Politicas Afectos y Virtudes
Politicas Afectos y Virtudes
Resumen
Este ensayo apunta a una reorientación crítica del proyecto de democracia radical
de Mouffe, basada en un análisis de las limitaciones de su aproximación al potencial
político de los afectos. Para ello, propongo una recuperación material de las
formas de identificación político-social –que en el marco discursivo de Mouffe
no se integra adecuadamente–, sobre la base de una comprensión transferencial
(Dean) y participativa de los partidos. Lo que defiendo es una rehabilitación
social-republicana de la práctica ciudadana, regulada por las virtudes sociales
necesarias para la mantención y refuerzo del compromiso democrático, frente a
las amenazas de desafección, polarización y manipulación populista.
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Licenciada en filosofía por la Pontificia Universidad Católica de Chile. Magíster
en Filosofía por la Universidad de Chile. Actualmente cursando el Doctorado en
Filosofía de la Universidad Diego Portales.
Revista de Filosofía Consuelo de la Torre del Pozo
Abstract
1. Introducción
Han pasado casi cuarenta años desde la publicación del influyente proyecto
de democracia radical lanzado por Chantal Mouffe en coautoría con Ernesto
Laclau. La propuesta, que subtitula la obra, corresponde al desarrollo del cuarto y
último capítulo del libro, titulado “Hegemonía y radicalización de la democracia”,
que Laclau posteriormente atribuye expresamente a su colaboradora: “La formulación
de la política en términos de democracia radicalizada, que aparece en la última
parte del libro, es básicamente una contribución suya” (Laclau, 2000, p. 190). A la
justificación, expansión y actualización de ese aporte, Mouffe, por su parte, dedica
todas sus elaboraciones teóricas, como su correlativa praxis política, en las más de
tres décadas y media transcurridas desde entonces.
De ahí que estos apuntes –como los he titulado– para una reorientación
social-republicana de dicho empeño refieran fundamentalmente a ese desarrollo
por parte de la teórica política belga. Su propuesta de radicalización democrática,
descrita muy sucintamente, consiste en (a) un programa de recuperación expansiva
(“pluralista”) y profundización (“agonista”) de la democracia, basado en (b) un eje
estratégico, de construcción política hegemónica del “pueblo” (“populismo”), y (c)
un eje institucional, referido a los objetivos reformistas implicados en ese proyecto (a
saber, expansivos y profundos, de reconfiguración hegemónica de la institucionalidad
democrática vigente). Se trata, en pocas palabras, de, respectivamente:
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2
En efecto, “la operación hegemónica de construcción de un pueblo requiere
un principio articulador para poder conectar en una cadena de equivalencia las
múltiples demandas democráticas que conforman la voluntad colectiva. Este
principio articulador variará según las diferentes coyunturas y puede ser provisto
ya por una demanda democrática específica que deviene símbolo de la lucha
común (…), ya por la figura de un líder” (Mouffe, 2018, 95).
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desmedido en mi opinión entraña3, así como hacer frente a los continuos desafíos
de la desafección y polarización políticas, y la incitación populista al odio y/o el
resentimiento4, se requiere integrar la visión transferencial del partido que Dean
avanza, con una reinterpretación participativa y eficaz de la práctica ciudadana.
Esto es lo que propongo: recuperar bajo el calificativo de una ciudadanía ‘social-
republicana’5, que busque incorporar la dimensión productiva, afectiva, de la
realidad social, sobre la base transferencial de las plataformas políticas relevantes,
con una reestructuración más participativa y socializada de la democracia, regulada
por el conjunto de virtudes ético-sociales necesarias para su mantención y gestión
indefectiblemente polémica, pero continuamente reforzada.
3
Aunque Mouffe tome explícitamente cautela de la tendencia autocrática de la
figura del líder carismático, mantiene, sin embargo, la línea personalista de
Laclau en su defensa de la importancia y centralidad de líderes fuertes, cuya
relación con las bases civil-ciudadanas puede, en su opinión, perfectamente
preservarse (2018, 70). El problema, en mi opinión, es que la figura del líder
es radicalmente diferente de cualquier otro símbolo; no solo extrema en razón
de su individualidad, como Laclau mismo advierte (2005, 130), sino por su
carácter personal: es un agente individual el que presta su nombre, y el hecho
de esta operación de síntesis simbólica no puede jamás desligar a la persona. El
personalismo autocrático es una tendencia, por lo tanto, inerradicable de esta
forma extrema de identidad hegemónica, que no puede disociarse de tácticas
manipuladoras que tienen por objeto afectar la subjetividad de los agentes con
emociones negativas, desestabilizadoras, a fin de provocar una polarización
afectiva potencialmente antagónica, i. e., no democrática (acerca de este punto,
cf. infra, nota 4).
4
Diversos estudios recientes destacan la relación existente entre la desafección
democrática, la manipulación populista marcada por su incitación al odio
y/o al resentimiento (cf. supra, nota 3), y la polarización política del último
tiempo, señalando que serían los momentos de desafección democrática los
que aportan el terreno más propicio, aunque no exclusivo, para las tácticas
populistas mencionadas (que llamo aquí ‘manipuladoras’ para diferenciarlas de
la construcción populista por la que Mouffe aboga, en la medida que pretende
mitigar las implicaciones negativas de dicha tendencia, ibid.) que cultivan
y se nutren de lo que ha sido llamado ‘polarización afectiva’. Cf. Damhuis
y Rashkova, 2024; Iyengar, 2012; Abts, 2021; Mudde, 2017; Pappas, 2019;
Torcal, 2016.
5
Esta propuesta no debe confundirse con la reciente reivindicación del ‘socialismo
republicano’ por parte de un grupo de autores, referida a una corriente a veces
imprecisamente denotada como ‘social-republicana’, cf. O’Shea, 2020; Muldoon,
2021 y Popp-Madsen, 2023.
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2. Política y afectos
En Crowds and Party (Multitudes y partido, 2017) –un guiño al célebre Crowds
and Power de Elias Canetti–, la teórica política estadounidense Jodi Dean analiza
las formas momentáneas de agrupación colectiva en su opinión características de
las ‘masas protestantes’ de la última década. Frente al diagnóstico de que, en las
mencionadas instancias masivas de poder colectivo, cuyo paradigma viene dado
por el movimiento Occupy Wall Street del que Dean se hiciera activamente parte,
“la celebración de la individualidad autónoma nos impide situar en primer plano lo
común y organizarnos políticamente” (p. 20). La teórica estadounidense desarrolla
una vindicación del partido –mejor dicho, del Partido; interesándole una “nueva
teoría del partido comunista” (p. 4)– como “un cuerpo con capacidad de portar la
descarga igualitaria después de que las multitudes se hayan dispersado, encauzando
su propia promesa de justicia a través de la lucha política organizada” (p. 22)6.
Para Dean, la determinación de esas muchedumbres sea como ‘turbas’ o
como ‘el pueblo’ es un efecto del proceso político que activan. De aquí la tarea que
su interpretación adjudica al partido como la plataforma de constitución política
de dicho evento en el pueblo. En este sentido, lo que la ‘multitud’ introduce no
son necesariamente las condiciones de la identificación simbólica que, en el
panorama de la lucha político-hegemónica de Mouffe y Laclau, van a depender
de una estrategia discursiva de articulación política, sino lo que Dean, siguiendo a
Canetti, describe como una descarga momentánea de igualdad alrededor de nombres,
tácticas e imágenes comunes que requieren, no obstante, del partido para reunir
“los fragmentos, haciéndolos legibles como los numerosos frentes de una única
lucha”. “Allí donde la proliferación de asuntos e identidades nos dispersa y debilita
[…], los acontecimientos multitudinarios de la última década están forzando un
nuevo sentido del poder colectivo” (p. 41). Dean percibe, de esta manera, a diversas
multitudes y disturbios recientes como
6 “Canetti hace una aportación a la que vuelvo […]: las multitudes se unen en aras
a una igualdad absoluta, que se siente con mayor intensidad en un momento al
que él se refiere como ‘descarga’ […], la descarga proporciona al partido un
terreno material” (Dean, 2017, pp. 21-22). Cf. Canetti, 1981, pp. 7-9.
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luchas defensivas de una clase media enfrentada a recortes en los servicios sociales,
congelaciones salariales, desempleo, ejecuciones hipotecarias y endeudamiento.
Se trata de […] revueltas de aquellos cuyas actividades comunicativas generan
un valor que les es expropiado. (p. 32)
7
Para su conceptualización detallada del concepto, cf. Dean, 2010, pp. 4-5.
8
“debido a la inestabilidad del significado en el capitalismo comunicativo […] es
menos probable que los movimientos contemporáneos se apoyen en significantes
vacíos como ‘libertad’ y ‘justicia’. Deberíamos por ello esperar que se recurra más
a imágenes, tácticas y nombres comunes –de mayor alcance cuanto más genéricos:
paraguas, tienda de campaña, máscara, Occupy, hashtag. La micropolítica,
las políticas identitarias, el anarquismo, las manifestaciones excepcionales, el
clicktivismo y los acontecimientos irónicos parecen más potentes (son mucho
más fáciles, desde luego) que el trabajo sostenido de construir partido, porque
lo que hacen es afirmar la ideología dominante de la singularidad, la novedad y
el ahora” (Dean, 2017, p. 37).
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9
En palabras de Dean, y como mostraré en lo subsiguiente: “Ejerciendo un empuje
contra los esquemas dominantes, la multitud prefigura una posibilidad colectiva,
igualitaria; pero la ‘prefigura’ de una forma completamente literal: ‘previa a la
figuración’. La multitud en sí misma, sin nombre, no representa una alternativa;
crea una apertura” (Dean, 2017, p. 138).
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10
Esto es, del individuo concebido como “el propietario de su propia persona y
de sus capacidades, por las que no debe nada a la sociedad”, donde, como dice
Macpherson, “la libertad es una función de lo que se posee” (Macpherson, 2005,
p. 15) y lo que está en juego es “la constitución recíproca entre el individuo y el
propietario” (Dean, 2017, p. 91).
11
Es preciso señalar que el empleo que hace Dean del concepto de transferencia es
técnicamente mucho más complejo y específico que la aplicación lata y general
que propongo, a los presentes efectos, teóricamente recuperar. Una aplicación
que derivo, básicamente, de su lectura de que: “El concepto psicoanalítico de
‘transferencia’ […] implica una relación entre psicoanalista y psicoanalizado. […].
El partido, claro está, no es una sesión de psicoanálisis. Los líderes y cuadros no
son psicoanalistas. Esto no significa, sin embargo, que en la relación entre multitud
y partido no esté funcionando algo parecido a la transferencia” (Dean, 2017, pp.
195-196). El partido: “Proporciona un objeto transferencial que puede sustituir
a la multitud, no representándola, sino empujando las ansias que ella activa en
dirección a la igualdad y la justicia. Mediante reuniones y acciones, el partido
genera asambleas de intensidad que apremian a los camaradas para que entren
en acción, involucrándolos en prácticas y actividades a través de las cuales se
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Ahora bien, a primera vista la denuncia de Mouffe es, sin duda, muy similar a la
de Dean:
hacen responsables unos ante los otros (252). Y también, a la inversa, el partido
“encuentra al pueblo en la multitud. […] responde al sujeto reconociéndolo en
la multitud y, de ese modo, convirtiendo a la multitud en algo más de lo que es.
Le da a la multitud una historia, dejando que su momento igualitario perdure en
el proceso subjetivo de la lucha del pueblo. […]. Cuida la brecha, manteniéndola
como brecha del deseo del pueblo como sujeto político colectivo. Sin la perspectiva
del partido, son múltiples las resistencias que terminan desdibujándose en un
menú de opciones ofrecidas por el capitalismo, que constituyen otras tantas
oportunidades en cuanto a estilos de vida, disponibles para la distracción y
satisfacción individual” (p. 269).
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necesita tener un influjo real en los deseos y fantasías de la gente. Con el propósito
de lograr movilizar las pasiones hacia fines democráticos, la política democrática
debe tener un carácter partisano. (Mouffe, 2007, pp. 13-14)
12
Esto es, derivada de la ontología psicosocial de Freud, en la medida en que,
para Mouffe, el tipo de comunidad política a que dan lugar las experiencias de
imposibilidad de reconciliación social y apego afectivo (libidinal) que Freud
describe convergen en una fundamentación normativa de la democracia agonista
(Mouffe, 2013, pp. 59-60).
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identidad colectiva: un vínculo político), o no tienen, por de pronto, nada que ver
con la política. Desde su punto de vista: “La movilización requiere de politización
[…] permitiendo de ese modo que las pasiones se movilicen políticamente dentro del
espectro del proceso democrático” (31). La función de los partidos es la canalización
agonista de las pasiones políticas; no su construcción retroactiva.
Las pasiones políticas están desde el comienzo enteramente circunscritas
al ámbito de la significación. De la identificación discursiva de los agentes con
una pluralidad de formas diferenciales-equivalenciales de identidad sociopolíticas
específicas, que van desde un “vago sentimiento de solidaridad” (Laclau, 2005,
p. 122) hasta la unificación fuerte de los símbolos y figuras hegemónicos de las
causas populistas. En efecto, al concebirlas como prácticas significativas, “prácticas
en que lo discursivo y lo afectivo se articulan y producen formas específicas de
identificación” que, a su vez, proveen “el motor para la acción” política (Mouffe,
2018, p. 99), Mouffe obtura el rol correlativamente intermedio que desempeñan
los partidos en la hegemonización de esos niveles menos definidos y articulados.
Una tarea que resulta especialmente estratégica, por ejemplo, en los casos en que se
verifica una proliferación de sentimientos, pasiones efervescentes, que desbaratan el
incipiente “vago sentimiento de solidaridad” que monta y, a dichos efectos, fracasa
en unificar la equivalencia en un sistema de significación/identificación estable.
Por ende, impidiendo o extenuando la emergencia de una demanda o figura capaz
de cristalizar esa unidad. La concreción, en fin, de la operación hegemónica como
requisito para la creación de una auténtica identidad popular.
Al mismo tiempo, sin embargo, hay en la obra de Mouffe dos reflexiones
puntuales que apuntan a la politización de una experiencia no completamente
capturada en el circuito simbólico. Dado que una de estas, referida justamente a la
alusión que hace Mouffe al fenómeno de la descarga, ya la introduje, comenzaré
aquí por la otra, que obtiene muy recientemente una admisión explícita, aunque
teóricamente incongruente, en su último libro. Pues bien, a partir de la segunda mitad
de la última década, Mouffe abandona su empleo del término ‘pasiones’ para referirse
a la dimensión afectiva específica de la política, optando por retomar la noción
más amplia (conceptualmente extensiva) de los ‘afectos’, que no necesariamente
tienen que ver con la política (2018, pp. 35). Esta reintegración conceptual tendría
teóricamente su base en la distinción spinoziana entre la ‘afección’ o los afectos
en relación a su efecto, al mover en forma instantánea, en este caso, al individuo
humano a actuar de cierta manera; y los ‘afectos’ o la experiencia vivida y durable
de esa movilización13, que podríamos capturar –en nuestro lenguaje– como ‘afectos
emocionales’: deseos, pasiones, sentimientos, etc.:
13
Sigo aquí la lectura de Deleuze (1978). Cf. Spinoza, 1980, pp. 123-183.
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En una reflexión sobre los afectos, Spinoza establece una distinción entre la afección
(affectio) y el afecto (affectus). Una “afección” es un estado de un cuerpo en la
medida en que está sujeto a la acción de otro cuerpo. Cuando es afectado por algo
externo, el conatus (el esfuerzo general por perseverar en nuestro ser) experimenta
afectos que lo impulsan a desear algo y actuar en consecuencia. […] Al cuestionar
el privilegio otorgado por el marxismo a las determinaciones materiales y la
problemática antinomia que establece entre la materia y las ideas, Lordon señala
que Spinoza permite trascender esto mediante la noción de “afección”, que es
resultado tanto de las ideas como de las determinaciones materiales. Cuando las
ideas y los afectos confluyen, las ideas adquieren poder. (pp. 99-100)
Por una parte, esta es la justificación más elaborada que ofrece Mouffe de su
postura en torno a los afectos. A pesar de sus determinaciones materiales, la afección
supone desde el comienzo una experiencia entretejida en la textura discursiva,
un estado psicobiológico resultante de las ideas. La elaboración indudablemente
actualiza un rotundo, por más que renovado, repliegue en la convicción teorético-
discursiva de que no puede haber esqueje de determinación material que rebose
del seno formal de la idea. Ninguna experiencia residualmente física o sensitiva
que transpire de la mera existencia psicofísica individual del sujeto (en la medida
en que, como Mouffe y Laclau señalan en su respuesta a la polémica crítica de
Geras: “nada se sigue de esta existencia”; de la existencia –en general– “del objeto”
[2000, p. 126]).
La otra parte, sin embargo, es que esta reafirmación introduce al mismo
tiempo un principio incongruente que transgrede las intenciones de ese repliegue: un
componente positivo irreductible, cuyo movimiento insufla un contenido no discursivo
a las representaciones del sujeto. Aunque no exactamente productiva en el sentido
antes descrito, esta ‘investidura’ no puede reducirse a ninguna concepción formal
del afecto (como en la definición de Laclau, por ejemplo, donde: “El afecto […]
significa una discontinuidad radical entre un objeto y el que le sigue” [2005, p. 152]).
Esto, sin embargo, es precisamente lo que Mouffe recientemente rescinde, en
su nuevo libro Towards a Green Democratic Revolution, asumiendo explícitamente
que:
Con todo, si bien Mouffe ahora expresamente reconoce que los afectos remiten
a un elemento enérgico, maleable y transferible (p. 59), continúa defendiendo que en
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Algunos promotores del “giro afectivo” aducen que su idea del afecto se basa en el
pensamiento de Spinoza, pero hay buenas razones para cuestionar esa genealogía.
Me parece mucho más convincente la interpretación de Frédéric Lordon (2017),
que en su lectura del papel de los afectos en Spinoza destaca que para él la
política es un ars effectandi, y que está relacionado con la producción de ideas
que tienen el poder de afectar (idées affectantes). […] Si reunimos a Spinoza,
Freud y Wittgenstein, entenderemos la inscripción en prácticas discursivas como
aquello que proporciona las afecciones que, según Spinoza, originan los afectos que
estimulan el deseo y conducen a la acción específica. De esta manera, se reconoce
que los afectos y el deseo desempeñan un papel central en la constitución de las
formas colectivas de identificación. (pp. 100-101)
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I. e., referente al giro afectivo de mediados de los noventa en las ciencias sociales,
fundado en las contribuciones seminales de Brian Massumi (1995) y Frank y
Sedgwick (1995), y polemizado por “la amplia literatura” generada durante su
álgido período de tendencia, en lo que se consagra como la teoría de los afectos: un
“conjunto heterogéneo de obras” donde “no es posible hablar de una perspectiva
unificada” (Mouffe, 2016, p. 21).
15
La absorción de la dimensión afectiva por la ontología discursiva es, en efecto,
compatible con esta función coconstitutiva y de interimplicación (cf. Stavrakakis,
2014a, 2014b) entre ambas en la práctica, en el sentido de que es en ese plano
óntico, de las prácticas discursivas, que se constituyen, afectivamente, las
identidades políticas.
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mantenga y pueda establecerse en forma durable, asegurándoles una voz, esto es:
una vía formal e involucrada de canalización de sus demandas y transferencia de
sus descontentos en la normatividad democrática. En tanto que ello denota, por
cierto, una inversión de la fórmula favorecida por la filósofa: no es la falta de
confrontación agonista la que despoja de voz a los ciudadanos (Mouffe, 2018,
pp. 79-80), sino que esta voz requiere de mecanismos de inclusión, participación,
representación y fiscalización que puedan efectivamente producir y reafirmar ese
terreno. Las instituciones solo pueden hacerse más representativas en la medida que
garanticen espacios de participación que genuinamente realicen el ideal agonista: no
como una determinada formalización normativa de las arenas políticas respectivas
(según Mouffe lo entiende), sino como la rehabilitación práctica, de concreción
institucional efectiva, de lo que propongo a los presentes efectos calificar como
una ciudadanía social-republicana.
Lo que me interesa capturar con este título compuesto es el efecto de la integración
de la labor transferencial del partido con una reinterpretación participativa y eficaz
de la ciudadanía, en el marco programático –al que regresaré en las consideraciones
finales– de una reivindicación ética y social de los valores cívico-republicanos,
capaz de garantizar unos mínimos democráticos fundamentales de igualdad, y la
libertad indivisible que los acompaña, a partir de su ejercicio. Ahora bien, esto, en
términos generales, obliga ciertamente a repensar la ciudadanía radical que Mouffe
prescribe: tanto en el sentido de la delineada rearticulación transferencial de la
dinámica central del partido, como de su diversificación y reinstrumentalización
en plataformas de participación estables, duraderas y vinculantes, en un marco
programático-institucional integrado. Pues, si bien el diseño de Mouffe busca combinar
los valores liberales del pluralismo y la libertad individual con la participación
política y una comunidad activa inherentes al republicanismo cívico (1993, pp.
37-38), su falta de revisión en cuanto al papel de los partidos y de integración del
aparataje comunicacional e institucional de la sociedad le impide propiamente
enfocarse en cómo los valores de la participación activa proveen los medios garantes
de los referidos principios liberales –requiriendo de ciertas virtudes sociales que lo
posibiliten, como sostengo en la última parte–, en tanto que un cierto piso mínimo
de igualdad socio-material constituye la condición efectiva para ello. En efecto,
al mantener que, si “el ejercicio de la ciudadanía consiste en identificarse con los
principios ético-políticos de la moderna democracia”, la igualdad y la libertad,
“debemos reconocer también que puede haber tantas formas de ciudadanía como
hay interpretaciones de esos principios” (Mouffe, 1999, p. 121), Mouffe no puede
asegurar el pluralismo y la libertad de su democracia: estos, en mi defensa, no
solo requieren de ciertas condiciones básicas de igualdad para alcanzarse, sino de
determinadas virtudes ético-sociales que los afiancen.
De cualquier modo, la presente reinterpretación sugiere una pauta directriz
más activa, involucrada e inclusiva que la perfilada, que a la vez busca reforzar el
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Este pasaje y correspondiente capítulo aparecen excluidos de la edición en
español.
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Ahora bien, se trata, con esto, de una rehabilitación porque supone una
recuperación de dos aspectos que ya se encontraban originalmente en la ética aristotélica
que Maquiavelo connotadamente rescinde en su reconceptualización exclusivamente
política de la virtud como virtù: a saber, que refiere a una cualidad del carácter que
dispone a actuar con, y debe en general cultivarse y promoverse por, su excelencia
(en este caso, relativa al sostenimiento del gobierno democrático), y que requiere
de ciertas condiciones sociales y materiales básicas para poder desarrollarse (unos
bienes materiales fundamentales, pero también una educación formativa acorde,
práctica y continua; un compromiso ético-cívico de los medios comunicacionales,
instituciones sociales, etc.). Esto último, efectivamente, implica una comprensión
más robusta de la libertad que la reflejada en la libertad política de Maquiavelo y lo
que se suele encasillar como el paradigma negativo del republicanismo moderno.
Mientras que el primer aspecto representa una recuperación de los elementos
morales y afectivos de las virtudes cívicas o políticas de sus fuentes, en el fondo,
pre-políticas –podríamos incluso decir: pre-contractuales–, en función de lo cual
estas son, de tal manera, las fuerzas activas que permiten primeramente preservar y
fortalecer el compromiso afectivo con los valores democráticos previamente aludidos.
En efecto, la revaloración productiva de los afectos, así como la restitución
ético-política de las virtudes sociales como medios para asegurar la libertad individual
(cuya condición de posibilidad remite a un mínimo de igualdad sustantiva), apuntan
a la necesidad de su regulación democrática mediante mecanismos efectivos
de canalización (mediación discursiva) y transferencia (mediación afectiva) de
los distintos sentimientos y voluntades sociales, con el fin de hacer frente a los
importantes desafíos de la desafección democrática, la polarización política y la
manipulación populista que la amenazan.
El punto, en último término, es que la práctica social y política depende de
la producción activa y regenerativa de determinadas virtudes sociales garantes,
que son siempre un entramado integrado de elementos simbólicos y afectivos, que
cobran especial relevancia con respecto a establecer y preservar la normatividad
democrática, y de las que, consiguientemente, no puede efectiva ni teórico-
analíticamente prescindirse cuando de y en ella se trata. Esto es lo que me ha
interesado recuperar y recomendar en el marco de los desafíos políticos actuales,
a partir de una reorientación crítica, directriz, del sugerente aporte de Mouffe
al fortalecimiento de la teoría y práctica de la democracia, en el sentido de una
rehabilitación, como la he llamado, social-republicana de la implicación y poder
ciudadanos. Si bien el modo en que concretamente se articule deberá, como es
evidente, considerar y responder al contexto socio-político correspondiente, la
tarea tiene que posibilitar formas combinadas de representación, participación y
transferencia capaces de canalizar las pasiones e insatisfacciones democráticamente.
Esto es, de manera reforzada y responsable, mediante un compromiso ético-cívico
educativo, comunicacional e institucional sólido y transversal con el fomento de
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