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Toque de Queda

Drama. Una sociedad convulsionada por la violencia impone un toque de queda nocturno. En ese estado un policía y un alborotador, ambos amigos, se ven enfrentados.

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Toque de Queda

Drama. Una sociedad convulsionada por la violencia impone un toque de queda nocturno. En ese estado un policía y un alborotador, ambos amigos, se ven enfrentados.

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Toque de queda

La ciudad, envuelta en las tinieblas de la noche, defendía


palmo a palmo sus calles de la oscuridad reinante, ilumi-
nándolas con luces de neón. La fría y húmeda noche, como
todas las que se sucedían durante el invierno, parecía, a las
dos de la mañana, más húmeda y fría que de costumbre, lue-
go de una ligera garúa; era un frío que atravesaba la ropa y
se metía hasta los huesos haciendo que los días de calor se
vieran cada vez más distantes. Era una noche como tantas.
En esa quietud, la recortada figura de un hombre, apoya-
do contra una pared, frente a la Iglesia de La Merced, ape-
nas si se destacaba dentro de la enorme sombra que proyec-
taba la misma iglesia, esto debido a un problema tan antiguo
como la misma ciudad: la mala iluminación.
Se procuraba calor, cruzando los brazos y teniendo las
manos enguantadas, dentro del marco que sobresalía a la
entrada de un viejo edificio. De rato en rato una blanca y te-
nue exhalación vaporosa escapaba de su boca para desapa-
recer rápidamente, presionada por la oscuridad. Era el único
signo que permitía descubrir su presencia en la penumbra.
El traje verde olivo que vestía, en la oscuridad parecía

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ser negro y el gorro que llevaba apenas era visible por los
destellos intermitentes que producía la insignia plateada y
brillante que tenía adherida. Era un policía.
De mediana estatura y no muy corpulento, exhibía un
rostro delgado y anguloso en el que destacaba, prominente-
mente, una nariz aquilina y un par de ojos pequeños que ha-
cían asemejar su rostro a la representación generalizada del
típico judío. "Yo no soy judío" solía responder incómodo
cuando así se lo hacían notar.
Con ligeros temblores de frío en el cuerpo y siempre co-
bijado por el edificio, contempló el campanario de la iglesia
que se erguía frente a él. La campana de bronce, como dia-
crónico centinela en su atalaya, parecía observarlo en silen-
cio. Pensativo, evocó cómo en su pueblo natal ayudaba al
sacristán, los domingos, a llamar a misa tocando las campa-
nas. Recordó su condición de hijo único y cómo su padre lo
criticaba repitiendo, cada vez que permanecía mucho tiem-
po en la iglesia, la habitual frase: "si te gusta hacer obras
buenas métete de policía pero no te metas de cura. Así al
menos haces trabajo de hombres".
La macilenta luz del poste que iluminaba la calle, co-
menzó a parpadear como un niño a punto de llorar.
“Seguro que se va a quemar” pensó y en esas intermiten-
cias de luz que observaba, similares a las que produce un
proyector de películas, le pareció vivir nuevamente su re-
ciente pasado: su ilusa vocación sacerdotal al terminar los
estudios en el colegio; la posterior expulsión que sufrió del
seminario junto con su amigo Justino por denunciar que al-

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gunos sacerdotes se embriagaban con el vino consagrado;
la decisión de ser, finalmente, policía como siempre le sugi-
rió su padre y su posterior reclutamiento por dicha institu-
ción; la alegría casi infantil de su padre y las lágrimas silen-
ciosas de su madre, cuando se enteraron de su ingreso. ¿Por
qué habría llorado su madre? ¿Sería de alegría? Seguramen-
te, aunque nunca se lo preguntó.
Revivió los tres años de preparación rigurosa que pasó
en la escuela de policía, su graduación e inmediato traslado
a la capital junto con otros compañeros, para aumentar el
número de efectivos en las calles ante una ola de violencia
e incendios; así era que estaba aquí, haciendo el turno de la
noche y cuidando, según las ordenes, que no merodeasen ni
ladrones, ni prostitutas, ni revoltosos, sobre todo éstos últi-
mos ya que por ellos se había decretado el toque de queda.
“Son gente diferente a nosotros, atentan contra nuestra li-
bertad, nuestros derechos pero sobre todo contra la paz.
Buscan el poder a toda costa. No son democráticos.” le ha-
bían dicho. Por los noticieros había visto bulliciosas mar-
chas, por avenidas principales, que generaban congestión
vehicular, quema de llantas, pintado de paredes, destruc-
ción de monumentos y algunos saqueos.
Luego de bastantes vacilaciones, la luz del poste dejó de
interrumpirse y se estabilizó dando a la calle su habitual ma-
la iluminación, con un halo de humedad alrededor.
Se esforzaba, para no dejarse vencer por el sueño, en te-
ner la mente ocupada repitiendo los principios que le incul-
caban a diario en la escuela para su correcto desempeño.

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"Un buen policía debe hacer que se respete el orden. Un
policía debe ser honesto, servicial y justo. Un policía no ha-
ce política ni discute órdenes, sólo obedece lo que digan sus
superiores. Un policía habla sólo lo necesario..."
–¿Y si las órdenes son injustas? –recordó que había pre-
guntado en una de sus primeras intervenciones.
–Su nombre, cadete –inquirió el instructor a cargo. Era
un hombre alto, fornido y con corte de pelo militar.
–Rosendo, señor –respondió poniéndose en pie.
–Bien Rosendo, por hacer preguntas estúpidas va a pa-
sar toda la semana de guardia –no protestó por disciplina y
aquél fue el primero de varios castigos.
–¿Qué debo hacer si advierto que mi superior está equi-
vocado? –preguntó en otra ocasión a otro instructor.
–Métase bien esto dentro de la cabeza, cadete –respondió
áspero el nuevo instructor–. En esta profesión, les guste o
no, siempre se hace lo que diga un superior –y agregó con
un tono más fuerte que lo asemejó a un juez dictando sen-
tencia–: ¡Toda la semana de centinela! –Tampoco protestó
en esa ocasión pero su espíritu despierto y noble no se resig-
naba a la idea de poder cometer una injusticia sólo por tener
que cumplir las órdenes de un superior que podía estar com-
pletamente equivocado o, en el mejor de los casos, sólo e-
quivocado a medias; por eso siguió haciendo preguntas “es-
túpidas” y cumpliendo castigos como también dio sus suge-
rencias cuando lo consideró oportuno.
La estrellada noche sin luna era propicia para los recuer-
dos y buscando en ellos pensó en su mujer, aquella mucha-

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chita callada que cuando él ingresó a la policía y todavía
eran novios, le dijo: "Te espero a que termines y luego nos
casamos". Aunque en esa ocasión no creyó en lo que ella
decía pensando que tres años de espera eran demasiados pa-
ra una mujer, ahora tenían un año de casados y un hijo
próximo a nacer. No podía negar que era feliz a su lado ni
que sus maneras dóciles y hogareñas lo satisfacían. Chiqui-
ta le decía de cariño. Pensar en ella lo calmó. Lo único que
lamentaba de haberse casado era no haberle podido ofrecer
otra cosa que una pequeña casa en una zona pobre y un sala-
rio que apenas si alcanzaba para comer ellos dos. ¿Cómo
harían para alimentar una boca más? No lo sabía.
–¿Me sigues amando aunque sólo gano lo justo para co-
mer? –le preguntó en una ocasión a su esposa.
–Te quiero a ti no a tu billetera –respondió ella ciñéndose
afectuosamente a su cuerpo.
No cabía duda de que su mujer lo entendía y lo amaba,
por eso le dolía tanto que ella tuviera que vivir en esas con-
diciones sin poder hacer nada para remediarlo.
Estaba considerando la posibilidad de pedir formalmente
a sus superiores que lo trasladasen al sur del país; así, por
lo menos estaría más cerca de su pueblo natal, tan ligado a
la naturaleza. Estaría también próximo a sus padres a los
que quería dar muchos nietos. Ahí encontraría a entrañables
amigos como el pequeño Benjamín que era conocido por
los esmerados trabajos de carpintería que hacía; el grandazo
Genaro que aspiraba a jugar alguna vez de arquero de algún
equipo profesional de la zona; el callado Esteban del que

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todos decían sería médico o escritor; o a tantos otros que re-
cordaba y a los que no veía desde hacía tiempo pero que es-
peraba, de buena gana, volver a encontrar. En ese ambiente,
rodeada de amigos, estaba seguro de que su mujer estaría
mucho mejor que ahora y él no tendría que seguir escuchan-
do que sus compañeros de armas, cuando se refiriesen a él,
lo llamasen “el paisano”. Fue con esos pensamientos en la
cabeza, que su atención se centró en el movimiento de unas
rápidas sombras que avanzaban provenientes de la esquina.
Eran cuatro, pero escondidas en la penumbra que generaba
la iglesia, parecían una sola.
La luz del poste, como en complicidad con las silencio-
sas sombras que de ella se escondían, inició nuevamente a
cintilar como si hiciera guiños. Luego de unos instantes de
aparente normalización, se apagó tornando más difícil dis-
tinguir la actividad de las huidizas sombras.
–¡Maldita sea! –murmuró entre dientes a la vez que abría
más los ojos y dejaba de mirar para observar. Todo estaba
difuminado en un tono gris oscuro.
Las sombras se movían sigilosas en fila india pegadas a
la pared de la iglesia. El también se pegó más a la pared del
edificio para que no lo vieran y así poder descubrir el moti-
vo de su recelo. No tuvo que esperar mucho.
Cuando llegaron cerca al frontis de la iglesia una de las
sombras se encaramó ágilmente a los hombros de la más al-
ta mientras las otras dos engomaban y le alcanzaban, presu-
rosas, carteles para que los pegara en la pared. Eran letreros
que decían: "¡Eliminar los impuestos! ¡El Pueblo al Poder!"

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escritos a mano en letras enormes.
“Revoltosos" pensó Rosendo e hizo una mueca. Se sacó
los guantes y posó su mano sobre el arma que llevaba en la
funda colgada de su cinturón pero decidió dejarla en su sitio
convencido de que no tendría necesidad de usarla. Salió de
la oscuridad con sólo el palo de goma en la mano.
–¡Todos quietos, nadie se mueva! –ordenó con voz es-
tentórea como para que sus palabras también fueran oídas
por alguno de los policías que se suponía debían estar vigi-
lando por los alrededores. El único pensamiento que en ese
momento realmente le preocupaba era como haría, él solo,
para conducir arrestadas a las cuatro personas.
Al sentir su voz, los hombres que proyectaban las som-
bras que él observaba, lejos de obedecer su orden, echaron
a correr velozmente dejando carteles, latas y brochas rega-
dos por el piso. Sus pasos resonaron con fuerza en el pavi-
mento. Rosendo, sorprendido por esta reacción atinó, sin
embargo, a correr tras ellos cogiendo por la espalda al más
alto y a la vez el más lento de los cuatro, haciéndolo caer al
piso con un fuerte tirón a su chompa; pero éste se levantó
con la misma rapidez con la que había caído y se plantó de-
fensivamente dispuesto a no dejarse prender. A Rosendo ja-
más le había ocurrido, en los seis meses que llevaba en la
capital, que un infractor se resistiese a un arresto una vez
cogido; sin embargo, estaba sucediendo.
En casi una total oscuridad (la luz del poste seguía apa-
gada), parados frente a frente, Rosendo contempló la silueta
de su oponente y por un instante le pareció familiar pero no

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tuvo tiempo de saber a quien le recordaba ya que ésta se
movió en su dirección haciendo ademanes agresivos con los
brazos. Se preparó a contenerlo.
Alzó la mano que asía el palo de goma y descargó un
golpe fortísimo a la silueta que se le acercaba, ésta retroce-
dió aturdida pero regresó a la carga inmediatamente con una
pierna extendida en el aire que Rosendo recibió en el pecho.
Se tambaleó e hizo una contorsión para evitar caer al piso.
Cuando logró mantenerse en pie ya no le fue posible divisar
a su agresor. La sombra se había perdido en la oscuridad
pero estaba ahí, lo presentía.
Como si tratase de una pelea de ciegos volvieron a en-
frentarse, divisándose apenas, primero a puñetazos después
a patadas. Rosendo peleaba confiado en su autoridad, el
otro en su fuerza. Peleando por instinto algunas veces sus
golpes quedaban desairados al dirigirse al vacío y otras sim-
plemente quedaban parados en espera de ser golpeados. En
un ataque coincidentemente mutuo: se trabaron en un abra-
zo, forcejearon, cayeron al piso; allí se siguieron golpeando
enconadamente hasta que, en un momento que intercambia-
ban golpes, Rosendo soltó el palo de goma que le había ser-
vido hasta ese instante para contrarrestar la enorme fuerza
de su adversario y éste, aprovechando la inesperada ventaja
que se le presentaba y su mayor fuerza, lo cogió de la cabe-
za, le encajó un cabezazo en la cara antes de emprender una
jadeante carrera por la oscura calle.
Rosendo, tendido en el piso, un poco grogui por el gol-
pe recibido, se incorporó. Sintió un gran escozor antes de

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que la sangre corriera por su frente. Hincó una rodilla en el
piso y sacó su arma de reglamento. No estaba dispuesto a
permitir que un delincuente escapara impunemente después
de atacar a un policía. Apuntó, aguzando su vista al límite,
al bulto y disparó una, dos y hasta tres veces porque sólo
luego del destello del último disparo lo vio caer, entonces
corrió para que no intentara huir de nuevo.
La sangre le cubría la frente cuando la lánguida luz del
poste se restableció iluminando, con un tono mortecino, a-
quel pedazo de calle que había servido de escenario al vio-
lento encuentro de los dos hombres.
Al llegar junto al cuerpo caído vio la mancha roja que
crecía, poco a poco, en medio de la espalda y comprendió
que estaba muerto. Guardó su arma y se dispuso a darle la
vuelta con el pie para verlo mejor a la luz. Una especie de
morbosa curiosidad le inducía a identificar el rostro del re-
voltoso que se había atrevido a enfrentar a un policía. Nun-
ca, durante el tiempo que pasó en la escuela, pensó que al-
guna vez tendría que enfrentar a un delincuente tal como le
había sucedido ahora. Quizás ésto se debía a cómo la socie-
dad sancionaba a quienes cometían delitos.
Cuando logró hacer girar el cuerpo y observó por prime-
ra vez el rostro de su agresor, no pudo reprimir un estreme-
cimiento de horror al reconocer a Genaro, uno de sus mejo-
res amigos de infancia, su compañero de estudios, fiestas y
único testigo civil de su matrimonio allá en su pueblo. No
lo había vuelto a ver desde aquella fecha y lo imaginaba aún
allá, dedicado a labores agrícolas y no aquí en la capital ha-

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ciendo de revoltoso contra el gobierno.
Se derrumbó sobre sus rodillas, mesándose los cabellos.
Alzó ligeramente el cuerpo inerte de Genaro y un gritó de
rabia y de dolor se formó en su garganta.
–¡¿Qué hacías acá?! ¡Dios, que he hecho!
En un instante repasó la amistad de sus padres, la proxi-
midad de sus casas, el colegio común al que asistían, el via-
je de promoción a la capital, la expulsión que sufrieron del
seminario, las fiestas, los partidos de fútbol y todo aquello
que habían compartido juntos desde muy pequeños, como
las largas caminatas que daban sólo para ver el paso del tren
ya que por su pueblo no cruzaba ninguna línea férrea; las
visitas escondidas que hacían al viejo Nuna para que les
contara increíbles historias de terribles batallas, de podero-
sos dioses, de ermitaños sapientisimos, de demonios venga-
tivos o de princesas hermosas que vivían consagradas al bri-
llante dios que adoraban, y que despertaba en ellos todo el
estupor de su edad. Añoraba esa época.
Expuesto a la luz y absorto en sus recuerdos, con la cabe-
za gacha y el dolor de haber dado muerte a su mejor amigo,
solamente se dio cuenta de que habían regresado dos de los
que huyeron cuando los tuvo encima.
Ellos habían regresado por el compañero caído. Sin dar
importancia al hecho de que Rosendo fuera un policía, uno
de ellos clavó con violencia su navaja sobre su espalda, an-
tes de que él pudiera alzarse o defenderse, tocando y destro-
zándole el pulmón izquierdo; el otro, introdujo un largo
punzón entre las costillas del ya malherido Rosendo, quien

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exhaló una tos impregnada de sangre antes de caer al suelo
con los ojos abiertos. Luego de cometida su acción asesina
huyeron por separado por las oscuras calles aledañas deján-
dolo tendido mortalmente a un costado de Genaro y for-
mando con él una misma poza de sangre.
El último pensamiento de Rosendo fue para su mujer.
Pensó en el incierto futuro que le sobrevendría al quedar
viuda, con un hijo por nacer al que difícilmente podría edu-
car sola y con sus padres tan lejos para poder ayudarla. Qui-
so llorar pero ya no tuvo fuerzas.
Varios agentes llegaron al lugar, minutos después de oír-
se los disparos hechos por Rosendo, para tomar control de
la situación con escudos y porras. Las luces intermitentes
de los vehículos policiales se reflejaban en las húmedas ve-
redas circundantes. Uno de los policías comentó despecti-
vamente al reconocer al compañero muerto:
–Han matado al paisano.
La luz del poste, siguiendo su rutina, comenzó a parpa-
dear para luego apagarse y sumir en tinieblas a los policías
que rodeaban, armados, a los dos cadáveres.
Rosendo tendría un minuto de silencio de parte de su ins-
titución, también una medalla póstuma, en una fría ceremo-
nia, en tanto que Genaro sería velado públicamente en un
acto fúnebre al que no asistiría casi nadie.
Dos muertes sin sentido en una sociedad que va camino
a la deshumanización al convertir la pérdida de una invalo-
rable vida humana en parte de una estadística criminal que
los noticieros propalarán de manera diaria.

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En un ambiente sombrío, un hombre desconocido se de-
bate, se contorsiona de dolor arrodillado en el piso, la san-
gre baña su cuerpo brotando de todas partes. De pronto, un
giro de su cabeza, un movimiento producido por el dolor,
permite que se le vea el rostro: es Rosendo.
–¡Chendo! –grita, despertándose, una mujer tendida de
costado. Es la esposa de Rosendo llamándolo de la forma
afectiva como acostumbra. Toca el lado de la cama donde
siempre duerme él y lo encuentra vacío y frío. Al no hallarlo
se incorpora con la poca rapidez que le permite la única pos-
tura cómoda de su avanzado estado de embarazo. Busca en
la cocina. Nada. Busca en el baño, en el otro cuarto, en la
sala y nada tampoco. No había señas de que Rosendo hubie-
se vuelto. La angustia la invade.
“No debe tardar” intenta calmarse. Se acerca a la venta-
na para observar la llegada de su esposo pero sólo ve el mis-
mo amanecer gris y húmedo de todos los días. ¡Cómo extra-
ñaba su pueblo natal! Ahí era su verdadero hogar por todos
los hermosos recuerdos que albergaba. Extrañaba su cielo
limpio, sus colinas verdes, el agua helada, sus casas peque-
ñas,... Un mal pálpito le hiere con fuerza el corazón y se to-
ca el pecho. Su camisón resalta su vientre abultado. "¿Dón-
de estás Rosendo?" se pregunta y sin poderse contener deja
correr por sus mejillas pecosas unas sencillas lágrimas que,
al caer, tocan sus pies desnudos.
Abriéndose paso por entre la grisura del amanecer, un
patrullero lenta y silenciosamente se estaciona frente a su

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casa. De una de sus puertas desciende, no Rosendo como
ella esperaba sino una silueta que ella identificó como su
superior: un capitán de apellido Rodríguez. ¿Pero que hacía
el capitán allí? Se apartó de la ventana. Ella siempre había
aconsejado a Rosendo la necesidad de invitar a su superior
a la casa a fin de entablar amistad con él pero éste siempre
rehuía a las invitaciones que le hacía Rosendo alegando te-
ner tros compromisos o alguna indisposición.
–Algo ha pasado –murmuró nerviosa mordiéndose el la-
bio y abriendo la puerta al policía que se acercaba.
–Señora –comenzó éste después de saludarla–, esta no-
che durante el toque de queda un grupo de individuos, de-
lincuentes todos ellos, intentaron...
–¿Qué le ha pasado a mi esposo? –interrumpió ansiosa.
La voz monocorde del capitán, tal como la de un contes-
tador automático, siguió explicativa–: Su esposo, cumplien-
do su deber, fue herido de gravedad durante el servicio...
–¿Esta herido? –preguntó con un hilo de voz.
–No –respondió fríamente el oficial–. Esta muerto. Fue
atacado por revoltosos que se presentaron...
No escuchó más. No le importaba. No podía pensar con
claridad. Su angustiante sueño se había convertido en una
pesadilla presente, Rosendo había muerto.
–¡Por qué! –dijo cubriéndose el rostro con sus manos–
¿Por qué Dios mío? Él era bueno. ¡No hay justicia! ¡No hay
justicia! –clamó entre ahogados sollozos.
El capitán prosiguió con voz monótona y serena.
–La institución lamenta mucho que su esposo...

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Mas revueltas seguirían dándose en la capital y en otras
ciudades, la mayoría surgidas espontáneamente, buscando
algún cambio radical, aunque éste no pretenda un objetivo
democrático sino más bien uno racista, sectario o fascista,
arrastrando a su paso conciencias, bienes y además, vidas.
Las luces de la calle se apagan ante el amanecer. Pronto
la ciudad se agitará, como un enorme ser que recién abre los
ojos, insensible a lo ocurrido en sus calles oscuras y mal ilu-
minadas, pues para ella, como para todos sus habitantes, ha
terminado otra noche más de toque de queda.

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