Vulkra, El Guardián Antiguo de La Luz
Vulkra, El Guardián Antiguo de La Luz
LYZKNOCK
EDICIONES 2025
VULKRA - LYZKNOCK
VULKRA
Escrita por
LYZKNOCK
VULKRA,
EL GUARDIÁN ANTIGUO DE LA LUZ
COPYRIGHT 2002
1
VULKRA - LYZKNOCK
Desde la ventana del cuarto de aislamiento de Noemi Dubois, el viento suave mecía
las ramas de los árboles, una belleza inalcanzable a considerable distancia del
hospital psiquiátrico. Un centro médico que, para ella, no era otra cosa que una
cárcel de experimentos y torturas.
Allí había terminado Noemi Dubois. Vestida con su bata blanca, parada frente a las
ventanas enrejadas, observaba pacíficamente el vaivén de los árboles.
Ella estaba recordando por qué estaba allí. Tenía treinta años de edad y, antes, una
vida hermosa: estudios de literatura casi terminados, la decisión de posponer la
maternidad, una casa acogedora en los suburbios y un hombre bueno que la amaba.
Sin embargo, un día el bulto apareció: cáncer. La mastectomía radical le salvó la vida,
pero la operación también la empujó a una crisis demoledora. Era por eso que
estaba allí. Su esposo era bueno, pero no pudo contener los ataques de furia y la
rabia que sentía por la mutilación. Ella pensaba que ya no era una mujer; era un
fenómeno. Estaba convencida de que era cuestión de tiempo para que la dejara por
alguien más, alguien que ella misma supiera cómo definirse.
Se acarició el cabello corto que tenía, le habían cortado el pelo, y luego bajó esa
misma mano hasta debajo de su axila. Allí su bata estaba húmeda por las
secreciones de la cirugía, que aún no habían cerrado. Su rostro expresó asco y se
limpió la mano con la misma prenda. De repente, sus ojos negros, sobresaltados,
giraron hacia la puerta blanca, la cual se abrió con la llave.
—Era hora de las torturas —pensó.
Los dos enfermeros corpulentos no perdieron tiempo. Uno la tomó del brazo
izquierdo, el otro la agarró del derecho. Noemi no se resistió; el brazo izquierdo de la
cirugía le dolía, sus fuerzas la habían abandonado y sus cicatrices le picaban con esa
sensación de querer arrancarse la piel.
Fue arrastrada. Las suelas de sus zapatillas de tela rasparon el linóleo frío del piso. El
largo pasillo del hospital se extendía ante ella como un túnel blanco e interminable.
La detuvieron frente a una puerta de metal. El olor a desinfectante se mezclaba con
un vago, metálico e irritante olor a ozono. Estaban en la sala de la Terapia
Electroconvulsiva (TEC).
Dentro, había una camilla con correas gruesas y un aparato de aspecto intimidante,
lleno de cables y diales. Un médico, con el rostro serio y sin emoción, los esperaba.
Noemi lo miró, y solo vio a un verdugo clínico.
La subieron a la camilla. Las correas se ajustaron a sus muñecas y tobillos. La
enfermera se inclinó para colocar una pieza de goma en su boca, un mordedor para
evitar que se mordiera la lengua.
Noemi cerró los ojos con una desesperación final.
—¡Él ha despertado! —gritó por dentro, intentando sofocar el sonido de su propia
respiración agitada.
El olor a humo prevalecía por encima de los demás.
—El guerrero más fuerte de todos, Vulkra—.
2
VULKRA - LYZKNOCK
Era de tarde en la gran ciudad. Altos rascacielos de cristal y oficinas se alzaban sobre
enormes centros comerciales. El aire pesado olía a monóxido de carbono por el
tráfico de los coches grandes y cuadrados. Todos tenían prisa, nadie miraba a nadie;
a nadie le importaban los problemas del otro. Sin embargo, las personas que vestían
pantalones de campana y chaquetas de cuero no pudieron evitar notar a un hombre
alto, grande y extraño cubierto con una capa negra. Era evidente que no pertenecía
a esa década.
Él era fornido, poderoso, de cabello largo y negro, ojos verde oscuro, de unos treinta
años. Debajo de su capa, llevaba puesto su traje militar de la época antigua: su ropa
era ligera y práctica. Su torso estaba cubierto por una túnica de lino grueso, de un
color tierra desvanecido por el tiempo y el polvo, ceñida a la cintura por un ancho
cinturón de cuero curtido. Sobre ella, un peto ligero de cuero endurecido, tachonado
con placas de metal oscuro, protegía su pecho y abdomen sin restringir el
movimiento.
Sus brazos, musculosos y tensos, estaban envueltos en brazales de cuero que se
extendían hasta los codos. Los pantalones, de lana oscura y ajustada, se metían
dentro de unas botas altas de cuero blando.
En su espalda, llevaba un escudo redondo de madera de roble, reforzado con un
borde de hierro y un umbo central (la parte central sobresaliente) de un metal
oscuro y pulido. Y a su costado derecho, colgando de su cinturón, iba su fiel
compañera: una espada larga de doble filo. No era excesivamente ornamentada,
pero su hoja, forjada por artesanos antiguos, brillaba con un filo letal. La
empuñadura, de cuero envuelto, prometía un agarre firme incluso en la batalla más
feroz. Vulkra era un guerrero para el movimiento constante, no para la fortaleza
estática.
—¿Dónde es la fiesta de disfraces, amigo? —dijo un muchacho burlón al de la capa,
mientras caminaba a su lado por la acera.
Sus ojos verdes y fríos cayeron en los del insolente muchacho, quien rio por lo bajo.
—¿Qué año es? —preguntó Vulkra, con una voz gruesa y espesa, capaz de
amedrentar a cualquiera.
El muchacho se asustó y huyó de él. Vulkra continuó caminando, observando una
alta catedral a varias manzanas de distancia.
Una preciosa joven de quince años, de cabello largo y negro y ojos de color marrón
claro, vestida con un uniforme escolar, ofrecía comida a los indigentes que estaban
sentados en los escalones de la catedral. Ella les sonreía con un aire de tristeza,
mientras miraba esos rostros cansados y sucios, quienes, por el contrario, gozaban al
verla.
La muchacha ingresó a la iglesia y, acercándose a un banco, se dispuso a rezar,
cerrando los ojos y entrelazando sus dedos frente al altar.
—Deberías apresurarte para ir a casa, Lyra —dijo un cura con una cara de evidente
preocupación. Él le alcanzó el maletín que ella había dejado en el piso.
3
VULKRA - LYZKNOCK
Lyra caminaba apresurada hacia una zona suburbana cuando, de repente, un auto
grande se detuvo junto a ella. La joven se alteró. Una de las puertas traseras del
vehículo se abrió, revelando a una mujer rubia con abundante maquillaje.
—No hagas tu vida más miserable, Lyra —dijo la señora desde el auto.
Luego, la escena cambió. En un gran salón iluminado con luces rojas, personas
yacían esparcidas, bebiendo, hablando; en lugares menos iluminados, algunas se
revolcaban en unos sillones.
Un grupo varonil miraba con interés a Lyra, quien se encontró sentada en uno de
esos sillones sin nadie a su alrededor. Ella lucía nerviosa, mirando la puerta de la
salida.
—No creí encontrarte en este lugar —mencionó un hombre del grupo que se acercó
a la niña—. Te he visto ayudar a las personas y a los animales indefensos —agregó
con una sonrisa cruel—. Vamos al privado.
—Es mi primera vez, sea suave, por favor —susurró Lyra, cabizbaja y avergonzada.
El hombre extendió su mano hacia la joven, pero Vulkra atajó su brazo con una
fuerza tan demoledora que pareció que iba a romperlo. El hombre gritó de dolor y
terror.
Lyra se paralizó de miedo al ver al guerrero. Vulkra lanzó al hombre contra la pared y
bajó la vista hacia la niña, con una serenidad que podía cortar el aire.
Seguidamente, las personas, impresionadas, se alejaron. En su lugar, llegaron dos
hombres corpulentos; uno de ellos lo apuntó con un arma.
—Alza las manos y voltéate —dijo el del arma.
Con la velocidad de un rayo, Vulkra se giró, desenvainó su espada y, lanzando un
golpe, perforó el arma de fuego con un solo movimiento. La pistola, dividida, cayó al
piso. Los dos de seguridad estaban asombrados. Su compañero reaccionó e intentó
propinarle un puñetazo. Sin embargo, el guerrero interpuso su espada, la cual
detuvo su ataque y lo hizo retroceder, gimiendo de dolor mientras se apretaba la
mano.
En tanto, Lyra avanzaba lentamente hacia la salida, aferrada a la pared y mirando
aterrada a Vulkra, quien se giró hacia ella y envainó su espada.
Ella, boquiabierta, atinó a cubrirse la cara con sus brazos cuando él se acercó. Vulkra
extendió su capa y envolvió a la chica con ella.
En breve, el guerrero salió de esa propiedad, corriendo a una velocidad inhumana,
sujetando el cuerpo de la joven debajo de su capa.
Los faroles de un extenso parque del vecindario se iluminaron en la temprana noche.
El lugar estaba solitario. Allí, Vulkra, de pie, descubrió con lentitud su capa y Lyra
cayó de él sobre la hierba. Sentada, ella alzó la cabeza hacia él, que le pareció una
montaña inexpugnable de terror.
—Tu luz es la misma, pero te ves diferente, princesa Anya —dijo él, observándola
detenidamente.
—¿Cómo... cómo me dijo, señor? —preguntó Lyra entrecortada, temblando.
4
VULKRA - LYZKNOCK
Lyra miró atónita cómo ese hombre extraño y poderoso se arrodilló ante ella para
reverenciarla con respeto.
—Disculpe, Su Majestad Anya —dijo con una voz más suave y los ojos cerrados—.
Entiendo que usted no me recuerda, princesa. Mi nombre es Vulkra, soy su guardián
real, Su Majestad Anya.
Con sus ojos fijos en ella, él se puso de pie.
—Mi guardián real... —susurró ella con una evidente confusión.
Lyra era incrédula. Justo cuando había cruzado la línea y aceptado prostituirse por
necesidad, apareció el guerrero con armadura. Se había justificado a sí misma: el
sexo no sería un sacrificio si lograba disfrutarlo, y el dinero era esencial para seguir
ayudando a los demás. Era una lógica infantil y desesperada, pero en su casa era
invisible; sus padrastros apenas le hacían caso. Nadie la controlaba.
No sabía qué pensar de Vulkra; era tan extraño, pero tan real como el frío viento que
corría en ese parque.
Él debía estar demente o debía estar equivocado de persona. Lyra no era una
princesa, solo era una muchacha común con malas calificaciones, que solo quería
ayudar a los demás.
Vulkra le tendió la mano para ayudarla a levantarse.
—Señor, usted... debe confundirme con otra persona. Me llamo Lyra, no Anya —dijo
ella, retrocediendo, atenta a cualquier reacción—. Agradezco su ayuda, pero debo
volver a casa... Adiós.
Ella corrió lo más rápido que pudo, aunque al levantar la vista, rebotó contra el
pecho de Vulkra, que se había adelantado con su increíble velocidad, y cayó
abruptamente al suelo. Lyra permaneció aturdida por un momento. No podía
escapar de él.
—Nunca te alejarás de mí. No permitiré que nadie ni nada extinga tu luz —dijo con
su voz grave, cargada de firmeza y severidad.
Ella, agitada, alzó la vista, regresando a su susto.
—¿De qué habla? Por favor, déjeme ir...
Esa vez, Lyra procuró incorporarse por sí misma, pero se asombró al ser levantada
por la espalda y las piernas. Pronto, sus mejillas se encendieron de vergüenza.
—La llevaré a su aposento, princesa Anya.
—¿Mi qué...? —susurró ella, atontada de tener a ese hombre tan cerca—. Es muy
apuesto, usted.
Vulkra, con la serenidad que lo caracterizaba, clavó sus ojos verdes punzantes en los
marrones de Lyra. Ella, a pesar del miedo, no podía ocultar que ese hombre que
acababa de conocer, y que la había salvado de un destino terrible, le resultaba muy
atractivo.
Sin dejar de mirarlo, Lyra alzó su mano tímida y temblorosa hacia el rostro de él. Sin
embargo, soltó un grito cuando él empezó a correr. Vulkra no se detuvo. Por ahora,
el destino era la casa de la niña.
5
VULKRA - LYZKNOCK
6
VULKRA - LYZKNOCK
Tenía que recuperar el cuento. Era su armadura, su coartada. Si quería salir de ese
espantoso lugar, no podía permitirse el lujo de la “demencia”. Debía ser la paciente
dócil y curada que los médicos esperaban, y para eso, necesitaba que Vulkra
estuviera a salvo. Necesitaba que él continuara la misión.
Vulkra. El nombre.
El intento de recordarlo era como un relámpago de dolor que le hacía apretar la
mandíbula. ¿Era un lugar? ¿Un nombre? Se forzó. Un guerrero. Su guardián. El
protector de Lyra.
Con un gemido de esfuerzo, las palabras llegaron:
—Vulkra... —susurró, y el sonido se sintió ajeno, pero real.
—Lyra... —La segunda palabra fue más firme.
La historia regresó en fragmentos borrosos: un hombre alto, una capa negra, una
ciudad ruidosa, y Lyra en peligro.
Noemi cerró los ojos y se enfocó en el dolor muscular, transformándolo en la
armadura fría de su campeón. El sabor metálico de la boca era ahora el sabor a
hierro de la espada.
Ahora que tenía la llave de regreso, tenía que seguir la historia. Vulkra estaba
corriendo con Lyra en sus brazos. Había que continuar.
El guerrero Vulkra llegó a una gran casa de los suburbios, saltando sin esfuerzo hacia
uno de los dos balcones de la propiedad con la niña en sus brazos. Ella no podía
dejar de asombrarse de su destreza extraordinaria.
Los pies de Lyra tocaron el piso. Ella se apresuró a abrir la ventana de su dormitorio.
Ambos entraron en silencio. Lyra encendió la luz, como si la electricidad fuera a
protegerla de ese bárbaro, quien, intentando disimular su extrañeza, recorrió con
sus ojos ese peculiar ambiente.
La habitación era de color rosa, aniñada, con abundantes peluches y juguetes
propios de una niña. Sin embargo, todos ellos estaban en sus envoltorios originales.
—Disculpe el desorden, señor... ¿Cómo me dijo que se llamaba, señor? —dijo
nerviosa, tomando un peluche que colocó contra su pecho—. Pero ¿cómo supo
dónde vivo?
—Princesa Anya, me gustaría que recuerde —respondió Vulkra con un tono de
enfado contenido. Retiró de sus atuendos una cinta celeste, de la más fina seda y
brillante. Se acercó a ella y se la enseñó, desplegándola sobre las palmas de sus
manos—. Este listón es de tu cabello, Majestad. Usted me lo obsequió como símbolo
de...
Lyra permaneció estupefacta, la mirada fija en él, escuchando cada palabra, pero sin
comprender nada. Vulkra se serenó y ocultó la cinta. En ese momento, la muchacha
sintió una angustia punzante al no poder comprender lo vital que ese hombre
intentaba decirle.
—¡Ya me acordé! Usted me dijo que se llama Vulkra —dijo ella, animándose—. Por
favor, le ruego que me disculpe, es que soy muy torpe —confesó con pena.
7
VULKRA - LYZKNOCK
—Usted es la luz, princesa An... princesa Lyra —dijo con firmeza, corrigiéndose—.
Usted es capaz de hacer lo imposible, y su bondad es tan grande que nada en este
mundo la supera.
Los ojos de Lyra brillaron al ser descrita de esa manera. Deslumbrada, dejó el
peluche a un lado y tomó las manos del guerrero.
—Es la primera vez que me dicen algo tan bonito, señor Vulkra. Es muy amable…
Lyra, sonrojada e insinuante, acercó su cuerpo al de él. Cualquier otro hombre se
habría sentido intimidado y, a la vez, deseoso de la proximidad de una jovencita tan
inocente y entregada. Sin embargo, Vulkra se mantuvo como una roca,
inquebrantable. Quizá la amaba, quizá ella era su amada princesa de otro tiempo
que él buscaba. Clavó sus ojos verdes en los marrones de Lyra, el gesto tenso por la
clara molestia.
—Podemos hacerlo aquí. Nadie está en casa —susurró la niña, parándose en la
punta de sus pies para intentar acercarse más a su rostro.
—Su majestad Lyra, un comportamiento como ese no es digno de una princesa.
—No soy una princesa, señor Vulkra —respondió, avergonzada. Se separó un paso
de él y bajó la cabeza, triste.
—Sí, lo eres y ellos también lo saben —murmuró Vulkra, con un enfado más
evidente.
Lyra levantó la cabeza, sorprendida, hacia él. El guerrero se giró hacia un gran espejo,
fijando la vista en su reflejo. Quizás buscaba calmarse para no hablar más de la
cuenta y no asustar a la muchacha.
—¿A quiénes se refiere, señor Vulkra? —preguntó Lyra, con incredulidad.
—Princesa Lyra, por ahora debe entender que usted tiene un don especial, y es por
ello que las personas se sienten encantadas con usted...
—¡Es porque me gusta mucho ayudar a los demás, señor! —interrumpió ella,
recuperando su alegría. —Disculpe, ¿no tiene hambre? —dijo, frotándose el
estómago, apenada—. Bajemos a la cocina a comer, señor.
Esa vez, el guerrero miró el reflejo de la niña, que salía de la habitación, con evidente
preocupación.
Lyra bajó la escalera con prisa. El guerrero la siguió.
La casa era el prototipo de la prosperidad de clase media en los setenta. Abajo, el
salón principal se extendía con una mezcla de ambición y confort. El aire
acondicionado, un lujo de la época, mantenía la atmósfera artificialmente fresca. El
piso de parqué crujía ligeramente bajo el peso de Vulkra. Las paredes estaban
cubiertas, en su mayor parte, por un papel tapiz estampado, con grandes diseños
geométricos en tonos tierra y naranja quemado. Un gran televisor presidía la sala,
junto a un sofá forrado de pana marrón y cojines de grandes estampados.
Lyra se dirigió hacia la cocina. El largo pasillo que conectaba los ambientes
reverberaba con el silencio. La casa tenía todas las comodidades que el dinero podía
comprar, pero carecía de vida. Solo ellos dos se encontraban allí.
8
VULKRA - LYZKNOCK
9
VULKRA - LYZKNOCK
—Sé que soy muy joven para usted, pero prométame que no se irá… —dijo ella con
profunda melancolía—. A pesar de que todos son mis amigos… estoy muy sola.
—Se lo prometo, Majestad Lyra —contestó Vulkra, con absoluta seriedad.
Más tarde, las luces del dormitorio de la niña se apagaron y ella, pronto, quedó
profundamente dormida en su cama. Era como si la muchacha supiera con absoluta
certeza que ese hombre extraño realmente estaba allí para cuidarla, que podía
confiar plenamente en él. Después de muchos años, no estaba sola en esa enorme
casa. Sentía que Vulkra era un guardián muy especial, venido directamente del cielo.
El guerrero la miró dormir por un momento, pero luego caminó hacia la ventana. Al
correr las traslúcidas cortinas, notó la presencia de un sujeto en la oscuridad de la
calle. Este estaba bien vestido con un saco largo, fumaba y miraba fijamente a Vulkra
con unos ojos encendidos de pura maldad.
El guerrero deslizó la hoja de la ventana lo más silencioso posible para no despertar
a Lyra, mientras con su otra mano alcanzaba la empuñadura de su espada. Iba a
atacar a ese desconocido y horrible individuo, quien, sin embargo, tiró su cigarrillo y
se alejó rápidamente en la oscuridad.
A la mañana siguiente, Lyra y Vulkra caminaban por la acera hacia la escuela. Ella
vestía su impecable uniforme escolar y él su elegante traje, con la capa negra
cubriendo estratégicamente su espada y escudo. Esta vez, Vulkra no llamaba la
atención de los demás, pero él igualmente se encontraba molesto y en alerta.
El siniestro hombre del cigarro de la noche anterior era solo un aviso: la tragedia era
inminente. A pesar de ello, Vulkra quería que su princesa Lyra tuviera una vida
normal hasta el último momento posible.
—¡Ay! Ahora sí me regañarán mis maestros por perder mis apuntes —se lamentó la
niña, mirando su nuevo portafolio, el cual estaba casi vacío.
Pero pronto, Lyra se encogió de hombros, riendo con esa tristeza inherente a su voz.
—Bueno, de todas formas no habrá mucha diferencia por lo torpe que soy.
Vulkra se detuvo, obligándola a parar también. Clavó sus ojos verde oscuro en los de
ella, y su voz, aunque grave, se suavizó con la solemnidad de un juramento.
—La torpeza es la debilidad de la carne, Majestad Lyra. Y la carne envejece y falla. —
Hizo una pausa, y su mirada se volvió intensa—. Tu luz es el espíritu, y el espíritu no
conoce la torpeza.
Lyra entró al colegio. Allí sus compañeros la saludaron y sus amigas la abrazaron con
cariño. Era un enorme edificio de varias plantas, con espacios de gimnasia y patios
externos, que ocupaba toda una manzana.
Ella, preocupada e intentando mostrar felicidad, fue llevada por sus amigos al
interior. No podía dejar de voltear hacia atrás, buscando a su amado Vulkra, que la
observaba inquebrantable desde las puertas. Las cuales, en breve, se cerraron.
Una vez que las puertas se cerraron, Vulkra desabrochó el escudo de su espalda. Su
escudo redondo de madera, con borde de hierro. Este fue depositado en el piso, e
inmediatamente comenzó a rodar por sí solo, alejándose de la entrada.
10
VULKRA - LYZKNOCK
El perímetro era demasiado grande de abarcar para una sola persona; por ello,
Vulkra usó su escudo para proteger a Lyra. El escudo se hizo invisible e inofensivo
para las personas ordinarias que transitaban por allí. Este rodaba alrededor de la
manzana sin detenerse. En breve, ya había completado la primera vuelta de
vigilancia.
Mientras un profesor explicaba la lección en la clase, Lyra estaba completamente
inmersa en sus sueños con su guerrero. En lugar de anotar las lecciones, como sus
amigos, ella escribía: “Yo amo a Vulkra” por toda la hoja.
Pensaba en casarse con él de inmediato; no tendría problemas con el
consentimiento de sus padres. Vulkra sería capaz de conseguir cualquier trabajo,
tendrían su propio hogar, y no importarían mucho las riquezas, solo lo suficiente
para vivir sin preocuparse demasiado. Ella sería una buena esposa y madre, porque
siempre soñó con tener muchos hijos. Les enseñaría a ser buenos con todos,
generosos, trabajadores, y, lo más importante, a que pudieran poner su granito de
arena para hacer este mundo mejor.
Vulkra caminaba lentamente, con un aire de melancolía profunda en su rostro,
mientras apreciaba la cinta celeste brillante de la Princesa Anya. Él pensaba que la
volvería a ver tal como la recordaba. Lyra era muy diferente; su luz era exactamente
la misma que Anya, de eso no tenía dudas, pero su carácter y su físico no lo eran. No
obstante, si tenía que pasar la eternidad cuidándola, lo haría. Esta vez no fallaría.
De pronto, él se giró abruptamente y furioso al escuchar un golpe seco.
Su escudo seguía rodando, pero había sido golpeado por alguien o algo. Al otro
extremo de la manzana, había dos sujetos. Ambos vestían finos trajes y sacos largos
negros. Poseían una mirada aterradora e irritada mientras pateaban una pared
invisible sin éxito: el escudo de Vulkra.
Los dos perversos hombres se giraron hacia el guerrero, quien estaba a pocos
metros de ellos, con su espada en alto.
—¡Entrega a la chica ahora! —le gritó uno de ellos con énfasis brutal.
Vulkra, con su increíble velocidad, avanzó contra ellos. Los atacantes se movieron
ágilmente, separándose uno del otro. El guerrero siguió al primero que, con un
movimiento rápido de la hoja de acero, fue acomido de forma fatal. Sin embargo,
este continuó escapando. Por otro lado, el segundo rival se acercó a Vulkra y arrojó
una gran lanza hacia él.
Afortunadamente, Vulkra se giró y rechazó el ataque con su espada. Pero, justo en
ese instante, el primero le propinó un fuerte puñetazo en el estómago que le hizo
retroceder varios pasos.
A lo largo de todo el suceso, las personas se alejaron asustadas; solo muy pocas
permanecieron en su sitio, fascinadas por la pelea
Esos hombres espantosos eran casi tan fuertes y habilidosos como Vulkra, quien,
lejos de amedrentarse, levantó su arma en posición de batalla. El sujeto que había
sido herido regresó corriendo, también armado con una lanza.
11
VULKRA - LYZKNOCK
Vulkra se abalanzó hacia el herido a la vez que el otro fue a buscar su arma.
Luego, el guardián de Lyra saltó varios metros en el aire y aterrizó sobre su enemigo,
quien, esta vez, gimió de horror al ser apuñalado en su estómago por la espada. La
punta perforó el piso de la acera. En ese instante, se abrió una grieta. Vulkra se
apartó unos pasos y desvió la mirada. Sus ojos irritados permanecieron fijos, sin
parpadear, cegados por su desquite.
Vulkra sabía que ese sujeto ya no volvería a este mundo: desde la grieta salió fuego
que abrazó al hombre, que gritaba con locura y luchaba por no desaparecer en ese
infierno. Su apariencia humana era un disfraz; su verdadero ser fue tragado en esa
grieta que en segundos se cerró. La figura humana se convirtió en polvo, al igual que
la lanza.
Vulkra vigilaba al otro de la lanza, que lo miró con sus ojos rojos de rabia e incluso
mostró sus dientes apretados, derramando saliva.
—Ella tampoco es Anya. ¿Por qué la proteges? —dijo ese individuo.
—Por la misma razón de siempre—respondió Vulkra.
Ese siniestro hombre se rio con crueldad.
—Pronto te arrepentirás de traicionarnos… La chica no es tan importante como el
destruirte, Vulkra.
El guerrero no respondió. Apenas le sonrió con burla, bajando su espada. No hacía
falta responderle a ese sirviente del mal. Vulkra no estaba allí protegiendo a Anya,
sino a Lyra, quien, mientras tuviera esa luz, era para él el tesoro más valioso del
universo. Todos decían que Dios nos había abandonado, pero no era así, y Lyra era la
prueba de ello.
La furia regresó a ese sujeto, que escupió el piso y se marchó velozmente. La batalla
estaba comenzando.
Más tarde, una patrulla llegó al lugar de los hechos, pero solo tomaron notas de
algunos pocos testigos, ya que no había heridos ni cuerpos que peritar; solo huellas
de que una riña se había consumado. Nadie se atrevió a señalar a Vulkra, que
vigilaba desde una esquina, en solitario. Finalmente, la policía se retiró.
Hacia la tarde, las puertas del colegio se abrieron. Lyra fue una de las primeras
alumnas en salir. Ansiosa y contenta por ver a su amado guerrero, lo encontró en la
misma esquina. Corrió hacia él y lo abrazó con fuerza alrededor de su torso. Vulkra
no demostró dolor, aunque justo allí había sido magullado por el puñetazo.
—Princesa Lyra, ¿cómo estuvo su día de clase? —preguntó Vulkra, con formal
seriedad.
Ella, tímida, se encogió de hombros y le sonrió con picardía.
—Muy bien, señor Vulkra.
Ahora, el escudo rodaba alrededor de la manzana de la casa de Lyra. Vulkra, parado
junto a la ventana de la sala, vigilaba y bebía pausadamente de su copa, en tanto
que ella, arrodillada en la baja mesa del centro del ambiente, copiaba apuntes de un
cuaderno a otro.
12
VULKRA - LYZKNOCK
Apenas había escrito unas líneas de la lección, pues la fascinación y la atracción que
sentía por él le impedían concentrarse. Esa vez, podía ver su espalda porque él se
había quitado la capa y su escudo continuaba su “patrullaje” invisible afuera. El calor
le subió a las mejillas al pensar en sus crecientes deseos de mujer; mordió la punta
de su lápiz y empañó el vidrio de la mesa con sus manos temblorosas. Estaba
decidida a actuar: si Vulkra no hacía el primer movimiento, ella tenía que decírselo.
—Señor Vulkra —dijo, casi tartamudeando, nerviosa—. Siéntese a mi lado.
Él se giró con lentitud, sereno, con sus ojos fijos en los de ella. Caminó hasta la mesa,
donde depositó su copa, y se sentó con las piernas entrelazadas sobre la alfombra, a
centímetros de ella.
Lyra sentía que ardía por dentro; sus palpitaciones se aceleraron y sus pupilas se
dilataron ante Vulkra, quien mantuvo su mirada serena, inexpugnable, sin expresar
nada. Por un momento, él bajó la vista hacia los cuadernos y frunció el ceño,
mientras ella se acercaba, pegada a él, otra vez con esa mirada insinuante, llena de
ardor.
—Majestad Lyra…
—Bésame —lo interrumpió ella, aferrándose a su musculoso brazo de roca.
Se miraron a los ojos, sus miradas estaban a la misma altura. Él seguía impasible,
pero enojado; en cambio, ella no tuvo miedo. El cariño que le tenía era tan grande
que desplazó el miedo, un sentimiento tan poderoso que creció en tan poco tiempo.
—No puedo, Princesa Lyra.
—¿Por qué no? —susurró, triste.
—Podría… —bajó la vista por un instante—. Podría extinguir tu luz, Majestad Lyra.
—El amor que siento por usted nunca podría extinguir la luz… —dijo ella suave, con
la dulzura más grande jamás vista.
Cuando Vulkra escuchó esa oración, se paralizó, visiblemente asombrado. Ya había
escuchado las mismas palabras hacia él de parte de la Princesa Anya.
Lyra le sonrió, lo rodeó del cuello y lo besó con amor.
Vulkra, por primera vez, el poderoso guardián, fue desarmado por la pasión. Lyra no
era su amada Princesa Anya, pero su espíritu y su luz eran idénticos. Él recordó su
gran amor por ella. Él la abrazó con delicadeza, sentándola en su pierna. Lyra tenía
razón: el beso de amor no había apagado su luz; por el contrario, la había hecho más
brillante.
Luego de unos segundos, separaron sus labios con suavidad y se miraron
penetrantemente a los ojos. Ella temblaba de la emoción; había besado al hombre
que quería, y era su primer beso. Él, por su parte, regresó a una seriedad forzosa.
—Usted es todo lo que he soñado —susurró Lyra con un suspiro repleto de descarga
y cariño genuino—. ¿Sigo siendo la misma para usted? —preguntó, preocupada.
—Sí —respondió con frialdad, buscando mantener su compostura y no revivir la
experiencia—. Estudia, Majestad Lyra —dijo antes de que ella pudiera hablar de
nuevo.
13
VULKRA - LYZKNOCK
Lyra era una buena muchacha, claro, pero carecía de ese impulso por el estudio;
creía que para una mujer era inútil. Ella solo quería complacer a su hombre; por ello,
escribía con rapidez los apuntes en su cuaderno. En tanto, Vulkra había regresado a
la misma ventana, para vigilar y también, para procesar lo que acababa de ocurrir.
Él estaba encadenado a la eternidad en ese plano. Había forjado un pacto solemne:
si sus enemigos lograban destruirlos, su alma caería al abismo insondable sin
retorno. Sin embargo, de prevalecer, podría permanecer indefinidamente en su
estado actual. Sus fuerzas, sus vastos poderes y su juventud inmutable jamás lo
abandonarían. Tras presenciar la muerte de su amada Anya a manos de su enemigo
ancestral, Vulkra selló su juramento condenatorio, a cambio de la certeza de
encontrar la resurrección de la princesa, sin importar el siglo en que esta
manifestara.
Había ido a dormir por años en las más remotas cuevas y grietas. Solo despertaba
cuando sentía que la luz que él amaba estaba cerca. Por siglos, había rescatado a
una numerosa cantidad de doncellas que habrían tenido el mismo destino que Anya.
Pero ninguna de ellas era su amada Anya.
Hasta que, finalmente, la luz revivida de ella apareció: era Lyra.
—¿Cómo…? —dijo Lyra, rompiendo el espeso silencio de la sala—. ¿Cómo era la
Princesa Anya?
Un asombro fugaz e imperceptible cruzó el rostro de Vulkra. Nunca esperó que Lyra
le preguntara por Anya. Él se giró con su postura firme y caminó hacia ella, quien,
visiblemente nerviosa, intentaba dibujarse una sonrisa. Observó, sin embargo, que
su tarea escolar estaba terminada.
—Majestad Lyra, ¿podría resumir oralmente la lección que acaba de finalizar, por
favor?
Ella le sonrió con vergüenza, mostrando sus dientes. Se encogió de hombros y bajó
la cabeza.
—Seguramente ella era mucho más bonita que yo, y la más lista de todas las chicas
—murmuró con un aire de melancolía.
Vulkra se arrodilló lentamente junto a ella, su rostro quedando a la misma altura. Su
expresión era de una seriedad absoluta, pero desprovista de ira.
—Escúcheme bien, Princesa Lyra. —Su voz era un susurro grave, cargado de historia
—. La Princesa Anya era admirable y poseía una belleza que movía reinos. Pero la
belleza es una vestidura que el tiempo desgarra.
Vulkra puso una mano firme sobre el hombro de Lyra.
—Usted posee la Luz. Esa luz que no se ve en los espejos ni se mide en los libros. La
Luz que me trae de regreso, una y otra vez, a través de siglos de oscuridad. Esa Luz
es tu verdadero ser, y es la más valiosa de todas las cosas. Ninguna otra doncella ha
brillado tan fuerte.
Aunque Lyra no pudo comprender la profundidad del relato de Vulkra, solo le bastó
la devoción con que él se las dedicaba.
14
VULKRA - LYZKNOCK
15
VULKRA - LYZKNOCK
16
VULKRA - LYZKNOCK
17
VULKRA - LYZKNOCK
18
VULKRA - LYZKNOCK
Lyra, que esperaba un gesto de amor, se encontró con una tristeza tan vasta en sus
ojos que sintió un escalofrío. Vulkra se inclinó, su voz apenas un susurro áspero que
sonó más a plegaria.
—Mi amor por la Princesa Anya me hizo débil. El Mal me ofreció un reino y un
matrimonio real a cambio de mi cooperación, y yo, en mi ambición ciega, acepté. Les
abrí las puertas. Por mi culpa, ellos la encontraron. Por mi error, ella fue... —Vulkra
cerró los ojos, el dolor de siglos era casi tangible en su rostro cuadrado—. Por mi
culpa, ella murió en mis brazos, Majestad.
Lyra no entendía las palabras de “reino” o “Mal”, pero entendía la culpa y el
desgarro. Vio la sombra de la traición y la congoja. Él era su guardián, el hombre más
fuerte del mundo, y sin embargo, estaba roto.
—He rezado por siglos pidiendo perdón, pero nunca hubo respuesta. Ahora estás
aquí, con la misma Luz. Dime, Princesa Lyra. ¿Puedes perdonarme?
Lyra sintió la presión del peso que él cargaba. Era más grande que su traje, más
pesado que su espada. Ella no dudó. No había lógica, solo corazón.
Soltó el brazo de Vulkra y puso sus pequeñas manos sobre las mejillas del guerrero,
obligándolo a mirarla.
—Señor Vulkra —dijo con una dulzura inmensa—. Yo no sé qué es un abismo, pero
sé que el amor no comete crímenes. Usted solo quería amarla. Y si esa Princesa Anya
era tan buena como me dice, entonces ella ya lo perdonó hace mucho tiempo. Y yo
también.
Vulkra se quedó inmóvil, con las manos de Lyra sobre sus mejillas. El guerrero que
había luchado contra demonios y la muerte por siglos, que había soportado el dolor
en su corazón, ahora estaba completamente indefenso ante la simpleza de esas
palabras.
El desgarro que había sentido en su pecho, el mismo que lo había anclado al dolor y
al pacto, por fin se cerró. Fue como si la Luz de Lyra no solo hubiera perdonado, sino
que hubiera cauterizado la herida abierta por la traición.
Sus ojos verdes, que usualmente mostraban furia o alerta, se humedecieron por
primera vez en incontables vidas. Él no lloró de tristeza, sino de liberación absoluta.
Con una reverencia que jamás le había hecho a nadie, Vulkra tomó una de las manos
de Lyra y la besó con una ternura infinita. Luego, la levantó de la hierba y la estrechó
contra su pecho. El abrazo esta vez era diferente: no era el beso de la pasión, sino la
promesa de la devoción eterna.
—Mi Majestad Lyra —murmuró contra su cabello, su voz grave temblando por el
peso de un juramento cumplido—. Ya no soy solo el guardián de la Luz. Soy su
siervo, y su verdad será mi única ley.
Lyra sintió la abrumadora intensidad de su abrazo y, por la emoción de sus palabras,
rompió a llorar. No eran lágrimas de tristeza, sino de gozo desbordante y de una
profunda vergüenza placentera. Se sintió abrumada, deseada y, sobre todo,
absolutamente suya.
19
VULKRA - LYZKNOCK
20
VULKRA - LYZKNOCK
21
VULKRA - LYZKNOCK
22
VULKRA - LYZKNOCK
23
VULKRA - LYZKNOCK
—Te esperaré aquí, Vulkra… Pronto nos volveremos a ver… —clamó el demonio con
desesperación y odio.
El guardia de Lyra sacó su arma y retrocedió unos pasos, vigilando su alrededor.
Observó su escudo mágico que rodaba, ahora con una lanza atravesada.
El demonio, abrazado por el fuego rojo de ese infierno, desapareció de forma
diferente al anterior; esta vez, su cuerpo se descompuso en una bruma gris y
pestilente, dejando un rastro de tejido oscuro y viscoso y un hedor a azufre y metal
quemado, que las fisuras de la calle absorbieron.
Con celeridad, Vulkra envainó su espada y recuperó su escudo mágico, ahora
marcado por un impacto profundo de la lanza enemiga, que desapareció.
—Tendré que repararte, amigo —murmuró, con una rabia contenida, y lo lanzó a
rodar de nuevo.
Saltó, regresando al balcón de Lyra. Su corazón latía con terror por ella, no por él.
—¡Majestad Lyra! —Su voz se quebró. Se arrodilló junto a la cama.
Lyra, temblando incontrolablemente, solo pudo susurrar una palabra: —Frío...
—Lo siento… —susurró él, triste, y la tomó de la mano, examinándola.
Ella reaccionó y lloró desconsolada. Se acercó y lo abrazó fuerte de su cuello. Y él la
abrazó a ella, poniéndose de pie, y aliviándose al constatar que, a pesar del horror,
estaba sana y a salvo.
Vulkra comprendió al instante que aquel no era un sirviente del Mal ordinario. La
amenaza se había elevado: estaban enviando a seres más poderosos, capaces de
sortear las defensas de su escudo. Con el corazón aún golpeado por el miedo, su
mente de guerrero se impuso: necesitaba idear una estrategia defensiva superior.
Noemi Jaeckel. El apellido, su apellido de soltera, se sentía en su lengua como un
sabor limpio y firme. Había abandonado el nombre de su exesposo como se
abandona una vestidura gastada.
Ella estaba sentada en el escritorio de su antigua habitación de adolescente, en la
casa de sus padres. La estancia olía a madera vieja y a la lavanda que su madre
usaba.
Afuera, una lluvia constante bañaba el paisaje urbano, golpeando suavemente los
cristales, un sonido que invitaba a la introspección. Eran horas cercanas a la
medianoche. Una taza de café negro, humeante, le hacía compañía en la esquina del
escritorio.
Noemi Jaeckel encendió la lámpara de latón, proyectando un círculo dorado sobre la
madera. Abrió su cuaderno y releyó la última página que había dictado su mente: la
traición, el terror y el grito de Lyra.
El horror de la escena no la asustó como antes. Al contrario: sentía una calma de
guerrera. La violación de la confianza (el demonio disfrazado de Vulkra) había sido su
trauma real en el matrimonio, y la batalla (Vulkra salvando a Lyra) había sido su
propia revancha y purificación.
Noemi tomó un sorbo de café. El sabor era amargo, pero reconfortante.
24
VULKRA - LYZKNOCK
«Vulkra comprendió al instante que aquel no era un sirviente del Mal ordinario. La
amenaza se había elevado: estaban enviando a seres más poderosos, capaces de
sortear las defensas de su escudo. Con el corazón aún golpeado por el miedo, su
mente de guerrero se impuso: necesitaba idear una estrategia defensiva superior.»
La frase la hizo reflexionar sobre su propia vida. Su escudo: su antigua creencia en el
matrimonio y la seguridad; había sido burlado. Su defensa ahora no podía ser la
huida, sino la construcción activa de una nueva vida.
Se apoyó en el respaldo, contemplando la lluvia. Ya no estaba sola. La acompañaba
la Luz de Lyra y la Devoción de Vulkra. El camino que debía tomar era el que Vulkra
ya le había enseñado: la defensa de su verdad, a pesar del dolor y la soledad. Su
solitaria noche era, en realidad, un campamento de batalla.
Con una exhalación suave, sintió el peso del lápiz. Era hora de dictarle a Vulkra su
próximo movimiento.
La adrenalina de la batalla se disipó, dejando un silencio goteante y el olor
persistente a azufre. Lyra, abrazada a Vulkra, temblaba sin control. Él, sintiendo la
fragilidad de su Majestad, la cargó con delicadeza extrema, llevándola lejos de la
cama profanada, hacia el dormitorio de sus tutores.
—Ya estás a salvo, mi Luz.
Ella negó con la cabeza, sus ojos cerrados e incapaz de abrirlos por el pánico. —Tenía
la forma de tu cuerpo. Tenía frío —murmuró, la palabra grabada en su terror. Luego,
susurró una súplica de niña asustada—: Quédate conmigo, señor Vulkra. Por favor,
acuéstate en la cama conmigo.
Lyra no lo pedía con el deseo de antes, sino con la pura necesidad de seguridad.
Necesitaba el calor de su protector, el ancla de su verdad.
Vulkra entendió. El guerrero que había luchado contra el demonio en el asfalto no
podía rechazar a la niña que luchaba contra las sombras en su mente.
—Estaré aquí —prometió.
—Gracias —suspiró aliviada.
Él la acostó con cuidado debajo de las sábanas y se tendió a su lado, completamente
vestido. Ella se acurrucó de inmediato contra su costado, aferrándose al tejido de su
traje. El calor de Vulkra era una muralla contra el frío del horror. Ella aspiró su aroma
natural, una mezcla de cedro y vainilla, que le ofreció un confort inigualable.
Lyra, por fin, pudo dormir. Su respiración se hizo lenta y uniforme, libre de pesadillas.
Vulkra, en cambio, no pegó los ojos. Se quedó acostado de espaldas, con un brazo
sosteniendo a Lyra y el otro aferrado a la empuñadura de su espada, mientras sus
ojos verdes vigilaban cada sombra, cada grieta. Su vigilia duró toda la noche. Su
corazón se hinchó con una ternura dolorosa; esto era amor en su forma más pura:
cuidado desinteresado.
Lyra fue engañada, así como él lo había sido. Ese pensamiento lo irritó hasta el
núcleo: no podía permitir que eso volviera a ocurrir. Su tesoro más valioso estuvo a
punto de ser destruido.
25
VULKRA - LYZKNOCK
Con las primeras luces del lunes, el peligro se trocó en logística urgente. Vulkra se
levantó con el sigilo de un felino, deslizando su cuerpo de la cama sin despertar a
Lyra.
El dormitorio de la niña era un desastre: la puerta principal colgaba de sus bisagras,
la alfombra estaba llena de trozos de cristal de la ventana, y el ventanal lucía un
cráter.
—La señora Inés —dijo Lyra, parada en la entrada, mirando preocupada a su
guardián. Su voz estaba llena de pánico por la realidad cotidiana—. ¡Vendrá a
limpiar!
La señora Inés era la eficiente y entrometida ama de llaves. La excusa de un
“accidente” con la ventana del balcón funcionaría, pero la puerta del dormitorio
destrozada era imposible de ocultar.
Lyra y Vulkra se movieron con velocidad. Vulkra usó su fuerza para arrancar la puerta
destrozada y ocultarla en el armario de servicio más grande, cerrándolo, y la
reemplazó con otra más vieja, que encontró en el ático. El ventanal, roto, fue
cubierto temporalmente con un plástico grueso para evitar que Inés viera el asfalto
dañado de la calle.
Ya con la casa asegurada, Vulkra se sentó en los escalones de la entrada y examinó
su arma de defensa más vital. El escudo mágico, que ahora solo rodaba lentamente,
tenía una cicatriz oscura y palpitante donde la lanza del demonio lo había
atravesado.
Lyra se sentó a su lado, tomando sorbos de leche de su taza, observando cómo
Vulkra usaba algunos trozos de la puerta del dormitorio y los oprimía en la abertura.
El guerrero concentró su energía y cerró la fisura del escudo, que ahora tenía un
parche de madera de diferente color, pero reforzó la magia dañada. El escudo volvió
a rodar con vigor renovado, pero Vulkra notó la verdad: la reparación era temporal.
El Mal había forzado una escalada en la defensa. Vulkra miró a Lyra, que lo
observaba con devoción.
—Tiene colegio, Princesa Lyra.
La próxima vez, el Mal atacaría a plena luz del día o en el lugar donde ella se sintiera
más confiada.
Otra vez con su capa colgando sobre sus hombros, ocultando su escudo y espada,
Vulkra acompañó a su Luz, Lyra, a la escuela. Ella sentía una presión de preocupación
en el pecho, una intuición, pero pensó que se debía al trauma de la noche anterior.
El guerrero estaba atento a su alrededor, pero en un momento crucial, miró a su
amada Princesa no solo como guardián, sino como el hombre y caballero que era.
—Majestad Lyra… —casi susurró.
Él se detuvo justo antes de la entrada. Ella lo siguió, alzando la mirada atenta y
expectante hacia él.
—Quiero pedirte... —dijo Vulkra con una firmeza que apenas ocultaba el dolor de su
alma—. Que me concedas un beso.
26
VULKRA - LYZKNOCK
Lyra sonrió de alegría. Sin pensar, alzó sus brazos hacia él. Vulkra la rodeó por su
esbelta cintura para alzarla, y ella lo besó con el amor más puro. El contacto alivió
sus miedos, su inquietud en el pecho. El amor era su luz, su poder, el ayudar, el
luchar, el hacer el bien. El beso de Vulkra intensificó la luz que Lyra había perdido
con el trauma de anoche.
Lyra entró a la escuela, feliz y confiada, pensando que cuando saliera, su amado
guardián estaría ahí, fielmente, esperándola.
Vulkra, inmutable, permaneció parado en la acera. Desató a su redondo escudo del
cinturón.
—Amigo, ahora seguirás a la Princesa Lyra para siempre. Adiós, amigo —dijo, y
depositó el escudo en el piso.
El guerrero se alejó lentamente del colegio. Cada paso era una sentencia de muerte
autoimpuesta, pero ineludible.
—El perdón de mi Luz ha roto mi culpa, Majestad. Pero no mi pacto. Mi alma debe
saldar la cuenta con el Mal para que usted pueda vivir libre. Perdóname por irme sin
despedirme de ti, mi Luz. Te evitaré el verme morir.
Vulkra ya no esperaba al Mal. Iba a buscar a su enemigo final. Sus pasos eran firmes
y decididos hacia su destino.
—Lucharé hasta que no dé más. Incluso cuando me derroten, y mi alma descienda al
Infierno por el pacto que hice, allí también lucharé. Lucharé por toda la eternidad, si
es necesario, como un sacrificio perpetuo para que la Luz de Lyra no se apague en
este mundo.
Vulkra caminó sin descanso, ignorando la confusión de la gente que veía a un
hombre vestido con una antigua armadura oscura en plena luz del día. Su destino
era un coloso de hormigón abandonado en las afueras de la ciudad, un esqueleto de
edificio, vacío y silencioso, perfecto para lo que tenía que hacer.
Al llegar al centro de lo que alguna vez fue un vestíbulo, Vulkra se detuvo.
Desenvainó su espada, el acero frío brillando con una tenue luz verde.
—Ahora estamos solo tú y yo, amiga fiel —susurró a la hoja—. Los dos condenados a
servir.
Con una resolución terrible, Vulkra levantó la espada sobre su cabeza y la dejó caer
con toda su fuerza, incrustándola profundamente en el suelo de hormigón.
El impacto no fue solo físico. Una grieta se abrió instantáneamente, no solo en el
suelo, sino en la realidad misma. El aire se hizo pesado, gélido, y un fuego rojo
oscuro comenzó a palpitar desde la fisura. El olor a azufre y metal hirviendo se hizo
abrumador, la puerta del Infierno se entreabría.
Él estaba abriendo el camino. El Mal no vendría por él, sino que sería obligado a salir
para reclamar lo que era suyo.
De la grieta emergió el enemigo final. No era un mero sirviente. Era un monstruo
hecho de sombra sólida y huesos crujientes, con ojos que eran agujeros de fuego
blanco y garras afiladas como cuchillos.
27
VULKRA - LYZKNOCK
28
VULKRA - LYZKNOCK
29
VULKRA - LYZKNOCK
Noemi Jaeckel regresó a la casa de sus padres con la misma intensidad de la lluvia
que ahora menguaba tras su ventana. Su taza de café estaba vacía. En el escritorio,
bajo la luz de la lámpara de latón, estaba el cuaderno: la historia había terminado.
Ella releyó la última línea que su mente había dictado: —Soy libre, mi Luz. Y soy tuyo,
por mi propia voluntad y por la eternidad.
Para Noemi, esta historia había sido su salvación. Fue su fiel compañera, el mapa
que la liberó de ese hospital del infierno. Era su historia contada de otra manera,
pero totalmente suya.
El Mal, los demonios, el pacto, la condena, no eran más que lo que la ataba en su
vida: la tristeza, la culpa, el matrimonio que la humillaba. Su esposo Edward, que se
creyó “bueno”, no era más que un vulgar hombre que se alimentaba de su debilidad.
Su Vulkra interior había derrotado esa oscuridad.
Y no podía darle un final triste. Lyra y Vulkra eran la prueba viviente de la esperanza.
Noemi cerró el cuaderno, sintiendo un peso de paz en sus manos. Porque todos,
absolutamente todos, necesitamos creer que algo mejor nos espera. De eso se trata
la supervivencia del ser humano; de lo contrario, nada tendría sentido.
Ella se puso de pie, su figura en el contraluz de la ventana. Su vestido de casa no era
una armadura, pero su columna estaba tan recta como la de Vulkra.
Noemi Jaeckel debía considerarse valiosa y brillar como su guardián redimido, tener
su propia Luz.
Miró su reflejo. En ese espejo, veía a una maestra, una estudiante, una hija. Una
mujer divorciada, sí. Pero sobre todo, veía a alguien libre de la condena.
Se dirigió a la cama. Mañana, regresaría a sus estudios. Regresaría a su trabajo. Y lo
haría con la certeza de que su propia Luz, protegida por la devoción eterna, nunca
más se apagaría.
30
VULKRA - LYZKNOCK
KENUGAR, 2013
YUM & ROCIO, 2013
RHAR, 2014
RED METAL WIRE, 2014
YUM KATOSHI, 2017
ROXIO'S LEGACY, Remake 2018
TOPAZLAND, Remake 2018
KAI RIDDAR (Precuela Kenugar), 2022
KAINE´S STREETS (DANGEROUS STREETS 2003), 2023
ERICK RUSHMAN (2011), Remake 2024
31