Daniel 9:1-19
Y ahora llegamos al capítulo 9 de este libro de Daniel.
Conocidos expositores Bíblicos han declarado que era "el
principal capítulo del libro y uno de los grandes capítulos de la
Biblia". El capítulo presenta un tema doble: oración y profecía.
Si uno fuera a elegir los diez capítulos más importantes de la
Biblia en el tema de la oración, este capítulo estaría incluido
en cualquier lista. Y si se eligieron los diez más importantes
en profecía, este capítulo nuevamente sería incluido en
cualquier lista. Los primeros 21 versículos nos presentan la
oración de Daniel, y los 6 versículos finales contienen la muy
importante profecía de las Setenta Semanas. En primer lugar,
tenemos la oración de Daniel en los primeros 21 versículos.
Tenemos luego, la profecía de las Setenta Semanas en cuanto
al pueblo de Daniel, que es por supuesto Israel. Eso lo
tenemos en los versículos 22 al 27, de este capítulo 9 de
Daniel. En primer lugar consideraremos:
La oración de Daniel
La oración de Daniel en este capítulo es en realidad la
culminación de una vida de oración. Al comienzo del libro
Daniel pidió una reunión de oración para conocer el sueño de
Nabucodonosor, y continuó siendo un hombre de oración toda
su vida registrada en este libro. La oración de este capítulo
nos da el modelo de su vida de oración y nos familiariza con
las condiciones de la oración. Aquí están algunos de los
elementos básicos de la receta de la oración.
En primer lugar, el profeta tenía una planificación decidida. La
oración en la vida de Daniel no era un asunto desordenado. Él
escribió en el versículo 3 de este primer capítulo: "Volví mi
rostro a Dios, el Señor, buscándole en oración y ruego, en
ayuno, ropas ásperas y ceniza". La oración no era
simplemente una repetición de palabras vacías, o un conjunto
de frases hermosas con una gramática florida y expresiones
elocuentes. El Señor Jesús dijo en Mateo 6:7, "7Y al orar no
uséis vanas repeticiones, como los gentiles, (es decir, los
paganos) que piensan que por su palabrería serán oídos". Esa
manera de dirigirse a Dios no constituye una verdadera
oración.
En segundo lugar, su oración fue como un acto penoso,
doloroso. Fue un período de ayuno, de vestirse de luto y
sentado sobre cenizas. Daniel no lo hizo como un gesto
exterior sino para revelar la sinceridad de su corazón. En la
actualidad, uno no ve muchas reuniones de oración con esta
actitud interior y espiritual.
En tercer lugar él se dirigió al Señor de manera clara, franca y
sencilla y expresó con sinceridad su confesión. Él se dirigía
directamente al grano en sus peticiones a Dios. Necesitamos
este tipo de oraciones, en vez de algunas oraciones largas
que escuchamos y que, en muchas ocasiones, en realidad no
dicen mucho. Al expresarnos ante Dios, debemos adoptar el
ejemplo de Daniel en el carácter directo, en la sinceridad y en
el ser concretos, específicos.
En cuarto lugar, la oración de Daniel fue una petición
poderosa. El profeta recibió una respuesta mientras se
encontraba hablando y orando. El ángel Gabriel se le apareció
para darle alguna explicación. Este hombre recibió respuestas
a sus oraciones. Como dijo el apóstol Juan en su primera
epístola capítulo 5, versículo 14, "Esta es la confianza que
tenemos en él, que si pedimos alguna cosa de acuerdo con su
voluntad. Él nos oye".
En quinto lugar, su oración fue privada y personal. Daniel no
convocó a ninguna reunión de oración pública; oró en privado.
La suya fue una oración que habrá durado unos tres minutos.
Nuestro Señor oró con frecuencia en privado. Su oración
registrada en el capítulo 17 de Juan también duró unos tres
minutos. Hay muchas personas que participan en reuniones
públicas de oración, y ello es indispensable en el
funcionamiento de una iglesia. Pero necesitamos pasar más
tiempo en oración privada.
En sexto y último lugar la oración debe lograr una penetración
plena en la presencia de Dios. La oración es la lo única fuerza
que ha penetrado con éxito la esfera espacial dirigiéndose al
trono de Dios. Sir Isaac Newton dijo que él podía tomar un
telescopio y ver las estrellas más cercanas, pero que podía
dejar el microscopio, ponerse de rodillas y penetrar en el cielo
hasta el mismo trono de Dios.
Para Daniel la oración era un verdadero ejercicio del alma
llevado a cabo como un trabajo espiritual arduo e intenso.
Requiere esfuerzo, resistencia e incluso sufrimiento del alma.
Ahora, comenzando con los versículos 1 y 2, tenemos las
circunstancias que rodearon a esta oración de Daniel. Y en el
primer versículo leemos:
"En el primer año de Darío hijo de Asuero, de la nación de los
medos, que vino a ser rey sobre el reino de los caldeos"
Aquí se señaló al "primer año de Darío. . . de la nación de los
medos". Aquí surgen dos preguntas significativas: ¿Quién era
Darío? y, ¿cuál era la fecha? Darío el medo podría ser
identificado con Ciaxares II de la historia secular (Daniel 5:31).
"Darío" es más un título oficial, como rey, zar o emperador,
que un nombre real. Ahora, ha habido algún desacuerdo en lo
concerniente a la fecha exacta. Newel cree que fue el año 538
A.C. Culber lo sitúa en el año 536 A.C. Creemos que
cualquiera de esas fechas encaja con el contexto y los
antecedentes. Este hombre conquistó Babilonia en el año 538
A.C. Continuemos leyendo el versículo 2 de este noveno
capítulo de Daniel:
"En el primer año de su reinado, yo, Daniel, miré atentamente
en los libros el número de los años de que habló el Señor al
profeta Jeremías, en los que habían de cumplirse las
desolaciones de Jerusalén: setenta años."
Este era, pues, el primer año de Darío. Daniel había entonces
visto un nuevo imperio mundial tomando forma, y se estaba
preguntando en cuanto al futuro de su propio pueblo. Así que
Daniel se puso a estudiar la Palabra de Dios. Leyó el libro del
profeta Jeremías, que había dicho que Israel estaría en el
cautiverio por setenta años. En este capítulo la fecha era
alrededor del año 537 A.C. Daniel tendría unos 85 o 90 años
de edad. Él había sido hecho prisionero cuando tenía 17 años,
lo cual quiere decir que el período de setenta años de
cautiverio estaba llegando a su fin. Era la hora de que aquel
pueblo tuviera la oportunidad de regresar a su propia tierra.
Daniel estaba preocupado por su pueblo. Creemos que estaba
afectado por el cuerno pequeño del cual leímos en el capítulo
8, Antíoco Epífanes, el rey Sirio de la dinastía Seléucida. Él
maltrataría al pueblo de Daniel y profanaría el templo. Y todo
ello le había causado una gran preocupación.
Deberíamos tomar nota de que el factor determinante que
impulsó a orar a Daniel fue su estudio de la Palabra de Dios.
La Palabra revela la voluntad de Dios. Un estudio de la Palabra
de Dios seguido de oración, es la fórmula para determinar la
voluntad de Dios. Estas son las promesas que Daniel leyó y
que aparecen en Jeremías 25:11, "Toda esta tierra será
convertida en ruinas y en espanto; y servirán estas naciones
al rey de Babilonia durante setenta años". Y también en
Jeremías 29:10 debió leer: "10Porque así dijo el Señor: Cuando
en Babilonia se cumplan los setenta años, yo os visitaré y
despertaré sobre vosotros mi buena palabra, para haceros
volver a este lugar."
Recordemos que Daniel había estado estudiando la profecía
de Jeremías sobre los setenta años. Ahora, cuando el ángel
Gabriel utilizó la expresión "setenta semanas" (usada en el
versículo 24), él estaba extendiendo el tiempo de 70 años. Y
las setenta semanas cubrirían todo el tiempo de la nación de
Israel en esta época de prueba antes que el reino fuera
establecido sobre la tierra.
Simplemente el leer la oración de Daniel revela cuán diferente
era la oración en sus días, a lo que es en la actualidad.
Observemos primero las condiciones. Leamos los versículos 3
y 4 de Daniel 9:
"Volví mi rostro a Dios, el Señor, buscándolo en oración y
ruego, en ayuno, ropas ásperas y ceniza. Oré al Señor, mi
Dios, e hice confesión diciendo: Ahora, Señor, Dios grande,
digno de ser temido, que guardas el pacto y la misericordia
con los que te aman y guardan tus mandamientos"
Aquí hay una frase clave, cuando dice que Daniel se dirigió a
Dios "buscándolo en oración y ruego, en ayuno". Sabemos
que el Señor Jesucristo ayunó, pero el ayuno nunca se le ha
dado al pueblo de Dios como un servicio. Era algo que uno
podía hacer más allá de lo requerido. Se ha mencionado que
en la iglesia cristiana primitiva había muchos que ayunaban.
Pablo escribió a los cristianos de Corinto en 2 Corintios 11:27,
"En trabajo y fatiga, en muchos desvelos, en hambre y sed, en
muchos ayunos, en frío y desnudez".
Daniel demostró una persistencia decidida en la oración.
Incluso el patriarca Jacob, en su oración clamó diciendo: "No
te dejaré si no me bendices". (Génesis 32:26).
La oración de Daniel fue muy personal. Le concernía a él y a
su pueblo, lo cual era evidente por el uso repetido del
pronombre en primera persona, al decir "yo", "nosotros", y
"nuestro". Estos pronombres aparecen 41 veces en esta
oración. Recordemos que en su momento destacamos, en el
capítulo 4, que Nabucodonosor utilizaba este mismo
pronombre una y otra vez. ¿Cuál era la diferencia? Para
Nabucodonosor era una señal de orgullo, una señal de
envanecimiento. El contraste con el uso que Daniel hizo del
pronombre personal fue notable. Denota humildad, confesión,
turbación y vergüenza, en contraste con el orgullo y la
adulación propia de Nabucodonosor.
Daniel se encontraba con su rostro ante Dios. Él reconocía los
atributos de Dios. En primer lugar vimos que se apoyaba en
su relación personal con Dios. Le llamó "Mi Dios", apelando a
Dios de una forma muy personal. Antes de hacer una
confesión, concentró sus pensamientos en la grandeza de
Dios. Al decir "digno de ser temido" quiso decir que era un
Dios digno de reverencia. Uno no puede jugar con Dios, es
decir, tratarle con poca seriedad.
Daniel reconoció que Dios cumplía su pacto de misericordia
con los que le amaban y obedecían sus mandamientos. Ahora,
Dios no sólo hace promesas y pactos, sino que también los
cumple. Él es inmutable y, por lo tanto, Él es fiel. Él es
también un Dios de misericordia. Fue por Su misericordia que
esta nación de Israel había sido preservada; y es por Su
misericordia que usted y yo, amigo oyente, hemos sido
traídos hasta este momento presente. Es por Su misericordia
que Él nos salva. En el libro de Lamentaciones, capítulo 3,
versículo 22, Jeremías dijo: "Por la misericordia del Señor no
hemos sido consumidos, porque nunca decayeron sus
misericordias". Es decir que, Dios es misericordioso,
compasivo, pero Dios también espera que actuemos con
seriedad, es decir, que espera que le obedezcamos.
Ahora observemos la confesión de pecado que hizo Daniel.
Leamos los versículos 5 y 6 de este noveno capítulo de Daniel:
"Hemos pecado, hemos cometido iniquidad, hemos actuado
impíamente, hemos sido rebeldes y nos hemos apartado de
tus mandamientos y de tus ordenanzas. No hemos obedecido
a tus siervos los profetas, que en tu nombre hablaron a
nuestros reyes, a nuestros príncipes, a nuestros padres y a
todo el pueblo de la tierra."
Aquí vemos que dijo: "hemos pecado". Daniel se identificó a sí
mismo con su pueblo allá en la tierra de Israel cuando se
rebelaron contra Dios, lo cual trajo como consecuencia su
cautiverio. Fue específico en su confesión. Él mencionó cada
pecado por su nombre: iniquidad, maldad, rebelión,
desobediencia, y su negativa a escuchar a los profetas de
Dios. Puso todos estos pecados por escrito. No dejó ninguno
fuera de la lista.
Estimado oyente, creo que nuestra confesión de pecado
requiere exactamente esta actitud. No es suficiente acudir a
Dios y decir: "He pecado". La confesión significa decirle a Dios
exactamente todo lo que hemos hecho. Tiene que ser una
confesión específica en ese sentido. Debemos decírselo todo
en detalle. Quizás no nos sentimos inclinados a hacerlo
porque se trata de algo feo, desagradable. Pero aun así
debimos abrirle nuestro corazón, Él ya sabe lo malo y
detestable que es. Así que tenemos que acudir a Dios
dispuestos a hacer una confesión sincera y abierta. Dice el
versículo 7 de este noveno capítulo:
"Tuya es, Señor, la justicia, y nuestra la confusión de rostro
que en el día de hoy lleva todo hombre de Judá, los habitantes
de Jerusalén y todo Israel, los de cerca y los de lejos, en todas
las tierras adonde los has echado a causa de su rebelión con
que se rebelaron contra ti."
Aquí dice "todo Israel, los de cerca y los de lejos". El pueblo de
Israel había sido esparcido, pero no había tribus perdidas. Es
inapropiado llamarlas de esa manera. Algunas de las tribus
estaban cerca de Daniel, allí en Babilonia y otras se
encontraban lejos, pero Dios sabía dónde estaban. Él no dijo
que estuvieran perdidas. Pero ellas estaban diseminadas,
como dice el versículo, "en todas las tierras adonde los has
echado a causa de su rebelión con que se rebelaron contra ti".
Continuemos leyendo ahora los versículos 8 al 14 de este
noveno capítulo de Daniel:
"Nuestra es, Señor, la confusión de rostro, y de nuestros
reyes, de nuestros príncipes y de nuestros padres, porque
contra ti pecamos. Del Señor, nuestro Dios, es el tener
misericordia y el perdonar, aunque contra él nos hemos
rebelado y no obedecimos a la voz del Señor, nuestro Dios,
para andar en sus leyes, que él puso delante de nosotros por
medio de sus siervos los profetas. Todo Israel traspasó tu Ley,
apartándose para no obedecer a tu voz. Por lo cual ha caído
sobre nosotros la maldición y el juramento que está escrito en
la ley de Moisés, siervo de Dios, porque contra Dios pecamos.
Y él ha cumplido la palabra que habló contra nosotros y
contra nuestros jefes que nos gobernaron, trayendo sobre
nosotros tan gran mal; pues nunca fue hecho debajo del cielo
nada semejante a lo que se ha hecho contra Jerusalén.
Conforme está escrito en la ley de Moisés, todo este mal vino
sobre nosotros; pero no hemos implorado el favor del Señor,
nuestro Dios, y no nos hemos convertido de nuestras
maldades ni entendido tu verdad. Por tanto, el Señor veló
sobre el mal y lo trajo sobre nosotros; porque justo es el
Señor, nuestro Dios, en todas sus obras que ha hecho, y
nosotros no obedecimos a su voz."
Hasta este punto, ¿ha observado usted cómo Daniel contrastó
la bondad de Dios con el pecado de Israel? Él contrastó Su
justicia con la confusión de rostros, es decir, con su
vergüenza. Ellos habían sido esparcidos a causa de su
rebelión y ofensas contra Dios. Ellos merecían el castigo que
habían recibido. Y Dios había sido justo al enviarles al
cautiverio. Dios estaba en lo correcto; ellos eran los que
estaban equivocados.
Estimado oyente, si usted se dirige a Dios presentando
excusas por su pecado, si usted le dice: "Tú sabes, Señor, que
Yo soy débil, y tú sabes que yo me encontraba en tal o cual
circunstancia..". es como si usted estuviera echando la culpa
del pecado a Dios. Usted le está diciendo, indirectamente, que
Él ha cometido un error, porque Él tenía que haber tomado
esos factores en consideración. Es como si usted pensara que
Dios ha sido demasiado duro con usted. Estimado oyente, la
verdad es que usted y yo estamos recibiendo exactamente lo
que merecemos. Y necesitamos acudir a Dios para confesar
nuestro pecado. A veces escuchemos a personas implicando
que Dios podría estar equivocado en lo que está haciendo,
pero Dios no está equivocado, somos nosotros los que
estamos en el error.
La actitud de Daniel fue la actitud apropiada que cada uno de
nosotros debería adoptar al acercarse a muestro Dios en
oración. Dios no nos va a abandonar completamente, pero
con toda seguridad no se va a mover a favor nuestro hasta
que usted y yo ocupemos el lugar donde podamos clamar por
la misericordia de Dios y dejemos de poner excusas a favor
nuestro. Continuemos ahora leyendo loe versículos 15 al 18
de este capítulo 9 de Daniel:
"Ahora pues, Señor, Dios nuestro, que sacaste a tu pueblo de
la tierra de Egipto con mano poderosa y te hiciste renombre
cual lo tienes hoy, hemos pecado, hemos actuado
impíamente. Señor, conforme a todos tus actos de justicia,
apártese ahora tu ira y tu furor de sobre tu ciudad Jerusalén,
tu santo monte; porque a causa de nuestros pecados y por la
maldad de nuestros padres, Jerusalén y tu pueblo son el
oprobio de todos los que nos rodean. Ahora pues, Dios
nuestro, oye la oración y los ruegos de tu siervo, y haz que tu
rostro resplandezca sobre tu santuario asolado, por amor del
Señor. Inclina, Dios mío, tu oído, y oye; abre tus ojos y mira
nuestras desolaciones y la ciudad sobre la cual es invocado tu
nombre; porque no elevamos nuestros ruegos ante ti
confiados en nuestras justicias, sino en tus muchas
misericordias."
Esta fue la petición de Daniel y su súplica. Él recordó como
Dios había conducido a Israel fuera de Egipto. Dios lo hizo a
causa de Su justicia, no a causa de la de ellos. El libro de
Éxodo 2:24 y 25 dice: "24Dios oyó el gemido de ellos y se
acordó de su pacto con Abraham, Isaac y Jacob. 25Y miró Dios
a los hijos de Israel, y conoció su condición". El único factor
que apeló a Dios por parte de ellos, fue su sufrimiento. En
otras palabras, Dios vio su miseria, y recordó Su misericordia.
Entonces Daniel le pidió a Dios que se repitiera a Sí mismo
liberándoles otra vez a causa de Su justicia divina. Dios es
justo cuando extiende Su compasión y misericordia hacia
nosotros, porque Jesucristo ha pagado completamente el
castigo por nuestro pecado. Como añadió Pablo en Romanos
[Link] "con miras a manifestar en este tiempo su justicia, a fin
de que él sea el justo y el que justifica al que es de la fe en
Jesús".
Ahora observemos le súplica apasionada de Daniel. Leamos,
finalmente por hoy, el versículo 19 de este noveno capítulo de
Daniel:
"¡Oye, Señor! ¡Señor, perdona! ¡Presta oído, Señor, y hazlo!
No tardes, por amor de ti mismo, Dios mío, porque tu nombre
es invocado sobre tu ciudad y sobre tu pueblo."
Ésta fue la súplica culminante de Daniel. Le pidió a Dios que
escuchara y respondiera por ser quien era y por lo que había
prometido. En Israel no quedaba nada de bueno. Daniel no
suplicó por ser Daniel. Más bien, él se asoció a sí mismo con el
pueblo y dijo: "Hemos pecado", incluyéndose a sí mismo. Es
que el nombre de Dios estaba en juego, y Daniel estaba
profundamente preocupado acerca del nombre de Dios y la
gloria de Dios. Ésta fue la base pasa su súplica y petición.