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Defectos Perfectos Alice Feeney

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Alice Feeney

Defectos perfectos
Traducción de
Lorenzo F. Díaz
Primera edición: octubre de 2025
Título original: Beautiful Ugly

© Diggi Books, 2025


© de la traducción, Lorenzo F. Díaz, 2025
© de esta edición, Futurbox Project, S. L., 2025
Todos los derechos reservados, incluido el derecho de reproducción total o parcial de la obra.
Ninguna parte de este libro se podrá utilizar ni reproducir bajo ninguna circunstancia con el propósito de
entrenar tecnologías o sistemas de inteligencia arti cial. Esta obra queda excluida de la minería de texto y
datos (Artículo 4(3) de la Directiva (UE) 2019/790).

Diseño de cubierta: Taller de los Libros


Imágenes de cubierta: Freepik - Vuang | edb3_16 | EyeEm
Corrección: Laura Serral

Publicado por Principal de los Libros


C/ Roger de Flor, n.º 49, escalera B, entresuelo, o cina 10
08013, Barcelona
[email protected]
www.principaldeloslibros.com

ISBN: 978-84-10424-18-0
THEMA: FHX
Conversión a ebook: Taller de los Libros

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo
puede ser efectuada con la autorización de los titulares, con excepción prevista por la ley. Diríjase a
CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográ cos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento
de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47).
Índice
Felizmente casado
La buena pena
Una única opción
Espantosamente bueno
Lo mismo en su diferencia
Pasivo agresivo
Orden aleatorio
Definitivamente, puede
Modestamente ambicioso
Silencio ensordecedor
Pequeña multitud
Casi exactamente
Perfectamente imperfecta
Conversación silenciosa
Criminal inocente
Grito silencioso
Ocupado en no hacer nada
Ateo devoto
Claramente confundida
Hombre orquesta
Dulce tristeza
Un niño grande
Estúpidamente genial
Pasajero que conduce
Caer hacia arriba
Un pequeño milagro
Noticia vieja
Globo de plomo
Un rugido sordo
Placer culpable
Encontrada desaparecida
Una auténtica imitación
Caos absoluto
Agridulce
Claramente malinterpretado
Una idiota muy lista
Reducirse a lo grande
Ladrón honrado
Niño grande
Vacaciones de trabajo
A corta distancia
Mala salud
Un pesimista alegre
Correr con miedo
Solución imposible
Muerta viviente
Felizmente casados
Aterrizaje forzoso
Prescindir de todo
Amar y llorar
Copia distinta
Muerto viviente
Opinión imparcial
Apuestas desiguales
Juntos y solos
La única opción
Realidad virtual

Agradecimientos
Sobre la autora
Para Christine, editora de sueños.
«Estamos listos para transmitir».
Felizmente casado

Si todo lo que necesitamos es amor, ¿cómo es que nunca nos conformamos


con eso?
Marco su número. Otra vez. Por fin lo coge.
—Estoy de camino, ya casi estoy allí —dice mi mujer sin que tenga que
preguntárselo. Puedo oírla conduciendo, así que sé que viene hacia casa,
pero lo de «casi estoy allí» suena a mentira. Últimamente tiene la costumbre
de retorcer la verdad para hacerla más agradable.
—Dijiste que estarías aquí —replico, y sé que sueno como un crío
enfadado en vez de como un hombre adulto—. Esto es importante para mí.
—Lo sé, lo siento. Enseguida llego, te lo prometo. Llevo fish and chips.
Los grandes momentos los celebramos con fish and chips, pescado y
patatas fritas. Los comimos en nuestra primera cita, cuando nos
prometimos, el día en que conseguí un agente y al comprar la casa de
nuestros sueños. Estoy bastante enamorado de esta vieja casita de campo
con techo de paja en la costa sur, a poco más de una hora de Londres pero a
un millón de kilómetros de la ciudad. Los únicos vecinos que tenemos son
las ovejas. Y esta noche esperaba celebrar mi primer best seller en las listas
del New York Times con fish and chips, acompañado de una botella de
champán que guardo desde hace cinco años. Mi editora de Norteamérica
dijo que llamaría si tenía buenas noticias, pero son casi las 21.00 horas (las
16.00 en Nueva York) y no ha llamado. Nadie ha llamado.
—¿Sabes ya algo? —pregunta Abby. Oigo cómo activa el
limpiaparabrisas e imagino la lluvia corriendo por el cristal como si fueran
lágrimas.
—Todavía no.
—Pues cuelga el teléfono o no podrán hablar contigo —dice y cuelga.
Se suponía que Abby estaría conmigo cuando me llamasen, pero llega
tarde. Otra vez. Le encanta lo que hace: trabajar como periodista de
investigación y encontrar buenas noticias sobre gente mala. Hombres, en su
mayoría. Toda la vida de mi mujer está definida por su brújula moral y por
un deseo insaciable de delatar delincuentes, pero me preocupa que acabe
molestando a quien no debe. Recibe amenazas anónimas en el periódico
donde trabaja. Se ha vuelto tan paranoica que graba todas las llamadas que
recibe, pero no ha dejado de hacer lo que hace.
Mi mujer escribe reportajes de los que importan, buscando salvar al
mundo de sí mismo.
Yo cuento historias que me importan a mí.
Mis libros siempre han sido un refugio en el que poder esconderme
cuando el mundo real se vuelve demasiado escandaloso.
El matrimonio está hecho de un millón de momentos, tanto hermosos
como feos, entretejidos en un tapiz de recuerdos compartidos, que se ven y
se recuerdan de forma ligeramente diferente, como si dos personas mirasen
el mismo cuadro desde extremos opuestos de una habitación. Yo, cuando
era más joven, no creía en el amor. En mi casa no había suficiente amor
para todos, así que me pasé la infancia refugiado en los libros y soñando
con escribir el mío. A juzgar por la relación de mis padres, lo de
«felizmente casados» es un oxímoron, así que el matrimonio pasó a ser algo
más en lo que no creía. Hasta que conocí a Abby. Ella cambió mi forma de
ver el mundo y lo que opinaba del amor. Me hizo sentir cosas que no sabía
que era capaz de sentir, y nunca podré querer a nadie como quiero a mi
mujer.
Cuando nos conocimos, no podíamos dejar de tocarnos. Si cierro los ojos
y me concentro, aún recuerdo la primera vez que me dejó tocarla. Su rostro
perfecto, la suavidad de su piel, el delicado aroma a flores de su brillante
pelo oscuro, el sabor de su boca, la forma en que jadeaba al penetrarla.
Solíamos pasarnos la noche despiertos, a veces solo para hablar, para
contarnos nuestras respectivas historias. No es fácil mantener viva la chispa
cuando se lleva casado tanto tiempo como nosotros. Lo intentamos, pero lo
importante va cambiando a medida que vas cumpliendo años. O, al menos,
eso me parece a mí, que sí siento que ha cambiado. Lo que tenemos ahora
es lo que siempre quise tener.
Columbo entra en la habitación agitando el rabo como si no me viera
desde hace días, aunque no hayan pasado ni cinco minutos desde que se
quedó dormido en la cocina. Se sienta a mi lado y se queda mirando el
teléfono que tengo en la mano como esperando que suene también. Prefiero
los perros a los humanos. Los perros son leales. Mi mujer me regaló por
sorpresa a Columbo cuando no era más que un cachorro. Dijo que yo
necesitaba compañía, y desde entonces somos inseparables. A Abby le
preocupa el tiempo que paso solo y no parece entender que prefiera la
soledad. Necesito silencio para escribir, y cuando no puedo escribir me
siento como si no pudiera respirar. Además, ya me acompañan mis
personajes, a los que también prefiero por encima de las personas reales.
Mis personajes no mienten —al menos, no a mí— y antes de conocer a
Abby no tenía a nadie en quien poder confiar. La gente rara vez hace lo que
debería hacer o lo que dice que va a hacer. Lo único que no me gusta de
estar solo es la cantidad de tiempo que eso me obliga a pasar conmigo
mismo.
El camino hasta convertirme en un escritor superventas ha sido, como
poco, accidentado. Soy el típico ejemplo de escritor que triunfa de la noche
a la mañana tras diez años de intentos, y durante mucho tiempo me sentí
como si fuera un impostor. Fueron años de oscuridad, críticas de mierda,
ventas decepcionantes y editoriales que se olvidaban de mí. Estaba a punto
de darme por vencido cuando conocí a mi mujer, que a su vez me presentó a
la agente de mis sueños. Todo cambió desde entonces, así que podría
decirse que se lo debo todo. Escribir es lo único que me hace feliz de
verdad. Sé que el trabajo de Abby es importante, y que yo solo me gano la
vida inventando cosas, pero me muero de ganas de que esta noche esté
conmigo. Si mi último libro acaba en la lista de más vendidos del New York
Times, podrá volver a sentirse orgullosa de mí. A mirarme como me miraba
antes.
El móvil zumba y en la pantalla aparece el nombre de mi editora.
Los dedos me tiemblan al responder la llamada.
—Grady, soy yo —dice Elizabeth. Su tono neutro no me revela si las
noticias son buenas o malas—. Estamos aquí todos, la editorial en pleno. Y
tengo a Kitty al teléfono.
—¡Hola, Grady! —La alegría en la voz de mi agente acaba con el
suspense, y me sorprendo rompiendo a llorar. Por mis mejillas corren
grandes y abundantes lagrimones, y me alegro de que no pueda verme
nadie, aparte de un enorme labrador negro. El perro alza la mirada como si
estuviera preocupado por mí.
Mi editora sigue hablando, incapaz de disimular el entusiasmo.
—Como ya sabrás, se está hablando mucho de este libro y todos estamos
muy contentos de haber trabajado en él. Te queremos, y nos encantan tus
libros, lo cual hace que sea todavía más maravilloso poder decirte que…
estás en la lista de superventas del New York Times.
Al otro lado de la línea se oyen vítores y gritos. Las piernas parecen
fallarme, y me sorprendo dejándome caer hasta el suelo para sentarme con
las piernas cruzadas, como el niño que hace tantos años soñaba con ser
escritor. Columbo menea la cola y me lame la cara. Aunque aprecio su
infinito cariño, desearía que fuera mi mujer quien estuviese aquí conmigo.
El éxito sigue pareciéndome irreal y en estos momentos no reconozco mi
propia vida. Me parece demasiado buena para ser verdad, lo cual me hace
pensar que igual no lo es.
—¿Es de verdad? —susurro.
—¡Sí! —grita mi agente.
—No me lo puedo creer —digo, incapaz de ocultar el temblor de mi voz
—. Gracias, gracias, gracias. Esto significa mucho para mí, y…
No parezco capaz de hablar. Me inundan el asombro y la gratitud.
—¿Sigues ahí, Grady? —pregunta mi agente.
—Sí. Es que soy tan… —Tardo un poco en encontrar la palabra
adecuada— … feliz —digo finalmente, intentando saborear esta emoción
desconocida para ver si va conmigo. Parece que voy a tener que
acostumbrarme a ella—. Gracias. A todos. Estoy completamente abrumado
y muy agradecido.
Podría estar teniendo el mejor día de mi vida, y querría estar
compartiéndolo con ella.
En vez de eso, lo hago con el perro, que ha vuelto a dormirse.
Me esfuerzo por darle las gracias como es debido a todos los que han
hecho realidad este sueño: a mi increíble agente, a mi maravillosa editora, a
mi brillante publicista, y a los fantásticos equipos de ventas y de marketing.
Entonces se acaba la llamada que llevo esperando desde hace una eternidad
y, de pronto, todo se queda silencioso. Es excesivo. Vuelvo a estar solo. Me
sirvo un vasito de whisky de una de las botellas buenas y me siento en
silencio para asimilar la noticia. Quiero atesorar este momento tan especial,
aferrarme a él todo el tiempo que pueda. En cuanto me sereno, llamo a mi
mujer. Quiero darle una sorpresa. Imagino el móvil de Abby sujeto al
salpicadero del coche, mostrando su recorrido por un mapa en movimiento,
como siempre. Contesta en cuanto suena la señal.
—¿Y bien? —pregunta, con voz expectante. Ojalá pudiera verle la cara.
—Estás hablando con el autor de un best seller del New York Times.
—¡Oh, Dios mío! —grita—. Lo sabía. ¡Estoy tan orgullosa de ti! —Noto
emoción sincera en su voz, y mi mujer, que nunca llora, parece que esté
llorando—. Te quiero.
No recuerdo cuándo fue la última vez que nos dijimos que nos
queríamos. Antes nos lo decíamos todos los días. Me gusta cómo suena
cuando me lo dice ella y cómo me hace sentir. Es como oír por la radio una
vieja canción que hace años que no escuchas, una que antes te encantaba.
—Ya casi estoy en casa. Estoy al lado —dice, interrumpiendo el caos de
mis pensamientos nostálgicos—. Ve sacando el champán y…
Oigo un chirrido de frenos, luego silencio.
—¿Qué pasa? —pregunto—. ¿Te encuentras bien? ¿Me oyes?
Sigue habiendo silencio, pero entonces vuelvo a oír su voz.
—Estoy bien, pero… hay una mujer tirada en la carretera.
—¿Qué? ¿Has chocado con ella?
—¡No! Claro que no. Está ahí tirada, por eso he frenado.
—¿Dónde estás ahora?
—En la carretera del acantilado. Voy a salir a ver si…
—¡No! —grito.
—¿Cómo que no? No puedo dejarla tirada en la carretera, podría pasarle
algo.
—Pues llama a la policía. Ya casi estás en casa. No salgas del coche.
—Si te preocupa que se enfríen el fish and chips…
—Me preocupas tú.
Suspira y oigo el débil clic al soltar el cinturón de seguridad.
—Creo que lees demasiados libros de Stephen King…
«Creo que hacer lo correcto no siempre es lo que debe hacerse».
—No salgas del coche, por favor.
—Tengo que salir. ¿Y si fuera yo quien estuviera tirada en la carretera?
¿No querrías que alguien se detuviera y me ayudara?
—Espera, ¡no cuelgues!
—Está bien, si así te sientes mejor. —Nunca he conseguido hacer
cambiar de opinión a mi mujer en nada. Cuanto más le insistes para que no
haga algo, más decidida está a hacerlo. Abby abre la puerta del coche—. Te
quiero —vuelve a decir.
Para cuando se me ocurre decirle que yo también la quiero, ya es tarde.
Habrá dejado el teléfono sujeto al salpicadero, porque solo oigo el sonido
de sus pasos al alejarse.
Pasa un minuto, luego otro.
Todavía oigo el intermitente y los limpiaparabrisas.
Cinco minutos después, la llamada sigue sin cortarse, pero no oigo a
Abby.
¿Alguna vez has sabido que va a pasar algo terrible antes de que ocurra?
¿O has sentido un miedo abrumador e inexplicable que te dice que hay
un ser querido en peligro?
Mantengo el teléfono pegado a la oreja y me paseo de un lado a otro.
—¿Me oyes? —pregunto, pero no contesta.
Entonces vuelvo a oír pasos.
Parece que Abby regresa al coche, pero sigue sin decir nada.
Lo único que oigo es una respiración.
No parece la de mi mujer.
Hace un momento, era el instante más feliz de toda mi vida. Y ahora
estoy paralizado por el miedo.
Es el peor mejor día de mi vida.
Conozco el tramo de carretera en el que está. Pasa junto a la costa, y no
está lejos de casa. El edificio más cercano está a kilómetro y medio, y no
hay nadie cerca a quien pueda pedir ayuda. Echo a andar. Luego a correr.
Con el teléfono pegado a la oreja, sin aliento pero gritando su nombre. No
contesta.
La noche es demasiado oscura, demasiado fría, demasiado húmeda. En
el campo no hay farolas, solo sombras. Lo único que se ve es un cielo
antracita salpicado de estrellas, la silueta de los campos a un lado de la
carretera y un mar manchado por la luna al otro. Solo oigo mi respiración
agitada y el romper de las olas contra el acantilado. Veo su coche aparcado
en el arcén y aminoro la marcha para asimilar la escena. Los faros siguen
encendidos, los intermitentes parpadean y la puerta del conductor está
abierta.
Pero Abby no está.
Tampoco veo a nadie tirado en la carretera. No hay señales de vida.
Doy media vuelta, entrecierro los ojos para mirar en la oscuridad a la
carretera vacía y las ondulantes colinas. Grito su nombre y oigo el eco de
mi voz en el teléfono sujeto al salpicadero. Sigue con mi llamada. Solo que
ella no está. En el asiento del copiloto se ven el pescado y las patatas fritas,
junto con el bolso de Abby. Miro dentro, pero no parecen haber robado
nada. Lo único anormal en el coche es una caja blanca de regalo. Levanto la
tapa y veo una muñeca antigua de aspecto espeluznante, con un pelo oscuro
brillante y vestida con un abrigo rojo. Sus grandes ojos azules de cristal
parecen mirarme fijamente. Tiene la boca cosida.
Echo otro vistazo a mi alrededor, pero todo es quietud, silencio y
negrura.
—¿Dónde estás? —grito.
Pero Abby no contesta.
Mi mujer ha desaparecido.
UN AÑO DESPUÉS…
La buena pena

—Estás espantoso. Por la buena pena,* casi no te reconozco —dice mi


agente cuando entro en su oficina. Siempre me ha parecido una expresión
extraña. ¿Puede ser buena, la pena?
—Yo también me alegro de verte —le digo.
—No te insulto; te describo.
Kitty Goldman nunca te dora la píldora. Me da un abrazo y vuelve a
sentarse tras el escritorio, donde siempre parece estar más a gusto. Veo que
unas cuantas arrugas nuevas se han atrevido a decorar su rostro desde la
última vez que nos vimos, y me gusta que no intente ocultar su edad. Lo
que ves es lo que hay, aunque no todo el mundo la vea como yo. No hay
mucha gente tan cercana a ella. Nunca he sabido cuántos años tiene
exactamente —es una de las muchas preguntas que no me atrevo a hacer—,
pero, puestos a adivinar, yo diría que unos setenta. Lleva un traje de tweed
rosa con falda y huele a perfume. Chanel, me parece. Me mira por encima
de las gafas de diseño.
—Veo que te has traído a Columbo —dice, mirando al labrador negro
que se pone cómodo en la alfombra de aspecto caro.
—Sí. Perdona. Espero que no te importe. No tengo a nadie para cuidarlo,
y no puedo encerrarlo todo el día en el hotel.
Y ahí está, esa compasiva inclinación de cabeza. Esa compasión que se
me ha hecho tan familiar, instalándose en su rostro y haciéndome apartar la
mirada. Hace un año que desapareció mi mujer. Todos los que saben lo que
pasó me miran así ahora, y no lo soporto. Estoy harto de que la gente me
diga: «Lamento su pérdida». Seguro que la lamentan, por un tiempo, hasta
que se les olvida y continúan con sus vidas. ¿Y por qué no iban a hacerlo?
Ellos no perdieron su razón de vivir. Eso solo me pasó a mí.
Me miro los zapatos, sin lustrar y con el tacón muy desgastado. Kitty
llama a su última ayudante, que se sienta junto a la puerta del despacho, y le
pide que nos traiga algo de té con pastas. Desde que Abby desapareció, se
me olvida comer. Tampoco puedo escribir y me cuesta dormir. Siempre
tengo las mismas pesadillas, de las que despierto creyendo que no puedo
respirar. No perdí solo a mi mujer. Tenía todo lo que siempre había deseado
tener y lo perdí todo.
Sigo sin saber qué le pasó a Abby.
Ni siquiera sé si está viva.
Lo que no me deja dormir por las noches es sobre todo eso, el no saber.
Miro a mi alrededor, al despacho bellamente decorado, lo que sea para
evitar la mirada de Kitty y las preguntas que sé que se avecinan. No parece
un despacho. Es mucho más elegante, como una mini biblioteca o algo que
podría encontrarse en la boutique de un hotel, diseñada por alguien de
gustos caros. Miro las estanterías de madera hechas a medida que rebosan
libros de sus clientes, los míos incluidos. Hubo un tiempo en que fui el
cliente más importante de Kitty. Ahora tiene escritores más nuevos, más
jóvenes, más ambiciosos y mucho mejores, la verdad. Escritores que
todavía pueden escribir.
Mis ojos vagan hasta encontrar en el escritorio la foto enmarcada de
Abby. Me preguntaba si siempre la tenía allí o si la escondía en algún cajón.
Algunas personas creen que esconder la pena ayuda a que desaparezca el
dolor, pero la experiencia me dice que eso solo lo aumenta. La pena siempre
es de uno mismo, no algo que pueda compartirse, pero al menos hay alguien
más que piensa en Abby tanto como yo. Kitty es la madrina de mi mujer, y
a veces pienso que solo tengo agente porque Abby le suplicó que me
representara.
Kitty Goldman es una de las principales agentes literarias del país. Me
aceptó hace diez años, cuando todavía era un escritor joven. Mi carrera
vagaba sin rumbo, y solo llevaba a callejones sin salida, pero ella vio en mi
obra algo que nadie más había visto y me dio una oportunidad. El resultado
fueron cinco novelas superventas en el Reino Unido y varios premios. Kitty
vendió los derechos de publicación a cuarenta países y el año pasado
conseguí tener un título en la lista de best sellers del New York Times, en
Estados Unidos. Ahora siento todo eso como si lo hubiera vivido en un
sueño. Al llevar tanto tiempo sin poder escribir, y tener todas mis
pertenencias en un trastero, me parece surrealista volver a ver un libro con
el nombre de Grady Green en la cubierta. Me pregunto si volverá a haber
otro. Lo malo de llegar a la cima es que desde ahí solo puedes ir en una
dirección: hacia abajo.
—¿Cómo estás? —pregunta Kitty, sacándome de mi autocompasión. Es
una pregunta sencilla, pero no sé cómo responderla.
La policía renunció a seguir buscando a Abby semanas después de
encontrarse el coche abandonado, pese a hallarse el abrigo rojo que llevaba
puesto. Al día siguiente de su desaparición, alguien que paseaba al perro lo
encontró a un kilómetro de distancia bordeando la costa. Estaba mojado y
desgarrado. Mi mujer lleva «desaparecida» más de un año, pero, según la
ley, no se la puede dar por muerta hasta pasados siete años. Cuando la gente
pierde a un ser querido celebra un funeral o alguna clase de servicio. Pero
no se celebró uno para mí. Ni para Abby. Los desaparecidos no son como
los fallecidos. La gente me dice que debo seguir con mi vida, pero ¿cómo lo
hago? Al no poder pasar página de alguna manera, me veo atrapado en un
limbo triste y solitario, desesperado por conocer la verdad, pero
aterrorizado por cuál podría ser esta.
Nunca he sido muy bueno con los números —Abby siempre se ocupaba
de esas cosas— y cuando miré la cuenta conjunta, tras su desaparición,
faltaba una gran cantidad de dinero. Según los extractos que yo nunca me
molestaba en mirar, había retirado varias cantidades importantes de dinero
en los meses previos a su desaparición. Nos excedimos al comprar la casa y
yo solo no podía pagar la hipoteca. Al carecer de nuevos contratos
editoriales, me vi obligado a venderla muy por debajo de su valor, en un
momento en que el mercado inmobiliario se hundía. Es decir que aún debo
dinero al banco. También vendí la mayor parte de los muebles para poder
llegar a fin de mes, y alquilé un piso en Londres durante unos meses,
pagando una mensualidad francamente desorbitada a un casero que me
sabía desesperado. Creí que me vendría bien un cambio de aires, pero no
fue así. En su lugar, me gasté el poco dinero que me quedaba. Ahora vivo
en un hotel de una estrella, sobreviviendo gracias a los derechos de escritor
de mis anteriores novelas, incapaz de escribir una nueva. Incapaz de hacer
nada que no sea obsesionarme con lo que pasó aquella noche. Desde
entonces mi vida se viene desintegrando poco a poco.
—Estoy bien —miento, intentando esbozar una débil sonrisa y
ahorrarnos a ambos la verdad. La versión sonriente de mí que solía mostrar
al resto del mundo es alguien a quien no reconozco ni recuerdo. Fingir me
cuesta mucho más que antes—. ¿Y tú cómo estás?
Kitty alza una ceja como si pudiera ver a mi verdadero yo, pese a mis
esfuerzos por ser mejor de lo que soy. Ha interpretado el papel de madre
conmigo más de una vez, sobre todo en los días siguientes a lo sucedido. Yo
no tenía a nadie más a quien recurrir y, al ser Kitty la madrina de mi mujer,
estaba igual de destrozada por su desaparición que yo. El trabajo de agente
es peculiar y mucho más complejo de lo que supone la mayoría de la gente.
Requiere que alguien interprete muchos papeles: primera lectora, editora,
agente, terapeuta, madre sustituta, jefa y amiga.
Mi agente es la única persona en la que aún confío.
—No pareces estar bien —dice.
Intento verme a través de sus ojos; no es una imagen bonita.
Me encojo de hombros, en parte a modo de disculpa, en parte por
desesperación.
—Me cuesta dormir desde…
—Ya lo veo. Esas ojeras y esa mirada ausente son un tanto reveladoras.
Y estás más flaco. Me tienes preocupada, Grady.
Yo también estaría preocupado por mí de no estar tan puñeteramente
cansado. Tantos meses de insomnio me han convertido en una sombra de mí
mismo y me muevo en una nube de difusa cámara lenta. No recuerdo qué se
siente cuando no estás agotado, confuso, perdido. Necesito urgentemente un
corte de pelo y toda mi ropa parece salida de una casa de caridad. Como si
nada, un botón de mi chaqueta se desprende y cae en el escritorio de Kitty
con un triste tintineo. Es como si mi ropa quisiera decir lo que yo no puedo:
estoy destrozado. Kitty se queda mirando el botón, y su expresión habla por
ella. Entonces su ayudante da unos golpecitos en la puerta de cristal antes
de entrar llevando una bandeja con un poco de té.
—Te he hecho venir hoy porque tenemos que hablar —dice Kitty cuando
volvemos a estar solos.
«Tenemos que hablar» nunca es una buena manera de empezar una
conversación.
Creo que piensa borrarme de su lista de clientes.
No la culpo. Debe pensar en su desaparecida ahijada cada vez que piensa
en mí, y no debe serle fácil. Además, si yo no gano dinero, ella tampoco. El
quince por ciento de nada es nada. Yo en su lugar también cortaría toda
relación conmigo: un escritor que no puede escribir es uno de los seres más
tristes del mundo.
Me aclaro la garganta como un colegial nervioso.
—Sé que hace tiempo que no escribo nada que puedas vender, pero…
—Tu editor quiere que devuelvas el anticipo —me interrumpe Kitty—.
El contrato era por dos novelas y como nunca entregamos la segunda…
—No puedo devolver el dinero. No me queda nada.
—Lo suponía, así que los he mandado a la mierda, pero creo que
debemos trazar un plan —dice, y me alivia oír que sigue conmigo. Que
sigue luchando por mí. Es la única que lo hace.
—No es fácil escribir desde el peor hotel de la ciudad. La mayoría de las
noches me despiertan los borrachos que pasan ante la ventana, y por el día
todo es tráfico y obras. Las paredes son de papel y las interrupciones y el
ruido son constantes —digo, sintiéndome tan patético como sueno. Nunca
he entendido a los escritores que escriben en cafés o en cualquier otro lugar
con gente o distracciones. Yo necesito silencio.
—¿Qué pasó con el piso?
Vuelvo a encogerme de hombros.
—Ya no podía pagar el alquiler.
Su frente se frunce en un ceño de preocupación.
—¿Por qué no me lo dijiste? Me da miedo preguntarlo, pero ¿cómo
llevas la nueva novela?
«Solo he escrito un capítulo, y lo he reescrito como cien veces».
—Va… avanzando —miento.
—¿Algo que puedas compartir conmigo?
«Solo tengo mil palabras. Según el contrato, necesito noventa y nueve
mil más».
Asiento con la cabeza.
—Pronto, creo.
—¿Ni siquiera una premisa o una sinopsis si la tienes?
«No tengo ni idea de lo que pasará después del primer capítulo, y seguro
que tendré que borrarlo y volver a empezar».
—Claro.
Suena el móvil de Kitty y ella se lo queda mirando como si la hubiera
ofendido.
—Perdona, tengo que cogerlo.
—No hay problema.
Pone una expresión de completo desagrado y coge el teléfono.
—Si esa es tu mejor oferta, no me hagas perder más tiempo. Envidio a
todos los que todavía no te conocen. O seis cifras o vete a la mierda —dice,
y cuelga. A Kitty le gusta mandar a la gente a la mierda. Siempre he temido
que algún día pudiera mandarme a mí—. ¿Por dónde íbamos? —pregunta
con tono sereno y amable. Se sube despacio un lado de las gafas como si las
tuviera torcidas. Que no lo están—. Ah, sí. Fingías que progresabas con la
novela, aunque sospecho que no has escrito ni una sola palabra desde la
última vez que hablamos. —Intento no sonreír. Ni llorar. Sigue
resultándome incómodo que alguien me conozca tan bien—. Creo que hoy
necesitaremos algo más fuerte que el té —dice, sacando una botella de
whisky de aspecto caro y dos vasos—. Hace mucho que trabajamos juntos y
siempre he intentado hacer lo que consideraba mejor para ti, para tus libros
y para tu carrera
Aquí está. Aquí viene. El discurso de despedida. Se ha rendido conmigo
y cómo voy a culparla por rendirse cuando yo mismo me he rendido. Kitty
tiene fama de despiadada y de librarse de los escritores en cuanto dejan de
tener éxito, como temiendo que su fracaso pueda ser contagioso e infecte al
resto de sus clientes. Sin embargo, siempre ha sido muy buena conmigo.
Hasta ahora. Kitty busca en un cajón del escritorio y me pregunto si no irá a
romper mi contrato delante de mí.
—Lo he pensado mucho estas últimas semanas y meses…
—Sé que puedo escribir otro libro —digo de golpe y casi parezco
sincero.
—Yo también. Y quiero ayudarte. —Kitty pone sobre la mesa una foto
de Polaroid. Es de una vieja cabaña de madera rodeada de árboles—. Hace
unos años, un cliente mío se murió y me dejó esto en su testamento —dice,
golpeando la foto con una uña pintada. Rosa, a juego con el traje de tweed
—. Esta era su cabaña para escribir, en tierras escocesas.
Me preocupa no saber cuál debe ser mi reacción.
—¿Qué afortunada?
—No he tenido ocasión de visitarla desde que me la legó. Escocia está
un pelín lejos y hace cinco años que no tengo vacaciones, pero parece ser
que la cabaña tiene una vista preciosa, y que fue muy productiva para
Charlie. —Frunzo el ceño—. Charles Whittaker —dice, como si yo no
supiera quién es, cuando lo sabe todo el mundo. Charles Whittaker fue uno
de los autores más vendidos del sector, pero hace años que no publica nada
nuevo. Me había preguntado a menudo qué habría sido de él—. Charlie
siempre decía que su décima novela sería la mejor de todas, pero murió
antes de escribirla, y era muy reservado, ni siquiera me dijo el título. En esa
cabaña escribió varios éxitos estando en la cima de su carrera, pero ahora
está abandonada, vacía. La verdad es que me harías un favor.
La miro fijamente.
—¿Quieres que vaya a Escocia?
—No, si prefieres quedarte en esa mierda de hotel. Aunque quizá deba
decirte que ese pequeño refugio no está en el continente, sino en la isla de
Amberly.
—Nunca he oído hablar de ella.
—Una de las muchas razones por las que a Charles le gustaba ese sitio.
Está muy lejos de todo. Sin ruidos. Sin interrupciones. Sin distracciones.
Para poder escribir, necesitaba que el mundo entero guardase silencio. Igual
que tú. No podía escribir ni una palabra cuando la vida se volvía demasiado
ruidosa.
—Yo… no sé qué decir.
—Di que sí. La cabaña es alojamiento gratis hasta que te recuperes.
—Quizá deba pensarlo…
—Por supuesto. Quizá no sea buena idea. —Vuelve a enderezarse las
gafas de diseño, mirándome por encima de ellas, y temo haberla ofendido
—. Parece ser un sitio muy tranquilo y apacible, pero también un pelín
aislado. Y la vida rural no es para todo el mundo. En la isla no hay mucha
gente…
—Suena ideal. Sabes que necesito mucho silencio para poder escribir y
no he sido capaz de hacerlo con todo eso…
—No sé. Quizá no haya debido sugerirlo. —Vuelve a guardar la foto en
el cajón, lo cierra de golpe y se lleva un cigarrillo a los labios—. No te
importa, ¿verdad? —pregunta, encendiéndolo antes de que pueda responder.
Niego con la cabeza, aunque sí me importa, y aunque haga años que es
ilegal fumar en las oficinas—. No quiero interferir ni empeorar las cosas —
dice, exhalando una nube de humo—. Y me preocupa que mis otros
escritores se pongan celosos si se enteran. No le he ofrecido la cabaña a
nadie más, y ya sabes cómo pueden llegar a ponerse algunos. Celosos.
Paranoicos. Locos.
—No se lo diré a nadie. Creo que suena de maravilla.
—Bien. Entonces está decidido. —Echa la ceniza de la punta del
cigarrillo en un pequeño trofeo plateado de «Agente del año» que tiene en
la mesa—. Tómate tres meses. Llévate al perro, le encantará aquello.
Descansa, camina, lee, duerme… y, quién sabe, puede que hasta seas capaz
de escribir. De momento, le diré a tus editores que se vayan a paseo. Hay
más editores en el mundo. Tú escríbeme otro libro y te encontraré un editor.
Sé que puedes hacerlo.
—No sé si podré escribir sin ella.
Kitty me mira fijamente, luego mira la foto de Abby en su escritorio.
Vuelve a inclinar la cabeza en gesto compasivo y se le suaviza la voz.
—Ya la has llorado bastante, Grady. Por mucho que me duela el decirlo,
no creo que Abby vaya a volver. Se ha ido y necesitas pasar página. Igual
que yo.
Sus palabras nos duelen a los dos. En sus ojos veo lágrimas antes de que
pestañee para disiparlas.
Sí que quiero escribir otro libro. Pero no sé si podré hacerlo después de
lo sucedido. La pena es un ladrón paciente que te roba mucho más de lo que
se imagina quien nunca la ha sufrido. Mi mujer me dijo una vez que yo solo
era feliz de verdad cuando escribía, y empiezo a pensar que quizá fuera
cierto, pues nunca me he sentido tan mal como ahora. Escribir era el mejor
trabajo del mundo hasta que dejó de serlo. Quizá sea esto lo que necesito
para volver a escribir.
No encuentro las palabras adecuadas, así que digo la más sencilla.
—Gracias.
Kitty asiente y vuelve a abrir el cajón, esta vez para sacar un talonario de
cheques. No sabía que todavía existieran esas cosas.
—¿Qué haces? —pregunto.
—¿A ti qué te parece? Te extiendo un cheque para que puedas comprarte
un abrigo nuevo con botones que no se caigan. En Escocia puede hacer
bastante frío en esta época del año. Y quiero asegurarme de que tienes
dinero suficiente para que Columbo y tú podáis comer.
Firma el cheque y lo desliza por el escritorio. Es una cantidad muy
generosa de su propio dinero.
—Ya me lo devolverás cuando vendamos tu siguiente libro. Te enviaré
un correo con todos los detalles sobre Amberly e indicaciones para
encontrar la cabaña. Y ahora fuera de mi despacho —dice guiñándome un
ojo.
Tengo cuarenta años, pero hay lágrimas en mis ojos.
—Gracias, de verdad.
—El éxito suele ser el resultado de una serie de fracasos. Intenta
recordarlo. Nunca se aprende nada del éxito, pero el fracaso puede
enseñártelo todo acerca de una persona. Especialmente sobre ti mismo. Y
yo creo en ti.
Me hace muy feliz oírla decir eso.
Pero también me entristece, porque no debería sentirse obligada a
decirlo.

* «Good Grief» en el original. Exclamación que suele traducirse como «Dios santo», «Por Dios», «Cielo
santo», y que aquí se ha traducido literalmente para explicar el comentario posterior. (N. del T.)
Una única opción

Ahora bien, ¿puedo encontrarle el lado bueno a perderlo todo? Pienso


mucho en eso. Tu forma de pensar puede llegar a verse alterada si dispones
de demasiado tiempo libre. Por darle demasiadas vueltas a las cosas por las
que crees que debes preocuparte, y por pensar demasiado poco en las que
deberías pensar. Lo único bueno de perderlo todo es que ya no te queda
nada que perder. Me voy del peor hotel del mundo, cargo el coche con dos
maletas llenas de ropa, provisiones y libros. Meto el portátil y todo lo que
puedo llegar a necesitar en una estancia de tres meses en una remota isla
escocesa. Luego voy a por Columbo y los dos partimos hacia un nuevo
capítulo de mi vida. Espero que más feliz que el anterior.
Se necesitan diez horas en coche para ir de Londres a Escocia. Dejando a
un lado las paradas imprescindibles, la mayor parte del tiempo voy por el
carril rápido. Mi Mini está viejo y maltrecho y ha tenido días mejores, pero
todavía funciona. La mayor parte del tiempo. Como yo. El paisaje al otro
lado del parabrisas se vuelve espectacular nada más pasar Glasgow. En
todas direcciones hay árboles con mil tonos de verdor, lagos gigantescos y
resplandecientes y montañas de cumbres nevadas. Mis ojos, antes cansados,
se abren de par en par. Todo lo que hay dentro de mi campo de visión
parece tener una escala diferente. Veo una extensión infinita de campo
virgen, y el mundo me parece mucho más grande, o quizá sea yo quien se
ha hecho más pequeño.
Un par de horas después, más allá de Glencoe y Fort William, todavía
hipnotizado por el espectacular paisaje, me doy cuenta de que hace años
que no veo gran cosa del mundo. Que me he aislado de la realidad,
centrándome demasiado en escribir, cuando todavía podía escribir, pero que
en realidad no vivía. Me limitaba a existir en el interior de mi mente. Y
luego a llorar por todo y por todos los que he perdido. No solo por mi
mujer. En los últimos diez años he dejado que se desintegrase mi relación
con las personas reales, mientras me obsesionaba por personas de ficción.
Mi trabajo ha pasado a ser mi todo. Ignoraba todas las invitaciones y la
mayoría de las llamadas, mensajes de texto y correos, por andar siempre
demasiado ocupado escribiendo, distanciándome del mundo real. Además,
tenía a Abby y no necesitaba a nadie más.
Darme cuenta de ello me desinfla un poco, una nueva lista de pesares
que va escribiéndose sola en mi mente. Conduzco a través de esta aflicción
momentánea, todavía asombrado por la belleza sin límites que hay más allá
del cristal. No me detengo, aunque me gustaría hacerlo. No tengo tiempo.
El transbordador a la isla de Amberly solo sale dos veces por semana, y no
quiero perderme la siguiente salida. Por lo que he leído en la red, no puedes
reservar billetes por adelantado y hay que comprarlos en el mismo barco.
Por las pocas fotos que he encontrado de la isla, el lugar es todavía más
impresionante que todo lo que estoy viendo durante el viaje, así que espero
que esta épica travesía por carretera acabe valiendo la pena.
Es de noche cuando llegamos, y el mar iluminado por la luna refleja el
negro cielo en una bahía desconocida. El navegador del coche parece
pensar que nos ha guiado con éxito hasta la «terminal del transbordador»,
que más bien parece una marquesina de autobús ante un desvencijado
embarcadero de madera. No hay nadie ni nada más. Salgo del coche y el
aire frío me abofetea. Estiro los cansados huesos, aliviando el calambre
provocado por demasiadas horas sentado en la misma posición, y dejo salir
al perro para que haga lo mismo. Lo único que veo para confirmar que
estoy en el lugar correcto es un cartel escrito a mano donde pone
Transbordador de Amberly y una lista de horarios de salida garabateados
debajo. No coinciden con los que encontré en internet, y el próximo
transbordador no sale hasta mañana por la mañana. Miro el móvil y veo que
no hay cobertura. Tampoco hay gente, ni casas, ni edificios de ningún tipo,
solo una vasta extensión de costa. Ni siquiera una máquina expendedora.
Columbo no parece impresionado.
—Lo siento, chaval. Parece que habrá que dormir en el coche.
El graznido de las gaviotas nos despierta al día siguiente. Apenas he
dormido y me noto ebrio de cansancio, pero cuando abro los ojos me recibe
el más espectacular de los amaneceres. El cielo está teñido del color de los
arándanos machacados, como un cuadro pintado con furiosos brochazos,
sobre una bahía de arena blanca digna de una postal. Anoche, cuando
llegamos, todo estaba tan oscuro que no me di cuenta de lo impresionante
que era el paisaje, pero a un lado de la carretera veo ahora una campiña
escarpada salpicada de brezo púrpura, y al otro una costa prístina y
aparentemente interminable. En la distancia diviso la silueta de una pequeña
isla recortándose en el horizonte: mi primer atisbo de Amberly.
Se nos han unido dos coches más y una furgoneta negra con un peculiar
logotipo —una vaca de Tierras Altas— en un lateral, todos aparcados junto
al embarcadero. Sigue sin haber señales del transbordador, aunque el
horario escrito a mano dice que ya debería estar aquí, y me fijo en que no
indica los viajes de vuelta; todos los horarios son de ida. Dado que no
parece haber peligro de salida inminente, saco a Columbo a dar un breve
paseo por la playa. El viento me empuja suavemente hacia delante y me
revuelve el pelo, el olor del océano inunda mis sentidos y noto en la lengua
un sabor a sal marina.
El sol ha sido más madrugador que yo. Su reflejo amarillo dorado ya
baila en la superficie del mar, como un sendero resplandeciente que uniera
el continente con Amberly. Este lugar, con ese cielo azul sin nubes, esas
tranquilas aguas turquesas y esta arena blanca y perfecta, parece más el
Caribe que Escocia. Solo el frío delata nuestro actual paradero,
pinchándome en la cara y metiéndose por debajo de la ropa. El aire es tan
frío y tan fresco y tan puro comparado con el de Londres. Lo trago con
avidez, llenándome los pulmones, sintiéndome despierto, y vivo, y un poco
excitado, ante lo que podría ser una segunda oportunidad.
El relajante sonido del mar es hipnótico y me recuerda donde vivíamos
antes. Nuestra antigua «casa temporal». Y pienso en aquella noche, en el
sonido de la lluvia y las olas rompiendo contra las rocas bajo la carretera
del acantilado, y en la última vez que oí su voz. Mi mujer siempre se cuela
en mis pensamientos. Incluso ahora.
El recuerdo de cuando nos conocimos se reproduce en mi mente como
las escenas de una de mis películas favoritas, y me pregunto si no los habré
remontado con el paso del tiempo para hacerlos más significativos de lo que
fueron. Sé que hubo alguno que llegó a pensar que había desaparecido
porque decidió dejarme. Pero incluso en ese caso, nunca habría hecho nada
tan dramático. Abby no era así.
Intento dejar a un lado mis sentimientos y guardarlos en un
compartimento de mi cabeza. Como hago siempre.
Pero tienden a escaparse.
Mientras paseo, Columbo corre de un lado a otro levantando nubes de
arena y persiguiendo a las gaviotas que merodean por el lugar. Cojo una
piedra lisa gris oscuro y la hago rebotar en la superficie del mar tres veces,
antes de desaparecer. El perro corre hacia las aguas poco profundas,
persiguiendo algo que nunca encontrará. Todos somos culpables de eso. Me
vuelvo y veo en la distancia a un viejo Volvo con un remolque para caballos
que se une a los demás coches, allí donde estamos aparcados. Se abre un
lateral y veo que han reconvertido el remolque para caballos en camión de
comida. El olor de la cocina no tarda en mezclarse con el del océano y el
estómago me gruñe. Últimamente no tengo mucho apetito, pero de pronto
me noto hambriento.
—Vamos, Columbo. Que ya está el desayuno.
Una vez de vuelta en el coche, con café, un bocadillo de beicon y
salchichas para el perro, contemplo el mar. Ya no está tan tranquilo como
antes, y el antes perfecto cielo azul se ve ahora cubierto de moratones. Hace
media hora que debería haber llegado el transbordador, pero lo único que se
ve en el horizonte es algo que parece un viejo pesquero. Los demás
conductores encienden el motor cuando se acerca al embarcadero, y siento
un ligero vahído al leer el nombre en el costado del barco: Transbordador a
Amberly. Es diminuto para ser un transbordador. Me recuerda el
transbordador de los juguetes Fisher-Price que tuve de niño, donde solo
cabían dos cochecitos de plástico. Vale que este es un poco más grande,
pero está viejo y oxidado, y parece tan poco marinero que me sorprende que
flote.
Los demás conductores, que es evidente que ya han pasado por esto,
mueven los vehículos para formar una hilera ordenada ante el viejo
embarcadero de madera. La imagen me recuerda una escena de Tiburón.
Entran en el barco uno a uno, antes de que yo pueda encender el motor o
ponerme el cinturón de seguridad. Veo a alguien delante de mí, revisando
los coches antes de que suban, inclinándose para mirar dentro de cada
vehículo antes de permitirlos embarcar, como si buscara polizones. Al
principio creo que es un hombre, por su estatura y su manera de vestir: unos
vaqueros azules holgados y descoloridos y una enorme chaqueta amarilla
que podría hacer las veces de balsa salvavidas. Pero a medida que se acerca
al Mini, veo que es una mujer muy alta. Tendrá unos veinte años más que
yo y lleva su brillante pelo negro recogido en una corta cola de caballo. Se
inclina hacia mí y yo bajo la ventanilla.
—¿Puedo ayudarlo? —pregunta con marcado acento escocés.
—Eso espero. Intento llegar a Amberly.
Me mira fijamente un buen rato, como si no entendiera lo que he dicho o
me considerara peligrosamente estúpido.
—Lo siento, pero no puedo ayudarlo. No es temporada.
Le devuelvo la mirada.
—¿Qué significa eso?
—Significa que el dueño de la isla es el Patronato de la Isla de Amberly.
Hay miles de árboles protegidos y una comunidad de apenas veinticinco
personas. Solo se aceptan visitantes de mayo a julio. Aunque pudiera
dejarlo subir a bordo, que no puedo, no tendría modo de irse de allí en
varios días ni lugar donde alojarse…
—Eso sí que lo tengo —insisto—. Me han invitado a vivir unos meses
allí.
Sus ojos sin maquillaje se entrecierran en rendijas llenas de sospecha.
—¿Quién?
—Kitty Goldman. Tiene allí una cabaña.
Ella niega con la cabeza.
—No me suena de nada, y llevo toda mi vida en Amberly.
—La heredó de Charles Whittaker.
La mujer, excepcionalmente alta, mira a la isla en la distancia antes de
estudiar mi cara con una expresión difícil de leer. Luego sonríe.
—¿La vieja cabañita para escribir de Charlie? Bien por usted. Bueno,
pues vaya cogiendo sus cosas y suba a bordo. Su coche estará a salvo aquí
aparcado, al menos por un tiempo.
—¿No puedo subir el coche al transbordador? Parece haber sitio.
—No se permite a los visitantes entrar con vehículos en la isla.
—¿Qué? Pero todas mis cosas…
El rostro curtido de la mujer se cierra en un ceño cansado. Me veo a
través de sus ojos y vuelvo a intentarlo. Necesito que esta mujer me ayude.
—Disculpe. He tenido un viaje largo…
—¿No lo tenemos todos? —me interrumpe, como si ya le hubiera hecho
perder demasiado tiempo—. Puede subir todo lo que pueda cargar, o
quedarse en tierra. Esas son las normas, y me temo que es su única opción.
—Mi única opción. Qué expresión más ridícula. «Única» significa una, y
«una opción» significa ninguna opción—. Usted decide. Piénselo mientras
me compro un bocadillo de salchicha en el camión de comida —dice,
alejándose.
Siempre he sido bastante lento para tomar decisiones rápidas, pero esta
parece bastante sencilla. Cojo una mochila con la comida y las cosas de
Columbo, una maleta con las mías y me echo al hombro la cartera con el
portátil y los cuadernos de notas. No puedo llevar nada más, ni siquiera la
bolsa con comida que había preparado, pero cojo un paquete de galletas de
chocolate con leche y me lo meto en el bolsillo de la chaqueta. Tendré que
conformarme con esto. Cierro el coche y corro al barco, con Columbo
trotando a mi lado, justo cuando la barquera vuelve con su desayuno. Le da
un buen mordisco al bocadillo de salchicha y se le sale el kétchup, que se
derrama por su barbilla. Maldice, se lo limpia con una servilleta de papel
blanco y la mancha resultante parece de sangre.
—¿Se ha decidido? —pregunta, y yo asiento—. Entonces, bienvenido a
bordo —dice con una sonrisa, antes de dar otro bocado.
Las gaviotas graznan y chillan, como si protestaran agitando las sucias y
blancas alas, y vuelan en círculo sobre el transbordador cuando este se
separa del embarcadero. La envergadura de sus alas es enorme y proyecta
sombras por toda la cubierta. Alzo la mirada y veo que la punta de sus picos
es roja, como mojada en sangre. Descienden y se zambullen en picado de
un modo que me obliga a quitarme de en medio, y su feo graznido es casi
como una advertencia:
«Retrocede. Retrocede. Retrocede».
Estoy seguro de que es por el cansancio y que mi imaginación me juega
una mala pasada, pero noto que los pájaros no nos acechan mucho rato. Se
retiran hacia el continente cuando el transbordador se aleja lentamente de la
bahía.
Ya ha salido el sol y todo es de un azul deslumbrante. Cuesta saber
dónde acaba el mar y dónde empieza el cielo. El mar de las Hébridas está
revuelto y los demás pasajeros se quedan en su vehículo, pero nosotros no
tenemos esa posibilidad. Columbo y yo vamos hacia la parte delantera del
transbordador y deposito mis cosas antes de sentarme en un banco de metal
de la cubierta. Hace frío y de vez en cuando nos moja una fina bruma de
agua salada, pero el paisaje que ofrece la isla de Amberly es completamente
hipnótico. Un halo de arena blanca y mar turquesa envuelve a la pequeña
isla, haciéndola parecer un espejismo y que todo esto sea un sueño. Una
manada de delfines salta entre las olas que crea el transbordador como
escoltándonos en nuestro viaje, y mi rostro se estira para formar una
inesperada sonrisa.
Puede que la aventura haya tenido un comienzo difícil, pero esto es
precioso y, por primera vez en mucho tiempo, experimento algo parecido a
la esperanza. Puede que Kitty tuviera razón y que esto sea el empezar desde
cero que necesito desesperadamente, una segunda oportunidad para
recuperar mi vida y mi carrera. Mi agente casi siempre tiene razón. Miro
alrededor de la cubierta, preguntándome si alguien más ha visto los
delfines, y es entonces cuando la veo. Lleva el mismo abrigo rojo brillante
que tenía hace un año, el mismo que llevaba la noche en que desapareció, y
está en la popa del barco, mirándome directamente. Siento un
estremecimiento, no solo por el frío, y el tiempo parece detenerse un
instante. Columbo ladra y rompe el hechizo. Miro hacia abajo para ver a
qué le gruñe, y resulta estar mirando en la misma dirección que yo: a ella.
Pero cuando vuelvo a mirar, ya no está. Ha pasado tan deprisa que es como
si me lo hubiera imaginado, pero la mujer que he visto era la viva imagen
de mi esposa desaparecida.
Espantosamente bueno

Leyendo a la gente, solía ser bueno, pero últimamente no me fío de mí


mismo. Ni siquiera de lo que ven mis ojos. A veces el insomnio altera y
desdibuja los confines de mi realidad, pero esa mujer sí se parecía a Abby.
Agarro las bolsas y la correa de Columbo y me apresuro hacia el otro
extremo del barco, moviéndome por entre los coches aparcados. El
balanceo del barco me hace perder el equilibrio y que tropiece y me agarre
a una barandilla mugrienta para estabilizarme. Cuando alzo la mirada, quien
fuera que estuviese allí no está. Si es que lo estuvo alguna vez. Cuando
pierdes a un ser querido, lo ves en todas partes.
Parecía tan real. Doy media vuelta y vuelvo a pasar por entre los coches,
mirando por las ventanillas. Estudio todas las caras que veo, pero ninguna
es la de ella. La furgoneta negra de cristales tintados no permite con tanta
facilidad ver qué hay dentro y me alejo de ella, sintiéndome idiota. Debo
estar alucinando por el cansancio, la confusión y la pena. Puede que
conducir hasta Escocia y pasar la noche durmiendo en el coche no haya sido
buena idea, sobre todo estando ya tan cansado. Ya no me acuerdo de cómo
se siente uno no estando completamente destrozado. Y roto. Y solo. Me
convenzo de que he debido imaginármelo. Que la he imaginado a ella. Ver
lo que queremos en lugar de lo que realmente hay es una aflicción muy
humana.
Mi mente se adentra en el recuerdo de otro barco en el que viajamos
juntos. Uno mucho más bonito que este. Debió ser hace casi una década,
pero sigo recordándolo con toda claridad. Había reservado un crucero de
tres noches por la costa dálmata como regalo sorpresa de aniversario.
Embarcamos en Croacia y se suponía que iba a ser una escapada romántica
pese a que un error en las reservas nos dejó en un camarote con dos camas
individuales. Abby ya se comportaba de forma extraña cuando me envió al
bar a por unas copas. Cuando volví al pequeño camarote con un par de
cócteles caros, oí música dentro, el sonido familiar de Nina Simone. Abrí la
puerta y descubrí a Abby bailando al son de «Feeling Good». El tipo de
baile lento que es gracioso al tiempo que sexy. Me daba la espalda, como si
no supiera que yo estaba allí, y movía los labios siguiendo la letra mientras
balanceaba lentamente las caderas al ritmo de la música. Solo llevaba
puesta una sonrisa, unos shorts blancos muy cortos y el sujetador, y aún
recuerdo cómo resaltaba el brillo del encaje blanco sobre la piel bronceada.
Puedo ver su rostro cuando cierro los ojos, y sus ojos son lo que recuerdo
mejor. Los más azules que he visto nunca. Como mirar al océano y querer
ahogarte en él.
—Aquí estás —dijo cuando puse las bebidas en la mesilla de noche.
—Aquí estoy.
—Espero que mueras mientras duermes.
Alcé la mirada, creí haberla oído mal.
—¿Qué?
—Espero que mueras mientras duermes. Últimamente he estado
pensando en eso, en la muerte, y esa debe ser la mejor manera de morir. Si
de verdad quieres a alguien, así es como querrías que muriera, y yo te amo
más que a nada. Así que espero que mueras mientras duermes.
Desde entonces, nos lo decíamos todas las noches antes de acostarnos.
«Espero que mueras mientras duermes» era nuestra forma de decir te
quiero.
—Y como te quiero tanto, te he traído algo para este viaje. —Sacó de la
nada una gorra blanca de capitán y me la puso en la cabeza antes de
rodearme el cuello con los brazos y pegarse a mí—. Eres mi capitán de todo
—susurró, bajándome la cremallera de los vaqueros. Su mano no tardó en
ponérmela dura y luego se interrumpió para mirar hacia las camas gemelas
—. ¿Prefiere llevarme a babor o a estribor, capitán?
Aquella noche utilizamos todas las superficies del camarote para hacer el
amor. Yo me tomé mi tiempo y le di lo que quería; siempre me excitaba
poder complacerla. Luego me tocó a mí. Fue la única parte buena de ese
viaje. Nada más zarpar dijo sentirse mareada y no salió del camarote en tres
días. No lo admitía, pero cuando estábamos en el mar parecía aterrorizada.
Me sentí muy culpable por reservar el crucero —hasta ese momento no
supe que le daba miedo el mar— y tras esas vacaciones siempre evitábamos
los barcos. Conozco a mi mujer lo bastante como para saber que nunca se
subiría a un transbordador viejo y oxidado como este. Debí imaginarme que
la veía. No sería la primera vez.
Voy cargado de equipaje y de tristes recuerdos, y de una creciente
sensación de desasosiego, pero ya no tiene sentido volver al asiento. El
transbordador se acerca rápidamente a otro muelle de madera. La isla de
Amberly, que antes no era más que una mancha en el horizonte, está ahora
casi tan cerca que puedo tocarla. No sé muy bien qué esperaba encontrar,
pero no esto.
Antes de recoger lo que quedaba de mi vida y emprender este viaje,
busqué la isla en la red, pero internet tiene poca cosa sobre la isla de
Amberly. Lo primero que noté al mirar un mapa fue que la isla tiene forma
de corazón roto. Una cresta de escarpados picos de granito parece separar
una mitad de la otra. Además, es diminuta, apenas diez kilómetros de largo
y ocho de ancho, a dieciséis kilómetros de la costa occidental escocesa.
Encontré fotos de un paisaje natural, con escarpadas colinas y densos
bosques de árboles increíblemente altos, pero ninguna de ellas hacía justicia
a su realidad. Es más espectacular que todo lo que haya podido ver antes.
Esta parte de la isla es un tapiz de exuberante hierba verde con muros de
piedra como costurones irregulares. A lo lejos hay un resplandeciente lago
y campos color lila llenos de brezo silvestre, enmarcados por desiertas
playas de arena blanca. Desde donde estoy no se ven ni edificios ni
personas, solo algo precioso.
Creo que la vida nos raciona la felicidad. Las personas que reciben más
de la que les corresponde engordan de alegría, y quienes no reciben la
suficiente olvidan cómo es sentirla. Yo temo haberlo olvidado, pero quiero
recordar este momento, así que saco el móvil del bolsillo para hacer una
foto. Me doy cuenta de que sigo sin cobertura; no tengo ni una sola barra.
Mientras el puñado de coches abandona el transbordador, yo desembarco
a pie con un perro grande y demasiados bultos. La furgoneta negra con el
logotipo de la vaca de Tierras Altas es el último vehículo en pasar por mi
lado, y lo despacio que se mueve no es imaginación mía, tampoco cuánto
tiempo me mira a través de los cristales tintados la silueta del conductor
antes de volver a centrarse en la carretera. Pronto se han ido todos. No
esperaba encontrar un Uber, y creía que podría utilizar mi propio coche en
la isla, pero no veo señales de que haya algún tipo de transporte público. Ni
siquiera una parada de autobús. El único vehículo que queda es una vieja y
maltrecha camioneta plateada, cubierta de polvo y aparcada en el muelle.
Sin medio de transporte, estoy un pelín atascado. Sé que la cabaña está por
lo menos a kilómetro y medio de distancia, y no creo que pueda llevar tan
lejos todo esto yo solo. Ni siquiera estoy seguro hacia dónde debo ir.
Entonces veo un gran tablón de anuncios de madera con la leyenda
Bienvenidos a Amberly tallada en la parte superior.
Tras el cristal veo un mapa de la isla dibujado a mano. Es como una obra
de arte en 3D. Veo enseguida la forma de corazón roto con árboles que
cubren al menos la tercera parte, pero parece haber mucho más. Hay ríos
además del lago, muchas playas y una cala en la costa sur denominada en el
mapa como Cueva Oscura. También hay edificios, solo que desde aquí no
puedo verlos. En el mapa distingo una iglesia, una granja y la Taberna del
Tropiezo, que supongo, espero, podría ser un pub. Hay una hilera de
pequeñas cabañas con techo de paja, algo llamado «casa de la colina», y
luego, lejos de los demás edificios y rodeado de árboles, veo El confín, que
es como me dijo Kitty que se llama la cabaña donde escribía Charles
Whittaker. El móvil sigue sin cobertura, pero le hago una foto al mapa.
Tiene varias cosas peculiares, entre ellas el pequeño triángulo rojo que dice:
Usted no está aquí.
—¿Necesita que lo lleve? —dice una voz detrás de mí.
Me vuelvo para ver a la barquera, demasiado cerca de mí. Tiendo a
ensimismarme y soñar despierto, algo que sospecho que le pasa a la
mayoría de los escritores, pero es raro que Columbo no haya oído a alguien
acercarse sigilosamente.
—Creo que le costará encontrar la vieja cabaña de Charlie, y se avecina
una tormenta —dice, mirando al cielo azul sin nubes—. No querrá que lo
sorprenda. —Señala con la cabeza la camioneta plateada que ha visto días
mejores—. Si quiere, puedo llevarlo allí.
La camioneta parece una trampa mortal, pero no tengo otra opción.
—Sería estupendo, gracias —digo, encantado de que la primera persona
de la isla que conozco sea tan amable.
Nos ponemos en marcha por una carretera llena de baches, y yo me
propongo decir muchas veces lo agradecido que estoy, mientras me agarro
con todas mis fuerzas. Mis bolsas van en la parte trasera de la camioneta,
mientras el perro y yo damos botes en el asiento trasero. La barquera es tan
alta que la parte superior de su coleta toca el techo del vehículo mientras
conduce, pero no parece notarlo, o importarle. Sus grandes manos agarran
el volante y a través de los apolillados mitones de lana puedo ver los cortes
de sus dedos y la suciedad bajo sus uñas. Todo el mundo tiene una historia
que contar y me descubro queriendo conocer la suya. Me pregunto cuántos
años tendrá. A esta distancia, yo diría que unos sesenta. Entonces me
pregunto cuánto tiempo hará que lleva ella sola un pequeño transbordador
de una remota isla escocesa. Y por qué. Busco una manera de preguntárselo
sin parecer sexista o edadista, pero entonces selecciona una cinta de casete,
algo que hace décadas que no veo, la inserta en el estéreo de aspecto
anticuado y sonríe para sí misma cuando empieza a sonar la música.
Parecen gaitas. Quizá un gaitero solitario. Algo que podría oírse en un
funeral.
—¡Esto le ayudará a aclimatarse! —dice, mirándome por el retrovisor
con una sonrisa acompañada de un extraño guiño.
No le pregunto para qué. Tampoco le pido que baje la «música», aunque
esté un poco alta. La camioneta también es muy ruidosa, y ratea y
chisporrotea hasta llegar a lo alto de la loma, y me pregunto cuándo fue la
última vez que le hicieron la revisión. Compruebo el cinturón de seguridad
por segunda vez e intento no preocuparme. Abby solía decirme que tenía
que aprender a dejarme llevar por la corriente, y al menos los lugareños
parecen amistosos.
La carretera tiene muchas curvas y el paisaje al otro lado de la ventanilla
cambia constantemente. Cuanto más ascendemos, más puedo ver de la isla,
y cada atisbo es más sorprendente e impresionante que el anterior. Será
pequeña, pero desde aquí resulta inmensa, como una gigantesca colcha de
colinas cubiertas de hierba agreste con costurones de muros de piedra seca.
En la distancia veo árboles con todos los colores del otoño, un elaborado
arco iris de ámbar, marrón y oro. Más lejos aún veo una montaña del color
del sirope de arce, de la que gotean varias cascadas. Está salpicada de
peñascos, todos ataviados con manchas de musgo verde brillante. El otoño
siempre ha sido mi estación preferida y octubre mi mes preferido.
Veo las ruinas de una vieja casa de campo, de la que solo quedan cuatro
muros desiguales de piedra gris, con hierba creciendo donde una vez estuvo
el suelo. Espero que la cabaña esté en mejor estado, a ser posible con un
techo, pero me tranquiliza que la barquera siga conduciendo. Nos
acercamos a un lago de aguas tan calmas que reflejan el cielo a la
perfección, duplicando el lienzo azul brillante salpicado de nubes de
algodón. Hasta que una de ellas tapa el sol y el mundo entero se vuelve una
versión más oscura de sí mismo. En algunos tramos, la carretera parece
tallada en la montaña, con escarpadas laderas de granito cubierto de musgo
que se alzan a ambos lados de ella. Nos vemos emparedados entre campos
salpicados de ovejas. Unas que parecen enfadadas, con el rostro negro y
cuernos de diablo.
—Nuestra versión de las máquinas cortacésped. Mantienen la hierba
corta e igualada —dice mi nueva amiga con otro guiño alegre.
—Es un detalle espantosamente bueno por su parte. Le estoy muy
agradecido —digo, dándole otra vez las gracias.
—¿Cómo puede algo bueno ser espantoso? —pregunta sin asomo de
ironía—. Por cierto, soy Sandy MacIntyre. La dueña del transbordador,
además de sheriff de Amberly. Debí presentarme antes de secuestrarlos a su
perro y a usted.
—¿Lleva el transbordador y es la sheriff? Debe estar muy ocupada.
—No especialmente. El transbordador solo sale dos veces por semana, y
solo cuando hace buen tiempo, cosa que no pasa a menudo. Y no hay
delitos en la isla.
Me parece una aseveración ridícula.
—¿Ninguno? —pregunto.
—No. Aquí todo el mundo conoce a todo el mundo. Solo podría haber
veinticinco sospechosos.
—¿Y los visitantes?
—Por suerte no tenemos muchos —dice, volviendo a mirarme—. No me
quedé con su nombre.
«Porque no me lo ha pedido».
—Grady Green —le digo, deseando al instante haberme inventado
cualquier otro, pero si reconoce mi nombre lo disimula muy bien. Siempre
me ha incomodado un poco que la gente sepa quién soy y a qué me dedico,
así que me resulta agradable saber que puedo seguir siendo alguien
anónimo.
—¿Y qué le trae por Amberly, Grady?
«No tengo a dónde ir y mi agente se ha apiadado de mí».
—Soy escritor —digo.
—¿Lo es? Bien por usted. Bien. Por. Usted. —Asiente varias veces y
vuelve a mirar a la serpenteante carretera—. En esta isla ha habido unos
cuantos escritores. He perdido la cuenta de todos los individuos creativos
que he conocido en estos años y que vinieron de vacaciones para no irse
nunca. Parecen encontrar estos lugares inspiradores. ¿Qué tipo de libros
escribe?
«Ya no escribo nada. No me acuerdo de cómo se hace».
—Oh, vaya. Esto es precioso —digo cuando tomamos una curva y
salimos a una vista espectacular del valle de abajo.
Siempre se me ha dado bien cambiar de tema cuando no me gusta hablar
de algo. Nos acercamos a un pequeño pueblo rodeado de escarpadas colinas
esmeralda. En la distancia hay un bosque y, más allá, el mar. Me doy cuenta
de que el cielo ha oscurecido hasta adquirir un tono gris amenazador, y
temo que Sandy pudiera tener razón en lo de la tormenta.
—Sí, es el sitio más precioso del mundo —replica, como asombrada,
como si también ella viera Amberly por primera vez.
En el centro del pueblo hay una iglesia de piedra de aspecto antiguo
llamada Santa Lucía, con un trabajado pórtico tallado en madera. Un prado
de inmaculado verde con el césped bien cortado separa la iglesia de una
hilera de tres pequeñas y bonitas casas de campo con tejado de paja, y veo
que la Taberna del Tropiezo sí que es un pub. La furgoneta negra que
recuerdo del transbordador, con el logotipo de una vaca de Tierras Altas,
está aparcada ante una tienda y hay varias personas ayudando a descargarla,
almacenando dentro cajas de lo que parecen alimentos frescos.
—La isla será pequeña, pero cuida de los suyos, y seguro que podrá
encontrar todo lo que necesite —dice Sandy—. Aquí nos ayudamos todos.
Espero que tenga mentalidad comunitaria, es la mejor forma de ser. Todos
los que pueden ayudan a descargar las entregas semanales, que es lo que
está pasando ahora. Muchas manos facilitan el trabajo, como solía decir mi
abuelo. Eso es la tienda de la esquina de Christie, la única que hay en
Amberly. También funciona como oficina de correos, por si tiene que
enviar algo. Todo lo que hay en la isla pertenece a sus habitantes. Aquí no
encontrará franquicias de supermercados o de comida rápida, solo negocios
locales regentados por gente local. Si tiene que pedir algo especial de
comida, o de bebida, durante su estancia, Cora Christie lo pedirá y le llegará
en el próximo transbordador…
—A propósito del transbordador, me di cuenta de que los horarios solo
eran de salidas hacia Amberly. No vi nada que especificase las salidas de
regreso. ¿Dónde encuentro un horario con los viajes de vuelta?
—No querrá irse tan pronto, ¿verdad? —pregunta.
—No. Pero…
—Bueno, cuando lleve algún tiempo aquí, probablemente…
Dejo de oír lo que dice porque vuelvo a verla.
A mi mujer.
—Pare el camión —digo, dejando a Sandy con la palabra en la boca.
—¿Qué?
—Pare el camión. Por favor.
En cuanto lo hace, abro de golpe la puerta oxidada y corro hacia la
furgoneta negra de la que he visto salir a Abby. Me apresuro a entrar en la
tienda, pero ella no está. El resto se para en seco y me mira como si
estuviera loco.
—¿A dónde ha ido? —pregunto a nadie en concreto.
—¿Quién? —pregunta una anciana con delantal de tendera tras la caja
registradora. Tiene unos ojos demasiado grandes para su cara y una piel
pálida con muchas arrugas.
—Mi… Aquí había una mujer. Acaba de salir de la furgoneta y ha
entrado llevando un abrigo rojo y cargada con una caja…
—Debe referirse a Meera —dice la tendera, pareciendo cada vez más
perpleja.
Entorna los ojos hacia una mujer que carga con una caja de verduras, que
supongo que es Meera, y que lleva un abrigo rojo. Como la persona que vi
en el transbordador. Como Abby, la última vez que la vi. También tiene el
mismo pelo oscuro, pero aparte de eso, no se parece en nada a mi mujer.
Miro a mi alrededor, pero en la tienda no hay nadie más que encaje con la
descripción. Debí ver a esa mujer.
—Disculpen, yo…
Me siento como si estuviera perdiendo la cabeza, y todas las personas de
la tienda me miran de una manera que sugiere que están de acuerdo. La
policía encontró el abrigo rojo de Abby poco después de su desaparición.
Aquí no puede haber nadie que lo lleve. Todo está en mi cabeza.
—Disculpen —vuelvo a decir, retrocediendo todo lo deprisa que puedo
—. La confundí con otra persona.
Tengo que dejar de hacer esto.
Veo a Abby por todas partes.
Y sigo pensando en ella todos los días y todas las noches. No sé cómo
dejar de hacerlo. Me despierto preguntándome si murió o si estará viva en
alguna parte, llevando una vida sin mí. Si está viva, me pregunto dónde
puede estar, y si me echa de menos tanto como yo a ella.
Es una herida que no acaba de cicatrizar.
—¿A qué ha venido eso? —pregunta Sandy cuando vuelvo a la
camioneta.
—Me pareció ver a alguien conocido.
No quiero decir nada más. Me siento un chiflado. Ella arranca el coche y
sigue hacia la salida del pueblo, lanza un suspiro y niega con la cabeza.
—En esta isla, la gente siempre ve fantasmas.
Lo mismo en su diferencia

Esto no ha empezado muy bien. Nos pasamos el resto del viaje en un


silencio incómodo, al menos incómodo para mí. Estoy muy avergonzado.
Sandy ha sido muy amable y pensará que se ha ofrecido a llevar a un loco.
Quería causar una buena primera impresión, pero temo haber conseguido lo
contrario.
La camioneta bordea la costa durante un rato y yo miro por la ventanilla
las interminables playas, todas desiertas. Cada vez que tomamos una curva,
la costa cambia para ser algo nuevo todavía más bello que lo anterior. Un
mar incansable que se precipita al encuentro de la arena reluciente, los
guijarros grises o los derruidos acantilados. La carretera se empina cada vez
más hasta que acaba nivelándose para serpentear por la cima de una
escarpada colina. Una hilera de abedules plateados parece brotar de la roca.
Se inclinan en dirección contraria al mar y parecen más escobas de bruja
que árboles, combados a un lado por el viento del oeste. Uno de los árboles
está tan cerca del borde de un saliente erosionado que parece que podría
caerse al mar en cualquier momento. Como si se aferrara al acantilado para
salvar la vida.
Empieza a llover y Sandy enciende el limpiaparabrisas. El sonido que
hace se traduce en palabras en mi cabeza:
Chirría y araña. Chirría y araña. Chirría y araña.
«Vete de aquí. Vete de aquí. Vete de aquí».
Aparto los pensamientos negativos e intento reemplazarlos con otros
positivos, pero me falta práctica. No hay nada que no me guste de este lugar
y tengo suerte de estar aquí. Me repito lo mismo una y otra vez hasta que
me parece la verdad.
Nos desviamos de lo que parece una carretera principal, bajamos por un
camino de tierra y no tardamos en vernos rodeados por un grupo de árboles
altos que parecen tapar casi todo el sol. Supongo que será el bosque que vi
en el mapa. Son los árboles más enormes que he visto nunca, más altos que
un edificio, y algunos de los troncos son más anchos que la camioneta de
Sandy. Supongo que tendrán cientos de años y que seguirán aquí siglos
después de que yo no esté. La idea hace que me sienta pequeño e
insignificante.
—Secuoyas. Los gigantes de la naturaleza —dice Sandy.
—¿Perdón?
—Estos viejos árboles son especiales. La isla es uno de los pocos lugares
del Reino Unido donde pueden encontrarse. Viven miles de años y capean
casi cualquier temporal, pero la humanidad ha conseguido hacerlos
escasear. Por eso los protegemos de la gente que podría hacerles daño, junto
con todo lo que hace mágico este lugar. Estos magníficos árboles son la
razón por la que restringimos el número de visitantes y no aceptamos visitas
fuera de temporada en la isla —dice, mirándome por el retrovisor.
—Creía que los secuoyas eran originarios de América.
—Cree bien. Me impresiona. Está bien conocer a alguien culto para
variar. Hace varios cientos de años, una exploradora llamada Agnes
Amberly se trajo unos ejemplares jóvenes cruzando el Atlántico en un viaje
que casi la mata. Agnes se pasó la vida navegando por todos los rincones
del mundo antes de volver a Escocia y declarar que esta pequeña isla era el
lugar más hermoso de la tierra. Toda una moraleja.
—¿Qué moraleja?
—La gente rara vez sabe lo que tiene hasta que lo pierde. Se pasan la
vida buscando algo mejor, queriendo más, necesitando más, ciegos ante el
hecho de que ya lo tenían todo. Creo que a veces solo cuando se le quita
algo a una persona es cuando esta se da cuenta de lo que ya tenía. Agnes se
pasó casi toda su vida buscando el lugar perfecto donde vivir antes de darse
cuenta de que siempre había estado aquí. La isla de Amberly fue
rebautizada en honor a la mujer que plantó el primero de estos magníficos
árboles que llevan aquí desde entonces, aunque nadie en la isla los llame
por su nombre oficial.
—¿Cómo los llaman?
—Árboles fantasma —dice Sandy—. No sé por qué —añade antes de
que pueda preguntarle—. Agnes Amberly se adelantó a su tiempo.
Comprendió lo importantes que eran los árboles para el futuro del planeta y
para nuestro futuro, pero los hombres que había entonces al cargo no le
hicieron caso. Los actuales tampoco. Cuando uno vive en un lugar como
este, comprende enseguida que todo está conectado. Los árboles crecen
tanto hacia abajo como hacia arriba, y creo que la gente hace lo mismo.
Cuanto más crecemos, más aprendemos a sentirnos hundidos. ¿Entiende lo
que quiero decir? —No estoy seguro, pero asiento con la cabeza—. Hay
árboles que se deshojan y que cada año lo pierden casi todo, pero a los que
luego vuelven a crecerles las hojas. Y no hay diferencia entre unos y otros.
La gente podría aprender muchas cosas de los árboles. ¿Está casado? —
pregunta, mirándome otra vez por el retrovisor.
—Sí. Pero… —No estoy preparado para tener esa conversación, ni sé
cómo tenerla con una desconocida—. He venido solo.
—No me diga más. Le entiendo. ¡Esposas! No se puede vivir con ellas,
no se puede vivir sin ellas. ¿Es eso?
Se ríe de su propio chiste y yo fuerzo el rostro para intentar sonreír.
Me he acostumbrado a esto, a que los demás hagan comentarios que me
dan ganas de gritar.
Perdí a mi mujer, la persona que más quería en el mundo, y la vida sin
ella carece de sentido. Abby era mi persona. Lo era todo para mí, y cuando
lo pierdes todo no te queda nada. Querría decirle a Sandy que cuando
pierdes a alguien a quien amas, no se puede vivir sin ella. Pero no lo hago.
Me reservo lo que pienso porque el silencio no puede tergiversarse.
Sandy toma otra curva y convence a la camioneta para meterse por un
camino todavía más estrecho y más lleno de barro y baches. La lluvia
torrencial cesa tan bruscamente como empezó, como si la hubiera apagado
alguien, y los nubarrones son barridos del cielo por una brisa decidida.
Vuelvo a ver el sol.
—En la isla tenemos nuestro propio microclima —dice ella—. El tiempo
aquí es caprichoso y cambia mucho de opinión. Conviene estar preparados
para lo que sea.
—Un clima realmente especial.
—No, me refiero a usted. Ya. Hemos llegado. Estamos en El Confín del
Mundo, que era como solía llamarlo Charlie. Los demás solo lo llamamos
El confín. —Me asomo por la ventanilla, pero no veo más árboles—. Me
temo que tendrá que seguir solo. No puedo acercarme más; hoy en día
únicamente se puede llegar a pie. A Charles Whittaker le gustaba estar solo,
y se tomaba su intimidad muy en serio. Hace varios años que falleció en lo
que él llamaba su «cobertizo para escribir», pasaron algunos días antes de
que alguien se diera cuenta. Nadie ha vivido aquí desde entonces y supongo
que estará un tanto sucio y necesitado de una buena limpieza, pero usted ya
es mayorcito. Seguro que no le asustan unas telarañas o algo de suciedad.
La cabaña no puede ser más de campo, por fuera parece ridículamente
rústica, pero no se deje engañar. Al viejo Charlie le gustaban las
comodidades modernas, así que tiene electricidad y agua caliente gracias a
paneles solares y… Bueno, ya lo verá. Eso sí, le aviso que aquí hace mucho
frío por las noches. Las noches son frías y oscuras. Pero estará bien. O no, y
querrá coger el próximo transbordador de vuelta. Vaya hacia el norte desde
aquí y enseguida encontrará la cabaña.
—Vale, gracias —digo bajando de la camioneta. Columbo salta detrás de
mí y sale corriendo a explorar el bosque sin mirar atrás. Ojalá fuera tan
intrépido como mi perro. Cojo los demás bultos y giro 360 grados—. Así
que… al norte, ¿no? —le digo a Sandy, esperando una pista de por dónde
puede estar eso.
—¿No tiene una brújula? —pregunta, como si fuera algo que la gente
tuviera que llevar siempre encima.
—No sabía que necesitaría una.
Vuelve a negar con la cabeza.
—No es de extrañar que hoy en día haya tanta gente perdida. Uno no
puede encontrar su camino si no sabe a dónde se supone que debe ir.
—A ver si tengo una en el móvil —digo, sacándolo del bolsillo. Siento
que me arden las mejillas cuando solo veo una pantalla negra—. Me he
quedado sin batería… No he podido cargarlo desde…
—De todos modos, los móviles no suelen funcionar en la isla. No
tenemos señal. Nada de internet. Tenga, coja esto —dice, buscando en la
guantera. Despliega un pequeño folleto con un mapa de Amberly, el mismo
dibujo que vi al bajar del transbordador, y me habla con un tono que sería
apropiado para un niño con dificultades cognitivas—. Norte, sur, este, oeste
—dice, señalando el mapa cuatro veces con el dedo—. Y le presto esta
brújula —añade, entregándome un artilugio que no veía desde que era boy
scout—. Esta isla solo tiene nueve kilómetros y medio de largo y ocho de
ancho… —Me mira de arriba abajo—. Incluso alguien como usted podría
recorrerla de un lado a otro en unas horas. También es fácil perderse, así
que le sugiero que lleve siempre encima el mapa y la brújula. Aléjese de
Las Huérfanas, esas colinas son más empinadas de lo que parece. Aquí no
hay rescate en montaña que valga, ni policía ni «servicios de emergencia».
Solo yo. Y ya estoy más ocupada que un mosquito en una playa nudista.
Mañana a las siete de la tarde le recogeré para cenar.
—Gracias. ¿Cómo dice?
—Para cenar. Usted come, ¿no?
—Sí, pero…
—Bien. A mi hermana le gustan los escritores. Lleva la biblioteca de la
isla. A mí no podrían interesarme menos. Escritores, conductores de
autobús, no dejan de ser lo mismo en su diferencia. Pero querrá conocerlo,
y no me dejará en paz hasta que lo haga, así que lo mejor para todos es que
se conozcan. No le diga que hoy desayuné un bocadillo de salchicha. Le
preocupa mi colesterol.
Me doy cuenta de que traigo comida para el perro, pero no para mí. Todo
lo que traía conmigo sigue en el coche, y no se me ha ocurrido comprar
algo en la tienda. Puede que no sea tan mala idea cenar con algunos
lugareños amistosos.
—Que sea mañana a las siete de la tarde —digo—. Lo esperaré
impaciente.
—Yo en su lugar no lo haría. La comida será una mierda. Mi hermana es
negada para la cocina, pero siempre lo intenta y al mundo le caen bien los
que lo intentan. Encantada de conocerlo, Grady Green —dice Sandy desde
la ventanilla de la camioneta antes de alejarse.
Jugueteo con la brújula y me dirijo al norte. Los árboles parecen
estremecerse cuando me acerco a ellos, como si quisieran comunicarse
conmigo. Las hojas crujen y susurran por turnos, y cuando alzo la mirada el
sol parece centellear entre los huecos que dejan las hojas, ofreciendo
pequeños atisbos del cielo azul. Tengo una sensación reconfortante y
desconocida, y me lleva un rato identificarla.
Me siento como en casa.
Lo cual carece de sentido.
Porque nunca he estado aquí.
Pasivo agresivo

Deambulo por el bosque preguntándome qué hago aquí. Puede que la


decisión de hacer las maletas, dejar Londres y conducir hasta una remota
isla escocesa de la que nunca he oído hablar haya sido algo precipitada.
Entre los árboles no hay nada que pueda parecerse a un sendero, pero sigo
la brújula e intento no tropezar con la abultada maraña de raíces expuestas y
cubiertas de musgo. El bosque parece mágico. Si no estuviera tan cansado,
y no llevara las manos llenas de bolsas, me pararía para asimilarlo todo.
Para intentar capturar este instante. El comienzo de mi nueva vida, la que
estoy decidido a vivir.
La veteada luz ilumina de vez en cuando lugares para poder pasar entre
troncos y ramas, y cuando miro hacia arriba veo destellos de cielo azul.
Telarañas adornadas con diminutas gotas de lluvia centellean en las
secuoyas, que de cerca son todavía más impresionantes e intimidadoras, su
enorme tamaño me recuerda lo pequeño que soy. Columbo, que
normalmente corre delante de mí, ha vuelto para pararse a mi lado. Yo
también me detengo, preocupado por si nos hemos perdido. El bosque
parece igual en todas direcciones y los árboles empiezan a parecerme
idénticos.
Pero entonces la veo. Una vieja cabaña de madera en medio del bosque.
Hay un cartel de pizarra, con pinta de ser caro, clavado en el barro del
suelo. Al leer las palabras El confín, siento un alivio abrumador por haber
encontrado lo que andaba buscando. No sé gran cosa sobre el escritor que
vivía aquí. No estoy seguro de que alguien lo supiera. Charles Whittaker no
solía conceder entrevistas ni asistir a nada. No tenía presencia en las redes
sociales, salvo las que llevaban sus editores, y en una ocasión se le citó
diciendo que a los escritores se les debe «leer y no oír». Por lo que se ve,
era alguien a quien le gustaba que lo dejaran en paz. Kitty dice que siempre
fue así, incluso cuando empezaba, antes de volverse importante. Que no era
grosero, sino reservado. Yo no estoy tan seguro. Se negaba a ir a ferias del
libro, nunca aceptó un premio en persona y en una ocasión ni siquiera
asistió a la presentación de sus propias obras. Llevó al extremo el tópico del
escritor recluso.
La cabaña parece vieja y rústica, pero tiene cierto encanto. Al menos es
lo que me digo. Una puerta separa dos ventanas, haciendo que la fachada
parezca una cara. El tejado está cubierto de hierba y musgo, con flores
silvestres creciendo aquí y allá, y de él sobresale una chimenea negra.
También veo junto a la puerta una pila de leña cortada, y un hacha oxidada.
A lo lejos hay un viejo cobertizo de madera, casi tan grande como la
cabaña, y me pregunto qué podrá contener, pero antes quiero echar un
vistazo a El confín. Un nombre extraño para un sitio en medio de un
bosque.
El viento se ha calmado por completo pero los altos árboles siguen
meciéndose y crujiendo y gimiendo. Y oigo algo más. Suena como el mar,
pero no puede serlo; estoy rodeado en todas direcciones de árboles cuyas
ramas se extienden por encima de mí y por todo a mi alrededor. Sigo el
inesperado sonido de las olas rompiendo hasta la parte de atrás de la cabaña
y entonces veo que está encaramada a un acantilado. Está casi en el borde.
De repente, su nombre cobra sentido. De la cabaña sale una pequeña
plataforma en la que hay un banco de madera, y la vista al océano es
espectacular, aunque no me atrevo a acercarme demasiado al borde. Incluso
desde donde estoy puedo ver lo pronunciada que es la caída hasta las rocas
de abajo, y no hay barandilla de seguridad para evitar que uno se precipite a
su muerte.
—No te alejes, Columbo —le digo.
El perro hace lo que le digo. Es el único ser vivo que lo ha hecho alguna
vez.
La parte trasera de la cabaña es muy diferente a la delantera, que parece
vieja y tradicional. La pared de atrás está prácticamente compuesta de
puertas de cristal, teóricamente diseñadas para que pueda verse el paisaje.
Las cortinas y persianas están echadas, igual que en las ventanas de la
fachada, impidiendo ver el interior. Parece el lugar más idílico del mundo,
escondido en un recóndito rincón de un bosque y con espectaculares vistas
al mar. Pero dado el estado en que se encuentra el acantilado, que se
desmorona, no creo que la casa vaya a estar aquí eternamente.
Y ya me vale, porque tampoco lo estaré yo.
Busco en la mochila la lista de instrucciones que me envió Kitty. Parece
ser que la llave está bajo el felpudo, así que vuelvo a la parte delantera, pero
no veo nada al mirar debajo de este. Pruebo la manija y la puerta se abre
con un crujido espeluznante. Ni siquiera estaba cerrada. Tal vez no haga
falta en un lugar como este; Sandy dijo que en la isla no había delitos. Qué
idea más reconfortante de ser cierta.
Siento una extraña aprensión al asomarme al interior. No solo por el
mero hecho de estar aquí, o porque Sandy me haya dicho que aquí no ha
vivido nadie desde la muerte de Charles, sino por lo que vengo a hacer. ¿Y
si no puedo escribir otra novela? No sé hacer otra cosa. Tengo la cuenta del
banco casi a cero y ningún sitio al que ir. Escribir me ha salvado más de una
vez de mí mismo, y oigo en mi cabeza las palabras de Kitty: «El no darse
por vencidos es lo que distingue a los ganadores de los perdedores».
Y tiene razón. No debo rendirme.
No puedo desperdiciar esta oportunidad de volver a encarrilar mi vida.
Entro despacio en la cabaña. Con todas las cortinas y persianas aún
echadas, está demasiado oscuro para poder ver el interior, y no sé muy bien
qué puedo encontrar, dado que el lugar lleva varios años sin habitarse. Los
tablones del suelo crujen y emiten un gemido de bienvenida poco
entusiasta, y suelto los bultos. Luego pestañeo, intentando hacerme a la
penumbra mientras palpo buscando un interruptor de luz. Cuando lo
encuentro, me alivia ver que funciona. Y me siento gratamente sorprendido
por lo que veo.
Lo que por fuera parece una vieja cabaña de madera, por dentro ha sido
completamente renovado y reformado para ser algo bello y moderno,
conservando sus características originales. Es un gran espacio abierto y
diáfano, con una pequeña cocina a la izquierda, una gran cama con bastidor
metálico a la derecha y un cómodo sofá en el centro que mira a la gran
cristalera del fondo. Descorro las cortinas y subo las persianas, que
descubren una increíble vista de 180 grados de paisaje oceánico. Esto eleva
a otro nivel el concepto de habitación con vistas y, aquí, sí que parece que
estemos en el confín del mundo.
Cuando Kitty me habló de una cabaña abandonada donde escribir,
imaginaba algo rústico lleno de polvo y telarañas. Esto no se le parece en
nada. En todas las paredes libres hay elegantes librerías, con los estantes
atestados de libros, la mayoría de bolsillo, y ordenados por colores, cosa
que me sorprende. Alfombras de piel de oveja tapan en algunas partes el
suelo de madera desnuda y lijada, y el techo está surcado de vigas del
mismo material. Huele a velas perfumadas, a chimenea y a… café, me digo,
al ver en la encimera de la cocina una cafetera que parece cara. Sobre la
cómoda hay flores frescas y han hecho la cama. Todo está pulcro, ordenado
e impecablemente limpio. No se ve ni una sola telaraña. Ya sé. Kitty ha
debido pagar a alguien para que pase a limpiarlo y prepararlo para mi
llegada. Esta mujer piensa en todo. Debería enviarle algo en
agradecimiento. Lo ideal sería una nueva novela. Busco el cargador y
enchufo el móvil. Aunque no pueda usarlo para llamar, sí que me gustaría
sacar algunas fotos del lugar.
Sobre una de las almohadas de la cama hay algo que no identifico, y me
acerco a mirarlo más de cerca. Al principio no reconozco el objeto redondo
y negro, pero al cogerlo veo que es una Bola 8 Mágica. Tuve una de niño, y
no es algo que pudiera imaginarme como posesión de alguien como Charles
Whittaker, pero la gente está llena de sorpresas. Me da por pensar qué
pregunta puedo hacerle.
—¿Escribiré algún día otro libro?
Giro la bola para que la ventanita quede hacia arriba y leo lo que pone.
Pregunta en otro momento.
Al menos no ha dicho que no.
Columbo está ocupado explorando nuestra nueva residencia y yo hago lo
mismo, dirigiéndome directamente al carrito de bebidas de latón viejo que
he visto en una esquina. Desde que el dinero empezó a escasear he tenido
que degradar mis gustos, así que no puedo evitar cierta excitación al
descubrir lo que debió de ser la colección de whiskies de Charles Whittaker.
Tiene las mejores marcas, y las más caras, la mayoría sin abrir. Me digo que
sería una grosería no hacerlo y elijo uno de los vasos de cristal del carrito y
me sirvo un poco. Tras probarlo, me sirvo algo más. Luego abro las puertas
correderas de cristal, me siento en el sofá, contemplo el paisaje y disfruto
del sonido de la nada. Nada salvo el mar. Mi mujer lo habría odiado.
Abby creía que yo tenía un problema con la bebida. Me mostraba su
desaprobación con silencios pasivo-agresivos y chasqueando la lengua. Era
una de las pocas cosas por las que siempre discutíamos, y si discutíamos es
porque no era un problema. Al menos, para mí. Empecé a beber de
adolescente y nunca he dejado de hacerlo. Mi abuela murió cuando yo
todavía iba a la escuela. No tenía a nadie más, y el alcohol se convirtió en
una especie de compañero. Algo que me ayudaba a volver a sentirme yo
mismo cuando no podía recordar quién era. No hizo desaparecer ese dolor
abrumador, pero me adormecía la sensación de abandono. Desde entonces
siento debilidad por la bebida, algo que Abby desaprobaba a las claras.
Confieso que a veces, cuando ella volvía tarde a casa, cosa que hacía a
menudo, yo acababa desmayado en el sofá con una botella y un libro a mi
lado, aunque también podría haber estado haciendo algo peor. Dijo que lo
mío era un cliché. No recuerdo qué respondí yo porque estaba borracho,
pero siempre me disculpaba cuando volvía a estar sobrio. Le regalaba los
«lo siento» como si fueran dulces en Halloween y ella se los tragaba todos,
hasta los que no le gustaban.
Todos somos adictos a algo porque todos necesitamos alguna forma de
evadirnos, y la mía es el alcohol. Solo bebo en privado, feliz consecuencia
de no tener ni amigos ni familia, así que nadie aparte del perro ve cómo me
pongo a veces. Y no es que me pase el día bebiendo, solo tomo un poco por
las noches. Para relajarme. Para ayudarme a dormir. Para dejar de pensar en
ella.
En un rincón de la habitación hay un tocadiscos de madera estilo retro y
me pregunto si aún funciona. Echo un vistazo a la impresionante colección
de vinilos, selecciono uno de mis preferidos y no puedo evitar una sonrisa
cuando el sonido de Nina Simone llena la cabaña. A Abby le habría
encantado. Echo de menos la forma en que bailaba cuando creía que no la
veía nadie. Echo de menos tantas cosas de ella.
Me siento atraído por el escritorio de Charles Whittaker. Es bastante
pequeño, casi como el escritorio de un niño, y lo único que hay en él es una
llave, una armónica roja, una bonita caja de cerillas con el dibujo de un
petirrojo y un marco de plata cuadrado, que cojo para verlo mejor. Nunca
había visto una servilleta de papel enmarcada. En ella hay un mensaje
garabateado con bolígrafo negro: «La única salida está en escribir». Algo
peculiar para estar en la mesa de un escritor, pero creo entender su
significado. El escritorio tiene cajoncitos de madera y no puedo evitar
preguntarme qué habrá en ellos. No me parece bien curiosear en escritorios
ajenos, aunque sean de un muerto, pero lo hago de todos modos. Los
muertos son los mejores guardando secretos. El primer cajón que abro
contiene papel blanco, grueso e inmaculado. Del que se usa para escribir
cartas importantes. El siguiente contiene sobres. El tercero bolígrafos.
Quizá sea todo lo que necesita un buen escritor: papel y bolígrafos. Echo un
vistazo a la pared llena de libros; es como una biblioteca con las mejores
novelas jamás escritas. Están todas aquí, y saco un clásico que creo que
podría gustarme releer.
Me sirvo otra copa, me tumbo en el sofá, escucho el hermoso sonido del
mar mezclado con el de Nina Simone y noto que empiezo a relajarme. El
whisky se derrite en mi lengua, se desliza por mi garganta y me calienta de
dentro afuera. Podría acostumbrarme a esto: el paisaje, la soledad, la
colección de whisky. Tres meses no es mucho tiempo para escribir una
novela, pero, si lo consigo, quizá pueda quedarme más tiempo. Quizá pueda
vivir en esta isla y no tener que ver o hablar nunca más con nadie, rodeado
de libros y escribiendo los míos. Sería una vida casi perfecta. Qué lista es
Kitty; este lugar es justo lo que necesito.
Cierro los ojos, saboreando el momento, hasta que Columbo me lo
estropea con sus ladridos.
—Shhh, Columbo —digo, manteniendo los ojos cerrados.
Me ignora y ladra el doble de fuerte.
—¿Qué pasa? —pregunto, levantándome para verlo arañar con ganas
una de las alfombras de piel de oveja—. Deja eso ahora mismo. Levanto la
alfombra para evitar que la estropee, y se pone a arañar los tablones de
madera que cubría—. Para ya —vuelvo a decirle, y esta vez se tumba con la
cabeza entre las patas delanteras, mirando fijamente el mismo punto del
suelo de la cabaña. Me acerco a mirar y veo que la tabla que arañaba está
suelta. No tiene clavos que la sujeten y se levanta sin mucho esfuerzo.
Aquí, bajo los tablones del suelo, hay algo. Está demasiado oscuro para ver
con claridad, así que uso la linterna del móvil. Entonces retrocedo un paso.
Es una colección de huesos pequeños colocados sobre un cojín de
terciopelo rojo.
Y los huesos forman una mano.
Orden aleatorio

¿Estoy viendo huesos humanos? ¿De verdad? No lo sé con seguridad, y no


sé qué voy a hacer como lo sean. Están dispuestos sobre un cojín, como si
esa mano esquelética señalase hacia algo, pero no veo el qué.
Hay una cantidad finita de cosas a las que puedo recurrir cuando la vida
es demasiado estresante, y mi vida siempre es demasiado estresante, así que
me sirvo otra copa. Imagino la desaprobación de Abby mientras la lleno.
Sigo viendo su rostro cuando cierro los ojos, sigo sintiendo su mano en la
mía, sigo oyendo su voz en mi cabeza. A veces creo que está tumbada a mi
lado en la cama por la noche, y cuando me despierto y recuerdo que no está,
siento como si hubiera vuelto a perderla. Dicen que el tiempo lo cura todo,
pero cuanto más tiempo paso sin ella, más me duele su ausencia.
El whisky me ayuda a calmar los nervios, como siempre, y vuelvo a
echar un vistazo a lo que he encontrado, diciéndome que no tengo porqué
asustarme o dejar que este giro inesperado de los acontecimientos lo
estropee todo. La experiencia me dice que los acontecimientos no se
desarrollan en un orden aleatorio, que hay algún motivo por el que todo
pasa cuando pasa, aunque en ese momento te cueste ver dicho motivo.
Seguro que hay una explicación completamente lógica para todo esto, y que
los huesos no son algo de lo que deba preocuparme. Probablemente ni
siquiera sean de verdad.
Mentirse constantemente a uno mismo requiere un tipo especial de
aguante.
Cojo uno de los atizadores que hay junto a la estufa de leña y lo uso
como palanca para levantar el siguiente tablón del suelo. Y me detengo para
ver lo que se esconde debajo.
No hay más huesos, lo cual es un alivio, pero sí hay algo más.
Al principio me parece un montón de hojas A4 cubiertas de polvo y
suciedad. Pero cuando les quito las telarañas, es evidente que estoy ante un
manuscrito. Cojo las gafas de leer del bolsillo de la chaqueta y me agacho
hasta estar lo bastante cerca como para leer la portada:

DÉCIMA NOVELA
POR CHARLES WHITTAKER

Recuerdo lo que me dijo Kitty de que Charles nunca llegó a terminar su


décimo libro, el que consideraba su obra cumbre, pero aquí lo tengo.
También dijo que nunca le había dicho nada sobre este a nadie, ni a ella, ni
siquiera el título. Me sirvo otro trago —me ayuda a pensar— y considero
las opciones. En su día, Charles Whittaker fue un escritor superventas, un
gigante del suspense y el crimen, pero se tiró años sin publicar. Si había
escrito lo que consideraba su mejor novela, ¿por qué la escondió bajo el
suelo de su cabaña? Como siempre, me pregunto qué haría mi mujer en esta
situación y desearía poder preguntárselo.
Cojo el móvil aunque sé que no hay cobertura. He seguido pagando el
teléfono de Abby por si acaso alguien llamaba con información sobre lo que
le había pasado, pero también para poder volver a oírla cuando las llamadas
van al buzón de voz. Siempre he guardado el número de Abby como «La
esposa». Era algo de lo que solíamos reírnos. Lo marco ahora, como suelo
hacer cuando me siento perdido, pero no contesta. Me siento muy solo
cuando vuelvo a mirar el manuscrito.
No pasa nada porque lo lea.
Es lo que me digo mientras saco el libro con cuidado, como si fuera un
tesoro enterrado.
No puedo pensar con claridad con los huesos en mi campo de visión, así
que vuelvo a taparlos con los tablones y luego cubro el suelo con la
alfombra de oveja. Ahora lo que necesito es café. No tengo leche, así que
tendrá que ser solo. La mayoría de las alacenas están vacías, pero encuentro
algunas cápsulas que no están caducadas y, manipulando aquí y allá,
consigo averiguar cómo funciona la cafetera. Luego me siento en el sofá y
empiezo a leer.
Son las tres de la madrugada cuando leo la última página.
Apenas me he movido del sofá, salvo para dar de comer al perro y a mí,
con el paquete de galletas de chocolate con leche que me guardé en el
bolsillo de la chaqueta. Solo he dejado de leer para cerrar la puerta con la
llave que encontré sobre el escritorio y encender la estufa de leña. Sandy
tenía razón, aquí refresca una vez se pone el sol. Le estoy muy agradecido a
quienquiera que dejase la bonita caja de cerillas con un petirrojo para que
pudiese encontrarla. El crepitar del fuego, los suaves ronquidos de Columbo
y el sonido del mar se combinan formando una relajante banda sonora para
mi cerebro cansado y aturdido. Me recuesto y cierro los ojos, solo un
momento, con la mente demasiado inquieta para contemplar la posibilidad
de dormirme. Sigo intentando procesar lo que acabo de leer, pero debe ser
una de las mejores novelas que he tenido el placer de leer, y nadie más
conoce siquiera su existencia.
Solo me pregunto qué voy a hacer con ella.
De nitivamente, puede

Una semana antes de la desaparición

En cautividad. Así es como estoy. La mujer con la que he venido a hablar


me llama por mi nombre de soltera, y me sorprende cómo suena. Como si
fuera algo olvidado. En el trabajo, soy una versión diferente de mí misma,
alguien respetada y segura de mí misma, pero en casa solo soy «la esposa».
Es como si interpretara un papel para el que no me he presentado, pero
nadie te avisa de cómo puede llegar a cambiar la historia de tu vida cuando
dices «Sí quiero».
Me siento como si al casarme hubiera perdido una parte de mi ser.
Como si, una vez que me tuvo, ya no quisiera tenerme.
Es como si fuera invisible.
Siempre he sido reservada. Sé que mucha gente cree en los consejeros
matrimoniales y en que hablar con los terapeutas ayuda, pero nunca he sido
de las que comparten sus problemas. Hasta ahora. La mujer con la que he
concertado una cita para hablar no parece una terapeuta. Tiene el pelo largo
y rubio y viste de negro, como si fuera a irse a un funeral después de
escucharme. No sé si podré contarle la verdad, pero estoy harta de fingir.
Parece alguien en quien se puede confiar y suena amable mientras espera
paciente a que le diga por qué estoy aquí.
—Tómese su tiempo —dice la mujer de negro.
Luego consulta su reloj.
No importa. Se me da igual de bien fingir que no me ofendo como fingir
que estoy bien. Observo a mi alrededor. No es una oficina bonita. No hay
muebles elegantes ni cuadros relajantes en las paredes. Este lugar nunca ha
visto días mejores.
—Perdone, es que no sé por dónde empezar —le digo.
—No pasa nada. —Sonríe y se inclina hacia delante, ladeando la cabeza
para que su larga melena rubia se deposite sobre su hombro—. Estoy aquí
para escucharla en cuanto se sienta preparada. —La sonrisa no asoma a sus
ojos y me pregunto si escuchar problemas ajenos hace que se sienta mejor
con los suyos—. Quizá podría empezar por el principio —sugiere.
Lo cual parece un error porque esto se siente como el final.
No somos las mismas personas que cuando nos conocimos.
«Creo que estás en mi sitio».
Esas fueron las primeras palabras que me dijo mi marido.
Me pregunto cuáles serán las últimas.
—Creo que estás en mi sitio —dijo una voz poco amistosa.
Alcé la mirada del libro y vi que me miraba un hombre. Era algo mayor
que yo. Atractivo, pero no de un modo evidente, con el pelo oscuro y ojos
intensos. Estaba en buena forma física, vestía bastante bien y tenía la
expresión de quien sabe lo que quiere del mundo y cómo conseguirlo.
—Me parece que no —repliqué y volví a mi novela.
Viajo en avión desde que era niña. A los diez años, mi madre me mandó
lejos por primera vez en uno, y fui sola, porque decía que ya no soportaba
mirarme. No era una viajera novata y sabía que estaba en el asiento
correcto. Pero él no se movió, se limitó a mirarme, con la expresión de
alguien que no está acostumbrado a que lo ignoren.
—Disculpa, es evidente que lees un libro que está muy bien…
«Intento leer», quise replicar, pero me mordí la lengua.
—En mi tarjeta de embarque pone 25A —siguió diciendo, bloqueando
tras él a la cola de gente que intentaba embarcar en el avión—. Y es donde
estás sentada.
¿Por qué habrá hombres que siempre creen tener razón, pese a haberse
equivocado antes tantas veces? Volví a alzar la mirada de la página para
mirar la tarjeta de embarque que sostenía irritantemente cerca de mi cara.
Tuve el curioso impulso de quitársela, romperla y tirar los pedazos al aire.
—Usted está en el 25F. Este es el 25A —repliqué y volví a mi libro.
Así que desde luego no fue amor a primera vista.
No se disculpó mientras se sentaba al otro lado del pasillo. Los pasajeros
siguieron pasando en busca de sus asientos, a ser posible los correctos, pero
nadie se sentó entre nosotros, y noté que seguía mirándome.
—Por cierto, he leído ese libro —dijo desde el otro lado del pasillo. Lo
ignoré y fingí seguir leyendo—. El final es decepcionante.
—Gracias por hacérmelo saber —respondí, todavía sin apartar la mirada.
—Puedo contárselo si quiere, ¿ahorrarle algo de tiempo?
Recurrí a la mirada que reservo para la gente que me irrita más de lo
tolerable. Una mirada que solo uso cuando quiero que alguien sepa que lo
odio.
—No. Gracias —dije, esperando que entendiera el mensaje y que ahí se
acabara la cosa. Por fin, alguien se sentó en el asiento contiguo al mío,
poniéndose entre nosotros y bloqueando la visión que tenía el del asiento
25F de mí y de mis gustos como lectora.
—Disculpe —oí que le decía a mi nuevo vecino—. Es que viajamos
juntos. —Se refería a mí, para mi horror y sorpresa—. ¿Le importaría
cambiar para poder sentarme con mi amiga?
Yo no era su amiga. No era nada suyo.
—Por supuesto —dijo el hombre que acababa de sentarse a mi lado,
desabrochándose ya el cinturón de seguridad.
—Oh, no —protesté—. No es necesario que lo haga…
—No es molestia; no me importa.
«A mí sí».
Mi «amigo» se sentó en el asiento contiguo al mío y me tendió la mano,
esperando que se la estrechara. No lo hice. En vez de eso, miré su mano y
luego su cara como si ambas cosas me parecieran ofensivas.
—Creo que hemos empezado con mal pie —dijo—. ¿Podemos volver a
empezar? Siempre he pensado que viajar es una forma estupenda de
conocer gente nueva.
—Podría estar de acuerdo con usted, pero entonces estaríamos los dos
equivocados.
—¡Ja! Eso tiene gracia. ¿Es cómica?
—No —dije, volviendo a mi libro.
—¿A qué se dedica? —preguntó. Cuando no contesté, dijo—: Yo soy
escritor.
Y esas fueron las palabras que lo cambiaron todo, porque los escritores
eran mis estrellas del rock.
En un instante pasó de ser una mancha irritante en la faz del planeta a ser
alguien maravilloso. Nos pusimos a hablar, y era encantador, ingenioso y
listo. El libro que yo estaba leyendo acabó en el bolsillo del asiento y no
volvió a abrirse. Siempre he sentido debilidad por los cuentacuentos. Me
enamoro de sus palabras, y luego de las personas que las escribieron. A
veces me gustaría poder arrastrarme hasta el interior de sus cabezas,
escuchar sus pensamientos más íntimos y ver el mundo a través de sus ojos.
No es que no haya conocido a ningún escritor. La mujer que me educó,
cuando mi madre renunció a intentarlo, trabajaba en el mundo editorial.
Pasé mi adolescencia viviendo en una casa que solía llenarse de escritores.
Organizaba unas cenas increíbles en su piso de Londres y todos se pasaban
allí horas hablando, comiendo, bebiendo. Yo me sentaba en el último
peldaño de las escaleras, escuchándolos a escondidas, deseando que me
permitieran estar abajo pasándomelo bien con ellos. «Fiestas con cena» que
a menudo se prolongaban hasta que salía el sol y tenía que arreglarme para
ir al colegio. Iba a clase agotada pero feliz. Me daba igual si eran escritores
superventas que habían vendido un millón de ejemplares o novelistas con
premio, aunque muchos lo eran, porque todos hacían magia con las
palabras, que era mi tipo de magia preferida.
Hablamos tanto cuando nos conocimos en el avión que apenas me di
cuenta del despegue. Cuando llegó la azafata con el carrito de bebidas,
pidió tres: una taza de té, un whisky y agua. No suelo beber en los vuelos,
pero tomé un poco de vino. Le vi verter un chorrito de agua fría en su
humeante taza de té.
—Nunca he sido una persona paciente —dijo a modo de explicación,
aunque yo no se la había pedido.
Era un vuelo nocturno a Nueva York y el avión no tardó en quedarse a
oscuras. La mayoría de los demás pasajeros parecían ya dormidos, con las
almohadillas de viaje bajo la cabeza y los antifaces puestos, pero nosotros
seguimos susurrando, como niños excitados por seguir despiertos mucho
después de la hora de acostarse. Hablamos durante horas, y me sentí como
si pudiera hablar eternamente con él de libros, de viajes, de la vida, de lo
que fuera. Yo quería saberlo todo sobre él, lo que pensaba y sentía, saber si
veía el mundo del mismo modo que yo. ¿Has conocido alguna vez a alguien
con el que has conectado al instante? ¿Como si lo conocieras desde hace
años pese a acabar de conocerlo? Así fue como me sentí. Aunque admito
que me sentí algo decepcionada cuando bostezó, echó el asiento atrás todo
lo que pudo y dijo que intentaría dormir algo. Me preocupó que la química
que había entre nosotros fuera imaginación mía.
En el asiento del pasillo que tenía al lado no había nadie, estábamos los
dos solos en una fila de tres, y me ofreció la manta que sobraba y que había
cogido del asiento vacío. La acepté, aunque en realidad no la quería, e
intenté no enfadarme cuando apagó las luces de lectura sobre nuestras
cabezas, sumiéndonos en la penumbra como el resto del avión. Intenté
ponerme cómoda en el incómodo asiento, con la cabeza vuelta hacia él y
cerrando los ojos. Seguía teniendo la sensación de que me miraba, pero
cada vez que miraba tenía los ojos cerrados. Cuando creí ver que los abría,
yo cerraba los míos con fuerza.
Tenía el rostro tan cerca que podía sentir su aliento. Abrí los ojos una
fracción y estudié sus rasgos: el pelo, las cejas espesas y las pestañas
oscuras, la forma de su nariz, la sombra de la barba alrededor de la boca, los
labios. A diferencia de mí, parecía dormir, así que me di la vuelta. Resulta
extraña la forma en que podemos dormir en un avión junto a personas que
no conocemos, mostrarnos tan vulnerables rodeados de extraños.
Al principio pensé que me lo imaginaba.
Una mano se deslizó lentamente bajo la fina manta que me cubría. Se
posó justo encima de mi rodilla y no supe qué hacer ni cómo reaccionar.
Mantuve la cara vuelta hacia la ventanilla. La mano volvió a moverse, unos
dedos cálidos y fuertes encontraron mi falda bajo la manta y levantaron
suavemente la tela. Luego fueron subiendo por mi muslo. Tenía los ojos
cerrados, pero no podía ocultar que la respiración se me había acelerado y
que mi pecho subía y bajaba. Tenía los muslos cerrados, bloqueando el paso
de la mano, pero los abrí lo suficiente para que pudiera seguir. Solo abrí los
ojos una vez, para comprobar que la manta estuviera tapando lo que pasaba
debajo y que nadie más podía ver. Abrí un poco más las piernas y los dedos
se introdujeron en mi ropa interior. No le pedí que parase. No quería que lo
hiciera. La única vez que paró fue cuando jadeé al notar sus dedos
deslizarse dentro de mí. Solo continuó cuando me callé. Al principio, sus
dedos se movieron seductoramente despacio, acariciando, explorando,
adentrándose más y más hasta encontrar el ritmo perfecto. Las oleadas de
placer me dieron ganas de gritar, pero él se detenía si me movía o hacía el
menor ruido. Así que seguí callada y mantuve los ojos cerrados, pese a estar
segura de que él los tenía abiertos y me miraba, porque no quería que dejase
de hacer lo que estaba haciendo.
Varias horas después, cuando las luces del avión volvieron a encenderse
y las azafatas empezaron a servir el desayuno, él se comportó como si no
hubiera pasado nada, así que yo hice lo mismo. Hablamos, como habíamos
hecho antes, y cuando el avión aterrizó nos despedimos con un simple:
—Encantado de conocerte.
No hubo un intercambio de datos de contacto.
Ni planes para volver a vernos.
Me sentí confusa, aturdida e increíblemente idiota por pensar que había
conocido a alguien a quien yo le gustaba. Alguien a quien quizá aprendería
a amar. Lo busqué en la cola del control de pasaportes y de nuevo en la
recogida de equipajes, pero no lo vi. Solo volví a verlo al salir a la zona de
llegadas, abrumada por el mar de caras felices que esperaban a sus seres
queridos. Llevaba un gran ramo de flores y una caja de bombones y sonreía
en mi dirección. Yo también sonreí.
—¿Qué haces? —le pregunté.
—He conocido a una chica —respondió—. He ido a comprarle flores.
—Qué bonito.
—Como ella. Además de inteligente y divertida.
—Vaya, gracias.
—¿Puedo invitarte a cenar? Quiero hacer bien las cosas.
—Son las ocho de la mañana; es algo pronto.
—¿A un segundo desayuno, entonces?
—Definitivamente, puede —dije y él sonrió.
Pasamos todo el día paseando por Nueva York cogidos de la mano y
nunca nos quedamos sin cosas de las que hablar. Él llegó tarde a la
presentación de un libro y yo a una reunión, pero no nos importó a ninguno.
Nos contamos nuestra vida, reímos, comimos, bebimos y esa noche hicimos
el amor en la habitación de mi hotel. No fue solo sexo. Fue algo diferente a
todo lo que había experimentado antes. Algo más. Nos casamos un año
después.
Nunca pensé que pudiera haber cometido un enorme error. Hasta ahora.
No comparto nada de esto con la mujer de negro.
—Disculpe. Creo que la estoy haciendo perder el tiempo —le digo. Me
levanto y recojo mis cosas, pero ella me tranquiliza y me calla con su
sonrisa y con palabras comprensivas, y me doy cuenta de lo buena que es en
esto, en hacer que la gente se confíe a ella.
—Sé que puede resultar difícil hablar de lo que nos afecta —dice—.
¿Qué tal si empezamos con una palabra que describa lo que la trae hoy
aquí? Lo que más le preocupa.
—La confianza —digo a trompicones.
—Muy bien —dice ella—. ¿Piensa en alguien cuando dice esa palabra?
—En mi marido.
—¿Ya no confía en él?
—No, él no confía en mí.
Entonces frunce el ceño, estropeando su rostro perfecto.
—¿Qué le hace pensar eso?
—He estado mintiéndole, y creo que él lo sabe.
—¿Mintiéndole sobre qué? —pregunta.
—Sobre todo.
Modestamente ambicioso

En el sobre garabateo el nombre de mi agente y la dirección de su despacho.


Luego lo cierro y me siento como si ya estuviera hecho. Al no tener señal ni
internet, no puedo llamarla ni enviarle un correo electrónico, pero he hecho
buen uso del papel para escribir y de los sobres que encontré en el
escritorio. Ya es por la tarde, el sol está un tanto bajo en el cielo. Podría
esperar a mañana, pero temo cambiar de opinión. Necesito enviar la carta
antes de convencerme para no hacer lo que he decidido hacer. Así que cojo
el sobre dirigido a Kitty y la correa de Columbo y me dispongo a salir al
bosque.
Abro la puerta de la cabaña y doy un paso atrás. Es como si los árboles
se hubieran acercado a la cabaña durante la noche, rodeándola y cercándola.
Caminamos por el bosque en un silencio inquietante. Demasiado silencio.
Una calma antinatural parece impregnar el espacio entre los árboles. Una
ligera brisa agita las hojas de las ramas sobre mi cabeza como si los árboles
susurraran en un idioma que no entiendo. Columbo se adelanta repetidas
veces para volver luego hasta mí, meneando la cola y jadeando de forma
que parece que sonríe. Su alegría solía ser contagiosa, pero estoy
completamente agotado por lo poco que he dormido las últimas dos noches.
La luz del sol centellea por entre el dosel de hojas y creo que distingo
todos los posibles tonos de verde. El suelo del bosque es una alfombra de
musgo y raíces expuestas, pero no tardo en aprender a pisar con cuidado.
Junto a un enorme tronco veo lo que creo que puede ser la entrada a una
madriguera y me pregunto qué otras criaturas podrán vivir aquí. Los árboles
relucen con sus telarañas decoradas con gotas de rocío, pero si han
convertido todo este sitio en su hogar debe ser por algo más que la
presencia de insectos. Todo es realmente bonito, pero hay algo que no
encaja. Casi como si el bosque contuviera la respiración. O escondiera algo.
Recuerdo los huesos de la cabaña, pero elijo volver a olvidarlos. Hay una
razón para que la gente tape las grietas de su vida o, en este caso, esconda
cosas bajo los tablones del suelo. Cuando no puedes ver los problemas,
resulta mucho más fácil fingir que han desaparecido. Me siento como si me
hubieran regalado la oportunidad de mi vida, sé que no conseguiré otra
igual, y no permitiré que nada, ni nadie, me la estropee.
El cielo se oscurece y la temperatura parece descender de golpe. El
viento arrecia y del cielo cae una rociada de hojas pequeñas como confeti.
Miro cómo una de ellas gira y se balancea y flota con la brisa, rehén
involuntaria de su entorno. Mi propio recorrido se interrumpe brevemente
mientras estudio la brújula y el mapa que me dio Sandy. Es cuando me paro
en silencio e intento saber si voy en la dirección correcta, cuando me doy
por fin cuenta de qué tiene de extraño este bosque. No hay pájaros. No he
visto ni oído uno solo. Pero cuando alzo la vista, veo otro atisbo de cielo
azul y me doy cuenta de que Sandy no bromeaba sobre el microclima de la
isla. Aquí el tiempo alterna entre sol, lluvia y nubes, y ninguno está mucho
rato.
Columbo y yo seguimos adelante hasta salir de entre los árboles y llegar
a una carretera que reconozco de ayer. Es la principal, aunque apenas sea
algo más que un camino de un solo carril que bordea la costa, conectando
una punta de Amberly con la otra. Hay partes de la isla que ayer no pude
ver desde el camión. Capas de roca gris pálido dispuestas como en un tetris
rodeando esta parte de la costa como altos y desiguales escalones, azotados
por el mar e iluminados por el sol. El tipo de lugar donde querrían jugar los
niños, pero que a mí me infundiría pavor. Resulta curiosa la manera en que
la vida nos enseña lo que es el miedo. Si no nos alejamos del camino
estaremos bastante a salvo y acabaremos llegando al pueblo.
Cuando lo hacemos, me paro en el viejo puentecito de piedra que cruza
esa cinta gris pálido que es el río y contemplo el paisaje. El mapa que he
estado utilizando es casi una réplica exacta de lo que puedo ver ahora, y
vuelvo a mirarlo. Todos los edificios están dibujados a escala y
perfectamente etiquetados. Todo está aquí, desde la iglesia de Santa Lucía
hasta las casitas con techo de paja. Incluso el paisaje es notablemente igual.
Cuando miro a la isla en sí, todo el lugar me produce una sensación de…
hogar. De un hogar donde me gustaría quedarme. Pero, por muy idílico que
sea, no hay gente. Ninguna señal de vida, lo cual resulta extraño.
Veo una anticuada cabina telefónica roja y siento una oleada de
excitación. En estos tiempos de teléfonos móviles, me había olvidado de los
teléfonos fijos. ¡Puedo llamar a Kitty desde la cabina! Me apresuro a abrir
la puerta roja, y me quedo confundido y consternado al ver hileras de
estanterías repletas de libros de segunda mano y un cartelito de madera
donde pone Biblioteca. Sigue habiendo un teléfono, pero cuando descuelgo
el auricular no tiene tono de llamada, solo silencio. Ataco las redundantes
teclas plateadas, pero no pasa nada, así que cierro la puerta y me dirijo al
otro lado de la calle, hacia la tienda de la esquina de Christie. Recuerdo que
Sandy dijo que también era la oficina de correos, y ya que estoy aquí me
vendrá bien ir de compras. Una campanilla sobre la puerta tintinea al entrar
yo.
—Hola otra vez —dice una mujer que sé que debe ser Cora, a juzgar por
la tarjeta con su nombre que lleva prendida del delantal de dependienta.
Supongo que me recordará del breve encuentro de ayer, cuando creí ver
a mi mujer entrar en su tienda. Cora Christie es vieja y de aspecto frágil, y
me pregunto cómo se las arreglará para llevar ella sola el local. Tiene una
buena mata de pelo canoso con tirabuzones que se derraman en todas
direcciones, y viste de verde de la cabeza a los pies, incluidas las gafas
verdes posadas en la punta de su nariz respingona. Los ojos parecen brillar
pícaros bajo unas cejas casi inexistentes, y están clavados en mí.
—Me temo que en la isla no hay teléfonos que funcionen —dice—. Ni
siquiera los antiguos. Un pesquero se cargó accidentalmente hace unos
meses el cable de comunicaciones del fondo del océano; desde entonces
estamos más aislados de lo normal mientras esperamos a que lo reparen.
Pero aquí todos tenemos una mentalidad muy comunitaria. Cualquier cosa
que pueda necesitar solo tiene que pedirla —añade con una sonrisa. Es
evidente que la anciana me estaba espiando y que no le importa que yo lo
sepa.
—Esperaba comprar algunas cosas.
—Por supuesto, adelante.
Debe tener en el delantal como cien insignias prendidas y otra de ellas
me llama la atención:
He tardado ochenta años en ser tan guapa.
Nota que la miro.
—¡La edad solo es un número! —dice con otra sonrisa.
Le devuelvo la sonrisa, cojo una cesta de metal y echo un vistazo a la
tienda. No me lleva mucho. Cojo unos cuantos productos básicos mientras
vago por los pasillos: pan, mantequilla, queso, leche, huevos, patatas… y
entonces veo la nevera llena de platos «caseros» preparados. El estofado de
cordero tiene buena pinta, así que pongo un par en la cesta. Algo que
necesito para poder escribir es comida. Nadie ha escrito nada que valga la
pena teniendo el estómago vacío. Añado un par de bolsas de patatas fritas
saladas y una tableta extragrande de chocolate, que no pienso compartir con
nadie. Y algunas chuches para Columbo.
Cora chasquea la lengua cuando vuelvo a la caja.
—Ahí no lleva nada que deba comer cinco veces al día. Tenemos mucha
fruta y verdura fresca, que nos llegó ayer con el transbordador. ¿Cómo va a
escribir bien sin comer bien? —Frunzo el ceño ante esta desconocida,
preguntándome cómo puede saber quién soy y a qué me dedico—. Usted es
el escritor, ¿no?
Supongo que las noticias viajan deprisa en estos lugares.
Solía ser modestamente ambicioso, pero hoy en día no suelo ir diciendo
cómo me gano la vida. La gente suele impresionarse en exceso o quedar
completamente decepcionada, y ninguna de las dos reacciones es buena
para mi frágil ego.
—Soy escritor, sí, y tiene mucha razón; somos lo que comemos —digo,
cogiendo una bolsa de manzanas que no quiero.
—Supongo que eso lo convierte en un cordero —dice Cora, mirando el
estofado.
Suelta una risita y en su cara se dibujan dos hoyuelos, lo cual me
recuerda a mi abuela, la mujer con la que crecí. Era la única persona a la
que he considerado mi familia y sigo echándola de menos, aunque hayan
pasado décadas desde que falleciera. Ahora tendría más o menos la misma
edad que Cora, de no haber muerto tan joven. También tienen la misma
altura, y me sorprendo mirando a esta desconocida como si pudiera ser algo
más que eso. De pronto, Cora parece triste, arrugas de preocupación
adornan sus rasgos. Me doy cuenta de que su cara puede ser un reflejo de la
mía y me digo que debo reaccionar.
—Alguien me dijo que debía venir aquí si quería enviar algo por
correo…
—Así es —dice, metiendo mis compras en una bolsa de mano, otra cosa
que no quería pero que parece haberme cobrado ya y donde se lee I Love
Amberly—. ¿Quiere envío normal o urgente?
—Urgente, por favor. Solo es una carta —digo sacándola del bolsillo.
Cora me la arrebata de la mano y veo que lleva hasta las uñas pintadas
de verde. Coloca el sobre en una pequeña balanza, pese a ser de tamaño
estándar y no pesar casi nada, y saca un artilugio con agujeros de distintos
tamaños. Pasa el sobre por cada uno de ellos, empezando por la abertura de
paquetes grandes —aunque resulta obvio que el sobre cabrá en la ranura
más delgada.
—¿Es importante? —pregunta.
«Podría ayudarme a recuperar mi vida».
—Sí. Supongo que sí —le digo.
Mira el sobre con ojos llenos de sospecha.
—¿Quiere enviarlo certificado? —susurra, como si pudiera oírla alguien
más, aunque la tienda esté vacía.
—No. Urgente me vale. Supongo que saldrá con el próximo
transbordador
—Lo urgente sale mañana. En el barco del correo.
—¿Hay un barco solo para el correo?
Oigo lo que parece el crepitar de un walkie-talkie bajo el mostrador, y
Cora, que hasta este momento me había parecido imperturbable, se pone
nerviosa.
—¿Algo más? —pregunta, mirando la hora y apresurándose a meter el
resto de mi compra en la bolsa antes de lanzármela.
—No —digo, pagando la cuenta y cogiendo mis cosas—. Gracias.
—Cuídese —me contesta cuando empiezo a salir de la tienda, y sus
amables palabras me parecen una amenaza.
Viene detrás de mí, prácticamente echándome, sujetando todavía mi
carta entre huesudos dedos que me recuerdan las nudosas ramitas del
bosque. La campanita sobre la puerta tintinea para señalar mi salida y, en
cuanto estoy fuera, ella cierra de un portazo. Al menos Columbo, que ha
estado esperando fuera, parece alegrarse de verme. Menea la cola con tanta
fuerza que cualquiera diría que me he separado de él durante horas en vez
de minutos. Le doy uno de los premios para perros que acabo de comprar,
tirándolo al aire para que lo coja, y nos alejamos. Entonces vuelvo a oír el
crepitar de un walkie-talkie al otro lado de la puerta y, a no ser que me lo
esté imaginando, el sonido de alguien riendo. Es una carcajada siniestra y
en voz baja. Cuando me vuelvo, veo que en el cartel de la puerta dice
Cerrado.
Silencio ensordecedor

La Taberna del Tropiezo me resulta tentadora, y no le diría que no a tomar


algo antes del largo camino de vuelta, pero cuando intento abrir la puerta,
descubro que está cerrada. En el cartel de la puerta pone Cerrado, aunque
juraría que hace un momento se oía el tintineo de las copas y el murmullo
de gente hablando dentro. Deambulo por el pueblo y descubro que las
demás tiendas también están cerradas, todas, lo cual resulta extraño para
esta hora del día. Dado que no tengo otro sitio al que ir, cruzo el prado del
pueblo y me dirijo de vuelta a la cabaña.
Es entonces cuando oigo un timbre.
Tardo un momento en traducir el sonido mientras doy media vuelta
despacio, intentando localizar su origen: la vieja cabina telefónica roja.
El teléfono sí funciona. Puedo oírlo. Lo que significa que puedo llamar a
Kitty.
Echo a correr a través de la hierba, seguido por Columbo que cree que es
un juego, y abro la puerta de un tirón. Estoy sin aliento, pero el sonido del
timbre es ahora todavía más fuerte y cojo el auricular.
Al principio no parece haber nada ni nadie al otro lado de la línea.
Entonces oigo un ruido que suena como el mar.
—Grady, soy yo —dice luego una voz lejana que hace mucho que no
oigo.
—¿Abby?
—¿Puedes oírme? —pregunta, en voz tan baja que apenas oigo.
—¿Abby? ¿Eres tú?
La línea crepita y creo que la he perdido, pero entonces vuelve a hablar.
—Grady, tengo mucho frío. Esto está tan oscuro. ¿Por qué no vienes a
buscarme?
Suena tan lejos.
—¿Dónde estás?
—Hace mucho frío y está tan oscuro…
La línea se corta.
Pero sigo oyendo un tono de llamada.
Debe haber algún modo de poder retomarla.
Miro fijamente el auricular que agarro con los dedos. Me tiembla la
mano. Me tiembla todo. Cuelgo, y cuando vuelvo a llevarme el teléfono a la
oreja ya no se oye nada. Está completamente en silencio. Vuelvo a
intentarlo y esta vez sí que me parece oír algo, otra vez el sonido del mar.
Pero entonces me parece que es como el viento que aúlla fuera y me doy
cuenta de que en realidad no es más que eso. ¿Me habré imaginado esa voz?
Alguien llama a la puerta de la cabina telefónica y yo salto del susto.
—¿Se encuentra bien? —pregunta Cora Christie, mirándome a través del
cristal. Lleva un abrigo verde y un gorro de lana del mismo color, y parece
dirigirse a su casa para lo que queda de día—. El teléfono lleva meses
estropeado, se lo he dicho antes —dice, señalando con una uña verde el
cartel de Fuera de servicio.
—Me pareció oír…
La expresión de su cara me dice que será mejor que deje de hablar.
Me preocupa que toda la isla piense que estoy loco.
Recuerdo que llevo mucho tiempo sin dormir, puede que mi mente se
esté volviendo más creativa con las jugarretas que no deja de gastarme. El
otro día imaginé ver a mi esposa desaparecida, a ver si ahora empiezo a
oírla.
—Se me ocurrió tomar prestado algún libro —digo, cogiendo un libro de
bolsillo al azar.
Cora asiente, pero sus ojos brillantes siguen llenos de sospecha.
—Bien por usted —farfulla antes de meterse las manos en los bolsillos y
alejarse.
Cuando la pierdo de vista, vuelvo a pulsar los botones del teléfono, por
si acaso.
Pero no consigo nada aparte de un silencio ensordecedor.
Creo que estoy perdiendo la cabeza.
Para cuando llegamos al bosque, el cielo ya se ha vestido de crepúsculo.
Encuentro el camino sin recurrir a la brújula, y nada más llegar me sirvo un
vaso grande de whisky. Todavía me tiemblan las manos, me duele la cabeza
y no me encuentro nada bien. Sé que es una idea anticuada, pero se supone
que los maridos deben cuidar de sus esposas y yo no lo hice. Sé que lo que
sucedió no fue culpa mía, pero a veces sigo culpándome por ello. Debí
hacer más para mantenerla a salvo.
En su momento, todo el mundo tenía una teoría acerca de su
desaparición. Sus amigos, la prensa, la policía. Las grandes cantidades de
dinero que Abby retiró de la cuenta conjunta hicieron que todos, Kitty
incluida, pensaran que mi mujer me había dejado. Sigo sin tener ni idea de
para qué necesitaba todo ese dinero, pese a buscar alguna pista por la casa,
pero nunca creeré en esa versión de lo sucedido.
Nos queríamos más que cualquier otra pareja que conozco.
Lo sé, aunque sea el único que lo piense.
A Abby le pasó algo malo. Y no creo que mi vida pueda recuperar la
normalidad mientras no sepa dónde está y cómo se encuentra. Necesito
saber la verdad. Veo la Bola 8 Mágica y decido volver a probar y hacerle
una pregunta.
—Debo habérmelo imaginado pero… ¿he oído a Abby por el teléfono en
el pueblo?
En la pantalla aparecen dos palabras: Muy dudoso.
Asiento como si un juguete acabase de confirmar mi mayor miedo: Me
estoy volviendo loco.
Puede que me esté afectando el cansancio.
Quizá sea consecuencia de mi desesperación por saber qué le pasó.
O que mi mente se haya desmoronado por el estrés de lo que acabo de
hacer.
Creo que encontrar la décima novela secreta de Charles Whittaker me ha
dejado con solo tres opciones:

1. Contarle a Kitty lo que había encontrado.


2. Contarle a Kitty que había tenido una gran idea, para luego plagiar
el libro de Charles y presentarlo como mío.
3. No contárselo a Kitty.

Siempre se lo he contado todo a mi agente —la escritura puede ser una


tarea solitaria, y no tengo a nadie más con quien hablar—, así que la tercera
opción no era una opción. Y, hasta hace relativamente poco, siempre le he
dicho la verdad a mi agente. Vuelvo a preguntar a la Bola 8 Mágica.
—¿He hecho lo que debía con el libro?
En la pantalla aparecen las palabras: Mis fuentes dicen que no.
La devuelvo a la silla, recordándome que solo es un juguete y que
cualquier mensaje que aparezca no significa nada. Pero las dudas ya han
empezado a insinuarse en mi mente. Ya es demasiado tarde para hacer nada,
la carta ha salido, aunque quizá no fuera lo más inteligente. Por definición,
los remordimientos son las emociones menos puntuales de todas.
Abby siempre fue muy buena haciendo lo que debía hacerse. Era algo
que me gustó de ella desde el principio. También era buena siendo
agradable; todos los que la conocían la adoraban, yo incluido. Siento celos
de los que son extrovertidos y simpáticos por naturaleza, que lo son hasta
con los que no pueden caerles bien. Me encantaría ser así, pero a mí todas
las reuniones sociales con gente a la que no conozco me resultan incómodas
y estresantes. Las fiestas son mi versión del infierno. Hasta un breve
encuentro con una tendera vieja me deja agotado. Decido descansar un
momento mis cansados ojos. No duermo bien desde que salí de Londres.
Miento; no duermo bien desde que desapareció mi mujer, pero al final
acaba encontrándome el sueño.
No alcanzo a ver nada cuando me despierta el sonido de alguien
llamando a la puerta de la cabaña. Al principio no sé dónde estoy, ni cuánto
llevo dormido, y pestañeo para hacerme a la poca luz. La oscuridad que se
acumulaba en los bordes del cielo vespertino lo ha vuelto negro, así que
debo llevar un rato durmiendo. Enciendo una lámpara mientras Columbo se
apresura a saludar a quien sea que esté fuera —los labradores no son buenos
perros guardianes— y corro hasta la puerta, pero dudo antes de abrirla. Me
noto un tanto desaliñado y desorientado mientras acabo de despertarme.
—¿Quién es? —pregunto.
—¿Quién quiere que sea? ¿Qué otra imbécil deambularía a oscuras por
el bosque para llamar a su puerta? ¡Soy Sandy! Quedamos a las siete y ya
son las siete pasadas. Si llegamos tarde y la cena se estropea, me lo
reprochará toda la vida.
Lo había olvidado por completo. Últimamente se me olvidan muchas
cosas, y la niebla de mi cerebro se está convirtiendo en una constante en el
pronóstico meteorológico de mi vida. Estoy todo el rato tan cansado que
parezco incapaz de funcionar a pleno rendimiento.
—Perdone —digo, descorriendo el cerrojo de la puerta de madera—. He
perdido la noción del…
—¿Del tiempo? Sí, esta isla te hace eso —replica ella, mirando por
encima de mi hombro para curiosear el interior de la cabaña—. Hace
bastante que no veía el interior de este sitio, me alegra ver que le ha
devuelto su antigua gloria. Ha hecho un gran trabajo de limpieza.
—Yo no…
—¿No me ha oído? Llegamos tarde. ¿Está listo?
Cojo la chaqueta.
—No puedo estarlo más. Perdone que no lo preguntara, pero ¿puedo
llevar a mi perro? Me siento raro dejándolo tan pronto en un lugar
desconocido.
—Por supuesto, ¡cuantos más seamos, mejor! Nos gustan los perros.
Todo lo que no pueda tragarse podrá dárselo a él por debajo de la mesa. Ya
lo entenderá en cuanto pruebe la comida de mi hermana.
Salimos de la cabaña y todo está negro. Los altos árboles, el cielo
nocturno, el suelo del bosque. Mire donde mire, todo me parece igual, pero
Sandy lleva una linterna y es evidente que conoce el camino. Caminamos
en silencio e intento pensar algo que decir. Todo está muy silencioso.
Demasiado silencioso.
—Nunca oigo pájaros en el bosque.
—No los oirá en ninguna parte de la isla. No los hay.
—¿Qué? ¿De verdad?
—Sería algo insólito sobre lo que mentir.
—Pero… ¿por qué? ¿Cómo es eso posible?
—No soy una experta en aves, pero fue por algo que pasó hace mucho
tiempo. Se prohibieron para proteger los árboles.
—¿Cómo pueden prohibirse los pájaros? Se limitarían a volver volando.
—En 1888 hubo una hambruna terrible en la isla. Se perdieron casi todas
las cosechas, algo parecido a la hambruna de la patata en Irlanda unos años
antes. Nadie entendía la causa, pero entonces los isleños se dieron cuenta de
que las secuoyas también se morían. Se les desprendía la corteza y ramas
enormes se tronchaban como ramitas. Los árboles se hablan entre ellos,
¿sabe? Se envían mensajes o avisos mediante las raíces, y los isleños
creyeron que a los árboles les pasaba algo terrible que había hecho que se
murieran las cosechas.
»Vieron que en los secuoyas había algo nuevo: pájaros carpinteros
nativos de las Hébridas escocesas. Cientos de ellos anidando en las ramas y
en los agujeros de los troncos. Los agujeros volvieron a los árboles
vulnerables a las enfermedades, y algunos habían empezado a morir. Los
isleños estaban hambrientos y asustados, así que los hombres de la isla
hicieron lo que siempre hacen los hombres cuando tienen miedo, y mataron
a aquello que les asustaba. Pero, no todo el mundo sabe diferenciar a un
pájaro carpintero de otro pájaro, y dudo que entonces la gente tuviera una
visión perfecta. No tardaron en matar a tiros a todos los pájaros, fueran del
tipo que fueran, y una vez exterminados, los árboles se recuperaron y los
cultivos volvieron a crecer. Problema resuelto. En la siguiente estación
llegaron pájaros nuevos a la isla y también los mataron. La madre
naturaleza tiene maneras de avisar a sus hijos y, de algún modo, los pájaros
aprendieron a no volver. Desde entonces no hay hambrunas.
—¿Ni pájaros?
Ella niega con la cabeza.
—Llevo en Amberly toda mi vida, más de sesenta años, y nunca he visto
ni un gorrión. Las gaviotas siguen a veces al transbordador cuando deja el
continente, pero siempre dan media vuelta antes de llegar a Amberly. No sé
cómo lo saben, pero lo saben. Así que no tenemos pájaros pero sí miles de
estos preciosos y hermosos árboles que dan vida.
—No consigo hacerme a la idea; una isla sin pájaros.
—Los árboles cuidan de nosotros y nosotros de ellos.
—Pero…
—Pero nada. Es lo que hay. Además, creo que los pájaros son más
inteligentes que las personas. Desde luego son más leales. ¿Sabía que el
noventa por ciento de las especies de aves tienen la misma pareja de por
vida? No como los humanos. Y, a diferencia de las personas, las aves saben
cuándo dejan de ser bienvenidas y cuándo deben alejarse.
Pequeña multitud

Isla de Amberly. La vida aquí es más extraña de lo que suponía. Como toda
la gente que he conocido hasta ahora. ¿No será que este grado de
aislamiento le hace eso a una persona? Sin teléfono, sin internet, sin redes
sociales, sin aplicaciones de noticias, sin cines, sin museos, sin galerías de
arte… Estar tan aislado de la sociedad y la cultura debe tener algún efecto.
El caso es que al menos parecen amistosos. O algo así. No conozco a
mucha gente que en estos tiempos que corren invite a un extraño a cenar.
Ha sido un detalle por parte de Sandy. Quizá pueda aprender a vivir sin
pájaros.
Sandy me dice que «suba al asiento de atrás» de la camioneta, como hice
el otro día, y eso hago, con Columbo al lado. Miro por la ventanilla
mientras nos alejamos, pero está demasiado oscuro para ver nada que no
sean las siluetas fantasmales de los árboles al pasar fugazmente. No hay
farolas, ni carteles, solo el camino angosto y serpenteante apenas iluminado
por los faros de la camioneta. Sandy agarra el volante y me fijo en el
distintivo anillo que lleva en la mano derecha. En su intrincado diseño se
distingue un cardo plateado, que nunca antes he visto. Echo la mirada hacia
atrás, a la carretera, y me noto un poco mareado cuando tomamos otra curva
a una velocidad vertiginosa, así que siento un gran alivio cuando Sandy pisa
el freno.
—Hemos llegado a la casa de la colina —dice, volviendo a sonar alegre
—. Nací en esta casa. Mi familia era buena gente pero carecía de
imaginación. Levantaron la casa en una colina y así la llamaron.
Bajo de la camioneta y me sorprendo ante lo que veo. La «casa», con sus
paredes de piedra gris cubiertas de hiedra, es enorme, la más grande que he
visto en la isla. Debería haberse llamado «la gran casa de la colina». Es algo
más que una casa. A ambos lados de la doble fachada hay torretas de
piedra, que la hacen parecer un pequeño castillo. Resulta intimidante con
sus cuidados macizos de flores bordeando el camino hasta la entrada.
—¿No es lo que esperaba? —pregunta Sandy con una sonrisa.
—Pues no, si le soy sincero.
—Solo usted sabe si es sincero o no tiene sentido que me lo pregunte.
Sandy no parece, ni suena, ni se comporta como alguien que sea rico, y
me pregunto si no la habré juzgado mal. Caminamos el uno al lado del otro,
recordándome lo alta que es. Va vestida con lo que parece la misma ropa de
ayer: vaqueros (supongo que extralargos), una camisa blanca y el
gigantesco abrigo amarillo. Sin maquillaje, sin tonterías. No parece la
señora de la mansión o la reina del castillo, aunque sea uno en miniatura.
El lugar impresiona a simple vista, pero está algo deteriorado. Tiene la
pintura de los marcos de las ventanas descascarillada y las puertas parecen
de piel quemada. Cuanto más nos acercamos, más imperfecciones veo: tejas
que faltan en el tejado, plantas marchitas en las jardineras de las ventanas,
grietas en las paredes. Es una casa de aspecto triste. Supongo que una vez
fue perfecta, pero ahora está cansada y poco cuidada. Las ventanas parecen
ojos y me siento como si me miraran. También hay una torre metálica de
aspecto extraño detrás de la casa, en la parte más alta de la colina. Parece
una antena telefónica.
—¿Qué es eso? —pregunto, por encima del crujido de nuestros pasos
por el camino de grava—. Creía que en Amberly no había cobertura para
móviles.
—Y no la hay. Aunque dicen que una vez alguien consiguió una barrita
en el móvil al pasar por las Piedras Erguidas. Eso de ahí es la vieja torre de
radio. Es un rato fea, pero este es el punto más alto de la isla con fácil
acceso para hacerle reparaciones, así que aquí está. No necesitamos móviles
—nadie los necesita, me parece a mí— pero sí radio. De entrada, no puedo
hacer mi trabajo sin el pronóstico meteorológico. Y hace que esto funcione
—dice, sacando el walkie-talkie del bolsillo—. Todos en la isla tienen uno.
—Yo no.
—Son solo para residentes permanentes, gente que pertenece a la
comunidad, y se supone que deben utilizarse solo en emergencias.
Otra vez la palabra que tanto parece gustar a todos: comunidad.
Sandy apaga el walkie-talkie antes de guardarlo, lo cual me resulta
extraño, ya que es para las emergencias y ella es la sheriff de la isla.
—Su casa es impresionante —digo, pero Sandy niega con la cabeza y de
su cola de caballo se escapa un mechón corto de brillante pelo negro.
—Cuando era niña, esto era un buen montón de ladrillos, pero las casas
grandes y antiguas como esta requieren mucho mantenimiento, y eso cuesta
mucho dinero. Devolverla a su antigua gloria costaría más de lo que gano,
pero estamos en ello.
Una gran puerta de entrada se abre antes de que lleguemos y veo a mi
esposa parada en su quicio.
Me detengo y miro fijamente, parpadeo varias veces y cuando abro los
ojos vuelvo a darme cuenta de que no es ella.
Nunca lo fue.
Nunca lo es.
En la entrada hay una mujer menuda con un vestido de flores muy
chillón. Me saluda y me sonríe como si fuera un amigo perdido.
—Esta es mi hermana, Midge MacIntyre —dice Sandy.
Midge es tan bajita como alta es Sandy, y lleva los rubios cabellos en un
impecable bob que no se mueve cuando ella lo hace. Parecen de edades
similares, pero no hermanas.
—Entrad a calentaros, que vais a coger un resfriado —dice, haciéndome
pasar al interior, mucho más acogedor que el exterior.
El lugar huele a velas aromáticas, comida casera y un fuego de chimenea
que oigo crepitar y chisporrotear en algún lugar distante, y todo, y quiero
decir «todo», está forrado de tweed. La silla del pasillo, la pantalla de la
lámpara, los cojines, las cortinas, las paredes, el burlete. Todo.
La gente demasiado sobona suele incomodarme, pero no me molesta
demasiado que Midge me abrace. Quizá sea por haber olvidado lo que se
siente al ser abrazado; estos días mi única fuente de afecto es el perro.
Cuando mi nueva amiga floral acaba de tocarme pasa a acariciar a
Columbo, que queda instantáneamente prendado de ella.
—¡No me lo podía creer cuando Sandy dijo que había venido otro
escritor a nuestra pequeña isla! Somos una pequeña multitud, apenas
veinticinco residentes, pero a muchas nos gusta leer, yo incluida. ¡La noticia
me alegró el día! —dice con marcado acento escocés.
Es un bonito sonido. De cerca, puedo ver que debajo de todo el
maquillaje es una pizca más joven que Sandy.
—¿Ha venido para escribir un libro? —pregunta ella—. La mayoría de
los escritores que visitan la isla parecen encontrarla ideal para inspirar su
creatividad.
—Pues sí, la verdad. He venido a escribir. ¿Suelen venir muchos
escritores a Amberly?
—Unos cuantos, y todos echamos de menos a Charlie, claro. Puede que
se convierta en nuestro nuevo escritor residente. ¿A que sería estupendo? —
Entrelaza su pequeño y flaco brazo con el mío—. Y ahora vayamos a la
cocina para tomar un vasito de lo bueno mientras me cuenta su vida y me
habla de sus libros, claro.
La cocina también está decorada con tweed, todo en un patrón muy rosa.
Y «lo bueno» resulta ser un licor casero que Midge llama «poutine» y que
se sirve en unos vasos en miniatura. Me quema la garganta y tiene un sabor
completamente desagradable.
—Está bueno —le digo.
—Una pequeña muestra de que la lluvia de ayer ayuda a preparar el
mañana —dice.
No sé lo que significa eso, pero después de tres vasitos de la lluvia de
ayer me encuentro más relajado de lo que probablemente debería. Noto que
Midge sigue rellenándome el vaso pero apenas ha tocado el suyo. También
noto que lleva el mismo anillo que Sandy, de plata, con un cardo. Debe ser
algo familiar. Nos lleva hasta un comedor iluminado con velas, una
habitación con todos los tonos de tweed verde, y nos sirve algo. No estoy
muy seguro de qué.
—Espero que le guste el cordero —dice Midge.
—Parece…
«Incomible».
—…delicioso —le digo.
Todas las habitaciones tienen chimeneas y todas parecen encendidas.
Sospecho que debe ser difícil mantener así de cálida una casa grande y vieja
como esta, pero han hecho un gran trabajo para que resulte acogedora. Por
primera vez en mucho tiempo, noto que empiezo a relajarme.
—Me temo que no he oído hablar de usted o de sus libros —dice Midge
mientras miro a mi plato.
La sensación de calma desaparece. Es un comentario que nunca deja de
afectarme y bajarme los ánimos. Ser un superventas no significa que la
gente sepa quién eres. Ser escritor, incluso uno de éxito moderado, implica
llevar un tipo de vida invisible. Este era uno de los motivos por los que me
gustaba mi trabajo, ya que siempre he sido tímido y de no destacar. Pero
estos días me siento como si no me viera nadie. He dejado atrás mi mejor
momento. Estoy olvidado.
—No quiere ser grosera —dice Sandy antes de que pueda responder.
—No estoy siendo grosera, solo sincera. Llevo la biblioteca de la isla
y…
—Cuando habla de la biblioteca de la isla, se refiere a la vieja cabina
telefónica roja que hay junto a la iglesia de Santa Lucía. Hace meses que no
se utiliza para llamar por teléfono. Le cayó un rayo. No funciona desde
entonces y seguimos esperando a que venga alguien del continente para
repararla. Estos días, la vieja cabina telefónica está llena de libros de
segunda mano.
«Creía que Cora dijo que un pesquero había removido el cable del fondo
del océano».
—¿Está bien, Grady? —pregunta Midge, con preocupación en el rostro.
—Sí. Disculpe. Tengo la mala costumbre de soñar despierto, uno de los
inconvenientes de mi trabajo. Hoy vi esa cabina telefónica. Incluso me
pareció oír sonar el teléfono. —Las dos me miran como si estuviera loco—.
Pero solo era mi imaginación.
—Será otra desventaja de ser escritor —dice Sandy, dispersando un poco
más la comida por su plato—. Vivir constantemente en un mundo
imaginario debe hacer que a veces cueste distinguir la verdad de la ficción.
—A veces.
Tomo un buen trago de vino de mi copa, que está sobre un posavasos de
tweed.
—¿Ha escrito muchos libros? —pregunta Midge, y me refugio un poco
más en mí mismo.
—Unos cuantos —digo, buscando desesperadamente algún modo de
cambiar de tema. Estos días, mi estado de ánimo se alimenta de un
profundo depósito de tristeza que nunca se vacía. Sandy parece notar mi
incomodidad y agradezco que sea ella quien continúe la conversación.
Comenta algo sobre goteras en la iglesia y lo mucho que costará reparar el
techo. Me desconecto por un rato y me revuelco en las profundidades de mi
autocompasión; puede costarme mucho reincorporarme cuando estoy tan
deprimido.
«¿Un escritor sigue siendo escritor si ya no puede escribir?».
Lo he intentado desde que desapareció Abby. Y no puedo.
Algo se rompió en mí, y no sé si seré capaz de volver a escribir mientras
no sepa qué le sucedió.
Por eso es tan buena idea plagiarle el libro a otro y hacerlo pasar por
mío.
También es la única que tengo.
Casi exactamente

—Por favor, sírvase más si quiere —ofrece Midge.


—Gracias. Estaba delicioso, pero estoy lleno —digo mientras dejo el
cuchillo y el tenedor.
Ella sonríe y luego mira el anillo de mi dedo.
—¿Qué piensa su esposa de sus novelas? Supongo que estar casada con
un escritor será algo digno de contarse.
«Es una forma de describirlo, supongo».
—Mi esposa fue mi mayor defensora desde el principio. Creyó en mí
incluso cuando no lo hacía nadie más —digo, sin querer compartir más.
No es una mentira. Abby siempre creyó en mí y sigo casado. Aunque sea
con un fantasma. Mi esposa desaparecida me ha definido todos estos
últimos meses, es en lo único que piensan de mí cuando me ven los que me
conocen, pero puede que aquí no tenga por qué hacerlo. Quizá pueda volver
a ser yo mismo, mientras estoy en la isla.
Si consigo recordar quién soy.
—Debe ser muy comprensiva para dejar que vaya por ahí usted solo,
mientras ella se queda en casa. Y más siendo tan apuesto como usted —dice
Midge, sirviéndome otra copa de vino.
Hace mucho tiempo que nadie me llama apuesto y noto que me sonrojo.
Un buen vino compensa una comida no tan buena —Sandy no exageraba
al hablar del horror que era su hermana cocinando— y la compañía es…
interesante.
—¿Seguro que no puedo tentarlo para tomar una segunda ración? —
pregunta Midge con ojos esperanzados y muy abiertos.
—No —respondo yo un poco demasiado rápido, y Sandy esconde una
sonrisa tras su servilleta—. No podría comer ni un bocado más, pero
gracias. Si los demás isleños son tan amistosos como usted, me costará
mucho irme.
Midge sonríe.
—En la isla solo somos veinticinco, pero siguen siendo muchos nombres
y caras nuevas a recordar. ¿Dónde tiene su mapa?
Lo busco y se lo entrego. Midge lo despliega sobre la mesa de madera,
intentando, y fracasando, alisar las arrugas con la mano.
—Bueno, lo primero a tener en cuenta es que solo un puñado de nosotros
nacimos en Amberly, y que Sandy es la única que ha vivido aquí toda la
vida.
—¿Y usted no?
Cuesta verlo debajo de tanto maquillaje, pero creo que Midge podría
haberse sonrojado.
—No, me fui una temporada. Soñaba con ser actriz, y las posibilidades
de convertirme en estrella de cine en una isla diminuta donde la mitad de la
población no tiene ni televisor eran escasas. Así que trabajé duro, ahorré
muchísimo y saqué un billete de ida a Hollywood. Pero el sueño que había
perseguido toda mi vida resultó ser una pesadilla. Tras hacer muchas
pruebas, me eligieron para interpretar un puñado de papeles pequeños, pero
mi nombre nunca estuvo en las marquesinas. El mundo no me veía como
me veía yo, y esa realidad, la de no ser lo bastante buena, acabó conmigo.
Los productores no tardaron en ofrecerme papeles solo a cambio de cosas
que yo no quería hacer. Todos eran hombres, y rara vez les interesaba mi
talento. Todo eso me puso muy triste y enseguida me sentí muy sola. Sandy
me envió dinero para que volviera a casa, y entonces me di cuenta de que
todo lo que necesitaba para ser feliz estaba aquí. En la isla. El resto piensa
igual. Vinieron buscando un nuevo principio y un final diferente. La eterna
búsqueda humana de la felicidad. Me pregunto por qué está usted realmente
aquí.
Ella me mira fijamente. Las dos lo hacen. Entonces Midge se ríe.
—Es broma. Ya sabemos por qué está aquí —dice. Las dos vuelven a
mirarme y me siento tan incómodo que creo que he empezado a sudar—.
¡Para escribir un libro, tonto!
Todos reímos pero apenas puedo esperar a irme. No salgo mucho, o
nada, pero la gente de este sitio es un tanto rarita.
—Sí —digo, asintiendo y tomando otro sorbo de vino—. Escribir un
libro.
«Lo dice como si fuera muy fácil».
Midge se acerca y me susurra:
—¿Y ha empezado ya a escribir ese libro?
Yo asiento.
—Es muy pronto, pero ya tengo toda la trama armada.
Sandy sonríe y me da una fuerte palmadita en la espalda. Quizá
demasiado fuerte.
—Bien. Por. Usted.
—Bien por usted, bien por nosotras —dice Midge, chocando su vaso
contra el mío—. Y no queremos que se pierda antes de acabar el libro, así
que preste atención. Usted está aquí. —Clava una uña rosa en el dibujo de
la casa en la colina del mapa. No puedo evitar recordar el Usted no está
aquí del cartel de madera que vi a mi llegada. Midge empieza a contar con
los dedos—. Somos sus vecinos más cercanos. La mayoría de la gente vive
en «el pueblo», como nos gusta llamarlo. Veamos a quién debería conocer.
Cora Christie lleva la tienda de la esquina…
—Ya la ha conocido —dice Sandy—. Le causó una primera impresión
que ella no olvidará.
—Ay, cielos —dice Midge, negando con la cabeza—. Espero que no le
contara muchas cosas. A esa mujer le encantan los chismes. —Debo parecer
desconcertado—. Los cotilleos —explica. Tengo la sensación de que Midge
bien podría estar describiéndose a sí misma—. Toda la isla debe estar
hablando ahora de usted, pero no se preocupe; se sabe que está loca de
remate. ¿Se fijó en que iba toda vestida de verde? —Yo asiento—. Desde
que la conozco, solo se ha vestido de verde. Como si fuera un duende
rondando el lugar. Jerséis verdes, faldas verdes, ropa interior verde, parece
ser. Cree que le daría mala suerte vestirse de cualquier otro color. Si a usted
le gusta beber, y por lo que he visto esta noche, es así, Sidney y Bella King
son las encargadas de la Taberna del Tropiezo, el único pub de Amberly.
Luego está Jack, maestro de obras que se pasó un porrón de tiempo
trabajando en el continente hasta que volvió a Amberly. Hace mucho que
aquí no se construyen casas nuevas, pero tenemos muchas tormentas y Jack
siempre tiene algo que arreglar. Fontanería, tendido eléctrico, carpintería,
tejados… No hay nada que no sepa hacer. ¿Quién más? Travers y su familia
viven en la granja, al otro lado de la isla, lejos de todos. Travers es arbolista
y se ocupa de cuidar de las viejas secuoyas.
Sandy asiente.
—Es una bonita familia. Tienen una niña pequeña llamada Holly y un
perro grande llamado Ivy.
Mi mente vaga hacia Abby, como hace a menudo, y me pregunto si
volveré a verla.
Midge sigue hablando ajena a ello.
—Luego está la peluquera, la señora Sharp. Verla sonreír es tan raro
como ver un unicornio, pero es buena con las tijeras. He vuelto a perder la
cuenta. ¿Quién se me olvida?
—¿Habrá algún médico? —pregunto.
—Por supuesto. La doctora Highsmith, pero no vive en Amberly. Nos
visita los martes desde la isla más cercana. A no ser que la mar esté
demasiado picada para el transbordador. Así que le sugiero que solo se
ponga enfermo los martes, y solo si hace buen tiempo. ¿Le dijo Sandy que
es la sheriff y la barquera de la isla? ¡Podría venirle bien para su siguiente
novela policíaca!
—Sandy dice que en Amberly no hay crímenes.
—Bueno, técnicamente no, y no recientemente —dice Midge—. Ni un
solo caso de hurto en los más de veinte años que hace que Sandy asumió el
cargo. ¿De qué otra parte del mundo podría decirse eso? Pero hace un año
casi exacto sucedió algo extraño…
—Ya es tarde. Deberíamos dejar que Grady se fuera a casa —la
interrumpe Sandy.
—¿Qué pasó? —pregunto.
Midge se inclina sobre la mesa.
—Pues…
—Vamos, la llevaré —dice Sandy, pero Midge no se calla.
—Tuvimos una visitante que vino y nunca se fue. Una mujer…
—Midge. Ya vale.
—He empezado la historia y la terminaré —dice Midge, sirviéndonos
otro trago a los dos e ignorando a su hermana—. La mujer llegó en el
transbordador. Fue en temporada turística, así que Sandy no le hizo muchas
preguntas. Pero, a diferencia de los demás visitantes, no volvió al
continente. En una isla tan pequeña, alguien se habría dado cuenta de que se
quedaba, pero llegó a la isla y desapareció.
«No pudo ser Abby. Sería demasiada coincidencia y esas cosas no
pasan».
—¿Y pasó hace un año? —pregunto y Midge asiente—. ¿Qué aspecto
tenía?
—-No lo sé, yo no la vi. Pero ahí está la cosa, nadie la vio. Nadie aparte
de Sandy, que la vio cuando bajaba del transbordador. Y fue unas semanas
después cuando Sandy encontró el cuerpo.
Siento náuseas.
—¿El cuerpo de la mujer?
—No. Esté más atento, le he dicho que a ella no se la volvió a ver. Este
era de un hombre. Sin papeles de identidad ni nada. Solo un cuerpo
arrastrado por el mar hasta la playa. Quizá fuera cosa de la mujer
misteriosa.
—¿No había dicho que en la isla no había crímenes? —digo,
volviéndome hacia Sandy.
Ella se encoge de hombros.
—Y no los hay … Cuando lo encontré, llevaba mucho tiempo muerto.
Supongo que lo que fuera que le pasara le pasó en el continente. La marea
lo arrastraría hasta aquí.
—¿Qué aspecto tenía la mujer que vino aquí? —le pregunto a Sandy.
—No recuerdo su cara, solo que viajaba sola y en el transbordador
parecía muy inquieta. Hay gente a la que no le gustan los barcos —dice
Sandy—. Fue hace un año y, sin ánimo de ofender, a mí todos los del
continente me parecen iguales. Aunque confieso que tardaré en olvidar al
muerto. Estaba tan descompuesto por pasar tanto tiempo en el agua que era
imposible de identificar…
—Y le faltaba una mano —susurra Midge con extraño entusiasmo—.
Parecía algo salido de una película de terror. ¿Se encuentra bien, Grady?
Está muy pálido.
Perfectamente imperfecta

Una semana antes de la desaparición

—Por favor. Ayuda. Se diga como se diga, pedirlo puede resultar difícil —
dice la mujer a la que he venido a ver—. Ahora mismo hace lo correcto
buscando a alguien con quien hablar de lo que siente, y quiero ayudarla en
lo que pueda.
No parece entender que ya es demasiado tarde. Cuando la vida se altera
hasta ser un signo de interrogación, empiezas a buscar respuestas, y cuando
no encuentras las correctas buscas las erróneas. No hay nada más.
—Si no quiere contarme sobre qué ha estado mintiendo a su marido, no
pasa nada —dice ella, poniendo una cara que sugiere que no es así. La
evalúo tal y como ella me ha estado evaluando a mí. El pelo rubio, la ropa
negra, el calzado adecuado. Es tan tranquila, serena y segura de sí misma
que empieza a caerme mal. Descruza las piernas y las cruza hacia el otro
lado antes de volver a echarse por encima del hombro el bonito cabello
largo. Me imagino cogiendo unas tijeras y cortándoselo de golpe, y la idea
me relaja un poco—. ¿Siempre le ha costado ser sincera en sus relaciones?
Parece un insulto disfrazado de pregunta y tengo que pensar antes de
responder.
—No con todo el mundo.
La mujer de negro asiente como si lo entendiera.
Pero no lo entiende.
—Aprendemos a muy corta edad a formar relaciones y a comportarnos
en ellas —dice—. Como la mayoría de las cosas, primero aprendemos
imitando a los demás, observando a otras personas y copiando cómo
interactúan entre ellas. Eso suele significar aprender de nuestros padres.
¿Sus padres tenían una relación de cariño?
Pienso en las discusiones a gritos.
En los llantos.
En el hacha.
—Yo era muy joven cuando se separaron —digo.
—Disculpe, dijo que se había criado con otra mujer. ¿Qué pasó con su
madre biológica? Hábleme de ella. ¿Qué es lo que recuerda cuando piensa
en ella?
Me cuesta contener un suspiro. No todo en la vida es consecuencia de tus
conflictos maternos, y esto no va a ayudarme, pero de todos modos le sigo
la corriente.
—Mi madre quería que aprendiese a tocar el piano —digo.
Me cuesta un poco más saber qué otras partes de mi historia compartir
con ella.
Mi madre heredó el piano al morir su tía. Era muy peculiar, con pájaros
pintados en los laterales. Ella habría preferido que le hubiera dejado dinero,
ya que no teníamos, pero su tía abuela Verónica, que, según ella, no era ni
su abuela ni su tía de verdad, y a quien yo no conocí, en vez de eso le dejó
un piano y un jarrón azul.
No sé dónde encontró mi madre al profesor que llamábamos «el hombre
de la música», pero recuerdo la primera vez que vino a casa. Yo tenía nueve
años y me pareció viejo, pero cuando eres joven todos los que tienen más de
treinta años te parecen viejos. Probablemente no fuera mayor que eso. El
piano estaba en el comedor —siempre comíamos en la cocina, así que era
una estancia que no usábamos— y mi madre me dejaba allí con él. Me
habían enseñado a no hablar con extraños, pero parecía ser que eso no
importaba cuando el extraño se hacía llamar profesor. El hombre de la
música cerró la puerta «para no molestarla» y la primera lección no fue muy
bien.
Me encanta la música. Podría escuchar todo el día a Nina Simone, Billie
Holiday o Ella Fitzgerald, pero nunca he estado hecha para ella. No puedo
tocar ni el triángulo. El taburete del piano era demasiado bajo para que
pudiera llegar a las teclas, así que el hombre de la música puso en el asiento
un cojín de terciopelo rojo en el que sentarme. Me hizo más alta pero no me
ayudó a tocar mejor, y esa tarde, cuando él se fue, mi madre estaba
amargamente decepcionada. Había estado escuchando y no le había gustado
lo oído.
La siguiente lección fue igual que la primera: un desastre. El hombre de
la música siempre llevaba dos cosas encima: un metrónomo y un termo de
café. Al principio de cada clase, giraba lentamente la tapa del frasco, para
dar luego ruidosos sorbos al vaso de plástico antes de depositarlo en un
tapete de encaje sobre el piano. Nunca me ha gustado el café, y estoy segura
de que es por su culpa. Su olor basta para producirme náuseas. Ponía el
metrónomo en marcha nada más empezaba yo a tocar las escalas básicas
que intentaba enseñarme sin éxito. Decía que era para ayudarme con mi
ritmo.
Clic. Clic. Clic. Clic.
Cuando, para la tercera lección, fue evidente que no mejoraba, mi madre
manifestó su decepción conmigo y con él. Así que él trazó un plan y las
cosas cambiaron durante la cuarta lección.
El hombre de la música entró y cerró la puerta tras él como siempre.
Abrió su termo de café como de costumbre.
Se sentó en el taburete del piano en mi lugar y empezó a tocar él mis
escalas.
—Quieres hacer feliz a tu madre, ¿no? —-preguntó en voz baja.
Mi yo de nueve años asintió.
—Buena chica —dijo, pareciendo complacido conmigo por primera vez.
Y luego encendió el metrónomo.
Clic. Clic. Clic. Clic.
Mi madre estuvo encantada después de la lección, creyó que por fin le
había pillado el truco.
No era así.
Nunca lo conseguí.
Pero resultó que el hombre de la música quería enseñarme más cosas.
La semana siguiente hicimos lo mismo. Yo me sentaba a su lado y él
tocaba el piano haciéndose pasar por mí. El metrónomo ya estaba sonando,
produciendo un ritmo constante y agradable, cuando se bajó la cremallera
de los pantalones con la mano izquierda y tocó una escala en do mayor con
la derecha.
—Tu madre se enfadaría mucho si le dijera que le mientes y que en
realidad no sabes tocar —susurró—. Yo no se lo diré, pero necesito que tú
hagas algo por mí.
Hice lo que me dijo que hiciera. Después de eso, oía en sueños el sonido
de ese maldito metrónomo. Pasaron los meses y mi madre creyó que había
pasado de hacer escalas a tocar a Mozart. Estaba tan feliz que no podía
decirle la verdad, y el hombre de la música decía que todo lo que me
empujaba a hacer en la habitación debía ser un secreto, porque mi madre se
enfadaría mucho de saberlo.
Tenía razón.
Una tarde entró en la habitación sin llamar, con un plato de galletas
recién horneadas. Las manos del músico estaban sobre las teclas del piano,
sus pantalones bajados hasta los tobillos, y yo estaba de rodillas. No la oí
entrar. Él tampoco. Ninguno de los dos sabía que ella estaba allí hasta que
lo golpeó en la cabeza con el jarrón azul de la tía Verónica. Cayó al suelo
inconsciente y la habitación se quedó completamente en silencio, de no ser
por un sonido.
Click. Click. Click. Click.
No supe qué sucedió después porque me mandó a mi cuarto y me
encerró en él hasta la mañana siguiente. Sé que no volví a ver al hombre de
la música y que el hacha que usábamos para cortar leña desapareció. Mi
madre cerró el piano y me dijo que no debía hablar nunca de lo sucedido.
Con nadie. Y no lo he hecho. ¿Para qué iba a hacerlo? No quiero que me
juzguen o me definan por eso. Lo que más me afectó fue la manera en que
mi madre me trató después. Las cosas no volvieron a ser como antes, y ella
me miraba como si yo estuviera mal. Rota. Indigna de amor. Eso me hizo
sentir que realmente lo era. Creo que por eso me mandó lejos, para no tener
que volver a verme.
Conversación silenciosa

—Ayúdeme, Grady. Sea bueno, tenemos que volver ya a la cabaña —dice


Sandy, mirándome con una extraña expresión en el rostro. Midge y ella
intercambian una mirada. Mantienen una conversación en silencio como
solo pueden hacerlo quienes se conocen de verdad—. Tengo que ver esos
huesos por mí misma.
Antes de salir de la habitación, se oye un fuerte golpe en el techo,
seguido de varios más en breve sucesión. Todos alzamos la mirada hacia la
pequeña araña de cristal que empieza a agrietarse y a balancearse de un lado
a otro, proyectando sobre la mesa un siniestro patrón de sombras en
movimiento.
—¿Qué ha sido eso? —pregunto.
Vuelven a conversar sin palabras entre ellas antes de contestarme.
—Nada de lo que preocuparse. Solo es madre —dice Sandy, mirando
hacia arriba mientras vuelven a oírse los golpes—. Usa el bastón para
decirnos que necesita algo.
«Eso no suena como un bastón».
—¿Está bien? —pregunto.
—Oh, sí —dice Midge con una sonrisa nerviosa—. Está como una rosa,
aunque algo deshojada. Morag, nuestra madre, llevaba la tienda de Tweed
Amberly antes de jubilarse y creó algunas de las telas tejidas a mano más
bonitas que ha visto nunca. —Creo que esta noche he visto alguna al
recorrer la casa forrada de tweed—. Pero el tweed ya no es tan popular
como antes y tuvo que cerrar el negocio. Ahora requiere cuidados
constantes y en la isla no hay residencias para ancianos, pero no me importa
ocuparme de ella —dice Midge, como si le importase. Los golpes de arriba
vuelven a oírse. Esta vez suenan más como si alguien intentara abrir una
puerta cerrada—. Será mejor que suba a verla. Le llevaré un vasito de lo
bueno, normalmente basta para calmarla.
Sandy conduce más deprisa de lo que sería sensato por la carretera
oscura y sinuosa. No sé si debería conducir, dado todo lo que ha bebido esta
noche. Ojalá no les hubiera hablado de los huesos bajo el suelo. Solo puedo
pensar en el manuscrito de Charles Whittaker que dejé en el escritorio. Pase
lo que pase, Sandy no puede verlo. Nadie puede verlo. La carta que he
enviado a Kitty tenía una propuesta con una trama parecida. Una trama muy
parecida. Evidentemente, no copiaré el libro palabra por palabra. Charles
tenía un estilo muy personal, así que debo reescribirlo. Hacerlo mío. Pero
nadie debe conocer la versión original, si quiero que mi plan funcione.
Llegamos al claro del bosque y me siento aliviado al bajar de la
camioneta. Es una noche tranquila, silenciosa y fría. Demasiado oscura para
poder ver algo que no sean las siluetas de los árboles. Sandy enciende una
linterna y echa a andar hacia la cabaña, tan deprisa que Columbo y yo
prácticamente tenemos que correr para seguirle el ritmo. Las ramas de los
altos árboles se balancean, se inclinan y susurran, y las hojas del suelo se
arremolinan a nuestro alrededor, como si el lugar cobrase vida a medida que
caminamos por él. Oigo lo que parecen gritos en la distancia, pero Sandy no
aminora el paso.
—¿Qué ha sido eso? —pregunto.
—La naturaleza. ¿Nunca ha oído a un zorro? Son bastante inofensivos.
He oído muchos zorros, incluso cuando vivía en Londres, pero nunca
sonaron así. Algo pasa junto a mi cara volando a mucha velocidad y agito
los brazos en el aire antes de chocar con Sandy.
—Creí que dijo que no había pájaros —digo.
—Eso era un murciélago.
—¿Un murciélago? ¿Y también debo suponer que son inofensivos?
—En la isla hay dos especies. Una lo es, la otra no.
No da más detalles y no le pregunto.
Seguimos andando y oigo detrás de nosotros un sonido de ramitas
rompiéndose. Columbo gruñe y yo me vuelvo, pero allí no hay nadie, solo
oscuridad. Desearía no estar asustado, el mero hecho de admitirlo hace que
me sienta como un mequetrefe, pero lo estoy, así que acelero el paso y
alcanzo a Sandy.
—Por eso han salido los murciélagos —dice.
He estado demasiado ocupado mirando por encima del hombro para ver
lo mismo que ella, pero cuando alzo la mirada veo cientos de lucecitas por
todo el bosque. Están por todas partes. En los árboles y en el aire que me
rodea. Me pregunto si no estaré soñando.
—¿Qué son?
—Luciérnagas —responde Sandy—. Seguro que nunca las ha visto en
Londres.
—Nunca he visto nada parecido en ninguna parte.
Las brillantes luces amarillas parecen bailar ante mí. Es mágico.
—Una de las ventajas de no tener pájaros es que hay más insectos —dice
Sandy—. Tenemos que proteger a un montón de escarabajos, polillas y
arañas raras, además de estos viejos árboles tan especiales. Las luciérnagas
son mis preferidas. Estas pequeñas viven bien aquí. La bioluminiscencia es
para comunicarse entre ellas y atraer a posibles parejas, pero la luz que
producen también avisa a los murciélagos para que no se las coman.
—¿Por qué? ¿Son venenosas para los murciélagos?
—No, solo les saben horrible. Como la comida de Midge. —Se ríe de su
propio chiste, pero de pronto se pone seria—. También se encienden cuando
están en peligro. Por ejemplo, al toparse con una telaraña. Si quedan
atrapadas y no pueden escapar. —Sandy me mira con una expresión que no
me gusta ni entiendo. Entorna los ojos y da un paso hacia mí. Demasiado
cerca—. Algunas luciérnagas siguen pudiendo iluminar el mundo que las
rodea después de morir. No para siempre, claro. —Sonríe y vuelve a
parecerse a sí misma—. Son bonitas, ¿eh? —dice, volviendo a andar por el
bosque.
Sus cambios de humor resultan desconcertantes pero intento no pensar
en ellos. La mayoría de las personas son contradictorias en sí mismas.
Una vez en la cabaña, abro la puerta que emite un crujido teatral cuando
la empujo. Enciendo la luz y siento alivio al ver que todo parece estar igual
que antes. Incluido el preciado manuscrito en el escritorio.
—¿Dónde estaban los huesos? —pregunta Sandy nada más entrar.
—Justo aquí debajo —le digo, retirando la alfombra de piel de oveja.
Ella se agacha para mirar de cerca los tablones sueltos y no tarda nada en
levantarlos con las manos desnudas mientras yo intento acercarme al
escritorio con disimulo. Sandy ilumina el agujero con la linterna y me
pregunto si eso significará que no podré quedarme en la cabaña. Me digo
que ahora podría convertirse en el escenario de un crimen y querría haber
mantenido la boca cerrada. Le doy la vuelta a la primera página del
manuscrito para que no pueda leerse. Un poco como la expresión de Sandy.
—¿Cree que son huesos humanos? —pregunto, poniéndome a su lado.
Ella me mira.
—Aquí no hay nada.
—¿Qué? —digo, agachándome para verlo por mí mismo. Tiene razón.
Solo hay madera y tierra. Ni siquiera está el cojín de terciopelo rojo—.
No… no lo entiendo. Los huesos estaban ahí mismo.
Sandy mira más allá de mí, hacia el viejo carrito de bronce para las
bebidas que hay en una esquina de la habitación. Luego suspira, se sacude
el polvo de las manos en los vaqueros y se levanta.
—Dijo que sus novelas tocaban el terror de refilón. Veo que ha estado
trabajando en algo —dice, señalando con la cabeza el manuscrito que
intento ocultar con desesperación—. Puede que el cansancio del viaje, un
poco de whisky, y el estar aquí solo cuando está más hecho a la vida de
ciudad… hiciera que se dejase llevar por la imaginación.
—No me lo he imaginado. Yo…
Pero no puedo explicarlo. Ni entender cómo puede haber desaparecido
algo que estoy seguro que anoche estaba ahí.
—Bueno, la verdad es que me siento aliviada —dice Sandy—. La isla
está muy orgullosa de su ausencia de crímenes y de ser un lugar seguro para
todos los residentes, al margen del cadáver que encontramos en la playa
hace un año, y que Midge nunca debió mencionarle. No lo piense más.
Aquí no hay nada, así que finjamos que no ha pasado nada.
Yo asiento.
Pero sí que pasó.
—Quise preguntárselo antes, pero se me pasó —digo—. ¿Cuándo sale el
próximo transbordador al continente?
Sandy frunce el ceño.
—No se irá tan pronto, ¿verdad? Creí que dijo que esto le gustaba…
—Oh, sí, muchísimo. Es que… dejé en el coche algunas cosas que
necesito.
—Bien, deme las llaves y se las traeré la próxima vez que vaya al
continente. No tiene sentido que pierda su valioso tiempo para escribir.
—Es muy amable, pero me gustaría saber cuándo sale el próximo. Por si
necesitara volver pronto.
Ella me mira fijamente.
—Es difícil saberlo con este tiempo. Pero esté seguro de que le avisaré.
Puede que haya bebido demasiado, pero su actitud me resulta un tanto
extraña.
Una vez se ha ido, me sirvo otro vaso de whisky. Luego miro al espacio
vacío bajo los tablones del suelo, por si han reaparecido los huesos. No lo
han hecho. Pero en la cabaña hay algo que antes no estaba. Algo que
escondí antes de que lo viese Sandy. Mientras estaba fuera, alguien pasó
por debajo de la puerta un sobre con la palabra «Léeme».
Lo abro y me quedo estupefacto al ver de qué se trata.

23 de marzo de 2017 The Times Página 5

MUJER LIBERADA TRAS PASAR TREINTA AÑOS EN PRISIÓN

Una condena injusta y un sistema de justicia roto

Abby Goldman

Una fría tarde de octubre de hace treinta años, la hija de Coraline atcher no
volvió a casa después de la escuela. Esa misma noche, tras denunciar su
desaparición y hacer varias llamadas, tuvo la sospecha de que su hija de quince
años estaba en una esta en casa de una amiga. Los padres de la amiga no
estaban en casa. Cuando llegó allí, fue evidente que la esta estaba
descontrolada. La casa estaba llena de gente joven, música muy alta y olor a
drogas. Coraline acabó encontrando a su hija adolescente en un dormitorio,
inconsciente y siendo violada por un hombre de veintiún años.
Coraline cogió una botella de Jack Daniels que estaba en la mesita de
noche y golpeó al hombre en la cabeza con ella. Todavía sostenía el cuello
roto de la botella cuando él se bajó de su hija, agarró a Coraline por el
cuello y la empujó contra una pared. Medía un metro ochenta y pesaba
noventa kilos. Los testigos coinciden en que la escupió a la cara y la
amenazó con «liquidarla».
El abogado de Coraline aseguró que si le clavó la botella rota en el
cuello, cortándole una arteria, lo hizo en defensa propia. Pero un jurado,
que sorprendentemente contaba con un primo del violador en sus filas, la
consideró culpable de homicidio y la envió a prisión. De por vida.
Treinta años después, los tribunales han dictaminado que Coraline
Thatcher nunca debió ser condenada. El hombre a quien mató había sido
arrestado numerosas veces, antes de violar a su hija, acusado de acoso y
agresión sexual violenta. Era conocido por la policía, pero nunca se le acusó
de nada. En el Reino Unido, cada tres minutos una mujer es asesinada por
un hombre, pero cuando una mujer intenta defenderse, es ella quien pierde
la libertad. Nuestro sistema de justicia está roto. Coraline hizo lo que hizo
para defenderse de un hombre del que la policía no pudo protegerla, y el
resultado fue que lo perdió todo.
Su hija quedó bajo la tutela del Estado y no le permitieron verla. Perdió
su casa y su empresa, y mientras estaba en la cárcel murió su madre. Su
hija, que ahora cuenta cuarenta y cinco años, la misma edad que tenía ella
cuando la condenaron, se niega a hablarle y a enseñarle los nietos que
nunca ha conocido. Ahora Coraline vive en una casa de acogida en Londres
y depende de la caridad para sobrevivir.
Me reuní con ella con la esperanza de conseguir una entrevista exclusiva.
Pero solo aceptó verme para decirme por qué no iba a concedérmela.
«Nadie puede hacer nada para devolverme mi vida», me dijo. «Yo solo
quería llevar una pequeña tienda y cuidar de mi hija». Coraline iba vestida
de verde y parecía ser mayor de lo que era. La familia del muerto tampoco
quiso hacer comentarios y nos ha amenazado a este periódico y a mí con
tomar medidas legales. «La justicia solo es para quienes pueden
permitírsela», me dijo Coraline. Al parecer, la libertad también tiene un
precio.
Criminal inocente

No hay ninguna nota. Ni una explicación. Solo un viejo y arrugado artículo


de periódico escrito hace años por mi esposa. Recuerdo la historia y cuánto
alteró a Abby en su momento. Mi mujer era una gran periodista. Descubrió
todo tipo de cosas sobre la adinerada familia del muerto, cosas que el
equipo legal del periódico no quiso publicar, como que sobornaron al
abogado de Coraline Thatcher para que hiciera un mal trabajo y así
asegurarse la condena. Pero Abby siempre tenía que hacer lo correcto, y
continuó investigando hasta desenterrar suficiente verdad con la que
obtener algo de justicia para la pobre mujer. La muñeca antigua de aspecto
espeluznante que encontré en su automóvil la noche que desapareció, la
habían enviado al periódico. Su editor la vio abrir la caja y estaba
convencido de que la muñeca con la boca cosida era un aviso. La policía la
examinó en busca de huellas dactilares, pero solo encontró las de Abby.
No entiendo por qué me han entregado este viejo artículo. Ni por qué no
pueden decírmelo a la cara. A no ser que sea una pista sobre lo que le pasó
a Abby. ¿Qué otra cosa podría ser?
Puede que no imaginase haber visto en la isla a mi esposa desaparecida.
Vuelvo a leer el recorte del periódico. Las palabras parecen
emborronarse y retorcerse y moverse en la página, pero me pongo las gafas
de leer e intento concentrarme. El artículo dice que Coraline Thatcher vestía
de verde cuando se conocieron. Como Cora, la de la tienda. Una de las
muchas insignias de Cora decía que tenía al menos ochenta años y la mujer
del artículo tenía setenta y cinco años hace siete, así que la edad coincide.
¿Podría Cora Christie ser Coraline Thatcher? De ser así, ¿qué relación
tendría eso con mi esposa si apenas se conocieron? ¿Ahondó Abby
demasiado en la familia del violador? ¿Serían los responsables de las
amenazas que recibió antes de desaparecer? ¿Enviaron ellos la muñeca? ¿Y
quién era el manco muerto que apareció hace un año en la playa
coincidiendo con la desaparición de Abby?
Si alguien intenta decirme algo, no sé ni quién es, ni qué quiere, ni por
qué lo hace.
Pero hay alguien que sabe algo y vino a la cabaña para intentar
decírmelo.
Y es alguien de la isla, lo que significa que solo hay veinticinco
sospechosos.
Ya es tarde, llevo mucho tiempo sin descansar y estoy tan cansado que
creo que podría dormir de pie. Columbo ya está roncando al pie de la cama
y creo que hace bien. Puede que todo esto tenga más sentido por la mañana,
aunque lo dudo. Vuelvo a colocar los tablones en su sitio y la alfombra
sobre ellos y me sirvo otro vasito de whisky, solo un poco para que me
ayude a dormir.
No funciona.
Rara vez lo hace.
Permanezco despierto pensando en Abby, como siempre.
¿Y si temía que alguien pudiera ir a por ella, y por eso desapareció y
buscó donde esconderse? Quizá un lugar tan remoto como Amberly. ¿Quién
la buscaría aquí?
La esperanza puede ser tan devastadora como la desesperación.
Me preocupa que el no haber dormido como es debido desde hace meses
me haya causado secuelas permanentes en la mente. Nada ha vuelto a ser lo
mismo desde aquella noche. Cuando consigo dormir, no lo hago durante
mucho rato. Los primeros médicos que vi por mi insomnio se mostraron
comprensivos pero inútiles. Me dijeron cosas como que las pastillas son el
último recurso o me sugirieron que cada día antes de acostarme hiciera una
lista de lo que me preocupa. Otro me dijo que probase la meditación. Para
mi sorpresa, eso funcionó por un tiempo hasta que dejó de hacerlo. Todos
me dijeron que redujera el tiempo que paso ante las pantallas y que
esquivara el alcohol. No puedo hacer ninguna de las dos cosas; el alcohol es
lo único que a veces sí me acalla la mente, cuando la vida se vuelve
demasiado ruidosa.
Creo que tengo demasiadas preguntas dando vueltas por mi rota mente.
«¿Qué le pasó esa noche a mi esposa?».
«¿Dónde está?».
«¿Sigue con vida?».
Preguntas para las que nadie tiene respuestas.
Recuerdo que le enseñé a Kitty el extracto de nuestra cuenta bancaria
conjunta, señalándole las grandes cantidades de dinero que había retirado en
los meses anteriores a su desaparición. Kitty estaba tan desconcertada como
yo por la conducta de su ahijada, y fue demasiado educada para decir en
voz alta lo que seguro que pensaban muchos: que Abby había organizado su
propia desaparición. No los culpé por pensarlo, yo también lo habría
juzgado así. Claro que ellos no la conocían como yo; ella nunca habría
hecho algo así. Y esta noche, como todas las otras noches, solo puedo
pensar en ella. Me pregunto cuánto la conocía de verdad y si alguna vez
sabré lo que pasó.
El último médico que visité se apiadó de mi triste historia y me recetó de
mala gana unas pastillas para dormir, pero no me sirven. A no ser que
duplique la dosis recomendada. Con ellas consigo descansar unas pocas
horas, pero estoy tan profundamente cansado después de tantos meses que
noto la mente borrosa. Como si viviera envuelto en ruido blanco. Mi
memoria también ha quedado muy afectada y hay días en que apenas tengo
fuerzas para funcionar. A veces no consigo formar frases como es debido,
literalmente no encuentro las palabras, lo cual es algo un tanto problemático
para un escritor. He leído que el insomnio prolongado puede provocar
alucinaciones y paranoia, y empiezo a preguntarme si no será eso lo que me
pasa ahora. Pero tengo el artículo del periódico y es real. No me lo imagino.
Alguien trata de decirme algo.
Escribir un libro puede conllevar largos periodos de aislamiento llenos
de intensas dudas sobre uno mismo y un autodesprecio sostenido. Cuando
el libro se atasca es como librar una batalla diaria conmigo mismo durante
meses, y yo peleo sucio cuando me veo acorralado. No todos los tipos de
autolesión son visibles. Las personas que intentaron apoyarme cuando
Abby desapareció acabaron dejando de llamarme. No tenía energías para
ver o incluso hablar con la gente, cosa que no parecían entender. ¿Cómo
iban a entenderlo? Mi mundo entero implosionó el día en que ella
desapareció. No podía comer. No podía dormir. No podía escribir, y a veces
me sentía como si no pudiera respirar. Estaba demasiado cansado para ver a
nadie, demasiado cansado para hacer prácticamente nada. Le dije a todo el
mundo que estaba ocupado, que la mejor cura para la pena era el trabajo
duro, pero lo único que hacía era mirar una página en blanco en una
pantalla y beber hasta perder el conocimiento. Perdido en mí mismo.
Reviviendo una y otra vez la noche en que desapareció, pensando que
todavía seguiría conmigo si yo hubiera hecho las cosas de forma diferente.
Me sentía como si fuera el fin de mi vida, y no tardé en descubrir que el
resto del mundo sigue girando conmigo o sin mí.
Abby me hacía feliz. Y escribir también. Era algo que amaba de verdad;
vivía para escribir y escribía para vivir. Pero todo eso ha cambiado. Ahora,
escribir es como hacer que tu propio sueño te mate a golpes. Empecé no
siendo capaz de escribir, pero luego he estado tan cansado que no podía ni
leer. Cuando lo intentaba, las palabras parecían moverse hacia un lado de la
página, como si las viera desde un tren en marcha. Sé que necesito
descansar, pero no puedo; no mientras no sepa qué le pasó a la mujer a
quien amaba.
La veo por todas partes, aunque creía que solo era cosa de mi mente
cansada. Pero, tras lo que me han contado esta noche Midge y Sandy acerca
de la mujer misteriosa que llegó el año pasado a Amberly, y con el artículo
de periódico que me han metido por debajo de la puerta, ya no estoy tan
seguro.
¿Y si mi mujer vino a esta isla?
¿Y si todavía estuviera en ella?
Soy incapaz de apagar las ideas y miedos que siempre me resultan
demasiado presentes, y sigo tumbado y despierto en la oscuridad. Ansío que
llegue el sueño, pero no me encuentra. Abro los ojos y doy gracias por tener
al menos esas vistas. Las puertas de cristal de la parte de atrás de la cabaña
traen el exterior al interior de la casa haciendo que viva en el confín de todo
en más de un sentido. Desde la cama, veo la luna casi llena reflejada en el
océano bajo un cielo teñido de estrellas. El sonido del mar en la distancia,
un sonido que Abby odiaba, me calma como una nana acuática.
Hasta que veo una cara en la ventana.
Grito silencioso

Varios personajes de mis libros profieren un grito silencioso cuando les


sucede algo aterrador. En la vida real, yo no grito en silencio. En la vida
real, el sonido que sale de mi boca cuando veo en plena noche una cara ante
mi ventana resulta sorprendentemente agudo y chillón.
El perro salta de la cama aterrorizado, pero solo porque su dueño lo ha
despertado de un sueño profundo con un sonido que nunca había emitido.
Yo también doy un salto, pero no veo a nadie cuando vuelvo a mirar a la
ventana.
El miedo cambia las cosas. Mi actitud se vuelve iracunda. Alguien vino
aquí y se llevó los huesos de debajo de los tablones, alguien dejó un viejo
artículo de mi mujer para que yo lo encontrase, y alguien estaba ahora
fuera, en plena noche, observándome. Busco el móvil de forma instintiva,
olvidando que no hay línea, pero ¿a quién podría llamar si la hubiera? No
hay policía, solo Sandy. Puede que en la isla no haya crímenes, pero sí
alguien con malas intenciones.
No me lo estoy imaginando
Miro a mi alrededor buscando algo que pueda usar como arma para
defenderme si hiciera falta, y me decido por el atizador de hierro de la
estufa de leña. Luego abro las enormes puertas de cristal, y las deslizo a un
lado con la adrenalina recorriéndome el cuerpo.
—Sé que estás ahí. ¡Muéstrate! —digo, intentando no parecer asustado.
Cierro las puertas detrás de mí para evitar que Columbo me siga y salgo
a la plataforma, con el rugido del mar resonando de pronto en mis oídos. La
temperatura ha descendido drásticamente y el aire frío de la noche me para
en seco. No ha sido muy inteligente salir solo con el pijama. Me doy la
vuelta, como un animal salvaje e indómito, procurando no acercarme
demasiado al borde o al precipicio que esconde en la oscuridad, pero no
consigo ver nada. Ni a nadie. Lo único que puedo ver al principio son las
nubecillas de mi aliento. Mis ojos se adaptan a la luz cuando miro al más
oscuro de los cielos y luego bajo la mirada hacia el implacable océano
negro. Aquí el cielo nocturno está muy despejado y las estrellas brillan más
que en cualquier otro lugar que haya visto nunca. Resulta extraño pensar
que, estemos donde estemos, siempre tenemos sobre nosotros este
espectacular cielo nocturno. Estamos demasiado ocupados mirando hacia
abajo como para acordarnos de alzar la mirada. La marea está alta y esta
noche el mar, como mi mente, no está en calma. Oigo las olas rompiendo
contra el acantilado de abajo, y a un grupo de árboles meciéndose detrás de
mí, crujiendo y gimiendo en la distancia, como si los hubiera perturbado.
Despertándolos de su letargo.
Por el rabillo del ojo atisbo algo que se mueve.
Una sombra atraviesa los árboles hacia el lateral de la cabaña.
Me doy la vuelta justo a tiempo de ver que es un ciervo adulto con unas
astas enormes. Se detiene, vuelve la cabeza para observarme desde la
seguridad del bosque, con dos enormes ojos marrones que miran fijamente
en mi dirección. ¿Sería eso lo que vi en la ventana?
Entonces oigo algo más, algo que al principio me es desconocido.
De algún lugar de las profundidades del bosque me llega el sonido de lo
que parece ser una armónica.
Me quedo completamente inmóvil y escucho, y estoy seguro de que
están tocando «Feeling Good» de Nina Simone. Es un sonido muy débil,
que dejo de oír cuando el viento agita las hojas de los árboles. ¿Me lo estoy
imaginando? ¿Estoy escuchando cosas? Recuerdo la armónica roja que
había en el escritorio cuando llegué el primer día, y me apresuro a entrar en
la cabaña. Busco por todas partes, pero la armónica no está.
Ocupado en no hacer nada

Vuelvo a estar fuera, esforzándome por oír la armónica, pero no oigo nada
aparte del viento en los árboles y el sonido del océano. Al final, cuando
tengo tanto frío que oigo castañetear mis dientes, vuelvo a entrar. No sé si
me lo he imaginado todo, pero cierro las puertas detrás de mí y arrastro una
silla para encajarla bajo la manilla principal y que así no pueda entrar nadie.
Luego corro las cortinas y las persianas para que tampoco puedan mirar
dentro.
Me acuesto y cierro los ojos. Consigo dormirme no sé cómo y entonces
sueño que me ahogo.
Cuando despierto todavía es plena noche, y sigo estando agotado, pero
demasiado asustado y confuso, por todo y de todo, como para intentar
siquiera volver a cerrar los ojos. En este lugar hay algo muy extraño. Me
iría, si tuviera algún otro sitio al que ir. Quizá deba irme de todos modos.
Pero ¿y si alguien de aquí sabe algo sobre mi mujer que yo no sé? Si me
voy, nunca me enteraré. Vuelvo a mirar a la servilleta de papel enmarcada
del escritorio, con las ahora tan familiares palabras garabateadas en ella con
bolígrafo negro: «La única salida está en escribir».
Quien lo escribió no se equivocaba.
Me preparo una taza de café solo y me pongo a trabajar en la novela.
Pienso copiarla entera en el ordenador portátil y luego editarla. Hacerla mía.
La trama básica y los personajes son estupendos. Trata de un escritor
atrapado en una isla remota, y hace que me pregunte lo feliz que sería en
realidad Charles Whittaker viviendo aquí para habérsele ocurrido esa idea.
Es una historia sobre conseguir por fin todo lo que creías desear en la vida,
para descubrir a continuación que eso te deja exhausto, triste y solo. Puedo
identificarme con eso. No sé cuánto tiempo me llevará convertir esta idea
en un thriller de Grady Green, pero seguro que puedo hacerlo en tres meses.
Quizá menos si trabajo muy duro. Y luego ¿quién sabe? Puede que Kitty
me encuentre un nuevo editor. Quizá lo subaste y obtenga un buen anticipo,
pague mis deudas, encuentre un nuevo hogar, vuelva a empezar. Siempre
reboso esperanza al empezar un nuevo proyecto. Creo que les pasa a todos
los escritores, o de lo contrario no dedicarían días, semanas, meses, a veces
años, de sus vidas a pasarlos aislados del mundo intentando
desesperadamente escribir la novela perfecta. Yo llevo haciéndolo el tiempo
suficiente como para saber que eso no existe, pero sigo intentándolo,
aunque eso me mate. Solo puedes reorganizar el mobiliario de tu vida unas
pocas veces antes de que te parezca que las cosas son igual que antes.
Tengo que concentrarme en la novela, centrarme en la escritura, hacer el
trabajo.
No importa nada más y no puedo permitirme distracciones.
Podría ser mi última oportunidad.
Para cuando llega el amanecer he conseguido copiar casi cincuenta
páginas. Noto el cuerpo rígido como siempre que paso demasiado tiempo
sentado a la mesa. Me estiro y noto el anillo de bodas que sigo llevando en
la mano izquierda. Nunca he podido quitármelo, ni siquiera tras todo este
tiempo, pero sé que en algún momento necesitaré continuar con mi vida. O
al menos intentarlo.
Me levanto, hago girar mis doloridos hombros, voy a las puertas
corredizas y retiro la silla encajada bajo la manilla. Cuando descorro las
cortinas, me recibe una vista realmente impresionante del amanecer sobre el
océano, y me siento agradecido y afortunado por estar aquí, pese a todas las
cosas raras que me han pasado desde que llegué. Abro las puertas y salgo a
la astillada y descolorida plataforma para disfrutar plenamente del
momento, mirando a un cielo teñido de rosa. Nadie más podrá ver nunca
este mismo paisaje en este momento desde este lugar concreto. Este paisaje
increíble es solo para mí, y hace que la vida vuelva a merecer la pena.
Cuando vuelvo al escritorio cada vez se me hace más difícil
concentrarme, incluso sin las distracciones de internet y las redes sociales,
así que decido prepararme otro café. Para mi pesar, descubro que me he
quedado sin cápsulas. No puedo trabajar sin cafeína. Me cuesta funcionar
sin el combustible adecuado. Debí comprar café cuando estuve ayer en la
tienda. No puedo creer que se me olvidara. Cuanto antes reescriba la novela
y se la envíe a mi agente, antes podré dejar la isla. Pero no puedo hacerlo
sin café. Y puede que una pequeña charla con Cora Christie me ayude a
entender lo del recorte de prensa que alguien quería que leyese.
Una vez lavados, vestidos y terriblemente descafeinados, Columbo y yo
emprendemos una caminata que empieza a resultarnos familiar. Los árboles
parecen susurrar cuando pasamos junto a ellos y todo el lugar parece vivo.
El paseo por el bosque y a lo largo de la costa resulta mágico a la luz del
día, mientras que anoche apenas podía esperar a entrar en la cabaña y
atrancar la puerta. Recorremos la serpenteante carretera principal,
descendiendo lentamente hacia el valle. Escarpadas colinas del color del
óxido se elevan sobre ríos azul oscuro, y en la distancia se ven campos de
hierba salpicados de ovejas. La isla, y los que viven aquí, podrán ser un
poco raros, pero nadie puede dejar de fijarse en lo bonito que es todo.
A medida que nos acercamos al pueblo oigo el sonido de una campana
en la distancia, pero se interrumpe bruscamente en cuanto pisamos la
calzada que hay ante la iglesia. Veo las puertas abiertas de par en par y la
curiosidad puede conmigo. No soy religioso pero siempre me ha gustado
visitar iglesias antiguas. Las encuentro relajantes. Santa Lucía tiene un
pórtico en la entrada, lo cual me atrae todavía más. Me encantan esas viejas
protecciones para las puertas, en estos lugares de refugio concebidos para
marcar la separación entre la tierra santa y la profana. Miro hacia arriba
cuando paso por debajo y veo una inscripción tallada en la madera: mors
janua vitae. Latín, supongo. La iglesia en sí es pequeña. Parece antigua y es
encantadora, con mucha personalidad. Hay vidrieras en las paredes de
piedra gris y tiene una torre con tejas de madera. Al acercarme a las puertas
abiertas me parece oír voces en el interior, pero debo haberme equivocado
porque no veo a nadie al entrar en la iglesia.
Veo que el suelo está hecho de lápidas antiguas. Los nombres grabados
en ellas están casi completamente borrados por años de pisadas. Hay dos
hileras de viejos bancos de madera, un pequeño altar de piedra y el lugar
tiene un inconfundible aroma a iglesia. También puedo oler velas, y veo un
pequeño muestrario de ellas justo en la entrada. Hay cinco hileras de cinco
velas pequeñas, blancas y finas y veo que están todas encendidas. Todas
excepto una. ¿Veinticinco velas para los veinticinco habitantes de la isla, tal
vez? Junto a una cajita de madera para donaciones veo un cartel que dice
fondo para reparar el techo de la iglesia y se me ocurre una idea. Quizá no
sea mala. Es hora de seguir con mi vida, o al menos de intentarlo, así que,
antes de que pueda pensarlo dos veces y cambiar de opinión, me quito el
anillo de matrimonio y lo inserto en la ranura.
Las puertas de la iglesia se cierran de golpe como empujadas por una
ráfaga de viento, lo cual resulta extraño porque hoy el tiempo es reposado y
estable. Las velas titilan, las veinticuatro, y por el rabillo del ojo veo que
algo se mueve. Me doy la vuelta justo a tiempo para ver a alguien saliendo
de la iglesia por una puertecita del fondo. Alguien con un abrigo rojo.
—¿Puedo ayudarlo? —dice detrás de mí una voz de mujer.
Nunca he sabido comportarme ante una mujer guapa. Se me traba la
lengua y me cuesta mirarlas de frente sin entrecerrar los ojos, como si
mirase al sol. Si tuviera que adivinarlo, diría que la mujer tiene unos
cincuenta y tantos años, unos cuantos más que yo. Sus largos cabellos de
rubio natural forman rizos perfectos para enmarcar su bello rostro, tiene la
piel de porcelana y grandes ojos marrones. Es demasiado guapa. Tan
atractiva que podría considerarse una grosería. Una supermodelo jubilada y
vestida de sacerdotisa.
—Soy Grady —digo, y me doy cuenta de que no me ha preguntado el
nombre.
—Me alegro de conocerlo por fin, Grady —responde ella. Sus palabras
son como el ronroneo de un gato y me sonríe mostrando sus perfectos
dientes blancos—. Soy la reverenda Melody Bates. Puede llamarme
Melody. He oído hablar mucho de usted. Bienvenido a Santa Lucía…
—Gracias —digo, mirando por encima de su hombro—. Perdone, pero
¿no había alguien más aquí hace un momento?
Ella sigue mi mirada hasta la puerta y luego niega con la cabeza.
—No. Estamos completamente solos.
—¿Está segura?
La reverenda alza una ceja perfecta.
—Puedo jurarlo sobre la Biblia si así lo desea —dice, cogiendo un
ejemplar. Posa la mano sobre ella y dice—: Joder. —Y sonríe—. He jurado
sobre la Biblia, ¿lo pilla? Y tampoco hace falta que parezca tan
escandalizado. Jurar no es un pecado.
Yo también sonrío, no puedo evitarlo, pero tampoco puedo dejarlo
correr. Saco el móvil y busco en él hasta encontrar una foto de Abby.
—Disculpe, la creo, por supuesto, pero ¿ha visto alguna vez a esta
mujer?
Ella mira fijamente la pantalla y luego niega con la cabeza.
—¿Quién es?
Mi apesadumbrado corazón se desmorona.
—Alguien que conocí. Me pareció verla en la isla, pero he debido
equivocarme.
Ella asiente comprensiva y sonríe amable.
—La gente viene aquí por todo tipo de razones. Santa Lucía es la patrona
de los escritores y la isla siempre ha sido refugio para almas creativas. Esta
vieja iglesia ha sido visitada a lo largo de los años por muchos escritores
con problemas, buscando inspiración, consuelo, un sentido y quizá hasta un
propósito en la vida. Después de todo, la creatividad es un don que no
puede devolverse. Me gusta pensar que nuestra Santa Lucía ha ayudado a
que escritores que estaban perdidos volvieran al camino correcto. Lo cual
fue bueno para ellos. Y bueno para nosotros.
Me siento como si hablara de mí.
—Tengo la sensación de que sabe quién soy —digo.
Ella niega con la cabeza.
—Solo sé qué es, no quién es. Las noticias se propagan deprisa en un
lugar donde rara vez hay noticias.
—¿Qué quiere decir?
—Es el nuevo escritor, ¿no?
—Empiezo a sentirme como si todo el mundo hablase de mí.
—Y así es, pero no deje que eso se le suba a la cabeza, no tardará en ser
cosa del pasado. Esta isla, y quienes viven en ella, han visto de todo con los
años. Por ejemplo, esta vieja iglesia es preciosa, pero se levantó en el lado
equivocado de la historia. Aquí solían quemarse brujas —susurra, aunque
no haya nadie cerca para oírla—. Cuando en la isla decidían que querían
deshacerse de una mujer, la llamaban bruja, y una bocanada de humo y una
hoguera después… desaparecida. Como un truco de magia asesina. Primero
se deshicieron de los pájaros, luego intentaron hacer lo mismo con las
mujeres. —Debo hacer alguna mueca porque ella alza una ceja—. Perdone,
¿acaso quería la versión Disney? —Vuelve a sonreír, y yo también, como si
fuera contagiosa—. ¿Es usted creyente?
—Por Dios, no —digo antes de darme cuenta de mi error—. Disculpe,
reverenda.
—Llámeme Melody, por favor —dice, tocándome el brazo—. Y no hay
necesidad de disculparse. La comunidad de esta isla está muy unida pero es
variada, y este es el único lugar de culto. En Santa Lucía damos la
bienvenida a personas de todos los credos, incluso a quienes no tienen uno.
Todo el mundo es bienvenido. Hasta los visitantes de cuatro patas —añade,
mirando a Columbo.
En cuanto ella le presta atención, menea la cola y la mira con adoración.
Me doy cuenta de que yo estoy haciendo lo mismo. No recuerdo si se
permite a las sacerdotisas tener relaciones y me siento culpable solo por
preguntármelo. Miro hacia la caja de donaciones y de pronto noto desnudo
el dedo sin anillo.
—Oí hace un rato la campana de la iglesia —balbuceo de pronto,
extrañamente desesperado por continuar la conversación—. Un sonido
extraño. Una única campana tañendo muy despacio, pero de forma repetida
y resonando por todo el valle.
La sonrisa de Melody desaparece y su lenguaje corporal cambia.
—El tañido de la campana de la muerte. Suena una vez por cada año que
ha vivido una persona.
—¿Ha muerto alguien?
Ella se encoge de hombros.
—Todos empezamos a morir desde el mismo día en que nacemos. Solo
era un ensayo, nada por lo que preocuparse. Pero si quiere usted ser de
ayuda, lo mejor que puede hacer es irse.
Noto el aire viciado, un poco más frío que hace un instante.
—¿Perdón?
—De la iglesia —dice ella, sonriendo—. Para que pueda cerrarla —
añade, sacando un enorme juego de llaves.
—Sí, claro —respondo, dirigiéndome ya hacia la puerta—. ¿Qué
significa la inscripción, la que está sobre la puerta? —pregunto al volver a
verla.
—¿Mors janua vitae? «La muerte es la puerta a la vida» en latín. Si le
gustan ese tipo de cosas, quizá quiera visitar el cementerio antes de irse. Es
muy popular entre los visitantes. Un placer conocerlo, Grady. Cuídese.
«La hermosa reverenda se ha acordado de mi nombre».
Cierra en mi cara el gran portón de madera antes de que pueda replicar.
Y entonces oigo el tintineo de las llaves y el inconfundible sonido de los
pesados cerrojos desplazándose hasta su sitio. Me resulta extraño que
cierren con llave la puerta de la iglesia de una pequeña isla donde no hay
crímenes.
Hago lo que siempre hago al conocer a alguien que me cae bien. Repaso
mentalmente la conversación, reviviendo todos los momentos que me
gustaría poder cambiar, deseando no haber estado tan torpe como temo
haber sido, y pensando en todas las cosas que debería y podría haber dicho
mejor. Empiezo a alejarme de la iglesia cuando oigo al otro lado del portón
cerrado algo que empieza a ser un sonido familiar: el chasquido de un
walkie-talkie.
Ateo devoto

Columbo se aleja hacia el cementerio que hay detrás de la iglesia, y yo lo


sigo como el dueño obediente que soy. Todavía faltan unos minutos para
que abran la tienda y hay que ganar algo de tiempo. Ahora mi mente
cansada está preocupada por mi esposa desaparecida y por la mujer que
acabo de conocer. Me siento como si le fuera infiel por encontrar a alguien
atractivo. Nunca engañé a mi esposa, pero a veces me preocupaba que ella
no me quisiera como antes, que pudiera haberla decepcionado de alguna
manera.
Cuando desapareció hubo muchas teorías conspiratorias. Sus colegas del
periódico estaban seguros de que había sido por algo relacionado con el
trabajo, debido a la muñeca antigua que se encontró en su coche
abandonado; creían que estaría investigando a quien no debía y que la
habían acallado. En ese momento no estuve de acuerdo con ellos. Me
resultaba demasiado cogido por los pelos. Pero lo del artículo de periódico
que alguien metió bajo la puerta de la cabaña debe significar algo. Tengo
que hablar con Cora y averiguar qué sabe, si es que sabe algo, pero no sé
qué decirle a esa mujer. Abby era la que siempre sabía qué preguntar. Las
personas son un terreno difícil de transitar.
El cementerio es grande para ser un lugar con tan poca población.
Algunas de las viejas lápidas están demasiado gastadas por el tiempo
para que puedan leerse los nombres grabados en ellas, mientras otras losas
de piedra cubierta de musgo se inclinan en ángulos precarios o se han caído
del todo. Al fondo del cementerio hay una sección de tumbas que parecen
más recientes y me acerco a echar un vistazo. No soy creyente, más bien un
ateo devoto, pero a veces me gustaría tener fe. Creo que cuando morimos,
morimos, pero eso no significa que no respete las creencias ajenas. Siempre
que paseo por un viejo cementerio como este, leo todas las lápidas y me
invento la historia de la gente enterrada bajo ellas.
No tengo que inventarme una historia para la siguiente que veo. Destaca
sobre las demás por ser más grande y de piedra negra, y reconozco el
nombre al instante. La lápida de Charles Whittaker es impresionante,
aunque el epitafio no sea lo que esperaba.

CHARLES WHITTAKER
«Fuera de aquí. Estoy escribiendo.»
Querido por todos.
Conocido por nadie.
Por n solo.

Muy cerca de ahí veo un montículo de tierra recién cavada y una tumba
vacía. El agujero es oscuro, y húmedo, y tan profundo que me cuesta ver el
fondo. Retrocedo tropezando, temiendo caer dentro. Ser enterrado vivo
siempre ha sido uno de mis miedos. Puede que haya muerto alguien y que
los isleños se estén preparando para un funeral. Eso explicaría el toque de
difuntos y por qué solo había encendidas veinticuatro de las veinticinco
velas de la iglesia. Me vence el cansancio, pero camino un poco más y veo
que hay muchas tumbas de niños. Hay doce que son casi idénticas, del
mismo estilo y tamaño. Lo único que las diferencia son los nombres
grabados en el mármol blanco. Todas llevan grabada la misma fecha de
hace poco más de treinta años, y me pregunto si todos los niños habrían
muerto de lo mismo. De algo a lo que podrían haber sobrevivido si hubiera
habido un médico en la isla.
—Los Niños de la Niebla —dice una voz detrás de mí.
Me vuelvo tan deprisa que me sorprende no notar un tirón en el cuello.
Es una anciana apoyada en un bastón. Lleva los cabellos largos y canosos
recogidos en una trenza que reposa en su hombro, y es alta, tan alta que se
encorva un poco, como avergonzada de su estatura. Viste de tweed de pies a
cabeza, con un elegante abrigo y un sombrero de tartán a juego, y me
pregunto si no será la madre de Sandy.
—No debería estar aquí —dice.
—Disculpe, no pretendía molestar…
—Debería irse. Váyase mientras todavía pueda. Antes de que sea tarde
—susurra, mirándome fijamente antes de alzar la vista por encima de mi
hombro. Me vuelvo para averiguar qué mira, pero no veo a nadie, y cuando
me vuelvo ya se ha ido.
—¿Hola? —llamo, moviéndome entre las lápidas, pero no hay ni rastro
de ella.
Empiezo a preguntarme si no la habré imaginado. Como imaginé ver a
Abby. Entonces me pregunto si no estaré perdiendo la cabeza. Me parece
que lo que necesito de verdad es dormir.
Columbo y yo nos apresuramos a salir del cementerio de vuelta al prado
del centro del pueblo. La tienda ya debe estar abierta. Resulta imposible no
darse cuenta de lo pintoresco y bonito que es este pequeño rincón de
Amberly. Pasear por él es como retroceder en el tiempo. Los bonitos
jardines ante las casas con techado de paja están cuidados con esmero,
escondidos tras diminutas vallas blancas. Las inmaculadas macetas de las
ventanas rebosan con flores perfectas y coloridas. Todo está limpio y recién
pintado, sin rastro de basura o grafitis, a diferencia de Londres. Al
acercarme, veo que las casas con techado de paja tienen nombres
extravagantes sobre las puertas de diferentes colores: La desesperada, El
quinto pino y El colmo.
Alguien en la isla tiene sentido del humor.
Igual pasa con los anticuados carteles de las calles: en un cruce, una
señal de madera indica tres direcciones: una calle. otra calle. paseo sin
nombre.
Hay una pequeña hilera de tiendas, entre las que hay una carnicería, una
panadería y lo que parece una tienda de regalos que vende sobre todo velas,
y todo tiene una pinta perfecta. Quizá demasiado perfecta, hasta que una
enorme vaca de las Tierras Altas atraviesa el camino y se detiene en medio
del prado. Nunca había visto una. Sus característicos cuernos parecen casi
prehistóricos, y tiene el pelaje gris, con mechones ondulados que parecen
plateados bajo esta luz. Columbo ladra, pero la vaca sigue donde está y nos
mira, con un ojo asomando entre la desgreñada crin. Me observa. Da media
vuelta y se aleja agitando la cola, y yo cruzo la calle camino de la tienda de
la esquina de Christie.
—¿Tan pronto por aquí? —me pregunta Cora antes de poder entrar.
Supongo que la campanita sobre la puerta le avisa de cuando entra alguien,
pero es como si supiera quién soy antes de verme.
—No se preocupe por Daisy, es nuestra vaca de Tierras Altas. Es la
mascota extraoficial de la isla, muy buena y amigable, pese a los cuernos.
—Está bien saberlo —digo, tomando nota del atuendo verde del día—.
Ayer se me olvidó comprar café.
—Si lo que quiere es café de verdad, puedo ayudarle. Si se refiere a esas
extrañas cápsulas que alguna gente compra para sus máquinas, habrá que
pedirlas al continente.
—Me vale el café de verdad.
En la cabaña hay una cafetera. Cora me indica donde está y veo que
tiene una selección sorprendentemente buena.
—¿Cómo va el libro? —me pregunta cuando pago.
—Parece usted mi agente —le digo.
La campanita vuelve a sonar y la puerta se abre lo suficiente para dejar
ver a una mujer de mediana edad. Va vestida como si hubiese una ventisca
fuera, aunque hace bastante buen tiempo para esta época del año, y empuja
un coche vintage de bebé, que intenta meter en la tienda. Me apresuro a
ayudarla.
—No, gracias —dice cortante, negando con determinación. Levanta el
cochecito hacia atrás sobre el escalón y lo empuja hacia dentro. Supongo
que hay madres muy protectoras para con sus hijos. Pero cuando miro
dentro del cochecito, no veo ningún bebé, solo un perro carlino vestido con
ropa de niño. Me mira fijamente y gruñe.
Cora alza una de sus casi inexistentes cejas.
—Y no se preocupe por nuestra Ada —susurra cuando la mujer, y su
cochecito, desaparecen por un pasillo—. Es muy graciosa. Viene todos los
días. A veces roba una chocolatina y la esconde bajo las mantas del bebé.
Yo hago como que no me doy cuenta.
—¿Tiene un bebé? —susurro a mi vez, preguntándome si en verdad vi a
un perro disfrazado.
Cora niega con la cabeza, se inclina más hacia mí y vuelve a susurrar.
—No. Tuvo un hijo, pero lo perdió. También perdió la cabeza cuando
ocurrió. Ada es inofensiva, solo está un poco ida.
«Conozco esa sensación».
Necesito averiguar qué sabe de mi esposa, si es que sabe algo. Y si Cora
Christie fue una vez la Coraline Thatcher del artículo de periódico. Ahora
que la miro me resulta improbable.
—¿Siempre ha vivido en la isla? —pregunto, y la sonrisa desaparece de
su cara.
—¿Por qué lo pregunta?
—Pura curiosidad.
—La curiosidad no solo mata gatos. Amberly es el único lugar al que he
llegado a considerar mi hogar.
Si Cora es Coraline, si mató a un hombre que violó a su hija y fue a la
cárcel por ello, tengo que ser más delicado al preguntar.
—Puede que me lleve un periódico —digo, cogiendo un ejemplar del
Times de ayer—. ¿Le ha entrevistado alguna vez un periodista?
Cora se ríe.
—¿Por qué iba a querer hablar conmigo un periodista?
—No sé… ¿quizá por algo que pudiera haber hecho en el pasado?
Cora se pone muy seria de repente.
—Bueno, veamos. La semana pasada hice un trabajo buenísimo
poniendo precio a toda la comida en lata que estaba a punto de caducar. Me
sorprende que no hubiera un ejército de periodistas ante mi puerta, ¡todos
desesperados por conseguir una entrevista exclusiva y preguntarme sobre
ello!
Vuelve a reírse. Yo no me río.
—¿Tiene alguna hija? —pregunto, y la sonrisa desaparece de su rostro.
—¿Se encuentra bien, Grady? Parece un poco cansado, si no le importa
que se lo diga.
Sí que me importa. La paciencia también tiene fecha de caducidad.
—No le culpo —continúa diciendo ella—. Yo tendría problemas para
dormir en una vieja cabaña encantada del bosque, encaramada al borde de
un acantilado en mal estado, preguntándome si llegaré a despertar o si
moriré mientras duermo cuando el lugar se precipite al mar. Algo que
acabará pasando, solo es cuestión de tiempo. ¿Sabe que Charles Whittaker
murió en esa cabaña?
Cora me devuelve mi bolsa con la compra, pero no la suelta cuando
intento cogerla. Tiene unas manos sorprendentemente fuertes.
—No creo en fantasmas —digo.
—¿Cree en el té? —pregunta, todavía con la bolsa en la mano—. El té de
mirto de pantano es muy bueno para el insomnio.
—No he dicho que tenga…
—Ese té lo hacemos en la isla y es muy popular entre los visitantes. —
Busca debajo del mostrador y mete en mi bolsa una cajita de cartón con
flores pintadas—. Pruébelo. Invita la casa. No podrá escribir ningún
superventas si está muerto de cansancio.
Claramente confundida

Me dispongo a salir del pueblo. Me siento como si no hubiera conseguido


nada en esta visita, aparte del café. ¿Por qué no me habrá respondido a las
claras? ¿Oculta algo? Puede que la dulce ancianita que lleva la tienda de la
esquina sea una asesina. ¿Y si solo es un poco distante? No sé qué pensar
de todo esto. Abby era mucho mejor que yo leyendo a la gente y haciendo
las preguntas adecuadas.
Columbo se detiene ante la carnicería, olisquea el aire y me mira.
—Tienes toda la razón. Nos vendría bien una cena decente después de lo
que preparó Midge anoche —le digo, y el perro menea la cola como si lo
entendiera.
Además, supongo que conocer a otros de los veinticinco residentes me
ayudará a averiguar qué es lo que está pasando aquí de verdad. Alguien
tiene que saber algo.
La tienda destaca de las demás por los tradicionales toldos victorianos
blancos y rojos y los rótulos anticuados. Los marcos de puertas y ventanas
están pintados de rojo brillante y las paredes están vestidas con azulejos que
tienen dibujos de ovejas. La Carnicería de Bill parece salida de una película
antigua y también parece estar cerrada, así que me sorprendo cuando
intento abrir la puerta y cede. Otra campanilla tintinea para anunciar mi
llegada —es evidente que las campanillas son muy populares en Amberly—
y tras el mostrador aparece una mujer menuda, de cabellos negro azabache
y piel aceitunada. Casi como si hubiera estado agachada, escondida debajo
de él, esperando a que yo no entrase. No parece llamarse Bill.
—Hola —le digo, sintiéndome inoportuno. Pero entonces sonríe, y toda
la cara se le ilumina como si alguien acabara de encenderla. Veo que lleva
un collar con el nombre de Mary.
—Buenos días —responde Mary con un acento español que no me
esperaba. Parece que habla en piloto automático, sonriendo tanto que me
resulta desconcertante. Es una mujer de aspecto pulcro y arreglado, poco
maquillada y ni un pelo fuera de lugar. Creo que un poco más joven que yo.
Lleva un delantal muy blanco, ligeramente ensangrentado. Me fijo en los
raíles de acero de las paredes y en los enormes bloques de madera para
cortar, las balanzas de gran tamaño y las hileras de cuchillos grandes,
brillantes y de aspecto muy afilado—. ¿Puedo ayudarlo en algo? —
pregunta, sin dejar de sonreír. Me incomoda la forma que tiene de mirarme
con esos grandes ojos y esos dientes blancos y brillantes, y aparto la mirada.
En su lugar, miro toda la carne expuesta. Mucha cantidad para una isla tan
pequeña.
—Hay tanto para elegir —digo.
Asiente con entusiasmo.
—Hacemos todo lo que podemos. Ahora mismo tenemos cordero
picado, pierna de cordero, chuletas de cordero, paletilla de cordero, costillar
de cordero, hamburguesas de cordero, jarrete de cordero, lomo de cordero y
unas estupendas carrilleras de cordero.
—Eso es… mucho cordero.
Vuelve a asentir. Radiante.
—Lo es.
—¿No venden otros tipos de carne?
La sonrisa desaparece de su rostro.
—No. Vendemos cordero.
Mis ojos vuelven a verse atraídos por los afilados cuchillos.
—Bueno, en ese caso, me llevaré unas chuletas de cordero, por favor.
Vuelve la sonrisa y empieza a añadir la carne a la balanza.
—La vida en una isla pequeña como esta no siempre es fácil —dice—.
La carne está mejor fresca, pero el transbordador solo navega una vez a la
semana, a veces dos, así que hacemos nuestra propia matanza en el
matadero de atrás. —Se vuelve para mirar por encima del hombro a la
puerta que hay tras el mostrador. Yo también miro, y me parece ver a
alguien tras el cristal esmerilado, aunque no sea más que un efecto óptico
—. Todo esto que ve aquí —dice, volviendo a mirar al mostrador de la
carne— estaba sano y salvo hace cosa de un día. Paseando, respirando el
aire del mar, sintiendo el sol en el lomo. Ahora todos están muertos.
Perdieron la vida, como si nada. Acabada. Extinguida. Se les terminó
cuando apenas habían empezado. ¿Cómo va ese libro? —La inesperada
pregunta al final de su discurso me deja desconcertado. No me di cuenta de
que ella también sabe quién soy—. Es una isla pequeña. Aquí todo el
mundo lo sabe todo de los demás —añade, como si leyera mi mente.
—Empiezo a darme cuenta.
—Nadie tiene secretos en la isla de Amberly. Espero que haya dejado
atrás los suyos.
—Los escritores no tenemos secretos, y de tenerlos los esconderíamos en
nuestra obra —le digo, pero ella se limita a sonreír—. Tiene un acento muy
bonito. ¿Es usted de España?
—Siempre me ha parecido fascinante por parte de los británicos la
manera que tienen de no preguntar lo que de verdad quieren preguntar, pero
albergando la esperanza de poder descubrir qué es lo que querían saber.
—Disculpe, me he perdido.
—No, otra vez. Si se ha perdido ha sido por su culpa, no por la mía.
Preguntó si yo era de España, pero lo que realmente quiere saber es qué
hago yo aquí, en Amberly.
«Está claramente confundida. Yo solo le daba conversación por
educación».
—¿Por qué está usted aquí? —pregunto, siguiéndole la corriente.
—¿Por qué hace alguien algo? Solo hay dos razones: por dinero o por
amor. En mi caso, es por amor. Vivía en Barcelona cuando el amor de mi
vida entró en la cafetería donde yo trabajaba. De eso hace ya cinco años.
Llevamos juntos desde entonces, y casarse con una carnicera siempre tiene
muchas ventajas —dice, volviendo a sonreír.
Miro al cartel de Carnicería de Bill en la pared de azulejos que hay tras
ella.
—Pues Bill es un hombre afortunado.
—Bill está muerto —responde ella, sin dejar de sonreír.
—Oh, lo siento…
—No lo sienta. Yo me refería a Alex. Acabábamos de hacernos cargo de
la Carnicería de Bill cuando este tuvo un ataque al corazón. Estábamos aquí
de vacaciones, visitando la isla, pero acabamos comprando el negocio. Fue
uno de esos casos de estar en el momento y el lugar adecuados.
«No para Bill», no puedo evitar pensar.
La puerta de detrás del mostrador se abre. Capto un breve atisbo de la
habitación que esconde, llena de un montón de superficies metálicas
brillantes. Hay una que parece una mesa de quirófano, con un cadáver
encima. Y una sierra. Las extremidades ensangrentadas casi parecen…
humanas…
—Jolín, lo siento, no sabía que tuviéramos visita —dice una joven flaca,
cerrando enseguida la puerta.
Se besan y yo me siento algo viejo y desconectado del mundo por
suponer que Alex era un hombre.
Alex, la mujer, tiene el pelo rubio y corto, pendientes redondos de goma
que le fuerzan los agujeros de los lóbulos y, cuando se seca las manos
ensangrentadas en el delantal que otrora era blanco, veo tatuajes en cada
uno de los dedos. Una calavera, una estrella, un sol, una luna y un corazón.
Me mira fijamente y sonríe de un modo que me resulta profundamente
inquietante.
—Que encantador. Una visita. Fuera de temporada.
Habla como alguien que solo ha conocido la riqueza. Me pilla
desprevenido porque su acento británico de pija no cuadra con su aspecto;
están desincronizados, como cuando el sonido de tu televisor no coincide
con la imagen que ves y tu cerebro no puede procesar inmediatamente qué
va mal.
—Espero que no nos saque en su libro.
—¿A usted y a Mary?
—A la isla. Este es un sitio tranquilo. Un sitio pacífico. Un sitio privado.
No necesitamos que vengan escritores o periodistas para que escriban sobre
Amberly, atrayendo todavía más visitantes y convirtiendo nuestro hogar en
una especie de Disneylandia escocesa. Nos gustan las cosas tal y como
están.
Dice todo esto con una sonrisa amable, pero sus palabras siguen sonando
amenazadoras.
—¿Es que ha venido algún periodista? —pregunto, pensando que podría
referirse a Abby.
—Recibimos muchos visitantes durante la temporada turística,
demasiados. No puedes acordarte de todos —interrumpe Mary.
—Y todos son iguales —añade Alex.
Mary sonríe disculpándose, envuelve la carne en un papel antes de
meterla en una bolsa de rayas blancas y rojas.
—He añadido unas salchichas de cordero para el perro, cortesía de la
casa —dice, sonriendo a Columbo, que se sienta fuera mirando por el
escaparate.
Le doy las gracias, le pago y doy media vuelta para irme. La campanilla
tintinea cuando abro la puerta.
—Gracias otra vez —les digo.
Nadie me contesta, pero cuando miro por encima del hombro siguen
mostrando sus grandes y blancas sonrisas.
La gente de esta isla es rara. Toda ella. No creo que me lo esté
imaginando.
Pero puede que sea eso lo que pasa cuando llevas demasiado tiempo
aislado del mundo real.
Hombre orquesta

Cuanto más mayor me hago, menos entiendo el mundo y las cosas terribles
que nos hacemos unos a otros. Ser escritor es como ser un hombre orquesta
y me gusta ese aspecto de mi trabajo. Disfruto con la seguridad de la
soledad. Últimamente, los demás me sorprenden, y no para bien. El horror
que infligían los seres humanos sobre los que solía escribir Abby en el
periódico me resulta ahora todavía más ajeno y extraño y perturbador. Me
cuesta comprender que las personas capaces de hacer semejantes cosas
pertenezcan a la misma especie que nosotros, y me dan todavía más ganas
de huir del mundo real. Supongo que, en muchos sentidos, es justo eso lo
que he hecho.
Mientras Columbo y yo subimos la colina y nos abrimos paso por el
bosque, me siento algo celoso de mi perro. No tiene que enfrentarse a un
mundo que muy a menudo es demasiado ruidoso y demasiado horrible. Sus
días son casi siempre iguales, y es feliz mientras se le alimente y se le pasee
y se le quiera. Ojalá mi vida fuera tan sencilla. Aun así, «hay muchas cosas
por las que debo dar las gracias», me recuerdo. Otra vez. Estoy deseando
poder recogerme en la cabaña, un lugar seguro donde poder refugiarme de
la locura del mundo real. Hasta que abro la puerta.
Alguien ha deslizado otro sobre por debajo de ella.
También tiene escritas en él la palabra «Léeme» y contiene otro artículo
de periódico escrito por Abby.

8 de enero de 2019 The Times Página 7

EL FUNERAL PRIVADO DE LA FAMILIA DE VICTORIA SPENCER-


SMITH ARRUINADO POR LA INTROMISIÓN DE LA PRENSA
Abby Goldman

Lo que debería haber sido un funeral privado para Victoria Spencer-Smith


acabó ayer en un con icto violento y dos personas detenidas.
La semana pasada falleció la esposa del parlamentario Al e Spencer-Smith, dos
semanas después de que fuera noticia de portada en varios tabloides la aventura
que tuvo su marido con una secretaria.
Según amigos de la familia, Victoria se vio acosada por los fotógrafos nada más
conocerse la noticia. La seguían a todas partes, se veía atrapada en su propia
casa por los periodistas que acampaban fuera y se encerró en sí misma,
rehuyendo el apoyo que era evidente que necesitaba. Estaba convencida de que
le habían intervenido el teléfono y sentía que no podía hablar con nadie de lo
sucedido.
Victoria Spencer-Smith se quitó la vida. El informe del forense comenta el
elevado riesgo que existe de que haya más muertes similares si no se pone n, o
no se limita, el acoso que ejerce la prensa británica.
Todos los miembros de la familia se vieron acosados por la prensa al saberse la
aventura de su marido. Incluso la hija adolescente de la pareja, Alexandra, que
fue seguida hasta su colegio y fotogra ada.
Fue Alexandra quien arrojó un ladrillo contra un periodista, rompiéndole la
nariz, al descubrirlo después del funeral rebuscando en los cubos de basura de
la familia. El periodista y un fotógrafo fueron arrestados por la policía, lo cual
no impidió que otros miembros de la prensa volvieran a acampar ante la casa
de la familia durante la noche.
Después del funeral, la hija de dieciséis años de Victoria Spencer-Smith colgó
en sus redes sociales un emotivo vídeo, que se ha hecho viral, donde se corta
los largos cabellos rubios en señal de protesta, culpando a la prensa por la
muerte de su madre.

Confieso que no recuerdo haber leído este artículo de Abby. Ella siempre
leía mis libros de cabo a rabo, pero yo no leía todos y cada uno de los
artículos que escribía. Eran tantos. Mirando en retrospectiva, quizá debí
haberlo hecho. Tal vez así sabría por qué quiere alguien que vea estos
artículos ahora. Es evidente que tienen algo que ver con su desaparición,
pero no sé el qué.
Dulce tristeza

Una semana antes de la desaparición

—A veces solo quiero desaparecer. Sé que tengo mucho por lo que estar
agradecida, pero no me gusta mi vida. Quiero otra cosa. Algo diferente.
Algo más. Y si no hago algo al respecto, pronto será demasiado tarde. Un
día me desperté y pensé: «¿Ya está? ¿Esto es lo único que voy a conseguir?
¿Todo lo que voy a alcanzar?». Y no puedo quitarme esas ideas de la
cabeza. Puede que todo el mundo se sienta así. Puede que todo el mundo
acabe alcanzando una edad en la que no pueda evitar pensar que debería
haber hecho más, vivido más, haber sido más de lo que es. No soy quien
quería ser.
La mujer de negro no dice nada, solo escucha.
Está a punto de acabarse nuestro tiempo.
—Y una parte del problema es que ya no sé ni quién soy yo. Antes era
tan independiente. Tenía ambiciones y una vida propia, pero desde que
conocí a mi marido tengo la sensación de estar desapareciendo. Cayendo al
vacío. Y ya no me acuerdo de si salté o me empujaron. Me siento como si
hiciera años que no soy dueña de mí misma, de mis pensamientos, de mis
sentimientos. Que las ideas de mi marido sobre el mundo son ahora mis
ideas, como si fueran contagiosas.
Estoy siendo más sincera de lo que nunca he sido con nadie y me
preocupa estar cometiendo un error. El rostro de la mujer no revela ninguna
expresión. Es imposible saber lo que piensa.
—Si va a decirme que tengo muchas cosas por las que estar agradecida,
mucho por lo que alegrarme, no hace falta. Eso ya lo sé —digo, notando el
tono defensivo en mi voz—. Y aunque estoy agradecida por todas las cosas
buenas de mi vida, no soy feliz. Y tengo que hacer algo para cambiar eso.
Aunque eso implique dejar a mi marido. Nuestras vidas están tan
entremezcladas que no será algo fácil de separar. No quiero hacerle daño,
pero necesito estar bien. Y la única manera en que puedo llegar a tener una
vida nueva es dejando atrás la anterior.
—¿Todavía le quiere? —pregunta la mujer de negro, hablando por fin.
—Sí.
—¿Cree que él todavía la quiere a usted?
Medito la pregunta antes de contestar.
—Quiere a mi yo de antes. No creo que se haya dado cuenta de que ya
no soy esa persona.
Estábamos en el cumpleaños de una amiga cuando las grietas de nuestra
relación se hicieron demasiado evidentes para ignorarlas. Con una de mis
amigas, no con él. A mi marido nunca le han gustado las fiestas, prefiere
pasar tiempo con sus personajes y con el perro. Se pasó todo el viaje en
coche quejándose, hasta llegar a Londres, pero nada más llegar se volvió
encantador. Bebió y bailó y se convirtió en la persona que todos creen que
es, el hombre del que me había enamorado cuando nos conocimos. El
escritor. Por aquel entonces, la persona pública que se mostraba al resto del
mundo y la persona que yo conocía tenían muy poco en común.
Verlo así —seguro de sí mismo, divertido, la vida y el alma de la fiesta—
hizo que me sintiera rara. Me preocupaba que pudiera ser yo quien lo hacía
desgraciado en casa. Solía ponerse taciturno cuando estábamos a solas,
sobre todo cuando estaba atascado con alguna de sus preciadas novelas. Yo
sentía celos de las mujeres con las que hablaba y a las que sonreía. No me
gustaba la forma en que lo miraban, ni cómo le reían los chistes, hasta los
que no tenían gracia. Una hasta le pidió que le firmase un ejemplar de su
última novela y él lo disfrutó como un gorrino en una pocilga.
—Tu media naranja está en plena forma, ¿eh? —dijo la amiga que daba
la fiesta.
Era una afirmación, no una pregunta. Éramos amigas desde el colegio y
siempre habíamos estado unidas —hasta le puso mi nombre a su hija —
pero nuestras vidas habían tomado derroteros distintos. Ella tenía una hija,
yo una carrera. Yo quería mucho a su hija, a la que conocía desde que nació,
y mi amiga creía que mi trabajo era mucho más emocionante y glamuroso
de lo que era en realidad. Tenía una casa increíble en Notting Hill y siempre
daba fiestas extravagantes. Servicio de catering con bandejas llenas de
canapés con pinta de caros y champán sin límites; una vez hasta trajo un
cuarteto de cuerda. Era como si necesitase hacer creer al mundo que era
feliz, pese a no serlo. Haciendo memoria, puede que las dos estuviéramos
un poco celosas de lo que creíamos que tenía la otra. Me irritó la manera en
que ella y todas sus amigas con hijos miraban esa noche a mi marido. Como
si fuera famoso de verdad, una estrella de cine, y no un escritor. Lo que
pensaba de los escritores cambió un poco después de casarme con uno.
Quería irme de allí.
Lo seguí hasta el baño de arriba y esperé a que saliera.
—Creo que debemos irnos —dije en cuanto abrió la puerta.
Pareció sinceramente preocupado.
—¿Por qué? ¿Qué pasa?
—Nada.
—Pues, entonces estoy en problemas. Siempre que dices que no pasa
nada significa que pasa de todo. ¿He hecho algo que te haya molestado?
«Sí».
—No. No pasa nada.
—Es evidente que sí. Me rindo. Yo ni siquiera quería venir a esta fiesta,
pero tú insististe, y aquí estoy, pero sigues sin estar contenta.
—¿Tú te alegrarías mucho si me vieras flirtear con otras personas toda la
noche?
Se rio.
—No he estado flirteando. No creo ni que recuerde cómo se hace. Hablo
con la gente porque es lo que se hace en las fiestas. ¿Preferirías que me
quedase en una esquina, mirando a la pared y sin hablar con nadie?
—Prefiero que hables conmigo.
Las palabras se precipitaron fuera de mi boca antes de que pudiera
detenerlas, y odié lo celosa que me hacían parecer.
—Pero si hablamos todo el tiempo —dijo, con expresión confundida.
—No, no lo hacemos. Ya no hablamos. Ya no nos reímos. No me
acuerdo de cuándo fue la última vez que tuvimos sexo…
—¿Se trata de eso?
—Baja la voz. Podría oírnos alguien.
—Perdona si he estado un poco distante…
—¿Un poco distante? Somos como dos extraños compartiendo casa.
—No digas eso.
—Es la verdad. Ya ni siquiera me tocas. Ni para cogerme la mano.
—Perdona —dijo, tomando mi mano entre las suyas. La sentí cálida y
fuerte y agradable—. Sabes que tenía una fecha de entrega que cumplir y la
novela no…
Me encogí de hombros al apartar su mano.
—No me importan tus novelas. Estoy harta de oírte hablar de ellas como
si fueran lo único importante. Me importa lo nuestro. Comprendo que te
guste la forma en que te miran las mujeres mientras no paras de hablar de ti
y de tus historias, pero…
—¿Así que ahora tengo problemas por la forma en que me miran los
demás?
—No creas que no me he dado cuenta de cómo las miras tú.
—¿Qué significa eso? ¿Es que debo ir por el mundo con los ojos
cerrados? Solo tengo ojos para ti. Y lo sabes. Siempre serás la mujer más
interesante estemos donde estemos.
—«Interesante» es una interesante elección de palabra.
—Es la verdad. Tienes una carrera increíble. Una vida. De lo único que
hablan sin parar todas las mujeres de abajo es de sus hijos…
—No hay nada malo en ser madre. ¿Y si yo también quisiera serlo algún
día?
Me miró como si le hubiera contado un chiste. Entonces, al ver que no lo
era, me miró como si hubiera perdido la cabeza.
—Pero si tú no quieres tener hijos. Nunca los has querido. Debes estar
trabajando demasiado, estarás estresada y lo pagas conmigo. Como
siempre.
Que yo trabajase tanto era algo que nos beneficiaba a los dos,
económicamente y de otras maneras. Estaba harta de oír sus quejas sobre lo
mucho que trabajaba y trasnochaba.
—Seguro que es muy halagador y te sube el ego cuando te miran con los
párpados abiertos —dije—. Pero nada de eso es real. Creen que eres algo
que no eres.
—¿Y qué soy?
Me mordí la lengua. Cuando me conoció, su carrera de escritor había
llegado a un callejón sin salida. Mis contactos habían sido la base de su
éxito. Los dos lo sabíamos; no hacía falta decirlo. Pero no quería hacerle
daño. Y sigo sin querer hacérselo.
—Antes me mirabas como lo hacen ahora ellos —dijo entonces—.
Como si creyeses en mí. Como si estuvieras orgullosa.
—Y tú me mirabas como si todavía me encontraras atractiva.
Frunció el ceño.
—Todavía te encuentro atractiva.
Entonces me besó como hacía mucho tiempo que no me besaba.
—Para. Podría subir alguien en cualquier momento —dije, apartándolo.
—¿Ahora no puedo besar a mi esposa?
—Hace tanto tiempo que me sorprende que recuerdes cómo hacerlo.
Me empujó contra la pared y volvió a besarme.
—Recuerdo cómo se hace —susurró, y esta vez le devolví el beso.
Dimos tumbos por el pasillo como adolescentes borrachos, tirándonos de
la ropa, hasta que encontramos un dormitorio vacío. En la oscuridad, me
levantó el dobladillo de la falda, me bajó la ropa interior y me condujo hasta
un sillón vintage que había en una esquina. Me folló en ese sillón. No hay
una palabra mejor para describirlo. Me echó hacia atrás con una de sus
manos mientras me tapaba la boca con la otra.
A pesar de lo que había dicho él, me sentí como si fuera cualquier otra y
como si algo hubiera cambiado entre nosotros.
Después de aquella noche, el sexo ya no era como hacer el amor.
Tomábamos el uno del otro lo que necesitábamos y cuando lo
necesitábamos, y las relaciones íntimas se volvieron algo cada vez más
escaso en nuestro matrimonio. Hasta que dejaron de existir. Yo podía ver en
el espejo que ya no tenía el mismo aspecto de antes, mientras que él estaba
más atractivo que nunca. Hay hombres que se vuelven más guapos con la
edad. Nuestros trabajos se convirtieron en nuestras vidas, y las mujeres con
las que él trabajaba —editoras, publicistas— parecían ser cada vez más
jóvenes y más guapas. A una mujer de mi edad le resulta muy difícil
competir con una veinteañera de mirada ilusionada.
Nuestra relación empezó a desintegrarse y no sabía ni cómo arreglarla ni
si de verdad quería hacerlo. Yo siempre estaba trabajando, él siempre
escribiendo y seguimos tambaleándonos hacia adelante. En la tristeza no
hay dulzura. La tristeza puede consumir a una persona si se permite que
esté presente demasiado tiempo. Echa raíces y se aferra al alma, hasta hacer
que cada pensamiento resulte demasiado agobiante, demasiado doloroso
para tenerlo. Era como si hubiéramos perdido la versión de nosotros que
sabía ser feliz. Seguíamos juntos, pero yo nunca me había sentido tan sola.
—Cree que todavía me quiere —le digo a la mujer de negro, dándome
cuenta de que me he permitido divagar y perderme en recuerdos que habría
preferido olvidar.
Ella espera a que diga algo más, pero no lo digo.
He olvidado lo que se siente cuando no te sientes sola.
A veces por la noche, mientras él duerme a mi lado pero parece estar tan
lejos, recuerdo cómo eran antes las cosas. Recupero sentimientos de deseo
que dejé a un lado y no puedo dormir si no hago algo para satisfacerlos.
Cuando estoy segura de que está profundamente dormido, mis dedos se
deslizan bajo las sábanas, descienden en silencio por mi vientre y se abren
paso entre mis piernas. He aprendido a guardar silencio mientras me toco
como él solía tocarme. A veces finjo que es su mano, sus dedos, él, aunque
esté inconsciente y nada interesado. Otras veces finjo que las manos que me
tocan son otras. De gente que conozco, y de gente que no. Nunca he
engañado a mi marido en la realidad, solo en mis fantasías. Creí poder
arreglar lo nuestro. Encontrar el modo de hacerlo funcionar.
Las esposas creen que sus maridos pueden cambiar, pero no cambian.
Los maridos creen que sus esposas nunca cambiarán, pero cambian.
Un niño grande

Últimamente me afecta mucho mi pasado. Mi mente no deja de repasar


partes de él que preferiría olvidar. Nadie quiere que le recuerden
constantemente sus errores o defectos, pero supongo que hay algunos de los
que nunca podremos huir. Mi mujer y yo casi nunca discutíamos, por
mucho que esto pueda parecer inverosímil a la mayoría de las parejas
casadas que conozco, pero sigue siendo cierto. Ella tenía la desafortunada
costumbre de hacer acopio de todas las cosas mías que la habían molestado,
para luego echármelas en cara en un arrebato de ira que, por lo demás,
estaba fuera de lugar. Eran arrebatos que rara vez sucedían con previo
aviso, y con los años aprendí que había temas de conversación que era
mejor evitar.
Si en algo discrepábamos los últimos tiempos, siempre era sobre el
mismo tema: los hijos. Ella a veces creía que deseaba tenerlos, yo siempre
supe que no los quería. Era un tema que tocábamos pocas veces porque
siempre acababa en una discusión que ninguno de los dos quería tener.
Recuerdo la última vez como si fuera ayer.
—Sigues diciendo que debería dejar mi trabajo en el periódico, pero ¿qué
haría entonces? —dijo Abby mientras paseábamos cogidos de la mano por
el muelle de Brighton.
Habíamos pasado la noche en un hotel elegante para celebrar nuestro
aniversario y acabábamos de comer fish and chips. Las gaviotas bailaban en
el cielo azul sobre nosotros, el sol brillaba, Columbo trotaba junto a
nosotros por el paseo marítimo y el amor de mi vida y yo íbamos cogidos
de la mano. La vida era buena hasta que dejó de serlo.
—Quédate en casa. Quédate conmigo —contesté, acercándola y
besándola.
—Te pasas el día escribiendo. ¿Qué haría yo? —preguntó Abby,
apartándose.
—Seguro que se te ocurre algo. Algo menos peligroso que el periodismo
de investigación. Algo que no conlleve pasar tanto tiempo separados.
—¡Oh, mira, una máquina de Zoltar! —dijo, arrastrándome hacia la
entrada de los salones recreativos del final del muelle— ¿Te acuerdas de
que salía en esa película? ¿Esa donde el niño desea ser mayor?
—Se llamaba Big.
—Vale, genio. Preguntémosle por nuestra fortuna y pidamos un deseo.
Buscó una moneda en el bolso, la introdujo en la máquina y cerró los
ojos.
—¿Qué estás deseando? —pregunté.
—Obviamente, no puedo decírtelo o no se hará realidad.
El adivino mecánico cobró vida y empezó a hablar, diciendo lo que me
sonó casi como un galimatías. Abby, normalmente tan madura y sensata,
era de repente como una niña. Su mente solía regirse por la lógica, pero
sentía debilidad por todo lo relacionado con la clarividencia. Zoltar dejó de
hablar y de la parte de debajo de la máquina salió una tarjeta de papel. Ella
la cogió, se le borró la sonrisa y mi valiente esposa se echó a llorar.
—¿Qué pasa? ¿Qué dice? —pregunté.
—Nada.
Lo que para una persona no es nada, a veces significa mucho para otra.
No la creí, y no sin razón. Nos pasamos discutiendo todo el viaje de vuelta a
casa. Todo el recorrido en coche estuvo salpicado de silencios incómodos o
de momentos con mi mujer enumerando las diferentes maneras en que la
había decepcionado. Las cuestiones de siempre: que era un egoísta, que no
contribuía en casa, que no era lo bastante cariñoso, que se me había
olvidado nuestro aniversario. Admito que sí se me olvidó. Por eso había
organizado un viaje a última hora, y en un lugar relativamente cerca de
casa, para no tener que apartarme demasiado tiempo de la corrección de mi
libro.
—Te preocupas más de tus libros que de mí —dijo, y no por primera
vez.
Entonces dijo que quizá querría tener un hijo. Tampoco era la primera
vez que lo mencionaba, pero, al igual que las otras veces, tampoco explicó
cómo podríamos tener nosotros un hijo. El trabajo de Abby la tenía ocupada
casi todo el tiempo, yo necesitaba silencio para escribir y ninguno de los
dos tenía familia que pudiese ayudarnos con la crianza. Por tanto, ¿quién
cuidaría de ese bebé si lo teníamos?
—No lo veo posible, a menos que te tomes un año sabático, que siempre
dijiste que no podías por tu carrera, y que no vuelvas a trabajar a jornada
completa —dije despacio, intentando concentrarme en la carretera.
Abby cruzó los brazos sobre el pecho.
—Encontraríamos el modo, si fuera algo que tú quisieras hacer.
—Pero es que no quiero un hijo. He sido sincero contigo al respecto
desde que nos conocimos, mucho antes de casarnos. Piensa en el mundo en
que vivimos. La humanidad está muy mal, todos los días escribes sobre eso.
¿Por qué quieres traer un niño a este mundo? Los niños son caros y
requieren mucho esfuerzo, y no puedes apagarlos con un interruptor.
Ninguno de nuestros amigos con hijos es feliz y todos parecen siempre
agotados.
—La verdadera razón por la que no quieres un niño es porque sigues
siendo uno. Estoy casada con un niño grande. Eres muy egoísta.
—Tienes razón. Lo soy. No quiero apuntarme a cuidar durante veinte
años a un mocoso que puede que ni siquiera me quiera. Que puede que ni
siquiera te quiera a ti. Al que puede que no queramos. Tener hijos no
significa forzosamente amor incondicional y familia feliz.
No me replicó enseguida. Se quedó callada, que siempre era la parte más
peligrosa de cualquier discusión que pudiéramos tener, ya que significaba
que estaba planeando su próximo ataque.
La Abby que yo conocía podía ser muy cruel cuando no se salía con la
suya. El resto del mundo solo veía una periodista galardonada, pero yo tenía
asiento de primera fila para conocer mejor que nadie a la verdadera Abby
Goldman. La verdadera Abby no era tan dura como creo que la
consideraban sus colegas. Se pasaba los domingos en pijama viendo
películas en blanco y negro, llevaba calcetines peludos para dormir y se
acostaba con una bolsa de agua caliente porque siempre tenía los pies fríos.
No podía pasar junto a un sintecho sin ofrecerle una bebida caliente y algo
de comida, aunque fuera su propio almuerzo. Donaba en secreto el diez por
ciento de todo lo que ganaba a la beneficencia. Lo hacía en secreto porque
creía que la gente que presume de buenas acciones solo lo hace en beneficio
propio. Hasta su trabajo era como una forma de penitencia por algo. Lo que
nunca supe era de qué podía sentirse tan culpable.
Mi mujer no era perfecta, pero era perfecta para mí.
Aunque fuese muy cruel cuando se enfadaba.
—¿Así que no puedo ser madre porque tus padres no te quisieron? —
dijo, y tuve que agarrarme con fuerza al volante.
«Sí que me querían, pero yo les fallé».
—Tú tampoco tuviste una infancia feliz —repliqué—. Mira lo que te
hizo tu madre. ¿Era amor eso?
—¿Así que dices que crees que seré tan mala madre como mi madre?
¿Dices que soy igual que ella?
Cuando discutíamos, cada pregunta tenía trampa. Todo lo que ella
pudiera decir era una trampa. Hacía que me fuera imposible poder decir
algo bien, pero yo seguía intentándolo.
—No. Solo digo que quién sabe lo que te habría pasado si no te hubiera
recogido Kitty. No estamos hechos para ser padres, no nos enseñaron a
serlo. No quiero herir a un niño tal y como me hirieron a mí mis padres, o
tus padres a ti. Crees que tener un hijo podría hacerte feliz, pero no será así.
—¿A ti qué te haría feliz, Grady?
«Un best seller en el New York Times».
«Un lugar tranquilo donde poder escribir sin interrupciones».
«Una esposa que a veces no me haga sentir que le estoy fallando».
—Soy feliz —le dije.
Me parecía estar diciendo una mentira, pero ahora creo que quizá fuera
verdad.
Abby se quedó mirando por la ventanilla y pasamos el resto del viaje sin
hablar.
Esa noche encontré en el bolsillo del abrigo la tarjeta de Zoltar rota por
la mitad.

ZOLTAR TE CUENTA TU PORVENIR


Las preguntas que haces y las respuestas que quieres
no ayudarán a que estés menos triste.
Ningún hombre es una isla, y el amor rara vez es verdadero. Nacemos
solos, morimos solos; haz lo que te parezca correcto.
Nunca hablé con Abby de lo que decía la tarjeta ni de por qué le afectó
tanto.

Ahora me siento en silencio en la cabaña. Como si la culpa residual que


siento rezumase de las paredes de madera. Hay tantas cosas que desearía
poder cambiar, palabras que desearía no haber dicho. Pero entonces me
echo todo esto en cara. Tengo que dejar de vivir en el pasado y
concentrarme en el futuro. Pierdo demasiado tiempo reviviendo viejas
conversaciones, preguntándome si las cosas serían ahora distintas de haber
dicho entonces algo diferente. Y eso es perder el tiempo. Es inútil desear
poder cambiar la historia de tu vida cuando ya ha terminado la escena
anterior.
Esta es mi oportunidad, puede que la única, de escribir una nueva novela
y de recuperar mi vida. Y eso no lo cambiarán los recortes de prensa que
meten por debajo de mi puerta.
Puede que no siempre fuera el marido perfecto, pero quería a mi mujer.
Espero que ella lo supiera.
Por mucho que me duela, y creo que siempre me dolerá, Abby no está.
Esté donde esté ahora ella, tengo que aprender a pasar página.
Estúpidamente genial

Lo único que hago a lo largo de seis semanas es escribir, comer, dormir de


vez en cuando, y vuelta a empezar. Saco a Columbo a pasear por el bosque
o a lo largo de la costa, y voy al pueblo cuando necesitamos provisiones,
pero apenas me alejo de la cabaña o de mi portátil, y rara vez veo a otros
seres humanos. No ha vuelto a haber incidentes extraños ni he visto más
isleños, posiblemente por haberme aislado para no verlos, y me he instalado
en la rutina. Por fin vuelvo a escribir y me sienta bien. Pese a seguir sin
dormir algo más que unas pocas horas, por muchos litros que beba del té de
mirto de Cora, que ha resultado ser sorprendentemente delicioso, y pese a
seguir teniendo oscuras ojeras. Escribo todo el día y casi toda la noche,
todas las noches, y me siento estúpidamente genial. A veces me encuentro
tan cansado que creo que voy a desplomarme, así que vuelvo a sentarme
ante el escritorio y escribo un poco más.
Si bien la novela empezó siendo una obra de Charles Whittaker acerca
de un escritor en una isla, he cogido su idea y la he reconvertido en algo
propio. Quizá en algo todavía mejor, algo que gustará a mis lectores. Creo
sinceramente que este libro podría devolverme mi carrera y mi vida. Hace
un par de semanas recibí una carta mecanografiada de Kitty y ella también
está entusiasmada. En la isla no hay cartero, me la dio Cora la última vez
que estuve en su tienda y es la única correspondencia que he tenido con el
mundo exterior desde que llegué. Admito que la vida es mucho más
tranquila sin acceso al correo electrónico, el WhatsApp, las páginas de
noticias y las redes sociales. La cabaña no tiene ni televisión. No hay nadie
ni nada que venga a molestarme o distraerme del libro, y creo de verdad que
esta pequeña isla escocesa puede haber sido justo lo que necesitaba. Me
entristece pensar en los pocos mensajes que encontraría en mi teléfono si
este funcionara. Kitty es la única persona que sabe que estoy aquí. La única
persona a la que todavía le importo. Guardo su carta en un cajoncito del
escritorio, y ahora la vuelvo a sacar.

Querido Grady:
La nueva novela tiene una pinta estupenda y apenas puedo esperar a
leerla. ¡Sabía que podrías conseguirlo!
Sé que la enviarás en cuanto estés listo, pero cuanto antes mejor.
Espero tenerla a tiempo para la Feria del Libro de Londres.
Con cariño,
Kitty

No creo que pudiera hacer mi trabajo sin alguien que creyera en mí. Ese
alguien es ahora Kitty, y estoy decidido a corresponder a su amabilidad. No
me siento culpable por Charles; está muerto. Seguro que habría publicado el
libro de haber querido, pero en vez de eso escondió el manuscrito bajo el
suelo y, siendo sinceros, he necesitado hacerle una buena reescritura y una
corrección a fondo para convertirlo en la historia que es ahora. En mi
historia.
En esta etapa del proceso suelo imprimir el libro antes de empezar un
segundo borrador, pero no tengo impresora, solo el portátil. Me levanto y
tengo un vahído. La vista se me difumina por los bordes y necesito
apoyarme en la mesa para estabilizarme. Estoy muy cansado, pero no puedo
dormir, ni siquiera debo intentarlo. Ni dejar que mi mente se disperse en
otras cosas. Como en mi mujer. Que no está aquí. ¿Cómo iba a estarlo? ¿Por
qué iba a estarlo? Necesito centrarme en mi trabajo y pasar página. No
puedo bajar el ritmo mientras el libro no esté listo.
«Debo seguir escribiendo».
Abby siempre fue mi primera lectora.
«Nada de distracciones».
Esta será la primera de mis novelas que no lee.
«Debo centrarme en el trabajo. Solo en el trabajo».
Columbo me mira y creo que debo haber hablado en voz alta. Eso no
significa que esté loco. Solo que estoy cansado. Creo que siempre pierdo
algún tornillo cuando llevo demasiadas horas escribiendo. Hace como dos
meses que no me corto el pelo, y hace semanas que tampoco me afeito.
Aislarse tanto tiempo del mundo real resulta liberador, pero ya ni siquiera sé
en qué día estoy. Voy al pueblo con la esperanza de que sea un día laborable
y las tiendas estén abiertas.
—Hola, Grady —dice Cora cuando entro en la tienda de la esquina.
Es una de las pocas personas que he visto y con las que he hablado
recientemente, y solo porque necesito comida y este es el único lugar donde
conseguirla. También parezco tropezarme con Sandy casi todas las veces
que salgo de la cabaña, pero eso es una feliz coincidencia. Me cae bien
Sandy. Creo que en otra vida habríamos podido ser amigos.
—¿Qué tal el libro? —pregunta Cora, interrumpiendo mis pensamientos.
Creo que últimamente mi mente divaga más de lo normal.
—Por eso estoy aquí, la verdad. Dijo que si alguna vez necesitaba algo
que no estuviera en la tienda podría conseguírmelo.
—Por supuesto.
—Pues necesito una impresora.
—¿Una impresora?
—Sí. Para poder…
—Seré vieja, pero no tonta. Sé lo que es una impresora. —Su rostro se
ilumina como un árbol de Navidad—. ¿Significa eso que ha acabado el
libro?
—Sí y no. Solo el primer borrador.
Su sonrisa se desvanece.
—¿Cuántos borradores necesita para acabar?
—indentmente tres. Si el libro no se me atraviesa.
Parece completamente abatida.
—¿Cuánto le lleva el segundo y el tercer borrador?
—Eso es como preguntar cómo de largo es un trozo de cordel —
respondo riéndome. Ella no se ríe—. Pero normalmente menos tiempo que
el primer borrador. Unas semanas como mucho.
—Entonces, me alegro por usted. —Sonríe como si de verdad se alegrara
por mí—. Y bien por nosotras —dice en voz baja.
—¿Qué ha…?
—¿Tiene una impresora concreta en mente?
La tengo y la traigo anotada. El mismo modelo que tenía en Londres. Es
muy básica, pero funciona y es lo que me puedo permitir. Aprovechando
que estoy aquí, cojo algo más de comida: algún plato precocinado de
cordero, leche y dos cajas de té de mirto. Al sacar los billetes me doy cuenta
de que no me queda mucho dinero, pero espero que baste para alimentarnos
a Columbo y a mí hasta que el libro esté acabado. Cora coge un KitKat del
puesto de chocolatinas de la caja y lo añade a mi bolsa de la compra.
—Yo invito —dice—. Sé que son sus preferidos.
No sé por qué es tan amable conmigo, pero me gusta.
Casi me da pena dejar este sitio, pero eso es justo lo que pienso hacer en
cuanto tenga el libro listo para enviárselo a Kitty.
—Echaré de menos esta tiendecita cuando me vaya de la isla —digo.
Cora frunce el ceño.
—¿Y por qué va a dejar la isla?
—Bueno, por muy bien que lo haya pasado, ya casi he terminado el
trabajo.
Vuelve a sonreír.
—Ya veremos.
Pasajero que conduce

Dos días después, llaman a la puerta de la cabaña.


—Hoy han traído esto para usted en el transbordador —dice Sandy—.
Pensé que sería mejor traerla directamente aquí, en vez de ver cómo intenta
cargar con ella desde el pueblo hasta aquí.
Se queda mirando mi nueva barba antes de señalar una gran caja de
cartón. Debe de ser la impresora. Dios sabe cómo la habrá movido ella
hasta aquí.
—Gracias. ¿Quiere pasar para…?
—No, no quiero molestar. Dicen que está a punto de acabar su nuevo
libro. Pero si necesita algo más, no dude en decírmelo —dice, dando ya
media vuelta para irse.
—Bueno… ¿cuándo sale el siguiente transbordador al continente?
—Grady, cada vez que le veo, me habla de dejar la isla. Una mujer
podría tomarse eso como algo personal, ¿sabe?
—Es que quizá vuelva pronto al continente.
Frunce el ceño.
—Pero si no ha acabado el libro.
—Bueno, no tardaré en acabarlo, y entonces volveré a Londres. Nunca
pensé en quedarme para siempre. —Sonrío, pero Sandy no—. Sé que el
transbordador solo sale una o dos veces por semana y todavía no he visto
los horarios. ¿Hay alguno?
—El transbordador sale a la hora más indicada según el estado de la mar,
las mareas y el tiempo —responde con un resoplido—. Cuando se vive en
una isla pequeña aprendes a adaptarte a las cosas que son más grandes que
tú. Cosas que cualquier persona inteligente entiende que no controla.
—¿Qué significa eso?
—Solo que la vida aquí es diferente. Es una vida de la que algunos se
enamoran.
Parece ofenderle que no quiera quedarme y se me ocurre algo.
—Sería más fácil enamorarme de este sitio si tuviera mi coche y pudiera
visitar mejor la isla.
—Ya se lo he dicho, los no residentes no pueden traer vehículos a
Amberly. Si rompo las reglas por usted, tendría que romperlas por todos, y
¿cómo acabaríamos entonces? Con una isla plagada de coches y de
contaminación, y de basura y de visitantes. Lo siento. Tengo que proteger la
isla y a la gente que vive en ella. Quizá si algún día decidiera vivir aquí de
forma permanente… pero no hay normas que le impidan usar el coche de
otra persona.
—Dudo que alguien quiera prestarme su…
—Charles tenía un viejo. Al final no lo conducía mucho, pero todavía
debería estar aquí. Se le habrá descargado la batería, pero podríamos
intentar resucitarla. ¿Ha mirado en el viejo cobertizo?
—No. No encontré las llaves.
—Pues deben estar en alguna parte. ¿Miró en todos los cajones?
«Por supuesto».
—Sí.
—¿Le importa si echo un vistazo?
—Usted misma —le digo, apartándome para que pueda entrar. Me
arrepiento al instante. La casa está tan hecha un asco como yo al cabo de
seis semanas escribiendo día y noche.
Se detiene en medio de la cabaña, apoyando las manos en las caderas,
asimilándolo todo.
—Tiene la misma pinta que cuando Charlie estaba aquí —dice, y me
pregunto si se refiere a la cabaña o a si Charles Whittaker cuando escribía
también lo hacía rodeado de tazas y platos sucios, de montones de libros y
montones de ropa sucia.
El lugar es un caos desordenado, y no creo que yo tenga mejor aspecto o
huela mejor. Sandy se queda mirando el paisaje de océano que hay desde
las puertas correderas del fondo de la cabaña.
—Sí que le gusta vivir en el filo —dice, antes de acercarse a la cocina y
abrir un par de cajones. No me molesta la intrusión, en realidad el sitio no
es mío, pero es una completa pérdida de tiempo. Ya lo he mirado yo y no he
visto llaves ni ahí ni en ninguna parte…
—Creo que son estas —dice, mostrándome una llave vieja con una
etiqueta de papel donde pone «Cobertizo». No sé cómo no la he visto en
todo este tiempo.
Sigo a Sandy hasta fuera, donde caminamos entre los árboles hasta un
gran cobertizo que nadie vería jamás de no saber dónde buscarlo. La llave
encaja en el candado oxidado de la puerta, que Sandy abre de un tirón para
descubrir un coche muy antiguo en excelentes condiciones. El viejo Land
Rover verde oscuro parece una pieza de museo, pero también está
inmaculado, como si alguien lo hubiera limpiado esta mañana.
—Aquí está. El Land Rover Defender serie 1 de 1953. Ideal para una
reina. ¿Sabía que era el vehículo que utilizaba Su Majestad cuando estaba
viva? Cada vez que llevaba al viejo Charlie en la camioneta se portaba
como un pasajero controlador; prefería conducir él, así que se compró un
Land Rover cuando sus libros todavía se vendían.
—¿Cómo no me dijo antes que esto estaba aquí?
Ella se encoge de hombros.
—No soy quién para decirle a un hombre que puede apropiarse de las
cosas de otro.
Dice eso con intención y por un segundo pienso que sabe que he
plagiado el manuscrito de Charles Whittaker. Pero me digo que le doy
demasiadas vueltas a todo y que estoy paranoico por la falta de sueño. Solo
se refiere al coche.
El Land Rover ni siquiera está cerrado y encontramos las llaves en la
guantera. No arranca, claro, pero Sandy parece convencida de poder
arreglarlo. Supongo que si sabe navegar un transbordador, sabrá de
mecánica mucho más que yo. Vuelvo dentro a prepararnos un té y, para
cuando vuelvo, ha conseguido poner el motor en marcha.
—Aquí lo tiene, todo suyo —dice, dándome las llaves del coche y
cogiendo el té. Huele la taza.
—¿Qué es esto? ¿Té de mirto?
Asiento con la cabeza.
—No es para mí, gracias —dice, devolviéndome la taza—. Será mejor
que me vaya yendo.
—Una cosa antes de que se vaya… —Señalo el bosque cubierto de
maleza—. ¿Cómo hago para pasar el Land Rover entre los árboles?
Sandy se ríe.
—¡Conduciéndolo!
Una vez se ha ido, vuelvo a la cabaña e imprimo el libro. Luego dedico
las siguientes veinticuatro horas a leerlo. Descontando algunos cambios
menores, estoy bastante contento con el resultado. indentmente hago tres
borradores antes de enviar una novela terminada a mi agente, pero supongo
que aquí Charles hizo los primeros borradores por mí. Lo único que falta es
un título. Charles lo tituló «Décima novela», que no me vale. Esperaba que
se me ocurriese algo mientras lo escribía, pero no ha sido así, o al menos no
se me ha ocurrido nada que me valga. Veo el mapa de Amberly y lo repaso
en busca de inspiración. Muchos de los edificios tienen nombres
extravagantes: La desesperada, El quinto pino, La Taberna del Tropiezo, por
citar algunos, pero ninguno sirve de título para un libro. Entonces veo algo
llamado Defectos Perfectos. No tengo ni idea de lo que será, pero es ideal.
Cojo la Bola 8 Mágica, que parece que últimamente utilizo para tomar
decisiones.
—¿Está la novela lista para enviarse a mi agente? —pregunto en voz
alta, esperando la respuesta con impaciencia.
Sin ninguna duda.
Sonrío y la sensación me resulta extraña. Las sonrisas han escaseado
desde que desapareció mi mujer. No quiero tentar a la suerte, pero no me
resisto a hacer otra pregunta.
—¿La novela es buena?
Me sorprende la importancia que otorgo a las siguientes palabras que
aparecen en la pequeña pantalla.
Tal y como yo lo veo, sí.
Miro la hora y veo que la tienda ha cerrado ya, lo que significa que es
tarde para enviar hoy el manuscrito.
—De todos modos, habría que celebrarlo —le digo a Columbo.
Últimamente hablo casi siempre conmigo mismo o con mi perro, y he
descubierto que es mejor oyente que yo—. ¿Qué te gustaría hacer? —le
pregunto y él menea la cola—. Estoy de acuerdo. Deberíamos salir a dar un
buen paseo y abrir una botella de algo bueno nada más volver a casa.
¿Visitamos uno de los puntos turísticos de la isla? ¿Te parece? Habría que ir
a verlo ya, porque si hay suerte pronto nos iremos de aquí.
No quise ser grosero delante de Sandy. Es evidente que le encanta
Amberly, y que es su casa de siempre, pero no es mi caso. Este sitio me ha
venido bien en muchos sentidos, pero los de aquí son un tanto raros y echo
de menos las cosas de Londres. Cosas que no creí echar en falta. Y por
razones que no entiendo, esta isla parece decidida a hacerme pensar en mi
mujer todavía más que antes. En cuanto Kitty me diga que el libro es bueno
y que puede venderlo, me largaré de aquí, y no tengo ninguna intención de
volver.
Caer hacia arriba

Sigo el consejo de Sandy y conduzco el viejo Land Rover muy despacio y


con mucho cuidado a través del bosque lleno de maleza, hasta llegar al
claro donde suele aparcar ella. Es evidente que hace años que nadie lo saca
del cobertizo, y el viaje es lento y lleno de baches, pero el enorme y sólido
todoterreno aplasta con facilidad cualquier helecho que pueda interponerse
en su camino. Columbo tiene puesto el cinturón de seguridad del asiento del
copiloto y parece contento con el nuevo transporte. Igual que yo. Si consigo
pillarle el truco a conducir esta puñetera cosa, podremos explorar el resto de
la isla antes de irnos.
Viajo despacio por la carretera de la costa, y da gusto volver a estar tras
un volante. El cambio de marchas se resiste y no tiene dirección asistida,
pero es increíble poder conducir este Land Rover. Las ventanillas abiertas
hacen que el viento me revuelva en todas direcciones el pelo demasiado
largo. El olor del mar es tan fuerte que casi puedo saborearlo, y siento una
extraña sensación. Algo parecido a la felicidad. Columbo ha pasado varios
días encerrado mientras yo terminaba el libro, así que quiero que se lo pase
bien en el paseo, tanto por él como por mí. Tras mirar el mapa, creo que he
encontrado un buen sitio que no está muy lejos.
Las Huérfanas es el nombre que reciben dos montañas que conforman
una ruta muy popular hacia uno de los puntos más elevados de Amberly. Es
una de las pocas cosas que me aparecieron en internet cuando investigué
esta isla. Una formación rocosa muy peculiar en forma de cresta, desde la
que puede verse tanto el mar como el interior de la isla, casi partiéndola en
dos como un corazón roto. He visto muchas fotos y quería verlo con mis
propios ojos. Por lo que recuerdo de mis lecturas es un recorrido bastante
sencillo. Nada que no podamos afrontar Columbo y yo.
El cartel del aparcamiento sugiere que podría estar equivocado al
respecto.

PELIGRO
EL SENDERO DE LAS HUÉRFANAS ESTÁ ACTUALMENTE CERRADO.

—Vaya, qué decepción. ¿Tú qué dices, Columbo? ¿Nos arriesgamos de


todos modos? Tengo agua de sobra y snacks perrunos.
Él me ladra lo que yo interpreto como «Sí, claro que debemos subir esta
montaña. No nos pasará nada».
Una de las muchas cosas que me gustan de mi perro es que siempre está
de acuerdo conmigo.
Rodeamos el cartel y empezamos la subida por el sinuoso sendero. Es
empinado, pero las vistas son más y más impresionantes a cada paso. Me
detengo continuamente para asimilar la majestuosa belleza que nos rodea. Y
para recuperar el aliento. Los pináculos puntiagudos conocidos como Las
Huérfanas se alzan sobre colinas cubiertas de hierba, bañados por el sol y
proyectando una serie de largas sombras oscuras. Sobre nosotros, nubes de
un blanco sucio proyectan sombras propias. Tardamos cuarenta minutos en
alcanzar la cima. No hay señales de peligro, ni nada demasiado complicado
de sortear, y no se me ocurre por qué habrán cerrado el camino.
Es entonces cuando la veo, sentada al otro lado de las piedras, leyendo
un libro.
—Hola otra vez —digo.
Parece sobresaltarse, pero entonces la expresión se le suaviza para
formar una sonrisa.
—Hola.
—No esperaba verla aquí arriba —digo.
—Dios es un hacedor justo. El sueldo es una mierda, pero de vez en
cuando me da el día libre —dice la reverenda.
Melody Bates está aún más guapa de lo que recuerdo y hoy no se parece
en nada a un cura. Lleva el pelo largo y rubio recogido en una coleta
perfecta. Tampoco lleva el uniforme negro y el alzacuello blanco, y viste
unos pantalones cortos vaqueros muy ajustados y una sencilla camiseta
blanca. Puedo verle el escote desde donde estoy y me esfuerzo todo lo
posible por no mirárselo directamente. Algo que dificulta aún más el anillo
que lleva colgado del cuello con una larga y delicada cadenita. Es un cardo
plateado, como el que llevan Sandy y Midge, y empiezo a preguntarme si
no pertenecerán todas a una secta. Melody leía un libro cuando me acerqué
a ella y lo cerró al oírme, como si la avergonzara. O como si la hubieran
sorprendido en algo malo. Entierra el libro en la mochila antes de que pueda
ver cuál es.
—Quiero decir que me sorprende verla por lo del cartel —digo, y ella
parece desorientada—. Dice que el sendero está cerrado.
—¿Ah, sí? No me he fijado. Siempre subo aquí cuando tengo tiempo; es
un buen sitio para alejarse de todo. Un lugar tranquilo donde pensar.
«Yo diría que la iglesia es bastante tranquila».
—Si hay algún lugar en la tierra que sea más bonito que este, no lo
conozco, y aun así aquí han pasado muchas cosas feas. ¿Sabe por qué los
llaman Las Huérfanas? —pregunta, sosteniendo el anillo entre los dedos y
mirando hacia los picos de la montaña.
—No. No puede decirse que lo sepa.
—Se rumorea que, en tiempos medievales, un rey del continente intentó
conquistar la isla. Cuando los isleños vieron acercarse los barcos con su
ejército, supieron que se verían superados en número. Por tanto, enviaron a
sus hijos a esconderse en esta montaña, buscando mantenerlos a salvo.
Hicieron bien. Todos los hombres que vivían en la isla fueron asesinados en
el acto, las mujeres violadas y luego asesinadas, y la tierra se tiñó de rojo
con su sangre. Cuando las tropas del rey se hubieron comido toda la comida
que no les pertenecía, bebido el vino que no era suyo y robado todo lo de
valor, zarparon de vuelta al continente. Los niños se salvaron, pero solo
porque el ejército del rey no pudo encontrarlos. Se escondieron aquí, en esta
montaña, hasta que vieron alejarse los barcos. Sus padres les habían dicho
que no bajaran antes de que fueran a recogerlos. Pero no fue nadie. Algunos
dicen que los niños murieron de hambre, o que lo hicieron de frío, o que se
perdieron en la montaña y no pudieron encontrar el camino de bajada. Otros
dicen que esos pobres huerfanitos acabaron convirtiéndose en estas rocas, y
que ahora custodian la isla que sus padres no supieron proteger.
—Una historia interesante.
—¿Verdad que sí? Son todo tonterías, claro. Los hombres han causado
problemas en esta isla desde siempre, pero estos picos se formaron hace
millones de años por la actividad volcánica, y los moldeó la lava fundida.
—¡Parece geóloga!
Ella sonríe.
—No todos los religiosos somos incompatibles con la ciencia, Grady.
Me alegro de que nos hayamos encontrado. Llevo pensando en usted desde
que nos conocimos.
«La hermosa reverenda ha estado pensando en mí».
—¿En serio?
Noto que el corazón me late en el pecho.
—Encontré el anillo de boda que tuvo el detalle poner en la caja de
donaciones de la iglesia y quería hablar con usted al respecto.
Por un segundo siento que se me para el corazón.
—Ah. Eso —es todo lo que consigo decir.
—Nos vendrá muy bien y ayudará en mucho a arreglar el tejado de la
iglesia, pero ¿está seguro de ello? ¿Y usted se encuentra bien? Si alguna vez
necesita a alguien con quien hablar…
—Estoy bien, de verdad. Mi mujer ya no está. Me ha costado aceptarlo.
Cuando llegué aquí creía verla en todas partes, pero tengo que pasar página.
Ella asiente.
—Siento mucho su pérdida. La pena puede hacerte cosas extrañas. Veo
muchas pérdidas en mi trabajo, el mundo está lleno de corazones rotos, pero
también veo muchos supervivientes. Hay veces que, cuando la vida derriba
a una persona, la caída puede llevarla hacia arriba, aunque al principio sea
doloroso. Si hay algo que pueda…
Inclina la cabeza en señal de compasión y no lo soporto.
—Me alegro de que mi viejo anillo de boda sirva para una buena causa
—digo.
—Muy bien. Bueno, ya sabe dónde encontrarme si cambia de opinión.
Será mejor que me vaya. Tengo oraciones que rezar, pecadores que
absolver, gente que enterrar.
Se levanta y se sacude el polvo de los pantalones cortos, y ahora me
siento mal.
—Por favor, no se vaya por mí. Me iré enseguida —digo.
Ella niega con la cabeza.
—No creo que lo haga.
Y entonces se aleja montaña abajo.
Me siento un rato y me pregunto si alguna vez llegaré a ser alguien más
aparte del hombre cuya esposa desapareció. Alguien por quien la gente
siente lástima y ante el que se siente incómoda. Voy a pasarme el resto de
mi vida preguntándome si mi mujer está viva o muerta. Puede que no sea
posible pasar página de algo así, por muy lejos que vayas. Columbo se
sienta a mi lado y doy gracias por tener un acompañante silencioso.
Compartimos una manzana mientras miramos el paisaje. Las nubes
empiezan a desplazarse un poco más deprisa, tapando el sol durante más
rato, hasta que el aire se vuelve claramente más fresco que antes. Decido
que deberíamos emprender el camino de vuelta. indentmente me es mucho
más fácil ir cuesta abajo —las rodillas se me quejan, pero el resto de mi
cuerpo lo prefiere—, pero hay algo que no funciona. La subida fue fácil y
en línea recta porque veía Las Huérfanas y sabía hacia dónde me dirigía.
Pero enseguida empiezo a sentirme perdido al bajar. Estoy en un escarpado
camino de montaña que ni recuerdo ni reconozco. Mientras descendemos,
un manto de nubes bajas se extiende sobre el valle, dificultando ver de
dónde venimos o hacia dónde vamos. Ya no veo Las Huérfanas a mis
espaldas, y solo puedo distinguir unos metros por delante de mí.
Rehago mis pasos y Columbo se pone a ladrar. Me vuelvo para ver qué
le molesta, pero no diviso nada en la niebla. Nada de nada. El viento
también arrecia y me parece oír a alguien gritando mi nombre en la
distancia.
—Grady.
Al principio, creo que es la reverenda, pero la segunda vez que dice mi
nombre reconozco la voz.
—Grady, ¿estás ahí?
Se me pone la piel de gallina.
Doy media vuelta, intentando identificar la dirección desde donde me
llega la voz, pero no veo nada. Entonces vuelvo a oírla, esta vez un poco
más cerca, y no me cabe ninguna duda. Es ella. Es Abby. Está aquí. Puedo
oírla.
—Grady, ¿por qué no vienes a buscarme?
—¿Dónde estás? —grito en la niebla, pero no obtengo respuesta. Solo
me responde el aullido del viento.
«Me lo estoy imaginando. Debe ser eso».
Apenas puedo verme las manos cuando las alzo ante mi cara, y no veo al
perro. Me maldigo por no haberle puesto la correa, no puedo perderlo
también a él. Me vuelvo otra vez, pero sigo sin ver nada. Grito el nombre de
Columbo y echo a correr, tropezando en el camino, golpeándome la rodilla
contra una piedra y despellejándome las palmas de las manos. Lo oigo
ladrar a lo lejos y me levanto para volver a correr. No me preocupo por mí,
pero sí por el perro. Es todo lo que me queda. Había algunas cuestas
pronunciadas camino del mirador. Fáciles de localizar y evitar cuando la
niebla no cubría la montaña, pero no sé si es tan tonto como para correr por
ellas hasta despeñarse. La idea de que Columbo se caiga o se haga daño me
produce náuseas. Corro pero no consigo encontrarlo. Ha dejado de ladrar.
Todo está en silencio.
—¡Columbo!
Grito su nombre una y otra vez pero es inútil.
Doy vueltas a mi alrededor, pero lo único que veo es una niebla espesa
en todas direcciones.
Entonces veo en la niebla varios pares de ojos, todos mirándome
fijamente.
Un pequeño milagro

Nunca me han gustado las ovejas: me resultan siniestras, y tienen cuernos.


Llamo de nuevo a Columbo pero no vuelve. Creo que estoy peligrosamente
cerca del borde del precipicio y nunca me perdonaré que le pase algo, que
desaparezca de mi vida como Abby. Ya me han abandonado todos aquellos
a quienes he querido alguna vez y no puedo perderlo también a él.
Columbo ladra. Lo llamo y corre hacia mí a través de la niebla que ya se
disipa. Siento tal alivio al verle la cara que podría romper a llorar. Las
ovejas se dispersan y agarro a Columbo, para luego quitarme el cinturón de
los vaqueros e improvisar una correa, pasando un extremo por su collar.
Con la mano sujeto con fuerza el otro extremo. Lo peor de esta situación es
que todo ha sido culpa mía. El cartel advertía del peligro y yo seguí como si
nada. Ya está a salvo, pero el corazón sigue latiéndome acelerado y me
tiemblan las manos. La culpa es una emoción muy pegajosa; no hay manera
de quitársela.
Mi estado de ánimo está por los suelos mientras seguimos el sendero
montaña abajo. La autocompasión y el autodesprecio rebosan en mi mente.
Nunca he aprendido a enfrentarme al mundo real. No tuve quien me
enseñara a hacerlo. Me crié con mi abuela, que me quería, pero me dejó
vivir en un mundo lejos de la realidad, leyendo libros y soñando con
escribir el mío. Cuando yo tenía nueve años, mis padres llegaron a la
conclusión de que tener un hijo no iba con su estilo de vida, y me
abandonaron con mi abuela. Un día me dejaron literalmente en la calle, ante
su apartamento en el este de Londres con una maleta y una nota. No es algo
de lo que suela hablar, incluso hago todo lo posible por no pensar en ello
estos días, pero no sé si uno puede recuperarse de semejante trauma. En su
momento, me dolió mucho. Ningún niño debería sentirse tan poco querido y
despreciado por sus propios padres, pero, mirando hacia atrás, me alegro de
que las cosas acabaran de ese modo. Mi abuela era bibliotecaria y su casa
siempre olía a tostadas, aceite de Olay y Marlboro Light. Era una rata de
biblioteca que fumaba como una chimenea. Yo le robaba cigarrillos y libros
del bolso y ella hacía como que no se enteraba. Los libros siempre se los
devolvía. Mi abuela murió antes de que me publicaran uno, y ese es uno de
mis mayores pesares. Me gustaría que hubiera podido ver mi nombre
impreso, se habría sentido orgullosa. Cuidó de mí cuando nadie más quiso
hacerlo y sigo echándola de menos todos los días. Nunca fui huérfano, pero
deseaba serlo.
No creo que ahora se sintiera muy orgullosa de mí.
Se sentiría muy decepcionada de saber que le he copiado el manuscrito a
otro escritor, que le he robado su idea y que voy a hacerla pasar por mía.
Pensé que lo que estoy haciendo con su libro no perjudica a nadie —
después de todo, Charles está muerto—, pero ya no estoy tan seguro. Sigo
cometiendo errores y, desgraciadamente, no soy el único que sale
perjudicado cuando los cometo. Como hoy, al ignorar el cartel de peligro.
Pero Columbo está bien y eso es lo que importa, porque no me queda nadie
más en el mundo a quien querer.
Considero un pequeño milagro que lleguemos al aparcamiento, tras
conseguir, no sé cómo, bajar la montaña sanos y salvos en medio de la
niebla. Nos subimos al Land Rover y cierro las puertas sin saber muy bien
por qué. Esta isla es cada vez más y más extraña. Quiero irme pero no
puedo, no hasta que mi agente me diga si la novela es buena. No mientras
no sepa si puede venderla y yo encontrar un lugar donde vivir. No sé qué
haré si me dice que no lo es. La niebla ha desaparecido tan deprisa como
llegó, pero sigo alterado. Nada a salvo. Cuando recupero el aliento y se
calman los latidos de mi corazón, enciendo el motor y volvemos a la
cabaña.
Al llegar, la puerta está abierta de par en par y hay algo sobre el
escritorio.
Algo que no estaba antes.
Otro recorte de prensa, y encima de él está la armónica roja que
desapareció hace semanas, como si fuera un pisapapeles.
18 de marzo de 2021 The Times Página 10

LAS MUJERES SE HAN HARTADO

Abby Goldman

Las recientes manifestaciones en Londres empezaron como una vigilia pací ca


por una mujer violada y asesinada cuando volvía a casa. No es la primera vez
que las mujeres toman las calles esperando ser escuchadas, pero esta vez había
algo diferente en el aire.
Había un grupo de mujeres vestidas de sufragistas, con pancartas que decían
«La misma mierda. Distinto siglo». Un sentimiento compartido por muchas.
Aunque pudiera parecer que ya habíamos pasado por ello, esta vez había algo
diferente en el aire. Ahora las mujeres no están solo asustadas, sino también
enfadadas.
Desde que surgió el movimiento Me Too parece haberse impuesto una
determinación mundial a cambiar las cosas.
El primer ministro y el ministro de violencia de género —que se ha negado a
hacer comentarios pese a varias peticiones para una entrevista— han
prometido reunirse esta semana con las asociaciones de ayuda a la mujer, pero
una portavoz manifestó que era demasiado poco y demasiado tarde.
«Las mujeres se han hartado» es el título de un mani esto conjunto que han
difundido hoy esas mismas asociaciones. Dan varios ejemplos de mujeres
abandonadas por un sistema que aseguran que está roto.
Uno de ellos es de una víctima de violencia doméstica que pidió ayuda a la
policía después de que su marido la golpeara brutalmente. En una llamada, que
está grabada, un superior de la policía —que ha sido suspendido de empleo y
sueldo a resultas de este artículo— le dijo que la policía estaba demasiado
ocupada para hacerse cargo de «peleas sin importancia» entre marido y mujer.
Ella volvió a llamar esa misma noche para explicar con tono tranquilo y
coherente que creía que su marido iba a matarla. Le dijeron que no había plaza
en las casas de acogida y le ofrecieron una tienda de campaña en pleno
invierno. Escuchar la grabación de esa llamada, donde se respondía a una
mujer vulnerable que suplicaba ayuda temiendo por su vida, resulta todavía
más desgarrador tras ver fotos de lo que sucedió a continuación.
Esa noche, su marido la golpeó hasta dejarla inconsciente. Le rompió el brazo
en dos partes y le saltó varios dientes. Las heridas de la cabeza eran tan graves
que los médicos le indujeron un coma y estuvo hospitalizada durante seis
semanas. A continuación se la reubicó en… (continúa en la página 11)

Leo el artículo dos veces. No sé quién sería la mujer sobre la que


escribió Abby, pero sí sé que mi esposa solía hacer campaña por las
víctimas de abuso doméstico. Como deberíamos hacerla todos. No entiendo
que un hombre pueda pegar a una mujer, pero la verdad es que la mayoría
de los actos de violencia me horrorizan y desconciertan. Es el tercer artículo
que me dejan en la cabaña. Tengo una regla sobre el número tres que no
puede ser ignorada. A Abby le pasó algo. Tenía la costumbre de molestar a
quien no debía. Se ponía en peligro y no puedo dejar de pensar que ahora
soy yo quien está en peligro.
Noticia vieja

Lo primero que hago por la mañana es coger el manuscrito y al perro y


subir al Land Rover. Mientras escribía el libro no me pasó nada extraño ni
espeluznante. Todo iba estupendamente. Bien. Incluso genial. Todo era paz
y tranquilidad; condiciones ideales para escribir. Pero ahora no paro de oír
cosas, de ver cosas, de volver a encontrar cosas. El último recorte de prensa
no lo metieron por debajo de la puerta; alguien entró en la cabaña para
dejarlo. No sé por qué quiere nadie que lea los artículos que escribió Abby
antes de desaparecer —es muy cruel hacerle esto a un hombre que ha
perdido a su esposa— pero ya me da igual. El plan de hoy es enviar el
manuscrito, y luego averiguar cuándo sale el transbordador de vuelta al
continente. Esta isla me parecía el lugar perfecto para un escritor. Todo
parecía tan agradable. Pero los lugares, como las personas, pueden parecer
muy agradables al primer vistazo, hasta que descubres cómo son de verdad
y los ves tal cual son. Mis libros lo son todo para mí, pero nada compensa el
tener que vivir con miedo. Volveré a Londres, y si es necesario buscaré otro
hotel de mala muerte. Solo hasta que Kitty venda la nueva novela y pueda
conseguir un lugar en propiedad al que pueda considerar mi hogar. Solo
espero que le guste el libro. Todo mi futuro depende de ello.
Salimos del bosque y tomamos la carretera de la costa. Todo es azul. El
cielo sin nubes y el mar en calma tienen casi el mismo tono de color,
haciendo que cueste distinguirlos. Es como si no hubiera horizonte. Este
tiempo me da buenas vibras, o al menos eso me digo. Enviar el libro a mi
agente siempre ha sido la parte más estresante del proceso. Nunca hablo de
mis libros, con nadie, hasta que no los acabo. He trabajado siempre así. No
pongo problemas a colaborar con los demás y siempre hago caso a mi
agente, a los primeros lectores y a los editores, porque siempre hay maneras
de mejorar un libro y, claro está, quiero que mis libros queden lo mejor
posible. Pero esta etapa, antes de enviarlo, es toda mía. Y el libro ha
quedado perfecto.
Ojalá tuviera a alguien con quien celebrarlo.
Antes las mujeres coqueteaban conmigo mucho más que ahora. Lo
hacían cuando era joven, porque todo el mundo coquetea cuando se es
joven. Luego porque estaba a punto de hacerme viejo y creían que había
tenido éxito. Y ahora que ni soy joven ni tengo éxito, el coqueteo es para mí
como una especie en peligro de extinción. Incluso cuando creo que una
mujer coquetea conmigo, no me atrevo a hacer nada por si malinterpreto la
situación. Las mujeres guapas siempre me han empujado a tomar malas
decisiones. Pero sí recuerdo la salida de uno de mis libros donde no sé
cómo pero sí que decidí lo correcto.
La salida de un libro no siempre va según lo previsto, por mucho que tengas
un poquitín de éxito. Kitty vendió uno de mis libros favoritos a una editora
encantadora que, desgraciadamente, fue despedida dos semanas después de
que yo firmase el contrato. El resultado fue que los directores de la editorial
me pasaron a otra editora que dejó muy claro desde la primera reunión que
no le gustábamos ni yo —algo muy justo— ni mis libros —algo
ligeramente más problemático—. Los meses previos a la publicación
estuvieron llenos de ansiedad y emails sin contestar, y cuando me atreví a
preguntar cómo iban a publicitarlo, se me informó de que trabajaría con
alguien «cuya capacidad coincide con nuestras ambiciones para el libro».
Era la becaria de la oficina.
El día de la publicación me pidieron que fuese a Londres para una firma
de libros «organizada». En el tren a la ciudad vi un sinfín de carteles de
otros escritores que publicaban esa misma semana, vallas publicitarias de
sus obras en cada estación y mesas con tambaleantes montones de libros en
la puerta de cada librería. Me costó mucho encontrar un solo ejemplar de mi
libro en alguna parte, lo que quizá habría sido menos desgarrador de no
tratarse del que yo consideraba mi libro preferido. La encargada de
publicidad llegó con una hora de retraso, y la mayoría de las librerías que
visitamos para la firma de libros que ella misma había organizado, ni
siquiera tenían el libro. Tuve que deletrear mi nombre una y otra vez para
que lo teclearan en sus ordenadores mientras negaban con la cabeza, y toda
esa experiencia fue tan insoportable e incómoda para los libreros como lo
fue para mí. La publicista estaba demasiado ocupada mirando su cuenta de
Instagram como para darse cuenta de nada.
No había ningún acontecimiento previsto para el libro, ni entrevistas, ni
nada de nada. Los grillos habrían hecho más ruido para promocionarlo. Me
sentí como una noticia vieja, un fracaso que nunca llegó a ser nada, y al
final de lo que fue un día espantoso, volví a mi habitación de hotel y me
tumbé un rato en la oscuridad preguntándome si mi carrera había tocado
fondo. No era la primera vez que hacían jirones mi menguante confianza
como escritor. No puedes hacer este trabajo sin confiar en ti mismo, así que
debes aprender a protegerte para cuando la gente te pisotea, o te roba.
Necesitaba un trago. Siempre necesitaba un trago. También necesitaba
hablar con mi esposa. Abby era la única persona capaz de hacer que me
sintiera mejor. Ya le había enviado un mensaje de texto contándole lo
desastroso que había sido el día, pero estaba demasiado ocupada en el
trabajo como para hablar conmigo como es debido. Como siempre.
El día anterior había recibido a través de mi agente un raro ejemplo de
correo físico. La lectora se había mostrado increíblemente amable y
elogiosa con mi trabajo, decía ser mi mayor fan y hasta había escrito su
número de teléfono al final de la carta. Estaba segura de que yo estaría muy
ocupado, pero me invitaba a reunirme con ella a tomar una copa si alguna
vez pasaba por Londres. Yo solía contárselo todo a mi mujer, pero admito
que no le mencioné nada de esto. Busqué en internet a mi misteriosa fan, ya
que tenía un apodo peculiar y no me fue muy difícil encontrar fotos suyas
en las redes sociales. Incluso una foto con mucho filtro donde posaba con
mi libro, y estaba guapísima. Era el tipo de cosa que nunca me pasaba y
admito que hizo que me sintiera mejor conmigo mismo. Que una joven
quisiera ligar conmigo y me dijese que yo era bueno en algo. Sobre todo,
cuando el resto del mundo me dejaba muy claro que no lo era. Me senté en
la habitación del hotel, miré su número y pensé en lo que le diría si la
llamaba. Ella era tan amable y encantadora, y yo me sentía tan triste y solo.
Soy el primero en admitir lo idiotas que pueden llegar a ser los hombres.
Estaba vaciando el contenido del minibar cuando ella llamó a la puerta
de mi dormitorio.
Mi esposa, que no es mi mayor fan, y me alegré mucho de verla.
Abby traía una botella de champán y me desconcertó tanto su visita
sorpresa que al principio no supe qué decir.
Ella fingió alejarse.
—Bueno, si no quieres que pase…
La cogí de la mano y la metí en la habitación.
—Qué bonita sorpresa.
—¿De verdad? —dijo Abby—. Bien. Por un momento, pensé que podías
tener aquí a otra mujer. Sonabas tan deprimido en tus mensajes; no me
gusta la idea de que estés triste y solo el día en que sale tu libro. Toma, ve
abriéndola. —Me pasó la botella mientras buscaba dos copas—. ¿Tan malo
ha sido lo de hoy?
—No ha ido muy bien. Solo una librería tenía mi libro y sabía quién era.
Abrí la botella y serví el champán.
—Bueno, una es mejor que ninguna, ¿no?
—Me sentaron a una mesa con una pila de cincuenta libros y me
pusieron un cartel que decía Aquí empieza la cola. ¿Y sabes cuántas
personas hicieron cola para conocerme y llevarse un ejemplar firmado?
—Ay, cielos —dijo—. Me da miedo adivinarlo.
—Una. Estuve allí más de una hora y solo se me acercó una mujer para
que le firmara su libro. Y ni siquiera era el mío. Era un ejemplar de El
confín. Me confundió con Charles Whittaker. En cierto modo me sentí
halagado, pero cuando murió me doblaba la edad. ¿Tan viejo parezco? —
Abby hizo una mueca, pero no la que yo esperaba—. Dios mío, tú también
crees que me parezco a él…
—¡No! Claro que no, perdona. ¿Y qué hiciste?
—¿Qué querías que hiciera? Firmarlo. «Feliz lectura. Mis mejores
deseos, Charles».
Entonces ella se rio, pero no era una risa sincera, y me di cuenta de que
algo la tenía distraída. Probablemente el trabajo. Hubo un momento
incómodo en el que ninguno de los dos pareció saber qué decir y yo sentí
que se me había escapado algo.
—Bueno, salud —dijo ella, alzando la copa.
—Sí. Un brindis por Charles.
Di un buen trago a mi copa.
—¡No! Un brindis por ti y por tu libro. ¡Que se venda como churros!
—Para que se venda como churros debería verse en las librerías.
—Vamos, anímate. Se supone que hoy es un día feliz porque sale tu libro
—dijo, dando un sorbito antes de dejar su copa y rellenar la mía—. ¿Has
hablado con Kitty?
Tomé otro trago de champán.
—Sí. Coincidió en que la publicidad en el Reino Unido ha sido un
desastre, pero que las cifras seguían teniendo buena pinta.
—Ahí lo tienes. El hecho de que algunas librerías de Londres no lo
tengan no significa que no se esté vendiendo en otra parte. Es tu mejor
novela.
—Gracias. ¿Podrías decírselo a los editores?
—El libro encontrará sus lectores, ya lo verás. Contra todo pronóstico.
Tuvo razón. Fue un éxito de ventas instantáneo. Pero eso no lo supimos
hasta que se publicaron las cifras de ventas una semana después.
El teléfono de Abby zumbó, como solía hacer, y su expresión cambió al
mirarlo.
—¿Qué pasa? ¿Qué pasa? —pregunté.
—Probablemente nada.
—Dímelo.
—Alguien ha estado enviando emails a mi jefe, quejándose de forma
anónima de mí y de lo que escribo. Y ahora me bombardean en las redes
sociales, con mensajes acusándome de todo tipo de cosas. Algunos son
bastante inquietantes. Incluso amenazadores…
—Enséñamelos.
—No. Esta noche no —dijo, pero su teléfono volvió a zumbar.
—Si es uno de esos mensajes, voy a…
—Solo es Kitty —dijo Abby—. Hemos tenido una pelea.
—Eso no es propio de ti…
—Lo sé, pero he hecho algo que ella desaprueba y ahora está preocupada
por mí.
—¿Debería preocuparme yo también?
—Dejémoslo por el momento. Ya sabes cómo es, siempre pensando que
sabe mejor que yo lo que me conviene. Ya la llamaré mañana. Esta noche es
para ti, para mí, para nosotros y para tu maravillosa novela. No quiero que
nada lo estropee. Eres un escritor increíble. Y todavía falta su publicación
en Estados Unidos, con un editor que sí crea en ti, y estoy segura de que
todo acabará saliendo bien…
—¿Puedes repetirme eso?
—Todo acabará saliendo bien…
—No, lo otro.
Ella sonrió.
—Eres un escritor increíble.
—¿Qué haces? —pregunté mientras ella volvía a dejar la copa llena y se
dirigía hacia el interruptor de la luz junto a la puerta.
—Apagar todas las luces.
—Ya lo veo. ¿Por qué?
—Porque mira qué paisaje tenemos —dijo, descorriendo las cortinas—.
Creo que hay veces en que las cosas tienen que ponerse muy oscuras para
que podamos ver lo que ya tenemos. El mundo siempre es más bonito de
noche, cuando la oscuridad oculta toda su fealdad.
Tenía razón, el paisaje era increíble. Como si pudiéramos ver todo
Londres bajo nosotros. Me miró, sonriente, y empezó a desabotonarse la
blusa. Cuando la besé, todo parecía volver a estar bien y cuando estuve
dentro de ella me olvidé de todo lo que estaba mal. Hicimos el amor en la
oscuridad. El sexo era lento, tierno e instintivo, del que solo puedes hacer
con alguien a quien conoces mejor que a ti mismo. Después nos quedamos
allí, envueltos en un revoltijo de sábanas, entrelazados en los brazos del
otro, mirando cómo salía el sol sobre Londres.
—¿Estamos bien? —susurró ella.
—Claro. Por siempre y para siempre —respondí, besándola en la frente
—. No confundas los problemas del trabajo con los problemas de casa.
Mi esposa era la mujer más guapa, inteligente y trabajadora que he
conocido, pese a haber tenido una infancia tan difícil y solitaria como la
mía. La abandonaron a los diez años y se quedó sola en el mundo, un poco
como yo. Pero Kitty la acogió y la quiso como si fuera su propia hija. Abby
siempre había sido muy fuerte —creo que consecuencia de una vida difícil
— y odiaba ver cómo la consumía lentamente su carrera.
—Sí, puede que me esté afectando el trabajo. La gente puede llegar a
portarse muy mal con el prójimo. Creí que podría ayudar a la gente.
Arreglar cosas. Que podría cambiar el mundo si me hacía periodista —dijo
con tristeza.
—Estás cambiando el mundo. Reportaje a reportaje.
—¿De verdad?
—Sí. Creo en ti —dije, pero ella siguió pareciendo infeliz. Entonces no
entendí por qué, y sigo sin entenderlo. Volví a besarla y le susurré—:
Espero que mueras mientras duermes.
Ella sonrió.
—Yo también te quiero, Grady Green. Por siempre y para siempre.
Desapareció una semana después.
Globo de plomo

Intento dejar mi pasado donde debe estar y centrarme en el futuro. Las


cosas van a ser diferentes con este libro. Las cosas van a ir de maravilla. No
paro de decírmelo porque necesito creerlo o sería incapaz de seguir
adelante. Aparco ante la tienda de la esquina y entro antes de poder cambiar
de opinión.
—¿Qué es esto? —pregunta Cora, mientras deambulo camino de la caja
registradora.
—Un paquete que me gustaría enviar a Londres.
—Entendido —dice, y me doy cuenta de que la vieja cotilla se muere por
saber qué es.
—Es la nueva novela —digo para ahorrarle la pregunta, y ella me mira
sonriente—. ¿Tiene el horario del transbordador?
La alegría le desaparece del rostro, aparta la mirada y niega con la
cabeza.
—No.
—¿Quién lo tiene?
Se encoge de hombros.
—Seguro que lo tiene alguien del pueblo, pero hace años que yo no
salgo de la isla. Lo siento, no puedo ayudarlo. Pero sí que puedo enviar esto
para usted. ¿Qué tal un KitKat para celebrarlo? —pregunta mientras yo
busco en la cartera algo con que pagar—. Lo tiene en esta bolsa de papel
junto con algo más —dice cuando alzo la mirada—. Invito yo.
Me siento bien cuando vuelvo a la calle. Optimista. Incluso feliz. Resulta
extraño. Cora dice que el paquete saldrá hoy en el barco del correo, lo que
significa que, en teoría, Kitty podría tenerlo mañana mismo en su mesa de
Londres. Estoy emocionado y quiero celebrarlo con alguien, y con algo más
que una chocolatina, pero no puedo usar el móvil para llamar a nadie y, en
caso de que pudiera, no se me ocurre a quién podría llamar. Veo el pub.
Hace mucho tiempo que no me tomo una pinta decente y me vendría muy
bien una.
Dejo que Columbo baje del Land Rover y nos acercamos a la Taberna
del Tropiezo. El corazón se me encoge al leer el cartel: abierto de jueves a
domingo. He trabajado tanto que no sé ni qué día de la semana es. Los días
tienden a confundirse cuando escribo. Encima de la puerta hay otro cartel
con el nombre de los propietarios. Antes era un requisito legal, pero hace
tiempo que no veo uno, y menos uno como este. Es una placa de latón con
letras negras:

SIDNEY Y ARABELLA KING


Autorizados para servir bebidas alcohólicas, vino y cerveza.
Con la intención de dejarlo espantosamente borracho.

Pruebo la puerta de la taberna y la alegría me desborda cuando se abre.


El pub es bastante bonito por dentro. Una antigua taberna tradicional de
techos bajos, vigas de madera y una sorprendente selección de cerveza de
barril. A un lado del pub hay una colección ecléctica de mesas y bancos de
madera. También hay una hilera de taburetes desvencijados ante la vieja
barra. Todo resulta acogedor y poco iluminado, el tipo de lugar donde te
apetece pasar un rato con la gente. Solo que, al igual que en las otras
ocasiones en que he visitado el pueblo, no veo gente. Nadie. Ni una sola
persona. Pienso en servirme yo solo cuando de detrás de la barra sale una
mujer que supongo que será Arabella. Tendrá unos treinta y tantos, lleva un
bonito vestido y una sonrisa amable.
—¿Qué le pongo? —pregunta con acento londinense.
—Una pinta, por favor. ¿Me recomienda alguna de barril?
Sonríe y veo un brillante diente de oro.
—Yo tengo debilidad por la Dark Island.
—Suena… ideal. —Cuando se pone a tirar la pinta me fijo en una vieja
cicatriz en su brazo—. Interesante cartel el de fuera, y el de aquí dentro —
digo, señalando la pizarra detrás de la barra. Dice que durante la «hora
triste» las bebidas cuestan la mitad.
—Gracias. Empezamos a hacerlo por diversión, cambiando la hora feliz
por la hora triste, pero luego me pareció que era más lógico. No a todo el
mundo le gusta ahogar las penas, algunos prefieren nadar en ellas.
—Pues parece que hoy no —digo, mirando al pub vacío.
—Siempre es así cuando se acaba la temporada turística. Abrimos la isla
a los visitantes unos meses en verano, que es cuando ganamos casi todo el
dinero. Como casi todos los negocios de la isla, Velas de Vaca de Tierras
Altas vende todo el año, pero la mayoría dependemos de la visita anual de
los turistas para salir adelante. Me alegro por el dinero que generan los
visitantes, ¡pero me alegro todavía más de que se vayan! Me gusta cuando
las cosas están más tranquilas.
—Y a mí. ¿No tendrá por casualidad el horario del transbordador? —
pregunto y ella niega con la cabeza—. No importa. ¿Tienen aquí algo de
comer?
Ella deja la pinta de cerveza ante mí y vuelve a negar con la cabeza.
—Solo comida embolsada.
—Entonces, patatas fritas de queso y cebolla.
—Entendido, cariño. ¿Eso es todo? —pregunta, señalando mi bebida con
la cabeza. Es del color de la miel y se me hace la boca agua con solo
mirarla. Ella se agarra las manos y me fijo en el anillo con el cardo de plata
que lleva en el dedo.
—Su anillo. Creo que he visto a varias personas de la isla llevando el
mismo…
—Sí, todos somos de la misma secta —dice, y se ríe cuando no
reacciono—. Me estoy quedando con usted. Solo significa que somos
miembros del Patronato de la Isla de Amberly. Un grupo de personas a las
que nos importa mucho esta isla y haremos lo que sea para protegerla. El
cardo es símbolo de resistencia, fuerza y protección.
Creo que sí que suena un poco a secta, pero me reservo mi opinión.
Poco después, estoy tomando mi pinta en un rincón acogedor del pub, y
Columbo tiene un cuenco de agua y una galleta para perros. Por primera
vez en mucho tiempo la vida se siente bien. En todas las mesas hay
jarroncitos con flores que me recuerdan algo. Tardo un momento en
adivinarlo, pero son exactamente iguales a los que había en la cabaña
cuando llegué.
—¿Cómo encuentra la vida en la isla? —pregunta Arabella desde detrás
de la barra.
—Bien, de momento —miento—. Estos jarrones con flores…
—Bonitos, ¿verdad? Son jarrones de Defectos Perfectos. —Frunzo el
ceño—. La alfarería de la isla —explica—. Las flores son de Meera, la de
Velas de Vaca de Tierras Altas. Meera perfuma sus velas, que vende aquí al
lado, con flores silvestres autóctonas de Amberly. Su lema es «La
naturaleza sabe qué es lo mejor» y aquí nos gusta reutilizar las cosas. Reina
una mentalidad de hacer y arreglar. Meera era farmacéutica, pero sufrió un
violento atraco a mano armada —dos cabrones con pasamontañas— y
después solo quería llevar una vida más tranquila. La encontró aquí,
fabricando velas de lujo. Hace ramilletes con las flores que le sobran. El
mirto de pantano es bueno para mantener alejados a los mosquitos y otras
cosas. ¡Incluso hace sus propios tés! La tienda de la esquina vende uno de
ellos, hecho con mirto de los pantanos. Me gusta cómo sabe, pero es
alucinógeno; puede hacerte ver cosas que en realidad no están ahí.
Sus palabras me sobresaltan pero hago todo lo que puedo para no
aparentarlo ni mencionar cuánto he bebido de él. Quizá fuera por eso por lo
que Sandy no quiso tocar la taza de té que le preparé.
—Bueno, vale. Intentaré recordarlo. Por cierto, tiene un pub estupendo.
—Gracias, se hace lo que se puede. El lugar estaba necesitado de cariño
cuando nos hicimos cargo de él, pero creo que nuestro trabajo ha dado
fruto.
—¿No es de aquí?
—¿En qué se nota? —pregunta con su marcado acento londinense—. Sid
y yo somos de Londres, pero llevamos cuatro años viviendo aquí, y no he
salido de la isla desde entonces.
—¿Hace cuatro años que no sale de Amberly?
Ella niega con la cabeza, sonríe como si le hubiera preguntado una
tontería.
—Ni una sola vez.
—¿Ni siquiera para visitar a los amigos o la familia, a la gente que dejó
atrás?
—Todo eso lo dejé atrás por una razón. Sid es la única persona sin la que
no podría vivir. Si se queda en la isla lo suficiente, descubrirá que todos
aquí tienen su propia historia. Todo el mundo. Alguna de esas historias
podría venirle bien para sus libros. —«Así que también sabe quién soy»—.
Este lugar es para gente que se ha pasado toda su vida marginada, creyendo
que no pertenecía a ninguna parte. Vienen aquí en busca de la sensación de
comunidad que anhelaban, de una familia sustituta compuesta por personas
que antes no conocían, un lugar al que poder considerar su hogar. Y luego
nunca se van.
—Yo pienso irme —digo, dando otro sorbo a mi pinta.
—¿No le gusta la cabaña del bueno de Charlie para escribir?—Me gusta.
Pero hay cosas que echo de menos.
—¿Cómo qué?
—Como… —Al principio me cuesta pensar en algo. Hace tanto tiempo
que no tengo una vida normal que he olvidado cómo es—. Echo de menos
ir al teatro, a una galería de arte o al cine a ver una película. Echo de menos
pasear por Londres. Mirar a la gente. Salir a comer.
—Aquí damos de comer por las tardes y los fines de semana. Charlie
solía venir los domingos a cenar rosbif con una pinta. Era un animal de
costumbres. Todos los fines de semana se sentaba en esa esquina con su
perro.
—¿Charles Whittaker tenía un perro?
—Siempre. El último, Dickens, era muy viejo, pero Charlie no iba a
ninguna parte sin él. Sandy también solía acompañarlos la mayoría de los
domingos. Puedo verlos ahí, a los tres, con el perro durmiendo bajo la
mesa…
—No sabía que Charles y Sandy fueran tan buenos amigos.
«¿Por qué no me lo habrá mencionado Sandy?».
—Oh sí, eran uña y carne. Charlie no se trataba con nadie más de
Amberly. Solo con Sandy. Era muy reservado, no participaba en los asuntos
de la comunidad, aunque quizá fuese por timidez. Pero no le pasaba con
Sandy. Paseaban juntos, pescaban juntos, bebían juntos. Tuvieron una gran
pelea antes de que él muriera. La noticia de su muerte cayó como un globo
de plomo, nos afectó mucho. Casi no vimos a Charles en sus últimos meses.
Se encerró en la cabaña, dejó de venir al pub, rara vez venía al pueblo. Fue
muy duro para Sandy. No sé a qué se debería la pelea, pero, antes de eso,
Charles, que parecía no fiarse de nadie, confiaba mucho en Sandy. Tanto,
que era su primera lectora. Parece ser que leía sus libros antes que su
agente. Hasta los primeros borradores.
Vuelvo a dejar la cerveza en la mesa. Me tiemblan demasiado las manos
para poder sostenerla sin derramarla.
—¿De verdad? —digo, y mi voz me suena extraña. Estrangulada.
—Oh, sí. Sandy leía todos los primeros borradores de Charlie, era la
única que lo hacía. Creo que le contaba todas las historias que se le
ocurrían, hasta las que no llegaba a publicar, hasta que dejaron de hablarse,
claro. A Sandy le partió el corazón que Charlie se suicidara.
«¿Qué?».
—¿Charles Whittaker se suicidó? —tartamudeo las palabras.
—Sí. Perdone, creí que lo sabía. Creo que por eso lleva tanto tiempo
vacía la casa. Se mató en la cabaña donde se aloja usted, se colgó de una
viga del techo, y tardaron en descubrirlo porque, como ya le digo, prefería
estar solo. Perdone, hablo demasiado. No debería haberlo mencionarlo.
La cabeza me da vueltas. Me duele el pecho. Tengo náuseas.
—¿Y Sandy leía sus primeros borradores?
—Hasta el último. ¿Se encuentra usted bien? Lo noto algo pálido.
—Sí. Bien. Gracias. Acabo de recordar que debería estar en otra parte —
digo, levantándome tan deprisa que choco con la mesa.
—¿Y la pinta? No se la ha terminado…
—En otra ocasión. Disculpe.
—Bueno, esperamos volver a verlo pronto por aquí.
Salgo por la puerta y cruzo el camino en menos de un minuto, con
Columbo trotando a mi lado como si creyera que es un juego. No lo es.
Estoy sudando y no es por lo rápido que corro. ¿Por qué no me ha dicho
nadie que Charles Whittaker se suicidó? Robarle su última novela, que es
justamente lo que he hecho pese a lo mucho que la he cambiado, me parece
ahora mucho peor que antes. Y si Sandy lee mi borrador sabrá lo que he
hecho, y luego lo sabrá todo el mundo. Y no tendré un contrato nuevo para
otro libro, ni un nuevo hogar, ni un nuevo nada. Kitty me abandonará como
cliente, me quedaré sin carrera y estaré acabado.
Tengo que recuperar ese manuscrito.
En el cartel pone cerrado y la puerta de la tienda no se abre, pero llamo
de todos modos. Como no aparece nadie, llamo un poco más fuerte hasta
que veo a Cora a través del cristal mirando hacia mí. Abre la puerta, pero
solo lo suficiente para poder asomar la cabeza por el hueco.
—Cerramos para lo que queda de día, por respeto. ¿Se ha olvidado de
algo? —pregunta.
—El paquete, he cambiado de idea. No quiero enviarlo.
—Llega demasiado tarde. Lo recogieron nada más irse usted. Ya estará
en el barco correo. —Me encuentro mal y estoy temblando—. ¿Siempre se
pone así cuando le envía un libro nuevo a su agente? —pregunta, con
expresión preocupada.
—Sí —digo, porque es la verdad y me estoy agobiando.
Pero nunca tanto como ahora. Porque, pese a todas mis correcciones, sé
que el libro que acabo de enviar a Kitty no es realmente mío.
Pero ¿y si Sandy no leyó el primer borrador que escribió Charles
Whittaker?
Entonces nadie sabría lo que he hecho y todo podría seguir estando bien.
Necesito encontrarla.
Un rugido sordo

Recuerdo el camino de la casa de Sandy sin tener que mirar el mapa, pero
me cuesta concentrarme en la carretera que tengo delante. Mis
preocupaciones se mezclan con todos mis pensamientos impregnándolos de
ansiedad. Ahora encuentro que el viejo Land Rover es una bestia
desobediente que no se deja conducir, demasiado lento, pero Columbo
parece disfrutar sentado delante y sacando la cabeza por la ventanilla. Al
menos alguien se lo pasa bien.
No tardamos mucho en llegar a la casa de la colina. El exterior gris
oscuro me resulta todavía más desolador que la última vez que estuve y,
pese a las torretas en ambos lados, no es ningún castillo de cuento de hadas.
Me angustio al no ver la camioneta de Sandy aparcada fuera, pero llamo a
la puerta de todos modos. Midge tarda mucho rato en contestar, tanto que
estoy a punto de rendirme y dejarlo, pero entonces la puerta se abre. Su
aspecto es muy diferente al de la mujer sonriente y efervescente de hace
unas semanas. Es más pequeña, como si se hubiera desinflado. Pese a ser
primera hora de la tarde, viste una vieja y raída bata rosa y no va
maquillada. El pelo sin lavar y los ojos rojos como si hubiera estado
llorando. No habla, solo me mira fijamente. Recuerdo que Cora dijo que
habían cerrado la tienda por respeto, pero no se me ocurrió preguntarle por
respeto a qué. Es evidente que pasa algo de lo que no soy consciente.
—Estaba buscando a Sandy. ¿Está usted bien? —pregunto.
—Mi hermana no está aquí.
—¿No sabrá dónde está?
—Este no es un buen momento, Grady.
«Ya me doy cuenta».
—Lo siento. Es importante.
—No puedo contactar con ella. Ha apagado el walkie-talkie. Lo hace
todos los aniversarios…
Sus palabras se apagan y parece mirar a algo situado en la distancia
detrás de mí, como si hubiera olvidado que estoy aquí.
—¿Midge?
Sus ojos vuelven a encontrar los míos.
—Supongo que estará en la Cueva Oscura. Con ella. —Sus ojos se
llenan de nuevas lágrimas que no tardan en derramarse por las mejillas—.
Si lo que le pasa puede esperar a mañana, será mejor que espere —dice,
cerrando la puerta antes de que pueda darle las gracias.
Vuelvo al Land Rover y busco mi mapa de Amberly en la guantera.
También encuentro otra cosa, y me quedo mirando el recorte de prensa que
tengo en la mano. No tengo ni idea de cómo ni cuándo ha llegado hasta
aquí.

10 de abril de 2019 e Times Página 48

EL ESCRITOR DE BEST SELLERS CHARLES MUERE A LOS 82 AÑOS

Abby Goldman

Charles Whittaker, escritor de nueve best sellers mundiales, murió a la edad de


ochenta y dos años a raíz de una breve enfermedad. Falleció en paz en su casa
de Londres, rodeado de su familia. Whittaker era muy querido por lectores del
mundo entero, pese a ser un hombre tímido y excepcionalmente reservado.
Rara vez era visto en público, apenas asistía a actos, ceremonias de premios o
incluso estrenos cinematográ cos que celebrasen su obra, al haberse llevado a la
gran pantalla varios de sus libros. Con más de un millón de ejemplares
impresos en todo el mundo, era un hombre que vivía para escribir y escribía
para vivir. Charles Whittaker será recordado por sus historias, que, según sus
allegados, era justo lo que él quería. Su entierro se llevará a cabo en una
ceremonia privada.
No entiendo lo que estoy leyendo. Abby era una periodista de
investigación, no escribía necrológicas. Y esta tiene muchas cosas mal.
Charles Whittaker no murió en Londres rodeado de su familia. Murió aquí,
solo, en esta isla. Y no por algo relacionado con una breve enfermedad, sino
que se suicidó. Por lo que parece, vivió más de treinta años en Amberly,
nunca se fue, y fue enterrado aquí. He visto su lápida. Y tampoco hay
mención alguna de la isla. Es como si nunca hubiera estado aquí. ¿Cómo
pudo escribir Abby tantas falsedades, cuando creía en la verdad por encima
de todo?
No tengo tiempo para distraerme con esto. Necesito encontrar a Sandy y
descubrir si ha leído el libro que he plagiado. Devuelvo la esquela a la
guantera y encuentro lo que estaba buscando. La Cueva Oscura está
claramente marcada en el mapa, en la otra punta de la isla, junto a algo
llamado Bahía Arenas Cantarinas. Es un lugar donde nunca he estado y que
me habría costado visitar sin coche. Llevo varias semanas sin dormir bien y
normalmente no conduciría estando tan agotado —sé cuántos accidentes de
carretera son consecuencia directa del cansancio— pero tengo que saber la
verdad. Si Sandy no leyó el borrador de la última novela de Charlie,
entonces todo va bien. Pero si lo hizo… no sé qué pasará. Si alguien
descubre lo que he hecho, mi carrera, mi vida, todo habrá terminado.
Mi capacidad para leer un mapa ha debido mejorar mucho porque diez
minutos después veo una señal. Salgo de la carretera para entrar en un
pequeño aparcamiento donde está la camioneta de Sandy. Está aparcada
junto a un gran tablón de anuncios de madera, como el que vi cuando llegué
a la isla, con Bahía Arenas Cantarinas & La Cueva Oscura talladas en la
parte superior. Tras el cristal, veo el ya familiar mapa de Amberly dibujado
a mano. Junto a la Cueva Oscura, hay un triángulo rojo brillante que indica
que Usted no está aquí. Es extraño, pero igual que otras muchas cosas de la
isla, así que no le hago caso.
Del aparcamiento sale un sendero que atraviesa un campo de brezo, un
inmenso mar púrpura que se extiende desde la carretera hasta los
acantilados, y se oye el rugido sordo del océano en la distancia. Supongo
que si quiero encontrar a Sandy tendré que seguir este sendero. Parece poco
seguro, al no haber nada entre la carretera y el borde del acantilado, así que
dejo a Columbo en el coche. No es algo que me guste hacer, pero es un día
fresco y la ventanilla y el techo del viejo todoterreno están abiertos.
A medida que me acerco a los acantilados, el sonido de las olas se
vuelve cada vez más fuerte, y, entonces, oigo algo más. Es como un coro
fantasmal cantando en un idioma que nunca he oído, y el viento roba
ocasionalmente sus voces tranquilas. Miro a mi alrededor, pero estoy
completamente solo, y empiezo a preguntarme si no estaré perdiendo los
pocos tornillos que me quedan. Entonces recuerdo que la dueña del bar me
dijo que el té de mirto es alucinógeno. He bebido mucho y no sé si será por
eso que sigo viendo y oyendo cosas. El sendero se bifurca un poco delante
de mí: un ramal lleva a la cueva y el otro a la bahía. Veo otro cartel que me
paro a leer.

Si se dan las condiciones adecuadas, a medida


que se acerquen a la bahía podrían oír unos cánticos.
Se cuentan muchas historias sobre quién o qué produce ese sonido.
Pero es un fenómeno natural causado por el viento al pasar por esta cala
concreta.

Será un fenómeno natural, pero es un sonido que no se parece a nada que


haya podido oír antes. Ya no parece un cántico, sino un sollozo procedente
del mar. Una voz en mi cabeza me dice que dé media vuelta, que me aleje
de aquí y abandone esta isla para siempre. Pero entonces nunca sabría si
Sandy leyó el libro. Y perdería toda esperanza de un futuro mejor. Sigo la
señal que me indica el camino a la Cueva Oscura, donde Midge dijo que
podría encontrar a Sandy. Entonces la veo en la distancia. Una mujer con un
abrigo rojo, como el que tenía Abby. Está demasiado lejos para que pueda
verle la cara, oculta bajo la capucha. En cuanto ella me ve, da media vuelta
y corre en dirección contraria.
«No me lo estoy imaginando».
—¿Abby? —llamo.
«¿Es ella de verdad?».
Sea quien sea no responde, sigue corriendo. No quiero asustar a una
mujer que es evidente que huye de mí, pero tengo que saber la verdad. La
sigo por el camino de la Cueva Oscura, deteniéndome solo cuando llego a
unos escalones tallados en la piedra. Son empinados, conducen hacia abajo
y se curvan siguiendo el borde del acantilado. Hay otro cartel de peligro y
entiendo por qué. Pero entonces vuelvo a ver un fogonazo de rojo en la
distancia y acelero. Los escalones se han desmoronado por completo en
algunas partes, y los que quedan están húmedos y resbaladizos por el agua
de mar. Es algo comprensible al ver las olas rompiendo contra las rocas de
abajo y provocando una gran nube de salpicaduras. Intento dar cada paso
con cuidado, pero estoy desesperado por alcanzarla. Mis zapatillas resbalan
más de una vez al bajar por el contorno del acantilado y me agarro a las
rocas como puedo. Ya no se ve el aparcamiento y empiezo a preguntarme si
esto es buena idea. Pero entonces paso otro recodo y me encuentro ante la
boca de una cueva, negra, enorme. No veo a la mujer del abrigo rojo por
ninguna parte, pero sí a Sandy. Está recostada contra una reluciente pared
de granito, y no parece alegrarse de verme.
—¿Dónde ha ido?—pregunto, recuperando el aliento.
—¿Quién? Usted no debería estar aquí —dice Sandy, con una mirada de
malestar.
—La mujer del abrigo rojo.
—¿Qué mujer? Hoy no tengo tiempo para esto, Grady.
«¿Me la habré imaginado?».
—Disculpe. Midge me dijo dónde encontrarla…
—¿Es una urgencia? —pregunta, mirándome.
«Sí».
—No.
—Entonces no es buen momento. —Me doy cuenta. Parece haber
llorado y sostiene una botella de whisky—. Esta cueva no es segura. ¿No ha
visto la señal?
—Perdone, yo… —Entrecierra los ojos en mi dirección y ahueca la
mano ante la oreja como si no pudiera oírme. Me doy cuenta de que tendré
que gritar para que me oiga por encima del sonido del mar y doy otro paso
al interior de la cueva—. Intento disculparme, no he debido venir. Esto
puede esperar…
—Eso pensaba yo —dice Sandy, interrumpiéndome—. Creía que las
cosas podían esperar, pero no es así. La vida no espera por nadie, y la
muerte siempre llega demasiado pronto o demasiado tarde, nunca a su hora.
No sé qué decir a eso. Ella toma un sorbo de whisky.
—¿Se encuentra… bien? —pregunto, aunque es evidente que no.
Sandy niega con la cabeza.
—¿Puede oírlos?
—¿A quiénes?
—A los niños. Una vez me pareció oírla, llamándome, en su aniversario.
Desde entonces vengo todos los años. Midge ya no viene, no cree en esas
cosas, pero se equivoca. ¿Usted puede oírlos? Una vez también me pareció
verla. Justo ahí, detrás de donde está usted ahora.
Miro por encima del hombro y me aparto, aunque ahí no haya nadie.
—¿A quién?
—¿Cree que a veces podemos ver a los muertos? —pregunta Sandy.
Pienso en mi esposa pero no respondo. No sé cómo hacerlo. No sé si mi
esposa está muerta, pero creo verla constantemente. A veces se me olvida
que ya no está, y entonces me acuerdo y vuelvo a sentir que me consume la
pena.
Sandy mira hacia el fondo de la cueva, donde está demasiado oscuro
para ver nada.
—Solo vengo para hacerle saber que no la olvidamos. Esta isla solía ser
un lugar seguro para todos, pero sobre todo para los niños. No
necesitábamos cerrar las puertas con llave ni decir «no hables con extraños»
porque no los había. Todos conocíamos a todos y lo sabíamos todo de todo
el mundo. Incluso las partes más feas. Hasta que dejamos que vinieran
visitantes a Amberly. ¿De verdad no puede oírlos?
—¿Visitantes? —Solo oigo el sonido del mar.
—No. A los niños. Llorando. Pusimos en el sendero ese cartel de Bahía
Arenas Cantarinas para no asustar a los turistas, pero no es un fenómeno
natural. ¿Cómo va a cantar la arena? No es lógico. He vivido aquí toda mi
vida y ese sonido nunca se oyó antes de que pasara lo que pasó. Hay gente
que no lo oye. ¿Usted lo oye? ¿Y le pareció un canto? ¿O más bien le
pareció un llanto? Lo que se oye son los fantasmas de los niños muertos. —
La cueva parece hacerse más pequeña, más oscura y más fría—. Habrá
notado que en la isla no hay escuela. Aquí no tenemos niños, descontando a
Holly, la de La parcela. Bueno, antes sí que los había. Hasta trece niños
teníamos en Amberly, entre ellos mi hija, todos con menos de diez años. Un
día, una de las niñas mayores se los trajo aquí a todos. La buena de la
señora Marchant, la única maestra de la isla, estaba muy enferma, y la
persona que se ocupó ese día de la escuela fue un suplente de última hora,
llegado del continente. No conocía a nuestros hijos y no se dio cuenta de la
desaparición hasta que fue demasiado tarde. Se pasó todo el día en el pub,
bebiendo durante horas en vez de cuidar de los niños. Y era un mentiroso.
La isla entera interrumpió lo que estaba haciendo para buscarlos, pero para
cuando supimos dónde estaban ya era tarde. Esta cueva se llena de agua con
la marea alta. No tenían ninguna posibilidad. El agua del mar la inundó, los
atrapó y les bloqueó su único camino a la salvación. Luego el agua volvió a
salir, y se llevó a los niños consigo. A todos.
—Lo siento mucho. —Mis palabras brotan como un susurro.
Le quita importancia con un gesto de la mano, con lágrimas en los ojos y
veo que es una mujer que lucha consigo misma. Sé lo que es contener el
dolor dentro.
—Aquella noche hubo una niebla extraña —dice Sandy, en voz tan baja
que apenas puedo oírla sobre el ruido de las olas, que parece ir en aumento
—. Una niebla como nunca había visto, pero que he vuelto a ver muchas
veces desde entonces. Era como si esa niebla se hubiera asentado sobre la
isla. Cada vez que llega esa niebla oigo sus voces por todas partes. —Me
mira fijamente—. Ahora puede oírlas, ¿verdad? —me pregunta, y yo
asiento con la cabeza, porque sí que oigo algo y parecen niños llorando—.
Y ahí llega la niebla, justo a su hora —dice Sandy, con lágrimas en los ojos.
Miro hacia la entrada de la cueva y, efectivamente, algo parecido a una
nube se ha posado en el exterior. Me siento como si hubiera entrado en una
película de terror.
—Son los hijos de la niebla y no quieren ser olvidados. Algunos de sus
cuerpecitos rotos fueron encontrados en esta cueva, otros devueltos a la
playa de la bahía, otros nunca fueron encontrados, y la isla nunca volvió a
ser la misma. Familias enteras se marcharon, gente que había nacido aquí
hizo las maletas y se mudó al continente, dejándolo todo atrás. La población
disminuyó, las casas se vaciaron. Aquel día todo cambió por culpa de un
hombre que no hizo su trabajo. Lo perdimos todo por culpa de un hombre
egoísta, deshonesto y despreciable. Después de aquello, las cosas tenían que
cambiar y cambiaron. No podemos permitir que vuelva a pasar algo
parecido. Por eso creé el Patronato de la Isla de Amberly y juré proteger
esta isla y a todo lo que vive en ella. He convertido eso en el trabajo de mi
vida, pero nunca olvidaré a mi hija. Era un alma tan feliz. Le encantaba
jugar en el bosque y tenía una armónica roja que…
—¿Una armónica?
—Sí. Me volvía loca con ella, pero la eché mucho de menos cuando nos
dejó. El mundo era demasiado silencioso sin ella. De seguir con vida ahora
tendría cuarenta años, pero en mi corazón siempre será una niña pequeña.
Ningún padre debería tener que enterrar a un hijo. Y menos cuando lo único
que se puede enterrar es un ataúd vacío porque el mar se ha llevado todo lo
que quedaba de él. No hay vacuna para un corazón roto. No tiene cura. Los
de aquí, yo incluida, creemos que los niños que nacen en la isla están
malditos, así que tiramos abajo la escuela y desde entonces no ha nacido
ningún niño. Probablemente, a alguien como usted eso le parezca una
locura. Lo peor es no saber qué les pasó realmente en esos últimos
momentos, ¿entiende lo que le digo?
Lo entiendo. Pienso en mi esposa y en la noche en que desapareció.
—Si… Siento mucho su pérdida —digo.
—No, yo sí que lo siento. No vino hasta aquí para oír todo esto.
—No pasa nada, de verdad. Sé lo que es perder a alguien.
Su rostro se ensombrece de nuevo, como si la hubiera insultado.
—Usted no sabe cómo es esto. El dolor es como una huella dactilar,
siempre diferente. El mío no es como el suyo y usted no es como yo, pero
dudo que eso entre en su ámbito de comprensión —dice arrastrando las
palabras.
—¿Puedo llevarla a casa? —me ofrezco.
—¿Cree que he bebido demasiado? —Yo asiento con la cabeza y ella
hace lo mismo, como dándome la razón—. Usted tampoco tiene muy buen
aspecto, Grady. Parece que hace semanas que no duerme. Pero yo estaré
bien. Quiero quedarme un poco más —dice, deslizándose por la pared de la
cueva hasta sentarse en el suelo. Miro al mar y las aguas me parecen más
altas que antes.
—Dijo que la cueva se inunda con la marea alta. Quizá deberíamos…
—¿Por qué me buscaba? Debía ser algo urgente para haber conducido
hasta aquí.
—Puede esperar. En otra ocasión…
—No, dígamelo. Me vendrá bien algo que me distraiga de todo esto.
Tras oír todo por lo que ha pasado, ahora mis problemas me parecen
triviales. Pero sigo necesitando saber.
—De verdad que no es nada. Es que me han dicho que era usted la
primera lectora de Charles Whittaker…
—¿Quiere que lea su libro? Me halaga…
—¡No! —digo y ella frunce el ceño—. Bueno, puede. Pero me
preguntaba si no leyó alguna de las obras inéditas de Charles.
Sandy asiente y cierra los ojos.
—El hombre era una máquina de escribir hasta que algo se rompió en su
interior. Cuando murió mi niñita, Charlie fue como un padre para mí y
luego nos hicimos muy íntimos. Él también había perdido a alguien por esa
época y la pena nos unió a los dos. Me dejaba leer todo lo que escribía,
todo. Tenía libros que había decidido no publicar nunca, y uno que sé que
debería haber publicado. La famosa Décima novela. Leí un primer borrador
y era estupendo, pero nadie consiguió encontrar el manuscrito a su muerte.
—¿Por qué no dejó que lo leyera nadie más?
—Temía que a su agente no le gustara.
Su agente es mi agente.
—¿Por qué creía que a Kitty no le gustaría?
Sandy se encoge de hombros.
—No lo sé. Registré la cabaña tras su muerte. —Su agente me escribió
pidiéndomelo—. Pero no conseguí encontrarlo. Puede que lo quemara. No
habría sido la primera vez que el viejo loco hacía algo así. Tuvimos una
pelea poco antes de que muriera, pero yo seguía respetándolo. Nunca quiso
publicar un libro malo; esa era su regla número uno, pero a veces creo que
no era consciente de lo buenos que eran. La Décima novela era la mejor de
todas, pero soy la única persona del mundo que ha tenido la suerte de leerla.
Placer culpable

Cuando vuelvo al Land Rover, Columbo está encantado de verme. Estoy


ebrio de cansancio, pero agradezco el cariño. La isla está envuelta en una
espesa niebla y cierro todas las ventanillas para que no siga entrando en el
coche. Me tiemblan las manos y no sé si es consecuencia del cansancio
extremo o de otra cosa.
Descontando las patatas fritas del pub, hoy no he comido nada, y
sospecho que debo estar bajo de azúcar. No sé si debo conducir en mi
estado, y aunque ahora mismo no me importe mucho mi persona, sí que me
importa mi perro. Recuerdo el KitKat que llevo en la bolsa de papel que me
dio Cora en la tienda —el chocolate siempre ha sido uno de mis placeres
culpables— y, pese a no tener nada de apetito, un bocado podría ayudarme
a subir los niveles de energía. Al menos lo suficiente como para que
volvamos sanos y salvos a la cabaña. Abro la bolsa y dentro veo algo
inesperado. Recuerdo lo que me dijo Cora, aunque entonces no le encontré
el sentido. «Lo tiene en esta bolsa de papel junto con algo más». Si hubiera
dicho que era una carta del continente la habría leído enseguida. Reconozco
la letra de Kitty y abro el sobre. Según el matasellos, es de hace una
semana.

Querido Grady:
Siento no contarte esto en persona. He intentado llamarte pero solo me
sale el buzón de voz. Cuando Abby desapareció, contraté a un investigador
privado. Nunca te lo conté porque no había nada que contar. Pero ha
encontrado algo bastante desagradable. Creo que será mejor que no entre en
detalles en una carta, pero me temo que no todos en la isla son quienes
dicen ser. Por favor, llámame en cuanto puedas.
Con cariño,
Kitty

No puedo llamarla. No puedo llamar a nadie.


La sensación de incomodidad que he tenido desde que llegué a Amberly
me resulta ahora demasiado real. ¿Por qué no podía decirme lo que
descubrió el investigador privado? ¿Corro peligro? ¿Por parte de quién?
Quería irme, pero ahora tengo que encontrar un modo de salir de esta isla
para hablar con Kitty y descubrir lo que sabe.
El motor vuelve a la vida con un retumbar e intento encender la radio del
coche. Tras escuchar la historia de Sandy, hasta yo creo oír el llanto de los
niños en el viento. Desesperado, intento ahogar ese sonido, pero la señal de
radio es entrecortada. Supongo que es lo lógico, teniendo en cuenta dónde
estoy y las extrañas condiciones meteorológicas del lugar. Me alejo con el
equipo de música funcionando a duras penas, prefiriendo escuchar los
parásitos de una mala recepción al sonido de los fantasmas.
Conduzco muy despacio por la carretera del acantilado, aunque nunca he
tenido más prisa. La niebla se espesa por todas partes y la visibilidad es casi
nula. Probablemente no sea muy seguro conducir ahora, pero tengo mil
razones para salir de aquí. Solo quiero volver a la cabaña, recoger mis cosas
y encontrar un modo de irme. Si no puede ser en transbordador, habrá
alguna otra manera de salir de la isla. Estoy seguro de haber visto en una de
las playas del sur un bote de remos amarrado a un embarcadero de madera.
Veré si puedo llevármelo prestado. Solo estamos a quince kilómetros del
continente, quizá pueda remar hasta allí. Si es necesario, recorreré toda la
costa hasta encontrar un modo de salir; sí, eso haré.
Estoy muy cansado y mis pensamientos gritan demasiado y no hay nada
que hacer con la radio. De vez en cuando oigo música antigua que no
reconozco, pero la mayor parte del tiempo solo estática o interferencias, por
mucho que gire constantemente el dial. Cuando oigo lo que parecen
susurros de niños, se me pone la carne de gallina y apago el maldito
aparato.
Es entonces cuando pasa.
Un fuerte estruendo y un borrón de color ante el parabrisas.
Piso el freno y extiendo instintivamente el brazo izquierdo para proteger
al perro mientras el Land Rover se detiene con un frenazo.
Solo he apartado la mirada de la carretera por un segundo, pero creo que
he chocado con algo.
O con alguien.
No me muevo. Miro a la niebla a través del parabrisas, pero no puedo
ver nada. Estoy espantado por la carta de Kitty y por todo lo que ha pasado
en la cueva, e intento decirme que he imaginado lo que sea que mi cerebro
cree que acabo de ver. Pero entonces un retazo de niebla se despeja justo
delante de mí, lo suficiente para que pueda ver. La forma de una persona
tirada en el camino. Una mujer.
Tengo una extraña sensación de déjà vu, lo cual no tiene sentido porque
la noche en que desapareció mi mujer no vi a nadie tirado en la carretera.
Lo vio ella.
El instinto me dice que no salga del coche. La culpa me empuja a
hacerlo de todos modos.
Debería llamar a alguien, pedir ayuda, pero no puedo hacerlo sin
teléfono.
La mujer parecía montar una bicicleta antigua. La veo tirada y torcida en
el suelo, a poca distancia. ¿Por qué iría alguien en bicicleta en medio de una
espesa niebla por una carretera sin quitamiedos? Es muy peligroso.
Comprendo que no me viera, pero sí que debió oírme. El Land Rover
antiguo es tan ruidoso como un tanque. Yo continúo sin moverme. Igual que
ella, sea quien sea.
La persona del suelo me da la espalda.
Doy un paso hacia ella.
No puedo verle la cara, pero sí veo que lleva un abrigo rojo.
El abrigo vuelve a hacerme pensar en Abby. Un año parece toda una
vida cuando pierdes a alguien a quien quieres, pero ahora, en este momento,
es como si hubiera sucedido ayer. Sé que no es ella. He creído verla tantas
veces que he aprendido a no confiar en mis ojos. Hace mucho que perdí la
esperanza de que volviese a mi lado. Pero es innegable que el abrigo rojo de
esta mujer se parece mucho al que llevaba Abby. Recuerdo que lo
compramos en una tienda del centro y que debe de haber cientos iguales a
este, quizá miles. Además, la policía encontró el abrigo de Abby al poco de
desaparecer.
La mujer de la carretera sigue completamente inmóvil.
—¿Hola? —llamo.
No hay respuesta. Ni movimiento. Nada.
Doy otro pequeño paso hacia ella, temeroso de algo que todavía no
puedo ver.
—¿Está herida? —pregunto cuando estoy a solo unos pasos de distancia,
pero ella sigue sin moverse.
La niebla empieza a despejarse y desaparece por completo, tan deprisa
como apareció.
Me echo a temblar nada más verle la cara. No puedo moverme, no puedo
hablar, es como si no pudiera respirar, porque esta vez no hay forma de
negarlo.
No estoy viendo cosas.
No me lo estoy imaginando.
La mujer tirada en la carretera es mi esposa desaparecida.
Encontrada desaparecida

Está viva.
Pero ahora me preocupa que pueda haberla matado.
Me inclino hacia Abby con paso inseguro y todavía mareado. Estoy
agotado pero de pronto me siento despierto, con el corazón latiéndome tan
fuerte que lo noto en los oídos. La miro fijamente y me pregunto si no será
culpa mía, si no me habré dormido al volante. Creo que iba a apagar la
radio cuando ocurrió, pero estoy tan cansado que no estoy seguro. En todo
caso, la culpa es mía. Mi mente ya está reconstruyendo el momento,
reescribiendo lo sucedido, intentando aliviar la abrumadora tensión de lo
que creo estar viendo.
Siempre hay gente que desaparece, pero rara vez se encuentra a la gente
desaparecida.
Alargo una mano para tocarle la cara; necesito saber si es real.
Ella abre los ojos antes de que mis dedos la toquen y me los aparta de un
manotazo. Luego se incorpora y me mira.
—¿Quién coño es usted? —pregunta, apartándose.
—Soy yo —respondo, pero ella me mira con ojos enloquecidos.
Sus ojos son lo único que no son como deben ser. Son castaños, cuando
no deben serlo. Mi mujer tenía los ojos más azules que he visto nunca.
También tiene el pelo más largo que antes, pero han pasado muchos meses.
Su rostro es exactamente el mismo, aparte del pequeño corte en la frente
que ahora le sangra. No puedo procesar lo que veo. Ni lo que oigo.
—Apártese de mí de una puta vez —dice mi esposa, que nunca decía
tacos.
—No puedo creer que seas tú —le digo. Abby me mira como si estuviera
loco.
Puede que tenga razón.
El insomnio prolongado puede causar daños permanentes en el cerebro
de una persona, incluso la muerte en casos extremos. La confusión y la
paranoia son indicios tempranos de que la mente empieza a desmoronarse.
Mi médico me decía que había tenido pacientes insomnes que veían las
caras de parientes muertos. Algunos hasta tenían conversaciones enteras
con personas que no estaban presentes. Incluso oían hablar a la otra
persona, e insistían en que estaban en la misma habitación. ¿Y si es eso lo
que pasa aquí? ¿Una alucinación consecuencia de la pena, el estrés y el
agotamiento extremo?
Intento volver a tocarla. Vuelve a apartarme la mano de un manotazo.
Creo que sí es real.
Abby intenta sentarse y resulta evidente que está dolorida. Debería
ayudarla, pero sigo paralizado donde estoy. Tengo tantas preguntas, pero
ella se me adelanta con una propia.
—¿Quién es usted? —vuelve a preguntar.
Del corte de la frente brota otro hilillo de brillante sangre roja que le
resbala por un lado de la cara. Alguien tiene que presionar la herida y, al no
haber nadie más, supongo que debo hacerlo yo. Me saco del bolsillo un
pañuelo limpio y me inclino hacia ella, pero ella se aparta bruscamente.
—Soy yo, Grady —digo.
—Muy bien, Grady. ¿Por qué conduce el viejo coche de Whitty, y por
qué me ha atropellado?
—¡Eeeh! ¡Que yo no te he atropellado!
—La única razón por la que no estoy muerta es porque lo esquivé. Venía
con el coche directo hacia mí y me tiró de la bici.
—No. No te vi. La niebla…
—¿Qué niebla? —pregunta.
Miro a mi alrededor y la niebla ya se ha disipado por completo, claro.
Pero ella debió verla antes de caerse de la bici; era casi imposible ver nada.
Saca un clínex de la manga del abrigo rojo y lo sujeta contra su frente.
Entonces mira toda la sangre que lo mancha y empalidece todavía más.
—Puede que tenga razón —dice ella—. Puede que me imaginara el
atropello. Oh, espera un poco, si estoy tirada en medio de la carretera y
sangrando. ¿Es que ha dejado su medicación?
Mi mujer también solía decir eso.
Esto es demasiado para que pueda procesarlo. Ella es demasiado.
—No entiendo lo que pasa. Estás viva —digo.
—No gracias a usted.
Me la quedo mirando.
—¿De verdad no sabes quién soy? Desapareciste hace más de un año.
¿Has estado aquí todo este tiempo?
—¿Qué desaparecí? ¿De qué habla?
Puede que sea yo quien se esté volviendo loco.
—¿Por qué se comporta como si nos conociéramos? No lo conozco de
nada —dice ella.
Me siento como si alguien hubiera puesto mi mundo patas arriba y lo
hubiera sacudido.
—¿Nos conociéramos? —digo—. Soy tu…
—Mire, no quisiera parecer grosera —me interrumpe—, pero tengo que
estar en otra parte y, gracias a usted, no creo que pueda ir en bici. —La
bicicleta está tirada a un lado de la carretera. Tiene una gran cesta de
mimbre en la parte delantera y resulta evidente que es muy vieja. Debería
estar en un museo, como la mayoría de las cosas de esta isla, pero por lo
demás no le veo nada malo. No le veo ni un rasguño—. Dado que casi me
mata, ¿cree que podría llevarme usted? —me pregunta, y yo dudo—. Si no
es mucha molestia…
—No, claro que puedo llevarla. Es que… quizá deberíamos ver a un
médico.
—El médico solo pasa los martes —dice, intentando levantarse. Intento
ayudarla, pero ella me deja claro que puede hacerlo sola.
Se parece a mi mujer.
Suena como mi mujer.
Es mi mujer.
Mi mente da vueltas buscando una posible explicación a lo que pasa.
Puede que tenga una conmoción por lo que acaba de pasar.
Puede que al desaparecer hace un año perdiera la memoria.
Puede que esté mintiendo.
No entiendo lo que está pasando, pero tengo que saber la verdad.
Subo la bici al maletero del Land Rover y le digo a Columbo que vaya al
asiento trasero antes de que Abby y yo subamos delante. Hasta huele como
mi esposa; lleva el perfume favorito de Abby. Creí que Columbo podría
refrescarle la memoria, pero es como si no lo hubiera visto nunca. Él se
alegra mucho de verla, pero siempre le alegra ver a cualquiera.
—Bonito perro —dice ella, apenas mirándolo.
Mi mente está demasiado llena de preguntas. Decido empezar por una
fácil.
—¿Hace mucho que vive en la isla? —pregunto, encendiendo el motor.
—Lo suficiente —responde ella. Se abrocha el cinturón de seguridad,
comprobándolo dos veces—. Si se dirige hacia el pueblo, yo le guío luego
—añade, como si no quisiera darme su dirección. Como si me tuviera
miedo. Como si yo fuera un extraño. Mantiene las manos posadas sobre el
regazo y aparto la vista de la carretera solo un momento para mirarlas. Se
parecen a las manos de mi mujer, solo que no lleva el anillo de casada y
parece tener las uñas manchadas de pintura azul verdosa en vez de esmalte.
—No suena como si hubiera nacido aquí —digo.
—Muy observador. Y usted no suena como un conductor que se da a la
fuga tras atropellar a alguien.
—No la vi hasta que su bici chocó con mi coche, y no me he dado a la
fuga.
—Vivo aquí desde que tengo uso de razón —dice.
Lo cual no significa nada, dado que no sé cuánto recuerda. Puede que no
lleve anillo en el dedo, pero sí me parece ver una ligera hendidura en la piel
donde solía llevarlo. Veo que se arranca la pintura de las uñas como Abby
se arrancaba el esmalte. Era algo que hacía cuando las cosas se volvían
estresantes en el trabajo. Un mecanismo de defensa. Un tic nervioso.
Recuerdo los recortes de prensa que me han dejado en la cabaña y en el
coche, y me digo que quizá por eso querían que los viese, porque sabían
que ella estaba aquí. Mi mente se llena de todo tipo de explicaciones sobre
cómo y por qué Abby puede haber acabado en la isla de Amberly. La
obsesión de mi esposa por su trabajo era uno de los pocos temas por los que
discutíamos, y antes de que desapareciera le dije cosas que me habría
gustado poder retirar. Se lo diría ahora, pero no parece saber quién soy.
Abby alza la mirada cuando llegamos a un cruce.
—Ignore el desvío al pueblo y gire a la derecha, por la carretera del
acantilado.
«Estoy en la carretera del acantilado».
Eso mismo me dijo la noche que desapareció. Es una de las últimas
cosas que dijo antes de desaparecer. Esto es una completa rallada. Le sigo la
corriente, sigo con ella, y giro donde dice, pero no puedo contenerme y
vuelvo a preguntarle.
—¿De verdad no sabes quién soy?
Ella me mira a la cara mientras yo miro a la carretera, y siento que me
taladra con los ojos.
—¿Debería? —es lo único que dice tras un silencio casi insoportable.
Niego con la cabeza. Se reanuda el silencio.
—Espere, ¿es usted el escritor? —pregunta entonces.
—Sí. Sí, soy escritor. ¿Te acuerdas ya?
—No salgo mucho, pero recuerdo a Cora Christie diciéndoles a todos los
que entraban en la tienda de la esquina que había otro escritor en Amberly.
Es usted, ¿no? ¿El escritor?
—Ese soy yo —digo, intentando disimular mi decepción. O mi mujer se
ha convertido en una actriz increíble o de verdad no se acuerda de mí.
—Está al final de ese camino —dice.
Me meto por un sendero lleno de baches y no tardo en ver el mar.
—¿Es aquí donde vive?
—No, es donde trabajo. Me gusta estar cerca del mar. Lo encuentro
relajante.
«Pero si odia el océano».
A lo lejos hay un pequeño edificio de madera, blanco, ante una inmensa
playa de arena blanca. No hay nada más. Ni otro edificio. Ni otras personas.
—¿Qué es este sitio? —pregunto—. Es precioso.
Si se refiere a esta parte de la isla, es la bahía sin salida. Si se refiere al
edificio, es la alfarería de la isla.
Me esfuerzo por mantener la conversación en marcha. Para descubrir
todo lo que pueda.
—Es un lugar encantador. ¿Cuánto tiempo lleva trabajando aquí?
—Soy la dueña desde hace casi un año.
«No puede ser desde hace más tiempo, porque antes estaba conmigo».
Mi mente es un revoltijo de pensamientos que no sé cómo desenredar.
Sentimientos que sé que debería tener pero que no puedo alcanzar. No
entiendo qué pasa ni sé si esto es real.
Pero ella parece real.
Y suena real.
Aparcamos y miro el cartel que hay sobre el edificio. Parece que el
nombre del nuevo negocio de mi esposa desaparecida es el que he utilizado
para mi libro: Defectos perfectos.
Una auténtica imitación

—¿Se encuentra bien? —pregunta.


No puedo responder. Siento mi cerebro como si estuviera hecho de lana
y que la situación me supera. Siento que voy a llorar, cosa que no hago
desde la noche en que desapareció. ¿Cómo es posible que no sepa quién
soy? La preocupación nubla su rostro y le distorsiona los rasgos. Miro a
esta mujer que lleva un abrigo rojo y se parece y suena igual que mi esposa
desaparecida. Pero entonces su rostro se desdibuja y se transforma en algo
diferente, alguien a quien no conozco ni reconozco. Me mira fijamente,
esperando una respuesta, pero no puedo hablar. Es como despertar de una
pesadilla para descubrir que no era un sueño.
Un año es mucho tiempo, pero es ella. No hay otra explicación. A no ser
que tuviera una gemela secreta… Vuelvo a estudiarla y observo los cambios
en el rostro que una vez conocí tan bien. Si no es ella, y estoy casi seguro de
que sí lo es, es como mirar una auténtica imitación. Tiene la piel más
bronceada —Abby siempre procuraba llevar crema solar—, el pelo oscuro
es más largo y parece ondulado y natural en vez de recién salido de la
peluquería. También está más delgada, tiene los pómulos más marcados.
Aparenta buen aspecto, aparte del corte de la frente. Viste ropas con las que
Abby no se habría dejado ver ni muerta, o viva. Nunca le fue la ropa
informal, y desde luego nunca la vi llevando un mono con peto. Vuelvo a
recordar los recortes de prensa. Alguien de la isla quería que supiera que
Abby está aquí. Si es que es ella. Sus ojos son los que hacen que parezca
otra. Deberían ser azules, no castaños. No puedo dejar de mirarlos, y es
evidente que eso la incomoda.
—Gracias por traerme —dice, alargando la mano hacia la puerta del
Land Rover.
—Espere, no me ha dicho su nombre.
—Me llamo Aubrey.
«No, no te llamas así».
Pero «Aubrey» recuerda mucho a «Abby».
«Puede que no sepa que miente».
No tiene sentido. ¿Cómo puede haber olvidado su antigua vida, su
trabajo, la casa que reformamos? Creíamos que sería nuestro hogar para
siempre, pero supongo que nada dura para siempre. ¿Cómo puede haber
olvidado a nuestro perro, nuestro matrimonio, a nosotros, a mí?
Abre la puerta y empieza a salir.
—¿Se encuentra bien? —vuelve a preguntar—. Es a mí a quien han
atropellado en la carretera, pero usted parece pálido y sudoroso. Si está en
estado de shock, no quisiera que atropellase a alguien más. ¿Quiere pasar y
tomar un vaso de agua?
Estoy en estado de shock y quiero entrar porque no creo en nada de lo
que dice.
—En la alfarería hay muchas cosas frágiles. Quizá deba dejar aquí a
Columbo para que no las tire con la cola.
—Por supuesto. Gracias.
En cuanto me alejo, Columbo salta al asiento del conductor, su lugar
preferido de siempre.
—Me sorprende que le dejen conducir el viejo Land Rover de Whitty —
dice Abby cuando nos dirigimos a la alfarería.
—¿Quiénes?
—El Patronato de la Isla de Amberly tiene un montón de reglas. Incluida
la de que los visitantes no pueden venir a la isla con su coche. Además de
que un coche tan viejo como ese no es ni remotamente respetuoso con el
medio ambiente. La isla es muy pequeña. No sé por qué no pueden
desplazarse todos en bici como yo.
—¿No conduce?
Ella niega con la cabeza.
—¿Para qué? Amberly solo tiene diez kilómetros de largo por ocho de
ancho. Nunca me molesté en aprender.
A Abby le encantaba conducir y le encantaba su coche.
En la pared destaca un gran logotipo con una vaca de Tierras
Altas. Recuerdo haberlo visto en el costado de la furgoneta negra del
transbordador el mismo día en que llegué. Puede que a quien viera entonces
fuese a Abby. Puede que haya estado aquí todo este tiempo, ante mis
narices. Cuando se mete la mano en el bolsillo y saca un juego de llaves,
veo algo en su muñeca. Un tatuaje. Mi mujer no tenía tatuajes; los odiaba.
—¿Qué significa eso? —pregunto, mirando los remolinos nada
familiares que le manchan la piel.
Alza la mano, como haría cualquiera para mirar el reloj, y en lugar de
eso lee las palabras manchadas de tinta.
—La’kesh —dice, como si yo debiera saberlo—. Significa mi otro yo.
Perdone, pero ahora que estamos cara a cara me resulta familiar. ¿Nos
hemos visto antes?
Caos absoluto

Abre la puerta y entramos en un edificio pequeño pero impresionante.


Estructura moderna de madera, con mucho cristal y mucha luz. Enormes
ventanales ofrecen unas vistas increíbles del océano y de una extensión
interminable de arena blanca. Por todas partes hay mesas y estanterías con
jarrones, ollas, jarras, tazas y cuencos, y me doy cuenta de que casi todos
están teñidos de azul turquesa, con toques de verde y otro azul. Parecen
pintados a mano y los colores me recuerdan el mar.
—Lo hago yo todo —dice, con el orgullo brillando en sus ojos. Se quita
el abrigo rojo y lo cuelga en un perchero junto a la puerta—. Siento que esté
todo un poco desordenado. No suelo recibir visitas en esta época del año, y
últimamente mi vida es un caos absoluto. Eche un vistazo si quiere. Voy a
curarme esto —dice, señalándose el corte de la frente—. Luego le traigo el
vaso de agua, a no ser que prefiera un té.
—Un té estaría bien, gracias.
Tardará más si hace el té, lo cual me dará más tiempo para pensar. Y más
tiempo para cotillear. Desaparece por el fondo y voy directamente al
escritorio del rincón. Está demasiado limpio y ordenado, pero tiene algo de
interés. Un informe del Patronato de la Isla de Amberly sobre la reunión
anual. Empiezo a leer la primera página, donde figuran los miembros
presentes:

Sandy MacIntyre, sheriff de la isla.


Midge MacIntyre, secretaria y tesorera de la isla.
Cora Christie, de la tienda de la esquina y directora comercial de la isla.

Repaso rápidamente el resto de la página y veo que hay veinticinco


nombres, lo que significa veinticinco posibles sospechosos, uno de los
cuales debe saber lo que está pasando realmente aquí, porque hay alguien
que lo sabe. Cojo el informe y me lo guardo en el bolsillo para leerlo más
tarde, y luego deambulo por el resto de la alfarería, procurando no tropezar
ni romper nada. Cojo un folleto de una de las mesas de exposición y veo
que tiene el mismo logotipo que el cartel de fuera: una vaca de Tierras
Altas. Hay una descripción de la alfarería y una foto de mi esposa.
Efectivamente, dice que se llama Aubrey. Aubrey Fairlight.

DEFECTOS PERFECTOS
Cerámica única pero funcional, inspirada en el mar.

«Abby odia el mar».


—Aquí tiene —dice, sosteniendo dos tazones de cerámica turquesa. Son
como los expuestos, pero estos contienen un líquido caliente y humeante.
Mira el folleto de mi mano.
—¿Le importa si me quedo esto? —pregunto.
—En absoluto. Tengo cajas llenas y siempre puedo imprimir más.
—Gracias —digo mientras me entrega una de las tazas. Se ha limpiado
la cara y lleva una pequeña tirita en la frente. Parece una de las que se hacen
para niños, con un dibujo de colores vivos de un unicornio. Tengo muchas
preguntas, pero no sé por dónde empezar ni qué decir. Es evidente que no
sabe quién soy, o que no puede recordarme, y creo que debo andar con
cuidado. Doy un sorbo del no muy desagradable té.
—Bueno… —dice, y me doy cuenta de que quiere que me vaya.
«No puedo irme todavía».
Bebo otro sorbo y ella sonríe educadamente, tal y como lo hacía Abby
cuando no quería herir los sentimientos de alguien. ¿Cómo es que no me
conoce? ¿Cómo es que no nos recuerda?
—Su trabajo, todo lo expuesto, es precioso —digo en un intento de
mantenerla hablando.
Me sonríe y me duele un poco; he echado tanto de menos esa sonrisa.
—Gracias. ¿Quiere una pequeña visita guiada mientras se acaba el té? —
Yo asiento con la cabeza y la sigo por la alfarería—. Empezó siendo una
afición, la verdad. Supongo que una forma de evadirme, de no pensar en lo
terrible que es el mundo en que vivimos. Utilizo un torno tradicional y yo
misma esmalto cada pieza. Pero lo mejor está fuera. —Abre la puerta del
fondo, que da directamente a la playa, y yo la sigo, y el volumen del mar es
tan alto que tiene que alzar la voz—. Una vez las piezas están listas, las
cuezo en este viejo horno de leña —dice, deteniéndose junto a una pequeña
estructura de piedra que hay detrás de la alfarería. Parece un antiguo
mausoleo. Abre de un tirón una pesada puerta metálica que deja ver algo
parecido a una celda medieval.
—Esto era lo único que había aquí cuando compré el terreno —explica,
pareciendo desconcertantemente orgullosa—. Pongo todas las piezas que
hago en esas estanterías que hay bajo la chimenea, y luego lo cierro todo.
Antes se tapiaba con ladrillos, y tres días después se quitaban uno a uno,
pero yo le puse esta puerta desmontable e ignífuga para acelerar el proceso.
A través de los agujeros de abajo, voy encendiendo pequeños fuegos dentro
y voy metiendo leña y astillas de madera hasta que se calienta como un
horno. Lo mantengo encendido durante dos días y dos noches. Este horno
se construyó hace cientos de años para cocer cerámica, y ahora es donde yo
hago la mía. Cada una de mis piezas sale diferente, no como los productos
que salen de fábrica. Es única. Como las personas que las comprarán. Hay
quien cree que el hecho de que haya diferencias de tono las convierte en
imperfectas. Incluso utilizan el término «diferente» como si fuera una
palabra fea. Yo prefiero ver el mundo de otra manera y creo que puedes
encontrar mucha belleza en la imperfección. Y me encanta que pueda salir
algo bello de algo tan feo.
—¿Por eso ha llamado a esto Defectos perfectos? —pregunto mientras
volvemos a entrar.
Se detiene y se me queda mirando.
—Vivimos en un mundo lleno de odio y dolor, son tiempos siniestros,
pero sigue habiendo luz y amor si los buscas. Todas las personas que
conocemos son capaces de ser buenas y malas a la vez. Y lo que es bueno
para un hombre es malo para otro. Hemos construido una sociedad que
deposita demasiada importancia en una falsa idea de belleza y perfección.
El mundo está lleno de personas que se comportan como clones, todos
intentando parecer y sonar iguales, demasiado ocupados comparándose
constantemente con los demás, que ven en pequeñas pantallas, como para
poder ver el mundo en su conjunto. He comprendido que no puedo cambiar
el mundo, pero creo que la singularidad es algo que debe aplaudirse, no
temerse o desaprobarse. La vida es bella y la vida es fea, y tenemos que
aprender a vivir con esas dos caras de la misma moneda y ver luz en la
oscuridad. El mundo es perfecto y es defectuoso, las relaciones son
perfectas y defectuosas, las personas son perfectas y defectuosas.
Entenderlo hace que te sea más fácil vivir la vida.
Abby desaparece tras el escritorio que vi antes y luego dice:
—Defectos perfectos fue el nombre que me pareció más apropiado, ya
que creo que la vida es así, y mi obra es mi vida. De todas formas, no
quiero entretenerlo mucho aquí mientras Columbo está en el coche.
Es la segunda vez que lo menciona. No recuerdo haberle dicho cómo se
llamaba.
Se pone a rebuscar en los cajones hasta que saca un anillo.
—Aquí está, lo encontré, gracias a Dios. Siempre me quito las joyas
cuando trabajo. Por motivos obvios. —Señala con la cabeza al torno de
alfarería—. Pero esto podría meterme en un lío. Sobre todo cuando te
acusan de perder la alianza.
Sus palabras me desmontan.
Me la quedo mirando boquiabierto mientras se pone el aro de oro blanco
en el dedo.
—¿Está casada? —digo, sintiéndome como si me hubieran golpeado en
el pecho.
—¡Tampoco se extrañe tanto! Caray, mire qué hora es. No quisiera
parecer grosera, pero tengo que volver ya a casa o mi media naranja se
preguntará dónde me he metido.
Agridulce

Una semana antes de la desaparición

—¿Le ha contado a alguien más que quiere dejar a su marido? —Oír a la


mujer de negro decir esas palabras en voz alta hace que todo se vuelva más
real, que la idea sea más aterradora. Niego con la cabeza. No se lo he dicho
a nadie porque no le incumbe a nadie más—. ¿Cree que lo sabe?
Es una pregunta difícil de responder.
—Creo que sabe que no soy feliz. Pero hace tanto tiempo que no lo soy
que puede que ya no se dé cuenta. Puede que, al igual que a mí, le cueste
imaginarnos separados tras haber estado tanto tiempo juntos. Así que ni se
le ocurre que yo pueda llegar a dejarlo.
—Habla como si ya lo tuviera claro.
—Lo sé.
—Pero entonces, ¿por qué me habla de ello si ya lo ha decidido?
Es una buena pregunta y hay muchas respuestas. Solo le doy una.
—Porque tengo miedo.
Cuando dedico demasiado tiempo a pensar en cómo y por qué se ha
hundido nuestro matrimonio, mi memoria tiende a vagar hacia épocas más
felices. No siempre fuimos el nosotros de ahora. Y probablemente sea por
eso por lo que me dé tanto miedo irme. ¿Y si no llego a conocer a nadie que
pueda volver a hacerme feliz? Porque fuimos felices. Nadie me ha hecho
nunca tan feliz como él, pero tampoco que me sienta tan triste. ¿Seguir con
alguien que antes te quería es mejor que estar sola?
Hace unos meses dijo haber encontrado la casa ideal. Decir que
necesitaba una reforma sería quedarse cortos. La ubicación era estupenda
para él, no tanto para mí, pero al estar un poco apartada nos permitía
aprovechar mejor el dinero. A diferencia de donde vivíamos, aquí teníamos
vistas, y le entusiasmaba la idea de renovar algo y hacerlo nuestro. Creo que
los dos pensamos que arreglar ese viejo y roto edificio arreglaría lo que
fuera que se hubiese roto en nuestro matrimonio. Y creo que fue así, por un
tiempo. Pero el proyecto encontró sus obstáculos, como siempre pasa con
estas cosas, y la constructora pidió más dinero. Dinero que no teníamos.
Como todo en la vida, siempre hay un momento en el que ya no hay vuelta
atrás. Nos habíamos gastado una cantidad desorbitada de dinero en
arquitectos y sorteado infinitas gestiones burocráticas para conseguir el
permiso de obras; los albañiles no paraban de hacer ruido, y había polvo, y
quejas, y exigencias, y los meses siguientes no fueron alegres. Renovar una
casa antigua solo parece romántico cuando no lo has hecho nunca. Y
cuando los albañiles descubrieron algo inesperado deseé no haberlo hecho.
—Los albañiles han encontrado algo —le dije una noche en cuanto entró
por la puerta.
Llevaba varios días fuera, en una feria del libro, y confieso que me lo
había pasado muy bien sin él. Como trabaja en casa, siempre está ahí, y yo
no puedo pasar algo de tiempo a solas, ni en las raras ocasiones en que
tengo el día libre. Con él fuera, veo películas antiguas, como cosas que a él
no le gustan, y bailo por la casa escuchando a Nina Simone mientras bebo
vino blanco —él lo prefiere tinto— y eso es la felicidad. Hasta que los
albañiles llaman a la puerta.
—No me suena nada bien que los albañiles encuentren algo —dijo,
colgando el abrigo del perchero—. ¿Qué es esta vez y cuánto costará
arreglarlo? —preguntó, sirviéndose un vaso de vino de la botella que ya
estaba abierta.
Para entonces, los arreglos ya habían costado más del doble de lo
presupuestado, e íbamos muy justos. Hacía tiempo que no vendía un libro
nuevo, quizá por el hecho de que no había escrito ninguno, y siempre usaba
la técnica del avestruz en todo lo relacionado con el dinero. Me preocupaba
que pudiese perderlo todo, casa incluida, si no estaba yo allí para ocuparme
de ello.
—Nada de cadáveres, huesos o cosas así —dije—, pero al excavar para
poner los cimientos nuevos encontraron algo…
—Lo de contar con suspense debería ser mi trabajo.
—Tienes que prometerme que no perderás los papeles.
—Nunca pierdo los papeles.
«Siempre pierde los papeles».
—Los albañiles han encontrado dos conjuntos de ropa, dos pares de
zapatos muy viejos, joyas, entre ellas dos anillos, algunas macetas, botellas
de cristal y monedas.
—¿Las monedas son de oro?
—Lamentablemente, no. Pero los albañiles creen que son de hace unos
doscientos años. El año pasado encontraron unas parecidas en otra obra no
muy lejos de aquí. La ropa estaba tendida como si la llevaran puesta dos
personas cogidas de la mano. Así que llamé a Patrimonio y…
—¿Que hiciste qué? ¿Quieres que nos paralicen la obra? Esta casa ya
nos ha costado todo lo que tenemos, más, incluso…
—La verdad es que tuve una conversación muy interesante con ellos.
—Estupendo. ¿Cuánto nos ha costado?
—La mujer con la que hablé dijo que habíamos encontrado pruebas de
un ritual de doscientos años de antigüedad. Cuando un matrimonio creía
que iban a separarse para siempre, por una enfermedad o por una guerra,
enterraban bajo el suelo de su casa ropa de los dos. Dejaban dinero, objetos
sentimentales y a veces algo de comer y beber. Luego ponían una tela sobre
todo ello, como una manta protectora bajo la que poder dormir, y cubrían la
parcela con tierra y piedras hasta dejar el suelo como estaba. Que por aquel
entonces probablemente serían tablones de madera. El marido y la esposa
pensaban que era una forma de asegurarse su reunión en la otra vida. Parece
ser que es una costumbre antigua llamada «los amantes enterrados». Creo
que deberías verlo por ti mismo.
Tuvimos que utilizar una linterna para visitar el lugar donde trabajaban
los albañiles. Dirigí la luz hacia donde habían encontrado los objetos,
iluminando dos conjuntos de ropa y zapatos viejos llenos de barro.
—Vaaale —dijo, pareciendo tan poco impresionado como sonaba—. Y
ahora que lo he visto, ¿podemos tirarlo todo?
—¡No! Eso es lo importante. Hay una superstición.
—Oh, cielos. Una superstición. Me encantan…
—La mujer del Patrimonio dijo que si descubres unos amantes
enterrados, recuerda que fue así como los llamó ella, hay que dejarlos tal y
como estaban o devolverlos a su sitio lo mejor que puedas. Si los separas en
la tierra, los separas en la otra vida. Y si les robas su verdadero amor para
toda la eternidad, ellos vendrán a robarte el tuyo y maldecirte con la soledad
eterna.
Se me quedó mirando como si esperase el final de un chiste.
—No te lo estarás planteando en serio, ¿verdad? —dijo entonces—. Los
obreros tendrán que excavar mucho más para poder poner los cimientos. No
vamos a dejar ahí esa ropa vieja y esos cazos por una superstición idiota.
—Dijeron que podrían trabajar alrededor de eso y luego poner vigas de
acero adicionales y que quedaría bien.
—¿Y cuánto más va a costarnos eso?
—No mucho. Pero les llevará un poco más de tiempo. —Él cerró los
ojos—. ¿Qué haces?
—Intento disociarme de mi cuerpo para no tener que seguir oyendo esto.
—¿No querrás arriesgarte a sufrir una soledad eterna?
En cuanto hice la pregunta me acordé de lo mucho que disfruta mi
marido con su propia compañía. Solo es feliz cuando escribe y eso lo hace
mejor a solas. Creo que su forma de vida preferida es la soledad. Pero
entonces abrió los ojos y me rodeó con los brazos.
—Cariño, si movemos sus cosas, los fantasmas de las personas que
enterraron unas ropas hace cientos de años no vendrán para atormentarnos o
a hacer que desaparezca uno de los dos. ¿Qué te parece si las enterramos
aquí cerca? —dijo, y yo le rodeé el cuello con los brazos y acerqué su cara a
la mía.
—Por favor, no quiero que nos pase nada malo.
—No nos pasará.
—Te he echado de menos mientras estabas fuera —le dije y me di cuenta
de que era verdad. Disfruto pasando tiempo a solas, pero le había echado de
menos. No me gusta dormir en nuestra cama de matrimonio sin él al lado—.
Prométeme que no moveremos a los amantes enterrados y podrás hacerme
el amor aquí mismo.
—Lo prometo —dijo, y luego me besó.
Una semana después oí a los albañiles reírse porque él les había dicho
que tirasen a la basura todo lo que habían encontrado y que no me lo
dijeran. Mi marido no cree en maldiciones, pero yo sí. Todavía creo en
ellas.
La mujer de negro vuelve a hablar, sacándome de mis pensamientos.
—Hay mucha gente que fantasea con cómo sería su vida si no se hubiera
casado con su pareja, o si tuviera que empezar de cero sin ella. Es algo muy
normal, nada por lo que sentirse culpable —dice, pero no estoy muy segura
de creerla—. Siento curiosidad por saber si todo esto no es más que eso. Si
es solo una fantasía porque su matrimonio atraviesa momentos difíciles,
cosa perfectamente normal, o si se plantea en serio separarse de él o cortar
de forma definitiva. Hay mucha gente que no sabe cómo responder a mi
siguiente pregunta, y tampoco pasa nada, pero si dejase a su marido, ¿a
dónde iría? ¿Qué haría?
La respuesta es agridulce.
—Solo hay un lugar al que siempre he considerado mi hogar.
—¿Cuál? —preguntó.
—La isla de Amberly.
Claramente malinterpretado

—Ha sido un placer conocerlo, Grady. Descontando la parte en la que me


tiró de la bici. Pero debo cerrar y volver con mi media naranja —dice Abby.
«Mi esposa necesita volver a casa con su nuevo marido».
Me doy cuenta de que ya no soy bienvenido aquí, pero no puedo irme.
Acabo de encontrarla.
El walkie-talkie del mostrador crepita cobrando vida y los dos lo
miramos.
—¿Alguien los ha visto? —dice una voz desconocida de mujer.
Probablemente esté algo paranoico, pero por un momento me pregunto si
no hablarán de nosotros.
—Odio estas puñeteras cosas —dice Abby, interrumpiendo mis
sospechas y agarrando el aparato—. Aquí Aubrey. Estoy en la alfarería con
el escritor —dice, guiñándome el ojo—. ¿Va todo bien? —Presiona un
botón y se vuelve hacia mí—. Los habitantes de la isla hicieron campaña
para votar que no se pusiera un repetidor para los móviles, pero, en cambio,
se obsesionaron con estas puñeteras cosas.
El walkie-talkie vuelve a crepitar y se oye la voz fantasmal de una mujer
diferente.
—¿Alguien ha visto a Sandy? Me preocupa que pueda haberle pasado
algo.
El lenguaje corporal de Abby cambia y responde al instante.
—Voy hacia allí.
—Gracias —dice cuando estamos de vuelta en el Land Rover y en
camino.
—No es problema. Parecía una emergencia y conmigo irá más deprisa
que subiendo esa colina en bici.
—Estoy segura de que Sandy está bien —dice Abby, tanto para sí misma
como para mí—. Espero que lo esté. Es el corazón de la isla, casi nuestra
líder extraoficial. Sandy es para mí como de la familia.
«¿Como de la familia? La única familia de mi mujer es su madrina».
—¿Cómo es que conoce a Sandy y Midge? —pregunto.
—En la isla, todo el mundo conoce a todo el mundo. Ya se habrá dado
cuenta.
No sigo preguntándole sobre ello. Tengo preguntas más importantes.
Como:
—¿Su media naranja también vive en la isla?
Ella titubea.
—Por supuesto. La vida sería un tanto más solitaria si no.
—¿Llevan mucho tiempo casados?
—Lo suficiente —dice, pareciendo recelosa.
Al principio creo que estoy siendo claramente malinterpretado, pero mis
preguntas deben parecerle un tanto extrañas si no recuerda quién soy.
Intento contener los celos, pero no paran de dar vueltas a toda velocidad por
mi cabeza.
—Me sorprende que no haya conocido ya a Travers —dice, y ahora sé su
nombre.
Travers. Me suena. Creo que Midge lo mencionó la noche de la cena,
pero eso fue hace más de un mes y mencionó a mucha gente. No puedo
recordarlos a todos.
—¿Por qué le sorprende que no nos hayamos conocido?
—Es que Travers suele andar por el bosque, no muy lejos de la vieja
cabaña de escribir de Whitty, donde creo que se aloja.
Recuerdo la cara que vi en la ventana y todas las demás cosas raras que
han tenido lugar.
—¿Y qué hace Travers en el bosque?
—Sería extraño que un arbolista no visitara las secuoyas; la mayor parte
de su trabajo consiste en vigilarlas y cuidarlas. Para la comunidad es muy
importante proteger esos árboles milenarios. Tome la siguiente desviación a
la izquierda.
Entro en el camino de coches de la casa de Sandy y Midge, deseando
haber venido más despacio. Se me acaba el tiempo. Nada de esto tiene
sentido. Puede que Abby sufriera una lesión cerebral y por eso no recuerde
quién soy ni quién era hace un año, o quizá sea algún otro tipo de amnesia.
Abre la puerta del coche y bajo para ayudarla a sacar la bici del
maletero.
—¿Puedo entrar? Si hay algo que pueda hacer…
—No, no. Ya ha hecho más que suficiente —dice—. Si no nos volvemos
a ver, ¡buena suerte con el libro!
«Si no nos volvemos a ver».
Me ofrece la mano y me la quedo mirando.
Entonces, a falta de una idea mejor, le estrecho la mano a mi mujer como
si fuéramos desconocidos. Midge aparece en la puerta y tiene pinta de no
haber dejado de llorar desde la última vez que la vi. Sigue llevando la vieja
bata rosa.
—¿Es usted, Grady? —dice.
—Hola, Midge.
—¿Al final fue a la Cueva Oscura? ¿Vio a Sandy? La camioneta sigue
aparcada cerca de allí, en la otra punta de la isla, pero no hay ni rastro de
ella. La marea está subiendo y me preocupa que…
Midge rompe a llorar y Abby corre hacia ella.
—¿Ha visto a Sandy? —pregunta mi mujer, y las dos me miran
fijamente.
Niego con la cabeza.
—No. Iba hacia allí cuando choqué con usted. No veo a Sandy desde
ayer —miento.
El walkie-talkie que Abby dejó en el asiento del coche crepita.
Una idiota muy lista

Midge está destrozada. La ayudo a entrar y luego me quedo al margen como


una pieza de recambio mientras mi mujer va a uno y otro lado sabiendo
exactamente qué hacer. Como en los viejos tiempos. Es evidente que Abby
se siente muy a gusto en casa de Sandy y Midge. Pone la tetera a hervir, no
necesita preguntar dónde están las tazas, que parece haber hecho ella
misma, ni cómo le gusta el té a Midge. Escucha pacientemente a la anciana
contarle lo mucho que lleva Sandy fuera y lo preocupada que está.
Hago lo que puedo para no estorbar y finjo distraerme mirando unas
fotografías enmarcadas de la pared. No recuerdo que estuvieran aquí
cuando me invitaron a cenar hace unas semanas, pero puede que no me
fijase en ellas. Las veo ahora y no puedo dejar de mirarlas. Algunas son
muy antiguas: imágenes en blanco y negro de los que supongo son
parientes, y una foto descolorida de Sandy y Midge con un bebé en brazos
en la puerta de la iglesia de Santa Lucía. Tal vez un bautizo. Pero mi
atención se centra en una foto de Abby de niña. Estoy casi seguro de que es
eso lo que estoy viendo. La foto muestra una tarta de cumpleaños con el
número diez escrito en el glaseado. Abby se sienta junto a una niña rubia
que parece de su misma edad, con las mejillas llenas de aire, a punto de
apagar las velas. Tras ellas se ve a una Sandy y una Midge más jóvenes con
una gran sonrisa en la cara. Me pregunto si la niña rubia será la hija que
perdió Sandy, lo cual la convertiría en sobrina de Midge. Estoy seguro de
que la niña morena es Abby. Miro la foto embobado, intentando encajar las
piezas de un rompecabezas que no sabía que tenía que resolver, con el
cerebro haciendo horas extras.
No conocí a los padres de Abby, habían muerto cuando nos conocimos.
Solo a Kitty, su madrina. Abby vivía con Kitty en Londres desde los… diez
u once años, creo. Nunca mencionó la isla de Amberly, ni una sola vez. Me
acordaría. Ni siquiera sabía que hubiera estado en Escocia, menos aún que
hubiera vivido aquí. Le sugerí muchas veces que visitara Escocia, pero
siempre decía que nunca había estado ni había querido ir. Entonces, ¿por
qué hay aquí una foto suya de niña junto a Sandy y Midge?
En la pared hay otra foto de Abby, una más reciente.
Mi mujer el día de su boda.
No de nuestra boda.
Está junto a varias mujeres que conozco de la isla: Sandy, Midge, Cora
Christie, de la tienda de la esquina, las carniceras Mary y Alex, Arabella de
la Taberna del Tropiezo, y la reverenda Melody Bates. Hay más rostros que
no reconozco, pero parece que todas estuvieron presentes cuando Abby se
casó con alguien el año pasado. Está la comunidad entera. Sigue casada
conmigo, ¿cómo puede haberse casado con otro? La confusión y la ira
contaminan cada uno de mis pensamientos. Puedo esperar, o puedo
enfrentarme ahora mismo a ellas. Hacer las preguntas que quiero hacer y
exigir las respuestas que necesito. Pero entonces Midge vuelve a romper a
llorar y decido que no es ni el momento ni el lugar. Me siento como un
intruso al presenciar su dolor.
—Sandy es una idiota muy lista. Supongo que sabrá que no debe volver
en coche de la cueva si ha bebido demasiado y volverá a casa andando.
Seguro que en cualquier momento entra por esa puerta —le dice Abby a
Midge—. Intenta no preocuparte.
—¿Le importa si uso el baño? —pregunto.
Las dos mujeres me miran como si se hubieran olvidado de mi presencia,
y es Midge quien responde.
—Por supuesto, ya sabe dónde está.
Salgo de la cocina, paso ante el cuarto de baño de la planta baja y en vez
de entrar subo sigilosamente por la escalera hacia el primer piso. No sé lo
que busco, pero me adentro de todos modos por el pasillo, abriendo puertas
en silencio y viendo lo que hay tras ellas. Dormitorios, sobre todo, hasta
que llego a lo que parece un despacho. Lo que me detiene y me hace mirar
es que una de las paredes está cubierta de recortes de prensa. Cientos de
ellos.
No entiendo qué significa esto.
Antes de que pueda ver si los artículos están escritos por Abby, oigo un
sonido leve y nada familiar al otro lado de la pared.
Bang, crrr, whoosh. Bang, crrr, whoosh. Bang, crrr, whoosh.
Salgo al rellano y sigo el sonido hasta una puerta cerrada. Me inclino
despacio hasta que puedo mirar por el ojo de la cerradura, y entonces la
veo. La mujer que conocí en el cementerio, vestida completamente de
tweed. La que me dijo que debía irme antes de que fuera tarde. Debe de ser
Morag, la madre de Sandy, la mujer que no paraba de golpear el techo con
el bastón cuando vine a cenar. Está sentada tras una especie de enorme telar,
parece que tejiendo. Me incorporo y pruebo el picaporte, pero está cerrada.
Morag sabe algo, estoy seguro. Si tan solo pudiera hablar con ella,
averiguar el qué. Vuelvo a inclinarme y, esta vez, cuando miro por el ojo de
la cerradura hay otro ojo mirándome a su vez. Doy un bote hacia atrás.
—No debería estar aquí. Debe irse —sisea. Y luego se pone a golpear la
puerta con el bastón.
Bajo las escaleras a toda prisa y voy a la cocina.
—Creo que su madre podría necesitar algo…
—¿Cuándo no? —interrumpe Midge.
—No he podido entender lo que decía…
—Mi madre no decía nada. No ha dicho una palabra ni ha salido de casa
desde que murió mi padre.
Pues yo la he oído hablar. Dos veces. Y la vi en el cementerio.
—Estos días solo llama con el bastón cuando quiere algo. Disculpe,
Grady. No pretendía ser tan brusca, pero está siendo un día difícil. Iré a
verla.
—No se sienta obligado a quedarse, yo me ocupo de todo —dice Abby
tras irse Midge.
Salir de la casa resulta un alivio por mil razones, pero me resulta extraño
dejar a Abby cuando acabo de encontrarla. No se me ocurre ninguna excusa
para quedarme más tiempo, y no sé si es el mejor momento para contarle la
verdad. Parece tener aquí toda una nueva vida. Al cruzar el camino de
coches, miro a las ventanas del primer piso para ver a Morag. Me saluda
frenéticamente, casi como si quisiera avisarme de algo, pero puede que no
sepa lo que hace. Se pega tanto al cristal que este empieza a empañarse.
Entonces levanta un dedo retorcido y escribe al revés en la condensación.
Incluso desde donde puedo leer la palabra «vete». Niega triste con la cabeza
y se aparta de la ventana hasta que ya no puedo verla. Como si nunca
hubiera estado allí.
Todavía puedo oler el perfume de Abby en el coche mientras conduzco
de vuelta a la cabaña. Hace que me cueste pensar en otra cosa. Los
acontecimientos de la tarde me han dejado atónito y el Land Rover está a
punto de salirse dos veces de la carretera porque estoy demasiado cansado
para ver bien. Demasiado cansado para procesar como es debido todo lo
sucedido. Lo que necesito es dormir, pero lo que quiero es whisky. Mi mujer
está viva pero no se acuerda de mí, y está casada con otra persona. Si eso no
justifica un trago por la tarde no sé qué lo justifica.
En cuanto entro en la cabaña, me sirvo un vaso de whisky —solo uno y
pequeño, ya que necesito centrarme, o al menos intentarlo— y me siento a
mirar el océano mientras intento trazar un nuevo plan. El viejo plan
consistía en salir de la isla lo antes posible, averiguar a qué se refería Kitty
en su carta, y esperar a que el nuevo libro le gustase lo suficiente como para
venderlo y que eso me ayudara a encarrilar mi vida. No tenía nada por lo
que quedarme hasta que me tropecé con Abby.
Ya no sé qué hacer.
Así que hago lo que siempre hago cuando no sé qué hacer y me sirvo
otra copa.
Por un momento quiero saberlo todo sobre el hombre con el que se ha
casado, y al siguiente no quiero saber nada. Nada de nada. «Arbolista», lo
llamó, como si eso pudiera significar algo. Como si eso pudiera hacer que
todo estuviera bien. Nada de esto tiene sentido. ¿Cómo puede alguien
desaparecer del sur de Inglaterra y acabar en una remota isla escocesa?
¿Cómo es que no recuerda nada de nosotros? ¿De mí? ¿Debería decírselo?
Una vez más vuelvo a vérmelas con un dilema moral sin una respuesta
clara.
Ahora que sé que está aquí, no puedo irme sin más.
Abby es la única persona a la que he amado de verdad. ¿Y si un día se
acuerda de nosotros?
No dejo de pensar que oigo a alguien merodeando fuera de la cabaña, así
que compruebo que todas las puertas y ventanas estén cerradas. Pienso en lo
que me dijo mi médico la última vez que me molesté en visitarlo, que la
falta prolongada de sueño acaba provocando paranoia, confusión,
alucinaciones y todas esas otras cosas estupendas que me predijo que me
pasarían si no encontraba un modo de desconectar, de hacer descansar la
mente. Voy a por un par de pastillas para dormir que me recetó y las trago
con más whisky.
Empiezo a preguntarme si no me habré imaginado todo lo del día de hoy,
si no habrá sido todo un sueño, pero entonces saco del bolsillo el folleto de
la alfarería y ahí está, la conocida cara de mi mujer mirándome fijamente.
Me sirvo otra copa.
Dejo el folleto sobre la mesa y saco el walkie-talkie.
No es mío, claro está.
Solo lo he tomado «prestado».
Espero que me ayude a averiguar qué es lo que está pasando realmente.
Reducirse a lo grande

Caigo dormido, desmayado, en la cama con el walkie-talkie todavía en la


mano. Mi mujer siempre decía que era imposible despertarme cuando bebía
demasiado. Pero se equivocaba porque me despierta algo y no es el walkie-
talkie. Empieza siendo un sonidito de esos que se meten en tus sueños hasta
ser parte de ellos. Oculto, desapercibido, hasta que está demasiado fuera de
lugar como para encajar con lo que sueñas. Como un picor que debes
rascarte. Me distrae de las escenas imaginarias que forma mi subconsciente,
sacándome de esa tierra de nadie que hay entre el sueño y la vigilia, donde
los sueños se confunden con la realidad. Vuelvo a oírlo y lucho por
identificarlo.
Parece una respiración.
Y parece venir de debajo de mi cama.
Me despierto empapado en sudor. No me muevo pero abro los ojos,
parpadeo en las sombras, haciéndome a la oscuridad. Me quedo
completamente inmóvil y escucho.
Al principio, creo que solo es un sueño dentro de un sueño, pero
entonces vuelvo a oírlo.
Alguien sale muy despacio de debajo de la cama.
Estoy tumbado de costado y no me atrevo a moverme.
Lo único que puedo ver al principio es una sombra y vuelvo a pensar que
me lo estoy imaginando, incapaz de creer a mis ojos. Pero la sombra tiene
forma de mano. Hay alguien arrastrándose desde debajo de la cama muy,
muy despacio. Debe haber estado ahí todo el tiempo mientras dormía.
Debería levantarme, defenderme, decir algo, hacer algo.
Pero no hago ninguna de esas cosas.
El miedo me paraliza cuando esa forma oscura de una persona termina
de arrastrarse y empieza a ponerse lentamente en pie. El corazón me late tan
deprisa en el pecho y tan fuerte que estoy seguro de que puede oírlo. Cierro
los ojos cuando se vuelve para mirarme. Como el niño que cree que si él no
puede ver al monstruo este no podrá verlo a él. Nunca he sido un hombre
valiente. Creo que soy un cobarde a la hora de luchar o huir: siempre elijo
huir. Pero no puedo ni moverme.
Entonces oigo cómo se inclina hacia mí, cerniéndose sobre mi persona
hasta acercar tanto su cara a la mía que puedo notar su aliento. Por un
momento fugaz creo que es Abby, porque puedo oler su perfume. Pero
cuando abro los ojos, solo puedo ver la sombra de una persona con ramas
en vez de brazos y ramitas retorcidas en lugar de dedos. Parte hombre, parte
árbol, una especie de hombre-árbol.
Y grito.
Columbo ladra y abro los ojos, esta vez de verdad, y en la cama no hay
nadie aparte de mi perro. Su aliento caliente en mi cara, sus ojos llenos de
una alegría inexplicable, meneando la cola y golpeando con fuerza el
edredón. Solo era una pesadilla. No había nadie escondido bajo mi cama,
aparte quizá del perro, y me siento idiota. Mi acelerado corazón empieza a
calmarse y me seco el sudor de la frente con el dorso de la mano.
Estoy atrapado en esta isla de tantas maneras: No puedo irme sin un
barco que me lleve, no tengo dinero para vivir mucho tiempo en otra parte,
y ahora resulta que mi esposa desaparecida está aquí y necesito saber cómo
y por qué. Mis opciones parecen reducirse a lo grande cada día que pasa y
siento que las paredes de mi mundo se cierran cada vez más a mi alrededor.
Me recuerdo que lo que ha pasado solo era un sueño, que no había nadie
bajo la cama. Y que nadie sabe lo del libro de Charles Whittaker, ni lo que
he hecho. Nadie aparte de mí.
Solo cuando me incorporo noto la brisa fresca en la piel. Miro hacia la
puerta que recuerdo haber cerrado y veo que está ligeramente entreabierta.
Ladrón honrado

Alguien estuvo aquí mientras yo dormía. No es la primera vez que entra


alguien, pero nunca había pasado estando yo aquí. En la cama.
Inconsciente. Alguien me ha estado espiando desde que llegué a la isla.
Ahora estoy seguro de ello, y por alguna razón estoy convencido de que ha
sido él, Travers, ese supuesto arbolista con el que se ha casado Abby, y creo
que eso es lo que intentaba decirme mi subconsciente con mi sueño. El
nuevo marido de mi mujer ha estado vigilando a su anterior marido. Lo que
significa que sabe quién soy aunque ella no lo sepa. ¿Pero quién es? ¿Y es
cosa suya que haya olvidado su antigua vida conmigo?
Saco el informe del Patronato de la Isla de Amberly que me llevé de la
mesa de Abby y examino la lista de asistentes hasta que veo lo que busco.
«Travers Fairlight, de La parcela. Guardabosques de la isla».
Guardabosques de la isla. No es un cargo muy impresionante, pero tampoco
lo es escritor pasado de moda. Tengo que dejar de compararme con un
hombre al que no conozco y hacer algo para arreglar esto. Busco el mapa de
Amberly y veo que La parcela está en lo alto de la isla. Ahora que tengo
coche no queda tan lejos. Puede que Travers sepa lo que pasó realmente y
lo que está pasando aquí. Me ha robado a mi mujer, así que veamos si al
menos es un ladrón honrado. Porque sabrá si la mujer con la que se casó ha
perdido la memoria o si siempre ha vivido aquí. Cojo las llaves del Land
Rover y salgo pronto, llevándome a Columbo conmigo por si vuelve quien
sea que entrase anoche.
Mi frágil ego no deja de obsesionarse y preguntarse por qué Abby ha
elegido a ese hombre en vez de a mí. El éxito es tan subjetivo como la
historia. Puede que yo no tuviera tanto éxito como esperaba, pero sigo
estando orgulloso de los libros que he escrito. Toda mi carrera ha consistido
en escribir una serie de autorretratos, aunque entonces yo no supiera que
estaba haciendo eso. En mis novelas escribo sobre las cosas que más miedo
me dan. Creo que es mi manera de procesar lo que más me aterra en el
mundo, las cosas terribles que los seres humanos somos capaces de
hacernos unos a otros. Somos una especie peculiar.
Los tres miedos fundamentales que experimentan todos los seres
humanos son:
El miedo a la muerte.
El miedo al abandono.
El miedo al fracaso.
Yo experimento los tres a diario. Temo a la muerte porque no creo haber
conseguido gran cosa en la vida, y temo ser olvidado. Y ya he sido
abandonado por las personas que se suponía que más me querían, mis
padres, así que no es de extrañar que me atormente el miedo al abandono.
También es por eso por lo que me cuesta tanto confiarme a la gente. El
miedo al fracaso, bueno, no sé lo que es no vivir sin un miedo constante a
no estar a la altura de mis propias expectativas. Debería ser mejor persona,
pero hay cosas en las que ya resulta demasiado difícil triunfar. Siempre me
he refugiado en mis libros, junto con mis miedos, en vez de afrontar los
hechos o enfrentarme a la realidad. Pero esta vez no lo haré. Pienso
descubrir la verdad y nada me lo impedirá o se interpondrá en mi camino.
Entonces, el walkie-talkie crepita mientras conduzco por la carretera
principal.
Piso el freno del Land Rover, me detengo y escucho, pero no oigo nada.
Vuelvo a ponerme en marcha y vuelve a crepitar, pero sin que hable
nadie. Quizá esté estropeado.
No tardo mucho en encontrar La parcela con la ayuda del mapa. Es una
casa moderna de madera al final de un camino privado. Escondida. Aislada.
Aparco ante ella con una extraña excitación teñida de temor. Aquí es donde
ha estado viviendo mi esposa todo este tiempo. Me he arreglado un poco
para la ocasión, no sé por qué. Sigo teniendo el pelo algo revuelto, al no
habérmelo cortado desde que llegué a la isla, pero voy afeitado y me he
puesto mi mejor camisa. Vengo a ver por mí mismo a su nuevo marido, y
hacerle una o dos preguntas, y entonces veo la anticuada bicicleta apoyada
en el porche, con la cesta de mimbre y el timbre infantil. Así que sé que
estoy donde debo estar. Y sé que ella está en casa. Eso es bueno, porque
voy a hacer que se enfrente a un pasado que quizá recuerde o quizá no.
Nuestro pasado. Necesito saber qué pasó tras su desaparición y cómo acabó
aquí. Es la única persona que puede decírmelo.
Llamo a la puerta, pero no contesta nadie. Me siento como un intruso al
dirigirme hacia la parte de atrás, pero lo hago de todos modos. Como sigo
sin ver ni oír señales de vida, miro al interior por las ventanas. El interior es
moderno y diáfano con muebles industriales carentes de personalidad. El
tipo de casa que Abby odiaría. Me llevo las manos a los lados de la cabeza
para protegerme los ojos de la luz del sol, intentando ver mejor el interior
de la casa. Entonces oigo una voz detrás de mí.
—¿Puedo ayudarlo en algo?
Es una de mis tres frases pasivo-agresivas favoritas, junto con la de «Sin
ánimo de ofender, pero…» o la de «Corríjame si me equivoco…». Su tono
me dice que esa persona no desea ayudarme.
Me vuelvo para ver a una mujer ridículamente atractiva, con una larga
melena oscura. Tiene unos treinta años, parece una estrella de cine y, por un
momento, su belleza me deja sin habla.
—Estoy buscando a Travers —digo.
—Entonces supongo que la ha encontrado.
¿La?
Eso me vuela la cabeza.
—¿Usted es Travers?
—Eso parecía la última vez que lo miré —dice ella—. ¿Y usted es?
Me costó mentalizarme para conocer al hombre con el que se había
casado mi mujer. Descubrir que se ha casado con una mujer es mucho más
complicado de procesar.
Reproduzco mentalmente la conversación que mantuve con Abby y me
doy cuenta de que nunca utilizó la palabra «marido» cuando me dijo que
estaba casada. Cuando dijo que Travers era arbolista en la isla, imaginé a un
tipo corpulento, alto, tipo leñador, quizá con barba. Esperaba en secreto que
tuviera barriga cervecera, mal aliento, un olor corporal problemático y
quizá algo de calvicie, porque yo sigo teniendo todo el pelo. Sabía que me
compararía con él, cómo evitarlo, pero nunca imaginé esto. Parece haberse
casado con una mujer muy guapa, diez años más joven que yo. No sé cómo,
pero me parece un insulto todavía mayor a mi hombría. Travers lleva
vaqueros y una sencilla camisa blanca, y resulta deslumbrante sin
esforzarse. Lleva el rostro perfecto sin maquillaje, sin el menor asomo, y a
pesar de eso no puedo apartar los ojos de ella. Sus ojos extremadamente
verdes me miran a su vez y me toman la medida, y me pregunto si sabrá
quién soy. Hasta ahora nunca había entendido el concepto de
«arrolladoramente guapa», pero eso es exactamente esta mujer. Y ahora que
conozco a la nueva esposa de mi mujer, me siento arrollado.
—¿Está Abby? —pregunto y ella frunce el ceño—. Quiero decir Aubrey.
La voz me suena rara y carraspeo para aclararme la garganta. Sea cual
sea la primera impresión que estoy dando, no es buena.
—No está en casa —dice Travers.
—Su bicicleta está fuera…
Ladea la cabeza y se cruza de brazos.
—Perdone, ¿quién es usted?
—Estoy pasando una temporada en la cabaña de Charles Whittaker. —
Su expresión no se altera—. Mientras escribo —añado, y su expresión
cambia.
—Ah, el escritor. ¿Por qué busca a mi mujer?
Recibo sus palabras como una bofetada.
«Estaba casada conmigo».
—¿Puedo preguntarle cómo se conocieron? ¿Y cuándo? ¿Y si vivía aquí
de niña?
En cuanto digo esas palabras en voz alta me doy cuenta de lo raras que
son las preguntas.
—Puede preguntarlo, pero si lo pregunta seguramente le responderé que
no es asunto suyo. Sin querer parecer grosera —dice, pareciendo grosera—.
Pero este no es buen momento.
Desesperado, saco del bolsillo el folleto de Defectos perfectos. Lo
despliego para mostrar la foto de Abby y se lo alargo a Travers para que lo
vea.
—La mujer de esta foto, su mujer, se parece mucho a alguien a quien
conocí.
—¿Ah, sí? —dice, frunciendo el ceño hacia la foto y luego hacia mí.
Yo también la miro y un instante después me noto mareado por la
confusión.
La foto de la mujer propietaria de Defectos perfectos no es Abby.
Tienen el mismo color de pelo, peinado y longitud, pero no es mi mujer.
No lo entiendo. Ayer, cuando cogí el folleto, tenía su foto. Lo vi con mis
propios ojos. Y yo la miré, y la escuché; era ella. Pero, entonces, ¿cómo
explico esto? ¿Quién es la mujer de la foto? Según el folleto, es Aubrey
Fairlight, la dueña de la alfarería, pero no es con quien hablé ayer. Pienso en
mi mujer, a la que nunca imaginaría viviendo así y pasándose el día
haciendo vasijas. En Abby, que nunca llevaría monos de peto, ni montaría
en bicicleta, ni viviría en una gran casa moderna carente de personalidad.
Que admitía ser una adicta al trabajo. Pasaba más tiempo en la redacción
que en casa, siempre tras la próxima noticia. Siempre intentando descubrir
la verdad. Pues claro que la mujer que vi ayer no podía ser Abby. ¿Cómo
iba a serlo?
Estoy perdiendo la cabeza. Esto lo confirma.
Me siento tan inestable que debo apoyarme en la casa para sostenerme.
—¿Se encuentra bien? —pregunta la mujer de belleza arrolladora.
«No».
Niño grande

Una semana antes de la desaparición

Yo siempre he querido tener hijos, pero él no, y supongo que los primeros
años de vida en común me dejé convencer para no tenerlos. Hacía que
pareciera que ya teníamos suficiente. Pero entonces, quizá porque muchos
de nuestros conocidos empezaban a formar una familia, empecé a notar que
nos faltaba algo. Al menos a mí. Él tenía sus libros y, en muchos sentidos,
esos eran sus hijos. Yo solo lo tenía a él y solo cuando estaba presente, cosa
que no pasaba a menudo por mucho que estuviera sentado a mi lado.
Echaba de menos el hijo que nunca había tenido.
Me han acusado toda la vida de ser una adicta al trabajo, pero creo que
cuando encuentras algo en lo que crees y que te apasiona, eso suele
adueñarse de ti. Tiendo a fustigarme cuando no hago bien las cosas. Deseo
mucho ser buena en lo que hago, pero esa determinación para hacerlo
mejor, de ser mejor, puede llegar a ser abrumadora. Hace que me retraiga en
mí misma, que me aparte de personas que han decidido quererme. Sé que
cuando trabajo puedo ser distante y de trato difícil. Y siempre estoy
trabajando.
Pero esa parte de mí él ya la conocía desde el principio.
Intento hacer lo correcto para los dos, no solo para mí.
La mujer de negro se remueve en el asiento. Nuestro tiempo casi ha
pasado. Tiene otras personas a las que ver y otros problemas que resolver.
—Espero que esta conversación le haya sido útil —dice.
—Así es. Gracias. Lo que pasa es que él no quiere hijos y eso nos hace
incompatibles. Me casé con un niño grande y es ahora cuando me doy
cuenta de ello. Es egoísta y testarudo y no me apoya en mi carrera como yo
lo he apoyado en la suya. Prefiere sus libros por encima de mí. Siempre.
Me mira como si esas cosas no fueran terribles.
A veces me siento como si la vida me hubiera pasado de largo y me
pregunto si no habrá más gente que se sienta así. No creo que sea solo cosa
mía. No recuerdo cuándo empezaron a acelerarse los años, pero se
aceleraron. Las estaciones se suceden unas a otras, los días se convierten en
semanas, las semanas en meses. Parece que no puedo ralentizar la vida,
pero tampoco seguirle el ritmo. Los indicadores que me son tan familiares:
año nuevo, cumpleaños familiares, Halloween, Navidad, todos pasan
demasiado deprisa. Por mucho que me esfuerce por adelantarme a ellos,
siempre me quedo atrás en la historia de mi vida. Me siento vieja, aunque
no lo sea, y siempre con la sensación de quedarme sin tiempo.
—Necesito un cambio antes de que sea demasiado tarde.
—Lo dice como si ya lo hubiera decidido —responde la mujer de negro.
—Creo que sí. Sí.
—¿Cuándo se lo dirá?
—No lo sé. Últimamente no es él mismo. No dejo de preguntarle qué le
pasa, pero no me habla. No como antes. Puede que tenga una depresión.
Tiene problemas para dormir y siempre está angustiado por sus libros y su
carrera, le diga lo que le diga para tranquilizarlo. Se ha vuelto distraído y
distante, un poco más olvidadizo de lo habitual. Es curioso, se preocupa
mucho más por su trabajo que por su matrimonio. De verdad que no sé si se
espera esto o si supondrá toda una sorpresa.
—¿Le da miedo decírselo?
—¿Miedo de él? No, claro que no —le digo.
—¿Así que se lo dirá antes de dejarle?
—Tampoco voy a desaparecer en la noche, si es a lo que se refiere. Se
merece saber la verdad. Se lo diré a la cara, pero temo hacerle daño. Nadie
quiere hacerle daño a quien ama.
—Entonces ¿todavía le quiere? —pregunta, y el peso de su pregunta es
demasiado grande, igual que su mirada. Miro a otro lado. Entonces, la
mujer de negro que se ha pasado la última hora escuchándome,
observándome, juzgándome, dice algo que sé que va a atormentarme—.
Nadie dice que sea fácil, pero siempre merece la pena luchar por el amor,
¿no cree? Creo que es la única cosa por la que merece la pena luchar.
Vacaciones de trabajo

Estoy a punto de salir de La parcela cuando oigo el llanto de un bebé.


Travers mira hacia una ventana abierta y asiente, pero cuando me vuelvo
para mirar a mi vez no veo a nadie.
—Siento haberla molestado —digo, y me apresuro a irme.
Conduzco hasta estar lo bastante lejos como para que no se me vea,
entonces aparco a un lado de la carretera y lloro como un niño. Los sonidos
que emite mi boca son tan animales que el perro también se pone a
lloriquear. Columbo me lame la cara y agradezco su cariño y su
preocupación, pero eso no acaba con las lágrimas. Estoy destrozado,
confuso y aterrado. ¿Tan cansado estoy como para perder la cabeza? ¿O
solo tan triste por haber perdido al amor de mi vida, uno que ya no
funciona? Quizá necesite hablar con alguien, buscar ayuda profesional, pero
no conozco a nadie y, en caso de conocerlo, ¿qué le diría? Mi pena es un
precipicio del que nadie podrá convencerme de que me baje y prefiero caer
solo.
Ojalá nunca hubiera venido a esta isla.
Estas vacaciones de trabajo no han ido nada bien, y tengo que irme ya.
Las cosas han empeorado, en vez de mejorar. Antes estaba en mala
situación, pero desde que llegué parezco haber perdido por completo el
sentido de la realidad.
Me parece que sigo oyendo el llanto de un bebé a lo lejos y el sonido me
produce un escalofrío. Abby quería tener un bebé, pero yo no. Yo le ponía
excusas, le decía no quererlos o que no estaba preparado, y creo que por fin
se dio cuenta de que nunca lo estaría. Se volvió algo tabú en nuestro
matrimonio, algo que siempre reaparecía cuando no estábamos de acuerdo
en algo. Parecía estar convencida de que algún día acabaría viendo las cosas
desde su punto de vista, y yo supuse que acabaría renunciando a
convencerme. Los dos nos equivocábamos. Su reloj biológico cada vez
sonaba con más fuerza y el debate de la paternidad siguió presente.
Por eso me hice la vasectomía sin decírselo.
Una operación tan sencilla que ni siquiera supo que había pasado por un
hospital.
Cuando mi mujer quería algo, siempre encontraba el modo de
conseguirlo. Pasara lo que pasara, y me sintiera como me sintiera yo.
«Contra todo pronóstico» eran tres de sus palabras favoritas. Decía querer
quedarse embarazada antes de cumplir los cuarenta, antes de que fuera
demasiado tarde. Decía que podía ser su última oportunidad, lo cual hizo
que me diese cuenta de que esa también podía ser la mía. Así que me
aseguré de que no pasara sin mi consentimiento. No porque no hubiera sido
una madre maravillosa, cosa que sabía que sería, puesto que Abby era
buena en todo, sino porque yo no provengo de una familia feliz, creo que
los hijos tienden a heredar los errores de sus padres, y no quería que mi hijo
heredase los míos. No creo que se me dé muy bien querer a la gente, la
verdad es que prefiero a los perros, y me daba miedo no sentir lo que se
supone que sienten los padres. Sé lo que uno siente cuando sus padres no le
quieren, y no quería arriesgarme a castigar a un hijo mío con ese dolor
abrasador.
Me pregunto si, de haber tenido un hijo con Abby, mi vida se habría
desarrollado de otra manera.
Me pregunto dónde estará, si es que está viva.
Me pregunto si voy a pasarme la vida imaginando que la veo por todas
partes.
Tengo la cabeza demasiado llena de pensamientos confusos, pero el más
fuerte es también el más claro.
Saco por última vez el folleto del bolsillo y miro fijamente a la dueña de
Defectos perfectos. Pestañeo entre lágrimas, pero no puedo negarlo.
La mujer que conocí ayer no es mi desaparecida esposa.
A corta distancia

Estoy aparcado en el pueblo sin saber muy bien cómo he llegado aquí.
Recuerdo que dejé La parcela, y paré unos minutos en el arcén para intentar
recomponerme. Es evidente que no lo conseguí, porque luego me limité a
conducir por la carretera de la costa, esperando encontrar algún barco de
pesca o cualquier otro medio que pudiera suplicar que me prestasen, o que
pudiera robar, para salir de esta isla. Creo que estar aquí me está volviendo
loco. El walkie-talkie en el asiento del copiloto crepita cada vez que abro la
puerta del coche pero nunca oigo voces. Muy propio de mí coger el que está
roto.
Me dirijo directamente a la tienda de la esquina y se me encoge el
corazón al ver el cartel de cerrado. Cora es la única persona a la que se me
ocurre preguntar. Ahora que Sandy ha desaparecido pueden pasar varios
días hasta el próximo transbordador, pero Cora sabrá cuándo llega el
próximo barco del correo. Tengo que averiguar cuándo para asegurarme de
volver con él. Los sobornaré si hace falta. Solo estamos a dieciséis
kilómetros del continente, será muy poca distancia, pero me está resultando
imposible hacer el viaje. Me da igual cómo salga de esta isla, solo sé que
necesito irme.
La puerta de la tienda se abre nada más darme la vuelta.
—¿Se encuentra bien, Grady? —pregunta Cora, vestida de verde como
siempre. Hoy con un conjunto de tartán.
Me invita a pasar y escucha pacientemente mientras le explico que tengo
una urgencia familiar y que necesito llegar al continente lo antes posible.
—Me temo que no habrá barcos en un par de días —dice.
—¿Por qué no? ¿Se avecina una tormenta?
—No, es por el fin de semana.
Eso significa que estoy atrapado al menos durante cuarenta y ocho horas
más.
—¿Sabe por qué visto siempre de verde, Grady? —pregunta Cora—. No
es porque dé suerte, eso no existe. Llevo este color porque el verde está
hecho de azul y amarillo. —Me mira fijamente como si esperase una
reacción que no sé cómo manifestar—. El azul y el amarillo son muy
diferentes, ¿no le parece? Como el mar y el sol. Me gusta que una cosa
pueda estar hecha de dos elementos tan diferentes, porque ninguno de
nosotros es una única cosa. Una vez comprendes eso, resulta mucho más
sencillo conocerse a sí mismo y hacer las paces con lo que se es. Pensé que
le gustaría saberlo, ya que se apellida Green, o «verde». Le noto cansado,
Grady. ¿Quiere un poco más de té de mirto para dormir mejor? —dice,
pareciendo sinceramente preocupada.
—No. Gracias.
Si parezco algo grosero, es porque sospecho que es ese té lo que me hace
ver cosas que no existen.
—Okey, makey —responde con una sonrisa torcida. Puede que la
paranoia me esté ganando la partida—. Es una pena que quiera irse.
—Yo no he dicho que quiera irme… —La mentira suena como lo que es,
así que añado una pizca de verdad—. Pero me temo que necesito irme.
—Bueno, será una pena verlo marchar. Ha sido mucho más tratable que
el anterior.
—¿El anterior?
—El anterior escritor. Después de Charles Whittaker, pero anterior a
usted. La verdad es que apenas lo vimos, y no duró mucho. Era muy
antipático. Además de arrogante, y el libro que escribió aquí era espantoso.
Más que hacerte pasar páginas, su lectura te empujaba a quemarlas, ya me
entiende. Me alegré cuando nos dejó. Como todos.
—¿En la cabaña vivió otro escritor después de Charles Whittaker pero
antes que yo?
—Pues claro. Está bien tener un escritor residente, pero unos viven más
que otros.
La miro fijamente.
—¿Perdón?
—Digo que algunos duran más que otros. ¿Se encuentra bien, Grady?
Su walkie-talkie empieza a crepitar y lo apaga.
—La verdad es que no.
Me dirijo a la puerta y oigo el tintineo de la campanilla que hay sobre
ella.
—Sé que quiere irse pero sería mejor, para usted, que se quedara un poco
más —dice Cora detrás de mí.
—Ya se lo he dicho, no es que quiera irme…
—No nací ayer, Grady. ¿Cómo puede saber que tiene una urgencia
familiar en el continente cuando en la isla no hay teléfono ni internet? Yo
sabría si ha recibido algo por correo y hace semanas que no recibe nada,
fuera de un par de cartas de su agente. Nadie lo echa de menos, no le
importa a nadie, nadie sabe que está aquí. No tiene ninguna urgencia
familiar porque no tiene familia.
Me la quedo mirando.
—¿Qué acaba de decir?
—He dicho que lamento saber lo de los problemas de su familia —
responde con el ceño fruncido.
Mi mente parece decidida a acabar conmigo. Veo cosas, oigo cosas, ya
no confío en mis sentidos. Ya no confío en mí mismo.
—Vale —le digo—. Pues cogeré el próximo transbordador…
—Puede que no haya uno en un tiempo. Pueden pasar bastantes semanas
antes de que usted o alguien más pueda volver a salir de la isla.
—¿Por qué no va a haber transbordador?
—No hay nadie para pilotarlo.
—¿Porque Sandy sigue desaparecida?
—Sandy no ha desaparecido. La han encontrado. Está muerta.
Mala salud

Subo al Land Rover con Columbo y cierro las puertas. Me tiemblan las
manos y no consigo calmarlas. Me pregunto si habrá alguien que sepa que
estuve con Sandy antes de que muriera. ¿Cómo van a saberlo? Era en la otra
punta de la isla, y no había nadie más cerca. El alivio que siento porque
ahora nadie sabrá que le he plagiado un libro a Charles Whittaker se ve
abrumado por un sentimiento de culpabilidad tan fuerte que me resulta casi
insoportable. Cora dijo no saber cómo murió Sandy, pero supongo que
debió ahogarse. Pude haberlo evitado. Nadie debe saber que estuve allí.
No entiendo cómo no me he enterado de lo de Sandy ahora que tengo un
walkie-talkie. Cojo el que tomé prestado de la mujer que creía que era mi
esposa y me lo quedo mirando. Soy un inútil con todo lo que sea
mínimamente tecnológico, siempre lo he sido, así que giro un dial con
timidez, esperando no romper el puñetero cacharro. Para mi sorpresa, cobra
vida con un crepitar y enseguida oigo voces.
—Pareció sorprenderse cuando le dije lo de Sandy —dice alguien que
reconozco enseguida—. El color abandonó su rostro —añade Cora.
—¿Seguro que no nos escucha desde que cambiamos la frecuencia? —
pregunta una voz femenina que no identifico.
—Seguro. Podemos volver a decir lo que queramos —dice Travers, la
bella mujer de La parcela—. No creo que ese hombre esté bien.
—Yo pensé lo mismo al leer sus libros —dice alguien más—. Me
parecieron perturbadores.
—Alguien tiene que hacer algo pronto. No digo que tenga mala salud,
sino que está mal de la cabeza —añade Cora.
Hablan de mí.
Las voces continúan con su conversación y vuelvo a pensar que estoy
perdiendo la cabeza. Es evidente que ellas también lo creen.
—¿Lo sabe?
—No. No tiene ni idea.
—¿Dónde está ahora? —pregunta otra voz femenina, esta vez con acento
londinense. Creo que la dueña del pub.
—Sentado en su coche, aparcado ante la tienda, mirando fijamente a la
Taberna del Tropiezo —responde Cora.
Estoy mirando el bar. No hay más coches. No hay duda de que sí que
hablan de mí.
Se acabó. Iré hasta el transbordador, y quizá allí se me ocurra cómo
pilotarlo yo mismo.
Arranco el Land Rover, que cobra vida con un carraspeo, pero instantes
después el ruido se vuelve intermitente y se para.
«No, no, no».
En el salpicadero hay una luz roja avisando que me he quedado sin
gasolina.
No lo entiendo. Hubiera jurado que cuando vine hacia aquí tenía el
depósito medio lleno. Apoyo la cabeza en el volante y maldigo entre
dientes. No recuerdo haber visto una gasolinera en la isla, pero debe de
haberla. Salgo del coche y veo a Cora Christie en la puerta de la tienda,
mirando hacia mí. Ladea la cabeza y lleva un walkie-talkie en la mano
huesuda.
—¿Problemas con el coche? —pregunta.
—Parece que me he quedado sin gasolina.
—Ay, por Dios.
—¿No habrá algo cerca donde poder conseguir un poco?
—En Amberly no hay gasolineras —dice, negando con la cabeza. Vivir
en una isla como esta no es como vivir en otro sitio; hay que planificarlo
todo por anticipado. Estar preparados. Hacer lo mejor para la comunidad.
Es la única forma de sobrevivir.
Lo más extraño de su peculiar discursito, lo que más me perturba, es que
lo haya dicho sin dejar de sonreír. Como si supiera de antemano que me
había quedado sin gasolina y estuviera extremadamente contenta por ello.
Un pesimista alegre

Me gusta considerarme un pesimista alegre. La vida resulta menos


deprimente si piensas que la gente siempre acabará decepcionándote. No
creo que me haya quedado sin gasolina; estoy convencido de que tenía
medio depósito cuando llegué al pueblo. Alguien me ha hecho esto, estoy
seguro. Pero cuanto más lo pienso, menos seguro estoy. No sé cómo me la
ha podido quitar nadie, a no ser que usaran una manguera mientras yo
estaba en la tienda. Pero ¿por qué iban a hacerme eso?
«Para impedir que salga de la isla».
El insomnio suele ir acompañado de delirios y paranoias. La confusión y
la pérdida de memoria pueden contribuir a creer cosas no ciertas y al
margen de la realidad, pero que se perciben como completamente reales.
Eso lo sé. Lo que no sé es si me está pasando a mí. ¿Podría ser producto de
la falta de sueño todo lo que me ha ocurrido desde que llegué a Amberly?
¿O quizá por el té de mirto? Ya no creo que lo sea. Las he oído hablar de mí
por el walkie-talkie, y eso no lo he imaginado.
Saco a Columbo del coche y cojo el walkie-talkie por si vuelvo a
pillarlas hablando de mí. Es una pena que no pueda usarlo para llamar al
continente. Cuando nos dirigimos hacia las afueras del pueblo, me fijo en la
vieja cabina telefónica roja, la que han convertido en biblioteca. ¿Y si en
realidad sí que funciona? ¿Y si solo me han dicho que no funciona por
razones que todavía desconozco? ¿Y si en realidad no es una «biblioteca»?
Corro hacia ella y, cuando abro la puerta, me noto mareado e inestable.
Sigue llena de libros, pero son todos míos.
Todos los libros de todos los estantes tienen el nombre de Grady Green
impreso en el lomo.
Hay varios ejemplares de cada uno de los libros que he escrito, como si
los hubiera estado leyendo toda la isla. Es demasiado. Esta isla, esta gente,
nada en este lugar es como debería ser. Yo no estoy loco, lo están ellas.
Descuelgo el auricular con dedos temblorosos y casi lloro de alegría al oír
el tono de llamada. Funciona. Solo me sé dos móviles de memoria: el de mi
mujer y el de mi agente. Así que llamo a Kitty. Sigo mirando por encima
del hombro por si aparece alguien para detenerme, pero el pueblo sigue tan
desierto como siempre.
El teléfono suena una vez…
Dos veces…
Tres veces…
—¿Diga? —dice una voz.
—Kitty, soy yo. Grady. Necesito que…
—¿Hola? ¿Hay alguien ahí? La línea suena muy mal —dice, pareciendo
impaciente.
El teléfono crepita y alzo la voz.
—Kitty, soy Grady. ¿Puedes oírme?
—Grady, ¿eres tú?
—¡Sí! Necesito tu ayuda…
—Grady, la línea está muy mal. ¿Puedes volver a llamarme? Pero me
alegro de que hayas llamado, necesito hablar contigo. Siento mucho haberte
enviado a la isla, tienes que salir de allí cuanto antes. No creo que sea
seguro para ti seguir en ella. Después de que te fueras he descubierto que…
La línea se corta.
—¿Kitty?
Aprieto los botones, todos, pero no consigo nada. Ya ni siquiera tengo
tono de llamada. Es como si alguien hubiera cortado la línea telefónica.
«Quizá sí lo hayan hecho».
Ya no creo que esté paranoico.
Kitty acaba de decirme que corro peligro, así que no me he estado
imaginando nada.
Agarro la correa de Columbo y echamos a correr.
Correr con miedo

Salimos corriendo del pueblo, camino de la carretera principal y tomamos


el desvío que lleva al sur de la isla. Nunca he pilotado un transbordador,
pero este es muy pequeño, y merece la pena intentarlo. Como mínimo, a
bordo podría tener algún equipo que me sirva para contactar con el
continente. Intentar volver a llamar a Kitty. No tendremos que ir muy lejos
para ver dónde está atracado el transbordador, recuerdo perfectamente el
muelle de madera.
Pero allí no hay transbordador.
No veo ningún barco.
Allí solo hay mar.
La frustración que siento es abrumadora. Quiero gritarle a alguien, pero
no hay nadie a quien gritar. Entonces me acuerdo del walkie-talkie, lo saco
del bolsillo y le grito. No responde nadie. El maldito cacharro ni siquiera
crepita. Doy media vuelta y echo a correr por donde hemos llegado.
Buena parte del trayecto es cuesta arriba pero no me detengo, ni siquiera
cuando las partes más empinadas me dejan sin aliento. Empieza a ponerse
el sol y el paisaje desde la carretera de la costa es espectacular. Un
cambiante despliegue de nubes rosas cruzando un cielo púrpura sobre el
océano. Al borde del cielo han empezado a aparecer las primeras estrellas,
impacientes por que se vaya el sol, pero no me detengo a disfrutar del
espectáculo. Respiro el aire marino, me concentro en el camino y sigo
corriendo. Justo antes de llegar a la carretera que conduce al bosque, veo un
cartel para ir a las Piedras Erguidas. Recuerdo algo que me dijo Sandy sobre
que es el único lugar de la isla donde, en una ocasión, alguien obtuvo señal
para el móvil. Dada la situación, creo que vale la pena intentarlo. Seguimos
corriendo, hasta que las veo: las Piedras Erguidas. Las doce piedras
gigantes parecen una versión reducida de Stonehenge, y forman un círculo
en la cima de una colina cubierta de hierba. Están inquietantemente
iluminadas por el sol poniente, que proyecta largas sombras en el suelo bajo
ellas. Me detengo a recuperar el aliento y de paso leo un cartel informativo
sobre ellas.

Las Piedras Erguidas de Amberly tienen más de cinco mil años. Se


desconoce cómo y por qué están aquí. Hay quien cree que se levantaron con
magia negra, y que son los restos de doce brujas convertidas en piedra.
Otros afirman que si te paras en el centro del círculo puedes
teletransportarte a otro tiempo y lugar.

Le invitamos a descubrir el misterio por sí mismo.


Me encantaría teletransportarme a otro tiempo y lugar, a ser posible en el
continente, pero nunca he creído en esas tonterías. A pesar de ello, subo la
colina y camino hasta el centro del círculo, por si acaso, y luego saco el
móvil.
No me queda mucha batería pero sí tengo una única barra de señal.
Llamo a Kitty pero me salta el buzón de voz.
Cuelgo y vuelvo a intentarlo, pero vuelve a pasar lo mismo. Empiezo a
maldecirme por no cargar el teléfono, pero hace semanas que carece de
sentido hacerlo. Está oscureciendo, ya hace mucho frío y estoy a punto de
rendirme cuando el teléfono suena en mi mano.
Miro la pantalla y no dice que sea Kitty.
Dice esposa.
Acepto la llamada y me llevo el teléfono al oído, pero no oigo la voz de
Abby.
Solo el ruido del mar antes de que el teléfono se me apague.
Solución imposible

Para cuando llegamos al bosque ya está completamente oscuro y, mientras


corremos hacia la cabaña, no deja de parecerme que oigo pasos detrás de
nosotros. En la distancia, más allá de los árboles, se oye el chasquido de
ramitas al romperse, el sonido inconfundible de algo, o de alguien,
moviéndose sobre hojas caídas. En la isla no hay pájaros, pero sí muchas
otras criaturas. Me digo que solo será eso y continúo adelante. Pese a los
débiles intentos de mi mente por mostrarse racional, no dejo de correr por
entre las secuoyas gigantes, intentando no tropezar con las raíces cubiertas
de musgo, y con el sonido de mi respiración entrecortada ahogando todas
esas otras cosas que creo oír. Ni siquiera la banda sonora del océano en la
distancia me es tan tranquilizadora como antes; suena como el final de algo.
Siento un gran alivio cuando veo la cabaña de madera.
Ya no me importa lo que esté pasando ni el porqué. Tengo que
planificarme. Necesito recuperar el Land Rover, y sentarme en él junto al
muelle hasta que aparezca un barco. Cualquier barco. Me apresuro a entrar,
cierro la puerta tras de mí y busco el interruptor de la luz. No funciona.
Vuelvo a intentarlo, pero la cabaña sigue a oscuras. Por lo que sea, no hay
electricidad. Encuentro la caja de cerillas con el petirrojo en la tapa que ya
estaba aquí cuando llegué y enciendo un par de velas para poder ver lo que
hago. Luego descorro las cortinas que cubren los enormes ventanales de la
parte trasera de la cabaña, descubriendo una luna llena lo bastante brillante
como para disipar la penumbra. Diviso nubes bajas en el horizonte, como
una manta que se mueve lentamente y empieza a cubrir el mar, y me doy
prisa. Cojo una linterna y salgo al cobertizo donde se guardaba el Land
Rover y, por una vez, la memoria no me juega malas pasadas. Dentro, entre
las herramientas y los casilleros ordenados, encuentro justo lo que busco:
una pequeña lata roja con gasolina. La cojo y me alegra oír que está llena.
Lanzo un suspiro de alivio y me digo que no hay soluciones imposibles.
Vuelvo a la cabaña, recojo todo lo que no me puedo dejar en ella, y hago
algo que me resulta muy difícil.
—Será más rápido si te quedas aquí —le digo a Columbo. No parece
convencido—. Voy a ir corriendo hasta el pueblo y volveré a buscarte con el
coche. No tardaré mucho y entonces nos iremos de este sitio para siempre.
¿Vale?
Y corro. No solo porque tenga miedo y quiera irme de aquí, sino porque
no quiero dejar a mi perro solo más tiempo del necesario. Cierro todas las
puertas y ventanas de la cabaña, y me digo que si alguien quisiera hacer
daño a Columbo ya se lo habría hecho. Es conmigo con quien parecen tener
un problema los de la isla. Llegaré al pueblo, llenaré el depósito, volveré,
cargaré el coche y me iré. Es un plan sencillo, un buen plan, el único plan.
¿Qué podría salir mal?
La temperatura de la isla desciende drásticamente nada más ponerse el
sol. El aire helado me golpea y pellizca la piel, y siento las piernas pesadas
mientras intento propulsarme hacia delante. Cuando salgo del bosque para
tomar la carretera de la costa, veo que lo que creía que eran nubes bajas se
ha extendido por todo el océano. Todavía puedo oír y oler las olas
rompiendo contra las rocas, pero no verlas. Cada vez que miro por encima
del hombro, la niebla parece estar más cerca. Unos pasos después no puedo
ver nada en ninguna dirección; la niebla parece haber envuelto la isla por
completo.
Entonces oigo el sonido de niños llorando en la distancia.
Ojalá no recordase la historia de los Niños de la Niebla que me contó
Sandy.
Pero la recuerdo, así que rememoro lo que me decía mi abuela cuando
tenía miedo de niño: a los muertos no hay que temerlos, de quien hay que
cuidarse es de los vivos.
Aun así, obligo a mis pies a correr un poco más deprisa.
Para cuando llego al pueblo tengo el corazón acelerado. El bidón de
gasolina pesa mucho y es difícil correr con él, así que siento un gran alivio
al ver las luces a lo lejos. Todas las ventanas de las casas con techo de paja
parecen iluminadas, como las de las demás casas y edificios, incluida la
Taberna del Tropiezo. Parece que soy el único al que le han cortado la luz.
Hay luces por todo el pueblo y puedo oler el fuego de los hogares y ver
volutas de humo serpenteando fuera de las chimeneas. Parece tan acogedor,
incluso en la oscuridad. Digno de una postal. Aquí, lejos de la costa, la
niebla es menos espesa y nada parece tan siniestro o amenazador como hace
un momento. Casi como si me lo estuviera imaginando.
No me estoy imaginando que el Land Rover no está.
Doy vueltas sobre mí mismo pero no está aparcado donde lo dejé, ni en
ningún otro sitio.
Como de costumbre, no veo señales de vida en el pueblo, pero sí que
puedo oír algo: el sonido de voces procedentes de la iglesia.
Nunca había estado en el pueblo por la noche. A oscuras. Las vidrieras
están iluminadas desde dentro y, al acercarme, veo que no son tan
tradicionales como había supuesto. No muestran iconos religiosos. En vez
de eso, son imágenes de niños sin rostro. Y en cada ventana hay una palabra
tallada en la piedra.
Nosotros. Nunca. Lo. Olvidaremos. Ni. Perdonaremos.
No sé cómo no lo vi durante el día, supongo que a veces solo vemos lo
que esperamos ver. Vuelvo a oír voces dentro de la iglesia. Es viernes por la
noche, no es hora de misa, y hay una voz en mi cabeza gritándome que me
vaya. Pero ahora todo en esta isla me resulta un poco descentrado, y tengo
que saber qué está pasando.
La verja metálica que lleva al cementerio está abierta y se balancea de un
lado a otro con el viento, chirriando sobre los goznes como si intentara
liberarse de ellos. Dejo a su lado el bidón de gasolina y me acerco
sigilosamente a la entrada principal de la iglesia, pegando la oreja a las
enormes y viejas puertas de madera. Oigo muchas voces, pero no distingo
quién habla ni lo que dice. Tras pensármelo mucho, empujo con cuidado
una de las puertas. Se abre de par en par con sorprendente rapidez,
emitiendo un chirrido sonoramente cómico. Las voces de dentro se callan
de repente. Todo se detiene.
Están todas aquí. Casi todas las que he conocido en la isla y, dado el
tamaño de la congregación, junto con todas las que no. No soy un gran
matemático, pero estoy bastante seguro de que esto es lo que deben abultar
unas veinticinco personas. La mayoría están sentadas en los bancos de
madera de la iglesia y se han vuelto para mirarme. Veo a Midge en primera
fila, sentada junto a Arabella, de la Taberna del Tropiezo, y a Cora, de la
tienda de la esquina. Alex, la carnicera me sonríe mientras Mary me mira
boquiabierta. Detrás de ellas veo a Travers con un bebé. Sostiene a la niña
como si no pesara nada y la mira como si lo significara todo.
Son todas mujeres. Todas y cada una de ellas. Todas ellas.
Eso no puede ser, ¿verdad? ¿Una isla sin hombres?
Nadie dice nada, ni siquiera yo, porque miro fijamente a la persona que
está en pie ante el altar de piedra. No es la reverenda Melody Bates, que se
sienta en la última fila.
Ver a la persona parada en medio de la iglesia es como ver un fantasma.
—Hola, Grady.
Muerta viviente

Quien está ahí es Sandy. La misma Sandy que decían que había muerto. Y
está muy viva.
—Parece sorprendido de verme —dice.
Lo estoy. Me siento como en una escena de La noche de los muertos
vivientes.
—Siento alivio —digo—. Creí…
—Todos sabemos lo que creyó —me interrumpe, y oigo murmullos por
parte de las otras mujeres.
—Me alegro mucho de que esté bien —digo.
—¿De verdad?
—Por supuesto. Y sé que dijo que en la isla no hay crímenes, pero están
pasando cosas muy extrañas que, como sheriff, quizá quiera conocer…
—Oh, en esta isla no ocurre gran cosa sin que yo lo sepa —dice Sandy
—. Por ejemplo, sé que Charlie escribió una décima novela porque la leí. Y
sé que usted ha enviado una novela muy parecida a su agente. Sabe que
robar está mal, ¿verdad, Grady? Supongo que por eso me dejó allí, para que
me ahogase. No quiere que le pille robando algo que no es suyo.
—Yo no…
—También soy consciente de que hace poco tuvimos un robo en la isla.
¿Quiere devolvernos ya ese walkie-talkie?
Me lo saco del bolsillo pero sin soltarlo.
—No tengo la culpa de todas las cosas que han pasado desde que llegué
aquí. He oído cómo hablaban de mí —digo, tembloroso.
La congregación vuelve a agitarse y a murmurar. Suenan un poco como
el mar.
—¿Por qué íbamos a hablar de usted, Grady? Parece que se ha vuelto un
pelín paranoico desde que se mudó a la cabaña de Charlie. Ve y oye cosas.
Quizá la doctora deba visitarlo la semana que viene cuando pase por la isla.
Puede que le dé algo para calmarlo.
—No necesito nada para calmarme y no lo estoy imaginando. Alguien de
esta isla sabe algo de mi esposa desaparecida. Han estado pasándome
recortes de prensa por debajo de la puerta, con reportajes que escribió ella.
—Sandy parece sorprendida y entonces frunce el ceño—. Si alguien de aquí
sabe lo que le pasó, me merezco saber la verdad.
—La gente rara vez sabe lo que se merece. Casi siempre cree merecer
más o menos de lo que se merece realmente.
—¿Qué es este lugar? ¿Por qué no hay hombres en la isla?
No me contesta, se limita a mirarme.
—Voy a necesitar que también me entregue el móvil —dice Sandy.
—Al infierno con esto, y con todas vosotras. Me voy.
Sandy niega con la cabeza.
—No creo que se vaya.
—Quizá debamos darles algo de espacio e intimidad —dice la reverenda
Melody Bates, con la ropa negra y el alzacuellos blanco.
Se echa el pelo rubio por encima del hombro, se pone en pie y se levanta
del banco donde estaba sentada. Las demás hacen lo mismo y enseguida
salen por las puertas de madera por las que acabo de entrar. Todas me miran
fijamente al pasar por mi lado. Las puertas crujen cuando las cierra la
última persona y me quedo a solas con Sandy.
Pero entonces vuelven a abrirse.
Oigo pasos en el suelo de piedra, pero me da miedo mirar. Se acercan y
Sandy sonríe y asiente a quienquiera que sea. Cuando ya no soporto el
suspense me doy media vuelta, incapaz de procesar lo primero que veo.
Es Abby.
No me lo estoy imaginando.
No estoy alucinando.
—Os dejo —dice Sandy.
Me quita el walkie-talkie y el móvil antes de dirigirse a las puertas. El
sonido que hacen al cerrarse resuena por toda la iglesia y el lugar parece un
poco más frío que antes. Esto no es un sueño, ni un síntoma de mi
insomnio, ni un efecto secundario de beber demasiado whisky. Es ella de
verdad y la tengo delante de mí, mirándome fijamente con los ojos más
azules que he visto nunca.
Hasta que, por fin, me habla.
—Hola, Grady. Creo que tenemos que hablar.
Felizmente casados

Después de la desaparición

—Vuelve a contarme lo que pasó esa noche.


—El móvil sonó cuando iba camino de casa. Lo llevaba sujeto al
salpicadero mostrando la ruta más rápida, y el corazón se me encogió al ver
el nombre de Grady; llegaba un poco tarde y sabía que estaría
decepcionado. Era como si mi marido creyese que mi vida giraba en torno a
la suya. En ese sentido es como un crío, siempre necesitado de atención.
Así que contesté a la llamada y le puse en altavoz, aunque odio hacerlo
cuando conduzco. Sobre todo por la noche, yendo por oscuras carreteras
rurales.
—Estoy de camino, ya casi estoy allí —le dije.
—Dijiste que estarías aquí —replicó, sonando como un niño pequeño y
llorica—. Esto es importante para mí.
No mencioné todas las cosas que habían sido importantes para mí en
todos esos años, cosas que él dejó muy claro que no podían importarle
menos. Alguien tenía que ser el adulto de la relación.
—Lo sé, lo siento. Enseguida llego, te lo prometo. Llevo fish and chips
—dije.
Los fish and chips se habían convertido un poco en una tradición. Las
comimos en nuestra primera cita oficial y cuando Grady me propuso
matrimonio unos años más tarde. Comimos fish and chips al mudarnos a la
casa de campo, sentados en un sofá, rodeados de cajas de cartón, y fue lo
que me compró para celebrar mi ascenso en el periódico. Un trabajo que me
encantaba, pero que él siempre odió. Y resulta que los fish and chips no me
gustan. Tiendo a seguirle la corriente solo para que sea feliz. Pero eso es
culpa mía, no suya.
Era la noche en que sabría si su último libro sería un superventas en las
listas del New York Times. Una noticia que él creía que le haría feliz y que
yo creí que me facilitaría contarle la verdad.
—¿Sabes ya algo? —pregunté.
—Todavía no.
—Pues cuelga el teléfono o no podrán hablar contigo.
Colgué, concentrada en la carretera.
A Grady siempre le molestó que trabajase tanto, pero rara vez parecía
fijarse en mí cuando yo estaba en casa. Su mente andaba siempre en otra
parte, normalmente en sus novelas. Cuando nos conocimos, no podía
quitarme las manos de encima, pero las cosas también habían cambiado en
ese aspecto. Creo que hay diversos tipos de soledad y los he conocido
todos. Incluso llegué a preguntarme si no tendría algún lío, dado que su
código morse emocional no siempre era fácil de interpretar; pero no, solo
tenía aventuras amorosas con sus libros. Estaba obsesionado con ellos.
Lo de mudarse fuera de la ciudad para vivir más en el campo fue idea
suya. Creía que le ayudaría a escribir y no quise interponerme. Pero yo
echaba de menos a mis amigos, así que a veces quedaba con ellos en
Londres, después del trabajo. Grady se ponía celoso si volvía tarde a casa.
Como si creyera que el hecho de que quisiera pasar tiempo con otras
personas significase que no le quería lo suficiente. Como creyendo que yo
solo disponía de amor suficiente para una persona, y él necesitaba que esa
persona siempre fuera él. Comprendo que tuviera problemas con el
abandono debido a lo de sus padres, pero todo el mundo está jodido por los
suyos. Es casi un rito de iniciación, y ya iba siendo hora de que lo superase,
a su edad.
A veces hacía que me sintiera como invisible.
Y empecé a preguntarme cómo sería.
Desaparecer de pronto.
Todavía estaba en el coche cuando me volvió a llamar.
—¿Y bien? —pregunté.
—Estás hablando con el autor de un best seller del New York Times —
dijo, y noté alegría pura en su voz. Había trabajado mucho y en ese
momento yo me alegré de verdad por él, a pesar de todo lo que pasaba y lo
que sabía que tenía que decirle. Me eché a llorar.
—¡Oh, Dios mío! Lo sabía. ¡Estoy tan orgullosa de ti! —dije, intentando
controlar las emociones y mantener el coche en el carril derecho de la
carretera—. Te quiero —añadí sin pensarlo. Las palabras me sonaron
extrañas al decirlas en voz alta. Como ajenas a mí. No recordaba la última
vez que nos habíamos dicho que nos queríamos. Como no me dijo nada en
respuesta, me sequé las lágrimas con el dorso de la mano—. Ya casi estoy
en casa. Estoy al lado. Ve sacando el champán y…
Pisé el freno.
—¿Qué pasa? —preguntó Grady. El corazón me latía con fuerza en el
pecho y al principio fui incapaz de responder—. ¿Te encuentras bien? ¿Me
oyes?
—Estoy bien, pero… hay una mujer tirada en la carretera.
—¿Qué? ¿Has chocado con ella?
—¡No! Claro que no. Está ahí tirada, por eso he frenado.
—¿Dónde estás ahora? —preguntó.
—En la carretera del acantilado. Voy a salir a ver si…
—¡No! —gritó.
—¿Cómo que «no»? No puedo dejarla tirada en la carretera, podría
pasarle algo.
—Pues llama a la policía. Ya casi estás en casa. No salgas del coche.
Nunca he recibido órdenes de un hombre y no iba a empezar a hacerlo en
ese momento.
—Si te preocupa que se enfríen el fish and chips…
—Me preocupas tú —dijo.
Cuando empecé a recibir amenazas en el trabajo, al principio me
pregunté si no serían de Grady. Si no estaría intentando asustarme para que
dejase el trabajo. No había sido él. Para entonces, ya sabía quién era el
responsable. Me puse a grabar todas las llamadas que recibía y, con la
ayuda de un contacto en la policía, tuve claro quién estaba tras los mensajes
anónimos y las cartas de odio. Si seguía grabando las llamadas era para
aumentar las pruebas en su contra. Ese mismo día había llegado al periódico
una caja blanca dirigida a mí. Tenía al editor a mi lado y estaba más
preocupado que yo cuando abrí la caja y encontré una muñeca antigua con
la boca cosida. No le tenía miedo a los que querían acallarme, pero mirando
ahora hacia atrás, quizá debí tenérselo. Puede que entonces me hubiera
quedado en el coche.
A Grady seguía preocupándole que me pasara algo por culpa de mi
trabajo y hasta me puso una aplicación en el teléfono para saber en todo
momento dónde estaba y saberme a salvo. Eso hizo que me diera cuenta de
que todavía me quería, aunque se le hubiera olvidado demostrarlo, y de que
había un modo de arreglar lo nuestro.
La mujer que estaba tirada en la carretera llevaba una chaqueta roja,
igual a la mía. En aquel momento me pareció una curiosa coincidencia,
pero era un modelo bastante corriente, con capucha y botones grandes, y
había muchas mujeres llevando prendas de un estilo y color semejantes. No
podía verle la cara bajo la capucha, pero me preocupaba que hubiera tenido
lugar un accidente, un posible atropello con fuga, y que estuviera herida.
Me desabroché el cinturón de seguridad y abrí la puerta del coche.
—No salgas del coche, por favor —dijo Grady.
—Tengo que salir. ¿Y si fuera yo quien estuviera tirada en la carretera?
¿No querrías que alguien se detuviera y me ayudara?
—Espera, ¡no cuelgues!
—Está bien, si así te sientes mejor. Te quiero —volví a decir, y salí
enseguida del coche para no tener que oír cómo no me contestaba.
Hacía frío, estaba oscuro y había empezado a llover. No estábamos tan
felizmente casados como Grady creía, pero solo quería irme a casa y estar
con mi marido. Estaba cansada tras un largo día de trabajo, y llevaba varias
noches sin dormir, preocupada por lo que tenía que decirle. Se lo contaría al
día siguiente y dejaría que esa noche disfrutase del éxito de su novela. No
quise estropearle su gran momento. Hacía tiempo que le venía mintiendo y
había cosas que sabía que tenía que contarle. Pero que, debido a lo que pasó
a continuación, nunca llegué a explicarle.
El ruido de las olas rompiendo contra el acantilado era como un aviso.
Algo instintivo me gritaba en silencio que diese media vuelta, entrase en el
coche, cerrase las puertas y me fuera a casa. Pero no lo hice. Mi conciencia
no me permitía abandonar a alguien en apuros. Supongo que él me conocía
lo bastante como para saber eso de mí.
Cuando por fin vi quién estaba tirado en la carretera me sentí confusa.
Luego sentí miedo.
Pero ya era tarde.
Aterrizaje forzoso

—Hola, Grady. Creo que tenemos que hablar —dice Abby.


—¿De verdad eres tú? —pregunto.
Ella asiente, se acerca un paso más y yo retrocedo otro.
—Sí, de verdad soy yo —dice, y luego se me queda mirando como
esperando una respuesta que no sé cómo darle. No me lo estoy imaginando.
Abby está viva y está en la isla. Al menos ahora puedo estar seguro de eso,
aunque nada más tenga sentido.
—¿Qué coño está pasando? —exploto.
Pero no sueno enfadado. Sueno asustado.
—No tienes buen aspecto, Grady. ¿Quieres sentarte?
—Creía que habías muerto.
—Esto debe afectarte mucho.
—¿Mucho? Desapareciste hace más de un año. Sabía que la de la
alfarería eras tú. No entiendo lo que pasa. —Las palabras brotan de mi
boca, tropezando unas con otras—. ¿Por qué me has engañado así? ¿Por
qué fingiste no saber quién soy?
—Porque no lo sé —dice, haciendo que pierda lentamente la cordura,
como si me abriera con una cremallera.
—¿Qué quieres decir? —La miro fijamente, inseguro de si puedo creer
una sola palabra de lo que me dice—. No lo entiendo. ¿No te acuerdas de
nosotros? ¿Tienes amnesia?
—¿Por qué no te sientas? Esto debe ser para ti como un aterrizaje
forzoso…
—Kitty, tu madrina, ella sabrá qué hacer.
—Creo que estás en shock.
—Deberíamos llamarla. Llama a Kitty.
—En la isla no hay teléfonos, Grady.
—Sí que los hay. Pero tienes razón, no podemos quedarnos aquí,
tenemos que irnos. Llamarla en cuanto lleguemos al continente.
—No puedes irte de la isla, Grady. No te dejarán.
—¿De qué estás hablando? ¿Qué es este lugar? ¿Por qué solo hay
mujeres en la isla y qué haces tú aquí? ¿Es una especie de secta? ¿Esas
mujeres te han lavado el cerebro? Podríamos volver a casa, fingir que no ha
pasado nada…
—Esta es mi casa. Ven, quiero enseñarte algo —dice, caminando hacia
las puertas sin esperar a ver si la sigo, cosa que hago, pero como sumido en
una especie de trance.
Fuera, el aire es extrañamente más cálido y la niebla ya se ha disipado
por completo. El cielo nocturno es negro como el carbón y se siente cercano
y sólido, como si aquí la oscuridad fuera algo que puede tocarse. Hay luna
llena y sobre nosotros hay un espeso manto de estrellas, y todo es quietud y
silencio aparte del ruido de nuestros pasos. Cruzamos el prado del pueblo y
seguimos andando hasta las bonitas casitas con techo de paja y nombre
extravagante. Abby se detiene ante la última, llamada La desesperada, saca
un juego de llaves y abre la roja puerta principal. Enciende las luces y me
asusto pensando en lo que veré, pero solo es una casita de aspecto acogedor.
El interior es peculiar, con techos bajos y vigas de madera. La puerta de
entrada conduce directamente a un pequeño salón, donde hay una chimenea
con estanterías a ambos lados, un sofá con un cobertor de punto y una
alfombra de piel de oveja en el suelo.
—Bonito piano —digo al ver un viejo piano vertical en un rincón de la
habitación. Tiene pájaros pintados en su superficie y un metrónomo encima.
Me sorprende, porque Abby está dotada para muchas cosas, pero no para la
música. Siempre bromeaba diciendo que no sabría ni tocar un triángulo.
—Siéntate —dice, señalando el sofá con la cabeza.
—Prefiero estar de pie.
—Como quieras. Necesito una copa, ¿te pongo una? —Niego con la
cabeza y ella alza una ceja—. Bueno, siempre hay una primera vez.
Desaparece por otra puerta y yo decido apoyarme en el borde del sofá.
Me fijo en el jarrón turquesa de la repisa de la chimenea. Es como toda la
cerámica de Defectos perfectos y me pregunto si no lo habrá hecho la
propia Abby y si esa parte de su historia es cierta. Ya no sé qué creer,
pensar, o sentir. Reaparece con dos vasos de whisky y los pone sobre la
mesa.
—Por si cambias de idea. Caramba, qué frío hace aquí —dice, y
enciende el fuego.
No tengo frío. Siento como si todo mi cuerpo estuviera sudando..
—Pasé en esta casa buena parte de mi infancia —dice Abby—. Hace
unos años estuve a punto de venderla, pero me alegro de no haberlo hecho.
No puedo imaginarme a nadie más viviendo aquí, sería como dejar que
alguien se entrometiese en nuestra historia.
—¿Nuestra historia?
—La nuestra, no. Tuve una vida antes de conocerte, Grady.
—Parece que también has tenido una después de mí.
Me mira fijamente y cuando yo miro a sus ojos azules solo veo un
fantasma.
—Hay muchas cosas que no sabes de mí —dice Abby.
—Sé que ayer tus ojos eran castaños y ahora son azules…
—Solo eran lentillas. —Sonríe—. Me apetecía un cambio. Algo
diferente. Algo que te hiciera dudar si de verdad era yo.
—No entiendo…
—Lo entenderás. —Termina su copa y vuelve a ponerse seria—. Pero
antes tengo que contarte la historia de los Niños de la Niebla.
—Ya me la han contado. Fue Sandy antes de que…
—¿Antes de que la dejases en la Cueva Oscura esperando que se
ahogara? Ninguna de las isleñas pensó que pudieras llegar a hacer eso, pero
no te conocen como yo. No saben que tus libros significan más para ti que
nada ni nadie.
—Eso no es justo. Tú significabas más para mí.
—A algunas de las isleñas no les gustó lo que te hacíamos. Te
consideraban un buen tipo, entre ellas la madre de Sandy, Morag, que
supongo que era quien te pasaba por debajo de la puerta mis viejos recortes
de prensa, que a Midge le gustaba coleccionar. Yo necesitaba mostrarles de
lo que eras capaz para convencerlas de que lo que íbamos a hacerte era
justo. Todas estuvieron de acuerdo en el momento en que abandonaste a
Sandy para que se ahogara. —Empiezo a levantarme—. Siéntate, Grady. Te
he dicho que hay cosas que necesito decirte.
Hago lo que me pide porque siento que no tengo elección.
—La historia que te contó Sandy era cierta —empieza Abby, mirando
fijamente al fuego que ha empezado a crepitar y chisporrotear—. Nadie
recuerda todos los instantes de su propia historia. Nuestras mentes
sobrecargadas eligen a qué momentos aferrarse y qué archivos de nuestro
pasado borrar. Pero yo conozco mejor que nadie la historia de los Niños de
la Niebla, porque yo estaba allí aquel día, en la Cueva Oscura, y lo que le
pasó a esos niños fue culpa mía.
Prescindir de todo

—No tuve una infancia fácil. Te lo dije cuando nos conocimos, pero te
ahorré algunos detalles. Siempre te pesó tanto tu propio pasado infeliz que
no quise cargarte con el mío. A los diez años vivía en Amberly, en esta
misma casa. La niña que crece en una isla pequeña como esta lo tiene todo
y no tiene nada. Solo había una escuela, un maestro y una clase para trece
niños de entre cinco y diez años, pero yo era feliz aquí. Mi mejor amiga era
Isla, la hija de Sandy. Teníamos la misma edad y éramos inseparables… —
Recuerdo la foto en la pared de la cocina de Midge, con Abby y la niña
rubia soplando las velas de una tarta de cumpleaños—. Así que cuando
decidí escaparme, Isla decidió venirse conmigo. Por desgracia, no fue la
única.
»Esa semana teníamos un maestro suplente, un viejo siniestro llegado
del continente, porque el maestro habitual estaba enfermo. Por las mañanas
siempre llegaba a clase con un termo de café y daba ruidosos sorbos al vaso
de plástico mientras pasaba lista. Gritaba a cualquiera que se atreviese a
mirarle la mano ortopédica. Su idea de la enseñanza consistía en llevar al
aula un carrito con un televisor y un reproductor de VHS, y dejar que los
niños se pasaran la tarde entera viendo películas mientras él la pasaba en el
pub. Pero aquel día no fue a la Taberna del Tropiezo.
»La tarde que llamó a la puerta de esta casa, yo estaba enferma y sola en
casa. Me habían enseñado a no abrir a desconocidos, pero era un maestro, y
a los niños se les dice que deben confiar y obedecer a los maestros.
Apestaba a alcohol y arrastraba las palabras cuando dijo que venía de parte
de mi madre, cosa que yo sabía que era mentira. Entró en esta casa como si
fuera el dueño. Luego se paró junto al piano, puso en marcha el metrónomo
y me sonrió. No quiero hablar de lo que hizo o intentó hacer luego. Me alejé
de él y salí corriendo de casa llevando una bolsa con mis posesiones más
preciadas: una armónica, un libro y una Bola 8 Mágica. Corrí a la iglesia en
busca de ayuda, y al no encontrarla acudí al hombre que era como un padre
para mí, pero lo encontré ocupado con su trabajo y me dijo que me fuera.
Así que corrí a la escuela a buscar a mi mejor amiga. Isla me dijo que
consultara con la Bola 8 Mágica lo que debía hacer, así que pregunté en voz
alta si debía huir y la Bola lo confirmó. El siguiente problema era a dónde.
«¿Debo esconderme en las Piedras Erguidas?», pregunté, y la pantalla de la
Bola lo negó. «¿Debo esconderme en la Cueva Oscura?», fue la siguiente
pregunta. Esta vez la respuesta fue «Sin lugar a dudas». Isla dijo que
vendría conmigo pero que lo mantuviéramos en secreto. Cuando se vive en
un lugar que no tiene secretos, no hay nada más emocionante que tener uno.
Por desgracia, los demás niños nos oyeron y nos siguieron.
»Salimos del pueblo por el prado de flores silvestres y fuimos por la
carretera de la costa hasta la bahía. El camino del acantilado era empinado y
resbaladizo, pero fuimos bajando los gigantescos escalones uno a uno hasta
llegar a la cueva. Isla repartió galletas que había horneado su tía Midge.
Estaban malísimas, pero nos las comimos de todos modos. Entonces
empezó a oscurecer. Y el agua del mar empezó a entrar. Nos habían dicho
que no jugáramos en la cueva, pero no sabíamos por qué. No sabíamos que
se inundaba con la marea alta.
»Intentamos irnos pero no pudimos, ya era demasiado tarde. Una ola de
agua cayó sobre nosotros como la zarpa de un animal salvaje y se llevó al
niño que estaba más cerca de la entrada. Los demás niños se pusieron a
gritar y a llorar. La gente dice que todavía se los puede oír en la bahía
Arenas Cantarinas, y les creo. Todos los días oigo gritar en mi cabeza a esos
niños. Yo también grité con ellos hasta que el agua salada me llenó la boca
y me acalló.
Se bebe el segundo vaso de whisky y cierra los ojos.
—Recuerdo la sensación de ahogarme y de soltar la mano de mi mejor
amiga.
»Recuerdo no poder respirar y que después todo se puso negro.
»Todos murieron, menos yo, y todo por mi culpa. Poco después me
encontré viviendo en Londres, con Kitty, arrancada del único lugar que
había sentido como mi casa.
La miro fijamente mientras ella mira al fuego.
—¿Por qué no me contaste nunca nada de esto? —pregunto.
—Era una versión de mí que quería olvidar. Pero ahora quiero que
entiendas por qué las mujeres de esta isla son como son, y por qué les debo
tanto. Esto no es una secta, es una comunidad. Antes de ir a la cueva, Isla
dejó una nota para su madre, Sandy. Así fue como acabaron
encontrándonos, pero ya era tarde. Después de la tragedia, fueron alejando
poco a poco a los hombres de la isla, porque si el maestro sustituto no
hubiera hecho lo que hizo, y si una mujer no hubiera estado desesperada por
dejar a su marido, no habría pasado nada de todo eso…
—Perdona, no entiendo…
—Los hombres siguen gobernando el mundo y el resultado es que el
mundo está mal. Los hombres siguen ocupando la mayoría de los puestos
importantes, controlan los gobiernos, los medios de comunicación y
siempre son los que inician las guerras. Los hombres han engañado a las
mujeres haciéndonos creer que nos consideran sus iguales, pero la
verdadera igualdad sigue siendo poco más que una quimera para las
mujeres de todo el mundo. Y las mujeres de esta isla se han hartado.
—¿Qué significa eso?
—Decidieron que era hora de prescindir de los hombres. Fue un proceso
gradual, pero cada vez que alguien moría, como el dueño del pub, el
Patronato de la Isla de Amberly anunciaba que buscaba el sustituto
adecuado. Las oportunidades para dirigir un pub en una remota isla
escocesa son escasas y sorprendentemente populares. El consejo de
administración, compuesto solo de mujeres, estudiaba las solicitudes y
seleccionaba al candidato mejor cualificado para el puesto. Y siempre era
una mujer. A menudo, eran mujeres necesitadas de una segunda
oportunidad. Pasó lo mismo con el carnicero y el panadero y con todo lo
demás, hasta que en la isla fueron solo mujeres. Un ejemplo extremo de
discriminación positiva, pero con la mejor de las motivaciones.
—¿Así que Arabella es la víctima de maltrato sobre la que escribiste? Y
Cora sí que pasó por la cárcel antes de…
—La familia del hombre al que mató Cora es la que me enviaba
amenazas anónimas. No les gustó lo que escribí de ellos. Casi todas las que
viven ahora en Amberly vinieron aquí huyendo de algo. O de alguien. Las
mujeres vienen aquí cuando necesitan dejar atrás su antigua vida y empezar
una nueva. Es un refugio. Un lugar seguro donde no necesitan tener miedo.
No hay guerra, ni odio, ni crimen, ni pobreza. Algunas de las mujeres que
viven ahora aquí son personas que conocí en mi trabajo, personas
necesitadas de ayuda a las que entrevisté, y sobre las que Midge leyó al
recortar todos los artículos que yo escribía. Cora, Alex, Mary. Arabella
llegó con su vida entera metida en una maleta después de que su marido le
diera tal paliza que estuvo a punto de matarla. Su hermana, Sidney, tenía
experiencia llevando un pub y se vino con ella. Las isleñas trabajan todas
unidas para conservar la propiedad de Amberly, no para sí mismas, sino
porque creen que se lo deben todo. Igual que yo. La isla no te juzga. No le
importa quién seas ni quién creas ser. No te juzga por tu aspecto, ni por tus
creencias, ni por lo que haces, ni por cuánto crees que vales. La isla trata a
todo el mundo por igual. Toma lo que necesita de la gente y da lo que
puede. Amberly acoge a mujeres agraviadas por el mundo. Es un lugar de
esperanza para quien la ha perdido. Todas las que viven aquí harán lo que
sea para protegerla.
»Voy a por otra copa. ¿Seguro que no quieres una? —pregunta Abby.
Coge los vasos vacíos y se dispone a salir de la habitación.
—Dices que todas en la isla huyen de algo o de alguien —digo—. ¿De
qué huyes tú?
Se vuelve y me mira fijamente.
—De ti.
Amar y llorar

Me sirvo otro vaso de whisky en la cocina y le doy un sorbo. Creo que


cuando una relación se rompe, como le pasó a la nuestra, es imposible no
mirar atrás y preguntarse quién tuvo la culpa. Revivir tanto los buenos
momentos como los malos y preguntarse: ¿Y si…? En mi cabeza gira
regularmente un disco rayado de porqués que nunca encuentran una
respuesta.
No tiene sentido perderse en recuerdos, pero si cierro los ojos todavía
puedo recordar quiénes éramos. Todavía puedo sentir sus manos sobre mi
cuerpo, tirando de mi ropa, impacientes por desvestirme. Los primeros años
que pasamos juntos fueron los más apasionados de mi vida. Tenía esa
manera de hacerme sentir bella, hasta las partes de mí que nunca lo fueron.
Nunca quise dejar a mi marido para siempre, ese no era el plan, pero
cuando lo dejé supe que debía hacerlo. He necesitado poner distancia física
entre mi pasado y mi presente en más de una ocasión, y a veces no hay
vuelta atrás. Mis inocentes mentiras han ido empeorando con los años y mi
pasado ha acabado por alcanzarme. Hay cosas que debería haber dicho, y
no dije, por no querer oírlas. Pero cuando pasó lo que pasó, ya era
demasiado tarde para decirle nada. Solo me quedaba irme. Siempre me he
sentido culpable por ello, por irme sin despedirme, por limitarme a
desaparecer de su vida.
Sé muchas cosas sobre la gente que desaparece, y no solo porque haya
desaparecido yo. En el Reino Unido, cada noventa segundos se denuncia la
desaparición de una persona. Eso son 170 000 personas desaparecidas cada
año, y solo en este pequeño rincón del mundo. A veces, la gente desaparece
porque no quiere ser encontrada. Necesitaba empezar de nuevo, así que me
cambié el nombre y partí de cero, decidida a convertirme en la persona que
sabía que quería ser. Soy lo bastante mayor como para saber que no hay
amor verdadero en eso de quien bien te quiere te hará llorar. Lo cierto es
que mi vida sin él ha sido menos solitaria que mi vida a su lado, y en el
fondo de mi corazón sé que hice lo que debía.
Grady siempre se creyó todo lo que yo le decía. Algo que siempre me ha
desconcertado, dado lo mucho que le cuesta confiar en casi todo el mundo,
pero me gustaba cómo me hacía sentir. Por un tiempo. Como si me
considerara especial. Siempre me ha resultado difícil poder relacionarme
con los demás, incluso cuando era niña. Me crie en un hogar donde no
había suficiente amor, y lo busqué en otra parte. Aprendí la mayoría de las
lecciones de la vida por las malas, pero uno aprende cometiendo errores.
Me sentí rara volviendo a la isla tras tantos años. Y todavía más rara
visitando la cabaña, cuando Grady no estaba en ella, y viéndome rodeada de
las cosas de mi marido. Hizo que le echase un poco de menos, pero no lo
suficiente como para lamentar mi decisión de marcharme.
Hay cosas que necesito decirle a Grady esta noche.
Cosas que me costará decirle y que le costará oír.
La verdad es más extraña que la ficción y tiende a hacerte más daño.
Copia distinta

Espero, con la cabeza demasiado atiborrada de preguntas sin respuesta, a


que Abby vuelva. Son tantas las cosas que echo de menos de mi mujer.
Cosas extrañas. Echo de menos la manera en que bailaba en la cocina
mientras cocinaba. Echo de menos su negro sentido del humor y la forma
en que nunca se disculpaba, ni siquiera cuando se equivocaba. Echo de
menos el despertarme a su lado. Echo de menos cómo me decía cada noche
«espero que mueras mientras duermes», antes de irnos a la cama, y cómo yo
le devolvía la frase porque era nuestra forma de decir «te quiero». Echo de
menos todo lo que era ella y lo que éramos, pero ahora me pregunto si
alguna vez llegué a conocerla. Esta mujer no es la Abby del principio, es
como una copia distinta de la mujer que quise.
—¿Es tuyo el bebé que oí llorar en La parcela y que vi en la iglesia? —le
pregunto en cuanto vuelve a entrar en la habitación.
—Sí. Holly es mi hija.
—¿Pero no es mía? —Sé que no puede serlo, pero cuando Abby me lo
confirma asintiendo con la cabeza, siento una extraña sensación de pérdida.
Hago todo lo posible por serenarme—. ¿Y de verdad te has casado con una
mujer?
—No legalmente. Sigo casada contigo. Pero en mi corazón la respuesta
es sí. Conocí a Travers aquí, en Amberly, y la quiero mucho.
Ella espera a que yo asimile la noticia, pero no estoy seguro de poder
hacerlo alguna vez.
—¿Por qué fingiste no conocerme en la alfarería? ¿Fue a ti a quien vi en
el transbordador el día en que llegué? ¿Por qué me haces esto? ¿Por qué
estoy aquí?
—Estás aquí para escribir un nuevo libro, que es lo que has hecho.
Oigo el crujido familiar de un walkie-talkie. Abby lo saca del bolsillo, lo
pone sobre la mesa y se queda mirándolo antes de volver los ojos hacia mí.
—Se acaba el tiempo, Grady.
—¿Qué significa eso? —Ella no contesta—. Es evidente que has perdido
la cabeza. Esto es una secta. No entiendo qué pasa aquí, estáis todas locas,
pero exijo irme.
—Puedes exigir lo que quieras, pero no dejarán que te vayas. Y no se
permite que haya hombres viviendo en la isla.
—Ya me lo has dicho. Solo mujeres. Así que haré las maletas…
—Creo que no lo has entendido. No puede haber hombres «viviendo» en
la isla. —Nunca he visto esa expresión en el rostro de mi esposa y me deja
completamente helado—. ¿Has visto el cementerio que hay detrás de Santa
Lucía? Me parece precioso. Siempre he pensado que un cementerio es un
lugar ideal para esconder un cadáver. Un lugar donde a nadie se le ocurriría
mirar.
No consigo procesar lo que oigo.
—No entiendo…
—Creo que sí lo entiendes. ¿Por qué no hablamos de lo que pasó la
noche en que desaparecí? Te acuerdas de esa noche, ¿verdad?
—Claro que me acuerdo —le digo—. Te quería más de lo que he querido
nunca a nadie. Te he echado de menos todos los días y todas las noches
desde…
—Entonces, dime, ¿por qué? —me interrumpe Abby.
—¿Por qué, qué?
—¿Por qué te tumbaste en la carretera, en la oscuridad, bajo la lluvia,
con mi abrigo rojo para que creyese que eras una mujer? ¿Por qué esperaste
a que saliera del coche, sabiendo que siempre ayudaría a alguien en apuros?
¿Por qué me agarraste en cuanto estuve lo bastante cerca de ti, me tapaste la
boca con un pañuelo empapado en cloroformo, me pusiste el abrigo, me
arrastraste hasta el borde de la carretera y me tiraste por el barranco? ¿Por
qué intentaste matarme, Grady?
Muerto viviente

Estoy paralizado en el tiempo. No puedo moverme. Siento que no puedo


respirar.
—Yo te quería —susurro.
—Alguien que me quisiera nunca podría hacer lo que hiciste tú. Yo sé lo
que pasó esa noche, tú sabes lo que pasó, y todos en esta isla saben lo que
me hiciste. Lo que quiero saber es el porqué. He esperado mucho tiempo
para hacerte esa pregunta, frente a frente, y creo que me merezco una
respuesta. Quise esperar a que lo hubieras perdido todo: la casa, tu carrera,
todo lo que te importaba alguna vez, porque eso fue lo que me quitaste
aquella noche cuando hiciste lo que hiciste. Eras lo que más me importaba
en el mundo. Yo también te quería, Grady. De verdad que sí, pero ahora te
odio. Así que, ¿por qué lo hiciste? ¿Por qué intentaste matarme?
Cuando la miro a los ojos todo lo que siento es terror puro.
No quiero oír nada más de esta historia. Quiero borrarla, reescribirla,
quemarla. Salgo corriendo de la casa y cruzo el prado. Para variar, el pueblo
no está vacío. Puedo verlas a todas, mujeres en la distancia, mujeres en las
ventanas, mujeres en los paseos, todas con walkie-talkies y todas
mirándome. Me siento como un muerto viviente, como si tuviera una diana
en la espalda. Paso corriendo ante la tienda de la esquina y la Taberna del
Tropiezo, dejo atrás la iglesia y subo la colina. Corro pese a haberme
quedado sin aliento, ignorando el dolor del pecho, hasta llegar al bosque.
Tengo que recoger a Columbo y salir de esta isla. Los árboles parecen
bloquearme el paso como si quisieran detenerme. Las siluetas de un millar
de ramas me buscan como si fueran brazos, frenándome, arañándome la
cara y rasgándome la ropa, pero sigo adelante hasta ver la cabaña a lo lejos.
Las luces del interior están encendidas y las ventanas parecen ojos
brillantes. Ojos que observan. Ojos que esperan.
Abro la puerta de golpe y veo a alguien sentado en el sofá con un vaso
de whisky.
Alguien a quien no esperaba ver.
—Hola, Grady.
Opinión imparcial

—Deberías cerrar la boca; pareces un pez de colores —dice Kitty—. No te


importa que fume, ¿verdad?
Mi agente enciende un cigarrillo antes de que pueda responder.
Kitty parece sentirse como en casa. Columbo está felizmente sentado a
sus pies y la estufa de leña proyecta una serie de sombras que bailan por
toda la habitación. Parece una escena acogedora, pero no la noto como tal.
Resulta extraño ver a mi agente fuera de su oficina. Llevo años convencido
de que vive en ella, porque siempre está allí de día y de noche, siempre
trabajando. Es como ver a una criatura fuera de su hábitat natural y
preguntarse si todavía puede respirar.
—Quizá quieras sentarte. Tenemos algunas cosas de las que hablar —
dice, y me siento, pero solo porque creo que me caería si no lo hago.
Mi agente era la única persona en el mundo en la que todavía creía poder
confiar.
Es como si todo mi mundo llegase a su fin.
Kitty debía saber que Abby estaba viva. Debía saber lo de esta isla; es
quien me envió aquí. Debía saberlo todo.
—Me leí la nueva novela nada más me llegó —dice, dando otra calada al
cigarrillo—. Me conmovió tanto que supe que tenía que venir a verte
enseguida. Es el tipo de obra que no se encuentra muy a menudo. Con el
tipo de trama que entusiasma a agentes y editores. Mi opinión imparcial es
que es tu mejor obra.
—Gracias —murmuro.
Kitty se empuja suavemente el lateral de las gafas como si no las tuviera
rectas, aunque lo estén. Es una costumbre que antes me parecía entrañable,
pero ya no sé si conozco a mi agente tan bien como creía. Me fijo en el
anillo con el cardo plateado que lleva en el dedo, el mismo anillo de las
isleñas. Mi mente no consigue asimilar lo que me está pasando. Abby debió
contarle lo que hice. Abby siempre se lo contaba todo a su madrina, y Kitty
siempre quiso a Abby mucho más de lo que me quería a mí, así que, sea lo
que sea, esto no puede ser bueno. Miro hacia la puerta de la cabaña y me
planteo salir corriendo, pero, ¿hacia dónde? No puedo fiarme de nadie en la
isla y no parece haber manera de salir de ella.
—¿Por qué ibas a querer irte? —dice Kitty, como si pudiera leerme la
mente—. Has vuelto a escribir. ¿No era eso lo que querías? En estos años
he leído muchas historias tuyas, Grady. Así que creo que es justo que ahora
te cuente yo una. Verás, esta historia es tan mía como tuya. Sabes que Abby
es mi ahijada, pero ¿sabes que le pusieron mi nombre? Su madre y yo nos
hicimos amigas cuando íbamos al colegio, en Londres. Entonces yo
también me llamaba Abby. Su madre tenía una casa maravillosa en Notting
Hill y organizaba unas fiestas de lo más extravagantes, con cuartetos de
cuerda y una provisión de champán aparentemente interminable. Me
cambié de nombre cuando dejé a mi marido.
Apuestas desiguales

—Como ya sabes, fui la agente de Charles Whittaker mucho antes de ser la


tuya —le digo a Grady—. Pero durante un tiempo también fui su esposa.
Nos conocimos en un avión, pensó que yo iba en su asiento, pero no era así.
Al principio me ofendía su mera presencia. Supongo que cambié de opinión
porque nos casamos al cabo de un año. Los genios no merecen privilegios
especiales, pero de todos modos acaban teniéndolos.
»Yo era una agente joven y él un escritor desconocido para la mayoría de
la gente. Yo lo convertí en lo que fue. Había escrito unos libros preciosos,
de ficción, muy literarios, pero que no se vendían. Me convertí en su
agente, lo convencí para que escribiera thrillers y se convirtió en uno de los
escritores con más éxito del género. Creo que nunca me lo perdonó.
»Nuestra relación funcionó bien al principio. Él estaba ocupado
escribiendo libros, y yo vendiéndolos, así que no nos veíamos muy a
menudo, y cuando lo hacíamos era maravilloso. Era el hombre más
interesante que he conocido nunca y, de lejos, la relación más intensa que
he vivido nunca. Las cosas eran geniales. Hasta que dejaron de serlo.
»Yo nací en Amberly. Era mi hogar, pero a diferencia de la mayoría de la
gente que vive aquí, me pasé toda la infancia imaginando maneras de irme.
Las lecciones de piano hicieron que mi madre me enviase fuera,
cumpliéndose así mi deseo. Me mudé a Londres, donde me crio una mujer
que trabajaba para una gran editorial de la ciudad. No era muy maternal,
pero la situación no podía haber sido más ideal en muchos sentidos. Me
enviaron a un colegio caro, donde conocí a la madre de Abby, y recibí el
tipo de educación que nunca habría tenido en una isla diminuta. Hasta me
dieron clases de dicción. Hoy en día, mi acento escocés solo sale a la luz
cuando estoy con escoceses. A los dieciocho años, conseguí trabajo de
ayudante en una agencia literaria. Empecé desde abajo. No tenía ningunas
ganas de volver a la isla, nunca, pero entonces mi madre me llamó tras
muchas décadas sin hablarme. Quería verme antes de morir. Y quería
confesar que una vez le cortó la mano a un hombre con un hacha.
—Charles me acompañó a visitarla a Amberly. Nunca había oído hablar
de la isla y me alegré de poder contar con su apoyo. Mi madre murió un par
de semanas después de nuestra llegada, pero después quedaron muchos
asuntos pendientes de arreglar, y Charles ya se había enamorado del lugar,
así que nos quedamos un tiempo en la casita con techo de paja de mi madre.
Le gustó tanto que la rebautizó como La desesperada.*
»Solo llevábamos unos meses aquí cuando también murió la madre de
Abby, mi mejor amiga de Londres. Se había suicidado y la noticia supuso
un shock para mí, tan poco tiempo después de perder a mi madre. Abby
solo tenía diez años y era mi ahijada. Se llamaba como yo y la conocía
desde que era un bebé. Yo quería volver a Londres. Echaba de menos la
ciudad y mi trabajo, pero Charlie era muy feliz viviendo y escribiendo aquí.
Insistió en que Amberly le vendría muy bien a Abby, que sería un cambio
de aires, que la distraería de la pena, así que se vino a vivir con nosotros y
nos quedamos un poco más. Remodeló esta vieja cabaña para escribir en
ella porque los tres estábamos algo apretados en la casita de la que vienes.
Charles quería mucho a Abby, pero nunca quiso tener hijos y cada vez nos
pasábamos más tiempo separados. Él necesitaba tranquilidad para escribir, y
se escondió aquí, en El confín, mientras Abby y yo aprendíamos a no
estorbarlo cuando estaba en la casita.
»Cuando estuviste allí, ¿te fijaste en el piano con los pájaros pintados?
Bueno, el hombre que intentó enseñarme a tocarlo cuando era niña era un
hombre malo. Hacía cosas malas. Por eso mi madre le cortó la mano con un
hacha. Creo que encontraste los huesos bajo estas tablas. Fue un regalito de
bienvenida. Treinta años después era un alcohólico y un maestro en paro,
así que cuando una agencia lo llamó para una sustitución en una remota isla
escocesa, dijo que sí. Yo creo que vino para vengarse. Volvió a Amberly, y
a la misma casita, solo que esta vez era otra niña la que vivía en ella.
—¿Por qué me cuentas esto? —pregunta Grady, y por un momento
siento pena por él. Pero el sentimiento de lástima se me pasa enseguida. Es
mi historia y pienso terminar de contarla.
—Abby siempre fue intrépida y valiente. Incluso de niña. No como yo.
Cuando ese hombre intentó hacerle daño, ella lo empujó con tanta fuerza
que se cayó y se golpeó la cabeza contra la chimenea. Creyó haberlo
matado y huyó. Cogió sus posesiones más preciadas: una armónica, un libro
y una Bola 8 Mágica, y corrió a la iglesia en mi busca. Pero me oyó hablar
con alguien a quien siempre había considerado la «mujer de negro». Le
estaba confiando a la reverenda Melody Bates que quería dejar a mi marido.
Abby pensó que eso significaba que también quería dejarla a ella, y siguió
corriendo. Vino hasta aquí buscando a Charlie, pero lo pilló escribiendo y le
dijo que lo dejase en paz. Luego corrió a la Cueva Oscura y creo que ya
sabes lo que pasó allí.
»Yo me culpé por todo lo que le había pasado a Abby, y Abby se culpó
por lo que les pasó a los niños. Pero todo había sido culpa de él. Todo había
sido por su culpa. Por ese hombre. Abby creyó matarlo al golpearle la
cabeza. Pero fue Sandy quien lo mató en cuanto supo lo que había pasado
de verdad, y por qué había muerto su hija. Charles ayudó a Sandy a
trasladar el cadáver y a enterrarlo en una tumba sin nombre detrás de Santa
Lucía. Después de eso congeniaron y se hicieron grandes amigos. Quizá te
parezca exagerado que hicieran eso, pero no olvides que todos los niños de
la isla murieron por culpa de un hombre malo.
»Charles se culpó de todo. Había sido él quien me convenció para
quedarnos en la isla a la muerte de mi madre, que era la única razón por la
que seguíamos aquí, y había echado a Abby cuando le pidió ayuda porque
sus libros le importaban demasiado. Nunca se lo perdonó y creo que por eso
se quedó para siempre. Y por eso también donó un buen porcentaje de sus
ingresos al Patronato de la Isla de Amberly que creó Sandy. Era una
comunidad muy unida, incluso entonces. Nadie quería que vinieran más
forasteros, y la venta de los libros de Charlie implicaba que la isla solo
necesitaría recibir visitantes unos pocos meses al año. Cuando Charles se
dio cuenta de que estaban reemplazando a todos los hombres de la isla por
mujeres, le pareció que eso era ir demasiado lejos. Sandy y él se pelearon, y
Charlie se negó a escribir más libros.
»Tras la tragedia en la Cueva Oscura, lo dejé aquí sin siquiera
despedirme y me llevé a Abby conmigo. Debía tomar una decisión, y las
apuestas son desiguales cuando implican hacer daño a tus seres queridos.
Después de lo sucedido, necesitaba empezar de cero con Abby, así que abrí
una nueva agencia en Londres y me hice llamar Kitty Goldman. Kitty era
un apodo que solo Charles utilizaba conmigo, porque cuando nos
conocimos yo me apellidaba Kitterick. Al casarnos, tomé su apellido,
Whittaker, pero ninguno de los dos me sonaba bien, y decidí cambiarlo a
Goldman, apellido de soltera de mi madre.
»A lo largo de los años he ayudado a innumerables escritores a encontrar
un seudónimo, y supongo que quería tener uno propio, uno que no estuviera
mancillado por errores del pasado. Cuando me convertí en Kitty Goldman,
me transformé en la persona que quería ser. Además, lo de tener a dos
personas llamadas Abby bajo el mismo techo resultaba confuso.
»Charles siguió siendo importante en el mundo del libro y siguió siendo
mi cliente —era la única parte de nuestra relación que todavía funcionaba
—, pero busqué más clientes. A los diez años de fundar la Agencia Kitty
Goldman, ya era una de las más importantes del país. Cuando Abby te
presentó, me preocupé. No quería que se casara con un escritor, puesto que
yo había cometido ese mismo error, pero vi lo feliz que la hacías. Me pidió
que te representara y le dije que sí, y cuando os prometisteis me alegré por
los dos. Porque la quería. Y también te quería a ti.
—Entonces ¿por qué me haces esto? —pregunta Grady.
—Sabes por qué, y yo no te he hecho nada. Todavía. Hasta hace unos
meses no supe lo que pasó de verdad la noche en que Abby desapareció. No
quiso contármelo; le daba miedo lo que pudiera hacer yo. Lo único que
sabía yo era que había desaparecido y temía que estuviera muerta. Entonces
Sandy me invitó a venir aquí, a Amberly. Soy miembro honorario del
Patronato de la Isla de Amberly, y Sandy dijo que había un asunto urgente
que debía tratar en persona. Volví por primera vez en treinta años.
»Hacía tanto tiempo que no lloraba que creía que ya no me funcionaban
los conductos lagrimales, pero lloré como una niña cuando llegué a la casa
de la colina y vi a Abby con vida. Y volví a llorar cuando me contó lo que
tú le hiciste. Por algún milagro, solo cayó unos metros cuando la tiraste por
el acantilado. Se agarró a la rama de un árbol que crecía entre las rocas —
me dijo que fue como si la rama la hubiera cogido a ella— y consiguió
trepar de vuelta a la carretera. Sola y asustada. En la oscuridad. Bajo la
lluvia. Tuvo la presencia de ánimo de arrojar el abrigo rojo al barranco, con
la esperanza de que alguien lo encontrara en la costa y tú la creyeras
muerta. Pero entonces, en vez de acudir a mí, volvió aquí. A Amberly.
Volvió al hogar que nunca quiso abandonar, treinta años después de que yo
me la llevara. Y volví a llorar cuando Abby me enseñó a Holly y me dejó
cogerla.
»Entonces me sequé las lágrimas y le dije que te destruiría.

* «Whit’s End», en el original. Juego de palabras intraducible. Wit’s End signi ca «a la desesperada», «en
punto muerto». Whit’s End es «El nal de Whit», diminutivo de Whittaker. (N. del T.)
Juntos y solos

—Ya sabes cuánto me gustan las historias de venganzas —dice Kitty—. En


cuanto supe la verdad de lo que le hiciste a mi ahijada, Abby y yo
desarrollamos una historia de venganza propia. Tu vida ya se estaba
deshilachando por su cuenta, y solo necesitábamos un pequeño tirón a los
últimos hilos.
—Muy bien, felicidades. Misión cumplida —le digo.
—Oh, Grady. Si solo acabamos de empezar. Creo que si Charlie me dejó
en su testamento esta vieja cabaña para escribir fue solo para cabrearme.
Me decía que su décima novela era la mejor de todas, pero se negaba a
dejármela leer, indignado porque yo no hiciera nada para impedir lo que
estaba pasando en Amberly. Por aquel entonces era el único hombre que
quedaba aquí, ya que económicamente aportaba tanto que necesitaban que
siguiera haciéndolo, y Sandy lo adoraba, así que era intocable. Pero cada
vez le irritaba más que Amberly estuviera siendo «invadida por las
mujeres», como solía decir, y no sé si fue por el estrés o por la edad, pero
dejó de escribir. No escribió ni una sola palabra durante años, y si lo hizo se
negó a enseñármelo. Y entonces se ahorcó en esa viga de allí. Verás, sí que
vivía para escribir y cuando no pudo hacerlo… —Por primera vez veo en
sus ojos algo parecido a la emoción, pero se desvanece enseguida—. Así
que, cuando por fin pude leer a su muerte el infame manuscrito de la
Décima novela, me sentí algo decepcionada. Tenía potencial, pero no era la
obra maestra que él se creía.
—¿Y dejaste aquí el libro para que yo lo encontrase?
—Llegaré a esa parte de la historia cuando toque. Al morir Charlie, la
isla necesitaba una nueva fuente de financiación. A Sandy y a Midge les
gustó la idea de traer a Amberly a otro escritor, así que envié a uno de mis
escritores que tuvo un gran éxito con su primera novela, pero resultó ser
flor de un día. El pequeño experimento no funcionó, los resultados fueron
muy decepcionantes y, por desgracia, intentó irse y murió en el intento.
Robó un viejo bote de remos sin darse cuenta de que tenía un pequeño
agujero y se ahogó a kilómetro y medio de la costa. Su cuerpo apareció
meses después en la playa. No había sido culpa de nadie, un simple
accidente, pero uno del que no tenía por qué enterarse nadie. Así que el
Patronato de la Isla de Amberly votó para enterrarlo en una tumba sin
nombre de Santa Lucía. Hacer desaparecer a un escritor es sencillo, lo
difícil es encontrar a uno que sea bueno. En cierto modo fue como un
ensayo para cuando acabases viniendo tú, solo que nada de lo que te ocurra
a ti será un accidente.
La miro horrorizada.
—¿Estás diciendo que…?
—Estoy diciendo que a las mujeres de Amberly nos ha costado mucho
poder reemplazar a Charles Whittaker. Por eso te envié aquí y, para serte
sincera, me has sorprendido. Creí que te torturarías intentando convertir la
novela inédita de Charlie en algo propio, y que perderías la poca cordura
que te quedaba al fracasar. Pero me equivoqué. El libro es estupendo, creo
que tu mejor obra. Una novela que podría relanzar tu carrera, Grady. Bien
hecho.
Por un momento olvido todo lo que me ha dicho antes. Siempre me ha
importado mucho la opinión de mi agente sobre mis obras. Quizá
demasiado. No puedo evitarlo.
—¿De verdad? ¿Lo dices en serio? —pregunto, sonando como un niño
que mendiga desesperado un elogio de su profesor favorito.
Kitty sonríe y asiente.
—Lo digo en serio —La sonrisa se desvanece—. Lo único malo es lo
que le hiciste a Abby. Necesito saber por qué se lo hiciste.
Soy mi peor enemigo, pero también soy mi mejor amigo. No digo nada
—Si quieres, podemos pasarnos toda la noche aquí sentados —dice
Kitty, encendiendo otro cigarrillo—. Yo no voy a ninguna parte y tú
tampoco, así que…
—Quería a Abby, pero ella iba a dejarme —le suelto.
Kitty frunce el ceño y exhala una nube de humo.
—¿Por qué piensas eso?
—Encontré una prueba de embarazo en la papelera de casa. Daba
positivo.
—¿No querías un hijo?
—Me había hecho la vasectomía para asegurarme de que no se quedaría
embarazada, así que supe que me engañaba. Llevaba meses comportándose
de forma extraña y siempre llegaba tarde a casa. Era evidente que tenía una
aventura. Sacaba dinero de nuestra cuenta bancaria y pensaba abandonarme,
como lo hicieron mis padres. Todas las personas a las que quiero acaban
abandonándome. Y yo la quería tanto que me dolía. Solo deseaba que
siguiéramos juntos y solos.
—¿Así que la tiraste por un precipicio?
—Si ella me dejaba, tú también me dejarías —le digo.
—¿Qué quieres decir?
—No me digas que si tu ahijada se hubiera divorciado de mí tú habrías
seguido siendo mi agente. Tú también me habrías dejado. Que Abby me
dejara no habría sido solo el final de mi matrimonio, sino el final de mi
carrera. Pero si ella moría, si parecía que se había suicidado como hizo su
madre, entonces tú te apiadarías de mí y siempre serías mi agente.
El cigarrillo de Kitty flota en el aire. Me mira como si me creyera
trastornado.
—Sigo sin entender por qué pensabas que Abby iba a dejarte.
—Estaba embarazada de otro hombre, claro que iba a dejarme.
—Oh, Grady —dice Kitty, con tono decepcionado—. Parece que no hay
cura para la naturaleza humana.
—Tenía que haber estado conmigo, esperando la llamada que me diría
que mi libro había triunfado. Siento mucho lo que hice, más de lo que
puedes imaginar. Fue un arrebato momentáneo.
—Sí que creo que lo sientes, pero no que fuera algo momentáneo. Lo
planeaste todo. Sabías que Abby grababa todas las llamadas que recibía
debido a las amenazas. Las llamadas grabadas fueron la principal prueba de
la policía, que la oyeron describirte por teléfono a la persona tirada en la
carretera mientras tú estabas en casa, a kilómetro y medio de distancia. Pero
no estabas en casa, ¿verdad? Tras hablar con los editores y conmigo, fuiste
por la carretera hasta el acantilado. Y sabías exactamente dónde estaba
Abby y a qué hora llegaría allí. Por la aplicación que instalaste en su
teléfono.
—No habría pasado nada de no haber vuelto a «trabajar hasta tarde».
Seguro que estuvo con él, con el padre de su hijo. No soy el único culpable.
—No había otro hombre, Grady. Abby estaba embarazada, pero no se
acostaba con otro hombre.
Mi defensa pierde momentáneamente el ímpetu, pero siento que el
sentimiento de traición que sentí entonces se reaviva.
—He visto a la niña y no creo que fuera por inmaculada concepción.
—El dinero que sacaba de la cuenta conjunta del banco era para una
fecundación in vitro, con un donante, y en secreto, porque deseaba
desesperadamente tener un hijo antes de los cuarenta, y sabía que tú no lo
querías. Abby quería decírtelo, pero solo si se quedaba embarazada, y
cuando sucedió no supo cómo. No quiso estropear tu gran momento la
misma semana en que tu libro se convertiría en un best seller, así que te lo
diría al día siguiente. Abby solo te quería a ti. Solo quería darte la familia
que nunca tuviste de niño. Lo tenías todo, pero estabas tan ocupado
preocupándote de lo que no tenías que no te dabas cuenta.
Siento como si mis pulmones se quedaran completamente vacíos de aire.
—Lo siento mucho —susurro.
—Estoy seguro de que sí, pero no estoy aquí para oír tus disculpas. Abby
te quería. Y ahora te odia. Igual que yo —dice Kitty—. Seguro que desde
entonces te has pasado todo el tiempo mirando por encima del hombro. Al
no aparecer su cadáver, te preguntarías si no seguiría viva en alguna parte, y
te agobiaría la mera idea de que todo eso pudiera resurgir en cualquier
momento de tu vida para atormentarte. Y así ha sido. No me extraña que no
pudieras dormir. Y no me extraña que no pudieras escribir. A veces pienso
que ya se te ha castigado lo bastante, que podría haber otra manera de que
compensaras lo que hiciste. Pero en otros momentos, estaría encantada de
dejar que también te enterrasen a ti.
—No soy una mala persona. Solo hice una cosa mala.
—¿De verdad crees que eres una buena persona? Después de lo que le
hiciste, Abby tuvo que hacer autostop hasta Escocia. Estaba embarazada,
asustada, con el corazón roto y sola. Solo con la ropa que llevaba puesta y
un instinto de supervivencia que la llevó de vuelta a Amberly. La persona a
la que más quería en el mundo había intentado matarla, y algo debió ceder
en su mente. Ya no quería ser periodista, ya no quería salvar al mundo de sí
mismo, solo salvarse. Esperó a que llegase el transbordador y Sandy la
reconoció nada más verla. Midge y ella la acogieron y la ayudaron a
empezar de cero con un trabajo nuevo y una vida nueva. Y la ayudaron a
tener a su hija, llevándola a un hospital del continente. Y ahora tiene una
nueva familia. Me da lo mismo si eres o no una buena persona. Mi lista de
clientes sería muy corta si solo representara a buenas personas. Lo único
que me importa es que sepas escribir.
»Abby es feliz aquí, Grady. Este vuelve a ser su hogar. Y también podría
ser el tuyo, pero solo si sigues escribiendo libros que yo pueda vender. La
isla necesita ingresos económicos para no tener que abrirla todo el año al
turismo, algo que no quiere nadie. ¿Podrás hacerlo?
La miro fijamente.
—Solo quiero volver a casa y que las cosas vuelvan a ser como antes.
—No tienes casa, Grady. Ya no tienes nada ni a nadie. Solo tus libros.
¿Podrás escribir otro para que las isleñas te dejen vivir aquí?
Una lágrima rueda por mi mejilla.
—No lo sé.
—Eso está muy bien. La verdad es que nadie sabe nada. La única certeza
en la vida es la incertidumbre. A todos pueden salirnos malas cartas y
acabar regresando al principio de la escalera que llevamos toda la vida
queriendo subir. Pero necesito una respuesta. Es hora de tomar una
decisión. La están esperando —dice Kitty, mirando el walkie-talkie que hay
sobre la mesa.
La única opción

—Tu futuro aquí no lo decidimos ni tú ni yo —dice Kitty—. En última


instancia, les corresponde a las isleñas decidir si puedes quedarte o no.
Todas han participado desde el principio en este pequeño experimento.
Sandy te trajo aquí sabiendo muy bien quién eras. Cora Christie mantuvo a
todo el mundo informado de tus movimientos actualizando regularmente la
información por walkie-talkie, y abría todas las cartas que enviabas o
recibías por correo. Parece ser que Midge hizo una interpretación
impresionante —en Hollywood estuvieron locos de no convertirla en una
estrella—, aunque a veces se saliera del guión. Travers trepó a uno de los
árboles centenarios para cortar la línea telefónica cuando se dio cuenta de
que la vieja cabina telefónica roja seguía funcionando. Morag, la anciana
madre de Midge y de Sandy, fue la única a la que no le gustó lo que pasaba
e intentó avisarte. El manuscrito de la Décima novela de Charles Whittaker
se dejó deliberadamente bajo los tablones de este suelo para que lo
encontraras, y todas interpretaron un papel hasta que acabaste tu versión de
la novela. Les he dicho cuánto dinero creo que podremos conseguir por ella,
pero que sería significativamente más cuantioso por un contrato de dos
libros, algo que posiblemente permitiría no tener turistas en la isla durante
todo un año, y queremos hacerte una oferta.
Niego con la cabeza.
—¿Qué oferta?
—Ahora te hablo como tu agente, Grady. Escucha atentamente y piensa
antes de tomar una decisión, porque a veces la única opción es la correcta.
Tal y como yo lo veo, te han servido un sándwich de tres pisos de mierda
con guarnición de «te jodes», pero es justo lo que pediste. Charlie y tú
tenéis mucho en común. Los dos sois escritores que disfrutáis con vuestra
propia compañía. A él no le gustaba conceder entrevistas si podía evitarlo,
ni dar charlas, ni asistir a ferias del libro, y no le interesaban los premios a
no ser que los votaran lectores de verdad. Era un escritor que solo quería
escribir. Como tú. Por eso creo que esto podría funcionar. No tengo muchos
más clientes a los que pueda enviar aquí. La mayoría tiene familia y amigos
que los echarían de menos, y se darían cuenta de su desaparición, pero en tu
caso ni siquiera hay alguien que sepa que estás aquí.
»Las isleñas lo han pasado mal desde que murió Charlie. Sin los ingresos
por sus libros, ventas al extranjero, acuerdos con televisiones y derechos de
autor, han tenido que buscarse otras formas de financiar la isla. Las
alfombras de piel de oveja, la alfarería y las velas de vacas de Tierras Altas
aportan una cantidad muy modesta de dinero. La verdadera fuente de
ingresos es el turismo, pero nadie quiere visitantes todo el año. Y, como ya
sabrás, no les gusta nada que vengan hombres. Ya les duele tener que
aceptar visitantes en los pocos meses de verano, con sus maletas y sus
cargas, sus interminables quejas y el escandaloso concepto que tienen de lo
que se les «debe». Que invaden esta hermosa isla con su ruido y su basura
del continente, contaminándolo todo con sus opiniones y su odio. Tú puedes
ayudar a proteger la isla de todo eso durante un año entero. Lo he hablado
con la junta del Patronato de la Isla de Amberly y, pese a algunos
escrúpulos por tu conducta, querrían ofrecerte un puesto permanente como
escritor de la isla.
Me la quedo mirando.
—¿Has perdido la cabeza?
—Charlie era rápido escribiendo, dos libros al año por lo menos, pero
rara vez dejaba que los leyera alguien y solo se publicaron nueve. Era
demasiado bueno matando sus partes preferidas.* Charlie solo quería
publicar el mejor trabajo del que fuera capaz, pero cuando murió dejó en
sus cajones un montón de novelas que nadie ha visto o leído, algunas
inacabadas, otras simplemente necesitadas de una buena corrección. Te
había dado por acabado, pero todavía eres capaz de escribir. Quizá te cueste
encontrar la chispa inicial, una idea con la que empezar, pero a Charles le
sobraban y ya has demostrado que puedes dar una nueva vida a sus partes
preferidas.
»Es una gran oportunidad para ti, una forma de centrarte en escribir las
mejores novelas que puedas. Defectos perfectos está lista para su
publicación, y yo la venderé. La idea fue de Charlie, pero tú la has hecho
tuya; esas páginas tienen tu voz, así que en portada debe figurar tu nombre,
no el suyo. Este arreglo nos beneficia a todos. Pero todo lo que ganes con
los libros, una vez descontado mi quince por ciento, irá al Patronato de la
Isla de Amberly. De todos modos, nunca escribiste por dinero, ¿verdad,
Grady? Solo quieres escribir.
Me la quedo mirando, preguntándome si tiene una ligera idea de lo loca
que parece.
—¿Por qué no tomas un poco de whisky? Estás temblando y sé que todo
esto es mucho para asimilar de pronto —me dice, sirviéndome un vaso. Me
lo bebo y ella vuelve a llenarlo.
—Y si escribo otro libro, ¿luego qué? —pregunto.
—Si es bueno, y tiene que ser un superventas, escribes otro. Y otro más
después de ese.
—¿Y si es malo? ¿O no puedo escribirlo? ¿O no quiero? —pregunto,
notando el temblor en mi voz.
—Mira, las mujeres de esta isla no están locas. Vale, Sandy mató al
profesor de música hace treinta años, pero no creo que debamos echarle eso
en cara. Y que el anterior escritor se ahogara al intentar irse fue un
accidente. Enterrarlos a los dos en el cementerio fue lo mejor para todas.
Pero las isleñas no tienen por costumbre matar gente…
—Menos mal. Por un momento pensé que estabas diciendo que…
—A menos que se lo merezcan. Ya hay una parcelita reservada para ti
detrás de la iglesia de Santa Lucía. Es un bonito lugar a la sombra, apartado
del resto, para que puedas estar tan solo en la muerte como lo estuviste en
vida. Las isleñas hacen una excepción contigo; deberías estarles agradecido.
Los hombres no pueden vivir en esta isla, y no tienes forma de irte. Te
sugiero encarecidamente que no lo intentes; si lo haces, no acabarías bien.
Me levanto y me siento mareado. Me pesan los ojos y me doy cuenta de
que debía de haber algo en la bebida. La habitación empieza a darme
vueltas, como un caleidoscopio en las llamas de la estufa de leña y la cara
de Kitty. Cuando intento hablar, las palabras brotan lentas y arrastradas.
—¿Y qué pasa con Abby?
—Fue idea suya —dice Kitty—. Esto es lo que tú querías, ¿recuerdas?
Soledad y silencio para escribir tus preciosos libros. A veces dar a la gente
lo que cree querer es la mejor manera de mostrarles lo que tenían.
—Lo que quiero es dejar esta isla.
—Nadie abandona realmente esta isla, ni siquiera yo. Ninguno podemos
escapar a lo que somos. ¿Necesitas algo más de tiempo para pensar en tus
opciones? —pregunta Kitty, pareciendo sincera y cariñosa—. Tal y como lo
veo yo, no tienes dinero, no tienes dónde vivir, ni perspectivas, ni futuro, ni
esperanza. ¿No te das cuenta? Aceptar esta oferta, quedarte en la isla y
publicar un best seller todos los años es lo que siempre has querido.
Deberías alegrarte —dice Kitty. Me pesan mucho los párpados. Pestañeo
varias veces, pero el mundo es demasiado brillante, demasiado ruidoso,
demasiado espantoso—. ¿Por qué no lo consultas con la almohada? —
sugiere—. A mí, acostarme pensando en algo siempre me ayuda a saber qué
debo hacer.
Cierro los ojos y todo se desvanece en la oscuridad.

* «Kill your darlings» se re ere a las partes del manuscrito nal que pueden gustarle al autor pero que
literariamente estorban en el desarrollo de la novela, y por tanto acaba borrándolas por muy brillantes que
sean. (N. del T.)
UN AÑO DESPUÉS…
Realidad virtual

La historia de mi vida se ha desarrollado como nunca habría podido


imaginar.
—¡Hola, Grady! ¿Cómo está hoy? —me pregunta Cora cuando entro en
la tienda de la esquina. La campanita sobre la puerta tintinea cuando la
cierro y sonrío.
—Muy bien. ¿Y usted? —pregunto, cogiendo una cesta y entrando en el
pasillo.
—No hay que refunfuñar, no hay que quejarse…
—Antes del arco iris siempre llueve —le digo, terminando el dicho. Ella
se ríe y yo también. Sigo por el pasillo, cojo lo que necesito y, cuando llego
a la caja, miro los periódicos. Son de hace días, ya que, como todo lo
demás, solo llegan a la isla dos veces por semana, siempre y cuando zarpe
el transbordador, pero acabo encontrando lo que busco: un ejemplar de The
Sunday Times de hace tres días.
—¿Lo ha mirado ya? —pregunto a Cora mientras pongo uno en la cesta.
Su sonrisa la delata.
—Me temo que sí. No podía esperar.
—¿Y?
—¿No quiere verlo por sí mismo?
Supongo que sí. Abro el periódico, busco la página correspondiente y ahí
está: la lista de los libros más vendidos de The Sunday Times. No puedo
evitar sonreír al ver mi nombre en lo más alto al lado de Defectos perfectos,
que se publicó la semana pasada. Kitty lo sabrá desde hace días, pero no
tiene manera de decírmelo. La línea telefónica, una vez cortada de verdad,
nunca llegó a repararse.
—Debe de estar muy orgulloso. Aquí lo estamos todas —dice Cora,
sonriendo con todos los dientes.
—Gracias —digo, doblando el periódico y pagando las demás cosas.
—Esto es bueno para usted y bueno para nosotras.
—Así es. No hay ninguna carta para mí, ¿verdad?
La semana pasada le envié a Kitty otra novela, y todavía no me ha
contestado.
—Me temo que no, pero esta mañana le llegó esto —dice Cora, que deja
sobre el mostrador una carísima botella de champán envuelta en un lazo
rojo.
Columbo me espera fuera de la tienda y me saluda moviendo la cola. Mi
chico está mayor, pero sigue siendo el perro más cariñoso del mundo. No
me imagino la vida sin él. Su brillante pelaje negro ya tiene algunas canas,
sobre todo alrededor de la barbilla. Yo también tengo algunas. La vejez nos
sorprende a todos como un ladrón furtivo.
Sandy camina hacia nosotros, rumbo a la tienda.
—¿Cómo está, Grady?
—No me puedo quejar. ¿Y usted?
—Mejor que nunca —dice. No estoy seguro de que me haya perdonado
que la dejara en la cueva, pero me alegro de que todavía nos hablemos. Se
inclina para acariciar a Columbo—. ¿Sabe? Siempre quise tener un labrador
negro. Si alguna vez necesita que alguien cuide de él, cuente conmigo —
añade antes de darme una palmada en el hombro y desaparecer dentro.
Columbo y yo cruzamos el inmaculado prado del pueblo y echo un
vistazo al nuevo tejado de la iglesia. Tiene buen aspecto. Los últimos
meses, el Patronato de la Isla de Amberly se ha ocupado de muchos
problemas pendientes de la comunidad, sobre todo gracias al estupendo
anticipo que nos dieron por Defectos perfectos.
—Hola, Grady —dice Arabella saliendo de la Taberna del Tropiezo—.
¡Felicidades por el éxito! La chef ha hecho fish and chips solo para usted —
dice, entregándome una caja para llevar.
«Ya lo saben todos. Por supuesto que lo saben».
—Gracias, es muy amable. No podría estar más contento —digo.
A veces pienso que todos somos los narradores traicioneros de nuestras
propias vidas.
Subo al viejo Land Rover y oigo el crepitar de un walkie-talkie, solo que
es el mío. Ahora tengo uno propio. Soy oficialmente un miembro de la
comunidad. He aprendido mucho desde que llegué. Mucho sobre mí mismo
y mucho sobre el mundo, como si este lugar me hubiera abierto los ojos a
todo lo que antes no podía ver. Ningún hombre es una isla, pero una mujer
sí que puede serlo cuando hace falta.
Mi reflejo en el retrovisor me sobresalta, pero tengo buen aspecto si no
tenemos en cuenta las ojeras que se han instalado bajo mis ojos. Sigue
costándome dormir y a menudo se me llena la cabeza de ideas inconclusas y
conversaciones que nunca mantuve pero que debería haber mantenido, y la
doctora Highsmith me ha recetado unos sedantes muy fuertes. Parecen
funcionar en momentos como este, en los que estoy demasiado cansado
para funcionar pero sigo sin poder dormir. Las nuevas pastillas siempre me
tumban. Veo a la doctora cada dos martes, si el tiempo deja salir al
transbordador, y parece decidida a mantenerme con buena salud. Igual que
todos. Cuando no miro, Cora me cuela verduras en la cesta de la compra. Ni
siquiera tengo que pagarlas. Creo que cuidarán de mí todo lo que haga falta
mientras yo siga escribiendo.
Cuando Columbo y yo volvemos a la cabaña, enciendo la estufa de leña
antes de meterme en el bolsillo la bonita caja de cerillas con el dibujo de un
petirrojo. Ese pequeño petirrojo debe ser el único pájaro que hay en la isla,
y me gusta tenerlo cerca y a salvo. Los cortes de luz son frecuentes, por lo
que siempre tengo las cerillas a mano, pero solo me queda una cerilla; debo
acordarme de comprar la próxima vez que vaya a la tienda.
Abro el champán mientras me como las fish and chips. Es todo un lujo,
así que saboreo cada sorbo y cada bocado. Percibo un sueldo modesto, muy
inferior a lo que sé que generan mis libros, pero no me importa; nunca he
escrito por el dinero. Solo quiero contar mis historias. Estos días me
publican en cuarenta países y Defectos perfectos se ha llevado al cine. La
película se estrena el mes que viene en Londres. Me han invitado, pero no
asistiré. Cojo la Bola 8 Mágica que ahora sé que perteneció a Abby cuando
era niña y le hago la pregunta que he hecho tantas veces antes.
—¿Saldré alguna vez de esta isla?
No cuentes con ello, me dice la pantalla.
Me preparo una taza de té de mirto —no me canso de él—, me siento a
la mesa y vuelvo a mirar la lista de los libros más vendidos. A veces me
pregunto si mis lectores se habrán dado cuenta de lo poco que participo en
las redes sociales. O de que ya no acudo a las firmas de libros ni asisto a las
ferias. Soy muy feliz, me siento humilde y agradecido por el hecho de que a
mis lectores les gustase Defectos perfectos, y de que hayan entendido la
historia que quería contar. Ojalá pudiera darles las gracias. Estaré atrapado
dentro de mi propia realidad virtual, pero mis lectores hacen que hasta eso
valga la pena.
Los libros son un poco como los hijos de los escritores, no se nos
permite tener favoritos, pero este libro era mío. A pesar de todo. Es la
historia de un escritor que está atrapado en una isla. Quiere marcharse, pero
no puede hacerlo por múltiples razones. Así que le pide ayuda a sus lectores
escondiendo un mensaje secreto en su libro. Yo he hecho lo mismo que mi
personaje y he escondido un mensaje para que lo encuentren mis lectores.
La primera palabra de los catorce primeros capítulos de la novela lo dice
todo. Ahora que el libro se ha publicado y ha salido al mundo, me pregunto
si alguno de mis lectores descubrirá el mensaje secreto. Puede que, en ese
caso, haya alguno que me envíe ayuda. Kitty se enfadaría mucho de
descubrirlo, pero por suerte para mí no lo hizo.
Cojo el pequeño marco cuadrado de plata que había en la cabaña cuando
llegué y me quedo mirando la nota que Charles Whittaker se escribió a sí
mismo. Una nota tan importante que decidió enmarcarla: «La única salida
está en escribir».
Kitty dijo que nunca entendió realmente lo que significaba eso.
Yo sí.
Columbo ya está en la cama roncando, y le envidio lo fácil que le resulta
dormir. En cualquier parte. En cualquier momento. Tomo un par de las
nuevas pastillas de la doctora Highsmith y apenas consigo tener los ojos
abiertos, por lo que sigo su ejemplo. Me tumbo en la cama. Y cuento hacia
atrás desde cien.
Sueño con el mar.
Y sueño con Abby.
Entonces la oigo susurrar.
«Espero que mueras mientras duermes».
Y soy feliz porque esas palabras significan que todavía me quiere. Es lo
que Abby y yo solíamos decirnos cada noche. Vuelve a estar conmigo pese
a todo, me ha perdonado por el peor acto que habré cometido nunca. Las
únicas personas que no lamentan nada son las mentirosas. Abby vuelve a
quererme y yo solo quiero poder abrazarla y no soltarla nunca. Oigo a Nina
Simone cantar a lo lejos «Don’t Let Me Be Misunderstood», una de las
canciones favoritas de Abby. Debe de haber puesto el disco antes de
meterse en mi cama.
—Yo también te quiero —digo, alargando la mano hacia ella, pero no
está.
Nunca lo ha estado.
Cuando abro los ojos, me doy cuenta de que tampoco estoy donde creía
estar.
No puedo ver nada. Ya no estoy en la cama. Ni siquiera estoy en la
cabaña. Estoy en un lugar desconocido, oscuro y frío. Oigo el crepitar de un
walkie-talkie e intento moverme, pero me siento como rodeado por paredes
invisibles. Casi como si estuviera dentro de una caja con forma humana.
Todo está tranquilo, silencioso y negro.
Abby y yo solíamos hablar de las cosas que más miedo nos daban.
Su mayor miedo era ahogarse.
Ella sabía que el mío era ser enterrado en vida.
Empiezo a asustarme. Giro el cuerpo y tengo el espacio justo para meter
la mano en el bolsillo y coger la caja de cerillas. Siento un gran alivio al
descubrir que sigue ahí. El alivio desaparece al recordar que solo me queda
una cerilla. La enciendo con dedos temblorosos.
La titilante llama me confirma que estoy dentro de lo que parece un
ataúd.
Entonces oigo el sonido apagado de una campana de iglesia, y me cuesta
respirar.
El petirrojo de la caja de cerillas cobra vida y se aleja volando,
dejándome completamente solo, haciendo que me pregunte con qué me han
drogado. La cerilla me quema los dedos antes de que todo se funda a negro.
No grito. No chillo. Pero sí lloro.
Lágrimas silenciosas que humedecen mi rostro en la oscuridad.
Lágrimas por la persona que fui y por la que podría haber sido.
Entonces vuelvo a oír el crepitar de un walkie-talkie, pero no consigo
alcanzarlo. Cada vez me cuesta más respirar y estoy muy cansado. Cierro
los ojos mientras una parte de mí sigue preguntándose si no será todo una
pesadilla. En el fondo, sé que no lo es. La vida es como un cuento de hadas
que pocas veces tiene un final feliz. La vida es perfectamente defectuosa;
me lo enseñó mi mujer. El walkie-talkie vuelve a crepitar, es ella, y las
últimas palabras que oigo son las únicas que quiero oír:
«Espero que mueras mientras duermes».
Agradecimientos

En todos los libros que escribo hay personas sin las que no podría haberlo
hecho. Gracias a Daniel, Jonny, Kari, Christine y Francesca por ayudarme
con este. También quiero dedicar un agradecimiento especial a Viola
Hayden, que me cogió de la mano y encendió una linterna cuando estaba
perdida en la oscuridad.
Gracias por siempre a Jonny Geller y a todo el equipo de la agencia
Curtis Brown. Mi especial agradecimiento a Ciara Finan, Atlanta Hatch,
Kate Cooper, Nadia Mokdad y Sam Loader. Gracias eternas también a Kari
Stuart, mi increíble agente en Estados Unidos.
Este libro está dedicado a mi editora Christine Kopprasch, con quien
trabajo desde hace muchos años en muchos de mis libros. Es maravillosa y
uno de mis seres humanos favoritos. Gracias también a los demás miembros
del increíble equipo de Flatiron, sois mi familia en la literatura. Gracias
especiales para Bob Miller, Megan Lynch, Malati Chavali, Nancy Trypuc,
Katherine Turro, Marlena Bittner, Claire McLaughlin, Erin Gordon, Maxine
Charles, Sam Glatt, Amber Cortes, Emily Walters, Frances Sayers, Donna
Noetzel, Justine Gardner y Rhys Davies. Rhys dibujó el precioso mapa que
hay al principio del libro. Y especialmente a Will Staehle, por la
impresionante cubierta. Muchísimas gracias a la encantadora Francesca
Pathak, mi editora en el Reino Unido, así como al resto del equipo de Pan
Macmillan. Y a todos mis editores extranjeros por editar mis obras con
tanto cariño.
Gracias a las tierras escocesas por inspirarme esta historia. Visito
Escocia todos los años, y de existir algún lugar en la tierra más bello que
este, todavía no lo he encontrado. Este libro se me ocurrió al quedar varada
en las Hébridas, que es el lugar más bonito donde una puede quedarse
atrapada. La isla ficticia de la historia se llama Amberly por mi sobrina,
Amber.
Gracias a los bibliotecarios, los libreros, los periodistas y los críticos
literarios que han sido tan amables con mis libros. Y a todos los blogueros
de libros. Me encanta ver vuestras preciosas fotos en todo el mundo.
Vuestro apoyo significa mucho para mí y os estoy tan agradecida que este
año he bautizado a uno de mis personajes en vuestro honor. Abby Endler
(de «Crime by the Book») fue una de las primeras blogueras que conocí en
el mundo real, así que tomé prestado su nombre para el personaje de Abby.
Gracias a Boots por ser el mejor perro del mundo, y por hacerme
compañía cuando escribo. Gracias a Daniel por ser mi ser humano favorito.
Mi mayor agradecimiento queda para mis lectores. Os quiero por querer
mis historias y os estoy muy agradecida por todas vuestras bonitas fotos,
vuestras amables reseñas y vuestro maravilloso apoyo. No estaría aquí sin
vosotros y espero que hayáis disfrutado con este libro.
Sobre la autora

© Brian Grant

Alice Feeney es autora best seller del New York Times y ha vendido más de un
millón de ejemplares. Sus libros se han traducido a más de treinta y cinco
idiomas.
Es autora del best seller Él y ella, cuya adaptación televisiva en Net ix cuenta
con Jessica Chastain como productora y está protagonizada por los actores
Tessa ompson y Jon Bernthal.
Antes de dedicarse a la escritura, Alice trabajó como periodista en la BBC
durante quince años.
Principal de los Libros le agradece la atención dedicada a Defectos Perfectos, de
Alice Feeney.
Esperamos que haya disfrutado de la lectura y le invitamos a visitarnos en
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Homicidio
Simon, David
9788416223480
784

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El escenario es Baltimore. No pasa día sin que algún ciudadano sea


apuñalado, apalizado o asesinado a tiros. En el ojo del huracán se
encuentra la unidad de homicidios de la ciudad, una pequeña
hermandad de hombres que se enfrenta al lado más oscuro de
Estados Unidos. David Simon fue el primer periodista en conseguir
acceso ilimitado a la unidad de homicidios. La narración sigue a
Donald Worden, un inspector veterano en el ocaso de su carrera; a
Harry Edgerton, un iconoclasta inspector negro en una unidad
mayoritariamente blanca; y a Tom Pellegrini un entusiasta novato
que se encarga del caso más complicado del año, la violación y
asesinato de una niña de once años. Homicidio se convirtió en la
aclamada serie de televisión del mismo nombre y sirvió de base
para la exitosa The Wire.

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Real (Saga Real 1)
Evans, Katy
9788494223488
336

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Un boxeador inestable.

Una joven con los sueños rotos.

Una combinación explosiva.


Remington Tate es el hombre más sexy y complicado que Brooke ha
conocido jamás. Es uno de los boxeadores más admirados,
deseados y ricos del circuito de boxeo clandestino. Pero cuando la
invita a la habitación de su hotel, lo último que la joven fisioterapeuta
espera es que le ofrezca un empleo.

La atracción entre ellos es evidente, pero Brooke no está dispuesta


a tirar su vida profesional por la borda. ¿Podrá aguantar tres meses
junto a él sin caer en la tentación? ¿Qué quiere Remington Tate de
ella? ¿Y cuál es su terrible secreto?

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Él y ella: el thriller que no podrás dejar
de leer, muy pronto en Netflix en una
serie producida por Jessica Chastain
Feeney, Alice
9788410424166
360

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Si existen dos versiones de una historia, siempre hay alguien


que miente

Cuando una mujer aparece asesinada en Blackdown, una pequeña


ciudad inglesa, la presentadora de la BBC Anna Andrews se
muestra reacia a viajar hasta allí para cubrir la noticia. Anna creció
en Blackdown, pero huyó a los dieciséis años y no miró atrás.

El inspector Jack Harper se hace cargo del caso y sospecha que


Anna podría estar implicada en el crimen, hasta que empieza a
darse cuenta de que él mismo es sospechoso en su propia
investigación de asesinato.

Hay secretos por los que vale la pena matar, y si esta historia tiene
dos versiones, la de él y la de ella, eso significa que alguien miente.
¿Lo descubrirán antes de que sea demasiado tarde y haya más
víctimas?
La novela en la que se basa la serie estrella de Netflix,
protagonizada por Tessa Thompson y Jon Bernthal y producida
por Jessica Chastain

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El retiro
Pearse, Sarah
9788418216565
384
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Vienen a disfrutar de unas vacaciones, pero alguien busca


venganza…

En la isla inglesa de Reaper's Rock se acaba de abrir un retiro de


bienestar que promete descanso y relax a todos sus huéspedes,
pero se rumorea que la isla está maldita y que tiempo atrás fue el
patio de recreo de un asesino en serie.

La detective Elin Warner acude al retiro cuando el cuerpo de una


joven aparece en las rocas bajo el pabellón de yoga en lo que
parece ser una trágica caída. Lo extraño es que la víctima no estaba
alojada en el retiro. Cuando al día siguiente un huésped se ahoga
en un incidente de buceo, Elin empieza a sospechar que no hay
nada accidental en estas muertes. Pero ¿por qué alguien tendría
como objetivo a los huéspedes? ¿Y quién más está en peligro?

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