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El Burro en Las Sagradas Escrituras

breve resumen de la imagen del burro en las sagradas escrituras

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El Burro en Las Sagradas Escrituras

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Índice

Introducción
Capítulo 1: El Burro en el Antiguo Testamento
1.1. El burro como animal de carga y símbolo de paz
- Referencias en Génesis (Génesis 22:3)
- Uso común entre profetas y patriarcas
1.2. Balaam y el burro que habló (Números 22)
- Análisis del relato: obediencia, percepción espiritual y voz profética
- Lecciones morales y espirituales
1.3. El burro en la vida cotidiana del pueblo de Israel
- Leyes sobre el trato justo de los animales (Éxodo 23:5)
Capítulo 2: El Burro como Signo Profético
2.1. Zacarías 9:9 – “He aquí tu rey viene… montado sobre un asno”
- El burro como símbolo mesiánico de humildad
- Contraste con el caballo de guerra
2.2. Profecías cumplidas en el Nuevo Testamento
- Conexión profética entre Antiguo y Nuevo Testamento
Capítulo 3: El Burro en el Nuevo Testamento
3.1. La entrada triunfal de Jesús en Jerusalén (Mateo 21:1-11)
- Análisis del evento: significado espiritual y político
- El burro como vehículo de salvación
3.2. Jesús y la elección de lo humilde
- Consistencia del mensaje cristiano: lo pequeño y despreciado como portadores de lo
divino
- Ejemplos históricos y espirituales en la Iglesia Católica
Capítulo 4: Reflexión Espiritual
4.1. ¿Qué nos enseña el burro hoy como símbolo bíblico?
- Humildad
- Obediencia
- Servicio
4.2. Aplicación práctica en la vida cristiana
- Ser instrumento de Dios sin buscar reconocimiento
- “Ser como el burro” en tiempos modernos: cargar la Palabra, servir en silencio
Conclusión
 Recapitulación del papel del burro en la historia bíblica
 Invitación a mirar con nuevos ojos los símbolos humildes en la Escritura
 Reflexión poética final
Introducción
Desde hace un tiempo, he sentido la necesidad de detenerme a observar con más atención
ciertos detalles que muchas veces pasamos por alto al leer la Biblia. Uno de ellos es la
presencia de los animales, que, aunque a veces parecen estar en segundo plano, cumplen un
papel mucho más profundo de lo que imaginamos.
En este pequeño libro quiero invitarte a reflexionar conmigo sobre un animal en particular: el
burro. Sí, el burro. Un ser sencillo, que a menudo asociamos con la terquedad o la carga, pero
que en la Biblia aparece una y otra vez en momentos fundamentales. No es casualidad.
El burro es símbolo de humildad, de servicio silencioso, de fortaleza sin pretensiones. Y su
presencia constante en las Escrituras me hizo preguntarme: ¿qué tiene este animal que lo hace
tan significativo en la historia sagrada? Este libro es, en el fondo, una búsqueda de respuestas
a esa pregunta.
Te invito a que me acompañes en esta aventura y descubrir el burro en las sagradas escrituras,
comentarios de autores y ejemplos cotidianos para una formación de vidas mas sincera no
solo para los católicos sino para toda la humanidad.
Capítulo 1

El Burro en el Antiguo Testamento

El burro como animal de carga y símbolo de paz


Desde los primeros libros de la Biblia, el burro aparece constantemente. En Génesis 22:3, se
nos dice que Abraham, al prepararse para ofrecer a su hijo Isaac como sacrificio, “ensilló su
burro” y partió temprano por la mañana. Este detalle, aparentemente menor, tiene un peso
simbólico muy notable: el burro carga la leña del sacrificio, el instrumento del drama que
cambiará el rumbo de la fe. No es un caballo, símbolo de guerra y poder, sino un animal bajo
perfil, sin un físico que llame la atención sino un animal de servicio, paciencia y humildad.
En la cultura semítica antigua, el burro era el transporte de los pobres, de los profetas, de
quienes vivían con sencillez. No es casual que también Moisés y otros patriarcas lo utilicen
como medio de transporte (Éxodo 4:20). De hecho, como señala el biblista Luis Alonso
Schökel, dice “el burro aparece como compañero del hombre justo, obediente a Dios,
vinculado a la misión que no necesita pompa para ser divina” (Biblia del Peregrino, 1993).
Este simbolismo de humildad se refleja claramente en la espiritualidad cristiana. El burro por
su servicio en el silencio se le asemeja a San José, por ejemplo, figura silenciosa del
Evangelio, es imaginado tradicionalmente montando un burro en el viaje a Belén y luego a
Egipto. No hay una gloria externa en su papel, pero su fidelidad silenciosa sostiene la historia
de la salvación. En cierto modo, José es ese “burro humano” que carga con lo más sagrado en
toda existencia, el mismísimo Hijo de Dios y su madre La Virgen Maria.
San Francisco de Asís también hizo eco de esta visión. En sus escritos y en su vida misma,
asumió el ideal de la humildad radical. Llamaba a su propio cuerpo “el hermano burro”,
reconociendo en esa figura no solo una aceptación de la fragilidad humana, sino también una
disponibilidad para servir sin buscar recompensa. Así, el burro se convierte en símbolo no
solo de carga, sino de disponibilidad amorosa.

Balaam y el burro que habló (Números 22)


Uno de los pasajes más sorprendentes del Antiguo Testamento es el del profeta Balaam y su
burra, narrado en Números 22:21-33. Balaam, a pesar de haber escuchado la voz de Dios,
decide seguir el camino hacia Moab por interés personal. En el trayecto, su burra ve al ángel
de Dios bloqueando el camino y trata de desviarse para proteger a su dueño. Balaam, ciego
espiritualmente, la golpea hasta que el animal milagrosamente habla y lo confronta: “¿Qué te
he hecho para que me golpees estas tres veces?” (v. 28).
Este pasaje nos revela una lección profunda: la verdadera percepción espiritual no siempre
está en quien ostenta el título de profeta. A veces, como escribe Henri Nouwen, “la voz de
Dios se escucha más clara en lo inesperado, en lo débil, en aquello que el mundo desprecia”
(El camino del corazón, 1991).
Este principio se ha manifestado muchas veces en la historia de la Iglesia. Santa Bernadette
Soubirous, una niña pobre e ignorada, fue el instrumento elegido por la Virgen María en
Lourdes. Al igual que la burra de Balaam, su palabra fue puesta en duda por los poderosos.
Sin embargo, Dios le confió un mensaje profético que aún hoy transforma la vida de
millones.
Otro ejemplo es San Juan Diego, el indígena nahua a quien se apareció la Virgen de
Guadalupe. Su testimonio fue inicialmente desacreditado por las autoridades eclesiásticas,
pero él, como la burra de Balaam, vio lo que otros no podían ver. Su obediencia, su fe sencilla
y su humildad se convirtieron en pilares de una nueva evangelización en el continente
americano.
La enseñanza espiritual aquí es clara, Dios da voz a quien está dispuesto a escuchar. La
profecía no se impone por jerarquía o estudio, sino por disponibilidad interior. Como escribió
el Papa Francisco en Evangelii Gaudium: “La realidad es más importante que la idea” (EG
231), y esa realidad muchas veces habla desde abajo, desde lo humilde.

El burro en la vida cotidiana del pueblo de Israel


Además de los relatos simbólicos, el burro tenía un papel fundamental en la vida cotidiana
del pueblo de Israel. Era un animal de trabajo, pero también digno de respeto. En Éxodo 23:5,
la Ley Mosaica manda: “Si ves el burro del que te odia caído bajo su carga, no pases de largo;
ayúdalo a levantarlo”. Esta norma revela un principio ético profundamente enraizado en la
espiritualidad bíblica: toda criatura, incluso la de tu enemigo, merece cuidado.
Esta visión se alinea con la espiritualidad franciscana y con la doctrina social de la Iglesia.
San Francisco veía en cada animal un hermano. En su Cántico de las Criaturas no hay
desprecio por lo pequeño, sino un reconocimiento de la dignidad de todo ser creado. Esta
ética del cuidado, incluso hacia lo humilde y lo insignificante, está profundamente presente
en la Laudato Si’ del Papa Francisco, donde se nos recuerda que “el trato cruel con los
animales es contrario a la dignidad humana” (LS 92).
En este sentido, el burro en la Biblia no solo es símbolo espiritual, sino también un
recordatorio ético. Representa a todos los que trabajan, cargan, sirven… y muchas veces son
ignorados o maltratados. Representa al campesino, al trabajador silencioso, al servidor
doméstico, al misionero anónimo, al religioso de clausura. Y nos recuerda que, en el Reino de
Dios, estos pequeños no solo tienen un lugar, sino que llevan sobre sí lo más sagrado.
Capítulo 2

El Burro como Signo Profético

Zacarías 9:9 – “He aquí tu rey viene… montado sobre un asno”


Una de las imágenes más conmovedoras y paradójicas de la profecía bíblica se encuentra en
Zacarías [Link]
“¡Alégrate mucho, hija de Sion! ¡Grita de alegría, hija de Jerusalén! He aquí que tu rey viene
a ti; justo y victorioso es él, humilde y montado sobre un asno, sobre un pollino hijo de asna.”
Esta profecía anticipa algo inaudito: el rey prometido por Dios, el Mesías esperado, no llegará
sobre un caballo de guerra, como lo hacían los conquistadores, sino sobre un burro, el animal
de los pobres. Esta elección no es un detalle pintoresco: es una declaración teológica. En la
cultura antigua, el caballo era símbolo de dominación, velocidad y poder militar. El burro, por
el contrario, hablaba de paz, trabajo cotidiano y humildad.
Los estudiosos bíblicos como Joachim Jeremias han resaltado este contraste como clave en la
interpretación del Reino de Dios. En su obra Jerusalén en tiempos de Jesús, explica que el
gesto de entrar montado en un burro “no solo es un símbolo de humildad, sino también de un
tipo de reinado que no se impone con violencia, sino con mansedumbre y justicia”.
Este mensaje fue profundamente comprendido por figuras espirituales a lo largo de la historia
de la Iglesia. San Francisco de Asís, nuevamente, encarna este espíritu profético. En lugar de
cabalgar hacia el poder, eligió un camino descendente, viviendo entre los pobres y llamando a
una Iglesia despojada. Su “cabalgadura” fue la pobreza, y su trono, el servicio.
De forma análoga, el Papa Juan XXIII —a quien muchos subestimaron por su edad y su
figura campechana— entró en la historia montado en la mansedumbre del Evangelio. Fue
este “Papa bueno” quien abrió las puertas al Concilio Vaticano II, un momento profético que
cambió el rostro de la Iglesia. No fue el más carismático ni el más político, pero como el rey
de Zacarías, vino en paz, sin pretensiones, y dejó huella.

Profecías cumplidas en el Nuevo Testamento


La conexión entre Zacarías y el Nuevo Testamento se realiza de forma directa en los
Evangelios. En Mateo 21:5 se cita la profecía cuando Jesús entra en Jerusalén:
“Decid a la hija de Sion: He aquí tu Rey viene a ti, manso, y sentado sobre un asna, sobre un
pollino hijo de animal de carga.”
En este acto, Jesús se presenta como el Mesías, pero redefine totalmente lo que eso significa.
No viene con espadas ni coronas. Su reinado será inaugurado por la cruz, no por la fuerza. Su
vehículo es un burro prestado, no un carro de guerra. Así cumple no solo las Escrituras, sino
también la lógica del Reino que él predicó: “el que quiera ser grande entre ustedes, que sea su
servidor” (Mateo 20:26).
La escena es profundamente profética también por la reacción que genera: la multitud aclama
con palmas, pero pocos días después gritará “¡Crucifícalo!”. El burro, símbolo de paz, entra
en la ciudad que no conoce la paz. Como dirá el Papa Benedicto XVI en su Jesús de Nazaret
(2007):
“El asno expresa la realeza de Jesús, no como la de los reyes humanos, sino como la de Aquel
que es pobre y trae la paz.”
Esta visión ha sido continuada por muchos testigos del Evangelio en la historia. Uno de los
ejemplos más conmovedores es el de la Madre Teresa de Calcuta. Ella entraba en los lugares
más oscuros de la miseria humana, no con discursos políticos, sino con el burro del servicio
silencioso. Donde muchos esperaban poder y soluciones inmediatas, ella traía agua, pan y
presencia. Como el Mesías sobre el asno, su poder estaba en su humildad.
Otro ejemplo lo encontramos en el beato Oscar Romero. Como arzobispo en El Salvador,
eligió no rodearse de elites, sino caminar con los campesinos. Su palabra, como la de los
profetas, era incómoda, pero profundamente evangélica. Como Jesús entrando en Jerusalén
sobre un burro, Romero avanzó hacia su martirio sin violencia, pero con firmeza interior,
cargando la cruz de su pueblo.
Esta profecía cumplida en Jesús se sigue cumpliendo en cada gesto de servicio sencillo, en
cada “burro” humano que lleva la carga del Evangelio en lo cotidiano. El Papa Francisco ha
insistido muchas veces en este punto: “La verdadera autoridad nace del servicio” (Homilía
del Domingo de Ramos, 2013). Y así como el burro en Jerusalén cargó al Rey de la Paz,
nosotros estamos llamados a cargar con Cristo en nuestras propias ciudades, no con gloria,
sino con fidelidad.
Capítulo 3

El Burro en el Nuevo Testamento

La entrada triunfal de Jesús en Jerusalén (Mateo 21:1–11)


La escena es poderosa y desconcertante. En Mateo 21:1–11, Jesús hace su entrada en
Jerusalén no como un caudillo armado, sino como un Mesías manso, montado en un burro:
“Decid a la hija de Sion: He aquí tu Rey viene a ti, manso, y sentado sobre un asna, sobre un
pollino hijo de animal de carga.” (Mateo 21:5)
Este gesto, cargado de simbolismo mesiánico, cumple deliberadamente la profecía de
Zacarías 9:9, pero también rompe con las expectativas políticas de su tiempo. Jerusalén,
oprimida por Roma, esperaba a un libertador al estilo davídico, un líder que cabalgara sobre
un corcel de guerra. Sin embargo, Jesús escoge un burro, y con ello redefine completamente
el concepto de realeza: su poder no se basa en la fuerza, sino en la entrega, en el amor hasta el
extremo.
El burro se convierte así en vehículo de salvación. No es solo un medio de transporte; es
un símbolo teológico. Como escribió el teólogo Hans Urs von Balthasar, “Dios no elige los
caminos del poder, sino los del amor desarmado” (El corazón del mundo, 1979). Jesús entra
en la ciudad que lo crucificará no como víctima, sino como Rey que ofrece la paz.
En esta escena se pueden encontrar ecos en la vida de muchos santos. San Ignacio de Loyola,
antes de su conversión, soñaba con la gloria militar. Pero en Manresa, en la humildad de su
enfermedad, fue transformado. A partir de entonces, su consigna fue “en todo amar y servir”,
y su vocación se convirtió en cargar con Cristo, incluso en caminos que no llevaban al poder
humano, sino al abajamiento.
Incluso en el ámbito litúrgico, la Iglesia ha mantenido viva esta imagen del burro como
portador del Mesías. La procesión del Domingo de Ramos, desde los primeros siglos,
reproduce este gesto de Jesús, y muchas comunidades católicas —especialmente en
Latinoamérica y Europa— han representado simbólicamente esta entrada con un burro real o
de madera. Este rito no es una simple recreación folclórica: es una profesión de fe en un
Reino que se construye desde lo pequeño, lo no violento, lo ofrecido.

Jesús y la elección de lo humilde


La entrada sobre el burro es coherente con todo el mensaje de Jesús: Dios se revela en lo
humilde. Desde su nacimiento en un pesebre hasta su muerte entre ladrones, Jesús invierte la
lógica del mundo. Elige lo pequeño, lo débil, lo descartado, como lugar privilegiado de la
revelación divina.
San Pablo lo expresa con fuerza en su primera carta a los Corintios:
“Lo necio del mundo lo escogió Dios para avergonzar a los sabios; lo débil del mundo lo
escogió Dios para avergonzar a lo fuerte” (1 Corintios 1:27).
En ese marco, el burro no es una anécdota zoológica, sino un signo de este patrón divino.
Dios no necesita lo brillante, sino lo disponible. Esta lógica se repite a lo largo de la historia
de la Iglesia:
Santa Teresita del Niño Jesús, doctora de la Iglesia, habló de su vocación como “el
caminito”. En sus cartas y escritos, se comparaba a sí misma con una pequeña flor silvestre,
sin mérito aparente, pero preciosa a los ojos de Dios. Ella habría comprendido perfectamente
por qué Jesús escogió un burro: porque en lo pequeño se esconde lo eterno.
San Damián de Molokai, misionero entre los leprosos de Hawái, vivió una entrega total en
medio del olvido. No hubo cámaras ni multitudes, pero su vida fue un Evangelio encarnado.
Como el burro de Jerusalén, llevó sobre sus hombros a Cristo vivo, sin que muchos lo
notaran.
La beata María Bolognesi, poco conocida fuera de Italia, fue una mujer analfabeta, pobre y
enferma, que vivió visiones místicas y ofreció su vida por la conversión de los pecadores.
Como muchos otros “burros invisibles” en la historia de la Iglesia, su fuerza fue la obediencia
humilde.
En el contexto actual, donde el éxito, la visibilidad y el poder se valoran tanto, el mensaje del
burro es radicalmente contracultural. Nos recuerda que el Reino de Dios no avanza por
estrategias humanas, sino por corazones dispuestos. Como escribió el Papa Francisco en
Fratelli Tutti (2020):
“La grandeza espiritual de una vida humana se mide por cuánto se ha acercado al humilde, al
pobre, al doliente.”
El burro del Nuevo Testamento no es solo un animal entre líneas. Es un símbolo del estilo de
Dios. En su lomo, Jesús entra a una ciudad que no lo comprende. Y, sin embargo, ese paso
humilde inaugura la redención. Quien quiera seguir a Cristo deberá también elegir caminos
donde no hay gloria visible, sino cruz, servicio, y fidelidad en lo pequeño.
Reflexión Espiritual

¿Qué nos enseña el burro hoy como símbolo bíblico?


A lo largo de este recorrido bíblico y teológico, el burro ha ido revelando su riqueza como
símbolo espiritual. En un mundo que exalta la visibilidad, la rapidez, la eficiencia y el poder,
este animal callado, terco y sencillo nos recuerda tres grandes virtudes del discipulado
cristiano: humildad, obediencia y servicio.
Humildad
El burro es un animal que no busca ser protagonista. No tiene belleza majestuosa, ni fuerza
imponente, ni una voz melodiosa. Y sin embargo, fue elegido para cargar al mismo Dios
encarnado. Esto nos dice que la humildad no es debilidad, sino la disposición interior a
que Dios actúe a través de nosotros. Como enseñaba Santa Teresa de Ávila:
“La humildad es andar en verdad. Y la verdad es que nada somos por nosotros mismos.”
El burro nos recuerda que Dios prefiere corazones pequeños, vacíos de vanidad, donde pueda
habitar y actuar sin obstáculos.
Obediencia
En el relato de Números 22, el burro de Balaam ve al ángel que su amo no percibe. Obedece
la voluntad divina, incluso cuando el ser humano no lo hace. Es una imagen viva de la
obediencia espiritual, esa que no se basa solo en normas, sino en sensibilidad al Espíritu
Santo.
Esta obediencia la encarnaron muchos santos ocultos. San José, padre adoptivo de Jesús,
nunca pronuncia una palabra en los Evangelios, pero cumple en todo la voluntad de Dios.
Como el burro, lleva sobre sí el misterio divino, con fidelidad y silencio.
Servicio
El burro sirve. Transporta, sostiene, acompaña. No es veloz, pero es constante. No es
refinado, pero es fuerte. Así también son los verdaderos servidores del Reino. Personas que,
como decía el Papa Benedicto XVI, “no se anuncian a sí mismas, sino a Otro”. (Spe Salvi,
2007)
Este espíritu lo vemos en tantas personas anónimas en la Iglesia: catequistas rurales,
religiosas ancianas que rezan en silencio, voluntarios que limpian templos o acompañan a
enfermos. Son “burros de Dios”, portadores de lo sagrado sin buscar aplauso.

Aplicación práctica en la vida cristiana


Ser instrumento de Dios sin buscar reconocimiento
Vivimos tiempos donde se valora el protagonismo, la imagen, el impacto visible. Incluso en
ambientes eclesiales, muchas veces se confunde el éxito con la santidad. Pero el burro nos
invita a otra lógica: la del instrumento discreto que sirve a un propósito mayor que él
mismo.
Como dijo San Juan Bautista:
“Es necesario que él crezca y que yo disminuya” (Juan 3:30).
Esta frase podría ser la oración diaria del burro: “no soy el Rey, pero lo llevo sobre mí”. El
cristiano de hoy está llamado a lo mismo: llevar a Cristo a los demás, sin robarle el
protagonismo. Como decía Santa Teresa de Calcuta:
“No estamos llamados a tener éxito, sino a ser fieles.”
“Ser como el burro” en tiempos modernos: cargar la Palabra, servir en silencio
¿Qué significa ser como el burro hoy? Significa:
Cargar con paciencia la Palabra de Dios, meditarla y llevarla a los demás incluso cuando
nadie aplaude.
Aceptar tareas humildes en la comunidad, sin esperar gratitud.
Ser fiel en el trabajo diario, en la familia, en la oración silenciosa.
Dar espacio a Cristo en nosotros, como hizo el burro aquel Domingo de Ramos.
El Papa Francisco, en una audiencia en 2015, habló de la importancia de los humildes de
corazón:
“Las personas humildes, como el burro del Evangelio, son aquellas que más espacio dejan a
Dios en sus vidas.”

Charles de Foucauld
El beato Charles de Foucauld, misionero entre los tuareg del Sahara, deseaba ser “el hermano
universal”. Vivió solo, sin frutos visibles, sin seguidores. Su oración era sencilla y profunda:
“Jesús, haz que yo sea como el burro que te llevó a Jerusalén: sin comprender, pero cargando
contigo.”
Hoy, Charles es inspiración para miles de cristianos que entienden que la fecundidad del
Evangelio no se mide en números, sino en entrega silenciosa.
El burro, aparentemente una figura menor en la Biblia, es en realidad un gran maestro
espiritual. Nos enseña que lo esencial no es brillar, sino servir a Cristo. Nos recuerda que
Dios prefiere lo débil para confundir a lo fuerte. Que el camino a Jerusalén no pasa por la
gloria del mundo, sino por la humildad que lleva al Calvario… y a la Resurrección.
Tal vez, al final, la mayor vocación cristiana sea esta:
Ser como el burro que cargó a Cristo. Lento, invisible, obediente… pero fundamental.

Conclusión
A lo largo de este viaje, hemos descubierto que el burro, ese animal sencillo y modesto, ocupa
un lugar profundamente significativo en la historia bíblica. Desde los patriarcas del Antiguo
Testamento, pasando por la voz profética en la humildad del burro de Balaam, hasta el
símbolo mesiánico que encarna en la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén, este animal nos
enseña lecciones esenciales sobre la naturaleza del Reino de Dios.
El burro no es solo un medio de transporte o un animal de carga: es un recordatorio constante
de que Dios elige lo humilde, lo pequeño y lo aparentemente insignificante para realizar
sus grandes obras. Nos invita a replantear cómo vemos el poder, la grandeza y el servicio,
tanto en la historia sagrada como en nuestra vida cotidiana.
Hoy, ante el ritmo vertiginoso del mundo y la tentación de buscar protagonismos, el burro nos
llama a desacelerar, a aceptar la obediencia sin condiciones, y a servir sin buscar
reconocimiento. Nos urge a ser, en palabras del Papa Francisco, “portadores de paz” con
corazón sencillo y manos dispuestas.
Miremos entonces con nuevos ojos los símbolos humildes que la Escritura nos ofrece.
Allí, en lo aparentemente pequeño, brilla la luz más auténtica de la fe.

“No es en el trono ni en la corona,


sino en el lomo del humilde,
donde Dios cabalga al mundo,
llevando paz, silencio y gracia.”

Apéndice
Lista de versículos donde aparece el burro
 Génesis 22:3 – Abraham ensilla su burro.
 Números 22:21-35 – Balaam y el burro que habló.
 Éxodo 23:5 – Ley sobre ayudar al burro caído.
 Zacarías 9:9 – Profecía del rey que viene montado en burro.
 Mateo 21:1-11 – Entrada triunfal de Jesús en Jerusalén.
 Lucas 19:30 – Entrada de Jesús en Jerusalén.
Comparación con otros animales en la Biblia
 El cordero como símbolo de inocencia y sacrificio (Ej. Cordero pascual).
 El león como símbolo de poder y realeza (Ej. León de Judá).
 La paloma como símbolo de paz y Espíritu Santo.
 El águila como símbolo de renovación y fuerza.
Referencias bibliográficas
 Jeremias, Joachim. Jerusalén en tiempos de Jesús. Ediciones Sígueme.
 Balthasar, Hans Urs von. El corazón del mundo. Editorial Herder.
 Benedicto XVI. Jesús de Nazaret. Ediciones San Pablo, 2007.
 Papa Francisco. Fratelli Tutti, 2020.
 Catecismo de la Iglesia Católica, números 1500-1503.

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