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Vulkra, El Guardián Antiguo de La Luz

Vulkra, el guardián antiguo de la luz, narra la historia de Noemi Dubois, una mujer atrapada en un hospital psiquiátrico tras una mastectomía que la llevó a una crisis emocional devastadora. Mientras tanto, Vulkra, un guerrero de otro tiempo, aparece en la vida de una joven llamada Lyra, a quien salva de un destino oscuro, revelando su conexión con un pasado real y su identidad como princesa. La narrativa entrelaza el sufrimiento de Noemi con la lucha de Vulkra por proteger a Lyra, creando un contraste entre la desesperación y la esperanza.

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Li Carvallo
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Vulkra, El Guardián Antiguo de La Luz

Vulkra, el guardián antiguo de la luz, narra la historia de Noemi Dubois, una mujer atrapada en un hospital psiquiátrico tras una mastectomía que la llevó a una crisis emocional devastadora. Mientras tanto, Vulkra, un guerrero de otro tiempo, aparece en la vida de una joven llamada Lyra, a quien salva de un destino oscuro, revelando su conexión con un pasado real y su identidad como princesa. La narrativa entrelaza el sufrimiento de Noemi con la lucha de Vulkra por proteger a Lyra, creando un contraste entre la desesperación y la esperanza.

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VULKRA

EL GUARDIÁN ANTIGUO DE LA LUZ

LYZKNOCK
EDICIONES 2025
VULKRA - LYZKNOCK

2°. Ed.-Buenos Aires: R.P.

EDICIONES LYZKNOCK, 2002.

29 p.; 21x29 cm.

C. de esta edición: R.P. LYZKNOCK, 2025.

2. narrativa española 1. Titulo.


Queda hecho en depósito de la ley 11.723.

VULKRA
Escrita por
LYZKNOCK

COPYRIGHT FIRST ORIGINAL IMPRESSION 2002


COPYRIGHT SECOND REWRITTEN 2025

VULKRA,
EL GUARDIÁN ANTIGUO DE LA LUZ

COPYRIGHT 2002

1
VULKRA - LYZKNOCK

Desde la ventana del cuarto de aislamiento de Noemi Dubois, el viento suave mecía
las ramas de los árboles, una belleza inalcanzable a considerable distancia del
hospital psiquiátrico. Un centro médico que, para ella, no era otra cosa que una
cárcel de experimentos y torturas.
Allí había terminado Noemi Dubois. Vestida con su bata blanca, parada frente a las
ventanas enrejadas, observaba pacíficamente el vaivén de los árboles.
Ella estaba recordando por qué estaba allí. Tenía treinta años de edad y, antes, una
vida hermosa: estudios de literatura casi terminados, la decisión de posponer la
maternidad, una casa acogedora en los suburbios y un hombre bueno que la amaba.
Sin embargo, un día el bulto apareció: cáncer. La mastectomía radical le salvó la vida,
pero la operación también la empujó a una crisis demoledora. Era por eso que
estaba allí. Su esposo era bueno, pero no pudo contener los ataques de furia y la
rabia que sentía por la mutilación. Ella pensaba que ya no era una mujer; era un
fenómeno. Estaba convencida de que era cuestión de tiempo para que la dejara por
alguien más, alguien que ella misma supiera cómo definirse.
Se acarició el cabello corto que tenía, le habían cortado el pelo, y luego bajó esa
misma mano hasta debajo de su axila. Allí su bata estaba húmeda por las
secreciones de la cirugía, que aún no habían cerrado. Su rostro expresó asco y se
limpió la mano con la misma prenda. De repente, sus ojos negros, sobresaltados,
giraron hacia la puerta blanca, la cual se abrió con la llave.
—Era hora de las torturas —pensó.
Los dos enfermeros corpulentos no perdieron tiempo. Uno la tomó del brazo
izquierdo, el otro la agarró del derecho. Noemi no se resistió; el brazo izquierdo de la
cirugía le dolía, sus fuerzas la habían abandonado y sus cicatrices le picaban con esa
sensación de querer arrancarse la piel.
Fue arrastrada. Las suelas de sus zapatillas de tela rasparon el linóleo frío del piso. El
largo pasillo del hospital se extendía ante ella como un túnel blanco e interminable.
La detuvieron frente a una puerta de metal. El olor a desinfectante se mezclaba con
un vago, metálico e irritante olor a ozono. Estaban en la sala de la Terapia
Electroconvulsiva (TEC).
Dentro, había una camilla con correas gruesas y un aparato de aspecto intimidante,
lleno de cables y diales. Un médico, con el rostro serio y sin emoción, los esperaba.
Noemi lo miró, y solo vio a un verdugo clínico.
La subieron a la camilla. Las correas se ajustaron a sus muñecas y tobillos. La
enfermera se inclinó para colocar una pieza de goma en su boca, un mordedor para
evitar que se mordiera la lengua.
Noemi cerró los ojos con una desesperación final.
—¡Él ha despertado! —gritó por dentro, intentando sofocar el sonido de su propia
respiración agitada.
El olor a humo prevalecía por encima de los demás.
—El guerrero más fuerte de todos, Vulkra—.

2
VULKRA - LYZKNOCK

Era de tarde en la gran ciudad. Altos rascacielos de cristal y oficinas se alzaban sobre
enormes centros comerciales. El aire pesado olía a monóxido de carbono por el
tráfico de los coches grandes y cuadrados. Todos tenían prisa, nadie miraba a nadie;
a nadie le importaban los problemas del otro. Sin embargo, las personas que vestían
pantalones de campana y chaquetas de cuero no pudieron evitar notar a un hombre
alto, grande y extraño cubierto con una capa negra. Era evidente que no pertenecía
a esa década.
Él era fornido, poderoso, de cabello largo y negro, ojos verde oscuro, de unos treinta
años. Debajo de su capa, llevaba puesto su traje militar de la época antigua: su ropa
era ligera y práctica. Su torso estaba cubierto por una túnica de lino grueso, de un
color tierra desvanecido por el tiempo y el polvo, ceñida a la cintura por un ancho
cinturón de cuero curtido. Sobre ella, un peto ligero de cuero endurecido, tachonado
con placas de metal oscuro, protegía su pecho y abdomen sin restringir el
movimiento.
Sus brazos, musculosos y tensos, estaban envueltos en brazales de cuero que se
extendían hasta los codos. Los pantalones, de lana oscura y ajustada, se metían
dentro de unas botas altas de cuero blando.
En su espalda, llevaba un escudo redondo de madera de roble, reforzado con un
borde de hierro y un umbo central (la parte central sobresaliente) de un metal
oscuro y pulido. Y a su costado derecho, colgando de su cinturón, iba su fiel
compañera: una espada larga de doble filo. No era excesivamente ornamentada,
pero su hoja, forjada por artesanos antiguos, brillaba con un filo letal. La
empuñadura, de cuero envuelto, prometía un agarre firme incluso en la batalla más
feroz. Vulkra era un guerrero para el movimiento constante, no para la fortaleza
estática.
—¿Dónde es la fiesta de disfraces, amigo? —dijo un muchacho burlón al de la capa,
mientras caminaba a su lado por la acera.
Sus ojos verdes y fríos cayeron en los del insolente muchacho, quien rio por lo bajo.
—¿Qué año es? —preguntó Vulkra, con una voz gruesa y espesa, capaz de
amedrentar a cualquiera.
El muchacho se asustó y huyó de él. Vulkra continuó caminando, observando una
alta catedral a varias manzanas de distancia.
Una preciosa joven de quince años, de cabello largo y negro y ojos de color marrón
claro, vestida con un uniforme escolar, ofrecía comida a los indigentes que estaban
sentados en los escalones de la catedral. Ella les sonreía con un aire de tristeza,
mientras miraba esos rostros cansados y sucios, quienes, por el contrario, gozaban al
verla.
La muchacha ingresó a la iglesia y, acercándose a un banco, se dispuso a rezar,
cerrando los ojos y entrelazando sus dedos frente al altar.
—Deberías apresurarte para ir a casa, Lyra —dijo un cura con una cara de evidente
preocupación. Él le alcanzó el maletín que ella había dejado en el piso.

3
VULKRA - LYZKNOCK

Lyra caminaba apresurada hacia una zona suburbana cuando, de repente, un auto
grande se detuvo junto a ella. La joven se alteró. Una de las puertas traseras del
vehículo se abrió, revelando a una mujer rubia con abundante maquillaje.
—No hagas tu vida más miserable, Lyra —dijo la señora desde el auto.
Luego, la escena cambió. En un gran salón iluminado con luces rojas, personas
yacían esparcidas, bebiendo, hablando; en lugares menos iluminados, algunas se
revolcaban en unos sillones.
Un grupo varonil miraba con interés a Lyra, quien se encontró sentada en uno de
esos sillones sin nadie a su alrededor. Ella lucía nerviosa, mirando la puerta de la
salida.
—No creí encontrarte en este lugar —mencionó un hombre del grupo que se acercó
a la niña—. Te he visto ayudar a las personas y a los animales indefensos —agregó
con una sonrisa cruel—. Vamos al privado.
—Es mi primera vez, sea suave, por favor —susurró Lyra, cabizbaja y avergonzada.
El hombre extendió su mano hacia la joven, pero Vulkra atajó su brazo con una
fuerza tan demoledora que pareció que iba a romperlo. El hombre gritó de dolor y
terror.
Lyra se paralizó de miedo al ver al guerrero. Vulkra lanzó al hombre contra la pared y
bajó la vista hacia la niña, con una serenidad que podía cortar el aire.
Seguidamente, las personas, impresionadas, se alejaron. En su lugar, llegaron dos
hombres corpulentos; uno de ellos lo apuntó con un arma.
—Alza las manos y voltéate —dijo el del arma.
Con la velocidad de un rayo, Vulkra se giró, desenvainó su espada y, lanzando un
golpe, perforó el arma de fuego con un solo movimiento. La pistola, dividida, cayó al
piso. Los dos de seguridad estaban asombrados. Su compañero reaccionó e intentó
propinarle un puñetazo. Sin embargo, el guerrero interpuso su espada, la cual
detuvo su ataque y lo hizo retroceder, gimiendo de dolor mientras se apretaba la
mano.
En tanto, Lyra avanzaba lentamente hacia la salida, aferrada a la pared y mirando
aterrada a Vulkra, quien se giró hacia ella y envainó su espada.
Ella, boquiabierta, atinó a cubrirse la cara con sus brazos cuando él se acercó. Vulkra
extendió su capa y envolvió a la chica con ella.
En breve, el guerrero salió de esa propiedad, corriendo a una velocidad inhumana,
sujetando el cuerpo de la joven debajo de su capa.
Los faroles de un extenso parque del vecindario se iluminaron en la temprana noche.
El lugar estaba solitario. Allí, Vulkra, de pie, descubrió con lentitud su capa y Lyra
cayó de él sobre la hierba. Sentada, ella alzó la cabeza hacia él, que le pareció una
montaña inexpugnable de terror.
—Tu luz es la misma, pero te ves diferente, princesa Anya —dijo él, observándola
detenidamente.
—¿Cómo... cómo me dijo, señor? —preguntó Lyra entrecortada, temblando.

4
VULKRA - LYZKNOCK

Lyra miró atónita cómo ese hombre extraño y poderoso se arrodilló ante ella para
reverenciarla con respeto.
—Disculpe, Su Majestad Anya —dijo con una voz más suave y los ojos cerrados—.
Entiendo que usted no me recuerda, princesa. Mi nombre es Vulkra, soy su guardián
real, Su Majestad Anya.
Con sus ojos fijos en ella, él se puso de pie.
—Mi guardián real... —susurró ella con una evidente confusión.
Lyra era incrédula. Justo cuando había cruzado la línea y aceptado prostituirse por
necesidad, apareció el guerrero con armadura. Se había justificado a sí misma: el
sexo no sería un sacrificio si lograba disfrutarlo, y el dinero era esencial para seguir
ayudando a los demás. Era una lógica infantil y desesperada, pero en su casa era
invisible; sus padrastros apenas le hacían caso. Nadie la controlaba.
No sabía qué pensar de Vulkra; era tan extraño, pero tan real como el frío viento que
corría en ese parque.
Él debía estar demente o debía estar equivocado de persona. Lyra no era una
princesa, solo era una muchacha común con malas calificaciones, que solo quería
ayudar a los demás.
Vulkra le tendió la mano para ayudarla a levantarse.
—Señor, usted... debe confundirme con otra persona. Me llamo Lyra, no Anya —dijo
ella, retrocediendo, atenta a cualquier reacción—. Agradezco su ayuda, pero debo
volver a casa... Adiós.
Ella corrió lo más rápido que pudo, aunque al levantar la vista, rebotó contra el
pecho de Vulkra, que se había adelantado con su increíble velocidad, y cayó
abruptamente al suelo. Lyra permaneció aturdida por un momento. No podía
escapar de él.
—Nunca te alejarás de mí. No permitiré que nadie ni nada extinga tu luz —dijo con
su voz grave, cargada de firmeza y severidad.
Ella, agitada, alzó la vista, regresando a su susto.
—¿De qué habla? Por favor, déjeme ir...
Esa vez, Lyra procuró incorporarse por sí misma, pero se asombró al ser levantada
por la espalda y las piernas. Pronto, sus mejillas se encendieron de vergüenza.
—La llevaré a su aposento, princesa Anya.
—¿Mi qué...? —susurró ella, atontada de tener a ese hombre tan cerca—. Es muy
apuesto, usted.
Vulkra, con la serenidad que lo caracterizaba, clavó sus ojos verdes punzantes en los
marrones de Lyra. Ella, a pesar del miedo, no podía ocultar que ese hombre que
acababa de conocer, y que la había salvado de un destino terrible, le resultaba muy
atractivo.
Sin dejar de mirarlo, Lyra alzó su mano tímida y temblorosa hacia el rostro de él. Sin
embargo, soltó un grito cuando él empezó a correr. Vulkra no se detuvo. Por ahora,
el destino era la casa de la niña.

5
VULKRA - LYZKNOCK

El médico asintió y la descarga fue instantánea. En la sala de TEC, la luz pareció


estallar y el mundo de Noemi Dubois se apagó en un chasquido.
Cuando su consciencia regresó, fue un regreso brutal, lleno de confusión y dolor.
Noemi no podía distinguir el recuerdo del metal de la camilla del filo de una espada.
Le quitaron las correas. Los enfermeros la arrastraron de nuevo al pasillo, ahora con
una prisa descuidada. El dolor punzante en sus músculos era como si hubiera librado
una batalla real y hubiese perdido; de hecho, nunca sería capaz de ganar. Su lengua
estaba magullada por la mordaza y sentía un sabor metálico y amargo.
Pero lo peor era la cabeza. Sentía que su cerebro se había quemado y encogido, un
espacio vacío y humeante. El terror no provenía de una amenaza, sino de un hueco:
el vacío de no poder recordar nada de lo que la había mantenido cuerda hasta ese
momento.
—Está limpia, señora Dubois —dijo el enfermero con voz monótona al dejarla caer
sin delicadeza sobre la cama de su cuarto. La bata se había corrido de su torso,
revelando las cicatrices rosadas de la mastectomía. Ella no tuvo la fuerza de
acomodarla. Y nadie lo hizo; la dejaron ahí como si fuera un trapo viejo.
Permaneció espantada, con los ojos bien abiertos mirando el techo. No había
lágrimas, solo un terror vacío. El TEC no solo intentaba curar su “demencia”, sino que
había dejado una huella física y mental peor que la cirugía: el olvido.
—Se estaban llevando la única cosa que me quedaba—, pensó. La palabra Vulkra se
sintió extraña, sin significado. El nombre de la doncella, Lyra, era un zumbido blanco
y persistente que no lograba decodificar.
Ahora la realidad de Noemi Dubois fue el olvido y la agonía física. La historia de
Vulkra y Lyra quedó suspendida en el aire, como si los personajes se hubieran
quedado congelados, esperando que Noemi recupere su memoria.
Pasaron horas. El zumbido del aparato de TEC resonaba aún en sus oídos, un eco
eléctrico y persistente que se había convertido en la banda sonora de su
confinamiento. No era la primera vez que la “limpiaban” y no sería la última, pero el
horror era siempre nuevo.
Yacía en la cama, donde la habían arrojado. El dolor muscular era familiar, una
punzada profunda y agotadora que la hacía sentir como si su cuerpo, desprovisto de
un seno, ahora hubiera sido también despojado de sus huesos. La bata sucia y mal
ajustada se clavaba en sus hombros.
Pero el verdadero terror no estaba en la carne, sino en el vacío mental. Noemi sabía
que le habían robado algo. Luchó por entender qué.
Era una sensación desesperante: un archivo mental que estaba justo ahí, al alcance
de la mano, pero que cada vez que intentaba agarrarlo, se disolvía en humo caliente.
Un nombre, una imagen, un color...
Intentó reconstruir el mundo. Empezó por la ventana, el único lugar que ofrecía una
verdad: las rejas, el cielo, el viento. Luego, se obligó a sí misma a tocar las cicatrices
de su pecho. El cáncer la había mutilado; el hospital intentaba mutilar su mente.

6
VULKRA - LYZKNOCK

Tenía que recuperar el cuento. Era su armadura, su coartada. Si quería salir de ese
espantoso lugar, no podía permitirse el lujo de la “demencia”. Debía ser la paciente
dócil y curada que los médicos esperaban, y para eso, necesitaba que Vulkra
estuviera a salvo. Necesitaba que él continuara la misión.
Vulkra. El nombre.
El intento de recordarlo era como un relámpago de dolor que le hacía apretar la
mandíbula. ¿Era un lugar? ¿Un nombre? Se forzó. Un guerrero. Su guardián. El
protector de Lyra.
Con un gemido de esfuerzo, las palabras llegaron:
—Vulkra... —susurró, y el sonido se sintió ajeno, pero real.
—Lyra... —La segunda palabra fue más firme.
La historia regresó en fragmentos borrosos: un hombre alto, una capa negra, una
ciudad ruidosa, y Lyra en peligro.
Noemi cerró los ojos y se enfocó en el dolor muscular, transformándolo en la
armadura fría de su campeón. El sabor metálico de la boca era ahora el sabor a
hierro de la espada.
Ahora que tenía la llave de regreso, tenía que seguir la historia. Vulkra estaba
corriendo con Lyra en sus brazos. Había que continuar.
El guerrero Vulkra llegó a una gran casa de los suburbios, saltando sin esfuerzo hacia
uno de los dos balcones de la propiedad con la niña en sus brazos. Ella no podía
dejar de asombrarse de su destreza extraordinaria.
Los pies de Lyra tocaron el piso. Ella se apresuró a abrir la ventana de su dormitorio.
Ambos entraron en silencio. Lyra encendió la luz, como si la electricidad fuera a
protegerla de ese bárbaro, quien, intentando disimular su extrañeza, recorrió con
sus ojos ese peculiar ambiente.
La habitación era de color rosa, aniñada, con abundantes peluches y juguetes
propios de una niña. Sin embargo, todos ellos estaban en sus envoltorios originales.
—Disculpe el desorden, señor... ¿Cómo me dijo que se llamaba, señor? —dijo
nerviosa, tomando un peluche que colocó contra su pecho—. Pero ¿cómo supo
dónde vivo?
—Princesa Anya, me gustaría que recuerde —respondió Vulkra con un tono de
enfado contenido. Retiró de sus atuendos una cinta celeste, de la más fina seda y
brillante. Se acercó a ella y se la enseñó, desplegándola sobre las palmas de sus
manos—. Este listón es de tu cabello, Majestad. Usted me lo obsequió como símbolo
de...
Lyra permaneció estupefacta, la mirada fija en él, escuchando cada palabra, pero sin
comprender nada. Vulkra se serenó y ocultó la cinta. En ese momento, la muchacha
sintió una angustia punzante al no poder comprender lo vital que ese hombre
intentaba decirle.
—¡Ya me acordé! Usted me dijo que se llama Vulkra —dijo ella, animándose—. Por
favor, le ruego que me disculpe, es que soy muy torpe —confesó con pena.

7
VULKRA - LYZKNOCK

—Usted es la luz, princesa An... princesa Lyra —dijo con firmeza, corrigiéndose—.
Usted es capaz de hacer lo imposible, y su bondad es tan grande que nada en este
mundo la supera.
Los ojos de Lyra brillaron al ser descrita de esa manera. Deslumbrada, dejó el
peluche a un lado y tomó las manos del guerrero.
—Es la primera vez que me dicen algo tan bonito, señor Vulkra. Es muy amable…
Lyra, sonrojada e insinuante, acercó su cuerpo al de él. Cualquier otro hombre se
habría sentido intimidado y, a la vez, deseoso de la proximidad de una jovencita tan
inocente y entregada. Sin embargo, Vulkra se mantuvo como una roca,
inquebrantable. Quizá la amaba, quizá ella era su amada princesa de otro tiempo
que él buscaba. Clavó sus ojos verdes en los marrones de Lyra, el gesto tenso por la
clara molestia.
—Podemos hacerlo aquí. Nadie está en casa —susurró la niña, parándose en la
punta de sus pies para intentar acercarse más a su rostro.
—Su majestad Lyra, un comportamiento como ese no es digno de una princesa.
—No soy una princesa, señor Vulkra —respondió, avergonzada. Se separó un paso
de él y bajó la cabeza, triste.
—Sí, lo eres y ellos también lo saben —murmuró Vulkra, con un enfado más
evidente.
Lyra levantó la cabeza, sorprendida, hacia él. El guerrero se giró hacia un gran espejo,
fijando la vista en su reflejo. Quizás buscaba calmarse para no hablar más de la
cuenta y no asustar a la muchacha.
—¿A quiénes se refiere, señor Vulkra? —preguntó Lyra, con incredulidad.
—Princesa Lyra, por ahora debe entender que usted tiene un don especial, y es por
ello que las personas se sienten encantadas con usted...
—¡Es porque me gusta mucho ayudar a los demás, señor! —interrumpió ella,
recuperando su alegría. —Disculpe, ¿no tiene hambre? —dijo, frotándose el
estómago, apenada—. Bajemos a la cocina a comer, señor.
Esa vez, el guerrero miró el reflejo de la niña, que salía de la habitación, con evidente
preocupación.
Lyra bajó la escalera con prisa. El guerrero la siguió.
La casa era el prototipo de la prosperidad de clase media en los setenta. Abajo, el
salón principal se extendía con una mezcla de ambición y confort. El aire
acondicionado, un lujo de la época, mantenía la atmósfera artificialmente fresca. El
piso de parqué crujía ligeramente bajo el peso de Vulkra. Las paredes estaban
cubiertas, en su mayor parte, por un papel tapiz estampado, con grandes diseños
geométricos en tonos tierra y naranja quemado. Un gran televisor presidía la sala,
junto a un sofá forrado de pana marrón y cojines de grandes estampados.
Lyra se dirigió hacia la cocina. El largo pasillo que conectaba los ambientes
reverberaba con el silencio. La casa tenía todas las comodidades que el dinero podía
comprar, pero carecía de vida. Solo ellos dos se encontraban allí.

8
VULKRA - LYZKNOCK

Mientras Vulkra la seguía, asimilando la extraña decoración, Lyra murmuró,


rompiendo el silencio:
—Mis padrastros casi nunca están. Viajan mucho, por negocios, o por placer. La
señora Inés, la que limpia, viene por las mañanas. El resto del tiempo... —encogió los
hombros—. El resto del tiempo la casa es solo mía.
El guerrero miró la amplitud de ese hogar silencioso y supo que esa soledad era tan
peligrosa para la Princesa Anya como cualquier enemigo del campo de batalla.
Tal vez era la madrugada cuando Noemi Dubois, tendida en la cama de su reducida
habitación, se acomodó la bata y lentamente extendió la sábana para cubrir su
cuerpo. Claramente, las secuelas del TEC permanecían en ella: el dolor muscular y el
zumbido persistente en la cabeza. Sin embargo, se permitió sonreír apenas al saber
que su consciencia continuaba viva.
Y, sobre todo, que podía seguir con la historia de Vulkra y la Princesa Anya, ahora la
Princesa Lyra. Esa ficción, el único refugio que le quedaba, continuaba sobreviviendo
al electrochoque.
Luego de comer, Vulkra se encontró en la alcoba principal de los padrastros de Lyra.
Uno de los extensos armarios estaba repleto de fina ropa de hombre, la mayoría
trajes de alta calidad. Él, visiblemente molesto, desvió la mirada hacia su reflejo en el
espejo de las puertas del mueble. Si quería ser discreto y convertirse en el guardián
apropiado de Lyra en este nuevo mundo, debía cambiarse de atuendo.
Detrás de la puerta del dormitorio, Lyra sonreía con ansiedad al imaginar cómo
estaría vestido su nuevo amigo.
De repente, la puerta fue abierta con cierta brusquedad. Lyra, sobresaltada, se giró
hacia el interior de la alcoba.
—Oh, señor, ¿acaso la ropa de mi padre no es de su talla? —dijo ella, un poco
decepcionada al ver que él aún estaba cubierto con su amplia, gruesa y negra capa.
Con el ceño fruncido, él extendió sus brazos para revelar el traje oscuro debajo de su
capa. Lyra tragó saliva. Vulkra no se había quitado la armadura: portaba su espada
en el cinturón, su redondo escudo prendido a las correas de su espalda, sus
brazaletes y sus botas. La seda del traje de los setenta cubría el acero de un mundo
antiguo.
Lyra, boquiabierta, estaba fascinada: ese traje lo hacía aún más atractivo de lo que
ya era. Su padrastro era un hombre obeso y alto, por ello desde el principio ella
pensó en utilizar su ropa para Vulkra, corpulento de puro músculo macizo.
—¡Está hermoso, señor Vulkra! —dijo ella, sin poder disimular su asombro—. Usted
es mi novio, señor. No puede rehusarse, usted dijo que yo soy una princesa. —Ella
levantó sus manos con una expresión de reclamo.
Con lentitud, él bajó sus brazos y le sonrió con total sinceridad. Por su sonrisa, ella
volvió a fascinarse y el gozo regresó a su rostro. Él mantuvo el silencio porque, de
hecho, Lyra tenía el poder de mandarlo, y él debía obedecer, pero por encima de
todo, él debía protegerla.

9
VULKRA - LYZKNOCK

—Sé que soy muy joven para usted, pero prométame que no se irá… —dijo ella con
profunda melancolía—. A pesar de que todos son mis amigos… estoy muy sola.
—Se lo prometo, Majestad Lyra —contestó Vulkra, con absoluta seriedad.
Más tarde, las luces del dormitorio de la niña se apagaron y ella, pronto, quedó
profundamente dormida en su cama. Era como si la muchacha supiera con absoluta
certeza que ese hombre extraño realmente estaba allí para cuidarla, que podía
confiar plenamente en él. Después de muchos años, no estaba sola en esa enorme
casa. Sentía que Vulkra era un guardián muy especial, venido directamente del cielo.
El guerrero la miró dormir por un momento, pero luego caminó hacia la ventana. Al
correr las traslúcidas cortinas, notó la presencia de un sujeto en la oscuridad de la
calle. Este estaba bien vestido con un saco largo, fumaba y miraba fijamente a Vulkra
con unos ojos encendidos de pura maldad.
El guerrero deslizó la hoja de la ventana lo más silencioso posible para no despertar
a Lyra, mientras con su otra mano alcanzaba la empuñadura de su espada. Iba a
atacar a ese desconocido y horrible individuo, quien, sin embargo, tiró su cigarrillo y
se alejó rápidamente en la oscuridad.
A la mañana siguiente, Lyra y Vulkra caminaban por la acera hacia la escuela. Ella
vestía su impecable uniforme escolar y él su elegante traje, con la capa negra
cubriendo estratégicamente su espada y escudo. Esta vez, Vulkra no llamaba la
atención de los demás, pero él igualmente se encontraba molesto y en alerta.
El siniestro hombre del cigarro de la noche anterior era solo un aviso: la tragedia era
inminente. A pesar de ello, Vulkra quería que su princesa Lyra tuviera una vida
normal hasta el último momento posible.
—¡Ay! Ahora sí me regañarán mis maestros por perder mis apuntes —se lamentó la
niña, mirando su nuevo portafolio, el cual estaba casi vacío.
Pero pronto, Lyra se encogió de hombros, riendo con esa tristeza inherente a su voz.
—Bueno, de todas formas no habrá mucha diferencia por lo torpe que soy.
Vulkra se detuvo, obligándola a parar también. Clavó sus ojos verde oscuro en los de
ella, y su voz, aunque grave, se suavizó con la solemnidad de un juramento.
—La torpeza es la debilidad de la carne, Majestad Lyra. Y la carne envejece y falla. —
Hizo una pausa, y su mirada se volvió intensa—. Tu luz es el espíritu, y el espíritu no
conoce la torpeza.
Lyra entró al colegio. Allí sus compañeros la saludaron y sus amigas la abrazaron con
cariño. Era un enorme edificio de varias plantas, con espacios de gimnasia y patios
externos, que ocupaba toda una manzana.
Ella, preocupada e intentando mostrar felicidad, fue llevada por sus amigos al
interior. No podía dejar de voltear hacia atrás, buscando a su amado Vulkra, que la
observaba inquebrantable desde las puertas. Las cuales, en breve, se cerraron.
Una vez que las puertas se cerraron, Vulkra desabrochó el escudo de su espalda. Su
escudo redondo de madera, con borde de hierro. Este fue depositado en el piso, e
inmediatamente comenzó a rodar por sí solo, alejándose de la entrada.

10
VULKRA - LYZKNOCK

El perímetro era demasiado grande de abarcar para una sola persona; por ello,
Vulkra usó su escudo para proteger a Lyra. El escudo se hizo invisible e inofensivo
para las personas ordinarias que transitaban por allí. Este rodaba alrededor de la
manzana sin detenerse. En breve, ya había completado la primera vuelta de
vigilancia.
Mientras un profesor explicaba la lección en la clase, Lyra estaba completamente
inmersa en sus sueños con su guerrero. En lugar de anotar las lecciones, como sus
amigos, ella escribía: “Yo amo a Vulkra” por toda la hoja.
Pensaba en casarse con él de inmediato; no tendría problemas con el
consentimiento de sus padres. Vulkra sería capaz de conseguir cualquier trabajo,
tendrían su propio hogar, y no importarían mucho las riquezas, solo lo suficiente
para vivir sin preocuparse demasiado. Ella sería una buena esposa y madre, porque
siempre soñó con tener muchos hijos. Les enseñaría a ser buenos con todos,
generosos, trabajadores, y, lo más importante, a que pudieran poner su granito de
arena para hacer este mundo mejor.
Vulkra caminaba lentamente, con un aire de melancolía profunda en su rostro,
mientras apreciaba la cinta celeste brillante de la Princesa Anya. Él pensaba que la
volvería a ver tal como la recordaba. Lyra era muy diferente; su luz era exactamente
la misma que Anya, de eso no tenía dudas, pero su carácter y su físico no lo eran. No
obstante, si tenía que pasar la eternidad cuidándola, lo haría. Esta vez no fallaría.
De pronto, él se giró abruptamente y furioso al escuchar un golpe seco.
Su escudo seguía rodando, pero había sido golpeado por alguien o algo. Al otro
extremo de la manzana, había dos sujetos. Ambos vestían finos trajes y sacos largos
negros. Poseían una mirada aterradora e irritada mientras pateaban una pared
invisible sin éxito: el escudo de Vulkra.
Los dos perversos hombres se giraron hacia el guerrero, quien estaba a pocos
metros de ellos, con su espada en alto.
—¡Entrega a la chica ahora! —le gritó uno de ellos con énfasis brutal.
Vulkra, con su increíble velocidad, avanzó contra ellos. Los atacantes se movieron
ágilmente, separándose uno del otro. El guerrero siguió al primero que, con un
movimiento rápido de la hoja de acero, fue acomido de forma fatal. Sin embargo,
este continuó escapando. Por otro lado, el segundo rival se acercó a Vulkra y arrojó
una gran lanza hacia él.
Afortunadamente, Vulkra se giró y rechazó el ataque con su espada. Pero, justo en
ese instante, el primero le propinó un fuerte puñetazo en el estómago que le hizo
retroceder varios pasos.
A lo largo de todo el suceso, las personas se alejaron asustadas; solo muy pocas
permanecieron en su sitio, fascinadas por la pelea
Esos hombres espantosos eran casi tan fuertes y habilidosos como Vulkra, quien,
lejos de amedrentarse, levantó su arma en posición de batalla. El sujeto que había
sido herido regresó corriendo, también armado con una lanza.

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VULKRA - LYZKNOCK

Vulkra se abalanzó hacia el herido a la vez que el otro fue a buscar su arma.
Luego, el guardián de Lyra saltó varios metros en el aire y aterrizó sobre su enemigo,
quien, esta vez, gimió de horror al ser apuñalado en su estómago por la espada. La
punta perforó el piso de la acera. En ese instante, se abrió una grieta. Vulkra se
apartó unos pasos y desvió la mirada. Sus ojos irritados permanecieron fijos, sin
parpadear, cegados por su desquite.
Vulkra sabía que ese sujeto ya no volvería a este mundo: desde la grieta salió fuego
que abrazó al hombre, que gritaba con locura y luchaba por no desaparecer en ese
infierno. Su apariencia humana era un disfraz; su verdadero ser fue tragado en esa
grieta que en segundos se cerró. La figura humana se convirtió en polvo, al igual que
la lanza.
Vulkra vigilaba al otro de la lanza, que lo miró con sus ojos rojos de rabia e incluso
mostró sus dientes apretados, derramando saliva.
—Ella tampoco es Anya. ¿Por qué la proteges? —dijo ese individuo.
—Por la misma razón de siempre—respondió Vulkra.
Ese siniestro hombre se rio con crueldad.
—Pronto te arrepentirás de traicionarnos… La chica no es tan importante como el
destruirte, Vulkra.
El guerrero no respondió. Apenas le sonrió con burla, bajando su espada. No hacía
falta responderle a ese sirviente del mal. Vulkra no estaba allí protegiendo a Anya,
sino a Lyra, quien, mientras tuviera esa luz, era para él el tesoro más valioso del
universo. Todos decían que Dios nos había abandonado, pero no era así, y Lyra era la
prueba de ello.
La furia regresó a ese sujeto, que escupió el piso y se marchó velozmente. La batalla
estaba comenzando.
Más tarde, una patrulla llegó al lugar de los hechos, pero solo tomaron notas de
algunos pocos testigos, ya que no había heridos ni cuerpos que peritar; solo huellas
de que una riña se había consumado. Nadie se atrevió a señalar a Vulkra, que
vigilaba desde una esquina, en solitario. Finalmente, la policía se retiró.
Hacia la tarde, las puertas del colegio se abrieron. Lyra fue una de las primeras
alumnas en salir. Ansiosa y contenta por ver a su amado guerrero, lo encontró en la
misma esquina. Corrió hacia él y lo abrazó con fuerza alrededor de su torso. Vulkra
no demostró dolor, aunque justo allí había sido magullado por el puñetazo.
—Princesa Lyra, ¿cómo estuvo su día de clase? —preguntó Vulkra, con formal
seriedad.
Ella, tímida, se encogió de hombros y le sonrió con picardía.
—Muy bien, señor Vulkra.
Ahora, el escudo rodaba alrededor de la manzana de la casa de Lyra. Vulkra, parado
junto a la ventana de la sala, vigilaba y bebía pausadamente de su copa, en tanto
que ella, arrodillada en la baja mesa del centro del ambiente, copiaba apuntes de un
cuaderno a otro.

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VULKRA - LYZKNOCK

Apenas había escrito unas líneas de la lección, pues la fascinación y la atracción que
sentía por él le impedían concentrarse. Esa vez, podía ver su espalda porque él se
había quitado la capa y su escudo continuaba su “patrullaje” invisible afuera. El calor
le subió a las mejillas al pensar en sus crecientes deseos de mujer; mordió la punta
de su lápiz y empañó el vidrio de la mesa con sus manos temblorosas. Estaba
decidida a actuar: si Vulkra no hacía el primer movimiento, ella tenía que decírselo.
—Señor Vulkra —dijo, casi tartamudeando, nerviosa—. Siéntese a mi lado.
Él se giró con lentitud, sereno, con sus ojos fijos en los de ella. Caminó hasta la mesa,
donde depositó su copa, y se sentó con las piernas entrelazadas sobre la alfombra, a
centímetros de ella.
Lyra sentía que ardía por dentro; sus palpitaciones se aceleraron y sus pupilas se
dilataron ante Vulkra, quien mantuvo su mirada serena, inexpugnable, sin expresar
nada. Por un momento, él bajó la vista hacia los cuadernos y frunció el ceño,
mientras ella se acercaba, pegada a él, otra vez con esa mirada insinuante, llena de
ardor.
—Majestad Lyra…
—Bésame —lo interrumpió ella, aferrándose a su musculoso brazo de roca.
Se miraron a los ojos, sus miradas estaban a la misma altura. Él seguía impasible,
pero enojado; en cambio, ella no tuvo miedo. El cariño que le tenía era tan grande
que desplazó el miedo, un sentimiento tan poderoso que creció en tan poco tiempo.
—No puedo, Princesa Lyra.
—¿Por qué no? —susurró, triste.
—Podría… —bajó la vista por un instante—. Podría extinguir tu luz, Majestad Lyra.
—El amor que siento por usted nunca podría extinguir la luz… —dijo ella suave, con
la dulzura más grande jamás vista.
Cuando Vulkra escuchó esa oración, se paralizó, visiblemente asombrado. Ya había
escuchado las mismas palabras hacia él de parte de la Princesa Anya.
Lyra le sonrió, lo rodeó del cuello y lo besó con amor.
Vulkra, por primera vez, el poderoso guardián, fue desarmado por la pasión. Lyra no
era su amada Princesa Anya, pero su espíritu y su luz eran idénticos. Él recordó su
gran amor por ella. Él la abrazó con delicadeza, sentándola en su pierna. Lyra tenía
razón: el beso de amor no había apagado su luz; por el contrario, la había hecho más
brillante.
Luego de unos segundos, separaron sus labios con suavidad y se miraron
penetrantemente a los ojos. Ella temblaba de la emoción; había besado al hombre
que quería, y era su primer beso. Él, por su parte, regresó a una seriedad forzosa.
—Usted es todo lo que he soñado —susurró Lyra con un suspiro repleto de descarga
y cariño genuino—. ¿Sigo siendo la misma para usted? —preguntó, preocupada.
—Sí —respondió con frialdad, buscando mantener su compostura y no revivir la
experiencia—. Estudia, Majestad Lyra —dijo antes de que ella pudiera hablar de
nuevo.

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VULKRA - LYZKNOCK

Lyra era una buena muchacha, claro, pero carecía de ese impulso por el estudio;
creía que para una mujer era inútil. Ella solo quería complacer a su hombre; por ello,
escribía con rapidez los apuntes en su cuaderno. En tanto, Vulkra había regresado a
la misma ventana, para vigilar y también, para procesar lo que acababa de ocurrir.
Él estaba encadenado a la eternidad en ese plano. Había forjado un pacto solemne:
si sus enemigos lograban destruirlos, su alma caería al abismo insondable sin
retorno. Sin embargo, de prevalecer, podría permanecer indefinidamente en su
estado actual. Sus fuerzas, sus vastos poderes y su juventud inmutable jamás lo
abandonarían. Tras presenciar la muerte de su amada Anya a manos de su enemigo
ancestral, Vulkra selló su juramento condenatorio, a cambio de la certeza de
encontrar la resurrección de la princesa, sin importar el siglo en que esta
manifestara.
Había ido a dormir por años en las más remotas cuevas y grietas. Solo despertaba
cuando sentía que la luz que él amaba estaba cerca. Por siglos, había rescatado a
una numerosa cantidad de doncellas que habrían tenido el mismo destino que Anya.
Pero ninguna de ellas era su amada Anya.
Hasta que, finalmente, la luz revivida de ella apareció: era Lyra.
—¿Cómo…? —dijo Lyra, rompiendo el espeso silencio de la sala—. ¿Cómo era la
Princesa Anya?
Un asombro fugaz e imperceptible cruzó el rostro de Vulkra. Nunca esperó que Lyra
le preguntara por Anya. Él se giró con su postura firme y caminó hacia ella, quien,
visiblemente nerviosa, intentaba dibujarse una sonrisa. Observó, sin embargo, que
su tarea escolar estaba terminada.
—Majestad Lyra, ¿podría resumir oralmente la lección que acaba de finalizar, por
favor?
Ella le sonrió con vergüenza, mostrando sus dientes. Se encogió de hombros y bajó
la cabeza.
—Seguramente ella era mucho más bonita que yo, y la más lista de todas las chicas
—murmuró con un aire de melancolía.
Vulkra se arrodilló lentamente junto a ella, su rostro quedando a la misma altura. Su
expresión era de una seriedad absoluta, pero desprovista de ira.
—Escúcheme bien, Princesa Lyra. —Su voz era un susurro grave, cargado de historia
—. La Princesa Anya era admirable y poseía una belleza que movía reinos. Pero la
belleza es una vestidura que el tiempo desgarra.
Vulkra puso una mano firme sobre el hombro de Lyra.
—Usted posee la Luz. Esa luz que no se ve en los espejos ni se mide en los libros. La
Luz que me trae de regreso, una y otra vez, a través de siglos de oscuridad. Esa Luz
es tu verdadero ser, y es la más valiosa de todas las cosas. Ninguna otra doncella ha
brillado tan fuerte.
Aunque Lyra no pudo comprender la profundidad del relato de Vulkra, solo le bastó
la devoción con que él se las dedicaba.

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VULKRA - LYZKNOCK

Había amanecido. El sol de la mañana se filtraba débilmente por la ventana enrejada


de su habitación, pintando franjas naranjas sobre la pared. Noemi había pasado las
últimas horas concentrándose con una intensidad feroz en la historia de Lyra y
Vulkra, reconstruyendo el beso, la misión, y el juramento de la luz. El esfuerzo era
agotador, pero era fundamental para mantenerla a flote.
A las siete, una enfermera abrió la puerta con un golpe brusco que ignoró la
fragilidad del sueño.
—Señora Dubois. Desayuno. Muévase.
Noemi se levantó. Cada músculo protestaba por las secuelas del TEC, y la confusión
mental aún era una niebla fría. Se obligó a acomodar su bata y a caminar con la
compostura dócil de la paciente “curada” que los médicos seguían esperando.
La llevaron a un gran comedor, una sala amplia y ruidosa que contrastaba con el
silencio de su cuarto. Allí, decenas de pacientes estaban sentados en largas mesas
comunitarias, vigilados por auxiliares con expresiones de aburrimiento y autoridad.
El aire olía a café amargo y a desinfectante.
A Noemi le asignaron un asiento en una mesa. A su lado, una mujer mayor de
cabello ralo tarareaba sin ritmo. Frente a ella, un hombre de mediana edad miraba
fijamente una mancha en la pared. Había movimiento, pero no verdadera
interacción.
Recibió un tazón de avena tibia y sin sabor. Ella tomó la cuchara con una mano que
temblaba levemente. Su mente, sin embargo, estaba bajo un control glacial.
—No eres torpe. Tu luz es el espíritu, y el espíritu no conoce la torpeza —se recordó,
usando las palabras de Vulkra como un mantra.
Este era su campo de pruebas. Tenía que ser la paciente más tranquila, la menos
problemática. Su vida dependía de esa actuación. Dejó el tazón a un lado y tomó
solo un sorbo de agua, su mirada se fijó en el borde de la mesa, la mente ya de
vuelta en el dormitorio de Lyra, asegurándose de que la Luz no se extinguiera.
Vulkra observaba a Lyra dormir, parado al pie de la cama, como una imponente
torre. Ella soñaba placenteramente: su poderoso guardián estaba allí para ella. Él no
podía evitar recordar el beso; Lyra lo había besado exactamente igual que Anya.
Él recordó el instante en que vio a la Princesa Anya por primera vez. Había subido de
rango por su gran desempeño y sus tácticas audaces en las batallas. Vulkra anhelaba
ser el mejor y ascender. Acababa de ser nombrado capitán y debía recibir la llegada
de la Princesa, quien era amada por todos en el reino.
Ella, vestida de blanco y celeste, comenzó a subir las escaleras del palacio. Él debía
darle la bienvenida y anunciarse como su nuevo capitán, pero al verla a unos pocos
pasos, sus palabras se entrecortaron.
La presencia de la Princesa Anya era grandiosa, humilde y de una belleza inigualable.
Era alta, esbelta, de piel blanca como la seda, con cabello largo y ondulado del color
del oro puro, labios rojos y un par de ojos grandes y azules brillantes que encendían
el corazón de cualquier hombre.

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VULKRA - LYZKNOCK

Vulkra se disculpó y la reverenció, mirándola con sus ojos verdes, oscuros y


profundos. Anya, ligeramente sonrojada, le sonrió amable y le agradeció su cordial
saludo.
Pronto, comenzaron a verse a escondidas dentro del palacio. Se juraron amor
eterno. El afecto entre ellos era genuino e innegable.
Sin embargo, el Mal pronto puso sus ojos perversos en Anya. La princesa era una
doncella inmaculada, poseedora de un enorme corazón de humildad y generosidad
con su pueblo, y una ferviente defensora de los animales. Ella era la pureza viva, y
por eso mismo, era el blanco perfecto para el sacrificio que el Mal demandaba.
Fue así como el Mal abordó primero a Vulkra, susurrándole promesas de gloria para
que cooperara en una misión. A cambio, lo elevaría a la categoría de rey. De esa
forma, el estigma de su romance clandestino con la Princesa Anya se anularía,
legitimando su unión en un matrimonio con título real.
Todo eso era una mentira vil. Cuando Vulkra se dio cuenta de que el verdadero plan
era secuestrar a la Princesa para llevarla al líder del abismo, fue demasiado tarde. Él
no poseía los poderes extraordinarios que tiene ahora para protegerla. Había abierto
la puerta a su tesoro más valioso que cualquier riqueza y que su propia vida: Anya.
Ellos pensaron que lo habían asesinado, pero Vulkra, impulsado por el amor de su
Princesa y una energía súbita, llegó a ese horrible sitio: la entrada a un infierno
terrenal. Él, otra vez, luchó con las fuerzas que le quedaban. Sin embargo, uno de
esos individuos apuñaló a Anya.
Con un grito que desgarraba su corazón, Vulkra lloró a su amada Anya, que murió en
sus brazos. En ese momento, la vida careció de sentido. No le importó si lo mataban,
si se lo llevaban al abismo, o si su alma era condenada. Sabía que el alma de la
princesa se había ido al cielo y ya nada iba a devolverla a la vida.
Por otro lado, era inútil pretender vengarse de ellos; nunca les ganaría. Sin embargo,
en ese instante, algo se interpuso entre el Mal y Vulkra; nunca se sabrá quién o qué
era. Tal vez, otro hombre mortal hubiera deseado ver a sus enemigos destrozados
por su crimen, pero Vulkra no. Él deseó volver a encontrar, en el mundo de los vivos,
a la Luz que amó con toda la fuerza de su ser.
El recuerdo del sacrificio de Anya, la traición, el grito de Vulkra que desgarraba el
corazón... todo se estrelló contra la conciencia de Noemi en una dolorosa resaca
mental, que ocultó firmemente. Ella se levantó de la mesa del comedor con una
rigidez forzada, sintiendo el vacío que el TEC había dejado.
Una enfermera con una expresión de piedra se acercó y la tomó del brazo sin la
menor delicadeza.
—Hora del aseo, señora Dubois.
Noemi se dejó guiar por los pasillos, manteniendo la cabeza baja. Tenía que ser dócil.
Tenía que ser la paciente perfecta para poder volver a casa.
Fue llevada a una pequeña sala comunitaria. El aire estaba cargado de vapor y olor a
jabón fuerte.

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VULKRA - LYZKNOCK

Allí, otras pacientes eran aseadas o esperaban su turno, envueltas en batas


harapientas. Le entregaron una toalla fina y áspera.
Ella entró a un cubículo de ducha. Cerró los ojos, intentando transformar el agua
helada en la armadura fría de Vulkra, y el jabón áspero en el hierro de su espada.
Pero al levantar los brazos para lavarse, se topó con la verdad física: la bata resbaló,
revelando las cicatrices, un poco abiertas, de la mastectomía. Eran las grietas reales
en su carne, la prueba de la derrota que su cuerpo había sufrido. La realidad era
brutalmente diferente a la fantasía.
—La belleza es una vestidura que el tiempo desgarra —murmuró, recordando las
palabras que Vulkra había usado con Lyra.
Ella se aferró a esa frase. Vulkra no la amaba por su belleza, sino por la luz.
Salió de la ducha, se vistió con una nueva bata, igual de deplorable que la anterior, y
fue regresada a su habitación.
Sentada en la cama, miró la pared, y con un esfuerzo de la voluntad que rayaba en lo
inhumano, trajo de vuelta a su guardián.
Vulkra seguía al pie de la cama de Lyra, procesando el recuerdo de Anya, observando
la luz de su resurrección.
Era domingo por la mañana. Lyra había convencido a Vulkra de salir bajo la excusa de
“dar un paseo”, aunque el guerrero intuía el verdadero propósito de la niña.
Lyra empujaba un carrito de compras vacío que había pedido prestado, vestida con
su ropa más sencilla. Detrás de ella, Vulkra la seguía: su traje elegante y su capa
negra contrastaban fuertemente con la suave luz del día de descanso. El silencio de
la mañana suburbana hacía que su presencia, inmutable y vigilante, pareciera aún
más solemne.
La primera parada no fue una tienda, sino el dormitorio de Lyra. Ella regresó con el
carrito ahora rebosante de peluches y juguetes, todos aún en sus plásticos
originales, como si fueran reliquias intocables.
—Están nuevos, señor Vulkra —dijo ella, con una seriedad que no era propia de una
niña—. Sería un desperdicio que se queden en mi cuarto para siempre.
Vulkra asintió. Él sabía que esos juguetes representaban la infancia que sus
padrastros le habían impuesto, pero que nunca le habían permitido disfrutar.
Llegaron a un pequeño parque público, un lugar modesto lejos de su barrio. Allí,
varias familias de bajos recursos se reunían. Vulkra se mantuvo a una distancia
prudente, pero sus ojos verdes seguían cada movimiento de Lyra.
Lyra, sin un asomo de timidez, se acercó a un grupo de niños pequeños. Se arrodilló,
y con una sonrisa llena de esa Luz invulnerable que Vulkra había jurado proteger,
comenzó a repartir sus tesoros.
Un niño pequeño recibió un robot con la caja intacta y soltó un grito de alegría pura.
Una niña apretó contra su pecho un oso de peluche gigante.
—No eres torpe. Eres invulnerable —pensó Vulkra, la frase resonando con más
verdad que nunca.

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VULKRA - LYZKNOCK

No había necesidad de preguntarle de dónde venía su bondad; la estaba viendo en


acción.
Lyra se puso de pie, el carrito de compras ahora vacío, su rostro radiante y libre de la
melancolía que a menudo lo cubría. Se acercó a Vulkra.
—Ahora sí podemos ir a dar un paseo, señor Vulkra —dijo, tomándolo del brazo. Lyra
se sentía liviana y libre.
De repente, un muchacho de la misma edad que Lyra se acercó con aire prepotente.
Sostenía uno de los juguetes obsequiados, y detrás de él, un niño más pequeño lo
reclamaba con insistencia.
—¡No vuelvas a darle nada a mi hermanito! —gritó el muchacho a Lyra, quien se
giró, sobresaltada, hacia él—. No necesitamos de tu cari... —Se quedó callado al
verla a los ojos—. No te... eso... —intentó seguir, pero se puso nervioso y se ruborizó
intensamente.
—Permite a tu hermanito elegir el juguete o no —respondió Lyra, serenándose,
aferrada al brazo de su hombre.
Vulkra observó a ese joven. Sabía por lo que estaba pasando: la vergüenza y el
orgullo ante esa hermosa niña. Pero también, un toque de celos inesperados lo
golpeó por un instante.
—¡Regrésamelo! —exclamó el más pequeño, pateando al mayor, quien soltó un grito
adolorido y dejó caer el juguete—. ¡Envidiosio! —dijo el niño, mal hablado, tomó el
obsequio y huyó.
Lyra se rio con ligereza, ruborizando sus mejillas. El muchacho, a su vez, se puso aún
más rojo de vergüenza y, sin decir más, dio media vuelta y desapareció.
Después de devolver el carrito prestado, la pareja se dirigió a otro parque, más cerca
de su casa y en un área más apartada. Vulkra se sentó en la hierba, recostando su
espalda en el tronco de un robusto árbol; su escudo invisible continuaba rodando en
silencio alrededor del perímetro del parque. Lyra, a su lado, posó una canasta de
mimbre con su almuerzo, observando el rastro místico del escudo por un instante.
Ella se arrodilló, abrazando su brazo. Plenamente feliz, cerró los ojos y exhaló un
suspiro de puro placer. A pesar del peligro que acechaba, se permitían el lujo de
disfrutar de un momento robado... juntos.
—Oh, señor Vulkra… —susurró ella.
Lyra volteó a observarlo. Estudió su perfil: la nariz recta, la mandíbula cuadrada y
perfectamente afeitada. Se ruborizó al detenerse en sus labios. De repente, alzó la
vista justo cuando él hacía lo mismo. Observaron a unos pájaros cantores, pequeños
y brillantes; ambos compartieron una sonrisa dirigida a las encantadoras aves.
Lyra se sintió profundamente dichosa y solo pensaba en volver a besarlo. Sus ojos
marrones recorrieron el cuerpo de Vulkra con deseo. Sin embargo, él estaba a siglos
de distancia, sintiendo de nuevo el desgarro de su promesa en el corazón.
—Princesa Lyra… Debo decirle algo crucial —dijo Vulkra en voz baja, girando la
cabeza hacia ella, con una seriedad evidente e ineludible.

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VULKRA - LYZKNOCK

Lyra, que esperaba un gesto de amor, se encontró con una tristeza tan vasta en sus
ojos que sintió un escalofrío. Vulkra se inclinó, su voz apenas un susurro áspero que
sonó más a plegaria.
—Mi amor por la Princesa Anya me hizo débil. El Mal me ofreció un reino y un
matrimonio real a cambio de mi cooperación, y yo, en mi ambición ciega, acepté. Les
abrí las puertas. Por mi culpa, ellos la encontraron. Por mi error, ella fue... —Vulkra
cerró los ojos, el dolor de siglos era casi tangible en su rostro cuadrado—. Por mi
culpa, ella murió en mis brazos, Majestad.
Lyra no entendía las palabras de “reino” o “Mal”, pero entendía la culpa y el
desgarro. Vio la sombra de la traición y la congoja. Él era su guardián, el hombre más
fuerte del mundo, y sin embargo, estaba roto.
—He rezado por siglos pidiendo perdón, pero nunca hubo respuesta. Ahora estás
aquí, con la misma Luz. Dime, Princesa Lyra. ¿Puedes perdonarme?
Lyra sintió la presión del peso que él cargaba. Era más grande que su traje, más
pesado que su espada. Ella no dudó. No había lógica, solo corazón.
Soltó el brazo de Vulkra y puso sus pequeñas manos sobre las mejillas del guerrero,
obligándolo a mirarla.
—Señor Vulkra —dijo con una dulzura inmensa—. Yo no sé qué es un abismo, pero
sé que el amor no comete crímenes. Usted solo quería amarla. Y si esa Princesa Anya
era tan buena como me dice, entonces ella ya lo perdonó hace mucho tiempo. Y yo
también.
Vulkra se quedó inmóvil, con las manos de Lyra sobre sus mejillas. El guerrero que
había luchado contra demonios y la muerte por siglos, que había soportado el dolor
en su corazón, ahora estaba completamente indefenso ante la simpleza de esas
palabras.
El desgarro que había sentido en su pecho, el mismo que lo había anclado al dolor y
al pacto, por fin se cerró. Fue como si la Luz de Lyra no solo hubiera perdonado, sino
que hubiera cauterizado la herida abierta por la traición.
Sus ojos verdes, que usualmente mostraban furia o alerta, se humedecieron por
primera vez en incontables vidas. Él no lloró de tristeza, sino de liberación absoluta.
Con una reverencia que jamás le había hecho a nadie, Vulkra tomó una de las manos
de Lyra y la besó con una ternura infinita. Luego, la levantó de la hierba y la estrechó
contra su pecho. El abrazo esta vez era diferente: no era el beso de la pasión, sino la
promesa de la devoción eterna.
—Mi Majestad Lyra —murmuró contra su cabello, su voz grave temblando por el
peso de un juramento cumplido—. Ya no soy solo el guardián de la Luz. Soy su
siervo, y su verdad será mi única ley.
Lyra sintió la abrumadora intensidad de su abrazo y, por la emoción de sus palabras,
rompió a llorar. No eran lágrimas de tristeza, sino de gozo desbordante y de una
profunda vergüenza placentera. Se sintió abrumada, deseada y, sobre todo,
absolutamente suya.

19
VULKRA - LYZKNOCK

Las palabras de Vulkra no solo la liberaban de la inseguridad, sino que intensificaban


la idea de que él le pertenecía solo a ella, y que su deber ahora era amarla.
Ella apretó sus pequeños brazos alrededor de la cintura musculosa de Vulkra,
sintiendo la dureza de su cuerpo y el latido del corazón que ya no estaba desgarrado.
Al mismo tiempo, en su pequeña habitación de hospital, Noemi Dubois sintió un
calor inusual recorrer su pecho. Era el alivio, la certeza. No había sido olvidada, ni era
merecedora de castigo. El trauma se había convertido en un motor de creación, y su
propia historia le estaba ofreciendo el perdón que no sabía que necesitaba. Las
lágrimas se asomaron a sus ojos, tan puras y liberadoras como las de Lyra.
Dos días después de su catarsis en la habitación, Noemi Dubois fue conducida a la
oficina del Dr. Müller para su revisión. Estaba impecable dentro de, esta vez, una
nueva bata hospitalaria, su rostro calmado y sus ojos fijos. El shock y la medicación
habían sido reemplazados por el control glacial que había aprendido de Vulkra.
—Señora Dubois, ha tenido una evolución excelente. Su colaboración es notable —
dijo el médico, anotando en su historial.
Noemi se permitió un asentimiento pequeño y educado. Su mente estaba
concentrada: Sé la verdad. Eres invulnerable.
La performance fue perfecta. El Dr. Müller, más interesado en la docilidad que en el
bienestar genuino, le concedió el único privilegio que le importaba: la autorización
para una visita conyugal y, si seguía así, la libertad condicional en un mes.
La visita se llevó a cabo esa misma tarde en una sala de visitas fría y genérica, con
muebles de formica, bajo la supervisión discreta de un auxiliar. Su esposo, Edward,
un hombre de negocios bien vestido y con un rostro de preocupación superficial, se
levantó en cuanto ella entró.
—Noemi, querida. Te ves mucho mejor —dijo, intentando un beso en la mejilla que
ella esquivó sutilmente.
Ella tomó asiento en la silla dura. Su esposo lucía aliviado; estaba viendo a la mujer
dócil que él necesitaba para su reputación.
—Estoy perfectamente, Edward —respondió Noemi. Su voz era baja, firme y
desprovista de toda emoción, un arma que nunca había usado antes.
—Me alegra, cariño. Debo decir que tu... tu episodio de furia después de la
intervención quirúrgica nos asustó a todos. Pero veo que este lugar te ha hecho bien.
Noemi lo miró, y por primera vez en meses, no sintió dolor, sino la claridad cortante
de la espada de Vulkra.
—Edward, no le temo al abismo ni a la condena. He encontrado mi verdad.
Su esposo sonrió con incomodidad.
—Estás hablando en acertijos, querida.
—No. Estoy hablando de una elección. Yo estaba destrozada por dentro y por fuera.
Yo perdí mi cuerpo. Tú, mi esposo, el hombre que juró protegerme, escogiste
encerrarme en este lugar porque mi dolor era una inconveniencia para ti. Esa fue tu
traición.

20
VULKRA - LYZKNOCK

—Hice lo que era mejor para ti... —Edward intentó protestar.


—Lo que era mejor para ti —lo cortó ella, sin subir la voz, pero con una convicción
pétrea—. Quiero el divorcio.
Edward se quedó helado, la fachada de compasión cayéndose a pedazos. —¿Qué?
Noemi, ¡no seas ridícula!
—Quiero el divorcio. Y cuando salga de aquí, no quiero volver a verte jamás. Ni a ti,
ni a tu alivio, ni a tu miedo a mi dolor.
Ella se puso de pie, terminando la conversación con la misma autoridad con la que
Vulkra había bajado su espada ante el enemigo.
—Tu amor no pudo extinguir la luz, Edward. Pero tu miedo sí.
Y sin esperar respuesta, le hizo una señal al auxiliar y salió de la sala.
De vuelta en su habitación, se sentó en la cama. Lyra sonreía en un parque. Vulkra
estaba a su lado, con el desgarro de su corazón finalmente cerrado. Noemi Dubois
era, finalmente, invulnerable.
La decisión de Noemi había sido irrevocable. Después de que el divorcio fue puesto
en marcha por sus abogados, y tras cumplir con los requisitos finales del hospital, un
mes después, ella obtuvo su libertad.
Noemi no regresó a la casa de Edward. Su destino era el único lugar en el mundo
donde la Luz no necesitaba protección: el hogar de sus padres. Ella recordaba las
palabras de su padre con la misma claridad que las de Vulkra: allí no importaba si
estaba mutilada, pobre o fracasada. Las puertas siempre estarían abiertas para ella.
Una vez instalada, la energía que había usado para crear a Vulkra y Lyra se canalizó
hacia su vida real.
Retomaría sus estudios con una nueva y feroz disciplina. Y continuaría trabajando
como maestra de primaria, dedicando su vida a nutrir la “luz” en las mentes jóvenes.
Lyra había terminado su tarea: le había mostrado a Noemi que la fuerza residía en el
espíritu y la bondad, no en el cuerpo o la apariencia.
Mientras su vida real se reordenaba, la historia de Vulkra y Lyra continuaba en el
tranquilo refugio de la mente de Noemi. La pareja estaba a salvo, lista para enfrentar
la inminente batalla con el Mal, pero ahora lo harían con la certeza de que el amor
ya había triunfado sobre la culpa y la desesperación.
Vulkra apretó a Lyra contra su pecho, la paz de la absolución se mezclando con la
urgencia de su misión. Él ya no cargaba el peso de la culpa, ahora sería el del tiempo
limitado.
Lyra tenía razón: su Luz la impulsaba a la bondad, a la ayuda, a exponerse. Llevarla a
un lugar seguro era inútil, pues su espíritu la devolvería a donde hubiera necesidad.
Y él no podía, no debía, tocar su cuerpo para protegerla, para manchar esa pureza
que el Mal codiciaba.
—¿Vamos a ir a nuestra casa, señor Vulkra? ¿A nuestro hogar?
Vulkra acarició su cabello, sus ojos verdes fijos en la copa de los árboles, más allá de
la cual se sentía la sombra de la inminente batalla.

21
VULKRA - LYZKNOCK

Lyra alzó la cabeza, sus ojos húmedos brillando.


—Sí, Majestad Lyra. Iremos a casa —dijo, pero su voz no sonó a promesa de paz, sino
a la declaración de un guerrero.
Él sabía que no podía huir más. Cada mes, cada semana, cada día que pasaba antes
de que ella fuera libre para tomar sus propias decisiones, era una batalla ganada. Y
él, el siervo de la verdad de Lyra, estaba allí para defender cada segundo.
La estrategia era simple y brutal: la defensa a ultranza. Iban a volver al campo de
batalla.
Vulkra la ayudó a levantarse, recogió la canasta vacía y con un gesto sutil de su
mano, el escudo invisible aceleró su ronda, su presencia mágica ahora más intensa.
La calma del parque había terminado.
Esa noche, Vulkra se permitió un momento de relajación, algo que Lyra había
insistido en que hiciera. Él se encontraba en la espaciosa bañera de la suite principal.
La puerta se abrió con timidez calculada.
Lyra entró, vestida con su camisón, con una mezcla de audacia y recelo en sus ojos.
Se acercó al borde de la bañera.
—Señor Vulkra —susurró, arrodillándose—. ¿No necesita ayuda? —preguntó,
sonrojándose al admirar el físico de su guardián.
Ella podía ver su piel blanca, marcada con cicatrices de batallas, sus hombros anchos
y sus brazos poderosos de puro músculo, y su pecho desnudo y lampiño, que parecía
el más duro estandarte del mundo. El golpe que había recibido de su enemigo había
desaparecido, producto del beneficio de ser casi inmortal.
Vulkra la miró con una seriedad gentil.
—No, Majestad Lyra. Eso no es necesario.
—Pero... yo lo amo —insistió ella, la voz temblando por el deseo y la necesidad de
confirmar que, después del beso, él era suyo—. Quiero darle mi vida.
Vulkra suspiró; el dolor de su deber era un escudo.
—Princesa Lyra, mi juramento es proteger su Luz. Y la protegeré de todo, incluso de
mí. Retírese, por favor.
El rechazo fue un puñetazo frío. Lyra no entendió la honradez de su motivo. Se puso
de pie con las mejillas ardiendo. La luz que él juraba proteger se eclipsó bajo la
vergüenza. Ella se giró y salió huyendo, sollozando en silencio de vuelta a su
habitación.
Vulkra sintió la punzada del remordimiento por la huida de Lyra, pero se aferró a la
honorabilidad brutal de su deber. El tormento era doble: la amaba con la furia de su
alma y su cuerpo inmortal ardía con deseos, pero la Luz que juró proteger no podía
ser manchada por su propia pasión. Cuidarla hasta de sí mismo era el sacrificio que
se había impuesto.
—¡El escudo! —Vulkra se levantó de golpe.
Hubo un crujido sordo, una resonancia de magia rota. El Mal había atacado
aprovechando su distracción.

22
VULKRA - LYZKNOCK

En segundos, se secó de manera superficial y comenzó a vestirse con furia y


velocidad inhumanas. El peligro era real.
En la habitación de Lyra, la puerta se abrió de nuevo. Lyra, tendida en la cama con el
rostro enterrado en la almohada, sintió un peso suave a su lado. Se giró, sus ojos
hinchados por el llanto.
Allí, junto a ella, estaba Vulkra. Completamente desnudo. Él no la miraba con enojo,
sino con una necesidad oscura y apremiante.
—Señor Vulkra... —tartamudeó, la confusión superando el llanto—. ¿Por qué? ¿Ha
cambiado de parecer?
El Vulkra desnudo no respondió. Su mirada era vacía y depredadora, pero sus manos
eran rápidas. Él la besó con una dureza que dolía, posesivo y áspero, y luego
comenzó a tocarla rudamente. Esto era incorrecto. El Vulkra al que ella amaba era
fuerte, pero jamás grosero.
Lyra sintió que el miedo helado reemplazaba al deseo. El contacto era forzado y
doloroso.
—¡No! —gritó ella, luchando—. ¡Tú no eres él!
El ser sobre ella se rio, un sonido grave y seco que resonó en el cuarto. El rostro de
Vulkra se derritió como cera caliente. Los rasgos se estiraron, la piel se oscureció y
los ojos se abrieron en un par de círculos rojos ardientes.
Lyra sintió el terror absoluto. El demonio, uno de los sirvientes del Mal, la había
inmovilizado y estaba a punto de consumar su propósito.
En ese instante, la puerta estalló en pedazos. El verdadero Vulkra, con su armadura
de guerrero y su espada desenvainada, se detuvo en el umbral. Vio el horror: el
demonio sobre Lyra, y la Luz de su princesa, a punto de ser profanada.
Con un grito animal de furia, Vulkra se abalanzó contra la figura en la cama. El acero
brilló en el aire.
La espada del guerrero se hundió en el torso del demonio justo cuando este se
alzaba. El impacto lo alejó de la cama. Lyra, liberada del peso y el horror, se arrastró
temblando hasta la cabecera.
—¡Traidor! —rugió el demonio, su voz un ronco eco, y la carne fundida de su rostro
regresó a una réplica torcida del rostro de Vulkra.
—Yo soy el traidor arrepentido, y tú eres la escoria de la abominación —respondió
Vulkra, y retiró su espada con un movimiento brutal.
El demonio, a pesar de la herida, se levantó y se lanzó contra Vulkra. La batalla se
desató en la pequeña habitación, una vorágine de acero y furia.
Vulkra esquivó un golpe, y con velocidad inhumana, clavó la punta de su espada en
el corazón del monstruo. La única forma de deshacerse definitivamente de ese ser
diabólico era incrustarlo en el suelo. Con una fuerza increíble, Vulkra corrió hacia el
ventanal, que estalló al chocar con el cuerpo del monstruo, que luego aterrizó en el
asfalto con Vulkra sobre él.
Inmediatamente, la grieta de ese abismo se abrió.

23
VULKRA - LYZKNOCK

—Te esperaré aquí, Vulkra… Pronto nos volveremos a ver… —clamó el demonio con
desesperación y odio.
El guardia de Lyra sacó su arma y retrocedió unos pasos, vigilando su alrededor.
Observó su escudo mágico que rodaba, ahora con una lanza atravesada.
El demonio, abrazado por el fuego rojo de ese infierno, desapareció de forma
diferente al anterior; esta vez, su cuerpo se descompuso en una bruma gris y
pestilente, dejando un rastro de tejido oscuro y viscoso y un hedor a azufre y metal
quemado, que las fisuras de la calle absorbieron.
Con celeridad, Vulkra envainó su espada y recuperó su escudo mágico, ahora
marcado por un impacto profundo de la lanza enemiga, que desapareció.
—Tendré que repararte, amigo —murmuró, con una rabia contenida, y lo lanzó a
rodar de nuevo.
Saltó, regresando al balcón de Lyra. Su corazón latía con terror por ella, no por él.
—¡Majestad Lyra! —Su voz se quebró. Se arrodilló junto a la cama.
Lyra, temblando incontrolablemente, solo pudo susurrar una palabra: —Frío...
—Lo siento… —susurró él, triste, y la tomó de la mano, examinándola.
Ella reaccionó y lloró desconsolada. Se acercó y lo abrazó fuerte de su cuello. Y él la
abrazó a ella, poniéndose de pie, y aliviándose al constatar que, a pesar del horror,
estaba sana y a salvo.
Vulkra comprendió al instante que aquel no era un sirviente del Mal ordinario. La
amenaza se había elevado: estaban enviando a seres más poderosos, capaces de
sortear las defensas de su escudo. Con el corazón aún golpeado por el miedo, su
mente de guerrero se impuso: necesitaba idear una estrategia defensiva superior.
Noemi Jaeckel. El apellido, su apellido de soltera, se sentía en su lengua como un
sabor limpio y firme. Había abandonado el nombre de su exesposo como se
abandona una vestidura gastada.
Ella estaba sentada en el escritorio de su antigua habitación de adolescente, en la
casa de sus padres. La estancia olía a madera vieja y a la lavanda que su madre
usaba.
Afuera, una lluvia constante bañaba el paisaje urbano, golpeando suavemente los
cristales, un sonido que invitaba a la introspección. Eran horas cercanas a la
medianoche. Una taza de café negro, humeante, le hacía compañía en la esquina del
escritorio.
Noemi Jaeckel encendió la lámpara de latón, proyectando un círculo dorado sobre la
madera. Abrió su cuaderno y releyó la última página que había dictado su mente: la
traición, el terror y el grito de Lyra.
El horror de la escena no la asustó como antes. Al contrario: sentía una calma de
guerrera. La violación de la confianza (el demonio disfrazado de Vulkra) había sido su
trauma real en el matrimonio, y la batalla (Vulkra salvando a Lyra) había sido su
propia revancha y purificación.
Noemi tomó un sorbo de café. El sabor era amargo, pero reconfortante.

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VULKRA - LYZKNOCK

«Vulkra comprendió al instante que aquel no era un sirviente del Mal ordinario. La
amenaza se había elevado: estaban enviando a seres más poderosos, capaces de
sortear las defensas de su escudo. Con el corazón aún golpeado por el miedo, su
mente de guerrero se impuso: necesitaba idear una estrategia defensiva superior.»
La frase la hizo reflexionar sobre su propia vida. Su escudo: su antigua creencia en el
matrimonio y la seguridad; había sido burlado. Su defensa ahora no podía ser la
huida, sino la construcción activa de una nueva vida.
Se apoyó en el respaldo, contemplando la lluvia. Ya no estaba sola. La acompañaba
la Luz de Lyra y la Devoción de Vulkra. El camino que debía tomar era el que Vulkra
ya le había enseñado: la defensa de su verdad, a pesar del dolor y la soledad. Su
solitaria noche era, en realidad, un campamento de batalla.
Con una exhalación suave, sintió el peso del lápiz. Era hora de dictarle a Vulkra su
próximo movimiento.
La adrenalina de la batalla se disipó, dejando un silencio goteante y el olor
persistente a azufre. Lyra, abrazada a Vulkra, temblaba sin control. Él, sintiendo la
fragilidad de su Majestad, la cargó con delicadeza extrema, llevándola lejos de la
cama profanada, hacia el dormitorio de sus tutores.
—Ya estás a salvo, mi Luz.
Ella negó con la cabeza, sus ojos cerrados e incapaz de abrirlos por el pánico. —Tenía
la forma de tu cuerpo. Tenía frío —murmuró, la palabra grabada en su terror. Luego,
susurró una súplica de niña asustada—: Quédate conmigo, señor Vulkra. Por favor,
acuéstate en la cama conmigo.
Lyra no lo pedía con el deseo de antes, sino con la pura necesidad de seguridad.
Necesitaba el calor de su protector, el ancla de su verdad.
Vulkra entendió. El guerrero que había luchado contra el demonio en el asfalto no
podía rechazar a la niña que luchaba contra las sombras en su mente.
—Estaré aquí —prometió.
—Gracias —suspiró aliviada.
Él la acostó con cuidado debajo de las sábanas y se tendió a su lado, completamente
vestido. Ella se acurrucó de inmediato contra su costado, aferrándose al tejido de su
traje. El calor de Vulkra era una muralla contra el frío del horror. Ella aspiró su aroma
natural, una mezcla de cedro y vainilla, que le ofreció un confort inigualable.
Lyra, por fin, pudo dormir. Su respiración se hizo lenta y uniforme, libre de pesadillas.
Vulkra, en cambio, no pegó los ojos. Se quedó acostado de espaldas, con un brazo
sosteniendo a Lyra y el otro aferrado a la empuñadura de su espada, mientras sus
ojos verdes vigilaban cada sombra, cada grieta. Su vigilia duró toda la noche. Su
corazón se hinchó con una ternura dolorosa; esto era amor en su forma más pura:
cuidado desinteresado.
Lyra fue engañada, así como él lo había sido. Ese pensamiento lo irritó hasta el
núcleo: no podía permitir que eso volviera a ocurrir. Su tesoro más valioso estuvo a
punto de ser destruido.

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VULKRA - LYZKNOCK

Con las primeras luces del lunes, el peligro se trocó en logística urgente. Vulkra se
levantó con el sigilo de un felino, deslizando su cuerpo de la cama sin despertar a
Lyra.
El dormitorio de la niña era un desastre: la puerta principal colgaba de sus bisagras,
la alfombra estaba llena de trozos de cristal de la ventana, y el ventanal lucía un
cráter.
—La señora Inés —dijo Lyra, parada en la entrada, mirando preocupada a su
guardián. Su voz estaba llena de pánico por la realidad cotidiana—. ¡Vendrá a
limpiar!
La señora Inés era la eficiente y entrometida ama de llaves. La excusa de un
“accidente” con la ventana del balcón funcionaría, pero la puerta del dormitorio
destrozada era imposible de ocultar.
Lyra y Vulkra se movieron con velocidad. Vulkra usó su fuerza para arrancar la puerta
destrozada y ocultarla en el armario de servicio más grande, cerrándolo, y la
reemplazó con otra más vieja, que encontró en el ático. El ventanal, roto, fue
cubierto temporalmente con un plástico grueso para evitar que Inés viera el asfalto
dañado de la calle.
Ya con la casa asegurada, Vulkra se sentó en los escalones de la entrada y examinó
su arma de defensa más vital. El escudo mágico, que ahora solo rodaba lentamente,
tenía una cicatriz oscura y palpitante donde la lanza del demonio lo había
atravesado.
Lyra se sentó a su lado, tomando sorbos de leche de su taza, observando cómo
Vulkra usaba algunos trozos de la puerta del dormitorio y los oprimía en la abertura.
El guerrero concentró su energía y cerró la fisura del escudo, que ahora tenía un
parche de madera de diferente color, pero reforzó la magia dañada. El escudo volvió
a rodar con vigor renovado, pero Vulkra notó la verdad: la reparación era temporal.
El Mal había forzado una escalada en la defensa. Vulkra miró a Lyra, que lo
observaba con devoción.
—Tiene colegio, Princesa Lyra.
La próxima vez, el Mal atacaría a plena luz del día o en el lugar donde ella se sintiera
más confiada.
Otra vez con su capa colgando sobre sus hombros, ocultando su escudo y espada,
Vulkra acompañó a su Luz, Lyra, a la escuela. Ella sentía una presión de preocupación
en el pecho, una intuición, pero pensó que se debía al trauma de la noche anterior.
El guerrero estaba atento a su alrededor, pero en un momento crucial, miró a su
amada Princesa no solo como guardián, sino como el hombre y caballero que era.
—Majestad Lyra… —casi susurró.
Él se detuvo justo antes de la entrada. Ella lo siguió, alzando la mirada atenta y
expectante hacia él.
—Quiero pedirte... —dijo Vulkra con una firmeza que apenas ocultaba el dolor de su
alma—. Que me concedas un beso.

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VULKRA - LYZKNOCK

Lyra sonrió de alegría. Sin pensar, alzó sus brazos hacia él. Vulkra la rodeó por su
esbelta cintura para alzarla, y ella lo besó con el amor más puro. El contacto alivió
sus miedos, su inquietud en el pecho. El amor era su luz, su poder, el ayudar, el
luchar, el hacer el bien. El beso de Vulkra intensificó la luz que Lyra había perdido
con el trauma de anoche.
Lyra entró a la escuela, feliz y confiada, pensando que cuando saliera, su amado
guardián estaría ahí, fielmente, esperándola.
Vulkra, inmutable, permaneció parado en la acera. Desató a su redondo escudo del
cinturón.
—Amigo, ahora seguirás a la Princesa Lyra para siempre. Adiós, amigo —dijo, y
depositó el escudo en el piso.
El guerrero se alejó lentamente del colegio. Cada paso era una sentencia de muerte
autoimpuesta, pero ineludible.
—El perdón de mi Luz ha roto mi culpa, Majestad. Pero no mi pacto. Mi alma debe
saldar la cuenta con el Mal para que usted pueda vivir libre. Perdóname por irme sin
despedirme de ti, mi Luz. Te evitaré el verme morir.
Vulkra ya no esperaba al Mal. Iba a buscar a su enemigo final. Sus pasos eran firmes
y decididos hacia su destino.
—Lucharé hasta que no dé más. Incluso cuando me derroten, y mi alma descienda al
Infierno por el pacto que hice, allí también lucharé. Lucharé por toda la eternidad, si
es necesario, como un sacrificio perpetuo para que la Luz de Lyra no se apague en
este mundo.
Vulkra caminó sin descanso, ignorando la confusión de la gente que veía a un
hombre vestido con una antigua armadura oscura en plena luz del día. Su destino
era un coloso de hormigón abandonado en las afueras de la ciudad, un esqueleto de
edificio, vacío y silencioso, perfecto para lo que tenía que hacer.
Al llegar al centro de lo que alguna vez fue un vestíbulo, Vulkra se detuvo.
Desenvainó su espada, el acero frío brillando con una tenue luz verde.
—Ahora estamos solo tú y yo, amiga fiel —susurró a la hoja—. Los dos condenados a
servir.
Con una resolución terrible, Vulkra levantó la espada sobre su cabeza y la dejó caer
con toda su fuerza, incrustándola profundamente en el suelo de hormigón.
El impacto no fue solo físico. Una grieta se abrió instantáneamente, no solo en el
suelo, sino en la realidad misma. El aire se hizo pesado, gélido, y un fuego rojo
oscuro comenzó a palpitar desde la fisura. El olor a azufre y metal hirviendo se hizo
abrumador, la puerta del Infierno se entreabría.
Él estaba abriendo el camino. El Mal no vendría por él, sino que sería obligado a salir
para reclamar lo que era suyo.
De la grieta emergió el enemigo final. No era un mero sirviente. Era un monstruo
hecho de sombra sólida y huesos crujientes, con ojos que eran agujeros de fuego
blanco y garras afiladas como cuchillos.

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VULKRA - LYZKNOCK

Su mera presencia era un peso de desesperación pura.


El monstruo lanzó un rugido que resonó en las paredes vacías del edificio, y se
abalanzó.
La batalla fue instantánea y feroz, una danza desesperada entre la devoción absoluta
y la maldad implacable. Vulkra no luchaba por ganar, sino por endurecer su alma
para la eternidad. Usó cada truco, cada golpe aprendido en sus siglos de existencia.
El choque de su armadura contra los huesos del monstruo era un eco sordo. La
espada de Vulkra cortaba la sombra, pero el monstruo se regeneraba más rápido,
más grande, más fuerte. La pelea estaba casi igualada, pero el monstruo tenía la
resistencia del Abismo, y Vulkra, la de un hombre finalmente cansado.
Vulkra sintió que sus fuerzas flaqueaban. Un golpe terrible del monstruo lo hizo volar
contra una columna, y su casco se desprendió, golpeando el hormigón. Vulkra estaba
tendido en el suelo, su cuerpo magullado, luchando por levantarse mientras el
monstruo se acercaba, regodeándose en la victoria.
Mientras tanto, en el mundo de la “normalidad”, Lyra estaba sentada en su pupitre,
intentando concentrarse en su clase.
El escudo de Vulkra, que él había liberado en la acera, había rodado
imperceptiblemente hasta la entrada de la escuela, como un guardián silencioso.
De repente, Lyra sintió una angustia opresiva y gélida en el pecho, mucho peor que
la noche anterior. Esta vez, la desesperación no era suya; era la de alguien que
amaba. Era el dolor de Vulkra, la derrota, la sensación del hierro caliente de la
condena.
Lyra llevó ambas manos a su corazón. Sin dudar, supo que su amado guardián estaba
en peligro, en peligro de muerte, de condena eterna. Su amor se encendió como un
faro de pánico y poder puro.
El monstruo levantó una garra para asestar el golpe final. Vulkra cerró los ojos,
aceptando su destino eterno. El demonio lo arrastró hacia la grieta, hacia el Abismo
que Vulkra había provocado.
Al borde del fuego rojo y palpitante, el monstruo lo sostuvo sobre la abertura. Desde
las profundidades, Vulkra escuchó una cacofonía de aullidos: las voces de los
demonios y los sirvientes que él había derrotado a lo largo de los siglos, todos ellos
condenados a no volver al mundo, gritando de alegría por su venganza.
—¡Al fin! ¡Al fin! —vociferaron las almas vengativas, ansiosas por arrastrarlo.
El monstruo rio con triunfo.
Las gotas de sangre de Vulkra se extinguieron en el aire caliente sobre el infierno,
que él miró serenamente. Era el fin.
Pero justo cuando su cuerpo comenzaba a descender hacia el fuego rojo, ocurrió el
milagro. El cuerpo de Vulkra, magullado y roto, comenzó a emitir un brillo suave y
luego intensísimo.
En ese instante, los recuerdos volaron en su mente: los siglos de vigilia, la bondad de
Anya, el perdón incondicional de Lyra, cada alma noble que había protegido.

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VULKRA - LYZKNOCK

Ese fue su deseo más puro.


La luz se intensificó hasta ser cegadora, un faro de redención que encegueció al
monstruo. Con un grito de agonía y terror, el demonio soltó a Vulkra, cayendo hacia
atrás mientras se cubría los ojos.
Vulkra flotó en el aire. La luz no solo lo sostenía, sino que curaba sus heridas en un
instante. Sus huesos rotos se soldaron, y sus ropas se repararon. El pacto de la
Condena se deshizo en un chasquido de magia.
La voz del Mal resonó por última vez, llena de furia, pero impotente: —¡Traidor! ¡Te
has ganado tu Luz! ¡Maldito seas!
Vulkra aterrizó suavemente, sano y redimido. Recogió su espada. Se puso de pie, un
guerrero puro con una única verdad.
Alzó su espada contra ese horrible ser aturdido, y lo golpeó con fuerza, haciéndole
caer al abismo que se cerró de inmediato, sellando el pacto.
Todos sus siglos de lucha, de espera y de devoción al bien habían liberado su alma.
Miró hacia el sol. Era libre y formidablemente poderoso.
De repente, él sintió algo diferente: no era solo la Luz de Lyra, sino un hilo de pánico
puro que se extendía a través del aire. Ella había sentido su derrota, y ahora, sin
saber que él había triunfado, había huido de la escuela con ayuda de sus amigos.
Lyra, mientras tanto, no había podido soportar la angustia. Se había levantado de su
pupitre, la opresión en el pecho ya insoportable, y había corrido. Su escudo mágico
rodó fielmente a sus talones, como un perrito leal.
Ella no sabía la dirección, pero ahora podía ver la luz. Una tenue pero inconfundible
luz, la misma que había curado a Vulkra, pulsaba en la distancia.
Lyra corrió por las aceras, su vestido de escuela volando.
Vulkra, con la rapidez de un rayo, despegó del edificio abandonado. Él la vería
primero, la encontraría.
Dobló la esquina de la segunda manzana, y allí la vio. Su Majestad Lyra, llorando y
corriendo, con su escudo rodando detrás.
—¡Majestad Lyra!
El grito de Vulkra fue de pura alegría, sin el tono protocolario ni la contención de
antes. Él ya no tenía que luchar contra sí mismo.
Lyra se detuvo, sus ojos hinchados por el llanto buscando la fuente de la voz. Lo vio.
Su Vulkra, de pie con su armadura de batalla, sano, radiante, y ahora, su propia luz
brillaba de forma visible a sus ojos.
Ella no dudó. Corrió.
Vulkra abrió sus brazos, y ella se arrojó a su pecho. El golpe fue duro, pero ni él ni
ella lo sintieron. Él la alzó en un abrazo de liberación.
—¡Estás bien! ¡Estás vivo! —sollozó Lyra contra su cuello.
—Soy libre, mi Luz. Y soy tuyo, por mi propia voluntad y por la eternidad.
Lyra supo que el peligro había terminado. El amor, que era su luz, había salvado a su
caballero.

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VULKRA - LYZKNOCK

Noemi Jaeckel regresó a la casa de sus padres con la misma intensidad de la lluvia
que ahora menguaba tras su ventana. Su taza de café estaba vacía. En el escritorio,
bajo la luz de la lámpara de latón, estaba el cuaderno: la historia había terminado.
Ella releyó la última línea que su mente había dictado: —Soy libre, mi Luz. Y soy tuyo,
por mi propia voluntad y por la eternidad.
Para Noemi, esta historia había sido su salvación. Fue su fiel compañera, el mapa
que la liberó de ese hospital del infierno. Era su historia contada de otra manera,
pero totalmente suya.
El Mal, los demonios, el pacto, la condena, no eran más que lo que la ataba en su
vida: la tristeza, la culpa, el matrimonio que la humillaba. Su esposo Edward, que se
creyó “bueno”, no era más que un vulgar hombre que se alimentaba de su debilidad.
Su Vulkra interior había derrotado esa oscuridad.
Y no podía darle un final triste. Lyra y Vulkra eran la prueba viviente de la esperanza.
Noemi cerró el cuaderno, sintiendo un peso de paz en sus manos. Porque todos,
absolutamente todos, necesitamos creer que algo mejor nos espera. De eso se trata
la supervivencia del ser humano; de lo contrario, nada tendría sentido.
Ella se puso de pie, su figura en el contraluz de la ventana. Su vestido de casa no era
una armadura, pero su columna estaba tan recta como la de Vulkra.
Noemi Jaeckel debía considerarse valiosa y brillar como su guardián redimido, tener
su propia Luz.
Miró su reflejo. En ese espejo, veía a una maestra, una estudiante, una hija. Una
mujer divorciada, sí. Pero sobre todo, veía a alguien libre de la condena.
Se dirigió a la cama. Mañana, regresaría a sus estudios. Regresaría a su trabajo. Y lo
haría con la certeza de que su propia Luz, protegida por la devoción eterna, nunca
más se apagaría.

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LYZKNOCK
VULKRA
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PROHIBIDA SU REPRODUCCIÓN
TOTAL O PARCIAL SIN
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VULKRA - LYZKNOCK

A continuación, obras narrativas editadas del mismo autor:

WHITE WARRIOR MASK, 2006


HORNS, 2007 - 2020
KNOCK COLBERT, 2009
DIAN GODDESS, 2012 - 2021
KAI AND BRENDA, 2021
THE HOLE FOREST (2008), Rewritten 2024
HEAVY RAIN DREAM (2009), Remake 2025
CARISA (1996), Rewritten 2025
VULKRA (2002), Rewritten 2025

Historietas editadas del mismo autor:

KENUGAR, 2013
YUM & ROCIO, 2013
RHAR, 2014
RED METAL WIRE, 2014
YUM KATOSHI, 2017
ROXIO'S LEGACY, Remake 2018
TOPAZLAND, Remake 2018
KAI RIDDAR (Precuela Kenugar), 2022
KAINE´S STREETS (DANGEROUS STREETS 2003), 2023
ERICK RUSHMAN (2011), Remake 2024

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