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MARCO TEÓRICO

DICOTOMÍA CAMPO/CIUDAD
Güich-Rodríguez, J. (2015). Lima en la narrativa peruana: los escritores y su relación
con la ciudad. Contratexto, (023), 149-166. Encontrado en:
[Link]
Sin embargo, no debe soslayarse el hecho de que antes de la emergencia del llamado
“neorrealismourbano”, cuyos exponentes más destacados fueron escritores notables
como Ribeyro, Congrains, Reynoso y Vargas Llosa, Lima ya había estado
presente como constructio ficcional en textos que se remontan al siglo XIX y que
podrían considerarse los antecedentes más lejanos de esta representación (150).
El autor cita a Gorelik:
Entorno a esta identificación ciudad/modernidad se constituye el conflicto
ciudad/campo en el centro de la problemática social y cultural
latinoamericana... El proceso expansivo activa entonces una modernización
acelerada que exaspera la percepción del conflicto, y la ciudad aparece en primer
plano en la reflexión social, el ensayo positivista, la literatura y la crónica de
costumbres, como escena-rio y símbolo de la sociedad moderna en contraste
con la tradicional, sentando una serie de tipologías socioculturales que se
profundizará en distintas vertientes hasta las vanguardias estéticas de la
década de 1920 (Gorelik,2002,p.21)
Dicha oposición entre la ciudad, avasallante en su expansión, y el campo, sometido e
incluso abandonado en beneficio de la modernidad urbana, será el principio catalizador
simbólico de esta elaboración, a cargo de escritores canónico, y de otros, menos
conocidos, recuperados por las críticas actuales (151).
Del Portillo, autor del que poco se sabe, elabora un cuadro futurista que describe una
ciudad reconfigurada, donde la tecnología del transporte (en la óptica del hombre de
mediados del siglo XIX) es uno de los soportes de la vida ciudadana. En efecto, el
desplazamiento y la modificación del entorno parecen ser un elemento central en el
imaginario de quienes encaraban el futuro como resultado de un progreso continuo
de la humanidad. Lima deviene una representación utópica de la conquista de la
naturaleza por parte de los humanos, y del triunfo del artificio y la técnica como
mecanismos sustitutorios de las limitaciones físicas.
Es solo a partir del modernismo que la ciudad comenzara a adquirir una identidad
diferente, no necesariamente más real o concreta, dadas las características de ese
movimiento continental, sino como un escenario o contexto significativo respecto de las
atmósferas y sensaciones que a la mayoría de los autores les preocupa delinear en sus
ficciones (153).
Rastreando la presencia de la capital en alguna de sus narraciones [Ricardo Palma y
Ventura García Calderón], es factible llegar a conclusiones sobre ese naciente interés de
los escritores por incorporar una urbe en ciernes —en lenta transformación— a los
predios de la literatura.
Cada uno de ellos [Vallejo, Martín Adán, José Diez Canseco] aporta elementos
gravitantes en el proceso de elaboración de una imagen de Lima no solo como símbolo
ficcional, sino como protagonista de los textos, algo que la generación del Cincuenta
heredaría y llevaría a su expansión. La capital empieza a convertirse en escenario que
expresa conflictos y llega a personificarlos, porque ya no se trata exclusivamente de un
marco decorativo (157).
Es la historia de la literatura peruana, [José Diez Canseco] es considerado un precursor
del realismo urbano, con múltiples aportes en varios planos: la oralidad, el humor, la
incorporación de técnicas contemporáneas propias de la vanguardia, la sexualidad, las
drogas y una ambigua mirada de clase, es decir, la aparición de un sujeto de la
enunciación que despliega una visión crítica y soterrada acerca de un contexto social
específico: los grupos que detentan el poder en la Lima de fines de los años veinte.
(Peter Elmore).
y, sobre todo, a bordo de automóviles, síntomas de una modernidad suntuosa al
alcance, en términos de época, de los sectores privilegiados de esa ciudad que viven,
probablemente sin saberlo, los últimos tiempos de su auge. Duque constituye, por
esas razones, un testimonio único de la modernidad como proceso global que se
traduce en una narrativa compleja, heterogénea, cuestionadora del marco de
producción y de los usos estéticos imperantes (p. 159).
La ciudad de Lima– la antigua capital del Virreinato–, encarada como territorio sombrío
por el adolescente precoz, y a la que debe desplazarse co-tidianamenteenesemedio–
otrosím-bolodelomoderno–paraasistiralaescuela, se opone con nitidez a la localidad de
Barranco, apacible población junto al mar, un balneario en el que se ha afincado una
variopinta muestra de tipos humanos (aristocracia en decadencia, burguesía acomodada
y media, empleados, ancianos, beatas e inmigrantes) (p. 159)
Hacia fines de los años cuarenta e inicios de los cincuenta, un grupo de escritores
nacidos entre 1924y1936, inician un nuevo período en la historia de la literatura
peruana. Gracias a la asimilación de los aportes vanguardistas, que alcanzan su cima
hacia fines de los treinta, y de los usos artísticos en boga, como, por ejemplo, el
neorrealismo italiano en el cine, así como el diálogo con los principales ejes culturales,
la narrativa peruana inicia una fase de saludable renovación. (p. 161).
Se definirán pronto tres ejes de escritura que, en mayor o menor medida, impulsarán
la dinámica de esta narrativa: el neorrealismo urbano (Ribeyro, Congrains,
Reynoso), la narrativa fantástica (Loayza, Durand, Mejía Valera y Ribeyro)y el
neoindigenismo (Vargas Vicuña, Zavaleta, Sueldo Guevara, Scorza). (p. 161).
A diferencia de Congrains, su universo es el del hombre de clase media, que vive una
existencia gris, anodina y sin alicientes en Lima (aunque situó la acción de muchas
narraciones en otros lugares del Perú). Este horizonte de medianías sirve de asiento a
historias donde el tenor imperante es la desilusión, el fracaso y la desesperanza en una
urbe que despersonaliza al sujeto. También saca a luz la doble moral y el arribismo
propios de una sociedad sin alma, que vive de apariencias y de prejuicios atávicos,
cuando no de temores ante lo que no calza como engranaje en esa maquinaria. (p. 163).
El grupo Narración, de gran influencia desde mediados de los sesenta, activo en revistas
y foros desde 1966 a 1976 –integrado por Oswaldo Reynoso, Miguel Gutiérrez,
Gregorio Martínez y Antonio Gálvez Ronceros, entre otros autores–, mantiene una
postura de compromiso y denuncia, apostando por el realismo como su medio
expresivo. Ello se trasvasará en obras ancladas en una Lima marginal, poblada por
jóvenes de estratos populares o de clase media baja sin mayor futuro que no sea
la delincuencia o vidas lindantes con ella. (p. 164).
Lima es mostrada como una maquinaria que transforma a los sujetos en seres
refugiados en una máscara de insensibilidad o dureza frente a las circunstancias. A
pesar de que aún es una etapa dominada por el neorrealismo urbano, las
corrientes ubicadas en los confines del sistema literario se manifiestan (p.165).

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