Capítulo 3 Supervivencia extrema
Capítulo 3
Yo, la anaconda
Sí, soy una anaconda. Sé que estabas esperando mi
testimonio, porque formo parte de esta historia sin
pretenderlo, es decir, que yo no tenía pensado
intervenir hasta que me tocaron las narices. Y nunca
mejor dicho. En la selva, no puedes dejar que te
pisoteen; si quieres sobrevivir, tienes que hacerte
respetar. Aquí nos regimos por una única ley: «solo
sobrevive el más fuerte». ¿Y qué ocurre? Que todo el
mundo se cree el más guapo, el más listo y el más
fuerte; por eso hace falta enseñar los dientes de vez en
cuando para poner a cada uno en su lugar.
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Capítulo 3 Supervivencia extrema
Los más creídos son los jaguares. De verdad que no
los soporto, actúan como si la selva fuera suya y atacan
a quien sea para marcar territorio. Se piensan que los
demás animales les tenemos miedo, pero de eso ni
hablar: que se atrevan conmigo, que más de una vez les
he plantado cara y han salido huyendo por patas. Es
cierto que son rápidos cuando atacan y, como te
hinquen el diente, ves las estrellas, pero en el
Amazonas no basta con ser veloz: también debes ser
paciente y saber cuándo es el momento oportuno para
cazar. Y precisamente en paciencia no me gana nadie.
Jamás me precipito en un asalto, prefiero estudiar a mi
presa con calma y lanzarme cuando se encuentre en el
instante más vulnerable. Por eso no suelo fallar.
Dicho esto, quiero explicarte cómo me crucé en las
vidas de esos humanos que recorrían el Amazonas. Yo
me encontraba escondida dentro de un tronco hueco
cuando percibí un estremecimiento en la corteza.
Aunque no tengo orejas, capté las vibraciones de los
gritos en el aire. Bien alerta, me deslicé hacia un
extremo del tronco y, en cuanto asomé la cabeza, vi a
un jaguar abalanzándose sobre un humano. Ambos
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cayeron sobre la hojarasca del suelo delante de mis
narices. Me puse tensa. Un chico con ronchas en la piel
trataba de quitarse al felino de encima defendiéndose
con un machete. El jaguar, que le había clavado las
zarpas en el pecho, le mordió la cabeza en cuanto tuvo
ocasión.
Un crujido seco me estremeció.
¡Uf! Ese humano tenía pocas probabilidades de
sobrevivir. Enseguida dejó de luchar y se le cayó el
machete de la mano. Era extraño que un jaguar atacase
a un hombre. ¿Acaso quería alardear de fiereza? ¿Acaso
pretendía demostrar que podía vérselas incluso con un
humano? Pues no me daba la gana que se creyera
invencible, alguien tenía que bajarle los humos. Y ese
alguien era yo. ¡Que quedara claro quién mandaba en la
selva! Alargué el cuello hacia el jaguar, deslizando mi
vientre fuera del tronco, y conseguí captar su atención.
El felino soltó la cabeza del humano y nos desafiamos
morro a morro.
Él intentó darme un zarpazo; yo lo esquivé y,
entonces, ataqué.
Me lancé hacia la cabeza y se la mordí mientras me
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enroscaba alrededor de su cuello. El jaguar trató de
zafarse con garras y dientes, arañándome el lomo y
zarandeándome a diestro y siniestro, pero yo resistía
los vaivenes implacablemente mientras me enrollaba
sobre su cuerpo. Cada vez que mi prisionero respiraba,
lo constreñía con más fuerza para impedir que cogiera
aire. Sentía su pecho tan cerca de mí que incluso
captaba el bombeo de su corazón acelerado. Mi
objetivo era asfixiarlo. No soy una serpiente venenosa,
¿qué te pensabas? Mis técnicas de caza son mucho más
«cariñosas» y prefiero envolver a mis presas en un
abrazo letal. A la mayoría las ahogo en pocos minutos,
pero los jaguares siempre se me resisten y suelen
escabullirse. No obstante, no por eso voy a dejar de
intentarlo, los retos me motivan… Además, el
enfrentamiento entre un jaguar y una anaconda se
convierte en todo un espectáculo y no voy a privar a mi
público de una buena función. De hecho, ya sentía una
mezcla de temblores en las copas de los árboles, ni más
ni menos que los trinos eufóricos de aquellos pájaros
que presenciaban la pelea.
Y, sin embargo, el jaguar se las ingenió para librarse
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de mi abrazo. ¡Qué rabia! Había subestimado su
flexibilidad. El felino se alejó de mí y se largó selva
adentro. El muy canalla me había clavado las zarpas en
las escamas y me había dejado en carne viva varias
partes del lomo. Al menos, me quedé con la
satisfacción de haberlo ahuyentado.
—¡Javi! ¿Estás bien? —gritaba una chica de melena
oscura—. ¡Aguanta!
De acuerdo, en realidad no podía oír lo que gritaba,
pero le podía leer los labios y percibía su desesperación
a través de las ondas acústicas. Llevo muchos años
observando a las tribus indígenas del Amazonas y soy
experta en interpretar lo que dicen. La chica de melena
oscura daba pasos lentos hacia Javi, precavida, sin
quitarme el ojo de encima. Yo la observaba mientras le
sacaba la lengua bífida. No pretendía desafiarla, sino
captar olores peligrosos en el ambiente, como el de la
pólvora, pero no lo distinguí, de modo que aquellos
humanos no tenían armas de fuego.
—¡Vete de aquí, monstruo! —me increpaba otro
chico de cabeza pelada—. ¡Lárgate!
Dio un pisotón en el suelo mientras me apuntaba
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con un machete. Yo ni me inmuté. ¿De verdad ese
cabeza pelada se pensaba que me podía asustar así?
¡Por favor! ¡Si acababa de luchar a degüello con el
depredador más temido de la selva! ¿Y ahora me retaba
ese pelele?
—Mira lo que tengo, bonita. —La chica de melena
oscura me mostraba un pez—. ¡Ve a buscarlo!
Me lo lanzó lo más lejos posible. Me quería apartar
de ellos. Aun así, yo estaba tan agotada después del
enfrentamiento con el jaguar que no me apetecía
meterme en más jaleos. Así pues, serpenteé hacia el
interior de la selva y, en cuanto encontré el pez, lo
engullí de golpe. Un buen aperitivo. Como soy de
digestiones lentas, me apetecía estar tranquila un buen
rato. Me encaramé al árbol más cercano y subí
enrollándome alrededor del tronco hasta encontrar
una buena rama sobre la que descansar. Desde la altura
tenía una buena perspectiva de aquellos humanos.
Tanto la chica de melena oscura como el chico de
cabeza pelada se habían arrodillado ante Javi, a quien
no le paraba de sangrar la cabeza. Lo estaban curando
con paños. Me fijé en otra chica, de piel brillante y
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albina, que también se hallaba tendida sobre el suelo.
Estaba herida en el tobillo. Estos humanos se
encontraban en serios apuros. Percibí que la vida de la
chica no corría peligro. En cambio, el otro herido…
—Javi, no te vayas, por favor —le decía la chica de
melena oscura entre lágrimas—. Enseguida vendrá
ayuda. ¡Aguanta!
Capté el olor metálico de la sangre que le brotaba de
la cabeza. Además, también le chorreaba un hilo por la
oreja. A pesar de su estado, procuró pronunciar algunas
palabras con gran esfuerzo.
—Isa, ¿sabes por qué… por qué… he venido al
programa? —Su voz era débil—. Para… para… olvidar a
mi ex, porque todavía… todavía… estoy enamorado de
ella.
—Pues, cuando salgamos de la selva, se lo dices —lo
tranquilizaba Isa mientras le limpiaba la sangre.
Unas criaturas oscuras volaban a su alrededor.
Jamás había visto ejemplares de aquella especie. No
desprendían ningún olor en concreto, tampoco estaba
segura de si serían de sangre caliente o fría, aunque me
parecía que se refrigeraban por sí mismas. Si tuviera
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que apostar, diría que se trataba de algún tipo de
iguanas voladoras.
Javi negaba con la cabeza. Su energía se desvanecía.
Estaba muy débil. Centró su atención en una de las
iguanas voladoras.
—Eva, sé que… que… me estás viendo. Te… te…
quiero.
En cada palabra se le escapaba un aliento de vida.
—¿Es que no piensa venir nadie? —Isa también se
dirigió a la misma iguana—. ¡Estamos al límite!
Ninguna de las iguanas respondía, tampoco se
movían de su alrededor. ¡Qué situación más extraña!
—No va a venir nadie —decía el chico de cabeza
pelada.
—Eneko, ¿quieres callarte la boca? —le gritaba Isa,
desesperada—. ¡Me sacas de quicio cada vez que
hablas!
—¡Tú sí que me sacas de quicio! ¿Por qué te
empeñas en engañarte? ¡Nos han dejado abandonados
en esta maldita selva!
Isa resopló, vendando la cabeza de Javi.
—Mira, vamos a ser prácticos, ¿vale? No ganamos
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nada si nos ponemos a discutir. Estamos desbordados y
tenemos que organizarnos para sobrevivir. Vamos a
hacer una hoguera para protegernos de los animales
salvajes. Mientras yo me encargo de Javi y Mariona, tú
busca troncos para encender el fuego.
Eneko se puso en pie y recorrió su alrededor en
busca de leños secos que iba amontonando cerca de
sus dos compañeros heridos. Entretanto, Isa atendía a
Javi. Le hablaba, le daba agua y le limpiaba la cara sin
perder de vista a Mariona. Mientras que la chica
parecía mejorar, el chico empeoraba por momentos.
—Eneko, ¡haz el fuego ya! Las cerillas están en la
mochila —le indicó Isa, angustiada.
Él cogió una pequeña caja, sacó una astilla de
madera y la frotó. Milagrosamente, prendió una llama y
la utilizó para encender la hoguera. El fuego siempre
me ha dado mucho respeto. Aquellos humanos querían
protegerse de todos nosotros.
—Ya no nos queda agua —anunció Isa resoplando—.
Tenemos que usar la pastilla potabilizadora. Eneko,
saca la cacerola de la mochila y tráela con agua.
—Oye, deja de darme órdenes —protestó él—.
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Estaría bien que me pidieras las cosas por favor.
—De acuerdo, tienes razón. —Isa forzó una sonrisa
—. ¿Serías tan amable de sacar una cacerola y
traérmela con agua, por favor?
—Voy.
Tras rebuscar en la mochila, Eneko sacó un objeto
brillante parecido al caparazón de una tortuga, se
encaminó al río y lo llenó de agua. De regreso, la chica
colocó una semilla blanca en el caparazón. Después de
un rato, vertió el agua en una cantimplora y trató de
incorporar a Javi, pero él no se movía.
—Javi, bebe un poco más de agua —lo animaba—.
Te irá bien.
El chico no reaccionaba.
—¡Javi, vamos, despierta! —Isa le daba palmadas en
la cara—. ¡No te duermas!
El joven no se inmutaba. Yo no percibía ninguna
energía dentro de él.
—¡Por favor, despierta! —le gritaba zarandeándolo
—. ¡No nos dejes!
Se le entreabrió la boca, pero no emanaba ningún
aliento. De hecho, capté cómo su cuerpo se enfriaba.
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—Javi, ¡no, no, no, no! —Isa lo arropaba en sus
brazos—. ¡No te vayas! ¡No te vayas!
Lo recostó en el suelo y acercó la oreja a su pecho.
Aunque se manchó de sangre, no le importó. El chico
de cabeza pelada se arrodilló delante de él.
—Eneko, no le escucho latir el corazón.
Hablaba de forma entrecortada, como si cada
palabra se le atragantara en la garganta.
—Voy a tomarle el pulso —se ofreció Eneko con voz
ronca.
Le puso dos dedos sobre la muñeca mientras
cerraba los ojos. Cuando se los quitó, levantó la cabeza
lentamente, aturdido, evitando volverse hacia Isa. Los
ojos se le habían humedecido.
—Está muerto —pronunció con la mirada perdida.
Ella negó con la cabeza y se cubrió la boca con las
manos.
—¡Nooo! —dijo, temblando—. ¡No puede ser! ¡No
puede estar muerto!
Eneko cerró las manos en puños. Incluso me
pareció que se le caían las lágrimas, aunque no puedo
asegurarlo; podrían haber sido gotas de sudor. Incluso
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Mariona, medio ausente en su estado, parecía agitarse
ante la situación.
—¡Esto es culpa vuestra! ¡Sois unos malditos
psicópatas! —Isa señalaba directamente a las iguanas
voladoras—. ¡Lo habéis matado vosotros! Si hubiera
venido algún médico, podría haberlo salvado. ¡Que se
entere todo el mundo! ¡Sois unos asesinos!
Eneko también se unió a la protesta. Cuando se
hubieron cansado, los dos hicieron una cosa extraña.
Eneko cavó un agujero en la playa con sus propias
manos, tal como hacen las tortugas cuando se
proponen desovar en la arena. Me pudo la curiosidad,
así que descendí del árbol y me arrastré serpenteando
hacia el río disimuladamente. Una vez sumergida,
saqué los ojos y las fosas nasales mientras avistaba lo
que ocurría en la orilla.
Cuando Eneko hubo acabado el agujero, ambos
envolvieron al chico con una red, lo colocaron dentro
del hoyo y lo cubrieron de arena. ¿Para qué enterrar ese
cuerpo cuando podrían habérselo comido? Desde el
aire, las iguanas no se perdían detalle de la operación.
¿Cómo se las arreglaban para aguantar tanto tiempo sin
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tocar el suelo? A lo lejos, Mariona descansaba bajo un
árbol, iluminada por las llamas trémulas de la hoguera.
Me parecía una chica apetitosa.
Isa y Eneko se quedaron cabizbajos en la orilla.
—Tendríamos que decir unas palabras, ¿no? —
expresó él.
—Buena idea. ¿Alguna propuesta? —le preguntó
ella.
—Hablar de sentimientos nunca ha sido mi fuerte.
La chica inspiró hondo. En su mano, aún sostenía el
machete ensangrentado de Javi.
—De acuerdo, lo haré yo. —Carraspeó y cerró los
ojos—. Javi, siento lo que te ha pasado. No nos
conocíamos mucho, pero eras un gran tío y has
demostrado ser un superviviente increíble. Has sido
honesto, colaborador y valiente. De hecho, te has ido
luchando, sí, señor. ¡Eso es irse por la puerta grande!
Estoy segura de que tu ex se sentirá orgullosa de ti. —
Tragó saliva—. Y te puedo asegurar que no ha sido en
balde. Te juro por mi familia que esto no quedará así.
—Señaló con su machete a una iguana voladora—. Voy
a vengar tu muerte.
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Capítulo 3 Supervivencia extrema
Un trueno interrumpió su discurso. Lo supe por las
hojas de los árboles, que temblaron al mismo tiempo.
Se avecinaba una tormenta. Los chicos alzaron la vista
a un cielo encapotado.
—¡Tenemos que construir una cabaña antes de que
nos caiga el chaparrón! —propuso ella.
Ambos corrieron hacia el árbol donde yacía
Mariona. Yo salí del agua, me deslicé sinuosamente por
la arena y me acerqué al árbol camuflada entre la
maleza. Esos humanos tenían demasiados quebraderos
de cabeza como para percatarse de mi presencia.
Isa se arrodilló ante Mariona y le puso un paño
mojado en la frente.
—Guapa, ¿cómo estás? —le preguntó.
Ella gruñía. Su cuerpo emitía calor, mucho calor.
Libraba una intensa batalla interna, pero esa chica
tenía ganas de vivir.
—Vamos a construir una cabaña bajo este árbol —le
explicó Isa mientras la tapaba con una manta térmica
—. Pasaremos la noche aquí. Mañana estarás mucho
mejor.
Se puso en pie y miró a Eneko. Se dirigieron a un
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Capítulo 3 Supervivencia extrema
cañizal situado en un extremo de la playa, donde
cortaron cañas que fueron llevando hasta el árbol
donde descansaba Mariona. Consiguieron suficientes
para levantar la estructura de la cabaña.
—En la lancha tenemos una lona con la que
podríamos recubrirla —apuntó Isa—. Eneko…
—Vale, voy —dijo él.
Se dirigió hacia la lancha, cogió la lona y aprovechó
para llevarse una mochila. En un segundo viaje, recogió
las mochilas que quedaban. Justo entonces, empezó a
llover. Y, cuando en la selva llueve, no caen cuatro
gotas, no, aquí llueve de verdad. El río bamboleaba la
lancha que habían dejado varada en la arena.
—¡Isa! ¡Tendríamos que amarrarla a un árbol! —le
gritó Eneko.
—Primero ayúdame con la lona —le pidió ella bajo
el árbol—. ¡El agua nos está calando!
Él, dubitativo, corrió hacia allí y la ayudó a colocar
la lona encima de las cañas. Luego la sujetaron con
piedras y se cobijaron dentro. Afuera jarreaba. Como
era de esperar, la lluvia apagó la hoguera. Además, no
tardaría en anochecer. Y yo me activo de noche.
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Isa y Eneko incorporaron a Mariona y le apoyaron la
espalda contra el tronco del árbol.
—Tenemos chubasqueros en las mochilas —recordó
Isa.
Se protegieron con una segunda piel que parecía
impermeable. La lluvia arreciaba. Dejaron a Mariona
acurrucada de lado y decidieron dormir un poco.
Enseguida el cansancio los venció. Aproveché la
oportunidad para acercarme sigilosamente y entrar en
la cabaña. Capté la temperatura corporal de Mariona.
Quería asegurarme de si podría comérmela, ya que
muchas veces me envalentono y engullo presas más
grandes que yo. Me estiré para medirme a su lado.
Sentía la respiración agitada de la chica, quien
entreabrió los ojos, aunque dudo que pudiera verme en
la oscuridad. Enseguida los volvió a cerrar. Eneko e Isa
dormían profundamente. Mariona era la más
vulnerable. Además, tenía el tamaño ideal para
comérmela sin que me provocara una digestión pesada.
Esa chica de piel brillante y albina estaba a punto de
caramelo.
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Capítulo 3 Supervivencia extrema
Y ahora tú decides...
¿Qué pasa esa noche?
A) La anaconda se enrosca sobre Mariona
B) La tormenta les hunde la lancha
C) Los descubren unos indígenas
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Copyright del texto © Arturo Padilla 2025. Copyright de esta edición © Fiction Express
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