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el siglo XVIII
RESUMEN
Este artículo se desarrolla en tres niveles: los problemas de la documentación para estudiar las casas
rurales y urbanas en el siglo XVIII; el tamaño y las características de las casas rurales de la Galicia occi-
dental; las casas de las ciudades –Santiago de Compostela y A Coruña–. Se hace una comparación entre
las viviendas de esos dos espacios; las de la hidalguía y los campesinos; y las de los ricos comerciantes
que se convirtieron en un sector influyente en la segunda mitad del siglo. Además, se plantean las vías
mediante las cuales se acumulaban bienes en las casas.
ABSTRACT
This article develops in three levels: a) the problems of the documentation to study the rural and urban
houses in the 18th century; b) the size and the characteristics of the rural houses of the western Galicia;
c) the houses of the cities -Santiago de Compostela and Coruña-. A comparison is done between the
housings of both areas; those of the nobility and the peasants; and those of the rich merchants who turned
into an influential sector during the second half of the century. In addition, the routes by means of which
goods were accumulated in the houses.
1 GOUBERT, P.: “Intérêt et utilisation historiques des papiers de succession: inventaires après
décès, partages, comptes de tutelle”, Revue d’Histoire moderne et contemporaine (1954), pp. 22-34.
2 El propio Goubert, cuya influencia es evidente en el grupo compostelano, avanzó esa línea en La Vie
quotidienne des paysans françaises au XVIIe siècle, París, Hachette, 1982. Consagrada en BAULANT, M. y
otros: Inventaires après-décès et ventes de meubles: apports à une histoire de la vie économique et quotidienne
(XIVe-XIXe siècle), París, Academia, 1988.
3 SAAVEDRA FERNANDEZ, P.: La vida cotidiana en la Galicia del Antiguo Régimen, Barcelona,
Crítica, 1994.
4 GARRIDO, G. A.: “A Literatura de viaxes como fonte histórica, viaxeiros estranxeiros por Galicia,
séculos XVIII a XX”, en DE JUANA, J. y otros (dirs.): VII Xornadas de Historia de Galicia, Ourense,
Deputación, 1993, pp. 209-223.
5 RODRIGUEZ FERREIRO, H.: La Tierra de Trasdeza. Una economía rural antigua, Santiago,
Universidad, 1973, pp. 153 a 158.
6 SOBRADO CORREA, H.: Las Tierras de Lugo en la Edad Moderna: economía campesina, familia y
herencia, 1550-1860, A Coruña, Fundación Barrié, 2001.
y estas a su vez a cubrir las deficiencias de las fiscales. Sin ir más lejos, las declara-
ciones particulares del Catastro se realizaron en unos años, 1752/53, en los que los
inventarios y las dotes son cada vez menos frecuentes y menos expresivos; al con-
trario, estos son abundantes y mucho más significativos en el siglo XVII, para el que
carecemos de una fuente fiscal similar: es decir, para el siglo XVII sabemos más del
interior que del exterior de las casas, y en el XVIII a la inversa, ya que los inventarios
apenas hacen referencias a los edificios ni a sus habitantes.
Pero con esas limitaciones tenemos que trabajar y eso es lo que se hizo en la uni-
versidad de Santiago desde antes de las I Jornadas de Metodología Aplicada de 1973,
en las que Antonio Eiras Roel, con Ramón Villares, presentó un primer trabajo sobre
inventarios post-mortem, de gran interés porque señala tanto sus ventajas como, so-
bre todo, sus problemas. En esa aportación se utilizaban 125 escrituras de la Tierra
de Santiago de 1675 a 1700 para recomponer la despensa y los útiles de trabajo de
las casas rurales. El profesor Eiras definía el inventario como un –recuento completo,
realizado ante fedatario público, de los bienes muebles, enseres, aperos, alimentos
cosechados o producidos y ganados de una familia campesina, realizado en el mo-
mento de fallecer el cabeza de familia–, lo que a priori lo convertía en una fuente
ideal 7. Sin embargo, en una nota advertía de su escasez ya que para reunir aquella
muestra se habían examinado las escrituras de 531 protocolos. Esta advertencia iba
acompañada de otra no menos importante: en determinadas jurisdicciones o cotos se-
ñoriales se hacía de modo sistemático el recuento notarial de los bienes de los jefes de
familia que morían -era el caso del coto de Rivadulla, próximo a Compostela- lo que
generaba una concentración territorial, mientras que donde no había esa costumbre o
ese mandato –se ignora la verdadera razón–, eran infrecuentes.
Es decir, los inventarios son una escritura cara y selectiva que solo se hace en con-
diciones de estrés familiar, esto es, cuando hay menores, ausentes o posibles conflic-
tos por el reparto de la herencia, y para prever todo esto, en algunos casos concretos
se hacía como acto preventivo por parte de los señores. Pero quizá la advertencia más
importante es que a pesar de su interés, los inventarios no pueden emplearse solos
porque solo reflejan bienes muebles y no la tierra y otras pertenencias y porque no
suelen decir el número de componentes de la familia –y cuando lo dicen, esta es más
amplia que la media, porque no solía hacerse inventario donde había un único here-
dero o heredera, o los bienes partibles valían menos que el coste de la escritura–. Así
pues, solo se obtiene una imagen parcial de las casas rurales, y algo distorsionada de
sus contenidos, ya que se constatan variaciones dependiendo de los meses del año a
los que correspondieran, lo que afecta de un modo claro a los bienes perecederos o a
las existencias de fibras textiles 8. Conscientes de estos problemas, los historiadores
7 EIRAS ROEL, A. y VILLARES PAZ, R.: “Información serial de inventarios post-mortem”, Actas de
las I Jornadas de Metodología Aplicada de las Ciencias Históricas, III, Santiago, Universidad, 1975, pp.
183-202.
8 VILLARES, R.: “El consumo alimenticio en el área rural compostelana a fines del s. XVII”,
Compostellanum (1972), p. 65. SOBRADO CORREA, H.: “Los inventarios post-mortem como fuente
privilegiada para el estudio de la historia de la cultura material en la Edad Moderna”, Hispania, 63, 215
(2003), pp. 825-861; “Aproximación al consumo alimentario en el área rural gallega: el interior lucense, ss.
XVII-XIX”, Obradoiro de Historia Moderna (1994), p. 87.
ruralistas posteriores los emplearon en combinación con otras fuentes, tal fue el caso
de José Manuel Pérez García en 1975 para su denso análisis sobre la península de
Salnés 9, pero fue el mismo autor quien comprobó que desde 1670 los inventarios se
hacían cada vez menos frecuentes en la Galicia occidental 10, de ahí que el muestreo
del profesor Eiras consiguiera tan pocos resultados. Años más tarde se comprobaría
que en la Galicia oriental, donde los inventarios eran también poco frecuentes, el
descenso se retrasó los años sesenta del siglo XVIII, lo que demostraba los efectos
de la coyuntura agraria 11. Un cálculo un poco diferente pero que lleva a parecidas
conclusiones es el realizado por I. Dubert para la Tierra de Santiago, en el que se
confirma el mismo descenso al vaciar todas las escrituras referidas a la transmisión
patrimonial intrafamiliar, entre las que los inventarios pasan del 5.5% en 1706/7 al
4,3% en 1750/54 y al 1,6% en 1790 12.
En cuanto a los inventarios urbanos, el primer estudio realizado en Galicia fue el de
Baudilio Barreiro Mallón sobre las clases urbanas compostelanas en el siglo XVIII,
publicado en 1981 13, en el que también se llama la atención sobre la rareza de esa
fuente y de su sesgo a favor de los grupos acomodados, pero en el que tras una severa
purga crítica, se da una perspectiva completa de las casas urbanas. Obviamente, el
empleo de los inventarios se ha demostrado más útil, al menos para aquellas familias
que tenían una sola vivienda, ya que en las clases pudientes se genera el problema de
que sería preciso controlar los inventarios de las segundas y terceras residencias. Así
por ejemplo, el hallazgo del inventario de los bienes del marqués de Santa Cruz de
Rivadulla en su palacio rural del valle del Ulla ofreció en 1978 una imagen parcial de
su espacio vital, que se pudo completar cuando se localizó en 1993 el de su palacio
compostelano, tan lujoso o más que el rural 14. Ambos problemas, esto es, la escasez
de inventarios y la doble residencia, fueron medidos poco después cruzando los datos
socio-económicos del Catastro de La Ensenada de Santiago con las escrituras nota-
9 PEREZ GARCIA, J.M.: Un modelo de sociedad rural de Antiguo Régimen en la Galicia costera:
la Península del Salnés, Santiago, Universidad, 1979. Luego se harían otros muchos: SAAVEDRA
FERNANDEZ, P.: “Evolución de una agricultura de autoconsumo a través de los inventarios post mortem:
la Galicia cantábrica: 1600-1800”, en EIRAS ROEL, A. (ed.), La documentación Notarial y la Historia,
I, Santiago, Universidad, 1984, pp. 317-334. ERIAS MARTINEZ, A.: “Algunos aspectos de la economía
agraria, a través de los inventarios “post mortem”, en la comarca compostelana (1750-59)”, Boletín de la Real
Academia Gallega, 358 (1986) pp. 92-106. QUIROGA BARRO, G.: Evolución dunha estructura agraria na
Galicia interior: a terra de Viana do Bolo, 1600-1820, Ourense, Museo Arqueolóxico, 1992.
10 PEREZ GARCÍA, J.M.: “Los inventarios post-mortem como indicadores de la riqueza ganadera:
Galicia occidental (1600-1669)”, en EIRAS ROEL, op. cit. (nota 9), pp. 297-315.
11 En la tierra de Celanova entre 1630 y 1850 se localizaron solo 188 en 66 escribanos de treinta parroquias,
suficientes para constatar que el 80% de los bienes eran muy básicos; RODRIGUEZ FERNANDEZ, D.:
“Desigualdades sociales y criterios de consumo diferenciados: cultura material y nivel de vida en la Galicia
interior, Celanova (1630-1850)”, Cuadernos feijonianos de Historia moderna, I (1999), pp. 193-231.
12 DUBERT, I.: Historia de la Familia en Galicia durante la época moderna, 1550-1830, Sada, Ed. do
Castro, 1992, p. 32.
13 BARREIRO MALLON, B.: “Las clases urbanas compostelanas de Santiago en el siglo XVIII:
definición de un estilo de vida y pensamiento”, en EIRAS ROEL, A. (coord.), La Historia social de Galicia,
Santiago, Universidad, 1981, p. 449.
14 El rural fue localizado en 1978 (REY CASTELAO, O.: Historia rural en la comarca de la Ulla,
siglos XVII y XVIII, Santiago, Universidad, 1981, pp. 155-157) y el urbano años después (FERNANDEZ
GASALLA, L.: “La Biblioteca de D. Andrés de Mondragón, I Marqués de Santa Cruz de Rivadulla, mecenas
y político gallego del siglo XVII (1645-1709)”, Cuadernos de estudios gallegos, 42, 107 (1995), pp. 449-564.
15 EIRAS ROEL, A.: “Las elites urbanas de una ciudad tradicional: Santiago de Compostela a mediados
del siglo XVIII”, en EIRAS ROEL, op. cit. (nota 9) I, p. 118. MARTINEZ RODRIGUEZ, E.: “El artesanado
urbano de una ciudad tradicional. Santiago de Compostela a mediados del siglo XVIII”, Ibidem, pp. 141-164.
16 BURGO LOPEZ, C.: “Niveles sociales y relaciones matrimoniales en Santiago y su comarca (1640-
1750) a través de las escrituras de dote”, en EIRAS ROEL, op. cit. (nota 9) I, p. 177. RIAL GARCIA, S.: Mujer
y actividad económica en la Galicia moderna, Universidad de Santiago, tesis inédita, 2002.
17 EIRAS ROEL, op. cit. (nota 15), p. 118.
18 FERNANDEZ CORTIZO, C.J.: “Matrimonio y régimen dotal en la Galicia de transición al interior en
el siglo XVIII”, en LOBO DE ARAUJO, M.M. y ESTEVES, A. (coords.), Tomar estado: dotes e casamentos
(séculos XVI-XIX), Braga, CITCEM, 2010, pp 33-55.
19 REY CASTELAO, op. cit. (nota 14), p. 89.
la Tierra de Santiago, solo un 5% eran dotes, pero en 1752 solo eran el 2% de un total
de 2.469, una reducción porcentual que obliga a reinterpretar este tipo de documentos
y a revisar su utilidad y significado a la hora de emplearlos para ver cómo se consti-
tuían las casas de los nuevos casados. Paralelamente, entre las escrituras referidas a la
transmisión patrimonial, I. Dubert probó idéntico descenso de la proporción de dotes
–del 19,6% en 1706/7 al 9,5% a mediados del XVIII y a un 3,9% a fines de siglo-, en
paralelo con el incremento de los seguros de legítima –del 2,7% al 4,5% y al 12,9%
en los mismos años- y la creciente importancia de las donaciones –entre el 25,7% y
el 28,8%. El estudio de la dote, a día de hoy, no puede estudiarse sin tener en cuenta
el sistema hereditario.
VIVIR EN EL CAMPO
Las dificultades documentales señaladas no han impedido que se haya avanzado no-
tablemente en la definición de los modos de vida de la Galicia occidental del siglo
XVIII, más que del XVII, por faltar una referencia global como el Catastro, y mucho
más que del XVI, por una general mayor carencia de fuentes. Por otra parte, una vez
superado el enfoque económico de los años setenta y ochenta, la observación social
basada en la medición de la dotación material de las viviendas y de los grados de
bienestar -y su evolución en el tiempo- permitió obtener una perspectiva diferencia-
da de los espacios rurales y de los urbanos, así como de los grupos sociales en sus
grandes divisiones, lo que a su vez facilita una aproximación que exponemos en las
páginas siguientes.
Partimos para ese objetivo de una constatación esencial: en las dos provincias ga-
llegas que nos interesan, Santiago y A Coruña, había una población eminentemente
rural. A mediados del XVIII, según los datos catastrales, y en 1787, según los del
censo de Floridablanca, solo el 12% de la población era urbana en la primera, con-
centrándose en Compostela y en las villas -Pontevedra, Noia, Muros, Padrón, etc.-,
y el 19,4% en la de Coruña, un porcentaje elevado por el simple efecto estadístico
del peso de la capital en una provincia de muy pequeño tamaño; en todo caso, ambas
provincias se situaban por encima de la media de Galicia.
La segunda constatación esencial es que la inmensa mayoría de la población rural
estaba compuesta por campesinos, pero los pazos y casonas de la hidalguía -junto
con algunas casas rectorales de curatos ricos-, dispersos por toda Galicia, marcaban
el paisaje y servían como referencia social. Precisamente por esto, sobre las residen-
cias rurales del sector hidalgo-nobiliario hay una amplia bibliografía procedente de
estudiosos de historia del arte que han hecho un notable esfuerzo por establecer su
tipología arquitectónica y por conocer su patrimonio; los espacios lúdicos, como los
jardines, han recibido una especial atención recientemente por parte de Jesús Angel
Sánchez García, siguiendo la pauta cultural de estudios sobre jardines españoles, lo
que ha aportado una nueva perspectiva 20. Sin embargo, los historiadores del arte se
20 SANCHEZ GARCIA, J. A.: “El Jardín de una élite: los Bermúdez de Castro y el pazo de Montecelo en
los siglos XVIII y XIX”, en FERNANDEZ CORTIZO, C.J. y otros (eds.), Universitas: homenaje a Antonio
han preocupado poco por poner en relación los edificios con sus contenidos o con
la existencia de sus habitantes, y apenas les han interesado las casonas de la hidal-
guía, por carecer de interés artístico. Estas cuestiones, sin embargo, han merecido
la atención de historiadores modernistas –en especial P. Saavedra, A. Presedo y V.
Migues 21-, si bien se mantiene la dificultad de acceder a los archivos privados.
En las dos provincias occidentales, había en 1753/1762 un total de 123.178 fami-
lias plebeyas y 2.634 familias “nobles”, el 2,13%, un poco por debajo de la media del
3,06% de Galicia. En la de Santiago eran unas 2.100 familias, solo el 1,8% del total
del vecindario, y el 4,7% en la de Coruña, 534, cifras muy inferiores a las de la Gali-
cia oriental -llegaban a superar un tercio del vecindario en la franja interna de Lugo-,
pero el menor porcentaje se correspondía con un mayor nivel de riqueza, en general.
Como veremos, los nobles e hidalgos preferían vivir en las ciudades y villas, donde a
mediados del XVIII residía casi la quinta parte de las familias de este sector, y los que
podían, repartían su tiempo entre las ciudades y el campo, lo que complica la defini-
ción de su modo de vida. Solo una minoría muy estrecha residía en Madrid y podía
permitirse mantener casa abierta en Galicia; pero su absentismo casi permanente o
su presencia ocasional y difusa, no servía para generar modelos de comportamientos.
Vivir en un pazo, todo el año o solo unos cuantos meses, era el privilegio de un
conjunto de familias, tituladas o no, que constituían la minoría aristocrática de la
que en sí misma significaba el grupo nobiliario y que disfrutaban por herencia de
las ventajas de vivir en su seno, además de poder asumir el coste constructivo y de
mantenimiento que implicaba este tipo de residencias. Se trataba de un grupo aco-
modado constituido sobre todo en los siglos XVI y XVII, período en el que abundan
las fundaciones de mayorazgos, pero por eso mismo, el pazo que se conoce hoy en la
Galicia occidental no se configuró hasta bien entrado el siglo XVII, con el triunfo del
barroco, alcanzando su plenitud en el XVIII. No se trataba solo de viviendas de placer
para el verano y el otoño, sino lugares para hacer presentes y visibles a las familias en
aquellas zonas donde tenían sus intereses económicos, sus tierras, rentas y señoríos.
En su configuración material, los pazos eran en realidad, espacios aislados que
dentro y alrededor reunían casi todo aquello que necesitaban, aunque se situaran cer-
ca de algún núcleo urbano o semiurbano donde podían surtirse. Los distinguía su ha-
bitabilidad interior, amplia, diversificada y multifuncional, desconocida en las demás
casas de su entorno, y la previsión y provisión de cuanto pudiera afectar a la vida
diaria, desde lo doméstico hasta talleres con el instrumental necesario, telares, bode-
ga, etc., y en las fincas que rodeaban a las edificaciones, una capilla –aunque solía
haber oratorios privados en el interior-, estanque, palomar, huerta, incluso almazaras
de aceite o batanes. Los jardines pacegos se desarrollaron más en el siglo XIX que
en el XVIII, pero fueron evolucionando en su trazado desde su origen como huertas a
Eiras Roel, Santiago, Universidad, 2002, 2, pp. 113-135. Y El Jardín de los pazos: ensayo histórico, Madrid,
Biblioteca Nueva, 2010.
21 SAAVEDRA FERNANDEZ, P.: “El pazo y su vida cotidiana”, en Galicia renace, Santiago, Xunta de
Galicia, 1997, pp. 399-425. PRESEDO GARAZO, A.: “Luxo e cultura nos pazos da fidalguía galega, 1600-
1841”, Boletín Auriense, 31 (2001) p. 143. MIGUES, V.M.: Pousas e fidalgos no Miño Medio: arquitectura,
territorio e sociedade nos solares da Terra de Chantada, Lugo, Diputación, 2004.
espacios de disfrute, con una notable riqueza botánica y una creciente intencionalidad
simbólica.
Es fácil imaginar la vida de sus residentes, en especial la de sus mujeres, ya que el
servicio doméstico las supliría en sus teóricas obligaciones, y la comodidad que las
rodeaba estaba a años luz de la precariedad de sus vecinas. Los pazos encarnaban el
modo de vida del señorío rural y el ámbito en el que a diario se movían nobles e hidal-
gos, pero también el ámbito rural en el que se situaban incidía en la vivienda, no solo
porque en el campo había posibilidades de construcción más espaciosas y porque se
podían reunir funciones económicas y sociales determinadas, sino porque adoptaban
rasgos de la arquitectura popular.
A ese modelo responde, como pocos, el pazo de Ortigueira, situado en Santa Cruz
de Rivadulla, localidad a unos quince kilómetros de Santiago. Gracias a las declara-
ciones del Catastro de La Ensenada conocemos sus caracteres externos y su contexto
y gracias a un inventario de 1753 podemos reconstruir su contenido, afortunada ra-
reza estadística que nos permite hacernos una idea casi completa del modo de vida
de esta casa. En efecto, en ese año, al morir el segundo marqués de Santa Cruz de
Rivadulla, don Ignacio Antonio Armada y Salgado, se realizó un inventario notarial,
ya que el único hijo y heredero no había alcanzado la mayoría de edad. De la declara-
ción catastral consta que en la enorme edificación quedaron como únicos habitantes
la marquesa viuda, doña Ana Ignacia García de Castro y don Juan Ignacio Armada
Mondragón (1722-1787), que estaba soltero cuando se inventariaron los bienes de su
padre, aunque pronto se casaría con María Ana Caamaño Mondragón y Sotomayor.
Para su servicio tenían dos litereros –en la casa había varias sillas de paseo decoradas
lujosamente-, cuatro criados mayores, tres criados de menos de 18 años y cinco cria-
das. El palacio se situaba en medio del coto jurisdiccional del que tenían el señorío y
estaba rodeado de 120.265 metros cuadrados de tierra en una sola unidad, que estaba
dedicada a “monte y jardín”, es decir, no tenía una dedicación agrícola, aunque una
gran parte de ese terreno estaba cubierto de naranjos, huerta bien cultivada, “frutales
en hilera” y un extenso olivar. Fuera de ese bloque compacto y placentero, la familia
era propietaria del 13.5% de la superficie del coto, que trabajaban sus criados y ca-
seros; por eso mismo tenía dos pares de bueyes, una vaca de leche con su cría, seis
cerdos, treinta y una ovejas y carneros, y contaba con dos molinos para la molienda
del grano y un molino de aceite, lo que resulta extraordinario en la Galicia occidental.
El interior del palacio, reflejado en el inventario, estaba repleto de un rico mobiliario:
en los dormitorios había camas de palo de rosa con colgaduras de damasco y brocatel,
almohadones de raso dispuestos sobre estrados cubiertos de alfombras de China, tapi-
cerías de materiales caros, sillas forradas de felpa y de raso, a juego con las cortinas;
más de cincuenta cuadros de tema casi siempre religioso adornaban las paredes, y
512 volúmenes llenaban los anaqueles de la biblioteca. Las joyas y objetos de orfe-
brería son incontables: además de 1.394 onzas de plata labrada en monedas, había un
broche en forma de ramilletes de flores con doce esmeraldas, topacios y un zafiro, un
“barrilillo de oro que sirve de caja de tabaco guarnecido de diamantes clavados en
plata”, un reloj con “caxa de oro y diamantes”, “un miramelindo de oro gravado con
chispas de rubies y una esmeralda”, “trece sortijas rodeadas de brillantes, esmeraldas,
zafiros; dos collares de once hilos cada uno de perlas orientales; veneras de oro y de
plata, relicarios adornados de granates y filigrana de oro; fuentes, copas, platos, jarras
y fruteros de plata y una serie interminable y deslumbrante de cosas caras y raras, no
producidas en Galicia, en enormes cantidades 22. Como veremos, la familia mantenía
por entonces un palacio en Compostela, pero se haría construir otro más ostentoso y
amplio a fines del XVIII.
En la zona coruñesa, el pazo de Mariñán obedece a pautas similares, a pesar de que
su propiedad no pertenecía a nobles titulados como la anterior. Su construcción se de-
bió a don Diego José de Oca, casado en 1744 con doña Jacinta de Navia-Osorio, hija
de los marqueses de Santa Cruz de Marcenado, si bien la pareja vivía en la ciudad de
Betanzos parte del año. En el Catastro daban como residencia estable la casa y pazo
de Oseiro, edificación de un alto que medía 25 varas por 12 varas, que ocupaban ellos
y su hija menor de edad –nació en 1745-, contando para su servicio con tres donce-
llas, dos pajes, dos criados y cuatro criadas. En esa fuente fiscal, Mariñán aparece
solo como una alquería de 12 por 38 varas, pero sin duda por su privilegiada situa-
ción, cerca del mar y de Betanzos, en los años sesenta del XVIII mereció la atención
prioritaria de la familia, que encargó a maestros de obras de nombre desconocido y
formación poco sofisticada según los especialistas, una reconstrucción y ampliación
destinadas a certificar la nobleza de sus propietarios. Fueron estos los que impusieron
un edificio en forma de ele, con patio y solaina, bodega, tullas, almacenes, reservan-
do el piso noble como vivienda de la familia, dividida en salones -el salón del estrado
era la pieza clave- y cuartos diferenciados para los señores. La hija, doña Joaquina
Josefa de Oca, prosiguió las obras, de modo que el pazo fue adoptando forma de
“u”, con una magnífica escalinata adornada con las efigies en piedra del mayordomo
y el paje, vestidos a la moda, así como numerosas figuras de indios que recordaban
el antiguo pasado de la familia en la administración americana. La inversión en esta
casa no impedía que ella viviese en Betanzos y sobre todo en Compostela, aunque en
1766 pasó a residir en Mariñán con su marido, el vizconde de Pegullal, por lo que el
complejo se reorientó como quinta de placer, reorganizando los jardines y añadiendo
en 1780 una capilla. En 1805 era propiedad de don José Joaquín de Yebra, señor de
Láncara, que prefería su vivienda urbana de Santiago, ciudad en la que tenía al me-
nos otras tres casas; disponía también de otras cuatro rurales, una de las cuales, la de
Graíces, se consideraba “de familia”; un inventario de 1805 permitió a Jesús A. Sán-
chez exponer la enorme disponibilidad de mobiliario, ajuar y de todo lo que identifica
el bienestar posible en aquella época y entorno 23.
Mucho más numerosas que los pazos eran las casonas que con diferente denomi-
nación, se situaban en un plano inferior por su tamaño, sus caracteres y su estructu-
ra. En general, su tipología se adaptaba al contexto comarcal y a la sociedad rural
circundante y solían ser verdaderas unidades de explotación, no sólo por el tamaño
de las fincas que las rodeaban, sino por el número y espacio de las estancias que se
22 Archivo del Reino de Galicia, libro personal de legos de Santa Cruz de Rivadulla, legajo 2414 y Archivo
Histórico Universitario de Santiago, Protocolos, legajo 2838, fs. 45 a 79.
23 SANCHEZ GARCIA, J.A.: Mariñán. Pazo de los sentidos, A Coruña, Diputación, 1999, pp. 37, 40,
53, 59, 270.
añadieron al lado o cerca de las viviendas 24. Un tipo muy común era la edificación de
gran tamaño, cuadrangular o rectangular, con corral en el interior al que se abría un
corredor y que servía como patio o centro distribuidor. Era habitual que la estructura
principal de la vivienda se prolongase con tramos murales alrededor de los cuales se
erigían nuevas dependencias como hornos, cuadras, pajares, bodegas, capillas, etc.
En el interior, durante el siglo XVIII aparecen gabinetes, salas, antesalas, y algún
patín en las mejores. En niveles inferiores a ese modelo, se extendía una amplia y
variada gama, que en gran medida se adaptaba a las características de la zona y a los
materiales existentes en estas, por lo que apenas se diferenciaban de las pertenecien-
tes a campesinos ricos, salvo en que solían tener algún elemento diferenciador de
carácter simbólico. En todo caso, las familias de la nobleza y de la hidalguía rurales,
o incluso los curas párrocos que disponían de rectorales importantes, vivían en espa-
cios privilegiados si se compara con el campesinado, pero, sin duda influían en los
modos de vida de este.
En el rural de la Galicia occidental, la extrema precariedad de medios materiales de
la mayoría de las familias campesinas se constata con facilidad a través de las fuentes
fiscales, las escrituras notariales y las escasas referencias de comentaristas coetáneos.
Empezando por estos, son unánimes en su percepción, sumamente negativa. El sastre
francés Guillaume Manier, en su visita a Santiago en 1726, decía de las casas de los
campesinos que “las vacas duermen en la misma casa, con la reserva de un palo que
los separa, con el pilón para comer. Los cerdos y otros animales están en libertad de
andar patrullando durante la noche por todos los rincones de la casa”. Pero no era
mejor lo que exponía el gallego padre Benito Jerónimo Feijoo en 1739 en las páginas
del Teatro crítico ya que “en estas tierras no hay más que gente hambrienta ni más
desabrigada que los labradores. Cuatro trapos cubren sus carnes; o mejor, diré que
por las muchas roturas que tienen las descubren. La habitación está igualmente rota
que el vestido, de modo que el viento y la lluvia se entran por ella como por su casa”.
En 1764, el italiano Paolo Bacci, canónigo de la catedral de Arezzo, explicaba que
“como de costumbre pasamos primero por la cuadra y luego por la cocina, donde
había unos cerdos. La cocina y la cuadra eran una sola habitación, divididas por una
pequeña pared. En la cocina estaba la cama, hecha con un poco de paja y unas man-
tas, pero sin sábanas, dentro de una especie de cajón hecho de madera”. Y en 1765,
el jurista lucense Juan Francisco de Castro, afirmaba que sus paisanos vivían “como
brutos, con quasi los mismos alimentos que estos y con poca menos indecencia en sus
habitaciones, atrayendo en sí el oprobio del resto de España” 25.
En efecto, la mayoría de las casas era de muy pequeño tamaño y las construcciones
eran muy básicas, como explican los visitantes, aunque una parte creciente de las
24 MIGUES, V.M.: “Entre la casa institucional y la casa residencial: imagen social y justificación simbólica
de la hidalguía en Galicia”, Obradoiro de historia moderna, 14 (2005), pp. 201-220.
25 El texto de Manier puede verse en GARRIDO, G.A.: Aventureiros e curisosos. Relatos de viaxeiros
extranxeiros por Galicia, séculos XV-XX, Vigo, Galaxia, 1994, p. 161. El de Feijoo procede del Teatro Crítico
Universal, discurso 12, Madrid, 1739, VIII, p. 411. El de Bacci, HOYOS SANCHO, N. de: “Notas de un
peregrino italiano a Santiago en 1763- 1764”, Cuadernos de Estudios Gallegos, 19 (1964), p. 127. El de Juan
Francisco de Castro en Discursos críticos sobre las leyes y sus intérpretes, I, Madrid, 1765, p. 200. Hay más
en GARCIA-BLANCO CICERON, J: Viajeros angloparlantes por la Galicia de la segunda mitad del siglo
XVIII, A Coruña, Fundación Barrié, 2006.
casas del XVIII tenía un alto que diferenciaba su disposición interior y su disponibili-
dad habitable. En general estaban fabricadas con materiales de baja calidad; debemos
tener en cuenta que la masa forestal maderable existente en la Galicia occidental era
inferior al dos por ciento de la superficie, que las piezas de madera grandes no se
conseguían fácilmente y que la expansión del pino –madera barata- era incipiente
todavía a mediados del XVIII; por otra parte, el arbolado estaba sometido a control
oficial ya que las maderas grandes se destinaban a la construcción naval en Ferrol. En
cuanto a la piedra de construcción, tampoco resultaba de fácil obtención, tanto por su
extracción y labrado, como porque los espacios donde la había tenían sus propieta-
rios, particulares o colectivos que restringían o cobraban su uso 26.
Nada de eso refieren las fuentes, ni siquiera el Catastro, que se centra en el tamaño
y los caracteres constructivos en la medida en que tenían repercusión fiscal, como ya
se dijo. Sin embargo, aporta un dato que es necesario tener en cuenta: la existencia de
un buen número de casas vacías, general a toda Galicia, de modo que en la provincia
de Santiago lo estaba el 11,9% y en la de Coruña el 18,4%. Una parte eran de familias
pudientes, pero muchas otras era de campesinos, que las empleaban como almacenes
o bien por su ruina solo servían como refugios.
En el estudio sobre la comarca de Trasdeza realizado por H. Rodríguez Ferreiro,
de 1.799, 49 estaban arruinadas (2,7%) y 67 vacías (3,7%). Las 1.683 edificaciones
que es declaraban habitadas acogían a 1.625 grupos domésticos de entre 2,85 y 4
habitantes, lo que significa que algunos tenían más de una. Dos tercios de estas casas
campesinas eran terrenas, es decir, de una sola planta, normalmente de forma rec-
tangular. Su superficie era muy variable, desde seis metros cuadrados – eran simples
casetas- a otras de cien, pero aun siendo estas últimas del mismo tamaño que muchas
con una altura, siempre estaban menos valoradas fiscalmente. Era en este tipo de
construcciones donde solían convivir en el interior las personas y los animales. Las
de un alto tenían las cuadras en el bajo y la vivienda arriba y el espacio era mayor casi
siempre: las más pequeñas eran de 24,25 metros cuadrados y las mayores de 155,43.
En ambos casos, no era raro que una misma unidad familiar tuviera varias casas terre-
nas con funciones diferenciadas –establo, pajar-, y desde luego, tenían un corral y una
era donde los animales andaban sueltos. Dado que en las aldeas, cada casa tenía esos
espacios alrededor, además de una huerta o alguna tierra de cultivo, se podía ampliar
su habitabilidad, de ahí que en esta comarca, el tamaño de las viviendas tuviese una
clara correlación con el número de componentes del grupo doméstico; esto se advier-
te especialmente en las casas de un alto, que revelan una mejor posición económica y
un grupo doméstico más amplio, a veces con algún criado, como sucedía en un tercio
de los casos –hidalgos, párrocos o campesinos fuertes-. Esa correlación espacial fa-
vorecida por la organización exenta de las casas, era más visible en el interior lucen-
se; allí las casas de un alto eran el 41%, no en vano las familias eran más amplias 27.
En el entorno compostelano, especialmente en el valle del Ulla, a través de los
inventarios se observa también que la casa rural era casa-explotación, donde se mez-
26 De estos problemas nos ocupamos en REY CASTELAO, O.: A Galicia clásica e barroca, Vigo, Ed.
Galaxia, 1998.
27 SOBRADO CORREA, op. cit. (nota 6), p. 496.
VIVIR EN LA CIUDAD
30 ROSENDE VALDES, A.: Una historia urbana. Compostela (1595-1780), Gijón-Vigo, Nigratrea, 2004.
31 VIGO TRASANCOS, A.: A Coruña y el Siglo de las Luces: la construcción de una “Ciudad de
comercio” (1700-1808), Santiago, Universidad, 2007; “A Coruña y el Reino de Galicia: imágenes urbanas de
un centro de poder (1501-1800)”, A Coruña 1208-2008: La construcción de una ciudad, A Coruña, Concello,
2008. pp. 243-290; “Las “casas de Paredes”: un ejemplo de decoro urbano dieciochesco en el puerto de
La Coruña”, Cuadernos de estudios gallegos, 36, 101 (1986), pp. 209-223. SANCHEZ GARCIA, J.A.:
“Comerciantes y arquitectura en La Coruña dieciochesca, el proceso constructivo de las “Casas de Paredes”,
Semata, 12 (2001), pp. 177-239.
32 BARREIRO MALLON, op. cit. (nota 13), ROZADOS, A.:“Santiago de Compostela y su entorno, el
cuidado de la imagen y del medio doméstico en los siglos XVII, XVIII y XIX”, 42, Compostellanum (1997),
pp. 477-490. SAMPAIO SEOANE, E.: “Un estudio sobre el entorno urbano de La Coruña del siglo XVIII:
el ámbito cotidiano”, Obradoiro de Historia Moderna (1997), p. 263. No son los únicos sobre la Galicia
occidental: GARCIA GARCIA, M.: “Condiciones de vida material de los vigueses según los inventarios post-
mortem en los siglos XVII y XVIII”, Boletín del Instituto de Estudios Vigueses, 2 (1996) pp. 107-118.
33 EIRAS ROEL, A.: Santiago de Compostela, 1752, Madrid, Tabapress, 1990.
otro sumamente suntuoso en 1803, los condes de Ximonde y de Priegue, que hicieron
lo propio a fines del XVIII, el marqués de Bendaña, el señor de Láncara, la ascenden-
te familia Porras, etc. 34 Quienes no tenían esas casas en el campo, solo podían aspirar
a disfrutar de las ajenas; en la asidua correspondencia entre del jesuita padre Isla y
su hermana, María Francisca, residente en Compostela, se mencionan con frecuencia
sus visitas veraniegas de uno o varios días a amigos que tenían sus casonas o pazos en
aldeas próximas a la ciudad o situadas en la costa, quizá el único asueto extra-domici-
liario que este tipo de familias de la pequeña hidalguía se podía permitir. A mediados
del XVIII la vida tenía que ser bastante cómoda para aquellas 155 familias -el 3,4%
del vecindario-, que tenían un tamaño similar a las demás -3.8 componentes-, pero
disponían de un amplio servicio doméstico -3.4 criados-, o para las de la burguesía
administrativa y mercantil, que para el mismo tamaño familiar disponían de 1.5 cria-
dos. Vivían en casas de dos altos, recargadas y ostentosas, con muebles variados de
maderas preciosas, como el palo de rosa de las camas, colchas de seda, arrobas de
plata labrada en platos, bandejas, aguamaniles, profusión de cuadros y láminas de
tema bíblico, rosarios, crucifijos, etc. 35 Su estilo de vida estaba muy por encima de las
585 familias de las clases medias (el 12,9%), residentes en casas que muchas veces
tenían tienda en el bajo y un alto para vivir; del artesanado -1.798 vecinos, el 39,9%-,
de la amalgama de otras 1.694 de dedicaciones muy variadas (37,6%) y de los 274
campesinos urbanos (6,2%), que vivían en casas terrenas arrendadas, por lo general.
En Compostela hubo cambios en la segunda mitad del XVIII, pero fue en A Coruña
donde se desplegó un modelo urbano diferente, marcado por la configuración de un
referente “cortesano” merced a la construcción de los nuevos palacios de los repre-
sentantes de la Corona y por la nueva burguesía mercantil enriquecida con el comer-
cio americano, abierto en 1764/67. En lo primero, es preciso decir que en Galicia no
hubo un espacio cortesano que sirviera de modelo a los grupos acomodados hasta que
se construyó en A Coruña el palacio del Gobernador Capitán General 36. Atendiendo
a la jerarquía civil, era la máxima autoridad del Reino de Galicia, pero casi todos los
que ocuparon ese cargo eran foráneos y no todos estaban casados al ser nombrados,
ni los que sí lo estaban residieron en Galicia con sus familias, ya que sus mandatos
fueron breves hasta el XVIII. Sí lo hicieron los que estuvieron por un tiempo largo,
como por ejemplo, el conde de Itre, que estuvo en A Coruña desde 1738 a 1756; en
1753, cuando contaba con 66 años, tenía en su compañía a su mujer, y para el servicio
de ambos disponían de dos pajes, un mayordomo, dos litereros, un lacayo, un coci-
nero y tres criadas, que el salario del conde, 120.000 reales anuales, podía cubrir con
holgura. Sin embargo, vivían en las llamadas “casas reales”, bastante deterioradas y
sin el carácter “regio” que correspondía al representante del rey. Para resolver esta
carencia, en 1747 se proyectó la construcción de un palacio que fue ocupado por el
Gobernador marqués de Croix en 1758, pudiendo hablarse entonces de un lugar acor-
34 Sobre estos palacios, ROSENDE VALDÉS, op. cit. (nota 30), p. 92.
35 BARREIRO MALLON, op. cit. (nota 13), ROZADOS, op. cit. (nota 32), p. 477.
36 Secundariamente, el del comandante general del departamento marítimo, residente en Ferrol: VIGO
TRASANCOS, A.: “La “Casa del Rey” en la que vive el comandante general del departamento marítimo de
Ferrol. Símbolo de poder y nudo urbano de la nueva ciudad dieciochesca (1751-1768)”, Minius, 19 (2011),
pp. 155-177.
marqués de Almeiras, se inició en 1715 por mandato de don Antonio Zuazo; al inven-
tariarse en 1771 se revela como un verdadero modelo de la riqueza urbana, con espa-
cios y objetos individualizados. Podrían citarse otros casos de comerciantes, hombres
de negocios e hidalgos enriquecidos que en la segunda mitad del XVIII modificaron
el caserío urbano coruñés. En todos debe tenerse en cuenta la importante influencia
que procedía de Ferrol, ya que en muchos casos fueron arquitectos e ingenieros de
ese arsenal quienes diseñaron las casas.
En cuanto a los interiores coruñeses, los inventarios localizados por E. Sampayo 40,
unos cien de 1680 a 1820, permiten constatar que hasta mediados del XVIII no había
diferencias sociales claras en los bienes muebles y que solo una minoría tenía algunos
rasgos de lujo, dentro de una general preferencia por lo funcional y duradero. Pero a
partir de los años sesenta, en las casas de los sectores más acomodados, empiezan a
aparecer algunos armarios y estanterías, los asientos cómodos se hacen más numero-
sos, y asoman las piezas de madera lacada y los muebles pintados a juego. El cambio
y el mayor refinamiento se detectan también en los utensilios de cocina, de metal
todos -cacerolas, cazos, sartenes, potes- y una cierta individualización de las costum-
bres se detecta en el servicio de mesa -salseras, soperas, mostaceras, etc.-, cada vez
de mejor calidad, de modo que los objetos de barro de Buño o de Asturias se quedarán
para las clases humildes; la cerámica de Talavera se hizo general en la segunda mitad
del XVIII, pero las familias adineradas se decantan por el peltre, el estaño, incluso
plata, cada vez más frecuentes, y algunas veces se enumeran en los inventarios, vaji-
llas inglesas o francesas. En la vestimenta, es perceptible una clara mejora de los ma-
teriales, ya que se pasa de la estopa y la estopilla al terciopelo, la seda, el damasco y
el algodón. En lo ornamental hay referencias a objetos decorativos en el 77,3% de los
inventarios de esos sectores, pero apenas se localizaron libros –constan solo en una
docena de inventarios, cuando en Santiago los había en el treinta por ciento 41-. A fines
de siglo, menudean el mobiliario y los ornatos sin utilidad práctica -mesas de noche,
papeleras, tapizados, etc., lo que revela la consolidación del cambio en el modo de
vida coruñés. El aumento del número de muebles acompaña a los cambios urbanís-
ticos de la segunda mitad del XVIII, en especial a la ampliación de los espacios y su
creciente división y especialización. Pero también aumentan las diferencias entre los
grupos ricos y los humildes: baste decir que el número medio de arcas, bancos, catres,
mesas, sillas y taburetes pasa de 46,3 a 52,7 en 1751-1820 entre los grupos comer-
ciantes; de 28,5 a 47,6 entre los profesionales liberales y solo de 16,4 a 16,9 entre los
más modestos, un indicador simple pero claro de la desigualdad de las mejoras.
que entre las clases populares, una buena parte de las bodas se hacía después de la
muerte de los progenitores de él o de ella, no es extraño el deterioro por el uso de
muchos de los objetos que los escribanos especifican en las escrituras de dote, y más
aun en los inventarios y partijas; a través de mejoras, donaciones y legados podían
transferirse también algunos bienes, si bien es verdad que no solían incluir ajuar o
ropas sino cosas más sustanciales. Además, es importante subrayar que en la zona
que nos ocupa, era frecuente mejorar a los hijos o hijas con quienes se convivía,
con frecuencia en estas más que en ellos; también la convivencia determinaba las
donaciones, que en un 38.3% eran otorgadas por solteros o solteras de edad avanzada
que se procuraban el cuidado de sobrinos o sobrinas -en el 23.6% de las escrituras,
el parentesco dominante era ese 42. Así pues, una pareja recién constituida a partir de
otra y de la convivencia, o que había recibido parte o toda la herencia de familiares
sin hijos, no tendría que hacerse con cosas nuevas y esto minimizaba la importancia
de la dotes. Más aún, en amplias zonas como el valle del Ulla, durante el XVIII el
matrimonio a trueque fue una fórmula extendida precisamente para evitar la trans-
ferencia de bienes mediante dote 43. Esto y el empobrecimiento del campesinado en
la segunda parte del siglo explican el comportamiento antes descrito de las dotes,
que, como en toda Galicia, se hacían a cuenta de las legítimas paterna y materna, y
debían llevarse a montón para hacer la partición al morir los petrucios. En la medida
de sus posibilidades los padres ayudaban a sus hijas a formar un capital dotal que era
importante para crear y cimentar el patrimonio de una nueva unidad familiar. Bienes
raíces, ganado, ajuar y vestido, formaban parte usualmente de las dotes campesinas,
a lo que en la costa se unía algún quiñón de pesca, una conexión con los medios de
producción que refrenda el espíritu utilitario y el pragmatismo de su composición 44.
Pero en la práctica, a las hijas se les daba lo que se podía y, como ya dijimos, las
investigaciones sobre la Galicia occidental coinciden en que no solo las dotes dismi-
nuyeron en número entre el siglo XVII y el XVIII –sustituidas por simples seguros
de legítima- sino que hubo una paulatina devaluación de su composición, lo que se
agravó en la segunda mitad setecientos. Esta práctica se aplicó a medida que la situa-
ción económica impidió a los padres dar a sus hijas una dote suficiente. Así pues, las
dotes que se hacían no se escrituraban y las que se escrituraban eran cada vez más
pobres. De los casos que se conocen, a mediados del XVII un 26,8% superaban los
900 reales, pero solo el 11,9% a mediados del XVIII; las situadas entre 600 y 900
descendieron del 35,2% al 15,9% y si en 1640-49 un 37,9% eran inferiores a 600,
un siglo después este nivel más humilde reunía al 72,2% de las dotes. La pérdida de
importancia se ve mejor todavía en la composición por bloques, si bien los cálculos
de Serrana Rial y de Concepción Burgo difieren en la contabilización de la plata y del
Tabla 1
1640-49 1708-09 1752-53 1750-59 1796 XVII XVIII
Composición de las dotes en %
Ajuar 95,2 86 70 84,3 55 58,3 69,5
Ganado 92,8 61 44 46,8 29 61,5 39,1
Grano 45,2 23 28 19,4 35 37,5 43,4
Rentas 42,8 25 16 15,2 12 25,0 8,6
Dinero 12,6 34 41 23 27 12,5 39,1
Bienes raíces 76 67 54 60,3 53 33,3 39,1
Plata 40 44,3 25,0 26,0
Tabla 2
1600-49 1650-99 1700-49 1750-99
Composición de las dotes en %
Vestidos 71,4 67,3 68,4 65,7
Ropa cama 85,7 87,3 63,2 62,9
Vacas 80,9 81,8 52,6 20,0
Ovejas 76,1 87,3 52,6 37,1
Rentas 28,6 50,9 36,8 25,7
Dinero 28,6 29,1 47,4 74,5
Plata 28,6 45,5 21,0 20,0
Huchas 76,2 74,5 52,6 25,7
Arcas 61,9 14,5 14,5 8,6
Calderas 47,6 54,6 15,8 5,7
En general, las mujeres recibían en dote, además de arcas y huchas para almacenar,
y el ajuar de la casa, los medios para fundar una explotación campesina, ganado y
aperos de labranza, y en ocasiones un telar y sólo a veces algún objeto de plata de
escaso valor. Pero la coyuntura del XVIII provocó una creciente incapacidad econó-
mica de los campesinos para entregar bienes a sus hijas.
¿Y en la ciudad? Tomando Compostela como referencia, obviamente, también los
bienes muebles se heredaban y una parte llegaba a las casas mediante las dotes. El
monto y la configuración de las dotes urbanas dependían de los estratos sociales que
las otorgaban, como en el campo, pero lo que se daba en cada ámbito no era lo mismo
y en esa ciudad solo el 6% se formalizaba ante notario. En torno a la mitad de los
contratos dotales en Santiago corresponden al artesanado y a asalariados urbanos, el
19% a labradores rururbanos, uno de cada cinco a la elite, y el resto a progenitores
con cierto acomodo -profesiones liberales, comerciantes-. Por otra parte, en el medio
45 GOMEZ BUJAN, C.: “La dote matrimonial: economía y sociedad en Deza durante los siglos XVI a
XVIII”, Descubrindo Deza, 3 (2001), pp. 11-51.
urbano las dotes dobles –a los dos novios- eran escasas y muchas novias aportaban la
dote y su capital dotal con su trabajo personal.
En la cúspide social, uno de los objetivos fundamentales de las estrategias nupcia-
les era evitar la fragmentación patrimonial, y por eso se ofrecían abultadas cantidades
de dinero cuya cuantía obligaba no pocas veces a pactar su entrega en varios plazos
-en contrapartida, las novias, como norma, renunciaban a sus legítimas-. El desem-
bolso que suponían iba en proporción a la importancia de cada enlace matrimonial
para crear o fortalecer relaciones sociales y económicas, para proclamar el prestigio
familiar, y para buscar una salida digna a la descendencia femenina, por eso casi sin
excepción se hacían ante notario. Pero la monetarización se generaliza en la segunda
mitad del XVIII y esto les resta utilidad para observar los objetos que las novias apor-
taban; la excepción la constituyen las joyas, que las llevaban casi todas las novias. En
las clases medias urbanas -mercaderes, profesionales liberales y oficiales, las dotes de
las novias suelen incluir dinero, entre seis mil y siete mil reales, ajuar, y algunos ob-
jetos de plata y oro. Más de la mitad de los integrantes se casaban en su propio medio
profesional, al tiempo que son frecuentes las uniones entre familias de mercaderes
y escribanos. A partir de 1760 la burguesía se dinamiza y los enlaces matrimoniales
desempeñaron un rol fundamental en el origen de muchos de los proyectos comer-
ciales de este nuevo período, gracias al dinero de ellas. Pero no podemos ir más allá.
Durante el siglo XVIII el artesanado constituye un grupo mediocre desde el punto
de vista de sus ingresos, pero no homogéneo ya que es posible distinguir en él unas
capas superiores que se aproximaban a las clases medias -plateros, escultores- y unas
capas inferiores -herreros, tejedores, carpinteros, etc.- próximas a los desposeídos.
La endogamia profesional no es total entre los trabajadores manuales ya que también
eran numerosos quienes buscaban cónyuges en el ámbito rural cercano, o entre gentes
de oficios más o menos próximos, como se observa en los matrimonios de los artesa-
nos con criadas que habían reunido una dote con el producto de sus soldadas: una de
cada tres escrituras de dote alude a que las jóvenes trabajaban en el servicio domés-
tico. El porcentaje de mujeres que declara auto-dotarse aumentó a lo largo del siglo
XVIII, aproximándose al 40% al final de la centuria. Es posible que el deterioro de las
condiciones de vida de las clases populares obligase a las jóvenes casaderas a recurrir
cada vez en mayor medida al trabajo remunerado como forma de ahorro. En las dotes
que entregan a sus futuros esposos, el ajuar y el dinero eran los dos elementos más
frecuentes. El dinero oscilaba entre los 2.300-2.500 reales y los objetos eran poco
numerosos y austeros, pero reunían lo indispensable para el hogar de una familia tra-
bajadora: muebles de maderas de baja calidad -una mesa o bufete, un banco, algunos
taburetes, una o varias arcas y tarimas para hacer de camas, que no suelen pasar de
un jergón-; ropa personal, de cama y de mesa; útiles de cocina; alguna materia prima.
Lo más superfluo solían ser unas almendrillas de plata o un collar de coral. Entre los
sectores humildes, la evidencia es que con frecuencia el capital dotal femenino no
sólo era lo único con lo que el matrimonio contaba al constituirse sino que, además,
en ocasiones la dote no se acrecentaba y era la única fuente de recursos de la familia.
En la segunda mitad del XVIII, la caída del salario real acrecentó las diferencias con
respecto a los grupos elevados.
En el campo, sin duda la producción propia era dominante, lo que reducía al mínimo
las necesidades de comprar cosas. Los artesanos producían para las casas lo que en
estas no se podía hacer. El Catastro de La Ensenada ha permitido contabilizarlos por
miles: 4.261 carpinteros, 4.021 tejedores y 5.794 tejedoras, 1.228 palilleras, 4.862
sastres y 1.406 costureras, 3.652 zapateros y 1.836 curtidores, 1.234 alfareros, en-
tre otros. En el territorio del que nos ocupamos, había una especial concentración
derivada de la densidad de población y de la necesidad de desarrollar actividades
complementarias de la agricultura; en cada feligresía, entre un 10% y un 25% de los
cabezas de familia tenían alguna de esas actividades, ejercidas en parte por mujeres.
La producción de autoconsumo era esencial en Galicia. En la vida diaria de miles
de las mujeres de la Galicia occidental, hilar formaba parte de las tareas fundamen-
tales, ya fuera para hacer telas de consumo casero, ya fuera para venderlas. Ellas
hilaban para preparar el ajuar y vestir a sus familias, hacían y arreglaban la ropa y en
muchas zonas tejían, aunque esta tarea solía estar en manos de varones. En teoría,
cuanto más pequeña era la explotación agraria y más bajos los ingresos que genera-
ba, más componentes de la familia recurrían a actividades artesanales, por eso me-
nudeaban entre los pequeños campesinos de este territorio donde se compaginaban
agricultura de subsistencias y producción de artículos para distintos mercados y, así,
maximizar el rendimiento de la familia. La participación de las mujeres dependía de
la división del trabajo y de la cooperación de la familia y también de la complejidad
del artículo a realizar, ya que, por ejemplo, era precisa la tarea de cuatro a diez hilan-
deras para cubrir la actividad de un tejedor; colocar el producto en el mercado o en
manos de los mercaderes implicaba viajes de los hombres y la sincronización de las
tareas agrícolas.
El sector del lino tuvo su gran expansión desde mediados del XVIII. Esposas e
hijas de labradores, o solteras y viudas cabezas de casa, cultivaban lino y lo prepara-
ban o trabajaban lino importado del Báltico. No se necesitaba una formación especial
y el instrumental era barato, se hacía en horas desocupadas o durante las tareas que
permitían manejar huso y rueca –cocinar, cuidar ganado-, o cuando no podían hacer
otra cosa –ancianas-; y lo hacían todo el año para mantener activo el telar durante
tres o cuatro meses, algo de lo que solían ocupares los hombres. Una vez cubierto el
consumo doméstico, los productos de lino se vendían en las ferias o a los traficantes.
A ese modelo respondía el Valle del Ulla: en varias de sus parroquias, las familias
con dedicaciones complementarias superaban el 30% -61% en Illobre, del 36 al 38%
en Vedra, Sales y otras- sin descender del 10% e las demás. Eran familias de mayor
tamaño que las de labradores puros –solo el 38,5% tenían menos de cuatro compo-
nentes pero entre los labradores eran el 62,9%. Los inventarios nos han permitido ver
la evolución del instrumental de hilado y de tejido existente en las casas 46.
46 Estos datos en REY CASTELAO, O.: “La emigración a América en la cuenca media del Ulla: un ejemplo
de análisis comarcal”, Revista Galega do Quinto Centenario, 4 (l990), pp. 177-224.
49 EIRAS ROEL, A.: Estudios sobre agricultura y población en la España moderna, Santiago de
Compostela, Tórculo Edicións, 1990, en varios de sus capítulos.