Unidad IV
Normas Éticas Básicas en la Práctica Profesional
En la unidad pasada dijimos que estrechamente ligados al valor último o
innegociable, para la relacionalidad interpersonal que es típica de la ética
profesional, tres son los principios básicos que tienen una aplicación universal y
que son como la canalización o la vía para que ese valor moral último pueda
ponerse en práctica. Y eran: el principio de beneficencia, el principio de
autonomía y el principio de justicia.
Ahora bien, para que estos principios éticos puedan ponerse en práctica se
necesitan tres condiciones fundamentales:
- la veracidad,
- la confidencialidad y
- la fidelidad a los acuerdos.
Estas tres normas fundamentales son como el “piso o basamento” de este
edificio de la ética profesional configurado a su vez, por los principios, que
sostienen el “techo” que es el perfeccionamiento de la persona humana como
valor moral último. ¿Qué significa esto? Si bien es cierto que para ponerse en
práctica los principios éticos hace falta las normas, de la misma manera, las
normas éticas deben ser comprendidas en relación a los principios éticos.
Por ejemplo: la norma de la veracidad será comprendida de los principios
de autonomía y beneficencia. La norma de fidelidad siempre se la debe
considerar subordinada al principio de beneficencia (no debe conspirar contra
este), además de servir como posibilitador del principio de autonomía.
Hoy vamos a ver la norma de la veracidad y las condiciones del acuerdo
válido.
4.1.- La norma de la veracidad
Es la que obliga a informar la verdad e implica que ésta debe ser siempre la
pauta moral normal a seguir en toda práctica profesional a no ser que de ello se
deriven daños y prejuicios desproporcionados para la persona o la sociedad.
4.1.1 Noción y justificación
Partimos formulando algunas preguntas: ¿Es malo mentir? ¿Es obligatorio
para un profesional decir la verdad? Si lo es, ¿Hasta qué punto el ocultamiento de
la verdad empieza a ser manipulación o no respeto por la autonomía de la
persona? Los casos extremos que en la práctica profesional plantean conflicto
con respecto a la regla de veracidad, son innumerables.
Históricamente:
El decálogo judeo—cristiano prescribe en su octavo mandamiento el deber
de no mentir; prácticamente todas las culturas y civilizaciones han considerado
un valor humano fundamental, el decir la verdad —al menos— a los del propio
grupo.
Pero también es una experiencia ética universal la afirmación de que este
deber no es absoluto, sino que, determinadas circunstancias justifican su
subordinación a otros principios más importantes.
Es decir, el deber ético de cumplir con la norma de veracidad no consiste en
decir la verdad absoluta de afirmar en un determinado tiempo y lugar. La
obligación de comunicar la verdad debe cumplirse cuando esta no entre en
conflicto con el deber profesional de respetar los principios básicos que, en este
caso serían el de autonomía y beneficencia.
Entre los filósofos griegos, Platón defendía que la falsedad tenía que ser un
instrumento de los médicos para beneficiar a sus pacientes —en caso de
necesidad— al igual que los medicamentos, para curar las enfermedades.
En ese mismo sentido, justificaba que las leyes autorizaran al estado la
posibilidad de mentir a los ciudadanos, siempre que fuera en el beneficio de
ellos. La norma de veracidad para Platón estaba subordinada al principio de
beneficencia. Y éste se derivaba, a su vez, del mundo perfecto de "las ideas" sólo
perceptible por los hombres libres.
Para revisar el tratamiento del tema de la veracidad en los autores
contemporáneos es interesante retomar la sistematización que hacen
BEAUCHAMP y CHILDRESS. Según ellos habrían dos definiciones diferentes
del concepto de mentira que, a su vez, implicarían dos nociones correspondientes
de la regla de veracidad.
Según el primer concepto, mentira sería una disconformidad entre lo que se
dice y lo que se piensa con la mente, pero con una intención consciente de
engañar a otro. Por consecuencia, la regla de veracidad consistiría en el deber de
decir activamente lo verdadero.
El segundo concepto de mentira, según los autores antes citados, sería el
acto de ocultar la verdad que otra persona tiene legítimo derecho a saber. Si
definimos la mentira como "negación de la verdad que se debe a una persona", la
regla de veracidad se transgredería por la omisión de la información merecida.
Coincidiendo con el planteo anterior, el deber de veracidad se deriva del de
fidelidad a los acuerdos o —dicho en otras palabras— del de no romper las
promesas hechas. Cuando se entabla la relación profesional—persona se
establece un acuerdo implícito de que la comunicación se basará sobre la verdad
y no sobre la mentira.
De hecho, la actuación del hombre en la sociedad está basada en esa
implícita aceptación de la verdad como punto de partida a cualquier tipo de
interrelación.
La fundamentación ética de la norma de veracidad está en el Principio de
Respeto por la Autonomía de las personas. No defender el derecho de las
personas a tomar decisiones sobre sus vidas, sería violar su derecho a la
autonomía. Y las personas no pueden tomar decisiones sobre sí mismas si no
reciben la información veraz para hacerlo.
Todos los argumentos anteriores en relación a los conceptos de verdad y
mentira, así como las justificaciones hechas del deber de decir la verdad, están
fundamentados en argumentos de tipo deontológico. Sin embargo, basándose en
una argumentación consecuencialista, también los utilitaristas defienden la regla
de veracidad.
Ellos postulan que, de aceptarse la mentira, se resquebrajaría la relación de
confianza que debe existir entre el profesional y la persona, dificultándose así, la
misma relación contractual. Los utilitaristas dirían que un mundo basado en la
mentira sería un mundo peor que el basado en la verdad. De ahí que consideren
que la veracidad es una norma más útil para la convivencia social que la
contraria.
La regla de veracidad sería claramente inmoral en los casos en que se quiera
engañar a la persona para hacerle daño o explotarla; pero en aquellas situaciones
en que el engaño es imprescindible para lograr beneficiar o no perjudicar a la
persona, la calificación de inmoral a dicha conducta se hace más difícil.
En esas circunstancias parece justificable decir, que la regla de veracidad
debe quedar subordinada al principio de no perjudicar a los demás. El ejemplo
clásico en ese sentido, es el del asesino que persigue a la víctima a la que piensa
matar y pregunta dónde está su paradero. Si supiésemos dónde está la víctima, la
veracidad nos obligaría a decirle al asesino la información que necesita para sus
perversos propósitos. Si le mintiésemos, transgrederíamos la norma, pero
respetaríamos el deber de toda persona, de defender la Autonomía de los demás,
que incluye también la defensa de la vida y de la integridad.
Teniendo en cuenta este ejemplo podemos decir, que el deber de decir la
verdad es una obligación ineludible. Es decir, debe cumplirse siempre que no
entre en conflicto con el deber profesional de respetar un principio de superior
entidad que, en este caso, es el de Autonomía y el de Beneficencia.
La justificación
Cada persona, en la medida que es centro de decisiones, tiene derecho a
autodisponer de sí en aquella esfera que le compete. El respeto de la autonomía
de las personas se posibilita por el cumplimiento de la regla de veracidad y se
instrumenta por el consentimiento. Cuando la veracidad es base de la relación
profesional—persona y el derecho a la Autonomía se reconoce como ineludible,
entonces es posible que se dé un auténtico acuerdo entre iguales que debe
ponerse en práctica por el consentimiento válido. Este puede definirse como el
acto por el cual una persona decide que acontezca algo que le compete a sí
misma pero causado por otros.
Se ha fundamentado la obligación de requerir al paciente el consentimiento,
con tres tipos fundamentales de argumentaciones:
La justificación jurídica sería la que ve en el consentimiento un ins trumento
para preservar a los ciudadanos, de todo posible abuso. Es la argumentación que
utiliza el legislador cuando establece en la ley, que una determinada acción
profesional tenga la expresa y escrita autorización de la persona implicada,
especialmente la indefensa. De esa manera intenta protegerla de la arbitrariedad
de otros individuos o instituciones. Este tipo de justificación es más bien
extrínseca a la persona, puesto que no se basa en el reconocimiento de su derecho
a tomar decisiones adecuadamente informadas, sino, fundamentalmente, en la
responsabilidad de los gobernantes, de dar protección al débil y cuidar del bien
común.
La justificación ética-deontológica sería la que cree que cl consentimiento
es condición para el ejercicio de la autonomía personal; y por lo tanto que,
independiente de que exista o no una ley que lo reconozca, es deber de todo
profesional el facilitar que la persona dé su con sentimiento explícito a cada uno
de los servicios que se le ofrecen.
Una tercera justificación, de tipo utilitarista, es la que ve en el
consentimiento una ventaja para la convivencia social, ya que aumentaría la
confianza mutua, incentivaría la autoconciencia de las personas y la
responsabilidad por el bien común.
Sea por la razón que fuere, la mayoría de los autores están de acuerdo en
que el consentimiento debe ser dado antes de que un profesional emprenda
cualquier acción que pueda afectar a sus clientes. El Consentimiento de la
persona adquiere muy diversas formas según sea el tipo de relación ética que se
entable. En el campo de las prácticas profesionales, no todas permiten el tipo
"perfecto" de consentimiento, que sería el que queda registrado por escrito. No es
el momento aquí de ver cómo se aplica este instrumento ético a cada práctica
profesional, sino que nos interesa poner de relevancia su importancia
fundamental en la relación profesional-persona, independientemente de sus
diversas formas de aplicación.
4.1.2 Las condiciones del acuerdo valido
Las condiciones básicas que debe tener todo consentimiento para ser
considerado válido es: 1º que lo haga una persona generalmente competente para
decidir; 2º ser informado y 3º ser voluntario, es decir, no tener ningún tipo de
coacción exterior.
4.1.2.1 Primera condición: Competencia
La primera condición para que un consentimiento sea válido es que emane
de una persona competente.
En general se ha definido la competencia, como la capacidad de un paciente
de entender una conducta que se te presenta, sus causas y sus consecuencias, y
poder decidir según ese conocimiento. Más exactamente, se la ha definido como
la capacidad funcional de una persona de tomar decisiones adecuada y
apropiadamente en su medio sociocultural, para alcanzar las necesidades
personales que, a su vez, estén de acuerdo con las expectativas y requerimientos
sociales.
En ese sentido una persona sería plenamente competente cuando es capaz
de ejercitar tres potencialidades psíquicas propias del ser humano "normal": la
racionalidad, la intencionalidad (o capacidad de orientarse a la búsqueda de
valores personales y sociales) y la voluntariedad (o posibilidad de actuar sin
coerción).
La competencia progresivamente mayor de un individuo para el
consentimiento válido puede evaluarse de acuerdo con las siguientes capacidades
o niveles cognitivos:
1. Capacidad de integración mínima del psiquismo. La forma que se suele
comprobar es planteándole dificultades al paciente para que éste las resuelva: l)
que se oriente en tiempo y espacio. 2) que interprete algunos proverbios o dichos
populares, 3) que cuente de 100 hasta 0 sustrayendo 5. Lo que se trata de
observar es si la persona se muestra capaz de incorporar psíquicamente los
elementos informativos necesarios para todo Consentimiento Válido, si es capaz
de internalizar valores y objetivos a lograr.
2. Capacidad para razonar correctamente a partir de premisas dadas. Se trata
de ver si tiene capacidad de manipular de forma coherente los datos informativos
que se le proporcionan, desencadenando un proceso de razonamiento correcto
para la decisión. De forma particular es necesario averiguar si es capaz de
entender cuáles son los beneficios, los riesgos, o las alternativas de tratamiento
que se le proponen.
3. Capacidad de elegir resultados, valores u objetivos razonables. Para
valorar si el fruto del discernimiento es racional se compara aquello que la
persona eligió con lo que cualquier persona razonable —en la misma situación—
habría escogido. El test se centra en el contenido razonable del resultado del
discernimiento, no en el proceso, como en el nivel anterior.
4. Capacidad de aplicar su aptitud racional a una situación real y de
comunicar su decisión. Según este criterio, la competencia está basada en la
capacidad de comprensión de su situación real y en su predisposición a actuar de
acuerdo con esa comprensión. Se intenta ver si el sujeto hace uso correcto de su
capacidad —general— de decisión en su situación vital concreta. Hay casos, sin
embargo, en que el individuo sólo puede comunicar su decisión, asintiendo o
negando algo que se le plantea porque no puede usar el lenguaje verbal. Eso
no quiere decir - de por sí— que no pueda razonar escogiendo aquellos
medios apropiados para los fines que busca.
4.1.2.2 Segunda condición: Información suficiente y adecuada
La segunda condición para que un determinado consentimiento sea válido
es que la persona haya recibido la suficiente y adecuada información.
A. Una información suficiente —en el caso de la asistencia psicológica o
psiquiátrica— es aquel conjunto de datos merecidos por el paciente que se
refieren —al menos— a:
1. la capacitación y formación del profesional, sus estudios previos, etc.
2. el tipo de ayuda que puede recibir de él: sus metas y objetivos.
3. los asuntos relacionados con la confidencialidad y sus excepciones.
4. la forma en que serán registrados sus datos y si podrá o no tener acceso a
ellos.
Si bien no todas las personas y los momentos admitirían un consentimiento
válido escrito, sería muy recomendable que se hiciera de esa manera. Las
ventajas de hacer un consentimiento válido escrito, no son únicamente de tipo
ético. Si se lo sabe utilizar, serviría de material como para evaluar cl camino
recorrido, los avances o estancamientos, los éxitos y retrocesos.
B. No basta con una suficiente información. Es necesario saber ade más, si
es "adecuada", es decir, apta para ser comprendida en "esta" ocasión. Podría ser
que una persona tuviera la competencia general de tomar decisiones pero que, en
"este caso", sufriera múltiples alteraciones que te imposibilitaran recibir la
información proporcionada. Pese a tener la competencia general neurológica—
psíquica para comprender de forma permanente o transitoria las informaciones
recibidas en un caso dado, aspectos del lenguaje, de categorías simbólicas, de
connotaciones sociales, opciones morales, políticas o religiosas, etc. podrían estar
condicionando su subjetividad, y causando que su competencia esté
temporalmente "bloqueada".
4.1.2.3 Tercera condición: Voluntariedad
Una tercera condición para que el consentimiento sea válido es la
voluntariedad o no coerción. Esto quiere decir, que una persona puede ser
competente en general, puede comprender la suficiente y adecuada información
que se le proporciona, pero no se encuentra libre para tomar la decisión
específica que se le pide. Ser libre para tomar una decisión, no sólo tiene que ver
con ausencia de coerción exterior. También problemas de inmadurez afectiva,
miedos particulares, angustias circunstanciales, experiencias de engaño previo,
debilitamiento de la confianza en sí mismo, etc. Son algunas de las tantas causas
para que una decisión concreta, no pueda hacerse voluntariamente y se vea
seriamente afectada la validez de un acuerdo. De más está decir, que la presión
psicológica que ejerce el profesional en su posición de "poder", puede ser una
causa más, para que la voluntad de la persona se vea afectada en su libertad.
El tema del Consentimiento válido es la pieza de diamante en la relación
profesional-persona. Es al mismo tiempo, la forma práctica de instrumentar la
regla de veracidad y el principio de autonomía. Sus condicio nes y sus exigencias
están, en cierta manera, delineadas desde el punto de vista ético, tal como lo
acabamos de hacer.
La regla de veracidad y su instrumentación práctica: la decisión informada
o el consentimiento válido desplazan la decisión —que en otras circunstancias
estaría en manos del profesional—, a su verdadero lugar: la propia persona. Sin
embargo, los puntos antes aludidos nos llevan a pensar que la implementación
del consentimiento es mucho más complejo de lo que a primera vista parece. Se
intrincan aspectos jurídicos, psico—afectivos y culturales, junto con las opciones
éticas.
La norma de la confidencialidad
La noción de "confidencialidad" se relaciona con conceptos tales como:
confidencia, confesión, confianza, respeto, seguridad, intimidad y privacidad. En
un sentido amplio, la norma ética de confidencialidad implica la protec ción de
toda información considerada secreta, comunicada entre personas. En un sentido
estricto, sería el derecho que tiene cada persona de controlar la información
referente a sí misma, cuando la comunica bajo la promesa —implícita o explícita
— de que será mantenida en secreto.
a.- la norma de la confidencialidad o del secreto: es el secreto profesional o
sigilo que no es primariamente un deber del profesional sino un derecho de la
persona a disponer y a decidir sobre toda aquella información que le compete a
ella misma. Es la persona la única que puede autorizar que sus datos sean
revelados. (En casos excepcionales, se rompe: cuando la conservación del secreto
lleva a que se viole el principio de beneficencia que toda persona tiene con
respecto a los prójimos). En el caso del secreto de confesión o el sigilo que debe
guardad el sacerdote cuando una persona se ha confesado, el derecho canónico es
claro en ese sentido, pues se tiene en cuenta 3N: nunca nada a nadie.
Surgen una serie de interrogantes ante esta norma ética: ¿es la confiden
cialidad un deber absoluto? Si no lo fuera ¿en qué caso se puede romper y en
favor de quién? ¿Quién es cl dueño de la información? ¿Quién puede utili zarla?
Del estudio de la evolución histórica de la regla de la confidencialidad
puede observarse que: 1º hay una trayectoria continua en la práctica de las
profesiones en defensa de que toda persona tiene derecho a que se guarde como
secreto, cualquier información que ella haya confiado al profesional, en el
transcurso de la relación; y 2º los códigos de ética más modernos son explícitos
en afirmar que este deber no es absoluto. Así, por ejemplo, el código de los
psicólogos norteamericanos afirma que la información recibida
confidencialmente no se comunica "a menos que...'. Esta última aclaración indica
que no se afirma el deber del secreto en cualquier circunstancia y con cualquier
motivo.
Hay múltiples ocasiones que podrían llevar al profesional a preguntarse si
no está ante una de esas excepciones. Por ejemplo, ¿qué pasaría si una persona te
revela en condición de secreto que tiene intenciones de asesinar a otra persona a
la que considera ofensora? ¿o que ha planeado suicidarse? ¿Qué hacer ante un
paciente que ha decidido casarse, pero se niega terminantemente informar a su
novia que tiene una decidida e irreversible tendencia homosexual? ¿qué debe
hacer si uno de los miembros de la pareja tiene sida, pero se niega a revelar ese
dato a su pareja que está sana—?
Podríamos decir que hay dos situaciones principales en que entran en
oposición los derechos de las personas y los deberes de los profesionales a
propósito del secreto. En la primera, el profesional puede verse obligado a
divulgar una confidencia, en contra de la voluntad de la persona. En la segunda,
sería la misma persona la que solicita al profesional que divulgue una
información.
1º En contra de la voluntad del interesado. Las circunstancias, que mere
cerían evaluarse una por una para ver si se justifica en esos casos la ruptura del
secreto, son las siguientes: 1. Cuando hay peligro para la vida de la misma
persona (posible intento de suicidio) 2. Cuando hay seria amenaza para la vida de
otros (amenaza de homicidio, etc.) 3. Cuando hay grave amenaza para la
dignidad de los terceros indefensos o inocentes (maltrato de niños, violaciones
sexuales, explotación económica o maltrato físico de ancianos, etc.) 4. Cuando
hay amenaza dc gravísimos daños o perjuicios materiales contra la sociedad
entera o contra individuos particulares (ej. la destrucción dc una obra de arte, de
una biblioteca. etc.)
2º De acuerdo con la voluntad de la persona. En este caso el secreto podría
romperse cada vez que persona solicita al profesional que, algunos de los datos
que éste dispone sean revelados. La decisión de la persona de revelar un secreto
que él mismo ha confiado, en general, debe respetarse.
La regla de la confidencialidad puede tener una doble justificación, según
se apliquen las teorías deontológicas o utilitaristas:
En un sentido utilitario podría afirmarse que esta regla provee los medios
para facilitar el control y proteger las comunicaciones dc cualquier información
sensible de las personas. Su valor sería instrumental en la medida que contribuye
a lograr las metas deseadas, tanto por el profesional como por la persona misma,
y en la medida que es el mejor medio para lograr esos propósitos. El
razonamiento utilitarista considera que esta norma podría ser usada para buenos o
malos propósitos, Si es usada con un buen fin, merecería ser mantenida; si es al
contrario, habría que quebrantarla. Serían los resultados favorables, obtenibles
con el mantenimiento de esta regla, los que justificarían que se respete la
confidencialidad. Así, mantener la confianza entre el profesional y persona por
medio de la norma ética del secreto, es un buen resultado que merece buscarse
porque es un medio imprescindible para llegar a la curación.
Por su parte, la argumentación de tipo deontológica sostiene que, aunque la
confidencialidad favorece la intimidad interpersonal, el respeto, el amor, la
amistad y la confianza, su valor no proviene de que esta norma permita alcanzar
dichas buenas consecuencias. Al contrario, el derecho al secreto es considerado
por la tradición deontológica como una condición derivada directamente del
derecho de las personas a tomar las decisiones que les competen. De ahí que se
funde sobre el mismo estatuto de ser personas concientes y autónomas y sea un
derecho humano básico. Esta postura sostiene que la relación profesional-persona
implica —por sus mismas características— un acuerdo implícito de secreto que,
si se rompe, es inmoral. En ese sentido, la confidencialidad se derivaría del
principio de respeto a la autonomía personal afirmado en el acuerdo implícito que
se establece al iniciar la relación psicológica. No existiría autonomía si la persona
no es libre de reservar el área de intimidad o privacidad que desee.
Pero, sea desde una perspectiva utilitarista, o deontológica, ambas posturas
coinciden que la confidencialidad debe ser defendida como imperativo ético
ineludible, en toda relación persona—profesional. Discrepan, en cambio, en cual
es el grado de respeto que merece dicha norma.
Por nuestra parte, consideramos que el deber de guardar los secretos
confiados no es una obligación absoluta, como lo afirma el Código de ética de la
Asociación Médica Mundial. Al contrario, al igual que otros autores, pensamos
que es un deber en “principio”. Por consiguiente, es obligatorio cumplirlo hasta
tanto no atente contra bienes mayores, expresados por la trilogía de principios
éticos que hemos desarrollado en el capítulo anterior. En "Principio" quiere decir
que, para plantear la necesidad de una violación a tal derecho al secreto, hay que
justificarlo razonablemente, En cambio, la obligación de guardar la
confidencialidad, en general, no requiere argumentación para cada caso.
CLICK Quienes sostenemos que la confidencialidad no es un deber
absoluto, consideramos que hay situaciones en que cl profesional tiene, no sólo el
derecho, sino el deber de romper el secreto. Esas excepciones, serían:
1. Si la información confidencial permite prever fehacientemente que la
persona llevará a cabo una conducta que entra en conflicto con sus
mismos derechos de ser persona humana (ej. el intento irracional de
suicidio).
2. Si el dato que se quiere ocultar de forma categórica atenta contra los
derechos de una tercera persona inocente. Por ejemplo: un individuo
que se quiere casar pero es impotente, decididamente homosexual,
castrado, o tiene una enfermedad grave genéticamente transmisible, y se
niega terminantemente a informar de esos hechos, a los posibles
afectados. También sería el caso dc una persona que intenta continuar
con sus conductas de maltrato o abuso sexual a menores o a ancianos; o
tortura a detenidos.
3. En el caso de que se atente contra los derechos o intereses de la sociedad
en general. Así, por ejemplo, cuando hayan enfermedades transmisibles,
o que ponen en riesgo la vida de terceros. Por ejemplo: un conductor de
colectivo con antecedentes de infarto o crisis repentinas de pánico.
En suma, cuando está en juego la vida de la misma persona o la de otras
personas, o existe riesgo de que se provoquen gravísimos daños a la sociedad o a
otros individuos concretos, esta norma queda subordinada al principio dc
Beneficencia que incluye velar, no solo por la integridad de la vida de cada
persona, sino también por el bien común.
Pero, teniendo en cuenta todas las excepciones que acabamos de señalar,
¿Cómo proteger el derecho a la confidencialidad “en principio" que tiene todo
paciente?
En primer término, por medio de la virtud de la honestidad, de quienes son
protectores de la información. Si el profesional no ha interiorizado en sí mis mo
este deber y no lo han convertido en virtud, de nada sirve saber cual es el derecho
de la persona.
En segundo término, el derecho a la confidencialidad puede ser amparado
por la protección legal, ya sea a través de leyes específicas al respecto, o del
reconocimiento general del privilegio profesional con respecto al secreto. De
nuevo hemos de decir, que una legislación puede ayudar a proteger este derecho
pero, en última instancia, resulta completamente ineficaz si los profesionales no
hacen del secreto una "forma permanente de ser y de actuar"; es decir, si no se
vuelven a sí mismos "confidenciales", convirtiendo la norma dc confidencialidad,
en la virtud correspondiente.
3. La regla dc Fidelidad a las promesas hechas
c.- la norma de fidelidad: es la que obliga al profesional a cumplir los
acuerdos consentidos entre él y la persona. la fidelidad al acuerdo es una forma
de la fidelidad a las promesas. Tiene que haber un motivo justificado y
éticamente lícito para que un profesional pueda decirle a una persona que ya no
la quiere atender más.
De nuevo es la profesión médica la que nos permite rastrear los
antecedentes históricos más antiguos sobre este tema. Desde muy pronto la
medicina ha formulado el deber de guardar la fidelidad a las promesas y ha
considerado como alto "honor' de sus miembros, el conservarla intacta.
La fórmula del Juramento Hipocrático traducida a un lenguaje secular,
incluye los tres elementos que componen una verdadera promesa, tal como
veremos enseguida. En primer lugar, el objetivo del juramento es hacer todo lo
posible por el bien de los enfermos. La frase más explícita en ese sentido es la
que dice “En cuantas casas entrare, lo haré para bien de los enfermos,
apartándome de toda injusticia voluntaria y de toda corrupción. En segundo
lugar, el juramento hipocrático está hecho delante de testigos: "juro por Apolo...y
todos los dioses y diosas”. En tercer lugar establece que el médico está dispuesto
a reparar los posibles daños que se deriven de no cumplir la promesa que se jura
solemnemente: "Juro.., cumplir fielmente según mi leal saber y entender, este
juramento y compromiso". Y más abajo concluye: “Si este juramento cumpliere
íntegro, viva yo feliz y recoja los frutos de mi arte y sea honrado por todos los
hombres y por la más remota posteridad. Pero si soy transgresor y desleal, que
me sobrevenga lo contrario".
No podemos aludir aquí a cómo esta tradición de fidelidad a las prome sas o
a los acuerdos ha ido cobrando diferentes expresiones a lo largo de la historia y
se ha ido integrando también a los códigos de Ética profesional, especialmente en
estos últimos dos siglos. Basta afirmar que, en general, dichos textos dan por
supuesto que cuando se entabla una relación profesional, tanto el psicólogo como
el cliente aceptan iniciar un acuerdo en base a dos condiciones minimas: el
profesional promete brindar determinados servicios y el cliente recibirlos, con tal
de que el cliente cumpla con determinadas instrucciones y el profesional con
determinadas conductas técnicas y éticas.
No es frecuente que los códigos se refieran a la norma de fidelidad a los
acuerdos, denominándola explícitamente así. En cambio es normal que acepten
que es un derecho del cliente elegir al profesional; y que es derecho de éste, no
aceptar la relación. Pero cuando ambos deciden iniciarla, se entabla un acuerdo
sobre la base de las expectativas previamente conocidas o formuladas en el
momento. Por lo tanto, los códigos conceden que hay una promesa implí cita de
cumplir ese acuerdo, y ningún texto deontológico profesional admitiría que se lo
quebrantara de forma arbitraria, sin motivos éticamente lícitos.
Por promesa puede entenderse el compromiso que uno asume de realizar u
omitir algún acto en relación con otra persona. Por fidelidad (o lealtad) se puede
entender, al mismo tiempo, una virtud y una norma. Aquí nos referire mos a la
fidelidad como la obligación que genera en una persona, el haber hecho una
promesa o haber aceptado un acuerdo,
A veces se confunde "promesa" con "propósito". Este último implica la
voluntad de tener un determinado comportamiento, sin que por ello se genere una
obligación en quien lo enuncia. De esa manera, el que no cumple un propósito
puede ser calificado como inconstante, pero no necesariamente es desleal o infiel.
En cambio, el que no cumple una promesa es culpable de perjudicar al otro por
todas las decisiones que lo hace tomar a partir de la promesa.
Autores que se ubican en posturas éticas muy antagónicas, como el
utilitarismo y el deontologismo, coinciden en afirmar que la norma de fidelidad a
las promesas es básica en la relación profesional—persona, aunque argumenten
sobre bases muy diferentes entre sí.
Los utilitaristas la defienden, porque estiman que la fidelidad a las
promesas es lo que garantiza el mayor bien para el mayor número. Para ellos, la
ruptura de los acuerdos sería catastrófico en la mayoría de las circunstancias
humanas. De ahí que, mantener esta norma es mucho más "útil" para los
utilitaristas, que lo contrario.
Desde una perspectiva deontológica, mientras algunos ven en la fidelidad a
las promesas el principio ético básico y fundamental a partir del cual todos los
demás principios morales se derivarían, "otros piensan que la obligación de
fidelidad es una forma de expresar el imperativo de respetar el Principio de
autonomía. Pero ambos consideran que es esencial el deber ético de cumplir las
promesas como parte de la estructura fundamental de la ética.
Podría decirse que hay dos tipos de promesas que, por su misma
característica, generan obligatoriedades distintas: la solemne y la ordinaria.
Promesa solemne sería la que cumple estas condiciones: l. En el momento
de proclamarla el que la hace declara contraer el deber de reparación en caso de
no cumplirla; esto es, la aceptación por adelantado de una pena proporcionada
para resarcir el daño provocado. 2. que haya "solemnidad", es decir que se haga
en presencia de testigos o con la firma de un documento escrito. 3. que se haga
un juramento ratificador de la promesa. El ejemplo típico de esta promesa
solemne, es el Juramento Hipocrático; o el que suele hacer un testigo antes de dar
su testimonio ante el Juez o un tribunal de Justicia.
La promesa ordinaria en cambio, no tiene solemnidad ante testigos, ni
juramento ratificador. Y tampoco explicita cuál es la pena específica de
reparación en caso de no incumplimiento. Este sería el caso de la mayoría de los
acuerdos que se entablan entre los profesionales y sus clientes.
En resumen, el edificio de la ética profesional estaría conformado por un
valor ético último, tres principios fundamentales y tres normas éticas. Los
principios o columnas de este edificio serian: el respeto a la autonomía, el deber
de beneficencia y el de justicia. Las normas, cimientos serían las de
confidencialidad, veracidad y fidelidad. Y como techo culminante de todo este
edificio sostenido por las columnas, podríamos poner el objetivo fundamental de
la relación profesional-persona, que es la humanización o el perfeccionamiento
de la persona humana (el valor ético fundamental).
Así, de nada sirve saber que es imperativo respetar la autonomía si el
profesional no interioriza esa norma como algo intrínseco y permanente a su
manera de estar en el mundo.
De nada sirve saber que es un deber informar la verdad a la persona si el
profesional no se vuelve él mismo un ser veraz.
De nada sirve afirmar que es imperativo la igual consideración y respeto si
el profesional no se vuelve a si mismo justo.