Cuidado con descuidarte
Ser descuidado tiene su precio. A veces ese precio es muy alto. Un descuido momentáneo, una
negligencia, pueden crear gigantes ¿Qué nos hace ser descuidados o negligentes? Existen al menos 5
causas.
Causa número 1: impaciencia.
Muchas veces, por estar apresurados nos creamos problemas. La persona que entra y sale del tránsito
intentando ganarle al semáforo o ahorrar unos minutos. Muy probablemente causará un accidente.
Quien copie de otro los resultados de un examen para lograr una buena calificación no aprenderá las
cosas más importantes y probablemente reprobará la materia. Tómate tu tiempo. Se diligente. Así
tendrás que enfrentar menos gigantes debido a tu negligencia. Sal. 37:1
Causa número 2: Codicia.
Algunas veces la codicia nos hace descuidados o negligentes. La codicia es ese deseo insaciable de
tener más y más y nunca querer compartir. Nos lleva a pensar solamente en nosotros y en nuestro
propio bien y no en los de los demás. La codicia nos vuelve insensibles y ególatras. Ex. 20:17. Atrévete
a pagar el precio!
Causa número 3: Distracciones.
Las distracciones son peligrosas. Un simple descuido puede provocar un problema gigante. Por eso
debemos estar siempre alertas. Debemos prestar atención. Estar vigilantes. Tal como Jesús lo dijo en
Mateo 26:41
Causa número 4: Malos consejos
Hay momentos en que necesitamos confiar en otras personas que nos guíen. Pero seremos sabios si
nos tomamos el tiempo para comparar ese consejo con otros o pedir una segunda opinión. El descuido
de aceptar un mal consejo puede provocar un problema gigantesco. Comprueba los consejos que
recibes! Sal. 1:1 y Prov. 19:21
Causa número 5. Suposiciones erróneas.
Los prejuicios, el suponer cosas antes de verificarlas, son muy dañinos. Frases como “yo supuse” o “yo
pensé que” muchas veces nos llevarán a errores gigantescos. Por eso, asegúrate primero, verifica
aquello que estas pensando o sintiendo sobre alguien o algo. Ec. 10:13 (NTV)
Evita los gigantes causados por descuido o negligencia.
Algunos gigantes los creamos nosotros mismos con lo que hacemos. Otros los creamos con lo que no
hacemos. Recuerda:
• Tómate tu tiempo.
• Paga el precio
• Mantente concentrado.
• Comprueba los consejos que recibes.
• No supongas, asegúrate.
Cuando ponemos en práctica estas cosas es mucho menos posible que enfrentemos problemas
inesperados y devastadores que pueden matarnos tanto física como emocionalmente.
Los resultados de un descuido o una actitud negligente van más allá de las consecuencias directas que
pueden sufrirse, y llegan a las reacciones emocionales.
Cuando actuamos negligentemente y las consecuencias son problemáticas, casi siempre pensamos
mal de nosotros mismos. No sólo hemos permitido que un gigante surja donde no había ninguno, sino
que nos preparamos para tener una mentalidad de langosta. Nos castigamos a nosotros mismos tanto
como lo hacen los gigantes.
Si te conviertes en víctima de tus descuidos o negligencias:
• Discúlpate con la persona que hayas lastimado, incluyéndote a ti mismo.
• Enmienda todo lo que sea posible.
• Cambia tus hábitos.
Con el tiempo, el descuido se convierte en negligencia.
Ser descuidado puede convertirse en hábito. Generalmente, ese hábito puede explicarse en parte
como negligencia. La negligencia tiene consecuencias a corto y largo plazo y es la raíz de muchos
problemas. Cuando actuamos sin cuidado, armamos un patrón de comportamiento negligente que
acaba por causarnos daño. Cuídate hoy. Cuida tus relaciones con las personas y sobre todo, con el
Señor Jesús. Edifícate para tener una mentalidad positiva, saludable y un deseo interior de enfrentar
a los gigantes que no son creación tuya o fruto de tu negligencia.
Mantente firme. Alimenta tu espíritu, tu mente y tu cuerpo con todo aquello que es sano. Desarrolla
hábitos que edifiquen tu carácter y te ayuden a lograr el éxito. Así podrás disfrutar mejor los buenos
momentos de tu vida y sobrevivir a la crisis.
Al menos una cosa es peor que sufrir los resultados de un descuido y es sufrir una segunda vez por
el mismo acto de negligencia.