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Olivos

otra poco de Olivo
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El margen de error del plan, no obstante, era muy grande.

Bastaba con que


las partidas de observación de Goyeneche le avisaran
del ataque, o que la toma delVilavila se demorara, o que fallara la
coordinación con los cochabambinos, para que todo tornara en desastre. El
grueso del ejército podía quedar atrapado entre dos fuegos,
Rivero podía ser cortado, la toma delVilavila podía saldarse por una
masacre. Desde la concepción misma del plan, se manifestaban tres
falencias que quedarían brutalmente expuestas el 20 de junio. Ante
todo, los jefes revolucionarios tenían una tendencia a separar sus
fuerzas en divisiones incapaces de ayudarse mutuamente y sin medios de
comunicación adecuados para garantizar la coordinación, por
lo que podían ser batidas en detalle. En segundo lugar, presuponían
a un enemigo estático, carente por completo de iniciativa, cuando
en la práctica quedaría demostrado que Goyeneche se ajustaba muy
mal a esa presunción. Por último; pretendían poder contar con el
efecto sorpresa, cuando en realidad los realistas, que estaban al tanto
hasta del último de sus movimientos, se enteraron enseguida de la
construcción del puente nuevo y tomaron medidas para prevenir
cualquier ataque de ñanco.
Sea como fuera, con los sucesos del 6 de junio los preparativos
para la ejecución de éste plan se activaron, las unidades marcharon
a Huaqui y comenzaron a organizarse las divisiones de ataque. Sin
embargo, la ruptura oficial de las hostilidades no se anunció sino
hasta el 17 de ese mes. ¿Por qué? Desde un punto de vista táctico,
al ejército revolucionario no le convenía anunciar con demasiada
anticipación sus movimientos. Los términos del armisticio prescri
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bían que si éste era roto, se debería dar un aviso de 48 horas antes
de reemprender las acciones militares. Es decir que, con dar aviso el
18 de un ataque previsto para el 21, bastaba para cumplir la norma
sin dar excesiva ventaja.
Desde un punto de vista político, además, existía una razón de
peso para dejar abierta hasta último m om ento la posibilidad de una
salida pacífica. Castelli, en efecto, estaba involucrado desde hacía
tiempo en discusiones con el Cabildo de Lima y la chance, no importa cuán
remota, de que éste desautorizara al virrey Abascal era
demasiado atrayente para ser desdeñada de antemano. El desencanto
llegó el 17 de junio, con una respuesta cortante del Cabildo en que
prácticamente se cerraba toda negociación. Es con esta carta en la
mano que el Representante convocó para ese mismo día a una nueva
junta de guerra. Su objeto era confirmar la realización del ataque y
ultimar los detalles del plan.
Se reunieron así, por segunda vez, los jefes de las divisiones y regimientos
del ejército. Gracias a las declaraciones de los participantes,
podemos reconstruir con bastante detalle lo que se discutió en esta
ocasión. En un prim er m om ento, Castelli les expuso la situación
generada por la ruptura de las negociaciones con el Cabildo de
Lima y la necesidad de lanzar la ofensiva según el plan adoptado. Se
produjo entonces un silencio cargado eje tensión, hasta que tom ó la
palabra el teniente coronel Luciano M óntes de Oca, quien opinó
que era más prudente “el mantenerse a la defensiva y no exponer
al ejército por las grandes ventajas que sabía tenía el enemigo con
hallarse situado en Vilavila” 113. v
Montes de Oca fue secundado por los dos jefes de las unidades
paceñas, el comandante de húsares Agustín Dávila y el sargento mayor
Clemente Diez de M edina, quien expuso que el enemigo tenía
cerca de 7.000 hombres de tropa, que su posición era muy ventajosa
113 “Declaración de Luciano Montes de Oca”, BM, XIII, p. 11618.
110

y que no iban a poder sacarlo de ella. Como vimos, la opinión de


M edina tenía una relevancia extraordinaria. Nacido en la región,
veterano de la campaña revolucionaria de 1809, el comandante del
regimiento n°8 era uno de los pocos presentes que ya se había enfrentado a
Goyeneche y que conocía de prim era mano el punto
que pretendían atacar. Su conclusión, “que tenía conocimiento de
aquellos terrenos” y “que-le parecía no convenir atacar”, debió haber
sido cuidadosamente sopesada, máxime cuando era muy probable
que [Link] parecer de los demás paceños de su regimiento, que
compartían su experiencia previa y que dos días más tarde marcharían al
frente como si los llevaran al matadero. Castelli, en cambio, le
replicó con dureza que “eran convocados no a decidir si se había de
atacar, o no; pues esto estaba ya dispuesto, sino a establecer el modo
como pudiese verificarse con mayores ventajas”114.
Con estos términos el Representante clausuraba toda posibilidad
real de debate. Quienes dudaban de las perspectivas de éxito del plan
adoptado, sin embargo, eran varios. El propio Juan José Viamonte,
segundo jefe del ejército, manifestó sus dudas por lo bajo al auditor
Del Signo, pero no se atrevió a plantearlo en yoz alta “porque el pie
de confianza y desprecio de los enemigos era cimentado de tal modo
que sin la nota de cobarde no había un solo soldado, que pudiera
expresarse en precaución”115.
Siendo así, pasaron a discutirse los detalles del plan y no tardaron en
surgir nuevas inquietudes. Según la idea de Castelli, quienes llevarían
adelante el ataque principal sobre la cabecera del puente del Inca eran
los de la división que estaba compuesta en su mayor parte por el regimiento
n°8 de paceños, cuyos jefes acababan de manifestar su discrepancia sobre
la oportunidad misma de la ofensiva. ¿Era razonable hacer
recaer la misión más arriesgada y difícil sobre la unidad de más reciente
114 “Declaración de Clem ente Diez de M edina”, BM , XIII, p. 11739.
115 “Declaración de Juan José Viam onte” , BM, XIII, p. 11677.
111

creación y menor nivel de disciplina? O dicho de otro modo: ¿Acaso


Castelli estaba mandando al sacrificio a ios altoperuanos? Quien tomó
la palabra entonces fue quien iba a tener que comandar a esa división
del centro, nada menos que el oficial decano del ejército,José Bolaños.
Con moderación, pero sin tapujos, planteó sus reservas:
Guando la columna del centro caiga sobre el campamento enemigo a
batirlo, deben las demás columnas entrar por un lado y
otro en la función, para llamarle la atención por una y otra parte,;
pues ésta no es tropa que se pueda aventurar con sólo una columna, a
forzar un campamento defendido de una batería dominante
sobre el cerro116.
En térm inos más específicos, Bolaños deseaba saber exactamente cómo se
iba a garantizar la coordinación con las otras dos
divisiones que se suponía que iban a apoyarlo desde los. flancos.
¿Iban a usar cohetes, señales, llamadas? Para concluir, lúgubre, que
“de lo contrario se haría un sacrificio de la que entrase sola en
función” 117. Lejos de responderle, los demás oficiales, mapa en
mano, comenzaron a sugerir los puntos de acceso a los cerros que
debían tomar las divisiones. M inutos después la junta era dada por
concluida, aunque muchos de sus participantes albergaban aún más
dudas que antes.
Si Castelli se había mostrado tan indiferente respecto a la opinión de sus
subordinados, al salir del consejo debió sentirse particularm ente inquieto
por la opinión de los pueblos y por el
tribunal de la historia, ya que dedicó esa misma noche a escribir
Una circular y un manifiesto inflamados donde justificaba la causa
por la que iban a batirse y explicaba sin medias tintas su posición.
n6 “Declaración de José Bolaños” , BM , X III, p. 11833.
117 José Bolaños, op. cit., pp. 76-77.
112

Quizá por ei contexto solemne en el que fueron redactados


(inmediatamente antes de partir al encuentro del enemigo en una
batalla donde se jugaría la vida y su carrera al todo o nada), ambos
docum entos sorprenden por su tono incendiario, tan poco usual
en ese período de hegem onía saavedrista y meticulosa lealtad a
Fernando VII.
En la primera circular, un Gastelli indignado comenzaba dando
cuenta del fracaso de sus negociaciones con el Cabildo de Lima, para
concluir en un lenguaje durísimo:
El armisticio queda, pues, roto, nuestro ejército en disposición de
operar y dar el último convencimiento de que solo á los golpes
de sus sables pueden ser sensibles unos esclavos que desconocen
voluntariamente sus derechos y vulneran los de sus compatriotas1 i8.
En el manifiesto iba aún más allá. Denunciaba que el armisticio
había sido roto por el ataque traicionero del 6 de junio — llamando
a Goyeneche “el mayor monstruo que ha abortado la América”—
y ponía en negro sobre blanco, ya sin ningún pudor ni cálculo, su
visión de la revolución qué estaban llevando a cabo y por la que
tenían que combatir:
Es justo, es necesario exterminar a los liberticidas de la patria,
humillar a nuestros rivales, enseñarles a respetar nuestras armas
y destruir, en fin, la causa inmediata de las zozobras que agitan
nuestro territorio. En consecuencia declaro disuelto el armisticio y anuncio
que nuestras legiones de ciudadanos armados se
hallan a punto de cumplir sus deberes salvando a la patria del
último conflicto en que se ve. Ellas triunfarán, sin duda, y con la
118 “Circular de Castelli, 17 de ju n io de 1811, H uaqui”, reproducido en M anuel Mantilla,
op. cít., p. 221.
113

sangre de los tiranos que restan sellarán la libertad de la patria.


— ¡Pueblos de la América del Sur! Vuestro destino es ser libres o
no existir, y mi invariable resolución sacrificar la vida por vuestra
independencia119

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