UNIDAD 3
1. El contexto mundial y la reconfiguración del poder tras 1945
El fin de la Segunda Guerra Mundial marcó un punto de inflexión en la
historia contemporánea. El sistema internacional se reorganizó sobre
nuevas bases políticas, económicas y estratégicas. La hegemonía
británica que había dominado gran parte del siglo XIX y principios del
XX entró en un proceso irreversible de declive, mientras que los
Estados Unidos emergieron como la principal potencia capitalista
mundial, acompañados de la Unión Soviética como contrapeso
ideológico y militar. Este nuevo escenario bipolar, que dividió al
mundo en dos grandes esferas de influencia, obligó a todos los
Estados —especialmente a los países de desarrollo intermedio como
Argentina— a redefinir su posición en el tablero global.
Durante los años de la posguerra inmediata, el sistema internacional
se caracterizó por una fuerte confrontación ideológica. Las tensiones
entre capitalismo y comunismo se tradujeron en la formación de
bloques políticos y militares: la Organización del Tratado del Atlántico
Norte (OTAN) bajo la conducción estadounidense, y el Pacto de
Varsovia encabezado por la URSS. En este contexto, América Latina
ocupó un lugar subordinado dentro de la órbita occidental, concebida
por Washington como una zona de seguridad hemisférica, bajo el
principio de la Doctrina Monroe y su derivación más directa, la política
del “patio trasero”.
Para Argentina, este nuevo orden representaba tanto una amenaza
como una oportunidad. La guerra había debilitado a los viejos centros
industriales europeos, abriendo momentáneamente espacios para la
exportación de alimentos y materias primas; pero, al mismo tiempo,
la consolidación del poder norteamericano imponía condiciones
políticas y económicas que podían limitar la autonomía nacional. En
ese marco de reacomodamientos, el ascenso de Juan Domingo Perón
al poder en 1946 coincidió con una etapa de redefinición de los
objetivos estratégicos de la política exterior argentina.
El justicialismo heredó un país que, pese a haber mantenido una
prudente neutralidad durante la guerra, sufría aislamiento
diplomático y presiones por parte de Washington, que cuestionaba su
falta de alineamiento con los Aliados. Sin embargo, la posición
argentina no respondía a un simple capricho ideológico: expresaba
una tradición de autonomía y prudencia en política exterior, así como
la necesidad de preservar intereses económicos vinculados al
comercio europeo. Esta experiencia previa influyó decisivamente en
el diseño de la nueva doctrina que el peronismo formularía: la Tercera
Posición.
2. Hacia un modelo industrializador: la herencia del sistema ISI
En el plano interno, la política exterior de Perón no puede entenderse
sin relacionarla con el modelo económico que sustentó su proyecto de
país. Desde los años treinta, Argentina venía transitando un proceso
de transformación estructural basado en la industrialización por
sustitución de importaciones (ISI). Este modelo, nacido de la
necesidad de enfrentar las restricciones externas impuestas por la
crisis de 1929 y la Segunda Guerra Mundial, se consolidó en los
primeros gobiernos peronistas como política de Estado.
El ISI partía de una premisa central: el desarrollo nacional debía
descansar en la diversificación productiva, la expansión del mercado
interno y la reducción de la dependencia de los bienes
manufacturados extranjeros. Perón interpretó este principio desde
una perspectiva política: la industrialización no solo era una
estrategia económica, sino una herramienta para generar empleo,
fortalecer la clase trabajadora y cimentar una nueva legitimidad
social basada en el bienestar colectivo.
En este marco, la política exterior se transformó en un instrumento
para sostener el modelo industrializador. La creación del Instituto
Argentino de Promoción del Intercambio (IAPI) fue clave en este
proceso. A través de este organismo, el Estado controlaba las
exportaciones agropecuarias y canalizaba los ingresos hacia la
financiación de la industria y las obras públicas. De este modo, la
política comercial pasó a estar subordinada a una planificación estatal
de tipo estratégica.
A nivel global, el auge de los organismos financieros internacionales
—como el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial—
imponía nuevas reglas de inserción económica, centradas en la
liberalización y el crédito externo. Argentina, sin embargo, optó por
no incorporarse inicialmente a esos marcos institucionales,
priorizando su autonomía y evitando la supervisión económica de las
potencias. Este gesto, coherente con la lógica del justicialismo, marcó
una línea de independencia que diferenció a la Argentina del resto de
los países latinoamericanos, más proclives a alinearse con Estados
Unidos.
3. La Tercera Posición: una doctrina de equilibrio y soberanía
El concepto de Tercera Posición fue el eje articulador de la política
exterior peronista. Nacida como una respuesta ideológica a la Guerra
Fría, esta doctrina pretendía situar a la Argentina —y por extensión a
América Latina— en un punto intermedio entre el capitalismo liberal y
el comunismo soviético. No se trataba de un neutralismo pasivo, sino
de una propuesta activa de autonomía nacional, sustentada en
valores propios: justicia social, independencia económica y soberanía
política.
En palabras de Perón, la Tercera Posición debía representar “una
alternativa moral y política frente a los dos imperialismos”. Ello
implicaba no subordinarse ni a la lógica del mercado capitalista ni a la
planificación estatal totalitaria, sino construir un modelo mixto que
combinara eficiencia productiva con equidad distributiva. Desde el
punto de vista diplomático, esta postura buscaba mantener relaciones
abiertas con todos los países, sin exclusiones ideológicas, y defender
el principio de no injerencia en los asuntos internos.
En el plano filosófico, la Tercera Posición se inspiraba parcialmente en
la doctrina social de la Iglesia, especialmente en la Encíclica Rerum
Novarum (1891) de León XIII y la Quadragesimo Anno (1931) de Pío
XI. Estas encíclicas habían planteado una crítica al liberalismo
individualista y al socialismo ateo, proponiendo una visión intermedia
que reconocía la función social de la propiedad, el derecho al trabajo
digno y la responsabilidad del Estado en la promoción del bien
común. El justicialismo reinterpretó esas ideas en clave moderna y
nacional, articulando el principio de justicia social con una política
económica fuertemente intervencionista.
La Tercera Posición, por tanto, no solo fue un discurso político, sino un
marco teórico que justificó la construcción de un Estado nacional
autónomo. En el plano internacional, sirvió para fundamentar
decisiones estratégicas: el establecimiento de relaciones con países
socialistas del bloque oriental, el rechazo al sistema de veto en el
Consejo de Seguridad de la ONU, y la participación independiente en
foros económicos internacionales. Al mismo tiempo, proyectó la
imagen de una Argentina que aspiraba a un rol de mediadora entre
los mundos en conflicto.
4. Etapas de la política exterior peronista (1946–1955)
El análisis de la política exterior peronista permite distinguir dos
grandes etapas, diferenciadas por el contexto económico y los
cambios en el gabinete.
4.1 Primera etapa (1946–1949): autonomía, estatismo y bilateralismo
La primera etapa, correspondiente a los años 1946–1949, se
caracterizó por el intento de consolidar una política exterior
autónoma y nacionalista. Perón buscó reducir la dependencia de los
capitales extranjeros y fortalecer el papel del Estado como actor
central en la economía y las relaciones internacionales. Esta etapa
estuvo marcada por la conducción del canciller Juan Atilio Bramuglia,
un socialista moderado que defendió la política de no alineamiento
activo y la cooperación con diversas potencias.
En estos años, la Argentina experimentó un auge económico gracias a
los excedentes de la posguerra. El país contaba con importantes
reservas en divisas y mantenía una posición comercial favorable. Sin
embargo, la presión de Estados Unidos —que desconfiaba del
peronismo por su neutralidad previa y su discurso nacionalista—
limitó las posibilidades de inserción en los organismos multilaterales.
Washington impulsó una política de aislamiento diplomático hacia
Buenos Aires, condicionando créditos y obstaculizando acuerdos
bilaterales.
Frente a ello, el gobierno argentino optó por una política de
bilateralismo selectivo, priorizando los vínculos con Gran Bretaña,
Europa Occidental y los países latinoamericanos. El acuerdo comercial
con el Reino Unido de 1946 fue un ejemplo de esta orientación. A su
vez, el IAPI permitió mantener un control soberano del comercio
exterior y financiar la expansión industrial. Sin embargo, la
dependencia de las exportaciones agrícolas y la escasez de divisas
comenzaron a erosionar el equilibrio hacia 1949.
4.2 Segunda etapa (1949–1955): pragmatismo, crisis y reorientación
A partir de 1949, la crisis económica obligó a Perón a reestructurar su
gabinete y a introducir ajustes en su política exterior. La caída de los
precios agrícolas, el agotamiento de las reservas y la necesidad de
importar insumos industriales forzaron una apertura parcial hacia
Estados Unidos. Este viraje pragmático, lejos de significar un
abandono de la Tercera Posición, expresó la capacidad de adaptación
del justicialismo a las circunstancias internacionales.
El nuevo canciller, Hipólito Paz, adoptó un enfoque más flexible,
orientado a recomponer los lazos con Washington sin renunciar a la
autonomía. Se buscó reinsertar al país en el sistema financiero
internacional y participar de organismos multilaterales, aunque
siempre bajo la premisa de preservar la soberanía económica. En los
años siguientes, con Jerónimo Remorino al frente de Relaciones
Exteriores, la política exterior osciló entre la defensa del nacionalismo
económico y la búsqueda de acuerdos que garantizaran estabilidad
comercial.
Durante esta segunda etapa, la Tercera Posición adquirió un matiz
más diplomático que ideológico. Perón intentó reposicionar a la
Argentina como potencia regional mediadora, impulsando proyectos
de integración con Brasil y Chile, y promoviendo una imagen
internacional basada en la paz y la justicia social. Sin embargo, el
endurecimiento de la Guerra Fría, el conflicto de Corea y las presiones
del Departamento de Estado redujeron el margen de maniobra.
5. La política social del justicialismo como fundamento de la
diplomacia
La política exterior de Perón no puede separarse del modelo social
interno que dio sustento a su legitimidad. El justicialismo entendía
que la fortaleza internacional de un país dependía de su cohesión
interna, de la justicia social y del bienestar de su pueblo. Por eso, las
conquistas laborales, la expansión de los derechos sociales y la
política de redistribución fueron componentes esenciales de su
proyección internacional.
La Argentina peronista se presentaba ante el mundo como una nación
moderna, industrial y socialmente avanzada. Las reformas en materia
de seguridad social, salud, educación y vivienda fueron exhibidas
como ejemplo de un modelo alternativo al capitalismo liberal y al
socialismo colectivista. La figura de Eva Perón, a través de la
Fundación que llevaba su nombre, desempeñó un rol simbólico en la
diplomacia humanitaria: sus giras internacionales y su discurso en
favor de los humildes contribuyeron a reforzar la imagen del
justicialismo como movimiento social con proyección mundial.
Este aspecto interno tuvo repercusiones diplomáticas concretas. En
los foros internacionales, la Argentina defendió el principio de
soberanía económica, el derecho al trabajo y la igualdad social como
pilares de un orden mundial más justo. Estas posturas coincidían con
las aspiraciones de los países del Tercer Mundo que, en los años
siguientes, darían origen al movimiento de los no alineados.
6. Neutralidad argentina frente a la Guerra de Corea
El estallido de la Guerra de Corea (1950–1953) puso a prueba la
coherencia de la Tercera Posición. Mientras la mayoría de los países
latinoamericanos se alinearon con Estados Unidos y respaldaron la
intervención de la ONU, Argentina mantuvo una política de
neutralidad activa. Esta decisión generó tensiones diplomáticas, pero
reafirmó la vocación independiente del peronismo.
La neutralidad argentina no implicó indiferencia. Perón consideraba
que el conflicto era una expresión más de la rivalidad entre los
bloques y que la intervención directa solo contribuiría a agravar la
polarización mundial. En sus discursos, insistió en que la paz debía
ser el objetivo supremo de la comunidad internacional, y propuso la
mediación como mecanismo de resolución de disputas. Esta postura,
coherente con la doctrina justicialista, fue reconocida por diversos
países no alineados y fortaleció la reputación de Argentina como actor
autónomo.
Sin embargo, la neutralidad también tuvo costos. Estados Unidos
interpretó la posición argentina como una falta de compromiso con la
“defensa del mundo libre” y mantuvo su política de desconfianza. Ello
afectó el acceso a créditos y la participación en organismos
multilaterales. A pesar de ello, el gobierno peronista prefirió sostener
su independencia antes que ceder a presiones externas.
7. El ABC y los intentos de integración regional
Uno de los aspectos más originales de la política exterior de Perón fue
su esfuerzo por reactivar el ideal del ABC —la alianza entre Argentina,
Brasil y Chile— concebido originalmente a comienzos del siglo XX
como un mecanismo de cooperación y equilibrio en el Cono Sur. El
peronismo retomó esta idea con una nueva lógica: no se trataba ya
de una alianza defensiva o diplomática, sino de una plataforma para
la integración económica, política y cultural de América del Sur.
7.1. Antecedentes e impulso inicial
Durante el primer gobierno de Perón, la Argentina buscó fortalecer
sus vínculos con los países vecinos, especialmente con Brasil, cuyo
presidente Eurico Gaspar Dutra mantenía una posición ambivalente
entre el alineamiento con Estados Unidos y la defensa de intereses
regionales. La diplomacia argentina intentó acercarse mediante
tratados comerciales, intercambios culturales y acuerdos de
cooperación técnica. La intención era consolidar un bloque
sudamericano capaz de negociar colectivamente frente a las
potencias extrarregionales.
Sin embargo, el contexto de la Guerra Fría y las diferencias políticas
internas dificultaron la concreción del proyecto. Mientras Perón
impulsaba un discurso de soberanía económica y autonomía, Brasil y
Chile mantenían lazos estrechos con Washington. A pesar de estas
tensiones, el ABC peronista representó uno de los primeros intentos
sistemáticos de formular una política de integración regional desde
una perspectiva autónoma.
7.2. La idea de “Unión de Países del Sur”
Perón propuso incluso una idea más ambiciosa: la Unión de Países del
Sur, concebida como una federación económica y política que
abarcara no solo al ABC, sino también a Uruguay, Paraguay y Bolivia.
El objetivo era articular un mercado común de base industrial y
energética, capaz de aprovechar las complementariedades entre las
economías de la región.
Aunque el proyecto no se concretó, su formulación anticipó debates
posteriores sobre integración latinoamericana, desde la creación de la
ALALC en 1960 hasta el MERCOSUR en 1991. En ese sentido, el
justicialismo fue pionero en vincular la noción de soberanía nacional
con la integración regional como estrategia de desarrollo.
7.3. Obstáculos y reacciones
Las resistencias provinieron tanto de factores externos como internos.
Desde el exterior, Estados Unidos observaba con recelo cualquier
iniciativa que pudiera debilitar su influencia hemisférica.
Internamente, las burguesías agroexportadoras y los sectores
antiperonistas desconfiaban de los proyectos regionales, temiendo
que implicaran compromisos comerciales o políticos contrarios a los
intereses tradicionales.
Además, el personal diplomático de carrera —formado en la tradición
liberal del siglo XIX— mostró cierta incomodidad ante el cambio
doctrinario que introducía el justicialismo. Muchos embajadores y
funcionarios veían con escepticismo las ideas de integración regional
y preferían mantener las viejas relaciones bilaterales con Europa o
Estados Unidos. Pese a ello, el impulso de Perón logró instalar la
noción de que el destino argentino estaba ligado al del continente.
8. El justicialismo y el resto de América Latina
La política exterior peronista hacia América Latina tuvo un carácter
ambivalente: por un lado, buscó afirmar la lideranza argentina en el
continente; por otro, debió lidiar con las suspicacias de los países
vecinos, que temían una posible hegemonía de Buenos Aires. Aun así,
el discurso de unidad y justicia social de Perón encontró eco en
diversos movimientos nacionalistas y populares de la región.
8.1. La proyección del mensaje justicialista
Desde 1946, el gobierno argentino promovió la difusión internacional
de su doctrina a través de misiones culturales, radioemisoras y
publicaciones oficiales. El lema “ni yanquis ni marxistas, peronistas”
sintetizaba un mensaje de independencia que resonaba en países que
sufrían las presiones de la Guerra Fría. El discurso justicialista, con su
defensa de la soberanía nacional y la justicia social, fue recibido con
simpatía por sectores progresistas, sindicales y católicos.
Países como Paraguay, Bolivia y Ecuador mostraron afinidad con las
propuestas argentinas, especialmente en el ámbito laboral y social.
En Bolivia, el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR)
compartía muchos de los postulados del peronismo, como la
nacionalización de los recursos naturales y la ampliación de derechos
para los trabajadores. Sin embargo, los intentos de establecer
alianzas más sólidas se vieron obstaculizados por las presiones
externas y las diferencias políticas internas.
8.2. Relación con Chile y Brasil
Las relaciones con Chile y Brasil fueron un eje central de la diplomacia
peronista. Con Chile, Perón intentó mantener una relación cordial
pese a los cambios de gobierno y las tensiones limítrofes heredadas
del pasado. Se firmaron acuerdos de cooperación económica y se
realizaron gestos de acercamiento simbólico, aunque las diferencias
ideológicas persistieron. Con Brasil, las relaciones fueron más
complejas: la competencia industrial y el diferente alineamiento
internacional limitaron los avances concretos del ABC. No obstante, la
idea de complementariedad regional se mantuvo viva y sirvió de
antecedente para futuras experiencias integracionistas.
8.3. Tensión con Estados Unidos en el ámbito continental
En el plano continental, la política argentina chocó con la estrategia
de Estados Unidos para consolidar su liderazgo en el hemisferio.
Durante las conferencias panamericanas de Río de Janeiro (1947) y
Bogotá (1948), Perón se mostró reticente a respaldar resoluciones
que reforzaran la dependencia militar y política de la región respecto
de Washington. En cambio, propuso un modelo de cooperación
basado en el respeto mutuo y la no injerencia. Estas posturas, aunque
coherentes con la Tercera Posición, aislaron diplomáticamente a
Argentina dentro del sistema interamericano.
Perón consideraba que la verdadera solidaridad continental debía
surgir de los pueblos latinoamericanos y no de pactos impuestos por
intereses externos. Su visión apuntaba a construir un bloque
latinoamericano autónomo, capaz de negociar de igual a igual con las
potencias. Este ideal, aunque no se materializó, sentó las bases
conceptuales del futuro pensamiento latinoamericanista.
9. El justicialismo y los foros económicos internacionales
Uno de los rasgos distintivos de la política exterior justicialista fue su
actitud crítica frente a los organismos económicos internacionales
surgidos de Bretton Woods. Argentina se negó inicialmente a ingresar
al FMI y al Banco Mundial, argumentando que tales instituciones
representaban los intereses de las potencias y limitaban la capacidad
de decisión de los países en desarrollo.
9.1. Rechazo al sistema multilateral de comercio
El gobierno de Perón consideraba que el sistema de comercio
multilateral promovido por Estados Unidos favorecía la especialización
primaria de las economías latinoamericanas. En consecuencia,
defendió el bilateralismo como mecanismo para negociar condiciones
más equitativas. A través de acuerdos específicos, Argentina buscó
diversificar sus mercados y mantener márgenes de autonomía en su
política económica.
El IAPI jugó un papel central en esta estrategia, permitiendo que el
Estado administrara los ingresos provenientes de las exportaciones.
Gracias a ello, el país pudo sostener la expansión industrial, las obras
públicas y la política social sin depender de préstamos externos. Este
modelo, sin embargo, comenzó a mostrar sus límites hacia 1949,
cuando las reservas se agotaron y los precios internacionales de los
productos agrícolas cayeron.
9.2. Relaciones con Europa y los países del bloque socialista
A pesar de su retórica antinorteamericana, la Argentina peronista no
se encerró en el aislamiento. Mantuvo vínculos activos con Europa
Occidental, especialmente con Italia y España, y estableció relaciones
diplomáticas y comerciales con la Unión Soviética y otros países del
bloque oriental. Este acercamiento a los países socialistas fue una de
las manifestaciones más concretas de la Tercera Posición,
demostrando que el país podía mantener relaciones con ambos
bloques sin someterse a ninguno.
El comercio con la URSS, Polonia, Checoslovaquia y Hungría se basó
en el intercambio de alimentos y materias primas por maquinaria e
insumos industriales. Aunque de volumen limitado, estos acuerdos
tuvieron un fuerte valor simbólico, al mostrar la independencia de la
política exterior argentina. Al mismo tiempo, Perón mantuvo su
rechazo al comunismo como doctrina política, reafirmando que el
justicialismo constituía un camino propio.
9.3. Participación en organismos internacionales
En el ámbito de la Organización de las Naciones Unidas, Argentina
adoptó posiciones que reflejaban su vocación autónoma. Se opuso al
derecho de veto de las grandes potencias en el Consejo de Seguridad
y defendió la igualdad jurídica de todos los Estados. En foros
económicos como la CEPAL (Comisión Económica para América
Latina), el país tuvo un papel relevante al respaldar la tesis del
desarrollo industrial y la sustitución de importaciones, ideas que
coincidían con la visión estructuralista de Raúl Prebisch.
Aunque las relaciones con Estados Unidos siguieron siendo tensas,
hacia comienzos de la década de 1950 se produjo un reacercamiento
pragmático, impulsado por la necesidad de estabilizar la economía.
Perón entendió que no podía sostener indefinidamente una política de
aislamiento, por lo que buscó restablecer canales de diálogo y
cooperación técnica. Aun así, el principio de independencia nacional
se mantuvo como línea directriz.
10. La teoría de la autonomía heterodoxa de Juan Carlos Puig
Décadas más tarde, el politólogo y diplomático argentino Juan Carlos
Puig formuló la teoría de la autonomía heterodoxa, que constituye
una reinterpretación teórica de la política exterior peronista. Según
Puig, los países periféricos o semiperiféricos, como Argentina, no
pueden alcanzar una independencia absoluta en un sistema
internacional dominado por grandes potencias. Sin embargo, pueden
desarrollar estrategias de autonomía relativa, combinando
cooperación y resistencia de manera pragmática.
10.1. Autonomía frente a alineamiento
Puig identificó dos grandes tendencias en la política exterior argentina
del siglo XX: las estrategias autonomistas, generalmente impulsadas
por gobiernos democráticos o nacional-populares, y las estrategias
alineadas, promovidas por gobiernos de facto o elites vinculadas a
intereses externos. En esta clasificación, el peronismo de los años
cuarenta y cincuenta aparece como el ejemplo más acabado del
paradigma autonomista.
La autonomía heterodoxa no es una neutralidad pasiva, sino una
política activa de diversificación y equilibrio. Se trata de ampliar el
margen de maniobra nacional sin romper los lazos con el sistema
mundial. En este sentido, la Tercera Posición anticipó muchas de las
ideas que Puig desarrollaría teóricamente en los años setenta: el uso
selectivo del comercio exterior, la participación condicionada en
organismos internacionales y la búsqueda de alianzas regionales para
fortalecer la soberanía.
10.2. Continuidad y legado del pensamiento peronista
La teoría de Puig permite comprender la profundidad del proyecto
justicialista más allá de su coyuntura histórica. La política exterior de
Perón no fue un mero conjunto de decisiones aisladas, sino un intento
coherente de construir una autonomía estructural frente al sistema de
poder mundial. Su énfasis en la industrialización, la integración
regional y la justicia social lo ubican en la línea de pensamiento que
posteriormente inspiraría a los movimientos de los no alineados y al
estructuralismo latinoamericano.
El legado de esta política se mantuvo latente incluso después de la
caída del peronismo en 1955. En las décadas siguientes, cada vez que
Argentina buscó redefinir su inserción internacional, reapareció el
dilema entre alineamiento y autonomía, entre dependencia y
desarrollo nacional. La teoría de Puig, al conceptualizar ese dilema,
ofrece una clave para entender las continuidades históricas de la
política exterior argentina.
11. Evaluación de la política exterior justicialista
La política exterior de los gobiernos peronistas debe ser evaluada
desde una doble perspectiva: su coherencia doctrinaria y sus
resultados concretos. En el plano ideológico, el justicialismo logró
formular una doctrina original, basada en principios de soberanía,
justicia social y autodeterminación. Su propuesta de Tercera Posición
representó una respuesta innovadora frente a la polarización de la
Guerra Fría y ofreció una alternativa moral y política al modelo
dominante.
En términos prácticos, los resultados fueron más ambivalentes. Si
bien se alcanzaron avances significativos en materia de autonomía
económica y reconocimiento internacional, la Argentina enfrentó
crecientes dificultades a partir de 1949. La caída de las reservas, la
dependencia de las exportaciones agrícolas y el endurecimiento del
contexto internacional limitaron la capacidad de maniobra del
gobierno. A ello se sumaron factores internos —conflictos con la
oposición, tensiones sindicales y desgaste político— que afectaron la
estabilidad general.
Sin embargo, más allá de sus limitaciones, la política exterior
peronista dejó una huella duradera. Introdujo en el debate nacional la
noción de autonomía como objetivo estratégico, vinculó el desarrollo
industrial con la soberanía política y planteó la necesidad de una
integración latinoamericana basada en la cooperación y el respeto
mutuo. Estas ideas trascendieron su tiempo y reaparecieron en
distintas etapas de la historia argentina, desde el desarrollismo
frondizista hasta el regionalismo contemporáneo.
12. Conclusión: la herencia internacional del primer peronismo
Entre 1946 y 1955, la Argentina peronista protagonizó uno de los
experimentos más ambiciosos de política exterior autónoma en
América Latina. En un mundo dividido entre Washington y Moscú,
Perón buscó construir un camino propio que combinara
industrialización, justicia social e independencia nacional. Su proyecto
no fue ajeno a las contradicciones: debió conciliar la aspiración de
soberanía con las restricciones de un sistema económico desigual, y
el ideal de integración latinoamericana con las desconfianzas de los
países vecinos.
La Tercera Posición sintetizó esa búsqueda de equilibrio. Más que una
postura diplomática, fue una filosofía política que integraba lo
económico, lo social y lo cultural. Inspirada en la doctrina social de la
Iglesia y en el nacionalismo popular, propuso una tercera vía entre el
capitalismo liberal y el socialismo marxista, con el objetivo de afirmar
la dignidad del trabajo y la independencia de los pueblos. Su
influencia trascendió las fronteras argentinas, dejando huellas en los
movimientos de liberación nacional y en las concepciones del
desarrollo autónomo que florecerían en la segunda mitad del siglo XX.
El justicialismo mostró que la política exterior no puede separarse del
proyecto de nación. La diplomacia peronista fue, ante todo, una
extensión de su política social y económica. Buscó dignificar al país
en el concierto mundial del mismo modo en que intentó dignificar al
trabajador en el plano interno. Aunque la Revolución Libertadora de
1955 interrumpió ese proceso, los fundamentos doctrinarios —
industrialización, soberanía, integración regional y justicia social— se
mantuvieron como referencias obligadas en la historia posterior.
En síntesis, los primeros gobiernos justicialistas sentaron las bases de
una diplomacia nacional con vocación latinoamericana, consciente de
las limitaciones impuestas por el orden internacional, pero decidida a
afirmar su derecho a la autodeterminación. Su legado perdura en
cada intento argentino por conciliar desarrollo y autonomía,
mostrando que la verdadera fortaleza de un país no reside solo en su
poder económico o militar, sino en la claridad de su proyecto y en la
coherencia entre su política interna y su política exterior.