Literatura española II
Alumna: Silvia Duarte
CERP del Norte (Rivera)
Manierismo y Barroco en El Quijote de la Mancha de Miguel de
Cervantes
El presente trabajo pretende abordar el análisis de la obra de Cervantes desde la
perspectiva de cómo se fusionan en ella dos estilos: el Manierismo y el Barroco.
Característica clave para entender por qué la novela de Cervantes fue tan innovadora y marcó
el inicio de la narrativa moderna.
La aparición de El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha (1605) y su
continuación, Segunda Parte del ingenioso caballero Don Quijote de la Mancha (1615), por
Miguel de Cervantes Saavedra, constituye un acontecimiento fundamental en la historia de la
literatura moderna. La novela de Cervantes es mucho más que una burla a los libros de
caballería. En realidad, funciona como un reflejo de la crisis que estaba ocurriendo en España
durante su época de máximo esplendor cultural, el Siglo de Oro.
Esta época, que va de los siglos XVI al XVII, fue de gran brillo artístico, pero, a la vez,
se basó en una profunda decadencia política, social y económica. Tras el gran poder del
imperio, se vivía una crisis. En este ambiente donde ya no había certezas, el estilo del Quijote
toma forma. Adopta rasgos del Manierismo que, como una etapa de paso, aporta el
desequilibrio. Y también del Barroco, que ofrece una visión de desengaño y la división
constante entre dos ideas opuestas.
El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, no puede ser definida bajo el amparo
de un único movimiento, sino que funciona como punto de encuentro donde confluyen el
Manierismo, como fase de crisis y subjetividad del Renacimiento tardío, y el Barroco, como
expresión de desengaño y dualidad inherentes al siglo XVII.
Esta novela, por su carácter híbrido y su constante diálogo entre idealismo y
pragmatismo, refleja la ansiedad de un siglo que vio desvanecerse la armonía clásica. Si el
Renacimiento aspiró a la perfección y el orden, el Manierismo significó su un quiebre del
pensamiento, y el Barroco, su asimilación dramática.
José Antonio Maravall (1986) caracteriza la cultura barroca como una respuesta a la
crisis social y el pesimismo consecuente (pág. 96). De este modo, El Quijote es la obra donde
el artificio manierista de la mente del hidalgo choca con el desengaño barroco de la realidad
española.
Con este trabajo se pretende explicar la relación entre estos dos elementos estéticos. En
primer lugar, se analizará la manifestación del Manierismo como una estética de la tensión y
la inestabilidad, distanciándose deliberadamente del canon de serenidad y equilibrio que había
definido al Renacimiento. Formalmente, se caracteriza por la subjetividad exacerbada, la
distorsión de la perspectiva clásica y la predilección por el artificio sobre la naturaleza. La
obra manierista se presenta como un reflejo de la crisis interior, donde la mente del artista o
del personaje se impone sobre la realidad objetiva. En El Quijote, esta estética se manifiesta
de tres maneras fundamentales: la distorsión del objeto, la ambivalencia estructural y la
estilización forzada del ideal.
En segundo lugar, se explorarán los rasgos del Barroco, prestando especial atención al
dualismo antagónico y al tema del mundo como teatro. Finalmente, se argumentará que la
modernidad de Cervantes radica en su capacidad de integrar ambas estéticas, trascendiendo la
parodia para fundar la novela moderna mediante la reflexión sobre la problemática de la
realidad y la ficción.
Arnold Hauser (1969) sostiene que es un error "fatal" mezclar constantemente los
estilos Manierismo y Barroco, ya que esto distorsiona la historia del arte. Para establecer una
distinción clara, Hauser se enfoca en la actitud y el público de cada movimiento: el
Manierismo es un estilo intelectualista y exclusivo cultivado por las élites, que se centra en lo
complejo, problemático y reflexivo. A nivel formal, sus obras carecen de una unidad central,
sintiéndose "atectónicas" o desintegradas en partes. Por el contrario, el Barroco es una
dirección más emocional y popular, diseñada para apelar a un público amplio mediante un
espíritu más espontáneo y un regreso a lo instintivo o natural, rechazando la sofisticación
manierista. A nivel estructural, la obra barroca busca un efecto unitario donde todos los
elementos están subordinados a un impulso principal, logrando una unidad de composición,
algo que el Manierismo evita. Aunque Hauser enfatiza esta profunda división estilística,
también reconoce que los movimientos coinciden y tienen puntos en común: el Manierismo
anticipó ciertos elementos que el Barroco desarrollaría y, a su vez, el Barroco conservó rasgos
manieristas. Esta superposición es especialmente notable en la literatura, donde el Manierismo
tuvo un predominio más tardío que en las artes visuales, creando un periodo de solapamiento
y transición. (pág.13-18)
La postura de Hauser permite situar a El Quijote de la Mancha no como una obra de un
solo estilo, sino como la expresión que representa una época de crisis y transición, propia del
Manierismo tardío que anticipa el Barroco. La novela de Cervantes logra una síntesis de
rasgos antagónicos: por un lado, posee el carácter intelectual y problemático del Manierismo,
visible en la ambigüedad constante de la realidad representada en la locura vs. la sabiduría de
Don Quijote y la ironía autorreferencial. Por otro lado, manifiesta el espíritu popular y
unitario del Barroco, al ser un éxito masivo que apela a lo emocional a través de la sencillez
de Sancho y al lograr una composición más cerrada en su Segunda Parte. Cervantes, así, logra
la fusión al usar la complejidad manierista para crear un drama humano de alcance popular y
universal, sentando las bases de la narrativa moderna.
La autora Ruth Fine argumenta que el concepto clave para entender El Quijote es la
"figura del cruce", a la que denomina metalepsis o "transgresión de niveles". Este concepto es
la ruptura de los límites entre la ficción y la realidad de los personajes.
Según Fine, esta técnica no es casual, sino que se utiliza para reflejar la profunda crisis
cultural de la época. Cervantes escribió durante el Siglo de Oro español, un periodo que fue,
paradójicamente, de máximo esplendor artístico y, a la vez, de profunda crisis política y
social. Esta inestabilidad hizo que todas las reglas e identidades se volvieran inestables y se
mezclaran.
Por lo tanto, la creatividad y originalidad de El Quijote reside en reflejar este caos. La
novela se sitúa en el punto de transición entre el Manierismo y el Barroco, estilos que
Cervantes une para expresar la duda de la época sobre qué es real y qué es apariencia.
La metalepsis funciona como una técnica que rompe la ilusión de la mímesis clásica.
Esto ocurre al permitir que un elemento de un nivel de ficción, como el narrador, interfiera o
sea interferido por otro nivel, tal como el personaje. Por ejemplo, la técnica introduce la figura
del autor o el historiador dentro de la propia trama. Al final, el uso constante de estas técnicas
de cruce obliga al lector a dudar y decidir por sí mismo qué era verdad.
El planteamiento que realiza Antonio García Velasco en su trabajo El ingenioso hidalgo
Don Quijote de la Mancha en el ingenioso caballero Don Quijote de la Mancha se centra
también en defender que El Quijote es, sin lugar a dudas, una obra manierista, considerando a
Cervantes el autor manierista por excelencia, que evolucionó desde un estilo inicialmente
renacentista.
Aclara que, aunque los términos "manierismo" y "manierista" nacieron con un sentido
negativo, el impacto de obras como El Quijote les permitió superar esas connotaciones y
establecerse como la denominación de un periodo artístico fundamental ubicado entre el
Renacimiento y el Barroco.
Según García Velasco, las características esenciales de este estilo son: la superación del
idealismo y de las técnicas renacentistas; la idea del arte como juego; el desarrollo de meta-
literatura donde los temas literarios se convierten en el centro de la propia obra; la
introducción del realismo frente al idealismo, "jugando" con la tensión entre ambos; y el uso
constante del humorismo como herramienta estilística.
Este marco teórico ofrece una base sólida y sofisticada para el análisis de El Quijote,
situando la obra no solo en un periodo histórico, sino en la "zona de cruce" donde colapsan las
fronteras entre el arte y la realidad.
El cierre analítico de estas posturas se centra en que la novela de Cervantes es la
expresión más clara de la crisis cultural del Siglo de Oro, utilizando la fusión de estilos para
convertir la duda sobre la realidad en la propia forma de la obra.
Es así que, desde las posturas de Hauser, Fine y García Velasco, El Quijote puede
entenderse mejor como obra representativa de la transición entre el Manierismo y el Barroco.
El contexto de la obra, según la crítica, es una época de crisis y transición como se ha
mencionado. La novela es la expresión que representa una época de grandes cambios y
problemas. Su complejidad intelectual, la ambigüedad y la estructura fragmentada de la
primera parte, son rasgos manieristas, mientras que su popularidad y el impulso a una unidad
temática posterior son de carácter barroco.
El estilo de El Quijote es esencialmente manierista porque rompe el idealismo renacen-
tista y utiliza el arte como juego. Su recurso central es la meta-literatura: convertir los temas
literarios, como los libros de caballerías, en el centro de la propia obra. Esto establece una
tensión constante entre el idealismo del Quijote y el realismo de su escudero Sancho.
La técnica de la obra hace que esta crisis y este juego estilístico se materialicen formal-
mente a través de la metalepsis o "figura del cruce". Cervantes rompe las ilusiones de la
ficción al hacer que los personajes transiten o interactúen con elementos de su propia narrati-
va. Esta transgresión de niveles refleja la inestabilidad de las reglas e identidades de la época
y obliga al lector a cuestionar dónde termina la ficción y comienza la realidad.
El Manierismo surge como la primera expresión artística que refleja la crisis de valores
y la pérdida de fe en la armonía ideal del Renacimiento. Más que un estilo estricto, es una fase
de transición marcada por la tensión, la ambigüedad, la deformación y la artificialidad. En El
Quijote, este espíritu se manifiesta en las rupturas que desestabilizan el equilibrio clásico,
utilizando Cervantes a su héroe para exhibir la crisis de los ideales de la época. Esto se
visualiza en la lucha constante del protagonista por imponer su fantasía caballeresca a una
realidad llana e insatisfactoria; su "locura" es, en esencia, una vía de escape o una forma de
enfrentar el desengaño del mundo. Esta pérdida de fe queda demostrada al inicio de la novela,
cuando el autor describe la decisión de Don Quijote:
"En efeto, rematado ya su juicio, vino a dar en el más extraño pensamiento que
jamás dio loco en el mundo, y fue que le pareció convenible y necesario...hacerse caballero
andante, e irse por todo el mundo con sus armas y caballo..." (Primera parte, Capítulo I).
Además, el Manierismo juega con la perspectiva y la deformación: en la novela, Don
Quijote transforma lo que ve para que se ajuste a su imaginación literaria, creando una
ambigüedad constante sobre la verdad de los hechos. Al alejarse de la simplicidad, el hidalgo
incluso adopta una identidad ficticia como acto consciente de "creación artística" de sí mismo:
"Puesto nombre a su caballo tan a su gusto, quiso ponérsele a sí mismo, y en este
pensamiento duró otros ocho días, y al cabo se vino a llamar Don Quijote de la Mancha"
(Primera parte, Capítulo I).
Si el Manierismo proporciona la estructura formal de la crisis, el Barroco le confiere su
visión temática: una cultura de crisis basada en el pesimismo, la fugacidad de la vida y el
desengaño. El Quijote es eminentemente barroco en su dualismo, evidente en la antítesis
irreconciliable entre Don Quijote, imagen del idealismo literario y Sancho Panza como
imagen del realismo pragmático. La tensión barroca se centra en la incertidumbre sobre la
realidad, la pregunta de si algo es verdadero o es solo un engaño. Esta incertidumbre se hace
evidente en la gran diferencia en cómo ven las cosas el amo y el escudero. El episodio de los
molinos de viento es la primera y una de las manifestaciones más conocidas de este conflicto.
Don Quijote dice:
"...¿ves allí, amigo Sancho Panza, dónde se descubren treinta, o pocos más,
desaforados gigantes con quien pienso hacer batalla y quitarles a todos las vidas..."
A lo que Sancho responde:
"-Mire vuestra merced- respondió Sancho- que aquellos que allí se parecen no son
gigantes, sino molinos de viento..." (Primera parte, Capítulo VIII).
Este dualismo también se refleja en la transformación continua de los objetos a través de
la percepción, como en el debate sobre el yelmo de Mambrino, que es en realidad una bacía
de barbero. La imposibilidad de fijar la verdad es el centro del desengaño barroco, donde la
imaginación siempre se estrella contra la prosaica realidad, como ocurre también en la
aventura de los batanes.
La riqueza de El Quijote reside en esta hibridación estética, donde el Manierismo y el
Barroco no se excluyen, sino que coinciden y tienen puntos en común. Como afirma Ruth
Fine, la "figura del cruce" es la metáfora clave, pues Cervantes cruza géneros y niveles
narrativos, rompiendo las jerarquías de la ficción para reflejar la crisis de identidades de su
época. El Manierismo funciona como el motor que usa el arte como juego para cuestionar la
forma y la ilusión narrativa o metalepsis, mientras que el Barroco cuestiona el contenido
temático a través del dualismo y la visión del desengaño. Esta síntesis se consume en el
desenlace de la novela, en el triunfo final de la conciencia barroca. Al recobrar la razón,
Alonso Quijano renuncia a sus ficciones heroicas en un acto de desengaño final:
"...de que ya yo no soy don Quijote de la Mancha, sino Alonso Quijano, a quien mis
costumbres me dieron renombre de Bueno... ya conozco mi necedad y el peligro en que me
puso haberlas leído..." (Parte segunda, Capítulo LXXIV).
Este acto sella la superioridad de la realidad y convierte la obra en un modelo de
complejidad humana y literaria, fundando la novela moderna al combinar la ironía formal
manierista con la visión pesimista barroca.
En conclusión y según muestran los fragmentos seleccionados, Cervantes logró fusionar
los dos estilos estéticos. Por eso, El Quijote superó la simple parodia y se volvió un reflejo
muy claro de la gran crisis cultural de esa época.
La estructura de la novela se nutre del Manierismo, que aporta la inestabilidad, la subje-
tividad y el juego formal inherente a una época de quiebre de las certezas renacentistas. Esto
se manifiesta en la distorsión de la realidad operada por Don Quijote y en la técnica de la
metalepsis o "figura del cruce" identificada por Ruth Fine. Esta ruptura entre los niveles de
ficción y realidad obliga al lector a cuestionar la verdad de lo narrado, estableciendo el arte
como un juego intelectual, como señala García Velasco.
Por otro lado, el Barroco confiere a la obra su profunda visión temática de desengaño y
dualidad. La tensión barroca se encarna en el irreconciliable antagonismo entre el idealismo
del Caballero y el pragmatismo de Sancho Panza, reflejando la duda ontológica sobre qué es
real y qué es ilusión. Esta dialéctica alcanza su clímax en el desenlace de la Segunda Parte,
cuando Alonso Quijano recupera la razón en un acto final de conciencia barroca, reconocien-
do la superioridad de la realidad sobre la ficción.
En definitiva, Cervantes logra la fusión definitiva, utilizando la complejidad formal y la
ironía manierista para abordar el pesimismo y el dualismo barrocos. Al integrar estas posturas
estéticas, tal como sugiere el solapamiento que reconoce Arnold Hauser, El Quijote se con-
vierte en la obra de transición por excelencia. Su modernidad radica precisamente en esta
capacidad de convertir la incertidumbre de una época en la forma y el contenido de la propia
narrativa, sentando las bases de una literatura que, desde entonces, ha continuado explorando
la problemática relación entre la realidad y la ficción.
Referencias bibliográficas:
- Cervantes, M. (1605-2005) El ingenioso hidalgo Don Qvixote de la Mancha.
Biblioteca IV Centenario
-Martínez, Luz Ángela. Manierismo y neobarroco: genealogía de una crisis.
Universidad de Chile
https://web.uchile.cl/publicaciones/cyber/14/tx24lamartinez.html#:~:text=Dice%
20Hauser:%20%22Esto%20significa%20%2D,%22%20(ldem;%20235).
https://share.google/aNaFOFDEeQ1zqfdpu
-Orozco Diaz, Emilio (1975). Manierismo y Barroco. Ediciones Cátedra,
S.A. Madrid
https://es.scribd.com/document/494450487/OROZCO-E-Manierismo-y-
Barroco
- Hauser, Harnold. (1969) Introducción a la historia del arte. Ediciones
Guadarrama. Madrid pdf
https://toaz.info/doc-view-3
- Maravall, José A. (1986) La cultura del Barroco. Análisis de una estructura
histórica. Fundación Telefónica
https://share.google/msKiJsfRn6AHmKyuIDialnet-
ElIngeniosoHidalgoDonQuijoteDeLaManchaEnElIngenios-5992066.pdf
la-figura-del-cruce-en-el-quijote--posible-cifra-de-un-manierismo-literario.pdf