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12 de Octubre

El documento aborda la transformación del 'Día de la Raza' al 'Día del Respeto a la Diversidad Cultural' en Argentina, destacando la importancia de reconocer y respetar la diversidad étnica y cultural de los Pueblos Originarios. Se menciona la historia de la colonización y sus efectos en las identidades sociales, así como la necesidad de una educación intercultural que incluya la participación de los pueblos indígenas. Además, se enfatiza la resistencia de los Pueblos Originarios frente a la conquista y la importancia de reconocer sus nombres y culturas específicas.

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12 de Octubre

El documento aborda la transformación del 'Día de la Raza' al 'Día del Respeto a la Diversidad Cultural' en Argentina, destacando la importancia de reconocer y respetar la diversidad étnica y cultural de los Pueblos Originarios. Se menciona la historia de la colonización y sus efectos en las identidades sociales, así como la necesidad de una educación intercultural que incluya la participación de los pueblos indígenas. Además, se enfatiza la resistencia de los Pueblos Originarios frente a la conquista y la importancia de reconocer sus nombres y culturas específicas.

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MATERIAL PARA DOCENTES

A continuación, encontrarán lecturas para conocer la temática, compartir entre


Docentes y ofrecer a lxs Estudiantes.

Del Día de la Raza


al Respeto a la Diversidad Cultural
Por Martín Fioretti, Profesor de Historia y Secretario de Formación Política del
SUTEBA San Isidro, y Juan Balduzzi, Historiador e Integrante del Equipo Provincial
de la Secretaría de Cultura y Educación del SUTEBA.

Transformación de una conmemoración

Mediante el Decreto Nº 1584/2010, emitido por la ex presidenta Cristina Fernández


de Kirchner, se estableció que el 12 de octubre pasaría a ser el “Día del Respeto a
la Diversidad Cultural” sustituyendo al “Día de la Raza”. Según los considerandos
del decreto, este dotaría a dicha fecha de “un significado acorde al valor que
asigna nuestra Constitución Nacional y diversos tratados y declaraciones de
Derechos Humanos a la diversidad étnica y cultural de todos los pueblos”. Efec-
tivamente, con la reforma constitucional de 1994 se reconoció la preexistencia
étnica y cultural de los Pueblos Originarios, como establece el Artículo 75, inciso
17, que también garantiza el respeto a su identidad y el derecho a una Educa-
ción bilingüe e intercultural y reconoce la personería jurídica de sus comunida-
des, y la posesión y propiedad comunitarias de las tierras que tradicionalmente
ocupan.

Además, en este mismo sentido, con la promulgación de la “Ley de Educación


Nacional” de 2006, se estableció que la “Educación Intercultural Bilingüe” sería
una modalidad más y que el Estado debe ser el responsable de:

• Crear los mecanismos de participación permanente de lxs represen-


tantes de los Pueblos Originarios para que estos puedan evaluar y defi-
nir las estrategias de la Educación intercultural bilingüe
• Promover la generación de instancias institucionales de participación
de los Pueblos Indígenas en la planificación y gestión de los procesos de
enseñanza y aprendizaje
• Propiciar la construcción de modelos y prácticas educativas propias
de los Pueblos Indígenas que incluyan sus valores, conocimientos, len-
gua y otros rasgos sociales y culturales, entre otras cosas

El “Día de la Raza” se había establecido en 1917 a través de un decreto durante


la presidencia de Hipólito Yrigoyen. Dicho decreto, que consta solamente de dos
artículos, en sus considerandos habla de descubrimiento, pero también de con-
quista por parte de España. Esta normativa plantea que la “Madre Patria” volcó
sobre nuestro continente “el valor de sus guerreros, el denuedo de sus explora-
dores, la fe de sus sacerdotes, el preceptismo de sus sabios, las labores de sus
menestrales (…)”. El decreto no nombra ni alude a los Pueblos Originarios que
fueron despojados de sus tierras, de su libertad y de su cultura.

12 de octubre - DÍA DEL RESPETO A LA DIVERSIDAD CULTURAL

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Según Aníbal Quijano, la idea de raza sirvió a Europa para poder clasificar so-
cialmente a conquistadorxs y conquistadxs, transformándose en uno de los ejes
fundamentales del nuevo patrón de poder que comenzó con la conquista de
América y que dio origen al capitalismo colonial/moderno. “Dicho eje tiene, pues,
origen y carácter colonial, pero ha probado ser más duradero y estable que el
colonialismo en cuya matriz fue establecido”1.

La idea de raza sigue siendo hoy un elemento de colonialidad y es importante


aclarar que este concepto no existía antes de la conquista de América. Dice Qui-
jano que “la formación de relaciones sociales fundadas en dicha idea produjo en
América identidades sociales históricamente nuevas: indios, negros y mestizos
y redefinió otras”2, como español, portugués o europeo. Como tales identidades
eran relaciones de dominación, estas fueron asociadas a las jerarquías, lugares y
roles sociales correspondientes.

El nombre de lxs habitantes originarixs de nuestro continente

El territorio que hoy conocemos como América estuvo habitado desde hace
40.000 o 20.000 años3 por los que hoy llamamos Pueblos Originarios. La popular
denominación de “indios” responde a la confusión de los españoles conducidos
por Cristóbal Colón en 1492 que creían haber llegado a algún punto de la India
en Oriente. Desde la perspectiva de los Pueblos Originarios, el lonko Eduardo Pin-
cen4 nos dice:

“Durante mucho tiempo se han utilizado denominaciones como


indio o indígena para lastimarnos e invisibilizarnos. Expresiones tales
como ‘si está sucio es un indio’ o tantas otras, ligadas a la ignoran-
cia o a cosas malas que nada tienen que ver con quienes somos.
Nos reconocemos como originarios, tratamos de no enredarnos en
cuestiones semánticas, propias de una lengua impuesta a sangre
y fuego. Pueblos Originarios es quizás la más inocente, la que no
carga con la connotación negativa o la mala intención. Si hablan de
todos los pueblos y les queda cómodo decir Pueblos Originarios, no
vamos a renegar pero preferimos que nos llamen por lo que somos,
por quienes somos, en nuestro caso Gununakuna Mapuche (Tehuel-
che Mapuche), muchas naciones existen en la Argentina, es hora de
que empecemos a reconocerlas y a llamarlas por su nombre”.

El territorio americano

América fue el último de los continentes poblados por la humanidad y la entrada


podría explicarse a través de distintas teorías, siendo la más respaldada aquella
que plantea la entrada por el estrecho de Bering. En la obra “Nuestros paisanos
los indios”, Carlos Martínez Sarasola nos dice: “Hace unos 30.000 años, cruzando
desde Asia por el estrecho de Bering en ese entonces congelado, la planta de un
hombre se hundió en el suelo americano por primera vez”5.

Este poblamiento americano dio inicio a la historia americana, a pesar de que


las matrices de pensamiento eurocéntricas nos vienen planteando que Améri-
ca entró a la Historia con el “descubrimiento”. En este mismo sentido, Emmanuel
Kant, a fines del siglo XVIII, califica a los americanos como hombres sin historia.
Alcira Argumedo, en su obra “Los silencios y las voces en América Latina”, cita a
Kant, quien habla en los siguientes términos:
1 Quijano, Aníbal (2011) Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina, en: LANDER, Edgardo (compilador) La coloniali-
dad del saber. Eurocentrismo y ciencias sociales, Ciccus, Buenos Aires, pp. 219.
2 Ibídem, pp. 220.
3 La datación del poblamiento americano no es precisa y responde a diversas teorías de poblamiento.
4 Eduardo Pincén es Lonko (cacique) de la comunidad Gununakuna Mapuche Vicente Catrunau Pincén. Para más información:
https://youtu.be/I4E8rRKg0GE
5 Martínez Sarasola, Carlos (1992) Nuestros paisanos los indios, EMECE, Buenos Aires, pp. 23.
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“El pueblo de los americanos no es susceptible de ninguna forma de civilización.
No tiene ningún estímulo, pues carece de afectos y de pasiones. Los americanos
no sienten amor, y por eso no son fecundos. Casi no hablan, no se hacen cari-
cias, no se preocupan de nada y son perezosos (…), incapaces de gobernarse
están condenados a la extinción”6.

Emmanuel Kant, precursor del idealismo alemán y del pensamiento hegeliano,


es uno de los filósofos de la ilustración que da origen a una matriz del pensa-
miento que aún hegemonizan las cátedras académicas de Europa y de Améri-
ca Latina. El filósofo alemán justifica claramente la dominación europea sobre
los pueblos americanos, ya que estos no tienen capacidad de gobernarse.

Sin embargo, desde aquella entrada al continente, podemos hacer una línea
de tiempo histórica de Nuestra América, en donde se fueron desarrollando una
gran diversidad de pueblos, con muy diferentes tipos de organización social y
modos de subsistencia, que abarcaban desde cazadores recolectores en di-
versas zonas de ambos hemisferios, gran cantidad de pueblos con distintos do-
minios de la agricultura, hasta llegar a las grandes formaciones estatales con
modos tributarios de organización de sus sociedades que se desarrollaron en la
zona andina y en Mesoamérica, comúnmente llamadas “Altas culturas” o “Gran-
des civilizaciones americanas”, entre las cuales las más conocidas fueron ma-
yas, aztecas e incas.

Hace más de 500 años comenzó el proceso europeo de conquista, continuado


después por las repúblicas criollas independientes. El mismo desestructuró los
modos tradicionales de vida de los pueblos americanos, interrumpió su proceso
de autodesarrollo, negando su cultura e identidad, produciendo el genocidio
más grande que se conoce en la historia a la par de un proceso de aculturación.
Significó asimismo la puesta en marcha de un modelo de desarrollo dependien-
te. Frente a esta política, hubo un proceso sostenido de rebeliones y resistencias
de los Pueblos Originarios, desde el mismo momento en que Colón puso el pie
en las Antillas. La más conocida de ellas fue la gran rebelión de Túpac Amaru
en 1780. Las matrices de pensamiento eurocéntricas instalaron una mirada que
asociaba lo europeo con la civilización, lo americano con la barbarie y lo indíge-
na con el salvajismo.

Con respecto a los Pueblos Originarios que ocuparon el actual territorio argenti-
no, podemos decir que estos datan de hace 12.000 años atrás, después de que
los grupos cazadores recolectores se dirigieran a todos los destinos del con-
tinente, conformando las distintas parcialidades indígenas. Martínez Sarasola
divide a las comunidades que ocupaban nuestro territorio, en los años de la
conquista (siglo XVI), en cuatro regiones bien definidas: La Montaña, la Llanura, el
Litoral mesopotámico y el Extremo Sur.

En la zona de la montaña ubica a los Atacamas, Diaguitas, Omaguacas, Lule-Vi-


lelas, Tonocotés (en el Noroeste); a los Comechingones y Sanavirones (en las
Sierras Centrales) y a los Huarpes (en Cuyo). En la zona de la llanura ubica, en la
Pampa y la Patagonia a los Tehuelches y en Neuquén a los Pehuenches. Y en el
Chaco a los Guaikurúes, Mataco-Mataguayos, Chiriguanos, Chané y Lule-Vilelas.

En el litoral y la Mesopotamia a los Guaraníes, Chaná-Timbúes, Caingang y Cha-


rrúas. Y en el extremo Sur y los canales fueguinos a los Yámanas y Alakuf.7

Con la conquista española el mundo americano cambió radicalmente, espe-


cialmente en aquellos pueblos sometidos por los invasores.

6 Kant, Emmanuel “Qué es la ilustración”, en Argumedo, Alcira (1993) Los silencios y las voces en América Latina. Notas sobre el
pensamiento nacional y popular, Ediciones del Pensamiento Nacional, Buenos Aires, pp. 19.
7 Martínez Sarasola, Carlos, Op. Cit., pp. 41-43.
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El sur del continente y la conquista española

Con respecto a las sociedades indígenas que habitaban el sur de la Araucanía,


la cordillera, la pampa seca, la pampa húmeda y el norte patagónico en el mo-
mento de la llegada de los españoles, constituían un área panaraucana o arau-
canopampeana, un concepto fundamental que sirve “para dar cuenta de la
existencia de múltiples vínculos que unían desde tiempos prehispánicos y cada
vez con mayor intensidad a poblaciones originarias que habitaban a ambos
lados de la cordillera”. Estas parcialidades, antes que etnias distintas poseían
identidades territoriales diferentes, según su ubicación geográfica tomaban un
nombre relacionado con el espacio. Así, Calfucurá denominó a su territorio Cha-
dihué, “lugar de las salinas”, por eso se los reconocía como salineros. Y gran
parte de los nombres solo tienen significado espacial o designan la posición de
un grupo respecto de otros: así, se puede ser huilliche, para quienes están situa-
dos más al norte, o picunche, para los que viven al sur. Se ha superado una idea
que se sostuvo durante mucho tiempo, teñida de nacionalismo, la del mapuche
“chileno” que habría invadido la región y extinguido a los aborígenes tehuelches
“argentinos”. Antes de la invasión española la sociedad que luego se reconfigu-
raría como mapuche no se autodenominaba colectivamente con un etnónimo
común, sino que apelaba a reconocerse a través de las diversas identidades
territoriales (puelche, rankülche, mamülche, pehuenche, huilliche, etc.). Las co-
munidades eran dinámicas y cambiantes, de acuerdo también a las diversas
condiciones políticas que fueron atravesando. Gran cantidad de investigacio-
nes han establecido que los pueblos que se autodenominaron como mapu-
ches, al menos desde el año 1000 han estado presentes en Pampa y Patagonia.8

Si bien los españoles lograron someter a numerosos Pueblos Originarios y es-


tablecerse a lo largo de los siglos XVI y XVII en parte de lo que hoy es territorio
argentino -no sin una gran resistencia por cierto, como en el caso de las guerras
calchaquíes que se extendieron a lo largo de un siglo-, no consiguieron doblegar
a los pueblos de la Pampa y la Patagonia ni a los del sur de la Araucanía, al otro
lado de la cordillera. Ni tampoco en el noreste, a los del Gran Chaco. La “frontera
sur” entre los territorios ocupados por la sociedad hispanocriolla y las socieda-
des originarias se estableció en un amplio arco que iba desde el sur de la actual
provincia de Mendoza, pasando luego por las actuales provincias de San Luis,
Córdoba y Santa Fe, atravesando por último el territorio bonaerense hasta el
Atlántico. En este último la frontera en el último tercio del siglo XVIII se estableció
“idealmente” en el Río Salado. La frontera no era un límite abrupto entre ambas
sociedades, tampoco se daban solamente enfrentamientos bélicos, sino que
también se desplegaron múltiples contactos, tenían lugar intercambios comer-
ciales y culturales. Los fortines que se establecieron en el siglo XVIII además de
puesto de avanzada y defensa, funcionaban como nudos de articulación entre
ambas sociedades, allí se entretejían vínculos políticos y diplomáticos. La fronte-
ra era un espacio de relaciones interétnicas, donde se producía una mixtura de
prácticas sociales y culturales. Por otra parte, desde mediados del siglo XVIII las
autoridades coloniales (al igual que luego las republicanas en el siglo XIX) firma-
ron diversos tratados que reconocían la autonomía de diversas parcialidades y
regulaban las relaciones entre ambas sociedades. La sociedad hispanocriolla
aún no podía imponer condiciones a las parcialidades indígenas de manera
unilateral, pues no contaba con la correlación de fuerzas a su favor como para
emprender una campaña de las dimensiones de las que emprenderían pos-
teriormente, tampoco conocía su territorio y a sus habitantes, por tanto debía
negociar con ellos.9

8 Nagy, Mariano (2015) Pueblos Indígenas y Estado: aportes para una reflexión crítica en el aula: Pampa y Patagonia, Ministerio
de Educación de la Nación, Buenos Aires.
9 Nagy, Mariano, Op. Cit.
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La etapa independiente y los Pueblos Originarios en la región sur

Aunque los procesos revolucionarios iniciales tuvieron una política filo-indige-


nista, estuvieron dirigidos a los Pueblos Originarios del Alto Perú y no a los del
sur.Pero estas definiciones fueron abandonadas a partir de que los grupos más
conservadores del frente revolucionario se fueron haciendo cargo de la eman-
cipación americana. Un ejemplo claro es el proceso revolucionario en el Río de
la Plata, en donde desde la misma Revolución de Mayo de 1810 se enfrentaron
dos proyectos: uno de ampliación democrática, con un perfil igualitarista entre
los distintos sectores, en contra de otro más conservador, en donde las elites
americanas solo buscaban mayor autonomía de España y acentuar el libre co-
mercio con los nuevos centros del poder económico, principalmente Gran Bre-
taña. Los ejércitos que partieron de Buenos Aires para expandir la revolución a
todos los rincones del ex Virreinato, sufrieron algunas derrotas militares como
en el Alto Perú (actual Bolivia). La pérdida de esta región, rica en la producción
argentífera, decidió a la conducción revolucionaria (que requería de recursos
materiales) a transformar a la Aduana de Buenos Aires en el principal instru-
mento de recaudación fiscal y a ampliar la frontera hacia el sur, es desmedro de
los Pueblos Originarios que se ubicaban del otro lado del Río Salado y que po-
seían todavía soberanía con respecto a la sociedad hispano-criolla. El objetivo
de ampliar la frontera era principalmente económico, que tenía como intención
explotar el principal recurso de exportación de las pampas: el ganado vacuno,
principalmente el cuero.

Por otro lado, con la finalización de las guerras independentistas, los proyectos
de la Unión Latinoamericana que quisieron llevar a cabo San Martín y Bolívar, en-
tre otros, fueron derrotados. Se consolidó un proyecto de Patrias Chicas, acordes
a los intereses imperiales de la segunda mitad del siglo XIX.

En la década de 1820, Martín Rodríguez, Gobernador de la provincia de Bue-


nos Aires, llevó adelante una agresiva política que echaría por tierra los vínculos
sociales y comerciales establecidos entre cristianos e indígenas, entre los que
pueden citarse la instalación de estancieros como Francisco Ramos Mejía más
allá de la frontera instalada en el Salado. De todas formas, en este tiempo se
estaba dando un proceso continuo de expansión de la frontera de la sociedad
“blanca”. A la vez se fueron afirmando liderazgos indígenas sobre un territorio
que componía un triángulo cuyos extremos lo marcaban Sierra de la Ventana,
las lagunas de Guaminí y Salinas Grandes, mientras otras agrupaciones se ubi-
caban en las sierras de Tandilia. Sobre ellos, Martín Rodríguez lanzaría su ofen-
siva, que abriría un período de conflictos y enfrentamientos. Estos se cerrarían a
partir de las políticas llevadas a cabo por Juan Manuel de Rosas, quien combinó
medidas agresivas como la “expedición al desierto” de 1833 y 1834, que provo-
có miles de indígenas asesinados por las tropas y consolidó los avances de la
frontera, disponiendo de tierras para la producción de las clases dirigentes, en
detrimento del territorio indígena, con el “negocio pacífico de indios”, una po-
lítica que incluía una amplia gama de relaciones, que implicaba protección y
circulación de bienes, raciones y regalos para las parcialidades, en el marco de
relaciones entendidas como recíprocas que mantuvieron hasta mediados de
siglo -con el fin del rosismo- una cierta armonía en la “frontera sur”.

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La conformación del Estado Nacional y el avance sobre los territo-
rios ancestrales

La caída del gobierno de Rosas provocó una modificación en la política seguida


durante dos décadas, en las que las relaciones interétnicas entre la sociedad
"blanca" o hispanocriolla y las comunidades indígenas estuvieron signadas por
las negociaciones y los conflictos, en general, fueron de baja intensidad.

La confrontación entre el gobierno porteño y la Confederación entre 1854 y 1860


favoreció la unidad entre líderes indígenas, particularmente en torno a la Con-
federación liderada por Calfulcurá desde “Salinas Grandes”. El gobierno bonae-
rense intentó correr la frontera hacia el oeste mediante una violenta ofensiva,
incluso a las parcialidades con las que había establecido pactos, mientras que
Calfulcurá y los líderes ranqueles pactaban con Urquiza. La existencia de dos
gobiernos “blancos” daba la posibilidad de un mayor movimiento estratégico
a las parcialidades indígenas. El gobierno bonaerense finalmente sufrió varias
derrotas y debió volver a negociar con distintos líderes ranqueles: Catriel, Yan-
quetruz, entre otros.10

El proceso de organización nacional (1862-1880) marcaría una continua presión


sobre todas las comunidades originarias y recortaría progresivamente su mar-
gen de maniobra. Calfulcurá logró durante la década de 1860 impedir algunos
de los avances planificados por el gobierno nacional, pero finalmente fue derro-
tado en la batalla de San Carlos, en 1872. El fin de la guerra contra el Paraguay
(que terminó siendo otro genocidio perpetrado sobre el pueblo paraguayo por
las tropas de la Triple Alianza) y la represión de los últimos levantamientos fe-
derales (Chacho Peñaloza, Felipe Varela, López Jordan) liberaron las fuerzas del
Estado Nacional para que este intensificara su política de avance sobre los terri-
torios ancestrales originarios. A su vez, se intensificó la firma de tratados, política
impulsada por las autoridades nacionales para intervenir sobre las alianzas indí-
genas, eliminar resistencias y favorecer a los liderazgos indígenas más proclives
a las alianzas con los blancos, tratando sobre todo de debilitar a Calfulcurá. Los
liderazgos originarios intentaron, por su parte, negociar las mejores condiciones
o tratos posibles y/o frenar y resistir la política expansionista gubernamental,
enfrentando una correlación de fuerzas cada vez más adversa.

A partir de 1870, con el regreso de las tropas y de jefes de frontera de la gue-


rra contra el Paraguay, comenzó a darse un progresivo corrimiento en distintos
puntos de la frontera hacia el sur, con incursiones de las tropas sobre las tolde-
rías, tomando además el ganado indígena, haciendo numerosos prisioneros. En
esos años, otra de las políticas que comenzó a implementarse fue la de confinar
a los sometidos en la Isla Martín García, desde el año 1871, no como delincuentes
comunes (con causa y plazos de detención), sino como prisioneros de guerra,
sin tiempos determinados, por su condición de “indios” derrotados a cargo del
Estado argentino. La isla se convirtió en un campo de concentración que al me-
nos estuvo en vigencia hasta 1887.

El Gobierno buscaba cada vez más una sumisión total de parte de los líderes
indígenas aliados, que incluía, por ejemplo, enrolarse como miembros del Ejér-
cito en los distintos puestos de frontera. La respuesta de las parcialidades a la
continuada presión sobre las fronteras consistió en romper relaciones con el
gobierno y lanzar el malón grande de 1875, liderado por Namuncurá (hijo de Cal-
fulcurá), Pincén, Juan José Catriel y otros caciques, que reunió a parcialidades
aliadas y hostiles al gobierno, en una alianza que expresaba la última ofensiva
masiva contra las políticas que anunciaba Alsina: la decisión unilateral de correr
la frontera sin ningún tipo de contemplaciones ni concesiones, un último intento
por mantener la soberanía sobre sus territorios.
10 Este párrafo y todos los siguientes son una síntesis tomada de Nagy, Mariano, Op. Cit.
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La política de avance de la frontera desarrollada por Alsina, a partir de 1876, co-
locó al Ejército a las puertas de la Patagonia, con bases seguras y comunicadas
telegráficamente, con un aumento notable de su eficacia ofensiva. Esta estrate-
gia mostró el cambio de políticas de los años setenta, el fin de las negociaciones
y relaciones diplomáticas con las comunidades, realizando un avance unilateral
sobre sus territorios. No dio lugar a parcialidades amigas, planteó la homoge-
neización del enemigo y su destino, el sometimiento sin contemplaciones, más
allá de que hubieran estado enfrentados al gobierno o mantenido relaciones
pacíficas.

Política de exterminio y sometimiento

En 1878, un año antes del comienzo oficial de la mal llamada “Conquista del De-
sierto” (pues ese territorio estaba habitado), comenzó la ofensiva del Estado ar-
gentino contra los indígenas. Según datos recopilados por la historiadora Salo-
món Tarquini, las tropas nacionales asesinaron unos 400 indígenas y apresaron
aproximadamente a otros 4.500, contando 900 lanceros (guerreros) y más de
3.600 ancianos, mujeres y niños. Entre los prisioneros se contaban prestigiosos
caciques como Pincén, Epumer y Juan José Catriel.

Roca en 1879 inició la campaña oficialmente, arribando el 25 de mayo al Río Ne-


gro para enarbolar allí la bandera nacional, acción simbólica que vinculaba la
campaña con la Revolución de Mayo, como si fuera una gesta patriótica. Cinco
divisiones partieron desde distintos puntos de la frontera para arrasar el territo-
rio y apresar a las comunidades que habían huido producto de las incursiones
ofensivas previas. Según las memorias del Departamento de Guerra y Marina de
ese año, se apresaron 5 caciques principales, uno fue muerto (Baigorrita), 1.271
indígenas de lanza fueron tomados prisioneros y 1.313 resultaron muertos, 10.513
mujeres, niños y ancianos fueron tomados prisioneros y 1.049 reducidos.

Posteriormente se realizaron más expediciones para disciplinar y someter a dis-


tintas comunidades que aún resistían el avance del Estado. El cacique Sayhue-
que se convirtió en ese tiempo en el referente de la resistencia indígena. Este era
un importante líder del sur cordillerano, que desde la década de 1860 fue con-
centrando recursos y prestigio, construyendo un sistema de alianzas con otros
caciques, como Ñancucheo e Inacayal, en un espacio conocido como Gober-
nación Indígena de las Manzanas, tejiendo asimismo un entramado de alianzas
a ambos lados de la cordillera, en todo el territorio del Wallmapu (el territorio
mapuche). De igual forma realizó acuerdos con las autoridades nacionales. Es-
tos últimos acuerdos fueron violados por el avance de las tropas argentinas y de
este modo el cacique, que hasta ese momento había sido proclives a los pactos,
se convirtió en el último referente de la resistencia indígena, mostrando que en
buena medida el acordar o no con las autoridades del Estado nacional había
sido una cuestión táctica de diversas comunidades, tendientes -de acuerdo a
las cambiantes circunstancias y a las evaluaciones que cada una realizaba- a
sostener su autonomía. Las expediciones de conquista en el sur culminaron con
la rendición del cacique Sayhueque en junio de 1885.

De la expedición participó una comisión científica, periodistas, fotógrafos y un


grupo de religiosos católicos salesianos, entre ellos, el vicario general de la orden
Antonio Espinosa.

Posteriormente numerosos viajeros y personalidades científicas se internaron en


los territorios ancestrales. Así, el perito Moreno contaba que había recolectado
una gran cantidad de esqueletos y cráneos de los cementerios indígenas de
Azul y Olavarría, que posteriormente fueron expuestos en el Museo de Ciencias
Naturales de La Plata, donde Moreno era director. El cacique Inacayal fue con-

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finado en ese museo y obligado a trabajar allí. Otro intelectual orgánico de la
oligarquía, Estanislao Zeballos, también se dedicó a recolectar cráneos y esque-
letos en nombre de la ciencia. Él mismo lo expresó con duras palabras: “La bar-
barie está maldita y no quedarán en el desierto ni los despojos de sus muertos”.
Para estos científicos de mirada positivista, eran las reliquias de un pasado que
ellos querían contribuir a eliminar.

La campaña se financió en parte con fondos estatales pero en mayor medida


con un empréstito, que aseguraba a los tenedores de los bonos que se emitie-
ron el acceso a miles de hectáreas. Las tierras apropiadas fueron convertidas
en tierras públicas que luego se transfirieron a manos privadas a través tanto
de este empréstito como de posteriores remates o de “premios militares” por los
servicios prestados a los participantes de la expedición, sobre todo a las altas
jerarquías del ejército. La concentración de la tierra en pocas manos y la expan-
sión de las grandes propiedades (latifundios), dedicadas a la ganadería, fueron
las consecuencias más conocidas de estas políticas.

¿Cuál fue el destino de las comunidades sometidas?

Una parte de los indígenas murieron, no solo en el combate, sino también por
traslados a pie que se realizaron hacia los campos de concentración que se
establecieron. Martín García no fue el único sitio donde se los confinó. También
hubo campos de concentración en Puán (Buenos Aires), Valcheta y Chichinales
(Río Negro) y en Junín de Los Andes (Neuquén). Algunos contingentes asimismo
fueron concentrados en cuarteles militares de la Ciudad de Buenos Aires duran-
te la realización de la campaña, en Retiro, Palermo, Once y Chacarita.

Luego de su detención, los nativos eran obligados a marchar a pie escoltados


por el Ejército o por particulares contratados para llevarlos hasta los puntos de
embarque (barco o tren). Los que se cansaban por las extenuantes camina-
tas eran abandonados o directamente asesinados, algunos muy cruelmente.
Cuando llegaban a los campos de concentración se los clasificaba como “in-
dios presos”, si estaban aptos para el trabajo mientras que a los que tenían al-
guna afección se los catalogaba como “inútiles o débiles”, “en depósito”.

Como ha señalado Agamben para el caso del nazismo, en los campos se pro-
duce una suspensión temporal de las garantías legales y los detenidos son
puestos fuera de las reglas del derecho penal y del derecho carcelario, con los
que ni entonces ni después tendrán jamás nada que ver.11

Los sometidos serán utilizados en distintas actividades e instituciones dentro y


fuera de la isla. Esta ejerce como un campo de disciplinamiento y control sobre
los indígenas, que serán incorporados al Estado argentino como cuerpos dispo-
nibles. Muchos serán renombrados, tanto por el Ejército, como por la Iglesia, ya
que se consideraba que no tenían nombre, en una operación de borramiento
de su identidad.

El campo también procederá al reparto de los prisioneros de acuerdo a la cla-


sificación hecha previamente. Ese sistema de distribución se realiza hacia las
Fuerzas Armadas, hacia el servicio doméstico (las mujeres y lxs niñxs), o hacia
establecimientos productivos (estancias, ingenios, viñedos, canteras, etc.).

11 Agambem, Giorgio (1998) ¿Qué es un campo?, Artefacto. Pensamientos sobre la técnica. Buenos Aires, Nº 2, marzo, p. 53.
Citado por Nagy, Mariano, Op. Cit, pp. 198.

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Si bien existía un consenso en torno al avance de la frontera y la conquista del
territorio en la sociedad política argentina de aquel entonces, distintas voces
realizaron críticas sobre el sistema de distribución. Aristóbulo Del Valle, quien
fundaría años más tarde la UCR, criticó la política estatal de repartos en un dis-
curso parlamentario en los siguientes términos:

“Hemos reproducido las escenas bárbaras, -no tienen otro nombre- las esce-
nas bárbaras de que ha sido teatro el mundo, mientras ha existido el comercio
civil, de los esclavos. Hemos tomado familias de los indios salvajes, las hemos
traído a este centro de civilización, donde todos los derechos parece que de-
bieran encontrar garantías, y no hemos respetado en estas familias ninguno de
los derechos que pertenecen, no ya al hombre civilizado, sino al ser humano: al
hombre lo hemos esclavizado, a la mujer la hemos prostituido; al niño lo hemos
arrancado del seno de la madre, al anciano lo hemos llevado a servir como es-
clavo a cualquier parte; en una palabra, hemos desconocido y hemos violado
todas las leyes que gobiernan las acciones morales del hombre”. (A. Del Valle,
1884, cit. por Lenton, 2005).

Los beneficiarios del reparto de prisioneros fueron las propias autoridades milita-
res, miembros del Poder Judicial, integrantes de las clases dominantes, políticos
y empresarios, entre otros. Era de gran ayuda poseer algún contacto dentro de
la jerarquía castrense para hacer el pedido y lograr la entrega de los indígenas y
sus familias. A diferencia de la apropiación de niñxs durante la última dictadura
militar, los repartos tenían un carácter público, al punto que en los periódicos
se anunciaban los repartos ya realizados o se daba aviso del arribo de nuevos
contingentes de indígenas sometidxs, a fin de facilitar su apropiación por la elite.

En algunos (muy minoritarios) hubo una radicación de caciques y su gente en


colonias agrícolas pastoriles y/o en lotes de tenencia precaria en tierras públi-
cas, otorgados a un determinado jefe y su comunidad. La radicación de “gran-
des” caciques, otrora poderosos, era un medio de propaganda del éxito de la
soberanía nacional.

El Estado Nacional en forma paralela protagonizó otra gran campaña de con-


quista, la del Gran Chaco (que aquí no mencionamos), que resultó más extensa
en el tiempo, ya que la resistencia indígena se extendió hasta las primeras dé-
cadas del siglo XX. También hacia fin del siglo XIX se llevó adelante una política
de exterminio de la población originaria fueguina, donde colaboraron el Esta-
do y los estancieros. Entre 1885 y 1900, para estos grupos que eran pensados
como contingentes de máxima alteridad por nuestras clases dirigentes, esto es
los más “salvajes”, tendió a aplicarse la figura de las reducciones y/o misiones
como ámbito de disciplinamiento para controlar su movilidad e inculcar hábitos
de trabajo ligados a la práctica de la agricultura.

Bibliografía

ARGUMEDO, Alcira (1993) Los silencios y las voces en América Latina. Notas sobre el pensamiento nacional
y popular, Ediciones del Pensamiento Nacional, Buenos Aires.

QUIJANO, Aníbal (2011) Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina, en: LANDER, Edgardo (com-
pilador) La colonialidad del saber. Eurocentrismo y ciencias sociales, Ciccus, Buenos Aires.

MARTÍNEZ SARASOLA, Carlos (1992) Nuestros paisanos los indios, EMECE, Buenos Aires.

NAGY, Mariano (2015) Pueblos Indígenas y Estado: aportes para una reflexión crítica en el aula: Pampa y
Patagonia, Ministerio de Educación de la Nación, Buenos Aires.

12 de octubre - DÍA DEL RESPETO A LA DIVERSIDAD CULTURAL

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