La iniciación
El hombre avanzó tambaleante por el ambiente lleno de
adornos, sogas colgantes y otros objetos de atrezo. El piso
estaba cubierto de cables que serpenteaban en distintas di-
recciones. Su rostro denotaba una profunda preocupación.
Recostado con indolencia en una escalera, el demonio apa-
reció diciendo: “Lo hiciste bien”. Aterrado, apresuró el paso
apoyándose en todo. El demonio volvió a aparecer, esta vez
más cerca, para susurrar: “¡Me perteneces!”. Horrorizado,
ingresó al primer gabinete que encontró y se acuclilló, asus-
tado, pegando los brazos al pecho y apretando los ojos.
Un gran rumor de voces lo estremeció. El ruido aumen-
taba. Se secó el sudor con el revés de la mano. Salió y subió
las gradas de una angosta escalera a paso lento. Era su hora,
lo sabía. La luz de un reflector horadó la oscuridad y lo ilu-
minó cegándolo. Una multitud frenética gritaba su nombre.
El estruendo lo sofocó y se movió torpe, lleno de temor.
Alzó los brazos y se hizo el silencio. Se acercó al borde
y cerró los ojos. Meneó la cabeza con cadencia y un acorde
metálico vibró en el aire. Lentamente, estalló el rock.
Nadie notó que sus manos estaban manchadas de sangre.
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