La Justicia y La Verdad
La Justicia y La Verdad
El problema de la verdad
¿Cómo se puede definir a la verdad?
● Es la conformidad entre lo que se dice, piensa o cree y la realidad, lo que es o lo que sucede. Así se ha
entendido tradicionalmente la verdad interpretada como correspondencia, o coincidencia, entre la mente y
la realidad o los enunciados y los hechos.
● La verdad es la característica esencial de la realidad tal como es. También es entendida como el fenómeno
que hace coincidir lo que se piensa con su manifestación objetiva o real. Por ejemplo: el sol sale todas las
mañanas, pues cada día aparece por el oriente al amanecer.
● La verdad práctica, según Aristóteles, se da en el hombre gracias a que surge dentro del alma una opinión
verdadera y simultáneamente una acción recta. Lo falso en la esfera de las acciones se produce, por el
contrario, con el surgimiento de una opinión falsa y una acción no recta.
La verdad es la correspondencia entre lo que pensamos o sabemos con la realidad. La palabra, como tal, proviene
del latín verĭtas, veritātis.
En este sentido, la verdad supone la concordancia entre aquello que afirmamos con lo que se sabe, se siente o se
piensa. De allí que el concepto de verdad también abarque valores como la honestidad, la sinceridad y la franqueza.
La verdad se refiere a la existencia real y efectiva de algo, es decir, a la realidad, a la existencia concreta en el plano
de los hechos
Verdad se denomina todo aquel juicio o proposición que no puede ser refutado racionalmente. En este sentido, la
verdad es lo opuesto a la falsedad, a la mentira.
Como verdad, también se puede referir a la fidelidad a una idea, a la convicción absoluta de su justicia y su certeza.
Por ejemplo: “Mi verdad es la Iglesia católica y la palabra del Señor”.
Verdad en Filosofía
En Filosofía, la verdad implica siempre una relación entre un sujeto, es decir, una inteligencia, y un objeto, o sea,
una realidad. Como tal, la verdad es la concordancia del pensamiento con lo real. En este sentido, si tal
correspondencia no se da, entonces podemos afirmar que se trata de una proposición falsa.
Esta formulación, debida a Aristóteles, mantiene vigencia hasta la actualidad. Santo Tomás de Aquino, por su parte,
refiere que la verdad es la inteligibilidad del ser y la correspondencia de la mente con la realidad, mientras que, para
Kant, la verdad era una perfección lógica del conocimiento.
Verdad relativa
Una verdad relativa es una proposición que es cierta solamente cuando es considerada en relación con determinados
criterios, como una norma, convención o punto de vista.
Las verdades relativas, en este sentido, dependen de principios o normas asociados a la cultura o época a partir de
la cual se las esté considerando. De allí que la verdad de determinadas afirmaciones o proposiciones depende de
cómo se las esté viendo, desde qué época, cultura y punto de vista.
Una verdad relativa, por ejemplo, es la afirmación que un habitante del trópico hace acerca de que hace frío. Esta
percepción, que bien puede ser compartida por otros habitantes del trópico como una sensación térmica asociada
al frío será muy diferente para un canadiense o un sueco, para quienes el frío está asociado a temperaturas bajo
cero.
Verdad absoluta
Las verdades absolutas son las ideas o proposiciones que son ciertas para todas las culturas y todos los tiempos.
En este sentido, las verdades absolutas son aquellas que podemos atribuir a la naturaleza y a determinados
fenómenos o hechos, que son fijos, invariables, inalterables, así como también pueden se pueden atribuir a alguna
significación trascendente, como las asociadas con la divinidad en ciertas religiones.
Así, las verdades absolutas son proposiciones que son absolutamente ciertas o absolutamente falsas, sin
restricciones o puntos medios. Por ejemplo: el hielo es sólido, el agua es mojada, la muerte es el cese de las
funciones vitales.
● La verdad es un valor de carácter moral, de modo que “sería inaceptable cualquier sistema moral que de
algún modo atribuya legitimación a la falsedad”.
● La verdad es un valor de carácter político, propio de la democracia liberal, por cuanto el núcleo del poder
político debe ser un “pacto de verdad” con los ciudadanos.
● La verdad es un valor de carácter epistemológico, dado que la teoría del conocimiento debe orientarse a la
búsqueda de la verdad.
● La verdad es un valor de carácter jurídico, puesto que “existe una conexión directa, muy elemental, entre la
verdad y el derecho, entendida como el hecho de que un sujeto puede tener o no un derecho previsto por la
ley, siempre y cuando sea verdadero que ese sujeto está en las condiciones de hecho que la ley considera
válidas para ese derecho”
Leopoldo BAEZA indica que, "la humanidad no ha cometido mayor estupidez que la cometida por Poncio Pilato,
cuando, después de haber preguntado a Cristo: ¿Y qué es la verdad?, antes de que el Nazareno contestara, le dio
las espaldas y se dirigió al pueblo".
¿Quién puede decir con exactitud lo que es la verdad?
Inútiles han sido los esfuerzos que se han hecho para definirla en forma indubitable; sus contornos se pierden en las
nebulosidades de lo desconocido. Los más osados exploradores del pensamiento filosófico no han logrado
arrancarle su secreto, el cual permanece virgen como el metal que se aloja en las montañas.
Yo soy el camino, y la verdad, y la vida, había dicho ya Jesús. Esta afirmación, sin embargo, es ambigua y no da
una noción clara de lo que la verdad sea.
La justicia humana es a fortiori imperfecta. Además, el mismo hombre, para no alcanzarla, la encubre con su falsía
y su mendacidad. Todo esto hace que la tarea del juez sea sumamente delicada: para poder fallar este con justicia,
necesita previamente conocer la verdad de los hechos, lo cual, como se ha dicho, es muy difícil, por no decir
imposible.
Quizá por eso haya dicho Jesucristo: No queráis juzgar, y no seréis juzgados; no queráis condenar, y no seréis
condenados. Perdonad, y seréis perdonados. Porque con el juicio con que habréis juzgado, seréis juzgados; y con
la medida con que habréis medido, seréis medidos vosotros.
En este pasaje no se nos preceptúa otra cosa sino simplemente que se interpreten en el mejor sentido aquellos
actos cuya intención con que se hacen es dudosa. Cuando haya duda acerca de con qué intención se hace una
cosa, debemos abstenernos de juzgar; y si juzgamos, debemos hacerlo en el mejor sentido posible.
Hay ciertas acciones, indica Agustín DE HIPONA, que no pueden ser hechas sino con mala intención: por ejemplo,
las fornicaciones, los adulterios, los hurtos, las injurias, los homicidios, etc.
Hay otras que sólo pueden ser hechas con intención buena. Y hay otras más que pueden ser hechas con una u otra
intención.
Hay, pues, ciertas acciones intermedias, que ignoramos con qué intención son hechas, porque se pueden hacer con
buena y mala intención, de las cuales es temerario juzgar, máxime para condenarlas. Estas acciones serán juzgadas
a su debido tiempo por el Señor, cuando aclare todas las cosas ocultas y descubra los secretos designios humanos.
En consecuencia, juzguemos de los actos manifiestos, dejemos a Dios el verdadero juicio de los ocultos: porque los
mismos no pueden quedar escondidos, ya sean malos o buenos, cuando llegue el tiempo en que se manifiesten.
Pero el juicio de que nos habla el mandamiento cristiano no se evita con sólo abstenerse de juzgar en los casos
donde haya duda, donde la intención del reo se halle oculta, sino es necesario también, para evitarlo, abstenerse de
juzgar cuando no se sepa con exactitud si el autor de la falta es susceptible de enmienda.
Por eso Agustín DE HIPONA agrega: Dos son, pues, las cosas en las cuales debemos precavernos de juzgar
temerariamente: cuando es incierta la intención con que alguna cosa fue hecha, o cuando es incierto cuál sea el
futuro de quien ahora aparece bueno o malo.
CARNELUTTI, por su parte, según ya hemos visto,
considera que lo que Jesús quiso poner de manifiesto en el
pasaje de que hablamos es la responsabilidad del juzgador,
la importancia del dinamismo interior del juicio sobre el
mecanismo exterior del proceso. Y acaso sea ésta, piensa el
autor italiano, la más paradójica de las enseñanzas
cristianas. "La responsabilidad del juez se concreta en el
riesgo de padecer, a su vez, injusticia si él juzga
injustamente.
Pero, ¿de quién provendría esta injusticia para el juez inicuo? ¿De un juzgador terrenal situado en el mismo plano
que él? Si bien nos fijamos, veremos que la doctrina cristiana, cada vez que habla de una recompensa o de un
castigo, lo hace en un sentido ultramundano, o sea, que el premio o la expiación provendrá de un Ser Superior que
se halla por encima de los hombres.
El cristianismo no promete galardones ni amenaza con penas de este mundo, sino augura goces o sufrimientos
ultraterrenales. Mi reino no es de este mundo.
También en este caso, al hablar de un juicio y una medida que serán aplicados al que juzga injustamente, se está
refiriendo a un juicio y a una medida sobrehumanos, ultraterrenos, celestiales.
Pero entonces surge esta pregunta: ¿es posible que el Altísimo,
el Ser Justo por excelencia, ¿sea capaz de aplicar una medida
injusta a aquel que usó igual medida para con otro?
Agustín DE HIPONA contesta negativamente: De ningún modo
Dios juzgará temerariamente, ni medirá con medida injusta a
nadie. Lo que sucede, dice, es que: El alma muere con el mismo
pecado cualquiera que cometa; la temeridad con que castigas a
otro, es necesario que con la misma te castiguen.
Nosotros, por nuestra parte, consideramos asimismo que el
Ser Supremo no será injusto cuando aplique a un hombre la
misma medida injusta que éste aplicó a otro, porque si bien es
cierto que la medida injusta es tal en el momento en que un
hombre la aplica a otro, en cambio no lo es cuando esa misma
medida es aplicada por la mano divina a ese hombre que la
aplicó anteriormente: de injusta se convierte en justa.
Pongamos un ejemplo para mayor claridad: supongamos, por
ejemplo, que un juez terrenal condena a un inocente, a pesar
de que conoce esta inocencia.
Pero en tanto que en el primer caso la pena era injusta por haber sido aplicada a un inocente, en el segundo caso
no lo es, puesto que se estaría aplicando a una persona responsable de iniquidad.
Quizá se trataría aquí de la "Ley del talión", pero aplicada con la mayor precisión y justicia posibles. Esta ley significa
que el castigo debe ser exactamente igual al daño causado, lo que en la justicia humana resulta casi imposible,
según después veremos.
Ahora bien, en el caso que analizamos, por ser el Creador absolutamente omnisciente, puede aplicar con rigurosa
precisión la pena que corresponde al daño causado al inocente, que no es otra que la que le fue impuesta a éste por
el juez injusto. Pero no se estaría cometiendo entonces una injusticia al juzgador inicuo, como opina CARNELUTTI,
sino que, por el contrario, se estaría haciendo justicia, al ser condenado el responsable de la injusticia, a sufrir el
castigo de su falta.
Escribe CARNELUTTI:
Cuando a los que estaban por lapidar a la adúltera Jesús ha dicho: "Quien de vosotros esté sin pecado arroje la
primera piedra", Él ha indicado la razón profunda de la dificultad: el pecado es sombra y, para juzgar, es necesaria
la luz. En efecto, yéndose uno a uno, comenzando por los más viejos (Juan, VIII, 7), aquéllos han reconocido la
propia indignidad. Y cuando, recogidos en el Sanedrín, los enemigos de Él han pretendido juzgarlo, el silencio
opuesto a sus interrogaciones (Mateo, XXVI, 63) ha acusado igualmente su indignidad. Lo que, en términos jurídicos,
se reduce a la observación de que el juez, para juzgar a la parte, debe estar super partes; pero, ¿cuál es el hombre
que no sea, desgraciadamente, una parte?
En otros términos: sólo tiene derecho a juzgar aquel que es digno para ello, que merece tal privilegio. ¿Y quién
merece tal privilegio? Aquel que está libre de toda culpa. De manera que sólo una persona completamente honorable,
recta, justa, honesta, debe ser juez.
¿Cómo podría un delincuente juzgar a otro delincuente, si él mismo merece que lo juzguen?
¿Puede acaso un ciego conducir a otro ciego? Éste es, a nuestro parecer, el sentido que encierra la frase: "No
juzguéis, para que no seáis juzgados".
Tanto es así, que Jesús agrega en seguida: Más, ¿por qué ves
la pajuela en el ojo de tu hermano, y no ves la viga en tu ojo? O,
¿cómo dices a tu hermano: ¿Déjame sacar la pajuela de tu ojo,
y he aquí que la viga está en el tuyo? Hipócrita, echa primero la
viga de tu ojo, y entonces verás cómo sacar la pajuela del ojo
de tu hermano.
Como si dijera: ¿por qué juzgas a una persona que ha delinquido, si tú mismo eres un criminal? ¿Por qué pretendes
que se cumpla un contrato, si tú no cumples tampoco con tus obligaciones contractuales? Para que puedas juzgar,
es necesario que tú seas una persona virtuosa e irreprochable. Limpia primero tu vida de toda falta, y entonces
podrás ser juez.
Se está exigiendo, en consecuencia, la honorabilidad y la decencia del juzgador.
Así como Jesús dijo a los que se disponían a lapidar a la adúltera: Quien de vosotros esté sin pecado, arroje el
primero la piedra contra ella, nosotros podemos decir: el que esté libre de toda culpa, sea el que juzgue la falta.
Pero como es difícil encontrar (en el caso de que exista) a un hombre que no haya cometido jamás una falta, todo
juez humano debe ser benévolo en el momento de juzgar al reo, máxime si tiene en cuenta que la verdad absoluta
nunca la sabrá.
Virata preguntó quién era ese hombre, y los que lo conducían maniatado respondieron que se trataba de un homicida
que había dado muerte a once personas. Virata interrogó al acusado sobre la certeza de la acusación, y aquí se
presentó el problema de la verdad..."¿Cómo puedes tú pretender conocer —preguntó, a su vez, el reo— lo que he
hecho, puesto que ni yo mismo sé lo que mis manos hacen, cuando la ira se adueña de mi alma?"
En el resto del interrogatorio, el acusado guardó obstinado silencio, y el resultado fue que se dictara en su contra
esta sentencia: "Sobre este hombre pesa la pena de muerte —dijo Virata—, pues a once hombres empujó del calor
de su cuerpo al mundo de la transformación. Durante un año madura, en el regazo de la madre, la vida de un hombre;
del mismo modo éste estará encerrado un año en las tinieblas de la tierra por cada hombre que ha matado. Y, como
ha vertido once veces la sangre de los hombres, once veces al año será flagelado hasta que la sangre brote de su
piel, para que en esta forma pague la cuenta de su maldad con el número de sus víctimas.
Mas no quiero que se le quite la vida, pues la vida pertenece a los dioses y el hombre no puede decidir lo que es de
los dioses. Ojalá sea justo mi dictamen, que sólo expresé en holocausto de la ecuanimidad."
En conclusión, once años de presidio subterráneo, y once flagelaciones en cada uno de ellos hasta que manaba la
sangre, fue la pena qué Virata impuso.
¿Era justa esta condena o, por el contrario, era injusta? El problema de la justicia se presenta. ¿No habría sido más
justo, como el mismo reo lo pedía, que se le condenara a la pena capital, puesto que había matado? Y aun con esta
pena no se hubiera quizá satisfecho una plena justicia, pues para ello se hubiera requerido matar once veces al
condenado, como éste había hecho.
Ya que esto era imposible, ¿no hubiera sido más equitativo aplicarle la pena máxima? Los impugnadores de la pena
de muerte y, a la vez, devotos creyentes de la divinidad, argumentarían del mismo modo que Virata: nadie tiene
derecho a quitar la vida, sino el que la ha dado: Dios.
Aprovecharemos la coyuntura para hablar muy brevemente sobre los argumentos que dan los defensores de la
pena de muerte ("mortícolas"), para sostener las ventajas de ésta y su legitimidad.
Los defensores de la pena de muerte ("mortícolas"), dan los siguientes argumentos:
1. La pena de muerte es intimidante. Sirve para que otros se abstengan de cometer graves delitos, por el temor
de que se les condene a perder la vida.
2. La prisión perpetua no salvaguarda suficientemente a la sociedad, pues el condenado puede evadirse y
cometer nuevos crímenes que se habrían podido evitar si éste hubiera sido ajusticiado. A nuestro modo de
ver, éste es el argumento más sólido de los "mortícolas".
3. La pena debe ser proporcional a la gravedad del delito.
4. La pena de muerte es aceptada tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento.
5. Todos los pueblos la han aplicado en castigo de graves delitos.
6. Restaura el orden jurídico roto.
7. Crea la seguridad, la tranquilidad de los ciudadanos. Defiende el orden social.
8. Depura la raza, al eliminar a los criminales incurables, incorregibles, reincidentes y sumamente peligrosos.
Argumentos que dan los abolicionistas, para sostener sus desventajas e ilegitimidad; que son, en general, contrarios
a los de los "mortícolas":
1. La pena capital es de efecto criminógeno. Induce al delito, no es intimidante; por el contrario, donde se aplica
proliferan los grandes criminales, sobre todo cuando la ejecución de éstos se hace públicamente. Es más
intimidante la pena de prisión perpetua.
2. Es una venganza, y no da alguna oportunidad de enmienda, de corrección, de readaptación al culpable.
3. Es una violencia extrema, y la Iglesia católica siempre ha condenado toda violencia.
4. Es inhumana porque destruye la vida, que es un derecho fundamental del hombre. Además, sólo Dios tiene
el derecho de quitar la vida, puesto que Él la otorgó.
5. Viola el mandamiento divino de "No matarás".
6. Es opuesta a la concepción moderna de la justicia, que debe ser readaptadora del delincuente.
7. Se aplica sobre todo a los pobres e ignorantes, que por su estado de miseria son los que más delinquen.
8. No hay manera de corregirla si se comete un error judicial.
9. Entre todos estos argumentos, el que nos parece de mayor peso es este último.
Pero, en los delitos dolosos en que interviene la voluntad perversa del malhechor, consideramos que el ideal sería
la aplicación exacta de dicha ley. Mas como se trata precisamente de un ideal, el mismo es irrealizable.
La enunciación que de la Ley del talión hace la Biblia “No te compadecerás de él, sino exige vida por vida,
ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie.
Jean Marie GUYAU, por el contrario, niega la justicia de la Ley del talión por la idea de venganza que en ella se
contiene; se debe castigar al delincuente, nos dice, no para hacerle expiar su falta, sino para tratar de corregirlo.
Pretender que un delito sea castigado por el daño que ocasionó sería inútil, pues "lo hecho, hecho está".
(Pensamiento semejante sostenía ya PROTÁGORAS.) Nada se va a remediar con añadir un mal, el del castigo, al
otro que ya existe, el del delito.
"Agréguese el mal sensible del castigo al mal moral de la falta, con pretexto de expiación, y se habrá duplicado la
suma de los males sin reparar nada."
Si se aceptase la pena como una expiación del delito, como una venganza, la misma no podría ser justificada,
prosigue GUYAU; la pena de muerte, por ejemplo, sería un asesinato cometido por el verdugo, con la agravante de
que éste no tendría ningún interés personal que explicara su crimen. Mas todo castigo se justifica por la utilidad
social que persigue con la posible enmienda del delincuente.
La Ley del talión no tiene como fin la defensa social ni la prevención del delito, sino la venganza del daño causado;
por eso es inaceptable, afirma el pensador francés. "De ninguna forma se debe hacer sufrir al culpable ni restringir
su libertad por el hecho de que, en el pasado, haya violado la libertad ajena, sino porque es capaz de violarla
nuevamente."
Así pues, se castigará al delincuente no porque haya delinquido, sino porque puede volver a delinquir: se castigará
no un hecho consumado, sino uno posible en el futuro. ¿Es justo esto?, preguntamos nosotros. ¿Es justo que se
castigue a una persona por una acción que todavía no comete, pero que puede llegar a cometer? La respuesta,
evidentemente, es negativa.
La pena no sólo debe ser un medio correctivo, de defensa social, sino también uno reparador, hasta cierto punto
vengativo, impuesto por el Estado en sustitución del individuo; debe ser tanto enmendadora del criminal, como
compensadora del daño ocasionado. Si la Ley del talión pudiera aplicarse con rigurosa exactitud, acaso sí sería la
regla que más se aproximara a la perfecta justicia; por lo menos, en el derecho penal. Pero ya hemos dicho que esto
es imposible.
El problema de la justicia no solamente se presenta cuando se trata de aplicarla a un caso concreto, sino también
cuando se intenta determinar qué es lo justo en abstracto, en general, en cierta situación jurídica.
En el robo, por ejemplo, ¿qué es lo más justo: ¿condenar únicamente a la devolución de la cosa robada, o también
al pago de una indemnización, ya sea para la víctima del delito o para el Estado como representante de la sociedad,
o habrá de exigirse, además, que se imponga al responsable una pena de prisión o cualquiera otra sanción corporal?
Y, en este último caso, ¿qué castigo será el más conveniente, el menos injusto? Por otra parte, ¿cómo medir con
justicia el tiempo de la reclusión? El problema admite diversas y múltiples soluciones, sin que se pueda precisar con
exactitud cuál es la justa.
En esa virtud el legislador humano puede escoger alguna o algunas de ellas o todas a la vez y, al hacerlo, lo
mismo puede estatuir con justicia, que caer en la injusticia.
SÓCRATES, sin embargo, ha dicho que lo "que es legal es justo". No ha faltado quien haya querido interpretar esta
frase en el sentido de que el pensador griego quiso afirmar con ella que el hombre justo debe acatar las leyes,
independientemente de que sean justas o injustas, y no que todo lo que el legislador ordene sea justo por fuerza.
Él expone: Por tanto, aquél se hallará en legalidad que se conforme a los reglamentos políticos, y estará en la
ilegalidad quien los traspase... Así que ser justo será obedecerlos; e injusto, el desobedecerlos... Consiguientemente,
quien obra legalmente es justo y quien ilegalmente, injusto.
SÓCRATES se contradice: Supongamos, en efecto, que un hombre que se precia de justo obedece y cumple una
ley injusta. ¿Será realmente justo? ¿Puede ser justo un hombre que comete una injusticia sólo por cumplir la ley?
¿Se puede ser justo e injusto a la vez? Quizá este hombre respondiera con las mismas palabras que SÓCRATES
pone en boca de las leyes, las cuales le dirían: "abandonando hoy la vida, la dejas condenado injustamente, no por
nosotras las leyes, pero sí por los hombres"; es decir, que, en todo caso, los hombres son los injustos y no las leyes.
Por consiguiente, como no hay leyes injustas, nunca puede cometer injusticia el que las cumple. Claro que, si
aceptamos la idea de que sólo los seres con voluntad propia, dotados de razón, conscientes de sus actos, pueden
realizar la justicia o la injusticia, tendremos que aceptar igualmente que sólo los hombres pueden ser justos o injustos.
Tampoco habría entonces acciones inicuas, actos vituperables, normas criticables, en sí, en forma independiente,
desligados del ser humano. Y, en verdad, así es. Sólo por extensión se califica de justos o de injustos a los decretos,
los reglamentos, las leyes, las sentencias judiciales, como frutos o productos de la actividad del hombre.
Estos decretos, reglamentos, leyes, sentencias judiciales, en sí, no son ni justos ni injustos, pues carecen de
discernimiento, de raciocinio, de alma, de espíritu; son simplemente expresiones o manifestaciones de la voluntad
humana, que es la justa o injusta.
Con todo esto, no podemos admitir que un hombre conserve su calidad de justo, cuando acata una ley inicua, pues
si bien, en estricto sentido, la ley no puede ser, en sí, justa ni injusta, representa, sin embargo, una expresión de la
voluntad humana, la del legislador o legisladores, que sí puede ser lo uno o lo otro.
Pretender que el hombre debe acatar, sin reparos, ciegamente, todas las leyes humanas, es tanto como quitarle
todo juicio crítico y obligarlo a aceptar todas las decisiones, aun las injustas, de otros hombres tan imperfectos como
él. No sería entonces sino un juguete inanimado en las manos de sus congéneres.
Si el Ser Supremo le ha dado a la criatura humana un cierto margen de libertad, de libre arbitrio, ¿por qué va a ser
coartado este margen en forma absoluta o casi absoluta por los hombres que se encuentran en el poder? A esto
equivaldría el pretender, como pretendía SÓCRATES, que se obedezca sin chistar, ciegamente, las leyes del Estado,
aun las injustas.
Así y todo, no propugnamos tampoco la idea de la violación constante de las normas estatales. Lo que defendemos
es el derecho que tiene el hombre de no obedecerlas cuando sean patentemente injustas. Caro fue el precio que
pagó SÓCRATES por su doctrina: para estar acorde con sus ideas, marchó con ánimo sereno a la muerte,
rechazando con gesto decidido la proposición de fuga que Critón le hacía... "el deber siempre y en todas partes
manda ejecutar lo que el Estado y la patria ordenen".
Si este pensamiento socrático fuera cierto, el hombre no sería sino un simple esclavo de las leyes, un autómata sin
raciocinio ni voluntad, un mero engranaje, como se ha dicho, de la inmensa y arrolladora maquinaria del Estado.
El injusto podría entonces, escudándose en las leyes estatales, aparecer como justo; el subalterno que ha cometido
una fechoría por órdenes de su superior, podría justificarse diciendo que él no es el responsable del acto, sino el que
lo ordenó, lo que nos haría pensar que tal vez sería capaz de arrojarse a un abismo si su amo se lo pidiera.
Contrariamente a ARISTÓTELES, consideramos que quien por voluntad hace cosas injustas, es injusto siempre.
Las leyes estatales son elaboradas por los hombres, y como éstos son siempre falibles, aquéllas también lo son, por
lo que no deberán ser cumplidas estrictamente. Quizá por esto en tiempos de CICERÓN se usaba ya el proverbio:
El sumo derecho es la suma injusticia.
Son muchas las leyes de gobiernos que la ONU ha considerado que vulneran derechos humanos. La ley mordaza o
Ley de Seguridad Ciudadana, que busca revocar los atentados contra la libertad de expresión, se ha convertido en
un instrumento de censura, ante leyes injustas.
No hay que olvidar nunca, como recordaba Martin Luther King en su carta desde la prisión de Birmingham, que lo
que los nazis hicieron era legal, igual que en su momento era legal discriminar entre negros y blancos, mientras
que defender la integración y criticar el racismo, o ayudar a judíos era ilegal.
Muchas de las aberraciones cometidas a lo largo de la historia fueron cometidas amparadas por la ley. Desde
homicidios y torturas a la venta y tráfico de personas.
En base a esta idea se justifica la desobediencia civil. Gandhi defendía que, “cuando un hombre entiende que
obedecer leyes injustas va contra su dignidad como ser humano, ninguna tiranía puede dominarle.”
¿debemos obedecer leyes que atentan contra nuestra dignidad? En la sociedad en la que vivimos esta pregunta
debe ser respondida teniendo en cuenta diversos factores:
Primero que vivimos en una democracia, esto implica la existencia de determinados cauces legales para
rebelarse contra una ley determinada o una aplicación del derecho determinada, si se considera que es
injusta.
Segundo, si uno desobedece, es porque tiene el firme y profundo convencimiento de que obedecer esa ley
atentaría contra la dignidad. No es una cuestión de no acatar lo que un juez diga o no cumplir una ley
determinada porque nos perjudique. La desobediencia civil es un acto político y pacífico. Quien la lleva a
cabo lo hace para poner de relieve la injusticia de una norma que pretende que se modifique. Es un acto de
protesta en el que uno se atiene a las consecuencias legales que contra él pueda haber. Es un acto público,
porque el propósito es acalorar el debate, evidenciar la injusticia, visibilizarla y hacer imposible que el
problema pueda ser ignorado por más tiempo.
Cuando nos roban todos los recursos, cuando la ley nos da la espalda, es cuando no queda más remedio
que desobedecer. Y quien desobedece lo ha de hacer con el mayor respeto al derecho, lo hace porque de
hecho defiende el derecho, pero un derecho justo. Como decía M.L King “quien quebranta una ley injusta
está de hecho manifestando el más eminente respeto por el derecho”. No es un acto antisistema. Es un acto
en el que uno se decanta por una determinada percepción del derecho, entendiendo que no puede ser
juridificada cualquier cosa, porque la dignidad humana está por encima del cumplimiento de cualquier tipo
de ley, y la ley ha de establecerse guiada con el fin de proteger esa dignidad humana.
Un ejemplo más allá de las luchas y movimientos históricos como el antisegregacionista es el llevado a cabo
por Médicos del Mundo ante la reforma sanitaria del gobierno Español de Rajoy. Ellos han vulnerado
consciente y premeditadamente la ley, porque entienden que la ley debe tener como fin la protección del
ciudadano y la promoción y garantía de los derechos humanos. Y entienden que denegar asistencia sanitaria
a una parte de la población atenta, no solo contra esta idea, sino también contra su propia deontología
profesional.
La desobediencia civil en cambio da una respuesta mucho más difícil de llevar a cabo, pero que puede
resultar siendo mucho más efectiva. Resistir y negarse a obedecer, de una manera pacífica busca como
objetivo, no simplemente destruir el régimen injusto, sino reconstruirlo. Y por supuesto desobedecer una ley
y no responder de manera violenta ante ataques violentos o sanciones que te perjudican de diversas
maneras no es una tarea fácil. Uno ha de sopesar la situación antes de lanzarse a este tipo de campaña.
Pero es cierto que muchos derechos han sido conquistados gracias a este mecanismo, y aún permanecen
en el tiempo sus efectos.
¿por qué no desobedecer? Aplicar la desobediencia civil puede ser una herramienta política altamente
efectiva. También implica una determinada vinculación de la persona con la ley. Implica una relación de
ciudadano (lo que implica un carácter igualitario), y un conocimiento más profundo del derecho.
Al final “justicia” es un concepto moral abierto a interpretaciones. Pero seguramente la definición más
acertada, y esperemos, la más duradera, es la de considerar cualquier acto que atente contra la dignidad
humana como injusto. Y ahí es donde entra el iusnaturalismo. Porque los derechos humanos nacieron como
una declaración de intenciones sin carácter legal alguno, sino meramente moral. Y sin embargo se han
convertido en el valor legal supremo de nuestros tiempos.
El derecho no solo lo construye el legislador, también de alguna manera la sociedad, nosotros. Esto debería
hacer que nos replanteemos nuestro respeto a leyes que atentan contra nuestra dignidad. La clave de la
desobediencia civil son los actos simbólicos. Gandhi derrocó el Imperio Británico con un puñado de sal.
Quizás baste con un tweet para derrocar una ley injusta.
LA EQUIDAD
El derecho estatal no debe, pues, ser inflexible, puesto que no es perfecto. Para suplir esta imperfección del
legislador, se hace necesaria la equidad del juzgador.
Después de lo que sobre el particular ha dicho ARISTÓTELES, muy poco, o nada, se ha dicho de nuevo
"Lo equitativo y lo justo —decía el pensador heleno— son una misma cosa; y siendo buenos ambos, la única
diferencia que hay entre ellos es que lo equitativo es mejor aún.
La dificultad está en que lo equitativo, siendo lo justo, no es lo justo legal, lo justo según la ley, sino que es una
dichosa rectificación de la justicia rigurosamente legal."
La equidad viene a corregir los errores o a llenar los vacíos de la ley. No puede el legislador prever todos los casos
que pueden presentarse en la realidad, ni puede preverlos siempre con justicia.
La legislación del Estado, por eso, no debe ser dura e inflexible como el granito, sino dúctil y maleable como la cera.
Por consiguiente, dice ARISTÓTELES, el hombre equitativo es el "que no sostiene su derecho con extremado rigor,
sino que, por lo contrario, cede de él aun cuando tenga en su favor el apoyo de la ley".
Diremos entonces con KANT que "El lema de la equidad, es, pues: 'El derecho muy estricto es una injusticia muy
grande'. (Summum jus, summa injuria.)