Oropéndola- José Rafael Pocaterra
Cuando se casó la menor de las Oropéndolas, todo el mundo se quedó asombrado. ¿Es
que algunos hombres no tienen ojos? Y se recrudeció, como acontece, el afán nupcial de
algunas cuya candidez se sorprende, a los cuarenta años, con el primer desencanto. Es
entonces cuando se les ocurre pensar que ya no se casan. Esto lo llamaba Bossuet
«pensamientos tardíos».
Las Oropéndolas mayores, Ana Rita y Eufrasia, a pesar de su hermoso apellido de
pájaro que está en la geografía de Smith, eran feísimas. El asombro pasó a estupor
cuando al año siguiente, un viajero de Blohm, llamado Santiaguito Otuño P., casó con
Ana Rita, se separó de la casa y junto con la esposa abrió una tienda de modas.
Unos decían que Santiaguito se había vuelto loco; otros comentaban que aquello, o era
de esas cosas extravagantes que ocurren con la guerra europea o se trataba,
simplemente, de una obra de la Divina Providencia para premiar las virtuosas
muchachas ¡las pobres!, tan feas y tan recatadas… Pero no todo fue de rosas, y a la
menor, Eufrasia, le dio un tifus, quedó sin pelo, medio sorda y con una salud precaria
para el resto de sus días…
Con cariño verdaderamente paternal la asistió el doctor, un viejo rico, solterón, terco,
bien conservado, con más de doscientos setenta mil bolívares en fincas y veinte años en
reumatismo.
Un día, aplicándole el yodo de las inyecciones, el médico oprimió con más fuerza el
brazo de la solterona. Hubo un rubor rápido. A ambos se le rociaron los ojos, y aquí
tienen ustedes que meses después, muy íntimamente, «en familia» casi, se celebró el
matrimonio de Eufrasia y de su médico.
La calle donde vivían las Oropéndolas se puso de moda; todas las muchachas casaderas
quisieron vivir en la misma cuadra y hasta en la misma casa, cuyos alquileres subieron
tan violentamente como el papel de «Lo increíble». No había casas; pero tampoco había
novios…
II
No era feliz Clarita; debía de serlo. La dicha no llegaba para ella en la forma que suele
entenderse la dicha en los treinta años: con o sin bigote, buena posición, regular figura;
ni lindo como muñeco de loza ni tampoco que diera miedo… Así…
Varios se detuvieron en su ventana. Poco tiempo. Luego se marchaban por los mismos
extremos de la calle, sonreídos, enamorados, muy enamorados. Pero ninguno se casaba.
O, como decía su tía: «le cantaba claro». ¡Que hombres! Lo mismo que con los
murciélagos con los nísperos: se llevan los «pasmados», los que son más livianos, más
feos y dejan en el árbol, picado, roto y desangrándose lentamente en almíbares de
ternura, el fruto hermoso, pleno de sabor.
¿Para qué quería Clarita el dinero de su papá, su nombre, su reputación, todo el prestigio
de una muchacha bien alimentada, bien vestida, bien educada? ¿Para qué? Y los ojos
enormes, color de miel, se abrían a la alegría de la vida como una íntima desolación. Su
tía Efigenia Cruz, la solterona, también fue una de las mujeres mas bella de su época.
Allí estaba, grisáceo, apagado por la acción de treinta o cuarenta años de álbum de
familia, el retrato de la tía, tocada de mantilla, con crinolina, con grande abanico de
blonda; con ese aire de las antiguas criollas que tenían algo de linajudo y de campesino.
Y allí estaba ella ahora, «secándose en vida».
Lo que Clarita era, bien lo sabían sus toaletas, el cuarto de baño, el largo espejo de su
tocador… Y la vida que le encendía las orejas, que le agolpaba en las mejillas, bajo
el carmín artificial, el carmín de las venas.
III
Pasó el coche de los novios. Dos o tres carruajes más. Era Eufrasia, la fea, la «pelona»
Oropéndola, la sorda que al fin lograba oír los artículos del Código Civil y
la Epístola de San Pablo a los efesios. ¡Qué importaba que los maleantes de
la barra dijeran que aquello era la epístola de los «adefesios»! El asunto es que se
casaba.
Y cuando fue a desnudarse esa noche Clarita, junto a la cama virginal, intocada, frente
al espejo, cruel revelador de una belleza inútil, desliando una a una sus prendas íntimas,
el corpiño opresor, los pantalones, el largo corsé que oprimía vigorosamente las formas
delicadas y fuertes, todo el encanto elástico de la pierna admirablemente torneada,
ceñida en lo alto de las medias oscuras por la liga gris, un tropel de ideas angustiosas,
algo como un nudo sofocador en el cuello, la idea loca de morir, de hundirse en la nada
y desaparecer como un mal recuerdo de entre la vida estúpida, achatada,
incomprensible, la sobrecogió. Y echada de cara en el lecho, con los cabellos rubios
desbordando de las almohadas, sacudida por un sollozo, quiso ser, por primera vez en su
vida, fea, feísima, toda sorda, ridícula… Como esa otra mujer que tenía amor en
aquellos momentos. Como esa desgraciada Eufrasia, que era tan feliz…
José Rafael Pocaterra.
Cuento del libro Cuentos grotescos (1955).