Picasso, S.
Reflexiones a propósito del supuesto carácter de sujeto de
derecho de los animales
En nuestro país, un tribunal dictó que una orangután tiene el carácter de “sujeto no
humano”, en el caso, hace lugar a la acción de hábeas corpus en su favor, como
consecuencia de lo que se dispuso que se trasladara desde el zoológico de BS.
AS hacia otro destino, donde viviría en “semilibertad”
Contrariamente a lo dicho por la prensa, no hubo una decisión acerca del estatus
jurídico de la orangután, no fue una decisión unánime; sino que, por el contrario, la
mención de que los animales son “sujetos no humanos” y “titulares de derechos”
solamente fue una opinión de los jueces que la suscribieron. Al no traducirse en
una decisión concreta del tribunal, carece de valor como precedente
jurisprudencial
El autor analiza la posibilidad de considerar a los animales como sujetos de
derecho en Argentina, además de examinar si es factible y conveniente otorgar
personalidad jurídica a los animales dentro del marco legal argentino.
Estatus jurídicos de los animales en el derecho positivo argentino
Como expuso Kelsen, el Derecho no retrata la realidad —a diferencia de las
ciencias naturales—, sino que atribuye determinadas consecuencias jurídicas a
ciertos hechos. En esa línea, cuando una norma afirma que un ente es una
“persona”, no está sosteniendo que sea un ser humano ni que posea cualidades
naturales específicas; simplemente está definiendo un centro de imputación
normativa, un “recurso auxiliar para exponer hechos relevantes en el ámbito
jurídico”. Para el Derecho, son personas tanto un individuo humano como una
sociedad anónima, una asociación civil o el propio Estado.
Desde la perspectiva estrictamente técnico-jurídica, nada obsta a que la ley
disponga que todos los animales, o algunos de ellos, sean considerados
“personas”. Con ello no se describiría ninguna “realidad ontológica” sino que se
emplearía una técnica jurídica destinada a simplificar el análisis de las complejas
relaciones que giran en torno al funcionamiento de los derechos subjetivos,
mediante la creación de una categoría titular de determinados derechos y
obligaciones
A lo largo de la historia se ha reconocido la personificación jurídica de los
animales, tanto en la edad media como en el derecho canónico. Tal
personificación no puede tener cabida en el derecho moderno, el cual se cimienta
sobre la idea del ser humano como “individuo”: un sujeto que impulsa la historia y
el progreso, que concibe el mundo como “objeto”, lo hace suyo y lo utiliza a su
favor. La codificación del siglo XIX expresó plenamente este enfoque al trazar una
frontera nítida entre los sujetos de derecho (personas físicas y jurídicas) y los
objetos sobre los que actúan —las cosas, entre ellas los animales, y los derechos
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inmateriales— a través de distintos institutos (contratos, sucesiones,
responsabilidad civil, etc.).
Recién hace unas pocas décadas se reabrió el debate sobre la “personalidad del
animal”, pero desde una óptica completamente diferente: ya no se pretende
sancionar a los animales como responsables de eventuales delitos, sino
reconocerles derechos al considerarlos verdaderos “sujetos”
En el C. de Vélez, se distinguía entre personas “de existencia ideal” (personas
jurídicas) o “de existencia visible” (personas físicas), y las definía como “entes que
presentan signos característicos de la humanidad”, lo que excluye necesariamente
a los animales del concepto de persona
En el CCYCN clasifica a las personas en “humanas” y “jurídicas”, lo que excluye la
posibilidad de otorgarle esta clasificación a los animales; este C. considera que los
animales son cosas. El art. 227 refiere a las cosas muebles semovientes
El Código Penal tipifica delitos como el abigeato y el daño a animales, reforzando
su estatus como propiedad; el apoderamiento ilegítimo de un animal puede
configurar un hurto o robo
La Ley de Impuesto a las Ganancias se ocupa de la determinación del valor de la
hacienda (arts. 52 a 54), el derecho administrativo (o el derecho alimentario)
contempla los requisitos que deben cumplirse para la elaboración de productos de
origen animal, y los controles respectivos
Tobías: "Los animales y los vegetales son objeto del derecho de propiedad y no
sujetos de derechos. Son, por lo tanto, medios o instrumentos ordenados a la
satisfacción de necesidades o intereses humanos". También es prístino que esa
conclusión no se ve alterada por el hecho de que algunas de esas cosas tengan
un estatus especial, como cuando se veda la caza o la pesca en cierta época, o
cuando se dictan normas para evitar la extinción de ciertas especies, o se
prohíben los malos tratos a los animales. Es que, según los casos, esas normas
protegen intereses económicos humanos —afectados por los abusos de prácticas
deportivas o lucrativas- o combaten prácticas consideradas inmorales o
socialmente peligrosas o inconvenientes
Zaffaroni: busca justificar la personal jurídica de los animales en la legislación
penal que reprime los malos tratos y los actos de crueldad (ley 14. 246); comienza
desechando las tres explicaciones que suelen proporcionarse para determinar el
bien jurídico protegido en tales cosas:
1. Bien jurídico “orden público”. Si se afirma que la norma solo resguarda la
sensibilidad colectiva frente a actos de crueldad visibles, surge el problema
de que los malos tratos cometidos en la intimidad quedarían fuera del tipo
penal.
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2. Bien jurídico “moral social”. Sostener que la crueldad contra los animales es
relevante porque delata una posible crueldad futura contra personas
convierte la figura en un “tipo de sospecha”: no estaría protegiendo un bien
ya lesionado, sino conjeturando un daño hipotético.
3. Bien jurídico “medioambiente”. Vincular el maltrato al daño ambiental
tropieza con la dificultad de encuadrar a la fauna urbana —sobre todo a los
animales de compañía— dentro del concepto de medioambiente.
Ante estas fallas, concluye Zaffaroni, la salida coherente es reconocer al animal
como auténtico sujeto de derechos. En tal caso, la norma penal protege el derecho
del propio animal a no sufrir crueldad, de modo que los bienes jurídicos
salvaguardados pasan a ser, simultáneamente, la preservación de la vida de cada
animal y la conservación de su especie.
La postura de Zaffaroni no es convincente, porque, en primer lugar, su
interpretación generaría un conflicto con el resto del ordenamiento jurídico
argentino, incluidas otras normas penales, que de manera clara y reiterada
consideran a los animales como bienes —cosas— y no como sujetos de derecho.
Es principio básico de hermenéutica jurídica que la interpretación de una norma
debe buscar su coherencia con el conjunto del sistema legal, no contradecirlo.
Además, la definición de quiénes pueden ser considerados personas y, por tanto,
titulares de derechos, corresponde al ámbito del derecho civil, no al derecho penal.
Como ya se mencionó, el Código Civil argentino ubica a los animales dentro de la
categoría de cosas, sin reconocerles personalidad jurídica alguna.
En segundo lugar, no parece haber sido intención del legislador conferir a los
animales la condición de sujetos de derecho al sancionar la ley 14.346. De haber
sido ese el propósito, lo habría expresado de manera explícita e incluso habría
previsto algún mecanismo de representación legal —como, por ejemplo, autorizar
a asociaciones a litigar en nombre de los animales maltratados—. Sin embargo,
durante los debates parlamentarios que precedieron a la sanción de la ley, se
afirmó que su finalidad era proteger el sentimiento moral y ético de la comunidad
frente a los actos de crueldad animal, lo que refuerza la postura tradicional: que el
bien jurídico tutelado es el sentimiento humano de compasión y piedad hacia los
animales, no un derecho inherente de estos últimos.
Por otro lado, los animales comprendidos en la protección de la ley son
únicamente domésticos y los cautivos, lo que dejaría fuera de la supuesta
personalidad jurídica a todo el restante universo de los animales que viven en
libertad; tampoco podría decirse con esto que los animales son sujeto de derecho,
sino que, esa clasificación se aplicaría solo a una pequeña parte de ellos, con
exclusión del resto. Se trataría de una personalidad transitoria, si un animal
cautivo recuperase la libertad quedaría excluido de la protección penal, y,
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consecuentemente, perdería aquel estatus, para pasar a ser objeto de derechos
nuevamente
No resulta convincente el reparo de que la protección penal del maltrato animal no
puede fundarse en la tutela del sentimiento de piedad humana porque ello dejaría
impunes las crueldades cometidas a puertas cerradas. El rechazo moral que los
seres humanos experimentamos ante el sufrimiento de criaturas sensibles no se
limita a los actos ejecutados a la vista de todos; exige igualmente abstenerse de
tales conductas en el ámbito privado. El objetivo no es evitar que la gente
presencie escenas desagradables, sino prevenir que los animales —reconocidos
como seres sintientes— sean objeto de tormentos crueles o innecesarios, con
independencia del lugar donde ocurran. Admitir su sensibilidad y valorar su
protección no equivale a otorgarles personalidad jurídica.
Tampoco nos persuade el argumento constitucional según el cual, si los animales
no fueran sujetos de derecho, sancionar los malos tratos domésticos vulneraría el
artículo 19 de la Constitución por falta de un “tercero” perjudicado. Esa lectura
resulta excesivamente restrictiva. Como advierte Gelli, aun entendiendo que el
artículo 19 exige daño a terceros para restringir conductas, determinar qué lesiona
a esos terceros y en qué medida supone siempre adoptar un criterio axiológico.
Desde esa óptica, sostener que la compasión y la repugnancia social frente a la
crueldad animal bastan para tipificar penalmente dichos actos —sin importar el
ámbito donde se consuman— no es constitucionalmente objetable.
El razonamiento no difiere, en el fondo, de otras figuras penales: la ley 22.421
protege la fauna silvestre y la 25.743 el patrimonio arqueológico; en ambos casos
se castigan conductas aun cuando no exista un perjuicio inmediato para una
persona humana determinada. Nadie sostiene por ello que el ambiente o los
restos arqueológicos deban ser “personas” para justificar su amparo penal. Lo
mismo ocurre con los delitos de profanación de cadáveres —por ejemplo, el
art. 526 del Código Penal español o el art. 67 del Código Contravencional porteño
—: aunque no haya herederos ni deudos afectados, el ordenamiento reprime la
conducta sin necesidad de conferir personalidad jurídica a los restos mortales.
¿Es conveniente modificar esta situación y conferir personalidad jurídica a
los animales?
Es indudable que resulta urgente frenar la explotación desmedida que el ser
humano ha ejercido sobre la naturaleza. En lo que respecta a los animales, esto
implica adoptar medidas efectivas para protegerlos del maltrato, garantizar que su
cría, uso y manejo —ya sea con fines alimentarios, experimentales u otros— se
lleven a cabo dentro de límites estrictos y en condiciones que eviten todo
sufrimiento innecesario, y conservar adecuadamente la fauna silvestre.
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Ahora bien, la cuestión que se plantea no es si esos objetivos son valiosos —pues
claramente lo son—, sino si para alcanzarlos es indispensable, o al menos útil,
reconocer personalidad jurídica a los animales. Se trata, en definitiva, de examinar
si ese instrumento conceptual es necesario para garantizar una protección
adecuada, o si es posible lograrla mediante otras herramientas jurídicas, sin
alterar las categorías fundamentales del derecho positivo.
A partir de la teoría que concibe al planeta Tierra como un organismo vivo y
autorregulado, Zaffaroni propone una ampliación radical del ámbito de los titulares
de derechos. Según esta perspectiva, todos los entes que coexisten con el ser
humano en el planeta —no solo los animales, sino también los vegetales, los ríos
o incluso entidades inertes como las piedras— deberían gozar de ciertos derechos
básicos, al menos el derecho a existir y a desarrollarse de forma pacífica.
No obstante, trasladar esta visión a las categorías del derecho positivo plantea
serias dificultades. La personalidad jurídica, tal como la entiende el orden jurídico
vigente, ha sido históricamente moldeada sobre la figura del ser humano. El sujeto
de derecho está conceptualizado a imagen de la “persona de hecho”, es decir, de
la persona real en su dimensión social: se la define en función del entramado de
relaciones que mantiene (estado civil, edad, profesión, clase social, género, etc.).
Esta lógica también estructura la noción jurídica de persona, entendida como un
haz de relaciones jurídicas activas y pasivas
En consecuencia, extender la personalidad jurídica a los animales no puede
hacerse sin una revisión profunda del concepto mismo de persona. Reconocerlos
como sujetos de derecho exigiría la creación de una categoría jurídica nueva,
capaz de expresar adecuadamente las particularidades de una eventual
“personalidad animal”. Tal reforma no sería simplemente una extensión de un
estatus preexistente, sino una transformación conceptual del sistema jurídico, que
tendría que abandonar la noción tradicional de persona como sinónimo de
capacidad de obrar racionalmente o participar activamente en relaciones jurídicas,
para admitir otras formas de sujeción normativa basadas en la sensibilidad o en el
valor intrínseco de la vida no humana.
La idea de establecer una “personalidad animal”, resulta, en la práctica,
innecesario o directamente impracticable. Si se pretendiese otorgar a los animales
una personalidad plena, equivalente a la humana, se incurriría en un despropósito
imposible de gestionar; y si solo se buscara un rango limitado de efectos, lo cierto
es que esos objetivos pueden alcanzarse de forma mucho más sencilla reforzando
los mecanismos de protección ya contemplados en la legislación, sin crear nuevos
sujetos de derecho.
Una alternativa más razonable —planteada desde hace años por distintos autores
— sería abandonar la idea de “personificar” a los animales y, en su lugar, instaurar
una categoría intermedia. Esta figura los sustraería del régimen estrictamente
aplicable a las “cosas”, reconociendo al mismo tiempo que son seres sensibles e
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integrantes del ecosistema. Tales rasgos, que la mayoría social considera valioso
salvaguardar, justificarían una nueva construcción jurídica híbrida:
Del régimen de las cosas tomaría las reglas que permiten su circulación y uso
dentro del tráfico jurídico (propiedad, contratos, responsabilidad, etc.).
Del régimen de las personas incorporaría, en la medida de lo posible, la tutela de
su integridad física y de su bienestar.
Con ello se superaría la clásica summa divisio entre personas y cosas que
caracteriza a los códigos modernos, habilitando un tratamiento normativo más
acorde con la sensibilidad contemporánea respecto de los animales.
El derecho ambiental ha experimentado en nuestro país un importante desarrollo
durante las últimas épocas, sin necesidad de personificar a los animales ni a la
naturaleza, o de excluir a aquellos de la categoría de las cosas. Y eso no ha
impedido la instauración de una legitimación muy amplia no sólo a los efectos
resarcitorios sino, incluso, a los fines preventivos
En definitiva, lo que realmente importa no son tanto las declaraciones simbólicas
—como afirmar que el animal es un ser sensible— ni la clasificación rígida dentro
de una categoría jurídica tradicional (persona o cosa), sino la eficacia real de las
herramientas legales para prevenir y sancionar el maltrato, la crueldad o la
explotación indiscriminada de los animales. Antes que buscar soluciones
simplificadoras o fórmulas grandilocuentes, se impone la necesidad de desarrollar
una regulación compleja y matizada, que contemple las diversas realidades
prácticas (por ejemplo, las diferencias entre animales domésticos, silvestres, de
producción, etc.) y establezca niveles diferenciados de protección.
En este marco, y como ya se ha argumentado, el verdadero titular de los deberes
impuestos por estas normas es el Estado, en cuanto representante del interés
humano —cada vez más asentado— de garantizar el respeto y el cuidado hacia
los animales como seres sintientes.
Surge entonces una pregunta inquietante: ¿no estaremos, al intentar “personificar”
a los animales, reproduciendo de forma paradójica la lógica antropocéntrica
moderna, esa que sitúa al ser humano como medida de todas las cosas? ¿No es,
acaso, una forma de narcisismo colectivo suponer que la única manera válida de
proteger a otros seres es integrarlos en nuestras propias categorías, como si solo
existieran en la medida en que participan del orden humano?
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Tal vez debamos considerar que respetar a los animales implica, ante todo, dejar
de imponerles nuestras propias estructuras —en este caso, jurídicas— y
permitirles existir, en la medida de lo posible, fuera del escenario del derecho
humano. Porque incluso si alguna ley futura declarara que un ciempiés, una
comadreja o un mono son personas, es dudoso que esto tuviera significado alguno
para ellos. No serán los animales quienes acudan a los tribunales a hacer valer
sus derechos, sino sus "representantes" humanos. ¿Y cómo saber con certeza si
estos realmente comprenden o respetan los intereses de quienes dicen defender?
La fantasía de convertir a los animales en personas no es nueva: la literatura,
desde las fábulas medievales hasta la ciencia ficción moderna, ha explorado una y
otra vez esta posibilidad. El derecho, sin embargo, debe cuidarse de no caer en la
trampa de esa fantasía. No sea que, como en Yzur, el célebre cuento de Lugones,
el intento de “humanizar” al animal termine anulando lo que lo hace valioso por sí
mismo: su diferencia, su alteridad, su forma única de estar en el mundo. Quizá
debamos asumir que el respeto más genuino no pasa por asimilarlos a nosotros,
sino por reconocerlos como otros, y protegerlos desde allí.