quienes forman la Nación que en ese suelo subsiste.
Claro está que quien se encuentra en tales circunstancias no por eso dejará de ser natural ú origi-
nario del país de donde nació. Tomando en ese sentido la expresión nacido panameño, á nadie
se podrá quitar esa cualidad natural, que en el derecho público se considera un mero acidente.
Así, cuando dice, por ejemplo, que “son panameños” los “colombianos” que, habiendo toma-
do parte en la independencia de la República de Panamá, hayan declarado su voluntad de serlo,
ó así lo declaren ante el Consejo Municipal del Distrito en donde residan”. (art. 6º, inciso 4º),
no quiere decir que éstos siguen siendo colombianos y al propio tiempo son panameños, en el
sentido legal, lo que sería simplemente absurdo. Ambos nombres están aquí usados correcta-
mente en acepciones distintas que no pueden confundirse: la una es legal, natural la otra.
Esta distinción, que no pugna sino al contrario está conforme con los principios del derecho,
es mas necesaria y correcta cuando se trata de una parte del territorio, con sus moradores del
otro Estado de que formaba parte; separación efectuada contra la voluntad de aquel Estado
y aun contra la de algunos de los nacidos en el territorio independizado y que lo mismo no
quisieron seguir la nueva nacionalidad. Es obvio que en este caso corresponde á los que re-
presentan la nueva Soberanía establecer el modo de incorporarse después á la colectividad
creada los que se negaran á aceptar el cambio.
La ficción consiste en que se reconoce una nacionalidad que no adquirirse por el nacimiento
antes del 3 de Noviembre de 1903, cuando la República de Panamá no existía, cuando el te-
Después del 3 de Noviembre, vista la cuestión desde los dos puntos de vista de donde se mira
de entonces para acá, presenta dos aspectos: para los colombianos, los istmeños siguieron
siendo todos colombianos, de igual modo que los nacidos en cualesquiera otras partes del te-
rritorio colombiano: traidores y rebeldes los unos, leales los otros –y este tiene que seguir
siendo el punto de vista legal de Colombia mientras ella no reconozca la República de Panamá–
para los panameños no hay ni puede haber más que panameños y colombianos, según el lugar
en que cada cual haya querido colocarse.
Tan cierto es esto que el Doctor Porras muchos días después de consumado el movimiento de
independencia, escribía acerca de él como colombiano, y como tal lamentaba la separación
del Istmo del seno de la Patria –Colombia.
La Convención declaró, no obstante, panameños á todos los nacidos en el Istmo; pero estableció
luego que, “por no aceptar el movimiento de independencia de la Nación,” pierdan la nacionali-
dad, seguramente porque reconoció que nadie puede tener la nacionalidad que repugna, ni
perder la que le corresponde de derecho sin haber renunciado á ella y por una voluntad extraña,
ni, mucho menos, conservar á la vez dos nacionalidades contradictorias y enemigas.
Como se ve, a Convención adoptó la forma más adecuada á su juicio para reservarse ella la
facultad de abrir la puerta á los que aun no habían entrado en la nueva República, quienes si
lo tenían á bien debían hacer ante aquella Corporación la manifestación correspondiente, ó de
no, á la próxima Asamblea.
Desde luego no podía llenar este requisito una carta particularmente dirigida á algunos Dipu-
tados y á otros ciudadanos que no formaban parte de la citada Corporación, carta que, aun
cuando se autorizó su publicación, no estaba dirigida á la Asamblea ni ésta debía tener cono-
cimiento oficial de ella. Esa era la voluntad expresa del autor de dicha carta, como lo deja
comprender claramente el telegrama de fecha 29 de Febrero, tres días antes de entrar en vigor la
Constitución en toda la República.
Se repite dicho telegrama con el que lo motivó, porque son ambos muy significativos:
“26/2 (Febrero) 04. -Doctor Belisario Porras. –Ssalvr.- URGENTISIMO envíe
Presidente aceptación cargo convencional.- Urriola- Brin- Mendoza- Chiari-Mo-
rales-Ycaza.”
Después de todo esto, el veinticuatro de Abril de mil novecientos cuatro , fue cuando el Doctor
Porras se decidió á manifestar á sus amigos que se sometía á los hechos sucedidos é IRRE-
MEDIABLES y los autorizó para publicar esto, dejando siempre constancia, por medio de esa
ú otras expresiones semejantes, de su dolor, su inconformidad y su improbación.
El acto de no aceptar no dejó de existir por esto, y sus efectos tenían y tienen que seguirle, por
lo mismo que no hay por qué considerar, que los de la Constitución, publicada desde el DIEZ Y
SEIS de Febrero en número extraordinario de la Gaceta Oficial, estuvieran en suspenso.
No le quedaba pues otro camino al Doctor Porras que el de ocurrir á la Asamblea Nacional,
entonces reunida, en solicitud de su rehabilitación.
VII
Por el artículo 4º del citado Decreto reconoció el derecho á votar, á “todos los varones
mayores de veintiún años nacidos y residentes actualmente en el territorio del Istmo de
Panamá, que no hayan perdido sus derechos políticos de conformidad con las leyes”, á
“los naturales de Colombia que hayan manifestado su voluntad de hacerse ciudadanos de
la República y hayan prestado juramento de fidelidad ó lo presten antes del día de las vo-
taciones y los que se encuentren al servicio del país en la indicada fecha.”
Por el artículo 5º. Estableció que podían ser elegidos Diputados todos los istmeños con las cali-
dades dichas y aun los no residentes, y “los naturales de Colombia que hayan jurado fidelidad
á la República ó firmado las Actas de independencia ó manifestado su voluntad de hacerse
ciudadanos de ella con anterioridad á la publicación de este Decreto.”
ch. En la sesión nocturna de la Convención Nacional, presidida por el Doctor Pablo Arose-
mena, el veintidós de Enero del mismo año, aprobado que fué el artículo 6º de la Constitu-
ción, el cual declara quiénes son panameños, al discutirse el artículo que declara las causa por
Por eso ha dicho muy bien un notable jurisconsulto istmeño que “la ley es un principio ante
el cual han de inclinarse con respeto y aun con alegría ciudadanos y Magistrados”, y que no
hay en los códigos “disposiciones baldías, esto es, inaplicable en caso alguno”.
Por mucho que se quiera rebajar y desautorizar la obra de la Constituyente, habrá que conve-
nir en que la Constitución, sean cuales fueren las incorrecciones que se le atribuyan, no es
mero juego de palabras sin sentido.
Por los antecedentes del inciso 3º del artículo 7º que se examina y por su tenor literal, esa dis-
posición estaba destinada á producir efecto inmediato ó á no producir ninguno.
Si, como se asegura, la redacción del artículo es de tal modo incorrecta, que según como
está concebido el resultado es que no produce ningún efecto, que es baldío, ineficaz é ina-
plicable, no se explican de manera racional los calificativos que se emplean para censurarlo,
de injusto, antihumano, vengativo, abominable, y a otros semejantes.
Ambos extremos son inaceptables é igualmente irrespetuosos para la Convención y para el país.
Uno de los panameños autores del movimiento y la generalidad de los panameños que á él se
adhirieron –identificaron desde luego sus aspiraciones por la consolidación de la nacionali-
dad que de allí nació.
3º Los que aceptaron los hechos y protestaron, actos de voluntad –los de no aceptar y
protestar– que se realizaron, ó por el mero silencio, que en tales emergencias puede ser
la más prudente forma de manifestar la inconformidad, ó por medio de manifestacio-
nes escritas, que son imborrables. Lo primero –el silencio– pudo pasar inadvertido en
las personas poco notables; lo segundo –la protesta escrita– en ningún caso pudo pa-
sar inadvertida.
No puede referirse la Constitución en el inciso 3º. del artículo transcrito, á los istmeños que
se encontraban en el caso 1º, porque éstos no tenían que aceptar lo que habían ejecutado ellos
mismos; ni á los del caso 2º, porque éstos ya habían aceptado y con su aceptación contribu-
yeron eficazmente al éxito del movimiento, constituyéndose por estos hechos, por esta unión
de las voluntades, por este acuerdo unánime, la Nación con cuyos poderes y á nombre de la
cual obraba la Convención.
No puede admitirse que se propone prevenir –en esa parte– sucesos futuros, no diciéndolo,
como no lo dice, de manera expresa, cual sería necesario que lo dijera para poder desechar el
sentido recto de las palabras que emplea, según la materia de que se trata.
Supongamos que alguno de los que están comprendidos en los dos primeros casos indicados,
por un motivo cualquiera se arrepiente de su obra y declara que fué un error lo que se hizo y
que el Istmo debe volver á formar parte de Colombia. No por eso le sería aplicable el citado
inciso 3º del artículo 7º de la Constitución, pues ya no se trataría sino de un acto de naturaleza
distinta contra el régimen legal establecido y habría que acudir á otras leyes, á otros procedi-
mientos para remediar ó impedir el mal que se intentara causar.
El mismo Doctor Porras ha entendido que la e se viene considerando, se refiere á los que no
hayan aplaudido, á los que hayan ejercido o ejerciten la libertad de pensar acerca del movi-
miento de independencia (Carta de fecha 1 de abril, dirigida al señor Sosa).
Los acontecimientos humanos no son obra del acaso, ni resultado de fuerzas irracionales ó in-
conscientes; tienen sus leyes naturales á que obedecer, su orden, su encadenamiento lógico,
sus efectos, su oportunidad ó inoportunidad con relación al tiempo en que deben ocurrir al-
gunos de ellos, y estas leyes no está al arbitrio de los hombres alterarlas ó destruirlas.
Ya se ha visto que la Constitución no determinó el tiempo para aceptar, como ha debido ha-
cerlo si se tratara de una aceptación ó no aceptación posterior a su vigencia. Para entenderlo
así habría que convenir en que el verbo aceptar está usado como equivalente á someterse, lo
cual no es correcto, y no puede admitirse, por consiguiente, que en ese se haya empleado.
Aceptar no es lo mismo que someterse y quien ha declarado ya que no acepta, y todo lo
contrario, ha condenado é improbado en términos enérgicos un hecho de esta naturaleza,
aun cuando después diga que lo acepta, no puede entenderse sino que se somete, aunque se
valga de un término que no es el propio para significar el acto que realiza.
No puede, pues, admitirse que en cualquier momento en que alguno de los que no aceptaron
el movimiento de independencia manifieste que lo acepta queda fuera del alcance del citado
La Constitución estableció sin limitación alguna y de manera firme la época en que comenzaría
á regir en toda la República, y desde entonces surte sus efectos en todas sus partes.
Empero, llega el instante en que quien se encuentra en ese caso desea someterse para ejercer
derechos como miembro de la Nación. Pues bien, para ello tiene que dirigirse á la Asamblea
para que lo rehabilite, ó hay que borrar de la Constitución el inciso 3º del artículo 7º y la parte
final del mismo artículo.
Si la Convención hizo bien ó mal en establecerlo así, ó si habría sido preferible otro tempe-
ramento, no es punto que la Corte debe dilucidar. Bástale saber que lo que dice la Constitu-
ción, y la atribución que al respecto le señala la ley, para que de acuerdo con tales preceptos
falle, no permitiendo que se les desvirtúe en ningún caso, porque nada ni nadie está por encima
de la Constitución y la ley.
———————
Sometido á discusión fué aprobado por cuatro votos, habiéndose negado el suyo el Conjuez,
señor Benítez.
“ACUERDO N° 72
CONSIDERANDO:
ACUERDA:
Llamar al Segundo Designado para que se encargue del Poder Ejecutivo y desempeñe el cargo
de acuerdo con la Constitución.
Dado en Panamá, a los nueve días del mes de octubre de mil novecientos cuarenta y uno.
El Presidente
(Fdo.) CARLOS L. LÓPEZ
El Magistrado. El Magistrado.
(fdo.) ERASMO DE LA GUARDIA (fdo.) DARÍO VALLARINO
El Magistrado. El Magistrado.
(fdo.) B. REYES TESTA (fdo.) PUBLIO A. VÁSQUEZ
El Secretario.
(fdo.) LORENZO HINCAPIÉ
Excmo Señor
Roberto F. Chiari
Presidente de la República
Excmo. Señor:
No cabe duda en nuestro ánimo que al tomar posesión ante la Corte Suprema de Justicia del
cargo de Presidente de la República lo hizo usted de acuerdo con los preceptos constitucio-
nales invocados en aquel acto por el Presidente de la Corporación.
En nuestro concepto, SI ELLO ES ASI , el Dr. Chanis continúa siendo del Presidente de la
República y la permanencia de usted en el Poder tiene que ser de carácter temporal.
Los Magistrados,
“Explicación al País”
Ayer 7 de mayo de 1951 fue expedido un acto denominado “1Decreto de Gabinete”, un acto
desconocido en nuestro sistema constitucional por le cual el Señor Presidente de la Repú-
blica y los miembros de su Gabinete pretenden poner en vigencia la Constitución de 1941
eliminando algunos de sus Títulos y derogando la Constitución de 1946 en parte, es decir,
dejando en vigencia algunos de sus Títulos.
“Regirán en la República de Panamá las leyes que han estado siguiendo hasta hoy,
con las modificaciones y alteraciones que requiere el cambio político efectuado y
las que la Junta acuerde en decretos posteriores”.
Las leyes de organización judicial colombianas quedaron extinguidas por el Decreto No. 19
de 21 de Noviembre de 1903 de la Junta de Gobierno Provisional por el cual se organizó el
Poder Judicial y el Ministerio Público, mientras legislaba sobre el particular el Cuerpo Legis-
lativo de la Nación. Según ese decreto el Poder Judicial se ejercía por una “Corte de Justi-
cia, por un Juez Superior, por Jueces de Circuito en cada Distrito, por Tribunales de Arbi-
tramiento y Tribunales Militares”.
Para integrar la Corte de Justicia –dividida en dos salas civil y criminal– fueron nombrados
Magistrados para la primera, los doctores Gil Ponce J., Nicanor Villalaz y Saturnino L. Peri-
gault; y para la segunda sala, don Francisco de Fábrega y don José B. Villarreal. Se designó
Procurador General de la Nación al doctor Ramón Valdés López.
Luego la Convención reorganizó el Poder Judicial u el Ministerio Público por las leyes 58 y
85 de 1904, denominando la más alta Corporación Judicial de la República: Corte Suprema
de Justicia.
• 1904 a 1908
Gil Ponce J., Francisco de Fábrega, Nicanor Villalaz, Saturnino L. Perigault, y José B. Villarreal.
• 1908 a 1912
Aristides Arjona, Juan Lombardi Francisco V. de la Espriella, Fernando Guardia y Juan B.
Amador.
• 1912 a 1916
Francisco V. de la Espriella, Facundo Mutis Durán, Juan Lombardi, Nicolás Victoria J. y Au-
relio Guardia.
Por renuncia de los Magistrados Mutis Durán y Victoria J., fueron nombrados Alberto Men-
doza y Heliodoro Patiño.
• 1916 a 1920
Juan Lombardi, Aurelio Guardia, Manuel A. Herrera L., Samuel Quintero C. y Ezequiel Urrutia
Dìaz.
• 1920 a 1924
Aurelio Guardia, Manuel A. Herrera L., Dámaso A. Cervera, Miguel A. Grimaldo B. y E.
Urrutia Díaz.
• 1924 a 1928
Dámaso A. Cervera, Manuel A. Herrera L., José Dolores Guardia, Osvaldo López y E. Urru-
tia Díaz.
Esta importante reforma fue propuesta por el Presidente de la República don Rodolfo Chiari.
Es interesante transcribir lo pertinente del Mensaje que dicho mandatario dirigió a la Asamblea
Nacional, fechado el 7 de Octubre de 1928, con el Proyecto de Acto Legislativo, reformatorio
de la Constitución. Dice:
“La segunda reforma persigue el fin de darle al Poder Judicial mayor independen-
cia posible. La práctica ha demostrado que es inconveniente el sistema establecido
en cuanto a la época en que deben hacerse los nombramientos para Magistrados
de la Corte Suprema de Justicia, que coincide con la expiración del término presi-
dencial. Renovándose el Poder Judicial en esta forma, ocurre con frecuencia que se
convierte en lo que se ha dado en llamar cuartel de invierno, si el vencedor en los
comicios populares es el partido de oposición, y si continúa en el Poder el mismo
partido que está gobernando, podría suceder que no se utilizarán los servicios de
personas debidamente capacitadas por si idoneidad y por su rectitud, por haber mi-
litado en las filas opuestas, pues no siempre es posible sustrae5rse a los dictados
de la pasión política.
La Asamblea Nacional dió paso al proyecto mencionado, que vino a ser el Acto Legislativo
de 25 de Septiembre de 1928, y le tocó al mismo Presidente Chiari darle por primera vez
cumplimiento, pues por Decreto número 113 de 29 de Septiembre de 1928, nombró Magis-
trados, conforme a la reforma indicada, a los señores Manuel A. Herrera L., Juan Vásquez G.,
Daniel Ballén, Erasmo Méndez y Benjamín Quintero A.
Por fallecimiento del Magistrado Benjamín Quintero A., ocurrido el 19 de Marzo de 1929, lo
sustituyó por el resto de período, el señor Miguel A. Grimaldo B.
Juan J. Amado, Lisandro Espino, Manuel A. Noriega, Alejandro Rodríguez Camarena, Simón
Esquivel, Carlos Icaza A., Julio Arjona Q., Gil R. Ponce, Ezequiel Fernández Jaén, Carlos
Guevara, Florencio Arosemena F., Francisco Filós, Carlos V. Bievarach, Luis Morales Herrera
y Harmodio Miranda.
Y el artículo 165 dice: “La Corte Suprema de Justicia se compondrá de cinco Magistrados
nombrados, conforme lo dispone el ordinal 18 del artículo 14 uno de cada dos años, para un
período de diez que comenzará el primero de noviembre. Cada Magistrados tendrá un suplente
nombrado para el mismo período, quien reemplazará al principal en sus faltas accidentadas y
en las absolutas mientras se llena vacante”.
Ley 93 de 1904 sobre recurso de revisión en asuntos civiles y criminales, adicionada por la
Ley 27 de 1903.
Ley 17 de 1911, estableciendo el divorcio. Esta fue sustituida por la Ley 55 del mismo año.
Ley 45 de 1912, sobre organización judicial. Esta ley en su artículo 5º. eliminó la división
en salas de la Corte Suprema de Justicia, a partir del 1º de Enero de 1913, y dispuso que conocie -
ra indistintamente de asuntos civiles y criminales. Así se ha venido practicando hasta ahora.
En el año de 1937 la Asamblea Nacional dictó dos leyes: la 25 orgánica del Poder Judicial y
del Ministerio Público y la 27 que estableció los recursos de casación y revisión, sustituida
por la ley 36 de 1941. Estos recursos extraordinarios se hacían sentir desde tiempo há dada
nuestra organización judicial y el progreso del país.
El recurso de casación se estableció con respecto a las sentencias dictadas por los Tribunales
Superiores de Distrito Judicial que la misma ley creó y cuyos asientos señaló para el primero de
la ciudad de Panamá, y para el segundo, la ciudad de Penonomé. La ley 61 de 1946 aumentó un
Tribunal Superior por exigirlo así el cúmulo de negocios, y dispuso que el primero y segundo,
con asiento en la ciudad de Panamá, conozcan los asuntos civiles y penales, respectivamente,
compuestos por tres Magistrados cada uno; y que el Tercer Tribunal continuará con el mismo
personal, con la misma sede en Penonomé, y con el conocimiento conjunto de asuntos civiles
y penales.
En el curso de la vida republicana, la Corte Suprema ha dado posesión –de acuerdo con precep-
to constitucional, y en receso de la Asamblea– a diez Designados y dos Vicepresidentes, a saber:
El 1º de marzo de 1910 al doctor Carlos A. Mendoza. Segundo Designado, por muerte del
Presidente titular don José Domingo De Obaldía. Presidía la Corte y le tomó el juramento el
Magistrado Fernando Guardia.
El 1º de febrero de 1912 a don Rodolfo Chiari, Tercer Designado por licencia del 1er Designado
Encargado del Poder Ejecutivo, doctor Pablo Arosemena. Presidía la Corte Don Aristides Arjona.
El 3 de junio de 1918 al doctor Ciro L. Urriola, Primer Designado, por muerte del Presidente
titular doctor Ramón M. Valdés. Presidía la Corte el doctor Juan Lombardi.
El 6 de junio de 1923 a don Rodolfo Chiari, Primer Designado por licencia concedida al Pre-
sidente titular Dr. Belisario Porras. Presidía la Corte el Magistrado E. Urrutia Díaz.
El 14 de julio de 1941 al doctor José Pezet, Primer Designado, por licencia concedida al Pre-
sidente titular doctor Arnulfo Arias. Presidía la Corte el doctor Carlos L. López.
El 9 de octubre de 1941 al Ingeniero Ernesto Jaén Guardia, Segundo Designado, por haber
abandonado la Presidencia el doctor Arnulfo Arias el mismo día, pocas horas después, a don
Ricardo Adolfo de la Guardia por renuncia presentada por el Designado Jaén Guardia, y ha-
berlo escogido el Consejo de Gabinete, como Ministro de Gobierno y Justicia para que se en-
cargara de la Presidencia. Presidía la Corte el doctor Carlos L. López.
El 28 de julio de 1949 al doctor Daniel Chanis, como Primer Vicepresidente por licencia del
titular don Domingo Díaz Arosemena. Presidía la Corte el doctor Rosendo Jurado V.
Ministerio Público
El Ministerio Público como auxiliar y colaborador del Organo Judicial ha sido reglamentado por
medio de las Leyes orgánicas del citado Poder Judicial. Pero de acuerdo con las constituciones
de 1941 y 1946 se dictaron las leyes 15 de 1941 y 61 de 1946 dándole una reglamentación espe-
cial. El alto cargo de Procurador General titular de la Nación ha sido desempeñado por las si-
guientes personas: Ramón A. Valdés López, Gerardo Ortega, Santiago de la Guardia, Aristides
Arjona, Nicolás Victoria J., Manuel A. Noriega, Carlos L. López. Osvaldo López, Jorge E. Boyd,
Ismael Ortega B., Benito Reyes Testa y Víctor A. De Le´pon, quien lo ejerce actualmente.
Según las primeras leyes referentes a este ramo de la administración pública, era el Presidente
de la República, el Jefe del Ministerio Público, quien nombraba su personal. pero las citadas
Constituciones establecieron como Jefe del Ministerio Público al Procurador General de la
Codificación Nacional
En el año de 1913 el Presidente de la República doctor Belisario Porras creó una comisión
Codificadora encargada de redactar los proyectos de códigos nacionales. Estos fueron asig-
nados, a los miembros de esa augusta comisión que fue integrada así:
Dicho Código Penal fue derogado y sustituido por el aprobado por la Ley 6a. de 1922, que
ha sufrido múltiples modificaciones.
Después de haber entrado a regir el Código Judicial, la Ley 52 de 29 de Marzo de 1919, cal-
cada en la de España, estableció el Juicio Oral, en materia penal, con respecto a los negocios
cuya competencia estuviere atribuida a los Jueces de Circuito y Municipales.
A propósito, se viene hablando desde hace algún tiempo sobre la conveniencia de establecer
también el procedimiento oral en los juicios civiles, por estimarse que con ese sistema la ad-
ministración de justicia sería más rápida y un tanto más eficaz.
Atendiendo nosotros esa opinión, en el proyecto de Código Judicial, que ha estado a nuestro car-
go como miembro de la Comisión Codificadora, hemos incluido un capítulo estableciendo el jui-
No había entrado a regir el Código Judicial Panameño. que eliminó los juicios con interven-
ción del jurado, cuando la ley 50 de 13 de Marzo de 1917 restableció esa institución y señaló
los delitos cuyo juzgamiento atribuyó al Juez Superior de la República.
Siendo Panamá un país democrático no podía ser bien recibida por la sociedad la abolición
del jurado de conciencia y por eso, sin duda, nuestros legisladores se apresuraron a restable-
cerlo, ya que no era dable romper con esa importante conquista de la democracia, y sobre todo
porque el artículo 95 de la Carta Fundamental de 1904 estableció el jurado y por tanto su su-
presión era inconstitucional.
Es de anotar que dicha Ley 50 fue reformada por la número 38 de 13 de Marzo de 1919 y ésta a
su vez por la 25 de 1937 consistente en atribuir la competencia de los delitos mencionados a
los tribunales de Justicia, por haberse eliminado el Juzgado Superior.
Piensan algunos que este Juzgado debería restablecerse para descongestionar a los Tribunales
Superiores del exceso de trabajo que tienen, y nosotros compartimos esa idea que sin duda
redundará en beneficio solo de la administración de justicia, sino de los acusados que a veces
permanecen detenidos más tiempo del necesario. Y ya que del Jurado se trata, deseamos hacer
conocer que esta institución se estableció en Colombia en el año 1850, iniciándose en Panamá
en el año siguiente en la República de Colombia .
“En Colombia se estableció esta institución, durante la administración del General Dr. José
Hilario López iniciada el 7 de Marzo de 1849 empezándose por autorizar a la Cámara Pro-
vincial de Panamá, para establecer el Jurado, como se ve en el artículo 3º de la Ley 11 de Julio
de 1850, que a la letra dice:
“Se autoriza la Cámara Provincial de Panamá para que ordene lo conveniente so-
bre el establecimiento de Jurados que conozcan de todas las causas criminales que
se sigan en la ciudad de Panamá a nacionales y extranjeros, quedando a unos y
otros el derecho de preferir a esta clase de enjuiciamiento, establecidos por las leyes
convenientes de la Repúblicas , siempre que la declaratoria de esta preferencia se
verifique antes de procederse al sorteo de Jurados”.
Ya se hacía necesario tal medida por razones obvias. Ella no era cosa nueva. La obra intitulada
Práctica Forense del distinguido jurista colombiano Doctor Demetrio Porras nos informa sobre
el origen de la institución de la abogacía. Es oportuno transcribir los siguientes párrafos:
“No iremos a buscar el origen de esta institución en los primitivos tiempos históri-
cos, que en ellos debió confiarse la defensa del derecho a los más virtuosos e inte-
ligentes; lo hallaríamos más tarde en el patronato de los patricios romanos. Por lo
que a nosotros toca, la buscaremos en la legislación española que fué la nuestra y
que rige como supletoria en la Administración de Justicia. Encontraremos que en
el Fuero viejo de Castilla se les dio a los abogados por primera vez la investidura
de Procuradores y se les llama voceros; y en el Fuero Real se determinaron algunas
reglas para el ejercicio de la profesión. En el reinado de los Reyes Católicos, en
1495, se dispuso que nadie pudiera abogar sin ser antes examinado y aprobado por
los Consejos del Reino o por las Audiencias, e incorporado en los respectivos colegios,
y entonces se publicaron las Ordenazas de los abogados” (Tomo I, p. 220).
Con el Colegio de Abogados que acaba de establecerse aquí, esperamos que el au-
gusto ministerio de la abogacía, “no sólo será beneficioso desde el punto de vista
del interés social, sino del particular e individual.”
Indudablemente que es necesario introducir ciertas reformas a nuestros códigos, ya que muchas
de sus disposiciones no están acordes con los adelantos modernos de la ciencia jurídica, ni están
a tono con nuestras normas constitucionales. Por eso, el Gobierno Nacional ha creado una Co -
misión Codificado integrada por miembros del foro panameño, la cual por motivos que no son
del caso mencionar no ha concluido del todo sus labores. Sin embargo la Ley 61 de 1946, sobre
Organización Judicial y del Ministerio Público tiene su origen en tal comisión, habiendo sido los
ponentes del proyecto los doctores Ricardo J. Alfaro y Manuel A. Herrera L., con la cooperación
de los ex codificadores doctores Darío Vallarino, Víctor A de León y Carlos Icaza Arosemena.
La referida Comisión Codificadora ha preparado hasta ahora el Penal, con la ponencia de los doc-
tores Miguel A. Grimaldo B. y Víctor A. de León; el Judicial con la del Dr. Manuel A. Herrera
L. y el Fiscal con la de los doctores Galileo Solís, José Antonio Sosa Jované, Víctor A. De León,
Domingo H. Turner y Harmodio F., sirviendo de Asesor el doctor Pedro Comas Calvet.
Tales proyectos se encuentran en el despacho del Ministerio de Gobierno y Justicia para ser so-
metidos a la discusión y aprobación de la Asamblea Nacional en sus actuales sesiones ordinarias.
Jurisprudencia de la Corte
Existe ya una copiosa jurisprudencia sentada por la Corte Suprema de Justicia compilada en
seis tomos por nosotros y su iniciación parte del año 1917, época en que comenzaron a regir
los códigos nacionales, hasta el año de 1940 inclusive,. Sobre la bondad de esa obra nos abs-
“La Corte Suprema de Justicia tuvo una intervención destacada con motivo del suceso polí-
tico ocurrido en la madrugada del 2 de enero de 1931, que dio por resultado la caída del go-
bierno de esa época.
“En efecto, nosotros éramos a la sazón Presidente de la Corte Suprema de Justicia y como a las
siete y media de la mañana del referido día, los señores don Samuel Lewis (q. e. p. d) y don Héc-
tor Valdés estuvieron en nuestra casa para informarnos que el Ministro de los Estados Unidos
acreditado en Panamá, don Roy Tasco Davis, deseaba tener una entrevista con nosotros como
Presidente de la Corte Suprema de Justicia. Accedimos a la invitación y junto con dichos seño-
res nos dirigimos a la Legación situada en aquel entonces en la calle cuarta de esta ciudad.
“Al llegar a la Legación encontramos en la planta baja a distinguidos ciudadanos que respal-
daban el movimiento revolucionario, hablando con Mr. Davis, quien al vernos llegar se separó
del grupo y vino a recibirnos.
“El Ministro Davis nos condujo enseguida a un departamento del último piso de la Legación,
y allí a solas; nos dijo más o menos estas palabras: “Señor Presidente de la Corte; Supongo
que está Ud. enterado de la situación porque atraviesa el páís”. Le contestamos: “Lo he oído
decir” y añadió, “Mi llamada a Ud. tiene por objeto manifestarle que son mis deseos que ese
asunto se arregle por ustedes mismos los panameños sin que tenga necesidad de intervenir
el gobierno americano; pero eso sí, ello debe realizarse a más tardar a las cinco de la tarde
de hoy, pues para esa hora quizá tenga que tomar alguna medida mi gobierno para asegurar las
garantías individuales y los intereses del gobierno americano; y nada mejor que intervenga
en ese sentido la Corte Suprema de Justicia que Ud. preside”.
“Citados los Magistrados , en ese entonces don Erasmo Méndez, don Héctor Valdés y los
Suplentes en ejercicio don Benito Reyes Testa y Don Ezequiel Fernández Jaén, quienes
reemplazaban temporalmente a los titulares Dr. Juan Vásquez y don Miguel Ángel Grimal-
do B. y citados también el Dr. Harmodio Arias, Jefe del Movimiento revolucionario y sus
simpatizadores, don Francisco Arias Paredes, don Domingo Díaz A., Dr. Joaquín J. Valla-
rino, etc. dimos a conocer el motivo de la reunión. Después de un cruce de opiniones sobre
la situación, los señores mencionados, expusieron que deseaban que, como primer paso se
obtuviera la renuncia del Presidente de la República, ingeniero Florencio Harmodio Arose-
mena. Luego se entró a considerar como debía quedar constituido el Gobierno. Se propuso
“Acordados los dos puntos aludidos, nos dirigimos a la Presidencia de la República para en-
trevistarnos con el Presidente Arosemena. Diósele a conocer a éste el objeto de nuestra pre-
sencia allí. El Presidente Arosemena al principio se negó a renunciar el cargo pero hechas
ciertas reflexiones por los señores Enrique Linares y Samuel Lewis, bajo cuya vigilancia y
custodia se hallaba el Presidente Arosemena, éste nos hizo entrega de la renuncia en nuestro
carácter de Presidente la Corte, por corresponderle a esta entidad resolverla y disponer lo con-
ducente por receso de la Asamblea Nacional.
“Pero antes de renunciar el Presidente Arosemena objetó lo convenido, es decir que fuera el Ma-
gistrado Grimaldo B., quien lo sucediera, por concurrir en este señor el mismo reparo que se le
hizo a él cuando nombró al Dr. Daniel Ballén su Secretario de Gobierno y Justicia, siendo Ma-
gistrado de Corte. En vista de esta fundada objeción se insistió en que el Dr. Harmodio Arias se
encargara del Poder Ejecutivo mientras regresaba al país el Dr. Ricardo J. Alfaro, Primer Desig-
nado y a la sazón Ministro de Panamá ante el Gobierno de los Estados Unidos.
“Por supuesto que para que el Dr. Arias pudiera encargarse del Poder Ejecutivo era necesario
que se le nombrara previamente Secretario de Estado y ene efecto así lo fue en la Cartera de
Gobierno y Justicia , mediante nombramiento hecho por el Consejo de gabinete que se reu-
nió bajo la Presidencia de Don Florencio H. Arosemena y sus Secretarios.
“La Corte por Acuerdo Número 1 de 2 de enero de 1931, aceptó la renuncia escrita presenta-
da por el Presidente de la República y por Acuerdo Número 2 dispuso llamar por cable al Dr.
Alfaro para que viniera al país a ejercer el Poder Ejecutivo.
“Bajo del mando con la intima convicción de que he cumplido honradamente con
mis deberes constitucionales y legales”.
F. H. Arosemena”
Contestación de la Corte
“Por Acuerdo Número 1 de esta misma fecha fue considerada y aceptada la renuncia irrevo-
cable presentada por su Excelencia ante esta Honorable Corte, del cargo de Presidente
Constitucional de la República.
“Me permito expresarle las más expresivas gracias por sus servicios prestados al país du-
rante el tiempo que estuvo al frente del Gobierno Nacional y me suscribo su muy atento y SS.
A las cuatro de la tarde del citado día 2 de enero la Corte dio posesión al Dr. Harmodio Arias,
en su carácter de Secretario de Gobierno y Justicia, escogido por el Consejo de Gabinete pa-
ra que se encargara del Poder Ejecutivo.
Habiendo la Corte su intervención al respecto nos dirigimos a la Legión (sic) Americana e in-
formamos al señor ministro Davis la manera como había quedado solucionado el problema
político que hizo crisis ese día. El Ministro señor Davis nos felicitó por ello y a la Corte. Con-
tribuimos así a la tranquilidad social y al retorno del país a su cauce constitucional”.
El periódico intitulado Registro Judicial, que venía siendo el órgano de publicidad del Poder
Judicial y que fue creado inicialmente por Decreto Número 33 de 12 de Marzo de 1887, ex-
pedido por el Gobernador del extinguido Departamento de Panamá, continuó publicándose en
la etapa republicana. Pero desde el año de 1951 ha sufrido una paralización que aún perdura
y que se hace sentir. Ojalá que cese cuanto antes esa anomalía, pues dicho periódico nos da a
conocer la Jurisprudencia sentada por la Corte Suprema de Justicia, que según ha dicho ati-
nadamente cierto autor, “es el complemento necesario de la legislación”.
Palacio de Justicia
La iniciativa de la construcción del Palacio fué nuestra en el año de 1924 cuando desempeñába-
mos el alto cargo de Presidente de la Corte. Nos dimos cuenta entonces de su urgente necesidad
por las frecuentes visitas que nos hacían latas personalidades extranjeras. La iniciativa la dimos
a conocer al señor Presidente de la República, en aquella época, don Rodolfo Chiari, por
conducto del Honorable Diputado a la Asamblea Nacional, don Carlos Guevara, quien fue
El Presidente Chiari acogió con simpatía y entusiasmo nuestra idea y envió el proyecto a la
Asamblea Nacional con un mensaje especial; proyecto que vino a ser a la Ley 35 de 22 de
Noviembre de 1924, modificada por la Asamblea en el sentido de hacerlo también asiento de
la cámara Legislativa.
Defensores de Oficio
Como existe en otros países, nuestra Asamblea Nacional por la Ley 1ª de 1909 creó el cargo
de Defensores de Pobres que leyes posteriores denominaron Defensores de Oficio para que
atendieran a la defensa de los delincuentes que por su precaria condición económica no pueden
pagar un defensor.
En cada Circuito Judicial de la República hay un Defensor de Oficio, con excepción del de Pa-
namá donde existen tres: dos para los asuntos que se ventilan en los Juzgados de Circuito y los
Juzgados Municipales de lo Penal, y uno para los juicios que se celebran con intervención de
Jurado de Conciencia ante los Tribunales Superiores de Justicia. Los referidos defensores tienen
señaladas desde luego, sus funciones, habiéndosele agregado las siguientes: representar a los
agricultores pobres en las solicitudes de tierras a título gratuito; a los obreros víctimas de acci-
dentes de trabajo; y a los que demandan amparo de pobreza ante los respectivos tribunales.
Los Defensores de Oficio son nombrados por el Organo Ejecutivo para un período de dos
años y son remunerados por el Estado. Su creación se estima una medida conveniente, pues
ahora están mejor atendidos los delincuentes pobres.
Una innovación muy importante ha sido la creación del Tribunal Tutelar de Menores por la Ley
24 de 19 de Febrero de 1951 (G.O. Número 11,433). Se imponía esa medida y su propósito es
“el de asegurar para todo menor que no ha cumplido diez y ocho años de edad los cuidados,
guía y control que fueren necesarios para su bienestar y para el mayor interés del Estado”.
Dicho Tribunal está a cargo de un Juez con jurisdicción en todo el territorio nacional. Tiene
su asiento en la Capital de la República. Le corresponde a la Corte Suprema de Justicia, nombrar
el Juez para un período de seis años y “su estabilidad estará garantizada mientras dure su
buena conducta y eficacia en el desempeño del cargo.”
La Ley 24 citada entró a regir el primero de Mayo de 1951 y la Corte Suprema designó Juez
a la doctora Clara González de Behringer cargo que viene desempañando con singular acierto,
como que ella tiene la experiencia y versación sobre los problemas relacionados con esta es-
pecialización jurídico social.
VISTOS: El ciudadano Alejandro Piñango, abogado de esta plaza, ha solicitado a esta Corte
Suprema de Justicia, que al tenor del artículo 167 de la Constitución nacional, se declare
inconstitucional la resolución número 35, dictada por la Asamblea Nacional, el quince de
enero en curso.
Al tenor del artículo citado, se le corrió el traslado de rigor al Procurador General de la Na-
ción, y este alto funcionario opina:
“RESUELVE:
Negar la licencia solicitada por el señor José Ramón Guizado para separarse del
cargo de Presidente de a República;
La disposición aludida es la que contiene el primer inciso del artículo citado, que
mencionan como función judicial de la Asamblea ésta:
Es evidente, porque así resulta del texto de la Resolución impugnada, que la impug-
nación que gravita sobre el Ingeniero José Ramón Guizado y que motivó la actitud
asumida por la Honorable Asamblea Nacional, se refiere a hechos ocurridos ya
cuando comenzó a ejercer las funciones de Presidente de la República. Y es pú-
blico y notorio que hasta ese momento y en la época de tales hechos había esta-
do desempeñando el puesto de Ministro de Relaciones Exteriores. Podría quizá
por ello pensarse que el conocimiento del caso corresponde a la Corte Suprema
de Justicia, debido a que el artículo 74 de la Ley 61 de 1946 al enumerar los ne-
gocios de que ha de conocer ese Tribunal privativamente y en una sola instancia,
hace en el ordinal 9° esta especificación:
“De las causas por delitos o faltas cometidas por los Ministros de Estado,. El Pro-
curador General de la Nación, los Magistrados de los Tribunales Superiores de
Distrito Judicial, los Fiscales de Distrito Judicial, el Contralor General de la Re-
pública, los Agentes Diplomáticos dela República, el Director General de Correos
y Telecomunicaciones, los Comandantes de la Policía Nacional, el Gerente del Banco
Nacional, el Gerente del Banco Agropecuario e industrial, el Gerente del Banco de
Urbanización y Rehabilitación, el Gerente de la Caja de Seguro Social, el Gerente
de la Caja de Ahorros, el Gerente de la Lotería Nacional de Beneficencia, los Agentes
Honorables Magistrados,
(fdo.). V. A. De Lén S.
Procurador General de la Nación”
Ello es así porque de otro modo, se quedarían sin sanción las infracciones del Código Penal
ya que un ciudadano puede ejecutar actos delictuosos, y llegar a la Presidencia de la República
sin que entonces pudiese deducírsele responsabilidad.
Y no se diga entonces que la competencia sería en esos casos de la Corte Suprema de Justicia,
porque el artículo 74, de la Ley 61 de 1946, sólo determina como de su conocimiento, las faltas
y delitos cometidos en cualquier tiempo siempre que al momento de decidirse del mérito del
sumario, sea Ministro de Estado, y no Presidente de la República.
Más aún. El Código Judicial, antes de ser reformado por la Ley 52 de 1925, establecía:
“Artículo 2328. Siempre que haya de seguirse contra el Presidente de la República o el En-
cargado del Poder Ejecutivo, los Secretarios de Estado, el Procurador General de la Nación,
Artículo 2329. Todo delito que cometieren los funcionarios expresados produce acción po-
pular, la cual puede intentarse sin fianza, por cualquier ciudadano a quien la ley no prohíba
este derecho.
Artículo. 2330. La querella será presentada ante la Asamblea Nacional y contendrá los re-
quisitos de todo libelo acusatorio, mencionándose en él explícitamente la infracción a que
se refiere.
Artículo 2331. Si la Asamblea por mayoría absoluta de votos admitiere la querella, decre-
tará la suspensión del funcionario acusado y lo pondrá a disposición de la Corte Suprema
de Justicia.
Artículo 2332. Recibida que sea la acusación por dicho tribunal, procederá a levantar el su-
mario respectivo.
Pero ese capítulo fue derogado, íntegramente por la citada Ley 52, lo que demuestra que el
legislador quiso dejar únicamente a cargo de la Asamblea Nacional, el Juzgamiento de la con-
ducta del Primer Mandatario de la Nación, ya sea que infrinja la Ley en el ejercicio de su cargo,
o como simple ciudadano, sancionándole al mismo tiempo.
La Corte DECLARA, en Pleno, que no hay lugar a hacer pronunciamiento alguno sobre la
constitucionalidad de las cláusulas del Convenio celebrado por nuestro país con los Estados
Unidos de Norte América el día 18 de noviembre de 1903.
(Hay un SALVAMENTO DE VOTO del Dr. Rodrigo Arosemena, suplente del Magistrado Ri-
cardo A. Morales, quien se declaró impedido en razón de su parentesco con el Dr. Eusebio A.
Morales, quien intervino directamente en todos los actos iniciales de nuestra nacionalidad).
VIST0S: En el libelo de demanda que forma los folios 1 y 2 el Lic. Domingo H. Turner que
se declarara la “inconstitucionalidad del artículo V de la llamada Convención del Canal Íst-
mico, firmada en el Departamento de Estado de los Estados Unidos, por Phillipe Bunau Varilla
y John Hay, el 18 de noviembre de 1903. En lo que se copia enseguida el demandante agotó
todos sus argumentos para justificar la demanda:
“Paso por alto lo relacionado con la perpetuidad, donde habría mucha tela que
cortar, y me referiré únicamente a la enajenación territorial y el monopolio. Sobre
el particular expresa la Constitución vigente:
“Esto último quiere decir que en la República de Panamá sólo puede haber MO-
NOPOLIOS OFICIALES, Esto es, monopolios explotados por el Estado Panameño;
de ningún modo por un gobierno extranjero.
“De modo que, en el caso del artículo V, citado, se violó la Ley constitucional vieja y
se está violando la nueva, cuyo efecto pido sea puesto en vigor en virtud del principio
constitucional invocado, de retroactividad de las leyes de orden público e interés
social.
“He citado la disposición inconstitucional, las disposiciones violadas por ésta y las
que sirven de fundamento a este juicio.
A la demanda cuyos son los párrafos transcritos se refirió el señor Procurador General de la
Nación en la Vista que forma los folios 5, 6 y 7, de la cual se transcribe lo que sigue:
“Para que esta demanda sea viable ha de cumplir, en primer término, con los re-
quisitos comunes a toda demanda, los cuales están señalados en el artículo 304 del
Código Judicial, reformado por la Ley 25, de 29 de enero de 1962 (Gaceta Oficial
14566, de 6 de febrero de 1962); así como con los que especifica el artículo 66 de
la Ley 46 de 1956 en sus dos literales.
Cuando el recurrente no haya podido obtener dicha copia lo expondrá ante la Corte
señalando las causas de la omisión, y el tribunal ordenará de oficio a la corporación
o funcionario respectivo que compulse y envíe las copias correspondientes.
“Pero el sustanciador fue de parecer que no debía rechazarse la demanda del Lic. Turner y
por ello ordenó fijar el negocio en lista por el término de cinco días “para que si lo tienen a
bien el demandante o quienes puedan resultar afectados por la demanda, aleguen por escrito.
“Hallándose fijado el edicto para notificar la resolución en que se proveyó lo anterior, vino el
demandante a corregir su demanda en el libelo que ahora forma los folios de 10 a 18, ambos
inclusive. De la corrección se le dio traslado al Sr. Procurador General, quien consideró ese
acto inadmisible. Dijo en apoyo lo que enseguida se copia:
“Conceptúo que el escrito identificado por las marginales “D.H. TURNER versus
LA NACIÓN- INCONSTITUCIONALIDAD DE ARTÍCULOS DE LA CONVEN-
CIÓN DEL CANAL ISTMICO, que figura a folios 10-18, no se ajusta a su “objeto
de encuadrar esta demanda dentro del procedimiento de rigor” porque está en dis-
cordancia con las normas y principios relativos a la corrección de demandas cuando
solicita pronunciamiento de inconstitucionalidad del artículo II de la Convención del
Canal Ístmico, que no había sido acusado en el libelo original visible a fojas 1 y 2.
“Es incuestionable que el derecho a corregir una demanda ya acogida debe restringirse a va-
riar los elementos secundarios, pero nunca los esenciales, entre los cuales ocupa lugar de ex-
cepción el PETITUM. A este respecto ha dicho la Corte:
“Corregir o enmendar una demanda no es otra cesa que quitarle los defectos de
que adolece para repararlos, pero no entablar una demanda distinta, porque enton-
ces no se aclara, corrige o enmienda lo hecho, sino que se hace una cosa nueva”.
“Pero la Corte no seguirá la línea de menor resistencia y pasará por alto los reparos que prende
al libelo el Sr. Procurador General, para examinarlo desde el punto de vista de su eficacia para
producir los efectos que normalmente está destinado, esto es, para obtener la declaratoria de in -
constitucionalidad de los artículos II y V de la Convención del Canal Ístmico suscrita el día 18
de noviembre de 1903 entre la República y los Estados Unidos de Norte América. Veámoslo.
“Para hacerlo se ve obligada a decir cuestiones elementales y comenzar afirmando que un Es-
tado no puede, a través de sus órganos jurisdiccionales, declarar inválido un convenio interna-
cional porque viole normas y principios de su Constitución, ni porque sea incompatible con su
“La función jurisdiccional (para volver a cuestiones elementales), se agota al mismo tiempo
que la soberanía, de la cual nace. Es obvio, por tanto, que esta corporación no tiene potestad
para pronunciarse sobre las cláusulas de un Convenio Internacional en el cual es nuestro país
una de las partes. De esa limitación que aqueja a los órganos de la jurisdicción interna de un
país no adolecen los tribunales internacionales, a quienes están sometidos todos los Estados
que expresamente les hayan otorgado su reconocimiento. Los fallos de tales tribunales sí tienen
la virtualidad -ausente en la Corte Suprema de Panamá- de sustituir su voluntad a la voluntad
de los estados contratantes. Es decir, que tales tribunales poseen todos los atributos jurisdic-
cionales, la plenitud jurisdiccional en el plano interestatal. De todo esto se sigue que la Corte
invadiría el ámbito reservado a aquellos tribunales y se convertiría en juez y parte si se pro-
nunciara sobre el objeto de la demanda del Lic. Domingo H. Turner, esto es, sobre un Convenio
Internacional suscrito por Panamá.
La Corte Suprema parece colocar a Panamá, en lo que respecta al Derecho Internacional, dentro
de la teoría denominada monista, también calificada como internacionalismo y según la cual
en el derecho solamente puede existir un sistema jurídico en que el derecho nacional está su-
bordinado al régimen internacional; sin que pueda existir conflictos entre el uno y el otro y
en el que prevalece el régimen jurídico internacional. El tratadista Hans Kelsen se encuentra
a la cabeza de la escuela monista, quien visualiza “un orden jurídico al cual los derechos na-
cionales están subordinados, de tal manera que tenemos un sistema jurídico universal fundado
sobre la primacía del derecho internacional. La razón de validez de este derecho ya no debe
buscarse en un orden jurídico nacional, por el contrario, es la validez de los órdenes jurídicos
nacionales la que tiene su fundamento en el derecho internacional”.
Los Estados Unidos de América, por su parte, acepta la teoría dualista, según la cual existen
dos sistemas jurídicos diferentes, uno el interno y el otro el internacional, situados paralela-
mente. Conforme a la Constitución de los Estados Unidos de América, tanto la Constitución
como los tratados internacionales son leyes suprema de la nación, pero la propia Constitución
ostenta la primacía. A este respecto el profesor John Mabry Mathews en su libro “The American
Constitutional System” 2ª Edición (1940), en las páginas 310 y 311 se expresa así:
“La Constitución establece que todos los tratados celebrados bajo la autoridad de
los Estados Unidos serán parte de la Ley suprema de la nación. Podría argüirse que
cualquier tratado celebrado por el Presidente y dos tercios del Senado se hace ‘bajo
la autoridad de los Estados Unidos’ y es en consecuencia válido; pero este argumento
es claramente erróneo, Aunque los tribunales nunca han declarado un tratado in-
constitucional parece ser que no hay duda alguna sobre la posibilidad de un conflicto
entre la materia objeto de un tratado y la Constitución, en cuyo caso, por supuesto
el tratado no sería válido. Difícilmente podría sostenerse que la facultad para celebrar
tratados pudiera autorizar el estable cimiento de un impuesto de exportación o el
adoptar una ley de prescripción, o el transferir del Congreso al Presidente la facultad
de declarar la guerra. Si esto fuera posible, entonces la Constitución podría ser for-
malmente enmendada por tratados, pero no existe duda alguna de que el método de
enmendar formalmente la Constitución, tal cual se establece en ese instrumento es
exclusivo”. (Traducción del inglés).
Existe además la teoría denominada “nacionalismo constitucional. Según esta teoría la obli-
gatoriedad de las normas de Derecho Internacional se encuentran supeditadas a la Constitu-
ción; y, por consiguiente, los preceptos de Derecho Internacional sólo adquieren validez para un
Estado cuando no son contrarios a su Derecho Constitucional.
Nuestra Constitución si bien no dice expresamente que sus preceptos constituyen la ley su-
prema del Estado, sí contiene normas que permiten tal aseveración. Su artículo 253 deroga
todas las leyes contrarias a la Carta, y estipula que ésta solamente puede ser reformada según
el Artículo 252 por un Acto Legislativo y conforme lo establece la misma Constitución Además,
el Artículo 121 prohíbe a la Asamblea Nacional expedir leyes que contraríen su letra o su
espíritu; y, de conformidad con el Artículo 167, a la Corte Suprema se le confía “la guarda de
la integridad de la Constitución” y se le impone la obligación de declarar “la inconstitucionali-
dad de las leyes decretos, acuerdos resoluciones y demás actos que, por las misma causas,
impugnase ante ella cualquier persona”.
Por otra parte, si consideramos que el Artículo 23 prohíbe expresamente al Estado obligarse
por tratado internacional a entregar a sus propios nacionales, que los Artículos 231 y 232 tienen
prohibiciones expresas en cuanto a la adquisición de tierras en el territorio nacional por go-
biernos extranjeros o entidades o instituciones oficiales o semioficiales extranjeras, que a nin-
guna persona natural o jurídica extranjera o persona nacional cuyo capital sea extranjero, puede
adquirir en todo o en parte la propiedad de las tierras nacionales o particulares situadas a menos
de diez kilómetros de la frontera ni la propiedad de las islas bajo jurisdicción de la República;
que entre las funciones legislativas de la Asamblea están las de aprobar o improbar los tratados
públicos que celebre el Ejecutivo (Artículo 118, ordinal 59), y que es prohibido a la Asam-
blea expedir leyes que contraríen la letra o el espíritu de la Constitución, tenemos que llegar
a la conclusión indubitable de que nuestra Constitución ha adoptado el nacionalismo consti-
tucional. Si ello no fuere así, las prohibiciones a que se ha hecho referencia no tendrían ningún
valor, ni la Corte podría en relación con dichas disposiciones ejercer la función que expresamen-
te le impone el Articulo 167. La circunstancia de que en la Carta podría en relación con dichas
disposiciones ejercer la función que expresamente le impone el Artículo 167. La circunstancia
de que la Carta aparecen numerosos preceptos de aplicación específica a los tratados internacio-
nales, indica que la Corte Suprema tiene la obligación de velar por que los acuerdos de vigencia
internacional que suscriba el Gobierno se ajusten a dichos preceptos constitucionales.
En relación con este problema hay que considerar igualmente lo previsto en el Artículo 4 de la
Constitución, conforme al cual “la República de Panamá acata las normas del derecho interna-
cional”. Esta disposición analizada en armonía con las demás estipulaciones constitucionales, nos
coloca precisamente en la situación anotada por el profesor Antokoletz, en el sentido de que una
norma internacional válida conforme a la Constitución vigente al tiempo en que fue adoptada, ten-
drá pleno valor aún en el caso que resulte en pugna con una reforma constitucional posterior, sea
total o parcial, ya que de otra manera sería admitir que los tratados internacionales podrían ser re-
formados por una sola de las partes, en cuyo caso no se acatarían las normas internacionales.
En cuanto a la referencia que hace el fallo, a los Tribunales Internacionales para dirimir los
problemas que se derivan de la Convención Ístmica, basta afirmar que en el caso específico
de nuestro Tratado con los Estados Unidos, no existe tribunal internacional alguno que
pueda pronunciarse sobre su validez. En el plano internacional no existe el Estado Mundial
Del Artículo 3° de nuestra Constitución no se puede inferir, como lo hace el fallo, que éste con-
sagra el principio “pacta sunt servanda”. El Artículo 3° en cuestión establece lo siguiente:
“La República de Panamá está constituida sobre el territorio continental e insular com-
prendido entre Colombia y Costa Rica, de acuerdo con los tratados de límites celebra-
dos por Panamá con esas Repúblicas. Se reconocen las limitaciones jurisdiccionales
estipuladas en tratado públicos celebrados con anterioridad a esta Constitución”.
Tal disposición no consigna ninguna regla de Derecho Internacional, salvo la que se desprenda
de la fijación de los límites territoriales del Estado panameño. Es el Artículo 4o. el que alude
al Derecho Internacional, pero es al Órgano Ejecutivo a quien compete la dirección de nuestras
relaciones exteriores; y, es sabido que a través de los años Panamá se ha apoyado para lograr
sus reivindicaciones, en la cláusula rebus sic stantibus en contraste con el pacta sunt servanda
a que alude el fallo.
La Convención del Canal Ístmico, firmada por Bunau-Varilla poco tiempo antes de la llegada a
la ciudad de Washington de los comisionados para la negociación de la misma junto con el
primero y que fueron el Dr. Manuel Amador Guerrero, el señor Federico Boyd y el Dr. Pablo
Arosemena, se celebró en condiciones tan agobiantes para la nueva República que, como afirma
Las circunstancias bajo las cuales se concertó la Convención Ístmica de 1903, con la de que ellas
hicieron posible una “concesión” a perpetuidad, constituyen el vicio de origen de Tratado de
1903. Los comentarios que a tal situación hacen el ex Presidente don Ernesto de la Guardia Jr. y
el Dr. Galileo Solís, ex Ministro de Relaciones Exteriores, resultan en extremo interesantes sobre
todo por tener como meta coadyuvar a la solución de nuestros problemas con los Estados Uni-
dos de América. El ex Presidente don Ernesto de la Guardia Jr. en Mensaje al Pueblo panameño,
de fecha 26 de noviembre de 1959, comenta estos hechos históricos de la manera siguiente:
“En la raíz y médula de las controversias que por cincuenta y seis años ha sostenido
Panamá y los Estados Unidos, está la Convención del Canal Ístmico, suscrita el 18 de
noviembre de 1903. Ese instrumento conlleva la ruda impronta de su tiempo. Es incon-
fundible expresión de una época en que las potencias mayores se arrogaban misión y
poder de gendarme internacional para poner en orden a las trémulas y confusas na-
cionalidades latinoamericanas. Signo de ella es la cesión a perpetuidad de ciertos de-
rechos jurisdiccionales sobre la faja canalera de uno a otro océano. El alto funciona-
rio estadounidense que aceptó tan desleal oferta del representante de Panamá, pensó
sin duda que aseguraba así para siempre los intereses de su país. Pero no pudo adver-
tir que la perpetuidad no puede ser pactada por los hombres ni por las naciones y que
al intentar ponerle uno como sello de eternidad a lo que surgía de circunstancias muy
apremiantes, pero transitorias y perecederas, introducía el factor más activo y peligro-
so de inestabilidad y precariedad en el régimen de relación surgido de aquel instru-
mento. No tuvo tampoco en mientes que entre las condiciones requeridas de toda
nación organizada están la integridad y continuidad de su territorio y que el pue-
blo panameño, a la medida en que creciera numéricamente y afinara su conciencia
nacional, tendría que sentirse más y más incómodo frente a la inserción en medio de
su suelo de una jurisdicción y un sistema jurídico distintos de los suyos. Ni previó,
finalmente, en su afán explicable, aunque injustificable, de obtener para su país
ventajas desmedidas a costa de una nación en cierne, que tal situación le sería menos
ingrata a los panameños de saber que no los sujetaba a una obligación irredimible,
sino de plazo fijo, por dilatado que fuese, y si, de otra parte, se les hubiese atenuado
la carga con garantías de una progresiva participación en la administración del
Canal y en sus rendimientos. El exceso de precaución ha tenido, pues, en este caso,
como suele ocurrir, las consecuencias propias de la inadvertencia”.
Para concluir el Dr. Solís manifiesta que para la firma del mismo no hubo negociación y dadas
las circunstancias que lo caracterizan, el mismo constituye “la causa primaria que impide,
mientras no sea subsanada, el arribo a relaciones cordiales y permanentemente estables, sobre
bases justas, razonables y equitativas”.
La Convención del Canal Ístmico, fiel reflejo a la política que lo originara, ha hecho posible en
nuestro suelo la subsistencia de un colonialismo repudiado en nuestra época por todas las nacio-
nes del orbe. A esa mentalidad colonial, que es la consecuencia lógica de una situación exigida
por los términos y concesiones, hizo referencia, aunque no por el calificativo de “colonialismo”,
la Comisión Internacional de Juristas que se trasladó a Panamá para estudiar los sucesos ocurri-
dos del 9 al 12 de enero de 1964. En efecto, en el párrafo No. 113 de su informe se expresa así:
“Desde la construcción del canal, viven a los dos lados de lo que se denomina la
frontera de la zona del canal colectividades separadas. En un sitio viven los ciuda-
danos de los Estados Unidos de la zona del canal y en el otro los panameños de la
República de Panamá. A lo largo de los años, se ha acusado la divergencia existen-
te entre el género de vida, la economía y la mentalidad de los dos pueblos que viven
muy cerca uno de otro y, no obstante, virtualmente aislados uno de otro. Es de la-
mentar que los ciudadanos de los Estados Unidos que han vivido toda su vida en la
zona del canal y, quizá más particularmente, los de la segunda y tercera generación,
que han nacido y se han criado en la zona del canal, hayan adquirido un estado de
ánimo peculiar que no contribuye al fomento de relaciones más felices entre ellos y el
pueblo panameño. En realidad, y al contrario, este peculiar estado de ánimo ha tenido
por resultado la acumulación de resentimientos a lo largo de decenios, resentimientos
que han hallado expresión, como se ha relatado, en actitudes desequilibradas de las
dos partes como la cuestión de enarbolar los pabellones respectivos, según se puso
de manifiesto durante los desgraciados días abarcados por el presente informe y era
evidente desde hacía bastante tiempo. En lugar de borrar estas tendencias anta-
gónicas, el transcurso del tiempo parece haberlas agravado. La tirantez y el re-
sentimiento se han intensificado en círculo vicioso y no han sido moderados por
determinadas reacciones de los panameños”.
Por otra parte si bien es cierto que los tratados internacionales deben ser respetados, y es
igualmente cierto que en derecho internacional los tratados que implican relaciones de trato
sucesivo, como la Convención de 1903, no pueden ser pactados a perpetuidad. Por ello tiene
para Panamá una importancia capital la llamada cláusula tácita “Rebus Sic Stantibus”. Refi-
riéndose a este asunto el Profesor Dr. Daniel Antokoletz en su Tratado de Derecho Interna-
cional Público, al comentar sobre el modo de extinguir los tratados y refiriéndose específica-
mente a la cláusula Rebus Sic Stantitibus afirma lo siguiente:
“La denuncia es el acto por el cual uno de los Estados contratantes notifica al otro
su intención de dar por terminado el tratado. Este acto no puede ser unilateral sino
cuando así lo autoriza el propio tratado; si este guarda silencio respecto a la facultad
de denunciar, una de las Partes no puede dejar sin efecto el tratado, pero puede ges-
tionar su anulación o sustitución por otro. Por tanto, no es lícita la denuncia por
Es oportuno, dada la similitud con la manera como se originó la Convención Ístmica, hacer
referencia a los tratados de paz, ya que un tratado de paz conforme al derecho internacional
es tan obligante como cualquier otro tratado, pero es igualmente cierto que la gran mayoría
de los tratados de paz se celebran bajo coacción y por ello las naciones que sufren su impo-
sición se deshacen de sus obligaciones a la primera oportunidad.
En consecuencia, son las normas de Derecho Internacional las que han de llevar a la abroga-
ción de las cláusulas objeto de la demanda y de la Convención del Canal Ístmico en su inte-
gridad ya que en las relaciones internacionales vigentes prevalece, para citar las palabras de
Su Santidad Paulo VI, en discurso pronunciado recientemente ante la Asamblea General de
las Naciones Unidas, “el gran principio de que las relaciones entre los pueblos deben estar
regidas por la razón, la justicia, el derecho y la negociación, y no por la fuerza ni por la vio-
lencia ni por la guerra, como tampoco por el temor y el engaño”. La gestión para lograr esa
finalidad corresponde dentro de nuestro sistema constitucional, al Órgano Ejecutivo que es el
encargado de dirigir nuestras relaciones internacionales, con la potestad de adoptar el curso
que más convenga a los intereses nacionales.
(SALVO SU VOTO el Licenciado. Carlos Enrique Adames, quien actuó en el caso como Su-
plente del Magistrado José María Anguizola, a quien el Pleno declaró impedido).
“CORTE SUPREMA DE JUSTICIA. PLENO . Panamá, cinco de abril de mil novecientos sesenta
y ocho.
VIST0S: La primera actividad que realiza el juez ante quien se formula una demanda o se pre-
senta un recurso consiste en examinar, expresa o tácitamente, su competencia para actuar en
el caso concreto que se le propone. No es una excepción a esta regla elemental el recurso ex-
traordinario de amparo de las garantías constitucionales instituido por el artículo 51 de la
Constitución Nacional. En este momento tiene ante la Corte Suprema el promovido por el ciu-
dadano Cristóbal Garrido Romero contra la Asamblea Nacional, constituida temporalmente en
tribunal de justicia, a “objeto de que con audiencia de” dicha corporación, “representada por
su presidente, Honorable Diputado Carlos Agustín Arias Chiari, se revoque la orden de “hacer”
que consiste en la decisión y actuación de la Asamblea Nacional de Panamá de instruir un pro-
ceso de responsabilidad contra el Excelentísimo Señor Presidente de la República don Marco
Aurelio Robles, en virtud de “denuncia” formulada por Antonio González Revilla.
Volviendo a la afirmación inicial del párrafo anterior la Corte debe examinar su propia com-
petencia para acoger y decidir un recurso de amparo de garantías constitucionales promovido
contra actos que emanan de la Asamblea Nacional, cuando ejercita funciones judiciales con apo-
yo en el artículo 119 de la Constitución Nacional. Lo que en los juicios criminales especiales no
habría dado ocasión para largos debates, en este juicio especial contra el Presidente de la Repú-
blica ha inundado el aire público de una intensa y apasionada discusión, para impugnar y para
afirmar la competencia de la Corte Suprema de Justicia. Quienes la integran no necesitan hacer
Cuando este recurso de amparo fue acogido por el Juez Segundo Municipal, de conformidad
con el Artículo 29 de la Ley 19 de 1966, dicho funcionario comunicó al Presidente de la
Asamblea Nacional ese hecho y lo requirió para que en el término de dos horas le enviara toda
la actuación relacionada con la denuncia presentada por el Dr. Antonio González Revilla contra
el Excelentísimo Señor Presidente de la República, y le indicó que “debía suspender inmediata -
mente todo acto en relación con la denuncia que dio origen al acto acusado”; (V. el auto de
fecha 7 de marzo de 1968 y la nota del Juez 2° Municipal para el Presidente de la Asamblea
Nacional de la misma fecha, distinguida con el número 921). En relación con ella el Juez Segun-
do Municipal recibió la siguiente comunicación:
“Por lo expuesto no nos es dable acceder a su solicitud del oficio NI’ 921 ya men-
cionado.
“La Ley establecerá los trámites que deben seguirse y las penas que han de apli-
carse”. (Subraya la Corte).
La cita de la anterior disposición no puede ser más oportuna. La Asamblea Nacional tenía an-
te sí un caso en el cual debía ejercer las funciones judiciales que le atribuye el artículo invo-
cado. No es el órgano que ejercita las funciones legislativas que primordialmente le asigna
nuestro Estatuto Fundamental; sino el mismo órgano en ejercicio de funciones propias de otro
órgano, que sólo son ejercidas por aquel de modo transitorio y en los casos taxativamente
enumerados en el referido artículo, el cual atribuye a la Asamblea Nacional la función JURIS-
DICCIONAL de juzgar al Presidente de la República, a los Magistrados de la Corte Suprema
y a sus propios miembros, los Diputados.
Sobre la cita del artículo 107 de la Constitución vigente no puede la Corte dejar de advertir
al señor Presidente de la Asamblea Nacional que los Diputados de la Asamblea Nacional “no
están sujetos a ningún mandato y sólo obedecen a los dictados de su conciencia”, es necesa-
rio reconocer que la disposición comentada no puede, por razones obvias, aplicarse a los Di-
putados cuando ejercitan la función jurisdiccional instituida en el artículo 107, que en las
Constituciones de los años 40 y 41 no tiene disposición similar, consagra principios políticos
sobre los cuales hace el doctor César Quintero, en su obra “DERECHO CONSTITUCIONAL”,
estas irreprochables consideraciones: “Sin embargo, el principio contenido en el artículo 107
no es nada nuevo. Por el contrario, las NUEVAS TENDENCIAS REPRESENTATIVAS SE OPONEN
A EL, AL MENOS EN SU APLICACION ABSOLUTA . El referido principio parte de la Revolu-
ción francesa. Antes de ésta prevaleció el sistema según el cual miembros o procuradores de
las asambleas estamentales del ancien régime representaban no a la nación, sino a los esta-
mentos, clases sociales o grupos gremiales que los escogían. Usualmente tales procuradores
recibían en un cuaderno (los famosos cahiers, que fueron rotos en la primera convención re-
volucionaria francesa) instrucciones detalladas de lo que podían Y debían decir y hacer. Tales
instrucciones, impartidas por los representados, obligaban jurídicamente al representante y se
conocen con el nombre de mandato imperativo. En efecto, eran un verdadero mandato de de-
recho privado, conferido por los comitentes o electores al representante elegido, quién más
que representante venía a ser un apoderado o mandantes”.
“A partir, como hemos dicho, de la Revolución francesa, los regímenes demoliberales en ella
inspirados reaccionaron contra esa clase de representación estamental. De acuerdo, pues, con
el constitucionalismo inherente a la mayoría de dichos regímenes, los diputados no son repre-
Huelga indicar que las juiciosas reflexiones del Dr. Quintero figuran bajo el epígrafe “NA-
TURALEZA DE LA REPRESENTACION LEGISLATIVA ”. Pero no está de sobra repetir que, en
el caso que se estudia, la Asamblea Nacional no está ejerciendo funciones legislativas, sino
jurisdiccionales con base en el artículo 119 de la Constitución. Ni está de más indicar que al
asumir el papel de juzgadores los Diputados están sujetos –como cualquier otro Tribunal de
Justicia– a la Constitución y también a la Ley, como lo preceptúa el párrafo final del referido
artículo 119 en el cual el constituyente reservó a la Ley el “establecer los trámites que debe
seguir” la Cámara Legislativa cuando conoce de las acusaciones o denuncias que se presenten
contra el Presidente de la República, los Magistrados de la Corte y los Diputados a la Asamblea
Nacional, “si a ello hubiere lugar”, los juzgue “por actos ejecutados en el ejercicio de sus
funciones con perjuicio del libre funcionamiento del poder público o violatorios de la Cons-
titución y las Leyes”. Es por todo lo dicho ineludible concluir que los Diputados, cuando ac-
túan como jueces no pueden invocar el artículo 107 de la Carta Fundamental. Ni acogerse a
la inmunidad instituida en el artículo 114, que también invocó al señor Presidente de la
Asamblea Nacional en su oficio N° 14 CLP para el Juez Segundo Municipal de fecha 8 de
marzo de 1968. Al hacer esta afirmación ha querido la Corte acentuar lo que el propio arti-
culo 114 delimita de manera expresa. “Desde el día de su elección –dice la disposición re-
ferida- y por todo el término del período para el cual fue electo, ningún Diputado podrá ser
acusado, perseguido o arrestado ni llamado a juicio criminal o policivo sin previa autori -
zación de !a Asamblea Nacional o de la Comisión Legislativa Permanente, cuando la Cá-
mara estuviere en receso. No podrá tampoco ser demandado civilmente durante el tiempo
comprendido entre los 30 días anteriores y los 30 días posteriores a cada período de sesio-
nes”. (Subraya la Corte).
“Este privilegio, si bien por una parte es de tipo individual, por otra, podría decirse que tam-
bién es de carácter institucional. Con esto último significamos que se trata, asimismo, de un
FUERO DE LA INSTITUCION PARLAMENTARIA en virtud del cual los miembros de ésta
no pueden ser, sin su asentimiento, detenidos ni juzgados por las demás autoridades del Estado.
“Por eso, algunos autores sostienen que ya no se justifica tal inmunidad, al menos de mane-
ra absoluta. Según KeIsen, en una república parlamentaria, en que el gobierno no es sino ema-
nación del Parlamento “carece de sentido tratar de proteger al Parlamento frente a su propio
gobierno”. Y agrega:
“Ni siquiera puede tener aplicación este privilegio para proteger a las minorías
contra el albedrío de las mayorías por la sola razón de que semejante protección
no es posible mientras la mayoría puede acordar la entrega de un Diputado a la au-
toridad que lo persiga”.
“Considera el citado autor que la única autoridad del Estado que resulta disminuida con este
privilegio es la judicial, cuya dignidad queda indefensa ante los ataques de los Diputados.
“A pesar de esta dura crítica del más notable expositor contemporáneo de la democracia libe-
ral -continúa el Dr. Quintero– el aludido privilegio sigue vigente en todas las Constituciones
demoliberales. Incluso en algunos países como el nuestro, se ha intensificado de manera ex-
traordinaria y quizá perjudicial”. (Subraya la Corte. - V. páginas 495 y 496).
Después de hacer alusión a las limitaciones del privilegio de la inmunidad puestas en nues-
tras constituciones de 1904 y 1941 y a las que ni al respecto hicieron en el anteproyecto de
“Y es que en el fondo se trata más que todo de una prerrogativa exorbitante en be-
neficio de la mayoría parlamentaria, ya que ésta puede, si el e caso surge, DESA-
FORAR (esto es, privar de su fuero parlamentario) a un diputado, que bien podría
ser de la minoría y objeto de acusaciones penales imaginarias. La historia políti-
ca de nuestros países iberoamericanos abunda en estos casos de desafueros de di-
putados, acordados por la mayoría parlamentaria, sólo porque las ideas políticas
de éstos resultan desagradables a los círcu1os dominantes”. (V. página 497.- Su-
braya la Corte).
Las palabras ponderadas de un hombre culto y equilibrado como el Dr. César Quintero son
firmes sustentáculos de la opinión que abriga esta Corte respecto de la naturaleza y alcance
de la inmunidad parlamentaria instituida en el articulo 114. Esa inmunidad contra los juicios
penales y civiles no puede extenderse, como quedó indicado páginas atrás, a los recursos ex-
traordinarios como el que ahora es objeto de las reflexiones que va exponiendo la Corte. En
tales recursos no se acusa, no se juzga, no se persigue criminal o policivamente a los diputa-
dos, ni se les demanda ante un juez para el cumplimiento de sus obligaciones de derecho pri-
vado. A todo ello no huelga agregar que si hay en el ordenamiento jurídico alguna norma que
no tolera una interpretación extensiva y que, por el contrario, reclama una interpretación res-
trictiva, es ésta en que se instituye un privilegio que, en último análisis, no es otra cosa que
una excepción, para usar un término eufemístico, del principio fundamental de la igualdad de
todos los panameños y extranjeros ante la Ley”. (Art.21 de la Constitución).
“Para ejercer funciones judiciales la Asamblea Nacional podrá reunirse por dere-
cho propio, sin previa convocatoria, o ser convocada por la Comisión Legislativa
Permanente en los casos previstos en el ordinal 5° del artículo 123”.
También se considera exenta la Corte del deber de analizar los Artículos 326A, 326 B y 327
del Código Judicial que el Señor Presidente de la Asamblea Nacional presentó al Juez Segundo
Municipal como “fundamento” de su renuncia a suspender la actuación contra el Presidente
de la República y a enviarle al referido Juez la actuación pedida por éste con base en las dis-
posiciones legales que regulan el amparo de las garantías constitucionales. Al transcribir, como
se hará adelante, los artículos invocados en el mismo orden en que aparecen en el oficio del Sr.
Presidente de la Asamblea Nacional el lector menos familiarizado con las cuestiones jurídicas
echará sin esfuerzo de ver que en tales disposiciones legales lo único que se hace es desarrollar
la prerrogativa que en esta sentencia se analizó al examinar el artículo 114 de la Constitución
Nacional, que trata de la inmunidad parlamentaria. Los artículos del Código Judicial de que
se trata son del siguiente tenor:
“Artículo 327. Todos los funcionarios de cualquiera clase, o los individuos par-
ticulares que, a sabiendas, solicitaren, libraron o cumplieron los mandamientos,
órdenes, providencias o autos de que trata el artículo anterior, serán considerados
como infractores del Derecho Internacional y castigados como se dispone en el
Código Penal”.
Para dar remate al examen de la Nota del señor Presidente de la Asamblea Nacional para el
Juez Segundo Municipal distinguida con el N9 14 CLP, fechada el 8 de marzo de 1968, sólo es
necesario indicar que el desacato a la orden de suspender el curso del proceso iniciado con la
denuncia del Sr. González Revilla y la negativa a enviarlo al funcionario judicial mencionado
no pueden basarse en ninguna de las disposiciones constitucionales y legales invocadas por
el señor Presidente de la Asamblea Nacional. De tales disposiciones, la del artículo 119 de
la Constitución Nacional, señala a la Asamblea una competencia que esta Corte es la primera
en respetar. Pero no se olvide, y es bueno que desde, este momento quede en claro, que la pro-
pia disposición en su párrafo final trae una reserva legal concebida en los siguientes términos:
“La Ley establecerá LOS TRAMITES QUE DEBAN SEGUIRSE Y LAS PENAS QUF HAYAN
DE APLICARSE.” (Subrayado y mayúsculas de la Corte).
En el inciso final del referido artículo 119 instituyó el constituyente uno de los numerosos ca-
sos de reserva legal que trae nuestra Carta fundamental. En efecto, dicho inciso reserva a la
“Ley establecer los trámites que deben seguirse y las penas que hayan de aplicarse”.
No se olvide, empero, que la competencia privativa -de un tribunal que por definición excluye
de modo absoluto la de otro- no erige en tribunal de EXCEPCION a la Asamblea Nacional
cuando ejerce las funciones que le señala el artículo 119, ni lo coloca fuera del ordenamiento
jurídico, al cual está de modo irrevocable y definitivo adscrita, y sometida sin pausa. No po-
dría la Asamblea Nacional, como tribunal di, justicia, violar impunemente el artículo 22 de la
Carta política y desconocer un recurso de habeas corpus presentado por un ciudadano ante la
Corte Suprema de Justicia. Ni sería concebible, por más inconcebible que resulta, que la
Asamblea Nacional, como tribunal especial para juzgar y sancionar, si fuere el caso, a los Ma-
gistrados, acogiera y diera curso a una denuncia o acusación contra un miembro de la Corte
Suprema de Justicia sindicado de “hechicería” en abierta violación del artículo 31 de la Cons-
titución, y pretendiera la Asamblea sustraerse a un amparo presentado ante esta Corte por la
persona afectada para invalidar el acto en que se acoge la denuncia o la acusación por un he-
cho que no ha sido declarado punible por ley anterior a su perpetración. Pero acontece que el
abogado que el Sr. Presidente de la Asamblea Nacional nombró para que represente a esa cor-
poración en el presente recurso de amparo propuesto por el Lic. Cristóbal Garrido Romero a
favor de don Marco Aurelio Robles, Presidente de la República, afirma que el recurso referido
no es viable y, en consecuencia, debe ser declarado improcedente (sic), y hace en torno a esa
tesis extensas consideraciones que la Corte examinará en capítulos separados, bajo los mismos
epígrafes; que empleó el abogado de la Asamblea Nacional.
Las consideraciones que bajo este epígrafe presenta el abogado de la Asamblea Nacional versan
sobre cinco “precedentes”, tres de ellos sobre materia de trabajo y los dos restantes en materia de
inconstitucionalidad y, desde luego, pronunciados por la Corte Suprema de Justicia. Veamos el
primer precedente laboral: En la sentencia de 10 de mayo de 1949 dijo la Corte:
Bastaría repetir las palabras con que termina el “precedente” transcrito para desechar la tesis
sostenida por el abogado de la Asamblea Nacional, tesis que, en una nuez, viene a decir que
la Corte es incompetente para conocer de amparo de las garantías constitucionales formula-
Los dos últimos precedentes que sobre materia laboral no hacen otra cosa distinta que seguir la
pauta trazada en el primero. No obstante lo cual cabe hacer algunas breves reflexiones adicio-
nales. Bajo los precedentes referidos subyace una noción del recurso de amparo, que parte del
concepto general del proceso, sea este común o especial”. Dentro de ambos existen recursos or-
dinarios que de sólito poseen eficacia bastante para remediar pretermisiones de disposiciones
procesales. La revocatoria y la apelación, v. gr., tienen lo virtualidad de enervar actos jurisdic-
cionales que causen agravio a alguna de las partes. Pero en el caso hipotético presentado líneas
atrás descartado el empleo de ninguno de los dos recursos ordinarios. Y el acto inconcebible de
rechazar una demanda en abierta violación del articulo 35 del Estatuto Fundamental quedaría
consumado si todos los juristas de nuestro país entendieran, como parece entender el abogado
de la Asamblea Nacional, que el recurso extraordinario de amparo de las garantías constitucio-
nales no es viable ante los funcionarios judiciales para invalidar órdenes de hacer o no hacer
dictadas por jurisdicciones (en el sentido de tribunales) especiales.
“La Asamblea Nacional –afirma su defensor a fs. 33– tiene una competencia especial, exclu-
siva o privativa como lo ha dicho la Corte Suprema en dos de sus fallos”. Del fallo de la Corte
dictado el día 27 de mayo de 1952, en el “Caso Arnulfo Arias”, transcribe el defensor de la
Asamblea Nacional el siguiente párrafo.
“La Asamblea Nacional –afirma su defensor a fs. 33- tiene una competencia especial, exclu-
siva o privativa como lo ha dicho la Corte Suprema en dos de sus fallos”. Del fallo de la Corte
dictado el día 27 de mayo de 1952, en el “Caso Arnulfo Arias”, transcribe el defensor de la
Asamblea Nacional el siguiente párrafo:
“Si la Corte carece, sin embargo de competencia para abrir este proceso que su-
frió trámites de rigor y decretar la nulidad que se pretende. Esto en todo caso, po-
dría ventilarse en juicio de nulidad y ANTE LA ASAMBLEA NACIONAL, entidad
que según la misma Constitución ejerce competencia privativa en los procesos de
esa naturaleza”.
“La Asamblea Nacional tiene competencia exclusiva en los casos en que se denun-
cia al Presidente de la República por razón del alto cargo de que está investido sin
que sea preciso determinar el momento en que ejecutó el hecho que se le imputa”.
A los tribunales de excepción les es dado –en ciertos países en donde los hombres que allí
alientan denominan, con cierto aire entre medroso y despectivo, tribunales populares- fijar la
materia penal y determinar la forma de juzgar al inculpado. No así a los tribunales espe-
ciales, creados por la Constitución o por la Ley, el más importante de los cuales es en
nuestro país la Asamblea Nacional, quien ejercita la función jurisdiccional que le tiene
asignada el artículo 119 de la Constitución Nacional, ajustándose al procedimiento seña-
lado en el Capítulo II, Título V, Libro 11 del Código Judicial y a “las disposiciones de los
juicios criminales ordinarios, en cuanto no se opongan a las dadas especialmente para cada
procedimiento”. (Artículo 2283 del Código Judicial).
Tras la cita del artículo 110 de la Constitución Nacional hace el abogado de la Asamblea Na-
cional estas consideraciones:
“El artículo 110 de la Constitución Nacional, según fue modificado por el Acto Legislati-
vo N° 2 de 30 de enero de 1961, dice textualmente lo siguiente:
“Se denomina legislatura cada período de sesiones ordinarias o extraordinarias.
Los períodos señalados en el artículo anterior forman legislaturas ordinarias y son
improrrogables.
“Conviene resaltar del texto constitucional arriba citado, el último párrafo, que
establece en forma taxativa que, “Su celebración no alterará la continuidad y la
duración de una legislatura, ni se les pondrá término sino cuando la Asamblea
fallare la causa pendiente”.
“Aceptar en vías de discusión, que, a través del Recurso de Amparo, las sesiones
judiciales de la Asamblea Nacional pueden suspenderse, sería aceptar implícita-
mente que, de fallarse el Recurso en forma favorable a las pretensiones del deman-
dante, tales sesiones tendrían su término sin haber la Asamblea fallado la causa
pendiente. Tal interpretación se apartaría totalmente del texto constitucional tantas
veces citado. “De todo lo anterior se llega a la conclusión de que las sesiones
judiciales de que trata el artículo 110 de la Constitución se deben llevar a efecto
en forma ininterrumpida y no pueden ponérselo término sino cuando la causa
pendiente hubiese sido fallada”.
Lo que el abogado de la Asamblea Nacional alega bajo este epígrafe debe aparecer reprodu-
cido en la sentencia que ahora se dicta.
“El Recurso de Amparo a que me vengo refiriendo y que fue interpuesto ante el Juez
Segundo Municipal no procedía. Y la decisión del Juez de tramitarlo y ordenar la
suspensión de los actos jurisdiccionales de la Asamblea Nacional es injurídica.
“El Presidente de la Asamblea Nacional fue notificado del recurso aludido el viernes
8 de marzo de 1968, a las 11 a.m. En esa fecha, la Asamblea había nombrado una
Comisión Investigadora compuesta por los Honorables Diputados y Magistrados Ja-
cobo Salas. Ovidio Díaz y Abraham Pretto. Esa Comisión estaba practicando pruebas
y, con base en el artículo 2302 del Código Judicial, requirió al señor Marco Aurelio
Robles Méndez para que rindiera indagatoria a las 10 de la mañana del día 7 de
marzo de 1968. El señor Robles no concurrió al Palacio Justo Arosemena a rendir in-
dagatoria. Es decir, el acusado, hoy condenado, señor Robles, no atendió al llamado
respetuoso de la Comisión en la fecha señalada. Y cabe indagar si una solicitud para
que un acusado rinda indagatoria es una orden de hacer. La propia Corte Suprema de
Justicia ha contestado esta interrogante afirmando que esa no es una orden de hacer.
Así, en el Recurso de Amparo propuesto en favor del ex Mayor Manuel José Hurtado,
se alegó que el Fiscal Auxiliar había ordenado que dicho acusado rindiera indagato-
“Por lo demás, la orden (el Pleno sólo usa el vocablo para mantenerse dentro del
planteamiento hecho por el recurrente) de recibirle indagatoria al ex Mayor Ma-
nuel José Hurtado en la Cárcel Modelo no va dirigida contra éste. Esa providen-
cia, huelga decirlo, no sólo está justificada por las circunstancias de que hace
historia el propio recurrente, sino por los elementales consejos de la prudencia.
Y en último análisis, tal orden no puede afectar al ex Mayor Manuel José Hurtado
en razón de que, según nuestro ordenamiento procesal penal, Manuel José Hurtado
es libre de rendir indagatoria, de contestar o no contestar el interrogatorio que le
haga el Fiscal Auxiliar en la Cárcel Modelo, sin recibirle juramento y libre de todo
apremio.” (Artículos2066 y ss. del Código Judicial).
Es ante todo necesario indicar que ninguna de las argumentaciones anteriores alude a los actos
indicados en el libelo del recurso de amparo de las garantías constitucionales que en esta sazón
falla la Corte. Repárese, en efecto, que al enumerarlos comienza el señor Abogado de la Asam-
blea Nacional con el acto de la notificación del recurso de amparo el 8 de marzo de 1968. Y afir-
ma a continuación: “En esa fecha, la Asamblea había nombrado una Comisión Investigadora
compuesta por los Honorables Diputados”. “Esa Comisión -agrega– estaba practicando pruebas
y, con base en el artículo 2302 del Código Judicial, requirió al señor Marco Aurelio Robles
Méndez para que rindiera indagatoria a las 10 de la mañana del día 7 de marzo de 1968”. “El
señor Robles no concurrió al Palacio Justo Arosemena”. Repárese, por otro lado, en que el pre-
sente recurso de amparo de las garantías constitucionales fue interpuesto a las tres de la tarde
del día 6 de marzo de 1968. Y que el acto impugnado está en el libelo respectivo descrito así:
Ahora bien: no es que el Sr. Presidente de la República esté o no en libertad de concurrir a ren-
dir declaración indagatoria, ni que ahora se examine la orden que se le dio para que comparecie-
ra con tal objeto. La “orden” de hacer en este recurso de amparo, conforme se echa de ver en la
trascripción, está dirigida contra el Presidente de la República, en primer lugar. Porque nadie osa-
rá negar que al acoger la Asamblea Nacional una denuncia o una acusación formulada contra el
Con la lectura atenta de lo que en este epígrafe viene a decir el abogado que defiende a la
Asamblea Nacional es suficiente para desecharlo. Las consideraciones subrayadas no favore-
cen la tesis que en los epígrafes anteriores ha mantenido con encomiable vigor el abogado de
la defensa. Pues es lo cierto que si este recurso de amparo de garantías constitucionales –tan
combatido porque afecta a un tribunal especial– es por su esencia misma el más eficaz ins-
trumento para salirle al paso a la arbitrariedad en el ejercicio de funciones judiciales ejercitadas
por un tribunal que, aferrándose a la idea de que ningún otro tribunal está sobre él, considera que
sus actos no son posibles de recurso extraordinario alguno.
Las consideraciones del ahogado de la Asamblea Nacional debe aparecer en esta sentencia, don-
de habrá de advertir el lector desprevenido que la Corte ha dado mayor atención, en primer lu -
gar, a las razones que invocó el señor Presidente de la Asamblea Nacional para negarse a acatar
las órdenes que el Juez Segundo Municipal, a quien competía durante las vacaciones de la Cor-
te, tramitar parcialmente el recurso, en segundo lugar, a las argumentaciones del Licenciado don
Roy Carlos Durling, abogado de la Asamblea Nacional. Las de éste sobre la “improcedencia del
recurso porque pretende reabrir el proceso seguido en la Asamblea” son del siguiente tenor:
“Lo que se pretende con el Recurso de Amparo bajo análisis es obtener con re-
cursos interpuestos fuera del proceso seguido al señor Robles la destrucción de
la sentencia condenatoria, cuando lo que procedía era que el acusado se some-
tiera a la jurisdicción exclusiva de la Asamblea y, dentro de ese proceso seguido
en su contra, interpusiera todos los recursos que el Código Judicial, en la parte
referente a ‘Juicios ante la Asamblea Nacional’, otorga.
“La Corte ha rechazado ya pretensiones similares a la del caso sub júdice. En su
sentencia de 22 de octubre de 1962. (Repertorio Jurídico, 1962, Pleno, página 345),
la Corte expresó:
‘La Corte está en todo de acuerdo con la tesis esclarecedora del profesor Moscote
al circunscribir el recurso de amparo a proteger los derechos fundamentales del
ciudadano que, de otro modo o por otros recursos, no tendrían suficientes garantías
orgánicas para su debida protección.
En este orden de ideas, contra los autos y sentencias de los tribunales de justicia, se ha
resuelto en jurisprudencia invariable, no procede el recurso extraordinario de amparo.
“No se puede reabrir el proceso seguido por la Asamblea Nacional contra el señor
Robles. Se trata de un fallo ejecutoriado.
“La Asamblea Nacional, cuando ejerce sus funciones judiciales, en virtud del artí-
culo 110 de la Constitución, es un Tribunal de Justicia. En consecuencia no procede
el presente recurso.
“Por las razones que anteceden, con todo respeto, os solicito, Honorables Magis-
trados, que declaréis que el presente Recurso de Amparo es improcedente, que no
tiene viabilidad jurídica”.
La disposición constitucional transcrita exige como principio que haya certidumbre de las nor-
mas procesales aplicadas a cada caso con anticipación a la iniciación del proceso. Este objeto
sólo se logra mediante la expedición de una norma general, que es la Ley. Si la norma contenida
en el referido artículo 32 exige que el acusado sea juzgado de conformidad “a trámites legales”
es incuestionable que esos trámites han de emanar de la Ley. Así se desprende del Diccionario
Vox, que define el término “Legal” así: “adj. prescrito por ley y conforme a ella”.
El artículo 32 de la Carta Política compendia muy claramente las aspiraciones de todos los
pueblos del mundo que luchan perennemente por implantar en forma efectiva los Derechos
del Hombre en las Cartas Magnas de todos estos Estados. Dicha disposición en esencia, ex-
presa lo mismo que el artículo 11 (1) de la Declaración Universal de Derechos Humanos
aportada por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1948 con el voto favorable de
la República de Panamá. Esta norma expresa:
“Toda persona acusada de delito tiene derecho a que se presuma su inocencia
mientras no se pruebe su culpabilidad conforme a la Ley y en juicio público en que
se le hayan asegurado todas las garantías necesarias para su defensa”.
Con relación a este mismo tema, la Corte en fallo de 25 de octubre de 1956, se pronunció en
parte, así:
“En cuanto al principio contenido en el artículo 32 de la Constitución de que nadie
será juzgado sino por autoridad competente y conforme a los trámites legales, ni más
de una vez por la misma causa, observa la Corte que tanto la competencia de los tri-
Cuáles son los trámites preestablecidos que deban considerarse directamente relacionados con el
Artículo 32 de la Carta Magna, o como formando parte integrante del mismo, para los efectos del
caso ahora contemplado? Esos trámites son los prescritos en el Capítulo Tercero, Título V, Libro
Tercero del Código Judicial tal como había quedado modificado por la Ley 52 de 1925, que re-
gía la materia al tiempo de entrar en vigencia la Constitución Nacional de 1946. Con posteriori-
dad a la Carta, dicho Código fue aprobado expresamente por la Ley N° 9 61 de 30 de septiem-
bre de 1946, expedida por la misma Legislatura que en calidad de Constituyente habla expedido
la Constitución. Por la dicha Ley 61, el Libro I del Código fue subrogado, pero el Libro III no
sufrió modificación alguna, quedando así confirmados los trámites de derecho que forman parte
integrante del artículo 32 de la Constitución de la República. Son esos, pues, los trámites a exa-
minar, a objeto de determinar si han sido infringidos por la Asamblea Nacional, en la tramitación
imprimida al juicio incoado contra el Presidente de la República, Marco Robles, el día 4 de mar-
zo de 1968, en lo referente a la actuación realizada en el mismo, hasta la fecha de la presentación
de este Recurso de Amparo de Garantías Constitucionales, el 6 de marzo de este año.
En el escrito presentado al Presidente de la Asamblea Nacional por el Dr. Antonio González Re-
villa, en su condición de “ciudadano y de Candidato Presidencial del PARTIDO DEMÓCRATA
CRISTIANO”, el día 29 de febrero de 1968, que dio origen al juicio seguido por la Asamblea Na-
cional al Presidente de la República, señor Marco Aurelio Robles, copia autenticada del cual le
fue suministrada a la Corte en la Inspección Ocular que practicó el día 3 de abril de 1968, al ex-
pediente contenido de dicho juicio, el memorialista se expresó en partes, así:
“Comparezco ante Ud. y por su digno conducto ante la Honorable Asamblea Nacio-
nal y, formalmente, le solicito a dicha a la corporación haga uso del derecho que le
consagra la Constitución Nacional en su artículo III, inciso segundo, o sea que se
reúna por derecho propio en sesión extraordinaria para ejercer funciones judiciales
con motivo de la presente denuncia contra el señor Marco A. Robles, Presidente de
la República, por actos violatorios de la Constitución Nacional (Subraya la Corte).
Es indudable, pues, que lo presentado por el Dr. González Revilla ante la Asamblea Nacional por
conducto de su Presidente, se contrajo a una simple denuncia, y que en su condición de denun-
“Artículo 2007. Se entiende por denunciante el que, sin constituirse parte en el juicio,
ni obligarse a probar su relato, denuncie a una autoridad pública que se ha come-
tido un delito, con expresión o sin ella, de las personas que lo han cometido”.
Consta en el Acta de la Inspección Ocular que corre a foja 195 del expediente, que el escri-
to-poder fue leído en la sesión celebrada por la Asamblea Nacional en funciones judiciales,
el 4 de marzo de 1968. En esa misma fecha el apoderado RUBEN AROSEMENA GUARDIA,
en escrito dirigido a los miembros de la Comisión Investigadora de la Asamblea Nacional, in-
forma a ésta que “con base al Poder Especial conferido en esta fecha por el Dr. Antonio Gon-
zález Revilla, me constituyo en parte acusadora del señor Presidente Marco A. Robles, por
violaciones flagrantes a la Constitución Nacional, y me comprometo a probar la verdad de los
hechos consignados en el escrito de denuncia presentado por el candidato Presidencial del
Partido Demócrata Cristiano”.
Consta asimismo en la diligencia antes mencionada, y a fojas 151 del expediente contentivo del
Juicio, que el 5 de marzo la Comisión Investigadora de la Asamblea Nacional tuvo al Dr. Rubén
Arosemena Guardia como acusador particular en representación del Dr. Antonio Conzález Re-
villa. La Resolución pertinente de la Comisión Investigadora, consta a fojas 196 del expediente,
Figura además a folio 152 del expediente del proceso, la diligencia de toma de posesión del Dr.
Rubén Arosemena Guardia del “cargo de Acusador Particular del Sr. Robles en representación
del Dr. Antonio González Revilla”, y que fue juramentado al tomar posesión de dicho cargo.
Ya se ha visto que la ley determina que un denunciante no se constituye parte del juicio que
se inicia por razón de su denuncia, y en consecuencia, si el Dr. González Revilla, denuncian-
te en el juicio seguido al Presidente de la República Marco A. Robles, no se constituyó parte
del juicio por virtud de su denuncia, mal podía conferir poder para que se le representara en
un juicio en que él no era parte. En otras palabras, el apoderado Dr. Rubén Arosemena Guar-
dia no representó a parte alguna en el juicio, porque no actuó en calidad particular o personal
del acusador del Presidente de la República, sino que se constituyó como tal, en representa-
ción del Dr. González Revilla, quien no era parte del juicio. Por otro aspecto, el apoderado
Arosemena Guardia al constituirse en acusador particular del Presidente Robles -por virtud
del poder que le fuera otorgado por el Dr. González Revilla–, rebasó los límites del mismo,
que lo sujetaba a representar a su mandante, en la denuncia presentada.
El Dr. Rubén Arosemena Guardia, no podía ser tenido como acusador del Presidente Marco
A. Robles, en la forma en que lo hizo, porque no actuó en nombre propio, sino como apode-
rado o representante del Dr. Antonio González Revilla, en su calidad de denunciante, y como
tal, no era parte del juicio.
Tiene que considerarse también lo establecido en el Parágrafo del articulo 2298 arriba trans-
crito, que obliga al acusador a presentar la prueba sumaria o preconstituida, ya que de no ha-
cerlo así, la acusación no será admitida.
En el caso que se estudia, y según consta en la diligencia de inspección ocular practicada por
la Corte, las pruebas que se acompañaron a la DENUNCIA, consistieron en recortes de diarios
locales y algunos ejemplares de la Gaceta Oficial, así como una fotocopia de un certificado
expedido por el Secretario del Tribunal Electoral, que no fueron debidamente autenticados.
Dichas pruebas cuya autenticidad no fue demostrada, debieron ser rechazadas por cuanto que
carecían de valor probatorio; pero no sólo fueron admitidas, sino que la Asamblea acogió la
denuncia, por considerarlas como buenas, cuando el tenor de lo establecido en el Parágrafo
del artículo 2298 del Código Judicial, estaba en la obligación de no admitir la acusación, que
en este caso no existió, porque sólo se presentó una simple denuncia.
Obedece, pues, la exigencia de la prueba sumaria a la notoria y lógica necesidad de que el tri-
bunal juzgador en estos casos, que es la Asamblea Nacional, cuyas funciones habituales son
completamente ajenas a las emanadas del ejercicio de la función jurisdiccional, pueda prima
facie enterarse con certeza de la existencia de los hechos a que la acusación se contrae y de-
terminar de modo justiciero la procedencia o improcedencia de la actuación subsiguiente en
el caso, en relación con los fines de la acción penal pretendida.
Se concluye de todo lo anteriormente expresarlo, que la denuncia (que debió ser acusación)
presentada por el Dr. González Revilla, contra el Presidente de la República, Marco A. Ro-
bles, y que fue continuada por un apoderado que no podía actuar a nombre del poderdante
porque éste no era parte en el juicio, no cumplió con el requisito exigido por el Parágrafo del
artículo 2298 del Código Judicial, por cuanto que no presentó o acompañó a su denuncia (que
debió ser acusación), prueba alguna que pudiera tener eficacia probatoria, para acreditar la
existencia del hecho delictuoso que imputaba al señor Presidente de la República. Resulta
evidente, pues, la infracción de todo el articulo que acaba dv citarse, en el proceso que se inició
en la Asamblea Nacional, el día 4 de marzo de 1968.
La infracción de ley que se deja señalada en cuanto a la tramitación en la etapa inicial del pro-
ceso seguido ante la Asamblea Nacional contra el Presidente de la República, Marco A. Robles,
ha afectado indiscutiblemente los derechos que consagra a su favor el artículo de la Consti-
tución Nacional, ya que ha quedado evidenciado que la actuación de la Asamblea Nacional,
sobre el particular, no se ciñó a los trámites legales existentes.
Por ello y en atención a todas las consideraciones planteadas, la CORTE SUPREMA. DE JUSTI-
CIA -PLENO -, administrando justicia en nombre de la República y por autoridad de la Ley, CON-
CEDE el Amparo de Garantías Constitucionales propuesto por el Lic. Cristóbal Garrido Romero
a favor del señor Presidente de la República, Marco Aurelio Robles, y en consecuencia REVO-
CA el acto impugnado, mediante el cual la Asamblea Nacional dispuso acoger y tramitar como
acusación la denuncia presentada por el Dr. Antonio González Revilla contra el Presidente de la
República señor Marco Aurelio Robles, por infringir el artículo de la Constitución Nacional.
Por disentir del criterio de la mayoría de la Honorable Corte Suprema de Justicia en su resolución
de 5 de abril de 1968, dictada en el recurso de Amparo de las Garantías Constitucionales inter-
puesto por el ciudadano Cristóbal Garrido Romero contra la Asamblea Nacional, salvo mi voto.
Lo hago tratando que el recurso sea resuelto sin dilaciones innecesarias, porque considero que
esta institución jurídica debe ser eficaz instrumento de las libertades y derechos individuales
y sociales. Ha sido este mí criterio en contradicción muchas veces con la actitud de algunos
tribunales de justicia nacionales que han tratado de restringir su ámbito a niveles que les niegan
su virtualidad.
Por las mismas razones de lo apremiante del término de que dispongo para este salvamento de
voto, no me ocuparé detenidamente de rebatir cada uno de los puntos en que pretende fundarse
la mayoría, como en exponer mi criterio jurídico acerca del caso, poniendo de ha presente los
aspectos del mismo realmente relevantes.
Porque ha de tenerse en cuenta que no se res trata mediante este recurso, de que la Corte ha
Suprema sustituya a la Asamblea Nacional en tan el ejercicio de una función que para el caso de
un juzgar al Presidente de la República, le está atribuida privativamente a esta última.
De esta guisa, no estimo atinado que perdiendo de vista lo principal en cuanto a la actividad
jurisdiccional de la Asamblea Nacional en el caso concreto a que se refiere el recurso de Am-
paro de Garantías Constitucionales, se entre a debatir acerca de lo acertado o lo desacertado
de la forma cómo debe aplicarse por ejemplo el artículo 2007 del Código Judicial, y dar pri-
macía en el caso en consideración a aspectos de menos jerarquía de los que están en juego,
instituidos por la propia Constitución, para el sano desenvolvimiento de la vida nacional como
país democrático. En efecto, la Asamblea Nacional en el caso a que alude el recurso de Amparo
se ocupaba de establecer si el Presidente de la República había actuado en violación de la
Constitución, en forma tal, que de su conducta se derivara que las próximas elecciones popula-
res ve no fueran realmente una consulta de la opinión he popular, en trasgresión del artículo
112 de la Constitución Nacional y con desconocimiento del principio que consagra el artículo 29
de la misma el Carta cuando expresa que el poder público sólo emana del pueblo.
Por eso es menester obrar con acertado criterio discrecional en cuanto a los valores que están
en juego. Y es mi opinión sincera que no se debe entorpecer la actividad jurisdiccional de la
Asamblea Nacional en lo que tienda a lograr la vigencia de la pureza del sufragio popular en
nuestro medio, para que nuestros gobernantes sean la genuina representación de las mayorías.
Más necesario es esto aún por razón de que nuestra vida pública no ha llegado a conquistar
todavía estos niveles que eran realidad de otras organizaciones políticas.
La confrontación que se viene comentando ha debido ser el modo adecuado o la vía indicada
Indudablemente que éstos son aspectos del proceso susceptibles de ventilarse dentro de él, y
cuya discusión puede suscitar la persona sujeta al proceso, si comparece a él y hace valer los
recursos que la ley le otorga.
Por lo demás, el proceso que se trata de impugnar mediante el recurso de Amparo a que hago
referencia guarda relación con hechos públicos y notorios, y el mismo proceso se ha desarrolla-
do por su naturaleza en forma tal que no sólo ha sido conocido ampliamente por la persona
que era objeto del juicio y sujeto a la vez, sino de la ciudadanía en general. Ello ha hecho que
la mayoría, en la sentencia en la cual salvo mi voto, exprese: “Este juicio especial contra el
Presidente de la República ha inundado el aire público de una inmensa y apasionada discusión,
para impugnar y afirmar la competencia de la Corte Suprema de Justicia”.
Soy de opinión que la Corte Suprema de Justicia carece de competencia conocer del Amparo
en este caso porque tratándose de actos procesales cumplidos antes de dictar sentencia por
parte de la Asamblea Nacional en ejercicio de sus funciones jurisdiccionales, no es posible
darle término al proceso hasta tanto se dicte el fallo.
Hagamos unas consideraciones al respecto, y con ello resumo mi opinión jurídica en lo rele-
vante sobre el particular.
Para regular la institución del recurso de Amparo de las Garantías Constitucionales se expidió
la Ley N° 46 de 1956, cuyos artículos 43 al 59 se refieren específicamente a este recurso, ya que
la ley regula asimismo en otras disposiciones el recurso de Habeas Corpus, la objeción de ine-
xequibilidad, las consultas sobre constitucionalidad y el recurso de inconstitucionalidad.
Del mismo texto del artículo 51 constitucional se desprende que la interposición del recurso
de Amparo tiene una finalidad, intención y meta, terminar con la existencia de la orden impug-
nada, haciendo cesar su existencia jurídica. En otras palabras, ponerle término a dicha orden
contra la cual va dirigido el recurso de Amparo, de manera tal, que las garantías constitucionales
que dicha orden o mandato desconocía tengan nuevamente, una vez cesada la orden, la vigencia
y vigor que el texto constitucional les da.
El mismo texto constitucional expresa, ya lo hemos dicho, que la persona contra la cual se expi-
Por su parte, el artículo 110 constitucional expresa que se denominarán sesiones judiciales
1as dedicadas al ejercicio de las atribuciones jurisdiccionales de la Asamblea, sea cual fuere
el tiempo en que se celebren y la forma como la Asamblea hubiere sido convocada para tal
efecto; y que su celebración no alterará la continuidad y la duración de una legislatura, ni se
les pondrá término sino cuando la Asamblea fallare la cansa pendiente.
Así reza la disposición a la cual se hace referencia en virtud del Acto Legislativo N° 2 de 30
de enero de 1961.
Se observa, pues, que la Constitución establece la norma de que a las sesiones judiciales de
la Asamblea Nacional no se les pondrá término sino cuando ésta fallare la causa de la cual
conozca en ejercicio de sus funciones jurisdiccionales.
Nuestro derecho positivo constituye un sistema que como tal estructura sus instituciones en
forma armónica. Luego debemos ver los artículos 51 y 110 constitucionales que comentamos,
como disposiciones que regulan al mismo tiempo aspectos o materias que no se excluyen
unas a las otras. En este caso hay que concluir que mientras el artículo 51 de la Constitución
establece en forma general el recurso de Amparo para toda orden de hacer o de no hacer, ex-
pedida por cualquier funcionario, el artículo 110 de la misma Constitución ha establecido en
forma especial que las sesiones judiciales de la Asamblea Nacional, en ejercicio de las atri-
buciones que le señala el articulo 119 ibidem, no podrán hacerse cesar por no ser susceptibles
de ponérselos término, sino cuando la Asamblea fallare la causa pendiente.
Quiere decir esto, que el sistema constitucional que nos rige consagra el principio de que los
actos procesales que le dan contenido a las sesiones judiciales de la Asamblea Nacional no
pueden ser impugnadas mediante recursos de Amparo, porque dicho proceso tiende inexora-
blemente hacia el acto final de fallar o decidir la causa pendiente.
Resulta de ello evidente que el recurso de Amparo de las Garantías Constitucionales de que
me ocupo es improcedente y no debió ni siquiera ser admitido por el Juez Segundo Municipal
del Distrito de Panamá.
El ejercicio de la función jurisdiccional en el Estado tiene como finalidad arreglar los conflictos
que se presenten en el seno de la sociedad, de manera que impere el orden jurídico y la paz
social, determinando en cada caso concreto la voluntad de la norma legal en sentido amplio. Y
es de primordial importancia lograr dichas finalidades cuando se trata de conflictos que afectan
la estructura misma de los órganos que gobiernan el Estado. Por ello, ha querido la norma
constitucional que estos procesos se desarrollen sin ocasión propicia para dilatarlos u obs-
truirlos, en forma que se siembre y se dude en un momento dado, en determinada situación,
de cuál es la norma de imperiosa aplicación dentro del sistema jurídico imperante.
Por ello, es menester que el desconocimiento del derecho sea de tal magnitud que signifique la
vulneración de los principios cardinales que estructuran nuestro sistema de derecho, pondera-
dos debidamente en cada caso concreto. De lo contrario, todos los procesos judiciales vendrían
a quedar reducidos al conocimiento de las controversias mediante el recurso de Amparo.
Sobre este aspecto, y sin que se pierda por ello lozanía una institución de tan acentuado ca-
rácter democrático, la Corte anteriormente ha expresado concepto que me excuso de transcribir
por la premura del tiempo, y que pueden ser fácilmente consultados con una lectura a su
sentencia de 10 de mayo de 1949, en el Amparo de Garantías Constitucionales propuesto
por Panamá Agencies Co. contra el Tribunal Superior de Trabajo y el Juzgado Seccional de
Trabajo; y la sentencia de la misma Corte de 17 de julio de 1963. publicada en el Repertorio
Jurídico Año II, julio de 1962, páginas 244 a 245.
Bastarían, pues, los pronunciamientos antes mencionados, expuestos por la Corte en reiterados
fallos, para señalar que el recurso de Amparo de las Garantías Constitucionales propuesto
contra la actuación de la exclusiva o privativa competencia de la Asamblea Nacional en ejer-
cicio de funciones jurisdiccionales a nivel constitucional, es IMPROCEDENTE.
CORTE SUPREMA DE JUSTICIA. –PLENO – Panamá, seis de octubre de mil novecientos se-
senta y nueve.-
“1° La violenta y ardorosa contienda política que, olvidando todos los preceptos legales y to-
dos los principios de decencia, ha envuelto al país en los últimos meses desembocó con
el intento del encargado del Órgano Ejecutivo desde el primero del presente mes, de
adueñarse del poder en forma absoluta instaurando de hecho una dictadura que comen-
zó con el desconocimiento del resultado de las elecciones, negándose a efectuar escru-
tinios y designado, conforme a su personal voluntad y simpatías, a los Concejales y
Diputados a la Asamblea Nacional, despojando así de un triunfo legítimo y honesta-
mente obtenido a muchos candidatos a esos cargos de elección popular”.-
...
...
“5° Es en obediencia a estos principios y a esta responsabilidad indeclinable que le corres-
ponde a la Guardia Nacional como garante de las libertades y derechos de la ciudada-
nía y del orden público e institucional, que hemos decidido volver la Nación al orden
constitucional, sustituyendo el régimen del usurpador por un Gobierno Provisional
que se encargue de la ponderosa tarea de restablecer el imperio de la Constitución y
de las Leyes, asegurando al país un régimen de libertad, derecho y democracia. La
Guardia Nacional, convencida de que sirve a los mejores intereses de la nación y del
pueblo solicita el apoyo y el pleno respaldo de la ciudadanía a lo actuado por ella y la
“Fueron designados para integrar la Junta Provisional de Gobierno los Coroneles José M. Pi-
nilla Fábrega y Bolívar Urrutia Parrilla, quienes dictaron el 12 del citado mes y año el Esta-
tuto del Gobierno Provisional, en el cual delimitan el ámbito de sus atribuciones, sobre todo
en el artículo 2°, del siguiente tenor:-
“Artículo 2°. La Junta Provisional de Gobierno ajustará su cometido a las disposiciones de este
Estatuto, a las de la Constitución Nacional y las leyes y Decretos dictados en su desarrollo”.-
“Artículo 4°. Todas las funciones que la Constitución Nacional señalan a la Asamblea Nacio-
nal serán ejercidas mediante la expedición de Decretos de Gabinete, a excepción de las esta-
blecidas en el Artículo 119 de la Constitución”.-
“A todos nos consta que la Constitución Nacional, en espacio de pocos días fue vejada, es-
carnecida y convertida en un instrumento desprovisto de vigencia y de autoridad moral”.-
“En tales circunstancias no cabía a la Guardia Nacional otro camino que el que le
señalaba claramente su deber jurado: imponer el respeto a la Ley y a la Constitución
“Advierto que la demanda no hace méritos de estos antecedentes y, por ello, yerra.-
La demanda ha sido presentada porque en concepto del recurrente el Estatuto del Gobierno
Provisional viola la integridad de la Constitución y la infringe de un modo particular al con-
frontarse con sus artículos 118, ordinal 25, 136, 149, 170 y 250.-
Resulta evidente, y así lo anota en su Vista el Procurador Auxiliar de la Nación, que la de-
manda formulada, al hacer abstracción de los antecedentes que dieron origen a dicho Estatu-
to y no tener presente ciertas nociones de Derecho Público, se ha fundamentado en una errada
apreciación acerca de la jerarquía normativa del instrumento impugnado con relación a la de
la Constitución.-
El problema de la esencia y legitimidad de los sistemas de gobierno que surgen como producto
de una revolución ha sido tratado extensamente por la doctrina de derecho público de los prin-
cipales países del mundo.-
Para Hans Kelsen la creación de un nuevo orden constitucional por virtud de una revolución
es un hecho meta jurídico el cual tiene su validez en sí mismo y por tanto no puede buscár-
sele justificación en el derecho derogado. Ello en lo relativo al orden estatal particular. En
cuanto al orden internacional estima que una regla consuetudinaria del derecho supranacio-
nal considera, que es un ordenamiento válido de un Estado, aquel que aunque surgido por las
vías de hecho logra obtener un grado de eficacia tal, que haya cierta correspondencia del com-
portamiento total del pueblo con las normas impuestas por él. Esta es la norma o principio
que confiere juridicidad a la revolución, el cual es confirmado cuando el nuevo estado es ad-
Ernest Von Beling, eminente jurista alemán, en forma más concreta afirma: “Puesto que el
concepto de ilícito concierne a determinado ordenamiento, la antijuridicidad de una revolu-
ción hace referencia al ordenamiento jurídico contra la cual ella se dirige. En efecto si la re-
volución tiene éxito el antiguo ordenamiento pierde su validez y surge otro con un nuevo con-
tenido, por lo cual la afirmación del carácter antijurídico de una revolución no tiene ningún
contenido en estricta lógica jurídica”. (Ernest Von Beling, Revolution und Recht. Berlín,
1930, página 101).-
En el caso sometido a la Corte Suprema de Justicia, tenemos que la Revolución del 11 de Oc-
tubre de 1968 no ha pretendido cambiar el orden jurídico ni los principios que en forma es-
crita o no escrita informan nuestro pensamiento constitucional. En efecto así se desprende de
todas las declaraciones y actuaciones del Gobierno y concretamente del artículo 2o. del Esta-
tuto Provisional que es del siguiente tenor:-
Esto es que el pensamiento de los hombres que hicieron posible la Revolución no está
orientado a cambiar las formas básicas de nuestro estado Republicano y Democrático ni a
vulnerar los derechos individuales, algunos de los cuales han sido solamente suspendidos
con carácter provisional, y hasta tanto sea necesario para el mantenimiento de la Paz y la
seguridad sociales.-
Cabe anotar además que aunque el Gobierno Revolucionario no nació de acuerdo con las
pautas trazadas en la Constitución de 1946, al postular, como se ha dicho, la vigencia de
esta conjuntamente con el Estatuto Provisional de Gobierno, y al actuar efectivamente
dentro del marco de estos instrumentos, ha estructurado sus propios lineamientos jurídi-
cos, que lo diferencian de un poder arbitrario cualquiera, por su propia autolimitación. Las
normas jurídicas vigentes no solo han sido impuestas a los gobernados sino que rigen pa-
ra los gobernantes y por tanto ambos se encuentran vinculados al nuevo orden desde pun-
tos de vista materiales y formales.-
En otro orden de ideas debe decirse, que en derecho surge la necesidad de efectuar juicios de
valor, especialmente dentro de la esfera del derecho Constitucional porque en toda Carta fun-
damental se recoge el sentir de los hombres que viven, trabajan y sufren en un pedazo de tie-
Y si se tienen en cuenta los días de corrupción administrativa y de caos institucional que vivía
la República antes de la Revolución, no hay argumentos ni teorías, por más ingeniosos que
pretendan ser, que puedan desconocer la obra moralizadora y restauradora del movimiento
del 11 de Octubre de 1968.-
a. No ha derogado la Constitución;
Por tanto resulta absurdo impetrar una declaratoria de inconstitucionalidad del instrumento
básico del Gobierno Revolucionario.-
RESOLUCIÓN N° 1
(De 2 de enero de 1990)
EL CONSEJO DE GABINETE
En cumplimiento de lo dispuesto por los artículos, numeral 2 del artículo 195 y numeral 12
del párrafo cuarto del artículo 312 de la Constitución Nacional,
CONSIDERANDO:
Que han presentado renuncia del cargo de Magistrados de la Honorable Corte Suprema de
Justicia los licenciados Marisol Reyes de Vásquez, Gustavo Escobar, Manuel José Calvo, Dilio
Arcia, Bernabé Pérez, Jerry Wilson, Rafael Domínguez e Isidro Vega.
Que es función de este Consejo acordar con el Presidente de la República, los nombramientos
de los Magistrados de la Corte Suprema de Justicia.
RESUELVE:
José Manuel Faúndes Rodríguez, con cédula de identidad personal N° 8-216-1337 en reem-
plazo del Magistrado Rafael Domínguez hasta el 31 de diciembre de 1992.
Raúl Trujillo Miranda, con cédula de identidad personal N° 4-40-644, en reemplazo del Ma-
gistrado Manuel José Calvo hasta el 31 de diciembre de 1996.
Aura Guerra de Villalaz con cédula de identidad personal N° 4-57-213 en reemplazo del Ma-
gistrado Jerry Wilson, hasta el 31 de diciembre de 1997.
Todos para el cargo de Magistrados del a Honorable Corte Suprema de Justicia en la Sala Se-
gunda de lo Penal.
Arturo Hoyos con cédula de identidad personal N° 8-145-706 en reemplazo del Ma-
gistrado Dilio Arcia hasta el 31 de diciembre de 1996.
ARTÍCULO 6°: Para todos los efectos, estos nombramientos serán efectivos a partir del 3 de
enero de 1990.
Dada en la ciudad de Panamá, a los 2 días del mes de enero de mil novecientos noventa
(1990).
Julio Harris
Ministro de la Presidencia
RESOLUCIÓN N° 5
EL CONSEJO DE GABINETE
En cumplimiento de lo dispuesto por los artículos, numeral 2 del artículo 195 y numeral 12
del párrafo cuarto del artículo 312 de la Constitución Nacional,
CONSIDERANDO:
Que el artículo 1° de la parte resolutiva de esa excerta acordó el nombramiento del abogado
Carlos Lucas López Tejada, con cédula de identidad personal N° 7-35-1473, en reemplazo del
Magistrado Gustavo Escobar hasta el 31 de diciembre de 1999;
Que el período correcto de este Magistrado debe alcanzar el lapso faltante de la anterior de-
signación, es decir hasta el 31 de diciembre de 1996 (mil novecientos noventa y seis); como
señala el Oficio PCSJ-05-90 del Presidente de la Corte Suprema de Justicia,
RESUELVE:
ARTÍCULO 1°: Corregir la Resolución N° 1de 2 de enero de 1990, y señalar el período del
Magistrado Carlos Lucas López Tejada, con cédula de identidad personal N° 7-35-1473 hasta
el 31 de diciembre de 1996.
COMUNIQUESE Y PUBLÍQUESE.
Dada en la ciudad de Panamá, a los 2 días del mes de enero de mil novecientos noventa
(1990).
Julio Harris
Ministro de la Presidencia
(Tomado de la Gaceta Oficial 21470, del miércoles 7 de febrero de 1990, pp. 1-2)
Corte Suprema de Justicia –PLENO- Panamá (3) tres de agosto de mil novecientos noventa
(1990).
Vistos: Rosario Arias de Galindo y Gilberto Arias Guardia interpusieron demanda de inconstitu-
cionalidad contra el auto de 28 de julio de 1969, del Juzgado Primero del Circuito de Panamá,
Ramo Civil, mediante el cual se declaro en estado de liquidación a la Sociedad Editora Panamá
América, S.A., en español, y The Panamá American Press Inc., en inglés, y a la vez solicitaron se
hicieran otras declaraciones como consecuencia de la declaración de inconstitucionalidad pedida.
“Señor Magistrado:
En respuesta a su nota del 30 de abril del presente año, me permito informarle que
después de haberse hecho una búsqueda exhaustiva, no se ha encontrado el expe-
diente que contiene el proceso especial interpuesto por TAWMAC,S. A., contra Edi-
tora Panamá América, S.A.
Por otra parte de acuerdo al año que aducen haber enviado el Oficio 2271 (15 de di-
ciembre de 1971), no hay constancia de haberse recibido.
Aurac. de Tulsidas
Subdirectora Nacional
Es de notar que, en certificación que aparece a fojas 16 del expediente, el secretario del Juz-
gado Primero del Circuito de Panamá, Ramo Civil, certificó lo siguiente:
“CERTIFICA:
Que el proceso especial interpuesto por TAWMAC, S.A. contra EDITORA PANAMÁ AME-
RICA, S.A., en proceso de Liquidación fue remitida con el oficio Nº 2271 y consta de 711
folios al Director de los Archivos Nacionales el 15 de diciembre de 1971.
Panamá, 30 de enero de 1990.
El Magistrado Sustanciador entonces envió nota al Juez Primero del Circuito de Panamá, Ra-
mo Civil, solicitándole copia autenticada del auto de 28 de julio de 1969, en vista de que se
conoció que en el legajo de autos de julio de 1969 de ese Tribunal, existía copia del mencio-
nado auto. El Juez Primero remitió la copia solicitada y el Secretario de dicho Tribunal certi-
fico que, “la copia anterior es copia de la copia que reposa en el legajo de copia de los autos de
los meses junio-agosto de 1969, de este Tribunal”.
De acuerdo con los numerales 2 y 3 del artículo 821 del Código Judicial, tienen el carácter de
documentos públicos: No.2 “los certificados expedidos por los funcionarios públicos, en lo
que se refiere al ejercicio de sus funciones, incluyendo actas, constancias, planos, cuadros, fo-
tografías, catastros y registros”, y el No.3 establece; “Las constancias de las actuaciones de
las entidades públicas, judiciales y administrativas”. De allí resulta la atribución de pleno valor
a la copia del auto de 28 de julio de 1989, remitida, por el secretario del Juzgado Primero del
Circuito de Panamá, Ramo Civil.
Con la demanda se aportó copia del auto de 26 de febrero de 1971, sin autenticar, pero se
acompañó copia autenticada de la escritura pública No. 1069, del 23 de agosto de 1971, de la
Notaría Primera del Circuito de Panamá, que expresa en su página 3 (foja 25 en el expediente),
líneas 6 a 15, lo siguiente:
TERCERO: Que por Resolución de fecha veintiséis (26) de febrero de mil novecientos
setenta y uno (1971), el Juzgado Primero del Circuito aprobó dicha Cuenta Final,
cuya Resolución se encuentra debidamente inscrita en el Registro Público causando
todos los efectos legales”.
En vista, pues, de que dicho auto efectivamente aprobó la cuenta final de la liquidación de
El demandante estima que el auto de 28 de julio de 1969, del Juzgado Primero del Circuito
de Panamá, Ramo Civil, viola en forma directa los artículos 19 y 32 de la Constitución Na-
cional vigente en 1946, que corresponden al 17 y al mismo 32 de la Constitución vigente en
1990, según observa la Corte. El concepto de la infracción lo explica así:
A fin de que los señores magistrados tengan una visión exacta de la cuestión que se les plan-
tea me permito hacerles la siguiente relación:
La sociedad Tawmac, S.A. presentó ante el Juzgado Primero del Circuito de Panamá el día
18 de julio de 1969 solicitud “de acuerdo con el artículo 420 del Código de Comercio para
que se convoque una Asamblea General de Accionistas de la Editora Panamá América, S.A.
con el propósito de acordar el nombramiento de revisores para el examen del balance y de la
gestión social realizada por la Junta Directiva de esa sociedad durante los años 1963, 1964,
1965, 1966, 1967 y 1968 y lo que va del año de 1969”.
El Juzgado Primero del Circuito de Panamá mediante auto de 18 de julio de 1969 resolvió la
petición de Tawmac, S.A. y de conformidad con el artículo 420 del Código de Comercio
“convocó a una Asamblea General de Accionistas de Editora Panamá América, S.A. con el
propósito de acordar el nombramiento de revisores para el examen del Balance y de la ges-
tión social realizada la Junta Directiva de esta sociedad durante los años 1963, 1964, 1965,
El auto a que se refiere el párrafo anterior y que fuere suelto sumariamente tal como lo manda
el artículo 420 del Código de Comercio, no se notificó en la forma debida la Editora Panamá
América, S.A.
Simultáneamente Tawmac, S.A. presentó el 18 de julio de 1969, una solicitud para que se de-
cretara una acción exhibitoria extrajuicio sobre los libros de contabilidad, accionistas, de actas
y balance de situación durante los 6 años de la Editora Panamá América, S.A. “para utilizarlos
como prueba preconstituida en Juicio Especial que interponga en su oportunidad.
El mismo día 18 de julio de 1969 el señor Juez Primero del Circuito de Panamá admitió la
acción exhibitoria propuesta por Tawmac, S.A. y decretó la inspección ocular en las oficinas
de la empresa Editora Panamá América, S.A.
El día 25 de julio de 1969 tal como se había señalado se intentó celebrar la Asamblea Gene-
ral de Accionistas de la Editora Panamá América, S.A. en el Despacho del Juez Primero del
Circuito de Panamá.
A dicho acto asistieron Tawmac, S.A. con 2.605.7 acciones; Octavio Fábrega con 350 ac-
ciones y Jorge Fábrega representando a ROSARIO ARIAS DE GALINDO con 5.962.585 de
las acciones. El Juez advirtió que se encontraban presentes tan solo el 49.9% del total de las
acciones emitidas. Es decir, no había quórum.
No obstante en dicha reunión Tawmac, S.A. desistió de la revisión de libros y presentó una
solicitud para que se declarara en estado de liquidación a la Editora Panamá América, S.A.
El señor Juez Primero del Circuito de Panamá en auto de 28 de julio de 1969 resolvió:
d. Decidió en consecuencia, declarar desde la fecha del auto en estado de liquidación a la so-
ciedad Editora Panamá América, S.A. en español y Panama American Press Inc. en inglés,
cuyo Presidente y Representante legal era la señora ROSARIO ARIAS DE GALINDO . Sus-
pendió a todos los Directores y Administradores de la sociedad declarada en liquidación;
y designó como liquidadores a los señores Rubén Blade y Lenín Sucre.
El señor Juez del Circuito de Panamá, removió motu-propio en auto de 14 de agosto de 1969
a los liquidadores Rubén Blades y Lenin Sucre, designados por auto de 28 de julio de este
año y en su lugar nombró al Banco Nacional de Panamá. De conformidad con el artículo 534
del Código de Comercio el Juez puede remover a los liquidadores “a solicitud de alguno de
los socios y por fundados motivos”.
“Todo el proceso propuesto por Tawmac, S.A. contra la Editora Panamá América, S.A. plan-
tea las siguientes interrogantes jurídicas:
De conformidad con el artículo 420 del Código de Comercio la solicitud de citación a que
se refiere dicha disposición debe ser resuelta sumariamente. Es decir, de acuerdo con
nuestra jurisprudencia, debe ser resuelta de plano sin oír a la contraparte.
Pero una vez resuelta, el auto recaído con relación a esa solicitud se debe notificar a la em-
presa para los efectos de que pueda interponer contra dicho auto las acciones que estime
convenientes, ya que todo auto es reformable de oficio o a solicitud de parte.
Igual sucede en los secuestros, Juicio Ejecutivos, y todos aquellos procedimientos que se
deciden en principio sin oír a la contraparte, pero que una vez resuelto esto, se le conce-
de a los afectados el derecho a proponer los recursos que estimen convenientes.
Al no notificar a la Editora Panamá América, S.A. del auto en que se resolvió convocar a
una Asamblea General de Accionistas de esa empresa se anula todo el proceso a partir de
dicho auto.
En ninguna sociedad ... se puede en una primera convocatoria para Asamblea General de
Accionistas en la cual no existe el quórum reglamentario tomar una decisión. No se puede
a pretexto de que es una Asamblea citada judicialmente considerar lo contrario.
Las decisiones en las Asamblea General de Accionistas se deben tomar por mayoría de votos
no existiendo disposición que determine otra forma, pero siempre y cuando que exista el
quórum correspondiente.
Pero el Juez no sólo no sometió a consideración de los presentes las proposiciones en discu-
sión tal como consta en el Acta sino que decidió a su buen leal saber y entender sin cumplir
con las formalidades de Ley.
3. Si las demandas instauradas de conformidad con el artículo 420 del Código de Comercio
siguen el mismo procedimiento de aquellas instauradas de conformidad con el 531 del
mismo Código.
Señala el artículo 420 del Código de Comercio que la solicitud a la que se refiere dicha
disposición debe ser resuelta sumariamente, es decir, sin oír a la sociedad.
El artículo 531 del Código de Comercio no señala procedimiento alguno. Luego entonces,
las demandas a las cuales se refieren dicho artículo se deben tramitar por la vía sumaria
de conformidad con el artículo 2º de la Ley 9 de 1946. Es decir, se debe seguir el proce-
dimiento que se establece en los artículos 1947 a 1952 inclusive del Código Judicial.
Como vemos, en el proceso a que se contrae este escrito, se presentaron demandas totalmente
diferentes con procedimientos diferentes y que sin embargo se han tramitado en un solo juicio.
4. Si propuesta una demanda formal de acuerdo con el artículo 420 del Código de Comercio
se puede desistir de dicha acción dentro del acto de la Asamblea General y luego sin el re-
quisito de la demanda formal, y sólo mediante una simple petición se puede pedir la liqui-
dación de una sociedad de conformidad con el artículo 531 del Código de Comercio.
En el proceso se advierten claramente esas dos demandas. Una, la petición para que se re-
visaran los libros de la Editora Panamá América propuesta formalmente de acuerdo con
el artículo 420 del Código de Comercio y segunda, la solicitud de liquidación de confor-
midad con el artículo 531 del Código de Comercio.
El desistimiento de la revisión es perfectamente procedente, ya que toda persona puede de-
El artículo 304 del Código Judicial señala los requisitos que deben contener toda demanda.
Una vez instaurada la acción correspondiente esta no se puede variar sino en los términos y
el tiempo que previene el propio Código.
Aquí se ha pretendido mediante una simple solicitud variar el objeto de una demanda, a
lo cual en forma inexplicable accedió el Juez Primero del Circuito.
A este respecto JAIME GUASP en su obra Derecho Procesal Civil dice lo siguiente:
“El ordenamiento jurídico intenta reaccionar contra la posibilidad de esta clase de crisis,
no permitiendo, en términos generales, una alteración del objeto del proceso. Se tiene así
lo que se suele llamarse prohibición de transformación de la demanda, entendiendo por
transformación precisamente el cambio crítico de este elemento y por demanda lo que es
verdaderamente la pretensión procesal, a la que habría que añadir, en los términos que la
teoría del objeto del proceso, la oposición a la misma. Mediante el principio de la inmo-
dificabilidad objetiva del proceso se puede llegar a reducir a un mínimo la existencia y re-
percusión de esta clase de anomalías”.
5. Si una demanda propuesta de acuerdo con el artículo 531 del Código de Comercio deben
o no seguir a asamblea previa de Accionistas, convocada para tal fin.
El examen de este artículo plantea una serie de cuestiones que son necesarias para una co-
rrecta solución.
El primer requisito es que debe existir una Asamblea General de Accionistas convocada
con el fin especifico de determinar si procede o no la liquidación. Si en dicho acto no se
llegara a algún acuerdo, pueden los socios hacer la petición correspondiente en juicio.
Lo anterior nos indica que es absolutamente necesaria la demanda para que el Juez proceda
entonces como a bien lo estime conveniente.
El termino “de oficio” al cual se refiere el artículo 531 citado tiene que ser interpretado
en el sentido de que el Juez puede proceder a declarar la liquidación, una vez se presente
la demanda correspondiente por que entender lo contrario sería estimar que pueden los
Tribunales ir de empresa en empresa indagando su estado financiero para decretar liqui-
daciones sin que nadie se lo pidiera.
Además de lo ya expuesto, cuando se hizo evidente que la decisión de las autoridades era
la de mediante un proceso amañado ilegal y fraudulento apropiarse de los bienes de la Edi-
tora Panamá América ,S. A., con el fin de silenciara la opinión publica, todos los Accionistas
Ese desistimiento no fue aceptado ni por el Juez de la instancia, ni por el Tribunal Superior,
llegando éste último al extremo inaudito de rechazar una escritura pública que contenía un
Poder General para pleito, aduciendo la peregrina idea de que era necesario un certificado del
Registro Público que avalara dicho poder.
También se violaron los artículos 591 a 605 del antiguo Código Judicial que facultaba a toda
persona que hubiese entablado una demanda, promoviendo un incidente o interpuesto un re-
curso para desistir expresa o tácitamente de dicho acto.
Todo lo expuesto nos lleva a la necesaria conclusión de que en el proceso, en realidad de ex-
propiación y despojo de los bienes de la sociedad Editora Panamá América, S.A. no se observó
el trámite o proceso debido, lo cual violó los artículos 19 y 32 de la Constitución Nacional de
1946, en forma directa, por falta de aplicación al caso pertinente (16 septiembre de 1952, R.J.
19, 1952, página 187).”
La celebración de dicha asamblea fue fijada para dentro de ocho (8) días calendarios, o sea,
el (viernes) 25 de julio de 1969, a las tres de la tarde. La notificación de la convocatoria en
comento fue publicada en el periódico La Estrella de Panamá, los días sábado 19, domingo 20,
lunes 21, martes 22 y miércoles 23 de julio de 1969, basándose el juzgador con lo establecido en
el artículo 4 del Pacto Social que a la letra dice:
“Artículo 4: No podrá llevarse a cabo ninguna reunión de la Junta de accionistas ya
sea ordinaria o extraordinaria a no ser que se notifique el hecho a los accionistas in-
dicando la hora, el lugar, y el objeto de dicha Junta. La notificación se hará por medio
de avisos que serán publicados por cinco días consecutivos en “El Panamá América” o
en cualquier otro diario que se publique en la ciudad de Panamá.”
Valga reiterar la última parte del artículo 420 del Código de Comercio, ya citado, en lo referen-
te a que “la solicitud que habla este artículo será resuelta sumarialmente”; motivo por el
cual habría que remitirse a lo preceptuado en el artículo 1949 del Código Judicial anterior
-cuya vigencia imperaba en 1969- que a la letra señalaba:
Artículo 1949: El tribunal dará traslado al demandado con tres días de término, y
éste deberá acompañar a su contestación las pruebas en que lo apoye”.
Según consta en el propio auto de 28 de julio de 1969 (fs. 60-61), el día jueves 24 de julio de
1969 -faltando escaso un día para la celebración de la asamblea convocada para el viernes 25
de julio de ese año- el apoderado legal de la sociedad demandante solicitó que se incorpora-
Los accionistas presentes en la reunión protestaron las actuaciones del juzgador y así quedó
plasmado en cada acta correspondiente, por dos razones fundamentales, a saber: (1) Que no
existía quórum, ya que sólo se encontraban representados el 49.9% de las acciones emitidas
por la sociedad; (2) Que la propuesta de liquidación era irreglamentaria, ya que no se ajusta-
ba al propósito para el que había sido expresamente convocada la reunión de accionistas. A
renglón seguido se propuso que se sometieran a votación las dos propuestas antes menciona-
das, esto es: la del nombramiento de los revisores y la de la liquidación. Sin embargo, ninguna
votación se llevó a cabo debido a la oposición del representante de la sociedad Tawmac, S.A.
(accionista minoritario) quien alegó “que el Código de Comercio concede al Juez una amplia
facultad discrecional para tomar decisiones en estas situaciones de emergencia, no basándose
en requisitos previos de votación sino como un acto jurisdiccional o simple solicitud de parte
o incluso de oficio”. El Juez dio por terminada la susodicha reunión, concluyendo “que los
socios no se han puesto de acuerdo en cuanto a las proposiciones y existe planteamiento de
parte de Tawmac, S.A., que requiere pronunciamiento judicial”.
Posteriormente, en auto del lunes 28 de julio de 1969 que se acusa de inconstitucional, el Juez
Primero del Circuito de Panamá declara en estado de liquidación a la Editora Panamá América,
S.A., previa consideración (1) que si era procedente la Asamblea General de Accionistas, pe-
se a que sólo estaban representadas el 49.9% de las acciones, ya que se trataba de una citación
judicial; (2) que existía una proposición del Dr. Carlos Rangel, en su carácter de representante
de la sociedad Tawmac, S.A., solicitando se prescindiera de las revisiones y se entrara en la li-
quidación; (3) que los resultados de la acción exhibitoria que había llevado acabo el Tribunal en
las oficinas de la sociedad Editora Panamá América, S.A. facultaban a cualquiera de los socios
para pedir al Juez la declaratoria de liquidación e inclusive podía el Juez decretarla de oficio,
dada la gravedad de la situación financiera de la empresa “que al 31 de mayo de 1969 por ca-
da balboa de pasivo corriente sólo corresponden veinticinco (25) centésimos de activo corrien-
te. Por otra parte, el Capital de la Empresa que en 1963 era de B/.1,278,587 al 31 de mayo de
1969 ha quedado reducido a B/.130,207.00, lo cual significa que el Capital de la Empresa, a la
fecha, ha quedado a un 10% en relación con el Capital de 1963”.
Ello era demostrativo -según el Juez- que se habían producido las causales de disolución
señaladas en el artículo 519 del Código de Comercio. El Juez conceptúo que la segunda
proposición de Tawmac, S.A. (del 24 y 25 de julio de 1969) se debía considerar como una
solicitud procesal, dado que ninguno de los Directores de la empresa habían provocado la
disolución de la empresa como era su deber, en conformidad con lo dispuesto en el artículo
531 del Código de Comercio.
Es más, de acuerdo con la parte final de la disposición citada, era necesario ofrecer
a los socios la oportunidad de reconstituir el capital que apareciere reducido; y de
no estar dispuesto a ello, entonces proceder a resolver la disolución dada.
Se observa, por consiguiente, que no se les brindó a los socios de la empresa la oportunidad
de conocer ni refutar los “justos motivos”, a que se refiere el tribunal y que dicen relación con
las causales de disolución establecidas en el artículo 519 del Código de Comercio, a pesar de que
ello era su obligación, al tenor de lo dispuesto en el artículo 2º de la ley 9 de 2 de julio de 1946.
Dicha norma restableció la vigencia de varias disposiciones del Código de Comercio entre las
que se encuentran los artículos 524 y 531 aludidos y establece claramente que “las demandas o
solicitudes que tengan como fundamento legal alguna de las disposiciones precedentes, serán tra-
mitados por la vía sumaria, si en éstas no se hubiere señalado otro procedimiento”.
La vía sumaria en mención se encontraba regulada en el Capítulo Tercero, del Título XII del
Libro II del Código Judicial anterior, artículos 1947 a 1952, inclusive, que establecen:
Artículo 1947: Cuando la ley disponga que un asunto se ventile en juicio sumario, sin deta-
llar procedimiento especial, se observarán las disposiciones del presente Capítulo.
Artículo 1949: El tribunal dará traslado al demandado con tres días de término, y éste debe-
rá acompañar a su contestación las pruebas en que la apoye.
Artículo 1950: Contestado el traslado, si hay hechos que probar, se abrirá el juicio a pruebas
por el término de tres días para aducirlas y de seis para practicarlas, y, si deben practicarse
fuera del lugar, se concederá el extraordinario indispensable.
Artículo 1951: El tribunal tiene seis días de término para fallar; pero antes de hacerlo, puede
practicar las diligencias necesarias para que su decisión sea acorde con la justicia y con la ley.
Artículo 1952: Los autos que pongan fin a estos juicios son apelables en el efecto devolutivo
y dejan expedita la vía ordinaria, si lo permite la naturaleza del asunto y no lo prohíbe algu-
na disposición de la ley.
Sin embargo, la misma no fue aplicada, pretermitiéndose todo el procedimiento que era de
lugar”
El Banco Nacional de Panamá presentó alegato, como persona jurídica interesada, oponién-
Las razones por las cuales se oponen a que se hagan tales declaraciones son las siguientes:
“EL BANCO NACIONAL ES UN TERCERO QUE NO PUEDE SER AFECTADO
Cuando el Banco Nacional de Panamá celebró con EDITORA RENOVACIÓN, S.A.
el contrato de hipoteca cuya nulidad se está solicitando en el Registro Público consta-
ba que EDITORA RENOVACIÓN, S.A. era la propietaria de las fincas que se darían
en garantía, y además no constaba en el Registro Público ninguna causa de nulidad
del título que tenía Editora Renovación, S.A. sobre las referidas fincas.
De manera, pues, que el Banco Nacional de Panamá es un tercero que ahora no puede ser afecta -
do porque se anule el título de propiedad de Editora Renovación, S.A. sobre las referidas fincas.
A tal efecto el artículo 1762 del Código Civil que es, como han dicho algunos, la piedra an-
gular de nuestro sistema de Registro Público establece:
“...los actos o contratos que se ejecutan u otorguen por persona que en el Regis-
tro aparezca con derecho para ello una vez inscritos, no se invalidarán en cuanto
a tercero, aunque después se anule el derecho del otorgante en virtud de título no
inscrito o de causas implícitas o de causas que aunque explícitos no consten en el
Registro Público”.
Por las razones expuestas solicitamos a los Magistrados de la Corte Suprema de Jus-
ticia no accedan a las declaraciones solicitadas en los literales e) y f), o sea a las se
refieren a la hipoteca constituida por Editora Renovación, S.A. a favor del BANCO
NACIONAL DE PANAMÁ sobre varias fincas”.
“La legalidad de la resolución por la ausencia de vicios del debido proceso. Como
la razón de esta inconstitucionalidad es la violación del debido proceso, a ella debe-
mos referirnos, recordando que nuestro interés no es el final que deben los bienes,
sino nuestros derechos que a la visual de los recurrentes no tendríamos derecho si
la Honorable Corte Suprema admite que hubo violación del debido proceso.
Aun así, consideramos poder convencer a los Honorables Magistrados que el debi-
do proceso si se cumplió.
Veamos por ejemplo, a fojas 84 (fojas 18 del recurso),dice el recurrente que “no se
notificó en la forma debida a la EDITORA PANAMÁ AMERICA, S.A.”
La Procuraduría llegó a la misma conclusión. Pero es el caso que a esta sociedad no había que
notificarle nada, sino a los accionistas. Pero hay pruebas en el expediente que esta sociedad
concurrió a través de su Representante Legal, ROSARIO ARIAS DE GALINDO, y si esta so-
ciedad concurrió, no habiendo sido notificada y promovió recurso de apelación (ver fojas 55)
hay que ver el expediente para constatar si interpuso nulidad antes de este acto, porque si no
lo hizo, convalidó todo lo actuado. Como concurrieron los accionistas OCTAVIO FÁBREGA
Y ARIAS GALINDO Como pueden, dos accionistas, aceptar el desistimiento en nombre de
todos los demás. La razón, fuera de la osadía, es que estos dos accionistas tenían el control
de las mayorías de las acciones. Y si esto es así, luego entonces en la reunión de accionistas
promovida por el Juzgado habían representado más del 49.9% de las acciones y por ende la
reunión era legal.
En un escrito aparecido en el Panamá América en 1969 y que era una reproducción de una de
las piezas procesales del expediente, se detalla quiénes eran los accionistas. Este escrito da
una diferencia en cuanto a las acciones representadas en la Junta ante el Juzgado.
Los mismos abogados que representaban a los accionistas toleraron y admitieron las actua-
ciones del juez. Inclusive se admitía, en aras de la armonía, que esta debía darse. Ninguno de
ellos mencionó violación al debido proceso. Y con la calidad de los abogados que intervenían
en este proceso, es extraño que ninguno advirtiera sobre la inconstitucionalidad del proceso.
Por ello no se compagina la opinión de este organismo, que al inicio dice que los recurrentes
no ejercieron los derechos que consagraba el Artículo 1952, del Código Judicial vigente y que
en su opinión sobre la inconstitucionalidad del auto no pretende subsanar errores jurídicos.
Cómo puede saber la procuraduría que se violó el artículo 1949 del Código Judicial anterior
(ver fojas 112 del expediente a foja 15 del concepto), si de las piezas procesales aportadas no
puede llegarse a la conclusión que no se le corrió traslado cuando dos de los accionistas con-
curren con apoderados judiciales especiales, los cuales obviamente, otorgaron poder, como se
violó el debido proceso si algunos de los citados o emplazados o notificados (cualquiera de
las presunciones es cierta por cuanto falta el expediente) concurrieron al proceso.
Resulta extraño que de las piezas procesales presentadas, fuera de las que presenta el abogado
de los aquí recurrentes, que era a la vez apoderado en el proceso, contengan ninguna mani-
festación de nulidad, parte esencial y de gran relevancia en cualquier proceso.
Por todo lo anterior consideramos que no hay violación del debido proceso, ninguna de las
resoluciones aportadas hacen llegar a esa conclusión (son fotocopias, ver Artículo 2552 del
Código Judicial)”.
“En conclusión, podemos afirmar que en nuestro derecho cuando se decide sobre la
inconstitucionalidad de una Ley los efectos son para el futuro; pero que cuando se
decide sobre la inconstitucionalidad de un acto jurisdiccional, por atacarse el objeto
del proceso, el efecto es otro y como en este caso en realidad el objeto se declara
nulo, los efectos derivativos del mismo son los naturales a esa nulidad. Es decir, que
acarrea la nulidad de todos los actos derivados de ella.
La tesis anterior ya ha sido acogida por la Corte cuando en fallo recientísimo, de fecha 28 de
“Debido a esa actitud de los funcionarios de la Junta de Conciliación, una de las par-
tes quedó en la indefensión en el proceso, es decir se celebró la audiencia sin la com-
parecencia personal de una de las partes, no obstante que oportunamente se acreditó la
incapacidad, y como resultado de ello la parte demandada no fue oída en el proceso,
acusándosele un grave perjuicio porque se celebró la audiencia y se dictó sentencia no
obstante que legalmente estaban suspendido los por impedimento de una de las partes.
Y no podía ser de otra forma, porque en verdad al declararse la inconstitucionalidad del objeto
del proceso, ello acarrea la nulidad del negocio jurídico que como ya advirtió CHIOVENDA
(Op. cit., página 236) es nulo desde su origen y no pueden producir efectos jurídicos” y siendo
como es el destino del proceso hacer justicia, dentro de la lógica jurídica, no cabe otra solución
que la propuesta, es decir, que acceden las nulidades de los actos derivados del objeto declarado
inconstitucional.
Visto todo lo expuesto, debemos concluir que es procedente no sólo la declaratoria de incons-
titucionalidad del auto de 29 de julio de 1969, dictado por el señor Juez Primero del Circuito de
Panamá dentro del Proceso de Liquidación de la Editora Panamá América, S.A. en español y
The Panamá American Press Inc. en inglés, sino también las nulidades derivadas como con-
secuencia de dicha declaratoria de nulidad”.
Los puntos fundamentales que hay que dilucidar consisten en determinar si el auto de 28 de
julio de 1969, del Juzgado Primero del Circuito de Panamá, Ramo Civil, viola o no el artículo
19 de la Constitución de 1946 (17 de la actual), así como el debido proceso establecido en el
artículo 32 de la Constitución Nacional de 1946, al igual que el mismo artículo 32 de la
Constitución vigente de 1972, reformada en 1978 y 1983, en relación con los procesos de
convocatoria de Asamblea General de Accionistas y de Liquidación de Sociedades establecidos
en el Código de Comercio y su relación con el Código Judicial vigente a la fecha de la dic-
tación del auto acusado de inconstitucional, y que, como consecuencia de esa declaratoria
de inconstitucionalidad, también resultaría nulo el auto de 26 de febrero de 1971, del mismo
Juzgado, dictado en el mismo proceso.
En este punto, la Corte observa que se solicita que se declaren inconstitucionales dos autos
Para emitir juicio sobre la inconstitucionalidad de una norma o acto sujeto al Control de Cons-
titucionalidad, la Corte Suprema debe tomar en cuenta, además de las normas formalmente
constitucionales vigentes, otros elementos que junto con éstos integran un conjunto normativo
de jerarquía constitucional que la doctrina moderna y la Corte en sentencia reciente (Cfr. sen-
tencia de 30 de julio de 1990) ha designado como un bloque de constitucionalidad.
En el caso que nos ocupa la Constitución de 1946, ya derogada, es un elemento de este con-
junto normativo ya que los autos de 28 de julio de 1969 y 26 de febrero de 1971 proferido
por el Juez Primero del Circuito de Panamá surtieron sus efectos en el tiempo en que se en-
contraban vigentes las normas de la Constitución de 1946 que se invocan como violadas en
la demanda. Por esta razón, los autos impugnados, al momento de ser dictados y de agotar sus
efectos, se encontraban sometidos a la Constitución de 1946 que era la norma jerárquicamente
superior y, por tanto, es a la luz de las normas Constitucionales vigentes en ese momento que
la Corte debe proferir su juicio sobre la Constitución de estos autos.
Aclarada esta situación previa al examen del debate constitucional planteado, se entra al aná-
lisis del expediente.
De fojas 300 a 308 del expediente corre el auto de 28 de julio de 1969 enviado por el propio
Juzgado Primero del Circuito de Panamá, Ramo Civil. Consta en dicho auto que el proceso ju-
dicial se originó por una solicitud especial formulada por la Sociedad TAWMAC, S.A ., cuya Pre-
sidente y Representante Legal era la señora GRACIELA CAMPAGNANI DE McGRATH, para que
se convocara una Asamblea General de Accionistas de la Sociedad Panamá América, S.A., con
base en lo que preceptúa el artículo 420 del Código de Comercio, con el propósito de acordar
el nombramiento de revisores para el examen del balance y la gestión social realizada por la
Junta Directiva durante los años 1963, 1964, 1965, 1966, 1967, 1968 y lo que iba del año 1969.
Ese era, pues, el objeto del proceso instaurado por la Sociedad TAWMAC, S.A.
El artículo 420 del Código de Comercio establece que el Juez de Circuito podrá convocar a
una asamblea general de accionistas, cuando así lo soliciten uno o varios accionistas cuyas
acciones representen, por lo menos, una vigésima parte del capital social, si por los estatutos
no se concediere ese derecho a accionistas con menor representación. La solicitud de que habla
este artículo será resuelta sumariamente.
Del artículo citado establecemos que, para que el proceso especial de convocatoria a una
asamblea general de accionistas se admita, es necesario que sea solicitado por accionistas que
representen, por lo menos, el veinte por ciento (20%) del capital social. Consta en el auto de
28 de julio de 1969, acusado de inconstitucionalidad por violación del debido proceso, que la
sociedad demandante era dueña de 13.085% de las acciones del capital social, al poseer
De allí en adelante todo lo que se hizo está viciado de inconstitucionalidad, por violación del
artículo 32 de la Constitución Nacional vigente, ya que el proceso de convocatoria de asam-
blea general de accionistas nunca debió iniciarse.
El artículo 420 del Código de Comercio establece que la solicitud de convocatoria judicial de
una asamblea general de accionistas será resuelta sumariamente; por tanto, le eran de aplica-
ción los artículos 1947 a 1952 del Código Judicial de 1917, vigente en 1969 con sus refor-
mas, que regulaban el juicio sumario en general. El artículo 1949 establecía que el “Tribunal
dará traslado al demandado con tres días de término, y éste deberá acompañar a su contesta-
ción las pruebas en que las apoye”.
Consta en el auto de 28 de julio de 1969 que el día 18 de julio de 1969 se ordenó la convo-
catoria pedida al Juzgado Primero del Circuito, en solicitud que fue presentada ese mismo día
18 de julio de 1969 dirigida directamente a ese juzgado, y no al Juzgado de Turno como co-
rrespondía. Dicho auto de 18 de julio, el primero dictado como consecuencia de la solicitud,
violó el debido proceso, ya que, según el artículo 1949 del Código Judicial, se debió dar trasla-
do de la solicitud de convocatoria judicial de accionistas a los otros accionistas, para que estos
aportaran sus pruebas en tres días.
De acuerdo con ese auto de 18 de julio de 1969, que ordenó la convocatoria de accionistas,
no se dio pues cumplimiento al artículo 1949, y lo más grave de todo es que decidió el caso
inmediatamente, con la sola presentación de la solicitud, pues el ordenar la convocatoria ju-
dicial de la asamblea general de accionistas era el objeto final de ese proceso sumario. Lo dicho
se comprueba en la primera página del auto acusado de inconstitucionalidad, que fijó la reunión
de accionistas para el 25 de julio de 1969, a seis días de la presentación de la solicitud de con-
vocatoria, sin traslado, y tres días después se dicta el auto de 28 de julio de 1969, acusado de
inconstitucional, que declara en estado de liquidación a la sociedad, en un proceso cuyo objeto
inicial era la convocatoria de una Junta General de Accionistas, todo ello en el término de 10
días calendario.
La variación del objeto del proceso en el caso bajo examen produce otra violación del debido
proceso, ya que la solicitud de convocatoria de Asamblea general de Accionistas se basaba en
el artículo 420 del Código Judicial, que establece unos requisitos propios para esa situación,
mientras que los artículos 519, 530 y 531 del Código de Comercio regulan las condiciones en
Los artículos 519, 530 y 531, conjuntamente armonizados, dejan claramente establecido que,
sólo en el caso de que los socios no se hayan puesto de acuerdo en disolver la sociedad en
una reunión de accionistas convocada para ese fin, y en el caso especifico de que el capital
del la sociedad estuviera reducido en un cincuenta por ciento, como se decía en el caso bajo
examen, luego de que los socios tuvieran la oportunidad de reconstituir el capital, cosa que
no se hizo, se podía, demandar la disolución de la sociedad, y, sólo en esta fase procesal en
que los socios presentan una demanda de disolución de la sociedad por no haberse podido po-
nerse de acuerdo, puede el juez, dentro de ese proceso de disolución, de oficio, resolver la di-
solución de la sociedad.
Además, hay que observar que primero se disuelve la sociedad y, como consecuencia de dicha
disolución, se produce la declaración del estado de liquidación de la misma. En este caso ni
siquiera se declaró la disolución de la sociedad, que era lo que hubiera tenido que hacerse pri-
mero de acuerdo con el artículo 519, pues lo que se demandaría no es la liquidación, sino la
disolución, y sólo como consecuencia de la declaratoria de disolución podía luego hacerse la
liquidación. La ley Comercial panameña no contempla ningún caso de solicitud de que se de-
clare en estado de liquidación una sociedad por acciones. La solicitud contemplada es la de
pedir la declaración de disolución de la sociedad.
Ya la Corte, en ocasión anterior, sostuvo que se violaba el debido proceso, cuando se priva-
ba a una de las partes, de la “oportunidad que tiene garantizada en el desenvolvimiento del
proceso adecuado.
El actual Magistrado de esta Corte, ARTURO HOYOS , manifestó al comentar dicho fallo en
la Revista Lex correspondiente al número enero-junio de 1986, en un artículo titulado “La ga-
rantía Constitucional del debido proceso”, lo siguiente “que el conocimiento de un asunto a
través de un proceso que no es el adecuado puede afectar sustancialmente la posibilidad de
una de las partes de ser oído en el juicio Y, por lo tanto, la garantía constitucional del debido
proceso legal”.
Si se permite que un acto jurisdiccional pueda ser demandado como inconstitucional, es ob-
vio que puede ser declarado inconstitucional. Sostener que la decisión de la Corte en estos
casos no produce efecto retroactivo y que sólo produce efectos hacia el futuro, traería co-
mo consecuencia que la declaratoria de inconstitucionalidad sea totalmente intrascendente,
inocua. Lo que realmente ocurre es que con el fallo de inconstitucionalidad de una norma
legal se produce una derogatoria por mandato constitucional, ya que la Constitución esta-
blece en su articulo 311 que quedan derogadas todas las leyes y demás normas jurídicas que
sean contrarias a esta Constitución y, como la Corte tiene por atribución constitucional de-
cidir sobre la inconstitucionalidad de las leyes, cuando declara que una norma legal es in-
constitucional la deroga constitucionalmente, en virtud de lo que establece el artículo 311
de la Constitución Nacional.
Si las normas legales se derogan por inconstitucionales, los actos jurisdiccionales deben de-
La doctrina constitucional panameña refiriéndose a los efectos ex nunc y ex tunc de las normas
legales y las sentencias declaradas inconstitucional, ha expresado lo siguiente:
“La sentencia en materia constitucional no tiene efecto retroactivo con respecto a la norma
que declara contraria o conforme a la Constitución. La vigencia de la decisiones, pues, ex
nunc. No incide, por tanto, en los efectos que ya surtió la norma ni en los derechos adquiridos
de acuerdo con la misma.
En Panamá el aludido efecto ex nunc presenta ciertos problemas debido a que el control de
la constitucionalidad no sólo se ejerce sobre leyes o normas generales, abstractas e imper-
sonales sino sobre todos los actos provenientes de autoridad pública. Por ello y por otras
razones -que los límites de este trabajo no nos permiten exponer- estimamos que en ciertos
casos la sentencia debe surtir efectos retroactivos con respecto al objeto del respectivo proce-
so” (Cfr. la obra del doctor César Quintero: La Jurisdicción Constitucional en Panamá.
1978, p. 34).
Por último, es conveniente aclarar el ámbito dentro del cual puede desenvolverse la sen-
tencia que resuelve un proceso constitucional. La sentencia de inconstitucionalidad se li-
mita a declarar si una norma legal es o no inconstitucional, y lo mismo hace cuando lo que
se demanda es un acto o resolución, el cual declara Nulo, por inconstitucional. Por ello no
cabe pronunciarse sobre las declaraciones solicitadas como punto c, ch, d, e y f de la de-
manda, por no ser conforme con la naturaleza de la acción de inconstitucionalidad. Las
consecuencias de esa nulidad, serán determinadas, en los casos que corresponde, por los
Tribunales competentes, con base en el fallo de la Corte.Por las razones expuestas, la Corte
Suprema, Pleno, administrando justicia en nombre de la República y por autoridad de la Ley,
DECLARA INCONSTITUCIONALES los autos de 28 de julio de 1969 y 26 de febrero de 1971
proferidos por el Juez Primero del Circuito de Panamá dictados en el proceso de convocatoria
de Asamblea General de Accionista de
CORTE SUPREMA DE JUSTICIA. PLENO. PANAMÁ, catorce (14) de febrero de mil novecientos
noventa y uno (1991).
VISTOS: El Lcdo. Carlos Eugenio Carrillo Gomila, actuando en representación del Dr. Carlos
E. Jiménez, parte demandante dentro de un proceso contencioso administrativo de plena ju-
risdicción, presentó advertencia de inconstitucionalidad contra el artículo 1 del Decreto de
Gabinete No. 20 del 1 de febrero de 1990.
I. La pretensión y su fundamento
En la citada disposición legal se faculta a diversas autoridades administrativas para que destitu-
yan a los servidores públicos que en los 30 meses anteriores a dicha norma participaron o perte-
necieron a grupos paramilitares de los llamados CODEPADIS, BATALLONES DE LA DIGNIDAD
u otros similares, o que se dedicaron a las actividades de persecución, represión, amenaza,
hostigamiento, destrucción y robo de las propiedades pública y privada, introducción o tráfico de
armas, o que atentaron contra la seguridad, integridad física y dignidad de sus compañeros de
trabajo y demás ciudadanos panameños o extranjeros.
El advirtiente señala que la norma antes mencionada viola directamente lo establecido en los
artículos 31, 111, 295 y 297 de la Constitución Política.
Todos los cargos que se formulan a la citada disposición legal tienen un fundamento común,
a saber: que el Decreto de Gabinete No.20 de 1 de febrero de 1990 no es una ley sino un acto
administrativo que no puede consagrar sanciones disciplinarias y causales de destitución de
servidores públicos.
El Consejo de Gabinete fue facultado para ejercer provisionalmente todas las funciones que
El Pleno de la Corte Suprema pasa ahora a examinar el valor y la jerarquía jurídica del Esta-
tuto de Retorno Inmediato a la Plenitud del Orden Constitucional que, entre otras medidas,
autorizó al Consejo de Gabinete a ejercer provisionalmente la función legislativa mediante
Decretos de Gabinete.
La Corte Suprema de Justicia señaló en sentencia de 30 de julio de 1990, que resuelve adver-
tencia de inconstitucionalidad en contra del artículo 1768 del Código Judicial, que “existe un
conjunto normativo que integra, con la Constitución, un bloque de constitucionalidad que sirve
a la Corte como parámetro para emitir un juicio sobre la constitucionalidad de una norma ju-
rídica o acto sujeto al control judicial de constitucionalidad”.
Integran este conjunto las normas formalmente constitucionales; la doctrina constitucional sen-
tada en las sentencias de la Corte Suprema de Justicia, siempre que sea compatible con el Es-
tado de Derecho y sin perjuicio de la potestad de la Corte de variar la doctrina cuando exista
justificación suficiente para ello; algunos Convenios internacionales ratificados por la Repúbli-
ca de Panamá; la costumbre constitucional, siempre que no contraríe el texto de la Constitución;
y las normas de la Constitución derogada de 1946 con respecto a actos expedidos y que surtie-
ron sus efectos durante la vigencia de dicha Constitución (Sentencia de 3 de agosto de 1990,
que resolvió la demanda de constitucionalidad presentada por la Editora El Panamá América).
La doctrina del bloque de constitucionalidad ha sido sentada por la Corte en las dos senten-
cias antes mencionadas y en la de 8 de noviembre de 1990 en la cual se señaló que el artículo
8 de la Convención Americana de Derechos Humanos se integra con el artículo 32 de la Cons-
titución Nacional “ para formar entre ambos el bloque de las garantías constitucionales de un
proceso justo en nuestro país”.
IV. El Estatuto de Retorno Inmediato a la Plenitud del Orden Constitucional como ele-
mento integrante del Bloque de Constitucionalidad
El Pleno considera que el Estatuto de Retorno Inmediato de la Plenitud del Orden Constitu-
cional constituye un elemento del conjunto normativo que en el constitucionalismo moderno
se designa como bloque de constitucionalidad.
La afirmación anterior se fundamenta en que el Estatuto cumple una serie de requisitos sin
los cuales no podría entenderse como parte del bloque de constitucionalidad. Si faltare si -
quiera uno de estos requisitos, un documento como el Estatuto no podría integrarse a dicho
El Pleno pasa a examinar cada una de estas condiciones que hacen del Estatuto un elemento
integrante del bloque de constitucionalidad.
En primer término, el citado documento fue expedido por los gobernantes legítimos de la Re-
pública de Panamá, ya que los señores Guillermo Endara Galimany, Ricardo Arias Calderón
y Guillermo Ford Boyd, quienes expidieron el Estatuto, fueron los gobernantes elegidos en
las votaciones populares celebradas el 7 de mayo de 1989 para ocupar los cargos de Presiden-
te, Primer Vicepresidente y Segundo Vicepresidente de la República de Panamá. Esto fue
confirmado por el Tribunal Electoral.
En segundo lugar, el Estatuto fue dictado para hacer frente a un verdadero estado de necesi-
dad que se produjo en nuestro país a raíz de los sucesos del 20 de diciembre de 1989.
La doctrina constitucional moderna acepta que en circunstancias como las descritas puede tu-
telarse el orden constitucional mediante medidas provisionales que tengan como fin salvar la
Constitución. En este sentido el constitucionalista italiano Giuseppe de Vergottini, profesor
de Derecho Constitucional en la Universidad de Bolonia, ha señalado que “ la tutela de la
Constitución no puede obstaculizarse con prescripciones formales de la misma, por consi-
guiente puede desarrollarse contrastando y violando los preceptos constitucionales.
En efecto, si es verdad que son los principios que caracterizan la Constitución material y las
mismas fuerzas políticas que las formulen los que deben supervivir es comprensible que en
caso de peligro, cuando es imposible recurrir a las modalidades constitucionalmente previstas, se
puede actuar en derogación de la Constitución, provocando su suspensión temporal, introdu-
ciendo una nueva normativa excepcional... Si la Constitución no lo prevé y, sin embargo, sea
indispensable asegurar la defensa, la justificación de la suspensión y de la introducción de un
ordenamiento derogatorio se basa en el principio de necesidad que opera como fuente de la
normativa defensiva. En el ordenamiento temporal instaurado, apoyándose en la necesidad,
de ordinario se produce una concentración de poder a favor de un órgano constitucional
preexistente o de un nuevo órgano que interviene en defensa de la Constitución sin vincu-
larse con límites
4
En tercer lugar, las medidas previstas en el Estatuto sólo suspenden por un corto período la
eficacia de algunas normas de la Constitución, restableciéndose la plena eficacia de esta últi-
ma en un plazo breve. El Estatuto, pues, no implicó el fin de la vigencia de la Constitución,
una ruptura permanente del orden constitucional, sino que previó los mecanismos necesarios
para un retorno a la plena eficacia de dicho orden. En cuanto a las funciones legislativas que
normalmente corresponden al órgano Legislativo, aquéllas fueron recuperadas por éste una
vez se instaló formalmente la Asamblea Legislativa con las personas que fueron elegidas para
ocupar los cargos de legisladores en las elecciones del 7 de mayo de 1989.
Tal como lo hemos señalado anteriormente, el substrato de los cargos que se le formulan al
artículo 1 del Decreto de Gabinete No. 20 de 1990 en cuanto se refiere a los artículos 111,
295 y 297 de la Constitución es que aquella norma no es una ley sino un acto administrativo.
Como ya ha afirmado el Pleno que la norma impugnada es una ley material, expedida por el
Consejo de Gabinete de conformidad con lo dispuesto en el artículo 3 del Estatuto de Retorno
Inmediato de la Plenitud del Orden Constitucional, la Corte Suprema considera que dicha
norma se ajusta a lo dispuesto en este último documento, elemento integrante del bloque de
constitucionalidad y, por lo tanto, no es inconstitucional.
Como bien lo señala el Profesor Andrés Serra Rojas a páginas 472-473 de su obra Derecho
Administrativo, “No debe confundirse el poder disciplinario con el derecho penal aunque los
dos tengan como carácter el de ser procedimientos de represión para fines sociales. El dere-
cho penal se aplica a todos, el poder disciplinario sólo a los
(6)
Funcionarios y empleados en el ejercicio de su cargo. Las sanciones del primero son más graves
que las del segundo. Las sanciones penales deben estar precedidas de las garantías constitu-
cionales, en cambio el poder disciplinario implica procedimientos más atenuados, con una es-
timación discrecional, salvo los casos en que la ley por el rigor de las medidas disciplinarias,
como el cese, la acompaña de un procedimiento para imponerla”.
Cabe mencionar que la propia Constitución al establecer los requisitos para ejercer determi-
nados cargos, tales como el de Presidente, Vicepresidente de la República, el de Magistrado
de la Corte Suprema, el de Legislador, de Representante de Corregimiento, exige que la per-
sona no “ haya sido condenada por el órgano Judicial en razón de delito contra la administra-
ción pública en el primer caso, por la comisión de delito doloso en el segundo, y por delito
contra la administración pública o contra la libertad y la pureza del sufragio en el tercero y
cuarto caso”, lo cual a no dudarlo, persigue fines de moralidad pública, al igual que la medida
adoptada en el Decreto de Gabinete No. 20 acusado de inconstitucionalidad, al tener en cuenta
la conducta llevada por los servidores públicos con anterioridad.”
VISTOS: El Magistrado Presidente de la Corte Suprema de Justicia, Dr. Arturo Hoyos, pre-
sentó acción Contencioso Administrativa de interpretación, con fundamento en lo previsto en
el numeral 11 del artículo 98 del Código Judicial, a fin de que la Sala Tercera de la Corte Supre-
ma de Justicia se pronuncie sobre la legalidad del acto administrativo contenido en la Nota
AL/SG467, del 4 de octubre de 1995, expedida por el Presidente de la Asamblea Legislativa,
mediante la cual se le hace una citación a fin de que el Presidente de la Corte Suprema de Jus-
ticia comparezca ante la Asamblea Legislativa para que conteste verbalmente el cuestionario
que se le remitió.
El artículo 2 del Código Judicial, citado por el Dr. Hoyos, dice textualmente que:
1. Conocer sobre las materias que requiera para el mejor desempeño de sus funcio-
nes, que en esencia es emitir leyes; y 2. Conocer los actos de la Administración.
Por medio del acto, cuya interpretación de validez se solicita, no se está incitando u
obligando al Magistrado Presidente de la Corte a que participe en política o en cual-
quier otro acto que interfiera o sea contrario a los intereses públicos confiado al cargo
judicial, por lo que no se contraría el artículo 46 del Código Judicial, invocado por el
Magistrado Hoyos en su escrito.
Del texto del cuestionario adjunto a la citación, se infiere que la intención de los
Honorables Legisladores es aumentar las penas aplicables a las personas que
incurran en conductas típicas como lo son: peculado, robo, homicidio y tráfico
de drogas. (CFR. punto cuarto (4) de fs. 3 y 5), lo que se adecúa a la exigencia
del Texto Constitucional, porque de esta forma los Legisladores pueden instruirse
de forma más completa en el tema específico, y así, desempeñar óptima y satis-
factoriamente su función legislativa.
Motivaciones de la Sala
El artículo 2 del Código Judicial establece que los Magistrados y Jueces son independientes
en el ejercicio de sus funciones y no están sometidos más que a la Constitución y a la ley. Es-
ta norma legal es una repetición exacta del primer párrafo del artículo 207 de la Constitución.
Definido el contenido de la estructura del poder público en Panamá, apreciamos que existen
una serie de normas constitucionales y legales que confirman los principios de limitación, se-
paración y armónica colaboración en el ejercicio del poder público.
El artículo 153 de la Constitución establece que la función legislativa es ejercida por la Asam-
blea Legislativa, al igual que la ley Nº 7 de 27 de mayo de 1992 que reforma la Ley 49 de
1984. El artículo 170 de la Constitución señala que el Órgano Ejecutivo está constituido por
el Presidente de la República y los Ministros de Estado. El Código Administrativo regula las
actividades de la administración pública y otras leyes la de los diferentes Ministerios. El ar-
tículo 199 de la Constitución establece que el Órgano Judicial está constituido por la Corte
Suprema de Justicia, los Tribunales y los Juzgados que la ley establezca. El Código Judicial
regula la estructura y las funciones de este Órgano del Estado.
En general, todo el artículo 157 de la Constitución, es una de las normas establecidas por el
Constituyente para fijar de manera clara los límites, separación y armónica colaboración en
el ejercicio del poder público por parte de la Asamblea Legislativa, y en especial, en apoyo
del principio de la separación de los poderes entre el Órgano Judicial y la Asamblea Legisla-
tiva y entre ésta y el Órgano Ejecutivo.
Si ahondamos más en el artículo 155 Nº 9 de la Constitución, apreciamos que se dice que los
informes que se requieren de dichos funcionarios, en materias propia de la competencia de
los mismos, son para que la Asamblea Legislativa desempeñe mejor sus funciones o para co-
nocer los actos de la Administración. En primer lugar vemos que los actos propios de la com-
petencia del Órgano Judicial, le está prohibido a la Asamblea Legislativa inmiscuirse en ellos
por medio de resoluciones, como lo establece el Numeral 2 del artículo 157 de la Constitu-
ción. En segundo lugar la información que requiere la Asamblea Legislativa para su mejor de-
sempeño, es de clara competencia del Ministerio de Gobierno y Justicia, tal como se desprende
del Artículo 3 del Decreto Ejecutivo Nº 313 de 31 de enero de 1942, quien es el que puede
diseñar la política que la administración pública considere seguir, lo mismo que recomendar
las medidas para solucionar el problema de la criminalidad, que no es función del Órgano Ju-
dicial. Por último, en lo que se refiere a conocer los actos de la administración por parte de
la Asamblea Legislativa, bien sabido es que el Órgano Judicial realiza actos de jurisdicción y
que los actos de la administración a que se refiere la Constitución, se refieren a los que realiza el
Órgano Ejecutivo.
Igualmente es de notar que el numeral 4 del artículo 155 de la Constitución no dice que la
Asamblea Legislativa ratifica los nombramientos de los Magistrados de la Corte Suprema de
Justicia. Lo que dice dicho numeral, es que a la Asamblea Legislativa corresponde aprobar o
improbar los nombramientos de los Magistrados de la Corte Suprema de Justicia. Y continúa
diciendo dicho numeral que, “los demás nombramientos que haga el Ejecutivo y que por dis-
posición de esta Constitución o de la ley requieran la ratificación de la Asamblea Legislati-
va”. Los términos aprobar y ratificar no son sinónimos, tienen alguna identificación entre
ellos, pero no son iguales. En la interpretación de una norma jurídica sobre todo de carácter
Notifíquese.