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Lailiada 02 Home

La Ilíada narra la angustiosa situación de los aqueos en la batalla contra los teucros, donde el anciano Néstor y el rey Agamenón discuten sobre la derrota inminente. A pesar de la desesperación, Odiseo y Diomedes instan a los guerreros a luchar y no rendirse. Mientras tanto, los dioses observan y manipulan los eventos en el campo de batalla, con Hera buscando influir en Zeus para cambiar el curso de la guerra.

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La Ilíada narra la angustiosa situación de los aqueos en la batalla contra los teucros, donde el anciano Néstor y el rey Agamenón discuten sobre la derrota inminente. A pesar de la desesperación, Odiseo y Diomedes instan a los guerreros a luchar y no rendirse. Mientras tanto, los dioses observan y manipulan los eventos en el campo de batalla, con Hera buscando influir en Zeus para cambiar el curso de la guerra.

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Universidad Nacional
de Méextco
1921
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University of Toronto

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El Sueño, a quien Zeus, quería arrojar al ponto, es salvado
por la Noche.

RAPSODIA DECIMOCUARTA

Ὁ ESTOR, aunque estaba bebiendo,


BN no dejó de advertir la gritería;
y hablando al descendiente de
Asclepiades, pronunció estas pa-
labras: ν
““¡Oh divino Macaón! ¿Cómo
te parece que acabarán estas
: cosas? Junto a las naves crece
el vocerío de los robustos jóvenes. Tú, sentado aquí,
bebe el negro vino, mientras Hecamede, la de hermo-
sas trenzas, pone a calentar el agua del baño y te lava
después la sangrienta herida; y yo, en tanto, subiré
a un altozano para ver lo que ocurre.??
Dijo; y después de embrazar el labrado escudo de
reluciente bronce, que su hijo Trasimedes, domador

3
H O M E R 0
de caballos, dejara allí por haberse llevado el del
anciano, asió la fuerte lanza de bioncínea punta y
salió de la tienda. Pronto se detuvo ante el vergon-
zoso espectáculo que se ofreció a sus ojos: los aqui-
vos eran derrotados por los feroces teucros y la gran
muralla aquea estaba destruída. Como el piélago in-
menso empieza a rizarse con sordo ruido y purpurea,
presagiando la rápida venida de los sonoros vientos,
pero no mueve las olas hasta que Zeus envía un
viento determinado; así el anciano hallábase per-
plejo entre encaminarse a la turba de los dánaos, de
ágiles corceles, o de enderezar sus pasos hacia el
Atrida Agamenón, pastor de hombres. Parecióle que
sería lo mejor ir en busca del Atrida, y así lo hizo;
mientras los demás, combatiendo, se mataban unos
a otros, y el duro bronce resonaba alrededor de sus
cuerpos a los golpes de las espadas y de las lanzas
de doble filo.
Encontráronse con Néstor los reyes, alumnos “6
Zeus, que antes fueron heridos con el bronce—el
Tideida, Odiseo y Agamenón, hijo de Atreo—, y en-
tonces venían de sus naves. Estas habían sido colo-
cadas lejos del campo de batalla, en la orilla del
espumoso mar; sacáronlas a la llanura las primeras,
y labraron un muro delante de las popas. Porque la
ribera, con ser vasta, no podía contener todos los
bajeles en una sola fila, y por esto los pusieron
escalonados y llenaron con ellos el gran espacio de
costa que limitaban altos promontorios. Los reyes
iban juntos, con el ánimo abatido, apoyándose en
las lanzas, porque querían presenciar el combate y
la clamorosa pelea; y cuando vieron venir al anciano,
se les sobresaltó el corazón en el pecho. Y el rey
Agamenón, dirigiéndole la palabra, exclamó:

6
͵ A a L 7 Α D A
“¡Oh Néstor Neleida, gloria insigne de los aqueos!
¿Por qué vienes, dejando la homicida batalla? Temo
que el impetuoso Héctor cumpla la amenaza que me
hizo en su arenga a los teucros: que no regresaría a
Jlión antes de pegar fuego a las naves y matar
a los aquivos. Así decía, y todo se va cumpliendo.
¡Oh dioses! Los aqueos, de hermosas grebas, tienen,
como Aquiles, el ánimo poseído de ira contra mí y
no quieren combatir junto a los bajeles.?”
Respondió Néstor, caballero gerenio: *“*Patente es
lo que dices, y ni el mismo Zeus altitonante puede
modificar lo que ya ha sucedido. Derribado está el
muro. que esperábamos fuese indestructible reparo
para las veleras naves y para nosotros mismos; y
junto a ellas los teucros sostienen vivo e incesante
combate. No ceonocerías, por más que lo mirarais,
hacia qué parte van los aqueos acosados y puestos en
desórden: en montón confuso reciben la muerte, y
la gritería llega hasta el cielo. Deliberemos sobre
lo que puede ocurrir, por si damos con alguna idea
provechosa; y no propongo que entremos en combate,
porque es imposible que peleen los que están he-
ridos.??
Díjole el rey de los hombres Agamenón: “*¡Néstor!
Puesto que ya los teucros combaten junto a las
popas de las naves y de ninguna utilidad ha sido el
muro con su foso que los dánaos construyeron con
tanta fatiga, esperando que fuese indestructible re-
paro para los barcos y para ellos mismos; sin duda
debe de ser grato al prepotente Zeus que los aqueos
perezcan sin gloria aquí, lejos de Argos. Antes yo
veía que el dios auxiliaba, benévolo, a los dánaos;
mas al presente da gloria a los teucros, cual si fuesen
dioses bienaventurados, y encadena nuestro valor y

Y
H O Mm E Ke 0

nuestros brazos. Ea, obremos todos como voy a decir:


arrastremos las naves que se hallan más cerca de la
orilla, echémoslas al mar divino y que estén sobre
las anclas hasta que venga la noche inmortal; y si
entonces los teucros se abstienen de combatir, podre-
mos botar las restantes. No es reprensible evitar una
desgracia, aunque sea durante la noche. Mejor es
librarse huyendo, que dejarse coger.?”?
El ingenioso Odiseo, mirándole con torva faz, ex-
clamó: “*¡Atrida! ¿Qué palabras se escaparon de tus
labios? ¡Hombre funesto!. Debieras estar al frente
de un ejército de cobardes y no mandarnos a nos-
otros, a quienes Zeus concedió llevar al cabo arries-
gadas empresas bélicas desde la juventud a la vejez,
hasta que perezcamos. ¿Quieres que dejemos la ciu-
dad troyana de anchas calles, después de haber pade-
cido por ella tantas fatigas? Calla y no oigan los
aqueos esas palabras, las cuales no saldrían de la
boca de ningún varón que supiera hablar con espíritu
prudente, llevara cetro y fuera obedecido por tantos
hombres cuantos son los argivos sobre quienes im-
peras. Repruebo completamente la proposición que
hiciste: sin duda nos aconsejas que botemos al mar
las naves de muchos bancos durante el combate y
la pelea, para que más presto se cumplan los deseos
de los teucros, ya al presente vencedores, y nuestra
perdición sea inminente. Porque los aqueos no sos-
tendrán el combate si las naves son echadas al mar;
sino que, volviendo los ojos adonde puedan huír,
cesarán de pelear, y tu consejo, príncipe de hombres,
habrá sido dañoso.??
Contestó el rey de hombres Agamenón: “*¡Oh Odi-
seo! Tu duro reproche me ha llegado al alma; pero
yo no mandaba que los aqueos arrastraran al mar,

8
1, Α Ῥ 1, ] γι D A

contra su voluntad, las naves de muchos hkancos.


Ojalá que alguien, joven o viejo, propusiera una cosa
mejor, pues le oiría con gusto.??
Y entonces les dijo Diomedes, valiente en la pelea:
“Cerca tenéis a tal hombre—no habremos de bus-
carle mucho—si os halláis dispuestos a obedecer; y
no me vituperéis ni os irritéis contra mí, recordando
que soy más joven que vosotros, pues me glorío de
haber tenido por padre al valiente Tideo, cuyo cuerpo
está enterrado en Tebas. Engendró Porteo tres hijos
ilustres que habitaron en Pleurón y en la excelsa
Calidón: Agrio, Melas y el caballero Oineo, mi abuelo
paterno, que era el más valiente. Oineo quedóse en su
país pero mi padre, después de vagar algún tiempo,
se estableció en Argos porque así lo quisieron Zeus
y los demás dioses, casó con una hija de Adrasto y
vivió en una casa abastada de riqueza: poseía mu-
chos trigales, no pocas plantaciones de árboles en
los alrededores de la población, y copiosos rebaños;
y aventajaba a todos los aquivos en el manejo de
la lanza. Tales cosas las habréis oído referir como
ciertas que son. No sea que, figurándoos quizás que
por mi linaje he de ser cobarde y débil, despreciéis
lo bueno que os diga. Ea, vayamos a la batalla, no
obstante estar heridos, pues la necesidad apremia;
pongámonos fuera del alcance de los tiros para :10
recibir lesiones sobre lesiones; animemos a los demás
y hagamos que entren en combate cuantos, cediendo
a su ánimo indolente, permanecen alejados y noe
pelean. ??”
Así se expresó, y ellos le escucharon y obedecieron.
Echaron a andar, y el rey de hombres Agamenón iba
delante.
El ilustre Poseidón, que sacude la tierra, estaba

9
Η ο M E ἐν 0

al acecho; y trausfigurándose en un viejo, se dirigió


2 los reyes, tomó la diestra de Agamenón Atrida y
le dijo estas aladas palabras:
**¡Atrida! Aquiles, al contemplar la matanza y la
derrota de los aqueos, debe de sentir que en el pecho
se le regocija el corazón pernicioso, porque está fal-
to de juicio. ¡Así pereciera y una deidad le cubriese
de ignominia! Pero los bienaventurados dioses no
se hallan irritados contigo, y los caudillos y príncipes
de los teucros serán puestos en fuga y levantarán
nubes de polvo en la llanura espaciosa; tú mismo
los verás huír desde las tiendas y naves a la ciudad.?””
Cuando así hubo hablado, dió un gran alarido y
empezó a correr por la llanura. Cual es la gritería de
nueve o diez mil guerreros al trabarse la marcial con-
tienda, tan pujante fué la yoz que el soberano Po-
seidón, que bate la tierra, hizo salir de su pecho.
Y el dios infundió valor en el corazón de todos los
aqueos para que lucharan y combatieran sin des-
canso.
Hera, la de áureo trono, mirando desde la cima
del Olimpo, conoció a su hermano y cuñado, y rego-
cijóse en el alma; pero vió a Zeus sentado en la
más alta cumbre del Ida, abundante en manantiales,
y se le hizo odioso en su corazón. Entonces Hera
veneranda, la de los ojos de buey, pensaba cómo
podría engañar a Zeus, que lleva :la égida. Al fin
parecióle que la mejor resolución sería ataviarse
bien y encaminarse al Ida, por si Zeus, abrasándose
en: amor, quería dormir a su lado y ella lograba
derramar sobre los párpados y el prudente espíritu
del dios dulce y placentero sueño. Sin perder un
instante, fuése al tálamo labrado por su hijo
Hefestos—el cual tenía una sólida puerta con cerra-

10
L A I L Í Α D γι

dura oculta que ninguna otra deidad sabía abrir—,


entró, y habiendo entornado la puerta, lavóse con
ambrosía el cuerpo encantador y lo untó con un
aceite craso, divino, suave y tan oloroso que, al
moverlo en el palacio de Zeus, erigido sobre bronce,
su fragancia se difundió por el uranos y la tierra.
Ungido el hermoso cutis, se compuso el cabello y
con sus propias manos formó los rizos lustrosos, be-
llos, divinales, que colgaban de la cabeza inmortal.
Echóse en seguida el manto divino, adornado con mu-
chas bordaduras, que Atenea le hiciera; y sujetólo
al pecho con broche de oro. Púsose luego un ceñidor
que tenía cien borlones, y colgó de las perforadas
orejas unos pendientes de tres piedras preciosas gran-
des como ojos, espléndidas, de gracioso brillo. Después,
la divina entre las diosas se cubrió con un velo
hermoso, nuevo, tan blanco como el sol; y calzó sus
nítidos pies con bellas sandalias. Y cuando hubo
ataviado su cuerpo con todos los adornos, salió «le
la estancia; y Mamando a Afrodita aparte de los
dioses, hablóle en estos términos:
“¡Hija querida! ¿Querrás complacerme en lo que
te diga, o te negarás, irritada en tu ánimo, porque
yo protejo a los dánaos y tú a los teucros???
Respondióle Afrodita, hija de Zeus: ““¡Hera, ve-
nerable diosa, hija del gran Cronos! Di qué quieres;
mi corazón me impulsa a realizarlo, si puedo y es
hacedero.??”
Contestóle dolosamente la venerable Hera: *““Dame
el amor y el deseo con los cuales rindes a todos los
inmortales y a los mortales hombres. Voy a los con-
fines de la fértil tierra para ver a Océano, padre
de los dioses, y a la madre Tetis, los cuales me
recibieron de manos de Rea y me criaron y educaron

11
Η ο M E R ῳ
en su palacio, cuando el longividente Zeus puso ἃ Oro-
nos debajo de la tierra y del mar estéril. Iré a
visitarlos para dar fin a sus rencillas. Tiempo ha
que se privan del amor y del tálamo, porque la cólera
anidó en sus corazones. Si apaciguara con mis pala-
bras su ánimo y lograra que reanudasen el amorose
eonsorcio, me llamarían siempre querida y venera-
ble.??
Respondió de nuevo la risueña Afrodita: “ΝΟ es
posible ni sería conveniente negarte lo que pides,
pues duermes en los brazos del poderosísimo Zeus.”?
Dijo; y desató del pecho el cinto bordado, de v:-
riada labor, que encerraba todos los encantos: ha-
llábanse allí el amor, el deseo, las amorosas pláticas
y el lenguaje seductor que hace perder el juicio a
los más prudentes. Púsolo en las manos de Hera, y
pronunció estas palabras:
““Toma y esconde en tu seno el bordado ceñidor
donde todo se halla. Yo te aseguro que no volverás
sin haber logrado lo que te propongas.??
Así habló. Sonrióse Hera veneranda, la de los gran-
des ojos; y sonriente aún, escondió el ceñidor en el
seno. Afrodita, hija de Zeus, volvió a su morada.
Hera dejó en raudo vuelo la cima del Olimpo, y
pasando por la Pieria y la deleitosa Ematia, salvó
las altas y nevadas cumbres de las montañas donde
viven los ¡jinetes tracios, sin que sus pies tocaran
la tierra; descendió por el Atos al fluctuoso ponto y
llegó a Lemnos, ciudad del divino Toas. Allí se en-
contró con Hipnos, hermano de Tanatos; y asiéndole
de la diestra, le dijo estas palabras:
“¡Oh Hipnos, rey de todos los dioses y de todos
los hombres! Si en otra ocasión escuchaste mi voz,
ebedéceme también ahora, y mi gratitud será pe-

12
L A I E 1 Α υ Á
renne. Adormece los brillantes ojos de Zeus debajo
de sus párpados, tan pronto como, vencido por el
amor, se acueste conmigo. Te daré como premio un
trono hermoso, incorruptible, de oro; y mi hijo He-
festos, el cojo de ambos pies, te hará un escabel que
te sirva para apoyar las nítidas plantas, cuando asia-
tas a los festines.??
Respondióle el dulce Hipnos: *“*¡Hera, venerable
diosa, hija del gran Cronos! Fácilmente adormecería
a cualquier otro de los sempiternos dioses y aun a
las corrientes del río Uceano, que es el padre de
todos ellos, pers no me acercaré ni adormeceré a
Zeus Cronida, si él no lo manda. Me hizo cuerdo tu
mandato el día en que el animoso hijo de Zeus se
embarcó en lIlión, después de destruir la ciudad tre-
yana. Entonces sumí en grato sopor la mente de Zeus,
que lleva la égida, difundiéndome suave en torno
suyo; y tú, que te proponías causar daño a Heracles,
conseguiste que los vientos impetuosos soplaran sobre
el ponto y lo llevaran a la populosa Cos, lejos de
sus amigos. Zeus despertó y encendióse en ira: mal-
trataba a los dioses en el palacio, me buscaba a mí,
y me hubiera hecho desaparecer, arrojándome del
éter al ponto, si la Noche, que rinde a los dioses y
a los hombres, no me hubiese salvado; lleguéme a
ella, y aquél se contuvo, aunque irritado, porque
temió hacer algo que a la rápida noche desagradara.
Y ahora me mandas realizar otra cosa peligrosísima.”?
Respondióle Hera veneranda, la de los grandes
ojos: *“*¡Hipnos! ¿Por qué en la mente revuelves
tales cosas? ¿Crees que el longividente Zeus favo-
recerá tanto a los teucros, como en la época en que
se irritó protegía a su hijo Heracles? Ea, ve y
prometo darte, para que te eases con ella y lleve

13
H 0) M Ε -R 0
el nombre de esposa tuya, la más joven de las Ká-
rites, Pasitea, cuya posesión constantemente an-
helas.??
Así habló. Alegróse Hipnos, y respondió diciendo:
““Jura por el agua sagrada de la Estigia, tocando
con una mano la fértil tierra y con la otra el bri-
llante mar, para que sean testigos los dioses sub-
tartáreos que están con Cronos, que me darás la más
joven de las Kárites, Pasitea, cuya posesión cons-
tantemente anhelo.”?”
Así dijo. No desobedeció Hera, la diosa de los
brazos de nieve y juró como se le pedía, nombrando
a todos los dioses subtartáreos llamados Titanes.
Prestado el juramento, partieron ocultos en una nube,
dejaron atrás a Lemnos y la ciudad de Imbros, y
siguiendo con rapidez el camino llegaron a Lecto, en
el Ida, abundante en manantiales y criador de fieras;
allí pasaron del mar a tierra firme, y anduvieron
haciendo estremecer bajo sus pies la cima de los ár-
boles de la selva. Detúvose Hipnos, antes que los
ojos de Zeus pudieran verle, y encaramándose en un
abeto altísimo que naciera en el Ida y por el aire
llegaba al éter, se ocultó entre las ramas como la
montaraz ave canora llamada por los dioses **calcis??
y por los hombres ““eymindis?”?,
- Hera subió ligera al Gárgaro, la cumbre más alta
del Ida; Zeus, que amontona las nubes, la vió venir;
y apenas la distinguió, enseñoreóse de su prudente
espíritu el mismo deseo que cuando gozaron las pri-
micias del amor, acostándose a escondidas de sus
padres. Y así que la tuvo delante, le habló diciendo:
““¡Hera! ¿Adónde vas, que tan presurosa vienes del
Olimpo, sin los caballos y el carro que podrían con-
ducirte??”?

14
L Á Ζ L I A D Α
Respondiólo dolosamente la venerable Hera: “ΟΣ
a los confines de la fértil tierra, a ver a Océano,
padre de los dioses, y a la madre Tetis, que me reci-
bieron de manos de Rea y me criaron y educaron en
su palacio. Iré a visitarlos para dar fin a sus renci-
llas. Tiempo ha que se privan del amor y del tálamo,
porque la cólera anidó en sus corazones. Tengo al
pie del Ida los corceles que me llevarán por tierra y
por mar, y vengo del Olimpo a participártelo; no
fuera que te enfadaras si me encaminase, sin decír-
telo, al palacio del Océano, de profunda corriente.”??”
Contestó Zeus, que amontona las nubes: “*¡ Hera!
AlNá se puede ir más tarde. Ea, acostémonos y goce-
mos del amor. Jamás la pasión por una “diosa o por
una mujer se difundió por mi pecho, ni me avasalló
como ahora: nunca he amado así, ni a la esposa de
Ixión, que parió a Pirítoo, consejero igual a los
dioses; ni a Dánae, la de bellos talones, hija de
Aerisio, que dió a luz a Perseo, el más ilustre de los
hombres; ni a la celebrada hija de Fénix, que
fué madre de Minos y de Radamanto, igual a un
dios; ni a Semele, ni a Alemena en Tebas, de la
que tuve a Heracles, de ánimo valeroso, y de Semele
a Dionisos, alegría de los mortales; ni a Deméter, la
soberana de hermosas trenzas; ni a la gloriosa Leto;
ni a ti misma: con tal ansia te amo en este mo-
mento y tan dulce es el deseo que de mí se apo-
dera.??
Replicóle dolosamente la venerable Hera: “*¡Te-
rribilísimo Cronida! ¡Qué palabras proferiste! ¡Quie-
res acostarte y gozar del amor en las cumbres del
Ida, donde todo es patente! ¿Qué ocurriría si alguno
de los sempiternos dioses nos viese dormidos y lo
manifestara a todas las deidades? Yo no volvería
a tu palacio al levantarme del lecho; vergonzoso

15
Η O M E E Q

fuera. Mas, si lo deseas y a tu corazón es grato,


tienes la cámara que tu hijo Hefesto labró, eorrande
la puerta con sólidas tablas que encajan en el marco.
Vamos a acostarnos allí, ya que folgar te place.?”
Respondióle Zeus, que amontona las nubes: **¡He-
ral No temas que nos vea ningún dios ni hombre:
te cubriré con una nube dorada que ni Helios, con
su luz, que es la más penetrante de todas, podría atra-
vesar para mirarnos.??
Dijo el Cronida, y estrechó en sus brazos a la
esposa. La tierra produjo verde hierba, loto fresco,
azafrán y jacinto espeso y tierno para levantarlos
del suelo. Acostáronse allí y cubriéronse con una
hermosa nube dorada, de la cual caían lucientes gotas
de rocío.
Tan tranquilamente dormía el padre sobre el alto
Gárgaro, vencido por el sueño y el amor y abrazado
eon su esposa. El dulce Hipnos corrió hacia las naves
aqueas para llevar la noticia a Poseidón, que ciñe
la tierra; y deteniéndose cerca de él, pronunció estas
aladas palabras:
““¡Oh Poseidón! Socorre pronto a los dánaos y
dales gloria, aunque sea breve, mientras duerme Zeus;
a quien he sumido en dulce letargo, después que Hera,
engañándole, logró que se acostara para gozar del
amor.??
Dicho esto, fuése hacia la ínclitas tribus de los
hombres. Y Poseidón, más incitado que antes a 80-
correr a los dánaos, saltó en seguida a las primeras
filas y les exhortó diciendo:
““¡Argivos! ¿Cederemos nuevamente la victoria a
Héctor Priámida, para que se apodere de los bajeles
y alcance gloria? Así se lo figura él y de ello se
jacta, porque Aquiles permanece en las cóncavas na-
ves con el corazón irritado. Pero Aquiles ne hará
16
L Α yl L 1 Α D Α

gran falta, si los demás procuramos auxiliarnos mu-


tuamente. Ea, obremos todos como voy a decir. Em-
brazad los escudos mayores y más fuertes que haya
en el ejército, cubríos la cabeza con el refulgente
casco, coged las picas más largas, y pongámonos en
marcha: yo iré delante, y no creo que Héctor Priá-
mida, por enardecido que esté, se atreva a esperarnos.
Y el varón, que siendo bravo, tenga un escudo pe-
queño para proteger sus hombros, déselo al menos
valiente y tome otro mejor.??
En tales términos habló, y ellos le escucharon
y obedecieron. Los mismos reyes—el Tideida, Odiseo y
Agamenón Atrida—, sin embargo de estar heridos,
formaban el escuadrón; y recorriendo las hileras,
hacían el cambio de las marciales armas. El esfor-
zado tomaba las más fuertes y daba las peores al
que le era inferior. Tan pronto como hubieron vestido
el luciente bronce, se pusieron en marcha: precedíales
Poseidón, que sacude la tierra, llevando en la robusta
mano una espada terrible, larga y puntiaguda, que
parecía un relámpago; y a nadie le era posible luchar
con el dios en el funesto combate, porque el temor
se los impedía a todos.
Por su parte, el esclarecido Héctor puso en orden
a los teucros. Y Poseidón, el de cerúlea cabellera y el
preclaro Héctor, auxiliando éste a los teucros y
aquél a los argivos, extendieron el campo de la te-
rrible pelea. El mar, agitado, llegó hasta las tiendas
y naves de los argivos, y los combatientes se embis-
tieron con gran alboroto. No braman tanto las olas
del mar cuando, levantadas por el soplo terrible del
Bóreas, se rompen en la tierra; ni hace tanto estré-
pito el ardiente fuego en la espesura del monte, al
quemarse una selva; ni suena tanto el viento en las

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Η 0) M E R 0
altas copas de las encinas, si arreciando muge; cuan-
ta fué la grita de teucros y aqueos en el momento
en que, vociferando de un modo espantoso, vinieron
a las manos.
El preclaro Héctor arrojó el primero la lanza a
Ayax, que contra él arremetía, y no le erró; pero
acertó a dar en el sitio en que se cruzaban la correa
del escudo y el tahalí de la espada, guarnecida con
argénteos clavos, y ambos protegieron el delicado
cuerpo. Irritóse Héctor porque la lanza había sido
arrojada inútilmente por su mano, y retrocedió hacia
el grupo de sus amigos para evitar la muerte. El
gran Ayax Telamonio, al ver que Héctor se retiraba,
cogió una de las muchas piedras que servían para
calzar las naves y rodaban entonces entre los pies
de los combatientes, y con ella le hirió en el pecho, por
cima del escudo, junto a la garganta; la piedra,
lanzada con ímpetu, giraba como un torbellino. Como
viene a tierra la encina arrancada de raíz por el
rayo de Zeus, despidiendo un fuerte olor de azufre,
y el que se halla cerca desfallece, pues el rayo del
gran Zeus es formidable; de igual manera, el robusto
Héctor dió consigo en el suelo y cayó en el polvo:
la pica se le fué de la mano, anedaron encima de él
escudo y casco, y la armadura de labrado bronce re-
sonó en torno del cuerpo. Los aquivos corrieron ha-
cia Héctor, dando recias voces, con la esperanza de
arrastrarlo a su campo; mas, aunque arrojaron muchas
lanzas, no consiguieron herir al pastor de hombres,
ni-de cerca, ni de lejos, porque fué rodeado por los
más valientes teucros—Polidamas, Eneas, el divino
Agenor, Sarpedón, caudillo de los licios, y el eximio
Glauco—, y los otros tampoco le abandonaron, pues
se pusieron delante con sus rodelas. Los amigos de

18
L Á Ι ER A D Α
Héctor levantáronle en brazos, condujéronle adonde
tenían los ágiles corceles con el labrado carro y el
auriga, y se lo llevaron hacia la ciudad, mientras
daba profundos supiros.
Mas, al llegar al vado del voraginoso Janto, río de
hermosa corriente que el inmortal Zeus engendró, ba-
jaron a Héctor del carro y le rociaron el rostro con
agua: el héroe cobró los perdidos espíritus, miró a lo
alto, y poniéndose de rodillas, tuvo un vómito de
negra sangre; luego cayó de espaldas y la noche obs-
cura cubrió sus ojos, porque aún tenía débil el ánimo
a consecuencia del golpe recibido.
Los argivos, cuando vieron que Héctor se ausenta-
ba, arremetieron con más ímpetu a los teueros, y sólo
pensaron en combatir. Entonces el veloz Ayax de
Oileo fué el primero que, acometiendo con la puntia-
guda lanza, hirió a Satnio Enópida, a quien una
náyade había tenido de Enope, mientras éste apa-
centaba rebaños a orillas del Sátniois: Ayax de Oileo,
famoso por su lanza, llegóse a él, le hirió en el ijar y le
tumbó de espaldas; y en torno del cadáver, teucros y
dánaos trabaron un duro combate. Fué a vengarle
Polidamas, hábil en blandir la lanza; e hirió en el
hombre derecho a Protoenor, hijo de Arelico: la im-
petuosa lanza atravesó el hombro, y el guerrero, 68-
yendo en el polvo, cogió el suelo con sus manos. Y
Polidamas exclamó con gran jactancia y a voz en
grito:
““No ereo que el brazo robusto del valeroso hijo
de Pántoo haya despedido la lanza en vano; algún
argivo la recibió en su cuerpo, y me figuro que le
servirá de báculo para apoyarse en ella y descender
a la morada de Hades.?”?”
Así habló. Sus jactanciosas palabras apesadumbra-
ron a los argivos y conmovieron el corazón del gue-

19
H O M LE R 0

rrero Ayax Telamonio, a cuyo lado cayó Protoenor.


En el acto arrojó Ayax una reluciente lanza a Polida-
mas, que ya se retiraba; éste dió un salto oblicuo y
evitóla, librándose de la negra muerte; pero en cam-
bio la recibió Arquíloco, hijo de Antenor, a quien
los dioses habían destinado a morir; la lanza se clavó
en la unión de la cabeza con el cuello, en la primera
vértebra, y cortó ambos ligamentos; cayó el guerre-
ro, y cabeza, boca y narices llegaron al suelo antes
que las piernas y las rodillas. Y Ayax, vociferando,
al eximio Polidamas le decía: >
“Reflexiona, oh Polidamas, y dime sinceramente:
¿La muerte de ese hombre no compensa la de Protoe-
nor? No parece vil, ni de viles nacido, sino hermano
o hijo de Antenor, domador de caballos, pues tiene
el mismo aire de familia. ??
Así dijo, porque le conocía bien; y a los teucros se
les llenó el corazón de pesar. Entonces Acamas,
que se hallaba junto al cadáver de su hermano para
protegerlo, envasó la lanza a Prómaco, el beocio,
cuando éste cogía por los pies al muerto e intentaba
llevárselo. Y en seguida jactóse grandemente, dando
recias voces:
““¡Argivos que sólo con el arco sabéis combatir y
nunca os cansáis de proferir amenazas! El trabajo y
los pesares no han de ser solamente para nosotros, y
algún día recibiréis la muerte de este mismo modo.
Mirad a Prómaco, que yace en el suelo, vencido por
mi pica, para que la venganza por la muerte de un
hermano no sufra dilación. Por esto el hombre que
es víctima de alguna desgracia, anhela dejar un
hermano que pueda vengarle.??
Así se expresó. Sus jactanciosas frases apesadum-
braron a los argivos y conmovieron el corazón del
aguerrido Peneleo, que arremetió contra Acamas;

20
L A I L E A D A

pero éste no aguardó la acometida. Peneleo hirió a


Tlioneo, hijo único que a Forbante—hombre rico en
ovejas y amado sobre todos los teucros por Hermes,
que le dió muchos bienes—su esposa le pariera: la
lanza, penetrando por debajo de una ceja, le arrancó
la pupila, le atravesó el ojo y salió por la nuca, y el
guerrero vino al suelo con los brazos abiertos. Pe-
neleo, desnudando la aguda espada, le cercenó la ca-
beza, que cayó a tierra con el casco; y como la for-
nida lanza seguía clavada en el ojo, cogióla, levantó
la «abeza cual si fuese una fior de adormidera, la
mostró a los teucros, y blasornando del triunfo, dijo:
““¡Teucros! Decid en mi nombre a los padres del
ilustre Jlioneo que le lloren en su palacio; ya que
tampoco la esposa de Prómaco Alegenórida recibirá
con alegre rostro a su marido cuando, embarcándonos
en llión, volvamos a nuestra patria.??
Así habló. A todos les temblaron las carnes de
miedo, y cada cual buscaba adonde huír para librar-
se de una muerte espantosa.
Decidme ahora, Musas que poseéis olímpicos pala-
cios, cuál fué el primer aquivo que recogió del suelo
ecruentos despojos, cuando el ilustre Poseidón, que bate
la tierra, inclinó el combate en favor de los aqueos.
Ayax Telamonio, el primero, hirió a Hirtio Girtía:
da; Antíloco hizo perecer a Falces y a Mérmero, des-
pojándolos luego de las armas; Meriones mató a Mo-
Tis e Hipotión; Teucro quitó la vida a Protoón y
Perifetes; y el Atrida hirió en el hijar a Hiperenor,
pastor de hombres: el bronce atravesó los intestinos,
el alma salió presurosa por la herida, y la obscuridad
cubrió los ojos del guerrero. Y 2] veloz Ayax, hijo
de Oileo, mató a muchos: porque nadie le igualaba
en perseguir a los guerreros aterrorizados, cuando
Zeus los ponía en fuga.
Ayax rechaza a los teucros que van a incendiar las naves
de 103 griegos

RAPSODIA DECIMOQUINTA

UANDO los teueros hubieron


atravesado en su huída el foso
y la estacada, muriendo muchos
a manos de los dánaos, llegaron
al sitio donde tenían los cor-
celes e hicieron alto, amedren-
tados y pálidos de miedo. En
aquel instante despertó Zeus en
la cumbre del Ida, al lado de Hera, la de áureo trono.
Levantóse y vió a los teucros perseguidos por los
aqueos, que los ponían en desorden; y entre éstos al
soberano Poseidón. Vió también a Héctor tendido en la
Manura y rodeado de amigos, jadeante, privado de co-
nocimiento, vomitando sangre; que no fué el más débil
de los aqueos quien le causó la herida. El padre de
los hombres y de los dioses, compadeciéndose de €l,
miró econ torva y terrible faz a Hera, y así le dijo:

23
Η 0 M E R O

““Tu engaño, Hera maléfica e incorregible, ha hecho


que Héctor dejara de combatir y que sus tropas 89
dieran a la fuga. No sé si castigarte con azotes, pa-
ra que seas la primera en gozar de tu funesta astucia.
¿Por ventura no te acuerdas de cuando estuviste col-
gada en lo alto. y puse en tus pies sendos yunques,
y en tus manos áureas e irrompibles esposas? Te
hallabas suspendida en medio del éter y de las nubes, .
los dioses del vasto Olimpo te rodeaban indignados,
pero no podían desatarte—si entonces llego a coger
a alguno, le arrojo de estos umbrales y llega a la
tierra casi sin vida—y yo no lograba echar del cora-
zón el continuo pesar que sentía por el divino Hera-
cles, a quien tú, produciendo una tempestad con el
auxilio del Bóreas, arrojaste con perversa intención
al mar estéril y llevaste luego a la populosa Cos; allí
le libré de los peligros y le conduje nuevamente a la
Argólide, criadora de caballos, después que hubo pade-
cido muchas fatigas. Te lo recuerdo para que pongas
fin a tus engaños y sepas si te será provechoso haber
venido de la mansión de los dioses a burlarme con los
goces del amor.??”
Así se expresó. Istremecióse Hera veneranda,
la de los grandes ojos, y pronunció estas aladas pa-
labras:
““Sean testigos Gea y el anchuroso Uranos y el agua
de la Estigia, de subterránea corriente—que es el ju-
ramento mayor y más terrible para los bienaventura-
dos dioses—, y tu cabeza sagrada y nuestro tálamo
nupcial, por el que nunca juraría en vano: no es
por mi consejo que Poseidón, el que sacude la tierra,
daña a los teucros y a Héctor y auxilia a los otros;
su mismo ánimo debe de impelerle y animarle, o qui-
zás se compadece de los aqueos al ver que son derro-

24
2, 4 E L 1 Α D Α

tados junto a las naves. Mas yo aconsejaría a Po-


seidón que fuera por donde tú, el de las sombrías
nubes, le mandaras.??”
Así dijo. Sonrióse el padre de los hombres y do los
dioses, y respondió con estas aladas palabras:
““Si tú, Hera veneranda, la de los ojos de buey,
cuando te sientas entre los inmortales estuvieras de
“acuerdo conmigo, Poseidón, aunque otra cosa deseara,
acomodaría muy pronto su modo de pensar al nuestro.
Pero si en este momento hablas franca y sinceramente,
ve a la mansión de los dioses y manda venir a Iris
y a Apolo, famoso por su arco; para que aquélla, en-
caminándose al ejército de los aqueos, de lorigas de
bronce, diga al soberano Poseidón que cese de com-
batir y vuelva a su palacio; y Febo Apolo incite a
Héctor a la pelea, le infunda valor y le haga olvidar
los dolores que le oprimen el corazón, a fin de que
rechace nuevamente a los aquivos, los cuales llegarán
en cobarde fuga a las naves, de muchos bancos, del
Peleida Aquiles. Este enviará a la lid a su compañero
Patroelo, que morirá, herido por la lanza del preclaro
Héetor, cerca de Jlión, después de quitar la vida a
muchos jóvenes, y entre ellos al ilustre Sarpedón, mi
hijo. Irritado por la muerte de Patroclo, el divino
Aquiles matará a Héctor. Desde aquel instante haré
que los teueros sean perseguidos continuamente desde
las naves, hasta que los aqueos tomen la excelsa llión.
Y no cesará mi enojo, ni dejaré que' ningún inmortal
socorra a los dánaos, mientras no se cumpla el voto
del Peleida, como lo prometí, asintiendo con la cabeza,
el día en que Tetis abrazó mis rodillas y me suplicó
que honrase a Aquiles, asolador de cindades.??”
De tal suerte habló. Hera, la diosa de los níveos
brazos, no fué desobediente, y pasó de los montes

25
E
H 0) M E K 0

ideos al vasto Olimpo. Como corre veloz el pensa-


miento del hombre que habiendo viajado por muchas
tierras, las recuerda en su reflexivo espíritu, y dice
estuve acá o allá y revuelve en la mente muchas cosas, *
tan rápida y presurosa volaba la venerable Hera, y
pronto llegó al excelso Olimpo. Los dioses inmortales,
que se hallaban reunidos en el palacio de Zeus, levantá.-
ronse: al verla y le ofrecieron copas de néctar. Y
Hera aceptó la que le presentaba Temis, la de hermo-
sas mejillas, que fué la primera que corrió a su en-
cuentro, y le dijo estas aladas palabras:
“¡Hera! ¿Por qué vienes con esa cara de espanto?
sin duda te atemorizó tu esposo, el hijo de Cronos.??”
Respondióle Hera, la diosa de los cándidos brazos:
““No me lo preguntes, diosa Temis; 1ú misma sabes
cuán soberbio y despiadado es el ánimo de Zeus. Pre-
side tú en el palacio el festín de los dioses, y oirás
con los demás inmortales qué desgracias anuncia Zeus;
figúrome que nadie, sea hombre o dios, se regocijará
en el alma por más alegre que esté en el banquete.”??”
Dichas estas palabres, sentóse la venerable Hera.
Aflisiéronse los dioses en la morada de Zeus. Aqué-
lla, aunque con la sonrisa en los labios, no mostraba
alegría en la frente, sobre las negras cejas. E in-
dignada, exclamó:
““¡Cuán necios somos los que tontamente nos irri-
tamos contra Zeus! Queremos acercarnos a él y con-
tenerle con palabras o por medio de la violencia; y
él, sentado aparte, ni nos hace caso, ni se preocupa,
porque dice que en fuerza y poder es muy superior
a todos los dioses inmortales. Por tanto, sufrid los
infortunios que respectivamente os envíe. Creo que
al impetuoso Ares le ha ocurrido ya una desgracia:

26
£ A T L I A D A

pues murió en la pelea Ascálafo, a quien amaba sobra


todos los hombres y reconocía por su hijo.”??
Así habló. Ares bajó los brazos, golpeóse los mus:
los, y suspirando dijo:
““No os irritéis conmigo, vosotros los que habitáis
olímpicos palacios, si voy a las naves aqueas para
vengar la muerte de mi hijo; iría aunque el destino
hubiese dispuesto que me cayera encima el rayo de
Zeus, dejándome tendido con los muertos, entre san-
gre y polvo.??
Dijo, y mandó al Terror y a la Fuga que uncieran
los caballos, mientras vestía las refulgentes armas.
Mayor y más terrible hubiera sido entonces el enojo
y la ira de Zeus contra los inmortales; pero Atenea,
temiendo por todos los dioses, se levantó del trono,
salió por el vestíbulo, y quitándole a Ares de la ca-
beza el casco, de la espalda el escudo y de la robusta
mano la pica de bronce, que apoyó contra la pared,
dirigió al impetuoso dios estas palabras:
“*¡Loco, insensato! ¿Quieres perecer? En vano
tienes oídos para oír, o has perdido la razón y la ver-
gúenza. ¿No oyes lo que dice Hera, la diosa de los
níveos brazos, que acaba de ver a Zeus olímpico? ¿O
deseas, acaso, tener que regresar al Olimpo a viva
fuerza, triste y habiendo padecido muchos males, y
causar gran daño a los otros dioses? Porque el Cro-
nión dejará en seguida a los altivos teucros y a los
aqueos, vendrá al Olimpo a promover tumulto entre
nosotros, y castigará, así al culpable como al inocente.
Por esta razón te exhorto a templar tu enojo por la
muerte del hijo. Algún otro superiór a él en valor
y fuerza ha muerto o morirá, porque es difícil con-
servar todas las familias de los hombres y salvar a
todos los individuos.?? |
Η O M Lg RL
Dicho esto, condujo a su asiento al furibundo Ares.
Hera llamó afuera del palacio a Apolo y a Iris, la
mensajera de los inmortales dioses, y les dijo estas
aladas palabras:
““ Zeus os manda que vayáis al Ida lo antes posi-
ble; y cuando hubiereis llegado a su presencia, haced
lo que os encargue y ordene.”??”
La venerable Hera, apenas acabó de hablar, volvió
al palacio y se sentó en su trono. Ellos bajaron en
raudo vuelo al Ida, abundante en manantiales y cria-
dor de fieras, y hallaron al longividente Cronida sen-
tado en la cima del Gárgaro, debajo de olorosa nube.
Al llegar a la presencia de Zeus, que amontona las
nubes, se detuvieron; y Zeus, al verlos, no se irritó,
porque habian obedecido con presteza las órdenes de
Hera. Y hablando primero con Iris, profirió estas
aladas palabras:
““¡Anda, vé, rapida Iris! Anuncia esto al soberano
Poseidón y no seas mensajera falaz: mándale que,
cesando de pelear y combatir, se vaya a la mansión
de los dioses o al mar divino. Y si no quiere obedecer
mis palabras y las desprecia, reflexione en su mente
y en su corazón si, aunque sea poderoso, se atreverá
a esperarme cuando me dirija contra él; pues le aven-
tajo mucho en fuerza y edad, por más que en su áni-
mo se crea igual a mí, a quien todos temen.??
De este modo habló. La rápida Iris, de pies veloces
como el viento, no desobedeció; y bajó de los montes
ideos a la sagrada lIlión. Como cae de las nubes la
nieve o el helado granizo, a impulso del Bóreas, na-
cido en el éter; tan rápida y presurosa volaba la li-
_gera Iris; y deteniéndose cerca del íneclito Poseidón,
así les dijo:
“Vengo, oh Poseidón, el de cerúlea cabellera, a

28
L A A L 1 Α D A

traerte un mensaje de parte de Zeus, que lleva la


égida. Te manda que, cesando de pelear y combatir,
te vayas a la mansión de los dioses o al mar divino.
Y si no quieres obedecer sus palabras y las despre-
cias, te amenaza con venir a luchar contigo y te acon-
seja que evites sus manos; porque dice que te supera
mucho en fuerza y edad, por más que en tu ánimo te
ereas igual a él, a quien todos temen.??
Respondióle muy indignado el ínclito Poseidón, que
bate la tierra: ““¡Oh dioses! Con soberbia habla,
aunque sea valiente, si dice que me sujetará por fuer-
za y contra mi querer; a mí, que disfruto de sus mis-
mos honores. Tres somos los hermanos nacidos de
Rea y de Cronos: Zeus, yo y el tercero Hades, que rei-
na en los infiernos. El universo se dividió en tres partes
para que cada cual imperase en la suya. Yo tuve
por suerte habitar siempre en el espumoso y agitado
mar, tocáronle a Hades las tinieblas sombrías, corres-
pondió a Zeus el anchuroso uranos en medio del éter y
las nubes; pero la tierra y el alto Olimpo son de todos.
Por tanto, no obraré según lo decida Zeus; y éste,
aunque sea poderoso, permanezca tranquilo en la tercia
parte que le pertenece. No pretenda asustarme con
sus manos como si tratase con un cobarde. Mejor
fuera que con esas vehementes palabras riñese a los
hijos e hijas que engendró, pues éstos tendrían que
obedecer necesariamente lo que les ordenare.??
Replicó la alada Iris, de pies veloces como el vien-
to: ““¿He de llevar a Zeus, oh Poseidón, el de cerú-
lea cabellera, una respuesta tan dura y fuerte? ¿No
querrías modificarla? La mente de los sensatos es
flexible. Ya sabes que las Erinnias se declaran siem-
pre por los de más edad.”
Contestó Poseidón, que sacude la tierra: *“¡Diosa

29
Η O M E K υ

Iris! Muy oportuno es cuanto acabas de decir. Bue-


no es que el mensajero comprenda lo que es eonve-
niente. Pero el pesar me llega al corazón y al alma,
euando aquél quisre increpar con iracundas voces a
quien el hado hiciera su igual en suerte y destino.
Ahora cederé, aunque estoy irritado. Mas te diré
otra cosa y haré una amenaza: si a despecho de mí,
de Atenea, que impera en las batallas, de Hera, de
Hermes y del rey Hefestos, conservare la excelsa
Ilión e impidiere que, destruyéndola, alcanzasen los ar-
givos una gran victoria, sepa que nuestra ira será im-
placable.??
Cuando esto hubo dicho, el dios que bate la tierra
desamparó a los aqueos y se sumergió en el mar;
pronto los héroes aquivos le echaron de menos. En-
tonces Zeus, que amontona las nubes, dijo a Apolo:
““Ve ahora, querido Febo, a encontrar a Héctor, el
de broncíneo casco. Ya Poseidón que ciñe y bate la
tierra, se fué al mar divino, para librarse de mi té-
rrible cólera; pues hasta los dioses que están en tor-
no de Cronos, debajo de la tierra, hubieran oído el
estrépito de nuestro combate. Mucho mejor es para
mí y para él que, temeroso, haya cedido a mi fuerza,
porque no sin sudor se hubiera efectuado la lucha.
Ahora, toma en tus manos la égida floqueada, agítala,
y espanta a los héroes aquivos; y luego, cuída, oh
Flechador, del esclarecido Héctor e infúndele gran vi-
gor, hasta que los aqueos lleguen, huyendo, a las na-
ves y al Helesponto. Entonces pensaré lo que fuere
conveniente hacer o decir para que los aqueos respi-
ren de sus cuitas.??
Tal dijo, y Apolo no desobedeció a su padre. Des-
cendió de los montes ideos, semejante al gavilán que
mata a las palomas y es la más veloz de las aves, y
v

30
L Á 4 1, 1 A D Α

halló al divino Héctor, bijo del belicoso Príamo, ya


no postrado en el suelo, sino sentado: iba cobrando
ánimo y aliento, y reconocía a los amigos que le cir-
cundaban, porque la angustia y el sudor habían ce-
sado desde que Zeus decidiera animar al héroe. El
fiechador Apolo se detuvo a su vera, y le dijo: *“*¡Héc-
tor, hijo de Príamo! ¿Por qué te encuentro sentado,
lejos de los demás y desfallecido? ¿Te abruma algún
pesar???”
Con lánguida voz respondióle Héctor, de tremolante
casco: ““¿Quién eres tú, oh el mejor de los dioses,
que vienes a mi presencia y me interrogas? ¿No sa-
bes que Ayax, valiente en la pelea, me hirió en el
pecho con una piedra, mientras yo mataba a sus com:
pañeros junto a las naves de los aqueos, e hizo des-
fallecer mi impetuoso valor? Figurábame que vería
hoy mismo a los muertos y la morada de πο porque
ya iba a exhalar el alma.??
Contestó el soberano flechador Apolo: “*Cobra áni-
mo. El Cronión te manda desde el Ida como defensor,
para asistirte y ayudarte a Febo Apolo, el de la áurea
espada; a mí que ya antes protegía tu persona y tu
excelsa ciudad. Ea, ordena a tus muchos caudillos
que guíen los veloces caballos hacia las cóncavas na-
ves; y yo, marchando a su frente, allanaré el camino
a los corceles y pondré en fuga a los héroes aquivos.”??”
Dijo, e infundió un gran vigor al pastor de hombres.
Como el corcel avezado a bañarse cn la cristalina co-
rriente de un río, cuando se ve atado en el establo
come la cebada del pesebre, y rompiendo el ronzal sale
trotando por la llanura, yergue orgulloso la cerviz,
ondean las crines sobre su cuello y ufano de su loza-
nía mueve ligero las rodillas encaminándose al sitio
donde los caballos pacen; tan ligeramente movía Hée-

31
Η O M E R O

tor pies y rodillas, exhortando a los capitanes, des-


pués que oyó la voz de Apolo. Así como, cuando perros
y pastores persiguen a un cornígero ciervo ὁ a una
cabra montés que se refugia en escarpada roca o um-
bría selva, porque no estaba decidido por el hado que
el animal fuese cogido; si atraído por la gritería, se
presenta un melenuáo león, a todos los pone en fuga
a pesar de su empeño; así también los dánaos avan-
zaban en tropel, hiriendo a sus enemigos con espadas
y lanzas de doble filo; mas al notar que Héctor re-
corría las hileras de los suyos, turbáronse y se les cayó
el alma a los pies.
Entonces Toas, hijo de Andremón y el más señalado
de los etolos—era diestro en arrojar el dardo, valien-
te en el combate a pie firme y pocos aqueos vencíanle
en las juntas cuando los jóvenes contendían sobre
la elocuencia—, benévolo les arengó diciendo:
““¡Oh dioses! Grande es el prodigio que a mi vista
se ofrece. ¡Cómo Héctor, librándose de la muerte,
se ha vuelto a levantar! Gran esperanza teníamos de
que hubiese sido muerto por Ayax Telamonio; pero
algún dios protegió y salvó nuevamente a Héctor, que
ha quebrado las rodillas de muchos dánaos, eomo ahora
lo hará también, pues no sin la voluntad de Zeus to-
nante aparece tan resuelto al frente de sus tropas.
Ea, hagamos todos como voy a decir. Ordenemos a
la muchedumbre que vuelva a las naves, y cuantos
nos gloriamos de ser los más valientes, permanezcamos
aquí.y rechacémosle, yendo a su encuentro con las pi-
cas levantadas. Creo que por embravecido que tenga
el corazón, temerá penetrar por entre los dánaos.??”
Así habló, y ellos le escucharon y obedecieron.
Ayax, el rey Idomeneo, Teucro, Meriones y Meges,
igual a Ares, llamando a los más valientes, los dispu-

32
L Α ] E I A D A

- sieron para la batalla contra Héctor y los troyanos;


y la turba se retiró a las naves aqueas.
Los teucros acometieron apiñados, siguiendo a Hée-
tor, que marchaba con arrogante paso. Delante del
héroe iba Febo Apolo, cubierto por una nube, con la
égida impetuosa, terrible, hirsuta, magnífica, que He-
festos, el broncista, diera a Zeus para que llevándola
amedrentara a los hombres. Con ella en la mano,
Apolo guiaba a las tropas.
Los argivos, apiñados también, resistieron el ataque.
Levantóse en ambos ejércitos aguda gritería, las fle-
chas saltaban de las cuerdas de los arcos y audaces
manos arrojaban buen número de lanzas, de las cuales
unas pocas se hundían en el cuerpo de los jóvenes
poseídos de marcial furor, y las demás clavábanse en
el suelo, entre los dos campos, antes de llegar a la
blanca carne de que estaban codiciosas. Mientras
Febo Apolo tuvo la égida inmóvil, los tiros alcanza-
ban por igual a unos y a otros, y los hombres caían.
Mas así que la agitó frente a los dánaos, de ágiles
corceles, dando un fortísimo grito, debilitó el ánimo
en los pechos de los. aquivos y logró que se olvidaran
de su impetuoso valor. Como ponen en desorden una
vacada o un hato de ovejas, dos fieras que se presen-
tan muy entrada la obscura noche, cuando el guardián
está ausente; de la misma manera, los aqueos huían
espantados, porque Apolo les infundió terror y dió
gloria a Héctor y a los teucros.
Entonces, ya extendida la batalla, cada caudillo,
teuero mató a un hombre. Héctor dió muerte a Es-
tiquio y a Arcesilao: éste era caudillo de los beocios,
de broncíneas lorigas; el otro, compañero fiel del mag-
nánimo Menesteo. Eneas hizo perecer a Medonte y a
Yaso; de los cuales, el primero era hijo bastardo dél

33
ΗΕ 0 ὌΝ E R 0)

divino Oileo y hermano de Ayax, y habitaba en Fílace,


lejos de su patria, por haber muerto a un hermano de
su madrastra Eriopis, y Yaso, caudillo de los atenien-
ses, era conocido como hijo de Esfelo Bucólida. Polida-
mas quitó la vida a Mecisteo, Polites a Equio al tra-
barse el combate, y el divino Agenor a Clonio. Y Paris
arrojó su lanza de Deyoco, que huía por entre 108 com-
batientes delanteros; le hirió en la extremidad del
hombro, y el bronce salió al otro lado.
En tanto los teucros despojaban de las armas a los
muertos, los aquivos, arrojándose al'foso y a la es-
tacada, huían por todas partes y penetraban en el
muro, constreñidos por la necesidad. Y Héctor ex:
hortaba a los teucros, diciendo a voz en grito:
““Arrojaos a las naves y dejad los cruentos despo-
jos. Al que encuentre lejos de los bajeles, allí mismo
le daré muerte, y luego sus hermanos y hermanas no
le entregarán a las llamas, sino que lo despedazarán
los perros fuera de la ciudad.?””
En diciendo esto, azotó con el látigo el lomo de
los caballos; y mientras atravesaba las filas, animaba
a los teucros. Estos, dando amenazadores gritos,
guiaban los corceles de los carros con fragor inmenso;
y Febo Apolo, que iba delante, holló con sus pies las
orillas del foso profundo, echó la tierra dentro y for-
mó un camino largo y tan ancho como la distancia
que media entre el hombre que arroja una lanza para
probar su fuerza y el sitio donde la misma cae. Por
allí se extendieron en buen orden; y Apolo, que con
la égida preciosa iba a su frente, derribaba el muro
de los aqueos, con la misma facilidad con que un niño,
jugando en la playa, desbarata con los pies y las manos
lo que de arena había construído. Así tú, flechador
Febo, destruías la obra que había costado a los aqui-
o
35
E ἢχὰ TETAS DA
vos muchos trabajos y fatigas, y a ellos los ponías e»
fuga.
Los aqueos no pararon hasta las naves, y allí se ani-
maban unos a otros, y con los brazos alzados, profi-
riendo grandes voces, imploraban el auxilio de las
deidades. Y especialmente Néstor gerenio, protector
de los aqueos, oraba levantando las manos al estre-
llado cielo:
“¡Padre Zeus! Si alguien en Argos, abundante en
trigales, quemó en tu obsequio pingúes muslos de buey
o de oveja, y te pidió que lograra volver a su patria,
y tú se lo prometiste asintiendo; acuérdate de ello,
Zeus Olímpico, aparta de nosotros el día funesto, y
no permitas que los aquivos sueumban a manos de los
teucros.?”
Tal fué su plegaria. ἘΠ próvido Zeus atendió las
preces del anciano Neleida, y tronó fuertemente.
Los teucros, al oír el trueno de Zeus, que lleva la
égida, arremetieron con más furia a los argivos, y
sólo en combatir pensaron. Como las olas del vasto
mar salvan el costado de una nave y caen sobre ella,
cuando el viento arrecia y las levanta a gran altura;
así los teucros pasaron el muro, e introduciendo los
carros, peleaban junto a las popas con lanzas de doble
filo; mientras los aqueos, subidos en las negras naves,
se defendían con pértigas largas, fuertes, de punta
de bronce, que para los combates navales llevaban
en aquéllas.
En cuanto aquivos y teucros combatieron cerca del
muro, lejos de las veleras naves, Patroclo permane-
eió en la tienda del bravo Eurípilo, entreteniéndole
eon la conversación y curándole la grave herida con
drogas que mitigaran los acerbos dolores. Mas, al
ver que los teucros asaltaban con ímpetu el muro y se

35
Η O M E R 0)
producía clamoreo y fuga entre los dánaos, gimió; y
bajando los brazos, golpeóse los muslos, suspiró, y dijo:
**¡Eurípilo! Ya no puedo seguir aquí, aunque me
necesites, porque se ha trabado una gran batalia.
Te cuidará el escudero, y yo volveré presuroso a la
tienda de Aquiles, para incitarle a pelear. ¿Quién
sabe si con la ayuda de algún dios conmoveré su áni-
mo? Gran fuerza tiene la exhortación de un compa-
ñero.??
Dijo, y salió. Los aqueos sostenían firmemente la
acometida de los teucros, pero, aunque éstos eran
menos, no podían rechazarlos de las naves; y tampoco
los teucros lograban romper las falanges de los dánaos
y entrar en sus tiendas y bajeles. Como la plomada
nivela el mástil de un navío en manos del hábil
constructor que conoce bien su arte por habérselo en-
señado Atenea; de la misma manera andaba igual
el combate y la pelea, y unos pugnaban en torno de
unas naves y otros alrededor de otras.
Héctor fué a encontrar al glorioso Ayax; y luchan-
do los dos por un navío, ni Héctor, conseguía arredrar
a Ayax y pegar fuego a los bajeles, ni Ayax lograba
rechazar a Héctor desde que un dios lo acercara al
campamento. Entonces el esclarecido Ayax dió una
lanzada en el pecho a Calétor, hijo de Clitio, que iba
a echar fuego en un barco; el teucro cayó con estré-
pito, y la tea desprendióse de su mano. Y Héctor,
como viera que su primo caía en el polvo delante de
la negra nave, exhortó a troyanos y licios, diciendo
a grandes voces:
**¡Troyanos, licios, dárdanos que cuerpo a cuerpo
peleáis! No dejéis de comtatir en esta angostura;
defended el cuerpo del hijo de Clitio, que cayó en la
pelea junto a las naves, para que los aqueos no lo des-
pojen de las armas. ??”

36
1, pa ἠ L I Á D Α

Dichas estas palabras, arrojó a Ayax la luciente pi-


ca y erró el tiro; pero, en cambio, hirió a Licofrón
de Citera, hijo de Mástor y escudero de Ayax, en cu-
yo palacio vivía desde que en aquella ciudad matara
a un hombre: el agudo bronce penetró en la cabeza
por encima de una oreja; y el guerrero, que se halla-
ba junto a Ayax, cayó de espaldas desde la nave al
polvo de la tierra, y sus miembros quedaron sin vigor.
Estremecióse Ayax, y dijo a su hermano:
“¡Querido Teucro! Nos han muerto al Mastórida,
el compañero fiel a quien honrábamos en el palacio
como a nuestros padres, desde que vino de Citera. El
magnánimo Héctor le quitó la vida. Pero ¿dónde tie-
nes las mortíferas flechas y el arco que te dió Febo
Apolo???”
Así se expresó. Oyóle Teuero y acudió corriendo,
con el flexible arco y el carcaj lleno de flechas; y una
vez ἃ su lado, comenzó a disparar saetas contra los
troyanos. E hirió a Chito, preclaro hijo de Pisenor
y compañero del ilustre Polidamas Pantoida, que con
las riendas en la mano dirigía los corceles adonde
más falanges en montón confuso se agitaban, para
congraciarse con Héctor y los troyanos; pero pronto
ocurrióle una desgracia, de que nadie, por más que
lo deseara, pudo librarle: la acerba flecha se le clavó
en el cuello, por detrás; el guerrero cayó del carro, y
los corceles retrocedieron arrastrando con estrépito el
carro vacío. Al notarlo Polidamas, su dueño, se ade-
lantó y los detuvo; entrególos a Astínoo, hijo de
Protiaón, con el encargo de que los tuviera cerca, y
se mezcló de nuevo con los combatientes delanteros.
Teucro sacó otra flecha para tirarla a Héctor, arma-
do de bronce; y si hubiese conseguido herirle y qui- YU

tarle la vida mientras peleaba valerosamente, con

37 2.11
Η O M E R O
ello diera fin al combate que junto a las naves aqueas
se sostenía. Mas no dejó de advertirlo en su mente
el próvido Zeus, y salvó la vida de Héctor, a la vez
que privaba de gloria a Teuero, rompiéndole a éste
la cuerda del magnífico arco cuando lo tendía: la
flecha, que el bronce hacía poderosa, torció su ca-
mino, y el arco cayó de las manos del guerrero. Es-
tremecióse Teucro, y dijo a su hermano:
“¡Oh dioses! Alguna deidad que quiere frustrar
nuestros medios de combate, me quitó el arco de la
mano y rompió la cuerda recién torcida que até esta
mañana para que pudiera despedir, sin romperse, mul-
titud de flechas. ??
Respondióle el gran Ayax Telamonio: ““¡Oh ami-
go! Deja quieto el arco con las abundantes flechas,
ya que un dios lo inutilizó por odio a los dánaos; to-
ma una larga pica y un escudo que cubra tus hom-
bros, pelea contra los teucros y anima a la tropa.
Que aun siendo vencedores, no tomen sin trabajo las
naves, de muchos bancos. Sólo en combatir pen-
semos.??
Así dijo. Teucro dejó el arco en la tienda, colgó
de sus hombros un escudo formado por cuatro pieles,
cubrió la robusta cabeza con un labrado casco, cuyo
penacho de crines de caballo ondeaba terriblemente
en la cimera, asió una fuerte lanza de aguzada bron-
cínea punta, salió y volvió corriendo al lado de Ayax.
Héctor, al ver que las saetas de Teuero quedaban
inútiles, exhortó a los troyanos y a los licios, gritando
recio:
““Troyanos, licios, dárdanos, que cuerpo a cuerpo
combatís! ¡Sed hombres, amigos, y mostrad vuestro
impetuoso valor junto a las cóncavas naves; pues
acabo de ver con mis ojos que Zeus ha dejado inútiles

58
L A 1 1, 1 A D A

las flechas de un eximio guerrero. El influjo de Zeus


lo reconocen fácilmente, así los que del dios reciben
excelsa gloria, como aquellos a quienes abate y no
quiere socorrer: ahora amilana a los argivos y nos
favorece a nosotros. Combatid en escuadrón cerrado,
junto a los bajeles; y quien sea herido mortalmente,
de cerca o de lejos, cumpliéndose su destino, muera;
que será honroso para él, morir combatiendo por la
patria, y su esposa e hijos se verán salvos, y su casa
y hacienda no sufrirán menoscabo, si los aqueos re-
gresan en las naves a su patria tierra.??
Con estas palabras les excitó a todos el valor y la
fuerza. Ayax exhortó también a sus compañeros:
““* ¡Qué vergúenza, argivos! Ya llegó el momento de
morir o de salvarse rechazando de las naves a los
teueros. ¿Esperáis acaso volver a pie a la patria
tierra, si Héctor, de tremolante casco, toma los ba-
jeles? ¿No oís cómo anima a todos los suyos y desea
quemar los navíos? No les manda que vayan a un
baile, sino que peleen. No hay mejor pensamiento o
consejo para nosotros que éste: combatir cuerpo a
cuerpo y valerosamente con el enemigo. Es preferi-
ble morir de. una vez o asegurar la vida, a dejarse
matar paulatina e infructuosamente en la terrible con-
tienda, junto a los barcos, por guerreros que nos son
inferiores. ??”
Con estas palabras les excitó a todos el valor y la
fuerza. Entonces Héctor mató a Esquedio, hijo de
Perimedes y caudillo de los focenses; Ayax quitó la
vida a Laodamas, hijo ilustre de Antenor, que man-
daba los peones; y Polidamas atacó con Oto de Cile-
ne, compañero de Meges Fileida y jefe de los magná-
nimos epeos. Meges, al verlo, arremetió con la lanza
a Polidamas; pero éste hurtó el cuerpo—Apolo no

39
H O M E R 0

quiso que el hijo de Panto sucumbiera entre los com-


batientes delanteros—, y aquél hirió en medio del pe-
cho a Cresmo, que cayó con estrépito, y el aquivo le
despojó de la armadura que cubría sus hombros. En
tanto, Dólope Lampétida, hábil en manejar la lanza
(habíalo engendrado Lampo Laomedontíada, que fué
el más valiente de los hombres y estuvo dotado de
impetuoso valor), arrancó contra Meges y acometién-
dole de cerca, dióle un bote en el centro del escudo;
pero el Fileida se salvó, gracias a la vestidura de bronce
que protegía su cuerpo, la cual había sido regalada
en otro tiempo a Fileo en Efira, a orillas del río Se-
leente, por su huésped el rey Eufetes, para que en la
guerra le defendiera de los enemigos, y entonces libró
de la muerte a su hijo Meges. Este, a su vez, dió
una lanzada a Dólope en la parte inferior de la cime-
ra del broncíneo casco, rompióla e hizo caer en el
polvo el penacho recién teñido de vistosa púrpura.
Y mientras Dólope seguía combatiendo con la espe-
ranza de vencer, el belígero Menelao fué a ayudar
a Meges; y poniéndose a su lado sin ser visto, envasó
la lanza en la espalda de aquél: la punta impetuosa
salió por el pecho, y el guerrero cayó de bruces. Am-
bos caudillos corrieron a quitarle la broncínea arma-
dura de los hombres; y Héctor exhortaba a todos
sus deudos e increpaba especialmente al esforzado
Melanipo Hicetaónida; el cual, antes de presentarse
los enemigos, apacentaba bueyes, de tornátiles pies,
en Percote, y cuando llegaron los dánaos en las en-
corvadas naves, fuése a lIlión, sobresalió entre los
troyanos y habitó el palacio de Príamo, que le honraba
como a sus hijos. A Melanipo, pues, le reprendía
Héctor, diciendo:
““¿Seremos tan indolentes, Melanipo? ¿No te con-

40
1, Α 1 L E A D A

mueve el corazón la muerte del primo? ¿No ves cómo


tratan de llevarse las armas de Dólope? Sígueme,
que ya es necesario combatir de cerca con los argivos,
hasta que los destruyamos o arruinen ellos la excelsa
llión desde su cumbre y maten a los ciudadanos,??
Habiendo hablado así, echó a andar, y siguióle el
varón, que parecía un dios. A su vez, el gran Ayax
Telamonio exhortó a los argivos:
““¡Oh amigos! ¡Sed hombres, mostrad que tenéis
un corazón pundonoroso, y avergonzaos de parecer co-
bardes en el duro combate! De los que sienten este
temor, son más los que se salvan que los que mueren;
los que huyen, ni gloria alcanzan ni entre sí se
ayudan. ??
Así dijo; y ellos, que ya antes deseaban derrotar
al enemigo, pusieron en su corazón aquellas palabras
y cercaron las naves con un muro de bronce. Zeus
incitaba a los teucros contra los aqueos. Y Menelao,
valiente en la pelea, exhortó a Antíloco:
“f¡Antíloco! Ningún aqueo de los presentes es
más joven que tú, ni más ligero de pies, ni tan fuerte
en el combate. Si arremetieses a los teucros e hirieras
3 alguno... ς᾽}
Así dijo, y alejóse de nuevo. Antíloco, animado,
saltó más allá de los combatientes delanteros; y re-
volviendo el rostro a todas partes, arrojó la luciente
lanza. Al verle, huyeron los teucros. No fué vano
el tiro, pues hirió en el pecho, cerca de la tetilla, a
Melanipo, animoso hijo de Hicetaón, que acababa de
entrar en combate: el teucro cayó con estrépito, y la
obscuridad cubrió sus ojos. Como el perro se abalanza
al cervato herido por una flecha que al saltar de la
madriguera le tira un cazador, dejándole sin vigor los
miembros, así el belicoso Antíloco se arrojó a ti, oh

41
Η 0 M E R Ú

Meianipo, para quitarte la armadura. Mas no pasó


inadvertido para el divino Héctor; el cual, corriendo
a través del campo de batalla, fué al encuentro de
Antíloco; y éste, aunque era luchador brioso, huyó
sin esperarle, parecido a la fiera que causa algún da-
ño, como matar a un perro o a un pastor junto a sus
bueyes, y huye antes que se reunan muchos hombres;
así huyó el Nestórida; y sobre él, los teucros y Hée-
tor, promoviendo inmenso alboroto, hacían llover
acerbos tiros. Y Antíloco, tan pronto como llegó a
juntarse con sus compañeros, se detuvo y volvió la
cara al enemigo.
Los teucros, semejantes a carniceros leones, asal-
taban las naves y cumplían los designios de Zeus, el
cual les infundía continuamente gran valor y les ex:
citaba a combatir, y al propio tiempo abatía el ánimo
de los argivos, privándoles de la gloria del triunfo.
porque deseaba en su corazón dar gloria a Héctor
Priámida, a fin de que éste arrojase el abrasador y
voraz fuego en las corvas naves, y se realizara de todo
en todo la funesta súplica de Tetis. ΕἸ próvido Zeus
sólo aguardaba ver con sus ojos el resplandor de una
nave incendiada, pues desde aquel instante haría que
los teucros fuesen perseguidos desde las naves y da-
ría la victoria a los dánaos. Pensando en tales cosas,
el dios incitaba a Héctor Priámida, ya de por sí muy
enardecido, a encaminarse hacia las cóncavas naves.
Como se enfurece Ares blandiendo la lanza, o se em-
bravece el pernicioso fuego en la espesura de poblada
selva, así se enfurecía Héctor: su boca estaba cubier-
ta de espuma, los ojos le centelleaban debajo de 188
torvas cejas y el casco se agitaba terriblemente en
sus sienes mientras peleaba. Y desde el éter, Zeus
protegía únicamente a Héctor, entre tantos hombres,

42
L Α E L Í Α D Α

y le daba honor y gloria; porque el héroe debía vivir


poco, y ya Palas Atenea apresuraba la llegada del
día fatal en que había de sucumbir a manos del Pe-
leida. Héctor deseaba romper :as filas de los comba-
tientes,. y probaba por donde veía mayor turba y
mejores armas; mas, aunque ponía gran empeño, no
pudo conseguirlo, porque los dánaos, dispuestos en
columna cerrada, hicieron frente al enemigo. Cual
un peñasco escarpado y grande, que en la ribera del
espumoso mar resiste el ímpetu de los sonoros vien-
tos y de las ingentes olas que allí se rompen; así los
dánaos aguardaban a pie firme a los teucros y no
huían. Y Héctor, resplandeciente como el fuego, sal-
tó al centro de la turba como la ola impetuosa levan-
tada por el viento cae desde lo alto sobre la ligera
nave, llenándola de espuma, mientras el soplo terri.
ble del huracán brama en las velas y los marineros
tiemblan amedrentados porque se hallan muy cerca
de la muerte; de tal modo vacilaba el ánimo en el
pecho de los aqueos. Como dañino león acomete un
rebaño de muchas vacas que pacen a orillas del ex-
tenso lago y son guardadas por un pastor que, no
sabiendo luchar con las fieras para evitar la muerte
de alguna vaca de retorcidos cuernos, va siempre
con las primeras o con las últimas reses; y el león
salta al centro, devora una vaca y las demás huyen
espantadas: así los aqueos todos fueron puestos en
fuga por Héctor y el padre Zeus, pero Héctor mato
a uno solo, a Perifetes de Micenas, hijo de aquel
Copreo que llevaba los mensajes del rey Euristeo al
fornido Heracles. De este padre obscuro nació tal
hijo, que superándole en toda clase de virtudes, en la
carrera y en el combate, figuró por su talento entre
los primeros ciudadanos de Micenas y entonces dió


43
1 O M E R 0

a Héctor gloria excelsa. Pues al volverse, tropezó


con el borde del escudo que le cubría de pies a cabe-
za y que llevaba para defenderse de los tiros; y en-
redándose con él, cayó de espaldas, y el casco resonó
de un modo horrible en torno de las sienes. Héctor
lo advirtió en seguida, acudió corriendo, metió la pica
en el pecho de Perifetes y le mató cerca de sus mis-
mos compañeros que, aunque afligidos, no pudieron
socorrerle, pues temían mucho al divino Héctor.
Por fin llegaron a las naves. Defendíanse los ar-
givos detrás de las que se habían sacado primero a
la playa, y los teucros fueron a perseguirlos. .Aqué-
llos, al verse obligados a retroceder, se colocaron api-
ñados cerca de las tiendas, sin dispersarse por el
ejército, porque la vergiúenza y el temor se los impe-
dían, y mutua e incesantemente se exhortaban. Y es-
pecialmente Néstor, protector de los aqueos, dirigíase
a todos los guerreros, y en nombre de sus padres así
les suplicaba:
“¡Oh amigos! Sed hombres y mostrad que tenéis
un corazón pundonoroso ante los demás varones.
Acordaos de los hijos, de las esposas, de los bienes,
y de los padres, vivan aún o hayan fallecido. En
nombre de estos ausentes os suplico que resistáis fir-
memente y no os entreguéis a la fuga.?”
Con estas palabras les excitó a todos el valor y la
fuerza. Entonces Atenea les quitó de los ojos la densa
nube que los cubría,y apareció la luz por ambos la-
dos, en los navíos y en la lid sostenida por los dos
ejércitos con igual tesón. “Vieron a Héctor, valiente
en la pelea, y a sus propios compañeros, así a cuan-
tos estaban detrás de los bajeles y no combatían, como
a los que junto a las veleras naves daban batalla al
enemigo.

44
L A I L Í A D A

No le era grato al corazón del magnánimo Ayax


permanecer donde los demás aqueos se habían retira-
do; y el héroe, andando a paso largo, iba de nave
en nave con una gran percha de combate naval que
medía veintidós codos y estaba reforzada con clavos.
Como un diestro cabalgador escoge cuatro caballos
entre muchos, los guía desde la llanura a la gran
ciudad por la carretera, muchos hombres y mujeres
le admiran, y él salta continuamente y con seguridad
del uno al otro, mientras los corceles vuelan; así
Ayax, andando a paso tirado, recorría las cubiertas
de muchas naves y su voz llegaba al éter. Sin cesar
daba horribles gritos, para exhortar a los dánaos a
defender naves y tiendas. Tampoco Héctor permane-
cía ocioso en la turba de los teueros, armados de fuer-
tes corazas: como el águila negra se echa sobre una
bandada de alígeras aves—gansos, grullas o cisnes de
largos cuellos—que están comiendo a orillas de un río;
así Héctor corría en derechura a una nave de negra
proa, empujado por la mano poderosa de Zeus, y el dios
incitaba también a la tropa para que le acompañara,
De nuevo se trabó un reñido combate al pie de los
bajeles. Hubiérase dicho que sin estar cansados ni
fatigados, comenzaban entonces a pelear. ¡Con tal
denuedo batallaban! He aquí cuáles eran sus respec-
tivos pensamientos: los aqueos no creían escapar de
aquel desastre, sino perecer; los teucros esperaban en
su corazón incendiar las naves y matar a los héroes
aquivos. Y con estas ideas, asaltábanse unos a otros.
Héctor llegó a tocar la popa de una hermosa nave
de ligero andar; aquella en que Protesilao llegó a
Troya y que luego no había de llevarle otra vez a
la patria tierra. Por esta nave se mataban los aqui-
vos y los teueros: sin aguardar desde lejos los tiros

45
H O M E R O

de flechas y dardos, combatían de cerca y con igual


ánimo, valiéndose de agudas hachas, segures, grandes
espadas y lanzas de doble filo. Muchas hermosas da-
gas, de obscuro recazo, provistas de mango, cayeron
al suelo, ya de las manos, ya de los hombros de los
combatientes; y la negra tierra manaba sangre.
Héctor, desde que cogió la popa, no la soltaba; y te-
niendo entre sus manos la parte superior de la misma,
animaba a los teucros:
““*¡Traed fuego, y dispuestos en escuadrón cerrado,
trabad la batalla! Zeus nos concede un día que lo
compensa todo, pues vamos a tomar las naves que
vinieron contra la voluntad de los dioses y mos han
ocasionado muchas calamidades por la cobardía de los
viejos, que no me dejaban pelear cerca de aquéllas
y detenían al ejército. Mas si entonces el logividen-
te Zeus ofuscaba nuestra razón, ahora él mismo nos
impele y anima.??
Así dijo; y ellos acometieron con mayor ímpetu a
los argivos. Ayax ya no resistió, porque estaba abru-
mado por los tiros: temiendo morir, dejó la cubierta,
retrocedió hasta un baneo de remeros que tenía siete
pies, púsose a vigilar, y con la pica apartaba del na-
vío a cuantos llevaban el voraz fuego, en tanto que
exhortaba a los dánaos con espantosos gritos:
“*¡Amigos, héroes dánaos, ministros de Ares! Sed
hombres y mostrad vuestro impetuoso valor. ¿Creéis,
por ventura, que hay a nuestra espalda otros defen-
sores o un muro más sólido que libre a los hombres
de la muerte? Cerca de aquí no existe ciudad alguna
defendida con torres, que nos proporcione refugio y
cuyo pueblo nos dé auxilio para aleanzar una ulterior
victoria; sino que nos hayamos en la llanura de los
troyanos, de fuertes corazas, a orillas del mar y le-

46
L A 1 L 1] Α D Α

jos de la patria. La salvación, por consiguiento, está


en los brazos; no en ser flojos en la pelea.”?
Dijo, y acometió furioso con la aguda lanza. Y cuan-
tos teucros, movidos por las excitaciones de Héctor, qui-
sieron llevar ardiente fuego a las cóncavas naves, a
todos los mató Ayax con su larga pica. Doce fueron
los que hirió de cerca, delante de los bajeles.
le

|
σῶν τς

El Sueño y la Muerte transportan a Licia el cadáver


de Sarpedón

RAPSODIA DECIMOSEXTA

SI peleaban por la nave de mu-


chos bancos. Patroclo se presen-
tó a Aquiles, pastor de hombres,
derramando ardientes lágrimas
como fuente profunda que vier-
te sus aguas sombrías por es-
carpada roca. Tan pronto como
le vió el divino Aquiles, el de
los pies ligeros, compadecióse de él y le dijo estas
aladas palabras:
““¿Por qué lloras, Patroclo, como una niña que va
con su madre y deseando que la tome en brazos, la
tira del vestido, la detiene a pesar de que está de
prisa y la mira con ojos llorosos para que la levante
del suelo? Como ella, oh Patroclo, derramas tiernas
lágrimas. ¿Vienes a participarnos algo a los mirmido-

49
a

Hg O M E R 0

nes o a mí mismo? ¿Supiste tú solo alguna noticia


de Ptía? Dicen que Menetio, hijo de Actor, existe
aún; vive también Peleo entre los mirmidones; y es
la muerte de aquél o de éste lo que más nos podría
afligir. ¿O lloras quizás porque los argivos perecen,
cerca de las cóncavas naves, por la injusticia que
cometieron? Habla, no me ocultes lo que piensas,
para que ambos lo sepamos.??
Dando profundos suspiros, respondiste así, caballero
Patroclo: ““*¡Oh Aquiles, hijo de Peleo, el más valien-
te de los aquivos! No te enfades, porque es muy
grande el pesar que los abruma. Los más fuertes, he-
ridos unos de cerca y otros de lejos, yacen en los baje-
les—con arma arrojadiza fué herido el poderoso Dio-
medes Tideida; con la pica, Odiseo, famoso por su lan-
za, y Agamenón; a Eurípilo fiecháronle en el muslo—,
y los médicos, que conocen muchas drogas, ocúpanse
en curarles las lesiones. Tú, Aquiles, eres implacable.
¡Jamás se apodere de mí un rencor como el que guar-
das! ¡Oh tú, que tan mal empleas el valor! ¿A quién
podrás ser útil más tarde, si ahora no salvas a los
argivos de una muerte indigna? ¡Despiadado! No
fué tu padre el jinete Peleo, ni Tetis tu madre; el
glauco mar o las escarpadas rocas debieron de engen-
drarte, porque tu espíritu es cruel. Si te abstienes de
combatir por algún vaticinio que tu madre, enterada
por Zeus, te haya revelado, envíame a mí con los demás
mirmidones, por si llego a ser la aurora de la sal-
vación de los dánaos; y permite que cubra mis hom-
bros con tu armadura para que los teucros me confun-
dan contigo y cesen de pelear, los belicosos dánaos
que tan abatidos están se reanimen y la batalla ten-
ga su tregua, aunque sea por breve tiempo. Nos-
otros, que no nos hallamos extenuados de fatiga, re-

50
1, Α 1 L 1 Α D A
chazaríamos fácilmente de las naves y de las tiendas
hacia la ciudad a esos hómbres que de pelear están
cansados. ??”
Así le suplicó el gran insensato; y con ello lla-
maba a la Moira y a la terrible muerte. Aquiles, el de
los pies ligeros, le contestó muy indignado:
““¡Ay de mí, Patroclo, de linaje divino, qué dijiste!
No me abstengo por ningún vaticinio que sepa y
tampoco la veneranda madre me dijo nada de parte
de Zeus; sino que se me oprime el corazón y el alma
cuando un hombre, porque tiene más poder, quiere
privar a su igual de lo que le corresponde y le quita
la recompensa. Tal es el gran pesar que tengo, a cau-
sa de las contrariedades que mi ánimo ha sufrido. La
moza que los aqueos me adjudicaron como recompen-
sa y que había conquistado con mi lanza, al tomar
una bien murada ciudad, el rey Agamenón me la qui-
tó como si yo fuera un miserable advenedizo. Mas
dejemos lo pasado; no es posible guardar siempre la
ira en el corazón, aunque me había propuesto no de-
poner la cólera hasta que la gritería y ei combate
llegaran a mis bajeles. Cubre tus hombros con mi
magnífica armadura, ponte al frente de los mirmido-
nes y llévalos a la pelea; pues negra nube de teucros
cerca ya las naves con gran ímpetu, y los argivos,
cercados en la orilla del mar, sólo disponen de un
corto espacio. ¡Sobre ellos cargan confiadamente to-
dos los de Troya, porque no ven mi reluciente casco.
Pronto huirían llenando de muertos jos fosos, si el
rey Agamenón fuera justo conmigo; mientras que
ahora combaten alrededor de nuestro ejército. Ya la
mano de Diomedes Tideida no blande furiosamente
la lanza para librar a los dánaos de la muerte, ni he oí-
do un solo grito que viniera de la odiosa cabeza del

51
H 0 M E R 0)

Atrida: sólo resuena la voz de Héctor, matador de


hombres, animando a los teucros, que con vocerío
ocupan toda la llanura y vencen en la batalla a los
aqueos. Pero tú, Patroclo, échate impetuosamente
sobre ellos y aparta de las naves esa peste; no sea
que, pegando ardiente fuego a los bajeles, nos priven
de la deseada vuelta. Haz cuanto te voy a decir,
para que me proporciones mucha honra y gloria ante
todos los dánaos, y éstos me devuelvan la hermosa
joven y me hagan además espléndidos regalos. Tan
luego como los alejes de los barcos, vuelve atrás, y
aunque el tonante esposo de Hera te dé gloria, no
quieras lidiar sin mí contra los belicosos teueros, pues
contribujrías a mi deshonra. Y tampoco, estimulado
por el combate y la pelea, te encamines, matando
enemigos, a llión; no sea que alguno de los sempiter-
nos dioses baje del Olimpo, pues a los troyanos los
protege mucho el flechador Apolo. Retrocede tan
pronto como hayas librado del peligro a los barcos,
y deja que peleen en la llanura. Ojalá, ¡padre Zeus,
Atenea, Apolo!, ningano de los teucros ni de los argi-
vos escape de la muerle, y librándonos de ella nos-
otros dos, derribemos las sacras almenas de Troya.??
Así éstos hablaban. Ayax ya no resistía; vencíanle
el poder de Zeus y los animoso teucros que le arroja-
ban dardos; su refulgente casco resonaba de un modo
horrible en torno de las sienes, golpeado continua-
mente en las hermosas abolladuras; y el héroe tenía
cansado el hombro derecho de sostener con firmeza el
versátil escudo; pero no lograba haeerle mover de
su sitio por más tiros que le enderezaban. Ayax es-
taba anhelante, copioso sudor corría de todos sus
miembros y apenas podía respirar: por todas partes
a una desgracia sucedía otra.

52
L Α 1 L Ζ Α D A
Decidme, Musas que poseéis olímpicos palacios, có-
mo por vez primera cayó el fuego en las naves aqueas.
Héctor, que se hallaba cerca de Ayax, le dió con
la gran espada un golpe en la pica de fresno y se
la quebró por la juntura del asta con el hierro. Quiso
Ayax blandir la truncada pica, y ia broncínea punta
cayó a lo lejos con gran ruido. Entonces reconoció
el eximio Ayax la intervención de los dioses, estre-
mecióse porque Zeus altitonante les frustraba todos los
medios de combate y quería dar la victoria a los teu-
eros, y se puso fuera del alcance de los tiros. Los
teueros arrojaron voraz fuego a la velera nave, y
pronto se extendió por la misma una llama inextin-
guible. Así que el fuego rodeó la popa, Aquiles, gol-
peándose el muslo, dijo a Patroclo:
*¡Sus, Patroclo, de divino linaje, hábil jinete! Ya
veo en las naves la impetuosa llama del fuego des-
truetor; no sea que se apodere de ellas y ni medios
para huír tengamos. Apresúrate a vestir las armas,
y yo en tanto reuniré la gente.??
Dijo, y Patroclo vistió la armadura de luciente
bronce: púsose en las piernas elegante grebas, ajus-
tadas con broches de plata; protegió su pecho con la
coraza labrada, refulgente, del Eácida, de pies lige-
ros; colgó del hombro una espada, guarnecida de
clavos de plata; embrazó el grande y fuerte escudo;
cubrió la cabeza con un hermoso casco, cuyo terrible
penacho, de crines de caballo, ondeaba en la cimera,
y asió dos lanzas fuertes que su mano pudiera blan-
dir. Solamente dejó la lanza poderosa, grande y for-
nida del eximio Eácida, porque Aquiles era el único
aqueo capaz de manejarla; había sido cortada de un
fresno de la cumbre del Pelión y regalada por Quirón
al padre de Aquiles, para que con ella matara héroes.

53 31D
Η 0 M E E
Luego, Patroclo mandó a Automedóu—el amigo 8
quien más honraba después de Aquiles, destructor de
hombres, y el más 836] en resistir a su lado la acome-
tida del enemigo en las batallas—que enganchara los
caballos. Automedón unció bajo el yugo a Janto
y Balio, corceles ligeros que volaban como el viento y
tenían por madre a la harpía Podarga, la cual pa-
ciendo en una pradera junto al. Océano, los concibió
del Céfiro. Y econ ellos puso el excelente Pédaso, que
Aquiles se llevara de la ciudad de Eetión cuando la
tomó; corcel que, no obstante su condición de mortal,
seguía a los caballos inmortales.
Aquiles, recorriendo las tiendas,” hacía tomar las
armas a todos los mirmidones. Como carniceros lo-
bos dotados de una fuerza inmensa despedazan en el
monte un grande cornígero ciervo que han matado
y sus mandíbulas aparecen rojas de sangre; luego van
en tropel a lamer con las tenues lenguas el agua de
un profundo manantial, eructando por la sangre que
han bebido, y su vientre se dilata, pero el ánimo
permanece intrépido en el pecho; de igual manera,
los jefes y príncipes de los mirmidones se reunían
presurosos alrededor del valiente servidor del Eácida,
de pies ligeros. Y en medio de todos, el belicoso Aqui-
les animaba, así a los que combatían en carros, como
a los peones armados de escudos.
Cincuenta fueron las veleras naves en que Aquiles,
caro a Zeus, condujo a Jlión sus tropas; en cada una
embarcáronse cincuenta hombres; y el héroe nombró
einco jefes para que los rigieran, reservándose el man-
da supremo. Del primer cuerpo era caudillo Menestio,
el de labrada coraza, hijo del río Esperquio, que las
celestiales lluvias alimentan: habíale dado a luz la be-
lla Polidora, hija de Peleo, que siendo mujer se acos-

54
L A 1 L 1 4 D Α

$6 eon la deidad del Esperquio; aunque se ersyera


que lo había tenido de Boro, hijo de Perieres, el cual
se desposó públicamente con la misma y le constituyó
una gran dote. — Mandaba la segunda sección el be-
licoso Eudoro, nacido de una soltera, de la hermosa
Polimela, hija de Filante; de la tal enamoróse el po-
deroso Argicida, al verla entre las que danzaban
al són del canto en un eoro de Artemisa, la diosa
que lleva arco de oro y ama el bullicio de la caza:
el benéfico Hermes subió en seguida al aposento de
la moza, uniéronse libremente y ella le dió un hijo
ilustre, Eudoro, ligero en el correr y belicoso. Cuan-
do llitia, que preside los partos, sacó a luz al infante
y éste vió los rayos de Helios, el fuerte Equecles
Actórida, como a Polimela, por esposa, constituyéndo-
le una gran dote, y el anciano Filante crió y educó al
niño con tanto amor como si fuese hijo suyo. — Es-
taba al frente de la tercera división Pisandro Memáli-
da, que, después del compañero de Aquiles, era entre
todos los mirmidones quien descollaba más en comba-
tir con la lanza.—El cuarto escuadrón obedecía las
órdenes de Fénix, aguijador de caballos; y el quinto
tenía por jefe al eximio Alcimedón, hijo de Lacrces.
Cuando Aquiles los hubo puesto a todos en orden de
batalla con sus respectivos capitanes, les dijo con
voz pujante:
““¡Mirmidones! Ninguno de vosotros olvide las
amenazas que en las veleras naves dirigíais a lo3
teucros mientras duró mi cólera, ni las acusaciones
con que todos me acriminabais: ¡Inflexible hijo da
Peleo! Sin duda tu madre te nutrió con hiel. Des-
piadado, pues retienes a tus compañeros en los na-
víos contra su voluntad! Embuarquémonos en los ba-
jeles que atraviesan el ponto y volvamos a la patria,

55
Η O M E R O

ya que la cólera funesta anidó en tu corazón. Así


acostumbrabais hablarme cuando os reuníais. Pues a
la vista tenéis la gran empresa del combate que tanto
habéis anhelado. Y ahora cada uno pelee con vale-
roso corazón contra los teucros.??
Con estas palabras les excitó a todos el valor y la
fuerza; y ellos, al oírlas, cerraron más las filas. Co-
mo el obrero junta grandes piedras al construir la
pared de una elevada casa, para que resista el ímpetu
de los vientos; así, tan unidos, estaban los cascos y
los abollonados escudos: la rodela se apoyaba en la
rodela, el yelmo en el yelmo, cada hombre en su ve-
cino, y los penachos de crines de caballo y los lu-
cientes conos de los cascos se juntaban cuando al-
guien inclinaba la cabeza. ¡Tan apretadas eran las
filas! ¡Delante de todos se pusieron dos hombres ar-
mados, Patroclo y Automedón; los cuales tenían
igual ánimo y deseaban combatir al frente de los mir-
midones. Aquiles entró en su tienda y alzó la tapa
de un arca hermosa y labrada que Tetis, la de los
pies de plata, colocara en la nave del héroe después
de llenarla de túnicas y mantos, que le abrigasen
contra el viento, y de afelpados cobertores. Allí te-
nía una copa de primorosa labor que no usaba nadie
para beber vino ni para ofrecer libaciones a otro
dios que al padre Zeus. Sacóla del area, y purificán-
dola primero con azufre, la limpió con agua cristali-
na; acto continuo lavóse las manos, llenó la copa y
puesto en medio, con los ojos levantados al cielo,
libó el negro vino y oró a Zeus, que se complace en
lanzar rayos, sin que al dios le pasara inadvertido:
“¡Zeus soberano, Dodoneo, Pelásigo, que vives le-
jos y reinas en Dodona, de frío invierno, donde mo-
ran los selos, tus intérpretes, que no se lavan los

56
4 ἰ 1, 7 A D Á

pies y duermen en el suelo! Escuchaste mis palabras


cuando te invoqué, y para honrarme oprimiste dura-
mente al pueblo aqueo. Pues ahora, cúmpleme este
voto: yo me quedo en el recinto de las naves y man-
do al combate a mi compañero con muchos mirmido-
nes: haz que le siga la victoria, longividente Zeus,
e infúndele valor en el corazón para que Héctor vea
si mi escudero sabe pelear solo, o si sus manos invictas
únicamente se mueven con furia cuando va conmigo
a la marcial contienda, Y cuando haya apartado de
los bajeles la gritería y la pelea, vuelva incólume con
todas las armas y con los compañeros que de cerca
combaten.?”
Tal fué su plegaria. El próvido Zeus le oyó; y
de las dos cosas le otorgó una: concedióle que aparta-
se de las naves el combate y la pelea, y nególe que
volviera ileso de la batalla. Hecha la libación y la
rogativa al padre Zeus, entró Aquiles en la tienda,
dejó la copa en el arca, y salió otra vez, porque de-
seaba en su corazón presenciar la terrible pugna de
teucros y aquivos,
Los mirmidones seguían con armas y en buen orden
al magnánimo Patroclo, hasta que alcanzaron a los
teucros y les arremetieron con grandes bríos, espar-
ciéndose como las avispas que moran en el camino,
cuando los muchachos, siguiendo su costumbre de mo-
lestarlas, las irritan y consiguen con su imprudencia
que dañen a buen número de personas, pues, si algún
caminante pasa por allí y sin querer las mueve, vue-
lan y defienden con ánimo valeroso a sus hijuelos;
con un corazón y ánimo semejantes, se esparcieron
los mirmidones desde las naves, y levantóse una grite-
ría inmensa. Y Patroclo exhortaba a sus compañe-
ros, diciendo con voz recia:

57
H O M E R 0
¡Mirmidones, compañeros del Peleida Aquiles! Sed
hombres, amigos, y mostrad vuestro impetuoso valor
para que honremos al Peleida, que es el más valiente
de cuantos argivos hay en las naves, como lo son
también sus guerreros, que de cerca combaten; y com-
prenda el poderoso Agamenón Atrida la falta que co-
metió no honrando al mejor de los aqueos.??
Con estas palabras les excitó a todos el valor y la
fuerza. Los mirmidones cayeron apiñados sobre los
teucros y en las naves resonaban de un modo horri-
ble los gritos de los aqueos. Cuando los teucros vie-
ron al esforzado hijo de Menotio y a su escudero,
ambos con lucientes armaduras, a todos se les contur-
bó el ánimo y sus falanges se agitaron. Figurábanse
que el Peleida, ligero de pies había renunciado a su
cólera y volvía a ser amigo de Agamenón. Y cada
uno miraba adónde podría huír para librarse de una
muerte terrible.
Patroclo fué el primero que tiró la reluciente lanza
allí donde más hombres se agitaban en confuso mon-
tón, junto a la nave del magnánimo Protesilao; e
hirió a Pirecmes, que había conducido desde Amidón,
sita en la ribera del Axio de ancha corriente, a los
peonios, que combatían en carros: la lanza se clavó en
el hombro derecho; el guerrero, dando un gemido, 68-
yó de espaldas en el polvo, y los demás peonios huye-
ron, porque Patroclo les infundió pavor al matar a su
jefe, que tanto sobresalía en el combate. De este
modo Patroclo los echó de los bajeles y apagó el ar-
diente fuego. El navío quedó alií medio quemado,
los teucros huyeron con gran alboroto, los dánaos se
dispersaron por las cóncavas naves, y se produjo un
gran tumulto. Como Zeus fulminador quita una den-
sa nube de la elevada cumbre de una montaña y 59

53
L Á Í L I Á D A
deseubren los promontorios, eimas y valles, porque en
el cielo se ha abierto la vasta región etérea; así los
dánaos respiraron un poco después de librar a las na-
ves del fuego destructor; pero no por eso hubo tregua
en el combate. Porque los teucros no huían a carrera
abierta, perseguidos por los belicosos aqueos; sino
que aún resistían, y sólo cediendo a la necesidad se
retiraban de las naves.
Entonces, ya extendida la batalla, cada jefe mató
a un hombre. El esforzado hijo de Menetio, el prime-
ro, hirió con la aguda lanza a Areilico, que había vuel-
to la espalda para huír: el bronce atravesó el musloy
rompió el hueso, y el teucro dió de ojos en el suelo.
El belígero Menelao hirió a Toante en el pecho, donde
éste quedaba sin defensa al lado del escudo, y dejó
. sin vigor sus miembros. El Fileida, observando que
Anficlo iba a acometerle, se le adelantó y logró enva-
sarle la pica en la parte superior de la pierna, donde
más grueso es el músculo: la punta desgarró los ner-
vios, y la obscuridad cubrió los ojos del guerrero.
De los Nestóridas, Antíloco traspasó con la broncínea
lanza a Atimnio, clavándosela en el ijar, y el teucro
cayó de pechos en el suelo; el hermano de éste, Maris,
irritado por tal muerte, se le puso delante y arremetió
con la lanza a Antíloco; entonces el otro Nestórida,
Trasimedes, igual a un dios, se levantó y le hi-
rió en la espalda: la punta desgarró el tendón
de la parte superior del brazo y rompió el hueso; el
guerrero cayó con estrépito, y la obscuridad cubrió
sus ojos. De tal suerte, estog dos esforzado com-
pañeros de Sarpedón, hábiles tiradores, e hijos de
Amisodaro, el que crió la indomable Quimera, causa
de males para muchos hombres, fueron vencidos por
los dos hermanos y descendieron al Erebo.—Ayax de

” 59
Π O M LE K O
Oileo acometió y cogió vivo a Cleobulo, atropellado
por la turba; y le quitó la vida, hiriéndole en el cue-
llo con la espada provista de empuñadura: la hoja en-
tera se calentó con la sangre, y la purpúrea muerte y
el hado cruel velaron los ojos del guerrero.—Penéleo
y Liconte fueron a encontrarse, y habiendo arrojado
sus lanzas en vano, pues ambos erraron el tiro, se
acometieron con las espadas: Liconte dió a su enemigo
un tajo en la cimera del casco, que adornaban crines
de caballo; pero la espada se le rompió junto a la
empuñadura; Penéleo hundió la suya en el cuello de
Liconte, debajo de la oreja, y se lo cortó por comple-
to: la cabeza cayó a un lado, sostenida tan sólo por la
piel, y los miembros perdieron su vigor.—Meriones dió
alcance con sus ligeros pies a Acamas, cuando subía
al carro, y le hirió en el hombro derecho: el teucro
cayó al suelo, y las tinieblas cubrieron sus ojos.—A
Erimanta metióle Idomeneo el cruel bronce por la bo-
ca: la lanza atravesó la cabeza por debajo del cerebro,
rompió los blancos huesos y conmovió los dientes; los
ojos llenáronse con la sangre que fluía de las narices
y de la boca abierta, y la muerte, cual si fuese obs-
cura nube, envolvió al guerrero.
Cada uno de estos caudillos dánaos mató, pues, a un
hombre. Como los voraces lobos acometen a corderos
o cabritos, arrebatándolos de un hato que se dispersa
en el monte por la impericia del pastor; pues así que
aquéllos los ven se los llevan y despedazan. por tener
los últimos un corazón tímido; así los dánaos cargaban
sobre los teucros, y éstos, pensando en la fuga horrí-
sona, Olvidábanse de mostrar su impetuoso valor.
El gran Ayax deseaba constantemente arrojar su
lanza a Héctor, armado de bronce; pero el héroe, que
era muy experto en la guerra, cubriendo sus anchos

69
L Α 1 L I A D Α

hombros con un escudo de pieles de toro, estaba aten-


to al silbo de las flechas y al ruido de los dardos.
Bien conocía que la victoria se inclinaba del lado de
los enemigos, pero resistía aún y procuraba salvar a
sus compañeros queridos.
Como se va extendiendo una nube desde el Olimpo
al cielo, después de un día sereno, cuando Zeus prepara
una tempestad; así los teucros huyeron de las naves,
dando gritos, y ya no fué con orden como repasaron
el foso. A Héctor le sacaron de allí, con sus armas,
los corceles de ligeros pies; y el héroe desamparó la
turba de los teueros, a quienes detenía, mal de su
grado, el profundo foso. Muchos veloces corceles,
rompiendo los carros de los caudillos por el extremo
del timón, los dejaron en el mismo.—Patroclo iba
adelante, exhortando vehementemente a los dánaos y
pensando en causar daño a los teucros; los cuales,
una vez puestos en desorden, llenaban todos los ca-
minos huyendo con gran clamoreo; la polvareda llega-
ba a lo alto debajo de las nubes, y los solípedos ca-
ballos volvían a la ciudad desde las naves y las
tiendas. Patroclo, donde veía a los enemigos más des-
ordenados, allí se encaminaba vociferando; los guerre-
ros caían de bruces debajo de los ejes de sus carros, y
éstos volcaban con gran estruendo. Al llegar al foso,
los caballos inmortales que los dioses dieran a Héctor
como espléndido presente, lo salvaron de un salto, de-
seosos de seguir adelante; y cuando a Patroclo el ánimo
le llevó hacia Héctor para herirle, ya los veloces cor-
celes se le habían llevado. Como en el otoño descarga
una tempestad sobre la negra tierra, cuando Zeus
hace caer violenta lluvia, irritado contra los hombres
que en el foro dan sentencias inicuas y echan a la
justicia, no temiendo la venganza de los dioses; y los

61
H O M E R 0
ríos salon de madre y los torrentes cortan muchas
colinas, braman al correr desde lo alto de las monta-
fas al mar purpúreo y destruyen las labores del campo;
de semejante modo corrían las yeguas troyanas, dan-
do lastimeros relinchos.
Patroclo, cuando hubo separado de los demás ene-
migos a los que formaban las últimas falanges, les
obligó a volver hacia los bajeles, en vez de permitirles
que subiesen a Troya; y acometiéndoles entre las na-
ves, el río y el alto muro, los mataba para vengar a
muchos de los suyos. Entonces envasóle a Prónoo la
lanza en el pecho, donde éste quedaba sin defensa
al lado del escudo, y le dejó sin vigor los miembros:
el teucro cayó con estrépito. Luego acometió a Tés-
tor, hijo de Enope, que se hallaba encogido en el lus-
troso asiento y en su turbación había dejado que las
riendas se le fuesen de la mano: clavóle desde cerca la
lanza en la mejilla derecha, se la hizo pasar a través
de los dientes y lo levantó por cima del barandal. Co-
mo el pescador sentado en la roca saca del mar un
pez enorme, valiéndose de la cuerda y del anzuelo;
así Patroclo, alzando la reluciente lanza, sacó del ca-
rro a Téstor con la boca abierta y le arrojó de cara
al suelo; el teucro, al caer, perdió la vida.—Después
hirió de una pedrada en medio de la cabeza a Erialo,
que a acometerle venía, y se la partió en dos dentro
del fuerte casco: el teuero dió de manos en el suelo,
y le envolvió la destructora muerte.—Y sucesivamente
fué derribando en la fértil tierra a Erimas Anfótero,
Epaltes, Tiepolemo Damastórida, Equio, Pires, Ifeo,
Evipo y Polimelo Argéada.
Sarpedón, al ver que sus compañeros, de lorigas sin
cintura, sucumbían a manos de Patroclo Menetíada,
inerepó a los deiformes licios:

62
L Á y ἘΣ Α D Á
**¡Qué vergtionza, oh licios! ¿Adónde huís? Sed
esforzados. Yo saldré al encuentro de ese hombra,
para saber quién es el que así vence y tantos males
causa a los teucros, pues ya a muchos valientes les
ha quebrado las rodillas.??
Dijo; y saltó del carro al suelo sin dejar las armas.
A su vez Patroclo, al verlo, se apeó del suyo. Como
dos buitres de corvas uñas y combado pico riñen, dan:
do chillidos, sobre elevada roca; así aquéllos se aco-
metieron vociferando. Viólos el hijo del artero Cro-
nos, y compadecido, dijo a Hera, su hermana y es
posa:
““¡Ay de míl El hado dispone que Sarpedón, a
quien amo sobre todos los hombres, sea muerto por
Patroclo Menetíada. Entre dos propósitos vacila en
mi pecho el corazón: ¿lo arrebataré vivo de la luetuo-
sa batalla, para dejarlo en el opulento pueblo de la
Licia, o dejaré que sucumba a manos del Menetíada?””
Respondióle Hera veneranda, la de los ojos de buey:
“* ¡Terribilísimo Cronida, qué palabras proferiste! ¿Una
vez más quieres librar de la muerte horrísona*a ese
hombre mortal, a quien tiempo ha que el hado condenó
a morir? Hazlo, pero no todos los dioses te lo apro-
baremos. Otra cosa voy a decirte, que fijarás en la
memoria: piensa que si a Sarpedón le mandas vivo
a su palacio, algún otro dios querrá sacar a su hijo
del duro combate, pues muchos hijos de los inmortales
pelean en torno de la gran ciudad de Príamo, y hará:
que sus padres se enciendan en terrible ira. Pero si
Sarpedón te es caro y tu corazón le compadece, deja
que muera a manos de Patroclo en reñido combate;
y Cuando el alma y la vida le abandonen, ordena a
Tánato y al dulce Hipnos que lo lleven a la vasta
Lieia, para que sus hermanos y amigos le hagan exe-

63
Η O M E K O

quias y le erijan un túmulo y un cipo, que tales son


los honores debidos a los muertos.”
Así dijo. El padre de los hombres y de los dioses
no desobedeció, e hizo caer sobre la tierra sanguino-
lentas gotas para honrar al hijo amado, a quien Pa-
troclo había de matar en la fértil Troya, lejos de su
patria.
Cuando ambos héroes se hallaron frente a frente,
Patroclo arrojó la lanza, y acertaudo a dar en el
empeine del ilustre Trasimeles, escudero valeroso del
rey Sarpedón, dejóle sin vigor los miembros. Sarpe-
dón, acometió a su vez; y despidiendo la reluciente
lanza, erró el tiro; pero hirió en el hombro derecho
al corcel Pédaso, que relinchó mientras perdía el vital
aliento. El caballo cayó al polvo, y el espíritu abando-
nó su cuerpo. Forcejaron los otros dos bridones por
separarse, erujió el yugo y enredáronse las riendas a
causa de que el caballo lateral yacía en el polvo. Pero
Automedón, famoso por su lanza, halló el remedio:
desenvainando la espada de larga punta que llevaba
junto al fornido muslo, cortó apresuradamente los
tirantes del caballo lateral, y los otros dos se endereza-
ron y obedecieron a las riendas. Y los héroes volvieron
a acometerse con mortal encono.
Entonces Sarpedón arrojó otra reluciente lanza y
erró el tiro, pues aquélla pasó por cima del hombro
izquierdo de Patroclo sin herirle. Patroclo despidió la
suya y no en balde; ya que acertó a Sarpedón y le
hirió en el tejido que al denso corazón envuelve. Cayó
el héroe como la encina, el álamo o el elevado pino
que en el monte cortan con afiladas hachas los artí-
fices para hacer un mástil de navío; así yacía aquél,
tendido delante de los corceles y del carro, rechinándole
los dientes y cogiendo con las manos el polvo
ensangrentado. Como el rojizo y animoso toro, a quien

64
L Α 1 1, 1 Α D A

devora un león que se ha presentado en la vacada,


brama al morir entre las mandíbulas de la fiera; así
el caudillo de los licios escudados, herido de muerte
por Patroclo, se enfurecía; y llamando al compañero,
le hablaba de este modo:
“¡Caro Glauco, guerrero afamado! Ahora debes
portarte como fuerte y audaz luchador; ahora te ha
de causar placer la batalla funesta, si eres valiente.
Ve por todas partes, exhorta a los capitanes licios a
que combatan en torno de Sarpedón y defiéndeme tú
mismo con la pica. Seré para ti motivo constante de
vergúenza y oprobio si, sucumbiendo en el recinto
de las naves, los aqueos me despojan de la armadura.
Pelea, pues, denodadamente y anima a todo el ejér-
cito! ??
Así dijo; y el velo de la muerte se extendió por
sus ojos y su rostro. Patroclo, sujetándole el pecho
con el pie, le arrancó el asta; con ella siguió el co-
razón, y salieron a la vez la punta de la lanza y el
alma del guerrero. Y los mirmidones detuvieron los
corceles de Sarpedón, los cuales anhelaban y querían
huir desde que quedó vacío el carro de sus dueños.
Glauco sintió hondo pesar al oír la voz de Sarpedón;
se le turbó el ánimo porque no podía soecorrerle; y
apretándose con la mano el brazo herido por una
flecha que Teuero le tirara, cuando él asaltaba el mu-
ro y el aqueo defendía a los suyos, oró de esta suerte
al flechador Apolo:
“Oyeme, oh soberano, ya te halles en la opulenta
Licia, ya te encuentras en Troya; pues desde cual-
quier lugar puedes atenderal que está afligido como
lo estoy ahora. Tengo esta grave herida, padezco
agudos dolores en el brazo y la sangre no se seca; el
hombro se entorpece, y me es imposible manejar firme-
mente la lanza y pelear con los enemigos. Ha muerto

65
Η O H 1 R υ

un hombre fortísimo, Sarpedón, hijo de Zeus que ya


nia su prole defiende, Cúrame, oh soberano, la grave
herida, adormece mis dolores y dame fortaleza para
que mi voz anime a los licios a batallar y yo mismo
luche en defensa del cadáver.?”
Tal fué su plegaria. Oyóle Febo Apolo y en seguida
ecalmó los dolores, secó la negra sangre de la grave
herida e infundió valor en el ánimo del troyano.
Glauco, al notarlo, se holgó de que el gran dios hubiese
escuchado su ruego. En seguida fué por todas partes
y exhortó a los capitanes licios para que combatieran
en torno de Sarpedón. Después, encaminóse a paso
largo hacia los troyanos; buscó a Polidamas Pantoida,
al divino Agenor, a Eneas y a Héctor armado de
bronce; y deteniéndose cerca de log mismos, dijo es-
tas aladas palabras:
“¡Héctor! Te olvidas completamente de los aliados
que por ti pierden la vida lejos de los amigos y de
la patria, y ni socorrerles quieres. Yace en tierra
Sarpedón, el rey de los licios escudados, que con
su justicia y su valor gobernaba la Licia. El férreo
Ares lo ha matado con lo lanza de Patroclo. Oh
amigos, venid e indignaos en vuestro corazón: no
sea que los mirmidones le quiten la armadura e in-
sulten el cadáver, irritados por la muerte de los
dánaos a quienes hicieron perecer nuestras picas
junto a las veleras naves.??
Así se expresó. Los troyanos sintieron grande e
inconsolable pena, porque Sarpedón, aunque forastero,
era un baluarte para la ciudad; había llevado a la
misma muchos hombres y en la pelea los superaba
a todos. Con grandes bríos dirigiéronse aquéllos contra
los dánaos, y a su frente marchaba Héctor, irritado
por la muerte de Sarpedón. Y Patroclo Menetíada,

e5
L Α 1 L ᾧ Α D Á
de corazón valiente, animó a los aqueos; y dijo a
los Ayaces, que ya de combatir estaban deseosos;
**¡Ayaces! Poned empeño en rechazar al enemigo
y mostraos tan valientes como habéis sido hasta aquí
o más aún. Yace en tierra Sarpedón, el que primero
asaltó nuestra muralla. ¡Ah, si apoderándonos del
cadáver pudiésemos ultrajarle, quitarle la armadura
de los hombros y matar con el cruel bronce a algu-
no de los compañeros que lo defienden!...??”
En tales términos les habló, aunque ellos ya de-
seaban derrotar al enemigo. Y troyanos y licios por
una parte y mirmidones y aqueos por otra, cerraron
las falanges, vinieron a las manos y empezaron a
pelear con horrenda gritería en torno del cadáver.
Crujían las armaduras de los guerreros, y Zeus cubrió
con una dañosa obscuridad la reñida contienda, para
que produjese mayor estrago el combate que por el
cuerpo de su hijo se empeñaba.
En un principio, los teucros rechazaron a los aqueos,
de ojos vivos, porque fué herido un varón que no
era ciertamente el más cobarde de los mirmidones:
el divino Epigeo, hijo de Agacles magnánimo; el
cual reinó en otro tiempo en la populosa Budeón;
luego, por haber dado muerte a su valiente primo,
se presentó como suplicante a Peleo y a Tetis, la
de argentados pies, y ellos le enviaron con Aquiles
a ITlión, abundante en hermosos corceles, para que
combatiera contra los troyanos. Epigeo echaba mano
al cadáver cuando el esclarecido Héctor le dió una
pedrada en la cabeza y se la partió en dos dentro
del fuerte casco: el guerrero cayó boca abajo sobre
el cuerpo de Sarpedón, y la destructora muerte lo
envolvió. Apesadumbróse Patroclo por la pérdida del
eompañero y atravesó al instante las primeras filas,

67
H O M E R O
como el veloz gavilán persigue a unos grajos o es-
torninos; de la misma manera acometiste, oh hábil
jinete Patroclo, a los licios y troyanos, airado en tu
corazón por la muerte del amigo. Y cogiendo una
piedra, hirió en el cuello a Estenelao, hijo querido
de Itémenes, y le rompió los tendones. Retrocedieron
los combatientes delanteros y el esclarecido Héctor.
Cuanto espacio recorre el dardo que lanza un hombre,
ya en el juego para ejercitarse, ya en la guerra
contra los enemigos que la vida quitan; otro tanto
se retiraron los teucros, cediendo al empuje de los
aqueos. Glauco, capitán de los escudados licios, fué
el primero que volvió la cara y mató al magnánimo
Baticleo, hijo amado de Calcón, que tenía su casa
en la Hélade y se señalaba entre los mirmidones por
sus bienes y riquezas: escapábase Glauco, y Baticleo
iba a darle alcance, cuando aquél se volvió repenti-
namente y le hundió la pica en medio del pecho.
Baticleo cayó con estrépito, los aqueos sintieron hon-
do pesar por la muerte del valiente guerrero, y los
teucros, muy alegres, rodearon en tropel el cacóáver;
pero los aqueos no dejaron de mostrar su impetuoso
valor y arremetieron denodadamente al enemigo. En-
tonces Meriones mató a un combatiente teucro, a
Laogón, esforzado hijo de Onétor y sacerdote de Zeus
Ideo, a quien el pueblo veneraba como a un dios:
hirióle debajo de la quijada y de la oreja, la vida
huyó de los miembros del guerrero, y la obscuridad
horrible le envolvió. Eneas arrojó la broncínea lanza,
con el propósito de herir a Meriones, que se adelantaba
protegido por el escudo. Pero Meriones la vió venir
y evitó el golpe inclinándose hacia adelante: la in-
gente lanza se clavó en el suelo detrás de él y el
regatón temblaba; pero pronto la impetuosa arma

68
L A 1 L I A D A
perdió su fuerza. Penetró, pues la vibrante punta
en la tierra, y la lanza fué echada en vano por el
robusto brazo. Eneas, con el corazón irritado, dijo:
“*¡Meriones! Aunque eres un ágil saltador, mi
lanza te habría apartado para siempre del combate
si te hubiese herido.?”?
Respondióle Meriones, célebre por su lanza:
“¡Eneas! Difícil te será, aunque seas valiente, ani-
quilar la fuerza de cuantos salgan a pelear contigo.
También tú eres mortal. Si lograra herirte en medio
del cuerpo con el agudo bronce, en seguida, a pesar
de tu vigor y de la confianza que tienes en tu brazo,
me darías gloria y a Edes, el de los famosos corceles,
6]: alma.??”
Así dijo; y el valeroso hijo de Menetio le re-
prendió, diciendo: “*¡Meriones! ¿Por qué, siendo va-
liente, te entretienes en hablar así? ¡Oh amigo! Con
palabras injuriosas no lograremos que los teucros
dejen el cadáver; preciso será que alguno de ellos
baje antes al seno de la tierra. Las batallas se ganan
con los puños, y las palabras sirven en las juntas.
Conviene, pues, no hablar, sino combatir.??
Dijo, echó a andar y siguióle Meriones, varón igual
a un dios. Como el estruendo que se produce en
la espesura de un monte y ss deja oír a lo lejos,
cuando los hombres hacen leña; tal era el estré-
pito que se elevaba de la tierra espaciosa al
ser golpeados el bronce, el cuero y los escudos de
pieles de buey por las espadas y las lanzas de doble
filo. Y ya ni un hombre perspicaz hubiera conocido
al divino Sarpedón, pues los dardos, la sangre y el
polvo lo cubrían desde los pies a la cabeza. Agitá-
banse todos alrededor del cadáver como en la pri-
mavera zumban las moscas en 9] “8010 por cima

69 4—IT
Η O M E R 0)
de las escudillas, cuando los tarros rebosan de leche: de
igual manera bullían aquélios en torno del muerto.
Zeus no apartaba los refulgentes ojos de la dura
contienda; y contemplando a los guerreros, revolvía
en su ánimo muchas cosas acerca de la muerte de
Patroclo: vacilaba entre si el esclarecido Héctor
debería matar con el bronce a Patroclo sobre Sar-
pedón, igual a un dios, y quitarle la armadura de
los hombros, o convendría extender la terrible pelea.
Y considerando como lo más conveniente que el
bravo escudero de Aquiles Pelezda hiciera arredrgr a
los teucros y a Héctor, armado de bronce, hacia la
ciudad y quitara la vida a muchos guerreros, comenzó
por infundir timidez en Héctor, el cual subió al carro,
se puso en fuga y exhortó a los demás teucros a que
huyeran, porque había conocido hacia qué lado se
inclinaba la balanza sagrada de Zeus. Tampoco los
fuertes licios osaron resistir, y huyeron todos al ver
a su rey herido en el corazón y echado en un mon-
tón de cadáveres; pues cayeron muchos hombres a su
alrededor cuando el Cronión avivó el duro combate.
Los aqueos quitáronle a Sarpedón la reluciente ar-
madura de bronce y el esforzado hijo de Menetio la
entregó a sus compañeros para que la llevaran a las
cóncavas naves. Y entonces Zeus, que amontona las nu-
bes, dijo a Apolo: E
““¡Ea, querido Febo! Ve y después de sacar a
Sarpedón de entre los dardos, límpiale la negra san-
gre; condúcele a un sitio lejano y lávale en la co-
rriente de un río; úngele con ambrosía, ponle vesti-
duras divinas y entrégalo a los veloces conductores
y hermanos gemelos: Hipnos y Tánato. Y éstos,
transportándolo con presteza, lo dejarán en el rico
pueblo de la vasta Licia. Allí sus hermanos y amigos

70
L A I L Ι Α D A
le harán exequias y le erigirán un túmulo y un cipo,
que tales son los honores debidos a los muertos.??”
Así dijo, y Apolo no desobedeció a su padre. Des-
cendió de los montes ideos a la terrible batalla, y
en seguida, levantó al divino Sarpedón de entre los
dardos, y conduciéndole a un sitio lejano, lo lavó
en la corriente de un río; ungiólo con ambrosía,
púsole vestiduras divinas y entrególo a los veloces
conductores y hermanos gemelos: Hipnos y Tánato.
Y éstos, transportándolo con presteza, lo dejaron en
el rico pueblo de la vasta Licia.
Patroclo animaba a los corceles y a Automedón
y perseguía a los troyanos y licios, y con ello se
atrajo un gran infortunio. ¡Insensato! Si se hubiese
atenido a la orden del Peleida, se hubiera visto libre
de la funesta Ker, de la negra muerte. Pero siempre
el pensamiento de Zeus es más eficaz que el de los
hombres (aquel dios pone en fuga al varón esforzado
y le quita fácilmente la victoria, aunque él mismo
le haya incitado a combatir), y entonces alentó el
ánimo en el pecho de Patroclo.
¿Cuál fué el primero y cuál el último que mataste,
oh Patroclo, cuando los dioses te llamaron a la
muerte?
Fueron primeramente Adrasto, Autónoo, Equeclo,
Périmo Mégada, Epístor y Melanipo; y después, Ela-
s0, Mulio y Pilartes. Mató a éstos, y los demás se
dieron a la fuga.
Entonces los aqueos habrían tomado a llión, la
de altas puertas, por las manos de Patroclo, que
manejaba con gran furia la lanza, si Febo Apolo
no se hubiese colocado en la bien construída torre
para dañar a aquél y ayudar a los teucros. Tres
veces encaminóse Patroclo a un ángulo de la elevada

71
Η O M E R O
muralla; tres veces rechazóle Apolo, agitando con
sus manos inmortales el refulgente escudo. Y cuando,
semejante a un dios, atacaba por cuarta vez, incre-
póle la deidad con aterradoras voces:
'»¡Retírate, Patroclo de divino linaje! El hado no
ha dispuesto que la ciudad de los altivos troyanos
sea destruída por tu lanza, ni por Aquiles, que tanto
te aventaja.??
Así dijo, y Patroclo retrocedió un gran trecho,
para no atraerse la cólera del flechador Apolo.
Héctor se hallaba con el carro y los corceles en
las puertas Esceas, y estaba indeciso entre guiarlos
de nuevo hacia la turba y volver a combatir, o
mandar a voces que las" tropas se refugiasen en el
muro. Mientras reflexionaba sobre esto, presentósele
Febo Apolo, que tomó la figura del valiente joven
Asio, el cual era tío materno de Héctor, domador
de caballos, hermano carnal de Hécuba e hijo de
TDimanto, y habitaba en la Frigia, junto a la ceo-
rriente del Sangario. Así transfigurado, exclamó Apo-
lo, hijo de Zeus:
“¡Héctor! ¿Por qué te abstienes de combatir? No
debes hacerlo. Ojalá te superara tanto en bravura,
cuanto te soy inferior: entonces te sería funesto el
retirarte de la batalla. Mas, ea, guía los corceles
de duros cascos hacia Patroclo, por si puedes ma-
tarlo y Apolo te dará gloria.”?”
El dios, cuande esto hubo dicho, volvió a la ba-
talla. El esclarecido Héctor mandó a Cebrión que
picara a los corceles y los dirigiese a la pelea; y
Apolo, entrándose por la turba, suscitó entre los
dánaos funesto tumulto y dió gloria a Héctor y a los
teucros. Héctor dejó entonces a los demás dánaos, sin
que intentara matarlos, y enderezó a Patroclo los

12
L A I L 1 Α D ΔΑ
caballos de duros cascos. Patroclo, ἃ su vez, saltó
del carro a tierra con la lanza en la izquierda; cogió
con la diestra una piedra blanca y erizada de puntas
que le llenab$ la mano; y estribando en el suelo, la
arrojó, hiriendo en seguida a un combatiente, pues
el tiro no resultó vano: dió la pedrada en la frente
de Cebrión, auriga de Héctor, que era hijo bastardo
del ilustre Príamo y entonces gobernaba las riendas
de los caballos. La piedra se llevó ambas cejas; el
hueso tampoco resistió; los ojos cayeron en el polvo
a los pies de Cebrión; y éste, cual si fuera un buzo,
cayó del asiento bien construído, porque la vida
huyó de sus miembros. Y burlándote de él, oh ea-
ballero Patroclo, exclamaste:
““¡Oh dioses! ¡Muy ágil es el teucro! ¡Cuán fácil-
mente salta a manera de un buzo! Si se hallara en el
ponto, en peces abundante, ese hombre saltaría de
la nave aunque el mar estuviera tempestuoso y po-
dría saciar a muchas personas con las ostras que
pescara. ¡Con tanta facilidad ha dado la voltereta
del carro a la llanura! Es indudable que también los
troyanos tienen buzos.?”
Dijo, y corrió hacia el héroe con la impetuosidad
de un león que devasta los establos hasta que es
herido en el pecho y su mismo valor le mata; de la
misma manera, oh Patroclo, te arrojaste enardecido
sobre Cebrión. Héctor, por su parte, saltó del carro
al suelo sin dejar las armas. Y entrambos luchaban
en torno de Cebrión, como dos hambrientos leones
que en el monte pelean furiosos por el cadáver de
una cierva; así los dos aguerridos campeones, Pa-
troclo Menetíada y el esclarecido Héctor, deseaban
herirse el uno al otro con el cruel bronte. Héctor,
había cogido al muerto por la cabeza y no lo soltaba;

73
Η Ο M LD R O
Patroclo lo asía de un pie, y los demás teucros y
dánaos sostenían encarnizado combate.
Como el Euro y el Noto contienden en la espesura de
un monte, agitando la poblada selva, y los largas ramas
de los fresnos, encinas y cortezudos cornejos chocan
entre sí con inmenso estrépito, y se oyen los erujidos
de las que se rompen; de semejante modo' teucros
y aqueos se mataban, sin acordarse de la perniciosa
fuga. Alrededor de Cebrión se elavaron en tierra
muchas agudas lanzas y aladas flechas que saltaban
de los arcos; buen número de grandes piedras herían
los escudos de los combatientes; y el héroe yacía en
el suelo, sobre un gran espacio, envuelto en un tor-
bellino de polvo y olvidado del arte de guiar los
Carros.
Hasta que el sol hubo recorrido la mitad del cielo,
los tiros alcanzaban por igual a unos y a otros, y
los hombres caían. Cuando aquél se encaminó al
ocaso, los aqueos eran vencedores, contra lo dispuesto
por el destino; y habiendo arrastrado el cadáver del
héroe Cebrión fuera del alcance de los dardos y
del tumulto de los teucros, le quitaron la armadura
de los hombros. i
Patroclo acometió furioso a los teueros: tres veces
los atacó, cual otro Ares, dando horribles voces;
tres veces mató nueve hombres. Y cuando, semejante
a un dios, arremetiste, oh Patroclo, por cuarta vez,
vióse claramente que ya llegabas al término de tu
vida, pues el terrible Febo salió a tu encuentro en
el duro combate. Mas Patroclo no vió al dios; el
cual, cubierto por densa nube, atravesó la turba,
se le puso detrás, y alargando la mano, le dió un
golpe en la espalda y en los anchos hombros. Al
punto los ojos del héroe sufrieron vértigos. Febo

74
L Α 1 L 1 A D A
Apolo le quitó de la cabeza el casco con agujeros a
guisa de ojos, que rodó con estrépito hasta los pies
de los caballos; y el penacho se manchó de sangre
y polvo. Jamás aquel casco adornado con crines de
caballo, se había manchado cayendo en el polvo,
pues protegía la cabeza y hermosa frente del divino
Aquiles. Entonces Zeus permitió también que lo lle-
vara Héctor, porque ya la muerte se iba acercando
a este caudillo. A Patroclo se le rompió en la mano
la pica larga, ponderosa, grande, fornida, armada
de bronce; el ancho escudo y su correa cayeron al
suelo, y Apolo desató la coraza que aquél llevaba.
El estupor se apoderó del espíritu del héroe, y sus
hermosos miembros perdieron la fuerza. Patroclo se
detuvo atónito, y entonces clavóle aguda lanza en
la espalda, entre los hombros, el dárdano Euforbo
Pantoida; el cual aventajaba a todos los de su edad
en el manejo de la pica, en el arte de guiar un
carro y en la veloz carrera, y la primera vez que
se presentó con su carro para aprender a combatir,
derribó a veinte guerreros de sus carros respectivos.
Este fué, oh caballero Patroclo, el primero que con-
tra ti despidió su lanza, pero aún no te hizo sucumbir.
Euforbo arrancó la lanza de fresno; y retrocediendo,
se mezcló con la turba, sin esperar a Patroclo, aunque
le viera desarmado; mientras éste, vencido por el
golpe del dios y la lanzada, retrocedía al grupo de sus
compañeros para evitar la muerte.
Cuando Héctor advirtió que el magnánimo Patro-
clo se alejaba y que lo habían herido con el
agudo bronce, fué en su seguimiento, por entre las
filas, y le envasó la lanza en la parte inferior del
vientre, que el hierro pasó de parte a parte; y el
héroe cayó con estrépito, causando gran aflicción

75
H O M y " Ὁ
al ejército aqueo. Como el león acosa en la lucha al
indómito jabalí cuando ambos pelean arrogantes en
la cima de un monte por un escaso manantial donde
quieren beber, y el león vence con su fuerza al
jabalí, que respira anhelante; así Héctor Priámida
privó de la vida, hiriéndole con la lanza, al esforzado
hijo de Menetio, que a tantos había dado muerte.
Y blasonando del triunfo, profirió estas aladas pa-
labras: :
““¡Patroclo! Sin duda esperabas destruir nuestra
ciudad, hacer cautivas a las mujeres troyanas y lle-
vártelas en los bajeles a tu patria. ¡Insensato! Los
veloces caballos de Héctor vuelan al combate para
defenderlas; y yo, que en manejar la pica sobre-
salgo entre los belicosos teucros, aparto de los míos
el día de la servidumbre; mientras que a ti te co-
merán los buitres. ¡Ah, infeliz! Ni Aquiles, con ser
valiente, te ha socorrido. Cuando saliste de las naves,
donde él se ha quedado, debió de hacerte muchas
recomendaciones y hablarte de este modo: no vuel-
vas a las cóncavas naves, caballero Patroclo, antes
de haber roto la coraza que envuelve el pecho de Hée-
tor, teñida en sangre. Así te dijo, sin duda; y tú,
oh necio, te dejaste persuadir?”
Con lánguida voz le respondiste, caballero Patro-
clo: **¡Héctor! Jáctate ahora con altaneras palabras,
ya que te han dado la victoria el Cronida y Apolo;
los cuales me vencieron fácilmente, quitándome la
armadura de los hombros. Si veinte guerreros como
tú me hubiesen hecho frente, todos habrían muerto
vencidos por mi lanza. Matóme la Moira violenta,
valiéndose del hijo de Leto y de Euforbo entre los hom-
bres; y tú llegas el tercero, para despojarme de las
armas. Otra cosa voy a decirte, que fiajarás en la me-

16
L á 1 L 1 Á D γι
moria: Tampoco tú has de vivir largo tiempo, pues
la muerte y el hado cruel se te acercan, y sucumbirás
a manos del eximio Aquiles, descendiente de 800.
Apenas acabó de hablar, la muerte le cubrió con
su manto: el alma voló de los miembros y descendió
a la mansión de Edes, llorando su suerte porque
dejaba un cuerpo vigoroso y joven. Y el esclarecido
Héctor le dijo, aunque ya muerto le viera:
“f¡Patroclo! ¿Por qué me profetizas una muerte
terrible? ¿Quién sabe si Aquiles, hijo de Tetis, la
de hermosa cabellera, no perderá autes la vida, herido
por mi lanza???”
Dichas estas palabras, puso un pie sobre el cadáver,
arrancó la broncínea lanza, y lo tumbó de espaldas.
Inmediatamente dirigióse, lanza en mano, hacia Au-
tomedón, el divino servidor del Jiácida, de pies
ligeros; pero los veloces caballos inmortales que a
Peleo dieran los dioses como espiéndido presente, lo
sacaban ya de la batalla.
Los griegos y los teucros combaten alrededor del cadáyer
de Patroclo

RAPSODIA DECIMOSEPTIMA

O
¡dejó de advertir el Atrida
Menelao, caro a Ares, que Pa-
troclo había sucumbido en la
lid a manos de los teucros; y,
armado de luciente bronce, se
abrió camino por los comba-
tientes delanteros y empezó a
moverse en torno del cadáver
para defenderlo. De la suerte que la vaca primeriza da
vueltas alrededor de su becerrillo, mugiendo tiernamen-
te, como no acostumbrada a parir; de la misma manera
bullía el rubio Menelao cerca de Patroclo. Y colo-
cándose delante del muerto, enhiesta la lanza y
embrazado el escudo, aprestábase a matar a quien
se le opusiera. Tampoco Euforbo, el hábil lancero
hijo de Panto, se descuidó al ver en el suelo al
eximio Patroclo; sino que se detuvo a su vera y
dijo a Menelao, caro a Ares:

79
Η 0 M E E O
** ¡Menelao Atrida, amado de Zeus, príncipe de
hombres! Retírate, suelta el cadáver y desampara
estos sangrientos despojos; pues, en la reñida pelea,
ninguno de los troyanos ni de los auxiliares ilustres
envasó su lanza a Patroclo antes que yo lo hiciera.
Déjame alcanzar inmensa gloria entre los teucros.
No sea que, hiriéndote, te quite la dulce vida.”?
Respondióle muy indignado el rubio Menelao: ““¡Pa-
dre Zeus! No es bueno que nadie se vanagloríe con
tanta soberbia. Ni la pantera, ni el león, ni el dañino
jabalí que tienen gran ánimo en el pecho y están
orgullosos de su fuerza, se presentan tan osados como
los hábiles lanceros hijos de Panto. Pero el fuerto
Hiperenor, domador de caballos, no siguió gozando
de su juventud cuando me aguardó, después de inju-
riarme diciendo que yo era el más cobarde de los
guerreros dánaos; y no creo que haya podido volver
con gus pies a la patria, para regocijar a su esposa
y a sus venerandos padres. Del mismo modo te quitaré
la vida a ti, si osas afrontarme, y te aconsejo que
vuelvas a tu ejército y no te pongas delante; pues
el necio sóio conoce el mal cuando ha llegado.??
Así habló, sin persuadir a Euforbo, que contestó
diciendo: *“Menelao, alumno de Zeus, ahora pagarás
la muerte de mi hermano, de que tanto te jactas.
Dejaste viuda a su mujer en el reciente tálamo;
causaste a nuestros padres llanto y dolor profundo.
Yo conseguiría que aquellos infelices cesaran de llo-
rar, si llevándome tu cabeza y tus armas, las pusiera
en. las manos de Panto y de la divina Frontis. Pero
no se diferirá mucho tiempo el combate, ni quedará
sin decir quién haya de ser el vencedor y quién el
vencido. ??
Dicho esto, dió un bote en el escudo liso del Atrida;

80
ΠΡ ΠΑ A
pero no pudo romper el bronce, porque la punta se
torció al chocar con el fuerte escudo. Menelao Atri-
da acometió, a su vez, con la pica, orando al padre
Zeus; y al ir Euforbo a retroceder, se la clavó en
la parte inferior de la garganta, empujó el asta con la
robusta mano y la punta atravesó el delicado cuello.
Euforbo cayó con estrépito, resonaron sus armas y
se mancharon de sangre sus cabellos, semejantes a
los de las Kárites, y los rizos, que llevaba sujetos
con anillos de oro y plata. Cual frondoso olivo que
plantado por el labrador en un lugar solitario donde
abunda el agua, crece hermoso, es mecido por vientos
de toda clase y se cubre de blancas flores; y viniendo
de repente el huracán, lo arranca de la tierra y lo
tiende en el suelo; así Menelao Atrida dió muerte
a Euforbo, hijo de Panto y hábil lancero, y en
seguida comenzó a quitarle la armadura.
Como un montaraz león, confiado en su fuerza,
coge del rebaño que está paciendo la mejor vaca, le
rompe la cerviz con los fuertes dientes, y despeda-
zándola, traga la sangre y las entrañas; y así los
perros como los pastores gritan mucho a su alrededor,
pero de lejos, sin atreverse a ir contra la fiera porque
el pálido temor los domina; de la misma manera ningu-
no tuvo ánimo para salir al encuentro del glorioso
Menelao. Y el Atrida se habría llevado fácilmente las
magníficas armas de Euforbo, si no lo hubiese impedido
Febo Apolo; el cual, tomando la figura de Mentes,
- caudillo de los cicones, suscitó contra aquél a Héctor,
igual al veloz Ares, con estas aladas palabras:
“¡Héctor! Tú corres ahora tras lo que no se puede
alcanzar: los eorceles del aguerrido Eácida. Difícil
es que nadie los sujete y sea por ellos llevado, fuera
de Aquiles, que tiene una madre inmortal. Y en

81
H 0) M E R 0
tanto, el belígero Menelao Atrida, que defiende el
cadáver de Patroclo, ha muerto a uno de los más
esforzados teucros, a Euforbo, hijo de Panto, aca-
bando con el impetuoso valor de este caudillo.??
El dios, habiendo hablado así, volvió a la batall:u
Héctor sintió profundo dolor en las negras entrañas,
ojeó las hileras y vió en seguida al Atrida que des-
pojaba de la armadura a Euforbo, y a éste tendido
en el suelo y vertiendo sangre por la herida. Presuro-
so, armado como se hallaba de luciente bronce y dan-
do agudos gritos, abrióse paso entre los combatientes
delanteros cual si fuese una llama inextinguible encen-
dida por Hefestos. El hijo de Atreo gimió al oír las
voces, y a su magnánimo espíritu así le dijo:
““¡Ay de mí! Si abandono estas magníficas armas
y a Patroclo, que por vengarme yace aquí tendido,
temo que se irritará cualquier dánao que lo presencie,
Y si por vergúenza peleo con Héctor y los teucros,
como ellos son muchos y yo estoy solo, quizás me
cerquen; pues Héctor, de tremolante casco, trae aquí
a todos los troyanos. Mas ¿por qué el corazón me
hace pensar en tales cosas? Cuando, oponiéndose a
la divinidad, el hombre lucha con un guerrero pro-
tegido por algún dios, pronto le sobreviene grave
daño. Así, pues, los dánaos no se irritarán conmigo
porque me vean ceder a Héctor, que combate am-
parado por las deidades. Pero si a mis oídos llegara
la voz de Ayax, valiente en la pelea, volvería aquí
con él y sólo pensaríamos en lidiar, aunque fuese
contra un dios, para ver si lográbamos arrastrar el
cadáver y entregarlo al Peleida Aquiles. Sería esto lo
mejor para hacer llevaderos los presentes males.”??
Mientras tales pensamientos revolvía en su mente
y en su corazón, llegaron las huestes de los teucros,

82
L Á 1 L 1 A D Á
capitaneadas por Héctor. Menelao dejó el cadáver y
retrocedió, volviéndose de cuando en cuando. Como
el melenudo león a quien alejan del establo los
canes y los hombres con gritos y venablos, siente
que el corazón audaz se le encoge y abandona de
mala gana el redil; de la misma suerte apartábase
de Patroclo el rubio Menelao; quien, al juntarse con
sus amigos, se detuvo, volvió la cara a los teucros
y buscó con los ojos al gran Ayax, hijo de Telamón.
Pronto le distinguió a la izquierda de la batalla,
donde animaba a sus compañeros y les incitaba a
pelear, pues Febo Apolo les había infundido un gran
terror. Corrió a encontrarle; y poniéndose a su lado,
le dijo estas palabras:
““¡Ayax! Ven, amigo; apresurémonos a combatir
por Patroeclo muerto, y quizás podamos llevar a Aqui-
leg el cadáver desnudo, pues las armas las tiene
Héctor, de tremolante casco.?”
Así dijo; y conmovió el corazón del aguerrido Ayax,
que atravesó al momento las primeras filas junto con
el rubio Menelao. Héctor había despojado a Patroelo
de las magníficas armas y se lo llevaba arrastrando,
para separarle con el agudo bronce la cabeza de los
hombrosy entregar el cadáver a los perros de Troya.
Pero acercósele Ayax con su eseudo como una torre;
y Héctor, retrocediendo, llegó al grupo de sus amigos,
saltó al carro y entregó las magníficas armas a los
troyanos para que las llevaran a la ciudad, donde
habían de proporcionarle inmensa gloria. Ayax cubrió
con su gran escudo al hijo de Menetio y se mantuvo
firme. Como el león anda en torno de sus cachorros
cuando llevándolos por el bosque le salen al encuen-
tro los cazadores, y haciendo gala de su fuerza, baja
los párpados y cierra los ojos; de aquel modo corría

83
gl 0) M E R 0
Ayax alrededor del héroe Patroclo. En la parte opues-
ta hallíbase Menelao, caro a Ares, en cuyo pecho el
dolor iba ereciendo. ;
Glauco, hijo de Hipóloco, caudillo de los licios,
dirigió entonces la torva faz a Héctor, y le increpó
con estas palabras:
£*¡Héctor, el de más hermosa figura, muy falto
estás del valor que la guerra exige! Inmerecida es
tu buena fama, cuando solamente sabes huír. Piensa
cómo en adelante defenderás la ciudad y la ciuda-
dela, solo y sin más auxilio que los hombres nacidos
en llión. Ninguno de los licios ha de pelear ya con.
los dánaos en favor de la ciudad, puesto que para
nada se agradece el batallar siempre y sin descanso
contra el enemigo. ¿Cómo, oh cruel, salvarás en la
turba a un obscuro combatiente, si dejas que Sarpe-
dón, huésped y amigo tuyo, llegue a ser presa y
botín de los argivos? Mientras estuvo vivo, prestó
grandes servicios a la ciudad y a ti mismo; y ahora
no te atreves a apartar de su cadáver a los perros.
Por esto, si los licios me obedecieren, volveríamos
a nuestra patria, y la ruina más espantosa amena-
zaría a Jlión. Mas, si ahora tuvieran los troyanos el
valor audaz e intrépido que suelen mostrar los que
por la patria sostienen contiendas y luchas con los
enemigos, pronto arrastraríamos el cadáver de Pa-
troclo hasta llión. Y en seguida que el cuerpo de
éste fuera retirado del campo y conducido a la gran
ciudad de Príamo, los argivos nos entregarían, para
rescatarlo, las hermosas armas de Sarpedón, y tam-
bién podríamos llevar a Jlión el cadáver del héroe;
pues Patroclo fué escudero del argivo más valiente
que hay en las naves, como asimismo lo son sus tro-
pas, que combaten cuerpo a cuerpo. Pero tú no osaste

84
1, Α 1 L ] Α D Á

esperar al magnánimo Ayax, ni resistir su mirada


en la lucha, ni pugnar con él, porque te aventaja en
fortaleza. ??
Mirándolo con torva faz, respondió Héctor, de tre-
molante casco: “*¡Glauco! ¿Por qué, siendo cual eres,
hablas con tanta soberbia? ¡Oh dioses! Te tenía por
el hombre de más seso de cuantos viven en la fértil
Licia, y ahora he de reprenderte por lo que pensaste
y dijiste al asegurar que no puedo sostener la aco-
metida del ingente Ayax. Nunca me espantó la ba-
talla, ni el ruido de los caballos; pero siempre el
pensamiento de Zeus, que lleva la égida, es más eficaz
que el de los hombres, y el dios pone en fuga al
varón esforzado y le quita fácilmente la victoria,
aunque él mismo le haya incitado a combatir. Mas,
ea, ven acá, amigo, ponte a mi lado, contempla mis
hechos, y verás si seré cobarde en la batalla, aunque
dure todo el día, y sí haré que alguno de los dánaos,
a pesar de su ardimiento y valor, cese de defender
el cadáver de Patroclo.??
Cuando así hubo hablado, exhortó a los teucros,
dando grandes voces: “*¡Troyanos, licios, dárdanos
que cuerpo a cuerpo peleáis! Sed hombres, amigos,
y mostrad vuestro impetuoso valor, mientras visto
las armas hermosas del eximio Aquiles, de que des-
pojé al fuerte Patroclo después de matarle.?”
Dichas estas palabras, Héctor, de tremolante casco,
salió de la funesta lid, y corriendo con ligera planta,
aleanzó pronto y no muy lejos a sus amigos que
llevaban hacia la ciudad las magníficas armas del
hijo de Peleo. Allí, fuera del luctuoso combate, se
detuvo y cambió de armadura: entregó la propia a
los belicosos troyanos, para que la dejaran en la
sacra llión, y vistió las armas divinas de Aquiles,

85 5.--IT
q 0) M E R O
que los dioses dieran a Peleo, y óste, ya anciano,
cedió a su hijo, quien no había de usarlas tanto
tiempo que, llevándolas, llegara a la vejez.
Cuando Zeus, que amontona las nubes, vió que
Héctor vestía las armas del divino Peleida, moviendo
la cabeza, habló consigo mismo y dijo:
““¡Ah mísero! No piensas en la muerte, que ya se
halla cerca de ti, y vistes las armas divinas de un
hombre valentísimo a quien todos temen. Has muerto
a su amigo, tan bueno como fuerte, y le has quitado
ignominiosamente la armadura de la cabeza y de los
hombros. Mas todavía dejaré que alcances una gran
victoria como compensación de que Andrómaca no
recibirá de tus manos, volviendo tú del combate,
las magníficas armas del hijo de Peleo.??
Dijo Zeus, y bajó las cerúleas cejas en señal de
asentimiento. La armadura de Aquiles le vino bien a
Héctor; apoderóse de éste un terrible furor bélico,
y sus miembros se vigorizaron y fortalecieron; y el
héroe, dando recias voces, enderezó sus pasos a los
aliados ilustres y se les presentó con las resplande-
cientes armas del magnánimo Peleida. Acercóse a
cada uno de sus capitanes para animarlos—a Mestles,
Glauco, Medón, Tersíloco, Asteropeo, Disenor, Hipó-
too, Forcis, Cromio y el augur Enomo—y los instigó
con estas aladas palabras:
¿£¡Oíd, tribus innúmeras de aliados que habitáis
alrededor de Troya! No ha sido por el deseo ni por
la necesidad de reunir una muchedumbre por lo que
os he traído de vuestras ciudades; sino para que de-
fendáis animosamente de los belicosos aqueos a las
esposas y a los tiernos infantes de los troyanos. Con
esta idea abrumo a mi pueblo y le exijo dones y
víveres para excitar vuestro valor. Ahora cada une

86
L A ͵ L ] Α D Α

haga frente y embista al enemigo, ya muera, ya 80


salve; que tales son los lances de la guerra. Al que
arrastre el cadáver de Patroclo hasta las filas de los
troyanos, domadores de caballos, y haga ceder a
Ayax, le daré la mitad de los despojos, reservándome
la otra mitad, y su gloria será tan grande como la
miai?”?
Así habló. Todos arremetieron con las picas levan-
tadas y cargaron sobre los dánaos, pues tenían gran-
des esperanzas de arrancar el cuerpo de Patroclo
de las manos de Ayax Telamonio. ¡Insensatos! Sobre
el mismo cadáver, Ayax hizo perecer a muchos de
ellos. Y este héroe dijo entonces a Menelao, valiente
en la pelea:
““¡Oh amigo, Menelao, amado de Zeus! Ya no
espero que salgamos econ vida de esta batalla. Ni
temo tanto por el cadáver de Patroclo, que pronto
saciará en lIlión a los perros y aves de rapiña, cuanto
por tu cabeza y por la mía; pues el nublado de la
guerra, Héctor, todo lo cubre, y a nosotros nos espera
una muerte eruel, Ea, llama a los más valientes
dánaos, por si alguno te oye.??
Así se expresó. Menelao, valiente en la pelea, no
fué desobediente; y alzando recio la voz, dijo a los
dánaos:
““¡Oh amigos, capitanes y príncipes de los argivos;
los que bebéis en la tienda de los Atridas Agamenón
y Menelao el vino que el pueblo paga, mandáis las
tropas y os viene de Zeus el honor y la gloria! Me
es difícil ver a cada uno de los caudillos. ¡Tan grande
es el combate que aquí se ha empeñado! Pero acer-
caos vosotros, indignándoos en vuestro corazón de
que Patroclo llegue a ser juguete de los perros tro-
yanos.??

87
H O M E R O
Tales fueron sus palabras. Oyóle en seguida el
veloz Ayax de Oileo, y acudió antes que nadie, corrien-
do a través del campo. Siguiéronle Idomeneo y su es-
cudero Meriones, igual al homicida Ares. ¿Y quién
podría retener en la memoria y decir los nombres
de cuántos aqueos fueron llegando para reanimar la
pelea?
Los teucros acometieron apiñados, con Héctor a su
frente. Como en la desembocadura de un río que las
celestiales lluvias alimentan, las ingentes olas chocan
bramando contra la corriente del mismo, refluyen al
mar y las altas orillas resuenan en torno; con una
gritería tan grande marchaban los teucros. Mientras
tanto, los aqueos permanecían firmes alrededor del
cadáver del hijo de Menetio, conservando el mismo
ánimo y defendiéndose con los escudos de bronce;
y Zeus rodeó de espesa niebla sus relucientes cascos,
porque nunca había aborrecido al hijo de Menetio
mientras vivió y fué servidor de Aquiles, y entonces
veía con desagrado que el cadáver pudiera llegar a
ser juguete de los perros troyanos. Por esto el dios
incitaba a los compañeros a que lo defendieran.
En un principio, los teueros rechazaron a los aqueos,
de ojos vivos, y éstos, desamparando al muerto, hu-
yeron espantados. Y si bien los altivos teucros no
eonsiguieron matar con sus lanzas a ningún aquivo,
como deseaban, empezaron a arrastrar el cadáver.
Poco tiempo debían los aqueos permanecer alejados
de éste, pues los hizo volver Ayax; el cual, así por
su figura, como por sus obras, era el mejor de los
dánaos, después del eximio Peleida. Atravesó el héroe
las primeras filas, y parecido por su bravura al
jabalí que en el monte dispersa fácilmente, dando
vueltas por los matorrales, a los perros y a los flo-

88
hb “4 ΝΑ. ἃ
recientes mancebos; de la misma manera el esclare-
cido Ayax, hijo del ilustre Telamón, acometió y
dispersó las falanges de troyanos que se agitaban
en torno de Patroclo con el decidido propósito de
llevarlo a la ciudad y alcanzar gloria.
Hipótoos, hijo preclaro del pelasgo Letos, había
atado una correa a un tobillo de Patroclo, alrededor
de los tendones; y arrastraba el cadáver por el pie,
a través del reñido combate, para congraciarse con
Héctor y los teucros. Pronto le ocurrió una desgracia,
de que nadie, por más que lo deseara, pudo librarle.
Pues el hijo de Telamón, acometiéndole por entre
la turba, le hirió de cerca a través del casco de
broncíneas carrilleras: el casco, guarnecido de un
penacho de crines de caballo, se quebró al recibir
el golpe de la gran lanza manejada por la robusta
mano; el cerebro fuyó sanguinolento por la herida,
a lo largo del asta; el guerrero perdió las fuerzas,
dejó escapar de sus manos al suelo el pie del ani-
moso Patroclo, y cayó de pechos, junto al cadáver,
lejos de la fértil Larisa; y así no pudo pagar a sus
progenitores la crianza, ni fué larga su vida, porque
sucumbió vencido por la lanza del magnánimo Ayax.
Héctor arrojó, a su vez, la reluciente lanza; pero
Ayax, al notarlo, hurtó el cuerpo, y la broncínea
arma alcanzó a Esquedio, hijo del magnánimo Ifites
y el más valiente de los focenses, que tenía su casa
en la célebre Pánope y reinaba sobre muchos hom-
bres: clavóse la punta debajo de la clavícula y,
atravesándola salió por el hombro. El guerrero
cayó con estrépito, y sus armas resonaron. Ayer
hirió en medio del vientre al aguerrido Forcis, hijo
de Fénope, que defendía el cadáver de Hipótoo; y el
“bronce rompió la cavidad de la coraza y desgarró

89
H O M E R 0
las entrañas: el teucro, caído, en el polvo, cogió el
suelo con las manos. Arredráronse los combatientes
delanteros y el esclarecido Héctor; y los argivos
dieron grandes voces, retiraron los cadáveres de For-
cis y de Hipótoo, y quitaron de sus hombros las
respectivas armaduras.
Entonces los teueros hubieran vuelto a entrar en
Ilión, acosados por los belicosos aqueos y vencidos
por su propia cobardía; y los aqueos hubiesen alcan-
zado gloria, contra la voluntad de Zeus, por su for-
taleza y su valor. Pero Apolo instigó a Eneas,
tomando la figura del heraldo Perifas Epítida, que
había envejecido ejerciendo de pregonero en la casa
del padre del héroe y sabía dar saludables consejos.
Así transfigurado, habló Apolo, hijo de Zeus, di-
ciendo:
“¡Eneas! ¿De qué modo podrías salvar a la excelsa
Jlión, aún contra la voluntad de un dios? Como he visto
hacerlo a otros varones que confaban en su fuerza
y vigor, en su bravura y en la muchedumbre de
tropas formadas por un pueblo intrépido. Mas al
presente, Zeus desea que la victoria quede por vos-
otros y no por los dánaos; y vosotros huís temblando
y renunciáis a combatir.?”
De tal suerte habló. Eneas, como viera delante de
sí al flechador Apolo, reconocióle, y a grandes voces
dijo a Héctor:
“¡Héctor y demás caudillos de los troyanos y sus
aliados! Es una vergienza que entremos en llión,
acosados por los belicosos aqueos y vencidos por
nuestra cobardía. Una deidad ha venido a decirme
que Zeus, el árbitro supremo, será aún nuestro au-
xiliar en la batalla. Marchemos, pues, en derechura

90
Δ ἃ μὰ ρῶς DA
a los dánaos, para que no se lleven tranquilamente
a las naves el cadáver de Patroclo.””
Así habló; y saltando mucho más allá de los com-
batientes delanteros, se detuvo. Los teucros volvieron
la cara y afrontaron a los aquivos. Entonces Eneas
dió una lanzada a Leócrito, hijo de Arisbas y com-
pañero valiente de Licomedes. Al verle derribado
en tierra compadecióse Licomedes, caro a Ares, y parán-
dose muy cerca del enemigo, arrojó la reluciente
lanza, hirió debajo del diafragma a Apisaón Hipásida,
pastor de hombres, y le dejó sin vigor las rodillas:
este guerrero procedía de la fértil Peonia, y era,
después de Asteropeo, el que más descollaba en el
combate. Vióle caer el belígero Asteropeo, y apia-
dándose, corrió hacia él, dispuesto a pelear con los
dánaos. Mas no le fué posible; pues cuantos rodeaban
por todas partes a Patroclo, se cubrían con los escu-
dos y calaban las lanzas. Ayax recorría las filas y
daba muchas órdenes: mandaba que ninguno retro-
cediese, abandonando el cadáver; ni combatiendo se
adelantara a los demás aqueos; sino que todos cir-
cundaran al muerto y pelearan de cerca. Así los
arengaba el ingente Ayax. La tierra estaba regada
de purpúrea sangre y morían, unos en pos de otros,
muchos troyanos, poderosos auxiliares, y dánaos; pues
estos últimos no peleaban sin derramar sangre, aun-
que parecían en mucho menor número porque euida-
ban siempre de defenderse recíprocamente en medio
de la turba, para evitar la cruel muerte.
Así combatían, con el ardor del fuego. No hubieras
dicho que aun subsistiesen el sol y luna; pues hallá-
banse cubiertos por la niebla todos los guerreros
ilustres que pugnaban alrededor del cadáver de Pa-
troclo. Los restantes teucros y aqueos, de hermosas

91
Hg O M E R O
grebas, libres de la obseuridad, lidiaban bajo el cielo
sereno: los vivos rayos del sol herían el campo, sin
que apareciera ninguna nube sobre la tierra ni en
las montañas, y ellos batallaban y descansaban alter-
nativamente, hallándose a gran distancia unos de
otros y procurando librarse de los tiros que les diri-
gían los contrarios. Y en tanto, los del centro pa-
decían muchos males a causa de la niebla y del
combate, y los más valientes estaban dañados por
el cruel bronce. Dos varones insignes, Trasimedes y
Antíloco, ignoraban aún que el eximio Patroclo hu-
biese muerto y creían que luchaba con los teucros
en la primera fila. Ambos, aunque se daban cuenta
de que sus compañeros eran muertos o derrotados,
peleaban separadamente de los demás; que así lo or-
denara Néstor, cuando desde las negras naves los en-
vió a la batalla.
Todo el día sostuvieron la gran eontienda y el
eruel combate. Cansados y sudosos tenían los pies,
las piernas y las rodillas, y manchados de polvo los
ojos y las manos, cuantos peleaban en. torno del vya-
liente servidor del Eácida, de pies ligeros. Como un
hombre da a los obreros, para que la estiren, una
piel grande de toro cubierta de grasa; y ellos, co-
gióndola, se distribuyen a su alrededor, y tirando
todos sale la humedad, penetra la grasa y la piel
queda perfectamente extendida por todos lados; de
la misma manera, tiraban aquéllos del cadáver acá
y allá, en un reducido espacio, y tenían grandes
esperanzas de arrastrarlo los teucros hacia llión, y
los aqueos a las cónecavas naves. Un tumulto feral
se producía alrededor del muerto; y ni Ares, que
enardece a los guerreros, ni Atenea por airada que es-

92
E Α 1 E I Á D Α
tuviera, habrían hallado nada que reprochar, si lo
hubiesen presenciado,
Tan funesto combate de hombres y caballos suscitó
Zeus aquel día sobre el cadáver de Patroclo. El di-
vino Aquiles ignoraba aún la muerte del héroe, por-
que la pelea se había empeñado lejos de las veleras
naves, al pie del muro de llión. No se figuraba que
hubiese muerto, sino que después de acercarse a las
puertas volvería vivo; porque tampoco esperaba que
llegara a tomar la ciudad, ni solo, ni con él mismo.
Así se lo había oído muchas veces a su madre cuando,
hablándole separadamente de los demás, le revelaba
el pensamiento del gran Zeus. Pero entonces la diosa
no le anunció la gran desgracia que acababa de
ocurrir: la muerte del compáñero a quien más amaba.
Los combatientes blandiendo afiladas lanzas, se
acometían continuamente alrededor del cadáver; y
unos a otros se mataban. Y hubo quien entre los
aqueos, de broncíneas lorigas, habló de esta manera:
““¡Oh amigos! No sería para nosotros una acción
gloriosa, la de volver a las cóncavas naves. Antes
la negra tierra nos trague a todos; que preferible
fuera, si hemos de permitir a los troyanos, domadores
de caballos, que arrastren el cadáver a la ciudad y
alcancen gloria.??”
Y a su vez alguno de los magnánimos teucros así
decía: “*¡Oh amigos! Aunque el destino haya dis-
puesto que sucumbamos todos junto a ese hombre,
nadie abandone la batalla.”? |
Con tales palabras excitaban el valor de sus com-
pañeros. Seguía el combate, y el férreo estrépito
llegaba al cielo de bronce, a través del infecundo
éter.
Los corceles de Aquiles lloraban, fuera del campo

93
H 0 M E R 0
de la batalla, desde que supieron que su auriga había
sido postrado en el polvo por Héctor, matador
de hombres. Por más que Automedón, hijo valiente de
Dioreo, los aguijaba con el flexible látigo y les dirigía
palabras, ya suaves, ya amenazadoras; ni querían
volver atrás, a las naves y al vasto Helesponto, ni
encaminarse hacia los aqueos que estaban peleando.
Como la columna se mantiene firme sobre el túmulo
de un varón difunto o de una matrona, tan inmóviles
permanecían aquéllos con el magnífico carro. Ineli-
naban la cabeza al suelo; de sus párpados se despren-
dían ardientes lágrimas con que lloraban la pérdida
del auriga, y las lozanas crines estaban manchadas
y caídas a ambos lados del yugo. Al verlos llorar, el
Cronión se compadeció de ellos, movió la cabeza; y
hablando consigo mismo, dijo:
““¡Ah infelices! ¿Por qué os entregamos al rey
Peleo, a un mortal, estando vosotros exentos de la ve-
jez y de la muerte? ¿Acaso para que tuvieseis penas
entre los míseros mortales? Porque no hay un sér
más desgraciado que el hombre, entre cuantos respi-
ran y se mueven sobre la tierra. Héctor Priámida
no será llevado por vosotros en el hermoso ca-
rro; no lo permitiré. ¿Por ventura no es bastante que
se haya apoderado de las armas y se gloríe de esta
manera? Daré fuerza a vuestras rodillas y a vuestro
espíritu, para que llevéis salvo a Automedón desde
la batalla a las cóncavas naves; y concederé gloria
a los teueros, los cuales seguirán matando hasta que
lleguen a las naves de muchos bancos, se ponga el
sol: y la sagrada obscuridad sobrevenga.??
Tal dijo, e infundió gran vigor a los caballos:
sacudieron éstos el polvo de las crines y arrastraron
velozmente el ligero carro hacia los aqueos. Auto-

94
L Á I L 1 A D A
medón, aunque afligido por la suerte de su compa-
ñero, quería combatir desde el carro, y con los corceles
se echaba sobre los enemigos como el buitre sobre
los ánsares; y con la misma facilidad huía del tu-
multo de los teucros, que arremetía a la gran turba
de ellos para seguirles el alcance. Pero no mataba
hombres cuando se lanzaba a perseguir, porque es-
tando solo en la silla, no le era posible acometer con
la lanza y sujetar al mismo tiempo los veloces caba-
llos. Vióle al fin su compañero Alcimedón, hijo de
Laerces Hemónida; y poniéndose detrás del carro,
dijo a Automedón:
“*¡Automedón! ¿Qué dios te ha sugerido tan inútil
propósito dentro del pecho y te ha privado de tu
buen juicio? ¿Por qué, estando solo, combates con
los teucros en la primera fila? Tu compañero recibió”
la muerte, y Héctor se vanagloría de cubrir sus
hombros con las armas del Eácida.??
Respondióle Automedón, hijo de Dioreo: “*¡Alci-
medón! ¿Cuál otro aqueo podría sujetar o aguijar
estos caballos inmortales mejor que tú, si no fuera
Patroclo, consejero igual a los dioses, mientras estu-
vo vivo? Pero ya la muerte y el destino le alcanzaron.
Recoge el látigo y las lustrosas riendas, y yo bajaré
del carro para combatir.??
Así hablo. Alcimedón, subiendo en seguida al veloz
carro, tomó el látigo y las riendas, y Automedón
saltó a tierra. Advirtiólo el esclarecido Héctor; y al
momento dijo a Eneas, que a su vera estaba:
*“¡Eneas, consejero de los teucros, de broncíneas
lorigas! Advierto que los corceles del Eácida, ligero
de pies, aparecen nuevamente en la lid guiados por
aurigas débiles. Y creo que me apoderaría de los
mismos, si tú quisieras ayudarme; pues arremetiendo

95
H O M E R 0)
mosotros a los aurigas, éstos no se atreverán a resis-
tir ni a pelear frente a frente.?””
Dijo; y el valeroso hijo de Anquises no dejó de
obedecerle. Ambos pasaron adelante, protegiendo sus
hombros con sólidos escudos de pieles secas de buey,
cubiertas con gruesa capa de bronce. Siguiéronles
Cromio y el divino Areto, que tenían grandes es-
peranzas de matar a los aurigas y llevarse los cor-
celes de erguido cuello. ¡Insensatos! No sin derramar
sangre habían de escapar de Automedón. Este, orando
al padre Zeus, llenó de fuerza y vigor las negras
entrañas; y en seguida dijo a Alcimedón, su fiel com-
pañero:
““*¡Alcimedón! No tengas los caballos lejos de mí;
sino tan cerca, que sienta su resuello sobre mi espalda.
Creo que Héctor Priámida no calmará su ardor hasta
que suba al carro de Aquiles y gobierne los corceles
de hermosas crines, después de darnos muerte a
nosotros y desbaratar las filas de los guerreros argi-
vos; O él mismo sucumba, peleando con los comba-
tientes delanteros.?? |
Cuando esto hubo dicho, llamó a los dos Ayaces
y a Menelao: ““¡Ayaces, caudillos de los argivos!
¡Menelao! Dejad a los más fuertes el cuidado de
rodear al muerto y defenderle, rechazando las haces
enemigas; y venid a librarnos del día cruel a nos-
otros que aún vivimos, pues se dirigen a esta parte,
eorriendo a través del luctuoso combate, Héctor y
Eneas, que son los más valientes de los teucros. En
la mano de los dioses está lo que haya de ocurrir.
Yo arrojaré mi lanza, y Zeus se cuidará del resto.”?”
Dijo; y blandiendo la ingente lanza, acertó a dar
en el escudo liso de Areto, que no logró detener a
aquélla: atravesólo la punta de bronce, y rasgando

96
DN RS ΕΣ ANDO A
el cinturón se clavó en el empeine del guerrero. Como
un joven hiere con afilada segur a un buey montaraz
por detrás de las astas, le corta el nervio y el animal
dá un salto y cae; de esta manera el teucro saltó
y cayó boca arriba, y la lanza aguda, vibrando aún
en sus entrañas, dejóle sin vigor los miembros.
Héctor arrojó la reluciente lanza contra Automedón;
pero éste, como la viera venir, evitó el golpe ineli-
nándose hacia adelante: la fornida lanza se clavó en
el suelo detrás de él, y el regatón temblaba; pero
pronto la impetuosa arma perdió su fuerza. Y 89
atacaran de cerca con las espadas, si no les hubiesen
obligado a separarse los. dos Ayaces; los cuales,
enardecidos, abriéronse paso por la turba y acudieron
a las voces de su amigo. Temiéronlos Héctor, Eneas
y el divino Cromio, y, retrocendiendo, dejaron a Are-.
to, que yacía en el suelo con el corazón traspasado.
Automedón, igual al veloz Ares, despojóle de las ar-
mas; y gloriándose, pronunció estas palabras:
““El pesar de mi corazón por la muerte del hijo
de Menetio, se ha aliviado un poco; aunque le es
inferior el varón a quien he dado muerte.??”
Esto dicho, tomó y puso en el carro los sangrientos
despojos; y en seguida subió al mismo, con los pies
y las manos ensangrentados como el león que ha
devorado un toro.
De nuevo se trabó una pelea encarnizada, funesta,
Iunctuosa, en torno de Patroclo. Excitó la lid Atenea,
que vino del cielo, enviada a socorrer a los dánaos
por el longividente Zeus, cuya mente había cambiado.
De la suerte que Zeus tiene en el cielo el purpúreo
arco iris, como señal de una guerra o de un invierno
tan frío que obliga a suspender las labores del eampo
y entristece a los rebaños; de este modo la diosa,

97
H O M E R O
envuelta en purpúrea nube, penetró por las tropas
aqueas y animó a cada guerrero. Primero enderezó
sus pasos hacia el fuerte Menelao, hijo de Atreo,
que se hallaba cerca; y tomando la figura y voz in-
fatigable de Fénix, le exhortó diciendo:
““Sería para ti, oh Menelao, motivo de vergúenza
y de oprobio que los voraces perros despedazaran
bajo el muro de llión el cadáver de quien fué com-
pañero fiel del ilustre Aquiles. ¡Combate denodada-
mente y anima a todo el ejército!??”
Respondióle Menelao, valiente en la pelea: “*¡Padre
Fénix, anciano respetable! Ojalá Atenea me infun-
diese vigor y me librase del ímpetu de los tiros. Yo
quisiera ponerme al lado de Patroclo y defenderle,
porque su muerte conmovió mucho mi corazón; pero
Héctor tiene la terrible fuerza de una llama, y no
cesa de matar con el bronce, protegido por Zeus,
que le da gloria.??
Así se expresó. Atenea, la diosa de los ojos de
buey, holgándose de que aquél la invocara la primera
entre todas las deidades, le vigorizó los hombros y
las rodillas, e infundió en su pecho la audacia de
la mosca, la cual, aunque sea ahuyentada repetidas
veces, vuelve a picar porque la sangre humana le es
agradable; de una audacia semejante llenó la diosa
las negras entrañas del héroe. Encaminóse Menelao
hacia el cadáver de Patroclo y despidió la reluciente
lanza. Hallábase entre los teuecros Podes, hijo de
Eetión, rico y valiente, a quien Héctor honraba mu-
cho en la ciudad porque era su compañero querido
en los festines; a éste, que ya emprendía la fuga,
Menelao atravesólo con la broncínea lanza que se
clavó en el ceñidor, y el teucro cayó con estrépito.

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ES Ἢ 1 L 1 A D Α
Al punto, Menelao Atrida arrastró el cadáver desde
los teucros adonde se hallaban sus amigos.
Apolo incitó a Héctor, poniéndose a su lado des-
pués de tomar la figura de Fénope Asíada; éste tenía
la casa en Abido, y era para el héroe el más querido
de sus huéspedes. Así transfigurado, dijo el flechador
Apolo:
““¡Héctor! ¿Cuál otro aqueo te temerá, cuando hu-
yes temeroso ante Menelao, que siempre fué guerrero
débil y ahora él solo ha levantado y se lleva fuera
del alcance de los teucros el cadáver de tu fiel amigo
a quien mató, del que peleaba con denuedo entre los
combatientes delanteros, de Podes, hijo de Eetión?””
Tales fueron sus palabras, y negra nube de pesar
envolvió a Héctor, que en seguida atravesó las pri-
meras filas, cubierto de reluciente bronce. Entonces
el Cronida tomó la esplendorosa égida floqueada, cu-
brió de nubes el Ida, relampagueó y tronó fuerte-
mente, agitó la egida y dió la victoria a los teucros, po-
niendo en fuga a los aqueos.
El primero que huyó fué Peneleo, el beocio, por
haber recibido, vuelto siempre de cara a los teucros,
una herida leve en el hombro: Polidamas, acercán-
dose a él, le arrojó la lanza, que desgarró la piel y
llegó hasta el hueso. Héctor, a su vez, hirió en la
muñeca y dejó fuera de combate a Leito, hijo del
magnánimo Alectrión; el cual huyó espantado y mi-
rando en torno suyo, porque ya no esperaba que
con la lanza en la mano pudiese combatir con los
teucros.—Contra Héctor, que perseguía a Leito, arro-
jó Idomeneo su lanza y le dió un bote en el peto
de la coraza, junto a la tetilla; pero rompióse aqué-
lla en la unión del asta con el hierro; y los teucros
gritaron. Héctor despidió su lanza contra Idomeneo

99
Η O M B R 0
Deucálida, que iba en un carro; y por poco no acertó
a herirle; pero el bronee se clavó en Cérano, eseu-
dero y auriga de Meriones, a quien acompañaba desde
que partieron de la bien construída Licto. Idomeneo
salió aquel día de las corvas naves al campo, como
infante; y hubiera proporcionado a los teucros un
gran triunfo, si no hubiese llegado Cérano guiando
los veloces corceles: éste fué su salvador, porque le
libró del día cruel de perder la vida a manos de Héec-
tor, matador de hombres. A Cérano, pues, hirióle
Héctor debajo de la quijada y de la oreja: la punta
de la lanza hizo saltar los dientes y atravesó la
lengua. El guerrero cayó del carro, y dejó que las
riendas vinieran al suelo. Meriones, inclinándose, re-
cogiólas, y dijo a Idomeneo:
““Aguija con el látigo los caballos hasta que lle-
gues a las veleras naves; pues ya tú mismo conoces
que no serán los aqueos quienes alcancen la victoria.??
Así habló; e Idomeneo fustigó los corceles de her-
mosas crines, guiándolos hacia las cóneavas naves,
porque el temor había entrado en su corazón.
No les pasó inadvertido al magnánimo Ayax y a
Menelao que Zeus otorgaba a los teucros la incons-
tante victoria. Y el gran Ayax Telamonio fué el
primero en decir:
““¡Oh dioses! Ya hasta el más simple eonocería
que el padre Zeus favorece a los teueros. Los tiros
de todos ellos, sea cobarde o valiente el que dispara,
no yerran el blaneo, porque Zeus los encamina; mien-
tras que los nuestros eaen al suelo sin dañar a nadie.
Ea, pensemos cómo nos será más fácil sacar el
szadáver y volvernos, para regocijar a nuestros ami-
gos; los cuales deben de afligirse mirando hacia acá,
y sin duda piensan que ya no podemos resistir la

109
M4 ΤΙΧΡ δὰ
fuerza y las invictas manos de Héctor, matador de
hombres, y pronto tendremos que refugiarnos en las
negras naves. Ojalá algún amigo avisara al Peleida
pues no creo que sepa la infausta nueva de que ha
muerto su compañero amado. Pero no puedo distin-
guir entre los aquivos a nadie capaz de hacerlo, cu-
biertos como están por densa niebla hombres y
caballos. ¡Padre Zeus! Libra de la espesa niebla a los
aqueos, serena el cielo, concede que nuestros ojos
vean, y destrúyenos en la luz, ya que así te place! ??
Tal dijo; y el padre, compadecido de verle derra-
mar lágrimas, disipó en el acto la obscuridad y apartó
la niebla. Brilló el sol y toda la batalla quedó alum-
brada. Y entonces dijo Ayax a Menelao, valiente en
la pelea:
““Mira ahora, Menelao, alumrvo. de Zeus, si ves a
Antíloco, hijo del magnánimo Néstor, vivo aún; y
envíale para que vaya corriendo a decir al aguerrido
Aquiles que ha muerto su compañero más amado.??
Tales fueron sus palabras; y Menelao, valiente en
la pelea, obedeció y se fué. Como se aleja del esta-
blo un león, después de irritar a los canes y a los
hombres que, vigilando toda la noche, no le han de-
jado comer los pingúes bueyes—el animal, ávido de
carne, acometía, pero nada consiguió porque audaces
manos le arrojaron muchos venablos y teas encendi-
das que le hicieron temer, aunque estaba enfierecido—;
y al despuntar la aurora, se va con el corazón afligi-
do: de tan mala gana, Menelao, valiente en la pelea,
so apartaba de Patroclo; porque sentía gran temor
de que los aqueos, vencidos por el fuerte miedo, lo
dejaran y fuera presa de los enemigos. Y se lo reco-
mendó mucho a Meriones y a los Ayaces diciéndoles:
““¡Ayaces, caudillos de los argivos! ¡Meriones!
Acordaos ahora de la mansedumbre del mísero Patro-

101 6.—II.
H O M Ε R 0)
elo, el cual supo ser amable con todos mientras gozó
de vida. Pero ya la muerte y el destino le alcan-
zaron.??
Dicho esto, el rubio Menelao partió volviendo la3
ojos por todas partes como el águila (el ave, según
dicen, de vista más perspicaz entre cuantas vuelan por
el cielo), a la cual, aun estando en las alturas, no le
pasa inadvertida una liebre de pies ligeros echada
debajo de un arbusto frondoso, y se abalanza a ella
y en un instante la coge y le quita la vida; del mis-
mo modo, oh Menelao, caro a Zeus, tus brillantes ojos
dirigíanse a todos lados, por la: turba numerosa de
los compañeros, para ver si podrías hallar vivo al hi-
jo de Néstor. Pronto le distinguió a la izquierda
del combate, Conde animaba a sus compañeros y les
incitaba a pelear. Y deteniéndose a su lado, lablóle
así el rubio Menelao:
““¡Ea, ven aquí, Antíloco, amado de Zeus, y sabrás
una infausta nueva que ojalá no debiera darte! Creo
que tú mismo conocerás, con sólo tender la vista, que
un dios nos manda le derrota a los dánaos y que la
victoria se decide por los teucros. Ha muerto el más
valiente aqueo, Patroclo, y los dánaos le echan muy
de menos. Corre hacia las naves aqueas y anúncialo
a Aquiles; por si, dándose prisa en venir, puede llevar a
su bajel el cadáver desnudo, pues las armas las tie-
ne Héctor, el de tremolante casco.??
Así dijo. Estremecióse Antíloco al oírle, estuvo un
buen rato sin poder hablar, llenáronse de lágrimas
sus ojos y la voz sonora se le cortó. Mas no por esto
descuidó de cumplir la orden de Menelao: entregó
las: armas a Laódoco, el eximio compañero que a su
lado regía los solípedos caballos, echó a correr, y sa-
lió del combate , llorando, para dar al Peleida Aquiles
la triste noticia.

102
L Α Ϊ L 1 A D Α
No quisiste, oh Menelao, caro a Zeus, quedarte allí
para socorrer a los fatigados compañeros de Antíloco;
aunque los pilios echaban muy de menos a su jefe.
Menelao les envió el divino Trasimedes; y volviendo
a la carrera hacia el cadáver de Patroclo, se detuvo
junto a los Ayaces, y les dijo:
““Ya he enviado a aquél a las veleras naves, para
que se presente a Aquiles, el de los pies ligeros; pero
no ereo que Aquiles venga en seguida, por más airado
que esté con el divino Héctor, porque sin armas no
podrá combatir con los troyanos. Pensemos nosotros
mismos cómo nos será más fácil sacar el cadáver y
librarnos, en la lucha con los teucros, de la muerta
y el destino.??
Respondióle el gran: Ayax Telamonio: “*oportuno
es cuanto dijiste, ínclito Menelao. Tú y Meriones in-
troducíos prontamente, levantad el cadáver y sacadlo
de la lid. Y nosotros dos, que tenemos igual ánimo,
llevamos el mismo nombre y siempre hemos sostenido
juntos el vivo combate, os seguiremos peleando a
vuestra espalda con los teucros y el divino Héctor.?”
Así dijo. Aquéllos cogieron al muerto y alzáronlo
muy alto; y gritó el ejército teucro al ver que los
aqueos levantaban el cadáver. Arremetieron los teu-
cros como los perros que, adelantándose a los jóvenes
cazadores, persiguen al jabalí herido: así como estos
corren detrás del jabalí y anhelan despedazarle, pero
cuando el animal, fiado en su fuerza se vuelve, re-
troceden y espantados se dispersan; del mismo modo,
los teucros seguían en tropel y herían a los aqueos
con las espadas y lanzas de doble filo, pero cuando los
Ayaces volvieron la cara y se detuvieron, a todos se
leg mudó el color del semblante y ninguno osó ade-
lantarse para disputarles el cadáver.
De tal manera ambos caudillos llevaban presurosos

103
H O a E Ke O

el cadáver desde la liza hacia las cóncavas naves.


Tras ellos suscitóse feral combate: como el fuego que
prende en una ciudad, se levanta de pronto y resplan-'
dece, y las casas se arruinan entre grandes llamas
que el viento, enfurecido, mueve; de igual suerte, un
horrísono tumulto de caballos y guerreros acompaña-
ba a los que se iban retirando. Así como unos mulos
vigorosos sacan del monte y arrastran por áspero ca-
mino una viga o un gran tronco destinado a
mástil de navío, y apresuran el paso, pero su ánimo
está abatido por el cansancio y el sudor: de la misma
manera, ambos caudillos trasportaban animosamente
el cadáver. Detrás de ellos, los Ayaces contenían a
los teueros como el valladar selvoso extendido por
gran parte de la llanura refrena las corrientes perju-
diciales de los ríos de curso arrebatado, les hace tor-
cer el camino y les señala el cauce por donde todos
han de correr, y jamás los ríos pueden romperlo con
la fuerza de sus aguas; de semejante modo, los Aya-
ces apartaban a los teucros que seguían peleando, es-
pecialmente Eneas, hijo de Anquises, y el preciaro
Héctor. Como vuela una bandada de estorninos o
grajos, dando horribles chillidos, cuando ven al gavi-
lán que trae la muerte a los pajarillos; así entonces
los aqueos, perseguidos por Eneas y Héctor, corrían
chillando horriblemente y se olvidaban de combatir.
Muchas armas hermosas de los dánaos fugitivos ca-
yeron en el foso o en sus orillas, y la batalla continua-
ba sin intermisión alguna.
Hefestos, sostenido por dos estatuas de oro, que parecían animadas,
pregunta a Tetis los motivos de su visita

RAPSODIA DECIMOCTAVA

IENTRAS los aqueos y los teu-


eros combatían con el ardor
de abrasadora llama, Antíloco,
mensajero de veloces pies, fué
en busca de Aquiles. Hallóle
junto a las naves de altas
popas, y ya el héroe presentía
: Ses: £ 0 ocurrido; pues, gimiendo,
a su magnánimo espíritu así le hablaba:
““¡Ay de mí! ¿Por qué los aqueos, de larga cabe-
llera, vuelven a ser derrotados, y corren aturdidos por
la llanura con dirección a las naves? Temo que los
dioses me hayan causado la desgracia cruel para mi
corazón, que me anunció mi madre diciendo que el
más valiente de 105 mirmidones dejaría de ver la luz

105
H O E E R O
del sol, a manos de los teucros, antes de que yo fa-
lleciera. Sin duda ha muerto el esforzado hijo de
Menetio. ¡Infeliz! Yo le mandé que tan pronto co-
mo apartase el fuego enemigo, regresara a los bajeles
y no quisiera pelear valerosamente con Héctor.?”
Mientras tales pensamientos revolvía en su mente
y en su corazón, llegó el hijo del ilustre Néstor; y
derramando ardientes lágrimas, dióle la triste noticia:
““¡Ay de mí, hijo del aguerrido Peleo! Sabrás una
infausta nueva, una cosa que no hubiera de haber
ocurrido. Patroclo yace en el suelo, y teucros y
aqueos combaten en torno del cadáver desnudo, pues
Héctor, el de tremolante casco, tiene la armadura.??”
Así dijo; y negra nube de pesar envolvió ἃ Aqui-
les. El héroe cogió ceniza con ambas manos y derra-
mándola sobre su cabeza, afeó el gracioso rostro y
manchó la divina túnica; después se tendió en el polvo,
ocupando un gran espacio, y con las manos se arranca-
ba los cabellos. Las esclavas que Aquiles y Patroclo
cautivaran salieron afligidas; y dando agudos gritos,
rodearon a Aquiles; todas se golpeaban el pecho y
sentían desfallecer sus miembros. Antíloco también
se lamentaba, vertía lágrimas y tenía de las manos
a Aquiles, cuyo gran corazón deshacíase en suspiros,
por el temor de que se cortase la garganta con el
hierro. ¡Dió Aquiles un horrendo gemido; oyóle su
veneranda madre, que se hailaba en el fondo del mar,
junto al padre anciano, y prorrumpió en sollozos; y
cuantas nereidas había en aquellas profundidades, to-
das se congregaron a su alrededor. Allí estaban Glau-
ce, Talía, Cimodoce, Nesea, Espio, Toe, Halia, la de
los ojos de buey, Cimoteo, Actea, Limnorea, Melita,
Yera, Anfítoe, Agave, Doto, Proto, Ferusa, Donámene,
Dexámene, Anfínome, Calianira, Doris, Pánope, la
célebre Galatea, Nemertes, Apseudes, Calianasa, Cli-

106
Ds 4 1 L 1 Α D Α

mene, Yanira, Yanasa, Mera, Oritía, Amatía, la de


hermosas trenzas, y las restantes nereidas que habitan
en lo hondo del mar. La blanquecina gruta se llenó
de ninfas, y todas se golpeaban el pecho. Y Tetis,
dando principio a los lamentos, exclamó:
““¡Oíd, hermanas nereidas, para que sepáis cuántas
penas sufre mi corazón. ¡Ay de mí, desgraciada! ¡Ay
de mí, madre infeliz de un valiente! Parí un hijo ilus-
tre, fuerte e insigne entre los héroes, que creció seme-
jante a un árbol; le crié como a una planta en terreno
fértil y lo mandé a llión en las corvas naves para
que combatiera con los teucros; y ya no le recibiré
otra vez, porque no volverá a mi casa, a la mansión
de Peleo. Mientras vive y ve la luz de Helios está an-
gustiado, y no puedo, aunque a él me acerque, llevarlo
socorro. JIré a verle, y me dirá qué pesar le aflige
ahora que no interviene en las batallas!??
Dijo, y salió de la gruta; las nereidas la acompaña-
ron llorosas, y las olas del mar se rompían en torno
de ellas. Cuando llegaron a la fértil Troya, subieron
todas a la playa donde las muchas naves de los mir-
_midones habían sido colocadas a ambos lados de la
del veloz Aquiles. La veneranda madre se acercó al
héroe, que suspiraba profundamente; y rompiendo e.
aire con agudos clamores, abrazóle la cabeza, y en
tono lastimero pronunció estas aladas palabras:
“*¡Hijo! ¿Por qué lloras? ¿Qué pesar te ha lle-
gado al alma? Habla; no me lo ocultes. .Zeus ha
cumplido lo que tú, levantando las manos, le pediste:
que los aqueos fueran acorralados junto a los navíos y
padecieran vergonzosos desastres.?”
Exhalando profundos suspiros, contestó Aquiles, el
de los pies ligeros: “*¡Madre mía! El Olímpico, efec-
tivamente, lo ha cumplido; pero ¿qué placer puede
producirme, habiendo muerto Patroclo, el fiel amigo

107
H 0 M E R 0
a quien apreciaba sobre todos los compañeros y tanto
como a mi propia cabeza? Lo he perdido, y Héctor,
después de matarlo, le despojó de las armas prodi»
giosas, admirables, magníficas, que los dioses regala-
ron a Peieo, como espléndido presente, el día en que
te colocaron en el tálamo de un hombre mortal. Oja-
14 hubieras seguido habitando en el mar con las in-
mortales ninfas, y Peleo hubiese tomado esposa mor-
tal. Mas no sucedió así, para que sea inmenso el
dolor de tu alma cuando muera tu hijo, a quien ya no
recibirás en tu casa, de vuelta de Troya; pues mi
ánimo no me incita a vivir, ni a permanecer entre los
hombres, si Héctor no pierde la vida, atravesado por
mi lanza, y recibe de este modo la condigna pena por la
muerte de Patroclo Menetíada.?”
““Respondióle Tetis, derramando lágrimas: ““Breve
será tu existencia, a juzgar por lo que dices; pues
la muerte te aguarda así que Héctor perezca.?”
Contestó muy afligido Aquiles, el de los pies lige-
ros: ““Muera yo en el acto, ya que no pude socorrer
al amigo cuando le mataron: ha perecido lejos de su
país y sin tenerme al lado para que le librara de la
desgracia. Ahora, puesto que no he de volver a la
patria, ni he salvado a Patroclo ni a los muchos ami-
gos que murieron a manos del divino Héctor, perma-
nezco en las naves cual inútil peso de la tierra; siendo
tal en la batalla como ninguno de los aqueos, de bron.
cíneas lorigas, pues en la ¿junta otros me superan.
Ojalá pereciera la discordia para los dioses y para
los hombres, y con ella la ira, que torna cruel hasta
al hombre sensato cuando más dulce que la miel se
introduce en el pecho y va creciendo como el humo.
Así me irritó el rey de hombres Agamenón. Pero de-
jemos lo pasado, aunque afligidos, pues es preciso re-
frenar el furor del pecho. Iré a buscar al matador

108
], Α : L ἷ Á D Á
del amigo querido, a Héctor; y sufriré la muerte cuan-
do lo dispongan Zeus y los demás dioses inmortales.
Pues ni el fornido Heracles pudo librarse de ella, con
ser carísimo al soberano Cronida, sino que el hado y
la cólera funesta de Hera le hicieron sucumbir. Así
yo, si he de tener igual suerte, yaceré en la tumba
cuando muera; mas ahora ganaré gloriosa fama y ha-
ré que algunas de las matronas troyanas o dardanias,
de próvido seno, den fuertes suspiros y con ambas
manos se enjuguen las lágrimas de sus tiernas meji-
llas. Conozcan que hace días me abstengo de combatir.
Y tú, aunque me ames, no me prohibas que pelee,
pues no lograrás persuadirme.??
Respondióle Tetis, la de los pies de plata: ““Sí, hi-
jo, es justo, y no puede reprobarse que libres a los
afligidos compañeros de una muerte terrible; pero tu
magnífica armadura de luciente bronce la tienen los
teucros, y Héctor, el de tremolante casco, se vanaglo-
ria de cubrir con ella sus hombros. Con todo eso, me
figuro que no durará mucho su jactancia, pues ya la
muerte se le avecira. Tú no entres en combate has-
ta que cou tus ojos me veas volver; y mañana, al
romper el alba, vendré a traerte una hermosa arma-
dura fabricada por Hefestos.”??”
Cuando así hubo hablado, dejó a su hijo, y volvién-
dose a las nereidas, sus hermanas, les dijo:
““Bajad vosotras al anchuroso seno del mar, id al
alcázar del anciano padre y contádselo todo; y yo
subiré al elevado Olimpo para que Hefestos, el ilustre
artífico, dé a mi hijo una magnífica y reluciente ar-
madura.??”
Así habló. Las nereidas se sumergieron prestamen-
te en las olas del mar, y Tetis, la diosa de los pies de
plata, enderezó sus pasos al Olimpo para proporcionar
a su hijo las magníficas armas.

109
H O M E R O
Mientras la diosa se encaminaba al Olimpo, los
aqueos, de hermosas grebas, huyendo con gritería in-
mensa ante Héctor, matador de hombres, llegaron a
las naves y al Helesponto; y ya no podían sacar fuera
de los tiros el cadáver de Patroclo, escudero de Aqui-
les, porque de nuevo los alcanzaron los teucros con
sus carros y Héctor, hijo de Príamo, que por su vigor
parecía una llama. Tres veces el esclarecido Héctor
asió a Patroclo por los pies e intentó arrastrarlo,
exhortando con horrendos gritos a los teucros; tres
veces los Ayaces, revestidos de impetuoso valor, le re-
chazaron. Héctor, confiado en su fuerza, unas veces
se arrojaba a la pelea, otras se detenía y daba grandes
voces; pero nunca se retiraba por completo. Como los
pastores pasan la noche en el campo y no consiguen
apartar de la presa a un fogoso león muy hambriento,
de semejante modo, los belicosos Ayaces no lograban
ahuyentar del cadáver a Héctor Priámida. Y éste lo
arrastrara, consiguiendo inmensa gloria, si no se hu-
biese presentado al Peleida, para aconsejarle que to-
mase las armas, la veloz Iris, de pies ligeros como el
viento—, a la cual enviaba Hera sin que lo supiera
Zeus ni los demás dioses. Colocóse la diosa cerca de
Aquiles y pronunció estas aladas palabras:
““¡Oh Peleida, el más portentoso de los hombres!
Vé a defender a Patroclo, por cuyo cuerpo se ha traba-
do un vivo combate cerca de las naves. Mátanse
allí, los aqueos defendiendo el cadáver, y los teucros
acometiendo con el fin de arrastrarlo a la ventosa
Ilión. Y el que más empeño tiene en llevárselo es
el esclarecido Héctor, porque su ánimo le incita a
cortarle la cabeza del tierno cuello para clavarla en
una estaca. Levántate, no yazgas más; avergiiéncese
tu corazón de que Patroclo llegue a ser juguete de

110
L Á 1 L 1 Á D Α

los perros troyanos; pues será para ti motivo de afren-


ta que el cadáver reciba algún ultraje.??”
Respondióle el divino Aquiles, el de los pies lige-
ros: ““¡Diosa Iris! ¿Cuál de las deidades te envía
como mensajera???”
Díjole la veloz Iris, de pies ligeros como el vien-
to: “Me manda Hera, la ilustre esposa de Zeus, sin
que lo sepan el excelso Cronida ni los demás dioses
inmortales que habitan el nevado Olimpo.??”
Replicóle Aquiles, el de los pies ligeros: *“*¿Cómo
puedo ir a la batalla? Los teucros tienen mis armas,
y mi madre no me permite entrar en combate hasta
que con estos ojos la vea volver, pues aseguró que me
traería una hermosa armadura fabricada por Hefestos.
Y en tanto, no sé de cuál guerrero podría vestir las
armas, a no ser que tomase el escudo de Ayax Tela-
monio; pero creo que éste se encuentra entre los
combatientes delanteros y pelea con la lanza por el
cadáver de Patroclo.??
Contestóle la veloz Tris, de pies ligeros como el vien-
to: ““Bien sabemos nosotros que aquéllos tienen tu
magnífica armadura; pero muéstrate a los teucros en
la orilla del foso para que, temiéndote, cesen de
pelear; los belicosos aqueos, que tan abatidos están,
se reanimen, y la batalla tenga su tregua, aunque sea
por breve tiempo.??
En diciendo esto, fuese Iris, ligera de pies. Aqui-
les, caro a Zeus, se levantó, y Atenea cubrióle los
fornidos hombros con la égida floqueada y circundóle
la cabeza con la áurea nube, en la cual ardía resplan-
deciente llama. Como se ve desde lejos el humo que
saliendo de una isla donde se halla una ciudad sitiada
por los enemigos, llega al éter, cuando sus habitan-
tes, después de combatir todo el día en horrenda ba-
talla, al ponerse el sol encienden muchos fuegos,

111
H O M E R O
cuyo resplandor sube a lo alto, para que logs vecinos
los vean, se embarquen y les libren del apuro, de
igual modo el resplandor de la cabeza de Aquiles lle-
gaba al éter. Y acercándose a la orilla del foso, fuera
de la muralla, se detuvo, sin mezclarse con los aqueos,
porque respetaba el prudente mandato de su madre.
Allí dió recias voces y a alguna distancia Palas Ate-
nea vociferó también y suscitó un inmenso tumulto
entre los teucros. Como se oye la voz sonora de la
trompeta cuando vienen a cercar la ciudad enemigos
que la vida siegan, tan sonora fué entonces la voz del
Eácida. Cuando se dejó oír la voz de bronce del hé-
roe, a todos se les conturbó el corazón, y los caba-
llos, de hermosas crines, volvíanse hacia atrás con
los carros, porque en su ánimo presentían desgracias.
Los aurigas se quedaron atónitos al ver el terrible
e incesante fuego que en la cabeza del magnánimo
Pelida hacía arder Atenea, la diosa de los brillantes
ojos. Tres veces el divino Aquiles gritó a orillas del
foso, y tres veces se turbaron los troyanos y sus ín-
elitos auxiliares; y doce de los más valientes gue-
rreros murieron atropellados por sus carros y heridos
por sus propias lanzas. Y los aqueos, muy alegres,
sacaron a Patroclo fuera del alcance de los tiros y
colocáronlo en un lecho. Los amigos le rodearon llo-
rosos, y con ellos iba Aquiles, el de los pies ligeros,
derramando ardientes lágrimas, desde que vió al fiel
compañero desgarrado por el agudo bronce y tendido
en el féretro. Habíale mandado a la batalla con su
carro y sus corceles, y ya no podía recibirle, porque
de ella no tornaba vivo.
Hera veneranda, la de los ojos de buey, obligó a
Helios el infatigable a hundirse, mal de su grado, en
la corriente del Océano. Y una vez puesto, los divinos

112
L Δ ῤ L i A 1ἢ A

aqueos suspendieron la enconada pelea y el general


combate.
Los teucros, por su parte, retirándose de la dura
contienda, desuncieron de los carros los veloces cor-
celes y celebraron junta antes de preparar la cena.
En ella estuvieron de pie y nadie osó sentarse; pues
a todos les hacía temblar el que Aquiles se presenta-
ra después de haber permanecido tanto tiempo apar-
tado del funesto combate. Fué el primero en arengar-
les Polidamas Pantoida, el único que conocía lo futuro
y lo pasado: era amigo de Héctor, y ambos nacieron
en la misma noche; pero Polidamas superaba a Hée-
tor en la elocuencia, y éste descollaba mucho más en
el manejo de la lanza. Y dirigiéndoles, benévolo, la
palabra, así les dijo:
““Pensadlo bien, amigos, pues yo os exhorto a volver
a la ciudad en vez de aguardar a la divina Eos en
la llanura, junto a las naves, y tan lejos del muro co-
mo al presente nos hallamos. Mientras ese hombre
estuvo irritado con el divino Agamenón, fué más fá-
cil combatir contra los aqueos; y también yo gustaba
de pernoctar junto a las veleras naves, esperando que
acabaríamos por tomarlas. Ahora temo mucho al Pe-
leida, de pies ligeros, que con su ánimo arrogante no
se contentará con quedarse en la llanura, donde teu-
cros y aqueos sostienen el furor de Ares, sino que
batallará para apoderarse de la ciudad y de las muje-
res. Volvamos a la población; seguid mi consejo,
antes de que ocurra lo que voy a decir. La noche in-
mortal ha detenido al Peleida, de pies ligeros; pero
si mañana nos acomete armado y nos encuentra aquí,
conoceréis quién es, y llegará gozoso a la sagrada Ilión
el que logre escapar, pues a muchos se los comerán
los perros y los buitres. ¡Ojalá que tal noticia nunca
lMegue a mis oídos! Si, aunque estéis afligidos, seguís

113
H 0) M Ε R O
mi consejo, tendremos el ejército reunido en la agora
durante la noche, pues la ciudad queda defendida por
las torres y las altas puertas con sus tablas grandes,
labradas, sólidamente unidas. Por la mañana, al apun-
tar la aurora, subiremos armados a las torres; y si
aquél viniere de las naves a combatir con nosotros al
pie del muro, peor para él; pues habrá de volverse
después de cansar a los caballos, de erguido cuello,
con carreras de todas clases, llevándolos errantes en
torno de la ciudad. Pero no tendrá ánimo para en-
trar en ella, y nunca podrá destruirla; antes se lo
comerán los veloces perros.??
Mirándole con torva faz, exclamó Héctor, el de
tremolante casco: ““¡Polidamas! No me place lo
qne propones de volver a la ciudad y encerrarnos en
ella. ¿Aún no os cansáis de vivir dentro de los mu-
ros? Antes todos los hombres dotados de palabra
llamaban a la ciudad de Príamo rica en oro y en
bronce; pero ya las hermosas joyas desaparecieron
de las casas: muchas riquezas han sido llevadas
a la Frigia y a la Meonia para ser vendidas, desde
que Zeus se irritó contra nosotros. Y ahora que el
hijo del sagaz Cronos me ha concedido alcanzar gloria
junto a las naves y cercar contra el mar a los aqueos,
no des, ¡oh necio!, tales consejos al pueblo. Ningún
troyano te obedecerá, porque no lo permitiré. Ea,
obremos todos como voy a decir. Cenad en el cam-
pamento, sin romper las filas; acordaos de la guardia
y vigilad todos. Y el troyano que sienta gran temor
por sus bienes, júntelos y entréguelos al pueblo para
que: en común se consuman; pues es mejor que los
disfrute éste que no los aquivos. Mañana, al apun-
tar la aurora, vestiremos la armadura y suscitaremos
un reñido combate junto a las cóncavas naves. Y si
verdaderamente el divino Aquiles se propone salir del

114
L Á 1 L [ Á D Á
campamento, le pesará tanto más, cuanto más se
arriesgue. Porque me propongo no huír de él, sino
afrontarle en la batalla horrísona; y alcanzará una
gran victoria, o seré yo quien la consiga. Que Ares
es a todos común y suele causar la muerte del que
matar deseaba.??
Así se expresó Héctor, y los teucros le aclamaron,
¡oh necios!, porque Palas Atenea les quitó el juicio.
¡Aplaudían todos a Héctor por sus funestos propó-
sitos y ni uno siquiera a Polidamas, que les daba un
buen consejo! Tomaron, pues, la cena en el campa-
mento; y los aquivos pasaron la noche dando gemidos
y llorando a Patroclo. El Peleida, poniendo sus ma-
nos homicidas sobre el pecho del amigo, dió comienzo
a las sentidas lamentaciones, mezcladas con frecuentes
sollozos. Como el melenudo león a quien un eazador
ha quitado los cachorros en la poblada selva, cuando
vuelve a su madriguera se aflige y, poseído de vehe-
mente cólera, recorre los valles en busea de aquel hom-
bre; de igual modo, y despidiendo profundos suspiros,
dijo Aquiles entre log mirmidones:
““¡Oh dioses! Vanas fueron las palabras que pro-
nuncié en el palacio para tranquilizar al héroe Mene-
tio, diciendo que a su ilustre hijo le llevaría otra
vez a Opunte tan pronto como, tomada Ilión, recibiera
su parte de botín. Zeus no les cumple a los hombres
todos su deseos; y el hado ha dispuesto que nuestra
sangre enrojezca una misma tierra, aquí en Troya;
porque ya no me recibirán en su palacio ni el anciano
caballero Peleo, ni Tetis, mi madre; sino que esta
tierra me contendrá en su seno. Ya que he de morir,
¡oh Patroclo! después que tú, no te haré las honras
fúnebres hasta que traiga las armas y la cabeza de
Héctor, tu magnánimo matador. Degollaré ante la
pira, para vengar tu muerte, doce hijos de ilustres

115
Η O M - E 10 O
troyanos. Y en tanto permanezcas tendido junto
a las corvas naves, te rodearán, llorando noche y día,
las troyanas y dardanias de próvido seno que conquis-
tamos con nuestro valor y la ingente lanza, al entrar
a saco opulentas ciudades de hombres de diversos idio-
mas.??”
Cuando esto hubo dicho, el divino Aquiles mandó
a sus compañeros que pusieran al fuego un gran trí-
pode para que cuanto antes le lavaran a Patroclo
las manchas de sangre. Y ellos colocaron sobre el
ardiente fuego una caldera propia para baños, soste-
nida por un trípode; llenáronla de agua, y metiendo
leña debajo la encendieron: el fuego rodeó la caldera
y calentó el agua. Cuando ésta hirvió en la caldera
de bronce reluciente, lavaron el cadáver, ungiéronlo
con pingie aceite y taparon las heridas con un un-
gúento que tenía nueve años; después, colocándolo en
el lecho, lo envolvieron desde la cabeza hasta los
pies en fina tela de lino y lo cubrieron con un velo
blanco. Los mirmidones pasaron la noche alrededor
de Aquiles, el de los pies ligeros, dando gemidos y llo-
rando a Patroclo. Y Zeus habló de este modo a Hera,
su hermana y esposa:
““Tograste al fin, Hera veneranda, la de los ojos de
buey, que Aquiles, ligero de pies, volviera a la bata-
lla. Sin duda nacieron de ti los aqueos de larga ca-
bellera. ??
Respondió Hera veneranda, la de los ojos de buey:
“*¡Terribilísimo Cronidal ¡Qué palabras proferiste!
Si un hombre, no obstante su condición de mortal y
no saber tanto, puede realizar su propósito contra otro
hombre, ¿cómo yo, que me considero la primera de
las diosas por mi abolengo y por llevar el nombre
de esposa tuya, de ti que reinas sobre los inmortales -

116
L 4 ͵ 1, 4 4 b Á

todos, no había de causar males a los teucros estando


irritada contra 611085
Así conversaban. Tetis, la de los pies de plata,
llegó al palacio imperecedero de Hefestos, que bri-
llaba como una estrella, lucía entre los de las dei-
dades, era de bronce y habíalo edificado el Cojo en
persona. Halló al dios bañado en sudor y moviéndose
en torno de los fuelles, pues fabricaba veinte trípodes
que debían permanecer arrimados a la pared del bien
construído palacio y tenían ruedas de oro en los pies
para que de propio impulso pudieran entrar donde los
dioses se congregaban y volver a la casa. ¡Cosa admi-
rable! Estaban casi terminados, faltándoles tan só-
lo las labradas asas, y el dios preparaba los clavos
para pegárselas. Mientras hacía tales obras con sa-
bia inteligencia,.llegó Tetis, la diosa de los pies de
plata. La bella Caris, que llevaba luciente diadema
y era esposa del ilustre Cojo, vióla venir, salió a re-
cibirla, y, asiéndola por la mano, le dijo:
“*¿Por qué, ¡oh Tetis!, la de largo peplo, venerable y
cara, vienes a nuestro palacio? Antes no solías fre-
cuentarlo. Pero, sígueme, y te ofreceré los dones de
la hospitalidad.??
Dichas estas palabras, la divina entre las dio-
sas introdujo a Tetis y la hizo sentar en un her-
moso trono labrado, tachonado con clavos de plata
y provisto de un escabel para los pies. Y llamando a
Hefestos, ilustre artífice, le dijo: ““¡FHefestos! Ven
acá, pues Tetis te necesita.??
Respondió el ilustre Cojo de ambos pies: ““Respe-
table y veneranda es la diosa que ha venido a este
palacio. Fué mi salvadora cuando me tocó paiuvcer,
pues vime arrojado del cielo y caí a los lejos por la
voluntad de mi insolente madre, que me quería ocul-
tar a causa de la tojera. Entonces mi corazón hubiera

117 7.1
A O M E R o
tenido que soportar terribles penas, si no mo hubiesen
acogido en el seno del mar Tetis y Eurínome, hija
del refluente Océano. Nueve años viví con ellas fa-
bricando muchas piezas de bronce—broches, redon-
dos brazaletes, sortijas y collares—en una cueva pro-
funda rodeada por la inmensa, murmurante y espunmosa
corriente del Océano. De todos los dioses y los morta-
les hombres, sólo lo sabían Tetis y Eurínome, las
mismas que antes me salvaran. Hoy que Tetis, la
de hermosas trenzas, viene a mi casa, tengo que pa-
garle el beneficio de haberme conservado la vida.
Sírvele hermosos presentes de hospitalidad, mientras
yo recojo los fuelles y demás herramientas. ??
Dijo; y levantóse de junto al yunque el gigantesco
e infatigable numen que al andar cojeaba arrastrando
sus frágiles piernas. Apartó de la llama los fuelles
y puso en un arcón de plata las herramientas con que
trabajaba; enjugóse con una esponja el sudor del ros-
tro, de las manos, del vigoroso cuello y del velludo
pecho; vistió la túnica; tomó el fornido cetro, y salió
cojeando, apoyado en dos estatuas de oro que eran
semejantes a vivientes jóvenes, pues tenían inteli-
gencia, voz y fuerza, y hallábanse ejereitadas en las
obras propias de los inmortales dioses. .HAmbas sos-
tenían cuidadosamente a su señor, y éste, andando, se
sentó en un trono reluciente cerca de Tetis, asió la
mano de la deidad, y le dijo:
“¿Por qué ¡oh Tetis! la de largo peplo, venerable
y cara, vienes a nuestro palacio? Antes no solías
frecuentarlo. Di qué deseas; mi corazón me impulsa
a realizarlo, si puedo y es hacedero.??”
Respondióle Tetis, derramando lágrimas: ““¡Oh
Hefestos! ¿Hay alguna entre las diosas del Olimpo
que haya sufrido en su ánimo tantos y tan graves pe-
sares como a mí me ha enviado el Cronida? De las

118
L A ἢ L i Á 1) A

ninfas del mar, únicamente a mí me sujotó a un hom


bre, a Peleo Eácida, y tuve que tolerar, contra toda
mi voluntad, el tálamo de un mortal que yace en el
palacio, rendido a la triste vejez. Ahora me envía
otros males: concedióme que pariera y alimentara a
un hijo insigne entre los héroes, que creció semejante
a un árbol, le crié como a una planta en terreno fértil
y lo mandé a llión en las corvas naves, para. que
combatiera con los teucros; y ya no le recibiré otra
vez, porque no volverá a mi casa, a la mansión de
Peleo. Mientras vive y ve la luz del sol está angus-
tiado, y no puedo, aunque a él me acerque, llevarle
socorro. Los aqueos le habían asignado, como recom-
pensa, una doncella, y el rey Agamenón se la quitó
de las manos. Apesadumbrado por tal motivo, con-
sumía su corazón; pero los teucros cercaron a lo3
aqueos junto a los bajeles y no les dejaron salir del
campamento, y los próceres argivos intercedieron con
Aquiles y le ofrecieron espléndidos regalos. Enton-
ces, aunque se negó a librarles de la ruina, hizo que
vistiera sus armas Patroclo y envióle a la batalla
eon muchos hombres. Combatieron todo el día en
las puertas Esceas; y los aqueos hubieran tomado la
ciudad, a no haber sido por Apolo, el cual mató entre
los combatientes delanteros al esforzado hijo de Me-
netio, que tanto estrago causara, y dió gloria a Héc-
tor. Y yo vengo a abrazar tus rodillas por si quieres
dar a mi hijo, cuya vida ha de ser breve, escudo, cas-
co, hermosas grebas ajustadas con broches, y coraza;
pues las armas que tenía las perdió su fiel amigo al
morir a manos de los teucros, y Aquiles yace en tie-,
rra con el corazón afligido.”??”
Contestóle el ilustre cojo de ambos pies: “*Cobra
ánimo y no te preocupes por las armas. Ojalá pu-
diera ocultarlo a la muerte horrísona cuando la terri-

119
1 O M ᾿" ἐν O

ble Moira se le presente, como tendrá una hermosa


armadura que admirarán cuantos la vean.??
Así habló; y dejando a la diosa, encaminóse a los
fuelles, los volvió hacia la llama y les mandó que
trabajasen. Estos soplaban en veinte hornos, despi-
diendo un aire que avivaba el fuego y era de varias
clases: unas veces fuerte, como lo necesita el que
trabaja de prisa, y otras al contrario, según Hefestos
lo deseaba y la obra lo requería. El dios puso al
fuego duro bronce, estaño, oro precioso y plata; co-
locó en el tajo el gran yunque, y cogió con una mano
el pesado martillo y con la otra las tenazas.
Hizo lo primero de todo un escudo grande y fuerte,
de variada labor, con triple cenefa brillante y relu-
ciente, provisto de una abrazadera de plata. Cinco
capas tenía el escudo, y en la superior grabó el dios
muchas artísticas figuras, con sabia inteligencia.
Alí puso la tierra, el cielo, el mar, el sol infatigable
y la luna llena; allí, las estrellas que el cielo coronan,
las Pléyades, las Híades, el robusto Orión y la Osa,
llamada por sobrenombre el Carro, la cual gira siem-
pre en el mismo sitio, mira a Orión y es la única
que deja de bañarse en el Océano.
Allí representó también dos ciudades de hombres
dotados de palabra. En la una se celebraban bodas
y festines: las novias salían de sus habitaciones y
eran acompañadas por la ciudad a la luz de antorchas
encendidas, oíanse repetidos cantos de himeneo, jóve-
nes danzantes formaban ruedos, dentro de los cuales
sonaban flautas y cítaras, y las matronas admiraban
el espectáculo desde los vestíbulos de las casas.—Los
hombres estaban reunidos en el foro, pues se había
suscitado una contienda entre dos varones acerca de
la: multa que debía pagarse por un homicidio: el uno,
declarando ante el pueblo, afirmaba que ya la tenía

120
L Á 1 L " Α 4) Á

satisfecha; el otro negaba haberla recibido, y ambos


deseaban terminar el pleito presentando testigos. El
pueblo se había dividido en dos bandos que aplau-
dían sucesivamente a cada litigante; los heraldos
aquietaban a la muchedumbre, y los ancianos, sen-
tados sobre pulimentadas piedras en sagrado círculo,
tenían en las manos los cetros de los heraldos, de voz
potente, y levantándose uno tras otro publicaban el
juicio que habían formado. En el centro estaban los
dos talentos de oro que debían darse al que mejor
demostrara la justicia de la causa.
La otra ciudad aparecía cercada por dos ejércitos
cuyos individuos, revestidos de lucientes armaduras,
no estaban acordes: los del primero deseaban arruinar
la plaza, y los otros querían dividir en dos partes
cuantas riquezas encerraba la hermosa población. Pe-
ro los ciudadanos aún no se rendían, y preparaban
secretamente una emboscada. Mujeres, niños y an-
cianos, subidos en la muralla, la defendían. Los si-
tiados marchaban, llevando al frente a Ares y a Palas
Atenea, ambos de oro y con áureas vestiduras, hermo-
sos, grandes, armados y distinguidos, como dioses; pues
los hombres eran de estatura menor. Luego, en el lugar
escogido para la emboscada, que era a orillas de un
río y cerca de un abrevadero que utilizaba todo el
ganado, sentábanse, cubiertos de reluciente bronce,
y ponían dos centinelas avanzados para que les avisa-
ran la llegada de las ovejas y de los bueyes de re-
torcidos cuernos. Pronto se presentaban los rebaños
con dos pastores que se recreaban tocando la zampoña,
sin presentir la asechanza. Cuando los emboscados'
log veían venir, corrían a su encuentro, se apode-
raban de los rebaños de bueyes y de los magníficos
hatos de blancas ovejas y mataban a los guardianes.
Los sitiadores, que se hallaban reunidos en junta,

121
A 0 M E R Y
oían el vocerío que se alzaba en torno de los bueyes,
y montando ágiles corceles, acudían presurosos. Pron-
to se trababa a orillas del río una batalla en la cual
heríanse unos a otros con broncíneas lanzas. Allí
se agitaban la Discordia, el Tumulto y la funesta Ker,
que a un tiempo cogía a un guerrero con vida aún,
pero recientemente herido, dejaba ileso a otro y
arrastraba, asiéndolo de los pies, por el campo de la
batalla a un tercero que la muerte recibiera; y el
ropaje que cubría su cuerpo estaba teñido en sangre
humana. Movíanse todos como hombres vivos, pe
leaban y retiraban los muertos.
Representó una blanda tierra noval, un campo fér-
til y vasto que se labraba por tercera vez: acá y allá
muchos labradores guiaban las yuntas, y al llegar al
confín del campo, un hombre les salía al encuentro
y les daba una copa de dulee vino; y ellos volvían
atrás, abriendo nuevos surcos, y deseaban llegar al
otro extremo del noval profundo. Y la tierra que de-
jaba a su espalda negreaba y parecía labrada, siendo
toda de oro; lo cual constituía una singular mara-
villa.
Grabó asimismo un campo de erecidas mieses que
los jóvenes segaban con hoces afiladas: muchos mano-
jos caían al suelo a lo largo del surco, y con ellos
formaban gavillas los atadores. Tres eran éstos, y
unos rapaces cogían los-manojos y se los llevaban
abrazados. En medio, de pie en un surco, estaba el
rey sin desplegar los labios, con el corazón alegre y
el cetro en la mano. Debajo de una encina, los he-
raldos preparaban para el banquete un corpulento
buey que habían matado. Y las mujeres aparejaban
la comida de los trabajadores, haciendo abundantes
mezclas de blanca harina.
También entalló una hermosa viña de oro cuyas

122
L dá Í £ " ΑΔ D Á

cepas, cargadas de negros racimos, estaban sostenidas


por rodrigones de plata. Rodeábanla un foso de ne-
gruzco acero y un seto de estaño, y conducía a ella un
solo camino por donde pasaban los acarreadores ocu-
pados en la vendimia. Doncellas y mancebos, pen-
sando en cosas tiernas, llevaban el dulce fruto en
cestos de mimbre; un muchacho tañía suavemente la
armoniosa cítara y entonaba con tenue voz un her-
moso himno, y todos le acompañaban cantando, pro-
firiendo voces de júbilo y golpeando con los pies el
suelo,
Representó luego un rebaño de vacas de erguida
cornamenta: los animales eran de oro y estaño, y sa-.
lían del establo, mugiendo, para pastar a orillas de un
sonoro río, junto a un flexible cañaveral. Cuatro
pastores de oro guiaban a las vacas y nueve canes de
pies ligeros los seguían. Entre las primeras vacas,
dos terribles leones habían sujetado y conducían a
un toro que daba fuertes mugidos. Perseguíanlos
mancebos y perros. Pero los leones lograban desga-
rrar la piel del animal y tragaban los intestinos y
la negra sangre; mientras los pastores intentaban,
aunque inútilmente, estorbarlo, y azuzaban a los ágiles
canes: éstos se apartaban de los leones sin morderlos,
ladraban desde cerca y rehuían el encuentro con las
“¡eras.
Hizo también el ilustre Cojo de ambos pies un
gran prado en hermoso valle, donde pacían las cán-
didas ovejas, con establos, chozas techadas y apriscos.
El ilustre Cojo de ambos pies puso luego una dan-
za como la que Dédalo concertó en la vasta Cnoso
en obsequio de Ariadna, la de lindas trenzas. Mance-
bos y doncellas hermosas, cogidos de las manos, se
divertían bailando: éstas llevaban vestidos de sutil
lino y bonitas guirnaldas, y aquéllos, túnicas bien

123
Η υ M E R O

tejidas y algo lustrosas, como frotadas con aceite,


y espadas de oro suspendidas de argénteos tahalíes.
Unas veces, moviendo los diestros pies, daban vueltas
a la redonda con la misma facilidad con que el alfa-
rero aplica su mano al torno y lo prueba para ver si
corre, y en otras ocasiones se colocaban por hileras
y bailaban separadamente. Gentío inmenso rodeaba
el baile y se holgaba en contemplarlo. Un divino aeda
cantaba, acompañándose con la cítara; y en cuanto
se oía el preludio, dos saltadores hacían cabriolas en
medio de la muchedumbre,
En la orla del sólido escudo representó la podeross
corriente del río Océano.
Después que construyó el grande y fuerte escudo
hizo para Aquiles una coraza más reluciente que el res-
plandor del fuego; un sólido casco, hermoso, labrado,
de áurea cimera, que a sus sienes se adaptara, y unas
egrebas de dúctil estaño.
Cuando el ilustre Cojo de ambos pies hubo fabricado
las armas, entrególas a la madre de Aquiles. Y Te-
tis saltó, como un gavilán, desde el nevado Olimpo,
llevando la reluciente armadura que Hefestos había
construído.
Tetis halla a su hijo Aquiles reclinado sobre"el cuerpo
de Patroclo, al llevarle las armas fabricadas por Hefestos.

RAPSODIA DECIMONONA

OS, de azafranado peplo, se le-


vanta de la corriente del
Océano para llevar la luz a
los dioses y a los hombres,
cuando Tetis llegó a las naves
con la armadura que Hefestos
le entregara. Halló al hijo
querido reclinado sobre el cadá-
ver de Patroclo, llorando copiosamente y en torno
suyo a muchos amigos que derramaban lágrimas. La
divina entre las diosas se puso en medio, asió la mano
de Aquiles, y hablóle de este modo:
“*¡Hijo mío! Aunque estamos afligidos, dejemos,
que ése yazga, ya que sucumbió por la voluntad de
los dioses; y tú recibe la armadura fabricada por
Hefestos, tan excelente y bella como jamás varón
alguno la haya llevado para proteger sus hombros.??

oK
“Ὁ
A 19) M E K [2]

La diosa apenas acabó de hablar, colocó en el


suelo delante de Aquiles las labradas armas, y éstas
resonaron. A todos los mirmidones les sobrevino tem-
blor; y sin atreverse a mirarlas de frente, huyeron
espantados. Mas Aquiles, así que las vió, sintió que
se le recrudecía la cólera; los ojos le centellearon
terriblemente, como una llama, debajo de los pár-
pados; y el héroe se gozaba teniendo en las manos
el espléndido presente de la deidad. Y cuando hubo
deleitado su ánimo con la contemplación de la labrada
armadura, dirigió a su madre estas aladas palabras:
“¡Madre mía! El dios te ha dado unas armas
como es natural que sean las obras de los inmortales
y como ningún hombre mortal las hiciera. Ahora me
armaré, pero temo que en el entretanto penetren
las moscas por las heridas que el bronce causó al
esforzado hijo de Menetio, engendren gusanos, des-
figuren el cuerpo —pues le falta la vida— y corrom-
pan todo el cadáver.?”
Respondióle Tetis, la diosa de los argentados pies:
*“Hijo, no te preocupe el ánimo tal pensamiento. Yo
procuraré apartar los inoportunos enjambres de mos-
cas, que se ceban en la carne de los varones muertos
en la guerra. Y aunque estuviera tendido un año
entero, su cuerpo se conservaría igual o más fresco
que ahora. Tú convoca a junta a los héroes aqueos,
renuncia a la cólera contra Agamenón, pastor de
pueblos, ármate en seguida para el combate y revís-
tete de valor.??
Dicho esto, infundióle fortaleza y audacia, y echó
unas gotas de ambrosía y rojo néctar en la nariz de
Patroclo, para que el cuerpo se hiciera incorrup-
tible.
El divino Aquiles se encaminó a la orilla del mar,

126
L Á 1 L l Á D Á

y dando horribles voces, convocó a los héroes aqueos.


Y cuantos solían quedarse en el recinto de las naves,
y hasta los pilotos que las gobernaban y como des-
penseros distribuían los víveres, fueron entonces a
la junta; porque Aquiles se presentaba, después de
haberse abstenido de combatir durante mucho tiempo.
El intrépido Tideida y el divino Odiseo, ministros de
Ares, acudieron cojeando, apoyándose al arrimo de la
lanza —aún no tenían curadas las graves heridas—,
y se sentaron delante de todos. Agamenón, rey de
hombres, llegó el último y también estaba herido,
pues Coón Antenórida habíale clavado su broncínea
pica. Cuando todos los aqueos se hubieron congre-
gado, levantándose entre ellos, dijo Aquiles, el de
los pies ligeros:
““¡Atrida! Mejor hubiera sido para entrambos
continuar unidos que sostener, con el corazón.angus-
tiado, roedora disputa por una doncella. Así la
hubiese muerto Artemisa en las naves con una de
sus flechas, el mismo día que la cautivé al tomar a
Lirneso; y no habrían mordido el anchuroso suelo
tantos aquivos como sucumbieron a manos del ene-
migo mientras duró mi cólera. Para Héctor y los
troyanos fué el beneficio, y me figuro que los aqueos
se acordarán largo tiempo de nuestra altercación.
Mas dejemos lo pasado, aunque nos hallemos afligi-
dos, puesto que es preciso refrenar el furor del pecho.
Desde ahora depongo la cólera, que no sería razonable
estar siempre irritado. Mas, ea, incita a los aqueos,
de larga cabellera, a que peleen; y veré, saliendo
al encuentro de los troyanos, si querrán pasar la no-
che junto a los bajeles. Creo que con gusto se entre-
gará al descanso el que logre escapar del feral
combate, puesto en fuga por mi lanza.??”

127
Η υ M E E O

Así habló; y los aqueos, de hermosas grebas, hol-


gáronse de que el magnánimo Peleida renunciara a
la cólera. Y el rey de hombres Agamenón les dijo
desde su asiento, sin levantarse en medio del con-
Curso:
““¡Oh amigos, héroes dánaos, ministros de Ares!
Bueno será que escuchéis sin interrumpirme, pues
lo contrario molesta aun al que está ejercitado en
el hablar. ¿Cómo se podría oír o decir algo en medio
del tumulto producido por muchos hombres? Hasta
un orador elocuente se turbaría. Yo me dirigiré al
Peleida; pero vosotros, los demás argivos, prestadme
atención y cada uno comprenda bien mis palabras.
Muchas veces los aqueos me han increpado por lo
ocurrido, y yo no soy el culpable, sino Zeus, lu Moira
y Erinnia que vaga en las tinieblas; los cuales hi-
cieron padecer a mi alma, durante la junta, cruel
ofuscación el día en que le arrebaté a Aquiles la
recompensa. Mas, ¿qué podía hacer? La divinidad
es quien lo dispone todo. Hija venerada de Zeus es
la perniciosa Até, a todos tan funesta: sus pies
son delicados y no los acerca al suelo, sino que anda
sobre las cabezas de los hombres, a quienes causa
daño, y se apodera de uno, por lo menos, de los que
contienden. En otro tiempo fué aciaga para el mismo
Zeus, que es tenido por el más poderoso de los hom-
bres y de los dioses; pues Hera, no obstante ser
hembra, le engañó cuando Alcmena había de parir
al fornido Heracles en Tebas, ceñida de hermosas
murallas. El dios, gloriándose, dijo así ante todas
las deidades:
““Oídme todos, dioses y diosas, para que os mani-
““fieste lo que en el pecho mi corazón me dicta: Hoy
““Tlitia, la que preside los partos, sacará a luz un

128
L Á i L 1 ΜΝ ἰ) Α

**varón que, perteneciendo a la familia de los hoxm-


““bres engendrados de mi sangro, reinara sobre todos
““sus vecinos.??”
““Respondióle con astucia la venerable Hera:
““Mientes, y no cumplirás lo que dices. Y si no, ea,
“* Zeus Olímpico, jura solemnemente que reinará sobre
““todos sus vecinos el niño que, perteneciendo a la
““familia de los hombres engendrados de tu sangre,
“caiga hoy a los pies de una mujer.??
““Tal dijo; Zeus, no sospechando el dolo, prestó el
gran juramento que tan funesto le había de ser.
Hera dejó en raudo vuelo la cima del Olimpo, y pron-
to llegó a Argos de Acaya, donde vivía la esposa
ilustre de Esténelo Perseida. Y como ésta se hallara
en cinta de siete meses cumplidos, la diosa sacó a
luz el niño, aunque era prematuro, y retardó el parto
de Alemena, deteniendo a las lIlitias. Y en seguida
participóselo al Cronida, diciendo:
“¡Padre Zeus, fulminador! Una noticia tengo que
“£ darte: ya nació el noble varón que reinará sobre
““los argivos: Euristeo, hijo de Esténelo Perseida,
““descendiente tuyo. No es indigno de reinar sobre
““aquéllos.?”
““Tales fueron sus palabras, y un agudo dolor pe-
netró el alma del dios, que, irritado en su corazón,
cogió a Até por los nítidos cabellos y prestó solemne
juramento de que Até, tan funesta a todos, jamás
volvería al Olimpo y al cielo estrellado. Y volteán-
dola con la mano, la arrojó del cielo. En seguida
llegó Até a los campos cultivados por los hombres.
Y Zeus gemía por causa de ella, siempre que con-
templaba a su hijo realizando los penosos trabajos
que Euristeo le impusiera.?”
““Por esto, cuando el gran Héctor, de tremolante

129
H O - M y) k O

casco, mataba a los argivos junto a las popas de las


naves, yo no podía olvidarme de Até, cuyo funesto
influjo había experimentado. Pero ya que falté y
Zeus me hizo perder el juicio, quiero aplacarte y ha-
certe muchos regalos, y tú marcha al combate y ani-
ma a los demás guerreros. Voy a darte cuanto ayer
te ofreció en tu tienda el divino Odiseo. Y si quieres,
aguarda, aunque estés impaciente por combatir, y
mis servidores traerán de la nave los presentes para
que veas si son capaces de apaciguar tu ánimo los
que te brindo.??”
Respondióle Aquiles, el de los pies ligeros: **¡Atri-
da gloriosísimo, rey de hombres Agamenón! Luego
podrás regalarme estas cosas, como es justo, o rete-
nerlas. Ahora pensemos solamente en la batalla. Pre-
ciso es que no perdamos el tiempo hablando, ni
difiramos la acción —la gran empresa está aún por
acabar—, para que vean nuevamente a Aquiles entre
los combatientes delanteros, aniquilando con su bron-
cínea lanza las falanges teucras. Y vosotros pensad
también en combatir con los enemigos.??
Contestó el ingenioso Odiseo: “*Aunque seas va-
liente, divino Aquiles, no exhortes a los aqueos
a que peleen en ayunas con los teuecroz, cerca de Ilión;
que no durará poco tiempo la batalla cuando las
falanges vengan a las manos y la divinidad excite
el valor de ambos ejércitos. Ordénales, por el con-
trario, que en las veleras naves se sacien de manjares
y vino, pues esto da fuerza y valor. Estando en
ayunas no puede el varón combatir todo el día, hasta
la puesta del sol, con el enemigo: aunque su corazón
lo desee, los miembros se le entorpecen, le rinden
el hambre y la sed, y las rodillas se le doblan al an-
dar. Pero el que pelea todo el día con los enemigos,

130
ἀρ τς ΝῊ ΠῚ UE, NES.
saciado de vino y de manjares, tiene en el pecho
un corazón audaz y sus miembros no se cansan antes
que todos se hayan retirado de la lid. Ea, despide
las tropas y manda que preparen el desayuno; el rey
de hombres Agamenón traiga los regalos en medio de
la junta para que los vean todos los aqueos con
sus propios ojos y te regocijes en el corazón; ¡jure
el Atrida, de pie entre los argivos, que nunca subió
al lecho de Briseida ni yació con la misma, como
es costumbre, oh rey, entre hombres y mujeres; y tú,
Aquiles, procura tener en el pecho un ánimo benigno.
Que luego se te ofrezca en el campamento un es-
pléndido banquete de reconciliación, para que nada
falte de lo que se te debe. Y el Atrida sea en ade-
lante más justo con todos; pues no se puede repren-
der que se apacigúe a un rey, a quien primero se
injuriara.??
Dijo entonces el rey de hombres Agamenón: *“Con
agrado escuché tus palabras, Laertíada, pues en todo
lo que narraste y expusiste has sido oportuno. Quiero
hacer el juramento: mi ánimo me lo aconseja, y no
será para perjuicio mi invocación a la divinidad.
Aquiles aguarde, aunque esté impaciente por com-
batir, y los demás continuad reunidos aquí hasta que
traigan de mi tienda los presentes y consagremos con
un sacrificio nuestra fiel amistad. A ti mismo te lo
encargo y ordeno: escoge eutre los ¡jóvenes aqueos
los más principales; y encaminándote a mi nave, trae
cuanto ayer ofrecimos a Aquiles, sin dejar las mu-
jeres. Y Taltibio, atravesando el anchuroso campa-
mento aquivo, vaya a buscar y prepare un jabalí para
inmolarlo a Zeus y ἃ. Helios.??”
Replicó Aquiles, el de los pies ligeros: “*¡Atrida
gloriosísimo, rey de hombres Agamenón! Todo esto

131
H O M E R O

debierais hacerlo cuando se suspenda el combate y


no sea tan grande el ardor que inflama mi pecho.
¡Yacen insepultos los que hizo sucumbir Héctor Priá-
mida cuando Zeus le dió gloria, y vosotros nos acon-
sejáis que comamos! Yo mandaría a los aqueos que
combatieran en ayunas, sin tomar nada; y que a la
puesta del sol, después de vengar la afrenta, cele-
braran un gran banquete. Hasta entonces no han de
entrar en mi garganta ni manjares ni bebidas; por-
que mi compañero yace en la tienda, atravesado por
el agudo bronce, con los pies hacia el vestíbulo y
rodeado de amigos que le lloran. Por esto, ni regalos
ni banquetes interesan a mi espíritu, sino tan sólo
la matanza, la sangre y el triste gemir de los gue-
rreros.?”
Respondióle el ingenioso Odiseo: ““¡Oh Aquiles,
hijo de Peleo, el más valiente de todos los aquivos!
Eres más fuerte que yo y me superas no poco en el
manejo de la lanza; pero te aventajo mucho en
el pensar, porque nací antes y mi experiencia es ma-
yor. Acceda, pues, tu corazón a lo que voy a decir:
pronto se cansan los hombres de pelear, si, haciendo
. caer el bronce muchas espigas al suelo, la mies es
escasa porque Zeus, el árbitro de la guerra humana,
inclina al otro lado la balanza. No es justo que los
aqueos lloren al muerto con el vientre vacío, pues
siendo tantos los que sucumben unos en pos de otros
todos los días, ¿cuándo podríamos respirar sin pena?
Se debe enterrar con ánimo firme al que muere y
llorarle un día, y luego cuantos hayan escapado del
combate funesto piensen en comer y beber para
vestir otra vez el indomable bronce y pelear conti-
nuamente y con más tesón aún contra los enemigos.
Ningún guerrero deje de salir aguardando otra ex-

132
£ Á 1 L ] Á D A

hortación, que para. su daño la esperará quien se


quede junto a las naves argivas. Vayamos todos jun-
tos y excitemos al cruel Ares contra los teucros, do-
madores de caballos.”?
Dijo; mandó que le siguiesen los hijos de Néstor,
Meges Fileida, Toas, Meriones, Licomedes Creontíada
y Melanipo, y encaminóse con ellos a la tienda de
Agamenón Atrida. Y apenas hecha la proposición,
ya estaba cumplida. Lleváronse de la tienda los
siete trípodes que al Atrida había ofrecido, veinte
calderas relucientes y doce caballos; e hicieron salir
siete mujeres, diestras en primorosas labores, y a
Briseida, la de hermosas mejillas, que fué la octava.
Al volver, Odiseo iba delante con los diez talentos
de oro que él mismo había pesado, y le seguían los
jóvenes aqueos con los presentes. Pusiéronlo todo
en medio de la junta, y alzóse Agamenón, teniendo
a su lado a Taltibio, cuya voz parecía la de una
deidad, sujetando con la mano a un jabalí. El
Atrida sacó el cuchillo que llevaba colgado junto a
la gran vaina de la espada, cortó por primicias algu-
nas cerdas del jabalí y oró, levantando las manos
a Zeus; y todos los argivos, sentados en silencio y
en buen orden, escuchaban las palabras del rey. Este,
alzando los ojos al anchuroso cielo, hizo esta ple-
garia:
““Sean testigos Zeus, el más excelso y poderoso
de los dioses, y luego Gea, Helios, y las Erinnias
que debajo de la tierra castigan a los muertos que
fueron en vida perjuros, de que jamás he puesto la
mano sobre la doncella Briseida para yacer con. ella
ni para otra cosa alguna; sino que en mi tienda ha
permanecido intacta. Y si en algo perjurare, en-

133 8.—TI
H O M E R Y
víenme los dioses los muchísimos males con que cas-
tigan al que, jurando, contra ellos peca.??
Dijo; y con el cruel bronce degolló el jabalí que
Taltibio arrojó, haciéndole dar vueltas, al gran abis-
mo del espumoso mar para pasto de los peces. Y
Aquiles, levantándose entre los belicosos argivos, ha-
bló en estos términos:
““¡Padre Zeus! Grandes son los infortunios que
mandas a los hombres. Jamás el Atrida me hubiera
suscitado el enojo en el pecho, ni hubiese tenido poder
para arrebatarme la doncella contra mi voluntad;
pero sin duda quería Zeus que muriesen muchos aqueos.
Ahora id a comer para que luego trabemos el com-
bate.?” :
Así se expresó; y al momento disolvió la junta.
Cada uno volvió a su respectiva nave. Los magná-
nimos mirmidones se hicieron cargo de los presentes,
y llevándolos hacia el bajel del divino Aquiles, de-
járonlos en la tienda, dieron sillas a las mujeres, y
servidores ilustres guiaron los caballos al sitio en
que los demás estaban.
Briseida, que a la dorada Afrodita se asemejaba,
cuando vió a Patroclo atravesado por el agudo bronce,
se echó sobre el mismo y prorrumpió en fuertes
sollozos, mientras con las manos se golpeaba el pe-
cho, el delicado cuello y el lindo rostro. Y llorando
aquella mujer semejante a una diosa, así decía:
““*¡Oh Patroclo, amigo carísimo al corazón de esta
desventurada! Vivo te dejé al partir de la tienda, y
te encuentro difunto al volver, oh príncipe de hom-
bres. ¡Cómo me persigue una desgracia tras otra!
Vi al hombre a quien me entregaron mi padre y mi
venerable madre, atravesado por el agudo bronce
al pie de los muros de la ciudad; y los tres hermanos

134
L A δ 1, I A D Á

queridos que mi padre me diera, murieron también.


Pero tú, cuando el ligero Aquiles mató a mi esposo
y tomó la ciudad del divino Mines, no me dejabas
llorar, diciendo que lograrías que yo fuera la mujer
legítima del divino Aquiles, que éste me llevaría en
su nave a Ptía y que allí, entre los mirmidones, cele-
braríamos el banquete nupcial. Y ahora que has
muerto, no me cansaré de llorar por ti, que siempre
fuiste afable. ”?
Así dijo llorando, y las mujeres sollozaron, apa-
rentemente por Patroclo, y en realidad por sus pro-
pios males. Los caudillos aqueos se reunieron en torno
de Aquiles y le suplicaron que comiera; pero él se
negó, dando suspiros:
““Yo os ruego, si es que alguno de mis compañeros
quiere obedecerme aún, que no me invitéis a saciar
el deseo de comer o de beber; porque un grave dolor
se apodera de mí. Aguardaré hasta la puesta del sol
y soportaré la fatiga.??
Cuando esto hubo dicho, despidió a los reyes, y
sólo se quedaron los dos Atridas, el divino Odiseo,
Néstor, Idomeneo y el anciano Fénix para distraer
a Aquiles, que estaba profundamente afligido. Pero
nada podía alegrar el corazón del héroe, mientras
no entrara en sangriento combate. Y acordándose
de Patroclo, daba hondos y frecuentes suspiros, y
así decía:
““En otro tiempo, tú, infeliz, el más amado de los
compañeros, me servías en esta tienda, diligente y
solícito, el agradable desayuno cuando los aqueos se*
daban prisa por trabar el luctuoso combate con los
teucros, domadores de caballos. Y ahora yaces, atra-
vesado por el bronce, y yo estoy ayuno de comida
y de bebida, a pesar de no faltarme, por la sole-

135
dl U Má ἢ E 7)

dad que du ti siento. Nada peor me puede ocurrir; ni


que supiera que ha muerto mi padre, el cual quizás
llora allá en Ptía por no tener a su lado un hijo
como yo, mientras peleo con los teucros en país ex-
tranjero a causa de la funesta Helena; ni que falle-
ciera mi hijo amado que se cría en Esciros, si el
divino Neoptólemo vive todavía. Antes el corazón
abrigaba en mi pecho la esperanza de que solo yo
perecería en Jlión, y de que tú, volviendo a Ptía, irías
en una “veloz nave negra a Esciros, recogerías
a mi hijo y le mostrarías todos mis bienes: las po-
sesiones, los esclavos y el palacio de elevado techo.
Porque me figuro que Peleo ya no existe; y si le
queda un poco de vida, estará afligido, se verá abru-
mado por la odiosa vejez y temerías siempre recibir
la triste noticia de mi muerte.?”
Así dijo, llorando, y los caudillos gimieron, porque
cada uno se acordaba de aquellos a quienes había
dejado en su respectivo palacio. El Cronida, al verlos
sollozar, se compadeció de ellos, y al instante dirigió
a Atenea estas aladas palabras: R
“¡Hija mía! Desamparas de todo en todo a ese
eximio varón. ¿Acaso tu espíritu ya no se cuida de
Aquiles? Hállase junto a las naves de altas popas,
llorando a su compañero amado; los demás se fueron
a comer, y él sigue en ayunas y sin probar bocado.
Ea, ve y derrama en su pecho un poco de néctar
y ambrosía para que el hambre no le atormente.?”
Con tales palabras instigóle a hacer lo que ella
misma deseaba. Atenea emprendió el vuelo, cual si
fuese un halcón de anchas alas y aguda voz, desde
el cielo a través del éter. Ya los aquivos se armaban
en -el ejército, cuando la diosa derramó en el pecho
de Aquiles un poco de néctar y de ambrosía deliciosa,

136
L 4 Ι Ι Á D Á

para que el hambre molesta no hiciera flaquear las


rodillas del héroe, regresando en seguida al sólido
palacio del prepotente padre. Los guerreros afluyeron
a un lugar algo distante de las veleras naves. Cuan
numerosos caen los copos de nieve que envía Zeus
y vuelan helados al impulso del Bóreas, nacido en
el éter; en tan gran número veíanse salir del recinto
de las naves los refulgentes cascos, los abollonados
escudos, las fuertes corazas y las lanzas de fresno.
El brillo llegaba hasta el cielo; toda la tierra se
mostraba risueña por los rayos que el bronce despe-
día, y un gran ruido se levantaba de los pies de los
guerreros. Armábase entre éstos el divino Aquiles:
rechinándole los dientes, con los ojos centelleantes
como encendida llama y el corazón traspasado por
insoportable dolor, lleno de ira contra log teucros,.
vestía el héroe la armadura regalo del dios Hefestos,
que la había fabricado. Púsose en las piernas ele-
gantes grebas ajustadas con broches de plata; pro-
tegió su pecho con la coraza; colgó del hombro una
espada de bronce guarnecida con argénteos clavos,
y embrazó el grande y fuerte escudo cuyo resplandor
semejaba desde lejos al de la luna. Como aparece el
fuego encendido en sitio solitario de la cumbre de
un monte a los navegantes que vagan por ek mar,
abundante en peces, porque las tempestades los ale-
jaron de sus amigos; de la misma manera, el res-
plandor del hermoso y labrado escudo de Aquiles
llegaba al éter. Cubrió después la cabeza con el for-
nido yelmo que brillaba como un astro; y a su alre-
dedor ondearon las áureas y espesas erines que
Hefestos había colocado en la cimera. El divino
Aquiles probó si la armadura se le ajustaba, y si,
lleyándola puesta, movía con facilidad los miembros;

137
Η 0 M E R O
y las armas viniercn a ser como alas que levantaban
al pastor de hombres. Sacó del estuche la lanza pa-
terna, ponderosa, grande y robusta, que entre todos
los aqueos, solamente él podía manejar: había sido
cortada de un fresno de la cumbre del Pelión y re-
galada por Quirón al padre de Aquiles para que con
ella matara héroes. En tanto, Automedón y Alcimo
se ocupaban en uncir los caballos: sujetáronlos con
hermosas correas, les pusieron el freno en la boca
y tendieron las riendas hacia atrás, atándolas a la.
fuerte silla. Sin dilación cogió Automedón el mag-
nífico látigo y saltó al carro. Aquiles, cuya armadura
relucía como el fúlgido Helios, subió también y ex-
hortó con horribles voces a los caballos de su padre:
““i¡Janto y Balio, ilustres hijos de Podarga. Cuidad
de traer salvo al campamento de los dánaos al que
hoy os guía; y no le dejéis muerto en la liza como
a Patroclo.??”
Y Janto, el corcel de ligeros pies, bajó la cabeza—
sus erines cayendo en torno de la extremidad del
yugo llegaban al suelo—, y habiéndole dotado de
voz Hera, la diosa de los níveos brazos, respondió
de esta manera:
““Hoy te salvaremos aún, impetuoso Aquiles; pero
está cercano el día de tu muerte, y los culpables
no seremos nosotros, sino un dios poderoso y la Moira
cruel. No fué por nuestra lentitud ni por nuestra
pereza por lo que los teueros quitaron la armadura
de los hombros de Patroclo; sino que el dios fortí-
simo, a quien parió Leto, la de hermosa cabellera,
matóle entre los combatientes delanteros y dió gloria
a Héctor. Nosotros correríamos tan veloces como el
soplo del Zéfiro, que es tenido por el más rápido.

138
L Á 1 L ] Α D A

Pero también tú estás destinado a sucumbir a manos


de un dios y de un mortal.??
Dichas estas palabras, las Erinnias le cortaron la
voz. Y muy indignado, Aquiles, el de los pies ligeros,
así le habló:
““¡Janto! ¿Por qué me vaticinas la muerte? Nin-
guna necesidad tienes de hacerlo. Ya sé que mi des-
tino es perecer aquí, lejos de mi padre y de mi
madre; mas con todo eso, no he de descansar hasta
que harte de combate a los teucros.??
Dijo y dando voces, dirigió los solípedos caballos
por las primeras filas.
ede
ἂνἌa
PS Ὥς.
- τε
ν᾿
.
Zeus perinite que los dioses del Olimpo intervengan en el
combate de aquivos y teucros

RAPSODIA VIGESIMA

IENTRAS los aqueos se arma-


ban junto a los corvos bajeles,
alrededor de ti, oh hijo de Pe-
leo, incansable en la batalla,
los teucros se apercibían para
el combate en una emiñencia
de la llanura.
Zeus ordenó a Temis que,
partiendo de las cumbres del Olimpo, en valles abun-
dante, convocase la junta de los dioses; y ella fué de
uu lado para otro y a todos los mandó que acudieran
al palacio de Zeus. De los ríos sólo faltó el Océano; y.
de cuantas ninfas habitaban los amenos bosques, las
fuentes de los ríos y los herbosos prados, ninguna dejó
de presentarse. Tan luego como llegaban al palacio del
Cronida, acomodíbanse en asientos de piedra pulimen-
tada que para ellos había construído Hefestos con sa-

141
ul O M ἢ R O

bia inteligencia. Allí, pues, se reunieron. Poseidón


tampoco desobedeció a la diosa; y dirigiéndose desde
el mar a la junta, se sentó en medio y exploró la
voluntad de Zeus:
“¿Por qué, oh tú que lanzas encendidos rayos,
convocas de nuevo la ¡junta de los dioses? ¿Acaso
tienes algún propósito acerca de los teucros y de
los aqueos? El combate y la pelea volverán a encen-
derse muy pronto entre ambos pueblos.”??
Respondióle Zeus, que amontona las nubes: **Com-
prendiste, Poseidón, que bates la tierra, el designio
que encierra mi pecho y por el cual os he reunido.
Me curo de ellos, aunque van a perecer. Yo me que-
daré sentado en la cumbre del Olimpo y recrearé mi
espíritu contemplando la batalla; y los demás idos
hacia los teucros y los aqueos y cada uno auxilie a
los que quiera. Pues si Aquiles, el de los pies ligeros,
combatiese solo con los teucros, éstos no resistirían
ni un instante la acometida del hijo de Peleo. Ya
antes huían espantados al verle; y temo que ahora,
que tan enfurecido tiene el ánimo por la muerte de
su compañero, destruya el muro de Troya contra la
decisión del hado.??”
El Cronida habló en estos términos y promovió
una gran batalla. Los dioses fueron al combate di-
vividos en dos bandos; encamináronse a las naves
Hera, Palas Atenea, Poseidón, que ciñe la tierra, el
benéfico Hermes, de prudente espíritu, y con ellos
Hefestos, que, orgulloso de su fuerza, cojeaba arras-
trando sus gráciles piernas; y enderezaron sus pasos
a los teucros, Ares, de tremolante casco, el intonso
Tebo, Artemisa que se complace en tirar flechas, Leto,
el Janto y la risueña Afrodita.
En cuanto los dioses se mantuvieron alejados de

142
L Α ΤΠ ΩΣ 1 Α D A
los hombres, mostráronse los aqueos muy ufanos por-
que Aquiles volvía a la batalla después del largo
tiempo en que se había abstenido de tener parte
en la triste guerra; y los teucros se espantaron y un
fuerte temblor les ocupó los miembros, tan pronto
como vieron al Peleida, ligero de pies, que con su
reluciente armadura semejaba al dios Ares, funesto
a los mortales. Mas así que las olímpicas deidades
penetraron por entre la muchedumbre de los gue-
rreros, levantóse la terrible Eris, que enardece a los
varones; Atenea daba fuertes gritos, unas veces a
orillas del foso cavado al pie del muro, y otras en los
altos y sonoros promontorios; y Ares, que parecía
un negro torbellino, vociferaba también y animaba
vivamente a los teucros, ya desde el punto más alto
de la ciudad, ya corriendo por la llamada “*Colina
hermosa”? a orillas del Símois.
De este modo los felices dioses, instigando a unos
y a otros, les hicieron venir a las manos y promo-
vieron una reñida contienda. El padre de los hombres
y de los dioses tronó horriblemente en las alturas;
Poseidón, por debajo, sacudió la inmensa tierra y las
excelsas cumbres de los montes; y retemblaron, así
las laderas y las cimas del Ida, abundante en ma-
nantiales, como la ciudad troyana y las naves aqueas.
Asustóse Edoneo, rey de los infiernos, y saltó del
trono gritando; no fuera que Poseidón abriese la
tierra y se hicieran visibles las mansiones horrendas
y tenebrosas que las mismas deidades aborrecen.
¡Tanto estrépito se produjo cuando los dioses entra-
ron en combate! Al soberano Poseidón le hizo frente
Febo Apolo con sus aladas flechas; a Ares, Minerva,
la diosa de los brillantes ojos; a Hera, Artemisa
que lleva arco de oro, ama el bullicio de la caza,

143
Η ο ál LE K Y
se complace en tirar saetas y es hermana del Fle-
chador; a Leto el poderoso y benéfico Hermes; y a
Hefestos, el gran río de profundos vórtices llamado
por los dioses Janto y por los hombres Escamandro.
Así los dioses salieron al encuentro los unos de los
otros. Aquiles deseaba romper por el gentío en dere-
chura a Héctor Priámida, pues el ánimo le impulsaba
a saciar con la sangre del héroe a Ares, infatigable
luchador. Mas Apolo, que enardece a los guerreros,
movió a Eneas a oponerse al Peleida, infundiéndole
gran valor y hablándole así después de tomar la voz
y figura de Licaón hijo de Príamo.
““¡Eneas, consejero de los teucros! ¿Qué son de
aquellas amenazas hechas por ti en los banquetes de
los caudillos troyanos, de que saldrías a combatir
con el Peleida Aquiles???”
Respondióle Eneas: “*¡Priámidal ¿Por qué me
ordenas que luche, sin desearlo mi voluntad, con el
animoso Peleida? No fuera la primera ocasión que me
viese frente a Aquiles, el de los pies ligeros: en
otro tiempo, cuando vino adonde pacían nuestras va-
cas y tomó a Lirneso y a Pédaso, persiguióme por
el Ida con su lanza; y Zeus me salvó, dándome fuer-
zas y aligerando mis rodillas. Sin su ayuda hubie-
se sucumbido a manos de Aquiles y de Atenea, que
le precedía, le daba la victoria y le animaba a matar
léleges y troyanos con la broncínea lanza. Por eso
ningún hombre puede combatir con Aquiles, porque
a su lado asiste siempre alguna deidad que lo libra
de la muerte. En cambio, su lanza vuela recta y no
se detiene hasta que ha atravesado el cuerpo de un
enemigo. Si un dios igualara las condiciones del com-
bate, Aquiles no me vencería fácilmente; aunque se
gloriase de ser todo de bronce.??”

144
Y á [ L ἰ Á D A
Repiicóle el soberano Apolo, hijo de Zeus: **¡Hó
roe! Ruega tú también a los sempiternos dioses, pues
dicen que naciste de Afrodita, hija de Zeus, y aquél
es hijo de una divinidad inferior. La primera des-
ciende de Zeus, ésta tuvo por padre al anciano del
mar. Levanta el indomable bronce y no te arredres
por oír palabras duras o amenazas.??
Apenas acabó de hablar, infundió grandes bríos al
pastor de hombres; y éste, que llevaba una reluciente
armadura de bronces, se abrió paso por los combatien-
tes delanteros. Hera, la de los brazos de nieve, no de-
jó de advertir que el hijo de Anquises atravesaba
la muchedumbre para salir al encuentro del Peleida;
y llamando a otros dioses, les dijo:
“*Considerad en vuestra mente, Poseidón y Atenea,
cómo esto acabará; pues Eneas, armado de relucien-
te bronce, se encamina en derechura al Peleida por
excitación de Febo Apolo. Ea, hagámosle retroceder,
o alguno de nosotros se ponga ¿junto a Aquiles, le
infunda gran valor y no deje que su ánimo desfallez-
ca; para que conozca que le acorren los inmortales
más poderosos, y que son débiles los dioses que en
el combate y la pelea protegen a los teucros. Todos
hemos bajado del Olimpo, a intervenir en esta batalla,
para que Aquiles no padezca hoy ningún daño de par-
te de los teucros; y luego sufrirá lo que la Moira
dispuso, hilando el lino, cuando su madre lo dió a luz.
Si Aquiles no se entera por la voz de los dioses, sen-
tirá temor cuando en el combate le salga al encuentro
alguna deidad; pues los dioses, en dejándose ver, son
terribles. ?”
Respondióle Poseidón, que sacude la tierra: “*¡Ho-
ra! No te irrites más de lo razonable, que no es
decoroso. Ni yo quisiera que nosotros, que somos los
más fuertes, promoviéramos la contienda entre los dio-

145
Η O M E R 0
ses. Vayamos a sentarnos en aquella altura, y de
la batalla cuidarán los hombres. Y si Ares o Febo
Apolo dieren principio a la pelea o detuvieren a Aqui-
les y no le dejaren combatir, iremos en seguida a
luchar con ellos, y me figuro que pronto tendrán que
retirarse y volver al Olimpo, a la junta de los demás
dioses, vencidos por la fuerza de nuestros brazos.?”
Dichas estas palabras, el dios de los cerúleos cabe-
llos llevólos al alto terraplén que los troyanos y Palas
Atenea habían levantado en otro tiempo, para que el
divino Heracles se librara de la ballena cuando, per-
seguido por ésta, pasó de la playa a la llanura. Allí
Poseidón y los otros dioses se sentaron, extendiendo
en derredor de sus hombros una impenetrable nube;
y al otro lado, en la cima de Calicolone, en tor-
no de ti, flechador Febo, y de Ares, que destruye
las ciudades, acomodáronse las deidades protectoras
de los teucros. Así unos y otros, sentados en dos
grupos, deliberaban y no se decidían a empezar el
funesto combate. Y Zeus desde lo alto les incitaba
a comenzarlo.
Todo el campo, lleno de hombres y caballos, res-
plandecía con el lucir del bronce; y la tierra retum-
baba debajo de los pies de los guerreros que a lidiar
salían. Dos varones, señalados entre los más valien-
tes, deseosos de combatir, se adelantaron a los su-
yos para afrontarse entre ambos ejércitos: Eneas,
hijo de Anquises, y el divino Aquiles. Presentóse pri-
mero Eneas, amenazador, tremolando el refornido cas-
co: protegía el pecho con el fuerte escudo y vibraba
broncínea lanza. Y el Peleida desde el otro lado fué
a oponérsele. Como cuando se reunen los hombres
de todo un pueblo para matar a un voraz león, éste
al principio sigue su camino despreciándolos; mas,
así que uno de los belicosos jóvenes le hiere con un

146
L 4 1 L I A D Á

venablo, se vuelve hacia él con la boca abierta, mues


tra los dientes cubiertos de espuma, siente gemir en
su pecho el corazón valeroso, se azota con la cola
muslos y flancos para animarse a pelear, y con los
ojos centelleantes arremete fiero hasta que mata a al-
guien o él mismo perece en la primera fila; así le
instigaba a Aquiles su valor y ánimo esforzado a sa-
lir al encuentro del magnánimo Eneas. Y tan pronto
como se hallaron frente a frente, el divino Aquiles, el
de los pies ligeros, habló diciendo:
““¡Eneas! ¿Por qué te adelantas tanto a la turba
y me aguardas? ¿Acaso el ánimo te incita a combatir
conmigo por la esperanza de reinar sobre los troya-
nos, domadores de caballos, con la dignidad de Príia-
mo? Si me matases, no pondría Príamo en tu mano
tal recompensa; porque tiene hijos, conserva entero el
juicio y no es insensato. ¿O quizás te han prometido
los troyanos acotarte un hermoso campo de frutales
y sembradío que a los demás aventaje, para que pue-
das cultivarlo, si me quitas la vida? Me figuro que
te será difícil conseguirlo. Ya otra vez te puse en
fuga con mi lanza. ¿No recuerdas que te eché de
los montes ideos, donde estabas solo pastoreando los
bueyes, y te perseguí corriendo con ligera planta?
Entonces huías sin volver la cabeza. Luego te refu-
glaste en Lirneso y yo tomé la ciudad con la ayuda
de Atenea y del padre Zeus, y me llevé las mujeres
haciéndolas esclavas; mas a ti te salvaron Zeus y los
demás dioses. No creo que ahora te guarden, como
espera tu corazón; y te aconsejo que vuelvas a
tu ejército y no te quedes frente a mí, antes que pa-
dezcas algún daño, que el necio sólo conoce el mal
evando ha llegado.?”?
Eneas respondióle diciendo: “*¡Peleida! No creas
que con esas palabras me asustarás como a un niño,

147
Η o MY E R O
pues también sé proferir injurias y baldones, Cono-
cemos el linaje de cada uno de nosotros y cuáles fue-
ron nuestros respectivos padres, por haberlo oído con-
tar a los. mortales hombres; que ni tá viste a los míos,
ni yo a los tuyos. Dicen que eres prole del eximio Pe-
leo y tienes por madre a Tetis, ninfa marina de her-
mosas trenzas; mas yo me glorío de ser hijo del mag-
nánimo Anquises y mi madre es Afrodita: aquéllos
o éstos tendrán que llorar hoy la muerte de su hijo,
pues no pienso que nos separemos sin combatir, des-
pués de dirigirnos pueriles insultos: si deseas saberlo
te diré cuál es mi linaje, de muchos conocido. Pri-
mero Zeus, que amontona las nubes, engendró a Dár-
dano, y éste fundó la Dardania al pie del Ida, en
manantiales abundoso; pues aún la sacra Ilión, ciu-
dad de hombres de diverso idioma, no había sido edi-
ficada en la llanura. Dárdano tuvo por hijo al rey
Erictonio, que fué el más opulento de los mortales
hombres: poseía tres mil yeguas que, ufanas de sus
tiernos potros, pacían junto a un pantano.—El Bóreas
enamoróse de algunas de las que vió pacer, y transí.-
gurado en caballo de negras crines, hubo de ellas doce
potros que en la fértil tierra saltaban por encima de
las mieses sin romper las espigas y en el ancho dor-
so del espumoso mar corrían sobre las mismas olas.—
Erictonio fué padre de Tros, que reinó sobre los troya-
nos; y éste dió el sér a tres hijos irreprensibles: llos,
Asáraco y el divino Ganimedes, el más hermoso de
los hombres, a quien arrebataron los dioses a causa
de su belleza para que escanciara el néctar a Zeus
y viviera con los inmortales. llos engendró al eximio
Laomedonte, que tuvo por hijos a Titón, Príamo,
Lampo, Clitio e Hicetaón, vástago de Ares. Asáraco
engendró a Capis, cuyo hijo fué Anquises. Anquises
me engendró a mí y Príamo al divino Héctor. Tal

148
L Á Ϊ E Ϊ Á D A

alcurnia y tal sangre me glorío de tener. Pero Zeus


aumenta o disminuye el valor de los guerreros como
le place, porque es el más poderoso. Ea, no nos diga-
mos más palabras como si fuésemos niños, parados así
en medio del campo de batalla. Fácil nos sería in-
ferirnos tantas injurias, que una nave de cien bancos
de remeros no podría llevarlas. Es voluble la lengua
de los hombres, y de ella salen razones de todas cela-
ses; hállanse muchas palabras acá y allá, y cual ha-
blares, tal oirás la respuesta. Mas ¿qué necgyidad
tenenios de altercar, disputando e injuriándonos, como
mujeres irritadas, las cuales, movidas por el roedor
-encono, salen a la calle y se zahieren diciendo muchas
cosas, verdaderas unas y falsas otras, que la cólera
les dicta? No lograrás con tus palabras que yo, es-
tando deseoso de combatir, pierda el valor antes de
que con el bronce y frente a frente peleemos. Ea,
acometámonos en seguida con las broncíneas lanzas.??
Dijo; y arrojando la fornida lanza, clavóla en el
terrible y horrendo escudo de Aquiles, que resonó en
torno de la misma. El Peleida, temeroso, apartó el
escudo con la robusta mano, creyendo que la luenga
lanza del magnánimo Eneas lo atravesaría fácilmen-
te. ¡Insensato! No pensó en su mente ni en su
espíritu que los presentes de los dioses no pueden ser
destruídos con facilidad por los mortales hombres, ni
ceder a sus fuerzas. Y así la ponderosa lanza de
Eneas no perforó entonces la rodela por haberlo im-
pedido la lámina de oro que el dios puso en medio,
sino que atravesó dos capas y dejó tres intactas,
porque eran cinco las que el dios cojo había reunido:
las dos de bronce, dos interiores de estaño, y una de
oro, que fué donde se detuvo la lanza de fresno.
Aquiles despidió luego la ingente lamza, y acertó
a dar en el borde del liso escudo de Eneas, sitio en

149 9,11
H O M E R 0
que el bronce era más delgado y el boyuno cuero más
tenue; el fresno del Pelión atravesólo, y todo el escu-
do resonó. Eneas, amedrentado, se encogió y levantó
el escudo; la lanza, deseosa de proseguir su curso,
pasóle por cima del hombro, después de romper los
dos círculos de la rodela, y se clavó en el suelo; y
el héroe, evitado ya el golpe, quedóse inmóvil y con
los ojos muy espantados de ver que aquélla había
caído tan cerca. Aquiles desnudó la aguda espada;
y profiriendo grandes y terribles voces, arremetió con-
tra Eneas; y éste, a su vez cogió una gran piedra
que dos de los hombres actuales mo podrían llevar y
que él manejaba fácilmente. Y Eneas tirara la piedra
a Aquiles y le acertara en el casco o en el escudo que
habría apartado del héroe la triste muerte, y Aqui-
les privara de la vida a Eneas, hiriéndole de cerca
con la espada, si al punto no lo hubiese advertido
Poseidón, que sacude la tierra, el cual dijo entre los
dioses inmortales:
““¡Oh dioses! Me causa pesar el magnánimo Eneas
que pronto, sucumbiendo a manos del Peleida, descen-
derá al Hades por haber obedecido las palabras del
flechador Apolo. ¡Insensato! El dios no le librará
de la triste muerte. Mas ¿por qué ha de padecer,
sin ser culpable, las penas que otros merecen, habiendo
ofrecido siempre gratos presentes a los dioses que ha-
bitan el anchuroso cielo? Ea, librémosle de la muerte,
no sea que Zeus se enoje si Aquiles lo mata, pues
el destino quiere que se salve a fin de que no perezca
ni se extinga el linaje de Dárdano, que fué amado
por el Cronida con preferencia a los demás hijos que
tuvo de mujeres mortales. Ya Zeus aborrece a los des-
cendientes de Príamo; pero el fuerte Eneas reinará
sobre los troyanos, y luego los hijos de sus hijos qus
sucesivamente nazcan, ??

150
᾿ς A UR AD κᾳ
Respondióle Hera veneranda, la de los ojos de buey:
““¡Poseidón! Resuelve tú mismo si has de salvar
a Eneas o permitir que, no obstante su valor, sea
muerto por el Peleida Aquiles. Pues así Palas Atenea
como yo, hemos jurado repetidas veces ante los in-
mortales todos, que jamás libraríamos a los teucros
del día funesto, aunque Troya entera fuese pasto de
las voraces llamas por haberla incendiado los beli-
cosos aqueos.??
Cuando Poseidón, que sacude la tierra, oyó estas
palabras, fuése; y andando por la liza, entre el es-
truendo de las lanzas, llegó adonde estaban Eneas
y el ilustre Aquiles. Al momento cubrió de niebla los
ojos del Peleida Aquiles, arrancó del escudo del mag-
nánimo Eneas la lanza de fresno con punta de bronce
que depositó a los pies de aquél, y arrebató al teucro
alzándolo de la tierra. Eneas, sostenido por la mano
del dios, pasó por cima de muchas filas de héroes y
caballos hasta llegar al otro extremo del impetuoso
combate, donde los caucones se armaban para pelear.
Y entonces Poseidón, que sacude la tierra, se le pre-
sentó, y le dijo estas aladas palabras:
“¡Eneas! ¿Cuál de los dioses te ha ordenado que
cometicras la locura de luchar cuerpo a cuerpo con
el animoso Peleida, que es más fuerte que tú y más
caro a los inmortales? Retírate cuantas veces le en-
cuentres, no sea que te haga descender a la morada
de Hades antes de los dispuesto por el hado. Mas
cuando Aquiles haya muerto, por haberse cumplido
su destino, pelea confiadamente entre los combatien-
tes delanteros, que no te matará ningún otro aquivo.??
Tales fueron sus palabras. Dejó a Eneas allí, des-
pués que le hubo amonestado, y apartó la obscura nie-
bla de los ojos de Aquiles. Este volvió a ver cor

151
H O M E R 0
elaridad, y, gimiendo, a su magnánimo espíritu le
decía:
*“¡Oh dioses! Grande es el prodigio que a mi vis-
ta se ofrece: esta lanza yace en el suelo y no veo
al varón contra quien la arrojé, con intención de ma-
tarle. Ciertamente, a Eneas le aman los inmortales
dioses; ¡y yo creía que se jactaba de ello vanamente!
Váyase, pues; que no tendrá ánimo para medir de
nuevo sus fuerzas conmigo, quien ahora huyó gustoso
de la muerte. Exhortaré a los belicosos dánaos y
probaré el valor de los demás enemigos, saliéndoles
al encuentro.??
Dijo; y saltando por entre las filas, animaba a los
guerreros: ““¡No permanezcáis alejados de los teu-
cros, divinos aqueos! Ea, cada hombre embista a
otro y sienta anhelo por pelear. Difícil es que yo solo,
aunque sea valiente, persiga a tantos guerreros y con
todos lidie; y ni a Ares, que es un dios inmortal, ni
a Atenea, les sería posible recorrer un campo de bata-
lla tan vasto y combatir en todas partes. En lo que
puedo hacer con mis manos, mis pies o mi fuerza, no
me muestro remiso. Entraré por todos lados en las
hileras de las falanges enemigas, y me figuro que no
se alegrarán los teucros que a mi lanza se acerquen.??
Con estas palabras los animaba. También el escla-
recido Héctor exhortaba a los teucros, dando gritos,
y aseguraba que saldría al encuentro de Aquiles:
““¡Animosos teucros! ¡No temáis al Peleida! Yo
de palabra combatiría hasta con los inmortales; pero
es difícil hacerlo con la lanza, siendo, como son, mu-
cho más fuertes. Aquiles no llevará a cabo todo
cuanto dice, sino que en parte lo cumplirá y en parte lo
dejará a medio hacer. Iré a encontrarle, aunque por
sus manos sea semejaute a la llama, sí, aunque por sus

152
£ Α το Ἢ Ἃ Α D á
manos se parezca a la llama, y por su fortaleza al
reluciente hierro.??
Con tales voces los excitaba. Los teucros calaron
las lanzas; trabóse el combate y se produjo gritería,
y entonces Febo Apolo se acercó a Héctor y le dijo:
“¡Héctor! No te adelantes para luchar con Aqui-
les; espera su acometida mezclado con la muchedum-
bre, confundido con la turba. No sea que consiga
herirte desde lejos con arma arrojadiza, o de cerca
con la espada.??
Así habló. Héctor se fué, amedrentado, por entre
la multitud de guerreros apenas acabó de oír las pa-
labras del dios. Aquiles, econ el corazón revestido de
valor y dando horribles gritos, arremetió a los teucros,
y empezó por matar al valeroso Ifitión Otrintida, cau-
dillo de muchos hombres, a quien una ninfa náyade
había tenido de Otrinteo, asolador de ciudades, en el
opulento pueblo de Hida, al pie del nevado Tmolo:
el divino Aquiles acertó a darle con la lanza en me-
dio de la cabeza, cuando arremetía contra él, y se
la dividió en dos partes. El teuero cayó con estrépito.
y el divino Aquiles se glorió diciendo:
““¡Yaces en el suelo, Otrintida, el más portentoso
de todos los hombres! En este lugar te sorprendió
la muerte; a ti, que habías nacido a orillas del lago
Gigeo, donde tienes la heredad paterna, junto al Hi.-
lo, abundante en peces, y al Hermo voraginoso.??
Tan jactanciosamente habló. Las tinieblas cubrie-
ron los ojos del Ifitión, y los carros de los aqueos
lo despedazaron con las llantas de sus ruedas en el
primer reencuentro. Aquiles hirió, después, en la sien,
atravesándole el casco de broncíneas carrilleras, a
Demolcón, valiente adalid en el combate; y el casco
no detuvo la lanza, pues la punta entró y rompió el
hueso, conmovióse interiormente el cerebro, y el teu-

153
H O M 1D) R 0
cero sucumbió cuando peleaba con ardor. Luego, como
Hipodamas saltara del carro y se diese a la fuga, le
envasó la pica en la espalda: aquél exhalaba el
aliento y bramaba como el toro que los jóvenes arras-
tran a los altares del soberano Heliconio y el dios
que sacude la tierra se goza al verlo; así bramaba
Hipodamas cuando el alma valerosa dejó sus miem-
bros. Seguidamente acometió con la lanza al divino
Polidoro Priámida, a quien su padre no permitía que
fuera a las batallas porque era el menor y el predi-
lecto de sus hijos. Nadie vencía a Polidoro en la
carrera; y entonces, por pueril petulancia, haciendo
gala de la ligereza de su pies, agitábase el troyano
entre los combatientes delanteros, hasta que perdió la
vida: al verle pasar, el divino Aquiles, ligero de
pies, hundióle la lanza en medio de la espalda, donde
los anillos de oro sujetaban el ejnmturón y era doble
la coraza, y la punta salió al otro lado cerca del om-
bligo; el joven cayó de rodillas dando lastimeros gri-
tos; obscura nube le envolvió; e inclinándose, procn-
raba sujetar con sus manos los intestinos, que le
salían por la herida.
Tan pronto como Héctor vió a su hermano Polidoro
cogiéndose las entrañas y encorvado hacia el suelo,
se le puso una nube ante los ojos y ya no pudo com-
batir a distancia; sino que, blandiendo la aguda lan-
za e impetuoso como una llama, se dirigió al encuen-
tro de Aquiles. Y éste, al advertirlo, saltó hacia él,
y dijo muy ufano estas palabras:
“Cerca está el hombre que ha inferido a mi corazón
la más grave herida, el que mató a mi compañero
amado. Ya no huiremos asustados, el uno del otro,
por los senderos del combate.??”
Dijo; y mirando con torva faz al divino Héetor,

154
L A Ϊ L I Α D A

le gritó: ““¡Acércate para que pronto llegues de tu


perdición al término! ??”
Sin turbarse, le respondió Héctor, el de tremolante
casco: *““¡Peleida! No esperes amedrentarme con pa-
labras como a un niño; también yo sé proferir injurias
y baldones. Reconozco que eres valiente y que estoy
por muy debajo de ti. Pero en la mano de los
dioses está si yo, siendo inferior, te quitaré la vida
con mi lanza; pues también tiene afilada punta.?”
En diciendo esto, blandió y arrojó la ingente lanza;
pero Atenea con un tenue soplo apartóla del glorioso
Aquiles, y el arma volvió hacia el divino Héctor y
cayó a sus pies. Aquiles acometió, dando horribles
gritos, a Héctor, con intención de matarle; pero Apolo
arrebató al troyano, haciéndolo con gran facilidad por
ser dios, y lo cubrió con densa niebla. Tres veces
el divino Aquiles, ligero de pies, atacó con la broncí-
nea lanza; tres veces dió el golpe en el aire. Y cuan-
do, semejante a un dios, arremetía por cuarta vez,
increpó el héroe a Héctor con voz terrible, dirigiéndole
estas aladas palabras:
“¡Otra vez te has librado de la muerte, perro!
Muy cerca tuviste la perdición, pero te salvó Febo
Apolo, a quien debes de rogar cuando sales al campo
antes de oír el estruendo de los dardos. Yo acabaré
eontigo si más tarde te encuentro y un dios me ayu-
da. Y ahora perseguiré a los demás que se me pongan
al alcance.??
Así dijo; y econ la lanza hirió en medio del cuello
a Dríope, que cayó a sus pies. Dejóle, y al momento
detuvo a Demuco Filetórida, a quien pinehó con la
lanza en una rodilla, y luego quitóle la vida con la
gran espada. Después acometió a Laógono y a Dár-
dano, hijos de Bias: habiéndolos derribado del carro
en que iban, a aquel le hizo perecer arrojándole la

155
ld υ Αἱ £ E 0

lanza, y a éste hiriéndole de cerca con la espada.


También mató a Tros Alastórida, que vino a abrazar-
le las rodillas por si compadeciéndose de él, que era de
la misma edad del héroe, en vez de matarle le ha-
eía prisionero y le dejaba vivo. ¡Insensato! No com-
prendió que no podría persuadirle, pues Aquiles no
era hombre de condición benigna y mansa, sino muy
violento. Ya aquél le tocaba las rodillas con inten-
ción de suplicarle, cuando le hundió la espada en el
hígado: derramóse éste, llenando de negra sangre
el pecho, y las tinieblas cubrieron los ojos del teucro,
que quedó exánime. Inmediatamente, Aquiles se
acercó a Mulio; y metiéndole la lanza en una oreja,
la broncínea punta salió por la otra. Más tarde hirió
en medio de la cabeza a Equeclo, hijo de Agenor,
con la espada provista de empuñadura: la hoja entera
se calentó con la sangre, y la purpúrea muerte y el ha-
do cruel velaron los ojos del guerrero. Posteriormente,
atravesó con la broncínea lanza el brazo de Deucalión,
en el sitio donde se juntan los tendones del codo;
y el teucro esperóle, con la mano entorpecida y vien-
do que la muerte se le acercaba: Aquiles le cercenó
de un tajo la cabeza, que con el casco arrojó a lo
lejos, la médula salió de las vértebras y el guerrero
quedó tendido en el suelo. Dirigióse acto seguido con-
tra Rigmo, ilustre hijo de Píreo, que había llegado
de la fértil Tracia, y le hirió en medio del cuerpo:
clavóle la broncínea lanza en el pulmón, y le derribó
del carro. Y como viera que su escudero Areítoo tor-
εἴα la rienda a los caballos, envasóle la aguda lanza
en la espalda, y también le hizo caer a tierra, mien-
tras los corceles huían espantados.
De la suerte que al estallar abrasador incendio en
los hondos valles de árida montaña, arde la poblada
selva, y el viento mueve las llamas que giran en

156
L Á 1 1, τι Α D Á

todas direcciones; de la misma manera, Aquiles se


revolvía furioso con la lanza, persiguiendo, cual una
deidad, a los que estaban destinados a morir; y la
negra tierra manaba sangre. Como uncidos al yugo
dos bueyes de ancha frente para que trillen la blan-
ca cebada en una era bien dispuesta, se desmenuzan
presto las espigas bajo los pies de los mugientes bue-
yes; así los solípedos corceles, guiados por Aquiles,
hollaban a un mismo tiempo cadáveres y escudos; el
eje del carro tenía la parte inferior cubierta de san-
gre y los barandales estaban salpicados de sangrientas
gotas que los cascos de los corceles y las llantas de
las ruedas despedían. Y el Peleida deseaba aleanzar
gloria y tenía las manos manchadas de sangre y polvo.
El Janto y el Símois intentan sumergir en sus ondas a Aquiles

RAPSODIA VIGESIMOPRIMERA

e m SI que los teucros llegaron al


SW ἢ vado del voraginoso Janto, río
de hermosa corriente a quien
el inmortal Zeus engendrara,
Aquiles los dividió en dos gru-
pos. A los del primero, echólos
el héroe por la llanura hacia la
ciudad, por donde los aqueos
huían espantados el día anterior, cuando el esclarecido
Héctor se mostraba furioso; por allí derramáronse en-
tonces los teueros en su fuga, y Hera, para detenerlos,
los envolvió en una densa niebla. Los otros rodaron al
caudaloso río de argentados vórtices, y cayeron en él
con gran estrépito: resonaba la corriente, retumbaban
ambas orillas, y los teucros nadaban acá y allá, gritán-
do, mientras eran arrastrados en torno de log remolinos.

159
Η͂ ο Μ E R 0
΄

Como las langostas, acosadas por la violencia de un


fuego que estalla de repente, vuelan hacia el río y se
echan medrosas en el agua; de la misma manera, la
corriente sonora del Janto, de profundos vórtices, se
llenó, por la persecución de Aquiles, de hombres y
caballos que caían confundidos.
Aquiles, vástago de Zeus, dejó su lanza arrimada a
un tamariz de la orilla; saltó al río, cual si fuese una
deidad, con sólo la espada y meditando en su corazón
acciones crueles; y comenzó a herir a diestro y a si-
niestro: al punto levantóse un horrible clamoreo de
los que recibían los golpes, y el agua bermejeó con la
sangre. Como los peces huyen del ingente delfín, y,
temerosos, llenan los senos del hondo puerto, porque
aquél devora a cuantos coge; de la misma manera,
los teucros iban por la impetuosa corriente del río
y se refugiaban, temblando, debajo de las rocas.
Cuando Aquiles tuvo las manos cansadas de matar,
cogió vivos, dentro del río, a doce mancebos para in-
molarlos más tarde en expiación de la muerte de Pa-
troclo Menetíada. Sacólos atónitos como cervatos,
les ató las manos por detrás con las correas bien cor-
tadas que llevaban en las flexibles túnicas y encargó
a los amigos que los condujeran a las cóncavas na-
ves. Y el héroe acometió de nuevo a los teucros, para
hacer en ellos gran destrozo.
Allí se encontró Aquiles con Licaón, hijo de Príamo
Dardánida; el cual, huyendo, iba a salir del río. Ya an-
teriormente habíale hecho prisionero encaminándose
de noche a un campo de Príamo: Licaón cortaba con
el agudo bronce los ramos nuevos de un cabrahigo pa-
ra hacer los barandales de un carro, cuando Aquiles,
presentándose cual imprevista calamidad, se lo llevó
mal de su grado. Transportóle luego en una nave a
la bien construída Lemnos, y allí lo puso en venta:

100
E Á a I Á D Á
el hijo de Jasón pagó el precio. Después Tetión de
Imbros, que era huésped del troyano, dió por él un
cuantioso rescate y enviólo a la divina Arisbe. Es-
capóse Licaón, y volviendo a la casa paterna, estuvo
celebrando con sus amigos durante once días su re-
greso de Lemnos: mas, al duodécimo, un dios le hizo
caer nuevamente en manos de Aquiles, que debía
mandarle al Hades, sin que Licaón lo deseara. Como
el divino Aquiles, el de los pies ligeros, le viera inerme
—sin casco, escudo ni lanza, porque todo lo había tira-
do al suelo—y que salía del río con el cuerpo abatido
por el sudor y las rodillas vencidas por el cansancio;
sorprendióse, y en su magnánimo espíritu así habló:
““¡Oh dioses! Grande es el prodigio que a mi vista
se ofrece. Ya es posible que los teucros a quienes
maté resuciten de las sombrías tinieblas; cuando éste,
librándose del día cruel, ha vuelto de la divina Lem-
nos donde fué vendido, y las olas del espumoso mar
que a tantos detienen no han impedido su regreso.
Mas, ea, haré que pruebe la punta de mi lanza para
ver y averiguar si volverá nuevamente o se quedará
en el seno de la fértil tierra que hasta a los fuertes
retiene.??
Pensando en tales cosas, Aquiles continuaba inmó-
vil. Licaón, asustado, se le acercó a tocarle las rodi-
llas; pues en su ánimo sentía vivo deseo de librarse
de la triste muerte y de su negro destino. El divino
Aquiles levantó en seguida la enorme lanza con inten-
ción de herirle, pero Licaón se encogió y corriendo le
abrazó las rodillas; y aquélla, pasándole por cima del
dorso, se clavó en el suelo, codiciosa de cebarse en el
cuerpo de un hombre. En tanto Licaón suplicaba a
Aquiles; y abrazando con una mano sus rodillas y
sujetando con la otra la aguda lanza, estas aladas
palabras le decía:

161
H 0 M E 1 0

**¡Te lo ruego abrazado a tus rodillas, Aquiles:


respétame y apiádate de mí. Has de tenerme, oh
alumno de Zeus, por un suplicante diguo de conside-
ración; pues comí en tu tienda el fruto de Deméter
el día en que me hiciste prisionero en el campo bien
cultivado, y llevándome lejos de mi padre y de mis
amigos, me vendiste en Lemnos: cien bueyes te valió
mi persona. Ahora te daría el triple para rescatarme.
Doce días ha que, habiendo padecido mucho, volví
a llión; y otra vez el hado funesto me pone en tus
manos. Debo de ser odioso al pare Zeus, cuando
nuevamente me entrega a ti. Para darme una vida
corta, me parió Laótoe, hija del anciano Altes que
reina sobre los belicosos léleges y posee la excelsa Pé-
daso junto al Sátniois. A la hija de aquél la tuvo
Príamo por esposa con otras muchas; de la misma
nacimos dos varones y a entrambos nos habrás dado
muerte. Ya hiciste sucumbir entre los infantes delan-
teros a Polidoro,hiriéndole con la aguda pica; y ahora
la desgracia llegó para mí, pues no espero escapar de
tus manos después que un dios me ha echado en ellas.
Otra cosa te diré que fijarás en la memoria: no me
mates; pues no nací del mismo vientre que Héctor,
el que dió muerte a tu dulce y valiente amigo.??
Con tales palabras el preclaro hijo de Príamo su-
plicaba a Aquiles; pero fué amarga la respuesta que
escuchó:
““¡Insensato! No me hables del rescate, ni lo men-
ciones siquiera. Antes que a Patroclo le llegara el
día fatal, me era grato abstenerme de matar a los
teucros y fueron muchos los que cogí vivos y vendí
luego; mas ahora ninguno escapará de la muerte, si
un dios lo pone en mis manos delante de Jlión y es-
pecialmente si es hijo de Príamo. Por tanto, amigo,
rauere δά también. ¿Por qué te lamentas de este

162
L Á Ds ἡ I A D Á
modo? Murió Patroclo, que tanto te aventajaba. ¿No
ves cuán gallardo y alto de cuerpo soy yo, a quien
engendró un padre ilustre y dió a luz una diosa?
Pues también me aguardan la muerte y el hado cruel.
Vendrá una mañana, una tarde o un mediodía en que
alguien me quitará la vida en el combate, hiriéndome
con la lanza o con una flecha despedida por el arco.”??
Así dijo. Desfallecieron las rodillas y el corazón
del teuero que, soltando la lanza, se sentó y tendió
ambos brazos. Aquiles puso mano a la tajante espa-
da e hirió a Licaón en la clavícula, junto al cuello:
metióle dentro toda la hoja de dos filos, el troyano
dió de ojos por el suelo y su sangre fluía y mojaba la
tierra. El héroe cogió el cadáver por el pie, arrojólo
al río para que la corriente se lo llevara, y profirió
con jactancia estas aladas palabras:
““Yace ahí entre los peces que tranquilos te lamerán
la sangre de la herida. No te colocará tu madre en
un lecho para llorarte; sino que serás llevado por el
voraginoso Escamandro al vasto seno del mar. Y al-
gún pez, saliendo de las olas a la negruzca y encres-
pada superficie, 'comerá la blanca grasa de Licaón.
Así perezcáis los demás teucros hasta que lleguemos
a la sacra ciudad de Ilión, vosotros huyendo y yo
detrás haciendo gran estrago. No os salvará ni siquie-
ra el río de hermosa corriente y argénteos remolinos,
a quien desde antiguo sacrificáis muchos toros y en
cuyos vórtices echáis solípedos caballos. Así y todo,
pereceréis miserablemente unos en pos de otros, hasta
que halláis expiado la muerte de Patroclo y el estrago
y la matanza que hicisteis en los aqueos junto a las
naves, mientras estuve alejado de la lucha.?””
Habló de esta manera. El río, con el corazón irri-
tado, revolvía en su mente cómo haría cesar a Aquiles
de combatir y libraría de la muerte a les troyanox.

163
ἢ O M E R Y
En tanto, el hijo de Peleo dirigió su ingente lanza
- a Asteropeo, hijo de Pelegón, con ánimo de matarle.
A Pelegón le habían engendrado el Axio, de ancha
corriente, y Peribea, la hija mayor de Acesameno; que
con ésta se unió aquel río de profundos remolinos.
Encaminóse, pues, Aquiles hacia Asteropeo, el cual
salió a su encuentro llevando dos lanzas; y el Janto
irritado por la muerte de los jóvenes a quienes Aqui-
les había hecho perecer sin compasión en la misma
corriente, infundió valor en el pecho del troyano.
Cuando ambos guerreros se hallaron frente a frente,
el divino Aquiles, el de los pies ligeros, fué el primero
en hablar, y dijo:
“¿Quién eres tú y de dónde, que osas salirme al
encuentro? Infelices de aquellos cuyos hijos se opo-
nen a mi furor.??”
Respondióle el preclaro hijo de Pelegón: ““¡Mag-
nánimo Peleida! ¿Por qué sobre el abolengo me inte-
rrogas? Soy de la fértil Peonia, que está lejos; vine
mandando a los peonios, que combaten con largas pi-
cas, y hace once días que llegué a Jlión. “Mi linaje
trae su origen del anchuroso Axio, que esparce su
hermosísimo raudal sobre la tierra: Axio engendió a
Pelegón, famoso por su lanza, y de éste dicen que
'he nacido. Pero peleemos ya, esclarecido Aquiles.??
De tal modo habló, en són de amenaza. El divino
Aquiles levantó el fresno del Pelión, y el héroe Aste-
ropeo, que era ambidextro, tiróle a un tiempo las dos
lanzas: la una dió en el escudo, pero no lo atravesó
porque la lámina de oro que el dios puso en el mis-
mo, la detuvo; la otro rasguñó el brazo derecho del
héroe, junto al codo, del cual brotó negra sangre;
mas el arma pasó por encima y se clavó en el suelo,
codiciosa de la carne. Aquiles arrojó entonces la
lanza, de recto vuelo, a Asteropeo con intención de

164
L Á IT L 1 A D A

matarle, y erró el tiro: aquélla cayó en la elevada


orilla γ᾽ se hundió hasta la mitad del palo. El Peleida,
desnudando la aguda espada que llevaba ¡junto al
muslo, arremetió enardecido a Asteropeo, quien con
la mano robusta intentaba arrancar del escarpado
borde la lanza de Aquiles: tres veces la meneó para
arrancarla, y otras tantas tuvo que desistir de su
propósito. Y cuando, a la cuarta vez, quiso doblar
y romper la lanza de fresno del Eácida, acercósele
Aquiles y con la espada le quitó la vida: hirióle en el
vientre, junto al ombligo; derramáronse los intestinos,
y las tinieblas cubrieron los ojos del teucro, que cayó
anhelante. Aquiles se abalanzó a su pecho, le quitó
la armadura; y blasonando del triunfo, dijo estas pa-
labras:
““Yaz ahí. Difícil era que tú, aunque engendrado
por un río pudieses disputar la victoria a los hijos
del prepotente Cronida. Dijiste que tu linaje procede
de un anchuroso río; mas yo me jacto de pertenecer
al del gran Zeus. Engendróme un varón que reina
sobre muchos mirmidones, Peleo, hijo de Eaco; y éste
último era hijo de Zeus. Y como Zeus es más poderoso
que los ríos que corren al mar, así también sus descen-
dientes son más fuertes que los de los ríos. A tu la-
do tienes uno grande, si es que puede auxiliarte. Mas
no es posible combatir con el Cronida. A éste no le
igualan ni el fuerte Aqueloo, ni el grande y pode-
roso Océano de profunda corriente, del que nacen
todos los ríos, mares, fuentes y pozos; pues también
el Océano teme el rayo del gran Zeus y el espantoso
trueno, que hace retumbar el cielo.??
Dijo; arrancó del escarpado borde la broncínea lanza
y abandonó a Asteropeo allí, tendido en la arena, tan
pronto como le hubo quitado la vida: el agua turbia
bañaba el cadáver, y anguilas y peces acudieron a

165 10.—II
H O M E R 0)

comer la grasa que cubría los riñones. Aquiles se fué


hacia los peonios que peleaban en carros; los cuales
huían por las márgenes del voraginoso río, desde que
vieron que el más fuerte caía en el duro combate,
vencido por last manos y la espada del Peleida. Este
mató entonces a Tersíloco, Midón, Astipilo, Mneso,
Trasio, Enio y Ofelestes. Y a más peonios diera muer-
te el veloz Aquiles, si el río de profundos remolinos,
irritado y transfigurado en hombre, no le hubiese di-
cho desde uno de los vórtices:
““¡Oh Aquiles! Superas a los demás hombres, lo
mismo en el valor que en la comisión de acciones ne-
fandas; porque los propios dioses te prestan constan-
temente su auxilio. Si el hijo de Cronos te ha conce-
dido que destruyas a todos los teucros, apártalos de
mí y ejecuta en el llano tus proezas. Mi hermosa
corriente está llena de cadáveres que obstruyen el
cauce y no me dejan verter el agua en la mar divina;
y tú sigues matando de un modo atroz. Pero, ea,
cesa ya; pues me tienes asombrado, oh príncipe de
hombres. ??
Respondióle Aquiles el de los pies ligeros: ““se
hará, oh Iscamandro, alumno de Zeus, como tú lo
ordenas; pero no me abstendré de matar a los altivos
teucros hasta que los encierre en la ciudad y peleando
con Héctor,él me mate a mí o yo acabe con él.??
Esto dicho, arremetió a los teucros, cual si fuése
un dios. Y entonces el río de profundos remolinos
dirigióse a Apolo: |
“*¡Oh dioses! Tú, el del arco de plata, hijo de Zeus,
no cumples las órdenes del Cronión, el cual te encargó
muy mucho que socorrieras a los teucros y les pres-
taras tu auxilio hasta que, llegada la tarde, se pusie-
ra el sol y quedara a obscuras el fértil campo.??”
Dijo, y Aquiles, famoso por su lanza, saltó desde la

166
MOSS ἘΠΕ ΡΣ" A
escarpada orilla al centro del río. Pero éste le atacó
enfurecido: hinchó sus aguas, revolvió la corriente,
y arrastrando muchos cadáveres de hombres muertos
por Aquiles, que había en el cauce, arrojólos a la
orilla mugiendo como un toro; y en tanto salvaba a
los vivos dentro de la corriente, ocultándolos en los
profundos y anchos remolinos. Las turbias olas ro-
deaban a Aquiles, la corriente caía sobre su escudo y
le empujaba, y el héroe ya no se podía tener en pie.
Asióse entonces con ambas manos a un olmo corpulen-
to y frondoso; pero éste, arrancado de raíz, rompió
el borde escarpado, oprimió la corriente con sus mu-
chas ramas, cayó entero al río y se convirtió en un
puente. Aquiles, amedrentado, dió un salto, salió
del abismo y voló con pie ligero por la llanura. Mas
no por esto el gran dios desistió de perseguirle, sino
que lanzó tras él olas de sombría vorágine con el
propósito de hacer cesar al divino Aquiles de combatir
y librar de la muerte a los troyanos. El Peleida salvó
cerca de un tiro de lanza, dando un brinco con la im-
petuosidad de la rapaz águila negra, que es la más
forzuda y veloz de las aves; parecido a ella, el héroe
corría y el bronce resonaba horriblemente sobre su
pecho. Aquiles procuraba huír, desviándose a un lado;
pero la corriente se iba tras él y le perseguía con
gran ruido. Como el fontanero conduce el agua des-
de el profundo manantial por entre las plantas de un
huerto y con un azadón en la mano quita de la reguera
los estorbos; y la corriente sigue su curso y mueve
las piedrecitas, pero al llegar a un declive murmura,
acelera la marcha y pasa delante del que la guía; de
igual modo, la corriente del río alcanzaba continua-
mente a Aquiles, porque los dioses son más poderosos
que los hombres. Cuantas veces el divino Aquiles,
el de los pies ligeros, intentaba esperarla, para ver'

167
H O M E R O

si le perseguían todos los inmortales que tienen su


morada en el espacioso cielo; otras tantas, las grandes
olas del río le azotaban los hombros. El héroe, afli-
gido en su corazón, saltaba; pero el río, siguiéndole
con la rápida y tortuosa corriente, le cansaba las ro-
dillas y le robaba el suelo allí donde ponía los pies.
Y el Peleida, levantando los ojos al vasto cielo, gimió
y dijo:
“¡Padre Zeus! ¿Cómo no viene ningún dios a sal-
varme a mí, miserando, de la persecución del río; y
luego sufriré cuanto sea preciso? Ninguna de las dei-
dades del cielo tiene tanta culpa como mi madre, que
me halagó con falsas predicciones: dijo que me mata-
rían al pie del muro de los troyanos, armados de cora-
za, las veloces flechas de Apolo. ¡Ojalá me hubiese
muerto Héctor, que es aquí el más bravo! Entonces
un valiente hubiera muerto y despojado a otro va-
liente. Mas ahora quiere el destino que yo perezca
de miserable muerte, cercado por un gran río; como
el niño porquerizo a quien arrastran las aguas inver-
nales del torrente que intentaba atravesar.??
Así se expresó. En seguida Poseidón y Atenea,
con figura humana, cogiéronle en medio y le asieron
de las manos mientras le animaban con palabras. Po-
seidón, que sacude la tierra, fué el primero en hablar,
y dijo:
““¡Peleida! No tiembles, ni te asustes. ¡De tal ma-
nera vamos a ayudarte, con la venia de Zeus, yo y
Palas Atenea! Porque no dispone el hado que seas
muerto por el río, y éste dejará pronto de perseguirte,
como verás tú mismo. Te daremos un prudente con-
sejo, por si quieres obedecer: no descanse tu brazo
en la batalla funesta hasta haber encerrado dentro
de los ínelitos muros de Ilión a cuantos teucros lo-
gren escapar. Y cuaudo hayas privado de la vida a

168
1, Α > ἢ E Á D A

Héctor, vuelve a las naves; que nosotros te concede-


mos que alcances gloria.??
Dichas estas palabras, ambas deidades fueron a re-
unirse con los demás inmortales. Aquiles, impelido
por el mandato de los dioses, enderezó sus pasos a la
llanura inundada por el agua del río, en la cual flota-
ban cadáveres y hermosas armas de jóvenes muertos
en la pelea. El héroe caminaba derechamente, saltan-
do por el agua, sin que el anchuroso río lograse dete-
nerlo; pues Atenea le había dado muchos bríos. Pero
el Escamandro no cedía en su furor; sino que, irri-
tándose aún más contra el Peleida, hinchaba y levan-
taba a lo alto sus olas y a gritos llamaba al Símois:
“¡Hermano querido! Juntémonos para contener la
fuerza de ese hombre, que pronto tomará la gran
ciudad del rey Príamo, pues los teucros no le resisti-
rán en la batalla. Ven al momento en mi auxilio:
aumenta tu caudal con el agua de las fuentes, concita
a todos los arroyos, levanta grandes olas y arrastra
con estrépito troncos y piedras, para que anonademos
a ese feroz guerrero que ahora triunfa y piensa en
hazañas propias de los dioses. Creo que no le val-
drán ni su fuerza, ni su hermosura, ni sus magníficas
armas, que han de quedar en el fondo de este lago
cubiertas de cieno. A él le envolveré en abundante
arena, derramando en torno suyo mucho cascajo; y
ni siquiera sus huesos podrán ser recogidos por los
aquivos: tanto limo amontonaré encima. Y tendrá
su túmulo allí mismo, y no necesitará que los aqueos
se lo erijan cuando le hagan las exequias.??
Dijo; y, revuelto, arremetió contra Aquiles, alzándo-
se furioso y mugiendo con la espuma, la sangre y los
cadáveres. Las purpúreas ondas del río, que las ce-
lestiales lluvias alimentan, se mantenían levantadas
y arrastraban al Peleida. Mas Hera, temiendo que el

169
Η O M E R O

gran río derribara a Aquiles, gritó, y dijo en seguida a ῖ


Hefestos, su hijo amado:
““¡Sus, Hefestos, hijo querido; pues ercemos que el
Janto voraginoso es tu igual en el combate. Socorre
pronto a Aquiles, haciendo aparecer inmensa llama.
Voy a suscitar con el Zéfiro y el veloz Noto una gran
borrasca, para que viniendo del mar extienda el des-
tructor incendio y se quemen las cabezas y las armas
de los teucros. Tú abrasa los árboles de las orillas del
Janto, haz que arda el mismo río y no te dejes per-
suadir ni con palabras dulces ni con amenazas. No
cese tu furia hasta que yo te lo diga gritando; y en-
tonces apaga el fuego infatigable.??
Tal fué su orden. Hefestos, arrojando una abrasado-
ra llama, incendió primeramente la llanura y quemó
muchos cadáveres de guerreros a quienes había muerto
Aquiles; secóse el campo y el agua cristalina dejó de
correr. Como el Bóreas seca en el otoño un campo
recién inundado y se alegra el que lo cultiva; de la
misma suerte, el fuego secó la llanura entera y quemó
los cadáveres. Luego Hefestos dirigió al río la res-
plandeciente llama y ardieron, así los olmos, los sauces
y los tamariscos, como el loto, el junco y la ¡jun-
cia que en abundancia habían crecido junto a la co-
rriente hermosa. Anguilas y peces padecían y salta-
ban acá y allá, en los remolinos o en la corriente,
oprimidos por el soplo del ingenioso Hefestos. Y el
río, quemándose también, así hablaba:
““¡Hefestos! Ninguno de los dioses te iguala y no
quiero luchar contigo ni con tu llama ardiente. Cesa
de perseguirme y en seguida el divino Aquiles arroje de
la ciudad a los troyanos. ¿Qué interés tengo en la
contienda ni en auxiliar a nadie???
Así habló, abrasado por el fuego; y la hermosa co-
rriente hervía. Como en una caldera puesta sobre un

170
L A o E 1 $ Id ἢ A

gran fuego, la grasa de un puerco cebado se funde,


hierve y rebosa por todas partes, mientras la leña
seca arde debajo; así la hermosa corriente se quema-
ba con el fuego y el agua hervía, y no pudiendo ir
hacia adelante, paraba su curso oprimida por el vapor
que con su arte produjera el ingenioso Hefestos. Y
el río, dirigiendo muchas súplicas a Hera, estas aladas
palabras le decía:
“¡Hera! ¿Por qué tu hijo maltrata mi corriente,
atacándome a mí solo entre los dioses? No debo de ser
para ti tan culpable como todos los demás que favore-
cen a los teucros. Yo desistiré de ayudarlos, si tú lo
mandas; pero que éste cese también. Y ¡juraré no
librar a los troyanos del día fatal, aunque llión en-
tera llegue a ser pasto de las voraces llamas por
haberla incendiado los belicosos aqueos.??
Cuando Hera, la diosa de los brazos de nieve, oyó es-
tas palabras, dijo en seguida a Hefestos, su hijo
amado:
“*¡Hefestos, hijo ilustre! Cesa ya, pues no convie-
ne que a causa de los mortales, a un dios inmortal
atormentemos.??
Tal dijo. Hefestos apagó la abrasadora llama, y
las olas retrocedieron a la hermosa corriente. Y tan
pronto como el Janto fué vencido, él y Hefestos ce-
saron de luchar; porque Hera, aunque irritada, los
contuvo.
Pero una reñida y espantosa pelea se suscitó enton-
ces entre los demás dioses: divididos en dos bandos,
vinieron a las manos con fuerte estrépito; bramó la
vasta tierra, y el gran cielo resonó como una trompeta.
Oyólo Zeus, sentado en el Olimpo, y con el corazón
alegre reía al ver que los dioses iban a embestirse.
Y ya no estuvieron separados largo tiempo; pues el
primero Ares, que horada los escudos, acometiendo

171
Η O M E R O
a Atenea con la broncínea lanza, estas injuriosas
palabras le decía:
““¿Por qué de nuevo, oh mosca perruna, promueves
la contienda entre los dioses con insaciable audacia?
¿Qué poderoso afecto te mueve? ¿Acaso no te acuer-
das de cuando incitabas a Diomedes Tideida a que
me hiriese, y cogiendo tú misma la reluciente pica
la enderezaste contra mí y me desgarraste el hermoso
cutis? Pues me figuro que ahora pagarás cuanto me
hiciste.??
Apenas acabó de hablar, dió un bote en el escudo
floqueado, horrendo, que ni el rayo de Zeus rompería;
allí acertó a dar Ares, manchado de homicidios, con la
ingente lanza. Pero la diosa, volviéndose, aferró con
su robusta mano una gran piedra negra y erizada de
puntas que estaba en la llanura y había sido puesta por
los antiguos como linde de un campo; e hiriendo con
ella al furibundo Ares, dejóle sin vigor los miembros.
Vino a tierra el dios y ocupó siete yugadas; el polvo
manchó su cabellera y las armas resonaron. Rióse
Palas Atenea; y gloriándose de la victoria, profi1ió
estas aladas palabras:
““*¡Necio! Aún no has comprendido que me jacto
de ser mucho más fuerte y osas oponer tu furor al mío.
Así padecerás, cumpliéndose las imprecaciones de tu
airada madre que :mnaquina males contra ti porque
abandonaste a los aqueos y favoreces a los orgullosos
teucros.??
Cuando esto hubo dicho, volvió a otra parte los
ojos refulgentes. Afrodita, hija de Zeus, asió por la
mano a Ares y le acompañaba; mientras el dios daba
muchos suspiros y apenas podía recobrar el aliento.
Pero la vió Hera, la diosa de los níveos brazos, y al
punto dijo a Atenea estas aladas palabras:
““¡Oh dioses! ¡Hija de Zeus que lleva la égida!

172
Φ 5 LS rn Y DA EDS: E"
¡Indómita deidad! Aquella desvergonzada vuelve a sa-
car del dañoso combate, por entre el tumulto, a Ares,
funesto a los mortales. ¡Anda tras ella! ??
De tal modo habló. Alegrósele el alma a Atenea,
que corrió hacia Afrodita, y alzando la robusta mano
descargóle un golpe sobre el pecho. Desfallecieron
las rodillas y el corazón de la diosa, y ella y Ares
quedaron tendidos en la fértil tierra. Y Atenea, va-
nagloriándose, pronunció estas aladas palabras:
““¡Ojalá fuesen tales cuantos auxilian a los teucros
en las batallas contra los argivos, armados de coraza;
así, tan audaces y atrevidos como Afrodita que vino
a socorrer a Ares desafiando mi furor; y tiempo ha
que habríamos puesto fin a la guerra, con la toma de
la bien construída ciudad de lIlión.??
Así se expresó. Sonrióse Hera, la diosa de los bra-
zos de nieve. Y el soberano Poseidón, que sacude la
tigrra dijo entonces a Apolo:
““¡Febo! ¿Por qué nosotros no luchamos también?
No conviene abstenerse una vez que los demás han
dado principio a la pelea. Vergonzoso fuera que vol-
viésemos al Olimpo, a la morada de Zeus erigida sobre
bronce, sin haber combatido. Empieza tú, pues 6168
el menor en edad y no parecería decoroso que comen-
zara yo que nací primero y tengo más experiencia.
¡Oh necio, y cuán irreflexivo es tu corazón! Ya no
te acuerdas de los muchos males que en torno de lIlión
padecimos los dos, solos entre los dioses, cuando en-
viados por Zeus trabajamos un año entero para el
soberbio Laomedón; el cual, con la promesa de darnos
el salario convenido, nos mandaba como señor. Yo cer-
qué la ciudad de los troyanos con un muro ancho y
hermosísimo, para hacerla inexpugnable; y tú, Febo,
pastoreabas los bueyes de tornátiles patas y curvas
astas en los bosques y selvas del Ida, en valles abun-

173
H 0 M E RECIO
doso. Mas cuando las alegres Horas trajeron el tér-
mino del ajuste, el soberbio Laomedón se negó a
pagarnos el salario y nos despidió con amenazas. A
ti te amenazó con venderte, atado de pies y manos,
en lejanas islas; aseguraba además que con el bronce
nos cortaría a entrambos las orejas; y nosotros nos
fuimos pesarosos y con el ánimo irritado porque no
nos dió la paga que había prometido. ¡Y todavía
se lo agradeces, favoreciendo a su pueblo, en vez
de procurar con nosotros que todos los troyanos pe-
rezcan de mala muerte con sus hijos y sus castas es-
posas!?”
Contestó el soberano flechador Apolo: “*¡Batidor
de la tierra! No me tendrías por sensato si combatie-
ra contigo por los míseros mortales que, semejantes
a las hojas, ya se hallan florecientes y vigorosos co-
miendo los frutos de la tierra, ya se quedan exánimes
y mueren. Abstengámonos, pues, de combatir y pe-
leen ellos entre sí.??
Así dijo y le volvió la espalda; pues por respeto no
quería llegar a las manos con su tío paterno. Y su
hermana, la campestre Artemisa, que de las fieras es
señora, lo increpó duramente con injuriosas voces:
““¿Huyes ya, Flechador, y das la victoria a Posei-
dón, concediéndole inmerecida gloria? ¡Cobarde! ¿Por
qué llevas ese arco inútil? No oiga yo que te jactes
en el palacio de mi padre, como hasta aquí lo hiciste
ante los inmortales dioses, de luchar cuerpo a cuerpo
con Poseidón.??”
"Tales fueron sus palabras, y el flechador Apolo nada -
respondió. Pero la venerable esposa de Zeus, irritada,
increpó a Artemisa, que se complace en tirar flechas,
con injuriosas voces:
“¿Cómo es que pretendes, perra arisca, oponerte a
mí? Difícil te será resistir mi fortaleza, aunque lle-

174
Ἐν ἿΝ ΧΡ» Α o Ὁ" ΞΕ

ves arco y Zeus te haya hecho leona entre las mujeres


y te permita matar a la que te plazca. Mejor es cazar
en el monte fieras -agrestes o ciervos, que luchar deno-
dadamente contra quienes son más poderosos. Y si
quieres probar el combate, empieza, para que sepas
bien cuánto más fuerte soy que tú; ya que contra mí
quieres emplear tus fuerzas.??
Dijo; asióla con la mano izquierda por ambas mu-
ñecas, quitóle de los hombros, con la derecha, el arco
y el carcaj, y riendo se puso a golpear con éstos las
orejas de Artemisa, que volvía la cabeza, ora a un
lado, ora a otro, mientras las veloces flechas se es-
parecían por el suelo. Artemisa huyó llorando, como
la paloma que perseguida por el gavilán vuela a refu-
giarse en el hueco de excavada roca, porque no había
dispuesto el hado que aquél la cogiese. De igual ma-
nera huyó la diosa, vertiendo lágrimas y dejando allí
arco y aljaba. Y el mensajero Argicida, dijo a Leto:
“¡Leto! Yo no pelearé contigo, porque es arries-
gado luchar con las esposas de Zeus, que amontona
las nubes. Jáctate muy satisfecha, ante los inmortales
dioses, de que me venciste con tu poderosa fuerza.??
Tai dijo. Leto recogió el corvo 8160 y las saetas
que habían caído acá y allá, en medio de un torbe-
llino de polvo; y se fué en pos de la hija. Llegó ésta
al Olimpo, a la morada de Zeus erigida sobre bronce;
sentóse llorando en las rodillas de su padre, y el divi-
no velo temblaba alrededor de su cuerpo. El padre
Cronión cogióla en el regazo; y sonriendo dulcemen-
te, le preguntó:
“¿Cuál de los celestes dioses, hija querida, de tal
modo te ha maltratado, como si en su presencia hu-
bieses cometido alguna falta???
Respondióle Artemisa, que se recrea con el bullicio
de la caza y lleva en las sienes hermosa diadema:

175
H O M E R O
““Tu esposa Hera, la de los brazos de nieve me ha
maltratado, padre; por ella la discordia y la contienda
han surgido entre los inmortales. ?”?
Así éstos conversaban. En tanto, Febo Apolo entró
en la sagrada Jlión, temiendo por el muro de la bien
edificada ciudad: no fuera que en aquella ocasión lo
destruyesen los dánaos, contra lo ordenado por el
destino. Los demás dioses sempiternos volvieron al
Olimpo, irritados unos y envanecidos otros por el
triunfo; y se sentaron a la vera de Zeus, el de las
sombrías nubes. Aquiles, persiguiendo a los teucros,
mataba hombres y caballos. De la suerte que cuando
una ciudad es presa de las llamas y llega el humo al
anchuroso uranos, porque los dioses se irritaron contra
ella, todos los habitantes trabajan y muchos padecen
grandes males; de igual modo, Aquiles causaba a los
teucros fatigas y daños.
El anciano Príamo estaba en la sagrada torre; y
como viera al ingente Aquiles, y a los teucros puestos
en confusión, huyendo espantados y sin fuerzas para
resistirle, empezó a gemir y bajó de aquélla para dar
órdenes a los ínclitos varones que custodiaban las
puertas de la muralla:
““Abrid las puertas y sujetadlas con la mano, has-
ta que lleguen a la ciudad los guerreros que huyen es-
pantados. Aquiles es quien los estrecha y pone en
desorden, y temo que han de ocurrir desgracias. Mas,
tan pronto como aquéllos respiren, refugiados dentro
del muro, entornad las hojas fuertemente unidas; pues
estoy con miedo de que ese hombre funesto entre por
el muro.??
Tal fué su mandato. Abrieron las puertas, quitan-
do los cerrojos, y a esto se debió la salvación de las
tropas. Apolo saltó fuera del muro para librar de la
ruina a los teucros. Estos, acosados por la sed y lle-

176
L Α pe E I Α D A
nos de polvo, huían por el campo en derechura a la
ciudad y su alta muralla. Y Aquiles los perseguía
impetuosamente con la lanza, teniendo el corazón po-
seído de violenta rabia y deseando alcanzar gloria.
Entonces los aqueos hubieran tomado a llión, la de
altas puertas, si Febo Apolo no hubiese incitado al
divino Agenor, hijo ilustre y valiente de Antenor, a
esperar a Aquiles. El dios infundióle audacia en el
corazón, y para apartar de él a la cruel Moira, se
quedó a su vera, recostado en una encina y cubierto
de espesa niebla. Cuando Agenor vió llegar a Aquiles,
asolador de ciudades, se detuvo, y en su agitado cora-
zón vacilaba sobre el partido que debería tomar. Y
gimiendo, a su magnánimo espíritu le decía:
““¡Ay de mí! Si huyo del valiente Aquiles por
donde los demás corren espantados y en desorden, me
cogerá también y me matará sin que me pueda defen-
der. Si dejando que éstos sean derrotados por el Pe-
leida, me fyese por la llanura troyana, lejos del muro,
hasta llegar a los bosques del Ida y me escondiera
en los matorrales, podría volver a lIlión por la tarde,
después de tomar un baño en el río para refrescarme
y quitarme el sudor. Mas ¿por qué en tales cosas me
hace pensar el corazón? No sea que aquél advierta
que me aleje de la ciudad por la llanura, y persiguién-
dome con ligera planta me dé alcance; y ya no podré
evitar la muerte y el destino, porque Aquiles es el
más fuerte de los hombres. Y si delante de la ciudad
le salgo al encuentro.... Vulnerable es su cuerpo por
el agudo bronce; hay en él una sola alma y dicen los
hombres que el héroe es mortal; pero el Cronida le da
gloria.??
Esto, pues, se decía y encongiéndose, aguardó a
Aquiles, porque su corazón esforzado estaba impacien-
te por luchar y combatir. Como la pantera, cuando

177
H 0 M E R O

oye el ladrido de los perros, sale de la poblada selva


y va al encuentro del cazador, sin que arrebaten su
ánimo ni el miedo ni el espanto; y si aquél se le ade-
lanta y la hiere, no deja de pugnar, aunque esté atra-
vesada por la jabalina, hasta venir con él a las manos
ὁ sucumbir; de la misma suerte, el divino Agenor, hijo
del preclaro Antenor, no quería huír antes de entrar
en combate con Aquiles. Y cubriéndose con el liso
escudo, le apuntaba !a lanza, mientras decía con fuer-
tes voces:
““Grandes esperanzas concibe tu ánimo, esclarecido
Aquiles, de tomar en el día de hoy la ciudad de los
altivos troyanos. ¡Insensato! Buen número de ma-
les habrán de padecerse todavía por causa de ella. Es-
tamos dentro muchos y fuertes varones que, peleando
por nuestros padres, esposas e hijos, salvaremos a
Ilión; y tú recibirás aquí mismo la muerte, a pesar
de ser un terrible y audaz guerrero.??”
Dijo. Con la robusta mano arrojó el agudo dardo,
y no erró el tiro; pues acertó a dar en la pierna del
héroe, debajo de la rodilla. La greba de estaño recién
construída resonó horriblemente, y el bronce fué recha-
zado sin que lograra penetrar, porque lo impidió la
armadura, regalo del dios. El Peleida arremetió a su
vez con Agenor, igual a una deidad; pero Apolo no
le dejó alcanzar gloria, pues arrebatando al teucro, le
cubrió de espesa niebla y le mandó a la ciudad para
que saliera tranquilo a la batalla.
Luego el Flechador apartó a Aquiles del ejército,
valiéndose de un engaño. 'Tomó la figura de Agenor,
y se puso delante del héroe, que se lanzó a perseguirle.
Mientras. Aquiles iba tras de Apolo, por un campo pa-
niego, hacia el río Escamandro, de profundos vórtices,
y corría muy cerca de él, pues el dios le engañaba con
esta astucia a fin de que tuviera siempre la esperanza

178
L Α "AN I A D Α
de darle alcance en la carrera; los demás teucros, hu-
yendo en tropel, llegaron alegres a la ciudad, que se
llenó econ los que allí se refugiaron. Ni siquiera
se atrevieron a esperarse los unos a los otros, fuera de
la ciudad y del muro, para saber quiénes habían es-
capado y quiénes habían muerto en la batalla, sino
que se entraron presurosos por la ciudad, cuantos,
gracias a sus pies y rodillas, lograron salvarse.
Andrómaca ve que Aquiles se lleva el cadáver de Héctor,
arrastrándolo por+la llanura, y cae desfallecida

RAPSODIA VIGESIMOSEGUNDA

OS troyanos, refugiados en la
ciudad como cervatos, se recos-
taban en los hermosos baluartes,
refrigeraban el sudor y bebían
para apagar la sed; y en tanto,
los aqueos se iban acercando a
la muralla, protegiendo sus hom-
AAA bros con los escudos. El hado
funesto sólo detuvo a Héctor para que se quedara fue-
ra de Ilión, en las puertas Esceas. Y Febo Apolo dijo
al Peleida:
““¿Por qué, oh hijo de Peleo, persigues en veloz
carrera, siendo tú mortal, a un dios inmortal? Aún
no conociste que soy una deidad, y no cesa tu deseo
de alcanzarme. Ya no te cuidas de pelear con los

181 1H
Η O M E R 0)
teucros, a quienes pusiste en fuga; y éstos han entra-
do en la población, mientras te extraviabas viniendo
aquí. Pero no me matarás, porque el hado no me
condenó a morir.??
Muy indignado le respondió Aquiles, el de los pies
ligeros: ““¡Oh Flechador, el más funesto de todos
los dioses! Me engañaste trayéndome acá desde la mu-
ralla, cuando todavía hubieran mordido muchos la
tierra antes de llegar a llión. Me has privado de
alcanzar una gloria no pequeña, y has salvado con
facilidad a los teueros, porque no temías que luego me
vengara. Y ciertamente me vengaría de ti, si mis
fuerzas lo permitieran.??”
Dijo, y muy alentado, se encaminó apresuradamente
a la ciudad, como el corcel vencedor en la carrera de
carros trota veloz por el campo; tan ligeramente mo-
vía Aquiles pies y rodillas.
El anciano Príamo fué el primero que con sus pro-
pios ojos le vió venir por la llanura, tan resplande-
ciente como el astro que en el otoño se distingue por
sus vivos rayos entre muchas estrellas durante la no-
che obseura y recibe el nombre de perro de Orión, el
cual con ser brillantísimo constituye una señal funesta,
porque trae excesivo calor a los míseros mortales; de
igual manera centelleaba el bronce sobre el pecho del
héroe, mientras éste corría. (Gimió el viejo, golpeóse
la cabeza con las manos levantadas y profirió grandes
voces y lamentos, dirigiendo súplicas a su hijo. Hée-
tor continuaba inmóvil ante las puertas y sentía ve-
hemente deseo de combatir con Aquiles. Y el anciano,
tendiéndole los brazos, le decía en tono lastimero:
**¡Héctor, hijo querido! No aguardes, solo y lejos
de los amigos, a ese hombre, para que no mueras
presto a manos del Peleida, que es mucho más vigoro-
so. ¡Cruel! Así fuera tan caro a los dioses como

182
L A 1 L I Á D A

a mí; pronto se lo comerían, tendido en el suelo, los


perros y los buitres, y mi corazón se libraría del terri-
ble pesar. Me ha privado de muchos y valientes hi-
jos, matando a unos y vendiendo a otros en remotas
islas. Y ahora que los teucros se han encerrado en
la ciudad, no acierto a ver a mis dos hijos Licaón y
Polidoro, que parió Laótoe, ilustre entre las muje-
res. Si están vivos en el ejército, los rescataremos
con oro y bronce, que todavía lo hay en el palacio;
pues a Laótoe la dotó espléndidamente su anciano
padre, el ínclito Altes. Pero si han muerto y se hallan
en la morada de Hades, el mayor dolor será para su
madre y para mí que los engendramos; porque el
del pueblo durará menos, si no mueres tú, vencido por
Aquiles. Ven adentro del muro, hijo querido, para
que salves a los troyanos y a las troyanas; y no quieras
proporcionar inmensa gloria al Peleida y perder tú mis-
mo la existencia. Compadécete también de mí, de
este infeliz y desgraciado que aún conserva la razór;
pues el padre Cronión me hará perecer en la senectud
y con aciaga suerte, después de presenciar muchas
desventuras: muertos mis hijos, esclavizadas mis hi-
jas, destruídos los tálamos, arrojados los niños por
el suelo en el terrible combate y las nueras arrastradas
por las funestas manos de los aqueos. Y cuando, por
fin, alguien me deje sin vida los miembros, hiriéndome
con el agudo bronce o con arma arrojadiza, los voraces
perros que con comida de mi mesa crié en el palacio
para que lo guardasen, despedazarán mi cuerpo en
la puerta exterior, beberán mi sangre, y saciado el
apetito, se tenderán en el pórtico. Yacer en el suelo,
habiendo sido atravesado en la lid por el agudo bron-
ce, es decoroso para un joven, y cuanto de él pue-
da verse, todo es bello, a pesar de la muerte; pero
que los perros destrocen la cabeza y la barba encane-

183
Η O M E R O
cidas y las cosas del pudor de un anciano muerto en
la guerra, es lo más triste de cuanto les puede ocurrir
a los míseros mortales.??
Así se expresó el anciano, y con las manos se arran-
caba de la cabeza muchas canas, pero no logró persua-
dir a Héctor. La madre de éste, que en otro sitio se
lamentaba llorosa, desnudó el seno, mostróle el pecho,
y derramando lágrimas, dijo estas aladas palabras:
“¡Héctor! ¡Hijo mío! Respeta este seno y apiá-
date de mí. Si en otro tiempo te daba el pecho para
acallar tu lloro, acuérdate de tu niñez, hijo amado;
y penetrando en la muralla, rechaza desde la misma
a ese enemigo y no salgas a su encuentro. ¡Cruel! Si
te mata, no podré llorarte en tu lecho, querido renuevo
a quien parí, y tampoco podrá hacerlo tu rica esposa;
porque los veloces perros te devorarán muy lejos de
nosotras, junto a las naves argivas.??
De esta manera Príamo y Hécuba hablaban a su
hijo, llorando y dirigiéndole muchas súplicas, sin que
lograsen persuadirle, pues Héctor seguía aguardando
a Aquiles, que ya se acercaba. Come silvestre dragón
que, habiendo comido hierbas venenosas, espera ante
su guarida a un hombre y con feroz cólera echa te-
rribles miradas y se enrosca en la entrada de la cueva;
así Héctor, con inextinguible valor, permanecía quie-
to, desde que arrimó el terso escudo a la torre pro-
minente. Y gimiendo en su magnánimo espíritu, se
decía:
““¡Ay de mí! Si traspongo las puertas y el muro,
el primero en dirigirme reproches será Polidamas, el
cual me aconsejaba que trajera el ejército a la ciudad
la noche en que Aquiles decidió volver a la pelea.
Pero yo no me dejé persuadir—mucho mejor hubiera
sido aceptar su consejo—, y ahora que he causado la
ruina del ejército con mi imprudencia, temo a los

ὃ 184
L A 1 L I A D A

troyanos y a las troyanas, de rozagantes peplos, y


que alguien menos valiente que yo execlame: Héctor,
fiado en su pujanza, perdió las tropas. Así hablarán;
y preferible fuera volver a la población después de
matar a Aquiles, o morir gloriosamente ante la mis-
ma. ¿Y si ahora, dejando en el suelo el abollonado
escudo y el fuerte casco y apoyando la pica contra el
muro, saliera al encuentro de Aquiles, le dijera que
permitía a los Atridas llevarse a Helena y las rique-
zas que Alejandro trajo a Ilión en las cóncavas naves,
que esto fué lo que originó la guerra, y le ofreciera re-
partir a los aqueos la mitad de lo que la ciudad con-
tiene; y más tarde tomara ¿juramento a los troyanos
de que, sin ocultar nada, formarían dos lotes con
cuantos bienes existen dentro de esta hermosa ciu-
dad?.... Mas ¿por qué en tales cosas me hace pensar
el corazón? No, no iré a suplicarle; que, sin tenerme
compasión y respeto, me mataría inerme, como a una
mujer, tan pronto como dejara las armas. Imposible
es conversar con él desde lo alto de una encina o
de una roca, como un mancebo y una doncella; sí, co-
mo un mancebo y una doncella suelen conversar. Me-
jor será empezar el combate, para que veamos pronto
a quién el Olímpico concede la victoria.??
Tales pensamientos revolvía en su mente, sin moverse
de aquel sitio, cuando se le acereó Aquiles, cual si
fuése Ares, el impetuoso luchador, con el terrible fres-
no del Pelión sobre el hombro derecho y el cuerpo
protegido por el bronce que brillaba como el resplan-
dor del encendido fuego del sol naciente. Héctor, al
verle, se echó a temblar y ya no pudo permanecer
allí; sino que dejó las puertas y huyó espantado. Y
el Peleida, confiado en sus pies ligeros, corrió en se-
guimiento del mismo. Como en el monte el gavi-
lán, que es el ave más ligera, se lanza con fácil vuelo

185
H O M E R O
tras la tímida paloma; ésta huye con tortuosos giros
y aquél la sigue de cerca, dando agudos graznidos y
acometiéndola repetidas veces, porque su ánimo le in-
cita a cogerla; así Aquiles volaba enardecido y Héec-
tor movía las ligeras rodillas huyendo azorado en
torno de la muralla de Ilión. Corrían siempre por la ca-
rretera, fuera del muro, dejando a sus espaldas la
atalaya y el lugar ventoso donde estaba el cabrahigo;
y llegaron a los dos cristalinos manantiales, que son
las fuentes del Janto voraginoso. ἘΠ primero tiene
el agua caliente y lo cubre el humo como si hubiera
allí un fuego abrasador; el agua que del segundo
brota es en el verano como el granizo, la fría nieve
o el hielo. Cerca de ambos hay unos lavaderos de
piedra, grandes y hermosos, donde las esposas:y las
bellas hijas de los troyanos solían lavar sus magníficos
vestidos en tiempo de paz, antes que llegaran los
aqueos. Por allí pasaron, el uno huyendo y el otro per-
siguiéndole: delante, un valiente huía, pero otro más
fuerte le perseguía con ligereza; porque la contien-
da no era sobre una víctima o una piel de buey, pre-
mios que suelen darse a los vencedores en la carrera,
sino sobre la vida de Héctor, domador de caballos.
Como los solípedos corceles que toman parte en los
juegos en honor de un difunto, corren velozmente en
torno de la meta donde se ha colocado como premio
importante un trípode o una mujer; de semejante
modo, aquéllos dieron tres veces la vuelta a la ciudad
de Príamo, corriendo con ligera planta. Todas las
deidades los contemplaban. Y Zeus, padre de los hom-
bres y de los dioses, comenzó a decir:
“*¡Oh dioses! Con mis ojos veo a un caro varón
perseguido en torno del muro. Mi corazón se compa-
dece de Héctor que tantos muslos de buey ha quemado
en mi obsequio en las cumbres del Ida, en valles abun-

186
πὰ. FRESAS A
doso, y en la ciudadela de lIlión; y ahora el divino
Aquiles le persigue con sus ligeros pies en derredor
de la ciudad de Príamo. Ea, deliberad, oh dioses, y
decidid si le salvaremos de la muerte o dejaremos
que, a pesar de ser esforzado, sucumba a manos del
Peleida Aquiles.??”
Respondióle Atenea, la diosa de los elaros ojos: **¡Oh
padre, que lanzas el ardiente rayo y amontonas las
nubes! ¿Qué dijiste? ¿De nuevo quieres librar de la
muerte horrísona a ese hombre mortal, a quien tiempo
ha que el hado condenó a morir? Hazlo, pero no todos
los dioses te lo aprobaremos.??
Contestó Zeus, que amontona las nubes: “*¡Tran-
quilízate, Tritogenia, hija querida. No hablo con áni-
mo benigno, pero contigo quiero ser complaciente.
Obra conforme a tus deseos y no desistas.??”
Con tales voces instigóle a hacer lo que ella misma
deseaba, y Atenea bajó en raudo vuelo de las cumbres
del Olimpo.
En tanto, el veloz Aquiles perseguía y estrechaba
sin cesar a Héctor. Como el perro va en el monte por
valles y cuestas tras el cervatillo que levantó del
bosque, y si éste se esconde, azorado, debajo de los ar-
bustos, corre aquél rastreando hasta que nuevamente
lo descubre; de la misma manera, el Peleida, de pies
ligeros, no perdía de vista a Héctor. Cuantas veces
el troyano intentaba encaminarse a las puertas Dar-
danias, al pie de las torres bien construídas, por si
desde arriba lo socorrían disparando flechas; otras tan-
tas, Aquiles, adelantándosele, le apartaba hacia la
llanura, y aquél volaba sin descanso cerca de la ciu-
dad. Como en sueños ni el que persigue puede alean-
zar al perseguido, ni éste huír de aquél; de igual mane-
ra, ni Aquiles con sus pies podía dar alcance a Héctor,
ni Héctor escapar de Aquiles. ¿Y cómo Héctor se hu-

187
᾿
H O M E R O

biera librado entonces de las Keres de la muerte que


le estaba destinada, si Apolo, acercándosele por la
postrera y última vez, no le hubiese dado fuerzas y
aligerado sus rodillas?
El divino Aquiles hacía con la cabeza señales ne-
gativas a los guerreros, no permitiéndoles disparar
amargas flechas contra Héctor: no fuera que alguien
alcanzara la gloria de herir al caudillo y él llegase el
segundo. Mas cuando en la cuarta vuelta llegaron a
los manantiales, el padre Zeus tomó la balanza de oro,
puso en la misma dos suertes—la de Aquiles y la de
Héctor, domador de caballos—para saber a quién esta-
ba reservada la dolorosa muerte; cogió por el medio
la balanza, la desplegó, y tuvo más peso el día fatal de
Héctor, que descendió hasta el Hades. Al instante
Febo Apolo desamparó al troyano. Atenea, la diosa de
los claros ojos, se acercó al eri y le dijo estas
aladas palabras:
““Espero, oh esclarecido Aquiles, caro a Zeus, que
nosotros dos proporcionaremos a los aqueos inmensa
gloria, [pues al volver a las naves habremos muerto
a Héctor, aunque sea infatigable en la batalla. Ya no
se nos puede escapar, por más cosas que haga el fle-
chador Apolo, postrándose a los pies del padre Zeus,
que lleva la égida. Párate y respira; e iré a persua-
dir a Héctor para que luche contigo frente a frente.??
Así habló Atenea. Aquiles obedeció, con el cora-
zón alegre, y se detuvo en seguida, apoyándose en el
arrimo de la pica de asta de fresno y broncínea punta.
La diosa dejóle y fué a encontrar al divino Héctor.
Y tomando la figura y la voz infatigable de Deífobo,
llegóse al héroe y pronunció estas aladas palabras:
““¡Mi buen hermano! Mucho te estrecha el veloz
Aquiles, persiguiéndote con ligero pie alrededor de la

188
L Α Ἀν ὮΝ I A D Α
ciudad de Príamo. Ea, detengámonos y rechacemos su
ataque.??”
Respondióle el gran Héctor, de tremolante casco:
“*¡Deífobo! Siempre has sido para mí el hermano pre-
dilecto entre cuantos somos hijos de Hécubay de
Príamo; pero desde ahora me propongo tenerte en
mayor aprecio, porque al verme con tus ojos osaste
salir del muro y los demás han permanecido dentro.??”
Contestó Atenea, la diosa de los brillantes ojos: **¡Mi
buen hermano! El padre, la venerable madre y los
amigos abrazábanme las rodillas y me suplicaban que
me quedara con ellos—¡de tal modo tiemblan todos!—;
pero mi ánimo se sentía atormentado por grave pe-
sar. Ahora peleemos con brío y sin dar reposo a la
pica, para que veamos si Aquiles nos mata y se lleva
nuestros sangrientos despojos a las cóneavas naves, 0
sucumbe vencido por tu lanza.??”
Así diciendo, Atenea, para engañarle, empezó a
caminar. Cuando ambos guerreros se hallaron frente
a frente, dijo el primero, el gran Héctor, de tremo-
lante casco:
““No huiré más de ti, oh hijo de Peleo, como hasta
ahora. Tres veces dí la vuelta, huyendo, en torno de
la gran ciudad de Príamo, sin atreverme nunca a
esperar tu acometida. Mas ya mi ánimo me impele
a afrontarte, ora te mate, ora me mates tú. Ea, pon-
gamos a los dioses por testigos, que serán los mejores
y los que más cuidarán de que se cumplan nuestros pac-
tos: yo no te insultaré cruelmente, si Zeus me concede
la victoria y logro quitarte la vida; pues tan luego
como te haya despojado de las magníficas armas,
oh Aquiles, entregaré el cadáver a los aqueos. Obra
tá conmigo de la misma manera.??”
Mirándole con torva faz, respondió Aquiles, el de
log pies ligeros: “*¡Héctor, a quien no puedo olvidar!

189
H 0 ΜΗ O 0
No me hables de convenios. Como no es posible que
haya fieles alianzas entre los leones y los hombres,
ni que estén de acuerdo los lobos y los corderos, sino
que piensan continuamente en causarse daño unos
a otros; tampoco puede haber entre nosotrosni amis-
tad ni pactos, hasta que caiga uno de los dos y sa-
cie de sangre a Ares, infatigable combatiente. Revístete
de toda clase de valor, porque ahora te es muy pre-
ciso obrar como belicoso y esforzado campeón. Ya
no te puedes escapar. Palas Atenea te hará sucumbir
pronto, herido por mi lanza, y pagarás todos ¡juntos
los dolores de mis amigos, a quienes mataste cuando
manejabas furiosamente la pica.?”
En diciendo esto, blandió y arrojó la fornida lanza.
El esclarecido Héctor, al verla venir, se inclinó para
evitar el golpe: clavóse aquélla en el suelo, y Palas
Atenea la arrancó y devolvió a Aquiles, sin que Héctor,
pastor de hombres, lo advirtiese. Y Héctor dijo al
eximio Peleida:
“*¡Erraste el golpe, .divino Aquiles! Nada te
había revelado Zeus acerca de mi destino, como afir-
mabas; has sido un hábil forjador de engañosas pa-
labras, para que, temiéndote, me olvidara de mi valor
y de mi fuerza. Pero no me clavarás la pica en la
espalda, huyendo de ti: atraviésame el pecho cuando
animoso y frente a frente te acometa, si un dios te
lo permite. Y ahora guárdate de mi broncínea lanza.
¡Ojalá que todo su hierro se escondiera en tu cuerpo!
La guerra sería más liviana para los teueros, si tú
murieses; porque eres su mayor azote.??
Así habló y blandiendo la ingente lanza, despidióla
sin errar el tiro; pues dió un bote en el escudo del
Peleida. Pero la lanza fué rechazada por la rodela, y
Héctor se irritó al ver que aquélla había sido arroja-
da inútilmente por su brazo; paróse, bajando la cabe-

190
LD A Ἔν ὦ I Á D Á
za, pues no tenía otra lanza de fresno; y con recia
voz llamó a Deífobo, el de luciente escudo, y le pidió
una larga pica. Deífobo ya no estaba a su vera,
Entonces Héctor comprendiólo todo, y exclamó:
**¡Oh! Ya los dioses me llaman a la muerte. Creía
que el héroe Deífobo se hallaba conmigo, pero está
dentro del muro, y fué Atenea quien me engañó.
Cercana tengo la perniciosa muerte que ni tardará,
ni puedo evitarla. Así les habrá placido que sea,
desde hace tiempo, a Zeus y a su hijo, el Flechador;
los cuales, benóvolos para conmigo, me salvaban
de los peligros. Cumplióse mi destino. Pero no quisiera
morir cobardemente y sin gloria; sino realizando algo
grande que llegará a conocimiento de los venideros.??
Esto dicho, desenvainó la aguda espada, grande y
fuerte, que llevaba en el costado. Y encogiéndose, se
arrojó como el águila de alto vuelo se lanza a la
Manura, atravesando las pardas nubes, para arrebatar
la tierna corderilla o la tímida liebre; de igual ma-
nera arremetió Héctor, blandiendo la aguda espada.
Aquiles embistióle, a su vez, con el corazón rebosante
de feroz cólera: defendía su pecho con el magnífico
escudo labrado, y movía el luciente casco de cuatro
abolladuras, haciendo ondear las bellas y abundantes
erines de oro que Hefestos colocara en la cimera. Co-
mo el Héspero, que es el lucero más hermoso de
cuantos hay en el cielo, se presenta rodeado de es-
trellas en la obscuridad de la noche; de tal modo
brillaba la pica de larga punta que en su diestra
blandía Aquiles, mientras pensaba en causar dañe
al divino Héctor y miraba cuál parte del hermoso
cuerpo del héroe ofrecería menos resistencia. Este
lo tenía protegido por la excelente armadura que quitó
a Patroclo después de matarle, y sólo quedaba des-
cubierto el lugar en que las clavículas separan el

191
H O M E R 0
cuello de los hombros, la garganta, que es el sitio
por donde más pronto sale el alma: por allí el divino
Aquiles envasóle la pica a Héctor que ya le atacaba,
y la punta, atravesando el delicado cuello, asomó por
la nuca. Pero no le cortó el gargiiero con la pica de
fresno que el bronce hacía ponderosa, para que pudiera
hablar algo y responderle. Héctor cayó en el polvo,
y el divino Aquiles se jactó del triunfo, diciendo:
**¡Héctor! Cuando despojabas el cadáver de Patro-
elo, sin duda te creíste salvado y no me temiste a
mí porque me hallaba ausente. ¡Necio! Quedaba yo
como vengador, mucho más fuerte que él, en las cón-
cavas naves, y te he quebrado las rodillas. A ti los
perros y las aves te despedazarán ignominiosamente,
y a Patroclo los aqueos le harán honras fúnebres.?”
Con lánguida voz respondióle Héctor, el de tremo-
lante casco: **te lo ruego por tu alma, por tus rodi-
llas y por tus padres: ¡No permitas que los perros
me despedacen y devoren junto a las naves aqueas!
Acepta el bronce y el oro que en abundancia te
darán mi padre y mi veneranda madre, y entrega
a los míos el cadáver para que lo lleven a mi casa,
y los troyanos y sus esposas lo pongan en la pira.??
Mirándole con torva faz, le contestó Aquiles, el
de los pies ligeros: “No me supliques, ¡perro!, por
mis rodillas ni por mis padres. Ojalá el furor y el
coraje me incitaran a cortar tus carnes y a comérme-
las crudas. ¡Tales agravios me has inferido! Nadie
podrá apartar de tu cabeza a los perros, aunque
me den diez o veinte veces el debido rescate y me
prometan más; aunque Príamo Dardánida ordene re-
dimirte a peso de oro; ni aun así, la veneranda madre
que te dió a luz te pondrá en un lecho para llorarte,
sino que los perros y las aves de rapiña destrozarán
tu cuerpo.?”

192
L A eu. de E A D A
Contestó, ya moribundo Héctor, el de tremolante
casco: **bien te conozco, y no era posible que te
persuadiese, porque tienes en el pecho un corazón de
hierro. Guárdate de que atraiga sobre ti la cólera
de los dioses, el día en que Paris y Febo Apolo te
harán perecer, no obstante tu valor, en las puertas
Esceas.??
Apenas acabó de hablar, la muerte le cubrió con
su manto: el alma voló de los miembros y descendió
al Hades, llorando su suerte, porque dejaba un cuer-
po vigoroso y joven. Y el divino Aquiles le dijo,
aunque muerto le viera:
“¡Muere! Y yo perderé la vida cuando Zeus y los
demás dioses inmortales dispongan que se cumpla mi
destino.??
Dijo; arrancó del cadáver la broncínea lanza y,
dejándola a un lado, quitóle de los hombros las en-
sangrentadas armas. Acudieron presurosos los demás
aqueos, admiraron todos el continente y la arrogante
figura de Héctor y ninguno dejó de herirle. Y hubo
quien, contemplándole, habló así a su veicno:
*“*¡Oh dioses! Héctor es ahora mucho más blando
en dejarse palpar que cuando incendió las naves con
el ardiente fuego.??” /
Así algunos hablaban, y acercándose le herían. El
divino Aquiles, ligero de pies, tan pronto como hubo
despojado el cadáver, se puso en medio de los aqueos
y pronunció estas aladas palabras:
““¡Oh amigos, capitanes y príncipes de los argivos!
Ya que los dioses nos concedieron vencer a ese gue-
rrero que causó mucho más daño que todos los otros
juntos, ea, sin dejar las armas cerquemos la ciudad
para conocer cuál es el propósito de los troyanos:
si abandonarán la ciudadela por haber sucumbido
Héctor, o se atreverán a quedarse todavía a pesar

193
Η O M E R O
de que éste ya ño existe. Mas ¿por qué en tales cosas
me hace pensar el corazón? En las naves yace Patroclo
muerto, insepulto y no llorado; y no le olvidaré, en
tanto me halle entre los vivos y mis rodillas se mue-
van; y si en el Hades se olvida a los muertos, aun allí
me acordaré del compañero amado. Ahora, ea, volva-
mos, cantando los Peanes, a las cóncavas naves, y
llevémonos este cadáver. Hemos ganado una gran
victoria: matamos al divino Héctor, a quien dentro
de la ciudad los troyanos dirigían votos cual si fuése
un dios.??
Dijo; y para tratar ignominiosamente al divino
Héctor, le horadó los tendones de detrás de ambos
pies desde el tobillo hasta el talón; introdujo correas
de piel de buey, y le ató al carro, de modo que la
cabeza fuése arrastrando; luego, recogiendo la mag-
nífica armadura, subió y picó a los caballos para
que arrancaran, y éstos volaron gozosos. Gran polva-
reda levantaba el cadáver mientras era arrastrado:
la negra cabellera se esparcía por el suelo, y la
cabeza, antes tan graciosa, se hundía en el polvo;
porque Zeus la entregó entonces a los enemigos, para
que allí, en su misma patria, la ultrajaran.
Así la cabeza de Héctor se manchaba de polvo.
La madre, al verlo, se arrancaba los cabellos; y arro-
jando de sí el blanco velo, prorrumpió en tristísimos
sollozos. El padre suspiraba lastimeramente, y alre
dedor de él y por la ciudad el pueblo gemía y se la-
mentaba. No parecía sino que la excelsa Ilión fuese
desde su cumbre devorada por el fuego. Los guerreros
apenas podían contener al anciano, que, excitado por
el pesar, quería salir por las puertas Dardanias; y
revolcándose en el lodo, les suplicaba a todos llamán-
doles por sus respectivos nombres:

194
ἊΝES. ADA
““Dejadme, amigos, por más intranquilos que estéis;
permitid que, saliendo solo de la ciudad, vaya a las
naves aqueas y ruegue a ese hombre pernicioso y
violento: acaso respete mi edad y se apiade de mi
vejez. Tiene un padre como yo, Peleo, el cual le en-
gendró y crió para que fuese una plaga de los troyanos;
pero es a mí a quien ha causado más pesares. ¡A
cuántos hijos míos mató, que se hallaban en la flor
de la juventud! Pero no me lamento tanto por ellos,
aunque su suerte me haya afligido, como por uno
cuya pérdida me eausa el vivo dolor que me preci-
pitará al Hades: por Héctor, que hubiera debido morir
en mis brazos, y entonces nos hubiésemos saciado de
llorarle y plañirle la infortunada madre que le dió
a luz y yo mismo.??
Así habló, llorando, y los ciudadanos suspiraron.
Y Hécuba comenzó entre las troyanas el funeral la-
mento:
““¡Oh hijo! ¡Ay de mí, desgraciada! ¿Por qué viviré
después de padecer terribles penas y de haber muerto
tú? Día y noche eras en la ciudad motivo de orgu'l>
para mí y el baluarte de los troyanos y troyanas,
que te saludaban como a un dios. Vivo, constituías
una excelsa gloria para ellos; pero ya las Keres de la
muerte y la Moira te alcanzaron.??”
Así dijo, llorando. La esposa de Héctor nada sabía,
pues ningún mensajero le llevó la noticia de que su
marido se quedara fuera del muro; y en lo más hon-
do del alto palacio tejía una tela doble y purpúrea,
que adornaba con labores de variado color. Había
mandado a las esclavas de hermosas . trenzas que pu-
sieran al fuego un trípode grande, para que Héctor
se bañase en agua tibia al volver de la batalla. ¡In-
sensata! Ignoraba que Atenea, la de los brillantes

195
H 0 M E R 0
ojos, le había hecho sucumbir lejos del baño a manos
de Aquiles. Pero oyó gemidos y lamentaciones que
venían de la torre, estremeciéronse sus miembros, y
la lanzadera le cayó al suelo. Y al instante dijo a las
esclavas de hermosas trenzas:
““Venid, seguidme dos; voy a ver qué ocurre. Oí
la voz de mi venerable suegra; el corazón me salta en
el pecho hacia la boca y mis rodillas se entumecen:
algún infortunio amenaza a los hijos de Príamo.
¡Ojalá que tal noticia nunca llegue a mis oídos! Pero
mucho temo que el divino Aquiles haya separado de la
ciudad a mi Héctor audaz, le persiga a él solo por
la llanura y acabe con el funesto valor que siempre
tuvo; porque jamás en la batalla se quedó entre la
turba de los combatientes, sino que se adelantaba
mucho y en bravura a nadie cedía.??
Dicho esto, salió apresuradamente del palacio eo-
mo una loca, palpitándole el corazón; y dos esclavas la
acompañaron. Mas, cuando llegó a la torre y a:
la multitud de gente que allí se encontraba, se detu-
vo, y desde el muro registró el campo: en seguida
vió que los veloces caballos arrastraban cruelmente
el cadáver de Héctor fuera de la ciudad, hacia las
cóncavas naves de los aqueos; las tinieblas de la
noche velaron sus ojos, cayó de espaldas y se le des-
mayó el alma. Arrancóse de su cabeza los vistosos
lazos, la diadema, la redecilla, la trenzada cinta y el
velo que la dorada Afrodita le había dado el día en
que Héctor se la llevó del palacio de Eetión, consti-
tuyéndole una gran dote. A su alrededor hallábanse
muchas cuñadas y concuñadas suyas, las cuales la
sostenían aturdida como si fuera a perecer. Cuando
volvió en sí y recobró el aliento, lamentándose con
desconsuelo, dijo entre las troyanas:

196
L Α isa δ. ἐν D A
“¡Héctor! ¡Ay de mí, infeliz! Ambos nacimos con
la misma suerte, tú en lIlión, en el alcázar de Príamo;
yo en Tebas, al pie del selvoso Placo, en el alcázar
de Eetión, el cual me crió cuando niña para que fuese
desventurada como él. ¡Ojalá no me hubiera engen-
drado! Ahora tú desciendes a la mansión del Hades,
en el seno de la tierra, y me dejas en el palacio viuda
y sumida en triste duelo. Y el hijo, aún infante, que
engendramos tú y yo, infortunados... Ni tú serás
su amparo, oh Héctor, pues has fallecido; ni él el
tuyo. Si escapa con vida de la luctuosa guerra de los
aqueos, tendrá siempre fatigas y pesares; y los de-
más se apoderarán de sus campos, cambiando de sitio
los términos. El mismo día en que un niño queda
huérfano, pierde todos los amigos; y en adelante va
cabizbajo y con las mejillas bañadas en lágrimas.
Obligado por la necesidad, dirígese a los amigos de
su padre, tirándoles ya del manto ya de la túnica; y
alguno, compadecido, le alarga un vaso pequeño con
el cual mojará los labios, pero no llegará a humede-
cer la garganta. El niño que tiene los padres vivos
le echa del festín, dándole puñadas e increpándole
con injuriosas voces: ¡Véte, enhoramala! le dice, que
tu padre no come a escote con nosotros. Y volverá a
su madre viuda, llorando, el huérfano Astianax, que
en otro tiempo, sentado en las rodillas de su padre,
sólo comía médula y grasa pingiúe de ovejas, y cuan-
do se cansaba de jugar y se entregaba al sueño, dor-
mía en blanda cama, en brazos de la nodriza, con el
corazón lleno de gozo; mas ahora que ha muerto su
padre, mucho tendrá que padecer Astianax, a quien
los troyanos llamaban así porque sólo tú, oh Héctor,
defendías las puertas y los altos muros. Y a ti, cuan-

197 12,—II
Η 0 M E R O
do los perros te hayan despedazado, los movedizos
gusanos te comerán desnudo, junto a las corvas na-
ves; habiendo en el palacio vestiduras finas y hermo-
sas que las esclavas hicieron con sus manos. Arroja-
ré todas estas vestiduras al ardiente fuego; y ya que
no te aprovechen, pues no yacerás en ellas, consti-
tuirán para ti un motivo de gloria a los ojos de los
troyanos y de las troyanas.??”
Tal dijo, llorando, y las mujeres gimieron.
Los vientos, a ruegos de Aquiles, hacen arder la pira en que
se quema el cuerpo de Patroclo.

RAPSODIA VIGESIMOTEROCERA

SI gemían los teucros en la ciu-


dad. Los aqueos, una vez llega-
dos a las naves y al Helespon-
to, se fueron a sus respectivos
bajeles. Pero a los mirmidones
no les permitió Aquiles que se
dispersaran; y puesto en me-
dio de los belicosos compañe-
ros, les dijo estas palabras:
“* ¡Mirmidones, de rápidos corceles, mis compañíeros
amados! No desatemos del yugo los solípedos bridones;
acerquémonos con ellos y los carros a Patroclo, y
llorémosle, que éste es el honor que a los muertos
se les debe, Y cuando nos hayamos saciado de triste
llanto, desunciremos los caballos y aquí mismo ὁ9-
naremos todos.?? ;

199
H O M E RK 0)

Así habló. Ellos seguían a Aquiles y gemían con


frecuencia. Y sollozando dieron tres vueltas alrededor
del cadáver con los caballos de hermosa crin. Tetis
se hallaba entre los guerreros y les excitaba el deseo
de llorar. Regadas de lágrimas quedaron las arenas,
regadas de lágrimas se veían las armaduras de los
hombres. ¡Tal era el héroe, causa de fuga para los
enemigos, de quien entonces padecían soledad! Y
el Peleida comenzó entre ellos el funeral lamento co-
locando sus manos homicidas sobre el pecho del di-
funto: ““¡Alégrate, oh Patroclo, aunque estés en el
Hades! Ya voy a cumplirte cuanto te prometiera:
he traído arrastrando el cadáver de Héctor, que en-
tregaré a los perros para que lo despedacen cruel-
mente; y degollaré ante tu pira a doce hijos de
troyanos ilustres, por la cólera que me causó tu
muerte.??”
Dijo; y para tratar ignominiosamente al divino
Héctor, lo tendió boca abajo en el polvo, cabe el
lecho del hijo de Menetio. Quitáronse todos la 1ὰ-
ciente armadura de bronce, desuncieron los corceles,
de sonoros relinchos, y sentáronse en gran número
cerca de la nave del Eácida, el de los pies ligeros,
que les dió un banquete funeral espléndido. Muchos
bueyes blancos, ovejas y baladoras cabras palpitaban
al ser degollados con el hierro; gran copia de grasos
puercos, de albos dientes, se asaban, extendidos 80-
bre las brasas; y en torno del cadáver, la sangre
corría en abundancia por todas partes.
Los reyes aqueos llevaron al Peleida, de pies ligeros,
que tenía el corazón afligido por la muerte del com-
pañero, a la tienda de Agamenón Atrida, después de
persuadirle con muche trabajo; ya en ella, mandaron
a los heraldos, de voz sonora, que pusieran al fuego
un gran trípode por si lograban que aquél se lavase

200
L Α E ἢ 1 A D Α

las manchas de sangre y polvo. Pero Aquiles se negó


obstinadamente, e hizo, además, un juramento:
““¡No, por Zeus, que es el supremo y más poderoso
de los dioses! No es justo que el baño moje mi ca-
beza hasta que ponga a Patroclo en la pira, le erija
un túmulo y me corte la cabellera; porque un pesar
tan grande jamás, en la vida, volverá a sentirlo mi
corazón. Ahora celebremos el triste banquete; y cuan-
do se descubra la aurora, manda, oh rey de hombres,
Agamenón, que traigan leña y la coloquen como con-
viene a un muerto que baja a la región sombía, para
que pronto el fuego infatigable consuma y haga des-
aparecer de nuestra vista el cadáver de Patroclo, y
los guerreros vuelvan a sus ocupaciones.?”
Así se expresó; y ellos le escucharon y obedecieron.
Dispuesta con prontitud la cena, banquetearon, y nadie
careció de su respectiva porción. Mas después que
hubieron satisfecho de comida y de bebida el deseo,
se fueron a dormir a sus tiendas. Quedóse el hijo de
Peleo con muchos mirmidones, dando profundos sus-
piros, a orillas del estruendoso mar, en un lugar lim-
pio donde las olas bañaban la playa; pero no tardó
en vencerle el sueño, que disipa los cuidados del
ánimo, esparciéndose suave en torno suyo; pues el
héroe había fatigado mucho sus fornidos miembros
persiguiendo a Héctor alrededor de la ventosa llión.
Entonces vino a encontrarle el alma del mísero Pa-
troclo, semejante en un todo a éste cuando vivía, tan-
to por su estatura y hermosos ojos, como por las
vestiduras que llevaba; y poniéndose sobre la cabeza
de Aquiles, le dijo estas palabras:
“*¿Duermes, Aquiles, y me tienes olvidado? Te
cuidabas de mí mientras vivía, y ahora que he muer-
to me abandonas. Entiérrame cuanto antes, para que
pueda pasar las puertas del Orco; pues las almas,

201
H O M E R . q

que son imágenes de los difuntos, me rechazan y no


me permiten que atraviese el río y me junte con
ellas; y de este modo voy errante por los alrededores
del palacio, de anchas puertas, de Hades. Dame la
mano, te lo pido llorando; pues ya no volveré del
Hades cuando hayáis entregado mi cadáver al fuego.
Ni ya, gozando de vida, conversaremos separadamen-
te de los amigos; pues me devoró la odiosa muerte
que la Moira, cuando nací, me deparara. Y tu destino
es también, oh Aquiles, semejante a los dioses, morir
al pie de los muros de los nobles troyanos. Otra cosa
te diré y encargaré, por si quieres complacerme. No
dejes mandado, oh Aquiles, que pongan tus huesos,
separados de los míos: ya que juntos nos hemos criado
en tu palacio, desde que Menetio me llevó desde
Opunte a vuestra casa por un deplorable homicidio
—cuando encolerizándome en el juego de los dados
maté involuntariamente al hijo de Anfidamas—, y
el caballero Peleo me acogió en su morada, me crió
con regalo y me nombró tu escudero; así también,
una misma urna, el ánfora de oro que te dió tu ve-
neranda madre, guarde nuestros huesos.??
_ Respondióle Aquiles, el de los pies ligeros: “*¿Por
qué, caro amigo, vienes a encargarme estas cosas?
Te obedeceré y lo eumpliré todo como lo mandas.
Pero acércate y abracémonos, aunque sea por breves
instantes, para saciarnos de triste llanto.?””
En diciendo esto, le tendió los brazos, pero no con-
siguió asirlo: disipóse el alma cual si fuese humo y
penetró en la tierra dando chillidos. Aquiles se levan-
tó atónito, dió una palmada y exclamó con voz lú-
gubre:
““¡Oh dioses! Cierto es que en la morada de Hades
queda el alma y la imagen de los que mueren, pero
la fuerza vital desaparece por completo. Toda la noche

202
L A f L I Α D Α

ha estado cerca de mí el alma del mísero Patroclo,


derramando lágrimas y despidiendo suspiros, para en-
cargarme lo que debo hacer; y era muy semejante a
él cuando vivía.”?”
Tal dijo, y a todos les excitó el deseo de llorar.
Todavía se hallaban alrededor del cadáver, sollozando
lastimeramente, cuando despuntó Eos, de sonrosados
dedos. Entonces el rey Agamenón mandó que de todas
las tiendas saliesen hombres con mulos para ir por
leña; y a su frente se puso Meriones, escudero del
valeroso Idomeneo. Los mulos iban delante; tras ellos
caminaban los hombres, llevando en sus manos ha-
chas de cortar madera y cuerdas bien torcidas; y así
subieron y bajaron cuestas, y recorrieron atajos y
veredas. Mas, cuando llegaron a los bosques del Ida,
abundante en manantiales, se apresuraron a cortar
con el afilado bronce encinas de alta copa que caían
con estrépito. Los aqueos las partieron en rajas y
las cargaron sobre los mulos. En seguida éstos, ba-
tiendo con sus pies el suelo, volvieron atrás por los
espesos matorrales, deseosos de regresar a la llanura.
Todos los leñadores llevaban troncos, porque así lo
había ordenado Meriones, escudero del valeroso 160-
meneo. Y los fueron dejando sucesivamente en un
sitio de la orilla del mar, que Aquiles indicó para
que allí se erigiera el gran túmulto de Patroclo y
de sí mismo.
Después que hubieron descargado la inmensa can-
tidad de leña, se sentaron todos juntos y aguardaron.
Aquiles mandó a los belicosos mirmidones que to-
maran las armas y uncieran los caballos; y ellos se
levantaron, vistieron la armadura, y los caudillos y
sus aurigas montaron en los carros. Iban éstos al
frente, seguíales la nube de la copiosa infantería y
en medio los amigos llevaban a Patroclo, cubierto

203
H 0 M E R 0)
de eabello que en su honor se habían cortado. El
divino Aquiles sosteníale la cabeza, y estaba triste
porque despedía para el Hades al eximio compañero.
Cuando llegaron al lugar que Aquiles les señaló,
dejaron el cadáver en el suelo, y en seguida amonto-
naron abundante leña. Entonces, el divino Aquiles, el
de los pies ligeros, tuvo otra idea: separándose de
la pira, se cortó la rubia cabellera, que conservaba
espléndida para ofrecerla al río Esperqueo; y excla-
mó, apenado, fijando los ojos en el vinoso ponto:
““¡Oh Esperqueo! En vano mi padre Peleo te hizo
el voto de que yo, al volver a la tierra patria, me
eortaría la cabellera en tu honor y te inmolaría una
sacra hecatombe de cincuenta carneros cerca de tus
fuentes, donde están el bosque y el perfumado altar
a tí consagrados. Tal voto hizo el anciano, pero tú
no has cumplido su deseo. Y ahora, como no he de
volver a la tierra patria, daré mi cabellera al héroe
Patroclo para que se la lleve consigo.??”
En diciendo esto, puso la cabellera en be manos
del amigo, y a todos les excitó el deseo de llorar. Y
entregados al llanto los dejara Helios al ponerse, si
Aquiles no se hubiese acercado a Agamenón para
decirle:
““¡Oh Atrida! Puesto que los aquivos te obedecerán
más que a nadie, y tiempo habrá para saciarse de
llanto, aparta de la pira a los guerreros y mándales
que preparen la cena; y de lo que resta nos cuidare-
mos nosotros, a quienes corresponde de un modo es-
pecial honrar al muerto. Quédense tan sólo los cau-
dillos. ??
Al oírlo, el rey de hombres Agamenón despidió a la
gente para que volviera a las naves bien proporcio-:
nadas; y los que cuidaban del funeral amontonaron
leña, levantaron una pira de cien pies por lado, y,

204
L γι δὰ τοῖς 1 Α 13) 4.
eon el corazón afligido, pusieron en ella el «usrpe
de Patroclo. Delante de la pira mataron y desollaron
muchas pingies ovejas y bueyes de tornátiles pies
y curvas astas; y el magnánimo Aquiles tomó la
grasa de aquéllas y de éstos, eubrió con la misma
el eadáver de pies a cabeza, y hacinó alrededor los
cuerpos desollados. Llevó también a la pira dos án-
foras, llenas respectivamente de miel y de aceite, y
las abocó al lecho; y exhalando profundos suspiros,
arrojó a la hoguera cuatro corceles de erguido cue-
llo. Nueve perros tenía el rey que se alimentaban de
su mesa, y degollando a dos, echólos igualmente en
la pira. Siguiénronles doce hijos valientes de troya-
nos ilustres, a quienes mató con el bronce, pues el
héroe meditaba en su corazón acciones crueles. Y
entregando la pira a la violencia indomable del fue-
go para que la devorara, gimió y nombró al compa-
fiero amado:
“*¡Alégrate, oh Patroclo, aunque estés en el Hades!
Ya te cumplo cuanto te prometiera. El fuego devora
contigo a doce hijos valientes de troyanos ilustres;
y a Héctor Priámida no le entregaré a la hoguera,
sino a los perros para que lo despedacen.??”
Así dijo en són de amenaza. Pero los canes no se
acercaron a Héctor. La diosa Afrodita, hija de Zeus,
los apartó día y noche, y ungió el cadáver con un
divino aceite rosado para que Aquiles no lo lacerase
al arrastrarlo. Y Febo Apolo cubrió el espacio ocu-
pado por el muerto con una sombría nube que hizo
pasar del cielo a la llanura, a fin de que el ardor del
sol no secara el cuerpo, eon sus nervios y miembros.
En tanto, la pira en que se hallaba el cadáver de Pa-
troclo no ardía. Entonces el divino Aquiles, el de
los pies ligeros, tuvo otra idea: apartóse de la pira,
oró a los vientos Bóreas y Zófiro y votó ofrecerles

205
Él O M " R O

solemnes sacrificios; y haciéndoles repetidas libaciones


con una copa de oro, les rogó que acudieran para
que la leña ardiese bien y los cadáveres fueran con-
sumidos prestamente por el fuego. La veloz Iris oyó
las súplicas, y fué a avisar a los vientos, que estaban
reunidos celebrando un banquete en la morada del
impetuoso Zéfiro. Iris llegó corriendo y se detuvo en
el umbral de piedra. Así que la vieron, levantáronse
todos, y cada uno la llamaba a su lado. Pero ella no
quiso sentarse, y pronunció estas palabras:
““No puedo sentarme; porque voy, por cima de la
corriente del Océano, a la tierra de los etíopes, que
ahora ofrecen hecatombes a los inmortales, para en-
trar a la parte en los sacrificios. Aquiles ruega al
Bóreas y al estruendoso Zéfiro, prometiéndoles solem-
nes sacrificios, que vayan y hagan arder la pira en
que yace Patroclo, por el cual gimen los aqueos to-
dos.?”
Habló así y fuése. Los vientos se levantaron con
inmenso ruido, esparciendo las nubes; pasaron por
cima del ponto, y las olas crecían al impulso del so-
noro soplo; llegaron, por fin, a la fértil Ilión, cayeron
en la pira y el fuego abrasador bramó grandemente.
Durante toda la noche, los dos vientos, soplando con
agudos silbidos, agitaron la llama de la pira; durante
toda la noche, el veloz Aquiles, sacando vino de una
erátera de oro, con una copa doble, lo vertió y regó
la tierra, e invocó el alma del mísero Patroclo. Como
solloza un padre, quemando los huesos del hijo recién
casado, cuya muerte ha sumido en el dolor a sus pro-
genitores; de igual modo sollozaba Aquiles al quemar
los huesos del amigo; y arrastrándose en torno de
la hoguera, gemía sin cesar.
Cuando el lucero de la mañana apareció sobre la
tierra, anunciando el día, y poco después Eos, la de

206
}, Α 1 1, y Α 2 Α

azafranado peplo, se esparció por el mar, apagábase


la hoguera y moría la llama. Los vientos regresaron
a su morada por el ponto de Tracia, que gemía a causa
de la hinehazón de las olas alborotadas, y el hijo de
Peleo, habiéndose separado un poco de la pira, acostó-
se, rendido de cansancio, y el dulce sueño le venció.
Pronto los caudillos se reunieron en gran número
alrededor del Atrida; y el alboroto y ruido que hacían
al llegar, despertaron a Aquiles. Incorporóse el héroe;
y sentándose, les dijo estas palabras:
““¡Atrida y demás príncipes de los aqueos todos!
Primeramente, apagad con negro “vino cuanto de la
pira alcanzó la violencia del fuego; recojamos des-
pués los huesos de Patroclo Menetíada, distinguién-
dolos bien—+fácil será reconocerlos, porque el cadáver
estaba en medio de la pira y en los extremos se que-
maron confundidos hombres y caballos,—y pongámolos
en una urna de oro, cubiertos por doble capa de
grasa, donde se guarden hasta que yo descienda al
Hades. Quiero que le erijáis un túmulo no muy grande,
sino cual corresponde al muerto; y más adelante,
aqueos, los que estéis vivos en las naves de muchos
bancos cuando yo muera, hacedlo anchuroso y alto.??”
Así dijo, y ellos obedecieron al Peleida, de pies lige-
ros. Primeramente, apagaron con negro vino la parte
de la pira a que alcanzó la llama y la ceniza cayó en
abundancia; después, recogieron, llorando, los blan-
cos huesos del dulce amigo y los encerraron en una
urna de oro, cubiertos por doble capa de grasa; de-
jaron la urna en la tienda, tendiendo sobre la misma
un sutil velo; trazaron el ámbito del túmulo en torno
de la pira; echaron los cimientos, e inmediatamente
amontonaron la tierra que antes habían excavado. Y
erigido el túmulo, volvieron a su sitio. Aquiles detuvo
al pueblo y le hizo sentar, formando un gran circo;

207
E O M Eg R 0
y al momento sacó de las naves, para premio de los
que vencieren en los juegos, calderas, trípodes, cea-
ballos, mulos, bueyes de robusta cabeza, mujeres de
hermosa cintura, y luciente hierro.
Empezó por exponer los premios destinados a los
veloces aurigas: el que primero llegara, se llevaría
una mujer diestra en primorosas labores y un trípode
con asas, de veintidós medidas; para el segundo ofre-
ció una yegua de seis años, indómita, que llevaba en
gu vientre un feto de mulo; para el tercero una her-
mosa caldera no puesta al fuego y luciente aún, cuya
capacidad era de cuatro medidas; para el cuarto, dos
talentos de oro; y para el quinto, un vaso con dos asas
que la llama no tocara todavía. Y estando en pie,
dijo a los argivos:
““¡Atrida y demás aqueos de hermosas grebas! YEs-
tos premios que en medio he colocado, son para los
aurigas. Si los juegos se celebraran en honor de otro
difunto, me llevaría a mi tienda los mejores. Ya sa-
béis cuánto mis caballos aventajan en ligereza a los
demás, porque son inmortales: Poseidón se los regaló
2 Peleo, mi padre, y éste me los ha dado a mí. Pero
yo permaneceré quieto, y también los solípedos corce-
les, porque perdieron al ilustre y benigno auriga que
tantas veces derramó aceite sobre sus erines, después
de lavarlos con agua pura. ¡Adelantaos los aqueos
que confiéis en vuestros corceles y sólidos carros!ἢ
Así habló el Peleida, y los veloces aurigas se reunie-
ron. Levantóse mucho antes que nadie el rey de hom-
bres Eumelo, hijo amado de Admeto, que descollaba
en el arte de guiar el carro. Presentóse después el
fuerte Diomedes Tideida, el cual puso el yugo a los
corceles de Tros que quitara a Eneas cuando Apolo
salvó a este héroe. Alzóse luego el rubio Menelao,
noble hijo de Atreo, y unció al carro la corredora ye-

208
L Á 1 £ I Α D A
gua Ete, propia de Agamenón, y su veloz caballo Po-
dargo. Había dado la yegua a Agamenón, como
presente,. Equepolo, hijo de Anquises, por no seguirle
a la ventosa llión y gozar tranquilo en la vasta Sición,
donde moraba, de la abundante riqueza que Zeus le
sconcediera; ésta fué la yegua que Menelao unció al
yugo, la cual estaba deseosa de correr.—Fué el cuarto
en aparejar los corceles de hermoso pelo, Antíloco, hijo
ilustre del magnánimo rey Néstor Neleida: de su carro
tiraban caballos de Pilos, de pies ligeros. Y su padre
se le acercó y empezó a darle buenos consejos, aunque
no le faltaba inteligencia:
“*¡Antíloco! Si bien eres joven, Zeus y Poseidón
te quieren y te han enseñado todo el arte del auriga.
No es preciso, por tanto, que yo te instruya. Sabes
perfectamente cómo los caballos deben dar la vuelta
en torno de la meta; pero tus corceles son los más
lentos en correr, y temo que algún suceso desagradable
ha de ocurrirte. Empero, si otros caballos son más
veloces, sus conductores no te aventajan en obrar sa-
gazmente. Ea, pues, querido, piensa en emplear toda
clase de habilidades para que los premios no se te
escapen. El leñador más hace con la habilidad que
con la fuerza; con su habilidad el piloto gobierna en
el vinoso ponto la veloz nave combatida por los vien-
tos; y con su habilidad puede un auriga vencer a otro.
El que confía en sus caballos y en su carro, les hace
dar vueltas imprudentemente acá y allá, y luego los
corceles divagan en la carrera y no los puede su-
jetar; mas el que conoce los recursos del arte y guía
caballos inferiores, clava los ojos continuamente en
la meta, da la vuelta cerca de la misma, y no le pasa
inadvertido cuándo debe aguijar a aquéllos con el lá-
tigo de piel de buey; así, los domina siempre, a la
vez que observa a quien le precede. La meta de ahora

209
Η O M E R O

es muy fácil de conocer, y voy a indicártela para que


no dejes de verla. Un tronco seco de encina o de
pino, que la lluvia no ha podrido aún, sobresale un
codo de la tierra; encuéntranse a uno y otro lado
del mismo, cuando el camino acaba, sendas piedras
blancas; y luego el terreno es llano por todas partes
y propio para las carreras de carros: el tronco debe
de haber pertenecido a la tumba de un hombre que
ha tiempo murió, o fué puesto como mojón por los
antiguos; y ahora el divino Aquiles, el de los pies
ligeros, lo ha elegido por meta. Acércate a ésta y
den la vuelta casi tocándola carro y caballos; y tú
inclínate en la fuerte silla hacia la izquierda y ani-
ma con imperiosas voces al corcel del otro lado, 8ῆο-
jándole las riendas. El caballo izquierdo se aproxime
tanto a la meta, que parezca que el cubo de la bien
construída rueda haya de llegar al tronco, pero guár-
date de chocar con la piedra: no sea que hieras a los
corceles, rompas el carro y causes el regocijo de los de-
más y la confusión de ti mismo. Procura, oh que-
rido, ser cauto y prudente. Pero, si aguijando los
caballos, logras dar la vuelta a la meta; ya nadie se
te podrá anticipar ni alcanzarte siquiera, aunque guíe
al divino Arión—el veloz caballo de Adrasto, que
descendía de un dios—o sea arrastrado por los corceles
de Laomedón, que se criaron aquí tan excelentes.?”
Así dijo Néstor Neleida, y volvió a sentarse cuando
hubo enterado a su hijo de lo más importante de ca-
da cosa.
Meriones fué el quinto en aparejar los caballos de
hermoso pelo. ¡Subieron los aurigas a los carros y
echaron suertes en un casco que agitaba Aquiles. Sa-
lió primero la de Antíloco Nestórida; después la del
rey Eumelo; luego, la de Menelao Atrida, famoso
por su lanza; en seguida, la de Meriones, y por último,

210
ἀκ
LO E A?
la del Tideida, que era el más hábil. Pusiéronse en
fila, y Aquiles les indicó la meta a lo lejos, en el
terreno llano; y encargó a Fénix, escudero de su pa-
dre, que se sentara cerca de aquélla como observador
de la carrera, a fin de que, reteniendo en la memoria
cuanto ocurriese, la verdad luego les contara.
Todos a un tiempo levantaron el látigo, dejáronlo
caer sobre los caballos y los animaron con ardientes
voces. Y éstos, alejándose de las naves, corrían por la
llanura con suma rapidez; la polvareda que levanta-
ban envolvíales el pecho como una nube o un torbe-
llino, y las crines ondeaban al soplo del viento. Los
carros unas veces tocaban al fértil suelo y otras, da-
ban saltos en el aire; los aurigas permanecían en
las sillas con el corazón palpitante por el deseo de
la victoria; cada cual animaba a sus corceles, y éstos
volaban, levantando polvo, por la llanura.
Mas cuando los veloces caballos llegaron a la se-
gunda mitad de la carrera y ya volvían hacia el es-
pumoso mer, entonces se mostró la pericia de cada
conductor, pues todos aquéllos empezaron a galopar.
Venían delante las yeguas, de pies ligeros, de Eumelo
Feretíada. Seguíanlas los caballos de Diomedes, pro-
cedentes de los de Tros; y estaban tan cerca del
primer carro, que parecía que iban a subir en él: con
su aliento calentaban la espalda y anchos hombros
de Eumelo, y volaban poniendo la cabeza sobre el mis-
mo. Diomedes le hubiera pasado delante, o por lo
menos hubiera conseguido que la victoria quedase
indecisa, si Febo Apolo, que estaba irritado con el
hijo de Tideo, no le hubiese hecho caer de las manos
el lustroso látigo. Afligióse el héroe, y las lágrimas
humedecieron sus ojos al ver que las yeguas corrían
más que antes, y en cambio sus caballos aflojaban,
porque ya no sentían el azote. No le pasó inadvertido

211
B O A E R O

a Atenea que Apole hiciera este daño al Tideida; y


corriendo hacia el pastor de hembres, devolvióle el
látigo, a la vez que daba nuevos bríos a sus caballos.
Y la diosa, irritada, se encaminó al momento hacia el
hijo de Admeto y le rompió el yugo: cada yegua se
fué por su lado, fuera de camino; el timón cayó a
tierra, y el héroe vino al suelo, junto a una rueda,
hirióse en los codos, boca y narices, se rompió la frento
por encima de las cejas, se le arrasaron los ojos de
lágrimas y la voz, vigorosa y sonora, se le cortó. El
Tideida guió los solípedos caballos, desviándolos un
poco, y se adelantó un gran espacio a todos los de-
más; porque Atenea vigorizó sus corceles y le concedió
a él la gloria del triunfo. Seguíale el rubio Menelao
Atrida. E inmediato a él iba Antíloco, que animaba
a los caballos de su padre:
“*¡Corred y alargad el paso cuanto podáis. No os
mando que rivalicéis con aquéllos, con los caballos del
aguerrido Tideida; a los cuales Atenea dió ligereza,
concediéndole a él la gloria del triunfo. Mas alcan-
zad pronto a los corceles del Atrida y no os quedéis
rezagados para que no os avergiience Ete eon ser
hembra. ¿Por qué os atrasáis, excelentes caballos?
Lo que os voy a decir se cumplirá: se acabarán para
vosotros los cuidados en el palacio de Néstor, pastor
de hombres, y éste os matará en seguida con el agu-
do bronce si por vuestra decidia nos llevamos el peor
premio. Seguid y apresuraos cuanto podáis. Y yo
pensaré cómo, valiéndome de la astucia, me adelanto
en el lugar donde se estrecha el camino; no se me
escapará la ocasión.?”
Así dijo. Los corceles, temiendo la amenaza de su
señor, corrieron más diligentemente un breve rato.
Pronto el belicoso Antíloco alcanzó a descubrir el
punto más estrecho del camino—había allí una hen-

212
L Α 1 1, I 4 D Á

dedura de la tierra, producida por el agua estancada


durante el invierno, la cual robó parte de la senda y
cavó el suelo—, y por aquel sitio guiaba Menelao sus
corceles, procurando evitar el choque con los demás
carros. Pero Antíloco, torciendo la rienda a sus ca-
ballos, sacó el carro fuera del camino, y por un lado
y de cerca seguía a Menelao. El Atrida temió un
choque, y le dijo gritando:
““¡Antíloco! De temerario modo guías el carro.
Detén los corceles; que ahora el camino es angosto,
y en seguida, cuando sea más ancho, podrás ganarme
la delantera. No sea que choquen los carros y seas
causa de que recibamos daño.??
Así dijo. Pero Antíloco, como si no lo oyese, ha-
cía correr más a sus caballos picándolos con el agui-
jón. Cuanto espacio recorre el disco que tira un joven
desde lo alto de su hombro para probar la fuerza,
tanto aquéllos se adelantaron. Las yeguas del Atrida
cejaron, y él mismo, voluntariamente, dejó de avivar-
las; no fuera que los solípedos caballos, tropezando
los unos con los otros, volcaran los fuertes carros, y
ellos cayeran en el polvo por el anhelo de alcanzar
la victoria. Y el rubio Menelao, reprendiendo a An-
tíloco, exclamó:
““¡Antíloco! Ningún mortal es más funesto que tú.
Ve enhoramala; que los aqueos no estábamos en lo
cierto cuando te teníamos por sensato. Pero no te
llevarás el premio sin que antes jures.??
En diciendo esto, animó a sus caballos con estas
palabras: “πὸ aflojéis el paso, ni tengáis el corazón
afligido. A aquéllos se les cansarán los pies y las
rodillas antes que a vosotros, pues ya ambos pasaron
de la edad juvenil.??
Así dijo. Los eoreeles, temiendo la amenaza de su

213 15.
Η O M y R 10
señor, corrieron más diligentemente y pronto se halla-
ron cerca de los otros,
Los argivos, sentados en el circo, no quitaban los
ojos de los caballos; y éstos volaban, levantando pol-
vo por la llanura. Idomeneo, caudillo de los cretenses,
fué quien antes distinguió los primeros corceles que
llegaban; pues era el que estaba en el sitio más alto
por haberse sentado en un altozano, fuera del circo.
Oyendo desde lejos la voz del auriga que animaba
a los corceles, la reconoció; y al momento vió que
corría, adelantándose a los demás, un caballo magní-
fico, todo bermejo, con una mancha en la frente, blan-
ca y redonda como la luna. Y poniéndose en pie,
dijo estas palabras a los argivos:
““¡Oh amigos, capitanes y príncipes de los argivos!
¿Veo los caballos yo solo o también vosotros? Pa-
réceme que no son los mismos de antes los que vienen
delanteros, ni el mismo auriga: deben de haberse las-
timado en la Manura las yeguas que poco ha eran
vencedoras. Las vi cuando doblaban la meta; pero
ahora no puedo distinguirlas, aunque registro con mis
ojos todo cl campo troyano. Quizás las riendas se le
fueron al auriga, y, siéndole imposible gobernar las
yeguas al llegar a la meta, no dió felizmente la vuel-
ta: me figuro que habrá caído, el carro estará roto
y las yeguas, dejándose llevar por su ánimo enarde-
cido, se habrán echado fuera del camino. Pero le-
vantaos y mirad, pues yo no lo distingo bien: paré-
ceme que el que viené delante es un varón etolo, el
fuerte Diomedes, hijo de Tideo, domador de caballos,
que reina sobre los argivos.?”? -
Y el veloz Ayax de Oileo increpóle con injuriosas
voces: ““¡Idomeneo! ¿Por qué charlas antes de lo
debido? Las voladoras yeguas vienen corriendo a
lo lejos por la llanura espaciosa. Tú no eres el más

214
L A 1 L 5 Α D A

joven de los argivos, ni tu vista es la mejor; pero


siempre hablas mucho y sin substancia. - Preciso es
que no seas tan gárrulo, estando presentes otros que
te son superiores. Esas yeguas que aparecen las
primeras, son las de antes, las de Eumelo, y él mismo
viene en el carro y tiene las riendas.??”
El caudillo de los cretenses le respondió enojado:
““¡Ayax, valiente en la injuria, detractor; pues en
todo lo restante estás por debajo de los argivos a
causa de tu espíritu perverso. Apostemos un trípode
o una caldera y nombremos árbitro a Agamenón Atri-
da, para que manifieste cuáles son las yeguas que
vienen delante y tú lo aprendas perdiendo la apuesta. ??
Así habló. En seguida, el veloz Ayax de Oileo se
alzó colérico para contestarle con palabras duras. Y
la altercación se hubiera prolongado más, si el propio
Aquiles, levantándose, no les hubiese dicho:
““¡Ayax e Idomeneo! No alterquéis con palabras
duras y pesadas, porque no es decoroso; y vosotros
mismos os irritaríais contra el que así lo hiciera. Sen-
taos en el circo y fijad la vista en los caballos, que
pronto vendrán aquí por el anhelo de alcanzar la
victoria, y sabréis cuáles corceles argivos son los
delanteros y cuáles los rezagados.??
Así dijo; el Tideida, que ya se había acercado un
buen trecho, aguijaba a los corceles, y constantemen-
te les azotaba la espalda con el látigo, y ellos, levan-
tando en alto los pies, recorrían velozmente el camino
y rociaban de tierra al auriga. ἘΠ carro, guarnecido
de oro y estaño, corría arrastrado por los veloces
caballos y las llantas casi no dejaban huella en el
tenue polvo. ¡Con tal ligereza volaban los corceles!
Cuando Diomedes llegó al circo, detuvo el luciente
carro; copioso sudor corría de la cerviz y del pecho
de los bridones hasta el suelo, y el héroe, saltando a

215
H O M E R 0
tierra, dejó el látigo colgado del yugo. ¿Entouces no
anduvo remiso el esforzado Esténelo, sino que al
instante tomó el premio y lo entregó a los magnáni-
mos compañeros; y mientras éstos conducían la cau-
tiva a la tienda y se llevaban el trípode con asas,
desunció del carro a los corceles.
Después de Diomedes llegó Antíloco, descendiente do
Neleo, el cual se había anticipado a Menelao por
haber usado de fraude y no por la mayor ligereza de
su carro; pero así y todo, Menelao guiaba muy cerca
de él los veloces caballos. Cuanto el corcel dista de
las ruedas del carro en que lleva a su señor por la
llanura (las últimas cerdas de la cola tocan la llanta
y un corto espacio los separa mientras aquél corre
por el campo inmenso): tan rezagado estaba Menelao
del eximio Antíloco; pues si bien al principio se que-
dó a la distancia de un tiro de disco, pronto volvió
a alcanzarle porque el fuerte vigor de la yegua de
Agamenón, Ete, de hermoso pelo, iba aumentando. Y
si la carrera hubiese sido más larga, el Atrida se le
habría adelantado, sin dejar dudosa la victoria.—Me-
riones, el buen escudero de Idomeneo, seguía al ínelito
Menelao, como a un tiro de lanza; pues sus corceles,
de hermoso pelo, eran más tardos y él muy poco dies-
tro en guiar el carro en un certamen.—Presentóse, por
último, el hijo de Admeto tirando de su hermoso carro
y conduciendo por delante los caballos. Al verle, el
divino Aquiles, el de los pies ligeros, se compadeció
de él, y dirigió a los argivos estas aladas palabras:
““Viene el último con los solípedos caballos el va-
rón que más descuella en guiarlos. Ea, démosle, como
es justo, el segundo premio, y llévese el primero el
hijo de Tideo.??
Así habló, y todos aplaudieron lo que proponía. Y
le hubiese entregado la yegua—pues los aqueos lo

216
L Δ ἰ 4 4 A A

aprobaban—, si Antíloco, hijo del magnánimo Nés-


tor, no se hubiera levantado para decir con razón al
Peleida Aquiles:
““¡Oh Aquiles! Mucho me enfadaré contigo si
llevas a cabo lo que dices. Vas a quitarme el premio,
atendiendo a que recibieron daño su carro y los ve-
loces corceles y él es esforzado; pero tenía que rogar
a los inmortales y no habría llegado el último de
todos. Si le compadeces y es grato a tu corazón, co-
mo hay en tu tienda abundante oro y posees bronce,
rebaños, esclavas y solípedos caballos, entrégale, to-
mándolo de estas cosas, un premio aún mejor que éste,
para que los aqueos te alaben. Pero la yegua no la
daré, y pruebe de quitármela quien desee llegar a
las manos conmigo.??
Así habló. Sonrióse el divino Aquiles, el de los pies
ligeros, holgándose de que Antíloco se expresara en
tales términos, porque era amigo suyo; y en respues-
ta, díjole estas aladas palabras:
*“*¡Antíloco! Me ordenas que dé a Eumelo otro
premio, sacándolo de mi tienda, y así lo haré, Voy
a entregarle la coraza de bronce que quité a Astero-
peo, la cual tiene en sus orillas una franja de luciente
estaño, y constituirá para él un valioso presente. ??
Dijo, y mandó a Automedón, el compañero querido,
que la sacara de la tienda; fué éste y llevósela; y
Aquiles la puso en las manos de Eumelo, que la recibió
alegremente.
Pero levantóse Menelao, afligido en su corazón y
muy irritado contra Antíloco. El heraldo le dió el
cetro, y ordenó a los argivos que callaran. Y el va-
rón igual a un dios, habló diciendo:
*“¡Antíloco! Tú, que antes eras sensato, ¿qué has
hecho? Desluciste mi habilidad y atropellaste mis
corceles, haciendo pasar delante a los tuyos, que son

217
Η O Δ] Ε R 0
mucho peores. ¡Ea capitanes y príncipes de los argi-
vos! Juzgadnos imparcialmente a entrambos: no sea
que alguno de los aqueos, de broncíneas lorigas, ex-
clame: Menelao, violentando con mentiras a Antíloco,
ha conseguido llevarse la yegua, a pesar de la inferio-
ridad de sus corceles, por ser más valiente y poderoso.
Y si queréis, yo mismo lo decidiré; y creo que ningún
dánao me podrá reprender, porque el fallo será justo.
Ea, Antíloco amado de Zeus, ven aquí y, puesto,
como es costumbre, delante de los caballos y el carro,
teniendo en la mano el flexible látigo con que los
guiabas y tocando los corceles, jura por Poseidón, el
que ciñe la tierra, que si detuviste mi carro fué in-
voluntariamente y sin dolo.??”
Respondióle el prudente Antíloco: ““Perdóname,
oh rey Menelao, pues soy más joven y tú eres mayor
y más valiente. No te son desconocidas las faltas que
eomete un mozo, porque su pensamiento es rápido y
su juicio escaso. Apacígiese, pues, tu corazón: yo
mismo te cedo la yegua que he recibido; y si de cuan-
to tengo me pidieras algo de más valor que este premio,
preferiría dártelo en seguida, a perder para siempre
tu afecto y ser culpable ante los dioses.?”
Así habló el hijo del magnánimo Néstor, y condu-
ciendo la yegua adonde estaba el Atrida, se la puso
en la mano. A éste se le alegró el alma: como el
rocío cae en torno de las espigas cuando las mieses
crecen y los campos se erizan; del mismo modo, oh
Menelao, tu espíritu se bañó en gozo. Y respondién-
dole, pronunció estas aladas palabras:
““¡Antíloco! Aunque estaba irritado, seré yo quien
ceda; porque hasta aquí no has sido imprudente ni
ligero y ahora la juventud venció a la razón. Abs-
tente en lo sucesivo de suplantar a los que te son
superiores. Ningún otro aqueo me ablandaría tan

218
L -
A Le. 1 l Α D A
pronto; pero has padecido y trabajado mucho por mi
causa, y tu padre y tu hermano también; accederé,
pues, a tus súplicas y te daré la yegua, que es mía,
para que éstos sepan que mi corazón no fué nunca
ni soberbio ni cruel.??”
Dijo; entregó a Noemón, compañero de Antíloco,
la yegua para que se la llevara, y tomó la reluciente
caldera. Meriones, que había llegado el cuarto, re-
cogió los dos talentos de oro. Quedaba el quinto pre-
mio, el vaso con dos asas; y Aquiles levantólo, atra-
vesó el circo, y lo ofreció a Néstor con estas palabras:
“Toma, anciano; sea tuyo este presente como re-
cuerdo de los funerales de Patroclo, a quien no vol-
verás a ver entre los argivos. Te doy el premio por-
que no podrás ser parte ni en el pugilato, ni en la
lucha, ni en el certamen de los dardos, ni en la carrera;
que ya te abruma la vejez penosa.??
Así diciendo, se lo puso en las manos. Néstor re-
cibiólo con alegría, y respondió con estas aladas pa-
labras:
““Sí, hijo, oportuno es cuanto acabas de decir. Ya
mis miembros no tienen el vigor de antes; ni mis pies,
ni mis brazos que no se mueven ágiles a partir de
los hombros. Ojalá fuese tan joven y mis fuerzas tan
robustas como cuando los epeos enterraron en Bupra-
sio al poderoso Amarinceo, y los hijos de éste sacaron
premios para los juegos que debían celebrarse en ho-
nor del rey. Allí ninguno de los epeos, ni de los pilios,
ni de los magnánimos etolos, pudo igualarse conmigo.
Vencí en el pugilato a Clitomedes, hijo de Enope, y
en la lucha a Anceo Pleuronio, que 0só afrontarme; en
la carrera pasé delante de Ificlo, que era robusto;
y en arrojar la lanza superé a Fileo y a Polidoro.
Sólo los hijos de Actor me dejaron atrás en su carro
porque eran dos; y me disputaron la victoria a causa

219
Η O M E R O
de haberse reservado los mejores premios para este
juego. Eran aquéllos hermanos gemelos, y el uno
gobernaba con firmeza los caballos, sí, gobernaba con
firmeza los caballos, mientras el otro con el látigo los
aguijaba. Así era yo en aquel tiempo. Ahora los más
jóvenes entren en las luchas; que ya debo ceder
a la triste senectud, aunque entonces sobresaliera
entre los héroes. Ve y continúa celebrando los juegos
fúnebres de tu amigo. Acepto gustoso el presente,
y se me alegra el corazón al ver que te acuerdas siem-
pre del buen Néstor y no dejas de advertir con qué
honores he de ser honrado entre los aqueos. Las
deidades te concedan por ello abundantes gracias.??
Así habló; y el Peleida, oído todo el elogio que de
él hiciera el hijo de Neleo, fuése por entre la muche-
dumbre de los aqueos. En seguida sacó los premios
del duro pugilato: condujo al cireo y ató en medio
de él una mula de seis años, cerril, difícil de domar,
que había de ser sufridora del trabajo; y puso para
el vencido una copa doble. Y estando en pie, dijo a
los argivos:
““¡Atrida y demás aqueos de hermosas grebas! In-
vitemos a los dos varones que sean más diestros, a
que levanten los brazos y combatan a puñadas por
estos premios. Aquel a quien Apolo conceda la vie-
toria, reconociéndolo así todos los. aqueos, conduzca
a su tienda la mula sufridora del trabajo; el vencido
se llevará la copa doble.??
Así habló. Levantóse al instante un varón fuerte,
alto y experto en el pugilato: Epeo, hijo de Panopeo.
y poniendo la mano sobre la mula paciente en el tra-
bajo, dijo:
““Acérquese el que haya de llevarse la copa doble;
pues no creo que ningún aqueo consiga la mula, si ha
de vencerme en el pugilato. Me glorío de mantenerlo

220
L Á I L Ι Α υ Α

mejor que madie. ¿No basta acaso que sea inferior


a otros en la batalla? No es posible que un hombre
sea diestro en todo. Lo que voy a decir se cumplirá:
al campeón que se me oponga, le rasgaré la piel y le
aplastaré los huesos; los que de él hayan de cuidar
quédense aquí reunidos, para llevárselo euando sucum-
ba a mis manos.??
Así se expresó. Todos enmudecieron y quedaron
silenciosos. Y tan sólo se levantó para luchar con él,
Euríalo, varón igual a un dios, hijo del rey Mecisteo
Talayónida; el cual fué a Tebas cuando murió Edipo
y en los juegos fúnebres venció a todos los cadmeos.
El Tideida, famoso por su lanza, animaba a Euríale
con razones, pues tenía un gran deseo de que alcan-
zara la victoria,sy le ayudaba a disponerse para la
lucha: atóle el cinturón y le dió unas bien cortadas
eorreas de piel de buey salvaje. Ceñidos ambos eon-
tendientes, cemparecieron en medio del eirco, levan-
taron las robustas manos, acometiéronse y los forni-
dos brazos se entrelazaron. Crujían de un modo ho-
rrible las mandíbulas y el sudor brotaba de todos los
miembros. El divino Epeo, arremetiendo, dió un gol-
pe en la mejilla de su rival que le espiaba; y Euríalo
no siguió en pie largo tiempo, porque sus hermosos
miembros desfallecieron. Como, enerespándose la mar
al soplo del Bóreas, salta un pez en la orilla poblada
de algas y las negras olas lo eubren en seguida; así
Euríalo, al recibir el golpe, dió un salto hacia atrás.
Pero el magnánimo Epeo, cogiéndole por las manos,
lo levantó; rodeáronle los compañeros y se lo llevaron
del eirco—arrastraba los pies, escupía negra sangre
y la cabeza se le inclinaba a un lado—; sentáronle
entre ellos, desvanecido, y fueron a recoger la copa
doble.
El Peleida sacó después otros premios para el tercer

221
Η O M E R 0
juego, la penosa lucha, y se los mostró a los dánaos:
para el vencedor un gran trípode, apto para ponerlo
al fuego, que los aqueos apreciaban en doce bueyes;
para el vencido, una mujer diestra en muchas labores
y valorada en cuatro bueyes. Y estando en pie, dijo
a los argivos:
““Levantaos, los que hayáis de entrar en esta lu-
cha.??
Así habló. Alzóse en seguida el gran Ayax Telamonio
y luego el ingenioso Odiseo, fecundo en ardides. Pues-
to el ceñidor, fueron a encontrarse en medio del circo
y se cogieron con los robustos brazos como se enlazan
las vigas que un ilustre “artífice une, al construir alto
palacio, para que resistan el embate de los vientos.
Sus espaldas crujían, estrechadas fuertemente por los
vigorosos brazos; copioso sudor les brotaba de todo
el cuerpo; muchos cruentos cardenales iban apare-
ciendo en los costados y en las espaldas; y ambos con-
tendientes anhelaban siempre alcanzar la victoria y
con ella el bien construído trípode. Pero ni Odiseo lo
graba hacer caer y derribar por el suelo a Ayax, ni
éste a aquél porque la gran fuerza de Odiseo se lo
impedía. Y cuando los aqueos de hermosas grebas ya
empezaban a cansarse de la lucha, dijo el gran
Ayax Telamonio:
**¡Laertíada, descendiente de Zeus, Odiseo fecundo
en recursos! Levántame, o te levantaré yo; y Zeus
se cuidará del resto.?”
Dichas estas palabras, le hizo perder tierra; mas
Odisco no se olvidó de sus ardides, pues dándole por
detrás un golpe en la corva, dejóle sin vigor los
miembros, le hizo venir al suelo, de espaldas, y cayó
sobre su pecho: la muchedumbre quedó admirada y
atónita al contemplarlo, Luego, el divino y paciente
Odiseo alzó un poco a Ayax, pero ni consiguió sos-

222
L Α 1 L 1 A D Α

tenerlo en vilo; porque se le doblaron las rodillas


y ambos cayeron al suelo, el uno cerca del otro, y
se mancharon de polvo. Levantáronse, y hubierán
luchado por tercera vez, si Aquiles, poniéndose en
pie, no los hubiese detenido:
““No luchéis ya, ni os hagáis más daño. La victoria
quedó por ambos. Recibid igual premio y retiraos para
que entren en los juegos otros aquivos.??
Así habló. Ellos le escucharon y obedecieron; pues
en seguida, después de haberse limpiado el polvo,
vistieron la túnica.
El Peleida sacó otros premios para la velocidad en
la carrera. Expuso primero una crátera de plata la-
brada, que tenía seis medidas de capacidad y superaba
en hermosura a todas las de la tierra. Los sidonios,
eximios artífices, la fabricaron primorosa; los fenicios,
después de llevarla por el sombrío ponto de puerto
en puerto, se la regalaron a Toas; más tarde, Euneo
Jasónida la dió al héroe Patroclo para rescatar a
Licaón, hijo de Príamo; y entonces, Aquiles la ofre-
ció como premio, en honor del difunto amigo, al que
fuése más veloz en correr con los pies ligeros. Para
el que llegase el segundo señaló un buey corpulento
y pingúe y para el último, medio talento de oro. Y
estando en pie, dijo a los argivos:
““Levantaos los que hayáis de entrar en esta lu-
cu? >
Así habló. Levantóse al instante el veloz Ayax de
Oileo, después el ingenioso Odiseo, y por fin Antíloco,
hijo de Néstor, que en la carrera vencía. a todos los
jóvenes. Pusiéronse en fila y Aquiles les indicó la
meta. Empezaron a correr desde el sitio señalado, y
el hijo de Oileo se adelantó a los demás, aunque el
divino Odiseo le seguía de cerca. Cuanto dista del pe-
cho el huso que una mujer de hermosa cintura revuelve

223
Η O Al Li Ἦν ο

en su mano, mientras devana el hilo de la trama, y


tiene constantemente junto al seno; tan inmediato a
Ayax corría Odiseo: pisaba las huellas de aquél antes
de que el polvo cayera en torno de las mismas y le
echaba el aliento a la cabeza, corriendo siempre con
suma rapidez. Todos los aqueos aplaudían los esfuer-
zos que realizaba Odiseo por el ansia de alcanzar la
victoria, y le animaban con sus voces. Mas cuando les
faltaba poco para terminar la carrera, Odiseo oró en
su corazón a Atenea, la de los brillantes ojos:
““Oyeme, diosa, y ven a socorrerme propicia, dando
a mis pies más ligereza.”?”
Tal fué su plegaria. Palas Atenea le oyó, y agilitóle
los miembros todos y especialmente los pies y las
manos. Ya iban a eoger el premio, cuando Ayax, co-
rriendo, dió un resbalón—pues Atenea quiso perju-
dicarle—en el lugar que habían llenado de estiércol los
bueyes mugidores sacrificados por Aquiles, el de
los pies ligeros, en honor de Patruclo; y el héroe lle-
nóse de boñiga la boca y las narices. El divino y
paciente Odiseo, le pasó delante y se llevó la erátera;
y el preclaro Ayax se detuvo, tomó el buey silves-
tre, y asiéndolo por el asta, mientras escupía la bosta,
habló así a los argivos:
““¡Oh dioses! Una diosa me dañó los pies; aquella
que desde antiguo acorre y favorece a Odiseo cual una
madre.??”
Así dijo, y todos rieron con gusto. Antíloco recibió,
sonriente, el último premio; y dirigió estas palabras
a los argivos:
““Os diré, argivos, aunque todos lo sabéis, que los
dioses honran a los hombres de más edad, hasta en
los “juegos. Ayax es un poco mayor que yo; Odiseo
pertenece a la generación precedente, a los hombres
antiguos; es tenido por un anciano vigoroso, y conten-

224
Pe: 0 AO o PS EAS
der cou él en la carrera es muy difícil para cualquier
aqueo que no sea Aquiles.?”
Así dijo, ensalzando al Peleida, de pies ligeros.
Aquiles respondióle con estas palabras:
““*¡Antíloco! No en balde me habrás elogiado, pues
añado a tu premio medio talento de oro.?”?
Dijo, se lo puso en la mano, y Antíloco lo recibió
con alegría. Acto continuo, el Peleida sacó y colocó
en el circo una larga pica, un escudo y un casco,
que eran las armas que Patrocio quitara a Sarpedón.
Y puesto en pie, dijo a los argivos:
““Invitemos a los dos varones que sean más esfor-
zados, a que, vistiendo las armas y asiendo el tajante
bronce, pongan a prueba su valor ante el concurso.
Al primero que logre tocar el cuerpo hermoso de su
adversario, le rasguñe el vientre a través de la ar-
madura y le haga brotar la negra sangre, le daré esta
magnífica espada ktracia, ftachonada con clavos de
plata, que quité a Asteropeo. Ambos campeones se
llevarán las restantes armas y serán obsequiados con
un espléndido banquete.??
Así habló. Levantóse en seguida el gran Ayax Te-
lamonio y luego el fuerte Diomedes Tideida. Tan
pronto como se hubieron armado, separadamente de
la muchedumbre, fueron a encontrarse en medio del
circo, deseosos de combatir y mirándose con torva
faz; y todos los aqueos se quedaron atónitos. Cuando
se hallaron frente a frente, tres veces se acometieron
y tres veces procuraron herirse de cerca. Ayax dió
un bote en el escudo liso del adversario, pero no pudo ᾿-
llegar a su cuerpo porque la coraza lo impidió. El
Tideida intentaba alcanzar con el hierro de la luciente
lanza el cuello de aquél, por cima del gran escudo.
Y los aqueos, temiendo por Ayax, mandaron que ce-
sara la lucha y ambos contendientes se llevaran igual

225
A

Η O λ 7) a. O
premio; pero el héroe dió al Tideida la gran espada,
ofreciéndosela con la vaina y el bien cortado ceñidor.
Luego el Peleida sacó la bola de hierro sin bruñir
que en otro tiempo lanzaba el forzudo Eetión: el divi-
no Aquiles, el de los pies ligeros, mató a este príncipe
y se llevó en las naves la bola con otras riquezas.
Y puesto en pie, dijo a los argivos:
““¡Levantaos los que hayáis de entrar en esta lu-
cha! La presente bola proporcionará al que venciere
cuanto hierro necesite durante cinco años, aunque
sean muy extensos sus fértiles campos; y sus pastores
y labradores no tendrán que ir por hierro a la ciudad.
Así habló. Levantóse en seguida el intrépido Poli-
petes; después, el vigoroso Leonteo, igual a un dios;
más tarde, Ayax Telamonio, y por fin, el divino Epeo.
Pusiéronse en fila, y el divino Epeo cogió la bola y
la arrojó, después de voltearla; y todos los aquivos
se rieron. La tiró el segundo, Leonteo, vástago de
Marte. Ayax Telamonio la despidió también, con su
robusta mano, y logró pasar las señales de los ante-
riores tiros. Tomóla entonces el intrépido Polipetes
y cuanta es la distancia a que llega el cayado cuando
lo lanza el pastor y voltea por cima de la vacada,
tanto pasó la bola el espacio del circo; aplaudieron
los aqueos, y los amigos de Polipetes, levantándose,
llevaron a las cóncavas naves el premio que su rey
había ganado.
Luego sacó Aquiles azulado hierro para los arqueros,
colocando en el circo diez hachas grandes y otras
diez pequeñas. Clavó en la arena, a los lejos, un
mástil de navío después de atar en su punta, por el
pie, y con delgado cordel, una tímida paloma; e invi-
tóles:a tirarle saetas, diciendo: “*el que hiera a la
tímida paloma, llévese a su casa las hachas grandes;

226
1, Α Ϊ L I Α D A

el que acierte a dar en la cuerda sin tocar al ave,


como más inferior, tomará las hachas pequeñas.??
Así dijo. Levantóse en seguida el robusto Teucro
y luego Meriones, esforzado escudero de Idomeneo.
Echaron dos suertes en un casco de bronce, y, agi-
tándolas, salió primero la de Teucro. Este arrojó al
momento y con vigor una flecha, sin ofrecer a Apolo
una hecatombe perfecta de corderos primogénitos; y
si bien no tocó al ave—negóselo Apolo—, la amarga
saeta rompió el cordel muy cerca de la pata por la
cual se había atado a la paloma: ésta voló al cielo,
el cordel quedó colgando y los aqueos aplaudieron.
Meriones arrebató apresuradamente el arco de las
manos de Teucro, acercó a la cuerda la flecha que de
antemano tenía preparada, votó a Apolo sacrificarle
una hecatombe de corderos primogénitos; y viendo a
la tímida paloma que daba vueltas allá en lo alto
del aire, cerca de las nubes, disparó y le atravesó una
de las alas. La flecha vino al suelo, a los pies de
Meriones; y el ave, posándose en el mástil del navío
de negra proa, inclinó el cuello y abatió las tupidas
alas, la vida huyó veloz de sus miembros y aquélla
cayó del mástil a lo lejos. La gente lo contemplaba
con admiración y asombro. Mériones tomó, por tanto,
las diez hachas grandes, y Teucro se llevó a las cón-
cavas naves las pequeñas.
Luego el Peleida sacó y colocó en el circo una larga
pica y una caldera no puesta aún al fuego, que era
del valor de un buey y estaba decorada con flores.
Dos hombres diestros en arrojar la lanza se levanta-
ron: el poderoso Agamenón Atrida, y Meriones, es-
cudero esforzado de Idomeneo. Y el divino Aquiles,
el de los pies ligeros, les dijo:
*“¡Atrida! Pues sabemos cuánto aventajas a todos
y que así en la fuerza como en arrojar la lanza eres

227
Hg O M E K 0
el más señalado, toma este premio y vuelve a las
cóncavas naves. Y entregaremos la pica al héroe
Meriones, si te place lo que te propongo.?”?
Así habló. Agamenón, rey de hombres, no dejó de
obedecerle. Aquiles dió a Meriones la pica de bronce,
y el héroe Atrida tomó el magnífico premio y se lo
entregó al heraldo Taltibio.
Funerales de Héctor

RAPSODIA VIGESIMOCUARTA

ISOLVIOSE la junta, y los gue-


rreros se dispersaron por las na-
ves, tomaron la cena y se re-
galaron con el dulce sueño.
Aquiles lloraba, acordándose del
compañero querido, sin que el
sueño, que todo lo rinde, pudie-
ra vencerle: daba vueltas acá
y allá y con amargura traía a la memoria el vigor y
gran ánimo de Patroclo, lo que de mancomún con él
llevara al cabo y las penalidades que ambos habían
padecido, ora combatiendo con los hombres, ora sur-
cando las temibles ondas. Al recordarlo, prorrumpía
en abundantes lágrimas; ya se echaba de lado, ya de
espaldas, ya de pechos; y al fin, levantándose, vagaba
triste por la playa. Nunca le pasaba inadvertido el
despuntar de Eos sobre el mar y sus riberas; entonces
uncía al carro los ligeros eorceles, y atando al mismo,
el cadáver de Héctor, lo arrastraba hasta dar tres

229 14.—IT
Η O M E R 0)
vueltas al túmulo del difunto Monetíada; acto continuo
volvía a reposar en la tienda, y dejaba el cadáver ten-
dido de cara al polvo. Mas Apo!o, apiadándose del va-
rón aun después de muerto, le libraba de toda injuriay
lo protegía con la égida de oro para que Aquiles no
lacerase el cuerpo mientras lo arrastraba.
De tal manera Aquiles, enojado, insultaba al divino
Héctor. Compadecidos de éste los bienaventurados
dioses, instigaban al vigilante Argicida a que hur-
tase el cadáver. A todos les placía tal propósito, me-
nos a Hera, a Poseidón y a la virgen de los ojos de
buey, que odiaban como antes a la sagrada llión,
2 Príamo y a su pueblo por la injuria que Alejandro
infiriera a las diosas cuando fueron a su cabaña y
declaró vencedora a la que le había ofrecido funesta
liviandad. Cuando desde el día de la muerte de Héctor
llegó la duodécima aurora, Febo Apolo dijo a los in-
mortales:
““Sois, oh dioses, crueles y maléficos. ¿Acaso Héctor
no quemaba en honor vuestro muslos de bueyes y
de cabras escogidas? Ahora, que ha perec:do, no os
atrevéis a salvar el cadáver y:ponerlo a la vista de
su esposa, de su madre, de su hijo, de su padre Príamo
y del pueblo, que al momenio lo entregarísa a las
llamas y le harían honras fúnebres; por el contrario,
oh dioses, queréis favorecer al pernicioso Aquiles, el
cual concibe pensamientos no razonables, tiene en su
pecho un ánimo inflexible y medita cosas feroces,
como un león que dejándose llevar por su gran fuerza
y espíritu soberbio, se encamina a los rebaños de los
hombres para aderezarse un festín: de igual modo
perdió Aquiles la piedad y ni siquiera conserva el
pudor que tanto favorece o daña a los varones. Aquel
a quien se le muere un ser amado, como el hermano
carnal o el hijo, al fin cesa de llorar y lamentarse;

230
O A AS O Π Ά
porque la Moira dió al hombre un corazón paciente.
Mas Aquiles, después que quitó al divino Héctor
la dulce vida, ata el cadáver al carro y lo arras-
tra alrededor del túmulo de su compañero querido;
y esto ni a aquél le aprovecha, ni es decoroso.
Tema que nos irritemos contra él, aunque sea valiente,
porque enfureciéndose insulta a lo que tan sólo 03
ya insensible tierra.”??
Respondióle irritada Hera, la de los brazos de nie-
ve: *“sería como dices, oh tú que llevas arco de pla-
ta, si a Aquiles y a Héctor los tuvierais en igual es-
tima. Pero Héctor fué mortal y dióle el pecho una
mujer; mientras que Aquiles es hijo de un diosa a
quien yo misma alimenté y crié y casé luego con Pe-
leo, varón cordialmente amado por los inmortales. To-
dos los dioses presenciasteis la boda; y tú pulsaste la
cítara y con los demás tuviste parte en el festín, ¡oh
amigo de los malos, siempre pérfido!??”
Replicó Zeus, que amontona las nubes: **¡Herai No
te irrites tanto contra las deidade:« No será el mismo
el aprecio en que los tengamos; pero Héctor era para
los dioses, y también para mí, el más querido de
cuantos mortales viven en Jlión, porque nunca se ol-
vidó de dedicarnos agradables ofrendas. Jamás mi
altar careció ni de libaciones ni de víctimas, que tales
son los honores que se nos deben. Desechemos la idea
de robar el cuerpo del audaz Héctor; es imposible
que se haga a hurto de Aquiles, porque siempre, de
noche y de día, le acompaña su madre. Mas si alguno
de los dioses llamase a Tetis, yo le diría a ésta lo
que fuera oportuno para que Aquiles, recibiendo los
dones de Príamo, restituyese el cadáver de Héctor.?”
Así se expresó. Levantóse Iris, de pies rápidos como
el huracán, para llevar el mensaje; saltó al negro
ponto entre la costa de Samos y la escarpada de In:-

231
Η PUNO ΜΝ k 0
bros, y resonó el estrecho. La diosa se lanzó a lo
profundo, como desciende el plomo asido al cuerno
de un buey montaraz en que se pone el anzuelo y lleva
la muerte a los voraces peces. En la profunda gruta
halló a Tetis y a otras muchas diosas marinas que
la rodeaban: la ninfa, sentada en medio de ellas, llo-
raba por la suerte de su hijo, que había de perecer
en la fértil Troya, lejos de la patria. Y acercándosele
Iris, la de los pies ligeros, así le dijo:
““Ven, Tetis, pues te llama Zeus, el conocedor de
los eternales decretos.?” ᾿
Respondióle Tetis, la diosa de los argentados pies:
“¿Por qué aquel gran dios me ordena que vaya? Me
da vergúenza juntarme con los inmortales, pues son
muchas las penas que conturban mi corazón. Esto no
obstante, iré para que sus palabras no resulten vanas
y sin efecto.”?”
En diciendo esto, la divina entre las diosas tomó
un velo tan obscuro que no había otro que fuése más
negro. Púsose en camino, precedida por la veloz Iris,
de pies rápidos como el viento, y las olas del mar se
abrían al paso de ambas deidades. Salieron éstas a
la playa, ascendieron al cielo y hallaron al longivi-
dente Cronida con los demás felices sempiternos dioses.
Sentóse Tetis al lado de Zeus, porque Atenea le cedió
el sitio; y Hera le puso en la mano la copa de oro
que la ninfa devolvió después de haber bebido. Y el
padre de los hombres y de los dioses comenzó a hablar
do esta manera: >
“Vienes al Olimpo, oh diosa Tetis, afligida y con
el ánimo agobiado por vehemente pesar. Lo sé. Pero,
aun así y todo, voy a decirte por qué te he llamado.
Hace nueve días que se suscitó entre los inmortales
una contienda referente al cadáver de Héctor ya
Aquiles, asolador de ciudades, e instigaban al vigilan-

232
L A pS ἢ 1 Α D Α

te Argicida a que hurtase el muerto; pero yo prefiero


dar a Aquiles la gloria de devolverlo, y conservar así
tu respeto y amistad. Ve en seguida al ejército y
amonesta a tu hijo. Dile que los dioses están muy
irritados contra él y yo más indignado que ninguno
de los inmortales, porque enfureciéndose retiene a
Héctor en las corvas naves y no permite que lo re-
diman; por si, temiéndome, consiente que el cadáver
sea rescatado. Y enviaré la diosa Iris al magnánimo
Príamo para que vaya a las naves de los aqueos y
redima a su hijo, llevando a Aquiles dones que apla-
quen su enojo.??
Así se expresó; y Tetis, la diosa de los argentados
pies, no fué desobediente. Bajando en raudo vuelo
de las cumbres del Olimpo, llegó a la tienda de su
hijo: éste gemía sin cesar, y sus compañeros se ocu-
paban diligentemente en preparar la comida, habien-
do inmolado una grande y lanuda oveja. La veneranda
madre se sentó muy cerca del héroe, le acarició con
la mano y hablóle en estos términos:
“4 ¡Hijo mío! ¿Hasta cuándo dejarás que el llanto
y la tristeza roan tu corazón, sin acordarte ni de la
comida ni del concúbito? Bueno es que goces del amor
eon una mujer, pues ya no vivirás mucho tiempo: la
muerte y el hado cruel se te avecinan. Y ahora prés-
tame atención, pues vengo como mensajera de Zeus.
Dice que los dioses están muy irritados contra ti, y él
más indignado que ninguno de los inmortales, porque
enfureciéndote retienes a Héctor en las corvas naves
y no permites que lo rediman. Ea, entrega el cadá-
ver y acepta su rescate.??
Respondióle Aquiles, el de los pies ligeros: ““Sea
así. Quien traiga el rescate se lleve el muerto; ya
que, con ánimo benévolo, el mismo Olímpico lo ha dis-
puesto.?”

233
H O ΔΙ " R O
De este modo, dentro del recinto de lus naves, pa-
saban de madre a hijo muchas aladas palabras. Y en
tanto, el Cronida envió a Iris a la sagrada llión:
“*¡Anda, ve, rápida Iris! Deja tu asiento del Olimpo,
entra en llión y di al magnánimo Príamo que se en-
camine a las naves de los aqueos y rescate al hijo,
llevando a Aquiles dones que aplaquen su enojo; vaya
solo y ningún troyano se le junte. Acompáñele un
heraldo más viejo que él, para que guíe los mulos y el
carro de hermosas ruedas y conduzca luego a la po-
blación el cadáver de aquél a quien mató el divino
Aquiles. Ni la idea de la muerte ni otro temor alguno
conturbe su ánimo; pues le daremos por guía al Ar-
gicida, el cual le llevará hasta muy cerca de Aquiles.
Y cuando haya entrado en la tienda del héroe, éste
no le matará, e impedirá que los demás lo hagan.
Pues Aquiles no es insensato, ni temerario, ni perver-
so; y tendrá buen cuidado de respetar a un supli- .
cante. ??
Tal dijo. Levantóse Iris, de pies rápidos como el
huracán, para llevar el mensaje; y llegando al palacio
de Príamo, oyó llantos y alaridos. Los hijos, sentados
en el patio alrededor del padre, bañaban sus vestidos
con lágrimas; y el anciano aparecía en medio, en-
vuelto en un manto muy ceñido, y tenía en la cabeza
y en el cuello abundante estiércol que al revolcarse
por el suelo había recogido con sus manos. Las hijas
y nueras se lamentaban en el palacio, recordando los
muchos varones esforzados que yacían en la llanura
por haber dejado la vida en manos de los argivos. La
mensajera de Zeus se detuvo cerca de Príamo y ha-
blándole quedo, mientras al anciano un temblor le
ocupaba los miembros, así le dijo:
**Cobra ánimo, Príamo Dardánida, y no te espan-
tes; que no vengo a presagiarte males, sino a parti-

234
1, Α y ὍΣ, ] Α D A
ciparte cosas buenas: soy mensajera de Zeus, que aun
estando lejos, se interesa mucho por ti y te compa-
dece. El Olímpico te manda rescatar al divino Héctor,
llevando a Aquiles dones que aplaquen su enojo; ve
solo y ningún troyano se te junte. Te acompañe un
heraldo más viejo que tú, para que guíe los mulos y el
carro de hermosas ruedas y conduzca luego a la po-
blación el cadáver de aquél a quien mató el divino
Aquiles. Ni la idea de la muerte ni otro temor alguno
conturbe tu ánimo, pues tendrás por guía al Argicida,
el cual te llevará hasta muy cerca de Aquiles. Y
cuando hayas entrado en la tienda del héroe, éste no
te matará e impedirá que los demás lo hagan. Pues
Aquiles no es ni insensato, ni temerario, ni perverso;
y tendrá buen cuidado de respetar a un suplicante.??”
Cuando esto hubo dicho, fuése Iris, la de los pies
ligeros. Príamo mandó a sus hijos que prepararan un
carro de mulas, de hermosas ruedas, pusieran encima
una arca y la sujetaron con cuerdas. Bajó después
al perfumado tálamo, que era de cedro, tenía elevado
techo y guardaba muchas preciosidades; y llamando
a su esposa Hécuba, hablóle en estos términos:
*“¡Hécuba infeliz! La mensajera del Olimpo ha ve-
nido por orden de Zeus a encargarme que vaya a las
naves de los aqueos y rescate al hijo, llevando a
Aquiles dones que aplaquen su enojo. Ea, dime ¿qué
piensas acerca de esto? Pues mi mente y mi corazón me
instigan a ir allá, hacia las naves, al campamento vasto
de los aqueos.??
Así dijo. La mujer prorrumpió en sollozos, y res-
pondió diciendo: *“*¡Ay de mí! ¿Qué es de la prudencia
que antes te hizo célebre entre los extranjeros y en-
tre aquellos sobre los cuales reinas? ¿Cómo quieres
ir solo a las naves de los aqueos y presentarte al
hombre que te mató tantos y tan valientes hijos? Da -

235
H O M1 E R O
hierro tienes el corazón. Si ese guerrero cruel y pérfido
llega a verte con sus propios ojos y te coge, ni se
apiadará de ti, mi te respetará en lo más mínimo.
Lloremos a Héctor sentados en el palacio, a distancia
de su cadáver; ya que cuando le parí, la Moira pode-
rosa hiló de esta suerte el estambre de su vida: que
habría de saciar con su carne a los veloces perros,
lejos de sus padres y junto al hombre violento cuyo
hígado ojalá pudiera yo comer hincando en él los
dientes. Entonces quedarían vengados los insultos
que ha hecho a mi hijo; que éste, cuando aquél le
mató, no se portaba cobardemente, sino que a pie
firme defendía a los troyanos y a las troyanas de
próvido seno, no pensando en huír ni en evitar el
combate. ??
Contestó el anciano Príamo, semejante a un dios:
““No te opongas a mi resolución, ni seas para mí un
ave de mal agúero en el palacio. No me persuadirás.
Si me diese la orden uno de los que en la tierra viven,
aunque fuera adivino, arúspice o sacerdote, la creería-
mos falsa y desconfiaríamos aun más; pero ahora,
como yo mismo he oído a la diosa y la he visto de-
lante de mí, iré y no serán ineficaces sus palabras.
Y si mi destino es morir en las naves de los aqueos
de broncíneas túnicas, lo acepto: que me mate Aquiles
tan luego como abrace a mi hijo y satisfaga el deseo
de llorarle.??”
Dijo; y levantando las hermosas tapas de las arcas,
cogió doce magníficos peplos, doce mantos sencillos,
doce tapetes, doce bellos palios y otras tantas túnicas.
Pesó luego diez talentos de oro. Y por fin sacó dos
trípodes relucientes, cuatro calderas y una magnífica
copa que los tracios le dieron cuando fué, como emba-
jador a su país, y era un soberbio regalo; pues el
anciano no quiso dejarla en el palacio a causa del ve-

236
L γι y L " Α D A

hemente deseo que tenía de rescatar a su hijo. Y


volviendo al pórtico, echó afuera a los troyanos, in-
erepándolos con injuriosas palabras:
“*¡Idos enhoramala, hombres infames y vitupera-
bles! ¿Por ventura no hay llanto en vuestra casa,
que venís a afligirme? ¿O creéis que son pocos los
pesares que Zeus me envía, con hacerme perder un
hijo valiente? También los probaréis vosotros. Muerto
él, será mucho más fácil que los argivos os maten.
Pero antes que con estos ojos vea la ciudad tomada
y destruída, descienda yo a la mansión del Hades.??”
Dijo; y con el cetro echó a los hombres. Estos
salieron, apremiados por el anciano. Y en seguida
Príamo reprendió a sus hijos Heleno, Paris, Agatón
divino, Pamón, Antífono, Polites, valiente en la pelea,
Deífobo, Hipótoo y el fuerte Dío: a los nueve los
inerepó y dió órdenes, diciendo:
“*¡Daos prisa, malos hijos, ruines! Ojalá que en
lugar de Héctor hubiéseis muerto todos en las veleras
naves. ¡Ay de mí, desventurado, que engendré hijos
valentísimos en la vasta Troya, y ya puedo decir que
ninguno me queda! Al divino Méstor, a Troílo que
combatía en carro, y a Héctor, que era un dios entre
los hombres y no parecía hijo de un mortal sino de
una divinidad, Ares les hizo perecer; y restan los que
son indignos, embusteros, danzarines, señalados única-
mente en los coros y hábiles en robar al pueblo corde-
ros y cabritos. Pero ¿no me prepararéis al instante
el carro, poniendo en él todas estas cosas, para que
emprendamos el camino?”?
Así les habló. Ellos, temiendo la reconvención del
padre, sacaron un carro de mulas, de hermosas ruedas,
magnífico, recién construído; pusieron encima el arca,
que ataron bien; descolgaron del clavo el corvo yugo
de madera de boj, provisto de anillos, y tomaron una

237
Η 0 M E R 0
correa de nueve codos que servía para atarlo. Colo-
caron después el yugo sobre la parte anterior de la
lanza, metieron el anillo en su clavija, y sujetaron a
aquél, atándolo con la correa, a la cual hicieron dar
tres vueltas a cada lado y cuyos extremos reunieron
en un nudo. Luego fueron sacando de la cámara y
acomodando en el carro los inumerables dones para el
rescate de Héctor; uncieron los mulos de tiro, de
fuertes cascos, que en otro tiempo regalaron los mi-
sios. a Príamo como espléndido presente, y acercaron
al yugo dos corceles, a los cuales el anciano en per-
sona daba de comer en pulimentado pesebre.
Mientras el heraldo y Príamo, prudentes ambos,
uncían los caballos en el alto palacio, acercóseles
Hécuba, con ánimo abatido, llevando en su diestra
una copa de oro, llena de dulce vino, para que hicie-
ran la libación antes de partir; y deteniéndose ante
el carro, dijo a Príamo:
““Toma, haz libación al padre Zeus y suplícale que
puedas volver del campamento de los enemigos a tu
casa; ya que tu ánimo te incita a ir a las naves contra
mi deseo. Ruega, pues, a Zeus Ideo, el dios de las
sombrías nubes, que desde lo alto contempla la ciudad
de Troya, y pídele que haga aparecer a tu derecha su
veloz mensajera, el ave que es la más cara y cuya fuer-
za es inmensa, para que en viéndola con tus propios
ojos, vayas, alentado por el agúero, a las naves de los
dánaos, de rápidos corceles. Y si el longividente Zeus
no te enviara su mensajera, yo no te aconsejaría que
fueras a las naves de los argivos por mucho que lo
desees.??
Respondióle el divino Príamo: “*¡Mujer! No de-
jaré de obrar como me recomiendas. Bueno es levantar
las manos a Zeus para que de nosotros se apiade.?””
Dijo así el anciano, y mandó a la esclava despensera

238
0. ΤᾺ "dida + 7 A D A

que le diese agua limpia a las manos. Presentóse la


cautiva con una fuente y un jarro. Y Príamo, así que
se hubo lavado, recibió la copa de manos de su espo-
sa; oró, de pie, en medio del patio; libó el vino, al-
zando los ojos al cielo, y pronunció estas palabras:
““¡Padre Zeus, que reinas desde el Ida, gloriosísimo,
máximo! Concédeme que al llegar a la tienda de
Aquiles le sea grato y de mí se apiade; y haz que
aparezca a mi derecha tu veloz mensajera, el ave
que te es más cara y cuya fuerza es inmensa, para: que
después de verla con mis propios ojos vaya, alen-
tado por el agiiero, a las naves de los dánaos, de rá-
pidos corceles.??” ;
Tal fué su plegaria. Oyóla el próvido Zeus, y al
momento envió la mejor de las aves agoreras, un águl-
la rapaz de color obscuro, conocida con el nombre de
percnón. Cuanta anchura suele tener en casa de
un rico la puerta de la cámara de alto techo, bien
adaptada al marco y asegurada por un cerrojo; tanto
espacio ocupaba con sus alas, desde el uno al otro
extremo, el águila que apareció volando a la derecha
por cima de la ciudad. Al verla, todos se alegraron
y la confianza renació en sus pechos.
El anciano subió presuroso al carro y lo guió a la
calle, pasando por el vestíbulo y el pórtico sonoro.
Iban delante los mulos que arrastraban el carro de
cuatro ruedas, y eran gobernados por el prudente
Ideo; seguían los caballos que el viejo aguijaba con
el látigo para que atravesaran prestamente la ciudad;
y todos los amigos acompañaban al rey, derramando
abundantes lágrimas, como si a la muerte caminara.
Cuando hubieron bajado de la ciudad al campo, hijos
y yernos regresaron a llión. Mas al atravesar Pría-
mo y el heraldo la llanura, no dejó de advertirlo
Zeus, que vió al anciano y se compadeció de él. Y

239
Η O M E R 0

llamando en seguida a su hijo Hermes, hablóle de


esta manera:
“¡Hermes! Puesto que te es grato acompañar a los
hombres y oyes las súplicas del que quieres; anda,
vé y conduce a Príamo a las cóncavas naves aqueas,
de suerte que ningún dánao le vea hasta que haya
llegado a la tienda del Peleida.??” .
Así habló. El mensajero Argicida no fué desobe-
diente: calzóse al instante los áureos divinos talares
que le llevaban sobre el mar y la tierra inmensa con
la rapidez del viento, y tomó la vara con la cual ador-
mece a cuantos quiere o despierta a los que duermen.
Llevándola en la mano, el poderoso Hermes empren-
dió el vuelo, llegó muy pronto a llión y al Helesponto,
y echó a aúdar, transfigurado en un joven príncipe a
quien empieza a salir el bozo y está graciosísimo en
la flor de la juventud.
Cuando Príamo y el heraldo llegaron más allá del
gran túmulo de Ilo, detuvieron los mulos y los caba-
llos para que bebiesen en el río. Ya se iba haciendo
noche sobre la tierra. Advirtió el heraldo la presen-
cia de Hermes, que estaba junto a él, y hablando
a Príamo, le dijo:
“Atiende Dardánida, pues el lance que se presenta
requiere prudencia. Veo a un hombre y me figuro que
en seguida nos matará. Ea, huyamos en el carro,
o supliquémosle, abrazando sus rodillas, para ver si
se apiada de nosotros.”??
Esto dijo. Turbósele al anciano la razón, sintió un
gran terror, se le erizó el pelo en los flexibles miem-
bros y quedó estupefacto. Entonces el benéfico Her-
mes se llegó al viejo, tomóle por la mano y le inte
rrogó diciendo: ᾿
““¿Adónde, padre mío, diriges estos caballos y mu-
los durante la noche divina, mientras duermen los

240
L A 1 L 1 A D A

demás mortales? ¿No temes a los aqueos, que res-


piran valor, los cuales te son malévolos y enemigos y
se hallan cerca de nosotros? Si alguno de ellos te
viera conducir tantas riquezas en esta obscura y rá-
pida noche, ¿qué resolución tomarías? Tú no eres
joven, éste que te acompaña es también anciano, y
no podríais rechazar a quien os ultrajara. Pero yo no
te causaré ningún daño, y además te defendería de
cualquier hombre, porque te pareces a mi padre.??”
Respondióle el anciano Príamo, semejante a un
dios: “*así es, como dices, hijo querido. Pero alguna
deidad extiende la mano sobre mí, cuando me hace
salir al encuentro un caminante de tan favorable au-
gurio como tú, que tienes” cuerpo y aspecto dignos de
admiración y espíritu prudente, y naciste de padres
felices. ??
Díjole a su vez el mensajero Argicida: ““sí, ancia-
no, oportuno es cuanto acabas de decir. Pero, ea,
habla y dime con sinceridad: ¿Mandas a gente ex-
traña tantas y tan preciosas riquezas a fin de poner-
las en cobro; o ya todos abandonáis, amedrentados,
la sagrada Tlión, por haber muerto el varón más fuer-
te, tu hijo, que a ninguno de los aqueos cedía en el
combate???”
Contestóle el anciano Príamo, semejante a un dios:
**¿Quién eres, hombre excelente, y cuáles los padres
de que naciste, que con tanta oportunidad has men-
cionado la muerte de mi hijo infeliz???”
Replicó el mensajero Argicida: “me quieres pro-
bar, oh anciano, y por eso me preguntas por el divino
Héctor. Muchas veces le vieron estos ojos en la bata-
lla donde los varones se hacen ilustres, y también
cuando llegó a las naves matando argivos, a quienes
hería con el agudo bronce. Nosotros le admirábamos
sin movernos, porque Aquiles estaba irritado contra
041
ΗΠ O M E R O

el Atrida y no nos dejaba pelear. Pues yo soy ser-


vidor de Aquiles, con quien vine en la misma nave
bien construída; desciendo de mirmidones y tengo
por padre a Políctor, que es rico y anciano como tú.
Soy el más joven de sus siete hijos y, como lo deci-
diéramos por suerte, tocóme a mí acompañar al héroe.
Y ahora he venido de las naves a la llanura, porque
mañana los aqueos, de ojos vivos, presentarán batalla
en los contornos de la ciudad; se aburren de estar
ociosos, y los reyes aquivos no pueden contener su
impaciencia por entrar en combate.??
Respondióle el anciano Príamo, semejante a un dios:
““Si eres servidor de Aquiles Peleida, ea, dime la ver-
dad: ¿mi hijo yace aún cerca de las naves, o Aquiles
lo ha desmembrado y entregado a sus perros???”
Contestóle el mensajero Argicida: ““¡Oh anciano!
Ni los perros ni las aves lo han devorado, y todavía
yace junto al bajel de Aquiles, dentro de la tienda.
Doce días lleva de estar tendido, y ni el cuerpo se
pudre, ni lo comen los gusanos que devoran a los
hombres muertos en la guerra. Cuando apunta la di-
vina Eos, Aquiles lo arrastra sin piedad alrededor
del túmulo de su compañero querido; pero ni aun así
lo desfigura, y tú mismo, si a él te acercaras, te
admirarías de ver cuán fresco está: la sangre le ha
sido lavada, no presenta mancha alguna, y cuantas
heridas recibió—pues fueron muchos los que le enva-
saron el bronce—todas se han cerrado. De tal modo los
bienaventurados dioses cuidan de tu hijo, aun después
de muerto, porque era muy caro a su corazón.??
Así se expresó. Alegróse el anciano, y respondió
diciendo: ““*¡Oh hijo! Bueno es ofrecer a los inmor-
tales los debidos dones. Jamás mi hijo, si no ha
sido un sueño que haya existido, olvidó en el palacio
a los dioses que moran en el Olimpo, y por esto se

242

AD >
ΤΠ A Ϊ E É A D A

acordaron de él en el fatal trance de la muerte. Mas,


ea, recibe de mis manos esta copa, para que la guardes,
y guíame con el favor de los dioses hasta que llegue
a la tienda del Peleida.??”
Díjole a su vez el mensajero Argicida: ““¡Oh an-
ciano! Quieres tentarme porque soy más joven; pero
no me persuadirás con tus ruegos a que acepte el
regalo sin saberlo Aquiles. Le temo y me da mucho
miedo defraudarle: no fuera que después se me si-
guiese algún daño. Pero te acompañaría cuidadosa-
mente en una velera nave o a pie, aunque fuese hasta
la famosa Argos; y nadie osaría atacarte, desprecian-
do al guía.??”
Así habló el benéfico Hermes; y subiendo al carro,
recogió al instante el látigo y las riendas e infundió
gran vigor a los corceles y mulos. Cuando llegaron
al foso y a las torres que protegían las naves, los centi-
nelas comenzaban a preparar la cena, y el mensajero
Argicida los adormeció a todos; en seguida abrió la
puerta, descorriendo los cerrojos, e introdujo a Pría-
mo-:y el carro que llevaba los espléndidos regalos.
Llegaron, por fin, a la alta tienda que los mirmidones
habían construído para el rey con troncos de abeto,
techándola con frondosas cañas que cortaron en la
pradera: rodeábala una gran cerca de muchas esta-
cas y tenía la puerta asegurada por una barra de
abeto que quitaban o ponían tres aqueos juntos, y
sólo Aquiles la descorría sin ayuda. Entonces el
benéfico Hermes abrió la puerta e introdujo al ancia-
no y los presentes para el Peleria, el de los pies lige-
ros. Y apeándose del carro, dijo a Príamo:
“*¡Oh anciano! Yo soy un dios inmortal, soy Her-
mes; y mi padre me envió para que fuese tu guía.
Me vuelvo antes de llegar a la presencia de Aquiles,
pues sería indecoroso que un dios inmortal se tomara

243
H O M y R 0
públicamente tanto interés por los mortales. Entra
tú, abraza las rodillas del Peleida, y suplícale por su
padre, por su madre de hermosa cabellera y por su
hijo, a fin de que conmuevas su corazón.?? "
Cuando esto hubo dicho, Hermes se encaminó al
vasto Olimpo. Príamo saltó del carro a tierra, dejó
a Ideo para que cuidase de los caballos y mulos, y fué
derecho a la tienda en que moraba Aquiles, caro a
Zeus. Hallóle solo — sus amigos estaban sentados
aparte—y el héroe Automedón y Alcimo, vástago de
Ares, le servían; pues acababa de cenar; y si bien
ya no comía ni bebía, aún la mesa continuaba pues-
ta. El gran Príamo entró sin ser visto, y acercándose
a Aquiles, abrazóle las rodillas y besó aquellas ma
nos terribles, homicidas, que habían dado muerte a
tantos hijos suyos. Como quedan atónitos los que,
hallándose en la casa de un rico ven llegar a un hom-
bre que tuvo la desgracia de matar en su patria a
otro varón y ha emigrado a país extraño; de igual
manera asombróse Aquiles de ver a Príamo, semejante
a un dios; y los demás se sorprendieron también y
se miraron unos a otros. Y Príamo suplicó a Aquiles,
dirigiéndole estas palabras:
“Acuérdate de tu padre, oh Aquiles, semejante a
los dioses, que tiene la misma edad que yo y ha lle-
gado a los funestos umbrales de la vejez. Quizás los
vecinos circunstantes le oprimen y no hay quien le
salve del infortunio y la ruina; pero al menos aquél,
sabiendo que tú vives, se alegra en su corazón y espera
de día en día que ha de ver a su hijo, llegado de
llión. Mas yo, desdichadísimo, después que engendré
hijos valientes en la espaciosa Ilión, puedo decir que
de ellos ninguno me queda. Cincuenta tenía cuando
vinieron los aqueos: diez y nueve eran de una misma
madre; a los restantes diferentes mujeres los dieron

244
NÓ Li Ι y D Α
a luz en el palacio. A los más, el furibundo Ares
les quebró las rodillas; y el que era único para mí
y defendía la ciudad y a sus habitantes, a éste tú
lo mataste poco ha mientras combatía por la patria,
a Héctor; por quien vengo ahora a las naves de los
aqueos, con un cuantioso rescate, a fin de redimir
su cadáver. Respeta a los dioses, Aquiles, y apiádate
de mí, acordándote de tu padre; yo soy aún más dig-
no de compasión que él, puesto que me atreví a lo
que ningún otro mortal de la tierra: a llevar a mis
labios la mano del hombre matador de mis hijos.?”
Así habló. A Aquiles le vino deseo de llorar por
su padre; y cogiendo la mano de Príamo, apartóle
suavemente. Los dos lloraban afligidos por los re-
cuerdos: Príamo, acordándose de Héctor, matador de
hombres, derramaba copiosas lágrimas postrado a los
pies de Aquiles; éste las vertía, unas veces por su
padre y otras por Patroclo; y los gemidos de ambos
resonaban en la tienda. Mas así que el divino Aquileg
estuvo saciado de llanto y el deseo de sollozar cesó en
su corazón, alzóse de la silla, tomó por la mano al
viejo para que se levantara, y mirando compasivo la
cabeza y la barba encanecidas, díjole estas aladas
palabras:
““¡Ah infeliz! Muchos son los infortunios que tu
ánimo ha soportado. ¿Cómo te atreviste a venir solo
a las naves de los aqueos y presentarte al hombre
que te mató tantos y tan valientes hijos? De hierro
tienes el corazón. Mas, ea, toma asiento en esta
silla; y aunque los dos estamos afligidos, dejemos re-
posar en el alma las penas, pues el triste llanto para
nada aprovecha. Los dioses condenaron a los míseros
mortales a vivir en la tristeza, y sólo ellos están des-
euitados. En los umbrales del palacio de Zeus hay
dos toneles de dones que el dios reparte: en el uno

245 15.11
A eN M ΜΒ R 0
están los azares y en el otro las suertes. Aquel a quien
Zeus, que se complace en lanzar rayos, se los da mez-
clados, unas veces topa con la desdicha y otras con
la buena ventura; pero el que tan sólo recibe azares,
vive con afrenta, una gran hambre le persigue sobre
la divina tierra, y va de un lado para otro sin ser
honrado ni por los dioses ni pór los hombres. Así
las deidades hicieron a Peleo grandes mercedes des-
de su nacimiento: aventajaba a los demás hombres
en felicidad y riqueza, reinaba sobre los mirmidones,
y siendo mortal, tuvo por mujer a una diosa; pero
también le impusieron un mal: que no tuviese hijos
que reinaran luego en el palacio. Tan sólo uno en-
gendró, a mí, cuya vida ha de ser breve; y no le
cuido en su vejez, porque permanezeo en llión, lejos
de la patria, para contristarte a ti y a tus hijos. Y
dicen que también tú, oh anciano, fuiste dichoso en
otro tiempo; y que en el espacio que comprende Les-
bos, donde reinó Macar, y más arriba la Frigia hasta
el Helesponto inmenso, descollabas entre todos por tu
riqueza y por tu prole. Mas, desde que los dioses
celestiales te trajeron esta plaga, sucédense alrededor
de la ciudad las batallas y las matanzas de hombres.
Súfrelo resignado y no dejes que se apodere de ta
corazón un pesar continuo, pues nada conseguirás
afligiéndote por tu hijo, ni lograrás que se levante;
y quizás tengas que padecer una nueva desgracia.?”
Respondió el anciano Príamo, semejante a un dios:
““No me hagas sentar en esta silla, alumno de Zeus,
mientras Héctor yace insepulto en la tienda. Entré-
gamelo para que lo contemple con mis ojos, y recibe
el cuantioso rescate que te traemos. Ojalá puedas
disfrutar de él y volver a tu patria, ya que ahora
me has dejado vivir y ver la luz del sol.??”
Mirándole con torva faz, le dijo Aquiles, el de los

246
L y Ζ.-}Ψ I A D A

pies ligeros: ““¡No me irrites más, oh anciano! Dis-


puesto estoy a entregarte el cadáver de Héctor, pues
para ello Zeus envióme como mensajera a la madre
que me parió, la hija del anciano del mar. Comprendo
también, y no se me oculta, que un dios te trajo a las
veleras naves de los aqueos; porque ningún mortal,
aunque estuviese en la flor de la juventud, se atreve-
ría a venir al ejército, ni entraría sin ser visto por
los centinelas, ni quitaría con facilidad la barra que
asegura la puerta. Abstente, pues, de exacerbar los
dolores de mi corazón; no sea que deje de respetarte,
oh anciano, a pesar de que te hallas en mi tienda y
eres un suplicante, y viole las órdenes de Zeus.??
Tales fueron sus palabras. El anciano sintió te-
mor y obedeció el mandato. El Peleida, saltando co-
mo un león, salió de la tienda; y no se fué solo, pues
le siguieron el héroe Automedón y Alcimo, que eran
los compañeros a quienes más apreciaba después del
difunto Patroclo. En seguida desengancharon los
caballos y los mulos, introdujeron al heraldo del an-
ciano, haciéndole sentar en una silla, y quitaron del
lustroso carro los cuantiosos presentes destinados al
rescate de Héctor. Tan sólo dejaron dos palios y una
túnica bien tejida, para envolver el cadáver antes
que Príamo se lo llevase al palacio. Aquiles llamó
entonces a los esclavos y les mandó que lavaran y
ungieran el cuerpo de Héctor, trasladándolo a otra
parte para que Príamo no lo advirtiese; no fuera que,
afligiéndose al ver a su hijo, no pudiese reprimir la
cólera en su pecho e irritase el corazón de Aquiles,
y éste le matara, quebrantando las órdenes de Zeus.
Lavado ya y ungido con aceite, lag esclavas lo cu-
brieron con la túnica y el hermoso palio; después el
mismo Aquiles lo levantó y colocó en un lecho, y por

247
H O M E R O

fin los compañeros lo subieron al lustroso carro. Y el


héroe suspiró y dijo, nombrando a su amigo:
““No te enojes conmigo, oh Patroclo, si en el Hades
te enteras de que he entregado el cadáver del divino
- Héctor al padre de este héroe; pues me ha traído un
rescate digno, y consagraré a tus manes la parte que
es debida.””
Habló así el divino Aquiles y volvió a la tienda.
Sentóse en la silla labrada que antes ocupara, de es-
paldas a la pared, frente a Príamo, y hablóle en
estos términos:
““Tu hijo, oh anciano, rescatado está, como pedías:
yace en un lecho, y cuando asome el día podrás ver-
lo y llevártelo. Ahora pensemos en cenar; pues hasta
Níobe, la de hermosas trenzas, se acordó de tomar
alimento cuando en el palacio murieron sus doce vás-
tagos: seis hijas y seis hijos forecientes. A éstos
Apolo, airado contra Níobe, los mató disparando el
arco de plata; a aquéllas dióles muerte Artemisa, que
se complace en tirar flechas, porque la madre osaba
compararse con Leto, la de hermosas mejillas, y decía
que ésta sólo había dado a luz dos hijos, y ella había
parido muchos; y los de la diosa, no siendo más que
dos, acabaron con todos los de Níobe. Nueve días
permanecieron tendidos en su sangre, y no hubo quien
los enterrara porque el Cronida había convertido a los
hombres en piedras; pero al llegar el décimo, los ce-
lestiales dioses los sepultaron. Y Níobe, cuando se
hubo cansado de llorar, pensó en el alimento. Hállase
actualmente en las rocas de los montes yermos de Sí-
pilo, donde, según dicen, están las grutas de las nin-
fas que bailan junto al Aqueloo; y aunque conver-
tida en piedra, devora aún los dolores que las deidades
le causaron. Mas, ea, cuidemos también nosotros de
comer, y más tarde, cuando hayas transportado tu

248
4 Α 1 4, 1 A D Á

hijo a llión, podrás hacer llanto sobre el mismo. Y


será por ti muy liorado.”??”
Dijo el veloz Aquiles, y levantándose, degolló una
cándida oveja; sus compañeros la desollaron y pre-
pararon, la descuartizaron con arte; y cogiendo con
pinchos los pedazos, los asaron cuidadosamente y los
retiraron del fuego. Automedón repartió pan en
hermosas canastillas y Aquiles distribuyó la carne.
Ellos alargaron la diestra a los manjares que tenían
delante; y cuando hubieron satisfecho el deseo de
comer y de beber, Príamo Dardánida admiró la es-
tatura y el aspecto de Aquiles, pues el héore parecía
un dios; y a su vez, Aquiles admiró a Príamo Dardá-
nida, contemplando su noble rostro y escuchando sus
palabras. Y cuando se hubieron deleitado, mirándose
el uno al otro, el anciano Príamo, semejante a un
dios, dijo el primero:
““Permite, oh alumno de 'Zeus, que me acueste y
disfrute del dulce sueño. Mis ojos no se han cerrado
desde que mi hijo murió a tus manos; pues continua-
mente gimo y devoro pesares innúmeros, revolcándome
por el estiércol en el recinto del patio. Ahora he
probado la comida y rociado con el negro vino la
garganta, lo que desde entonces no había hecho.?”?
Dijo. Aquiles mandó a sus compañeros y a las es-
clavas que pusieran camas debajo del pórtico, las pro-
veyesen de hermosos cobertores de púrpura, extendie-
sen tapetes encima de ellos y dejasen afelpadas túni-
cas para abrigarse. Las esclavas salieron de la tienda
llevando sendas hachas encendidas; y aderezaron dili
geutemente dos lechos. Y Aquiles, el de los pies li-
geros, dijo en tono burlón a Príamo:
““Acuéstate fuera de la tienda, anciano querido; no
sea que, alguno de los caudillos aqueos venga, como
suelen, a consultarme sobre sus proyectos; si alguno

249
Η O M E R O
de ellos te viera durante la veloz y obscura noche,
podría decirlo a Agamenón, pastor de pueblos, y qui-
zás se diferiría la entrega del cadáver. Mas, ea,
habla y dime con sinceridad cuántos días quieres pa-
ra hacer honras al divino Héctor; y durante este
tiempo permaneceré quieto y contendré al ejército.?””
Respondióle el anciano Príamo, semejante a un dios:
“Si quieres que yo pueda celebrar los funerales
del divino Héctor, obrando como voy a decirte, oh
Aquiles, me dejarías complacido. Ya sabes que vi-
vimos encerrados en la ciudad; la leña hay que traer-
la de lejos, del monte; y los troyanos tienen mucho
miedo. Durante nueve días le lloraremos en el pa-
lacio, en el décimo le sepultaremos y el pueblo cele-
brará el banquete fúnebre; en el undécimo erigiremos
un túmulo sobre el cadáver y en el duodécimo vol-
veremos a pelear, si necesario fuere.??
Contestóle el divino Aquiles, el de los pies ligeros:
““Se hará como dispones, anciano Príamo, y suspen-
deré el combate durante el tiempo que me pides.??”
Dichas estas palabras, estrechó la diestra del an-
ciano para que no abrigara en su alma temor alguno.
El heraldo y Príamo, prudentes ambos, se acostaron
en el vestíbulo. Aquiles durmió en el interior de
la tienda sólidamente construída, y a su lado descansó
Briseida, la de hermosas mejillas.
Las demás deidades y los hombres que combaten en
carros, durmieron toda la noche, vencidos por el dul-
ce sueño; pero éste no se apoderó del benéfico Hermes,
que meditaba cómo sacaría del recinto de las naves
a Príamo sin que lo advirtiesen los sagrados guardia-
nes de las puertas. Y poniéndose encima de la cabeza
del rey, así le dijo:
““¡Oh anciano! No te preocupa el peligro cuando
así duermes, en medio de los enemigos, después que

250
L Á E 1, l γι D A

Aquiles te ha respetado. Acabas de rescatar a tu hi-


jo, lando muchos presentes; pero los otros hijos que
dejaste en Jlión tendrán que ofrecer tres veces más
para redimirte vivo, si llegasen a descubrirte Agame-
nón Atrida y los aqueos todos.??
Así habló. El anciano sintió temor, y despertó al
heraldo. Hermes unció los caballos y los mulos, y
acto continuo los guió a través del ejército sin que
nadie se percatara.
Mas, al llegar al vado del voraginoso Janto, río de
hermosa corriente que el inmortal Zeus engendró, Her-
me se fué al vasto Olimpo. Eos, de azafranado velo,
se esparcía por toda la tierra, cuando ellos, gimiendo
y lementándose, guiaban los corceles hacia la ciudad, y
les seguían los mulos con el cadáver. Ningún hom-
bre ni mujer de hermosa cintura los vió llegar antes
que Casandra, semejante a la dorada Afrodita; pues,
subiendo a Pérgamo, distinguió el carro con su padre
y el heraldo, pregonero de la ciudad, y vió detrás a
Héctor, tendido en un lecho que los mulos conducían.
En seguida prorrumpió en sollozos, y fué clamando'
por toda la población.
“Venid a ver a Héctor, troyanos y troyanas, si
otras veces os alegrasteis de que volviera vivo del com-
bate; porque era el regocijo de la ciudad y de todo
el pueblo.??”
Tal dijo, y ningún hombre ni mujer se quedó dentro
de los muros. Todos sintieron intolerable dolor y
fueron a encontrar cerca de las puertas”al que les
traía el cadáver. La esposa querida y la veneranda
madre, echándose las primeras sobre el carro de her-
mosas ruedas y tomando en sus manos la cabeza de
Héctor, se arrancaban los cabellos; y la turba las
rodeaba llorando. Y hubieran permanecido delante
de las puertas todo el día, hasta la puesta del sol, de-

251
A O ΜΗ E R 0
/
rramando lágrimas por Héctor, si el anciano no les
hubiese dicho desde el carro:
““Haceos a un lado y dejad que pase con las μὰ
y una vez que lo haya conducido al palacio, «$ sa-
ciaréis de llanto.??”
Así habló; y ellos, apartándose, dejaron que pasara
el carro. Dentro ya del magnífico palacio, pusieron el
cadáver en un torneado lecho e hicieron sentar a
su alrededor cantores que entonaran el treno: éstos
cantaban con voz lastimera, y las mujeres respondían
econ gemidos. Y en medio de ellas Andrómaca, la de
brazos de nieve, que sostenía con las manos la cakeza
de Héctor, matador de hombres, dió comienzo a las
lamentaciones, exclamando:
““¡Esposo mío! Saliste de la vida cuando aún ¿ras
joven, y me dejas viuda en el palacio. El hijo que
nosotros ¡infelices! hemos engendrado, es todavía in-
fante y no creo que llegue a la juventud; antes será
la ciudad arruinada desde su cumbre. Porque: has
muerto tú que eras su defensor, el que la salvaba,
el que protegía a las venerables matronas y a los tier-
nos infantes. Pronto se las llevarán en las cóncavas
naves y a mí con ellas. Y tú, hijo mío, o me seguirás
y tendrás que ocuparte en viles oficios, trabajando en
provecho de un amo cruel; o algún aqueo te cogerá
de la mano y te arrojará de lo alto de una torre,
¡muerte horrenda!, irritado porque Héctor le matara
el hermano, el padre o el hijo; pues muchos aqueos
mordieron la vasta tierra a manos de Héctor. No era
blando tu padre en la funesta batalla, y por esto le
lloran todos en la ciudad. ¡Oh Héctor! Has causado
a tus padres llanto y dolor indecibles, pero a mí me
aguardan las penas más graves. Ni siquiera pudiste,
antes de morir, tenderme los brazos desde el lecho, ni
Lacerme saludables advertencias que hubiera recorda-

252
L Á I L Ϊ Α D A

do siempre, de noche y de día, eon lágrimas en los


ojos.??
Esto dijo llorando, y las mujeres gimieron. Y entre
ellas, Hécuba empezó a su vez el funeral lamento:
““¡Héctor, el hijo más amado de mi corazón! No
puede dudarse de que en vida fueras caro a los dio-
ses, pues no se olvidaron de ti en el trance fatal de
tu muerte. Aquiles, el de los pies ligeros, a los de-
más hijos míos que logró coger, vendiólos al otro
lado del mar estéril, en Samos, Imbros o Lemnos, de
escarpada costa; a ti, después de arrancarte el alma
con el bronce de larga punta, te arrastraba muchas
veces en torno del sepulero de su compañero Patro-
610, a quien mataste, mas no por esto resucitó a su
amigo. Y ahora yaces en el palacio, tan fresco como
si acabaras de morir y semejante al que Apolo, el del
arco de plata, mata con sus suaves flechas.??”
Así habló, derramando lágrimas, y excitó en todos
vehemente llanto. Y Helena fué la tercera en dar
principio al funeral lamento:
“*¡Héctor, el cuñado más querido de mi corazón!
Mi marido, el divino Alejandro, me trajo a llión, ¡oja-
14 me hubiera muerto antes!; y en los veinte años que
van transcurridos desde que vine y abandoné la patria,
jamás he oído de tu boca una palabra ofensiva o gro-
sera; y si en el palacio me inerepaba alguno de los
cuñados, de las cuñadas o de las esposas de aquéllos,
o la suegra—pues el suegro fué siempre cariñoso como
un padre—, contenías su enojo, aquietándolos econ tu
afabilidad y tus suaves palabras. Con el corazón afli-
gido, lloro a la vez por ti y por mí, desgraciada; que
ya no habrá en la vasta llión quien me sea benévolo
ni amigo, pues todos me detestan.??
Así dijo llorando, y la inmensa muchedumbre pro-

253
Η O M E R O
rrumió en gemidos. Y el anciano Príamo dijo al
pueblo:
“Ahora, troyanos, traed leña a la ciudad y no te-
máis ninguna emboscada por parte de los argivos;
pues Aquiles, al despedirme en las negras naves, me
prometió no causarnos daño hasta que llegue la duo-
décima aurora.??”
De este modo habló. Pronto la gente del pueblo,
unciendo a los carros bueyes y mulos, se reunió fuera
de la ciudad. Por espacio de nueve días acarrearon
abundante leña; y cuando por décima vez apuntó Eos,
que trae la luz a los mortales, sacaron, con los ojos
preñados de lágrimas, el cadáver del audaz Héctor,
lo pusieron en lo alto de la pira, y le prendieron fuego.
Mas, así que se descubrió la hija de la mañana, Eos,
de rosados dedos, congregóse el pueblo en torno de la
pira del ilustre Héctor. Y cuando todos se hubieron
reunido, apagaron con negro vino la parte de la pira
a que la llama había alcanzado; y seguidamente los
hermanos y los amigos, gimiendo y corriéndoles las
lágrimas por las mejillas, recogieron los blancos hue-
sos y los colocaron en una urna de oro, envueltos en
fino velo de púrpura. Depositaron la urna en el hoyo,
que cubrieron con muchas y grandes piedras, amon-
tonaron la tierra y erigieron el túmulo. Habían pues-
to centinelas por todos lados, para vigilar si los
aqueos, de hermosas grebas, los atacaban. Levantado
el túmulo, volviéronse; y reunidos después en el pa-
lacio del rey Príamo, alumno de Zeus, celebraron el
espléndido banquete fúnebre.
Así celebraron las honras de Héctor, domador de
caballos,

FIN
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APENDICE

HOMERO.

Homero es el gran poeta épico de Grecia. Varias


de las obras que se le atribuyeron se han perdido;
quedan los dos grandes poemas épicos, la Ilíada y la
Odisea, treinta y tres Himnos, una parodia épica (la
Batalla de las Ranas y los Ratones), y algunas com-
posiciones de breves líneas (las llamadas Epigramas).

ANTIGUAS NOTICIAS SOBRE HOMERO


En cuanto a la fecha fija de la existencia de Ho-
mero, probablemente no existió nunca ningún dato
real o supuesto. Herodoto (11, 53) sostiene que He-
siodo y Homero vivieron apenas cuatro siglos antes que
él, por tanto, no más de ocho siglos y medio antes
de J. C. Se infiere, del tono de controversia con que
piesenta su afirmación que otros le acordaban a Ho-
mero mayor antigúedad; y según los datos señalados
por autoridades posteriores, generalmente se fija entre
la décima y la undécima centurias antes de J. C,

295
L Á Ι L l A D Α

Ninguna de estas afirmaciones ha podido asumir la


condición de prueba evidente.
Las vidas de Homero que poseemos. (Vitarum Scrip-
tores Graeci minores, edición de Westermann), son
ocho en número, incluyendo la pieza llamada Disputa
entre Hesiodo y Homero. La de mayor extensión está
escrita en el dialecto jónico, y lleva el nombre de He-
rodoto, aunque se sabe de cierto que es espuria. Con
toda probabilidad esta obra pertenece a ese período,
más fecundo que ningún otro en falsificaciones lite-
rarias, el segundo siglo de nuestra era. Las otras bio-
grafías no son más antiguas seguramente. Su principal
valor consiste en haber conservado esa extraña clase
de poemas cortos o fragmentos de versos —los llama-
dos epigramas, que se acostumbró agregar a las edi-
ciones de Homero—. Estas breves composiciones se
reconoce fácilmente que son *“versos populares,?? una
especie de folklore que se encuentra en casi todos los
países, como una suerte de proverbios atesorados por
el pueblo. En los epigramas homéricos el interés con-
siste a veces en la caracterización de las particula-
ridades locales—Esmirna y Kyme (Epigr. IV.), Eri-
trea (Epigr. VI, VII), Monte Ida (Epigr. X), Neón
Teichos (Epigr. 1); otros relatos se refieren a ciertas
profesiones y negocios—alfareros (Epigr. XIV), ma-
rineros, pescadores, cabreros, ete. Algunos, probable-
mente, son fragmentos de grandes poemas; pero es
evidente que todos no son la obra de un sólo poeta.
El hecho de que hayan sido atribuídos a Homero,
únicamente significa que pertenecen a un perío-
do de la historia de las colonias jonias y eolias en
que el nombre “* Homero?” era una designación gene-
ral que se daba al conjunto de poesías antiguas y
populares.

256
Α P E N D 1 6 Ε

Por otra parte, estableciendo la comparación de los


epigramas con las anécdotas y leyendas referidas en
las vidas de Homero, difícilmente puede dudarse de
que aquéllos fueran la principal fuente de que se deri-
varon estas biografías. Por ejemplo, en el epigrama
IV, encontramos a un poeta ciego, nativo de la eolia
Esmirna recorrida por el agua del sagrado Meles.
Este es sin duda el origen del incidente capital a que
se contrae la biografía atribuída a Herodoto—el na-
cimiento de Homero, ““Hijo del Meles.”? El epíteto
de eolio implica mucha antigiiedad, pues según el mis-
mo Herodoto, Esmirna vino a ser jonia por los años
688 antes de J. C. Como es natural, los jonios tenían
su versión histórica propia, según la cual Homero
floreció en tiempo de los primeros colonizadores ate-
nienses.
La misma argumentación puede extenderse a los
Himnos, y también a muchas de las obras perdidas
de los poetas post-homéricos o cíclicos; verbigracia:
1. El himno al Apolo Delio termina con un discurso
del poeta a sus oyentes. Al presentarse cualquier ex-
tranjero preguntando quién es el bardo de las más
dulces canciones, todos le contestan a una voz, ““el
viejo ciego que habita en la rocallosa Chios; sus can-
tos merecen la primacía de toda la posteridad.?””
Tucídides, que cita este pasaje para demostrar la
antigúedad de las fiestas de Delos, no muestra duda
alguna sobre la autenticidad homérica de este himno.
La creencia de que Homero era natural de Chios,
puede admitirse con certeza que data desde entonces.
2. El Margites —poema burlesco que es considerado
como obra de Homero desde la época de Aris-
tóteleos—, comienza con estas palabras: ““Vino una
vez a Colofón un viejo, un cantor divino, dedicado

257
E 4 1. πὴ ᾿ς A D A
al servicio de las Musas y Apolo.*'? De aquí parte
sin duda la pretensión de Colofón a ser la cuna de
Homero, pretensión sostenida en los primeros tiempos
de los estudios homéricos por el poeta y gramático
Antimaco, natural de esa ciudad.
3. El poema llamado Cypria se opinaba que fué
compuesto por Homero para Estasino de Chipre, como
regalo de bodas a la hija de éste. La conexión con
Chipre aparece más adelante en la predominancia que
se le concede a Afrodita en el poema.
4. La Pequeña Ilíada y el Phocais, según la biogra-
fía de Herodoto, fueron compuestos por Homero cuando
vivió en Fócide, con un tal Testórides, quien los trajo
a Chios y allí se hizo de fama recitándolos como obra
propia. El nombre de Testórides aparece en el Epig. V.
5. Una historia similar circuló respecto al poema
llamado la Toma de Oechalia, cuya materia la cons-
tituía una de las hazañas de Heracles. Apareció con
el nombre de Creofylo, amigo, o, según se dice
también, yerno de Homero; generalmente se consi-
deraba este trabajo como del mismo poeta.
6. Finalmente, la Tebaida siempre fué tenida como
obra de Homero. Por lo que hace a los Epigones, que
contienen la historia de Tebas, parece que hubo al-
gunas dudas.
Las anteriores indicaciones confirman el que las
historias que relacionan a Homero con diversas ciu-
dades e islas, surgieron después de que sus poemas
habían llegado a ser conocidos y famosos, en parti-
cular en las nuevas y florecientes colonias de FEolia
y Jonia. La controversia acerca de Homero, en resu-
men, comienza en una época en que se había perdido
ya su historia verdadera, y él se había convertido en
una especie de figura mitológica, un ““héroe epóni- ᾿

258
γι P E Ny D I C E

mo?” o personificación de una gran escuela de poesía.


Una confirmación muy interesante de lo dicho, des-
de el punto de vista opuesto, nos la suministra la
ciudad tenida como principal entre las colonias asiá-
ticas de Grecia, Mileto. Ninguna leyenda reclama
para Mileto ni siquiera una visita de Homero, ni
participación alguna en la factura de los poemas
homéricos. Sin embargo, se dijo que Arctino de Mi-
leto era un “*discípulo de Homero,?? y ciertamente
fué uno de los primitivos y más notables ““poetas
cíclicos.?? Su Aethiopis fué compuesto como una con-
tinuación de la llíada; y la estructura y carácter
general de sus poemas demuestran que tomó a la
Hlíada por modelo. Y no obstante, en este caso no
encontramos ni huella de esas disputas tan comunes
sobre la paternidad de otros *“poemas cíclicos.?? ¿A
qué se debe esto? ¿Por qué las obras de Arctino es-
caparon a la atracción ejercida por el nombre de Ho-
mero sobre otras épicas, tales como la €ypria, la Pe-
queña llíada, la Tebaida, los Epigones, la Toma de
Oechalia y el Phocais? La contestación más obvia es
que Arctino jamás fué tan olvidado para que sus
poemas llegasen a ser materia de disputa. A través
de él, podemos obtener una vislumbre de aquella pri-
mera edad post-homérica de Jonia, cuando los discí-
pulos inmediatos y sucesores de Homero eran ya figu-
ras discernibles en una tradición fidedigna—cuando
su individualidad no se había confundido: todavía en
el legendario Homero del ciclo épico.

RECITACION DE LOS POEMAS


La recitación de poesías épicas fué llamada en los
tiempos históricos “*rapsodia.”? La palabra “*rapso-
da?” es post-homérica, pero la conoció Píndaro, que

259
L Á Í L ] Α D A

da dos explicaciones diferentes de ella—'“'cantor de


versos unidos,”? y ““cantor eon vara.”” De las dos, la
primera es la correcta etimológicamente, aunque me-
jor podría deeirse “*zurcidor de versos;?” la segunda
fué sugerida por el hecho, del cual hay muy antiguas
pruebas, de que el recitador casi siempre sostenía en
la mano un báculo o rama de laurel, semejante al
cetro de las asambleas homéricas, en señal de su dere-
cho a que se le oyera.
La primer noticia sobre la rapsodia la encontramos
en Sicion, durante el reinado de Clistenes. (600-560
antes de J. C.), *“quien hizo callar a los rapsodas, a
eausa de que los poemas de Homero se referían sólo
a Argos y a los Argivos?”? (Hdt. V. 67.) Esta des-
cripción se aplica muy bien a la Ilíada, en la cual
se menciona a Argos y a los Argivos casi en cada
página. Puede agregárseles la Tebaida, y todavía
mejor; pero no es preciso referir el caso únicamente
a este poema, como lo hace Grote. La anécdota de-
muestra que en la sexta centuria antes de J. C. los
poemas del Homero jónico, en las regiones dóricas
del Peloponeso, habían ganado ya el influjo, la impor-
tancia nacional y el carácter casi canónico que nunca
perdieron después.
En Atenas una ley preseribió que los poemas homé-
ricos debían recitarse cada vez que se celebrasen las
Panateneas. Esta ley fué alabada como una gloria
singular de Atenas por el orador Licurgo (Leocr. 112).
Es posible, por tauto que la costumbre de las recita-
ciones públicas fuese excepcional, y por desgracia no
sabemos cuándo ni por quén fué establecida. El diá-
logo platónico Hiparco la atribuye a Hiparco, hijo
de Pisistrato. Esto, por otro respecto entra dentro de
la novela histórica en que dicho diálogo consiste

260
4 vis E Ν D 1 O E

principalmente. Acaso de propósito, el autor incurre


en error acerca de la familia de Pisistrato, sobre la
cual dá noticias Tucídides en un pasaje muy conoci-
do (VI. 54-59). En un punto, sin embargo, es válido
el testimonio del escritor. Nos habla de que la ley
requería que los rapsodas recitaran ““sucediéndose
uno a otro én orden, como todavía lo hacen.?? Esto
mismo lo afirma en forma distinta Diógenes Laercio,
cuando dice que Solón hizo una ley según la cual
los poemas debían ser recitados **con apuntador.?? No
puede establecerse una controversia entre Solón e Hi-
parco; mas, al menos, es claro que el orden de las
recitaciones estaba asegurado por la presencia de una
persona encargada de avisar a los rapsodas cuándo
debían empezar. Fué necesario, desde luego, dividir
el poema que iba a ser recitado en partes, y compeler
a cada rapsoda contendiente a tomar el fragmento que
se le fijaba. De otra manera, cada uno habría escogi-
do los pasajes preferidos.
La práctica de los poetas o rapsodas de contender
por el premio en los grandes festivales religiosos, tie-
ne considerable antigúedad, aunque aparentemente es
post-homérica. Ella se nos presenta con vívida fres-
cura en el Himno de Apolo (véase el pasaje arriba
mencionado), y en dos himnos a Afrodita (V. 1X). El
último de éstos puede seguramente señalarse como
perteneciente a Salamis en Chipre, y al festival de la
Afrodita Cipria, del mismo modo que el Himno a Apo-
lo pertenece a Delos y a la confederación Delia. La
primera huella de tales certámenes se encuentra en
la historia de Tamiris, el cantor tracio que se jactaba
de que podía competir con las musas en el canto 11.
II. 594,
Se ha insistido mucho sobre la existencia de uns

261 16... ὦ
L Á 1 L 1 A D A
familia o clan de homéridas en la isla de Chios. En
un sentido, parece seguirse de la existencia de seme-
jante familia, que Homero fué únicamente un epó-
nimo, o antepasado mítico; por otra parte, es fácil
imaginar que los poemas homéricos se trausmitían
oralmente, en una familia cuya ocupación heredita-
ria fuése recitarlos, y tal vez agregarles de tiempo en
tiempo nuevos episodios, o combinar sus materiales
en otras formas, según les permitiesen sus dotes poé-
ticas. Pero, aunque no hay razón para dudar de la
existencia de una familia de Homéridas, está muy
lejos de probarse que éstos tuvieran relación alguna
con la poesía homérica. La palabra la vemos por pri-
mera vez en Píndaro (Nem. 2. 2.), quien la aplica a
los rapsodas. Sobre esto, un escoliasta dice que el
nombre Homérida denotó al principio descendientes
de Homero, que cantaban sus poemas unos en pos
de otros; pero más tarde se aplicó también a los rap-
sodas que no pretendían descender de él. Añade que
hubo un rapsoda famoso, Cynaeto de Chios, a quien
se atribuye el Himno a Apolo, y que fué el primer
recitador do Homero en Syracusa, en la sexagésima
novena Olimpíada. Nada de esto establece conexión
entre los Homéridas y Chios. La afirmación del es-
coliasta es mera inferencia de la forma patronímica
de la palabra. Si ella prueba algo, es que Cynaeto,
que era nativo de Chios y rapsoda, no pretendía ser
descendiente de Homero. Además, nuestro conocimien-
to sobre los Homéridas de Chios procede principal-
mente del lexicón de Harpocratio, donde se nos in-
forma que Acusilao y Helanico se decían así llama-
dos por el nombre del poeta; lo que Seleuco con-
sideraba un error. Estrabon cuenta también que los
habitantes de Chios hacían de los Homéridas un ar-

262
ΝΕ ARES RI 3:
gumento en apoyo de sus pretensiones acerca de Ho-
mero. Estos Homéridas, pues, pertenecían a Chios,
pero no hay indicación de que fuésen rapsodas. Por
el contrario, Platón y otros escritores del Atica usan
la palabra incluyendo en su significado a los intérp1e-
tes y admiradores de Homero, en general a todos los
que tienen parentesco espiritual con él. Y aun cuan-
do oímos hablar de ““descendientes de Creofylo??”
como poseedores de los poemas homéricos, no hay
ninguna historia parecida respecto a los descendientes
del mismo Homero. Tales son las pruebas de las cuales
se han extraído tan diferentes deducciones.
El resultado de las noticias hasta ahora colectadas
nos demuestra que la historia primitiva de las reci-
taciones épicas consiste: 1) en pasajes de los himnos
homéricos que prueban que los poetas contendían por
el premio en los grandes festivales; 2) la mención
incidental en Herodoto de los rapsodas de Sición; y
3) una ley de Atenas de fecha desconocida, regla-
mentando la recitación en las Panateneas. Compa-
remos ahora estos datos con lo que aparece en los
poemas homéricos. La palabra **rapsoda””? aún no
existía; encontramos allí solamente la de “*“aeda,??
cantor, el cual no lleva una vara o rama de laurel,
sino la lira con que acompaña su *“canción.”” En la
Ilíada ni siquiera se encuentra este tipo del “*aeda.?””
Aquiles mismo es quien canta las historias de los
héroes en su tienda y Patroclo está esperando para
continuar a su turno el canto (11. IX. 191.) Tampoco
se nos dice nada de certámenes poéticos (con excep-
ción de la historia de Tamiris ya mencionada), ni
de la recitación de poesías épicas en las fiestas. La
Odisea nos ofrece la pintura de dos grandes mansio-
nes, cada una de las cuales tiene su ““aeda.”? El

263
L A ἰ L I Α D A
canto versa sobre algún tema de la guerra de Troya;
algún trozo escogido por el cantor mismo o por sus
oyentes. Femio complace a sus compañeros cantando
el calamitoso regreso de los griegos; Demodoco canta
la querella entre Odiseo y Aquiles y después la treta
del caballo de madera y la captura de Troya.
No es fácilmente creíble que el autor de la Odisea
haya sido un ““aeda*”” como los que él mismo des-
cribe. Las canciones de Femio y Demodoco son dema-
siado cortas y tienen además pronunciado aire de
improvisaciones. No es preciso suponer que la poesía
épica, por el tiempo a que pertenecen las deseripcio-
nes de la Odisea, estaba reducida únicamente al tipo
allí representado. Sin embargo, en algunos respectos,
las condiciones en que se hallaban los aedas en la
casa de un jefe como Odiseo o Aleinoo, guardaban
más armonía con el carácter de las poesías homéri-
cas que las de los certámenes rapsódicos. La subdi-
visión de un poema como la Ilíada o la Odisea entre
diferentes y de seguro desiguales recitadores, debe
haber sido dañosa para el efecto. La manera alta-
mente teatral de recitación creada por el espíritu de
rivalidad, y por el ejemplo de la escena, no puede
haber sido favorable al sereno movimiento del estilo
épico. No es en verdad seguro que fuese antigua la
costumbre de recitar. largos poemas por medio del
empleo de varios competidores; ni que ella prévale-
ciese en otras partes fuera de Atenas; pero como los
rapsodas eran numerosos, y el favor popular se fué
concentrando en toda Grecia alrededor de una o dos
grandes obras, debió convertirse en una necesidad.
Es imposible creer que este fuese el modo de recita-
ción previsto por el autor de la Ilíada o de la Odisea,
La diferencia consistente en sustituir el báculo o

204
Α Ρ Ε Ν D I O E
rama de laurel por la lira del acda homérico, es ligera,
aunque no insignificante. La recitación de los poemas
hesiódicos no fué al principio acompañada por la
lira; se decían, no se cantaban; y era natural que el
ejemplo se extendiese a los de Homero. Así, pues,
resulta difícil creer que los poemas homéricos fuesen
jamás “*cantados,”? hablando con todo rigor. Pode-
mos suponer que la lira, en manos del. poeta épico o
recitador, era en realidad un instrumento convencio-
nal, una “supervivencia?” de la época en que la poe-
sía narrativa tenía carácter lírico. Probablemente los
poetas de la escuela homérica—que se inspiraron en
guerras y aventuras—fueron los genuinos descendien-
tes de los cantores cuyos “*layes?” o ““baladas”? eran
la diversión en los festejos de la primitiva edad he-
roica; en tanto que las composiciones hesiódicas no
eran líricas por naturaleza, y si estaban en verso era
únicamente por ser ésta la forma universal de lite-
ratura. ;
Resulta, pues, que si nos imaginamos a Homero
como un cantor de una casa real de la edad homé-
rica, pero con mayor libertad en cuanto a los límites
de su materia, y un auditorio más tranquilo que el
que escucha en el rápido movimiento de la Odisea,
seguramente no estaremos muy lejos de la verdad.

EPOCA Y PATRIA DE HOMERO


Las referencias directas más antiguas a la Ilíada
y a la Odisea están en Herodoto, quien menciona a
ambos poemas (II. 53.) La cita de la Ilíada es inte-
resante porque la hace con objeto de demostrar que
Homero apoya la historia de los viajes de Paris a
Egipto y Sidón; (cuando el poema cíclico llamado
Cypria los desconocía); y también porque la rapsodia de

265
L Á Ϊ L ] Α D A
la Híada de donde proviene la cita es la llamada
““Aristeia de Diómedes.?? Esta era por consiguien-
te una parte reconocida del poema.
La primera mención del nombre de Homero se halla
en un fragmento del filósofo Xenófanes (del siglo
VI antes de J. C. o tal vez más antiguo), quien se
queja de las falsas nociones provenientes de la en-
señanza de Homero. El pasaje demuestra, no sólo que
Homero era popular en Colofón en los tiempos de Xe-
nófanes, sino también que el gran progreso moral y
de las ideas religiosas que llevó a Platón a desterrar
a Homero de su República, ya se había hecho sentir
en la época de los primeros filósofos ¡jonios.
A falta de testimonios exteriores, la época y la pa-
tria de los poemas homéricos pueden sólo ser deter-
minadas (si acaso), por indicaciones internas. Estas
son de dos clases: a), históricas, consistentes en la
comparación de las condiciones políticas y sociales: la
geografía, las instituciones, las costumbres, artes e
ideas de Homero con las otras épocas; b), induecio-
nes de lenguaje, consistentes en la comparación con
dialectos posteriores respecto a gramática y vocabu-
lario. A esto puede agregarse como incidentalmente
válida, e), la valiosa inferencia del influjo directo
ejercido por Homero sobre el desarrollo subsecuente
de la literatura y el arte.
a). La condición política de Grecia en los tiempos
primitivos que alcanza la historia, distan de la Grecia
de Homero un espacio difícilmente calculable. Las
grandes designaciones nacionales son distintas; en lu-
gar de Aqueos, Argivos, Dánaos, encontramos Hele-
nos, subdivididos en Dorios, Jonios y Eolios —nom-
bres desconocidos de Homero, o mencionados en tér-
minos más significativos que el silencio—. En el albor

966
ΝΠ ΙΕ ὃ ἢ
de la historia griega, Micenas no es ya el asiento del
imperio; nuevos estados, formas de gobierno y ci-
vilizaciones, han prosperado: Esparta, con su disci-
plina militar, Delfos con su supremacía religiosa, Mi.-
leto con su comercio e innúmeras colonias, Eolia y
Jonia, Sicilia y la Magna Grecia.
En tanto que el centro político de la Grecia homé-
rica está en Micenas, su centro real debe buscarse
en Beocia. El Catálogo de las Naves comienza por
Beocia; la lista de las ciudades beocias es mucho más
larga; y los dánaos se embarcan, no en la bahía de
Argos, sino en el puerto beocio de Aulide. Esta noto-
riedad no es debida a sus jefes, que son todos de
rango inferior. La importancia de Beocia para la ci-
vilización griega, más adelante está señalada por el an-
tiguo culto a las Musas en el monte Helicón, y el
hecho de que el beocio Hesicdo fuese el poeta más
remoto cuyo lugar de nacimiento se conoce. Próximos
a Beocia y los países circundantes, aparece que el
Peloponeso, Creta y Tesalia, eran los más importantes
lugares de la población griega.
En el Peloponeso el aspecto de las cosas estaba
completamente cambiado por la conquista dórica, de
la cual no hay trazas siquiera en Homero. Los únicos
dóricos conocidos por IHlomero son aquellos que la
Odisea menciona como moradores de Creta.
Las costas orientales del Egeo, que los datos histó-
ricos primitivos señalan como el asiento de una bri-
llante civilización, que hubo de ceder al avance de
los grandes imperios militares (Lidia y después Per-
sia), están casi en blanco en el mapa de Homero. [1
límite de las colonizaciones puede trazarse en el Ca-
tálogo, de Creta a Rodas, y comprende las islas ve-
cinas de Cos y Calimnos. La colonización de Rodas
£ «l Ἢ L ὶ Α D Α

por Tlepolemo es referida en la líada (II. 661 y 5168.)


y parece que marca el punto más lejano alcanzado en
la edad homérica. Entre Rodas y la Troada, Homero
no conoce sino una ciudad, Mileto, que es una aliada
caria de Troya, y la desembocadura de un río, el Cays-
tro. Aún las Cíclades —Naxos, Paros, Melos— son des-
conocidas en el mundo homérico. La preferencia de los
griegos por el Oeste para situar sus centros religiosos,
se nota en la mención de Dodona y del Zeus dodó-
nico, puestos en boca del tésalo Aquiles.
Al norte encontramos a los tracios, traídos a cuento
en las historias de Tamiris (en el canto 1]. 11 595),
y Licurgo, el enemigo del joven dios Dionisos (11. ΥἹ.
130). Aquí comienza el imperio Troyano. No aparece.
sin embargo, que los troyanos fueran cousidaridos
como pueblo de diferente idioma. Esto se dice ex-
plícitamente de los carios, y de los aliados troyanos
que fueron “fconvocados de muy lejos,?? y más bien
queda implícito lo contrario respecto de 'Proya misma.
El tipo mixto de gobierno descrito por Homero,
consistente en un rey asistido por un consejo de an-
cianos, y que somete todas las resoluciones impor-
tantes a la asamblea de los guerreros, no consta que
haya sido universal en las comunidades indo-europeas,
sino que prosperó en diferentes partes del mundo al
amparo de condiciones semejantes. El rey es el que
comanda en la guerra y su cargo probablemente debe
su existencia a las necesidades militares. No está in-
vestido de carácter sagrado. Había familias predo-
minantes que reclamaban para sí ascendencia divina,
entre las cuales, naturalmente, se escogían los reyes;
pero la propia habilidad de éstos para la guerra es
la causa esencial de su título. Se hace a un lado al
anciano Laertes; el joven Telémaco, no tiene buen

268
A Lg E N D I O E
éxito, a decir verdad. No están muy bien definidos
log derechos adherentes al oficio. Cada tribu de ejér-
cito, ante Troya, estaba mandada por su propio rey,
o reyes; pero Agamenón era superior a todos, ““más
rey”? que cualquier otro. La asamblea se convoca en tu-
das las ocasiones críticas, y su aprobación es el re-
curso último. Para prevalecer en ella, un rey necesita,
por consiguiente, tanta habilidad oratoria como capa-
cidad militar y arrojo. La división del botín inclusive,
no es hecha en la Ilíada por Agamenón, sino por los
““aqueos?”?” (Il. 1. 162, 368). El despojo hecho a Aqui-
les de Briseida, -fué un acto arbitrario, contra toda
regla y costumbre. El Consejo es más difícil de en-
tender. Los *“ancianos”? de la Ilíada son los mismos
“reyes”? subordinados; Agamenón los convoca a su
tienda y constituye con ellos un pequeño consejo de
nueve o diez personas. En Troya oímos hablar de los
ancianos del pueblo que acompañan a Príamo, y son
hombres que han pasado la edad del servicio militar.
También en Itaca hay ancianos que no han ido a Tro-
ya con el ejército. Puede creerse, en consecuencia, que
la reunión bajo la tienda de Agamenón era solamente
una copia o adaptación del verdadero “*consejo de
ancianos?”?”-constitucional, el cual, por su naturaleza,
debía componerse de hombres ya inhábiles para la
guerra. El palacio del rey, a juzgar por Tirinto y Mi-
cenas, estaba usualmente levantado en una elevación
fortificada o *“acrópolis;”? en los tiempos posteriores
de la democracia se reservó la acrópolis para los tem-
plos de los principales dioses,
El sacerdocio, en Homero, aparece vinculado a de-
terminados templos donde necesariamente, un minis-
tro está encargado de la guarda del sagrado recinto
y de los sacrificios ofrecidos dentro de él. Es casual,

269
L Á ί L / A D Α
de seguro, que no se nos diga nada respecto a sacer-
dotes en ltaca. Agamenón consuma por sí mismo los
sacrificios, no porque alguna dignidad sacerdotal estu Ὁ
viese agregada a su carácter real, sino simplemente
porque era ““el amo de su propia casa.??
El concepto de **ley”? es extraño a Homero. La pa-
labra le es desconocida, y los términos que usa signi-
fican solamente ““costumbre.”” Las funciones judicia-
les están encomendadas a los ancianos, quienes “*en-
tienden de litigios?” y “*dictan las sentencias.” En
ciertos asuntos, como la compensación en caso de ho-
micidio, es evidente que no había reglas, sino única-
mente un asentimiento creado por el uso y el hábito,
mediante el cual los parientes del asesinado convenían
voluntariamente en aceptar una reparación. La sen-
sación de angustia que sigue a la violación de la cos-
tumbre, lleva por nombre ““Nemesis,”? ¡justo des-
agrado.
Como no hay leyes en Homero, tampoco hay moral.
Es decir, no hay principios generales de acción, ni
palabras que indiquen que los actos han sido clasifi-
cados en buenos o malos, justo o injustos. Los *“sen-
timientos?”? morales existen necesariamente, y son
denotados por la palabra ““Aidos;?? pero las nume-
rosas significaciones de esta palabra —vergúenza, ve:
neración, piedad—, ponen de manifiesto cuán rudimen-
taria era dicha idea. Por lo que hace a la práctica,
encontramos el relato de actos crueles y alevosos, sin
la menor idea de que merecen censura. Los héroes
de Homero, en punto a moralidad, valen tanto como
los gigantes y encantadoras de los cuentos de hadas.
Las ideas religiosas de Homero difieren en algunas
materias importantes de las de la Grecia posterior.
El Apolo de la Ilíada tiene el carácter de una deidad

270
Α e -E Ν D 1 C E

asiática local, “que rige en Uhrysa y en la espléndida


Cilla y Ténedos.?? Puede comparársele al dios de Ca-
ria y de Licia, pero es diverso del Apolo de los tiem-
pos dóricos, el ““libertador”? que se manifiesta por
oráculos. Además, el culto de Dionysos, de Deméter
y Perséfone, es casi todo, o en absoluto, posterior a
Homero. La mayor diferencia, sin embargo, estriba
en la ausencia de todo culto a los héroes en el sistema
homérico; Cástor y Pólux, por ejemplo, son simples
hermanos de Helena, muertos antes de la expedición
a Troya (Il. 111. 243).
La táctica militar de Homero es la de una edad en
que el carro figuraba como la principal máquina de
combate. No se conoce la caballería, y las batallas se
deciden por las proezas de los jefes. El uso de la
trompeta vino también más tarde. Se ha supuesto que
el arte de la equitación era conocido en los tiempos
homéricos, porque se hacen comparaciones referentes
a él. Pero la equitación descrita (11. XV. 679) es una
mera exhibición de habilidad tal como la que vemos
en los cireos modernos. Y aunque Homero menciona
la trompeta (11. XVIII, 219), nada revela que fuese
usada, como en los tiempos históricos, para dar la
señal de la carga.
Las industrias capitales de los tiempos homéricos
son las del carpintero, o *“*“tecton;?* la del trabajador
del cuero, ““esquitotomos;?” del herrero o artesano
de los metales, ““calkeus,?? cuyas herramientas son el
martillo y las tenazas; y del alfarero, *““*kerameus;??”
también la hilandería y los tejidos, que ocupan a las
mujeres. Las bellas artes están representadas por la
escultura en relieve, la talla en madera y marfil, y
los bordados. La estatuaria aparece más tarde; este
arte ha de haber comenzado en el siglo VII, por el

271
L A I L E Á D A
tiempo en que Roeco de Samos inventó la fundición
de los metales. En general, como lo ha comprobado
A. S. Murray (Contemporary Review, vol. XXITI, p.
218), las artes homéricas no van más allá de la inten-
ción decorativa aplicada a los objetos de uso ordina-
rio, y en cuanto a estilo, las caracteriza una riqueza
y variedad de ornamentación que hace el más extraño
contraste con la simplicidad de los mejores períodos.
Es la obra, en suma, no de artistas, sino de hábiles
menestrales; el artista ideal es “*Dedalo,”? nombre
que implica habilidad mecánica e intrincada labor,
no belleza de dibujo.
Un arte de la mayor importancia nos resta. La
cuestión sobre si la escritura era conocida en tiempo
de Homero fué propuesta en la antigúedad, y ha sido
discutida con particular viveza desde la aparición de
los Prolegomena de Wolf. Sobre esto hemos de consi-
derar además de las indicaciones contenidas en los
poemas, los datos externos que poseemos en cuanto al
uso de la escritura en Grecia. Hoy ésta última clase
de comprobación es mucho más apreciable que en los
días de Wolf.
La más antigua muestra conocida del alfabeto grie-
go es la representada por las inscripciones de las islas
de Thera, Milo y Creta, las cuales se cree pertenecen
a la 40a. Olimpíada (620 antes de J. C.). La más
antigua aparición de un alfabeto jonio distinto, está
en la famosa inscripción de los mercenarios de Psam-
metico, en el Alto Egipto, respecto a la cual no hay
más duda sino sobre si este Psammetico fué el primero
o el segundo, y por consiguiente, si la inscripción debe
datarse en la 40a. o en la 47a. Olimpíada. En consi-
deración a que la diferencia de los dos alfabetos,
como la diferencia de dos dialectos, requiere el trans-

272
4 P E N D I O E
curso del tiempo y el uso popular, podemos muy bien
deducir que la escritura era perfectamente conocida
en Grecia aún antes del siglo VII antes de J. C.
La aparición de la composición en prosa en el si-
glo VI antes de J. C., marca la época en que la
memoria fué superada prácticamente por la escritura,
como medio de conservar las obras literarias, pues el
primer uso de las letras estuvo destinado a docu-
mentos cortos, tales como listas de nombres, tratados,
leyes, etc. Esta conclusión, sin embargo, no es en
modo alguno precisa. Es posible que en tiempos re-
lativamente cercanos, los poemas, no fuesen de ordi-
nario leídos, sino recitados de memoria. Pero el pro-
blema es: ¿desde qué tiempo debemos suponer que la
preservación de largos poemas se aseguró por medio
de copias escritas? Pues bien, sin referirse a los poe-
mas homéricos, que sin duda gozaban de ventajas
excepcionales por su fama y popularidad, encontramos
un cuerpo de obras literarias pertenecientes al siglo
VIII, antes de J. C., al cual es absolutamente inapli-
cable la teoría de la transmisión oral. Solamente en
el ciclo troyano, hallamos los dos poemas épicos de
Aretino, la Pequeña Ilíada de Lesques, la Cypria, y
los Nostoi. El ciclo tebano está representado por la
Tebaida, (la cual Calino, del siglo VIT, atribuye a
Homero) y los Epigones. Otros poemas épicos antiguos
—lo suficiente para haber pasado con el nombre de
Homero— son la Toma de Oechalia, y el Phocais,
Además, hay numerosas obras atribuídas a Hesiodo
y otros poetas de las escuelas didáctica, mitológica y
semi-histórica. Eumelo de Corinto, Cinaeton de Es-
parta, Agias de Trezena, y muchos más. La conserva-
ción de esta vasta producción literaria, no puede expli-
earse sino por medio de la escritura, la cual, por tanto,

273
L A ἰ L ἰ A D Α
debe haber estado en uso dos o más centurias antes
de que existiese cualquier literatura en prosa, digna de
consideración. Esto no es improbable por sí mismo.
La otra cuestión, o sea si la Ilíada y la Odisea fue-
ron originariamente escritas, es mucho más difícil. Las
pruebas externas no alcanzan tan lejos,
y la evidencia
resulta curiosamente indecisa. El único pasaje inter-
pretable como una referencia a la escritura, ocu-
rre en la historia de Belerofonte, contada por Glauco
en el libro VI de la Ilíada. Proeto, rey de Corinto,
envió a Belerofonte cerca de su suegro el rey da
Licia, y le dió “*“mortíferas señales,”? ““grabando en
un díptico muchas señales de destrucción de la vida,
y rogándole que lo entregase a su suegro, quien debía
hacerlo perecer.?? El rey de Licia preguntó a su
debido tiempo (al décimo día después de la “llegada
del huésped) porlo que traía, y entonces supo lo que
debía hacerse según la voluntad de Preto. En esta
relación no hay nada que demuestre con exactitud la
manera como estaba expresado el mensaje de Preto.
El uso de la escritura con el fin de corresponderse
entre ““huéspedes amigos?” es en realidad muy anti-
guo. Mommsen (Rom. Forsch. 1. 338) señala este uso
en los tratados, que son la más antigua clase de do-
cumentos públicos. Pero podemos suponer que signos
de cierto género —como las marcas con las cuales
los jefes griegos señalaban los lotes en las reparti-
ciones (1. VII. 175)—estuvieron en uso antes de
que la escritura fuése conocida. Cualquiera que fuése
el sistema de signos, debía de haber, a no dudarlo,
manera de recomendar a un amigo, y de avisar la
presencia de un enemigo. Por tanto, no hay dificultad
en admitir que el mensaje de Preto pudo enviarse sin

"274
Α Ὁ L N D 1 C E
la escritura alfabética. Pero por otra parte, no hay
tampoco razón para afirmar que así fuese.
Si el lenguaje de Homero es así de ambiguo en los
pasajes donde la escritura podría ser mencionada de
modo natural, no esperemos encontrar en otras partes
referencias más precisas. Se han aventurado hipóte-
sis fundándose en las descripciones de los ciegos aedas
de la Odisea, con sus canciones inspiradas directamen-
te por la Musa; en las invocaciones del pocta a las
Musas, en particular al comienzo del Catálogo; en el
Catálogo. mismo, el cual es una especie de documento
histórico puesto en verso para ayudar la memoria;
en aquél armador de la Odisea, que tiene ““buena me-
moria para recordar su cargamento”? etc. Puede con-
testarse, sin embargo, que en su totalidad esto es
tradicional, conservado desde los tiempos en que la
poesía no estaba escrita. No obstante, una cosa es
reconocer que una literatura sea esencialmente oral en
su forma, y característica de una edad en que se oía
más bien que se leía, y otra muy distinta sostener
que esa misma literatura se conservó únicamente por
transmisión oral.
El resultado de estas diversas consideraciones pa-
rece ser que la edad que podemos llamar homérica
—la edad que nos presentan con vívidos contornos la
Σᾶς y la Odiseca— se extiende más allá de los últi-
mos extremos a que podemos penetrar con auxilio de
la historia. Y si hemos de llegar a una conclusión
respecto a quién fué el autor (o autores) de los dos
poemas, ella será la de que todo ul debate entre las
ciudades de Eolia y Jonia, es ajeno a la respuesta.
El autor de la Hlíada, en último término, fué evidente-
mente un griego europeo, que vivió antes de la colo-
nización del Asia Menor; y las pretensiones de las

275
L A 1 L I A D A
ciudades asiáticas significan, no más, que en los días
de su prosperidad fueron el principal asiento de la
fama de Homero.

ESTRUCTURA DE LA ILIADA

El argumento de la Ilíada, como lo proclama su pri-


mer verso, es “14 cólera de Aquilos.”? El modo como
se desarrolla este argumento aparece en el sumario
siguiente, en el cual podemos distinguir: 1) el plan,
es decir el relato de la querella; 2) el curso princi-
pal de la guerra, que forma una especie de trama en
segundo término; y 3) los episodios secundarios.
1. Querella de Aquiles con Agamenón y el ejército
griego.—Agamenón, que ha sido obligado a restituir
a Criseida, que le había tocado en el botín, le quita
Briseida a Aquiles. Por esto Aquiles invoca a su ma-
dre, Tetis, quien obtiene de Zeus promesa de que los
troyanos triunfarán hasta que los griegos satisfagan
el honor de su hijo. Mientras tanto no toma Aquiles
parte en la guerra.
II. Un sueño, enviado por Zeus, persuade a Agame-
nón, de entrar en batalla con todo su ejército.
Su propósito de probar el estado de ánimo de su
ejército, casi lo lleva a su regreso.
Catálogo del ejército (probablemente adición pos-
terior). Revista troyana. Catálogo troyano.
III. Encuentro de los ejércitos.—Paris desafía a Me-
nelao.—Se concierta una tregua.
*“Teicoscopia,?? Helena, señala a Priamo los cau-
dillos griegos.
El duelo. Paris es salvado por Afrodita.
IV. Tregua rota por Pándaro.
Avance de los ejércitos.—Batalla.

276
Α y E Ν D 1 O E
V. Aristeia de Diomedes.—Su combate econ Afroái-
ta.—Encuentro con Glauco.—Visita de Héctor a la
ciudad, y su ofrecimiento de un peplo a Atenea.
Visita de Héctor a Paris —A Andrómaca.
Vil. Retorno de Héctor y Paris al campo de ba-
talla, ;
Duelo de Ayax y Héctor.
Tregua para enterrar log muertos.
Los griegos levantan un muro eu torno del cam-
pamento.
VIII. La batalla.—Los troyanos acampan en el
campo de batalla. '
ΙΧ. Agamenón envía una embajada por la noche a
Aquiles, ofreciéndole la restitución y satisfacciones
cabales.—Aquiles rehusa.
X. Doloneia.—Expedición nocturna de Odiseo y Dio-
medes (probablemente agregada más tarde.)
XI. Aristeia de Agamenón.Es herido.—Heridos
también Diomedes y Odiseo.
Aquiles envía a Antíloco en busea de noticias acer-
ca de Macaón.
XII. Asalto del muro.—Los troyanos llegan hasta
las naves.
XIII. Zeus deja de mirar el campo.—Poseidón se-
cretamente acude en auxilio de los griegos.
XIV. Sueño de Zeus por el artificio de Hera.
XV. Zeus despierta.—Restaura la ventaja a los tro-
yanos.—Ayax defiende, él solo, las naves.
XVI. Aquiles se deja convencer y envía a Patroclo
a la lucha.—Patroclo derrota a los troyanos.—Mata
a Sarpedón.—Es matado por Héctor.
XVII. Combate alrededor del cuerpo de Patrocio.
—Aristeia de Menelao.
XVIII. La noticia de la muerte de Patroclo es lle-

277 17...11
b Α E EX y Α D Α
vada a Aquilos.—Tetis lo visita con las Nereidas.—Le
promete obtener para él de Hefestos una nueva arma-
dura. Descripción del escudo de Aquiles.
XIX, Reconciliación de Aquiles.—Su dolor y degeo
do vengar a Patroclo.
XX. Los dioses descienden al campo.—Combate de
Aquiles contra Eneas y Héctor; éste escapa.
XXI, El Escamandro es obstruído por la matanza. .
—Sale de madre y acomete a Aquiles, a quien salva
Hefestos.
XXII. Héctor solo hace frente a Aquiles.—Su fuga
alrededor de las murallas.—Su muerte.
XXITII. Exequias de Patroclo.—Juegos funerales.
XXIV. Príamo rescata el cuerpo de Héctor.—Sus
funerales.
He aquí la ““acción”” que en opinión de Aristóteles
demuestra la superioridad de Homero sobre todos los
demás poetas épicos. Mas la comprobación de que
este esquema fuése la obra de un gran poeta no de-
pende únicamente de la unidad artística que excitaba
la admiración de Aristóteles. Se concibe que varios
““layes?? separados puedan ser arreglados y enlaza-
dos por una persona de dotes poéticas, de manera
que satisfaga a todas las exigencias. En tal caso, los
pasajes que sirven para unir serán siempre flojos y
débiles. Precisamente, en la Ilíada tales partes son lo
más hermoso y característico. El elemento de conexión
y unidad es el relato de “414 cólera de Aquiles;?” y
basta leer las rapsodias que se refieren a esa cólera
para convencerse de que son esenciales en la obra.
Aun rechazando el libro noveno (como propone Grote)
quedan los discursos de la primera rapsodia y de la
sexta y novena.
v

Estos discursos constituyen los puntos cardinales

278
Ὁ. E Ν D I O E
eu la acción de la llíada; la armazón sobre la cual
está tejido todo lo demás; y el mejor timbre de la
gloria de Homero.
Además, resta una cuestión ulterior—¿qué trozos
narratitvos cortos, con todas las condiciones de poe-
mas independientes, ba logrado Lachmann extraer de
la actual HMlíada? Precisa reconocer que cuando trató
de hacer esta prueba, sus ““layes”” fracasaron en ge-
neral. La ““querella de los jefes,” la ““revista del
ejército,?? el ““duelo de Paris y Menelao,”? etc., son
excelentes comienzos, pero carecen de conclusión satis-
factoria. La razón no es preciso buscarla muy lejos:
la Tlíada no es una historia, ni una serie de incidentes
de la historia del sitio. Gira íntegra sobre un solo
incidente, que ocurre durante unos pocos días no más.
Los varios episodios del poema no son otras tantas
historias distintas, con su interés propio cada una de
ellas. Son sólo partes de un sólo acontecimiento prin-
cipal. En consecuencia, el tipo de poema épico que se
formaría por la reunión de varios “*layes,”” no es el
mismo que contemplamos en la llíada. Más bien di-
remos que la Ilíada es un “lay?” solo, que se ha en-
sanchado con el crecimiento del arte poético hasta
alcanzar las dimensiones de un poema épico.
El núcleo primitivo y parte de los incidentes son tal
vez obra de un sólo gran poeta y acaso otros episodios
de diverso autor han sido interpolados en el poema
en tiempos posteriores. Varias teorías se han apoyado
en esta suposición. Grote, en particular sostiene que
el poema original, que él llama la Aquileia, no incluía
los libros 11, VII, 1X, X, XIIT y XIV. Esta teoría pue-
de ser defendida en la forma siguiente:
De los libros que relatan los sucesos ocurridos du-
rante la ausencia de Aquiles de las filas griegas (II

279
L Á ] L 1 Α D A
a XV), los últimos cinco están relacionados directa-
mente con la acción principal. En ellos se describen
las etapas sucesivas por las cuales los griegos fon
rechazados primero de la llanura a las fortificaciones y
después a sus bajeles. Sobre todo, tres héroes princi-
pales, Agamenón, Diomedes y Odiseo, están heridos y
ésta circunstancia, como Laichmann mismo lo admite.
no es olvidada en ningún punto. Otra cosa sucede en
los primeros libros (especialmente 11 a VIL). Los inci-
dentes capitales en esta parte del poema, la retirada
en desorden a los bajeles, los duelos de Paris y Me-
nelao, y de Héctor y Ayax, la Aristeia de Diomedes,
no guardan relación con la idea principal del poema
que es la promesa hecha por Zeus a Tetis Es cier-
to que en los libros XI[I y XIV el propósito de Zeus se
encuentra temporalmente desviado por otros dioses;
pero en los libros II y VII no hay tanta oposición
como ignorancia de él. Además, en adelante los hechos
se suceden sin conexión completa precisa. La tregua
de la rapsodia 111 es quebrantada por Pándaro, y
Agamenón atraviesa las filas griegas profiriendo pa-
labras de aliento, pero sin una alusión a la traición
acabada de cometer. La Aristeia de Diomedes termi-
na a la mitad de la rapsodia VI; domina la trama
posterior hasta el verso 311; pero de aquí adelante
esta principalía es olvidada al referir los encuentros
de Héctor con Helena y Andrómaca y también en
el libro VII cuando Héctor desafía a los jefes grie-
gos. Por otros respectos, algunos incidentes son más
propios del comienzo de la guerra. El gozo de Menelao
al ver a Paris, la ignorancia de Príamo en cuanto a
los caudillos griegos, las arengas de Agamenón en su
revista del ejército (en el libro 1V), la construcción
del muro; todo esto corresponde al reciente desembar-

280
.

Α ων» E δ D } O E

co de los griegos, pero resulta impropio en el noveno


año de sitio.
Desde otro punto de vista, se puede decir, el libro
IT se abre con una referencia directa a los acontecimien-
tos del primero y la mención de Aquiles en lo que dice
Tersites (11. 239) es suficiente para no perder el hilo
de los sucesos. El Catálogo está conectado con lo de-
más del poema por los versos referentes a Aquiles
(686—649). Cuando Diomedes está dando cima a su
Aristeia, Heleno dice (II. VI. 99), “*nosotros no te-
meríamos ni siquiera a Aquiles.?? Y cuando, en el
libro 111, Príamo interroga a Helena respecto a los
caudillos griegos, o cuando en el libro VIL, nueve
campeones se adelantan a combatir con Héctor, la
falta del más grande de los héroes se deja sentir lo bas-
tante. ¿Si estos pasajes no pertenecen al tiempo de
““la cólera de Aquiles,”? cómo podría hacerse notar
mejor su ausencia?
También la falta de unidad y ensamblamiento que
puede verse en esta parte de la Ilíada, tendría otras
causas que no son la diversidad de fecha o de autor.
Un poeta nacional como el de la Tlíada no siempre
puede escoger o arreglar su asunto conforme a su ex-
clusiva voluntad. Está limitado por las tradiciones de
su arte y por los sentimientos y aspiraciones de su
público. El poeta que introdujo la hazaña de Diomedes
en la Híada, tuvo sin duda sus razones para hacerlo,
razones igualmente fuertes, ya se tratase del autor
de la Aquileia, o de un homérida o rapsoda posterior
Y si alguno de los incidentes (los de la rapsodida III
en particular) parecen pertenecer al comienzo de la
guerra, ha de considerarse que, poéticamente y para
los oyentes de la Ilíada, la guerra comienza en la 1ap-
sodia 11I y csos incidentes son de tal género como

281
2 Α δ ἐν 4 l Α D Á
los requiere el lugar. La tregua es una pausa que lleva
al colmo el interés de la inminente batalla; el duelo
y los sucesos de la muralla son inmejorables para ha-
cernos conocer a los principales caracteres en escena
y familiarizarnos con su historia anterior. Lo que se
refiere a Paris y Helena en particular, y a la marcha
general de los asuntos en Troya, se nos presenta con
un colorido admirablemente vivo. La rapsodia, en
suma, forma un prólogo tan excelente a la acción de
la guerra, que es muy difícil equivocarnos si no lo
atribuímos al genio que concibió el resto de la Ilíada.
El caso de las rapsodias restantes, es de especie di-
ferente. La novena y la décima resultan ser dos des-
cripciones independientes de la noche que precedió
a la gran batalla de las rapsodias XI a XVII. Cual-
quiera de ellas basta para llenar el espacio en el es-
quema de Homero; y ocurre la sospecha (como cuando
dos diálogos de Platón llevan el mismo nombre) de
que si uno de ellos hubiese sido genuinp, el otro no
habría aparecido.
Si uno de los dos ha de rechazarse, será el décimo,
que es en verdad el menos homérico. En él se relata una
pintoresca aventura, concebida con el espíritu más pró-
ximo a la comedia que cualquiera otra parte de la Ilíada.
Además, el lenguaje exhibe trazas, en varios puntos, de
ser de fecha post-homérica. La rapsodia novena fué,
por otra parte, rechazada por Grote, fundándose prin-
cipalmente en que la embajada de Aquiles debería
haber puesto fin a la querella, y que eg ignorada
en pasajes posteriores, con particularidad en las pa-
labras de Aquiles (XI. 609; XVI. 72, 85). Su argu-
mento, en definitiva, queda para nosotros como una
mera suposición que podemos tener presente en la
lectura de la Tllíada; mas no justificado por el lengua-

282
Α P E N D 1 σ E
je, puesto que no hay satisfacción alguna exigida
por Aquiles o que debiez1a acordársele, según las cos-
tumbres y sentimientos de la época. Pero en la Ilíada
lo esencial consiste en la cólera de Aquiles, que no
puede ser apaciguada sino por la derrota y el peli-
gro extremo de los griegos. Aquiles está dominado
por sus propias pasiones, con exclusión de cualquier
otro sentimiento. Por tanto, en la rapsodia novena,
cuando aquéllos están protegidos todavía por las for-
tificaciones, él rechaza igualmente los dones y las pa-
labras lisonjeras; en la décimosexta se conmueve
por las lágrimas y súplicas de Patroclo, y por la
vista de los bajeles griegos incendiados; en la décimo-
novena, su cólera se transforma en dolor. Pero no
pone condiciones, ya al desechar los ofrecimientos
de la embajada, ya cuando retorna al ejército grie-
go. Y esta conducta es el resultado, no sólo de su
fiereza y carácter inexorable, sino también. (como lo
maniñesta el silencio de Homero), de la falta de toda
clase de reglas o principios generales aplicables, de
cualquier código de moral o de honor, que le hubiese
exigido comportarse de otra manera.
Finalmente, Grote objeta las dos últimas rapso-
dias por prolongar la acción de la Ilíada más allá de
lo necesario en un esquema coherente. De las dos, la
que puede suprimirse más fácilmente, sería la XXITI.
Su lenguaje, y aun su estilo y tono general, son del
mismo género de la rapsodia X; en tanto que la XXIV
muestra semejanza en la vena patética con la IX,
y lo mismo que ésta, revela nuevos aspectos del ca-
rácter de Aquiles.
El doctor E. Kammer, con razones muy poderosas,
duda de la autenticidad de la descripción del duelo
entre Aquiles y Eneas, en el libro XX (79-352). Este

283
1, Α I L 1 Α D Á
incidente, en verdad, tiene muy poea relación con el
movimiento vehemente de tal parte del poema, y en
especial con el momento en que Aquiles retorna al
campo, deseoso de encontrar a Héctor y vengar la
muerte de su amigo. La interpolación, si la hay, se
debió probablemente a intereses locales; ella contie-
ne la conocida profecía de que los descendientes de
Eneas han de gobernar a los troyanos, anunciando
pues el advenimiento de una dinastía de Encadas en
Troada. También la leyenda de Aquiles en el Himno
a Afrodita, es evidentemente local; y Eneas llega a
adquirir preeminencia en los poemas épicos poste-
riores, como la Cypria y el Hlióu Persis de Arctino.

ESTRUCTURA DE LA ODISEA
En la Odisea, lo mismo que en la Hlíada, los sucesos
relatados ocurren em corto espacio de tiempo. La
dificultad de adaptar las prolongadas peregrinaciones
de Odiseo a un plan semejante, ha sido allanada por
medio del expediente —por primera vez encontrado en
esta obra— de hacer que el héroe mismo cuente sus
aventuras. Con este propósito, la acción está hecha
para comenzar inmediatamente antes del actual re-
torno de Odiseo. Con antelación a su regreso a ltaca,
aquélla se mueve en tres escenarios distintos: segui-
mos las fortunas de Odiseo, el viaje de Telémaco al
Peloponeso, y a Penélope con sus pretendientes. El are
con que han sido tramados estos hilos fué reconocido
hasta por Wolf, quien admitió la dificultad de apli-
car su teoría a la ““admirabilis summa et compages??
del poema. De los ensayos, relativamente. poces que
se han hecho para analizar la Odisea, el más sereno
e interesante es el del profesor A. Kirchhoff, de Berlín.
Según Kirchhoff, la Odisea tal como la poseemos,

231
Á E E Ν D 1 C E
es el resultado de una serie de adiciones hechas a un
núcleo original. Hubo al principio un **Retorno de
Odiseo”? que contenía principalmente las aventuras
del Cíelope, Calipso y los Feacios; luego, las escenas
situadas en Itaca, que comprenden la totalidad de las
rapsodias XIII a XXIUI. El poema así formado fué
ampliado entre las 30a. y 502. Olimpíadas, con los
relatos de las rapsodias X a XII (Circe, las Sirenas,
Scila, etc.), y las aventuras de 'Telémaco. Por úitimo,
algunos pasajes fueron interpelados en tiempo de Pi-
sistrato.
La prueba de que las escenas que se suceden en
Itaca son debidas a mano posterior de la del primi-
tivo *““Retorno,?” se funda substancialmente en la con-
tradicción discutida por Kirchhoff en su sexta diser-
tación (pp. 135 y sigs. Ed. 1869). A veces Odiseo
aparece viejo y agotado por las penalidades, tanto
que Penépole, por ejemplo, no puede reconocerlo; en
otras se halla, de cierto, en la flor del vigor heroico,
y su aspecto de viejo miserable se debe a la vara
de Palas Atenea. La primera de estas representacio-
nes, es evidentemente la natural, si se considera los
veinte largos años, pletóricos de sucesos, que han trans-
currido; la segunda, sostiene Kirchhoff, es la del
Odiseo en la isla de Calipso y la corte feacia. Con-
eluye, por tanto, que el avejentado Odiseo pertenece
a la ““continuación”? (el cambio producido por la
vara de Atenea no es sino una estratagema para con-
ciliar los dos estados) y de aquí que la continuación
sea obra de diferente autor.
Muy -ingenioso es esto, pero la tesis de Kirchhoff
está levantada sobre deleznable terreno. Los pasajes
que describen la apariencia de Odiseo en la segunda
parte de la obra, no dan %o3 representaciones de él.

285
L Α Ι L 1 Α D Α
A veces Atenea lo disfraza de mendigo decrépito, a
veces le confiere sobrenatural belleza y vigor.
Hemos de admitir que no se nos indica el tiempo
que duran los efectos de estos cambios; pero ninguno
corresponde a su presencia natural, a aquella con que
lo imaginamos en los primeros libros. En el palacio
de Alcinoo, por ejemplo, se dice que él está lléno de
vigor, pero ““trabajado por muchas desgracias?” (Od.
VIII. 137); y esto concuerda con las escenas del re-
conocimiento en la terminación del poema.
Los argumentos con que Kirchhoff trata de probar
que las historias de las rapsodias X a XII son bas-
tante tardías respecto de las de la rapsodia IX, no
son más convincentes. Hace notar algún parecido en-
tre estos tres libros y las fábulas de los Argonautas,
entre otras cosas, por el hecho de que cierta fuente
Artacia aparezca en ambos. En la historia argonáuti-
ca esta fuente se encuentra situada en el vecindario
de Cyzico, y ha sido identificada en tiempos histó-
ricos. Kirchhoff arguye que la Artacia de la leyenda
argonáutica debe de haber sido tomada de la Artacia
real, y la Artacia de la Odisea, de la historia argo-
náutica. Como Cyzico fué fundada por colonos pro-
cedentes de Mileto, infiere que ambos pasajes de las
historias deben de ser relativamente tardíos. Es más
probable, con seguridad, que el nombre Artacia se
presentase independientemente, como ocurre con otros
muchos términos geográficos, en más de un lugar
Puede ser también que la Artacia de la Odisea sugi-
riese el nombre a los colonos de Cyzico, y de aquí
lo adoptasen las variaciones de las fábulas argonáu-
ticas. El otro argumento de que los *“*“Nostoi”” hablan
de un hijo de Calipso y de Odiseo, pero no se refie-
ren a ningún hijo de Circe, y en consecuencia, que

286
Α » Ε Ν D 1 σ Ε
Circe no era conocida para el poeta de los **Nostoi,””
queda, en primer lugar, como una alteración conje-
tural de Eustacio, y además tiene toda la debili-
dad de un argumento que proviene de omisión, a
la que se añade la incertidumbre de nuestro superficial
conocimiento, del autor cuyo silencio se alega. Final-
mente, cuando Kirchhoff halla las trazas, en los li-
bros X a XII, de cosas dichas originalmente por el
poeta mismo, en lugar de estar en boca de su héroe,
es fácil comprender que descuidos de este género ocu-
rren siempre que una historia ficticia se quiere vaciar
en forma autobiográfica.
Los análisis hechos con el refinamiento que caracte-
riza a los de Kirchhoff, son siempre instructivos, y su
libro contiene observaciones muy justas; pero es
imposible admitir sus conclusiones principales. Y po-
demos inferir que, acaso ningún ensayo similnar tendrá
buen éxito. No se sigue de esto que la Odisea esté libre
de interpolaciones. La Nekuia de la rapsodia X1 puede
ser posterior, como lo afirma Lauer, o contener adi-
ciones fácilmente insertables en una descripción de
tal especie. El último tfibro, como lo creyeron los
antiguos críticos, acaso es de otra mano. Pero la uni-
dad de la Odisea como obra completa, está más allá
de los elementos de análisis de que dispone la crítica.

CORIZONTES

Resuelta la cuestión sobre si cada uno de los gran-


des poemas homéricos es, en su totalidad, o en su
parte principal, obra de un solo poeta, aun resta un
tema de controversia que ha inquietado tanto a los
antiguos como a los modernos: ¿fueron compuestos
por el mismo poeta? Dos gramáticcos antiguos, Xeno

287
L Á 1 L 1 Á D Α

y Helanico fueron llamados ““los separadores?” (60-


rizontes); y Aristarco parece haber escrito un trata-
do contra su herejía. En la época moderna varios
grandes críticos se han puesto del lado de los “*eo-
rizontes.??
Si, como ha sido establecido en las páginas prece-
dentes, las pruebas objetivas sobre Homero no son
apreciables, el problema en que ahora nos ocupamos
puede plantearse en la forma siguiente: dados dos
poemas, de los cuales nada se sabe, excepto que son
de la misma escuela poética, ¿qué probabilidad hay de
que pertenezcan al mismo autor? Podemos hacer
un excelente paralelo, cogiendo al azar dos obras de
grandes autores trágicos. Es natural que la obliga-
ción de la prueba pase sobre aquéllos que sostienen
la paternidad común.
Los argumentos usados en esta discusión, han sido
de muy diverso valor. Los antiguos Corizontes ob-
servaban que el mensajero de Zeus es Iris en la Ilíada
y Hermes en la Odisea; que la mujer de Hefestos es
una de las Karites en la Ilíada, y Afrodita en la Odi-
sea; que los héroes de la Ilíada no comen pescado;
que Creta tiene un centenar de ciudades según la
Ilíada, y sólo noventa según la Odisea; que proparoite
designa en la Ilíada lugar y en la Odisea tiempo, etc.
Escoliastas modernos han adicionado esa lista, hacien-
do cuidadosas comparaciones respecto a vocabulario
y formas gramaticales entre los dos poemas. Nada
tan difícil como hacer la estimación de tales datos.
La diferencia de tema entre las dos obras es tan
grande, que ella acarrea necesariamente notables di-
ferencias de pormenor, especialmente respecto a vo-
cabulario. Por ejemplo, la palabra fobos, que en Ho-
mero significa *“fuga en la batalla,*” no “*miedo,”?”

288
Α P É N D i O E

aparece treinta y nueve veces en la lilada y una vez


no más en la Odisea; pero en la Odisea no hay comba-
tes. El verbo regnumi, *““quebrar,?” aparece cuarenta
y ocho veces en la Ilíada y una sola en la Odisea; pero
la razón es que se usa constantemente para denotar la
ruptura de la armadura de un adversario, las puer-
tas de una ciudad, las filas enemigas, etc. También
la palabra skotos, ““sombra,?? ocurre catorce veces en
la Ilíada y una en la Odisea; pero cada una de las
catorce veces se usa por la obscuridad que cubre los
ojos de los guerreros moribundos. De otro lado, si
palabras tales como asamintos, ““un baño,?” cernips,
“Cuna jofaina para las manos,” lesqué, ““lugar para
juntarse y conversar,?? etc., son peculiares a la Odi-
sea, sólo debemos recordar que las escenas de la
Ilíada son a campo raso o bajo una tienda. Estos
ejemplos muestran que prueban poco los datos del
número de veces que ocurren las palabras, y que de-
bemos comenzar por considerar la materia y el ca-
rácter de cada poema. Al hacerlo así, en seguida nos
encontramos ante diferencias muy notables. La Ilíada
es una obra de tono y carácter históricos mucho
mejor definidos. La escena del poema es un sitio real,
y el poeta canta. (como dice Odiseo o Demódoco),
como si hubiese estado él mismo presente a los he-
chos, o los hubiese escuchado de algún testigo pre-
sencial. El elemento sobrenatural está limitado a una
intervención de los dioses, que apenas conturba la 60-
rriente natural de los sucesos. Por el contrario, la
Odisea está llena de cosas mágicas y románticas,
““speciosa miracula,”” como las llama Horacio. Además,
estas maravillas, que en su forma original son tan
viejas, sin duda, como cualquiera de las de la Jlíada,
desde luego que son parte del vasto conjunto de cuen-

289
τὰ Ιαἢ ΕΣ
tos populares (márchen) difundidos por todo el
mundo, están mezcladas en la Odisea con los héroes
de la guerra troyana. Esto se ha hecho notar parti-
cularmente respecto de la historia de Polifemo, en-
contrada en muchos países y en versiones que no
pueden ser derivadas de Homero. W. Grimm anota que
la conducta de Odiseo en esta historia es insensata,
casi de loco, lo más opuesto a la sabiduría y cons-
tancia del Odiseo de la guerra troyana. La razón es
simple: éste no es el Odiseo de la guerra troyana,
sino un sér del mismo mundo de Polifemo, el mundo
de los gigantes y los ogros. La cuestión cambia en-
tonces: ¿cuánto tiempo debió de ser familiar el nom-
bre de Odiseo en la leyenda (saga) de Troya, antes '
de ingresar a los cuentos de gigantes y ogros (már-
chen) donde lo encontró el poeta de la Odisea?
Además, la leyenda troyana misma se acrece entre
la época de la Ilíada y de la Odisea. La historia del
caballo de madera, no sólo es desconocida en la Ilía-
da, sino que no puede creerse que el autor de ésta
la hubiese aceptado. La intervención de Neptolemo,
también parece adición posterior. La tendencia a am-
plificar y completar la historia, se hace más palpa-
ble todavía en los poetas cíclicos. Entre la Ilíada y
éllos, la Odisea ocupa, pues, el lugar intermedio.
Este cambio grande y significativo en la manera
de tratar las leyendas heroicas, se acompaña con nu- ᾿
merosas diferencias secundarias (tales como las anota-
das por los antiguos), en cuanto a creencias, costum-
bres, instituciones e idioma. Tales diferencias nos
hacen deducir que la Odisea pertenece a una época
más tardía. El progreso del pensamiento se muestra
especialmente en las ideas más elevadas que se tie-
nen respecto a los dioses. La turbulenta corte del

290
Á P E Ν D LA ΤΣ 2

Olimpo ha casi desaparecido. Zeus ha adquirido el


carácter de una suprema autoridad moral, y aunque
Atenea y Poseidón ejercen influencias contrarias en
el poema, se evita cuidadosamente el caso de una
contienda directa entre ambos. El avance de la mo-
ralidad aparece en el uso más frecuente de los tér-
minos **justo?” dikaios, ““piedad”” osin, ““insolencia””
ubris, ““dios temible?” teoudes, *““puro?? agunos; y tam-
bién en el plan mismo del cuento, que es un conflicto
entre el derecho y la injusticia. En lo relacionado con
las artes domésticas es aventurado insistir en el si-
lencio de la llíada. Podemos notar, sin embargo, la
diferencia entre la casa de Príamo, rodeada de dis-
tintas habitaciones para sus numerosos hijos. y las
casas de Odiseo y Alcinoo, que contenían mucius cá-
maras bajo un solo techo. La ausencia del cantor
—tan prominente figura en la Odisea—, es difícil de
explicar en la Ilíada, sólo porque ésta se desarrolla
en pleno campo.

ESTILO DE HOMERO
Réstanos decir algunas palabras sobre el estilo y
carácter general de los poemas homéricos, y las com-
paraciones que nos es permitido hacer entre ellos y
las poesías análogas de otros países.
Las cualidades cardinales del estilo homérico, han si-
do fijadas de una vez por todas, por Mattew A1nold
““El traductor de Homero—dice—debe, sobre todo, cor:-
penetrarse con las cuatro cualidades esenciales de su
autor: que éste es eminentemente rápido; sencillo y
directo en absoluto, lo mismo en el giro de su pen-
samiento que en la expresión de él, esto es, igual-
mente en la sintaxis que en las palabras; que es emi-
nentemente sencillo y directo en la sustancia de su

291
L Á Ϊ L 1 Á D Α
pensamiento, es decir, en la materia y en las ideas; y
por último, que es noble en grado sumo.”” (Sobre la tra-
ducción de Homero. p. 9.)
La rapidez peculiar de Homero, es debida en mu-
cho al uso del verso hexámetro. En las literaturas
primitivas es un rasgo característico que la evolución
del pensamiento, o sea la forma gramatical de la
proposición se guía por la estructura del verso;
la correspondencia que se obtiene de consiguiente en-
tre el ritmo y la gramática —produciéndose el pensa-
miento por medidas iguales, divididas a su vez por
pausas uniformemente tolerables—da por resultado un
suave movimiento fluyente, tal como raramente se en-
cuentra cuando el período ha sido construído sin re-
ferencia directa al metro. Homero posee esta rapidez
sin caer en las faltas correspondientes, sin llegar a
ser fatigoso ni monótono, y esa es la mejor prueba
quizás de su habilidad poética no igualada. La senci-
llez y modo directo, lo mismo de pensamiento que de
expresión, que caracterizan a Homero, eran, a no du-
darlo, cualidades de su tiempo; pero el autor de la
Ilíada (lo mismo que Voltaire, con quien Arnold hace
una comparación feliz), debe de haber poseído las
dotes nacionales en grado superlativo. La Odisea, en
este respecto, está perceptiblemente debajo del nivel
de la Ilíada.
La rapidez o facilidad de movimiento, sencillez del
pensamiento y de la expresión, no son ciertamente
las cualidades que distinguen. a los grandes épicos,
Virgilio, Dante, Milton. Por el contrario, éstos pue-
den clasificarse mejor dentro de otra escuela épico-
lírica más humilde que ha intentado con tanta fre-
cuencia reivindicar para sí a Homero. La prueba de
que Ilomero no pertenece a esta escuela, de que su

292
ΝΥ
RAS: PA O JA. AR >
poesía no es en ningún sentido verdadero ““balada
poética,”? nos la suministra la suprema estructura ar-
tística de sus poemas, ya demostrada, y en cuaito al
estilo, por la cuarta de las cualidades que señala Ar-
nold: la nobleza. Es un noble y elevado estilo,
sostenido al través de todas las variaciones de idea
y situación, lo que, en último término, separa a Ho-
mero de todas las formas de ““poesía de baladas?” y
““épica popular.??”
Pero en tanto que nos mantenemos en guardia con-
tra ese error común, hemos de reconocer la conexión
histórica existente entre los dos grandes poemas ho-
méricos y la literatura de baladas que los precedió
en Grecia. Y aun tenemos que admitir que el suave
y fluído movimiento y la simplicidad de ideas y de
estilo que admiramos en la Ilíada, son herencia de los
primitivos **layes,?? los clea andron de la especie de
los que Aquiles y, Patroclo cantan acompañados de la
lira en su tienda. El metro inclusive, verso hexáme-
tro, puede ser asignado a ellos. Pero entre estos la-
yes y Homero, ha de situarse la aparición de la poe-
sía épica como un arte. Los layes pro-homéricos
aportaron, sin duda, los elementos de dicha poesía, el
alfabeto, por decirlo así, del arte: pero necesaria-
mente han debido ser refinados y trarsmutados antes
de lograr formar poemas como la Ilíada y la Odisea.
Un ejemplo ilustrará mejor esto: en la escena de
las murallas de Troya, rapsodia tercera de la Ilíada,
después que Helena ha señalado a Agamenón, Odiseo
y Ayax, contestando las preguntas de Príamo, se
adelanta a señalar a Idomeneo, sobre el cual no ha
sido interrogada. Lachmann, preocupado siempre por
las baladas, se apresura a decir que esto es irregular.
““La inhábil transición de Ayax a Idomeneo, sobre

293 18.—1I
,
Ἀπ πὰ Lab πψππα
quien no se ha hecho ninguna pregunta”? no puede
atribuirla al autor original del lay (Betrachtungen,
p. 15, ed. 1865). Mas, como lo ha hecho notar A. RÚ-
mer, esto es precisamente lo que un poeta podía hacer
para modificar el primitivo sistema de las baladas,
consistente en preguntas y respuestas; y, más que to-
do, ese procedimiento constituye la transición a los
versos sobre los Dioscuros, con los cuales se cierra la
escena de una manera tan encantadora.

ANATLOGIAS
El desenvolvimiento de la poesía épica, propiamen-
te tal, procedente de las canciones orales o baladas
de un país, es un proceso que rara vez puede ser
observado, por la naturaleza misma de las cosas. Pa-
rece comprobado, no obstante, que la hipótesis de que
poemas épicos, tales como la Ilíada y la Odisea, han
sido formados por la reunión o el arreglo de un nú-
mero de poemas cortos, no resiste a la analogía.
Poesía narrativa de gran interés, se encuentra en
varios países (Servia, por ejemplo), sin que nunca
haya alcanzado la condición épica. En Escandinavia,
Lituania y Rusia, según observa Gastón Paris (Histo-
ria Poética de Carlo Magno, p. 9), las canciones na-
cionales se han estacionado en una forma intermedia
entre la poesía contemporánea y la épica. Los verda-
deros épicos son los de India, Persia, Grecia, Germa-
nia, Britania, Francia y España. La mayor parte de
éstos, sin embargo, no sirven como términos de com-
paración, sea por la desemejanza con Homero o por-
que no hay constancia de que los precedieran cancio-
nes populares. El más instructivo, casi el único para-
lelo aprovechable, es el que puede hacerse con las
““chansons de geste,”? de Francia, de las cuales la

294
A y E N D 1 σ E
Chanson de Roland es el ejemplo mejor y más anti-
guo. Estos poemas se atribuyen con toda probabili-
dad al siglo X. Su carácter es épico, y eran recitados
por jongleurs profesionales, que pueden compararse
a los aeúas de Homero. Pero todavía antes, en el siglo
VII, hallamos trazas de layes cortos, llamados canti-
lenas, que andaban en boca de todos y se cantaban
en coro. Se ha sostenido que los primeros cantos de
gesta se formaron juntando muchas de estas primiti-
vas cantilenas. Y esta fué la opinión aceptada por
León Gautier en la primera edición de las Epopeyas
Francesas (1865). En la segunda edición, cuyo pri-
mer volumen apareció en 1878, abandonó esta teoría.
Cree que los poemas épicos, han sido compuestos bajo
la influencia de canciones primitivas. **Nuestros pri-
meros poetas épicos, dice, no reunieron real y mate-
rialmente preexistentes cantilenas. Se inspiraron úni-
camente en estas canciones populares; tomaron de
ellas los elementos legendarios y tradicionales. En
resumen, no les deben sino las ideas, el espíritu, la
vida; ellos descubrieron (ils ont trouvé) todo lo de-
más?” (p. 80). Pero admite que **alguna parte de los
antiguos poemas ha procedido de la tradición, sin
ningún intermediario”? (Ibid.); y si se considera que
son muy ligeras las trazas que dejaron esas antiguas
cantilenas, y que el influjo que ejercieron sobre la
poesía posterior es más bien caso de inspiración que
de imitación, no habrá de sorprendernos que otros hu-
manistas, Paul Meyer, sobre todo, les concedan toda-
vía menor importancia y aun lleguen a dudar de su
existencia,
Cuando León Gautier nos muestra cómo la historia
se transforma en leyenda y la leyenda en relato no-
velesco, recordamos la diferencia ya señalada entre

295
L A Il “ML I A D Α
la Nlíada y la Odisea, y entre Homero y los poetas
eíclicos primitivos. Y la degradación peculiar de los
caracteres homéricos que aparecen en algunos poetas,
especialmente en Eurípides, puede compararse a las úl-
timas canciones de gesta.
El paralelo de Homero con la gran literatura épi-
ca requiere un desarrollo más extenso del que podría-
mos dedicarle aquí. Algunas diferencias externas han
sido ya indicadas. Como la épica francesa, la poesía
homérica es indígena, y se distingue por este carác-
ter de poetas, como Virgilio, Dante y Milton, y por
la facildad de movimiento y la simplicidad que de
ello resulta. También se distingue de ellos por la au-
sencia de motivos o sentimientos secundarios. En la
poesía virgiliana, el orgullo de las grandezas de Roma
e Italia, es motivo de retórica apasionada, velada
apenas por ““la escogida delicadeza?” de su lenguaje.
Dante y Milton son todavía más fervorosos exponedo-
res de la religión y política de su tiempo. Hasta la
épica francesa está saturada por el sentimiento de
temor y odio hacia los sarracenos. En Homero el
interés es puramente dramático. No hay serias anti-
patías de raza ni religión; la guerra no versa sobre
motivos políticos; la eaptura de Troya queda fuera
del plan de la Ilíada. Los héroes mismos no son los
héroes nacionales más notables de Grecia. El interés
total (en cuanto podemos presumir), estriba en la
pintura de acciones y sentimientos humanos.

BIBLIOGRAFIA
Una bibliografía completa de Homero llenaría vo-
lúmenes. La siguiente lista incluye únicamente las
obras consideradas de capital importancia:
La editio princeps de Homero, publicada en Floren-

296
Α Ρ E N D I C E
cia en 1488, por Demetrio Chalcondylas, y las edi-
ciones aldinas de 1504 y 1517, tienen todavía algún
valor además del de meras curiosidades. Las princi-
pales ediciones críticas modernas son las de Wolf
(Halle, 1794-1795; Leipzig, 1804-1807); Spitzner (Go-
tha, 1832-1836); Bekker (Berlín, 1843; Bonn, 1858);
La Roche (Odisea, 1867-1868; Ilíada, 1873-1876, am-
bas Leipzig); Ludwich (Odisea, Leipzig, 1889-1891;
llíada, dos vols., 1901 y 1907); W. Leaf (Ilíada. Lon-
dres, 1886-1888; 2a. ed. 1900-1902); Merry y Riddell
(Odisea 1 a XIT., 28. ed., Oxford, 1886); Monro (Odi-
sea XIIT.-XXIV. con apéndices, Oxford, 1901); Mon-
ro y Allen (Ilíada), y Allen (Odisea, 1908, Oxford).
Los comentarios de Barnes, Clarke y Ernesti están
atrasados prácticamente; pero la Jllíada de Heyne
(Leipzig, 1802) y el comentario de Nitzsch sobre la
Odisea (libros 1. -XIT., Hanover, 1826-1840) son uti-
lizables todavía. Anmerkungen Zur Jlias. (A, B 1-483
C) de Nágelbach es de gran valor, sobre todo la terce-
ra edición (Autenrieth, Nuremberg, 1864). Los únicos
Scholia Veneta sobre la Ilíada fueron hechos conocer
por vez primera por Villoison (Homeri llias ad veteris
codicis Veneti fidem recensita, Scholia in eam antiquis-
sima ex eodem codice aliisque nunc primum edidit,
cum Asteriscis, Obeliscis, aliisque
Joh. signis criticis,
Baptista Caspar d? Ansse de Villoison, Venecia, 1788);
reimpresos, con muchas adiciones de otros autores,
por Bekker (Scholia in Homeri lliadem, Berlín, 1825-
1826). Una nueva edición ha sido publicada por la
Oxford Press (Scholia Graeca in Homeri Tliadem, ed.
Gul. Dindorfius); seis volúmenes han aparecido (1875-
1888), los dos últimos editados por el profesor E,
Maass. El extenso comentario de Eustacio fué im-
preso por primera vez en Roma en 1542; la última

297
L Α EPR I Α D A
edición es la de Stallbaum (Leipzig, 1827). Los scho-
lia sobre la Odisea fueron publicados por Buttmann
(Berlin, 1821), y casi completos por W. Dindorf (Ox-
ford, 1855). Aunque Wolf a primera vista entendió
el valor de los Scholia venecianos sobre la Ilíada, el
primer sabio que los exploró del todo fué C. Lebrs
(De Aristarchi Studiis Homericis, Kónigsberg, 1833
2a. ed., Leipzig, 1865). De los estudios sobre la misma
materia aparecidos desde entonces, los más impor-
tantes son: Aug. Nauck, Aristophanis Byzantii frag-
menta (Halle, 1848); L. Friedlánder, Aristonici peri
semeion JIliados reliquiae (Góttingen, 1853); M. Sch-
midt, Didymi Chalcenteri fragmenta (Leipzig, 1854);
L. Friedlánder, Nicanoris peri Jliakes stigmes reli-
quiae (Berlin, 1857); Aug. Lentz, Herodiani Tchnici
reliquiae (Leipzig, 1867); J. La Roche, Die homeris-
che Textkritik im Alterthum (Leipzig, 1866); y Ho-
merische Untersuchungen (Leipzig, 1869); Ad. Rómer,
Die Werke der Aristarcheer im Cod. Venet A. (Mu-
nich, 1875); A. Ludwich, Aristarch*s Homerische Text-
kritixk (2 vols. Leipzig, 1884-1885); y Die Homervul-
gata als vor-Alexandrinisch erwiesen (Leipzig, 1898).
La literatura sobre la ““Cuestión Homérica?”” co-
mienza prácticamente con los Prolegomena de Wolf
(Halle, 1795); de los libros primitivos, el Ensayo so
bre el Genio original y escritos de Homero, de Wood,
es el más interesante. Las observaciones de Wolf fue-
ron hábilmente popularizadas por el libro de W.
Miller, Homerische Vorschule (2a. ed. Leipzig, 1836).
G. Hermann, sus obras De interpolationibus Homeri
(1832) y De iteratis apud Homerum (1840) fueron
reimpresas en sus Opuscula. Las dos obras de Lach-
mann, Betrachtungen ὍΡΟΥ Homer's lTlias, fueron
editadas juntas por M. Haupt (2a. ed., Berlin, 1865).

298
Α Ρ E N D I C E
Además de las voluminosas obras de Nitzsch, y de
las discusiones contenidas en las obras sobre Litera-
tura Griega por K. O. Miiller, Bernhardy, Ulrici y
Th. Bergk, y en la Historia de Grecia por Grote,
puede verse Welker, Der Epische Cyclus oder die
homerischen Dichter (Bonn, 1835-1849); sobre Pro-
elos y el Cyelo pueden verse Wilamowitz-Móllendorf
p. 328 sigs; E. Bethe, Rhein. Mus. (1891), XXVI, p.
593 sigs.; O. Immisch, Festschrift Th. Gomperz darge-
bracht (1902), p. 237 seq.; Lauer, Geschichte der ho-
merischen Poesie (Berlin, 1851); Sengebuseh, dos di-
sertaciones previas a los dos volúmenes de W. Dindorf,
Homer, en la serie Teubner (1855-1856); Friedlánder,
Die Homerische Kritik von Wolf bis Grote, (Berlin,
1853); Nutzhorn, Die Entstehungsweise der homeris-
chen Gedichte mit Vorwort von J. N. Medvig (Leip-
zig, 1869); E. Kammer, Zur Homerischen FPrage,
(Kónisberg, 1870); y Die Einheit der Odyssee, (Leip-
zig, 1873); A. Kirchhoff, Die Composition der Ody-
ssee (Berlin, 1869); Wolkmann, Geschichte und Kritix
der Wolf” schen Prolegomena (Leipzig, 1874); K.
Sittl, Die Wiederholungen in der Odyssee (Munich,
1882); U. v. Wilamowitz-Móllendorf, Homerische Un-
tersuchungen (Berlin, 1884); O. Seeck, Die Quellen
der Odyssee (Berlin, 1887); F. Blass, Die Interpola-
tionen in der Odyssee, (Leipzig, 1905). El interés to-
mado por los ingleses estudiosos en esta cuestión,
está suficientemente demostrado por los eseritos de W.
E. Gladstone, Y. A. Paley, Henry Hayman (en la in-
troducción a su Odisea), P. Geddes, R. C. Jebb y A.
Lang. (Véase especialmente Homero y su edad, del
último, 1907).
El dialecto homérico debe ser estudiado en los li-
bros (como el de G. Curtius) que analizan el Griego

299
LL. .4 Ἐ ΤΟΝ I A D A
por el método comparativo. La obra principal es
Griechische Formenlehre por H. L. Ahrens (Góttin-
gen, 1852). Otras obras importantes son las de Aug.
Fick: Die Homerische Odyssee in der urspriinglichen
Sprachform wiederhergestelt (Gottinga, 1883); Die-
Homerische lJlias (ibid., 1886); W. Schulze, Quaes-
tiones epicae (Gútterslohe, 1892). Sobre la sintaxis
homérica la obra principal es la de B. Delbriúck Syn-
tactische Forschungen (Halle, 1871-1879), en parti-
cular los vols. 1. y IV.; sobre metro, etc., la de Har-
tel Homerische Stuaien (1 a III, Viena): Knós, De
digammo Homerico quaestiones (Upsala, 1872-1873-
1878); Thumb, Zur Geschichte des griech. Digamma,
Indogermanische Forschungen (1898), IX. 294 sigs.
Son de alto valor los escritos impresos en la obra
Homerische Blátter de Beker (Bonn, 1863-1872) y
en la Miscellanea Critica de Cobet (Leiden-1876). Las
Quaestiones Homericase de Hoffmann (Clausthal, 1842)
son una colección de datos muy útil. El Lexilogus de
Buttmann, es digno de estudio como un ejemplar
de método.
Las antigiedades homéricas —usando la palabra
en el más amplio sentido— pueden ser estudiadas en
los siguientes libros: Vólcker, Uber Homerische Geo-
graphie und Veltkunde (Hanover, 1830); Nágelsbach,
Homerische Theologie (2a. ed., Nuremberg, 1861);
H. Brunn, Die Kunst bei Homer (Munich, 1868);
W. W. Lloyd, Sobre la descripción homérica del es-
cudo de Aquiles (Londres, 1854); Buchholz, Die Ho-
merischen Realien (Leipzig, 1871-1873); W. Helbig,
Das Homerische Epos aus den Denkmélern erláuter
(Leipzig, 1884; 2a. ed., ibid., 1887); W. Reichel, Uber
Homerische Waffen (Viena, 1894); C. Robert, Stu-
dien zur Jlias (Berlin, 1901); W. Ridgeway, La Edad

300
Α e E N D I C E

Primitiva de Grecia, (Cambridge, 1901); V. Bérard,


Les Phéniciens et 1? Odyssée (Paris, 1902-1903); C.
Robert, **Topographische Probleme der llias,”” en el
Hermes, XLIT., 1907, pp. 78-112.
Entre otros auxiliares debemos mencionar el index
Homericus de Seber (Oxford, 1780); la Concordancia
de la Ilíada de Prendergast (Londres, 1875) la id. de
Dunbar a la Odisea y los Himnos (Oxford, 1880);
Frohwein, Verbum Homericum. (Leipzig, 1881); Geh-
ring, Index Homericus, Leipzig, 1891); El Lexicon
Homericum editado por H. Ebeling (Leipzig, 1880-
1885) y el facsimil del cod. Ven. A. (Sijthoff; Lei-
den, 1901) eon introducción por D. Comparetti.

DAVID BINNING MONRO, M. A,, Litt. Ὁ.


EXPLICACION DE ALGUNOS NOMBRES
PROPIOS

Afrodita: Venus, diosa del amor, hija de Zeus y


de Dione.
Alejandro: llámase también Paris; hijo de Príamo
y raptor de Helena.
Ares: Marte, dios de la guerra, hijo de Zeus y de
Hera.
Argicida: matador de Argos. Epíteto de Hermes.
Artemisa: Diana, diosa de la caza, hija de Zeus y
de Leto.
Asclepíades: Esculapio, médico insigne, que había
aprendido de Quirón el conocimiento de las drogas.
Ate: diosa, hija de Zeus, que personifica la falta
o la injuria y especialmente la debida a obcecación
de la mente. Las Súplicas reparan el mal que causa;
anda sobre las cabezas de los hombres; ha sido dañosa
hasta para Zeus, y fué arrojada del cielo, cayendo en
la tierra.
Atenea: Minerva, diosa de la sabiduría, divinidad
epónima de Atenas; hija de Zeus.

303
L Α Ἐν I A D Α

Atreo: héroe griego hijo de Pélope y de Hipodamia,


padre de Agamenón y Menelao.
Bóreas: viento norte.
Cárites o Kárites: las Gracias.
Cronida o Cronión: hijo de Cronos. Nombre patroní-
mico de Zeus y sus hermanos Poseidón, Hades, Hera
y Deméter. Cuando se usa por el nombre propio desig-
na a Zeus o Júpiter.
Deméter: Ceres, hija de Cronos y de Rea.
Dionisos: Baco, hijo de Zeus y de Semele.
Discordia: Eris en griego, hermana de Ares,
Eácida: descendiente de Eaco, rey de Egina. Nom-
bre patronímico de su hijo Peleo y de su nieto Aqui-
les.
Edes: Plutón, rey del Hades u Orco, a donde van
los muertos.
Eos: la Aurora.
Euro: viento de Oriente.
Flechador: Epíteto de Febo Apolo que se usa a ve-
ces por el nombre propio.
Gorgo: Gorgona o Medusa, monstruo con cabellera
de serpientes que fué muerto por Atenea o por
Perseo.
Hades o Edes: Plutón, dios de los infiernos, hijo
de Cronos (Saturno). Hades o Edes significa también
el infierno u Orco.
Hefestos: Vulcano, hijo de Zeus y de Hera, dios
artífice.
- Heracles: Hércules, hijo de Zeus y de Alemena.
Hera: Juno, esposa de Zeus.
Hermes o Hermeias: Mercurio, hijo de Zeus y de
Maya.
Hipnos: el sueño, hermano de Tánatos (la muerte).
ΤΠ]: Troya.
Leto: Latona, madre de Apolo y de Artemisa.

304
EXPLICACION DE ALGUNOS NOMBRES

Moiras: las Parcas, hijas del Erebo y de la noche:


Clotho, Laquesis y Atropos. La primera devanaba el
estambre de la vida de los hombres; la segunda lo
hilaba y la tercera lo cortaba.
Odiseo: Ulises, hijo de Laertes.
Paris: Alejandro, hijo de Príamo y de Hécuba, rap-
tor de Helena.
Peleída: hijo de Peleo, nombre patronímico de
Aquiles.
Priámida: hijo de Príamo; nombre patronímico de
Héctor, Paris, Doriclo, Polidoro, y demás hijos del
rey de Troya.
Perséfone: Proserpina, hija de Zeus y Deméter, es-
posa de Hades.
Poseidón o Poseidaon: Neptuno, dios del mar.
Quirón: Centauro, maestro de Asclepíades y de
Aquiles.
Tanatos: la muerte. hermana del Sueño.
Tártaro: la parte más profunda del infierno a don-
de no llega ni la luz del sol, ni los vientos, cerrada
por una puerta de hierro y provista de un umbral de
bronce. Allí están los titanes vencidos por Zeus.
Tritogenia: epíteto de Atenea. Interprétase de di-
ferentes maneras: nacida junto al lago Tritón, en
Beocia, Tesalia o Libia; nacida en el tercer día del
mes, etc.
Troya: región de la Troade o Troada y ciudad de
la misma, llamada también llión.
Céfiro: viento de Occidente.
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INDICE DEL TOMO SEGUNDO

Rapsodia a A ἡ ΤΠ ΤΠ τὶ

Rapsodia ΠΘΟΙ
ΘΟ NN A

Rapsodia COCINA πριν, Ἐπ O ριον:

Rapsodia ΘΟ
ΟΝ O AA IO τς;

Rapsodia ACC O a DER ARS ee

Rapsodia iaa CA AU E A

Rapsodia a A NA AA AO

-Rapsodia ΨΙΘΘΕΙ
ΘΟ ΘΤΑ dd νος

Rapsodia vigésimosegunda . ................

Rapsodia a A ων πος

Rapsodia PIDCOIMOCUSTES loo ccoo

Apéndice. A o ἊΣ

Explicación de algunos nombres propios.....


a A AZ Ay Ez AZ Β Ea
a) a > [e)τῇ A E ΒΞ μ:

EZ AE 8 O
-— 3E < Ezo Aa A
a O)QQE
EN LOS TALL ERES GRÁFICOS
Ἐν

DE LA NACIÓN, BAJO LA DI-


RECCIÓN DEL DEPARTA-
-MENTO EDITORIAL DE

LA UNIVERSIDAD

NACIONAL DE
University of Toronto
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