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1921
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El Sueño, a quien Zeus, quería arrojar al ponto, es salvado
por la Noche.
RAPSODIA DECIMOCUARTA
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de caballos, dejara allí por haberse llevado el del
anciano, asió la fuerte lanza de bioncínea punta y
salió de la tienda. Pronto se detuvo ante el vergon-
zoso espectáculo que se ofreció a sus ojos: los aqui-
vos eran derrotados por los feroces teucros y la gran
muralla aquea estaba destruída. Como el piélago in-
menso empieza a rizarse con sordo ruido y purpurea,
presagiando la rápida venida de los sonoros vientos,
pero no mueve las olas hasta que Zeus envía un
viento determinado; así el anciano hallábase per-
plejo entre encaminarse a la turba de los dánaos, de
ágiles corceles, o de enderezar sus pasos hacia el
Atrida Agamenón, pastor de hombres. Parecióle que
sería lo mejor ir en busca del Atrida, y así lo hizo;
mientras los demás, combatiendo, se mataban unos
a otros, y el duro bronce resonaba alrededor de sus
cuerpos a los golpes de las espadas y de las lanzas
de doble filo.
Encontráronse con Néstor los reyes, alumnos “6
Zeus, que antes fueron heridos con el bronce—el
Tideida, Odiseo y Agamenón, hijo de Atreo—, y en-
tonces venían de sus naves. Estas habían sido colo-
cadas lejos del campo de batalla, en la orilla del
espumoso mar; sacáronlas a la llanura las primeras,
y labraron un muro delante de las popas. Porque la
ribera, con ser vasta, no podía contener todos los
bajeles en una sola fila, y por esto los pusieron
escalonados y llenaron con ellos el gran espacio de
costa que limitaban altos promontorios. Los reyes
iban juntos, con el ánimo abatido, apoyándose en
las lanzas, porque querían presenciar el combate y
la clamorosa pelea; y cuando vieron venir al anciano,
se les sobresaltó el corazón en el pecho. Y el rey
Agamenón, dirigiéndole la palabra, exclamó:
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“¡Oh Néstor Neleida, gloria insigne de los aqueos!
¿Por qué vienes, dejando la homicida batalla? Temo
que el impetuoso Héctor cumpla la amenaza que me
hizo en su arenga a los teucros: que no regresaría a
Jlión antes de pegar fuego a las naves y matar
a los aquivos. Así decía, y todo se va cumpliendo.
¡Oh dioses! Los aqueos, de hermosas grebas, tienen,
como Aquiles, el ánimo poseído de ira contra mí y
no quieren combatir junto a los bajeles.?”
Respondió Néstor, caballero gerenio: *“*Patente es
lo que dices, y ni el mismo Zeus altitonante puede
modificar lo que ya ha sucedido. Derribado está el
muro. que esperábamos fuese indestructible reparo
para las veleras naves y para nosotros mismos; y
junto a ellas los teucros sostienen vivo e incesante
combate. No ceonocerías, por más que lo mirarais,
hacia qué parte van los aqueos acosados y puestos en
desórden: en montón confuso reciben la muerte, y
la gritería llega hasta el cielo. Deliberemos sobre
lo que puede ocurrir, por si damos con alguna idea
provechosa; y no propongo que entremos en combate,
porque es imposible que peleen los que están he-
ridos.??
Díjole el rey de los hombres Agamenón: “*¡Néstor!
Puesto que ya los teucros combaten junto a las
popas de las naves y de ninguna utilidad ha sido el
muro con su foso que los dánaos construyeron con
tanta fatiga, esperando que fuese indestructible re-
paro para los barcos y para ellos mismos; sin duda
debe de ser grato al prepotente Zeus que los aqueos
perezcan sin gloria aquí, lejos de Argos. Antes yo
veía que el dios auxiliaba, benévolo, a los dánaos;
mas al presente da gloria a los teucros, cual si fuesen
dioses bienaventurados, y encadena nuestro valor y
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en su palacio, cuando el longividente Zeus puso ἃ Oro-
nos debajo de la tierra y del mar estéril. Iré a
visitarlos para dar fin a sus rencillas. Tiempo ha
que se privan del amor y del tálamo, porque la cólera
anidó en sus corazones. Si apaciguara con mis pala-
bras su ánimo y lograra que reanudasen el amorose
eonsorcio, me llamarían siempre querida y venera-
ble.??
Respondió de nuevo la risueña Afrodita: “ΝΟ es
posible ni sería conveniente negarte lo que pides,
pues duermes en los brazos del poderosísimo Zeus.”?
Dijo; y desató del pecho el cinto bordado, de v:-
riada labor, que encerraba todos los encantos: ha-
llábanse allí el amor, el deseo, las amorosas pláticas
y el lenguaje seductor que hace perder el juicio a
los más prudentes. Púsolo en las manos de Hera, y
pronunció estas palabras:
““Toma y esconde en tu seno el bordado ceñidor
donde todo se halla. Yo te aseguro que no volverás
sin haber logrado lo que te propongas.??
Así habló. Sonrióse Hera veneranda, la de los gran-
des ojos; y sonriente aún, escondió el ceñidor en el
seno. Afrodita, hija de Zeus, volvió a su morada.
Hera dejó en raudo vuelo la cima del Olimpo, y
pasando por la Pieria y la deleitosa Ematia, salvó
las altas y nevadas cumbres de las montañas donde
viven los ¡jinetes tracios, sin que sus pies tocaran
la tierra; descendió por el Atos al fluctuoso ponto y
llegó a Lemnos, ciudad del divino Toas. Allí se en-
contró con Hipnos, hermano de Tanatos; y asiéndole
de la diestra, le dijo estas palabras:
“¡Oh Hipnos, rey de todos los dioses y de todos
los hombres! Si en otra ocasión escuchaste mi voz,
ebedéceme también ahora, y mi gratitud será pe-
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renne. Adormece los brillantes ojos de Zeus debajo
de sus párpados, tan pronto como, vencido por el
amor, se acueste conmigo. Te daré como premio un
trono hermoso, incorruptible, de oro; y mi hijo He-
festos, el cojo de ambos pies, te hará un escabel que
te sirva para apoyar las nítidas plantas, cuando asia-
tas a los festines.??
Respondióle el dulce Hipnos: *“*¡Hera, venerable
diosa, hija del gran Cronos! Fácilmente adormecería
a cualquier otro de los sempiternos dioses y aun a
las corrientes del río Uceano, que es el padre de
todos ellos, pers no me acercaré ni adormeceré a
Zeus Cronida, si él no lo manda. Me hizo cuerdo tu
mandato el día en que el animoso hijo de Zeus se
embarcó en lIlión, después de destruir la ciudad tre-
yana. Entonces sumí en grato sopor la mente de Zeus,
que lleva la égida, difundiéndome suave en torno
suyo; y tú, que te proponías causar daño a Heracles,
conseguiste que los vientos impetuosos soplaran sobre
el ponto y lo llevaran a la populosa Cos, lejos de
sus amigos. Zeus despertó y encendióse en ira: mal-
trataba a los dioses en el palacio, me buscaba a mí,
y me hubiera hecho desaparecer, arrojándome del
éter al ponto, si la Noche, que rinde a los dioses y
a los hombres, no me hubiese salvado; lleguéme a
ella, y aquél se contuvo, aunque irritado, porque
temió hacer algo que a la rápida noche desagradara.
Y ahora me mandas realizar otra cosa peligrosísima.”?
Respondióle Hera veneranda, la de los grandes
ojos: *“*¡Hipnos! ¿Por qué en la mente revuelves
tales cosas? ¿Crees que el longividente Zeus favo-
recerá tanto a los teucros, como en la época en que
se irritó protegía a su hijo Heracles? Ea, ve y
prometo darte, para que te eases con ella y lleve
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el nombre de esposa tuya, la más joven de las Ká-
rites, Pasitea, cuya posesión constantemente an-
helas.??
Así habló. Alegróse Hipnos, y respondió diciendo:
““Jura por el agua sagrada de la Estigia, tocando
con una mano la fértil tierra y con la otra el bri-
llante mar, para que sean testigos los dioses sub-
tartáreos que están con Cronos, que me darás la más
joven de las Kárites, Pasitea, cuya posesión cons-
tantemente anhelo.”?”
Así dijo. No desobedeció Hera, la diosa de los
brazos de nieve y juró como se le pedía, nombrando
a todos los dioses subtartáreos llamados Titanes.
Prestado el juramento, partieron ocultos en una nube,
dejaron atrás a Lemnos y la ciudad de Imbros, y
siguiendo con rapidez el camino llegaron a Lecto, en
el Ida, abundante en manantiales y criador de fieras;
allí pasaron del mar a tierra firme, y anduvieron
haciendo estremecer bajo sus pies la cima de los ár-
boles de la selva. Detúvose Hipnos, antes que los
ojos de Zeus pudieran verle, y encaramándose en un
abeto altísimo que naciera en el Ida y por el aire
llegaba al éter, se ocultó entre las ramas como la
montaraz ave canora llamada por los dioses **calcis??
y por los hombres ““eymindis?”?,
- Hera subió ligera al Gárgaro, la cumbre más alta
del Ida; Zeus, que amontona las nubes, la vió venir;
y apenas la distinguió, enseñoreóse de su prudente
espíritu el mismo deseo que cuando gozaron las pri-
micias del amor, acostándose a escondidas de sus
padres. Y así que la tuvo delante, le habló diciendo:
““¡Hera! ¿Adónde vas, que tan presurosa vienes del
Olimpo, sin los caballos y el carro que podrían con-
ducirte??”?
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Respondiólo dolosamente la venerable Hera: “ΟΣ
a los confines de la fértil tierra, a ver a Océano,
padre de los dioses, y a la madre Tetis, que me reci-
bieron de manos de Rea y me criaron y educaron en
su palacio. Iré a visitarlos para dar fin a sus renci-
llas. Tiempo ha que se privan del amor y del tálamo,
porque la cólera anidó en sus corazones. Tengo al
pie del Ida los corceles que me llevarán por tierra y
por mar, y vengo del Olimpo a participártelo; no
fuera que te enfadaras si me encaminase, sin decír-
telo, al palacio del Océano, de profunda corriente.”??”
Contestó Zeus, que amontona las nubes: “*¡ Hera!
AlNá se puede ir más tarde. Ea, acostémonos y goce-
mos del amor. Jamás la pasión por una “diosa o por
una mujer se difundió por mi pecho, ni me avasalló
como ahora: nunca he amado así, ni a la esposa de
Ixión, que parió a Pirítoo, consejero igual a los
dioses; ni a Dánae, la de bellos talones, hija de
Aerisio, que dió a luz a Perseo, el más ilustre de los
hombres; ni a la celebrada hija de Fénix, que
fué madre de Minos y de Radamanto, igual a un
dios; ni a Semele, ni a Alemena en Tebas, de la
que tuve a Heracles, de ánimo valeroso, y de Semele
a Dionisos, alegría de los mortales; ni a Deméter, la
soberana de hermosas trenzas; ni a la gloriosa Leto;
ni a ti misma: con tal ansia te amo en este mo-
mento y tan dulce es el deseo que de mí se apo-
dera.??
Replicóle dolosamente la venerable Hera: “*¡Te-
rribilísimo Cronida! ¡Qué palabras proferiste! ¡Quie-
res acostarte y gozar del amor en las cumbres del
Ida, donde todo es patente! ¿Qué ocurriría si alguno
de los sempiternos dioses nos viese dormidos y lo
manifestara a todas las deidades? Yo no volvería
a tu palacio al levantarme del lecho; vergonzoso
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altas copas de las encinas, si arreciando muge; cuan-
ta fué la grita de teucros y aqueos en el momento
en que, vociferando de un modo espantoso, vinieron
a las manos.
El preclaro Héctor arrojó el primero la lanza a
Ayax, que contra él arremetía, y no le erró; pero
acertó a dar en el sitio en que se cruzaban la correa
del escudo y el tahalí de la espada, guarnecida con
argénteos clavos, y ambos protegieron el delicado
cuerpo. Irritóse Héctor porque la lanza había sido
arrojada inútilmente por su mano, y retrocedió hacia
el grupo de sus amigos para evitar la muerte. El
gran Ayax Telamonio, al ver que Héctor se retiraba,
cogió una de las muchas piedras que servían para
calzar las naves y rodaban entonces entre los pies
de los combatientes, y con ella le hirió en el pecho, por
cima del escudo, junto a la garganta; la piedra,
lanzada con ímpetu, giraba como un torbellino. Como
viene a tierra la encina arrancada de raíz por el
rayo de Zeus, despidiendo un fuerte olor de azufre,
y el que se halla cerca desfallece, pues el rayo del
gran Zeus es formidable; de igual manera, el robusto
Héctor dió consigo en el suelo y cayó en el polvo:
la pica se le fué de la mano, anedaron encima de él
escudo y casco, y la armadura de labrado bronce re-
sonó en torno del cuerpo. Los aquivos corrieron ha-
cia Héctor, dando recias voces, con la esperanza de
arrastrarlo a su campo; mas, aunque arrojaron muchas
lanzas, no consiguieron herir al pastor de hombres,
ni-de cerca, ni de lejos, porque fué rodeado por los
más valientes teucros—Polidamas, Eneas, el divino
Agenor, Sarpedón, caudillo de los licios, y el eximio
Glauco—, y los otros tampoco le abandonaron, pues
se pusieron delante con sus rodelas. Los amigos de
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Héctor levantáronle en brazos, condujéronle adonde
tenían los ágiles corceles con el labrado carro y el
auriga, y se lo llevaron hacia la ciudad, mientras
daba profundos supiros.
Mas, al llegar al vado del voraginoso Janto, río de
hermosa corriente que el inmortal Zeus engendró, ba-
jaron a Héctor del carro y le rociaron el rostro con
agua: el héroe cobró los perdidos espíritus, miró a lo
alto, y poniéndose de rodillas, tuvo un vómito de
negra sangre; luego cayó de espaldas y la noche obs-
cura cubrió sus ojos, porque aún tenía débil el ánimo
a consecuencia del golpe recibido.
Los argivos, cuando vieron que Héctor se ausenta-
ba, arremetieron con más ímpetu a los teueros, y sólo
pensaron en combatir. Entonces el veloz Ayax de
Oileo fué el primero que, acometiendo con la puntia-
guda lanza, hirió a Satnio Enópida, a quien una
náyade había tenido de Enope, mientras éste apa-
centaba rebaños a orillas del Sátniois: Ayax de Oileo,
famoso por su lanza, llegóse a él, le hirió en el ijar y le
tumbó de espaldas; y en torno del cadáver, teucros y
dánaos trabaron un duro combate. Fué a vengarle
Polidamas, hábil en blandir la lanza; e hirió en el
hombre derecho a Protoenor, hijo de Arelico: la im-
petuosa lanza atravesó el hombro, y el guerrero, 68-
yendo en el polvo, cogió el suelo con sus manos. Y
Polidamas exclamó con gran jactancia y a voz en
grito:
““No ereo que el brazo robusto del valeroso hijo
de Pántoo haya despedido la lanza en vano; algún
argivo la recibió en su cuerpo, y me figuro que le
servirá de báculo para apoyarse en ella y descender
a la morada de Hades.?”?”
Así habló. Sus jactanciosas palabras apesadumbra-
ron a los argivos y conmovieron el corazón del gue-
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producía clamoreo y fuga entre los dánaos, gimió; y
bajando los brazos, golpeóse los muslos, suspiró, y dijo:
**¡Eurípilo! Ya no puedo seguir aquí, aunque me
necesites, porque se ha trabado una gran batalia.
Te cuidará el escudero, y yo volveré presuroso a la
tienda de Aquiles, para incitarle a pelear. ¿Quién
sabe si con la ayuda de algún dios conmoveré su áni-
mo? Gran fuerza tiene la exhortación de un compa-
ñero.??
Dijo, y salió. Los aqueos sostenían firmemente la
acometida de los teucros, pero, aunque éstos eran
menos, no podían rechazarlos de las naves; y tampoco
los teucros lograban romper las falanges de los dánaos
y entrar en sus tiendas y bajeles. Como la plomada
nivela el mástil de un navío en manos del hábil
constructor que conoce bien su arte por habérselo en-
señado Atenea; de la misma manera andaba igual
el combate y la pelea, y unos pugnaban en torno de
unas naves y otros alrededor de otras.
Héctor fué a encontrar al glorioso Ayax; y luchan-
do los dos por un navío, ni Héctor, conseguía arredrar
a Ayax y pegar fuego a los bajeles, ni Ayax lograba
rechazar a Héctor desde que un dios lo acercara al
campamento. Entonces el esclarecido Ayax dió una
lanzada en el pecho a Calétor, hijo de Clitio, que iba
a echar fuego en un barco; el teucro cayó con estré-
pito, y la tea desprendióse de su mano. Y Héctor,
como viera que su primo caía en el polvo delante de
la negra nave, exhortó a troyanos y licios, diciendo
a grandes voces:
**¡Troyanos, licios, dárdanos que cuerpo a cuerpo
peleáis! No dejéis de comtatir en esta angostura;
defended el cuerpo del hijo de Clitio, que cayó en la
pelea junto a las naves, para que los aqueos no lo des-
pojen de las armas. ??”
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ello diera fin al combate que junto a las naves aqueas
se sostenía. Mas no dejó de advertirlo en su mente
el próvido Zeus, y salvó la vida de Héctor, a la vez
que privaba de gloria a Teuero, rompiéndole a éste
la cuerda del magnífico arco cuando lo tendía: la
flecha, que el bronce hacía poderosa, torció su ca-
mino, y el arco cayó de las manos del guerrero. Es-
tremecióse Teucro, y dijo a su hermano:
“¡Oh dioses! Alguna deidad que quiere frustrar
nuestros medios de combate, me quitó el arco de la
mano y rompió la cuerda recién torcida que até esta
mañana para que pudiera despedir, sin romperse, mul-
titud de flechas. ??
Respondióle el gran Ayax Telamonio: ““¡Oh ami-
go! Deja quieto el arco con las abundantes flechas,
ya que un dios lo inutilizó por odio a los dánaos; to-
ma una larga pica y un escudo que cubra tus hom-
bros, pelea contra los teucros y anima a la tropa.
Que aun siendo vencedores, no tomen sin trabajo las
naves, de muchos bancos. Sólo en combatir pen-
semos.??
Así dijo. Teucro dejó el arco en la tienda, colgó
de sus hombros un escudo formado por cuatro pieles,
cubrió la robusta cabeza con un labrado casco, cuyo
penacho de crines de caballo ondeaba terriblemente
en la cimera, asió una fuerte lanza de aguzada bron-
cínea punta, salió y volvió corriendo al lado de Ayax.
Héctor, al ver que las saetas de Teuero quedaban
inútiles, exhortó a los troyanos y a los licios, gritando
recio:
““Troyanos, licios, dárdanos, que cuerpo a cuerpo
combatís! ¡Sed hombres, amigos, y mostrad vuestro
impetuoso valor junto a las cóncavas naves; pues
acabo de ver con mis ojos que Zeus ha dejado inútiles
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chazaríamos fácilmente de las naves y de las tiendas
hacia la ciudad a esos hómbres que de pelear están
cansados. ??”
Así le suplicó el gran insensato; y con ello lla-
maba a la Moira y a la terrible muerte. Aquiles, el de
los pies ligeros, le contestó muy indignado:
““¡Ay de mí, Patroclo, de linaje divino, qué dijiste!
No me abstengo por ningún vaticinio que sepa y
tampoco la veneranda madre me dijo nada de parte
de Zeus; sino que se me oprime el corazón y el alma
cuando un hombre, porque tiene más poder, quiere
privar a su igual de lo que le corresponde y le quita
la recompensa. Tal es el gran pesar que tengo, a cau-
sa de las contrariedades que mi ánimo ha sufrido. La
moza que los aqueos me adjudicaron como recompen-
sa y que había conquistado con mi lanza, al tomar
una bien murada ciudad, el rey Agamenón me la qui-
tó como si yo fuera un miserable advenedizo. Mas
dejemos lo pasado; no es posible guardar siempre la
ira en el corazón, aunque me había propuesto no de-
poner la cólera hasta que la gritería y ei combate
llegaran a mis bajeles. Cubre tus hombros con mi
magnífica armadura, ponte al frente de los mirmido-
nes y llévalos a la pelea; pues negra nube de teucros
cerca ya las naves con gran ímpetu, y los argivos,
cercados en la orilla del mar, sólo disponen de un
corto espacio. ¡Sobre ellos cargan confiadamente to-
dos los de Troya, porque no ven mi reluciente casco.
Pronto huirían llenando de muertos jos fosos, si el
rey Agamenón fuera justo conmigo; mientras que
ahora combaten alrededor de nuestro ejército. Ya la
mano de Diomedes Tideida no blande furiosamente
la lanza para librar a los dánaos de la muerte, ni he oí-
do un solo grito que viniera de la odiosa cabeza del
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Decidme, Musas que poseéis olímpicos palacios, có-
mo por vez primera cayó el fuego en las naves aqueas.
Héctor, que se hallaba cerca de Ayax, le dió con
la gran espada un golpe en la pica de fresno y se
la quebró por la juntura del asta con el hierro. Quiso
Ayax blandir la truncada pica, y ia broncínea punta
cayó a lo lejos con gran ruido. Entonces reconoció
el eximio Ayax la intervención de los dioses, estre-
mecióse porque Zeus altitonante les frustraba todos los
medios de combate y quería dar la victoria a los teu-
eros, y se puso fuera del alcance de los tiros. Los
teueros arrojaron voraz fuego a la velera nave, y
pronto se extendió por la misma una llama inextin-
guible. Así que el fuego rodeó la popa, Aquiles, gol-
peándose el muslo, dijo a Patroclo:
*¡Sus, Patroclo, de divino linaje, hábil jinete! Ya
veo en las naves la impetuosa llama del fuego des-
truetor; no sea que se apodere de ellas y ni medios
para huír tengamos. Apresúrate a vestir las armas,
y yo en tanto reuniré la gente.??
Dijo, y Patroclo vistió la armadura de luciente
bronce: púsose en las piernas elegante grebas, ajus-
tadas con broches de plata; protegió su pecho con la
coraza labrada, refulgente, del Eácida, de pies lige-
ros; colgó del hombro una espada, guarnecida de
clavos de plata; embrazó el grande y fuerte escudo;
cubrió la cabeza con un hermoso casco, cuyo terrible
penacho, de crines de caballo, ondeaba en la cimera,
y asió dos lanzas fuertes que su mano pudiera blan-
dir. Solamente dejó la lanza poderosa, grande y for-
nida del eximio Eácida, porque Aquiles era el único
aqueo capaz de manejarla; había sido cortada de un
fresno de la cumbre del Pelión y regalada por Quirón
al padre de Aquiles, para que con ella matara héroes.
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Luego, Patroclo mandó a Automedóu—el amigo 8
quien más honraba después de Aquiles, destructor de
hombres, y el más 836] en resistir a su lado la acome-
tida del enemigo en las batallas—que enganchara los
caballos. Automedón unció bajo el yugo a Janto
y Balio, corceles ligeros que volaban como el viento y
tenían por madre a la harpía Podarga, la cual pa-
ciendo en una pradera junto al. Océano, los concibió
del Céfiro. Y econ ellos puso el excelente Pédaso, que
Aquiles se llevara de la ciudad de Eetión cuando la
tomó; corcel que, no obstante su condición de mortal,
seguía a los caballos inmortales.
Aquiles, recorriendo las tiendas,” hacía tomar las
armas a todos los mirmidones. Como carniceros lo-
bos dotados de una fuerza inmensa despedazan en el
monte un grande cornígero ciervo que han matado
y sus mandíbulas aparecen rojas de sangre; luego van
en tropel a lamer con las tenues lenguas el agua de
un profundo manantial, eructando por la sangre que
han bebido, y su vientre se dilata, pero el ánimo
permanece intrépido en el pecho; de igual manera,
los jefes y príncipes de los mirmidones se reunían
presurosos alrededor del valiente servidor del Eácida,
de pies ligeros. Y en medio de todos, el belicoso Aqui-
les animaba, así a los que combatían en carros, como
a los peones armados de escudos.
Cincuenta fueron las veleras naves en que Aquiles,
caro a Zeus, condujo a Jlión sus tropas; en cada una
embarcáronse cincuenta hombres; y el héroe nombró
einco jefes para que los rigieran, reservándose el man-
da supremo. Del primer cuerpo era caudillo Menestio,
el de labrada coraza, hijo del río Esperquio, que las
celestiales lluvias alimentan: habíale dado a luz la be-
lla Polidora, hija de Peleo, que siendo mujer se acos-
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¡Mirmidones, compañeros del Peleida Aquiles! Sed
hombres, amigos, y mostrad vuestro impetuoso valor
para que honremos al Peleida, que es el más valiente
de cuantos argivos hay en las naves, como lo son
también sus guerreros, que de cerca combaten; y com-
prenda el poderoso Agamenón Atrida la falta que co-
metió no honrando al mejor de los aqueos.??
Con estas palabras les excitó a todos el valor y la
fuerza. Los mirmidones cayeron apiñados sobre los
teucros y en las naves resonaban de un modo horri-
ble los gritos de los aqueos. Cuando los teucros vie-
ron al esforzado hijo de Menotio y a su escudero,
ambos con lucientes armaduras, a todos se les contur-
bó el ánimo y sus falanges se agitaron. Figurábanse
que el Peleida, ligero de pies había renunciado a su
cólera y volvía a ser amigo de Agamenón. Y cada
uno miraba adónde podría huír para librarse de una
muerte terrible.
Patroclo fué el primero que tiró la reluciente lanza
allí donde más hombres se agitaban en confuso mon-
tón, junto a la nave del magnánimo Protesilao; e
hirió a Pirecmes, que había conducido desde Amidón,
sita en la ribera del Axio de ancha corriente, a los
peonios, que combatían en carros: la lanza se clavó en
el hombro derecho; el guerrero, dando un gemido, 68-
yó de espaldas en el polvo, y los demás peonios huye-
ron, porque Patroclo les infundió pavor al matar a su
jefe, que tanto sobresalía en el combate. De este
modo Patroclo los echó de los bajeles y apagó el ar-
diente fuego. El navío quedó alií medio quemado,
los teucros huyeron con gran alboroto, los dánaos se
dispersaron por las cóncavas naves, y se produjo un
gran tumulto. Como Zeus fulminador quita una den-
sa nube de la elevada cumbre de una montaña y 59
53
L Á Í L I Á D A
deseubren los promontorios, eimas y valles, porque en
el cielo se ha abierto la vasta región etérea; así los
dánaos respiraron un poco después de librar a las na-
ves del fuego destructor; pero no por eso hubo tregua
en el combate. Porque los teucros no huían a carrera
abierta, perseguidos por los belicosos aqueos; sino
que aún resistían, y sólo cediendo a la necesidad se
retiraban de las naves.
Entonces, ya extendida la batalla, cada jefe mató
a un hombre. El esforzado hijo de Menetio, el prime-
ro, hirió con la aguda lanza a Areilico, que había vuel-
to la espalda para huír: el bronce atravesó el musloy
rompió el hueso, y el teucro dió de ojos en el suelo.
El belígero Menelao hirió a Toante en el pecho, donde
éste quedaba sin defensa al lado del escudo, y dejó
. sin vigor sus miembros. El Fileida, observando que
Anficlo iba a acometerle, se le adelantó y logró enva-
sarle la pica en la parte superior de la pierna, donde
más grueso es el músculo: la punta desgarró los ner-
vios, y la obscuridad cubrió los ojos del guerrero.
De los Nestóridas, Antíloco traspasó con la broncínea
lanza a Atimnio, clavándosela en el ijar, y el teucro
cayó de pechos en el suelo; el hermano de éste, Maris,
irritado por tal muerte, se le puso delante y arremetió
con la lanza a Antíloco; entonces el otro Nestórida,
Trasimedes, igual a un dios, se levantó y le hi-
rió en la espalda: la punta desgarró el tendón
de la parte superior del brazo y rompió el hueso; el
guerrero cayó con estrépito, y la obscuridad cubrió
sus ojos. De tal suerte, estog dos esforzado com-
pañeros de Sarpedón, hábiles tiradores, e hijos de
Amisodaro, el que crió la indomable Quimera, causa
de males para muchos hombres, fueron vencidos por
los dos hermanos y descendieron al Erebo.—Ayax de
” 59
Π O M LE K O
Oileo acometió y cogió vivo a Cleobulo, atropellado
por la turba; y le quitó la vida, hiriéndole en el cue-
llo con la espada provista de empuñadura: la hoja en-
tera se calentó con la sangre, y la purpúrea muerte y
el hado cruel velaron los ojos del guerrero.—Penéleo
y Liconte fueron a encontrarse, y habiendo arrojado
sus lanzas en vano, pues ambos erraron el tiro, se
acometieron con las espadas: Liconte dió a su enemigo
un tajo en la cimera del casco, que adornaban crines
de caballo; pero la espada se le rompió junto a la
empuñadura; Penéleo hundió la suya en el cuello de
Liconte, debajo de la oreja, y se lo cortó por comple-
to: la cabeza cayó a un lado, sostenida tan sólo por la
piel, y los miembros perdieron su vigor.—Meriones dió
alcance con sus ligeros pies a Acamas, cuando subía
al carro, y le hirió en el hombro derecho: el teucro
cayó al suelo, y las tinieblas cubrieron sus ojos.—A
Erimanta metióle Idomeneo el cruel bronce por la bo-
ca: la lanza atravesó la cabeza por debajo del cerebro,
rompió los blancos huesos y conmovió los dientes; los
ojos llenáronse con la sangre que fluía de las narices
y de la boca abierta, y la muerte, cual si fuese obs-
cura nube, envolvió al guerrero.
Cada uno de estos caudillos dánaos mató, pues, a un
hombre. Como los voraces lobos acometen a corderos
o cabritos, arrebatándolos de un hato que se dispersa
en el monte por la impericia del pastor; pues así que
aquéllos los ven se los llevan y despedazan. por tener
los últimos un corazón tímido; así los dánaos cargaban
sobre los teucros, y éstos, pensando en la fuga horrí-
sona, Olvidábanse de mostrar su impetuoso valor.
El gran Ayax deseaba constantemente arrojar su
lanza a Héctor, armado de bronce; pero el héroe, que
era muy experto en la guerra, cubriendo sus anchos
69
L Α 1 L I A D Α
61
H O M E R 0
ríos salon de madre y los torrentes cortan muchas
colinas, braman al correr desde lo alto de las monta-
fas al mar purpúreo y destruyen las labores del campo;
de semejante modo corrían las yeguas troyanas, dan-
do lastimeros relinchos.
Patroclo, cuando hubo separado de los demás ene-
migos a los que formaban las últimas falanges, les
obligó a volver hacia los bajeles, en vez de permitirles
que subiesen a Troya; y acometiéndoles entre las na-
ves, el río y el alto muro, los mataba para vengar a
muchos de los suyos. Entonces envasóle a Prónoo la
lanza en el pecho, donde éste quedaba sin defensa
al lado del escudo, y le dejó sin vigor los miembros:
el teucro cayó con estrépito. Luego acometió a Tés-
tor, hijo de Enope, que se hallaba encogido en el lus-
troso asiento y en su turbación había dejado que las
riendas se le fuesen de la mano: clavóle desde cerca la
lanza en la mejilla derecha, se la hizo pasar a través
de los dientes y lo levantó por cima del barandal. Co-
mo el pescador sentado en la roca saca del mar un
pez enorme, valiéndose de la cuerda y del anzuelo;
así Patroclo, alzando la reluciente lanza, sacó del ca-
rro a Téstor con la boca abierta y le arrojó de cara
al suelo; el teucro, al caer, perdió la vida.—Después
hirió de una pedrada en medio de la cabeza a Erialo,
que a acometerle venía, y se la partió en dos dentro
del fuerte casco: el teuero dió de manos en el suelo,
y le envolvió la destructora muerte.—Y sucesivamente
fué derribando en la fértil tierra a Erimas Anfótero,
Epaltes, Tiepolemo Damastórida, Equio, Pires, Ifeo,
Evipo y Polimelo Argéada.
Sarpedón, al ver que sus compañeros, de lorigas sin
cintura, sucumbían a manos de Patroclo Menetíada,
inerepó a los deiformes licios:
62
L Á y ἘΣ Α D Á
**¡Qué vergtionza, oh licios! ¿Adónde huís? Sed
esforzados. Yo saldré al encuentro de ese hombra,
para saber quién es el que así vence y tantos males
causa a los teucros, pues ya a muchos valientes les
ha quebrado las rodillas.??
Dijo; y saltó del carro al suelo sin dejar las armas.
A su vez Patroclo, al verlo, se apeó del suyo. Como
dos buitres de corvas uñas y combado pico riñen, dan:
do chillidos, sobre elevada roca; así aquéllos se aco-
metieron vociferando. Viólos el hijo del artero Cro-
nos, y compadecido, dijo a Hera, su hermana y es
posa:
““¡Ay de míl El hado dispone que Sarpedón, a
quien amo sobre todos los hombres, sea muerto por
Patroclo Menetíada. Entre dos propósitos vacila en
mi pecho el corazón: ¿lo arrebataré vivo de la luetuo-
sa batalla, para dejarlo en el opulento pueblo de la
Licia, o dejaré que sucumba a manos del Menetíada?””
Respondióle Hera veneranda, la de los ojos de buey:
“* ¡Terribilísimo Cronida, qué palabras proferiste! ¿Una
vez más quieres librar de la muerte horrísona*a ese
hombre mortal, a quien tiempo ha que el hado condenó
a morir? Hazlo, pero no todos los dioses te lo apro-
baremos. Otra cosa voy a decirte, que fijarás en la
memoria: piensa que si a Sarpedón le mandas vivo
a su palacio, algún otro dios querrá sacar a su hijo
del duro combate, pues muchos hijos de los inmortales
pelean en torno de la gran ciudad de Príamo, y hará:
que sus padres se enciendan en terrible ira. Pero si
Sarpedón te es caro y tu corazón le compadece, deja
que muera a manos de Patroclo en reñido combate;
y Cuando el alma y la vida le abandonen, ordena a
Tánato y al dulce Hipnos que lo lleven a la vasta
Lieia, para que sus hermanos y amigos le hagan exe-
63
Η O M E K O
64
L Α 1 1, 1 Α D A
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Η O H 1 R υ
e5
L Α 1 L ᾧ Α D Á
de corazón valiente, animó a los aqueos; y dijo a
los Ayaces, que ya de combatir estaban deseosos;
**¡Ayaces! Poned empeño en rechazar al enemigo
y mostraos tan valientes como habéis sido hasta aquí
o más aún. Yace en tierra Sarpedón, el que primero
asaltó nuestra muralla. ¡Ah, si apoderándonos del
cadáver pudiésemos ultrajarle, quitarle la armadura
de los hombros y matar con el cruel bronce a algu-
no de los compañeros que lo defienden!...??”
En tales términos les habló, aunque ellos ya de-
seaban derrotar al enemigo. Y troyanos y licios por
una parte y mirmidones y aqueos por otra, cerraron
las falanges, vinieron a las manos y empezaron a
pelear con horrenda gritería en torno del cadáver.
Crujían las armaduras de los guerreros, y Zeus cubrió
con una dañosa obscuridad la reñida contienda, para
que produjese mayor estrago el combate que por el
cuerpo de su hijo se empeñaba.
En un principio, los teucros rechazaron a los aqueos,
de ojos vivos, porque fué herido un varón que no
era ciertamente el más cobarde de los mirmidones:
el divino Epigeo, hijo de Agacles magnánimo; el
cual reinó en otro tiempo en la populosa Budeón;
luego, por haber dado muerte a su valiente primo,
se presentó como suplicante a Peleo y a Tetis, la
de argentados pies, y ellos le enviaron con Aquiles
a ITlión, abundante en hermosos corceles, para que
combatiera contra los troyanos. Epigeo echaba mano
al cadáver cuando el esclarecido Héctor le dió una
pedrada en la cabeza y se la partió en dos dentro
del fuerte casco: el guerrero cayó boca abajo sobre
el cuerpo de Sarpedón, y la destructora muerte lo
envolvió. Apesadumbróse Patroclo por la pérdida del
eompañero y atravesó al instante las primeras filas,
67
H O M E R O
como el veloz gavilán persigue a unos grajos o es-
torninos; de la misma manera acometiste, oh hábil
jinete Patroclo, a los licios y troyanos, airado en tu
corazón por la muerte del amigo. Y cogiendo una
piedra, hirió en el cuello a Estenelao, hijo querido
de Itémenes, y le rompió los tendones. Retrocedieron
los combatientes delanteros y el esclarecido Héctor.
Cuanto espacio recorre el dardo que lanza un hombre,
ya en el juego para ejercitarse, ya en la guerra
contra los enemigos que la vida quitan; otro tanto
se retiraron los teucros, cediendo al empuje de los
aqueos. Glauco, capitán de los escudados licios, fué
el primero que volvió la cara y mató al magnánimo
Baticleo, hijo amado de Calcón, que tenía su casa
en la Hélade y se señalaba entre los mirmidones por
sus bienes y riquezas: escapábase Glauco, y Baticleo
iba a darle alcance, cuando aquél se volvió repenti-
namente y le hundió la pica en medio del pecho.
Baticleo cayó con estrépito, los aqueos sintieron hon-
do pesar por la muerte del valiente guerrero, y los
teucros, muy alegres, rodearon en tropel el cacóáver;
pero los aqueos no dejaron de mostrar su impetuoso
valor y arremetieron denodadamente al enemigo. En-
tonces Meriones mató a un combatiente teucro, a
Laogón, esforzado hijo de Onétor y sacerdote de Zeus
Ideo, a quien el pueblo veneraba como a un dios:
hirióle debajo de la quijada y de la oreja, la vida
huyó de los miembros del guerrero, y la obscuridad
horrible le envolvió. Eneas arrojó la broncínea lanza,
con el propósito de herir a Meriones, que se adelantaba
protegido por el escudo. Pero Meriones la vió venir
y evitó el golpe inclinándose hacia adelante: la in-
gente lanza se clavó en el suelo detrás de él y el
regatón temblaba; pero pronto la impetuosa arma
68
L A 1 L I A D A
perdió su fuerza. Penetró, pues la vibrante punta
en la tierra, y la lanza fué echada en vano por el
robusto brazo. Eneas, con el corazón irritado, dijo:
“*¡Meriones! Aunque eres un ágil saltador, mi
lanza te habría apartado para siempre del combate
si te hubiese herido.?”?
Respondióle Meriones, célebre por su lanza:
“¡Eneas! Difícil te será, aunque seas valiente, ani-
quilar la fuerza de cuantos salgan a pelear contigo.
También tú eres mortal. Si lograra herirte en medio
del cuerpo con el agudo bronce, en seguida, a pesar
de tu vigor y de la confianza que tienes en tu brazo,
me darías gloria y a Edes, el de los famosos corceles,
6]: alma.??”
Así dijo; y el valeroso hijo de Menetio le re-
prendió, diciendo: “*¡Meriones! ¿Por qué, siendo va-
liente, te entretienes en hablar así? ¡Oh amigo! Con
palabras injuriosas no lograremos que los teucros
dejen el cadáver; preciso será que alguno de ellos
baje antes al seno de la tierra. Las batallas se ganan
con los puños, y las palabras sirven en las juntas.
Conviene, pues, no hablar, sino combatir.??
Dijo, echó a andar y siguióle Meriones, varón igual
a un dios. Como el estruendo que se produce en
la espesura de un monte y ss deja oír a lo lejos,
cuando los hombres hacen leña; tal era el estré-
pito que se elevaba de la tierra espaciosa al
ser golpeados el bronce, el cuero y los escudos de
pieles de buey por las espadas y las lanzas de doble
filo. Y ya ni un hombre perspicaz hubiera conocido
al divino Sarpedón, pues los dardos, la sangre y el
polvo lo cubrían desde los pies a la cabeza. Agitá-
banse todos alrededor del cadáver como en la pri-
mavera zumban las moscas en 9] “8010 por cima
69 4—IT
Η O M E R 0)
de las escudillas, cuando los tarros rebosan de leche: de
igual manera bullían aquélios en torno del muerto.
Zeus no apartaba los refulgentes ojos de la dura
contienda; y contemplando a los guerreros, revolvía
en su ánimo muchas cosas acerca de la muerte de
Patroclo: vacilaba entre si el esclarecido Héctor
debería matar con el bronce a Patroclo sobre Sar-
pedón, igual a un dios, y quitarle la armadura de
los hombros, o convendría extender la terrible pelea.
Y considerando como lo más conveniente que el
bravo escudero de Aquiles Pelezda hiciera arredrgr a
los teucros y a Héctor, armado de bronce, hacia la
ciudad y quitara la vida a muchos guerreros, comenzó
por infundir timidez en Héctor, el cual subió al carro,
se puso en fuga y exhortó a los demás teucros a que
huyeran, porque había conocido hacia qué lado se
inclinaba la balanza sagrada de Zeus. Tampoco los
fuertes licios osaron resistir, y huyeron todos al ver
a su rey herido en el corazón y echado en un mon-
tón de cadáveres; pues cayeron muchos hombres a su
alrededor cuando el Cronión avivó el duro combate.
Los aqueos quitáronle a Sarpedón la reluciente ar-
madura de bronce y el esforzado hijo de Menetio la
entregó a sus compañeros para que la llevaran a las
cóncavas naves. Y entonces Zeus, que amontona las nu-
bes, dijo a Apolo: E
““¡Ea, querido Febo! Ve y después de sacar a
Sarpedón de entre los dardos, límpiale la negra san-
gre; condúcele a un sitio lejano y lávale en la co-
rriente de un río; úngele con ambrosía, ponle vesti-
duras divinas y entrégalo a los veloces conductores
y hermanos gemelos: Hipnos y Tánato. Y éstos,
transportándolo con presteza, lo dejarán en el rico
pueblo de la vasta Licia. Allí sus hermanos y amigos
70
L A I L Ι Α D A
le harán exequias y le erigirán un túmulo y un cipo,
que tales son los honores debidos a los muertos.??”
Así dijo, y Apolo no desobedeció a su padre. Des-
cendió de los montes ideos a la terrible batalla, y
en seguida, levantó al divino Sarpedón de entre los
dardos, y conduciéndole a un sitio lejano, lo lavó
en la corriente de un río; ungiólo con ambrosía,
púsole vestiduras divinas y entrególo a los veloces
conductores y hermanos gemelos: Hipnos y Tánato.
Y éstos, transportándolo con presteza, lo dejaron en
el rico pueblo de la vasta Licia.
Patroclo animaba a los corceles y a Automedón
y perseguía a los troyanos y licios, y con ello se
atrajo un gran infortunio. ¡Insensato! Si se hubiese
atenido a la orden del Peleida, se hubiera visto libre
de la funesta Ker, de la negra muerte. Pero siempre
el pensamiento de Zeus es más eficaz que el de los
hombres (aquel dios pone en fuga al varón esforzado
y le quita fácilmente la victoria, aunque él mismo
le haya incitado a combatir), y entonces alentó el
ánimo en el pecho de Patroclo.
¿Cuál fué el primero y cuál el último que mataste,
oh Patroclo, cuando los dioses te llamaron a la
muerte?
Fueron primeramente Adrasto, Autónoo, Equeclo,
Périmo Mégada, Epístor y Melanipo; y después, Ela-
s0, Mulio y Pilartes. Mató a éstos, y los demás se
dieron a la fuga.
Entonces los aqueos habrían tomado a llión, la
de altas puertas, por las manos de Patroclo, que
manejaba con gran furia la lanza, si Febo Apolo
no se hubiese colocado en la bien construída torre
para dañar a aquél y ayudar a los teucros. Tres
veces encaminóse Patroclo a un ángulo de la elevada
71
Η O M E R O
muralla; tres veces rechazóle Apolo, agitando con
sus manos inmortales el refulgente escudo. Y cuando,
semejante a un dios, atacaba por cuarta vez, incre-
póle la deidad con aterradoras voces:
'»¡Retírate, Patroclo de divino linaje! El hado no
ha dispuesto que la ciudad de los altivos troyanos
sea destruída por tu lanza, ni por Aquiles, que tanto
te aventaja.??
Así dijo, y Patroclo retrocedió un gran trecho,
para no atraerse la cólera del flechador Apolo.
Héctor se hallaba con el carro y los corceles en
las puertas Esceas, y estaba indeciso entre guiarlos
de nuevo hacia la turba y volver a combatir, o
mandar a voces que las" tropas se refugiasen en el
muro. Mientras reflexionaba sobre esto, presentósele
Febo Apolo, que tomó la figura del valiente joven
Asio, el cual era tío materno de Héctor, domador
de caballos, hermano carnal de Hécuba e hijo de
TDimanto, y habitaba en la Frigia, junto a la ceo-
rriente del Sangario. Así transfigurado, exclamó Apo-
lo, hijo de Zeus:
“¡Héctor! ¿Por qué te abstienes de combatir? No
debes hacerlo. Ojalá te superara tanto en bravura,
cuanto te soy inferior: entonces te sería funesto el
retirarte de la batalla. Mas, ea, guía los corceles
de duros cascos hacia Patroclo, por si puedes ma-
tarlo y Apolo te dará gloria.”?”
El dios, cuande esto hubo dicho, volvió a la ba-
talla. El esclarecido Héctor mandó a Cebrión que
picara a los corceles y los dirigiese a la pelea; y
Apolo, entrándose por la turba, suscitó entre los
dánaos funesto tumulto y dió gloria a Héctor y a los
teucros. Héctor dejó entonces a los demás dánaos, sin
que intentara matarlos, y enderezó a Patroclo los
12
L A I L 1 Α D ΔΑ
caballos de duros cascos. Patroclo, ἃ su vez, saltó
del carro a tierra con la lanza en la izquierda; cogió
con la diestra una piedra blanca y erizada de puntas
que le llenab$ la mano; y estribando en el suelo, la
arrojó, hiriendo en seguida a un combatiente, pues
el tiro no resultó vano: dió la pedrada en la frente
de Cebrión, auriga de Héctor, que era hijo bastardo
del ilustre Príamo y entonces gobernaba las riendas
de los caballos. La piedra se llevó ambas cejas; el
hueso tampoco resistió; los ojos cayeron en el polvo
a los pies de Cebrión; y éste, cual si fuera un buzo,
cayó del asiento bien construído, porque la vida
huyó de sus miembros. Y burlándote de él, oh ea-
ballero Patroclo, exclamaste:
““¡Oh dioses! ¡Muy ágil es el teucro! ¡Cuán fácil-
mente salta a manera de un buzo! Si se hallara en el
ponto, en peces abundante, ese hombre saltaría de
la nave aunque el mar estuviera tempestuoso y po-
dría saciar a muchas personas con las ostras que
pescara. ¡Con tanta facilidad ha dado la voltereta
del carro a la llanura! Es indudable que también los
troyanos tienen buzos.?”
Dijo, y corrió hacia el héroe con la impetuosidad
de un león que devasta los establos hasta que es
herido en el pecho y su mismo valor le mata; de la
misma manera, oh Patroclo, te arrojaste enardecido
sobre Cebrión. Héctor, por su parte, saltó del carro
al suelo sin dejar las armas. Y entrambos luchaban
en torno de Cebrión, como dos hambrientos leones
que en el monte pelean furiosos por el cadáver de
una cierva; así los dos aguerridos campeones, Pa-
troclo Menetíada y el esclarecido Héctor, deseaban
herirse el uno al otro con el cruel bronte. Héctor,
había cogido al muerto por la cabeza y no lo soltaba;
73
Η Ο M LD R O
Patroclo lo asía de un pie, y los demás teucros y
dánaos sostenían encarnizado combate.
Como el Euro y el Noto contienden en la espesura de
un monte, agitando la poblada selva, y los largas ramas
de los fresnos, encinas y cortezudos cornejos chocan
entre sí con inmenso estrépito, y se oyen los erujidos
de las que se rompen; de semejante modo' teucros
y aqueos se mataban, sin acordarse de la perniciosa
fuga. Alrededor de Cebrión se elavaron en tierra
muchas agudas lanzas y aladas flechas que saltaban
de los arcos; buen número de grandes piedras herían
los escudos de los combatientes; y el héroe yacía en
el suelo, sobre un gran espacio, envuelto en un tor-
bellino de polvo y olvidado del arte de guiar los
Carros.
Hasta que el sol hubo recorrido la mitad del cielo,
los tiros alcanzaban por igual a unos y a otros, y
los hombres caían. Cuando aquél se encaminó al
ocaso, los aqueos eran vencedores, contra lo dispuesto
por el destino; y habiendo arrastrado el cadáver del
héroe Cebrión fuera del alcance de los dardos y
del tumulto de los teucros, le quitaron la armadura
de los hombros. i
Patroclo acometió furioso a los teueros: tres veces
los atacó, cual otro Ares, dando horribles voces;
tres veces mató nueve hombres. Y cuando, semejante
a un dios, arremetiste, oh Patroclo, por cuarta vez,
vióse claramente que ya llegabas al término de tu
vida, pues el terrible Febo salió a tu encuentro en
el duro combate. Mas Patroclo no vió al dios; el
cual, cubierto por densa nube, atravesó la turba,
se le puso detrás, y alargando la mano, le dió un
golpe en la espalda y en los anchos hombros. Al
punto los ojos del héroe sufrieron vértigos. Febo
74
L Α 1 L 1 A D A
Apolo le quitó de la cabeza el casco con agujeros a
guisa de ojos, que rodó con estrépito hasta los pies
de los caballos; y el penacho se manchó de sangre
y polvo. Jamás aquel casco adornado con crines de
caballo, se había manchado cayendo en el polvo,
pues protegía la cabeza y hermosa frente del divino
Aquiles. Entonces Zeus permitió también que lo lle-
vara Héctor, porque ya la muerte se iba acercando
a este caudillo. A Patroclo se le rompió en la mano
la pica larga, ponderosa, grande, fornida, armada
de bronce; el ancho escudo y su correa cayeron al
suelo, y Apolo desató la coraza que aquél llevaba.
El estupor se apoderó del espíritu del héroe, y sus
hermosos miembros perdieron la fuerza. Patroclo se
detuvo atónito, y entonces clavóle aguda lanza en
la espalda, entre los hombros, el dárdano Euforbo
Pantoida; el cual aventajaba a todos los de su edad
en el manejo de la pica, en el arte de guiar un
carro y en la veloz carrera, y la primera vez que
se presentó con su carro para aprender a combatir,
derribó a veinte guerreros de sus carros respectivos.
Este fué, oh caballero Patroclo, el primero que con-
tra ti despidió su lanza, pero aún no te hizo sucumbir.
Euforbo arrancó la lanza de fresno; y retrocediendo,
se mezcló con la turba, sin esperar a Patroclo, aunque
le viera desarmado; mientras éste, vencido por el
golpe del dios y la lanzada, retrocedía al grupo de sus
compañeros para evitar la muerte.
Cuando Héctor advirtió que el magnánimo Patro-
clo se alejaba y que lo habían herido con el
agudo bronce, fué en su seguimiento, por entre las
filas, y le envasó la lanza en la parte inferior del
vientre, que el hierro pasó de parte a parte; y el
héroe cayó con estrépito, causando gran aflicción
75
H O M y " Ὁ
al ejército aqueo. Como el león acosa en la lucha al
indómito jabalí cuando ambos pelean arrogantes en
la cima de un monte por un escaso manantial donde
quieren beber, y el león vence con su fuerza al
jabalí, que respira anhelante; así Héctor Priámida
privó de la vida, hiriéndole con la lanza, al esforzado
hijo de Menetio, que a tantos había dado muerte.
Y blasonando del triunfo, profirió estas aladas pa-
labras: :
““¡Patroclo! Sin duda esperabas destruir nuestra
ciudad, hacer cautivas a las mujeres troyanas y lle-
vártelas en los bajeles a tu patria. ¡Insensato! Los
veloces caballos de Héctor vuelan al combate para
defenderlas; y yo, que en manejar la pica sobre-
salgo entre los belicosos teucros, aparto de los míos
el día de la servidumbre; mientras que a ti te co-
merán los buitres. ¡Ah, infeliz! Ni Aquiles, con ser
valiente, te ha socorrido. Cuando saliste de las naves,
donde él se ha quedado, debió de hacerte muchas
recomendaciones y hablarte de este modo: no vuel-
vas a las cóncavas naves, caballero Patroclo, antes
de haber roto la coraza que envuelve el pecho de Hée-
tor, teñida en sangre. Así te dijo, sin duda; y tú,
oh necio, te dejaste persuadir?”
Con lánguida voz le respondiste, caballero Patro-
clo: **¡Héctor! Jáctate ahora con altaneras palabras,
ya que te han dado la victoria el Cronida y Apolo;
los cuales me vencieron fácilmente, quitándome la
armadura de los hombros. Si veinte guerreros como
tú me hubiesen hecho frente, todos habrían muerto
vencidos por mi lanza. Matóme la Moira violenta,
valiéndose del hijo de Leto y de Euforbo entre los hom-
bres; y tú llegas el tercero, para despojarme de las
armas. Otra cosa voy a decirte, que fiajarás en la me-
16
L á 1 L 1 Á D γι
moria: Tampoco tú has de vivir largo tiempo, pues
la muerte y el hado cruel se te acercan, y sucumbirás
a manos del eximio Aquiles, descendiente de 800.
Apenas acabó de hablar, la muerte le cubrió con
su manto: el alma voló de los miembros y descendió
a la mansión de Edes, llorando su suerte porque
dejaba un cuerpo vigoroso y joven. Y el esclarecido
Héctor le dijo, aunque ya muerto le viera:
“f¡Patroclo! ¿Por qué me profetizas una muerte
terrible? ¿Quién sabe si Aquiles, hijo de Tetis, la
de hermosa cabellera, no perderá autes la vida, herido
por mi lanza???”
Dichas estas palabras, puso un pie sobre el cadáver,
arrancó la broncínea lanza, y lo tumbó de espaldas.
Inmediatamente dirigióse, lanza en mano, hacia Au-
tomedón, el divino servidor del Jiácida, de pies
ligeros; pero los veloces caballos inmortales que a
Peleo dieran los dioses como espiéndido presente, lo
sacaban ya de la batalla.
Los griegos y los teucros combaten alrededor del cadáyer
de Patroclo
RAPSODIA DECIMOSEPTIMA
O
¡dejó de advertir el Atrida
Menelao, caro a Ares, que Pa-
troclo había sucumbido en la
lid a manos de los teucros; y,
armado de luciente bronce, se
abrió camino por los comba-
tientes delanteros y empezó a
moverse en torno del cadáver
para defenderlo. De la suerte que la vaca primeriza da
vueltas alrededor de su becerrillo, mugiendo tiernamen-
te, como no acostumbrada a parir; de la misma manera
bullía el rubio Menelao cerca de Patroclo. Y colo-
cándose delante del muerto, enhiesta la lanza y
embrazado el escudo, aprestábase a matar a quien
se le opusiera. Tampoco Euforbo, el hábil lancero
hijo de Panto, se descuidó al ver en el suelo al
eximio Patroclo; sino que se detuvo a su vera y
dijo a Menelao, caro a Ares:
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** ¡Menelao Atrida, amado de Zeus, príncipe de
hombres! Retírate, suelta el cadáver y desampara
estos sangrientos despojos; pues, en la reñida pelea,
ninguno de los troyanos ni de los auxiliares ilustres
envasó su lanza a Patroclo antes que yo lo hiciera.
Déjame alcanzar inmensa gloria entre los teucros.
No sea que, hiriéndote, te quite la dulce vida.”?
Respondióle muy indignado el rubio Menelao: ““¡Pa-
dre Zeus! No es bueno que nadie se vanagloríe con
tanta soberbia. Ni la pantera, ni el león, ni el dañino
jabalí que tienen gran ánimo en el pecho y están
orgullosos de su fuerza, se presentan tan osados como
los hábiles lanceros hijos de Panto. Pero el fuerto
Hiperenor, domador de caballos, no siguió gozando
de su juventud cuando me aguardó, después de inju-
riarme diciendo que yo era el más cobarde de los
guerreros dánaos; y no creo que haya podido volver
con gus pies a la patria, para regocijar a su esposa
y a sus venerandos padres. Del mismo modo te quitaré
la vida a ti, si osas afrontarme, y te aconsejo que
vuelvas a tu ejército y no te pongas delante; pues
el necio sóio conoce el mal cuando ha llegado.??
Así habló, sin persuadir a Euforbo, que contestó
diciendo: *“Menelao, alumno de Zeus, ahora pagarás
la muerte de mi hermano, de que tanto te jactas.
Dejaste viuda a su mujer en el reciente tálamo;
causaste a nuestros padres llanto y dolor profundo.
Yo conseguiría que aquellos infelices cesaran de llo-
rar, si llevándome tu cabeza y tus armas, las pusiera
en. las manos de Panto y de la divina Frontis. Pero
no se diferirá mucho tiempo el combate, ni quedará
sin decir quién haya de ser el vencedor y quién el
vencido. ??
Dicho esto, dió un bote en el escudo liso del Atrida;
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pero no pudo romper el bronce, porque la punta se
torció al chocar con el fuerte escudo. Menelao Atri-
da acometió, a su vez, con la pica, orando al padre
Zeus; y al ir Euforbo a retroceder, se la clavó en
la parte inferior de la garganta, empujó el asta con la
robusta mano y la punta atravesó el delicado cuello.
Euforbo cayó con estrépito, resonaron sus armas y
se mancharon de sangre sus cabellos, semejantes a
los de las Kárites, y los rizos, que llevaba sujetos
con anillos de oro y plata. Cual frondoso olivo que
plantado por el labrador en un lugar solitario donde
abunda el agua, crece hermoso, es mecido por vientos
de toda clase y se cubre de blancas flores; y viniendo
de repente el huracán, lo arranca de la tierra y lo
tiende en el suelo; así Menelao Atrida dió muerte
a Euforbo, hijo de Panto y hábil lancero, y en
seguida comenzó a quitarle la armadura.
Como un montaraz león, confiado en su fuerza,
coge del rebaño que está paciendo la mejor vaca, le
rompe la cerviz con los fuertes dientes, y despeda-
zándola, traga la sangre y las entrañas; y así los
perros como los pastores gritan mucho a su alrededor,
pero de lejos, sin atreverse a ir contra la fiera porque
el pálido temor los domina; de la misma manera ningu-
no tuvo ánimo para salir al encuentro del glorioso
Menelao. Y el Atrida se habría llevado fácilmente las
magníficas armas de Euforbo, si no lo hubiese impedido
Febo Apolo; el cual, tomando la figura de Mentes,
- caudillo de los cicones, suscitó contra aquél a Héctor,
igual al veloz Ares, con estas aladas palabras:
“¡Héctor! Tú corres ahora tras lo que no se puede
alcanzar: los eorceles del aguerrido Eácida. Difícil
es que nadie los sujete y sea por ellos llevado, fuera
de Aquiles, que tiene una madre inmortal. Y en
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tanto, el belígero Menelao Atrida, que defiende el
cadáver de Patroclo, ha muerto a uno de los más
esforzados teucros, a Euforbo, hijo de Panto, aca-
bando con el impetuoso valor de este caudillo.??
El dios, habiendo hablado así, volvió a la batall:u
Héctor sintió profundo dolor en las negras entrañas,
ojeó las hileras y vió en seguida al Atrida que des-
pojaba de la armadura a Euforbo, y a éste tendido
en el suelo y vertiendo sangre por la herida. Presuro-
so, armado como se hallaba de luciente bronce y dan-
do agudos gritos, abrióse paso entre los combatientes
delanteros cual si fuese una llama inextinguible encen-
dida por Hefestos. El hijo de Atreo gimió al oír las
voces, y a su magnánimo espíritu así le dijo:
““¡Ay de mí! Si abandono estas magníficas armas
y a Patroclo, que por vengarme yace aquí tendido,
temo que se irritará cualquier dánao que lo presencie,
Y si por vergúenza peleo con Héctor y los teucros,
como ellos son muchos y yo estoy solo, quizás me
cerquen; pues Héctor, de tremolante casco, trae aquí
a todos los troyanos. Mas ¿por qué el corazón me
hace pensar en tales cosas? Cuando, oponiéndose a
la divinidad, el hombre lucha con un guerrero pro-
tegido por algún dios, pronto le sobreviene grave
daño. Así, pues, los dánaos no se irritarán conmigo
porque me vean ceder a Héctor, que combate am-
parado por las deidades. Pero si a mis oídos llegara
la voz de Ayax, valiente en la pelea, volvería aquí
con él y sólo pensaríamos en lidiar, aunque fuese
contra un dios, para ver si lográbamos arrastrar el
cadáver y entregarlo al Peleida Aquiles. Sería esto lo
mejor para hacer llevaderos los presentes males.”??
Mientras tales pensamientos revolvía en su mente
y en su corazón, llegaron las huestes de los teucros,
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capitaneadas por Héctor. Menelao dejó el cadáver y
retrocedió, volviéndose de cuando en cuando. Como
el melenudo león a quien alejan del establo los
canes y los hombres con gritos y venablos, siente
que el corazón audaz se le encoge y abandona de
mala gana el redil; de la misma suerte apartábase
de Patroclo el rubio Menelao; quien, al juntarse con
sus amigos, se detuvo, volvió la cara a los teucros
y buscó con los ojos al gran Ayax, hijo de Telamón.
Pronto le distinguió a la izquierda de la batalla,
donde animaba a sus compañeros y les incitaba a
pelear, pues Febo Apolo les había infundido un gran
terror. Corrió a encontrarle; y poniéndose a su lado,
le dijo estas palabras:
““¡Ayax! Ven, amigo; apresurémonos a combatir
por Patroeclo muerto, y quizás podamos llevar a Aqui-
leg el cadáver desnudo, pues las armas las tiene
Héctor, de tremolante casco.?”
Así dijo; y conmovió el corazón del aguerrido Ayax,
que atravesó al momento las primeras filas junto con
el rubio Menelao. Héctor había despojado a Patroelo
de las magníficas armas y se lo llevaba arrastrando,
para separarle con el agudo bronce la cabeza de los
hombrosy entregar el cadáver a los perros de Troya.
Pero acercósele Ayax con su eseudo como una torre;
y Héctor, retrocediendo, llegó al grupo de sus amigos,
saltó al carro y entregó las magníficas armas a los
troyanos para que las llevaran a la ciudad, donde
habían de proporcionarle inmensa gloria. Ayax cubrió
con su gran escudo al hijo de Menetio y se mantuvo
firme. Como el león anda en torno de sus cachorros
cuando llevándolos por el bosque le salen al encuen-
tro los cazadores, y haciendo gala de su fuerza, baja
los párpados y cierra los ojos; de aquel modo corría
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Ayax alrededor del héroe Patroclo. En la parte opues-
ta hallíbase Menelao, caro a Ares, en cuyo pecho el
dolor iba ereciendo. ;
Glauco, hijo de Hipóloco, caudillo de los licios,
dirigió entonces la torva faz a Héctor, y le increpó
con estas palabras:
£*¡Héctor, el de más hermosa figura, muy falto
estás del valor que la guerra exige! Inmerecida es
tu buena fama, cuando solamente sabes huír. Piensa
cómo en adelante defenderás la ciudad y la ciuda-
dela, solo y sin más auxilio que los hombres nacidos
en llión. Ninguno de los licios ha de pelear ya con.
los dánaos en favor de la ciudad, puesto que para
nada se agradece el batallar siempre y sin descanso
contra el enemigo. ¿Cómo, oh cruel, salvarás en la
turba a un obscuro combatiente, si dejas que Sarpe-
dón, huésped y amigo tuyo, llegue a ser presa y
botín de los argivos? Mientras estuvo vivo, prestó
grandes servicios a la ciudad y a ti mismo; y ahora
no te atreves a apartar de su cadáver a los perros.
Por esto, si los licios me obedecieren, volveríamos
a nuestra patria, y la ruina más espantosa amena-
zaría a Jlión. Mas, si ahora tuvieran los troyanos el
valor audaz e intrépido que suelen mostrar los que
por la patria sostienen contiendas y luchas con los
enemigos, pronto arrastraríamos el cadáver de Pa-
troclo hasta llión. Y en seguida que el cuerpo de
éste fuera retirado del campo y conducido a la gran
ciudad de Príamo, los argivos nos entregarían, para
rescatarlo, las hermosas armas de Sarpedón, y tam-
bién podríamos llevar a Jlión el cadáver del héroe;
pues Patroclo fué escudero del argivo más valiente
que hay en las naves, como asimismo lo son sus tro-
pas, que combaten cuerpo a cuerpo. Pero tú no osaste
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que los dioses dieran a Peleo, y óste, ya anciano,
cedió a su hijo, quien no había de usarlas tanto
tiempo que, llevándolas, llegara a la vejez.
Cuando Zeus, que amontona las nubes, vió que
Héctor vestía las armas del divino Peleida, moviendo
la cabeza, habló consigo mismo y dijo:
““¡Ah mísero! No piensas en la muerte, que ya se
halla cerca de ti, y vistes las armas divinas de un
hombre valentísimo a quien todos temen. Has muerto
a su amigo, tan bueno como fuerte, y le has quitado
ignominiosamente la armadura de la cabeza y de los
hombros. Mas todavía dejaré que alcances una gran
victoria como compensación de que Andrómaca no
recibirá de tus manos, volviendo tú del combate,
las magníficas armas del hijo de Peleo.??
Dijo Zeus, y bajó las cerúleas cejas en señal de
asentimiento. La armadura de Aquiles le vino bien a
Héctor; apoderóse de éste un terrible furor bélico,
y sus miembros se vigorizaron y fortalecieron; y el
héroe, dando recias voces, enderezó sus pasos a los
aliados ilustres y se les presentó con las resplande-
cientes armas del magnánimo Peleida. Acercóse a
cada uno de sus capitanes para animarlos—a Mestles,
Glauco, Medón, Tersíloco, Asteropeo, Disenor, Hipó-
too, Forcis, Cromio y el augur Enomo—y los instigó
con estas aladas palabras:
¿£¡Oíd, tribus innúmeras de aliados que habitáis
alrededor de Troya! No ha sido por el deseo ni por
la necesidad de reunir una muchedumbre por lo que
os he traído de vuestras ciudades; sino para que de-
fendáis animosamente de los belicosos aqueos a las
esposas y a los tiernos infantes de los troyanos. Con
esta idea abrumo a mi pueblo y le exijo dones y
víveres para excitar vuestro valor. Ahora cada une
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Tales fueron sus palabras. Oyóle en seguida el
veloz Ayax de Oileo, y acudió antes que nadie, corrien-
do a través del campo. Siguiéronle Idomeneo y su es-
cudero Meriones, igual al homicida Ares. ¿Y quién
podría retener en la memoria y decir los nombres
de cuántos aqueos fueron llegando para reanimar la
pelea?
Los teucros acometieron apiñados, con Héctor a su
frente. Como en la desembocadura de un río que las
celestiales lluvias alimentan, las ingentes olas chocan
bramando contra la corriente del mismo, refluyen al
mar y las altas orillas resuenan en torno; con una
gritería tan grande marchaban los teucros. Mientras
tanto, los aqueos permanecían firmes alrededor del
cadáver del hijo de Menetio, conservando el mismo
ánimo y defendiéndose con los escudos de bronce;
y Zeus rodeó de espesa niebla sus relucientes cascos,
porque nunca había aborrecido al hijo de Menetio
mientras vivió y fué servidor de Aquiles, y entonces
veía con desagrado que el cadáver pudiera llegar a
ser juguete de los perros troyanos. Por esto el dios
incitaba a los compañeros a que lo defendieran.
En un principio, los teueros rechazaron a los aqueos,
de ojos vivos, y éstos, desamparando al muerto, hu-
yeron espantados. Y si bien los altivos teucros no
eonsiguieron matar con sus lanzas a ningún aquivo,
como deseaban, empezaron a arrastrar el cadáver.
Poco tiempo debían los aqueos permanecer alejados
de éste, pues los hizo volver Ayax; el cual, así por
su figura, como por sus obras, era el mejor de los
dánaos, después del eximio Peleida. Atravesó el héroe
las primeras filas, y parecido por su bravura al
jabalí que en el monte dispersa fácilmente, dando
vueltas por los matorrales, a los perros y a los flo-
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recientes mancebos; de la misma manera el esclare-
cido Ayax, hijo del ilustre Telamón, acometió y
dispersó las falanges de troyanos que se agitaban
en torno de Patroclo con el decidido propósito de
llevarlo a la ciudad y alcanzar gloria.
Hipótoos, hijo preclaro del pelasgo Letos, había
atado una correa a un tobillo de Patroclo, alrededor
de los tendones; y arrastraba el cadáver por el pie,
a través del reñido combate, para congraciarse con
Héctor y los teucros. Pronto le ocurrió una desgracia,
de que nadie, por más que lo deseara, pudo librarle.
Pues el hijo de Telamón, acometiéndole por entre
la turba, le hirió de cerca a través del casco de
broncíneas carrilleras: el casco, guarnecido de un
penacho de crines de caballo, se quebró al recibir
el golpe de la gran lanza manejada por la robusta
mano; el cerebro fuyó sanguinolento por la herida,
a lo largo del asta; el guerrero perdió las fuerzas,
dejó escapar de sus manos al suelo el pie del ani-
moso Patroclo, y cayó de pechos, junto al cadáver,
lejos de la fértil Larisa; y así no pudo pagar a sus
progenitores la crianza, ni fué larga su vida, porque
sucumbió vencido por la lanza del magnánimo Ayax.
Héctor arrojó, a su vez, la reluciente lanza; pero
Ayax, al notarlo, hurtó el cuerpo, y la broncínea
arma alcanzó a Esquedio, hijo del magnánimo Ifites
y el más valiente de los focenses, que tenía su casa
en la célebre Pánope y reinaba sobre muchos hom-
bres: clavóse la punta debajo de la clavícula y,
atravesándola salió por el hombro. El guerrero
cayó con estrépito, y sus armas resonaron. Ayer
hirió en medio del vientre al aguerrido Forcis, hijo
de Fénope, que defendía el cadáver de Hipótoo; y el
“bronce rompió la cavidad de la coraza y desgarró
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las entrañas: el teucro, caído, en el polvo, cogió el
suelo con las manos. Arredráronse los combatientes
delanteros y el esclarecido Héctor; y los argivos
dieron grandes voces, retiraron los cadáveres de For-
cis y de Hipótoo, y quitaron de sus hombros las
respectivas armaduras.
Entonces los teueros hubieran vuelto a entrar en
Ilión, acosados por los belicosos aqueos y vencidos
por su propia cobardía; y los aqueos hubiesen alcan-
zado gloria, contra la voluntad de Zeus, por su for-
taleza y su valor. Pero Apolo instigó a Eneas,
tomando la figura del heraldo Perifas Epítida, que
había envejecido ejerciendo de pregonero en la casa
del padre del héroe y sabía dar saludables consejos.
Así transfigurado, habló Apolo, hijo de Zeus, di-
ciendo:
“¡Eneas! ¿De qué modo podrías salvar a la excelsa
Jlión, aún contra la voluntad de un dios? Como he visto
hacerlo a otros varones que confaban en su fuerza
y vigor, en su bravura y en la muchedumbre de
tropas formadas por un pueblo intrépido. Mas al
presente, Zeus desea que la victoria quede por vos-
otros y no por los dánaos; y vosotros huís temblando
y renunciáis a combatir.?”
De tal suerte habló. Eneas, como viera delante de
sí al flechador Apolo, reconocióle, y a grandes voces
dijo a Héctor:
“¡Héctor y demás caudillos de los troyanos y sus
aliados! Es una vergienza que entremos en llión,
acosados por los belicosos aqueos y vencidos por
nuestra cobardía. Una deidad ha venido a decirme
que Zeus, el árbitro supremo, será aún nuestro au-
xiliar en la batalla. Marchemos, pues, en derechura
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Δ ἃ μὰ ρῶς DA
a los dánaos, para que no se lleven tranquilamente
a las naves el cadáver de Patroclo.””
Así habló; y saltando mucho más allá de los com-
batientes delanteros, se detuvo. Los teucros volvieron
la cara y afrontaron a los aquivos. Entonces Eneas
dió una lanzada a Leócrito, hijo de Arisbas y com-
pañero valiente de Licomedes. Al verle derribado
en tierra compadecióse Licomedes, caro a Ares, y parán-
dose muy cerca del enemigo, arrojó la reluciente
lanza, hirió debajo del diafragma a Apisaón Hipásida,
pastor de hombres, y le dejó sin vigor las rodillas:
este guerrero procedía de la fértil Peonia, y era,
después de Asteropeo, el que más descollaba en el
combate. Vióle caer el belígero Asteropeo, y apia-
dándose, corrió hacia él, dispuesto a pelear con los
dánaos. Mas no le fué posible; pues cuantos rodeaban
por todas partes a Patroclo, se cubrían con los escu-
dos y calaban las lanzas. Ayax recorría las filas y
daba muchas órdenes: mandaba que ninguno retro-
cediese, abandonando el cadáver; ni combatiendo se
adelantara a los demás aqueos; sino que todos cir-
cundaran al muerto y pelearan de cerca. Así los
arengaba el ingente Ayax. La tierra estaba regada
de purpúrea sangre y morían, unos en pos de otros,
muchos troyanos, poderosos auxiliares, y dánaos; pues
estos últimos no peleaban sin derramar sangre, aun-
que parecían en mucho menor número porque euida-
ban siempre de defenderse recíprocamente en medio
de la turba, para evitar la cruel muerte.
Así combatían, con el ardor del fuego. No hubieras
dicho que aun subsistiesen el sol y luna; pues hallá-
banse cubiertos por la niebla todos los guerreros
ilustres que pugnaban alrededor del cadáver de Pa-
troclo. Los restantes teucros y aqueos, de hermosas
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grebas, libres de la obseuridad, lidiaban bajo el cielo
sereno: los vivos rayos del sol herían el campo, sin
que apareciera ninguna nube sobre la tierra ni en
las montañas, y ellos batallaban y descansaban alter-
nativamente, hallándose a gran distancia unos de
otros y procurando librarse de los tiros que les diri-
gían los contrarios. Y en tanto, los del centro pa-
decían muchos males a causa de la niebla y del
combate, y los más valientes estaban dañados por
el cruel bronce. Dos varones insignes, Trasimedes y
Antíloco, ignoraban aún que el eximio Patroclo hu-
biese muerto y creían que luchaba con los teucros
en la primera fila. Ambos, aunque se daban cuenta
de que sus compañeros eran muertos o derrotados,
peleaban separadamente de los demás; que así lo or-
denara Néstor, cuando desde las negras naves los en-
vió a la batalla.
Todo el día sostuvieron la gran eontienda y el
eruel combate. Cansados y sudosos tenían los pies,
las piernas y las rodillas, y manchados de polvo los
ojos y las manos, cuantos peleaban en. torno del vya-
liente servidor del Eácida, de pies ligeros. Como un
hombre da a los obreros, para que la estiren, una
piel grande de toro cubierta de grasa; y ellos, co-
gióndola, se distribuyen a su alrededor, y tirando
todos sale la humedad, penetra la grasa y la piel
queda perfectamente extendida por todos lados; de
la misma manera, tiraban aquéllos del cadáver acá
y allá, en un reducido espacio, y tenían grandes
esperanzas de arrastrarlo los teucros hacia llión, y
los aqueos a las cónecavas naves. Un tumulto feral
se producía alrededor del muerto; y ni Ares, que
enardece a los guerreros, ni Atenea por airada que es-
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tuviera, habrían hallado nada que reprochar, si lo
hubiesen presenciado,
Tan funesto combate de hombres y caballos suscitó
Zeus aquel día sobre el cadáver de Patroclo. El di-
vino Aquiles ignoraba aún la muerte del héroe, por-
que la pelea se había empeñado lejos de las veleras
naves, al pie del muro de llión. No se figuraba que
hubiese muerto, sino que después de acercarse a las
puertas volvería vivo; porque tampoco esperaba que
llegara a tomar la ciudad, ni solo, ni con él mismo.
Así se lo había oído muchas veces a su madre cuando,
hablándole separadamente de los demás, le revelaba
el pensamiento del gran Zeus. Pero entonces la diosa
no le anunció la gran desgracia que acababa de
ocurrir: la muerte del compáñero a quien más amaba.
Los combatientes blandiendo afiladas lanzas, se
acometían continuamente alrededor del cadáver; y
unos a otros se mataban. Y hubo quien entre los
aqueos, de broncíneas lorigas, habló de esta manera:
““¡Oh amigos! No sería para nosotros una acción
gloriosa, la de volver a las cóncavas naves. Antes
la negra tierra nos trague a todos; que preferible
fuera, si hemos de permitir a los troyanos, domadores
de caballos, que arrastren el cadáver a la ciudad y
alcancen gloria.??”
Y a su vez alguno de los magnánimos teucros así
decía: “*¡Oh amigos! Aunque el destino haya dis-
puesto que sucumbamos todos junto a ese hombre,
nadie abandone la batalla.”? |
Con tales palabras excitaban el valor de sus com-
pañeros. Seguía el combate, y el férreo estrépito
llegaba al cielo de bronce, a través del infecundo
éter.
Los corceles de Aquiles lloraban, fuera del campo
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de la batalla, desde que supieron que su auriga había
sido postrado en el polvo por Héctor, matador
de hombres. Por más que Automedón, hijo valiente de
Dioreo, los aguijaba con el flexible látigo y les dirigía
palabras, ya suaves, ya amenazadoras; ni querían
volver atrás, a las naves y al vasto Helesponto, ni
encaminarse hacia los aqueos que estaban peleando.
Como la columna se mantiene firme sobre el túmulo
de un varón difunto o de una matrona, tan inmóviles
permanecían aquéllos con el magnífico carro. Ineli-
naban la cabeza al suelo; de sus párpados se despren-
dían ardientes lágrimas con que lloraban la pérdida
del auriga, y las lozanas crines estaban manchadas
y caídas a ambos lados del yugo. Al verlos llorar, el
Cronión se compadeció de ellos, movió la cabeza; y
hablando consigo mismo, dijo:
““¡Ah infelices! ¿Por qué os entregamos al rey
Peleo, a un mortal, estando vosotros exentos de la ve-
jez y de la muerte? ¿Acaso para que tuvieseis penas
entre los míseros mortales? Porque no hay un sér
más desgraciado que el hombre, entre cuantos respi-
ran y se mueven sobre la tierra. Héctor Priámida
no será llevado por vosotros en el hermoso ca-
rro; no lo permitiré. ¿Por ventura no es bastante que
se haya apoderado de las armas y se gloríe de esta
manera? Daré fuerza a vuestras rodillas y a vuestro
espíritu, para que llevéis salvo a Automedón desde
la batalla a las cóncavas naves; y concederé gloria
a los teueros, los cuales seguirán matando hasta que
lleguen a las naves de muchos bancos, se ponga el
sol: y la sagrada obscuridad sobrevenga.??
Tal dijo, e infundió gran vigor a los caballos:
sacudieron éstos el polvo de las crines y arrastraron
velozmente el ligero carro hacia los aqueos. Auto-
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medón, aunque afligido por la suerte de su compa-
ñero, quería combatir desde el carro, y con los corceles
se echaba sobre los enemigos como el buitre sobre
los ánsares; y con la misma facilidad huía del tu-
multo de los teucros, que arremetía a la gran turba
de ellos para seguirles el alcance. Pero no mataba
hombres cuando se lanzaba a perseguir, porque es-
tando solo en la silla, no le era posible acometer con
la lanza y sujetar al mismo tiempo los veloces caba-
llos. Vióle al fin su compañero Alcimedón, hijo de
Laerces Hemónida; y poniéndose detrás del carro,
dijo a Automedón:
“*¡Automedón! ¿Qué dios te ha sugerido tan inútil
propósito dentro del pecho y te ha privado de tu
buen juicio? ¿Por qué, estando solo, combates con
los teucros en la primera fila? Tu compañero recibió”
la muerte, y Héctor se vanagloría de cubrir sus
hombros con las armas del Eácida.??
Respondióle Automedón, hijo de Dioreo: “*¡Alci-
medón! ¿Cuál otro aqueo podría sujetar o aguijar
estos caballos inmortales mejor que tú, si no fuera
Patroclo, consejero igual a los dioses, mientras estu-
vo vivo? Pero ya la muerte y el destino le alcanzaron.
Recoge el látigo y las lustrosas riendas, y yo bajaré
del carro para combatir.??
Así hablo. Alcimedón, subiendo en seguida al veloz
carro, tomó el látigo y las riendas, y Automedón
saltó a tierra. Advirtiólo el esclarecido Héctor; y al
momento dijo a Eneas, que a su vera estaba:
*“¡Eneas, consejero de los teucros, de broncíneas
lorigas! Advierto que los corceles del Eácida, ligero
de pies, aparecen nuevamente en la lid guiados por
aurigas débiles. Y creo que me apoderaría de los
mismos, si tú quisieras ayudarme; pues arremetiendo
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mosotros a los aurigas, éstos no se atreverán a resis-
tir ni a pelear frente a frente.?””
Dijo; y el valeroso hijo de Anquises no dejó de
obedecerle. Ambos pasaron adelante, protegiendo sus
hombros con sólidos escudos de pieles secas de buey,
cubiertas con gruesa capa de bronce. Siguiéronles
Cromio y el divino Areto, que tenían grandes es-
peranzas de matar a los aurigas y llevarse los cor-
celes de erguido cuello. ¡Insensatos! No sin derramar
sangre habían de escapar de Automedón. Este, orando
al padre Zeus, llenó de fuerza y vigor las negras
entrañas; y en seguida dijo a Alcimedón, su fiel com-
pañero:
““*¡Alcimedón! No tengas los caballos lejos de mí;
sino tan cerca, que sienta su resuello sobre mi espalda.
Creo que Héctor Priámida no calmará su ardor hasta
que suba al carro de Aquiles y gobierne los corceles
de hermosas crines, después de darnos muerte a
nosotros y desbaratar las filas de los guerreros argi-
vos; O él mismo sucumba, peleando con los comba-
tientes delanteros.?? |
Cuando esto hubo dicho, llamó a los dos Ayaces
y a Menelao: ““¡Ayaces, caudillos de los argivos!
¡Menelao! Dejad a los más fuertes el cuidado de
rodear al muerto y defenderle, rechazando las haces
enemigas; y venid a librarnos del día cruel a nos-
otros que aún vivimos, pues se dirigen a esta parte,
eorriendo a través del luctuoso combate, Héctor y
Eneas, que son los más valientes de los teucros. En
la mano de los dioses está lo que haya de ocurrir.
Yo arrojaré mi lanza, y Zeus se cuidará del resto.”?”
Dijo; y blandiendo la ingente lanza, acertó a dar
en el escudo liso de Areto, que no logró detener a
aquélla: atravesólo la punta de bronce, y rasgando
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el cinturón se clavó en el empeine del guerrero. Como
un joven hiere con afilada segur a un buey montaraz
por detrás de las astas, le corta el nervio y el animal
dá un salto y cae; de esta manera el teucro saltó
y cayó boca arriba, y la lanza aguda, vibrando aún
en sus entrañas, dejóle sin vigor los miembros.
Héctor arrojó la reluciente lanza contra Automedón;
pero éste, como la viera venir, evitó el golpe ineli-
nándose hacia adelante: la fornida lanza se clavó en
el suelo detrás de él, y el regatón temblaba; pero
pronto la impetuosa arma perdió su fuerza. Y 89
atacaran de cerca con las espadas, si no les hubiesen
obligado a separarse los. dos Ayaces; los cuales,
enardecidos, abriéronse paso por la turba y acudieron
a las voces de su amigo. Temiéronlos Héctor, Eneas
y el divino Cromio, y, retrocendiendo, dejaron a Are-.
to, que yacía en el suelo con el corazón traspasado.
Automedón, igual al veloz Ares, despojóle de las ar-
mas; y gloriándose, pronunció estas palabras:
““El pesar de mi corazón por la muerte del hijo
de Menetio, se ha aliviado un poco; aunque le es
inferior el varón a quien he dado muerte.??”
Esto dicho, tomó y puso en el carro los sangrientos
despojos; y en seguida subió al mismo, con los pies
y las manos ensangrentados como el león que ha
devorado un toro.
De nuevo se trabó una pelea encarnizada, funesta,
Iunctuosa, en torno de Patroclo. Excitó la lid Atenea,
que vino del cielo, enviada a socorrer a los dánaos
por el longividente Zeus, cuya mente había cambiado.
De la suerte que Zeus tiene en el cielo el purpúreo
arco iris, como señal de una guerra o de un invierno
tan frío que obliga a suspender las labores del eampo
y entristece a los rebaños; de este modo la diosa,
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H O M E R O
envuelta en purpúrea nube, penetró por las tropas
aqueas y animó a cada guerrero. Primero enderezó
sus pasos hacia el fuerte Menelao, hijo de Atreo,
que se hallaba cerca; y tomando la figura y voz in-
fatigable de Fénix, le exhortó diciendo:
““Sería para ti, oh Menelao, motivo de vergúenza
y de oprobio que los voraces perros despedazaran
bajo el muro de llión el cadáver de quien fué com-
pañero fiel del ilustre Aquiles. ¡Combate denodada-
mente y anima a todo el ejército!??”
Respondióle Menelao, valiente en la pelea: “*¡Padre
Fénix, anciano respetable! Ojalá Atenea me infun-
diese vigor y me librase del ímpetu de los tiros. Yo
quisiera ponerme al lado de Patroclo y defenderle,
porque su muerte conmovió mucho mi corazón; pero
Héctor tiene la terrible fuerza de una llama, y no
cesa de matar con el bronce, protegido por Zeus,
que le da gloria.??
Así se expresó. Atenea, la diosa de los ojos de
buey, holgándose de que aquél la invocara la primera
entre todas las deidades, le vigorizó los hombros y
las rodillas, e infundió en su pecho la audacia de
la mosca, la cual, aunque sea ahuyentada repetidas
veces, vuelve a picar porque la sangre humana le es
agradable; de una audacia semejante llenó la diosa
las negras entrañas del héroe. Encaminóse Menelao
hacia el cadáver de Patroclo y despidió la reluciente
lanza. Hallábase entre los teuecros Podes, hijo de
Eetión, rico y valiente, a quien Héctor honraba mu-
cho en la ciudad porque era su compañero querido
en los festines; a éste, que ya emprendía la fuga,
Menelao atravesólo con la broncínea lanza que se
clavó en el ceñidor, y el teucro cayó con estrépito.
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Al punto, Menelao Atrida arrastró el cadáver desde
los teucros adonde se hallaban sus amigos.
Apolo incitó a Héctor, poniéndose a su lado des-
pués de tomar la figura de Fénope Asíada; éste tenía
la casa en Abido, y era para el héroe el más querido
de sus huéspedes. Así transfigurado, dijo el flechador
Apolo:
““¡Héctor! ¿Cuál otro aqueo te temerá, cuando hu-
yes temeroso ante Menelao, que siempre fué guerrero
débil y ahora él solo ha levantado y se lleva fuera
del alcance de los teucros el cadáver de tu fiel amigo
a quien mató, del que peleaba con denuedo entre los
combatientes delanteros, de Podes, hijo de Eetión?””
Tales fueron sus palabras, y negra nube de pesar
envolvió a Héctor, que en seguida atravesó las pri-
meras filas, cubierto de reluciente bronce. Entonces
el Cronida tomó la esplendorosa égida floqueada, cu-
brió de nubes el Ida, relampagueó y tronó fuerte-
mente, agitó la egida y dió la victoria a los teucros, po-
niendo en fuga a los aqueos.
El primero que huyó fué Peneleo, el beocio, por
haber recibido, vuelto siempre de cara a los teucros,
una herida leve en el hombro: Polidamas, acercán-
dose a él, le arrojó la lanza, que desgarró la piel y
llegó hasta el hueso. Héctor, a su vez, hirió en la
muñeca y dejó fuera de combate a Leito, hijo del
magnánimo Alectrión; el cual huyó espantado y mi-
rando en torno suyo, porque ya no esperaba que
con la lanza en la mano pudiese combatir con los
teucros.—Contra Héctor, que perseguía a Leito, arro-
jó Idomeneo su lanza y le dió un bote en el peto
de la coraza, junto a la tetilla; pero rompióse aqué-
lla en la unión del asta con el hierro; y los teucros
gritaron. Héctor despidió su lanza contra Idomeneo
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Deucálida, que iba en un carro; y por poco no acertó
a herirle; pero el bronee se clavó en Cérano, eseu-
dero y auriga de Meriones, a quien acompañaba desde
que partieron de la bien construída Licto. Idomeneo
salió aquel día de las corvas naves al campo, como
infante; y hubiera proporcionado a los teucros un
gran triunfo, si no hubiese llegado Cérano guiando
los veloces corceles: éste fué su salvador, porque le
libró del día cruel de perder la vida a manos de Héec-
tor, matador de hombres. A Cérano, pues, hirióle
Héctor debajo de la quijada y de la oreja: la punta
de la lanza hizo saltar los dientes y atravesó la
lengua. El guerrero cayó del carro, y dejó que las
riendas vinieran al suelo. Meriones, inclinándose, re-
cogiólas, y dijo a Idomeneo:
““Aguija con el látigo los caballos hasta que lle-
gues a las veleras naves; pues ya tú mismo conoces
que no serán los aqueos quienes alcancen la victoria.??
Así habló; e Idomeneo fustigó los corceles de her-
mosas crines, guiándolos hacia las cóneavas naves,
porque el temor había entrado en su corazón.
No les pasó inadvertido al magnánimo Ayax y a
Menelao que Zeus otorgaba a los teucros la incons-
tante victoria. Y el gran Ayax Telamonio fué el
primero en decir:
““¡Oh dioses! Ya hasta el más simple eonocería
que el padre Zeus favorece a los teueros. Los tiros
de todos ellos, sea cobarde o valiente el que dispara,
no yerran el blaneo, porque Zeus los encamina; mien-
tras que los nuestros eaen al suelo sin dañar a nadie.
Ea, pensemos cómo nos será más fácil sacar el
szadáver y volvernos, para regocijar a nuestros ami-
gos; los cuales deben de afligirse mirando hacia acá,
y sin duda piensan que ya no podemos resistir la
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fuerza y las invictas manos de Héctor, matador de
hombres, y pronto tendremos que refugiarnos en las
negras naves. Ojalá algún amigo avisara al Peleida
pues no creo que sepa la infausta nueva de que ha
muerto su compañero amado. Pero no puedo distin-
guir entre los aquivos a nadie capaz de hacerlo, cu-
biertos como están por densa niebla hombres y
caballos. ¡Padre Zeus! Libra de la espesa niebla a los
aqueos, serena el cielo, concede que nuestros ojos
vean, y destrúyenos en la luz, ya que así te place! ??
Tal dijo; y el padre, compadecido de verle derra-
mar lágrimas, disipó en el acto la obscuridad y apartó
la niebla. Brilló el sol y toda la batalla quedó alum-
brada. Y entonces dijo Ayax a Menelao, valiente en
la pelea:
““Mira ahora, Menelao, alumrvo. de Zeus, si ves a
Antíloco, hijo del magnánimo Néstor, vivo aún; y
envíale para que vaya corriendo a decir al aguerrido
Aquiles que ha muerto su compañero más amado.??
Tales fueron sus palabras; y Menelao, valiente en
la pelea, obedeció y se fué. Como se aleja del esta-
blo un león, después de irritar a los canes y a los
hombres que, vigilando toda la noche, no le han de-
jado comer los pingúes bueyes—el animal, ávido de
carne, acometía, pero nada consiguió porque audaces
manos le arrojaron muchos venablos y teas encendi-
das que le hicieron temer, aunque estaba enfierecido—;
y al despuntar la aurora, se va con el corazón afligi-
do: de tan mala gana, Menelao, valiente en la pelea,
so apartaba de Patroclo; porque sentía gran temor
de que los aqueos, vencidos por el fuerte miedo, lo
dejaran y fuera presa de los enemigos. Y se lo reco-
mendó mucho a Meriones y a los Ayaces diciéndoles:
““¡Ayaces, caudillos de los argivos! ¡Meriones!
Acordaos ahora de la mansedumbre del mísero Patro-
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elo, el cual supo ser amable con todos mientras gozó
de vida. Pero ya la muerte y el destino le alcan-
zaron.??
Dicho esto, el rubio Menelao partió volviendo la3
ojos por todas partes como el águila (el ave, según
dicen, de vista más perspicaz entre cuantas vuelan por
el cielo), a la cual, aun estando en las alturas, no le
pasa inadvertida una liebre de pies ligeros echada
debajo de un arbusto frondoso, y se abalanza a ella
y en un instante la coge y le quita la vida; del mis-
mo modo, oh Menelao, caro a Zeus, tus brillantes ojos
dirigíanse a todos lados, por la: turba numerosa de
los compañeros, para ver si podrías hallar vivo al hi-
jo de Néstor. Pronto le distinguió a la izquierda
del combate, Conde animaba a sus compañeros y les
incitaba a pelear. Y deteniéndose a su lado, lablóle
así el rubio Menelao:
““¡Ea, ven aquí, Antíloco, amado de Zeus, y sabrás
una infausta nueva que ojalá no debiera darte! Creo
que tú mismo conocerás, con sólo tender la vista, que
un dios nos manda le derrota a los dánaos y que la
victoria se decide por los teucros. Ha muerto el más
valiente aqueo, Patroclo, y los dánaos le echan muy
de menos. Corre hacia las naves aqueas y anúncialo
a Aquiles; por si, dándose prisa en venir, puede llevar a
su bajel el cadáver desnudo, pues las armas las tie-
ne Héctor, el de tremolante casco.??
Así dijo. Estremecióse Antíloco al oírle, estuvo un
buen rato sin poder hablar, llenáronse de lágrimas
sus ojos y la voz sonora se le cortó. Mas no por esto
descuidó de cumplir la orden de Menelao: entregó
las: armas a Laódoco, el eximio compañero que a su
lado regía los solípedos caballos, echó a correr, y sa-
lió del combate , llorando, para dar al Peleida Aquiles
la triste noticia.
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No quisiste, oh Menelao, caro a Zeus, quedarte allí
para socorrer a los fatigados compañeros de Antíloco;
aunque los pilios echaban muy de menos a su jefe.
Menelao les envió el divino Trasimedes; y volviendo
a la carrera hacia el cadáver de Patroclo, se detuvo
junto a los Ayaces, y les dijo:
““Ya he enviado a aquél a las veleras naves, para
que se presente a Aquiles, el de los pies ligeros; pero
no ereo que Aquiles venga en seguida, por más airado
que esté con el divino Héctor, porque sin armas no
podrá combatir con los troyanos. Pensemos nosotros
mismos cómo nos será más fácil sacar el cadáver y
librarnos, en la lucha con los teucros, de la muerta
y el destino.??
Respondióle el gran: Ayax Telamonio: “*oportuno
es cuanto dijiste, ínclito Menelao. Tú y Meriones in-
troducíos prontamente, levantad el cadáver y sacadlo
de la lid. Y nosotros dos, que tenemos igual ánimo,
llevamos el mismo nombre y siempre hemos sostenido
juntos el vivo combate, os seguiremos peleando a
vuestra espalda con los teucros y el divino Héctor.?”
Así dijo. Aquéllos cogieron al muerto y alzáronlo
muy alto; y gritó el ejército teucro al ver que los
aqueos levantaban el cadáver. Arremetieron los teu-
cros como los perros que, adelantándose a los jóvenes
cazadores, persiguen al jabalí herido: así como estos
corren detrás del jabalí y anhelan despedazarle, pero
cuando el animal, fiado en su fuerza se vuelve, re-
troceden y espantados se dispersan; del mismo modo,
los teucros seguían en tropel y herían a los aqueos
con las espadas y lanzas de doble filo, pero cuando los
Ayaces volvieron la cara y se detuvieron, a todos se
leg mudó el color del semblante y ninguno osó ade-
lantarse para disputarles el cadáver.
De tal manera ambos caudillos llevaban presurosos
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H O a E Ke O
RAPSODIA DECIMOCTAVA
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del sol, a manos de los teucros, antes de que yo fa-
lleciera. Sin duda ha muerto el esforzado hijo de
Menetio. ¡Infeliz! Yo le mandé que tan pronto co-
mo apartase el fuego enemigo, regresara a los bajeles
y no quisiera pelear valerosamente con Héctor.?”
Mientras tales pensamientos revolvía en su mente
y en su corazón, llegó el hijo del ilustre Néstor; y
derramando ardientes lágrimas, dióle la triste noticia:
““¡Ay de mí, hijo del aguerrido Peleo! Sabrás una
infausta nueva, una cosa que no hubiera de haber
ocurrido. Patroclo yace en el suelo, y teucros y
aqueos combaten en torno del cadáver desnudo, pues
Héctor, el de tremolante casco, tiene la armadura.??”
Así dijo; y negra nube de pesar envolvió ἃ Aqui-
les. El héroe cogió ceniza con ambas manos y derra-
mándola sobre su cabeza, afeó el gracioso rostro y
manchó la divina túnica; después se tendió en el polvo,
ocupando un gran espacio, y con las manos se arranca-
ba los cabellos. Las esclavas que Aquiles y Patroclo
cautivaran salieron afligidas; y dando agudos gritos,
rodearon a Aquiles; todas se golpeaban el pecho y
sentían desfallecer sus miembros. Antíloco también
se lamentaba, vertía lágrimas y tenía de las manos
a Aquiles, cuyo gran corazón deshacíase en suspiros,
por el temor de que se cortase la garganta con el
hierro. ¡Dió Aquiles un horrendo gemido; oyóle su
veneranda madre, que se hailaba en el fondo del mar,
junto al padre anciano, y prorrumpió en sollozos; y
cuantas nereidas había en aquellas profundidades, to-
das se congregaron a su alrededor. Allí estaban Glau-
ce, Talía, Cimodoce, Nesea, Espio, Toe, Halia, la de
los ojos de buey, Cimoteo, Actea, Limnorea, Melita,
Yera, Anfítoe, Agave, Doto, Proto, Ferusa, Donámene,
Dexámene, Anfínome, Calianira, Doris, Pánope, la
célebre Galatea, Nemertes, Apseudes, Calianasa, Cli-
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Ds 4 1 L 1 Α D Α
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a quien apreciaba sobre todos los compañeros y tanto
como a mi propia cabeza? Lo he perdido, y Héctor,
después de matarlo, le despojó de las armas prodi»
giosas, admirables, magníficas, que los dioses regala-
ron a Peieo, como espléndido presente, el día en que
te colocaron en el tálamo de un hombre mortal. Oja-
14 hubieras seguido habitando en el mar con las in-
mortales ninfas, y Peleo hubiese tomado esposa mor-
tal. Mas no sucedió así, para que sea inmenso el
dolor de tu alma cuando muera tu hijo, a quien ya no
recibirás en tu casa, de vuelta de Troya; pues mi
ánimo no me incita a vivir, ni a permanecer entre los
hombres, si Héctor no pierde la vida, atravesado por
mi lanza, y recibe de este modo la condigna pena por la
muerte de Patroclo Menetíada.?”
““Respondióle Tetis, derramando lágrimas: ““Breve
será tu existencia, a juzgar por lo que dices; pues
la muerte te aguarda así que Héctor perezca.?”
Contestó muy afligido Aquiles, el de los pies lige-
ros: ““Muera yo en el acto, ya que no pude socorrer
al amigo cuando le mataron: ha perecido lejos de su
país y sin tenerme al lado para que le librara de la
desgracia. Ahora, puesto que no he de volver a la
patria, ni he salvado a Patroclo ni a los muchos ami-
gos que murieron a manos del divino Héctor, perma-
nezco en las naves cual inútil peso de la tierra; siendo
tal en la batalla como ninguno de los aqueos, de bron.
cíneas lorigas, pues en la ¿junta otros me superan.
Ojalá pereciera la discordia para los dioses y para
los hombres, y con ella la ira, que torna cruel hasta
al hombre sensato cuando más dulce que la miel se
introduce en el pecho y va creciendo como el humo.
Así me irritó el rey de hombres Agamenón. Pero de-
jemos lo pasado, aunque afligidos, pues es preciso re-
frenar el furor del pecho. Iré a buscar al matador
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del amigo querido, a Héctor; y sufriré la muerte cuan-
do lo dispongan Zeus y los demás dioses inmortales.
Pues ni el fornido Heracles pudo librarse de ella, con
ser carísimo al soberano Cronida, sino que el hado y
la cólera funesta de Hera le hicieron sucumbir. Así
yo, si he de tener igual suerte, yaceré en la tumba
cuando muera; mas ahora ganaré gloriosa fama y ha-
ré que algunas de las matronas troyanas o dardanias,
de próvido seno, den fuertes suspiros y con ambas
manos se enjuguen las lágrimas de sus tiernas meji-
llas. Conozcan que hace días me abstengo de combatir.
Y tú, aunque me ames, no me prohibas que pelee,
pues no lograrás persuadirme.??
Respondióle Tetis, la de los pies de plata: ““Sí, hi-
jo, es justo, y no puede reprobarse que libres a los
afligidos compañeros de una muerte terrible; pero tu
magnífica armadura de luciente bronce la tienen los
teucros, y Héctor, el de tremolante casco, se vanaglo-
ria de cubrir con ella sus hombros. Con todo eso, me
figuro que no durará mucho su jactancia, pues ya la
muerte se le avecira. Tú no entres en combate has-
ta que cou tus ojos me veas volver; y mañana, al
romper el alba, vendré a traerte una hermosa arma-
dura fabricada por Hefestos.”??”
Cuando así hubo hablado, dejó a su hijo, y volvién-
dose a las nereidas, sus hermanas, les dijo:
““Bajad vosotras al anchuroso seno del mar, id al
alcázar del anciano padre y contádselo todo; y yo
subiré al elevado Olimpo para que Hefestos, el ilustre
artífico, dé a mi hijo una magnífica y reluciente ar-
madura.??”
Así habló. Las nereidas se sumergieron prestamen-
te en las olas del mar, y Tetis, la diosa de los pies de
plata, enderezó sus pasos al Olimpo para proporcionar
a su hijo las magníficas armas.
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H O M E R O
Mientras la diosa se encaminaba al Olimpo, los
aqueos, de hermosas grebas, huyendo con gritería in-
mensa ante Héctor, matador de hombres, llegaron a
las naves y al Helesponto; y ya no podían sacar fuera
de los tiros el cadáver de Patroclo, escudero de Aqui-
les, porque de nuevo los alcanzaron los teucros con
sus carros y Héctor, hijo de Príamo, que por su vigor
parecía una llama. Tres veces el esclarecido Héctor
asió a Patroclo por los pies e intentó arrastrarlo,
exhortando con horrendos gritos a los teucros; tres
veces los Ayaces, revestidos de impetuoso valor, le re-
chazaron. Héctor, confiado en su fuerza, unas veces
se arrojaba a la pelea, otras se detenía y daba grandes
voces; pero nunca se retiraba por completo. Como los
pastores pasan la noche en el campo y no consiguen
apartar de la presa a un fogoso león muy hambriento,
de semejante modo, los belicosos Ayaces no lograban
ahuyentar del cadáver a Héctor Priámida. Y éste lo
arrastrara, consiguiendo inmensa gloria, si no se hu-
biese presentado al Peleida, para aconsejarle que to-
mase las armas, la veloz Iris, de pies ligeros como el
viento—, a la cual enviaba Hera sin que lo supiera
Zeus ni los demás dioses. Colocóse la diosa cerca de
Aquiles y pronunció estas aladas palabras:
““¡Oh Peleida, el más portentoso de los hombres!
Vé a defender a Patroclo, por cuyo cuerpo se ha traba-
do un vivo combate cerca de las naves. Mátanse
allí, los aqueos defendiendo el cadáver, y los teucros
acometiendo con el fin de arrastrarlo a la ventosa
Ilión. Y el que más empeño tiene en llevárselo es
el esclarecido Héctor, porque su ánimo le incita a
cortarle la cabeza del tierno cuello para clavarla en
una estaca. Levántate, no yazgas más; avergiiéncese
tu corazón de que Patroclo llegue a ser juguete de
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cuyo resplandor sube a lo alto, para que logs vecinos
los vean, se embarquen y les libren del apuro, de
igual modo el resplandor de la cabeza de Aquiles lle-
gaba al éter. Y acercándose a la orilla del foso, fuera
de la muralla, se detuvo, sin mezclarse con los aqueos,
porque respetaba el prudente mandato de su madre.
Allí dió recias voces y a alguna distancia Palas Ate-
nea vociferó también y suscitó un inmenso tumulto
entre los teucros. Como se oye la voz sonora de la
trompeta cuando vienen a cercar la ciudad enemigos
que la vida siegan, tan sonora fué entonces la voz del
Eácida. Cuando se dejó oír la voz de bronce del hé-
roe, a todos se les conturbó el corazón, y los caba-
llos, de hermosas crines, volvíanse hacia atrás con
los carros, porque en su ánimo presentían desgracias.
Los aurigas se quedaron atónitos al ver el terrible
e incesante fuego que en la cabeza del magnánimo
Pelida hacía arder Atenea, la diosa de los brillantes
ojos. Tres veces el divino Aquiles gritó a orillas del
foso, y tres veces se turbaron los troyanos y sus ín-
elitos auxiliares; y doce de los más valientes gue-
rreros murieron atropellados por sus carros y heridos
por sus propias lanzas. Y los aqueos, muy alegres,
sacaron a Patroclo fuera del alcance de los tiros y
colocáronlo en un lecho. Los amigos le rodearon llo-
rosos, y con ellos iba Aquiles, el de los pies ligeros,
derramando ardientes lágrimas, desde que vió al fiel
compañero desgarrado por el agudo bronce y tendido
en el féretro. Habíale mandado a la batalla con su
carro y sus corceles, y ya no podía recibirle, porque
de ella no tornaba vivo.
Hera veneranda, la de los ojos de buey, obligó a
Helios el infatigable a hundirse, mal de su grado, en
la corriente del Océano. Y una vez puesto, los divinos
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mi consejo, tendremos el ejército reunido en la agora
durante la noche, pues la ciudad queda defendida por
las torres y las altas puertas con sus tablas grandes,
labradas, sólidamente unidas. Por la mañana, al apun-
tar la aurora, subiremos armados a las torres; y si
aquél viniere de las naves a combatir con nosotros al
pie del muro, peor para él; pues habrá de volverse
después de cansar a los caballos, de erguido cuello,
con carreras de todas clases, llevándolos errantes en
torno de la ciudad. Pero no tendrá ánimo para en-
trar en ella, y nunca podrá destruirla; antes se lo
comerán los veloces perros.??
Mirándole con torva faz, exclamó Héctor, el de
tremolante casco: ““¡Polidamas! No me place lo
qne propones de volver a la ciudad y encerrarnos en
ella. ¿Aún no os cansáis de vivir dentro de los mu-
ros? Antes todos los hombres dotados de palabra
llamaban a la ciudad de Príamo rica en oro y en
bronce; pero ya las hermosas joyas desaparecieron
de las casas: muchas riquezas han sido llevadas
a la Frigia y a la Meonia para ser vendidas, desde
que Zeus se irritó contra nosotros. Y ahora que el
hijo del sagaz Cronos me ha concedido alcanzar gloria
junto a las naves y cercar contra el mar a los aqueos,
no des, ¡oh necio!, tales consejos al pueblo. Ningún
troyano te obedecerá, porque no lo permitiré. Ea,
obremos todos como voy a decir. Cenad en el cam-
pamento, sin romper las filas; acordaos de la guardia
y vigilad todos. Y el troyano que sienta gran temor
por sus bienes, júntelos y entréguelos al pueblo para
que: en común se consuman; pues es mejor que los
disfrute éste que no los aquivos. Mañana, al apun-
tar la aurora, vestiremos la armadura y suscitaremos
un reñido combate junto a las cóncavas naves. Y si
verdaderamente el divino Aquiles se propone salir del
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campamento, le pesará tanto más, cuanto más se
arriesgue. Porque me propongo no huír de él, sino
afrontarle en la batalla horrísona; y alcanzará una
gran victoria, o seré yo quien la consiga. Que Ares
es a todos común y suele causar la muerte del que
matar deseaba.??
Así se expresó Héctor, y los teucros le aclamaron,
¡oh necios!, porque Palas Atenea les quitó el juicio.
¡Aplaudían todos a Héctor por sus funestos propó-
sitos y ni uno siquiera a Polidamas, que les daba un
buen consejo! Tomaron, pues, la cena en el campa-
mento; y los aquivos pasaron la noche dando gemidos
y llorando a Patroclo. El Peleida, poniendo sus ma-
nos homicidas sobre el pecho del amigo, dió comienzo
a las sentidas lamentaciones, mezcladas con frecuentes
sollozos. Como el melenudo león a quien un eazador
ha quitado los cachorros en la poblada selva, cuando
vuelve a su madriguera se aflige y, poseído de vehe-
mente cólera, recorre los valles en busea de aquel hom-
bre; de igual modo, y despidiendo profundos suspiros,
dijo Aquiles entre log mirmidones:
““¡Oh dioses! Vanas fueron las palabras que pro-
nuncié en el palacio para tranquilizar al héroe Mene-
tio, diciendo que a su ilustre hijo le llevaría otra
vez a Opunte tan pronto como, tomada Ilión, recibiera
su parte de botín. Zeus no les cumple a los hombres
todos su deseos; y el hado ha dispuesto que nuestra
sangre enrojezca una misma tierra, aquí en Troya;
porque ya no me recibirán en su palacio ni el anciano
caballero Peleo, ni Tetis, mi madre; sino que esta
tierra me contendrá en su seno. Ya que he de morir,
¡oh Patroclo! después que tú, no te haré las honras
fúnebres hasta que traiga las armas y la cabeza de
Héctor, tu magnánimo matador. Degollaré ante la
pira, para vengar tu muerte, doce hijos de ilustres
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troyanos. Y en tanto permanezcas tendido junto
a las corvas naves, te rodearán, llorando noche y día,
las troyanas y dardanias de próvido seno que conquis-
tamos con nuestro valor y la ingente lanza, al entrar
a saco opulentas ciudades de hombres de diversos idio-
mas.??”
Cuando esto hubo dicho, el divino Aquiles mandó
a sus compañeros que pusieran al fuego un gran trí-
pode para que cuanto antes le lavaran a Patroclo
las manchas de sangre. Y ellos colocaron sobre el
ardiente fuego una caldera propia para baños, soste-
nida por un trípode; llenáronla de agua, y metiendo
leña debajo la encendieron: el fuego rodeó la caldera
y calentó el agua. Cuando ésta hirvió en la caldera
de bronce reluciente, lavaron el cadáver, ungiéronlo
con pingie aceite y taparon las heridas con un un-
gúento que tenía nueve años; después, colocándolo en
el lecho, lo envolvieron desde la cabeza hasta los
pies en fina tela de lino y lo cubrieron con un velo
blanco. Los mirmidones pasaron la noche alrededor
de Aquiles, el de los pies ligeros, dando gemidos y llo-
rando a Patroclo. Y Zeus habló de este modo a Hera,
su hermana y esposa:
““Tograste al fin, Hera veneranda, la de los ojos de
buey, que Aquiles, ligero de pies, volviera a la bata-
lla. Sin duda nacieron de ti los aqueos de larga ca-
bellera. ??
Respondió Hera veneranda, la de los ojos de buey:
“*¡Terribilísimo Cronidal ¡Qué palabras proferiste!
Si un hombre, no obstante su condición de mortal y
no saber tanto, puede realizar su propósito contra otro
hombre, ¿cómo yo, que me considero la primera de
las diosas por mi abolengo y por llevar el nombre
de esposa tuya, de ti que reinas sobre los inmortales -
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A O M E R o
tenido que soportar terribles penas, si no mo hubiesen
acogido en el seno del mar Tetis y Eurínome, hija
del refluente Océano. Nueve años viví con ellas fa-
bricando muchas piezas de bronce—broches, redon-
dos brazaletes, sortijas y collares—en una cueva pro-
funda rodeada por la inmensa, murmurante y espunmosa
corriente del Océano. De todos los dioses y los morta-
les hombres, sólo lo sabían Tetis y Eurínome, las
mismas que antes me salvaran. Hoy que Tetis, la
de hermosas trenzas, viene a mi casa, tengo que pa-
garle el beneficio de haberme conservado la vida.
Sírvele hermosos presentes de hospitalidad, mientras
yo recojo los fuelles y demás herramientas. ??
Dijo; y levantóse de junto al yunque el gigantesco
e infatigable numen que al andar cojeaba arrastrando
sus frágiles piernas. Apartó de la llama los fuelles
y puso en un arcón de plata las herramientas con que
trabajaba; enjugóse con una esponja el sudor del ros-
tro, de las manos, del vigoroso cuello y del velludo
pecho; vistió la túnica; tomó el fornido cetro, y salió
cojeando, apoyado en dos estatuas de oro que eran
semejantes a vivientes jóvenes, pues tenían inteli-
gencia, voz y fuerza, y hallábanse ejereitadas en las
obras propias de los inmortales dioses. .HAmbas sos-
tenían cuidadosamente a su señor, y éste, andando, se
sentó en un trono reluciente cerca de Tetis, asió la
mano de la deidad, y le dijo:
“¿Por qué ¡oh Tetis! la de largo peplo, venerable
y cara, vienes a nuestro palacio? Antes no solías
frecuentarlo. Di qué deseas; mi corazón me impulsa
a realizarlo, si puedo y es hacedero.??”
Respondióle Tetis, derramando lágrimas: ““¡Oh
Hefestos! ¿Hay alguna entre las diosas del Olimpo
que haya sufrido en su ánimo tantos y tan graves pe-
sares como a mí me ha enviado el Cronida? De las
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oían el vocerío que se alzaba en torno de los bueyes,
y montando ágiles corceles, acudían presurosos. Pron-
to se trababa a orillas del río una batalla en la cual
heríanse unos a otros con broncíneas lanzas. Allí
se agitaban la Discordia, el Tumulto y la funesta Ker,
que a un tiempo cogía a un guerrero con vida aún,
pero recientemente herido, dejaba ileso a otro y
arrastraba, asiéndolo de los pies, por el campo de la
batalla a un tercero que la muerte recibiera; y el
ropaje que cubría su cuerpo estaba teñido en sangre
humana. Movíanse todos como hombres vivos, pe
leaban y retiraban los muertos.
Representó una blanda tierra noval, un campo fér-
til y vasto que se labraba por tercera vez: acá y allá
muchos labradores guiaban las yuntas, y al llegar al
confín del campo, un hombre les salía al encuentro
y les daba una copa de dulee vino; y ellos volvían
atrás, abriendo nuevos surcos, y deseaban llegar al
otro extremo del noval profundo. Y la tierra que de-
jaba a su espalda negreaba y parecía labrada, siendo
toda de oro; lo cual constituía una singular mara-
villa.
Grabó asimismo un campo de erecidas mieses que
los jóvenes segaban con hoces afiladas: muchos mano-
jos caían al suelo a lo largo del surco, y con ellos
formaban gavillas los atadores. Tres eran éstos, y
unos rapaces cogían los-manojos y se los llevaban
abrazados. En medio, de pie en un surco, estaba el
rey sin desplegar los labios, con el corazón alegre y
el cetro en la mano. Debajo de una encina, los he-
raldos preparaban para el banquete un corpulento
buey que habían matado. Y las mujeres aparejaban
la comida de los trabajadores, haciendo abundantes
mezclas de blanca harina.
También entalló una hermosa viña de oro cuyas
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Η υ M E R O
RAPSODIA DECIMONONA
oK
“Ὁ
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ἀρ τς ΝῊ ΠῚ UE, NES.
saciado de vino y de manjares, tiene en el pecho
un corazón audaz y sus miembros no se cansan antes
que todos se hayan retirado de la lid. Ea, despide
las tropas y manda que preparen el desayuno; el rey
de hombres Agamenón traiga los regalos en medio de
la junta para que los vean todos los aqueos con
sus propios ojos y te regocijes en el corazón; ¡jure
el Atrida, de pie entre los argivos, que nunca subió
al lecho de Briseida ni yació con la misma, como
es costumbre, oh rey, entre hombres y mujeres; y tú,
Aquiles, procura tener en el pecho un ánimo benigno.
Que luego se te ofrezca en el campamento un es-
pléndido banquete de reconciliación, para que nada
falte de lo que se te debe. Y el Atrida sea en ade-
lante más justo con todos; pues no se puede repren-
der que se apacigúe a un rey, a quien primero se
injuriara.??
Dijo entonces el rey de hombres Agamenón: *“Con
agrado escuché tus palabras, Laertíada, pues en todo
lo que narraste y expusiste has sido oportuno. Quiero
hacer el juramento: mi ánimo me lo aconseja, y no
será para perjuicio mi invocación a la divinidad.
Aquiles aguarde, aunque esté impaciente por com-
batir, y los demás continuad reunidos aquí hasta que
traigan de mi tienda los presentes y consagremos con
un sacrificio nuestra fiel amistad. A ti mismo te lo
encargo y ordeno: escoge eutre los ¡jóvenes aqueos
los más principales; y encaminándote a mi nave, trae
cuanto ayer ofrecimos a Aquiles, sin dejar las mu-
jeres. Y Taltibio, atravesando el anchuroso campa-
mento aquivo, vaya a buscar y prepare un jabalí para
inmolarlo a Zeus y ἃ. Helios.??”
Replicó Aquiles, el de los pies ligeros: “*¡Atrida
gloriosísimo, rey de hombres Agamenón! Todo esto
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H O M E R O
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133 8.—TI
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víenme los dioses los muchísimos males con que cas-
tigan al que, jurando, contra ellos peca.??
Dijo; y con el cruel bronce degolló el jabalí que
Taltibio arrojó, haciéndole dar vueltas, al gran abis-
mo del espumoso mar para pasto de los peces. Y
Aquiles, levantándose entre los belicosos argivos, ha-
bló en estos términos:
““¡Padre Zeus! Grandes son los infortunios que
mandas a los hombres. Jamás el Atrida me hubiera
suscitado el enojo en el pecho, ni hubiese tenido poder
para arrebatarme la doncella contra mi voluntad;
pero sin duda quería Zeus que muriesen muchos aqueos.
Ahora id a comer para que luego trabemos el com-
bate.?” :
Así se expresó; y al momento disolvió la junta.
Cada uno volvió a su respectiva nave. Los magná-
nimos mirmidones se hicieron cargo de los presentes,
y llevándolos hacia el bajel del divino Aquiles, de-
járonlos en la tienda, dieron sillas a las mujeres, y
servidores ilustres guiaron los caballos al sitio en
que los demás estaban.
Briseida, que a la dorada Afrodita se asemejaba,
cuando vió a Patroclo atravesado por el agudo bronce,
se echó sobre el mismo y prorrumpió en fuertes
sollozos, mientras con las manos se golpeaba el pe-
cho, el delicado cuello y el lindo rostro. Y llorando
aquella mujer semejante a una diosa, así decía:
““*¡Oh Patroclo, amigo carísimo al corazón de esta
desventurada! Vivo te dejé al partir de la tienda, y
te encuentro difunto al volver, oh príncipe de hom-
bres. ¡Cómo me persigue una desgracia tras otra!
Vi al hombre a quien me entregaron mi padre y mi
venerable madre, atravesado por el agudo bronce
al pie de los muros de la ciudad; y los tres hermanos
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y las armas viniercn a ser como alas que levantaban
al pastor de hombres. Sacó del estuche la lanza pa-
terna, ponderosa, grande y robusta, que entre todos
los aqueos, solamente él podía manejar: había sido
cortada de un fresno de la cumbre del Pelión y re-
galada por Quirón al padre de Aquiles para que con
ella matara héroes. En tanto, Automedón y Alcimo
se ocupaban en uncir los caballos: sujetáronlos con
hermosas correas, les pusieron el freno en la boca
y tendieron las riendas hacia atrás, atándolas a la.
fuerte silla. Sin dilación cogió Automedón el mag-
nífico látigo y saltó al carro. Aquiles, cuya armadura
relucía como el fúlgido Helios, subió también y ex-
hortó con horribles voces a los caballos de su padre:
““i¡Janto y Balio, ilustres hijos de Podarga. Cuidad
de traer salvo al campamento de los dánaos al que
hoy os guía; y no le dejéis muerto en la liza como
a Patroclo.??”
Y Janto, el corcel de ligeros pies, bajó la cabeza—
sus erines cayendo en torno de la extremidad del
yugo llegaban al suelo—, y habiéndole dotado de
voz Hera, la diosa de los níveos brazos, respondió
de esta manera:
““Hoy te salvaremos aún, impetuoso Aquiles; pero
está cercano el día de tu muerte, y los culpables
no seremos nosotros, sino un dios poderoso y la Moira
cruel. No fué por nuestra lentitud ni por nuestra
pereza por lo que los teueros quitaron la armadura
de los hombros de Patroclo; sino que el dios fortí-
simo, a quien parió Leto, la de hermosa cabellera,
matóle entre los combatientes delanteros y dió gloria
a Héctor. Nosotros correríamos tan veloces como el
soplo del Zéfiro, que es tenido por el más rápido.
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RAPSODIA VIGESIMA
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los hombres, mostráronse los aqueos muy ufanos por-
que Aquiles volvía a la batalla después del largo
tiempo en que se había abstenido de tener parte
en la triste guerra; y los teucros se espantaron y un
fuerte temblor les ocupó los miembros, tan pronto
como vieron al Peleida, ligero de pies, que con su
reluciente armadura semejaba al dios Ares, funesto
a los mortales. Mas así que las olímpicas deidades
penetraron por entre la muchedumbre de los gue-
rreros, levantóse la terrible Eris, que enardece a los
varones; Atenea daba fuertes gritos, unas veces a
orillas del foso cavado al pie del muro, y otras en los
altos y sonoros promontorios; y Ares, que parecía
un negro torbellino, vociferaba también y animaba
vivamente a los teucros, ya desde el punto más alto
de la ciudad, ya corriendo por la llamada “*Colina
hermosa”? a orillas del Símois.
De este modo los felices dioses, instigando a unos
y a otros, les hicieron venir a las manos y promo-
vieron una reñida contienda. El padre de los hombres
y de los dioses tronó horriblemente en las alturas;
Poseidón, por debajo, sacudió la inmensa tierra y las
excelsas cumbres de los montes; y retemblaron, así
las laderas y las cimas del Ida, abundante en ma-
nantiales, como la ciudad troyana y las naves aqueas.
Asustóse Edoneo, rey de los infiernos, y saltó del
trono gritando; no fuera que Poseidón abriese la
tierra y se hicieran visibles las mansiones horrendas
y tenebrosas que las mismas deidades aborrecen.
¡Tanto estrépito se produjo cuando los dioses entra-
ron en combate! Al soberano Poseidón le hizo frente
Febo Apolo con sus aladas flechas; a Ares, Minerva,
la diosa de los brillantes ojos; a Hera, Artemisa
que lleva arco de oro, ama el bullicio de la caza,
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Η ο ál LE K Y
se complace en tirar saetas y es hermana del Fle-
chador; a Leto el poderoso y benéfico Hermes; y a
Hefestos, el gran río de profundos vórtices llamado
por los dioses Janto y por los hombres Escamandro.
Así los dioses salieron al encuentro los unos de los
otros. Aquiles deseaba romper por el gentío en dere-
chura a Héctor Priámida, pues el ánimo le impulsaba
a saciar con la sangre del héroe a Ares, infatigable
luchador. Mas Apolo, que enardece a los guerreros,
movió a Eneas a oponerse al Peleida, infundiéndole
gran valor y hablándole así después de tomar la voz
y figura de Licaón hijo de Príamo.
““¡Eneas, consejero de los teucros! ¿Qué son de
aquellas amenazas hechas por ti en los banquetes de
los caudillos troyanos, de que saldrías a combatir
con el Peleida Aquiles???”
Respondióle Eneas: “*¡Priámidal ¿Por qué me
ordenas que luche, sin desearlo mi voluntad, con el
animoso Peleida? No fuera la primera ocasión que me
viese frente a Aquiles, el de los pies ligeros: en
otro tiempo, cuando vino adonde pacían nuestras va-
cas y tomó a Lirneso y a Pédaso, persiguióme por
el Ida con su lanza; y Zeus me salvó, dándome fuer-
zas y aligerando mis rodillas. Sin su ayuda hubie-
se sucumbido a manos de Aquiles y de Atenea, que
le precedía, le daba la victoria y le animaba a matar
léleges y troyanos con la broncínea lanza. Por eso
ningún hombre puede combatir con Aquiles, porque
a su lado asiste siempre alguna deidad que lo libra
de la muerte. En cambio, su lanza vuela recta y no
se detiene hasta que ha atravesado el cuerpo de un
enemigo. Si un dios igualara las condiciones del com-
bate, Aquiles no me vencería fácilmente; aunque se
gloriase de ser todo de bronce.??”
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Y á [ L ἰ Á D A
Repiicóle el soberano Apolo, hijo de Zeus: **¡Hó
roe! Ruega tú también a los sempiternos dioses, pues
dicen que naciste de Afrodita, hija de Zeus, y aquél
es hijo de una divinidad inferior. La primera des-
ciende de Zeus, ésta tuvo por padre al anciano del
mar. Levanta el indomable bronce y no te arredres
por oír palabras duras o amenazas.??
Apenas acabó de hablar, infundió grandes bríos al
pastor de hombres; y éste, que llevaba una reluciente
armadura de bronces, se abrió paso por los combatien-
tes delanteros. Hera, la de los brazos de nieve, no de-
jó de advertir que el hijo de Anquises atravesaba
la muchedumbre para salir al encuentro del Peleida;
y llamando a otros dioses, les dijo:
“*Considerad en vuestra mente, Poseidón y Atenea,
cómo esto acabará; pues Eneas, armado de relucien-
te bronce, se encamina en derechura al Peleida por
excitación de Febo Apolo. Ea, hagámosle retroceder,
o alguno de nosotros se ponga ¿junto a Aquiles, le
infunda gran valor y no deje que su ánimo desfallez-
ca; para que conozca que le acorren los inmortales
más poderosos, y que son débiles los dioses que en
el combate y la pelea protegen a los teucros. Todos
hemos bajado del Olimpo, a intervenir en esta batalla,
para que Aquiles no padezca hoy ningún daño de par-
te de los teucros; y luego sufrirá lo que la Moira
dispuso, hilando el lino, cuando su madre lo dió a luz.
Si Aquiles no se entera por la voz de los dioses, sen-
tirá temor cuando en el combate le salga al encuentro
alguna deidad; pues los dioses, en dejándose ver, son
terribles. ?”
Respondióle Poseidón, que sacude la tierra: “*¡Ho-
ra! No te irrites más de lo razonable, que no es
decoroso. Ni yo quisiera que nosotros, que somos los
más fuertes, promoviéramos la contienda entre los dio-
145
Η O M E R 0
ses. Vayamos a sentarnos en aquella altura, y de
la batalla cuidarán los hombres. Y si Ares o Febo
Apolo dieren principio a la pelea o detuvieren a Aqui-
les y no le dejaren combatir, iremos en seguida a
luchar con ellos, y me figuro que pronto tendrán que
retirarse y volver al Olimpo, a la junta de los demás
dioses, vencidos por la fuerza de nuestros brazos.?”
Dichas estas palabras, el dios de los cerúleos cabe-
llos llevólos al alto terraplén que los troyanos y Palas
Atenea habían levantado en otro tiempo, para que el
divino Heracles se librara de la ballena cuando, per-
seguido por ésta, pasó de la playa a la llanura. Allí
Poseidón y los otros dioses se sentaron, extendiendo
en derredor de sus hombros una impenetrable nube;
y al otro lado, en la cima de Calicolone, en tor-
no de ti, flechador Febo, y de Ares, que destruye
las ciudades, acomodáronse las deidades protectoras
de los teucros. Así unos y otros, sentados en dos
grupos, deliberaban y no se decidían a empezar el
funesto combate. Y Zeus desde lo alto les incitaba
a comenzarlo.
Todo el campo, lleno de hombres y caballos, res-
plandecía con el lucir del bronce; y la tierra retum-
baba debajo de los pies de los guerreros que a lidiar
salían. Dos varones, señalados entre los más valien-
tes, deseosos de combatir, se adelantaron a los su-
yos para afrontarse entre ambos ejércitos: Eneas,
hijo de Anquises, y el divino Aquiles. Presentóse pri-
mero Eneas, amenazador, tremolando el refornido cas-
co: protegía el pecho con el fuerte escudo y vibraba
broncínea lanza. Y el Peleida desde el otro lado fué
a oponérsele. Como cuando se reunen los hombres
de todo un pueblo para matar a un voraz león, éste
al principio sigue su camino despreciándolos; mas,
así que uno de los belicosos jóvenes le hiere con un
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Η o MY E R O
pues también sé proferir injurias y baldones, Cono-
cemos el linaje de cada uno de nosotros y cuáles fue-
ron nuestros respectivos padres, por haberlo oído con-
tar a los. mortales hombres; que ni tá viste a los míos,
ni yo a los tuyos. Dicen que eres prole del eximio Pe-
leo y tienes por madre a Tetis, ninfa marina de her-
mosas trenzas; mas yo me glorío de ser hijo del mag-
nánimo Anquises y mi madre es Afrodita: aquéllos
o éstos tendrán que llorar hoy la muerte de su hijo,
pues no pienso que nos separemos sin combatir, des-
pués de dirigirnos pueriles insultos: si deseas saberlo
te diré cuál es mi linaje, de muchos conocido. Pri-
mero Zeus, que amontona las nubes, engendró a Dár-
dano, y éste fundó la Dardania al pie del Ida, en
manantiales abundoso; pues aún la sacra Ilión, ciu-
dad de hombres de diverso idioma, no había sido edi-
ficada en la llanura. Dárdano tuvo por hijo al rey
Erictonio, que fué el más opulento de los mortales
hombres: poseía tres mil yeguas que, ufanas de sus
tiernos potros, pacían junto a un pantano.—El Bóreas
enamoróse de algunas de las que vió pacer, y transí.-
gurado en caballo de negras crines, hubo de ellas doce
potros que en la fértil tierra saltaban por encima de
las mieses sin romper las espigas y en el ancho dor-
so del espumoso mar corrían sobre las mismas olas.—
Erictonio fué padre de Tros, que reinó sobre los troya-
nos; y éste dió el sér a tres hijos irreprensibles: llos,
Asáraco y el divino Ganimedes, el más hermoso de
los hombres, a quien arrebataron los dioses a causa
de su belleza para que escanciara el néctar a Zeus
y viviera con los inmortales. llos engendró al eximio
Laomedonte, que tuvo por hijos a Titón, Príamo,
Lampo, Clitio e Hicetaón, vástago de Ares. Asáraco
engendró a Capis, cuyo hijo fué Anquises. Anquises
me engendró a mí y Príamo al divino Héctor. Tal
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149 9,11
H O M E R 0
que el bronce era más delgado y el boyuno cuero más
tenue; el fresno del Pelión atravesólo, y todo el escu-
do resonó. Eneas, amedrentado, se encogió y levantó
el escudo; la lanza, deseosa de proseguir su curso,
pasóle por cima del hombro, después de romper los
dos círculos de la rodela, y se clavó en el suelo; y
el héroe, evitado ya el golpe, quedóse inmóvil y con
los ojos muy espantados de ver que aquélla había
caído tan cerca. Aquiles desnudó la aguda espada;
y profiriendo grandes y terribles voces, arremetió con-
tra Eneas; y éste, a su vez cogió una gran piedra
que dos de los hombres actuales mo podrían llevar y
que él manejaba fácilmente. Y Eneas tirara la piedra
a Aquiles y le acertara en el casco o en el escudo que
habría apartado del héroe la triste muerte, y Aqui-
les privara de la vida a Eneas, hiriéndole de cerca
con la espada, si al punto no lo hubiese advertido
Poseidón, que sacude la tierra, el cual dijo entre los
dioses inmortales:
““¡Oh dioses! Me causa pesar el magnánimo Eneas
que pronto, sucumbiendo a manos del Peleida, descen-
derá al Hades por haber obedecido las palabras del
flechador Apolo. ¡Insensato! El dios no le librará
de la triste muerte. Mas ¿por qué ha de padecer,
sin ser culpable, las penas que otros merecen, habiendo
ofrecido siempre gratos presentes a los dioses que ha-
bitan el anchuroso cielo? Ea, librémosle de la muerte,
no sea que Zeus se enoje si Aquiles lo mata, pues
el destino quiere que se salve a fin de que no perezca
ni se extinga el linaje de Dárdano, que fué amado
por el Cronida con preferencia a los demás hijos que
tuvo de mujeres mortales. Ya Zeus aborrece a los des-
cendientes de Príamo; pero el fuerte Eneas reinará
sobre los troyanos, y luego los hijos de sus hijos qus
sucesivamente nazcan, ??
150
᾿ς A UR AD κᾳ
Respondióle Hera veneranda, la de los ojos de buey:
““¡Poseidón! Resuelve tú mismo si has de salvar
a Eneas o permitir que, no obstante su valor, sea
muerto por el Peleida Aquiles. Pues así Palas Atenea
como yo, hemos jurado repetidas veces ante los in-
mortales todos, que jamás libraríamos a los teucros
del día funesto, aunque Troya entera fuese pasto de
las voraces llamas por haberla incendiado los beli-
cosos aqueos.??
Cuando Poseidón, que sacude la tierra, oyó estas
palabras, fuése; y andando por la liza, entre el es-
truendo de las lanzas, llegó adonde estaban Eneas
y el ilustre Aquiles. Al momento cubrió de niebla los
ojos del Peleida Aquiles, arrancó del escudo del mag-
nánimo Eneas la lanza de fresno con punta de bronce
que depositó a los pies de aquél, y arrebató al teucro
alzándolo de la tierra. Eneas, sostenido por la mano
del dios, pasó por cima de muchas filas de héroes y
caballos hasta llegar al otro extremo del impetuoso
combate, donde los caucones se armaban para pelear.
Y entonces Poseidón, que sacude la tierra, se le pre-
sentó, y le dijo estas aladas palabras:
“¡Eneas! ¿Cuál de los dioses te ha ordenado que
cometicras la locura de luchar cuerpo a cuerpo con
el animoso Peleida, que es más fuerte que tú y más
caro a los inmortales? Retírate cuantas veces le en-
cuentres, no sea que te haga descender a la morada
de Hades antes de los dispuesto por el hado. Mas
cuando Aquiles haya muerto, por haberse cumplido
su destino, pelea confiadamente entre los combatien-
tes delanteros, que no te matará ningún otro aquivo.??
Tales fueron sus palabras. Dejó a Eneas allí, des-
pués que le hubo amonestado, y apartó la obscura nie-
bla de los ojos de Aquiles. Este volvió a ver cor
151
H O M E R 0
elaridad, y, gimiendo, a su magnánimo espíritu le
decía:
*“¡Oh dioses! Grande es el prodigio que a mi vis-
ta se ofrece: esta lanza yace en el suelo y no veo
al varón contra quien la arrojé, con intención de ma-
tarle. Ciertamente, a Eneas le aman los inmortales
dioses; ¡y yo creía que se jactaba de ello vanamente!
Váyase, pues; que no tendrá ánimo para medir de
nuevo sus fuerzas conmigo, quien ahora huyó gustoso
de la muerte. Exhortaré a los belicosos dánaos y
probaré el valor de los demás enemigos, saliéndoles
al encuentro.??
Dijo; y saltando por entre las filas, animaba a los
guerreros: ““¡No permanezcáis alejados de los teu-
cros, divinos aqueos! Ea, cada hombre embista a
otro y sienta anhelo por pelear. Difícil es que yo solo,
aunque sea valiente, persiga a tantos guerreros y con
todos lidie; y ni a Ares, que es un dios inmortal, ni
a Atenea, les sería posible recorrer un campo de bata-
lla tan vasto y combatir en todas partes. En lo que
puedo hacer con mis manos, mis pies o mi fuerza, no
me muestro remiso. Entraré por todos lados en las
hileras de las falanges enemigas, y me figuro que no
se alegrarán los teucros que a mi lanza se acerquen.??
Con estas palabras los animaba. También el escla-
recido Héctor exhortaba a los teucros, dando gritos,
y aseguraba que saldría al encuentro de Aquiles:
““¡Animosos teucros! ¡No temáis al Peleida! Yo
de palabra combatiría hasta con los inmortales; pero
es difícil hacerlo con la lanza, siendo, como son, mu-
cho más fuertes. Aquiles no llevará a cabo todo
cuanto dice, sino que en parte lo cumplirá y en parte lo
dejará a medio hacer. Iré a encontrarle, aunque por
sus manos sea semejaute a la llama, sí, aunque por sus
152
£ Α το Ἢ Ἃ Α D á
manos se parezca a la llama, y por su fortaleza al
reluciente hierro.??
Con tales voces los excitaba. Los teucros calaron
las lanzas; trabóse el combate y se produjo gritería,
y entonces Febo Apolo se acercó a Héctor y le dijo:
“¡Héctor! No te adelantes para luchar con Aqui-
les; espera su acometida mezclado con la muchedum-
bre, confundido con la turba. No sea que consiga
herirte desde lejos con arma arrojadiza, o de cerca
con la espada.??
Así habló. Héctor se fué, amedrentado, por entre
la multitud de guerreros apenas acabó de oír las pa-
labras del dios. Aquiles, econ el corazón revestido de
valor y dando horribles gritos, arremetió a los teucros,
y empezó por matar al valeroso Ifitión Otrintida, cau-
dillo de muchos hombres, a quien una ninfa náyade
había tenido de Otrinteo, asolador de ciudades, en el
opulento pueblo de Hida, al pie del nevado Tmolo:
el divino Aquiles acertó a darle con la lanza en me-
dio de la cabeza, cuando arremetía contra él, y se
la dividió en dos partes. El teuero cayó con estrépito.
y el divino Aquiles se glorió diciendo:
““¡Yaces en el suelo, Otrintida, el más portentoso
de todos los hombres! En este lugar te sorprendió
la muerte; a ti, que habías nacido a orillas del lago
Gigeo, donde tienes la heredad paterna, junto al Hi.-
lo, abundante en peces, y al Hermo voraginoso.??
Tan jactanciosamente habló. Las tinieblas cubrie-
ron los ojos del Ifitión, y los carros de los aqueos
lo despedazaron con las llantas de sus ruedas en el
primer reencuentro. Aquiles hirió, después, en la sien,
atravesándole el casco de broncíneas carrilleras, a
Demolcón, valiente adalid en el combate; y el casco
no detuvo la lanza, pues la punta entró y rompió el
hueso, conmovióse interiormente el cerebro, y el teu-
153
H O M 1D) R 0
cero sucumbió cuando peleaba con ardor. Luego, como
Hipodamas saltara del carro y se diese a la fuga, le
envasó la pica en la espalda: aquél exhalaba el
aliento y bramaba como el toro que los jóvenes arras-
tran a los altares del soberano Heliconio y el dios
que sacude la tierra se goza al verlo; así bramaba
Hipodamas cuando el alma valerosa dejó sus miem-
bros. Seguidamente acometió con la lanza al divino
Polidoro Priámida, a quien su padre no permitía que
fuera a las batallas porque era el menor y el predi-
lecto de sus hijos. Nadie vencía a Polidoro en la
carrera; y entonces, por pueril petulancia, haciendo
gala de la ligereza de su pies, agitábase el troyano
entre los combatientes delanteros, hasta que perdió la
vida: al verle pasar, el divino Aquiles, ligero de
pies, hundióle la lanza en medio de la espalda, donde
los anillos de oro sujetaban el ejnmturón y era doble
la coraza, y la punta salió al otro lado cerca del om-
bligo; el joven cayó de rodillas dando lastimeros gri-
tos; obscura nube le envolvió; e inclinándose, procn-
raba sujetar con sus manos los intestinos, que le
salían por la herida.
Tan pronto como Héctor vió a su hermano Polidoro
cogiéndose las entrañas y encorvado hacia el suelo,
se le puso una nube ante los ojos y ya no pudo com-
batir a distancia; sino que, blandiendo la aguda lan-
za e impetuoso como una llama, se dirigió al encuen-
tro de Aquiles. Y éste, al advertirlo, saltó hacia él,
y dijo muy ufano estas palabras:
“Cerca está el hombre que ha inferido a mi corazón
la más grave herida, el que mató a mi compañero
amado. Ya no huiremos asustados, el uno del otro,
por los senderos del combate.??”
Dijo; y mirando con torva faz al divino Héetor,
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RAPSODIA VIGESIMOPRIMERA
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el hijo de Jasón pagó el precio. Después Tetión de
Imbros, que era huésped del troyano, dió por él un
cuantioso rescate y enviólo a la divina Arisbe. Es-
capóse Licaón, y volviendo a la casa paterna, estuvo
celebrando con sus amigos durante once días su re-
greso de Lemnos: mas, al duodécimo, un dios le hizo
caer nuevamente en manos de Aquiles, que debía
mandarle al Hades, sin que Licaón lo deseara. Como
el divino Aquiles, el de los pies ligeros, le viera inerme
—sin casco, escudo ni lanza, porque todo lo había tira-
do al suelo—y que salía del río con el cuerpo abatido
por el sudor y las rodillas vencidas por el cansancio;
sorprendióse, y en su magnánimo espíritu así habló:
““¡Oh dioses! Grande es el prodigio que a mi vista
se ofrece. Ya es posible que los teucros a quienes
maté resuciten de las sombrías tinieblas; cuando éste,
librándose del día cruel, ha vuelto de la divina Lem-
nos donde fué vendido, y las olas del espumoso mar
que a tantos detienen no han impedido su regreso.
Mas, ea, haré que pruebe la punta de mi lanza para
ver y averiguar si volverá nuevamente o se quedará
en el seno de la fértil tierra que hasta a los fuertes
retiene.??
Pensando en tales cosas, Aquiles continuaba inmó-
vil. Licaón, asustado, se le acercó a tocarle las rodi-
llas; pues en su ánimo sentía vivo deseo de librarse
de la triste muerte y de su negro destino. El divino
Aquiles levantó en seguida la enorme lanza con inten-
ción de herirle, pero Licaón se encogió y corriendo le
abrazó las rodillas; y aquélla, pasándole por cima del
dorso, se clavó en el suelo, codiciosa de cebarse en el
cuerpo de un hombre. En tanto Licaón suplicaba a
Aquiles; y abrazando con una mano sus rodillas y
sujetando con la otra la aguda lanza, estas aladas
palabras le decía:
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L Á Ds ἡ I A D Á
modo? Murió Patroclo, que tanto te aventajaba. ¿No
ves cuán gallardo y alto de cuerpo soy yo, a quien
engendró un padre ilustre y dió a luz una diosa?
Pues también me aguardan la muerte y el hado cruel.
Vendrá una mañana, una tarde o un mediodía en que
alguien me quitará la vida en el combate, hiriéndome
con la lanza o con una flecha despedida por el arco.”??
Así dijo. Desfallecieron las rodillas y el corazón
del teuero que, soltando la lanza, se sentó y tendió
ambos brazos. Aquiles puso mano a la tajante espa-
da e hirió a Licaón en la clavícula, junto al cuello:
metióle dentro toda la hoja de dos filos, el troyano
dió de ojos por el suelo y su sangre fluía y mojaba la
tierra. El héroe cogió el cadáver por el pie, arrojólo
al río para que la corriente se lo llevara, y profirió
con jactancia estas aladas palabras:
““Yace ahí entre los peces que tranquilos te lamerán
la sangre de la herida. No te colocará tu madre en
un lecho para llorarte; sino que serás llevado por el
voraginoso Escamandro al vasto seno del mar. Y al-
gún pez, saliendo de las olas a la negruzca y encres-
pada superficie, 'comerá la blanca grasa de Licaón.
Así perezcáis los demás teucros hasta que lleguemos
a la sacra ciudad de Ilión, vosotros huyendo y yo
detrás haciendo gran estrago. No os salvará ni siquie-
ra el río de hermosa corriente y argénteos remolinos,
a quien desde antiguo sacrificáis muchos toros y en
cuyos vórtices echáis solípedos caballos. Así y todo,
pereceréis miserablemente unos en pos de otros, hasta
que halláis expiado la muerte de Patroclo y el estrago
y la matanza que hicisteis en los aqueos junto a las
naves, mientras estuve alejado de la lucha.?””
Habló de esta manera. El río, con el corazón irri-
tado, revolvía en su mente cómo haría cesar a Aquiles
de combatir y libraría de la muerte a les troyanox.
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ἢ O M E R Y
En tanto, el hijo de Peleo dirigió su ingente lanza
- a Asteropeo, hijo de Pelegón, con ánimo de matarle.
A Pelegón le habían engendrado el Axio, de ancha
corriente, y Peribea, la hija mayor de Acesameno; que
con ésta se unió aquel río de profundos remolinos.
Encaminóse, pues, Aquiles hacia Asteropeo, el cual
salió a su encuentro llevando dos lanzas; y el Janto
irritado por la muerte de los jóvenes a quienes Aqui-
les había hecho perecer sin compasión en la misma
corriente, infundió valor en el pecho del troyano.
Cuando ambos guerreros se hallaron frente a frente,
el divino Aquiles, el de los pies ligeros, fué el primero
en hablar, y dijo:
“¿Quién eres tú y de dónde, que osas salirme al
encuentro? Infelices de aquellos cuyos hijos se opo-
nen a mi furor.??”
Respondióle el preclaro hijo de Pelegón: ““¡Mag-
nánimo Peleida! ¿Por qué sobre el abolengo me inte-
rrogas? Soy de la fértil Peonia, que está lejos; vine
mandando a los peonios, que combaten con largas pi-
cas, y hace once días que llegué a Jlión. “Mi linaje
trae su origen del anchuroso Axio, que esparce su
hermosísimo raudal sobre la tierra: Axio engendió a
Pelegón, famoso por su lanza, y de éste dicen que
'he nacido. Pero peleemos ya, esclarecido Aquiles.??
De tal modo habló, en són de amenaza. El divino
Aquiles levantó el fresno del Pelión, y el héroe Aste-
ropeo, que era ambidextro, tiróle a un tiempo las dos
lanzas: la una dió en el escudo, pero no lo atravesó
porque la lámina de oro que el dios puso en el mis-
mo, la detuvo; la otro rasguñó el brazo derecho del
héroe, junto al codo, del cual brotó negra sangre;
mas el arma pasó por encima y se clavó en el suelo,
codiciosa de la carne. Aquiles arrojó entonces la
lanza, de recto vuelo, a Asteropeo con intención de
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MOSS ἘΠΕ ΡΣ" A
escarpada orilla al centro del río. Pero éste le atacó
enfurecido: hinchó sus aguas, revolvió la corriente,
y arrastrando muchos cadáveres de hombres muertos
por Aquiles, que había en el cauce, arrojólos a la
orilla mugiendo como un toro; y en tanto salvaba a
los vivos dentro de la corriente, ocultándolos en los
profundos y anchos remolinos. Las turbias olas ro-
deaban a Aquiles, la corriente caía sobre su escudo y
le empujaba, y el héroe ya no se podía tener en pie.
Asióse entonces con ambas manos a un olmo corpulen-
to y frondoso; pero éste, arrancado de raíz, rompió
el borde escarpado, oprimió la corriente con sus mu-
chas ramas, cayó entero al río y se convirtió en un
puente. Aquiles, amedrentado, dió un salto, salió
del abismo y voló con pie ligero por la llanura. Mas
no por esto el gran dios desistió de perseguirle, sino
que lanzó tras él olas de sombría vorágine con el
propósito de hacer cesar al divino Aquiles de combatir
y librar de la muerte a los troyanos. El Peleida salvó
cerca de un tiro de lanza, dando un brinco con la im-
petuosidad de la rapaz águila negra, que es la más
forzuda y veloz de las aves; parecido a ella, el héroe
corría y el bronce resonaba horriblemente sobre su
pecho. Aquiles procuraba huír, desviándose a un lado;
pero la corriente se iba tras él y le perseguía con
gran ruido. Como el fontanero conduce el agua des-
de el profundo manantial por entre las plantas de un
huerto y con un azadón en la mano quita de la reguera
los estorbos; y la corriente sigue su curso y mueve
las piedrecitas, pero al llegar a un declive murmura,
acelera la marcha y pasa delante del que la guía; de
igual modo, la corriente del río alcanzaba continua-
mente a Aquiles, porque los dioses son más poderosos
que los hombres. Cuantas veces el divino Aquiles,
el de los pies ligeros, intentaba esperarla, para ver'
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a Atenea con la broncínea lanza, estas injuriosas
palabras le decía:
““¿Por qué de nuevo, oh mosca perruna, promueves
la contienda entre los dioses con insaciable audacia?
¿Qué poderoso afecto te mueve? ¿Acaso no te acuer-
das de cuando incitabas a Diomedes Tideida a que
me hiriese, y cogiendo tú misma la reluciente pica
la enderezaste contra mí y me desgarraste el hermoso
cutis? Pues me figuro que ahora pagarás cuanto me
hiciste.??
Apenas acabó de hablar, dió un bote en el escudo
floqueado, horrendo, que ni el rayo de Zeus rompería;
allí acertó a dar Ares, manchado de homicidios, con la
ingente lanza. Pero la diosa, volviéndose, aferró con
su robusta mano una gran piedra negra y erizada de
puntas que estaba en la llanura y había sido puesta por
los antiguos como linde de un campo; e hiriendo con
ella al furibundo Ares, dejóle sin vigor los miembros.
Vino a tierra el dios y ocupó siete yugadas; el polvo
manchó su cabellera y las armas resonaron. Rióse
Palas Atenea; y gloriándose de la victoria, profi1ió
estas aladas palabras:
““*¡Necio! Aún no has comprendido que me jacto
de ser mucho más fuerte y osas oponer tu furor al mío.
Así padecerás, cumpliéndose las imprecaciones de tu
airada madre que :mnaquina males contra ti porque
abandonaste a los aqueos y favoreces a los orgullosos
teucros.??
Cuando esto hubo dicho, volvió a otra parte los
ojos refulgentes. Afrodita, hija de Zeus, asió por la
mano a Ares y le acompañaba; mientras el dios daba
muchos suspiros y apenas podía recobrar el aliento.
Pero la vió Hera, la diosa de los níveos brazos, y al
punto dijo a Atenea estas aladas palabras:
““¡Oh dioses! ¡Hija de Zeus que lleva la égida!
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¡Indómita deidad! Aquella desvergonzada vuelve a sa-
car del dañoso combate, por entre el tumulto, a Ares,
funesto a los mortales. ¡Anda tras ella! ??
De tal modo habló. Alegrósele el alma a Atenea,
que corrió hacia Afrodita, y alzando la robusta mano
descargóle un golpe sobre el pecho. Desfallecieron
las rodillas y el corazón de la diosa, y ella y Ares
quedaron tendidos en la fértil tierra. Y Atenea, va-
nagloriándose, pronunció estas aladas palabras:
““¡Ojalá fuesen tales cuantos auxilian a los teucros
en las batallas contra los argivos, armados de coraza;
así, tan audaces y atrevidos como Afrodita que vino
a socorrer a Ares desafiando mi furor; y tiempo ha
que habríamos puesto fin a la guerra, con la toma de
la bien construída ciudad de lIlión.??
Así se expresó. Sonrióse Hera, la diosa de los bra-
zos de nieve. Y el soberano Poseidón, que sacude la
tigrra dijo entonces a Apolo:
““¡Febo! ¿Por qué nosotros no luchamos también?
No conviene abstenerse una vez que los demás han
dado principio a la pelea. Vergonzoso fuera que vol-
viésemos al Olimpo, a la morada de Zeus erigida sobre
bronce, sin haber combatido. Empieza tú, pues 6168
el menor en edad y no parecería decoroso que comen-
zara yo que nací primero y tengo más experiencia.
¡Oh necio, y cuán irreflexivo es tu corazón! Ya no
te acuerdas de los muchos males que en torno de lIlión
padecimos los dos, solos entre los dioses, cuando en-
viados por Zeus trabajamos un año entero para el
soberbio Laomedón; el cual, con la promesa de darnos
el salario convenido, nos mandaba como señor. Yo cer-
qué la ciudad de los troyanos con un muro ancho y
hermosísimo, para hacerla inexpugnable; y tú, Febo,
pastoreabas los bueyes de tornátiles patas y curvas
astas en los bosques y selvas del Ida, en valles abun-
173
H 0 M E RECIO
doso. Mas cuando las alegres Horas trajeron el tér-
mino del ajuste, el soberbio Laomedón se negó a
pagarnos el salario y nos despidió con amenazas. A
ti te amenazó con venderte, atado de pies y manos,
en lejanas islas; aseguraba además que con el bronce
nos cortaría a entrambos las orejas; y nosotros nos
fuimos pesarosos y con el ánimo irritado porque no
nos dió la paga que había prometido. ¡Y todavía
se lo agradeces, favoreciendo a su pueblo, en vez
de procurar con nosotros que todos los troyanos pe-
rezcan de mala muerte con sus hijos y sus castas es-
posas!?”
Contestó el soberano flechador Apolo: “*¡Batidor
de la tierra! No me tendrías por sensato si combatie-
ra contigo por los míseros mortales que, semejantes
a las hojas, ya se hallan florecientes y vigorosos co-
miendo los frutos de la tierra, ya se quedan exánimes
y mueren. Abstengámonos, pues, de combatir y pe-
leen ellos entre sí.??
Así dijo y le volvió la espalda; pues por respeto no
quería llegar a las manos con su tío paterno. Y su
hermana, la campestre Artemisa, que de las fieras es
señora, lo increpó duramente con injuriosas voces:
““¿Huyes ya, Flechador, y das la victoria a Posei-
dón, concediéndole inmerecida gloria? ¡Cobarde! ¿Por
qué llevas ese arco inútil? No oiga yo que te jactes
en el palacio de mi padre, como hasta aquí lo hiciste
ante los inmortales dioses, de luchar cuerpo a cuerpo
con Poseidón.??”
"Tales fueron sus palabras, y el flechador Apolo nada -
respondió. Pero la venerable esposa de Zeus, irritada,
increpó a Artemisa, que se complace en tirar flechas,
con injuriosas voces:
“¿Cómo es que pretendes, perra arisca, oponerte a
mí? Difícil te será resistir mi fortaleza, aunque lle-
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H O M E R O
““Tu esposa Hera, la de los brazos de nieve me ha
maltratado, padre; por ella la discordia y la contienda
han surgido entre los inmortales. ?”?
Así éstos conversaban. En tanto, Febo Apolo entró
en la sagrada Jlión, temiendo por el muro de la bien
edificada ciudad: no fuera que en aquella ocasión lo
destruyesen los dánaos, contra lo ordenado por el
destino. Los demás dioses sempiternos volvieron al
Olimpo, irritados unos y envanecidos otros por el
triunfo; y se sentaron a la vera de Zeus, el de las
sombrías nubes. Aquiles, persiguiendo a los teucros,
mataba hombres y caballos. De la suerte que cuando
una ciudad es presa de las llamas y llega el humo al
anchuroso uranos, porque los dioses se irritaron contra
ella, todos los habitantes trabajan y muchos padecen
grandes males; de igual modo, Aquiles causaba a los
teucros fatigas y daños.
El anciano Príamo estaba en la sagrada torre; y
como viera al ingente Aquiles, y a los teucros puestos
en confusión, huyendo espantados y sin fuerzas para
resistirle, empezó a gemir y bajó de aquélla para dar
órdenes a los ínclitos varones que custodiaban las
puertas de la muralla:
““Abrid las puertas y sujetadlas con la mano, has-
ta que lleguen a la ciudad los guerreros que huyen es-
pantados. Aquiles es quien los estrecha y pone en
desorden, y temo que han de ocurrir desgracias. Mas,
tan pronto como aquéllos respiren, refugiados dentro
del muro, entornad las hojas fuertemente unidas; pues
estoy con miedo de que ese hombre funesto entre por
el muro.??
Tal fué su mandato. Abrieron las puertas, quitan-
do los cerrojos, y a esto se debió la salvación de las
tropas. Apolo saltó fuera del muro para librar de la
ruina a los teucros. Estos, acosados por la sed y lle-
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L Α pe E I Α D A
nos de polvo, huían por el campo en derechura a la
ciudad y su alta muralla. Y Aquiles los perseguía
impetuosamente con la lanza, teniendo el corazón po-
seído de violenta rabia y deseando alcanzar gloria.
Entonces los aqueos hubieran tomado a llión, la de
altas puertas, si Febo Apolo no hubiese incitado al
divino Agenor, hijo ilustre y valiente de Antenor, a
esperar a Aquiles. El dios infundióle audacia en el
corazón, y para apartar de él a la cruel Moira, se
quedó a su vera, recostado en una encina y cubierto
de espesa niebla. Cuando Agenor vió llegar a Aquiles,
asolador de ciudades, se detuvo, y en su agitado cora-
zón vacilaba sobre el partido que debería tomar. Y
gimiendo, a su magnánimo espíritu le decía:
““¡Ay de mí! Si huyo del valiente Aquiles por
donde los demás corren espantados y en desorden, me
cogerá también y me matará sin que me pueda defen-
der. Si dejando que éstos sean derrotados por el Pe-
leida, me fyese por la llanura troyana, lejos del muro,
hasta llegar a los bosques del Ida y me escondiera
en los matorrales, podría volver a lIlión por la tarde,
después de tomar un baño en el río para refrescarme
y quitarme el sudor. Mas ¿por qué en tales cosas me
hace pensar el corazón? No sea que aquél advierta
que me aleje de la ciudad por la llanura, y persiguién-
dome con ligera planta me dé alcance; y ya no podré
evitar la muerte y el destino, porque Aquiles es el
más fuerte de los hombres. Y si delante de la ciudad
le salgo al encuentro.... Vulnerable es su cuerpo por
el agudo bronce; hay en él una sola alma y dicen los
hombres que el héroe es mortal; pero el Cronida le da
gloria.??
Esto, pues, se decía y encongiéndose, aguardó a
Aquiles, porque su corazón esforzado estaba impacien-
te por luchar y combatir. Como la pantera, cuando
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L Α "AN I A D Α
de darle alcance en la carrera; los demás teucros, hu-
yendo en tropel, llegaron alegres a la ciudad, que se
llenó econ los que allí se refugiaron. Ni siquiera
se atrevieron a esperarse los unos a los otros, fuera de
la ciudad y del muro, para saber quiénes habían es-
capado y quiénes habían muerto en la batalla, sino
que se entraron presurosos por la ciudad, cuantos,
gracias a sus pies y rodillas, lograron salvarse.
Andrómaca ve que Aquiles se lleva el cadáver de Héctor,
arrastrándolo por+la llanura, y cae desfallecida
RAPSODIA VIGESIMOSEGUNDA
OS troyanos, refugiados en la
ciudad como cervatos, se recos-
taban en los hermosos baluartes,
refrigeraban el sudor y bebían
para apagar la sed; y en tanto,
los aqueos se iban acercando a
la muralla, protegiendo sus hom-
AAA bros con los escudos. El hado
funesto sólo detuvo a Héctor para que se quedara fue-
ra de Ilión, en las puertas Esceas. Y Febo Apolo dijo
al Peleida:
““¿Por qué, oh hijo de Peleo, persigues en veloz
carrera, siendo tú mortal, a un dios inmortal? Aún
no conociste que soy una deidad, y no cesa tu deseo
de alcanzarme. Ya no te cuidas de pelear con los
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Η O M E R 0)
teucros, a quienes pusiste en fuga; y éstos han entra-
do en la población, mientras te extraviabas viniendo
aquí. Pero no me matarás, porque el hado no me
condenó a morir.??
Muy indignado le respondió Aquiles, el de los pies
ligeros: ““¡Oh Flechador, el más funesto de todos
los dioses! Me engañaste trayéndome acá desde la mu-
ralla, cuando todavía hubieran mordido muchos la
tierra antes de llegar a llión. Me has privado de
alcanzar una gloria no pequeña, y has salvado con
facilidad a los teueros, porque no temías que luego me
vengara. Y ciertamente me vengaría de ti, si mis
fuerzas lo permitieran.??”
Dijo, y muy alentado, se encaminó apresuradamente
a la ciudad, como el corcel vencedor en la carrera de
carros trota veloz por el campo; tan ligeramente mo-
vía Aquiles pies y rodillas.
El anciano Príamo fué el primero que con sus pro-
pios ojos le vió venir por la llanura, tan resplande-
ciente como el astro que en el otoño se distingue por
sus vivos rayos entre muchas estrellas durante la no-
che obseura y recibe el nombre de perro de Orión, el
cual con ser brillantísimo constituye una señal funesta,
porque trae excesivo calor a los míseros mortales; de
igual manera centelleaba el bronce sobre el pecho del
héroe, mientras éste corría. (Gimió el viejo, golpeóse
la cabeza con las manos levantadas y profirió grandes
voces y lamentos, dirigiendo súplicas a su hijo. Hée-
tor continuaba inmóvil ante las puertas y sentía ve-
hemente deseo de combatir con Aquiles. Y el anciano,
tendiéndole los brazos, le decía en tono lastimero:
**¡Héctor, hijo querido! No aguardes, solo y lejos
de los amigos, a ese hombre, para que no mueras
presto a manos del Peleida, que es mucho más vigoro-
so. ¡Cruel! Así fuera tan caro a los dioses como
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cidas y las cosas del pudor de un anciano muerto en
la guerra, es lo más triste de cuanto les puede ocurrir
a los míseros mortales.??
Así se expresó el anciano, y con las manos se arran-
caba de la cabeza muchas canas, pero no logró persua-
dir a Héctor. La madre de éste, que en otro sitio se
lamentaba llorosa, desnudó el seno, mostróle el pecho,
y derramando lágrimas, dijo estas aladas palabras:
“¡Héctor! ¡Hijo mío! Respeta este seno y apiá-
date de mí. Si en otro tiempo te daba el pecho para
acallar tu lloro, acuérdate de tu niñez, hijo amado;
y penetrando en la muralla, rechaza desde la misma
a ese enemigo y no salgas a su encuentro. ¡Cruel! Si
te mata, no podré llorarte en tu lecho, querido renuevo
a quien parí, y tampoco podrá hacerlo tu rica esposa;
porque los veloces perros te devorarán muy lejos de
nosotras, junto a las naves argivas.??
De esta manera Príamo y Hécuba hablaban a su
hijo, llorando y dirigiéndole muchas súplicas, sin que
lograsen persuadirle, pues Héctor seguía aguardando
a Aquiles, que ya se acercaba. Come silvestre dragón
que, habiendo comido hierbas venenosas, espera ante
su guarida a un hombre y con feroz cólera echa te-
rribles miradas y se enrosca en la entrada de la cueva;
así Héctor, con inextinguible valor, permanecía quie-
to, desde que arrimó el terso escudo a la torre pro-
minente. Y gimiendo en su magnánimo espíritu, se
decía:
““¡Ay de mí! Si traspongo las puertas y el muro,
el primero en dirigirme reproches será Polidamas, el
cual me aconsejaba que trajera el ejército a la ciudad
la noche en que Aquiles decidió volver a la pelea.
Pero yo no me dejé persuadir—mucho mejor hubiera
sido aceptar su consejo—, y ahora que he causado la
ruina del ejército con mi imprudencia, temo a los
ὃ 184
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H O M E R O
tras la tímida paloma; ésta huye con tortuosos giros
y aquél la sigue de cerca, dando agudos graznidos y
acometiéndola repetidas veces, porque su ánimo le in-
cita a cogerla; así Aquiles volaba enardecido y Héec-
tor movía las ligeras rodillas huyendo azorado en
torno de la muralla de Ilión. Corrían siempre por la ca-
rretera, fuera del muro, dejando a sus espaldas la
atalaya y el lugar ventoso donde estaba el cabrahigo;
y llegaron a los dos cristalinos manantiales, que son
las fuentes del Janto voraginoso. ἘΠ primero tiene
el agua caliente y lo cubre el humo como si hubiera
allí un fuego abrasador; el agua que del segundo
brota es en el verano como el granizo, la fría nieve
o el hielo. Cerca de ambos hay unos lavaderos de
piedra, grandes y hermosos, donde las esposas:y las
bellas hijas de los troyanos solían lavar sus magníficos
vestidos en tiempo de paz, antes que llegaran los
aqueos. Por allí pasaron, el uno huyendo y el otro per-
siguiéndole: delante, un valiente huía, pero otro más
fuerte le perseguía con ligereza; porque la contien-
da no era sobre una víctima o una piel de buey, pre-
mios que suelen darse a los vencedores en la carrera,
sino sobre la vida de Héctor, domador de caballos.
Como los solípedos corceles que toman parte en los
juegos en honor de un difunto, corren velozmente en
torno de la meta donde se ha colocado como premio
importante un trípode o una mujer; de semejante
modo, aquéllos dieron tres veces la vuelta a la ciudad
de Príamo, corriendo con ligera planta. Todas las
deidades los contemplaban. Y Zeus, padre de los hom-
bres y de los dioses, comenzó a decir:
“*¡Oh dioses! Con mis ojos veo a un caro varón
perseguido en torno del muro. Mi corazón se compa-
dece de Héctor que tantos muslos de buey ha quemado
en mi obsequio en las cumbres del Ida, en valles abun-
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πὰ. FRESAS A
doso, y en la ciudadela de lIlión; y ahora el divino
Aquiles le persigue con sus ligeros pies en derredor
de la ciudad de Príamo. Ea, deliberad, oh dioses, y
decidid si le salvaremos de la muerte o dejaremos
que, a pesar de ser esforzado, sucumba a manos del
Peleida Aquiles.??”
Respondióle Atenea, la diosa de los elaros ojos: **¡Oh
padre, que lanzas el ardiente rayo y amontonas las
nubes! ¿Qué dijiste? ¿De nuevo quieres librar de la
muerte horrísona a ese hombre mortal, a quien tiempo
ha que el hado condenó a morir? Hazlo, pero no todos
los dioses te lo aprobaremos.??
Contestó Zeus, que amontona las nubes: “*¡Tran-
quilízate, Tritogenia, hija querida. No hablo con áni-
mo benigno, pero contigo quiero ser complaciente.
Obra conforme a tus deseos y no desistas.??”
Con tales voces instigóle a hacer lo que ella misma
deseaba, y Atenea bajó en raudo vuelo de las cumbres
del Olimpo.
En tanto, el veloz Aquiles perseguía y estrechaba
sin cesar a Héctor. Como el perro va en el monte por
valles y cuestas tras el cervatillo que levantó del
bosque, y si éste se esconde, azorado, debajo de los ar-
bustos, corre aquél rastreando hasta que nuevamente
lo descubre; de la misma manera, el Peleida, de pies
ligeros, no perdía de vista a Héctor. Cuantas veces
el troyano intentaba encaminarse a las puertas Dar-
danias, al pie de las torres bien construídas, por si
desde arriba lo socorrían disparando flechas; otras tan-
tas, Aquiles, adelantándosele, le apartaba hacia la
llanura, y aquél volaba sin descanso cerca de la ciu-
dad. Como en sueños ni el que persigue puede alean-
zar al perseguido, ni éste huír de aquél; de igual mane-
ra, ni Aquiles con sus pies podía dar alcance a Héctor,
ni Héctor escapar de Aquiles. ¿Y cómo Héctor se hu-
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᾿
H O M E R O
188
L Α Ἀν ὮΝ I A D Α
ciudad de Príamo. Ea, detengámonos y rechacemos su
ataque.??”
Respondióle el gran Héctor, de tremolante casco:
“*¡Deífobo! Siempre has sido para mí el hermano pre-
dilecto entre cuantos somos hijos de Hécubay de
Príamo; pero desde ahora me propongo tenerte en
mayor aprecio, porque al verme con tus ojos osaste
salir del muro y los demás han permanecido dentro.??”
Contestó Atenea, la diosa de los brillantes ojos: **¡Mi
buen hermano! El padre, la venerable madre y los
amigos abrazábanme las rodillas y me suplicaban que
me quedara con ellos—¡de tal modo tiemblan todos!—;
pero mi ánimo se sentía atormentado por grave pe-
sar. Ahora peleemos con brío y sin dar reposo a la
pica, para que veamos si Aquiles nos mata y se lleva
nuestros sangrientos despojos a las cóneavas naves, 0
sucumbe vencido por tu lanza.??”
Así diciendo, Atenea, para engañarle, empezó a
caminar. Cuando ambos guerreros se hallaron frente
a frente, dijo el primero, el gran Héctor, de tremo-
lante casco:
““No huiré más de ti, oh hijo de Peleo, como hasta
ahora. Tres veces dí la vuelta, huyendo, en torno de
la gran ciudad de Príamo, sin atreverme nunca a
esperar tu acometida. Mas ya mi ánimo me impele
a afrontarte, ora te mate, ora me mates tú. Ea, pon-
gamos a los dioses por testigos, que serán los mejores
y los que más cuidarán de que se cumplan nuestros pac-
tos: yo no te insultaré cruelmente, si Zeus me concede
la victoria y logro quitarte la vida; pues tan luego
como te haya despojado de las magníficas armas,
oh Aquiles, entregaré el cadáver a los aqueos. Obra
tá conmigo de la misma manera.??”
Mirándole con torva faz, respondió Aquiles, el de
log pies ligeros: “*¡Héctor, a quien no puedo olvidar!
189
H 0 ΜΗ O 0
No me hables de convenios. Como no es posible que
haya fieles alianzas entre los leones y los hombres,
ni que estén de acuerdo los lobos y los corderos, sino
que piensan continuamente en causarse daño unos
a otros; tampoco puede haber entre nosotrosni amis-
tad ni pactos, hasta que caiga uno de los dos y sa-
cie de sangre a Ares, infatigable combatiente. Revístete
de toda clase de valor, porque ahora te es muy pre-
ciso obrar como belicoso y esforzado campeón. Ya
no te puedes escapar. Palas Atenea te hará sucumbir
pronto, herido por mi lanza, y pagarás todos ¡juntos
los dolores de mis amigos, a quienes mataste cuando
manejabas furiosamente la pica.?”
En diciendo esto, blandió y arrojó la fornida lanza.
El esclarecido Héctor, al verla venir, se inclinó para
evitar el golpe: clavóse aquélla en el suelo, y Palas
Atenea la arrancó y devolvió a Aquiles, sin que Héctor,
pastor de hombres, lo advirtiese. Y Héctor dijo al
eximio Peleida:
“*¡Erraste el golpe, .divino Aquiles! Nada te
había revelado Zeus acerca de mi destino, como afir-
mabas; has sido un hábil forjador de engañosas pa-
labras, para que, temiéndote, me olvidara de mi valor
y de mi fuerza. Pero no me clavarás la pica en la
espalda, huyendo de ti: atraviésame el pecho cuando
animoso y frente a frente te acometa, si un dios te
lo permite. Y ahora guárdate de mi broncínea lanza.
¡Ojalá que todo su hierro se escondiera en tu cuerpo!
La guerra sería más liviana para los teueros, si tú
murieses; porque eres su mayor azote.??
Así habló y blandiendo la ingente lanza, despidióla
sin errar el tiro; pues dió un bote en el escudo del
Peleida. Pero la lanza fué rechazada por la rodela, y
Héctor se irritó al ver que aquélla había sido arroja-
da inútilmente por su brazo; paróse, bajando la cabe-
190
LD A Ἔν ὦ I Á D Á
za, pues no tenía otra lanza de fresno; y con recia
voz llamó a Deífobo, el de luciente escudo, y le pidió
una larga pica. Deífobo ya no estaba a su vera,
Entonces Héctor comprendiólo todo, y exclamó:
**¡Oh! Ya los dioses me llaman a la muerte. Creía
que el héroe Deífobo se hallaba conmigo, pero está
dentro del muro, y fué Atenea quien me engañó.
Cercana tengo la perniciosa muerte que ni tardará,
ni puedo evitarla. Así les habrá placido que sea,
desde hace tiempo, a Zeus y a su hijo, el Flechador;
los cuales, benóvolos para conmigo, me salvaban
de los peligros. Cumplióse mi destino. Pero no quisiera
morir cobardemente y sin gloria; sino realizando algo
grande que llegará a conocimiento de los venideros.??
Esto dicho, desenvainó la aguda espada, grande y
fuerte, que llevaba en el costado. Y encogiéndose, se
arrojó como el águila de alto vuelo se lanza a la
Manura, atravesando las pardas nubes, para arrebatar
la tierna corderilla o la tímida liebre; de igual ma-
nera arremetió Héctor, blandiendo la aguda espada.
Aquiles embistióle, a su vez, con el corazón rebosante
de feroz cólera: defendía su pecho con el magnífico
escudo labrado, y movía el luciente casco de cuatro
abolladuras, haciendo ondear las bellas y abundantes
erines de oro que Hefestos colocara en la cimera. Co-
mo el Héspero, que es el lucero más hermoso de
cuantos hay en el cielo, se presenta rodeado de es-
trellas en la obscuridad de la noche; de tal modo
brillaba la pica de larga punta que en su diestra
blandía Aquiles, mientras pensaba en causar dañe
al divino Héctor y miraba cuál parte del hermoso
cuerpo del héroe ofrecería menos resistencia. Este
lo tenía protegido por la excelente armadura que quitó
a Patroclo después de matarle, y sólo quedaba des-
cubierto el lugar en que las clavículas separan el
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H O M E R 0
cuello de los hombros, la garganta, que es el sitio
por donde más pronto sale el alma: por allí el divino
Aquiles envasóle la pica a Héctor que ya le atacaba,
y la punta, atravesando el delicado cuello, asomó por
la nuca. Pero no le cortó el gargiiero con la pica de
fresno que el bronce hacía ponderosa, para que pudiera
hablar algo y responderle. Héctor cayó en el polvo,
y el divino Aquiles se jactó del triunfo, diciendo:
**¡Héctor! Cuando despojabas el cadáver de Patro-
elo, sin duda te creíste salvado y no me temiste a
mí porque me hallaba ausente. ¡Necio! Quedaba yo
como vengador, mucho más fuerte que él, en las cón-
cavas naves, y te he quebrado las rodillas. A ti los
perros y las aves te despedazarán ignominiosamente,
y a Patroclo los aqueos le harán honras fúnebres.?”
Con lánguida voz respondióle Héctor, el de tremo-
lante casco: **te lo ruego por tu alma, por tus rodi-
llas y por tus padres: ¡No permitas que los perros
me despedacen y devoren junto a las naves aqueas!
Acepta el bronce y el oro que en abundancia te
darán mi padre y mi veneranda madre, y entrega
a los míos el cadáver para que lo lleven a mi casa,
y los troyanos y sus esposas lo pongan en la pira.??
Mirándole con torva faz, le contestó Aquiles, el
de los pies ligeros: “No me supliques, ¡perro!, por
mis rodillas ni por mis padres. Ojalá el furor y el
coraje me incitaran a cortar tus carnes y a comérme-
las crudas. ¡Tales agravios me has inferido! Nadie
podrá apartar de tu cabeza a los perros, aunque
me den diez o veinte veces el debido rescate y me
prometan más; aunque Príamo Dardánida ordene re-
dimirte a peso de oro; ni aun así, la veneranda madre
que te dió a luz te pondrá en un lecho para llorarte,
sino que los perros y las aves de rapiña destrozarán
tu cuerpo.?”
192
L A eu. de E A D A
Contestó, ya moribundo Héctor, el de tremolante
casco: **bien te conozco, y no era posible que te
persuadiese, porque tienes en el pecho un corazón de
hierro. Guárdate de que atraiga sobre ti la cólera
de los dioses, el día en que Paris y Febo Apolo te
harán perecer, no obstante tu valor, en las puertas
Esceas.??
Apenas acabó de hablar, la muerte le cubrió con
su manto: el alma voló de los miembros y descendió
al Hades, llorando su suerte, porque dejaba un cuer-
po vigoroso y joven. Y el divino Aquiles le dijo,
aunque muerto le viera:
“¡Muere! Y yo perderé la vida cuando Zeus y los
demás dioses inmortales dispongan que se cumpla mi
destino.??
Dijo; arrancó del cadáver la broncínea lanza y,
dejándola a un lado, quitóle de los hombros las en-
sangrentadas armas. Acudieron presurosos los demás
aqueos, admiraron todos el continente y la arrogante
figura de Héctor y ninguno dejó de herirle. Y hubo
quien, contemplándole, habló así a su veicno:
*“*¡Oh dioses! Héctor es ahora mucho más blando
en dejarse palpar que cuando incendió las naves con
el ardiente fuego.??” /
Así algunos hablaban, y acercándose le herían. El
divino Aquiles, ligero de pies, tan pronto como hubo
despojado el cadáver, se puso en medio de los aqueos
y pronunció estas aladas palabras:
““¡Oh amigos, capitanes y príncipes de los argivos!
Ya que los dioses nos concedieron vencer a ese gue-
rrero que causó mucho más daño que todos los otros
juntos, ea, sin dejar las armas cerquemos la ciudad
para conocer cuál es el propósito de los troyanos:
si abandonarán la ciudadela por haber sucumbido
Héctor, o se atreverán a quedarse todavía a pesar
193
Η O M E R O
de que éste ya ño existe. Mas ¿por qué en tales cosas
me hace pensar el corazón? En las naves yace Patroclo
muerto, insepulto y no llorado; y no le olvidaré, en
tanto me halle entre los vivos y mis rodillas se mue-
van; y si en el Hades se olvida a los muertos, aun allí
me acordaré del compañero amado. Ahora, ea, volva-
mos, cantando los Peanes, a las cóncavas naves, y
llevémonos este cadáver. Hemos ganado una gran
victoria: matamos al divino Héctor, a quien dentro
de la ciudad los troyanos dirigían votos cual si fuése
un dios.??
Dijo; y para tratar ignominiosamente al divino
Héctor, le horadó los tendones de detrás de ambos
pies desde el tobillo hasta el talón; introdujo correas
de piel de buey, y le ató al carro, de modo que la
cabeza fuése arrastrando; luego, recogiendo la mag-
nífica armadura, subió y picó a los caballos para
que arrancaran, y éstos volaron gozosos. Gran polva-
reda levantaba el cadáver mientras era arrastrado:
la negra cabellera se esparcía por el suelo, y la
cabeza, antes tan graciosa, se hundía en el polvo;
porque Zeus la entregó entonces a los enemigos, para
que allí, en su misma patria, la ultrajaran.
Así la cabeza de Héctor se manchaba de polvo.
La madre, al verlo, se arrancaba los cabellos; y arro-
jando de sí el blanco velo, prorrumpió en tristísimos
sollozos. El padre suspiraba lastimeramente, y alre
dedor de él y por la ciudad el pueblo gemía y se la-
mentaba. No parecía sino que la excelsa Ilión fuese
desde su cumbre devorada por el fuego. Los guerreros
apenas podían contener al anciano, que, excitado por
el pesar, quería salir por las puertas Dardanias; y
revolcándose en el lodo, les suplicaba a todos llamán-
doles por sus respectivos nombres:
194
ἊΝES. ADA
““Dejadme, amigos, por más intranquilos que estéis;
permitid que, saliendo solo de la ciudad, vaya a las
naves aqueas y ruegue a ese hombre pernicioso y
violento: acaso respete mi edad y se apiade de mi
vejez. Tiene un padre como yo, Peleo, el cual le en-
gendró y crió para que fuese una plaga de los troyanos;
pero es a mí a quien ha causado más pesares. ¡A
cuántos hijos míos mató, que se hallaban en la flor
de la juventud! Pero no me lamento tanto por ellos,
aunque su suerte me haya afligido, como por uno
cuya pérdida me eausa el vivo dolor que me preci-
pitará al Hades: por Héctor, que hubiera debido morir
en mis brazos, y entonces nos hubiésemos saciado de
llorarle y plañirle la infortunada madre que le dió
a luz y yo mismo.??
Así habló, llorando, y los ciudadanos suspiraron.
Y Hécuba comenzó entre las troyanas el funeral la-
mento:
““¡Oh hijo! ¡Ay de mí, desgraciada! ¿Por qué viviré
después de padecer terribles penas y de haber muerto
tú? Día y noche eras en la ciudad motivo de orgu'l>
para mí y el baluarte de los troyanos y troyanas,
que te saludaban como a un dios. Vivo, constituías
una excelsa gloria para ellos; pero ya las Keres de la
muerte y la Moira te alcanzaron.??”
Así dijo, llorando. La esposa de Héctor nada sabía,
pues ningún mensajero le llevó la noticia de que su
marido se quedara fuera del muro; y en lo más hon-
do del alto palacio tejía una tela doble y purpúrea,
que adornaba con labores de variado color. Había
mandado a las esclavas de hermosas . trenzas que pu-
sieran al fuego un trípode grande, para que Héctor
se bañase en agua tibia al volver de la batalla. ¡In-
sensata! Ignoraba que Atenea, la de los brillantes
195
H 0 M E R 0
ojos, le había hecho sucumbir lejos del baño a manos
de Aquiles. Pero oyó gemidos y lamentaciones que
venían de la torre, estremeciéronse sus miembros, y
la lanzadera le cayó al suelo. Y al instante dijo a las
esclavas de hermosas trenzas:
““Venid, seguidme dos; voy a ver qué ocurre. Oí
la voz de mi venerable suegra; el corazón me salta en
el pecho hacia la boca y mis rodillas se entumecen:
algún infortunio amenaza a los hijos de Príamo.
¡Ojalá que tal noticia nunca llegue a mis oídos! Pero
mucho temo que el divino Aquiles haya separado de la
ciudad a mi Héctor audaz, le persiga a él solo por
la llanura y acabe con el funesto valor que siempre
tuvo; porque jamás en la batalla se quedó entre la
turba de los combatientes, sino que se adelantaba
mucho y en bravura a nadie cedía.??
Dicho esto, salió apresuradamente del palacio eo-
mo una loca, palpitándole el corazón; y dos esclavas la
acompañaron. Mas, cuando llegó a la torre y a:
la multitud de gente que allí se encontraba, se detu-
vo, y desde el muro registró el campo: en seguida
vió que los veloces caballos arrastraban cruelmente
el cadáver de Héctor fuera de la ciudad, hacia las
cóncavas naves de los aqueos; las tinieblas de la
noche velaron sus ojos, cayó de espaldas y se le des-
mayó el alma. Arrancóse de su cabeza los vistosos
lazos, la diadema, la redecilla, la trenzada cinta y el
velo que la dorada Afrodita le había dado el día en
que Héctor se la llevó del palacio de Eetión, consti-
tuyéndole una gran dote. A su alrededor hallábanse
muchas cuñadas y concuñadas suyas, las cuales la
sostenían aturdida como si fuera a perecer. Cuando
volvió en sí y recobró el aliento, lamentándose con
desconsuelo, dijo entre las troyanas:
196
L Α isa δ. ἐν D A
“¡Héctor! ¡Ay de mí, infeliz! Ambos nacimos con
la misma suerte, tú en lIlión, en el alcázar de Príamo;
yo en Tebas, al pie del selvoso Placo, en el alcázar
de Eetión, el cual me crió cuando niña para que fuese
desventurada como él. ¡Ojalá no me hubiera engen-
drado! Ahora tú desciendes a la mansión del Hades,
en el seno de la tierra, y me dejas en el palacio viuda
y sumida en triste duelo. Y el hijo, aún infante, que
engendramos tú y yo, infortunados... Ni tú serás
su amparo, oh Héctor, pues has fallecido; ni él el
tuyo. Si escapa con vida de la luctuosa guerra de los
aqueos, tendrá siempre fatigas y pesares; y los de-
más se apoderarán de sus campos, cambiando de sitio
los términos. El mismo día en que un niño queda
huérfano, pierde todos los amigos; y en adelante va
cabizbajo y con las mejillas bañadas en lágrimas.
Obligado por la necesidad, dirígese a los amigos de
su padre, tirándoles ya del manto ya de la túnica; y
alguno, compadecido, le alarga un vaso pequeño con
el cual mojará los labios, pero no llegará a humede-
cer la garganta. El niño que tiene los padres vivos
le echa del festín, dándole puñadas e increpándole
con injuriosas voces: ¡Véte, enhoramala! le dice, que
tu padre no come a escote con nosotros. Y volverá a
su madre viuda, llorando, el huérfano Astianax, que
en otro tiempo, sentado en las rodillas de su padre,
sólo comía médula y grasa pingiúe de ovejas, y cuan-
do se cansaba de jugar y se entregaba al sueño, dor-
mía en blanda cama, en brazos de la nodriza, con el
corazón lleno de gozo; mas ahora que ha muerto su
padre, mucho tendrá que padecer Astianax, a quien
los troyanos llamaban así porque sólo tú, oh Héctor,
defendías las puertas y los altos muros. Y a ti, cuan-
197 12,—II
Η 0 M E R O
do los perros te hayan despedazado, los movedizos
gusanos te comerán desnudo, junto a las corvas na-
ves; habiendo en el palacio vestiduras finas y hermo-
sas que las esclavas hicieron con sus manos. Arroja-
ré todas estas vestiduras al ardiente fuego; y ya que
no te aprovechen, pues no yacerás en ellas, consti-
tuirán para ti un motivo de gloria a los ojos de los
troyanos y de las troyanas.??”
Tal dijo, llorando, y las mujeres gimieron.
Los vientos, a ruegos de Aquiles, hacen arder la pira en que
se quema el cuerpo de Patroclo.
RAPSODIA VIGESIMOTEROCERA
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H O M E RK 0)
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L Α E ἢ 1 A D Α
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H O M E R . q
202
L A f L I Α D Α
203
H 0 M E R 0)
de eabello que en su honor se habían cortado. El
divino Aquiles sosteníale la cabeza, y estaba triste
porque despedía para el Hades al eximio compañero.
Cuando llegaron al lugar que Aquiles les señaló,
dejaron el cadáver en el suelo, y en seguida amonto-
naron abundante leña. Entonces, el divino Aquiles, el
de los pies ligeros, tuvo otra idea: separándose de
la pira, se cortó la rubia cabellera, que conservaba
espléndida para ofrecerla al río Esperqueo; y excla-
mó, apenado, fijando los ojos en el vinoso ponto:
““¡Oh Esperqueo! En vano mi padre Peleo te hizo
el voto de que yo, al volver a la tierra patria, me
eortaría la cabellera en tu honor y te inmolaría una
sacra hecatombe de cincuenta carneros cerca de tus
fuentes, donde están el bosque y el perfumado altar
a tí consagrados. Tal voto hizo el anciano, pero tú
no has cumplido su deseo. Y ahora, como no he de
volver a la tierra patria, daré mi cabellera al héroe
Patroclo para que se la lleve consigo.??”
En diciendo esto, puso la cabellera en be manos
del amigo, y a todos les excitó el deseo de llorar. Y
entregados al llanto los dejara Helios al ponerse, si
Aquiles no se hubiese acercado a Agamenón para
decirle:
““¡Oh Atrida! Puesto que los aquivos te obedecerán
más que a nadie, y tiempo habrá para saciarse de
llanto, aparta de la pira a los guerreros y mándales
que preparen la cena; y de lo que resta nos cuidare-
mos nosotros, a quienes corresponde de un modo es-
pecial honrar al muerto. Quédense tan sólo los cau-
dillos. ??
Al oírlo, el rey de hombres Agamenón despidió a la
gente para que volviera a las naves bien proporcio-:
nadas; y los que cuidaban del funeral amontonaron
leña, levantaron una pira de cien pies por lado, y,
204
L γι δὰ τοῖς 1 Α 13) 4.
eon el corazón afligido, pusieron en ella el «usrpe
de Patroclo. Delante de la pira mataron y desollaron
muchas pingies ovejas y bueyes de tornátiles pies
y curvas astas; y el magnánimo Aquiles tomó la
grasa de aquéllas y de éstos, eubrió con la misma
el eadáver de pies a cabeza, y hacinó alrededor los
cuerpos desollados. Llevó también a la pira dos án-
foras, llenas respectivamente de miel y de aceite, y
las abocó al lecho; y exhalando profundos suspiros,
arrojó a la hoguera cuatro corceles de erguido cue-
llo. Nueve perros tenía el rey que se alimentaban de
su mesa, y degollando a dos, echólos igualmente en
la pira. Siguiénronles doce hijos valientes de troya-
nos ilustres, a quienes mató con el bronce, pues el
héroe meditaba en su corazón acciones crueles. Y
entregando la pira a la violencia indomable del fue-
go para que la devorara, gimió y nombró al compa-
fiero amado:
“*¡Alégrate, oh Patroclo, aunque estés en el Hades!
Ya te cumplo cuanto te prometiera. El fuego devora
contigo a doce hijos valientes de troyanos ilustres;
y a Héctor Priámida no le entregaré a la hoguera,
sino a los perros para que lo despedacen.??”
Así dijo en són de amenaza. Pero los canes no se
acercaron a Héctor. La diosa Afrodita, hija de Zeus,
los apartó día y noche, y ungió el cadáver con un
divino aceite rosado para que Aquiles no lo lacerase
al arrastrarlo. Y Febo Apolo cubrió el espacio ocu-
pado por el muerto con una sombría nube que hizo
pasar del cielo a la llanura, a fin de que el ardor del
sol no secara el cuerpo, eon sus nervios y miembros.
En tanto, la pira en que se hallaba el cadáver de Pa-
troclo no ardía. Entonces el divino Aquiles, el de
los pies ligeros, tuvo otra idea: apartóse de la pira,
oró a los vientos Bóreas y Zófiro y votó ofrecerles
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Él O M " R O
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}, Α 1 1, y Α 2 Α
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E O M Eg R 0
y al momento sacó de las naves, para premio de los
que vencieren en los juegos, calderas, trípodes, cea-
ballos, mulos, bueyes de robusta cabeza, mujeres de
hermosa cintura, y luciente hierro.
Empezó por exponer los premios destinados a los
veloces aurigas: el que primero llegara, se llevaría
una mujer diestra en primorosas labores y un trípode
con asas, de veintidós medidas; para el segundo ofre-
ció una yegua de seis años, indómita, que llevaba en
gu vientre un feto de mulo; para el tercero una her-
mosa caldera no puesta al fuego y luciente aún, cuya
capacidad era de cuatro medidas; para el cuarto, dos
talentos de oro; y para el quinto, un vaso con dos asas
que la llama no tocara todavía. Y estando en pie,
dijo a los argivos:
““¡Atrida y demás aqueos de hermosas grebas! YEs-
tos premios que en medio he colocado, son para los
aurigas. Si los juegos se celebraran en honor de otro
difunto, me llevaría a mi tienda los mejores. Ya sa-
béis cuánto mis caballos aventajan en ligereza a los
demás, porque son inmortales: Poseidón se los regaló
2 Peleo, mi padre, y éste me los ha dado a mí. Pero
yo permaneceré quieto, y también los solípedos corce-
les, porque perdieron al ilustre y benigno auriga que
tantas veces derramó aceite sobre sus erines, después
de lavarlos con agua pura. ¡Adelantaos los aqueos
que confiéis en vuestros corceles y sólidos carros!ἢ
Así habló el Peleida, y los veloces aurigas se reunie-
ron. Levantóse mucho antes que nadie el rey de hom-
bres Eumelo, hijo amado de Admeto, que descollaba
en el arte de guiar el carro. Presentóse después el
fuerte Diomedes Tideida, el cual puso el yugo a los
corceles de Tros que quitara a Eneas cuando Apolo
salvó a este héroe. Alzóse luego el rubio Menelao,
noble hijo de Atreo, y unció al carro la corredora ye-
208
L Á 1 £ I Α D A
gua Ete, propia de Agamenón, y su veloz caballo Po-
dargo. Había dado la yegua a Agamenón, como
presente,. Equepolo, hijo de Anquises, por no seguirle
a la ventosa llión y gozar tranquilo en la vasta Sición,
donde moraba, de la abundante riqueza que Zeus le
sconcediera; ésta fué la yegua que Menelao unció al
yugo, la cual estaba deseosa de correr.—Fué el cuarto
en aparejar los corceles de hermoso pelo, Antíloco, hijo
ilustre del magnánimo rey Néstor Neleida: de su carro
tiraban caballos de Pilos, de pies ligeros. Y su padre
se le acercó y empezó a darle buenos consejos, aunque
no le faltaba inteligencia:
“*¡Antíloco! Si bien eres joven, Zeus y Poseidón
te quieren y te han enseñado todo el arte del auriga.
No es preciso, por tanto, que yo te instruya. Sabes
perfectamente cómo los caballos deben dar la vuelta
en torno de la meta; pero tus corceles son los más
lentos en correr, y temo que algún suceso desagradable
ha de ocurrirte. Empero, si otros caballos son más
veloces, sus conductores no te aventajan en obrar sa-
gazmente. Ea, pues, querido, piensa en emplear toda
clase de habilidades para que los premios no se te
escapen. El leñador más hace con la habilidad que
con la fuerza; con su habilidad el piloto gobierna en
el vinoso ponto la veloz nave combatida por los vien-
tos; y con su habilidad puede un auriga vencer a otro.
El que confía en sus caballos y en su carro, les hace
dar vueltas imprudentemente acá y allá, y luego los
corceles divagan en la carrera y no los puede su-
jetar; mas el que conoce los recursos del arte y guía
caballos inferiores, clava los ojos continuamente en
la meta, da la vuelta cerca de la misma, y no le pasa
inadvertido cuándo debe aguijar a aquéllos con el lá-
tigo de piel de buey; así, los domina siempre, a la
vez que observa a quien le precede. La meta de ahora
209
Η O M E R O
210
ἀκ
LO E A?
la del Tideida, que era el más hábil. Pusiéronse en
fila, y Aquiles les indicó la meta a lo lejos, en el
terreno llano; y encargó a Fénix, escudero de su pa-
dre, que se sentara cerca de aquélla como observador
de la carrera, a fin de que, reteniendo en la memoria
cuanto ocurriese, la verdad luego les contara.
Todos a un tiempo levantaron el látigo, dejáronlo
caer sobre los caballos y los animaron con ardientes
voces. Y éstos, alejándose de las naves, corrían por la
llanura con suma rapidez; la polvareda que levanta-
ban envolvíales el pecho como una nube o un torbe-
llino, y las crines ondeaban al soplo del viento. Los
carros unas veces tocaban al fértil suelo y otras, da-
ban saltos en el aire; los aurigas permanecían en
las sillas con el corazón palpitante por el deseo de
la victoria; cada cual animaba a sus corceles, y éstos
volaban, levantando polvo, por la llanura.
Mas cuando los veloces caballos llegaron a la se-
gunda mitad de la carrera y ya volvían hacia el es-
pumoso mer, entonces se mostró la pericia de cada
conductor, pues todos aquéllos empezaron a galopar.
Venían delante las yeguas, de pies ligeros, de Eumelo
Feretíada. Seguíanlas los caballos de Diomedes, pro-
cedentes de los de Tros; y estaban tan cerca del
primer carro, que parecía que iban a subir en él: con
su aliento calentaban la espalda y anchos hombros
de Eumelo, y volaban poniendo la cabeza sobre el mis-
mo. Diomedes le hubiera pasado delante, o por lo
menos hubiera conseguido que la victoria quedase
indecisa, si Febo Apolo, que estaba irritado con el
hijo de Tideo, no le hubiese hecho caer de las manos
el lustroso látigo. Afligióse el héroe, y las lágrimas
humedecieron sus ojos al ver que las yeguas corrían
más que antes, y en cambio sus caballos aflojaban,
porque ya no sentían el azote. No le pasó inadvertido
211
B O A E R O
212
L Α 1 1, I 4 D Á
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Η O M y R 10
señor, corrieron más diligentemente y pronto se halla-
ron cerca de los otros,
Los argivos, sentados en el circo, no quitaban los
ojos de los caballos; y éstos volaban, levantando pol-
vo por la llanura. Idomeneo, caudillo de los cretenses,
fué quien antes distinguió los primeros corceles que
llegaban; pues era el que estaba en el sitio más alto
por haberse sentado en un altozano, fuera del circo.
Oyendo desde lejos la voz del auriga que animaba
a los corceles, la reconoció; y al momento vió que
corría, adelantándose a los demás, un caballo magní-
fico, todo bermejo, con una mancha en la frente, blan-
ca y redonda como la luna. Y poniéndose en pie,
dijo estas palabras a los argivos:
““¡Oh amigos, capitanes y príncipes de los argivos!
¿Veo los caballos yo solo o también vosotros? Pa-
réceme que no son los mismos de antes los que vienen
delanteros, ni el mismo auriga: deben de haberse las-
timado en la Manura las yeguas que poco ha eran
vencedoras. Las vi cuando doblaban la meta; pero
ahora no puedo distinguirlas, aunque registro con mis
ojos todo cl campo troyano. Quizás las riendas se le
fueron al auriga, y, siéndole imposible gobernar las
yeguas al llegar a la meta, no dió felizmente la vuel-
ta: me figuro que habrá caído, el carro estará roto
y las yeguas, dejándose llevar por su ánimo enarde-
cido, se habrán echado fuera del camino. Pero le-
vantaos y mirad, pues yo no lo distingo bien: paré-
ceme que el que viené delante es un varón etolo, el
fuerte Diomedes, hijo de Tideo, domador de caballos,
que reina sobre los argivos.?”? -
Y el veloz Ayax de Oileo increpóle con injuriosas
voces: ““¡Idomeneo! ¿Por qué charlas antes de lo
debido? Las voladoras yeguas vienen corriendo a
lo lejos por la llanura espaciosa. Tú no eres el más
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L A 1 L 5 Α D A
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H O M E R 0
tierra, dejó el látigo colgado del yugo. ¿Entouces no
anduvo remiso el esforzado Esténelo, sino que al
instante tomó el premio y lo entregó a los magnáni-
mos compañeros; y mientras éstos conducían la cau-
tiva a la tienda y se llevaban el trípode con asas,
desunció del carro a los corceles.
Después de Diomedes llegó Antíloco, descendiente do
Neleo, el cual se había anticipado a Menelao por
haber usado de fraude y no por la mayor ligereza de
su carro; pero así y todo, Menelao guiaba muy cerca
de él los veloces caballos. Cuanto el corcel dista de
las ruedas del carro en que lleva a su señor por la
llanura (las últimas cerdas de la cola tocan la llanta
y un corto espacio los separa mientras aquél corre
por el campo inmenso): tan rezagado estaba Menelao
del eximio Antíloco; pues si bien al principio se que-
dó a la distancia de un tiro de disco, pronto volvió
a alcanzarle porque el fuerte vigor de la yegua de
Agamenón, Ete, de hermoso pelo, iba aumentando. Y
si la carrera hubiese sido más larga, el Atrida se le
habría adelantado, sin dejar dudosa la victoria.—Me-
riones, el buen escudero de Idomeneo, seguía al ínelito
Menelao, como a un tiro de lanza; pues sus corceles,
de hermoso pelo, eran más tardos y él muy poco dies-
tro en guiar el carro en un certamen.—Presentóse, por
último, el hijo de Admeto tirando de su hermoso carro
y conduciendo por delante los caballos. Al verle, el
divino Aquiles, el de los pies ligeros, se compadeció
de él, y dirigió a los argivos estas aladas palabras:
““Viene el último con los solípedos caballos el va-
rón que más descuella en guiarlos. Ea, démosle, como
es justo, el segundo premio, y llévese el primero el
hijo de Tideo.??
Así habló, y todos aplaudieron lo que proponía. Y
le hubiese entregado la yegua—pues los aqueos lo
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L Δ ἰ 4 4 A A
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Η O Δ] Ε R 0
mucho peores. ¡Ea capitanes y príncipes de los argi-
vos! Juzgadnos imparcialmente a entrambos: no sea
que alguno de los aqueos, de broncíneas lorigas, ex-
clame: Menelao, violentando con mentiras a Antíloco,
ha conseguido llevarse la yegua, a pesar de la inferio-
ridad de sus corceles, por ser más valiente y poderoso.
Y si queréis, yo mismo lo decidiré; y creo que ningún
dánao me podrá reprender, porque el fallo será justo.
Ea, Antíloco amado de Zeus, ven aquí y, puesto,
como es costumbre, delante de los caballos y el carro,
teniendo en la mano el flexible látigo con que los
guiabas y tocando los corceles, jura por Poseidón, el
que ciñe la tierra, que si detuviste mi carro fué in-
voluntariamente y sin dolo.??”
Respondióle el prudente Antíloco: ““Perdóname,
oh rey Menelao, pues soy más joven y tú eres mayor
y más valiente. No te son desconocidas las faltas que
eomete un mozo, porque su pensamiento es rápido y
su juicio escaso. Apacígiese, pues, tu corazón: yo
mismo te cedo la yegua que he recibido; y si de cuan-
to tengo me pidieras algo de más valor que este premio,
preferiría dártelo en seguida, a perder para siempre
tu afecto y ser culpable ante los dioses.?”
Así habló el hijo del magnánimo Néstor, y condu-
ciendo la yegua adonde estaba el Atrida, se la puso
en la mano. A éste se le alegró el alma: como el
rocío cae en torno de las espigas cuando las mieses
crecen y los campos se erizan; del mismo modo, oh
Menelao, tu espíritu se bañó en gozo. Y respondién-
dole, pronunció estas aladas palabras:
““¡Antíloco! Aunque estaba irritado, seré yo quien
ceda; porque hasta aquí no has sido imprudente ni
ligero y ahora la juventud venció a la razón. Abs-
tente en lo sucesivo de suplantar a los que te son
superiores. Ningún otro aqueo me ablandaría tan
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L -
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pronto; pero has padecido y trabajado mucho por mi
causa, y tu padre y tu hermano también; accederé,
pues, a tus súplicas y te daré la yegua, que es mía,
para que éstos sepan que mi corazón no fué nunca
ni soberbio ni cruel.??”
Dijo; entregó a Noemón, compañero de Antíloco,
la yegua para que se la llevara, y tomó la reluciente
caldera. Meriones, que había llegado el cuarto, re-
cogió los dos talentos de oro. Quedaba el quinto pre-
mio, el vaso con dos asas; y Aquiles levantólo, atra-
vesó el circo, y lo ofreció a Néstor con estas palabras:
“Toma, anciano; sea tuyo este presente como re-
cuerdo de los funerales de Patroclo, a quien no vol-
verás a ver entre los argivos. Te doy el premio por-
que no podrás ser parte ni en el pugilato, ni en la
lucha, ni en el certamen de los dardos, ni en la carrera;
que ya te abruma la vejez penosa.??
Así diciendo, se lo puso en las manos. Néstor re-
cibiólo con alegría, y respondió con estas aladas pa-
labras:
““Sí, hijo, oportuno es cuanto acabas de decir. Ya
mis miembros no tienen el vigor de antes; ni mis pies,
ni mis brazos que no se mueven ágiles a partir de
los hombros. Ojalá fuese tan joven y mis fuerzas tan
robustas como cuando los epeos enterraron en Bupra-
sio al poderoso Amarinceo, y los hijos de éste sacaron
premios para los juegos que debían celebrarse en ho-
nor del rey. Allí ninguno de los epeos, ni de los pilios,
ni de los magnánimos etolos, pudo igualarse conmigo.
Vencí en el pugilato a Clitomedes, hijo de Enope, y
en la lucha a Anceo Pleuronio, que 0só afrontarme; en
la carrera pasé delante de Ificlo, que era robusto;
y en arrojar la lanza superé a Fileo y a Polidoro.
Sólo los hijos de Actor me dejaron atrás en su carro
porque eran dos; y me disputaron la victoria a causa
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Η O M E R O
de haberse reservado los mejores premios para este
juego. Eran aquéllos hermanos gemelos, y el uno
gobernaba con firmeza los caballos, sí, gobernaba con
firmeza los caballos, mientras el otro con el látigo los
aguijaba. Así era yo en aquel tiempo. Ahora los más
jóvenes entren en las luchas; que ya debo ceder
a la triste senectud, aunque entonces sobresaliera
entre los héroes. Ve y continúa celebrando los juegos
fúnebres de tu amigo. Acepto gustoso el presente,
y se me alegra el corazón al ver que te acuerdas siem-
pre del buen Néstor y no dejas de advertir con qué
honores he de ser honrado entre los aqueos. Las
deidades te concedan por ello abundantes gracias.??
Así habló; y el Peleida, oído todo el elogio que de
él hiciera el hijo de Neleo, fuése por entre la muche-
dumbre de los aqueos. En seguida sacó los premios
del duro pugilato: condujo al cireo y ató en medio
de él una mula de seis años, cerril, difícil de domar,
que había de ser sufridora del trabajo; y puso para
el vencido una copa doble. Y estando en pie, dijo a
los argivos:
““¡Atrida y demás aqueos de hermosas grebas! In-
vitemos a los dos varones que sean más diestros, a
que levanten los brazos y combatan a puñadas por
estos premios. Aquel a quien Apolo conceda la vie-
toria, reconociéndolo así todos los. aqueos, conduzca
a su tienda la mula sufridora del trabajo; el vencido
se llevará la copa doble.??
Así habló. Levantóse al instante un varón fuerte,
alto y experto en el pugilato: Epeo, hijo de Panopeo.
y poniendo la mano sobre la mula paciente en el tra-
bajo, dijo:
““Acérquese el que haya de llevarse la copa doble;
pues no creo que ningún aqueo consiga la mula, si ha
de vencerme en el pugilato. Me glorío de mantenerlo
220
L Á I L Ι Α υ Α
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Η O M E R 0
juego, la penosa lucha, y se los mostró a los dánaos:
para el vencedor un gran trípode, apto para ponerlo
al fuego, que los aqueos apreciaban en doce bueyes;
para el vencido, una mujer diestra en muchas labores
y valorada en cuatro bueyes. Y estando en pie, dijo
a los argivos:
““Levantaos, los que hayáis de entrar en esta lu-
cha.??
Así habló. Alzóse en seguida el gran Ayax Telamonio
y luego el ingenioso Odiseo, fecundo en ardides. Pues-
to el ceñidor, fueron a encontrarse en medio del circo
y se cogieron con los robustos brazos como se enlazan
las vigas que un ilustre “artífice une, al construir alto
palacio, para que resistan el embate de los vientos.
Sus espaldas crujían, estrechadas fuertemente por los
vigorosos brazos; copioso sudor les brotaba de todo
el cuerpo; muchos cruentos cardenales iban apare-
ciendo en los costados y en las espaldas; y ambos con-
tendientes anhelaban siempre alcanzar la victoria y
con ella el bien construído trípode. Pero ni Odiseo lo
graba hacer caer y derribar por el suelo a Ayax, ni
éste a aquél porque la gran fuerza de Odiseo se lo
impedía. Y cuando los aqueos de hermosas grebas ya
empezaban a cansarse de la lucha, dijo el gran
Ayax Telamonio:
**¡Laertíada, descendiente de Zeus, Odiseo fecundo
en recursos! Levántame, o te levantaré yo; y Zeus
se cuidará del resto.?”
Dichas estas palabras, le hizo perder tierra; mas
Odisco no se olvidó de sus ardides, pues dándole por
detrás un golpe en la corva, dejóle sin vigor los
miembros, le hizo venir al suelo, de espaldas, y cayó
sobre su pecho: la muchedumbre quedó admirada y
atónita al contemplarlo, Luego, el divino y paciente
Odiseo alzó un poco a Ayax, pero ni consiguió sos-
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Η O Al Li Ἦν ο
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Pe: 0 AO o PS EAS
der cou él en la carrera es muy difícil para cualquier
aqueo que no sea Aquiles.?”
Así dijo, ensalzando al Peleida, de pies ligeros.
Aquiles respondióle con estas palabras:
““*¡Antíloco! No en balde me habrás elogiado, pues
añado a tu premio medio talento de oro.?”?
Dijo, se lo puso en la mano, y Antíloco lo recibió
con alegría. Acto continuo, el Peleida sacó y colocó
en el circo una larga pica, un escudo y un casco,
que eran las armas que Patrocio quitara a Sarpedón.
Y puesto en pie, dijo a los argivos:
““Invitemos a los dos varones que sean más esfor-
zados, a que, vistiendo las armas y asiendo el tajante
bronce, pongan a prueba su valor ante el concurso.
Al primero que logre tocar el cuerpo hermoso de su
adversario, le rasguñe el vientre a través de la ar-
madura y le haga brotar la negra sangre, le daré esta
magnífica espada ktracia, ftachonada con clavos de
plata, que quité a Asteropeo. Ambos campeones se
llevarán las restantes armas y serán obsequiados con
un espléndido banquete.??
Así habló. Levantóse en seguida el gran Ayax Te-
lamonio y luego el fuerte Diomedes Tideida. Tan
pronto como se hubieron armado, separadamente de
la muchedumbre, fueron a encontrarse en medio del
circo, deseosos de combatir y mirándose con torva
faz; y todos los aqueos se quedaron atónitos. Cuando
se hallaron frente a frente, tres veces se acometieron
y tres veces procuraron herirse de cerca. Ayax dió
un bote en el escudo liso del adversario, pero no pudo ᾿-
llegar a su cuerpo porque la coraza lo impidió. El
Tideida intentaba alcanzar con el hierro de la luciente
lanza el cuello de aquél, por cima del gran escudo.
Y los aqueos, temiendo por Ayax, mandaron que ce-
sara la lucha y ambos contendientes se llevaran igual
225
A
Η O λ 7) a. O
premio; pero el héroe dió al Tideida la gran espada,
ofreciéndosela con la vaina y el bien cortado ceñidor.
Luego el Peleida sacó la bola de hierro sin bruñir
que en otro tiempo lanzaba el forzudo Eetión: el divi-
no Aquiles, el de los pies ligeros, mató a este príncipe
y se llevó en las naves la bola con otras riquezas.
Y puesto en pie, dijo a los argivos:
““¡Levantaos los que hayáis de entrar en esta lu-
cha! La presente bola proporcionará al que venciere
cuanto hierro necesite durante cinco años, aunque
sean muy extensos sus fértiles campos; y sus pastores
y labradores no tendrán que ir por hierro a la ciudad.
Así habló. Levantóse en seguida el intrépido Poli-
petes; después, el vigoroso Leonteo, igual a un dios;
más tarde, Ayax Telamonio, y por fin, el divino Epeo.
Pusiéronse en fila, y el divino Epeo cogió la bola y
la arrojó, después de voltearla; y todos los aquivos
se rieron. La tiró el segundo, Leonteo, vástago de
Marte. Ayax Telamonio la despidió también, con su
robusta mano, y logró pasar las señales de los ante-
riores tiros. Tomóla entonces el intrépido Polipetes
y cuanta es la distancia a que llega el cayado cuando
lo lanza el pastor y voltea por cima de la vacada,
tanto pasó la bola el espacio del circo; aplaudieron
los aqueos, y los amigos de Polipetes, levantándose,
llevaron a las cóncavas naves el premio que su rey
había ganado.
Luego sacó Aquiles azulado hierro para los arqueros,
colocando en el circo diez hachas grandes y otras
diez pequeñas. Clavó en la arena, a los lejos, un
mástil de navío después de atar en su punta, por el
pie, y con delgado cordel, una tímida paloma; e invi-
tóles:a tirarle saetas, diciendo: “*el que hiera a la
tímida paloma, llévese a su casa las hachas grandes;
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1, Α Ϊ L I Α D A
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Hg O M E K 0
el más señalado, toma este premio y vuelve a las
cóncavas naves. Y entregaremos la pica al héroe
Meriones, si te place lo que te propongo.?”?
Así habló. Agamenón, rey de hombres, no dejó de
obedecerle. Aquiles dió a Meriones la pica de bronce,
y el héroe Atrida tomó el magnífico premio y se lo
entregó al heraldo Taltibio.
Funerales de Héctor
RAPSODIA VIGESIMOCUARTA
229 14.—IT
Η O M E R 0)
vueltas al túmulo del difunto Monetíada; acto continuo
volvía a reposar en la tienda, y dejaba el cadáver ten-
dido de cara al polvo. Mas Apo!o, apiadándose del va-
rón aun después de muerto, le libraba de toda injuriay
lo protegía con la égida de oro para que Aquiles no
lacerase el cuerpo mientras lo arrastraba.
De tal manera Aquiles, enojado, insultaba al divino
Héctor. Compadecidos de éste los bienaventurados
dioses, instigaban al vigilante Argicida a que hur-
tase el cadáver. A todos les placía tal propósito, me-
nos a Hera, a Poseidón y a la virgen de los ojos de
buey, que odiaban como antes a la sagrada llión,
2 Príamo y a su pueblo por la injuria que Alejandro
infiriera a las diosas cuando fueron a su cabaña y
declaró vencedora a la que le había ofrecido funesta
liviandad. Cuando desde el día de la muerte de Héctor
llegó la duodécima aurora, Febo Apolo dijo a los in-
mortales:
““Sois, oh dioses, crueles y maléficos. ¿Acaso Héctor
no quemaba en honor vuestro muslos de bueyes y
de cabras escogidas? Ahora, que ha perec:do, no os
atrevéis a salvar el cadáver y:ponerlo a la vista de
su esposa, de su madre, de su hijo, de su padre Príamo
y del pueblo, que al momenio lo entregarísa a las
llamas y le harían honras fúnebres; por el contrario,
oh dioses, queréis favorecer al pernicioso Aquiles, el
cual concibe pensamientos no razonables, tiene en su
pecho un ánimo inflexible y medita cosas feroces,
como un león que dejándose llevar por su gran fuerza
y espíritu soberbio, se encamina a los rebaños de los
hombres para aderezarse un festín: de igual modo
perdió Aquiles la piedad y ni siquiera conserva el
pudor que tanto favorece o daña a los varones. Aquel
a quien se le muere un ser amado, como el hermano
carnal o el hijo, al fin cesa de llorar y lamentarse;
230
O A AS O Π Ά
porque la Moira dió al hombre un corazón paciente.
Mas Aquiles, después que quitó al divino Héctor
la dulce vida, ata el cadáver al carro y lo arras-
tra alrededor del túmulo de su compañero querido;
y esto ni a aquél le aprovecha, ni es decoroso.
Tema que nos irritemos contra él, aunque sea valiente,
porque enfureciéndose insulta a lo que tan sólo 03
ya insensible tierra.”??
Respondióle irritada Hera, la de los brazos de nie-
ve: *“sería como dices, oh tú que llevas arco de pla-
ta, si a Aquiles y a Héctor los tuvierais en igual es-
tima. Pero Héctor fué mortal y dióle el pecho una
mujer; mientras que Aquiles es hijo de un diosa a
quien yo misma alimenté y crié y casé luego con Pe-
leo, varón cordialmente amado por los inmortales. To-
dos los dioses presenciasteis la boda; y tú pulsaste la
cítara y con los demás tuviste parte en el festín, ¡oh
amigo de los malos, siempre pérfido!??”
Replicó Zeus, que amontona las nubes: **¡Herai No
te irrites tanto contra las deidade:« No será el mismo
el aprecio en que los tengamos; pero Héctor era para
los dioses, y también para mí, el más querido de
cuantos mortales viven en Jlión, porque nunca se ol-
vidó de dedicarnos agradables ofrendas. Jamás mi
altar careció ni de libaciones ni de víctimas, que tales
son los honores que se nos deben. Desechemos la idea
de robar el cuerpo del audaz Héctor; es imposible
que se haga a hurto de Aquiles, porque siempre, de
noche y de día, le acompaña su madre. Mas si alguno
de los dioses llamase a Tetis, yo le diría a ésta lo
que fuera oportuno para que Aquiles, recibiendo los
dones de Príamo, restituyese el cadáver de Héctor.?”
Así se expresó. Levantóse Iris, de pies rápidos como
el huracán, para llevar el mensaje; saltó al negro
ponto entre la costa de Samos y la escarpada de In:-
231
Η PUNO ΜΝ k 0
bros, y resonó el estrecho. La diosa se lanzó a lo
profundo, como desciende el plomo asido al cuerno
de un buey montaraz en que se pone el anzuelo y lleva
la muerte a los voraces peces. En la profunda gruta
halló a Tetis y a otras muchas diosas marinas que
la rodeaban: la ninfa, sentada en medio de ellas, llo-
raba por la suerte de su hijo, que había de perecer
en la fértil Troya, lejos de la patria. Y acercándosele
Iris, la de los pies ligeros, así le dijo:
““Ven, Tetis, pues te llama Zeus, el conocedor de
los eternales decretos.?” ᾿
Respondióle Tetis, la diosa de los argentados pies:
“¿Por qué aquel gran dios me ordena que vaya? Me
da vergúenza juntarme con los inmortales, pues son
muchas las penas que conturban mi corazón. Esto no
obstante, iré para que sus palabras no resulten vanas
y sin efecto.”?”
En diciendo esto, la divina entre las diosas tomó
un velo tan obscuro que no había otro que fuése más
negro. Púsose en camino, precedida por la veloz Iris,
de pies rápidos como el viento, y las olas del mar se
abrían al paso de ambas deidades. Salieron éstas a
la playa, ascendieron al cielo y hallaron al longivi-
dente Cronida con los demás felices sempiternos dioses.
Sentóse Tetis al lado de Zeus, porque Atenea le cedió
el sitio; y Hera le puso en la mano la copa de oro
que la ninfa devolvió después de haber bebido. Y el
padre de los hombres y de los dioses comenzó a hablar
do esta manera: >
“Vienes al Olimpo, oh diosa Tetis, afligida y con
el ánimo agobiado por vehemente pesar. Lo sé. Pero,
aun así y todo, voy a decirte por qué te he llamado.
Hace nueve días que se suscitó entre los inmortales
una contienda referente al cadáver de Héctor ya
Aquiles, asolador de ciudades, e instigaban al vigilan-
232
L A pS ἢ 1 Α D Α
233
H O ΔΙ " R O
De este modo, dentro del recinto de lus naves, pa-
saban de madre a hijo muchas aladas palabras. Y en
tanto, el Cronida envió a Iris a la sagrada llión:
“*¡Anda, ve, rápida Iris! Deja tu asiento del Olimpo,
entra en llión y di al magnánimo Príamo que se en-
camine a las naves de los aqueos y rescate al hijo,
llevando a Aquiles dones que aplaquen su enojo; vaya
solo y ningún troyano se le junte. Acompáñele un
heraldo más viejo que él, para que guíe los mulos y el
carro de hermosas ruedas y conduzca luego a la po-
blación el cadáver de aquél a quien mató el divino
Aquiles. Ni la idea de la muerte ni otro temor alguno
conturbe su ánimo; pues le daremos por guía al Ar-
gicida, el cual le llevará hasta muy cerca de Aquiles.
Y cuando haya entrado en la tienda del héroe, éste
no le matará, e impedirá que los demás lo hagan.
Pues Aquiles no es insensato, ni temerario, ni perver-
so; y tendrá buen cuidado de respetar a un supli- .
cante. ??
Tal dijo. Levantóse Iris, de pies rápidos como el
huracán, para llevar el mensaje; y llegando al palacio
de Príamo, oyó llantos y alaridos. Los hijos, sentados
en el patio alrededor del padre, bañaban sus vestidos
con lágrimas; y el anciano aparecía en medio, en-
vuelto en un manto muy ceñido, y tenía en la cabeza
y en el cuello abundante estiércol que al revolcarse
por el suelo había recogido con sus manos. Las hijas
y nueras se lamentaban en el palacio, recordando los
muchos varones esforzados que yacían en la llanura
por haber dejado la vida en manos de los argivos. La
mensajera de Zeus se detuvo cerca de Príamo y ha-
blándole quedo, mientras al anciano un temblor le
ocupaba los miembros, así le dijo:
**Cobra ánimo, Príamo Dardánida, y no te espan-
tes; que no vengo a presagiarte males, sino a parti-
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1, Α y ὍΣ, ] Α D A
ciparte cosas buenas: soy mensajera de Zeus, que aun
estando lejos, se interesa mucho por ti y te compa-
dece. El Olímpico te manda rescatar al divino Héctor,
llevando a Aquiles dones que aplaquen su enojo; ve
solo y ningún troyano se te junte. Te acompañe un
heraldo más viejo que tú, para que guíe los mulos y el
carro de hermosas ruedas y conduzca luego a la po-
blación el cadáver de aquél a quien mató el divino
Aquiles. Ni la idea de la muerte ni otro temor alguno
conturbe tu ánimo, pues tendrás por guía al Argicida,
el cual te llevará hasta muy cerca de Aquiles. Y
cuando hayas entrado en la tienda del héroe, éste no
te matará e impedirá que los demás lo hagan. Pues
Aquiles no es ni insensato, ni temerario, ni perverso;
y tendrá buen cuidado de respetar a un suplicante.??”
Cuando esto hubo dicho, fuése Iris, la de los pies
ligeros. Príamo mandó a sus hijos que prepararan un
carro de mulas, de hermosas ruedas, pusieran encima
una arca y la sujetaron con cuerdas. Bajó después
al perfumado tálamo, que era de cedro, tenía elevado
techo y guardaba muchas preciosidades; y llamando
a su esposa Hécuba, hablóle en estos términos:
*“¡Hécuba infeliz! La mensajera del Olimpo ha ve-
nido por orden de Zeus a encargarme que vaya a las
naves de los aqueos y rescate al hijo, llevando a
Aquiles dones que aplaquen su enojo. Ea, dime ¿qué
piensas acerca de esto? Pues mi mente y mi corazón me
instigan a ir allá, hacia las naves, al campamento vasto
de los aqueos.??
Así dijo. La mujer prorrumpió en sollozos, y res-
pondió diciendo: *“*¡Ay de mí! ¿Qué es de la prudencia
que antes te hizo célebre entre los extranjeros y en-
tre aquellos sobre los cuales reinas? ¿Cómo quieres
ir solo a las naves de los aqueos y presentarte al
hombre que te mató tantos y tan valientes hijos? Da -
235
H O M1 E R O
hierro tienes el corazón. Si ese guerrero cruel y pérfido
llega a verte con sus propios ojos y te coge, ni se
apiadará de ti, mi te respetará en lo más mínimo.
Lloremos a Héctor sentados en el palacio, a distancia
de su cadáver; ya que cuando le parí, la Moira pode-
rosa hiló de esta suerte el estambre de su vida: que
habría de saciar con su carne a los veloces perros,
lejos de sus padres y junto al hombre violento cuyo
hígado ojalá pudiera yo comer hincando en él los
dientes. Entonces quedarían vengados los insultos
que ha hecho a mi hijo; que éste, cuando aquél le
mató, no se portaba cobardemente, sino que a pie
firme defendía a los troyanos y a las troyanas de
próvido seno, no pensando en huír ni en evitar el
combate. ??
Contestó el anciano Príamo, semejante a un dios:
““No te opongas a mi resolución, ni seas para mí un
ave de mal agúero en el palacio. No me persuadirás.
Si me diese la orden uno de los que en la tierra viven,
aunque fuera adivino, arúspice o sacerdote, la creería-
mos falsa y desconfiaríamos aun más; pero ahora,
como yo mismo he oído a la diosa y la he visto de-
lante de mí, iré y no serán ineficaces sus palabras.
Y si mi destino es morir en las naves de los aqueos
de broncíneas túnicas, lo acepto: que me mate Aquiles
tan luego como abrace a mi hijo y satisfaga el deseo
de llorarle.??”
Dijo; y levantando las hermosas tapas de las arcas,
cogió doce magníficos peplos, doce mantos sencillos,
doce tapetes, doce bellos palios y otras tantas túnicas.
Pesó luego diez talentos de oro. Y por fin sacó dos
trípodes relucientes, cuatro calderas y una magnífica
copa que los tracios le dieron cuando fué, como emba-
jador a su país, y era un soberbio regalo; pues el
anciano no quiso dejarla en el palacio a causa del ve-
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L γι y L " Α D A
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Η 0 M E R 0
correa de nueve codos que servía para atarlo. Colo-
caron después el yugo sobre la parte anterior de la
lanza, metieron el anillo en su clavija, y sujetaron a
aquél, atándolo con la correa, a la cual hicieron dar
tres vueltas a cada lado y cuyos extremos reunieron
en un nudo. Luego fueron sacando de la cámara y
acomodando en el carro los inumerables dones para el
rescate de Héctor; uncieron los mulos de tiro, de
fuertes cascos, que en otro tiempo regalaron los mi-
sios. a Príamo como espléndido presente, y acercaron
al yugo dos corceles, a los cuales el anciano en per-
sona daba de comer en pulimentado pesebre.
Mientras el heraldo y Príamo, prudentes ambos,
uncían los caballos en el alto palacio, acercóseles
Hécuba, con ánimo abatido, llevando en su diestra
una copa de oro, llena de dulce vino, para que hicie-
ran la libación antes de partir; y deteniéndose ante
el carro, dijo a Príamo:
““Toma, haz libación al padre Zeus y suplícale que
puedas volver del campamento de los enemigos a tu
casa; ya que tu ánimo te incita a ir a las naves contra
mi deseo. Ruega, pues, a Zeus Ideo, el dios de las
sombrías nubes, que desde lo alto contempla la ciudad
de Troya, y pídele que haga aparecer a tu derecha su
veloz mensajera, el ave que es la más cara y cuya fuer-
za es inmensa, para que en viéndola con tus propios
ojos, vayas, alentado por el agúero, a las naves de los
dánaos, de rápidos corceles. Y si el longividente Zeus
no te enviara su mensajera, yo no te aconsejaría que
fueras a las naves de los argivos por mucho que lo
desees.??
Respondióle el divino Príamo: “*¡Mujer! No de-
jaré de obrar como me recomiendas. Bueno es levantar
las manos a Zeus para que de nosotros se apiade.?””
Dijo así el anciano, y mandó a la esclava despensera
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públicamente tanto interés por los mortales. Entra
tú, abraza las rodillas del Peleida, y suplícale por su
padre, por su madre de hermosa cabellera y por su
hijo, a fin de que conmuevas su corazón.?? "
Cuando esto hubo dicho, Hermes se encaminó al
vasto Olimpo. Príamo saltó del carro a tierra, dejó
a Ideo para que cuidase de los caballos y mulos, y fué
derecho a la tienda en que moraba Aquiles, caro a
Zeus. Hallóle solo — sus amigos estaban sentados
aparte—y el héroe Automedón y Alcimo, vástago de
Ares, le servían; pues acababa de cenar; y si bien
ya no comía ni bebía, aún la mesa continuaba pues-
ta. El gran Príamo entró sin ser visto, y acercándose
a Aquiles, abrazóle las rodillas y besó aquellas ma
nos terribles, homicidas, que habían dado muerte a
tantos hijos suyos. Como quedan atónitos los que,
hallándose en la casa de un rico ven llegar a un hom-
bre que tuvo la desgracia de matar en su patria a
otro varón y ha emigrado a país extraño; de igual
manera asombróse Aquiles de ver a Príamo, semejante
a un dios; y los demás se sorprendieron también y
se miraron unos a otros. Y Príamo suplicó a Aquiles,
dirigiéndole estas palabras:
“Acuérdate de tu padre, oh Aquiles, semejante a
los dioses, que tiene la misma edad que yo y ha lle-
gado a los funestos umbrales de la vejez. Quizás los
vecinos circunstantes le oprimen y no hay quien le
salve del infortunio y la ruina; pero al menos aquél,
sabiendo que tú vives, se alegra en su corazón y espera
de día en día que ha de ver a su hijo, llegado de
llión. Mas yo, desdichadísimo, después que engendré
hijos valientes en la espaciosa Ilión, puedo decir que
de ellos ninguno me queda. Cincuenta tenía cuando
vinieron los aqueos: diez y nueve eran de una misma
madre; a los restantes diferentes mujeres los dieron
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NÓ Li Ι y D Α
a luz en el palacio. A los más, el furibundo Ares
les quebró las rodillas; y el que era único para mí
y defendía la ciudad y a sus habitantes, a éste tú
lo mataste poco ha mientras combatía por la patria,
a Héctor; por quien vengo ahora a las naves de los
aqueos, con un cuantioso rescate, a fin de redimir
su cadáver. Respeta a los dioses, Aquiles, y apiádate
de mí, acordándote de tu padre; yo soy aún más dig-
no de compasión que él, puesto que me atreví a lo
que ningún otro mortal de la tierra: a llevar a mis
labios la mano del hombre matador de mis hijos.?”
Así habló. A Aquiles le vino deseo de llorar por
su padre; y cogiendo la mano de Príamo, apartóle
suavemente. Los dos lloraban afligidos por los re-
cuerdos: Príamo, acordándose de Héctor, matador de
hombres, derramaba copiosas lágrimas postrado a los
pies de Aquiles; éste las vertía, unas veces por su
padre y otras por Patroclo; y los gemidos de ambos
resonaban en la tienda. Mas así que el divino Aquileg
estuvo saciado de llanto y el deseo de sollozar cesó en
su corazón, alzóse de la silla, tomó por la mano al
viejo para que se levantara, y mirando compasivo la
cabeza y la barba encanecidas, díjole estas aladas
palabras:
““¡Ah infeliz! Muchos son los infortunios que tu
ánimo ha soportado. ¿Cómo te atreviste a venir solo
a las naves de los aqueos y presentarte al hombre
que te mató tantos y tan valientes hijos? De hierro
tienes el corazón. Mas, ea, toma asiento en esta
silla; y aunque los dos estamos afligidos, dejemos re-
posar en el alma las penas, pues el triste llanto para
nada aprovecha. Los dioses condenaron a los míseros
mortales a vivir en la tristeza, y sólo ellos están des-
euitados. En los umbrales del palacio de Zeus hay
dos toneles de dones que el dios reparte: en el uno
245 15.11
A eN M ΜΒ R 0
están los azares y en el otro las suertes. Aquel a quien
Zeus, que se complace en lanzar rayos, se los da mez-
clados, unas veces topa con la desdicha y otras con
la buena ventura; pero el que tan sólo recibe azares,
vive con afrenta, una gran hambre le persigue sobre
la divina tierra, y va de un lado para otro sin ser
honrado ni por los dioses ni pór los hombres. Así
las deidades hicieron a Peleo grandes mercedes des-
de su nacimiento: aventajaba a los demás hombres
en felicidad y riqueza, reinaba sobre los mirmidones,
y siendo mortal, tuvo por mujer a una diosa; pero
también le impusieron un mal: que no tuviese hijos
que reinaran luego en el palacio. Tan sólo uno en-
gendró, a mí, cuya vida ha de ser breve; y no le
cuido en su vejez, porque permanezeo en llión, lejos
de la patria, para contristarte a ti y a tus hijos. Y
dicen que también tú, oh anciano, fuiste dichoso en
otro tiempo; y que en el espacio que comprende Les-
bos, donde reinó Macar, y más arriba la Frigia hasta
el Helesponto inmenso, descollabas entre todos por tu
riqueza y por tu prole. Mas, desde que los dioses
celestiales te trajeron esta plaga, sucédense alrededor
de la ciudad las batallas y las matanzas de hombres.
Súfrelo resignado y no dejes que se apodere de ta
corazón un pesar continuo, pues nada conseguirás
afligiéndote por tu hijo, ni lograrás que se levante;
y quizás tengas que padecer una nueva desgracia.?”
Respondió el anciano Príamo, semejante a un dios:
““No me hagas sentar en esta silla, alumno de Zeus,
mientras Héctor yace insepulto en la tienda. Entré-
gamelo para que lo contemple con mis ojos, y recibe
el cuantioso rescate que te traemos. Ojalá puedas
disfrutar de él y volver a tu patria, ya que ahora
me has dejado vivir y ver la luz del sol.??”
Mirándole con torva faz, le dijo Aquiles, el de los
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L y Ζ.-}Ψ I A D A
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H O M E R O
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Η O M E R O
de ellos te viera durante la veloz y obscura noche,
podría decirlo a Agamenón, pastor de pueblos, y qui-
zás se diferiría la entrega del cadáver. Mas, ea,
habla y dime con sinceridad cuántos días quieres pa-
ra hacer honras al divino Héctor; y durante este
tiempo permaneceré quieto y contendré al ejército.?””
Respondióle el anciano Príamo, semejante a un dios:
“Si quieres que yo pueda celebrar los funerales
del divino Héctor, obrando como voy a decirte, oh
Aquiles, me dejarías complacido. Ya sabes que vi-
vimos encerrados en la ciudad; la leña hay que traer-
la de lejos, del monte; y los troyanos tienen mucho
miedo. Durante nueve días le lloraremos en el pa-
lacio, en el décimo le sepultaremos y el pueblo cele-
brará el banquete fúnebre; en el undécimo erigiremos
un túmulo sobre el cadáver y en el duodécimo vol-
veremos a pelear, si necesario fuere.??
Contestóle el divino Aquiles, el de los pies ligeros:
““Se hará como dispones, anciano Príamo, y suspen-
deré el combate durante el tiempo que me pides.??”
Dichas estas palabras, estrechó la diestra del an-
ciano para que no abrigara en su alma temor alguno.
El heraldo y Príamo, prudentes ambos, se acostaron
en el vestíbulo. Aquiles durmió en el interior de
la tienda sólidamente construída, y a su lado descansó
Briseida, la de hermosas mejillas.
Las demás deidades y los hombres que combaten en
carros, durmieron toda la noche, vencidos por el dul-
ce sueño; pero éste no se apoderó del benéfico Hermes,
que meditaba cómo sacaría del recinto de las naves
a Príamo sin que lo advirtiesen los sagrados guardia-
nes de las puertas. Y poniéndose encima de la cabeza
del rey, así le dijo:
““¡Oh anciano! No te preocupa el peligro cuando
así duermes, en medio de los enemigos, después que
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L Á E 1, l γι D A
251
A O ΜΗ E R 0
/
rramando lágrimas por Héctor, si el anciano no les
hubiese dicho desde el carro:
““Haceos a un lado y dejad que pase con las μὰ
y una vez que lo haya conducido al palacio, «$ sa-
ciaréis de llanto.??”
Así habló; y ellos, apartándose, dejaron que pasara
el carro. Dentro ya del magnífico palacio, pusieron el
cadáver en un torneado lecho e hicieron sentar a
su alrededor cantores que entonaran el treno: éstos
cantaban con voz lastimera, y las mujeres respondían
econ gemidos. Y en medio de ellas Andrómaca, la de
brazos de nieve, que sostenía con las manos la cakeza
de Héctor, matador de hombres, dió comienzo a las
lamentaciones, exclamando:
““¡Esposo mío! Saliste de la vida cuando aún ¿ras
joven, y me dejas viuda en el palacio. El hijo que
nosotros ¡infelices! hemos engendrado, es todavía in-
fante y no creo que llegue a la juventud; antes será
la ciudad arruinada desde su cumbre. Porque: has
muerto tú que eras su defensor, el que la salvaba,
el que protegía a las venerables matronas y a los tier-
nos infantes. Pronto se las llevarán en las cóncavas
naves y a mí con ellas. Y tú, hijo mío, o me seguirás
y tendrás que ocuparte en viles oficios, trabajando en
provecho de un amo cruel; o algún aqueo te cogerá
de la mano y te arrojará de lo alto de una torre,
¡muerte horrenda!, irritado porque Héctor le matara
el hermano, el padre o el hijo; pues muchos aqueos
mordieron la vasta tierra a manos de Héctor. No era
blando tu padre en la funesta batalla, y por esto le
lloran todos en la ciudad. ¡Oh Héctor! Has causado
a tus padres llanto y dolor indecibles, pero a mí me
aguardan las penas más graves. Ni siquiera pudiste,
antes de morir, tenderme los brazos desde el lecho, ni
Lacerme saludables advertencias que hubiera recorda-
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L Á I L Ϊ Α D A
253
Η O M E R O
rrumió en gemidos. Y el anciano Príamo dijo al
pueblo:
“Ahora, troyanos, traed leña a la ciudad y no te-
máis ninguna emboscada por parte de los argivos;
pues Aquiles, al despedirme en las negras naves, me
prometió no causarnos daño hasta que llegue la duo-
décima aurora.??”
De este modo habló. Pronto la gente del pueblo,
unciendo a los carros bueyes y mulos, se reunió fuera
de la ciudad. Por espacio de nueve días acarrearon
abundante leña; y cuando por décima vez apuntó Eos,
que trae la luz a los mortales, sacaron, con los ojos
preñados de lágrimas, el cadáver del audaz Héctor,
lo pusieron en lo alto de la pira, y le prendieron fuego.
Mas, así que se descubrió la hija de la mañana, Eos,
de rosados dedos, congregóse el pueblo en torno de la
pira del ilustre Héctor. Y cuando todos se hubieron
reunido, apagaron con negro vino la parte de la pira
a que la llama había alcanzado; y seguidamente los
hermanos y los amigos, gimiendo y corriéndoles las
lágrimas por las mejillas, recogieron los blancos hue-
sos y los colocaron en una urna de oro, envueltos en
fino velo de púrpura. Depositaron la urna en el hoyo,
que cubrieron con muchas y grandes piedras, amon-
tonaron la tierra y erigieron el túmulo. Habían pues-
to centinelas por todos lados, para vigilar si los
aqueos, de hermosas grebas, los atacaban. Levantado
el túmulo, volviéronse; y reunidos después en el pa-
lacio del rey Príamo, alumno de Zeus, celebraron el
espléndido banquete fúnebre.
Así celebraron las honras de Héctor, domador de
caballos,
FIN
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APENDICE
HOMERO.
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L Á Ι L l A D Α
256
Α P E N D 1 6 Ε
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E 4 1. πὴ ᾿ς A D A
al servicio de las Musas y Apolo.*'? De aquí parte
sin duda la pretensión de Colofón a ser la cuna de
Homero, pretensión sostenida en los primeros tiempos
de los estudios homéricos por el poeta y gramático
Antimaco, natural de esa ciudad.
3. El poema llamado Cypria se opinaba que fué
compuesto por Homero para Estasino de Chipre, como
regalo de bodas a la hija de éste. La conexión con
Chipre aparece más adelante en la predominancia que
se le concede a Afrodita en el poema.
4. La Pequeña Ilíada y el Phocais, según la biogra-
fía de Herodoto, fueron compuestos por Homero cuando
vivió en Fócide, con un tal Testórides, quien los trajo
a Chios y allí se hizo de fama recitándolos como obra
propia. El nombre de Testórides aparece en el Epig. V.
5. Una historia similar circuló respecto al poema
llamado la Toma de Oechalia, cuya materia la cons-
tituía una de las hazañas de Heracles. Apareció con
el nombre de Creofylo, amigo, o, según se dice
también, yerno de Homero; generalmente se consi-
deraba este trabajo como del mismo poeta.
6. Finalmente, la Tebaida siempre fué tenida como
obra de Homero. Por lo que hace a los Epigones, que
contienen la historia de Tebas, parece que hubo al-
gunas dudas.
Las anteriores indicaciones confirman el que las
historias que relacionan a Homero con diversas ciu-
dades e islas, surgieron después de que sus poemas
habían llegado a ser conocidos y famosos, en parti-
cular en las nuevas y florecientes colonias de FEolia
y Jonia. La controversia acerca de Homero, en resu-
men, comienza en una época en que se había perdido
ya su historia verdadera, y él se había convertido en
una especie de figura mitológica, un ““héroe epóni- ᾿
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γι P E Ny D I C E
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L Á Í L ] Α D A
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4 vis E Ν D 1 O E
261 16... ὦ
L Á 1 L 1 A D A
familia o clan de homéridas en la isla de Chios. En
un sentido, parece seguirse de la existencia de seme-
jante familia, que Homero fué únicamente un epó-
nimo, o antepasado mítico; por otra parte, es fácil
imaginar que los poemas homéricos se trausmitían
oralmente, en una familia cuya ocupación heredita-
ria fuése recitarlos, y tal vez agregarles de tiempo en
tiempo nuevos episodios, o combinar sus materiales
en otras formas, según les permitiesen sus dotes poé-
ticas. Pero, aunque no hay razón para dudar de la
existencia de una familia de Homéridas, está muy
lejos de probarse que éstos tuvieran relación alguna
con la poesía homérica. La palabra la vemos por pri-
mera vez en Píndaro (Nem. 2. 2.), quien la aplica a
los rapsodas. Sobre esto, un escoliasta dice que el
nombre Homérida denotó al principio descendientes
de Homero, que cantaban sus poemas unos en pos
de otros; pero más tarde se aplicó también a los rap-
sodas que no pretendían descender de él. Añade que
hubo un rapsoda famoso, Cynaeto de Chios, a quien
se atribuye el Himno a Apolo, y que fué el primer
recitador do Homero en Syracusa, en la sexagésima
novena Olimpíada. Nada de esto establece conexión
entre los Homéridas y Chios. La afirmación del es-
coliasta es mera inferencia de la forma patronímica
de la palabra. Si ella prueba algo, es que Cynaeto,
que era nativo de Chios y rapsoda, no pretendía ser
descendiente de Homero. Además, nuestro conocimien-
to sobre los Homéridas de Chios procede principal-
mente del lexicón de Harpocratio, donde se nos in-
forma que Acusilao y Helanico se decían así llama-
dos por el nombre del poeta; lo que Seleuco con-
sideraba un error. Estrabon cuenta también que los
habitantes de Chios hacían de los Homéridas un ar-
262
ΝΕ ARES RI 3:
gumento en apoyo de sus pretensiones acerca de Ho-
mero. Estos Homéridas, pues, pertenecían a Chios,
pero no hay indicación de que fuésen rapsodas. Por
el contrario, Platón y otros escritores del Atica usan
la palabra incluyendo en su significado a los intérp1e-
tes y admiradores de Homero, en general a todos los
que tienen parentesco espiritual con él. Y aun cuan-
do oímos hablar de ““descendientes de Creofylo??”
como poseedores de los poemas homéricos, no hay
ninguna historia parecida respecto a los descendientes
del mismo Homero. Tales son las pruebas de las cuales
se han extraído tan diferentes deducciones.
El resultado de las noticias hasta ahora colectadas
nos demuestra que la historia primitiva de las reci-
taciones épicas consiste: 1) en pasajes de los himnos
homéricos que prueban que los poetas contendían por
el premio en los grandes festivales; 2) la mención
incidental en Herodoto de los rapsodas de Sición; y
3) una ley de Atenas de fecha desconocida, regla-
mentando la recitación en las Panateneas. Compa-
remos ahora estos datos con lo que aparece en los
poemas homéricos. La palabra **rapsoda””? aún no
existía; encontramos allí solamente la de “*“aeda,??
cantor, el cual no lleva una vara o rama de laurel,
sino la lira con que acompaña su *“canción.”” En la
Ilíada ni siquiera se encuentra este tipo del “*aeda.?””
Aquiles mismo es quien canta las historias de los
héroes en su tienda y Patroclo está esperando para
continuar a su turno el canto (11. IX. 191.) Tampoco
se nos dice nada de certámenes poéticos (con excep-
ción de la historia de Tamiris ya mencionada), ni
de la recitación de poesías épicas en las fiestas. La
Odisea nos ofrece la pintura de dos grandes mansio-
nes, cada una de las cuales tiene su ““aeda.”? El
263
L A ἰ L I Α D A
canto versa sobre algún tema de la guerra de Troya;
algún trozo escogido por el cantor mismo o por sus
oyentes. Femio complace a sus compañeros cantando
el calamitoso regreso de los griegos; Demodoco canta
la querella entre Odiseo y Aquiles y después la treta
del caballo de madera y la captura de Troya.
No es fácilmente creíble que el autor de la Odisea
haya sido un ““aeda*”” como los que él mismo des-
cribe. Las canciones de Femio y Demodoco son dema-
siado cortas y tienen además pronunciado aire de
improvisaciones. No es preciso suponer que la poesía
épica, por el tiempo a que pertenecen las deseripcio-
nes de la Odisea, estaba reducida únicamente al tipo
allí representado. Sin embargo, en algunos respectos,
las condiciones en que se hallaban los aedas en la
casa de un jefe como Odiseo o Aleinoo, guardaban
más armonía con el carácter de las poesías homéri-
cas que las de los certámenes rapsódicos. La subdi-
visión de un poema como la Ilíada o la Odisea entre
diferentes y de seguro desiguales recitadores, debe
haber sido dañosa para el efecto. La manera alta-
mente teatral de recitación creada por el espíritu de
rivalidad, y por el ejemplo de la escena, no puede
haber sido favorable al sereno movimiento del estilo
épico. No es en verdad seguro que fuese antigua la
costumbre de recitar. largos poemas por medio del
empleo de varios competidores; ni que ella prévale-
ciese en otras partes fuera de Atenas; pero como los
rapsodas eran numerosos, y el favor popular se fué
concentrando en toda Grecia alrededor de una o dos
grandes obras, debió convertirse en una necesidad.
Es imposible creer que este fuese el modo de recita-
ción previsto por el autor de la Ilíada o de la Odisea,
La diferencia consistente en sustituir el báculo o
204
Α Ρ Ε Ν D I O E
rama de laurel por la lira del acda homérico, es ligera,
aunque no insignificante. La recitación de los poemas
hesiódicos no fué al principio acompañada por la
lira; se decían, no se cantaban; y era natural que el
ejemplo se extendiese a los de Homero. Así, pues,
resulta difícil creer que los poemas homéricos fuesen
jamás “*cantados,”? hablando con todo rigor. Pode-
mos suponer que la lira, en manos del. poeta épico o
recitador, era en realidad un instrumento convencio-
nal, una “supervivencia?” de la época en que la poe-
sía narrativa tenía carácter lírico. Probablemente los
poetas de la escuela homérica—que se inspiraron en
guerras y aventuras—fueron los genuinos descendien-
tes de los cantores cuyos “*layes?” o ““baladas”? eran
la diversión en los festejos de la primitiva edad he-
roica; en tanto que las composiciones hesiódicas no
eran líricas por naturaleza, y si estaban en verso era
únicamente por ser ésta la forma universal de lite-
ratura. ;
Resulta, pues, que si nos imaginamos a Homero
como un cantor de una casa real de la edad homé-
rica, pero con mayor libertad en cuanto a los límites
de su materia, y un auditorio más tranquilo que el
que escucha en el rápido movimiento de la Odisea,
seguramente no estaremos muy lejos de la verdad.
265
L Á Ϊ L ] Α D A
la Híada de donde proviene la cita es la llamada
““Aristeia de Diómedes.?? Esta era por consiguien-
te una parte reconocida del poema.
La primera mención del nombre de Homero se halla
en un fragmento del filósofo Xenófanes (del siglo
VI antes de J. C. o tal vez más antiguo), quien se
queja de las falsas nociones provenientes de la en-
señanza de Homero. El pasaje demuestra, no sólo que
Homero era popular en Colofón en los tiempos de Xe-
nófanes, sino también que el gran progreso moral y
de las ideas religiosas que llevó a Platón a desterrar
a Homero de su República, ya se había hecho sentir
en la época de los primeros filósofos ¡jonios.
A falta de testimonios exteriores, la época y la pa-
tria de los poemas homéricos pueden sólo ser deter-
minadas (si acaso), por indicaciones internas. Estas
son de dos clases: a), históricas, consistentes en la
comparación de las condiciones políticas y sociales: la
geografía, las instituciones, las costumbres, artes e
ideas de Homero con las otras épocas; b), induecio-
nes de lenguaje, consistentes en la comparación con
dialectos posteriores respecto a gramática y vocabu-
lario. A esto puede agregarse como incidentalmente
válida, e), la valiosa inferencia del influjo directo
ejercido por Homero sobre el desarrollo subsecuente
de la literatura y el arte.
a). La condición política de Grecia en los tiempos
primitivos que alcanza la historia, distan de la Grecia
de Homero un espacio difícilmente calculable. Las
grandes designaciones nacionales son distintas; en lu-
gar de Aqueos, Argivos, Dánaos, encontramos Hele-
nos, subdivididos en Dorios, Jonios y Eolios —nom-
bres desconocidos de Homero, o mencionados en tér-
minos más significativos que el silencio—. En el albor
966
ΝΠ ΙΕ ὃ ἢ
de la historia griega, Micenas no es ya el asiento del
imperio; nuevos estados, formas de gobierno y ci-
vilizaciones, han prosperado: Esparta, con su disci-
plina militar, Delfos con su supremacía religiosa, Mi.-
leto con su comercio e innúmeras colonias, Eolia y
Jonia, Sicilia y la Magna Grecia.
En tanto que el centro político de la Grecia homé-
rica está en Micenas, su centro real debe buscarse
en Beocia. El Catálogo de las Naves comienza por
Beocia; la lista de las ciudades beocias es mucho más
larga; y los dánaos se embarcan, no en la bahía de
Argos, sino en el puerto beocio de Aulide. Esta noto-
riedad no es debida a sus jefes, que son todos de
rango inferior. La importancia de Beocia para la ci-
vilización griega, más adelante está señalada por el an-
tiguo culto a las Musas en el monte Helicón, y el
hecho de que el beocio Hesicdo fuese el poeta más
remoto cuyo lugar de nacimiento se conoce. Próximos
a Beocia y los países circundantes, aparece que el
Peloponeso, Creta y Tesalia, eran los más importantes
lugares de la población griega.
En el Peloponeso el aspecto de las cosas estaba
completamente cambiado por la conquista dórica, de
la cual no hay trazas siquiera en Homero. Los únicos
dóricos conocidos por IHlomero son aquellos que la
Odisea menciona como moradores de Creta.
Las costas orientales del Egeo, que los datos histó-
ricos primitivos señalan como el asiento de una bri-
llante civilización, que hubo de ceder al avance de
los grandes imperios militares (Lidia y después Per-
sia), están casi en blanco en el mapa de Homero. [1
límite de las colonizaciones puede trazarse en el Ca-
tálogo, de Creta a Rodas, y comprende las islas ve-
cinas de Cos y Calimnos. La colonización de Rodas
£ «l Ἢ L ὶ Α D Α
268
A Lg E N D I O E
éxito, a decir verdad. No están muy bien definidos
log derechos adherentes al oficio. Cada tribu de ejér-
cito, ante Troya, estaba mandada por su propio rey,
o reyes; pero Agamenón era superior a todos, ““más
rey”? que cualquier otro. La asamblea se convoca en tu-
das las ocasiones críticas, y su aprobación es el re-
curso último. Para prevalecer en ella, un rey necesita,
por consiguiente, tanta habilidad oratoria como capa-
cidad militar y arrojo. La división del botín inclusive,
no es hecha en la Ilíada por Agamenón, sino por los
““aqueos?”?” (Il. 1. 162, 368). El despojo hecho a Aqui-
les de Briseida, -fué un acto arbitrario, contra toda
regla y costumbre. El Consejo es más difícil de en-
tender. Los *“ancianos”? de la Ilíada son los mismos
“reyes”? subordinados; Agamenón los convoca a su
tienda y constituye con ellos un pequeño consejo de
nueve o diez personas. En Troya oímos hablar de los
ancianos del pueblo que acompañan a Príamo, y son
hombres que han pasado la edad del servicio militar.
También en Itaca hay ancianos que no han ido a Tro-
ya con el ejército. Puede creerse, en consecuencia, que
la reunión bajo la tienda de Agamenón era solamente
una copia o adaptación del verdadero “*consejo de
ancianos?”?”-constitucional, el cual, por su naturaleza,
debía componerse de hombres ya inhábiles para la
guerra. El palacio del rey, a juzgar por Tirinto y Mi-
cenas, estaba usualmente levantado en una elevación
fortificada o *“acrópolis;”? en los tiempos posteriores
de la democracia se reservó la acrópolis para los tem-
plos de los principales dioses,
El sacerdocio, en Homero, aparece vinculado a de-
terminados templos donde necesariamente, un minis-
tro está encargado de la guarda del sagrado recinto
y de los sacrificios ofrecidos dentro de él. Es casual,
269
L Á ί L / A D Α
de seguro, que no se nos diga nada respecto a sacer-
dotes en ltaca. Agamenón consuma por sí mismo los
sacrificios, no porque alguna dignidad sacerdotal estu Ὁ
viese agregada a su carácter real, sino simplemente
porque era ““el amo de su propia casa.??
El concepto de **ley”? es extraño a Homero. La pa-
labra le es desconocida, y los términos que usa signi-
fican solamente ““costumbre.”” Las funciones judicia-
les están encomendadas a los ancianos, quienes “*en-
tienden de litigios?” y “*dictan las sentencias.” En
ciertos asuntos, como la compensación en caso de ho-
micidio, es evidente que no había reglas, sino única-
mente un asentimiento creado por el uso y el hábito,
mediante el cual los parientes del asesinado convenían
voluntariamente en aceptar una reparación. La sen-
sación de angustia que sigue a la violación de la cos-
tumbre, lleva por nombre ““Nemesis,”? ¡justo des-
agrado.
Como no hay leyes en Homero, tampoco hay moral.
Es decir, no hay principios generales de acción, ni
palabras que indiquen que los actos han sido clasifi-
cados en buenos o malos, justo o injustos. Los *“sen-
timientos?”? morales existen necesariamente, y son
denotados por la palabra ““Aidos;?? pero las nume-
rosas significaciones de esta palabra —vergúenza, ve:
neración, piedad—, ponen de manifiesto cuán rudimen-
taria era dicha idea. Por lo que hace a la práctica,
encontramos el relato de actos crueles y alevosos, sin
la menor idea de que merecen censura. Los héroes
de Homero, en punto a moralidad, valen tanto como
los gigantes y encantadoras de los cuentos de hadas.
Las ideas religiosas de Homero difieren en algunas
materias importantes de las de la Grecia posterior.
El Apolo de la Ilíada tiene el carácter de una deidad
270
Α e -E Ν D 1 C E
271
L A I L E Á D A
tiempo en que Roeco de Samos inventó la fundición
de los metales. En general, como lo ha comprobado
A. S. Murray (Contemporary Review, vol. XXITI, p.
218), las artes homéricas no van más allá de la inten-
ción decorativa aplicada a los objetos de uso ordina-
rio, y en cuanto a estilo, las caracteriza una riqueza
y variedad de ornamentación que hace el más extraño
contraste con la simplicidad de los mejores períodos.
Es la obra, en suma, no de artistas, sino de hábiles
menestrales; el artista ideal es “*Dedalo,”? nombre
que implica habilidad mecánica e intrincada labor,
no belleza de dibujo.
Un arte de la mayor importancia nos resta. La
cuestión sobre si la escritura era conocida en tiempo
de Homero fué propuesta en la antigúedad, y ha sido
discutida con particular viveza desde la aparición de
los Prolegomena de Wolf. Sobre esto hemos de consi-
derar además de las indicaciones contenidas en los
poemas, los datos externos que poseemos en cuanto al
uso de la escritura en Grecia. Hoy ésta última clase
de comprobación es mucho más apreciable que en los
días de Wolf.
La más antigua muestra conocida del alfabeto grie-
go es la representada por las inscripciones de las islas
de Thera, Milo y Creta, las cuales se cree pertenecen
a la 40a. Olimpíada (620 antes de J. C.). La más
antigua aparición de un alfabeto jonio distinto, está
en la famosa inscripción de los mercenarios de Psam-
metico, en el Alto Egipto, respecto a la cual no hay
más duda sino sobre si este Psammetico fué el primero
o el segundo, y por consiguiente, si la inscripción debe
datarse en la 40a. o en la 47a. Olimpíada. En consi-
deración a que la diferencia de los dos alfabetos,
como la diferencia de dos dialectos, requiere el trans-
272
4 P E N D I O E
curso del tiempo y el uso popular, podemos muy bien
deducir que la escritura era perfectamente conocida
en Grecia aún antes del siglo VII antes de J. C.
La aparición de la composición en prosa en el si-
glo VI antes de J. C., marca la época en que la
memoria fué superada prácticamente por la escritura,
como medio de conservar las obras literarias, pues el
primer uso de las letras estuvo destinado a docu-
mentos cortos, tales como listas de nombres, tratados,
leyes, etc. Esta conclusión, sin embargo, no es en
modo alguno precisa. Es posible que en tiempos re-
lativamente cercanos, los poemas, no fuesen de ordi-
nario leídos, sino recitados de memoria. Pero el pro-
blema es: ¿desde qué tiempo debemos suponer que la
preservación de largos poemas se aseguró por medio
de copias escritas? Pues bien, sin referirse a los poe-
mas homéricos, que sin duda gozaban de ventajas
excepcionales por su fama y popularidad, encontramos
un cuerpo de obras literarias pertenecientes al siglo
VIII, antes de J. C., al cual es absolutamente inapli-
cable la teoría de la transmisión oral. Solamente en
el ciclo troyano, hallamos los dos poemas épicos de
Aretino, la Pequeña Ilíada de Lesques, la Cypria, y
los Nostoi. El ciclo tebano está representado por la
Tebaida, (la cual Calino, del siglo VIT, atribuye a
Homero) y los Epigones. Otros poemas épicos antiguos
—lo suficiente para haber pasado con el nombre de
Homero— son la Toma de Oechalia, y el Phocais,
Además, hay numerosas obras atribuídas a Hesiodo
y otros poetas de las escuelas didáctica, mitológica y
semi-histórica. Eumelo de Corinto, Cinaeton de Es-
parta, Agias de Trezena, y muchos más. La conserva-
ción de esta vasta producción literaria, no puede expli-
earse sino por medio de la escritura, la cual, por tanto,
273
L A ἰ L ἰ A D Α
debe haber estado en uso dos o más centurias antes
de que existiese cualquier literatura en prosa, digna de
consideración. Esto no es improbable por sí mismo.
La otra cuestión, o sea si la Ilíada y la Odisea fue-
ron originariamente escritas, es mucho más difícil. Las
pruebas externas no alcanzan tan lejos,
y la evidencia
resulta curiosamente indecisa. El único pasaje inter-
pretable como una referencia a la escritura, ocu-
rre en la historia de Belerofonte, contada por Glauco
en el libro VI de la Ilíada. Proeto, rey de Corinto,
envió a Belerofonte cerca de su suegro el rey da
Licia, y le dió “*“mortíferas señales,”? ““grabando en
un díptico muchas señales de destrucción de la vida,
y rogándole que lo entregase a su suegro, quien debía
hacerlo perecer.?? El rey de Licia preguntó a su
debido tiempo (al décimo día después de la “llegada
del huésped) porlo que traía, y entonces supo lo que
debía hacerse según la voluntad de Preto. En esta
relación no hay nada que demuestre con exactitud la
manera como estaba expresado el mensaje de Preto.
El uso de la escritura con el fin de corresponderse
entre ““huéspedes amigos?” es en realidad muy anti-
guo. Mommsen (Rom. Forsch. 1. 338) señala este uso
en los tratados, que son la más antigua clase de do-
cumentos públicos. Pero podemos suponer que signos
de cierto género —como las marcas con las cuales
los jefes griegos señalaban los lotes en las reparti-
ciones (1. VII. 175)—estuvieron en uso antes de
que la escritura fuése conocida. Cualquiera que fuése
el sistema de signos, debía de haber, a no dudarlo,
manera de recomendar a un amigo, y de avisar la
presencia de un enemigo. Por tanto, no hay dificultad
en admitir que el mensaje de Preto pudo enviarse sin
"274
Α Ὁ L N D 1 C E
la escritura alfabética. Pero por otra parte, no hay
tampoco razón para afirmar que así fuese.
Si el lenguaje de Homero es así de ambiguo en los
pasajes donde la escritura podría ser mencionada de
modo natural, no esperemos encontrar en otras partes
referencias más precisas. Se han aventurado hipóte-
sis fundándose en las descripciones de los ciegos aedas
de la Odisea, con sus canciones inspiradas directamen-
te por la Musa; en las invocaciones del pocta a las
Musas, en particular al comienzo del Catálogo; en el
Catálogo. mismo, el cual es una especie de documento
histórico puesto en verso para ayudar la memoria;
en aquél armador de la Odisea, que tiene ““buena me-
moria para recordar su cargamento”? etc. Puede con-
testarse, sin embargo, que en su totalidad esto es
tradicional, conservado desde los tiempos en que la
poesía no estaba escrita. No obstante, una cosa es
reconocer que una literatura sea esencialmente oral en
su forma, y característica de una edad en que se oía
más bien que se leía, y otra muy distinta sostener
que esa misma literatura se conservó únicamente por
transmisión oral.
El resultado de estas diversas consideraciones pa-
rece ser que la edad que podemos llamar homérica
—la edad que nos presentan con vívidos contornos la
Σᾶς y la Odiseca— se extiende más allá de los últi-
mos extremos a que podemos penetrar con auxilio de
la historia. Y si hemos de llegar a una conclusión
respecto a quién fué el autor (o autores) de los dos
poemas, ella será la de que todo ul debate entre las
ciudades de Eolia y Jonia, es ajeno a la respuesta.
El autor de la Hlíada, en último término, fué evidente-
mente un griego europeo, que vivió antes de la colo-
nización del Asia Menor; y las pretensiones de las
275
L A 1 L I A D A
ciudades asiáticas significan, no más, que en los días
de su prosperidad fueron el principal asiento de la
fama de Homero.
ESTRUCTURA DE LA ILIADA
276
Α y E Ν D 1 O E
V. Aristeia de Diomedes.—Su combate econ Afroái-
ta.—Encuentro con Glauco.—Visita de Héctor a la
ciudad, y su ofrecimiento de un peplo a Atenea.
Visita de Héctor a Paris —A Andrómaca.
Vil. Retorno de Héctor y Paris al campo de ba-
talla, ;
Duelo de Ayax y Héctor.
Tregua para enterrar log muertos.
Los griegos levantan un muro eu torno del cam-
pamento.
VIII. La batalla.—Los troyanos acampan en el
campo de batalla. '
ΙΧ. Agamenón envía una embajada por la noche a
Aquiles, ofreciéndole la restitución y satisfacciones
cabales.—Aquiles rehusa.
X. Doloneia.—Expedición nocturna de Odiseo y Dio-
medes (probablemente agregada más tarde.)
XI. Aristeia de Agamenón.Es herido.—Heridos
también Diomedes y Odiseo.
Aquiles envía a Antíloco en busea de noticias acer-
ca de Macaón.
XII. Asalto del muro.—Los troyanos llegan hasta
las naves.
XIII. Zeus deja de mirar el campo.—Poseidón se-
cretamente acude en auxilio de los griegos.
XIV. Sueño de Zeus por el artificio de Hera.
XV. Zeus despierta.—Restaura la ventaja a los tro-
yanos.—Ayax defiende, él solo, las naves.
XVI. Aquiles se deja convencer y envía a Patroclo
a la lucha.—Patroclo derrota a los troyanos.—Mata
a Sarpedón.—Es matado por Héctor.
XVII. Combate alrededor del cuerpo de Patrocio.
—Aristeia de Menelao.
XVIII. La noticia de la muerte de Patroclo es lle-
277 17...11
b Α E EX y Α D Α
vada a Aquilos.—Tetis lo visita con las Nereidas.—Le
promete obtener para él de Hefestos una nueva arma-
dura. Descripción del escudo de Aquiles.
XIX, Reconciliación de Aquiles.—Su dolor y degeo
do vengar a Patroclo.
XX. Los dioses descienden al campo.—Combate de
Aquiles contra Eneas y Héctor; éste escapa.
XXI, El Escamandro es obstruído por la matanza. .
—Sale de madre y acomete a Aquiles, a quien salva
Hefestos.
XXII. Héctor solo hace frente a Aquiles.—Su fuga
alrededor de las murallas.—Su muerte.
XXITII. Exequias de Patroclo.—Juegos funerales.
XXIV. Príamo rescata el cuerpo de Héctor.—Sus
funerales.
He aquí la ““acción”” que en opinión de Aristóteles
demuestra la superioridad de Homero sobre todos los
demás poetas épicos. Mas la comprobación de que
este esquema fuése la obra de un gran poeta no de-
pende únicamente de la unidad artística que excitaba
la admiración de Aristóteles. Se concibe que varios
““layes?? separados puedan ser arreglados y enlaza-
dos por una persona de dotes poéticas, de manera
que satisfaga a todas las exigencias. En tal caso, los
pasajes que sirven para unir serán siempre flojos y
débiles. Precisamente, en la Ilíada tales partes son lo
más hermoso y característico. El elemento de conexión
y unidad es el relato de “414 cólera de Aquiles;?” y
basta leer las rapsodias que se refieren a esa cólera
para convencerse de que son esenciales en la obra.
Aun rechazando el libro noveno (como propone Grote)
quedan los discursos de la primera rapsodia y de la
sexta y novena.
v
278
Ὁ. E Ν D I O E
eu la acción de la llíada; la armazón sobre la cual
está tejido todo lo demás; y el mejor timbre de la
gloria de Homero.
Además, resta una cuestión ulterior—¿qué trozos
narratitvos cortos, con todas las condiciones de poe-
mas independientes, ba logrado Lachmann extraer de
la actual HMlíada? Precisa reconocer que cuando trató
de hacer esta prueba, sus ““layes”” fracasaron en ge-
neral. La ““querella de los jefes,” la ““revista del
ejército,?? el ““duelo de Paris y Menelao,”? etc., son
excelentes comienzos, pero carecen de conclusión satis-
factoria. La razón no es preciso buscarla muy lejos:
la Tlíada no es una historia, ni una serie de incidentes
de la historia del sitio. Gira íntegra sobre un solo
incidente, que ocurre durante unos pocos días no más.
Los varios episodios del poema no son otras tantas
historias distintas, con su interés propio cada una de
ellas. Son sólo partes de un sólo acontecimiento prin-
cipal. En consecuencia, el tipo de poema épico que se
formaría por la reunión de varios “*layes,”” no es el
mismo que contemplamos en la llíada. Más bien di-
remos que la Ilíada es un “lay?” solo, que se ha en-
sanchado con el crecimiento del arte poético hasta
alcanzar las dimensiones de un poema épico.
El núcleo primitivo y parte de los incidentes son tal
vez obra de un sólo gran poeta y acaso otros episodios
de diverso autor han sido interpolados en el poema
en tiempos posteriores. Varias teorías se han apoyado
en esta suposición. Grote, en particular sostiene que
el poema original, que él llama la Aquileia, no incluía
los libros 11, VII, 1X, X, XIIT y XIV. Esta teoría pue-
de ser defendida en la forma siguiente:
De los libros que relatan los sucesos ocurridos du-
rante la ausencia de Aquiles de las filas griegas (II
279
L Á ] L 1 Α D A
a XV), los últimos cinco están relacionados directa-
mente con la acción principal. En ellos se describen
las etapas sucesivas por las cuales los griegos fon
rechazados primero de la llanura a las fortificaciones y
después a sus bajeles. Sobre todo, tres héroes princi-
pales, Agamenón, Diomedes y Odiseo, están heridos y
ésta circunstancia, como Laichmann mismo lo admite.
no es olvidada en ningún punto. Otra cosa sucede en
los primeros libros (especialmente 11 a VIL). Los inci-
dentes capitales en esta parte del poema, la retirada
en desorden a los bajeles, los duelos de Paris y Me-
nelao, y de Héctor y Ayax, la Aristeia de Diomedes,
no guardan relación con la idea principal del poema
que es la promesa hecha por Zeus a Tetis Es cier-
to que en los libros XI[I y XIV el propósito de Zeus se
encuentra temporalmente desviado por otros dioses;
pero en los libros II y VII no hay tanta oposición
como ignorancia de él. Además, en adelante los hechos
se suceden sin conexión completa precisa. La tregua
de la rapsodia 111 es quebrantada por Pándaro, y
Agamenón atraviesa las filas griegas profiriendo pa-
labras de aliento, pero sin una alusión a la traición
acabada de cometer. La Aristeia de Diomedes termi-
na a la mitad de la rapsodia VI; domina la trama
posterior hasta el verso 311; pero de aquí adelante
esta principalía es olvidada al referir los encuentros
de Héctor con Helena y Andrómaca y también en
el libro VII cuando Héctor desafía a los jefes grie-
gos. Por otros respectos, algunos incidentes son más
propios del comienzo de la guerra. El gozo de Menelao
al ver a Paris, la ignorancia de Príamo en cuanto a
los caudillos griegos, las arengas de Agamenón en su
revista del ejército (en el libro 1V), la construcción
del muro; todo esto corresponde al reciente desembar-
280
.
Α ων» E δ D } O E
281
2 Α δ ἐν 4 l Α D Á
los requiere el lugar. La tregua es una pausa que lleva
al colmo el interés de la inminente batalla; el duelo
y los sucesos de la muralla son inmejorables para ha-
cernos conocer a los principales caracteres en escena
y familiarizarnos con su historia anterior. Lo que se
refiere a Paris y Helena en particular, y a la marcha
general de los asuntos en Troya, se nos presenta con
un colorido admirablemente vivo. La rapsodia, en
suma, forma un prólogo tan excelente a la acción de
la guerra, que es muy difícil equivocarnos si no lo
atribuímos al genio que concibió el resto de la Ilíada.
El caso de las rapsodias restantes, es de especie di-
ferente. La novena y la décima resultan ser dos des-
cripciones independientes de la noche que precedió
a la gran batalla de las rapsodias XI a XVII. Cual-
quiera de ellas basta para llenar el espacio en el es-
quema de Homero; y ocurre la sospecha (como cuando
dos diálogos de Platón llevan el mismo nombre) de
que si uno de ellos hubiese sido genuinp, el otro no
habría aparecido.
Si uno de los dos ha de rechazarse, será el décimo,
que es en verdad el menos homérico. En él se relata una
pintoresca aventura, concebida con el espíritu más pró-
ximo a la comedia que cualquiera otra parte de la Ilíada.
Además, el lenguaje exhibe trazas, en varios puntos, de
ser de fecha post-homérica. La rapsodia novena fué,
por otra parte, rechazada por Grote, fundándose prin-
cipalmente en que la embajada de Aquiles debería
haber puesto fin a la querella, y que eg ignorada
en pasajes posteriores, con particularidad en las pa-
labras de Aquiles (XI. 609; XVI. 72, 85). Su argu-
mento, en definitiva, queda para nosotros como una
mera suposición que podemos tener presente en la
lectura de la Tllíada; mas no justificado por el lengua-
282
Α P E N D 1 σ E
je, puesto que no hay satisfacción alguna exigida
por Aquiles o que debiez1a acordársele, según las cos-
tumbres y sentimientos de la época. Pero en la Ilíada
lo esencial consiste en la cólera de Aquiles, que no
puede ser apaciguada sino por la derrota y el peli-
gro extremo de los griegos. Aquiles está dominado
por sus propias pasiones, con exclusión de cualquier
otro sentimiento. Por tanto, en la rapsodia novena,
cuando aquéllos están protegidos todavía por las for-
tificaciones, él rechaza igualmente los dones y las pa-
labras lisonjeras; en la décimosexta se conmueve
por las lágrimas y súplicas de Patroclo, y por la
vista de los bajeles griegos incendiados; en la décimo-
novena, su cólera se transforma en dolor. Pero no
pone condiciones, ya al desechar los ofrecimientos
de la embajada, ya cuando retorna al ejército grie-
go. Y esta conducta es el resultado, no sólo de su
fiereza y carácter inexorable, sino también. (como lo
maniñesta el silencio de Homero), de la falta de toda
clase de reglas o principios generales aplicables, de
cualquier código de moral o de honor, que le hubiese
exigido comportarse de otra manera.
Finalmente, Grote objeta las dos últimas rapso-
dias por prolongar la acción de la Ilíada más allá de
lo necesario en un esquema coherente. De las dos, la
que puede suprimirse más fácilmente, sería la XXITI.
Su lenguaje, y aun su estilo y tono general, son del
mismo género de la rapsodia X; en tanto que la XXIV
muestra semejanza en la vena patética con la IX,
y lo mismo que ésta, revela nuevos aspectos del ca-
rácter de Aquiles.
El doctor E. Kammer, con razones muy poderosas,
duda de la autenticidad de la descripción del duelo
entre Aquiles y Eneas, en el libro XX (79-352). Este
283
1, Α I L 1 Α D Á
incidente, en verdad, tiene muy poea relación con el
movimiento vehemente de tal parte del poema, y en
especial con el momento en que Aquiles retorna al
campo, deseoso de encontrar a Héctor y vengar la
muerte de su amigo. La interpolación, si la hay, se
debió probablemente a intereses locales; ella contie-
ne la conocida profecía de que los descendientes de
Eneas han de gobernar a los troyanos, anunciando
pues el advenimiento de una dinastía de Encadas en
Troada. También la leyenda de Aquiles en el Himno
a Afrodita, es evidentemente local; y Eneas llega a
adquirir preeminencia en los poemas épicos poste-
riores, como la Cypria y el Hlióu Persis de Arctino.
ESTRUCTURA DE LA ODISEA
En la Odisea, lo mismo que en la Hlíada, los sucesos
relatados ocurren em corto espacio de tiempo. La
dificultad de adaptar las prolongadas peregrinaciones
de Odiseo a un plan semejante, ha sido allanada por
medio del expediente —por primera vez encontrado en
esta obra— de hacer que el héroe mismo cuente sus
aventuras. Con este propósito, la acción está hecha
para comenzar inmediatamente antes del actual re-
torno de Odiseo. Con antelación a su regreso a ltaca,
aquélla se mueve en tres escenarios distintos: segui-
mos las fortunas de Odiseo, el viaje de Telémaco al
Peloponeso, y a Penélope con sus pretendientes. El are
con que han sido tramados estos hilos fué reconocido
hasta por Wolf, quien admitió la dificultad de apli-
car su teoría a la ““admirabilis summa et compages??
del poema. De los ensayos, relativamente. poces que
se han hecho para analizar la Odisea, el más sereno
e interesante es el del profesor A. Kirchhoff, de Berlín.
Según Kirchhoff, la Odisea tal como la poseemos,
231
Á E E Ν D 1 C E
es el resultado de una serie de adiciones hechas a un
núcleo original. Hubo al principio un **Retorno de
Odiseo”? que contenía principalmente las aventuras
del Cíelope, Calipso y los Feacios; luego, las escenas
situadas en Itaca, que comprenden la totalidad de las
rapsodias XIII a XXIUI. El poema así formado fué
ampliado entre las 30a. y 502. Olimpíadas, con los
relatos de las rapsodias X a XII (Circe, las Sirenas,
Scila, etc.), y las aventuras de 'Telémaco. Por úitimo,
algunos pasajes fueron interpelados en tiempo de Pi-
sistrato.
La prueba de que las escenas que se suceden en
Itaca son debidas a mano posterior de la del primi-
tivo *““Retorno,?” se funda substancialmente en la con-
tradicción discutida por Kirchhoff en su sexta diser-
tación (pp. 135 y sigs. Ed. 1869). A veces Odiseo
aparece viejo y agotado por las penalidades, tanto
que Penépole, por ejemplo, no puede reconocerlo; en
otras se halla, de cierto, en la flor del vigor heroico,
y su aspecto de viejo miserable se debe a la vara
de Palas Atenea. La primera de estas representacio-
nes, es evidentemente la natural, si se considera los
veinte largos años, pletóricos de sucesos, que han trans-
currido; la segunda, sostiene Kirchhoff, es la del
Odiseo en la isla de Calipso y la corte feacia. Con-
eluye, por tanto, que el avejentado Odiseo pertenece
a la ““continuación”? (el cambio producido por la
vara de Atenea no es sino una estratagema para con-
ciliar los dos estados) y de aquí que la continuación
sea obra de diferente autor.
Muy -ingenioso es esto, pero la tesis de Kirchhoff
está levantada sobre deleznable terreno. Los pasajes
que describen la apariencia de Odiseo en la segunda
parte de la obra, no dan %o3 representaciones de él.
285
L Α Ι L 1 Α D Α
A veces Atenea lo disfraza de mendigo decrépito, a
veces le confiere sobrenatural belleza y vigor.
Hemos de admitir que no se nos indica el tiempo
que duran los efectos de estos cambios; pero ninguno
corresponde a su presencia natural, a aquella con que
lo imaginamos en los primeros libros. En el palacio
de Alcinoo, por ejemplo, se dice que él está lléno de
vigor, pero ““trabajado por muchas desgracias?” (Od.
VIII. 137); y esto concuerda con las escenas del re-
conocimiento en la terminación del poema.
Los argumentos con que Kirchhoff trata de probar
que las historias de las rapsodias X a XII son bas-
tante tardías respecto de las de la rapsodia IX, no
son más convincentes. Hace notar algún parecido en-
tre estos tres libros y las fábulas de los Argonautas,
entre otras cosas, por el hecho de que cierta fuente
Artacia aparezca en ambos. En la historia argonáuti-
ca esta fuente se encuentra situada en el vecindario
de Cyzico, y ha sido identificada en tiempos histó-
ricos. Kirchhoff arguye que la Artacia de la leyenda
argonáutica debe de haber sido tomada de la Artacia
real, y la Artacia de la Odisea, de la historia argo-
náutica. Como Cyzico fué fundada por colonos pro-
cedentes de Mileto, infiere que ambos pasajes de las
historias deben de ser relativamente tardíos. Es más
probable, con seguridad, que el nombre Artacia se
presentase independientemente, como ocurre con otros
muchos términos geográficos, en más de un lugar
Puede ser también que la Artacia de la Odisea sugi-
riese el nombre a los colonos de Cyzico, y de aquí
lo adoptasen las variaciones de las fábulas argonáu-
ticas. El otro argumento de que los *“*“Nostoi”” hablan
de un hijo de Calipso y de Odiseo, pero no se refie-
ren a ningún hijo de Circe, y en consecuencia, que
286
Α » Ε Ν D 1 σ Ε
Circe no era conocida para el poeta de los **Nostoi,””
queda, en primer lugar, como una alteración conje-
tural de Eustacio, y además tiene toda la debili-
dad de un argumento que proviene de omisión, a
la que se añade la incertidumbre de nuestro superficial
conocimiento, del autor cuyo silencio se alega. Final-
mente, cuando Kirchhoff halla las trazas, en los li-
bros X a XII, de cosas dichas originalmente por el
poeta mismo, en lugar de estar en boca de su héroe,
es fácil comprender que descuidos de este género ocu-
rren siempre que una historia ficticia se quiere vaciar
en forma autobiográfica.
Los análisis hechos con el refinamiento que caracte-
riza a los de Kirchhoff, son siempre instructivos, y su
libro contiene observaciones muy justas; pero es
imposible admitir sus conclusiones principales. Y po-
demos inferir que, acaso ningún ensayo similnar tendrá
buen éxito. No se sigue de esto que la Odisea esté libre
de interpolaciones. La Nekuia de la rapsodia X1 puede
ser posterior, como lo afirma Lauer, o contener adi-
ciones fácilmente insertables en una descripción de
tal especie. El último tfibro, como lo creyeron los
antiguos críticos, acaso es de otra mano. Pero la uni-
dad de la Odisea como obra completa, está más allá
de los elementos de análisis de que dispone la crítica.
CORIZONTES
287
L Á 1 L 1 Á D Α
288
Α P É N D i O E
289
τὰ Ιαἢ ΕΣ
tos populares (márchen) difundidos por todo el
mundo, están mezcladas en la Odisea con los héroes
de la guerra troyana. Esto se ha hecho notar parti-
cularmente respecto de la historia de Polifemo, en-
contrada en muchos países y en versiones que no
pueden ser derivadas de Homero. W. Grimm anota que
la conducta de Odiseo en esta historia es insensata,
casi de loco, lo más opuesto a la sabiduría y cons-
tancia del Odiseo de la guerra troyana. La razón es
simple: éste no es el Odiseo de la guerra troyana,
sino un sér del mismo mundo de Polifemo, el mundo
de los gigantes y los ogros. La cuestión cambia en-
tonces: ¿cuánto tiempo debió de ser familiar el nom-
bre de Odiseo en la leyenda (saga) de Troya, antes '
de ingresar a los cuentos de gigantes y ogros (már-
chen) donde lo encontró el poeta de la Odisea?
Además, la leyenda troyana misma se acrece entre
la época de la Ilíada y de la Odisea. La historia del
caballo de madera, no sólo es desconocida en la Ilía-
da, sino que no puede creerse que el autor de ésta
la hubiese aceptado. La intervención de Neptolemo,
también parece adición posterior. La tendencia a am-
plificar y completar la historia, se hace más palpa-
ble todavía en los poetas cíclicos. Entre la Ilíada y
éllos, la Odisea ocupa, pues, el lugar intermedio.
Este cambio grande y significativo en la manera
de tratar las leyendas heroicas, se acompaña con nu- ᾿
merosas diferencias secundarias (tales como las anota-
das por los antiguos), en cuanto a creencias, costum-
bres, instituciones e idioma. Tales diferencias nos
hacen deducir que la Odisea pertenece a una época
más tardía. El progreso del pensamiento se muestra
especialmente en las ideas más elevadas que se tie-
nen respecto a los dioses. La turbulenta corte del
290
Á P E Ν D LA ΤΣ 2
ESTILO DE HOMERO
Réstanos decir algunas palabras sobre el estilo y
carácter general de los poemas homéricos, y las com-
paraciones que nos es permitido hacer entre ellos y
las poesías análogas de otros países.
Las cualidades cardinales del estilo homérico, han si-
do fijadas de una vez por todas, por Mattew A1nold
““El traductor de Homero—dice—debe, sobre todo, cor:-
penetrarse con las cuatro cualidades esenciales de su
autor: que éste es eminentemente rápido; sencillo y
directo en absoluto, lo mismo en el giro de su pen-
samiento que en la expresión de él, esto es, igual-
mente en la sintaxis que en las palabras; que es emi-
nentemente sencillo y directo en la sustancia de su
291
L Á Ϊ L 1 Á D Α
pensamiento, es decir, en la materia y en las ideas; y
por último, que es noble en grado sumo.”” (Sobre la tra-
ducción de Homero. p. 9.)
La rapidez peculiar de Homero, es debida en mu-
cho al uso del verso hexámetro. En las literaturas
primitivas es un rasgo característico que la evolución
del pensamiento, o sea la forma gramatical de la
proposición se guía por la estructura del verso;
la correspondencia que se obtiene de consiguiente en-
tre el ritmo y la gramática —produciéndose el pensa-
miento por medidas iguales, divididas a su vez por
pausas uniformemente tolerables—da por resultado un
suave movimiento fluyente, tal como raramente se en-
cuentra cuando el período ha sido construído sin re-
ferencia directa al metro. Homero posee esta rapidez
sin caer en las faltas correspondientes, sin llegar a
ser fatigoso ni monótono, y esa es la mejor prueba
quizás de su habilidad poética no igualada. La senci-
llez y modo directo, lo mismo de pensamiento que de
expresión, que caracterizan a Homero, eran, a no du-
darlo, cualidades de su tiempo; pero el autor de la
Ilíada (lo mismo que Voltaire, con quien Arnold hace
una comparación feliz), debe de haber poseído las
dotes nacionales en grado superlativo. La Odisea, en
este respecto, está perceptiblemente debajo del nivel
de la Ilíada.
La rapidez o facilidad de movimiento, sencillez del
pensamiento y de la expresión, no son ciertamente
las cualidades que distinguen. a los grandes épicos,
Virgilio, Dante, Milton. Por el contrario, éstos pue-
den clasificarse mejor dentro de otra escuela épico-
lírica más humilde que ha intentado con tanta fre-
cuencia reivindicar para sí a Homero. La prueba de
que Ilomero no pertenece a esta escuela, de que su
292
ΝΥ
RAS: PA O JA. AR >
poesía no es en ningún sentido verdadero ““balada
poética,”? nos la suministra la suprema estructura ar-
tística de sus poemas, ya demostrada, y en cuaito al
estilo, por la cuarta de las cualidades que señala Ar-
nold: la nobleza. Es un noble y elevado estilo,
sostenido al través de todas las variaciones de idea
y situación, lo que, en último término, separa a Ho-
mero de todas las formas de ““poesía de baladas?” y
““épica popular.??”
Pero en tanto que nos mantenemos en guardia con-
tra ese error común, hemos de reconocer la conexión
histórica existente entre los dos grandes poemas ho-
méricos y la literatura de baladas que los precedió
en Grecia. Y aun tenemos que admitir que el suave
y fluído movimiento y la simplicidad de ideas y de
estilo que admiramos en la Ilíada, son herencia de los
primitivos **layes,?? los clea andron de la especie de
los que Aquiles y, Patroclo cantan acompañados de la
lira en su tienda. El metro inclusive, verso hexáme-
tro, puede ser asignado a ellos. Pero entre estos la-
yes y Homero, ha de situarse la aparición de la poe-
sía épica como un arte. Los layes pro-homéricos
aportaron, sin duda, los elementos de dicha poesía, el
alfabeto, por decirlo así, del arte: pero necesaria-
mente han debido ser refinados y trarsmutados antes
de lograr formar poemas como la Ilíada y la Odisea.
Un ejemplo ilustrará mejor esto: en la escena de
las murallas de Troya, rapsodia tercera de la Ilíada,
después que Helena ha señalado a Agamenón, Odiseo
y Ayax, contestando las preguntas de Príamo, se
adelanta a señalar a Idomeneo, sobre el cual no ha
sido interrogada. Lachmann, preocupado siempre por
las baladas, se apresura a decir que esto es irregular.
““La inhábil transición de Ayax a Idomeneo, sobre
293 18.—1I
,
Ἀπ πὰ Lab πψππα
quien no se ha hecho ninguna pregunta”? no puede
atribuirla al autor original del lay (Betrachtungen,
p. 15, ed. 1865). Mas, como lo ha hecho notar A. RÚ-
mer, esto es precisamente lo que un poeta podía hacer
para modificar el primitivo sistema de las baladas,
consistente en preguntas y respuestas; y, más que to-
do, ese procedimiento constituye la transición a los
versos sobre los Dioscuros, con los cuales se cierra la
escena de una manera tan encantadora.
ANATLOGIAS
El desenvolvimiento de la poesía épica, propiamen-
te tal, procedente de las canciones orales o baladas
de un país, es un proceso que rara vez puede ser
observado, por la naturaleza misma de las cosas. Pa-
rece comprobado, no obstante, que la hipótesis de que
poemas épicos, tales como la Ilíada y la Odisea, han
sido formados por la reunión o el arreglo de un nú-
mero de poemas cortos, no resiste a la analogía.
Poesía narrativa de gran interés, se encuentra en
varios países (Servia, por ejemplo), sin que nunca
haya alcanzado la condición épica. En Escandinavia,
Lituania y Rusia, según observa Gastón Paris (Histo-
ria Poética de Carlo Magno, p. 9), las canciones na-
cionales se han estacionado en una forma intermedia
entre la poesía contemporánea y la épica. Los verda-
deros épicos son los de India, Persia, Grecia, Germa-
nia, Britania, Francia y España. La mayor parte de
éstos, sin embargo, no sirven como términos de com-
paración, sea por la desemejanza con Homero o por-
que no hay constancia de que los precedieran cancio-
nes populares. El más instructivo, casi el único para-
lelo aprovechable, es el que puede hacerse con las
““chansons de geste,”? de Francia, de las cuales la
294
A y E N D 1 σ E
Chanson de Roland es el ejemplo mejor y más anti-
guo. Estos poemas se atribuyen con toda probabili-
dad al siglo X. Su carácter es épico, y eran recitados
por jongleurs profesionales, que pueden compararse
a los aeúas de Homero. Pero todavía antes, en el siglo
VII, hallamos trazas de layes cortos, llamados canti-
lenas, que andaban en boca de todos y se cantaban
en coro. Se ha sostenido que los primeros cantos de
gesta se formaron juntando muchas de estas primiti-
vas cantilenas. Y esta fué la opinión aceptada por
León Gautier en la primera edición de las Epopeyas
Francesas (1865). En la segunda edición, cuyo pri-
mer volumen apareció en 1878, abandonó esta teoría.
Cree que los poemas épicos, han sido compuestos bajo
la influencia de canciones primitivas. **Nuestros pri-
meros poetas épicos, dice, no reunieron real y mate-
rialmente preexistentes cantilenas. Se inspiraron úni-
camente en estas canciones populares; tomaron de
ellas los elementos legendarios y tradicionales. En
resumen, no les deben sino las ideas, el espíritu, la
vida; ellos descubrieron (ils ont trouvé) todo lo de-
más?” (p. 80). Pero admite que **alguna parte de los
antiguos poemas ha procedido de la tradición, sin
ningún intermediario”? (Ibid.); y si se considera que
son muy ligeras las trazas que dejaron esas antiguas
cantilenas, y que el influjo que ejercieron sobre la
poesía posterior es más bien caso de inspiración que
de imitación, no habrá de sorprendernos que otros hu-
manistas, Paul Meyer, sobre todo, les concedan toda-
vía menor importancia y aun lleguen a dudar de su
existencia,
Cuando León Gautier nos muestra cómo la historia
se transforma en leyenda y la leyenda en relato no-
velesco, recordamos la diferencia ya señalada entre
295
L A Il “ML I A D Α
la Nlíada y la Odisea, y entre Homero y los poetas
eíclicos primitivos. Y la degradación peculiar de los
caracteres homéricos que aparecen en algunos poetas,
especialmente en Eurípides, puede compararse a las úl-
timas canciones de gesta.
El paralelo de Homero con la gran literatura épi-
ca requiere un desarrollo más extenso del que podría-
mos dedicarle aquí. Algunas diferencias externas han
sido ya indicadas. Como la épica francesa, la poesía
homérica es indígena, y se distingue por este carác-
ter de poetas, como Virgilio, Dante y Milton, y por
la facildad de movimiento y la simplicidad que de
ello resulta. También se distingue de ellos por la au-
sencia de motivos o sentimientos secundarios. En la
poesía virgiliana, el orgullo de las grandezas de Roma
e Italia, es motivo de retórica apasionada, velada
apenas por ““la escogida delicadeza?” de su lenguaje.
Dante y Milton son todavía más fervorosos exponedo-
res de la religión y política de su tiempo. Hasta la
épica francesa está saturada por el sentimiento de
temor y odio hacia los sarracenos. En Homero el
interés es puramente dramático. No hay serias anti-
patías de raza ni religión; la guerra no versa sobre
motivos políticos; la eaptura de Troya queda fuera
del plan de la Ilíada. Los héroes mismos no son los
héroes nacionales más notables de Grecia. El interés
total (en cuanto podemos presumir), estriba en la
pintura de acciones y sentimientos humanos.
BIBLIOGRAFIA
Una bibliografía completa de Homero llenaría vo-
lúmenes. La siguiente lista incluye únicamente las
obras consideradas de capital importancia:
La editio princeps de Homero, publicada en Floren-
296
Α Ρ E N D I C E
cia en 1488, por Demetrio Chalcondylas, y las edi-
ciones aldinas de 1504 y 1517, tienen todavía algún
valor además del de meras curiosidades. Las princi-
pales ediciones críticas modernas son las de Wolf
(Halle, 1794-1795; Leipzig, 1804-1807); Spitzner (Go-
tha, 1832-1836); Bekker (Berlín, 1843; Bonn, 1858);
La Roche (Odisea, 1867-1868; Ilíada, 1873-1876, am-
bas Leipzig); Ludwich (Odisea, Leipzig, 1889-1891;
llíada, dos vols., 1901 y 1907); W. Leaf (Ilíada. Lon-
dres, 1886-1888; 2a. ed. 1900-1902); Merry y Riddell
(Odisea 1 a XIT., 28. ed., Oxford, 1886); Monro (Odi-
sea XIIT.-XXIV. con apéndices, Oxford, 1901); Mon-
ro y Allen (Ilíada), y Allen (Odisea, 1908, Oxford).
Los comentarios de Barnes, Clarke y Ernesti están
atrasados prácticamente; pero la Jllíada de Heyne
(Leipzig, 1802) y el comentario de Nitzsch sobre la
Odisea (libros 1. -XIT., Hanover, 1826-1840) son uti-
lizables todavía. Anmerkungen Zur Jlias. (A, B 1-483
C) de Nágelbach es de gran valor, sobre todo la terce-
ra edición (Autenrieth, Nuremberg, 1864). Los únicos
Scholia Veneta sobre la Ilíada fueron hechos conocer
por vez primera por Villoison (Homeri llias ad veteris
codicis Veneti fidem recensita, Scholia in eam antiquis-
sima ex eodem codice aliisque nunc primum edidit,
cum Asteriscis, Obeliscis, aliisque
Joh. signis criticis,
Baptista Caspar d? Ansse de Villoison, Venecia, 1788);
reimpresos, con muchas adiciones de otros autores,
por Bekker (Scholia in Homeri lliadem, Berlín, 1825-
1826). Una nueva edición ha sido publicada por la
Oxford Press (Scholia Graeca in Homeri Tliadem, ed.
Gul. Dindorfius); seis volúmenes han aparecido (1875-
1888), los dos últimos editados por el profesor E,
Maass. El extenso comentario de Eustacio fué im-
preso por primera vez en Roma en 1542; la última
297
L Α EPR I Α D A
edición es la de Stallbaum (Leipzig, 1827). Los scho-
lia sobre la Odisea fueron publicados por Buttmann
(Berlin, 1821), y casi completos por W. Dindorf (Ox-
ford, 1855). Aunque Wolf a primera vista entendió
el valor de los Scholia venecianos sobre la Ilíada, el
primer sabio que los exploró del todo fué C. Lebrs
(De Aristarchi Studiis Homericis, Kónigsberg, 1833
2a. ed., Leipzig, 1865). De los estudios sobre la misma
materia aparecidos desde entonces, los más impor-
tantes son: Aug. Nauck, Aristophanis Byzantii frag-
menta (Halle, 1848); L. Friedlánder, Aristonici peri
semeion JIliados reliquiae (Góttingen, 1853); M. Sch-
midt, Didymi Chalcenteri fragmenta (Leipzig, 1854);
L. Friedlánder, Nicanoris peri Jliakes stigmes reli-
quiae (Berlin, 1857); Aug. Lentz, Herodiani Tchnici
reliquiae (Leipzig, 1867); J. La Roche, Die homeris-
che Textkritik im Alterthum (Leipzig, 1866); y Ho-
merische Untersuchungen (Leipzig, 1869); Ad. Rómer,
Die Werke der Aristarcheer im Cod. Venet A. (Mu-
nich, 1875); A. Ludwich, Aristarch*s Homerische Text-
kritixk (2 vols. Leipzig, 1884-1885); y Die Homervul-
gata als vor-Alexandrinisch erwiesen (Leipzig, 1898).
La literatura sobre la ““Cuestión Homérica?”” co-
mienza prácticamente con los Prolegomena de Wolf
(Halle, 1795); de los libros primitivos, el Ensayo so
bre el Genio original y escritos de Homero, de Wood,
es el más interesante. Las observaciones de Wolf fue-
ron hábilmente popularizadas por el libro de W.
Miller, Homerische Vorschule (2a. ed. Leipzig, 1836).
G. Hermann, sus obras De interpolationibus Homeri
(1832) y De iteratis apud Homerum (1840) fueron
reimpresas en sus Opuscula. Las dos obras de Lach-
mann, Betrachtungen ὍΡΟΥ Homer's lTlias, fueron
editadas juntas por M. Haupt (2a. ed., Berlin, 1865).
298
Α Ρ E N D I C E
Además de las voluminosas obras de Nitzsch, y de
las discusiones contenidas en las obras sobre Litera-
tura Griega por K. O. Miiller, Bernhardy, Ulrici y
Th. Bergk, y en la Historia de Grecia por Grote,
puede verse Welker, Der Epische Cyclus oder die
homerischen Dichter (Bonn, 1835-1849); sobre Pro-
elos y el Cyelo pueden verse Wilamowitz-Móllendorf
p. 328 sigs; E. Bethe, Rhein. Mus. (1891), XXVI, p.
593 sigs.; O. Immisch, Festschrift Th. Gomperz darge-
bracht (1902), p. 237 seq.; Lauer, Geschichte der ho-
merischen Poesie (Berlin, 1851); Sengebuseh, dos di-
sertaciones previas a los dos volúmenes de W. Dindorf,
Homer, en la serie Teubner (1855-1856); Friedlánder,
Die Homerische Kritik von Wolf bis Grote, (Berlin,
1853); Nutzhorn, Die Entstehungsweise der homeris-
chen Gedichte mit Vorwort von J. N. Medvig (Leip-
zig, 1869); E. Kammer, Zur Homerischen FPrage,
(Kónisberg, 1870); y Die Einheit der Odyssee, (Leip-
zig, 1873); A. Kirchhoff, Die Composition der Ody-
ssee (Berlin, 1869); Wolkmann, Geschichte und Kritix
der Wolf” schen Prolegomena (Leipzig, 1874); K.
Sittl, Die Wiederholungen in der Odyssee (Munich,
1882); U. v. Wilamowitz-Móllendorf, Homerische Un-
tersuchungen (Berlin, 1884); O. Seeck, Die Quellen
der Odyssee (Berlin, 1887); F. Blass, Die Interpola-
tionen in der Odyssee, (Leipzig, 1905). El interés to-
mado por los ingleses estudiosos en esta cuestión,
está suficientemente demostrado por los eseritos de W.
E. Gladstone, Y. A. Paley, Henry Hayman (en la in-
troducción a su Odisea), P. Geddes, R. C. Jebb y A.
Lang. (Véase especialmente Homero y su edad, del
último, 1907).
El dialecto homérico debe ser estudiado en los li-
bros (como el de G. Curtius) que analizan el Griego
299
LL. .4 Ἐ ΤΟΝ I A D A
por el método comparativo. La obra principal es
Griechische Formenlehre por H. L. Ahrens (Góttin-
gen, 1852). Otras obras importantes son las de Aug.
Fick: Die Homerische Odyssee in der urspriinglichen
Sprachform wiederhergestelt (Gottinga, 1883); Die-
Homerische lJlias (ibid., 1886); W. Schulze, Quaes-
tiones epicae (Gútterslohe, 1892). Sobre la sintaxis
homérica la obra principal es la de B. Delbriúck Syn-
tactische Forschungen (Halle, 1871-1879), en parti-
cular los vols. 1. y IV.; sobre metro, etc., la de Har-
tel Homerische Stuaien (1 a III, Viena): Knós, De
digammo Homerico quaestiones (Upsala, 1872-1873-
1878); Thumb, Zur Geschichte des griech. Digamma,
Indogermanische Forschungen (1898), IX. 294 sigs.
Son de alto valor los escritos impresos en la obra
Homerische Blátter de Beker (Bonn, 1863-1872) y
en la Miscellanea Critica de Cobet (Leiden-1876). Las
Quaestiones Homericase de Hoffmann (Clausthal, 1842)
son una colección de datos muy útil. El Lexilogus de
Buttmann, es digno de estudio como un ejemplar
de método.
Las antigiedades homéricas —usando la palabra
en el más amplio sentido— pueden ser estudiadas en
los siguientes libros: Vólcker, Uber Homerische Geo-
graphie und Veltkunde (Hanover, 1830); Nágelsbach,
Homerische Theologie (2a. ed., Nuremberg, 1861);
H. Brunn, Die Kunst bei Homer (Munich, 1868);
W. W. Lloyd, Sobre la descripción homérica del es-
cudo de Aquiles (Londres, 1854); Buchholz, Die Ho-
merischen Realien (Leipzig, 1871-1873); W. Helbig,
Das Homerische Epos aus den Denkmélern erláuter
(Leipzig, 1884; 2a. ed., ibid., 1887); W. Reichel, Uber
Homerische Waffen (Viena, 1894); C. Robert, Stu-
dien zur Jlias (Berlin, 1901); W. Ridgeway, La Edad
300
Α e E N D I C E
303
L Α Ἐν I A D Α
304
EXPLICACION DE ALGUNOS NOMBRES
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INDICE DEL TOMO SEGUNDO
Rapsodia a A ἡ ΤΠ ΤΠ τὶ
Rapsodia ΠΘΟΙ
ΘΟ NN A
Rapsodia ΘΟ
ΟΝ O AA IO τς;
Rapsodia iaa CA AU E A
Rapsodia a A NA AA AO
-Rapsodia ΨΙΘΘΕΙ
ΘΟ ΘΤΑ dd νος
Rapsodia a A ων πος
Apéndice. A o ἊΣ
EZ AE 8 O
-— 3E < Ezo Aa A
a O)QQE
EN LOS TALL ERES GRÁFICOS
Ἐν
LA UNIVERSIDAD
NACIONAL DE
University of Toronto
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ye] (1951)...
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Under Pat. “Ref, Index File”
Made by LIBRARY BUREAU
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