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Cars (Songbook)

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Cars (Songbook)

(Piano/Vocal/Guitar Songbook). A great songbook of Disney/Pixar's


blockbuster. Includes a color section with scenes from the movie and
arrangements from eight songs, including: Life Is a Highway * Our Town
* Real Gone * Route 66 * Sh-Boom (Life Could

Author: Hal Leonard Corp.


ISBN: 9781458464118
Category: Musical Scores
File Fomat: PDF, EPUB, DOC...
File Details: 13.3 MB
Language: English
Publisher: Hal Leonard
Website: [Link]
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%2Fen%2Febook%2Fcars-songbook
.
Yo conozco la tierra de Echeverría. Los campos son fecundos y
risueños. Si en las costas quema la furia solar del trópico, en el
interior el clima es fresco y la vida apacible. Los campesinos tienen
casi todos tipos europeos. En montes y campañas podréis hallar
incultas bellezas, de hermosos rostros y voluptuosos cuerpos. Si he
visto en San José, la capital, damas incomparables y mozas de la
cofradía del diablo que en París hubieran sido unas bellas Oteros,
pude admirar en mis excursiones mujeres e hijas de agricultores y
carreteros, el rosado pie descalzo y la cabellera al aire, y para
galantear a las cuales habría yo solicitado de mi amigo Aquileo
algunas de sus gratas concherías. ¡Su musa lo sabe decir con tanta
gracia y donaire! Su musa: hela aquí tal como él la pinta.
Mi musa es joven y ardiente,
morena, de erguido seno,
boca sensual y más roja
que las bayas del cafeto;
blanca y firme dentadura,
que es albo nido de besos;
ojos grandes y expresivos,
dulces, brillantes, serenos.
Una espalda tentadora,
mórbida como su cuello,
unos brazos que si abrazan
es difícil salir de ellos.
Corre por su cuerpo criollo
la roja sangre del pueblo,
fresas fingiendo en su boca,
rosas en su cutis terso
y en la gloria de sus ojos
cálido fulgor de incendio.
Canta a mi patria adorada,
canta a mi ubérrimo suelo,
a mis floridos rosales,
a mis frondosos cafetos,
al mozo fuerte y honrado,
alegre, bueno y sincero,
a la moza de alma blanda
y de durísimo seno,
a nuestras altas montañas,
a nuestros valles risueños,
a nuestra tierra fecunda,
a nuestro límpido cielo.
Que no brinda en copa de oro,
sino en los cálices bellos
que le ofrecen los claveles,
ya de nieve, ya de fuego,
que embalsaman con su aroma
mi apacible y caro huerto
mi apacible y caro huerto.
Desde luego, no estamos aún escuchando la parla de los conchos.
Ese romance revela su origen castizo y suena a España. Lo propio
que cuando dice sentires de hogar y casa paterna, o cuando planta
un tipo netamente popular costarriqueño al modo con que los
maestros españoles nos han dejado la figura de los jaques andaluces
o de los chulos madrileños. ¿Qué deciros si hasta, de pronto,
aparece el recuerdo del sencillo helenismo de aquel honesto don
Juan Meléndez Valdés?
Es Clori, la esposa
del Céfiro amante...
Ni las anacreónticas ni los romancillos son del poeta que he
querido hoy celebrar, sino las gallardas, las nativas, las sabrosas
concherías, en las que se encuentran, según las palabras del ya
citado señor Brenes Mesén, «aliento fresco de los montes,
respiración sana de terneras al levantarse la aurora, risas del campo
cortando la tranquilidad de las horas...» Los usos y las costumbres
del buen pueblo de Costa Rica, sus preocupaciones y sus
supersticiones, algunas heredadas de los tiempos coloniales, sus
maneras de divertirse, de enamorar, de pelear, sus duelos y sus
negocios, todo dicho con sus provincialismos, con sus giros
antigramaticales, pero semejantes a los de algunas regiones de
España, todo ello se encuentra en los versos de Echeverría. El señor
Brenes Mesén considera eso de importancia para los filólogos
extranjeros. «No se le da bien disecado en su diccionario, sino
viviente, tibio, como si se tomase de los labios mismos del pueblo».
La transcripción se ajusta, tanto como es posible, para no chocar
demasiado con los hábitos existentes a la verdadera pronunciación
popular. Allí está justamente su importancia. Las palabras que los
gramáticos han condenado como impropias, son, con frecuencia,
arcaísmos, y en todo caso se nos ofrece la oportunidad de ver que
las leyes fonéticas que presidieron a la formación de la lengua
castellana, siguen ejercitando su influencia a través de la distancia y
los siglos.
Si desde la época anticlásica vemos que la r final de los infinitivos
se asimila a la l delante de los subfijos, y así lo observamos en
Concherías, necesario será concluir que la vida de nuestra lengua
posee una pujanza extraordinaria, y que allí donde se encuentra la
libertad de hacerlo, se desarrolla tan fuerte como en los primeros
años de su aparición en la Península ibérica. Entre vocales, la
síncopa de la d fué ley constante, y así subsiste en nuestro lenguaje
popular, que la suprime indefectiblemente en los participios de la
primera conjugación. La elisión de la o y de la e delante de palabras
que principian por vocal, también la observaron los castellanos y es
ley dominante en la lengua «tica» y americana en general. Ticos se
llama en Centro América a los habitantes de Costa Rica. Desde
luego, demás está decir que para comprender algunas de las poesías
de Echeverría se necesita un vocabulario especial, como sucede en
casos semejantes, así sea un soneto de Pascarella, un Poema de
Jehan Rictus, una página de Bill Nay o de Fray Mocho.
Veamos algunos ejemplos. Transcribiré el romance titulado Un
hermano:
Bajo un mango corpulento,
y tendidos en la yerba,
junto a los bueyes que echados
perezosamente cenan,
están varios carreteros
alrededor de una hoguera,
que olla de hierro corona
montada sobre unas piedras,
y dentro la cual retozan
en el caldo que espumea,
ya las papas esponjadas,
ya el dominico de seda,
la blanca yuca de nieve,
la carne de rojas hebras;
el tiquisque delicado
asoma su faz morena,
o se presenta el avote
en forma de barquichuela
y con la cara encendida,
que está muerto de vergüenza
por ser primo del zapallo,
que es la verdura más fea;
el chavote su espinosa
y verde capota ostenta,
entre raíces y ñames,
camotes y berenjenas.
De cuando en cuando se asoman
algunas palabra feas,
es decir, que varios ajos
suelen sacar la cabeza,
y todo ello confundido
en una igualdad perfecta,
en que todo sabe a todo
y huele de igual manera:
especie de democracia
que sus doctrinas condensa
que sus doctrinas condensa
dentro la olla de fierro
que sobre robustas piedras
al beso de alegres llamas
canta, llora y burbujea,
vigilada por los mozos
que de bruces en la yerba
aguardan pacientemente
que se cocine la cena.
Algunas tortillas fiambres
que han adquirido dureza
junto a los tres tinamastes
que hacen escolta a la hoguera,
son retiradas, pues Marcos
dice que le olen a buenas,
y «quel pel» está seguro
que está cocida la cena.
Con dos sacos de gangoche
quitan la olla y se la llevan
a la orilla de un arroyo
que corre por allí cerca.
Después arriman los yugos
y muy alegres se sientan:
dan dos besos cariñosos
a sus chulas, las botellas,
que en el amplio vientre guardan
el contrabando, o el «nétar»,
con que el Supremo Gobierno
explota al par que envenena.
—Échate un cuento, Milquiades.
—O una historia verdadera.
—Que les cuente Sinforoso
lo que le pasó en Atenas,
—¡Que lo cuente!
—¡Sí! ¡Contalo!
—Miren qué cosa tan fea.
Hará tres años descasos
Hará tres años descasos
que me hablaron en Heredia
pa ver si jalaba un flete
pal puerto de Puntarenas.
Yo puse mis condiciones,
y después de algunas negas
entre si tanto, sin cuanto,
convenimos en lo quiera.
Ya esos güeyes eran míos,
pero no tenía carreta.
Los Arias me consiguieron
lo que fué de Chico Cerdas.
Salimos como a las doce,
sestiamos en Alajuela;
al llegar a Los Horcones
ya estaba la luna puesta,
y resolvimos quedalos
pa que los güeyes comieran.
—Muchachos—dijo Damián—
mientras se cuece la sena
¿por qué no v'alguno atrese
un trago de guaro Atenas?
—Yo voy, le dije.
—Está bueno.
—Treme un diacuatro de breba.
—A mí dos riales de puros.
—Pa yo una vara de mecha.—
Me puse la alforja al hombro
y descolgué una linterna,
y me tercié a la cintura
por si acaso, la cruceta.
Después de dale a los caites
entré por último a Atenas,
merqué todos los encargos;
y viniendo ya de vuelta,
comencé a sentir un tufo
como a la moda de mecha;
como a la moda de mecha;
un tufo que no cesaba
por más y más que anduviera.
Me entró cierto recelillo;
pero voltié la cabeza
y nada vi, sólo el humo
que dejaba la linterna.
De pronto se oyó un chirrido,
me puse a parar la oreja,
y vide que en el camino
sola andaba una carreta,
sin ninguno que la guiara,
y sin güeyes ni compuertas;
y en el centro, en un atául,
el cuerpo de Chico Cerdas.
Eché mano a la cutacha
y me amparé de la cerca,
ise como cuatro cruces,
por supuesto con l'izquierda.
—«Hermano—me dijo Chico—
yo debo algunas promesas...»
A mí se me jué el resuello,
me se aflojaron las piernas,
me sucedió una desgracia,
me se adormeció la lengua.
Me encomendó a las tres Dulces
y a la virgen Margalena,
y le dije como pude:
—«¡Decí... lo... que... te... se... ofrezca!»
Se sentó dentro el atául
(caramba que pestilencia,
iedor a recién casada,
o como a letrina vieja,
o como a güevos podridos,
o como a nido de perra).
—«Le debo—dijo el difunto,
después de hacer unas muecas—
después de hacer unas muecas—
le debo a Concho Paniagua
tres pesos de una rialera,
a «mano» Froilán, seis reales;
a San Roque, una novena;
a Chico Antillón, dos pesos,
de un muerto que alcé en su mesa.
Deciles a las muchachas
que a vos te doy la ternera,
y el armario con el baúl,
y mi cama y mi cruceta.»
Después se despareció
el fantasma y la carreta.
A yo me hallaron trabao
a la orilla de la cerca.
Estuve dundo de viaje
más de una semana entera;
iba a andar y no podía,
iba a explicarme y la mesma,
hasta que mano Froilano
me aconsejó que me juera
a contale al Padre Chico
ce por be la contingencia;
me llevaron, le conté,
y se puso hecho una fiera;
sólo le faltó mentame
la mama dentro la iglesia;
me puso como un petate.
Enainiticas me pega
y me llamó fariseo,
mentiroso y poca pena;
¡pero, hombre! al rato ya estaba
sano de pieses y lengua.
—¡Ese jué milagro grande!
—¡Un milagro de de veras!
—¿Y los puros?
—¡Pero ni uno!
—¡Pero ni uno!
—¿Y la cusasa?
—¡Ni señas!
—¿Se la atoyaría el dijunto?
—¡Puede ser que asina juera!
—¡Ja! ¡ja! ¡ja!
—¿De que te ríes?...
—Estoy pensando en la mecha.
¿La mecha sí pareció?...
—¡Sin que le faltara una hebra!
—¿Pa qué te la dejaría?
—Yo me figuro que juera
pa enrollásela en el güecho
¡a la sonta de tu abuela!
¿Decidme si en lo que comprendéis de esta relación y de esos
diálogos, al lado de algún baturro, gallego o andaluz, no percibís la
taimadez y la picardía gauchescas, que el argentino Álvarez y otros
han hecho perdurar aun después de la casi desaparición del gaucho?
Hay otras poesías de Aquileo Echeverría en que eso se demuestra
más claramente, y ello podrá comprobarlo quien lea su ameno libro.
Yo debo declarar que si en sus poesías de sentimiento me
conmueve tanto como el murciano Vicente Medina—a quien tan
admirablemente ha seguido una poetisa, también de Costa Rica,
cuyo nombre no recuerdo en estos momentos—en los cuentos y
descripciones criollas, aun en los que casi se dirían trabajos de folk-
lorista, me perfuma y melifica el humor, me brinda el impagable
regalo de la risa, de la honradez literaria, después de soportar tanta
imitación desatentada, tanto pseudo modernismo, tanta farsa
intelectual como los que han invadido la literatura española e
hispanoamericana al amparo de la libertad del Arte y de la sinceridad
y noble entusiasmo de los iniciadores.

O poesía asturiana.
Los poetas de Asturias, esto es, los poetas que escriben en
asturiano y los que escriben o escribieron en castellano, son poetas
castellanos o españoles. Los dialectales hablan la lengua del terruño,
expresan el alma popular, tienen un noble abolengo que se arraiga
en un recóndito pasado. Tal pensaba leyendo, en la playa cantábrica,
la antología de Caveda y Canella Secades, y en algunos periódicos
locales, poesías de los poetas que cantan ahora.
Es el lenguaje armonioso y sonoro como la antigua fabla, con la
cual tiene más que semejanzas. No sin razón la tenía en tanto precio
aquel gran asturiano que se llamó don Gaspar Melchor de
Jovellanos, que escribió una notable instrucción para la formación de
un Diccionario bable, que puede leerse en la colección de sus obras,
publicadas e inéditas, de la biblioteca de Rivadeneyra.
En la antología que he citado hay poesías de autores de pasados
tiempos y cantares anónimos, de esos que en todas partes brotan
del corazón popular y circulan de boca en boca, sin que se sepa
quién los compuso.
Don Antonio González Reguera fué un discreto y muy gracioso
rimador de Asturias, que nació a principios del siglo XVII, y del cual
se conservan algunas producciones. El romance que trata del pleito
entre Oviedo y Mérida sobre la posesión de las cenizas de Santa
Eulalia, es muy gentil y de un sabor de época verdaderamente
propio. Es la poesía más en dialecto asturiano que se conoce:
Cuando ensamen les abeyes
y posen de flor en flor,
si les escurren s'espanten
vanse y non facen llabor,
dexando el caxello vieyo
pa buscar otro meyor.
Sant'Olalla fó l'abeya
que de Mérida ensamó,
enfadada q'adorasen
les fegures de llatón.
Entoncies el rey don Gil
andaba en guerra feroz
con los moros que quería
encabezase en Lleón.
Permitiólo aquesta santa
que les victories i dió,
matanza faciendo vi ellos
fasta q'en Mérida entró.
Llegó al pueblo d'esta ñeña
que temblaba de pavor,
y esconfiaba de so cutre
solliviada de temor.
Cutieron los santos güesos
viendo que s'arrodiyó;
si estovieren más carnudos
saldrín fei acatación.
Trúxoles el rey piadosu,
de llacería los sacó,
y metiólos per Uviedo
con gaites e procesión.
Mérida diz que i tornen
esta prenda que i faltó;
diga ella que quier ise
y aun con eso... quiera Dios.
Si quieren que la llarguemos
páguennos la devoción
páguennos la devoción
ansí de los que finaron
como de los q'ora son.
Díguenlo al Santo Sudario
ver quiciás si da razón,
pos non tien utro cuidado
el Señor San Salvador.
¿Quián ora i lo mandará?
bien s'echa de ver que nos:
si nos lleven esta santa
no hay más d'arrimar la foz.
Dirán ellos:—«Morrió acá»;
diremos nos:—«Non morrió,
q'está viva par'Asturies,
si está muerta para vos».
Y aunque la lleven, m'obligo
que se torna per ú fó,
porque dexa conocidos
y gran comunicación.
Si por amor d'esta santa
Extremadura llibró
el Principado heredero
puede ir tomar posesión.
Ella está muy bien acá,
l'otro vaya per ú fó,
porque están de nuestro llado
l'obispo y gobernador.
Nosotros los de Capote,
cual con un ral, cual con dos
seguiremos iste pleito
fasta llevalo ente Dios.
Es la antigua voz de este pueblo. Supongo que la habréis
comprendido los que podéis leer a Berceo y a Segura; si no, vaya en
obsequio a los asturianos del Río de la Plata que me leen.
Del mismo autor de ese romance se conservan algunas
composiciones de asuntos clásicos, hechas de manera burlesca,
como fué uso entre ciertos humanistas de buen humor.
Así Dido y Eneas y Hero y Leandro. Solamente que algunos
copiantes desfiguraron los versos originales, según dice el canónigo
Posada, «ora por los que no entienden el bable, o ya por
escrupulosos y timoratos, que los castraron de palabras y
expresiones menos decentes y sustituyeron en su lugar otras y hasta
octavas enteras». Temblemos pensando en cómo hubiera quedado la
obra del Arcipreste de Hita si otros copiantes le aplican semejante
castración. No obstante, en lo que queda de González Reguera, las
sales y picantes no faltan. Así en Hero y Leandro hay octavas como
ésta:
Mató ansí cinco toros y acabóse
la fiesta sin facer seña nenguna.
Baxó la ñeña y el galán posóse,
y acompañóla por probar fortuna;
yo pienso q'ella, p'hácia sí folgóse
de bella cavo si, que no hay delguna
si quier bien, q'a les dures o apretades,
non i ximielguen lluigo les corades.
Hay un don Francisco Bernaldo de Quirós y Benavides, de quien se
tienen pocos datos biográficos, pero del cual se sabe que
«perteneció a la noble Casa de Quirós después que don Francisco
Bernaldo de Quirós, décimoquinto descendiente del fundador, casó
con doña Jerónima Bernaldo de Quirós y Benavides, llevando los
sucesores desde entonces este último apellido a continuación del de
Quirós». Del don Francisco poeta es un romance que califican los
antólogos de «precioso romance jocoserio, acabado modelo
descriptivo, donde compiten a porfía el fácil poeta y el consumado
jinete». Vale decir que nos las habremos con un antiguo sportsman:
Señor don Pedro Solís,
el que tien e'nes corades
un macón de sacaberes
y un camberu d'allacranes;
el de Mayuelu con zunes,
si non quier que i lo llame
pieza de Baldeburón
que sal bien, pero ye tarde;
alferi mayor d'Ubiedo
q'anque pese a quien pesare,
puede meterse a conceyu
sin quitar les sos polaines.
Sepia so mercé q'agora
que han de fer en todes partes
al mayorazu d'Asturies
xuramentos prencipales,
se m'ofrez el pronponei
un truecu para que saque
un bon rocín ne los díes
que ñarbole l'estandarte.
Para comprender ciertas alusiones son precisas notas, y además os
haré gracia de más copia, puesto que no estáis como yo en este
buen suelo asturiano, en donde hay tan gallardas muchachas que
hablan su viejo dialecto, y alegres gaitas, y mar soberbio, y sidra
que hay que saber «espalmar», como lo hacen los joviales visitantes
que vienen a merendar al amor del azul y de la marina espuma. No
os hablaré, pues, sino de paso, de los viejos cantores, como cierto
impagable don Antonio Baldivares y Argüelles, festivo—¡todos
festivos!—y de quien se cuenta que fué «de carácter alegre,
jovialísimo y propenso a bromas y ejercicios divertidos, demostrando
un buen humor que no abandonó hasta los últimos momentos». O
del latinista don Bruno Fernández Cepeda, también regocijado, con
todo y ser dómine, o por lo mismo, y que dice en uno de sus
romances:
Entra el potrumedicatu
con sos paxes y corchetes,
y, echándose sobre min
com'unes utres famientes,
desalforxando sos chismes
entre dimes y diretes,
me esfarrapen a sangríes,
me destocinen a friegues,
me chamusquen con ventoses,
con baños me despelleyen,
con xiringanzos m'esfonden,
con supedanios me tueyen,
con agües me desbauticen,
con untures me esfelpeyen,
con emplastos me taracen,
con gataplasmes me afrellen,
con parches me destapinen,
con cantárigues me esfuellen.
O bien doña Josefa Jovellanos, hermana del famoso don Gaspar, y
la cual, aunque grave y devota, como que se metió monja, no
demuestra en sus versos sino un natural risueño y poco dado a
melancolías. Y luego don José Caveda, varón sabio que
sentimentalizó en tales o cuales versos, sin que abandone la
tradición jocosa del país; y los anónimos, en fin, como el autor del
poema La Judith, o los de tantos cantares como éstos:
En Candas hay bones moces,
en Avilés la flor d'elles,
en Luanco mielgues curades
y en Xixón paraxismeres.
Y los que dicen la historia de Maruxiña, la historia eterna de todas
partes:
Ay, Maruxiña,
la barriga duelte;
por so les faldes
coxiste la muerte.
Ay, Maruxiña,
tu fusti a los figos,
fusti muy tardi
y ya estaban coídos.
Ay, Maruxiña,
tu fusti a los prumos,
fusti tempranu,
no estaben maduros.
Ay, Maruxiña,
del pie delicau,
¿quién te mandó
reblincar en mío'prau?
Y algunos de muy ingenua y práctica filosofía popular:
Quixe casame contigo,
y eché lleña en to portal,
dácame acá la mió lleña,
que non me quiero casar.
El que sabe como files
y cómo quiés tú coser,
primero va pa'l'hespicin
que te escuya por muyer.
El cura del mió lugar
ye prontu pa recibir
y muy tardío pa dar.
Actualmente hay varios tocadores de lira que lo hacen con
bastante bizarría y donaire, tales Bernardo Acevedo, y un cierto
Marcos del Forniello, y, sobre todo, un famoso Pepín Quevedo,
orgullo de estos contornos. Todos ellos sostienen las tradicionales
maneras de humorismo y de gracia, y Pepín Quevedo—apellido
obliga—es el aeda representativo de tan envidiable ecuanimidad. De
él hace un su colega el más halagador retrato en unos versos que,
entre otras cosas, dicen:
Como amigo, y'un amigo
sin trastienda ni trasiego;
com'home, pa la muyer,
dulce como'l carambelo;
como padre, y'un padrazo
que reblinca co los neños;
y como poeta'n bable...
¡Contra! ¡Me valga San Pedro!
¡me caso'n Xudas, recongrio!
non y'un home, y'un xilguero!
Y como habrá que citaros algo de Pepín Quevedo que garantice la
fama de su buen humor y de sus sales poéticas, he aquí algunos de
los que él llama Cantares estropiaos.
«Al pie de un árbol sin fruto
me puse a considerar.»
Que le home que sal borrico
non lo puede remediar.
«A la luna pregunté
si era pura la que amaba»...
La lluna, naturalmente,
non arrespondió palabra.
«Por San Juan hizo un año
que te quería»...
Triste cascabelera,
conque ahora... infla.
«Los pajarillos y yo
nos levantamos a un tiempo»...
Ellos a comeme'l trigo,
yo a trabayar com'un negro.
Y vayan todas estas cosas, como he dicho antes, para los
asturianos del Río de la Plata, que encontrarán en ellas el eco de su
Cantábrico, la sonrisa de sus hermosas mujeres y el perfume del oro
claro e hirviente de la sidra.

Prólogo que es página de vida.

Estas líneas, que sirven de prólogo a la producción literaria del


doctor Luis H. Debayle, puede decirse que constituyen una página
de mi vida. O más bien dos páginas: una de primavera y otra de
otoño, ambas perfumadas por nuestras esencias de Nicaragua, de
flores de jardines domésticos, rosas, azucenas, «mapolas» u
orquídeas del bosque intrincado.
Pues mi conocimiento con este querido sabio armonioso viene
desde la infancia, allá en la centroamericana ciudad de León. Allí
tenía yo un primo que reunía en fiestas dominicales a niños amigos,
entre los cuales Debayle y yo. ¡Oh la casa de mi tía Rita, en que la
fatalidad se descargó un día!—¿justa o injustamente? ¡Dios lo sabe!
—, y aquellos bailes de adolescentes, al son del piano, y los cuales
solía perturbar, regocijar o asustar la aparición de dos enanos
velazquinos que mi tía albergaba en su casa... Exactamente como en
el Museo del Prado y como en la Historia.
Alegremente seriecitos nuestros bailes—trece, catorce, quince años
el que más de nosotros—. Mi primo tenía «haciendas» de ganado y
de caña de azúcar y su padre era cónsul. Otros eran hijos de
médicos, de abogados, de gente excelente del Municipio. Luis
Debayle presentaba muchas ventajas: tenía un bello tipo, era
francés, y su padre, cuyos ojos azules reflejaban empresas de Lally-
Tollendal y la Compañía de Indias, que habrían deleitado a Francis
Jammes, hacía cargar en los puertos que dejaron los viejos
españoles bergantines con la bandera de Francia, que traían a
Europa maderas olorosas y de tinte, rojas como el Brasil y amarillas
como la mora. Pero entre todos los adolescentes que danzábamos
mazurcas y polcas con las niñas, era yo el que hacía versos. Ello me
creaba la extraña, pero innegable superioridad que tienen el
arzobispo, el ruiseñor, el torero y el pavo real. Como me comprenden
ellos bien, ni el arzobispo ni el ruiseñor tomarán a mal lo promiscuo.
Ya se entenderá que yo, que veía en Luis Debayle el hijo de un
realizador de ensueños que había sorprendido en tal cual
almanaque, y él, que me confiara desde luego su amor a la música,
hiciésemos en seguida una gentil unión de cariño. En casa de
Debayle, a poco tiempo de nuestra primera intimidad, bajo la
complacencia maternal, fraternizábamos furiosamente en el
acordeón. Por lo que a mí toca, hoc era in votis, y he aquí por qué
aun estoy y estaré siempre enredado entre los profusos y
dificultosos para la marcha en el mundo de laureles apolíneos.

II

Fué, pues, Luis Debayle uno de mis primeros compañeros de


armonía. Así en acordeón, cielo azul, u órgano en la iglesia de la
Recolección, de los jesuítas. O en San Ramón, donde tanto él como
yo y tantos otros ostentamos en el pecho la cinta azul y la medalla
de oro de los congregantes:
Oh María,
madre mía,
dulce encanto
del mortal...
dirigidos y acariciados por un padre Tortolini, anciano, un padre
Valenzuela, poeta de Colombia, un padre Koning, sabio astrónomo,
un padre Juinguito, hoy obispo de Panamá... Y lo que he perdido en
el recuerdo...
Hay muchas lagunas en este largo poema de tiempo en donde
cantan tantas elegías... Mas es el caso que Luis Debayle y yo
simpatizábamos en el amor de la lira y que ya él empezó a quererme
como un hermano y yo a corresponderle de igual manera. Hasta
donde me era posible, ¡helas!, pues el primero, que tenía haciendas
y bufones le quería también como un hermano, y a pesar de mi
ventaja poética, la competencia no era posible. Solamente la gran
Hoz pone todo en su punto de justicia.
La verdad es que, poco tiempo después, yo me eclipsé, o más bien
no aparecí literariamente, pues las odas y las cantatas de los padres
hacían otros privilegiados, entre los cuales ese buen talento tan
práctico y tan literario y tan sentimental de Román Mayorga Rivas
que, comprendedor de su tiempo y de su misión, es hoy director del
primer diario a la yanqui de la República del Salvador. ¡Y todavía
Francis Jammes!
Entre estas memorias, que yo pongo aquí:
(Este ramo de ciprés para Mercedes, y este otro ramo de ciprés,
con una rosa blanca, para Narcisa.)

III

Aquí no debía faltar que yo hablase de don Juan Pallais, uno de los
tíos Pallais, de Luis de Bayle, hermano de su madre, afianzándose
así el predominio de la sangre francesa. Y mi gratitud debe
expresarse en memoria de quien fuera mi iniciador en la guía gala y
la golosina, siendo como era aquel buen caballero gourmand
gourmet. Y qué capítulo por escribir el de la cocina nicaragüense,
que viene de seguro de aquellos platos profusos y maravillosos que
se hacía servir el emperador mejicano Moctezuma y de los que
hablan Cortés, Gomara y Bernal Díaz.
Mas llega el instante en que, en revistas ínfimas y precarias, en un
medio primitivo, los jovencitos tentados por el demonio literario que
era entonces ángel jesuíta, diéramos al viento sendas silvas a la
clásica, naturalmente dirigidas al Mar, al Sol o la Virgen María. Y Luis
Debayle realizó entonces tales o cuales lanzamientos líricos, más o
menos divino Herrera o humano Alberto de Lista, que hoy mismo
pueden sin desdoro figurar entre sus producciones rimadas. He de
insistir siempre en que los padres de la Compañía de Jesús fueron
los principales promotores de una cultura que, no por ser, si se
quiere, conservadora, deja de hacer falta en los programas de
enseñanza actuales. Por lo menos conocíamos nuestros clásicos y
cogíamos al pasar una que otra espiga de latín y aun de griego.
Jóvenes nicaragüenses de ese tiempo hay hoy, que, según tengo
entendido, son hasta obispos y profesores en lejanas regiones.
El tiempo pasó. Yo partí, aun en la adolescencia, de mi tierra.
Debayle supe entonces que había ido a París a estudiar medicina. ¡A
París! A su dulce Francia, en que tanto él como yo soñábamos
después de desleir en el fuelle armónico y viajero alegres
marianinas, romanzas sentimentales o sones aprendidos de los
marineros de Corinto o del estero Real.
Cuando partió Debayle escribió una página cordial en que junta a
sus dos patrias: la grande Francia y la pequeña Nicaragua, en su
afecto igual. Pero por más que él diga, prevalece, a pesar del afán
de la tierra, el corazón francés.
Corazón francés, cerebro francés, nombre francés, eso es Luis
Debayle. Solamente su gloria es centroamericana, pues el laurel no
da sus ramos sino en donde se le riega. Y si, aunque nacido en
Nicaragua, es ciudadano de Francia, su ciencia es en el país tropical
y maravilloso donde vierte su bien.
Su ciencia. Los que vivís en ese gran Buenos Aires de millón y
medio de habitantes, palenque de todos los progresos del mundo;
los que lucháis en esas capitales ricas y soberbias—dos o tres
apenas en nuestro continente hispano-parlante—no podéis saber lo
que de posible y de imposible ha realizado Luis H. Debayle para el
saber médico en su pequeño país de acción y para que su nombre
sea reconocido con elogio y su persona rodeada de consideraciones
en los centros científicos europeos. Por más que adelantamos,
Europa es aún el crisol del pensamiento del mundo. Y el mejicano
Herrera; los brasileños, los argentinos Pérez, Ramos Mejía,
Ingegnieros, Sixto y algunos otros, han logrado, al dejar su nombre
marcado en una roca europea en la ascensión de la ciencia humana,
lo que muchos no comprenden. Y así el franco-nicaragüense
Debayle, descendiente de Montgolfier.
Saber e investigar mucho, constantemente; enseñar, curar, dar la
vida, contribuir en tantas partes de la tierra: Wáshington, Méjico, La
Habana, Budapest, París, a la recopilación de ciencia y de
experiencia; ser querido y alabado por los Peau, Richelot, Landouzy;
ser llamado un día a presidir, en la metrópoli de la gloria, un
congreso de eminencias; amar de veras y con toda el alma su don
científico y todavía saber recordar que Esculapio es hijo de Apolo.
Pues he aquí que Debayle ha perseverado en el amor de la Lira, lo
cual contribuirá a que en su jardín interior, aun en el invierno vital,
haya rosas frescas.

IV

Si él publica este libro, es quizá por consentimiento a indicaciones


amistosas, y sin ninguna ambición de «ma-tu-lu». Y luego, casi
todas son flores de un jardín familiar; flores nicaragüenses:
«cundiamor», «bellísima» y azucenas de todos colores. Hay sones
de las antiguas liras románticas, de las que se «pulsaban». Hay
sentimientos de hogar, antiguos ecos amorosos, perfumes que aun
quedan de una tradición patriarcal. Y el mar nuestro aparece, mar
de descubrimiento, de Robinson y de Antilla. Y aquí que yo recuerde
al Debayle que volví a ver, después de tantos años, en el otoño de
mi vida. Fuí a mi país tras larga ausencia. Toda aquella tierra
ardiente fué para mí como un incensario. Se festejó nacionalmente
el retorno del poeta pródigo. ¡Cuántos amigos de menos! ¡Cuántos
que se llevó la muerte, cuántos cambiados, cuántos esquivos o por
indiferencia tímida o por miserias ciudadanas que hasta a las nueve
musas visten con un color político! ¿Qué tengo yo que desear allá
sino que mi país natal adquiera fuerza, riqueza y cultura? ¿Qué sé yo
de los oñacinos de León o de los gamboinos de Granada? Mas he de
decir que el primer abrazo, o el más fraterno, de la llegada, fué el de
Luis H. Debayle. Grises ya ambas cabezas, florecieron en seguida
nuestros recuerdos, para los cuales contribuyó la literatura y este o
aquel rememorar de amor igualmente perseguido antaño y nuestras
mutuas conquistas y su París y mi Argentina. Y yo desperté en
aquella imaginación de buen sabio la amable locura de los versos. Y
fuimos a pasar los días de fuego de aquel verano tropical, a una isla
risueña, desde la cual se divisan los cocotales del puerto de Corinto.
Y allí hicimos rimas y ritmos. Y allí supe cómo la pasión estética
coronaba bellamente una existencia de bienhechor de la Humanidad,
y cómo el antiguo amigo de las odas a la hispánica había ya
escuchado las siringas y liras de los modernos pastores y corifeos de
poesía.
En el seguro monumento que su patria ha de ofrecer al doctor
Debayle, junto a las simbólicas figuras que indiquen ciencia y
caridad, sería propio esbozar una musa, no por discreta menos de
origen divino. Y el abuelo Montgolfier estará en su eternidad
satisfecho, cuando vea cómo de cuando en cuando su ilustre
descendiente se ha fugado de las prisiones prácticas de la tierra para
ir por los espacios de su globo, caballero en el sublime caballo alado.

Letras chilenas.
FRANCISCO CONTRERAS
UN LIBRO SOBRE ITALIA

Hay un poeta de Chile que vive en París desde hace algunos años.
Es joven. Ha publicado ya varios libros y goza de renombre en el
mundo intelectual hispano-parlante. Se llama Francisco Contreras.
Su primera obra aparecida en Europa, Toisón es una colección de
sonetos. De él dijo el incomparable Max Nordau: «Es realmente un
toisón de oro suntuoso, fabuloso, digno objeto de la heroica
aventura de Jason, fin «feérico» de la navegación del Argos». «Casi
todas las piezas están saturadas del éter poético, tienen un aspecto
deliciosamente patricio, son superiormente vistas, sentidas, dichas».
A pesar del dañoso elogio del doctor, que ha escrito lo que ya se
sabe sobre todo lo que brilla y vale en el arte contemporáneo, ese
primer libro de Contreras tiene poesías de mérito, sobre todo porque
de los primeros ha procurado apartarse del nuevo «poncif»
castellano que ha echado a perder, entre otras cosas, el alejandrino
y el gusto por lo «compuesto». Aun cuando se notan los orígenes o

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