Dora Herrera Paredes y Hugo Morales Córdova
Stanton, Moffitt & Silva, 1993; Killias & Ribeaud, 1999; Moffitt,
1993a; OMS, 2003).
Al respecto, la investigación ha demostrado que no todos los
adolescentes y jóvenes violentos son iguales. Existen adolescentes
y jóvenes violentos que, pese a su funcionamiento psicológico
violento, no comenten delitos a pesar de estar expuestos al riesgo
de perpetrarlos (Lykken, 2000). Contrariamente, existen adoles-
centes y jóvenes que han cometido delitos sin que necesariamente
presenten este tipo de funcionamiento psicológico (Iza, 2002;
Moffitt, 1993ª, 1993b).
Los adolescentes y jóvenes violentos tienden a cometer una
variedad de delitos, además de presentar adicionalmente una va-
riedad de problemas conductuales asociados a su comportamiento
delictivo; entre ellos se encuentran un alto ausentismo o deserción
escolar, abuso de sustancias psicoactivas, características persona-
les tales como impulsividad y oposicionismo intensificadas, men-
tiras compulsivas, y altas tasas de enfermedades de transmisión
sexual (Caspi, Moffitt, Silva, Stouthamer-Loeber, Schmutte &
Krueger, 1994; Jaffee, Moffitt, Caspi, Taylor & Arseneault, 2002;
Koenen, Moffitt, Caspi, Taylor & Purcell, 2003; Krueger,
Schmutte, Caspi, Moffitt, Campbell & Silva, 1994).
No obstante, es importante destacar que no todos los adoles-
centes y jóvenes con la totalidad o alguno de los problemas
conductuales mencionados serán necesariamente violentos o de-
lincuentes; asimismo, no todos los adolescentes y jóvenes delin-
cuentes presentan consistentemente estos problemas (Broidy,
Nagin, Tremblay, Brame, Dodge, Fergusson, Horwood, Loeber,
Laird, Lynam & Moffitt, 2003; Iza, 2002; Morales, 2004).
Sin embargo, aquellos adolescentes y jóvenes que desde la ni-
ñez y la pubertad han sido expuestos a una serie de desventajas a
218
Comportamiento antisocial durante la adolescencia
lo largo de su desarrollo tales como cuidados negligentes, pobre
estimulación temprana (Henry, Moffitt, Robins, Earls & Silva,
1993), aprovisionamiento insuficiente, y que además reúnen una
serie de déficits neuropsicológicos verbales y ejecutivos, acompa-
ñados de desórdenes severos del desarrollo, como déficit
atencional e hiperactividad (Henry, Caspi, Moffitt & Silva, 1996),
tienen mayor probabilidad de desarrollar un patrón de conducta
antisocial persistente a lo largo del ciclo de vida (Baltes,
Lindenberger & Staudinger, 1997; Caspi, McClay, Moffitt, Mill,
Martin, Craig, Taylor & Poulton, 2002; Caspi & Roberts, 2001;
Lahey & Loeber, 1992; OMS, 2003).
Al respecto, debe señalarse que no ocurre lo mismo con sus
pares adolescentes, que de modo casi independiente de los entor-
nos criminógenos en que se hayan desarrollado (Bronfenbrenner,
1999; Bronfenbrenner & Ceci, 1994; Bronfenbrenner & Morris
1997), no presentan las mismas características de desventaja per-
sonal y no presentan, por tanto, el mismo patrón de conducta
(Moffitt, 1993a, 1996).
Si este último grupo de adolescentes cometiera algún tipo de
delito, su conducta antisocial tendría que ser explicada directa y
principalmente por los efectos de los entornos ambientales en los
que interactúan (Frías-Armenta, López- Escobar & Díaz-Méndez,
2003) y por los procesos de socialización negligentes sobre los
que se han desarrollado (Blunt, Bugental & Goodnow, 1997); no
necesariamente por variables individuales. Ello permite indicar
que dicho comportamiento antisocial-delictivo se presenta de ma-
nera limitada al periodo de la adolescencia (Moffitt, 1993b, 2001,
2002).
Entre los factores de vulnerabilidad identificados más impor-
tantes, la investigación ha demostrado que los adolescentes de gé-
nero masculino tienen una mayor probabilidad de pertenecer al
219
Dora Herrera Paredes y Hugo Morales Córdova
grupo de adolescentes que muestra comportamiento antisocial per-
sistente a lo largo de la vida, en comparación con sus respectivos
pares femeninos (Magdol, Moffitt, Caspi, Newman, Fagan & Sil-
va, 1997; Moffitt, Caspi, Rutter & Silva, 2001).
Otro importante grupo de factores de riesgo identificados en
esta población lo constituye su asociación con otros tipos de vio-
lencia. Presenciar actos violentos en el hogar o sufrir abuso físico
o sexual puede condicionar a los niños y adolescentes a conside-
rar la agresión como un medio aceptable para resolver problemas
o interactuar con los demás (Jaffee, Moffitt, Caspi, Taylor &
Arseneault, 2002; Koenen, Moffitt, Caspi, Taylor & Purcell, 2003;
OMS, 2003).
Del mismo modo, la exposición prolongada a conflictos ar-
mados como el terrorismo también puede contribuir a sostener
una cultura del terror que haga más fácil la aparición de adoles-
centes y jóvenes violentos (Bandura, 1977). En ese sentido, la
comprensión de los factores que incrementan el riesgo de que los
adolescentes y jóvenes se conviertan en víctimas y perpetradores
de actos violentos, como delitos y crímenes, es esencial para for-
mular políticas y programas eficaces de prevención de la violen-
cia adolescente y juvenil (OMS, 2003; Peñaherrera, 1998).
Cabe mencionar que el delito no es un constructo psicológico
sino una categoría jurídico-legal bajo la cual no es posible agrupar
a todos los delincuentes existentes, pues éstos son muy diferentes
entre sí, y el único elemento común a todos ellos es la conducta o
el acto mismo de delinquir. Este acto reúne un conjunto de varia-
bles psicológicas organizadas consistentemente, configurando un
patrón de conducta al cual los psicólogos denominan comporta-
miento antisocial (Farrington, 1983; Iza, 2002).
En este sentido, es preciso indicar que las correspondencias
entre los dominios del delito y del comportamiento antisocial son
220
Comportamiento antisocial durante la adolescencia
unidireccionales, es decir, todo delito representa un tipo de com-
portamiento antisocial (Blackburn, 1995), pero no todo comporta-
miento antisocial constituye un delito, en tanto no haya sido tipifi-
cado como tal en la legislación penal de una Nación (Iza, 2002).
Por lo que debe señalarse que en la legislación penal peruana, los
adolescentes que delinquen no son llamados delincuentes, sino
infractores. La razón obedece a que la trasgresión a la Ley Penal
por parte de un adolescente en el Perú es considerada una infrac-
ción a la Ley.
Etiología de la delincuencia juvenil II: las trayectorias del de-
sarrollo
En el campo de la violencia y la criminalidad, el término tra-
yectoria se ha utilizado para referirse a la evolución o curso de un
comportamiento cuando no se recibe tratamiento o intervención
alguna. En la salud pública se emplea el término “historia natural
de una enfermedad” para referirse a esta idea.
Estudiar la violencia criminal como la posibilidad de una tra-
yectoria en el comportamiento delincuencial es un paso muy im-
portante para el entendimiento del problema y el diseño de políti-
cas públicas de prevención de la violencia criminal focalizada es-
pecialmente en población joven. Implica que se está considerando
que la violencia y el crimen no son sólo producto de las circuns-
tancias del momento como la falta de vigilancia, un conflicto
interpersonal, el consumo abusivo de alcohol, o la tenencia de ar-
mas, sino también producto de una historia personal del
neurodesarrollo social. Por qué y cuándo se inicia, cuáles son los
signos tempranos y cómo evoluciona, son elementos indispensa-
bles para pensar en prevenir o interrumpir esta historia.
Asimismo, es importante saber si existe más de una trayecto-
ria, pues ello podría implicar la existencia de diferentes tipos del
221
Dora Herrera Paredes y Hugo Morales Córdova
problema con distintas causas, cursos y pronósticos; y consecuen-
temente, diferentes formas de prevenir o de tratar. Muchas de las
teorías predominantes al interior de la Criminología moderna tien-
den a englobar a la población de violentos o de infractores como
si fuera una población homogénea, explicando las diferencias en
la edad de aparición, persistencia o severidad del crimen como
distintos niveles del mismo problema (Bandura, 1973; Gottfred-
son & Hirschi, 1990; Sutherland & Cressey, 1999). A continua-
ción revisaremos algunas de las más importantes contribuciones al
respecto.
Según el tipo de delito: especialización vs. versatilidad
Una forma frecuente de clasificar a los delincuentes es por el
tipo de delito. La evidencia empírica sobre la tendencia a cometer
un sólo tipo de delito (especialización) versus la versatilidad en la
actividad delincuencial es controversial.
Por un lado, algunos investigadores han encontrado que sí
existe esta tendencia (Farrington, Snyder & Finnegan, 1988), en
especial para aquellos que continúan delinquiendo en la edad
adulta y durante más tiempo (Blumstein, Cohen, Das & Moitra,
1988), aquellos involucrados en delitos de “cuello blanco” (Ben-
son & Moore, 1992), y los que inician actividades delincuenciales
luego de tener problemas de adicción a drogas (Farabee, Joshi &
Anglin, 2001).
Incluso, sobre la base de estudios de gemelos y estudios de
adopción, Mednick y Kandel (1998) piensan que posiblemente
existen factores genéticos que predisponen hacia los delitos contra
la propiedad mientras que factores perinatales parecen ser impor-
tantes para los delitos contra las personas.
222
Comportamiento antisocial durante la adolescencia
No obstante la evidencia anterior, luego de una revisión ex-
haustiva de la literatura sobre el tema cubriendo los años de 1966
a 1995, Simon (1997) concluyó que si bien existen algunos delin-
cuentes especializados en algunos tipos de delitos, la mayoría, en
especial los más persistentes, no tienden a especializarse. Investi-
gaciones posteriores a esta revisión brindan soporte adicional a
esta conclusión (Piquero, 2000; Piquero & Buka, 2002).
Estudios sobre las trayectorias del comportamiento criminal
por tipo de delito muestran diferencias en la frecuencia de la acti-
vidad delincuencial con picos alrededor de los 16 años de edad,
sin importar el tipo de delito (Brame, Mulvey & Piquero, 2001).
Igualmente, para aquellos que son persistentes en su conducta an-
tisocial, los dos grupos (especializados y no especializados) no
parecen diferir en sus antecedentes familiares o personales
(Farrington, 1989).
En 1998, Rolf Loeber y su grupo de investigación en la Uni-
versidad de Pittsburg propusieron, basándose en un seguimiento
longitudinal durante 14 años a una cohorte de niños (n = 517),
tres trayectorias para el desarrollo del comportamiento criminal
(Loeber, Farrington, Stouthamer-Loeber, Moffitt & Caspi, 1998).
En las tres trayectorias, los comportamientos más serios son
precedidos por otros menos graves. Un primer camino, denominado
abierto o público, se inicia con una agresión menor (molestar o
amedrentar a otros), seguido por participar en peleas con
enfrentamientos físicos y verbales, terminando en delitos violentos.
Un segundo camino es denominado vía encubierta y se inicia
con comportamientos encubiertos menores como decir mentiras,
robar pertenencias de otros u objetos en venta de las tiendas, pro-
gresa a daños a la propiedad, y termina en delitos menores a se-
rios como fraude, robo y asalto.
223
Dora Herrera Paredes y Hugo Morales Córdova
El tercer camino se inicia a través del comportamiento desa-
fiante y oposicionista, progresa a desobediencia y termina en
desacatamiento de normas de funcionamiento familiar y social,
como escaparse de la casa o la escuela, o permanecer fuera del
hogar por muchas horas y hasta tarde.
Soporte empírico adicional para este modelo surge de los
análisis de los datos de la National Youth Survey (una encuesta
nacional tomada a una muestra aleatoria de jóvenes de ambos
sexos entre 12 y 17 años de edad en los EE.UU.) y del Chicago
Youth Development Study (un estudio de seguimiento de niños de
quinto y séptimo grado de escuelas públicas en la ciudad de
Chicago).
En esta prueba del modelo, el 84% de los delincuentes cum-
plieron los pasos o caminos propuestos por Loeber et al. (Tolan &
Gorman-Smith, 1998). Este porcentaje fue mayor cuando se limitó
el análisis al subgrupo de delincuentes más serios o violentos.
Según el patrón de agresión: agresión reactiva vs. proactiva
Dodge (1991) ha propuesto la existencia de dos tipos de con-
ductas agresivas: una agresión reactiva y otra proactiva, aunque es
frecuente observar los dos tipos en un mismo individuo. La pri-
mera es un tipo de agresión que se produce en reacción a la pro-
vocación, de allí el nombre de reactiva.
Teóricamente, estas personas no iniciarían peleas pero serían
muy sensibles a cierto tipo de estímulos (cuestionamientos a su
identidad o poder, ofensas a la autoestima) y reaccionan con ira en
forma descontrolada y desproporcionada. En cambio, la agresión
proactiva se utiliza para obtener algún bien o beneficio (objetos o
dominación de otro, por lo que tiene un carácter eminentemente
224
Comportamiento antisocial durante la adolescencia
instrumental) y suele carecer de manifestaciones de afecto (se trata
de una acción fría y calculada).
Los dos tipos de agresión corresponden a diferentes estructu-
ras, conexiones, circuitos y sistemas de neurotransmisión a nivel
cerebral (según lo observado en modelos animales), diferentes
procesos cognoscitivos, y probablemente diferentes etiologías.
Dodge (1991) propuso, a manera de hipótesis, que la agresión
reactiva podría ser el resultado de experiencias en la infancia y la
niñez que disminuyen la sensación de seguridad y elevan los nive-
les de estrés como, por ejemplo, la pérdida de un ser querido y
las amenazas crónicas (el maltrato y el abuso durante la niñez o el
ser testigo de violencia), especialmente cuando son impredecibles.
En cambio, la agresión proactiva podría ser el resultado de una
alta exposición y valoración de respuestas agresivas (en la familia,
la comunidad o la televisión) y una falta de exposición a compor-
tamientos prosociales (modelos de conducta socialmente adecua-
dos).
La investigación empírica sobre estos dos patrones
conductuales de agresión es limitada. Sin embargo, se ha encon-
trado que la agresión reactiva se asocia más frecuentemente con
antecedentes de maltrato y estrategias disciplinarias severas y apa-
rece a más temprana edad (alrededor de los 4 años de edad).
Los niños con este patrón de agresión manifiestan hipersensi-
bilidad y tendencia a malinterpretar signos sociales, generan re-
chazo entre sus pares y maestros (Dodge, Lockman, Harnish, Ba-
tes & Pettit, 1997), y tienen mayor riesgo de agredir a su pareja
(Brengden, Vitaro, Tremblay & Lavoie, 2001).
Por el contrario, la agresión proactiva aparece alrededor de
los 6 años de edad (Dodge et al., 1997) y predice conductas
delincuenciales durante la adolescencia (Brengden et al., 2001;
225
Dora Herrera Paredes y Hugo Morales Córdova
Vitaro, Gendreau, Tremblay & Oligny, 1998), explicadas especial-
mente por los efectos del aprendizaje social durante la socializa-
ción infantil.
Establecer las diferencias entre estos dos tipos de agresión y
sus factores determinantes tiene importantes implicancias para la
prevención y el control de la violencia y la criminalidad. Primero,
porque es muy probable que ciertos programas tengan mejores re-
sultados con algún tipo de agresión que con otro. En segundo lu-
gar, porque conociendo los factores determinantes de cada tipo de
agresión, es posible diseñar programas de prevención primaria.
Por ejemplo, ciertos factores como el alcohol y el estrés podrían
ser más importantes para los reactivos que para los proactivos. La
evolución de cada tipo de agresión nos podría también orientar
sobre los momentos apropiados de la intervención.
Según la edad de iniciación y persistencia: precoces vs. tardíos
En una publicación de 1989, Patterson, DeBaryshe y Ramsey
plantearon la existencia de al menos dos caminos a la delincuen-
cia o criminalidad: uno de iniciación en la edad escolar y otro de
inicio en la adolescencia. Según estos autores, unas prácticas de
crianza inapropiadas serían el factor que conduciría a la aparición
del problema en ambos casos.
En este mismo sentido, Moffitt (1993a) también propuso la
existencia de dos grupos de adolescentes antisociales: 1) limita-
dos a la adolescencia (adolescence-limited) y 2) persistentes a
través de la vida (life-course-persistent). Según sus investigacio-
nes, estos últimos, correspondientes a la minoría dentro de la
población de delincuentes, se caracterizan por la aparición tem-
prana (incluso desde la edad preescolar) y persistente de un con-
junto de problemas de comportamiento que irían escalando en
226
Comportamiento antisocial durante la adolescencia
frecuencia y severidad y, si bien cambian en sus manifestaciones
según la edad, correspondía al mismo tipo de problema (continui-
dad heterotípica). Por ejemplo, la agresión en la edad preescolar
podría manifestarse como rabietas, en la edad escolar como des-
tructividad y agresión hacia otros en la adolescencia.
Por el contrario, Moffitt (1993a) postula que los autolimitados
a la adolescencia corresponden a la gran mayoría de jóvenes que al-
guna vez se han involucrado en actividades delincuenciales y se
distinguen porque carecen de problemas de conducta notorios du-
rante su niñez.
La confluencia de estos dos grupos explicaría por qué se ob-
servan tasas de participación en delincuencia y violencia espe-
cialmente altas durante la adolescencia. La desaparición del gru-
po de autolimitados explicaría el descenso que se observa en es-
tas tasas luego de la adolescencia. El soporte empírico para esta
taxonomía es aún incipiente pero persuasivo (Bartusch, Lynam,
Moffitt & Silva, 1997; Chung, Hill, Hawkins, Gilchrist & Nagin,
2002; Moffitt, 1993a; Moffitt & Caspi, 2001; Moffitt, Caspi,
Harrington & Milne, 2002; Nagin, Farrington & Moffitt, 1995;
Simons, Wu, Conger & Lorenz, 1994; Tolan & Thomas, 1995;
Vitelli, 1997).
Los estudios mencionados incluyen poblaciones de Canadá,
Inglaterra, Nueva Zelanda, Suecia y EE.UU. También existen es-
tudios colombianos demostrando la existencia de estos dos grupos
aunque aún restringidos a población de delincuentes adultos
(Klevens, Restrepo, Roca & Martínez, 2000; Klevens & Roca,
1999). Estos dos caminos parecen ser similares entre hombres y
mujeres (Moffitt & Caspi, 2001), aunque algunos estudios son
consistentes en señalar un mejor ajuste del modelo a muestras de
adolescentes varones.
227
Dora Herrera Paredes y Hugo Morales Córdova
Además de la diferencia en la edad de inicio del comporta-
miento antisocial, se encuentran diferencias en sus factores deter-
minantes. Los factores asociados al camino precoz y persistente
son múltiples e incluyen: problemas neurocognitivos (hiperactivi-
dad, problemas de atención, impulsividad, bajo nivel de habilida-
des verbales), rasgos de personalidad (temperamento difícil, reac-
tividad emocional negativa, tendencia a ser temerario y a buscar
lo novedoso), prácticas de crianza inapropiadas (estrategias disci-
plinarias agresivas e inconsistentes, carencia de interacción inter-
personal positiva, falta de supervisión) y conflicto familiar (Bar-
tusch et al., 1997; Klevens, Restrepo, Roca & Martínez, 2000;
Moffitt et al., 2001; Moffitt, Caspi, Harrington & Milne, 2002; Si-
mons et al., 1994).
En contraste, el grupo de inicio tardío tiene pocos factores de
riesgo, es decir, es bastante parecido a la población de jóvenes
que no se involucra en hechos delictivos excepto por dos caracte-
rísticas: mayor frecuencia de interrupciones en la supervisión
adulta y mayor tiempo de exposición a pares antisociales
(Bartusch et al., 1997; Klevens et al., 2000; Patterson & Yoerger,
1997; Simons et al., 1994).
Los dos grupos difieren también en su pronóstico. Para los
precoces y persistentes, el pronóstico es bastante reservado. Ade-
más de los riesgos de criminalidad y violencia, tienen mayores
probabilidades de fracaso y deserción escolar, consumo temprano
y excesivo de alcohol y drogas, precocidad y promiscuidad
sexual, infracción de normas de tránsito, inestabilidad laboral y
afectiva, y violencia doméstica (Farrington, 1995; Klevens et al.,
2000).
Por el contrario, el grupo tardío tiende a involucrarse en deli-
tos de menor gravedad (delitos contra la propiedad, los de “cuello
blanco”, y los relacionados con el narcotráfico; Loeber, 1990). Sin
228
Comportamiento antisocial durante la adolescencia
embargo, aún se carece de suficiente evidencia sobre su eventual
desistencia, y aún cuando desisten, parecen tener otros problemas
como beber más, usar drogas con más frecuencia e involucrarse
en peleas (Nagin, Farrington & Moffitt, 1995).
Otros investigadores han encontrado más de dos caminos:
precoces y persistentes de alta actividad versus precoces y persis-
tentes con baja actividad sin diferencias en sus factores determi-
nantes (Nagin et al., 1995). En otro estudio, se describe un grupo
de precoces que, excepto por la edad de iniciación, se parecen a
los tardíos, es decir, se involucran en delitos de menos seriedad y
desisten al llegar a la edad adulta (Chung et al., 2002). El factor
que diferencia a este grupo de los precoces y persistentes es que
viven en barrios donde la exposición a pares antisociales y la dis-
ponibilidad de drogas es menor.
Una de las limitaciones de las dos clasificaciones anteriores
es que mezclan violencia con otros comportamientos antisociales
o criminales como fugarse de la casa, robo y consumo de drogas.
Tremblay y sus colaboradores han realizado varios estudios en
Montreal documentando la historia natural de la agresión física.
Primero, basándose en observaciones de niños y reportes de sus
madres, obtuvieron evidencia de que el comportamiento agresivo
aparece en algunos niños desde los 7 meses de edad. El porcenta-
je de niños mostrando ese comportamiento se incrementa en la
medida en que ganan movilidad, de manera que antes de los 2
años de edad, la mayoría de los niños han sido alguna vez física-
mente agresivos con otros (Tremblay, Japel, Pérusse, Boivan,
Zoccolillo, Montplaisir et al., 1999).
Esto parece ser el pico para el comportamiento agresivo, por-
que según los datos de un estudio transversal en una muestra re-
presentativa de niños canadienses, el porcentaje de niños con
229
Dora Herrera Paredes y Hugo Morales Córdova
comportamientos agresivos disminuye progresivamente a partir de
los 3 años de edad (Morales, 2004).
En otro estudio con una cohorte de niños seguidos desde los
6 hasta los 15 años de edad, Nagin y Tremblay (1999) encontra-
ron que alrededor de 5% de su cohorte mostraba comportamiento
agresivo persistente, mientras que 20% a 30% de los niños tenían
altos niveles de agresión a los 6 años, y otro 50% tenía niveles
moderados de agresión pero desistía con el tiempo. Alrededor de
la mitad del grupo con agresión persistente manifestaba también
comportamiento oposicionista.
Finalmente se constató que este grupo de agresores persisten-
tes fue el que se involucró con mayor frecuencia en delitos vio-
lentos durante su adolescencia. Este grupo de agresores persisten-
tes parece corresponder al grupo que hemos llamado precoces y
persistentes, y aunque Nagin y Tremblay rechazan la idea de un
grupo de aparición tardío, en otra publicación describen trayecto-
rias de niños que no manifiestan comportamientos agresivos a los
6 años pero muestran comportamientos violentos de manera tran-
sitoria o con baja frecuencia (Brame, Nagin & Tremblay, 2001),
lo cual concuerda con la descripción de tardíos propuestos por
Moffitt (1993a).
Conclusiones y recomendaciones
Existe consenso respecto a la estrategia para prevenir la violen-
cia juvenil. Se considera que, junto a otros comportamientos de ries-
go, el fortalecimiento de políticas públicas eficaces y sostenidas re-
presenta la mejor alternativa para promover la calidad de vida, el de-
sarrollo y la inserción social de los adolescentes y jóvenes (Cortázar,
Francke & La Rosa, 1998; Francke, 1998; La Rosa, 1998). Por lo
tanto, es necesario replantear y reformular las estrategias actuales
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